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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 13 Ago 2022, 08:03

    Menéndez Pelayo, Marcelino (1856-1912).

    Polígrafo español nacido en Santander el 3 de noviembre de 1856 y muerto en la misma ciudad el 19 de mayo de 1912.


    Síntesis biográfica

    Muy precoz intelectualmente, inició sus estudios universitarios de Filosofía y Letras en Barcelona, completándolos en Madrid y Valladolid y ampliándolos a través de varios viajes por distintos países europeos; en este periodo de formación fue influido intelectualmente por Llorens, Milà i Fontanal y Laverde. En 1878, con sólo 21 años de edad, ganó la cátedra de Literatura de la Universidad Central de Madrid; dos años después ingresó en la Real Academia Española, y en la Real Academia de la Historia en 1882 (sería su director en 1911); más adelante sería también miembro de la de Ciencias Morales y Políticas (1889) y de la de San Fernando (1892). También fue elegido varias veces diputado y senador a partir de 1884. En 1898 abandonó la docencia para dirigir la Biblioteca Nacional.

    Escribió un gran número de libros de filosofía, poesía, historia y literatura; los más importantes fueron: La ciencia española (c. 1874); Horacio en España y Epístola a Horacio (1876); Historia de los heterodoxos españoles (1880-1882); Calderón y su teatro (1881); Historia de las ideas estéticas en España (1882-1886); Estudios de crítica literaria (1884-1908); Antología de líricos castellanos (1890-1908); Ensayos de crítica filosófica (1892); Antología de poetas hispanoamericanos (1893-1895); Bibliografía hispanolatina clásica (1902); y Orígenes de la novela (1905-1910). Su obra, patriótica y católica, fue utilizada como ideario por movimientos conservadores de la época de la Restauración (véase la Restauración española en España, Historia de (13): 1875-1931) e incluso posteriores. Llegó a poseer una biblioteca de más de 40.000 volúmenes, con los que se constituyó a su muerte la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander.

    Formación de Menéndez Pelayo: un erudito precoz

    Era hijo de Marcelino Menéndez Pintado, originario de Asturias (profesor de matemáticas y luego alcalde de Santander), y de María Jesús Pelayo, cántabra. Inició sus estudios en su ciudad natal, destacando pronto por su capacidad intelectual. Obtuvo premio ordinario en todas las asignaturas de bachillerato, salvo en geometría, donde renunció a hacer el examen (su padre era uno de los jueces). Aprendió entonces latín e inglés (a los que añadiría luego francés, italiano y alemán). Frecuentó con poca edad la tertulia de la librería Hernández en la que participaba su tío Juan Pelayo. A través de su profesor de filosofía Agustín Gutiérrez tuvo conocimiento de la escuela psicologista escocesa fundada por Thomas Reid, por la que se interesó desde entonces.

    En 1871 se trasladó a Barcelona para estudiar Filosofía y Letras, eligiendo esta Universidad no por casualidad, sino porque allí enseñaba el profesor José Ramón de Luanco, amigo de su padre, y porque era uno de los pocos centros docentes que habían escapado al racionalismo vigente en ese momento, del que no era partidario Menéndez Pelayo. Su estancia allí tuvo gran incidencia en su formación, recibiendo la influencia de dos profesores, especialmente el segundo: Francesc Xavier Llorens i Barba y Manuel Milà i Fontanals. Llorens le dio, durante los pocos meses en los que pudo asistir a sus clases antes de fallecer, sus primeros fundamentos filosóficos, mientras que Milà le aportó su sentido estético e histórico, que tan propio sería después de Menéndez Pelayo. Estableció además amistad con personajes como el erudito Antoni Rubió i Lluch o el poeta Miquel Costa y Llobera.

    Al trasladarse a la Universidad de Madrid el profesor Luanco, en 1873, el joven Menéndez Pelayo le siguió, realizando allí el curso 1873-1874. Además de sus estudios continuó la labor erudita prontamente iniciada en Barcelona, buscando en diversas bibliotecas información para un proyecto de Biblioteca de traductores españoles; también siguió colaborando en la revista barcelonesa Miscelánea. No se presentó al examen final de Metafísica por rechazar el krausismo del profesor que impartía la asignatura, Nicolás Salmerón (también presidente de la República). Por ello marchó a Valladolid para aprobarla, licenciándose aquí el 27 de septiembre de 1874; fue en esta ciudad donde conoció al filósofo Gumersindo Laverde, el tercero de sus grandes maestros. Regresó a Madrid para doctorarse, grado que obtuvo en junio del año siguiente con una tesis titulada La novela entre los latinos (publicada poco después en Santander). A su búsqueda de información sobre traductores había añadido datos para una Bibliografía de escritores españoles y unos Estudios sobre escritores montañeses, además de escribir algunos artículos para la España Católica.

    Dedicándose a partir de entonces a escribir con prodigalidad, continuó con sus antiguos proyectos e inició varias obras y colaboraciones, entre ellas la Historia de los heterodoxos españoles, Historia de la Estética en España y unas Cartas (también llamadas La ciencia española) que, refutando una tesis de Gumersindo de Azcárate, defendían la existencia de una tradición científica y filosófica españolas. Estos últimos escritos tienen valor de símbolo del estilo del joven Menéndez Pelayo, polémico y casticista. En enero de 1875 recibió una subvención del ayuntamiento santanderino para viajar por Europa y estudiar la literatura de los países visitados (a esta se añadirían los fondos aportados en mayo de 1876 por la Diputación de Santander y en 1877 por el ministerio de Fomento). Así, en septiembre de 1876 marchó a Lisboa; luego terminó en Santander su Horacio en España y, relacionado con esta obra, su mejor poema: Epístola a Horacio, autor latino cuya lírica consideraba la más perfecta. Estuvo en Italia desde enero de 1877, recorriendo las bibliotecas Roma, Nápoles, Florencia, Bolonia, Venecia y Milán. Estando en junio en París conoció al poeta catalán Jacinto Verdaguer, al que elogió intensamente. Continuó su viaje por Bélgica (Bruselas y Amberes) y Holanda (Ámsterdam).

    La madurez de Menéndez Pelayo: escritor, profesor, académico y político

    Visitaba la Biblioteca Colombina de Sevilla cuando tuvo conocimiento de la muerte de José Amador de los Ríos (enero de 1878), lo cual dejaba libre la cátedra de Literatura de la Universidad Central. Menéndez Pelayo, tras aprobarse en mayo la rebaja de la edad mínima para poder optar a cátedras (él tenía entonces 21 años), marchó a Santander a preparar el programa de las oposiciones. En octubre realizó con gran brillantez los tres ejercicios que se le exigieron, el 20 de diciembre recibió el nombramiento y dos días después tomó posesión. En enero de 1879 inició su trabajo como catedrático; en diciembre de 1880, fallecido Eugenio de Hartzenbusch, ocupó el sitio de éste en la Real Academia Española con sólo 24 años de edad. En marzo de ese año había publicado el primer tomo de la Historia de los heterodoxos españoles, y en diciembre el segundo (el tercero y último, en 1882). Obra apasionada de juventud al mismo tiempo que de primera madurez, en ella examinaba a diversos intelectuales, científicos y literatos españoles del pasado y contemporáneos. Era muy apologética en muchos de sus pasajes, y él mismo, cuando ya había perfeccionado sus métodos de análisis, señalaría más tarde sus defectos en unas “Advertencias preliminares” que incluyó en una nueva edición del libro. En cualquier caso, su publicación tuvo gran efecto en el ambiente intelectual de la época.

    En 1881 pronunció unas conferencias sobre Calderón y su teatro, luego publicadas en forma de libro, y en 1882 ingresó en la Real Academia de la Historia en lugar de José Moreno Nieto. Durante el verano reunió materiales para la Historia de las ideas estéticas en España, otra de sus grandes obras (su primer volumen fue dado a la imprenta en 1882, el segundo en 1883, y terminó de publicarse en 1886, cuando salió el tercero), que en su contenido sobrepasa con mucho el ámbito español al relacionar la cultura hispana con la europea. En 1884 entró en política, siendo elegido diputado por Mallorca, aunque su labor en este campo fue muy reducida. Los años siguientes, entre otros muchos encargos comenzó a publicar Antología de líricos castellanos (1890-1908, colección todavía hoy en uso) y las Obras de Milà i Fontanals quien, muerto en 1884, le había dejado a él sus papeles. En 1889 fue nombrado bibliotecario de la Academia de la Historia; asumió en nombre de la Academia Española la dirección de una muy erudita edición completa de las obras de Lope de Vega (1892-1902), y fue elegido integrante de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas.
    En octubre de 1890 murió su maestro y amigo Laverde; este acontecimiento marcó el resto de su obra, más centrada a partir de entonces en lo literario y lo histórico que en lo filosófico. Miembro del Partido Conservador, en 1892 (fecha de la edición de sus Ensayos de crítica filosófica) fue elegido diputado por Zaragoza, entre 1893 y 1895 fue senador por la Universidad de Oviedo, y desde 1899 hasta su muerte, representante de la Academia Española en el Senado. Desde 1895 fue también decano de la Facultad de Letras de la Universidad Central, en tanto que continuaba con la publicación de las Obras de Lope de Vega y comenzó Antología de poetas hispanoamericanos (1893-1895). En 1898, abandonando su cátedra de Literatura, sustituyó al recién fallecido Manuel Tamayo y Baus en la dirección de la Biblioteca Nacional, al tiempo que se ocupaba de la edición de la Revista de Archivos.

    En 1901 ingresó también en la Academia de San Fernando; en 1902 publicó Bibliografía hispanolatina clásica, y en 1905 fue propuesto para el Premio Nóbel de Literatura. Desde 1905 hasta 1910 se dedicó sobre todo a Orígenes de la novela y la edición de sus Obras completas, que no pudo completar más que en sus dos primeros tomos de los 19 previstos (muchos de sus trabajos sueltos fueron recogidos en Estudios de crítica literaria, 1884-1908). En 1911 fue elegido director de la Academia de la Historia, pero el año siguiente falleció el 2 de mayo de cirrosis, a los 51 de edad. Legó su enorme y valiosa biblioteca de unos 40.000 libros ("obra de mi paciente esfuerzo, única obra mía de la que me encuentro medianamente satisfecho") a la ciudad de Santander, base de la actual Biblioteca Menéndez Pelayo, para albergar la cual el arquitecto Leonardo Rucabado construyó un gran edificio junto a la antigua casa del polígrafo. También se dio su nombre a la Universidad Internacional después de la reapertura de sus cursos, tras la Guerra Civil, en el Palacio de la Magdalena.

    Marcelino Menéndez Pelayo y su obra

    De gran curiosidad e increíble capacidad memorística, trabajador constante, gastaba casi todo su sueldo (permaneció soltero toda su vida) en adquirir libros. Inserto en el mundo cultural de su época, que lo alabó, tuvo relación con el político e historiador Antonio Cánovas del Castillo; con el escritor y político Ramón de Campoamor; con el literato y político Gaspar Núñez de Arce; con el novelista y diplomático Juan Valera; o con Juan, Luis y Ramón Menéndez Pidal (poeta, pintor y filólogo, respectivamente). Sobre Ramón Menéndez Pidal tuvo gran influencia en sus comienzos, así como en toda una generación de intelectuales que posteriormente ha estudiado su obra y el alcance de ésta.

    Erudito y crítico, pero amante de la belleza, trató de dar a sus obras sentido artístico, según su principio de “idealización de la realidad”, la modificación que el artista impone a los objetos. Filosóficamente no se adscribió a ninguna de las grandes escuelas vigentes entonces, el neotomismo y el krausismo; él se declaraba “vivista”, en referencia a la filosofía de Luis Vives, que para él era sinónimo de libertad de pensamiento. Impulsado por su fuerte sentido patriótico, regeneracionista y católico, creó, a modo de aportación personal a la nación, el primer cuadro preciso de la cultura española. Para ello estudió a fondo no sólo las fuentes en español, sino también las literaturas españolas no castellanas y su predecesora latina, así como obras y escritores poco conocidos hasta entonces. Este cuadro, de indudable valor, estuvo por otra parte condicionado por sus ideas, que a veces, sobre todo en su juventud, se convirtieron en prejuicios conservadores y parcialidad (como por ejemplo, su animadversión hacia lo germánico, que para él sería el opuesto del espíritu latino-cristiano). Por su inmensa labor intelectual no se le puede considerar únicamente un crítico literario, un historiador de la filosofía o un poeta, sino un polígrafo interesado por todos los campos de las humanidades.

    Él mismo, al planificar la edición de sus Obras completas distribuyó así las materias: I) Historia de los heterodoxos españoles; II) Historia de la poesía castellana en la Edad Media; III) Tratado de los romances viejos; IV) Juan Boscán; V) Historia de la poesía hispanoamericana, desde sus orígenes hasta 1892; VI) Orígenes de la novela española, y estudio de los novelistas anteriores a Cervantes; VII) Estudios y discursos de crítica literaria; VIII) Ensayos de crítica filosófica; IX) La Ciencia española; X) Historia de las ideas estéticas en España hasta fines del siglo XVIII; XI) Historia de las ideas estéticas en España hasta fines del siglo XIX; XII) Historia del Romanticismo francés; XIII) Poesías completas y traducciones de obras poéticas; XIV) Traducción de algunas obras de Cicerón; XV) Calderón y su teatro; XVI) Bibliografía hispanolatina clásica; XVII) Opúsculos de erudición y bibliografía; XVIII) Horacio en España; y XIX) Estudios sobre el teatro de Lope de Vega.

    Enlaces en Internet

    [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] ; Página sobre Menéndez Pelayo (con fotos y bibliografía sobre su vida y obra), la Casa-Museo y Biblioteca Menéndez Pelayo, la Sociedad Menéndez Pelayo, etc. (en español).
    [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] ; Página con más información y fotos de la Biblioteca Menéndez Pelayo de Santander (en español).
    [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] ; Página con una sección que incluye el texto completo de algunas de las obras de Menéndez Pelayo (en español).
    [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] ; Página con información sobre la obra completa de Menéndez Pelayo, incluida una versión en CD-Rom (en español).

    Biblografía

    ALONSO, D. Menéndez Pelayo, crítico literario. (Madrid, Gredos: 1956).
    ARTIGAS, M. La vida y la obra de Menéndez Pelayo. (Zaragoza, Heraldo de Aragón: 1939).
    CUENCA TORIBIO, J. M. Menéndez Pelayo y la ciencia española. (Madrid, Cid: 1965).
    GONZÁLEZ PIEDRA, J. Vida y obra de Menéndez y Pelayo. (Madrid, Publicaciones Españolas: 1977).
    HERNÁNDEZ VISTA, E. El mundo clásico visto por Menéndez Pelayo. (Madrid, Editora Nacional: 1956).
    IRIARTE, J. Menéndez Pelayo y la filosofía española. (Madrid, Razón y Fe: 1947).
    LABANDEIRA, A.; HERRERA, J. y ESCRIBANO, J. Bibliografía de estudios sobre Menéndez Pelayo. (Madrid, Fundación Universitaria Española: 1995).
    LAÍN ENTRALGO, P. Menéndez Pelayo. Historia de sus problemas intelectuales. (Madrid, Instituto de Estudios Políticos: 1944).
    LOHGMANN VILLENA, G. Menéndez Pelayo y la Hispanidad. (Madrid, Rialp: 1957).
    MENÉNDEZ PELAYO, M. Epistolario. Edición de Manuel Revuelta Sañudo. 23 vols. (Madrid, Fundación Universitaria Española: 1982-1991).
    MENÉNDEZ PELAYO, M. Historia de las ideas estéticas en España. Ed. Facsímil. (Madrid, CSIC: 1994).
    MENÉNDEZ PELAYO, M. Historia de los heterodoxos españoles. Ed. facísimil. 3 vols. (Madrid, CSIC: 1992).
    Menéndez Pelayo Digital. Obras completas, Epistolario, Bibliografía. (Santander, Obra social y cultura de Caja Cantabria: 1999).
    PALACIO ATARD, V. “Menéndez y Pelayo, historiador actual”, en Estudios sobre Historia de España, p. 407-425. (Madrid, Editorial Norte y Sur: 1965).
    PÉREZ EMBID, F. y otros. Estudios sobre Menéndez Pelayo. (Madrid, Editora Nacional: 1956).
    PÉREZ EMBID, F. Menéndez Pelayo desde la actualidad. (Madrid, Rialp: 1965).
    SÁINZ RODRÍGUEZ, P. Menéndez Pelayo, historiador y crítico literario. (Madrid, Afrodisio Aguado: 1956).
    SÁNCHEZ REYES, E. Biografía crítica y documental de Marcelino Menéndez Pelayo. (Santander, CSIC: 1974).
    SIMÓN DÍAZ, J. Estudios sobre Menéndez Pelayo. (Madrid, Instituto de Estudios Madrileños: 1954).

    Autor
    •Por: Bernardo Gómez Álvarez

    Fuente: wwwmcnbiografías.com


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 13 Ago 2022, 08:13

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).




    LA INICIACION POETICA DE MARCELINO MENENDEZ PELAYO

    En junio de 1871 concluía Marcelino Menéndez Pelayo .ms estudios de Segunda Enseñanza en el Instituto de la calle Santa Clara, de su ciudad natal de Santander, e iniciaba en ese mismo año el primer curso de carrera en la Universidad de Barcelona. En esta fecha tiene lugar también el encuentro de dos novelistas, ya de reconocido prestigio en el panorama literario, José María de Pereda y Benito Pérez Galdós, en el vestíbulo de una fonda de la calle Atarazanas. El joven Menéndez Pelayo contaba entonces quince años de edad.

    Para conocer la precocidad literaria de este estudiante, se precisa la consulta de sus trabajos escolar.es, que denotan ya una poderosa personalidad y componen, con otros escritos poéticos de su primera edad, la que se ha denominado obra menor del polígrafo santanderino. El análisis de estos trabajos demuestra la vitalidad instintiva del Menéndez Pelayo joven y polemista y la gran seguridad en sí mismo, así como la confianza que después demostraría en sus futuras empresas. Junto a esta enorme vitalidad sobresalen, como rasgos también de su carácter, su sentido de la ética y de la sociabilidad, mediante el diálogo y su búsqueda de los demás.

    De esta época sólo se conocen los ejercicios escolares, ya publicados, su participación en un concurso histórico promovido por La Abeja Montañesa en 1868 y la iniciación del catálogo de sus primeras adquisiciones de libros también en ese año. Ya antes de terminar la Segunda Enseñanza, comienza a escribir y traducir poesía. Una de sus primeras obras poéticas, que estuvo a punto de publicar.se entonces, fue el poema épico en octavas reales titulado D. Alonso de Aguilar en Sierra Bermeja. Pese a las gestiones que se hicieron, precisamente con Pérez Galdós, para darlo a conocer, no fue posible y después el propio autor prohibió, como se sabe, su reproducción. Comenzóse este poema ..:.....escribió en el autógrafo-- a 15 días del mes de mayo de 1871 en Santander. Con él anunciaba diferentes poesías suyas y la traducción de poemas de Ovidio y Virgilio.

    Adviértase cómo la que Marcelino Menéndez Pelayo tituló entonces de forma autógrafa Primera edición con notas de sus obras juveniles, se inicia en verso, y en este género daría también sus primeros pasos con traducciones del latín y griego. Años más tarde, al resumir su vida en una nota autobiográfica remitida a Clarín, en septiembre de 1893, señalaría como decisivo en su formación el haber tenido en sus estudios de Segunda Enseñanza un buen profesor de latín, humanista de verdad. Era éste don Francisco María Ganuza, catedrático de Latín y Castellano en el Instituto de Santander, profesor oficial y particular de don Marcelino y gran amigo de la familia.

    El griego lo estudió en Barcelona y, sobre todo, en Madrid, con Lázaro Bardón, quien le hizo familiarizarse con la gramática griega. El italiano, dice Sánchez Reyes que lo aprendió sin maestro, y el ing1és, con el ingeniero británico J. Ancell, nacido en Bilbao y profesor del Instituto Cántabro de Santander desde 1850 a 1860. El alemán fue el idioma que dominó más tardíamente.

    En abril de 1873 escribe el trabajo «Cervantes considerado como poeta», que leyó el 28 de dicho mes en el Ateneo de Barcelona. Este primer estudio, basado preferentemente en la crítica de La Numancia, fue publicado en 1874 y reimpreso posteriormente.

    Dos años más tarde envía a la Revista Europea (1875) su artículo «Noticias para la historia de nuestra métrica». escrito durante su veraneo en Santander.

    El joven Menéndez Pelayo comienza sus entrenamientos poéticos con traducciones de latín y griego, realizadas en gran parte entre 1875 y 1876. Estas traducciones, así como otras del francés, italiano, catalán y portugués, tenían el acierto de ser una inteligente versión española, que él interpretaba y repetía, a veces, en múltiples variantes. Sánchez Reyes dice que Menéndez Pelayo nació poeta. Helenista y latinista aventajadísimo, le llama el marqués de Valmar, quien, al poner de relieve en su carta-prólogo a don Juan Valera la identificación del erudito montañés con los clásicos, se refería de paso a cómo hacía éste gala de su paganismo literario y artístico. Sin embargo, no le faltaron a Menéndez Pelayo en esta ocasión, como en otras, impugnadores dispuestos a rebatir aspectos de su obra. Recuerdo, por ejemplo, una carta abierta, impresa y poco conocida, firmada con un pseudónimo, existente en el Archivo Histórico Provincial de Santander (1890), en la que el anónimo detractor puntualiza ciertos detalles de la Historia de los Heterodoxos, discutiendo algunas aseveraciones de don Marcelino y las traducciones de algunos textos. El escrito, de escaso interés por ser indudablemente de un resentido, al parecer personal culta, lo citamos únicamente como índice de los ataques que sufrió don Marcelino, cuya obra poética tuvo desde críticos laudatorios, hasta los eclécticos y detractores de sus poemas. Este fue el caso del leonés Antonio Valbuena, quien, en Ripios académicos (1890), se refirió a la poesía del montañés, a la que ridiculizó con más ironía que crítica objetiva, para lo que eligió algunos ejemplos •en los que aludía a sus ridículas aficiones paganas o se metía con las notas que ponía don Marcelino en sus poesías, terminando por reconocer que era un buen prosista, pero un mal poeta. El carácter humorista del escrito debió molestar al erudito montañés, al que atribuye Valbuena esta frase de réplica contra él: No escribiré la historia de la sátira en España, por no nombrarle, y se fastidiará porque yo dejaré treinta volúmenes y él dejará cuatro libelos ...

    Por la correspondencia cruzada entre Laverde y Menéndez Pelayo, sabemos que don Marcelino le pedía opinión sobre las traducciones que iba haciendo. Así, le dice éste en carta escrita el 10 de enero de 1875: Y a que usted acogió con tan excesiva indulgencia la traducción de la Primera elegía, de Titulo, le remito con ésta una imitación, que hice, a pocos días, del Himno a Grecia, que se lee en el Don Juan, de lord Byron. Como usted verá, aunque parece que está hecha en sáficos, hay muchos que no lo son. Pienso corregirla en este punto, así como procuraré allanar lo mejor posible sus muchas escabrosidades y no pocos defectos. En carta de contestación del 14 del mismo mes, Laverde le envía algunas enmiendas a la última poesía traducida, y así ocurre con otras muchas, sobre las que intercambian opiniones. Es también Laverde uno de los primeros en animarle a publicar en un tomo las versiones que venía haciendo.

    En agosto de 1874 tiene lugar una de sus primeras actuaciones públicas en Santander, que recogió El Aviso con una gacetilla aludiendo a la función dramática celebrada en honor del poeta Luis Eguílaz, en la que dice que leyó una composición el inspirado joven don Marcelino Menéndez Pelayo, escrita en verso de arte mayor y llena de bellísimos pensamientos. El público -sigue diciendo-colmó de aplausos al joven autor.

    Dos años más tarde, el mismo periódico publica la noticia de haber sido agraciado nuestro ilustre paisano y querido amigo con la distinción de individuo de la Academia Heráldico-Genealógica italiana de Pisa. Resulta curioso cómo, al realizar después don Marcelino la relación de méritos y servicios para la oposición a la cátedra de Literatura, en 1878, no se ~refiere para nada, por considerarla insuficiente, a su obra poética, aunque incluye otros trabajos .en preparación inéditos, y tampoco alude al diploma de Individuo de la Academia de Pisa, para subrayar únicamente que es Individuo Correspondiente de la Real Academia de Buenas Letras de Barcelona.

    Merece una mención aparte la poesía amorosa que cultivó en sus años mozos don Marcelino. Su primer amor, posiblemente platónico, al que llama símbolo elegido, fue una vecina suya, Isabel Martínez, hija del impresor Martínez, a la que conoció en 1872 y a la que canta con el pseudónimo de Belisa, sacado del anagrama de su nombre, hija, cual yo, de la Cantabria fuerte. Pero este amor no pasó de un discreto flirteo, aunque don Marcelino anduvo loco tras su vecina, la triste maga de los montes míos, / la de cerúleos, penetrantes ojos, / me atrajo en el arrullo de la brisa.

    A ella están dedicados los poemas A Epicaris, fechado uno en •Barcelona en 1873 y otros dos en Santander en 1874 y seis más que encabeza con las siglas A. l. M., compuestos •entr.e 11874 y 1876, Ella cantó -diría más tarde en otro poema- mis solitarias horas de escolar vagabundo.

    Su segundo amor, constituido en noviazgo, es su prima Conchita Pintado Llorca, una gaditana simpática y salerosa, hermosa cuando ríe, / hermosa cuando canta. En efecto, era su prima Concha una joven alegre, aficionada a la interpretación de canciones populares, zarzuela y ópera, con las que actuó en público en más de una ocasión. A ella dedicó su primo Estudios poéticos, donde figuran dos poemas fechados en 1878, año en que debió conocerla: «En el abanico de mi prima» y «A C ... ».

    Según Sánchez Reyes, en uno de los poemas inéditos, «A Epicaris», que estaba destinado a Isabel Martínez, al cambiar de amor don Marcelino, modifica el primer verso, que decía: Soñé, Belisa, en la ideal belleza, por Soñé, mi amada, en la ideal belleza.

    Don Marcelino conoce a su prima en Sevilla, y la acompañó en Santander durante algún tiempo. Pero no fue, por lo visto, muy constante en su amor, ya que al año siguiente rompe con ella, tal como lo refiere Fernando Fernández de Velasco en una carta, dirigida a su erudito paisano. Con motivo del traslado de la familia de su prima a Madrid, los dos enamorados se vieron con frecuencia, pero parece que el noviazgo no fraguó, en parte, debido a la intervención de la madre de la prometida.

    Concha Espina escribió, sin pretensiones biográficas, Una novela de amor (1953), .en la que reconstruye, basándose en algunos documentos, la historia novelada de este amor familiar. En la obra se reproduce una de las cartas del joven Marcelino, fechada •en Santander en septiembre de 1878, en la que reconoce su apasionado noviazgo: Todos saben aquí que tengo una novia ausente y que la adoro. Se cuenta que el joven Marcelino le ofrecía siempre que estaba con ella un ramo de heliotropos. En abril de 1880 escribe la canción titulada Sus ojos, dedicada al recuerdo de la voz primera que el amor declara.

    En ese mismo año aparece un nuevo amor, al que enmascara con el pseudónimo de Lidia, y a la que destina dos poemas: «A Lidia» y «Remember». Lidia fue, como las anteriores, una mujer de gran belleza, perteneciente a una familia ilustre y erudita, pero dotada de un temperamento un tanto coqueto y desdeñoso: Y ni el recio huracán de tus desdenes / podrá abatir el generoso tronco / de esta pasión que crece y se agiganta.

    Por estos años don Marcelino lleva una vida de sociedad muy intensa y agitada, referida en una carta de doña Emilia Pardo Bazán, momento en que conoce a numerosas mujeres del mundo intelectual y social madrileño. Antón del Olmet y G. Carrafa (1913) aluden a las condiciones personales del santanderino, que le daban cierto atractivo entre las mujeres. La opinión popular le atribuyó conquistas no despreciables y se sabe que mantenía correspondencia con admiradoras extranjeras a las que resolvía sus consultas bibliográficas. Según nos cuenta su •primer biógrafo, Bonilla San Martín, cuando joven, no le disgustó, sin embargo, la sociedad: frecuentaba los bailes de la condesa de Villalobos, madre del actual marqués de Cerralbo, asistía a las tertulias de Fernández-Guerra, del marqués de Valmar y del marqués de Heredia, comía y almorzaba en diversas casas (entre ellas en el palacio de la duquesa de Alba y en casa de la marquesa de Viluma). Su hermano Enrique refiere también los numerosos compromisos de la vida de sociedad que tenía en Madrid y su asistencia a bailes y saraos. Aquella vida madrileña de don Marcelino, un tanto bohemia y ajena a sus intereses intelectuales, desagrada a Pereda, quien le llama la atención, tal como lo referiría en julio de 1880 en una carta a Gumersindo Laverde. Tras relatarle a éste las incidencias de los numerosos compromisos de Menéndez Pelayo, le escribe: Tal es su vida ordinaria en Madrid. Asombrado yo de conocerla, tuve con él una larga conferencia sobre el particular, y hasta llegué a ponerme serio, hablándole sin miramientos ni contemplaciones. Recibió el sermón con toda la apetecible docilidad, pero sin el menor vislumbre de arrepentimiento. Dice que es desordenado por naturaleza, y sobre todo que «eso hace Valera», a quien por las trazas ha tomado por modelo. En efecto, Valera, a quien eligió como ejemplo de relaciones sociales, defendió poco después, creemos que con razón, el derecho que tenía un hombre joven, como Marcelino Menéndez Pelayo, a gozar de la vida y divertirse, sin abandonar por ello su constante dedicación intelectual. Así le escribe Valera en carta al excelentísimo señor don Leopoldo Augusto de Cueto, marqués de Valmar, prologuista de los Estudios poéticos del santanderino: El señor Menéndez es un mozo de veintidós a veintitrés años, muy estudioso y aplicado, con más trato de libros que de mujeres, y con más afición al estudio que a los deportes; mas no por eso deja de ser joven, deja de ser artista y poeta, y deja de amar la hermosura de este universo visible, del cual es compendio y bellísimo resumen la criatura humana, con su alma y con su cuerpo, tal como Dios lo ha formado.

    Como era de suponer, los amores del montañés con Lidia no fueron muy prolongados, dado su carácter tan diferente al de Menéndez Pelayo, y en 1881 es abandonado por la voluble joven. A •ello se refiere entristecido y molesto don Ma11celino cuando le escribe el 20 de septiembre de 1881 a Valera: Estoy muy malhumorado y ¿por qué no he de confesar a usted la causa? Lidia, conforme a la inconstancia de su natural condición, acabó por cansarse • de mí (ya hace meses) y después de mil embrollos y farándulas, me dejó a todo punto, para irse con otro o con otros. Yo que había cometido la sandez de enamorarme perdidamente de ella, hice los imposibles por retenerla. Con esto, nos fuimos agriando: díjele cosas durísimas, aunque merecidas, y de todo ello resultó el quedar reñidos (pienso que para siempre), y reñido yo también con todos los de su casa ...

    En su larga composición «Diffugere nives ... », una de las mejor.es a gusto de Bonilla, escrita en abril de 1881, alude a su lucha contra la inconstancia femenil, motivo de sus pesares de amante enamorado. Suponemos que el poema amoroso «A Aglaya» (Aglae fue una de las tres Gracias), escrito en enero de 1882, está destinado también al recuerdo de la cicatriz que le dejó Lidia. Amor amargo que resurge, con moraleja, en «El pája110 de Aglaya», escrito en 1887.

    Este hombre, precoz en todo, lo fue también en su proceso biológico. Todavía joven, su soltería y abandono le llevarían a una prematura senectud. Por una carta de Unamuno a Pedro Mugica, sabemos que a los 39 años estaba hecho una ruina, avejentado y con un gran descuido de su persona .

    El tercer aspecto de la contribución poética de Menéndez Pelayo estuvo dedicado a los temas de su tierra nativa y de sus amigos montañeses. Nada de extraña tiene esta elección, en quien fue un enamorado de Santander, presto a cambiar cualquier panorama por los aires de su ciudad, donde muchas veces pensó retirarse para dedicarse únicamente al estudio en su Biblioteca. Así lo expresó en su testamento al legar todos los libros y el edificio al excelentísimo Ayuntamiento por gratitud a la ciudad de Santander, mi patria, de la que he recibido durante toda mi vida tantas muestras de estimación y cariño.

    En este grupo puede incluirse «Carta a mis amigos de Santander», escrita con motivo de haberle éstos regalado la Biblioteca Graeca de Fermín Didot.

    En este mismo sentido se encuentra «La galerna del Sábado de Gloria», una de sus mejores poesías, según los críticos, y que todavía tiene resonancias entrañables en los oídos montañeses. Más de 107 pescadores perecieron en Santander aquel 20 de abril de 1878, tragedia cuyos pormenores y proyección literaria ha estudiado Ignacio Aguilera con el título de «Rastro literario de una tragedia marinera».

    A sus amigos montañeses dedicó algunas composiciones: «Los siete de Tebas» , a la memoria de Amós de Escalante, y a Ganuza, la traducción de la Egloga VIII de Virgilio, titulada «•La Hechicera». Para la mujer de su amigo Pereda compuso unos versos en el abanico, tal como era costumbre de la época.

    En esta misma línea de aprecio, estudió a los poetas montañeses desde Rodrigo de Reinosa, Antonio Fernández Palazuelos y Evaristo Silió hasta Amós de Escalante.

    La valoración poética de Menéndez Pelayo se nos ocurre que está pendiente de una certera revisión, y tal vez su numerosa producción escrita y el hecho de tener una obra en prosa destacada hayan sido los motivos de la escasa mención que se hace de él en las antologías poéticas españolas. Es curioso cómo los primeros en fijarse en esta aptitud .del escritor santanderino fueron extranjeros. El propio Menéndez Pelayo, en carta dirigida a Unamuno en 1902, con motivo de seleccionar aquellos escritos que debían figurar en una Antología de G. Arturo Frontini, de Catania, al referirse a su obra poética, nos dejó el índice de su estima personal expresada humildemente en estos términos: Si de versos se trata, pudiera ponerse alguna composición amorosa (con preferencia la titulada «Nueva primavera»), o bien la «Elegía a la muerte de un amigo», o la «Epístola a Horacio».

    En la actualidad, los críticos coinciden en señalar la profunda vinculación de su poesía con los clásicos antiguos, y así, Dámaso Alonso (1956) dice de la «Epístola a Horacio» que es modelo de afirmaciones clasicistas. Valbuena Prat (1957) se refiere igualmente a su horacionismo y a su exceso de clasicismo. Díez Echarri y José María Roca (1966), si bien le conceden un gran crédito como poeta, señalan como defecto la interferencia casi continua del erudito en la zona del poeta. Por su parte, el historiador de la poesía montañesa, Miguel Ángel de Argumosa
    (1964), opina que don Marcelino tuvo mayor acierto como traductor que como poeta original. José María de Cossío (1947) atribuye a su poesía un indudable arranque romántico, dotado, sin embargo, de cierto énfasis retórico. Finalmente, Torrente Ballester (1965) insiste en el carácter de poesía histórica y en la idea erudita que tenía acerca de la producción poética. En definitiva, resalta la poesía de Menéndez Pelayo por su imitación del mundo de los clásicos, que conocía perfectamente y en el que se inició poéticamente mediante traducciones, y que impregna toda su obra por demasía, incluso cuando tiene un carácter espontáneo y amoroso. Su elaboración le aparta de la poesía tradicional española y le muestra como un poeta intelectual, de belleza sensible y fría, como los monumentos antiguos, poesía apartada cada vez más del gusto popular que llevó a la mayor consideración a Rosalía de Castro y a Bécquer, a los que el crítico y erudito montañés o ignoró o no supo captar en su verdadero alcance poético. De aquí que la poesía de don Marcelino tenga un carácter restringido, y aparte de constituir una muestra de su sensibilidad, debe considerarse como un interesante complemento de su otra producción creativa original.


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    Mensaje por Amalia Lateano Sáb 13 Ago 2022, 10:59

    “Donde no se conserva piadosamente la herencia de lo pasado, pobre o rica, grande o pequeña, no esperemos que brote un pensamiento original ni una idea dominadora. Un pueblo nuevo puede improvisarlo todo menos la cultura intelectual. Un pueblo viejo no puede renunciar a la suya sin extinguir la parte más noble de su vida y caer en una segunda infancia muy próxima a la imbecilidad senil.”

    Marcelino Menéndez y Pelayo

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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 14 Ago 2022, 01:56

    Se echaba en falta en GRANDES ESCITORES la figura de M.M.P CUMBRE DEL CONOCIMIENTO POÉTICO EN NUESTRA LENGUA, Y CON UNA OBRA POÉTICA PROPIA INESTIMABLE.
    ALABO TU ELECCIÓN.

    Todo mi apoyo querida amiga.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 01:57

    Amalia, darte las gracias es lo que corresponde, por acompañarnos en este espacio, que enriquece y además se disfruta.
    Saludos, amiga.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 02:00

    Pascual, sabes que eres quien anima y me invita a querer saber un poco más cada día, con cada autor, que aunque conozca por su nombre, nunca he llegado a saber más de lo que necesité en el momento. Descubro en poesía y gracias a ti, mucho más de lo que imagino siempre.
    Gracias y vamos a continuar, hay materia suficiente como para; no parar, jeje.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 02:03

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).




    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo


    Soneto

    ¡Salve, titán de la cerúlea frente,
    Sobre el materno piélago dormido;
    De tu férrea garganta amo el rugido,
    Amo la espuma de tu faz hirviente!

    A tus arrullos despertó mi mente,
    Mi primer llanto resonó en tu oído,
    Eduqué con tu indómito alarido
    Mi brava condición y ánimo ardiente.

    Mas ni el fragor de tus tormentas calma
    Esta pasión que vencedora rige
    Mi fe, mi corazón y mi albedrío,

    Ni darán tus sonrisas paz al alma,
    Hasta que en ti sus claros ojos fije
    La eterna luz del pensamiento mío.

    Poema "Soneto" de Marcelino Menéndez y Pelayo



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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 02:03

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).




    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Roma

    ¡Y nada respetó la edad avara...
    Ni regio pueblo ni sagradas leyes!
    En paz yacieron extranjeras greyes
    Do la voz del tributo resonara.

    No hay del triunfador por gloria rara
    Siguen al carro domeñados reyes,
    Ni de Clitumno los hermosos bueyes
    En la pompa triunfal marchan al ara.

    Como nubes, cual sombras, como naves
    Pasaron ley, ejércitos, grandeza...
    Sólo una cruz se alzó sobre tal ruina.

    Dime tú, oh Cruz que sus destinos sabes:
    ¿Será de Roma la futura alteza
    Humana gloria o majestad divina?


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 02:05

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).




    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo



    En el abanico de la mujer de Pereda

    Por el perfume de azahar difuso,
    El naranjo escondido se revela;
    El pebetero con olor profuso,
    Denuncia los tesoros que en sí cela;
    El alma donde Dios su huella impuso
    A otra alma rige y en sus obras vela;
    Si en sus obras hay luz, paz y hermosura,
    Es porque emanan de otra luz más pura.



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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 02:06

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).




    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    En el álbum de la Duquesa de Villahermosa

    Con larga mano te otorgó, señora,
    Virtud, gracia y nobleza el alto cielo;
    Es tu casta hermosura rico velo,
    Digno del alma regia que atesora.

    Tú del místico fuego guardadora,
    Del desvalido perenal consuelo,
    Pasas haciendo bien por este suelo:
    La santa caridad tu techo mora.

    Prez y decoro de tu estirpe clara,
    Luz de tu esposo, gloria de tus lares
    Más que por tiembres cien, por ti soberbios.

    El sabio Salomón te comparara
    A la amante mujer de los Cantares,
    A la fuerte mujer de los Proverbios.




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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 14 Ago 2022, 02:06

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).




    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo



    Soneto-dedicatoria

    A ti, de ingenio y luz raudal hirviente,
    De las helenas Gracias compañera,
    De mis cantos daré la flor primera:
    Gane hermosura al adornar tu frente.

    No de otro modo en bosque floreciente
    Rudo y sin desbastar el leño espera,
    O el mármol encerrado en la cantera,
    El sabio impulso de escultor valiente.

    Llega el artista, y la materia rinde;
    Levántase a forma vencedora
    Del mármol que el cincel taja y escinde.

    Corra, en la piedra, de la vida el río;
    Tú serás el cincel, noble Señora,
    Que labre el mármol del ingenio mío.



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 00:50

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo



    A ...

    ¡Ojalá cada sol que te amanezca
    Aún más hermosa y más feliz te mire!
    ¡Nunca tu frente oprima
    El demonio tenaz del pensamiento,
    Ni blando rostro, halagadora risa,
    Hielen en ti la flor del sentimiento!
    No llorarás por ti, serás dichosa;
    Mas no a la compasión tu ánimo cierres,
    Porque en llorar con el dolor ajeno
    Hay alto y melancólico placer.




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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 00:51

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Nueva primavera

    Brote del labio lo que el pecho siente;
    Rompa su cárcel el interno fuego
    Que nutrí con amor por tantos días,
    Y devorando hasta el postrer rastrojo
    Del seco campo de mi amor perdido,
    Inflame el pensamiento
    Con nueva luz, de dichas precursora,
    Y el mundo del espíritu convierta
    En realidad radiante de hermosura.

    ¡Cuánto tiempo pasó, sin que lograsen
    En el centro del alma resonancia
    Los himnos del placer y de la vida!
    Y en la región de sombras encantadas
    Y de flotantes sueños y quimeras,
    ¡Cuánta niebla veló la alzada cumbre!
    ¡Qué brava tempestad tronchó las flores!
    ¡Cómo enturbiaba su caudal el río!

    Hoy siento que la vida
    Llama a mis puertas en alegre coro;
    Hoy reverdece mi esperanza muerta,
    Hoy se agolpa en tropel mi hirviente sangre
    Por un filtro genial vigorizada;
    Hoy tienen para mí caricias nuevas
    Las fuentes y las auras y las flores;
    Hoy despierta mi espíritu abatido,
    Más fuerte tras el duelo y la derrota,
    Como retoña secular encina,
    Cobrando esfuerzo doble
    Del hierro mismo que mutila el tronco.

    Dejadme bendecir la mano amiga
    Que limó mi asperísima cadena;
    Si aire de libertad de nuevo inunda
    Mis sedientos pulmones,
    Si aún puedo levantar la hundida frente,
    Si aún soy señor de mí, dádiva es suya;
    Suyo el recio valor que ella me infunde
    Con la miel de sus labios persuasivos,
    Y con el blando, irresistible freno
    De su elocuente y clara inteligencia;
    Ella me rescató, por ella aliento;
    Dejadme que la rinda
    Como triunfal despojo mi albedrío.

    Nunca amé de esta suerte; ¿y quién negara
    Admiración y amor a su hermosura?
    Belleza no de estatua
    En su divinidad alta y serena,
    Mármol que extingue en castas desnudeces
    El más osado impulso del deseo,
    Sino belleza irresistible, humana,
    Que no impera tan sólo
    En las líneas del torso peregrino.
    Ni se detiene en la gentil cabeza,
    Ni en los anillos de la forma muere;
    Halago que traspira
    De su voz, de sus ojos, de sus venas,
    De las místicas rayas de su mano
    Y aun del ambiente mismo en que se mueve.

    ¡Oh, cuántos años de mi vida diera
    Por respirar tan encantado aroma,
    Por vivir de esa luz y de ese fuego!
    ¡Quién confundiera nuestras vidas juntas
    Como dos gotas de la misma fuente,
    Como dos cuerdas de la misma lira!
    ¡En su cauce orgulloso
    Cuál resonara el pensamiento mío,
    Si a acrecentarle con amor bajaran
    De su espíritu egregio los raudales!
    ¡Qué mundos se abrirían
    Ante mis ojos en los ojos suyos!
    De oro y azul estancias fabulosas,
    Nunca soñadas de alarife moro,
    Alcázares de gnomos y de silfos,
    Escondidos talleres
    Donde el martillo de los genios suena,
    Trémulos lagos donde hierve el oro,
    Y un sol que centuplica sus ardores
    Sobre el mezquino sol de nuestra esfera,
    E infunde en nueva tierra y nuevos cielos
    Una oculta virtud germinativa,
    De nueva creación producidora.

    Y a la luz de ese sol yo acertaría
    A perpetuar tu nombre en mis cantares,
    Cual hembra castellana
    Nunca ensalzada fue, como aún respiran
    Las doctas hijas de la antigua musa,
    Como en Tibulo, Némesis y Delia,
    Como en Horacio, la gentil Glicera...
    ¡Ven a alumbrar mis vigilantes horas,
    A ser la sal de mi desierta mesa!
    Te contaré mil fábulas sagradas
    De amores de los hombres y los Dioses,
    Cuanto tejió la griega fantasía
    En la serena juventud del mundo,
    Hasta que al suave y poderoso halago
    De tanta juventud y tanta vida,
    Sientas hervir tu sangre generosa
    Caldeada por la llama del deseo.



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 00:52

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo



    A Lidia

    Almas afines hay; bésalas Jove,
    Y las manda a la tierra con el sello
    De divina hermandad. Si no se encuentran,
    Largo gemido y sempiterno lloro
    Es su vida mortal. De vanos sueños
    Se enamoran tal vez; el aire abrazan,
    Y entre el error y la esperanza viven.
    Una forma, una línea o un sonido
    Les trae el eco de su dulce hermana,
    Sombra falaz que sujetar ansían,
    Y que cual humo leve desparece
    En la nocturna lobreguez. La idea
    Del vago bien, la forma no encarnada,
    Místico amor, reminiscencia acaso,
    Vive inmortal en la memoria suya,
    Y es tormento no más. Al rudo soplo
    Muere extinta la llama creadora,
    O a sí propia se abrasa. Desfallece
    La inspiración; cual Tántalo sediento,
    El alma anhela las eternas aguas,
    Que huyen del seco labio burladoras,
    O quiere, como Sísifo, en la cumbre
    Parar la piedra que hasta el fondo rueda.
    ¡Vano anhelar! la trama de su vida
    Nadie logra romper; nadie separa
    Los negros hilos de las blancas hebras.

    ¡Y qué blancas tal vez, si encuentra el alma
    Su inmortal, peregrina compañera,
    Eco perdido de su voz, reflejo
    De su hondo pensamiento enamorado,
    Que en ella se depura y enaltece,
    Y medra en esplendor y en hermosura,
    Y comprende en altísima manera
    La cifra de lo hermoso y lo perfecto!
    Entonces, a la lucha de la vida
    Firme desciende el vigoroso atleta,
    Y ni el rumor de populares armas,
    Ni la faz del tirano, ni las olas
    Del velívolo mar, ni el duro ceño
    De la rígida ciencia le intimidan.
    Lo que antes era mármol, blanda cera
    Bajo sus manos es, y le obedece
    Cual dócil sierva la palabra; rinde
    La materia a sus pies, domeña el mundo,
    Y es rayo en la tribuna y en las lides,
    O circunda su frente vencedora
    El lauro de las hijas del Permeso.

    Bañarse en la corriente de la vida,
    La tela trabajar del pensamiento,
    Cuando hay un alma que a la nuestra sigue
    Y con nosotros el bordado trama,
    Hilos de amor mezclando a la madeja;
    Arrancar de sus labios tembladores
    La frase a medio hacer, envuelta en risa;
    Aprender en la lumbre de sus ojos
    Lo que nunca en las áridas escuelas,
    Altísima de amor filosofía;
    Y en su gallardo cuerpo ver cifrados
    La luz, el movimiento, la elegancia,
    La quintaesencia del arcano ritmo,
    Es gozar y es vivir.

    ¡Oh, cuántas veces
    La triste maga de los montes míos,
    La de cerúleos, penetrantes ojos,
    Me trajo en el arrullo de la brisa,
    O en el clamor de mi natal ribera,
    Su peregrina voz! ¡Cuántas su forma
    Vi dibujarse en el tendido cielo,
    O surgir de las ondas inclementes
    De nuestro mar, en moribunda tarde!
    ¿Era la antigua helénica sirena,
    Del golfo siciliano desterrada,
    Para amansar con dóricos cantares
    Al britano argonauta? Yo sentía
    Gigante anhelo por asir la Diosa,
    Cual a Juno Ixión; mas, como Juno,
    Siempre la Diosa en nube se tornaba.
    Y un sueño la juzgué, mas no era sueño;
    Que en otras playas, en región distante,
    Su huella descubrí, y en la alta noche
    La vi pasar ceñida de hermosura,
    Bajo el sereno azul partenopeo,
    O en las bátavas nieblas reclinada.
    Ella encantó mis solitarias horas
    De escolar vagabundo. Ora la encuentro,
    Y no velada en misterioso enigma,
    Mas plástica y radiante. Eres aquella
    Que yo soñé, dulcísima señora,
    Risa perpetua, omnipotente gracia;
    Es de Diosa tu andar, mora en tus labios
    La grata persuasión, rige tu mente
    La Urania Venus con lazada suave
    De inmortal secretísima armonía,
    Que rica por tus miembros se difunde.
    No fue tan grácil la veloz Camila,
    Sobre intactas espigas revolando;
    Y el lauro del ingenio te otorgara
    La misma de Sinesio profesora,
    Decoro y flor y luz de Alejandría.

    No rondaré sin tregua tus umbrales,
    Haciendo resonar en tus oídos
    El ya enojoso, por cantado a tantas,
    Himno de amor. En el misterio vive
    Y del profano vulgo se recata
    Este mi oculto deleitoso fuego.
    Ayúdale a crecer; nunca los ojos
    Que tan alto tesoro ávidos celan,
    Sorprenderán mi amor en mi semblante,
    Ni juntaré mi voz a la alabanza
    Que de ti en torno sin cesar resuena;
    Y me verás indiferente, mudo,
    Reprimiendo la férvida palabra
    Que de mis labios escaparse quiere.
    Mas ¡cuántas cosas te diré al oído,
    Si quieres escucharme sin enojos!
    Escúchame, señora, que es mi alma,
    Si tormentosa como el mar bravío
    Que de mi cuna los peñascos bate,
    Dura y tenaz y firme y resistente
    Cual la honda raíz de mis montañas;
    Y ni el recio huracán de tus desdenes
    Podrá abatir el generoso tronco
    De esta pasión que crece y se agiganta,
    Firme como el Titán en su caída.
    Puede el cierzo doblar el leve mirto,
    Y de su pompa y su verdor privarle;
    Mas al roble, monarca de las selvas,
    Sólo el rayo del cielo le derriba,
    Sólo en lid secular le doma el tiempo.




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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 00:53

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    El Oarystis

    LA DONCELLA Robó un pastor a la prudente Elena.
    DAFNIS Yo gocé de otra Elena el dulce beso.
    DONCELLA No te jactes, pastor, el beso es vano.
    DAFNIS En vanos besos hay dulce deleite.
    DONCELLA Tu beso borraré, lavo mi boca.
    DAFNIS ¿Tu boca lavas? Besaré de nuevo.
    DAFNIS No te envanezcas; que cual sueño leve
    Pasa la flor de juventud lozana.
    DONCELLA También se estiman las pasadas uvas;
    Aún es fragante la marchita rosa.
    DAFNIS Ven a la sombra, mis palabras oye.
    DONCELLA Son engañosas tus palabras dulces.
    DAFNIS Ven a los olmos, tañeré mi flauta.
    DONCELLA No me deleitan, como a ti, sus sones.
    DAFNIS Virgen, las iras de Afrodita teme.
    DONCELLA Si ella me prende, auxiliárame Diana.
    Detén la mano, o morderé tus labios.
    DAFNIS Nadie de Amor a libertarse alcanza.
    DONCELLA Juro por Pan que burlaré sus flechas.
    ¿Pero aún insistes en ponerme el yugo?
    DAFNIS Temo que Amor a otro varón te entregue.
    DONCELLA Mil me anhelaron, pero a nadie quise.
    DAFNIS Yo sólo vengo a conquistar tus dones.
    DONCELLA Grande dolor encerrarán las bodas.
    DAFNIS Ningún dolor, mas juegos y alegría.
    DONCELLA Siempre al marido temblará la esposa.
    DAFNIS Es de la casa y del marido reina.
    DONCELLA Del parto temo los dolores graves.
    DAFNIS ¿Pues no te ampara la genial Lucina?
    DONCELLA ¿Y tras el parto la hermosura queda?
    DAFNIS Ella de nuevo nacerá en tus hijos.
    DONCELLA ¿Qué me darás en opulenta dote?
    DAFNIS Bosques, ganados, abundosos pastos.
    DONCELLA No abandonarme, por los Dioses jura.
    DAFNIS Por Pan lo juro, seguirete aunque huyas.
    DONCELLA ¿Tálamo harás en la paterna casa?
    DAFNIS Y establos llenos de balantes greyes.
    DONCELLA Mas ¿qué decir a mi amoroso padre?
    DAFNIS Mi nombre dile, gustará del yerno.
    DONCELLA Dime tu nombre, agradarame acaso.
    DAFNIS Dafnis, de Lycas y de Nomis hijo.
    DONCELLA Soy bien nacida como tú, boyero.
    DAFNIS Menos ilustre, de Menalcas hija.
    DONCELLA Muéstrame el bosque y los establos pingües.
    DAFNIS Ven do floridos los cipreses se alzan.
    DONCELLA Paced, cabrillas, miraré sus campos.
    DAFNIS Toros, paced, mientras mis campos mira.
    DONCELLA Sátiro, para la atrevida mano.
    DAFNIS Quiero coger las ya maduras pomas.
    DONCELLA Tiemblo... ¡Por Pan!... Perezco... Desdichada...
    DAFNIS Di, ¿por qué tiemblas, de mis ojos lumbre?
    DONCELLA La tierra mancha mi ligera veste.
    DAFNIS Blando vellón sobre la tierra pongo.
    DONCELLA ¿Por qué desatas la virgínea zona?
    DAFNIS En sacrificio a la de Chipre Reina.
    DONCELLA Oigo rumor... Se acercarán al bosque.
    DAFNIS Son los cipreses, que tus bodas cantan.
    DONCELLA ¿Cómo mi velo desgarraste, aleve?
    DAFNIS Otro más rico te daré mañana.
    DONCELLA No cumplirás lo que prometes hora.
    DAFNIS ¡Alma te diera y corazón y sangre!
    DONCELLA Perdón, Artemis; ¡sucumbió tu ninfa!
    DAFNIS A ti una vaca inmolaré, Cipriota.
    DONCELLA Doncella vine... Y tornaré a mi casa...
    DAFNIS No ya doncella, mas esposa... Y madre.
    Así dijeron con susurro leve
    Entrambos pastorcillos sus amores,
    Y abandonando su furtivo lecho,
    Tornó a sus cabras la gentil zagala,
    Alegre el corazón, roja la frente;
    Dafnis contento se volvió a sus toros.




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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 00:55

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Sus ojos


    Cien veces los miré, mas nunca supe
    Cuál era su color; fijos los míos
    En su lumbre, contentos se anegaban,
    Y al parecer veïan;
    Pero el alma sedienta penetraba,
    A través de las formas veladoras,
    En busca del recóndito sentido,
    Como busca el teósofo,
    Signada en piedras, plantas y metales,
    La huella del Señor; letras quebradas
    Que anuncian su poder; cifra del nombre
    A lengua terrenal siempre vedado.
    No sé si azules son, garzos o negros.
    Quede a vulgares ojos
    El reflejar la luz del mediodía,
    De bullidores átomos enjambre,
    O la niebla del norte,
    De graves pensamientos compañera,
    Y de recio sentir inspiradora
    Porque en los ojos de la amada mía
    No se reflejan las terrenas cosas,
    Sino sus arquetipos,
    De perfección radiantes y hermosura,
    Y aquella luz más alta e increada
    De las puras ideas.

    Ideal de virtud, de ciencia y gloria,
    Sueños alegres de mi mente joven,
    Visiones del Cantábrico Oceano,
    Roto jirón de niebla,
    Que en las tardes de otoño me traías
    Mil vagas sombras y flotantes coros,
    Por divina manera congregando
    Lo que en los libros vi bullir y alzarse,
    Lo que difuso en la materia vive,
    Y aquella esencia más sutil y pura
    Que sobre la materia y sobre el libro
    Mi espíritu insaciable adivinaba.

    Ella en tus ojos arde,
    Ignota al vulgo, pero a mí patente;
    Por eso, al contemplarlos,
    No vi el color ni percibí la línea,
    Y me embriagué de célica hermosura,
    Y sentí rumor de alas
    Que, en torno a mi cabeza,
    El demonio socrático movía.

    En otros ojos leo
    La historia del amor en cifra breve;
    La blanda luz de la pasión que nace,
    Y las serenas horas
    En que dos almas, sin hablar, se entienden;
    La interna llama que potente cruje,
    Y arde en las venas y a la lengua asoma;
    El hervidor afán, la inquieta mente,
    La voz primera que el amor declara,
    Alma con alma confundidas luego,
    Y al fin la negra sombra
    Que envuelve al alma viuda y desolada,
    Al espirar de la ruidosa tarde.

    Pero en los tuyos, el amor perenne,
    Algo que en mí despierta
    Mezcla de amor y religioso culto,
    Cielo sin nubes, devoción tranquila,
    Que a recordar me lleva,
    No ya la vida exuberante y varia
    Que brota de los pechos inexhaustos
    De la madre común Naturaleza,
    Perpetua en el mudar de sus amores,
    Sino la sacra y mística Teoría
    Que forman las ideas
    Eternas, inmutables,
    Girando en torno a la Verdad Suprema.

    Y no sólo la flor de la hermosura
    En ti difunde su sagrado aroma;
    No sólo me apareces
    Una en la esencia, en formas inexhausta;
    No sólo se revisten
    En ti de gallardísima figura,
    De nueva claridad por ti bañadas,
    Las hijas de mi indócil fantasía:
    Ora la noble dama montañesa
    Su palafrén rigiendo,
    Para imponer al valle su tributo;
    Ora la ninfa griega
    Que anima el soto y en la fuente ríe,
    O hace correr la savia
    Por el tronco gentil a que se enreda,
    Del prolífico amor presa y vencida;
    Sino que el rayo de tus dulces ojos
    Es impulso inicial de mi albedrío,
    Germen de soberanas fantasías,
    Alto señuelo a mi ambición de fama,
    Horno do se caldea
    El metal en fusión del pensamiento,
    Piedra quilatadora
    Donde el sentir y el entender se prueban;
    Raudal de frescas aguas
    Que dan entendimiento de hermosura.
    Quien aplicó su labio a tal corriente,
    ¿Qué sabor no hallará triste y amargo?
    ¡Cieguen los ojos que tu rostro vieron,
    Si han de mirar de otra mujer los ojos!





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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 01:37

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Elegía


    ¿Por qué dicen, señora,
    Que es el dolor la tierra conquistada
    Por el moderno reflexivo numen?
    ¿No hay lágrimas de ardiente poesía
    Hasta en el polvo más menudo y leve
    De los sagrados mármoles de Atenas?
    Hoy mismo, ¿quién podría
    Llenar las soledades de tu alma,
    Con voz más empapada de consuelos,
    Que la solemne voz medio cristiana,
    Présaga del dolor de otras edades,
    Con que Menandro repitió en la escena:
    «Joven sucumbe el que los Dioses aman?»

    Le amaron... Sucumbió... ¡Triste destino,
    Nunca cual hoy profundo y lastimero!
    No sé qué vaga nube,
    De futura tormenta anunciadora,
    Cubrió mi frente, al encontrar perdida,
    De un escoliasta en las insulsas hojas,
    Esa eterna razón de lo que muere
    Antes de tiempo y sin sazón cortado.
    ¿Te acuerdas? Otro día
    La vimos centellar con luz siniestra
    En el canto purísimo y sombrío
    Del amador toscano de la nada,
    Que en versos no entendidos
    Del vulgo vil, y a espíritus gentiles,
    Como el tuyo, señora, reservados,
    La secreta hermandad te descubría
    Del amor y la muerte.

    Acaso tú su altísimo sentido
    Con entrañas de madre penetrabas;
    Yo acaso me creía,
    Con infantil y amarga vanagloria,
    Digno de las recónditas caricias
    Que halagan al amado de los Dioses
    En el tálamo excelso de la muerte;
    Abrazos regalados,
    Cual no los dio jamás mortal alguna;
    Besos que infunden en los labios fríos,
    No eterno anhelo, mas el goce eterno
    De otra inmortal, fecunda primavera,
    Rica de nueva flor y granos de oro.

    ¡Dichoso aquel que cuando joven muere!
    Signo de alta fortuna
    Lleva en su noble, inmaculada frente;
    El sol de la existencia sin ocaso
    Le nutre con su luz irrestañable;
    El fango de la tierra
    No salpica el laurel de su corona,
    Ni el sueño inquietarán de su ceniza
    Gárrulas voces de enemigo bando;
    Cuando él no viva, su menor despojo,
    Su pensamiento apenas germinado,
    La impalpable semilla de su idea,
    Lo que anheló y vivió, lo que, soñaba,
    De lengua en lengua correrán gloriosos,
    Materia a ser de admiración y llanto.
    Nadie envidia la flor, muchos el fruto.
    ¡Dichoso aquél que cuando joven muere!
    ¿Cómo apartar de mi tenaz memoria
    La tarde en que le vi por vez postrera?
    El velo de la muerte
    Que iba envolviendo su gentil semblante;
    La fiebre, que sus huesos,
    Cual indómito monstruo, contundía;
    El rápido corcel del exterminio
    Volando por su sangre generosa;
    El flaco respirar del pecho herido,
    Que ya por otras auras anhelaba,
    Y el tibio fulgurar de aquellos ojos
    Profundos y serenos,
    Que hablarme de otro mundo parecían,
    Cual lámpara de mago
    Que a lo más hondo del santuario lleva
    Y hace patente su riqueza arcana,

    ¡Tan joven, y tan dulce, y tan discreto!
    Quizá tú soñarías
    Con verle domeñar en la carrera
    Del potro ibero la indomada espalda,
    O en ruda caza fatigar los montes
    O en el ardua palestra
    Mover con arte el ya robusto brazo,
    Al sudor noble de las armas hecho;
    O ya en más alta empresa,
    Rendir con tierno y laborioso halago,
    De la Memoria a las esquivas hijas,
    Siguiendo fiel el rastro luminoso,
    Que en torno de él trazaban
    Las cariñosas familiares sombras
    Del moro vengador de su linaje
    Y el penitente Edipo castellano.

    Y quizá soñarías
    Aplausos, y victorias, y loores,
    Y el tronco de su estirpe,
    Por él con nuevas y pujantes ramas
    De perenne verdor engalanado...
    ¡Alégrate, señora,
    Que aún fue mejor su venturosa suerte!
    Intacto lleva a Dios su pensamiento;
    No deja tras de sí recuerdo impuro,
    Y ni la envidia misma
    Puede clavar en él la torpe lengua.
    Blanco de ciega saña
    Nunca se vio, ni de traición aleve,
    Ni, rota el ara del amor primero,
    Halló trivial lo que juzgó divino...
    Acá le llorarán; allá en el cielo
    Árbol será firmísimo y lozano
    Lo que era germen en la ingrata tierra.
    Yo le envidio más bien. ¡Qué hermosa muerte!
    ¡Qué serena agonía,
    Cual sintiendo posarse
    Los labios del arcángel en sus labios!
    ¡Morir no en celda estrecha aprisionado,
    Sino a la luz del sol del mediodía,
    Y sobre el mar, que ronco festejaba
    El vuelo triunfador del alma regia
    Subiendo libre al inmortal seguro!
    ¡Morir entre los besos de su madre,
    En paz con Dios y en paz con los humanos,
    Mientras tronaba desde rota nube
    La bendición de Dios sobre los mares!






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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 15 Ago 2022, 03:55

    ¡Salve, titán de la cerúlea frente,
    Sobre el materno piélago dormido;
    De tu férrea garganta amo el rugido,
    Amo la espuma de tu faz hirviente!

    A tus arrullos despertó mi mente,
    Mi primer llanto resonó en tu oído,
    Eduqué con tu indómito alarido
    Mi brava condición y ánimo ardiente.

    Mas ni el fragor de tus tormentas calma
    Esta pasión que vencedora rige
    Mi fe, mi corazón y mi albedrío,

    Ni darán tus sonrisas paz al alma,
    Hasta que en ti sus claros ojos fije
    La eterna luz del pensamiento mío.

    Los maestros se presentan con sus propios verso... Aunque Don Marcelino tenga una obra excepcional LOS CIEN MEJORES POEMAS EN LENGUA CASTELLANA... que era el que yo conocia hace mucho tiempo ( y alguna epístola). Ahora prometo seguirte para conocer más

    ATENCIÓN: SEGUIRTE DESPACIO.

    Nuevamente gracias. Besos.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 23:36

    Lo siento, amigo, pero el titulo a la mayor lentitud lo tengo yo, jeje.
    Gracias y sé que estás.
    Besos y continuamos.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 23:38

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    La galerna del sábado de gloria


    Puso Dios en mis cántabras montañas
    Auras de libertad, tocas de nieve,
    Y la vena del hierro en sus entrañas.
    Tejió del roble de la adusta sierra
    Y no del frágil mirto su corona;
    Que ni falerna vid ni ático olivo,
    Ni siciliana mies ornan sus campos,
    Ni allí rebosan las colmadas trojes,
    Ni rueda el mosto en el lagar hirviente;
    Pero hay bosques repuestos y sombríos,
    Misterioso rumor de ondas y vientos,
    Tajadas hoces, y tendidos valles
    Más que el heleno Tempe deleitosos,
    Y, cual baño de Náyades, la arena
    Que besa nuestro mar; y sus mugidos,
    Como de fiera en coso perseguida,
    Arrullos son a la gentil serrana,
    Amor de Roma, y espantable al vasco,
    Pobre y altiva, y como pobre hermosa.

    No es el risueño Egeo que circundan
    Cual ceñidor las Cícladas marmóreas;
    Ni el golfo que con dórica armonía
    De Nápoles arrulla a la Sirena
    Cabe la sacra tumba de Virgilio;
    Ni el vago azul de la marina Jonia;
    Sino el Ponto que azota a Caledonia,
    Y roto entre las Hébridas resuena,
    Titán cerúleo que a la yerta gente
    Hace temblar en la postrera Tule,
    Y cabalga entre nieblas y borrascas
    Sobre el inmenso Leviatán, que nutre
    Con pestífero aceite la candela
    Del céltico arponero. Ni cien carros
    De guerra hicieran tan horrible estruendo
    En torno de Ilión, como esas olas
    Cuando las perlas de Cantabria hieren.

    Hoy se vuelven a alzar firmes y rudas,
    En son de guerra y vencedor amago,
    A renovar el memorable estrago
    Que en la Pasión de su Hacedor movieron;
    Por eso es hoy más íntima y solemne
    La voz de las tormentas boreales,
    Mayor su indignación, cuando arrostrarlas
    Osa el nauchero de piedad desnudo.
    ¡Ay! no verá la luz del patrio faro
    Sobre el amigo cerro de la costa,
    Cual mirada de Dios sobre sus hijos,
    Ni su velera y triunfadora nave,
    Al arribar, coronará de flores.

    ¡Piedad, Señor! Sienta tus iras sólo
    Rota y hundida la soberbia quilla,
    Que oro y baldón conduce a estas arenas,
    O el ferrado vapor, en cuyas venas
    Corre savia de fuego. Allí la sangre
    De nuestra raza va; sobre estos montes
    Tendió la emigración sus negras alas;
    Llora la esposa en el helado lecho,
    Cabe el extinto hogar llora la madre,
    El campo desfallece sin cultura,
    Y en tórrida región nuestros mancebos
    Siega la muerte: ¡que más bien perezcan
    Ante las rocas del amado puerto,
    Acariciados por maternas olas,
    Do lleve el viento el son de las campanas
    De la torre natal, a sus oídos!

    Pero salva, Señor, el frágil leño
    Del pescador que fatigado encuentra
    Al fin de su pescar, la red vacía.
    Es hijo de aquel pueblo que en tardía
    Cadena domeñó la ingente Roma;
    Del que a Cannas Aníbal conducía,
    De las madres itálicas espanto,
    Terror de los vacecos y autrigones;
    Del que en la cruz de su triunfal suplicio
    El bárbaro cantar de la victoria
    De Agripa ante las haces entonaba.
    ¡Oh, sálvalos, Señor! En ellos corre
    Sangre de Bonifaz el de Sevilla,
    Del fiero vencedor de la Rochela,
    Del que trazó primero en breve carta
    La soledad de los indianos mares,
    Y en sus bosques logró gigante tumba,
    Al impulso de arpón enherbolado.
    ¡Contémplalos luchar!... ¡Vana esperanza!
    Que ni el llanto de madres y de esposas
    Las iras quebrará del Oceano,
    Ni del hado la ley adamantina...
    Mas salvados serán, porque las nieblas
    Del mundo material y las del alma
    Sólo la tempestad rompe y ahuyenta,
    Y es su rojiza luz benigno rayo
    De un sol que animará perennes flores.

    ¡Salvados, sí! Desde el salobre risco
    De San Pedro del Mar, un sacerdote
    Les dio la bendición. Nada más grande
    Ojos humanos contemplar pudieron,
    Cual lo que vio la moribunda gente,
    Al descender el celestial rocío
    Del divino perdón sobre su frente;
    Abrirse el cielo, serenarse el mundo,
    Entre Dios y la mar la Cruz alzada,
    Y descender con palmas y coronas
    Las sombras de sus mártires patronos,
    Las de los dos celtíberos guerreros.
    ¡Muerte feliz, entre la paz del cielo
    Y el beso de los mares! Cuando vengan
    A acariciar la conocida playa,
    De barca y pescador traerán los restos
    En el cendal de su tejida espuma.

    Otro celebre en canto que no muera
    La guerra y la ambición, peste del mundo,
    Y a la fuerza brutal erija altares.
    Yo diré que mis cántabros se hundieron
    Con los despojos de su fiel trainera,
    Como cae el guerrero en la batalla
    Asido al asta de su enseña rota.
    ¡Y aún es más noble y santa que en el campo,
    En el taller la sangre derramada
    A impulsos del martillo y de la rueda,
    O en el cóncavo seno de los montes,
    Al trueno de la pólvora deshechos,
    Por donde agita sus humeantes crines
    El moderno Tifón, o en los escollos
    Do cela el mar sus perlas y corales!
    ¡Perenne lid con la materia inerte,
    Dura labor, pero victoria cierta!
    Otro estadio, otra arena, otra cuadriga
    Piden en nueva edad cantares nuevos.
    ¡Dadme el lauro de Olimpia y de Nemea,
    Y la frente del mártir del trabajo
    Ciña la palma de Elis triunfadora,
    Como al atleta coronar solía!

    Oye, noble ciudad, luz de Cantabria:
    Basta a cubrir las llagas de tu pueblo
    Un trozo de tu regia vestidura;
    Rásgale, pues, y en tu esplendor no olvides
    Que esos del nauta sórdidos harapos,
    De su viejo tugurio suspendidos
    Y por el vendaval y por los soles
    Y por el golpe de las olas rotos,
    Te hicieron grande, poderosa y rica.

    Santander, 30 de abril de 1878.



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Lun 15 Ago 2022, 23:39

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo



    Carta a mis amigos de Santander


    ¡Al fin llegaron... Desde el turbio Sena
    Que la varia y gentil ciudad divide,
    Metrópoli lodosa de Juliano,
    Hasta los montes de Cantabria invicta,
    Último escollo del poder latino!
    ¡Qué dicha, qué placer, cuánto tesoro!
    ¡Gracias, amigos! Ya mi estante oprimen
    Volúmenes sin cuento; ¡qué delicia
    Es recorrer sus animadas hojas!
    ¡Cómo a la mente atónita resurgen
    Los inmortales de la edad helena!
    ¡Cómo habla la belleza en esos libros,
    Llenando de deleites y memorias
    El alma henchida de estupor sagrado!

    Si el pagano escultor sintió animarse
    La piedra que él en Diosa transformara,
    Y la sangre serpear entre las vetas
    Del pario mármol, y espirar los ojos
    Lumbre de vida, y rítmica palabra
    De sus labios salir, y el pecho alzado
    En onda de suspiros agitarse,
    Y los brazos tenderle -¡insigne premio
    Al vencedor artífice de Atenas!-
    Tal siento palpitar eterna vida
    Entre las muertas hojas de esos libros,
    Del tiempo y la barbarie vencedores,
    Que hora vuestra amistad pone en mi mano.

    Ved... Homero está aquí... Bélico estruendo
    Del Escamandro en las riberas suena;
    Teucros y Dánaos, cual espesas moscas
    En torno de la leche, la llanura
    Invaden con sus carros; allí Aquiles,
    El de los pies ligeros, raudo vuela,
    Agitando fatídicos corceles.
    Las troyanas esposas desde el muro
    Con horror le contemplan; solo Héctor
    Combatirá por el Ilión sagrado;
    Miradle traspasar la puerta Scea;
    Andrómaca, bañada en risa y lloro,
    En brazos lleva al pequeñuelo infante,
    A quien asusta el yelmo empenachado
    De su padre feroz. ¡Ved cómo arroja
    Fuego voraz a las aquivas naves!
    ¡Ved cómo estrecha el suplicante Príamo
    Del ya piadoso Aquiles las rodillas,
    Y cómo lleva a sus ancianos labios
    La mano matadora de sus hijos!

    ¡Pues qué, si de la plácida Odisea
    Vago feliz por los amenos bosques!...
    Allí portentos de la docta Maga,
    El Cíclope sin luz, y los vergeles
    De Alcino, y de la gruta de Calipso
    El umbroso frescor; allí la lucha
    Del mañoso Itacense con los vanos
    De la casta Penélope amadores,
    Que en balde el arco manejar querían,
    Por la diestra fortísima doblado
    Del hijo de Laertes. ¡Y qué escenas
    De hospitalaria paz bajo los techos
    Del viejo Néstor y del rey de Esparta!
    ¡Qué Elena tan gentil, ya redimida!
    ¡Salve, padre inmortal, eterna fuente
    De cuanto bello el arte ha concebido!
    De tu sol un reflejo centellea
    Del jonio mar en las risueñas ondas
    El mármol del Pentélico ilumina,
    Resplandece en el ágora de Atenas,
    Y el Cronios rey de tu cantar augusto
    A Fidias sirve de ejemplar sereno
    Para labrar la olímpica cabeza.

    ¿Y quién agotará su cauce al río?
    ¿Quién podrá enumerar los que se alzaron
    Líricos vates, del sagrado suelo
    Bañado por las ondas de armonía,
    Que de la voz de Homero se desatan
    Para fecundizar los campos griegos?
    Apagadas cenizas sólo quedan
    De la llama de Safo, ora a Afrodita
    Quiera ablandar con métricos halagos
    Porque a sus brazos al infiel conduzca,
    O ya en ardiente, voladora estrofa,
    El fuego exhale que en sus venas corre,
    Cuando contempla a aquel mortal dichoso,
    A los eternos Dioses semejante,
    Que mira frente a sí reír su amada,
    Y dulcemente hablar. ¡Y cómo vuela
    La oda triunfal de Píndaro, y corona
    De lauro inmarcesible al noble púgil
    Que huella invicto la palestra Elea,
    Entre el polvo de férvidas cuadrigas
    Y los aplausos de la doria plebe,
    Infundiendo las Gracias de Orcomeno
    A sus miembros vigor y gallardía!
    Y no de ungido luchador tan sólo
    La gloria canta, mas de su linaje
    Y su pueblo también; que la oda inmensa
    En hilo de oro engarza tierra y cielo,
    Vuela del agua al sol, del sol a Jove,
    Y oráculo de pueblos y Sibila,
    De la justicia y sobriedad las leyes
    Grata pronuncia en vividores versos.

    Venid a mí, despedazados torsos
    De estatuas inmortales: rotos himnos
    De Aleco, de Estesícoro y Simónides,
    Donde aún alienta el genio en cada sílaba;
    Dísticos vengadores de Tirteo,
    Que del duro Lacón el pecho inflaman
    En la feroz mesénica contienda;
    Y templen tal horror con dulce halago,
    El himno de Baquílides suavísimo,
    O la voz grave del anciano ascreo,
    O el canto pastoril siracusano,
    O un enjambre de abejas desprendidas
    De la hiblea antológica colmena.

    Mas ya al corvo teatro resonante
    Me parece asistir; encadenado
    Miro al Titán filántropo en la roca
    Su cólera exhalando contra Zeus
    En impotentes voces, mientras Io
    Mísera vaga por la ardiente arena,
    Y el coro de las Ninfas Oceánidas
    A tan recio dolor no halla consuelo.
    Ved, bañado está en sangre el de Micenas
    Alcázar opulento; de Casandra
    La fatídica voz alzarse escucho;
    Sigo temblando al parricida Orestes,
    Cuando aún la sangre cálida gotea
    De su madre infeliz y las Euménides
    No abandonan su umbral, siempre entonando
    El coro vengador; él, perseguido
    Por los terrores de conciencia inicua,
    De gente en gente vaga; sólo encuentra
    Juicio y perdón cabe el altar de Palas.
    Que no el choque brutal de las pasiones
    Se limita a pintar el arte heleno;
    Queda en el fondo del oscuro vaso
    Una gota de miel; todo lo templa
    La voz solemne del antiguo coro.
    Religiosa emoción la mente embarga,
    Al ver a Edipo ciego, desterrado,
    Su carrera expiatoria ya cumplida,
    Penetrar en el bosque de Colona,
    Y hacer sagrada con la tumba suya
    La ática tierra. ¡Imágenes risueñas
    De la tragedia griega, castas vírgenes,
    Antígona, Ifigenia, Polixena,
    Que al dar el cuello al sacrificio infando,
    Sólo el morir tan jóvenes sentíais!
    ¡Cuál resplandece la verdad humana
    En esas puras frentes! ¡Cómo sabe
    Eurípides mover los corazones,
    De la cautiva Andrómaca al lamento,
    O a los furores de la Colquia maga!
    ¡Cuál se despide moribunda Alceste!
    ¡Qué hondo terror infunde en las Bacantes
    El ulular de la nocturna orgía!

    ¡Coros de nubes y graznar de ranas,
    Chistes inmundos, mágico lirismo,
    Comedia aristofánica, que adunas
    Fango y grandeza, y buscas en las heces
    De lo real lo ideal! La suelta danza
    De tus alados hijos me circunde,
    Que nunca el ritmo ni la gracia olvidan
    Aun en sus locos, descompuestos saltos.
    ¡Espíritus alegres, cuán distintos
    De las negras terríficas visiones
    Del yerto septentrión, donde el fermento
    De insípida cebada, en las cabezas
    Sombras y pesadez va derramando!

    ¿Quién fantaseó de griegos y teutones
    Sacrílego consorcio? Entre la niebla
    De las ásperas cumbres hiperbóreas,
    Y este radiante sol que a nuestros campos
    El don prodiga de la rubia Ceres
    Y de Falerno el otoñal racimo,
    ¿Quién las paces hará? ¿Quién podrá a Elena
    Con el Fausto casar, que imaginaba
    El Júpiter de Weimar? Siempre ansiosos
    De tierra más feraz, al mediodía
    Los Bárbaros descienden; en buen hora
    Que de nuestros despojos se enriquezcan,
    Mas no el rudo cantar de sus montañas
    Al canto de las Piérides igualen,
    Ni su filosofar caliginoso
    A aquella antigua, plácida Sofía,
    Que del divo Platón en el Convite
    Alzó la mente a contemplar el rastro
    De la eterna belleza, y a expresarla
    Cual nunca la expresó lengua nacida.

    Esa Venus Urania, siempre joven,
    Que si, al sepulcro descender pudiera,
    Otra vez del sepulcro se alzaría,
    De juventud radiante y de hermosura,
    Por la voz de Demóstenes hablaba
    En el tumulto del hirviente foro;
    Del cándido Herodoto se envolvía
    Entre la ingenua, desatada prosa,
    Y en el seco, nervioso y penetrante
    Estilo de Tucídides; posaba
    De la abeja del Ática en los labios
    La pura esencia de las jonias flores.
    Ella enmeló las flechas de Luciano,
    Y hasta el sobrio y severo Estagirita,
    Déspota rey de la conciencia humana,
    Culto y aras le dio.

    ¡Las Gracias llenen,
    Amigos, vuestra mente con sus dones;
    Las Gracias, compañeras de la vida,
    Por fácil lleven y apacible senda,
    De flores adornada, vuestros pasos!
    Ni me olviden a mí. Yo el don precioso
    Que de vuestra amistad hora recibo,
    Conservaré con diligente estudio,
    Y el revolver los inspirados folios
    Traerá a mi mente la memoria grata
    De los caros amigos donadores.

    ¿Cómo olvidar a ti, que en rica prosa,
    Del áureo siglo el esplendor renuevas;
    Ni a ti, cantor del Anahuac ingente,
    Cual sus bosques espléndido y lozano;
    Ni a ti por quien El Tuerto y Tremontorio
    No envidian de Cervantes los pinceles;
    Ni a ti que riges la edilicia vara,
    No sin dolor de las sagradas Musas,
    Un tiempo enriquecidas de tus dones,
    Desiertas hoy; ni a ti que a Víctor Hugo
    Cubriste fiel con peregrino manto,
    Tejido de colores y armonías,
    Volviendo a España el oriental tesoro,
    Que él al Sena llevó; ni a ti que guardas
    Con docto afán, en codiciado archivo,
    De la vieja Cantabria los anales,
    Y en rancios pergaminos escudriñas
    Las olvidadas montañesas glorias;
    Ni a vosotros, mis dulces compañeros
    En estuDioso afán; ni a los sagaces
    Del comercio fructífero ministros,
    Por quien nuestra ciudad es rico emporio
    De los tesoros de la mar de Atlante?

    ¡Salve, reina del mar, Sidón ibera,
    Puerto de la Victoria apellidada
    Por el romano triunfador Augusto,
    Cuando del fuerte cántabro imponía
    El yugo a la cerviz! ¡Puerto sagrado
    Por las cabezas que en tu templo guardas!
    Crezca en gloria y poder el pueblo tuyo,
    Dilátense tus muelles opulentos
    Y traigan tus alígeros bajeles,
    En cambio al trigo que te da Castilla,
    De la tórrida caña el dulce jugo,
    O del café los vigilantes granos,
    O la hoja leve que en vapores sube
    Y como la esperanza se disipa.

    Y no olvides jamás, patria adorada,
    Que fueron, como tú, de mercaderes
    Cuna y albergue Rodas y Florencia;
    Recuerda que el Magnífico Lorenzo
    No fue educado en el feudal castillo
    Que alzó el señor germano entre las ruinas
    De la inmortal, helénica cultura,
    Sino en la abierta, florentina lonja;
    Y de aquel mercader so el regio manto
    Medró la ciencia, sublimose el arte;
    La lámpara platónica encendida
    Tornó a brillar en manos de Ficino
    Y del latín en las marchitas frases
    El alma juvenil de Policiano
    Supo infundir calor y nueva vida.
    Recuerda que togados mercaderes,
    Los que sus leyes al Oriente dieron,
    Cuando temblaba la imperial Bizancio
    Del león de San Marcos al rugido,
    Ardieron en la misma noble llama.
    Para ellos los PalaDios y Bramantes
    Alcázares suntuosos levantaron
    Orillas de la adriática laguna,
    Y del ducal palacio en las techumbres
    Torrentes de color vertió Ticiano.
    Que no el amor del oro allí extinguía
    Del genio vividor la pura llama,
    Ni ha de apagarla en ti. Con larga mano
    Premia el ingenio y al saber ayuda,
    Ni ingenio ni saber en mí premiaste;
    Sólo el intenso amor irresistible,
    Que hacia las letras dirigió mis años,
    Y aquel amor más íntimo y potente
    A mi dulce Cantabria, tierra santa,
    La tierra de los montes y las olas,
    Donde ruego al Señor mis ojos cierre,
    Sonando, cual arrullo en mis oídos,
    Lento el rumor de su arenosa playa.



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 16 Ago 2022, 04:19

    Sin duda un poeta intelectual y reflexivo

    Morir no en celda estrecha aprisionado,
    Sino a la luz del sol del mediodía,
    Y sobre el mar, que ronco festejaba
    El vuelo triunfador del alma regia
    Subiendo libre al inmortal seguro!
    ¡Morir entre los besos de su madre,
    En paz con Dios y en paz con los humanos,
    Mientras tronaba desde rota nube
    La bendición de Dios sobre los mares!

    Te agradezco la presentación que haces.

    Besos.


    _________________
    "No hay abrazos que paren los cañones
    Ni cañones que maten la esperanza." 
                                                                 Walter Faila.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por cecilia gargantini Mar 16 Ago 2022, 15:55

    Gracias, querida Lluvia, por este autor!!!!!!!!!!!
    Él sí se estudia por acá en la facultad, pero cada tanto viene bien recordar algunas cosas suyas, sobre todo que en las escuelas secundarias no está en los programas. En cambio sí, por ejemplo, "Flor nueva de romances viejos", de Menéndez Pidal.
    Besosssssssssssss
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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 18 Ago 2022, 00:02

    Pues muchas gracias, Ceci querida, siempre presente, aquí, allí...
    Un beso grande y me alegra que al menos se le conozca allá.
    Buen día, señora poeta.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 18 Ago 2022, 00:04

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo



    Remember


    Si dura ley, señora,
    Impide que mi voz presente y viva,
    O encadenada en letra mensajera,
    Amante vuele a acariciar tu oído,
    ¿Consentirás al menos
    Que el ritmo vago, como el aire libre,
    Indomeñable, etéreo,
    Que ni montes ni alcázares detienen
    Y halaga y duerme al velador tirano,
    Y nada dice y lo revela todo,
    Las alas tienda desde el fresco seno
    De mis cántabros valles, y penetre
    En la áurea estancia do tu pecho yace
    En la nocturna calma?

    Sí lo consentirás; que lidio sólo
    Con la espada del canto,
    Y ni tesoros ni grandezas tengo
    Que arrojar a tus plantas;
    Y si tú me recuerdas
    Alguna vez en solitarias horas,
    No será por los triunfos y laureles
    Que siembre a Fortuna en mi camino,
    Sino por la recóndita armonía
    Que vibró de tus ojos en mi mente,
    Y arrancó, reflejada en mis cantares,
    Tal vez una sonrisa de tus labios.

    ¿Me olvidarás, gentil iniciadora,
    Profetisa de amor, Diótima nueva,
    Que a mi sediento espíritu ofreciste
    Tan alta y celestial sabiduría,
    Cual la que oyera Sócrates severo
    De la extraña mujer de Mantinea?
    Amor, divino intérprete y ministro,
    Que al cielo lleva los humanos votos,
    O al hombre trae la inspiración sagrada;
    Lazo que traba y une
    En síntesis armónica y fecunda
    El mundo real y el mundo de la idea;
    Amor es el demonio
    Que describe Platón, mañoso, artero,
    Ágil y vigoroso,
    Porque heredó de Poros la firmeza,
    Hábil encantador, sofista y mago.
    Dura pobreza le educó a sus pechos,
    Y anda descalzo, sin hogar ni lumbre,
    Ansiando siempre por lo hermoso y bueno.

    Ése es mi amor; el inmortal deseo
    Que antes erraba sin hallar reposo,
    Y ora descansa, y yacerá por siempre,
    En el centro sagrado de tu alma,
    Como en su propia esfera. Allí respira
    Y vive para ti, tú le custodias,
    Ni un punto romperá su alegre cárcel;
    Pasan por él los ruidos de la tierra
    Sin conmoverle; y por extraño modo,
    Cuanto él quiere, medita y fantasea,
    Tu solo pensamiento lo contiene;
    Y bellas son por ti las cosas bellas,
    Alegre el sol porque tu faz alumbra,
    Áureas las flores si tu frente ciñen,
    Y apetecible el lauro y la victoria
    Si huellas tú la conquistada palma.

    ¿Cómo olvidarte yo, si eres la fuente
    De todo buen pensar; si tú lanzaste
    Al surco de mi alma
    Los gérmenes primeros
    De propia inspiración y altivo canto;
    Si sangre y jugo y plástica hermosura
    Tal vez al mármol diste,
    Que antes labraba yo con torpe mano;
    Si alguna de las Gracias que en ti moran,
    Y fáciles, ligeras,
    Cual enjambre de abejas del Himeto,
    Bullen del labio tuyo desprendidas,
    Endulzó con su miel el acre fruto
    De mi indómito, agreste y rudo ingenio?
    ¡Oh! ¡cuánta y cuánta plática sabrosa,
    Como el rocío sobre yerba nueva,
    A refrescar mi espíritu bajaron!
    ¡Cómo se abrió risueña ante mis ojos
    La de esperanzas opulenta vida!

    ¡Que no las hiele el viento de la ausencia,
    Dulce señora mía,
    Mi sola voluntad, mi pensamiento!
    ¡Florezcan inmortales
    En las dos almas por un Dios unidas!




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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 18 Ago 2022, 00:05

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Diffugere nives

    ¡Ved!... Ya la vida universal fermenta
    En el regazo de la inmensa madre,
    Que rota la amplia túnica de hielo
    Su seno entrega sin cesar fecundo
    A los besos de lluvia engendradora,
    O a las caricias de amoroso viento.
    La eterna desposada
    Cede al blando alentar que hincha y entreabre
    Los poros mil de su robusta entraña,
    Y hombres, plantas y brutos,
    Y hasta el metal, y hasta la piedra, sienten
    Su vida duplicarse
    Con el olear de la existencia nueva;
    Y del halago de su madre ansiosos,
    Van a beber del néctar de sus pechos
    La irrestañable vena.

    Hermosa la mañana,
    Rica de luz y de oriental aroma,
    Imprime sobre mármoles y muros
    Las huellas de su beso luminoso,
    Y aun parece que alegra y regocija
    De mi estrecho tugurio los rincones,
    Donde alzan la cabeza,
    Como anhelando resurgir a vida,
    En mudos libros los ingenios muertos

    ¡Alegre día! ¡Primavera hermosa,
    Clima sereno y dulce,
    Como el clima de Atenas
    En el tiempo feliz de los Misterios!
    ¿Por qué entre tanta pródiga alegría
    Que en la inerte vejez renueva el jugo
    De la primera edad, que hasta en la tumba
    Hace saltar los conmovidos huesos,
    Sólo estoy mudo yo, y áspero, y triste?
    ¿Por qué no vuelven las vitales auras
    A refrescar mi aridecida frente?

    Cuando los años mi cabeza opriman,
    Jamás podré apartar de la memoria
    Aquellas horas de misterio llenas,
    En que el alma se abría
    Del primer sol al fecundante rayo,
    Y por nuevas regiones
    En rápida visión peregrinaba;
    Mirando en otros ojos
    Adivinada su fugaz ventura,
    Más alto el pensamiento,
    La voluntad más firme y poderosa,
    Y aquel instinto vencedor que guía
    A las grandes y estériles empresas.

    Si sangrientas dejé mis vestiduras
    En las ásperas zarzas del camino;
    Si labré por mis manos la cadena
    Cuyos férreos abrazos
    Aún en las marcas de mi cuello duran;
    Si me arrojé a luchar contra las olas
    De la inconstancia femenil, más bravas
    Que las del mar entumecido y bronco;
    Si quise detener en su carrera
    Los átomos del aire bullidores,
    El carro irreparable de las Horas,
    O el pensamiento suyo movedizo
    Aún más que el viento y que la errátil nube,
    Fue loca y temeraria mi osadía;
    Mas generosa fue; y hoy que en la arena,
    Cual gladiador rendido,
    Lanzo el escudo por mil partes roto,
    Aún la recuerdo y la bendigo y creo
    Que vivirá como perenne aroma
    Su espíritu en el mío;
    Aunque me enseñe la mundana ciencia
    Dónde la hierba de olvidar se cría.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 18 Ago 2022, 00:08

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Himno de la Creación para la mañana del día del gran ayuno

    Dios

    ¿A quién, Señor, compararé tu alteza,
    Tu nombre y tu grandeza,
    Si no hay poder que a tu poder iguale?
    ¿Qué imagen buscaré, si toda forma
    Lleva estampado, por divina norma,
    Tu sello soberano?
    ¿Qué carro ascenderá donde tú moras,
    Sublime más que el alto pensamiento?
    ¿La palabra de quién te ha contenido?
    ¿Vives de algún mortal en el acento?
    ¿Qué corazón entre sus alas pudo
    Aprisionar tu veneranda esencia?
    ¿Quién hasta ti levantará los ojos?
    ¿Quién te dio su consejo, quién su ciencia?

    Inmenso testimonio
    De tu unidad pregona el ancho mundo;
    Ni hay otro antes que tú. Claro reflejo
    De tu sabiduría se discierne,
    Y en misterio profundo
    Las letras de tu nombre centellean.

    Antes que las montañas dominasen,
    Antes que erguidas en sus bases de oro
    Las columnas del cielo se elevasen,
    Tú en la sede divina te gozabas,
    Do no hay profundidad, do no hay altura.
    Llenas el universo y no te llena;
    Contienes toda cosa
    Y a ti ninguna contenerte puede;
    Quiere la mente ansiosa
    El arcano indagar, y rota cede.
    Cuando la voz en tu alabanza muevo,
    Al concepto la lengua se resiste;
    Y hasta el pensar del sabio y del prudente
    Y la meditación más diligente
    Enmudece ante ti. Si el himno se alza,
    Tan sólo El Venerando te apellida,
    Pero tu Ser te ensalza
    Sobre toda alabanza y toda vida.

    ¡Oh sumo en fortaleza!
    ¿Cómo es tu nombre ignoto,
    Si en todo cielo y toda tierra brilla?
    Es profundo... Profundo
    Y a su profundidad ninguno llega.
    ¡Lejos está... Muy lejos...
    Y toda vista ante su luz es ciega!
    Mas no tu ser, tus obras indagamos,
    Tu fe cual ascua viva,
    Que en medio de los santos arde y quema.
    Por tu ley sacrosanta te adoramos;
    Por tu justicia, de tu ley emblema;
    Por tu presencia, al penitente grata,
    Terrífica al perverso;
    Porque te ven sin luz y sin antorchas
    Las almas no manchadas,
    Y tus palabras oyen, extasiadas,
    Cuando yace dormido
    El corporal sentido,
    Y repiten en coro resonante:
    «Tres veces Santo, Vencedor y Eterno,
    Señor de los ejércitos triunfante.»

    Los ángeles del cielo altísimo

    ¡Bendecid al Señor, ángeles suyos,
    De su palabra fieles mensajeros!
    ¡Señor de los guerreros!
    Es su nombre glorioso acá en la tierra;
    El Eterno y El Uno
    Sus nombres celestiales;
    Nadie contó la inmensa muchedumbre
    De espíritus que, en torno de su lumbre,
    Cantan sus alabanzas inmortales.
    Sus infinitos rostros reproducen
    La faz tremenda y la visible espalda.
    Él levantó del carro los pendones,
    En signo y testimonio de su gloria,
    Para mostrar que viene la victoria
    Del eterno Señor a las naciones.
    Son todos los espíritus sus siervos,
    De su palabra y su querer ministros;
    Se esconden a los ojos de las gentes,
    Mas de cerca o de lejos, tus videntes
    Oyen el blando ruido de sus alas.
    Y es su camino el caminar glorioso
    Que les trazó mi Dios, mi Rey, el Santo,
    Que con ellos estaba
    Allá en la cumbre del sagrado Sina.
    No obran jamás sin voluntad divina;
    Por eso, al escucharlos reverentes,
    Dicen los santos que por boca de ellos
    Tu eterna Majestad habla y fulmina.
    Desplegadas al viento las banderas
    De tu primera excelsa monarquía,
    Cubren las tiendas do tus fuertes moran,
    Y todos con tus armas se decoran
    Mostrando tu blasón en hierro y oro.
    De la luz el tesoro
    Pusiste entre ellos y la viva fuente.
    ¡Dichoso el que en la férvida corriente
    Pueda anegarse, y repetir con ellos
    En incesable canto, noche y día,
    Como David enfrente de tu carro:
    «¡Bendecid al Señor, ángeles suyos!»

    Los ángeles del segundo cielo y los planetas

    Inferior a este cielo soberano
    Otro segundo cielo se dilata
    Y otro ejército allí. Bestias enormes,
    Las que del carro de Ezequiel tiraban,
    Mostrando van en círculo perfecto,
    Henchida de ojos, la candente espalda,
    Hasta que, dominando las esferas,
    Sobre el mundo inferior su tienda plantan,
    Y del Señor adoran la presencia
    Con la voz de sus ruedas inflamadas.
    Millares y millares de legiones,
    Que ciencia profundísima realza,
    Moviendo van la esfera de la luna
    Y la del sol que lo inferior arrastra.
    Ellos rigen y mueven las estrellas
    Dominadoras de la suerte humana,
    Y el ejército inmenso de las noches,
    Y sobre el cielo las tendidas aguas.
    Y cada cual anhela con sus obras
    Dar fin cumplido a la inmortal palabra,
    Que no se tuerce ni quebranta nunca,
    Que nunca cede ni tropieza en nada;
    Todos concordes a una voz se alegran
    Y el nombre del Señor en himnos cantan:
    «¡Bendecid al Señor, legiones suyas!»
    Que el gran cantor de salmos invocaba.

    La tierra

    Es el reino tercero cuanto encierra
    En su ámbito la tierra,
    Y cuanto, circundándola, se extiende.
    Es la generación del aire y fuego;
    Son del ingente mar las crespas olas,
    El tesoro de Dios, de donde salen
    La nieve, la tormenta y el granizo,
    Y el viento proceloso
    Que a cumplir sus palabras se desata,
    Y los arroyos que en bullente plata
    Hace correr su dedo generoso,
    Y los cedros del Líbano altaneros
    Que levantó su mano,
    Hierbas y plantas mil que fructifican
    Para el sustento humano.
    Y Dios manda crecer en copia grande
    Los peces de la mar y las ballenas,
    Y poblando la selva y las arenas
    De innúmeras feroces alimañas,
    Hace que dé la tierra a aves y fieras
    El fruto bienhechor de sus entrañas.
    Y todo al hombre se somete luego,
    Al hombre, tu legado, a quien alzaste
    Por señor de las obras de tu diestra,
    Para sacar un día
    De su semilla al rey y al sacerdote,
    Y al pueblo de tu ley, que parecía
    De ángeles campo, reino de profetas.
    Y por glorificar tu augusto nombre,
    Porque suene continua tu alabanza,
    Firmaste el pacto y la perpetua alianza,
    Y en la boca de niños y lactantes
    Pusiste la verdad de tus promesas.
    Magnificado sea
    De región en región tu nombre santo,
    Y de tus mensajeros
    Por edades sin fin resuene el canto,
    Que el hombre de los cánticos suaves
    A su Hacedor decía:
    «Bendecid al Señor, sus obras todas.»

    (cont.)


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Jue 18 Ago 2022, 00:09

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Poemas más populares de Marcelino Menéndez y Pelayo




    Himno de la Creación para la mañana del día del gran ayuno
    (cont.)



    Israel

    Bendecid al Eterno,
    Por toda tierra que su imperio abarca.
    No hay en el universo otro monarca,
    Ni otro eterno más que Él. Por Él salía
    El noble Jesurún de servidumbre.
    Y en medio de las ondas eritreas
    La mano de Moisés le conducía.
    Hizo bajar la gloria de su trono
    Hasta el santuario do sus pies estampa,
    Y levantó al profeta hasta las nubes,
    Donde su faz de resplandores vela.
    El germen esparció de profecía
    Sobre los pechos a su luz abiertos,
    Y derramó su espíritu en las almas
    Atentas a los célicos conciertos.
    Y su culto ordenó firme y estable,
    Imagen de su reino perdurable.
    Los ángeles del alto ministerio
    Su nombre santifican,
    Y en su pecho las iras dulcifican.
    Es blanco su vestido
    Como el del serafín o el del profeta,
    E iguala su figura
    Del ámbar y el topacio la hermosura.
    Y corren, se apresuran y congregan,
    Y cuando a ti se llegan,
    Medran en gloria y en saber y en lumbre;
    Se visten de temor y se avergüenzan,
    Mas luego les infundes nuevo aliento
    Para cumplir solícitos tus obras,
    Y en las alas del viento
    Triplican la alabanza al Dios que reina,
    Temido en el congreso de sus santos.

    El Alma

    I

    Bendice, ¡oh alma mía! derivada
    Del puro aliento de la santa boca,
    El nombre del Magnífico, temido
    De serafines en el alto coro.

    II

    ¡Oh tú, que de la fuente de pureza
    Espléndida y hermosa procediste;
    Tú que delante de Él doblas la frente,
    Y en su divino nombre eres bendita,
    Bendice a Aquél que te estampó su sello,
    Porque siguieses firme su camino!

    III

    Bendice, ¡oh alma mía!, manifiesta
    A las miradas de interior sentido,
    Mas no a los ojos de la carne ciega,
    El nombre de Elohim el invisible,
    El fiel ensalzador de tu flaqueza.
    ¿Qué boca expresará sus alabanzas?
    Sublimes son las obras de su mente.

    IV

    Bendice, alma sutil, que sin apoyo
    Llevas el cuerpo, el nombre del que tiene
    Suspendidas sus tiendas en la nada,
    Del que al hijo de Adán dio el intelecto,
    Fiel mensajero de verdad y ciencia.

    V

    Bendice, oh tú que por asirte luchas
    A la flotante fimbria de su veste,
    Y por llegar al escabel sagrado
    Donde sus pies en el santuario asienta,
    El nombre del que ensalza a quien se abate,
    Y entre los serafines le numera.

    VI

    Bendice, ¡oh alma mía! destinada
    A hacer sapiente el corazón del hombre,
    Al Justo que te infunde en la materia,
    Para mover la carne perezosa,
    Para vivificar la sangre hirviente
    Que pierden su color, si te retiras,
    Y se deshacen como el humo al viento;
    Mas sobre ti despuntará florido
    El tallo que germina del Eterno.

    VII

    ¡Oh tú, que en las tinieblas resplandeces,
    Bendice al esplendor de la justicia,
    Que levantó la puerta de los cielos!

    VIII

    Bendice, ¡oh alma viva! encarcelada
    En cosas muertas, al viviente eterno
    Que con la llama de la gracia alumbra
    Al que en la Ley su espíritu apacienta.

    IX

    ¡Oh tú, que a la substancia de los cielos
    Etérea, inmaculada, sobrepujas,
    Bendice a quien formó para su gloria
    Al patriarca que en su nombre espera,
    Y con la voz de inmensos beneficios
    Le preparó a gustar de sus arcanos!

    X

    ¡Tú, que al Perfecto en ciencia conociste,
    Bendice al sabedor de tus deseos,
    Que cumple los anhelos inmortales,
    Y del perdón desatará las aguas
    Si penitente a sus senderos vuelves!

    XI

    ¡Bendice, hija del Rey, hija querida,
    El nombre del Potente que ha enseñado
    No arcana ley, difícil ni remota:
    «¡Harás misericordia, harás justicia;
    Que en la equidad el Verbo se deleita!»

    XII

    Bendice, ¡oh tú, que te conservas santa
    En deleznable y pasajero cuerpo!
    A quien de santidad su frente ciñe,
    Y ante quien los espíritus se avezan
    A repetir por siempre su alabanza,
    Sin consumirse en el sagrado fuego.

    XIII

    No hay alabanza que su nombre agote;
    Mas bendícele tú, que tan de cerca
    Puedes glorificarle y bendecirle
    En el augusto templo de tu mente.

    XIV

    Tú, que enfrente del Rey sales erguida,
    Para cumplir sus obras en la tierra,
    Bendice a quien te mira desde el trono,
    Y bélica armadura da a su pueblo.

    XV

    Bendice, ¡oh alma mía! que los miembros
    Sostienes del espíritu en las alas,
    El nombre de tu Dios, que en las columnas
    De saber inmortal mantiene el mundo,
    Sobre las almas justas cimentado.

    XVI

    Tú, que serás de gloria circundada,
    Y de radiante majestad vestida,
    Bendice a Aquél que cuanto ordena cumple,
    De quien tiemblan los impíos confundidos,
    Y cuyo auxilio al vencedor alegra.

    XVII

    Bendice al Hacedor, ¡oh margarita!
    Que de tu Dios alumbras los senderos,
    Del Dios que tus plegarias acogiera,
    Cuando corriste a demandarle ayuda.

    XVIII

    Bendice a Dios, ¡oh forma intelectiva
    Que en el nombre tus huellas estampaste!
    Dios es la Roca en que se apoya el orbe;
    La Justicia y la Fe le llaman justo.

    XIX

    Bendice, ¡oh Santa! al Dios Omnipotente
    Cuya visión tendrás, santificado
    Por innúmeros vates y profetas.

    XX

    Bendice, ¡oh tú que la justicia sigues!
    Al que en su carro el firmamento cruza,
    Para salvar a su abatida plebe:
    «Dios (así clamarán los poderosos)
    Sobre todas las gentes es excelso.»

    XXI

    Tú, que en casa de fango te cobijas,
    Mas de los cielos tu raíz procede,
    Bendice el nombre que resuena en medio
    De siete purísimas legiones,
    De toda mancha y toda culpa netas.

    XXII

    Bendice, ¡oh tú, que de su diestra pendes,
    Como pupila suya muy amada!
    El nombre del Perfecto bendecido
    En todo corazón y en toda lengua,
    Del que a par de la luz formó las almas,
    Al primer son de la palabra suya.



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 18 Ago 2022, 00:13

    Una obra magna de Marcelino, independientemente de las creencias de cada uno. Me está gustando mucho. Buen trabajo, querida amiga.


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    Ni cañones que maten la esperanza." 
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    [i]Qué triste es acabarse sin mancharse de barro. [/i]
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    Mensaje por Lluvia Abril Jue 18 Ago 2022, 23:48

    Gracias, Pascual, por estar siempre ahí. Ahora; a seguir.


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