Aires de Libertad

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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 16 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 18 Mayo 2021, 07:52

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XII

    LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
    LA ISLA DEL SOL. OGIGIA.
    CONT.

    «Así decían lanzando su hermosa voz. Entonces
    mi corazón deseó escucharlas y ordené a
    mis compañeros que me soltaran haciéndoles
    señas con mis cejas, pero ellos se echaron hacia
    adelante y remaban, y luego se levantaron Perimedes
    y Euríloco y me ataron con más cuerdas,
    apretándome todavía más.

    «Cuando por fin las habían pasado de largo y
    ya no se oía más la voz de las Sirenas ni su canto,
    se quitaron la cera mis fieles compañeros, la
    que yo había untado en sus oídos, y a mí me
    soltaron de las amarras.

    «Conque, cuando ya abandonábamos su isla, al
    pronto comencé a ver vapor y gran oleaje y a
    oír un estruendo. Como a mis compañeros les
    entrara el terror, volaron los remos de sus manos
    y éstos cayeron todos estrepitosamente en
    la corriente. Así que la nave se detuvo allí mismo,
    puesto que ya no movían los largos remos
    con sus manos.

    «Entonces iba yo por la nave apremiando a mis
    compañeros con suaves palabras, poniéndome
    al lado de cada uno:

    «"Amigos, ya no somos inexpertos en desgracias.
    Este mal que nos acecha no es peor que
    cuando el Cíclope nos encerró con poderosa
    fuerza en su cóncava cueva. Pero por mis artes,
    mi decisión y mi inteligencia logramos escapar
    de allí -y creo que os acordaréis de ello. Así que
    también ahora, vamos, obedezcamos todos
    según yo os indique. Vosotros sentaos en los
    bancos y batid con los remos la profunda orilla
    del mar, por si Zeus nos concede huir y evitar
    esta perdición; y a ti, piloto, esto es lo que te
    ordeno -ponlo en lo interior, ya que gobiernas
    el timón de la cóncava nave-: mantén a la nave
    alejada de ese vapor y oleaje y pégate con cuidado
    a la roca no sea que se te lance sin darte
    cuanta hacia el otro lado y nos pongas en medio
    del peligro."

    «Así dije y enseguida obedecieron mis palabras.
    Todavía no les hablé de Escila, desgracia
    imposible de combatir, no fuera que por temor
    dejaran de remar y se me escondieran todos
    dentro.

    «Entonces no hice caso de la penosa recomendación
    de Circe, pues me ordenó que en ningún
    caso vistiera mis armas contra ella. Así que
    vestí mis ínclitas armas y con dos lanzas en mis
    manos subí a la cubierta de proa, pues esperaba
    que allí se me apareciera primero la rotosa Escila,
    la que iba a llevar dolor a mis compañeros.
    Pero no pude verla por lado alguno y se me
    cansaron los ojos de otear por todas partes la
    brumosa roca.

    «Así que comenzamos a sortear el estrecho entre
    lamentos, pues de un lado estaba Escila, y
    del otro la divina Caribdis sorbía que daba
    miedo la salada agua del mar. Y es que cuando
    vomitaba, todo ella borbollaba como un caldero
    que se agita sobre un gran fuego -la espuma
    caía desde arriba sobre lo alto de los dos escollos-,
    y cuando sorbía de nuevo la salada agua
    del mar, aparecía toda arremolinada por dentro,
    la roca resonaba espantosamente alrededor
    y al fondo se veía la tierra con azuloscura
    arena.

    «El terror se apoderó de mis compañeros y,
    mientras la mirábamos temiendo morir, Escila
    me arrebató de la cóncava nave seis compañeros,
    los que eran mejores de brazos y fuerza.
    Mirando a la rápida nave y siguiendo con los
    ojos a mis compañeros, logré ver arriba sus pies
    y manos cuando se elevaban hacia lo alto. Daban
    voces llamándome por mi nombre, ya por
    última vez, acongojados en su corazón. Como
    el pescador en un promontorio, sirviéndose de
    larga caña, echa comida como cebo a los pececillos
    (arroja al mar el cuerno de un toro montaraz)
    y luego tira hacia fuera y los coge palpitantes,
    así mis compañeros se elevaban palpitantes hacia la
    roca.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 18 Mayo 2021, 08:09

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XII

    LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
    LA ISLA DEL SOL. OGIGIA.
    CONT.

    «Escila los devoró en la misma puerta mientras
    gritaban y tendían sus manos hacia mí en terrible
    forcejeo. Aquello fue lo más triste que he
    visto con mis ojos de todo cuanto he sufrido
    recorriendo los caminos del mar. Cuando conseguimos
    escapar de la terrible Caribdis y de
    Escila, llegamos enseguida a la irreprochable
    isla del dios donde estaban las hermosas carianchas
    vacas y los numerosos rebaños de ovejas
    de Helios Hiperión.

    «Cuando todavía me encontraba en la negra
    nave pude oír el mugido de las vacas en sus
    establos y el balar de las ovejas. Entonces se me
    vino a las mientes la palabra del adivino ciego,
    el tebano Tiresias, y de Circe de Eea, quienes
    me encomendaron encarecidamente evitar la
    isla de Helios, el que alegra a los mortales.
    «Así que dije a mis compañeros acongojado en
    mi corazón:

    «"Escuchad mis palabras, compañeros que tantas
    desgracias habéis sufrido, para que os manifieste
    las predicciones de Tiresias y de Circe de
    Eea, quienes me encomendaron encarecidamente
    evitar la isla de Helios, el que alegra a
    los mortales, pues me dijeron que aquí tendríamos
    el más terrible mal. Conque conducid la
    negra nave lejos de la isla."


    «Así dije y a ellos se les quebró el corazón.

    «Entonces Euriloco me contestó con odiosa palabra:

    «"Eres terrible, Odiseo, y no se cansa tu vigor ni
    tus miembros. En verdad todo lo tienes de hierro
    si no permites a tus compañeros agotados
    por el cansancio y por el sueño poner pie a tierra
    en una isla rodeada de corriente, dónde
    podríamos prepararnos sabrosa comida. Por el
    contrario, les ordenas que anden errantes por la
    rápida noche en el brumoso ponto, alejándose
    de la isla. De la noche surgen crueles vientos,
    azote de las naves. ¿Cómo se podría huir del
    total exterminio si por casualidad se nos viene
    de repente un huracán de Noto o de Céfixo de
    soplo violento, que son quienes, sobre todo,
    destruyen las naves por voluntad de los soberanos
    dioses? Cedamos, pues, a la negra noche
    y preparémonos una comida quedándonos junto
    a la rápida nave. Y al amanecer embarcaremos
    y lanzaremos la nave al vasto ponto,"


    «Así dijo Euríloco y los demás compañeros
    aprobarón sus palábras, Entonces me di cuenta
    de que un demón nos preparaba desgracia y,
    hablándoles, dije aladas palabras:

    «"Euríloco, mucho me forzáis, solo como estoy.
    Pero, vamos, juradme al menos con fuerte juramento
    que si encontramos una vacada o un
    gran rebaño de ovejas, nadie, llevado de funesta
    insensatez, matará vaca u oveja alguna. Antes
    bien; comed tranquilos el alimento que nos
    dio la inmortal Circe."

    «Así dije y todos juraron al punto tal como les
    había dicho. Así que cuando habían jurado y
    completado su juramento, detuvimos en el
    cóncavo Puerto nuestra bien construida nave,
    cerca de agua dulce; desembarcaron mi compañeros
    y se prepararon con habilidad la comida.

    «Luego que habían arrojado de sí el deseo de
    comida y bebida, comenzaron a llorar -pues se
    acordaron enseguida- por los compañeros a
    quienes había devorado Escila, arrebatándlos
    de la cóncava nave; y mientras lloraban, les
    sobrevino un profundo sueño.

    «Cuando terciaba la noche y declinaban los
    astros, Zeus, el que amontona las nubes, levantó
    un viento para que soplara en terrible
    huracán y cubrió de nubes tierra y mar. Y se
    levantó del cielo la noche.

    «Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
    la de dedos de rosa, anclamos la nave
    arrastrándola hasta una gruta, donde estaba el
    hermoso lugar de danza de las Ninfas y sus
    asientos.
    «Entonces los convoqué en asamblea y les dije:

    «"Amigos, en la rápida nave tenemos comida y
    bebida; apartémonos de las vacas no sea que
    nos pase algo malo, que estas vacas y gordas
    ovejas pertenecen a un dios terrible, a Helios, el
    que lo ve todo y todo lo oye."

    «Así dije y su valeroso ánimo se dejó persuadir.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 18 Mayo 2021, 08:19

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XII

    LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
    LA ISLA DEL SOL. OGIGIA.
    CONT.

    «Durante todo un mes sopló Noto sin parar y
    no había ningún otro viento, salvo Euro y Noto.
    Así que, mientras mis compañeros tuvieron
    comida y rojo vino, se mantuvieron alejados de
    las vacas por deseo de vivir; pero cuando se
    consumieron todos los víveres de la nave, pusiéronse
    por necesidad a la caza de peces y
    aves; todo lo que llegaba a sus manos, con curvos
    anzuelos, pues el hambre retorcía sus
    estómagos.

    «Yo me eché entonces a recorrer la isla para
    suplicar a los dioses, por si alguno me manifestaba
    algún camino de vúelta; y, cuando caminando
    por la isla ya estaba lejos de mis compañeros,
    lavé mis manos al abrigo del viento y
    supliqué a todos los dioses que poseen el
    Olimpo. Y ellos derramaron el dulce sueño sobre
    mis párpados.

    «Entonces Euríloco comenzó a manifestar a mis
    compañeros esta funesta decisión:

    «"Escuchad mis palabras, compañeros que tantos
    males habéis sufrido. Todas las clases de
    muerte son odiosas para los desgraciados mortales,
    pero lo más lamentable es morir de hambre
    y arrastrar el destino. Conque, vamos,
    llevémonos las mejores vacas de Helios y sacrifiquémoslas
    a los inmortales que poseen el vasto
    cielo. Si llegamos a Itaca, nuestra patria, edificaremos
    a Helios Hiperión un esplendido
    templo donde podríamos erigir muchas y excelentes
    estatuas.
    «"Pero si, irritado por sus vacas de alta cornamenta,
    quiere destruir nuestra nave .-y los demás
    dioses les acompañan prefiero perder la
    vida de una vez, de bruces contra una ola, antes
    que irme consumiendo poco a poco en una isla
    desierta."


    «Así dijo Euríloco y los demás compañeros
    aprobaron sus palabras. Así que se llevaron
    enseguida las mejores vacas de Helios, de por
    allí cerca -pues las hermosas vacas carianchas
    de rotátiles patas pastaban no lejos de la nave
    de azuloscura proa. Pusiéronse a su alrededor e
    hicieron súplica a los dioses, cortando ramas
    tiernas de una encina de elevada copa -pues no
    tenían blanca cebada en la nave de buenos bancos.
    Cuando habían hecho la súplica, degollado
    y desollado las vacas, cortaron los muslos y los
    cubrieron de grasa a uno y otro lado y colocaron
    carne sobre ellos. No tenían vino para libar
    sobre las víctimas mientras se asaban, pero libaron
    con agua mientras se quemaban las entrañas.
    Cuando ya se habían quemado los muslos
    y probaron las entrañas, cortaron en trozos
    lo demás y lo ensartaron en pinchos.
    «Entonces el profundo sueño desapareció de
    mis párpados y me puse en camino hacia la
    rápida nave y la ribera del mar. Y, cuando me
    hallaba cerca de la curvada nave, me rodeó un
    agradable olor a grasa. Rompí en lamentos e
    invoqué a gritos a los dioses inmortales:

    «"Padre Zeus y demás dioses felices que vivís
    siempre; para mi perdición me habéis hecho
    acostar con funesto sueño, pues mis compañeros
    han resuelto un tremendo acto mientras
    estaban aquí."


    «En esto llegó Lampetía, de luengo pelo, rápida
    mensajera a Helios Hiperión, para anunciarle
    que habíamos matado a sus vacas. Y éste se
    dirigió al punto a los inmortales acongojado en
    su corazón:

    «"Padre Zeus y los demás dioses felices que
    vivís siempre, castigad ya a los compañeros de
    Odiseo Laertíada que me han matado las vacas
    -¡obra impía!-, con las que yo me complacía al
    dirigirme hacia el cielo estrellado y al volver de
    nuevo hacia la tierra desde el cielo. Porque si
    no me pagan una recompensa equitativa por
    las vacas, me hundiré en el Hades y brillaré
    para los muertos."


    «Y contestándole dijo Zeus, el que reúne las
    nubes:

    «"Helios, sigue brillando entre los inmortales y
    los mortales hombres sobre la tierra nutricia,
    que yo lanzaré mi brillante rayo y quebraré
    enseguida su nave en el ponto rojo como el
    vino."


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 18 Mayo 2021, 08:28

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XII

    LAS SIRENAS ESCILA Y CARIBDIS.
    LA ISLA DEL SOL. OGIGIA.
    CONT.

    «Esto es lo que yo oí decir a Calipso, de hermoso
    peplo, y ella decía que se lo había oído a su
    vez a Hermes.

    «Conque, cuando bajé hasta la nave y el mar,
    los reprendí a unos y otros poniéndome a su
    lado, pero no podíamos encontrar remedio las
    vacas estaban ya muertas. Entonces los dioses
    comenzaron a manifestarles prodigios: las pieles
    caminaban, la carne mugía en el asador,
    tanto la cruda como la asada. Así es como las
    vacas cobraron voz.
    «Durante seis días mis fieles compañeros prosiguieron
    banqueteándose y llevándose las mejores
    vacas de Helios, pero cuando Zeus Cronida
    nos trajo el séptimo, dejó el viento de lanzarse
    huracanado y nosotros embarcamos y
    empujamos la nave al vasto ponto no sin colocar
    el mástil y extender las blancas velas.

    «Cuando abandonamos la isla y ya no se divisaba
    tierra alguna sino sólo cielo y mar, el Cronida
    puso una negra nube sobre la cóncava
    nave y el mar se oscureció bajo ella. La nave no
    pudo avanzar mucho tiempo, porque enseguida
    se presentó el silbante Céfiro lanzándose en
    huracán y la tempestad de viento quebró los
    dos cables del mástil. Cayó éste hacia atrás y
    todos los aparejos se desparramaron bodega
    abajo. En la misma proa de la nave golpeó el
    mástil al piloto en la cabeza, rompiendo todos
    los huesos de su cráneo y, como un volatinero,
    se precipitó de cabeza contra la cubierta y su
    valeroso ánimo abandonó los huesos.

    «Zeus comenzó a tronar al tiempo que lanzaba
    un rayo contra la nave, y ésta se revolvió toda,
    sacudida por el rayo de Zeus, y se llenó de azufre.
    Mis compañeros cayeron fuera y, semejantes
    a las cornejas marinas, eran arrastrados por
    el oleaje en torno a la negra nave. Dios les había
    arrebatado el regreso.

    «Entonces yo iba de un lado a otro de la nave,
    hasta que el huracán desencajó las paredes de
    la quilla y el oleaje la arrastraba desnuda. El
    mástil se partió contra ésta, pero, como había
    sobre aquél un cable de piel de buey, até juntos
    quilla y mástil y, sentándome sobre ambos, me
    dejé llevar de los funestos vientos.

    «Entonces Céfiro dejó de lanzarse huracanado
    y llegó enseguida Noto trayendo dolores a mi
    ánimo, haciendo que volviera a recorrer de
    nuevo la funesta Caribdis.

    «Dejéme llevar por el oleaje durante toda la
    noche y al salir el sol llegué al escollo de Escila
    y a la terrible Caribdis. Ésta comenzó a sorber
    la salada agua del mar, pero entonces yo me
    lancé hacia arriba, hacia el elevado cabrahigo y
    quedé adherido a él como un murciélago. No
    podía apoyarme en él con los pies para trepar,
    pues sus raíces estaban muy lejos y sus ramas
    muy altas -ramas largas y grandes que daban
    sombra a Caribdis. Así que me mantuve firme
    hasta que ésta volviera a vomitar el mástil y la
    quilla, y un rato más tarde me llegaron mientras
    estaba a la expectativa. Mis maderos aparecieron
    fuera de Caribdis a la hora en que un
    hombre se levanta del ágora para ir a comer,
    después de juzgar numerosas causas de jóvenes
    litigantes. Dejéme caer desde arriba de pies y
    manos y me desplomé ruidosamente sobre el
    oleaje junto a mis largos maderos, y sentado
    sobre ellos, comencé a remar con mis brazos. El
    padre de hombres y dioses no permitió que
    volviera a ver a Escila, pues no habría conseguido
    escapar de la ruina total.

    «Desde allí me dejé llevar durante nueve días, y
    en la décima noche los dioses me impulsaron
    hasta la isla de Ogigia, donde habitaba Calipso
    de lindas trenzas, la terrible diosa dotada de
    voz que me entregó su amor y sus cuidados.

    «Pero, ¿para qué te voy a contar esto? Ya os lo
    he narrado ayer a ti y a tu fuerte esposa en el
    palacio, y me resulta odioso volver a relatar lo
    que he expuesto detalladamente.»

    FIN DEL CANTO XII.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 19 Mayo 2021, 01:39

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIII

    LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
    LLEGADA A ITACA


    Así habló, y todos enmudecieron en el silencio;
    estaban poseídos como por un hechizo en el
    sombrío palacio. Entonces Alcínoo le contestó y
    dijo:

    «Odiseo, ya que has llegado a mi palacio de
    piso de bronce, de elevado techo, creo que no
    vas a volver a casa errabundo otra vez por mucho
    que hayas sufrido. En cuanto a vosotros,
    cuantos acostumbráis a beber en mi palacio el
    rojo vino de los ancianos escuchando al aedo,
    os voy a hacer este encargo: el forastero ya tiene,
    en un arca bien pulimentada, oro bien trabajado
    y cuantos regalos le han traído los consejeros
    de los feacios. Démosle también un gran
    trípode y una caldera cada hombre, que nosotros
    después os recompensaremos recogiéndolo
    por el pueblo, pues es doloroso que uno haga
    dones gratis.»


    Así habló Alcínoo y les agradó su palabra. Y se
    marchó cada uno a su casa con ganas de dormir.
    Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
    la de dedos de rosa, se apresuraron hacia
    la nave llevando el bronce propio de los guerreros.
    Y la sagrada fuerza de Alcínoo, marchando en
    persona, colocó todo bien bajo los bancos de la
    nave, no fuera que causaran daño a alguno de
    los compañeros durante el viaje cuando se
    apresuraran moviendo los remos.

    Luego marcharon al palacio de Alcínoo y dispusieron
    el almuerzo. La sagrada fuerza de
    Alcínoo sacrificó entre ellos un buey en honor
    de Cronida Zeus, el que oscurece las nubes, el
    que gobierna a todos. Quemaron los muslos y
    se repartieron gustosos un magnífico banquete;
    y entre ellos cantaba el divino aedo, Demódoco,
    venerado por su pueblo. Pero Odiseo volvía
    una y otra vez su cabeza hacia el resplandeciente
    sol, deseando que se pusiera, pues ya pensaba
    en el regreso. Como cuando un hombre desea
    vivamente cenar cuando su pareja de bueyes
    ha estado todo el día arrastrando el bien construido
    arado por el campo -la luz del sol se pone
    para él con agrado, ya que se va a cenar, y
    sus rodillas le duelen al caminar-, así se puso el
    sol con agrado para Odiseo.

    Y volvió a dirigirse a los feacios amantes del
    remo y, dirigiéndose sobre todo a Alcínoo, dijo
    su palabra:

    «Poderoso Alcínoo, el más ilustre de tu pueblo,
    haced una libación y devolvedme a casa sin
    daño. Y a vosotros, ¡salud! Ya se me ha proporcionado
    lo que mi ánimo deseaba, una escolta y
    amables regalos que ojalá los dioses, hijos de
    Urano, hagan prosperar. ¡Que encuentre en
    casa, al volver, a mi irrepochable esposa junto
    con los míos sanos y salvos! Vosotros quedaos
    aquí y seguid llenando de gozo a vuestras esposas
    legítimas y a vuestros hijos; que los dioses
    os repartan bienes de todas clases y que
    ningún mal se instale entre vosotros.»


    Así habló y todos aprobaron sus palabras y
    aconsejaban dar escolta al forastero, porque
    había hablado como le correspondía. Entonces
    Alcínoo se dirigió a un heraldo:

    « Pontónoo, mezcla una crátera y reparte vino a
    todos en el palacio, para que demos escolta al
    forastero hasta su tierra patria después de orar
    al padre Zeus.»


    Así habló, y Pontónoo mezcló el vino que alegra
    el corazón y se lo repartió a todos, uno tras
    otro. Y libaron desde sus mismos asientos en
    honor de los dioses felices, los que poseen el
    ancho cielo.

    El divino Odiseo se puso en pie, colocó una
    copa de doble asa en manos de Arete y le dijo
    aladas palabras:

    «Sé siempre feliz, reina hasta que te lleguen la
    vejez y la muerte que andan rondando a los
    hombres. Yo vuelvo a casa, goza tú en este palacio
    entre tus hijos, tu pueblo y el rey Alcínoo.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 19 Mayo 2021, 03:35

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIII

    LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
    LLEGADA A ITACA.
    CONT.

    Así hablando el divino Odiseo traspasó el umbral.
    Y la fuerza de Alcínoo le envió un heraldo
    para que le condujera hasta la rápida nave y la
    ribera del mar. También le envió Arete a sus
    esclavas, a una con un manto bien lavado y una
    túnica, a otra le dio un arca adornada para que
    la llevara y otra portaba trigo y rojo vino.
    Cuando arribaron a la nave y al mar, sus ilustres
    acompañantes colocaron todo en la cóncava
    nave, la bebida y la comida toda, y para
    Odiseo extendieron una manta y una sábana en
    la cubierta de proa, para que durmiera sin despertar.
    Subió él y se acostó en silencio, y ellos se
    sentaron en los bancos, cada uno en su sitio, y
    soltaron el cable de una piedra pérforada. Después
    se inclinaron y batían el mar con el remo.
    A Odiseo se le vino un sueño profundo a los
    párpados, sueño sosegado, delicioso, semejante
    en todo a la muerte. Y la nave... como los
    cuadrúpedos caballos se arrancan todos a la
    vez en la llanura a los golpes del látigo y
    elevándose velozmente apresuran su marcha,
    así se elevaba su proa y un gran oleaje de
    púrpura rompía en el resonante mar. Corría
    ésta con firmeza, sin estorbos; ni un halcón la
    habría alcanzàdo, la más rápida de las aves. Y
    en su carrera cortaba veloz las olas del mar portando
    a un hombre de pensamientos semejantes
    a los de los dioses que había sufrido muchos
    dolores en su ánimo al probar batallas y dolorosas
    olas, pero que ya dormía imperturbable,
    olvidado de todas sus penas.

    Y cuando despuntó el más brillante astro, el
    que avanza anunciando la luz de Eos que nace
    de la mañana, la nave se acercó para fondear en
    la isla.

    En el pueblo de Itaca hay un puerto, el de Forcis,
    el viejo del mar, y en él hay dos salientes
    escarpados que se inclinan hacia el puerto y
    que dejan fuera el oleaje producido por silbantes
    vientos; dentro, las naves de buenos
    bancos permanecen sin amarras cuando llegan
    al término del fondeadero. Al extremo del
    puerto hay un olivo de anchas hojas y cerca de
    éste una gruta sombría y amable consagrada a
    las ninfas que llaman Náyades. Hay dentro
    cráteras y ánforas de piedra y también dentro
    fabrican las abejas sus panales. Hay dentro
    grandes telares de piedra donde las ninfas tejen
    sus túnicas con púrpura marina -¡una maravilla
    para velas!- y también dentro corren las aguas
    sin cesar. Tiene dos puertas, la una del lado de
    Bóreas accesible a los hombres; la otra, del lado
    de Noto, es en cambio sólo para dioses y no
    entran por ella los hombres, que es camino de
    inmortales. Hacia allí remaron, pues ya lo conocían
    de antes, y la nave se apresuró a fondear
    en tierra firme, como a media altura -¡tales eran
    las manos de los remeros que la impulsaban!
    -Éstos descendieron de la nave de buenos bancos
    y levantando primero a Odiseo de la cóncava
    nave, le colocaron sobre la arena, rendido
    por el sueño, junto con su manta y resplandeciente
    sábana. También sacaron las riquezas
    que los ilustres feacios le habían donado cuando
    volvía a casa por voluntad de la magnánima
    Atenea.
    Conque colocaron todo junto, cerca del tronco
    de olivo, lejos del camino -no fuera que algún
    caminante cayera sobre ello y lo robara antes de
    que Odiseo despertase-, y se volvieron a casa.
    Pero el que sacude la tierra no se había olvidado
    de las amenazas que había hecho al divino
    Odiseo al principio y preguntó la decisión de
    Zeus:

    «Padre Zeus, ya no tendré nunca honores entre
    los dioses inmortales si los mortales no me honran,
    los feacios que, además, son de mi propia
    estirpe. Yo pensaba que Odiseo regresaría a
    casa después de mucho sufrir -el regreso no se
    lo había quitado del todo porque tú se lo prometiste
    desde el principio-, pero los feacios lo
    han traído durmiendo en rápida nave sobre el
    ponto y lo han dejado en Itaca. Le han entregado
    además innumerables regalos, bronce y oro
    en abundancia y ropa tejida, tantos como jamás
    habría sacado de Troya si hubiera vuelto incólume
    con su parte sorteada del botín.»



    Y le contestó y dijo el que reúne las nubes,
    Zeus:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 19 Mayo 2021, 03:45

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIII

    LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
    LLEGADA A ITACA.
    CONT.

    «¡Ay, ay, poderoso dios que sacudes la tierra,
    qué cosas has dicho! Nunca lo deshonrarán los
    dioses. Sería difícil despachar sin honores al
    más antiguo y excelente. Si alguno de los hombres,
    cediendo a su violencia y poder, no lo
    honra, tienes y tendrás siempre tu compensación.
    Obra como desees y sea agradable a tu
    ánimo.»


    Y le contestó Poseidón, el que sacude la tierra:

    «Enseguida actuaría, oh tú que oscureces las
    nubes, como dices, pero estoy siempre acechando
    tu cólera y procurando evitarla. Con
    todo, quiero ahora destruir en el brumoso ponto
    la hermosa nave de los feacios en su viaje de
    vuelta, para que se contengan y dejen de escoltar
    a los hombres. Quiero también ocultar su
    ciudad toda bajo un monte»
    Y le contestó y dijo
    el que reúne las nubes, Zeus:

    «Amigo mío, creo que lo mejor será que, cuando
    todo el pueblo esté contemplando desde la
    ciudad a la nave acercándose, coloques cerca de
    tierra un peñasco semejante a una rápida nave,
    para que todos se asombren y puedas ocultar
    su ciudad bajo un gran monte.»


    Luego que oyó esto Poseidón, el que sacude la
    tierra, se puso en camino hacia Esqueria, donde
    los feacios nacen, y allí se detuvo. Y la nave
    surcadora del ponto se acercó en su veloz carrera.
    El que sacude la tierra se acercó, la convirtió
    en piedra y la estableció firmemente, como
    si tuviera raíces, golpeándola con la palma
    de su mano. Y se alejó de allí. Los feacios de largos
    remos se dirigían mutuamente aladas palabras,
    hombres célebres por sus naves, y decía
    uno así mirando al que tenía al lado:

    «Ay de mí, ¿quién ha encadenado en el ponto a
    la rápida nave en su regreso a casa? Ya se la
    veía del todo.»


    Así decía uno -pues no sabían cómo había sucedido.
    Entonces Alcínoo habló entre ellos y
    dijo:

    «¡Ay, ay, en verdad ya me ha alcanzado el antiguo
    presagio de mi padre, quien aseguraba que
    Poseidón se irritaría con nosotros por ser
    prósperos acompañantes de todo el mundo!
    Decía que algún día destruiría en el brumoso
    ponto una hermosa nave de los feacios al volver
    de una expedición, y que ocultaría nuestra
    ciudad bajo un monte. Así decía el anciano y
    todo se está cumpliendo ahora. Conque, vamos,
    obedeced todos lo que yo os señale: dejad de
    acompañar a los mortales cuando alguien llegue
    a nuestra ciudad. Sacrificaremos a Poseidón
    doce toros escogidos, por si se compadece
    y no nos oculta la ciudad bajo un enorme
    monte.»


    Así habló y ellos sintieron miedo y prepararon
    los toros. Así es que suplicaban al soberano
    Poseidón los jefes y consejeros de los feacios, en
    pie, rodeando el altar.
    En esto se despertó el divino Odiseo acostado
    en su tierra patria, pero no la reconoció pues ya
    llevaba mucho tiempo ausente. La diosa Palas
    Atenea esparció en torno suyo una nube, la hija
    de Zeus, para hacerlo irreconocible y contarle
    todo, no fuera que su esposa, ciudadanos y
    amigos le reconocieran antes de que los pretendientes
    pagaran todos sus excesos. Por esto,
    todo le parecía distinto al soberano, los largos
    caminos, los puertos de cómodo anclaje, las
    elevadas rocas y los verdeantes árboles.
    Así que se puso en pie de un salto y comenzó a
    mirar su tierra patria. Dio un grito lastimero,
    golpeó sus muslos con las palmas de las manos
    y entre lamentos decía su palabra:

    «Ay de mí, ¿a qué tierra de mortales he llegado?
    ¿Son acaso soberbios, salvajes y carentes de
    justicia, o amigos de los forasteros y con sentimientos
    de piedad hacia los dioses?. ¿A dónde
    llevo tantas riquezas?, ¿por dónde voy a marchar?
    ¡Ojalá me hubiera quedado junto a los
    féacios! También podría haberme llegado a otro
    rey de los muy poderosos y quizá éste me habría
    recibido como amigo y escoltado de vuelta
    a casa, porque ahora no sé dónde dejar esto ni
    voy a dejarlo aquí, no sea que se me convierta
    en botín de otro. iAy!, ¡ay!, en verdad no eran
    del todo prudentes ni justos los jefes y consejeros
    de los feacios, quienes me han traído a otra
    tierra. Decían que me iban a llevar a Itaca, hermosa
    al atardecer, pero no lo han cumplido.
    Que Zeus los castigue, el dios de los suplicantes,
    el que vigila a todos los hombres y castiga a
    quien yerra.
    «Pero, ea, voy a contar mis riquezas y a contemplarlas,
    no sea que se marchen llevándose
    algo en la cóncava nave.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 19 Mayo 2021, 07:27

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIII

    LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
    LLEGADA A ITACA.
    CONT.

    Así diciendo, se puso a contar los hermosos
    trípodes y calderos y el oro y la hermosa ropa
    tejida. Pero no echó nada de menos. Y sentía
    dolor por su tierra patria caminando por la ribera
    del resonante mar, en medio de lamentos.
    Conque se le acercó Atenea, semejante en su
    aspecto a un hombre joven, un pastor de rebaños
    delicado como suelen ser los hijos de los
    reyes, portando sobre sus hombros un manto
    doble, bien trabajado. Bajo sus brillantes pies
    llevaba sandalias y en sus manos un venablo.
    Alegróse al verla Odiseo y fue a su encuentro; y
    hablándole dirigió aladas palabras:

    «Amigo, puesto que eres el primero a quien
    encuentro en este país, ¡salud! No te me acerques
    con aviesas intenciones, salva esto y
    sálvame a mí, pues te lo pido como a un dios y
    me he acercado a tus rodillas. Dime esto en
    verdad para que yo lo sepa: ¿qué tierra es ésta,
    qué pueblo, qué hombres viven aquí? ¿Es una
    isla hermosa al atardecer o la ribera de un continente
    de fecunda tierra que se inclina hacia el
    mar?


    Y la diosa de ojos brillantes, Atenea, se dirigió a
    él a su vez:

    «Eres tonto, forastero, o vienes de lejos si me
    preguntas por esta tierra. No carece de nombre,
    no. La conocen muy muchos, tanto los que
    habitan hacia la aurora y el sol como los que se
    orientan hacia la brumosa oscuridad. Cierto
    que es escarpada y difícil para cabalgar, pero
    tampoco es excesivamente pobre, aunque no
    extensa: en ella se produce trigo sin medida y
    también vino. Siempre tiene lluvia y floreciente
    rocío; alimenta buenas cabras y buenos toros;
    hay madera de todas clases y abrevaderos inagotables.
    Por eso, forastero, el nombre de Itaca
    ha llegado incluso hasta Troya, que aseguran se
    encuentra muy lejos de la tierra aquea.»


    Así habló, y el sufridor, el divino Odiseo, sintió
    gozo y alegría por su tierra patria: así se lo había
    dicho Palas Atenea, la hija de Zeus, el que
    lleva égida.
    Y hablándole le dijo aladas palabras (aunque no
    la verdad) y, de nuevo, tomó la palabra, controlando
    continuamente en el pecho su astuto
    pensamiento:

    «He oído sobre Itaca incluso en la extensa Creta,
    lejos, más allá del Ponto. Y ahora he llegado
    yo con estas riquezas. He dejado otro tanto a
    mis hijos y ando huyendo, pues he matado a
    Ortíloco, hijo de Idomeneo, el que vencía en la
    extensa Creta a los hombres comerciantes con
    sus rápidos pies. Quería éste privarme de todo
    mi botín conseguido en Troya, por el que sufrí
    dolores probando guerras y dolorosas olas,
    porque no servía complaciente a su padre en el
    pueblo de los troyanos, sino que mandaba yo
    sobre otros compañeros. Y lo alcancé con mi
    lanza guarnecida de bronce cuando volvía del
    campo, emboscándome cerca del camino con
    un amigo. La oscura noche cubría el cielo
    -nadie nos vio-, y le arranqué la vida a escondidas.
    Así que, luego de matarlo con el agudo
    bronce, me dirigí a una nave de ilustres fenicios
    y les supliqué, entregándoles abundante botín,
    que me dejaran en Pilos o en la divina Elide,
    donde dominan los epeos, pero la fuerza del
    viento los alejó de allí muy contra su voluntad,
    pues no querían engañarme.
    «Así que hemos llegado por la noche después
    de andar a la deriva. Remamos con vigor hasta
    el puerto y ninguno de nosotros se acordó de
    almorzar por más que lo ansiábamos. Conque
    descendimos todos de la nave y nos acostamos.
    A mí se me vino un dulce sueño, cansado como
    estaba, y ellos, sacando mis riquezas de la
    cóncava nave, las dejaron cerca de donde yo
    yacía sobre la arena.
    «Y embarcando se marcharon a la bien habitada
    Sidón. Así que yo me quedé atrás con el corazón
    acongojado.»


    Así dijo y sonrió la diosa de ojos brillantes,
    Atenea, y lo acarició con su mano. Tomó entonces
    el aspecto de una mujer hermosa y grande,
    conocedora de labores brillantes, y le habló y
    dijo aladas palabras:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 19 Mayo 2021, 07:38

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIII

    LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
    LLEGADA A ITACA.
    CONT.

    «Astuto sería y trapacero el que te aventajara
    en toda clase de engaños, por más que fuera un
    dios el que tuvieras delante. Desdichado, astuto,
    que no te hartas de mentir, ¿es que ni siquiera
    en tu propia tierra vas a poner fin a los
    engaños y las palabras mentirosas que te son
    tan queridas? Vamos, no hablemos ya más,
    pues los dos conocemos la astucia: tú eres el
    mejor de los mortales todos en el consejo y con
    la palabra, y yo tengo fama entre los dioses por
    mi previsión y mis astucias. Pero ¡aun así, no
    has reconocido a Palas Atenea, la hija de Zeus,
    la que te asiste y protege en todos tus trabajos,
    la que te ha hecho querido a todos los feacios!
    De nuevo he venido a ti para que juntos tramemos
    un plan para ocultar cuantas riquezas te
    donaron los ilustres feacios al volver a casa por
    mi decisión, y para decirte cuántas penas estás
    destinado a soportar en tu bien edificada morada.
    Tú has de aguantar por fuerza y no decir
    a hombre ni mujer, a nadie, que has llegado
    después de vagar; soporta en silencio numerosos
    dolores aguantando las violencias de los
    hombres.»


    Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

    «Es difícil, diosa, que un mortal te reconozca si
    contigo topa, por muy experimentado que sea,
    pues tomas toda clase de apariencias. Ya sabía
    yo que siempre me has sido amiga mientras los
    hijos de los aqueos combatíamos en Troya, pero
    desde que saqueamos la elevada ciudad de
    Príamo y nos embarcamos -y un dios dispersó a
    los aqueos- no lo había vuelto a ver, hija de
    Zeus. No te vi embarcar en mi nave para protegerme
    de desgracia alguna, sino que he vagado
    siempre con el corazón acongojado hasta que
    los dioses me han librado del mal, hasta que en
    el rico pueblo de los feacios me animaste con
    tus palabras y me condujiste en persona hasta
    la ciudad. Ahora te pido abrazado a tus rodillas
    (pues no creo que haya llegado a Itaca hermosa
    al atardecer sino que ando dando vueltas por
    alguna otra tierra y creo que tú me has dicho
    esto para burlarte y confundirme), dime si de
    verdad he llegado a mi patria.»


    Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Atenea:

    «En tu pecho siempre hay la misma cordura.
    Por esto no puedo abandonarte en el dolor,
    porque eres discreto, sagaz y sensato. Cualquier
    otro que llegara después de andar errante,
    marcharía gustosamente a ver a sus hijos y
    esposa en el palacio; sólo tú no deseas conocer
    ni enterarte hasta que hayas puesto a prueba a
    tu mujer, quien permanece inconmovible en el
    palacio mientras las noches se le consumen
    entre dolores y los días entre lágrimas. En verdad,
    yo jamás desconfié, pues sabía que volverías
    después de haber perdido a todos sus compañeros,
    pero no quise enfrentarme con Poseidón,
    hermano de mi padre, quien había
    puesto el rencor en su corazón irritado porque
    le habías cegado a su hijo.
    «Pero, vamos, te voy a mostrar el suelo de Itaca
    para que te convenzas. Este es el puerto de Forcis,
    el viejo del mar, y éste el olivo de anchas
    hojas, al extremo del puerto. Cerca de él, la gruta
    sombría, amable, consagrada a las ninfas que
    llaman Náyades. Es la cueva amplia y sombría
    donde tú solías sacrificar a las Ninfas numerosas
    hecatombes perfectas. Y éste es el monte
    Nérito, revestido de bosque.»


    Así diciendo, la diosá dispersó la nube y apareció
    el país ante sus ojos. Alegróse entonces el
    sufridor, el divino Odiseo, y se llenó de gozo
    por su patria y besó la tierra donadora de grano.
    Luego suplicó a las Ninfas levantando sus
    manos:

    «Ninfas Náyades, hijas de Zeus, nunca creí que
    volvería a veros. Alegraos con mi suave súplica,
    volveré a haceros dones como antes si la hija
    de Zeus, la diosa Rapaz, me permite benévola
    que viva y hace crecer a mi hijo.»


    Y se dirigió a él la diosa de ojos brillantes, Atenea:

    «Cobra ánimo, no te preocupes ahora de esto;
    coloquemos ahora mismo tus riquezas en lo
    profundo de la divina gruta a fin de que se conserven
    intactas y pensemos para que todo salga
    lo mejor posible.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 19 Mayo 2021, 07:53

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIII

    LOS FEACIOS DESPIDEN A ODISEO.
    LLEGADA A ITACA.
    CONT.

    Así hablando, la diosa se introdujo en la sombría
    gruta buscando un escondrijo por ella, mientras
    Odiseo la seguía de cerca llevando todo, el
    oro y el sólido bronce y los bien fabricados vestidos
    que le habían donado los feacios. Conque
    colocó todo bien y arrimó un peñasco a la entrada
    Palas Atenea, la hija de Zeus, el que lleva
    égida. Y sentándose los dos junto al tronco del
    olivo sagrado, meditaban la muerte para los
    soberbios pretendientes. La diosa de ojos brillantes,
    Palas Atenea, comenzó a hablar:

    «Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo, rico
    en ardides, piensa cómo vas a poner tus manos
    sobre los desvergonzados pretendientes que
    llevan ya tres años mandando en tu palacio,
    cortejando a tu divina esposa y haciéndole regalos
    de esponsales, aunque ella se lamenta
    continuamente por tu regreso y da esperanzas a
    todos y hace promesas a cada uno enviándoles
    recados, si bien su mente revuelve otros planes.»

    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «¡Ay, ay! ¡Conque he estado a punto de perecer
    en mi palacio con la vergonzosa muerte del
    Atrida Agamenón si tú, diosa, no me hubieras
    revelado todo, como es debido! Vamos, trama
    un plan para que los haga pagar y asísteme tú
    misma poniendo dentro de mí el mismo vigor y
    valentía que cuando destruimos las espesas
    almenas de Troya. Si tú me socorrieras con el
    mismo interés, diosa de ojos brillantes, sería
    capaz de luchar junto a ti contra trescientos
    hombres, diosa soberana, siempre que me socorrieras
    benevolente.»


    Y la diosa de ojos brillantes, Palas Atenea, le
    contestó:

    «En verdad, estaré a tu lado y no me pasarás
    desapercibido cuando tengamos que arrostrar
    este peligro. Conque creo que mancharán con
    su sangre y sus sesos el maravilloso pavimento
    los pretendientes que consumen tu hacienda.
    «Vamos, te voy a hacer irreconocible para todos:
    arrugaré la hermosa piel de tus ígiles
    miembros y haré desaparecer de tu cabeza los
    rubios cabellos; lo cubriré de harapos que te harán
    odioso a la vista de cualquier hombre y
    llenaré de legañas tus antes hermosos ojos, de
    forma que parezcas desastroso a los pretendientes,
    a tu esposa y a tu hijo, a quienes dejaste
    en palacio.
    «Llégate en primer lugar al porquero, el que
    vigila tus cerdos, quien se mantiene fiel y sigue
    amando a tu hijo y a la prudente Penélope. Lo
    encontrarás sentado junto a los cerdos; éstos
    están paciendo junto a la Roca del Cuervo, cerca
    de la fuente Aretusa, comiendo innumerables
    bellotas y bebiendo agua negra, cosas que
    crían en los cerdos abundante grasa. Detente
    allí, siéntate a su lado y pregúntale por todo,
    mientras yo voy a Esparta de hermosas mujeres
    a buscar a tu hijo Telémaco, Odiseo, pues ha
    marchado a la extensa Lacedemonia junto a
    Menelao para preguntar noticias sobre ti, por si
    aún vives.»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    «¿Por qué no se lo dijiste, si conoces todo en tu
    interior? ¿Acaso para que también él sufriera
    penalidades vagando por el estéril ponto mientras
    los demás consumen mí hacienda?»


    Y le contestó la diosa de ojos brillantes, Palas
    Atenea:

    «No te préocupes demasiado por él. Yo misma
    lo escolté para que cosechara fama de valiente
    marchando allí. En verdad, no sufre penalidad
    alguna, está en el palacio del Atrida y tiene de
    todo a su disposición. Cierto que unos jóvenes
    le acechan en negra nave con intención de matarlo
    antes de que regrese a tu tierra, pero no
    creo que esto suceda antes de que la tierra
    abrace a alguno de los pretendientes que consumen
    tu hacienda. »


    Hablando así, lo tocó Atenea con su varita:
    arrugó la hermosa piel de sus ágiles miembros
    e hizo desaparecer de su cabeza los rubios cabellos;
    colocó sobre sus miembros la piel de un
    anciano y llenó de legañas sus antes hermosos
    ojos. Le cubrió de andrajos miserables y una
    túnica desgarrada, sucia, ennegrecida por el
    humo, y le vistió con una gran piel, ya sin pelo,
    de veloz ciervo; le dio un cayado y un feo
    zurrón rasgado por muchos sitios y con la correa
    retorcida.

    Así deliberaron y se separaron los dos; y ella
    marchó luego a la divina Lacedemonia en busca
    del hijo de Odiseo.

    FIN DEL CANTO XIII


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 22 Mayo 2021, 03:18

    ¡Chapeau!
    Gracias, Pascual y sigo.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 23 Mayo 2021, 12:42

    Mañana intentaré ir recobrando la normalidad.

    Gracias por estar ahí.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 13:50

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO


    Entonces él se puso en camino desde el puerto
    a través de un sendero escarpado en lugar boscoso
    por las cumbres, hacia donde Atenea le
    había manifestado que encontraría al divino
    porquero, el que cuidaba de su hacienda más
    que los demás siervos que el divino Odiseo
    había adquirido. Y lo encontró sentado en el
    pórtico, donde tenía edificada una elevada
    cuadra, hermosa y grande, aislada, en lugar
    abierto. El porquero mismo la había edificado
    para los cerdos de su soberano ausente, lejos de
    su dueña y del anciano Laertes, con piedras de
    cantera, y lo había coronado de espino; tendió
    fuera una empalizada completa, espesa y cerrada,
    sacando estacas de lo negro de una encina.
    Dentro de la cuadra había construido doce pocilgas,
    unas junto a otras, para encamar a las
    cerdas, y en cada una se encerraban cincuenta
    cerdas, todas hembras que habían ya parido.
    Los cerdos dormían fuera y eran muy inferiores
    en número, pues los habían diezmado los divinos
    pretendientes con sus banquetes: el porquero
    les enviaba cada vez el mejor de sus robustos
    cebones, trescientos sesenta en total.

    También dormían a su lado cuatro perros, semejantes
    a fieras, que alimentaba el porquero,
    caudillo de hombres.

    Este andaba entonces sujetando a sus pies unas
    sandalias después de cortar una moteada piel
    de buey. Los demás porqueros, tres en total,
    habían marchado cada uno por su lado con los
    cerdos en manada; al cuarto lo había enviado
    Eumeo a la fuerza a la ciudad para que llevara
    un cebón a los soberbios pretendientes a fin de
    que lo sacrificaran y saciaran con la carne su
    apetito.

    De pronto los perros de incesantes ladridos
    vieron a Odiseo y corrieron hacia él ladrando.
    Entonces Odiseo se sentó astutamente y el cayado
    se le escapó de las manos.

    Allí, sin duda, en su propia cuadra habría sufrido
    un dolor vergonzoso, pero el porquero,
    siguiéndolos con veloces pies, se lanzó a través
    del portico -la piel cayó de sus manos- y a
    grandes voces dispersó a los perros en varias
    direcciones con una espesa pedrea. Y se dirigió
    al soberano:

    «Anciano, por poco te han despedazado los
    perros en un instante y quizá me habrías culpado
    a mí. También a mí me han dado los dioses
    dolores y lamentos, pues sentado lloro a mi
    divino soberano y cebo cerdos para que se los
    coman otros. En cambio, él andará errante por
    pueblos y ciudades extranjeras mendigando
    comida -si es que vive aún y contempla la luz
    del sol.
    «Pero sígueme, vayamos a mi cabaña, anciano,
    para que también tú sacies el apetito de comer
    y beber y me digas de dónde eres y cuántas
    penas has tenido que sufrir.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 13:59

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    Así diciendo, lo condujo a su cabaña el divino
    porquero; le hizo entrar y sentarse, extendió
    maleza espesa y encima tendió la piel de una
    hirsuta cabra salvaje, su propia yacija, grande y
    peluda. Alegróse Odiseo porque lo había recibido
    así y le dijo su palabra llamándolo por su
    nombre:

    «Forastero, ¡que Zeus y los demás dioses inmortales
    te concedan lo que más vivamente
    deseas, ya que me has acogido con bondad!»


    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Forastero, no es santo deshonrar a un extraño,
    ni aunque viniera uno más miserable que tú,
    que de Zeus son los forasteros y mendigos todos.
    Nuestros dones son pequeños, pero amistosos,
    pues la naturaleza de los siervos es tener
    siempre miedo cuando dominan nuevos soberanos.
    En verdad, los dioses han impedido el
    regreso de quien me habría estimado gentilmente
    y otorgado cuanto un dueño bondadoso
    suele conceder a su siervo -una casa, un lote
    de tierra y una esposa solicitada-, cuando éste
    se esfuerza por él y un dios hace prosperar sus
    labores, como está haciendo prosperar el trabajo
    en el que yo me mantengo activo. Por esto
    me habría beneficiado mucho mi soberano si
    hubiera envejecido aquí, pero ha muerto -¡así
    pereciera por completo la raza de Helena, pues
    aflojó las rodillas de muchos hombres!-, pues
    también mi soberano marchó por causa del
    honor de Agamenón a Ilión, de buenos potros,
    para combatir a los troyanos.»


    Hablando así, sujetó enseguida su túnica con el
    ceñidor y se puso en camino de las pocilgas
    donde tenía encerradas las manadas de cochinillos.
    Tomó dos de allí y los sacrificó, quemó,
    troceó y atravesó con asadores. Y, después de
    asar todos, se los ofreció a Odiseo calientes en
    sus mismos asadores -y extendió blanca harina.
    Después mezcló vino agradable como la miel
    en su cuenco y se sentó enfrente, y animándole
    decía:

    «Come ahora, forastero, lo que es dado comer a
    los siervos, cochinillo, que de los cebones se
    encargan los pretendientes, sin miedo a la venganza
    divina ni compasión. No aman los dioses
    felices las acciones impías, sino que honran la
    justicia y las obras discretas de los hombres. Es
    cierto que son enemigos y hostiles quienes invaden
    una tierra ajena, por más que Zeus les
    conceda el botín, pero cuando vuelven repletos
    a las naves para regresar a su patria, incluso a
    éstos les sobreviene un pesado temor a la venganza
    divina. Sin duda, los pretendientes deben
    conocer -porque quizá hayan oído la palabra
    de algún dios- la triste muerte de Odiseo,
    pues no quieren cortejar con justicia ni volver a
    sus posesiones, y con gusto devoran entre excesos
    la hacienda, despreocupadamente. Todas
    las noches y días que nos manda Zeus sacrifïcan
    víctimas, no sólo una ni sólo dos ovejas; y
    el vino... lo consumen a cántaros, sin mesura. Y
    es que la fortuna de Odiseo era inmensa; ninguno
    de los héroes del oscuro continente ni de
    la misma Itaca poseía tanta. Ni veinte hombres
    juntos tienen tanta abundancia. Te voy a echar
    la cuenta: doce rebaños en el continente, otros
    tantos de ovejas, otros tantos de cerdos y cabras
    apacientan para él pastores asalariados y sus
    propios pastores. Aquí se alimentan en total
    once numerosos rebaños de cabras en el extremo
    de la isla, pues se las vigilan hombres de
    bien. Todos los días, sin excepción, cada uno de
    éstos lleva a los pretendientes un animal, la
    mejor de sus gordas cabras. Y yo vigilo y protejo
    estos cerdos y les hago llegar el mejor de
    ellos, eligiéndolo bien. »


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:06

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO
    . CONT.

    Así habló mientras Odiseo comía la carne y
    bebía el vino con voracidad, en silencio. Y estaba
    sembrando la desgracia para los pretendientes.
    Cuando acabó de almorzar y saciar su apetito
    con la comida, le entregó Eumeo un cuenco
    repleto de vino en el que solía él beber. Aquél
    lo recibió y se alegró en su interior y, hablando,
    le dijo aladas palabras:

    «Amigo, ¿quién te compró con sus bienes, tan
    rico y poderoso como dices? Aseguras que ha
    perecido por causa del honor de Agamenón;
    dime su nombre por si lo conozco ¡siendo como
    es! Seguro que Zeus y los demás dioses inmortales
    saben si te puedo hablar de él porque lo
    haya visto, pues he vagado mucho.»


    Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:

    «Anciano, ningún caminante que viniera con
    noticias de él lograría persuadir a su esposa y
    querido hijo, que los vagabundos suelen mentir
    por mor del sustento y no gustan de decir verdad.
    Todo caminante que llega al pueblo de
    Itaca se llega a mi dueña para decirle mentiras.
    Claro que ella lo acoge con amor y le pregunta
    detalladamente, y las lágrimas se deslizan de
    sus mejillas lamentándose por él, como es propio
    de mujer que ha perdido a su marido en
    tierra extraña.
    «Puede que tú también, anciano, inventes cualquier
    cuento con tal de que alguien te regale
    una túnica y un manto. Pero seguro que los
    perros y las veloces aves están tratando de
    arrancar la piel de sus huesos y su alma le ha
    abandonado, o puede que lo hayan devorado
    los peces en el mar y sus huesos anden tirados
    por tierra, revueltos entre la arena. Así es como
    ha muerto él, y a todos los suyos, y sobre todo a
    mí, sólo nos queda tristeza para el futuro. Que
    no podré nunca encontrar a un soberano tan
    bueno adonde quiera que vaya, ni aunque
    vuelva a casa de mi padre y mi madre, donde
    un día nací y ellos me criaron. Y es que no es
    tan grande mi dolor por ellos -aunque mucho
    deseo verlos en mi tierra patria- como es la
    añoranza que me ha invadido por Odiseo ausente.
    No me atrevo, forastero, a nombrarlo
    incluso ausente -¡tanto me estimaba y se preocupaba
    por mí!-, pero lo llamo amigo aunque
    se encuentre lejos.»

    Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

    «Amigo, puesto que lo niegas por completo y
    crees que nunca volverá, tu corazón anda ya sin
    esperanza. Pero yo lo voy a decir -y no a tontas,
    sino con jurameto- que Odiseo viene de camino
    hacia acá. Este será el don por mi buena nueva
    cuando haya llegado él: vestidme con un manto
    y una túnica hermosas; no antes, pues no te
    aceptaría por más necesitado que estuviera.
    Que para mí es más odioso que las puertas de
    Hades el que por ceder a su pobreza cuenta
    mentiras. Sea testigo Zeus antes que ningún
    otro dios y la mesa de hospitalidad y el hogar
    del irreprochable Odiseo al que acabo de llegar.
    En verdad todo esto se cumplirá tal como
    anuncio: dentro de este mismo año llegará Odiseo;
    cuando acabe este mes y entre otro, volverá
    a casa y hará pagar a cuantos deshonran a su
    esposa a ilustre hijo.»



    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:16

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:

    «Anciano, no te voy a conceder ese don por tu
    buena nueva ni va a regresar ya Odiseo a casa,
    pero bebe gustoso y volvamos nuestros recuerdos
    a otro lado; no me traigas esto a la memoria,
    que mi ánimo se llena de dolor cada vez
    que alguien me recuerda a mi fiel soberano.
    «Dejemos, pues, el juramento, aunque ¡ojalá
    vuelva Odiséo! como quiero yo y quieren Penélope,
    el anciano Laertes y Telémaco, semejante
    a los dioses. También ahora me lamento sin
    consuelo por el hijo que engendró Odiseo, por
    Telémaco. Cuando los dioses lo criaron semejante
    a un retoño, ya decía yo que no sería en
    nada inferior, entre los hombres, a su querido
    padre, admirable en cuerpo y aspecto; pero
    alguno de los inmortales -o quizá de los hombres-
    debe haberle dañado la bien equilibrada
    mente, pues ha marchado a la divina Pilos en
    busca de noticias de su padre, y los ilustres
    pretendientes lo acechan al volver a casa para
    que desaparezca sin gloria de Itaca la progenie
    del divino Arcisio. Pero dejemos a éste, ya sea
    sorprendido, ya escape porque el Cronida tienda
    su mano sobre él.
    «Vamos, cuéntame ahora, anciano, tus propias
    desgracias y dime con verdad para que yo lo
    sepa: ¿quién y de dónde eres entre los hombres?
    Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres?
    ¿En qué barco has llegado? ¿Cómo te han
    traído hasta Itaca los marineros y quiénes se
    preciaban de ser? Porque no creo que hayas
    llegado aquí a pie».


    Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo: .

    «En verdad, te voy a contestar con exactitud. Ni
    aunque tuviéramos por mucho tiempo comida
    y dulce bebida para celebrar un festín dentro de
    tu cabaña -mientras los demás continúan su
    labor- podría yo fácilmente, ni siquiera en un
    año entero, acabar la narración de cuantas penalidades
    ha soportado mi ánimo por voluntad
    de los dioses. Mi raza procede de Creta -lo digo
    bien alto- y soy hijo de un hombre rico. Numerosos
    hijos legítimos nacieron de su esposa
    en el palacio y fueron criados, pero a mí me
    parió una madre comprada, una concubina,
    aunque mi padre, Cástor Hilacida, de cuya casta
    me precio de ser, me estimaba igual que a sus
    legítimos. Como un dios era venerado éste en el
    pueblo de Creta por su abundancia, riqueza y
    vigorosos hijos. Pero las Keres de la muerte se
    lo llevaron a las moradas de Hades y sus
    magnánimos hijos sortearon la hacienda y se la
    repartieron, entregándome a mí una nonada y
    una casa. Caséme con mujer de casa rica por
    mis muchas virtudes, que no era yo inútil ni
    temeroso de luchar. Pero ya se ha acabado todo,
    aunque viendo la caña seca te darás cuenta,
    pues un gran infortunio me abruma.
    «En verdad, Ares y Atenea me concedieron
    audacia y hombría. Cada vez que elegía para el
    combate a hombres sobresalientes, sembrando
    desgracias para el enemigo, jamás mi valeroso
    corazón puso los ojos en la muerte, sino que,
    saltando el primero, solía matar con mi lanza a
    cuantos enemigos no se igualaran a mis pies.
    Así era yo en el combate.
    «En cambio, no me agradaba la labor ni el cuidado
    de la hacienda que suele criar hijos brillantes:
    siempre me gustaron las naves remeras,
    los combates, los bien torneados venablos y las
    flechas, cosas funestas que suelen causar espanto
    en los demás. Sin embargo, la divinidad puso
    en mi alma estos intereses, que cada hombre
    se complace en un trabajo. Antes de que los
    hijos de los aqueos desembarcaran en Troya, ya
    me había puesto nueve veces al frente de hombres
    y naves de veloces proas contra gentes de
    otras tierras. Y conseguía mucho botín, del que
    elegía lo mejor, y también me tocaba mucho en
    suerte. Así que rápidamente prosperó mi casa y
    me convertí en un hombre temido y respetado
    en Creta.
    «Pero cuando Zeus, que ve a lo ancho, dispuso
    la luctuosa expedición que iba a aflojar las rodillas
    de muchos hombres, nos dieron órdenes a
    mí y al ilustre Idomeneo de capitanear las naves
    que marchaban a Ilión. No había medio de
    negarse, nos lo impedían las duras habladurías
    del pueblo. Allí combatimos nueve años los
    hijos de los aqueos, pero al décimo destruimos
    la ciudad de Príamo y volvimos a casa en las
    naves; y un dios dispersó a los aqueos. Entonces
    fue cuando el providente Zeus meditó desgracias
    contra mí, miserable. Había permanecido
    sólo un mes complaciéndome con
    mis hijos y legítima esposa, cuando mi ánimo
    me impulsó a hacer una expedición a Egipto
    después de equipar bien mis naves en compañía
    de mis divinos compañeros.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:21

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    «Equipé nueve naves y enseguida se congregó
    la dotación. Durante seis días comieron en mi
    casa mis leales compañeros; les ofrecí numerosas
    víctimas para que las sacrificaran en honor
    de los dioses y prepararan comida para sí.
    Conque el séptimo día zarpamos tranquilamente
    de la extensa Creta impulsados por un Bóreas
    fresco, agradable, como si navegáramos por
    una corriente. Ninguna nave se me dañó, nosotros
    estábamos sanos y salvos, y a las naves las
    dirigían el viento y los pilotos.
    «A los cinco días llegamos al Egipto de buena
    corriente y atraqué mis bien equilibradas naves
    en este río. Entonces ordené a mis leales compañeros
    que se quedaran junto a ellas para
    vigilarlas y envié espías a lugares de observación
    con orden de que regresaran, pero éstos,
    cediendo a su ambición y dejándose arrastrar
    por sus impulsos, saquearon los hermosos
    campos de los egipcios, se llevaron a las mujeres
    y niños y mataron a los hombres. Pronto
    llegó el griterío a la ciudad, así que al escucharlo
    se presentaron al despuntar la aurora. Llenóse
    la llanura toda de gentes de pie y a caballo y
    del estruendo del bronce. Zeus, el que goza con
    el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente
    y ninguno se atrevió a dar el pecho.
    Por todas partes nos rodeaba la destrucción; allí
    mataron con agudo bronce a muchos de mis
    compañeros y a otros se los llevaron vivos para
    forzarlos a trabajar sus campos.
    «Entonces Zeus puso en mi mente el siguiente
    plan (¡ojalá hubiera muerto saliendo al encuentro
    de mi destino allí en Egipto, pues todavía
    me tenía que tender sus brazos la desgracia!): al
    punto quité de mi cabeza el bien trabajado
    yelmo y de mis hombros el escudo y arrojé de
    mi brazo la lanza. Lleguéme frente al carro del
    rey y besé sus rodillas. Él me protegió y se
    compadeció de mí y, sentándome en su carro,
    me condujo a su palacio con lágrimas en mis
    ojos. Cierto que muchos trataron de acosarme
    con sus lamas deseando matarme -pues estaban
    muy enfurecidos-, pero el rey me protegió por
    temor a la cólera de Zeus Hospitalario, el que
    se irrita sobremanera por las obras malvadas.
    «Allí mé quedé siete años y conseguí reunir
    mucha riqueza entre los egipcios pues todos me
    regalaban. Pero cuando se acercó el octavo año
    cumpliendo su ciclo llegó un hombre fenicio
    conocedor de mentiras, un laña que ya había
    causado perjuicios a muchos hombres. Éste me
    convenció para marchar a Fenicia, donde tenía
    su casa y posesiones. Allí permanecí durante
    un año completo junto a él, pero cuando pasaron
    meses y días en el ciclo del año y pasaron
    las estaciones me envió a Libia en una nave
    surcadora del ponto, tramando falacias para
    que llevara con él una mercancía, pero en realidad
    con intención de venderme y cobrar inmensa
    fortuna. Le seguía en la nave a la fuerza
    pues ya barruntaba yo algo. Ésta corría impulsada
    por un Bóreas fresco, agradable, a la altura
    del centro de Creta. Y Zeus nos preparaba la
    perdición.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:26

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    «Cuando por fin dejamos atrás Creta y no se
    veía tierra alguna, sino sólo cielo y mar, el Cronida
    puso una oscura nube sobre la cóncava
    nave y bajo ella se oscureció el ponto. Y Zeus
    comenzó a tronar al tiempo que lanzaba un
    rayo contra la nave. Y esta se revolvió toda sacudida
    por el rayo de Zeus y se Ilenó de azufre.
    Todos cayeron fuera de la nave y, semejantes a
    las cornejas marinas eran arrastrados por las
    olas en torno a la nave. Dios les había arrebatado
    el regreso. En cuanto a mí..., afligido como
    estaba, el mismo Zeus puso entre mis manos el
    mástil gigantesco de la nave de azuloscura proa
    para que escapara una vez más de la perdición.
    Así que, trabado al mástil, me dejaba llevar de
    los funestos vientos. Durante nueve días me
    dejé llevar y al décimo una gran ola rodante me
    acercó -era noche cerrada- a la tierra de los tesprotos,
    donde me acogió sin pagar precio el
    héroe Fidón, el rey de los tesprotos.
    «Acercóseme su hijo cuando ya estaba yo agotado
    por la intemperie y el cansancio y me
    llevó a casa sosteniéndome en su brazo hasta
    que llegó al palacio de su padre, donde me vistió
    de manto y túnica.
    «Allí fue donde supe de Odiseo, pues el rey me
    dijo que estaba hospedándolo y agasajándolo a
    punto de volver a su tierra patria. Además, me
    mostró cuantas riquezas había conseguido Odiseo
    reunir -bronce y oro y bien trabajado hierro.
    En verdad, podrían éstas alimentar a otro hombre
    hasta la décima generación: ¡tantos tesoros
    tenía depositados en el palacio del rey! Me dijo
    que Odiseo había marchado a Dodona para
    escuchar la voluntad de Zeus, el que habla desde
    la divina encina de elevada copa, para enterarse
    si debía volver a las claras u ocultamente
    al próspero pueblo de Itaca, después de tantos
    años de ausencia. Y juró ante mí, mientras hacía
    una libación en su palacio, que ya tenía dispuesta
    una nave y compañeros que lo escoltarían
    hasta su tierra patria. Pero a mí me despidió
    antes, pues resultó que una nave de tesprotos
    estaba a punto de zarpar hacia Duliquia, rica en
    grano. Les ordenó que me enviaran gentilmente
    al rey Acasto, pero les agradó más una malvada
    decisión sobre mi persona, para que aún estuviera
    más cerca de la perdición. Así que cuando
    la nave surcadora del ponto se había alejado
    bastante de tierra urdieron contra mí la esclavitud;
    me despojaron de túnica y manto y echaron
    sobre mí miserables andrajos y una mala
    túnica rasgada, lo que estás viendo ahora con
    tus ojos.
    «Llegaron al atardecer a los campos de Itaca,
    hermosa al atardecer. Una vez allí, me ataron
    fuertemente a la nave de buenos bancos con un
    bien torneado cable y descendiendo precipitadamente
    a la ribera del mar se dispusieron a
    cenar. Pero los mismos dioses, sin duda, aflojaron
    mis ligaduras fácilmente. Cubrí mi cabeza
    con los andrajos y, deslizándome por el pulido
    timón hasta dar de pechos en el mar, comencé a
    nadar con ambos brazos como si fueran remos,
    y pronto estuve fuera de su alcance. Salí del
    agua por donde hay un bosque de verdeantes
    encinas y caí desplomado. Los tesprotos me
    buscaron aquí y allá, dando grandes gritos,
    pero como no les interesara molestarse más,
    embarcaron de nuevo en su cóncava nave.
    Conque han sido los dioses mismos los que me
    han ocultado fácilmente y me han hecho llegar
    al establo de un hombre prudente, pues mi destino
    es que viva aún.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:38

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Ay, desdichado forastero, de verdad que has
    conmovido mi ánimo al contarme detalladamente
    tus sufrimientos y vagabundeos, pero no
    creo que sean razonables tus palabras y no vas
    a convencerme de cuanto has dicho sobre Odiseo.

    ¿Por qué tienes que mentir en vano siendo
    como eres? Yo mismo reconozco el regreso de
    mi soberano; muy odioso debió de hacerse a los
    ojos de todos los dioses cuando no lo dejaron
    morir entre los troyanos ni en brazos de los
    suyos, una vez que hubo concluido la guerra.
    Entonces le habría construido una tumba el
    ejército panaqueo y habría él cobrado gran fama
    para su hijo, pero ahora se lo han llevado
    las Harpías sin gloria alguna. Así que yo ando
    solitario entre mis cerdos y no me acerco a la
    ciudad, si no me ordena ir la prudente Penélope
    cuando llega alguna noticia. Entonces todos
    se sientan a preguntar detalles, tanto los que
    sienten dolor por la larga ausencia de su soberano
    como los que se alegran consumiendo su
    hacienda sin pagar. Pero a mí no me agrada ir
    allá a preguntar desde que me engañó con sus
    palabras un etolio que llegó a mi casa, vagabundo
    de muchas tierras, tras haber dado
    muerte a un hombre. Yo le agasajé y él me aseguró
    que lo había visto en casa de Idomeneo,
    en Creta, reparando las naves que le habían
    quebrado los vendavales. También me aseguró
    que volvería para el verano o el otoño con muchas
    riquezas en compañía de sus divinos compañeros.

    «Conque no me halagues con mentiras ni trates
    de encantarme también tú, anciano sufridor,
    una vez que la divinidad lo ha traído junto a
    mí. Si lo respeto y agasajo no es por eso, sino
    por veneración a Zeus Hospitalario y por compasión
    hacia ti.»


    Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

    De verdad que tienes un ánimo desconfiado
    cuando no consigo persuadirte y no logro convencerte
    ni siquiera con juramento.
    «Pero, vamos, hagamos un pacto y que sean
    testigos los dioses que poseen el Olimpo: si
    vuelve tu soberano a esta casa, vísteme con
    manto y túnica y envíame a Duliquio, donde
    place a mi ánimo; pero si no vuelve tu soberano,
    como afirmo, ordena a las esclavas que me
    despeñen desde una gran roca para que todo
    mendigo se guarde de mentir.»


    Y le contestó y dijo el divino porquero:

    «Forastero, ¡había yo de tener a los ojos de los
    hombres buena fama y virtud ahora y para
    siempre, si después de introducirte en mi cabaña
    y darte dones de hospitalidad te matara y
    arrebatara la vida! ¡Con buenos sentimientos
    iba yo después a dirigir mis plegarias a Zeus
    Cronida!
    «Pero ya es hora de cenar; pronto tendré dentro
    a mis compañeros para preparar en la cabaña
    sabrosa comida.»


    Esto se decían uno a otro, cuando se acercaron
    cerdos y porqueros. Los encerraron para que se
    acostaran por grupos y se levantó un inenarrable
    estruendo de cerdas acomodándose en las
    pocilgas.
    Después, el divino porquero daba estas órdenes
    a sus compañeros:

    «Traed el mejor cerdo para que se lo sacrifique
    al forastero de lejanas tierras, que también nosotros
    tendremos parte, los que ya llevamos
    tiempo soportando miserias por culpa de los
    cerdos de blancos dientes, pues otros se comen
    nuestro esfuerzo sin pagarlo.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:46

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    Así diciendo, partió leña con su implacable
    bronce y ellos metieron un cerdo bien gordo de
    cinco años, poniéndole junto al hogar. Y el porquero
    no se olvidó de los inmortales, pues estaba
    dotado de noble corazón. Así que arrojó al
    fuego, como primicias, unos pelos de la cabeza
    del cerdo de blancos dientes y oró a todos los
    dioses para que volviera el prudente Odiseo a
    casa.

    Luego levantó el cerdo y lo golpeó con una rama
    de encina que había dejado al hacer leña. Y
    el alma abandonó a éste. Así que lo degollaron,
    chamuscaron y trocearon, y el porquero envolvió
    los trozos en gorda grasa, miembro por
    miembro, y arrojó algunos al fuego rebozándolos
    en harina de cebada; después los partieron y
    atravesaron con pinchos, los asaron con cuidado
    y sacaron y pusieron sobre la mesa de trinchar.
    Levantóse el porquero para distribuirlos
    -pues su corazón conocía la equidad- y dividió
    todo en siete partes: una la ofreció, al tiempo
    que oraba, a las Ninfas y a Hermes, el hijo de
    Maya, y las demás las distribuyó a cada uno.
    Odiseo recibió contento con el alargado lomo
    del cerdo de blancos dientes, pues éste fortaleció
    el ánimo del soberano, y dirigiéndose a
    Eumeo dijo el prudence Odiseo:

    «¡Ojalá, Eumeo, seas tan querido al padre Zeus
    como lo eres de mí, pues, siendo como soy, me
    has distinguido con tus bienes.»


    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Come, desdichado forastero, y alégrate con
    todo lo que tienes a tu alcance, que dios te dará
    unas cosas y otras las dejará pasar, según le
    cumpla a su ánimo, pues lo puede todo.»


    Así diciendo, ofreció las primicias a los dioses
    que han nacido para siempre y, luego de libar,
    puso rojo vino en manos de Odiseo, el destructor
    de ciudades, que se hallaba sentado junto a
    su porción.

    También les repartió pan Mesaulio, a quien
    había adquirido el porquero mismo, una vez
    que se hubo ausentado su soberano y se quedó
    sólo, lejos de su dueña y del anciano Laertes. Se
    lo había comprado a los tafios con su propio
    dinero.

    Y ellos echaron mano de los alimentos que tenían
    delante y, cuando hubieron arrojado de sí el
    deseo de comer y beber, les retiró Mesaulio el
    pan y se dispusieron a ir al lecho, saciados de
    pan y carne.

    Y llegó una noche desapacible, noche sin luna,
    que Zeus estuvo lloviendo toda ella, pues soplaba
    un fuerte Céfiro que siempre trae lluvia.
    Entonces se dirigió Odiseo a ellos para poner a
    prueba al porquero, por ver si se quitaba el
    manto y se lo entregaba o incitaba a uno de sus
    compañeros, ya que tanto se preocupaba de él:

    «Escuchadme ahora, Eumeo y todos vosotros,
    compañeros; os voy a decir mi palabra con una
    súplica, pues me ha impulsado el perturbador
    vino, el que hace cantar y reír suavemente incluso
    al más prudente, el que induce a danzar y
    hace soltar palabras que estarían mejor no dichas.
    Pero ya que he empezado a hablar, no
    voy a ocultároslo. ¡Ojalá fuera yo joven y mi
    vigor no estuviera trabado como cuando marchamos
    a poner una emboscada junto a Troya!
    Iban como jefes Odiseo y el Atrida Menelao y
    junto a ellos mandaba yo como tercero, pues
    ellos me lo ordenaron. Cuando ya habíamos
    llegado a la empinada muralla de la ciudad nos
    apostamos entre espesos espinos, en un cañaveral
    bajo nuestras armas y se nos vino una
    noche desapacible, glacial, pues caía el Bóreas.
    Así que se nos vino de arriba una nieve helada,
    como escarcha, y el hielo se condensaba en
    nuestros escudos. Todos tenían mantos y túnicas
    y dormían apaciblemente cubriendo sus
    hombros con los escudos, pero yo había dejado
    al marchar mi manto a unos compañeros por
    imprevisión, pues no creía que iría a tener frío
    en absoluto; así que había partido sólo con mi
    escudo y una escarcela brillante. Cuando ya
    estaba terciada la noche y los astros declinaban,
    me dirigí a Odiseo, que estaba a mi lado,
    tocándolo con mi codo -y él enseguida prestó
    oidos "Laertiada de linaje divino, Odiseo rico
    en ardides, ya no me contaré más entre los vivos
    pues me está doblegando el temporal, que
    no tengo manto. Un dios me ha engañado para
    que viniera con una sola túnica y ahora ya no
    hay escape posible."

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 14:53

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIV

    ODISEO EN LA MAJADA DE EUMEO.
    CONT.

    «Así dije y él enseguida echó mano a esta treta
    -¡cómo era el hombre para decidir y combatir!-
    y hablando en voz baja me dijo su palabra: "Calla,
    no te oiga alguno de los aqueos."
    Así diciendo
    se apoyó sobre el codo y levantando la
    cabeza dijo su palabra: "Escuchadme, los míos:
    acaba de venirme un sueño divino mientas
    dormía. Nos hemos alejado demasiado de las
    naves, que vaya alguien a decir al Atrida Agamenón,
    pastor de su pueblo, si ordena que
    vengan más hombres desde las naves."
    Así dijo
    y enseguida se levantó Toante, hijo de Andremón,
    y dejando su rojo manto echó a correr
    hacia las naves. Así que yo me acosté con alegría
    envuelto en su manto y se mostró Eos de
    trono de oro. ¡Ojalá fuera yo joven y mi vigor
    no estuviera trabado, pues quizá alguno de los
    porqueros me daría un manto en esta cuadra
    tanto por amor como por respeto a un hombre
    valeroso!, que ahora me desprecian por tener
    mala ropa sobre mi cuerpo.»


    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Anciano es una irreprochable historia la que
    has contado y no creo que hayas dicho palabra
    inútil, fuera de lugar. Por eso no vas a carecer
    de vestido ni de cosa alguna de la que está bien
    que tengan los desdichados suplicantes que nos
    salen al encuentro; pero cuando amanezca sacudirás
    tus andrajos, pues no hay aquí muchos
    mantos ni túnicas de recambio para cubrirse,
    que cada hombre tiene sólo uno. Mas cuando
    venga el querido hijo de Odiseo, él te dará un
    manto y una túnica y te enviará a donde tu
    corazón lo empuje.»

    Así diciendo, se levantó y le tendió un camastro
    cerca del fuego y le puso encima pieles de ovejas
    y cabras.

    Echóse allí Odiseo y sobre él arrojó Eumeo un
    manto grueso y grande que tenía de repuesto
    para cuando se levantara terrible temporal.
    Así que allí se acostó Odiseo, y los jóvenes a su
    lado. Pero al porquero no le gustaba dormir
    lejos de la piara, por lo que se aprestó a salir -y
    Odiseo se alegró por lo mucho que se cuidaba
    de su hacienda, aunque él estaba lejos. Primero
    se echó a los fuertes hombros la aguda espada y
    luego se vistió un grueso manto que le protegiera
    del viento; tomó la piel de un cabrón bien
    gordo y un agudo venablo que le protegiera de
    perros y hombres; y se puso en camino, deseando
    dormir, hacia el lugar donde dormían los
    machos, bajo una cóncava roca, al abrigo del
    Bóreas.

    FIN DEL CANTO XIV


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 23:47

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA


    Entre tanto había marchado Palas Atenea hacia
    la extensa Lacedemonia para sugerir el regreso
    al ilustre hijo del magnánimo Odiseo y ordenarle
    que regresara.

    Y encontró a Telémaco y al brillante hijo de
    Néstor durmiendo en el pórtico del glorioso
    Menelao, aunque en verdad sólo al hijo de
    Néstor dominaba el dulce sueño, que a Telémaco
    no lo sujetaba el blando sueño y en la
    noche inmortal agitaba en su interior la angustia
    por su padre. Se acercó Atenea, la de ojos
    brillantes y le dijo:

    «Telémaco, no está bien vagar más tiempo lejos
    de casa dejando allí tus bienes y a hombres tan
    soberbios. ¡Cuidado, no vayan a repartirse y
    devorarlo todo mientras tú haces un viaje baldío!
    Vamos, apremia a Menelao, de recia voz
    guerrera, para que te despida, a fin de que encuentres
    a tu ilustre madre todavía en casa, que
    ya su padre y hermanos andan empujándola a
    que se case con Eurímaco, pues éste aventaja a
    todos los pretendientes en regalarla y en aumentar
    su dote. Guárdate de que no se lleve de
    casa, contra tu voluntad, algún bien. Pues ya
    sabes cómo es el alma de una mujer: está dispuesta
    a acrecentar la casa de quien la despose
    olvidando y despreocupándose de sus primeros
    hijos y de su esposo, una vez que ha muerto.
    «Conque ponte en camino y deja todo en manos
    de la esclava que te parezca la mejor, hasta
    que los dioses te den una esposa ilustre.
    «Te voy a decir algo más, ponlo en tu interior:
    los más nobles de los pretendientes te han
    puesto emboscada en el paso entre Itaca y la
    escarpada Same, deliberadamente, pues desean
    matarte antes de que llegues a tu tierra patria.
    Pero no creo que esto suceda antes de que la
    tierra abrace a alguno de los pretendientes que
    se comen tu hacienda. Así que aleja de las islas
    tu bien construida nave y navega por la noche,
    pues te enviará viento favorable aquel de los
    inmortales que te custodia y protege. Tan pronto
    como hayas llegado a la ribera de Itaca, envía
    la nave y a tus compañeros a la ciudad y tú
    marcha primero junto al porquero, el que vigila
    los cerdos y te es fiel. Pasa allí la noche y envíale
    a la ciudad para que anuncie a la prudente
    Penélope que estás a salvo y has llegado de
    Pilos.»


    Hablando asi marchó hacia el lejano Olimpo.
    Despertó Telémaco al hijo de Néstor de su dulce
    sueño empujándole con el pie y le dijo su
    palabra:

    «Despierta, Pisístrato, hijo de Néstor, unce al
    carro los caballos de una sola pezuña a fin de
    apresurar nuestro viaje.»



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 24 Mayo 2021, 23:58

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    Y le contestó Pisistrato, el hijo de Néstor:

    «Telémaco, no es posible conducir en la oscura
    noche, aunque estemos ansiosos de ponernos
    en camino. Pronto despuntará la aurora. Esperemos
    a que el héroe Atrida Menelao, ilustre
    por su lanza, nos traiga sus dones, los ponga en
    el carro y nos despida con palabras amables;
    que un huésped se acuerda cada día del hombre
    que te ha acogido si éste le ha ofrecido su
    amistad.»

    Así habló y al punto apareció Eos de trono de
    oro.
    Y se les acercó Menelao, de recia voz guerrera,
    levantándose del lecho de junto a Helena de
    lindas trenzas.
    Cuando lo vio el hijo de Odiseo vistió apresuradamente
    sobre su cuerpo la brillante túnica,
    echó sobre sus resplandecientes hombros un
    gran manto y se dirigió a la puerta. Y colocándose
    a su lado le dijo el querido hijo de Odiseo:

    «Atrida Menelao, vástago de Zeus, pastor de tu
    pueblo, despídeme ya a mi querida patria, pues
    mi ánimo desea regresar.»


    Y le contestó Menelao, de recia voz guerrera:

    «Telémaco, no te detendré más tiempo si deseas
    volver, que también a mí me irrita quien
    recibe a un huésped y te ama en exceso o en
    exceso te aborrece. Todo es mejor si es moderado.
    La misma bajeza comete quien anima a su
    huésped a que se vaya, cuando éste no quiere
    hacerlo, que quien se lo impide cuando lo desea.
    Hay que agasajar al huésped cuando está en
    tu casa, pero también despedirlo si lo desea.
    Mas espera a que traiga mis hermosos dones y
    los ponga en el carro, dones hermosos -lo verás
    con tus propios ojos-, y a que diga a las mujeres
    que preparen en palacio un almuerzo de cuanto
    aquí abunda. Que es honor y gloria, al tiempo
    que provecho, el que os marchéis por la tierra
    inmensa después de almorzar. Si deseas volver
    por la Hélade y el centro de Argos, para que yo
    mismo te acompañe, unciré mis caballos y te
    conduciré por las ciudades de los hombres.
    Nadie nos despedirá con las manos vacías, sino
    que nos darán algo para llevarnos -un trípode
    de buen bronce, un jarrón o dos mulos o una
    copa de oro.»


    Y Telémaco le contestó con sensatez:

    «Atrida Menelao, vástago de Zeus, caudillo de
    tu pueblo, quiero volver ya a mis cosas, pues
    no he dejado al venir ningún vigilante de mis
    posesiones; no quiero que por buscar a mi padre
    vaya a perderme yo, o que me desaparezca
    del palacio algún tesoro de valor.»


    Luego que le oyó Menelao, de recia voz guerrera,
    ordenó a su esposa y esclavas que preparasen
    en palacio un almuerzo de cuanto allí
    abundaba. Acercósele después Eteoneo, hijo de
    Boeto, tras levantarse de la cama -pues no habitaba
    lejos-, y le ordenó Menelao, de recia voz
    guerrera, que encendiera fuego y asara carne. Y
    aquél no desobedeció.
    Menelao ascendió a su perfumado dormitorio,
    pero no sólo, que junto a él marchaban Helena
    y Megapentes. Cuando habían llegado adonde
    tenía sus tesoros el Atrida Menelao, tomó una
    copa de doble asa y ordenó a su hijo Megapentes
    que llevara una crátera de plata. Helena
    habíase detenido junto a sus areas donde tenía
    peplos multicolores que ella misma había bordado.
    Tomó uno de éstos y se lo llevó Helena,
    divina entre las mujeres, el más hermoso por
    sus adornos y el más grande -brillaba como una
    estrella y estaba encima de los demás.

    CONT.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 00:06

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    Conque atravesaron el palacio hasta que llegaron
    junto a Telémaco. Y le dijo el rubio Menelao:

    «Telémaco, ¡ojalá Zeus, el tronador esposo de
    Hera, lo lleve a término el regreso tal como tú
    pretendes! En cuanto a los dones..., te voy a
    entregar el más hermoso y estimable de cuantos
    tesoros tengo en casa. Te voy a dar una
    crátera trabajada, toda ella de plata, con los
    bordes fundidos con oro, obra de Hefesto -me
    la dió el héroe Fédimo, rey de los sidonios,
    cuando su palacio me cobijó al regresar yo allí.
    Esto quiero regalarte a ti.»


    Hablando así, puso en sus manos la copa de
    doble asa el héroe Atrida; luego el vigoroso
    Megapentes le acercó una crátera de plata.
    También se le acercó Helena, de lindas mejillas,
    con el peplo en sus manos, le dijo su palabra y
    le llamó por su nombre:

    «También yo, hijo mío, te entrego este regalo,
    recuerdo de las manos de Helena, para que se
    lo lleves a tu esposa en el momento de la deseada
    boda, y que permanezca junto a tu madre
    en palacio hasta entonces. Que llegues feliz a tu
    bien edificada morada y a tu tierra patria.»


    Así diciendo lo puso en sus manos y él lo recibió
    gozoso. Lo tomó después el héroe Pisístrato
    y lo puso en la caja del carro, no sin admirarlo
    con toda su alma.
    Después el rubio Menelao los condujo hasta el
    salón y ambos se sentaron en sillas y sillones. Y
    una esclava derramó sobre fuente de plata el
    aguamanos que llevaba en hermosa jarra de oro
    para que se lavaran y a su lado extendió una
    mesa pulimentada. Y la venerable ama de llaves
    puso comida sobre ella y añadió abundantes
    piezas escogidas favoreciéndoles entre los
    que estaban presentes. El hijo de Boeto repartía
    la carne y distribuía las porciones, y el hijo del
    ilustre Menelao escanciaba el vino. Echaron
    ellos mano de los alimentos que tenían delante
    y, cuando habían arrojado de sí el deseo de
    comer y beber, Telémaco y el brillante hijo de
    Néstor uncieron los caballos, subieron al carro
    de variados colores y lo condujeron fuera del
    pórtico y de la resonante galería. Y el rubio
    Menelao salió tras ellos llevando en su mano
    derecha rojo vino en copa de oro, para que
    marcharan después de hacer libación.
    Se colocó delante de los caballos y dijo como
    despedida:

    «¡Salud, muchachos!, y transmitid mis saludos
    a Néstor, pastor de su pueblo, pues fue conmigo
    tierno como un padre mientras los hijos de
    los aqueos combatíamos en Troya.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Vástago de Zeus, de verdad que al llegar comunicaremos
    a aquél todo, según nos lo has
    dicho. ¡Ojalá al volver yo a Itaca encontrara a
    Odiseo en casa y pudiera decirle que vengo de
    junto a ti y he ganado toda tu amistad!, pues
    llevo regalos hermosos y buenos.»



    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 06:34

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA
    . CONT.

    Mientras así hablaba le voló un pájaro por la
    derecha, un halcón que llevaba entre sus garras
    a un enorme ganso blanco, doméstico, de algún
    corral -pues le seguían gritando hombres y mujeres-;
    y el halcón se acercó a aquéllos y se lanzó
    por la derecha, frente a los caballos. A1 verlo se
    llenaron de contento y alegróseles a todos el
    ánimo.
    Y entre ellos comenzó a hablar Pisistrato, el hijo
    de Néstor:

    «Piensa, Menelao, vástago de Zeus, caudillo de
    tu pueblo, si es para nosotros o para ti para
    quien ha mostrado el dios este presagio.»


    Así dijo, y Menelao, amado de Ares, se puso a
    cavilar para poder contestarle oportunamente
    después de pensarlo.
    Pero Helena, de largo peplo, tomándole delantera
    dijo su palabra:

    «Escuchadme, voy a hacer una predicción tal
    como los inmortales me lo están poniendo en el
    pecho y como creo que se va a cumplir. Del
    mismo modo que este halcón ha venido del
    monte y arrebatado al ganso mientras se alimentaba
    en la casa donde está su progenie y
    sus padres, así Odiseo, después de mucho sufrir
    y mucho vagar, llegará a casa y los hará
    pagar, o quizá ya está en casa sembrando la
    muerte para todos los pretendientes.»

    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «¡Ojalá lo disponga así Zeus, el tronante esposo
    de Hera! En este cáso te invocaría también allí
    como a una diosa.»


    Así dijo y sacudió con el látigo a los caballos. Y
    éstos se lanzaron velozmente hacia la llanura
    precipitándose por la ciudad.
    Y arrastraron el yugo por ambos lados durante
    todo el día. Se puso el sol y todos los caminos
    se llenaron de sombra cuando llegaron a Feras,
    a casa de Diocles, hijo de Ortíloco, a quien Alfeo
    engendró. Allí pasaron la noche y éste les
    entregó dones de hospitalidad.

    Cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
    la de dedos de rosa, uncieron sus caballos y
    ascendieron al carro de variados colores y lo
    condujeron fuera del pórtico y de la resonante
    galería. Restalló el látigo para que partieran y
    los caballos se lanzaron muy a gusto. Por fin
    llegaron a la elevada ciudad de Pilos y Telémaco
    se dirigió al hijo de Néstor:

    «Hijo de Néstor, ¿podrías cumplir mi palabra si
    me haces una promesa?, ya que nos preciamos
    de tener viejos lazos de hospitalidad por el
    amor de nuestros padres, además de ser de la
    misma edad, y este viaje nos habrá de unir más.
    No me lleves más allá de la nave, déjame aquí
    mismo, no sea que el anciano me retenga contra
    mi voluntad en su palacio por mor de agasajarme.
    Y tengo que llegar pronto.»


    Así habló y el hijo de Néstor deliberó en su
    interior cómo cumpliría su palabra, como le
    correspondía. Mientras así pensaba, parecióle
    mejor volver sus caballos hacia la rápida nave y
    la ribera del mar. Así que puso en la popa los
    hermosísimos dones, vestidos y oro, que Menelao
    le había dado y apremiándole decía aladas
    palabras:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 06:42

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    «Embarca enseguida y ordénaselo a tus compañeros
    antes que llegue yo a casa y se lo anuncie
    al anciano; tal como tiene de irritable el
    ánimo no lo dejará ir, antes bien vendrá él en
    persona a buscarte y te aseguro que no volvería
    de baldío, y se irritaría sobremanera.»


    Así hablando torció sus caballos de hermosas
    crines hacia la ciudad de los Pilios y arribó enseguida
    a casa.
    Entretanto, Telémaco apremiaba a sus compañeros
    con estas órdenes:

    «Poned en orden los aparejos, compañeros, en
    la negra nave, y embarquemos para acelerar el
    viaje.»


    Así habló y ellos lo escucharon y obedecieron.
    Conque embarcaron y se sentaron sobre los
    bancos.
    Ocupábase él en esto, así como en orar y hacer
    sacrificio a Atenea junto a la proa, cuando se le
    acercó un forastero, uno que había huido de
    Argos por haber dado muerte a alguien, un
    adivino. Por linaje era descendiente de Melampo,
    quien en otro tiempo vivió en Pilos, criadora
    de ganados, habitando con extrema prosperidad
    un palacio entre los pilios. Luego marchó
    a otras tierras huyendo de su patria y del
    magnánimo Neleo, el más noble de los vivientes,
    quien le retuvo por la fuerza muchos bienes
    durante un año completo. Todo este tiempo
    estuvo en el palacio de Fílaco encadenado con
    dolorosas ligaduras, padeciendo grandes sufrimientos
    por causa de la hija de Neleo y la
    pesada ceguera que puso en su mente Erinis, la
    diosa horrenda.
    Pero consiguió escapar de la muerte y terminó
    llevándose a Pilos, desde Filace, sus mugidores
    bueyes. Así que castigó al divino Neleo por su
    acción indigna y llevó a casa mujer para su
    hermano. Y marchó luego a otras tierras, a Argos,
    criadora de caballos, pues su destino era
    que habitara allí reinando sobre numerosos
    argivos. Allí tomó mujer y construyó un palacio
    de elevado techo. Y engendró a Antifates y
    Mantio, robustos hijos. Antifates engendró al
    magnánimo Oicleo, y Oicleo a su vez a Anfiarao,
    salvador de su pueblo, a quien amó de corazón
    Zeus, portador de égida y Apolo dispensó
    numerosas pruebas de amistad. Pero no
    llegó al umbral de la vejez, sino que pereció en
    Tebas por la traición de una mujer. Y sus hijos
    fueron Alcmeón y Anfíloco. Mantio, por su
    parte, engendró a Polífides y a Clito. Pero, ¡ay!,
    que a Clito se lo llevó Eos, de hermoso trono,
    por ser tan bello, así que Apolo hizo adivino al
    magnánimo Polífides, el mejor de los hombres,
    una vez que hubo muerto Anfiarao. Pero, irritado
    con su padre, emigró a Hiperesia y, poniendo
    allí su morada, profetizaba para todos
    los hombres.

    De éste era hijo el que se acercó entonces a
    Telémaco y su nombre era Teoclímeno. Lo encontró
    haciendo libación y súplicas sobre la
    rápida, negra nave, y le dirigió aladas palabras:

    «Amigo, ya que te encuentro sacrificando en
    este lugar, te ruego por las ofrendas y el dios, e
    incluso por tu propia cabeza y la de los compañeros
    que te siguen, me digas la verdad y nada
    ocultes a mis preguntas: ¿de dónde eres?
    ¿Dónde se encuentran tu ciudad y tus padres?»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «En verdad, forastero, te voy a hablar sinceramente.
    De origen soy itacense y mi padre es
    Odiseo -si es que alguna vez ha existido; ahora,
    desde luego, ha perecido con triste muerte. Por
    esto he tomado compañeros y una negra nave
    para preguntar por mi padre, largo tiempo ausente.»


    CONT.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 16 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 07:11

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    Y Teoclímeno, semejante a los dioses, le dijo a
    su vez:

    «Así estoy también yo, huido de mi patria por
    matar a un hombre de mi propia tribu. Muchos
    son mis hermanos y parientes en Argos, criadora
    de caballos, y mucho es su poder sobre los
    aqueos. Por evitar la muerte y la negra Ker ando
    huyendo de éstos, que mi destino es vagar
    entre los hombres. Conque admíteme en tu
    nave, ya que he llegado a ti como suplicante;
    cuidado no me maten, pues creo que me andan
    persiguiendo.»


    Y Telémaco a su vez le contestó discretamente:

    «No, no te rechazaré de mi equilibrada nave si
    tanto lo deseas. Conque sígueme, te agasajaremos
    con lo que tengamos.»


    Así hablando, tomó de sus manos la lanza de
    bronce y la tendió sobre la cubierta de la curvada
    nave, y también él ascendió a la nave surcadora
    del ponto. Luego que se hubo sentado
    en la proa, puso a Teoclímeno a su lado y soltaron
    amarras. Telémaco ordenó a sus compañeros
    que se aplicaran a los aparejos y éstos le
    obedecieron con prontitud. Así que levantaron
    el mástil de abeto y lo encajaron en el hueco
    travesaño, lo amarraron con cables y extendieron
    las blancas velas con correas bien trenzadas
    de piel de buey. Y la de ojos brillantes, Atenea,
    les envió un viento favorable, que se abalanzó
    impetuoso por el éter, para que la nave recorriera
    rápidamente en su carrera la salada agua
    del mar.

    Pasaron bordeando Crunos y el río Calcis, de
    hermosa corriente. Se puso el sol y todos los
    caminos se llenaron de sombra, y la nave dio
    proa a Feas impulsada por el viento favorable
    de Zeus y pasó junto a la divina Elide, donde
    dominan los epeos. Desde allí enfiló Telémaco
    hacia las Islas Puntiagudas cavilando si conseguiría
    escapar o sería sorprendido.

    Entre tanto, Odiseo y el divino porquero se
    daban a comer en la cabaña y junto a ellos comían
    otros hombres. Cuando habían echado de
    sí el deseo de comer y beber, se dirigió a ellos
    Odiseo tratando de probar si el porquero aún le
    seguiría agasajando gentilmente y le ordenaba
    quedarse en la majada o si le despachaba a la
    ciudad:

    «Escúchame, Eumeo, y también vosotros, todos
    sus compañeros. Al amanecer deseo ponerme
    en camino hasta la ciudad para mendigar. No
    quiero ser ya un peso para ti y los compañeros.
    Pero dame indicaciones y un buen compañero
    que me guíe, que me lleve hasta allí. En la ciudad
    vagaré por mi cuenta, por si alguien me
    larga un vaso de vino y un mendrugo. También
    me presentaré en el palacio del divino Odiseo
    para dar noticias a la prudente Penélope y
    quizás me acerque a los soberbios pretendientes
    por si me dan de comer, que tienen alimentos
    en abundancia. Con diligencia haría yo
    cuanto quisieran, porque te voy a decir una
    cosa -y tú ponla en tu mente y escúchame-: por
    la gracia de Hermes, el mensajero, el que da
    gracia y honor a las obras de los hombres,
    ningún hombre podría competir conmigo en
    habilidad para remejer el fuego y quemar leña
    seca, para trinchar, asar y escanciar; en fin, para
    cuanto los plebeyos sirven a los nobles.»


    Y tú, porquero Eumeo, le dijiste irritado

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 07:17

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    «Ay, forastero, ¿por qué te ha venido a la mente
    ese proyecto? Lo que tú deseas en verdad es
    morir allí si pretendes mezclarte con el grupo
    de los pretendientes, cuya soberbia y violencia
    han llegado al férreo cielo. No son como tú los
    que sirven a aquéllos; son jóvenes bien vestidos
    de manto y túnica, siempre brillantes de cabeza
    y rostro quienes les sirven. Y las bien pulimentadas
    mesas están repletas de pan y carne y de
    vino. Conque quédate aquí. Nadie te va a molestar
    mientras estés conmigo, ni yo ni los compañeros
    que tengo. Y cuando llegue el querido
    hijo de Odiseo te vestirá de manto y túnica y te
    despedirá a donde tu corazón te empuje.»


    Y le contestó a continuación el sufridor, el divino
    Odiseo:

    «¡Ojalá, Eumeo, llegues a ser tan amado del
    padre Zeus como tu eres de mí por librarme del
    vagabundeo y de la miseria! Que no hay nada
    peor para el hombre que ser vagabundo; por
    culpa del maldito estómago sufren pesares los
    hombres a quienes les llega el vagar, la desgracia
    y el dolor. Pero ya que me retienes y aconsejas
    que aguarde a aquél, háblame de la madre
    del divino Odiseo y de su padre, a quien aquél
    abandonó cuando se acercaba al umbral de la
    vejez; dime si viven aún bajo los rayos del sol o
    ya han muerto y están en la morada de Hades.»

    Y le contestó el porquero, caudillo de hombres:

    «En verdad, huésped, te voy a hablar con toda
    sinceridad. Laertes vive todavía, aunque todos
    los días le pide a Zeus morir en su palacio, pues
    se lamenta terriblemente por su ausente hijo y
    por su prudente esposa que le dejó afligido al
    morir y le puso en la más cruel vejez. Ella murió
    de dolor por su ilustre hijo, de muerte cruel
    -¡que nadie muera así de quienes viviendo aquí
    conmigo me son amigos y obran como amigos!
    Mientras ella vivió, aunque entre dolores, me
    agradaba hablarle y preguntarle, ya que ella me
    había criado junto con Ctimena de luengo peplo,
    ilustre hija suya, a quien parió la última de
    sus hijos. Junto con ésta me crié y poco menos
    que a ésta me quería su madre. Pero cuando
    llegamos ambos a la amable juventud, entregaron
    a Ctimena como esposa a alguien de Same,
    recibiendo una buena dote, y a mí me vistió de
    hermosos túnica y manto y, dándome calzado
    para mis pies, me envió al campo. Y me amaba
    de corazón. Ahora echo en falta todo aquello,
    pero con todo, los dioses felices están haciendo
    prosperar la labor de la que me ocupo. De aquí
    como y bebo a incluso doy a los necesitados,
    pero no me es dado oír las palabras ni las obras
    de mi dueña desde que ha caído sobre el palacio
    esa peste de hombres soberbios. Y eso que
    los siervos necesitamos mucho hablar con la
    dueña y conocer todas las órdenes y comer y
    beber e, incluso, llevarnos algo al campo; cosas,
    en fin, que alegran siempre el corazón de los
    siervos.»


    Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

    «¡Ay, ay!, así que ya de pequeño, porquero
    Eumeo, anduviste errante lejos de tu patria y de
    tus padres. Vamos, dime –y cuéntame con verdad-
    si fue devastada la ciudad de amplias calles
    en que habitaban tu padre y tu venerable
    madre, o si te capturaron hombres enemigos
    cuando te hallabas solo junto a tus ovejas o
    bueyes y te trajeron en sus naves a venderte en
    casa de este hombre, quien seguro que entregó
    un precio digno de ti.»



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 07:35

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    Y a su vez le contestó el porquero, caudillo de
    hombres:

    «Forastero, ya que me preguntas esto e inquieres,
    escucha en silencio, goza y recuéstate a
    beber vino. Interminables son estas noches: hay
    para dormir y para escuchar complacido. No
    tienes por qué acostarte antes de tiempo, que el
    mucho dormir es dañino. De los demás, si a
    alguien le impulsa el corazón, que salga a acostarse
    y al despuntar la aurora desayúnese y
    conduzca los cerdos del dueño. Pero nosotros
    gocemos con nuestras tristes penas, recordándolas
    mientras bebemos y comemos en mi cabaña,
    que también un hombre goza con sus
    penas cuando ya tiene mucho sufrido y mucho
    trajinado. Así que te voy a contar lo que me
    preguntas.

    «Hay una isla llamada Siría -no sé si la conoces
    de oídas- por cima de Ortigia, donde el sol da
    la vuelta; no es excesivamente populosa, pero
    es buena, cría buenos pastos y buenos animales,
    abunda en vino y en trigo. La pobreza
    jamás se acerca al pueblo y las odiosas enfermedades
    tampoco rondan a los mortales. Sólo
    cuando envejecen sus habitantes en la ciudad
    se acerca Apolo, el del arco de plata, junto con
    Artemis, y los matan acechándolos con sus
    suaves dardos. Allí hay dos ciudades y todo
    está repartido entre ellas. Sobre las dos reinaba
    mi padre, Ktesio Ormenida, semejante a los
    inmortales.

    «Conque un día llegaron allí unos fenicios,
    célebres por sus naves, unos lañas, llevando en
    su negra nave muchas maravillas. Mi padre
    tenía en palacio una mujer fenicia, hermosa y
    grande, conocedora de labores brillantes. Entonces
    los muy taimados fenicios la sedujeron.
    Cuando estaba lavando, un fenicio se unió con
    ella en amor y lecho junto a la cóncava nave,
    cosa que trastorna la mente de las hembras,
    incluso de la que es laboriosa. Luego le preguntó
    quién era y de dónde procedía, y ella le
    habló enseguida del palacio de elevado techo
    de su padre: "Me precio de ser de Sidón, abundante
    en bronce, y soy hija del poderoso y rico
    Arybante, pero me raptaron unos piratas de
    Tafos cuando volvía del campo y me trajeron a
    casa de este hombre para venderme, y él pagó
    un precio digno de mí."

    «Y le contestó el hombre que se había unido a
    hurtadillas con ella: "Bien podrías volver con
    nosotros a casa para que puedas ver el palacio
    de elevado techo de tu padre y madre y a ellos
    mismos, que todavía viven y se los llama ricos."
    Y la mujer se dirigió a él y le contestó con su
    palabra: "Bien podría ser así, marineros, pero
    sólo si me queréis asegurar con juramento que
    me llevaréis intacta a casa." Así dijo y todos
    juraron como ella les pidió.
    «Conque cuando habían concluido su juramento,
    de nuevo les dijo y contestó con su palabra:
    "Chitón ahora, que ninguno de vuestros compañeros
    me dirija la palabra si me encuentra en
    la calle o junto a la fuente, no sea que alguien
    vaya a casa y se lo cuente al viejo y éste lo barrunte
    y me sujete con dolorosas ligaduras y a
    vosotros os prepare la muerte. Así que retened
    mis palabras en vuestra mente y apresurad la
    compra de lo necesario para el viaje. Y cuando
    la nave se encuentre llena de alimentos, que
    alguien venga al palacio con rapidez para comunicármelo.
    Os traeré oro, cuanto halle a mano,
    y estoy dispuesta a daros otras cosas como
    pasaje: en efecto, yo cuido en palacio del hijo de
    este hombre, un crío ya muy despierto, pues
    corretea conmigo hasta la puerta. Podría
    llevármelo a la nave y os produciría un buen
    precio si vais a venderlo a cualquier parte en el
    extranjero." Así diciendo, marchó al hermoso
    palacio.

    CONT.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 16 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 07:43

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    «Los fenicios permanecieron todo el año con
    nosotros y llenaron su negra nave con bienes
    mercados. Y cuando su cóncava nave ya estaba
    cargada para volver, enviaron un mensajero a
    la mujer para que les diera el recado. Llegó al
    palacio de mi padre un hombre muy astuto con
    un collar de oro engastado con electro. Las esclavas
    del palacio y mi venerable madre lo palpaban
    con sus manos y lo contemplaban con
    sus ojos, prometiendo un buen precio. Y él hizo
    una seña a la mujer sin decir palabra y luego
    marchó a la cóncava nave. Ella me tomó de la
    mano y me sacó fuera. Encontró en el pórtico
    copas y mesas de unos convidados que frecuentaban
    la casa de mi padre. Habíanse marchado
    éstos a la asamblea y al lugar de reunión del
    pueblo, así que escondió tres copas en su regazo
    y se las llevó y yo en mi inocencia la seguía.
    Se puso el sol y todos los caminos se llenaron
    de sombra, cuando, marchando a buen paso,
    llegamos al ilustre puerto donde estaba la veloz
    nave de los fenicios.
    «Embarcaron haciéndonos subir a los dos y
    navegaban los húmedos caminos. Y Zeus envió
    viento favorable.
    «Durante seis días navegamos sin parar, día y
    noche, y cuando el Cronida Zeus nos trajo el
    séptimo día, Artemis Flechadora alcanzó a la
    mujer y ésta se desplomó con ruido sobre la
    sentina como una gaviota del mar. Así que la
    arrojaron por la borda para que fuera pasto de
    focas y peces y yo quedé solo acongojado en mi
    corazón.
    «El viento que los llevaba y el agua los impulsaron
    a Itaca, donde Laertes me compró con su
    dinero. Así es como llegué a ver con mis ojos
    esta tierra.»


    Y Odiseo, de linaje divino, le contestó con su
    palabra:

    «Eumeo, mucho en verdad has conmovido mi
    corazón dentro del pecho al contar detalladamente
    cuánto has sufrido, pero también Zeus te
    ha puesto un bien al lado de un mal, ya que
    llegaste -sufriendo mucho- al palacio de un
    hombre bueno que te proporciona gentilmente
    comida y bebida, y llevas una existencia agradable.
    «En cambio, yo he llegado aquí después de
    recorrer sin rumbo muchas ciudades de mortales.»

    Esto es lo que se contaban mutuamente y se
    echaron a dormir, pero no mucho tiempo, un
    poquito sólo, porque enseguida se presentó
    Eos, de trono de oro.
    En esto los compañeros de Telémaco, ya en
    tierra, desataron las velas, quitaron el mástil
    rápidamente y se dirigieron luego remando
    hacia el fondeadero. Arrojaron el ancla y amarraron
    el cable; luego desembarcaron sobre la
    ribera del mar, se prepararon el almuerzo y
    mezclaron rojo vino. Y cuando habían echado
    de sí el deseo de comer y beber, comenzó Telémaco
    a hablarles con discreción:

    «Llevad vosotros la negra nave a la ciudad, que
    yo voy a inspeccionar los campos y los pastores.
    Por la tarde bajaré a la ciudad después de
    ver mis labores. Y al amanecer os voy a ofrecer
    un buen banquete de carnes y agradable vino
    como recompensa por el viaje.»


    CONT.




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