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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 9 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 15 Sep 2022, 00:58

    Gracias Pascual, y seguimos mostrando joyitas.


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    Mensaje por Lluvia Abril Jue 15 Sep 2022, 01:00

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José Zorrilla

    (Valladolid, 1817 - Madrid, 1893) Escritor español. Es el principal representante del romanticismo medievalizante y legendario. En 1833 ingresó en la Universidad de Toledo como estudiante de leyes, y en 1835 pasó a la Univerisdad de Valladolid. José Zorrilla publicó sus primeros versos en el diario vallisoletano El Artista.

    En Madrid, después de abandonar su carrera universitaria, alcanzó fama tras leer unos versos suyos en el entierro de Larra (1837). Ocupó el cargo de éste en la redacción de El Español, donde publicó la serie de poemas titulada Poesías (1837), primero de un conjunto de ocho volúmenes que completó en 1840. Su éxito poético se renovaría en 1852 con un poema descriptivo, Granada, que quedó inacabado. En 1839 se casó con Matilde O'Reilly, de la que enviudó muy pronto.

    Escribió numerosas leyendas (Cantos del trovador, 1840-1841; Vigilias del estío, 1842; Flores perdidas, 1843; Recuerdos y fantasías, 1844; Un testigo de bronce, 1845), en las que resucita a la España medieval y renacentista y que constituyen lo más perdurable de su producción. Entre ellas cabe destacar «A buen juez mejor testigo», «Margarita la Tornera» y «El capitán Montoya».

    En 1837 Zorrilla inició su producción teatral con Vivir loco y morir más, y alcanzó su primer éxito con El zapatero y el rey (1840), a la que siguieron El eco del torrente (1842), Sancho García (1842), El molino de Guadalajara (1843), El puñal del godo (1843), Don Juan Tenorio (1844) y Traidor, inconfeso y mártir (1849). En estas obras trata temas tradicionales o del Siglo de Oro. También escribió tragedias a la manera clásica, como Sofronia (1843).

    En 1846 viajó a Burdeos y París, donde conoció a Alejandro Dumas, George Sand, Teófilo Gautier y Alfred de Musset, que dejarían en él una gran huella. En 1865 marchó a México, donde fue protegido por el emperador Maximiliano I, que lo nombró director del Teatro Nacional.

    De regreso a España (1866), José Zorrilla se casó con la actriz Juana Pacheco, viajó a Roma (1871) e ingresó en la Real Academia (1882). De estos años son Recuerdos del tiempo viejo (1880-1883), La leyenda del Cid (1882), El cantar del romero (1883) y Mi última brega (1888). Fue coronado como poeta en el alcázar de Granada (1889) por el duque de Rivas, en representación de la reina regente.

    Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de José Zorrilla». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]



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    Mensaje por Lluvia Abril Jue 15 Sep 2022, 01:01

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José Zorrilla



    79- Introducción a los “Cantos del Trovador”


    ¿Qué se hicieron las auras deliciosas
    Que henchidas de perfume se perdían
    Entre los lirios y las frescas rosas
    Que el huerto ameno en derredor ceñían?
    Las brisas del otoño revoltosas
    En rápido tropel las impelían,
    Y ahogaron la estación de los amores
    Entre las hojas de sus yertas flores.

    Hoy al fuego de un tronco nos sentamos
    En torno de la antigua chimenea,
    Y acaso la ancha sombra recordamos
    De aquel tizón que a nuestros pies humea.
    Y hora tras hora tristes esperamos
    Que pase la estación adusta y fea,
    En pereza febril adormecidos
    Y en las propias memorias embebidos.

    En vano a los placeres avarientos
    Nos lanzamos doquier, y orgías sonoras
    Estremecen los ricos aposentos
    Y fantásticas danzas tentadoras;
    Porque antes y después caminan lentos
    Los turbios días y las lentas horas,
    Sin que alguna ilusión de breve instante
    Del alma el sueño fugitiva encante.

    Pero yo, que he pasado entre ilusiones,
    Sueños de oro y de luz, mi dulce vida,
    No os dejaré dormir en los salones
    Donde al placer la soledad convida;
    Ni esperar, revolviendo los tizones,
    Al yerto amigo o la falaz querida,
    Sin que más esperanza os alimente
    Que ir contando las horas tristemente.

    Los que vivís de alcázares señores,
    Venid, yo halagaré vuestra pereza;
    Niñas hermosas que morís de amores,
    Venid, yo encantaré vuestra belleza;
    Viejos que idolatráis vuestros mayores,
    Venid, yo os contaré vuestra grandeza;
    Venid a oír en dulces armonías
    Las sabrosas historias de otros días.

    Yo soy el Trovador que vaga errante:
    Si son de vuestro parque estos linderos,
    No me dejéis pasar, mandad que cante;
    Que yo sé de los bravos caballeros
    La dama ingrata y la cautiva amante,
    La cita oculta y los combates fieros
    Con que a cabo llevaron sus empresas
    Por hermosas esclavas y princesas.

    Venid a mí, yo canto los amores;
    Yo soy el trovador de los festines;
    Yo ciño el arpa con vistosas flores,
    Guirnalda que recojo en mil jardines;
    Yo tengo el tulipán de cien colores
    Que adoran de Estambul en los confines,
    Y el lirio azul incógnito y campestre
    Que nace y muere en el peñón silvestre.

    ¡Ven a mis manos, ven, arpa sonora!
    ¡Baja a mi mente, inspiración cristiana,
    Y enciende en mí la llama creadora
    Que del aliento del Querub emana!
    ¡Lejos de mí la historia tentadora
    De ajena tierra y religión profana!
    Mi voz, mi corazón, mi fantasía
    La gloria cantan de la patria mía.

    Venid, yo no hollaré con mis cantares
    Del pueblo en que he nacido la creencia,
    Respetaré su ley y sus aliares;
    En su desgracia a par que en su opulencia
    Celebraré su fuerza o sus azares,
    Y, fiel ministro de la gaya ciencia,
    Levantaré mi voz consoladora
    Sobre las ruinas en que España llora.

    ¡Tierra de amor! ¡tesoro de memorias,
    Grande, opulenta y vencedora un día,
    Sembrada de recuerdos y de historias,
    Y hollada asaz por la fortuna impía!
    Yo cantaré tus olvidadas glorias;
    Que en alas de la ardiente poesía
    No aspiro a más laurel ni a más hazaña
    Que a una sonrisa de mi dulce España.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 9 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 15 Sep 2022, 01:04

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José Zorrilla




    80- A Buen Juez Mejor Testigo


    Tradición de Toledo

    I

    Entre pardos nubarrones
    Pasando la blanca luna,
    Con resplandor fugitivo,
    La baja tierra no alumbra.
    La brisa con frescas alas
    Juguetona no murmura,
    Y las veletas no giran
    Entre la cruz y la cúpula.
    Tal vez un pálido rayo
    La opaca atmósfera cruza,
    Y unas en otras las sombras
    Confundidas se dibujan.
    Las almenas de las torres
    Un momento se columbran,
    Como lanzas de soldados
    Apostados en la altura.
    Reverberan los cristales
    La trémula llama turbia,
    Y un instante entre las rocas
    Rïela la fuente oculta.
    Los álamos de la vega
    Parecen en la espesura
    De fantasmas apiñados
    Medrosa y gigante turba;
    Y alguna vez desprendida
    Gotea pesada lluvia,
    Que no despierta a quien duerme,
    Ni a quien medita importuna.

    Yace Toledo en el sueño
    Entre las sombras confusas
    Y el Tajo a sus pies pasando
    Con pardas ondas lo arrulla.
    El monótono murmullo
    Sonar perdido se escucha,
    Cual si por las hondas calles
    Hirviera del mar la espuma.
    ¡Qué dulce es dormir en calma
    Cuando a lo lejos susurran
    Los álamos que se mecen,
    Las aguas que se derrumban!
    Se sueñan bellos fantasmas
    Que el sueño del triste endulzan,
    Y en tanto que sueña el triste,
    No le aqueja su amargura.

    Tan en calma y tan sombría
    Como la noche que enluta
    La esquina en que desemboca
    Una callejuela oculta,
    Se ve de un hombre que aguarda
    La vigilante figura,
    Y tan a la sombra vela
    Que entre las sombras se ofusca.
    Frente por frente a sus ojos
    Un balcón a poca altura
    Deja escapar por los vidrios
    La luz que dentro le alumbra;
    Mas ni en el claro aposento,
    Ni en la callejuela oscura
    El silencio de la noche
    Rumor sospechoso turba.
    Pasó así tan largo tiempo,
    Que pudiera haberse duda
    De si es hombre, o solamente
    Mentida ilusión nocturna;
    Pero es hombre, y bien se ve,
    Porque con planta segura
    Ganando el centro a la calle
    Resuelto y audaz pregunta:
    —¿Quién va?— y a corta distancia
    El igual compás se escucha
    De un caballo que sacude
    Las sonoras herraduras.
    —¿Quién va?— repite y cercana
    Otra voz menos robusta
    Responde: —Un hidalgo ¡calle!—
    Y el paso el bulto apresura.
    —Téngase el hidalgo— el hombre
    Replica, y la espada empuña.
    —Ved más bien si me haréis calle—
    Repitieron con mesura
    —Que hasta hoy a nadie se tuvo
    Iván de Vargas y Acuña.
    —Pase el Acuña y perdone—
    Dijo el mozo en faz de fuga,
    Pues teniéndose el embozo
    Sopla un silbato, y se oculta.
    Paró el jinete a una puerta,
    Y con precaución difusa
    Salió una niña al balcón
    Que llama interior alumbra.
    —Mi padre!— clamó en voz baja
    Y el viejo en la cerradura
    Metió la llave pidiendo
    A sus gentes que le acudan.
    Un negro por ambas bridas
    Tomó la cabalgadura,
    Cerróse detrás la puerta
    Y quedó la calle muda.
    En esto desde el balcón,
    Como quien tal acostumbra,
    Un mancebo por las rejas
    De la calle se asegura.
    Asió el brazo al que apostado
    Hizo cara a Iván de Acuña,
    Y huyeron, en el embozo
    Velando la catadura.


    II

    Clara, apacible y serena
    Pasa la siguiente tarde,
    Y el sol tocando su ocaso
    Apaga su luz gigante:
    Se ve la imperial Toledo
    Dorada por los remates,
    Como una ciudad de gana
    Coronada de cristales.
    El Tajo por entre rocas
    Sus anchos cimientos lame,
    Dibujando en las arenas
    Las ondas con que las bate.
    Y la ciudad se retrata
    En las ondas desiguales,
    Como en prendas de que el río
    Tan afanoso la bañe.
    A lo lejos en la vega
    Tiende galan por sus márgenes,
    De sus álamos y huertos
    El pintoresco ropaje,
    Y porque su altiva gala
    Mas a los ojos halague,
    La salpica con escombros
    De castillos y de alcázares.
    Un recuerdo es cada piedra
    Que toda una historia vale,
    Cada colina un secreto
    De príncipes o galanes.
    Aquí se bañó la hermosa
    Por quien dejó un rey culpable
    Amor, fama, reino y vida
    En manos de musulmanes.
    Allí recibió Galiana
    A su receloso amante
    En esa cuesta que entonces
    Era un plantel de azahares.
    Allá por aquella torre,
    Que hicieron puerta los árabes,
    Subió el Cid sobre Babieca
    Con su gente y su estandarte.
    Más lejos se ve el castillo
    De San Servando, o Cervantes,
    Donde nada se hizo nunca
    Y nada al presente se hace.
    A este lado está la almena
    Por do sacó vigilante
    El conde Don Peranzules
    Al rey, que supo una tarde
    Fingir tan tenaz modorra,
    Que, político y constante,
    Tuvo siempre el brazo quedo
    Las palmas al horadarle.
    Allí está el circo romano,
    Gran cifra de un pueblo grande,
    Y aquí la antigua Basílica
    De bizantinos pilares,
    Que oyó en el primer concilio
    Las palabras de los Padres
    Que velaron por la Iglesia
    Perseguida o vacilante.
    La sombra en este momento
    Tiende sus turbios cendales
    Por todas esas memorias
    De las pasadas edades,
    Y del Cambrón y Visagra
    Los caminos desiguales,
    Camino a los toledanos
    Hacia las murallas abren.
    Los labradores se acercan
    Al fuego de sus hogares.
    Cargados con sus aperos,
    Cansados de sus afanes.
    Los ricos y sedentarios
    Se tornan con paso grave,
    Calado el ancho sombrero,
    Abrochados los gabanes:
    Y los clérigos y monjes
    Y los prelados y abades
    Sacudiendo el leve polvo
    De capelos y sayales.

    Quédase sólo un mancebo
    De impetuosos ademánes,
    Que se pasea ocultando
    Entre la capa el semblante.
    Los que pasan le contemplan
    Con decisión de evitarle,
    Y él contempla a los que pasan
    Como si a alguien aguardase.
    Los tímidos aceleran
    Los pasos al divisarle,
    Cual temiendo de seguro
    Que les proponga un combate;
    Y los valientes le miran
    Cual si sintieran dejarle
    Sin que libres sus estoques
    En riña sonora dancen.
    Una mujer también sola
    Se viene el llano adelante,
    La luz del rostro escondida
    En tocas y tafetanes.
    Mas en lo leve del paso,
    Y en lo flexible del talle,
    Puede a través de los velos
    Una hermosa adivinarse.
    Vase derecha al que aguarda,
    Y él al encuentro le sale
    Diciendo... cuanto se dicen
    En las citas los amantes.
    Mas ella, galanterías
    Dejando severa aparte,
    Así al mancebo interrumpe
    En voz decisiva y grave:

    —Abreviemos de razones,
    Diego Martínez; mi padre,
    Que un hombre ha entrado en su ausencia
    Dentro mi aposento sabe:
    Y aquí quien mancha mi honra
    Con la suya me la lave;
    O dadme mano de esposo,
    O libre de vos dejadme.—
    Miróla Diego Martínez
    Atentamente un instante,
    Y echando a un lado el embozo,
    Repuso palabras tales:
    —Dentro de un mes, Inés mía,
    Parto a la guerra de Flandes;
    Al ario estaré de vuelta
    Y contigo en los altares.
    Honra que yo te desluzca,
    Con honra mía se lave;
    Que por honra vuelven honra
    Hidalgos que en honra nacen.
    —Júralo— exclamó la niña.
    —Más que mi palabra vale
    No te valdrá un juramento.
    —Diego, la palabra es aire.
    —¡Vive Dios que estás tenaz!
    Dalo por jurado y baste.
    —No me basta; que olvidar
    Puedes la palabra en Flandes.
    —¡Voto a Dios! ¿qué más pretendes?
    —Que a los pies de aquella imagen
    Lo jures como cristiano
    Del santo Cristo delante.—

    Vaciló un punto Martínez,
    Mas porfiando que jurase,
    Llevóle Inés hacia el templo
    Que en medio la vega yace.
    Enclavado en un madero,
    En duro y postrero trance,
    Ceñida la sien de espinas,
    Descolorido el semblante,
    Veíase allí un crucifijo
    Teñido de negra sangre,
    A quien Toledo devota
    Acude hoy en sus azares.
    Ante sus plantas divinas
    Llegaron ambos amantes,
    Y haciendo Inés que Martínez
    Los sagrados pies tocase,
    Preguntóle:
    —Diego, ¿juras
    A tu vuelta desposarme?—
    Contestó el mozo:
    —¡Sí juro!—
    Y ambos del templo se salen.


    III

    Pasó un día y otro día,
    Un mes y otro mes pasó,
    Y un ario pasado había,
    Mas de Flandes no volvía
    Diego, que a Flandes partió.

    Lloraba la bella Inés
    Su vuelta aguardando en vano,
    Oraba un mes y otro mes
    Del crucifijo a los pies
    Do puso el galán su mano.

    Todas las tardes venía
    Después de traspuesto el sol,
    Y a Dios llorando pedía
    La vuelta del español,
    Y el español no volvía.

    Y siempre al anochecer,
    Sin dueña y sin escudero,
    En un manto una mujer
    El campo salía a ver
    Al alto del Miradero.

    ¡Ay del triste que consume
    Su existencia en esperar!
    ¡Ay del triste que presume
    Que el duelo con que él se abrume
    Al ausente ha de pesar!

    La esperanza es de los cielos
    Precioso y funesto don,
    Pues los amantes desvelos
    Cambian la esperanza en celos,
    Que abrasan el corazón.

    Si es cierto lo que se espera,
    Es un consuelo en verdad;
    Pero siendo una quimera,
    En tan frágil realidad
    Quien espera desespera.

    Así Inés desesperaba
    Sin acabar de esperar,
    Y su tez se marchitaba,
    Y su llanto se secaba
    Para volver a brotar.

    En vano a su confesor
    Pidió remedio o consejo
    Para aliviar su dolor;
    Que mal se cura el amor
    Con las palabras de un viejo.

    En vano a Iván acudía,
    Llorosa y desconsolada;
    El padre no respondía;
    Que la lengua le tenía
    Su propia deshonra atada.

    Y ambos maldicen su estrella,
    Callando el padre severo
    Y suspirando la bella,
    Porque nació mujer ella,
    Y el viejo nació altanero.

    Dos arios al fin pasaron
    En esperar y gemir,
    Y las guerras acabaron,
    Y los de Flandes tornaron
    A sus tierras a vivir.

    Pasó un día y otro día,
    Un mes y otro mes pasó,
    Y el tercer ario corría;
    Diego a Flandes se partió,
    Mas de Flandes no volvía.

    Era una tarde serena,
    Doraba el sol de occidente
    Del Tajo la vega amena,
    Y apoyada en una almena
    Miraba Inés la corriente.

    Iban las tranquilas olas
    Las riberas azotando
    Bajo las murallas solas,
    Musgo, espigas y amapolas L
    igeramente doblando.

    Algún olmo que escondido
    Creció entre la yerba blanda,
    Sobre las aguas tendido
    Se reflejaba perdido
    En su cristalina banda.

    Y algún ruiseñor colgado
    Entre su fresca espesura
    Daba al aire embalsamado
    Su cántico regalado
    Desde la enramada oscura.

    Y algún pez con cien colores,
    Tornasolada la escama,
    Saltaba a besar las flores,
    Que exhalan gratos olores
    A las puntas de una rama.

    Y allá en el trémulo fondo
    El torreón se dibuja
    Como el contorno redondo
    Del hueco sombrío y hondo
    Que habita nocturna bruja.

    Así la niña lloraba
    El rigor de su fortuna,
    Y así la tarde pasaba
    Y al horizonte trepaba
    La consoladora luna.

    A lo lejos por el llano
    En confuso remolino
    Vio de hombres tropel lejano
    Que en pardo polvo liviano
    Dejan envuelto el camino.

    Bajó Inés del torreón,
    Y llegando recelosa
    A las puertas del Cambrón,
    Sintió latir zozobrosa
    Más inquieto el corazón.
    Tan galán como altanero
    Dejó ver la escasa luz
    Por bajo el arco primero
    Un hidalgo caballero
    En un caballo andaluz.

    Jubón negro acuchillado,
    Banda azul, lazo en la hombrera,
    Y sin pluma al diestro lado
    El sombrero derribado
    Tocando con la gorguera.

    Bombacho gris guarnecido,
    Bota de ante, espuela de oro,
    Hierro al cinto suspendido,
    Y a una cadena prendido
    Agudo cuchillo moro.

    Vienen tras este jinete
    Sobre potros jerezanos
    De lanceros hasta siete,
    Y en adarga y coselete
    Diez peones castellanos.

    Asióse a su estribo Inés
    Gritando: —¡Diego, eres tú!—
    Y él viéndola de través
    Dijo: —¡Voto a Belcebú,
    Que no me acuerdo quién es!—

    Dio la triste un alarido
    Tal respuesta al escuchar,
    Y a poco perdió el sentido,
    Sin que más voz ni gemido
    Volviera en tierra a exhalar.

    Frunciendo ambas a dos cejas
    Encomendóla a su gente,
    Diciendo: —Malditas viejas
    Que a las mozas malamente
    Enloquecen con consejas!—

    Y aplicando el capitán
    A su potro las espuelas
    El rostro a Toledo dan,
    Y a trote cruzando van
    Las oscuras callejuelas.


    (cont.)


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    Mensaje por Lluvia Abril Jue 15 Sep 2022, 01:06

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José Zorrilla




    80- A Buen Juez Mejor Testigo


    Tradición de Toledo

    (cont.)



    IV

    Así por sus altos fines
    Dispone y permite el cielo
    Que puedan mudar al hombre
    Fortuna, poder y tiempo.
    A Flandes partió Martínez
    De soldado aventurero,
    Y por su suerte y hazañas
    Allí capitán le hicieron.
    Según alzaba en honores
    Alzábase en pensamientos,
    Y tanto ayudó en la guerra
    Con su valor y altos hechos,
    Que el mismo rey a su vuelta
    Le armó en Madrid caballero,
    Tomándole a su servicio
    Por capitán de Lanceros.
    Y otro no fue que Martínez
    Quien ha poco entró en Toledo,
    Tan orgulloso y ufano
    Cual salió humilde y pequeño.
    Ni es otro a quien se dirige,
    Cobrado el conocimiento,
    La amorosa Inés de Vargas,
    Que vive por él muriendo.
    Mas él, que olvidando todo
    Olvidó su nombre mesmo,
    Puesto que Diego Martínez
    Es el capitán Don Diego,
    Ni se ablanda a sus caricias,
    Ni cura de sus lamentos;
    Diciendo que son locuras
    De gentes de poco seso;
    Que ni él prometió casarse
    Ni pensó jamás en ello.
    ¡Tanto mudan a los hombres
    Fortuna, poder y tiempo!
    En vano porfiaba Inés
    Con amenazas y ruegos;
    Cuanto más ella importuna
    Está Martínez severo.
    Abrazada a sus rodillas,
    Enmarañado el cabello,
    La hermosa niña lloraba
    Prosternada por el suelo.
    Mas todo empeño es inútil,
    Porque el capitán Don Diego
    No ha de ser Diego Martínez
    Como lo era en otro tiempo.
    Y así llamando a su gente,
    De amor y piedad ajeno,
    Mandóles que a Inés llevaran
    De grado o de valimiento.
    Mas ella antes que la asieran,
    Cesando un punto en su duelo,
    Así habló, el rostro lloroso
    Hacia Martínez volviendo:
    —Contigo se fue mi honra,
    Conmigo tu juramento;
    Pues buenas prendas son ambas,
    En buen fiel las pesaremos.—
    Y la faz descolorida
    En la mantilla envolviendo
    A pasos desatentados
    Salióse del aposento.


    V

    Era entonces de Toledo
    Por el rey gobernador
    El justiciero y valiente
    Don Pedro Ruiz de Alarcón.
    Muchos años por su patria
    El buen viejo peleó;
    Cercenado tiene un brazo,
    Mas entero el corazón.
    La mesa tiene delante,
    Los jueces en derredor,
    Los corchetes a la puerta
    Y en la derecha el bastón.
    Está, como presidente
    Del tribunal superior,
    Entre un dosel y una alfombra
    Reclinado en un sillón
    Escuchando con paciencia
    La casi asmática voz
    Con que un tétrico escribano
    Solfea una apelación.
    Los asistentes bostezan
    Al murmullo arrullador,
    Los jueces medio dormidos
    Hacen pliegues al ropón,
    Los escribanos repasan
    Sus pergaminos al sol,
    Los corchetes a una moza
    Guiñan en un corredor,
    Y abajo en Zocodover
    Gritan en discorde son
    Los que en el mercado venden
    Lo vendido y el valor.

    Una mujer en tal punto,
    En faz de grande aflicción,
    Rojos de llorar los ojos,
    Ronca de gemir la voz,
    Suelto el cabello y el manto,
    Tomó plaza en el salón
    Diciendo a gritos:
    —Justicia, Jueces, justicia, señor!—
    Y a los pies se arroja humilde
    De don Pedro de Alarcón,
    En tanto que los curiosos
    Se agitan al rededor.
    Alzóla cortés Don Pedro
    Calmando la confusión
    Y el tumultuoso murmullo
    Que esta escena ocasionó,
    Diciendo:
                       —Mujer, ¿qué quieres?
    —Quiero justicia, señor.
    —¿De qué?
                       —De una prenda hurtada
    —¿Qué prenda?
                       —Mi corazón.
    —¿Tú le diste?
                       —Le presté.
    —¿Y no te le han vuelto?
                       —No.
    —¿Tienes testigos?
                       —Ninguno.
    —¿Y promesa?
                       —¡Sí, por Dios!
    Que al partirse de Toledo
    Un juramento empeñó.
    —¿Quién es él?
                       —Diego Martínez.
    —¿Noble?
                       —Y capitán, señor.
    —Presentadme al capitán,
    Que cumplirá si juró.—

    Quedó en silencio la sala,
    Y a poco en el corredor
    Se oyó de botas y espuelas
    El acompasado son.
    Un portero, levantando
    El tapiz, en alta voz
    Dijo: —El capitán Don Diego.—
    Y entró luego en el salón
    Diego Martínez, los ojos
    Llenos de orgullo y furor.
    —¿Sois el capitán Don Diego—
    Díjole Don Pedro— vos?—
    Contestó altivo y sereno
    Diego Martínez:
                       —Yo soy.
    —¿Conocéis a esta muchacha?
    —Ha tres arios, salvo error.
    —¿Hicísteisla juramento
    De ser su marido?
                       —No.
    —¿Juráis no haberlo jurado?
    —Sí juro.
                       —Pues id con Dios.
    —¡Miente!—clamó Inés llorando
    De despecho y de rubor.
    —Mujer, ¡piensa lo que dices! . . .
    Digo que miente, juró.
    —¿Tienes testigos?
                       —Ninguno.
    —Capitán, idos con Dios,
    Y dispensad que acusado
    Dudara de vuestro honor.—

    Tornó Martínez la espalda
    Con brusca satisfacción,
    E Inés, que le vio partirse,
    Resuelta y firme gritó:
    —Llamadle, tengo un testigo.
    Llamadle otra vez, señor.—
    Volvió el capitán Don Diego,
    Sentóse Ruiz de Alarcón,
    La multitud aquietóse
    Y la de Vargas siguió:
    —Tengo un testigo a quien nunca
    Faltó verdad ni razón.
    —¿Quién?
                       —Un hombre que de lejos
    Nuestras palabras oyó,
    Mirándonos desde arriba.
    —¿Estaba en algún balcón?
    —No, que estaba en un suplicio
    Donde ha tiempo que expiró.
    —¿Luego es muerto?
                       —No, que vive.
    —Estáis loca, ¡vive Dios!
    ¿Quién fué?
                       —El Cristo de la Vega
    A cuya faz perjuró.—

    Pusiéronse en pie los jueces
    Al nombre del Redentor,
    Escuchando con asombro
    Tan excelsa apelación.
    Reinó un profundo silencio
    De sorpresa y de pavor,
    Y Diego bajó los ojos
    De vergüenza y confusión.
    Un instante con los jueces
    Don Pedro en secreto habló,
    Y levantóse diciendo
    Con respetüosa voz:

    —La ley es ley para todos,
    Tu testigo es el mejor,
    Mas para tales testigos
    No hay más tribunal que Dios.
    Haremos... lo que sepamos;
    Escribano, al caer el sol
    Al Cristo que está en la Vega
    Tomaréis declaración.—


    VI

    Es una tarde serena,
    Cuya luz tornasolada
    Del purpurino horizonte
    Blandamente se derrama.
    Plácido aroma las flores
    Sus hojas plegando exhalan,
    Y el céfiro entre perfumes
    Mece las trémulas alas.
    Brillan abajo en el valle
    Con suave rumor las aguas,
    Y las aves en la orilla
    Despidiendo al día cantan.

    Allá por el Miradero
    Por el Cambrón y Visagra
    Confuso tropel de gente
    Del Tajo a la Vega baja.
    Vienen delante Don Pedro
    De Alarcón, Iván de Vargas,
    Su hija Inés, los escribanos,
    Los corchetes y los guardias;
    Y detrás monjes, hidalgos,
    Mozas, chicos y canalla.
    Otra turba de curiosos
    En la Vega les aguarda,
    Cada cual comentariando
    El caso según le cuadra.
    Entre ellos está Martínez
    En apostura bizarra,
    Calzadas espuelas de oro,
    Valona de encaje blanca,
    Bigote a la borgoñesa,
    Melena desmelenada,
    El sombrero guarnecido
    Con cuatro lazos de plata,
    Un pie delante del otro,
    Y el puño en el de la espada.
    Los plebeyos de reojo
    Le miran de entre las capas,
    Los chicos al uniforme
    Y las mozas a la cara.
    Llegado el gobernador
    Y gente que le acompaña,
    Entraron todos al claustro
    Que iglesia y patio separa.
    Encendieron ante el Cristo
    Cuatro cirios y una lámpara,
    Y de hinojos un momento
    Le rezaron en voz baja.

    Está el Cristo de la Vega
    La cruz en tierra posada,
    Los pies alzados del suelo
    Poco menos de una vara;
    Hacia la severa imagen
    Un notario se adelanta,
    De modo que con el rostro
    Al pecho santo llegaba.
    A un lado tiene a Martínez,
    A otro lado a Inés de Vargas,
    Detrás al gobernador
    Con sus jueces y sus guardias.
    Después de leer dos veces
    La acusación entablada,
    El notario a Jesucristo
    Así demandó en voz alta:
    —Jesús, Hijo de María,
    Ante nos esta mañana
    Citado como testigo
    Por boca de Inés de Vargas,
    Juráis ser cierto que un día
    A vuestras divinas plantas
    Juró a Inés Diego Martínez
    Por su mujer desposarla?—

    Asida a un brazo desnudo
    Una mano atarazada
    Vino a posar en los autos
    La seca y hendida palma,
    Y allá en los aires «¡Sí, Juro!»
    Clamó una voz más que humana.
    Alzó la turba medrosa
    La vista a la imagen santa . . .
    Los labios tenía abiertos.
    Y una mano desclavada.


    Conclusión

    Las vanidades del mundo
    Renunció allí mismo Inés,
    Y espantado de sí propio
    Diego Martínez también.
    Los escribanos temblando
    Dieron de esta escena fe,
    Firmando como testigos
    Cuantos hubieron poder.
    Fundóse un aniversario
    Y una capilla con él,
    Y Don Pedro de Alarcón
    El altar ordenó hacer,
    Donde hasta el tiempo que corre,
    Y en cada año una vez,
    Con la mano desclavada
    El crucifijo se ve


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Sep 2022, 06:54

    No recordaba que citaba a José Zorrilla. La verdad es que realiza un gran trajo de selección.

    Besos.


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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 01:57

    Pues sí, una gran selección y además, ha, hubo, de ser difícil elegir entre tantos y tantos buenos poetas y poesías.
    Seguimos pues.


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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 01:59

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Nicomedes Pastor Díaz

    Biografía de Nicomedes Pastor Díaz y Corbelle (1811-1863)

    Nació en Vivero (Lugo), en 1811. Después de sus primeros estudios, en 1826 comenzó en Santiago de Compostela la carrera de derecho, trasladándose en 1832 a la Universidad Complutense, en Alcalá de Henares, donde la finalizó en 1833. Pronto participó en la vida literaria y política de Madrid, donde residió habitualmente. Colaboró en revistas como El Siglo, junto con Espronceda, Ros de Olano y Ventura de la Vega; en El Artista y en distintos periódicos como La Abeja o La patria. Participó en las actividades del Liceo Artístico y Literario y el Ateneo de Madrid y tuvo un papel importante en la difusión del romanticismo a través de su obra de creación, su crítica literaria y la promoción de autores como Zorrilla, a quien favoreció especialmente a partir de la lectura de su poema en el entierro de Larra. En su obra de creación destacan sus poesías y su novela De Villahermosa a la China, que se publicó en versión definitiva en 1858. A lo largo de su vida tuvo diversos cargos políticos de responsabilidad. Murió en Madrid en 1863.



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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:00

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Nicomedes Pastor Díaz




    81- A la Luna


    Desde el primer latido de mi pecho,
    Condenado al amor y a la tristeza,
    Ni un eco a mi gemir, ni a la belleza
    Un suspiro alcancé:
    Halló por fin mi fúnebre despecho
    Inmenso objeto a mi ilusión amante;
    Y de la luna el célico semblante,
    Y el triste mar amé.

    El mar quedóse allá por su ribera;
    Sus olas no treparon las montañas;
    Nunca llega a estas márgenes extrañas
    Su solemne mugir.
    Tú empero que mi amor sigues doquiera,
    Cándida luna, en tu amoroso vuelo,
    Tú eres la misma que miré en el cielo
    De mi patria lucir.

    Tú sola mi beldad, sola mi amante,
    Única antorcha que mis pasos guía,
    Tú sola enciendes en el alma fría
    Una sombra de amor.
    Sólo el blando lucir de tu semblante
    Mis ya cansados párpados resisten;
    Sólo tus formas inconstantes visten
    Bello, grato color.

    Ora cubra cargada, rubicunda
    Nube de fuego tu ardorosa frente;
    Ora cándida, pura, refulgente,
    Deslumbre tu mirar;
    Ora sumida en soledad profunda
    Te mire el cielo desmayada y yerta,
    Como el semblante de una virgen muerta
    ¡Ah!. .. que yo vi expirar.

    La he visto ¡ay, Dios! . . . Al sueño en que reposa
    Yo le cerré los anublados ojos;
    Yo tendí sus angélicos despojos
    Sobre el negro ataúd.
    Yo solo oré sobre la yerta losa
    Donde no corre ya lágrima alguna . . .
    Báñala al menos tú, pálida luna...
    ¡Báñala con tu luz!

    Tú lo harás... que a los tristes acompañas,
    Y al pensador y al infeliz visitas;
    Con la inocencia o con la muerte habitas:
    El mundo huye de ti.
    Antorcha de alegría en las cabañas,
    Lámpara solitaria en las rüinas,
    El salón del magnate no iluminas,
    ¡Pero su tumba ... sí!

    Cargado a veces de aplomadas nubes
    Amaga el cielo con tormenta oscura;
    Mas ríe al horizonte tu hermosura,
    Y huyó la tempestad;
    Y allá del trono do esplendente subes
    Riges el curso al férvido Oceano,
    Cual pecho amante, que al mirar lejano
    Hierve, de tu beldad.

    Mas ¡ay! que en vano en tu esplendor encantas;
    Ese hechizo falaz no es de alegría;
    Y huyen tu luz y triste compañía
    Los astros con temor.
    Sola por el vacío te adelantas,
    Y en vano en derredor tus rayos tiendes,
    Que sólo al mundo en tu dolor desciendes,
    Cual sube a ti mi amor.

    Y en esta tierra, de aflicción guarida,
    ¿Quién goza en tu fulgor blandos placeres?
    Del nocturno reposo de los seres
    No turbas la quietud.
    No cantarán las aves tu venida;
    Ni abren su cáliz las dormidas flores:
    ¡Sólo un ser . . . de desvelos y dolores,
    Ama tu yerta luz! . . .

    ¡Sí, tú mi amor, mi admiración, mi encanto!
    La noche anhelo por vivir contigo,
    Y hacia el ocaso lentamente sigo
    Tu curso al fin veloz.
    Pásarte a veces a escuchar mi llanto,
    Y desciende en tus rayos amoroso
    Un espíritu vago, misterioso,
    Que responde a mi voz. . .

    ¡Ay! calló ya... Mi celestial querida
    Sufrió también mi inexorable suerte...
    Era un sueño de amor, . . .Desvanecerte
    Pudo una realidad.
    Es cieno ya la esqueletada vida;
    No hay ilusión, ni encantos, ni hermosura;
    La muerte reina ya sobre natura,
    ¡Y la llaman . . .VERDAD!

    ¡Qué feliz, qué encantado, si ignorante,
    El hombre de otros tiempos viviría,
    Cuando en el mundo, de los dioses vía
    Doquiera la mansión!
    Cada eco fuera un suspirar amante,
    Una inmortal belleza cada fuente;
    Cada pastor ¡oh luna! en sueño ardiente
    Ser pudo un Endimión.

    Ora trocada en un planeta oscuro,
    Girando en los abismos del vacío,
    Do fuerza oculta y ciega, en su extravío,
    Cual piedra te arrojó,
    Es luz de ajena luz tu brillo puro;
    Es ilusión tu mágica influencia,
    Y mi celeste amor... ciega demencia,
    ¡Ay!. . . que se disipó.

    Astro de paz, belleza de consuelo,
    Antorcha celestial de los amores,
    Lámpara sepulcral de los dolores,
    Tierna y casta deidad,
    ¿Qué eres, de hoy más, sobre ese helado cielo?
    Un peñasco que rueda en el olvido,
    ¡O el cadáver de un sol que, endurecido
    Yace en la eternidad!


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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:01

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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Enrique Gil Carrasco



    Biografía

    Enrique Gil y Carrasco nació en Villafranca del Bierzo, el 15 de julio de 1815. Su padre era el administrador de las fincas de la Marquesa de Villafranca. Cuando era pequeño la familia se trasladó a Ponferrada, donde estudió en el Colegio de los Padres Agustinos. Entre 1829 y 1831 estudió en el Seminario de Astorga, para pasar después a la Universidad de Valladolid.

    En 1836 se trasladó a Madrid, donde frecuentó las reuniones de “El Parnasillo”. Espronceda lo ayudó al leer públicamente la composición “Una gota de rocío” de Gil Carrasco, que fue publicada después en El Español.

    En 1838 inició su colaboración en El Correo Nacional y ese mismo año uno de sus poemas, “La niebla”, fue seleccionado para el álbum de sus composiciones poéticas que El Liceo regalaba a doña María Cristina de Borbón.

    En 1839 su estado de salud empeoró y volvió a Ponferrada a pasar una temporada con la familia, y allí escribió su primera novela. De regreso a Madrid obtuvo un puesto en la Biblioteca Nacional y fundó con su amigo Miguel de los Santos Alvarez la revista El Pensamiento. Tras la muerte de Espronceda en 1842 escribió la novela que le dio fama: El señor de Bembibre, considerada la novela histórica española más importante de la época romántica, la obra trata la disolución de los templarios en España. En 1844 se trasladó a Berlín para desempeñar su cargo de representante de España en Prusia. Falleció el 22 de febrero de 1846, a los treinta y un años de edad.

    Como representante del romanticismo español, se ha equiparado su poesía con la de Bécquer, a quien se anticipa, y se le considera uno de los más valiosos autores de prosa poética de su época.

    BIBLIOGRAFÍA

    Poesías
    El lago de Carucedo (1840)
    El señor de Bembibre (1844


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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:02

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



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    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Enrique Gil Carrasco



    82- La Violeta


    Flor deliciosa en la memoria mía,
    Ven mi triste laúd a coronar,
    Y volverán las trovas de alegría
    En sus ecos tal vez a resonar.

    Mezcla tu aroma a sus cansadas cuerdas;
    Yo sobre ti no inclinaré mi sien,
    De miedo, pura flor, que entonces pierdas
    Tu tesoro de olores y tu bien.

    Yo, sin embargo, coroné mi frente
    Con tu gala en las tardes del Abril,
    Yo te buscaba a orillas de la fuente,

    Porque eras melancólica y perdida,
    Y era perdido y lúgubre mi amor,
    Y en ti miré el emblema de mi vida
    Y mi destino, solitaria flor.

    Tú allí crecías olorosa y pura
    Con tus moradas hojas de pesar;
    Pasaba entre la yerba tu frescura
    De la fuente al confuso murmurar.

    Y pasaba mi amor desconocido,
    De un arpa oscura al apagado son,
    Con frívolos cantares confundido
    El himno de mi amante corazón.

    Yo busqué la hermandad de la desdicha
    En tu cáliz de aroma y soledad,
    Y a tu ventura asemejé mi dicha,
    Y a tu prisión mi antigua libertad.

    ¡Cuántas meditaciones han pasado
    Por mi frente mirando tu arrebol!
    ¡Cuántas veces mis ojos te han dejado
    Para volverse al moribundo sol!

    ¡Qué de consuelos a mi pena diste
    Con tu calma y tu dulce lobreguez,
    Cuando la mente imaginaba triste
    El negro porvenir de la vejez!

    Yo me decía: «Buscaré en las flores
    Seres que escuchen mi infeliz cantar,
    Que mitiguen con bálsamos de olores
    Las ocultas heridas del pesar.»

    Y me apartaba, al alumbrar la luna,
    De ti, bañada en moribunda luz,
    Adormecida en tu vistosa cuna,
    Velada en tu aromático capuz.

    Y una esperanza el corazón llevaba
    Pensando en tu sereno amanecer,
    Y otra vez en tu cáliz divisaba
    Perdidas ilusiones de placer.




    Héme hoy aquí: ¡cuán otros mis cantares!
    ¡Cuán otro mi pensar, mi porvenir!
    Ya no hay flores que escuchen mis pesares,
    Ni soledad donde poder gemir.

    Lo secó todo el soplo de mi aliento,
    Y naufragué con mi doliente amor;
    Lejos ya de la paz y del contento,
    Mírame aquí en el valle del dolor.

    Era dulce mi pena y mi tristeza;
    Tal vez moraba una ilusión detrás:
    Mas la ilusión voló con su pureza;
    Mis ojos ¡ay! no la verán jamás.

    Hoy vuelvo a ti, cual pobre viajero
    Vuelve al hogar que niño le acogió;
    Pero mis glorias recobrar no espero,
    Sólo a buscar la huesa vengo yo.

    Vengo a buscar mi huesa solitaria
    Para dormir tranquilo junto a ti,
    Ya que escuchaste un día mi plegaria,
    Y un ser humano en tu corola vi.

    Ven mi tumba a adornar, triste viola,
    Y embalsama mi oscura soledad;
    Sé de su pobre césped la aureola
    Con tu vaga y poética beldad.

    Quizá al pasar la virgen de los valles,
    Enamorada y rica en juventud,
    Por las umbrosas y desiertas calles
    Do yacerá escondido mi ataúd,

    Irá a cortar la humilde violeta
    Y la pondrá en su seno con dolor,
    Y llorando dirá: «¡Pobre poeta!
    ¡Ya está callada el arpa del amor!»



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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:03

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Padre Juan Arolas

    Arolas Bonet, Juan. Barcelona, 20.VI.1805 – Valencia, 25.IX.1849. Poeta y sacerdote (SchP).

    Fue el sexto de los siete hijos de Francisco y Teresa, tejedores y comerciantes de indias. Al morir la madre en 1809, los Arolas se trasladaron a Reus y después a Valencia, donde en 1814 Juan y su hermano Pablo ya figuran como alumnos de las Escuelas Pías de San Joaquín. La soledad y melancolía que le producía su orfandad, agudizadas, quizá, por el fracaso de una experiencia amorosa —si se aceptan como autobiográficas algunas insinuaciones que se encuentran en su obra—, determinaron que emulara a su hermano mayor y vistiera la sotana calasancia en 1819. Durante su noviciado en Peralta de la Sal (Huesca) como Juan de la Pasión, alternó los estudios sagrados con los humanísticos, y probablemente despertó su vocación poética.

    Tras cursar filosofía en Zaragoza, regresó a Valencia para completar su formación eclesiástica. Ya diácono, mientras realizaba tareas docentes en el Colegio Andresiano, asistía a la tertulia que el padre Jaime Vicente reunía en su celda y componía imitaciones de los poetas clásicos latinos y españoles, recogidas luego en las Poesías de 1843. También por entonces debió de introducirse en los círculos literarios de la ciudad y acudir a los agrios debates entre clásicos y románticos que dieron al traste con la Academia de Apolo. Es segura su asistencia a la tertulia de la librería de Cabrerizo, en donde Arolas —sacerdote desde 1829— descubrió la literatura contemporánea, los estilos de cuyos autores más representativos —Byron, Hugo y Lamartine, entre los extranjeros, y Rivas y Zorrilla, entre los españoles— convirtió muy pronto en modelos de sus propias creaciones. Con ellas ilustró el Diario Mercantil de Valencia, que, con su compañero de orden Pascual Pérez, fundó en 1834. Y en su “boletín”, con una frecuencia casi semanal, fueron apareciendo sus “caballerescas”, “orientales”, “armonías”y “meditaciones” junto a otros versos patrióticos y circunstanciales.

    Durante el convulso tiempo de las regencias, desarrolla una actividad literaria febril, y su romanticismo y compromiso liberal entran en conflicto con su profesión religiosa. El proceso desamortizador de Mendizábal y la subsiguiente exclaustración —a que se acogieron sus amigos— desencadenaron en el escolapio una aguda crisis —sublimada en La sílfida del acueducto (1837), novela en verso de un amor sacrílego e incendiario anticlericalismo— que dejó en su obra posterior evidentes señales de arrepentimiento y precipitó un desequilibrio psíquico que desembocaría en locura. En 1840 funda, con Pérez, La Psiquis, y Cabrerizo edita sus Poesías caballerescas y orientales; colabora en El Fénix (1844-1849) y otras revistas valencianas, y en El Constitucional barcelonés, que le publica su segundo libro de Poesías (1842); al año siguiente, Mompié recoge en tres tomos Cartas amatorias, Poesías pastoriles y Libro de amores, compuesto por poemas más recientes y la versión libre en prosa de los Basia de Everaerts. Además de su miracle de san Vicente Ferrer, realza su aportación al auge literario de Valencia su faceta de traductor de obras tan dispares como las Poesías de Chateaubriand (1846) y Trabajo de la Divina Gracia de Capizzi (1847), entre otras, publicadas cuando su deterioro mental ya se había declarado. Apartado de toda labor intelectual y recluido en su celda, moría dos años después de una apoplejía. Sus amigos dedicaron a su memoria una Corona fúnebre que acompañó la edición de sus Poesías a partir de 1850


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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:04

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    Padre Juan Arolas



    83. Sé Más Feliz Que Yo


    Sobre pupila azul, con sueño leve,
    Tu párpado cayendo amortecido,
    Se parece a la pura y blanca nieve
    Que sobre las violetas reposó:
    Yo el sueño del placer nunca he dormido:
    Sé más feliz que yo.

    Se asemeja tu voz en la plegaria
    Al canto del zorzal de indiano suelo
    Que sobre la pagoda solitaria
    Los himnos de la tarde suspiró:
    Yo sólo esta oración dirijo al cielo:
    Sé más feliz que yo.

    Es tu aliento la esencia más fragante
    De los lirios del Arno caudaloso
    Que brotan sobre un junco vacilante
    Cuando el céfiro blando los meció:
    Yo no gozo su aroma delicioso:
    Sé más feliz que yo.

    El amor, que es espíritu de fuego,
    Que de callada noche se aconseja
    Y se nutre don lágrimas y ruego,
    En tus purpúreos labios se escondió:
    Él te guarde el placer y a mí la queja:
    Sé más feliz que yo.

    Bella es tu juventud en sus albores
    Como un campo de rosas del Oriente;
    Al ángel del recuerdo pedí flores
    Para adornar tu sien, y me las dio;
    Yo decía al ponerlas en tu frente:
    Sé más feliz que yo.

    Tu mirada Vivaz es de paloma;
    Como la adormidera del desierto
    Causas dulce embriaguez, hurí de aroma
    Que el cielo de topacio abandonó:
    Mi suerte es dura, mi destino incierto:
    Sé más feliz que yo.




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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:05

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    Pablo Piferrer

    Pablo Piferrer y Fábregas (Barcelona, 1818-Barcelona, 1848), periodista, poeta y prosista español.

    Biografía

    Tuvo una infancia pobre; su padre fue un laborioso tejedor de velos, oriundo de Vilassar de Mar1. Estudios de letras y Derecho realizados con gran esfuerzo económico. Fue bibliotecario y profesor de retórica en el Colegio Barcelonés. Colaborador de El Vapor, El Guardia Nacional, Diario de Barcelona y otros periódicos. Perteneció al grupo de escritores catalanes formado por Manuel Milá y Fontanals, Rubió y Lluch, Joaquín Rubió y Ors y otros, que supieron unir el amor a España y a su lengua con el amor a su región. Milá publicó sus poesías después de su muerte en Composiciones poéticas de don Pablo Piferrer, don Juan Bautista Carbó y don José Semís y Mensá (1851). En prosa escribió Clásicos españoles (1846), antología destinada al uso de los estudiantes que lleva una "Noticia de todas las épocas de nuestra prosa", donde se relaiza un estudio estilístico de la prosa española hasta Larra; Estudios de crítica (1859) es una colección de artículos publicados en el Diario de Barcelona sobre teatro, libros, historia, música y arte. Inició con Francisco Javier Parcerisa Recuerdos y bellezas de España con erudición arqueológica y sensibilidad artística. Cultivó asimismo la narración breve de tipo histórico ("El castillo de Monsolíu" y "Cap d'estopa") o de tipo social e imaginario ("Cuento fantástico", 1837). Se conserva también un valioso Epistolario.

    Se le ha llamado poeta de alma germánica por su popularismo, la melancolía amorosa, la sencillez expresiva y cierta vaguedad en el ambiente. Admiraba de hecho el Romanticismo alemán, e introdujo la balada y se percibe la influencia de Schiller en la gravedad sentenciosa de sus poemas. Pero hay que destacar también el catalanismo manifiesto en su gusto por el color local y la suma estima en que tenía la poesía catalana popular y trovadoresca. Entre sus poemas destacan "El ermitaño de Montserrat", "Canción de la primavera", "Retorno de la feria", "Alina y el Genio" y "La cascada y la campana", poema simbólico en la que la primera incita a la desesperación y la segunda a la esperanza.

    Bibliografía

    Ramón Carnicer Blanco, Vida y obra de Pablo Piferrer. Madrid: CSIC, 1963
    • Ricardo Navas Ruiz, El Romanticismo español. Madrid: Cátedra, 1982 (3.ª).



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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 16 Sep 2022, 02:06

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Pablo Piferrer



    84. Canción de la Primavera


    Ya vuelve la primavera:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Tiende sobre la pradera
    El verde manto—de la esperanza.

    Sopla caliente la brisa:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Las nubes pasan aprisa,
    Y el azur muestran—de la esperanza.

    La flor ríe en su capullo:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Canta el agua en su murmullo
    El poder santo—de la esperanza.

    ¿La oís que en los aires trina?
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    —«Abrid a la golondrina,
    Que vuelve en alas—de la esperanza.»—

    Niña, la niña modesta:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    El Mayo trae tu fiesta
    Que el logro trae—de tu esperanza.

    Cubre la tierra el amor:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    El perfume engendrador
    Al seno sube—de la esperanza.

    Todo zumba y reverdece:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
    Cuanto el son y el verdor crece,
    Tanto más crece—toda esperanza.

    Sonido, aroma y color
    (Suene la gaita,—ruede la danza)
    Únense en himnos de amor,
    Que engendra el himno—de la esperanza.

    Morirá la primavera:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Mas cada año en la pradera
    Tornará el manto—de la esperanza.

    La inocencia de la vida
    (Calle la gaita,—pare la danza)
    No torna una vez perdida:
    ¡Perdí la mía!—¡ay mi esperanza!



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 9 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 17 Sep 2022, 01:01

    84. Canción de la Primavera


    Ya vuelve la primavera:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Tiende sobre la pradera
    El verde manto—de la esperanza.

    Sopla caliente la brisa:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Las nubes pasan aprisa,
    Y el azur muestran—de la esperanza.

    La flor ríe en su capullo:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Canta el agua en su murmullo
    El poder santo—de la esperanza.

    ¿La oís que en los aires trina?
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    —«Abrid a la golondrina,
    Que vuelve en alas—de la esperanza.»—

    Niña, la niña modesta:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    El Mayo trae tu fiesta
    Que el logro trae—de tu esperanza.

    Cubre la tierra el amor:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    El perfume engendrador
    Al seno sube—de la esperanza.

    Todo zumba y reverdece:
    Suene la gaita,--ruede la danza:
    Cuanto el son y el verdor crece,
    Tanto más crece—toda esperanza.

    Sonido, aroma y color
    (Suene la gaita,—ruede la danza)
    Únense en himnos de amor,
    Que engendra el himno—de la esperanza.

    Morirá la primavera:
    Suene la gaita,—ruede la danza:
    Mas cada año en la pradera
    Tornará el manto—de la esperanza.

    La inocencia de la vida
    (Calle la gaita,—pare la danza)
    No torna una vez perdida:
    ¡Perdí la mía!—¡ay mi esperanza!

    PRECIOSO. LO DESCONOCÍA. LO QUE LLAMA LA ATENCIÓN DE MENÉNDEZ PELAYO, ADEMÁS DE SU INTELIGENCIA ES SU CAPACIDAD DE TRABAJO... INMENSA.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 9 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:50

    Totalmente de acuerdo, inmensa capacidad.
    Gracias y seguimos pues.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 9 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:53

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Gabriel García Tassara

    García Tassara, Gabriel. Sevilla, 19.XII.1817 – Madrid, 14.II.1875. Poeta, periodista, político y diplomático.

    De familia distinguida, hizo sus primeros estudios en el sevillano colegio de Santo Tomás, en donde el padre Sotelo inició su formación clásica y animó su vocación poética, según recordaría el discípulo en una emotiva elegía. Compartió aficiones y cursos de Derecho con su entrañable S. Bermúdez de Castro y, tras un breve período madrileño, en que publicó “Almerinda en el teatro” en la romántica revista El Artista (1835) —que también acogía colaboraciones de algunos de sus compañeros—, obtuvo el grado de bachiller en Jurisprudencia Civil por la Universidad hispalense (1836). Pero cada vez más inclinado a la literatura y asiduo a las reuniones que celebraba el duque de Rivas y a las sesiones y debates del Liceo Bético —algunas de sus composiciones aparecen en La lira andaluza y El Nuevo Paraíso—, abandonó las aulas para trasladarse a la Corte (1839), en donde ya había empezado a darse a conocer.

    Comenzó entonces una etapa de intensa actividad: asiste a la tertulia del “Parnasillo” y alterna con la sociedad de intelectuales y políticos que concurre al Ateneo y a los “jueves” del Liceo; publica sus poesías en el Semanario Pintoresco Español, El Correo Nacional, Revista de Madrid, El Pensamiento —que agrupaba a los amigos de Espronceda—, El Conservador, El Iris y El Laberinto, entre otras revistas, y proyecta coleccionarlas en un libro que no verá la luz hasta treinta años después; desde las páginas de El Piloto, El Sol, El Faro —que llegó a dirigir— polemiza con la prensa progresista; vive episodios sentimentales —de lamentable final con Gertrudis Gómez de Avellaneda, resuelto en amistad con Carolina Coronado—; y, terminada la regencia de Espartero, es elegido diputado a Cortes durante la década moderada, en 1846 por Lugo y en 1854 y 1856 por Sevilla. Sus mesiánicos versos satíricos y discursos parlamentarios sobre las consecuencias del revolucionario 1848 europeo, en matizada afinidad con las interpretaciones de su amigo Donoso Cortés, lo perfilarán como posible diplomático.

    Renuncia al cargo de ministro plenipotenciario en Parma, pero dos años después dimite de diputado al ser nombrado con igual categoría para representar a España en los Estados Unidos.
    Durante una década García Tassara elaboró y quiso poner en práctica su teoría de la “raza hispana” en un intento de recuperar el prestigio de la metrópoli entre las antiguas colonias. A ello orienta su gestión durante la intervención europea en México (1863) —premiada con las Cruces de Isabel la Católica y Carlos III— y en la guerra del Pacífico (1866), paralelamente a la misión de rebajar las pretensiones de Washington sobre Cuba y evitar el conflicto bélico que estalló cuando ya había regresado a España destituido.

    En Madrid fue testigo de la Revolución de 1868, que dio al traste con sus esperanzas de ser elegido diputado en las Cortes del último Gobierno de Isabel II, y reafirmó su desconfianza en el futuro. No obstante su filiación moderada, aceptó del Gobierno Provisional el nombramiento de embajador en Londres, pero dimitió dos meses después (junio de 1869) por razones de salud. Desahuciado de la política tras un nuevo fracaso electoral (1871), preparó y publicó la edición de sus Poesías (1872) y consumió sus últimos años en el retiro horaciano que, como ideal de vida, había deseado en sus versos.


    Obras de ~: Poesías de [...], publicadas por J.J.B., Bogotá, Imprenta El Mosaico, 1861 (Madrid, 1869); Poesías. Colección formada por el autor, Madrid, Rivadeneyra, 1872 (Madrid- Sevilla, s. f. [1880]); Antología poética, ed. de M. Palenque, Sevilla, Servicio de Publicaciones del Excmo. Ayuntamiento (Biblioteca de Temas Sevillanos, 35), 1986.



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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:54

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Gabriel García Tassara


    85. Himno al Mesías



    Baja otra vez al mundo,
    ¡Baja otra vez, Mesías!
    De nuevo son los días
    De tu alta vocación;
    Y en su dolor profundo
    La humanidad entera
    El nuevo oriente espera
    De un sol de redención.

    Corrieron veinte edades
    Desde el supremo día
    Que en esa cruz te vía
    Morir Jerusalén;
    Y nuevas tempestades
    Surgieron y bramaron,
    De aquellas que asolaron
    El primitivo Edén.

    De aquellas que le ocultan
    Al hombre su camino
    Con ciego torbellino
    De culpa y expiación;
    De aquellas que sepultan
    En hondos cautiverios
    Cadáveres de imperios
    Que fueron y no son.

    Sereno está en la esfera
    El sol del firmamento;
    La tierra en su cimiento
    Inconmovible está:
    La blanca primavera
    Con su gentil abrazo
    Fecunda el gran regazo
    Que flor y fruto da.

    Mas ¡ay! que de las almas
    El sol yace eclipsado:
    Mas ¡ay! que ha vacilado
    El polo de la fe;
    Mas ¡ay! que ya tus palmas
    Se vuelven at desierto
    No crecen, no, en el huerto
    Del que tu pueblo fue.

    Tiniebla es ya la Europa:
    Ella agotó la ciencia,
    Maldijo su creencia,
    Se apacentó con hiel;
    Y rota ya la copa
    En que su fe bebía,
    Se alzaba y te decía:
    «¡Señor! yo soy Luzbel.»

    Mas ¡ay! que contra el cielo
    No tiene el hombre rayo,
    Y en súbito desmayo
    Cayó de ayer a hoy;
    "Y en son de desconsuelo,
    Y en llanto de impotencia,
    Hoy dama en tu presencia:
    «Señor, tu pueblo soy.»

    No es, no, la Roma atea
    Que entre aras derrocadas
    Despide a carcajadas
    Los dioses que se van;
    Es la que, humilde rea,
    Baja a las catacumbas,
    Y palpa entre las tumbas
    Los tiempos que vendrán.

    Todo, Señor, diciendo
    Está los grandes días
    De luto y agonías,
    De muerte y orfandad;
    Que, del pecado horrendo
    Envuelta en el sudario,
    Pasa por un Calvario
    La ciega humanidad.

    Baja ¡oh Señor! no en vano
    Siglos y siglos vuelan;
    Los siglos nos revelan
    Con misteriosa luz
    El infinito arcano
    Y la virtud que encierra,
    Trono de cielo y tierra
    Tu sacrosanta cruz.

    Toda la historia humana
    ¡Señor! está en tu nombre;
    Tú fuiste Dios del hombre,
    Dios de la humanidad.
    Tu sangre soberana
    Es su Calvario eterno;
    Tu triunfo del infierno
    Es su inmortalidad.

    ¿Quién dijo, Dios clemente,
    Que tú no volverías,
    Y a horribles gemonías,
    Y a eterna perdición,
    Condena a esta doliente
    Raza del ser humano
    Que espera de tu mano
    Su nueva salvación?

    Sí, tú vendrás. Vencidos
    Serán con nuevo ejemplo
    Los que del santo templo
    Apartan a tu grey.
    Vendrás y confundidos
    Caerán con los ateos
    Los nuevos fariseos
    De la caduca ley.

    ¿Quién sabe si ahora mismo
    Entre alaridos tantos
    De tus profetas santos
    La voz no suena ya?
    Ven, saca del abismo
    A un pueblo moribundo;
    Luzbel ha vuelto al mundo
    Y Dios ¿no volverá?

    ¡Señor! En tus juicios
    La comprensión se abisma;
    Mas es siempre la misma
    Del Gólgota la voz.
    Fatídicos auspicios
    Resonarán en vano;
    No es el destino humano
    La humanidad sin Dios.

    Ya pasarán los siglos
    De la tremenda prueba;
    ¡Ya nacerás, luz nueva
    De la futura edad!
    Ya huiréis ¡negros vestiglos
    De los antiguos días!
    Ya volverás ¡Mesías!
    En gloria y majestad.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:55

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Gertrudis Gómez de Avellaneda


    Breve biografía de Gertrudis Gómez de Avellaneda
    Por M.ª Ángeles Ayala Aracil
    (Universidad de Alicante)


    La información y datos biográficos más fidedignos con que contamos para esbozar la trayectoria personal y profesional de Gertrudis Gómez de Avellaneda corresponden a los numerosos textos autobiográfícos -cartas y memorias- escritos por la propia autora a lo largo de su vida. La escritora nace en Puerto Príncipe, hoy Camagüey (Cuba), el 23 de marzo de 1814. Hija de padre español, don Manuel Gómez de Avellaneda, comandante de Marina, destinado en Cuba y madre cubana, doña Francisca de Arteaga y Betancourt, perteneciente a una ilustre y acaudalada familia isleña. Su infancia transcurre sin contratiempos hasta la muerte de su padre (1823) y posterior casamiento de su madre con don Gaspar de Escalada y López de la Peña en este mismo año. Matrimonio que Tula nunca terminará de aceptar. Su educación fue esmerada, tal como le correspondía por la clase social a la que pertenecía. Sus aficiones favoritas en este tiempo -representar comedias, redactar cuentos, lectura de novelas, poesías y comedias- indican claramente su inclinación por la literatura. La lectura de escritores románticos franceses e ingleses -Byron, Victor Hugo, Lamartine, Chateaubriand, Madame de Staël, George Sand- reforzaría, sin duda, su vocación literaria. A los catorce años, 1830, rechaza el matrimonio concertado por su familia y como consecuencia pierde la herencia de su abuelo.

    En 1836 la familia decide establecerse en España, instalándose en La Coruña tras varios meses de viaje. El ambiente conservador de la ciudad no es del agrado de Gertrudis Gómez de Avellaneda y tras visitar Andalucía, acompañada por su hermano Manuel, la escritora fija su residencia en Sevilla. El animado ambiente cultural de la ciudad estimula la actividad creadora de Tula y da a conocer sus primeros trabajos literarios. En 1839 publica sus versos bajo el pseudónimo de La Peregrina en periódicos y revistas de esta ciudad y, más tarde, en algunos de Cádiz. En junio de 1840 estrena su primera obra dramática Leoncia, que es muy bien acogida por los espectadores sevillanos. En Sevilla conocerá a Ignacio de Cepeda, el hombre que despertó un apasionado amor en la joven escritora que se mantendrá vivo, a pesar de que él nunca le correspondió con la misma intensidad, a lo largo de casi toda su vida. Sentimiento amoroso que ella recreó con admirable maestría en la Autobiografía y cartas publicadas por Lorenzo Cruz en 1837.

    A partir de 1840 la escritora se instala en Madrid y comienza un periodo de fecunda actividad literaria. Entre 1840 y 1846 Gertrudis da a conocer parte de su producción poética -Poesías (1841)-; publica novelas -Sab (1841), Dos mujeres (1842-1843), Espatolino (1844), Guatimozín (1845)-, artículos de costumbres -La dama de gran tono (1843) y leyendas La baronesa de Joux (1844)-; estrena en 1844 los dramas titulados Munio Alfonso y El príncipe de Viana y en 1846, Egilona. Son los años donde se consolida su prestigio literario. Participa en las veladas literarias del reconocido Liceo madrileño, donde se relaciona con los grandes escritores e intelectuales de la época: Alberto Lista, Juan Nicasio Gallego, Manuel Quintana, Bernardino Fernández de Velasco, duque de Frías, Nicomedes Pastor Díaz, José Zorrilla, Francisco de Paula y Mellado, entre otros, se convertirán en sus protectores y amigos. Éxito literario que coincide con la relación amorosa que la escritora mantiene durante 1844 y 1845 con el poeta Gabriel García Tassara. Fruto de esta relación es el nacimiento de una niña en abril de 1845 que solo sobrevivirá siete meses, sin que su padre se digne a verla, ni mucho menos reconocerla como suya. Gertrudis Gómez de Avellaneda acepta en mayo de 1846 contraer matrimonio con Pedro Sabater, gobernador civil de Madrid en aquel entonces. La unión dura poco más de seis meses, pues Sabater morirá de una afección en la laringe en Burdeos en agosto de 1846. Gertrudis Gómez de Avellaneda, tras pasar algunos meses en el convento de Nuestra Señora del Loreto de Burdeos reponiéndose de su pérdida, regresa a Madrid.

    Reanuda su relación amorosa con Ignacio de Cepeda con idéntico resultado que la primera vez, pues Cepeda, de nuevo, no está a la altura de la apasionada Tula. Años, pues, de soledad afectiva, pero años de éxito literario. Entre 1849 y 1853 estrena siete obras dramáticas: Saúl (1849) tragedia bíblica calurosamente acogida por el público, Flavio Recaredo (1851), La verdad vence apariencias (1852), Errores del corazón (1852), El donativo del diablo (1852), La hija de las flores (1852) y La Aventurera (1853). Reedita sus Poesías (1851) y publica un relato de tema histórico Dolores. Páginas de una crónica de familia. Asimismo en el Semanario Pintoresco Español aparecen dos nuevas leyendas: La velada del helecho (1849) y La montaña maldita (1851). El éxito literario alcanzado, no impide, sin embargo, que Gertrudis Gómez de Avellaneda vea rechazada su pretensión de ingresar en la Real Academia Española de la Lengua en 1853.

    Tras una relación amorosa con Antonio Romero Ortiz, la escritora se casará en 1855 con Domingo Verdugo y Massieu, coronel y diputado a Cortes. Su labor literaria no decae en estos años. Escribe varias leyendas que recogerá más tarde en sus Obras literarias y estrena Simpatía y antipatía (1855), La hija del rey René (1855), Oráculos de Talía o los duendes de palacio (1855), Los tres amores (1858) y Baltasar (1858), una de las mejores obras dramáticas de la autora. Producción que se verá alterada cuando Domingo Verdugo resulta gravemente herido en una disputa originada, precisamente, a raíz del estreno de los Tres amores. En 1859 el matrimonio se traslada a Cuba, donde el coronel Verdugo morirá en 1863 a consecuencia de la herida recibida en Madrid. Tras veintitrés años de ausencia, pues, Gertrudis Gómez de Avellaneda regresa a su tierra natal. Allí continuará sus trabajos literarios. Dirige en 1860 la revista El Álbum Cubano y en este medio publica, además de sus leyendas La montaña maldita, La dama de Amboto y La flor del ángel, sus discutidos artículos sobre La mujer. El 1 de febrero de 1873 muere en Madrid Gertrudis Gómez de Avellaneda, después de regresar a España (1864), y haber permanecido dos años en Sevilla y el resto en Madrid, dedicándose, casi exclusivamente, a la tarea de corregir sus obras y preparar la edición completa de las mismas, Obras literarias, dramáticas y poéticas (1869-1871).


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:56

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Gertrudis Gómez de Avellaneda



    86. Amor y Orgullo


    Un tiempo hollaba por alfombras rosas;
    Y nobles vates, de mentidas diosas
    Prodigábanme nombres;
    Mas yo, altanera, con orgullo vano,
    Cual águila real al vil gusano
    Contemplaba a los hombres.

    Mi pensamiento —en temerario vuelo—
    Ardiente osaba demandar al cielo
    Objeto a mis amores:
    Y si a la tierra con desdén volvía
    Triste mirada, mi soberbia impía
    Marchitaba sus flores.

    Tal vez por un momento caprichosa
    Entre ellas revolé, cual mariposa,
    Sin fijarme en ninguna;
    Pues de místico bien siempre anhelante,
    Clamaba en vano, como tierno infante
    Quiere abrazar la luna.

    Hoy, despeñada de la excelsa cumbre,
    Do osé mirar del sol la ardiente lumbre
    Que fascinó mis ojos,
    Cual hoja seca al raudo torbellino,
    Cedo al poder del áspero destino. . .
    ¡Me entrego a sus antojos!

    Cobarde corazón, que el nudo estrecho
    Gimiendo sufres, dime: ¿qué se ha hecho
    Tu presunción altiva?
    ¿Qué mágico poder, en tal bajeza
    Trocando ya tu indómita fiereza,
    De libertad te priva?

    ¡Mísero esclavo de tirano dueño;
    Tu gloria fue cual mentiroso sueño,
    Que con las sombras huye!
    Di ¿qué se hicieron ilusiones tantas
    De necia vanidad, débiles plantas
    Que el aquilón destruye?

    En hora infausta a mi feliz reposo,
    ¿No dijiste, soberbio y orgulloso:
    —Quién domará mi brío?
    ¡Con mi solo poder haré, si quiero,
    Mudar de rumbo al céfiro ligero
    Y arder al mármol frío!—

    ¡Funesta ceguedad! ¡Delirio insano!
    Te gritó la razón... Mas ¡cuán en vano
    Te advirtió tu locura!
    Tú misma te forjaste la cadena,
    Que a servidumbre eterna te condena,
    Y a duelo y amargura.

    Los lazos caprichosos que otros días
    —Por pasatiempo— a tu placer tejías,
    Fueron de seda y oro;
    Los que ahora rinden tu valor primero
    Son eslabones de pesado acero,
    Templados con tu lloro.

    ¿Qué esperaste ¡ay de ti! de un pecho helado,
    De inmenso orgullo y presunción hinchado,
    De víboras nutrido?
    Tú —que anhelabas tan sublime objeto—
    ¿Cómo al capricho de un mortal sujeto
    Te arrastras abatido?

    ¿Con qué velo tu amor cubrió mis ojos,
    Que por flores tomé duros abrojos
    Y por oro la arcilla? . . .
    ¡Del torpe engaño mis rivales ríen,
    Y mis amantes ¡ay! tal vez se engríen
    Del yugo que me humilla!

    ¿Y tú lo sufres, corazón cobarde?
    ¿Y de tu servidumbre haciendo alarde,
    Quieres ver' en mi frente
    El sello del amor que te devora? . . .
    ¡Ah! velo, pues, y búrlese en buen hora
    De mi baldón la gente.

    ¡Salga del pecho —requemando el labio—
    El caro nombre, de mi orgullo agravio,
    De mi dolor sustento!
    ¿Escrito no le ves en las estrellas
    Y en la luna apacible, que con ellas
    Alumbra el firmamento?

    ¿No le oyes, de las auras al murmullo?
    ¿No le pronuncia —en gemidor arrullo—
    La tórtola amorosa?
    ¿No resuena en los árboles, que el viento
    Halaga con pausado movimiento
    En esa selva hojosa?

    De aquella fuente entre las claras linfas,
    ¿No le articulan invisibles ninfas
    Con eco lisonjero? . . .
    ¿Por qué callar el nombre que te inflama,
    Si aún el silencio tiene voz, que aclama
    Ese nombre que quiero?

    Nombre que un alma lleva por despojo;
    Nombre que excita con placer enojo,
    Y con ira ternura;
    Nombre más dulce que el primer cariño
    De joven madre al inocente niño,
    Copia de su hermosura:

    Y más amargo que el adiós postrero
    Que al suelo damos, donde el sol primero
    Alumbró nuestra vida.
    Nombre que halaga y halagando mata;
    Nombre que hiere —como sierpe ingrata—
    Al pecho que le anida.

    ¡No, no lo envíes, corazón, al labio! . . .
    ¡Guarda tu mengua con silencio sabio!
    ¡Guarda, guarda tu mengua!
    ¡Callad también vosotras, auras, fuente,
    Trémulas hojas, tórtola doliente,
    Como calla mi lengua!


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:58

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
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    Eulogio Florentino Sanz

    Sanz y Sánchez, Eulogio Florentino. Arévalo (Ávila), 11.III.1822 – Madrid, 24.IV.1881. Periodista, poeta, dramaturgo, crítico literario, diplomático y político.


    • Resumen
    o
    o Eulogio Florentino Sanz fue un escritor de brillante pero no muy larga carrera a mediados del siglo XIX. En estos años fue uno de los autores españoles de mayor renombre, tanto en la poesía como en el teatro. Vivió en una época en que la literatura española, saliendo del Romanticismo, carecía de una orientación clara, y él fue uno de los autores que contribuyeron a encauzarla por nuevos rumbos: hacia el intimismo en la lírica y hacia el realismo en el teatro.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 02:59

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
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    Eulogio Florentino Sanz




    87. Epístola a Pedro



    Quiero que sepas, aunque bien lo sabes,
    Que a orillas del Sprée (ya que del río
    Se hace mención en circunstancias graves)

    Mora un semi-alemán, muy señor mío,
    Que entre los rudos témpanos del Norte
    Recuerda la amistad y olvida el frío.

    Lejos de mi Madrid, la villa y corte,
    Ni de ella falto yo porque esté lejos,
    Ni hay una piedra allí que no me importe;

    Pues sueña con la patria, a los reflejos
    De su distante sol, el desterrado,
    Como con su niñez sueñan los viejos.

    Ver quisiera un momento, y a tu lado,
    Cuál por ese aire azul nuestra Cibeles
    En carroza triunfal rompe hacia el Prado . . .

    ¿Ríes? . . . Juzga el volar cuando no vueles . . .
    ¡Átomo harás del mundo que poseas
    Y mundo harás del átomo que anheles!

    Al sentir coram vulgo no te creas . . .
    Al pensar coram vulgo, no te olvides
    De compulsar a solas tus ideas.

    Como dejes la España en que resides,
    Donde quiera que estés, ya echarás menos
    Esa patria de Dolfos y de Cides;

    Que obeliscos y pórticos ajenos
    Nunca valdrán los patrios palomares
    Con las memorias de la infancia llenos.

    Por eso, aunque dan son a mis cantares
    Elba, Danubio y Rhin, yo los olvido
    Recordando a mi pobre Manzanares.

    ¡Allí mi juventud! . . . ¡ay! ¿quién no ha oído
    Desde cualquier región, ecos de aquella
    Donde niñez y juventud han sido?

    Hoy mi vida de ayer, pálida o bella,
    Múltiple se repite en mis memorias,
    Como en lágrimas mil única estrella . . .

    Que quedan en el alma las historias
    De dolor o placer, y allí se hacinan,
    Del fundido metal muertas escorias.

    Y, aunque ya no calientan ni iluminan,
    Si al soplo de un suspiro se estremecen,
    ¡Aún consuelan el alma! . . . ¡o la asesinan!

    Cuando al partir del sol las sombras crecen,
    Y, entre sombras y sol, tibios instantes
    En torno del horario se adormecen;

    El dolor y el placer, férvidos antes,
    Se pierden ya en el alma indefinidos,
    A la luz y a la sombra semejantes.

    Y en esta languidez de los sentidos,
    Crepúsculo moral en que indolente
    Se arrulla el corazón con sus latidos,

    Pláceme contemplar indiferente
    Cuál del dormido Sprée sobre la espalda
    Y en lúbrico chapín sesga la gente.

    O recordar el toldo de esmeralda
    Que antes bordó el Abril en donde ahora
    Nieve septentrional tiende su falda:

    Mientras la luz del Héspero incolora
    Baria el campo sin fin, que el
    Norte rudo Salpicó de brillantes a la aurora.

    • • • • • •

    ¡Hijo de otra región, trémulo y mudo
    Con la mirada que por ti paseo.
    Nieve septentrional, yo te saludo!

    Una tarde de Mayo (casi creo
    Que salta a mi memoria su hermosura
    De este cuadro invernal, como un deseo),

    Una tarde de flores y verdura,
    Rica de cielo azul, sin un celaje,
    Y empapada en aromas y frescura;

    En que, al son de las auras, el ramaje
    Trémulo de los tilos repetía
    De otros lejanos bosques el mensaje;

    Yo, con mi propio afán por compañía,
    Del recinto salí que nombró el mundo
    Corte del rey filósofo algún día.

    A su verdor del Norte sin segundo,
    De un frondoso jardín los laberintos
    Atrajeron mi paso vagabundo . . .

    En armoniosa confusión distintos,
    Cándidos nardos y claveles rojos,
    Tulipanes, violetas y jacintos,

    De admirar el vergel diéronme antojos;
    Y perdíme en sus vueltas, rebuscando,
    Ya que no al corazón, pasto a los ojos.

    Y una viola, que al favonio blando
    Columpiaba su tímida corola,
    Quise arrancar . . . Mas súbito, clavando

    Mis ojos en el césped, donde sola
    Daba al favonio sus esencias puras,
    Respeté por el césped la viola. . . .

    ¡Guirnalda funeral, de desventuras
    Y lágrimas nacida, eran las flores
    De aquel vasto jardín de sepulturas!

    Pero jardín. Allí, cuando los llores,
    Aún te hablarán la amante o el amigo
    Con aromas y jugos y colores . . .

    ¡Y de tu santo afán mudo testigo,
    Algo en aquellas flores sepulcrales,
    Algo del muerto bien será contigo!

    Dentro de nuestros muros funerales
    Jamás brota una flor. ...Mal brotaría
    De ese alcázar de cal y mechinales,

    Indice de la nada en simetría,
    Que a la madre común roba los muertos
    Para henchir su profana estantería;

    ¡Ruin estación de huéspedes inciertos
    Que ofreciera a los vivos su morada
    Por alquilar los túmulos abiertos!

    De tierra sobre tierra fabricadas,
    Más solemnes quizá, por más sencillas,
    Las del santo jardín tumbas aisladas,

    Con su césped de flores amarillas
    Se elevan . . . no muy altas . . . a la altura
    Del que llore, al besarlas, de rodillas.

    ¡Mas sola allí, sin flores, sin verdura,
    Bajo su cruz de hierro se levanta
    De un hispano cantor la sepultura! . . . (se refiere a Enrique Gil Carrasco)

    Delante de su cruz tuve mi planta.
    Y soñé que en su rótulo leía:
    «¡Nunca duerme entre flores quien las canta!»

    ¡Pobre césped marchito! ¡Quién diría
    Que el cantor de las flores en tu seno
    Durmiera tan sin flores algún día!

    Mas ¡ay del ruiseñor que, en aire ajeno,
    Por atmósfera extraña sofocado,
    Sobre extraña región cayó en el cieno!

    ¡Ay del vate infeliz que, amortajado
    Con su negro ropón de peregrino,
    Yace en su propia tumba desterrado!

    Yo, al encontrar su cruz en mi camino,
    Como engendra el dolor supersticiones,
    Llamé tres veces al cantor divino.

    Y de su lira desperté los sones,
    Y turbé los sepulcros murmurando
    La más triste canción de sus canciones . . .

    Y a la viola, que al favonio blando
    Columpiaba allí cerca su corola,
    Volví turbios los ojos...Y clavando

    La rodilla en el césped (donde sola
    Era airón sepulcral de una doncella)
    Desprendí de su césped la viola.

    Y al lado del cantor volví con ella;
    Y así lloré, sobre su cruz mi mano,
    La del pobre cantor mísera estrella:

    —Bien te dice mi voz que soy tu hermano;
    ¿Quién saludara tus despojos fríos
    Sin el ¡ay! de mi acento castellano?

    Diéronte ajena tumba hados impíos . . .
    ¡Si ojos extraños la contemplan secos,
    Hoy la riegan de lágrimas los míos!

    Sólo suena mi voz entre sus huecos,
    Para que en ella, si la escuchas, halles
    Los de tu propia voz póstumos ecos . . .

    ¡Por las desiertas y sombrías calles
    Donde duerme tu féretro escondido,
    No pasa, no, la Virgen de los valles!

    Una vez que ha pasado no ha venido . . .
    Trajéronla con rosas . . . A tu lado
    La virgen, desde entonces, ha dormido . . .

    Si su pálida sombra, al compasado
    Son de media noche, inoportuna,
    Flores entre tu césped ha buscado,

    Bien habrá visto a la menguante luna
    Que en el santo jardín, rico de flores,
    Solo yace tu césped sin ninguna.

    ¡No tienes una flor!. .. Ni ¿a qué dolores
    Una flor de tu césped respondiera
    Con aromas y jugos y colores?

    Sólo al riego de lágrimas naciera,
    Y de tu fosa en el terrón ajeno
    ¿Quién derrama una lágrima siquiera?

    ¡Ay, sí, del ruiseñor, de vida lleno,
    Que, en atmósfera extraña sofocado,
    Sobre extraña región cayó en el cieno!

    Cantor en el sepulcro desterrado,
    Descansa en paz. ¡Adiós! . . . Y si a deshora
    Un viajero del Sur pasa a tu lado,

    Si al contemplar tu cruz, como yo ahora,
    Con su idioma español el Viajero
    Te llama aquí tres veces y aquí llora,

    Dígale el son del aura lastimero
    Cuál en los brazos de tu cruz escueta
    Peregrino del Sur lloré primero . . .

    ¡Recibe con mi adiós tu vïoleta!
    La tumba de la virgen te la envía . . .

    • • • • •

    ¡Y al unirse la flor con su poeta,
    Ya en el ocaso agonizaba el día!



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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 03:00

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Adelardo López de Ayala

    BIOGRAFÍA

    Adelardo López de Ayala nació en Guadalcanal en 1828. Estudió el bachillerato y la carrera de Derecho en Sevilla, aunque no terminó los estudios. En 1849 se trasladó a Madrid, para intentar estrenar su primera obra teatral, Un hombre de estado, y lo consiguió en 1851 en el Teatro Español. Se casó con la intérprete protagonista, Teodora Lamadrid.
    En 1851 escribió su primera zarzuela, Guerra a muerte.
    Paralelamente se inició en la política, en 1857 fue elegido diputado por Mérida y al año siguiente fue elegido por Castuera. Sufrió un destierro a Portugal por oponerse al régimen de Isabel II y un año después suscribió el Manifiesto de Cádiz que ayudó a destronarla. Fue nombrado Ministro de Ultramar en el reinado de Amadeo I de Saboya, pero de nuevo sus opiniones políticas lo obligaron a dimitir. A la caída de éste, pactó con Cánovas del Castillo y en 1875, bajo el reinado de Alfonso XII, ocupó de nuevo el ministerio de Ultramar. En 1878 fue elegido presidente del Congreso.
    En 1870 ingresó en la Real Academia de la Lengua Española.
    Murió en Madrid en 1879.


    BIBLIOGRAFÍA

    Los dos Guzmanes (1851)
    Rioja (1854)
    Un hombre de Estado (1851)
    El tejado de vidrio (1856)
    El tanto por ciento (1861)
    El nuevo Don Juan (1863)
    Consuelo (1870)



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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 03:01

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Adelardo López de Ayala



    88. Epístola a Emilio Arrieta


    De nuestra gran virtud y fortaleza
    Al mundo hacemos con placer testigo:
    Las ruindades del alma y su flaqueza
    Sólo se cuentan al secreto amigo.
    De mi ardiente ansiedad y mi tristeza
    A solas quiero razonar contigo:
    Rasgue a su alma sin pudor el velo
    Quien busque admiración y no consuelo.

    No quiera Dios que en rimas insolentes
    De mi pesar al mundo le dé indicios,
    Imitando a esos genios imprudentes
    Que alzan la voz para cantar sus vicios.
    Yo busco, retirado de las gentes,
    De la amistad los dulces beneficios:
    No hay causa ni razón que me convenza
    De que es genio la falta de vergüenza.

    En esta humilde y escondida estancia,
    Donde aún resuenan con medroso acento
    Los primeros sollozos de mi infancia
    Y de mi padre el postrimer lamento:
    Esclarecido el mundo a la distancia
    A que de aquí le mira el pensamiento,
    Se eleva la verdad que amaba tanto;
    Y. antes que afecto, me produce espanto.

    Aquí, aumentando mi congoja fiera.
    Mi edad pasada y la presente miro.
    La limpia voz de mi virtud entera.
    Hoy convertida en áspero suspiro,
    Y el noble aliento de mi edad primera
    Trocado en la ansiedad con que respiro,
    Claro publican dentro de mi pecho
    Lo que hizo Dios y lo que el mundo ha hecho.

    Me dotaron los cielos de profundo
    Amor al bien y de valor bastante
    Para exponer al embriagado mundo
    Del vicio vil el sórdido semblante;
    Y al ver que imbécil en el cieno hundo
    De mi existencia la misión brillante,
    Me parece que el hombre en voz confusa
    Me pide el robo y de ladrón me acusa.

    Y estos salvajes montes corpulentos,
    Fieles amigos de la infancia mía,
    Que con la voz de los airados vientos
    Me hablaban de virtud y de energía,
    Hoy con duros semblantes macilentos
    Contemplan mi abandono y cobardía,
    Y gimen de dolor, y cuando braman,
    Ingrato y débil y traidor me llaman.

    Tal vez a la batalla me apercibo;
    Dudo de mi constancia y de esta duda
    Toma ocasión el vicio ejecutivo
    Para moverme guerra más sañuda;
    Y, cuando débil el combate esquivo,
    «Mañana, digo, llegará en mi ayuda»;
    ¡Y mañana es la muerte, y mi ansia vana
    Deja mi redención para mañana!

    Perdido tengo el crédito conmigo,
    Y avanza cual gangrena el desaliento:
    Conozco y aborrezco a mi enemigo,
    Y en sus brazos me arrojo soñoliento.
    La conciencia el deleite que consigo
    Perturba siempre: sofocar su acento
    Quiere el placer, y, lleno de impaciencia,
    Ni gozo el mal ni aplaco la conciencia.

    Inquieto, vacilante, confundido
    Con la múltiple forma del deseo,
    Impávido una vez, otra corrido
    Del vergonzoso estado en que me veo,
    Al mismo Dios contemplo arrepentido
    De darme un alma que tan mal empleo:
    La hacienda que he perdido no era mía,
    Y el deshonor los tuétanos me enfría.

    Aquí, revuelto en la fatal madeja
    Del torpe amor, disipador cansado
    Del tiempo, que al pasar sólo me deja
    El disgusto de haberlo malgastado;
    Si el hondo afán con que de mí se queja
    Todo mi ser, me tiene desvelado,
    ¿Por qué no es antes noble impedimento
    Lo que es después atroz remordimiento?

    ¡Valor! y que resulte de mi daño
    Fecundo el bien: que de la edad perdida
    Brote la clara luz del desengaño
    Iluminando mi razón dormida:
    Para vivir me basta con un ario,
    Que envejecer no es alargar la vida:
    ¡Joven murió tal vez que eterno ha sido,
    Y viejos mueren sin haber vivido!

    Que tu voz, queridísimo Emiliano,
    Me mantenga seguro en mi porfía;
    Y así el Creador, que con tan larga mano
    Te regaló fecunda fantasía,
    Te enriquezca, mostrándote el arcano
    De su eterna y espléndida armonía;
    Tanto, que el hombre, en su placer o duelo
    Tu canto elija para hablar al cielo.

    Los ecos de la cándida alborada,
    Que al mundo anima en blando movimiento,
    Te demuestren del alma enamorada
    El dulce anhelo y el primer acento;
    El rumor de la noche sosegada,
    La noble gravedad del pensamiento;
    Y las quejas del ábrego sombrío
    La ronca voz del corazón impío.

    Y el gran torrente que, con pena tanta,
    Por las quiebras del hondo precipicio,
    Rugiendo de amargura, se quebranta,
    Deje en tu alma verdadero indicio
    De la virtud, que gime y se abrillanta
    En las quiebras del rudo sacrificio,
    Y en tu canto resuenen juntamente
    El bien futuro y el dolor presente.

    Y en las férvidas olas impelidas
    Del huracán, que asalta las estrellas,
    Y rebraman, mostrando embravecidas
    Que el aliento de Dios se encierra en ellas,
    Aprendas las canciones dirigidas
    Al que para en su curso las centellas,
    Y resuene tu voz de polo a polo,
    De su grandeza intérprete tú solo.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 03:02

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Ramón de Campoamor

    BIOGRAFÍA

    Ramón de Campoamor y Campoosorio nació en Navia, Asturias, el 24 septiembre de 1817. Su padre era un modesto campesino y su madre una rica hacendada. A los nueve años comenzó sus estudios secundarios en la villa de Puerto de Vega. Posteriormente cursó estudios de filosofía en Santiago de Compostela y de lógica y matemáticas, en Madrid. A los dieciocho años se trasladó a Torrejón de Ardoz (Madrid) donde empezó los estudios de Medicina, pero los dejó en breve tiempo. A los veinte años publicó su primera obra impresa, una comedia titulada "Una mujer generosa" y sus primeros versos "Ternezas y flores".

    Se afilió al partido moderado y fue nombrado gobernador civil de la provincia de Castellón. Se casó con Guillermina o'Gorman, una joven dama de acomodada familia irlandesa afincada en Alicante; una devotísima católica, de cuya unión no hubo descendencia. Entre 1851 y 1854 fue gobernador de Valencia e intervino con un escaño en el Congreso. En 1861 fue designado como miembro de la Real Academia de la Lengua Española, ocupando el sillón E.
    Murió en Madrid el once de febrero de 1901.


    BIBLIOGRAFÍA


    Teatro

    Una mujer generosa, comedia en dos actos, 1838.

    Poesía

    Ternezas y flores, versos románticos, 1838.
    Ayes del alma, 1840.
    Doloras, 1846.
    Pequeños poemas.
    Humoradas.
    Nochebuena.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 03:03

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Ramón de Campoamor



    89-¡Quién Supiera Escribir!

    I

    —Escribidme una carta, señor Cura.
    —Ya sé para quién es.
    —¿Sabéis quién es, porque una noche oscura
    Nos visteis juntos? —Pues.

    —Perdonad; mas . . . —No extraño ese tropiezo.
    La noche . . . la ocasión . . .
    Dadme pluma y papel. Gracias. Empiezo:
    Mi querido Ramón:

    —¿Querido? . . . Pero, en fin, ya lo habéis puesto . . .
    —Si no queréis . . . —¡Sí, sí!
    —¡Qué triste estoy! ¿No es eso? —Por supuesto
    —¡Qué triste estoy sin ti!

    Una congoja, al empezar, me viene . . .
    —¿Cómo sabéis mi mal?
    —Para un viejo, una niña siempre tiene
    El pecho de cristal.

    ¿Qué es sin ti el mundo? Un valle de amargura.
    ¿Y contigo? Un edén.
    —Haced la letra clara, señor Cura;
    Que lo entienda eso bien.

    —El beso aquel que de marchar a punto
    Te di . . . —¿Cómo sabéis? . . .
    —Cuando se va y se viene y se está junto
    Siempre . . . nos os afrentéis . . .

    Y si volver tu afecto no procura
    Tanto me harás sufrir . . .
    —¿Sufrir y nada más? No, señor Cura,
    ¡Que me voy a morir!

    —¿Morir? ¿Sabéis que es ofender al cielo? . . .
    —Pues, sí, señor, ¡morir!
    —Yo no pongo morir. —¡Qué hombre de hielo!
    ¡Quién supiera escribir!


    II

    ¡Señor Rector, señor Rector! en vano
    Me queréis complacer,
    Si no encarnan los signos de la mano
    Todo el ser de mi ser.

    Escribidle, por Dios, que el alma mía
    Ya en mí no quiere estar;
    Que la pena no me ahoga cada día.
    Porque puedo llorar.

    Que mis labios, las rosas de su aliento,
    No se saben abrir;
    Que olvidan de la risa el movimiento
    A fuerza de sentir.

    Que mis ojos, que él tiene por tan bellos,
    Cargados con mi afán,
    Como no tienen quien se mire en ellos,
    Cerrados siempre están.

    Que es, de cuantos tormentos he sufrido,
    La ausencia el más atroz;
    Que es un perpetuo sueño de mi oído
    El eco de su voz . . .

    Que siendo por su causa, el alma mía
    ¡Goza tanto en sufrir! . . .
    Dios mío ¡cuántas cosas le diría
    Si supiera escribir! . . .


    III

    Epílogo

    —Pues señor, ¡bravo amor! Copio y concluyo:
    A don Ramón . . . En fin,
    Que es inútil saber para esto arguyo
    Ni el griego ni el latín.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 17 Sep 2022, 03:04

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
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    Ramón de Campoamor



    90. Lo Que Hace el Tiempo


    A Blanca Rosa de Osma



    Con mis coplas, Blanca Rosa,
    Tal vez te cause cuidados
    Por cantar
    Con la voz ya temblorosa,
    Y los ojos ya cansados
    De llorar.

    Hoy para ti sólo hay glorias,
    Y danzas y flores bellas;
    Mas después,
    Se alzarán tristes memorias,
    Hasta de las mismas huellas
    De tus pies.

    En tus fiestas seductoras
    ¿No oyes del alma en lo interno
    Un rumor,
    Que lúgubre a todas horas,
    Nos dice que no es eterno
    Nuestro amor?

    ¡Cuánto a creer se resiste
    Una verdad tan odiosa
    Tu bondad!
    ¡Y esto fuera menos triste
    Si no fuera, Blanca Rosa,
    Tan verdad!

    Te aseguro, como amigo,
    Que es muy raro, y no te extrañe,
    Amar bien.
    Siento decir lo que digo;
    Pero ¿quieres que te engañe
    Yo también?

    Pasa un viento arrebatado,
    Viene amor, y a dos en uno
    Funde Dios;
    Sopla el desamor helado,
    Y vuelve a hacer, importuno,
    De uno, dos.

    Que amor, de egoísmo lleno,
    A su gusto se acomoda
    Bien y mal;
    En él hasta herir es bueno,
    Se ama o no se ama, ésta es toda
    Su moral.

    ¡Oh! ¡qué bien cumple el amante,
    Cuando aun tiene la inocencia,
    Su deber!
    Y ¡cómo, más adelante,
    Aviene con su conciencia
    Su placer!

    ¿Y es culpable el que, sediento,
    Buscando va en nuevos lazos
    Otro amor?
    ¡Sí! culpable como el viento
    Que, al pasar, hace pedazos
    Una flor.

    ¿Verdad que es abominable
    Que el corazón vagabundo
    Mude así,
    Sin ser por ello culpable,
    Porque esto pasa en el mundo
    Porque sí?

    Se ama una vez sin medida,
    Y aun se vuelve a amar sin tino
    Más de dos.
    ¡Cuán versátil es la vida!
    ¡Cuán vano es nuestro destino,
    Santo Dios!

    É1 lleve tu labio ayuno
    A algún manantial querido
    De placer,
    Donde dichosa, ninguno
    Te enserie nunca el olvido
    Del deber.

    Siempre el destino constante
    Nos da cual vil usurero
    Su favor:
    Da amor primero y no amante;
    Después mucho amante, pero
    Poco amor.

    Tranquila a veces reposa,
    Y otras se marcha volando
    Nuestra fe.
    Y esto pasa, Blanca Rosa,
    Sin saber cómo, ni cuándo,
    Ni por qué.

    Nunca es estable el deseo,
    Ni he visto jamás terneza
    Siempre igual.
    Y ¿a qué negarlo? No creo
    Ni del bien en la fijeza,
    Ni del mal.

    Este ir y venir sin tasa,
    Y este moverse impaciente,
    Pasa así,
    Porque así ha pasado y pasa,
    Porque sí, y ¡ay! solamente
    Porque sí.

    ¡Cuán inútil es que huyamos
    De los fáciles amores
    Con horror,
    Si cuanto más las pisamos,
    Más nos embriagan las flores
    Con su olor!

    El cielo sin duda envía
    La lucha a la tormentosa
    Juventud;
    Pues ¿qué mérito tendría
    Sin esfuerzos, Blanca Rosa,
    La virtud?

    ¡Ay! un alma inteligente,
    Siempre en nuestra alma divisa
    Una flor.
    Que se abre infaliblemente
    Al soplo de alguna brisa
    De otro amor.

    Mas dirás: —¿Y en qué consiste
    Que todo a mudar convida?—
    ¡Ay de mí!
    En que la vida es muy triste . . .
    Pero aunque triste, la vida
    Es así.

    Y si no es amor el vaso
    Donde el sobrante se vierte
    Del dolor,
    Pregunto yo: —¿Es digno acaso
    De ocuparnos vida y muerte
    Tal amor?—

    Nunca sepas, Blanca Rosa,
    Que es la dicha una locura,
    Cual yo sé;
    Si quieres ser venturosa,
    Ten mucha fe en la ventura,
    Mucha fe.

    Si eres feliz algún día,
    ¡Guay, que el recuerdo tirano
    De otro amor
    No se filtre en tu alegría,
    Cual se desliza un gusano
    Roedor!

    Tú eres de las almas buenas,
    Cuyos honrados amores
    Siempre son
    Los que bendicen sus penas,
    Penas que se abren en flores
    De pasión.

    Con tus visiones hermosas,
    Nunca de tu alma el abismo
    Llenarás,
    Pues la fuerza de las cosas
    Puede más que Hércules mismo,
    ¡Mucho más! . . .

    Si huye una vez la ventura,
    Nadie después ve las flores
    Renacer
    Que cubren la sepultura
    De los recuerdos traidores
    Del ayer.

    ¿Y quién es el responsable
    De hacer tragar sin medida
    Tanta hiel?
    ¡La vida! ¡ésa es la culpable!
    La vida, sólo es la vida
    Nuestra infiel.

    La vida, que desalada,
    De un vértigo del infierno
    Corre en pos:
    Ella corre hacia la nada;
    ¿Quieres ir hacia lo eterno?
    Ve hacia Dios.

    ¡Sí! corre hacia Dios, y Él haga
    Que tengas siempre una vieja
    Juventud.
    La tumba todo lo traga;
    Sólo de tragarse deja
    La virtud.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 9 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 18 Sep 2022, 02:14

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    José Selgas



    El José Selgas Carrasco (Lorca, 27 de noviembre de 1822-Madrid, 5 de febrero de 1882) fue un escritor, funcionario y periodista español.

    Biografía

    De familia por extremo pobre, se quedó huérfano muy joven y tuvo que abandonar sus estudios en el Seminario Mayor de San Fulgencio de Murcia; marchó a Madrid, donde trabajaría durante toda su vida como funcionario y donde lo protegieron el conde de San Luis y Aureliano Fernández Guerra. El primero le consiguió algunos empleos no mal remunerados para la época y el segundo lo propuso como académico de la Real Academia Española, de la que fue elegido numerario en 1874. González Bravo lo hizo diputado. Fue ultraconservador en política y neocatólico en lo moral. Fundó el famoso periódico satírico El Padre Cobos para combatir a los progresistas.


    Durante el Sexenio Revolucionario se adhirió al carlismo.1 Entre 1868 a 1870 fue el más firme y eficaz colaborador de La Gorda, periódico de áspera oposición. Cuando el general Martínez Campos fue primer ministro, en plena Restauración, fue nombrado subsecretario suyo. En 1881 Selgas perteneció a la Unión Católica de Alejandro Pidal.2 No obstante, según el diario tradicionalista El Siglo Futuro, el espíritu de sus obras literarias no era el de los liberales conservadores, a quienes, según este periódico, «maltrataba con evidente justicia y sin ninguna piedad».3

    Escritor muy popular en su tiempo, en la actualidad está muy olvidado; su poesía, defensora de los valores tradicionales campesinos y familiares, representa en España lo mismo que la de Giovanni Pascoli para Italia.

    Obra

    Como poeta lírico representa, después de las exageraciones románticas, una tendencia ecléctica. Canta con sensibilidad las flores, la inocencia, la hermosura de la Naturaleza, la religiosidad, la alegría sana y la tristeza resignada. Su ensalzamiento de los valores hogareños emocionaba a Unamuno. Cantó sus temas en pequeños poemas a manera de miniaturas.

    Sus libros La primavera (1850) y El estío (1853) están formados por piezas en que, bajo el ejemplo de flores u otras personificaciones sencillas, trata de deducir un precepto moral. Estos preceptos no suelen ser muy variados ni muy trascendentales: se fundan casi siempre en el episodio de unas flores enamoradas. En "Lágrimas fecundas" están enamorados un nardo y una diamela; en "La ingratitud", un alelí y una rosa; en "Verdadero amor", un jacinto de una rosa de Alejandría; en "Las azucenas", el céfiro de una azucena. Como se comprenderá, el partido que puede extraerse de esta temática deliberadamente menor es muy escaso, y se reduce a proclamar las virtudes de la constancia, de la pureza o de la modestia, o condenar la envidia y la ingratitud.

    Idénticas conclusiones y por los mismos procedimientos se extraen en El estío, pero la misión moralizadora se encomienda esta vez a abstracciones como el alba, las auras, la mañana y la tarde, etcétera, aunque todavía hay poemas a las flores, como "Las dos amapolas", "Los lirios azules", "La magnolia", "La sensitiva". Mejores son los poemas de Flores y espinas (1879)

    Entre sus novelas, escritas en excelente prosa, destacan: Dos para dos, El pacto secreto, Dos rivales y Una madre el cual destaca por su publicación un año después de la fecha de su muerte y por la excelente interpretación de los personajes en la trama además de ser el único libro de este autor que contenía imágenes representativas así como ser nombrada novela del ahora en honor a su muerte y considerada la mejor en 1883. Es asimismo destacable su cultivo del cuento y la novela corta de carácter fantástico, en dos colecciones de relatos: Escenas fantásticas y Mundo invisible. Finalmente, en sus artículos de costumbres y de crítica literaria, desplegó un gran e implacable talento satírico de humor muy rebuscado, abundante en paradojas, antífrasis y retruécanos. Su tema preferente es la cruzada contra la ciencia y la civilización modernas, en lo cual era especialmente cáustico y mordaz. Recogió sus artículos periodísticos en Hojas sueltas, Más hojas sueltas (1866) Estudios sociales, Manzana de Oro (1872), Obras (1882) etcétera.


    Bibliografía

    Entre 1884 y 1894 se publicó una excelente edición de sus Obras en 13 volúmenes.

    Lírica

    La primavera (1850)
    • El estío (1853)
    • Flores y espinas (1879)
    • Versos póstumos (1883)


    Novelas
    • Deuda del corazón (1872)
    • La manzana de oro (1872)
    • Una madre (1883) etc.

    Cuentos

    Escenas fantásticas (1877)
    • Mundo invisible (1877).


    Artículos y ensayos

    Estudios sociales. I. Hojas Sueltas y más hojas sueltas (2 vol.). II. Nuevas hojas sueltas. III. Luces y sombras y libro de memorias. IV. Delicias del nuevo paraíso y cosas del día. V. Fisionomías contemporáneas Madrid: Imprenta de A. Pérez Dubrull, 1883-1889, cinco volúmenes
    • Hechos y dichos (continuación de las Cosas del Día) Idilio patibulario. El banco. Cuenta corriente. La emoción del día. Los suicidios. Frases hechas. Sevilla: Francisco Álvarez y Cª, 1879.
    • Hojas sueltas. Viajes ligeros alrededor de varios asuntos (La guerra, La Semana Santa, El crédito, El dinero, Los niños, La esperanza...).
    • Libro de memorias Madrid: Imprenta del Centro General de Administración, 1866


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 18 Sep 2022, 02:15

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    José Selgas



    91-El Estío




    Mayo recoge el virginal tesoro;
    Desciñe Flora su gentil guirnalda;
    La sombra busca el manantial sonoro
    Del alto monte en la risueña falda;
    Campos son ya de púrpura y de oro
    Los que fueron de rosa y esmeralda;
    Y apenas riza su corriente el río
    A los primeros soplos del Estío.

    El soto ameno y la enramada umbrosa,
    El valle alegre y la feraz ribera,
    Con voz desalentada y cariñosa
    Despiden a la dulce Primavera;
    Muere en su tallo la inocente rosa;
    Desfallece la altiva enredadera;
    Y en desigual y tenue movimiento
    Gime en el bosque fatigado el viento.

    Por la alta cumbre del collado asoma
    La blanca aurora su rosada frente,
    Reparte perlas y recoge aroma;
    Se abre la flor que su mirada siente;
    Repite los arrullos la paloma
    Bajo las ramas del laurel naciente;
    Y allá por los tendidos olivares
    Se escuchan melancólicos cantares.

    Del aura dócil al impulso blando
    La rubia mies en la llanura ondea;
    Del dulce nido alrededor volando
    La alondra gira y de placer gorjea;
    Las ondas de la fuente suspirando
    Quiebran el rayo de la luz febea,
    Y en delicados mágicos colores
    El fruto asoma al expirar las flores.

    Sobre los montes que cercando toca
    La niebla tiende su bordado encaje;
    Desde el peñón de la desierta roca
    Lanzase audaz el águila salvaje;
    El seco vientecillo que sofoca
    Cubre de polvo el pálido follaje;
    Y por el monte y por la vega umbría
    Crece el calor y se derrama el día.

    Y en el árido ambiente se dilata
    La esencia de la flor de los tomillos,
    Y lento el río su raudal desata
    Entre mimbres y juncos amarillos;
    Y si al cubrir sus círculos de plata
    Con sus plumeros blandos y sencillos
    La caria dócil la corriente roza,
    Trémula el agua de placer solloza.

    Del valle en tanto en la pendiente orilla
    Manso cordero del calor sosiega;
    Se oyen los cantos de la alegre trilla;
    Suenan los ecos de la tarda siega;
    Ardiente el sol en el espacio brilla:
    El cielo azul su majestad despliega,
    Y duermen a la sombra los pastores,
    Y se abrasan de sed los segadores.

    Presta sombra a la rústica majada
    La noble encina que a la edad resiste;
    En su copa de fruto coronada
    La vid de verde majestad se viste;
    A su pie la doncella enamorada
    Canta de amor, pero su canto es triste,
    Que, en el profundo afán que la devora,
    Amores canta porque celos llora.

    Y el eco de su voz, dulce al oído
    Más que el tierno arrullar de la paloma,
    Por el monte y el valle repetido,
    Tristes, confusas vibraciones toma;
    Y en las ondas del aire suspendido
    Se escapa al fin por la quebrada loma,
    Y sin que el aura devolverlo pueda
    Todo en reposo y en silencio queda.

    Mudas están las fuentes y las aves;
    No circula ni un átomo de viento;
    Cortadas por el sol lentas y graves
    Caen las hojas del árbol macilento;
    Tenue vapor en ráfagas süaves
    Se levanta con fácil movimiento,
    Y mezclando en la luz su sombra extraña,
    Va formando la nube en la montaña.

    Hinchada, al fin, soberbia, se desprende
    Del horizonte azul la nube densa,
    Y el fuego del relámpago la enciende,
    Y gira por la atmósfera suspensa.
    Y ya sus flancos inflamados tiende,
    Ya el vapor de su seno se condensa,
    Y soltando el granizo en lluvia escasa
    La rompe el trueno, y se divide y pasa.

    Y el sol que se reclina en Occidente
    De su encendido manto se despoja,
    Y en los blancos celajes del Oriente
    Se pierde el rayo de su lumbre roja.
    Brilla la gota de agua trasparente
    Detenida en el polvo de la hoja,
    Y tendiendo el crepúsculo su planta
    Del fondo de los valles se levanta.

    Como el ensueño dulce y regalado
    Que en la fiebre de amor templa el desvelo,
    Vertiendo en nuestro espíritu agitado
    La misteriosa esencia del consuelo;
    Así por el ambiente reposado
    De estrellas y vapor bordando el cielo,
    Breves y llenas de feraz rocío
    Cruzan las noches del ardiente Estío.

    Y en tristes ecos el silencio crece,
    Y en tibio resplandor la sombra vaga;
    La luz de las estrellas se estremece
    Y en el limpio raudal brilla y se apaga;
    Naturaleza entera se adormece
    En el hondo placer que la embríaga,
    Y lleva el aura en vacilantes giros
    Besos, sombras, perfumes y suspiros.

    Más puro que le tímida esperanza
    Que sueña el alma en el amor primero,
    Su rayo débil desde Oriente lanza,
    Sol de la noche, virginal lucero;
    Triste y sereno por el cielo avanza
    De la cándida luna mensajero,
    Por ella viene, y suspirando ella,
    Síguele en pos enamorada y bella.

    Cuantos guardáis la tímida inocencia
    Que a la esperanza y al amor convida;
    Los que en el alma la impalpable esencia
    De su primer amor lloráis perdida;
    Cuantos con dolorosa indiferencia
    Vais apurando el cáliz de la vida;
    Todos llegad, y bajo el bosque umbrío
    Sentid las noches del ardiente Estío.

    Las del tirano amor, desengañadas,
    Pálidas y dulcísimas doncellas,
    Vosotras que lloráis desconsoladas
    Sólo el delito de nacer tan bellas;
    Mirad entre las nubes sosegadas
    Cómo cruzan el cielo las estrellas;
    Que no hay duda, ni afán, ni desconsuelo
    Que no se calme contemplando el cielo.

    Y tú, tierna a mi voz, blanca hermosura,
    Fuente de virginal melancolía,
    Más hermosa a mis ojos y más pura
    Que el rayo azul con que despunta el día;
    Corazón abrasado de ternura,
    Espíritu de amor y de armonía,
    Ven y derrama en el tranquilo viento
    El ámbar delicado de tu aliento.

    La dulce vaguedad que me enajena
    Aumenta la inquietud de mi deseo;
    Tu voz perdida en el ambiente suena;
    Donde mis ojos van tu sombra veo;
    De amor y afán mi corazón se llena,
    Porque en tu amor y en mi esperanza creo;
    Y así suspende el sentimiento mío
    La tibia noche del ardiente Estío.

    Noche serena y misteriosa, en donde
    Dormido vaga el pensamiento humano,
    Todo a los ecos de tu voz responde,
    La mar, el monte, la espesura, el llano;
    Acaso Dios entre tu sombra esconde
    La impenetrable luz de algún arcano;
    Tal vez cubierta de tu inmenso velo
    Se confunde la tierra con el cielo.



    _________________
    "Podrán cortar todas las flores
    pero no detener la primavera".

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