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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:45

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    4 -Romance del Rey Moro que Perdió Alhama
    Anónimo
    (c. 1500)

    Allí habló un moro viejo,
    de esta manera hablara:
    —¿Para qué nos llamas, rey,
    para qué es esta llamada?—
    «¡Ay de mi Alhama!»

    —Habéis de saber, amigos,
    una nueva desdichada:
    que cristianos de braveza
    ya nos han ganado Alhama.
    «¡Ay de mi Alhama!»

    Allí habló un alfaquí
    de barba crecida y cana:
    —¡Bien se te emplea, buen rey,
    buen rey, bien se te empleara!
    «¡Ay de mi Alhama!»

    Mataste los Bencerrajes,
    qu’eran la flor de Granada;
    cogiste los tornadizos
    de Córdoba la nombrada.
    «¡Ay de mi Alhama!»

    Por eso mereces, rey,
    una pena muy doblada:
    que te pierdas tú y el reino,
    y aquí se pierda Granada.—
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Allí habló un moro viejo,
    de esta manera hablara:
    —¿Para qué nos llamas, rey,
    para qué es esta llamada?—
    «¡Ay de mi Alhama!»

    —Habéis de saber, amigos,
    una nueva desdichada:
    que cristianos de braveza
    ya nos han ganado Alhama.
    «¡Ay de mi Alhama!»
    Allí habló un alfaquí
    de barba crecida y cana:
    —¡Bien se te emplea, buen rey,
    buen rey, bien se te empleara!
    «¡Ay de mi Alhama!»

    Mataste los Bencerrajes,
    qu’eran la flor de Granada;
    cogiste los tornadizos
    de Córdoba la nombrada.
    «¡Ay de mi Alhama!»

    Por eso mereces, rey,
    una pena muy doblada:
    que te pierdas tú y el reino,
    y aquí se pierda Granada.—
    «¡Ay de mi Alhama!»



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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 5 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:45

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    5- Romance de Rosa Fresca
    Anónimo
    (c. 1500)


    —Rosa fresca, rosa fresca,
    tan garrida y con amor,
    cuando vos tuve en mis brazos,
    no vos supe servir, no;
    y agora que os serviría
    no vos puedo haber, no.

    —Vuestra fue la culpa, amigo,
    vuestra fue, que mía no;
    enviátesme una carta
    con un vuestro servidor,
    y en lugar de recaudar
    él dijera otra razón:
    que érades casado, amigo,
    allá en tierras de León;
    que tenéis mujer hermosa
    y hijos como una flor.


    —Quien os lo dijo, señora,
    no vos dijo verdad, no;
    que yo nunca entré en Castilla
    ni allá en tierras de León,
    sino cuando era pequeño,
    que no sabía de amor.



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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:46

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    6 -Romance de Fontefrida
    Anónimo
    (c. 1500)

    Fonte-frida, Fonte-frida,
    Fonte-frida y con amor,
    do todas las avecicas
    van tomar consolación,
    sino es la tortolica
    que está viuda y con dolor.
    Por allí fuera a pasar
    el traidor de ruiseñor:
    las palabras que le dice
    llenas son de traición:
    —Si tú quisieses, señora,
    yo sería tu servidor.

    —Vete de ahí, enemigo,
    malo, falso, engañador,
    que ni poso en ramo verde,
    ni en prado que tenga flor;
    que si el agua hallo clara,
    turbia la bebía yo;
    que no quiero haber marido,
    porque hijos no haya, no:
    no quiero placer con ellos,
    ni menos consolación.
    ¡Déjame, triste enemigo,
    malo, falso, mal traidor,
    que no quiero ser tu amiga,
    ni casar contigo, no.



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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:47

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    7 -Romance de Blanca-Niña
    Anónimo
    (c. 1500)

    Blanca sois, señora mía,
    más que no el rayo del sol:
    ¿si la dormiré esta noche
    desarmado y sin pavor?
    que siete años había, siete,
    que no me desarmo, no.
    Más negras tengo mis carnes
    que un tiznado carbón:
    —Dormilda, señor, dormilda,
    desarmado sin temor
    que el conde es ido a la caza
    a los montes de León.
    —Rabia le mate los perros,
    y águilas el su halcón,
    y del monte hasta su casa
    a él le arrastre el morón.
    —Ellos en aquesto estando
    su marido que llegó:
    —¿Qué hacéis, la Blanca-niña,
    hija de padre traidor?

    —Señor, peino mis cabellos,
    péinolos con gran dolor,
    que me dejéis a mi sola
    y a los montes os vais vos.
    —Esa palabra, la niña,
    no era sino traición:
    ¿cúyo es aquel caballo
    que allá bajo relinchó?
    —Señor, era de mi padre,
    y envióslo para vos.
    —¿Cúyas son aquellas armas
    que están en el corredor?
    —Señor, eran de mi hermano,
    y hoy os las envió.
    —¿Cúya es aquella lanza,
    desde aquí la veo yo?
    —Tomalda, conde, tomalda,
    matadme con ella vos,
    que aquesta muerte, buen conde,
    bien os la merezco yo.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:48

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



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    8 -Romance del Conde Arnaldos

    Anónimo
    (c. 1500)


    ¡Quién hubiese tal ventura
    sobre las aguas del mar,
    como hubo el conde Arnaldos
    la mañana de San Juan!
    Con un falcón en la mano
    la caza iba a cazar,
    vio venir una galera
    que a tierra quiere llegar.
    Las velas traía de seda,
    la jarcia de un cendal,
    marinero que la manda
    diciendo viene un cantar
    que la mar ponía en calma,
    los vientos hace amainar,
    los peces que andan nel hondo
    arriba los hace andar,
    las aves que andan volando
    nel mástil la faz posar.

    —Galera, la mi galera,
    Dios te me guarde de mal,
    De los peligros del mundo
    sobre aguas de la mar,
    de las fustas de los moros,
    que andaban a saltear—.
    Allí habló el conde Arnaldos,
    bien oiréis lo que dirá:
    —Por Dios te ruego, marinero,
    dígasme ora ese cantar.—
    Respondióle el marinero,
    tal respuesta le fue a dar:
    —Yo no digo esta canción
    sino a quien conmigo va.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:49

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    9-Romance de la Hija del Rey de Francia
    Anónimo
    (c. 1500)

    De Francia partió la niña,
    de Francia la bien guarnida:
    íbase para París,
    do padre y madre tenía.
    Errado lleva el camino,
    errada lleva la guía:
    arrimárase a un roble
    por esperar compañía.

    Vio venir un caballero
    que a París lleva la guía.
    La niña desque lo vido
    de esta suerte le decía:
    —Si te place, caballero,
    llévesme en tu compañía.
    —Pláceme, dijo, señora,
    pláceme, dijo, mi vida.—

    Apeóse del caballo
    por hacelle cortesía;
    puso la niña en las ancas
    y él subiérase en la silla.
    En medio él del camino
    de amores la requería.
    La niña desque lo oyera
    díjole con osadía:


    —Tate, tate, caballero,
    no hagáis tal villanía:
    hija soy de un malato
    y de una malatía;
    el hombre que a mí llegase
    malato se tornaría.—
    El caballero con temor
    palabra no respondía.

    A la entrada de París
    la niña se sonreía.
    —¿De qué vos reís, señora?
    ¿de qué vos reís, mi vida?
    —Ríome del caballero,
    y de su gran cobardía,
    ¡tener la niña en el campo
    y catarle cortesía!—

    Caballero con vergüenza
    estas palabras decía:
    —Vuelta, vuelta, mi señora,
    que una cosa se me olvida.—
    La niña como discreta
    dijo: —Yo no volvería,
    ni persona, aunque volviese,
    en mi cuerpo tocaría:
    hija soy del rey de Francia
    y de la reina Constantina,
    el hombre que a mí llegase
    muy caro le costaría.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 5 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 02:50

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



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    10- Romance de Doña Alda
    Anónimo
    (c. 1500)

    En París está doña Alda
    la esposa de don Roldán,
    trescientas damas con ella
    para bien la acompañar:
    todas visten un vestido,
    todas calzan un calzar,
    todas comen a una mesa,
    todas comían de un pan,
    sino era sola doña Alda,
    que era la mayoral.
    Las ciento hilaban oro,
    las ciento tejen cendal,
    las ciento instrumentos tañen,
    para doña Alda holgar.
    Al son de los instrumentos
    doña Alda adormido se ha:
    ensoñado había un sueño,
    un sueño de gran pesar.
    Recordó despavorida
    y con un pavor muy grand,
    los gritos daba tan grandes
    que se oían en la ciudad.
    Allí hablaron sus doncellas,
    bien oiréis lo que dirán:
    —¿Qué es aquesto, mi señora?
    ¿quién es el que os hizo mal?
    —Un sueño soñé, doncellas,
    que me ha dado gran pesar;
    que me veía en un monte
    en un desierto lugar:
    de so los montes muy altos
    un azor vide volar,
    tras dél viene una aguililla
    que lo ahinca muy mal.

    El azor con grande cuita,
    metióse so mi brial;
    el águila con grande ira
    de allí lo iba a sacar;
    con las uñas lo despluma,
    con el pico lo deshaz.—
    Allí habló su camarera,
    bien oiréis lo que dirá:
    —Aquese sueño, señora,
    bien os lo entiendo soltar;
    el azor es vuestro esposo,
    que viene de allen la mar;
    el águila sedes vos,
    con la cual ha de casar,
    y aquel monte es la iglesia
    donde os han de velar.
    —Si así es, mi camarera,
    bien te lo entiendo pagar.—
    Otro día de mañana
    cartas de fuera le traen;
    tintas venían de dentro,
    de fuera escritas con sangre,
    que su Roldán era muerto
    en la caza de Roncesvalles.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 23:30

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



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    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Garcilaso de la Vega

    BIOGRAFÍA

    Garcilaso de la Vega nació en Toledo en 1503. Quedó huérfano de padre y se educó esmeradamente en la Corte. En 1520 entró al servicio de Carlos I en calidad de miembro continuo de la guardia regia. En la Corte prendió griego, latín, italiano, francés, música y esgrima. En los años posteriores luchó en la guerra de las Comunidades y fue herido en la acción de Olías del Rey; también participó en el cerco a su ciudad natal (1522); a finales de ese mismo año se embarcó en compañía de Juan Boscán y Pedro de Toledo, futuro virrey de Nápoles, en una expedición de socorro que quiso (y no pudo) evitar la caída de Rodas en poder de los turcos; de nuevo resultó herido, esta vez de gravedad.
    De vuelta a España fue nombrado caballero de la Orden de Santiago y en 1524 se enfrentó a los franceses en el cerco de Fuenterrabía. A su retorno a Toledo, contrajo matrimonio en 1525 con Elena de Zúñiga, dama de doña Leonor, hermana de Carlos V; por ello Garcilaso entró a formar parte del séquito de ésta.

    En 1527 acompaña a la Corte en un viaje por varias ciudades españolas y se enamora platónicamente de una dama portuguesa de la reina, Isabel Freyre, que canta bajo el anagrama de Elisa. En 1528 dicta su testamento en Barcelona, donde reconoce la paternidad de su hijo ilegítimo y asigna una pequeña suma de dinero para su educación; poco después da una colección de sus obras a Boscán para que la revise y acto seguido parte hacia Roma, en 1529. En Bolonia asiste a la investidura como emperador de Carlos I de España, 1530, batiéndose con valentía en la campaña y toma de Florencia contra los franceses (1530). Después se le encarga una breve embajada en Francia. En 1532 se estableció en Nápoles, donde se integró muy pronto en la vida intelectual de la ciudad y trabó amistad con los Bernardo Tasso o Luigi Tansillo, Antonio Sebastiani Minturno y, en especial, Mario Galeota, Violante Sanseverino, "la flor de Gnido", para quien escribe las liras de su quinta canción; también encuentra allí al escritor erasmista Juan de Valdés, quien parece aludir a él junto a otros caballeros en un pasaje de los últimos de su Diálogo de la lengua. En 1533 visita Barcelona y entrega a Juan Boscán una carta "A la muy manífica señora doña Gerónima Palova de Almogávar" que aparecerá, en 1534 y en calidad de prólogo, en su traducción española de El Cortesano de Baldassare Castiglione. Garcilaso de la Vega participó, en 1535, en la campaña africana de Carlos V y, singularmente, en Túnez, en el asedio de La Goleta; de nuevo cae gravemente herido. Estalla la tercera guerra de Francisco I contra Carlos V y la expedición contra Francia de 1536 a través de Provenza fue, al fin, la última experiencia militar de Garcilaso. Falleció en octubre de 1536 tras el temerario asalto a una fortaleza en Le Muy, cerca de Fréjus, en la que fue el primer hombre en subir la escala.
    La obra poética de Garcilaso de la Vega, compuesta por treinta y ocho sonetos, cinco canciones, una oda en liras, dos elegías, una epístola, tres églogas, siete coplas castellanas y tres odas latinas, se publicó por vez primera en 1543, a modo de apéndice de las Obras de Juan Boscán. La producción lírica de Garcilaso de la Vega, máxima expresión del Renacimiento castellano, se convirtió, desde muy pronto, en una referencia inexcusable para los poetas españoles, que desde entonces no pudieron ignorar la revolución métrica y estética operada por él en la lírica española. Su estilo se caracteriza por la naturalidad conseguida por las formas, métricas, las rimas suaves, las metáforas delicadas, las paradojas y los juegos conceptistas, lo que conforma la elegancia de su estilo que influyó en los poetas en lengua castellana, desde Luis de Góngora hasta Alberti, Juan Ramón Jiménez o Gustavo Adolfo Bécquer.



    BIBLIOGRAFÍA

    Canciones
    Obras de Garcilaso
    Coplas
    Églogas
    Elegías
    Epístola a Boscán
    Sonetos



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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 23:32

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Garcilaso de la Vega



    11- Égloga Primera
    A Don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles


    Salicio, Nemoroso

    El dulce lamentar de dos pastores,
    Salicio juntamente y Nemoroso,
    He de contar, sus quejas imitando;
    Cuyas ovejas al cantar sabroso
    Estaban muy atentas, los amores,
    De pacer olvidadas, escuchando.
    Tú, que ganaste obrando
    Un nombre en todo el mundo,
    Y un grado sin segundo,
    Ahora estés atento, solo y dado
    Al ínclito gobierno del estado
    Albano; ahora vuelto a la otra parte,
    Resplandeciente, armado,
    Representando en tierra el fiero Marte;

    Ahora de cuidados enojosos
    Y de negocios libre, por ventura
    Andes a caza, el monte fatigando
    En ardiente jinete, que apresura
    El curso tus los ciervos temerosos,
    Que en vano su morir van dilatando;
    Espera, que en tornando
    A ser restituido
    Al ocio ya perdido,
    Luego verás ejercitar mi pluma
    Por la infinita innumerable suma
    De tus virtudes y famosas obras;
    Antes que me consuma,
    Faltando a ti, que a todo el mundo sobras.

    En tanto que este tiempo que adivino
    Viene a sacarme de la deuda un día,
    Que se debe a tu fama y a tu gloria;
    Que es deuda general, no solo mía,
    Mas de cualquier ingenio peregrino
    Que celebra lo digno de memoria;
    El árbol de victoria
    Que ciñe estrechamente
    Tu gloriosa frente
    Dé lugar a la hiedra que se planta
    Debajo de tu sombra, y se levanta
    Poco a poco, arrimada a tus loores;
    Y en cuanto esto se canta,
    Escucha tú el cantar de mis pastores.

    Saliendo de las ondas encendido,
    Rayaba de los montes el altura
    El sol, cuando Salicio, recostado
    Al pie de una alta haya, en la verdura,
    Por donde un agua clara con sonido
    Atravesaba el fresco y verde prado;
    Él, con canto acordado
    Al rumor que sonaba
    Del agua que pasaba,
    Se quejaba tan dulce y blandamente
    Como si no estuviera de allí ausente
    La que de su dolor culpa tenía;
    Y así, como presente,
    Razonando con ella, le decía:


    Salicio

    —¡Oh más dura que mármol a mis quejas,
    Y al encendido fuego en que me quemo
    Más helada que nieve, Galatea!
    Estoy muriendo, y aun la vida temo;
    Témola con razón, pues tú me dejas;
    Que no hay, sin ti, el vivir para qué sea.
    Vergüenza he que me vea
    Ninguno en tal estado,
    De ti desamparado,
    Y de mí mismo yo me corro ahora.
    ¿De un alma te desdeñas ser señora,
    Donde siempre moraste, no pudiendo
    Della salir un hora?
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    El sol tiende los rayos de su lumbre
    Por montes y por valles, despertando
    Las aves y animales y la gente;
    Cuál por el aire claro va volando,
    Cuál por el verde valle o alta cumbre
    Paciendo va segura y libremente,
    Cuál con el sol presente
    Va de nuevo al oficio,
    Y al usado ejercicio
    Do su natura o menester le inclina.
    Siempre está en llanto esta ánima mezquina
    Cuando la sombra el mundo va cubriendo
    O la luz se avecina.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    ¿Y tú, desta mi vida ya olvidada,
    Sin mostrar un pequeño sentimiento
    De que por ti Salido triste muera,
    Dejas llevar, desconocida, al viento
    El amor y la fe que ser guardada
    Eternamente sólo a mí debiera?
    ¡Oh Dios! ¿Por qué siquiera,
    Pues ves desde tu altura
    Esta falsa perjura
    Causar la muerte de un estrecho amigo,
    No recibe del cielo algún castigo?
    Si en pago del amor yo estoy muriendo,
    ¿Qué hará el enemigo?
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    Por ti el silencio de la selva umbrosa,
    Por ti la esquividad y apartamiento
    Del solitario monte me agradaba;
    Por ti la verde yerba, el fresco viento,
    El blanco lirio y colorada rosa
    Y dulce primavera deseaba.
    ¡Ay, cuánto me engañaba!
    ¡Ay, cuán diferente era
    Y cuán de otra manera
    Lo que en tu falso pecho se escondía!
    Bien claro con su voz me lo decía
    La siniestra corneja, repitiendo
    La desventura mía.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    ¡Cuántas veces, durmiendo en la floresta,
    Reputándolo yo por desvarío,
    Vi mi mal entre sueños, desdichado!
    Soñaba que en el tiempo del estío
    Llevaba, por pasar allí la siesta,
    A beber en el Tajo mi ganado;
    Y después de llegado,
    Sin saber de cuál arte,
    Por desusada parte
    Y por nuevo camino el agua se iba;
    Ardiendo yo con la calor estiva,
    El curso enajenado iba siguiendo
    Del agua fugitiva.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    Tu dulce habla ¿en cúya oreja suena?
    Tus claros ojos ¿a quién los volviste?
    ¿Por quién tan sin respeto me trocaste?
    Tu quebrantada fe ¿dó la pusiste?
    ¿Cuál es el cuello que como en cadena
    De tus hermosos brazos anudaste?
    No hay corazón que baste,
    Aunque fuese de piedra,
    Viendo mi amada hiedra,
    De mí arrancada, en otro muro asida,
    Y mi parra en otro olmo entretejida,
    Que no se esté con llanto deshaciendo
    Hasta acabar la vida.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    ¿Qué no se esperará de aquí adelante,
    Por difícil que sea y por incierto?
    O ¿qué discordia no será juntada?
    Y juntamente ¿qué tendrá por cierto,
    O qué de hoy más no temerá el amante,
    Siendo a todo materia por ti dada?
    Cuando tú enajenada
    De mí, cuitado, fuiste,
    Notable causa diste
    Y ejemplo a todos cuántos cubre el cielo,
    Que el más seguro tema con recelo
    Perder lo que estuviere poseyendo.
    Salid fuera sin duelo,
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    Materia diste al mundo de esperanza
    De alcanzar lo imposible y no pensado,
    Y de hacer juntar lo diferente,
    Dando a quien diste el corazón malvado,
    Quitándolo de mí con tal mudanza
    Que siempre sonará de gente en gente.
    La cordera paciente
    Con el lobo hambrïento,
    Hará su ayuntamiento,
    Y con las simples aves sin ruido
    Harán las bravas sierpes ya su nido;
    Que mayor diferencia comprehendo
    De ti al que has escogido.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    Siempre de nueva leche en el verano
    Y en el invierno abundo; en mi majada
    La manteca y el queso está sobrado;
    De mi cantar pues yo te vi agradada,
    Tanto, que no pudiera el mantüano
    Títiro ser de ti más alabado.
    No soy pues, bien mirado,
    Tan disforme ni feo;
    Que aun ahora me veo
    En esta agua que corre clara y pura,
    Y cierto no trocara mi figura
    Con ése que de mí se está riendo;
    Trocara mi ventura.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    ¿Cómo te vine en tanto menosprecio?
    ¿Cómo te fui tan presto aborrecible?
    ¿Cómo te faltó en mí el conocimiento?
    Si no tuvieras condición terrible,
    Siempre fuera tenido de ti en precio,
    Y no viera de ti este apartamiento.
    ¿No sabes que sin cuento
    Buscan en el estío
    Mis ovejas el frío
    De la sierra de Cuenca, y el gobierno
    Del abrigado extremo en el invierno?
    Mas ¡qué vale el tener, si derritiendo
    Me estoy en llanto eterno!
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    Con mi llorar las piedras enternecen
    Su natural dureza y la quebrantan,
    Los árboles parece que se inclinan,
    Las aves que me escuchan, cuando cantan,
    Con diferente voz se condolecen,
    Y mi morir cantando me adivinan.
    Las fieras que reclinan
    Su cuerpo fatigado,
    Dejan el sosegado
    Sueño por escuchar mi llanto triste.
    Tú sola contra mí te endureciste,
    Los ojos aun siquiera no volviendo
    A lo que tú hiciste.
    Salid sin duelo, lágrimas, corriendo.

    (cont.)


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 5 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 23:33

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Garcilaso de la Vega



    11- Égloga Primera
    A Don Pedro de Toledo, marqués de Villafranca, virrey de Nápoles


    Salicio, Nemoroso
    (cont.)



    Mas ya que a socorrer aquí no vienes,
    No dejes el lugar que tanto amaste;
    Que bien podrás venir de mí segura;
    Yo dejaré el lugar do me dejaste;
    Ven, si por solo esto te detienes.
    Ves aquí un prado lleno de verdura,
    Ves aquí una espesura,
    Ves aquí una agua clara,
    En otro tiempo cara,
    A quien de ti con lágrimas me quejo.
    Quizá aquí hallarás, pues yo me alejo,
    Al que todo mi bien quitarme puede;
    Que pues el bien le dejo,
    No es mucho que lugar tambien le quede.—

    Aquí dio fin a su cantar Salicio,
    Y suspirando en el postrero acento,
    Soltó de llanto una profunda vena.
    Queriendo el monte al grave sentimiento
    De aquel dolor en algo ser propicio,
    Con la pesada voz retumba y suena.
    La blanca Filomena,
    Casi como dolida
    Y a compasión movida,
    Dulcemente responde al son lloroso.
    Lo que cantó tras esto Nemoroso
    Decidlo vos, Piérides; que tanto
    No puedo yo ni oso,
    Que siento enflaquecer mi débil canto.


    Nemoroso

    —Corrientes aguas, puras, cristalinas;
    Árboles que os estáis mirando en ellas,
    Verde prado de fresca sombra lleno,
    Aves que aquí sembráis vuestras querellas,
    Hiedra que por los árboles caminas,
    Torciendo el paso por su verde seno;
    Yo me vi tan ajeno
    Del grave mal que siento,
    Que de puro contento
    Con vuestra soledad me recreaba,
    Donde con dulce sueño reposaba,
    Ó con el pensamiento discurría
    Por donde no hallaba
    Sino memorias llenas de alegría;

    Y en este mismo valle, donde ahora
    Me entristezco y canso, en el reposo
    Estuve ya contento y descansado.
    ¡Oh bien caduco, vano y presuroso!
    Acuérdome durmiendo aquí algún hora,
    Que despertando, a Elisa vi a mi lado.
    ¡Oh miserable hado!
    ¡Oh tela delicada
    Antes de tiempo dada
    A los agudos filos de la muerte!
    Más convenible fuera aquesta suerte
    A los cansados años de mi vida,
    Que es más que el hierro fuerte,
    Pues no la ha quebrantado tu partida.

    ¿Do están ahora aquellos claros ojos
    Que llevaban tras sí como colgada
    Mi alma do quier que ellos se volvían?
    ¿Dó está la blanca mano delicada,
    Llena de vencimientos y despojos
    Que de mí mis sentidos le ofrecían?
    Los cabellos que vían
    Con gran desprecio el oro,
    Como a menor tesoro.
    ¿Adónde están? ¿Adónde el blando pecho?
    ¿Dó la columna que el dorado techo
    Con presunción graciosa sostenía?
    Aquesto todo ahora ya se encierra,
    Por desventura mía,
    En la fría, desierta y dura tierra.

    ¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
    Cuando en aqueste valle al fresco viento
    Andábamos cogiendo tiernas flores,
    Que había de ver con largo apartamiento
    Venir el triste y solitario día
    Que diese amargo fin a mis amores?
    El cielo en mis dolores
    Cargó la mano tanto,
    Que a sempiterno llanto
    Y a triste soledad me ha condenado;
    Y lo que siento más es verme atado
    A la pesada vida y enojosa,
    Solo, desamparado,
    Ciego sin lumbre en cárcel tenebrosa.

    Después que nos dejaste, nunca pace
    En hartura el ganado ya, ni acude
    El campo al labrador con mano llena.
    No hay bien que en mal no se convierta y mude:
    La mala yerba al trigo ahoga, y nace
    En lugar suyo la infelice avena;
    La tierra, que de buena
    Gana nos producía
    Flores con que solía
    Quitar en sólo verlas mil enojos,
    Produce ahora en cambio estos abrojos,
    Ya de rigor de espinas intratable;
    Yo hago con mis ojos
    Crecer, lloviendo, el fruto miserable.

    Como al partir del sol la sombra crece,
    Y en cayendo su rayo se levanta
    La negra oscuridad que el mundo cubre,
    De do viene el temor que nos espanta,
    Y la medrosa forma en que se ofrece
    Aquello que la noche nos encubre,
    Hasta que el sol descubre
    Su luz pura y hermosa;
    Tal es la tenebrosa
    Noche de tu partir, en que he quedado
    De sombra y de temor atormentado,
    Hasta que muerte el tiempo determine
    Que a ver el deseado
    Sol de tu clara vista me encamine.

    Cual suele el ruiseñor con triste canto
    Quejarse, entre las Hojas escondido,
    Del duro labrador, que cautamente
    Le despojó su caro y dulce nido
    De los tiernos hijuelos, entre tanto
    Que del amado ramo estaba ausente,
    Y aquel dolor que siente
    Con diferencia tanta
    Por la dulce garganta
    Despide, y a su canto el aire suena,
    Y la callada noche no refrena
    Su lamentable oficio y sus querellas,
    Trayendo de su pena
    Al cielo por testigo y las estrellas;

    Desta manera suelto ya la rienda
    A mi dolor, y así me quejo en vano
    De la dureza de la muerte airada.
    Ella en mi corazón metió la mano,
    Y de allí me llevó mi dulce prenda;
    Que aquel era su nido y su morada.
    ¡Ay muerte arrebatada!
    Por ti me estoy quejando
    Al cielo y enojando
    Con importuno llanto al mundo todo:
    Tan desigual dolor no sufre modo.
    No me podrán quitar el dolorido
    Sentir, si ya del todo
    Primero no me quitan el sentido.

    Tengo una parte aquí de tus cabellos,
    Elisa, envueltos en un blanco paño,
    Que nunca de mi seno se me apartan;
    Descójolos, y de un dolor tamaño
    Enternecerme siento, que sobre ellos
    Nunca mis ojos de llorar se hartan.
    Sin que de allí se partan,
    Con suspiros calientes,
    Más que la llama ardientes,
    Los enjugo del llanto, y de consuno
    Casi los paso y cuento uno a uno;
    Juntándolos, con un cordon los ato.
    Tras esto el importuno
    Dolor me deja descansar un rato.

    Mas luego a la memoria se me ofrece
    Aquella noche tenebrosa, oscura,
    Que tanto aflige esta ánima mezquina
    Con la memoria de mi desventura.
    Verte presente ahora me parece
    En aquel duro trance de Lucina,
    Y aquella voz divina,
    Con cuyo son y acentos
    A los airados vientos
    Pudieras amansar, que ahora es muda,
    Me parece que oigo que a la cruda,
    Inexorable diosa demandabas
    En aquel paso ayuda;
    Y tú, rústica diosa, ¿dónde estabas?

    ¿Ibate tanto en perseguir las fieras?
    ¿Ibate tanto en un pastor dormido?
    ¿Cosa pudo bastar a tal crüeza,
    Que, conmovida a compasión, oído
    A los votos y lágrimas, no dieras
    Por no ver hecha tierra tal belleza,
    O no ver la tristeza
    En que tu Nemoroso
    Queda, que su reposo
    Era seguir tu oficio, persiguiendo
    Las fieras por los montes, y, ofreciendo
    A tus sagradas aras los despojos?
    ¿Y tú, ingrata, riendo
    Dejas morir mi bien ante los ojos?

    Divina Elisa pues ahora el cielo
    Con inmortales pies pisas y mides,
    Y su mudanza ves, estando queda,
    ¿Por qué de mí te olvidas, y no pides
    Que se apresure el tiempo en que este velo
    Rompa del cuerpo, y verme libre pueda,
    Y en la tercera rueda
    Contigo mano a mano
    Busquemos otro llano,
    Busquemos otros montes y otros ríos,
    Otros valles floridos .y sombríos,
    Donde descanse y siempre pueda verte
    Ante los ojos míos,
    Sin miedo y sobresalto de perderte?—

    Nunca pusieran fin al triste lloro
    Los pastores, ni fueran acabadas
    Las canciones que solo el monte oía,
    Si mirando las nubes coloradas,
    Al tramontar del sol bordadas de oro,
    No vieran que era ya pasado el día.
    La sombra se veía
    Venir corriendo apriesa
    Ya por la falda espesa
    Del altísimo monte, y recordando
    Ambos como de sueño, y acabando
    El fugitivo sol, de luz escaso,
    Su ganado llevando,
    Se fueron recogiendo paso a paso.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 5 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 23:34

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Garcilaso de la Vega



    12- A la Flor de Gnido

    Si de mi baja lira
    Tanto pudiese el son, que en un momento
    Aplacase la ira
    Del animoso viento,
    Y la furia del mar y el movimiento;

    Y en ásperas montañas
    Con el süave canto enterneciese
    Las fieras alimañas,
    Los árboles moviese,
    Y al son confusamente los trajese;

    No pienses que cantado
    Sería de mí, hermosa flor de Gnido,
    El fiero Marte airado,
    A muerte convertido,
    De polvo y sangre y de sudor teñido;

    Ni aquellos capitanes
    En las sublimes ruedas colocados,
    Por quien los alemanes
    El fiero cuello atados,
    Y los franceses van domesticados.

    Mas solamente aquella
    Fuerza de tu beldad sería cantada,
    Y alguna vez con ella
    También sería notada
    El aspereza de que estás armada;

    Y cómo por ti sola,
    Y por tu gran valor y hermosura,
    Convertida en viola,
    Llora su desventura
    El miserable amante en su figura.

    Hablo de aquel cautivo,
    De quien tener se debe más cuidado,
    Que está muriendo vivo,
    Al remo condenado,
    En la concha de Venus amarrado.

    Por ti, como solía,
    Del áspero caballo no corrige
    La furia y gallardía,
    Ni con freno le rige,
    Ni con vivas espuelas ya le aflige.

    Por ti, con diestra mano
    No revuelve la espada presurosa,
    Y en el dudoso llano
    Huye la polvorosa
    Palestra como sierpe ponzoñosa.

    Por ti, su blanda musa,
    En lugar de la cítara sonante,
    Tristes querellas usa,
    Que con llanto abundante
    Hacen bañar el rostro del amante.

    Por ti, el mayor amigo
    Le es importuno, grave y enojoso;
    Yo puedo ser testigo
    Que ya del peligroso
    Naufragio fui su puerto y su reposo.

    Y ahora en tal manera
    Vence el dolor a la razón perdida,
    Que ponzoñosa fiera
    Nunca fue aborrecida
    Tanto como yo dél, ni tan temida.

    No fuiste tú engendrada
    Ni producida de la dura tierra;
    No debe ser notada
    Que ingratamente yerra
    Quien todo el otro de sí destierra.

    Hágate temerosa
    El caso de Anaxárate, y cobarde,
    Que de ser desdeñosa
    Se arrepintió muy tarde;
    Y así, su alma con su mármol arde.

    Estábase alegrando
    Del mal ajeno el pecho empedernido,
    Cuando abajo mirando
    El cuerpo muerto vide
    Del miserable amante, allí tendido.
    Y al cuello el lazo atado,
    Con que desenlazó de la cadena
    El corazón cuitado,
    Que con su breve pena
    Compró la eterna punición ajena.

    Sintió allí convertirse
    En piedad amorosa el aspereza.
    ¡Oh tarde arrepentirse!
    ¡Oh última terneza!
    ¿Cómo te sucedió mayor dureza?

    Los ojos se enclavaron
    En el tendido cuerpo que allí vieron,
    Los huesos se tornaron
    Más duros y crecieron,
    Y en sí toda la carne convirtieron;

    Las entrañas heladas
    Tornaron poco a poco en piedra dura;
    Por las venas cuitadas
    La sangre su figura
    Iba desconociendo y su natura;

    Hasta que finalmente
    En duro mármol vuelta y trasformada,
    Hizo de sí la gente
    No tan maravillada
    Cuanto de aquella ingratitud vengada.

    No quieras tú, señora,
    De Némesis airada las saetas
    Probar, por Dios, ahora;
    Baste que tus perfetas
    Obras y hermosura a los poetas

    Den inmortal materia,
    Sin que también en verso lamentable
    Celebren la miseria
    De algún caso notable
    Que por ti pase triste v miserable.


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    MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912) - Página 5 Empty Re: MARCELINO MENENDEZ PELAYO (1856-1912)

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 23:39

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Gutierre de Cetina

    Gutierre de Cetina (Sevilla, 1520-Puebla de los Ángeles, México, 1554) fue un poeta español del Renacimiento y del Siglo de Oro español.

    Biografía

    Su padre, Beltrán de Cetina y Alcocer, originalmente de Alcalá de Henares y de familia noble y acomodada, siendo muy joven se va a vivir a Sevilla, donde conoce a Francisca del Castillo y Zanabria, lugareña, y (a juzgar por el apellido) de origen morisco. El casamiento se celebra en 1518 en Sevilla. En 1520 nace Gutierre de Cetina; en 1521 Beltrán; en 1525 Ana Andrea del Castillo; y en 1527 Gregorio.

    Gutierre vivió un largo tiempo en Valencia, en donde fue soldado a las órdenes de Carlos I participando, en 1541, en la Jornada de Argel. Durante su estancia en Italia entró en contacto con la lírica petrarquista que tanto habría de influir en él; leyó a Luigi Tansillo, Ludovico Ariosto y Pietro Bembo, pero su lírica se inspira fundamentalmente en la del toscano Francesco Petrarca, en la del valenciano Ausiàs March y en la del toledano Garcilaso de la Vega.

    Pasó mucho tiempo en la corte del príncipe de Ascoli, Antonio de Leyva, al que dedicó numerosos poemas, y frecuentó también a Luis de Leyva y al insigne humanista y poeta Diego Hurtado de Mendoza. Adoptó el sobrenombre pastoril de Vandalio y compuso un cancionero petrarquista a una hermosa mujer llamada Laura Gonzaga. A tal dama está dedicado el famoso madrigal que ha pasado a todas las antologías de la poesía en castellano:

    Ojos claros, serenos,
    si de un dulce mirar sois alabados,
    ¿por qué si me miráis, miráis airados?
    Si cuanto más piadosos,
    más bellos parecéis a aquel que os mira,
    no me miréis con ira,
    porque no parezcáis menos hermosos.
    ¡Ay, tormentos rabiosos!
    Ojos claros, serenos,
    ya que así me miráis, miradme al menos.

    En este cancionero abundan los sonetos cuya fórmula consiste esencialmente en la traducción de un pensamiento amoroso de Ausiàs March o de Petrarca en los cuartetos y un desarrollo posterior personal en los tercetos.

    Hacia 1554 Cetina volvió a la Nueva España, donde ya había estado entre 1546 y 1548, con su tío Gonzalo López, quien era contador general. Allí se enamoró nuevamente, esta vez de la joven mujer casada Leonor de Osma, y bajo su ventana en Puebla de los Ángeles fue herido de muerte en 1554 por un rival celoso, Hernando de Nava, quien poseía una mitad de encomienda en Ixtacamaxtitlán y era hijo de Catalina Vélez Rascón de Guevara (apodada la Rascona) y Bartolomé Hernández de Nava, conquistador español y regidor de Puebla.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Sep 2022, 23:42

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    Gutierre de Cetina



    13- Madrigal

    Ojos claros, serenos,
    Si de un dulce mirar sois alabados,
    ¿Por qué, si me miráis, miráis airados?
    Si cuando más piadosos,
    Más bellos parecéis a aquel que os mira,
    No me miréis con ira,
    Porque no parezcáis menos hermosos.
    ¡Ay tormentos rabiosos!
    Ojos claros, serenos,
    Ya que así me miráis, miradme al menos.



    (ya está expuesto en su biografía)



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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 05 Sep 2022, 00:24

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Fray Luis de León
    BIOGRAFÍA


    (Belmonte, España, 1527 - Madrigal de las Altas Torres, id., 1591) Escritor español en lenguas castellana y latina. Se le considera el máximo exponente de la literatura ascética del Renacimiento, y, junto con San Juan de la Cruz, una de las principales figuras de la poesía religiosa del Siglo de Oro.


    De ascendencia judía, Fray Luis de León ingresó muy joven en la orden agustina. Estudió en las universidades de Alcalá de Henares y de Salamanca, donde obtuvo dos cátedras: la primera de filosofía moral y la segunda de Sagradas Escrituras, que abandonó más tarde para dedicarse a su orden. Fue detenido por la Inquisición y encarcelado durante casi cuatro años (1573-1576) a causa de su Comentario al Cantar de los Cantares (1561), traducción al castellano del texto bíblico, entonces prohibido.

    Fray Luis de León fue un gran humanista de espíritu cristiano y muy buen conocedor de los clásicos latinos. Destacó ante todo como prosista en castellano: su conciencia estilística, que se manifiesta en los efectos rítmicos que introdujo en su prosa, y su empeño en conseguir un lenguaje cuidado y natural lo convierten en un escritor fundamental para la consolidación de la prosa castellana.

    Destacan en este sentido La perfecta casada (1583), sobre las virtudes de la mujer cristiana, y, sobre todo, De los nombres de Cristo (1574-1575), un conjunto de comentarios eruditos a los apelativos con que se designa a Jesucristo en la Sagrada Escritura que constituye sin duda su obra más conseguida estilísticamente. Sin embargo, su fama literaria se debe a sus composiciones poéticas, veintitrés poemas publicados por primera vez por Quevedo en 1637 en un intento de ofrecer contramodelos a la corriente culterana encabezada por Góngora.

    Tan riguroso como en su prosa, su poesía demuestra un gran dominio del ritmo y del tono. Siguió las innovaciones métricas introducidas por Boscán y Garcilaso, pero se decantó exclusivamente por la lira como forma estrófica. Ejemplo eminente de la fecunda influencia de Horacio en el Renacimiento, consiguió una expresión poética de gran perfección formal y fuerza expresiva, de ejemplar sencillez. Sobre la base de su pensamiento platónico-agustiniano, cantó el ideal de vida retirada y el anhelo de plenitud que prefigura la vida celestial.



    Fuente: Fernández, Tomás y Tamaro, Elena. «Biografia de Fray Luis de León». En Biografías y Vidas. La enciclopedia biográfica en línea [Internet]. Barcelona, España, 2004. Disponible en [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]


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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 05 Sep 2022, 00:25

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Fray Luis de León


    14-
    Vida Retirada


    ¡Qué descansada vida
    la del que huye del mundanal ruido,
    y sigue la escondida
    senda por donde han ido
    los pocos sabios que en el mundo han sido!

    Que no le enturbia el pecho
    de los soberbios grandes el estado,
    ni del dorado techo
    se admira, fabricado
    del sabio moro, en jaspes sustentado.

    No cura si la fama
    canta con voz su nombre pregonera,
    ni cura si encarama
    la lengua lisonjera
    lo que condena la verdad sincera.

    ¿Qué presta a mi contento
    si soy del vano dedo señalado,
    si en busca de este viento
    ando desalentado
    con ansias vivas y mortal cuidado?

    ¡Oh campo, oh monte, oh río!
    ¡oh secreto seguro deleitoso!
    roto casi el navío,
    a vuestro almo reposo
    huyo de aqueste mar tempestüoso.

    Un no rompido sueño,
    Un día puro, alegre, libre quiero;
    no quiero ver el ceño
    vanamente severo
    de quien la sangre ensalza o el dinero.

    Despiértenme las aves
    con su cantar suave no aprendido,
    no los cuidados graves
    de que es siempre seguido
    quien al ajeno arbitrio está atenido.

    Vivir quiero conmigo,
    gozar quiero del bien que debo al cielo,
    a solas sin testigo
    libre de amor, de celo,
    de odio, de esperanzas, de recelo.

    Del monte en la ladera
    por mi mano plantado tengo un huerto
    que con la primavera,
    de bella flor cubierto,
    ya muestra en esperanza el fruto cierto.

    Y como codiciosa
    de ver y acrecentar su hermosura,
    desde la cumbre airosa
    una fontana pura
    hasta llegar corriendo se apresura.

    Y luego sosegada
    el paso entre los árboles torciendo,
    el suelo de pasada
    de 'verdura vistiendo,
    y con diversas flores va esparciendo.

    El aire el huerto orea
    y ofrece mil olores al sentido,
    los árboles menea
    con un manso ruido
    que del oro y del cetro pone olvido.

    Ténganse su tesoro
    los que de un flaco leño se confían:
    no es mío ver el lloro
    de los que desconfían
    cuando el cierzo y el ábrego porfían.

    La combatida antena
    cruje, y en ciega noche el claro día
    se torna, al cielo suena
    confusa vocería,
    y la mar enriquecen a porfía.

    A mí una pobrecilla
    mesa de amable paz bien abastada
    me baste, y la vajilla
    de fino oro labrada
    sea de quien la mar no teme airada.

    Y mientras miserable?
    mente se están los otros abrasando
    en sed insaciable
    del no durable mando,
    tendido yo a la sombra esté cantando.

    A la sombra tendido
    de yedra y lauro eterno coronado,
    puesto el atento oído
    al son dulce acordado
    del plectro sabiamente meneado.


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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 05 Sep 2022, 00:25

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Fray Luis de León



    15-
    A Don Francisco de Salinas


    El aire se serena
    y viste de hermosura y luz no usada,
    Salinas, cuando suena
    la música extremada
    por vuestra sabia mano gobernada.

    A cuyo son divino
    mi alma que en olvido está sumida,
    torna a cobrar el tino,
    y memoria perdida
    de su origen primera esclarecida.

    Y como se conoce,
    en suerte y pensamientos se mejora;
    el oro desconoce
    que el vulgo vil adora,
    la belleza caduca engañadora.

    Traspasa el aire todo
    hasta llegar a la más alta esfera,
    y oye allí otro modo
    de no perecedera
    música, que es de todas la primera.

    Ve cómo el gran Maestro
    a aquesta inmensa cítara aplicado,
    con movimiento diestro
    produce el son sagrado
    con que este eterno templo es sustentado.

    Y como está compuesta
    de números concordes,
    luego envía consonante respuesta,
    y entrambas a porfía
    mezclan una dulcísima armonía.

    Aquí la alma navega
    por un mar de dulzura,
    y finalmente en él así se anega,
    que ningún accidente
    extraño o peregrino oye y siente.

    ¡Oh desmayo dichoso!
    ¡oh muerte que das vida! ¡oh dulce olvido!
    ¡durase en tu reposo
    sin ser restituido
    jamás a aqueste bajo y vil sentido!

    A este bien os llamo,
    gloria del Apolíneo sacro coro,
    amigo, a quien amo
    sobre todo tesoro;
    que todo lo demás es triste lloro.

    ¡Oh! suene de contino,
    Salinas, vuestro son en mis oídos,
    por quien al bien divino
    despiertan los sentidos,
    quedando a lo demás amortecidos.


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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 05 Sep 2022, 00:26

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Fray Luis de León


    16- A Felipe Ruiz de la Torre y Mota

    ¿Cuándo será que pueda
    libre de esta prisión volar al cielo,
    Felipe, y en la rueda
    que huye más del suelo,
    contemplar la verdad pura sin velo?

    Allí a mi vida junto
    en luz resplandeciente convertido,
    veré distinto y junto
    lo que es y lo que ha sido,
    y su principio propio y escondido.

    Entonces veré cómo
    el divino poder echó el cimiento
    tan a nivel y plomo,
    do estable eterno asiento
    posee el pesadísimo elemento.

    Veré las inmortales
    columnas do la tierra está fundada,
    las lindes y señales
    con que a la mar airada
    la Providencia tiene aprisionada.

    Por qué tiembla la tierra,
    por qué las hondas mares se, embravecen,
    dó sale a mover guerra
    el cierzo, y por qué crecen
    las aguas del Océano y decrecen.

    De dó manan las fuentes;
    quién ceba, y quién bastece de los ríos
    las perpetuas corrientes;
    de los helados fríos
    veré las causas, y de los estíos.

    Las soberanas aguas
    del aire en la región quién las sostiene;
    de los rayos las fraguas;
    dó los tesoros tiene
    de nieve Dios, y el trueno dónde viene.

    ¿No ves cuando acontece
    turbarse el aire todo en el verano?
    El día se ennegrece,
    sopla el gallego insano,
    y sube hasta el cielo el polvo vano;

    Y entre las nubes mueve
    su carro Dios ligero y reluciente,
    horrible son conmueve,
    relumbra fuego ardiente,
    treme la tierra, humillase la gente.

    La lluvia baña el techo,
    envían largos ríos los collados;
    su trabajo deshecho,
    los campos anegados
    miran los labradores espantados.

    Y de allí levantado
    veré los movimientos celestiales,
    así el arrebatado
    como los naturales,
    las causas de los hados, las señales.

    Quién rige las estrellas
    veré, y quién las enciende con hermosas
    y eficaces centellas;
    por qué están las dos osas,
    de bañarse en el mar siempre medrosas.

    Veré este fuego eterno
    fuente de vida y luz do se mantiene;
    y por qué en el invierno
    tan presuroso viene,
    por qué en las noches largas se detiene.

    Veré sin movimiento
    en la más alta esfera las moradas
    del gozo y del contento,
    de oro y luz labradas,
    de espíritus dichosos habitadas.



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    Mensaje por Lluvia Abril Lun 05 Sep 2022, 00:27

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Fray Luis de León



    17- Noche Serena


    Cuando contemplo el cielo
    de innumerables luces adornado,
    y miro hacia el suelo
    de noche rodeado,
    en sueño y en olvido sepultado,

    El amor y la pena
    despiertan en mi pecho una ansia ardiente;
    despiden larga vena
    los ojos hechos fuente;
    la lengua dice al fin con voz doliente:

    Morada de grandeza,
    templo de claridad y hermosura,
    mi alma que a tu alteza
    nació, ¿qué desventura
    la tiene en esta cárcel baja, oscura?

    ¿Qué mortal desatino
    de la verdad aleja así el sentido,
    que de tu bien divino
    olvidado, perdido
    sigue la vana sombra, el bien fingido?

    El hombre está entregado
    al sueño, de su suerte no cuidando,
    y con paso callado
    el cielo vueltas dando
    las horas del vivir le va hurtando.

    ¡Ay! despertad, mortales;
    mirad con atención en vuestro daño;
    ¿las almas inmortales
    hechas a bien tamaño
    podrán vivir de sombra, y sólo engaño?

    ¡Ay! levantad los ojos
    a aquesta celestial eterna esfera,
    burlaréis los antojos
    de aquesa lisonjera
    vida, con cuanto terne y cuanto espera.

    ¿Es más que un breve punto
    el bajo y torpe suelo, comparado
    a aqueste gran trasunto,
    do vive mejorado
    lo que es, lo que será, lo que ha pasado?

    Quien mira el gran concierto
    de aquestos resplandores eternales,
    su movimiento cierto,
    sus pasos desiguales,
    y en proporción concorde tan iguales;

    La luna cómo mueve
    la plateada rueda, y va en pos de ella
    la luz do el saber llueve,
    y la graciosa estrella
    de amor la sigue reluciente y bella;

    Y cómo otro camino
    prosigue el sanguinoso Marte airado,
    y el Júpiter benino
    de bienes mil cercado
    serena el cielo con su rayo amado;

    Rodéase en la cumbre
    Saturno, padre de los siglos de oro,
    tras él la muchedumbre
    del reluciente coro
    su luz va repartiendo y su tesoro.

    ¿Quién es el que esto mira,
    y precia la bajeza de la tierra,
    y no gime y suspira
    por romper lo que encierra
    el alma, y de estos bienes la destierra?

    Aquí vive el contento,
    aquí reina la paz: aquí asentado
    en rico y alto asiento
    está el amor sagrado
    de honra y de deleites rodeado.

    Inmensa hermosura
    aquí se muestra toda; y resplandece
    clarísima luz pura,
    que jamás anochece;
    eterna primavera aquí florece.

    ¡Oh campos verdaderos!
    ¡oh prados con verdad frescos y amenos!
    ¡riquísimos mineros!
    ¡Oh deleitosos senos!
    ¡repuestos valles de mil bienes llenos!


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:12

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Fray Luis de León




    18- Morada del Cielo


    Alma región luciente,
    prado de bienandanza, que ni al hielo
    ni con el rayo ardiente
    falleces, fértil suelo
    producidor eterno de consuelo;

    De púrpura y de nieve
    florida la cabeza coronado,
    a dulces pastos mueve
    sin honda ni cayado,
    el buen Pastor en ti su hato amado.

    Él va, y en pos dichosas
    le siguen sus ovejas, do las pace
    con inmortales rosas,
    con flor que siempre nace,
    y cuanto más se goza más renace.

    Ya dentro a la montaña
    del alto bien las guía; ya en la vena
    del gozo fiel las baña,
    y les da mesa llena,
    pastor y pasto él solo, y suerte buena.

    Y de su esfera cuando
    la cumbre toca altísimo subido
    el sol, él sesteando
    de su hato ceñido
    con dulce son deleita el santo oído.

    Toca el rabel sonoro,
    y el inmortal dulzor al alma pasa,
    con que envilece el oro,
    y ardiendo se traspasa
    y lanza en aquel bien libre de tasa.

    ¡Oh son, oh voz! siquiera
    pequeña parte alguna descendiese
    en mi sentido, y fuera
    de sf el alma pusiese
    y toda en ti, oh amor, la convirtiese!

    Conocería dónde
    sesteas, dulce Esposo, y desatada
    de esta prisión a donde
    padece, a tu manada
    junta, no ya andará perdida, errada.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:13

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    19- En la Ascensión


    ¡Y dejas, Pastor santo,
    tu grey en este valle hondo, oscuro,
    con soledad y llanto,
    y tú rompiendo el puro
    aire, te vas al inmortal seguro!

    ¿Los antes bienhadados,
    y los ahora tristes y afligidos,
    a tus pechos criados,
    de Ti desposeídos,
    a dó convertirán ya sus sentidos?

    ¿Qué mirarán los ojos
    que vieron de tu rostro la hermosura,
    que no les sea enojos?
    quien oyó tu dulzura,
    ¿qué no tendrá por sordo y desventura?

    Aqueste mar turbado
    ¿quién le pondrá ya freno? ¿quién concierto
    al viento fiero airado?
    estando tú encubierto,
    ¿qué norte guiará la nave al puerto?

    ¡Ay! nube envidiosa
    aun de este breve gozo ¿qué te quejas?
    ¿dó vuelas presurosa?
    ¡cuán rica tú te alejas!
    ¡cuán pobres y cuán ciegos, ay, nos dejas!



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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:14

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    20- Imitación de Diversos


    Vuestra tirana exención
    y ese vuestro cuello erguido
    estoy cierto que Cupido
    pondrá en dura sujeción.
    Vivid esquiva y exenta;
    que a mi cuenta
    vos serviréis al amor
    cuando de vuestro dolor
    ninguno quiera hacer cuenta.

    Cuando la dorada cumbre
    fuere de nieve esparcida,
    y las dos luces de vida
    recogieren ya su lumbre:
    cuando la ruga enojosa
    en la hermosa
    frente y cara se mostrare,
    y el tiempo que vuela helare
    esa fresca y linda rosa;

    Cuando os viéredes perdida,
    os perderéis por querer,
    sentiréis que es padecer
    querer y no ser querida.
    Diréis con dolor, Señora,
    cada hora:
    «¡Quién tuviera, ay sin ventura,
    a ahora aquella hermosura
    o antes el amor de ahora!»

    A mil gentes que agraviadas
    tenéis con vuestra porfía,
    dejaréis en aquel día
    alegres y bien vengadas.
    Y por mil partes volando
    publicando
    el amor irá este cuento,
    para aviso y escarmiento
    de quien huye de su bando.

    ¡Ay! por Dios, Señora bella,
    mirad por vos, mientras dura
    esa flor graciosa y pura,
    que el no gozalla es perdella,
    y pues no menos discreta
    y perfeta
    sois que bella y desdeñosa,
    mirad que ninguna cosa
    hay qué a amor no esté sujeta.

    El amor gobierna el cielo
    con ley dulce eternamente,
    ¿y pensáis vos ser valiente
    contra él? Acá en el suelo
    da movimiento y viveza
    a belleza
    el amor, y es dulce vida;
    y la suerte más valida
    sin él es triste pobreza.

    ¿Qué vale el beber en oro,
    el vestir seda y brocado,
    el techo rico labrado,
    los montones de tesoro?
    ¿Y qué vale si a derecho
    os da pecho
    el mundo todo y adora,
    si a la fin dormís, Señora,
    en el solo y frío lecho?



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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:15

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Fray Luis de León



    21- Soneto


    Ahora con la aurora se levanta
    mi luz, ahora coge en rico nudo
    el hermoso cabello, ahora el crudo
    pecho ciñe con oro, y la garganta.

    Ahora vuelta al cielo pura y santa
    las manos y ojos bellos alza,
    y pudo dolerse ahora de mi mal agudo;
    ahora incomparable tañe y canta.

    Así digo, y del dulce error llevado,
    presente ante mis ojos la imagino,
    y lleno de humildad y amor la adoro.

    Mas luego vuelve en sí el engañado ánimo,
    y conociendo el desatino,
    la rienda suelta largamente al lloro.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:17

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)




    San Juan de la Cruz


    Biografía

    Su verdadero nombre era Juan de Yepes y nació el 24 de junio de 1542 en Fontiveros, pequeño pueblo abulense perteneciente a Castilla y León, una comunidad autónoma de España.
    Murió su padre cuando Juan tenía seis años; a los nueve años, se trasladó con su madre al abulense pueblo de Medina del Campo, en donde a los 17 años, ingresa en un colegio de jesuitas para estudiar humanidades.
    El año 1563 toma los hábitos de la orden religiosa Carmelita, adoptando el nuevo nombre de fray Juan de san Matías; al año siguiente se traslada a Salamanca para cursar estudios de teología en su célebre universidad. En el año 1567 es ordenado sacerdote, y adopta el nuevo y definitivo nombre de Juan de la Cruz. Su ilustre paisana de Ávila, Teresa de Jesús, trabó gran amistad con él y le integró en el movimiento de la reforma carmelita que ella había iniciado.
    En 1568 Juan de la Cruz fundó el primer convento de Carmelitas Descalzos, los cuales practicaban a ultranza la contemplación y la austeridad. Unos años después, 1577, sus intentos reformistas de las órdenes monásticas, le llevaron a sufrir 9 meses de dura prisión en un convento de Toledo, acusado de apóstata. De su cautiverio en aquella cárcel-convento de Toledo, nace la composición de su obra cumbre: "Cántico espiritual". En otras poesías se puede llegar a entrever en lenguaje subliminal, el relato que hace de su astuta y sorprendente huida en la madrugada del 15 de agosto de 1578, estando la fortaleza sobre un peligroso acantilado sobre el Tajo profundo que ciñe a Toledo.
    Para huir de la prisión conventual toledana, contó con las influencias que ejerció su paisana Teresa de Jesús, ante la duquesa de Alba. Con su huida dio en refugiarse en un convento de Jaén y continuó con la reforma carmelitana, fundando varios conventos por Andalucía. En esta región llegó a ser nombrado Vicario Provincial de la orden de Carmelitas Descalzos; pero el buen Juan siguió con su obstinación de la reforma, lo que le llevó a enfrentamientos con la jerarquía religiosa y a sufrir nueva prisión en el convento de la Peñuela, en plena Sierra Morena, en donde culminó la escritura de sus principales obras literarias.
    Cuando por fin es excarcelado y se dispone a cumplir con el traslado que se le impone a América, el 14 de diciembre de 1591, muere a la edad de 49 años.
    135 años después, es elevado a la categoría de santo, por la iglesia católica.


    * * *

    La obra poética de san Juan de la Cruz está inspirada en un profundo sentimiento religioso. A decir de algunos de sus biógrafos, su poesía en general tiene un estilo similar al bíblico "Cantar de los cantares" atribuido a Salomón. Nuestro poeta era un gran conocedor de la Biblia y de la filosofía aristotélica y platónica; también su obra nos trae aromas de las Églogas del poeta toledano Garcilaso de la Vega, muy impregnadas de un cultismo italianizante.
    El estilo poético que imprime a su célebre "Cántico" (que algunos denominan "Cántico espiritual"), tiene un gran ritmo y musicalidad; compuesto a base de liras -estrofa ideada por Garcilaso- en las que mezcla y alterna versos heptasílabos y endecasílabos.
    Toda la obra de san Juan de la Cruz está impregnada de un gran misticismo simbolista; también rezuma un típico estilo de la poesía bucólica y pastoril.
    Hay quien afirma que su obra poética está cargada de una encriptada sensualidad e incluso de cierto erotismo. Son parecidas apreciaciones a las que algunos estudiosos creen adivinar en los textos bíblicos ya mencionados.

    Sus obras en verso, además del Cántico ya citado y descrito, son: "Noche oscura"; "Llama de amor viva"; y un conjunto de poemas menores entre los que destaca "El pastorcico".




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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:19

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    San Juan de la Cruz



    22- Cántico Espiritual.
    Canciones Entre el Alma y el Esposo



    Esposa

    ¿Adónde te escondiste,
    Amado, y me dejaste con gemido?
    Como el ciervo huíste,
    Habiéndome herido;
    Salí tras ti clamando, y eras ido.

    Pastores, los que fuerdes
    Allá por las majadas al otero,
    Si por ventura vierdes
    Aquel que yo más quiero
    Decidle que adolezco, peno y muero.

    Buscando mis amores,
    Iré por esos montes y riberas,
    Ni cogeré las flores,
    Ni temeré las fieras,
    Y pasaré los fuertes y fronteras.
    ¡Oh bosques y espesuras,
    Plantadas por la mano del Amado!
    ¡Oh prado de verduras,
    De flores esmaltado,
    Decid si por vosotros ha pasado!


    Respuesta de las Criaturas

    Mil gracias derramando
    Pasó por estos sotos con presura,
    Y, yéndolos mirando,
    Con sola su figura
    Vestidos los dejó de su hermosura.


    Esposa

    ¡Ay, quién podrá sanarme!
    Acaba de entregarte ya de vero,
    No quieras enviarme
    De hoy más ya mensajero,
    Que no saben decirme lo que quiero.

    Y todos cuantos vagan,
    De ti me van mil gracias refiriendo,
    Y todos más me llagan,
    Y dejáme muriendo
    Un no sé qué que quedan balbuciendo.

    Mas ¿cómo perseveras,
    Oh vida, no viviendo donde vives,
    Y haciendo porque mueras
    Las flechas que recibes,
    De lo que del Amado en ti concibes?

    ¿Por qué, pues has llagado
    A aqueste corazón, no le sanaste?
    Y pues me le has robado,
    ¿Por qué así lo dejaste,
    Y no tomas el robo que robaste?

    ——

    Apaga mis enojos,
    Pues que ninguno basta a deshacellos,
    Y véante mis ojos,
    Pues eres lumbre de ellos
    Y sólo para ti quiero tenellos.

    Descubre tu presencia,
    Y máteme tu vista y hermosura:
    Mira que la dolencia
    De amor, que no se cura
    Sino con la presencia y la figura.

    ¡Oh cristalina fuente,
    Si en esos tus semblantes plateados
    Formases de repente
    Los ojos deseados
    Que tengo en mis entrañas dibujados!

    Apártalos, Amado,
    Que voy de vuelo.


    Esposo

    Vuélvete, paloma,
    Que el ciervo vulnerado
    Por el otero asoma,
    Al aire de tu vuelo, y fresco toma.


    Esposa

    Mi amada, las montañas,
    Los valles solitarios nemorosos,
    Las ínsulas extrañas,
    Los ríos sonorosos,
    El silbo de los aires amorosos.

    La noche sosegada,
    En par de los levantes de la aurora,
    La música callada,
    La soledad sonora,
    La cena, que recrea y enamora.

    Cazadnos las raposas,
    Que está ya florecida nuestra viña,
    En tanto que de rosas
    Hacemos una piña,
    Y no parezca nadie en la montiña.

    Detente, Cierzo muerto:
    Ven, Austro, que recuerdas los amores,
    Aspira por mi huerto,
    Y corran tus olores,
    Y pacerá el Amado entre las flores.

    Oh ninfas de Judea,
    En tanto que en las flores y rosales
    El ámbar perfumea,
    Morá en los arrabales,
    Y no queráis tocar nuestros umbrales.

    Escóndete, Carillo,
    Y mira con tu haz a las montañas,
    Y no quieras decidlo;
    Mas mira las campañas
    De la que va por ínsulas extrañas.


    Esposo

    A las aves ligeras,
    Leones, ciervos, gamos saltadores,
    Montes, valles, riberas,
    Aguas, aires, ardores,
    Y miedos de las noches veladores,

    Por las amenas liras
    Y cantos de sirenas os conjuro
    Que cesen vuestras iras,
    Y no toquéis al muro,
    Porque la Esposa duerma más seguro.

    Entrádose ha la Esposa
    En el ameno huerto deseado,
    Y a su sabor reposa,
    El cuello reclinado
    Sobre los dulces brazos del Amado.

    El cuello reclinado
    Allí conmigo fuiste desposada,
    Allí te di la mano,
    Y fuiste reparada
    Donde tu madre fuera violada.


    Esposa

    Nuestro lecho florido,
    De cuevas de leones enlazado,
    En púrpura teñido,
    De paz edificado,
    De mil escudos de oro coronado.

    A zaga de tu huella
    Las jóvenes discurren el camino,
    Al toque de centella,
    Al adobado vino,
    Emisiones de bálsamo divino.

    En la interior bodega
    De mi amado bebí, y cuando salía
    Por toda aquesta vega,
    Ya cosa no sabía
    Y el ganado perdí que antes seguía.

    Allí me dio su pecho,
    Allí me enseñó ciencia muy sabrosa,
    Y yo le di de hecho
    A mí, sin dejar cosa,
    Allí le prometí de ser su esposa.

    Mi alma se ha empleado
    Y todo mi caudal en su servicio.
    Ya no guardo ganado,
    Ni ya tengo otro oficio:
    Que ya sólo en amar es mi ejercicio.

    Pues ya si en el ejido
    De hoy más no fuere vista ni hallada,
    Diréis que me he perdido,
    Que andando enamorada
    Me hice perdidiza, y fui ganada.

    De flores y esmeraldas
    En las frescas mañanas escogidas,
    Haremos las guirnaldas,
    En tu amor florecidas,
    Y en un cabello mío entretejidas.

    En solo aquel cabello
    Que en mi cuello volar consideraste,
    Mirástele en mi cuello,
    Y en él preso quedaste,
    Y en uno de mis ojos te llagaste.

    Cuando tú me mirabas,
    Su gracia en mí tus ojos imprimían;
    Por eso me adamabas,
    Y en eso merecían
    Los míos adorar lo que en ti vían.

    No quieras despreciarme,
    Que si color moreno en mí hallaste
    Ya bien puedes mirarme,
    Después que me miraste,
    Que gracia y hermosura en mí dejaste.


    Esposo

    La blanca palomica
    Al arca con el ramo se ha tornado,
    Y ya la tortolica
    Al socio deseado
    En las riberas verdes ha hallado.

    En soledad vivía,
    Y en soledad ha puesto ya su nido,
    Y en soledad-la guía
    A solas su querido,
    También en soledad de amor herido.


    Esposa

    Gocémonos, Amado,
    Y vámonos a ver en tu hermosura
    Al monte y al collado,
    Do mana el agua pura;
    Entremos más adentro en la espesura.

    Y luego a las subidas
    Cavernas de la piedra nos iremos,
    Que están bien escondidas,
    Y allí nos entraremos,
    Y el mosto de granadas gustaremos.

    Allí me mostrarías
    Aquello que mi alma pretendía,
    Y luego me darías
    Allí tú, vida mía,
    Aquello que me diste el otro día.

    El aspirar del aire,
    El canto de la dulce Filomena,
    El soto y su donaire,
    En la noche serena
    Con llama que consume y no da pena.

    Que nadie lo miraba,
    Aminadab tampoco parecía,
    Y el cerco sosegaba,
    Y la caballería
    A vista de las aguas descendía.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:20

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    San Juan de la Cruz




    23--

    Soneto
    A Jesús Crucificado

    Anónimo
    Atribuido a Santa Teresa, a San Francisco Javier, al Fray Miguel de Guevara
    (1515–1582), (1506–1537), (c.1585–c.1646)


    No me mueve, mi Dios, para quererte
    El cielo que me tienes prometido,
    Ni me mueve el infierno tan temido
    Para dejar por eso de ofenderte.

    Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
    Clavado en una cruz y escarnecido;
    Muéveme ver tu cuerpo tan herido;
    Muévenme tus afrentas y tu muerte.

    Muéveme, al fin, tu amor, y en tal manera,
    Que aunque no hubiera cielo, yo te amara.
    Y aunque no hubiera infierno, te temiera.

    No me tienes que dar porque te quiera;
    Pues aunque lo que espero no esperara,
    Lo mismo que te quiero te quisiera.



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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:21

    Menéndez Pelayo, Marcelino
    (1856-1912).



    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)



    Francisco de la Torre
    (c.1534–c.1594)



    Biografía

    Francisco de la Torre, (¿1534 - 1594?), poeta español de la segunda fase del Renacimiento, perteneciente a la Escuela de Salamanca, que no hay que confundir con el poeta homónimo de la primera mitad del XVI.

    Casi nada se sabe sobre su vida y sin duda es el poeta más misterioso del siglo XVI. Nada más que una suma de conjeturas extraídas de los débiles indicios que ofrecen sus versos es la biografía bosquejada por Aureliano Fernández-Guerra como discurso de entrada en la Real Academia Española en 1857. Según este autor, habría nacido en Torrelaguna hacia 1534, habría estudiado en Alcalá de Henares y seguido la carrera militar en Italia, para al final de su vida hacerse clérigo.

    Un manuscrito de sus poesías circulaba a principios del siglo XVII con una Aprobación de Alonso de Ercilla, que murió en 1594, y llamó la atención de Quevedo, quien lo compró y editó junto a las obras de fray Luis de León en 1631 para combatir con buenos ejemplos de poesía clásica los excesos del Culteranismo. Quevedo se preocupó de indagar sobre el autor del manuscrito, que el librero le vendió con desprecio, pero no pudo sacar nada en limpio; es más, en él estaba "en cinco partes borrado el nombre del autor con tanto cuidado, que se añadió humo a la tinta". Cuando en 1753 José Luis Velázquez reimprimió las obras de Francisco de la Torre en Madrid pensó que su autor era en realidad el propio Francisco de Quevedo, teoría que la crítica moderna rechaza con unanimidad desde Manuel José Quintana en el siglo XIX.

    Sus obras han sido editadas modernamente por Alonso Zamora Vicente en la colección Clásicos Castellanos, en 1944, y hay otras posteriores no menos notables, por ejemplo la de María Luisa Cerrón Puga en Ediciones Cátedra, de 1984, que anota las fuentes italianas. En un ensayo reciente, Antonio Alatorre insiste, sin aportar detalles biográficos nuevos, que "Francisco de la Torre nació a mediados del siglo XVI en Santa Fe de Bogotá, donde parece haber pasado toda su vida".

    Muy influido por el Petrarquismo, algunos de sus poemas son traducciones de escritores italianos, sobre todo Benedetto Varchi, y construye su cancionero en torno a una tal Filis, que al retorno del amante de Italia encuentra casada con otro. Por modelos tiene a Garcilaso y Horacio dentro de una cosmovisión inmersa por completo en el Neoplatonismo, pero le singulariza su finísima sensibilidad ante temas como la noche, la tórtola solitaria, el dolor por la ausencia de la amada, etcétera. En Francisco de la Torre la existencial melancolía garcilasiana se aquilata, depura y refina aún más hasta llegar casi a lo prerromántico; al igual que el poeta toledano, su actitud es paganizante por extremo.

    La obra está dividida en tres libros: Libros primero y segundo de los versos líricos, donde destacan algunos sonetos de extremada perfección formal y emoción, como los dedicados A la noche y a temas pastoriles, y Libro tercero de los versos adónicos, así como ocho églogas reunidas bajo el título de Bucólica del Tajo.

    Sus Canciones gozan de justa fama, en especial A la tórtola y A la cierva herida. También hizo algunas aportaciones a la métrica española, como la llamada estrofa de La Torre o sáfico adónica, que fue seguramente el primero en cultivar, y escribió endechas en heptasílabo suelto y en hexasílabos:

    Endecha II

    El pastor más triste
    que ha seguido el cielo,
    dos fuentes sus ojos
    y un fuego su pecho.
    Endecha IV
    Veneno su pecho,
    yerba y áspid hecho,
    dentro de mi pecho,
    crudo amor, te siento.


    Bibliografía

    Alatorre, Antonio. "Francisco de la Torre y su muy probable patria: Santa Fe de Bogotá". Nueva Revista de Filología Hispánica Vol. 47, No. 1 (1999), 33-72
    • Blanco Sánchez, Antonío, Entre fray Luis y Quevedo: En busca de Francisco de la Torre. Premio Menéndez Pidal de la Real Acad. Española 1980. Salamanca: Atlas, 1982.
    • Cerrón Puga, María Luisa, El poeta perdido: Aproximación a Francisco de la Torre. Pisa: Giardini, 1984.
    • Fernández Rodríguez, Amelia. "Sobre la construcción temática en los sonetos amorosos de Francisco de la Torre." Boletín del Departamento de Literatura Española, 57-74, 1989.
    • García García, Jordi. "La retórica del destino en Francisco de la Torre." Boletín de la Biblioteca de Menéndez Pelayo, 65:71-96, 1989.
    • Hughes, Gethin J. "Versos Bimembres and Parallelism in the Poetry of Francisco de la Torre." Hispanic Review, 43:381-92, 1975.
    • Hughes, Gethin, The poetry of Francisco de la Torre. Toronto; Buffalo: University of Toronto Press, 1982.
    • Komanecky, Peter M. "Quevedo's Notes on Herrera: The Involvement of Francisco de La Torre in the Controversy over Gongora." Bulletin of Hispanic Studies, 52:123-33, 1975.
    • Pérez-Abadín Barro, Soledad. "La influencia de Bernardo Tasso en Francisco de la Torre." Bulletin of Hispanic Studies, 73(1):13-18, 1996.
    • Poetas líricos españoles: Boscán, Garcilaso de la Vega, Fray Luis de León, San Juan de la Cruz, Francisco de la Torre, Fernando de Herrera. Buenos Aires: Editorial El Ateneo, 1959.
    • Torre, Francisco de la, Poesías Madrid: Espasa-Calpe, 1969; 1944.
    • Torre, Francisco de la, Poesía completa Madrid: Cátedra, 1984;




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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 06 Sep 2022, 00:23

    Menéndez Pelayo, Marcelino
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    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
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    Francisco de la Torre
    (c.1534–c.1594)




    24- La Cierva



    Doliente cierva, que el herido lado
    De ponzoñosa y cruda yerba lleno,
    Buscas el agua de la fuente pura,
    Con el cansado aliento y con el seno
    Bello de la corriente sangre hinchado,
    Débil y decaída tu hermosura:
    ¡Ay! que la mano dura
    Que tu nevado pecho
    Ha puesto en tal estrecho,
    Gozosa va con tu desdicha, cuando
    Cierva mortal, viviendo, estás penando
    Tu desangrado y dulce compañero,
    El regalado y blando
    Pecho pasado del veloz montero;

    Vuelve cuitada, vuelve al valle, donde
    Queda muerto tu amor, en vano dando
    Términos desdichados a tu suerte.
    Morirás en su seno, reclinando
    La beldad, que la cruda mano esconde
    Delante de la nube de la muerte.
    Que el paso duro y fuerte,
    Ya forzoso y terrible,
    No puede ser posible
    Que le excusen los cielos, permitiendo
    Crudos astros que muera padeciendo
    Las asechanzas de un montera crudo,
    Que te vino siguiendo
    Por los desiertos de este campo mudo.

    Mas ¡ay! que no dilatas la inclemente
    Muerte, que en tu sangriento pecho llevas,
    Del crudo amor vencido y maltratado;
    Tú con el fatigado aliento pruebas
    A rendir el espíritu doliente
    En la corriente de este valle amado.
    Que el ciervo desangrado,
    Que contigo la vida
    Tuvo por bien perdida,

    No fue tan poco de tu amor querido,
    Que habiendo tan cruelmente padecido,
    Quieras vivir sin él, cuando pudieras
    Librar el pecho herido
    De crudas llagas y memorias fieras.

    Cuando por la espesura deste prado
    Como tórtolas solas y queridas,
    Solos y acompañados anduvistes;
    Cuando de verde mirto y de floridas
    Violetas, tierno acanto y lauro amado,
    Vuestras frentes bellísimas ceñistes;
    Cuando las horas tristes,
    Ausentes y queridos,
    Con mil mustios bramidos
    Ensordecistes la ribera umbrosa
    Del claro Tajo, rica y venturosa
    Con vuestro bien, con vuestro mal sentida;
    Cuya muerte penosa
    No deja rastro de contenta vida.

    Ahora el uno, cuerpo muerto lleno
    De desdén y de espanto, quien solía
    Ser ornamento de la selva umbrosa,
    Tú, quebrantada y mustia, al agonía
    De la muerte rendida, el bello seno
    Agonizando, el alma congojosa;
    Cuya muerte gloriosa,
    En os ojos e aquellos
    Cuyos despojos bellos
    Son victorias del crudo amor furioso,
    Martirio fue de amor, triunfo glorioso
    Con que corona y premia dos amantes
    Que del siempre rabioso
    Trance mortal salieron muy triunfantes.

    Canción, fábula un tiempo, y caso ahora
    De una cierva doliente, que la dura
    Flecha del cazador dejó sin vida,
    Errad por la espesura
    Del monte, que de gloria tan perdida
    No hay sino lamentar su desventura.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Sep 2022, 02:34

    Las Cien Mejores Poesías (Líricas) de la Lengua Castellana
    Escogidas por:
    Marcelino Menéndez y Pelayo
    (1856–1912)


    Y esta es la OBRA que estaba esperando como agua de mayo. Se coincidirá o no con Don Marcelino pero es u libro imprescindible en la historia de nuestra literatura.

    Te prometo leer todos los poemas ( no las biografías). Todos, absolutamente todos. Y cuando pueda comentar. Como has cogido carrerilla ya voy atrasado. Espero ponerme al día.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Sep 2022, 02:40

    "Moça tan fermosa
    Non vi en la frontera,
    Como una vaquera
    De la Finojosa."


    Qué cantidad de recuerdos me traen esta redondilla del Marqués de Santillana


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Sep 2022, 02:42

    UN 10 PARA JORGE MANRIQUE

    OTRO 10 PARA MENÉNDEZ PIDAL

    Y OTRO MÁS PARA LLUVIA... ME LLEVÁIS ENTRE LOS TRES A LOS 14 AÑOS.


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