Aires de Libertad

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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 21 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 02 Jul 2021, 08:56

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    III

    A APOLO.
    CONT.

    83 Así dijo. Y Leto prestó el gran juramento de los dioses:

    84 — Sépalo ahora la tierra y desde arriba el anchuroso
    cielo y el agua corriente de la Estix —que es el juramento mayor
    y más terrible para los bienaventurados dioses—: en verdad que
    siempre estarán aquí el perfumado altar y el bosque de Febo, y
    éste te honrará más que a ninguna.

    89 Luego que juró y hubo acabado el juramento, Delos se
    alegró mucho por el próximo nacimiento del soberano que hiere
    de lejos, y Leto estuvo nueve días y nueve noches atormentada
    por desesperantes dolores de parto. Las diosas más ilustres se
    hallaban todas dentro de la isla —Dione, Rea, Temis, Icnea, la
    ruidosa Anfitrite y otras inmortales— a excepción de Hera, de
    níveos brazos, que se hallaba en el palacio de Zeus, el que
    amontona las nubes. La única que nada sabía era
    Ilitia, que preside a los dolores del parto, pues se hallaba en la
    cumbre del Olimpo, debajo de doradas nubes, por la astucia de
    Hera, la de níveos brazos, que la retenía por celos; porque Leto,
    la de hermosas trenzas, había de dar a luz un hijo irreprensible
    y fuerte.

    102 Las diosas enviaron a Iris, desde la isla de hermosas
    moradas, para que les trajera a Ilitia, a la cual prometían un gran
    collar de nueve codos cerrado con hilos de oro; y encargaron a
    aquélla que la llamara a escondidas de Hera, la de níveos brazos:
    brazos: no fuera que con sus palabras la disuadiera de venir. Así
    que lo oyó la veloz Iris, de pies rápidos como el viento, echó a
    correr y anduvo velozmente el espacio intermedio. Y en cuanto
    llegó a la mansión de los dioses, al excelso Olimpo, enseguida
    llamó a Ilitia afuera del palacio y le dijo todas aquellas aladas
    palabras, como se lo habían mandado las que poseen olímpicas
    moradas. Persuadióle el ánimo que tenía en su pecho y ambas
    partieron, semejantes en el paso a tímidas palomas. Cuando Ilitia,
    que preside los dolores del parto, hubo entrado en Delos, a Leto
    le llegó el parto y se dispuso a parir. Echó los brazos alrededor de
    una palmera, hincó las rodillas en el ameno prado y sonrió la tierra
    debajo: Apolo salió a la luz, y todas las diosas gritaron.

    120 Entonces, oh Febo, que hieres de lejos, las diosas te
    lavaron casta y puramente con agua cristalina; y te fajaron con
    un lienzo blanco, fino y nuevo, que ciñeron con un cordón de oro.
    Pero la madre no amamantó a Apolo; sino que Temis, con sus
    manos inmortales, le propino néctar y agradable ambrosía; y Leto
    se alegró por haber dado a luz un hijo que lleva arco y es belicoso.

    127 Mas cuando hubiste comido el divinal manjar, oh Febo,
    el cordón de oro no te ciñó a ti todavía palpitante, ni las ataduras
    te sujetaron; pues todos los lazos cayeron. Y al punto Febo Apolo
    habló así entre las diosas:

    131 — Tenga yo la cítara amiga y el curvado arco, y con mis
    oráculos revelaré a los hombres la verdadera voluntad de Zeus.

    133 Habiendo hablado así, echó a andar por la tierra de
    anchos caminos Febo intonso, que hiere de lejos. Todas las inmortales
    se admiraron. Y toda Delos estaba cargada de oro y contemplaba con
    júbilo la prole de Zeus y de Leto, porque el dios la había preferido a las
    demás islas y al continente para poner en ella su morada, y la había
    amado más en su corazón; y floreció como cuando la cima de un monte
    se cubre de silvestres flores.

    140
    Y tú, que llevas arco de plata, soberano Apolo, que hieres de
    lejos, ora subes al escarpado Cinto, ora vagas por las islas y por entre
    los hombres. Tienes muchos templos y bosques poblados de árboles, y
    te son agradables todas las atalayas y las puntas extremas de los altos
    montes y los ríos que corren hacia el mar; pero es en Delos donde más
    se regocija tu corazón, oh Febo, que allí se reúnen en tu honor los
    jonios de rozagantes vestiduras juntamente con sus hijos y sus
    venerandas esposas. Ellos, acordándose de ti, te deleitan con el pugilato,
    la danza y el canto, cada vez que celebran sus juegos. Dijera que los jonios
    son inmortales y se libran siempre de la vejez, quien se encontrara allí
    cuando aquéllos están reunidos; pues advertiría la gracia de todos y
    regocijaría su ánimo contemplando los hombres y las mujeres de bella
    cintura, y las naves veloces, y las muchas riquezas que tienen. Hay, fuera
    de esto, una gran maravilla, cuya gloria jamás se extinguirá: las
    doncellas de Delos, servidoras del que hiere de lejos, las cuales celebran
    primeramente a Apolo y luego, recordando a Leto y a Ártemis, que se
    huelga con las flechas, cantan el himno de los antiguos hombres y mujeres,
    y dejan encantado al humanal linaje. Saben imitar las voces y el repique de
    los crótalos de todos los hombres, y cada uno creería que es él quien habla:
    de tal suerte son aptas para el hermoso canto.

    CONT.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 10 Jul 2021, 02:14

    Y sigo paseando entre estas joyas "Homéricas".
    Muchas gracias, Pascual.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 11 Jul 2021, 01:48

    De momento, tienes tiempo para leer. Ser abuelo es asumir responsabilidades - gratas-.

    Besos.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 13 Jul 2021, 23:54

    Gracias, por dejarme tiempo para ponerme al día.
    Y sigo disfrutando de tu excelente trabajo.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 15 Jul 2021, 01:02

    De momento tienes todo el tiempo el mundo... al menos, 3 semanas ( no, ¡no estoy de vacaciones": estoy de cocinero - de 8 a 15 comensales según días de la semana-; maestro de sudokus para 6 y 12 años; animador cultural para alumnos de 6 a 17 años...). En definitiva: ABUELO.

    Es decir: ¡Que no paro!


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 18 Jul 2021, 00:12

    Pues sigue ejerciendo de abuelo y yo sigo mientras tanto, con los himnos de Homero.
    Joyas que hay que disfrutar.
    Gracias, Pascual.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 03 Ago 2021, 01:05

    Lo tengo todo abandonado... Homero; García Márquez; Los Salmos de David... estarán preparando el juicio para ahorcarme...

    Voy a ver si puedo ir rehabilitándome.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 03 Ago 2021, 01:24

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    III

    A APOLO. CONT.


    165 Mas, ea —y Apolo y Ártemis nos sean propicios—,
    salud a todas vosotras. Y en adelante, acordaos de mí cuando
    alguno de los hombres terrestres venga como huésped
    infortunado y os pregunte: «¡Oh doncellas! ¿Cuál es para
    vosotras el más agradable de los aedos y con cuál os deleitáis
    más?» Respondedle enseguida, hablándole de mí: «Un varón
    ciego, que habita en la escabrosa Quíos. Todos sus cantos
    prevalecerán en lo futuro.» Y nosotros llevaremos vuestra fama
    sobre cuanta tierra recorramos, al dar la vuelta por las ciudades
    populosas de los hombres; y éstos la creerán porque es verdad.
    Mas yo no cesaré de celebrar al que lleva arco de plata, a Apolo,
    el que hiere de lejos, a quien dio a luz Leto, la de hermosa
    cabellera.

    179 Oh rey, posees la Licia, y la amable Meonia, y Mileto,
    la encantadora ciudad marítima; y, asimismo, reinas con gran
    poder en Delos, rodeada por el mar. El hijo de la ilustre Leto se
    encamina a la peñascosa Pito, pulsando la hueca cítara y llevando
    divinales y perfumadas vestiduras; y la cítara, herida por el
    plectro, suena deliciosamente. Allí desampara la tierra y, rápido
    como el pensamiento, se va al Olimpo, a la morada de Zeus,
    donde están reunidos los demás dioses; y enseguida
    los inmortales sólo se cuidan de la cítara y del canto. Las Musas
    todas, alternando con su hermosa voz, celebran los presentes
    inmortales de los dioses y cuantos infortunios padecen los
    hombres; los cuales, debajo del poder de los inmortales
    númenes, viven insensata y desaconsejadamente, y no
    pueden hallar medicina contra la muerte ni defensa contra
    la vejez. Las Gracias, de hermosas trenzas, las alegres Horas,
    Harmonía, Hebe y Afrodita, hija de Zeus, bailan cogidas de las
    manos; y entre ellas canta una diosa ni fea ni humilde, sino
    de grandioso aspecto y de belleza admirable, Ártemis, la que
    se huelga con las flechas, que se crió juntamente con Apolo.
    También entre ellas Ares y el vigilante Argifontes juegan; y
    Febo Apolo tañe la cítara, andando gentil y majestuosamente,
    y brilla en torno suyo un resplandor al cual se juntan los rápidos
    y deslumbradores movimientos de sus pies y de su túnica bien
    tejida. Y Leto, de doradas trenzas, y el próvido Zeus se
    regocijan en su gran corazón, al contemplar cómo su hijo juega
    con los inmortales dioses.

    207 ¿Cómo te celebraré a ti, que eres digno de ser celebrado
    por todos conceptos? ¿Te cantaré entre los pretendientes, enamorado,
    al ir a pretender la doncella Azántide con el deiforme Isquis Elatiónida,
    de hermosos corceles? ¿O cuando luchabas con Forbante, del linaje de
    Tríopo, o con Ereuteo? ¿O con Leucipo y la mujer de Leucipo, tú a pie
    y éste en carro? Y en verdad que Tríopo no se quedó atrás. ¿O diré
    acaso cómo anduviste por la tierra, buscando por primera vez un
    oráculo para los hombres, oh Apolo, que hieres de lejos?

    216 Desde el Olimpo bajaste primeramente a la Pieria, atravesaste
    el arenoso Lecto y los enianes y perrebos; enseguida llegaste a Yaolcos,
    subiste a Ceneo de Eubea, gloriosa por sus naves, y te detuviste en la
    llanura Lelanto, pero no le fue grata a tu corazón para erigir allí un
    templo y bosques poblados de árboles. Desde allí atravesaste Euripo, oh
    Apolo, que hieres de lejos, y subiste a la verde divinal montaña; pero
    enseguida la dejaste, dirigiéndote a Micaleso y a la herbosa Teumeso.
    Y entraste en el suelo de Tebas cubierto de bosque; pues ninguno de
    los mortales habitaba aún la sagrada Tebas, ni había entonces sendas
    ni caminos en la llanura tebana, fértil en trigo, sino que la selva la
    ocupaba toda. Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hieres de
    lejos, y llegaste a Onquesto, espléndido bosque de Posidón. Cuando
    se llega a este bosque, el potro recién domado que tira de un hermoso
    carro, resuella a pesar de la carga, pues el conductor —por diestro que
    sea— salta del carro y anda a pie el camino; y los potros arrastran con
    estrépito los carros vacíos, libres del imperio del auriga. Y si los
    conductores llevan el carro adentro del bosque poblado de árboles,
    atienden solícitos a los caballos y dejan el vehículo inclinado —tal fue
    la costumbre que se siguió desde un principio—; ruegan luego al rey,
    y el hado del dios guarda entonces el carro. Desde allí fuiste más
    lejos, oh Apolo, que hieres de lejos, hasta alcanzar el Cefiso, de
    hermosa corriente; el cual, a partir de Lilea, esparce sus aguas que
    manan bellamente. Después de atravesarlo y de pasar por Ocálea,
    la de muchas torres, llegaste, oh tú que hieres de lejos, a la herbosa
    Haliasto. Allí te dirigiste a Telfusa —pues aquel favorable lugar te fue
    grato para erigir un templo y bosques poblados de árboles— y,
    deteniéndote muy cerca de aquélla, le hablaste con estas palabras:

    247 — ¡Telfusa! Aquí me propongo construir un hermosísimo
    templo, que sea oráculo para los hombres, los cuales me traerán
    siempre perfectas hecatombes — así los que poseen el pingüe
    Peloponeso, como los que viven en Europa y en las islas bañadas por
    el mar— cuando vengan a consultarlo; y yo les profetizaré lo que
    verdaderamente esté decidido, dando oráculos en el opulento templo.

    254 Diciendo así, Febo Apolo echó los cimientos anchos, muy
    largos, seguidos; y Telfusa, al verlo, se irritó en su corazón y profirió
    estas palabras:


    CONT.


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    Mensaje por Lluvia Abril Mar 03 Ago 2021, 01:35

    No tienes abandonado nada, al menos lo más importante. Me alegro de seguirte por acá también.
    Los himnos de Homero; para descubrirse.
    Gracias de nuevo, Pascual.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 03 Ago 2021, 01:39

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    III

    A APOLO. CONT.

    257
    — Febo soberano, que hieres de lejos, haré alguna
    advertencia a tu espíritu, ya que deseas construir un
    hermosísimo templo que sea oráculo para los hombres, los
    cuales te traerán constantemente perfectas hecatombes. Te
    diré, pues, una cosa que fijarás en tu memoria: aquí te
    molestará siempre el ruido de las veloces yeguas y de los
    mulos que se abrevan en mis sagradas fuentes, y los
    hombres preferirían ver en este sitio carros bien construidos
    y percibir el estrépito de corceles de ágiles pies, que no un
    templo grande y con muchas riquezas. Pero, si quieres dejarte
    persuadir —ya que eres, oh soberano, más poderoso y más
    excelente que yo, y tu fuerza es muy grande—, constrúyelo
    en Crisa, debajo de la garganta del Parnaso. Allá ni los hermosos
    carros te molestarán, ni el estrépito de los corceles de ágiles
    pies se alzará en torno del ara bien construida. Y las ilustres
    familias de los hombres ofrezcan dones al Ie-Peán; y tú, con
    espíritu regocijado, acepta los hermosos sacrificios de los
    hombres limítrofes.

    275 Diciendo así, persuadió el espíritu del que hiere
    de lejos, con el fin de que la gloria sobre la tierra fuese no
    para él, sino para la misma Telfusa.

    277
    Desde allí fuiste más lejos, oh Apolo, que hiere de
    lejos, y llegaste a la ciudad de los flegias, hombres violentos;
    los cuales no se cuidan de Zeus y viven sobre la tierra en un
    hermoso valle, cerca del lago Cefíside. Desde allí, lanzándote
    con ímpetu, subiste rápidamente la cordillera y llegaste a Crisa
    al pie del nevado Parnaso, monte vuelto hacia el céfiro; de la
    parte superior del cual cuelga una roca y por debajo se extiende
    un valle cóncavo y escabroso. El soberano Febo Apolo decidió
    construir allí un agradable templo y dijo estas palabras:

    287 — Aquí me propongo construir un hermosísimo templo,
    que sea oráculo para los hombres, los cuales me traerán siempre
    perfectas hecatombes —así los que poseen el pingüe Peloponeso,
    como los que viven en Europa y en las islas bañadas por el
    mar— cuando vengan a consultarlo; y yo les profetizaré lo que
    verdaderamente está decidido, dando oráculos en el opulento templo.

    294 Diciendo así, Febo Apolo echó los cimientos anchos, muy
    largos, seguidos; sobre ellos pusieron el lapídeo umbral Trofonio y
    Agamedes, hijos de Ergino, caros a los inmortales dioses; y a su
    alrededor innumerables familias de hombres construyeron el templo
    con piedras labradas, para que siempre fuese digno de ser
    cantado. Cerca de allí había una fuente de hermoso raudal, donde
    el soberano hijo de Zeus mató con su robusto arco una dragona muy
    gorda y grande, monstruo feroz que causaba en aquella tierra muchos
    daños a los hombres, y no sólo a ellos, sino también a las reses de
    gráciles piernas; pues era una sangrienta calamidad. Ella fue la que
    alimentó en otro tiempo al terrible y pernicioso Tifaón, calamidad de
    los mortales, después de recibirlo de Hera, la de trono de oro; pues
    ésta lo había dado a luz, irritada contra el padre Zeus, porque el
    Cronida engendró en su cabeza la gloriosa Atenea. Así que lo supo
    se irritó la veneranda Hera y habló de esta suerte ante los dioses
    reunidos:

    311 — Sabed por mí, todos los dioses y todas las diosas,
    que Zeus, que amontona las nubes, ha empezado a menospreciarme,
    él antes que nadie, después que me hizo su mujer entendida en
    cosas honestas: ahora, sin contar conmigo, ha dado a luz a Atenea,
    la de ojos de lechuza, que se distingue entre todos los
    bienaventurados inmortales; mientras que se ha quedado endeble,
    entre todos los dioses, este hijo mío, Hefesto, de pies deformes, a
    quien di a luz yo misma, y, cogiéndolo con mis manos, lo arrojé y
    tiré al anchuroso ponto; pero la hija de Nereo, Tetis, la de argénteos
    pies, lo acogió y cuidó entre sus hermanas. ¡Ojalá hubiese obsequiado
    a los dioses con otro favor! Mas tú, cruel y artero, ¿qué nuevo
    propósito maquinarás ahora? ¿Cómo te atreviste a dar a luz tú solo
    a Atenea, la de ojos de lechuza? ¿No la hubiera parido yo? ¡Y, no
    obstante, yo era tenida por esposa tuya, entre los inmortales que
    poseen el anchuroso cielo! Guárdate de que yo medite algún mal
    contra ti en los sucesivo: ahora me ingeniaré para que nazca
    un hijo mío, que se distinga entre los inmortales dioses, sin que
    yo manche tu lecho ni el mío, ni me acueste en tu cama; pues,
    aunque apartada de ti, permaneceré entre los inmortales dioses.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 03 Ago 2021, 02:18

    GRACIAS, AMIGA MÍA.

    BESOS.


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    Mensaje por Lluvia Abril Dom 08 Ago 2021, 02:26

    Por aquí sigo, disfrutando y dándote las gracias, Pascual.
    No los pierdo de vista, ni a Homero ni a sus himnos.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 09 Ago 2021, 00:14

    Gracias, Lluvia. Sé que voy despacio. Pero no puedo hacer otra cosa.

    Besos


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    Mensaje por Angel Salas Mar 21 Sep 2021, 23:28

    Pascual: Me recordó cuando tenia que estudiar mucho sobre la mitología Griega, sobre todo Homero y la Iliada y sus Cantos....


    Seguro volveré por mas....


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 21 Sep 2021, 23:53

    Te agradezco tu paso, Ángel. Volveré a los Himnos Homéricos cuando termine con Unamuno.

    Un fuerte abrazo.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Nov 2021, 04:19

    Y, lo prometido Ángel, regreso a los Himnos Homéricos. Espero encontrar por donde me quedé.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Nov 2021, 04:49

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    III

    A APOLO. CONT.



    331 Diciendo así, se alejó de los dioses, enojada en su corazón. Acto
    continuo se puso a rogar Hera veneranda, la de ojos de novilla, y, 
    golpeando la tierra con su mano inclinada, dijo estas palabras:


    334 — Oídme ahora, oh tierra y anchuroso cielo que estás arriba, 
    y dioses Titanes que habitáis debajo de la tierra, junto al gran 
    Tártaro, y de los cuales proceden hombre y dioses: ahora oídme, 
    vosotros todos, y dadme un hijo, sin intervención de Zeus, que en
    modo alguno le sea inferior en fuerza, sino que le supere tanto
    como el largo vidente Zeus supera a Cronos.


    340 Diciendo así, azotó el suelo con su mano robusta y se 
    movió la vivificante tierra; y ella, al notarlo, alegróse en su
    corazón, pues creyó que se cumpliría lo que había pedido. 
    Desde entonces  y por espacio de un año cumplido, ni una 
    sola vez se acostó en la cama del próvido Zeus, ni se sentó 
    en la silla artísticamente adornada, en que se sentaba antes 
    para meditar juiciosos intentos; sino que, quedándose en
    sus templos frecuentados por muchos suplicantes, se 
    deleitaba con los sacrificios Hera veneranda, la de ojos de 
    novilla. Mas después que pasaron días y meses y,
    transcurrido el año, volvieron a sucederse las estaciones, 
    Hera dio a luz un hijo que no se parecía ni a los dioses ni a 
    los hombres: el terrible y pernicioso Tifaón, calamidad de
    los mortales. Hera veneranda, la de ojos de novilla, lo cogió
    enseguida y, llevándoselo, entregó el monstruo al monstruo; 
    la dragona lo recibió, y Tifaón causaba muchos males a las 
    gloriosas familias de los hombres. Mas aquel que se encontraba
    con la dragona había dado con el día fatal; hasta que el soberano
    Apolo, el que hiere de lejos, le arrojó un fuerte dardo y quedó 
    tendida, desgarrada por graves dolores, muy anhelante, 
    revolcándose por el suelo. Entonces oyéronse una serie grande, 
    inmensa, de chillidos; y la dragona daba muchas vueltas acá y
    acullá, dentro del bosque, hasta que por fin perdió la vida, exhalando
    un vaho sanguinolento. Y Febo Apolo, gloriándose, dijo:


    363 — Ahora púdrete ahí, sobre el suelo que alimenta a los hombres, 
    y ya no serás funesta causa de perdición para los vivos, que comen 
    el fruto de la fertilísima tierra y traerán acá perfectas hecatombes; 
    pues no te librarán de la muerte ni Tifoeo ni la Quimera de odioso
    nombre, sino que te pudrirán aquí mismo la oscura tierra y el
    resplandeciente Hiperión.


    370 Así dijo gloriándose; y a ella la oscuridad le cubrió los ojos. 
    Allí la pudrió la sagrada fuerza del sol, y por esto aquel lugar es 
    llamado Pito, y sus habitantes dan al rey el sobrenombre de Pitio, 
    porque allí mismo la fuerza del penetrante sol pudrió el
    monstruo.


    375 Entonces Febo Apolo comprendió en su espíritu que 
    la fuente de hermoso raudal le había engañado. E, irritándose, 
    se fue hacia Telfusa, la encontró enseguida, y, deteniéndose
    muy cerca de ella, le dijo estas palabras:


    379 — ¡Telfusa! No hubieras debido, después de haber engañado mi
    mente, dejar correr tu agua de hermoso raudal por ese agradable 
    lugar que posees. Aquí resplandecerá también mi gloria y no la de 
    ti sola.


    382 Dijo. Y el soberano Apolo, el que hiere de lejos, haciendo 
    resbalar una cumbre con las prominencias de sus rocas, ocultó las 
    corrientes y erigió un altar en un bosque cubierto de árboles muy 
    cercano a la fuente de hermoso raudal; y allí todos ruegan al 
    soberano, dándole el sobrenombre de Telfusio, porque oprobió
    las corrientes de la sagrada Telfusa.




    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Nov 2021, 05:13

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS

    III

    A APOLO. CONT.



    388 Luego Febo Apolo meditó en su ánimo qué hombres 
    llevaría como iniciados en sus ritos para que fueran sus 
    sacerdotes en la pedregosa Pito; y mientras revolvía estas
    cosas, vio en el oscuro ponto una nave veloz en que iban 
    muchos excelentes hombres, cretenses de la minoia Cnoso, 
    los cuales ofrecen sacrificios al soberano y anuncian cuantas
    decisiones revela Apolo, el de espada de oro, dando oráculos
    desde el laurel en los valles del Parnaso. Éstos, para atender 
    a sus negocios y para lucrarse, navegaban en una negra nave 
    hacia Pilos y los hombres nacidos en Pilos; mas Febo Apolo les 
    salió al encuentro en el ponto y, habiendo tomado la figura de
    un delfín, saltó a la nave veloz y en ella se echó como un 
    monstruo grande y horrendo. Ninguno de los marineros lo 
    había notado ni advertido
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    la sacudía por todas partes y agitaba los maderos de la nave. 
    Y ellos, temerosos, estaban sentados silenciosamente dentro 
    de la nave, y ni soltaban los aparejos de la negra nave ni 
    desataban la vela de la nave de azulada proa; sino que, 
    como en un principio la habían puesto con las correas de 
    piel de buey, así navegaban; y el impetuoso noto empujaba 
    por la popa la rápida nave. Primeramente navegaron a lo
    largo de Malea y de la tierra lacónica y llegaron a Helos, 
    ciudad marítima, y a Ténaro, lugar del Sol que alegra a los 
    mortales donde pacen los rebaños de largas cines de este
    soberano, y es sitio ameno. Allí quisieron detener la nave 
    y, desembarcando, contemplar el gran prodigio y ver con 
    sus ojos si el monstruo se quedaría sobre la cubierta de la 
    cóncava nave o se lanzaría nuevamente a las olas del mar
    abundante en peces; pero la nave bien construida no 
    obedecía al timón, y fue recorriendo el camino a lo largo y
    más allá del pingüe Peloponeso, pues el soberano Apolo,
    el que hiere de lejos, la dirigía fácilmente con su soplo; y 
    así, prosiguiendo su rumbo, llegó a Arena, y a la agradable 
    Argífea, y a Trío vado del Alfeo, y a la bien edificada Epi, y 
    a la arenosa Pilos y a los hombres nacidos en Pilos; pasó a 
    lo largo de Crunos y Calcis, a lo largo de Dima, y a lo largo
    de la Elide, donde dominan los epeos; y cuando, animada 
    por el viento favorable de Zeus, llegó a Feras, les aparecieron
    aparecieron por debajo de las nubes el alto monte de Ítaca, 
    Duliquio, Same y la selvosa Zacinto. Mas, así que hubo pasado 
    a lo largo de todo el Peloponeso y ya se veía el inmenso golfo 
    de Crisa con que el pingüe Peloponeso termina, sopló por la 
    voluntad de Zeus un recio viento, el sereno Céfiro, lanzándose
    impetuoso desde el éter para que la nave, corriendo, acabara 
    de atravesar el agua salobre del mar. Entonces navegaron hacia 
    atrás, hacia la Aurora y el Sol, guiándoles el soberano Apolo, 
    hijo de Zeus, y llegaron al puerto de Crisa, la que se ve de
    lejos y está cubierta de viña; y la nave surcadora del ponto rozó 
    las arenas.


    440 Entonces se lanzó de la nave el soberano Apolo, el que 
    hiere de lejos, semejante a un astro en medio del día —de él 
    salían  abundantes chispas y su resplandor llegaba al cielo—, 
    y enseguida penetró en el templo por entre los preciosos
    trípodes. Allí el dios encendió una llama, mostrando sus 
    armas, y el resplandor ocupaba toda Crisa: las esposas de los 
    criseos y sus hijas de hermosa cintura gritaron por la impetuosa 
    entrada de Febo, y a cada uno le sobrevino un gran temor. De
    allí saltó nuevamente, rápido como el pensamiento, para volar 
    a la nave; semejante a un hombre joven y fuerte que acaba de 
    llegar a la juventud y lleva cubiertos por la cabellera sus 
    anchurosos hombros. Y hablando a los marineros, díjoles estas
    aladas palabras:


    425 — ¡Forasteros! ¿Quiénes sois? ¿De dónde llegasteis 
    navegando por húmedos caminos? ¿Venís por algún negocio o 
    andáis por el mar, a la ventura, como los piratas que divagan, 
    exponiendo su vida y produciendo daño a los hombres de
    extrañas tierras? ¿Por qué estáis pasmados de esta manera y 
    ni saltáis a tierra, ni dejáis los aparejos de la negra nave? Que 
    ésta es la costumbre de los hombres industriosos, cuando en 
    una negra nave llegan del ponto a la ciudad, rendidos de
    cansancio, y enseguida el deseo de una agradable comida 
    se apodera de su corazón.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Nov 2021, 07:57

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    III

    A APOLO.




    462 Así dijo, y les infundió audacia en el pecho. Y el capitán 
    de los cretenses, respondiéndole, dijo a su vez:


    464 — ¡Oh forastero! Puesto que en nada te pareces a los 
    mortales ni por tu cuerpo ni por tu natural, sino solamente 
    a los inmortales dioses, ¡salve y regocíjate mucho y que los 
    dioses te colmen de bienes! Y ahora dime la verdad sobre 
    esto, para que yo la sepa: ¿Cuál es este pueblo? ¿Cuál esta 
    tierra? ¿Qué mortales han nacido aquí? Con otro intento 
    navegábamos por el gran abismo del mar hacia Pilos desde
    Creta, donde nos gloriamos de tener nuestro linaje; y, 
    aunque deseosos de volver a la patria, contra nuestra 
    voluntad hemos venido aquí en la negra nave por otro
    camino, por otros derroteros, pues alguno de los inmortales 
    nos ha traído sin que nosotros lo quisiéramos.


    474 Díjoles en respuesta Apolo, el que hiere de lejos:


    475 — ¡Forasteros! Antes habitabais Cnoso, poblada de muchos 
    árboles; pero ahora ya no volveréis a vuestras amables ciudades 
    y hermosas moradas, ni a vuestras queridas esposas, sino que 
    guardaréis mi rico templo honrado por muchos hombres: yo soy
    hijo de Zeus y me glorío de ser Apolo, y os he traído aquí por el
    gran abismo del mar no meditando ningún mal contra vosotros, 
    sino para que guardéis aquí mi rico templo, muy honrado por 
    todos los hombres, y conozcáis las decisiones de los inmortales, 
    por cuya voluntad seréis también honrados siempre, 
    constantemente, todos los días. Mas, ea, obedeced muy 
    prestamente lo que voy a decir: amainad primeramente las velas, 
    desatando las cuerdas, arrastrad a tierra firme la veloz nave, sacad 
    las riquezas y los aparejos de la nave bien proporcionada, y 
    erigiendo un ara en la orilla del mar, encended fuego, quemad la
    blanca harina y rogad después, poniéndoos alrededor del altar. 
    Como en el oscuro ponto salté primeramente a la veloz nave, 
    parecido a un delfín, invocadme llamándome delfinio; y el mismo 
    altar, igualmente delfinio, será siempre famoso.
    Cenad después junto a la veloz nave negra y ofreced libaciones a los
    bienaventurados dioses que poseen el Olimpo. Y cuando hubiereis 
    satisfecho eldeseo de la dulce comida, venid conmigo y cantad 
    Ie-Peán hasta que lleguéis al sitio donde guardaréis el rico templo.


    502 Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Primeramente 
    amainaron las velas, desataron el correaje y abatieron por medio 
    de cuerdas el mástil hasta la crujía; luego saltaron a la orilla del 
    mar, arrastraron la veloz nave desde el mar a tierra firme y la 
    pusieron en alto, sobre la arena, sosteniéndola con grandes
    maderos; y, finalmente, erigieron un ara en la orilla del mar: 
    entonces encendieron fuego, quemaron la blanca harina y 
    rogaron, como se les había mandado, poniéndose alrededor 
    del altar. Tomaron luego la cena junto a la veloz nave negra
    y ofrecieron libaciones a los bienaventurados dioses que 
    poseen el Olimpo. Mas cuando hubieron satisfecho el deseo de 
    la dulce comida, echaron a andar: precedíales el soberano Apolo, 
    hijo de Zeus, con la cítara en la mano, tañéndola deliciosamente
    y andando bella y majestuosamente; y los cretenses le seguían a
    Pito, golpeando el suelo y cantando el Ie-Peán, de la suerte que 
    se cantan los peanes de los cretenses a quienes la Musa inspiró 
    en el pecho el canto melodioso.
    Incansables, subieron con sus pies la colina y pronto llegaron al 
    Parnaso y a un sitio agradable donde habían de habitar honrados 
    por muchos hombres: en conduciéndolos allí, Apolo les mostró 
    el recinto sagrado y el templo opulento. 
    Conmovióseles el corazón  en el pecho a los cretenses y su capitán 
    dijo así, interrogando al dios:


    526 — ¡Oh rey! Puesto que nos has llevado lejos de los amigos y de
     la patria tierra—así indudablemente le plugo a tu ánimo—, ¿cómo 
    viviremos ahora? Te invitamos a meditarlo. Pues esta agradable 
    tierra ni es vinífera ni de hermosos prados, de suerte que de ella
    vivamos cómodamente y alternemos con los hombres.


    531 Sonriendo les contestó Apolo, hijo de Zeus:


    532 — Hombres necios, desdichadísimos, que estáis ávidos de 
    inquietudes, de graves pesares y de angustias en vuestro corazón: 
    os diré unas gratas palabras que grabaréis en vuestra mente. 
    Teniendo cada uno de vosotros un cuchillo en la diestra,
    degollad continuamente ovejas y tendréis en abundancia cuanto 
    me traigan las gloriosas familias de los hombres; custodiad el 
    templo y recibid las familias de los hombres que aquí se reúnan, 
    y sobre todo cumplid mi voluntad.
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    sea que fuere una vana palabra o alguna obra, o una injuria, 
    como es costumbre entre los mortales hombres
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    luego tendréis por señores otros hombres por los cuales 
    estaréis fatalmente subyugados todos los días. Todas las 
    cosas te han sido reveladas: guárdalas en tu mente.


    545 Y así, salve, hijo de Zeus y de Leto; y yo me acordaré de ti y de otro canto.


    FIN DE HIMNOS HOMÉRICOS III. A APOLO.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 03 Dic 2021, 09:16

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    IV

    A HERMES



    1. Canta, oh Musa, a Hermes, al hijo de Zeus y de Maya, 
    que impera en Cilene y enArcadia, muy rica en ovejas, y 
    es nuncio utilísimo de los inmortales. Dióle a luz la
    veneranda Maya, ninfa de hermosas trenzas, después de 
    unirse amorosamente con Zeus: huyendo del trato de los 
    bienaventurados dioses, habitaba Maya una gruta 
    sombría, y allí, en la oscuridad de la noche, tan pronto 
    como el dulce sueño rendía a Hera, la de níveos brazos, 
    juntábase el Cronión con la ninfa de hermosas trenzas
    a hurto de los inmortales dioses y de los mortales 
    hombres. Mas, cuando el intento del gran Zeus se hubo 
    cumplido y el décimo mes apareció en el cielo, la ninfa 
    dio a luz y ocurrieron cosas notabilísimas: entonces, 
    pues, parió un hijo de multiforme ingenio, de astutos 
    pensamientos, ladrón, cuatrero de bueyes, capitán de los
    sueños, espía nocturno, guardián de las puertas; que 
    muy pronto había de hacer alarde de gloriosas hazañas 
    ante los inmortales dioses. Nacido al alba, al mediodía
    pulsaba la cítara y por la tarde robaba las vacas del 
    flechador Apolo; y todo esto ocurría el día cuarto del 
    mes, en el cual lo había dado a luz la veneranda Maya.
    Apenas salió de las entrañas inmortales de su madre, 
    ya no se quedó largo tiempo tendido en la sagrada 
    cuna, sino que se levantó prestamente y fue a buscar 
    los bueyes de Apolo, transponiendo el umbral de la 
    cueva de elevado techo. Allí encontró una tortuga y
    con ella adquirió un inmenso tesoro: Hermes, en 
    efecto, fue quien primeramente hizo que cantara la 
    tortuga, que le salió al encuentro en la puerta 
    exterior, paciendo la verde hierba delante de la 
    morada y andando lentamente con sus pies. Y el 
    utilísimo hijo de Zeus, al verla, sonrió, y enseguida
    dijo estas palabras:


    30 — Casual hallazgo que me serás muy provechoso: 
    no te desprecio. Salve, criatura amable por naturaleza, 
    reguladora de la danza, compañera del festín, que tan
    grata te me has aparecido: ¿de dónde vienes, hermoso 
    juguete, pintada concha, tortuga que vives en la 
    montaña? Pero te cogeré y te llevaré a mi morada,
    y me serás útil y no te desdeñaré; y me servirás a mí 
    antes que a nadie. Mejor es estar en casa, pues es 
    peligroso quedarse en la puerta. Tú serás, mientras 
    vivas, preservadora del sortilegio tan dañoso; y 
    cuando hayas muerto, cantarás muy bellamente.


    39 Así, pues, decía; y al mismo tiempo la levantaba 
    con ambas manos y se encaminaba nuevamente 
    adentro de la morada, llevándose el amable juguete. 
    Allí, vaciándola con un buril de blanquizco acero, 
    arrancóle la vida a la montesina tortuga. Como un 
    pensamiento cruza veloz por la mente de un hombre 
    agitado por frecuentes inquietudes, o como se mueven 
    los rayos que lanzan los ojos, así cuidaba el glorioso 
    Hermes que fuesen simultáneas la palabra y su ejecución.
    Enseguida cortó cañas y, atravesando con ellas el dorso 
    de la tortuga de lapídea piel, las fijó a distancias calculadas; 
    puso con destreza a su alrededor una tira de piel de buey,
    colocó sobre ella dos brazos que unió con un puente, y 
    extendió siete cuerdas de tripa de oveja que sonaban 
    acordadamente. Mas cuando hubo construido el amable 
    juguete, llevóselo y fue probándolo parte por parte; y la
    cítara, pulsada por su mano, resonó con gran fuerza. 
    Entonces comenzó el dios a cantar bellamente 
    (intentándolo de improviso, a la manera que los jóvenes
    mancebos se zahieren lanzándose pullas unos a otros en 
    los banquetes) a Zeus Cronida y a Maya, la de hermosas 
    sandalias, refiriendo cómo antes vivían íntimamente, en 
    compañía y amor; mencionó luego su propio linaje de 
    glorioso renombre; y celebró las sirvientas y las 
    espléndidas moradas de la ninfa y los trípodes y 
    abundantes calderos de su casa. Cantaba, pues, estas 
    cosas, pero revolvía otras en su ánimo. Pronto fue a 
    dejar en la sagrada cuna la hueca cítara y, ávido de 
    carne, saltó desde la olorosa mansión a una altura, 
    meditando en su mente un golpe audaz como los que 
    traman los ladrones durante las horas de la negra 

    noche.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 03 Dic 2021, 09:35

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    IV

    A HERMES. CONT.



    68 Hundíase el Sol con sus corceles y su carro en el 
    Océano, debajo de la tierra, y Hermes llegaba corriendo 
    a las montañas umbrías de la Pieria, donde las vacas
    inmortales de los bienaventurados dioses tenían su 
    establo y pacían en deliciosas praderas que nunca se 
    siegan. Entonces el hijo de Maya, el vigilante Argifontes,
    separó del rebaño cincuenta mugidoras vacas y se las 
    llevó errantes por arenoso lugar, cambiando la dirección 
    de sus huellas; pues no se olvidó de su arte engañador
    e hizo que las pezuñas de delante fuesen las de atrás y 
    las de atrás las de delante; y él mismo andaba de espaldas. 
    Tiró enseguida las sandalias sobre la arena del mar y trenzó 
    otras que sería difícil explicar o entender, ¡cosa admirable!,
    entrelazando ramos de tamarisco con otros que parecían de 
    mirto. Con ellos formó y ató un manojo de recién florida 
    selva, que, como ligeras sandalias, ajustó a sus pies con las
    mismas hojas que él, el glorioso Argifontes, arrancó al venir 
    de la Pieria, dejando el camino público, como si llevara prisa,
    y tomando espontáneamente el camino más largo. Un 
    anciano, que cultivaba un florido jardín, viole cuando se 
    dirigía a la llanura por la herbosa Onquesto; mas el hijo 
    de la gloriosa Maya le dijo el primero:


    90 — Oh anciano encorvado de hombros, que cavas 
    la tierra en torno de las plantas; mucho vino tendrás 
    cuando todas lleven fruto. Pero ahora, viendo, no
    veas; oyendo, sé sordo; y cállate; puesto que nada 
    daña lo tuyo.


    94 Dicho esto, empujó las fuertes cabezas de las vacas. 
    Y el glorioso Hermes atravesó muchos montes umbríos 
    y valles sonoros y llanuras floridas. Ya la oscura
    divinal noche, que le había ayudado, tocaba a su fin, 
    por haber transcurrido en su mayor parte, y pronto iba 
    a aparecer la Aurora que llama el pueblo al trabajo; y la
    divina Luna, hija del rey Palante Megamedida, acababa 
    de subir a su atalaya, cuando el fuerte hijo de Zeus llegó 
    al Alfeo con las vacas de ancha frente de Febo Apolo.
    Los indómitos animales se dirigieron a un establo de 
    elevado techo y a unos lagos que había delante de una 
    magnífica pradera. Allí el dios dejó que se saciaran de 
    hierba las mugidoras vacas, que comían loto y juncia 
    bañada de rocío; y luego las metió todas en el establo, 
    reunió abundante leña y practicó el arte de encender
    fuego. Habiendo cogido un espléndido ramo de laurel, 
    lo descortezó con el hierro y lo frotó con la palma de la 
    mano; y se elevó en el aire un cálido humo. Hermes
    dispuso primeramente el combustible y el fuego. Tomó 
    muchos y gruesos trozos de leña seca, que colocó en un 
    hoyo abierto en la tierra, y los amontonó en gran
    número; y brilló la llama enviando a lo lejos el soplo de 
    un fuego ardentísimo. Y mientras la fuerza del glorioso 
    Hefesto encendía el fuego, Hermes sacó afuera, junto a
    la llama, dos mugidoras vacas de retorcidos cuernos 
    —pues la fuerza del dios era grande— y las derribó, 
    jadeantes, de espaldas al suelo; e, inclinándose, las
    volvió y les perforó la medula; y, añadiendo trabajo a 
    trabajo, cortó sus carnes pingües de grasa. Luego, 
    espetándolas en asadores de madera, asó las carnes
    juntamente con los dorsos honorables y la negra sangre 
    encerrada en las entrañas. Y todas estas cosas las dejó 
    allí, en el suelo. Después tendió las pieles sobre una
    áspera roca, donde están todavía hoy, habiéndose hecho 
    muy añosas en el intervalo, después de tan largo y 
    continuo tiempo como desde entonces ha transcurrido.
    Enseguida Hermes, de ánimo alegre, retiró la pingüe 
    vianda a un lugar plano y liso, y la dividió en doce partes 
    que debían ser repartidas por suerte, atribuyendo a cada 
    una de ellas un gran honor. Entonces el glorioso Hermes
    apeteció una porción de las carnes sacrificadas, pues el 
    suave olor le encalabrinaba; pero, no obstante su gran 
    deseo, no le persuadió su ánimo generoso a que dejara
    pasar cosa alguna por su sagrada garganta. Llevólo todo 
    al establo de elevado techo, así la grasa como las 
    abundantes carnes, lo levantó rápidamente en el aire
    como señal del reciente hurto, y, habiendo amontonado 
    leña seca, pies y cabezas fueron enteramente consumidas 
    por el ardor del fuego. Cuando el dios hubo terminado
    todas estas cosas como era debido, tiró las sandalias al 
    Alfeo de profundos remolinos, apagó las brasas, y estuvo 
    toda la noche esparciendo la negra ceniza mientras brillaba 
    la hermosa luz de la Luna. Enseguida, ya al amanecer,
    llegó de nuevo a las divinales cumbres de Cilene, sin que en 
    el largo camino le hubiese salido al encuentro ninguno ni de 
    los bienaventurados dioses ni de los mortales hombres, ni le 
    hubiesen ladrado los perros. Entonces el benéfico Hermes,
    hijo de Zeus, comprimiéndose, entró en la morada por el 
    cerrojo, como aura de otoño o como neblina. Fuese directo de 
    la cueva a la rica habitación avanzando quedamente con sus 
    pies, sin hacer ruido, como si no anduviera sobre el suelo. El
    glorioso Hermes se metió apresuradamente en la cuna y 
    apareció acostado, envolviéndose los hombros con los pañales 
    como un infante, jugando con el lienzo que sujetaba sus manos 
    y tenía alrededor de sus corvas, y asiendo la amada tortuga con 
    la mano izquierda. Pero el dios no pasó inadvertido a la diosa, 
    su madre, quien le dijo estas palabras:




    CONT.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 04 Dic 2021, 01:49

    Qué sorpresa! Veo que has vuelto con esta maravilla, y aquí vengo a darte las gracias e intentar ponerme al día, aunque sea a ratitos.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 04 Dic 2021, 07:07

    GRACIAS, LLUVIA.

    SIGO


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 04 Dic 2021, 07:17

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    IV

    A HERMES. CONT.



    155 — ¿Qué has hecho, taimado, y de dónde vienes a 
    estas horas de la noche, impudente? Mucho temo que 
    muy pronto salgas por el vestíbulo con irrompibles
    ligaduras puestas en tus flancos por las manos del 
    Letoída, o que éste te despoje llevándote al fondo de 
    un valle. Vete de nuevo y enhoramala, que tu padre 
    te engendró para que fueses una gran pesadilla para 
    los mortales hombres y los inmortales dioses.


    161 Y Hermes respondióle con astutas palabras:


    162 — Madre mía: ¿por qué me dices estas cosas 
    para espantarme, como si yo fuese un temeroso 
    infante que en su espíritu conoce muy pocas 
    bellaquerías y teme las reprensiones de su madre? 
    Mas yo dominaré un arte que es el mejor, 
    honrándome a mí y a ti constantemente, y no 
    sufriremos quedarnos aquí, solos entre los 
    inmortales, sin recibir ofrendas ni súplicas, como 
    tú lo mandas. Es mejor conversar todos los días con 
    los inmortales, siendo rico, opulento y dueño de
    muchos campos de trigo, que permanecer en casa, 
    en este antro sombrío; y yo obtendré los mismos 
    divinales honores que Apolo. Y si mi padre no me 
    los concede, probaré de ser —pues lo puedo— capitán 
    de ladrones. Si el hijo de la gloriosa Leto me buscare, 
    creo que algo todavía más grave habrá de ocurrirle. Iré 
    a Pito, a horadarle su gran morada, de donde le robaré 
    en abundancia hermosos trípodes, calderos y oro,  en
    abundancia también blanquecino hierro, y muchos 
    vestidos: tú misma lo verás, si quisieres.


    182 Así, con estas palabras, platicaban el hijo de Zeus, 
    que lleva la égida, y la veneranda Maya.


    184 Ya la Aurora, hija de la mañana, surgía del Océano, 
    de profunda corriente, para llevar la luz a los mortales, 
    cuando Apolo, dirigiéndose a Onquesto, llegaba al
    amenísimo y sagrado bosque del estruendoso Posidón, 
    que ciñe la tierra. Allí encontró un viejo corcovado que,
    fuera de camino, levantaba una cerca para su huerto. Y
    el hijo de la gloriosa Leto le dijo el primero:


    190 — ¡Oh anciano, que arrancas zarzas en la herbosa 
    Onquesto! Vengo de la Pieria, buscando las vacas de 
    retorcidos cuernos de un rebaño: un toro negro pacía 
    solo, apartado de ellas, y las seguían cuatro mastines, 
    de ojos encendidos, de igual celo, que semejaban
    hombres; los perros y el toro se quedaron —lo cual 
    es una gran maravilla— y las vacas se fueron de la 
    blanda pradera y del dulce pasto poco después de 
    ponerse el sol. Dime, anciano nacido desde largo 
    tiempo, si acaso has visto algún varón que siguiera 
    su camino detrás de esas vacas.

    201 Y el anciano le respondió con estas palabras:


    202 — ¡Oh amigo! Difícil es referir todo cuanto se 
    ve con los ojos, pues son en gran número los 
    caminantes que frecuentan este camino, ya 
    maquinando muchas cosas malas, ya pensando en 
    cosas muy buenas; y no es nada fácil conocerlos a 
    todos. Mas yo todo el día, hasta que se puso el sol, 
    cavé en torno de la fértil tierra del huerto plantado
    de viña; y me pareció ver —pues claramente no lo 
    sé— un niño, un infante, que acompañaba unas 
    vacas de hermosos cuernos, llevaba una varita,
    andaba yendo y viniendo, y hacía retroceder las 
    vacas que tenían la cabeza vuelta hacia él.

    212 Dijo el anciano; y el dios, habiendo oído estas 
    palabras, continuó aún más rápidamente el camino. 
    Pero vio un ave de anchas alas, y al punto conoció 
    al ladrón, niño engendrado por Zeus Cronión. El 
    soberano Apolo, hijo de Zeus, lanzóse entonces 
    hacia la divina Pilos en busca de las vacas de 
    tornadizos pies, llevando las anchas espaldas 
    cubiertas por purpúrea nube; y así que el que hiere 
    de lejos hubo advertido las pisadas, profirió estas 
    palabras:

    219 — ¡Oh dioses! Grande es la maravilla que con mis 
    ojos contemplo. Éstas son las pisadas de las vacas de 
    enhiestos cuernos, pero se dirigen hacia atrás, hacia el
    prado de asfódelos; mas estas otras no son pisadas de 
    hombre, ni de mujer, ni de blanquecinos lobos, ni de 
    osos, ni de leones; ni creo que tenga nada de centauro 
    de velludo cuello quien tan monstruosas pisadas deja 
    al andar con sus pies ligeros; que si son espantosas las 
    de este lado del camino, más espantosas son todavía 
    las del lado opuesto.

    227 Así habiendo hablado, el soberano Apolo, hijo de 
    Zeus, partió apresuradamente y llegó a la montaña, 
    vestida de bosque, de Cilene, al secreto y umbrío 
    interior de la roca, donde la ninfa inmortal había dado 
    a luz al hijo de Zeus Cronión. Un agradable olor se
    esparcía por la divinal montaña y muchas reses de 
    gráciles piernas pacían la hierba. Por allí descendió 
    apresuradamente al oscuro antro, trasponiendo el 
    umbral de piedra, el propio Apolo, que lanza a lo 
    lejos.

    235 Cuando el hijo de Zeus y de Maya vio a Apolo, 
    el que hiere de lejos, irritado a causa de las vacas, se 
    escondió dentro de los olorosos pañales: como la 
    ceniza envuelve una gran brasa de leña de bosque, 
    de semejante modo ocultóse Hermes al ver al que
    hiere de lejos. En un instante encogió cabeza, manos 
    y pies como si estuviese recién bañado y se entregara 
    al dulce sueño, aunque en realidad velaba; y en el 
    sobaco tenía la tortuga. Mas el hijo de Zeus y de Leto 
    lo comprendió, y reconoció enseguida la muy hermosa 
    ninfa del monte y su amado hijo, infante chiquitito, 
    lleno de engañosos ardides. Y echando la vista a todo 
    el interior de la gran morada, tomó una reluciente llave 
    y abrió tres lugares del fondo, colmados de néctar y de 
    agradable ambrosía; y había allá dentro mucho oro y 
    plata y muchos purpúreos y argénteos vestidos de la 
    ninfa, cosas que contienen las sagradas mansiones de 
    los bienaventurados dioses. Después que el Letoída 
    hubo escudriñado las partes más interiores de la gran 
    morada, habló en estos términos al glorioso Hermes:

    254 — ¡Oh niño, que en esa cama estás acostado! 
    Muéstrame enseguida las vacas, o pronto nos 
    separaremos de inconveniente manera. Te cogeré y 
    te arrojaré al Tártaro tenebroso, a la oscuridad 
    siniestra e ineluctable; y ni tu madre ni tu padre
    podrán librarte y traerte a la luz, sino que andarás 
    errabundo debajo de la tierra e imperarás sobre 
    pocos hombres.

    260 Y Hermes respondióle con astutas palabras:

    261 — ¡Letoída! ¡Qué palabras tan crueles proferiste! 
    ¿Y vienes aquí buscando las vacas agrestes? No las vi, 
    no supe de ellas, ni oí que nadie hablara de las mismas;
    no puedo denunciarlas, ni alcanzar el premio de la 
    denuncia; ni me parezco a un hombre fuerte, cuatrero 
    de bueyes; ni es ésa mi labor, sino que antes me cuido 
    de otras cosas: del sueño, de la leche de mi madre, de 
    llevar los pañales en los hombros, y de los baños 
    calientes. Que nadie sepa de dónde se ha originado esta
    disputa, pues fuera para los inmortales una gran 
    maravilla que un niño recién nacido atravesara el 
    vestíbulo con las vacas agrestes; tú lo afirmas
    insensatamente. Y si quieres, prestaré un gran juramento 
    por la cabeza de mi padre: ni confieso que yo mismo sea 
    el autor, ni vi a ningún ladrón de tus vacas,
    sean cuales fueren, sino que sólo lo sé de oídas.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 04 Dic 2021, 07:54

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    IV

    A HERMES. CONT.




    278 Así habló; y echando frecuentes relámpagos por 
    debajo de sus párpados, movía las cejas, miraba acá 
    y allá y silbaba fuerte, mientras oía el ineficaz discurso. 
    Y, riendo blandamente, le dijo Apolo, el que hiere de 
    lejos:

    282 — ¡Oh querido, embustero, maquinador de 
    engaños! Figuróme que con frecuencia horadarás por 
    la noche  casas ricamente habitadas, derribarás al 
    suelo más e un varón y robarás sin estrépito la morada, 
    cuando dices tales cosas. También afligirás a muchos 
    pastores campestres, en los vericuetos del monte,
    cuando, ávido de carne, salgas al encuentro de las 
    vacadas y de las lanudas ovejas. Mas, ea, para que no 
    duermas ahora tu último y postrero sueño, baja de la 
    cuna, oh compañero de la negra noche. Y luego tendrás 
    este honor entre los inmortales: serás llamado capitán 
    de ladrones todos los días.


    293 Así dijo; y Febo Apolo cogió el niño y fue a llevárselo. 
    Pero entonces el fuerte Argifontes, recapacitando, se 
    levantó sobre las manos que lo sujetaban y dejó escapar
    un augurio, obrero atrevido del vientre, nuncio abominable. 
    Luego estornudó estrepitosamente, y Apolo, al oírlo, echó 
    de sus manos al suelo al glorioso Hermes. Sentóse luego 
    frente a él y, aunque deseoso de emprender el camino, 
    dijo así zahiriendo a Hermes:

    301 — Tranquilízate, niño en pañales, hijo de Zeus y de 
    Maya. Con estos augurios pronto hallaré las fuertes cabezas 
    de mis vacas, y tú mismo me enseñarás el camino.


    304 Así habló. Levantóse rápidamente el cuerdo Hermes y, 
    andando con pena, sujetó con las manos a ambas orejas los 
    pañales que envolvían sus hombros y dijo estas palabras:

    307 — ¿Adonde me llevas, oh tú, el que hiere de lejos, el 
    más violento de todos los dioses? ¿Por qué me acometes, 
    irritado de tal suerte por tus vacas? Oh dioses, ojalá 
    pereciera la raza bovina, pues ni yo robé tus vacas ni vi 
    que otro lo hiciera, sean cuales fueren las vacas, sino que 
    sólo lo sé de oídas. Concédeme y acepta que este pleito lo
    falle Zeus Cronión.


    313 Así exponían claramente estas cosas, una por una, el 
    solitario Hermes y el preclaro hijo de Leto; pero su ánimo 
    era diferente: el último, después de una verdadera pesquisa, 
    no acusaba injustamente al glorioso Hermes respecto de las
    vacas; mientras que el cilenio se proponía engañar con 
    ardides y con palabras seductoras al que lleva argénteo arco. 
    Mas después que el muy ingenioso se encontró con el de los 
    abundantes recursos, Hermes echó a andar apresuradamente 
    por la arena y le seguía el hijo de Zeus y de Leto. Pronto los
    gallardos hijos de Zeus llegaron a la cima del oloroso 
    Olimpo, al padre Cronión; pues allí estaba para ambos la 
    balanza de la justicia. La serenidad envolvía el nevoso 
    Olimpo, y los dioses imperecederos se habían reunido al 
    descubrirse la Aurora de áureo trono. Hermes y Apolo, el 
    del arco de plata, se detuvieron ante las rodillas de Zeus; y
    Zeus altisonante interrogó a su ilustre hijo, dirigiéndole 
    estas palabras:

    330 — ¡Febo! ¿De dónde traes ese agradable botín, ese niño 
    recién nacido que tiene el aspecto de un heraldo? Grave 
    asunto se presenta al concilio de los dioses.

    333 Respondióle a su vez el soberano Apolo, el que hiere 
    de lejos:


    334 — Oh padre, pronto oirás una relación que no tiene 
    desperdicio, tú que me zahieres diciendo que soy el único 
    aficionado al botín. Después de recorrer un gran espacio,
    hallé a este niño, a este ladrón manifiesto, en los montes 
    de Cilene; tan fullero, como yo no he visto otro, ni entre 
    los dioses ni entre los hombres, de cuantos engañan a los 
    mortales sobre la tierra. Habiéndome robado las vacas de 
    la pradera, se las llevó por la tarde a lo largo del 
    estruendoso mar, y las condujo derechamente a Pilos; y las 
    huellas eran de dos maneras y de tal suerte monstruosas
    que podían admirarse como obra de un ilustre dios. En el 
    negro polvo aparecían las pisadas de las vacas, pero con 
    la dirección cambiada, mirando al prado de asfódelos; y él 
    mismo, infatigable, andaba separadamente por el lugar
    arenoso, no con los pies ni con las manos, sino que recorría 
    el camino poniendo en juego algún otro ardid, y dejaba 
    unas señales monstruosas como si anduviera sobre
    tenues ramos de encina. Mientras fue por terreno arenoso, 
    todas las huellas se destacaban muy fácilmente en el polvo;
    una vez pasado el gran camino de arena, ya se hicieron
    invisibles las pisadas de las vacas y las de él mismo en un 
    suelo más duro; pero un mortal lo vio cuando llevaba 
    derechamente a Pilos aquella casta de vacas de ancha frente. 
    Luego que las tuvo encerradas en el establo y que hubo
    ejecutado astutamente durante el camino unas cosas acá y 
    otras allá, se echó en su cuna, parecido a la negra noche, en 
    el sombrío antro, en la oscuridad; y ni el águila de 
    penetrante mirada le habría visto. A menudo se frotaba 
    los ojos con las manos, urdiendo tretas. Y enseguida dijo 
    sin rebozo estas palabras: «No las vi, no supe de ellas, ni 
    sé que nadie hablara de las mismas; no puedo denunciarlas 
    ni alcanzar el premio de la denuncia.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 08 Dic 2021, 05:56

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    IV

    A HERMES. CONT.



    365 Cuando así hubo hablado, sentóse Febo Apolo; y Hermes 
    pronunció estas otras palabras ante los inmortales, dirigiéndose 
    al Cronión que impera sobre todo los dioses:


    368 — ¡Padre Zeus! Yo te diré solamente la verdad, pues soy 
    sincero y no sé mentir. Hoy ha venido éste a mi casa, cuando 
    apenas rayaba el sol, buscando unas vacas de tornadizos pies; 
    y no traía dioses bienaventurados por testigos o veedores. Me
    mandó con gran violencia que se las mostrara y me amenazó 
    muchas veces con arrojarme al anchuroso Tártaro; porque él 
    está en la tierna flor de la gloriosa pubertad, mientras que yo 
    nací ayer —cosas que sabe muy bien— y en nada me parezco
    a un hombre fuerte, cuatrero de bueyes. Convéncete, ya que 
    te glorías de ser mi padre amado, de que no llevé las vacas a 
    casa —¡así sea feliz como es cierto!— y de que ni siquiera 
    transpuse el umbral: te lo digo sinceramente. Mucho
    reverencio al Sol y a los demás dioses, y te amo a ti, y temo a 
    éste: sabes tú mismo que no tengo culpa, pero añadiré aún un 
    gran juramento: No, por estos adornados vestíbulos de los 
    inmortales, no soy culpable. Quizás algún día le pague a éste,
    por robusto que sea, tan cruel pesquisa; pero tú ayuda a los 
    que son más jóvenes.


    387 Así habló, guiñando los ojos, el cilenio Argifontes; el cual 
    tenía los pañales encima del brazo y no los soltaba. Zeus se rió 
    mucho al ver que el artero niño negaba tan bien y tan hábilmente 
    lo de las vacas. Pero mandó a entrambos que, puestos de acuerdo, 
    las buscaran; y al mensajero Hermes que fuese el guía y mostrase
    sin dañosa intención, dónde había escondido las fuertes cabezas 
    de las vacas. Hizo el Cronida una señal con su cabeza y obedeció 
    el preclaro Hermes; pues la decisión de Zeus, que lleva la égida, 
    persuade fácilmente.


    396 Los dos gallardos hijos de Zeus se apresuraron a partir y 
    llegaron a la arenosa Pilos y al vado del Alfeo y a los campos y al 
    establo de elevada techumbre donde la presa había sido 
    encerrada durante la noche. Allí Hermes atravesó enseguida el
    pétreo umbral y sacó a la luz las fuertes cabezas de las vacas; y 
    el Letoída, volviendo los ojos a otro lado, vio las pieles bovinas 
    sobre la escarpada roca y al momento interrogó al glorioso 
    Hermes:


    450 — ¿Cómo has podido degollar dos vacas, oh doloso, siendo 
    como eres recién nacido e infante todavía? Yo mismo estoy 
    admirado de la fuerza que tendrás luego, pues no te precisa 
    crecer mucho, oh cilenio, hijo de Maya.


    409 Así dijo; y con las manos retorció las fuertes ligaduras... de 
    agnocasto; y ellas se plantaron pronto y con facilidad en la tierra, 
    debajo de los pies, allí mismo, confusamente vueltas las unas hacia 
    las otras, junto a todas las agrestes vacas, por la voluntad de 
    Hermes, que oculta su pensamiento. Apolo, al verlo, quedó
    admirado. Entonces el fuerte Argifontes miró de soslayo el lugar, 
    lanzando fuego por los ojos..., deseando ocultarse. Pero fácilmente 
    apaciguó al hijo de la gloriosa Leto, al que hiere de lejos, de la 
    manera que quiso, aunque este último era robusto: tomando la 
    tortuga con la mano izquierda, la probó con el plectro parte
    por parte: resonó aquélla fuertemente debajo de la mano, y Febo 
    Apolo sonrió gozoso, pues el grato sonido de la voz divina había 
    penetrado en su mente y un dulce deseo se apoderaba de su 
    ánimo al escucharla. Tocando, pues, amablemente la lira, el hijo 
    de Maya cobró ánimo y se puso a la izquierda de Febo Apolo; y
    pronto, además de tocar melodiosamente, cantaba un preludio 
    —una agradable voz salía de su garganta— y celebraba a los 
    inmortales dioses y la tierra oscura, cómo las primeras cosas 
    empezaron a existir y de qué manera alcanzó cada ser lo que le
    estaba destinado. Honró con el canto, antes que a las demás 
    deidades, a Mnemosine, madre de las Musas, a quien fue 
    asignado por la suerte el hijo de Maya; y, enseguida, el preclaro 
    hijo de Zeus fue celebrando a los inmortales dioses según su
    antigüedad y la manera cómo nació cada uno, refiriéndolo todo
    convenientemente y pulsando la cítara que apoyaba en el brazo. 
    Apolo sintió en su pecho que un irresistible deseo se le adueñaba 
    del ánimo, y, dirigiéndose a Hermes, profirió estas aladas palabras:


    436 — ¡Matador de vacas, maquinador hábil, compañero celoso del 
    festín! Tú haces cosas que valen tanto como cincuenta vacas. Creo 
    que pronto nos separaremos pacíficamente. Mas ea, dime ahora, oh 
    ingenioso hijo de Maya: ¿esas obras admirables han sido propias de ti 
    desde tu nacimiento, o alguno de los inmortales dioses o de los 
    mortales hombres te dio ese espléndido presente y te enseñó el
    divino canto? Pues oigo esa nueva y admirable voz que nunca oí de 
    ninguno de los hombres ni de ninguno de los inmortales que poseen 
    olímpicas moradas, sino solamente de ti, oh ladrón, hijo de Zeus y 
    de Maya. ¿Cuál es esta arte? ¿Cuál esta musa de las irremediables 
    inquietudes? ¿Cuál esta habilidad? Verdaderamente tres cosas se 
    presentan a un mismo tiempo en ella, pues sirve para el deleite, 
    para el amor y para coger el dulce sueño. Soy compañero de las 
    Musas Olímpicas que tienen a su cuidado las danzas, la ilustre 
    norma del canto, la modulación floreciente y el sonido encantador 
    de las flautas; pero jamás ninguna otra cosa preocupó de tal
    suerte a mi espíritu como las hábiles acciones de los mancebos 
    en los festines. Admiro, oh hijo de Zeus, cuan deliciosamente tocas 
    la cítara. Ahora, ya que, siendo aún pequeñito, tienes nobles 
    pensamientos, siéntate, querido, y canta las alabanzas de los más 
    antiguos. Gloria habrá para ti y para tu madre entre los inmortales;
    voy a decírtelo sinceramente: sí, por este dardo de cornejo, yo te
    conduciré glorioso y feliz a los inmortales, te haré espléndidos 
    presentes y no te engañaré jamás.



    463 Respondióle Hermes con astutas palabras:


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 21 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 09 Dic 2021, 05:41

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    IV

    A HERMES. CONT.



    464 — Muy hábilmente me interrogas, oh tú que hieres de lejos, pero no me
    opondré a que aprendas mi arte. Hoy mismo lo sabrás. Quiero ser suave contigo
    con el pensamiento y con las palabras, ya que tu mente conoce bien todas las
    cosas. Porque tú, que eres bueno y fuerte, te sientas el primero entre los
    inmortales; a ti te quiere el próvido Zeus con toda justicia y te ha dado espléndidos
    presentes y honores; y dicen, oh tú que hieres de lejos, que tú has aprendido de
    boca de Zeus los vaticinios y todas las cosas divinas: sé yo mismo que de todo ello
    eres rico. De ti depende aprender lo que anhelas. Mas, puesto que tu ánimo desea
    pulsar la cítara, canta y pulsa la cítara y toma a tu cargo los placeres, recibiéndolo
    todo de mí; y tú, oh querido, dame gloria. Canta con arte, teniendo en las manos
    esta compañera de melodiosos sonidos que sabe hablar pulcra y
    convenientemente; y llévala tranquilo al abundante festín, a la encantadora danza y
    al cosmos amante de la gloria, regocijo de la noche y del día. A quien la interrogue
    siendo docto en el arte y en la sabiduría, le enseñará toda suerte de cosas gratas a
    la inteligencia, jugando fácilmente con las acostumbradas blanduras y huyendo de
    un trabajo penoso; mas a aquel que, inexperto, empezare a interrogarla con
    violencia, al punto le sonará en vano, desentonada e imprecisamente. De ti
    depende aprender lo que anhelas. Yo te regalaré esta cítara, ilustre hijo de Zeus; y
    luego, oh tú que hieres de lejos, con las agrestes vacas ocuparemos los pastos del
    monte y de la llanura criadora de caballos. Allí las vacas, después de unirse con los
    toros, parirán en abundancia y mezcladamente machos y hembras; y así no es
    preciso, por ávido que seas, que continúes irritado con tan excesiva vehemencia.


    496 Así habiendo hablado, le ofreció la cítara, que tomó Febo Apolo; y éste, a su
    vez, concedió a Hermes que cuidara de las vacadas, usando un luciente látigo, que
    el hijo de Maya aceptó gozoso. El hijo glorioso de Leto, el soberano Apolo, el que
    hiere de lejos, cogió la cítara con la mano izquierda y la fue probando con el plectro
    parte por parte; la cítara resonó de penetrante modo y el dios cantó
    hermosamente.


    503 Entonces hicieron volver las vacas al florido prado, y ellos, los gallardos hijos de
    Zeus, regresaron al nevoso Olimpo, deleitándose con la cítara; y el próvido Zeus se
    alegró y los juntó en amistad. Hermes amó constantemente al Letoída, como le
    ama todavía, desde que entregara como prenda la deliciosa cítara al que hiere de
    lejos, y éste, una vez instruido, se la pusiera al brazo y la pulsara; y Hermes
    descubrió también el arte de otra habilidad, pues produjo la voz de las siringas que
    se oye de lejos. Entonces el Letoída dirigióse a Hermes con estas palabras:


    514 Apolo. — Temo, oh hijo de Maya, mensajero, taimado, que me hurtes la cítara y
    los curvados arcos; pues has recibido de Zeus la honra de hacer permutables los
    trabajos de los hombres en la fértil tierra. Mas si te avinieras a prestarme el gran
    juramento de los dioses, ya asintiendo con la cabeza, ya invocando la impetuosa
    agua de la Estix, harías una cosa agradable y acepta a mi corazón.


    521 Entonces el hijo de Maya prometió, asintiendo con la cabeza, no robar nada de
    cuanto el que hiere de lejos poseyera, ni acercarse a su sólida casa; y Apolo Letoída
    asintió, en concordia y amistad, a que ningún otro dios ni hombre descendiente de
    Zeus le sería más querido entre los inmortales; y perfecto
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    te haré mensajero de los inmortales y de todos los hombres, caro y honorable a mi
    corazón; y te daré luego la hermosísima varita de la felicidad y de la riqueza,
    áurea, de tres hojas, la cual te guardará incólume, siendo poderosa para todos los
    dioses en virtud de las palabras y acciones buenas que declaro haber aprendido de
    la voz de Zeus. Pero, en cuanto al arte adivinatoria por la cual preguntas, oh
    bonísimo alumno de Zeus, no está decretado por la divinidad que lo aprendas tú ni
    otro alguno de los inmortales, pues así lo ha decidido la inteligencia de Zeus; y yo,
    a quien aquella arte se ha confiado, he asentido con la cabeza y prometido con
    firme juramento que ningún otro de los sempiternos dioses, fuera de mí, conocerá
    las pruedentes decisiones de Zeus. Y tú, hermano, el de la áurea varita, no me
    mandes que revele cuántos divinales proyectos medita el largovidente Zeus. De los
    hombres dañaré a unos y protegeré a otros, recorriendo las múltiples familias de
    los míseros humanos. Se aprovechará de mi vaticinio el que venga guiado por la
    voz y el vuelo de aves agoreras: ése se aprovechará de mi vaticinio, pues no le
    engañaré. Pero el que, fiándose de aves que gritan en vano, quiera escudriñar
    irracionalmente mi vaticinio y entenderlo más que los sempiternos dioses, afirmo
    que ése habrá hecho el viaje en balde aunque yo le acepte sus dones. Otra cosa te
    diré, hijo de la gloriosa Maya y de Zeus que lleva la égida, numen útilísimo de los
    dioses: existen unas venerandas ninfas, hermanas de nacimiento, vírgenes, que se
    enorgullecen de sus veloces alas y son en número de tres; llevan empolvada de
    blanca harina la cabeza, tienen sus moradas en un repliegue del Parnaso, y fueron
    secretamente las maestras del arte adivinatoria que yo, apacentando bueyes y
    siendo todavía niño, practiqué sin que mi padre se preocupara por ello. Volando
    desde su morada, unas a un lado y otras a otro, se alimentan de panales y llevan a
    cumplimiento cada uno de sus propósitos. Cuando son agitadas por el furor
    profético, después de haber comido miel fresca, se prestan benévolamente a decir
    la verdad; pero si se ven privadas de la agradable comida de los dioses, mienten
    promoviendo tumulto unas con otras. Yo te las doy: deleita tu ánimo
    interrogándolas cuidadosamente; y, si instruyeres a algún hombre mortal, éste
    escuchará muchas veces tu voz cuando la ocasión se le ofrezca. Ten estas cosas,
    hijo de Maya, y cuida de las agrestes vacas de tornadizos pies, y de los caballos y
    de los mulos pacientes en el trabajo.
    . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
    y el glorioso Hermes reine sobre los leones de torva mirada, y los jabalíes de
    blancos dientes, y los perros, y las ovejas que cría la anchurosa tierra; y sea el
    único mensajero irrecusable para Hades, el cual, aunque indotado, le hará un
    presente que no será sin duda el más pequeño.



    574 Así el soberano Apolo amó con toda suerte de amistad al hijo de Maya; y


    también el Cronión le otorgó su gracia. Y Hermes se comunica con todos, mortales


    e inmortales, y pocas veces les es útil; mas en un sinnúmero de ocasiones engaña,


    durante la oscuridad de la noche, a las familias de los mortales hombres.






    579 Así, pues, salve, oh hijo de Zeus y de Maya; y yo me acordaré de ti y de otro


    canto.



    -0-0-0


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 09 Dic 2021, 05:54

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    V



    A AFRODITA


    1 Musa, cuéntame las obras de la áurea Afrodita Cipria, que infunde en los dioses
    suaves deseos y subyuga las razas de los mortales hombres, las aves mensajeras
    de Zeus y las fieras todas, así las que cría en gran número el continente como las
    que nutre el mar; que a todos les preocupan las obras de Citerea, la de hermosa
    corona.


    7 Pero hay tres diosas a quienes no ha podido persuadir el ánimo ni engañar. Una
    es la hija de Zeus que lleva la égida, Atenea, de ojos de lechuza; a quien no le
    placen las obras de la áurea Afrodita, sino las guerras y las obras de Ares, y luchas
    y combates y cuidarse de preclaras acciones. Fue ella quien primeramente enseñó a
    los artesanos que viven en la tierra a construir carretas y carros con adornos de
    bronce; y a las doncellas de delicado cuerpo, a hacer, dentro de sus cámaras,
    espléndidas labores que les sugería en la mente. Tampoco la risueña Afrodita ha
    domado con el amor a Ártemis, la de las flechas de oro, clamorosa; pues a ésta le
    gustan los arcos y cazar fieras en los montes, y las cítaras, y los coros, y los gritos
    desgarradores, y los bosques umbríos y una ciudad de hombres justos. Tampoco le
    gustan las obras de Afrodita a Hestía, doncella respetable a quien engendró el
    artero Cronos antes que a nadie y es, no obstante, la más joven por la voluntad de
    Zeus que lleva la égida; virgen veneranda que fue pretendida por Posidón y Apolo,
    pero no los quiso en modo alguno, sino que los rechazó porfiadamente y, tocando
    la cabeza de su padre Zeus, prestó un gran juramento que se ha cumplido: ser
    virgen todos los días. Y el padre Zeus dióle una hermosa recompensa: colocóla en
    medio de las casas, para que recibiera el suculento olor de los sacrificios. Se la
    honra además en todos los templos de los dioses y es para todos los mortales la
    más augusta de las deidades.


    33 A estas tres, Afrodita no les ha podido convencer el entendimiento, ni tampoco
    engañar; pero ningún otro ser se libra de ella, ni entre los bienaventurados dioses,
    ni entre los mortales hombres. Y hasta perturba la mente de Zeus que se complace
    en el rayo, a pesar de ser el más grande y el que ha obtenido mayores honras:
    cuando ella quiere, engaña su precavida inteligencia y logra fácilmente que se junte
    con hembras mortales y se olvide de Hera, su hermana y mujer, que es la más
    notable por su aspecto entre las inmortales diosas, fue engendrada la más gloriosa
    por el artero Cronos y tuvo por madre a Rea; y Zeus, que conoce los eternales
    decretos, hízola su veneranda consorte, entendida en cosas honestas.


    45 Zeus, a su vez, inspiró en el corazón de Afrodita un dulce deseo de acoplarse con
    varón mortal, para que muy pronto ni ella estuviera exenta del concúbito humano;
    ni la misma Afrodita, amante de la risa, pudiera decir, gloriándose entre todos los
    dioses y sonriéndose dulcemente, que unía a los dioses con mujeres mortales que
    daban a los inmortales hijos mortales, y que juntaba asimismo a las diosas con los
    mortales hombres.


    53 Inspiróle, pues, en el corazón, un dulce deseo de Anquises, que se hallaba
    apacentando vacas en las alturas del monte Ida, abundante en manantiales, y por
    su cuerpo parecía un inmortal. Así que le vio Afrodita, amante de la risa, se
    enamoró de él, sintiendo que un vehemente deseo se adueñaba de su albedrío.
    Fuese enseguida a Chipre, penetró en el perfumado templo de Pafos donde tenía un
    campo sagrado y un perfumado altar, y cerró las puertas espléndidas. Allí las
    Gracias la lavaron y ungieron con aceite inmortal, divino y sutil, que siempre estaba
    perfumado para ella; cuales cosas embellecen todavía más a los sempiternos
    dioses. Luego Afrodita, amante de la risa, revistió su cuerpo de hermosos vestidos,
    se adornó con oro y, dejando la olorosa Chipre, se lanzó hacia Troya, haciendo el
    viaje rápidamente, por lo alto, por entre las nubes. Llegó al Ida, abundante en
    manantiales, procreador de fieras; y, atravesando la montaña, se fue directamente
    al establo: iban tras ella, moviendo la cola, blanquecinos lobos, leones de torva
    mirada y veloces panteras, insaciables de carne de ciervo; y la diosa, al notarlo,
    sintió que se le alegraba el ánimo en la mente, y les infundió en el pecho un dulce
    deseo, y todos fueron acostándose por parejas en los sombríos vericuetos. Llegó en
    esto a la bien construida cabaña y halló al héroe Anquises que tenía la belleza de
    un dios y se había quedado en el establo, solo, alejado de sus compañeros. Éstos
    se habían ido todos, con las vacas, por los prados herbosos; y él se había quedado
    en el establo, solo, alejado de los demás, e iba acá y acullá pulsando
    vigorosamente la cítara. Afrodita, hija de Zeus, se detuvo a su presencia, habiendo
    tomado la estatura y el aspecto de una doncella libre de todo yugo: no fuera que, al
    contemplarla Anquises con sus ojos, le tuviese temor. Anquises, al verla, se quedó
    pensativo y admiraba su aspecto, su estatura y sus vestidos espléndidos. Afrodita
    se había revestido de un peplo más brillante que el resplandor del fuego, llevaba
    retorcidos brazaletes y lucientes agujas; tenía alrededor de su tierno cuello
    bellísimos collares, pulcros, áureos, de variada forma; y en su tierno pecho brillaba
    una especie de luna, encanto de la vista. El deseo amoroso se apoderó de Anquises,

    quien, vuelto hacia ella, así le dijo:




    CONT.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 21 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 09 Dic 2021, 06:01

    HOMERO

    HIMNOS HOMÉRICOS



    V



    A AFRODITA


    CONT.


    92 — Salve, oh reina, que has venido a estas moradas, seas cual fueres de las
    bienaventuradas diosas —o Ártemis, o Leto, o la áurea Afrodita, o la noble Temis, o
    Atenea, la de ojos de lechuza—; o quizás has llegado aquí siendo una de las
    Gracias, que acompañan a todos los dioses y son llamadas inmortales; o eres
    alguna de las ninfas que pueblan los hermosos bosques o de las que habitan este
    hermoso monte, las fuentes de los ríos y los prados herbosos. Yo te erigiré un altar
    en una atalaya, en sitio abierto por todos lados, y te ofreceré hermosos sacrificios
    en cada estación; y tú, con ánimo benévolo, concédeme que sea ilustre entre los
    troyanos y haz que tenga floreciente prole, que viva bien y largo tiempo, que
    mezclado con el pueblo contemple dichoso la luz del sol, y que llegue hasta el
    umbral de la vejez.


    107 Afrodita, hija de Zeus, respondióle en el acto:


    108 — Oh Anquises, el más glorioso de los hombres que de la tierra han nacido, no
    soy ciertamente una diosa —¿por qué me confundes con las inmortales?—, sino
    mortal, y mujer fue la madre que me dio a luz. Mi padre es Otreo, de ínclito
    nombre, si acaso lo has oído nombrar, y reina sobre toda la Frigia bien amurallada.
    Conozco bien vuestra lengua y la mía, por haberme criado en el palacio una nodriza
    troyana que me crió constantemente desde que me recibió de mi madre, siendo yo
    muy pequeñita; por esto conozco bien vuestra lengua. Ahora el Argifontes, el de la
    varita de oro, me arrebató de un coro de Ártemis, que lleva arco de oro y es
    amante del bullicio. Muchas ninfas y doncellas de rico dote jugábamos, y una
    multitud inmensa formaba en torno nuestro una corona: de allí me arrebató el
    Argifontes, el de la varita de oro, quien me condujo por cima de muchas tierras
    cultivadas por los mortales hombres y por cima de otras no sorteadas ni cultivadas
    en las cuales las fieras carnívoras vagan por los sombríos vericuetos —parecíame
    que no tocaba con mis pies la fértil tierra— y me dijo que cabe al lecho de Anquises
    sería llamada legítima esposa y te daría a ti hijos ilustres. Así que me mostró el
    sitio y me hubo hablado, volvióse el fuerte Argifontes a las familias de los
    inmortales; y yo vine a encontrarte, obligada por dura necesidad. Mas, por Zeus te
    lo suplico y por tus padres nobles, pues unos viles no te habrían engendrado tal
    cual eres: llévame, no rendida aún e inexperta en amores, y muéstrame a tu padre
    y a tu madre entendida en cosas honestas y a tus hermanos nacidos de tu mismo
    linaje; que no seré para aquéllos una nuera indigna, sino tal cual les corresponde.
    Manda pronto un mensajero a los frigios de ágiles corceles, para que se lo
    participen a mi padre y a mi madre que está ansiosa, los cuales te enviarán
    abundante oro y vestiduras tejidas; y tú recibe muchos y espléndidos regalos. Y
    después que esto hicieres, celebra con un convite las deseadas nupcias a fin de que
    sean honorables para los hombres y los inmortales dioses.


    143 Dicho esto, la diosa inspiróle en el corazón un dulce deseo. El amor se apoderó
    de Anquises, quien profirió estas palabras dirigiéndose a ella:


    145 — Si eres mortal y fue mujer la madre que te dio a luz, y tu padre es Otreo de
    ínclito nombre, según dices, y has venido aquí por la voluntad de Hermes, el nuncio
    inmortal, en adelante serás llamada esposa mía todos los días; y ninguno de los
    dioses ni de los mortales hombres me detendrá hasta haberme unido
    amorosamente contigo, aunque el mismo Apolo, el que hiere de lejos, me tirara
    luctuosas flechas con su arco de plata. Yo quisiera, oh mujer semejante a una
    diosa, subir a tu lecho y hundirme luego en la mansión de Hades.


    155 Así diciendo, cogióle la mano; y Afrodita, amante de la risa, vuelta hacia atrás y
    con los ojos bajos, se deslizaba hacia el lecho bien aparejado, hacia el lugar donde
    solían disponerlo para el rey con suaves colchas, encima de las cuales estaban
    echadas pieles de osos y de leones de ronca voz que él mismo había matado en los
    altos montes. Así que llegaron al lecho bien construido, Anquises le fue quitando los
    relucientes adornos —broches, redondos brazaletes, sortijas y collares—, le desató
    la faja, la desnudó del espléndido vestido, que puso en una silla de clavazón de
    plata; y enseguida, por la voluntad de los dioses y por disposición del hado, él, que
    era mortal, se acostó con una diosa inmortal sin saberlo claramente.


    168 A la hora en que los pastores hacen volver de los floridos prados al establo los
    bueyes y las pingües ovejas, la diosa derramó sobre Anquises un dulce y suave
    sueño, y empezó a cubrir su cuerpo con el hermoso vestido. Cuando la divina entre
    las diosas hubo colocado alrededor de su cuerpo todas las prendas, quedóse en pie
    dentro de la cabana: su cabeza tocaba al techo bien construido y en sus mejillas
    brillaba una belleza inmortal, cual es la de Giterea, de hermosa corona. Entonces le
    despertó del sueño, le llamó y le dijo estas palabras:


    177 — Levántate, Dardánida: ¿por qué duermes con sueño tan profundo? Dime si te
    parece que soy semejante a aquella que contemplaste primeramente con tus ojos.


    180 Así dijo; y él, recordando de su sueño, pronto la oyó. Y así que vio el cuello y
    los ojos hermosos de Afrodita, turbóse y, desviando la vista, la dirigió a otro lado.
    Cubrióse nuevamente el rostro con la manta, y, suplicante, estas aladas palabras le
    dijo:


    185 — Cuando por vez primera te vi con mis ojos, conocí, oh diosa, que eras una
    deidad; pero tú no me hablaste sinceramente. Mas ahora te suplico por Zeus, que
    lleva la égida, que no permitas que yo habite entre los hombres y viva
    lánguidamente; antes bien compadécete de mí, que no es de larga vida el varón
    que se acuesta con las inmortales diosas.



    191 Afrodita, hija de Zeus, respondióle en el acto:


    CONT


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    HIMNOS HOMÉRICOS



    V



    A AFRODITA


    CONT.


    192 — ¡Oh Anquises, el más glorioso de los mortales hombres! Cobra ánimo y no
    temas excesivamente en tu corazón; que ningún temor has de abrigar de que te
    venga algún mal de mi parte ni de la de los demás bienaventurados, pues eres caro
    a los dioses. Tendrás un hijo, que reinará sobre los troyanos y de su estirpe
    nacerán perpetuamente hijos tras hijos. Su nombre será Eneas a causa del terrible
    dolor que se apoderó de mí por haber caído en la cama de un hombre mortal.
    Siempre los de vuestro linaje han sido, entre los mortales hombres, los más
    semejantes a los dioses por su aspecto y por su natural. —Así el próvido Zeus robó
    al rubio Ganímedes por su belleza, para que estuviera entre los inmortales y en la
    morada de Zeus escanciara a los dioses, ¡cosa admirable de ver!; y ahora, honrado
    por todos los inmortales, saca el dulce néctar de una crátera de oro. Inconsolable
    pesar se apoderó del alma de su padre Tros, que ignoraba adonde la divinal
    tempestad le había arrebatado el hijo, y desde entonces lo lloraba constantemente,
    todos los días; pero Zeus se apiadó de él y le dio a cambio del hijo caballos de
    ágiles pies, de los que usan los inmortales. Se los dio de regalo para que los
    poseyera, y el mensajero Argifontes se lo explicó todo por orden de Zeus: que
    Ganímedes sería inmortal y se libraría de la vejez como los dioses. Y desde que oyó
    el mensaje de Zeus ya no lloró más; sino que se alegró interiormente, en su
    corazón, y alegre se dejaba conducir por los caballos de pies rápidos como el
    viento—. A su vez, la Aurora robó a Titono, de vuestro linaje, parecido a los
    inmortales. Fue luego a pedir a Zeus, el de las negras nubes, que aquél fuese
    inmortal y viviese todos los días; y Zeus asintió y le realizó el voto. ¡Oh insensata!
    No atinó en su mente la veneranda Aurora a impetrar para él una juventud
    perpetua a fin de arrancarle de la vejez funesta. Y así, mientras le duró la
    amabilísima juventud, habitaba junto a las corrientes del Océano en los confines de
    la tierra, y se deleitaba con la Aurora, la de áureo solio, hija de la mañana; mas
    cuando las primeras canas se esparcieron por su hermosa cabeza y por su poblada
    barba, la veneranda Aurora se abstuvo de su lecho y, conservándolo en el palacio,
    lo alimentaba con manjares y ambrosía, y le daba hermosas vestiduras. Pero al
    punto que lo abrumó completamente la odiosa vejez y ya no pudo mover ni
    levantar ninguno de sus miembros, a ella le vino a la mente que la mejor resolución
    sería la que tomó: lo puso en el tálamo y ajustó las puertas espléndidas. Desde
    entonces la voz de Titono fluye continuamente, pero ningún vigor le queda del que
    antes tenía en los flexibles miembros. —No de este modo te quisiera inmortal entre
    inmortales, y que vivieras todos los días. Si vivieras siendo cual eres en figura y
    cuerpo, y fueses llamado esposo mío, el pesar no envolvería mi prudente espíritu.
    Mas ahora pronto te envolverá la senectud cruel, que a todos los hombres alcanza,
    funesta, fatigosa, aborrecida de los mismos dioses. Y yo tendré que sufrir por tu
    causa perpetuamente, todos los días, una gran afrenta entre los inmortales dioses;
    quienes temían antes mis coloquios y ardides con los cuales junté en otro tiempo a
    todos los inmortales con mujeres mortales, pues mi inteligencia a todos los
    subyugaba. Mas ahora ya no se abrirá mi boca para hablar de tales cosas entre los
    inmortales, pues he cometido un pecado muy grande, atroz e infando: se me
    extravió la mente y, habiéndome acostado con un mortal, llevo un hijo debajo de la
    faja. Tan pronto como éste vea la luz del sol, lo criarán las ninfas montaraces, de
    profundo seno, que habitan este monte grande y divino; no obedecen ni a mortales
    ni a inmortales; viven largo tiempo, alimentándose con divinal manjar; y danzan en
    hermoso coro ante los inmortales. Con ellas se unen amorosamente los Silenos y el
    vigilante Argifontes en el fondo de deleitosas cuevas. Cuando nacen las ninfas,
    brotan simultáneamente de la fértil tierra abetos o encinas de elevada copa;
    árboles hermosos, que florecen en los altos montes, hállanse en lugares abruptos,
    forman los llamados bosques de los inmortales, y jamás los mortales los cortan con
    el hierro. Mas cuando la Parca de la muerte se les presenta a las ninfas, sécanse
    primero los hermosos árboles sobre la tierra, marchítase la corteza alrededor del
    tronco, caen las ramas, y al mismo tiempo dejan la luz del sol las almas de
    aquéllas. Las ninfas, pues, criarán mi hijo, teniéndolo con ellas, y así que le llegue
    la muy amable pubertad, las diosas lo traerán aquí y te mostrarán el niño. Y cinco
    años después —para que en mi espíritu pase revista a todas estas cosas— volveré
    en persona a traerte el hijo. Tan pronto como veas con tus ojos semejante retoño,
    gozarás contemplándolo —pues será muy semejante a los dioses— y lo llevarás
    enseguida a la ventosa Ilion. Y si alguno de los mortales hombres te preguntare
    qué madre puso, para ti, tu amado hijo debajo de su faja, acuérdate de hablarle así
    como te lo mando: dile que es prole de una de las ninfas de cutis suave como botón
    de rosa, que pueblan esta montaña vestida de bosque. Mas si, gloriándote con
    ánimo insensato, revelaras que te has unido amorosamente con Citerea de
    hermosa corona, Zeus, irritándose, te heriría con el ardiente rayo. Todo te lo he
    dicho: tú medítalo en tu mente, domínate y no me nombres, temiendo la cólera de
    los dioses.

    291 Así habiendo hablado, lanzóse rápidamente al ventoso cielo.


    292 Salve, diosa que reinas sobre la bien construida Chipre: habiendo empezado

    por ti, pasaré a otro himno.


    ------------------------------


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