Aires de Libertad

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Lluvia Abril, Walter Faila


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    CLARICE LISPECTOR II - Página 23 Empty Re: CLARICE LISPECTOR II

    Mensaje por Maria Lua Miér 14 Feb 2024, 09:43

    ***

    Antes de salir, sin embargo, se volatilizó repentinamente mi serenidad.
    Movimientos inútiles, repetidos, pensamientos rápidos y atropellados. Me
    parecía que Daniel estaba junto a mí, su presencia era casi palpable: «Estos
    ojos tuyos dibujados en la superficie del rostro, con un pincel fino, poca
    tinta. Minuciosos, claros, incapaces de hacer bien o mal…».
    En una inspiración súbita, decidí dejarle una nota a Jaime, una nota que
    lo hiriera como Daniel lo habría herido. Que lo dejara perturbado,
    aplastado. Y, únicamente con el orgullo de mostrarle a Daniel que yo era
    «fuerte», sin ningún remordimiento, la escribí deliberadamente, intentando
    hacerme sentir lejana e intangible: «Me voy. Estoy cansada de vivir
    contigo. Si no logras comprenderme, por lo menos confía en mí: te digo
    que merezco ser perdonada. Si fueras más inteligente, te lo diría: no me
    juzgues, no perdones, nadie es capaz de hacerlo. Sin embargo, para tu paz,
    perdóname».
    Ocupé silenciosamente mi lugar junto a Daniel.
    Gradualmente me apoderé de su vida diaria, lo sustituí, como una
    enfermera, en sus movimientos. Cuidé sus libros, su ropa, volví más claro
    su ambiente.
    Él no me lo agradecía. Lo aceptaba simplemente, como aceptaba mi
    compañía.
    En cuanto a mí, desde el instante en que al bajar del tren me aproximé a
    Daniel sin ser repelida, mi actitud fue una solamente. Ni de alegría por él
    ni de remordimientos por Jaime. Ni propiamente de alivio. Era como si
    volviera a mi fuente. Como si anteriormente me hubieran cortado de una
    roca, nacida a la vida como mujer, y después retornara a mi verdadera
    matriz, como un último suspiro, con los ojos cerrados, serena,
    inmovilizándome para la eternidad.
    No reflexionaba sobre la situación, pero cuando la analizaba alguna
    vez, era siempre del mismo modo: vivo con él y es todo. Permanecía junto
    al poderoso, al que sabía, eso me bastaba.
    ¿Por qué no duró siempre aquella muerte ideal? Un poco de
    clarividencia, en ciertos momentos, me advertía de que la paz solo podría
    ser pasajera. Adivinaba que no siempre me bastaría vivir a Daniel. Y
    profundizaba más en la existencia, concediéndome treguas, aplazando el
    momento en que yo misma buscaría la vida, para descubrirla sola, por
    medio de mi propio sufrimiento.






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    Mensaje por Maria Lua Miér 14 Feb 2024, 09:44

    ***

    Mientras tanto lo asistía únicamente y reposaba.
    Los días transcurrían, los meses caían unos sobre otros.
    El hábito se instaló en mi existencia y, ya guiada por este, me ocupaba
    minuto a minuto de Daniel. Ya no lo oía trémula, exaltada, como
    anteriormente. Yo había entrado en él. Nada me sorprendía ya.
    Nunca sonreía, no había aprendido de la alegría. Sin embargo, no me
    alejaría de su vida ni para ser feliz. Yo no lo era, pero tampoco era infeliz.
    De tal modo yo me había incorporado a la situación que de esta no recibía
    más estímulos y sensaciones que me permitieran vocalizarla.
    Tan solo un temor perturbaba mi extraña paz: que Daniel mandara que
    me fuera. A veces, cosiendo silenciosamente su ropa a su lado, presentía
    que él iba a hablar. Abandonaba la costura sobre el regazo, empalidecía y
    esperaba su orden:
    —Te puedes ir.
    Y cuando, finalmente, lo oía decir cualquier cosa o reírse de mí por
    algún motivo, volvía a tomar la tela y continuaba el trabajo, con los dedos
    trémulos por algunos instantes.
    El fin, sin embargo, estaba próximo.
    Un día que salí temprano, por un accidente que hubo en una de las
    carreteras, me demoré demasiado fuera de casa. Cuando volví al cuarto, lo
    encontré irritado, con los ojos fijos en cualquier punto, mudo a mis buenas
    noches. Aún no había cenado y como yo, llena de remordimientos, le
    pidiera que comiera algo, guardó un largo silencio a propósito y finalmente
    informó, escrutando con cierto placer mi inquietud: tampoco había
    almorzado. Corrí a preparar café, mientras él conservaba el mismo aire
    gruñón, un poco infantil, observando de soslayo mis movimientos
    apresurados al preparar la mesa.
    De repente abrí los ojos, sorprendida. Por primera vez descubría que
    ¡Daniel me necesitaba! Yo me había vuelto necesaria al tirano… Él, lo sabía
    ahora, no me despediría…
    Recuerdo que me detuve con la cafetera en la mano, desorientada.
    Daniel seguía sombrío, con una queja muda contra mi descuido
    involuntario. Sonreí, un poco tímida. Entonces… ¿él me necesitaba? No
    sentía alegría, sino como una desilusión: bien, pensé, terminó mi función.
    Me asusté sobre aquella reflexión inesperada e involuntaria.



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    Mensaje por Maria Lua Miér 14 Feb 2024, 09:44

    ***

    Había ejercido ya mi tiempo como esclava. Tal vez siguiera siéndolo,
    sin rebelarme, hasta el final de la vida. Pero servía a un dios… Y Daniel
    había flaqueado, se había desencantado. ¡Me necesitaba! Repetí mil veces
    después, con la sensación de haber recibido un bello y enorme regalo,
    demasiado grande para mis brazos y para mi deseo. Y lo más extraño es
    que a esta impresión la acompañaba otra, absurdamente nueva y fuerte.
    Estaba libre, lo descubrí finalmente…
    ¿Cómo hacerme entender? ¿Por qué de inicio era aquella ciega
    integración? ¿Y después la casi alegría de la liberación? ¿De qué materia
    estoy hecha donde se entrelazan pero no se funden los elementos y la base
    de otras mil vidas? Sigo todos los caminos y ninguno de ellos es todavía el
    mío. Fui moldeada en tantas estatuas y no me inmovilicé…
    De ahí en adelante, sin que lo deliberara, descuidé imperceptiblemente
    a Daniel. Y ya ahora no aceptaba su dominio. Me resignaba únicamente.
    ¿Para qué narrar pequeños hechos que demuestren mi progresiva
    caminata hacia la intolerancia y hacia el odio? Se sabe bien qué poco basta
    para transformar la atmósfera en que viven dos personas. Un pequeño
    gesto, una sonrisa se prenden como un anzuelo a uno de los sentimientos
    que reposan como bolas de estambre en el fondo de las aguas sosegadas y
    lo llevan a la superficie, lo hacen gritar por encima de los demás.
    Seguimos viviendo. Y ahora degustaba, día tras día, el principio
    mezclado al sabor del triunfo, el poder de mirar de frente hacia el ídolo.
    Él percibió mi transformación y, si de inicio se retrajo sorprendido con
    mi valor, retornó al yugo antiguo con más violencia, listo para no dejarme
    escapar. Encontraría, no obstante, mi propia violencia. Nos armamos y
    éramos dos fuerzas.
    Apenas respirábamos en el cuarto. Nos movíamos como dentro del
    peligro, en espera de que este se concretara y nos cayera encima, por la
    espalda. Nos volvimos astutos, procurando mil intenciones en cada palabra
    proferida. Nos heríamos a cada momento y establecimos la victoria y la
    derrota. Me torné cruel. Él se tornó débil, se mostró como realmente era.
    Había ocasiones en que casi por un pelo no me pedía apoyo, confesando el
    aislamiento en que mi liberación lo había dejado y que, después de mí, no
    sabía soportar ya. Yo misma, en un rápido desfallecimiento de fuerzas, a
    veces deseaba tenderle la mano. Sin embargo, habíamos avanzado
    demasiado lejos y, orgullosos, no podríamos retroceder. Nos sustentaba,
    ahora, la lucha. Como un niño enfermo, se mostraba cada vez más
    caprichoso. Cualquier palabra mía era el comienzo de una ruda discusión.



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    Mensaje por Maria Lua Sáb 17 Feb 2024, 08:19

    ***

    Descubrimos más tarde aún otro recurso: el silencio. Apenas nos
    hablábamos.
    ¿Y por qué entonces no nos separábamos, una vez que ningún lazo
    serio nos ataba? Él no me lo proponía porque se había acostumbrado a mi
    ayuda e igualmente no lograría vivir ya sin alguien sobre quien ejerciera
    poder, para quien fuera un rey, dado que no lo era en parte alguna. Y tal
    vez incluso ya amara mi compañía, él que siempre había sido tan solitario.
    En cuanto a mí: sentía placer en odiarlo.
    Hasta las nuevas relaciones fueron invadidas por la costumbre. (Viví
    con Daniel cerca de dos años). Ya ahora realmente ni lo odio. Estábamos
    cansados.
    Una vez, luego de una semana de lluvia que nos había aprisionado
    durante días juntos en el cuarto, agotando hasta el límite nuestros nervios,
    de una vez se dio la conclusión.
    Fue en un atardecer, precozmente sombrío. La lluvia goteaba
    monótonamente afuera. Poco habíamos hablado durante el día. Daniel,
    con su rostro blanco sobre la bufanda oscura en el cuello, miraba por la
    ventana. El agua había empañado los vidrios; sacó el pañuelo y,
    atentamente, como si de repente el hecho creciera en importancia, se puso
    a limpiarlos. Los movimientos eran minuciosos y cuidados, traicionando el
    esfuerzo que le costaba contener la irritación. Yo lo observaba, de pie,
    junto al sofá. El tictac del reloj latía dentro del cuarto, jadeante.
    Entonces, como si continuara una discusión, hablé para mi sorpresa:
    —Pero esto no puede seguir…
    Se volvió y deparé con sus ojos fríos, tal vez curiosos, ciertamente
    irónicos. Toda mi rabia se concentró en ese momento y me pesó en el
    pecho como una piedra.
    —¿De qué te ríes? —le pregunté.
    Él siguió clavándome la mirada y volvió a limpiar los vidrios de la
    ventana. De repente se acordó y contestó:
    —De ti.
    Me asusté. Cómo era osado. Sentí miedo de la audacia con la que me
    desafiaba. Retorné pausadamente:
    —¿Por qué?
    Él se inclinó un poco y sus dientes brillaron en medio de la oscuridad.
    Lo descubrí terriblemente bello, sin que me conmoviera el hallazgo.
    —¿Por qué? Ah, porque… Es que tú y yo… indiferentes o con odio…
    Esta discusión que no se relaciona propiamente con nosotros, que no nos
    hace vibrar… Una desilusión




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    Mensaje por Maria Lua Dom 18 Feb 2024, 19:50

    ***


    —Pero ¿por qué de mí, entonces? —continué obstinada—. ¿No somos
    dos?
    Limpió una gotita que había escurrido por el parapeto.
    —No. Estás sola. Siempre estuviste sola.
    ¿Sería tan solo un medio para herirme? Entre tanto me sorprendí, me
    asusté como si hubiera sido robada. Dios mío, entonces… ¿Ninguno de
    los dos creía ya en aquello que nos ataba?
    —¿Tienes miedo de la verdad? Ni sentimos odio el uno por el otro. De
    esa manera seríamos casi felices. Seres de contenido fuerte. ¿Quieres una
    prueba? No me matarías, porque después no sentirías ni placer ni dolor.
    Solamente eso: ¿Pa qué?
    Yo no podía dejar de notar la inteligencia con que él penetraba la
    verdad. Pero las cosas se precipitaron, ¡cómo se precipitaron!, pensaba.
    Se forjó un silencio. El reloj tocó las seis de la tarde. De nuevo el
    silencio.
    Respiré con fuerza, profundamente. Mi voz salió baja y pesada:
    —Me voy.
    Tuvimos los dos un pequeño movimiento rápido, como si la lucha
    debiera empezar. Después nos encaramos sorprendidos. ¡Estaba dicho!
    ¡Estaba dicho!
    Repetí triunfante, trémula:
    —Me voy, Daniel —me aproximé a la palidez de su fino rostro, los
    cabellos parecían excesivamente negros—. ¡Daniel —lo sacudí del brazo—,
    me voy!
    Él no se movió. Tuve entonces conciencia de que mi mano agarraba su
    brazo. Mi frase había abierto tal distancia entre nosotros que yo no
    soportaba siquiera su contacto. La retiré con un movimiento tan brusco y
    repentino que el cenicero salió disparado, haciéndose añicos en el suelo.
    Me quedé un rato mirando los pedazos. Después levanté la cabeza,
    repentinamente serenada. También él se había inmovilizado, como
    fascinado por la rapidez de la escena, olvidado de cualquier máscara. Nos
    encaramos un momento, sin cólera, con los ojos desarmados, buscando,
    llenos ahora de curiosidad casi amiga, el fondo de nuestras almas, nuestro
    misterio que debería ser el mismo. Desviamos la mirada al mismo tiempo,
    perturbados.
    —Los encarcelados —dijo Daniel intentando darle un tono ligero y
    desdeñoso a las palabras.





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    Mensaje por Maria Lua Dom 18 Feb 2024, 19:51

    ***

    Fue el último instante de simpatía que tuvimos juntos.
    Hubo una larguísima pausa, de esas que nos sumergen en la eternidad.
    Todo se había detenido alrededor de nosotros.
    Con un nuevo suspiro, retorné a la vida.
    —Me voy.
    Él no tuvo ningún gesto.
    Me dirigí hacia la puerta y en el umbral me detuve nuevamente. Le veía
    la espalda, la cabeza oscura levantada, como si mirara hacia al frente.
    Repetí, con la voz singularmente hueca:
    —Me voy, Daniel.


    Mi madre había muerto de un ataque al corazón, ocasionado por mi
    partida. Papá se había refugiado con un tío mío, en el interior del Estado.
    Jaime me aceptó de regreso.
    Nunca me hizo muchas preguntas. Él deseaba sobre todo la paz.
    Regresamos a nuestra antigua vida, aunque él nunca más se aproximó
    completamente a mí. Me adivinaba diferente a él y mi «desliz» lo
    atemorizaba, lo hacía respetarme.
    En cuanto a mí, continúo.
    Ya ahora sola. Para siempre sola.





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    Mensaje por Maria Lua Lun 19 Feb 2024, 20:00

    El delirio



    El sol está alto y fuerte cuando se levanta. Busca las pantuflas debajo de la
    cama, palpando con los pies, mientras se abriga en el pijama de franela. El
    sol empieza a cubrir el ropero, reflejando en el suelo el amplio cuadrado de
    la ventana.
    Siente la cabeza endurecida en la nuca, los movimientos tan difíciles.
    Los dedos de los pies son cualquier cosa helada, impersonal. Y los
    maxilares sujetos, cerrados. Va hasta el lavabo, llena las manos de agua,
    bebe ávidamente y esta se menea dentro de él como en un frasco vacío. Se
    moja la cabeza y respira desahogado.
    Desde la ventana observa la calle clara y con movimiento. Los
    chiquillos juegan a las canicas a la puerta de la Confitería Mascote, un carro
    toca el claxon junto al bar. Las mujeres, con la bolsa en la mano, sudadas,
    vienen del mercado. Pedazos de nabos y lechugas se mezclan con el polvo
    de la calle estrecha. Y el sol, puro y cruel, extendido por encima de todo.
    Se aleja con disgusto. Vuelve hacia dentro, mira la cama revuelta, tan
    familiar después de la noche insomne… La Virgen Madre destaca ahora,
    nítida y dominante, bajo la luz del día. Con las sombras, ella también como
    un bulto, es más fácil no creer. Va caminando despacio, arrastrando las
    piernas desganadas, levanta las sábanas, golpea la almohada grande y se
    mete de nuevo, con un suspiro. Se vuelve tan humilde delante de la calle
    viva y del sol indiferente… En su cama, en su cuarto, con los ojos cerrados,
    él es rey.
    Se encoge profundamente, como si en el exterior lloviera, lloviera, y
    aquí unos brazos silenciosos y tibios lo atrajeran y lo transformaran en un
    niño pequeño, pequeño y muerto. Muerto. Ah, es el delirio… Es el delirio.
    Una luz muy suave se expande sobre la Tierra como un perfume. La luna
    se diluye lentamente y un sol-niño se despereza con los brazos
    translúcidos… Frescos murmullos de aguas puras que se abandonan a los
    declives. Un par de alas danza en la atmósfera rosada. Silencio, mis amigos.
    El día va a nacer.
    Un quejido lejano viene subiendo desde el cuerpo de la Tierra… Hay
    un pájaro que huye, como siempre. Y esta, jadeante, se rompe de repente
    Página 50
    con un estruendo, en una amplia herida… ¡Ancha como el océano
    Atlántico y no como un río loco! Vomita borbotones de barro a cada
    grito.




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    Mensaje por Maria Lua Mar 20 Feb 2024, 20:16

    ****


    Entonces el sol endereza el tronco y surge entero, poderoso,
    sangriento. Silencio, amigos. Mis grandes y nobles amigos, vais a asistir a
    una lucha milenaria. Silencio. Shhh…
    De la tierra rasgada y negra, surgen uno a uno, ligeros como un soplo
    de un niño dormido, pequeños seres de luz pura, apenas tocando en el
    suelo los pies transparentes… Colores lilas flotan en el espacio como
    mariposas. Delgadas flautas se levantan hacia el cielo y melodías frágiles
    revientan en el aire como burbujas. Las formas róseas continúan brotando
    de la tierra herida.
    De repente, un nuevo rugido. ¿La Tierra está teniendo hijos? Las
    formas se disuelven en el aire, asustadas. Las corolas se marchitan y los
    colores oscurecen. Y la Tierra, con los brazos contraídos de dolor, se abre
    con nuevas grietas negras. Un fuerte olor a barro triturado se arrastra en
    una densa humareda.
    Un siglo de silencio. Y las luces reaparecen tímidas, todavía trémulas.
    De las grutas jadeantes y sangrientas nacen otros seres,
    ininterrumpidamente. El sol desgaja las nubes y salpica un tibio brillo. Las
    flautas deshilan cantos agudos como suaves carcajadas y las criaturas
    ensayan una danza ligerísima… Sobre las heridas oscuras pululan flores
    menudas y olorosas…
    La Tierra continuamente agotada se marchita, se marchita en dobleces
    y arrugas de carne muerta. La alegría de los nacidos está en su auge y el aire
    es puro sonido. Y la Tierra envejece rápida… Nuevos colores emergen de
    las desgarraduras profundas. El globo gira ahora lentamente, lentamente,
    cansado. Muriendo. Un pequeño ser de luz nace todavía, como un suspiro.
    Y la Tierra se sume.
    Sus hijos se asustan… Interrumpen las melodías y las danzas ligeras…
    Aletean en el aire las alas finas en un zumbido confuso.
    Todavía brillan un momento. Después desfallecen exhaustos y, en una
    ciega línea recta, se sumergen vertiginosamente en el Espacio…
    ¿De quién fue la victoria? Se yergue un hombre pequeñito, desde la
    última fila. Dice, con la voz en eco, extrañamente perdida:
    —Yo puedo informar quién ganó.
    Todos gritan, repentinamente furiosos.
    —¡La jaula no se manifiesta! ¡La jaula no se manifiesta!



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    Mensaje por Maria Lua Mar 20 Feb 2024, 20:18

    ***

    El hombrecito se intimida; no obstante, continúa:
    —¡Pero yo sé! Yo sé: la victoria fue de la Tierra. Fue su venganza, fue
    la venganza…
    Todos lloran. «Fue la venganza» se aproxima, se aproxima, se agiganta
    cerca de todos los oídos hasta que revienta en un rabioso fragor. Y en el
    silencio brusco, el espacio está repentinamente gris y muerto.


    Abre los ojos. La primera cosa que ve es un pedazo de madera blanca.
    Mirando hacia delante observa nuevas tablas, todas iguales. Y en medio de
    todo, colgando, un animal raro que brilla, brilla y mete las uñas largas y
    centelleantes en sus pupilas, hasta alcanzar la nuca. Es verdad que si baja
    los párpados, la araña recoge las uñas y se reduce a una mancha roja e
    inmóvil. Pero es una cuestión de honor. Quien se debe retirar es el
    monstruo. Grita y apunta:
    —¡Salte! ¡Tú eres de oro, pero salte!
    La muchacha morena, con vestido claro, se levanta y dice:
    —Pobrecito. La luz lo está molestando.
    La apaga. Él se siente humillado, profundamente humillado.
    ¿Entonces? Sería tan fácil explicar que era un foco… Solo para herirlo.
    Vuelve la cabeza hacia la pared y empieza a llorar. La muchacha morena da
    un pequeño grito:
    —¡Pero no haga eso, mi bien!
    Pasa la mano por su cabeza, la alisa despacio. Mano fresca, pequeña,
    que va dejando tras de sí una porción donde ya no permanece el
    pensamiento. Todo estaría bien si las puertas no golpearan tanto. Él dice:
    —La Tierra se marchitó, muchacha, se marchitó. Yo ni sabía que
    dentro de ella hubiera tanta luz…
    —Pero ya la he apagado… Vea si puede dormir.
    —¿La has apagado? —procura mirarla a través de la oscuridad—. No,
    se apagó por sí misma. Ahora tan solo quisiera saber esto: si la Tierra
    pudiera haber escogido, ¿se negaría a crear, solamente para no morir?
    —Pobre… Está pero con mucha fiebre. Si durmiera, estoy segura de
    que mejoraba.
    —Después se vengó. Porque los seres creados se sentían tan
    superiores, tan libres, que imaginaron poder pasar sin ella. Pero siempre se
    venga.





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    Mensaje por Maria Lua Miér 21 Feb 2024, 19:45

    ***






    La muchacha morena ahora mezcla sus dedos con sus cabellos
    húmedos, le revuelve las ideas con movimientos suaves. Él la toma del
    brazo, recorre sus dedos por aquellos dedos finos. La palma es blanda.
    Junto a la uña, un poco áspera. Recarga la boca en su dorso y la va pasando
    por todos los caminos, minuciosamente, con los ojos muy abiertos en la
    oscuridad. La mano procura huir. Él la retiene. Esta permanece. El pulso,
    fino y tierno, hace tic tic tic. Es una palomita que él ha aprisionado. La
    palomita está asustada y su corazón hace tic tic tic.
    —¿Este es un momento? —pregunta en voz muy alta—. No, no lo es
    ya. ¿Y este? Ahora ya tampoco. Solo se tiene el momento que viene. El
    presente ya es pasado. Estira los cadáveres de los momentos muertos
    encima de la cama. Cúbrelos con una sábana blanca, ponlos en un ataúd de
    niño. Ellos murieron chiquitos todavía, sin pecado. ¡Yo quiero los
    momentos adultos!… Muchacha, aproxímate, yo quiero confiarte un
    secreto: muchacha, ¿qué es lo que hago? Ayúdame, que mi tierra se está
    marchitando… ¿Después qué va a ser de mi luz?
    El cuarto está tan oscuro. ¿Dónde está la Virgen Madre que la tía le
    metió en la maleta, antes de venirse? ¿Dónde está? Siente al principio algo
    moviéndose junto a él. Entonces en su boca enjuta dos labios frescos se
    posan levemente, después con más firmeza. Ahora sus ojos ya no queman.
    Ahora sus sienes dejan de latir porque dos mariposas húmedas flotan sobre
    ellas. Vuelan enseguida.
    Él se siente bien, con mucho mucho sueño…
    —Muchacha…
    Se duerme.
    Está ahora en la terraza de la habitación de doña Marta, la que da hacia
    el huerto grande. Lo llevaron para allá, lo sentaron sobre una silla de
    descanso de mimbre, con una manta enrollada en los pies. A pesar de haber
    sido cargado como un bebé, se cansó. Piensa que incluso un incendio no lo
    haría levantarse ahora. Doña Marta se seca las manos con el delantal.
    —Entonces, joven, ¿cómo sigue de sus piernas? La pensión es mía,
    tengo el gusto de que usted viva aquí. Pero, negocio aparte, yo le
    aconsejaría volver al Norte. Únicamente su familia cuidaría de su reposo,
    de la hora exacta para dormir y comer… Al doctor no le gustó cuando le
    conté que usted se quedaba con la luz encendida hasta la madrugada,
    leyendo y escribiendo… No es debido a la electricidad, pero, válgame
    Dios, eso no es vida de gente…



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    Mensaje por Maria Lua Miér 21 Feb 2024, 19:46

    ***

    Él apenas pone atención. No puede pensar mucho, la cabeza queda
    hueca de repente. Los ojos se sumen, cansados.
    Doña Marta guiña un ojo.
    —Mi ahijada ha venido a hacerle otra pequeña visita…
    La muchacha entra. Él la mira. Ella se confunde, se ruboriza. ¿Qué ha
    habido, entonces? Él siente en las manos el toque de una piel medio áspera.
    En la cabeza… En los labios… La mira fijamente. ¿Qué sucedió? Su
    corazón se acelera, late con fuerza. La muchacha sonríe. Permanecen
    callados y se sienten bien.
    Su presencia fue como una suave sacudida. Ahora ya la melancolía lo
    abandona y, más ligero, tiene el placer de estirarse sobre la silla. Estira las
    piernas, aparta la manta. Ya no hace frío y la cabeza no está tan vacía. Es
    verdad que también siente la fatiga que lo sujeta al asiento, blandamente,
    en la misma posición. Pero se abandona a esta voluptuosamente,
    observando con benevolencia ese deseo confuso de respirar mucho, muy
    fuerte, de descubrirse al sol, de tomar la mano de la muchacha.
    Hace tanto tiempo no se observa, nada se concede… Está joven,
    viéndolo bien, está joven… Sonríe, de pura alegría, casi infantil. Algo suave
    brota del pecho en ondas concéntricas y se esparce por todo el cuerpo
    como ondas musicales. Y el buen cansancio… Le sonríe a la muchacha, la
    mira reconocido, la desea ligeramente. ¿Por qué no? Una aventura, sí…
    Doña Marta tiene razón. Su cuerpo también reclama sus derechos…
    —¿Tú me hiciste antes otra visita? —arriesga.
    Ella dice que sí. Se comprenden. Sonríen.
    Él respira más profundamente, contento consigo mismo. Pregunta
    animado:
    —¿Te acuerdas de cuando el hombrecito de la última fila se levantó y
    dijo: «Lo sé… y…»?
    Se detiene asustado. ¿Qué está diciendo? Frases locas que se escaparon,
    sin raíces… ¿Entonces? Los dos se quedan serios. Ella, ahora retraída, dice
    cortésmente, con frialdad:
    —No se asuste. Usted tuvo mucha fiebre, deliró… Es natural que no se
    acuerde del delirio… ni de otra cosa.
    Él depara en ella desilusionado.
    —Ah, el delirio. Disculpa, al final uno no sabe lo que sucedió
    realmente y lo que fue mentira…
    Ella ahora es una extraña. Fracaso. La mira por detrás, observa su perfil
    común, delicado.





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    Mensaje por Maria Lua Jue 22 Feb 2024, 19:29


    Pero esa desgana en el cuerpo… El calor.
    —Pues yo me acuerdo de todo —dice de repente, resuelto a intentar la
    aventura de cualquier manera.
    Ella se perturba, enrojece de nuevo.
    —¿Cómo…?
    —Sí —dice más calmado y repentinamente casi con indiferencia—. Me
    acuerdo de todo.
    Ella sonríe. Apenas sabe, piensa él, cuánto significa esta sonrisa: una
    ayuda para que él entre por un camino más cómodo, en el que se permita
    más… Doña Marta tal vez tenga razón y, con la suavidad de la
    convalecencia, concuerda con ella. Sí, piensa un poco reluctante, ser más
    humano, despreocuparse, vivir. Corresponde a la mirada de la muchacha.
    Sin embargo, no experimenta un alivio especial después de la
    resolución de seguir una vida más fácil. Al contrario, siente una ligera
    impaciencia, unas ganas de esquivarse como si lo estuvieran empujando.
    Invoca un pensamiento poderoso que lo haga posar sosegado sobre la idea
    de modificarse: otra enfermedad de estas y tal vez quede inutilizado.
    Continúa, no obstante, inquieto, con una fatiga previa por lo que
    seguirá. Busca el paisaje, insatisfecho de repente, sin saber por qué. La
    terraza se llena de sombras. ¿Dónde está el sol? Todo se ha oscurecido,
    hace frío. Hay un momento en que siente la oscuridad incluso dentro de
    él, un vago deseo de diluirse, de desaparecer. No desea pensar, no puede
    pensar. Sobre todo, no decidir nada mientras tanto. Pospone, cobarde.
    Aún está enfermo.
    La terraza da hacia la arboleda densa. A media luz, los árboles se
    balancean y gimen como viejecitas resignadas. Ah, se sumirá en la silla
    infinitamente, sus piernas se irán a deshacer, nada quedará de él…
    El sol reaparece. Sale lentamente por detrás de la nube y surge entero,
    poderoso, sangriento… Salpica su brillo sobre el bosquecito. Y ahora su
    susurro es el canto suavísimo de una flauta transparente, levantada hacia el
    cielo…
    Se endereza sobre la silla, un poco sorprendido, deslumbrado.
    Pensamientos de alborozo se entrecruzan de repente en su cabeza… Sí,
    ¿por qué no? Incluso el hecho de que la muchacha morena… ¿Todo el
    delirio le surge ante los ojos? Como un cuadro… Sí, sí… Se anima. Pero
    qué material poético encierra… «La Tierra está teniendo hijos». ¿Y la
    danza de los seres sobre las heridas abiertas? El calor le vuelve al cuerpo en
    leves ondas.






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    Mensaje por Maria Lua Jue 22 Feb 2024, 19:30

    —Hazme un favor —dice ávidamente—, llama a doña Marta…
    Ella viene.
    —¿Me quiere traer un cuaderno que está encima de mi mesa? Y un
    lápiz también…
    —Pero… Usted no puede trabajar ahora… Apenas se levantó de la
    cama… Está flaco, pálido, parece que le chuparon toda la sangre de
    adentro…
    Él se detiene, de repente pensativo. Y principalmente si ella supiera el
    esfuerzo que le costaba escribir… Cuando empezaba, todas sus fibras se
    erizaban, irritadas y magníficas. Y mientras cubría el papel con letras
    nerviosas, mientras no sentía que estas eran su prolongación, no cesaba,
    extenuándose hasta el fin… «La Tierra, los brazos contraídos de dolor…».
    Sí, su cabeza ya se siente dolorida, pesada. Pero podría contener su luz,
    ¿para preservarse?
    Sonríe con una sonrisa triste, una nadita de orgullo tal vez, pidiendo
    disculpas a doña Marta. A la muchacha, por la aventura frustrada. A sí
    mismo, sobre todo.
    —No, la Tierra no puede escoger —concluye ambiguamente—. Pero
    después se venga.


    Doña Marta menea la cabeza. Va a traer papel y lápiz.





    Fin
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    56


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    Mensaje por Maria Lua Vie 23 Feb 2024, 10:26

    Jimmy y yo



    Todavía me acuerdo de Jimmy, aquel chico de pelo castaño y despeinado,
    que cubría un cráneo alargado de rebelde nato.
    Me acuerdo de Jimmy, de su pelo y de sus ideas. Jimmy creía que no
    había nada mejor que la naturaleza, que si dos personas se aman no tienen
    que hacer nada más que amarse, simplemente. Que, en los hombres, todo
    lo que se aparta de esa simplicidad de comienzo del mundo es jactancia, es
    espuma. Si esas ideas saliesen de otra cabeza yo no soportaría ni siquiera
    oírlas. Pero estaba la disculpa del cráneo de Jimmy y estaba sobre todo la
    disculpa de sus dientes claros y de su sonrisa limpia de animal contento.
    Jimmy andaba con la cabeza erguida, la nariz clavada en el aire, y, al
    cruzar la calle, me cogía del brazo con una intimidad muy simple. Yo me
    azoraba. Pero la prueba de que yo estaba entonces imbuida de las ideas de
    Jimmy y, sobre todo, de su sonrisa clara es que yo me reprochaba ese
    azoramiento. Pensaba, descontenta, que había evolucionado demasiado,
    que me había apartado del patrón tipo animal. Me decía que era fútil
    ruborizarme por un brazo; ni siquiera por el brazo de la ropa. Pero esos
    pensamientos eran difusos y se presentaban con la incoherencia que
    transmito ahora al papel. En realidad yo solo buscaba una disculpa para que
    me gustara Jimmy. Y para seguir sus ideas. Poco a poco me estaba
    adaptando a su cabeza alargada. ¿Qué podía hacer después de todo? Desde
    pequeña había visto y sentido el predominio de las ideas de los hombres
    sobre las de las mujeres. Mamá, antes de casarse, según tía Emilia, era una
    bomba, una pelirroja tempestuosa, con ideas propias sobre la libertad y la
    igualdad de las mujeres. Pero llegó papá, muy serio y alto, con ideas
    propias también sobre… la libertad y la igualdad de las mujeres. El mal fue
    la coincidencia en el tema. Hubo un choque. Y hoy mamá cose y borda y
    canta al piano y hace pasteles los sábados, todo puntualmente y con
    alegría. Tiene ideas propias todavía, pero se resumen en una: la mujer debe
    seguir siempre a su marido, como la parte accesoria sigue a la esencial (la
    comparación es mía, resultado de las clases de la Facultad de Derecho).
    Por eso y por Jimmy, también yo, poco a poco, me volví natural.




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    Mensaje por Maria Lua Vie 23 Feb 2024, 10:27

    ***

    Y así un bello día, después de una cálida noche de verano, en la que
    dormí tanto como en este momento en que escribo (son los antecedentes
    del crimen), en ese bello día Jimmy me dio un beso. Yo había previsto esa
    situación, con todas sus variantes. Me decepcionó, es cierto. ¡Mira que
    «eso» después de tanta filosofía y quejas tristonas! Pero me gustó. Y en
    adelante dormí descansada; ya no necesitaba soñar.
    Me encontraba con Jimmy en la esquina. Muy naturalmente le daba el
    brazo. Y más tarde muy naturalmente le acariciaba el pelo despeinado. Yo
    sentía que Jimmy estaba maravillado con mis progresos. Sus lecciones
    habían producido un efecto poco frecuente y su alumna era aplicada. Fue
    un tiempo feliz.
    Después hicimos los exámenes. Aquí empieza la historia propiamente
    dicha.
    Uno de los examinadores tenía unos ojos suaves y profundos. Las
    manos muy bonitas, morenas.
    (Jimmy era blanco como un bebé). Cuando me hablaba, su voz se
    volvía misteriosamente áspera y cálida. Y yo hacía un esfuerzo enorme para
    no cerrar los ojos y para no morirme de alegría.
    No hubo lucha íntima. Dormí (sic) me encontraba con el examinador
    por la tarde, a las seis. Y me encantaba su voz, que me hablaba de ideas
    absolutamente no jimmiescas. Todo eso envuelto en el crepúsculo, en el
    jardín silencioso y frío.
    Yo entonces era absolutamente feliz. En cuanto a Jimmy, seguía
    despeinado y con la misma sonrisa, de modo que se me olvidó aclarar con
    él la nueva situación.
    Un día me preguntó por qué estaba tan distinta. Le respondí risueña,
    empleando los términos de Hegel, oídos de boca de mi examinador. Le dije
    que el primitivo equilibrio se había roto y que se había formado uno
    nuevo, con otra base. Es inútil decir que Jimmy no entendió nada, porque
    Hegel estaba al final del programa y nunca habíamos llegado allí. Entonces
    le expliqué que estaba enamoradísima de D…, y, en una maravillosa
    inspiración (lamenté que el examinador no me pudiese oír), le dije que, en
    ese caso, yo no podría unir los elementos contradictorios, haciendo la
    síntesis hegeliana. Inútil la digresión.
    Jimmy me miraba estúpidamente y solo supo preguntar:
    —¿Y yo?
    Me irritó.






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    Mensaje por Maria Lua Vie 23 Feb 2024, 10:28

    ***


    No lo sé, respondí, chutando una piedrecita imaginaria y pensando:
    ¡Bueno, arréglatelas! Somos simples animales.
    Jimmy estaba nervioso. Dijo una serie de barbaridades, que no era más
    que una mujer, inconstante y veleta como todas. Y me amenazó: te
    arrepentirás de este cambio súbito. En vano intenté responderle con sus
    teorías: me gustaba alguien y era natural, solo si fuese «evolucionada» y
    «pensadora» empezaría a hacerlo todo complicado, lleno de conflictos
    morales, bobadas de la civilización, cosas que los animales desconocen por
    completo. Hablé con una elocuencia adorable, todo debido a la influencia
    dialéctica del examinador (ahí está la idea de mamá: la mujer debe seguir…,
    etcétera). Jimmy, pálido y deshecho, me mandó al diablo, a mí y a mis
    teorías. Le grité nerviosa que esas tonterías no eran mías y que, en realidad,
    solo podían haber nacido de una cabeza despeinada y larga. Él me gritó,
    todavía más fuerte, que yo no había entendido nada de lo que me había
    explicado con tanta bondad: que conmigo todo era perder el tiempo. Era
    demasiado. Exigí una nueva explicación. Me mandó otra vez al infierno.
    Salí confusa. En conmemoración tuve un fuerte dolor de cabeza. De
    unos restos de civilización me surgió el remordimiento.
    Mi abuela, una viejecita amable y lúcida, a quien conté el caso, inclinó
    su cabeza blanca y me explicó que los hombres suelen construir teorías
    para ellos y otras para las mujeres. Pero, añadió después de una pausa y de
    un suspiro, las olvidan exactamente en el momento de actuar… Repliqué a
    la abuela que yo, que aplicaba con éxito la ley de las contradicciones de
    Hegel, no había entendido nada de lo que me había dicho. Ella se rio y me
    explicó con buen humor:
    —Querida, los hombres son unos animales.
    ¿Volvíamos así al punto de partida? No me pareció que eso fuera un
    argumento, pero me consolé un poco. Me dormí medio triste. Pero
    desperté feliz, puramente animal. Cuando abrí las ventanas del cuarto y
    miré el jardín fresco y calmado bajo los primeros rayos del sol, tuve la
    seguridad de que realmente no hay nada que hacer más que vivir. Solo me
    intrigaba el cambio de Jimmy. ¡La teoría era tan buena!



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    Mensaje por Maria Lua Vie 23 Feb 2024, 10:29

    Historia interrumpida



    Él era triste y alto. Siempre que hablaba conmigo daba a entender que su
    mayor defecto consistía en su tendencia a la destrucción. Y por eso, decía,
    alisándose los cabellos negros como quien alisa el pelo suave y cálido de un
    gatito, que su vida quedaba resumida a un montón de añicos: unos
    brillantes, otros opacos, otros como un «fragmento de hora perdida», sin
    significado, unos rojos y completos, otros blancos, pero ya despedazados.
    Yo, en verdad, no sabía qué replicar y lamentaba no tener un gesto
    reservado, como el suyo, de alisar el cabello para salir de la confusión. Sin
    embargo, para quien ha leído un poco y ha pensado bastante en las noches
    de insomnio, es relativamente fácil decir cualquier cosa que parezca
    profunda. Yo le respondía que, incluso destruyendo, él construía: por lo
    menos ese montón de añicos hacia dónde mirar y de qué hablar.
    Perfectamente absurdo. Él, sin duda, también lo creía, porque no
    contestaba. Se quedaba muy triste, mirando al suelo y alisando su gatito
    tibio.
    Así se pasaban las horas. A veces yo mandaba que le trajeran una taza
    de café, la cual bebía con mucha azúcar y golosamente. Y a mí se me
    ocurría un pensamiento muy gracioso: si él creía que andaba destruyendo
    todo, no tendría tanto gusto en tomar café y no pediría más. Una ligera
    sospecha de que W… era un artista me venía a la mente. Para justificarse,
    me respondía: se destruye todo en torno a uno, pero a sí mismo y a los
    deseos (nosotros tenemos un cuerpo) no se logran destruir. Pura disculpa.
    En un día de verano abrí la ventana de par en par. Me pareció que el
    jardín había entrado en la sala. Yo tenía veintidós años y sentía la
    naturaleza en todas las fibras. Aquel día era hermoso. Un sol suavecito,
    como si hubiera nacido en ese instante, cubría las flores y el césped. Eran
    las cuatro de la tarde. Alrededor, el silencio.
    Me metí dentro de mí misma, suavizada por la calma de esos
    momentos. Quería decirle:
    —Me parece que esta es la primera de las horas, pero, después de esta,
    ninguna más seguirá.
    Mentalmente lo oí responder:






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    Mensaje por Maria Lua Vie 23 Feb 2024, 10:30

    ***

    —Eso es tan solo una tendencia sentimental indefinible, mezclada con
    la literatura de moda, muy subjetivista. De ahí esa confusión de
    sentimientos, que no tienen verdaderamente un contenido propio, de no
    ser por su estado psicológico, muy común en muchachas solteras de tu
    edad…
    Intenté explicarle, debatirlo… Ningún argumento. Volteé desolada,
    miré su rostro triste y nos quedamos callados.
    Entonces fue cuando pensé en aquella cosa terrible: «O yo lo destruyo
    o él me destruirá».
    Era necesario evitar a toda costa que aquella tendencia analista, que
    terminaba con la reducción del mundo a míseros elementos cuantitativos,
    me alcanzara. Necesitaba reaccionar. Quería ver si lo gris de sus palabras
    lograba empañar mis veintidós años y la clara tarde de verano. Me decidí,
    dispuesta a empezar en ese mismo momento a luchar. Volteé hacia él,
    apoyé las manos en el parapeto de la ventana, entrecerré los ojos y me puse
    a sisear:
    —¡¡Esta hora me parece la primera de todas y también la última!!
    Silencio. Afuera, la brisa indiferente.
    Él alzó los ojos hacia mí, levantó su mano somnolienta y se acarició los
    cabellos. Después se puso a rayar con la uña los dibujos a cuadros del
    mantel de la mesa.
    Cerré los ojos, solté los brazos a lo largo del cuerpo. Mis bellos y
    luminosos veintidós años… Mandé que trajeran café con mucho azúcar.
    Después de separarnos, al final de la calzada, regresé muy despacio a la
    casa, mordiendo una ramita de pasto y pateando todos los guijarros
    blancos del camino. El sol ya se había puesto y en el cielo sin color ya se
    veían las primeras estrellas.
    Tenía flojera de llegar a casa: la cena de manera invariable, la larga
    velada vacía, un libro, el bordado y, finalmente, la cama, el sueño. Me
    encaminé por el atajo más largo. El pasto crecido estaba velludo y cuando
    el viento soplaba fuerte, me acariciaba las piernas.
    Pero yo estaba inquieta.



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    Mensaje por Maria Lua Vie 23 Feb 2024, 10:31

    ***

    Él era moreno y triste. Y siempre se vestía de oscuro. Oh, sin duda a mí
    me gustaba. Yo, muy blanca y alegre, a su lado. Yo, con una ropa florida,
    cortando rosas, y él de oscuro, no, de blanco, leyendo un libro. Sí,
    nosotros hacíamos una bonita pareja. Me hallé fútil, así, imaginando
    Página 61
    cuadros. Pero me justifiqué: necesitamos agradar a la naturaleza, adornarla.
    Pues si yo jamás hubiese plantado un jazmín junto a los girasoles, cómo
    osaría… Bien, bien, lo que necesitaba era resolver «mi caso».
    Durante dos días pensé sin cesar. Quería encontrar una fórmula que lo
    atrajera hacia mí. Quería hallar la fórmula que pudiera salvarlo. Sí, salvarlo.
    Y esa idea me era agradable porque justificaría los medios que empleara
    para sujetarlo. Todo, no obstante, me parecía estéril. Él era un hombre
    difícil, distante y, lo peor, hablaba francamente de sus puntos débiles: ¿por
    dónde atacarlo entonces, si él se conocía?
    El nacimiento de una idea es precedido por una larga gestación, por un
    proceso inconsciente para el que la gesta. De esta manera explico mi falta
    de apetito en la magnífica cena, mi insomnio agitado en una cama con
    frescas sábanas, después de un día atareado. A las dos de la madrugada
    nació, finalmente, la idea.
    Me senté alborozada en la cama; pensé: llegó demasiado aprisa para ser
    buena; no te entusiasmes; acuéstate, cierra los ojos y espera que venga la
    serenidad. No obstante, me levanté y, descalza para no despertar a Mira,
    me puse a caminar por la habitación, como un hombre de negocios a la
    espera del resultado en la Bolsa. Sin embargo, cada vez más me parecía que
    había hallado la solución.
    En efecto, hombres como W… se pasan la vida en busca de la verdad,
    entran por los laberintos más estrechos, siegan y destruyen la mitad del
    mundo bajo el pretexto de que cortan los errores, pero cuando la verdad
    surge delante de sus ojos es siempre de manera imprevista. Tal vez porque
    le hayan tomado amor a la búsqueda, por sí misma, y lleguen a ser como el
    avaro que acumula y acumula únicamente, olvidándose de la primitiva
    finalidad por la cual empezó a acumular. El hecho es que con W… yo solo
    lograría cualquier cosa, poniéndome en estado de shock.

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    Mensaje por Maria Lua Lun 26 Feb 2024, 21:43

    ***



    Y he ahí cómo. Le diría (con el vestido azul que me hacía ver más
    rubia), la voz suave y firme, fijándolo a los ojos:
    —He pensado mucho respecto a nosotros y decidí que solo nos
    queda…
    No, simplemente.
    —¿Nos vamos a casar?
    No, no. Nada de preguntas.
    —W…, nos vamos a casar.
    Sí, yo conocía a los hombres. Y, sobre todo, lo conocía
    profundamente. Él no tendría el recurso de su gesto preferido.
    Permanecería estático, atónito. Porque estaría frente a la Verdad… Yo le
    gustaba a él y tal vez por eso no había logrado destruirme con sus análisis
    (yo tenía veintidós años).
    No logré dormir durante el resto de la noche. Estaba tan despierta que
    los ronquidos de Mira me ponían de los nervios, y hasta la luna, muy
    redonda, partida a la mitad por una rama de hojas finas, me parecía
    defectuosa, con una hinchazón de un lado y excesivamente artificial.
    Quería encender la luz, pero ya oía de antemano las quejas de Mira a
    mamá, al día siguiente.
    Me levanté con el ánimo de una muchachita el día de su boda. Cada
    acto mío era una preparación, lleno de finalidades, como parte de un ritual.
    Pasé la mañana agitada, pensando en la decoración del ambiente, en la
    ropa, en las flores, en las frases y en los diálogos. Después de eso, ¿cómo
    encontrar la voz suave y firme, serena y tierna? Continuando con aquella
    fiebre, yo corría el riesgo de recibir a W… con gritos nerviosos: «W…, nos
    vamos a casar inmediatamente, inmediatamente». Tomé una hoja de papel
    y la llené de arriba abajo: «Eternidad. Vida. Mundo. Dios. Eternidad. Vida.
    Mundo. Dios. Eternidad…». Esas palabras mataban el sentido de muchos
    de mis sentimientos y me dejaban fría por unas semanas, yo me descubría a
    mí misma tan minúscula.
    Pero en realidad yo no quería permanecer fría: deseaba vivir el
    momento hasta agotarlo. Necesitaba tan solo conquistar un rostro menos
    ardiente. Me senté para elaborar una prolongada costura.
    La serenidad fue volviendo poco a poco. Y con esta, una profunda y
    emocionante certeza de amor. Pero, pensé: ¡no existe realmente nada,
    nada, para que yo pueda cambiar los instantes que vienen! Solo dos o tres
    veces en la vida se experimenta tal sensación y las palabras esperanza,
    felicidad, nostalgia, descubrí que se relacionan con aquella. Y cerraba los
    ojos y lo imaginaba tan vivo que su presencia se tornaba casi real: «sentía»
    sus manos sobre las mías y un ligero mareo me atolondraba. («¡Oh, Dios
    mío, perdóname, pero la culpa es del verano, la culpa es de que él sea tan
    guapo y moreno, y yo tan rubia!»).
    La idea de estar sintiéndome feliz me llenaba tanto que necesitaba
    hacer algo, alguna bondad para no quedarme con remordimientos. ¿Y si yo
    le diera el cuellito de encaje a Mira? Sí, ¿qué es un cuellito de encaje,
    aunque bonito, delante de… «Eternidad. Vida. Mundo… Amor»?



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    Mensaje por Maria Lua Lun 26 Feb 2024, 21:44

    ***


    ***


    Mira tiene catorce años de edad y es muy exagerada. Por eso, cuando entró
    jadeante en la habitación y cerró la puerta tras ella, con grandes gestos le
    dije:
    —Toma un vaso de agua y después cuéntame cómo la gata tuvo treinta
    gatitos y dos perritos negros.
    —¡Clarita dijo que él se mató! ¡Se mató de un tiro en la cabeza…! ¿Es
    verdad, sí? ¿Es mentira, no es así?
    Y repentinamente la historia se interrumpió. No tuvo al menos un final
    grato. Terminó con la brusquedad y la falta de lógica de una bofetada en
    pleno rostro.
    Estoy casada y tengo un hijo. No le di el nombre de W… Y no
    acostumbro mirar hacia atrás: tengo todavía en mente el castigo que Dios
    le dio a la mujer de Lot. Y solamente escribí «esto» para ver si lograba
    encontrar una respuesta a preguntas que me torturan, de vez en cuando,
    perturbando mi paz: ¿qué sentido tuvo el paso de W… por el mundo?,
    ¿qué sentido tuvo mi dolor?, ¿cuál es la ilación de estos hechos a…
    «Eternidad. Vida. Mundo. Dios»?







    FIN
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    64


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    Mensaje por Maria Lua Mar 27 Feb 2024, 21:17


    La fuga



    Empezó a quedar oscuro y ella tuvo miedo. La lluvia caía sin tregua y las
    aceras brillaban húmedas a la luz de las lámparas. Pasaban personas con
    paraguas, impermeable, muy apresuradas, los rostros cansados. Los
    automóviles se deslizaban por el asfalto mojado y uno que otro claxon
    tocaba suavemente.
    Quiso sentarse en una banca del jardín, porque en verdad no sentía la
    lluvia y no le importaba el frío. Realmente solo un poco de miedo, porque
    aún no había decidido el camino que iba a tomar. La banca sería un punto
    de reposo. Pero los transeúntes la miraban con extrañeza y ella proseguía
    en la marcha.
    Estaba cansada. Pensaba siempre: «¿Pero qué va a suceder ahora?». Si
    permaneciera caminando. No era la solución. ¿Volver a casa? No. Temía
    que alguna fuerza la empujara hacia el punto de partida. Atontada como
    estaba, cerró los ojos e imaginó un gran torbellino saliendo de la Casa
    Elvira, aspirándola violentamente y volviéndola a colocar junto a la
    ventana, libro en mano, restableciendo la escena diaria. Se asustó. Esperó
    un momento en el que nadie pasaba para decir con todas sus fuerzas: «Tú
    no regresarás». Se apaciguó.
    Ahora que había decidido irse todo renacía. Si no estuviera tan confusa,
    le gustaría infinitamente lo que había pensado en dos horas: «Bien, las
    cosas todavía existen». Sí, extraordinario el descubrimiento, simplemente.
    Desde hace doce años estaba casada y tres horas de libertad la restituían
    casi entera a sí misma: La primera cosa que haría era ver si las cosas todavía
    existían. Si representara en un escenario esa misma tragedia, se palparía, se
    pellizcaría para saberse despierta. Lo que tenía menos ganas de hacer, no
    obstante, era representar.
    No había, sin embargo, solamente alegría dentro de ella. También un
    poco de miedo y doce años.
    Atravesó el paseo y se recargó en el muro costero, para mirar el mar. La
    lluvia continuaba. Había tomado el ómnibus en Tijuca y se había bajado en
    la Gloria. Ya había caminado más allá del Morro de la Viuda.





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    Mensaje por Maria Lua Mar 27 Feb 2024, 21:18

    ***

    El mar se revolvía fuerte y, cuando las olas rompían junto a las piedras,
    la espuma salada la salpicaba toda. Permaneció un momento pensando si
    ese tramo sería hondo, porque se tornaba imposible adivinar: las aguas
    oscuras, sombrías, podrían tanto estar a unos centímetros de la arena como
    esconder el infinito. Decidió intentar de nuevo ese juego, ahora que estaba
    libre. Bastaba mirar con lentitud hacia dentro del agua y pensar que aquel
    mundo no tenía fin. Era como si se estuviera ahogando y nunca encontrara
    el fondo del mar con los pies. Una angustia pesada. Pero, entonces, ¿por
    qué la buscaba?
    La historia de no encontrar el fondo del mar era antigua, venía desde
    pequeña. En el capítulo de la fuerza de gravedad, en la escuela primaria,
    había inventado a un hombre con una enfermedad graciosa. Con él, la
    fuerza de gravedad no hacía efecto… Entonces él caía hacia fuera de la
    Tierra y permanecía cayendo siempre, porque esta no sabía darle un
    destino. ¿Caía dónde? Después lo resolvía: seguía cayendo, cayendo y se
    acostumbraba, llegaba a comer cayendo, a dormir cayendo, a vivir cayendo,
    hasta morir. ¿Y continuaría cayendo? Pero en ese momento el recuerdo del
    hombre no la angustiaba y, por el contrario, le traía un sabor de libertad
    que desde hacía doce años no sentía. Porque su marido tenía una
    propiedad singular: bastaba su presencia para que los menores
    movimientos de su pensamiento quedaran paralizados. Al principio, eso le
    había traído cierta tranquilidad, pues acostumbraba a cansarse pensando en
    cosas inútiles, a pesar de ser divertidas.
    Ahora la lluvia ha parado. Solo hace frío pero está muy agradable. No
    volveré a casa. Ah, sí, eso es infinitamente consolador. ¿Él quedará
    sorprendido? Sí, doce años pesan como kilos de plomo. Los días se
    derriten, se funden y forman un solo bloque, una gran ancla. Y la persona
    está perdida. Su mirada adquiere una forma de pozo hondo. El agua oscura
    y silenciosa. Sus gestos se tornan blancos y ella tan solo tiene un miedo en
    la vida: que algo venga a transformarla. Vive tras una ventana, mirando a
    través de los vidrios la estación de lluvias que cubre la del sol, después
    vuelve el verano y las lluvias de nuevo. Los deseos son fantasmas que se
    diluyen apenas se enciende la lámpara del buen sentido. ¿Por qué los
    maridos representan el buen sentido? El suyo es particularmente firme,
    bueno, nunca yerra. De esas personas que usan únicamente una marca de
    lápiz y repiten de memoria lo que está escrito en la suela de los zapatos.
    Usted puede preguntarle sin temor cuál es el horario de los trenes, el
    periódico de mayor circulación, e incluso en qué región del globo los
    chavales se reproducen con mayor rapidez.





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    Mensaje por Maria Lua Mar 27 Feb 2024, 21:19

    ***

    Ella se ríe. Ahora puede reír… Yo comía cayendo, dormía cayendo,
    vivía cayendo. Voy a buscar un lugar donde poner los pies…
    Halló tan gracioso ese pensamiento que se inclinó sobre el muro y se
    puso a reír. Un hombre gordo se paró a cierta distancia, mirándola. ¿Qué
    es lo que hago? Tal vez acercarme y decirle: «Hijo mío, está lloviendo».
    No. «Hijo mío, yo era una mujer casada y soy ahora una mujer». Se puso a
    caminar y olvidó al hombre gordo.
    Abre la boca y siente el aire fresco que la inunda. ¿Por qué esperó tanto
    tiempo para esa renovación? Solo hoy, después de doce siglos. Había
    salido de la ducha fría, se había vestido con ropa ligera, había tomado un
    libro. Pero hoy era diferente de todas las tardes de los días de todos los
    años. Hacía calor y estaba sofocada. Abrió todas las ventanas y las puertas.
    Pero no: el aire estaba ahí, inmóvil, grave, pesado. Nada de brisa y el cielo
    bajo, las nubes oscuras, densas.
    ¿Cómo fue que sucedió eso? Al principio tan solo el malestar y el
    calor. Después algo dentro de ella empezó a crecer. De repente, con
    movimientos pesados, minuciosos, arrancó la ropa del cuerpo, la destrozó,
    la rasgó en largas tiras. El aire se cerraba en torno a ella, la apretaba.
    Entonces un fuerte estruendo sacudió la casa. Casi al mismo tiempo, caían
    gruesas gotas de agua, tibias y espaciadas.
    Permaneció inmóvil en medio de la habitación, jadeante. La lluvia
    aumentaba. Oía su tamborilear en el cobertizo de lámina del jardín y el
    grito de la criada recogiendo la ropa. Ahora era como un diluvio. Un
    viento fresco circulaba por la casa, alisaba su rostro caliente. Entonces,
    quedó más calmada. Se vistió, juntó todo el dinero que había en casa y se
    fue.
    Ahora tiene hambre. Hace doce años que no siente hambre. Entrará en
    un restaurante. El pan está recién hecho, la sopa caliente. Pedirá café, un
    café oloroso y fuerte. Ah, cómo todo es bonito y tiene encanto. El cuarto
    del hotel tiene un aire extranjero, la almohada grande es suave, perfumada
    la ropa limpia. Y cuando la oscuridad domine el aposento, una luna enorme
    surgirá, después de esa lluvia, una luna fresca y serena. Y ella dormirá
    cubierta con el resplandor lunar…
    Amanecerá. Tendrá la mañana libre para comprar lo necesario para el
    viaje, porque el navío sale a las dos de la tarde. El mar está quieto, casi sin
    olas. El cielo de un azul violento, clamoroso. El navío se aleja
    rápidamente… Y en breve el silencio. Las aguas cantan en el casco, con
    suavidad, cadencia… En torno, las gaviotas aletean, blancas espumas
    huidas del mar. Sí, ¡todo eso!








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    Mensaje por Maria Lua Mar 27 Feb 2024, 21:20

    ***

    Pero ella no tiene suficiente dinero para viajar. Los pasajes son tan caros. Y
    toda esa lluvia que agarró le dejó un frío agudo por dentro. Bien podría ir a
    un hotel. Eso es verdad. Pero los hoteles de Río no son adecuados para una
    señora sin compañía, salvo los de primera clase. Y en estos puede tal vez
    encontrar a algún conocido del marido, lo que ciertamente le perjudicaría
    los negocios.
    Sí, todo esto es mentira. ¿Cuál es la verdad? Doce años pesan como
    kilos de plomo y los días se cierran en torno al cuerpo de uno y aprietan
    cada vez más. Regreso a casa. No puedo tener rabia de mí, porque estoy
    cansada. Y realmente todo está sucediendo, yo nada estoy provocando.
    Son doce años.
    Entra a la casa. Es tarde y su marido está leyendo en la cama. Le digo
    que Rosita estuvo enferma. ¿No recibiste su recado avisando de que solo
    volvería ya de noche? No, dice él.
    Toma un vaso de leche caliente porque no tiene hambre. Viste un
    pijama de franela azul, con puntitos blancos, muy suave realmente. Le pide
    al marido que apague la luz. Él la besa en el rostro y le dice que lo despierte
    a la siete en punto. Ella lo promete, él apaga la luz.
    De entre los árboles, sube una luz grande y pura.
    Permanece con los ojos abiertos durante un rato. Después enjuga las
    lágrimas con la sábana, cierra los ojos y se acomoda en la cama. Siente la
    luz de la luna que la cubre lentamente.
    Dentro del silencio de la noche, el navío se aleja cada vez más.





    FIN
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    68


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    y en ese vuelo y en ese sueño
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    y tren de tus ilusiones."
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    Mensaje por Maria Lua Miér 28 Feb 2024, 20:56



    Fragmento
    [5]



    Realmente no sucedió nada aquella tarde gris de abril. Todo, sin embargo,
    pronosticaba un gran día. Él le había avisado de que su llegada constituiría
    el gran hecho, el acontecimiento máximo de sus vidas. Por eso ella entró
    en el bar de la Avenida, se sentó junto a una de las mesitas de la ventana
    para verlo en cuanto asomase por la esquina. El camarero limpió la mesa y
    le preguntó qué deseaba. Esta vez precisamente no necesitaba ser tímida ni
    tener miedo de meter la pata. Estaba esperando a alguien, respondió. Él la
    miró un momento. «¿Tengo un aspecto tan abandonado que no puedo
    estar esperando a nadie?», le dijo:
    —Espero a un amigo.
    Y sabía ahora que la voz le saldría perfecta: tranquila y negligente. (No
    era la primera vez que esperaba a alguien). Él limpió una mancha
    inexistente en el borde de la mesita de mármol y, tras una demora
    calculada, replicó, sin mirarla siquiera:
    —Sí, señora.
    Se acomoda mejor en la silla estrecha. Cruza las piernas con cierta
    elegancia que, incluso Cristiano se lo había dicho, le es natural. Sujeta el
    bolso con las dos manos, suspira descansadamente. Bueno. Solo hay que
    esperar.
    A Flora le gusta mucho vivir. Realmente mucho. Esa tarde, por
    ejemplo, a pesar de que el vestido le aprieta la cintura y de que espera con
    horror el momento en que tenga que levantarse y cruzar el largo recinto
    con un falda demasiado ajustada, a pesar de todo esto le gusta estar sentada
    allí, en medio de tanta gente, para tomar café con pasteles, como todos.
    Tiene la misma sensación que cuando era pequeña y su madre le daba las
    sartenes «de verdad» para llenarlas de comida y jugar a «ama de casa».
    Todas las mesas del café están repletas. Los hombres fuman gruesos
    puros y los muchachos, metidos en amplios chaquetones, se ofrecen
    cigarrillos. Las mujeres beben refrescos y mordisquean dulces con una
    delicadeza de roedor para no estropear su pintura de labios. Hace un calor
    muy fuerte y los ventiladores zumban en las paredes. Si no estuviese
    vestida de negro podría imaginarse en un café africano, en Dakar o en El
    Página 69
    Cairo, entre ventiladores y hombres morenos discutiendo negocios
    ilícitos, por ejemplo. Incluso entre espías, ¿quién sabe?, metidos en
    aquellas sábanas árabes.




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    Mensaje por Maria Lua Miér 28 Feb 2024, 20:57

    ***

    Naturalmente era absurdo estar jugando a pensar justamente esa tarde.
    Justamente cuando Cristiano le había prometido el día más grande del
    mundo y justamente, ¡oh!, justamente cuando tenía miedo de que no
    pasase nada… simplemente por la ausencia de Cristiano… Era absurdo,
    pero siempre que le pasaban «cosas» ella intercalaba esas cosas con
    pensamientos perfectamente fútiles y sin propósito. Cuando iba a nacer
    Nenê y ella estaba en el hospital, tendida, blanca y muerta de miedo, siguió
    obstinadamente el vuelo de una mosca alrededor de una taza de té y llegó a
    pensar de un modo general en la vida accidentada de las moscas. Y en
    realidad, concluyó, acerca de esos seres tan pequeños hay aún muchos
    estudios por hacer. Por ejemplo, ¿por qué si tienen un bello par de alas no
    vuelan más alto? ¿Serán impotentes esas alas o sin ideales las moscas? Otra
    cuestión: ¿cuál es la actitud mental de las moscas respecto a nosotros? ¿Y
    en relación con la taza de té, aquel gran lago dulzón y tibio? En realidad
    aquellos problemas no eran indignos de atención. Somos nosotros los que
    no somos dignos de ellos.
    Entró una pareja. El hombre se paró en la puerta, escogió lentamente el
    lugar, se dirigió hacia él con la mujer del brazo, el aire feroz de quien se
    prepara para defender un derecho: «Yo pago tanto como los demás». Se
    sentó, lanzó una mirada circular de desafío por la sala, la muchacha era
    tímida y sonrió a Flora, una sonrisa de solidaridad de clase.
    Bien, el tiempo corre. Un camarero de bigote rubio se dirige a Flora,
    sujetando acrobáticamente una bandeja con un refresco oscuro en el vaso
    húmedo. Sin preguntarle nada posa la bandeja, acerca el vaso a sus manos y
    se aleja. Pero, quién ha pedido refresco, piensa ella angustiada. Se queda
    quieta, sin moverse. ¡Ah! Cristiano, ¡ven pronto! Todos contra mí… ¡No
    quiero un refresco, quiero a Cristiano! Tengo ganas de llorar, porque hoy
    es un gran día, porque hoy es el día más grande de mi vida. Pero voy a
    contener en algún rinconcito escondido de mí (¿detrás de la puerta?, qué
    absurdo) todo lo que me atormenta hasta que llegue Cristiano. Voy a
    pensar en algo. ¿En qué? «¡Señores, señores! ¡Aquí estoy, preparada para la
    vida! Señores, nadie me mira, nadie nota que yo existo. Pero, señores, yo
    existo, ¡les juro que existo! Mucho, además. Miren, ustedes que tienen ese
    aire de victoria, miren: yo soy capaz de vibrar, de vibrar como la cuerda
    tensa de un arpa. Yo puedo sufrir con más intensidad que todos ustedes.
    Yo soy superior. ¿Y saben por qué? Porque sé que existo». ¿Y si se bebiese
    el refresco? Por lo menos aquella mujer que la mira como si ella no
    estuviese allí, como si ella fuese una mesa vacía, vería que hace algo.






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    Mensaje por Maria Lua Vie 01 Mar 2024, 20:12

    ***


    Elige con cuidado una pajita, la desenvuelve con gestos negligentes y
    sorbe el primer trago. Menos mal que Nenê no ha venido. El refresco está
    helado y Nenê quiere probar todo lo que ve. ¿Cuando Cristiano llegue
    preguntará primero por ella o por Nenê? Cristiano dijo que ambos eran
    unos críos, que en el grupo él era el único adulto. Pero eso no entristece
    mucho a Flora. Una vez, al principio, él la dejó sentada en un rincón de la
    habitación y se puso a pasear de un lado al otro, frotándose el mentón.
    Después se paró ante ella, la miró un rato y dijo: «Pero ¡si eres una niña!».
    Sin embargo, después se acostumbró y Flora siempre le gustaba. Incluso
    porque desde pequeña sabía jugar a todo. Con Ruivo jugaba a soldados que
    matan, con la vecina de abajo era un carretero, en el colegio imitaba a la
    india que tiene muchos hijos, también a una maestra, ama de casa, vecina
    mala, mendiga, lisiada y vendedora ambulante. Con Ruivo jugaba a
    soldados, obligada por las circunstancias, porque necesitaba conquistar su
    admiración.
    Por eso no fue tan difícil jugar a ser la amante de Cristiano. Y jugó tan
    bien que él, antes de irse, le dijo:
    —Sabes, cría, vales más de lo que pensaba. No eres una niña, no. Eres
    una mujer llena de buen sentido y de independencia.
    Le gustó el elogio de Cristiano, como cuando él elogió su vestido
    nuevo. O como cuando su profesor de francés le dijo «¡Tú serez todavie
    un bon poète!». O como cuando su madre decía: «¡Cuando crezcas vas a
    cazar a alguno!». Claro que sabía hacer varias cosas e incluso muy bien
    hechas. Pero ella no era ninguna de aquellas personalidades que encarnaba
    para divertirse o por necesidad. ¡Flora era otra que nadie había descubierto
    aún! Ese era el misterio.



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    Mensaje por Maria Lua Vie 01 Mar 2024, 20:13

    ***

    El refresco le había sentado mal. Su estómago se retuerce en náuseas.
    Cierra los ojos un momento y ve el líquido oscuro fluir y refluir en olas
    revueltas, rugiendo. Y Cristiano no viene. Hace una hora que está allí. Si
    Cristiano llegase en ese momento pediría algo amargo y las náuseas
    desaparecerían. Después diría orgulloso: «No sé lo que harías sola. Te
    pasan las cosas justo en el momento menos apropiado». ¿Y por qué de
    repente ese sabor de café en la boca? Hace señas al camarero. «Agua
    helada», pide. Después del primer sorbo se anima:
    —¿De qué era el refresco?
    Página 71
    —De café, señorita.
    Ah, de café. Uf, ha empeorado: el camarero la mira con curiosidad e
    ironía.
    —¿Está mejor, señorita?
    —Sin duda. No me pasa nada.
    —Beba una taza de café caliente y se le pasará todo —siguió él,
    irreductible.
    —Tráigamela, por favor.
    «Cristiano, ¿dónde estás? Yo soy pequeña, señores, en el fondo soy del
    mismo tamaño que Nenê. ¿No saben quién es Nenê? Pues es rubia, tiene
    los ojos negros y Cristiano dice que no se sorprende al ver su carita sucia.
    Dice que en nuestro cuarto desordenado las flores frescas, la carita de
    Nenê y mi aire de “pobre cariñito” son indivisibles. Pero hay algo en mi
    estómago. Y Cristiano no viene. ¿Y si Cristiano no viniese? La dueña de la
    casa donde vivimos, señores míos, jura que es frecuente el abandono de
    chicas con hijos. Conoce más de tres casos. ¿Qué me dicen? Oh, no fumen
    ahora».
    El camarero viene con el café. Tiene un lindo bigote rubio.
    —Si yo fuese usted intentaría librarme del refresco. Hay mucha gente
    que se marea con el refresco de café. Basta con ponerse dos dedos en la
    boca. El baño está a la izquierda.
    Flora vuelve de allí humillada y no osa enfrentarse al bigote rubio. Se
    recuesta en la silla y se siente miserablemente bien.
    Un aire fresco entra por las ventanas. «Declaraciones de Mussolini.
    ¡Suicidio en Leblon
    [6]! ¡Lea A Noite!». Lejanos sonidos de bocina.
    Cristiano ha perdido el tren o me ha abandonado.
    El café se volvió familiar a sus ojos. Después de todo, los camareros
    son unos hombres bobos y muy ocupados. Están arreglando las sillas en la
    tarima de la orquesta, limpiando el piano. Clientes de otra clase, de la clase
    de los que después del baño y de la cena «necesitan gozar de la vida
    mientras son jóvenes; y ¿para qué se tiene dinero?» se instalan en las
    mesitas.






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    Mensaje por Maria Lua Vie 01 Mar 2024, 20:15

    ***

    «Quiere decir que estoy perdida», piensa Flora.
    Oye al principio unos golpecitos sordos, rítmicos, singulares y
    misteriosos, procedentes de la tarima de la orquesta. En efervescencia
    creciente, como animalitos burbujeando en un medio desconocido, se va
    acentuando el ritmo. Y, de pronto, del último negro de la segunda fila, se
    eleva un grito salvaje, prolongado, hasta morir en una queja dulce. El
    mulato de la primera fila se retuerce en un giro, su instrumento apunta al
    aire y responde con un «bu-bu» ronco e infantil. Los golpecitos parecen
    hombres y mujeres balanceándose en un ejido en África. De repente
    silencio. El piano canta tres notas sueltas y serias. Silencio.
    La orquesta, con movimientos suaves, casi inmóvil, inclinada, desliza
    un «fox-blue» pianisimo, insinuante como una fuga.
    Algunas parejas salieron abrazadas.
    Llevo aquí tanto tiempo, ¡tanto tiempo!, piensa Flora y siente que debe
    llorar. Quiere decir que estoy perdida. Se aprieta la frente con las manos.
    ¿Qué va a pasar ahora? Al camarero le da pena y viene a decirle que puede
    esperar lo que haga falta. Gracias. Se mira en el espejo. Pero ¿ella es esa que
    está ahí? ¿Es esa, con cara de conejo asustado, que está pensando y
    esperando? (¿De quién es esa boquita? ¿De quién son esos ojitos? Tuyos,
    no me fastidies). Si no intento salvarme me ahogaré. Pues si Cristiano no
    viene, ¿quién dirá a toda esta gente que existo? Y si yo, de repente, llamara
    al camarero, le pidiese papel y tinta y dijera: ¡Señores, voy a escribir una
    poesía! ¡Cristiano querido! Te juro que Nenê y yo somos tuyas.
    Miren: Debussy era un músico-poeta, pero tan poeta que uno solo de
    los títulos de sus suites hacen que te eches en el césped del jardín, con los
    brazos debajo de la cabeza, a soñar. Miren: campanas entre hojas.
    Perfumes nocturnos… Miren… gritó una mujer delgada en la mesa vecina,
    golpeando con el dorso de la mano en la mesa, como si dijese: «Te lo
    garantizo, ahora es de noche. No discutas».
    —Tonterías, Margarita —replicó uno de los hombres fríamente—,
    tonterías. Mira que músico-poeta… Hay que ver…
    Flora pediría papel y escribiría:
    «Árboles silenciosos
    perdidos en el camino.
    Refugio manso
    de frescura y sombra».
    Cristiano no vendrá. Un hombre se acerca. ¿Qué pasa?
    —¿Eh?
    —Le pregunto si quiere bailar —repite. Guiña sus ojos miopes con un
    aire tonto y curioso.
    —Oh, no… Realmente no puedo… Oh, quizá más tarde… Espero a un
    amigo.
    Él aún parado. ¿Qué hacer con aquel pelmazo? Dios mío, mis ojos.
    —Yo no…
    Página 73
    —Por favor, señorita, ya la he entendido —dice el hombre ofendido.








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