Aires de Libertad

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    CLARICE LISPECTOR II - Página 25 Empty Re: CLARICE LISPECTOR II

    Mensaje por Maria Lua 20.03.24 10:29

    Su precaución se reducía a cuidarse en la hora peligrosa de la tarde,
    cuando la casa estaba vacía y ya no necesitaba de ella, el sol alto, y cada
    miembro de la familia distribuido en sus ocupaciones. Mirando los
    muebles limpios, su corazón se oprimía un poco con espanto. Pero en su
    vida no había lugar para sentir ternura por su espanto: ella lo sofocaba con
    la misma habilidad que le habían transmitido los trabajos de la casa.
    Entonces salía para hacer las compras o llevar objetos para arreglar,
    cuidando del hogar y de la familia y en rebeldía con ellos. Cuando volvía ya
    era el final de la tarde y los niños, de regreso del colegio, la exigían. Así
    llegaría la noche, con su tranquila vibración. Por la mañana despertaría
    aureolada por los tranquilos deberes. Encontraba otra vez los muebles
    sucios y llenos de polvo, como si regresaran arrepentidos. En cuanto a ella
    misma, formaba oscuramente parte de las raíces negras y suaves del
    mundo. Y alimentaba anónimamente la vida. Y eso estaba bien. Así lo
    había querido y escogido.
    El tranvía vacilaba sobre las vías, entraba en calles anchas. Enseguida
    soplaba un viento más húmedo anunciando, mucho más que el fin de la
    tarde, el final de la hora inestable. Ana respiró profundamente y una gran
    aceptación dio a su rostro un aire de mujer.
    El tranvía se arrastraba, enseguida se detenía. Hasta la calle Humaitá
    tenía tiempo de descansar. Fue entonces cuando miró hacia el hombre
    detenido en la parada. La diferencia entre él y los otros era que él estaba
    realmente detenido. De pie, sus manos se mantenían extendidas. Era un
    ciego.

    ¿Qué otra cosa había hecho que Ana se fijase, erizada de desconfianza?
    Algo inquietante estaba pasando. Entonces se dio cuenta: el ciego
    masticaba chicle… Un hombre ciego masticaba chicle.
    Ana todavía tuvo tiempo de pensar por un segundo que los hermanos
    irían a comer; el corazón le latía con violencia, espaciadamente. Inclinada,
    miraba al ciego profundamente, como se mira lo que no nos ve. Él
    masticaba goma en la oscuridad. Sin sufrimiento, con los ojos abiertos. El
    movimiento de masticar hacía que pareciera sonreír y de pronto dejar de
    sonreír, sonreír y dejar de sonreír. Como si él la hubiera insultado, Ana lo
    miraba. Y quien la viese tendría la impresión de una mujer con odio. Pero
    continuaba mirándolo, cada vez más inclinada. El tranvía arrancó
    súbitamente arrojándola desprevenida hacia atrás; la pesada bolsa de malla
    rodó de su regazo y cayó al suelo; Ana dio un grito y el conductor
    impartió la orden de parar antes de saber de qué se trataba. El tranvía se
    detuvo, los pasajeros miraron asustados. Incapaz de moverse para recoger
    sus compras, Ana se puso de pie, pálida. Una expresión desde hacía tiempo
    no usada en el rostro resurgía con dificultad, todavía incierta,
    incomprensible. El muchacho de los diarios reía entregándole sus
    paquetes.

    Pero los huevos se habían roto en el envoltorio de papel
    periódico. Yemas amarillas y viscosas se pegoteaban entre los hilos de la
    malla. El ciego había interrumpido su tarea de masticar y extendía las
    manos inseguras, intentando inútilmente percibir lo que sucedía. El
    paquete de los huevos fue arrojado fuera de la bolsa y, entre las sonrisas de
    los pasajeros y la señal del conductor, el tranvía reinició nuevamente la
    marcha.














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    Mensaje por Maria Lua 22.03.24 18:57

    ***

    Pocos instantes después ya nadie la miraba. El tranvía se sacudía sobre
    los rieles y el ciego masticando chicle había quedado atrás para siempre.
    Pero el mal ya estaba hecho.
    La bolsa de malla era áspera entre sus dedos, no íntima como cuando la
    tejiera. La bolsa había perdido el sentido y estar en un tranvía era un hilo
    roto; no sabía qué hacer con las compras en el regazo. Y como una extraña
    música, el mundo recomenzaba a su alrededor. El mal estaba hecho. ¿Por
    qué? ¿Acaso se había olvidado de que había ciegos? La piedad la sofocaba,
    y Ana respiraba pesadamente. Aun las cosas que existían antes de lo
    sucedido ahora estaban cautelosas, tenían un aire hostil, perecedero… El
    mundo nuevamente se había transformado en un malestar. Varios años se
    desmoronaban, las yemas amarillas se escurrían. Expulsada de sus propios
    días, le parecía que las personas en la calle corrían peligro, que se
    mantenían por un mínimo equilibrio, por azar, en la oscuridad, y por un
    momento la falta de sentido las dejaba tan libres que ellas no sabían hacia
    dónde ir. Notar una ausencia de ley fue tan repentino que Ana se aferró al
    asiento de enfrente, como si se pudiera caer del tranvía, como si las cosas
    pudieran ser revertidas con la misma calma con que no lo eran. Lo que
    llamaba crisis había venido, finalmente. Y su marca era el placer intenso
    con que ahora miraba las cosas, sufriendo espantada. El calor se volvía más
    sofocante, todo había ganado una fuerza y unas voces más altas. En la calle
    Voluntarios de la Patria parecía que estaba a punto de estallar una
    revolución. Las rejas de las cloacas estaban secas, y el aire cargado de
    polvo. Un ciego mascando chicle había sumergido el mundo en oscura
    impaciencia. En cada persona fuerte estaba ausente la piedad por el ciego, y
    las personas la asustaban con el vigor que poseían. Junto a ella había una
    señora de azul, ¡con un rostro! Desvió la mirada rápidamente. ¡En la acera,
    una mujer dio un empujón a su hijo! Dos novios entrelazaban los dedos
    sonriendo… ¿Y el ciego? Ana se había deslizado hacia una bondad
    extremadamente dolorosa.



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    Mensaje por Maria Lua 24.03.24 20:01

    ***


    Ella había apaciguado tan bien a la vida, había cuidado tanto que no
    explotara. Mantenía todo en serena comprensión, separaba una persona de
    las otras, las ropas estaban claramente hechas para ser usadas y se podía
    elegir en el diario la película de la noche, todo hecho de tal modo que un
    día sucediera al otro. Y un ciego masticando chicle lo había destrozado
    todo. A través de la piedad, a Ana le parecía una vida llena de náusea dulce,
    hasta la boca.
    Solo entonces advirtió que hacía mucho que había pasado la parada
    para bajar. En la debilidad en que estaba, todo la alcanzaba con un susto;
    descendió del tranvía con piernas vacilantes, miró a su alrededor,
    sosteniendo la bolsa de malla sucia de huevo. Por un momento no
    consiguió orientarse. Le parecía haber descendido en medio de la noche.
    Era una calle larga, con muros altos, amarillos. Su corazón latía con
    miedo, ella buscaba inútilmente reconocer los alrededores, mientras la vida
    que había descubierto continuaba latiendo y un viento más tibio y más
    misterioso le rodeaba el rostro. Se quedó parada mirando el muro. Al fin
    pudo ubicarse. Caminando un poco más a lo largo de la tapia, cruzó los
    portones del Jardín Botánico.
    Caminaba pesadamente por la alameda central, entre los cocoteros. No
    había nadie en el Jardín. Dejó los paquetes en el suelo, se sentó en el banco
    de un sendero y allí se quedó por algún tiempo.
    La vastedad parecía calmarla, el silencio regulaba su respiración. Se
    adormecía dentro de sí.
    De lejos se veía la hilera de árboles donde la tarde era clara y redonda.
    Pero la penumbra de las ramas cubría el sendero.






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    Mensaje por Maria Lua 25.03.24 20:39

    ***

    A su alrededor se escuchaban ruidos serenos, olor a árboles, pequeñas
    sorpresas entre los «cipós». Todo el Jardín era triturado por los instantes
    ya más apresurados de la tarde. ¿De dónde venía el medio sueño que la
    rodeaba? Como un zumbar de abejas y de aves. Todo era extraño,
    demasiado suave, demasiado grande.
    Un movimiento leve e íntimo la sobresaltó; se volvió con rapidez.
    Nada parecía haberse movido. Pero en la alameda central estaba inmóvil un
    poderoso gato. Su pelambre era suave. En una nueva marcha silenciosa,
    desapareció.
    Inquieta, miró en torno. Las ramas se balanceaban, las sombras
    vacilaban sobre el suelo. Un gorrión escarbaba en la tierra. Y de pronto,
    con malestar, le pareció haber caído en una emboscada. En el Jardín se
    hacía un trabajo secreto que ella empezaba a advertir.
    En los árboles las frutas eran negras, dulces como la miel. En el suelo
    había carozos llenos de orificios, como pequeños cerebros podridos. El
    banco estaba manchado de jugos violetas. En el tronco del árbol se
    pegaban las lujosas patas de una araña. La crudeza del mundo era tranquila.
    El asesinato era profundo. Y la muerte no era aquello que pensábamos.
    Al mismo tiempo que imaginario, era un mundo para comérselo con
    los dientes, un mundo de grandes dalias y tulipanes. Los troncos eran
    recorridos por parásitos con hojas, y el abrazo era suave, apretado. Como
    el rechazo que precedía a una entrega, era fascinante, la mujer sentía asco, y
    al mismo tiempo se sentía fascinada.
    Los árboles estaban cargados, el mundo era tan rico que se pudría.
    Cuando Ana pensó que había niños y hombres grandes con hambre, la
    náusea le subió a la garganta, como si ella estuviera grávida y abandonada.
    La moral del Jardín era otra. Ahora que el ciego la había guiado hasta él, se
    estremecía en los primeros pasos de un mundo brillante, sombrío, donde
    las victorias regias flotaban, monstruosas. Las pequeñas flores esparcidas
    por el césped no le parecían amarillas o rosadas, sino del color de oro bajo
    y escarlatas. La descomposición era profunda, perfumada… Pero ella veía
    todas las pesadas cosas como con la cabeza rodeada de un enjambre de
    insectos, enviados por la vida más delicada del mundo. La brisa se
    insinuaba entre las flores. Ana adivinaba que sentía su olor dulzón… El
    Jardín era tan bonito que ella tuvo miedo del Infierno.
    Ahora era casi de noche y todo parecía lleno, pesado, una ardilla voló
    en la sombra. Bajo los pies la tierra estaba fofa, Ana la aspiraba con delicia.
    Era fascinante, y ella se sentía mareada.




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    Mensaje por Maria Lua 25.03.24 20:39

    ***



    Pero cuando recordó a los niños, frente a los cuales se sentía culpable,
    se irguió con una exclamación de dolor. Tomó el paquete, avanzó por el
    sendero oscuro y alcanzó la alameda. Casi corría, y vio el Jardín en torno
    suyo, con su soberbia impersonalidad. Sacudió los portones cerrados, los
    sacudió apretando la madera áspera. El guardián apareció asustado por no
    haberla visto.
    Hasta que no llegó a la puerta del edificio, le pareció estar al borde del
    desastre. Corrió con la bolsa hasta el ascensor, su alma golpeaba en el
    pecho, ¿qué ocurría? La piedad por el ciego era tan violenta como una
    ansiedad, pero el mundo le parecía suyo, suyo, perecedero, suyo. Abrió la
    puerta de su casa. La sala era grande, cuadrada, los picaportes brillaban
    limpios, los vidrios de la ventana brillaban, la lámpara brillaba. ¿Qué nueva
    tierra era esta? Y por un instante la vida sana que hasta entonces había
    llevado le pareció una manera moralmente loca de vivir. El niño que se
    acercó corriendo era un ser de piernas largas y rostro igual al suyo, que
    corría y la abrazaba. Lo apretó con fuerza, con espanto. Se protegía,
    trémula. Porque la vida era peligrosa. Ella amaba el mundo, amaba cuanto
    fuera creado, amaba con repugnancia. Del mismo modo en que siempre se
    había sentido fascinada por las ostras, con aquel vago sentimiento de asco
    que la proximidad de la verdad le provocaba, advirtiéndola. Abrazó al hijo,
    casi hasta estrujarlo. Como si supiera de un mal —¿el ciego o el hermoso
    Jardín Botánico?— se prendía a él, a quien quería por encima de todo.
    Había sido alcanzada por el demonio de la fe. La vida era horrible, dijo
    muy bajo, hambrienta. ¿Qué haría en el caso de seguir la llamada del ciego?
    Iría sola… Había lugares pobres y ricos que necesitaban de ella. Ella
    precisaba de ellos… Tengo miedo, dijo. Sentía las costillas delicadas de la
    criatura entre los brazos, escuchó su llanto asustado. Mamá, llamó el niño.
    Lo apartó de sí, miró aquel rostro, su corazón se crispó. No dejes que
    mamá te olvide, le dijo. El niño, apenas sintió que el brazo se aflojaba,
    escapó y corrió hasta la puerta de la habitación, desde donde la miró más
    seguro. Era la peor mirada que jamás recibiera. La sangre le subió al rostro,
    afiebrándolo.
    Se dejó caer en una silla, con los dedos todavía presos en la bolsa de
    malla. ¿De qué tenía vergüenza? No había cómo huir. Y los días que ella
    forjara se habían roto en su costra y el agua se escapaba. Estaba delante de
    la ostra. Y no sabía cómo mirarla. ¿De qué tenía vergüenza? Porque ya no
    se trataba de piedad, no era solo piedad: su corazón se llenaba con el peor
    deseo de vivir.






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    Mensaje por Maria Lua 25.03.24 20:40

    ***


    Ya no sabía si estaba del otro lado del ciego o de las espesas plantas. El
    hombre poco a poco se había distanciado y, torturada, ella parecía haber
    pasado para el lado de los que le habían herido los ojos. El Jardín Botánico,
    tranquilo y alto, la revelaba. Con horror descubría que pertenecía a la parte
    fuerte del mundo, y ¿qué nombre se debería dar a su misericordia violenta?
    Se vería obligada a besar al leproso, pues nunca sería solo su hermana. Un
    ciego me llevó hasta lo peor de mí misma, pensó espantada. Se sentía
    expulsada porque ningún pobre bebería agua en sus manos ardientes. ¡Ah!,
    ¡era más fácil ser un santo que una persona! Por Dios, ¿no había sido
    verdadera la piedad que sondeara en su corazón las aguas más profundas?
    Pero era una piedad de león.
    Humillada, sabía que el ciego prefería un amor más pobre. Y,
    entristeciéndose, también sabía por qué. La vida del Jardín Botánico la
    llamaba como el hombre lobo es llamado por la luna. ¡Oh, pero ella amaba
    al ciego!, pensó con los ojos mojados. Sin embargo, no era con ese
    sentimiento con el que se va a la iglesia. Estoy con miedo, se dijo, sola en la
    sala. Se levantó y fue a la cocina a ayudar a la sirvienta a preparar la comida.
    Pero la vida la estremecía, como un frío. Oía la campana de la escuela,
    lejana y constante. El pequeño horror del polvo ligando en hilos la parte
    interior de la estufa, donde descubrió la pequeña araña. Llevando el florero
    para cambiar el agua sintió el horror de la flor entregándose lánguida y
    asquerosa en sus manos. El mismo trabajo secreto se hacía en la cocina.
    Cerca del cubo de la basura, aplastó con el pie una hormiga. El pequeño
    asesinato de la hormiga. El minúsculo cuerpo temblaba. Las gotas de agua
    caían en el agua quieta del lavabo. Los abejorros de verano. El horror de los
    abejorros inexpresivos. Alrededor había una vida silenciosa, lenta,
    insistente. Horror, horror. Caminaba de un lado a otro en la cocina,
    cortando los filetes, batiendo la crema. En torno a su cabeza, en ronda, en
    torno a la luz, los mosquitos de una noche cálida. Una noche en que la
    piedad era tan cruda como el mal amor. Entre los dos senos corría el sudor.
    La fe se quebrantaba, el calor del horno ardía en sus ojos.
    Después llegó el marido, vinieron los hermanos y sus mujeres, vinieron
    los hijos de los hermanos


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    Mensaje por Maria Lua 25.03.24 20:41

    ***

    Comieron con las ventanas completamente abiertas, en el noveno piso.
    Un avión se estremecía, amenazador, en el calor del cielo. A pesar de haber
    usado pocos huevos, la comida estaba buena. También sus chicos
    permanecieron despiertos, jugando en la alfombra con los otros. Era
    Página 111
    verano, sería inútil obligarlos a dormir. Ana estaba un poco pálida y reía
    suavemente con los otros.
    Finalmente, después de la comida, la primera brisa más fresca entró por
    las ventanas. Ellos rodeaban la mesa, en familia. Cansados del día, felices al
    no discutir, bien dispuestos a no ver defectos. Se reían de todo, con el
    corazón bondadoso y humano. Los chicos crecían admirablemente
    alrededor de ellos. Y, como una mariposa, Ana sujetó el instante entre los
    dedos antes de que desapareciera para siempre.
    Después, cuando todos se fueron y los chicos estaban acostados, se
    convirtió en una mujer tosca que miraba por la ventana. La ciudad estaba
    adormecida y caliente. Y lo que el ciego había desencadenado, ¿cabría en
    sus días? ¿Cuántos años le llevaría envejecer de nuevo? Cualquier
    movimiento de ella, y pisaría a uno de los chicos. Pero, con una maldad de
    amante, parecía aceptar que de la flor saliera el mosquito, que las victorias
    regias flotasen en la oscuridad del lago. El ciego pendía entre los frutos del
    Jardín Botánico.
    ¡Si ella fuera un abejorro de la estufa, el fuego ya habría abrasado toda
    la casa!, pensó corriendo hacia la cocina y tropezando con su marido frente
    al café derramado.
    —¿Qué fue? —gritó vibrando toda ella.
    Él se asustó con el miedo de la mujer. Y de repente rio entendiendo:
    —No fue nada —dijo—, soy un descuidado.
    Él parecía cansado, con ojeras.
    Pero, ante el extraño rostro de Ana, la observó con mayor atención.
    Después la atrajo hacia sí, en rápido abrazo.
    —¡No quiero que te suceda nada, nunca! —dijo ella.
    —Deja que por lo menos me suceda que la estufa explote —respondió
    él, sonriendo.
    Ella continuó sin fuerza en sus brazos. Ese día, en la tarde, algo
    tranquilo había estallado, y en toda la casa había un clima humorístico,
    triste.
    —Es hora de dormir —dijo él—, es tarde.
    En un gesto que no era suyo, pero que le pareció natural, tomó la mano
    de la mujer llevándola consigo sin mirar hacia atrás, alejándola del peligro
    de vivir.
    Había terminado el vértigo de la bondad.
    Y, si había atravesado el amor y su infierno, ahora se peinaba frente al
    espejo, por un momento sin ningún mundo en el corazón. Antes de
    acostarse, como si apagara una vela, sopló la pequeña llama del día.




    FIN



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    Mensaje por Maria Lua 25.03.24 20:44

    Una gallina



    Era una gallina de domingo. Todavía viva porque no pasaba de las nueve de
    la mañana. Parecía calma. Desde el sábado se había encogido en un rincón
    de la cocina. No miraba a nadie, nadie la miraba a ella. Aun cuando la
    eligieron, palpando su intimidad con indiferencia, no supieron decir si era
    gorda o flaca. Nunca se adivinaría en ella un anhelo.
    Por eso fue una sorpresa cuando la vieron abrir las alas de vuelo corto,
    hinchar el pecho y, en dos o tres intentos, alcanzar el muro de la terraza.
    Todavía vaciló un instante —el tiempo para que la cocinera diera un grito
    — y en breve estaba en la terraza del vecino, de donde, en otro vuelo
    desordenado, alcanzó un tejado. Allá quedó como un adorno mal
    colocado, dudando ora en uno, ora en otro pie. La familia fue llamada con
    urgencia y consternada vio el almuerzo junto a una chimenea. El dueño de
    la casa, recordando la doble necesidad de hacer esporádicamente algún
    deporte y almorzar, vistió radiante un traje de baño y decidió seguir el
    itinerario de la gallina: con saltos cautelosos alcanzó el tejado donde esta,
    vacilante y trémula, escogía con premura otro rumbo. La persecución se
    tornó más intensa. De tejado en tejado recorrió más de una manzana de la
    calle. Poco afecta a una lucha más salvaje por la vida, la gallina debía decidir
    por sí misma los caminos a tomar, sin ningún auxilio de su raza. El
    muchacho, sin embargo, era un cazador adormecido. Y por ínfima que
    fuese la presa había sonado para él el grito de conquista.
    Sola en el mundo, sin padre ni madre, ella corría, respiraba agitada,
    muda, concentrada. A veces, en la fuga, sobrevolaba ansiosa un mundo de
    tejados y, mientras el chico trepaba a otros dificultosamente, ella tenía
    tiempo de recuperarse por un momento. ¡Y entonces parecía tan libre!
    Estúpida, tímida y libre. No victoriosa como sería un gallo en fuga.
    ¿Qué es lo que había en sus vísceras para hacer de ella un ser? La gallina es
    un ser. Aunque es cierto que no se podría contar con ella para nada. Ni ella
    misma contaba consigo, de la manera en que el gallo cree en su cresta. Su
    única ventaja era que había tantas gallinas que aunque muriera una surgiría
    en ese mismo instante otra tan igual como si fuese ella misma.
    Finalmente, una de las veces que se detuvo para gozar su fuga, el
    muchacho la alcanzó. Entre gritos y plumas, fue apresada. Y enseguida
    cargada en triunfo por un ala a través de las tejas, y depositada en el piso de
    la cocina con cierta violencia. Todavía atontada, se sacudió un poco, entre
    cacareos roncos e indecisos.
    Fue entonces cuando sucedió. De puros nervios la gallina puso un
    huevo. Sorprendida, exhausta. Quizá fue prematuro. Pero después de que
    naciera a la maternidad parecía una vieja madre acostumbrada a ella.
    Sentada sobre el huevo quedó respirando mientras abría y cerraba los ojos.
    Su corazón tan pequeño en un plato, ahora elevaba y bajaba las plumas
    llenando de tibieza aquello que nunca pasaría de ser un huevo. Solamente
    la niña estaba cerca y observaba todo, aterrorizada. Apenas consiguió
    desprenderse del acontecimiento, se despegó del suelo y escapó a los
    gritos:
    —¡Mamá, mamá, no mates a la gallina, ha puesto un huevo!, ¡ella
    quiere nuestro bien!
    Todos corrieron de nuevo a la cocina y enmudecidos rodearon a la
    joven parturienta. Entibiando a su hijo, no estaba ni suave ni arisca, ni
    alegre ni triste, no era nada, solamente una gallina. Lo que no sugería
    ningún sentimiento especial. El padre, la madre, la hija, hacía ya bastante
    tiempo que la miraban, sin experimentar ningún sentimiento determinado.
    Nunca nadie acarició la cabeza de la gallina. El padre, por fin, decidió con
    cierta brusquedad:
    —¡Si mandas matar a esta gallina, nunca más volveré a comer gallina en
    mi vida!
    —¡Y yo tampoco! —juró la niña con ardor.
    La madre, cansada, se encogió de hombros.
    Inconsciente de la vida que le fue entregada, la gallina empezó a vivir
    con la familia. La niña, de regreso del colegio, arrojaba el portafolios lejos
    sin interrumpir sus carreras hacia la cocina. El padre todavía recordaba, de
    vez en cuando: «¡Y pensar que yo la obligué a correr en ese estado!». La
    gallina se transformó en la reina de la casa. Todos, menos ella, lo sabían.
    Continuó su existencia entre la cocina y los fondos de la casa, usando de
    sus dos capacidades: la apatía y el sobresalto.
    Pero cuando todos estaban quietos en la casa y parecían haberla
    olvidado, se llenaba de un pequeño valor, restos de la gran fuga, y circulaba
    por los ladrillos, levantando el cuerpo por detrás de la cabeza
    pausadamente, como en un campo, aunque la pequeña cabeza la
    traicionara: moviéndose ya rápida y vibrátil, con el viejo susto de su
    especie mecanizado.
    Una que otra vez, al final más raramente, la gallina recordaba que se
    había recortado contra el aire al borde del tejado, pronta a renunciar. En
    esos momentos llenaba los pulmones con el aire impuro de la cocina y, si
    les hubiese sido dado cantar a las hembras, ella, si bien no cantaría, por lo
    menos quedaría más contenta. Aunque ni siquiera en esos instantes la
    expresión de su vacía cabeza se alteraba. En la fuga, en el descanso, cuando
    dio a luz, o mordisqueando maíz, la suya continuaba siendo una cabeza de
    gallina, la misma que fuera desdeñada en los comienzos de los siglos.
    Hasta que un día la mataron, la comieron, y pasaron los años.

    FIN






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    Mensaje por Maria Lua 26.03.24 20:45

    La imitación de la rosa



    Antes de que Armando volviera del trabajo la casa debería estar arreglada,
    y ella con su vestido marrón para atender al marido mientras él se vestía, y
    entonces saldrían tranquilamente, tomados del brazo como antaño.
    ¿Desde cuándo no hacían eso?
    Pero ahora que ella estaba nuevamente «bien», tomarían el autobús, ella
    miraría por la ventanilla como una esposa, su brazo en el de él, y después
    cenarían con Carlota y Juan, recostados en la silla con intimidad. ¿Desde
    hacía cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con confianza y
    conversar con un hombre? La paz de un hombre era, olvidado de su mujer,
    conversar con otro hombre sobre lo que aparecía en los diarios. Mientras
    tanto, ella hablaría con Carlota sobre cosas de mujeres, sumisa a la
    voluntad autoritaria y práctica de Carlota, recibiendo de nuevo la
    desatención y el vago desprecio de la amiga, su rudeza natural, y no más
    aquel cariño perplejo y lleno de curiosidad, viendo, en fin, a Armando
    olvidado de la propia mujer. Y ella misma regresando reconocida a su
    insignificancia. Como el gato que pasa la noche fuera y, como si nada
    hubiera sucedido, encuentra, sin ningún reproche, un plato de leche
    esperándolo. Felizmente, las personas la ayudaban a sentir que ahora
    estaba «bien». Sin mirarla, la ayudaban activamente a olvidar, fingiendo
    ellas el olvido, como si hubiesen leído las mismas indicaciones del mismo
    frasco de remedio. O habían olvidado realmente, quién sabe. ¿Desde hacía
    cuánto tiempo no veía a Armando recostarse con abandono, olvidado de
    ella? ¿Y ella misma?
    Interrumpiendo el arreglo del tocador, Laura se miró al espejo: ¿ella
    misma, desde hacía cuánto tiempo? Su rostro tenía una gracia doméstica,
    los cabellos estaban sujetos con horquillas detrás de las orejas grandes y
    pálidas. Los ojos marrones, los cabellos marrones, la piel morena y suave,
    todo daba a su rostro ya no muy joven un aire modesto de mujer. ¿Acaso
    alguien vería, en esa mínima punta de sorpresa que había en el fondo de sus
    ojos, alguien vería, en ese mínimo punto ofendido, la falta de los hijos que
    nunca había tenido?




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    Mensaje por Maria Lua 26.03.24 20:46

    ***

    Con su gusto minucioso por el método —el mismo que cuando niña la
    hacía copiar con letra perfecta los apuntes de clase, sin comprenderlos—,
    con su gusto por el método, ahora, reasumido, planeaba arreglar la casa
    antes de que la sirvienta saliese de paseo para que, una vez que María
    estuviera en la calle, ella no necesitara hacer nada más que: 1) vestirse
    tranquilamente; 2) esperar a Armando, ya lista; 3) ¿qué era lo tercero?
    ¡Eso es! Era eso mismo lo que haría. Se pondría el vestido marrón con
    cuello de encaje color crema. Después de tomar su baño. Ya en los tiempos
    del Sacré Coeur ella había sido muy arregladita y limpia, con mucho gusto
    por la higiene personal y un cierto horror al desorden. Lo que no había
    logrado nunca que Carlota, ya en aquel tiempo un poco original, la
    admirase. La reacción de las dos siempre había sido diferente. Carlota,
    ambiciosa, siempre riéndose fuerte; ella, Laura, un poco lenta y, por así
    decir, cuidando de mantenerse siempre lenta; Carlota, sin ver nunca
    peligro en nada. Y ella cuidadosa. Cuando le dieron para leer la Imitación
    de Cristo, con un ardor de burra ella lo leyó sin entender pero, que Dios la
    perdonara, había sentido que quien imitase a Cristo estaría perdido;
    perdido en la luz, pero peligrosamente perdido. Cristo era la peor
    tentación. Y Carlota ni siquiera lo había querido leer, mintiéndole a la
    monja que sí lo había leído. Eso mismo. Se pondría el vestido marrón con
    cuello de encaje verdadero.
    Pero cuando vio la hora recordó, con un sobresalto que le hizo llevarse
    la mano al pecho, que había olvidado tomar su vaso de leche.
    Se encaminó a la cocina y, como si hubiera traicionado culpablemente a
    Armando y a los amigos devotos, junto al refrigerador bebió los primeros
    sorbos con una ansiosa lentitud, concentrándose en cada trago con fe,
    como si estuviera indemnizando a todos y castigándose ella. Como el
    médico había dicho: «Tome leche entre las comidas, no esté nunca con el
    estómago vacío, porque eso provoca ansiedad», ella, entonces, aunque sin
    amenaza de ansiedad, tomaba sin discutir trago por trago, día por día, sin
    fallar nunca, obedeciendo con los ojos cerrados, con un ligero ardor para
    que no pudiera encontrar en sí la menor incredulidad. Lo incómodo era
    que el médico parecía contradecirse cuando, al mismo tiempo que daba una
    orden precisa que ella quería seguir con el celo de una conversa, también le
    había dicho: «Abandónese, intente todo suavemente, no se esfuerce por
    conseguirlo, olvide completamente lo que sucedió y todo volverá con
    naturalidad». Y le había dado una palmada en la espalda, lo que la había
    lisonjeado haciéndola enrojecer de placer. Pero en su humilde opinión una
    orden parecía anular a la otra, como si le pidieran comer harina y al mismo
    tiempo silbar. Para fundirlas en una sola, empezó a usar una estratagema:
    aquel vaso de leche que había terminado por ganar un secreto poder, y
    tenía dentro de cada trago el gusto de una palabra renovando la fuerte
    palmada en la espalda, aquel vaso de leche era llevado por ella a la sala,
    donde se sentaba «con mucha naturalidad», fingiendo falta de interés, «sin
    esforzarse», cumpliendo de esta manera la segunda orden. «No importa
    que yo engorde», pensó, lo principal nunca había sido la belleza.






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    Mensaje por Maria Lua 26.03.24 20:47

    ***

    Se sentó en el sofá como si fuera una visita en su propia casa que,
    recientemente recuperada, arreglada y fría, recordaba la tranquilidad de una
    casa ajena. Lo que era muy satisfactorio: al contrario de Carlota, que
    hiciera de su hogar algo parecido a ella misma, Laura sentía el placer de
    hacer de su casa algo impersonal; en cierto modo perfecto por ser
    impersonal.
    Oh, qué bueno era estar de vuelta, realmente de vuelta, sonrió ella
    satisfecha. Tomando el vaso casi vacío, cerró los ojos con un suspiro de
    dulce cansancio. Había planchado las camisas de Armando, había hecho
    listas metódicas para el día siguiente, calculando minuciosamente lo que
    iba a gastar por la mañana en el mercado, realmente no había parado un
    solo instante. Oh, qué bueno era estar de nuevo cansada.
    Si un ser perfecto del planeta Marte descendiera y se enterara de que
    los seres de la Tierra se cansaban y envejecían, sentiría pena y espanto. Sin
    entender jamás lo que había de bueno en ser gente, en sentirse cansada, en
    fallar diariamente; solo los iniciados comprenderían ese matiz de vicio y
    ese refinamiento de vida.
    Y ella retornaba al fin de la perfección del planeta Marte. Ella, que
    nunca había deseado otra cosa que ser la mujer de un hombre,
    reencontraba, grata, su parte diariamente falible. Con los ojos cerrados
    suspiró agradecida. ¿Cuánto tiempo hacía que no se cansaba? Pero ahora
    se sentía todos los días casi exhausta y planchaba, por ejemplo, las camisas
    de Armando, siempre le había gustado planchar y sin modestia podía decir
    que era una planchadora excelente. Y después, en recompensa, quedaba
    exhausta. No más aquella atenta falta de cansancio, no más aquel punto
    vacío y despierto y horriblemente maravilloso dentro de sí. No más aquella
    terrible independencia. No más la facilidad monstruosa y simple de no
    dormir ni de día ni de noche —que en su discreción la hiciera súbitamente
    sobrehumana en relación con un marido cansado y perplejo—. Él, con
    aquel aire que tenía cuando estaba mudo de preocupación (lo que le daba a
    ella una piedad dolorida, sí, aun dentro de su despierta perfección, la
    piedad y el amor), ella sobrehumana y tranquila en su brillante aislamiento,
    y él, cuando tímido venía a visitarla llevando manzanas y uvas que la
    enfermera con un encogerse de hombros comía, él haciendo visitas
    ceremoniosas, como un novio, con un aire infeliz y una sonrisa fija,
    esforzándose en su heroísmo por comprender, él que la recibiera de un
    padre y de un sacerdote, y que no sabía qué hacer con esa muchacha del
    barrio de Tijuca, que inesperadamente, como un barco tranquilo que se
    adorna en las aguas, se había tornado sobrehumana

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    Mensaje por Maria Lua 27.03.24 22:17

    ***


    Ahora, ya nada de eso. Nunca más. Oh, apenas si había sido una
    debilidad; el genio era la peor tentación. Pero después ella se había
    recuperado tan completamente que ya hasta comenzaba otra vez a cuidarse
    para no incomodar a los otros con su viejo gusto por el detalle. Ella
    recordaba bien a las compañeras del Sacré Coeur diciéndole: «¡Ya contaste
    eso mil veces!»; recordaba eso con una sonrisa tímida. Se había recuperado
    tan completamente: ahora todos los días ella se cansaba, todos los días su
    rostro decaía al atardecer, y entonces la noche tenía su vieja finalidad, no
    solo era la perfecta noche estrellada. Y como a todo el mundo, cada día la
    fatigaba; como todo el mundo, humana y perecedera. No más aquella
    perfección. No más aquella cosa que un día se desparramara clara, como un
    cáncer, en su alma.
    Abrió los ojos pesados de sueño, sintiendo el buen vaso, sólido, en las
    manos, pero los cerró de nuevo con una confortada sonrisa de cansancio,
    bañándose como un nuevo rico, en todas sus partículas, en esa agua
    familiar y ligeramente nauseabunda. Sí, ligeramente nauseabunda; qué
    importancia tenía, si ella también era un poco fastidiosa, bien lo sabía. Pero
    al marido no le parecía, entonces qué importancia tenía, si gracias a Dios
    ella no vivía en un ambiente que exigiera que fuese ingeniosa e interesante,
    y hasta de la escuela secundaria, que tan embarazosamente exigiera que
    fuese despierta, se había librado. Qué importancia tenía. En el cansancio —
    había planchado las camisas de Armando sin contar que también había ido
    al mercado por la mañana demorándose tanto allí, por ese gusto que tenía
    de hacer que las cosas rindieran—, en el cansancio había un lugar bueno
    para ella, un lugar discreto y apagado del que, con bastante embarazo para
    sí misma y para los otros, una vez saliera. Pero, como iba diciendo, gracias
    a Dios se había recuperado.





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    Mensaje por Maria Lua 27.03.24 22:19

    ***

    Y si buscara con mayor fe y amor encontraría dentro del cansancio un
    lugar todavía mejor, que sería el sueño. Suspiró con placer, tentada por un
    Página 120
    momento de maliciosa travesura a ir al encuentro del aire tibio que era su
    respiración ya somnolienta, por un instante tentada a dormitar. «¡Un
    instante solo, solo un momentito!», se pidió, lisonjeada por haber tenido
    tanto sueño, y lo pedía llena de maña como si pidiera un hombre, lo que
    siempre le gustaba mucho a Armando.
    Pero realmente no tenía tiempo para dormir ahora, ni siquiera para
    echarse un sueñito, pensó vanidosa y con falsa modestia; ¡ella era una
    persona tan ocupada!, siempre había envidiado a las personas que decían
    «No tuve tiempo»; y ahora ella era nuevamente una persona tan ocupada;
    iría a comer con Carlota y todo tenía que estar ordenadamente listo, era la
    primera comida fuera desde que regresara y ella no quería llegar tarde, tenía
    que estar lista cuando… bien, ya dije eso mil veces, pensó avergonzada.
    Bastaría decir una sola vez: «No quería llegar tarde»; eso era motivo
    suficiente: si nunca había soportado sin enorme humillación ser un
    trastorno para alguien, ahora más que nunca no debería… No, no habrá la
    menor duda: no tenía tiempo para dormir. Lo que debía hacer moviéndose
    con familiaridad en aquella íntima riqueza de la rutina —y le mortificaba
    que Carlota despreciara su gusto por la rutina—, lo que debía hacer era: 1)
    esperar que la sirvienta estuviera lista; 2) darle dinero para que trajera la
    carne para mañana; cómo explicar que hasta la dificultad para encontrar
    buena carne era una cosa buena; 3) comenzar minuciosamente a lavarse y a
    vestirse, entregándose sin reserva al placer de hacer que el tiempo rindiera.

    El vestido marrón combinaba con sus ojos y el cuellito de encaje color
    crema le daba un cierto aire infantil, como de niño antiguo. Y, de regreso a
    la paz nocturna de Tijuca —no más aquella luz ciega de las enfermeras
    peinadas y alegres saliendo de fiesta, después de haberla arrojado como a
    una gallina indefensa en el abismo de la insulina—, de regreso a la paz
    nocturna de Tijuca, de regreso a su verdadera vida: ella iría tomada del
    brazo de Armando, caminando lentamente hacia la parada del autobús, con
    aquellos muslos duros y gruesos que la faja empaquetaba en uno solo
    transformándola en una «señora distinguida», pero cuando, confundida,
    ella le decía a Armando que eso provenía de una insuficiencia ovárica, él,
    que se sentía lisonjeado por los muslos de su mujer, respondía con mucha
    audacia: «¿Para qué habría querido casarme con una bailarina?», eso era lo
    que él respondía. Nadie lo diría, pero Armando a veces podía ser muy
    malicioso, aunque nadie lo diría.




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    Mensaje por Maria Lua 27.03.24 22:20

    ***

    De vez en cuando los dos decían lo
    mismo. Ella explicaba que era a causa de la insuficiencia ovárica. Entonces
    él decía: «¿Para qué me habría servido estar casado con un bailarina?». A
    veces él era muy atrevido aunque nadie lo diría. Carlota se habría
    espantado de haber sabido que ellos también tenían una vida íntima y cosas
    que no se contaban, pero ella no las diría aunque era una pena no poder
    contarlas, seguramente Carlota pensaba que ella era solo una mujer
    ordenada y común y un poco aburrida, y si ella a veces estaba obligada a
    cuidarse para no molestar a los otros con detalles, a veces con Armando se
    descuidaba y era un poco aburrida, cosa que no tenía importancia porque
    él fingía que escuchaba aunque no oía todo lo que ella contaba, y eso no la
    amargaba, comprendía perfectamente bien que sus conversaciones
    cansaban un poco a la gente, pero era bueno poder contarle que no había
    encontrado carne buena aunque Armando moviera la cabeza y no
    escuchase, la sirvienta y ella conversaban mucho, en verdad más ella que la
    sirvienta que a veces contenía su impaciencia y se ponía un poco atrevida.
    La culpa era suya que no siempre se hacía respetar.
    Pero, como ella iba diciendo, tomados del brazo, bajita y castaña ella y
    alto y delgado él, gracias a Dios tenía salud. Ella castaña, como
    oscuramente pensaba que debía ser una esposa. Tener cabellos negros o
    rubios era un exceso que, en su deseo de acertar, ella nunca había
    ambicionado. Y en materia de ojos verdes, bueno, le parecía que si tuviera
    ojos verdes sería como no contarle todo a su marido. No es que Carlota
    diera propiamente de qué hablar, pero ella, Laura —que si tuviera
    oportunidad la defendería ardientemente, pero nunca había tenido ocasión
    —, ella, Laura, estaba obligada contra su gusto a estar de acuerdo en que la
    amiga tenía una manera extraña y cómica de tratar al marido; oh, no por
    ser «de igual a igual», pues ahora eso se usaba, pero usted ya sabe lo que
    quiero decir. Carlos era un poco original, eso ya lo había comentado una
    vez con Armando y Armando había estado de acuerdo pero sin darle
    demasiada importancia. Pero, como ella iba diciendo, de marrón con el
    cuellito…, el devaneo la llenaba con el mismo gusto que le daba al arreglar
    cajones, hasta llegaba a desarreglarlos para poder acomodarlos de nuevo.






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    Mensaje por Maria Lua 28.03.24 20:09

    ***


    Abrió los ojos y, como si fuera la sala la que hubiera dormitado y no
    ella, la sala aparecía renovada y reposada con sus sillones cepillados y las
    cortinas que habían encogido en el último lavado, como pantalones
    demasiado cortos y la persona mirara cómicamente sus propias piernas.
    ¡Oh!, qué bueno era ver todo arreglado y sin polvo, todo limpio por sus
    propias manos diestras, y tan silencioso, con un jarrón de flores, como una
    sala de espera, tan respetuosa, tan impersonal. Qué linda era la vida común
    Página 122
    para ella, que finalmente había regresado de la extravagancia. Hasta un
    florero. Lo miró.
    —¡Ah!, qué lindas son —exclamó su corazón, de pronto un poco
    infantil. Eran menudas rosas silvestres que había comprado por la mañana
    en el mercado, en parte porque el hombre había insistido mucho, en parte
    por osadía. Las había arreglado en el florero esa misma mañana, mientras
    tomaba el sagrado vaso de leche de las diez.
    Pero, a la luz de la sala, las rosas estaban en toda su completa y
    tranquila belleza.
    Nunca vi rosas tan bonitas, pensó con curiosidad. Y como si no acabara
    de pensar justamente eso, vagamente consciente de que acababa de pensar
    justamente eso y pasando rápidamente por encima de la confusión de
    reconocerse un poco fastidiosa, pensó en una etapa más nueva de la
    sorpresa: «Sinceramente, nunca vi rosas tan bonitas». Las miró con
    atención. Pero la atención no podía mantenerse mucho tiempo como
    simple atención, enseguida se transformaba en suave placer, y ella no
    conseguía ya analizar las rosas, estaba obligada a interrumpirse con la
    misma exclamación de curiosidad sumisa: ¡Qué lindas son!
    Eran varias rosas perfectas, algunas en el mismo tallo. En cierto
    momento habían trepado con ligera avidez unas sobre otras, pero después,
    hecho el juego, tranquilas se habían inmovilizado. Eran algunas rosas
    perfectas en su pequeñez, no del todo abiertas, y el tono rosado era casi
    blanco. ¡Hasta parecían artificiales!, dijo sorprendida. Podrían dar la
    impresión de blancas si estuvieran completamente abiertas, pero con los
    pétalos centrales envueltos en botón, el color se concentraba y, como el
    lóbulo de una oreja, se sentía el rubor circular dentro de ellas. ¡Qué lindas
    son!, pensó Laura sorprendida.
    Pero sin saber por qué estaba un poco tímida, un poco perturbada.
    ¡Oh!, no demasiado, pero sucedía que la belleza extrema la molestaba


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    Mensaje por Maria Lua 30.03.24 9:30

    ***


    Eran varias rosas perfectas, algunas en el mismo tallo. En cierto
    momento habían trepado con ligera avidez unas sobre otras, pero después,
    hecho el juego, tranquilas se habían inmovilizado. Eran algunas rosas
    perfectas en su pequeñez, no del todo abiertas, y el tono rosado era casi
    blanco. ¡Hasta parecían artificiales!, dijo sorprendida. Podrían dar la
    impresión de blancas si estuvieran completamente abiertas, pero con los
    pétalos centrales envueltos en botón, el color se concentraba y, como el
    lóbulo de una oreja, se sentía el rubor circular dentro de ellas. ¡Qué lindas
    son!, pensó Laura sorprendida.
    Pero sin saber por qué estaba un poco tímida, un poco perturbada.
    ¡Oh!, no demasiado, pero sucedía que la belleza extrema la molestaba


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    Mensaje por Maria Lua 31.03.24 13:43

    ***
    Oyó los pasos de la criada sobre el mosaico de la cocina y por el sonido
    hueco reconoció que llevaba tacones altos; por lo tanto, debía de estar a
    punto de salir. Entonces Laura tuvo una idea en cierta manera original:
    ¿por qué no pedirle a María que pasara por la casa de Carlota y le dejase las
    rosas de regalo?
    Porque aquella extrema belleza la molestaba. ¿La molestaba? Era un
    riesgo. ¡Oh!, no, ¿por qué un riesgo?, apenas molestaban, era una
    advertencia, ¡oh!, no, ¿por qué advertencia? María le daría las rosas a
    Carlota:
    Página 123
    —Las manda la señora Laura —diría María.
    Sonrió pensativa. Carlota se extrañaría de que Laura, pudiendo traer
    personalmente las rosas, ya que deseaba regalárselas, las mandara antes de
    la cena con la sirvienta. Sin hablar de que encontraría gracioso recibir las
    rosas, le parecería «refinado»…
    —¡Esas cosas no son necesarias entre nosotras, Laura! —diría la otra
    con aquella franqueza un poco brutal, y Laura diría con un sofocado gritito
    de arrebatamiento:
    —¡Oh no, no!, ¡no es por la invitación a cenar!, ¡es que las rosas eran
    tan lindas que sentí el impulso de ofrecértelas!
    Sí, si en ese momento tuviera valor, sería eso lo que diría. ¿Cómo
    diría?, necesitaba no olvidarse: diría:
    —¡Oh, no!, etcétera. —Carlota se sorprendería con la delicadeza de
    sentimientos de Laura, nadie imaginaría que Laura tuviera también esas
    ideas. En esa escena imaginaria y apacible que la hacía sonreír
    beatíficamente, ella se llamaba a sí misma «Laura», como si se tratara de
    una tercera persona. Una tercera persona llena de aquella fe suya y
    crepitante y grata y tranquila, Laura, la del cuellito de encaje auténtico,
    vestida discretamente, esposa de Armando, en fin, un Armando que ya no
    necesitaba esforzarse en prestar atención a todas sus conversaciones sobre
    la sirvienta y la carne, que ya no necesitaba pensar en su mujer, como un
    hombre que es feliz, como un hombre que no está casado con una
    bailarina.
    —No pude dejar de mandarte las rosas —diría Laura, esa tercera
    persona tan, pero tan… Y regalar las rosas era casi tan lindo como las
    propias rosas.
    Y ella quedaría libre de las flores.
    Y, entonces, ¿qué es lo que sucedería? Ah, sí: como iba diciendo,
    Carlota quedaría sorprendida con aquella Laura que no era inteligente ni
    buena pero también tenía sus sentimientos secretos. ¿Y Armando?
    Armando la miraría un poco asustado —¡pues es esencial no olvidar que de
    ninguna manera él está enterado de que la sirvienta llevó por la tarde las
    rosas!—, Armando encararía con benevolencia los impulsos de su pequeña
    mujer, y de noche ellos dormirían juntos.
    Y ella habría olvidado las rosas y su belleza.


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    Mensaje por Maria Lua 31.03.24 13:44

    ***

    No, pensó de repente, vagamente advertida. Era necesario tener
    cuidado con la mirada asustada de los otros. Era necesario no dar nunca
    más motivo de miedo, sobre todo con eso tan reciente. Y, en particular,
    ahorrarles cualquier sufrimiento de duda. Y que nunca más tuviera
    necesidad de la atención de los otros, nunca más esa cosa horrible de que
    todos la miraran mudos, y ella frente a todos. Nada de impulsos.
    Pero al mismo tiempo vio el vaso vacío en la mano y también pensó:
    «él» dijo que yo no me esfuerce por conseguirlo, que no piense en tomar
    actitudes solamente para probar que ya estoy…
    —María —dijo entonces al escuchar de nuevo los pasos de la empleada.
    Y cuando esta se acercó, le dijo temeraria y desafiante—: ¿Podrías pasar
    por la casa de la señora Carlota y dejarle estas rosas? Diga así: «Señora
    Carlota, la señora Laura se las manda». Solamente eso: «Señora Carlota…».
    —Sí, sí… —dijo la sirvienta, paciente. Laura fue a buscar una vieja hoja
    de papel de China. Después sacó con cuidado las rosas del florero, tan
    lindas y tranquilas, con las delicadas y mortales espinas. Quería hacer un
    ramo muy artístico. Y al mismo tiempo se libraría de ellas. Y podría
    vestirse y continuar su día. Cuando reunió las rositas húmedas en un ramo,
    alejó la mano que las sostenía, las miró a distancia torciendo la cabeza y
    entrecerrando los ojos para un juicio imparcial y severo.
    Y, cuando las miró, vio las rosas.
    Y entonces, irreprimible, suave, ella insinuó para sí: no lleves las flores,
    son muy lindas.
    Un segundo después, muy suave todavía, el pensamiento fue levemente
    más intenso, casi tentador: no las regales, son tuyas. Laura se asustó un
    poco: porque las cosas nunca eran suyas.
    Pero esas rosas lo eran. Rosadas, pequeñas, perfectas: lo eran. Las miró
    con incredulidad: eran lindas y eran suyas. Si consiguiera pensar algo más,
    pensaría: suyas como hasta entonces nada lo había sido.
    Y podía quedarse con ellas, pues ya había pasado aquella primera
    molestia que hiciera que vagamente ella hubiese evitado mirar demasiado
    las rosas.











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    Mensaje por Maria Lua 01.04.24 19:32

    ***

    ¿Por qué regalarlas, entonces?, ¿lindas y darlas? Entonces, cuando
    descubres una cosa bella, ¿entonces vas y la regalas? Si eran suyas, se
    insinuaba ella persuasiva sin encontrar otro argumento además del simple y
    repetido, que le parecía cada vez más convincente y simple. No iban a
    durar mucho, ¿por qué darlas entonces mientras estaban vivas? ¿Dar el
    placer de tenerlas mientras estaban vivas? El placer de tenerlas no significa
    gran riesgo —se engañó— pues, lo quisiera o no, en breve sería forzada a
    privarse de ellas, y entonces nunca más pensaría en ellas, pues ellas habrían
    muerto; no iban a durar mucho, entonces, ¿por qué regalarlas? El hecho de
    Página 125
    que no duraran mucho le parecía quitarle la culpa de quedarse con ellas, en
    una oscura lógica de mujer que peca. Pues se veía que iban a durar poco
    (iba a ser rápido, sin peligro). Y aunque —argumentó en un último y
    victorioso rechazo de culpa— no fuera de modo alguno ella quien había
    querido comprarlas, el vendedor había insistido mucho y ella se tornaba
    siempre muy tímida cuando la forzaban a algo, no había sido ella quien
    quiso comprar, ella no tenía culpa ninguna. Las miró encantada, pensativa,
    profunda.
    Y, sinceramente, nunca vi en mi vida cosa más perfecta.
    Bien, pero ella ahora había hablado con María y no tendría sentido
    volver atrás. ¿Era entonces demasiado tarde?, se asustó viendo las rosas
    que aguardaban impasibles en su mano. Si quisiera, no sería demasiado
    tarde… Podría decirle a María: «¡María, resolví que yo misma llevaré las
    rosas cuando vaya a cenar!». Y, claro, no las llevaría… María no tendría por
    qué saberlo. Antes de cambiarse de ropa ella se sentaría en el sofá por un
    momento, solo por un momento, para mirarlas. Mirar aquel tranquilo
    desprendimiento de las rosas. Sí, porque ya estaba hecha la cosa, valía más
    aprovechar, no sería tan tonta de quedarse con la fama y sin el provecho.
    Eso mismo es lo que haría.
    Pero con las rosas desenvueltas en la mano ella esperaba. No las ponía
    en el florero, no llamaba a María. Ella sabía por qué. Porque debía darlas.
    Oh, ella sabía por qué.




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    Mensaje por Maria Lua 02.04.24 19:41

    ***


    Y también que una cosa hermosa era para ser dada o recibida, no solo
    para tenerla. Y, sobre todo, nunca para «ser». Sobre todo nunca se tenía
    que ser una cosa hermosa. Porque a una cosa hermosa le faltaba el gesto de
    dar. Nunca se debía quedar con una cosa hermosa, así como guardada
    dentro del silencio perfecto del corazón. (Aunque si ella no regalaba las
    rosas, ¿alguien lo descubriría alguna vez?, era horriblemente fácil y al
    alcance de la mano quedarse con ellas, ¿pues quién iría a descubrirlo? Y
    serían suyas, y por eso mismo las cosas quedarían así y no se hablaría más
    de eso…).
    ¿Entonces?, ¿y entonces?, se preguntó algo inquieta. Entonces, no. Lo
    que debía hacer era envolverlas y mandarlas, ahora sin ningún placer;
    envolverlas y, decepcionada, enviarlas; y asustada, quedar libre de ellas.
    Porque una persona debía tener coherencia, los pensamientos debían tener
    congruencia: si espontáneamente resolviera cederlas a Carlota, debería
    mantener la resolución y regalárselas. Porque nadie cambiaba de idea de un
    momento a otro.
    Página 126
    Pero ¡cualquier persona se puede arrepentir!, se rebeló de pronto.
    Porque solo en el momento en que tomó las rosas notó qué lindas eran.
    ¿O un poco antes? (Y estas eran suyas). El propio médico le había dado
    una palmada en la espalda diciéndole: «No se esfuerce por fingir, usted
    sabe que está bien», y después de eso la palmada fuerte en la espalda. Así,
    pues, ella no estaba obligada a tener coherencia, no tenía que probar nada a
    nadie y se quedaría con las rosas. (Eso mismo, eso mismo ya que estas eran
    suyas).
    —¿Están listas?
    —Sí, ya están —dijo Laura sorprendida.


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    Mensaje por Maria Lua 02.04.24 19:42

    ***


    Las miró mudas en su mano. Impersonales en su extrema belleza. En su
    extrema tranquilidad perfecta de rosas. Aquella última instancia: la flor.
    Aquella última perfección: la luminosa tranquilidad.
    Como viciosa, ella miraba ligeramente ávida la perfección tentadora de
    las rosas, con la boca un poco seca las miraba.
    Hasta que, lentamente austera, envolvió los tallos y las espinas en el
    papel de China. Tan absorta había estado que solo al extender el ramo
    preparado notó que ya María no estaba en la sala y se quedó sola con su
    heroico sacrificio. Vagamente, dolorosamente, las miró, así distantes como
    estaban en la punta del brazo extendido, y la boca quedó aún más apretada,
    aquella envidia, aquel deseo, pero ellas son mías, exclamó con gran timidez.
    Cuando María regresó y cogió el ramo, por un pequeño instante de
    avaricia Laura encogió la mano reteniendo las rosas un segundo más…
    ¡ellas son tan lindas y son mías, es la primera cosa linda que es mía!, ¡y fue
    el hombre quien insistió, no fui yo quien las busqué!, ¡fue el destino quien
    lo quiso!, ¡oh, solo esta vez!, ¡solo esta vez y juro que nunca más! (Ella
    podría, por lo menos, sacar para sí una rosa, nada más que eso: una rosa
    para sí. Solamente ella lo sabría, y después nunca más, ¡oh, ella se
    comprometía a no dejarse tentar más por la perfección, nunca más!).
    Y en el minuto siguiente, sin ninguna transición, sin ningún obstáculo,
    las rosas estaban en manos de la sirvienta, ¡no en las suyas, como una carta
    que ya se ha echado en el correo!, ¡no se puede recuperar más ni arriesgar
    las palabras!, no sirve de nada gritar: ¡no fue eso lo que quise decir! Quedó
    con las manos vacías pero su corazón obstinado y rencoroso aún decía:
    «¡Todavía puedes alcanzar a María en las escaleras, bien sabes que puedes
    arrebatarle las rosas de las manos y robarlas!». Porque quitárselas ahora
    sería robarlas. ¿Robar lo que era suyo? Eso mismo es lo que haría cualquier
    persona que no tuviera lástima de las otras: ¡robaría lo que era de ella por
    derecho propio! ¡Oh, ten piedad, Dios mío! Puedes recuperarlas, insistía
    con rabia. Y entonces la puerta de la calle golpeó.
    En ese momento la puerta de la calle golpeó.
    Entonces lentamente ella se sentó con tranquilidad en el sofá. Sin
    apoyar la espalda. Solo para descansar. No, no estaba enojada, oh, ni
    siquiera un poco. Pero el punto ofendido en el fondo de los ojos se había
    agrandado y estaba pensativo. Miró el florero. «Dónde están mis rosas», se
    dijo entonces muy sosegada.
    Y las rosas le hacían falta. Habían dejado un lugar claro dentro de ella.
    Si se retira de una mesa limpia un objeto, por la marca más limpia que este
    deja, se ve que alrededor había polvo. Las rosas habían dejado un lugar sin
    polvo y sin sueño dentro de ella. En su corazón, aquella rosa que por lo
    menos habría podido quedarse sin perjudicar a nadie en el mundo, faltaba.
    Como una ausencia muy grande. En verdad, como una falta. Una ausencia
    que entraba en ella como una claridad. Y, también alrededor de la huella de
    las rosas, el polvo iba desapareciendo. El centro de la fatiga se abría en un
    círculo que se ensanchaba. Como si ella no hubiera planchado ninguna
    camisa de Armando. Y en la claridad de las rosas, estas hacían falta.
    «Dónde están mis rosas», se quejó sin dolor, alisando los pliegues de la
    falda.
    Como cuando se expri


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    Mensaje por Maria Lua 02.04.24 19:43

    ***






    Como cuando se exprime un limón en el té oscuro y este se va
    aclarando, su cansancio iba aclarándose gradualmente. Sin cansancio
    alguno, por otra parte. Así como se encienden las luciérnagas. Ya que no
    estaba cansada, iba a levantarse y vestirse. Era la hora de comenzar.
    Pero, con los labios secos, por un instante trató de imitar por dentro a
    las rosas. Ni siquiera era difícil.
    Por suerte no estaba cansada. Así podría ir más fresca a la cena. ¿Por
    qué no poner sobre el cuellito de encaje auténtico el camafeo? Ese que el
    mayor trajera de la guerra en Italia. Embellecería más el escote. Cuando
    estuviera lista escucharía el ruido de la llave de Armando en la puerta.
    Debía vestirse. Pero todavía era temprano. Él se retrasaba por las
    dificultades del transporte. Todavía era de tarde. Una tarde muy linda.
    Ya no era más de tarde.
    Era de noche. Desde la calle subían los primeros ruidos de la oscuridad
    y las primeras luces.
    En ese momento la llave entró con facilidad en el agujero de la
    cerradura.
    Armando abriría la puerta. Apretaría el botón de la luz. Y de pronto en
    el marco de la puerta se recortaría aquel rostro expectante que él trataba de
    disfrazar pero que no podía contener. Después su respiración ansiosa se
    transformaría en una sonrisa de gran alivio. Aquella sonrisa embarazada de
    alivio que él jamás sospechaba que ella advertía. Aquella libido que
    probablemente, con una palmada en la espalda, le habían aconsejado a su
    pobre marido que ocultara. Pero que para el corazón tan lleno de culpa de
    la mujer había sido cada día la recompensa por haber dado de nuevo a aquel
    hombre la alegría posible y la paz, consagrada por la mano de un sacerdote
    austero que apenas permitía a los seres la alegría humilde, y no la imitación
    de Cristo.
    La llave giró en la cerradura, la figura oscura y precipitada entró, la luz
    inundó con violencia la sala.
    Y en la misma puerta se destacó él con aquel aire ansioso y de súbito
    paralizado, como si hubiera corrido leguas para no llegar demasiado tarde.
    Ella iba a sonreír. Para que él borrara la ansiosa expectativa del rostro, que
    siempre venía mezclada con la infantil victoria de haber llegado a tiempo
    para encontrarla aburrida, buena y diligente, a ella, su mujer. Ella iba a
    sonreír para que de nuevo él supiera que nunca más correría el peligro de
    llegar tarde. Había sido inútil recomendarles que nunca hablaran de
    aquello: ellos no hablaban pero habían logrado un lenguaje del rostro
    donde el miedo y la desconfianza se comunicaban, y pregunta y respuesta
    se telegrafiaban, mudas. Ella iba a sonreír. Se estaba demorando un poco,
    sin embargo, iba a sonreír.


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    Mensaje por Maria Lua 02.04.24 19:44

    ***


    Calma y suave, dijo:
    —Volvió, Armando. Volvió.
    Como si nunca fuera a entender, él mostró un rostro sonriente,
    desconfiado, torcido. Su principal trabajo era retener el aliento ansioso por
    su carrera en las escaleras, ya que ella estaba allí, sonriéndole. Como si
    nunca fuera a entender.
    —¿Volvió qué? —dijo finalmente en tono expresivo.
    Pero, mientras trataba de no entender jamás, el rostro cada vez más
    vacilante del hombre ya había entendido sin que se le hubiera alterado un
    rasgo. Su trabajo principal era ganar tiempo y concentrarse en retener la
    respiración. Lo que, de pronto, ya no era difícil. Pues inesperadamente él
    percibía con horror que la sala y la mujer estaban tranquilas y sin prisa.
    Pero desconfiando todavía, como quien fuese a terminar por dar una
    carcajada al comprobar el absurdo, él se obstinaba, sin embargo, en
    mantener el rostro torcido, mirándola en guardia, casi enemigo. De donde
    comenzaba a no poder impedir verla sentada con las manos cruzadas en el
    regazo, con la serenidad de la luciérnaga que tiene luz.
    En la mirada castaña e inocente el embarazo vanidoso de no haber
    podido resistir.
    —¿Volvió qué? —dijo él de repente, con dureza.
    —No pude impedirlo —dijo ella, y en su voz había la última piedad por
    el hombre, la última petición de perdón que ya venía mezclada a la altivez
    de una soledad casi perfecta—. No pude impedirlo —repitió entregándole
    con alivio la piedad que ella consiguiera con esfuerzo guardar hasta que él
    llegara—. Fue por las rosas —dijo con modestia.
    Como si fuese para retratar aquel instante, él mantuvo aún el mismo
    rostro ausente, como si el fotógrafo le pidiera solamente un rostro y no un
    alma. Abrió la boca e involuntariamente por un instante la cara tomó la
    expresión de cómico desprendimiento que él había usado para esconder la
    vergüenza cuando le pidiera un aumento al jefe. Al instante siguiente,
    desvió los ojos con vergüenza por la falta de pudor de su mujer que, suelta
    y serena, allí estaba.
    Pero de pronto la tensión cayó. Sus hombros se bajaron, los rasgos del
    rostro cedieron y una gran pesadez lo relajó. Él la observó, envejecido,
    curioso.
    Ella estaba sentada con su vestido de casa. Él sabía que ella había hecho
    lo posible para no tornarse luminosa e inalcanzable. Con timidez y
    respeto, él la miraba. Envejecido, cansado, curioso. Pero no tenía nada que
    decir. Desde la puerta abierta veía a su mujer que estaba sentada en el sofá,
    sin apoyar las espaldas, nuevamente alerta y tranquila como en un tren.
    Que ya partiera



    FIN


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    Mensaje por Maria Lua 04.04.24 9:50


    Feliz cumpleaños



    La familia fue llegando poco a poco. Los que vinieron de Olaria estaban
    muy bien vestidos porque la visita significaba al mismo tiempo un paseo a
    Copacabana. La nuera de Olaria apareció vestida de azul marino, con
    adornos de chaquira y unos pliegues que disimulaban la barriga sin faja. El
    marido no vino por razones obvias: no quería ver a los hermanos. Pero
    mandó a la mujer para que no parecieran rotos todos los lazos, y ella vino
    con su mejor vestido para demostrar que no precisaba de ninguno de ellos,
    acompañada de sus tres hijos: dos niñas a las que ya les estaba naciendo el
    pecho, infantilizadas con olanes color rosa y enaguas almidonadas, y el
    chico acobardado por el traje nuevo y la corbata.
    Zilda —la hija con la que vivía quien cumplía años— había dispuesto
    sillas unidas a lo largo de las paredes, como en una fiesta en la que se va a
    bailar, y la nuera de Olaria, después de saludar con la cara adusta a los de la
    casa, se apoltronó en una de las sillas y enmudeció, la boca apretada,
    manteniendo su posición de ultrajada. «Vine por no dejar de venir», le dijo
    a Zilda, sentándose enseguida, ofendida. Las dos chiquillas de color rosa y
    el chico, amarillos y muy peinados, no sabían muy bien qué actitud tomar
    y se quedaron de pie al lado de la madre, impresionados con su vestido
    azul marino y las chaquiras.
    Después vino la nuera de Ipanema con dos nietos y la niñera. El marido
    llegaría después. Y como Zilda —la única mujer entre los seis hermanos y
    la única que, como estaba decidido desde hacía años, tenía espacio y
    tiempo para alojar a la del cumpleaños—, como Zilda estaba en la cocina
    ultimando con la sirvienta las croquetas y los sándwiches, quedaron: la
    nuera de Olaria muy dura, con sus hijos de corazón inquieto a su lado; la
    nuera de Ipanema en la hilera opuesta de las sillas, fingiendo ocuparse del
    bebé para no encarar a la concuñada de Olaria; la niñera, ociosa y
    uniformada, con la boca abierta.
    Y a la cabecera de la mesa grande, la del aniversario, que ese día
    festejaba sus ochenta y nueve años.
    Zilda, la dueña de la casa, había arreglado la mesa temprano, llenándola
    de servilletas de papel de colores y vasos de cartón alusivos a la fecha,
    esparciendo globos colgados del techo en algunos de los cuales estaba
    escrito «¡Happy Birthday!», en otros: «¡Feliz cumpleaños!». En el centro
    había dispuesto el enorme pastel. Para adelantar el expediente, había
    arreglado la mesa después del almuerzo, apoyando las sillas contra la pared,
    y mandó a los chicos a jugar en la casa del vecino para que no la
    desarreglaran.
    Y, para ganar tiempo, había vestido a la festejada después del almuerzo.
    Desde ese momento le había puesto la presilla con el broche alrededor del
    cuello, esparciendo por arriba un poco de colonia para disfrazarle aquel
    olor a encierro, y la había sentado a la mesa. Y desde las dos de la tarde
    quien cumplía años estaba sentada a la cabecera de la ancha mesa vacía,
    tiesa, en la sala silenciosa.
    De vez en cuando era consciente de las servilletas de colores. Miró
    curiosa a uno u otro globo que los coches que pasaban hacían estremecer.
    Y de vez en cuando aquella angustia muda: cuando seguía, fascinada e
    impotente, el vuelo de la mosca en torno al pastel.
    Hasta que a las cuatro horas había entrado la nuera de Olaria y después
    la de Ipanema







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    Mensaje por Maria Lua 04.04.24 9:51

    ***

    Cuando la nuera de Ipanema pensó que no soportaría ni un minuto
    más la situación de estar sentada enfrente de la concuñada de Olaria —que
    harta de las ofensas pasadas no veía motivos para apartar los ojos
    desafiantes de la nuera de Ipanema— entraron finalmente José y la familia.
    Y apenas ellos se besaban cuando ya la sala comenzó a llenarse de gente,
    que ruidosamente se saludaba como si todos hubiesen esperado abajo el
    momento de, sofocados por el retraso, subir los tres escalones, hablando,
    arrastrando criaturas sorprendidas, llenando la sala e inaugurando la fiesta.
    Los músculos del rostro de la agasajada ya no la interpretaban, de
    modo que nadie podía saber si se sentía alegre. Estaba puesta a la cabecera.
    Se trataba de una anciana grande y delgada, imponente y morena. Parecía
    hueca.
    —Ochenta y nueve años, ¡sí, señor! —dijo José, el hijo mayor, ahora
    que había fallecido Jonga—. ¡Ochenta y nueve años, sí, señora! —dijo
    restregándose las manos en pública admiración y como imperceptible señal
    para los demás.
    Todos interrumpieron atentos, y miraron a la del cumpleaños de un
    modo más oficial. Algunos movieron la cabeza en señal de admiración,
    como si se tratara de un récord. Cada año que la anciana vencía era una
    vaga etapa de toda la familia. ¡Sí, señor!, dijeron algunos sonriendo
    tímidamente.
    —¡Ochenta y nueve años! —repitió Manuel, que era socio de José—.
    ¡Es una florecita! —agregó espiritual y nervioso, y todos rieron menos su
    esposa.
    La vieja no daba señales.
    Algunos no le habían traído ningún regalo. Otros le habían llevado una
    jabonera, un conjunto de jerséis, un broche de fantasía, una plantita de
    cactus, nada, nada que la dueña de casa pudiese aprovechar para sí misma o
    para sus hijos, nada que la propia agasajada pudiese realmente aprovechar,
    haciendo de esta manera algún ahorro: la dueña de la casa guardaba los
    regalos, amarga, irónica.
    —¡Ochenta y nueve años! —repitió Manuel afligido, mirando a la
    esposa





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    Mensaje por Maria Lua 04.04.24 9:52

    ***

    La vieja no daba señales.
    Entonces, como si todos hubiesen tenido la prueba final de que no
    servía para nada esforzarse, con el encogimiento de hombros de quien
    estuviera junto a una sorda, continuaron haciendo solos su fiesta,
    comiendo los primeros sándwiches de jamón, más como prueba de
    animación que por apetito, jugando a que todos estaban muertos de
    hambre. Se sirvió el ponche, Zilda transpiraba, ninguna cuñada la había
    ayudado en realidad, la grasa caliente de las croquetas esparcía un olor a
    pícnic; y de espaldas a la agasajada, que no podía comer frituras, ellos reían
    inquietos. ¿Y Cordelia? Cordelia, la nuera más joven, sentada, sonreía.
    —¡No, señor! —respondió José con falsa severidad—, ¡hoy no se habla
    de negocios!
    —¡Está bien, está bien! —retrocedió Manuel de inmediato, mirando
    rápidamente a su mujer, que de lejos extendía su oído atento.
    —Nada de negocios —gritó José—, ¡hoy es el Día de la Madre!
    A la cabecera de la mesa ya sucia, los vasos manchados, solo
    permanecía el pastel entero; ella era la madre. La agasajada pestañeó.
    Y cuando ya la mesa estaba inmunda, las madres enervadas con el
    barullo que los hijos hacían, mientras las abuelas se recostaban
    complacientes en las sillas, entonces apagaron la inútil luz del corredor
    para encender la vela del pastel, una vela grande con un papel en el que
    estaba escrito «89». Pero nadie elogió la idea de Zilda, y ella se preguntó
    angustiada si ellos no estarían pensando que había sido por economizar en
    las velas sin que nadie recordara que ninguno había contribuido ni siquiera
    con una caja de fósforos a la comida de la agasajada, que ella, Zilda,
    trabajaba como una esclava, con los pies exhaustos y el corazón sublevado.
    Entonces encendieron las velas. Y entonces José, el líder, cantó con más
    fuerza, entusiasmando con una mirada autoritaria a los más vacilantes o
    sorprendidos, «¡Vamos!», «¡Todos a la vez!» —y de repente todos
    comenzaron a cantar en voz alta como soldados—. Despertada por las
    voces, Cordelia miró despavorida. Como no habían ensayado, unos
    cantaron en portugués, y otros en inglés. Entonces intentaron corregirlo: y
    los que habían cantado en inglés se pusieron a cantar en portugués, y los
    que lo habían hecho en portugués cantaron en voz baja en inglés.
    Mientras cantaban, la agasajada, a la luz de la vela, meditaba como si
    estuviera junto a una chimenea.




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    Mensaje por Maria Lua 04.04.24 9:53

    ***

    Eligieron al bisnieto menor, que, de bruces sobre el regazo de la madre
    animosa, ¡apagó la llama con un único soplido lleno de saliva! Por un
    instante aplaudieron la inesperada potencia del chico, que, espantado y
    jubiloso, miraba a todos encantado. La dueña de la casa esperaba con el
    dedo listo en el apagador del corredor, y encendió el foco.
    —¡Viva mamá!
    —¡Viva la abuela!
    —¡Viva doña Anita! —dijo la vecina que había aparecido.
    —¡Happy birthday! —gritaron los nietos del colegio Bennett.
    Aplaudieron todavía con algunos aplausos espaciados.
    —¡Parta el pastel, abuela! —dijo la madre de los cuatro hijos—. ¡Ella es
    quien debe partirlo! —aseguró incierta a todos, con aire íntimo e
    intrigante. Y, como todos aprobaron satisfechos y curiosos, ella de repente
    se tornó impetuosa—: ¡Parta el pastel, abuela!
    Y de pronto la anciana cogió el cuchillo. Y sin vacilar, como si
    vacilando un momento toda ella cayera al frente, dio la primera tajada con
    puño de asesina.
    —¡Qué fuerza! —secreteó la cuñada de Ipanema, y no se sabía si estaba
    escandalizada o agradablemente sorprendida. Estaba un poco horrorizada.
    —Hasta hace un año ella era capaz de subir esas escaleras con más
    aliento que yo —dijo Zilda, amarga.
    Una vez dado el primer tajo, como si la primera pala de tierra hubiese
    sido lanzada, todos se acercaron con el plato en la mano, insinuándose con
    fingidos codazos de animación, cada uno con su cuchara.
    En poco tiempo las rebanadas fueron distribuidas en los platos, en un
    silencio lleno de confusión. Los hijos menores, con la boca escondida por
    la mesa y los ojos al nivel de esta, seguían la distribución con muda
    intensidad. Las pasas rodaban del pastel entre migajas secas. Los chicos
    asustados veían cómo se desperdiciaban las pasas, y seguían con la mirada
    atenta la caída



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    Mensaje por Maria Lua 05.04.24 22:40

    ***



    Y de pronto la anciana cogió el cuchillo. Y sin vacilar, como si
    vacilando un momento toda ella cayera al frente, dio la primera tajada con
    puño de asesina.
    —¡Qué fuerza! —secreteó la cuñada de Ipanema, y no se sabía si estaba
    escandalizada o agradablemente sorprendida. Estaba un poco horrorizada.
    —Hasta hace un año ella era capaz de subir esas escaleras con más
    aliento que yo —dijo Zilda, amarga.
    Una vez dado el primer tajo, como si la primera pala de tierra hubiese
    sido lanzada, todos se acercaron con el plato en la mano, insinuándose con
    fingidos codazos de animación, cada uno con su cuchara.
    En poco tiempo las rebanadas fueron distribuidas en los platos, en un
    silencio lleno de confusión. Los hijos menores, con la boca escondida por
    la mesa y los ojos al nivel de esta, seguían la distribución con muda
    intensidad. Las pasas rodaban del pastel entre migajas secas. Los chicos
    asustados veían cómo se desperdiciaban las pasas, y seguían con la mirada
    atenta la caída



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    Mensaje por Maria Lua 07.04.24 13:52

    ***

    Y cuando fueron a mirar, ¿no se encontraron con que la agasajada ya
    estaba devorando su último bocado?
    Y, por así decir, la fiesta había terminado.
    Cordelia miraba a todos ausente, sonreía.
    —¡Ya lo dije: hoy no se habla de negocios! —respondió José, radiante.
    —¡Está bien, está bien! —retrocedió Manuel conciliador, sin mirar a la
    esposa que no le perdía de vista—. Está bien. —Manuel intentó sonreír y
    una contracción le pasó rápida por los músculos de la cara.
    —¡Hoy es el día de mamá! —dijo José.
    En la cabecera de la mesa, el mantel manchado de Coca-Cola, el pastel
    deshecho, ella era la madre. La agasajada pestañeó.
    Ellos se movían agitados, riendo a su familia. Y ella era madre de todos.
    Y si bien ella no se irguió, como un muerto que se levanta lentamente
    obligando a la mudez y al terror a los vivos, la agasajada se puso más tiesa
    en su silla, y más alta. Ella era la madre de todos. Y como la presilla la
    sofocaba, y ella era la madre de todos, impotente desde la silla, los
    despreciaba. Y los miraba pestañeando. Todos aquellos hijos suyos y
    nietos y bisnietos que no pasaban de carne de su rodilla, pensó de pronto
    como si escupiera. Rodrigo, el nieto de siete años, era el único que era
    carne de su corazón, Rodrigo, esa carita dura, viril, despeinada. ¿Dónde
    estaba Rodrigo con la mirada somnolienta y entumecida, con su cabecita
    ardiente, confundida? Aquel sería un hombre. Pero, parpadeando, ella
    miraba a los otros, ella, la agasajada. ¡Oh, el desprecio por la vida que
    fallaba! ¿Cómo?, ¿cómo habiendo sido tan fuerte había podido dar a luz a
    aquellos seres opacos, con brazos blandos y rostros ansiosos? Ella, la
    fuerte, que se había casado en la hora y el tiempo debidos con un buen
    hombre a quien, obediente e independiente, ella respetó y que le hizo hijos
    y le pagó los partos y le honró las abstinencias. El tronco había sido bueno.
    Pero había dado aquellos ácidos e infelices frutos, sin capacidad siquiera
    para una buena alegría. ¿Cómo había podido ella dar a luz a aquellos seres
    risueños, débiles, sin austeridad? El rencor rugía en su pecho vacío. Unos
    comunistas, eso es lo que eran; unos comunistas. Los miró con su cólera
    de vieja. Parecían ratones acodándose, eso parecía su familia.






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    Mensaje por Maria Lua 09.04.24 10:24

    ***

    Irrefrenable, dio vuelta a la cabeza y con fuerza insospechada escupió
    en el suelo.
    —¡Mamá! —gritó mortificada la dueña de la casa—. ¡Qué es eso,
    mamá! —gritó traspasada de vergüenza, sin querer mirar siquiera a los
    demás, sabía que los desgraciados se miraban entre sí victoriosamente,
    como si le correspondiera a ella educar a la vieja, y no faltaría mucho para
    que dijeran que ella ya no bañaba más a su madre, jamás comprenderían el
    sacrificio que ella hacía—. ¡Mamá, qué es eso! —dijo en voz baja,
    angustiada—. ¡Usted nunca hizo eso! —agregó bien alto para que todos
    escucharan, quería sumarse al escándalo de los otros, cuando el gallo cante
    por tercera vez renegarás de tu madre. Pero su enorme vergüenza se
    suavizó cuando ella percibió que los demás bajaban la cabeza como si
    estuvieran de acuerdo en que la vieja ahora no era más que una criatura.
    —Últimamente le ha dado por escupir —terminó entonces confesando
    afligida ante todos.
    Ellos miraron a la agasajada, compungidos, respetuosos, en silencio.
    Parecían ratones amontonados esa familia suya. Los chicos, aunque
    crecidos —probablemente ya habían pasado los cincuenta años, ¡qué sé yo!
    —, los chicos todavía conservaban bonitos rasgos. Pero ¡qué mujeres
    habían elegido! ¡Y qué mujeres las que los nietos —todavía más débiles y
    agrios— habían escogido! Todas vanidosas y de piernas flacas, con
    aquellos collares falsificados de mujeres que a la hora no aguantan la mano,
    aquellas mujercitas que casaban mal a sus hijos, que no sabían poner en su
    lugar a una sirvienta, y todas ellas con las orejas llenas de aretes, ¡ninguno,
    ninguno de oro! La rabia la sofocaba.
    —¡Denme un vaso de vino! —exigió.
    De pronto se hizo el silencio, cada uno con un vaso inmovilizado en la
    mano.
    —Abuelita, ¿no le va a hacer mal? —insinuó cautelosamente la nieta
    rolliza y bajita.
    —¡Qué abuelita ni qué nada! —explotó ácidamente la agasajada—.
    ¡Que el diablo se los lleve, banda de maricas, cornudos y vagabundos!,
    ¡quiero un vaso de vino, Dorothy! —ordenó.
    Dorothy no sabía qué hacer, miró a todos en una cómica llamada de
    auxilio. Pero como máscaras eximidas e inapelables, ningún rostro se
    manifestaba. La fiesta interrumpida, los sándwiches mordidos en la mano,
    algún pedazo que estuviera en la boca hinchando hacia fuera las mejillas.







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