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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:31

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Juan Meléndez Valdés

    Acontecimientos en la vida y obra de Meléndez Valdés

    1754 Nace en Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo.

    1757 La familia se traslada a Almendralejo.

    1761 Fallece su madre.

    1767 Se traslada a Madrid para continuar su aprendizaje. Estudia en el Colegio de Santo Tomás.

    1770 Completa su formación en los Reales Estudios de San Isidro, durante dos años.

    1772 Comienza los estudios de Derecho en la Universidad de Salamanca. Al mismo tiempo se dedica a los estudios clásicos para completar su formación humanística.

    1773 En Salamanca participa en las tertulias poéticas promovidas por Fray Diego Tadeo González.

    1774 Muere su padre.

    1775 Obtiene el grado de bachiller en Derecho tras un examen público. Debido a su afición humanística le encargan una sustitución temporal en la cátedra de lengua griega.

    1776 Inicia correspondencia con Jovellanos.

    1777 Fallece en Segovia el 4 de junio, su hermano Esteban.

    1779 Finaliza sus estudios de Derecho y realiza las prácticas de bufete. En octubre se le expide el título oficial.

    1780 Gana el concurso de la Real Academia Española con el poema Batilo, égloga en alabanza de la vida del campo.

    1781 Obtiene la cátedra de Humanidades en Salamanca.

    1782 Consigue el grado de licenciado. Contrae matrimonio con la joven salmantina María Andrea de Coca y Figueroa.

    1783 Se doctora en Leyes. Ingresa en la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País.

    1784 Gana un concurso nacional de teatro con su comedia pastoril Las bodas de Camacho.

    1785 Meléndez publica la primera edición de Poesías, que dedica a su amigo Jovino.

    1786 Durante los primeros meses del año, dirige la oposición a la cátedra de griego de la Universidad de Salamanca.

    1789 Permanece ausente de la universidad. Es nombrado Juez de lo Criminal en el Real Tribunal de Aragón donde toma posesión en septiembre. Colabora en las actividades de la Real Sociedad Económica de Zaragoza.

    1791 Accede al cargo de Oidor de la Real Chancillería de Valladolid, del que toma posesión el 12 de mayo.

    1792 Viaja a Ávila ya que el Consejo de Castilla le encomienda reunir en uno solo los cinco hospitales de la ciudad.

    1793 Presenta ante el Consejo de Castilla la petición para crear una revista sobre los conocimientos humanos que se llamaría El Académico. Por temor a la censura, rehúsa seguir adelante con este proyecto.

    1797 Es nombrado Fiscal de la sala de Alcaldes de Casa y Corte. Escribirá los textos que aparecerán en los Discursos forenses. Publica en Valladolid tres tomos de Poesías. Goya le retrata.

    1798 Compone la Epístola VIII titulada Al Excmo. Señor Don Gaspar Melchor de Jovellanos. Es nombrado miembro de la Real Academia Española. En agosto es desterrado a Medina del Campo donde permanece hasta 1801.

    1800 Es jubilado como fiscal. Le obligan a continuar su destierro en Zamora viendo su sueldo reducido a la mitad.

    1802 El 27 de junio de 1802 le es devuelto su sueldo de Fiscal y se le autoriza a establecerse donde quiera.

    1805 Siguió residiendo en Zamora y en esta fecha se va a Salamanca.

    1808 Recibe autorización para volver a Madrid y le ofrecen el cargo de Fiscal de los Consejos. Escribe la primera Alarma Española. Es enviado por Fernando VII a Oviedo para reconducir la situación que se había creado tras la sublevación de esta ciudad. Escribe la segunda Alarma Española, en la que anima al pueblo a combatir al invasor.

    1809 Colabora con el rey José Bonaparte. Es nombrado Fiscal de la Junta, una de las más altas instancias legales del reino. Desempeña el cargo de Presidente de la Junta de Instrucción Pública.

    1810 Vuelve a la literatura como miembro de la Comisión de Teatros y pudo leer su aplazado Discurso de ingreso en la Real Academia Española.

    1811 Editan sus Poesías escogidas.

    1812 El avance de las tropas nacionales lleva a Meléndez a Valencia durante unos meses. Vuelve a Madrid y en agosto se retira con los franceses.

    1813 Refugiado en Francia en Toulouse, Montpellier y Nîmes.

    1817 Fallece en Montpellier el 24 de mayo, siendo enterrado en varios lugares, hasta que en 1828 lo acogen en el cementerio municipal de Montpellier. En 1900 traerán el cadáver a Madrid, y reposa en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Isidro.




    Nació en la villa de Ribera del Fresno (Badajoz) el 11 de marzo de 1754 en el seno de un hogar campesino, aunque no por ello dejaba de ser una familia noble y bien acomodada del país. Sus padres, Don Juan Antonio Meléndez Romero Compañón y Guijarro y Doña María de los Ángeles Díaz Cacho, procedían de Salvaleón y Mérida respectivamente. No era el primer vástago, sino que era el sexto de siete hermanos, de los cuales sobrevivieron, Esteban (1739), Agustina (1745) y el ilustre.
    Cuando Meléndez Valdés tenía 4 años de edad, la familia trasladó su residencia a la cercana villa de Almendralejo. Son muchas las hipótesis que hablan de este traslado, como algún negocio interesante, el desempeño de algún cargo importante por parte de Don Juan Antonio, su padre, o tal vez para favorecer la educación de sus hijos, que apuntaban una marcada afición por los estudios.
    En 1761, cuando el futuro poeta contaba con tan sólo siete años de edad, falleció su madre, suceso que marcó de manera inexorable su personalidad, siempre sensible y melancólica, con necesidad de apoyarse en la amistad.
    En 1767 se trasladó con su hermano Esteban a Madrid para continuar su aprendizaje, ésta marcha resultaría de suma importancia pues supone abandonar el ambiente rural y provinciano y adaptarse a la vida y cultura de la ciudad. Allí estuvo bajo el amparo de su tío Valdés, de dónde el ilustre coge su segundo apellido; estudió Latín y Filosofía durante tres cursos académicos en el Colegio de Santo Tomás, regido por los padres dominicos.

    Durante su estancia en Madrid, su hermano Esteban le presenta a Monseñor de LLanes, elegido obispo de Segovia en 1774, quien le inculca para hacer la carrera de Leyes, y en 1772 se trasladó a Salamanca para iniciar su formación superior en la Facultad de Derecho. Al mismo tiempo que tomaba contacto con el mundo de las Leyes, no decreció su atención a los estudios clásicos, de este modo, el jurista y hombre de letras no se separarán nunca. Opina que la jurisprudencia debe ir acompañada de estudios humanísticos como la Historia, la Filosofía y las Bellas Artes. Esta convicción le llevará a ser uno de los hombres más cultos de su tiempo. Salamanca tenía una larga tradición literaria, y Meléndez participaba asiduamente en las academias poéticas, donde recitaban y comentaban fragmentos de autores latinos y griegos o de los maestros renacentistas. Los propios tertulianos tenían la oportunidad de leer ante el público sus creaciones líricas. El agustino fray Diego Tadeo González, de nombre poético Delio, era el promotor natural de aquellas animadas reuniones, en las que también participaron Meléndez (Batilo), fray Juan Fernández de Rojas (Liseno), fray Andrés del Corral (Andrenio) y un selecto grupo de estudiantes.

    La muerte de su padre, en agosto de 1774, le produjo una gran depresión, por lo que estrechó la relación con su hermano Esteban. Se refugió en los versos, en la disciplina escolar y en la lectura. En 1775, tras sufrir un riguroso examen público, obtuvo el grado de Bachiller en Derecho.
    El Rector de la universidad le encargó una sustitución temporal en la cátedra de lengua griega. Inició por esta época la correspondencia con Jovellanos y, atendiendo sus consejos, amplió el ámbito de sus lecturas. Esta situación se complicó con la penosa enfermedad que acechó a su hermano Esteban, al que acompañó en Segovia hasta su fallecimiento, el 4 de junio de 1777, olvidando durante algunos meses su trabajo universitario. La poesía le sirvió de nuevo de refugio, como muestran las dos sentidas elegías en su memoria. Finalizó sus estudios de Derecho durante el curso 1778-1779 y realizó las prácticas de bufete exigidas en este último año de carrera. En octubre se le expidió el título oficial.

    El poeta alcanzaría pronto el refrendo público. Hacía tres años que la Real Academia Española de la Lengua había decidido organizar unos concursos de poesía y elocuencia para promover los nuevos temas literarios y el estilo neoclásico entre los escritores noveles. En el de 1780, con el tema clásico de alabanza a la vida rural, Meléndez Valdés obtuvo el premio con Batilo, égloga en alabanza de la vida del campo, que ese mismo año editaría en Madrid.

    En 1781 obtuvo la cátedra de Humanidades en Salamanca, y en 1783 se Doctoró en Leyes.
    Su agradable presencia y su aspecto elegante, unidos a su claro ingenio y a su habilidad poética debieron convertirlo en pieza codiciada de los sueños de las jóvenes salmantinas. Escribe en esta época Las enamoradas anacreónticas o Los besos de amor. Sus versos están llenos de referencias femeninas, imaginarias o reales (Ciparis, Filis, Clori, Fanny, Licoris...). Pero fue una muchacha de familia acomodada de la alta burguesía salmantina, María Andrea de Coca y Figueroa, 10 maños mayor que él, la que en el año 1782 unió su destino al del afamado poeta. Fue un matrimonio relativamente feliz no tuvo hijos, lo cual le permitió dedicarse, sin las ataduras de las obligaciones familiares, a sus propias aficiones intelectuales y literarias. Tras la boda, Meléndez pasó a vivir al domicilio de su suegro donde permaneció durante siete años. Este período fue sumamente fructífero en su formación personal afianzándose en las convicciones ilustradas por medio de la lectura.
    El año 1785 es clave en la vida intelectual de Meléndez en tanto que le la publicación de la Primera Edición de sus poesías, siendo un rotundo éxito y oyéndose su nombre hasta en los países extranjeros.
    Su actuación universitaria está marcada por su profesional entrega a la enseñanza y por su activa participación en la regeneración de la vida escolar. Durante los casi 7 años que Meléndez regentó su cátedra de Humanidades en Salamanca, intervino activamente en la vida de la Universidad, pidió reiteradamente nuevas adquisiciones para la biblioteca, la concesión a los catedráticos de licencia inquisitorial para leer libros prohibidos, instó para la creación de una academia práctica de derecho, propugnó una reforma de las oposiciones y de los estudios jurídicos, así como una aplicación de las ideas pedagógicas de Locke y Rousseau. Este afán de reformas despertó la oposición y hostilidad de los tradicionalistas.
    Con el nacimiento de los infantes gemelos, hijos del futuro rey Carlos IV, se convocó un concurso para representar dos dramas nuevos, se buscaban piezas originales, en verso y acomodadas a las reglas del arte que sólo los dramaturgos neoclásicos podían ofrecer. Una de las obras premiadas fue Las bodas de Camacho el Rico de Meléndez Valdés.

    Entre los neoclásicos las opiniones sobre este género, y en particular sobre la obra del vate de Ribera del Fresno, estaban divididas. Al margen de la calidad del drama de Meléndez, la estética teatral innovadora no aceptaba con agrado a lo que se apartaba de la tragedia o la comedia realista que pregonaban las poéticas. Algunos críticos la tuvieron como modelo destacado de comedia pastoril, Meléndez había escrito una excelente comedia pastoral que, a pesar de sus problemas con los rigores normativos de la retórica, contiene emotivos remansos líricos propios de un drama poético.
    La convivencia universitaria se había deteriorado debido a los desaires de los profesores conservadores, que no veían con buenos ojos su progresía. Permaneció ausente de la Universidad entre enero y junio de 1789, meses en los que se trasladó a Madrid por asuntos personales. Parece que Meléndez acudió a la Corte en busca de las influencias que posibilitaran su acceso a la carrera judicial. Una vez terminado el curso escolar se trasladó a Zaragoza y en septiembre del mismo año comenzó su etapa de Magistrado como Alcalde del Crimen de la Real Audiencia de Aragón, esto supone una transcendencia importante en su vida tanto que aunque no abandonó sus trabajos poéticos, si era un trabajo de atenciones más urgentes y de mayor responsabilidad. En este puesto de trabajo Meléndez Valdés se involucró mucho intentando siempre ser lo más fiel a la justicia posible. Los escasos ratos de ocio los gastó en asistir a las reuniones de la Real Sociedad Económica Aragonesa, tomando parte destacada en las actividades culturales. Aquí le sorprendió la Revolución francesa de 1789. Los graves episodios que vivió el país vecino debieron dejarle perplejo y pusieron a prueba la hondura de su confesión ilustrada. Meléndez era un ilustrado no revolucionario y pensaba que las reformas políticas, sociales, económicas y culturales que necesitaba el país podían llevarse a cabo desde la acción del gobierno.
    El escritor donde mejor encontró posibilidades para seguir realizando sus acciones de Ilustrado fue en la Sociedad Aragonesa de Amigos del País con cuyo director, Don Arias Mon y Velarde, entabló muy buenas amistades. Éste fue trasladado a la Real Audiencia de Cáceres escribiéndole en su estancia el famoso Discurso de Apertura de la Real Audiencia de Extremadura.

    En marzo de 1791 fue nombrado Oidor de la Real Chancillería de Valladolid. La estancia en la ciudad castellana, además de significar un ascenso en su carrera judicial, le aproximaba a sus familiares y amigos salmantinos, y al mismo tiempo a la capital del reino. Mucha de la poesía filosófica y moral la escribe en Valladolid. Se trata de una poesía muy madura al servicio del Reformismo Ilustrado. Refleja las preocupaciones propias de un magistrado, reflexivo y maduro. Medita sobre el fanatismo religioso, impulsado por una Iglesia primitiva preocupada en la conservación de sus privilegios. Reflexiona sobre la sociedad dedicando auténticos planes reformistas a Godoy. Exalta los valores progresistas, el racionalismo ilustrado con ideas como la Libertad, la Razón la Verdad y la Justicia. Con patriotismo y franqueza ataca a la Inquisición y los intereses de la Nobleza y de la Iglesia.

    El poeta extremeño fue nombrado Fiscal de la Sala de Alcaldes de Casa y Corte, donde prestó juramento en octubre de 1797. A mediados de noviembre, fue ascendido Jovellanos a Ministro de Gracia y Justicia, de lo que Meléndez se congratula en la Epístola VIII titulada «Al Excmo. Señor Don Gaspar Melchor de Jovellanos, en su feliz elevación al Ministerio Universal de Gracia y Justicia». En febrero del año siguiente ya estaba asentado en Madrid dispuesto a ejercer su nuevo trabajo. Meléndez Valdés trabajaba día y noche en la Sala de Alcaldes de Casa y Corte dependiente del Consejo de Castilla. Él era el único fiscal y máximo responsable de la justicia penal, de la paz y del orden. Aunque sólo ocupó el cargo de fiscal durante siete meses, desarrolló una actividad desbordante que llenó el Consejo de dictámenes, discursos y contestaciones. Estos escritos jurídicos tienen un gran interés por el complejo entramado de reflexiones ilustradas, por lo que circularon en numerosas copias manuscritas.

    Los excesos de la Revolución francesa provocaron en España una reacción conservadora. Meléndez sufrió en carne propia la fuerza de las garras de la reacción, al parecer dirigido por el Marqués de Caballero. El 27 de agosto de 1798 se le ordenó que saliera de la capital con destino a Medina del Campo, donde debería esperar las órdenes del Rey. La caída en desgracia política de Jovellanos, desterrado ya en Gijón, había arrastrado a sus amigos y valedores. Pocos días después recibió una Real Orden que le encomendaba el encargo de supervisar las obras del cuartel que se estaba edificando en esta villa. Esto significaba en la práctica un destierro encubierto. Tuvo que reorganizar su vida, entreteniendo su tiempo con la creación literaria. En marzo de 1801 le trasladaron a Zamora. Meléndez ignoraba que se le estuviera incoando un proceso, apoyado en calumnias y falsos testigos. Siguiendo el consejo de sus amigos, él mismo preparó su defensa, en la que intentó refutar puntualmente cuanto decían en su contra. Hubo que esperar diez meses hasta que un jurado reconociera de manera oficial su inocencia. El 27 de junio de 1802 le fue devuelto su sueldo de fiscal y se le autorizaba a establecerse donde quisiese. Parece que continuó residiendo en Zamora hasta 1805 dedicado, sobre todo, a la lectura y a poner fin a algunos proyectos sociales en los que estaba embarcado.

    En marzo de 1808 tuvieron lugar los graves acontecimientos del Motín de Aranjuez que provocaron la abdicación de Carlos IV en su hijo Fernando VII. El nuevo Rey estaba interesado en atraerse a personalidades relevantes que hubieran sido perseguidas o marginadas por el antiguo gobierno. El extremeño recibió autorización para volver a Madrid y le ofrecieron el cargo de fiscal de los Consejos. Pero el poeta, después de los pasados sinsabores, ya se había acostumbrado a la vida tranquila y permaneció más tiempo del debido en Salamanca, hasta que una nueva orden le condujo a la capital el 9 de abril.

    Tras la entrada del ejército francés en España se produjeron desórdenes en las principales ciudades como expresión de la indignación popular. La Junta Suprema del Gobierno, en la que Fernando VII había depositado temporalmente el poder, envió a dos magistrados a Oviedo para reconducir la situación: el conde de Pinar y D. Juan Meléndez Valdés. Acosados por la plebe y detenidos, tuvieron que hacer frente a un proceso bajo la acusación de traicionar a la nación, a pesar de que ellos insistieron en todo momento en la finalidad pacífica de su misión. El desenlace fue feliz, ya que las autoridades locales les comunicaron el sobreseimiento de la causa y su inmediata puesta en libertad. Para evitar nuevos incidentes, Meléndez y su acompañante volvieron rápidamente a Madrid.

    Las persecuciones de que había sido víctima durante la última década, y la desconfianza con que todavía era observado, le desanimaron para adherirse con mayor celo a la Junta Central. La prueba fehaciente de haberse puesto de parte del francés la encontramos en los legajos del Archivo de la Villa que guardan los juramentos al rey José Bonaparte. No sabemos la sinceridad de esta reconversión o si se vio coaccionado por las circunstancias, como en el caso de otros reconocidos patriotas, al vasallaje ante el vencedor. Lo cierto es que Meléndez permaneció en el Madrid gobernado por el francés y allí desarrolló sus actividades profesionales.

    La reputación de Meléndez no podía dejarle indiferente y en 1809 volvió a los asuntos jurídicos. Fue nombrado fiscal de la Junta que estaba encargada de dictaminar sobre los Negocios Contenciosos que tramitaba el Consejo Real. Era una de las más altas instancias legales del reino. Esto significaba un compromiso firme de colaboración con el invasor. En noviembre del mismo año se incorporó por decreto al Consejo de Estado. Aquí desempeñó el cargo de Presidente de la Junta de Instrucción Pública, además de participar en otras tareas. Durante esta etapa Batilo volvió a recuperar la confianza en sí mismo, en los ideales de la Ilustración, que tan bien representaba aunque en estos duros años de agitación política y militar la actividad poética del magistrado estuvo bastante abandonada. Meléndez veía así que España, al lado de un rey extranjero, podía modernizarse como nación y que él debía contribuir a costa de lo que fuese con su modesta aportación, a hacer futuribles sus viejas ilusiones de Ilustrado.
    La colaboración de Meléndez con el régimen invasor se premió con puntual generosidad. Fue nombrado Caballero de la Real Orden de España, miembro del Instituto Nacional y recibido como miembro de número en la Academia de Bellas Artes de San Fernando. Sin embargo, el avance de las tropas nacionales hacia la capital iba a cambiar de nuevo la inestable fortuna de Meléndez, que le abocaría al duro exilio. La retirada del rey José I, en agosto de 1812, arrastró consigo una gran cantidad de tropas, familias francesas aposentadas en España y la cohorte de españoles comprometidos con su régimen.

    No están bien aclaradas las circunstancias del exilio francés. Los biógrafos, sitúan la primera estación de su viaje en Toulouse, sin precisar fecha exacta ni duración de su estancia. Luego, hallaría fugaz acomodo en Montpellier, Nîmes, Alais y Montauban, entre otras ciudades. Durante los cuatro años que vivió el poeta exiliado en el país vecino, estuvo constantemente acosado por las desgracias y la mala salud. La última etapa de su peregrinaje tuvo por destino la ciudad de Montpellier. Después de múltiples penalidades, una parálisis le produjo la inmovilidad total del cuerpo, y el día 24 de mayo de 1817 falleció. Fue enterrado, por deseo expreso de su esposa, en una bodega de vinos de una casa de campo, propiedad de un amigo del poeta, desde donde fue trasladado furtivamente a la iglesia del cercano pueblo de Montferrier. Allí descansaron sus restos hasta que, en 1828, fueron inhumados de nuevo en el cementerio municipal de Montpellier. En 1900 retornaron definitivamente a Madrid los despojos del exiliado para reposar en el Panteón de Hombres Ilustres del cementerio de San Isidro, junto con los de sus amigos y compañeros de infortunio Goya y Moratín.
    Tras este repaso a lo que fue la vida de Don Juan Meléndez Valdés destacar que fue un personaje que sobresalió en el ámbito histórico en tanto que fue un testigo comprometido con el periodo histórico que le tocó vivir actuando activamente por cambiar aquellas ideas que no consideraba justas como fue la abolición de los ideales del Antiguo Régimen y la persecución de un cambio político acorde con las renovadoras teorías del Liberalismo propuestas por los filósofo ilustrados y racionalistas.
    Ocupó un puesto como político en la España del Siglo XVIII con el claro propósito de que con su intervención en esta esfera pudiera modernizar España. Al igual que hizo desde su posición de magistrado siguiendo sus principios.

    Pero por lo que fue realmente conocido nuestro personaje fue por su Literatura que se nos muestra rica y variada. Entre los temas que trató se encuentran los amatorios, filosóficos, sociales, de la naturaleza… Entre las formas y géneros de sus poesías señalamos: odas anacreónticas, romances, letrillas, sonetos, salvas, idilios, églogas, elegías, Epístolas y discursos, poemas épicos… También cultivó una obra teatral como fue su comedia pastoral “Las Bodas de Camacho”, así como traducciones de los escritores clásicos; discursos jurídicos como el redactado para la Real Audiencia de Extremadura.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:33

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Juan Meléndez Valdés



    64- Rosana en los Fuegos


    Del sol llevaba la lumbre
    Y la alegría del alba,
    En sus celestiales ojos
    La hermosísima Rosana,
    Una noche que a los fuegos
    Salió la fiesta de Pascua,
    Para abrasar todo el valle
    En mil amorosas ansias.
    Por doquiera que camina
    Lleva tras sí la mañana,
    Y donde se vuelve rinde
    La libertad de mil almas.
    El céfiro la acaricia
    Y mansamente la halaga,
    Los Amores la rodean
    Y las Gracias la acompañan.
    Y ella, así como en el valle
    Descuella la altiva palma
    Cuando sus verdes pimpollos
    Hasta las nubes levanta;
    O cual vid de fruto llena
    Que con el olmo se abraza,
    Y sus vástagos extiende
    Al arbitrio de las ramas;
    Así entre sus compañeras
    El nevado cuello alza,
    Sobresaliendo entre todas
    Cual fresca rosa entre zarzas;
    O como cándida perla
    Que artífice diestro engasta
    Entre encendidos corales,
    Porque más luzcan sus aguas.
    Todos los ojos se lleva
    Tras sí, todo lo avasalla;
    De amor mata a los pastores
    Y de envidia a las zagalas.
    Ni las músicas se atienden,
    Ni se gozan las lumbradas;
    Que todos corren por verla
    Y al verla todos se abrasan.
    ¡Qué de suspiros se escuchan!
    ¡Qué de vivas y de salvas!
    No hay zagal que no la admire
    Y no se esmere en loarla.
    Cuál absorto la contempla
    Y a la aurora la compara
    Cuando más alegre sale

    Y el cielo de su albor baña;
    Cuál al fresco y verde aliso
    Que crece al margen del agua,
    Cuando más pomposo en hojas
    En su cristal se retrata;
    Cuál a la luna, si muestra
    Llena su esfera de plata,
    Y asoma por los collados
    De luceros coronada.
    Otros pasmados la miran
    Y mudamente la alaban,
    Y cuanto más la contemplan
    Muy más hermosa la hallan.
    Que es como el cielo su rostro
    Cuando en la noche callada
    Brilla con todas sus luces
    Y los ojos embaraza.
    ¡Ay, qué de envidias se encienden!
    ¡Ay, qué de celos que causa
    En las serranas del Tormes
    Su perfección sobrehumana!
    Las más hermosas la temen,
    Mas sin osar murmurarla;
    Que como el oro más puro
    No sufre una leve mancha.

    —Bien haya tu gentileza,
    Una y mil veces bien haya,
    Y abrase la envidia al pueblo,
    Hermosísima aldeana.
    Toda, toda eres perfecta,
    Toda eres donaire y gracia,
    El amor vive en tus ojos
    Y la gloria está en tu cara;
    En esa cara hechicera,
    Do toda su luz cifrada
    Puso Venus misma, y ciego
    En pos de sí me arrebata.
    La libertad me has robado,
    Yo la doy por bien robada,
    Mas recibe el don benigna
    Que mi humildad te consagra.
    No el don por pobres desdenes,
    Que aun las deidades más altas

    A zagales, cual yo, humildes,
    Un tiempo acogieron gratas;
    Y mezclando sus ternezas
    Con sus rústicas palabras,
    No, aunque diosas, esquivaron
    Sus amorosas demandas.
    Su feliz ejemplo sigue,
    Pues que en verdad las igualas;
    Cual yo a todos los excedo
    En 1o fino de mi llama—.
    Esto un zagal le decía
    Con razones mal formadas,
    Que salió libre a los fuegos
    Y volvió cautivo a casa.
    Y desde entonces perdido
    El día a sus puertas le halla;
    Ayer le cantó esta letra
    Echándole la alborada:

    Linda zagaleja
    De cuerpo gentil,
    Muérome de amores
    Desde que te vi.


    Tu talle, tu aseo,
    Tu gala y donaire,
    No tienen, serrana,
    Igual en el valle.

    Del cielo son ellos
    Y tú un serafín:
    Muérome de amores
    Desde que te vi.


    De amores me muero,
    Sin que nada alcance
    A darme la vida
    Que allá te llevaste,

    Si no te condueles
    Benigna de mí;
    Que muero de amores
    Desde que te vi.



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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:34

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Leandro Fernández de Moratín

    Biografía resumida

    (1760 – 1828). Hijo de Nicolás Fernández de Moratín escritor de tragedias, nació en Madrid en 1760. Su falta de energía y la admiración por la cultura francesa lo llevan a adoptar el partido de José Bonaparte, cuando se produce la invasión napoleónica.



    Más tarde al ser expulsados los franceses se le considera traidor a la patria y se lo destierra. Muere en París en 1828.

    OBRA:


    Prosa: Los orígenes del teatro español.
    Poesía: Oda “A la virgen nuestra señora”, “Elegía a las musas”.
    Traduce: El médico a palos y La escuela de maridos.


    El orden y la sensatez presiden toda su producción, por ello casi toda su obra ofrece una absoluta corrección. Su producción teatral, escrita a fines del siglo XVIII y principios del XIX, se encuadra en el terreno de la comedia neoclásica. La ley de las tres unidades se observa con todo rigor. Su modelo constante fue Moliere de quien tradujo varias obras.


    “EL SÍ DE LAS NIÑAS”


    1. Género: Dramático. Es una obra de teatro costumbrista.


    2. Ámbito:


    Geográfico: Transcurre en una posada en Alcalá de Henares.
    Espiritual: Clima opresivo creado por la actitud tiránica de una madre para su hija, al tratar de imponerle determinado casamiento. Esta actitud está equilibrada por el temperamento moderado del novio, un hombre maduro.


    Social: Los personajes principales son representantes de la burguesía española. Unos, de la burguesía enriquecida: don Diego, don Carlos, otros de la empobrecida: doña Irene, doña Francisca. Otra clase la constituyen los criados.


    3. Argumento


    Acto Primero: Don Diego, hombre ya entrado en años, decide casarse y elige como novia a una jovencita, doña Francisca. La madre de la joven, doña Irene, se muestra entusiasmada con la posibilidad de realizarse este ventajoso matrimonio. De acuerdo con la costumbre de la época, es ella quien infunde esperanzas a don Diego.


    Por su parte, éste no comparte el criterio de imponer matrimonio a los hijos, y desea que sea Paquita quien lo elija libremente. A su vez, la joven se muestra desolada. Pese a su permanencia en un convento, de donde sale para casarse con don Diego, está enamorada de don Félix, joven y valiente militar, al que comunica su desesperante situación.


    Acto Segundo: El verdadero nombre de don Félix es Carlos y, en realidad, es sobrino de don Diego. El joven se entrevista con su amada Paquita y promete rescatarla de la desagradable situación.


    Más tarde se encuentra con su tío, ignorado rival, y éste pide a su sobrino abandone la ciudad y cumpla con sus obligaciones de soldado. En realidad, lo que el tío desea es que el joven no presencie un casamiento tan dispar, pues teme las críticas del sobrino.


    Acto Tercero: Don Carlos parte de la posada, sabiendo que pierde a su amada, pero regresa por la noche para hacerle saber que le explicará por escrito, detalladamente, las razones que determinan su alejamiento. Don Diego y su criado sorprenden el diálogo entre los enamorados e interceptan la carta. Allí el anciano pretendiente descubre la verdad, ante la cual ordena el regreso de su sobrino porque comprende que no puede competir con el joven por el amor de Paquita. Se cumplen así los deseos de los enamorados y se casan.


    4. Estilo: Prosa castiza, utiliza la frase corta, ágil y concisa.
    5. Tema: Principal: El casamiento concertado por los padres: La mujer no puede elegir libremente a su compañero.
    Secundarios:


    - El casamiento por conveniencia. La mujer como objeto o mercancía.


    6. Personajes:

    Principales: Don Diego, un hombre maduro de 59 años quien ha decidido cambiar de vida casándose, Doña Paquita joven soñadora. No piensa nunca revelarse.


    Secundarios: Don Carlos, doña Irene y los criados.



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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:35

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Leandro Fernández de Moratín



    65- Elegía a las Musas


    Esta corona, adorno de mi frente,
    Esta sonante lira y flautas de oro
    Y máscaras alegres, que algún día
    Me disteis, sacras Musas, de mis manos
    Trémulas recibid, y el canto acabe,
    Que fuera osado intento repetirlo.
    He visto ya cómo la edad ligera,
    Apresurando a no volver las horas,
    Robó con ellas su vigor al numen.
    Sé que negáis vuestro favor divino
    A la cansada senectud, y en vano
    Fuera implorarlo; pero en tanto, bellas
    Ninfas, del verde Pindo habitadoras,
    No me neguéis que os agradezca humilde
    Los bienes que os debí. Si pude un día,
    No indigno sucesor de nombre ilustre,
    Dilatarlo famoso, a vos fue dado
    Llevar al fin mi atrevimiento. Sólo
    Pudo bastar vuestro amoroso anhelo
    A prestarme constancia en los afanes
    Que turbaron mi paz, cuando insolente
    Vano saber, enconos y venganzas,
    Codicia y ambición, la patria mía
    Abandonaron a civil discordia.

    Yo vi del polvo levantarse audaces,
    A dominar y perecer, tiranos:
    Atropellarse efímeras las leyes,
    Y llamarse virtudes los delitos.
    Vi las fraternas armas nuestros muros
    Bañar en sangre nuestra, combatirse,
    Vencido y vencedor hijos de España,
    Y el trono desplomándose al vendido
    Ímpetu popular. De las arenas
    Que el mar sacude en la fenicia Gades,
    A las que el Tajo lusitano envuelve
    En oro y conchas, uno y otro imperio, I
    ras, desorden esparciendo y luto,
    Comunicarse el funeral estrago.
    Así cuando en Sicilia el Etna ronco
    Revienta incendios, su bifronte cima
    Cubre el Vesubio en humo denso y llamas,
    Turba el Averno sus calladas ondas;
    Y allá del Tibre en la ribera etrusca
    Se estremece la cúpula soberbia
    Que al Vicario de Cristo da sepulcro.

    ¿Quién pudo en tanto horror mover el plectro?
    ¿Quién dar al verso acordes armonías,
    Oyendo resonar grito de muerte?
    Tronó la tempestad: bramó iracundo
    El huracán, y arrebató a los campos
    Sus frutos, su matiz: la rica pompa
    Destrozó de los árboles sombríos:
    Todas huyeron tímidas las aves
    Del blando nido, en el espanto mudas;
    No más trinos de amor. Así agitaron
    Los tardos arios mi existencia, y pudo
    Sólo en región extraña el oprimido
    Ánimo hallar dulce descanso y vida.

    Breve será; que ya la tumba aguarda
    Y sus mármoles abre a recibirme;
    Ya los voy a ocupar... Si no es eterno
    El rigor de los hados, y reservan
    A mi patria infeliz mayor ventura,
    Dénsela presto, y mi postrer suspiro
    Será por ella... Prevenid en tanto
    Flébiles tonos, enlazad coronas
    De ciprés funeral, Musas celestes;
    Y donde a las del mar sus aguas mezcla
    El Garona opulento, en silencioso
    Bosque de lauros y menudos mirtos,
    Ocultad entre flores mis cenizas.



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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:36

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    (1856–1912)




    Manuel María de Arjona

    Durante el reinado de Carlos III (1759-1808) se impulsa una transformación de los gustos literarios, en busca de una reforma completa y modernización de todas las cuestiones que les afecten. Esto ocurre tanto en la prosa como en la poesía. Es en este último campo donde aparecen dos grandes grupos de autores hasta el final del siglo XVIII: los autores del llamado “grupo salmantino” – Meléndez Valdés, Manuel José Quintana, Cienfuegos, J. N. Gallego -; y el llamado “grupo sevillano”, entre los que destaca Alberto Lista, José Marchena, José María Blanco White y Manuel María de Arjona. Este movimiento cultural sevillano y su disposición a dinamizar la cultura en todas sus facetas literarias provoca la constitución en 1793 de la Academia de Letras Humanas de Sevilla.

    Manuel María de Arjona nació en el pueblo sevillano de Osuna en el año 1771, y ejerció diversos cargos importantes en su condición de sacerdote. Así fue colegial mayor de Santa María de Jesús, de Sevilla; doctoral de la Real capilla de San Fernando de la misma ciudad y canónigo penitenciario de la catedral de Córdoba. Fue en esta última ciudad donde, en 1810, impulsó la fundación de la Real Academia de Ciencias, Bellas Artes y Nobles Letras de Córdoba.


    En 1797 acompañó al arzobispo de Sevilla, Despuig y Damato, en su viaje a Roma, y fue nombrado por el papa Pío VI su capellán secreto supernumerario. En 1818, en Madrid, fue consejero de Fernando VII; muriendo en esa misma ciudad en el año 1820.

    Como autor escribió numerosos escritos de diversos argumentos, y articulista en algunos periódicos de la época. En el campo poético generó obras de gran interés como el Himno a Venus, La diosa del bosque, Pastorcito del alma, consiguiendo su máximo lirismo en el poema Las ruinas de Roma.
    Fue un poeta emotivo, con resonancias a la escuela neoclásica; como bien dijo Menéndez y Pelayo “Entre todos sus compañeros de la Academia sevillana, Arjona fue quien más veces acertó con el clasicismo puro”.



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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:37

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Manuel María de Arjona



    66- La Diosa del Bosque


    ¡Oh, si bajo estos árboles frondosos
    Se mostrase la célica hermosura
    Que vi algún día en inmortal dulzura
    Este bosque bañar!

    Del cielo tu benéfico descenso
    Sin duda ha sido, lúcida belleza:
    Deja, pues, diosa, que mi grato incienso
    Arda sobre tu altar.

    Que no es amor mi tímido alborozo,
    Y me acobarda el rígido escarmiento,
    Que ¡oh Piritoo! condenó tu intento
    Y tu intento, Ixión.

    Lejos de mí sacrílega osadía:
    Bástame que con plácido semblante
    Aceptes, diosa, a mis anhelos pía,
    Mi ardiente adoración.

    Mi adoración y el cántico de gloria
    Que de mí el Pindo atónito ya espera:
    Baja tú a oírme de la sacra esfera
    ¡Oh radiante deidad!

    Y tu mirar más nítido y süave,
    He de cantar, que fúlgido lucero;
    Y el limpio encanto que infundirnos sabe
    Tu dulce majestad.

    De pureza jactándose natura,
    Te ha formado del cándido rocío
    Que sobre el nardo al apuntar de estío
    La aurora derramó;

    Y excelsamente lánguida retrata
    El rosicler pacífico de Mayo
    Tu alma: Favonio su frescura grata
    A tu hablar trasladó.

    ¡Oh imagen perfectísima del orden
    Que liga en lazos fáciles el mundo,
    Sólo en los brazos de la paz fecundo,
    Sólo amable en la paz!

    En vano con espléndido aparato
    Finge el arte solícito grandezas:
    Natura vence con sencillo ornato
    Tan altivo disfraz.

    Monarcas, que los pérsicos tesoros
    Ostentáis con magnífica porfía,
    Copiad el brillo de un sereno día
    Sobre el azul del mar:

    O copie estudio de émula hermosura
    De mi deidad el mágico descuido;
    Antes veremos la estrellada altura
    Los hombres escalar.

    Tú, mi verso, en magnánimo ardimiento
    Ya las alas del céfiro recibe,
    Y al pecho ilustre en que tu numen vive
    Vuela, vuela veloz;

    Y en los erguidos álamos ufana
    Penda siempre esta cítara, aunque nueva;
    Que ya a sus ecos hermosura humana
    No ha de ensalzar mi voz.


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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:38

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Alberto Lista


    BIOGRAFÍA
    Alberto Rodríguez de Lista y Aragón nació el día 15 de octubre de 1775 en el sevillano barrio de Triana, y fue bautizado en la parroquia de Santa Ana. Fue matemático, poeta, profesor, periodista, clérigo y crítico literario.

    Su carrera docente e intelectual fue impresionante: a los trece años ocupó la Cátedra de Matemáticas en la Sociedad de Amigos del País; desde 1796 enseñó esta materia en el Real Colegio de San Telmo de la capital hispalense. Fue ordenado sacerdote en 1803; colaboró como poeta en El Correo Literario y Económico de Sevilla (1803-1808).

    El carácter humanista de su formación desde los primeros años de su juventud llevó a Alberto Lista a ser miembro de varias de las numerosas academias que existieron en la Sevilla de su tiempo, donde se prestaba especial atención a los estudios de las Humanidades (Lengua y Literatura, Geografía e Historia, Lengua Extranjera, etc.).

    Tuvo que exiliarse por “afrancesado” al acabar la Guerra de la Independencia, regresando a España en 1817. Pasó por Pamplona, Bilbao y al fin Madrid, donde colaboró en el Periódico del Ministerio de Gobernación de la Península (1823) y fundó dos revistas (El Censor y El Imparcial).

    En 1820 fundó el Colegio Libre de San Mateo, en el que impartió clases en tres asignaturas. Pero el Gobierno, pretextando que allí se enseñaban doctrinas contrarias al orden y a la religión, ordenó cerrar el centro y obligó al doctor literato a abandonar nuevamente el país.

    Regresó a España en 1827 y en 1833 aceptó el cargo de director de la Gaceta de Madrid. En 1836 ocupó una cátedra en el Ateneo de Madrid y enseñó matemáticas en la Universidad Central.

    Los últimos diez años de su vida los pasó en Andalucía, primero como profesor en el colegio de San Felipe Neri de Cádiz y después en Sevilla como profesor de su Universidad y director de la Real Academia de Buenas Letras. Fue nombrado canónigo de la catedral hispalense. Ingresó en 1847 en la Real Academia de la Historia. Murió el 5 de octubre de 1848.

    La obra de Alberto Lista es muy amplia y variada: poesía, ensayos, artículos críticos y literarios, tratados de matemáticas y lecciones de literatura española.


    A Elisa

    En vano, Elisa, describir intento
    el dulce afecto que tu nombre inspira;
    y aunque Apolo me dé su acorde lira,
    lo que pienso diré, no lo que siento.
    Puede pintarse el invisible viento,
    la veloz llama que ante el trueno gira,
    del cielo el esplendor, del mar la ira;
    mas no alcanza al amor pincel ni acento.
    De la amistad la plácida sonrisa,
    y el puro fuego, que en las almas prende,
    ni al labio, ni a la cítara confío.
    Mas podrás conocerlo, bella Elisa,
    si ese tu hermoso corazón entiende
    la muda voz que le dirige el mío


    Alberto Lista fue algo más que un escritor notable y un pedagogo de positiva influencia (alumnos suyos fueron José de Espronceda, Mariano José de Larra y Gustavo Adolfo Bécquer). Fue también un hombre de acción que desarrolló hasta poco antes de su muerte una actividad incesante, y, sin duda, dejó una profunda huella en las generaciones posteriores.


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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 12 Sep 2022, 01:39

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Alberto Lista



    67. Al Sueño
    El himno del desgraciado


    «Que el grande y el pequeño
    Somos iguales lo que dura el sueño.»
    —LOPE DE VEGA, Canción



    Desciende a mí, consolador Morfeo,
    Único dios que imploro,
    Antes que muera el esplendor febeo
    Sobre las playas del adusto moro.

    Y en tu regazo el importuno día
    Me encuentre aletargado,
    Cuando triunfante de la niebla umbría
    Asciende al trono del cenit dorado.

    Pierda en la noche y pierda en la mañana
    Tu calma silenciosa
    Aquel feliz que en lecho de oro y grana
    Estrecha al seno la adorada esposa.

    Y el que halagado con los dulces dones
    De Pluto y de Citeres,
    Las que a la tarde fueron ilusiones,
    A la aurora verá ciertos placeres.

    No halle jamás la matutina estrella
    En tus brazos rendido
    Al que bebió en los labios de su bella
    El suspiro de amor correspondido.

    ¡Ah! déjalos que gocen. Tu presencia
    No turbe su contento;
    Que es perpetua delicia su existencia
    Y un siglo de placer cada momento.

    Para ellos nace, el orbe colorando,
    La sonrosada aurora,
    Y el ave sus amores va cantando,
    Y la copia de Abril derrama Flora.

    Para ellos tiende su brillante velo
    La noche sosegada,
    Y de trémula luz esmalta el cielo,
    Y da al amor la sombra deseada.

    Si el tiempo del placer para el dichoso
    Huye en veloz carreta,
    Une con breve y plácido reposo
    Las dichas que ha gozado a las que espera.

    Mas ¡ay! a un alma del dolor guarida
    Desciende ya propicio;
    Cuanto me quites de la odiosa vida,
    Me quitarás de mi inmortal suplicio.

    ¿De qué me sirve el súbito alborozo
    Que a la aurora resuena,
    Si al despertar el mundo para el gozo,
    Sólo despierto yo para la pena?

    ¿De qué el ave canora, o la verdura
    Del prado que florece,
    Si mis ojos no miran su 'hermosura,
    Y el universo para mí enmudece?

    El ámbar de la vega, el blando ruido,
    Con que el raudal se lanza,
    ¿Qué son ¡ay! para el triste que ha perdido,
    Ultimo bien del hombre, la esperanza?

    Girará en vano, cuando el sol se ausente,
    La esfera luminosa;
    En vano, de almas tiernas confidente,
    Los campos bañará la luna hermosa.

    Esa blanda tristeza que derrama
    A un pecho enamorado,
    Si su tranquila amortiguada llama
    Resbala por las faldas del collado,

    No es para un corazón de quien ha huido
    La ilusión lisonjera,
    Cuando pidió, del desengaño herido,
    Su triste antorcha a la razón severa.

    Corta el hilo a mi acerba desventura,
    Oh tú, sueño piadoso;
    Que aquellas horas que tu imperio dura
    Se iguala el infeliz con el dichoso.

    Ignorada de sí yazca mi mente,
    Y muerto mi sentido;
    Empapa el ramo, para herir mi frente,
    En las tranquilas aguas del olvido.

    De la tumba me iguale tu beleño
    A la ceniza yerta,
    Sólo ¡ay de mí! que del eterno sueño,
    Mas felice que yo, nunca despierta.

    Ni aviven mi existencia interrumpida
    Fantasmas voladores,
    Ni los sucesos de mi amarga vida
    Con tus pinceles lánguidos colores.

    No me acuerdes crüel de mi tormento
    La triste imagen fiera;
    Bástale su malicia al pensamiento,
    Sin darle tú el puñal para que hiera.

    Ni me halagues con pérfidos placeres,
    Que volarán contigo;
    Y el dolor de perderlos cuando huyeres
    De atreverme a gozar será el castigo.

    Deslízate callado, y encadena
    Mi ardiente fantasía;
    Que asaz libre será para la pena
    Cuando me entregues a la luz del día.

    Ven, termina la mísera querella
    De un pecho acongojado.
    ¡Imagen de la muerte! después de ella
    Eres el bien mayor del desgraciado



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 12 Sep 2022, 06:54


    ¡Pobre barquilla mía,
    Entre peñascos rota,
    Sin velas desvelada,
    Y entre las olas sola!

    ¿Adónde vas perdida?
    ¿Adónde, di, te engolfas?
    Que no hay deseos cuerdos
    Con esperanzas locas.

    Como las altas naves,
    Te apartas animosa
    De la vecina tierra,
    Y al fiero mar te arrojas.

    Igual en las fortunas,
    Mayor en las congojas,
    Pequeña en las defensas,
    Incitas a las ondas.

    Advierte que te llevan
    A dar entre las rocas
    De la soberbia envidia,
    Naufragio de las honras.

    Cuando por las riberas
    Andabas costa a costa,
    Nunca del mar temiste
    Las iras procelosas.

    Segura navegabas;
    Que por la tierra propia
    Nunca el peligro es mucho
    Adonde el agua es poca.

    Verdad es que en la patria
    No es la virtud dichosa,
    Ni se estima la perla
    Hasta dejar la concha.

    Dirás que muchas barcas
    Con el favor en popa,
    Saliendo desdichadas,
    Volvieron, venturosas.

    No mires los ejemplos
    De las que van y tornan,
    Que a muchas ha perdido
    La dicha de las otras.

    Para los altos mares
    No llevas, cautelosa,
    Ni velas de mentiras,
    Ni remos de lisonjas.

    ¿Quién te engañó, barquilla?
    Vuelve, vuelve la proa;
    Que presumir de nave
    Fortunas ocasiona.

    ¿Qué jarcias te entretejen?
    ¿Qué ricas banderolas
    Azote son del viento
    Y de las aguas sombra?

    ¿En qué gavia descubres
    Del árbol alta copa,
    La tierra en perspectiva,
    Del mar incultas orlas?

    ¿En qué celajes fundas
    Que es bien echar la sonda,
    Cuando, perdido el rumbo,
    Erraste la derrota?

    Si te sepulta arena,
    ¿Qué sirve fama heroica?
    Que nunca desdichados
    Sus pensamientos logran.

    ¿Qué importa que te ciñan
    Ramas verdes o rojas,
    Que en selvas de corales
    Salado césped brota?

    Laureles de la orilla
    Solamente coronan
    Navíos de alto bordo
    Que jarcias de oro adornan.

    No quieras que yo sea,
    Por tu soberbia pompa,
    Faetonte de barqueros
    Que los laureles lloran.

    Pasaron ya los tiempos
    Cuando lamiendo rosas
    El céfiro bullía
    Y suspirada aromas.

    Ya fieros huracanes
    Tan arrogantes soplan
    Que, salpicando estrellas,
    De sol la frente mojan;

    Ya los valientes rayos
    De la vulcana forja,
    En vez de torres altas,
    Abrasan pobres chozas.

    Contenta con tus redes,
    A la playa arenosa
    Mojado me sacabas;
    Pero vivo, ¿qué importa?

    Cuando de rojo nácar
    Se afeitaba la aurora,
    Más peces te llenaban
    Que ella lloraba aljófar.

    Al bello sol que adoro,
    Enjuta ya la ropa,
    Nos daba una cabaña
    La cama de sus hojas.

    Esposo me llamaba,
    Yo la llamaba esposa,
    Parándose de envidia
    La celestial antorcha.

    Sin pleito, sin disgusto,
    La muerte nos divorcia:
    ¡Ay de la pobre barca
    Que en lágrimas se ahoga!

    Quedad sobre la arena,
    Inútiles escotas;
    Que no ha menester velas
    Quien a su bien no torna.

    Si con eternas plantas
    Las fijas luces doras,
    ¡Oh dueño de mi barca!
    Y en dulce paz reposas.

    Merezca que le pidas
    Al bien que eterno gozas,
    Que adonde estás, me lleve,
    Más pura y más hermosa.

    Mi honesto amor te obligue;
    Que no es digna victoria
    Para quejas humanas
    Ser las deidades sordas.

    Mas ¡ay que no me escuchas!
    Pero la vida es corta:
    Viviendo, todo falta;
    Muriendo, todo sobra.


    (Lope de Vega... mágico y excepcioanl)

    Este libro de Menendez Pelayo debería ser obligatorio en las escuelas. Es una humilde opinión.

    Gracias, Lluvia.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:26

    Y tienes razón, la poesía en general debería estar más presente.
    Como siempre, gracias y seguimos. Hay mucho y bueno.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:27

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Manuel José Quintana

    (Madrid, 1772 - 1857) Escritor y político español. Manuel José Quintana estudió leyes y filosofía en Salamanca, donde fue discípulo de Juan Antonio Meléndez Valdés. Fue amigo de Gaspar Melchor de Jovellanos y de Nicasio Álvarez de Cienfuegos y asimiló a su formación neoclásica las doctrinas de la ilustración dieciochesca (como reflejan sus odas A la paz entre España y Francia, 1795, y Al combate de Trafalgar, 1805, y sus dramas El duque de Viseo, 1801, y Pelayo, 1805).

    Tras la invasión napoleónica, Quintana se unió a los grupos liberales que luchaban por la independencia. En 1808 publicó sus Poesías patrióticas y fundó el Semanario patriótico, publicado primero en Madrid y posteriormente en Cádiz. Trabajó activamente en la política de estos años redactando los manifiestos de la secretaría general de la Junta Suprema.

    Con la llegada de Fernando VII al trono, Quintana sufrió presidio, recobrando su libertad tras el levantamiento de Rafael del Riego. La evolución política que siguió a la muerte del monarca le restituyó en sus cargos y honores (ministro del Consejo Real en 1834, presidente de la Dirección de Estudios en 1836, e instructor de Isabel II en 1840). En 1855 fue coronado por la reina Isabel II como poeta nacional.

    Formalmente, la obra poética de Manuel José Quintana se ajusta a los patrones neoclásicos, mientras que su temática, que frecuenta cuestiones humanitarias y políticas, se acerca a la de la generación romántica posterior. Es autor de las odas A la paz entre España y Francia (1795) y Al combate de Trafalgar (1805), de las antologías Colección de poesías castellanas (1807) y La musa épica (1833), de los dramas El duque de Viseo (1801) y Pelayo (1805), de tres volúmenes de Vidas de españoles célebres (1807, 1830 y 1833) y de unas Cartas a lord Holland (1852). En 1814 ingresó en la Real Academia Española.

    Fuente:
    Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Manuel José Quintana». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]




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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:29

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Manuel José Quintana



    68- A España, Después de la Revolución de Marzo



    ¿Qué era, decidme, la nación que un día
    Reina del mundo proclamó el destino,
    La que a todas las zonas extendía
    Su cetro de oro y su blasón divino?
    Volábase a occidente,
    Y el vasto mar Atlántico sembrado
    Se hallaba de su gloria y su fortuna.
    Do quiera España: en el preciado seno
    De América, en el Asia, en los confines
    Del África, allí España. El soberano
    Vuelo de la atrevida fantasía
    Para abarcarla se cansaba en vano;
    La tierra sus mineros le rendía,
    Sus perlas y coral el Oceáno.
    Y donde quier que revolver sus olas
    Él intentase, a quebrantar su furia
    Siempre encontraba costas españolas.
    Ora en el cieno del oprobio hundida,
    Abandonada a la insolencia ajena,
    Como esclava en mercado, ya aguardaba
    La ruda argolla y la servil cadena.
    ¡Qué de plagas, oh Dios! Su aliento impuro
    La pestilente fiebre respirando,
    Infestó el aire, emponzoñó la vida;
    La hambre enflaquecida
    Tendió sus brazos lívidos, ahogando
    Cuanto el contagio perdonó; tres veces
    De Jano el templo abrimos,
    Y a la trompa de Marte aliento dimos;
    Tres veces ¡ay! los dioses tutelares
    Su escudo nos negaron, y nos vimos
    Rotos en tierra y rotos en los mares.
    ¿Qué en tanto tiempo viste
    Por tus inmensos términos, oh Iberia?
    ¿Qué viste ya sino funesto luto,
    Honda tristeza, sin igual miseria,
    De tu vil servidumbre acerbo fruto?

    Así, rota la vela, abierto el lado,
    Pobre bajel a naufragar camina,
    De tormenta en tormenta despeñado,
    Por los yermos del mar; ya ni en su popa
    Las guirnaldas se ven que antes la ornaban,
    Ni el señal de esperanza y de contento
    La flámula riendo al aire ondea.
    Cesó su dulce canto el pasajero,
    Ahogó su vocerío
    El ronco marinero,
    Terror de muerte en torno lo rodea,
    Terror de muerte silencioso y frío;
    Y él va a estrellarse al áspero bajío.

    Llega el momento, en fin; tiende su mano
    El tirano del mundo al occidente,
    Y fiero exclama: «El occidente es mío.»
    Bárbaro gozo en su ceñuda frente
    Resplandeció, como en el seno oscuro
    De nube tormentosa en el estío
    Relámpago fugaz brilla un momento
    Que añade horror con su fulgor sombrío.
    Sus guerreros feroces
    Con gritos de soberbia el viento llenan;
    Gimen los yunques, los martillos suenan,
    Arden las forjas. ¡Oh vergüenza! ¿Acaso
    Pensáis que espadas son para el combate
    Las que mueven sus manos codiciosas?
    No en tanto os estiméis: grillos, esposas,
    Cadenas son que en vergonzosos lazos
    Por siempre amarren tan inertes brazos.

    Estremecióse España
    Del indigno rumor que cerca oía,
    Y al grande impulso de su justa saña
    Rompió el volcán que en su interior hervía.
    Sus déspotas antiguos
    Consternados y pálidos se esconden;
    Resuena el eco de venganza en torno,
    Y del Tajo las márgenes responden:
    «¡Venganza!» ¿Dónde están, sagrado río,
    Los colosos de oprobio y de vergüenza
    Que nuestro bien en su insolencia ahogaban?
    Su gloria fue, nuestro esplendor comienza;
    Y tú, orgulloso y fiero,
    Viendo que aun hay Castilla y castellanos,
    Precipitas al mar tus rubias ondas,
    Diciendo: «Ya acabaron los tiranos.»

    ¡Oh triunfo! ¡Oh gloria! ¡Oh celestial momento!
    ¿Con qué puede ya dar el labio mío
    El nombre augusto de la patria al viento?
    Yo lo daré; mas no en el arpa de oro
    Que mi cantar sonoro
    Acompañó hasta aquí; no aprisionado
    En estrecho recinto, en que se apoca
    El numen en el pecho
    Y el aliento fatídico en la boca.
    Desenterrad la lira de Tirteo,
    Y al aire abierto, a la radiante lumbre
    Del sol, en la alta cumbre
    Del riscoso y pinífero Fuenfría,
    Allí volaré yo, y allí cantando
    Con voz que atruene en derredor la sierra,
    Lanzaré por los campos castellanos
    Los ecos de la gloria y de la guerra.

    ¡Guerra, nombre tremendo, ahora sublime,
    Único asilo y sacrosanto escudo
    Al ímpetu sañudo
    Del fiero Atila que a occidente oprime!
    ¡Guerra, guerra, españoles! En el Betis
    Ved del Tercer Fernando alzarse airada
    La augusta sombra; su divina frente
    Mostrar Gonzalo en la imperial Granada;
    Blandir el Cid su centelleante espada,
    Y allá sobre los altos Pirineos,
    Del hijo de Jimena
    Animarse los miembros giganteos.
    En torvo cerio y desdeñosa pena
    Ved cómo cruzan por los aires vanos;
    Y el valor exhalando que se encierra
    Dentro del hueco de sus tumbas frías,
    En fiera y ronca voz pronuncian: «¡Guerra!

    ¡Pues qué! ¿Con faz serena
    Vierais los campos devastar opimos,
    Eterno objeto de ambición ajena,
    Herencia inmensa que afanando os dimos?
    Despertad, raza de héroes: el momento
    Llegó ya de arrojarse a la victoria;
    Que vuestro nombre eclipse nuestro nombre,
    Que vuestra gloria humille nuestra gloria.
    No ha sido en el gran día
    El altar de la patria alzado en vano
    Por vuestra mano fuerte.
    Juradlo, ella os lo manda: ¡Antes la muerte
    Que consentir jamás ningún tirano!»

    Sí, yo lo juro, venerables sombras;
    Yo lo juro también, y en este instante
    Ya me siento mayor. Dadme una lanza,
    Ceñidme el casco fiero y refulgente;
    Volemos al combate, a la venganza;
    Y el que niegue su pecho a la esperanza,
    Hunda en el polvo la cobarde frente.
    Tal vez el gran torrente
    De la devastación en su carrera
    Me llevará. ¿Qué importa? ¿Por ventura
    No se muere una vez? ¿No iré, expirando,
    A encontrar nuestros ínclitos mayores?
    «¡Salud, oh padres de la patria mía,»
    Yo les diré, «¡salud! La heroica España
    De entre el estrago universal y horrores
    Levanta la cabeza ensangrentada,
    Y vencedora de su mal destino,
    Vuelve a dar a la tierra amedrentada
    Su cetro de oro y su blasón divino.»



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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:30

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Juan Nicasio Gallego
    Gallego, Juan Nicasio (1777-1853).

    Escritor español nacido en Zamora el 14 de diciembre de 1777 y muerto en Madrid el 9 de enero de 1853. Hijo de Felipe Gallego y Francisca Hernández del Crespo, ambos de acrisolada ascendencia. Estudió en su ciudad natal con el humanista llamado Peláez, y a los trece años pasó a Salamanca a cursar filosofía y derecho civil y canónico, que terminó en 1800. Después de licenciarse, doctorarse y hacerse sacerdote, en mayo de 1805 hizo oposición a una capellanía de honor de Fernando VII; y en octubre del mismo año fue nombrado por el Rey director eclesiástico de los caballeros pajes, cargo que ocupó hasta la invasión francesa. Ya por entonces comenzó a ser conocido como poeta. Escribió: Oda a la defensa de Buenos Aires por los españoles el 4 de julio 1807 (Madrid, 1807), El día dos de Mayo. Elegía (publicada en Valencia y Jaén en 1808, posteriormente impresa por Hidalgo en Sevilla en 1809 y en Madrid en 1814; se volvió a publicar por Antón Ramírez en 1849 y se tradujo al inglés, a cargo de William Casey, en Barcelona en 1819). En 1809 pasó a Sevilla, y de allí a Cádiz, siguiendo al gobierno legítimo y recibiendo algunas prebendas, entre ellas la de racionero de la catedral de Murcia. Fue elegido diputado a las Cortes de Cádiz en septiembre de 1810. Al año siguiente escribió una Canción para el aniversario del dos de Mayo, para la que compuso la música Don Mariano Ledesma, en la ciudad Cádiz. Suyo es el soneto Al Lord Conde Wellington Duque de Ciudad Rodrigo en la reconquista de Badajoz, firmado con las iniciales J.N.G., en el número 302 de la revista Redactor, el 11 de abril de 1812. Fue uno de los firmantes, y acaso el autor, de la proclama Las Cortes generales y extraordinarias a la nación española, firmada en Cádiz el 28 agosto de 1812.

    Liberal moderado, en 1814 fue perseguido, pasando 18 meses en la cárcel, y después cuatro años más confinado en la Cartuja de Jerez, de donde fue trasladado en 1816 a petición suya, por enfermedad, al monasterio de la Luz, en Moguer, y después al convento de Loreto, cerca de Sevilla. Publicó Elegía a la temprana muerte del duque de Fernandina, (editada en Cádiz en 1816). Tradujo la obra de Arnault: Oscar, hijo de Ossián, (publicada en Madrid en 1818). La revolución de 1820 le devolvió la libertad y los honores, siendo promovido a la dignidad de arcediano mayor de Valencia.

    A comienzos de 1824 se vio privado de nuevo de todo, y por su reclamación se le persiguió de nuevo, teniendo que ir a refugiarse a Barcelona, al amparo de las tropas francesas que la guarnecían. En 1827, al retirarse el ejército francés, tuvo que emigrar, pasando cuatro meses en Montpellier. En abril de 1828 regresó a Barcelona, pero se le obligó a trasladarse a Valencia, siendo objeto de nuevos vejámenes. Después de la boda de Fernando VII con María Cristina obtuvo una canonjía en Sevilla, y se trasladó a la capital andaluza, permitiéndosele visitar Madrid. Aparecen los Versos recogidos y publicados por Domingo del Monte, (publicados en Filadelfia en 1929), muestra del entusiasmo del cubano por nuestro autor.
    Nombrado Académico de la Lengua en 1830. Se traslado, en mayo de 1833, definitivamente a Madrid, nombrándosele juez del Excusado, supernumerario de la Rota de la Nunciatura, y en 1834 censor de periódicos. Académico secretario de la Española en 1839, Gran Cruz de Isabel la Católica en 1844, Senador del Reino en 1845 y arcipreste del Pilar de Zaragoza el 20 de abril de 1852 aunque de este último cargo no llegó a tomar posesión. Sus Obras poéticas fueron publicadas por la Academia en 1854.

    Fuente: [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:30

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Juan Nicasio Gallego



    69- Elegía a la Muerte de la Duquesa de Frías


    Al sonante bramido
    Del piélago feroz que el viento ensaña
    Lanzando atrás del Turia la corriente;
    En medio al denegrido
    Cerco de nubes que de Sirio empaña
    Cual velo funeral la roja frente;
    Cuando el cárabo oscuro
    Ayes despide entre la breña inculta,
    Y a tardo paso soñoliento Arturo
    En el mar de occidente se sepulta;
    A los mustios reflejos
    Con que en las ondas alteradas tiembla
    De moribunda luna el rayo frío,
    Daré, del mundo y de los hombres lejos,
    Libre rienda al dolor del pecho mío.

    Sí, que al mortal a quien del hado el cerio
    A infortunios sin término condena,
    Sobre su cuello mísero cargando
    De uno en otro eslabón larga cadena,
    No en jardín halagüeño,
    Ni al puro ambiente de apacible aurora
    Soltar conviene el lastimero canto
    Con que al cielo importuna.
    Solitario arenal, sangrienta luna
    Y embravecidas olas acompañen
    Sus lamentos fatídicos. ¡Oh lira
    Que escenas sólo de aflicción recuerdas;
    Lira que ven mis ojos con espanto
    Y a recorrer tus cuerdas
    Mi ya trémula mano se resiste!
    Ven, lira del dolor. ¡Piedad no existe!

    ¡No existe, y vivo yo! ¡No existe aquella
    Gentil, discreta, incomparable amiga,
    Cuya presencia sola
    El tropel de mis penas disipaba!
    ¿Cuándo en tal hermosura alma tan bella
    De la corte española
    Más digno fue y espléndido ornamento?
    ¡Y aquel mágico acento
    Enmudeció por siempre, que llenaba
    De inefable dulzura el alma mía!
    Y ¡qué! fortuna impía,
    ¿Ni su postrer adiós oír me dejas?
    ¿Ni de su esposo amado
    Templar el llanto y las amargas quejas?
    ¿Ni el estéril consuelo
    De acompañar hasta el sepulcro helado S
    us pálidos despojos?
    ¡Ay! Derramen sin duelo
    Sangre mi corazón, llanto mis ojos.

    ¿Por qué, por qué a la tumba,
    Insaciable de víctimas, tu amigo
    Antes que tú no descendió, Señora?
    ¿Por qué al menos contigo
    La memoria fatal no te llevaste
    Que es un tormento irresistible ahora?
    ¿Qué mármol hay que pueda
    En tan acerba angustia los aciagos
    Recuerdos resistir del bien perdido?
    Aun resuena en mi oído
    El espantoso obús lanzando estragos,
    Cuando mis ojos ávidos te vieron
    Por la primera vez. Cien bombas fueron
    A tu arribo marcial salva triunfante.
    Con inmóvil semblante
    Escucho amedrentado el son horrendo
    De los globos mortíferos, en torno
    Del leño frágil a tus pies cayendo,
    Y el agua que a su empuje se encumbraba
    Y hasta las altas grímpolas saltaba.

    El dulce soplo de Favonio en tanto
    Las velas hinche del bajel ligero,
    Sin que salude con festivo canto
    La suspirada costa el marinero.
    Ardiendo de la patria en fuego santo,
    Insensible al horror del bronce fiero,
    Fijar te miro impávida y serena
    La planta breve en la menuda arena.
    —¡Salve, oh Deidad!—del gaditano muro
    Grita la muchedumbre alborozada;
    —¡Salve, oh Deidad!—de gozo enajenada
    La ruidosa marina
    Que a ti se agolpa y en bajel rodea;
    Y al cielo sube el aclamar sonoro
    Como al aplauso del celeste coro
    Salió del mar la hermosa Citerea.

    Absortas contemplaron
    El fuego de tus ojos
    Las bellas ninfas de la bella Gades;
    Absortas te envidiaron
    El pie donoso y la mejilla pura,
    El vivo esmalte de tus labios rojos,
    El albo seno y la gentil cintura.
    Yo te miraba atónito: no empero
    Sentí en el alma el pasador agudo
    De bastarda pasión; que a dicha pudo
    Del honor y deber la ley severa
    Ser a mi pecho impenetrable escudo.
    Mas ¿quién el homenaje
    De afecto noble, de amistad sincera
    Cual yo te tributó, cuando el tesoro
    De tu divino ingenio descubría,
    Que en cuerpo tan gallardo relucía
    Como rico brillante en joya de oro?
    ¡Cuántas, ay, qué apacibles
    Horas en dulces pláticas pasadas
    Betis me viera de tu voz pendiente!
    ¡Cuántas en las calladas
    Florestas de Aranjuez el eco blando
    Detuvo el paso a la tranquila fuente;
    Ya el primor ensalzando
    Que al fragante clavel las hojas riza
    Y la ancha cola del pavón fnatiza;
    Ya la varia fortuna
    Del cetro godo y del laurel romano;
    O el poder sobrehumano
    Que de un soplo derroca
    Del alto solio al triunfador de Jena
    Y con duras amarras le encadena,
    Como al antiguo Encélado, a un roca.

    Pero otro don magnífico, sublime,
    Más alto que el ingenio y la hermosura,
    Debiste al Criador, vivaz destello
    De su lumbre inmortal, alma ternura.
    ¿Cuándo, cuándo al gemido
    Negó del infeliz oro tu mano,
    Ayes tu corazón? El escondido
    Volcán que decoroso
    Tu noble aspecto revelaba apenas,
    Un infortunio, un rasgo generoso,
    Un sacrificio heroico hervir hacía.
    Entonces agitado
    Tu rostro angelical resplandecía

    Del más purpúreo rosicler cubierto:
    Del seno revelado
    La extraña conmoción, el entreabierto
    Labio, las refulgentes
    Ráfagas de tus ojos
    Que entre los anchos párpados brillaban,
    Las lágrimas ardientes
    Que a tus negras pestañas asomaban,
    El gesto, el ademán, los mal seguros
    Acentos, la expresión... ¡Ah! Nunca, nunca
    Tan insigne modelo
    De estro feliz, de inspiración divina
    Mostró Casandra en los dardanios muros
    Ni en las lides olímpicas Corina.
    Y sólo al santo fuego
    De un pecho tan magnánimo pudiera
    Deber tu amigo el aire que respira.
    Sólo a tu blando ruego
    La Amistad se vistiera
    Máscara y formas del Amor su hermano.
    ¿Quién sino tú, señora,
    Dejando inquieta la mullida pluma
    Antes que el frío tálamo la Aurora,
    Entrar osara en la mansión del crimen?
    ¿Quién sino tú del duro carcelero,
    Menos al son del oro empedernido
    Que al eco de los míseros que gimen,
    Quisiera el ceño soportar? Perdona,
    Cara Piedad, que mi indiscreta musa
    Publique al mundo tan heroico ejemplo,
    Y que mi gratitud cuelgue en el templo
    De la santa Amistad digna corona.

    En el mezquino lecho
    De cárcel solitaria
    Fiebre lenta y voraz me consumía,
    Cuando, sordo a mis quejas,
    Rayaba apenas en las altas rejas
    El perezoso albor del nuevo día. D
    e planta cautelosa
    Insólito rumor hiere mi oído;
    Los vacilantes ojos
    Clavo en la ruda puerta, estremecido
    Del súbito crujir de sus cerrojos,
    Y el repugnante gesto
    Del fiero alcaide mi atención excita,
    Que hacia mí sin cesar su mano agita
    Con labio mudo y sonreír funesto.
    Salto del lecho, y sígole azorado,
    Cruzando los revueltos corredores
    De aquella triste y lóbrega caverna
    Hasta un breve recinto iluminado
    De moribunda y fúnebre linterna.
    Y a par que por oculto
    Tránsito desparece
    Como visión fantástica el cerbero,
    De nuevo extraño bulto,
    . Sombra confusa, que se acerca y crece,
    La angustia dobla de mi horror primero.
    Mas ¡cuál mi asombro fue cuando improvisa
    A la pálida luz mi vista errante
    Los bellos rasgos de Piedad divisa
    Entre los pliegues del cendal flotante!
    «¿Por qué, por qué benigna»,
    Clamé bañado en llanto de alborozo,
    «Osas pisar, Señora,
    Esta morada indigna
    Que tu respeto y tu virtud desdora?
    ¡Ah! si a la fuerza del inmenso gozo,
    Del placer celestial que el alma oprime,
    Hoy a tus plantas expirar consigo,
    Mi fiebre, mi prisión, mi fin bendigo.

    »A este oscuro aposento
    No a que de pena o de placer expires
    La voz de la amistad mis pasos guía,
    Sino a esforzar tu desmayado aliento
    Contra los golpes de la suerte impía.
    Su cuello al susto y la congoja doble
    El que del crimen en su pecho sienta
    El punzante aguijón; que al alma noble
    Do la inocencia plácida se anida,
    Ni el peso de los grillos la atormenta,
    Ni el son de los cerrojos la intimida.
    Recobra, amigo caro,
    La esperanza marchita.
    Y el digno esfuerzo del varón constante.
    Pronto será que el astro rutilante,
    Que jamás estas bóvedas visita,
    De la calumnia vil triunfar te vea:
    Mi fausto anuncio tu consuelo sea.

    »Serálo, sí; lo juro;
    Y aunque ese llanto que tu rostro inunda
    Vaticinio tan próspero desmiente,
    No me hará de fortuna el torvo cerio
    Fruncir las cejas ni arrugar la frente;
    Que el dichoso mortal a quien risueño
    Mira el destino...» ¡No acabé! A deshora
    La aciaga voz del carcelero escucho,
    Diciendo: «Es tarde; baste ya, Señora.»

    «¡Adiós! ¡adiós! Del vulgo malicioso
    Que al despuntar del sol sacude el sueño
    Temo el labio mordaz. ¡Adiós te queda!»
    «Aguarda» ... «¡Adiós!» ... Y en soledad sumido
    Oigo ¡ay de mí! del caracol torcido
    Barrer las gradas la crujiente seda.
    ¡Oh digno, oh generoso
    Dechado de amistad! ¡Oh alegre día!
    ¿Y dónde estás, en dónde,
    Ángel consolador, Duquesa amada,
    Que no te mueve ya la angustia mía? ¡
    Gran Dios, y ni responde
    De su esposo infeliz al caro acento,
    Aunque en la tumba helada
    Lágrimas de dolor vierte a raudales!
    ¡Ni de su triste huérfana el lamento,
    Con ambos brazos al sepulcro asida,
    Ablanda sus entrañas maternales!
    ¡Oh dulces prendas de su amor! Al mármol
    En vano importunáis. Hará el rocío
    Del venidero Abril que al campo vuelva
    La verde pompa que abrasó el estío;
    Mas no esperéis que el túmulo sombrío
    La devorada víctima devuelva,
    Ni a sus profundos huecos
    Otra respuesta oír que sordos ecos.
    En él de bronce y oro,
    Ínclito vate, estallarán cinceles
    Vuestro heroico blasón, entretejiendo
    Con palmas tus laureles.
    ¡Inútil afanar! La sien ceñida
    De adelfa y mirto, pulsará tu mano
    La dolorosa cítara, moviendo
    El orbe todo a compasión... ¡En vano!
    Resonarán con ellas
    Mis gemidos simpáticos, y el coro
    De cuantos cisnes tu infortunio inspira
    Alzar podrá a su gloria
    Noble trofeo en canto peregrino.
    Mas ¡ay! ¿podrá su lira
    Forzar las puertas del Edén divino
    Y el diente ensangrentado
    Del áspid arrancar en ti clavado?

    A más alto poder, mísero amigo,
    Los ojos torna y el clamor dirige
    Que entre sollozos lúgubres exhalas.
    Al Ser inmenso que los orbes rige,
    En las rápidas alas
    De ferviente oración remonta el vuelo.
    Yo elevaré contigo
    Mis tiernos votos, y al gemir de aquella,
    Que en mis brazos creció, cándida niña,
    Trasunto vivo de tu esposa bella,
    Dará benigno el cielo
    Paz a su madre, a tu aflicción consuelo.
    Sí; que hasta el solio del Eterno llega
    El ardiente suspiro
    De quien con puro corazón le ruega,
    Como en su templo santo el humo sube
    Del balsámico incienso en vaga nube.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:32

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Juan María Maury

    Maury Castañeda, Juan María. Málaga, 1772 – París (Francia), 2.X.1845. Escritor.
    Juan María Maury vivió una época de la historia de España compleja, como fue la de la invasión napoleónica y sus consecuencias. Nacido en 1772, era hijo de un importante comerciante de origen francés.

    La desahogada posición económica de sus padres le permitió recibir una cuidada y cosmopolita formación: estudió en Francia, completó sus estudios en Inglaterra y visitó Italia. A principios del siglo xix comenzó en Madrid su carrera de escritor. De todos los sucesos de su vida, el más relevante, sin duda, fue su relación con la causa francesa durante la Guerra de la Independencia y su posterior exilio. En 1813 se retiraron las tropas de Napoleón, y con ellas tuvieron que salir los “afrancesados”, es decir, cuantos habían sido sus colaboradores. Entre ellos marchó Maury, que había sido diputado de las Cortes de Bayona durante la ocupación napoleónica. A partir de esta fecha tuvo que vivir expatriado; se estableció en París, donde contactó con otros emigrados españoles, y su casa se convirtió en punto de encuentro de artistas y escritores compañeros de exilio. Fue colaborador de El Artista, revista literaria de excepcional importancia para la historia del Romanticismo en España. A principios de 1845 Maury estuvo en Madrid por última vez para intentar publicar sus obras completas; como su situación económica no era buena, Martínez de la Rosa, amigo personal suyo y por entonces ministro de Estado, le nombró cónsul en Ruán. Murió poco antes de tomar posesión, en París, el 2 de octubre de 1845. Llegó a ser correspondiente de la Real Academia Española en París.
    A la hora de estudiar la obra de Maury, el gran problema con que se enfrenta la crítica es el de la clasificación, pues es difícil incluirlo claramente en un período de la historia literaria: dentro del Romanticismo como precursor o como autor final del Neoclasicismo.

    A esta dificultad se añade su formación en el extranjero y sus influencias de otras literaturas, especialmente la inglesa. Aunque sus primeras obras se califican como neoclásicas, su gran influjo personal entre los escritores españoles que iban a regresar del exilio y que llevaron el Romanticismo a España, así como su colaboración con la revista El Artista, definen su fundamental aportación al movimiento romántico.

    Estas son algunas notas sobre sus obras más destacadas. Eloísa y Abelardo. Epístola Heroida (1810; existe una edición de 1792 que no fue aprobada por la censura), es una epístola poética traducida del inglés según la obra de Pope, en la que trata la relación amorosa de estos dos personajes. La agresión británica (1806), poema narrativo con clara influencia neoclásica, escrito en octavas reales como el anterior.

    Al feliz reintegro de la Casa de Borbón [...], que es una oda, suele considerarse una poesía de circunstancias.

    Esvero y Almedora (1840) es un poema narrativo en doce cantos que se inspira en el tema El paso honroso de Suero de Quiñones. El festín de Alejandro, es una oda, traducción de la inglesa de Dryden, y en la que Maury sigue las variedades de versificación del original.

    Dido. Canto épico; para componer este poema, Maury tradujo el libro IV de la Eneida, al que le añadió un proemio y un epílogo. Entre sus composiciones breves destacan una Elegía (1804) compuesta a la muerte de su padre, La ramilletera ciega, una elegía en cuartetas, y La timidez, un romance. Como escritor en prosa, su producción es muy interesante. Visión apologética. Carta... sobre el poema Esvero y Almedora; el autor imagina una entrevista con el poeta Juan de Mena y hace así una autocrítica del poema Esvero y Almedora. Espagne poétique (1826-1827), se trata de una antología de la poesía española desde sus orígenes hasta el presente, en dos volúmenes, con el texto original y traducción francesa del propio Maury, e incluye una introducción sobre versificación española y diversas notas biográficas, históricas y literarias. Esta obra obtuvo un gran éxito y se convirtió en una obra de referencia obligada para el conocimiento de la poesía española en Francia. Maury además se dedicó al estudio de la métrica y la prosodia, con trabajos relevantes sobre estas disciplinas: fue uno de los primeros autores en utilizar el término “encabalgamiento” referido a la poesía española en una “Carta” incluida a partir de la segunda edición de la Gramática de la lengua castellana de Vicente Salvá (1835).


    Obras de ~: Elegía, 1804; La agresión británica, Madrid, Imprenta Real, 1806 [ed. en C. Rosell (comp.), Poemas épicos, II, Madrid, Atlas, 1948 (Biblioteca de Autores Españoles, 29), págs. 487-494]; A. Pope, Eloísa y Abelardo. Epístola Heroida, trad. del ingl. por ~, Madrid, Imprenta de Ibarra, 1810, en Biblioteca de la Minnesota Historical Society de St. Paul, sign. NM 0355580 (Cartas de Abelardo y Heloisa en verso. Con la epístola Heroida de Alejandro Pope, Tolosa, Imprenta Viuda de Alzá, 1821); Al feliz reintegro de la Casa de Borbón en los tronos de España y Francia, Madrid, 1818; Espagne poétique. Choix de poésies castillanes depuis Charles Quint jusqu’à nos jours [...], Paris, Librairie Universelle de P. Mongie Ainé, 1826-1827, 2 vols.; “Carta”, en V. Salvá, Gramática de la lengua castellana [...], París, Librería de los SS. Don Vicente Salvá e hijo, 1835, págs. 473-478 (est. y ed. de M. Lliteras, Madrid, Arco Libros, 1988, 2 vols.); Esvero y Almedora. Poema en doce cantos, París, Fournier, 1840; Visión apologética. Carta de D. Juan María Maury al Excmo. Sr. D. Juan Nicasio Gallego sobre el poema ‘Esvero y Almedora’ y Elegía, El festín de Alejandro, La ramilletera ciega, La timidez y Dido. Canto épico, en L. A. de Cueto, Poetas líricos del siglo xviii: tomo tercero, Madrid, Atlas, 1953 (col. Biblioteca de Autores Españoles, 67), págs. 153-183 (contiene notas biográficas y críticas y análisis del poema Esvero y Almedora, leído a la Real Academia Española por su Secretario Perpetuo don Juan Nicasio Gallego, en la sesión de 1 de abril de 1841).


    Bibl.: E. de Ochoa, Apuntes para una biblioteca de escritores españoles contemporáneos en prosa y verso, t. II, París, Baudry, 1840, págs. 385-403; J. Valera, Florilegio de poesías castellanas del siglo xix, t. I, Madrid, Librería de Fernando Fe, 1902, págs. 66-74 y 354-359, y t. V, 1903, págs. 51-52; R. López Barroso, Páginas escogidas de autores malagueños, Málaga, Tipografía de Victoriano Giral Sastre, 1904, págs. 173-225; L. A. de Cueto, “Bosquejo histórico-crítico de la poesía castellana en el siglo xviii”, en Poetas líricos del siglo XVIII, t. I, Madrid, Atlas, 1952 (Biblioteca de Autores Españoles, 61), págs. CCXXII-CCXXIII; A. Bueno Muñoz, Cien malagueños notables, Málaga, Gráficas Urania, 1954, págs. 193-194; A. Carballo Picazo, “Los estudios de preceptiva y de métrica españolas en los siglos xix y xx”, en Revista de Literatura, VIII (1955), págs. 23-56 (espec., págs. 43 y 45); F. C. Sainz de Robles, Historia y antología de la poesía castellana, t. I, Madrid, Aguilar, 1967, págs. 172-173 y 1066-1068; C. Cuevas, Diccionario de escritores de Málaga y su provincia, Madrid, Castalia, 2002.

    Por: Jesús Alejandro Rodríguez Ayllón




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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:33

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Juan María Maury



    70- La Timidez



    A las márgenes alegres
    Que el Guadalquivir fecunda,
    donde ostenta pomposo
    El orgullo de su cuna,

    Vino Rosalba, sirena
    De los mares que tributan
    A España, entre perlas y oro,
    Peregrinas hermosuras.

    Más festiva que las auras,
    Más ligera que la espuma,
    Hermosa como los cielos,
    Gallarda como ninguna,

    Con el hechicero adorno
    De tantas bellezas juntas,
    No hay corazón que no robe,
    Ni quietud que no destruya.

    Así Rosalba se goza,
    Mas la que tanto procura
    Avasallar libertades,
    Al cabo empeña la suya.

    Lisardo, joven amable,
    Sobresale entre la turba
    De esclavos que por Rosalba
    Sufren de amor la coyunda.

    Tal vez sus floridos años
    No bien de la edad adulta
    Acaban de ver cumplida
    La primavera segunda.

    Aventajado en ingenio,
    Rico en bienes de fortuna,
    Dichoso, en fin, si supiera
    Que audacias amor indulta,

    Idólatra más que amante,
    Con adoración profunda,
    A Rosalba reverencia,
    Y deidad se la figura.

    Un día alcanza a otro día
    Sin que su amor le descubra;
    El respeto le encadena
    Y ella su respeto culpa.

    Bien a Lisardo sus ojos
    Dijeran que más presuma;
    Pero él, comedido amante,
    O los huye o no los busca.

    Perdido y desconsolado,
    Una noche en que natura
    A meditación convida
    Con su pompa taciturna,

    Mientras el disco mudable,
    En que ceñirse acostumbra,
    Entre celajes de nácar
    Esconde tímida luna;

    Al margen del sacro río
    La inocente suerte acusa,
    Y así fatiga los aires
    Con endechas importunas:

    «Baja tu velo
    Amor altivo,
    Mira que al cielo
    Osado va;
    Buscas en vano
    Correspondencia;
    Amor insano,
    Déjame ya.

    »Déjame el alma
    Que otra vez libre
    Plácida calma
    Vuelva a tener:
    ¡Qué digo, necio!
    El cielo sabe
    Si más aprecio
    Mi padecer.

    »Gima y padezca,
    Una esperanza
    Sin que merezca
    A mi deidad;
    Sin que le pida
    Jamás el premio
    De mi perdida
    Felicidad.

    »Tímida boca,
    Nunca le digas
    La pasión loca
    Del corazón,
    Adonde oculto
    Está su templo,
    Y ofrenda y culto
    Lágrimas son.»

    Más dijera, pero el llanto,
    En que sus ojos abundan,
    Le interrumpe, y las palabras
    En la garganta se anudan.

    Cuando junto a la ribera,
    En un valle donde muchas
    Del árbol grato a Minerva
    Opimas ramas se cruzan,

    Süave cuanto sonora,
    Lisardo otra voz escucha,
    Que, enamorando los ecos
    Tales acentos modula:

    «Prepara el ensayo
    De más atractivos
    La rosa en los vivos
    Albores de Mayo:

    »Si al férvido rayo
    Su cáliz expone,
    Que el sol la corone
    En premio ha logrado,
    Y es reina del prado
    Y amor de Dïone.

    »¡Oh fuente! En eterno
    Olvido quedaras
    Si no te lanzaras
    Del seno materno;

    »Tal vez el invierno
    Tu curso demora,
    Mas tú, vencedora,
    Burlando las nieves,
    A tu ímpetu debes
    Los besos de Flora.

    »Y tú, que en dolores
    Consumes los años,
    Autor de tus daños
    Por vanos temores,

    »En pago de amores
    No temas enojos,
    Enjuga los ojos;
    Que el dios que te hiere
    Más culto no quiere
    Que audacias y arrojos.»

    Rayo son estas palabras
    Que al ciego joven alumbran,
    Quien su engallo reconoce
    Y la voz que las pronuncia.

    Y al valle se arroja, adonde
    Testigos de su ventura
    Fueron las amigas sombras
    De la noche y selva muda;

    Mas muda la selva en vano
    Y en vano la sombra oscura:
    No sufre orgullosa Venus
    Que sus victorias se encubran.

    Lo que celaron los ramos
    Las cortezas lo divulgan,
    Que en ellas dulces memorias
    Con emblemas perpetúan.

    Las Náyades en los troncos
    La fe y amor que se juran
    Leyeron, y ruborosas
    Se volvieron a sus urnas.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:35

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    José Joaquín de Mora
    Mora, José Joaquín de. Mirtilo Gaditano, Heleno-Filo. Cádiz, 10.I.1783 – Madrid, 3.X.1864. Educador, periodista y literato.
    Hijo de magistrado, estudió Leyes en la Universidad de Granada, ciudad en cuyo Colegio de San Miguel regentó muy joven (desde 1806) la Cátedra de Lógica, donde explicaba a Bentham y Condillac. Al producirse la invasión francesa, ingresó en la milicia, alcanzó el grado de alférez, y estuvo en la jornada de Bailén.
    Hecho prisionero, fue internado en el depósito de Autun. Allí contrajo matrimonio con Françoise Delauneux (1791-1887), mujer culta y práctica llamada a ejercer considerable influencia en su vida y su obra.

    De regreso en España (1814), vivió de la abogacía y el periodismo, logrando sacar en plena reacción absolutista la revista Crónica Científica y Literaria (del 1 de abril de 1817 al 10 de marzo de 1820), al tiempo que colaboraba en otros periódicos, traducía y adaptaba varias piezas teatrales francesas, mantenía con Juan Nicolás Böhl de Faber una conocida polémica literaria —la llamada “querella calderoniana”—, en la que, con los seudónimos de Mirtilo Gaditano y Heleno-Filo, defendía el neoclasicismo, y desempeñaba sendas misiones diplomáticas en Italia y Francia. Durante el trienio liberal de 1820-1823 fue fundador y redactor principal de periódicos madrileños tales como El Constitucional, Minerva Nacional, Correo General de Madrid y El Indicador, aparte de colaborar en otros varios, publicar diferentes traducciones, impartir regularmente conferencias en el Ateneo y participar en las actividades del clubes, logias y sociedades patrióticas, en las cuales defendió las tesis de la Comunería, asociación en la que se hallaba integrado. Todo ello le obligó a exiliarse con su familia a la caída del régimen constitucional, hallando refugio en Inglaterra.
    En el Reino Unido dio pruebas de su actividad de siempre. El conocido editor R. Akermann encontró en Mora un colaborador ideal por su condición de políglota y polígrafo de fácil pluma y siempre necesitado de dinero. Y en efecto, le utilizó como redactor de obras originales y traducciones de carácter divulgativo, con destino a las nuevas repúblicas iberoamericanas, un mercado potencialmente inmenso. Los catecismos o manuales que redactó sobre las materias más diversas fueron innumerables, como también traducciones (entre ellas las primeras completas en castellano de Ivanhoe y El Talismán de W. Scott) y repertorios de poesías, aparte de sacar revistas tan memorables como No me olvides (1824-1827), Museo Universal de Ciencias y Artes (1824-1826) y el Correo Literario y Político de Londres (1826). Al propio tiempo publicaba en francés e inglés sus Memorias históricas sobre Fernando VII, rey de España, cuya versión española se dejó esperar hasta 1840.

    Mora, que por su proximidad intelectual a otro ilustre emigrado, José María Blanco White, simpatizaba con la causa de los independentistas americanos, conoció y trató en Londres a Bernardino Rivadavia, uno de los padres de la nación argentina, quien de regreso en su país, y habiendo accedido a la presidencia de esa república, requirió los servicios del español. A Buenos Aires marchó éste con su esposa, y allí permaneció casi todo el año 1827, fundando y dirigiendo La Crónica Política y Literaria, órgano oficioso del Gobierno, aparte de intervenir en otros empeños periodísticos y literarios, hasta que, derrocado el régimen unitario de Rivadavia por sus adversarios federalistas, se trasladó a Chile, llamado por F. A. Pinto, vicepresidente de ese país. En Santiago intervino en múltiples comisiones gubernativas y hacendísticas, incluida la que elaboró la Constitución de 1828; fundó y regentó un centro de enseñanza superior masculino (Liceo de Chile) en tanto su esposa hacía lo propio con otro para señoritas; escribió manuales didácticos de Derecho, piezas teatrales y poesía, y fundó (conjuntamente con J. Passaman, emigrado francés) El Mercurio de Chile, servicios que le valieron la concesión de la nacionalidad chilena por ley especial el 30 de enero de 1829. Pero, habiendo caído el Gobierno progresista, Mora perdió el favor de que disfrutaba y se vio mezclado en agrias polémicas de prensa que determinaron su encarcelamiento primero, el 13 de febrero de 1831, y su expulsión días más tarde (el 24 del mismo mes).

    Acogido en Perú, se estableció con su familia en Lima para dedicarse a tareas educativas, periodísticas y literarias, labor desarrollada en parte desde el Ateneo por él fundado. Como siempre, no dejó de verse envuelto en contiendas partidistas, hasta el punto de llegar a temer por su seguridad y la de los suyos, por lo que pensó regresar a España al tener noticia de la muerte de Fernando VII y de los decretos de amnistía dados por su viuda. Pero llamado por el general A.

    Santa Cruz, presidente de Bolivia, marchó a La Paz, donde actuó como secretario y asesor de éste entre 1834 y comienzos de 1838, tiempo en el que tuvo un papel relevante en la política pan-andina del presidente boliviano (Confederación de Perú-Bolivia frente a Chile), redactando no pocos documentos oficiales, así como El Eco del Protectorado, órgano de la Confederación.
    Catedrático de Literatura en la Universidad de La Paz (desde 1834) y orientador cultural del país, su labor literaria personal fue también intensa: redacción de manuales y textos varias veces reeditados, y sobre todo buena parte de sus Leyendas Españolas, publicadas por vez primera en Londres en 1840, obra entre poética y narrativa impregnada de fina ironía, llamada a tener amplio impacto y que aseguraría a su autor un lugar distinguido en la literatura hispana.

    Destacado en la capital británica como representante diplomático de la Confederación mencionada (1838), y, al disolverse ésta, como agente personal de Santa Cruz hasta su regreso a España en 1843, en este año dirigió un Colegio en Cádiz, para trasladarse seguidamente a Madrid, donde, sin perjuicio de alguna intervención ocasional en la política activa, dedicó su tiempo e inagotables energías al periodismo, la literatura y sobre todo a diferentes empeños educativos y a divulgar, mediante manuales, las nuevas corrientes de pensamiento en el campo del Derecho natural y el Derecho romano (escuela escocesa), Derecho constitucional (utilitarismo de J. Bentham) y las doctrinas económicas de McCulloch. Recibido en la Academia Española como miembro de número (1848), publicó en la misma su Colección de sinónimos de la lengua castellana (1855), culminación de una intensa labor publicística desde su regreso (Ejercicios de Lectura, 1845; El Gallo y la Perla, 1847; Revista Hispano-Americana, 1847; etc.). Trasladado a Inglaterra como cónsul general de España en Londres, donde publicó en 1855 su Oración matutina y vespertina, permaneció en ese país sus últimos años hasta poco antes de su fallecimiento en Madrid en 1864.
    Una vida tan compleja e intensa en seis países diferentes en los que ejerció influencia educativa y literaria difícilmente exagerable, aparte de la proyectada en el resto de Iberoamérica e incluso en los ambientes hispanistas e hispanófonos de los Estados Unidos (cfr. M. Vilar, 2003), continúa presentando amplios espacios en oscuridad. Por ejemplo, sus continuadas relaciones como redactor y traductor con la British and Foreign Bible Society (Londres), la Spanish Evangelization Society (Edimburgo) y otras asociaciones protestantes durante sus dos estancias en el Reino Unido, trabajos considerados como de mera subsistencia para unos, pero que según otros conllevaron superior compromiso. Aunque lo cierto es que Mora falleció en el seno de la Iglesia Católica, sus Cantos espirituales (composiciones propias, traducciones y adaptaciones de la Biblia y de autores británicos manteniendo la música original, tales como Roca de los siglos, Tal como soy o En Jesús deposito mis pecados) publicados en Londres en 1855, han sido hasta hoy una de las principales fuentes de inspiración para todos los himnarios evangélicos del mundo hispanófono, que invariablemente han recogido y continúan recogiendo un considerable número de las composiciones del ilustre vate andaluz.


    Obras de ~: Los huéspedes, Madrid, 1818; La comedianta, Madrid, 1818; La aparición y el marido, Madrid, 1818; Cartas sobre la educación del bello sexo, Madrid, 1822; Las jóvenes, Madrid, 1822; Paul Henri Thiry, barón d’Holbach, Ensayo sobre las preocupaciones, trad. con correcciones y adiciones por ~, Madrid, F. Denne, 1823 (ed. Valladolid, Maxtor, 2001); Catecismo de Geografía, Londres, 1823 (2.ª ed.) (numerosas reeds. Londres, México, Guatemala, Bogotá, Lima, Santiago de Chile y Buenos Aires); Viajes pintorescos, Londres, 1824 (reeds. inglesas e iberoamericanas); Catecismo de economía-política, Londres, publicado por R. Ackermann, impreso por Carlos Wood e hijo, 1825 y reeds. iberoamericanas; W. D. Robinson, Memorias de la revolución de Méjico y de la expedición del general D. Francisco Javier Mina: a que se han agregado algunas observaciones sobre la comunicación proyectada entre los dos océanos, Pacífico y Atlántico, México, 1824 (2.ª ed. París, J. I. Ferrer, 1888); Catecismo de gramática castellana, Londres, 1825, y reeds. iberoamericanas (como Compendio, eds. Santiago de Chile, 1825 y La Paz, 1850); Descripción abreviada del mundo, Londres, 1825, 2 vols.; Compendio de las vidas de los filósofos, París, 1825; Gramática latina, Londres, 1825, 2 vols. (2.ª ed. en Santiago de Chile, 1828); F. Saverio, Historia antigua de México, trad. del italiano por ~, Londres, 1825 (numerosas reeds. inglesas e iberoamericanas); Gimnasia del bello sexo, Londres, 1825 (2.ª ed., Londres, 1827); Cuadros [...] historia de los árabes, Londres, 1826; Meditaciones poéticas, Londres, 1826 (reeds. inglesas e iberoamericanas); El marido ambicioso, Santiago de Chile, 1828; Curso de Derecho, Santiago de Chile, 1830 (reed. en La Paz, 1849); Cursos de Lógica y Ética, Lima, 1832 (reed. en Bogotá, 1840, Madrid, 1845 y 1853, y La Paz, 1846); Curso de Literatura, Madrid, 1835; Poesías, Cádiz, 1836; Elementos de Lógica, Sucre, 1840 (2.ª ed.); Memorias históricas sobre Fernando VII, rey de España, Madrid, 1840; Leyendas Españolas, Londres, Juan Wertheimer y C.ª, 1840 (Ed. París, Vicente Salvá, 1840); De la libertad de comercio, Sevilla, 1843 (2.ª ed., México, 1853; ed. y est. prelim., P. Schwartz Girón, Madrid, Centro de Publicaciones y Documentación del Ministerio de Economía y Hacienda, 1999); Teatro de D. Pedro Calderón de la Barca, ed. y pról. de ~, Cádiz, 1845; Ejercicios de Lectura, Madrid, 1845; Cursos de Lógica y Ética, según la escuela de Edimburgo, Madrid, Mellado, 1845; J. Campell, Tratado de la evidencia, trad. del inglés y notas de ~, Lima, 1846; El Gallo y la Perla, Madrid, 1847; Revista Hispano-Americana, Madrid, 1847; Discursos pronunciados en la [...] Real Academia Española [...] con motivo de la admisión de ~. [Contestación de D. Antonio Gil y Zárate], Madrid, Imp. de A. Espinosa, 1848; Obras de fray Luis de Granada, ed. y pról. de ~, Madrid, M. Rivadeneyra, 1848-1849, 2 vols.; Poesías, Madrid, Mellado, 1853; Colección de sinónimos de la lengua castellana, pról. de J. Eugenio Hartzenbusch, Madrid, Imprenta Nacional, 1855 (ed. de M. Alvar Ezquerra, Madrid, Visor Libros, 1992); Oración matutina y vespertina, Londres, 1855; Cantos espirituales, Londres, 1855; Curso de Derecho romano, Cochabamba, 1865.


    Bibl.: L. Monguió, “Don José de Mora en Buenos Aires en 1827”, en Revista Hispánica Moderna, XXXI, Homenaje a Ángel del Río (Nueva York, 1865), págs. 303-328; J. Amunátegui Soler, Mora en Bolivia, Santiago de Chile, 1887; M. L. Amunátegui, Don José Joaquín de Mora: Apuntes biográficos, Santiago de Chile, 1888; C. Pitollet, La querelle caldéronienne de J. N. Böhl von Faber et J. J. de Mora [...], Paris, 1909; C. Estuardo Ortiz, El Liceo de Chile, 1828-1931. Antecedentes para su historia, Santiago de Chile, 1950; B. D. Trease, José Joaquín de Mora: A Spaniard Abroad, tesis doctoral, Ann Arbor, University of Michigan, 1953 (inéd.); V. Llorens, Liberales y románticos. Una emigración española en Inglaterra, 1823- 34, México, Fondo de Cultura Económica, 1954 (reeds. en México y Madrid); Don José J. de Mora y el Perú del ochocientos, Madrid, Castalia, 1967; A. Palau Dulcet, Manual del librero hispanoamericano, Barcelona, Librería Palau y Oxford, The Dolphin Book, 1971 (2.ª ed.); A. Gil Novales, Las Sociedades Patrióticas (1820-1823) [...], Madrid, Tecnos, 1975; N. L. Siegrist de Gentile, José Joaquín de Mora y su manuscrito sobre la industria y el comercio de España hacia 1850, Cádiz, Universidad, Servicio de Publicaciones, 1992; J. B. Vilar, Intolerancia y libertad en la España Contemporánea. Los orígenes del Protestantismo español actual, Madrid, Itsmo, 1994; A. Zamora Vicente, Historia de la Real Academia Española, Madrid, Espasa Calpe, 1999; M. Vilar, El español, segunda lengua en los Estados Unidos, Murcia, Universidad, 2000 (2.ª ed., Murcia, Universidad, 2003); L. Perdices de Blas y J. Reeder, Diccionario de Pensamiento Económico en España (1500-2000), Madrid, Fundación ICO-Editorial Síntesis, 2003.


    Por: Juan Bautista Vilar y María José Vilar


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:36

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    José Joaquín de Mora


    71- El Estío


    Hermosa fuente que al vecino río
    Sonora envías tu cristal undoso,
    Y tú, blanda cual sueño venturoso,
    Yerba empapada en matinal rocío:

    Augusta soledad del bosque umbrío
    Que da y protege el álamo frondoso,
    Amparad de verano riguroso
    Al inocente y fiel rebaño mío.

    Que ya el suelo feraz de la campiña
    Selló Julio con planta abrasadora
    Y su verdura a marchitar empieza;

    Y alegre ve la pampanosa viña
    En sus yemas la savia bienhechora
    Nuncio feliz de la otoñal riqueza.





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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:37

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Andrés Bello

    Biografía de Andrés Bello

    Pensador y escritor venezolano, Andrés Bello fue uno de los personajes intelectuales más importantes de la América del siglo XIX, siendo clave su papel en la formación de Simón Bolívar y también en los procesos revolucionarios de la independencia respecto al Imperio Español.
    Fundador de la Universidad de Chile, donde residió desde 1829 tras acabar su carrera diplomática en Inglaterra, Bello destacó en lo literario gracias a sus poemas, de entre los que habría que destacar obras como Silva a la agricultura de la zona tórrida, y también por ensayos como Resumen de la historia de Venezuela.
    Bello también desarrolló una notable carrera como jurista y participó en la creación de leyes, códigos y jurisprudencia.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Sep 2022, 01:38

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Andrés Bello



    72- La Agricultura de la Zona Tórrida


    ¡Salve, fecunda zona,
    Que al sol enamorado circunscribes
    El vago curso, y cuanto ser se anima
    En cada vario clima,
    Acariciada de su luz, concibes!
    Tú tejes al verano su guirnalda
    De granadas espigas; tú la uva
    Das a la hirviente cuba:
    No de purpúrea flor, o roja, o gualda
    A tus florestas bellas
    Falta matiz alguno; y bebe en ellas
    Aromas mil el viento;
    Y greyes van sin cuento
    Paciendo tu verdura, desde el llano
    Que tiene por lindero el horizonte,
    Hasta el erguido monte,
    De inaccesible nieve siempre cano.
    Tú das la caña hermosa,
    De do la miel se acendra,
    Por quien desdeña el mundo los panales:
    Tú en urnas de coral cuajas la almendra
    Que en la espumante jícara rebosa:
    Bulle carmín viviente en tus nopales,
    Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
    Y de tu añil la tinta generosa
    Émula es de la lumbre del zafiro;
    El vino es tuyo, que la herida agave
    Para los hijos vierte
    Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
    Que cuando de süave
    Humo en espiras vagorosas huya,
    Solazará el fastidio al ocio inerte.
    Tú vistes de jazmines
    El arbusto sabeo,
    Y el perfume le das que en los festines
    La fiebre insana templará a Lieo.
    Para tus hijos la procera palma
    Su vario feudo cría,
    Y el ananás sazona su ambrosía:
    Su blanco pan la yuca,
    Sus rubias pomas la patata educa,
    Y el algodón despliega al aura leve
    Las rosas de oro y el vellón de nieve.
    Tendida para ti la fresca parcha
    En enramadas de verdor lozano,
    Cuelga de sus sarmientos trepadores
    Nectáreos globos y franjadas flores;
    Y para ti el maíz, jefe altanero
    De la espigada tribu, hinche su grano;
    Y para ti el banano
    Desmaya al peso de su dulce carga;
    El banano, primero
    De cuantos concedió bellos presentes
    Providencia a las gentes
    Del Ecuador feliz con mano larga.
    No ya de humanas artes obligado
    El premio rinde opimo:
    No es a la podadera, no al arado
    Deudor de su racimo;
    Escasa industria bástale, cual puede
    Hurtar a sus fatigas mano esclava:
    Crece veloz, y cuando exhausto acaba,
    Adulta prole en torno le sucede.

    Mas ¡oh! si cual no cede
    El tuyo, fértil zona, a suelo alguno,
    Y como de natura esmero ha sido,
    De tu indolente habitador lo fuera.
    ¡Oh! ¡Si al falaz rüido
    La dicha al fin supiese verdadera
    Anteponer, que del umbral le llama
    Del labrador sencillo,
    Lejos del necio y vano
    Fausto, el mentido brillo,
    El ocio pestilente ciudadano.
    ¿Por qué ilusión funesta
    Aquellos que fortuna hizo señores
    De tan dichosa tierra y pingüe y varia,
    Al cuidado abandonan
    Y a la fe mercenaria
    Las patrias heredades,
    Y en el ciego tumulto se aprisionan
    De míseras ciudades,
    Do la ambición proterva
    Sopla la llama de civiles bandos,
    O al patriotismo la desidia enerva;
    Do el lujo las costumbres atosiga,
    Y combaten los vicios
    La incauta edad en poderosa liga?
    No allí con varoniles ejercicios
    Se endurece el mancebo a la fatiga;
    Mas la salud estraga en el abrazo
    De pérfida hermosura,
    Que pone en almoneda los favores;
    Mas pasatiempo estima
    Prender aleve en casto seno el fuego
    De ilícitos amores;
    O embebecido le hallará la aurora
    En mesa infame de ruinoso juego.
    En tanto a la lisonja seductora
    Del asiduo amador fácil oído
    Da la consorte: crece
    En la materna escuela
    De la disipación y el galanteo
    La tierna virgen, y al delito espuela
    Es antes el ejemplo que el deseo.
    ¿Y será que se formen de este modo
    Los ánimos heroicos denodados
    Que fundan y sustentan los Estados?
    ¿De la algazara del festín beodo,
    O de los coros de liviana danza,
    La dura juventud saldrá, modesta,
    Orgullo de la patria y esperanza?
    ¿Sabrá con firme pulso
    De la severa ley regir el freno,
    Brillar en torno aceros homicidas
    En la dudosa lid verá sereno,
    O animoso hará frente al genio altivo
    Del engreído mando en la tribuna,
    Aquel que ya en la cuna
    Durmió al arrullo del cantar lascivo,
    Que riza el pelo, y se unge y se atavía
    Con femenil esmero,
    Y en indolente ociosidad el día,
    O en criminal lujuria pasa entero?
    No así trató la triunfadora Roma
    Las artes de la paz y de la guerra;
    Antes fió las riendas del Estado
    A la mano robusta
    Que tostó el sol y encalleció el arado:
    Y bajo el techo humoso campesino
    Los hijos educó, que el conjurado
    Mundo allanaron al valor latino.

    ¡Oh! ¡Los que afortunados poseedores
    Habéis nacido de la tierra hermosa
    En que reseña hacer de sus favores,
    Como para ganaros y atraeros,
    Quiso naturaleza bondadosa,
    Romped el duro encanto
    Que os tiene entre murallas prisioneros!
    El vulgo de las artes laborioso,
    El mercader que, necesario al lujo,
    Al lujo necesita,
    Los que anhelando van tras el señuelo
    Del alto cargo y del honor ruidoso,
    La grey de aduladores parasita,
    Gustosos pueblen ese infecto caos;
    El campo es vuestra herencia: en él gozaos.
    ¿Amáis la libertad? El campo habita:
    No allá donde el magnate
    Entre armados satélites se mueve,
    Y de la moda, universal señora,
    Va la razón al triunfal carro atada,
    Y a la fortuna la insensata plebe,
    Y el noble al aura popular adora.
    ¿O la virtud amáis? ¡Ah! ¡Que el retiro,
    La solitaria calma
    En que, juez de sí misma, pasa el alma
    A las acciones muestra,
    Es de la vida la mejor maestra!
    ¿Buscáis durables goces,
    Felicidad, cuanta es al hombre dada
    Y a su terreno asiento, en que vecina
    Está la risa al llanto, y siempre ¡ah! siempre,
    Donde halaga la flor, punza la espina?
    Yd a gozar la suerte campesina;
    La regalada paz, que ni rencores,
    Al labrador, ni envidias acibaran;
    La cama que mullida le preparan
    El contento, el trabajo, el aire puro;
    Y el sabor de los fáciles manjares,
    Que dispendiosa gula no le aceda;
    Y el asilo seguro
    De sus patrios hogares
    Que a la salud y al regocijo hospeda.
    El aura respirad de la montaña,
    Que vuelve al cuerpo laso
    El perdido vigor, que a la enojosa
    Vejez retarda el paso,
    Y el rostro a la beldad tiñe de rosa.
    ¿Es allí menos blanda por ventura
    De amor la llama, que templó el recato?
    ¿O menos aficiona la hermosura
    Que de extranjero ornato
    Y afeites impostores no se cura?
    ¿O el corazón escucha indiferente
    El lenguaje inocente
    Que los afectos sin disfraz expresa
    Y a la intención ajusta la promesa?
    No del espejo al importuno ensayo
    La risa se compone, el paso, el gesto;
    No falta allí carmín al rostro honesto
    Que la modestia y la salud colora,
    Ni la mirada que lanzó al soslayo
    Tímido amor, la senda al alma ignora.
    ¿Esperáis que forme
    Más venturosos lazos himeneo,
    Do el interés barata,
    Tirano del deseo,
    Ajena mano y fe por hombre o plata,
    Que do conforme gusto, edad conforme,
    Y elección libre, y mutuo ardor los ata?

    Allí también deberes
    Hay que llenar: cerrad, cerrad las hondas
    Heridas de la guerra; el fértil suelo,
    Áspero ahora y bravo,
    Al desacostumbrado yugo torne
    Del arte humana y le tribute esclavo.
    Del obstruido estanque y del molino
    Recuerden ya las aguas el camino;
    El intrincado bosque el hacha rompa,
    Consuma el fuego; abrid en luengas calles
    La obscuridad de su infructuosa pompa.
    Abrigo den los valles
    A la sedienta caña;
    La manzana y la pera
    En la fresca montaña
    El cielo olviden de su madre España;
    Adorne la ladera
    El cafetal; ampare
    A la tierra teobroma en la ribera
    La sombra maternal de su bucare;
    Aquí el vergel, allá la huerta ría…
    ¿Es ciego error de ilusa fantasía?
    Ya dócil a tu voz, agricultura,
    Nodriza de las gentes, la caterva
    Servil armada va de corvas haces;
    Mírola ya que invade la espesura
    De la floresta opaca; oigo las voces;
    Siento el rumor confuso, el hierro suena;
    Los golpes el lejano
    Eco redobla; gime el ceibo anciano,
    Que a numerosa tropa
    Largo tiempo fatiga:
    Batido de cien hachas se estremece,
    Estalla al fin, y rinde el ancha copa.
    Huyó la fiera; deja el caro nido,
    Deja la prole implume
    El ave, y otro bosque no sabido
    De los humanos, va a buscar doliente.
    ¿Qué miro? Alto torrente
    De sonorosa llama
    Corre, y sobre las áridas ruinas
    De la postrada selva se derrama.
    El raudo incendio a gran distancia brama,
    Y el humo en negro remolino sube,
    Aglomerando nube sobre nube.
    Ya de lo que antes era
    Verdor hermoso y fresca lozanía,
    Sólo difuntos troncos,
    Sólo cenizas quedan, monumento
    De la dicha mortal, burla del viento.
    Mas al vulgo bravío
    De las tupidas plantas montaraces
    Sucede ya el fructífero plantío
    En muestra ufana de ordenados haces.
    Ya ramo a ramo alcanza
    Y a los rollizos tallos hurta el día:
    Ya la primera flor desvuelve el seno,
    Bello a la vista, alegre a la esperanza:
    A la esperanza, que riendo enjuga
    Del fatigado agricultor la frente,
    Y allá a lo lejos el opimo fruto
    Y la cosecha apañadora pinta,
    Que lleva de los campos el tributo,
    Colmado el cesto, y con la falda encinta;
    Y bajo el peso de los largos bienes
    Con que al colono acude,
    Hace crujir los vastos almacenes.

    ¡Buen Dios! no en vano sude,
    Mas a merced y compasión te mueva
    La gente agricultora
    Del Ecuador, que del desmayo triste
    Con renovado aliento vuelve ahora,
    Y tras tanta zozobra, ansia, tumulto,
    Tantos arios de fiera
    Devastación y militar insulto,
    Aún más que tu clemencia antigua implora.
    Su rústica piedad, pero sincera,
    Halle a tus ojos gracia; no el risueño
    Porvenir que las penas le aligera,
    Cual de dorado sueño
    Visión falaz, desvanecido llore:
    Intempestiva lluvia no maltrate
    El delicado embrión: el diente impío
    Del insecto roedor no lo devore:
    Sañudo vendaval no lo arrebate,
    Ni agote el árbol el materno jugo
    La calorosa sed de largo estío.
    Y pues al fin te plugo,
    Árbitro de la suerte soberano,
    Que suelto el cuello de extranjero yugo
    Irguiese al cielo el hombre americano,
    Bendecida de ti se arraigue y medre
    Su libertad; en el más hondo encierra
    De los abismos la malvada guerra,
    Y el miedo de la espada asoladora
    Al suspicaz cultivador no arredre
    Del arte bienhechora,
    Que las familias nutre y los Estados;
    La azorada inquietud deje las almas,
    Deje la triste herrumbre los arados.
    Asaz de nuestros padres malhadados
    Expiamos la bárbara conquista.
    ¿Cuántas doquier la vista
    No asombran erizadas soledades,
    Do cultos campos fueron, do ciudades?
    De muertes, proscripciones,
    Suplicios, orfandades,
    ¿Quién contará la pavorosa suma?
    Saciadas duermen ya de sangre ibera
    Las sombras de Atahualpa y Moctezuma.
    ¡Ah! Desde el alto asiento
    En que escabel te son alados coros
    Que velan en pasmado acatamiento
    La faz ante la lumbre de tu frente
    (Si merece por dicha una mirada
    Tuya la sin ventura humana gente),
    El ángel nos envía,
    El ángel de la paz, que al crudo ibero
    Haga olvidar la antigua tiranía,
    Y acatar reverente el que a los hombres
    Sagrado diste, imprescriptible fuero;
    Que alargar le haga al injuriado hermano
    (¡Ensangrentóla asaz!) la diestra inerme;
    Y si la innata mansedumbre duerme,
    La despierte en el pecho americano.
    El corazón lozano
    Que una feliz obscuridad desdeña,
    Que en el azar sangriento del combate
    Alborozado late,
    Y codicioso de poder o fama,
    Nobles peligros ama;
    Baldón estime sólo y vituperio
    El prez que de la patria no reciba,
    La libertad más dulce que el imperio,
    Y más hermosa que el laurel la oliva.
    Ciudadano el soldado,
    Deponga de la guerra la librea;
    El ramo de victoria
    Colgado al ara de la patria sea,
    Y sola adorne al mérito la gloria.
    De su triunfo entonces patria mía,
    Verá la paz el suspirado día;
    La paz, a cuya vista el mundo llena
    Alma, serenidad y regocijo,
    Vuelve alentado el hombre a la faena,
    Alza el ancla la nave, a las amigas
    Auras encomendándose animosa,
    Enjámbrase el taller, hierve el cortijo,
    Y no basta la hoz a las espigas.

    ¡Oh jóvenes naciones, que ceñida
    Alzáis sobre el atónito Occidente
    De tempranos laureles la cabeza!
    Honrad al campo, honrad la simple vida
    Del labrador y su frugal llaneza.
    Así tendrán en vos perpetuamente
    La libertad morada,
    Y freno la ambición, y la ley templo.
    Las gentes a la senda
    De la inmortalidad, ardua y fragosa,
    Se animarán, citando vuestro ejemplo.
    Lo emulará celosa
    Vuestra posteridad, y nuevos nombres
    Añadiendo la fama
    A los que ahora aclama,

    «Hijos son éstos, hijos
    (Pregonará a los hombres)
    De los que vencedores superaron
    De los Andes la cima;
    De los que en Boyacá, los que en la arena
    De Maipo y en Junín, y en la campaña
    Gloriosa de Apurima,
    Postrar supieron al león de España.»


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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:16

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



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    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José María Heredia

    (Santiago, 1803 - México, 1839) Poeta cubano. José María Heredia cursó gramática latina en Caracas y derecho en La Habana. Considerado uno de los pioneros del romanticismo en Hispanoamérica, desempeñó un papel de guía en las primeras décadas de la América independiente: dio a conocer las tendencias literarias europeas y tradujo poemas de Goethe, Lord Byron, Ugo Foscolo y Alphonse de Lamartine, entre otros.

    En 1820 escribió el poema Fragmentos descriptivos de un poema mexicano, que más tarde apareció con el título En el Teocalli de Cholula, de tono meditativo y melancólico, característica que se repite en todas sus obras. Con esta obra se inauguró el romanticismo poético latinoamericano. Denunciado por conspirar contra la dominación española, tuvo que huir a Boston; a esta etapa corresponden Himno del desterrado (1825) y la tragedia Sila (1825). En 1836 regresó a Cuba, tras retractarse de sus ideales revolucionarios, y viajó a México, donde murió tres años después.

    fuente:
    Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de José María Heredia». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]





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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:16

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José María Heredia


    73- Niágara


    Dadme mi lira, dádmela: que siento
    En mi alma estremecida y agitada
    Arder la inspiración. ¡Oh! ¡cuánto tiempo
    En tinieblas pasó, sin que mi frente
    Brillase con su luz! ... Niágara undoso,
    Sola tu faz sublime ya podría
    Tornarme el don divino, que ensañada
    Me robó del dolor la mano impía.

    Torrente prodigioso, calma, acalla
    Tu trueno aterrador: disipa un tanto
    Las tinieblas que en torno te circundan,
    Y déjame mirar tu faz serena,
    Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.
    Yo digno soy de contemplarte: siempre,
    Lo común y mezquino desdeñando,
    Ansié por lo terrífico y sublime.
    Al despeñarse el huracán furioso,
    Al retumbar sobre mi frente el rayo,
    Palpitando gocé: vi al Oceano
    Azotado del austro proceloso
    Combatir mi bajel, y ante mis plantas
    Sus abismos abrir, y amé el peligro,
    Y sus iras amé: mas su fiereza
    En mi alma no dejara
    La profunda impresión de tu grandeza.

    Corres sereno y majestuoso, y luego
    En ásperos peñascos quebrantado,
    Te abalanzas violento, arrebatado,
    Como el destino irresistible y ciego.
    ¿Qué voz humana describir podría
    De la sirte rugiente
    La aterradora faz? El alma mía
    En vagos pensamientos se confunde,
    Al contemplar la férvida corriente,
    Que en vano quiere la turbada vista
    En su vuelo seguir al borde oscuro
    Del precipicio altísimo: mil olas,
    Cual pensamiento rápidas pasando,
    Chocan y se enfurecen,
    Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,
    Y entre espuma y fragor desaparecen.
    Mas llegan... saltan... el abismo horrendo
    Devora los torrentes despeñados;
    Crúzanse en él mil iris, y asordados
    Vuelven los bosques el fragor tremendo.
    Al golpe violentísimo en las peñas
    Rómpese el agua, y salta, y una nube
    De revueltos vapores
    Cubre el abismo en remolinos, sube,
    Gira en torno, y al cielo
    Cual pirámide inmensa se levanta,
    Y por sobre los bosques que le cercan
    Al solitario cazador espanta.

    Mas ¿qué en ti busca mi anhelante vista
    Con inquieto afanar? ¿Por qué no miro
    Alrededor de tu caverna inmensa
    Las palmas ¡ay! las palmas deliciosas,
    Que en las llanuras de mi ardiente patria
    Nacen del sol a la sonrisa, y crecen,
    Y al soplo de la brisa del Oceano
    Bajo un cielo purísimo se mecen?

    Este recuerdo a mi pesar me viene.
    Nada ¡oh Niágara! falta a tu destino,
    Ni otra corona que el agreste pino
    A tu terrible majestad conviene.
    La palma y mirto, y delicada rosa,
    Muelle placer inspiren y ocio blando
    En frívolo jardín: a ti la suerte
    Guarda más digno objeto y más sublime.
    El alma libre, generosa y fuerte,
    Viene, te ve, se asombra,
    Menosprecia los frívolos deleites
    Y aun se siente elevar cuando te nombra.

    ¡Dios, Dios de la verdad! en otros climas
    Vi monstruos execrables
    Blasfemando tu nombre sacrosanto,
    Sembrar error y fanatismo impío,
    Los campos inundar con sangre y llanto,
    De hermanos atizar la infanda guerra
    Y desolar frenéticos la tierra.
    Vilos, y el pecho se inflamó a su vista
    En grave indignación. Por otra parte
    Vi mentidos filósofos que osaban
    Escrutar tus misterios, ultrajarte,
    Y de impiedad al lamentable abismo
    A los míseros hombres arrastraban:
    Por eso siempre te buscó mi mente
    En la sublime soledad: ahora
    Entera se abre a ti; tu mano siente
    En esa inmensidad que me circunda,
    Y tu profunda voz baja a mi seno
    De este raudal en el eterno trueno.

    ¡Asombroso torrente!
    ¡Cómo tu vista mi ánimo enajena
    Y de terror y admiración me llena!
    ¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza
    Por tantos siglos tu inexhausta fuente?
    ¿Qué poderosa mano
    Hace que al recibirte
    No rebose en la tierra el Oceano?

    Abrió el Señor su mano omnipotente,
    Cubrió tu faz de nubes agitadas,
    Dio su voz a tus aguas despeñadas
    Y ornó con su arco tu terrible frente.

    Miró tus aguas que incansable corren,
    Como el largo torrente de los siglos
    Rueda en la eternidad: así del hombre
    Pasan volando los floridos días
    Y despierta el dolor... ¡Ay! ya agotada
    Siento mi juventud, mi faz marchita,
    Y la profunda pena que me agita
    Ruga mi frente de dolor nublada.

    Nunca tanto sentí como este día
    Mi mísero aislamiento, mi abandono,
    Mi lamentable desamor... ¿Podría
    Un alma apasionada y borrascosa
    Sin amor ser feliz?... ¡Oh!
    ¡Si una hermosa Digna de mí me amase
    Y de este abismo al borde turbulento
    Mi vago pensamiento
    Y mi andar solitario acompañase!'
    ¡Cuál gozara al mirar su faz cubrirse
    De leve palidez, y ser más bella
    En su dulce terror, y sonreírse
    Al sostenerla en mis amantes brazos...!
    ¡Delirios de virtud!. .. ¡Ay! desterrado,
    Sin patria, sin amores,
    Sólo miro ante mí llanto y dolores.

    ¡Niágara poderoso!
    Oye mi última voz: en pocos arios
    Ya devorado habrá la tumba fría
    A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
    Cual tu gloria inmortal! Pueda piadoso,
    Al contemplar tu faz algún viajero,
    Dar un suspiro a la memoria mía.
    Y yo al hundirse el sol en Occidente,
    Vuele gozoso do el Criador me llama,
    Y al escuchar los ecos de mi fama
    Alce en las nubes la radiosa frente.


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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:18

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



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    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Duque de Rivas

    (Ángel de Saavedra, duque de Rivas; Córdoba, 1791 - Madrid, 1865) Poeta y dramaturgo español cuya obra es considerada emblemática del romanticismo hispano. De ideas liberales, luchó contra los franceses en la guerra de independencia y más tarde contra el absolutismo de Fernando VII, por lo que tuvo que exiliarse a Malta. Estas experiencias inspiraron algunos de sus poemas, como Con once heridas mortales, al modo de los antiguos romances pastoriles. Bajo la influencia de su amigo Manuel José Quintana y de la estética entonces dominante, sus primeros versos (reunidos en Poesías, 1813) y obras teatrales, como Ataúlfo (1814) y Lanuza (1822), se encuadraban dentro del orden neoclásico. Sin embargo, durante su exilio maltés conoció la obra de William Shakespeare, Walter Scott y Lord Byron y se adscribió a la corriente romántica con los poemas El desterrado y El sueño del proscrito (1824), y El faro de Malta (1828).


    Vivió en Francia de 1830 a 1834, año en que pudo regresar a España y heredar el título nobiliario y una gran fortuna. Inició entonces su evolución hacia el ideario conservador. Tras los sucesos de La Granja, renunció a su cartera de Gobernación y se exilió en Lisboa. De esta época son sus obras más representativas: El moro expósito o Córdoba y Burgos en el siglo XI (1834), «leyenda en doce romances» sobre el tema de los infantes de Lara y el bastardo Mudarra que es considerada pieza fundacional del romanticismo en España, y el drama en prosa y verso Don Álvaro o la fuerza del sino (1835), cuyo estreno conoció un estruendoso éxito que recuerda el que en Francia había obtenido Victor Hugo con su Hernani.
    Don Álvaro o la fuerza del sino inauguró el teatro romántico español y con ello el teatro moderno en España. En esta obra aparecen todos los elementos típicos del romanticismo, como la melancolía o el pesimismo, y se desarrolla un tema característico: el del hombre arrastrado a la desgracia por un destino contra el que su voluntad nada puede hacer. Los principios románticos de fatalidad y rebeldía surgen, como en la tragedia clásica, como expresiones de un sistema social y acaso cósmico determinado por la injusticia como trasunto del destino, el cual, como fuerza irresistible fruto de la misteriosa combinación de azar y necesidad, gobierna los actos de los personajes.

    Con posterioridad, el duque de Rivas fue embajador en Nápoles (1846) y en París (1859), y director de la Real Academia Española. De su última etapa son la comedia Tanto vales cuanto tienes (1840), el drama El desengaño de un sueño (1842) y el estudio histórico Historia de la sublevación de Nápoles (1848). En 1841 publicó sus Romances históricos: destaca de esta colección de sesenta y nueve romances un gusto por lo decorativo y descriptivo, por las sensaciones casi pictóricas en las que se reconocía su afición por este arte, del que llegó a ser un notable maestro, así como la variedad temática. De entre los de ambiente medieval merecen mencionarse romances como Don Álvaro de Luna y Una antigualla en Sevilla; otros se sitúan en la época de los Austrias: Un castellano leal, Una noche en Madrid, Recuerdos de un gran hombre, El mayor desengaño y El Conde de Villamediana. Escribió también por esos años algunas leyendas románticas al estilo de Zorrilla, pero con menor soltura, como La azucena milagrosa (1847).



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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:18

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    Marcelino Menéndez y Pelayo
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    Duque de Rivas



    74- El Faro de Malta


    Envuelve al mundo extenso triste noche,
    Ronco huracán y borrascosas nubes
    Confunden, y tinieblas impalpables,
    El cielo, el mar, la tierra:

    Y tú invisible te alzas, en tu frente
    Ostentando de fuego una corona,
    Cual rey del caos, que refleja y arde
    Con luz de paz y vida.

    En vano ronco el mar alza sus montes
    Y revienta a tus pies, do rebramante
    Creciendo en blanca espuma, esconde y borra
    El abrigo del puerto:

    Tú, con lengua de fuego, aquí está dices,
    Sin voz hablando al tímido piloto,
    Que como a númen bienhechor te adora,
    Y en ti los ojos clava.

    Tiende apacible noche el manto rico,
    Que el céfiro amoroso desenrolla,
    Recamado de estrellas y luceros,
    Por él rueda la luna;

    Y entonces tú, de niebla vaporosa
    Vestido, dejas ver en formas vagas
    Tu cuerpo colosal, y tu diadema
    Arde al par de los astros.

    Duerme tranquilo el mar, pérfido esconde
    Rocas aleves, áridos escollos:
    Falso señuelo son, lejanas cumbres
    Engañan a las naves.

    Mas tú, cuyo esplendor todo lo ofusca,
    Tú, cuya inmoble posición indica
    El trono de un monarca, eres su norte,
    Les adviertes su engaño.

    Así de la razón arde la antorcha,
    Én medio del furor de las pasiones
    O de aleves halagos de fortuna,
    A los ojos del alma.

    Desque refugio de la airada suerte
    En esta escasa tierra que presides,
    Y grato albergue el cielo bondadoso
    Me concedió propicio;

    Ni una vez sólo a mis pesares busco
    Dulce olvido del sueño entre los brazos
    Sin saludarte, y sin tornar los ojos
    A tu espléndida frente.

    ¡Cuántos, ay, desde el seno de los mares
    Al par los tornarán!... tras larga ausencia
    Unos, que vuelven a su patria amada,
    A sus hijos y esposa.

    Otros prófugos, pobres, perseguidos,
    Que asilo buscan, cual busqué lejano,
    Y a quienes que lo hallaron tu luz dice,
    Hospitalaria estrella.

    Arde, y sirve de norte a los bajeles,
    Que de mi patria, aunque de tarde en tarde,
    Me traen nuevas amargas, y renglones
    Con lágrimas escritos.

    Cuando la vez primera deslumbraste
    Mis afligidos ojos, ¡cuál mi pecho,
    Destrozado y hundido en amargura
    Palpitó venturoso!

    Del Lacio moribundo las riberas
    Huyendo inhospitables, contrastado
    Del viento y mar entre ásperos bajíos
    Vi tu lumbre divina;

    Viéronla como yo los marineros,
    Y, olvidando los votos y plegarias
    Que en las sordas tinieblas se perdían,
    ¡ ¡Malta!! ¡ ¡Malta!!, gritaron;

    Y fuiste a nuestros ojos la aureola
    Que orna la frente de la santa imagen
    En quien busca afanoso peregrino
    La salud y el consuelo.

    Jamás te olvidaré, jamás... Tan sólo
    Trocara tu esplendor, sin olvidarlo,
    Rey de la noche, y de tu excelsa cumbre
    La benéfica llama,

    Por la llama y los fúlgidos destellos
    Que lanza, reflejando al sol naciente,
    El arcángel dorado que corona
    De Córdoba la torre.



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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:21

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Duque de Rivas




    75- Un Castellano Leal


    Romance primero

    «Hola, hidalgos y escuderos
    De mi alcurnia y mi blasón,
    Mirad como bien nacidos
    De mi sangre y casa en pro.

    »Esas puertas se defiendan;
    Que no ha de entrar, vive Dios,
    Por ellas, quien no estuviere
    Más limpio que lo está el sol.

    »No profane mi palacio
    Un fementido traidor
    Que contra su Rey combate
    Y que a su patria vendió.

    »Pues si él es de Reyes primo,
    Primo de Reyes soy yo;
    Y conde de Benavente
    Si él es duque de Borbón.

    »Llevándole de ventaja
    Que nunca jamás manchó
    La traición mi noble sangre,
    Y haber nacido español.»

    Así atronaba la calle
    Una ya cascada voz,
    Que de un palacio salía
    Cuya puerta se cerró;

    Ya a la que estaba a caballo
    Sobre un negro pisador,
    Siendo en su escudo las lises
    Más bien que timbre baldón,

    Y de pajes y escuderos
    Llevando un tropel en pos
    Cubiertos de ricas galas,
    El gran duque de Borbón;

    El que lidiando en Pavía,
    Más que valiente, feroz,
    Gozóse en ver prisionero
    A su natural señor;

    Y que a Toledo ha venido,
    Ufano de su traición,
    Para recibir mercedes
    Y ver al Emperador.


    Romance segundo

    En una anchurosa cuadra
    Del alcázar de Toledo,
    Cuyas paredes adornan
    Ricos tapices flamencos,

    Al lado de una gran mesa,
    Que cubre de terciopelo
    Napolitano tapete
    Con borlones de oro y flecos,

    Ante un sillón de respaldo
    Que entre bordado arabesco
    Los timbres de España ostenta
    Y el águila del imperio,

    De pie estaba Carlos Quinto,
    Que en España era primero,
    Con gallardo y noble talle,
    Con noble y tranquilo aspecto.

    De brocado de oro y blanco
    Viste tabardo tudesco,
    De rubias martas orlado,
    Y desabrochado y suelto,

    Dejando ver un justillo
    De raso jalde, cubierto
    Con primorosos bordados
    Y costosos sobrepuestos,

    Y la excelsa y noble insignia
    Del Toisón de oro, pendiendo
    De una preciosa cadena
    En la mitad de su pecho.

    Un birrete de velludo
    Con un blanco airón, sujeto
    Por un joyel de diamantes
    Y un antiguo camafeo,

    Descubre por ambos lados,
    Tanta majestad cubriendo,
    Rubio, cual barba y bigote,
    Bien atusado el cabello.

    Apoyada en la cadera
    La potente diestra ha puesto,
    Que aprieta dos guantes de ámbar
    Y un primoroso mosquero,

    Y con la siniestra halaga
    De un mastín muy corpulento,
    Blanco y las orejas rubias,
    El ancho y carnoso cuello.

    Con el Condestable insigne,
    Apaciguador del reino,
    De los pasados disturbios
    Acaso está discurriendo;

    O del trato que dispone
    Con el Rey de Francia preso,
    O de asuntos de Alemania
    Agitada por Latero;

    Cuando un tropel de caballos
    Oye venir a lo lejos
    Y ante el alcázar pararse,
    Quedando todo en silencio.

    En la antecámara suena
    Rumor impensado luego,
    Ábrese al fin la mampara
    Y entra el de Borbón soberbio,

    Con el semblante de azufre
    Y con los ojos de fuego,
    Bramando de ira y de rabia
    Que enfrena mal el respeto;

    Y con balbuciente lengua,
    Y con mal borrado cerio,
    Acusa al de Benavente,
    Un desagravio pidiendo.

    Del español Condestable
    Latió con orgullo el pecho,
    Ufano de la entereza
    De su esclarecido deudo.

    Y aunque advertido procura
    Disimular cual discreto,
    A su noble rostro asoman
    La aprobación y el contento.

    El Emperador un punto
    Quedó indeciso y suspenso,
    Sin saber qué responderle
    Al francés, de enojo ciego.

    Y aunque en su interior se goza
    Con el proceder violento
    Del conde de Benavente,
    De altas esperanzas lleno

    Por tener tales vasallos,
    De noble lealtad modelos,
    Y con los que el ancho mundo
    Será a sus glorias estrecho.

    Mucho al de Borbón le debe
    Y es fuerza satisfacerlo:
    Le ofrece para calmarlo
    Un desagravio completo.

    Y, llamando a un gentilhombre,
    Con el semblante severo
    Manda que el de Benavente
    Venga a su presencia presto.


    Romance tercero

    Sostenido por sus pajes
    Desciende de su litera
    El conde de Benavente
    Del alcázar a la puerta.

    Era un viejo respetable,
    Cuerpo enjuto, cara seca,
    Con dos ojos como chispas,
    Cargados de largas cejas,

    Y con semblante muy noble,
    Mas de gravedad tan seria
    Que veneración de lejos
    Y miedo causa de cerca.

    Era su traje unas calzas
    De púrpura de Valencia,
    Y de recamado ante
    Un coleto a la leonesa:

    De fino lienzo gallego
    Los puños y la gorguera,
    Unos y otra guarnecidos
    Con randas barcelonesas;

    Un birretón de velludo
    Con un cintillo de perlas,
    Y el gabán de paño verde
    Con alamares de seda.

    Tan sólo de Calatrava
    La insignia española lleva;
    Que el Toisón ha despreciado
    Por ser orden extranjera.

    Con paso tardo, aunque firme,
    Sube por las escaleras,
    Y al verle, las alabardas
    Un golpe dan en la tierra.

    Golpe de honor, y de aviso
    De que en el alcázar entra
    Un Grande, a quien se le debe
    Todo honor y reverencia.

    Al llegar a la antesala,
    Los pajes que están en ella
    Con respeto le saludan
    Abriendo las anchas puertas.

    Con grave paso entra el conde
    Sin que otro aviso preceda,
    Salones atravesando
    Hasta la cámara regia.

    Pensativo está el Monarca,
    Discurriendo cómo pueda
    Componer aquel disturbio
    Sin hacer a nadie ofensa.

    Mucho al de Borbón le debe ,
    Aun mucho más de él espera,
    Y al de Benavente mucho
    Considerar le interesa.

    Dilación no admite el caso,
    No hay quien dar consejo pueda
    Y Villalar y Pavía
    A un tiempo se le recuerdan.

    En el sillón asentado
    Y el codo sobre la mesa,
    Al personaje recibe,
    Que comedido se acerca.

    Grave el conde le saluda
    Con una rodilla en tierra,
    Mas como Grande del reino
    Sin descubrir la cabeza.

    El Emperador benigno
    Que alce del suelo le ordena,
    Y la plática difícil
    Con sagacidad empieza.

    Y entre severo y afable
    Al cabo le manifiesta
    Que es el que a Borbón aloje
    Voluntad suya resuelta.

    Con respeto muy profundo,
    Pero con la voz entera,
    Respóndele Benavente,
    Destocando la cabeza:

    «Soy, señor, vuestro vasallo,
    Vos sois mi rey en la tierra,
    A vos ordenar os cumple
    De mi vida y de mi hacienda.

    »Vuestro soy, vuestra mi casa,
    De mí disponed y de ella,
    Pero no toquéis mi honra
    Y respetad mi conciencia.

    »Mi casa Borbón ocupe
    Puesto que es voluntad vuestra,
    Contamine sus paredes,
    Sus blasones envilezca;

    »Que a mí me sobra en Toledo
    Donde vivir, sin que tenga
    Que rozarme con traidores,
    Cuyo solo aliento infesta.

    »Y en cuanto él deje mi casa,
    Antes de tornar yo a ella,
    Purificaré con fuego
    Sus paredes y sus puertas.»

    Dijo el conde, la real mano
    Besó, cubrió su cabeza,
    Y retiróse bajando
    A do estaba su litera.

    Y a casa de un su pariente
    Mandó que lo condujeran,
    Abandonando la suya
    Con cuanto dentro se encierra.

    Quedó absorto Carlos Quinto
    De ver tan noble firmeza,
    Estimando la de España
    Más que la imperial diadema.


    Romance cuarto

    Muy pocos días el duque
    Hizo mansión en Toledo,
    Del noble conde ocupando
    Los honrados aposentos.

    Y la noche en que el palacio
    Dejó vacío, partiendo,
    Con su séquito y sus pajes,
    Orgulloso y satisfecho,

    Turbó la apacible luna
    Un vapor blanco y espeso
    Que de las altas techumbres
    Se iba elevando y creciendo:

    A poco rato tornóse
    En humo confuso y denso
    Que en nubarrones oscuros
    Ofuscaba el claro cielo;

    Después en ardientes chispas,
    Y en un resplandor horrendo
    Que iluminaba los valles
    Dando en el Tajo reflejos,

    Y al fin su furor mostrando
    En embravecido incendio
    Que devoraba altas torres
    Y derrumbaba altos techos.

    Resonaron las campanas,
    Conmovióse todo el pueblo,
    De Benavente el palacio
    Presa de las llamas viendo.

    El Emperador confuso
    Corre a procurar remedio,
    En atajar tanto daño
    Mostrando tenaz empeño.

    En vano todo: tragóse
    Tantas riquezas el fuego,
    A la lealtad castellana
    Levantando un monumento.

    Aun hoy unos viejos muros
    Del humo y las llamas negros
    Recuerdan acción tan grande
    En la famosa Toledo.



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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:23

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José de Espronceda

    biografía corta

    Fecha de nacimiento
    25-mar-1808
    Fecha de defunción
    1842


    "Novelista, dramaturgo y poeta. Su obra lírica alcanzó gran popularidad y está considerado como el más destacado poeta romántico español."

    José de Espronceda y Delgado nació en Almendralejo (Badajoz), en 1808. De familia hidalga, con raigambre militar, ingresó en el Colegio de Artillería. Lo abandonó para estudiar con Alberto Lista. Desde muy joven se sintió atraído por la literatura y la política, actividad que le valió prisión y exilio.


    En 1823 fundó, junto a Patricio de la Escosura, la sociedad secreta de los Numantinos. La represión que siguió al Trienio Liberal motivó su encierro en Guadalajara. Exiliado más tarde en Londres, entró en contacto con la obra de los románticos Lord Byron y Walter Scott. En 1834 publicó “Sancho Saldaña”, novela histórica; y escribió varias comedias y el drama “Blanca de Borbón”. Su obra lírica es la que le ha valido el reconocimiento general. Murió en Madrid, en 1842.


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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:24

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    José de Espronceda


    76-Himno de la Inmortalidad


    ¡Salve, llama creadora del mundo,
    Lengua ardiente de eterno saber,
    Puro germen, principio fecundo
    Que encadenas la muerte a tus pies!

    Tú la inerte materia espoleas,
    Tú la ordenas juntarse y vivir,
    Tú su lodo modelas, y creas
    Miles seres de formas sin fin.

    Desbarata tus obras en vano
    Vencedora la muerte tal vez;
    De sus restos levanta tu mano
    Nuevas obras triunfante otra vez.

    Tú la hoguera del sol alimentas,
    Tú revistes los cielos de azul,
    Tú la luna en las sombras argentas,
    Tú coronas la aurora de luz.

    Gratos ecos al bosque sombrío,
    Verde pompa a los árboles das,
    Melancólica música al río,
    Ronco grito a las olas del mar.

    Tú el aroma en las flores exhalas,
    En los valles suspiras de amor,
    Tú murmuras del aura en las alas,
    En el Bóreas retumba tu voz.

    Tú derramas el oro en la tierra
    En arroyos de hirviente metal;
    Tú abrillantas la perla que encierra
    En su abismo profundo la mar.

    Tú las cárdenas nubes extiendes,
    Negro manto que agita Aquilón;
    Con tu aliento los aires enciendes,
    Tus rugidos infunden pavor.

    Tú eres pura simiente de vida,
    Manantial sempiterno del bien;
    Luz del mismo Hacedor desprendida,
    Juventud y hermosura es tu ser.

    Tú eres fuerza secreta que el mundo
    En sus ejes impulsa a rodar,
    Sentimiento armonioso y profundo
    De los orbes que anima tu faz.

    De tus obras los siglos que vuelan
    Incansables artífices son,
    Del espíritu ardiente cincelan
    Y embellecen la estrecha prisión.

    Tú en violento, veloz torbellino
    Los empujas enérgica, y van;
    Y adelante en tu raudo camino
    A otros siglos ordenas llegar.

    Y otros siglos ansiosos se lanzan,
    Desparecen y llegan sin fin,
    Y en su eterno trabajo se alcanzan,
    Y se arrancan sin tregua el buril.

    Y afanosos sus fuerzas emplean
    En tu inmenso taller sin cesar,
    Y en la tosca materia golpean,
    Y redobla el trabajo su afán.

    De la vida en el hondo Oceáno
    Flota el hombre en perpetuo vaivén,
    Y derrama abundante tu mano
    La creadora semilla en su ser.

    Hombre débil, levanta la frente,
    Pon tu labio en su eterno raudal;
    Tú serás como el sol en Oriente,
    Tú serás como el mundo, inmortal.




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    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:28

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    José de Espronceda



    77- Canción del Pirata


    Con diez cañones por banda,
    Viento en popa, a toda vela,
    No corta el mar, sino vuela
    Un velero bergantín:

    Bajel pirata que llaman,
    Por su bravura, el Temido,
    En todo mar conocido
    Del uno al otro confín.

    La luna en el mar riela,
    En la lona gime el viento,
    Y alza en blando movimiento
    Olas de plata y azul;

    Y ve el capitán pirata,
    Cantando alegre en la popa,
    Asia a un lado, al otro Europa,
    Y allá a su frente Estambul.

    «Navega, velero mío,
    Sin temor;
    Que ni enemigo navío,
    Ni tormenta, ni bonanza
    Tu rumbo a torcer alcanza,
    Ni a sujetar tu valor.

    »Veinte presas
    Hemos hecho
    A despecho
    Del inglés,
    Y han rendido
    Sus pendones
    Cien naciones
    A mis pies.»

    Que es mi barco mi tesoro,
    Que es mi Dios la libertad,
    Mi ley la fuerza del viento,
    Mi única patria, la mar
    .

    «Allá muevan feroz guerra
    Ciegos reyes
    Por un palmo más de tierra:
    Que yo tengo aquí por mío
    Cuanto abarca el mar bravío,
    A quien nadie impuso leyes.

    »Y no hay playa,
    Sea cualquiera,
    Ni bandera
    De esplendor,
    Que no sienta
    Mi derecho,
    Y dé pecho
    A mi valor.»

    Que es mi barco mi tesoro,
    Que es mi Dios la libertad,
    Mi ley la fuerza del viento,
    Mi única patria, la mar.


    «A la voz de “¡barco viene!”
    Es de ver
    Cómo vira y se previene
    A todo trapo escapar;
    Que yo soy el rey del mar,
    Y mi furia es de temer.

    »En las presas
    Yo divido
    Lo cogido
    Por igual.
    Sólo quiero
    Por riqueza
    La belleza
    Sin rival.»

    Que es mi barco mi tesoro,
    Que es mi Dios la libertad,
    Mi ley la fuerza del viento,
    Mi única patria, la mar.


    «¡Sentenciado estoy a muerte!
    Yo me río:
    No me abandone la suerte
    Y al mismo que me condena,
    Colgaré de alguna antena,
    Quizá en su propio navío.

    »Y si caigo,
    ¿Qué es la vida?
    Por perdida
    Ya la di,
    Cuando el yugo
    Del esclavo,
    Como un bravo,
    Sacudí.»

    Que es mi barco mi tesoro,
    Que es mi Dios la libertad,
    Mi ley la fuerza del viento,
    Mi única patria, la mar.


    «Son mi música mejor Aquilones:
    El estrépito y temblor
    De los cables sacudidos,
    Del negro mar los bramidos
    Y el rugir de mis cañones

    »Y del trueno
    Al son violento
    Y del viento
    Al rebramar,
    Yo me duermo
    Sosegado,
    Arrullado
    Por el mar.»

    Que es mi barco mi tesoro,
    Que es mi Dios la libertad,
    Mi ley la fuerza del viento,
    Mi única patria, la mar.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Miér 14 Sep 2022, 01:30

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    José de Espronceda


    78- Canto a Teresa

    Descansa en paz

    ¡Bueno es el mundo, bueno, bueno, bueno!
    Como de Dios al fin obra maestra,
    Por todas partes de delicias lleno,
    De que Dios ama al hombre hermosa muestra.
    Salga la voz alegre de mi seno
    A celebrar esta vivienda nuestra;
    ¡Paz a los hombres! ¡gloria en las alturas!
    ¡Cantad en vuestra jaula, criaturas!
    —María, por Miguel de los Santos Álvarez.



    ¿Por qué volvéis a la memoria mía,
    Tristes recuerdos del placer perdido,
    A aumentar la ansiedad y la agonía
    De este desierto corazón herido?
    ¡Ay! que de aquellas horas de alegría
    Le quedó al corazón sólo un gemido,
    Y el llanto que al dolor los ojos niegan
    Lágrimas son de hiel que el alma anegan.

    ¿Dónde volaron ¡ay! aquellas horas
    De juventud, de amor y de ventura,
    Regaladas de músicas sonoras,
    Adornadas de luz y de hermosura?
    Imágenes ce oro bullidoras.
    Sus alas de carmín y nieve pura,
    Al sol de mi esperanza desplegando,
    Pasaban ¡ay! a mi alredor cantando.

    Gorjeaban los dulces ruiseñores,
    El sol iluminaba mi alegría,
    El aura susurraba entre las flores,
    El bosque mansamente respondía,
    Las fuentes murmuraban sus amores. . .
    ¡Ilusiones que llora el alma mía!
    ¡Oh! ¡cuán süave resonó en mi oído
    El bullicio del mundo y su ruido!

    Mi vida entonces, cual guerrera nave
    Que el puerto deja por la vez primera,
    Y al soplo de los céfiros süave
    Orgullosa despliega su bandera,
    Y-al mar dejando que a sus pies alabe
    Su triunfo en roncos cantos, va velera,
    Una ola tras otra bramadora
    Hollando y dividiendo vencedora.

    ¡Ay! en el mar del mundo, en ansia ardiente
    De amor volaba; el sol de la mañana
    Llevaba yo sobre mi tersa frente,
    Y el alma pura de su dicha ufana:
    Dentro de ella el amor, cual rica fuente
    Que entre frescuras y arboledas mana.
    Brotaba entonces abundante río
    De ilusiones y dulce desvarío.

    Yo amaba todo: un noble sentimiento
    Exaltaba mi ánimo, y sentía
    En mi pecho un secreto movimiento,
    De grandes hechos generoso guía:
    La libertad con su inmortal aliento,
    Santa diosa, mi espíritu encendía,
    Contino imaginando en mi fe pura
    Sueños de gloria al mundo y de ventura.

    El puñal de Catón, la adusta frente
    Del noble Bruto, la constancia fiera
    Y el arrojo de Scévola valiente,
    La doctrina de Sócrates severa,
    La voz atronadora y elocuente
    Del orador de Atenas, la bandera
    Contra el tirano Macedonio alzando,
    Y al espantado pueblo arrebatando:

    El valor y la fe del caballero,
    Del trovador el arpa y los cantares,
    Del gótico castillo el altanero
    Antiguo torreón, do sus pesares
    Cantó tal vez con eco lastimero,
    ¡Ay! arrancada de sus patrios lares,
    Joven cautiva, al rayo de la luna,
    Lamentando su ausencia y su fortuna:

    El dulce anhelo del amor que aguarda,
    Tal vez inquieto y con mortal recelo;
    La forma bella que cruzó gallarda,
    Allá en la noche, entre medroso velo;
    La ansiada cita que en llegar se tarda
    Al impaciente y amoroso anhelo,
    La mujer y la voz de su dulzura,
    Que inspira al alma celestial ternura:

    A un tiempo mismo en rápida tormenta
    Mi alma alborotada de contino,
    Cual las olas que azota con violenta
    Cólera impetüoso torbellino:
    Soñaba al héroe ya, la plebe atenta
    En mi voz escuchaba su destino;
    Ya al caballero, al trovador soñaba,
    Y de gloria y de amores suspiraba.

    Hay una voz secreta, un dulce canto,
    Que el alma sólo recogida entiende,
    Un sentimiento misterioso y santo,
    Que del barro al espíritu desprende;
    Agreste, vago y solitario encanto
    Que en inefable amor el alma enciende,
    Volando tras la imagen peregrina
    El corazón de su ilusión divina.

    Yo, desterrado en extranjera playa,
    Con los ojos extático seguía
    La nave audaz que en argentada raya
    Volaba al puerto de la patria mía:
    Yo, cuando en Occidente el soy desmaya,
    Solo y perdido en la arboleda umbría,
    Oír pensaba el armonioso acento
    De una mujer, al suspirar del viento.

    ¡Una mujer! En el templado rayo
    De la mágica luna se colora,
    Del sol poniente al lánguido desmayo
    Lejos entre las nubes se evapora;
    Sobre las cumbres que florece Mayo
    Brilla fugaz al despuntar la aurora,
    Cruza tal vez por entre el bosque umbrío,
    Juega en las aguas del sereno río.

    ¡Una mujer! Deslizase en el cielo
    Allá en la noche desprendida estrella.
    Si aroma el aire recogió en el suelo,
    Es el aroma que le presta ella.
    Blanca es la nube que en callado vuelo
    Cruza la esfera, y que su planta huella.
    Y en la tarde la mar olas le ofrece
    De plata y de zafir, donde se mece.

    Mujer que amor en su ilusión figura,
    Mujer que nada dice a los sentidos,
    Ensueño de suavísima ternura,
    Eco que regaló nuestros oídos;
    De amor la llama generosa y pura,
    Los goces dulces del amor cumplidos,
    Que engalana la rica fantasía,
    Goces que avaro el corazón ansía.

    ¡Ay! aquella mujer, tan sólo aquella,
    Tanto delirio a realizar alcanza,
    Y esa mujer tan cándida y tan bella
    Es mentida ilusión de la esperanza:
    Es el alma que vívida destella
    Su luz al mundo cuando en él se lanza,
    Y el mundo con su magia y galanura
    Es espejo no más de su hermosura:

    Es el amor que al mismo amor adora,
    El que creó las Sílfides y Ondinas,
    La sacra ninfa que bordando mora
    Debajo de las aguas cristalinas:
    Es el amor que recordando llora
    Las arboledas del Edén divinas:
    Amor de allí arrancado, allí nacido,
    Que busca en vano aquí su bien perdido.

    ¡Oh llama santa! ¡celestial anhelo!
    ¡Sentimiento purísimo! ¡memoria
    Acaso triste de un perdido cielo,
    Quizá esperanza de futura gloria!
    ¡Huyes y dejas llanto y desconsuelo!
    ¡Oh mujer que en imagen ilusoria
    Tan pura, tan feliz, tan placentera,
    Brindó el amor a mi ilusión primera! . . .

    ¡Oh Teresa! ¡Oh dolor! Lágrimas mías,
    ¡Ah! ¿dónde estáis que no corréis a mares?
    ¿Por qué, por qué como en mejores días,
    No consoláis vosotras mis pesares?
    ¡Oh! los que no sabéis las agonías
    De un corazón que penas a millares
    ¡Ah! desgarraron y que ya no llora,
    ¡Piedad tened de mi tormento ahora!

    ¡Oh dichosos mil veces, sí, dichosos
    Los que podéis llorar! y ¡ay! sin ventura
    De mí, que entre suspiros angustiosos
    Ahogar me siento en infernal tortura.
    ¡Retuércese entre nudos dolorosos
    Mi corazón, gimiendo de amargura!
    También tu corazón, hecho pavesa;
    ¡Ay! llegó a no llorar, ¡pobre Teresa!

    ¿Quién pensara jamás, Teresa mía,
    Que fuera eterno manantial de llanto,
    Tanto inocente amor, tanta alegría,
    Tantas delicias y delirio tanto?
    ¿Quién pensara jamás llegase un día
    En que perdido el celestial encanto
    Y caída la venda de los ojos,
    Cuanto diera placer causara enojos?

    Aun parece, Teresa, que te veo
    Aerea como dorada mariposa,
    Ensueño delicioso del deseo,
    Sobre tallo gentil temprana rosa,
    Del amor venturoso devaneo,
    Angélica, purísima y dichosa,
    Y oigo tu voz dulcísima, y respiro
    Tu aliento perfumado en tu suspiro.

    Y aun miro aquellos ojos que robaron
    A los cielos su azul, y las rosadas
    Tintas sobre la nieve, que envidiaron
    Las de Mayo serenas alboradas:
    Y aquellas horas dulces que pasaron
    Tan breves, ¡ay! como después lloradas,
    Horas de confianza y de delicias,
    De abandono y de amor y de caricias.

    Que así las horas rápidas pasaban,
    Y pasaba a la par nuestra ventura;
    Y nunca nuestras ansias las contaban,
    Tú embriagada en mi amor, yo en tu hermosura.
    Las horas ¡ay! huyendo nos miraban,
    Llanto tal vez vertiendo de ternura;
    Que nuestro amor y juventud veían,
    Y temblaban las horas que vendrían.

    Y llegaron en fin. . . ¡Oh! ¿quién impío
    ¡Ay! agostó la flor de tu pureza?
    Tú fuiste un tiempo cristalino río,
    Manantial de purísima limpieza;
    Después torrente de color sombrío,
    Rompiendo entre peñascos y maleza,
    Y estanque, en fin, de aguas corrompidas,
    Entre fétido fango detenidas.

    ¿Cómo caíste despeñado al suelo,
    Astro de la mañana luminoso?
    Ángel de luz, ¿quién te arrojó del cielo
    A este valle de lágrimas odioso?
    Aun cercaba tu frente el blanco velo
    Del serafín, y en ondas fulguroso
    Rayos al mundo tu esplendor vertía,
    Y otro cielo el amor te prometía.

    Mas ¡ay! que es la mujer ángel caído,
    O mujer nada más y lodo inmundo,
    Hermoso ser para llorar nacido,
    O vivir como autómata en el mundo.
    Sí, que el demonio en el Edén perdido,
    Abrasara con fuego del profundo
    La primera mujer, y ¡ay! aquel fuego
    La herencia ha sido de sus hijos luego.

    Brota en el cielo del amor la fuente,
    Que a fecundar el universo mana,
    Y en la tierra su límpida corriente
    Sus márgenes con flores engalana;
    Mas, ¡ay! huid: el corazón ardiente
    Que el agua clara por beber se afana,
    Lágrimas verterá de duelo eterno,
    Que su raudal lo envenenó el infierno.

    Huid, si no queréis que llegue un día
    En que enredado en retorcidos lazos
    El corazón, con bárbara porfía
    Luchéis por arrancároslo a pedazos:
    En que al cielo en histérica agonía
    Frenéticos alcéis entrambos brazos,
    Para en vuestra impotencia maldecirle,
    Y escupiros, tal vez, al escupirle.

    Los años ¡ay! de la ilusión pasaron,
    Las dulces esperanzas que trajeron
    Con sus blancos ensueños se llevaron,
    Y el porvenir de oscuridad vistieron:
    Las rosas del amor se marchitaron,
    Las flores en abrojos convirtieron,
    Y de afán tanto y tan soñada gloria
    Sólo quedó una tumba, una memoria.

    ¡Pobre Teresa! ¡Al recordarte siento
    Un pesar tan intenso!. . . Embarga impío
    Mi quebrantada voz mi sentimiento,
    Y suspira tu nombre el labio mío:
    Para allí su carrera el pensamiento,
    Hiela mi corazón punzante frío,
    Ante mis ojos la funesta losa,
    Donde vil polvo tu beldad reposa.

    Y tú feliz, que hallastes en la muerte
    Sombra a que descansar en tu camino,
    Cuando llegabas, mísera, a perderte
    Y era llorar tu único destino:
    Cuando en tu frente la implacable suerte
    Grababa de los réprobos el sino;
    Feliz, la muerte te arrancó del suelo,
    Y otra vez ángel, te volviste al cielo.

    Roída de recuerdos de amargura,
    Árido el corazón, sin ilusiones,
    La delicada flor de tu hermosura
    Ajaron del dolor los aquilones:
    Sola, y envilecida, y sin ventura,
    Tu corazón secaron las pasiones:
    Tus hijos ¡ay! de ti se avergonzaran,
    Y hasta el nombre de madre te negaran.

    Los ojos escaldados de tu llanto,
    Tu rostro cadavérico y hundido;
    Único desahogo en tu quebranto,
    El histérico ¡ay! de tu gemido:
    ¿Quién, quién pudiera en infortunio tanto
    Envolver tu desdicha en el olvido,
    Disipar tu dolor y recogerte
    En su seno de paz? ¡Sólo la muerte!

    ¡Y tan joven, y ya tan desgraciada!
    Espíritu indomable, alma violenta,
    En ti, mezquina sociedad, lanzada
    A romper tus barreras turbulenta.
    Nave contra las rocas quebrantada,
    Allá vaga, a merced de la tormenta,
    En las olas tal vez náufraga tabla,
    Que sólo ya de sus grandezas habla.

    Un recuerdo de amor que nunca muere
    Y está en mi corazón; un lastimero
    Tierno quejido que en el alma hiere,
    Eco süave de su amor primero:
    ¡Ay! de tu luz, en tanto yo viviere,
    Quedará un rayo en mí, blanco lucero,
    Que iluminaste con tu luz querida
    La dorada mañana de mi vida.

    Que yo, como una flor que en la mañana
    Abre su cáliz al naciente día,
    ¡Ay! al amor abrí tu alma temprana,
    Y exalté tu inocente fantasía,
    Yo inocente también ¡oh! cuán ufana
    Al porvenir mi mente sonreía,
    Y en alas de mi amor, ¡con cuánto anhelo
    Pensé contigo remontarme al cielo!

    Y alegre, audaz, ansioso, enamorado,
    En tus brazos en lánguido abandono,
    De glorias y deleites rodeado,
    Levantar para ti soñé yo un trono:
    Y allí, tú venturosa y yo a tu lado,
    Vencer del mundo el implacable encono,
    Y en un tiempo, sin horas ni medida,
    Ver como un sueño resbalar la vida.

    ¡Pobre Teresa! Cuando ya tus ojos
    Áridos ni una lágrima brotaban;
    Cuando ya su color tus labios rojos
    En cárdenos matices se cambiaban;
    Cuando de tu dolor tristes despojos
    La vida y su ilusión te abandonaban,
    Y consumía lenta calentura
    Tu corazón al par de tu amargura;

    Si en tu penosa y última agonía
    Volviste a lo pasado el pensamiento;
    Si comparaste a tu existencia un día
    Tu triste soledad y tu aislamiento;
    Si arrojó a tu dolor tu fantasía
    Tus hijos ¡ay! en tu postrer momento
    A otra mujer tal vez acariciando,
    «Madre» tal vez a otra mujer llamando;

    Si el cuadro de tus breves glorias viste
    Pasar como fantástica quimera,
    Y si la voz de tu conciencia oíste
    Dentro de ti gritándote severa;
    Si, en fin, entonces tú llorar quisiste
    Y no brotó una lágrima siquiera
    Tu seco corazón, y a Dios llamaste,
    Y no te escuchó Dios, y blasfemaste,
    ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! ¡martirio horrendo!
    ¡Espantosa expiación de tu pecado!
    Sobre un lecho de espinas, maldiciendo,
    Morir, el corazón desesperado!
    Tus mismas manos de dolor mordiendo,
    Presente a tu conciencia tu pasado,
    Buscando en vano, con los ojos fijos,
    Y extendiendo tus brazos a tus hijos.

    ¡Oh! ¡crüel! ¡muy crüel! … ¡Ay! yo entre tanto
    Dentro del pecho mi dolor oculto,
    Enjugo de mis párpados el llanto
    Y doy al mundo el exigido culto:
    Yo escondo con vergüenza mi quebranto,
    Mi propia pena con mi risa insulto,
    Y me divierto en arrancar del pecho
    Mi mismo corazón pedazos hecho.

    Gocemos, sí; la cristalina esfera
    Gira bañada en luz: ¡bella es la vida!
    ¿Quién a parar alcanza la carrera
    Del mundo hermoso que al placer convida?
    Brilla ardiente el sol, la primavera
    Los campos pinta en la estación florida:
    Truéquese en risa mi dolor profundo. . .
    Que haya un cadáver más ¿qué importa al mundo?



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    pero no detener la primavera".

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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 8 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 14 Sep 2022, 04:01

    Sinceramente , es todo un lujo volver a pasar por los poemas de esta obra

    Juan María Maury



    70- La Timidez



    A las márgenes alegres
    Que el Guadalquivir fecunda,
    donde ostenta pomposo
    El orgullo de su cuna,

    Vino Rosalba, sirena
    De los mares que tributan
    A España, entre perlas y oro,
    Peregrinas hermosuras.

    Más festiva que las auras,
    Más ligera que la espuma,
    Hermosa como los cielos,
    Gallarda como ninguna,

    Con el hechicero adorno
    De tantas bellezas juntas,
    No hay corazón que no robe,
    Ni quietud que no destruya.

    Así Rosalba se goza,
    Mas la que tanto procura
    Avasallar libertades,
    Al cabo empeña la suya.

    Lisardo, joven amable,
    Sobresale entre la turba
    De esclavos que por Rosalba
    Sufren de amor la coyunda.

    Tal vez sus floridos años
    No bien de la edad adulta
    Acaban de ver cumplida
    La primavera segunda.

    Aventajado en ingenio,
    Rico en bienes de fortuna,
    Dichoso, en fin, si supiera
    Que audacias amor indulta,

    Idólatra más que amante,
    Con adoración profunda,
    A Rosalba reverencia,
    Y deidad se la figura.

    Un día alcanza a otro día
    Sin que su amor le descubra;
    El respeto le encadena
    Y ella su respeto culpa.

    Bien a Lisardo sus ojos
    Dijeran que más presuma;
    Pero él, comedido amante,
    O los huye o no los busca....

    ...

    Todo un lujo para los sentidos.

    Gracias, Lluvia.


    _________________
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