Aires de Libertad

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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 19 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 14:30

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIII

    PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
    CONT

    Y le contestó su nodriza Euriclea:

    «Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco
    de tus dientes! ¡Tú, que dices que no volverá
    jamás tu esposo, cuando ya está dentro, junto al
    hogar! Tu corazón ha sido siempre desconfiado,
    pero te voy a dar otra señal manifiesta:
    cuando le lavaba vi la herida que una vez le
    hizo un jabalí con su blanco colmillo; quise
    decírtelo, pero él me asió la boca con sus manos
    y no me lo permitió por la astucia de su mente.
    Vamos, sígueme, que yo misma me ofrezco en
    prenda y, si te engaño, mátame con la muerte
    más lamentable.»


    Y le contestó la prudente Penélope:

    «Nodriza querida, es difícil que tú descubras
    los designios de los dioses, que han nacido para
    siempre, por muy astuta que seas. Vayamos,
    pues, en busca de mi hijo para que yo vea a los
    pretendientes muertos y a quien los mató.»


    Así dijo, y descendió del piso de arriba. Su corazón
    revolvía una y otra vez si interrogaría a
    su esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le
    tomaría de las manos y le besaría la cabeza. Y
    cuando entró y traspasó el umbral de piedra se
    sentó frente a Odiseo junto al resplandor del
    fuego, en la pared de enfrente. Él se sentaba
    junto a una elevada columna con la vista baja
    esperando que le dijera algo su fuerte esposa
    cuando lo viera con sus ojos, pero ella permaneció
    sentada en silencio largo tiempo -pues el
    estupor alcanzaba su corazón. Unas veces le
    miraba fijamente al rostro y otras no lo reconocía
    por llevar en su cuerpo miserables vestidos.
    Entonces Telémaco la reprendió, le dijo su palabra
    y la llamó por su nombre:

    «Madre mía, mala madre, que tienes un corazón
    tan cruel. ¿Por qué te mantienes tan alejada
    de mi padre y no te sientas junto a él para
    interrogarle y enterarte de todo? Ninguna otra
    mujer se mantendría con ánimo tan tenaz apartada
    de su marido, cuando éste después de pasar
    innumerables calamidades llega a su patria
    a los veinte años. Pero tu corazón es siempre
    más duro que la piedra.»


    Y le contestó la prudente Penélope:

    «Hijo mío, tengo el corazón pasmado dentro
    del pecho y no puedo pronunciar una sola palabra
    ni interrogarle, ni mirarle siquiera a la
    cara. Si en verdad es Odiseo y ha llegado a casa,
    nos reconoceremos mutuamente mejor, pues
    tenemos señales secretas para los demás que
    sólo nosotros dos conocemos.»


    Así habló y sonrió el sufridor, el divino Odiseo,
    y al punto dirigió a Telémaco aladas palabras:

    «Telémaco, deja a tu madre que me ponga a
    prueba en el palacio y así lo verá mejor. Como
    ahora estoy sucio y tengo sobre mi cuerpo vestidos
    míseros, no me honra y todavía no cree
    que yo sea aquél. Pero deliberemos antes de
    modo que resulte todo mejor, pues cualquiera
    que mata en el pueblo incluso a un hombre que
    no deja atrás muchos vengadores, se da a la
    fuga abandonando sus parientes y su tierra
    patria, pero yo he matado a los defensores de la
    ciudad, a los más nobles mozos de Itaca. Te
    invito a que consideres esto.»


    Y le contestó Telémaco discretamente:

    «Considéralo tú mismo, padre mío, pues dicen
    que tus decisiones son las mejores y ningún
    otro de los mortales hombres osaría rivalizar
    contigo. Nosotros te apoyaremos ardorosos y te
    aseguro que no nos faltará fuerza en cuanto
    esté de nuestra parte.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 14:40

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIII

    PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
    CONT

    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Te voy a decir lo que me parece mejor. En
    primer lugar, lavaos y vestid vuestras túnicas, y
    ordenad a las esclavas en el palacio que elijan
    ropas para ellas mismas. Después, que el divino
    aedo nos entone una alegre danza con su sonora
    lira, para que cualquiera piense que hay boda
    si lo oye desde fuera, ya sea un caminante o
    uno de nuestros vecinos; que no se extienda por
    la ciudad la noticia de la muerte de los pretendientes
    antes de que salgamos en dirección a
    nuestra finca, abundante en árboles. Una vez
    allí pensaremos qué cosa de provecho nos va a
    conceder el Olímpico.»


    Así habló, y al punto todos le escucharon y
    obedecieron. En primer lugar se lavaron y vistieron
    las túnicas, y las mujeres se adornaron.
    Luego, el divino aedo tomó su curvada lira y
    excitó en ellos el deseo del dulce canto y la ilustre
    danza. Y la gran mansión retumbaba con los
    pies de los hombres que danzaban y de las mujeres
    de lindos ceñidores.
    Y uno que lo oyó desde fuera del palacio decía
    así:

    Seguro que se ha desposado ya alguien con la
    muy pretendida reina. ¡Desdichada!, no ha tenido
    valor para proteger con constancia la gran
    mansión de su legítimo esposo, hasta que llegara.»


    Así decía uno, pero no sabían en verdad qué
    había pasado.
    Después lavó a Odiseo, el de gran corazón, el
    ama de llaves Eurínome y lo ungió con aceite y
    puso a su alrededor una hermosa túnica y manto.
    Entonces derramó Atenea sobre su cabeza
    abundante gracia para que pareciera más alto y
    más ancho e hizo que cayeran de su cabeza
    ensortijados cabellos semejantes a la flor del
    jacinto. Como cuando derrama oro sobre plata
    un hombre entendido a quien Hefesto y Palas
    Atenea han enseñado toda clase de habilidad y
    lleva a término obras que agradan, así derramó
    la gracia sobre éste, sobre su cabeza y hombro.
    Y salió de la bañera semejante en cuerpo a los
    inmortales.

    Fue a sentarse de nuevo en el sillón, del que se
    había levantado, frente a su esposa, y le dirigió
    su palabra:

    «Querida mía, los que tienen mansiones en el
    Olimpo te han puesto un corazón más inflexible
    que a las demás mujeres. Ninguna otra se
    mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su
    marido cuando éste, después de pasar innumerables
    calamidades, llega a su patria a los veinte
    años. Vamos, nodriza, prepárame el lecho para
    que también yo me acueste, pues ésta tiene un
    corazón de hierro dentro del pecho.»


    Y le contestó la prudente Penélope:

    «Querido mío, no me tengo en mucho ni en
    poco ni me admiro en exceso, pero sé muy bien
    cómo eras cuando marchaste de Itaca en la nave
    de largos remos. Vamos, Euriclea, prepara el
    labrado lecho fuera del sólido tálamo, el que
    construyó él mismo. Y una vez que hayáis
    puesto fuera el labrado lecho, disponed la cama
    pieles, mantas y resplandecientes colchas.»


    Así dijo poniendo a prueba a su esposo. Entonces
    Odiseo se dirigió irritado a su fiel esposa:

    «Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa
    para mi corazón. ¿Quién me ha puesto la cama
    en otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy
    hábil si no viniera un dios en persona y lo pusiera
    fácilmente en otro lugar; que de los hombres,
    ningún mortal viviente, ni aun en la flor
    de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues hay
    una señal en el labrado lecho, y lo construí yo y
    nadie más. Había crecido dentro del patio un
    tronco de olivo de extensas hojas, robusto y
    floreciente, ancho como una columna. Edifiqué
    el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo, con
    piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y
    le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente
    trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje
    del olivo de extensas hojas; empecé a podar el
    tronco desde la raíz, lo pulí bien y habilidosamente
    con el bronce y lo igualé con la plomada,
    convirtiéndolo en pie de la cama, y luego lo
    taladré todo con el berbiquí. Comenzando por
    aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con
    oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas
    de piel de buey que brillaban de púrpura.
    «Esta es la señal que te manifiesto, aunque no
    sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya
    lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando
    la base del olivo.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 14:53

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIII

    PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
    CONT

    Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el
    corazón al reconocer las señales que le había
    manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando
    hacia él y echó sus brazos alrededor del cuello
    de Odiseo; besó su cabeza y dijo:

    «No te enojes conmigo, Odiseo, que en lo demás
    eres más sensato que el resto de los hombres.
    Los dioses nos han enviado el infortunio,
    ellos, que envidiaban que gozáramos de la juventud
    y llegáramos al umbral de la vejez uno
    al lado del otro. Por esto no te irrites ahora
    conmigo ni te enojes porque al principio, nada
    más verse, no te acogiera con amor. Pues continuamente
    mi corazón se estremecía dentro del
    pecho por temor a que alguno de los mortales
    se acercase a mí y me engañara con sus palabras,
    pues muchos conciben proyectos malvados
    para su provecho. Ni la argiva Helena, del
    linaje de Zeus, se hubiera unido a un extranjero
    en amor y cama, si hubiera sabido que los belicosos
    hijos de los aqueos habían de llevarla de
    nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la
    impulsó a ejecutar una acción vergonzosa, que
    antes no había puesto en su mente esta lamentable
    ceguera por la que, por primera vez, se
    llegó a nosotros el dolor.
    «Pero ahora que me has manifestado claramente
    las señales de nuestro lecho, que ningún otro
    mortal había visto sino sólo tú y yo -y una sola
    sierva, Actorís, la que me dio mi padre al venir
    yo aquí, la que nos vigilaba las puertas del labrado
    dormitorio-, ya tienes convencido a mi
    corazón, por muy inflexible que sea.»


    Así habló, y a él se le levantó todavía más el
    deseo de llorar y lloraba abrazado a su deseada,
    a su fiel esposa. Como cuando la tierra aparece
    deseable a los ojos de los que nadan (a los que
    Poseidón ha destruido la bien construida nave
    en el ponto, impulsada por el viento y el recio
    oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso
    mar nadando hacia el litoral y -cuajada su
    piel de costras de sal- consiguen llegar a tierra
    bienvenidos, después de huir de la desgracia),
    así de bienvenido era el esposo para Penélope,
    quien no dejaba de mirarlo y no acababa de
    soltar del todo sus blancos brazos del cuello.
    Y se les hubiera aparecido Eos, de dedos de
    rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de ojos
    brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro
    proyecto: contuvo a la noche en el otro extremo
    al tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono
    de oro, la empujó de nuevo hacia Océano y no
    permitía que unciera sus caballos de veloces
    pies, los que llevan la luz a los hombres, Lampo
    y Faetonte, los potros que conducen a Eos.
    Entonces se dirigió a su esposa el muy astuto
    Odiseo:

    «Mujer, no hemos llegado todavía a la meta de
    las pruebas, que aún tendremos un trabajo
    desmedido y difícil que es preciso que yo acabe
    del todo. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias
    el día en que descendí a la morada de Hades,
    para inquirir sobre el regreso de mis compañeros
    y el mío propio. Pero vayamos a la cama,
    mujer, para gozar ya del dulce sueño acostados.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 15:01

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIII

    PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
    CONT

    Y le contestó la prudente Penélope:

    «Estará en tus manos el acostarte cuando así lo
    desee tu corazón, ahora que los dioses te han
    hecho volver a tu bien edificado palacio y a tu
    tierra patria. Pero puesto que has hecho una
    consideración -y seguro que un dios la ha puesto
    en tu mente-, vamos, dime la prueba que te
    espera, puesto que me voy a enterar después,
    creo yo, y no es peor que lo sepa ahora mismo.»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Querida mía, ¿por qué me apremias tanto a
    que te lo diga? En fin, te lo voy a decir y no lo
    ocultaré, pero tu corazón no se sentirá feliz;
    tampoco yo me alegro, puesto que me ha ordenado
    ir a muchas ciudades de mortales con un
    manejable remo entre mis manos, hasta que
    llegue a los hombres que no conocen el mar ni
    comen alimentos aderezados con sal; tampoco
    conocen estos hombres las naves de rojas mejillas
    ni los manejables remos que son alas para
    las naves. Y me dio esta señal que no te voy a
    ocultar: cuando un caminante, al encontrarse
    conmigo, diga que llevo un bieldo sobre mi
    ilustre hombro, me ordenó que en ese momento
    clavara en tierra el remo, ofreciera hermosos
    sacrificios al soberano Poseidón -un cabrito, un
    toro y un verraco semental de cerdas-, que volviera
    a casa y ofreciera sagradas hecatombes a
    los dioses inmortales, los que poseen el ancho
    cielo, a todos por orden. Y me sobrevendrá una
    muerte dulce, lejos del mar, de tal suerte que
    me destruya abrumado por la vejez. Y a mi
    alrededor el pueblo será feliz. Me aseguró que
    todo esto se va a cumplir.»


    Y se dirigió a él la prudente Penélope:

    «Si los dioses nos conceden una vejez feliz, hay
    esperanza de que tendremos medios de escapar
    a la desgracia.»


    Así hablaban el uno con el otro. Entretanto,
    Eurínome y la nodriza dispusieron la cama con
    ropa blanda bajo la luz de las antorchas. Luego
    que hubieron preparado diligentemente el labrado
    lecho, la anciana se marchó a dormir a su
    habitación y Eurínome, la camarera, los condujo
    mientras se dirigían al lecho con una antorcha
    en sus manos. Luego que los hubo conducido
    se volvió, y ellos llegaron de buen grado
    al lugar de su antiguo lecho.

    Después Telémaco, el boyero y el porquero
    hicieron descansar a sus pies de la danza y fueron
    todos a acostarse por el sombrío palacio.
    Y cuando habían gozado del amor placentero,
    se complacían los dos esposos contándose mutuamente,
    ella cuánto había soportado en el
    palacio, la divina entre las mujeres; contemplando
    la odiosa comparsa de los pretendientes
    que por causa de ella degollaban en
    abundancia toros y gordas ovejas y sacaban de
    las tinajas gran cantidad de vino; por su parte,
    Odiseo, de linaje divino, le contó cuántas penalidades
    había causado a los hombres y cuántas
    había padecido él mismo con fatiga. Penélope
    gozaba escuchándole y el sueño no cayó sobre
    sus párpados hasta que le contara todo. Comenzó
    narrando cómo había sometido a los
    cicones y llegado después a la fértil tierra de los
    Lotófagos, y cuánto le hizo al Cíclope y cómo se
    vengó del castigo de sus ilustres compañeros a
    quienes aquél se había comido sin compasión, y
    cómo llegó a Eolo, que lo acogió y despidió
    afablemente, pero todavía no estaba decidido
    que llegara a su patria, sino que una tempestad
    lo arrebató de nuevo y lo llevaba por el ponto,
    lleno de peces, entre profundos lamentos; y
    cómo llegó a Telépilo de los Lestrígones, quienes
    destruyeron sus naves y a todos sus compañeros
    de buenas grebas. Sólo Odiseo consiguió
    escapar en la negra nave.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:24

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIII

    PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO. CONT


    Le contó el engaño y la destreza de Circe y
    cómo bajó a la sombría mansión de Hades para
    consultar al alma del tebano Tiresias con su
    nave de muchas filas de remeros -y vio a todos
    sus compañeros y a su madre que lo había parido
    y criado de niño, y cómo oyó el rumor de
    las Sirenas de dulce canto y llegó a las Rocas
    Errantes y a la terrible Caribdis y a Escila, a
    quien jamás han evitado incólumes los hombres.
    Y cómo sus compañeros mataron las vacas
    de Helios y cómo Zeus, el que truena arriba,
    disparó contra la rápida nave su humeante rayo
    -y todos sus compañeros perecieron juntos,
    pero él evitó a las funestas Keres. Y cómo llegó
    a la isla de Ogigia y a la ninfa Calipso, quien lo
    retuvo en cóncava cueva deseando que fuera su
    esposo; le alimentó y decía que lo haría inmortal
    y sin vejez para siempre, pero no persuadió
    a su corazón. Y cómo después de mucho sufrir
    llegó a los feacios, quienes le honraron de todo
    corazón como a un dios y lo condujeron en una
    nave a su tierra patria, después de regalarle
    bronce, oro en abundancia y vestidos.

    Esta fue la última palabra que dijo cuando el
    dulce sueño, el que afloja los miembros, le
    asaltó desatando las preocupaciones de su corazón.
    Entonces proyectó otra decisión Atenea, la diosa
    de ojos brillantes: cuando creyó que Odiseo
    ya había gozado del lecho de su esposa y del
    sueño, al punto hizo salir de Océano a la de
    trono de oro, a la que nace de la mañana, para
    que llevara la luz a los hombres. Entonces se
    levantó Odiseo del blando lecho y dirigió la
    palabra a su esposa:

    «Mujer, ya estamos saturados ambos de pruebas
    inumerables; tú, llorando aquí mi penoso
    regreso y yo... a mí Zeus y los demás dioses me
    tenían encadenado con dolores lejos de aquí, de
    mi tierra patria, pero ahora que los dos hemos
    llegado al deseable lecho, tú has de cuidarme
    las riquezas que poseo en el palacio, que en
    cuanto a las ovejas que los altivos pretendientes
    me degollaron, muchas se las robaré yo mismo
    y otras me las darán los aqueos hasta que llenen
    mis establos. Mas ahora parto hacia la finca
    de muchos árboles para ver a mi noble padre
    que me está apenado. A ti, mujer, te encomiendo
    esto, ya que eres prudente: al levantarse el
    sol correrá la noticia de la matanza de los pretendientes
    en el palacio; sube al piso de arriba
    con las siervas y permanece allí, y no mires a
    nadie ni preguntes.»


    Así dijo y vistió alrededor de sus hombros la
    hermosa armadura y apremió a Telémaco, al
    boyero y al porquero, ordenándoles que tomaran
    en sus manos los instrumentos de guerra.
    Éstos no le desobedecieron, se vistieron con el
    bronce, cerraron las puertas y salieron. Y los
    conducía Odiseo. Ya había luz sobre la tierra,
    pero Atenea los cubrió con la noche y los condujo
    rápidamente fuera de la ciudad.

    FIN DEL CANTO XXIII


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:32

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO


    Y Hermes llamaba a las almas de los pretendientes,
    el Cilenio, y tenía entre sus manos el
    hermoso caduceo de oro con el que hechiza los
    ojos de los hombres que quiere y de nuevo los
    despierta cuando duermen. Con éste los puso
    en movimiento y los conducía, y ellas le seguían
    estridiendo. Como cuando los murciélagos
    en lo más profundo de una cueva infinita revolotean
    estridentes cuando se desprende uno de
    la cadena y cae de la roca -pues se adhieren
    unos a otros- así iban ellas estridiendo todas
    juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por
    los sombríos senderos. Traspusieron las corrientes
    de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron
    las puertas de Helios y el pueblo de los
    Sueños, y pronto llegaron a un prado de asfódelo
    donde habitan las almas, imágenes de los
    difuntos.

    Allí encontraron el alma del Pelida Aquiles y la
    de Patroclo y la del irreprochable Antíloco y la
    de Ayáx, el más excelente en aspecto y cuerpo
    de los dánaos después del irreprochable hijo de
    Peleo. Todos se iban congregando en torno a
    éste; acercóse doliente el alma de Agamenón el
    Atrida y, a su alrededor, las de cuantos murieron
    con él en casa de Egisto y cumplieron su
    destino.

    A éste se dirigió en primer lugar el alma del
    Pelida:

    «Atrida, estábamos convencidos de que tú eras
    querido por Zeus, el que goza con el rayo, por
    encima de los demás héroes puesto que reinabas
    sobre muchos y fuertes hombres en el
    pueblo de los troyanos, donde sufrimos penalidades
    los aqueos. Sin embargo, también se había
    de poner a tu lado la luctuosa Moira, a la que
    nadie evita de los que han nacido. ¡Ojalá hubieras
    obtenido muerte y destino en el pueblo de
    los troyanos disfrutando de los honores con los
    que reinabas! Así te hubiera levantado una
    tumba el ejército panaqueo y habrías cobrado
    gran gloria también para tu hijo. Sin embargo,
    te había tocado en suerte perecer con la muerte
    más lamentable.»


    Y le contestó a su vez el alma del Atrida:

    «Dichoso hijo de Peleo, semejante a los dioses,
    Aquiles, tú que pereciste en Troya, lejos de Argos
    y en torno a ti sucumbían los mejores hijos
    de troyanos y aquéos luchando por tu cadáver,
    mientras tú yacías en medio de un torbellino de
    polvo ocupando un gran espacio, olvidado ya
    de conducir tu carro. Nosotros luchamos todo
    el día y no habríamos cesado de luchar en absoluto,
    si Zeus no te hubiera impedido con una
    témpestad. Después, cuando te sacamos de la
    batalla y te llevamos a las naves, te pusimos en
    un lecho tras limpiar tu hermosa piel con agua
    tibia y con aceite, y en torno a ti todos los
    dánaos derramaban muchas, calientes lágrimas
    y se mesaban los cabellos.

    «Entonces llegó tu madre del mar con las inmortales
    diosas marinas, después de oír la noticia,
    y un lamento inmenso se levantó sobre el
    ponto. El temblor se apoderó de todos los
    aqueos y se habrían levantado para embarcarse
    en las cóncavas naves, si no los hubiera contenido
    un hombre sabedor de cosas muchas y
    antiguas, Néstor, cuyo consejo también antes
    parecía el mejor.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:37

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO.
    CONT.

    Éste habló con buenos sentimientos
    hacia ellos y dijo: "Conteneos, argivos,
    no huyáis, hijos de los aqueos. Esta es su madre
    y viene del mar con las inmortales diosas marinas
    pára encontrarse con su hijo muerto."
    Así
    habló y ellos contuvieron su huida temerosa.
    «Entonces lo rodearon llorando las hijas del
    viejo del mar y, lamentándose, le pusieron vestidos
    inmortales. Y las Musas, nueve en total,
    cantaban alternativamente un canto funerario
    con hermosa voz. En ese momento no habrías
    visto a ninguno de los argivos sin lágrimas:
    ¡tanto los conmovía la sonora Musa!
    «Dieciocho noches lo lloramos, e igualmente de
    día, los dioses inmortales y los mortales hombres.
    El día décimoctavo lo entregamos al fuego
    y sacrificamos animales en torno tuyo, bien
    alimentados rebaños y cuernitorcidos bueyes.
    Tú ardías envuelto en vestiduras de dioses y en
    abundante aceite y dulce miel. Muchos héroes
    aqueos circularon con sus armas alrededor de
    tu pira mientras ardías, a pie y a caballo, y se
    levantaba un gran estrépito. Después, cuando
    te había quemado la llama de Hefesto, al amanecer,
    recogimos tus blancos huesos, Aquiles,
    envolviéndolos en vino sin mezcla y en aceite,
    pues tu madre nos donó una ánfora de oro
    -decía que era regalo de Dioniso y obra del ilustre
    Hefesto. En ella están tus blancos huesos,
    ilustre Aquiles, mezclados con los del cadáver
    de Patrocio, el hijo de Menetio, y, separados,
    los de Antíloco a quien honrabas por encima de
    los demás compañeros, aunque después de
    Patroclo, muerto también. Y levantamos sobre
    ellos un monumento grande y perfecto el sagrado
    ejécito de los guerreros argivos, junto al
    prominente litoral del vasto Helesponto. Así
    podrás ser visto de lejos, desde el mar, por los
    hombres que ahora viven y por los que vivirán
    después.
    «Tu madre, después de pedírselo a los dioses,
    instituyó un muy hermoso certamen para los
    mejores de los aqueos en medio de la concurrencia.
    Ya has asistido al funeral de muchos
    héroes, cuando al morir un rey los jóvenes se
    ciñen las armas y se establecen competiciones,
    pero serla sobre todo al ver aquel cuando habrías
    quedado estupefacto: ¡qué hermosísimo
    certamen estableció la diosa en tu honor, la
    diosa de los pies de plata, Tetis, pues eras muy
    querido de los dioses. Conque ni aún al morir
    has perdido tu nombre, sino que tu fama de
    nobleza llegará siempre a todos los hombres,
    Aquiles. En cambio a mí...!, ¿qué placer obtuve
    al concluir la guerra? Zeus me preparó durante
    el regreso una penosa muerte a manos de Egisto
    y de mi funesta esposa.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:43

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO.
    CONT.

    Esto es lo que decían entre sí.
    Y se les acercó el Mensajero, el Argifonte, conduciendo
    las almas de los pretendientes muertos
    a manos de Odiseo. Ambos se admiraron al
    verlos y se fueron derechos a ellos, y el alma de
    Agamenón, el Atrida, reconoció al querido hijo
    de Melaneo, el muy ilustre Anfimedonte, pues
    era huésped suyo cuando habitaba su palacio
    de Itaca. Así que se dirigió a éste en primer
    lugar el alma del Atrida:

    «Anfimedonte, ¿qué os ha pasado para que os
    hundáis en la sombría tierra, hombres selectos
    todos y de la misma edad? Nadie que escogiera
    en la ciudad a los mejores hombres elegiría de
    otra manera. ¿Es que os ha sometido Poseidón
    en las naves levantado crueles vientos y enormes
    olas?; ¿o acaso os han destruido en tierra
    firme, en algún sitio, hombres enemigos cuando
    intentabais llevaros sus bueyes o sus hermosos
    rebaños de ovejas, o luchando por la ciudad
    y sus mujeres? Dímelo, puesto que te pregunto
    y me precio de ser tu huésped. ¿O no te acuerdas
    cuando llegué a vuestro palacio en compañía
    del divino Menelao para incitar a Odiseo
    a que nos acompañara a Ilión sobre las naves
    de buenos bancos? Durante un mes recorrimos
    el ancho mar y con dificultad convencimos a
    Odiseo, el destructor de ciudades».


    Y le contestó el alma de Anfimedonte:

    «Atrida, el más ilustre soberano de hombres,
    Agamenón, recuerdo todo eso tal como lo dices.
    Te voy a narrar cabalmente y con exactitud
    el funesto término de nuestra muerte, cómo fue
    urdido.

    «Pretendíamos a la esposa de Odiseo, largo
    tiempo ausente, y ella ni se negaba al odiado
    matrimonio ni lo realizaba –pues meditaba para
    nosotros la muerte y la negra Ker-, sino que
    urdió en su interior este otro engaño: puso en el
    palacio un gran telar e hilaba, telar suave e inacabable.
    Y nos dijo a continuación: " Jóvenes
    pretendientes míos, puesto que ha muerto el
    divino Odiseo, aguardad, aunque deseéis mi
    boda, hasta que acabe este manto -no sea que se
    me pierdan los hilos-, este sudario para el héroe
    Laertes, para cuando le arrebate la luctuosa
    Moira de la muerte de largos lamentos, no sea
    que alguna de las aqueas en el pueblo se irrite
    conmigo si yace sin sudario el que poseyó mucho.
    Así habló y enseguida se convenció nuestro
    noble ánimo. Conque allí hilaba su gran
    telar durante el día y por la noche lo destejía,
    tras colocar antorchas a su lado. Así que su engaño
    pasó inadvertido durante tres años y convenció
    a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto
    año y transcurrteron las estaciones, sucediéndose
    los meses, y se cumplieron muchos días,
    nos lo dijo una de las mujeres –ella lo sabía
    bien- y sorprendimos a ésta destejiendo su brillante
    tela.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:47

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    «Así fue como tuvo que acabarla, y no voluntariamente
    sino por la fuerza. Y cuando nos
    mostró el manto, tras haber hilado el gran telar,
    tras haberlo lavado, semejante al sol y a la luna,
    fue entonces cuando un funesto demón trajo de
    algún lado a Odiseo hasta los confines del
    campo donde habitaba su morada el porquero.
    Allí marchó también el querido hijo del divino
    Odiseo cuando llegó de vuelta de la arenosa
    Pilos en negra nave y entre los dos tramaron
    funesta muerte para los pretendientes. Y llegaron
    a la muy ilustre ciudad, Odiseo el último,
    mientras que Telémaco le precedía. El porquero
    llevó a aquél con miserables vestidos en su
    cuerpo, semejante a un mendigo miserable y
    viejo apoyado en su bastón, y rodeaban su
    cuerpo tristes vestidos. Ninguno de nosotros
    pudo reconocer que era él al aparecer de repente,
    ni los que eran más mayores, sino que le
    maltratábamos con palabras insultantes y con
    golpes. El entretanto soportaba ser golpeado e
    injuriado en su propio palacio con ánimo paciente;
    pero cuando le incitó la voluntad de
    Zeus, portador de égida, tomó las hermosas
    armas junto con Telémaco, las ocultó en la despensa
    y echó los cerrojos; después mandó con
    mucha astucia a su esposa que entregara a los
    pretendientes el arco y el ceniciento hierro como
    competición para nosotros, hombres de
    triste destino, y comienzo de la matanza.
    «Ello fue que ninguno de nosotros pudo tender
    la cuerda del poderoso arco; que éramos del
    todo incapaces. Cuando el gran arco llegó a
    manos de Odiseo, todos nosotros voceábamos
    al porquero que no se lo entregara ni aunque le
    rogara insistentemente. Sólo Telémaco le animó
    y se lo ordenó. Así que le tomó en sus manos el
    sufridor, el divino Odiseo y tendió el arco con
    facilidad, hizo pasar la flecha por el hierro, fue
    a ponerse sobre el umbral y disparaba sus veloces
    saetas mirando a uno y otro lado que daba
    miedo. Alcanzó al rey Antínoo y luego iba lanzando
    sus funestos dardos a los demás, apuntando
    de frente, y ellos iban cayendo hacinados.
    «Era evidente que alguno de los dioses les ayudaba,
    pues, cediendo a su ímpetu, nos mataban
    desde uno y otro lado de la sala. Y se levantó
    un vergonzoso gemido cuando nuestras cabezas
    golpeaban contra el pavimento y éste todo
    humeaba con sangre.
    «Así perecimos, Agamenón, y nuestros cuerpos
    yacen aún descuidados en el palacio de Odiseo,
    pues todavía no lo saben nuestros parientes,
    quienes lavarían la sangre de nuestras heridas y
    nos llorarían después de depositarnos, que éste
    es el honor que se tributa a los que han muerto.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:56

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    Y le contestó el alma del Atrida:

    «¡Dichoso hijo de Laertes, muy astuto Odiseo,
    por fin has recuperado a tu esposa con tu gran
    valor! ¡Así de buenos eran los pensamientos de
    la irreprochable Penélope, la hija de Icario! ¡Así
    de bien se acordaba de Odiseo, de su esposo
    legítimo! Por eso la fama de su virtud no perecerá
    y los inmortales fabricarán un canto a los
    terrenos hombres en honor de la prudente
    Penélope. No preparó acciones malvadas como
    la hija de Tíndaro que mató a su esposo legítimo
    y un canto odioso correrá entre los hombres;
    ha creado una fama funesta para las mujeres,
    incluso para las que sean de buen obrar».


    Esto era lo que hablaban entre sí en la morada
    de Hades, bajo las cavernas de la tierra.
    Entretanto, Odiseo y los suyos bajaron de la
    ciudad y. enseguida llegaron al hermoso y bien
    cultivado campo que Laertes mismo había adquirido
    en otro tiempo, después de haber sufrido
    mucho. Allí tenía una mansión y, rodeándola
    por completo, corría un cobertizo en el que
    comían, descansaban y pasaban la noche los
    esclavos forzosos que le hacían la labor. También
    había una mujer, la anciana Sicele que cuidaba
    gentilmente al anciano en el campo, lejos
    de la ciudad.

    Entonces dijo Odiseo su palabra a los esclavos y
    a su hijo:

    «Vosotros entrad ya en la bien edificada casa y
    sacrificad para la cena el mejor de los cerdos,
    que yo, por mi parte, voy a poner a prueba a mi
    padre, a ver si me reconoce y distingue con sus
    ojos o no me reconoce por llevar mucho tiempo
    lejos.»


    Así dijo y entregó a los esclavos sus armas,
    dignas de Ares. Estos entraron rápidamente en
    la casa, mientras que Odiseo se acercaba a la
    viña abundante en frutos para probar suerte. Y
    no encontró a Dolio al descender a la gran
    huerta ni a ninguno de los esclavos ni de los
    hijos; habían marchado a recoger piedras para
    un muro que sirviera de cercado a la viña y los
    conducía el anciano. Así que encontró solo a su
    padre acollando un retoño en la bien cultivada
    viña. Vestía un manto descolorido, zurcido,
    vergonzoso y alrededor de sus piernas tenía
    atadas unas mal cosidas grebas para evitar los
    arañazos; en sus manos tenía unos guantes por
    causa de las zarzas y sobre su cabeza una gorra
    de piel de cabra. Y hacía crecer sus dolores.
    Cuando el sufridor, el divino Odiseo lo vio doblegado
    por la vejez y con una gran pena en su
    interior, se puso bajo un elevado peral y derramaba
    lágrimas. Después dudó en su interior
    entre besar y abrazar a su padre, y contarle detalladamente
    cómo había venido y llegado por
    fin a su tierra patria, o preguntarle primero y
    probarle en cada detalle. Y mientras meditaba,
    le pareció más ventajoso tentarle primero con
    palabras mordaces; así que se fue derecho hacia
    él el divino Odiseo. En este mómento el anciano
    mantenía la cabeza bàja y acollaba un retoño, y
    poniéndose a su lado le dijo su ilustre hijo:

    «Anciano, no eres inexpertó en cultivar el huerto,
    que tiene un buen cultivo y nada en tu
    jardín está descuidado, ni la planta ni la higuera
    ni la vid ni el olivo ni el peral ni la legumbre.
    Pero te voy a decir otra cosa, no pongas la cólera
    en tu ánimo: tu propio cuerpo no tiene un
    buen cultivo, sino una triste vejez al tiempo que
    estás escuálido y vestido indecorosamente. No,
    por indolencia al menos no se despreocupa de
    ti tu dueño y no hay nada de servil que sobresalga
    en ti al mirar tu forma y estatura, pues
    más bien te pareces a un rey o a uno que duerme
    muellemente después que se ha lavado y
    comido, que ésta es la costumbre de los ancianos.
    Pero, vamos, dime esto -e infórmame con
    verdad-: ¿de qué hombre eres esclavo?, ¿de
    quién es el huerto que cultivas? Respóndeme
    también a esto con la verdad, para cerciorarme
    bien si esta tierra, a la que he llegado, es Itaca
    como me ha dicho ese hombre con quien me he
    encontrado al venir aquí (y no muy sensato,
    por cierto, que no se atrevió a darme detalles ni
    a escuchar mi palabra cuando le preguntaba si
    mi huésped vive en algún sitio, y aún existe, o
    ya ha muerto y está en la morada de Hades).
    Voy a decirte algo, atiende y escúchame: en
    cierta ocasión acogí en mi tierra a un hombre
    que había llegado a mí. Jamás otro mortal venido
    a mi casa desde lejanas tierras me fue más
    querido que él. Afirmaba con orgullo que su
    linaje procedía de Itaca y que su padre era Laertes,
    el hijo de Arcisio. Lo conduje a mi casa y
    le acogí honrándole gentilmente, pues en ella
    había abundantes bienes. Le ofrecí dones de
    hospitalidad, los que le eran propios: le di siete
    talentos de oro bien trabajados, una crátera de
    plata adornada con flores, doce cobertores simples,
    otras tantas alfombras y el mismo número
    de hermosas túnicas y mantos. Aparte, le entregué
    cuatro mujeres conocedoras de labores
    brillantes, muy hermosas, las que él quiso escoger.»


    CONT.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:05

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    Y le contestó su padre derramando lágrimas:

    «Forastero, es cierto que has llegado a la tierra
    por la que preguntas, pero la dominan hombres
    insolentes a insensatos. Los dones que le ofreciste,
    con ser muchos, resultaron vanos, pues si
    lo hubieras encontrado vivo en el pueblo de
    Itaca, te habría devuelto a casa después de
    compensarte bien con regalos y con una buena
    acogida; pues esto es lo establecido, quienquiera
    que sea el que empieza.
    «Pero vamos, dime a informame con verdad:
    ¿cuántos años hace que diste hospitalidad a
    aquel huésped tuyo desgraciado, a mi hijo -si es
    que existió alguna vez-, al malhadado a quien
    han devorado los peces en el mar, lejos de los
    suyos y su tierra patria, o se ha convertido en
    presa de fieras y aves en tierra firme? Que no lo
    ha llorado su madre después de amortajarlo ni
    su padre, los que lo engendramos; ni su esposa
    de abundante dote, la prudente Penélope, ha
    llorado como es debido a su esposo junto al
    lecho después de cerrarle los ojos, pues éste es
    el honor que se tributa a los que han muerto.
    «Dime ahora esto también tú con vérdad para
    que yo lo sepa: ¿quién eres entre los hombres?,
    ¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿dónde
    está detenida tu rápida nave, la que te ha conducido
    hasta aquí con tus divinos compañeros?;
    ¿o acaso has venido como pasajero en nave
    ajena y ellos se han marchado después de
    dejarte en tierra?»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Te voy a contar todo con detalle: soy de Alibante
    donde habito mi ilustre morada, hijo del
    rey Afidanto, hijo de Polipemón, y mi nombre
    propio es Epérito. Ello es que un demón me ha
    hecho llegar hasta aquí, aunque no quería,
    apartándome de Sicania; mi nave está detenida
    junto al campo, lejos de la ciudad. Este es el
    quinto año desde que Odiseo marchó de allí y
    abandonó mi patria, el malhadado. Desde luego
    las aves le eran favorables cuando marchó,
    estaban a la derecha; con ellas yo me alegré y le
    despedí y él estaba alegre al marchar. Nuestro
    ánimo confiaba en que volveríamos a reunirnos
    en hospitalidad y entregarnos espléndidos presentes.»

    Así habló y una negra nube de dolor envolvió a
    Laertes, tomó polvo de cenicienta tierra y lo
    derramó por su encanecida cabeza mientras
    gemía agitadamente. Entonces se conmovió el
    espíritu de Odiseo, le salió por las narices un
    ímpetu violento al ver a su padre y de un salto
    le abrazó y besó diciendo:

    «Soy yo, padre, aquél por quien preguntas, yo
    que he llegado a los veinte años a mi tierra patria.
    Pero contento llanto y lamentos, pues te
    voy a decir una cosa -y es preciso que nos apresuremos:-
    ya he matado a los pretendientes en
    nuestro palacio vengando sus dolorosos ultrajes
    y sus malvadas acciones.»


    Y le contestó Laertes diciendo:

    «Si de verdad eres Odiseo, mi hijo, que has llegado
    aquí, muéstrame una señal clara para que
    me convenza.»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Contempla con tus ojos, en primer lugar, esta
    herida que me hizo un jabalí hundiéndome su
    blanco colmillo cuando fui al Parnaso. Tú y mi
    venerable madre me enviasteis a Autólico padre
    de mi madre, para recibir los dones que me
    prometió al venir aquí afirmándolo con su cabeza.
    Es más, te voy a señalar los árboles de la
    bien cultivada huerta que me -regalaste en cierta
    ocasión. Yo te pedía cada uno de ellos cuando
    era niño y te seguía por el huerto; íbamos
    caminando entre ellos y tú me decías el nombre
    de cada uno. Me diste trece perales, diez manzanos
    y cuarenta higueras y designaste cincuenta
    hileras de vides para dármelas, cada una
    de distinta sazón. Había en ellas racimos de
    todas clases cuando las estaciones de Zeus caían
    de lo alto.»


    CONT.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:13

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    Así habló y se debilitaron las rodillas y el corazón
    de éste al reconocer las claras señales que
    Odiseo le había mostrado; echó los brazos alrededor
    de su hijo, y el sufridor, el divino Odiseo
    le atrajo hacia sí desmayado. Cuando de nuevo
    tomó aliento y su ánimo se le congregó dentro,
    contestó con palabras y dijo:

    «Padre Zeus, todavía estáis los dioses en el
    Olimpo si los pretendientes han pagado de
    verdad su orgullosa insolencia. Ahora, sin embargo,
    temo que los itacenses vengan aquí y
    envíen mensajeros por todas partes a las ciudades
    de los cefalenios.»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Cobra ánimos, no te preocupes de esto, pero
    vamos ya a la mansión que está cerca del huerto.
    Ya he enviado por delante a Telémaco con el
    boyero y el porquero para que preparen la cena
    enseguida.»


    Así hablando se encaminaron a su hermosa
    mansión. Cuando llegaron a la casa, agradable
    para habitar, encontraron a Telémaco con el
    boyero y el porquero cortando abundantes carnes
    y mezclando rojo vino. Entre tanto la sierva
    Sicele lavó al magnánimo Laertes, le ungió con
    aceite y le puso una hermosa túnica. Entonces
    Atenea se puso a su lado y aumentó los miembros
    del pastor de su pueblo e hizo que pareciera
    más grande y ancho que antes. Salió éste de
    su baño y se admiró su hijo cuando lo vio frente
    a sí semejante a los dioses inmortales. Así
    que le habló dirigiéndole aladas palabras:

    «Padre, sin duda uno de los dioses, que han
    nacido para siempre, lo ha hecho parecer superior
    en belleza y estatura.»


    Y le contestó Laertes discretamente:

    «¡Padre Zeus, Atenea y Apolo! ¡Ojalá me hubiera
    enfrentado ayer con los pretendientes en mi
    palacio, las armas sobre mis hombros, como
    cuando me apoderé de la bien edificada ciudadela
    de Nérito, promontorio del continente
    acaudillando a los cefalenios! Seguro que habría
    aflojado las rodillas de muchos de ellos en mi
    palacio y tú habrías gozado en tu interior.»
    Esto
    es lo que se decían uno a otro. Y después que
    habían terminado de preparar y tenían dispuesta
    la cena, se sentaron por orden en sillas y sillones
    y echaron mano de la comida. Entonces
    se acercó el anciano Dolio y con él sus hijos
    cansados de trabajar, que los salió a llamar su
    madre, la vieja Sicele, quien los había alimentado
    y cuidaba gentilmente al anciano, luego que
    le hubo alcanzado la vejez.
    Cuando vieron a Odiseo y lo reconocieron en
    su interior, se detuvieron embobados en la
    habitación. Entonces Odiseo les dijo tocándoles
    con dulces palabras:

    «Anciano, siéntate a la cena y dejad ya de admiraros;
    que hace tiempo permanecemos en la
    sala, deseosos de echar mano a los alimentos,
    por esperaros.»


    Así habló; Dolio se fue derecho a él extendiendo
    sus dos brazos, tomó la mano de Odiseo y se
    la besó junto a la muñeca. Y se dirigió a él con
    aladas palabras:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:19

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    «Amigo, puesto que has vuelto a nosotros que
    mucho lo deseábamos, aunque no lo acabábamos
    de creer del todo -y los dioses mismos te
    han traído-, ¡salud!, seas bienvenido y que los
    dioses te concedan felicidad. Mas dime con
    verdad, para que lo sepa, si está enterada la
    prudente Penélope de tu llegada o le enviamos
    un mensajero.»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Anciano, ya lo sabe, ¿qué necesidad hay de
    que tú te ocupes de esto?»


    Así dijo y se sentó de nuevo sobre su bien pulimentado
    asiento. De la misma forma también
    los hijos de Dolio daban la bienvenida al ilustre
    Odiseo con sus palabras y le tomaban de la
    mano, y luego se sentaron por orden junto a
    Dolio, su padre.

    Así es como se ocupaban de comer en la casa,
    mientras Fama recorría mensajera la ciudad
    anunciando por todas partes la terrible muerte
    y Ker de los pretendientes. Luego que la oyeron
    los ciudadanos, venían cada uno de un sitio con
    gritos y lamentos ante el palacio de Odiseo,
    sacaban del palacio los cadáveres y cada uno
    enterraba a los suyos: en cambio a los de otras
    ciudades los depositaban en rápidas naves y los
    mandaban a los pescadores para que llevaran a
    cada uno a su casa.
    Y luego marcharon todos juntos al ágora, acongojado
    su corazón.

    Cuando todos se habían reunido y estaban ya
    congregados, se levantó entre ellos Eupites para
    hablar -pues había en su interior un dolor
    imborrable por su hijo Antínoo, el primero a
    quien había matado -el divino Odiseo-; derramando
    lágrimas por él levantó su voz y dijo:

    «Amigos, este hombre ha llevado a cabo una
    gran maldad contra los aqueos: a unos se los
    llevó en las naves, a muchos y buenos, perdiendo
    las cóncavas naves y a su pueblo; y a
    otros los ha matado al llegar; a los mejores con
    mucho de los cefalenios. Conque, vamos, antes
    que llegue rápidamente a Pilos o a la divina
    Elide, donde mandan los epeos, vayamos nosotros,
    o estaremos avergonzados para siempre,
    pues esto es un baldón incluso para los venideros
    si se enteran; porque si no castigamos a los
    asesinos de nuestros hijos y hermanos, ya no
    me sería grato vivir, sino que preferiría morir
    enseguida y tener trato con los muertos. Vamos,
    que no se nos anticipen a atravesar el
    mar.»


    Así habló derramando lágrimas y la lástima se
    apoderó de todos los aqueos. Entonces se acercaron
    Medonte y el divino aedo -pues el sueño
    les había abandonado-, se detuvieron en medio
    de ellos y el estupor se apoderó de todos. Y
    habló entre ellos Medonte, conocedor de consejos
    discretos:

    «Escuchadme ahora a mí, itacenses; Odiseo ha
    realizado estas acciones no sin la voluntad de
    los dioses. Yo mismo vi a un dios inmortal
    apostado junto a Odiseo y era en todo parecido
    a Méntor. El dios inmortal se mostraba unas
    veces ante Odiseo para animarle y otras agitaba
    a los pretendientes y se lanzaba tras ellos por el
    mégaron, y ellos caían hacinados.»


    Así habló y se apoderó de todos el pálido terror.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:25

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    Entonces se levantó a hablar el anciano héroe
    Haliterses, hijo de Mástor, pues sólo él veía el
    presente y el futuro; éste habló con buenos sentimientos
    hacia ellos y dijo:

    «Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy
    a deciros. Para nuestra desgracia se han realizado
    estos hechos, pues ni a mí hicisteis caso ni
    a Méntor, pastor de su pueblo, para poner coto
    a las locuras de vuestros hijos, quienes realizaban
    una gran maldad con su funesta arrogancia,
    esquilmando las posesiones y deshonrando
    a la esposa del hombre más notable, pues creían
    que ya no regresaría. También ahora sucederá
    de esta forma, obedeced lo que os digo: no
    vayamos, no sea que alguien encuentre la desgracia
    y la atraiga sobre sí.»


    Así habló y se levantó con gran tumulto más de
    la mitad de ellos, pero los demás se quedaron
    allí, pues no agradó a su ánimo la palabra, sino
    que obedecieron a Eupites. Y poco después se
    precipitaban en busca de sus armas. Después,
    cuando habían vestido el brillante bronce sobre
    su cuerpo, se congregaron delante de la ciudad
    de amplio espacio, y los capitaneaba Eupites
    con estupidez: afirmaba que vengaría el asesinato
    de su hijo y que no iba a volver sino a
    cumplir allí mismo su destino.

    Entonces Atenea se dírigió a Zeus, el hijo de
    Cronos.

    «Padre nuestro Cronida, el más excelso de los
    poderosos, dime, ya que te pregunto, qué esconde
    ahora tu mente. ¿Es que vas a levantar
    otra vez funesta guerra y terrible combate, o
    vas a establecer la amistad entre ambas partes?»


    Y Zeus, el que reúne las nubes, le contestó:

    «Hija mía, ¿por qué me preguntas esto? ¿No
    has concebido tú misma la decisión de que
    Odiseo se vengara de aquéllos al volver? Obra
    como quieras, aunque te voy a decir lo que más
    conviene: una vez que el divino Odiseo ha castigado
    a los pretendientes, que hagan juramento
    de fidelidad y que reine él para siempre. Por
    nuestra parte, hagamos que se olviden del asesinato
    de sus hijos y hermanos. Que se amen
    mutuamente y que haya paz y riqueza en
    abundancia.»


    Así hablando, movió a Atenea ya antes deseosa
    de bajar, y ésta descendió lanzándose de las
    cumbres del Olimpo.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:34

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XXIV

    EL PACTO. CONT.


    Y después que habían echado de sí el deseo del
    dulce alimento, comenzó a hablar entre ellos el
    sufridor, el divino Odiseo:

    «Que salga alguien a ver, no sea que ya vengan
    cerca.»


    Así habló y salió un hijo de Dolio, por cumplir
    lo mandado, y fue a ponerse sobre el umbral;
    vio a todos los otros acercarse y dijo enseguida
    a Odiseo aladas palabras:

    «Ya están cerca, armémonos rápidamente.»

    Así habló y se levantaron, vistieron sus armaduras
    los cuatro que iban con Odiseo y los seis
    hijos de Dolio. También Laertes y Dolio vistieron
    sus armas, guerreros a la fuerza, aunque ya
    estaban canosos. Cuando ya habían puesto alrededor
    de su cuerpo el brillante bronce, abrieron
    las puertas y salieron afuera, y los capitaneaba
    Odiseo.

    Entonces se les acercó la hija de Zeus, Atenea,
    semejante a Méntor en cuerpo y voz; al verla se
    alegró el divino Odiseo y al punto se dirigió a
    Telémaco, su querido hijo:

    «Telémaco, recuerda esto cuando salgas a luchar
    con los hombres donde se distinguen los
    mejores: que no deshonres el linaje de tus padres,
    los que hemos sobresalido por toda la
    tierra hasta ahora en vigor y hombría.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Verás si así lo desea tu ánimo, querido padre,
    que no voy a avergonzar tu linaje, como dices.»


    Así habló; Laertes se alegró y dijo su palabra:

    «¡Qué día éste para mí, dioses míos! ¡Qué alegría,
    mi hijo y mi nieto rivalizan en valentía!»


    Y poniéndose a su lado le dijo la de ojos brillantes,
    Atenea:

    «Arcisíada, el más amado de todos tus compañeros,
    suplica a la joven de ojos brillantes y a
    Zeus, su padre; blande tu lanza de larga sombra
    y arrójala.»


    Así habló y le inculcó un gran valor Palas Atenea.
    Suplicando después a la hija de Zeus, el
    Grande, blandió y arrojó su lanza de larga
    sombra e hirió a Eupites a través del casco de
    mejillas de bronce. El casco no detuvo a la lanza
    y ésta atravesó el bronce de lado a lado; cayó
    aquél con gran estrépito y resonaron las armas
    sobre él.
    Se lanzaron sobre los primeros combatientes
    Odiseo y su brillante hijo y los golpeaban con
    sus espadas; y habrían matado a todos y dejádolos
    sin retorno si Atenea, la hija de Zeus portador
    de égida, no hubiera gritado con su voz y
    contenido a todo el pueblo:

    «Abandonad, itacenses, la dura contienda, para
    que os separéis sin derramar sangre».


    Así habló Atenea y el pálido terror se apoderó
    de ellos; volaron las armas de sus manos, aterrorizados
    como estaban, y cayeron al suelo al
    lanzar Atenea su voz. Y se volvieron a la ciudad
    deseosos de vivir.
    Gritó horriblemente el sufridor, el divino Odiseo
    y se lanzó de un brinco como el águila que
    vuela alto. Entonces el Cronida arrojó ardiente
    rayo que cayó delante de la de ojos brillantes, la
    de poderoso padre, y ésta se dirigió a Odiseo:

    «Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
    en ardides, contente, abandona la lucha igual
    para todos, no sea que el Cronida se irrite contigo,
    el que ve a lo ancho, Zeus.»


    Así habló Atenea; él obedeció y se alegró en su
    ánimo. Y Palas Atenea, la hija de Zeus, portador
    de égida, estableció entre ellos un pacto
    para el futuro, semejante a Méntor en el cuerpo
    y en la voz.

    FIN DE LA ILIADA.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:48

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN (FTE. CULTURA CLÁSICA)

    Los conocidos como Himnos Homéricos son una colección de 33 himnos dedicados a los dioses del panteón griego y otras deidades, cuya extensión y fecha de composición hacen de ellos un grupo heterogéneo de poemas que reunimos bajo un mismo título de modo meramente convencional. Los himnos están dedicados, según uno el orden de aparición que aquí tomamos, a Dioniso, a Deméter, a Apolo, a Hermes, a Afrodita, a Dioniso, a Ares, a Ártemis, a Afrodita, a Atenea, a Hera, a Deméter, a la Madre de los dioses, a Heracles, el de corazón leonino, a Asclepio, a los Dioscuros, a Hermes, a Pan, a Hefesto, a Apolo, a Posidón, a Zeus, a Hestia, a las Musas y a Apolo, a Dioniso, a Ártemis, a Atenea, a Hestia, a la Tierra, Madre de todos, al Sol, a la Luna, a los Dioscuros y, si se quiere, a los Huéspedes. Están escritos en hexámetros dactílicos y poseen un estilo que conjuga perfectamente los instrumentos típicos de la lírica (como la estructura, el uso de la primera persona y el presente y, en muchos casos, el ámbito festivo) y los motivos propios de la épica (el variopinto contenido narrativo, las fórmulas compositivas y el propio tipo de verso).

    En la fecha de composición de algunos de los himnos, existe una diferencia de más de siete siglos, algo que ya de por sí invitaría a pensar en una autoría diversa. De esta manera, el más antiguo, el himno II, a Deméter, data de los siglos VII o VI a.C., el conocido como estadio subépico, en tiempos de Hesíodo, mientras que los himnos XXXI y XXXII, al Sol y a la Luna, se compusieron necesariamente no antes de época helenística. Al respecto, podemos encontrar dentro de la obra de Hesíodo, tanto en la Teogonía como en Trabajos y Días, himnos de las mismas características que los que aquí tratamos.

    En cuanto a la extensión, aunque, en el grupo, la mayoría no supera los veinte versos, también encontramos himnos de cientos de versos. El más breve, el himno XIII, posee tres versos, y el más extenso, el himno IV, dedica hasta 580 versos al dios Hermes. Se desconoce la extensión prototípica del himno más antiguo, puesto que los aedos eran tan duchos en la expansión como en la abreviación.

    Dada su naturaleza originariamente cultual, sobresalen los recursos poéticos propios de la literatura oral, lo que no significa necesariamente que todos ellos fueran recogidos por escrito de una composición popular anterior. No obstante, la divergencia entre los versos que nos han llegado y determinados testimonios de la historia hacen pensar en la fijación por escrito de la producción oral, como en el Himno III, a Apolo, citado por Tucídides.

    Estructura

    Deméter
    Los himnos se dividen en tres partes: El himno arranca con una fórmula en la que reconocemos el carácter de que se imbuye el propio aedo; éste puede solicitar a las musas los versos cargados de inspiración que se dispone a cantar, en cuyo caso, el aedo se considera un simple intérprete de motivaciones ajenas, vate inspirado por una deidad superior; por otra parte, el aedo puede aparecer como poeta creador, siendo él el origen y la causa de los versos que le sigan: en tal caso, el poeta habla en primera persona y presenta su propósito particular de cantar a un dios. Ejemplo de ambos tipos de comienzo encontramos en los siguientes versos [Trad. Alberto Bernabé]:

    «Canta, Musa, a Hermes, hijo de Zeus y Maya, que tutela Cilene y Arcadia, pródiga en rebaños, raudo mensajero de los inmortales, al que parió Maya, la ninfa de hermosos bucles, tras haberse unido en amor a Zeus, ella, la diosa venerable.» [Himno IV a Hermes]

    «Comienzo por cantar a Deméter de hermosa cabellera, la augusta Diosa; a ella y a su hija de esbeltos tobillos, a la que raptó Aidoneo (y lo permitió Zeus tonante, cuya voz se oye de lejos), cuando, apartada de Deméter la del arma de oro, de hermosos frutos, jugaba con las muchachas de ajustado regazo, hijas de Océano [...]» [Himno II a Deméter]

    En la parte central que le sigue cabe una gran variedad de contenidos, y supone la parte principal del canto. El himno se cierra con un final en el que el aedo puede ofrecer un saludo al dios; en esta última parte caben también varias fórmulas de contenido diferente. De ejemplo, expondremos los de los himnos anteriores.

    «Así que te saludo a ti también, hijo de Zeus y Maya; que yo me acordaré también de otro canto y de ti.» [Himno IV a Hermes]

    «Augusta soberana de hermosos dones, Deó, dispensadora de las estaciones, tú y tu hija, la bellísima Perséfone, concededme, benévolas, en pago de mi canto la deseada prosperidad, que yo me acordaré también de otro canto y de ti.» [Himno II a Deméter]

    Historia de los Himnos Homéricos

    Durante mucho tiempo, apenas existió interés alguno por los himnos homéricos. Los filólogos alejandrinos, muy rigurosos al realizar análisis de las obras, no tuvieron gran consideración por éstos. Sabemos que en algún momento de la Alta Edad Media o principios de la Baja Edad Media se compuso una colección de himnos que incluía, además de éstos, los de Calímaco, los órficos y los de Proclo. Pero no fue hasta la llegada de la imprenta que los himnos homéricos ocuparan un puesto de importancia en la consideración filológica y, así, a la editio princeps, de Demetrio Calcóndilas, le siguieron muchas otras ediciones.

    No poder acudir a los alejandrinos del modo en que hacemos con la Ilíada y la Odisea, implica enfrentarnos al tratamiento de textos de los rapsodos: se cree que ante dos versiones de un mismo texto, los rapsodos no elegían una y desechaban la otra, sino que incluían las dos versiones, dejándonos versos yuxtapuestos, como es el caso de lo que aquí nos ha llegado; y, en definitiva, el descuido ha desembocado en una mala conservación y, en ocasiones, problemática interpretación del texto.

    Temática subyacente y crítica implícita

    Entre los muchos himnos y sus temas explícitos, hay quien opina que se esconden parábolas o, si acaso, algo más concreto, críticas directas a determinadas realidades sociales. En el Himno a Hermes, por ejemplo, según Brown, encontraríamos el conflicto de las clases sociales, arriesgándonos a caer en el anacronismo terminológico, entre la burguesía y la aristocracia, representadas, por Hermes, dios del comercio y la astucia, representando la burguesía, y Apolo, que representaría la fortuna de la clase social más elevada.

    Tablilla ÓrficaPor último, en este apartado debemos mencionar la importancia de los misterios de Eleusis en el más antiguo de los himnos, el Himno II, a Deméter. Este canto resulta una genial fusión del mito y el rito. Al tiempo que cuenta los esfuerzos de la diosa Deméter por recuperar a Perséfone, vincula la acción con el proceso de iniciación en los secretos rituales órficos. Deméter, madre angustiada por la pérdida de su hija, dedica nueve días a su búsqueda con la ayuda de una antorcha, su atributo. Cuando, al noveno día, el Sol le informa de lo ocurrido
    «Ningún otro de los inmortales es el culpable más que Zeus acumulador de nubes, que se la ha entregado a Hades para que sea llamada su lozana esposa.»


    Deméter decide alejarse a casa de Céleo
    «Irritada contra el Cronión, amontonador de nubarrones, tras apartarse en seguida de la asamblea de los dioses y del grande Olimpo, marchó a las ciudades de los hombres y a sus pingües cultivos [...]. Ninguno de los hombres ni de las mujeres de ajustada cintura la reconocían al verla, hasta cuando llegó a la morada del prudente Céleo, que era por entonces señor de Eleusis [...].»

    donde pide que le preparen harina de cebada y agua, después de mezclarla con tierno poleo, el ciceón utilizado en el rito órfico. Ya instalada, acepta encargarse de la educación del hijo de Céleo, Demofoonte. En su intento por volverlo inmortal
    Deméter lo ungía de ambrosía, como si hubiese nacido de un dios, mientras soplaba suavemente sobre él y lo tenía en su regazo. Por las noches lo ocultaba en el vigor del fuego, como un tizón, a escondidas de sus padres.»

    Metanira, la de hermosa cintura, descubre las prácticas de Deméter sobre su hijo y, asustada, ofende a la diosa, quien se descubre y acaba por sumir a los mortales en una carestía indefinida. Zeus, ante el descontrol de la situación, media entre la airada Deméter y el impasible Hades, consiguiendo de él la liberación de Perséfone, no sin antes darle a probar unas semillas de granada. Al ver a su madre, ésta le pregunta
    «Hija, ¿no habrás acaso tomado algún manjar mientras estabas abajo? Dímelo, no lo ocultes, para que ambas lo sepamos. Pues si no lo has hecho, de vuelta del aborrecible Hades, habitarás junto a mí y junto al padre Cronión, encapotado de nubarrones, honrada entre todos los inmortales. Pero si hubieses comido, yéndote de nuevo a las profundidades de la tierra, habitarás allí la tercera parte de cada año [...]. Cuando la tierra verdee con toda clase de fragantes flores primaverales, entonces ascenderás de nuevo de la nebulosa tiniebla [...].»

    Bibliografía:
    López Férez. Historia de la literatura griega. Cátedra, Madrid, 2000.
    Himnos Homéricos. Introducción, Traducción y Notas de Alberto Bernabé Pajares. Gredos, Madrid, 1978.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 31 Mayo 2021, 05:17

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

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    INTRODUCCIÓN (*)


    Si entre los filólogos contemporáneos el nombre de
    Homero cobija, a veces usado como un paraguas y
    otras por convicción de que se trata de una casa la
    más adecuada para ello, la Ilíada y la Odisea, unánime
    es la opinión de aquellos respecto a la heterogeneidad
    y diversidad de una serie de himnos que la tradición
    manuscrita nos ha legado como «de Homero» y que
    hoy, en efecto, nadie considera posible que sean todos
    debidos a un mismo poeta ni fruto de una misma época.

    Los manuscritos en que se nos han conservado son
    compilación de himnos: de Orfeo, de Homero, de
    Calímaco y de Proclo, según los títulos. La tradición
    clásicatiene a Orfeo por un poeta mítico; los estudiosos
    depositarios de esta tradición decidieron obviar el
    problema hablando de himnos órficos, pues es sabido
    que deeste poeta, mítico si se quiere (pero ¿no es mítico
    cuanto sabemos sobre los más antiguos poetas griegos?),
    se reclamaba una tradición religiosa llamada orfismo de
    su mismo nombre. Al llamar órficos a los himnos que los
    manuscritos decían ser de Orfeo querían significar que
    pertenecían a esta tradición del orfismo y que podían
    haber sido compuestos, dentro de ella, en época reciente.
    Al imponerse la costumbre de llamar homéricos a los himnos
    que los manuscritos decían ser de Homero, por otro lado,
    como para la tradición clásica Homero no era un poeta
    mítico sino histórico, debemos entender que se quiso
    relativizar la atribución a aquel poeta histórico de tales
    himnos, dudándose, pues, de ella; pero, dado que se
    siguió llamándolos homéricos (y no, por ejemplo,
    pseudohoméricos, como se suelen llamar pseudohesiódicos
    los poemas transmitidos como de Hesíodo y que se está de
    acuerdo en que no lo son), debemos considerar que se quiso
    poner de manifiesto su homerismo, su lugar dentro de la
    tradición épica griega.

    Si cumple aceptar, como me parece del caso, que Homero
    es el nombre que dieron a su epónimo los Homéridas, pero
    que la Ilíada y la Odisea son amplios poemas producidos
    en una tradición poética que llamamos homérica, con
    materiales de diversa época e índole, y fijados oralmente,
    más o menos en la forma en que luego serían fijados
    por escrito, a caballo entre los siglos VIII y VII; si esto es,
    pues, así, de los himnos llamados homéricos entiendo que
    procede decir que en su inmensa mayoría se inscriben
    dentro de esta misma tradición, aunque, piezas más o
    menos extensas pero sueltas (es decir, no formando parte,
    como los episodios homéricos de dimensiones comparables,
    de un conjunto unitario superior, el poema épico, la epopeya
    homérica), no debieron de sufrir una fijación oral de la
    misma naturaleza, de tan vasto rigor compositivo, sino que
    habrían mantenido hasta más recientemente una situación
    más fluida, menos codificada. La mayor parte de estos
    poemas son sin duda arcaicos, pero, dentro de la tradición
    homérica, representan un estadio no necesariamente posterior
    a todos y cada uno de los episodios y materiales que hallamos
    en la Ilíada y la Odisea pero sí oralmente diferenciable.

    Antes de la fijación de la Ilíada un poeta pudo haber recitado
    materia iliádica, un episodio o varios de los que luego
    formarían parte de la epopeya homérica, improvisando,
    usando de modo fluido los medios a su alcance de la dicción
    épica tradicional. Después de la fijación, primero oral, de la
    Ilíada en el poema que es, en la epopeya homérica que nos
    ha pervenido, los poetas que buscaron abrigo en la misma
    tradición épica (los Homéridas, entre otros) guardaron como
    su privilegio no ya la vieja técnica de los aedos épicos sino el
    recuerdo exacto de cada verso dentro de un conjunto acabado,
    consolidado ya como la unidad poética que hoy llamamos
    epopeya. Estos otros poetas, fijada ya la Ilíada (o la Odisea,
    que para lo que voy razonando tanto da uno de estos poemas
    como el otro), podían, como aquel otro poeta anterior, recitar
    también sólo un episodio o varios de la epopeya, sueltos. La
    fijación del poema épico en su totalidad no implica que
    tuviera que recitarse desde entonces siempre entero. Pero sí
    que esta totalidad, básica para los rapsodos homéricos como
    distintiva de su trabajo, era para ellos un freno constante a la
    improvisación; convertía a cada verso en parte de algo sólido,
    y no ya en agua de un río, como en una época anterior de la
    cultura oral.
    (*) NOTAS DE LA INTRODUCCIÓN, AL FINAL DE ESTA Y LA BIBLIOGRAFÍA.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 31 Mayo 2021, 06:07

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.


    Dentro de la misma tradición homérica, el mismo poeta,
    cuando cantaba un himno, no lo hacía en las mismas
    condiciones sino con una libertad mayor, semejante a la
    que habrían tenido los aedos de la fase de composición
    de los poemas épicos. Tanto en la etapa anterior como
    en la posterior a la fijación de éstos, el poeta que
    entonaba un himno épico actuaba lo mismo, igual de
    libremente (más cerca del agua que del sólido); en
    efecto, las razones que se ha visto que le movían a
    mantener fijo el canto iliádico, ya parte de un todo que
    era su patrimonio como Homérida, no operaban sobre él
    cuando, él mismo, ejecutaba un himno. A todo lo cual se
    debe, entiendo, que los himnos homéricos, perteneciendo
    a la misma tradición homérica, sean técnicamente
    diferenciables, desde el punto de vista de la oralidad, de
    la epopeya.

    En algún lugar de los que luego se dirían cuna de Homero,
    la tradición homérica cuajó en los poemas épicos atribuidos
    a este poeta, la Ilíada y la Odisea. Supongamos —es por lo
    menos posible— que ello fuera en Quíos; los Homéridas,
    quienes detentaban en exclusiva esta tradición, pronto los
    difundieron por todo el ámbito de la lengua griega. Según
    un escoliasta al verso primero de la nemea II de
    las pindáricas, Cineto llevó los poemas a Siracusa (1). La
    difusión de éstos debió de extenderse por todo el mundo
    griego, pues, durante toda la época arcaica. Pero dentro
    de las técnicas de composición y ejecución oral, la
    recitación de episodios de unos poemas ya fijados debió de
    constituir una novedad, en su momento, porque ofrecían
    un mejor control del resultado poético. Decía Telémaco a
    su madre (Od. I 351-2) que «los hombres alaban con preferencia
    el canto más nuevo que llega a sus oídos», y no es forzoso que
    la novedad haya de referirse sólo a los temas. En cualquier
    caso, que al cundir la fama de las epopeyas de que eran
    depositarios los Homéridas, otros grupos de poetas aprendieron
    su técnica de memorización, o se sirvieron quizá de la escritura
    para memorizarlas y hasta para pulirlas, a partir de cierto
    cierto momento. Quizá fuera entonces cuando varias ciudades
    de Grecia empezaron a disputarse la patria de Homero. Porque los
    rapsodos de donde hubiera nacido Homero serían más creídos al
    proclamarse depositarios de la versión verdaderamente homérica.
    Cada poeta, para legitimar la versión que él había aprendido y
    difundía, no podía hacer nada mejor que declararse coterráneo
    de Homero para así hacerla derivar del poeta mismo. Y para ello
    debía difundirse el relato de una vida de Homero que permitiera
    abonar el privilegio de ser su coterráneo alegado por quien cantaba
    sus poemas.

    Consolidado el prestigio de Homero en el texto oral constituido y
    fijo, en diversas escuelas rapsódicas que competían entre ellas,
    debió de llegarle el turno a la otra poesía que podía ser considerada,
    en general o por algunos rapsodos, legítimamente o menos, dentro
    de la misma tradición homérica. Verdad es que no conviene concretar
    en el tiempo este momento sino tenerlo por variable según los lugares
    y otras circunstancias, aunque siempre, esto sí, dentro del arcaísmo
    (tardoarcaísmo incluido). Pero a este momento, que sí se puede
    definir en términos de técnica oral, corresponde la fijación de algunos,
    por lo menos, de los himnos homéricos; al momento de consolidación,
    gracias a los rapsodos, del prestigio de Homero, cuando uno de ellos,
    por ejemplo, podía hallar motivos para «firmar» el himno a Apolo delio
    aspectos de la imagen difundida de Homero que ya eran conocidos por
    su público: «un varón ciego que habita en la escabrosa Quíos» (v.
    173). Tuvo que ser un Homérida de Quíos quien así fijó el himno y
    lo selló para el futuro.

    Pero estos himnos, que cantaba un poeta épico, ¿qué eran?
    Situémonos para responder en el canto VIII de la Odisea. Tras un
    banquete en que ha cantado Demódoco escogiendo materia
    iliádica demasiado cercana a Ulises, Alcínoo se dirige a los
    presentes dentro de su oikos, principales del pueblo (v. 97),
    invitados habituales del rey, y les exhorta a salir (v. 100) para
    asistir a unos juegos que tendrán lugar en un espacio que es
    llamado agora (v. 109); se forma al punto un cortejo que allí se
    dirige y que ve cómo en el camino se le van sumando gentes y
    gentes: «innumerables», dice el poeta (v. 110). Acabados los
    juegos, Demódoco, de nuevo requerido, canta otra vez y unos
    muchachos danzan (vv. 256 ss.). Esta vez el aedo no canta gestas
    heroicas sino un episodio, digamos, de la vida cotidiana
    de los dioses (2): cómo Ares se entendía con Afrodita a espaldas
    del marido de ésta, el también dios Hefesto, quien fue informado
    del asunto por Helios, el Sol mismo; cómo Hefesto urdió una
    trampa alrededor de su propio lecho y fingió irse a Lemnos
    para luego volver de improviso y pescar atrapados en su cama
    a su bella esposa adúltera y a su amante; cómo Hefesto, habiendo
    convocado a los demás dioses, expuso a ambos adúlteros a la
    vergüenza y cómo, tras haberse asegurado una compensación, les
    dejó por fin libres. Hay en este canto del aedo en la plaza de los
    feacios vivacidad narrativa, finura y cuidado especial de los detalles
    y un cierto desenfado: así un dios reprueba, sí, la conducta de Ares,
    pero al preguntar Apolo a su hermano Hermes si querría encontrarse
    en el sitio de Ares, Hermes responde que sí y provoca la adhesión
    jovial de los demás dioses, que ríen.
    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 01 Jun 2021, 07:52

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.

    Todo lo cual ha parecido demasiado moderno a algunos.
    Pero la poesía homéricaofrece sorpresas como ésta tan a
    menudo que basta decir que todo es esperable en ella; y
    en especial en la Odisea, poema en que la construcción
    del total, elaborada y un tanto artificiosa, reposa sobre
    un sumo cuidado en los particulares y detalles. De todos
    modos, era este canto de Demódoco sólo aquí traído para
    señalar que las circunstancias de su ejecución, su tema y
    extensión así como alguna particularidad del texto, todo
    ello permite que lo veamos como un himno o como un
    canto muy próximo a los himnos homéricos —que también
    presentan entre ellos diferencias considerables.

    El himno, pues, no se canta dentro de una casa, en un
    espacio cerrado, sino al abierto (y quizá pudiera también
    deducirse que ante un público más numeroso), y forma
    parte de un solaz que comprende juegos, competiciones
    de destreza; y el poeta canta en «un ancho y hermoso
    corro» (v. 260) en cuyo centro él se pone, rodeado de un
    coro de adolescentes que danzan (vv. 262-264). Así
    mismo, en el himno a Apolo delio hay un coro, esta vez de
    doncellas, y hasta pudiera sospecharse que son ellas las
    que ejecutan el canto (vv. 158 ss.). Y en general los himnos
    se cantan en la fiesta del dios que sea, al abierto, y las
    competiciones de destreza y gimnásticas o atléticas no son
    extrañas en este tipo de fiestas.

    Ya vimos cuál era el tema del canto de Ares y Afrodita. En
    la trascripción odiseica del canto de Demódoco tiene éste
    un centenar de versos. Una de las razones en que suele
    basarse la afirmación de las diferencias que hay entre los
    himnos homéricos es precisamente su extensión. Hay por
    un lado unos himnos llamados mayores (el II, a Deméter;
    el III, a Apolo; el IV, a Hermes; el V, a Afrodita) y por otro
    lado los himnos cuya extensión es mínima, que apenas
    consisten en algo más que una invocación seguida de saludo
    y despedida con quizás una petición de tipo general
    («otórganos el valor y la felicidad», por ejemplo, en el XX).
    De los mayores el más extenso es el IV, a Hermes, que tiene
    580 versos; el II, a Deméter, tiene 495; el dedicado a Afrodita,
    el V, cuenta con 293. Por lo que hace al II, a Apolo, es a la vez
    más largo y más breve que los dos últimos. Suelen andar los
    críticos de acuerdo en que en el himno homérico a Apolo, que
    presenta un total de 546 versos, hay dos himnos, uno a
    Apolo delio, formado por los versos hasta el 176 o el 178,
    digamos, y otro a Apolo pítico 3. Aunque también es claro que
    el poeta que cosió ambos himnos en uno trabajó el conjunto
    como una unidad, forjándola a base de simetrías y paralelismos
    y siempre progresando sobre el tema central de la fundación de
    templos y oráculos del dios. El II de los homéricos, por lo tanto,
    nos permite conocer un ejemplo de himno más breve que los
    otros tres mayores, el de Apolo delio, y en su totalidad, tal como
    ha sido cosido por el rapsodo que nos lo fijó en la forma en que
    nos ha llegado, es el segundo en extensión entre los homéricos.

    Todos estos himnos sobrepasan, pues, el centenar de versos
    que tiene el del aedo de los feacios. El de Demódoco es menos
    solemne, menos ceremonial, menos lento; las palabras de los
    himnos mayores se abren a la digresión, a la pintura de estados
    de ánimo, a efectos poéticos diversos; en el himno de
    Demódoco todo es más intenso, a pesar del cuidado por los
    detalles. En esta característica el himno en el ágora de los feacios
    está más cerca de los intermedios entre los homéricos. Un par
    de himnos homéricos, en efecto, se hallan entre los cuatro
    (o cinco) mayores y los más breves; son el VII, a Dioniso (59
    versos, tal vez 56) y en cierto modo también el XIX, a Pan (49
    versos; pero éste no es narrativo como el otro, es más
    tardío y presenta problemas de otra índole).
    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 01 Jun 2021, 08:19

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.


    A pesar de no explicar, desde luego, todo lo posible
    referente a un dios, los himnos mayores tienden a
    a ser, sobre su tema, completos, y su tema es a su
    vez siempre sintomático, central en la historia del
    dios o en la historia religiosa de los griegos; así,
    ejemplarmente, los himnos sobre Deméter, Apolo y
    Hermes. Un himno entre los mayores, el V, se escapa
    de algún modo de esta norma, quizá por mérito de la
    naturaleza y de las actividades de la diosa a que va
    dirigido, Afrodita. El himno está muy bien construido
    porque presenta su historia central (vv. 53 ss.), la del
    amor que la diosa sintió por un mortal, Anquises, como
    una consecuencia del poder mismo de Afrodita: salvo
    Atenea, Artemis y Hestia4, todos los dioses y hombres
    se doblegan ante su poder, ante la fuerza irresistible del
    deseo que ella infunde; ante ella sucumben también los
    pájaros y todos los animales, así terrestres como marinos.
    Como ni el mismo Zeus escapa a esta fuerza irresistible,
    éste, el gran dios, paga a Afrodita con la misma moneda,
    inspirándole «dulce deseo» de unirse a un mortal
    (vv. 45, 53). Afrodita, vencida con sus mismas armas,
    restablece el imperio de Zeus, que sigue siendo superior a
    los demás dioses. El poeta no ha cosido, esta vez, sino que
    ha fundamentado teológicamente la historia que ha recibido,
    la de los amores de la diosa del amor con Anquises, y se
    dispone a contar. Y en sí, esta historia se parece, entiendo,
    a la del himno VII, sin la presentación religiosa que en ella
    hace el poeta del V. Es una historia más, entre las de la
    divinidad. Como es una historia más la de Dionisio con los
    piratas, que es el tema del himno VII. Como es igualmente
    una historia más la de los amores de Afrodita con Ares, el
    tema de Demódoco.

    Hay por último algunas cuestiones filológicas que vienen
    al caso. La mayor parte delos himnos empieza con la fórmula
    «canta, Musa...» o «comenzaré a cantar...» o bien
    «me acordaré de...» u otra parecida, con el nombre del dios
    objeto del canto en acusativo, complemento directo. En el
    canto de Demódoco nos cuenta el poeta de la Odisea que
    «el aedo, pulsando la cítara, empezó a cantar hermosamente»
    (VIII 266) y que cantó «cómo se unieron a hurto y por vez
    primera...» (v. 268); entre un verso y otro se nos da el sujeto
    de unieron, pero como objeto, digamos, de cantar,distanciado
    y a la vez concretado con una preposición, amphi: «A propósito
    de los amores de Ares y Afrodita, la de bella corona» (v. 267).
    Está claro que el objeto del canto son los amores de ambos,
    pero también parece que el a propósito de, a la vez que nos
    prepara para la concreción del tema, limita de entre la materia
    posible a propósito del dios y de la diosa. Pues bien, de modo
    paralelizable, el poeta del himno homérico VII «recordaré»,
    dice, «cómo apareció en la orilla del mar estéril...» (v. 2), pero
    en el primer verso había enunciado a propósito de quién hablaba;
    de nuevo, pues, la preposición amphi precedía el nombre de la
    divinidad que era objeto del canto, y a continuación, introducido
    el tema por una oración completiva modal, se nos aclaraba de
    cuál de las gestas del dios iba a tratar el poeta.

    Pero el canto de Demódoco, además de servirnos de piedra de
    toque paraacercarnos a los himnos homéricos, nos es útil
    porque en el contexto de la Odisea se nos dan indicaciones,
    según veíamos, sobre las circunstancias de la ejecución de
    un poema, por lo menos, como el de Demódoco mismo y,
    conjeturo, como el himno homérico VII o como el núcleo
    antiguo, no moralizado, del himno homérico V. Son cantos
    que se ejecutan al abierto y en ocasión de una fiesta, pero
    en un espacio no sagrado (en el ágora, recordemos) y,
    aunque versen sobre sucesos o gestas de los dioses, no se
    ve que tengan directa relación con el culto. En los himnos
    homéricos esta materia divina aparece introducida por un
    preludio definidor del dios (que se reduce, en el VII, a
    «hijo de la gloriosa Semele», lo que no es mucho) y
    cerrada por un saludo al dios, siempre muy breve. Preludio
    y saludo constituyen, según se dijo, los himnos homéricos
    más breves. De modo que podría conjeturarse que estas
    historias de dioses han quedado encajadas entre preludio y
    saludo en la época en que estos dos elementos puede que
    fueran necesarios para caracterizar a un poema como
    himno. En el himno XIII, a Deméter, que tiene tres versos,
    el primero («A Deméter de bella cabellera, veneranda diosa,
    comienzo a cantar») es igual que el primero del himno II,
    también dedicado a Deméter pero que se cuenta según
    vimos entre los más extensos. El segundo es, con una
    modificación de morfología
    necesaria, igual que el antepenúltimo (v. 493) del mismo
    himno II: o sea, que un verso que en el XIII forma parte
    del preludio pertenece en el II al saludo o plegaria final
    (vv. 490-495). Por lo demás, el verso 2 del II («a ella y a
    su hija de anchos tobillos, que Aidoneo») se refiere también,
    como el segundo del XIII («a ella y a su hija, la bellísima
    Persefonea»), a Perséfone, y si el poeta del II ha variado
    utilizando otra palabra para decir «hija» y otro epíteto,
    ello es porque esta hija de Deméter será de inmediato
    objeto de su atención y le interesa destacar de entrada el
    nombre de su raptor. Versos típicos del preludio podían
    usarse en el saludo al dios, e incluso el saludo formar
    parte del preludio. En el verso final del XIII, en efecto, se
    lee «Salud, oh diosa, salva esta ciudad y da principio al
    canto», lo que parece indicar que los tres versos de este
    himno constituyen una breve introducción, en honor de
    Deméter, a un canto no sabemos ni de qué índole ni de
    qué tema que el poeta pide a la diosa dé comienzo.
    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 03 Jun 2021, 07:15

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.


    Y conviene, llegados aquí, afrontar la cuestión de qué
    era para los griegos un himno5. Para ello existen dos
    caminos complementarios, a saber, el análisis del
    término en sí y la consideración de los otros términos
    con que los griegos podían referirse al poema mismo
    o a la actividad de cantarlo. Pues bien, dice Tucídides
    (III,94) que «había entonces, y ya desde antiguo, una
    gran peregrinación a Delos de los jonios y de los de las
    islas vecinas; iban como ahora van los jonios a las fiestas
    de Éfeso, como espectadores con sus mujeres e hijos, y
    se hacía allí un certamen gimnástico y musical y las
    ciudades aportaban coros». Añade a continuación que
    Homero puede demostrarlo y cita los vv. 146-150 «del
    proemio de Apolo», como él dice: del himno homérico III,
    para nosotros. Este testimonio célebre de Tucídides
    suele comentarse en el sentido de que llama proemio a
    un himno porque los himnos eran usados por los poetas
    épicos como preludio para la recitación de poemas
    propiamente épicos. Pero esta interpretación suscita
    una serie de problemas que han sido igualmente
    señalados, siendo uno no menor la extensión de los
    himnos homéricos mayores, de que ya se ha dicho. Ha
    parecido, empero, sustentada por la frecuencia con que
    los himnos contienen la expresión «comienzo a cantar
    ....» (II 1, por ejemplo) o equivalente, y se señalará al
    respecto que entre las equivalentes se encuentra el verso
    Od. VIII 266, que introduce en el canto por Demódoco de
    los amores de Afrodita y Ares («empezó a cantar...»). La
    cuestión no parece soluble sobre estas bases. La verdad
    es que, aunque se diga en la Odisea que Demódoco
    empezó a cantar, el canto de Ares y Afrodita se coloca
    entre dos otras intervenciones del aedo de materia épica
    (relativa, esto es, a la guerra de Troya), de modo que o
    bien empezar a cantar significa ponerse a cantar, sin más,
    o bien está aquí mal dicho (lo que daría razón a quienes han
    pretendido atetizar este canto) o bien tiene algún otro
    sentido que no resulta de entrada evidente.

    El último verso del himno V, a Afrodita, es como sigue:
    «habiendo empezado por ti, pasaré a otro himno». Pero
    nótese que este verso no promete el paso a la ejecución
    de otro poema épico sino «a otro himno». Y no es éste
    un caso aislado dentro de los himnos: IX 9, el último verso
    de un breve himno a Ártemis, y XVIII 11, el penúltimo de
    uno a Heracles, son idénticos. Una docena de estos himnos
    (el II, el III, el IV, el VI, el X, el XIX, el XXV, el XXVII, el
    XXVIII, el XXIX, el XXX, el XXXIII) acaban con el verso
    «y yo me acordaré de ti y de otro canto», que ha sido
    interpretado como despedida del poeta a la divinidad de que
    se ha ocupado o a la que ha invocado y como paso a la
    recitación épica. Pero, por lo que hace a esto último, tal
    interpretación es cuando menos problemática.

    Himno se dice en griego hymnos. Y canto se dice aoidé.
    En el verso Od. VIII 429 se lee aoidés hymnos, es decir,
    una expresión que reúne ambos términos: «himno de
    canto». Alcínoo encarga a su mujer que le sea preparado
    un baño a Ulises para que se repose y pueda luego,
    relajado, escuchar en el banquete el tal hymnos aoidés.
    El canto que en el banquete subsiguiente cantará
    Demódoco (vv. 499 ss.) se refiere a la toma de Troya y a
    la gesta del caballo de madera; o sea, que «himno de
    canto» designa materia heroica: no protagonizada por
    dioses sino por héroes. Se sigue de ello, entiendo, que
    cuando un himno acaba con la afirmación del poeta de que
    pasará a otro himno no implica que pase necesariamente
    a otro poema sobre el mismo dios o sobre otro dios, y que
    cuando dice que pasará a otro canto no quiere decir que
    pase necesariamente a un poema de materia heroica.
    Himno, pues, no quiere decir, en el texto, lo mismo que en
    el título que el manuscrito da a nuestra colección de
    himnos. Platón sí, en el décimo de la República (607a;
    cf. Leg. VII 801e), distingue entre «himnos a los dioses» y
    «encomios a los héroes»; himnos como género poético
    específicamente dedicado al elogio de los dioses es lo que
    entendía quien llamó himnos a nuestros poemas. Pero, en
    cambio, el uso homérico de la palabra no avala este sentido.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 03 Jun 2021, 07:24

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.


    El lugar citado platónico, al coordinar himno y encomio,
    parece permitir la suposición de que el himno es un elogio,
    y el pasaje de Tucídides antes citado parece igualmente
    abonarlo; al citar lo que él tiene por versos finales del himno
    a Apolo dice en efecto Tucídides que el poeta «termina su
    elogio...». Elogio equivaldría a himno, pues; pero una
    interpretación más restringida entiende que Tucídides dice
    que el poeta termina el elogio que había hecho de las
    muchachas delias del coro que habían acompañado con sus
    danzas su canto. En cualquier caso, si himno quisiera decir
    elogio, nótese que podría igualmente aplicarse a dioses y
    héroes.

    Alguna de las propuestas etimológicas avanzadas para
    explicar hymnos apunta en esta dirección de poema de
    elogio. Pero las dos más viables parecen la que relaciona
    el término con el verbo significando «hilar» y la que lo
    avecina a un sustantivo que significa «membrana»; o sea,
    uniendo lo uno con lo otro, el conjunto de hilos que forma
    un tejido flexible. O sea, todavía: que hymnos aoidés
    vendría a significar el conjunto de «hilos» que forma el
    ciertamente flexible tejido del canto. Himno es, pues, una
    metáfora del canto considerado como un tejido, como algo
    que el poeta va hilando. O sea, de nuevo, que la metáfora
    no ve el canto como algo acabado, concluso, sino como algo
    en curso: cantar es hilar y el resultado un tejido sutil, flexible.

    CONT.


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    Mensaje por Lluvia Abril Vie 04 Jun 2021, 01:14

    ¡Qué maravilla!
    Sigo la gran obra y gracias por ponerla en este camino.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 04 Jun 2021, 05:12

    La ODISEA, para mí es una obra cumbre de la POESÍA UNIVERSAL DE TODOS LOS TIEMPOS. ¿Más que LA ILIADA? ... No me gusta comparar. Pero La Odisea la veo más imaginativa; más mágica; más personal y cercana...

    En cuanto a Los HIMNOS HOMÉRICOS, me di cuenta de que o los ponía ahora o no los pondría nunca. Y eso estoy haciendo.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 07 Jun 2021, 07:15

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.


    Si esto es así el himno es, como parece efectivamente,
    un canto épico, trate de dioses o de héroes, no fijado,
    que se considera como tejido por el aedo cada vez
    que éste lo ejecuta. Originariamente la palabra himno
    parece responder a una etapa de oralidad fluida. Este
    sentido originario se diluyó en el posterior, más
    general, de celebración o celebración de un dios en
    concreto; pero todavía cuando la Odisea llama himno
    al canto heroico de Demódoco o cuando el poeta de un
    himno homérico promete pasar a otro himno, todavía
    en estos casos himno quiere decir canto como tejido
    sutil, flexible, de las palabras que lo hilan —lo que
    resulta confirmado por la expresión «himno de canto»
    de que se ha discurrido.

    Pero lo hilado, el tejido resultante, la tela, puede
    coserse con otras telas para formar un conjunto más
    extenso o más amplio. Probablemente de algo así se
    trata en un fragmento pseudohesiódico
    (357 Merkelbach-West) en el que puede leerse «en
    himnos nuevos cosiendo el canto», y quizá también
    cuando Píndaro, en la segunda de sus nemeas
    (vv. 1 ss.), llama a los Homéridas «cantores de
    palabras cosidas». Probablemente coser sea el trabajo
    de quienes han fijado lo ya hilado, los viejos himnos, en
    cantos que luego acoplan con otros para lograr un canto
    seguido, uniforme, más extenso y acabado. Por esto será
    que el verbo que significa coser en griego se ha mantenido
    relacionado etimológicamente con el término rapsodo, que
    significaría, pues, lo mismo que Píndaro hemos visto
    llamaba a los Homéridas.

    Si el sentido de himno ha de reconstruirse tan trabajosa
    e hipotéticamente, no mejor es la situación ante el proemio
    de que habla, según vimos, Tucídides: prooímion; por
    ejemplo, es claro que el término puede significar tanto el
    exordio o inicio de un canto como un canto suelto que sirva
    de preludio a la recitación de otros. De donde, el término
    que esta vez importa es oime, porque lo que sucede es
    que, en tres ocasiones en la Odisea (VIII 74, 481; XXII 347),
    esta palabra significa historia o tema, materia del canto, y,
    siendo así, proemio quiere decir, para algunos, lo que
    precede a la exposición de la materia propiamente dicha,
    mientras para otros sería la primera parte de la materia misma.
    La cuestión quizá más importante, si el proemio es siempre
    una parte o si puede ser una unidad, un poema suelto (y el
    modo de plantear correctamente esta cuestión, que no ha
    de ser tan esquemático), no se ve que pueda aclararse gracias
    al término, que admite ambos sentidos.

    O sea, vinculando esta cuestión a aquélla antes planteada a
    propósito de cuál sea el sentido de cuando el poeta manifiesta
    que comienza a cantar, no sabemos si el «empiezo a cantar...»
    con la manifestación del tema que sea se refiere a los primeros
    versos o bien a la totalidad del canto, que sería un comienzo
    respecto a los demás cantos que el poeta ejecutaría a
    continuación.

    La cuestión que subyace es otra vez la de la diversidad de los
    himnos homéricos. Se vea, por ejemplo, qué sucede con un
    himno como el XXV:

    Voy a comenzar por las Musas, Apolo y Zeus. Pues gracias a
    las Musas y al flechador Apolo existen en la tierra aedos y
    citaristas, pero los reyes proceden de Zeus. Dichoso aquel a
    quien las Musas aman: de su boca fluye suavemente la
    palabra. Salud, oh hijas de Zeus, honrad mi canto; y yo me
    acordaré de vosotras y de otro canto.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 07 Jun 2021, 07:40

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.


    El arranque o verso primero es una simple petición
    inspiratoria, comparable, entiendo6, al verso
    Od. VIII 499, donde el genitivo «del dios» (en el
    griego del himno Musas, Apolo y Zeus están en
    genitivo, también) viene tras un participio pasivo
    que denota el impulso, la inspiración, y concierta
    con el sujeto, el poeta (otra vez Demódoco), del
    verbo «comenzó»; o sea, en el ejemplo de la
    Odisea se ve que el sentido de empezar es «partir
    de» y que el poeta parte de una divinidad, la que
    sea, porque la hace responsable de su inspiración.
    Los cuatro versos que siguen y razonan el porqué
    el poeta ha invocado a estas divinidades coinciden
    con los versos 94-97 de la Teogonía hesiódica.
    Entiendo que no conduce a nada discutir si fueron
    copiados de allí o bien allí7. Son versos tradicionales
    que dicen algo tan sabido y tan apropiado en diversos
    contextos que lo raro es que no estén en algún otro
    sitio8. Para el poeta del himno está claro que estos
    versos son un exordio, una breve introducción a un
    canto que me parece que no ha de tener nada que ver,
    temáticamente, ni con las Musas, ni con Apolo, ni con
    Zeus. Entiendo, pues, que el «voy a comenzar por...»
    no indica la materia del canto siguiente sino la materia
    de la invocación inicial.

    Lo que no quita que, en un himno dedicado a un dios,
    el poeta diga que va a empezar por el dios y la materia
    subsiguiente sea también relativa al dios. Pero, volviendo
    al XXV, tras este exordio no viene ni un canto cualquiera
    ni un canto sobre las Musas o Apolo o Zeus; viene en
    cambio una fórmula de despedida al dios y la promesa de
    otro canto. De modo que el llamado himno consiste sólo
    en unos versos tradicionales de exordio y otros no menos
    tradicionales de despedida. Hasta un estudioso al tanto del
    lenguaje, de la dicción poética formular sobre los dioses
    podría construir himnos como éste al dios que fuera. Pero
    se impone la razonable sospecha de que estamos ante un
    estuche cuyo contenido no nos ha llegado, o, más
    exactamente, ante un estuche diseñado para contener
    según la ocasión materias de todo tipo. De que el exordio,
    en suma, servía para no importa qué himno, sobre héroes
    o dioses (en el sentido más antiguo de himno), y la despedida
    para indicar el poeta ante su público que había llegado hasta
    el final y que ahora se despedía de la divinidad que le había
    acompañado, inspirándole.

    Los himnos homéricos deben de proceder de una colección
    rapsódica y escaparon, como se ha sospechado, al control
    de los filólogos helenísticos9. Por esto nos han llegado como
    himnos lo que no son sino exordios y despedidas que, en el
    caso del XXV, podían servir no sólo para materia hímnica en
    el sentido de sobre los dioses, como he explicado.

    Pero tanto Demódoco según el poeta de la Odisea en el
    verso VIII 499 citado comoel poeta del himno homérico XXV
    dicen comenzar de, o sea, como glosaba, partir de un dios,
    de invocarle, para luego abordar el tema que sea; y el dios
    está en el texto en genitivo. ¿Debemos entender que es lo
    mismo cuando el poeta manifiesta empezar a cantar y luego
    cita el nombre del dios en acusativo, según las apariencias,
    de entrada, como objeto, materia de su canto? Veamos, por
    ejemplo, un poema como el himno homérico XI, a Atenea:

    Empiezo a cantar a la poderosa Palas Atenea, protectora de
    las ciudades, que se cuida, juntamente con Ares, de las
    acciones bélicas, de las ciudades tomadas, de la gritería y de
    los combates; y libra al pueblo al ir y al volver (del combate).

    Salve, diosa; y danos suerte y felicidad.


    Se podría pensar que tras este exordio, y sin importar que la
    diosa sea el objeto del canto, podía el poeta haber introducido
    cualquier otra materia; y luego cerrar su canto, tratase de lo
    que fuera, con la despedida del último verso. Abonarían esta
    idea otros dos himnos homéricos que comienzan también
    «empiezo a cantar» y que tienen una extensión comparable,
    el XVI, a Asclepio, y el XXII, a Posidón. Pero, en cambio,
    también comienza por «empiezo a cantar» seguido por el
    nombre de la diosa en acusativo el himno homérico II, a
    Deméter, y los casi quinientos versos siguientes, hasta la
    despedida, tratan de la diosa y no de no importa qué tema.
    De ahí el sentido de la pregunta formulada más arriba.

    En los himnos homéricos XI, XVI y XXII, como en otros,
    el dios que se invoca como objeto del canto es sólo
    presentado, brevemente, en una característica o la más
    determinante o por lo menos principal del dios de que se
    trate: así la guerra, y su relación, con Ares, en el caso de
    Atenea; la capacidad de curar, en el Asclepio; su dominio
    sobre tierra y mar, muy bellamente expresado por medio
    de los caballos, cuyos cascos baten, sacuden la tierra, pero
    que él sabe domar, así como por medio de las naves, que
    él puede salvar, en el caso de Posidón. En todos los casos,
    másformularmente o no tanto, con mayor o menor maestría,
    es rápidamente evocado un rasgo principal del dios y basta.

    CONT.




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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 09 Jun 2021, 07:47

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.

    El himno homérico VI, a Afrodita, no comienza por «empiezo a
    cantar» sino por «cantaré», pero el objeto del canto es también
    la diosa «a quien se adjudicaron las ciudades todas de la
    marítima Chipre» (vv. 2-3). Pero esta vez este dominio de la
    diosa sobre Chipre es la puerta de acceso al viento que la llevó
    a la isla, a cómo fue allí acogida por las Horas, detalladamente
    a cómo éstas la vistieron y adornaron con oro y flores; y este
    adorno y preparación antesala para la presentación que las
    Horas hicieron de Afrodita a los inmortales dioses: todos
    desearon entonces desposarla; así la belleza que causó la
    admiración de los dioses es el rasgo principal que el poeta ha
    querido evocar en este caso. El caso es que han hecho falta
    dieciocho versos para llegar a esto, que el rasgo principal no
    ha sido presentado de entrada y apenas desarrollado como en
    los himnos XI, XVI, XXII y otros. Y el caso es también que
    ahora, al despedirse el poeta, entre la fórmula de despedida
    propiamente dicha y la otra fórmula del «y yo me acordaré de
    ti y de otro canto», pide a la diosa, a Afrodita, algo en concreto:
    «concédeme que alcance la victoria en este certamen», pide,
    «y da gracia a mi canto» (vv. 19-20).

    En el VI, pues, la despedida venía a continuación de un
    exordio desarrollado y era a su vez introducción al canto
    subsiguiente, un canto con el que el poeta del himno
    homérico pretendía vencer en un certamen poético. Aunque
    breve, este himno es comparable a los mayores. Por lo que
    hace a los más breves, dos posibilidades parecen razonables:
    que los rapsodos los hayan recogido, como dije antes, como
    estuche o que invocación y despedida al dios formasen una
    unidad que precedía a la recitación de otro himno (en el
    sentido, ahora, de canto a un dios o a un héroe). Y, tanto
    en un caso como en otro, otras dos posibilidades se imponen:
    que el himno siguiente fuera dirigido al mismo dios o que
    introdujera otra materia.

    De modo, pues, que no parece que «empiezo a cantar»,
    «canto», «cantaré» o cualquier otra de estas formas
    introductorias seguida del nombre del dios en acusativo
    excluya que luego el poeta se ponga a hablar de otra cosa; por
    ejemplo, de materia iliádica, como hace Demódoco. De modo,
    también, que si proemio pueden llamarse siempre los himnos
    homéricos, en la medida en que esto sea así unas veces se
    tratará de un exordio al dios formado de invocación y
    despedida que servirá sólo de acceso al canto inmediatamente
    ejecutado a continuación y otras veces de un canto que sea el
    primero de otra serie de cantos de la misma extensión o poco
    más o menos.

    Pero otra posibilidad ha de ser contemplada. Que el proemio
    preludie la ejecución de un poema cantado y danzado, o sea,
    de la clase de poesía que en literatura griega arcaica se
    designa globalmente como lírica por distinguirla de la
    épica10. Lo del coro y la danza es seguro en el caso de Demódoco,
    como hemos visto. Pudiera también ser que Tucídides entienda
    referirse a la parte del himno homérico a Apolo que era recitada
    como proemio al canto coral; en este caso el canto coral
    correspondería a las muchachas de Delos a quienes se dirige
    el poeta acto seguido (w. 156 ss) y el himno a Apolo delio nos
    mostraría al poeta presentando al coro e introduciendo al
    público en el canto de las jóvenes delias. El canto de éstas
    habría sido ejecutado antes de que el poeta, retomando la
    palabra en el verso 165, se despidiera de su público a través
    de las mismas jóvenes del coro v pidiendo el recuerdo de estas.
    Pensaba Wilamowitz que las muchachas ejecutaban un canto
    cultual de índole tradicional, como el himno del licio Olén de
    que habla Heródoto (IV 35)11. No debe excluirse que el poeta
    las dirigiera, que les hubiera enseñado el canto.

    Conjeturalmente, pero esta posibilidad, la del proemio o himno
    épico como preludiode un canto coral, no ha de ser dejada de
    lado, a mi juicio. Y tampoco que fuera el mismo poeta épico
    quien hubiera enseñado el canto coral a los integrantes del coro.
    Si entre épica y lírica no hay solución de continuidad, es claro
    que entre épica y poesía coral lo que hay es afinidad (se piense
    al respecto sobre todo en Estesícoro), como no es dudoso que el
    verso de la épica, el hexámetro, pertenece a la misma familia
    métrica que uno de los versos más frecuentes de la poesía coral12.
    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 09 Jun 2021, 08:01

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.

    En todo caso, se ofrece como seguro que la danza y
    el coro acompañaban al himno. Y que algunos de ellos,
    como mínimo, formaban parte, si no del culto del dios, sí
    por lo menos de su fiesta —y la distinción entre culto y
    fiesta no es que tenga mucho sentido, tratándose de la
    religión de los griegos. Los juegos, la danza y el canto
    andaban juntos en estas ocasiones, como el mismo
    himno a Apolo delio puede certificar (w. 149-150: «ellos,
    acordándose de ti, te deleitan con el pugilato, la danza
    y el canto...»).

    Normalmente, pues, el poeta que iba a recitar
    hexámetros comenzaba con una invocación a un
    dios. Esta invocación podía ser o a una divinidad
    tutelar de la actividad poética (las Musas, o las
    Musas y Apolo, por lo general) o bien a otro dios
    seguramente vinculado a la fiesta en que tuviera
    lugar la ejecución poética. En ambos casos el
    comienzo podía ser muy breve y entrar el poeta
    inmediatamente en materia (como es el caso en
    los proemios de la Ilíada y la Odisea, por lo que
    hace a una típica invocación a las Musas) o bien
    alargarse un centenar de versos, como sucede
    al inicio de la Teogonia hesiódica, verdadero himno
    que combina el elogio de las Musas con la
    presentación que de sí mismo hace el poeta como
    habiendo aprendido de éstas su arte13. Igualmente,
    el dios invocado podía serlo por razones de
    coherencia con la intención del poeta: así en el caso
    de Zeus al inicio de Trabajos y días (vv. 1-10).

    La forma alargada, extensa, del himno podía ser
    recitada independientemente, como un episodio épico
    cualquiera. Por lo general en una fiesta: bien porque
    ésta invitara a la narración de los hechos de un dios en
    concreto (como la antigua concentración de los jonios
    en Delos, en el caso del himno de Apolo delio), bien
    porque en ella se celebraba tradicionalmente un
    certamen poético (cf. himno VI,19-20). Aparte de estas
    grandes ocasiones, la fiesta podía quizás improvisarse
    por algún motivo, como parece suceder en la Feacia
    homérica. Tal vez también en ceremonias más
    precisamente cúlticas, como por ejemplo se ha aventurado
    en relación con Eleusis por lo que hace al himno II14.
    Pero, aunque no hay base para trazar entre ambos géneros
    una frontera infranqueable, es razonable suponer que
    en estas ocasiones la plegaria se impondría sobre la narración,
    las más de las veces. La plegaria corresponde más a un grupo
    homogéneo (como los compañeros del simposio o del thiasos,
    en la lírica) o incluso a una sola persona, como la de Aquiles
    antes de entrar Patroclo en combate con sus armas
    (II. XVI 233-248).

    Por lo demás, la narración de las virtudes y de los méritos de
    un dios, aparte de poder ser recitada independientemente,
    pudo ser integrada por un poeta en un conjunto más amplio y
    no en función de proemio, como al inicio de la Teogonia, sino
    en un relato por ejemplo catalógico: así los versos 411-452 de
    este mismo poema hesiódico constituyen un verdadero himno
    a Hécate.
    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 11 Jun 2021, 06:13

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.

    Estos himnos forman parte de una tradición poética,
    hexamétrica: oral y por nosotros parcialmente conocida,
    y frente a la cual nos es difícil objetivar nuestros criterios
    de acercamiento, quiero decir, de datación y fijación
    histórica y de estimación como poesía. Desde el punto de
    vista de la lengua, de la dicción de la antigua poesía griega
    hexamétrica, se habla habitualmente de tradición formular.
    ¿En qué sentido? La tradición siendo, en el caso de esta
    poesía, la dimensión diacrónica de la transmisión oral,
    cuando esta tradición, debido a la extensión y exigencias
    poéticas de lo transmitido, se apoya en fórmulas,
    sirviéndose de ellas para su fijación y conservación en la
    memoria y para su repetición en sucesivas ejecuciones,
    puede entonces hablarse de tradición formular.

    Lo oralmente transmitido en hexámetros, conservado,
    repetido de generación engeneración, sucesivamente
    interpretado, ha de sufrir cambios, a pesar del carácter
    conservador de la tradición; y las fórmulas, que han
    servido para fijarlo, pueden también servir para adaptar
    lo transmitido a tales cambios.

    Del mismo modo como los arqueólogos nos ayudan
    a ver que en los poemas homéricos coexisten por
    ejemplo escudos de épocas distantes entre sí, hay
    estudiosos de la dicción formular que han rastreado
    en los poemas las modificaciones, aquí y allí en ellos,
    de las fórmulas con la intención de mostrarnos
    que esta fórmula o prototipo formular es muy antigua
    y aquélla, en cambio, modificación, desarrollo posterior
    de la primera.

    Es cosa diáfana que hay una evolución histórica entre
    el escudo más antiguo que aparece en los poemas y
    el más reciente. No se deduce de ello necesariamente,
    empero, que el más antiguo tenga que aparecer en la
    parte más antigua de los poemas. Puestos a no deducir,
    pudiera pasar que el más reciente no se encontrara
    necesariamente en la parte más reciente sino que fuera
    fruto de cambios no profundos producidos en una
    ejecución reciente. Del mismo modo uno puede
    preguntarse si la existencia de varios estadios de
    formularidad que es dado distinguir en los poemas
    homéricos puede razonablemente sustentar
    conclusionessobre el carácter más antiguo o más
    reciente de los episodios en que se encuentren.
    Dentro de cada gran poema, y cada vez que en un
    episodio nos hallemos claramente ante un sistema
    de modificaciones que abarca diversos hechos de
    dicción constatables, tendremos que buscar una
    explicación para ello, la que corresponda en cada
    caso; e indudablemente también en términos históricos,
    porque no ha de perderse de vista en modo alguno
    que, como ha sido programáticamente formulado, la
    fórmula homérica «es un fenómeno histórico», y
    que, si el tipo de dicción tradicional que se sirve de
    ella «fue una realidad histórica, ha de haber estado
    sujeto a cambio, como cualquier otra cosa en este mundo»15.

    Pero sucede que no es preciso negar el carácter histórico
    de la fórmula para dudarde que hechos a veces de
    interpretación controvertida y escasos o aislados puedan
    probar nada desde el punto de vista cronológico. Por lo
    demás, como en el caso puesto por ejemplo del escudo
    (de cuya realidad histórica, dicho sea de paso, nadie debe
    dudar tampoco), el que una fórmula haya experimentado
    un cambio y puedaser aducida como innovación o
    modificación no implica que otro poeta no haya usado
    contemporáneamente la misma fórmula en su estadio más
    antiguo. O incluso más tarde todavía.

    El estado fluctuante de la poesía hexamétrica incluso
    después de su fijación oralconvierte cuando menos
    en problemáticas las deducciones, aunque sean
    cautelosas. Y también las diversas voluntades
    poéticas que han confluido en esta tradición,
    las voces de los poetas sucesivos. Hay propósitos
    de composición diversas que se complementan y
    confluyen en un estilo, tanto en la Ilíada como en
    la Odisea; logrado este estilo global unitario, es
    difícil convertir la arqueología de la composición en
    historia, porque sucesivos poetas pueden haberse
    sucedido o alternado en la confusión y mezcla de
    los niveles anteriores.

    Todo lo cual sirva de introducción escéptica al asunto
    de la cronología de los himnos. Aunque sea al asunto
    de su cronología relativa respecto a las dos epopeyas
    homéricas y a la poesía hesiódica. Y a ello añádase lo
    que más arriba quedó dicho de que los himnos, al no
    haber operado sobre ellos, por su menor extensión, el
    mismo rigor de fijación que verosímilmente aplicaron
    los rapsodos a los dos grandes poemas épicos, pueden
    presentar, entiendo, innovaciones recientes que sólo
    afecten ocasionalmente a un conjunto u otros
    elementos diversos muy antiguos.

    Por mi parte, no me parece en general especialmente
    productivo, desde el punto de vista de lo que hoy son
    estos textos como poesía, distinguir cuestiones
    cronológicas de detalle. Tampoco creo que la opinión
    establecida, referente a que los más antiguos de nuestros
    himnos representan ya un estadio subépico, o sea,
    posterior a la Ilíada y la Odisea, deba ser globalmente
    puesta en tela de juicio. Hay en ellos hechos de dicción que
    no hablan en contra de tal apreciación16. Pero que los
    himnos representan un estadio subépico entiendo que no
    debe enfatizarse, en términos de valoración poética, sino
    su pertenencia, en el sentido que ha quedado dicho, a la
    misma tradición poética, la homérica.

    Sucede a veces, en la poesía hexamétrica más antigua,
    que un mismo hecho es contado, dentro de la misma
    tradición, de modo diferente en dos ocasiones: por
    ejemplo, en Teogonia 570-584 la primera mujer,
    Pandora, es fabricada no como se nos dice que lo fue
    en Trabajos y días 60-68; e incluso esto sucede dentro
    del mismo poema, pues en Trabajos y días 69-82
    hallamos, a continuación del anterior citado, otro relato
    de lo mismo que no es incompatible con aquél aunque
    no parece dudoso que un rapsodo en sus recitaciones
    podía haber escogido entre ambos a su gusto.

    Este episodio de la invención de la mujer, su fabricación
    por Hefesto, el artesano divino, y cómo fue adornada y
    la intervención en ello de otros dioses, debió de ser
    muy conocido y celebrado, y los rapsodos improvisarían
    y variarían sobre él por agradar al público y sorprenderle
    con novedades. Dentro de una misma tradición, la
    hesiódica, estos tres episodios diferentes de lo mismo
    componen entre todos un sentido sin contradicciones:
    se complementan y el uno ayuda a la comprensión de
    los otros. Esto es lo que importa, creo, y no detectar
    en cuál de los tres relatos hay alguna particularidad
    lingüística más antigua para decidir cuál es el modelo
    de que dependerían los otros dos. El concepto de
    imitación poco tiene que ver, en esta poesía, con lo
    que será más tarde en la poesía escrita17.
    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 11 Jun 2021, 06:35

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    INTRODUCCIÓN. CONT.



    En el relato de la Teogonia hesiódica, una vez creada la
    mujer, Zeus la conduce ante dioses y hombres (vv. 585-
    589). Lo mismo sucede, sólo que ahora son las Horas
    quienes la llevan y únicamente ante los dioses, en el caso
    de Afrodita en el himno homérico VI (vv. 14-15). El poeta
    de la Teogonia pone énfasis, durante la presentación, en
    la admiración producida en dioses y hombre por la mujer;
    el del himno homérico en la admiración también que causó
    en los dioses la figura de Afrodita (v. 18) pero concretando
    cómo la diosa hizo nacer en ellos el deseo de
    tomarla por mujer (vv. 16-17). El motivo de la presentación
    de una mujer ante un grupo de hombres se encuentra en
    dos pasajes épicos famosos: Il. III 154 ss., en que Helena
    que se dirige a la torre es vista por los ancianos de Troya,
    y Od. I 365-366, en que se expresa el efecto que la aparición
    de Penélope ha provocado en los pretendientes. En esta última
    ocasión tal efecto es comparable, también desde el punto de
    vista de la dicción poética, al que causó en los dioses, según el
    himno homérico VI, la aparición de Afrodita.

    Los lugares hesiódicos de referencia insisten en que la mujer
    fue hecha con aspecto de doncella, y uno de ellos, los versos
    62-63 de Trabajos y días, ilustran sobre su parecido con las
    diosas inmortales. Gran parte del prestigio de la mujer en la
    tradición arcaica pudiera pensarse que radica en su estar a
    medio camino entre los animales (la perra, con la que es
    tantas veces comparada, en la épica, en Hesíodo, en el
    yambo) y los dioses, participando de lo irracional y
    desvergonzado como de lo perfecto y bello. De modo que el
    efecto que el poeta de la Teogonia habría querido causar
    en su auditorio —como el de la Ilíada a propósito de Helena
    y el de la Odisea en lo que a Penélope se refiere— habría
    sido el del recuerdo de la escena tradicional en que Afrodita
    era presentada a los dioses: enmarcando la escena de la
    presentación de la mujer en aquella de la presentación de
    la diosa, estos poetas habrían querido sugerir la ambigüedad
    de la mujer18, la peligrosa divinidad de lo femenino humano.


    ¿Debe de ello inferirse que la presentación de la mujer en
    la Teogonia, y la de Helena a los ancianos de Troya en la
    Ilíada, y la de Penélope a sus pretendientes en la Odisea
    son, todas, imitación de la presentación de Afrodita a los
    dioses en el himno homérico VI? Sería un disparate. Y, sin
    embargo, es claro que poder pensar la escena de la
    aparición de Pandora y de estas otras mujeres sobre la de
    la aparición de la diosa da a la primera una profundidad a
    la que no ha de renunciar el intérprete, el lector de poesía.
    La relación ha de establecerse, pues, y extraer de ella
    conclusiones en términos de poesía, pero no en términos
    históricos, forzosamente, siempre.

    Alguna otra ilustración de lo mismo puede traerse a colación
    ahora19. Veamos, porejemplo, qué dicen los versos 13-16, de
    la parte final (porque sólo nos quedan de él dos fragmentos,
    uno del principio y otro de esta parte final) del himno homérico
    I, a Dioniso. Dicen así:

    13 Dijo, y el Cronión bajó las negras cejas en señal de
    asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza
    del soberano inmortal, y a su influjo estremecióse el
    dilatado Olimpo.


    16 Así habiendo hablado, lo ratificó con la cabeza el próvido
    Zeus.


    Los tres primeros versos son iguales que Il. I 528-530, en
    que el poeta usa, según comenta Kirk, «su más elevado
    estilo, que se ayuda del uso de palabras y frases
    espléndidas y sonoras»20. Digamos que a la ocasión
    conviene estilo tan magnifícente ya que es el momento en
    que Zeus promete a Tetis que vengará a Aquiles de la
    ofensa que le ha infligido Agamemnón, momento de crucial
    importancia en que es de todo punto oportuno, pues dar,
    solemnidad al gesto de asentimiento del Cronida.
    El verso 16 está formado por tres unidades formulares
    (a: así habiendo hablado; b: lo ratificó con la cabeza;
    c: el próvido Zeus) comparables por su sentido, si no por
    su orden, al verso 13 (a: dijo; c: y el Cronión; b: bajó las
    negras cejas en señal de asentimiento). Por otro lado, la
    unidad 16b, la más importante por el sentido, tiene
    otros paralelos homéricos, como por ejemplo Il. XV 75.

    Que en el texto recibido aparezca el verso 16 tras los
    versos 13-15 requiere una explicación. Lo malo es que
    hay varias y opinables todas. Desde luego la cuestión
    no se cierra atetizando el 16 (¿por qué no del 13 al 15?),
    que es por lo menos tan homérico como el 13. Una
    posibilidad sería entender que el asentimiento de Zeus,
    formulado en el verso 13 y hecho solemne por los versos
    del 14 al 15, viene repetido adrede, ratificado, en este
    verso 16. Lo que no es imposible, pienso. Y, de hecho,
    creo que esto podría constituir una posibilidad para el
    poeta que recitara el himno. Como creo que otra
    posibilidad que tenía era la de escoger entre 13-15 o
    solamente 16. Entiendo que, a otra escala, es lo mismo
    que sucedía en el caso de las dos creaciones de la mujer
    que se suceden según vimos en Trabajos y días.

    Que en el himno homérico, 13-15 y 16 eran dos
    posibilidades entre las que podía elegir el poeta al ejecutar
    la pieza me parece confirmado por lo que sucede en los
    versos del 17 al 21 finales del poema:

    17 Senos propicio, Irafiota, apasionado por las mujeres; los
    aedos te cantamos al empezar y al terminar; y no es posible
    acordarse del sagrado canto y olvidarse de ti.

    20 Y así, salve tú, oh Dióniso Irafiota, con tu madre Semele,
    a quien llaman Tiona.


    También aquí hay dos despedidas, ambas dirigidas al
    dios (17-19, por un lado; 20-21, por otro), entre las que
    podía elegir el poeta.

    Ya Lord había señalado21 que la parte final de los cantos
    orales era la más fluida; no es extraño que se hayan
    acumulado, yuxtapuestas al final de este himno, dos
    posibilidades de ratificación de Zeus y de despedida a
    Dióniso. Lo que no me parece del caso, tampoco ahora,
    es buscar cuál de las versiones alternativas es la más
    antigua o cuál la auténtica —término que no tiene
    aquí sentido.

    Por lo demás, el único criterio de datación serio es el
    lingüístico en lo referente a si una determinada forma es
    antigua o más reciente. Dejando aparte que la cronología
    relativa de tal forma no implicaría de suyo que no hubiera
    podido ser usada por un poeta más tarde, el criterio
    lingüístico de datación relativa no puede globalmente
    desacreditarse. Sólo que, incluso así, no siempre el criterio
    de datación relativa es mínimamente seguro. Puede ser un
    ejemplo flagrante de ello el verso 267 del himno a Afrodita,
    el V, donde la diosa, tras haber informado a Anquises de
    que, con cada ninfa que nace, nace también un árbol, y
    de que hay en lugares inaccesibles, abruptos, muchos de
    estos árboles, añade que los llaman «bosques de
    los inmortales». El anafórico de tercera persona, el los, es
    en griego he, que corresponde normalmente al acusativo del
    singular y no al del plural (que es lo que aquí convendría:
    se trata de árboles), que sería en griego sphâs. Súmese a
    ello que el tal anafórico forma parte de una fórmula que
    hallamos igualmente en Od. IV 355 y que allí la misma forma
    es un acusativo singular, lo que cuadra con la norma.
    CONT.


    Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Dom 13 Jun 2021, 07:59, editado 1 vez


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