Aires de Libertad

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    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN (1870-1905) - Página 5 Empty Re: JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN (1870-1905)

    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 2:25

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    La vela





    - I -


    La moza murió a la aurora
    y el mozo no sabe nada,
    que más temprano que el día
    se levantó esta mañana,
    y alma blanda y cuerpo recio
    bregando están en la arada
    con una pena muy honda,
    con una tierra muy áspera.



    A ratos desmaya el cuerpo
    y el alma a ratos desmaya,
    y ya cuando al surco caen
    aquellas gotas de agua,
    no sabe el mozo de fijo
    si son sudores o lágrimas,
    que si el alma mucho sufre
    y el cuerpo mucho se afana,
    ruedan en uno fundidos
    jugos del cuerpo y del alma.



    ¡Qué tarde aquella tan triste!
    ¡Las nubes son tan opacas!...
    ¡Están los campos tan mudos!...
    ¡Están las tierras tan pardas!...
    Y la idea de la vida
    ¡es tan borrosa y tan vaga!



    Parece que Dios se ha ido
    del yermo que antes llenaba
    y el alma se siente sola
    en el centro de la nada.



    ¡Señor, que todo lo llenas!
    ¡Señor, que todo lo abarcas!
    ¡No dejes solo el terruño
    y a tus edenes te vayas,
    que en el terruño vivimos
    con el pan de la esperanza
    aquel gañán que perdiera
    sus dichas esta mañana
    y este hijo fiel que en el surco
    con las alondras te canta!




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    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 2:26

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    La vela





    - II -


    ¡Qué pobremente la entierran!
    La llevan en unas andas
    cuatro viejos que en el campo
    por viejos ya no trabajan,
    y solo siete mujeres...
    han podido acompañarla,
    que al yugo de sus trabajos
    están las gentes atadas.



    La marcha a veces suspenden
    porque los viejos se cansan
    y en el suelo depositan
    la pesadísima carga,
    mientras el sudor se enjugan
    de sus venerables calvas.



    Llegaron al campo santo
    cuando aquel gañán llegaba
    ya con el último surco
    del campo santo a la tapia,
    que araba el muchacho en tierras
    al cementerio rayanas
    porque en vida y en amores
    piensa no más el que ama.



    Los bueyes humedecieron
    la pobre musgosa tapia
    con el largo resoplido
    de la postrera parada;
    y el mozo, extático y mudo,
    con ojos llenos de lágrimas,
    vio turbiamente las luces,
    vio turbiamente las andas,
    y oyó el caer de la tierra,
    y vio que se arrodillaban
    los viejos y las mujeres
    murmurando una plegaria...



    Cayó el mozo de rodillas,
    una mano en la aguijada,
    otra mano en la mancera,
    un dogal en la garganta,
    y en el corazón un nudo,
    y un mar de hiel en el alma,
    -¡Ni una velita siquiera
    que tengo para alumbrarla!
    Así, con honda ironía,
    dijo el gañán sin palabras.



    Si hubiese alzado a los cielos
    la triste turbia mirada,
    viera mansamente ardiendo
    con trémula luz opaca
    el aguijón que guarnece
    la enhiesta, recta, aguijada...








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    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 3:52

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Mi vaquerillo




    He dormido esta noche en el monte
    con el niño que cuida mis vacas.
    En el valle tendió para ambos,
    el rapaz su raquítica manta
    ¡y se quiso quitar -¡pobrecillo!-
    su blusilla y hacerme almohada!



    Una noche solemne de junio,
    una noche de junio muy clara...
    Los valles dormían,
    los búhos cantaban,
    sonaba un cencerro;
    rumiaban las vacas...,
    y una luna de luz amorosa,
    presidiendo la atmósfera diáfana,
    inundaba los cielos tranquilos
    de dulzuras sedantes y cálidas.
    ¡Qué noches, qué noches!
    ¡Qué horas, qué auras!
    ¡Para hacerse de acero los cuerpos!
    ¡Para hacerse de oro las almas!
    Pero el niño, ¡qué solo vivía!
    ¡Me daba una lástima
    recordar que en los campos desiertos
    tan solo pasaba
    las noches de junio
    rutilantes, medrosas, calladas,
    y las húmedas noches de octubre,
    cuando el aire menea las ramas,
    y las noches del turbio febrero,
    tan negras, tan bravas,
    con lobos y cárabos,
    con vientos y aguas!...
    ¡Recordar que dormido pudieran
    pisarlo las vacas,
    morderle en los labios
    horrendas tarántulas,
    matarlo los lobos,
    comerlo las águilas!...
    ¡Vaquerito mío!
    ¡Cuán amargo era el pan que te daba!



    Yo tenía un hijito pequeño
    -¡hijo de mi alma,
    que jamás te dejé si tu madre
    sobre ti no tendía sus alas!-
    y si un hombre duro
    le vendiera las cosas tan caras...



    Pero ¡qué van a hablar mis amores,
    si el niñito que cuida mis vacas
    también tiene padres
    con tiernas entrañas?



    He pasado con él esta noche,
    y en las horas de más honda calma
    me habló la conciencia
    muy duras palabras...
    y le dije que sí, que era horrible...,
    que llorándolo el alma ya estaba.
    El niño dormía
    cara al cielo con plácida calma;
    la luz de la luna
    puro beso de madre le daba,
    y el beso del padre
    se lo puso mi boca en su cara.



    Y le dije con voz de cariño
    cuando vi clarear la mañana:
    -¡Despierta, mi mozo,
    que ya viene el alba
    y hay que hacer una lumbre muy grande
    y un almuerzo muy rico!... ¡Levanta!
    Tú te quedas luego
    guardando las vacas,
    y a la noche te vas y las dejas...
    ¡San Antonio bendito las guarda!...



    Y a tu madre a la noche le dices
    que vaya a mi casa,
    porque ya eres grande
    y te quiero aumentar la soldada.




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    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 3:53

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    Ara y canta



    - I -


    Labriego, ¿vas a la arada?
    Pues dudo que haya otoñada
    más grata y más placentera
    para cantar la tonada
    de la dulce sementera,



    ¿Qué has dicho? ¡Que el desgraciado
    que pasa el eterno día
    bregando tras un arado
    jamás cantó de alegría
    si alguna vez ha cantado?



    Es una queja embustera
    la que me acabas de dar.
    ¿No sabes que yo sé arar?
    Pues déjame la mancera,
    y oye, que voy a cantar:




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    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 3:54

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    Ara y canta






    - II -


    Labriego poco paciente:
    si crees que solo tu frente
    vierte copioso sudor,
    que sorbe innúmera gente,
    sal de tu error, labrador.



    Lo dice quien es tu hermano,
    quien canta tu lucha brava,
    lo dice quien por su mano
    siega la mies en verano
    y el huerto en invierno cava.



    ¿Qué sabes tú del tributo
    que el mundo al trabajo rinde,
    ni qué sabes de su fruto,
    si no has transpuesto la linde
    del terruño diminuto?



    Si el mundo aquel te impusiera
    yugos que impone al mejor,
    pensaras que tu mancera,
    si no es la más llevadera
    tampoco es la cruz mayor.



    Te quema el sol del estío,
    te azota el viento de enero
    y aguantas en el baldío
    los hálitos del rocío
    y el golpe del aguacero.



    Dura y perenne es la brega
    que pide riegos la vega,
    que pide rejas la arada,
    que pide gente la siega,
    que el huerto espera la azada.



    y es trabajoso el descuajo,
    y abrumador el destajo
    y a veces nulo el afán...
    ¡Y tal vez es el trabajo
    más duro que blando el pan!



    Todo es verdad, labrador;
    pero en esos horizontes,
    y en esas siembras en flor,
    y en estos alegres montes,
    ¿no hay nada consolador?.



    ¿Todo negro es tu destino?
    ¿Todo el vivir te envenena?
    ¿De abrojos horribles llena
    todo el árido camino?
    ¿Toda ingrata es la faena?



    ¿No sabes tú, labrador,
    que hay frente que el tiempo arruga
    escaldada en un sudor
    que sana brisa no enjuga
    con soplo consolador?



    ¿Sabes que hay ojos que ciegan
    laborando en la penumbra,
    mientras los tuyos se entregan
    al piélago en que se anegan
    de la luz que nos alumbra?



    ¿Sabes qué ambientes malsanos,
    si no venenos letales
    marchitan pechos humanos
    con corazones leales
    del tuyo dignos hermanos,



    mientras tu pecho sanean,
    y equilibran tus sentidos,
    y tus sudores orean
    ricas brisas que pasean
    por estos campos floridos?



    ¿Quieres en un mundo verte
    con bravas agitaciones,
    con injurias de la suerte,
    con bárbaras tentaciones
    y duelos, sin sangre, a muerte?



    ¿Qué sirena engañadora
    hasta aquí a decirte llega
    que en la ciudad bullidora
    ni se reza, ni se llora,
    ni se sufre, ni se brega?



    ¿Qué espíritu engañador
    o torpe decirte quiso:
    «Llora y suda, labrador,
    que el mundo es un paraíso
    regado con tu sudor?»



    Fuera más útil y honrado
    decirte quién ha arrancado
    de las entrañas de un cerro
    este pedazo de hierro
    de la reja de tu arado.



    Decirte que hornos ardientes
    fundieron humanas frentes
    cuando este hierro ablandaron,
    y que en su masa cuajaron
    sudores de hermanas gentes.



    Ara tranquilo, labriego,
    y piensa que no tan ciego
    fue tu destino contigo,
    que el campo es un buen amigo
    y es dulce miel su sosiego,



    y es salud el puro día,
    y estas bregas son vigor,
    y este ambiente es armonía,
    y esta luz es alegría...
    ¡Ara y canta, labrador!






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    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 3:55

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    La ciega





    - I -


    Los ojazos más llenos de amores
    eran los de Rosa,
    que irradiaban envuelta en fulgores
    honda sed de vivir querenciosa.



    Yo no sé de las dos cuál sería
    pena más doliente:
    porque Rosa quedó ciega un día
    la dejó de querer su Vicente.



    No fue objeto el galán que olvidaba
    de extraños enojos,
    porque el mundo entendió que adoraba
    la negrura y la luz de unos ojos,



    y los soles que él viera tan francos
    al amor abiertos
    se quedaron inertes y blancos
    como siempre se quedan los muertos.



    Al rincón de lo inútil de casa
    sentóse la ciega
    a esperar una muerte que pasa
    si el dolor con la vida le ruega;



    que en dejar se complace sangrando
    y a medias su obra,
    el consuelo mejor alejando
    del rincón donde está lo que sobra.



    Y, en lugar de la muerte, entró un día
    una voz humana
    que en la calle de Rosa decía:
    «Pues Vicente se casa con Juana.»



    Y la ciega sintió más intensa
    la triste negrura,
    porque no hay nube negra más densa
    que una nube de horrible amargura.




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    Mensaje por Lluvia Abril 28.11.21 3:55

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    La ciega





    - II -


    -¡Hermanito! ¡Clemente! ¡Clemente!
    -¿qué quieres hermana?
    -Yo te juro que adoro a Vicente
    y que no quiero mal a la Juana...



    ¡Que me creas!...
    -Que sí te lo creo;
    Mas... deja esas cosas...
    -Yo te juro que no es mi deseo
    recrearme en venganzas odiosas...



    ¡Que me creas, Clemente!
    -Sí, hija;
    ¡si sé que eres buena!
    Pero no quiero yo que te aflija
    semejante recuerdo de pena.



    -No es venganza; mas óyeme, hijo:
    -¿Qué quieres, hermana?
    -Ven más cerca, más cerca...
    -Y le dijo-:
    ¡Que le saques los ojos a Juana!...







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    Mensaje por Lluvia Abril 29.11.21 0:57

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    El ramo


    - I -


    Y ¿qué quieres, Sebastián?
    -Pues unos cantares, amo.
    -¿Para Luciana serán?
    -Son para cantarle el ramo
    de la noche de San Juan.



    -Bueno; pues di a Luciana
    que atienda y se ponga ufana
    si en la canción se conoce,
    y aquella noche, a las doce,
    le cantas a la ventana:



    «Te traigo un ramo de flores
    del huerto de mis amores
    para adornarte la reja;
    del huerto de mis mayores
    te traigo mieles de abeja;



    y amor y trabajo, unidos,
    cantando regalarán
    tus oídos
    en la noche de San Juan.»



    «¡Si tú supieras, Luciana,
    qué triste he pasado el día!...
    Fue tan larga la mañana,
    tan larga la tarde vana,
    que yo a las dos les decía:



    -Si no acabáis de esconderos,
    ¿cuándo su luz me darán
    los luceros
    de la noche de San Juan?



    «Me dice nuestro querer
    que aquel gozar de mañana
    más hondo que éste ha de ser...
    Perdone el Amor, Luciana,
    que no lo puedo creer.



    ¿Quién midió la dicha honda
    que inspira al pobre galán
    esta ronda
    de la noche de San Juan?»



    «Casta, cual noche de estío
    cual la hormiga, vividora;
    pura, cual puro rocío;
    risueña como la aurora...»
    ¡Así ha de ser, hijo mío!...



    Y se oían concertadas
    -olas que vienen y van-
    las tonadas
    de la noche de San Juan.



    «Antes que amores sintiera
    cantaba yo el esquileo,
    cantaba la barbechera,
    la plácida sementera
    y el codicioso acarreo.
    Y nunca aprendí estos sones,
    porque no eran los del pan
    las canciones
    de la noche de San Juan.»



    «Tranquilo te vi crecer;
    mas no sé con qué ilusión
    te pude más tarde ver,
    que díjome el corazón:



    ¡Es la soñada mujer!
    Y a un lado viejos pensares,
    dime a aprender con afán
    los cantares
    de la noche de San Juan.»



    «Te dije triste y sincero:
    -¡Soy un pobre jornalero,
    pero te tengo un querer!...
    -También soy pobre y te quiero
    -me hubiste de responder-;
    y aquel año de alegrías
    ya cantó el pobre gañán
    melodías
    de la noche de San Juan.»



    «Si te pudiera pintar
    unas ansias de querer
    en que ahora me siento ahogar
    y unas ganas de llorar
    que tengo al amanecer...
    ¡Ay!, a encenderlas volvieras
    cuando apagándose van
    las hogueras
    de la noche de San Juan.»



    «Mas oye: vengan los días
    de nuevas felicidades
    y de nuevas alegrías.
    Si amor promete ambrosía,
    juremos fidelidades,



    que cuantos años vivamos
    las hojas revivirán
    de estos ramos
    de la noche de San Juan.»




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    Mensaje por Lluvia Abril 29.11.21 0:58

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    El ramo


    - II -


    -Pero ¿lloras, Sebastián?
    -Yo no sé qué es esto, amo...
    -Pues lágrimas que se van...



    ¡Sé muy bien lo que es el ramo
    de la noche de San Juan!...





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    Mensaje por Lluvia Abril 29.11.21 0:59

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    La flor del espino


    - I -


    El padre es un tosco
    labriego fornido,
    áspero y velludo
    gigante broncíneo.



    ¡La madre, una hembra
    con hombrunos bríos,
    desgarradas formas,
    groseros aliños!



    ¡Y ved el misterio!...
    La niña ha nacido
    pequeñita y blanca
    como flor de espino.



    ¡La teta es tan grande
    como el angelito!
    Parecen el bronce
    y el mármol unidos.



    Me da mucha pena
    que aquel hociquillo
    tan tierno, tan puro,
    tan fresco, tan rico,
    toque el pezón negro
    el pechazo henchido.



    Y ¡siento una lástima
    y un miedo y un frío
    cuando el gigantesco
    labriego fornido
    coge en sus manazas
    aquel cuerpecito
    blanco como el mármol,
    tierno como un lirio!



    Como es tan pequeño,
    tan blando, tan fino,
    temo que las zarpas
    del león broncíneo
    lo hieran, lo quiebren...
    ¡Me da miedo y frío!



    Y luego, ¡qué ira
    cuando le hace mimos
    con aquellos dedos
    callosos y heridos
    y cuando le pone
    con brutal cariño
    los labiazos ásperos
    sobre el hociquillo,
    que parece un fresco
    clavel con rocío!...




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    Mensaje por Lluvia Abril 29.11.21 1:00

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    La flor del espino


    - II -


    ¡Eran aprensiones!
    Después lo he sabido.
    El pezón negruzco
    del pechazo henchido
    no mancha los labios
    de los angelitos.
    Es moreno y tosco,
    ¡pero está tan tibio!...
    ¡Tan tibia y tan pura
    derrama en hilillos
    la leche purísima
    del pechazo henchido,
    que ¡pobre de aquella
    flor blanca de espino
    sin ese venero
    de vida tan rico!



    ¡Por eso aquel ángel
    lo quiere tantísimo,
    que cuando se aparta,
    cansado y ahíto,
    del pezón moreno
    rebosante y tibio,
    lo mira y sonríe,
    le quiere hacer mimos,
    lo dobla y lo estruja
    con el hociquillo,
    lo coge y lo suelta,
    le da golpecitos,
    y poquito a poco
    se queda dormido
    de hartura y de gusto
    junto al calorcillo!...



    Ni aquellas manazas
    del padre sombrío
    lastiman al ángel...
    ¡Ya lo he comprendido!
    ¿Qué es lo que no torna
    süave el cariño?



    Cogerá a su hija
    como yo a mi hijo,
    quien dice su madre
    cuando se lo quito
    desnudo del halda
    para hacerle mimos:



    -¡Me da gusto verte
    levantar al niño,
    porque lo levantas
    lo mismo, lo mismo
    que los sacerdotes
    el cuerpo de Cristo!



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    Mensaje por Lluvia Abril 29.11.21 1:01

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    La flor del espino


    - III -


    Eran aprensiones,
    ¡ya lo he comprendido!
    Mas queda el enigma
    recóndito, vivo...



    El hombre es velloso,
    grosero, cetrino;
    la madre es hombruna
    de ceños sombríos;
    la débil niñita
    ¿por qué habrá nacido
    blanca como el mármol,
    tierna como el lirio?



    Pues es un misterio
    lo mismo, lo mismo,
    que el que nos ofrece
    la flor del espino...







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    Mensaje por Lluvia Abril 01.12.21 1:13

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    ¿Por qué?




    Aquella flor anónima
    de pétalos iguales
    que sola está en el páramo
    de grises pizarrales,
    ¿por qué ha nacido allí?



    Y aquella moza rústica
    que a ser esclava aspira
    de aquel pastor selvático
    que, huraño y torvo, mira,
    ¿por qué lo adora así?
    * * *
    ¿Por qué mete el cernícalo
    su nido en la hendidura
    y el colorín minúsculo
    lo guarda en la espesura
    del viejo carrascal?



    ¿Por qué las oropéndolas
    lo cuelgan del encino
    y aquellos otros pájaros
    sotiérranlo en el fino
    tapiz del arenal?
    * * *
    ¿Por qué a la loba escuálida
    creó Naturaleza
    vecina de la tórtola
    que arrulla en la maleza
    la calma del cubil?



    ¿Por qué son hermosísimos
    los blancos recentales?
    ¿Por qué tan torvos y hórridos,
    por qué tan desleales
    la hiena y el reptil?
    * * *
    ¿Por qué vivirá errático,
    sin nido, el necio cuco?
    ¿Por qué será el polícromo
    vistoso abejaruco
    tan áspero cantor?



    ¿Por qué de dulce música
    tesoro tal Dios guarda
    para el pardillo mísero,
    para la alondra parda
    y el pardo ruiseñor?
    * * *
    ¿Por qué destila bálsamos
    el mísero cantueso
    que vive en las estériles
    calvicies de aquel teso
    paupérrimo vivir?



    ¿Por qué las pomposísimas
    peonías fastuosas
    producen esas fétidas
    grasientas grandes rosas
    de enfático vestir?
    * * *
    ¿Por qué vierten las víboras
    ponzoñas dañadoras?
    ¿Por qué las beneméritas
    abejas labradoras
    producen rica miel?



    ¿Por qué si bajan límpidas
    a un labio que sonría
    las gratas puras lágrimas
    que arrancan la alegría
    también saben a hiel?
    * * *
    ¿Por qué?... Curioso espíritu,
    no quieras indagarlo,
    ni en tristes secas fórmulas
    pretendas encerrarlo
    si no quieres llorar.



    Misterios que sois únicos
    divinos bebederos
    de encantos sabrosísimos:
    ¡tocaros es perderos!
    ¡Viviros es gozar!





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    Mensaje por Lluvia Abril 01.12.21 1:14

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    Amor

    La muerte con sus soplos heladores
    apagó unos amores
    que fueron viva y rutilante llama;
    y la copa de hiel de mis dolores
    me hizo decir: «¡Feliz el que no ama!»



    Y huí cobardemente,
    vertiendo sangre de la abierta herida,
    en busca de un rincón -¡pobre demente!-
    donde no hubiera amor y hubiera vida.
    * * *
    En un repliegue de la sierra brava
    la pobre choza del pastor estaba,
    y del rústico albergue en los umbrales
    una pobre mujer canturreaba
    dulcísimas tonadas guturales.



    Un angelillo humano
    que estatuilla de bronce parecía,
    fruto de sierra vigoroso y sano,
    escuchaba el salvaje canto llano
    de la ruda mujer, y se dormía...



    Y un hombre gigantesco, otra escultura
    de faz de bronce y de mirada dura,
    un solitario de la sierra brava,
    un hijo de los riscos,
    con traje de pellejo que exhalaba
    efluvios de varón y olor de apriscos,
    al niño, embebecido, contemplaba;



    y de sus ojos el mirar ceñudo,
    a medida que plácido se hundía
    en aquel idolillo hermoso y rudo,
    se iba quedando ante el amor desnudo
    y en caricia ideal se convertía...
    ¡Era un nido de amores
    la choza de los rústicos pastores!
    * * *
    En la cumbre del páramo vacío
    vi la fábrica ingente de un convento,
    y a acogerme corrí dentro el sombrío
    grandioso monumento.



    Y en las penumbras vanas
    de sus místicas cárceles oscuras,
    una legión de vírgenes humanas,
    blanca bandada de palomas puras,
    los ojos elevando a las alturas,
    que sus castas miradas atraían,
    con plañideras voces temblorosas
    cantaban y decían:
    -¡Jesús! ¡Jesús!... ¡Te adoran tus esposas!
    ¡Tus esposas te adoran!... -repetían.
    * * *
    Crucé meditabundo
    la llanura monótona y desierta...,
    un pedazo de mundo
    donde la vida se imagina muerta.
    Era un silencio como el mar profundo,
    era un ambiente de infinita calma,
    era un dogal para la asfixia hecho,
    era una pena que mataba el alma,
    era una angustia que mataba el pecho.



    Solo en la lejanía
    un minúsculo punto se movía...
    tal vez un hombre que escapó al desierto,
    cobarde, como yo, y allí vivía
    porque todo en redor estaba muerto.
    Busqué su compañía,
    como un marido derrotado, el puerto;
    era un gañán que araba
    la tierra fértil de la gris llanura
    que yo me imaginaba
    páramo estéril, infecunda grava,
    polvo de sepultura...



    Y con una tristísima dulzura
    que convidaba a padecer dolores,
    vibró la voz del rudo campesino
    y este cantar de amores
    llevó la brisa hasta el lugar vecino:
    Te quiero más que a mi vida,
    más que a mi padre y mi madre,
    y si no fuera pecado,
    más que a la Virgen del Carmen.



    ¡Aquí no hablan de amor! -dije a las puertas
    del de los muertos olvidado asilo;
    y por sus calles frías y desiertas,
    triste vagué, pero vagué tranquilo.



    Y en losas sepulcrales,
    y en coronas, y en urnas funerales,
    y en criptas que guardaban los despojos
    de olvidados mortales.
    «¡Amor, amor, amor!», leían mis ojos,
    ¡Mentira! -dije, ¡Soledad y olvido!
    Los vivos, ¿dónde están? ¡Están viviendo!...



    Y de allá, del rincón más escondido,
    ¡trajo el aire un acento dolorido
    de humano pecho que se abrió gimiendo!,
    era una pobre anciana que tenía
    calentura de amor con desvarío
    y ante un sepulcro frío,
    temblando de dolor, así decía:
    -¡No estás solo, hijo mío!
    ¡Te acompaña el dolor del alma mía!
    * * *
    Pasé después por la gentil pradera
    y vi las dulces retozonas luchas
    del terreno precoz con la ternera;
    y en la fría corriente regadera
    vi los saltos nerviosos de las truchas,
    y rasando los prados amarillos,
    unidas vi volar dos mariposas,
    y de floridas zarzas espinosas,
    posados en los móviles arquillos,
    abiertos los piquillos
    y tendidas las alas temblorosas,
    volaban, sin volar, los pajarillos...,
    y las brisas errantes que pasaban
    en sus alas llevaban
    ritmos de vida, música de amores,
    aromas de salud, polen de flores...
    ¡Yo me embriagué! Las puertas del sentido
    y del alma las puertas,
    tomé a poner frente al vivir abiertas,
    llamé al amor y me entregué rendido.



    Y la sombra querida
    que en el sepulcro abandoné en mi huida,
    surgiendo luminosa,
    surgiendo agradecida,
    me dijo que el amor era la cosa
    más bella de la vida;
    me dijo que el amor era más fuerte,
    más grande que la muerte;
    me dijo que las almas que se adoran
    el roto lazo de su unión no lloran,
    porque el beso ideal de la constancia
    se lo dan a través de los abismos
    de la tumba, del tiempo y la distancia;
    me dijo que la vida en el desierto
    es cobarde vivir de un vivo muerto;
    me dijo que a lo largo del camino
    de un hondo amor a quien hirió el destino
    las penas son ternuras,
    las nostalgias del bien son poesía,
    las lágrimas tranquilas son dulzura,
    la soledad del alma es compañía...



    Y me dijo también: «La vida es bella,
    si en ella descubrieses, tras mi huella,
    la honda belleza de que está nutrida
    y me quieres amar.... ama la vida
    que a Dios y a mí nos amarás en ella.»






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    Mensaje por Lluvia Abril 02.12.21 0:52

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Idilio




    La pulida paverilla
    -¡un capullo de amapola!-
    huelga con el paverillo
    en la linde de la hoja.
    La pavada anda buscando
    hormiguitas y langostas
    en los cercanos baldíos,
    que no tienen otra cosa.
    Sentada está la pavera
    del lindón sobre la alfombra,
    y el pavero de rodillas,
    como adoran los que adoran.
    Ella ha juntado en el halda,
    donde los tallos les corta,
    un montón de bien cerrados
    capullitos de amapola.
    Sin romperlo, en sus dedillos
    uno coge cuidadosa
    y se lo muestra al muchacho
    preguntando: «¿Fraile o monja?»
    Y esperando se le queda
    ¡más picaresca y más mona!...
    El capullo será fraile
    si tiene rojas las hojas,
    pero si las tiene blancas,
    el capullo será monja.
    Y estático el paverillo,
    con ojazos interrogan,
    contempla el misterio, y duda,
    y se agita, y se emociona,
    y mira luego a la niña
    que lo apremia, que lo azora,
    y lleno del hondo pánico
    que presiente la derrota,
    se lanza a dar la respuesta
    como el que a morir se arroja.
    Y apenas ha dicho: «¡Fraile!»
    con la voz un poco ronca,
    rompe la niña el capullo
    y exclama entre risas: «¡Monja!»
    Y apenas ha dicho el niño:
    «¡Monja!», con voz temblorosa,
    «¡Fraile!», le grita riéndose
    la paverilla burlona...



    ¡Está más torpe el muchacho!
    ¡La niña tanto lo azora!...
    ¡Y luego, es tan misterioso
    un capullo de amapola!...
    ¡Como que yo no diría
    jamás ni fraile ni monja!...





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    Mensaje por Lluvia Abril 02.12.21 0:52

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Elegía





    - I -


    No fue una reina
    de las de España,
    fue la alegría
    de una majada.



    Trece años cumple
    para la Pascua
    la cabrerilla
    de Casablanca.
    Su pobre madre
    sola la manda
    todas las tardes
    a la majada.
    Lleva ropilla,
    lleva viandas
    y trae jugosa
    leche de cabras.
    Vuelve de noche,
    porque es muy larga,
    porque es muy dura
    la caminada
    para un asnillo
    que apenas anda.



    ¡Qué miedo lleva!
    Pero lo espanta
    con el sonido
    de sus tonadas.
    Canta con miedo,
    de miedo canta.
    ¡Son tan profundas
    las hondonadas
    y tan espesas
    todas las matas!...
    ¡Son tan horribles
    las noches malas,
    cuando errabundas
    aullando vagan
    lobas paridas
    por las cañadas
    con unos ojos
    como las brasas!...
    ¡Son tan medrosas
    las noches claras
    cuando en los charcos
    cantan las ranas,
    cuando los búhos
    ocultos graznan,
    cuando hacen sombra
    todas las matas
    y se menean
    todas las ramas!...



    Los viejos hombres
    de la majada
    la quieren mucho
    porque es tan guapa,
    porque es tan buena,
    porque es tan sabia.
    Pero a un despierto
    zagal de cabras,
    que cumple trece
    para la Pascua,
    no sé con ella
    lo que le pasa,
    que algunas veces,
    al contemplarla,
    se pone trémula
    su cara pálida
    y entre sus párpados
    tiemblan dos lágrimas...



    Nadie ha sabido
    que la regala
    dijes y cruces
    de Alcaravaca
    de bien pulido
    cuerno de cabra.



    Cuando ella viene
    con la vianda
    ¡le da más gusto!...
    ¡Le da más ansia,
    le da más pena,
    cuando se marcha!...
    ¡Como que toda
    la noche pasa
    llorando quedo
    sobre la manta
    sin que lo sepan
    en la majada!




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    Mensaje por Lluvia Abril 02.12.21 0:53

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Elegía




    - II -


    ¡Ay pobre madre,
    cómo gritaba,
    despavorida,
    desmelenada!
    ¡Ay los cabreros
    cómo lloraban,
    apostrofando,
    ciegos de rabia!
    ¡Cómo corrían
    y golpeaban
    con los cayados
    peñas y matas!
    ¡Y eran muy pocas
    todas las lágrimas
    que de los ojos
    se derramaban!
    ¡Y eran pequeñas
    todas las ansias
    y las torturas
    de las entrañas!
    ¿Quién nunca ha visto
    desdicha tanta?
    ¡La cabrerilla
    de Casablanca
    por fieros lobos,
    ¡ay!, devorada!
    Sangre en las peñas,
    sangre en las matas,
    ¡la virgencita,
    desbaratada!
    ¡Toda en pedazos
    sobre la grava:
    los huesecitos
    que blanqueaban,
    la cabellera
    presa en las matas,
    rota en mechones
    y ensangrentada!...
    ¡Los zapatitos,
    las pobres sayas
    todas revueltas
    y desgarradas!...



    Loca la madre,
    qué miedo daba
    de ver los rayos
    de sus miradas,
    de oír los timbres
    de sus palabras,
    y el cabrerillo
    de la majada
    mudo y atónito
    tremiendo estaba
    con los ojazos
    llenos de lágrimas,
    despavorido
    como zorzala
    de un aguilucho
    presa en las garras.
    ¿Cómo los árboles
    no se desgajan?
    ¿Cómo las peñas
    no se quebrantan,
    y no se enturbian
    las fuentes claras
    y no ennegrecen
    las noches blancas?
    Ya vienen hombres
    con unas andas,
    con unos paños,
    con una sábana;
    los despojitos
    en ella guardan
    y se los llevan
    a Casablanca.



    Y al cabrerillo
    nadie lo llama,
    pero él camina
    tras de las andas
    mirando a todos
    con la mirada
    de herido pájaro
    que en torno vaga
    de los verdugos
    que le arrebatan
    el dulce nido
    donde habitaba.
    ¡Ay virgencita
    de Casablanca!
    ¡Ay cabrerillo
    de la majada!



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    Mensaje por Lluvia Abril 02.12.21 0:54

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Elegía






    - III -


    Su padre silba,
    su padre llama,
    porque el muchacho
    deja las cabras
    junto a las siembras
    abandonadas
    y en los jarales
    oculto pasa
    tardes enteras,
    largas mañanas...
    ¿Qué es lo que hace?
    ¿Por qué se guarda?
    Pues es que a solas
    las horas pasa,
    pule que pule,
    taja que taja,
    llora que llora,
    ciego de lágrimas...,
    que dos veneras
    finas prepara
    de bien pulido
    cuerno de cabra,
    porque una noche
    quiere llevarlas
    al campo santo
    de Casablanca...





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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez 02.12.21 2:33

    "Si aquel amor su espíritu tocara,
    sus entrañas de hombre sacudiera
    y su mente de artista caldeara,
    ¡qué rica, qué sincera,
    qué llena de vigor su poesía!
    ¡La helada realidad qué poco fría!
    ¡Qué sabrosa y feliz la vida fuera!
    La música briosa sonaría
    de sus nuevas canciones
    a murmullos de plática vehemente,
    y a fogoso latir de corazones,
    y a rítmico alentar de pecho ardiente..."



    Precioso, querida amiga. Excelente trabajo el tuyo.


    Besos.


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    Mensaje por Lluvia Abril 03.12.21 0:50

    Excelente es la poesía de Gabriel y Galán, y tú, por estar.
    Gracias, Pascual.


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    Mensaje por Lluvia Abril 03.12.21 0:53

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    Los pastores de mi abuelo



    - I -


    He dormido en la majada sobre un lecho de lentiscos
    embriagado por el vaho de los húmedos apriscos
    y arrullado por murmullos de mansísimo rumiar.
    He comido pan sabroso con entrañas de camero
    que guisaron los pastores en blanquísimo caldero
    suspendido de las llares sobre el fuego del hogar.



    Y al arrullo soñoliento de monótonos hervores,
    he charlado largamente con los rústicos pastores
    y he buscado en sus sentires algo bello que decir...
    ¡Ya se han ido, ya se han ido! ¡Ya no encuentro en la comarca
    los pastores de mi abuelo, que era un viejo patriarca
    con pastores y vaqueros que rimaban el vivir!



    Se acabaron para siempre los selváticos juglares
    que alegraban las majadas con historias y cantares
    y romances peregrinos de muchísimo sabor.
    Para siempre se acabaron los ingenuos narradores
    de las trágicas leyendas de fantásticos amores
    y contiendas fabulosas de los hombres del honor.



    ¡Ya se han ido, ya se han ido! Los que habitan sus majadas,
    ya no riman, ya no cantan villancicos y tonadas
    y fantásticas leyendas que encantaban mi niñez.
    Han perdido los vigores y las vírgenes frescuras
    de los cuerpos y las almas que bebieron aguas puras
    de veneros naturales de exquisita limpidez.



    ¡Ya no riman, ya no cantan! Ya no piden al viajero
    que les cuente la leyenda del gentil aventurero,
    la princesa encarcelada y el enano encantador.
    Ya no piden aquel cuento de la azada y el tesoro,
    ni la historia fabulosa de la guerra con el moro,
    ni el romance tierno y bello de la Virgen y el pastor.



    ¡He dormido en la majada! Blasfemaban los pastores
    maldiciendo la fortuna de los amos y señores
    que habitaban los palacios de la mágica ciudad;
    y gruñían rencorosos como perros amarrados
    venteando los placeres y blandiendo los cayados
    que heredaron de otros hombres como cetros de la paz.




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    Mensaje por Lluvia Abril 03.12.21 0:54

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    Los pastores de mi abuelo



    - II -


    Yo quisiera que tomaran a mis chozas y casetas
    las estirpes patriarcales de selváticos poetas,
    tañedores montesinos de la gaita y el rabel,
    que mis campos empapaban en la intensa melodía
    de una música primera que en los senos se fundía
    de silencios transparentes, más sabrosos que la miel.



    Una música tan virgen como el aura de mis montes,
    tan serena como el cielo de sus amplios horizontes,
    tan ingenua como el alma del artista montaraz,
    tan sonora como el viento de las tardes abrileñas,
    tan süave como el paso de las aguas ribereñas,
    tan tranquila como el curso de las horas de la paz.



    Una música fundida con balidos de corderos,
    con arrullos de palomas y mugidos de terneros,
    con chasquidos de la onda del vaquero silbador,
    con rodar de regatillos entre peñas y zarzales,
    con zumbidos de cencerros y cantares de zagales,
    ¡de precoces zagalillos que barruntan ya el amor!



    Una música que dice cómo suenan en los chozos
    las sentencias de los viejos y las risas de los mozos,
    y el silencio de las noches en la inmensa soledad,
    y el hervir de los calderos en las lumbres pavorosas,
    y el llover de los abismos en las noches tenebrosas,
    y el ladrar de los mastines en la densa oscuridad.



    Yo quisiera que la musa de la gente campesina
    no durmiese en las entrañas de la vieja hueca encina
    donde, herida por los tiempos, hosca y brava se encerró.
    Yo quisiera que las puntas de sus alas vigorosas
    nuevamente restallaran en las frentes tenebrosas
    de esta raza cuya sangre la codicia envenenó.



    Yo quisiera que encubriesen las zamarras de pellejo
    pechos fuertes con ingenuos corazones de oro viejo
    penetrados de la calma de la vida montaraz.
    Yo quisiera que en el culto de los montes abrevados,
    sacerdotes de los montes, ostentaran sus cayados
    como símbolos de un culto, como cetros de la paz.



    Yo quisiera que vagase por los rústicos asilos,
    no la casta fabulosa de fantásticos Batilos
    que jamás en las majadas de mis montes habitó,
    sino aquella casta de hombres vigorosos y severos,
    más leales que mastines, más sencillos que corderos,
    más esquivos que lobatos, ¡más poetas, ¡ay!, que yo!



    ¡Más poetas! Los que miran silenciosos hacia Oriente
    y saludan a la aurora con la estrofa balbuciente
    que derraman, sin saberlo, de la gaita pastoril,
    son los hijos naturales de la musa campesina
    que les dicta mansamente la tonada matutina
    con que sienten las auroras del sereno mes de abril.



    ¡Más poetas, más poetas! Los artistas inconscientes
    que se sientan por las tardes en las peñas eminentes
    y modulan sin quererlo, melancólico cantar,
    son las almas empapadas en la rica poesía
    melancólica y süave que destila la agonía
    dolorida y perezosa de la luz crepuscular.



    ¡Más poetas, más poetas! Los que riman sus sentires
    cuando dentro de las almas cristalizan en decires
    que en los senos de los campos se derraman sin querer,
    son los hijos elegidos que desnudos amamanta
    la pujanza brava musa que al oído solo canta
    las sinceras efusiones del dolor y del placer.



    ¡Más poetas! Los que viven la feliz monotonía
    sin frenéticos espasmos de placer y de alegría
    de los cuales las enfermas pobres almas van en pos,
    han saltado, sin saberlo, sobre todas las alturas
    y serenos van cantando por las plácidas llanuras
    de la vida humilde y fuerte que cantando va hacia Dios.



    ¡Que reviva, que rebulla por mis chozos y casetas
    la castiza vieja raza de selváticos poetas
    que la vida buena vieron y rimaron el vivir!
    ¡Que repueblen las campiñas de la clásica comarca
    los pastores y vaqueros de mi abuelo el patriarca
    que con ellos tuvo un día la fortuna de morir!



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    Mensaje por Lluvia Abril 03.12.21 0:55

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Tradicional




    El huerto que heredé de mis mayores
    no tiene bellas flores
    de efímero vivir ni tenues frondas;
    tiene hiedra sagrada
    de hojas perennes y raíces hondas;
    fresca niñez y ancianidad honrada.



    Una bíblica higuera
    lo llena todo con su copa oscura,
    y una fuente con rica regadera,
    que música me da, le da frescura.



    Lo poco que en el mundo me ha quedado
    lo tengo en este huerto,
    siempre al estruendo mundanal cerrado,
    siempre a la voz de mi sentir abierto.
    En medio está enclavado
    del árido desierto,
    triste vivienda de la grey humana
    que duda de la tierra prometida,
    cada vez más lejana,
    cada vez hacia Oriente más hundida...



    Yo, cuando el sol del arenal me ciega
    y en fuerza de mirar siento borrosa
    la visión luminosa
    donde parece que jamás se llega...
    Cuando el sudor anega
    mis doloridos empañados ojos,
    cuando me hieren los aceros fríos
    de punzantes abrojos,
    cuando me azotan los hermanos míos
    que me encuentro de frente en el desierto,
    vertiendo sangre a ríos
    y lágrimas a mares, torno al huerto.



    Mi padre se sentaba en esta piedra,
    que coronó de hiedra
    la mano santa de mi santa madre...
    Fue un altar al amor en roca dura
    con dosel de verdura,
    trono de patriarca con mi padre
    y urna de santa con mi madre pura.



    Ya está solo el edén. Todo es desierto.
    Detrás de mis santísimos ancianos
    saliendo han ido del sagrado huerto
    mis amantes dulcísimos hermanos...
    ¡Los he visto morir, y yo no he muerto!



    ¡Jamás he comprendido
    por qué Dios ha querido
    que el vástago más ruin y débil sea
    el último habitante de este nido.
    Querrá Dios encerrarme
    tal vez para ganarme,
    porque en estas sagradas espesuras,
    donde pasos al cielo son los días,
    yo no puedo sentir cosas impura,
    yo no puedo soñar cosas impías.



    He nacido en amenas,
    castizas y santísimas comarcas
    y corre por mis venas
    sangre de venerables patriarcas
    que me legaron enseñanzas buenas,
    huerto, escudo, solar y oro en sus arcas.
    Mas, en mi estéril soledad hundido,
    Amor me ha visitado. Amor me ha herido,
    y hervor de sangre que mi cuerpo inunda
    dice que no he nacido
    para morir estéril junto al nido
    de una raza fecunda.



    Dondequiera que estés, mujer hermosa,
    predestinada esposa,
    que merezcas posar aquí tu planta,
    que merezcas sentarte en esta piedra
    que coronó de hiedra
    la mano de una santa,
    ven al huerto querido,
    y a la sombra de Dios, Padre del mundo,
    pondremos cama nueva al viejo nido
    que mi sangre y mi Dios quieren fecundo.



    El Cielo todavía
    no ha otorgado a mis ojos el consuelo
    de deber tu hermosura, ¡oh Virgen mía!;
    pero te adoro en el azul del cielo,
    y en el tranquilo resbalar del día,
    y en el silencio de la noche oscura,
    y en la quietud del huerto sosegado,
    y en el recuerdo de la gente pura
    que me lo hizo sagrado.



    Te adoro en la memoria
    de aquella santa de sencilla historia
    que la tierra del huerto que he heredado
    santificó con su adorable planta
    y el dulce ambiente nos dejó inundado
    de perfumes de santa.



    Ven, casta Virgen, al reclamo amigo
    de un alma de hombre que te espera ansiosa
    porque presiente que vendrán contigo
    el pudor de la Virgen candorosa,
    la gravedad de la mujer cristiana,
    el casto amor de la leal esposa
    y el pecho maternal que juntos mana
    leche y amor para la prole sana
    que a Dios le place alegre y numerosa.



    ¡Dios que lo escuchas!, acelera el día,
    porque es tu sol incubador y hermoso,
    y la noche es estéril y sombría,
    la vida breve, el corazón fogoso,
    sensible el alma mía,
    soberano el Amor fructuoso
    y Tú eres Padre del inmenso mundo
    e hijo yo soy del mundo vigoroso
    que te plugo crear grande y fecundo.



    Alegra mi desierto
    con ruido de vivir cuyo concierto
    pueda sonarte a coro de angelillos...
    Ya ves que entre las hiedras encubierto
    hay un nido minúsculo en mi huerto
    con siete pajarillos...







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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez 03.12.21 2:14

    "Yo quisiera que tomaran a mis chozas y casetas
    las estirpes patriarcales de selváticos poetas,
    tañedores montesinos de la gaita y el rabel,
    que mis campos empapaban en la intensa melodía
    de una música primera que en los senos se fundía
    de silencios transparentes, más sabrosos que la miel.



    Una música tan virgen como el aura de mis montes,
    tan serena como el cielo de sus amplios horizontes,
    tan ingenua como el alma del artista montaraz,
    tan sonora como el viento de las tardes abrileñas,
    tan süave como el paso de las aguas ribereñas,
    tan tranquila como el curso de las horas de la paz."


    No dejaré de leer tu trabajo ni un día... aunque, a veces, no comente.


    Besos.


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    Mensaje por Lluvia Abril 04.12.21 1:53

    Hoy no estoy en mi casa y no podré trabajar por acá, además desde el móvil soy un pato escribiendo, pero darte las gracias por estar ahí es sencillo, eso hago y te dejo besos.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez 04.12.21 5:35

    EL FORO ES - DEBERÍA SER - TAMBIÉN UN LUGAR DONDE NACE Y CRECE LA AMISTAD. TÚ Y YO, CREO, QUE SABEMOS DE ESO: ADELANTE, NO TE RINDAS.

    BESOS.


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    Mensaje por Lluvia Abril 05.12.21 2:33

    Por supuesto, aquí estaré, amigo mío.
    Gracias y seguimos pues.


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    Mensaje por Lluvia Abril 05.12.21 2:36

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Amor de madre



    - I -


    Antes de que el poeta alce su canto
    a un santo amor a quien le debe tanto,
    dejad que el hijo que lo santo siente,
    comience haciendo, con respeto santo,
    la señal de la cruz sobre su frente.
    Siempre la sello con el signo eterno
    cuando al borde me inclino
    del mar inmenso del amor divino
    o del torrente del amor materno.
    La cuerda del laúd ruda y bravía,
    que los canta con mísera armonía,
    debiera ser el llamamiento muda,
    porque la mano que lo pulsa es mía,
    porque la cuerda que responde es ruda,
    y el salmo santo de las cosas santas
    debe bajar de alturas celestiales
    con letras de seráficas gargantas
    y acentos de laúdes edeniales.



    Por eso, cuando canto,
    con pálido decir y acento oscuro,
    el amor de aquel Dios, tres veces santo,
    o el de aquella mujer, tres veces puro...;
    cuando hallar he creído
    con mi canción el amoroso emblema
    y la recito de esperanza henchido,
    me desgarran el alma y el oído,
    las míseras estrofas del poema;
    rompo el laúd, que acompañó mi canto,
    y digo con la voz de la amargura:



    ¡Señor a quien soñé: Tú eres más santo!
    ¡Mujer de quien nací: tú eres más pura!




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    Mensaje por Lluvia Abril 05.12.21 2:37

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS




    Amor de madre



    - II -


    La he visto arrodillada
    junto a la cuna del enfermo hijo,
    fija en el ángel la febril mirada
    y en Dios clemente el pensamiento fijo.
    La carita de nácar y de rosa
    era un montón de podredumbre horrendo,
    que la zarpa asquerosa
    de horrible enfermedad iba pudriendo.
    Pero la mano valerosa y fuerte
    de la amorosa madre dolorida
    daba un toque de vida
    sobre cada mordisco de la muerte;
    y aquella ardiente boca
    de la sublime enamorada loca,
    que respiraba lumbre
    de amorosa materna calentura,
    besaba la espantosa podredumbre
    con locos arrebatos de ternura...



    Sudor vertiendo y devorando hieles,
    yo la vi resignada
    al yugo de las bregas más crueles
    como una res atada.
    La vi en el crudo y frío,
    turbio y callado amanecer de enero,
    yerta junto al helado lavadero
    en las gélidas márgenes del río.
    Hacia el bosque sombrío
    la vi subir por los barrancos rojos;
    la vi bajar de las agrestes faldas,
    desgarrando sus plantas los abrojos,
    desgarrando la leña sus espaldas...
    Y en la espinosa vía
    que sube y baja de las agrias crestas,
    yo la he visto caer, como caía
    Cristo divino con la cruz a cuestas.
    Yo la he visto dejar su pobre casa
    cuando julio cruel ciega los ojos,
    bruñe los cielos y la tierra abrasa,
    y en los ardientes áridos rastrojos
    disputando su presa a las hormigas,
    yo la he visto buscar unas espigas
    perdidas entre sábanas de abrojos.
    Yo la he visto cargada,
    camino de la vega, con la azada,
    delante de un verdugo
    que a la humana legión desheredada
    disputaba a pellizcos un mendrugo,
    y en el hijito el pensamiento fijo,
    iba la mártir amarrada al yugo,
    pues solo de su sangre con el jugo
    la mártir amasaba el pan del hijo.



    Yo la he visto bajar a los fangales
    donde el hijo infeliz se revolcaba
    donde las alas de su amor manchaba
    con el lobo de amores criminales.
    Era una noche brava,
    sin luz y fría como el alma loca
    de aquel hijo perdido,
    que al antro infame a derramar ha ido
    baba de impío de la torpe boca,
    fango de amor del corazón podrido,
    una noche de aquellas
    en que, al verse tal vez más ofendido,
    vela Dios las estrellas,
    y no le queda al hombre
    otra luz que el fulgor de las centellas
    y el de la fe en el nombre
    del Dios que vibra justiciero en ellas
    Noches para el hogar, que nadie sabe
    si en una de ellas estará dispuesto
    que el mundo frágil espantado acabe,
    y del naufragio en el momento grave,
    el que no esté en su hogar no está en su puesto.
    Y en una de esas de terrores llenas,
    noches que zumban como el mar airado
    el látigo de acero de las penas
    echó a la madre de su hogar honrado.



    Al hijo desmandado
    iba a llamar con doloroso acento
    al antro tenebroso donde, hambriento,
    encueva sus miserias el pecado.
    Detúvose a la puerta,
    muerta de angustias y de espanto muerta;
    zumbaba loca la feroz orgía,
    botaba la borrasca en las alturas,
    y otra más brava, sin rugir, vertía
    sobre el alma turbiones de amarguras.
    El coro de las bestias blasfemaba,
    vibraba el antro, el huracán rugía.
    Dios relampagueaba
    y la vieja infeliz se estremecía.



    Estaba oyendo en el feroz concierto
    del hondo lupanar, negro y abierto,
    la loca voz del réprobo querido...
    ¡Fuera menos dolor llorarlo muerto
    que llorarlo perdido!
    Y, acurrucada en la calleja oscura,
    como una pordiosera,
    transida de dolor con calentura,
    con frío de terror y faz de cera,
    parecía, velando en la negrura,
    la muda estatua del amor que espera
    la santa redención de un alma impura.
    Salieron de repente
    del tenebroso lupanar rugiente
    dos hombres ebrios, de mirada loca,
    que en la calle pararon frente a frente,
    la blasfemia en la boca
    y en la mano el cuchillo reluciente...
    Una sola embestida,
    un opaco rugido maldiciente,
    el estruendo mortal de una caída
    y un sordo surtidor de sangre hirviente
    brotando por la boca de una herida...



    Y otro grito vibrante,
    plañidero, feroz, dilacerante,
    del pecho débil de la madre fuerte,
    detuvo al asesino en el instante
    del blandir otra vez el humeante
    fino puñal sobre el rival inerte.



    Antes ebrio de vino,
    antes ebrio de rabia vengadora,
    y ebrio de sangre ahora,
    el bárbaro asesino,
    con la más espantosa de las sañas
    alza el puñal que ensangrentado oprime
    y lo hunde en las entrañas
    llenas de amor de la mujer sublime,
    y al caer la heroína sobre el hijo,
    que en el charco de sangre agonizaba,
    «¡Hijo del alma!», dijo
    con voz de mártir que a perdón sonaba.
    ..........................................................
    La sangre de la débil ancianita,
    cayendo sobre el pecho palpitante
    del hijo agonizante,
    como lluvia bendita,
    corrió caliente hacia la herida abierta,
    y el rojo raudalillo desatado
    que abierta halló del corazón la puerta,
    inundó el corazón del hijo amado.



    Las pupilas cuajadas
    de la víctima inerte,
    cargadas de dolor, de amor cargadas,
    hundieron en el cielo sus miradas.
    ¡Y en él hundidas las dejó la muerte!
    ........................................................
    Brillaban las estrellas cual topacios
    en el húmedo azul de los espacios,
    que el soplo del Señor limpió de nubes,
    la borrasca pasó, reinó la calma,
    y, en su augusto callar, oyó mi alma
    que una gentil tropilla de querubes
    ante las puertas de oro
    del alcázar de Dios, cantaba a coro:
    «¡Señor, Señor! En el humano suelo
    de tu amor una chispa aun ha quedado
    que el alma de una madre trae al cielo
    la de un hijo infeliz regenerado!...»
    ........................................................
    Más sublime te he visto
    cuando salvas, ¡oh amor!, que cuando creas.
    ¡Tú sabes ser como el amor de Cristo,
    pues sabes redimir! ¡Bendito seas!



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    pero no detener la primavera".

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    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN (1870-1905) - Página 5 Empty Re: JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN (1870-1905)

    Mensaje por Lluvia Abril 05.12.21 2:38

    JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN



    CAMPESINAS



    Dos paisajes


    - I -


    Dos paisajes: el uno soñado
    y el otro vivido.



    ¡Cuán amarga, sin sueños, me fuera
    la vida que vivo!
    ......................................................



    Era un trozo de tierra jurdana
    sin una alquería;
    era un trozo de mundo sin ruido,
    de mundo sin vida.



    Era un campo tan solo, tan solo
    como un cementerio,
    donde más hondamente se sienten
    los hondos silencios.



    Madroñeras, lentiscos y jaras
    helechos y piedras,
    madreselvas, zarzales y brezos,
    retamas escuetas...



    ¡La maraña revuelta y estéril
    que viste los campos
    cuando no los fecunda y riegan
    sudores humanos!



    No tenían trigales las lomas,
    ni huertos las vegas,
    ni sotillos las frescas umbrías,
    ni árboles la sierra...



    No tenían las rudas labores
    cantores humanos,



    ni el sabroso caer de las tardes
    cantores alados.



    No tenían ni puente el riachuelo,
    ni torre la aldea,
    ni alegría de vida sus grises
    hórridas viviendas.



    A sus puertas holgaban desnudos
    niñitos hambrientos,
    devorando sopores de muerte
    de alma y del cuerpo.



    Y unas ruines mujeres traían
    de pueblos lejanos
    miserables mendrugos mohosos
    envueltos en trapos...



    Y unos hombres huraños y entecos
    la tierra arañaban
    como ruines raposos sin presa
    que el páramo escarban.



    Y una sorda quietud imponente,
    grabándolo todo,
    sobre el muerto vivir descargaba
    su losa de plomo...





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