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    Mensaje por Maria Lua Lun 04 Dic 2023, 10:12


    La salida del tren



    La salida era en la Central con su reloj enorme, el más grande del mundo.
    Marcaba las seis de la mañana. Ángela Pralini pagó el taxi y tomó su pequeña
    valija. Doña María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo descendió del Opel de la
    hija y se encaminaron hacia las vías. La vieja iba bien vestida y con joyas. De las
    arrugas que la ocultaban salía la forma pura de una nariz perdida en la edad, y de
    una boca que en otros tiempos debía haber sido llena y sensible. Pero qué
    importa. Se llega a un cierto punto y lo que fue no importa. Comienza una nueva
    raza. Una vieja no puede comunicarse. Recibió el beso helado que su hija le dio
    antes de que el tren saliera. Primero la ayudó a subir al vagón. Aunque en éste no
    había un centro, ella se colocó de lado. Cuando la locomotora se puso en
    movimiento, se sorprendió un poco: no esperaba que el tren siguiera en esa
    dirección y se encontró sentada de espaldas al camino.
    Ángela Pralini advirtió el movimiento y preguntó:
    —¿Quiere cambiar de lugar conmigo?
    Doña María Rita lo rechazó con delicadeza, dijo que no, muchas gracias, a
    ella le daba lo mismo. Pero parecía haberse perturbado. Se pasó la mano sobre el
    camafeo afiligranado de oro, prendido en el pecho, se pasó la mano por el
    broche, la quitó, la llevó hasta el sombrero de fieltro con una rosa de paño, la
    retiró. Seca. ¿Ofendida? Al final, le preguntó a Ángela Pralini:
    —¿Es por mí por lo que desea cambiar de lugar?
    Ángela Pralini dijo que no, se sorprendió, la vieja se sorprendió por el mismo
    motivo: no se reciben atenciones de una viejita. Ella sonrió un poco demasiado y
    los labios cubiertos de talco se partieron en surcos secos: estaba encantada. Y un
    poco agitada:
    —Qué amabilidad la suya —le dijo—, qué gentileza.



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    Mensaje por Maria Lua Lun 04 Dic 2023, 10:13

    ***
    Hubo un movimiento de perturbación porque Ángela Pralini se rió también, y
    la vieja continuaba riendo, mostrando una dentadura muy limpia. Dio
    discretamente un tirón hacia abajo al cinturón que la apretaba demasiado.
    —Qué amable —repitió.
    Se recompuso un tanto deprisa, cruzó las manos sobre la bolsa que contenía
    todo lo que se podía imaginar. Las arrugas, mientras reía, habían tomado un
    sentido, pensó Ángela. Ahora eran otra vez incomprensibles, superpuestas en un
    rostro otra vez inmoderable. Pero Ángela le había quitado la tranquilidad. Ya
    conocía a muchas jóvenes nerviosas que se decían: si me río un poco más lo
    arruino todo, va a ser ridículo, tengo que parar, y era imposible. La situación era
    muy triste. Con inmensa piedad, Ángela vio la cruel verruga en el mentón, verruga
    de la cual salía un pelo negro y tieso. Pero Ángela le había quitado la
    tranquilidad. Se daba cuenta de que sonreiría en cualquier momento: Ángela la
    ponía en ascuas. Ahora era una de esas viejitas que parecen pensar que están
    siempre atrasadas, que se pasaron de la hora. No se contuvo un segundo más, se
    incorporó y observó por su ventana, como si fuera imposible mantenerse sentada.
    —¿Quiere levantar el cristal? —le dijo un chico que oía a Haendel en una
    radio a pilas.
    —¡Ah! —exclamó ella, aterrorizada.




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    Mensaje por Maria Lua Lun 04 Dic 2023, 10:14

    ***

    ¡Oh, no!, pensó Ángela, se estaba arruinando todo, el chico no debía haber
    dicho eso, era demasiado, no había que impresionarla otra vez. Porque la vieja,
    casi a punto de perder la actitud de la que vivía, casi a punto de perder cierta
    amargura, temblaba como música de clavicordio entre la sonrisa y el extremo
    encanto.
    —No, no, no —dijo ella con falsa autoridad—, de ningún modo, gracias, sólo
    quería mirar.
    Se sentó inmediatamente como si la delicadeza del chico y de la muchacha la
    vigilaran. La vieja, antes de subir al tren, se persignó con tres cruces en el
    corazón, besando discretamente las puntas de los dedos. Llevaba un vestido
    oscuro con cuello de encaje verdadero y un camafeo de oro puro. En la oscura
    mano izquierda las dos alianzas gruesas de viuda, gruesas como ya no se hacían.
    Del otro vagón se oía a un grupo de bandeirantes
    [9] que cantaban Brasil
    agudamente. Afortunadamente, era en el otro vagón. La música de la radio del
    chico se entrecruzaba con la música de otro, que estaba escuchando a Edith Piaf
    cantando J’attendrai.
    Fue entonces cuando el tren de pronto dio una sacudida y las ruedas se
    pusieron en movimiento. Comenzó la salida. La vieja murmuró bajo: «¡Ay,
    Jesús!». Ella se bañaba en la terma de Jesús. Amén. Por la radio a pilas de una
    señora se supo que eran las seis y treinta de la mañana, mañana friolenta. La vieja
    pensó: Brasil mejora el señalamiento de sus calles. Un tal Kissinger parecía
    mandar en el mundo.
    Nadie sabe dónde estoy, pensó Ángela Pralini, y eso la asustaba un poco, ella
    era una fugitiva.




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    Mensaje por Maria Lua Lun 04 Dic 2023, 20:02

    ***


    —Mi nombre es María Rita Alvarenga Chagas Souza Melo, Alvarenga
    Chagas era el apellido de mi padre —dijo, agregando una petición de disculpas
    por tener que decir tantas palabras sólo para pronunciar su nombre—. Chagas
    [10]
    —añadió con modestia— eran las llagas de Cristo. Pero me puede llamar doña
    María Rita. ¿Y su nombre? Su nombre de pila, ¿cuál es?
    —Mi nombre es Ángela Pralini. Voy a pasar seis meses en la hacienda de mis
    tíos. ¿Y usted?
    —¡Ah! Yo voy a la hacienda de mi hijo, me voy a quedar allí el resto de mi
    vida, mi hija me trajo hasta el tren y mi hijo me espera con el carruaje en la
    estación. Soy como un paquete que se entrega de mano en mano.
    Los tíos de Ángela no tenían hijos y la trataban como a una hija. Ángela se
    acordó de la nota que le había dejado a Eduardo: «No me busques. Voy a
    desaparecer de tu vida para siempre. Te amo como nunca. Tu Ángela no fue más
    tuya porque tú no quisiste».
    Quedaron en silencio. Ángela Pralini se entregó al ruido cadencioso del tren.
    Doña María Rita miró de nuevo su anillo de brillantes y con una perla en su dedo,
    alisó el camafeo de oro: «Soy vieja pero soy rica, más rica que todos aquí en el
    vagón. Soy rica, soy rica». Miró el reloj, más para ver la gruesa chapa de oro que
    para ver la hora. «Soy muy rica, no soy una vieja cualquiera». Pero sabía, ah,
    sabía bien que era una viejita cualquiera, una viejita asustada por las menores
    cosas. Se acordó de sí misma, el día entero sola en su mecedora, sola con los
    criados, mientras la hija, public relations, pasaba el día fuera, no llegaba hasta
    las ocho de la noche, y ni siquiera le daba un beso. Se despertó ese día a las
    cinco de la mañana, todavía oscuro, hacía frío





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    Mensaje por Maria Lua Mar 05 Dic 2023, 09:16

    ***
    Después de la delicadeza del chico estaba extraordinariamente agitada y
    sonriente. Parecía más delgada. Cuando se reía, se revelaba como una de esas
    viejas llenas de dientes. La crueldad dislocada de los dientes. El chico ya se
    había alejado. Ella abría y cerraba los párpados. De pronto golpeó con los dedos
    la pierna de Ángela, con extrema rapidez y suavidad:
    —Hoy todos están verdaderamente, pero verdaderamente amables, qué
    gentileza, qué gentileza.
    Ángela sonrió. La vieja permaneció sonriendo sin quitar los ojos profundos y
    vacíos de los ojos de la muchacha. Vamos, vamos, la fustigaban de todos lados, y
    ella observaba para acá y para allá como si fuera a escoger. ¡Vamos, vamos!, la
    empujaban riendo de todos lados y ella se sacudía, sonriente, delicada.
    —Qué amables son todos en este tren —dijo.
    Deprisa intentó recomponerse, carraspeó falsamente, se contuvo. Debía ser
    difícil. Temía haber llegado a un punto donde no podía interrumpirse. Se mantuvo
    con severidad y temor, cerró los labios sobre los innumerables dientes. Pero no
    podía engañar a nadie: su rostro tenía tal esperanza que perturbaba los ojos de
    quienes la veían. Ella ya no dependía de nadie: una vez que la habían conmovido,
    podía irse ahora, ella sola se irradiaba, delgada, alta. Pero todavía quería decir
    algo y ya preparaba un gesto social con la cabeza, lleno de gracia previa. Ángela
    se preguntaba si ella sabría expresarse. Ella pareció pensar, pensar y encontrar
    con ternura un pensamiento ya todo hecho donde apenas podía acoger su
    sentimiento. Dijo con cuidado y sabiduría de anciana, como si precisara tomar
    ese aire para hablar como vieja:
    —La juventud. La juventud amable.






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    Mensaje por Maria Lua Mar 05 Dic 2023, 09:17

    ***
    Rió un poco fingidamente. ¿Iba a tener una crisis de nervios?, pensó Ángela
    Pralini. Porque estaba tan maravillosa. Pero carraspeó otra vez con austeridad,
    dio en el asiento unos golpecitos con las puntas de los dedos como si ordenara
    con urgencia a la orquesta una nueva partitura. Abrió la bolsa, sacó un periódico
    muy plegado, lo desdobló hasta convertirlo en un diario grande y normal, fechado
    tres días atrás, observó Ángela. Se puso a leer.
    Ángela había perdido siete kilos. En la hacienda iba a comer lo que nunca en
    la vida: tutu de frijol y repollo de Minas Gerais, para recuperar los preciosos
    kilos perdidos. Estaba tan delgada por intentar acompañar el raciocinio brillante
    e interrumpido de Eduardo: bebía café sin azúcar sin parar para mantenerse
    despierta. Ángela Pralini tenía los senos muy bonitos, eran su punto fuerte. Tenía
    las orejas en punta y una boca bonita y redonda, besable. Los ojos con ojeras
    profundas.


    Ella aprovechaba el silbido aullante del tren para que fuese su propio
    grito. Era un berrido agudo, el suyo, sólo que vuelto hacia adentro. Era la mujer
    que bebía más whisky en el grupo de Eduardo. Aguantaba de seis a siete de una
    vez, manteniendo una lucidez de terror. En la hacienda iba a beber leche cruda de
    vaca. Una cosa unía a la vieja y a Ángela: ambas iban a ser recibidas con los
    brazos abiertos, pero una no sabía eso de la otra. Ángela se estremeció
    súbitamente: quién le daría el último día de vermicida al perro. Ah, Ulises, pensó
    ella del perro, no te abandoné porque quisiera, lo que necesitaba era huir de
    Eduardo, antes que él me arruinase totalmente con su lucidez: lucidez que
    iluminaba demasiado y lo quemaba todo.






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    Mensaje por Maria Lua Mar 05 Dic 2023, 09:18

    ***


    Ángela sabía que los tíos tenían remedio
    contra la picadura de víbora: pretendía entrar de lleno en la floresta espesa y
    verdosa, con botas altas y untada con algún remedio contra los piquetes de
    mosquito. Como si saliera de la carretera Transamazónica, la exploradora. ¿Qué
    animales encontraría? Era mejor llevar una escopeta, comida y agua. Y una
    brújula. Desde que descubrió —pero lo descubrió realmente con espanto— que
    iba a morir un día, desde entonces no tuvo más miedo a la vida y, a causa de la
    muerte, tenía derechos totales: lo arriesgaba todo.

    Después de haber tenido dos
    uniones que habían terminado en nada, esta tercera que terminaba en amoradoración, cortada por la fatalidad del deseo de sobrevivir. Eduardo la había
    transformado: la había hecho mirar hacia adentro. Pero ahora veía hacia afuera.
    Veía a través de la ventana los senos de la tierra, en las montañas. ¡Existen
    pajaritos, Eduardo!, ¡existen nubes, Eduardo! Existe un mundo de caballos, yeguas
    y vacas, Eduardo, y cuando yo era una niña cabalgaba a la carrera en un caballo a
    pelo, sin silla. Y estoy huyendo de mi suicidio, Eduardo. Disculpa, Eduardo, pero
    no quiero morir. Quiero ser fresca y singular como una granada.
    Y la vieja fingía que leía el periódico. Pero pensaba: su mundo era un suspiro.
    No quería que los otros la consideraran abandonada. Dios me dio salud para
    viajar sola.



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    Mensaje por Maria Lua Mar 05 Dic 2023, 21:02

    ***

    También estoy bien de la cabeza, no hablo sola y yo misma me baño todos los
    días. Olía a agua de rosas secas y maceradas, era su perfume añejo y enmohecido.
    Tener un ritmo respiratorio, pensó Ángela de la vieja, era la cosa más bella que
    quedó desde que doña María Rita naciera. Era la vida.
    Doña María Rita pensaba: cuando se hizo vieja comenzó a desaparecer para
    los otros, sólo la veían de reojo. Vejez: momento supremo. Era ajena a la
    estrategia general del mundo y la suya era parca. Había perdido los objetivos de
    mayor alcance. Ella ya era el futuro.
    Ángela pensó: creo que si encontrara la verdad, no podría pensarla. Sería
    impronunciable mentalmente.
    La vieja siempre había sido un poco vacía; bien, un poquito. ¿Muerte? Era
    raro, no formaba parte de los días. Y aun «no existir» no existía, era imposible no
    existir. No existir no cabía en nuestra vida diaria. La hija no era cariñosa. En
    compensación, el hijo era tan cariñoso, bonachón, medio gordo. La hija era seca,
    como sus besos rápidos, la public relations. La vieja tenía cierta pereza de vivir.
    La monotonía, sin embargo, era lo que la sostenía.












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    Mensaje por Maria Lua Mar 05 Dic 2023, 21:03

    ***
    Eduardo escuchaba música con el pensamiento. Y entendía la disonancia de la
    música moderna, sólo sabía entender. Su inteligencia la ahogaba. «Tú eres una
    temperamental, Ángela», le dijo una vez. ¿Y qué? ¿Qué mal hay en eso? Soy lo
    que soy y no lo que piensas que soy. La prueba de quién soy es esta salida del
    tren. Mi prueba también es doña María Rita, ahí enfrente. ¿Prueba de qué? Sí.
    Ella ya tuvo plenitud. Cuando ella y Eduardo estaban tan apasionados uno por el
    otro que estando juntos en la cama, con las manos unidas, ella sentía la vida
    completa. Poca gente conocía la plenitud. Y, porque la plenitud es también una
    explosión, ella y Eduardo cobardemente pasaron a vivir «normalmente». Porque
    no se puede prolongar el éxtasis sin morir. Se separaron por un motivo fútil casi
    inventado: no querían morir de pasión. La plenitud es una de las verdades
    encontradas. Pero la ruptura necesaria fue para ella una ablación, como ocurre a
    las mujeres a quienes les extraen el útero y los ovarios. Vacía por dentro.

    Doña María Rita era tan antigua que en la casa de la hija estaban habituados a
    ella como a un mueble viejo. Ella no era novedad para nadie. Pero nunca le pasó
    por la cabeza que era una solitaria. Sólo que no tenía nada que hacer. Era un ocio
    forzado que en ciertos momentos se tornaba punzante: no tenía nada que hacer en
    el mundo, salvo vivir como un gato, como un perro. Su ideal era ser dama de
    compañía de alguna señora, pero eso ya no se usaba y además nadie la creería
    fuerte a los setenta y siete años, pensarían que era débil. No hacía nada, hacía
    sólo eso: ser vieja. A veces, se deprimía: pensaba que no servía para nada, no
    servía ni siquiera a Dios: doña María Rita no tenía infierno dentro de ella. ¿Por
    qué los viejos, aun los que no tiemblan, sugieren algo delicadamente trémulo?
    Doña María Rita tenía un temblor quebradizo de música de acordeón.






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    Mensaje por Maria Lua Miér 06 Dic 2023, 08:50

    ***

    Pero, cuando se trata de la vida, ¿quién nos ampara? Pues cada uno es uno. Y
    cada vida tiene que ser amparada por esa propia vida de cada uno. Cada uno de
    nosotros: he ahí con lo que contamos. Como doña María Rita siempre había sido
    una persona común, le parecía que morir no era cosa normal. Morir era
    sorprendente. Era como si ella no estuviera a la altura del acto de la muerte, pues
    nunca le había ocurrido hasta ahora nada de extraordinario en la vida que
    justificara de pronto otro hecho extraordinario. Hablaba y hasta pensaba en la
    muerte, pero en el fondo era escéptica e incrédula. Pensaba que se moría cuando
    ocurría un desastre o alguien mataba a alguien. La vieja tenía poca experiencia. A
    veces tenía taquicardia: bacanal del corazón. Pero sólo eso, y le sucedía desde
    joven. En su primer beso, por ejemplo, el corazón se desordenó. Y había sido una
    cosa buena, en el límite con lo malo. Algo que recordaba su pasado, no como
    hechos sino como vida: una sensación de vegetación en sombra, papagayos,
    samambayas, culantrillos, frescor verdoso. Cuando sentía eso otra vez, sonreía.
    Una de las palabras más eruditas que usaba era «pintoresco». Era bueno. Era
    como oír el murmullo de una fuente y no saber dónde nacía.
    Un diálogo que sostenía consigo misma:
    —¿Estás haciendo algo?
    —Sí, claro: estoy siendo triste.
    —¿No te molesta estar sola?
    —No; pienso.
    A veces no pensaba. A veces se quedaba sólo siendo. No necesitaba hacer.
    Ser era ya un hacer. Se podía ser lentamente o un poco deprisa.
    En el asiento de atrás, dos mujeres hablaban y hablaban sin parar. Sus voces
    constantes se fundían con el ruido de las ruedas del tren y de las vías.
    Doña María Rita había esperado que la hija permaneciera en el andén del tren
    para decirle adiós, pero esto no sucedió. El tren inmóvil. Hasta que arrancó.
    —Ángela —dijo—, una mujer nunca dice la edad, por eso sólo puedo decirte
    que es mucha. Pero a ti (¿puedo tutearte, verdad?) voy a hacerte una confidencia:
    tengo setenta y siete años.
    —Yo tengo treinta y siete —dijo Ángela Pralini.
    Eran las siete de la mañana.
    —Cuando era joven era muy mentirosilla. Mentía sin ton ni son.
    Después, como si se hubiera desencantado de la magia de la mentira, dejó de
    mentir.




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    Mensaje por Maria Lua Miér 06 Dic 2023, 08:51

    ***

    Ángela, mirando a la vieja doña María Rita, tuvo miedo de envejecer y de
    morir. Sostén mi mano, Eduardo, para no tener miedo de morir. Pero él no
    sostenía nada. Lo único que hacía era: pensar, pensar y pensar. Ah, Eduardo,
    ¡quiero la dulzura de Schumann! Su vida era una vida deshecha, evanescente. Le
    faltaba un hueso duro, áspero y fuerte, contra el cual nadie pudiera nada. ¿Quién
    sería ese hueso esencial? Para alejar esa sensación de enorme carencia, pensó:
    ¿cómo se las arreglaban en la Edad Media sin teléfono y sin avión? Misterio.
    Edad Media, yo te adoro con tus nubes negras y cargadas que desembocaron en el
    Renacimiento luminoso y fresco.
    En cuanto a la vieja, estaba ida. Miraba hacia la nada.
    Ángela se miró en el pequeño espejo de su bolsa. Me parezco a un desmayo.
    Cuidado con el abismo, le digo a aquella que se parece a un desmayo. Cuando me
    muera, voy a sentir tanta nostalgia de ti, Eduardo. La frase no resistía a la lógica;
    sin embargo, tenía en sí misma un imponderable sentido. Era como si ella quisiera
    expresar una cosa y expresara otra.
    La vieja ya era el futuro. Parecía tener vergüenza. ¿Vergüenza de ser vieja? En
    algún punto de su vida debería con certeza haber habido un error, y el resultado
    era ese extraño estado de vida. Que, sin embargo, no la llevaba a la muerte. La
    muerte era siempre una sorpresa para quien moría. Tenía, a pesar de todo, el
    orgullo de no babear ni hacer pipí en la cama, como si esa forma de salud bravía
    hubiera sido meritoriamente el resultado de un acto de su voluntad. No sólo era
    una dama, una señora de edad, por no tener arrogancia: era una viejita digna que
    de repente tomaba un aire asustadizo. Ella, bueno, ella se elogiaba a sí misma, se
    consideraba una vieja llena de precocidad como una niña precoz. Pero la
    verdadera intención de su vida, no la sabía.




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    Mensaje por Maria Lua Miér 06 Dic 2023, 08:51

    ***

    Ángela soñaba con la hacienda: allí se escuchaban gritos, latidos y aullidos,
    de noche. «Eduardo», pensó ella para él, «yo estaba cansada de intentar ser lo
    que tú creías que soy. Tengo un lado malo (el más fuerte y el que predominaba
    ahora, el que había intentado esconder por ti), y en ese lado fuerte yo soy una
    vaca, soy una yegua libre que patea en el suelo, soy una mujer de la calle, soy
    vagabunda, y no una “letrada”. Sé que soy inteligente y que a veces escondo eso
    para no ofender a los otros con mi inteligencia, yo que soy una inconsciente. Huí
    de ti, Eduardo, porque tú me estabas matando con tu cabeza de genio que me
    obligaba casi a taparme los oídos con las manos y casi a gritar de horror y de
    cansancio.

    Y ahora me voy a quedar seis meses en la hacienda, tú no sabes dónde
    estaré, y todos los días me bañaré en el río mezclando con el barro mi bendecido
    lodo. Soy vulgar, Eduardo, y tienes que saber que me gusta leer historias de
    folletín, mi amor, ¡oh, mi amor!, cómo te amo y cómo amo tus terribles maleficios,
    ah, cómo te adoro, soy tu esclava. Pero yo soy física, mi amor, yo soy física y tuve
    que esconder de ti la gloria de ser física. Y tú, que eres el mismo fulgor del
    raciocinio, aunque no lo sepas eras alimentado por mí. Tú, superintelectual y
    brillante y dejando a todos admirados y boquiabiertos».


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    Mensaje por Maria Lua Miér 06 Dic 2023, 08:52

    ***

    —Me parece —se dijo en voz baja la vieja—, me parece que esa joven
    bonita no tiene interés en conversar conmigo. No sé por qué, pero ya nadie
    conversa conmigo. Aun cuando estoy junto a la gente, me parece que nadie se
    acuerda de mí. A fin de cuentas, no tengo la culpa de ser vieja. Pero no importa,
    yo me hago compañía. Y también tengo a Nandino, mi hijo querido que me adora.
    ¡El placer sufrido de rascarse!, pensó Ángela. Yo, yo que no voy en esa
    dirección ni en la otra, ¡soy libre! Estoy volviéndome más saludable, tengo
    deseos de decir una insolencia en voz alta para asustar a todos. ¿La vieja no
    entendería? No sé, ella debe haber parido varias veces. Yo no estoy de acuerdo
    en eso de que lo cierto es ser infeliz, Eduardo. Quiero gozar de todo y después
    morir y que me dañe, que me dañe, que me dañe. Sé bien que la vieja es capaz de
    ser infeliz sin saberlo.


    Pasividad. Y no entro en eso tampoco, nada de pasividad,
    quiero bañarme desnuda en el río barroso que se parece a mí, ¡desnuda y libre!
    ¡Viva! ¡Tres vivas! ¡Lo abandono todo! ¡Todo! Y así no soy abandonada, no
    quiero depender más que de unas tres personas, y el resto es: Buenos días, ¿todo
    bien? Todo bien. Edu, ¿sabes? Te abandono. Tú, en el fondo de tu intelectualismo,
    no vales la vida de un perro. Te abandono, entonces. Y abandono el grupo
    falsamente intelectual que exigía de mí un vano y nervioso ejercicio continuo de
    inteligencia falsa y apresurada. Fue preciso que Dios me abandonara para que yo
    sintiera su presencia. Necesito matar a alguien dentro de mí. Tú arruinaste mi
    inteligencia con la tuya, que es de genio. Y me obligaste a saber, a saber, a saber.
    Ah, Eduardo, no te preocupes, llevo conmigo los libros que tú me diste para
    «seguir una carrera en casa», como querías. Estudiaré filosofía cerca del río, por
    el amor que te tengo







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    Mensaje por Maria Lua Miér 06 Dic 2023, 17:49

    ***

    Ángela Pralini tenía pensamientos tan hondos que no había palabras para
    expresarlos. Era mentira decir que sólo se podía tener un pensamiento a la vez:
    tenía muchos pensamientos que se entrecruzaban y eran diferentes. Sin hablar del
    «subconsciente» que explota en mí, quieras o no quieras tú. Soy una fuente, pensó
    Ángela, pensando al mismo tiempo dónde habría puesto la pañoleta, pensando si
    el perro habría tomado la leche que le había dejado, en las camisas de Eduardo, y
    en su extremado agotamiento físico y mental. Y en la vieja doña María Rita.

    «Nunca voy a olvidar tu rostro, Eduardo». Era un rostro un poco asustado,
    asustado de su propia inteligencia. Él era un ingenuo. Y amaba sin saber que
    estaba amando. Iba a quedarse tonto cuando descubriera que ella se había ido,
    dejando al perro y a él. Abandono por falta de nutrición, pensó. Al mismo tiempo
    pensaba en la vieja sentada enfrente. No era verdad que sólo se pensaba en una
    sola cosa. Era, por ejemplo, capaz de escribir un cheque perfecto, sin un error,
    pensando en su vida. Que no era buena, pero, en definitiva, era suya. Suya otra
    vez. La coherencia, no la quiero más. La coherencia es mutilación. Quiero el
    desorden. Sólo adivino a través de una vehemente incoherencia. Para meditar
    saqué demasiadas cosas de mí y siento el vacío. Es en el vacío donde se pasa el
    tiempo. Ella que adoraba una buena playa, con sol, arena y sol. Él está
    abandonado, perdió el contacto con la tierra, con el cielo. Él ya no vive, existe.

    El aire entre ella y Eduardo Gomes era de emergencia. Ella se había transformado
    en una mujer urgente. Y que, para mantener despierta la urgencia, tomaba drogas
    excitantes que la adelgazaban cada vez más y le quitaban el hambre. Quiero
    comer, Eduardo, tengo hambre, Eduardo, hambre de mucha comida. ¡Soy
    orgánica!






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    Mensaje por Maria Lua Jue 07 Dic 2023, 13:48

    ***



    «Conozca hoy el supertrén de mañana». Selecciones del Reader’s Digest, que
    ella a veces leía a escondidas de Eduardo. Era como las Selecciones que decían:
    conozca hoy el supertrén de mañana. Positivamente no estaba conociendo hoy.
    Pero Eduardo era el supertrén. Supertodo. Ella conocía hoy el súper de mañana. Y
    no lo soportaba. No soportaba el motor perpetuo. Tú eres el desierto, y yo voy a
    Oceanía, a los mares del Sur, a las islas de Tahití. Aunque estén hechas un estrago
    por los turistas. Tú no eres más que un turista, Eduardo. Voy hacia mi propia vida,
    Edu.

    Y digo como Fellini: en la oscuridad y en la ignorancia creo más. La vida
    que llevaba con Eduardo tenía olor a farmacia nueva recién pintada. Ella prefería
    el olor vivo del estiércol por más repugnante que fuera. Él era correcto como una
    cancha de tenis. Además, practicaba el tenis para mantener la forma. En fin, él era
    un pesado que ella amaba y casi no amaba más. Estaba recobrando en el tren
    mismo su salud mental. Continuaba apasionada por Eduardo. Y él, sin saber,
    también lo estaba por ella. Yo que no consigo hacer nada bien, excepto omelette.
    Con una sola mano rompía los huevos con una rapidez increíble, y los vaciaba en
    la vasija sin derramar ni una gota. Eduardo se moría de envidia de tanta elegancia
    y eficiencia. Él a veces daba conferencias en las universidades y lo adoraban.
    Ella también asistía, ella también lo adoraba. ¿Cómo empezaba? «No me siento a
    gusto cuando veo algunas personas que se levantan cuando oyen anunciar que voy
    a hablar». Angola siempre tenía miedo de que la gente se retirara y lo dejara solo





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    Mensaje por Maria Lua Jue 07 Dic 2023, 15:32

    ***



    La vieja, como si hubiera recibido una transmisión de pensamiento, pensaba:
    que no me dejen sola. ¿Qué edad tengo? Ya ni lo sé.
    Después, enseguida, vació su pensamiento. Y era tranquilamente nada. Existía
    apenas. Era bueno así, muy bueno incluso. Inmersiones en la nada.
    Ángela Pralini, para calmarse, se contó una historia muy calmante, muy
    tranquila: era una de un hombre a quien le gustaban mucho las jabuticabas.
    Entonces fue hacia un huerto donde había árboles cargados de protuberancias
    negras, lisas y lustrosas, que le caían en las manos sin esfuerzo y que de las
    manos le caían a los pies. Era tal la abundancia de jabuticabas que se daba el lujo
    de pisarlas. Y éstas hacían un ruidito muy gracioso. Hacían así: cloc-cloc-cloc,
    etcétera. Ángela se calmó con el hombre de las jabuticabas. En la hacienda había
    jabuticabas y ella iba a hacer con los pies desnudos el cloc-cloc, suave y húmedo.
    Nunca sabía si debía o no tragar las semillas. ¿Quién le iba a contestar esa
    pregunta? Nadie. Sólo tal vez un hombre que, como Ulises, el perro, y contra
    Eduardo, respondiera: Mangia, bella, que te fa bene
    [11]
    . Sabía un poquito de
    italiano pero nunca estaba segura de su sentido. Y después de lo que ese hombre
    dijera, ella tragaría las semillas. Otro árbol que le gustaba era uno cuyo nombre
    científico había olvidado pero que en la infancia todos habían conocido
    directamente, sin ciencia, era uno que en el Jardín Botánico de Río hacía un cloccloc sequito. ¿Ves? ¿Ves cómo estás renaciendo? Gato con siete vidas. El número
    siete la acompañaba, era su secreto, su fuerza. Se sentía linda. No lo era. Pero se
    sentía. Se sentía también bondadosa. Con ternura hacia la vieja María Rita que se
    había puesto las gafas para leer el diario. Todo era lento en la vieja María Rita.
    ¿Cerca del fin? Ay, cómo duele morir. En la vida se sufre pero se tiene algo en la
    mano: la inefable vida. Pero ¿y la pregunta sobre la muerte? Era preciso no tener
    miedo: ir hacia el frente, siempre.
    Siempre.
    Como el tren.
    Y en algún lugar existe una cosa escrita en el muro. Y es para mí, pensó
    Ángela. De las llamas del Infierno llegará un telegrama fresco para mí. Y nunca
    más mi esperanza será decepcionada. Nunca. Nunca más.




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    Mensaje por Maria Lua Jue 07 Dic 2023, 15:33

    ***


    La vieja era anónima como una gallina, como había dicho una tal Clarice,
    hablando de una vieja desvergonzada, enamorada de Roberto Carlos. Esa Clarice
    incomodaba.
    Hacía gritar a la vieja: ¡tiene! ¡que! ¡haber! ¡una! ¡puerta! ¡de saliiiiida! y la
    había. Por ejemplo: la puerta de salida de esa vieja era el marido que volvería al
    día siguiente, eran personas conocidas, era su empleada, era la plegaria intensa y
    fructífera frente a la desesperación. Ángela se dijo como si se mordiera
    rabiosamente: tiene que haber una puerta de salida. Tanto para mí como para doña
    María Rita.
    Yo no puedo detener el tiempo, pensó María Rita Alvarenga Chagas Souza
    Melo. Fracasé. Estoy vieja. Y fingió leer el diario sólo para recuperar la
    compostura.
    Quiero sombra, gimió Ángela, quiero sombra y anonimato.
    La vieja pensó: su hijo era tan bondadoso, tan cálido de corazón, tan cariñoso.
    La llamaba «mamacita». Sí, tal vez pase el resto de mi vida en la hacienda, lejos
    de la public relations que no me necesita. Y mi vida será muy larga, a juzgar por
    mis padres y abuelos. Podía alcanzar, fácil, fácil, los cien años, pensó
    confortablemente. Y morir de repente para no tener tiempo de sentir miedo. Se
    persignó discretamente y pidió a Dios una buena muerte.













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    Mensaje por Maria Lua Jue 07 Dic 2023, 20:59

    ***

    Ulises, si tu cara fuera contemplada desde el punto de vista humano, serías
    monstruoso y feo. Era lindo desde el punto de vista de perro. Era vigoroso como
    un caballo blanco y libre, sólo que era castaño suave, anaranjado, color de
    whisky. Pero su pelo es lindo como el de un enérgico y empinado caballo. Los
    músculos del pescuezo eran vigorosos y se podían tocar con manos de dedos
    sabios. Ulises era un hombre. Sin mundo perro. Era delicado como un hombre.
    Una mujer debe tratar bien al hombre.
    El tren entrando en el campo: los grillos cantaban agudos y ásperos.
    Eduardo, una que otra vez, sin gracia, como quien se ve forzado a cumplir una
    función, le dio de regalo un gélido diamante. Ella habría preferido brillantes. En
    fin, suspiró ella, las cosas son como son. A veces, cuando miraba desde lo alto de
    su apartamento, tenía deseos de suicidarse. Ah, no por Eduardo, sino por una
    especie de fatal curiosidad.
    No se lo contaba a nadie, por miedo de influir en un suicida latente. Ella
    quería la vida, vida plana y plena, formidable, leyendo sin ocultarse los artículos
    de Selecciones. Quería morir sólo a los noventa años, en medio de un acto de
    vida, sin sentir. El fantasma de la locura nos ronda. ¿Qué es lo que haces? Estoy
    esperando el futuro.
    Cuando finalmente el tren se puso en movimiento, Ángela Pralini encendió el
    cigarrillo con un aleluya: tenía miedo de que mientras el tren no saliera, no
    tuviera el coraje de irse y terminara por bajar del vagón. Pero ya estaban sujetos
    los amortiguadores y las ruedas daban repentinos sobresaltos. El tren marchaba.
    Y la vieja María Rita suspiraba: estaba más cerca del hijo amado. Con él podría
    ser madre, ella que estaba castrada por su hija.
    Una vez que Ángela tuvo dolores menstruales, Eduardo intentó, sin mucha
    gracia, ser cariñoso. Y le dijo una cosa horrorosa: estás enferma, ¿no? Se
    ruborizaba de vergüenza.
    El tren corría cuanto podía. El maquinista feliz: así era bueno, y pitaba a cada
    curva del camino. Era un largo y grueso silbido de tren en marcha, ganando
    terreno. La mañana era fresca y llena de hierbas altas y verdes. Así, sí, vamos
    hacia delante, dijo el maquinista a la máquina. La máquina respondió con alegría.
    La vieja era nada. Y miraba hacia el aire como se mira a Dios. Estaba hecha
    de Dios. Es decir: todo o nada. La vieja, pensó Ángela, era vulnerable.
    Vulnerable al amor, al amor de su hijo. La madre era franciscana, la hija polución.
    Dios, pensó Ángela, si existes, ¡muéstrate! Porque llegó la hora. Es en esta
    hora, en este minuto y en este segundo.






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    Mensaje por Maria Lua Vie 08 Dic 2023, 09:08

    ***
    Y el resultado fue que tuvo que ocultar las lágrimas que le vinieron a los ojos.
    Dios de algún modo le respondía. Ella estaba satisfecha y se tragó un sollozo
    ahogado. Vivir cómo dolía. Vivir era una herida abierta. Vivir es ser como mi
    perro. Ulises no tenía nada que ver con el Ulises de Joyce. Intenté leer a Joyce
    pero no seguí porque era pesado, disculpa, Eduardo. Sólo que un pesado genial.
    Ángela estaba amando a la vieja que era nada, la madre que le faltaba. Madre
    dulce, ingenua y sufriente. Su madre que murió cuando ella tenía nueve años de
    edad. Aun enferma, pero viva, servía. Aun paralítica, servía.
    Entre ella y Eduardo el aire tenía gusto de sábado. Y de pronto los dos eran
    raros, la rareza en el aire. Ellos se sentían raros, no formando parte de las mil
    personas que iban por la calle. Los dos a veces eran cómplices, tenían una vida
    secreta porque nadie los comprendía. Y también porque los raros son perseguidos
    por el pueblo que no tolera la insultante ofensa de los que se diferencian.
    Escondían su amor para no herir a los otros con la envidia. Para no herirlos con
    un resplandor demasiado luminoso para los ojos.
    Guau, guau, guau, ladró mi perro. Mi gran perro.
    La vieja pensó: soy una persona involuntaria. Tanto que, cuando reía —lo que
    no ocurría a menudo—, nadie sabía si reía o lloraba. Sí. Ella era involuntaria.


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    y en ese vuelo y en ese sueño
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    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
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    Mensaje por Maria Lua Vie 08 Dic 2023, 10:09

    ***



    Mientras tanto, Ángela Pralini se sentía efervescente como las burbujitas del
    agua mineral Caxambú: de repente. Así: de repente. ¿De repente qué? Sólo de
    repente. Cero. Nada. Tenía treinta y siete años y pretendía a cada instante volver a
    empezar su vida. Como las burbujitas efervescentes del agua Caxambú. Las siete
    letras de Pralini le daban fuerza. Las seis letras de Ángela la volvían anónima.
    Con un largo silbido aullante, se llegaba a la pequeña estación donde Ángela
    Pralini descendería. Agarró su valija. En el espacio entre la gorra del empleado y
    la nariz de una joven, estaba la vieja durmiendo inflexible, con la cabeza derecha
    bajo el sombrero de fieltro, una mano cerrada sobre el diario.
    Ángela bajó del vagón.
    Naturalmente, eso no tenía la menor importancia: hay personas que siempre se
    arrepienten, es un rasgo de ciertas naturalezas culpables. Pero la dejó perturbada
    la imagen de la vieja cuando despertara, la visión de su rostro espantado frente al
    banco vacío de Ángela. Al fin, nadie sabía si se había dormido por confianza en
    ella.
    Confianza en el mundo.




    fin



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    Mensaje por Maria Lua Sáb 09 Dic 2023, 06:14

    Seco estudio de caballos



    DESPOJAMIENTO

    El caballo está desnudo.

    FALSA DOMESTICACIÓN

    ¿Qué es el caballo? Es la libertad tan indomable que se torna inútil
    aprisionarlo para que sirva al hombre: se deja domesticar, pero con unos simples
    movimientos de sacudida rebelde de cabeza —agitando las crines como una
    cabellera suelta— demuestran que su íntima naturaleza es siempre bravía, límpida
    y libre.

    FORMA

    La forma del caballo representa lo mejor del ser humano. Tengo un caballo
    dentro de mí que raramente se expresa. Pero cuando veo a otro caballo, entonces
    el mío se expresa. Su forma habla.

    DULZURA

    ¿Qué es lo que hace al caballo ser de brillante sedosidad? Es la dulzura de
    quien asumió la vida y su arco iris. Esa dulzura se objetiva en el pelo suave que
    deja adivinar los elásticos músculos ágiles y controlados.

    LOS OJOS DELCABALLO

    Vi una vez un caballo ciego: la naturaleza se había equivocado. Era doloroso
    sentirlo inquieto, atento al menor rumor provocado por la brisa en las hierbas,
    con los nervios prontos a erizarse en un estremecimiento que le recorría el cuerpo
    alerta. ¿Qué es lo que el caballo ve a tal punto que no ver a su semejante lo
    vuelve perdido como de sí mismo? Es que cuando ve, ve fuera de sí lo que está
    dentro de sí. Es un animal que se expresa por la forma. Cuando ve montañas,
    césped, gente, cielo, domina hombres y su propia naturaleza.

    SENSIBILIDAD

    Todo caballo es salvaje y arisco cuando manos inseguras lo tocan.

    ÉL Y YO

    Intentando poner en frases mi más oculta y sutil sensación —y
    desobedeciendo mi necesidad exigente de veracidad—, yo diría: si pudiese haber
    escogido, me habría gustado nacer caballo. Pero —quién sabe— quizás el
    caballo no sienta el gran símbolo de vida libre que nosotros sentimos en él.
    ¿Debo concluir entonces que el caballo sería sobre todo para ser sentido por mí?
    ¿El caballo representa la animalidad bella y suelta del ser humano? ¿Lo mejor del
    caballo el ente humano ya lo tiene? Entonces abdico de ser un caballo y con
    gloria paso a mi humanidad. El caballo me indica lo que soy.

    ADOLESCENCIA DE NIÑA-POTRO

    Ya me relacioné de modo perfecto con el caballo. Me acuerdo de mí
    adolescente. De pie con la misma altivez del caballo y pasando la mano por su
    pelo lustroso. Por su agreste crin agresiva. Yo me sentía como si algo mío nos
    viese de lejos. Siendo así: «La Muchacha y el Caballo».

    ELALARDE

    En la hacienda el caballo blanco —rey de la naturaleza— lanzaba hacia lo
    alto de la suavidad del aire su largo relinchido de esplendor.






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    Mensaje por Maria Lua Sáb 09 Dic 2023, 09:08

    ***







    ELCABALLO PELIGROSO

    En la pequeña ciudad del interior —que se convertiría un día en una pequeña
    metrópoli— todavía reinaban los caballos como prominentes habitantes. Bajo la
    necesidad cada vez más urgente de transporte, levas de caballos habían invadido
    el pequeño poblado, y en los niños todavía salvajes nacía el secreto deseo de
    galopar. Un bayo joven dio una coz mortal a un niño que iba a montarlo. Y el lugar
    donde el niño audaz había muerto era mirado por la gente con una censura que en
    verdad no se sabía a quién dirigir. Con las canastas de compras bajo el brazo, las
    mujeres se paraban a mirar. Un periódico se enteró del caso y se leía con cierto
    orgullo un artículo con el título de «El crimen del caballo». Era el crimen de uno
    de los hijos de la pequeña ciudad. El lugar entonces ya mezclaba a su olor de
    caballeriza la conciencia de la fuerza contenida en los caballos.

    EN LA CALLE SECA DE SOL

    Pero de pronto, en el silencio del sol de las dos de la tarde y casi nadie en las
    calles del suburbio, una pareja de caballos desembocó en una esquina. Por un
    momento se inmovilizó con las patas semierguidas, fulgurando en las bocas como
    si no estuvieran amordazadas. Allí, como estatuas. Los pocos transeúntes que
    afrontaban el calor del sol miraban, mudos, separados, sin entender con palabras
    lo que veían. Apenas entendían. Pasado el ofuscamiento de la aparición, los
    caballos doblaron el pescuezo, bajaron las patas y continuaron su camino. Había
    pasado el instante de deslumbramiento. Instante inmovilizado como por una
    máquina fotográfica que hubiera captado algo que jamás las palabras alcanzarían
    a decir.

    EN LA PUESTA DE SOL

    Ese día, cuando el sol ya se estaba poniendo, el oro se extendió por las nubes
    y por las piedras. Los rostros de los habitantes quedaron dorados como
    armaduras y así brillaban los cabellos sueltos. Fábricas empolvadas silbaban
    continuamente avisando el fin del día de trabajo, la rueda de una carreta adquirió
    un nimbo dorado. En ese oro pálido a la brisa, había una ascensión de espada
    desenvainada. Porque era así como se erigía la estatua ecuestre de la plaza en la
    suavidad del ocaso.




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    Mensaje por Maria Lua Sáb 09 Dic 2023, 09:09

    ***

    EN LA MADRUGADA FRÍA
    Podía verse el tibio vaho húmedo, el vaho brillante y tranquilo que salía de
    las narices trémulas extremadamente vivas y temblorosas de los caballos y yeguas
    en ciertas madrugadas frías.
    EN ELMISTERIO DE LA NOCHE

    Pero en la noche caballos liberados de las cargas y conducidos a campos de
    hierbas galopaban finos y sueltos en la oscuridad. Potros, rocines, alazanes,
    largas yeguas, cascos duros, ¡de pronto una cabeza fría y oscura de caballo! Los
    cascos golpeando, fauces espumantes erguidas en el aire con ira y un murmullo. Y
    a veces una larga respiración enfriaba las hierbas temblorosas. Entonces el bayo
    se adelantaba. Andaba de lado, la cabeza curvada hasta el pecho, cadencioso. Los
    otros asistían sin mirar. Oyendo el rumor de los caballos, yo adivinaba los cascos
    secos avanzando hasta detenerse en el punto más alto de la colina. Y la cabeza
    dominaba la pequeña ciudad, lanzando un largo relincho. El miedo me apresaba
    en las tinieblas del cuarto, el terror de un rey, yo quería responder con las encías
    a la muestra del relincho. Con la envidia del deseo mi rostro adquiría la nobleza
    inquieta de una cabeza de caballo. Cansada, jubilosa, escuchando el trote
    sonámbulo. Apenas saliera del cuarto mi forma iría cobrando volumen y
    purificándose, y, cuando llegara a la calle, ya podría galopar con patas sensibles,
    los cascos resbalando en los últimos peldaños de la escalera de la casa. Desde la
    calzada desierta yo miraría: una esquina y otra. Y vería las cosas como un caballo
    las ve. Ése era mi deseo. Desde la casa yo intentaba al menos escuchar la colina
    de hierbas donde en las tinieblas caballos sin nombre galopaban en un retorno al
    estado de caza y de guerra.
    Las bestias no abandonaban su vida secreta que se desarrollaba durante la
    noche. Y si en medio de la ronda salvaje aparecía un potro blanco, era un
    asombro en la oscuridad. Todos se detenían. El caballo prodigioso aparecía, era
    una aparición. Se mostraba, erguido, un instante. Inmóviles, los animales
    aguardaban sin mirarse. Pero uno de ellos golpeaba el casco, y la breve patada
    rompía la vigilia: fustigados, se movían de pronto alegres, entrecruzándose sin
    jamás chocar y entre ellos se perdía el caballo blanco. Hasta que un relincho de
    súbita cólera los advertía: por un segundo, quedaban atentos, luego se esparcían
    de nuevo en otra composición de trote, el dorso sin jinetes, los cuellos bajos hasta
    que las fauces tocaban el pecho. Erizadas las crines. Ellos cadenciosos, incultos.





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    Mensaje por Maria Lua Sáb 09 Dic 2023, 09:10

    ***


    La noche avanzada, mientras los hombres dormían, los encontraba inmóviles
    en las tinieblas. Estables y sin peso. Allí estaban ellos, invisibles, respirando.
    Aguardando con la inteligencia corta. Abajo, en la pequeña ciudad dormida, un
    gallo volaba y se posaba al borde de una ventana. Las gallinas atisbaban. Más
    allá de las vías del tren había un ratón presto para huir. Entonces el tordillo
    golpeaba la pata. No tenía boca para hablar pero daba una pequeña señal que se
    manifestaba de espacio a espacio en la oscuridad. Ellos observaban. Aquellos
    animales que tenían un ojo para ver en cada lado: nada necesitaba ser visto por
    ellos de frente, y ésa era la gran noche. Los flancos de una yegua recorridos por
    una rápida contracción. En el silencio de la noche la yegua abría mucho los ojos
    como si estuviera rodeada por la eternidad. El potro más inquieto todavía
    levantaba las crines en un sordo relincho. Al fin reinaba el silencio total.
    Hasta que la frágil luminosidad de la madrugada los revelaba. Estaban
    separados, de pie sobre la colina. Exhaustos, frescos. Habían pasado a través de
    la oscuridad por el misterio de la naturaleza de los seres.












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    Mensaje por Maria Lua Sáb 09 Dic 2023, 16:26

    ***

    ESTUDIO DELCABALLO DEMONIACO


    Nunca más descansaré porque robé el caballo de caza de un rey. ¡Soy, ahora,
    peor que yo misma! Nunca más descansaré: robé el caballo de caza del rey en el
    hechizado Sabath. Si me duermo un instante, el eco de un relincho me despierta. Y
    es inútil intentar no ir. En la oscuridad de la noche el resollar me da escalofrío.
    Finjo que duermo pero en el silencio el caballo de buena raza respira. Todos los
    días será igual: ya al atardecer comienzo a ponerme melancólica y pensativa. Sé
    que el primer tambor en la montaña del mal hará la noche, sé que el tercero ya me
    había envuelto en su tormenta. Al quinto tambor ya estaré con mi codicia de
    caballo fantasma. Hasta que de madrugada, con los últimos tambores levísimos,
    me encontraré sin saber cómo junto a un arroyo fresco, sin saber jamás lo que
    hice, al lado de la enorme y cansada cabeza del caballo.
    Pero ¿cansada de qué? ¿Qué hicimos, yo y el caballo, nosotros, los que
    trotamos en el infierno de la alegría del vampiro? Él, el caballo del rey, me llama.
    Resisto, en medio de una crisis de sudor, y no voy. Desde la última vez en que
    bajé de su silla de plata, era tan grande mi tristeza humana por haber sido lo que
    no tenía que ser, que juré que nunca más. El trote, empero, continúa en mí.
    Converso, arreglo la casa, sonrío, pero sé que el trote está en mí. Siento su falta
    hasta morir.
    No, no puedo dejar de ir.
    Y sé que de noche, cuando él me llame, iré. Quiero todavía que una vez más el
    caballo conduzca mi pensamiento. Fue con él como aprendí. Si es pensamiento
    esta hora entre latidos. Comienzo a entristecer porque sé cómo el ojo (oh, sin
    querer, no es culpa mía), cómo el ojo sin querer ya resplandece de perverso
    regocijo: sé que iré.
    Cuando de noche él me llame, atrayéndome al infierno, iré. Desciendo como
    un gato por los tejados. Nadie sabe, nadie ve. Sólo los perros ladran presintiendo
    lo sobrenatural.
    Y me presento, en la oscuridad, al caballo que me espera, caballo de realeza,
    me presento muda y con fulgor. Obediente a la Bestia.
    Detrás de nosotros corren cincuenta y tres flautas. Al frente, un clarinete nos
    alumbra, a nosotros, los impúdicos cómplices del enigma. Y nada más me es dado
    saber.
    De madrugada nos vemos exhaustos junto al arroyo, sin saber qué crímenes
    cometimos hasta llegar a la inocente madrugada.
    En mi boca y en sus patas la marca de la gran sangre. ¿Qué habíamos
    inmolado?
    De madrugada estaré de pie al lado del fino caballo ahora mudo, con el resto
    de las flautas todavía escurriendo por los cabellos. Las primeras campanadas de
    una iglesia a lo lejos nos llenan de escalofrío y nos ahuyentan, nos desvanecemos
    delante de la cruz.
    La noche es mi vida con el caballo diabólico, yo, la hechicera del horror. La
    noche es mi vida, anochece, la noche pecadoramente feliz es la vida triste que es
    mi orgía: ah, roba, roba de mí el caballo de pura sangre porque de robo en robo
    hasta la madrugada yo ya robé para mí y para mi compañero fantástico, y desde la
    madrugada ya hice un presentimiento de terror de demoniaca alegría malsana.
    Líbrame, roba deprisa el caballo real mientras es hora, mientras todavía no
    anochece, mientras es de día sin tinieblas, si es que todavía hay tiempo, pues al
    robar el caballo tuve que matar al rey, y al asesinarlo robé la muerte del rey.
    Y la alegría orgiástica de nuestro asesinato me consume de terrible placer.
    Roba deprisa el caballo peligroso del rey, róbame antes de que la noche venga y
    me llame.



    FIN


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    Mensaje por Maria Lua Dom 10 Dic 2023, 12:18

    ¿Dónde estuviste de noche?






    Las historias no tienen desperdicio.
    ALBERTO DINES

    Lo desconocido envicia.
    FAUZI ARAP

    Sentado en el sofá con la boca llena de dientes, esperando la muerte.
    RAÚL SEIXAS

    Lo que voy a anunciar es tan nuevo que sospecho que todos los
    hombres se convertirán en mis enemigos, a tal punto se enraízan en el
    mundo los prejuicios y las doctrinas, una vez aceptadas.
    WILLIAM HARVEY



    La noche era una posibilidad excepcional. En plena noche cerrada de un verano
    tórrido, un gallo soltó su canto fuera de horario y una sola vez para anunciar el
    inicio de la subida por la montaña. La multitud, abajo, aguardaba en silencio.
    Él-ella ya estaba presente en lo alto de la montaña, y ella estaba
    personalizada en él y él estaba personalizado en ella. La mezcla andrógina creaba
    un ser tan terriblemente bello, tan horrorosamente estupefaciente, que los
    participantes no podían mirarlo de una sola vez: así como una persona va poco a
    poco habituándose a la oscuridad y lentamente discierne. Lentamente discernían a
    Ella-él y cuando Él-ella se les aparecía con una claridad que emanaba de Ella-él,
    ellos, paralizados por la Belleza, iban a decir: «¡Ah, ah!». Era una exclamación
    que estaba permitida en el silencio de la noche. Miraban la temible belleza y su
    peligro. Pero ellos habían venido exactamente para sufrir el peligro.
    Los pantanos se extinguen. Una estrella de enorme densidad los guiaba. Ellos
    eran el revés del Bien. Subían la montaña mezclando hombres, mujeres, duendes,
    gnomos y enanos, como dioses extintos. La campana de oro doblaba por los
    suicidas. Fuera de la estrella grande, ninguna estrella más. Y no había mar. Lo que
    había desde lo alto de la montaña era oscuridad. Soplaba un viento noroeste. ¿Élella era un faro? La adoración de los malditos se iba a instaurar.
    Los hombres coleaban en el suelo como gruesos y blandos gusanos: subían.
    Lo arriesgaban todo, ya que fatalmente un día iban a morir, tal vez dentro de dos
    meses, tal vez siete años: quizás fuera esto lo que Él-ella pensaba dentro de ellos.
    Mira al gato. Mira lo que el gato vio. Mira lo que el gato pensó. Mira lo que
    era. En fin, en fin, no había símbolo, la «cosa» era. La cosa orgiástica. Los que
    subían estaban al borde de la verdad. Nabucodonosor. Ellos parecían veinte
    nabucodonosores. Y en la noche se desquitaban. Ellos están esperándonos. Era
    una ausencia, el viaje fuera del tiempo.
    Un perro se reía a carcajadas en la oscuridad. «Tengo miedo», dijo la niña.
    «¿Miedo de qué?», preguntó la madre. «De mi perro». «Pero si tú no tienes
    perro». «Claro que sí». Pero después la niñita también se carcajeó llorando,
    mezclando lágrimas de risa y de espanto.
    Al fin llegaron los malditos. Y miraban a aquella sempiterna Viuda, la gran
    Solitaria que fascinaba a todos, y los hombres y las mujeres no podían resistir y
    querían aproximarse a ella para amarla muriendo, pero ella con un gesto los
    mantenía a todos a distancia. Ellos querían amarla con un amor extraño que vibra
    en la muerte. No les molestaba morir por amarla. El manto de Ella-él era de un
    resignado color morado. Pero las mercenarias del sexo en festín procuraban
    imitarla en vano.
    ¿Qué hora sería? Nadie podía vivir en el tiempo, el tiempo era indirecto y por
    su propia naturaleza siempre inalcanzable. Ellos ya estaban con las articulaciones
    hinchadas, los estragos causaban estruendo en los estómagos llenos de tierra y
    con los labios inflamados y partidos subían la vertiente. Las tinieblas eran de un
    sonido bajo y oscuro como la nota más oscura de un violoncelo. Llegaron. El
    Malaventurado, o Él-ella, frente a la adoración de los reyes y vasallos, brillaba
    como una iluminada águila gigantesca. El silencio pululaba de respiraciones
    ansiosas. La visión era de bocas entreabiertas por la sensualidad que casi los
    paralizaba de tan gruesa. Ellos se sentían salvos del Gran Tedio.









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    Mensaje por Maria Lua Mar 12 Dic 2023, 15:47

    ***

    La colina era de chatarra. Cuando Ella-él se detenía un instante, los hombres y
    mujeres, entregados a ellos mismos por un momento, se decían asustados: yo no
    sé pensar. Pero Él-ella pensaba dentro de ellos.
    Un heraldo mudo con clarinete agudo anunciaba la noticia. ¿Qué noticia? ¿La
    de la bestialidad? Sin embargo, tal vez lo que ocurría era lo siguiente: a partir del
    heraldo cada uno de ellos comenzó a «sentirse», a sentirse a sí mismo. Y no había
    represión: ¡libres!
    Entonces ellos comenzaron a balbucear hacia adentro, porque Ella-él era
    cáustica y no quería que se perturbaran los unos a los otros en su lenta
    metamorfosis. «Soy Jesús, soy judío», gritaba en silencio el judío pobre. Los
    anales de astronomía nunca registraron nada como este espectacular cometa,
    recientemente descubierto, su cauda vaporosa se arrastrará durante millones de
    kilómetros en el espacio. Sin hablar del tiempo.
    Un enano jorobado daba pequeños saltos como un sapo, de una encrucijada a
    otra (el lugar era de encrucijadas). De repente las estrellas aparecieron, y eran
    brillantes y diamantes en el cielo oscuro. Y el enano giboso daba saltos, los más
    altos que conseguía para alcanzar los brillantes que su codicia despertaba.
    ¡Cristales!, ¡cristales!, gritó él, con pensamientos que eran saltarines como los
    brincos.
    La latencia pulsaba leve, ritmada, ininterrumpida. Todos eran todo en
    latencia. «No hay crimen que no hayamos cometido con el pensamiento»: Goethe.
    Una nueva y no auténtica historia brasileña era escrita en el extranjero. Además,
    los investigadores nacionales se quejaban de la falta de recursos para el trabajo.
    La montaña era de origen volcánico. Y de repente el mar: el tempestuoso
    reventar del Atlántico henchía sus oídos. Y el olor salado del mar los fecundaba y
    los triplicaba en monstruitos.
    ¿El cuerpo humano puede volar? La levitación. Santa Teresa de Ávila:
    «Parecía que una gran fuerza me elevaba en el aire. Eso me provocaba un gran
    miedo». El enano levitaba por segundos, pero le gustaba y no tenía miedo.


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    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
    (Hánjel)





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    Mensaje por Maria Lua Miér 13 Dic 2023, 11:25

    ***

    —¿Cómo se llama? —dijo mudo el chico—. Para poder llamarla, para poder
    llamarla la vida entera. Yo gritaré su nombre.
    —Yo no tengo nombre allá abajo. Aquí, tengo el nombre de Xantipa.
    —¡Ah! ¡Quiero gritar Xantipa! ¡Xantipa! Mire, estoy gritando hacia adentro.
    ¿Y cuál es su nombre durante el día?
    —Me parece que es… es… Creo que María Luisa.
    Y se estremeció como un caballo que se eriza. Cayó exangüe en el suelo.
    Nadie asesinaba a nadie porque ya estaban asesinados. Nadie quería morir y
    nadie moría.
    Mientras tanto, delicada, delicada, Él-ella usaba una insignia. El color de la
    insignia. Porque yo quiero vivir en abundancia y traicionaría al mejor amigo a
    cambio de más vida de la que se puede tener. Esa búsqueda, esa ambición. Yo
    despreciaba los preceptos de los sabios que aconsejan la moderación y la
    pobreza del alma; la simplificación del alma, según mi propia experiencia, era la
    santa inocencia. Pero yo luchaba contra la tentación.
    Sí. Sí: caer hasta la abyección. He ahí la ambición de ellos. El sonido era el
    heraldo del silencio. Porque nadie podía dejarse poseer por Aquel-aquella-sinnombre.
    Ellos querían gozar de lo prohibido. Querían elogiar la vida y no querían el
    dolor que es necesario para vivir, para sentir y para amar. Ellos querían sentir la
    inmortalidad aterradora. Pues lo prohibido es siempre lo mejor. Al mismo
    tiempo, ellos no se preocupaban ante la posibilidad de caer en el enorme agujero
    de la muerte. Y la vida sólo les era preciosa cuando gritaban y gemían. Sentir la
    fuerza del odio era lo que más querían. Yo me llamo pueblo, pensaban.
    —¿Qué hago para ser un héroe? Porque en los templos sólo hay héroes.
    Y, en el silencio, de pronto su grito aullador, no se sabía si de amor o mortal,
    el héroe oliendo a mirra, a incienso y a benjuí.








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    Mensaje por Maria Lua Sáb 16 Dic 2023, 06:47

    ***

    Él-ella cubría su desnudez con un manto bonito, pero parecido a una mortaja,
    mortaja púrpura, color bermejo-catedral. En noches sin luna Ella-él se
    transformaba en lechuza. Comerás a tu hermano, dijo ella en el pensamiento de
    los otros, y en la hora salvaje habrá un eclipse de sol.
    Para no traicionarse, ellos ignoraban que hoy era ayer y habría mañana.
    Soplaba en el aire una transparencia como ningún hombre había respirado antes.
    Pero ellos esparcían pimienta en polvo en los propios órganos genitales y se
    contorsionaban de ardor. Y de repente el odio. Ellos no se mataban los unos a los
    otros, pero sentían tan implacable odio que era como un dardo lanzado al cuerpo.
    Y se regocijaban, enloquecidos por lo que sentían. El odio era un vómito que los
    libraba del vómito mayor, el vómito del alma.
    Él-ella con las siete notas musicales conseguía el aullido. Así como con las
    mismas siete notas podría crear música sacra. Ellos habían oído dentro de sí
    mismos el do-re-mi-fa-sol-la-si, el si suave y agudísimo. Ellos eran
    independientes y soberanos, a pesar de estar guiados por Él-ella. Rugiendo la
    muerte en los sótanos oscuros. Fuego, grito, color, vicio, cruz. Estoy vigilante en
    el mundo: de noche vivo y de día duermo, me esquivo. Yo, con olfato de perro,
    orgiástico.
    En cuanto a ellos, cumplían los rituales que los fieles ejecutan sin entender los
    misterios. El ceremonial. Con un gesto leve Ella-él tocó a una niña fulminándola y
    todos dijeron: amén. La madre dio un aullido de lobo: estaba muerta, ella
    también







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    Mensaje por Maria Lua Sáb 16 Dic 2023, 06:48

    ***


    Pero era para tener supersensaciones para lo que se subía hasta allí. Y era una
    sensación tan secreta y tan profunda que el júbilo centelleaba en el aire. Ellos
    querían la fuerza superior que reina en el mundo a través de los siglos. ¿Tenían
    miedo? Sí. Nada sustituía la riqueza del silencioso pavor. Tener miedo era la
    maldita gloria de la oscuridad, silente como una Luna.
    Poco a poco se habituaban a la oscuridad y a la Luna, antes escondida, toda
    redonda y pálida, que les suavizaba la subida. Había tinieblas cuando uno por uno
    subía «la montaña», como llamaban a la planicie un poco más elevada. Se
    apoyaban en el suelo para no caer, pisando árboles secos y ásperos, pisando
    cactos espinosos. Era un miedo irresistiblemente atrayente, preferían morir que
    abandonarlo. Él-ella era para ellos como la Amante. Pero si alguien osaba, por
    ambición, tocarla, era congelado en la posición en que estuviera.
    Él-ella les contó, dentro de sus cerebros —y todos la escucharon dentro de sí
    —, lo que le ocurría a una persona cuando no atendía a la llamada de la noche: le
    ocurría que en la ceguera de la luz del día la persona vivía en carne abierta y con
    los ojos ofuscados por el pecado de la luz, vivía sin anestesia el terror de estar
    vivo. Nada hay que temer, cuando no se tiene miedo. Era la víspera del
    apocalipsis. ¿Quién era el rey de la Tierra? Si se abusa del poder que se ha
    conquistado, los maestros lo castigarán. Llenos de terror, de una feroz alegría,
    ellos se humillaban y con las carcajadas comían hierbas dañinas del suelo y las
    carcajadas rebosaban de oscuridades y de ecos de oscuridades. Un perfume
    sofocante de rosas henchía el peso del aire, rosas malditas en su fuerza de
    naturaleza demente, la misma naturaleza que inventaba las serpientes y los
    ratones, las perlas y los niños, la naturaleza enloquecida que ora era noche de
    tinieblas, ora el día de luz. Esta carne que se mueve sólo porque tiene espíritu.
    De las bocas escurría una saliva gruesa, amarga y untuosa, y ellos se orinaban
    sin sentirlo. Las mujeres que habían parido recientemente apretaban con violencia
    los propios senos y de los pezones una gruesa leche oscura manaba. Una mujer
    escupió con fuerza en la cara de un hombre y el escupitajo áspero se deslizó de la
    cara hasta la boca: ávidamente, se lamió los labios.







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