Aires de Libertad

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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:03

    ***

    Nadie ignora el nombre del célebre armador inglés Cu-nard, el inteligente industrial que
    fundó, en 1840, un servi-cio postal entre Liverpool y Halifax, con tres barcos de ma-dera,
    de ruedas, de cuatrocientos caballos de fuerza y con un arqueo de mil ciento sesenta y dos
    toneladas. Ocho años des-pués, el material de la compañía se veía incrementado en cuatro
    barcos de seiscientos cincuenta caballos y mil ocho-cientas veinte toneladas, y dos años
    más tarde, en otros dos buques de mayor potencia y tonelaje. En 1853, la Compañía
    Cunard, cuya exclusiva del transporte del correo acababa de serle renovada, añadió
    sucesivamente a su flota el Arabia, el Persia, el China, el Scotia, el Java y el Rusia, todos
    ellos muy rápidos y los más grandes que, a excepción del Great Eas-tern, hubiesen surcado
    nunca los mares. Así, pues, en 1867, la compañía poseía doce barcos, ocho de ellos de
    ruedas y cuatro de hélice.

    La mención de tales detalles tiene por fm mostrar la im-portancia de esta compañía de
    transportes marítimos, cuya inteligente gestión es bien conocida en el mundo entero.
    Ninguna empresa de navegación transoceánica ha sido diri-gida con tanta habilidad como
    ésta; ningún negocio se ha visto coronado por un éxito mayor. Desde hace veintiséis años,
    los navíos de las líneas Cunard han atravesado dos mil veces el Atlántico sin que ni una
    sola vez se haya malogrado un viaje, sin que se haya producido nunca un retraso, sin que se
    haya perdido jamás ni una carta, ni un hombre ni un bar-co. Por ello, y pese a la poderosa
    competencia de las líneas francesas, los pasajeros continúan escogiendo la Cunard, con
    preferencia a cualquier otra, como demuestran las con-clusiones de los documentos
    oficiales de los últimos años. Dicho esto, a nadie sorprenderá la repercusión hallada por el
    accidente ocurrido a uno de sus mejores barcos.

    El 13 de abril de 1867, el Scotia se hallaba a 150 12' de lon-gitud y 450 37' de latitud,
    navegando con mar bonancible y brisa favorable. Su velocidad era de trece nudos y
    cuarenta y tres centésimas, impulsado por sus mil caballos de vapor. Sus ruedas batían el
    agua con una perfecta regularidad. Su calado era de seis metros y sesenta centímetros, y su
    despla-zamiento de seis mil seiscientos veinticuatro metros cúbicos.
    A las cuatro y diecisiete minutos de la tarde, cuando los pasajeros se hallaban merendando
    en el gran salón, se pro-dujo un choque, poco sensible, en realidad, en el casco del Scotia,
    un poco más atrás de su rueda de babor.



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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:04

    ***

    No había sido el Scotia el que había dado el golpe sino el que lo había recibido, y por un
    instrumento más cortante o perforante que contundente. El impacto había parecido tan
    ligero que nadie a bordo se habría inquietado si no hubiesen subido al puente varios
    marineros de la cala gritando:
    «¡Nos hundimos! ¡Nos hundimos!».
    Los pasajeros se quedaron espantados, pero el capitán Anderson se apresuró a
    tranquilizarles. En efecto, el peligro no podía ser inminente. Dividido en siete
    compartimientos por tabiques herméticos, el Scotia podía resistir impune-mente una vía de
    agua.

    El capitán Anderson se dirigió inmediatamente a la cala. Vio que el quinto compartimiento
    había sido invadido por el mar, y que la rapidez de la invasión demostraba que la vía de
    agua era considerable. Afortunadamente, las calderas no se hallaban en ese compartimiento.
    De haber estado aloja-das en él se hubiesen apagado instantáneamente. El capitán Anderson
    ordenó de inmediato que pararan las máquinas. Un marinero se sumergió para examinar la
    avería. Algunos instantes después pudo comprobarse la existencia en el cas-co del buque de
    un agujero de unos dos metros de anchura. Imposible era cegar una vía de agua tan
    considerable, por lo que el Scotia, con sus ruedas medio sumergidas, debió conti-nuar así su
    travesía. Se hallaba entonces a trescientas millas del cabo Clear. Con un retraso de tres días
    que inquietó vi-vamente a la población de Liverpool, consiguió arribar a las dársenas de la
    compañía.

    Una vez puesto el Scotia en el dique seco, los ingenieros procedieron a examinar su casco.
    Sin poder dar crédito a sus ojos vieron cómo a dos metros y medio por debajo de la lí-nea
    de flotación se abría una desgarradura regular en forma de triángulo isósceles. La
    perforación de la plancha ofrecía una perfecta nitidez; no la hubiera hecho mejor una
    taladra-dora. Evidente era, pues, que el instrumento perforador que la había producido
    debía ser de un temple poco común, y que tras haber sido lanzado con una fuerza
    prodigiosa, como lo atestiguaba la horadación de una plancha de cuatro centímetros de
    espesor, había debido retirarse por sí mismo mediante un movimiento de retracción
    verdaderamente inexplicable.








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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:05

    ***

    Tal fue este último hecho, que tuvo por resultado el de apasionar nuevamente a la opinión
    pública. Desde ese mo-mento, en efecto, todos los accidentes marítimos sin causa conocida
    se atribuyeron al monstruo. El fantástico animal cargó con la responsabilidad de todos esos
    naufragios, cuyo número es desgraciadamente considerable, ya que de los tres mil barcos
    cuya pérdida se registra anuabnente en el Bu-reau Veritas, la cifra de navíos de vapor o de
    vela que se dan por perdidos ante la ausencia de toda noticia asciende a no menos de
    doscientos.
    Justa o injustamente se acusó al «monstruo» de tales de-sapariciones. Al revelarse así cada
    día más peligrosas las comunicaciones entre los diversos continentes, la opinión pú blica se
    pronunció pidiendo enérgicamente que se desembarazaran los mares, de una vez y a
    cualquier precio, del formidable cetáceo.

    2. Los pros y los contras

    En la época en que se produjeron estos acontecimientos me hallaba yo de regreso de una
    exploración científica em-prendida en las malas tierras de Nebraska, en los Estados Unidos.
    En mi calidad de profesor suplente del Museo de Historia Natural de París, el gobierno
    francés me había de-legado a esa expedición. Tras haber pasado seis meses en Nebraska,
    llegué a Nueva York, cargado de preciosas colec-ciones, hacia finales de marzo. Mi regreso
    a Francia estaba fijado para los primeros días de mayo. En espera del mo-mento de partir,
    me ocupaba en clasificar mis riquezas mi-neralógicas, botánicas y zoológicas. Fue entonces
    cuando se produjo el incidente del Scotia.

    Estaba yo perfectamente al corriente de la cuestión que dominaba la actualidad. ¿Cómo
    podría no estarlo? Había leído y releído todos los diarios americanos y europeos, pero en
    vano. El misterio me intrigaba. En la imposibilidad de formarme una opinión, oscilaba de
    un extremo a otro. Que algo había, era indudable, y a los incrédulos se les invitaba a poner
    el dedo en la llaga del Scotia.

    A mi llegada a Nueva York, el problema estaba más can-dente que nunca. La hipótesis del
    islote flotante, del escollo inaprehensible, sostenida por algunas personas poco
    compe-tentes, había quedado abandonada ya. Porque, en efecto, ¿cómo hubiera podido un
    escollo desplazarse con tan prodi-giosa rapidez sin una máquina en su interior? Esa rapidez
    en sus desplazamientos es lo que hizo asimismo rechazar la exis-tencia de un casco
    flotante, del enorme resto de un naufragio.






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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:06

    ***


    Quedaban, pues, tan sólo dos soluciones posibles al pro-blema, soluciones que congregaban
    a dos bandos bien dife-renciados: de una parte, los que creían en un monstruo de una fuerza
    colosal, y de otra, los que se pronunciaban por un barco «submarino» de una gran potencia
    motriz.
    Ahora bien, esta última hipótesis, admisible después de todo, no pudo resistir a las
    investigaciones efectuadas en los dos mundos. Era poco probable que un simple particular
    tu-viera a su disposición un ingenio mecánico de esa naturale-za. ¿Dónde y cuándo hubiera
    podido construirlo, y cómo hubiera podido mantener en secreto su construcción?
    Únicamente un gobierno podía poseer una máquina des-tructiva semejante. En estos
    desastrosos tiempos en los que el hombre se esfuerza por aumentar la potencia de las armas
    de guerra es posible que un Estado trate de construir en se-creto un arma semejante.
    Después de los fusiles «chasse-pot», los torpedos; después de los torpedos, los arietes
    sub-marinos; después de éstos .... la reacción. Al menos, así puede esperarse.

    Pero hubo de abandonarse también la hipótesis de una máquina de guerra, ante las
    declaraciones de los gobiernos. Tratándose de una cuestión de interés público, puesto que
    afectaba a las comunicaciones transoceánicas, la sinceridad de los gobiernos no podía ser
    puesta en duda. Además, ¿cómo podía admitirse que la construcción de ese barco
    sub-marino hubiera escapado a los ojos del público? Guardar el secreto en una cuestión
    semejante es muy dificil para un par-ticular, y ciertamente imposible para un Estado cuyas
    accio-nes son obstinadamente vigiladas por las potencias rivales.

    Tras las investigaciones efectuadas en Inglaterra, en Fran-cia, en Rusia, en Prusia, en
    España, en Italia, en América e incluso en Turquía, hubo de rechazarse definitivamente la
    hipótesis de un monitor submarino.
    Ello sacó nuevamente a flote al monstruo, pese a las in-cesantes burlas con que lo
    acribillaba la prensa, y, por ese camino, las imaginaciones calenturientas se dejaron inva-dir
    por las más absurdas fantasmagorías de una fantástica ictiología.


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    JULIO VERNE (1828-1905) - Página 5 Empty Re: JULIO VERNE (1828-1905)

    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:07

    ***

    A mi llegada a Nueva York, varias personas me habían hecho el honor de consultarme
    sobre el fenómeno en cues-tión. Había publicado yo en Francia una obra, en cuarto y en dos
    tomos, titulada Los misterios de los grandes fondos submarinos, que había hallado una
    excelente acogida en el mundo científico. Ese libro hacía de mí un especialista en ese
    dominio, bastante oscuro, de la Historia Natural. Soli-citada mi opinión, me encerré en una
    absoluta negativa mientras pude rechazar la realidad del hecho. Pero pronto, acorralado, me
    vi obligado a explicarme categóricamente. «El honorable Pierre Aronnax, profesor del
    Museo de Pa-rís», fue conminado por el New York Herald a formular una opinión.

    Hube de avenirme a ello. No pudiendo ya callar por más tiempo, hablé. Analicé la cuestión
    desde todos los puntos de vista, políticamente y científicamente. Del muy denso ar-tículo
    que publiqué en el número del 30 de abril, doy a conti-nuación un extracto.
    «Así pues decía yo, tras haber examinado una por una las diversas hipótesis posibles y
    rechazado cualquier otra su-posición, necesario es admitir la existencia de un animal
    marino de una extraordinaria potencia.

    »Las grandes profundidades del océano nos son total-mente desconocidas. La sonda no ha
    podido alcanzarlas. ¿Qué hay en esos lejanos abismos? ¿Qué seres los habitan? ¿Qué seres
    pueden vivir a doce o quince millas por debajo de la superficie de las aguas? ¿Cómo son los
    organismos de esos animales? Apenas puede conjeturarse.

    »La solución del problema que me ha sido sometido pue-de revestir la forma del dilema. O
    bien conocemos todas las variedades de seres que pueblan nuestro planeta o bien no las
    conocemos. Si no las conocemos todas, si la Naturaleza tiene aún secretos para nosotros en
    ictiología, nada más aceptable que admitir la existencia de peces o de cetáceos, de especies
    o incluso de géneros nuevos, de una organización esencialmente adaptada a los grandes
    fondos, que habitan las capas inaccesibles a la sonda, y a los que un acontenci-miento
    cualquiera, una fantasía, un capricho si se quiere, les lleva a largos intervalos al nivel
    superior del océano.

    »Si, por el contrario, conocemos todas las especies vivas, habrá que buscar necesariamente
    al animal en cuestión en-tre los seres marinos ya catalogados, y en este caso yo me
    in-dinaría a admitir la existencia de un narval gigantesco.



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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:07

    ***

    »El narval vulgar o unicornio marino alcanza a menudo una longitud de sesenta pies.
    Quintuplíquese, decuplíquese esa dimensión, otórguese a ese cetáceo una fuerza
    propor-cional a su tamaño, auméntense sus armas ofensivas y se ob-tendrá el animal
    deseado, el que reunirá las proporciones estimadas por los oficiales del Shannon, el
    instrumento exi-gido por la perforación del Scotia y la potencia necesaria para cortar el
    casco de un vapor.

    »En efecto, el narval está armado de una especie de espa-da de marfil, de una alabarda,
    según la expresión de algunos naturalistas. Se trata de un diente que tiene la dureza del
    ace-ro. Se han hallado algunos de estos dientes clavados en el cuerpo de las ballenas a las
    que el narval ataca siempre con eficacia. Otros han sido arrancados, no sin esfuerzo, de los
    cascos de los buques, atravesados de parte a parte, como una barrena horada un tonel. El
    Museo de la Facultad de Medici-na de París posee una de estas defensas que mide dos
    metros veinticinco centímetros de longitud y cuarenta y ocho centímetros de anchura en la
    base. Pues bien, supóngase esa arma diez veces más fuerte, y el animal, diez veces más
    potente, láncesele con una velocidad de veinte millas por hora, multi-plíquese su masa por
    su velocidad y se obtendrá un choque capaz de producir la catástrofe requerida.

    »En consecuencia, y hasta disponer de más amplias infor-maciones, yo me inclino por un
    unicornio marino de di-mensiones colosales, armado no ya de una alabarda, sino de un
    verdadero espolón como las fragatas acorazadas o los “rams” de guerra, de los que parece
    tener a la vez la masa y la potencia motriz.

    »Así podría explicarse este fenómeno inexplicable, a me-nos que no haya nada, a pesar de
    lo que se ha entrevisto, vis-to, sentido y notado, lo que también es posible.»
    Estas últimas palabras eran una cobardía por mi parte, pero yo debía cubrir hasta cierto
    punto mi dignidad de pro-fesor y protegerme del ridículo evitando hacer reír a los
    americanos, que cuando ríen lo hacen con ganas. Con esas palabras me creaba una
    escapatoria, pero, en el fondo, yo admitía la existencia del «monstruo».







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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:08

    ***

    Las calurosas polémicas suscitadas por mi artículo le die-ron una gran repercusión. Mis
    tesis congregaron un buen número de partidarios, lo que se explica por el hecho de que la
    solución que proponía dejaba libre curso a la imagina-ción. El espíritu humano es muy
    proclive a las grandiosas concepciones de seres sobrenaturales. Y el mar es precisa-mente
    su mejor vehículo, el único medio en el que pueden producirse y desarrollarse esos
    gigantes, ante los cuales los mayores de los animales terrestres, elefantes o rinocerontes, no
    son más que unos enanos. Las masas líquidas transpor-tan las mayores especies conocidas
    de los mamíferos, y qui-zá ocultan moluscos de tamaños incomparables y crustá-ceos
    terroríficos, como podrían ser langostas de cien metros o cangrejos de doscientas toneladas.
    ¿Por qué no? Antigua-mente, los animales terrestres, contemporáneos de las épocas
    geológicas, los cuadrúpedos, los cuadrumanos, los rep-tdes, los pájaros, alcanzaban unas
    proporciones gigantescas. El Creador los había lanzado a un molde colosal que el tiem-po
    ha ido reduciendo poco a poco. ¿Por qué el mar, en sus ig-noradas profundidades, no habría
    podido conservar esas grandes muestras de la vida de otra edad, puesto que no cambia
    nunca, al contrario que el núcleo terrestre sometido a un cambio incesante? ¿Por qué no
    podría conservar el mar en su seno las últimas variedades de aquellas especies titáni-cas,
    cuyos años son siglos y los siglos milenios?

    Pero me estoy dejando llevar a fantasmagorías que no me es posible ya sustentar. ¡Basta ya
    de estas quimeras que el tiempo ha transformado para mí en realidades terribles! Lo repito,
    la opinión quedó fijada en lo que concierne a la natu-raleza del fenómeno y el público
    admitió sin más discusión la existencia de un ser prodigioso que no tenía nada en co-mún
    con las fabulosas serpientes de mar.

    Pero frente a los que vieron en ello un problema pura-mente científico por resolver, otros,
    más positivos, sobre todo en América y en Inglaterra, se preocuparon de purgar al océano
    del temible monstruo, a fin de asegurar las comu-nicaciones marítimas. Las publicaciones
    especializadas en temas industriales y comerciales trataron la cuestión princi-palmente
    desde este punto de vista. La Shipping and Mer-cantile Gazette, el Lloyd, el Paquebot, La
    Revue Maritime et Coloniale, todas las publicaciones periódicas en las que esta-ban
    representados los intereses de las compañías de seguros, que amenazaban ya con la
    elevación de las tarifas de sus pó-lizas, coincidieron en ese punto



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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:09

    ***


    Habiéndose pronunciado ya la opinión pública, fueron los Estados de la Unión los primeros
    en decidirse a tomar medidas prácticas. En Nueva York se hicieron preparativos para
    emprender una expedición en persecución del narval. Una fragata muy rápida, la Abraham
    Lincoln, fue equipada para hacerse a la mar con la mayor brevedad. Se abrieron los
    arsenales al comandante Farragut, quien aceleró el arma-mento de su fragata.

    Pero como suele ocurrir, bastó que se hubiera tomado la decisión de perseguir al monstruo
    para que éste no reapare-ciera más. Nadie volvió a oír hablar de él durante dos meses.
    Ningún barco se lo encontró en su derrotero. Se hubiera di-cho que el unicornio conocía la
    conspiración que se estaba tramando contra él ¡Se había hablado tanto de él y hasta por el
    cable transatlántico! Los bromistas pretendían que el as-tuto monstruo había interceptado al
    paso algún telegrama a él referido y que obraba en consecuencia.

    En tales circunstancias, no se sabía adónde dirigir la fra-gata, armada para una larga
    campaña y provista de formida-bles aparejos de pesca. La impaciencia iba en aumento
    cuan-do, el 3 de julio, se notificó que un vapor de la línea de San Francisco a Shangai había
    vuelto a ver al animal tres sema-nas antes, en los mares septentrionales del Pacífico.
    Grande fue la emoción causada por la noticia. No se conce-dieron ni veinticuatro horas de
    plazo al comandante Farra-gut. Sus víveres estaban a bordo. Sus pañoles desbordaban de
    carbón. La tripulación contratada estaba al completo. No ha-bía más que encender los
    fuegos, calentar y zarpar. No se le habría perdonado una media jornada de retraso. El
    coman-dante Farragut no deseaba otra cosa que partir.

    Tres horas antes de que el Abraham Lincoln zarpase del muelle de Brooklyn, recibí una
    carta redactada en estos tér-minos:




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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Jul 2024, 14:12

    ***

    «Sr. Aronnax,
    Profesor del Museo de París.
    Fifth Avenue Hotel,
    Nueva York.

    Muy señor nuestro: si desea usted unirse a la expedición del Abraham Lincoln, el gobierno
    de la Unión vería con agrado que Francia estuviese representada por usted en esta
    em-presa. El comandante Farragut tiene un camarote a su dis-posición.
    Muy cordialmente le saluda

    J. B. Hobson,
    Secretario de la Marina.»


    3. Como el señor guste

    Tres segundos antes de la recepción de la carta de J. B. Hobson, estaba yo tan lejos de la
    idea de perseguir al unicor-nio como de la de buscar el paso del Noroeste. Tres segundos
    después de haber leído la carta del honorable Secretario de la Marina, había comprendido
    ya que mi verdadera voca-ción, el único fin de mi vida, era cazar a ese monstruo
    in-quietante y liberar de él al mundo.
    Sin embargo, acababa de regresar de un penoso viaje y me sentía cansado y ávido de
    reposo. Mi única aspiración era la de volver a mi país, a mis amigos y a mi pequeño
    alojamien-to del jardín de Plantas con mis queridas y preciosas colec-ciones. Pero nada
    pudo retenerme. Lo olvidé todo, fatigas, amigos, colecciones y acepté sin más reflexión la
    oferta del gobierno americano.

    «Además pensé todos los caminos llevan a Europa y el unicornio será lo bastante
    amable como para llevarme hacia las costas de Francia. El digno animal se dejará atrapar en
    los mares de Europa, en aras de mi conveniencia personal, y no quiero dejar de llevar por lo
    menos medio metro de su ala-barda al Museo de Historia Natural.»
    Pero, mientras tanto, debía buscar al narval por el norte del Pacífico, lo que para regresar a
    Francia significaba tomar el camino de los antípodas.
    ¡Conseil! grité, impaciente.

    Conseil era mi doméstico, un abnegado muchacho que me acompañaba en todos mis viajes;
    un buen flamenco por quien sentía yo mucho cariño y al que él correspondía
    so-bradamente; un ser flemático por naturaleza, puntual por principio, cumplidor de su
    deber por costumbre y poco sen-sible a las sorpresas de la vida. De gran habilidad manual,
    era muy apto para todo servicio. Y a pesar de su nombre1[L3] , jamás daba un consejo,
    incluso cuando no se le pedía que lo diera.












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    JULIO VERNE (1828-1905) - Página 5 Empty Re: JULIO VERNE (1828-1905)

    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:54

    ***

    El roce continuo con los sabios de nuestro pequeño mun-do del jardín de Plantas había
    llevado a Conseil a adquirir ciertos conocimientos. Tenía yo en él un especialista muy
    docto en las clasificaciones de la Historia Natural. Era capaz de recorrer con una agilidad
    de acróbata toda la escala de las ramificaciones, de los grupos, de las clases, de las
    subcla-ses, de los órdenes, de las familias, de los géneros, de los subgéneros, de las especies
    y de las variedades. Pero su cien-cia se limitaba a eso. Clasificar, tal era el sentido de su
    vida, y su saber se detenía ahí. Muy versado en la teoría de la clasifi-cación, lo estaba muy
    poco en la práctica, hasta el punto de que no era capaz de distinguir, así lo creo, un
    cachalote de una ballena. Y sin embargo, ¡cuán digno y buen muchacho era!

    Desde hacía diez años, Conseil me había seguido a todas partes donde me llevara la ciencia.
    jamás le había oído una queja o un comentario sobre la duración o la fatiga de un viaje, ni
    una objeción a hacer su maleta para un país cual-quiera, ya fuese la China o el Congo, por
    remoto que fuera. Se ponía en camino para un sitio u otro sin hacer la menor pregunta.
    Gozaba de una salud que desafiaba a todas las enfermeda-des. Tenía unos sólidos músculos
    y carecía de nervios, de la apariencia de nervios, moralmente hablando, se entiende.
    Tenía treinta años, y su edad era a la mía como quince es a veinte. Se me excusará de
    indicar así que yo tenía cuarenta años.

    Conseil tenía tan sólo un defecto. Formalista empederni-do, nunca se dirigía a mí sin
    utilizar la tercera persona, lo que me irritaba bastante.
    ¡Conseil! repetí, mientras comenzaba febrilmente a ha-cer mis preparativos de partida.
    Ciertamente, yo estaba seguro de un muchacho tan abne-gado. Generalmente no le
    preguntaba yo nunca si le conve-nía o no seguirme en mis viajes, pero esta vez se trataba de
    una expedición que podía prolongarse indefinidamente, de una empresa arriesgada, en
    persecución de un animal ca-paz de echar a pique a una fragata como si se tratara de una
    cáscara de nuez. Era para pensarlo, incluso para el hombre más impasible del mundo. ¿Qué
    iba a decir Conseil?





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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:54

    ***
    ¡Conseil! grité por tercera vez.
    Conseil apareció.
    ¿Me llamaba el señor?
    Sí, muchacho. Prepárame, prepárate. Partimos dentro de dos horas.
    Como el señor guste -respondió tranquilamente Con-seil.
    No hay un momento que perder. Mete en mi baúl todos mis utensilios de viaje, trajes,
    camisas, calcetines, lo más que puedas, y ¡date prisa!
    ¿Y las colecciones del señor?recordó Conseil.
    Nos ocuparemos luego de eso.
    ¡Cómo! ¡El arquiotherium, el hyracotherium, el oréodon, el queropótamo.y las demás
    osamentas del señor!
    Las dejaremos en el hotel.
    ¿Y el babirusa vivo del señor?
    Lo mantendrán durante nuestra ausencia. Voy a ordenar que nos envíen a Francia nuestro
    zoo.
    ¿Es que no regresamos a París?
    Sí .... naturalmente... respondí evasivamente. Pero re-gresamos dando un rodeo.
    El rodeo que el señor quiera.
    ¡Oh!, poca cosa. Un camino un poco menos directo, eso es todo. Viajaremos a bordo del
    Abraham Lincoln.
    Como convenga al señor respondió Conseil con la ma-yor placidez.
    ¿Sabes, amigo mío? Verás .... se trata del monstruo, del famoso narval... Vamos a librar
    de él los mares... El autor de una obra en dos volúmenes sobre los Misterios de los gran-des
    fondos submarinos no podía sustraerse a la expedicióin del comandante Farragut. Misión
    gloriosa, pero... tambiéri peligrosa. No se sabe adónde nos llevará esto... Esos anima-les
    pueden ser muy caprichosos ... Pero iremos, de todos mo-dos. Con un comandante que no
    conoce el miedo.
    Yo haré lo que haga el señor dijo Conseil.
    Piénsalo bien, pues no quiero ocultarte que este viaje e, uno de esos de cuyo retorno no se
    puede estar seguro.





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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:55

    ***


    Como el señor guste.
    Un cuarto de hora más tarde, nuestro equipaje estaba pre-parado. Conseil lo había hecho en
    un periquete, y yo tenía la seguridad de que nada faltaría, pues clasificaba las camisas y los
    trajes tan bien como los pájaros o los mamíferos.
    El ascensor del hotel nos depositó en el gran vestíbulo de entresuelo. Descendí los pocos
    escalones que conducían a piso bajo y pagué mi cuenta en el largo mostrador que estaba
    siempre asediado por una considerable muchedumbre. Di la orden de expedir a París mis
    fardos de animales disecados y de plantas secas y dejé una cuenta suficiente para la
    manutención del babirusa. Seguido de Conseil, tomé un coche.
    El vehículo, cuya tarifa por carrera era de veinte francos descendió por Broadway hasta
    Union Square, siguió luego por la Fourth Avenue hasta su empalme con Bowery Street, se
    adentró por la Katrin Street y se detuvo en el muelle trige-simocuarto. Allí, el Katrin
    ferryboat nos trasladó, hombres, caballos y coche, a Brooklyn, el gran anexo de Nueva
    York, situado en la orilla izquierda del río del Este, y en algunos minutos nos depositó en el
    muelle en el que el Abraham Lin-coln vomitaba torrentes de humo negro por sus dos
    chime-neas.
    Trasladóse inmediatamente nuestro equipaje al puente de la fragata. Me precipité a bordo y
    pregunté por el coman-dante Farragut. Un marinero me condujo a la toldilla y me puso en
    presencia de un oficial de agradable aspecto, que me tendió la mano.
    ¿El señor Pierre Aronnax? me preguntó.
    El mismo respondí. ¿Comandante Farragut?
    En persona. Bienvenido a bordo, señor profesor. Tiene preparado su camarote.
    Me despedí de él, y, dejándole ocupado en dar las órdenes para aparejar, me hice conducir
    al camarote que me había sido reservado.

    El Abraham Lincoln había sido muy acertadamente elegi-do y equipado para su nuevo
    cometido. Era una fragata muy rápida, provista de aparatos de caldeamiento que permitían
    elevar a siete atmósferas la presión del vapor. Con tal pre-sión, el Abraham Lincoln podía
    alcanzar una velocidad me-dia de dieciocho millas y tres décimas por hora, velocidad
    considerable, pero insuficiente, sin embargo, para luchar contra el gigantesco cetáceo.
    El acondicionamiento interior de la fragata respondía a sus cualidades náuticas. Me
    satisfizo mucho mi camarote, situado a popa y contiguo al cuarto de los oficiales.







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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:56

    ***

    Aquí estaremos biendije a Conseil.
    Tan bien, si me lo permite el señor, como un bernardo en la concha de un buccino.
    Dejé a Conseil ocupado en instalar convenientemente nuestras maletas y subí al puente para
    seguir los preparati-vos de partida.
    El comandante Farragut estaba ya haciendo largar las úl-timas amarras que retenían al
    Abraham Lincoln al muelle de Brooklyn. Así, pues, hubiera bastado un cuarto de hora de
    retraso, o menos incluso, para que la fragata hubiese zar-pado sin mí y para perderme esta
    expedición extraordina-ria, sobrenatural, inverosímil, cuyo verídico relato habrá de hallar
    sin duda la incredulidad de algunos.
    El comandante Farragut no quería perder ni un día ni una hora en su marcha hacia los
    mares en que acababa de seña-larse la presencia del animal. Llamó a su ingeniero.
    ¿Tenemos suficiente presión? le preguntó.
    Sí, señor respondió el ingeniero.
    ¡Go ahead! gritó el comandante Farragut.

    Al recibo de la orden, transmitida a la sala de máquinas por medio de aparatos de aire
    comprimido, los maquinistas accionaron la rueda motriz. Silbó el vapor al precipitarse por
    las correderas entreabiertas, y gimieron los largos pisto-nes horizontales al impeler a las
    bielas del árbol. Las palas de la hélice batieron las aguas con una creciente rapidez y el
    Abraham Lincoln avanzó majestuosamente en medio de un centenar de ferryboats y de
    tenders [L4] cargados de espectado-res, que lo escoltaban.

    Los muelles de Brooklyn y de toda la parte de Nueva York que bordea el río del Este
    estaban también llenos de curio-sos. Tres hurras sucesivos brotaron de quinientas mil
    gar-gantas. Millares de pañuelos se agitaron en el aire sobre la compacta masa humana y
    saludaron al Abraham Lincoln hasta su llegada a las aguas del Hudson, en la punta de esa
    alargada península que forma la ciudad de Nueva York.

    La fragata, siguiendo por el lado de New Jersey, la admirable orilla derecha del río
    bordeada de hotelitos, pasó entre los fuertes, que saludaron su paso con varias salvas de sus
    cañones de mayor calibre. El Abraham Líncoln respondió al saludo arriando e izando por
    tres veces el pabellón norte-americano, cuyas treinta y nueve estrellas resplandecían en su
    pico de mesana. Luego modificó su marcha para tomar el canal balizado que sigue una
    curva por la bahía interior for-mada por la punta de Sandy Hook, y costeó esa lengua
    are-nosa desde la que algunos millares de espectadores lo acla-maron una vez más.





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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:57

    ***

    El cortejo de boats y tenders siguió a la fragata hasta la al-tura del lightboat, cuyos dos
    faros señalan la entrada de los pasos de Nueva York. Al llegar a ese punto, el reloj marcaba
    las tres de la tarde. El práctico del puerto descendió a su ca-noa y regresó a la pequeña
    goleta que le esperaba. Se forza-ron las máquinas y la hélice batió con más fuerza las aguas.
    La fragata costeó las orillas bajas y amarillentas de Long Is-land. A las ocho de la tarde,
    tras haber dejado al Noroeste el faro de Fire Island, la fragata surcaba ya a todo vapor las
    os-curas aguas del Atlántico.

    4. Ned Land

    El comandante Farragut era un buen marino, digno de la fragata que le había sido confiada.
    Su navío y él formaban una unidad, de la que él era el alma.
    No permitía que la existencia del cetáceo fuera discutida a bordo, por no abrigar la menor
    duda sobre la misma. Creía en él como algunas buenas mujeres creen en el Leviatán, por fe,
    no por la razón. Estaba tan seguro de su existencia como de que libraría los mares de él. Lo
    había jurado. Era una es-pecie de caballero de Rodas, un Diosdado de Gozon en bus-ca de
    la serpiente que asolaba su isla. O el comandante Fa-rragut mataba al narval o el narval
    mataba al comandante Farragut. Ninguna solución intermedia.

    Los oficiales de a bordo compartían la opinión de su jefe. Había que oírles hablar, discutir,
    disputar, calcular las posi-bilidades de un encuentro y verles observar la vasta exten-sión
    del océano. Más de uno se imponía una guardia volun-taria, que en otras circunstancias
    hubiera maldecido, en los baos del juanete. Y mientras el sol describía su arco diurno, la
    arboladura estaba llena de marineros, como si el puente les quemara los pies, que
    manifestaban la mayor impacien-cia. Y eso que el Abraham Lincoln estaba todavía muy
    lejos de abordar las aguas sospechosas del Pacífico.

    La tripulación estaba, en efecto, impaciente por encontrar al unicornio, por arponearlo,
    izarlo a bordo y despedazarlo. Por eso vigilaba el mar con una escrupulosa atención. El
    co-mandante Farragut había hablado de una cierta suma de dos mil dólares que se
    embolsaría quien, fuese grumete o mari-nero, contramaestre u oficial, avistara el primero al
    animal. No hay que decir cómo se ejercitaban los ojos a bordo del Abraham Lincoln.






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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:58

    ***
    Por mi parte, no le cedía a nadie en atención en las obser-vaciones cotidianas. La fragata
    hubiera podido llamarse muy justificadamente Argos. Conseil era el único entre todos que
    se manifestaba indiferente a la cuestión que nos apasio-naba y su actitud contrastaba con el
    entusiasmo general que reinaba a bordo.

    Ya he dicho cómo el comandante Farragut había equipa-do cuidadosamente su navío,
    dotándolo de los medios ade-cuados para la pesca del gigantesco cetáceo. No hubiera ido
    mejor armado un ballenero. Llevábamos todos los ingenios conocidos, desde el arpón de
    mano hasta los proyectiles de los trabucos y las balas explosivas de los arcabuces. En el
    cas-tillo se había instalado un cañón perfeccionado que se car-gaba por la recámara, muy
    espeso de paredes y muy estrecho de ánima, cuyo modelo debe figurar en la Exposición
    Uni-versal de 1867. Este magnífico instrumento, de origen ame-ricano, enviaba sin
    dificultad un proyectil cónico de cuatro kilos a una distancia media de dieciséis kilómetros.
    El Abraham Lincoln no carecía, pues, de ningún medio de destrucción. Pero tenía algo
    mejor aún. Tenía a Ned Land, el rey de los arponeros. Ned Land era un canadiense de una
    habilidad manual poco común, que no tenía igual en su peli-groso oficio. Poseía en grado
    superlativo las cualidades de la destreza y de la sangre fría, de la audacia y de la astucia.
    Muy maligna tenía que ser una ballena, singularmente astuto de-bía ser un cachalote, para
    que pudiera escapar a su golpe de arpón.

    Ned Land tenía unos cuarenta años de edad. Era un hombre de elevada estatura -más de seis
    pies ingleses1[L5] y de robusta complexión. Tenía un aspecto grave y era poco
    comunicativo, violento a veces y muy colérico cuando se le contrariaba. Su persona
    llamaba la atención, y sobre todo el poder de su mira-da que daba un singular acento a su
    fisonomía.

    Creo que el comandante Farragut había estado bien inspi-rado al contratar a este hombre
    que, por su ojo y su brazo, valía por toda la tripulación. No puedo hallarle mejor
    com-paración que la de un potente telescopio que fuese a la vez un cañón.
    Quien dice canadiense dice francés y, por poco comuni-cativo que fuese Ned Land, debo
    decir que me cobró cierto afecto, atraído quizá por mi nacionalidad. Era para él una ocasión
    de hablar, como lo era para mí de oír, esa vieja len-gua de Rabelais todavía en uso en
    algunas provincias cana-dienses. La familia del arponero era originaria de Quebec, y
    formaba ya una tribu de audaces pescadores en la época en que esa tierra pertenecía a
    Francia.





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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 08:59

    ***

    Poco a poco, Ned se aficionó a hablar conmigo. A mí me gustaba mucho oírle el relato de
    sus aventuras en los mares polares. Narraba sus lances de pesca y sus combates, con una
    gran poesía natural. Sus relatos tomaban una forma épica que me llevaba a creer estar
    oyendo a un Homero canadien-se cantando la Ilíada de las regiones hiperbóreas.
    Describo ahora a este audaz compañero tal como lo co-nozco actualmente. Somos ahora
    viejos amigos, unidos por la inalterable amistad que nace y se cimenta en las pruebas
    difíciles. ¡Ah, mi buen Ned! Sólo pido vivir aún cien años más para poder recordarte más
    tiempo.
    ¿Cual era la opinión de Ned Land sobre la cuestión del monstruo marino? Debo confesar
    que no creía apenas en el unicornio y que era el único a bordo que no compartía la
    convicción general. Induso evitaba hablar del tema, sobre el que le abordé un día. Era el 30
    de julio, es decir, a las tres se-manas de nuestra partida, y la fragata se hallaba a la altura del
    cabo Blanco, a treinta millas a sotavento de las costas de la Patagonia. Habíamos pasado ya
    el trópico de Capricor-nio, y el estrecho de Magallanes se abría a menos de sete-cientas
    millas al sur. Antes de ocho días, el Abraham Lincoln se hallaría en aguas del Pacífico.
    Hacía una magnífica tarde, y sentados en la toldilla hablá-bamos Ned Land y yo de unas y
    otras cosas, mientras mirá-bamos el mar misterioso cuyas profundidades han perma-necido
    hasta aquí inaccesibles a los ojos del hombre. Llevé naturalmente la conversación al
    unicornio gigantesco, y me extendí en consideraciones sobre las diversas posibilidades de
    éxito o de fracaso de nuestra expedición. Luego, al ver que Ned Land me dejaba hablar, le
    ataqué más directamente.

    ¿Cómo es posible, Ned, que no esté usted convencido de la existencia del cetáceo que
    perseguimos? ¿Tiene usted ra-zones particulares para mostrarse tan incrédulo?
    El arponero me miró durante algunos instantes antes de responder, se golpeó la frente con
    la mano, con un gesto que le era habitual, cerró los ojos como para recogerse y dijo, al fin:
    Quizá, señor Aronnax.

    Sin embargo, Ned, usted que es un ballenero profesio-nal, usted que está familiarizado
    con los grandes mamíferos marinos, usted cuya imaginación debería aceptar fácilmen-te la
    hipótesis de cetáceos enormes, parece el menos indica-do... debería ser usted el último en
    dudar, en semejantes cir-cunstancias.

    Se equivoca, señor profesor. Pase aún que el vulgo crea en cometas extraordinarios que
    atraviesan el espacio o en la existencia de monstruos antediluvianos que habitan el inte-rior
    del globo, pero ni el astrónomo ni el geólogo admitirán tales quimeras. Lo mismo ocurre
    con el ballenero. He perse-guido a muchos cetáceos, he arponeado un buen número de
    ellos, he matado a muchos, pero por potentes y bien arma-dos que estuviesen, ni sus colas
    ni sus defensas hubieran po-dido abrir las planchas metálicas de un vapor.



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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 09:00

    *

    Y, sin embargo, Ned, se ha demostrado que el narval ha conseguido atravesar con su
    diente barcos de parte a parte.
    Barcos de madera, quizá, es posible, aunque yo no lo he visto nunca. Así que hasta no
    tener prueba de lo contrario, yo niego que las ballenas, los cachalotes o los unicornios
    puedan producir tal efecto.
    Escuche, Ned...
    No, señor profesor, no. Todo lo que usted quiera, excep-to eso. ¿Quizá un pulpo
    gigantesco?
    Aún menos, Ned. El pulpo no es más que un molusco, y ya esto indica la escasa
    consistencia de sus carnes. Aunque tuviese quinientos pies de longitud, el pulpo, que no
    perte-nece a la rama de los vertebrados, es completamente inofen-sivo para barcos tales
    como el Scotia o el Abraham Lincoln. Hay que relegar al mundo de la fábula las proezas de
    los kra-kens u otros monstruos de esa especie.
    Entonces, señor naturalista preguntó Ned Land con un tono irónico-, ¿persiste usted en
    admitir la existencia de un enorme cetáceo?
    Sí, Ned, se lo repito con una conviccion que se apoya en la lógica de los hechos. Creo en
    la existencia de un mamífero, poderosamente organizado, perteneciente a la rama de los
    vertebrados, como las ballenas, los cachalotes o los delfines, y provisto de una defensa
    córnea con una extraordinaria fuerza de penetración.
    ¡Hum! dijo el arponero, moviendo la cabeza con el ade-mán de un hombre que no
    quiere dejarse convencer.
    Y observe, mi buen canadiense, que si tal animal existe, si habita las profundidades del
    océano, si frecuenta las capas líquidas situadas a algunas millas por debajo de la superficie
    de las aguas, tiene que poseer necesariamente un organismo cuya solidez desafíe a toda
    comparación.
    Y ¿por qué un organismo tan poderoso? preguntó Ned. Porque hace falta una fuerza
    incalculable para mante-nerse en las capas profundas y resistir a su presión.




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    JULIO VERNE (1828-1905) - Página 5 Empty Re: JULIO VERNE (1828-1905)

    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 09:00

    ***


    ¿De veras? dijo Ned, que me miraba con los ojos entre-cerrados.
    Ciertamente, y algunas cifras se lo probarán fácilmente.
    ¡Oh, las cifras! replicó Ned. Se hace lo que se quiere con las cifras.
    En los negocios, sí, Ned, pero no en matemáticas. Escu-che. Admitamos que la presión de
    una atmósfera esté repre-sentada por la presion de una columna de agua de treinta y dos
    pies de altura. En realidad, la altura de la columna sería menor, puesto que se trata de agua
    de mar cuya densidad es superior a la del agua dulce. Pues bien, cuando usted se su-merge,
    Ned, tantas veces cuantas descienda treinta y dos pies soportará su cuerpo una presión igual
    a la de la atmós-fera, es decir, de kilogramos por cada centímetro cuadrado de su superficie.
    De ello se sigue que a trescientos veinte pies esa presión será de diez atmósferas, de cien
    atmósferas a tres mil doscientos pies, y de mil atmósferas, a treinta y dos mil pies, es decir
    a unas dos leguas y media. Lo que equivale a decir que si pudiera usted alcanzar esa
    profundidad en el océano, cada centímetro cuadrado de la superficie de su cuerpo sufriría
    una presión de mil kilogramos. ¿Y sabe us-ted, mi buen Ned, cuántos centímetros
    cuadrados tiene usted en superficie?
    Lo ignoro por completo, señor Aronnax.
    Unos diecisiete mil, aproximadamente.
    ¿Tantos? ¿De veras?
    Y, como, en realidad, la presión atmosférica es un poco superior al peso de un kilogramo
    por centímetro cuadrado, sus diecisiete mil centímetros cuadrados están soportando ahora
    una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos.
    ¿Sin que yo me dé cuenta?
    Sin que se dé cuenta. Si tal presión no le aplasta a usted es porque el aire penetra en el
    interior de su cuerpo con una presión igual. De ahí un equilibrio perfecto entre las
    presio-nes interior y exterior,





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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 16:09

    ***

    Sin que se dé cuenta. Si tal presión no le aplasta a usted es porque el aire penetra en el
    interior de su cuerpo con una presión igual. De ahí un equilibrio perfecto entre las
    presio-nes interior y exterior, que se neutralizan, lo que le permite soportarla sin esfuerzo.
    Pero en el agua es otra cosa.
    Sí, lo comprendo respondió Ned, que se mostraba más atento. Porque el agua me
    rodea y no me penetra.
    -Exactamente, Ned. Así, pues, a treinta y dos pies por de-bajo de la superficie del mar
    sufriría usted una presión de diecisiete mil quinientos sesenta y ocho kilogramos; a
    tres-cientos veinte pies, diez veces esa presión, o sea, ciento se-tenta y cinco mil seiscientos
    ochenta kilogramos; a tres mil doscientos pies, cien veces esa presión, es decir, un millón
    setecientos cincuenta y seis mil ochocientos kilogramos; y a treinta y dos mil pies, mil
    veces esa presión, o sea diecisiete millones quinientos sesenta y ocho mil kilogramos. En
    una palabra, que se quedaría usted planchado como si le sacaran de una apisonadora.
    -¡Diantre! exclamó Ned.
    Pues bien, mi buen Ned, si hay vertebrados de varios cen-tenares de metros de longitud y
    de un volumen proporcional que se mantienen a semejantes profundidades, con una
    su-perficie de millones de centímetros cuadrados, calcule la presión que resisten en miles
    de millones de kilogramos. Calcule usted cuál debe ser la resistencia de su armazón ósea y
    la potencia de su organismo para resistir a tales presiones.
    Deben estar fabricados respondió Ned Land con planchas de hierro de ocho pulgadas,
    como las fragatas aco-razadas.
    Como usted dice, Ned. Piense ahora en los desastres que puede producir una masa
    semejante lanzada con la veloci-dad de un expreso contra el casco de un buque.
    Sí ... , en efecto .... tal vez respondió el canadiense, turba-do por esas cifras, pero sin
    querer rendirse.


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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Jul 2024, 16:10

    ***


    Pues bien, ¿le he convencido?
    Me ha convencido de una cosa, señor naturalista, y es de que si tales animales existen en
    el fondo de los mares deben necesariamente ser tan fuertes como dice usted.
    Pero si no existen, testarudo arponero, ¿cómo se explica usted el accidente que le ocurrió
    al Scotia?
    Pues ... porque... dijo Ned, titubeando.
    ¡Continúe!
    Pues, ¡porque... eso no es verdad! respondió el cana-diense, repitiendo, sin saberlo, una
    célebre respuesta de Arago.
    Pero esta respuesta probaba la obstinación del arponero y sólo eso. Aquel día no le acosé
    más. El accidente del Scotia no era negable. El agujero existía, y había habido que
    col-marlo. No creo yo que la existencia de un agujero pueda ha-llar demostración más
    categórica. Ahora bien, ese agujero no se había hecho solo, y puesto que no había sido
    produci-do por rocas submarinas o artefactos submarinos, necesa-riamente tenía que
    haberlo hecho el instrumento perforante de un animal.
    Y en mi opinión, y por todas las razones precedentemente expuestas, ese animal pertenecía
    a la rama de los vertebra-dos, a la clase de los mamíferos, al grupo de los pisciformes, y,
    finalmente, al orden de los cetáceos. En cuanto a la familia en que se inscribiera, ballena,
    cachalote o delfín, en cuanto al género del que formara parte, en cuanto a la especie a que
    hubiera que adscribirle, era una cuestión a elucidar poste-riormente. Para resolverla había
    que disecar a ese monstruo desconocido; para disecarlo, necesario era apoderarse de él;
    para apoderarse de él, había que arponearlo (lo que compe-tía a Ned Land); para
    arponearlo, había que verlo (lo que co-rrespondía a la tripulación), y para verlo había que
    encon-trarlo (lo que incumbía al azar).






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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:50

    ***

    5. ¡A la aventura!



    Ningún incidente marcó durante algún tiempo el viaje del Abraham Lincoln, aunque se
    presentó una circunstancia que patentizó la maravillosa habilidad de Ned Land y mos-tró la
    confianza que podía depositarse en él.
    A lo largo de las Malvinas, el 30 de junio, la fragata entró en comunicación con unos
    balleneros norteamericanos, que nos informaron no haber visto al narval. Pero uno de ellos,
    el capitán del Monroe, conocedor de que Ned Land se halla-ba a bordo del Abraham
    Lincoln, requirió su ayuda para ca-zar una ballena que tenían a la vista. Deseoso el
    comandante Farragut de ver en acción a Ned Land, le autorizó a subir a bordo del Monroe.
    Y el azar fue tan propicio a nuestro cana-diense que en vez de una ballena arponeó a dos
    con un doble golpe, asestándoselo a una directamente en el corazón. Se apoderó de la otra
    después de una persecución de algunos minutos. Decididamente, si el monstruo llegaba a
    habérse-las con el arpón de Ned Land, no apostaría yo un céntimo por el monstruo.
    La fragata corrió a lo largo de la costa sudeste de América con una prodigiosa rapidez. El 3
    de julio nos hallábamos a la entrada del estrecho de Magallanes, a la altura del cabo de las
    Vírgenes. Pero el comandante Farragut no quiso aden-trarse en ese paso sinuoso y
    maniobró para doblar el cabo de Hornos, decisión que mereció la unánime aprobación de lo
    tripulación, ante la improbabilidad de encontrar al narval en ese angosto estrecho. Fueron
    muchos los marineros que opinaban que el montruo no podía pasar por él, que «era
    de-masiado grande para eso».
    El 6 de julio, hacia las tres de la tarde, el Abraham Lincoln doblaba a quince millas al sur
    ese islote solitario, esa roca perdida en la extremidad del continente americano, al que los
    marinos holandeses impusieron el nombre de su ciudad natal, el cabo de Hornos. Se
    enderezó el rumbo al Noroeste y, al día siguiente, la hélice de la fragata batía, al fin, las
    aguas del Pacífico.
    ¡Abre el ojo! ¡Abre el ojo! repetían los marineros del Abraham Lincoln.
    Y los abrían desmesuradamente. Los ojos y los catalejos, un poco deslumbrados, cierto es,
    por la perspectiva de los dos mil dólares, no tuvieron un instante de reposo. Día y no-che se
    observaba la superficie del océano. Los nictálopes, cuya facultad de ver en la oscuridad
    aumentaba sus posibili-dades en un cincuenta por ciento, jugaban con ventaja en la
    conquista del premio.



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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:51

    ***
    No era yo el menos atento a bordo, sin que me incitara a ello el atractivo del dinero.
    Concedía tan sólo algunos minu-tos a las comidas y algunas horas al sueño para, indiferente
    al sol o a la lluvia, pasar todo mi tiempo sobre el puente. Unas veces inclinado sobre la
    batayola del castillo y otras apoyado en el coronamiento de popa, yo devoraba con ávi-da
    mirada la espumosa estela que blanqueaba el mar hasta el límite de la mirada. ¡Cuántas
    veces compartí la emoción del estado mayor y de la tripulación cuando una caprichosa
    ba-llena elevaba su oscuro lomo sobre las olas! Cuando eso su-cedía, se poblaba el puente
    de la fragata en un instante. Las escotillas vomitaban un torrente de marineros y oficiales,
    que, sobrecogidos de emoción, observaban los movimien-tos del cetáceo. Yo miraba,
    miraba hasta agotar mi retina y quedarme ciego, lo que le hacía decirme a Conseil, siempre
    flemático, en tono sereno:
    Si el señor forzara menos los ojos, vería mejor.
    ¡Vanas emociones aquellas! El Abraham Lincoln modifi-caba su rumbo en persecución del
    animal señalado, que re-sultaba ser una simple ballena o un vulgar cachalote que pronto
    desaparecían entre un concierto de imprecaciones.
    El tiempo continuaba siendo favorable y el viaje iba trans-curriendo en las mejores
    condiciones. Nos hallábamos en-tonces en la mala estación austral, por corresponder el mes
    de julio de aquella zona al mes de enero en Europa, pero la mar se mantenía tranquila y se
    dejaba observar fácilmente en un vasto perímetro.
    Ned Land continuaba manifestando la más tenaz incre-dulidad, hasta el punto de mostrar
    ostensiblemente su de-sinterés por el examen de la superficie del mar cuando no es-taba de
    servicio o cuando ninguna ballena se hallaba a la vista. Y, sin embargo, su maravillosa
    potencia visual nos hu-biera sido muy útil. Pero de cada doce horas, ocho por lo menos las
    pasaba el testarudo canadiense leyendo o dur-miendo en su camarote. Más de cien veces le
    reconvine por su indiferencia.
    ¡Bah! respondía, no hay nada, señor Aronnax, y aun-que existiese ese animal, ¿qué
    posibilidades tenemos de ver-lo, corriendo, como lo estamos haciendo, a la aventura? Se ha
    dicho que se vio a esa bestia en los altos mares del Pacífi-co, lo que estoy dispuesto a
    admitir, pero han pasado ya más de dos meses desde ese hallazgo, y a juzgar por el
    tempera-mento de su narval no parece gustarle enmohecerse en los mismos parajes. Parece
    estar dotado de una prodigiosa faci-lidad de desplazamiento. Y usted sabe mejor que yo,
    señor profesor, que la naturaleza no hace nada sin sentido; por eso, no habría dado a un
    animal lento por constitución la facultad de moverse rápidamente si no tuviera la necesidad
    de utilizar esa facultad. Luego, si la bestia existe, debe estar ya lejos.
    No sabía yo qué responder a tal argumentación. Era evi-dente que íbamos a ciegas. Pero
    ¿cómo podríamos proceder de otro modo? Cierto que nuestras probabilidades eran muy
    limitadas. Pese a todo, nadie a bordo dudaba todavía del éxi-to, y no había un marinero
    dispuesto a apostar contra la pró-xima aparición del narval.




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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:52

    ***


    El 20 de julio atravesamos el trópico de Capricornio a 1050 de longitud, y el 27 del mismo
    mes, el ecuador, por el meridiano 110. La fragata tomó entonces una más decidida
    dirección hacia el Oeste, hacia los mares centrales del Pacífi-co. El comandante Farragut
    pensaba, con fundamento, que era mejor frecuentar las aguas profundas y alejarse de los
    continentes y de las islas, cuyas proximidades parecía haber evitado siempre el animal, «sin
    duda porque no había dema-siada agua para él», decía el contramaestre. La fragata pasó,
    pues, a lo largo de las islas Pomotú, Marquesas y Sandwich, cortó el trópico de Cáncer a
    1320 de longitud y se dirigió ha-cia los mares de China.
    Por fin nos hallábamos en el escenario de la última apari-ción del monstruo. A partir de
    entonces puede decirse que ya no se vivía a bordo. Los corazones latían furiosamente,
    incubando futuros aneurismas incurables. La tripulación entera sufría una sobreexcitación
    nerviosa de la que yo no podría dar una pálida idea. No se comía ni se dormía. Veinte veces
    al día, un error de apreciación, una ilusión óptica de algún marinero encaramado a una cofa,
    causaban un súbito alboroto, y estas emociones, veinte veces repetidas, nos mantenían en
    un estado de eretismo demasiado violento para no provocar una próxima recesión. Y, en
    efecto, la reac-ción no tardó en producirse. Durante tres meses, tres meses de los que cada
    día duraba un siglo, el Abraham Lincoln sur-có todos los mares septentrionales del
    Pacífico, corriendo tras de las ballenas señaladas, procediendo a bruscos cam-bios de
    rumbo, virando súbitamente de uno a otro bordo, parando repentinamente sus máquinas,
    forzando o redu-ciendo el vapor alternativamente, con riesgo de desnivelar su maquinaria, y
    sin dejar un punto inexplorado desde las costas del Japón a las de América. ¡Y nada! ¡Nada
    más que la inmensidad de las olas desiertas! Nada que se asemejara a un narval gigantesco,
    ni a un islote submarino, ni a un resto de naufragio, ni a un escollo fugaz ni a nada
    sobrenatural.
    La previsible reacción a tanto entusiasmo baldío se pro-dujo inevitablemente. El desánimo
    se apoderó de todos y abrió una brecha a la incredulidad. Un nuevo sentimiento nos
    embargó a todos, un sentimiento que se componía de tres décimas de vergüenza y siete
    décimas de furor. Había que ser estúpidos para dejarse seducir por una quimera, y esta
    reflexión aumentaba nuestro furor. Las montañas de ar-gumentos acumulados desde hacía
    un año se derrumbaban lamentablemente. Cada uno pensaba ya únicamente en des-quitarse,
    en las horas del sueño y de las comidas, del tiempo que había sacrificado tan
    estúpidamente.









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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:53

    ***
    Con la versatdidad inherente al espíritu humano, se pasó de un exceso al extremadamente
    opuesto. Los más fervien-tes partidarios de la empresa se convirtieron fatalmente en sus
    más ardientes detractores. La reacción subió desde los fondos del navío, desde los puestos
    de los pañoleros hasta los de la oficialidad, y, ciertamente, sin la muy particular obstinación
    del capitán Farragut, la fragata hubiese puesto definitivamente proa al Sur.
    Sin embargo, no podía prolongarse mucho más tiempo esa búsqueda inútil. El Abraham
    Lincoln no tenía nada que reprocharse, pues había hecho todo lo posible por lograrlo.
    Nunca una tripulación de un buque de la marina norteame-ricana había dado más muestras
    de celo y de paciencia, y en ningún caso podía imputársele la responsabilidad de fraca-so.
    Ya no quedaba más que regresar, y así se le comunicó al comandante, quien se mantuvo
    firme en su intención de persistir en su empeño. Los marineros no ocultaron enton-ces su
    descontento, de lo que se resintió el servicio, sin que ello quiera decir que se produjese una
    rebelión a bordo. Des-pués de un razonable período de obstinación, el comandan-te
    Farragut, al igual que Colón en otro tiempo, pidió tres días de paciencia. Si en ese plazo no
    apareciera el monstruo, el timonel daría tres vueltas de rueda y el Abraham Lincoln pondría
    rumbo a los mares de Europa.
    Tal promesa fue hecha el 2 de noviembre, y tuvo por resul-tado inmediato reanimar a la
    abatida tripulación. De nuevo volvió a escrutarse el horizonte con la mayor atención,
    em-peñados todos y cada uno en consagrarle esa última mirada en la que se resume el
    recuerdo. Se apuntaron los catalejos al horizonte con una ansiedad febril. Era el supremo
    desafío al gigantesco narval, y éste no podía razonablemente dejar de responder a esta
    convocatoria de «comparecencia».
    Transcurrieron los dos primeros días. El Abraham Lincoln navegaba a presión reducida. Se
    emplearon todos los medios posibles para llamar la atención o para estimular la apatía del
    animal, en el supuesto de que se hallase en aquellos parajes. Se echaron al mar, a la rastra,
    enormes trozos de tocino, para la mayor satisfacción de los tiburones, debo decirlo. Se
    echa-ron al agua varios botes para explorar en todas direcciones, en un amplio radio de
    acción, el mar en torno al Abraham Lincoln, dejado al pairo. Pero la noche del 4 de
    noviembre lle-gó sin que se hubiera desvelado el misterio submarino.


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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:54

    ***
    Al día siguiente, 5 de noviembre, expiraba a mediodía el plazo de rigor. Tras fijar la
    posición, el comandante Farra-gut, fiel a su promesa, debía poner rumbo al Sudeste y
    aban-donar definitivamente las regiones septentrionales del Pa-cífico.
    La fragata se hallaba entonces a 310 15' de latitud Norte y 1360 42' de longitud Este. Las
    tierras del Japón distaban me-nos de doscientas millas a sotavento. Se acercaba ya la noche,
    acababan de dar las ocho. Grandes nubarrones velaban el disco lunar, entonces en su primer
    cuarto. La mar ondula-ba apaciblemente bajo la roda de la fragata. Yo me hallaba a proa,
    apoyado en la batayola de estribor. A mi lado, Consed miraba el horizonte. La tripulación,
    encaramada a los oben-ques, escrutaba el horizonte que iba reduciéndose y oscure-ciéndose
    poco a poco. Los oficiales escudriñaban la crecien-te oscuridad con sus catalejos de noche.
    De vez en cuando el oscuro océano resplandecía fugazmente bajo un rayo de luna entre dos
    nubes. Luego, el rayo de luz se desvanecía de nuevo en las tinieblas.
    Observando a Conseil, creí ver que el buen muchacho se había dejado contagiar un poco
    del estado de ánimo gene-ral. Quizá y por vez primera sus nervios vibraban bajo el
    sentimiento de la curiosidad.
    Vamos, Conseil le dije, ésta es la última ocasión de embolsarse dos mil dólares.
    -Permítame el señor decirle que en ningún momento he contado con esa prima, y que
    aunque se hubieran ofrecido cien mil dólares no por eso se hubiera visto más pobre el
    go-bierno de la Unión.
    -Tienes razón, Conseil. Después de todo, es una estúpi-da aventura, y nos hemos lanzado a
    ella con una excesiva li-gereza. ¡Cuánto tiempo perdido y cuántas emociones inúti-les!
    ¡Pensar que hace ya seis meses que podíamos estar en Francia!
    En la casa del señor, en el museo del señor. Y yo tendría ya clasificados los fósiles del
    señor. El babirusa del señor es-taría ya instalado en su jaula del jardín de Plantas, y sería la
    atracción de todos los curiosos de la capital.
    Así es, Conseil. Y lo que es más, así me lo temo, la gente va a burlarse de nosotros.
    En efecto respondió muy tranquilamente Conseil. Creo que van a burlarse del señor.
    Y ¿puedo permitirme decir que ... ?
    Puedes permitírtelo, Conseil.
    Pues bien, que el señor se lo tiene merecido


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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:54

    ***


    ¿De veras?
    Cuando se tiene el honor de ser un sabio como el señor, no se puede exponer uno a...
    Conseil no pudo acabar su frase. En medio del silencio, se oyó una voz. La de Ned Land. Y
    la voz de Ned Land gritaba:
    ¡Ohé! ¡La cosa en cuestión, a sotavento, al través!




    6. A todo vapor



    Al oír este grito, toda la tripulación se precipitó hacia el arponero; comandante, oficiales,
    contramaestres, marine-ros, grumetes y hasta los ingenieros, que dejaron sus máqui-nas, y
    los fogoneros, que abandonaron sus puestos. Se había dado la orden de parar, y la fragata
    ya no se desplazaba más que por su propia inercia.
    Tan profunda era ya la oscuridad que yo me preguntaba cómo había podido verlo el
    canadiense, por buenos que fue-sen sus ojos. Mi corazón latía hasta romperse.
    Pero Ned Land no se había equivocado, y todos pudimos advertir el objeto que su mano
    indicaba. A unos dos cables del Abraham Lincoln y por estribor, el mar parecía estar
    ilu-minado por debajo. No era un simple fenómeno de fosfo-rescencia ni cabía engañarse.
    El monstruo, sumergido a al-gunas toesas [L6] de la superficie, proyectaba ese
    inexplicable pero muy intenso resplandor que habían mencionado los informes de varios
    capitanes. La magnífica irradiación debía ser producida por un agente de gran
    poderluminoso. La luz describía sobre el mar un inmenso óvalo muy alargado, en cuyo
    centro se condensaba un foco ardiente cuyo irresis-tible resplandor se iba apagando por
    degradaciones suce-sivas.
    No es más que una aglomeración de moléculas fosfores-centes exclamó uno de los
    oficiales.
    No, señor repliqué con convicción. Ni las folas ni las salpas son capaces de producir
    una luminosidad tan fuerte. Ese resplandor es de naturaleza eléctrica... Además, ¡mire, mire
    cómo se desplaza! ¡Se mueve hacia adelante y hacia atrás! ¡Se precipita hacia nosotros!




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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:55

    ***

    Un grito unánime surgió de la fragata.
    ¡Silencio! gritó el comandante Farragut. ¡Caña a bar-lovento, toda! ¡Máquina atrás!
    Los marineros se precipitaron hacia la caña del timón y los ingenieros hacia sus máquinas.
    El Abraham Lincoln, aba-tiendo a babor, describió un semicírculo.
    ¡A la vía el timón! ¡Máquina avante! gritó el comandan-te Farragut.
    Ejecutadas estas órdenes, la fragata se alejó rápidamente del foco luminoso. Digo mal,
    quiso alejarse, hubiera debido decir, pues la bestia sobrenatural se le acercó con una
    veloci-dad dos veces mayor que la suya.
    Jadeábamos, sumidos en el silencio y la inmovilidad, más por el estupor que por el pánico.
    El animal se nos acercaba con facilidad. Dio luego una vuelta a la fragata cuya marcha era
    entonces de catorce nudos y la envolvió en su resplandor eléctrico como en una polvareda
    luminosa. Se alejó después a unas dos o tres millas, dejando una estela fosforescente
    comparable a los torbellinos de vapor que exhala la locomo-tora de un expreso. De repente,
    desde los oscuros límites del horizonte, a los que había ido a buscar impulso, el monstruo
    se lanzó hacia el Abraham Lincoln con una impresionante rapidez, se detuvo bruscamente a
    unos veinte pies de sus cintas, y se apagó, no abismándose en las aguas, puesto que su
    resplandor no sufrió ninguna degradación, sino súbitamente y como si la fuente de su
    brillante efluvio se hubiera extinguido de repente. Luego reapareció al otro lado del na-vío,
    ya fuera por haber dado la vuelta en torno al mismo o por haber pasado por debajo de su
    casco. En cualquier mo-mento podía producirse una colisión de nefastos efectos para
    nosotros.
    Las maniobras de la fragata me sorprendieron. En vez de atacar, huía. El barco que había
    venido en persecución del monstruo se veía perseguido. Como preguntara la razón de esa
    inversión de papeles, el comandante Farragut, cuyo ros-tro tan impasible de ordinario
    reflejaba entonces un asom-bro infinito, me dijo:
    Señor Aronnax, ignoro cómo es el ser formidable con que tengo que habérmelas, y no
    quiero poner en peligro im-prudentemente a mi fragata en medio de esta oscuridad.
    Además, ¿cómo atacar a lo desconocido?, ¿cómo defenderse? Esperemos la luz del día y
    entonces los papeles cambiarán.
    ¿Le queda alguna duda, comandante, sobe la naturaleza del animal?
    No, señor, es evidentemente un narval gigantesco, pero es también un narval eléctrico.



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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Jul 2024, 09:56

    ***
    Quizá dije si emite descargas eléctricas sea tan ina-bordable como un gimnoto o un
    torpedo.
    Posiblemente respondió el comandante, y si posee en sí una potencia fulminante debe
    ser el animal más terri-ble que haya salido nunca de las manos del Creador. Por eso, hay
    que ser prudentes.
    Toda la tripulación permaneció en pie durante la noche, sin que nadie pensara en dormir.
    No pudiendo competir en velocidad, el Abraham Lincoln había moderado su marcha. Por
    su parte, el narval, imitando a la fragata, se dejaba mecer por las olas y parecía decidido a
    no abandonar el escenario de la lucha.
    Sin embargo, hacia medianoche desapareció, o, por em-plear una expresión más adecuada,
    se «apagó» como una luciérnaga. ¿Habría huido? Cabía temer más que esperar que así
    fuera. Pero, a la una menos siete minutos, pudimos oír un silbido ensordecedor, semejante
    al producido por una co-lumna de agua exhalada con una extrema violencia.
    El comandante Farragut, Ned Land y yo estábamos en ese momento en la toldilla,
    escrutando ávidamente las profun-das tinieblas.
    Ned Land, ¿ha oído usted a menudo el rugido de las ba-llenas? preguntó el comandante.
    Muchas veces, senor, pero nunca el de una ballena cuyo hallazgo me haya valido dos mil
    dólares.
    En efecto, se ha ganado usted la prima. Pero, dígame, ¿no es ése el ruido que hacen los
    cetáceos al exhalar el agua por sus espiráculos?
    El mismo ruido, señor, con la diferencia de que el que acabamos de oír es
    incomparablemente más fuerte, No hay error posible, es un cetáceo lo que tenemos ante
    nosotros. Y con su permiso, señor añadió el arponero, mañana al despuntar el día le
    diremos dos palabras a nuestro vecino.

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    Mensaje por Maria Lua Dom 14 Jul 2024, 09:45

    Si es que está de humor para escucharle, señor Land dije con un tono de escasa
    convicción.
    Que pueda yo acercarme a cuatro largos de arpón re-plicó el canadiense y verá usted
    si se siente obligado a escu-charme.
    Para acercarse a él dijo el comandante supongo que tendré que poner una ballenera a
    su disposición.
    Claro está.
    Lo que significará poner en juego la vida de mis hom-bres.
    Y la mía respondió el arponero, con la mayor simplici-dad.
    Hacia las dos de la mañana reapareció con no menor in-tensidad el foco luminoso, a unas
    cinco millas a barlovento del Abraham Lincoln. A pesar de la distancia y de los rui-dos del
    viento y del mar, se oían claramente los formidables coletazos del animal y hasta su
    jadeante y poderosa respira-ción. Se diría que en el momento en que el enorme narval
    as-cendía a la superficie del océano para respirar, el aire se pre-cipitaba en sus pulmones
    como el vapor en los vastos cilindros de una máquina de dos mil caballos.
    «¡Hum!, una ballena con la fuerza de un regimiento de ca-ballería sería ya una señora
    ballena», pensé.
    Permanecimos alertas hasta el alba. Se iniciaron los pre-parativos de combate. Se
    dispusieron los aparejos de pesca a lo largo de las bordas. El segundo de a bordo hizo
    cargar las piezas que lanzan un arpón a una distancia de una milla y las que disparan balas
    explosivas cuyas heridas son morta-les hasta para los más poderosos animales. Ned Land se
    ha-bía limitado a aguzar su arpón, que en sus manos se conver-tia en un arma terrible.
    A las seis comenzó a despuntar el día, y con las primeras luces del alba desapareció el
    resplandor eléctrico del narval. A las siete era ya de día, pero una bruma matinal muy
    espe-sa, impenetrable para los mejores catalejos, limitaba consi-derablemente el horizonte,
    ante la cólera y la decepción de todos.
    Subí hasta la cofa de mesana. Algunos oficiales estaban ya encaramados en lo alto de los
    mástiles.
    De repente, y al igual que en la víspera, se oyó la voz de Ned Land:
    ¡La cosa en cuestión por babor, atrás!




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    Mensaje por Maria Lua Lun 15 Jul 2024, 09:30

    ***

    Todas las miradas convergieron en la dirección indicada. A una milla y media de la fragata,
    un largo cuerpo negruzco emergía de las aguas en un metro, aproximadamente. Su cola,
    violentamente agitada, producía un considerable re-molino. Jamás aparato caudal alguno
    había batido el mar con tal violencia. Un inmenso surco de blanca espuma des-cribía una
    curva alargada que marcaba el paso del animal.
    La fragata se aproximó al cetáceo, y pude observarlo con tranquilidad. Los informes del
    Shannon y del Helvetia habían exagerado un poco sus dimensiones. Yo estimé su longitud
    en unos doscientos cincuenta pies tan sólo. En cuanto a su grosor, no era fácil apreciarlo,
    pero, en suma, el animal me pareció admirablemente proporcionado en sus tres
    dimensiones.
    Mientras observaba aquel ser fenomenal, vi cómo lanzaba dos chorros de agua y de vapor
    por sus espiráculos hasta una altura de unos cuarenta metros. Eso me reveló su modo de
    respiración, y me permitió concluir definitivamente que per-tenecía a los vertebrados, clase
    de los mamíferos, subclase de los monodelfos, grupo de los pisciformes, orden de los
    cetá-ceos, familia ... En este punto no podía pronunciarme todavía. El orden de los cetáceos
    comprende tres familias: las ballenas, los cachalotes y los delfines, y es en esta última en la
    que se inscriben los narvales. Cada una de estas familias se divide en varios géneros, cada
    género en especies y cada especie en va-riedades. Variedad, especie, género y familia me
    faltaban aún pero no dudaba yo de que llegaría a completar mi clasifica-ción, con la ayuda
    del cielo y del comandante Farragut.
    La tripulación esperaba impaciente las órdenes de su jefe Tras haber observado atentamente
    al animal, el comandante llamó al ingeniero, quien se presentó inmediatamente.
    ¿Tiene suficiente presión? le preguntó el comandante.
    Sí, señor respondió el ingeniero.
    Bien, refuerce entonces la alimentación, y a toda máquina.




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