Aires de Libertad

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    Mensaje por Maria Lua Dom 07 Ene 2024, 21:14

    ***


    En efecto, hombres como W… se pasan la vida en busca de la verdad, entran
    por los laberintos más estrechos, siegan y destruyen la mitad del mundo bajo el
    pretexto de que cortan los errores, pero cuando la verdad surge delante de sus
    ojos es siempre de manera imprevista. Tal vez porque le hayan tomado amor a la
    búsqueda, por sí misma, y lleguen a ser como el avaro que acumula y acumula
    únicamente, olvidándose de la primitiva finalidad por la cual empezó a acumular.
    El hecho es que con W… yo sólo lograría cualquier cosa, poniéndome en estado
    de shock.
    Y he ahí cómo. Le diría (con el vestido azul que me hacía ver más rubia), la
    voz suave y firme, fijándolo a los ojos:
    —He pensado mucho respecto a nosotros y decidí que sólo nos queda…
    No, simplemente.
    —¿Nos vamos a casar?
    No, no. Nada de preguntas.
    —W…, nos vamos a casar.





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    Mensaje por Maria Lua Lun 08 Ene 2024, 19:37

    ***
    Sí, yo conocía a los hombres. Y, sobre todo, lo conocía profundamente. Él no
    tendría el recurso de su gesto preferido. Permanecería estático, atónito. Porque
    estaría frente a la Verdad… Yo le gustaba a él y tal vez por eso no había logrado
    destruirme con sus análisis (yo tenía veintidós años).
    No logré dormir durante el resto de la noche. Estaba tan despierta que los
    ronquidos de Mira me ponían de los nervios, y hasta la luna, muy redonda, partida
    a la mitad por una rama de hojas finas, me parecía defectuosa, con una hinchazón
    de un lado y excesivamente artificial. Quería encender la luz, pero ya oía de
    antemano las quejas de Mira a mamá, al día siguiente.
    Me levanté con el ánimo de una muchachita el día de su boda. Cada acto mío
    era una preparación, lleno de finalidades, como parte de un ritual. Pasé la mañana
    agitada, pensando en la decoración del ambiente, en la ropa, en las flores, en las
    frases y en los diálogos. Después de eso, ¿cómo encontrar la voz suave y firme,
    serena y tierna? Continuando con aquella fiebre, yo corría el riesgo de recibir a
    W… con gritos nerviosos: «W…, nos vamos a casar inmediatamente,
    inmediatamente». Tomé una hoja de papel y la llené de arriba abajo: «Eternidad.
    Vida. Mundo. Dios. Eternidad. Vida. Mundo. Dios. Eternidad…». Esas palabras
    mataban el sentido de muchos de mis sentimientos y me dejaban fría por unas
    semanas, yo me descubría a mí misma tan minúscula.
    Pero en realidad yo no quería permanecer fría: deseaba vivir el momento
    hasta agotarlo. Necesitaba tan sólo conquistar un rostro menos ardiente. Me senté
    para elaborar una prolongada costura.
    La serenidad fue volviendo poco a poco. Y con ésta, una profunda y
    emocionante certeza de amor. Pero, pensé: ¡no existe realmente nada, nada, para
    que yo pueda cambiar los instantes que vienen! Sólo dos o tres veces en la vida se
    experimenta tal sensación y las palabras esperanza, felicidad, nostalgia, descubrí
    que se relacionan con aquélla. Y cerraba los ojos y lo imaginaba tan vivo que su
    presencia se tornaba casi real: «sentía» sus manos sobre las mías y un ligero
    mareo me atolondraba. («¡Oh, Dios mío, perdóname, pero la culpa es del verano,
    la culpa es de que él sea tan guapo y moreno, y yo tan rubia!»).
    La idea de estar sintiéndome feliz me llenaba tanto que necesitaba hacer algo,
    alguna bondad para no quedarme con remordimientos. ¿Y si yo le diera el cuellito
    de encaje a Mira? Sí, ¿qué es un cuellito de encaje, aunque bonito, delante de…
    «Eternidad. Vida. Mundo… Amor»?
    Mira tiene catorce años de edad y es muy exagerada. Por eso, cuando entró
    jadeante en la habitación y cerró la puerta tras ella, con grandes gestos le dije:
    —Toma un vaso de agua y después cuéntame cómo la gata tuvo treinta gatitos
    y dos perritos negros.
    —¡Clarita dijo que él se mató! ¡Se mató de un tiro en la cabeza…! ¿Es
    verdad, sí? ¿Es mentira, no es así?



    Y repentinamente la historia se interrumpió. No tuvo al menos un final grato.
    Terminó con la brusquedad y la falta de lógica de una bofetada en pleno rostro.
    Estoy casada y tengo un hijo. No le di el nombre de W… Y no acostumbro
    mirar hacia atrás: tengo todavía en mente el castigo que Dios le dio a la mujer de
    Lot. Y solamente escribí «esto» para ver si lograba encontrar una respuesta a
    preguntas que me torturan, de vez en cuando, perturbando mi paz: ¿qué sentido
    tuvo el paso de W… por el mundo?, ¿qué sentido tuvo mi dolor?, ¿cuál es la
    ilación de estos hechos a… «Eternidad. Vida. Mundo. Dios»?





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    Mensaje por Maria Lua Mar 09 Ene 2024, 19:25

    ***

    Gertrudis pide un consejo




    Se sentó de manera que su propio peso «planchara» la falda arrugada. Se arregló
    el pelo, la blusa. Ahora, era sólo esperar.
    Afuera, todo estaba muy bien. Podía ver los tejados de las casas, las flores
    rojas en una ventana, el sol amarillo desparramado sobre todas las cosas. No
    había hora mejor que las dos de la tarde.
    No quería esperar porque le entraría miedo. Y así no daría a la doctora la
    impresión que deseaba causar. No pensar en la entrevista, no pensar. Inventaría
    rápidamente una historia, contaría hasta mil, se acordaría de cosas buenas. Lo
    peor es que sólo recordaba la carta que había mandado. «Muy señora mía, tengo
    diecisiete años y quería…». Idiota, absolutamente idiota. «Estoy cansada de
    andar de un lado para otro. A veces no logro dormir, incluso porque mis hermanas
    duermen en la misma habitación y son muy inquietas. Pero no logro dormir porque
    me quedo pensando en cosas. Ya decidí suicidarme, pero no quiero ya. ¿Usted no
    me podría ayudar?, Gertrudis».
    ¿Y las otras cartas? «No me gusta nada, soy como los poetas…». ¡Oh, no
    pensar! ¡Qué vergüenza! Hasta que la doctora acabó por escribirle, llamándola a
    su consultorio. Pero, finalmente, ¿qué le iría a decir? Todo tan vago. Y la doctora
    se reiría… No, no, la doctora, encargada de menores abandonados, que escribía
    consejos en las revistas, tenía que entender, incluso sin que ella hablara.
    ¡Hoy iba a suceder algo! No pensar 1, 2, 3, 4, 5, 6, 7… De nada servía. Había
    una vez un chico ciego que… ¿Ciego por qué? No, él no era ciego. Hasta la vista
    la tenía muy bien. Ahora sabía por qué Dios, pudiendo tanto, inventaba personas
    lisiadas, ciegas, malas. Sólo por distracción. ¿Mientras esperaba? No, Dios nunca
    necesita esperar. ¿Qué es lo que hace entonces? Está ahí, aunque todavía creyera
    en Él (yo no creía en Dios, me bañaba justo después del almuerzo, no usaba el
    uniforme del colegio y había decidido fumar), aunque todavía creyera en
    fantasmas, no podría hallar gracia en la eternidad. Si fuera Dios, hasta ya habría
    olvidado cómo empezó el mundo. Hace ya tanto tiempo y con los siglos por
    delante… La eternidad no comienza, no termina. Sentía un pequeño vértigo,
    cuando procuraba imaginarla, y Dios, siempre en todas partes, invisible, sin
    forma definida. Se rió, acordándose de cuando absorbía ávidamente las historias
    que le contaban. Se había vuelto muy libre… Pero eso no significaba estar
    contenta. Y era exactamente lo que la doctora iba a explicar.


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    Mensaje por Maria Lua Miér 10 Ene 2024, 20:48

    ***

    De hecho, en los últimos tiempos, Tuda no lo estaba pasando nada bien. Ya
    sentía una inquietud sin nombre, ya una calma exagerada y repentina.
    Frecuentemente le daban ganas de llorar, que en general se reducían a las ganas
    únicamente, como si la crisis se completara en el deseo. Unos días, llena de tedio,
    irritada y triste. Otros, lánguida como una gata, embriagándose con los menores
    acontecimientos. Una hoja que caía, un grito de niño, y pensaba: un momento más
    y no soportaré tanta felicidad. Y realmente no la soportaba, aunque no supiera
    propiamente en qué consistía esa felicidad. Caía en un llanto sofocado,
    desahogándose, con la impresión confusa de que se entregaba a no sé quién y no
    sé de qué forma.
    A las lágrimas seguía, acompañando los ojos hinchados, un estado de suave
    convalecencia, de aquiescencia en todo. Sorprendía a todos con su dulzura y
    transparencia y, aún más, lograba una levedad de pajarillo. Daba limosnas a todos
    los pobres, con la gracia de quien arroja flores.
    En otras ocasiones, se llenaba de fuerzas. Su mirada se volvía dura como
    acero, áspera como espinas. Sentía que «podía». Había sido hecha para
    «liberar».
    «Liberar» era una palabra inmensa, llena de misterios y de dolores. ¿Cómo
    había sido amena hace días, cuando se destinaba a otro papel? ¿Qué otro? Todo
    era confuso y sólo se expresaba bien con la palabra «libertad» y en los pasos
    pesados y firmes, en el rostro pesado que adoptaba. En la noche no dormía hasta
    que los gallos lejanos empezaban a cantar. Propiamente, no pensaba. Soñaba
    despierta. Imaginaba un futuro en que, audaz y fría, conduciría a una multitud de
    hombres y mujeres, llenos de fe casi adorándola. Después, a la mitad de la noche,
    se deslizaba hacia una media inconsciencia, donde todo era bueno, la multitud ya
    conducida, una ausencia a las clases, un cuarto solamente suyo, muchos hombres
    amándola. Despertaba con amargura, notando con una alegría reprimida que no se
    interesaba por el pastel que las hermanas devoraban animalmente, con irritante
    despreocupación.
    Vivía entonces sus días gloriosos. Y llegaban al auge con algún pensamiento
    que la exaltaba y la sumergía en un misticismo ardiente: «¡Entraría en un
    convento! ¡Salvaría a los pobres, sería enfermera!». Se imaginaba vistiendo ya el
    hábito negro, el rostro pálido, los ojos piadosos y humildes. Las manos, esas
    manos implacablemente enrojecidas y anchas, emergiendo, blancas y finas, de las
    mangas largas. O entonces, con el tocado albo, ojeras cavadas por las noches no
    dormidas, entregando al médico, silenciosa y rápidamente, los instrumentos de la
    operación. Él la miraría con admiración, incluso simpatía, ¿y quién sabe? Hasta
    con amor.


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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Ene 2024, 18:35

    ***




    Pero imposible que fuera grande en un ambiente como el suyo. La
    interrumpían con las observaciones más triviales: «¿Tuda, ya te has bañado?». O,
    si no, la mirada de las personas en casa. Un mirar simple, distraído,
    completamente ajeno al noble fuego que ardía dentro de ella. ¿Quién podría
    resistir, pensaba avergonzada, junto a tanta vulgaridad?
    Y, además, ¿por qué no «sucedían cosas»? Tragedias, bellas tragedias…
    Hasta que descubrió a la doctora. Y, antes de conocerla, ya le pertenecía. De
    noche, mantenía largas conversaciones imaginarias con la desconocida. De día, le
    escribía cartas. Hasta que fue llamada: ¡al fin veían que ella era alguien, una
    incomprendida, una persona extraordinaria!
    Hasta el día señalado para la entrevista, Tuda no se incomodó. Vivió en una
    atmósfera de fiebre y de ansiedad. Una aventura. ¿Comprenden bien? Una
    aventura.
    No tardaría en entrar al consultorio. Va a ser así: ella es alta, tiene el pelo
    corto, ojos vivos, un busto grande. Un poquito gorda. Pero al mismo tiempo
    parecida a Diana Cazadora, la de la sala.
    Ella sonríe. Yo permanezco seria.
    —Buenas tardes.
    —Buenas tardes, hija (¿no sería mejor: Buenas tardes, hermana? No, no se
    usa).
    —Vine aquí por exceso de audacia, confiando en la bondad y comprensión de
    usted. Tengo diecisiete años y creo que ya puedo empezar a vivir.
    Dudaba que tuviera tanto valor. Y, en realidad, ¿qué tenía que ver la doctora,
    viéndolo bien, con ella? Pero no. Sucedería algo. Le daría trabajo, por ejemplo.
    Podría mandarla a viajar para recoger datos sobre… sobre la mortalidad infantil,
    supongamos, o sobre los salarios de los hombres del campo. O podría decir:
    —Gertrudis, tú tendrás un papel mucho más grande en la vida. Tú harás…
    ¿Qué? Al final, ¿qué es grande? Todo acaba… No sé, la doctora va a hablar.
    De repente… el muchachito se rascó la oreja y dijo, con el tono viejo que las
    personas se obstinaban en dar atención a los hechos excitantes y nuevos:
    —Puede entrar…
    Tuda atravesó la sala, sin respirar. Y se encontró delante de la doctora.
    Estaba sentada junto a la mesa, rodeada de libros y de papeles. Una extraña,
    seria, con una vida propia, que Tuda no conocía.
    Fingió acomodar la mesa.
    —¿Así que…? —dijo después—. Una chica llamada Gertrudis… —se rió—.
    ¿Por qué se te ocurrió venir a verme, buscas trabajo? —empezó; con el tacto que
    le había valido el lugar de consejera de la revista.
    Menuda, de cabellos negros recogidos en dos caireles sobre la nuca. El
    carmín pintado que sobrepasaba un poco la línea de los labios en una tentativa de
    sensualidad. El rostro calmado, las manos inquietas. Tuda tuvo ganas de huir.




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    Mensaje por Maria Lua Vie 12 Ene 2024, 18:03

    ***
    Hace muchos años había salido de casa.
    La doctora hablaba y hablaba —la voz ligeramente ronca, la mirada vaga—,
    sobre diversos asuntos. Las últimas películas, las jóvenes modernas, sin
    orientación, malas lecturas, no sé, muchas cosas. Tuda también hablaba. Había
    dejado de palpitar, la sala y la doctora adoptaban poco a poco una disposición
    más comprensible. Tuda le contó algunos secretos sin importancia. A su mamá,
    por ejemplo, no le gustaba que saliera de noche, alegando el sereno. Necesitaba
    operarse de la garganta y vivía siempre resfriada. Pero el papá decía que hay
    males que llegan para bien y que las amígdalas eran una defensa del organismo. Y
    también, lo que la naturaleza había creado tenía su función.
    La doctora jugueteaba con el lápiz.
    —Bien, ahora ya te conozco más o menos. ¿En tu carta hablaste de un
    sobrenombre? Tudes, Tuda.
    Tuda se ruborizó. Entonces la extraña le habló de las cartas. No podía oír bien
    porque quedó atarantada y sentía que el corazón latía exactamente en los oídos.
    «Edad difícil… Todos lo son… Cuando menos se espera…».
    —Esa inquietud, todo lo que sientes es más o menos normal, se te va a pasar.
    Tú eres inteligente y vas a comprender lo que te voy a explicar. La pubertad
    acarrea desórdenes y…
    No, doctora, qué humillación. Ella ya era demasiado grande para esas cosas,
    lo que sentía era más bonito e incluso…
    —Esto se te va a pasar. Tú no necesitas trabajar ni hacer nada extraordinario.
    Si quieres —iba a usar el viejo «truco» y se sonrió—, si quieres consíguete un
    novio. Entonces…
    Ella era igual a Amelia, a Lidia, a todo el mundo, ¡a todo el mundo!
    La doctora aún hablaba. Tuda seguía muda, obstinadamente muda. Una nube
    tapó el sol y el consultorio quedó de repente sombrío y húmedo. En un instante
    volvió a brillar y a moverse la franja de polvillo.
    La consejera se impacientó ligeramente. Estaba cansada. Había trabajado
    tanto…
    —¿Así que…? ¿Alguna otra cosa? Habla, habla sin miedo…
    Tuda pensaba confusamente: vine a preguntarle qué voy a hacer de mí. Pero
    no sabía resumir su estado con esa pregunta. Además, temía cometer una
    excentricidad y aún no se acostumbraba a ser ella misma.



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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Ene 2024, 18:21

    ***

    La doctora había inclinado la cabeza hacia un lado y dibujaba pequeños trazos
    simétricos en una hoja de papel. Después encerraba los trazos en un círculo un
    poco tortuoso. Como siempre, no lograba mantener la misma actitud por mucho
    tiempo. Empezaba a flaquear y a dejarse invadir por los propios pensamientos.
    Lo notó, se irritó y transmitió la irritación a Tuda: «Tanta gente muriendo, tantos
    “niños sin hogar”, tantos problemas irresolubles (sus problemas) y esa muchacha,
    con familia, buena vida burguesa, dándose importancia». Vagamente observó que
    eso contrariaba su tesis individualista: «Cada persona es un mundo, cada persona
    tiene su propia clave y la de los demás nada resuelve; sólo se mira hacia el
    mundo ajeno por distracción, por interés, por cualquier otro sentimiento que
    sobrenada y que no es vital; el “mal de muchos” es un consuelo, pero no es
    solución». Justamente porque observó que se contradecía y porque se le ocurrió
    la frase del colega sobre la inconsistencia de las mujeres y porque la consideró
    injusta, se impacientó aún más, queriendo, con rabia de sí misma, como para
    castigarse, profundizar en la contradicción. Un minuto más y le diría a la chica:
    ¿por qué no visitas el cementerio? No obstante, vagamente notó las uñas sucias de
    Tuda y reflexionó: es muy inquieta todavía como para obtener lecciones del
    cementerio. Y además se acordaba de su propia época de uñas sucias e imaginó
    qué desprecio no sentiría por alguien que le hablara entonces del cementerio
    como de una realidad.
    De repente, Tuda sintió que ella no le gustaba a la doctora. Y, así, junto a esa
    mujer que nada tenía que ver con todas las cosas familiares, en esa sala que nunca
    había visto y que repentinamente era «un lugar», pensó que estaba soñando. ¿Qué
    había venido a hacer ahí? Se preguntó asustada. Todo perdía la realidad en
    relación con su madre, su casa, su último almuerzo, tan pacífico —y no sólo la
    confesión como el inexplicable motivo que la había conducido a la doctora—, le
    habían parecido una mentira, una monstruosa mentira, que ella había inventado
    gratuitamente, sólo para divertirse…

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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Ene 2024, 18:22

    ***
    La prueba es que a ella nadie la utilizaba,
    como una cosa que existe. Decían: «… el vestido de Tuda, las clases de Tuda, las
    amígdalas de Tuda…», pero no decían: «… la infelicidad de Tuda…». ¡Había
    caminado tan deprisa con esa mentira! Ahora estaba perdida, no podía volver
    hacia atrás. Había robado un dulce y no quería comérselo… Pero la doctora la
    obligaría a masticarlo, a engullirlo, como castigo… Ah, escabullirse del
    consultorio y andar sola nuevamente, sin la comprensión inútil y humillante de la
    doctora.
    —Mira, Tuda, lo que me agradaría decirte es que tú un día tendrás lo que
    buscas ahora de una manera tan confusa. Es una especie de calma que viene del
    conocimiento de sí misma y de los demás. Pero no se puede apresurar la llegada
    de ese estado. Hay cosas que sólo se aprenden cuando nadie las enseña. Y con la
    vida es así. Incluso hay más belleza en descubrirla sola, pese al sufrimiento —la
    doctora sintió un repentino cansancio, tenía la impresión de que la arruga número
    3, de la nariz a los labios, se había ahondado. Esa chica le hacía mal y ella quería
    estar sola de nuevo—. Mira, tengo la certeza de que tú también serás muy feliz.
    Los sensibles son más felices e infelices, simultáneamente, que los demás. Pero
    ¡dale tiempo al tiempo! —Cómo era vulgar con facilidad, reflexionó sin amargura
    —. Ve viviendo…
    Sonrió. Y de repente, Tuda sintió ese rostro entrando bien en su alma. No era
    de la boca ni de los ojos de donde venía ese soplo…, soplo divino. Era como una
    sombra terriblemente simpática, que vacilaba sobre la doctora. Y, en ese mismo
    instante, Tuda supo que no era mentira, ¡ah, no! Una alegría, unas ganas de llorar.
    Ah, se arrodillaría delante de la doctora, escondería el rostro en su regazo,
    gritaría: ¡es eso lo que tengo, es eso! ¡Sólo lágrimas!

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    Mensaje por Maria Lua Mar 16 Ene 2024, 20:49

    ***

    La doctora ya no sonreía. Pensaba. Mirándola, así de perfil, Tuda ya no la
    entendía. De nuevo era una extraña. Buscó deprisa, a la otra, a la divina.
    —¿Por qué usted dijo: «Lo que me agradaría decirte…»? ¿Entonces no es
    verdad?
    La joven era más perspicaz de lo que había pensado. No, no era verdad. La
    doctora sabía que se puede pasar la vida entera buscando cualquier cosa por
    detrás de la neblina, sabía también de la perplejidad que trae el conocimiento de
    sí misma y de los demás. Sabía que la belleza de descubrir la vida es pequeña
    para quien busca principalmente la belleza en las cosas. Sí, sabía mucho. Pero
    estaba cansada del duelo. El consultorio nuevamente vacío. Se sumergiría en el
    diván, cerraría las ventanas: la reposada oscuridad. Pues si ése era su refugio, tan
    sólo de ella, donde hasta éste, con su irritante y calma aceptación de felicidad,
    ¡era un intruso!
    Se miraron, y Tuda, decepcionada, sintió que estaba en posición superior a la
    de la doctora, era más fuerte que ella.
    La consejera no había notado que ya se había denunciado con los ojos y
    enmendó, pensativa, la voz arrastrada:
    —¿Yo dije eso? Creo que no… (Viendo bien, ¿qué desea esta chamaca?
    ¿Quién soy yo para dar consejos? ¿Por qué ella no llamó por teléfono? No, mejor
    que no llame, estoy cansada. ¡Sí, que me dejen, sobre todo esto!).
    Nuevamente todo fluctuaba en el consultorio. No había más que decir. Tuda se
    levantó con los ojos húmedos.
    —Espera —la doctora parecía que meditaba un instante—. Mira, vamos a
    hacer un convenio: Tú sigue estudiando sin preocuparte mucho por ti. Y cuando
    cumplas… digamos… veinte años, sí, veinte años, tú regresas aquí… —se animó
    sinceramente: simpatizaba con la chica, habría que darle tal vez un trabajo que la
    ocupara y la distrajera, mientras no pasara el periodo de desajuste. Era muy viva,
    hasta inteligente—. ¿Aceptas? Vamos, Tuda, sé buena niña y concuerda…
    ¡Sí, de acuerdo, de acuerdo! ¡Todo era posible de nuevo! ¡Ah! Sólo que no
    podría hablar, decir cuánto concordaba, cuánto se entregaba a la doctora. Porque
    si hablara, podría llorar, no quería llorar.



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    Mensaje por Maria Lua Vie 19 Ene 2024, 16:02

    ***





    —Pero Tuda… —la sombra divina de su rostro—. Tú no necesitas llorar…
    Vamos, prométeme que serás una mujercita valiente… (Sí, voy a ayudarla. Pero
    ahora el diván, sí, eso, deprisa, me sumergiré en él).
    Tuda enjugó su rostro con las manos.
    En la calle, todo era más fácil, seguro y simple. Había caminado aprisa,
    aprisa. No quería —la desgracia de percibir siempre— acordarse del gesto
    desganado y cansado con el que la doctora le había dado la mano. E incluso el
    ligero suspiro… No, no. ¡Qué locura! Pero poco a poco el pensamiento se asentó:
    había sido una indeseada… Se ruborizó.
    Entró en una heladería y compró un barquillo.
    Pasaron dos muchachitas con el uniforme del colegio, hablando y riendo
    fuerte. Miraron a Tuda con la animosidad que las personas sienten unas con otras
    y que los jóvenes todavía no disimulan. Tuda estaba sola y fue vencida. Pensó, sin
    relacionar el pensamiento con la mirada de las chicas: ¿qué tengo que ver con
    ellas? ¿Quién ha estado junto a la doctora, hablando de cosas misteriosas y
    profundas?
    Y si ellas supieran de la aventura, no entenderían…
    De repente, le pareció que después de haber vivido lo de esa tarde, no podría
    seguir siendo la misma: simplemente estudiando, yendo al cine, paseando con sus
    amiguitas… Se distanciaría de todos, incluso de la antigua Tuda… Algo se había
    desencadenado en ella, su propia personalidad que se había afirmado con la
    certeza de que en el mundo había una correspondiente para ella… Se había
    sorprendido: se podía entonces hablar de… «de eso» como algo palpable, en la
    insatisfacción que ella había escondido con vergüenza y miedo… Ahora…
    Alguien le había removido levemente la niebla misteriosa en la que vivía desde
    hacía algún tiempo y de repente ésta se solidificaba, formaba un bloc, existía. Le
    había faltado hasta el momento quién la reconociera para ella misma
    reconocerse… ¡Todo se transformaba! ¿Cómo? No sabía…
    Siguió caminando con los ojos muy abiertos, cada vez más lúcida. Pensaba:
    antes era de esas que simplemente existen, que se mueven, se casan, tienen hijos.
    Y de ahora en adelante uno de los elementos constantes de su vida sería Tuda,
    consciente, vigilante, siempre presente…
    Le parecía que su destino se había modificado. Pero ¿cómo? ¡Oh, no se logra
    pensar con claridad y las palabras conocidas no logran pensar lo que se siente!
    Un poco orgullosa, deslumbrada, medio decepcionada, se repetía: voy a llevar
    otra vida, diferente de la de Amelia, de mamá, de papá… Procuraba tener una
    visión de su nuevo futuro y sólo lograba verse caminando sola sobre amplias
    planicies desconocidas, los pasos resolutos, los ojos doloridos, caminando,
    caminando… ¿Hacia dónde?
    Ya no se apresuraba hacia su casa. Poseía un secreto, el cual las personas
    nunca podrían compartir. Y ella misma, pensó, sólo participaría de la vida común
    con algunas partículas de sí misma, algunas tan sólo, pero no con la nueva Tuda,
    la Tuda de hoy… ¿Estaría siempre al margen?… —las revelaciones se sucedían
    rápidas, ascendiendo repentinas e iluminándola como pequeños rayos—.
    Aislada…
    De pronto se sintió deprimida, sin apoyo. Se había quedado, de un momento a
    otro, sola… Vaciló, desorientada. ¿Dónde está mamá? No, mamá no. ¡Ah,
    volvería al consultorio, procuraría el soplo divino de la doctora, le pediría que
    no la abandonara, porque tenía miedo, miedo!





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    Mensaje por Maria Lua Vie 19 Ene 2024, 16:03

    ***

    Pero la doctora vivía una vida propia y —otra revelación— nadie salía
    totalmente de sí mismo para ayudar… «tan sólo» vuelve a los veinte años… No te
    presto el vestido, no te presto nada, tú vives pidiendo… ¡No era posible ser
    comprendida! «La pubertad acarrea desórdenes…». «Esa niña no está nada bien,
    Juan, te apuesto que las anginas…».
    —Oh, perdón, señorita… ¿La lastimé?
    Casi perdió el equilibrio con el choque. Quedó atarantada un instante.
    —¿Es que no ve? —El hombre tenía dientes blancos, puntiagudos—. No hay
    de qué… No ha sido nada…
    El muchacho se alejó, con una ligera sonrisa en el rostro redondo.
    Abriendo los ojos, Tuda percibió la calle llena de sol. La brisa fuerte le dio
    un escalofrío. Qué sonrisa tan graciosa la del hombre. Lamió lo que quedaba del
    helado y como nadie la observaba se comió el barquillo (los hombres con las
    manos sucias hacen los barquillos, Tuda). Frunció las cejas. ¡Diablo! (No digas
    diablo, Tuda). Diría lo que quisiera, comería todos los barquillos del mundo,
    haría lo que le viniera en gana.
    De repente se acordó: la doctora… No… No. Ni a los veinte años… A los
    veinte años sería una mujer caminando sobre la planicie desconocida… ¡Una
    mujer! El poder oculto de esta palabra. Porque viendo bien, pensó, ella… ¡Ella
    existía! Le acompañó al pensamiento la sensación de que tenía un cuerpo suyo, el
    cuerpo que el hombre había mirado, un alma suya, el alma que la doctora había
    sensibilizado. Apretó los labios con firmeza, llena de violencia repentina:
    —¡Yo no necesito a la doctora! ¡No necesito de nadie! Siguió caminando,
    apresurada, palpitante, impetuosa de alegría.



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    Mensaje por Maria Lua Dom 21 Ene 2024, 11:45

    ***


    Obsesión


    Ahora que ya he vivido mi aventura puedo recordarla con más serenidad. No
    intentaré hacerme perdonar. Intentaré no acusar. Sucedió, simplemente.
    No me acuerdo con nitidez de su inicio. Me transformé independiente de mi
    conciencia y, cuando abrí los ojos, el veneno circulaba irremediablemente en mi
    sangre, ya de antiguo en su poder.
    Es necesario contar un poco sobre mí, antes de mi contacto con Daniel. Sólo
    así se conocerá el terreno en que sus simientes fueron arrojadas. Aunque no creo
    que se pudiera comprender completamente por qué las semillas resultaron en tan
    tristes frutos.
    Siempre fui sosegada y nunca di pruebas de poseer los elementos que Daniel
    desarrolló en mí. Nací de criaturas sencillas, instruidas en esa sabiduría que se
    adquiere por la experiencia y se adivina por el sentido común. Vivimos, desde mi
    infancia hasta mis catorce años, en una buena casa de los suburbios, donde yo
    estudiaba, jugaba y me movía despreocupadamente bajo la mirada benevolente de
    mis padres.
    Hasta que un día descubrieron a una muchachita, me bajaron lo largo del
    vestido, me hicieron nuevas prendas de ropa y me consideraron casi lista. Acepté
    el descubrimiento y sus consecuencias sin gran alboroto, del mismo modo
    distraído como estudiaba, paseaba, leía y vivía.
    Nos mudamos a una casa más próxima a la ciudad, a un barrio cuyo nombre,
    juntamente con otros detalles posteriores, silenciaré. Allí yo tendría la
    oportunidad de conocer a muchachos y muchachas, decía mamá. En realidad hice
    rápidamente algunas amistades, con mi alegría amena y fácil. Me consideraban
    bonitilla y mi cuerpo fuerte y mi piel clara despertaban simpatía.
    En cuanto a mis sueños, en esa edad tan llena de éstos, eran los de una joven
    cualquiera: casarse, tener hijos y, finalmente, ser feliz, deseo que yo no lo
    precisaba bien y confusamente lo encuadraba en los finales de las mil novelas que
    había leído, sin contagiarme de su romanticismo. Yo tan sólo esperaba que todo
    saliera bien, aunque nunca me contentara si así sucedía.
    A los diecinueve años conocí a Jaime. Nos casamos y alquilamos un
    apartamento bonito, bien amueblado. Vivimos seis años juntos, sin hijos. Yo era
    feliz. Si alguien me preguntaba, yo afirmaba, agregando no sin un poco de
    perplejidad: «¿Y por qué no?»


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    Mensaje por Maria Lua Mar 23 Ene 2024, 18:49

    ***

    Jaime fue siempre bueno conmigo. Y, su temperamento poco ardiente, yo lo
    consideraba de cierto modo una prolongación de mis padres, de mi casa anterior,
    donde me había acostumbrado a los privilegios de hija única.
    Vivía de una manera fácil. Nunca dedicaba un pensamiento más sólido a
    cualquier asunto. Y, como para preservarme todavía más, no creía totalmente en
    los libros que leía. Estaban hechos tan sólo para distraer, pensaba yo.
    A veces, una melancolía sin causa me oscurecía el rostro, una nostalgia tibia e
    incomprensible de épocas nunca vividas habitaba en mí. Nada romántica, se
    alejaba inmediatamente como un sentimiento inútil que no se relaciona con las
    cosas realmente importantes. ¿Cuáles? No las definía bien y las englobaba en la
    expresión ambigua «cosas de la vida». Jaime. Yo. Casa. Mamá.
    Por otro lado, las personas que me rodeaban se movían tranquilas, la cabeza
    libre de preocupaciones, en un círculo donde la costumbre hace mucho había
    ampliado caminos seguros, donde los hechos se explicaban razonablemente por
    causas visibles y los más extraordinarios se relacionaban, no por misticismo sino
    por comodidad, a Dios. Los únicos acontecimientos capaces de perturbar sus
    almas eran el nacimiento, el matrimonio, la muerte y los estados continuos a éstos.
    ¿O me engaño, y en mi feliz ceguera no sabía ver más profundamente? No lo
    sé, pero ahora me parece imposible que en la zona oscura de cada hombre,
    incluso de los pacíficos, no anide la amenaza de otros hombres, más terribles y
    dolorosos.
    Si aquella vaga insatisfacción me llegaba a inquietar, yo, sin saber explicarla
    y acostumbrada a otorgarles un nombre claro a todas las cosas, no la admitía o la
    atribuía a indisposiciones físicas. Además, la reunión de los domingos en casa de
    mis padres, junto con las primas y vecinos, cualquier buen y animado juego me
    reconquistaban rápidamente y me volvían a colocar en el camino amplio,
    caminando entre la multitud de ojos cerrados.
    Noto ahora que cierta apatía, más que paz, tomaba grises mis actos y mis
    deseos. Recuerdo que Jaime había dicho una vez, un poco emocionado:
    —Si nosotros tuviéramos un hijo…



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    Mensaje por Maria Lua Jue 25 Ene 2024, 10:21

    ***


    Respondí, desatenta:
    —¿Pa’ qué?
    Un denso velo me aislaba del mundo y, sin saber, un abismo me distanciaba de
    mí misma.
    Y así seguí hasta que contraje fiebre tifoidea y casi me muero. Mis dos casas
    se movilizaron y con un trabajo de noches y días me salvaron.
    La convalecencia me vino a encontrar flaca y pálida, sin gusto para nada del
    mundo. Apenas me alimentaba, me irritaba con simples palabras. Pasaba el día
    recostada sobre la almohada larga de la cama, sin pensar, sin moverme, atada por
    una anormal y dulce languidez. No afirmo con seguridad que ese estado haya
    favorecido una influencia más fácil de Daniel. Imagino más bien que forzaba mi
    flaqueza para conservar a las personas alrededor de mí, como en la fase de la
    enfermedad. Cuando Jaime llegaba del trabajo, mi aspecto de fragilidad se
    acentuaba a propósito.
    No había planeado asustarlo, pero lo lograba. Y un día, cuando ya hasta había
    olvidado mi actitud de «convaleciente», me comunicaron que pasaría dos meses
    en Belo Horizonte, donde el buen clima y el nuevo ambiente me fortificarían. No
    hubo remedio. Jaime me llevó allá en un tren nocturno. Me consiguió una buena
    pensión y regresó, dejándome sola, sin nada que hacer, arrojada repentinamente
    hacia una libertad que no había pedido ni sabía utilizar.
    Tal vez haya sido el comienzo. Fuera de mi órbita, lejos de las cosas como
    nacidas conmigo, me sentí sin apoyo porque, viendo bien, ni las nociones
    recibidas habían echado raíces en mí, viví yo tan superficialmente. Lo que hasta
    entonces me había sustentado no eran las convicciones, sino las personas que las
    poseían. Por primera vez me daban una oportunidad de ver con mis propios ojos.
    Por primera vez me aislaban conmigo misma. Por las cartas que en aquella época
    escribí y leídas mucho después, observo que un sentimiento de malestar se había
    apoderado de mí. En todas ellas me refería al regreso, deseándolo con cierta
    ansiedad. Eso, no obstante, hasta Daniel.
    No puedo, incluso ahora, acordarme del rostro de Daniel. Hablo de esa
    fisonomía suya de mis primeras impresiones, muy diversa del conjunto al que
    después me acostumbré. Sólo entonces, desgraciadamente un poco tarde, logré,
    por la convivencia, comprender y absorber sus rasgos. Pero eran otros… Del
    primer Daniel nada guardé, más que la huella.







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    Mensaje por Maria Lua Vie 26 Ene 2024, 19:40

    ***
    Sé que él sonreía, solamente eso. De vez en cuando, surge para mí un rasgo
    suyo, aislado, de esos anteriores. Sus dedos curvos y largos, aquellas cejas
    separadas, densas. Nada más. Es que él me dominaba de tal forma que, si así lo
    puedo decir, casi me impedía verlo. Creo realmente que mi angustia posterior se
    acentuó más ante esa imposibilidad de recomponer su imagen. De manera que yo
    sólo poseía sus palabras, el recuerdo de su alma, todo lo que no era humano en
    Daniel. Y en las noches de insomnio, sin poder reconstituirlo mentalmente, ya
    exhausta por las tentativas inútiles, yo lo veía como una sombra, enorme, de
    contornos móviles, aplastante y al mismo tiempo distante como una amenaza.
    Como un pintor que para plasmar el viento fuerte en su tela inclina la copa de los
    árboles, hace revolotear cabelleras y faldas, yo tan sólo lograba recordarlo
    transportándome a mí misma, a la de aquel tiempo. Me martirizaba con
    acusaciones, me despreciaba y, lastimada, herida, lo fijaba en mí vivamente.
    Pero es necesario empezar por el principio, poner un poco de orden en esta
    narrativa…
    Daniel vivía en la pensión donde yo me había alojado. Nunca se había
    dirigido a mí ni yo lo había notado particularmente. Hasta que un día lo oí hablar,
    cayendo repentinamente en una conversación ajena, aunque sin abandonar aquel
    aire suyo de distancia, como si hubiera emergido de un sueño denso. Era sobre el
    trabajo. Que no debería constituir más que un medio de matar el hambre
    inmediata. Y, divirtiéndose, para escandalizar a los espectadores, agregó: en
    cualquier momento abandonaría el suyo, lo que ya había hecho varias veces, para
    vivir como «un buen vagabundo». Un estudiante con gafas, después del primer
    instante de silencio y de reserva que se formó, le objetó fríamente que, ante todo,
    trabajar era un deber. «Un deber para con la sociedad». Daniel tuvo un gesto
    cualquiera, como si no le interesara convencer, y le concedió una frase:
    —Alguien ya ha dicho que no hay fundamento para el deber.
    Salió de la sala dejando al estudiante indignado. Y a mí, sorprendida y
    divertida: nunca había oído a nadie rebelarse contra el trabajo, «una obligación
    tan seria». Lo máximo de sublevación de Jaime o de papá se concretaba
    únicamente a una forma de lamento, sin importancia. De un modo general, yo
    nunca me había acordado de que no se pudiera aceptar, escoger, rebelarse…
    Sobre todo, había percibido, a través de las palabras de Daniel, una falta de
    interés por lo establecido, por las «cosas de la vida»… Y jamás se me había
    ocurrido, más que como ligera fantasía, desear que el mundo fuera diferente de lo
    que era. Me acordé de Jaime, elogiado siempre por el «desempeño de sus
    funciones», como él contaba, y me sentí, sin saber por qué, más segura

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    Mensaje por Maria Lua Vie 26 Ene 2024, 19:41

    ***

    Después, cuando volví a ver a Daniel, me formalicé con una actitud fría e
    inútil, una vez que él apenas me percibía, colocándome así a salvo, al lado de la
    pensión entera. Sin embargo, examinando a todos a la hora de la cena, sentí
    vagamente cierta vergüenza en formar parte de aquel grupo amorfo de hombres y
    mujeres que en un acuerdo tácito se apoyaban y se enfadaban, unidos contra lo
    que les viniera a perturbar su confort. Comprendí que Daniel los despreciaba y
    me irrité porque también a mí me aludía.
    No estaba acostumbrada a demorarme mucho tiempo en algún pensamiento, y
    un ligero malestar, como una impaciencia, se apoderó de mí. Desde entonces, sin
    reflexionar, evitaba a Daniel. Al verlo, imperceptiblemente me ponía en guardia,
    con los ojos abiertos, vigilantes. Me parece que yo temía que él pronunciara
    alguna de esas frases suyas, cortantes, porque temía aceptarlas… Forcé mi
    antipatía, defendiéndome no sé de qué, defendiendo a papá, a mamá, a Jaime y a
    todos los míos. Pero fue en vano. Daniel era el peligro. Y hacia él yo me
    encaminaba.
    Cierta vez, vagaba por la pensión vacía, a las dos de una tarde lluviosa, hasta
    que, oyendo voces en la sala de espera, hacia allá me dirigí. Él conversaba con un
    hombre delgado, vestido de negro. Los dos fumaban, hablando sin prisa,
    envueltos en sus pensamientos a tal punto que ni me vieron entrar. Iba a retirarme,
    pero una curiosidad repentina me atrapó y me condujo a un sillón, alejado de los
    que ellos ocupaban. Finalmente, reflexioné disculpándome, la sala pertenecía a
    los huéspedes. Procuré no hacer ningún ruido.
    En los primeros momentos, para mi sorpresa, nada comprendí de lo que
    hablaban… Gradualmente distinguí algunas palabras conocidas, entre otras que
    yo jamás había oído pronunciar: términos de libros. «La universalidad de…», «el
    sentido abstracto que…». Es necesario saber que yo nunca había participado en
    conversaciones donde el asunto no versara sobre «cosas» e «historias». Yo
    misma, con poca imaginación y poca inteligencia, no pensaba más que de acuerdo
    con mi estrecha realidad.
    Sus palabras se deslizaban sobre mí sin penetrarme. Sin embargo, adiviné,
    singularmente incomodada, que escondían una armonía propia y yo no lograba
    captar… Intentaba no distraerme para no perder la conversación mágica.
    —Las realizaciones matan el deseo —dijo Daniel.
    «Las realizaciones matan el deseo, las realizaciones matan el deseo», me
    repetía yo, un poco deslumbrada. Me perdía de ellos y cuando volvía a poner
    atención ya otra frase misteriosa y brillante había nacido, perturbándome.
    Ahora Daniel hablaba de sí mismo.




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    Mensaje por Maria Lua Dom 28 Ene 2024, 12:30

    ***
    —Lo que me interesa sobre todo es sentir, acumular deseos, llenarme de mí
    mismo. La realización me abre, me deja vacío y saciado.
    —No hay saciedad —dijo el otro, entre las bocanadas de su cigarro—. Viene
    de nuevo la insatisfacción, creando otro deseo que un hombre normal procuraría
    realizar. Tú justificas tu inutilidad con una teoría cualquiera. «Lo que importa es
    sentir y no hacer…». Discúlpame. Tú has fracasado y sólo logras afirmarte por
    medio de la imaginación…
    Yo los escuchaba, aterrada. Me sorprendía no sólo la conversación, sino la
    base en que ésta se apoyaba, cualquier cosa lejos de la verdad de todos los días,
    pero misteriosamente melódica, tocando, adivinaba, en otras verdades
    desconocidas para mí. Y me sorprendía también verlos atacarse con palabras
    poco amables que ofenderían a cualquier otra persona pero que ellos las recibían
    sin atención, como si… como si no supieran lo que significara la palabra
    «honor», por ejemplo.
    Y, sobre todo, por primera vez yo, hasta entonces profundamente dormida,
    vislumbraba las ideas.
    La inquietud que las primeras conversaciones con Daniel me produjeron nacía
    como de una certeza de peligro. Un día llegué a explicarle que al pensamiento de
    ese peligro se relacionaban expresiones leídas en libros con la poca atención que
    generalmente le concedía a todo y que ahora brillaban en mi memoria: «Fruto del
    mal»… Cuando Daniel me dijo que yo hablaba de la Biblia, se apoderó de mí el
    temor de Dios, mezclado, sin embargo, con una curiosidad fuerte y vergonzosa
    como la de un vicio.
    Por todo eso, mi historia es difícil de elucidar, separada de sus elementos.
    ¿Hasta dónde llegó mi sentimiento por Daniel (uso ese término general por no
    saber exactamente cuál era su contenido) y dónde empezaba mi despertar hacia el
    mundo? Todo se entrelazó, confundiéndose dentro de mí y yo no sabría precisar si
    mi desasosiego era el deseo de Daniel o el ansia de buscar el nuevo mundo
    descubierto. Porque desperté simultáneamente como mujer y como humana.
    Tal vez Daniel haya actuado tan sólo como instrumento, tal vez mi destino
    fuera justamente lo que seguí, el destino de los que andan sueltos en la tierra, de
    los que no miden sus acciones por el Bien y por el Mal, tal vez yo, incluso sin él,
    me descubriera un día, tal vez, incluso sin él, huyera de Jaime y de su tierra. ¿Qué
    sé yo?


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    Mensaje por Maria Lua Mar 30 Ene 2024, 22:32

    ***


    Los escuché, cerca de las dos. Mis ojos fijos me dolían y mis piernas, por la
    inmovilidad, quedaron adormecidas. Cuando Daniel me miró. Me dijo más tarde
    que la carcajada que soltó y que tanto me hirió, a punto de hacerme llorar, había
    sido causada por la exaltación en que me hallaba desde hacía días y sobre todo
    por mi lamentable aspecto. Mi boca estúpidamente abierta, «mis ojos tontos,
    atestiguando mi ingenuidad de animal…». Era así como Daniel hablaba conmigo.
    Rasguñándome con frases que le salían incoloras y con facilidad, pero que en mí
    se clavaban, rápidas y agudas, para siempre.
    Y de esa manera conocí a Daniel. No recuerdo los detalles que nos
    aproximaron. Sé tan sólo que fui yo quien lo buscó. Y sé que Daniel se apoderó
    progresivamente de mí. Él me trataba con indiferencia y —yo me lo imaginaba—
    jamás se habría inclinado hacia mi persona si no me hubiera hallado curiosa y
    divertida. Mi actitud de humildad delante de él era mi agradecimiento a su
    favor… Cómo lo admiraba. Mientras más sufría su desprecio, tanto más lo
    consideraba superior, tanto más lo separaba de los «otros».
    Hoy lo comprendo. Todo le perdono, todo les perdono a los que no saben
    vincularse, a los que se hacen preguntas. A los que buscan motivos para vivir,
    como si la vida por sí misma no se justificara.
    Conocí más tarde al verdadero Daniel, al enfermo, al que sólo existía, aunque
    en perpetua claridad, dentro de sí mismo. Cuando se volvía hacia el mundo, ya
    palpante y apagado, se percibía sin apoyo y, amargo, perplejo, descubría que
    solamente sabía pensar. De los que poseen la tierra en un segundo, con los ojos
    cerrados. Ese poder suyo de agotar las cosas antes de tenerlas, esa previsión
    clara del «después»… Antes de iniciar el primer paso hacia la acción, ya
    degustaba la saturación y la tristeza que siguen a las victorias…
    Y, como compensándose de esa imposibilidad de realizar, él, cuya alma tanto
    ansiaba expandirse, había inventado otro camino donde su inactividad cupiera,
    donde pudiera extenderse y justificarse. Realizarse, repetía, he ahí el objetivo
    más elevado y noble. Realizarse sería abandonar la posesión y la realización de
    cosas para poseerse a sí mismo, desarrollar sus propios elementos, crecer dentro
    de sus contornos. Hacer su música y él mismo oírla…
    Como si necesitara de ese programa… Todo en él alcanzaba naturalmente lo
    máximo, no en la objetivación, sino en un estado de capacidad, de exaltación de
    fuerzas, del que nadie se beneficiaba y que era por todos, además de él, ignorado.
    Y ese estado era su auge. Se asemejaba a lo que precedería una realización y él
    ardía por alcanzarlo, sintiéndose, mientras más sufría, más vivo, más castigado,
    casi satisfecho. Era el dolor de la creación, aunque sin ésta.
    Porque cuando todo se diluía, sólo en su memoria quedaba algún vestigio.




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    Mensaje por Maria Lua Miér 31 Ene 2024, 09:09

    ***

    Nunca se concedía un largo reposo, a pesar de la esterilidad de esa lucha y
    por más extenuante que fuera. En breve giraba de nuevo en torno a sí mismo,
    olfateando sus deseos nacientes, adensándolos hasta elevarlos a un punto de
    crisis. Cuando lo lograba, vibraba en el odio, en la belleza o en el amor, y se
    sentía casi pagado.
    Todo le servía de partida. Un pájaro que volaba le recordaba tierras
    desconocidas, hacía respirar su viejo sueño de fuga. De pensamiento a
    pensamiento, inconscientemente dirigido hacia el mismo fin, llegaba a la noción
    de su cobardía, revelada no sólo en ese constante deseo de huir, de no unirse a las
    cosas para no luchar por ellas, como en una incapacidad para realizarlo, ya que lo
    concebía, despedazando sin piedad el humillante sentido común que le detenía el
    vuelo. Ese duelo consigo mismo era el reflejo de su esencia, descubría, y por eso
    continuaría toda su vida… De ahí se tornaba fácil esbozar el futuro, largo,
    jadeante, torpe, hasta el fin implacable: la muerte. Tan sólo eso y había alcanzado
    aquello a donde su tendencia lo guiaba: el sufrimiento.
    Parece loco. Sin embargo, también Daniel tenía su lógica. Sufrir, para él, el
    contemplativo, constituía el único medio de vivir intensamente… Y viendo bien,
    solamente por eso ardía Daniel: por vivir. Únicamente que sus caminos eran
    extraños.
    De tal modo se entregaba al sufrimiento creado y de tal modo éste se tornaba
    fuerte que él llegaba a olvidar su origen provocado y alimentado. Olvidaba que él
    mismo lo había forjado, en él se embebía y de él vivía como de una realidad.
    A veces la crisis, sin ninguna evasión, tomaba un aspecto tan dolorosamente
    denso que él, ahondado en ella, agotándola, ansiaba finalmente liberarse. Creaba
    entonces, para salvarse, un deseo opuesto que la destruyera. Porque en esos
    momentos temía la locura, se sentía enfermo, lejos de todos los humanos, lejos de
    ese hombre ideal que sería un sereno ser animalizado, de una inteligencia fácil y
    confortable. De ese hombre que él nunca alcanzaría, a quien no podía dejar de
    despreciar, con esa altivez alcanzada por los que sufren. De ese hombre, sin
    embargo, a quien envidiaba. Cuando su padecimiento se abultaba demasiado,
    lanzaba los ojos en auxilio hacia ese tipo que, en contraste con su propia miseria,
    le parecía bello y perfecto, lleno de una simplicidad que para él, Daniel, sería
    heroica


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    Mensaje por Maria Lua Jue 01 Feb 2024, 09:06

    ***

    Cansado de la tortura, lo buscaba, lo imitaba, en una inesperada sed de paz.
    Era siempre esta fuerza opuesta que se presentaba a sí mismo cuando alcanzaba el
    extremo doloroso de su crisis. Se permitía un poco de equilibrio como una tregua,
    pero que el tedio invadía. Hasta que, con la voluntad mórbida de sufrir
    nuevamente, adensaba ese tedio, lo transformaba en angustia.
    Vivía en este ciclo. Tal vez hubiera permitido mi aproximación en uno de esos
    momentos en que necesitaba de la «fuerza opuesta». Yo, me parece que ya lo dije,
    poseía una buena apariencia de salud, con mis gestos medidos y mi cuerpo recto.
    Y, ahora lo sé, procuró aplastarme y humillarme tanto porque me envidiaba. Quiso
    despertarme, porque deseaba que también yo sufriera, como un leproso que
    secretamente ambiciona transmitir su lepra a los sanos.
    Sin embargo, ingenua, en él me ofuscaba exactamente su tortura. Incluso su
    egoísmo, incluso su maldad lo asemejaban a un dios destronado, a un genio. Y,
    además, ya lo amaba.
    Hoy tengo pena de Daniel. Después de haberme sentido desamparada, sin
    saber qué hacer de mí, no deseando seguir el mismo pasado de calma y de muerte,
    y no logrando, el hábito del confort, dominar un futuro diferente, ahora entiendo
    hasta qué punto Daniel era libre y hasta qué punto era infeliz. Por su pasado —
    oscuro, lleno de sueños frustrados— no había logrado situarse en el mundo
    conformado, medio feliz, del promedio. En cuanto al futuro, lo temía demasiado
    porque conocía bien sus propios límites. Y porque, a pesar de conocerlos, no se
    había resignado a abandonar aquella ambición enorme, indefinida, que, después
    ya inhumana, se dirigía más allá de las cosas de la Tierra. Fallando en la
    realización de lo que se le presentaba a los ojos, se había vuelto hacia lo que
    nadie, lo adivinaba, podría realizar.
    Por extraño que parezca, sufría por lo desconocido, por aquello que, «por una
    conspiración de la naturaleza», jamás tocaría siquiera un instante con los
    sentidos, «al menos para saber de su materia, de su color, de su sexo». «De su
    calificación en el mundo de las perfecciones y de las sensaciones», me dijo una
    vez, en mi regreso a su compañía. Y el mayor mal que Daniel me hizo fue
    despertar en mí misma ese deseo que, en todos nosotros, está latente. En algunos
    despierta y envenena únicamente, como en mi caso y en el de Daniel. A otros
    conduce a los laboratorios, viajes, experiencias absurdas, a la aventura. A la
    locura.
    Sé ahora algo sobre los que buscan sentir para saberse vivos. Caminé también
    en ese viaje peligroso, tan pobre para nuestra terrible ansiedad. Y casi siempre
    decepcionante. Aprendí a hacer que mi alma vibrara y sé que, en cuanto a eso, en
    lo más profundo del propio ser, se puede permanecer vigilante y frío, tan sólo
    observando el espectáculo que a sí mismo se ha proporcionado. Y cuántas veces
    casi con tedio…




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    Mensaje por Maria Lua Vie 02 Feb 2024, 11:23

    ***
    Ahora yo lo comprendería. Pero entonces solamente veía a Daniel sin
    flaquezas, soberano y distante, que me hipnotizaba. Poco sé sobre el amor. Tan
    sólo recuerdo que lo temía y lo buscaba.
    Hizo que le contara mi vida, a lo cual obedecí, temerosa, con palabras
    rebuscadas para no parecerle muy estúpida. Porque él no vacilaba en hablar sobre
    mi falta de inteligencia, con las expresiones más crueles. Le contaba, obediente,
    pequeños hechos pasados. Él oía, el cigarro en los labios, los ojos distraídos. Y
    terminaba por decir, con aquel tono únicamente suyo, mezcla de deseo contenido
    de reír, de cansancio y de desdén benevolente:
    —Muy bien, bastante feliz…
    Yo me ruborizaba, no sé por qué llena de rabia, herida. Pero nada replicaba.
    Un día le hablé sobre Jaime y él dijo:
    —Interesante, muy normal.
    Sí, las palabras son muy comunes, pero el modo como eran pronunciadas me
    revolucionaban, me avergonzaban en lo que tenía de más oculto.
    —Cristina, ¿tú sabes que vives?
    —Cristina, ¿es bueno ser inconsciente?
    —Cristina, ¿tú nada quieres, no es eso mismo?
    Yo lloraba después, pero volvía a buscarlo, porque empezaba a concordar
    con él y secretamente esperaba a que se dignara iniciarme en su mundo. Y cómo
    sabía humillarme. Llegó a extender sus garras a Jaime, a todos mis amigos,
    amasándolos como algo despreciable. No sé lo que, desde el principio, impidió
    que me rebelara. No sé. Únicamente me acuerdo de que para su egoísmo era un
    placer dominar y de que yo fui fácil.
    Un día, lo vi animarse repentinamente, como si la inspiración le pareciera
    feliz y cómica al mismo tiempo:
    —Cristina, ¿quieres que yo te despierte?
    Y, antes de que pudiera reír, ya me observaba asintiendo con la cabeza,
    concordando.
    Empezaron entonces los paseos extraños y reveladores, aquellos días que
    dejaron huella en mí para siempre.
    Él apenas concedería mirarme, me hacía percibir, si no hubiera resuelto
    transformarme. Loco como parezca, él repetía varias veces: quería
    transformarme, «soplar en mi cuerpo un poco de veneno, del buen y terrible
    veneno»…


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    Mensaje por Maria Lua Sáb 03 Feb 2024, 21:42

    ***

    Se inició mi educación.
    Él hablaba, yo escuchaba. Supe de vidas negras y bellas, supe del sufrimiento
    y del éxtasis de los «privilegiados por la locura».
    —Medita sobre ellos, tú, con tu feliz medio término.
    Y yo pensaba. Me horrorizaba el mundo nuevo que la voz persuasiva de
    Daniel me hacía vislumbrar, a mí, que siempre había sido una oveja quieta. Me
    horrorizaba, no obstante ya me atraía con la fuerza aspirante de una caída…
    —Prepárate para sentir conmigo. Oye este fragmento con la cabeza hacia
    atrás, los ojos entrecerrados, los labios abiertos…
    Yo fingía reír, fingía obedecer por juego, como disculpándome ante los
    amigos de otrora. Delante de mis propios ojos, por admitir tamaño yugo. Nada, no
    obstante, era más serio para mí.
    Él, impasible, perfeccionándome como para un ritual, insistía, grave:
    —Más languidez en la mirada… La nariz más leve, lista para absorber
    profundamente…
    Yo obedecía. Y sobre todo obedecía procurando no contrariarlo en nada,
    poniéndome en sus manos y pidiendo perdón por no darle más. Y porque nada me
    pedía, nada de lo que yo ya no dudaría en ofrecerle, caía aún más en la certeza de
    mi inferioridad y de nuestra distancia.
    —Más abandono. Deja que mi voz sea tu pensamiento.
    Yo oía: «Para los que yacen encarcelados (no sólo en las prisiones,
    interrumpía Daniel) las lágrimas forman parte de la experiencia cotidiana; día sin
    lágrimas es un día en que el corazón está endurecido, no un día en que el corazón
    está feliz»… «puesto que el secreto de la vida es ofrecer. Esta verdad está
    contenida en todas las cosas».
    Y poco a poco, realmente, yo entendía… Aquella voz lenta terminó por arder
    en mi alma, revolviéndola profundamente. Había caminado largos años por las
    grutas y de repente descubría la radiante salida hacia el mar… Sí, le grité una vez
    apenas respirando, ¡yo sentía! Él únicamente sonrió, aún no estaba contento.
    Sin embargo, era la verdad. Yo tan simple y primitiva, que jamás había
    deseado algo con intensidad. Yo, inconsciente y alegre, «porque poseía un cuerpo
    alegre»… De repente despertaba: qué vida tan oscura había tenido hasta entonces.
    Ahora… Ahora yo renacía. Vivamente, en el dolor, en ese dolor que dormía
    quieto y ciego en el fondo de mí misma.
    Me volví nerviosa, agitada, pero inteligente. Los ojos siempre inquietos. Casi
    no dormía.






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    Mensaje por Maria Lua Dom 04 Feb 2024, 19:54

    ***

    Jaime me vino a visitar, a pasar dos días conmigo. Al recibir su telegrama, me
    puse pálida. Anduve como tonta, pensando en un medio para no dejar que Daniel
    lo viera. Yo tenía vergüenza de Jaime.
    Bajo el pretexto de que deseaba probar un hotel, reservé un cuarto en uno de
    éstos. Jaime no desconfió del motivo real, como era de esperar. Y eso me
    aproximó más a Daniel. Ansiaba lejanamente que mi marido reaccionara por mí,
    que me retirara de aquellas manos locas. Temía no sé qué.
    Fueron dos días horribles. Me odiaba porque me avergonzaba de Jaime y, sin
    embargo, hacía lo posible para esconderme con él en los lugares donde Daniel no
    nos viera…
    Cuando él partió, finalmente, entre aliviada y desamparada, me concedí una
    hora de descanso, antes de volver con Daniel. Trataba de posponer el peligro,
    pero nunca se me había ocurrido huir.
    Confiaba en que antes de mi partida Daniel me quisiera.
    Sin embargo, la noticia de que mi mamá estaba enferma me vino a llamar a
    Río antes de ese día. Yo debía partir.
    Hablé con Daniel.
    —Una tarde más y tal vez ya nunca nos veamos —arriesgué temerosa.
    Él se rió bajito.
    —Ciertamente tú volverás.
    Tuve la nítida impresión de que él intentaba sugerirme el regreso como una
    orden. Me había dicho un día: «Las almas débiles como la tuya son fácilmente
    llevadas a cualquier locura con tan sólo una mirada por almas fuertes como la
    mía». Sin embargo, ciega como estaba, me alegré con este pensamiento. Y,
    olvidando que él mismo ya había afirmado su indiferencia hacia mí, me aferré a
    esa posibilidad: «Si me sugiere que lo busque un día… ¿No es porque me
    quiere?».
    Le pregunté, intentando sonreír:
    —¿Volver? ¿Para qué?
    —Tu educación… Todavía no está completa.
    Caí dentro de mí misma, en un pesado desaliento que me dejó lasa y vacía por
    unos momentos. Sí, era forzoso reconocerlo, él jamás se había perturbado
    siquiera con mi presencia. Pero, de nuevo, aquella frialdad me excitaba, lo
    engrandecía ante mis ojos. En una de esas exaltaciones repentinas que se habían
    vuelto frecuentes en mí, tuve el deseo de arrodillarme cerca de él, rebajarme,
    adorarlo. Nunca más, nunca más, pensé asustada. Temí asustada. Temí no soportar
    el dolor de perderlo.
    —Daniel —le dije en voz baja.


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    Mensaje por Maria Lua Lun 05 Feb 2024, 21:13

    ***

    Él levantó los ojos y, frente a mi rostro angustiado, los entrecerró,
    analizándome, comprendiéndome. Hubo un largo minuto de silencio. Yo esperaba
    y temblaba. Sabía que ese instante era el primero realmente vivo entre nosotros,
    el primero que nos ataba directamente. De repente, aquel momento me separaba
    de todo mi pasado y en una singular previsión adiviné que éste se destacaría
    como un punto rojo en el transcurso de mi vida.
    Yo esperaba y en la expectativa, con todos los sentidos atentos, desearía
    inmovilizar todo el universo, temiendo que una hoja se moviera, que alguien nos
    interrumpiera, que mi respiración, un gesto cualquiera rompieran el hechizo del
    momento, se desvaneciera y nos hiciera caer nuevamente en la distancia y en lo
    vacuo de las palabras. La sangre me latía sordamente en las muñecas, en el pecho,
    en la cabeza. Las manos heladas y húmedas, casi insensibles. Mi ansiedad me
    ponía en una tensión extrema, como lista para arrojarme a un remolino, como lista
    para enloquecer. En un pequeño movimiento de Daniel, exploté casi con un grito,
    como si él me hubiera sacudido con violencia:
    —¿Y si yo regresara?
    Recibió la frase con desagrado, como siempre en que «mi intensidad de
    animal lo ofendía». Fijó sus ojos en mí y progresivamente sus rasgos se
    transformaron. Enrojecí. La constante preocupación de alcanzar sus pensamientos
    no me había concedido el poder de penetrar en los más importantes, pero había
    adiestrado mi intuición en cuanto a los menores. Yo sabía que, para que Daniel se
    apiadara de mí, yo debería mostrarme ridícula. Ni el hambre ni la miseria de
    alguien lo conmovían más que la falta de estética. Los cabellos sueltos, húmedos
    de sudor, me caían sobre el rostro enrojecido y el dolor, al que mi fisonomía,
    durante largos años calmada, aún no se había habituado, debería encorvar mis
    facciones, impregnarles una nota grotesca. En el momento más grave de mi vida
    yo me presentaba ridícula, lo decía la mirada de disgusto de Daniel.
    Permaneció en silencio. Y, como después de una larga explicación, agregó,
    con la voz lenta y serena:
    —Y además, tú me conoces más de lo que sería necesario para vivir conmigo.
    Ya he hablado mucho —una pausa. Encendió el cigarro sin prisa. Me miró muy al
    fondo de los ojos y con una medio sonrisa concluyó—: Yo te odiaría el día en que
    nada más tuviera que decírtelo.
    Ya había sido bastante pisoteada para no sentirme herida. Era la primera vez,
    no obstante, que él me rechazaba claramente, a mí, a mi cuerpo, a todo lo que yo
    poseía y que le ofrecía con los ojos cerrados.




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    Mensaje por Maria Lua Jue 08 Feb 2024, 20:24

    ***


    Aterrorizada con mis propias palabras que me arrastraban
    independientes a mí, proseguí con humildad, intentando agradarlo.
    —¿Contestarás al menos mis cartas?
    Él tuvo un imperceptible movimiento de impaciencia. Pero me
    respondió, con la voz controlada, apacible:
    —No. Lo cual no impide que tú me escribas.
    Antes de retirarme, me besó. Me besó en los labios, sin que mi
    inquietud se apaciguara. Porque lo hacía por mí. Y mi deseo era que él
    sintiera placer, que se humanizara, se humillara.
    Mamá se alivió con rapidez. Y yo había regresado con Jaime,
    definitivamente.
    Retomé la vida anterior. Sin embargo, me movía como una ciega, en
    una especie de somnolencia que tan solo se sacudía de mí mientras le
    escribía a Daniel. Nunca recibí una palabra suya. Nada más aguardaba. Y
    seguía escribiendo.
    A veces, mi estado se agravaba y cada instante se tornaba doloroso
    como una pequeña flecha que se clavaba en mi cuerpo. Pensaba en huir, en
    correr hacia Daniel. Caía en una fiebre de movimientos que en vano
    procuraba disciplinar en trabajos caseros para no despertar la atención de
    Jaime y de la criada.
    Página 37
    Seguía un estado de lasitud en que sufría menos. Pero, incluso en ese
    periodo, no me sosegaba completamente. Me escrutaba atenta: «¿Volvería
    eso?». Me refería a la tortura con palabras vagas, como si de este modo la
    alejara.
    En momentos de mayor lucidez, me acordaba de que él me había dicho
    un día:
    —Es necesario saber sentir, pero también saber cómo dejar de sentir,
    porque si la experiencia es sublime, se puede volver igualmente peligrosa.
    Aprende a encantar y a desencantar. Observa, te estoy enseñando algo que
    es precioso: la magia opuesta al «ábrete, Sésamo». Para que un sentimiento
    pierda el perfume y deje de intoxicarnos, nada hay mejor que exponerlo al
    sol.



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    Mensaje por Maria Lua Jue 08 Feb 2024, 20:24

    ***

    Había intentado pensar en lo que había sucedido con nitidez y
    objetividad para reducir mis sentimientos a un esquema, sin perfume, sin
    entrelíneas. Vagamente me parecía una traición. A Daniel, a mí misma. Lo
    había intentado, afortunadamente. Simplificando mi historia, en dos o tres
    palabras, exponiéndola al sol, me parecía realmente irrisoria, pero no me
    contagiaba la frialdad de mis pensamientos y más bien imaginaba que se
    trataba del caso de una mujer desconocida con un hombre desconocido.
    No, estos nada tenían que ver con la opresión que me aplastaba, con
    aquella nostalgia dolorosa que me desorbitaba los ojos y aturdía la mente…
    E incluso, lo había descubierto, temía liberarme. «Eso» había crecido
    demasiado dentro de mí, me llenaba. Quedaría desamparada si me curara.
    Al final, ¿qué era lo que ahora sentía, sino un reflejo? Si aboliera a Daniel,
    sería un espejo blanco.
    Me había tornado vibrante, extrañamente sensible. No soportaba más
    aquellas amenas tardes en familia que anteriormente tanto me habían
    distraído.
    —Hace calor, ¿verdad, Cristina? —decía Jaime.
    —Hace dos semanas que estoy intentando esta puntada y no la logro
    —decía mamá.
    Jaime atajaba, desperezándose:
    —Imagina, hacer ganchillo con un tiempo de estos.
    —El demonio no es hacer ganchillo, es estarse rompiendo la cabeza
    para hallar la tal puntada —replicaba papá.
    Pausa.
    —Mercedes acabará también comprometida con ese muchacho —
    informaba mamá.
    Página 38
    —Incluso fea como es —respondía papá distraído, dándole vuelta a la
    hoja del periódico.
    Pausa.
    —El jefazo decidió ahora usar el sistema de envío de la…
    Yo disimulaba la angustia e inventaba un pretexto para retirarme por
    unos momentos. En la habitación mordía el pañuelo, sofocando los gritos
    de desesperación que amenazaban mi garganta. Caía en la cama, con el
    rostro hundido en la almohada grande, esperando que algo sucediera y me
    salvara… Empezaba a odiarlos, a todos. Y deseaba abandonarlos, huir de
    ese sentimiento que se desarrollaba a cada instante, mezclado a una
    insoportable piedad de ellos y de mí misma. Como si todos juntos
    fuéramos víctimas de la misma e irremediable amenaza.
    Intentaba reconstituir la imagen de Daniel, rasgo por rasgo. Me parecía
    que si lo recordara nítidamente tendría una especie de poder sobre él.
    Retenía la respiración, me estiraba, me apretaba los labios. Un momento…
    Un momento más y lo tendría, gesto por gesto… Su figura ya se formaba,
    nebulosa… Y finalmente, poco a poco, desolada, yo la percibía
    desvanecerse. Tenía la impresión de que Daniel huía de mí, sonriendo. Sin
    embargo, su presencia no me abandonaba. Una vez, estando con Jaime, yo
    la había sentido y me ruboricé. Lo había imaginado que nos miraba, con su
    sonrisa calmada e irónica:
    —Bien, veamos, una pareja feliz…






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    Mensaje por Maria Lua Jue 08 Feb 2024, 20:25

    ***


    Me había estremecido de vergüenza y durante varios días apenas
    lograba soportar la sombra de Jaime. Pensaba en Daniel, con mayor
    intensidad aún. Frases suyas giraban dentro de mí como un torbellino.
    Una u otra se destacaba y me perseguía horas y horas. «La única actitud
    digna de un hombre es la tristeza, la única…».
    Lejos de él, empezaba a comprenderlo mejor. Me acordaba de que
    Daniel no sabía realmente reír. A veces, cuando yo decía algo gracioso y si
    lo sorprendía distraído, veía su rostro como si se partiera, con una mueca
    que contrariaba aquellas arrugas nacidas únicamente del dolor y de la
    meditación. Un aire a un tiempo infantil y cínico, indecente casi, como si
    él estuviera haciendo algo prohibido, como si estuviera engañando,
    robándole a alguien.
    Yo no soportaba verlo en esos instantes raros. Bajaba la cabeza, vejada,
    llena de una piedad que me hacía mal. Realmente él no sabía ser feliz. Tal
    vez nunca se lo hubieran enseñado, ¿quién sabe? Siempre tan solo, desde la
    Página 39
    adolescencia, tan lejos de cualquier gesto amigo. Hoy, sin odio, sin amor,
    con indiferencia solamente, de cuánta bondad yo sería capaz.
    Pero en aquel tiempo… ¿Lo temía? Sentía tan solo que él surgiera en
    cualquier momento, una expresión suya haría que lo siguiera para siempre.
    Soñaba con ese instante, imaginaba que, a su lado, me liberaría de él.
    ¿Amor? Deseaba acompañarlo, para estar del lado más fuerte, para que él
    me preservara, como quien se anida en los brazos del enemigo para estar
    lejos de sus flechas. Era diferente del amor, lo descubría: yo lo quería como
    quien tiene sed y desea el agua, sin sentimientos, sin ganas realmente de
    felicidad.
    A veces me concedía otro sueño, sabiéndolo más imposible aún: él me
    amaría y yo me vengaría, sintiéndome… No, no superior, pero igual a él.
    Porque, si me quisiera, estaría destruida aquella frialdad suya poderosa, su
    desdén irónico e inquebrantable que tanto me fascinaba. En cuanto a eso,
    yo nunca podría ser feliz. Él me perseguía.


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    Mensaje por Maria Lua Jue 08 Feb 2024, 20:27

    ***

    Sí, sé que lo repito, qué error, confundo hechos y pensamientos en esta
    corta narrativa. Sin embargo, incluso así, con qué esfuerzo reúno sus
    elementos y los arrojo sobre el papel. Ya dije que no soy inteligente ni
    culta. Y tan solo sufrir no basta.
    Sin hablar, con los ojos cerrados, hay algo debajo de mi pensamiento,
    más profundo y más fuerte, que pretende reconstruir lo que pasó y que, en
    un huidizo instante, lo veo con nitidez. Pero mi cerebro es débil y no logro
    transformar ese minuto vivo en una reflexión.
    Sin embargo, todo es verdad. Y debo reconocer otros sentimientos
    aún, igualmente verdaderos. Muchas veces, pensando en él, en una
    transición lenta, me veía sirviéndolo como una esclava. Sí, lo admitía,
    trémula y asustada: yo, con un pasado estable, convencional, nacida en la
    civilización, sentía un placer doloroso en imaginarme a sus pies, como
    esclava… No, no era amor. Me horrorizaba: era el envilecimiento,
    envilecimiento… Me sorprendía mirándome al espejo buscando en el
    rostro algún rasgo nuevo, nacido del dolor, de mi vileza, y que pudiera
    conducir mi razón a los instintos en tumulto que aún yo no quería aceptar.
    Procuraba aliviar mi alma, mortificándome, susurrando entre los dientes
    apretados: «Vil… despreciable…». Me respondía, pusilánime: «Pero, dios
    mío (con letra minúscula como él me había enseñado), yo no soy culpable,
    yo no soy culpable…». ¿De qué? Yo no lo podía definir. Algo horrible y
    fuerte crecía dentro de mí, algo que me aterraba. Era tan solo eso lo que
    sabía.
    Página 40
    Y confusamente, delante de su recuerdo, me encogía, me unía a Jaime,
    acogiéndolo con cariño hacia mí, en el deseo de protegernos, a ambos,
    contra él, contra su fuerza, contra su sonrisa. Porque, sabiendo
    afortunadamente que estaba lejos, lo imaginaba presenciando mis días y
    sonriendo a algún pensamiento secreto, de esos que yo apenas adivinaba su
    existencia, sin jamás lograr penetrar el sentido. Procuraba, después de
    tanto tiempo, más de un año, como para justificarme, a Jaime y nuestra
    vida burguesa, de tal modo él se había apoderado de mi alma. Aquellas
    largas charlas en las que yo tan solo lo oía, aquella llama que se encendía en
    mis ojos, aquella mirada lenta, pesada de conocimiento, bajo los párpados
    gruesos, me habían fascinado, habían despertado en mí sentimientos
    oscuros, el deseo doloroso de profundizar en no sé qué, para alcanzar no
    sé qué cosa… Y sobre todo habían despertado en mí la sensación de que en
    mi cuerpo y en mi espíritu palpitaba una vida más profunda y más intensa
    que la que yo vivía






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    Mensaje por Maria Lua Sáb 10 Feb 2024, 19:37

    ***

    De noche, sin dormir, como si hablara con alguien invisible, me decía
    bajito, vencida: «Concuerdo, concuerdo que mi vida es confortable y
    mediocre, concuerdo, es pequeño todo lo que tengo». Sentía que meneaba
    su cabeza benevolente. «¡No puedo, no puedo!», me gritaba a mí misma,
    abarcando en ese lamento mi imposibilidad de dejar de quererlo, de
    continuar en aquel estado, de, principalmente, seguir los caminos
    grandiosos que él había empezado a mostrarme y donde yo me perdía,
    minúscula y desamparada.
    Había sabido de vidas ardientes, pero había vuelto a mí misma, trivial.
    Él me había dejado entrever lo sublime y había exigido que también yo me
    quemara en el fuego sagrado. Yo me debatía sin fuerzas. Todo lo que yo
    había aprendido con Daniel me hacía ver únicamente la pequeñez de mi
    vida cotidiana y maldecirla. Mi educación no había terminado, él bien lo
    había dicho.
    Me sentía sin apoyo, intentaba evadirme con lágrimas. No obstante, mi
    actitud frente al sufrimiento era aún de perplejidad.
    ¿Cómo tuve fuerzas para destruir todo lo que había sido, para herir a
    Jaime, tornar infelices a papá y a mamá, ya viejos y cansados?
    En el periodo que antecedió a mi resolución, como en los que preceden
    a la muerte, en ciertas enfermedades, tuve momentos de tregua.
    En aquel día, Dora, una amiga, había venido a mi casa para ver si me
    distraía de unos dolores de cabeza, que yo ponía como pretexto para
    abandonarme libremente a la melancolía, sin que me inquietara. Fue una
    frase suya, si mal no recuerdo, la que me precipitó hacia Daniel por otros
    caminos.
    —Querida, tú necesitas oír hablar a Armando sobre música. Tú dirías
    que él habla del platillo más sabroso del mundo o de la mujer más «no sé
    qué». Con una versatilidad, como si masticara cada notita y tirara los
    huesos…
    Pensé en Daniel, que, por lo contrario, todo lo inmaterializaba. Incluso
    en su único beso, yo había imaginado recibirlo sin labios. Me estremecí: no
    empobrecería su memoria. Pero otro pensamiento continuó lúcido e
    imperturbable: él decía que el cuerpo era un accesorio. No, no. Un día
    había mirado con repugnancia y censura mi blusa que palpitaba después de
    la carrera para tomar el autobús. Repugnancia, ¡no! Él me había dicho,
    continuaba el otro pensamiento frío: «Tú comes chocolate como si fuera la
    cosa más importante del mundo. Tú tienes un gusto horrible por las
    cosas». Él comía como quien arruga un pedazo de papel.
    Repentinamente, tuve conciencia de que mucha gente se reiría de
    Daniel, con una de esas risas orgullosas y ambiguas que los hombres se
    lanzan unos a otros. Tal vez yo misma lo despreciara si no estuviera
    enfermo… Ante ese pensamiento, algo se rebeló dentro de mí,
    extrañamente: Daniel…
    Me sentía repentinamente exhausta, ya sin fuerzas para seguir. Cuando
    sonó el teléfono. Es Jaime, pensé. Era como si yo huyera de Daniel… Ah,
    un apoyo. Contesté, ávida.
    —¿Sí, Jaime?
    —¿Cómo sabías que era yo? —habló su voz gangosa y risueña.
    Como si me hubieran echado agua fresca en el rostro. Jaime. Mis
    nervios se relajaron. Jaime, tú existes. Eres real. Tus manos son fuertes, me
    aceptan. A ti también te gusta el chocolate.
    —¿Vas a tardar?
    —No, hija. Llamaba para saber si quieres algo de la ciudad.
    Luché todavía un instante para no analizar su frase distraída. Porque
    últimamente todo lo comparaba a lo que de bello y profundo me había
    dicho Daniel. Y apenas me sosegaba, cuando concordaba con el Daniel
    invisible: sí, él es trivial, mediocremente, increíblemente feliz…
    —No quiero nada. Pero vente ya, ¿vale? (Ya, querido, antes de que
    Daniel venga, antes de que yo cambie, ¡ya!). ¡Bueno! ¡Bueno! Escucha, si
    quieres traer algo, compra bombones… chocolate… Sí. Sí. Hasta luego.




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    Mensaje por Maria Lua Lun 12 Feb 2024, 10:55

    ***

    Cuando Dora se despidió, me puse frente al espejo y me arreglé como
    hace meses no lo hacía. Pero la ansiedad me quitaba la paciencia, me dejaba
    los ojos brillantes, los movimientos rápidos. Sería una prueba, la prueba
    final.
    Cuando él apareció, cesó de repente mi inquietud. Sí, pensé
    profundamente aliviada, estaba calmada, casi feliz: Daniel no había surgido.
    Él notó el cambio en el peinado, las uñas. Me besó despreocupado. Le
    agarré las manos, las pasé por mis mejillas, por la cabeza.
    —¿Qué tienes, Cristina? ¿Qué te sucede?
    No respondí, pero miles de campanillas repicaron dentro de mí. Mi
    pensamiento vibró como un grito agudo: «Solo eso, solo eso, ¡me voy a
    liberar! ¡Soy libre!».
    Nos sentamos en el sofá. Y en el silencio de la sala, sentí paz. Nada
    pensaba y me apoyaba en Jaime con serenidad.
    —¿No podríamos quedarnos así la vida entera?
    Él se rio. Alisó mis manos.
    —¿Sabes? Me gustas más sin el barniz en las uñas…
    —Concedido el pedido, mi señor.
    —Pero no fue un pedido: fue una orden…
    Después de nuevo el silencio, venteándome los oídos, los ojos,
    quitándome las fuerzas. Estaba bien, suavemente bien. Él pasó las manos
    sobre mis cabellos.
    Entonces, como si una lanza me hubiera traspasado la espalda, me
    enderecé repentinamente en el sofá, abrí los ojos, los fijé, dilatados, en el
    aire…
    —¿Qué pasa? —me preguntó Jaime inquieto.
    Sus cabellos… Sí, sí, pensé con una ligera sonrisa de triunfo, sus
    cabellos eran negros… Los ojos… Un momento… Los ojos… ¿Negros
    también?
    Esa misma noche, decidí irme.
    Y, de repente, no pensé más en el asunto, estuve despreocupada, le hice
    agradable la velada a Jaime. Me acosté serena y dormí hasta el día siguiente,
    como no lo había hecho hacía mucho.
    Esperé a que Jaime se fuera al trabajo. Mandé a la criada a su casa, de
    descanso. Acomodé en una pequeña maleta lo esencial.




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