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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 17 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 07:52

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XV

    TELÉMACO REGRESA A ITACA.
    CONT.

    Y Teoclímeno, semejante a los dioses, se dirigió
    a él:

    «¿Adónde iré yo, hijo mío? ¿A qué palacio voy
    a ir de los que dominan en la pedregosa Itaca?
    ¿Acaso marcharé directamente a tu palacio y al
    de tu madre?»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «En otras circunstancias te pediría que fueras a
    nuestro palacio -y no echarías en falta dones de
    hospitalidad-, pero será peor para ti, pues yo
    voy a estar ausente y mi madre no podrá verte,
    que no se deja ver a menudo en la casa ante los
    pretendientes, sino que trabaja su telar lejos de
    éstos en el piso de arriba. Así que te diré de un
    hombre a cuya casa podrías ir: Eurímaco, hijo
    brillante del prudente Pólibo, a quien los itacenses
    miran como a un dios, pues es con mucho
    el más excelente y quien más ambiciona
    casar con mi madre y conseguir la dignidad de
    Odiseo. Pero sólo Zeus Olímpico, el que habita
    en el éter, sabe si les va a proporcionar antes de
    las nupcias el día de la destrucción.»


    Cuando así hablaba le sobrevoló un pájaro por
    la derecha, un halcón, veloz mensajero de Apolo.
    Desplumaba entre sus patas una paloma y
    las plumas cayeron a tierra entre la nave y el
    mismo Telémaco.

    Conque Teoclímeno, llamándolo aparte, lejos
    de sus compañeros, le tomó de la mano, le dijo
    su palabra y le llamó por su nombre:

    «Telémaco, este pájaro te ha volado por la derecha
    no sin la voluntad del dios, pues al verlo de
    frente me he percatado que era un ave agüeral.
    Así que no existe otra estirpe más regia que la
    vuestra en el pueblo de Itaca. Siempre seréis
    dominadores.»


    Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:

    «Forastero, ¡ojalá se cumpliera esa palabra!
    Pronto sabrías de mi afecto y mis muchos dones,
    de forma que cualquiera que te encontrara
    te llamaría dichoso.»


    Dijo, y se dirigió a Pireo, fiel compañero:

    «Pireo Clitida, tú eres quien más me has obedecido
    de estos compañeros en lo demás; lleva
    también ahora al forastero a tu casa y agasájale
    gentilmente y respétalo hasta que yo llegue.»


    Y Pireo, famoso por su lanza, le contestó:

    « Telémaco, aunque te quedes aquí mucho
    tiempo yo me llevaré a éste y no echará en falta
    dones de hospitalidad.»


    Así diciendo, subió a la nave y apremió a los
    compañeros para que embarcaran también ellos
    y soltaran amarras. Conque subieron y se sentaron
    sobre los bancos. Telémaco ató bajo sus
    pies hermosas sandalias y tomó su ilustre lanza,
    aguzada con agudo bronce, de la cubierta
    del navío. Los compañeros soltaron amarras y
    echando la nave al mar enfilaron hacia la ciudad
    como se lo había ordenado Telémaco, el
    querido hijo del divino Odiseo.

    Y sus pies lo llevaban veloz, dando grandes
    zancadas, hasta que llegó a la majada donde
    tenía las innumerables cerdas, con las que pasaba
    la noche el porquero, que era noble, que
    conocía la bondad hacia sus dueños.

    FIN DEL CANTO XV


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 08:00

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO

    En esto Odiseo y el divino porquero se preparaban
    el desayuno al despuntar la aurora dentro
    de la cabaña, encendiendo fuego -habían
    despedido a los pastores junto con las manadas
    de cerdos. Cuando se acercaba Telémaco, no
    ladraron los perros de incesantes ladridos, sino
    que meneaban la cola.

    Percatóse el divino Odiseo de que los perros
    meneaban la cola, le vino un ruido de pasos y
    enseguida dijo a Eumeo aladas palabras:

    «Eumeo, sin duda se acerca un compañero o
    conocido, pues los perros no ladran, sino que
    menean la cola. Y oigo ruido de pasos.»


    No había acabado de decir toda su palabra,
    cuando su querido hijo puso pie en el umbral.
    Levantóse sorprendido el porquero y de sus
    manos cayeron los cuencos con los que se ocupaba
    de mezclar rojo vino. Salió al encuentro de
    su señor y besó su rostro, sus dos hermosos
    ojos y sus manos; y le cayó un llanto abundante.
    Como un padre acoge con amor a su hijo
    que vuelve de lejanas tierras después de diez
    años, a su único hijo amado por quien sufriera
    indecibles pesares, así el divino porquero besó
    a Telémaco, semejante a los inmortales, abrazando
    todo su cuerpo como si hubiera escapado
    de la muerte. Y, entre lamentos, decía aladas
    palabras:

    «Has venido, Telémaco, como dulce luz. Creía
    que ya no volvería a verte más cuando marchaste
    a Pilos con tu nave. Vamos, entra, hijo
    mío, para que goce mi corazón contemplándote
    recién llegado de otras tierras. Que no vienes a
    menudo al campo ni junto a los pastores, sino
    que te quedas en la ciudad, pues es grato a tu
    ánimo contemplar el odioso grupo de los pretendientes.»


    Y Telémaco le contestó a su vez discretamente:

    «Así se hará, abuelo, que yo he venido aquí por
    ti, para verte con mis ojos y oír de tus labios si
    mi madre está todavía en palacio o ya la ha
    desposado algún hombre; que la cama de Odiseo
    está llena de telarañas por falta de quien se
    acueste en ella.»


    Y se dirigió a él el porquero, caudillo de hombres:

    «¡Claro que permanece ella en tu palacio con
    ánimo paciente! Las noches se le consumen
    entre dolores y los días entre lágrimas.»


    Así diciendo, tomó de sus manos la lanza de
    bronce. Entonces Telémaco se puso en camino y
    traspasó el umbral de piedra, y cuando entraba,
    su padre le cedió el asiento. Pero Telémaco le
    contuvo y dijo:

    «Sientate, forastero, que ya encontraremos
    asiento en otra parte de nuestra majada. Aquí
    está el hombre que nos lo proporcionará.»


    Así diciendo, volvió a sentarse. El porquero le
    extendió ramas verdes y por encima unas pieles,
    donde fue a sentarse el querido hijo de Odiseo.
    También les acercó el porquero fuentes de
    carne asada que habían dejado de la comida del
    día anterior, amontonó rápidamente pan en
    canastas y mezcló en un jarro vino agradable. Y
    luego fue a sentarse frente al divino Odiseo.
    Conque echaron mano de los alimentos que
    tenían delante y cuando habían arrojado de sí el
    deseo de comer y beber, Telémaco se dirigió al
    divino porquero:

    «Abuelo, ¿de dónde ha llegado este forastero?
    ¿Cómo le han traído hasta Itaca los marineros?
    ¿Quiénes se preciaban de ser? Porque no creo
    que haya llegado a pie hasta aquí.»



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 08:09

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO. CONT.

    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «En verdad, hijo, te voy a contar toda la verdad.
    De origen se precia de ser de la vasta Creta
    y asegura que ha recorrido errante muchas ciudades
    de mortales. Que así se lo ha hilado el
    destino. Ahora ha llegado a mi majada huyendo
    de la nave de unos tesprotos y yo te lo encomiendo
    a ti; obra como gustes, se precia de
    ser tu suplicante.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Eumeo, en verdad has dicho una palabra dolorosa.
    ¿Cómo voy a recibir en mi casa a este
    huésped? En cuanto a mí, soy joven y no confío
    en mis brazos para rechazar a un hombre si
    alguien lo maltrata. Y en cuanto a mi madre, su
    ánimo anda cavilando en su interior si permanecerá
    junto a mí y cuidará de su casa por vergüenza
    del lecho de su esposo y de las habladurías
    del pueblo, o si se marchará ya en pos del
    más excelente de los aqueos que la pretenda y
    le ofrezca más riquezas.

    «Pero ya que ha llegado a tu casa, vestiré al
    forastero con manto y túnica, hermosos vestidos,
    y le daré afilada espada y sandalias para
    sus pies y le enviaré a donde su ánimo y su corazón
    lo empujen. Pero si quieres, retenlo en la
    majada y cuídate de él, que yo enviaré ropas y
    toda clase de comida para que no sea gravoso
    ni a ti ni a tus compañeros. Sin embargo, yo no
    la dejaría ir adonde están los pretendientes
    -pues tienen una insolencia en exceso insensata-,
    no sea que le ultrajen y a mí me cause una
    pena terrible; es difícil que un hombre, aunque
    fuerte, tenga éxito cuando está entre muchos,
    pues éstos son, en verdad, más poderosos.»

    Y le dijo el sufridor, el divino Odiseo:

    «Amigo -puesto que me es permitido contestarte-,
    mucho se me ha desgarrado el corazón al
    escuchar de vuestros labios cuántas obras insolentes
    realizan los pretendientes en el palacio
    contra tu voluntad, siendo como eres. Dime si
    te dejas dominar de buen grado o es que te odia
    la gente del pueblo, siguiendo una inspiración
    de la divinidad, o si tienes algo que reprochar a
    tus hermanos, en los que un hombre suele confiar
    cuando surge una disputa por grande que
    sea. ¡Ojalá fuera yo así de joven -con los impulsos
    que siento- o fuera hijo del irreprochable
    Odiseo u Odiseo en persona que vuelve después
    de andar errante! -pues aún hay una parte
    de esperanza-. ¡Que me corte la cabeza un extranjero
    si no me convertía en azote de todos
    ellos, presentándome en el megaron de Odiseo
    Laertíada! Pero si me dominaran por su número,
    solo como estoy, preferiría morir en mi palacio
    asesinado antes que ver continuamente
    estas acciones vergonzosas: maltratar a forasteros
    y arrastrar por el palacio a las esclavas, sacar
    vino continuamente y comer el pan sin motivo,
    en vano, para un acto que no va a tener
    cumplimiento».


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Forastero, te voy a hablar sinceramente. No
    me es hostil todo el pueblo porque me odie, ni
    tengo nada que reprochar a mis hermanos, en
    los que un hombre suele confiar cuando surge
    una disputa, por grande que sea. Que el Cronida
    siempre dio hijos únicos a nuestra familia:
    Arcisío engendró a Laertes, hijo único, y a Odiseo
    lo engendró único su padre; a su vez Odiseo,
    después de engendrarme sólo a mí, me
    dejó en el palacio sin poder disfrutarme.
    «Ello es que cuantos nobles dominan en las
    islas, Duliquio, Same y la Boscosa Zante, y
    cuantos mandan en la escarpada Itaca pretenden
    a mi madre y arruinan mi hacienda. Ella no
    se niega a este odioso matrimonio ni es capaz
    de poner un término, así que los pretendientes
    consumen mi casa y creo que pronto acabarán
    incluso conmigo mismo. Pero en verdad esto
    está en las rodillas de los dioses.


    «Abuelo, tú marcha rápido y di a la prudente
    Penélope que estoy a salvo y he llegado de Pilos.
    Entre tanto, yo permaneceré aquí y tú
    vuelve después de darle a ella sola la noticia;
    que no se entere ninguno de los demás aqueos,
    pues son muchos los que maquinan la muerte
    contra mí.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 08:20

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO.
    CONT.

    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Lo sé, me doy cuenta, se lo ordenas a quien lo
    comprende. Pero, vamos, vamos, dime -y
    contéstame con verdad- si hago el mismo camino
    para anunciárselo al desdichado Laertes,
    quien mientras tanto ha estado vigilando entre
    lamentos la labor de Odiseo y comía y bebía
    con los esclavos cuando su ánimo le empujaba
    a ello. En cambio, ahora desde que tú marchaste
    a Pilos con la nave, dicen que ya ni come
    ni bebe ni vigila la labor, sino que permanece
    sentado entre llantos y se le seca la piel pegada
    a los huesos.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Es triste, pero lo dejaremos aunque nos duela,
    que si todo dependiera de los mortales, primero
    elegiríamos el día del regreso del padre.
    Conque marcha con la noticia y no andes por
    los campos en busca de Laertes. Ahora bien,
    dirás a mi madre que envíe a escondidas a la
    despensera y pronto, pues ésta se lo puede comunicar
    al anciano.»


    Así dijo y apremió al porquero. Tomó éste las
    sandalias y atándolas a sus pies se dirigió hacia
    la ciudad. No se le ocultó a Atenea que el porquero
    Eumeo había salido de la majada y se
    acercó allí asemejándose a una mujer hermosa
    y grande, conocedora de labores brillantes.
    Se detuvo a la puerta de la cabaña y se le apareció
    a Odiseo.

    Telémaco no la vio ni se percató -pues los dioses
    no se hacen visibles a todos los mortales-,
    pero la vieron Odiseo y los perros, aunque no
    ladraron, sino que huyeron espantados entre
    gruñidos a otra parte de la majada.
    Atenea hizo señas con sus cejas, diose cuenta el
    divino Odiseo y salió de la habitación junto a la
    larga pared del patio. Se puso cerca de ella y
    Atenea le dijo:

    «Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
    en ardides; manifiesta ya tu palabra a tu hijo y
    no se la ocultes más, a fin de que preparéis la
    muerte y Ker para los pretendientes y marchéis
    a la ínclita ciudad. Tampoco yo estaré mucho
    tiempo lejos de ellos, pues estoy ansiosa de
    luchar.»


    Así dijo Atenea y lo tocó con su varita de oro.
    Primero puso en su cuerpo un manto bien limpio
    y una túnica, y aumentó su estatura y juventud.
    Luego volvió a tornarse moreno, sus
    mandíbulas se extendieron y de su mentón nació
    negra barba.

    Cuando hubo realizado esto, marchó Atenea y
    Odiseo se encaminó a la cabaña. Su hijo se
    asombró al verlo y volvió la vista a otro lado no
    fuera un dios, y hablándole dijo aladas palabras:

    «Forastero, ahora me pareces distinto de antes;
    tienes otros vestidos y tu piel no es la misma.
    En verdad eres un dios de los que poseen el
    vasto Olimpo. Sé benevolente para que te entregue
    en agradecimiento objetos sagrados y
    dones de oro bien trabajado. Cuídate de nosotros.»


    Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

    «No soy un dios -¿por qué me comparas con los
    inmortales?-- sino tu padre por quien sufres
    dolores sin cuento soportando entre lamentos
    las acciones violentas de esos hombres.»


    Así hablando besó a su hijo y dejó que el llanto
    cayera a tierra de sus mejillas, pues antes lo
    estaba conteniendo, siempre inconmovible.
    Y Telémaco -aún no podía creer que era su padre-,
    le dijo de nuevo contestándole:

    «Tú no eres Odiseo, mi padre, sino un demón
    que me hechiza para que me lamente con más
    dolores todavía, pues un hombre no sería capaz
    con su propia mente de maquinar esto si un
    dios en persona no viene y le ate a su gusto y
    fácilmente joven o viejo. Que tú hace poco eras
    viejo y vestías ropas desastrosas, en cambio
    ahora pareces un dios de los que poseen el vasto
    cielo.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 08:29

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO. CONT.

    Y contestándole dijo Odiseo rico en ardides:

    « Telémaco, no está bien que no te admires
    muy mucho ni te alegres de que tu padre esté
    en casa. Ningún otro Odiseo te vendrá ya aquí,
    sino éste que soy yo, tal cual soy, sufridor de
    males, muy asendereado, y he llegado a los
    veinte años a mi patria. En verdad esto es obra
    de Atenea la Rapaz que me convierte en el
    hombre que ella quiere -pues puede-: unas veces
    semejante a un mendigo y otras a un hombre
    joven vestido de hermosas ropas, que es
    fácil para los dioses que poseen el vasto cielo
    exaltar a un mortal o arruinarlo.»


    Así hablando se sentó, y Telémaco, abrazado a
    su padre, sollozaba derramando lágrimas. A los
    dos les entró el deseo de llorar y lloraban agudamente,
    con más intensidad que los pájaros
    -pigargos o águilas de curvadas garras-, a quienes
    los campesinos han arrebatado las crías
    antes de que puedan volar. Así derramaban
    ellos bajo sus párpados un llanto que daba
    lástima. Y se hubiera puesto el sol mientras
    sollozaban, si Telémaco no se hubiera dirigido
    enseguida a su padre:

    «Padre mío, ¿en qué nave te han traído a Itaca
    los marineros?, ¿quiénes se preciaban de ser?,
    pues no creo que hayas llegado aquí a pie.»


    Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

    «Desde luego, hijo, te voy a decir la verdad. Me
    han traído los feacios, célebres por sus naves,
    quienes escoltan también a otros hombres que
    llegan hasta ellos. Me han traído dormido sobre
    el ponto en rápida nave y me han depositado
    en Itaca, no sin entregarme brillantes regalos
    -bronce, oro en abundancia y ropa tejida-. Todo
    está en una gruta por la voluntad de los dioses.
    Así que por fin he llegado aquí por consejo de
    Atenea, para que decidamos sobre la muerte de
    mis enemigos. Conque, vamos, enumérame a
    los pretendientes para que yo vea cuántos y
    quiénes son, que después de reflexionar en mi
    irreprochable ánimo te diré si podemos enfrentarnos
    a ellos nosotros dos sin ayuda, o buscamos
    a otros.»


    Y Telérnaco le contestó discretamente:

    «Padre, siempre he oído la fama que tienes de
    ser buen luchador con las manos y prudente en
    tus resoluciones, pero has dicho algo excesivamente
    grande -¡me atenaza la admiración!-,
    pues no sería posible que dos hombres lucharan
    contra muchos y aguerridos.

    »Respecto a los pretendientes no son una decena
    ni sólo dos, sino muchas más. Enseguida
    sabrás su número: de Duliquio son cincuenta y
    dos jóvenes selectos -y le siguen seis escuderos-;
    de Same proceden veinticuatro hombres,
    de Zante veinte hijos de aqueos y de Itaca
    misma doce, todos excelentes, con quienes
    están el heraldo Medonte, el divino aedo y dos
    siervos conocedores de los servicios del banquete.
    Si nos enfrentáramos a todos ellos mientras
    están dentro, temo que no podrías castigar
    -aunque hayas vuelto- sus violencias en forma
    amarga y terrible.
    »Pero si puedes pensar en alguien que nos defienda,
    dímelo, alguien que con ánimo amigo
    nos sirva de ayuda.»


    Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

    «Te lo diré; ponlo en tu pecho y escúchame.
    Piensa si Atenea -en unión del padre Zeus- nos
    pueden defender o tengo que pensar en otro
    aliado.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 08:46

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO. CONT.

    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Excelentes en verdad son los dos aliados de
    que me hablas, pues se apuestan arriba, entre
    las nubes, y ambos dominan a los hombres y a
    los dioses inmortales.»


    Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

    «Sí, en verdad no estarán mucho tiempo lejos
    de la fuerte lucha cuando la fuerza de Ares juzgue
    en mi palacio entre los pretendientes y nosotros.
    Pero tú marcha a casa al despuntar la
    aurora y reúnete con los soberbios pretendientes,
    que a mí me conducirá después el porquero
    bajo el aspecto de un mendigo miserable y viejo.
    «Si me deshonran en el palacio, que tu corazón
    soporte el que yo reciba malos tratos, aunque
    me arrastren por los pies hasta la puerta o incluso
    me arrojen sus dardos. Tú mira y aguanta,
    pero ordénales, eso sí, que repriman sus
    insensateces dirigiéndote a ellos con palabras
    dulces. Aunque no te harán caso, pues ya tienen
    a su lado el día de su destino. Te voy a decir
    otra cosa que has de poner en tus mientes:
    cuando Atenea, de muchos pensamientos, lo
    ponga en mi interior, te haré señas con la cabeza;
    tú entonces calcula cuántas arenas guerreras
    hay en el mégaron y sube a depositarlas en lo
    más profundo de la habitación del piso de arriba.
    Cuando te pregunten los pretendientes ansiosamente,
    contéstales con suaves palabras:

    "Las he retirado del fuego, pues ya no se parecen
    a las que dejó Odiseo cuando marchó a
    Troya, que están manchadas hasta donde las
    llega el aliento del fuego. Además el Cronida
    ha puesto en mi pecho una razón más importante:
    no sea que os llenéis de vino y levantando
    una disputa entre vosotros, lleguéis a heriros
    mutuamente y a llenar de vergüenza el
    banquete y vuestras pretensiones de matrimonio;
    que el hierro por sí sólo arrastra al hombre."

    Luego deja sólo para nosotros dos un par
    de espadas y otro de lanzas y dos escudos para
    nuestros brazos, a fin de que los sorprendamos
    echándonos sobre ellos. Te voy a decir otra cosa
    -y tú ponla en tu interior-: si de verdad eres mío
    y de mi propia sangre, que nadie se entere de
    que Odiseo está en casa; que no lo sepa Laertes
    ni el porquero, ni ninguno de los siervos ni siquiera
    la misma Penélope, sino solos tú y yo.
    Conozcamos la actitud de las mujeres y pongamos
    a prueba a los siervos, a ver quién nos
    honra y quién no se cuida y te deshonra, siendo
    quien eres.»

    Y contestándole dijo su ilustre hijo:

    «Padre, creo que de verdad vas a conocer mi
    coraje -y enseguida-, pues no es precisamente la
    irreflexión lo que me domina. Pero, con todo,
    no creo que vayamos a sacar ganancia ninguno
    de los dos. Te insto a que reflexiones, pues vas
    a recorrer en vano durante un tiempo los campos
    para probar a cada hombre, mientras ellos
    devoran tranquilamente en palacio nuestros
    bienes, insolentemente y sin cuidarse de nada.
    Te aconsejo, por el contrario, que trates de conocer
    a las siervas, las que te deshonran y las
    que te son inocentes. No me agradaría que fuéramos
    por las majadas poniendo a prueba a los
    hombres; ocupémonos después de esto, si es
    que en verdad conoces algún presagio de Zeus,
    portador de égida.»
    Mientras así hablaban, arribó a Itaca la bien
    trabajada nave que había traído de Pilos a
    Telémaco y compañeros.
    Cuando éstos entraron en el profundo puerto,
    empujaron a la negra nave hacia el litoral y sus
    valientes servidores les llevaron las armas.
    Luego llevaron a casa de Clitio los hermosos
    dones y enviaron un heraldo al palacio de Odiseo
    para comunicar a Penélope que Telémaco
    estaba en el campo y había ordenado llevar la
    nave a la ciudad para que la ilustre reina no
    sintiera temor ni derramara tiernas lágrimas.
    Encontráronse el heraldo y el divino porquero
    para comunicar a la mujer el mismo recado y,
    cuando ya habían llegado al palacio del divino
    rey, fue el heraldo quien habló en medio de las
    esclavas.
    «Reina, tu hijo ha llegado.»
    Luego el porquero se acercó a Penélope y le
    dijo lo que su hijo le había ordenado decir.
    Cuando hubo acabado todo su encargo, se puso
    en camino hacia los cerdos abandonando los
    patios y el palacio.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 08:55

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO.
    CONT.

    Los pretendientes estaban afligidos y abatidos
    en su corazón; salieron del mégaron a lo largo
    de la pared del patio y se sentaron allí mismo,
    cerca de las puertas. Y Eurímaco, hijo de Pólibo,
    comenzó a hablar entre ellos:

    «Amigos, gran trabajo ha realizado Telémaco
    con este viaje; ¡y decíamos que no lo llevaría a
    término! Vamos, botemos una negra nave, la
    mejor, y reunamos remeros que vayan enseguida
    a anunciar a aquéllos que ya está de vuelta
    en casa.»


    No había terminado de hablar, cuando Anfínomo
    volviéndose desde su sitio, vio a la nave
    dentro del puerto y a los hombres amainando
    velas o sentados al remo. Y sonriendo suavemente
    dijo a sus compañeros:

    «No enviemos embajada alguna; ya están aquí.
    O se lo ha manifestado un dios o ellos mismos
    han visto pasar de largo a la nave y no han podido
    alcanzarla.»


    Así dijo, y ellos se levantaron para encaminarse
    a la ribera del mar. Enseguida empujaron la
    negra nave hacia el litoral y sus valientes servidores
    les llevaron las armas. Marcharon todos
    juntos a la plaza y no permitieron que nadie,
    joven o viejo, se sentara a su lado. Y comenzó a
    hablar entre ellos Antínoo, hijo de Eupites:

    «¡Ay, ay, cómo han librado del mal los dioses a
    este hombre! Durante días nos hemos apostado
    vigilantes sobre las ventosas cumbres, turnándonos
    continuamente. Al ponerse el sol, nunca
    pasábamos la noche en tierra sino en el mar,
    esperando en la rápida nave a la divina Eos,
    acechando a Telémaco para sorprenderlo y matarlo.
    Pero entre tanto un dios le ha conducido
    a casa.
    Con que meditemos una triste muerte para
    Telémaco aquí mismo y que no se nos escape,
    pues no creo que mientras él viva consigamos
    cumplir nuestro propósito, que él es hábil en
    sus resoluciones y el pueblo no nos apoya del
    todo.
    «Vamos, antes de que reúna a los aqueos en
    asamblea..., pues no creo que se desentienda,
    sino que, rebosante de cólera, se pondrá en pie
    para decir a todo el mundo que le hemos trenzado
    la muerte y no le hemos alcanzado. Y el
    pueblo no aprobará estas malas acciones cuando
    le escuche. ¡Cuidado, no vayan a causamos
    daño y nos arrojen de nuestra tierra -y tengamos
    que marchar a país ajeno-! Conque apresurémonos
    a matarlo en el campo lejos de la
    ciudad, o en el camino. Podríamos quedarnos
    con su bienes y posesiones repartiéndolas a
    partes iguales entre nosotros y entregar el palacio
    a su madre y a quien case con ella, para que
    se lo queden. Pero si estas palabras no os agradan,
    sino que preferís que él viva y posea todos
    sus bienes patrios, no volvamos desde ahora a
    reunirnos aquí para comer sus posesiones; que
    cada uno pretenda a Penélope asediándola con
    regalos desde su palacio, y quizá luego case ella
    con quien le entregue más y le venga destinado.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 09:05

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO.
    CONT.

    Así habló y todos quedaron en silencio. Entonces
    se levantó y les dijo Anfínomo, ilustre hijo
    de Niso, el soberano hijo de Aretes (éste era de
    Duliquio, rica en trigo y pastos, y capitaneaba a
    los pretendientes; era quien más agradaba a
    Penélope por sus palabras, pues estaba dotado
    de buenas mientes)... Con sentimientos de
    amistad hacia ellos se levantó y dijo:

    «Amigos, yo al menos no desearía acabar con
    Telémaco, pues la raza de los reyes es terrible
    de matar. Así que conozcamos primero la decisión
    de los dioses. Si la voluntad del gran Zeus
    lo aprueba, yo seré el primero en matarlo y os
    incitaré a los demás, pero si los dioses tratan de
    impedirlo, os aconsejo que pongáis término.»


    Así dijo Anfínomo y les agradó su palabra. Se
    levantaron al punto y se encaminaron a casa de
    Odiseo y llegados allí se sentaron en pulidos
    sillones.

    Entonces Penélope decidió mostrarse ante los
    pretendientes, poseedores de orgullosa insolencia,
    pues se había enterado de que pretendían
    matar a su hijo en palacio -se lo había dicho el
    heraldo Medonte, que conocía su decisión. Se
    puso en camino hacia el mégaron junto con sus
    siervas y cuando hubo llegado junto a los pretendientes,
    la divina entre las mujeres, se detuvo
    junto a una columna del bien labrado techo,
    sosteniendo delante de sus mejillas un grueso
    velo. Censuró a Antínoo, le dijo su palabra y le
    llamó por su nombre:

    «Antínoo, insolente, malvado; dicen en Itaca
    que eres el mejor entre tus compañeros en pensamiento
    y palabra, pero no eres tal. ¡Ambicioso!,
    por qué tramas la muerte y el destino para
    Telémaco y no prestas atención a los suplicantes,
    cuyo testigo es Zeus? No es justo tramar la
    muerte uno contra otro. ¿Es que no recuerdas
    cuando tu padre vino aquí huyendo por terror
    al pueblo, pues éste rebosaba de ira porque tu
    padre, siguiendo a unos piratas de Tafos, había
    causado daño a los tesprotos que eran nuestros
    aliados? Querían matarlo y romperle el corazón
    y comerse su mucha hacienda, pero Odiseo se
    lo impidió y los contuvo, deseosos como estaban.
    Ahora tú te comes sin pagar la hacienda de
    Odiseo, pretendes a su mujer y tratas de matar
    a su hijo, produciéndome un gran dolor. Te ordeno
    que pongas fin a esto y se lo aconsejes a
    los demás.»


    Y Eurímaco, hijo de Pólibo, le contestó:

    «Hija de Icario, prudente Penélope, cobra ánimos.
    No te preocupes por esto. No existe ni
    existirá ni va a nacer hombre que ponga sus
    manos sobre tu hijo Telémaco, al menos mientras
    yo viva y vean mis ojos sobre la tierra.
    Además, te voy a decir otra cosa que se cumplirá:
    pronto correría la sangre de ése por mi
    lanza pues también a mí Odiseo, el destructor
    de ciudades, sentándome muchas veces sobre
    sus rodillas me ponía en las manos carne asada
    y me ofrecía rojo vino. Por esto Telémaco es
    para mí el más querido de los hombres y te
    ruego que no temas su muerte al menos a manos
    de los pretendientes; en cuanto a la que
    procede de los dioses, ésa es imposible evitarla.»


    Así habló para animarla, aunque también él
    tramaba la muerte contra Telémaco.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 13:56

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVI

    TELÉMACO RECONOCE A ODISEO.
    CONT.

    Entonces Penélope subió al brillante piso de
    arriba y lloraba a Odiseo, su esposo, hasta que
    Atenea de ojos brillantes le puso dulce sueño
    sobre los párpados.

    El divino porquero llegó al atardecer junto a
    Odiseo y su hijo cuando éstos se preparaban la
    cena, después de sacrificar un cerdo de un año.
    Entonces Atenea se acercó a Odiseo Laertíada y
    tocándole con su varita le hizo viejo de nuevo y
    vistió su cuerpo de tristes ropas, para que el
    porquero no lo reconociera al verlo de frente y
    fuera a comunicárselo a la prudente Penélope
    sin poder guardarlo para sí.
    Telémaco fue el primero en dirigirle su palabra:

    «Ya has llegado, Eumeo: ¿qué se dice por la
    ciudad? ¿Han vuelto ya los arrogantes pretendientes
    de su emboscada, o todavía esperan a
    que yo vuelva a casa?»


    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «No tenía yo que inquirir ni preguntar eso al
    bajar a la ciudad. Mi ánimo me empujó a comunicar
    mi recado y volver aquí de nuevo.
    Pero se encontró conmigo un veloz enviado de
    tus compañeros, un heraldo que habló a tu madre
    antes que yo. También sé otra cosa, pues la
    he visto con mis ojos: al volver para acá había
    ya atravesado la ciudad -en el lugar donde está
    el cerro de Hermes- cuando vi entrar en nuestro
    puerto una veloz nave; había en ella numerosos
    hombres y estaba cargada de escudos y lanzas
    de doble punta. Pensé que eran ellos, pero no lo
    sé con certeza.»


    Así habló, y sonrió la sagrada fuerza de Telémaco
    dirigiendo los ojos a su padre, evitando al
    porquero. Cuando habían acabado del trajin de
    preparar la comida, cenaron y su ánimo no se
    vio privado de un alimento proporcional. Y una
    vez que habían arrojado de sí el deseo de comer
    y beber, volvieron su pensamiento al dormir y
    recibieron el don del sueño.

    FIN DEL CANTO XVI.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 13:58

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES


    Y cuando se mostró Eos, la que nace de la mañana,
    la de los dedos de rosa, calzó Telémaco
    bajo sus pies hermosas sandalias, el querido
    hijo del divino Odiseo, tomó la fuerte lanza que
    se adaptaba bien a sus manos deseando marchar
    a la ciudad y dijo a su porquero:

    «Abuelo, yo me voy a la ciudad para que me
    vea mi madre, pues no creo que abandone los
    tristes lamentos y los sollozos acompañados de
    lágrimas, hasta que me vea en persona. Así que
    te voy a encomendar esto: lleva a la ciudad a
    este desdichado forastero para que mendigue
    allí su pan -el que quiera le dará un mendrugo
    y un vaso de vino-, pues yo no puedo hacerme
    cargo de todos los hombres, afligido como estoy
    en mi corazón. Y si el forastero se encoleriza,
    peor para él, que a mí me place decir verdad.»


    Y contestándole dijo el astuto Odiseo:

    «Amigo, tampoco yo quiero que me retengan.
    Para un pobre es mejor mendigar por la ciudad
    que por los campos -y me dará el que quiera-,
    pues ya no soy de edad para quedarme en las
    majadas y obedecer en todo a quien da las
    órdenes y los encargos. Conque, marcha, que a
    mí me llevará este hombre, a quien has ordenado,
    una vez que me haya calentado al fuego
    y haya solana. Tengo unas ropas que son terriblemente
    malas y temo que me haga daño la
    escarcha mañanera, pues decís que la ciudad
    está lejos.»


    Así dijo, y Telémaco cruzó la majada dando
    largas zancadas; iba sembrando la muerte para
    los pretendientes.

    Cuando llegó al palacio, agradable para vivir,
    dejó la lanza que llevaba junto a una elevada
    columna y entró en el interior, traspasando el
    umbral de piedra.
    La primera en verlo fue la nodriza Euriclea, que
    extendía cobertores sobre los bien trabajados
    sillones y se dirigió llorando hacia él. A su alrededor
    se congregaron las demás siervas del
    sufridor Odiseo y acariciándolo besaban su
    cabeza y hombros.
    Salió del dormitorio la prudente Penélope, semejante
    a Artemis o a la dorada Afrodita, y
    echó llorando sus brazos a su querido hijo, le
    besó la cabeza y los dos hermosos ojos y, entre
    lamentos, decía aladas palabras:

    «Has llegado, Telémaco, como dulce luz. Ya no
    creía que volvería a verte desde que marchaste
    en la nave a Pilos, a ocultas y contra mi voluntad,
    en busca de noticias de tu padre. Vamos,
    cuéntame cómo has conseguido verlo.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Madre mía, no despiertes mi llanto ni conmuevas
    mi corazón dentro del pecho, ya que he
    escapado de una muerte terrible. Conque,
    báñate, viste tu cuerpo con ropa limpia, sube al
    piso de arriba con tus esclavas y promete a todos
    los dioses realizar hecatombes perfectas,
    por si Zeus quiere llevar a cabo obras de represalia.
    «Yo marcharé al ágora para invitar a un forastero
    que me ha acompañado cuando volvía de
    allí. Lo he enviado por delante con mis divinos
    compañeros y he ordenado a Pireo que lo lleve
    a su casa y lo agasaje gentilmente y honre hasta
    que yo llegue.»


    Así habló, y a Penélope se le quedaron sin alas
    las palabras. Así que se bañó, vistió su cuerpo
    con ropa limpia y prometió a todos los dioses
    realizar hecatombes perfectas por si Zeus quería
    llevar a cabo obras de represalia.

    CONT.





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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 14:14

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    Entonces Telémaco atravesó el mégaron portando
    su lanza y le acompañaban dos veloces
    lebreles. Atenea derramó sobre él la gracia y
    todo el pueblo se admiraba al verlo marchar. Y
    los arrogantes pretendientes le rodearon diciéndole
    buenas palabras, pero en su interior
    meditaban secretas maldades. Telémaco entonces
    evitó a la muchedumbre de éstos y fue a
    sentarse donde se sentaban Méntor, Antifo y
    Haliterses, quienes desde el principio eran
    compañeros de su padre. Y éstos le preguntaban
    por todo. Se les acercó Pireo, célebre por su
    lanza, llevando al forastero a través de la ciudad
    hasta la plaza. Entonces Telémaco ya no
    estuvo mucho tiempo lejos de su huésped, sino
    que se puso a su lado. Y Pireo le dirigió primero
    aladas palabras:

    «Telémaco, envía pronto unas mujeres a mi
    casa para que te devuelva los regalos que te
    hizo Menelao.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Pireo, en verdad no sabemos cómo resultará
    todo esto. Si los pretendientes me matan ocultamente
    en palacio y se reparten todos los bienes
    de mi padre, prefiero que tú te quedes con
    los regalos y los goces antes que alguno de
    ellos. Pero si consigo sembrar para éstos la
    muerte y Ker, llévalos alegre a mi casa, que yo
    estaré alegre.»


    Así diciendo condujo a casa a su asendereado
    huésped. Cuando llegaron al palacio agradable
    para vivir, dejaron sus mantos sobre sillas y
    sillones y se bañaron en bien pulimentadas bañeras.
    Después que las esclavas les hubieron
    bañado, ungido con aceite y puesto mantos de
    lana y túnicas, salieron de las bañeras y fueron
    a sentarse en sillas. Y una esclava derramó sobre
    fuente de plata el aguamanos que llevaba
    en hermosa jarra de oro para que se lavaran, y a
    su lado extendió una mesa pulimentada. Y la
    venerable ama de llaves puso comida sobre ella
    y añadió abundantes piezas, favoreciéndolas
    entre los que estaban presentes. Entonces la
    madre se sentó frente a él, junto a una columna
    del mégaron, se reclinó en un asiento y revolvía
    entre sus manos suaves copos de lana. Y ellos
    echaron mano de los alimentos que tenían delante.
    Cuando habían arrojado de sí el deseo de comer
    y beber, comenzó a hablar entre ellos la
    prudente Penélope:

    «Telémaco, en verdad voy a subir al piso de
    arriba y acostarme en el lecho que tengo regado
    de lágrimas desde que Odiseo partió a Ilión con
    los Atridas. Y es que no has sido capaz, antes
    de que los arrogantes pretendientes llegaran a
    esta casa, de hablarme claramente del regreso
    de tu padre, si es que has oído algo.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Madre, te voy a contar la verdad. Marchamos
    a Pilos junto a Néstor, pastor de su pueblo,
    quien me recibió en su elevado palacio y me
    agasajó gentilmente, como un padre a su hijo
    recién llegado de otras tierras después de largo
    tiempo. Así de amable me recibió junto con sus
    ilustres hijos. Me dijo que no había oído nunca
    a ningún humano hablar sobre Odiseo, vivo o
    muerto, pero me envió junto al Atrida Menelao,
    famoso por su lanza, con caballos y un carro
    bien ajustado. Allí vi a la argiva Helena, por
    quien troyanos y argivos sufrieron mucho por
    voluntad de los dioses. Enseguida me preguntó
    Menelao, de recia voz guerrera, qué necesidad
    me había llevado a la divina Lacedemonia y yo
    le conté toda la verdad.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 14:24

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    «Entonces, contestándome con su palabra, dijo:

    "¡Ay, ay! ¡Conque querían dormir en el lecho de
    un hombre intrépido quienes son cobardes!
    Como una cierva acuesta a sus dos recién nacidos
    cervatillos en la cueva de un fuerte león y
    mientras sale a pastar en los hermosos valles,
    aquél regresa a su guarida y da vergonzosa
    muerte a ambos, así Odiseo dará vergonzosa
    muerte a aquéllos. ¡Padre Zeus, Atenea y Apolo,
    ojalá que siendo como cuando en la bien
    construida Lesbos se levantó para disputar y
    luchó con Filomeleides, lo derribó violentamente
    y todos los aqueos se alegraron!
    Ojalá que con tal talante se enfrentara Odiseo
    con los pretendientes: corto el destino de todos
    sería y amargas sus nupcias. En cuanto a lo que
    me preguntas y suplicas, no querría apartarme
    de la verdad y engañarte. Conque no te ocultaré
    ni guardaré secreto sobre lo que me dijo el
    veraz anciano del mar. Este dijo que lo había
    visto sufriendo fuertes dolores en el palacio de
    la ninfa Calipso, quien lo retenía por la fuerza,
    y que no podía regresar a su tierra patria porque
    no tenía naves provistas de remos ni compañeros
    que le acompañaran por el ancho lomo
    del mar. Así me dijo el Atrida Menelao, famoso
    por su lanza, y luego de acabar su relato regresamos.
    Los inmortales me concedieron un viento
    favorable y me escoltaron velozmente hasta
    mi patria.»


    Así habló y conmovió el ánimo de Penélope.
    Entonces Teoclímeno, semejante a los dioses,
    comenzó a hablar entre ellos:

    «Esposa venerable de Odiseo Laertíada, en
    verdad él no sabe nada; escucha mi palabra,
    pues te voy a profetizar con veracidad y no voy
    a ocultarte nada. ¡Sea testigo Zeus, antes que
    los demás dioses, y la mesa de hospitalidad y el
    hogar del irreprochable Odiseo, al que he llegado,
    de que en verdad Odiseo ya está en su
    tierra patria, sentado o caminando, sabedor de
    estas malas acciones y sembrando la muerte
    para todos los pretendientes. Este es el augurio
    que yo observé, y me hice oír de Telémaco
    mientras estaba en la nave de buenos bancos».


    Y le contestó la prudente Penélope:

    «Forastero, ¡ojalá se cumpliera esta tu palabra!
    Entonces conocerías mi amistad enseguida y
    numerosos regalos de mí, hasta el punto de que
    cualquiera que contigo topara te llamaría dichoso.»


    Así hablaban unos con otros.

    Los pretendientes, por su parte, se complacían
    arrojando discos y venablos ante el palacio de
    Odiseo, en el sólido pavimento donde acostumbraban,
    llenos de arrogancia. Pero cuando
    fue la hora de comer y les llegaron de todas
    partes del campo los animales que les traían los
    de siempre, se dirigió a ellos Medonte (éste era
    quien más les agradaba de los heraldos y solía
    acompañarlos al banquete):

    «Mozos, una vez que todos habéis complacido
    vuestro ánimo con los juegos, dirigíos al palacio
    para preparar el almuerzo, que no es cosa mala
    yantar a su tiempo.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 14:33

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    Así habló y ellos se pusieron en pie y marcharon
    obedeciendo su palabra. Cuando llegaron a
    la bien edificada morada dejaron sus mantos en
    sillas y sillones y sacrificaron grandes ovejas y
    gordas cabras; sacrificaron cebones y un toro
    del rebaño para preparar su almuerzo.

    Entre tanto Odiseo y el divino porquero se disponían
    a marchar del campo a la ciudad y comenzó
    a hablar el porquero, caudillo de hombres:

    «Forastero, puesto que deseas marchar hoy
    mismo a la ciudad, como recomendó mi soberano
    (que yo, desde luego, preferiría dejarte
    para vigilar la majada, pero tengo respeto por
    mi amo y temo que me reprenda después y en
    verdad son duras las reprimendas de los amos),
    marchemos ya, pues el día está avanzado y
    quizá sea peor esperar a la tarde.»


    Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

    «Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien lo
    comprende. Conque marchemos y tú sé mi guía.
    Dame un bastón -si es que tienes uno cortado-
    para que me apoye, pues decís que el camino
    es muy resbaladizo.»


    Así dijo y echó a sus hombros el sucio zurrón
    desgarrado por muchas partes, en el que había
    una correa retorcida. Entonces Eumeo le dio el
    deseado bastón y se pusieron los dos en camino,
    quedando perros y pastores para guardar la
    majada.

    Eumeo condujo hacia la ciudad a su soberano,
    que se asemejaba a un miserable y viejo mendigo,
    que se apoyaba en su bastón y cubría su
    cuerpo con vestidos que daban pena. Cuando
    en su marcha por el empinado sendero se encontraban
    cerca de la ciudad y llegaron a una
    fuente labrada de hermosa corriente, a donde
    iban por agua los ciudadanos (la habían construido
    Itaco, Nerito y Polictor en el centro de un
    bosque de álamos negros que crecían con su
    agua; era completamente redonda y de lo alto
    de una piedra caía agua fría, y encima de ella
    había un altar de las Ninfas, donde solían sacrificar
    todos los ciudadanos), allí se topó con
    ellos Melantio, hijo de Dolio, que conducía las
    cabras, las que sobresalían entre todo el ganado,
    para festín de los pretendientes; y con él
    marchaban dos pastores.
    Cuando los vio les reprendió de palabra y
    llamándolos por su nombre les dijo algo atroz e
    inconveniente que hizo saltar el corazón de
    Odiseo:

    «Vaya, vaya, un desgraciado conduce a otro
    desgraciado; es claro que dios siempre lleva a la
    gente hacia los de su calaña. ¿Adónde, miserable
    porquero, llevas a ese gorrón, a ese mendigo
    pegajoso, a ese aguafiestas? Arrimará los
    hombros a muchas puertas para rascarse mientras
    pide mendrugos, que no espadas ni calderos.
    Si me lo dieras a mí para vigilante de mi
    majada, para mozo de cuadra y para llevar brezos
    a mis chivos, quizá bebiendo leche de cabra
    echaría gordos muslos. Pero ahora que ha
    aprendido esas malas artes no querrá ponerse a
    trabajar, que preferirá mendigar por el pueblo y
    alimentar su insaciable estómago. Conque te
    voy a decir algo que se va a cumplir: si se acerca
    a la casa del divino Odiseo, sus tortillas van
    a romper muchas banquetas que lloverán sobre
    su cabeza desde las manos de esos hombres,
    pues va a ser su blanco por la casa.»


    Así habló, y al pasar a su lado, el insensato dio
    una patada a Odiseo en la cadera, aunque no
    consiguió echarlo fuera del camino, sino que
    éste se mantuvo firme. Entonces Odiseo dudaba
    entre arrancarle la vida saltando tras él con
    el palo o levantarle y tirarle de cabeza contra el
    suelo, pero se aguantó- y se contuvo. El porquero,
    en cambio, se encaró con él y le reprendió,
    y levantando las manor suplicó así:

    «Ninfas de la fuente, hijas de Zeus, si alguna
    vez Odiseo quemó en vuestro honor muslos de
    corderos o cabritos cubriéndolos con gorda
    grasa, cumplidme este deseo: que vuelva este
    hombre conducido por un dios. Seguro que él
    acabaría con toda la insolencia que ahora pasea
    por la ciudad, mientras malos pastores acaban
    con los ganados.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 14:42

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    Y le contestó Melantio, el cabrero:

    «¡Ay, ay, qué cosa ha dicho este perro urdidor
    de intrigas! Me lo voy a llevar algún día lejos de
    Itaca en negra nave de Buenos bancos para que
    me entreguen por él un buen precio, porque
    ¡ojalá Apolo, el de arco de plaza, alcance hoy
    mismo a Telémaco dentro del palacio o sucumba
    a manos de los pretendientes, lo mismo que
    Odiseo ha perdido en tierras lejanas el día de su
    regreso!»


    Así diciendo, los dejó caminando lentamente;
    en cambio, él se puso en camino y llegó enseguida
    a la morada del rey. Entró y sentó entre
    los pretendientes, frente a Eurímaco, pues a
    éste era a quien más estimaba. Pusieron junto a
    él una porción de carne los que servían y la
    venerable ama de llaves le llevó pan y se lo dejó
    al lado para que lo comiera.

    Odiseo y el divino porquero se detuvieron en
    su caminar; les llegaba el sonido de la sonora
    lira, pues Femio se había puesto a cantar para
    ellos. Entonces Odiseo tomó de la mano al porquero
    y le dijo:

    «Eumeo, a lo que parece ésta es la hermosa morada
    de Odiseo, pues se destaca tanto que se la
    puede ver fácilmente entre otras muchas. Una
    estancia sigue a la otra, su patio está cercado
    con muro y cornisa y sus puertas bien firmes
    son de doble hoja. Ningún hombre podría rendirla
    por la fuerza. Me parece que muchos
    hombres se están banqueteando dentro, pues se
    levanta un olor a grasa y resuena la lira, a la
    que los dioses han hecho compañera del banquete.»


    Y contestando le dijiste, porquero Eumeo:

    «Con facilidad lo has percatado, que no eres
    sandio tampoco en lo demás. Pero, vamos, pensemos
    cómo actuar. Entra tú primero en la
    agradable morada y mézclate con los pretendientes,
    que yo me quedaré aquí; o, si quieres,
    quédate tú y entraré yo primero. Pero no te
    quedes parado mucho tiempo, no sea que te
    vea alguien fuera y te tire algo o te eche. Esto es
    lo que te aconsejo que consideres.»


    Y le contestó luego el sufridor, el divino Odiseo:

    «Lo sé, me doy cuenta, se lo dices a quien comprende.
    Con que marcha tú primero y yo me
    quedaré aquí, que ya sé lo que son golpes y
    pedradas. Mi ánimo es paciente, pues he sufrido
    muchos males en el mar y la guerra; que
    venga esto después de aquello. Cuando tiene
    apetito, no es posible acallar al maldito estómago
    que tantas desgracias suele acarrear a los
    hombres; por culpa suya incluso las bien entabladas
    naves se preparan para surcar el estéril
    mar portando la desgracia a hombres enemigos.»


    Así hablaban entre sí. Entonces un perro que
    estaba tumbado enderezó la cabeza y las orejas,
    el perro Argos, a quien el sufridor Odiseo había
    criado, aunque no pudo disfrutar de él, pues
    antes se marchó a la divina Ilión. Al principio le
    solían llevar los jóvenes a perseguir cabras
    montaraces, ciervos y liebres, pero ahora yacía
    despreciado -una vez que se hubo ausentado
    Odiseo- entre el estiércol de mulos y vacas que
    estaba amontonado ante la puerta a fin de que
    los siervos de Odiseo se lo llevaran para abonar
    sus extensos campos. Allí estaba tumbado el
    perro Argos, lleno de pulgas. Cuando vio a
    Odiseo cerca, entonces sí que movió la cola y
    dejó caer sus orejas, pero ya no podia acercarse
    a su amo. Entonces Odiseo, que le vio desde
    lejos, se enjugó una lágrima sin que se percatara
    Eumeo y le preguntó:

    «Eumeo, es extraño que este perro esté tumbado
    entre el estiércol. Su cuerpo es hermoso,
    aunque ignoro si, además de hermoso, era
    rápido en la carrera o, por el contrario, era como
    esos perros falderos que crían los señores
    por lujo.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 25 Mayo 2021, 14:51

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES
    . CONT

    Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:

    «Este perro era de un hombre que ha muerto
    lejos de aquí. Si su cuerpo y obras fueron como
    cuando lo dejó Odiseo al marchar a Troya,
    pronto lo admirarías al contemplar su rapidez y
    vigor, que nunca salía huyendo de ninguna
    bestia en la profundidad del espeso bosque
    cuando la perseguía-pues también era muy
    diestro en seguir el rastro. Pero ahora lo tiene
    vencido la desgracia, pues su amo ha perecido
    lejos de su patria y las mujeres no se cuidan de
    él; que los siervos, cuando los amos ya no
    mandan, no quieren hacer los trabajos que les
    corresponden, pues Zeus, que ve a lo ancho,
    quita a un hombre la mitad de su valía cuando
    le alcanza el día de la esclavitud.»


    Así diciendo entró en la morada, agradable
    para vivir, y se fue derecho por el mégaron en
    busca de los ilustres pretendientes. Y a Argos le
    arrebató el destino de la negra muerte al ver a
    Odiseo después de veinte años.

    Telémaco, semejante a los dioses, fue el primero
    en ver al porquero avanzar por la casa y enseguida
    le hizo señas invitándole a ponerse a su
    lado. Eumeo echó una ojeada, tomó una banqueta
    que estaba cerca (donde se solía sentar el
    trinchante para repartir abundante carne entre
    los pretendientes cuando se banqueteaban en el
    palacio) y llevándoselo lo puso junco a la mesa
    de Telémaco y se sentó. Entonces el heraldo
    tomó una porción, sacó pan del canasto y se lo
    ofreció.

    Enseguida, detrás de Eumeo, entró en el patio
    Odiseo semejante a un miserable y viejo mendigo
    que se apoyaba en su bastón y cubría su
    cuerpo con ropas que daban pena, sentóse sobre
    el umbral de madera de fresno dentro de
    las puertas y se apoyó en la jamba de madera
    de ciprés que un artesano había pulimentado
    hábilmente y enderezado con la plomada. Telémaco
    llamó junto a sí al porquero y le dijo
    mientras cogía un pan entero del hermoso canasto
    y cuanta carne le cupo en las manos:

    «Lleva esto al forastero y ofréceselo, y aconséjale
    que vaya recorriendo todos los pretendientes
    y les pida, que no es buena la vergüenza para el
    hombre necesitado.»


    Así dijo; echó a andar el porquero cuando hubo
    oído su palabra y, poniéndose cerca, le dijo
    aladas palabras:

    «Forastero, Telémaco te entrega esto y te aconseja
    que vayas recorriendo todos los pretendientes
    y les pidas, que dice que no es buena la
    vergüenza para un hombre necesitado.»


    Y contestándole dijo el astuto Odiseo:

    «Soberano Zeus, ¡que Telémaco sea próspero
    entre los hombres y obtenga todo cuanto anhela
    en su corazón!»


    Así dijo; tomólo en sus dos manos y lo puso a
    sus pies, sobre el sucio zurrón; y lo comió mientras
    cantaba el aedo en el palacio.
    Cuando lo había comido terminó el divino aedo
    y los pretendientes comenzaron a alborotar en
    el palacio.

    Entonces Atenea se puso cerca de Odiseo Laertíada
    y lo apremió a que recogiera mendrugos
    entre los pretendientes y pudiera conocer quiénes
    eran rectos y quiénes injustos, aunque ni
    aun así iba a librar a ninguno de la muerte. Así
    que se puso en marcha para mendigar de izquierda
    a derecha a cada uno de ellos, extendiendo
    sus manos a todas partes como si fuera
    un mendigo de siempre. Los pretendientes le
    daban compadecidos, se admiraban de él y se
    preguntaban unos a otros quién podría ser y de
    dónde vendría. Entonces habló entre ellos Melantio,
    el cabrero:

    «Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina,
    sobre este forastero, pues yo lo he visto ya antes.
    En realidad lo ha traído aquí el porquero,
    aunque no sé de cierto de dónde se precia de
    ser su linaje.»


    CONT.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 17 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 05:54

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    Así dijo, y Antínoo reprendió al porquero:

    «Porquero ilustre, ¿por qué lo has traído a la
    ciudad? ¿Es que no tenemos suficientes vagabundos,
    mendigos pegajosos, aguafiestas? ¿O
    es que te parecen pocos los que se reúnen aquí
    para comer la hacienda de tu señor y has invitado
    también a éste?»


    Y contestándole dijiste, porquero Eumeo:

    «Antínoo, con ser noble no dices palabras justas.
    Pues ¿quién sale a traer de fuera un forastero
    como no sea uno de los servidores del pueblo,
    un adivino, un curador de enfermedades o
    un trabajador de la madera, o incluso un aedo
    inspirado que complazca con sus cantos? Estos
    sí, éstos son los hombres a quienes se invita a
    venir sobre la extensa tierra, pero nadie invitaría
    a un vagabundo a que le importune.
    «Y es que tú has sido siempre entre todos los
    pretendientes el más duro para con los siervos
    de Odiseo, y en especial para conmigo. Ahora
    que a mí no me importa mientras me viva en el
    palacio la prudente Penélope y Telémaco, semejante
    a los dioses.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Calla, no me contestes a éste con tantas palabras.
    Antínoo acostumbra a provocar continuamente
    con palabras duras e incluso incita a
    los demás.»

    Así dijo, y dirigió a Antínoo aladas palabras:

    «Antínoo, en verdad tu cuidas de mí como un
    padre de su hijo al aconsejarme que arroje del
    palacio al forastero con palabra tajante; que no
    cumpla dios esto. Toma algo y dáselo; no lo veo
    con malos ojos, sino que te ordeno que lo
    hagas. Y no tengas temor por causa de mi madre
    ni de ninguno de los siervos que hay en la
    casa del divino Odiseo. Aunque creo que es
    otro pensamiento el que albergas en tu pecho,
    pues prefieres comer tú a destajo antes que
    dárselo a otro.»


    Y Antínoo le contestó y dijo:

    «¡Telémaco fanfarrón, incapaz de reprimir tu
    ira, qué cosa has dicho! Si todos los pretendientes
    le dieran tanto como yo, su casa lo retendría
    durante tres meses lejos de aquí.»


    Así dijo, y tomándolo de debajo de la mesa, le
    enseñó el escabel sobre el que apoyaba sus brillantes
    pies mientras se daba al banquete. Pero
    todos los demás le dieron y llenaron su zurrón
    de pan y carne. Iba ya Odiseo por el pavimento
    a probar los regalos de los aqueos, cuando se
    detuvo junto a Antínoo y le dijo su palabra:

    «Dame, amigo, que no me pareces el menos
    noble de los aqueos, sino el más excelente, pues
    te asemejas a un rey. Por ello tienes que darme
    incluso más comida que los demás y yo diré tu
    nombre por la infinita tierra. También yo habité
    en otro tiempo en casa rica y daba a menudo a
    un vagabundo así, de cualquier ralea que fuera
    y cualquier cosa que llegara precisando. Tenía
    miles de esclavos y otras muchas cosas con las
    que los hombres viven bien y se les llama ricos.
    Pero Zeus Cronida me arruinó -pues debió de
    quererlo así enviándome con unos errantes
    piratas a Egipto, camino largo, para que pereciera.
    Atraqué mis cuvadas naves en el río
    Egipto. Entonces ordené a mis leales compañeros
    que se quedaran junto a ellas para vigilarlas
    y envié espías a puestos de observación con
    orden de que regresaran, pero éstos, cediendo a
    su ambición, saquearon los hermosos campos
    de los egipcios, se llevaron a las mujeres y tiernos
    niños y mataron a los hombres. Pronto
    llegó el griterío a la ciudad, así que, al escucharlo,
    se presentaron al despuntar la aurora: llenóse
    la llanura toda de gente de a pie y a caballo y
    del estruendo del bronce. Zeus, el que goza con
    el rayo, indujo a mis compañeros a huir cobardemente
    y ninguno se atrevió a dar el pecho.
    Por todas partes nos rodeaba la destrucción.
    Allí mataron con agudo bronce a muchos de
    mis compañeros y a otros se los llevaron vivos
    para forzarlos a trabajar sus campos, pero a mí
    me llevaron a Chipre y me entregaron a un
    forastero que dio con nosotros, a Dmator Jasida,
    quien gobernaba con fuerza en Chipre.
    Desde allí he llegado aquí después de sufrir
    desgracias».


    CONT.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 06:05

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    Y Antínoo le contestó y dijo:

    «¿Qué dios nos ha traído aquí esta peste, esta
    ruina del banquete? Quédate ahí en medio,
    lejos de mi mesa, no sea que tengas que volver
    enseguida al amargo Egipto y a Chipre, que
    eres un mendigo audaz y desvergonzado. Te
    pones ante éstos, uno tras otro, y todos te dan
    atolondradamente, pues no tienen moderación
    ni sienten compasión al regalar cosas ajenas
    que tienen en abundancia a su disposición.»


    Y le contestó retirándose el astuto Odiseo:

    «¡Ay, ay, que a tu gallardía no se añade también
    la cordura! En verdad, no darías ni siquiera
    sal de tu propia hacienda a quien se te acercara
    si, estando en casa ajena, no has podido
    tomar un poco de pan para darme, y eso que
    tienes en abundancia a tu disposición.»


    Así habló; Antínoo se irritó más aún en su corazón
    y mirándole torvamente le dirigió aladas
    palabras:

    «Ahora es cuando creo que no vas a retirarte
    con bien atravesando el mégaron, ya que estás
    injuriándome.»

    Asi habló, y, tomando el escabel, se lo tiró al
    hombro derecho, acertándole en el extremo de
    la espalda. Odiseo se mantuvo en pie, firme
    como una roca, y el golpe de Antínoo no le hizo
    perder pie, pero movió la cabeza en silencio
    meditando secretos males.

    Se retiró para sentarse en el umbral, dejó el bien
    lleno zurrón y comenzó a hablar a los pretendientes:

    «Escuchadme, pretendientes de la ilustre reina,
    para que os diga lo que mi ánimo me ordena
    dentro del pecho. No es grande el dolor en las
    entrañas ni la pena cuando un hombre es golpeado
    luchando por sus posesiones, sus toros o
    sus blancas ovejas. Pero Antínoo me ha golpeado
    por causa del miserable estómago, el
    maldito estómago que proporciona males sin
    cuento a los hombres. Conque, si en verdad
    existen dioses y Erinis de los mendigos, que el
    término de la muerte alcance a Antínoo antes
    de su matrimonio.»


    Y Antínoo hijo de Eupites, le replicó:

    «Siéntate a comer tranquilo, forastero, o lárgate
    a otra parte, no sea que los jóvenes te arrastren
    por el palacio, por lo que dices, asiéndote del
    pie o del brazo y te llenen todo de arañazos.»


    Asi habló, y todos ellos se indignaron sobremanera.
    Y uno de los jóvenes orgullosos decía así:

    «Antínoo, cruel, no has hecho bien en golpear
    al pobre vagabundo, si es que existe un dios en
    el cielo. Que los dioses andan recorriendo las
    ciudades bajo la forma de forasteros de otras
    tierras y con otros mil aspectos, y vigilan la
    soberbia de los hombres o su rectitud.»


    Así le dijeron los pretendientes, pero él no prestaba
    atención a sus palabras.
    Telémaco hacía crecer en su corazón un gran
    dolor por su padre golpeado, pero no dejó caer
    a tierra lágrima alguna de sus párpados, sino
    que movió la cabeza en silencio, meditando
    secretos males.

    Cuando la prudente Penélope oyó que el forastero
    había sido golpeado en el palacio dijo a sus
    siervas:

    «¡Ojalá Apolo, de ilustre arco, te alcance también
    a ti de esta forma!»

    Y la despensera Eurínome dijo:

    «¡Ojalá se diera cumplimiento a nuestras maldiciones!
    Ninguno de éstos llegaría vivo hasta
    la aurora de hermoso trono.»

    Y la prudente Penélope le dijo:

    «Tata, todos son enemigos, pues maquinan
    maldades, pero Antínoo sobre todos se asemeja
    a una negra Ker. Ese pobre forastero vaga por
    la casa pidiendo a los hombres, pues le obliga
    la pobreza; todos han llenado su zurrón y le
    han dado, pero éste le ha alcanzado con un escabel
    en el hombro derecho.»



    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 06:16

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    Así hablaba ella con sus esclavas, sentada en el
    dormitorio, mientras comía el divino Odiseo.
    Entonces llamó junto a sí al divino porquero y
    le dijo:

    «Ve, divino Eumeo, y ordena al forastero que
    venga para saludarlo y preguntarle si ha oído
    hablar sobre el sufridor Odiseo o lo ha visto con
    sus ojos pues parece un hombre muy asendereado.»


    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Reina, ojalá se callaran los aqueos; este sí que
    hechizaría tu corazón con lo que cuenta. Yo lo
    he tenido tres noches y tres días en mi cabaña
    (pues fue a mí a quien llegó primero después
    de huir de una nave), pero todavía no ha terminado
    de contarme sus desgracias. Como
    cuando un hombre contempla embelesado a un
    aedo que canta inspirado por los dioses y conoce
    versos deseables para los hombres -y éstos
    desean escucharle sin cesar siempre que se pone
    a cantar-, así me ha hechizado éste sentado
    en mi morada. Asegura que es huésped de Odiseo
    por parte de padre y que habitaba en Creta,
    donde está el linaje de Minos. Ha llegado de allí
    sufriendo penalidades, después de mucho rodar,
    y afirma haber oído sobre Odiseo vivo y
    cercano, en el rico pueblo de los tesprotos; y
    trae a casa numerosos tesoros.»


    Y le dijo la prudente Penélope:

    «Marcha, invítalo a venir aquí para que me lo
    cuente en persona. Que se diviertan éstos fuera
    o aquí en la casa, puesto que su ánimo está alegre:
    y es que sus bienes están intactos en su
    palacio; se los comen los siervos, en cambio
    ellos vienen todos los días a nuestro palacio y,
    sacrificando toros y ovejas y gordas cabras, se
    banquetean y beben el rojo vino sin mesura.
    Todo se está perdiendo, pues no hay un hombre
    como Odiseo para apartar de su casa esta
    peste. Si Odiseo llegara a su sierra patria haría
    pagar enseguida, junto con su hijo, las violencias
    de estos hombres.»


    Así habló, y Telémaco lanzó un gran estornudo
    y toda la casa resonó espantosamente. Rióse
    Penélope y dirigió a Eumeo aladas palabras:

    «Marcha y haz venir frente a mí al forastero.
    ¿No ves que mi hijo ha estornudado ante mis
    palabras? Por esto no puede dejar de cumplirse
    la muerte para todos los pretendientes; nadie
    podrá alejar de ellos la muerte y las Keres. Voy
    a decirte otra cosa que has de poner en tu interior:
    si reconozco que todo lo que dice es cierto,
    le vestiré de túnica y manto, hermosos vestidos.»


    Así habló; marchó el porquero luego que hubo
    escuchado su palabra y, poniéndose cerca, le
    dijo aladas palabras:

    «Padre forastero, te llama la prudente Penélope,
    la madre de Telémaco. Su ánimo la impulsa
    a preguntarte por su esposo, ya que ha sufrido
    muchas penas. Y si reconoce que todo lo que le
    dices es cierto, te vestirá de túnica y manto,
    cosas que más necesitas. También podrás alimentar
    tu vientre pidiendo comida por el pueblo,
    y te dará quien lo desee.»


    Y le contestó el sufridor, el divino Odiseo:

    «Eumeo, contaría enseguida toda la verdad a la
    hija de Icario, a la prudente Penélope -pues sé
    muy bien sobre aquél y hemos recibido un infortunio
    semejante-, pero temo a la multitud de
    los terribles pretendientes, cuya soberbia y violencia
    ha llegado al férreo cielo. Además, cuando
    ese hombre me hizo daño golpeándome al
    cruzar el salón -y sin hacer yo nada malo-, ni
    Telémaco ni ningún otro me protegió. Por esto
    aconsejo a Penélope que se quede en sus habitaciones
    -por mucho que desee salir- hasta la
    puesta del sol. Pregúnteme entonces sobre el
    día del regreso de su esposo, sentada muy cerca
    del fuego, pues tengo unos vestidos que dan
    pena y bien lo sabes tú, que ya te supliqué antes
    que a nadie.»


    Así habló, y marchó el porquero cuando hubo
    escuchado su palabra. Cuando atravesaba el
    umbral le dijo Penélope:


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 06:26

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVII

    ODISEO MENDIGA ENTRE LOS PRETENDIENTES.
    CONT

    « ¿No me lo traes, Eumeo? ¿Qué es lo que ha
    pensado el vagabundo? ¿Es que tiene mucho
    miedo de alguien o se avergüenza por otros
    motivos de cruzar la casa? Malo es un vagabundo
    vergonzoso.»


    Y tú le contestaste, porquero Eumeo, diciendo:

    «Ha hablado como le corresponde y dice lo que
    pensaría cualquier otro que quiere evitar la
    soberbia de esos hombres altivos. Conque te
    aconseja que esperes hasta la puesta del sol. Y
    es que será para ti mucho mejor, reina, que
    estés sola cuando dirijas tu palabra al forastero
    o le escuches.»


    Y le contestó la prudente Penélope:

    «No piensa como insensato el forastero, sea
    como fuere, pues entre los mortales hombres no
    hay quienes maquinen semejantes maldades,
    llenos de arrogancia.»


    Así habló ella, y el divino porquero marchó
    hacia la multitud de los pretendientes, una vez
    que le hubo manifestado todo. Luego dirigió a
    Telémaco aladas palabras, manteniendo cerca
    su cabeza para que no se enteraran los demás:

    «Amigo, yo me marcho a vigilar los cerdos y
    todo aquello, tu sustento y el mío. Ocúpate tú
    aquí de todo. Antes que nada mira por tu seguridad
    y piensa la forma de que no te pase nada,
    que muchos de los aqueos andan meditando
    males. ¡Ojalá los destruya Zeus antes de que
    nos llegue la desgracia!»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Así será, abuelo. Márchate después de merendar
    pero vuelve al amanecer y trae hermosas
    víctimas, que yo y los inmortales nos cuidaremos
    de todo esto.»


    Así habló; el porquero se sentó de nuevo sobre
    la bien pulida banqueta y después de saciar su
    apetito con comida y bebida se puso en marcha
    hacia los cerdos, abandonando el patio y el
    mégaron lleno de comensales.

    Y éstos gozaban con la danza y el canto, pues
    ya había caído la tarde.

    FIN DEL CANTO XVII


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 06:37

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO


    En esto llegó un mendigo del pueblo que solía
    pedir por la ciudad de Itaca y sobresalía por su
    vientre insaciable, por comer y beber sin parar.
    No tenía vigor ni fortaleza, pero su cuerpo era
    grande al mirarlo. Su nombre era Arneo, que se
    lo puso su soberana madre el día de su nacimiento,
    pero todos los jóvenes le llamaban Iro,
    porque solía ir de correveidile cuando alguien
    se lo mandaba. Cuando llegó, empezó a perseguir
    a Odiseo por su casa y le insultaba diciendo
    aladas palabras:

    «Viejo, sal del pórtico, no sea que te arrastre
    por el pie. ¿No has oído que todos me hacen
    guiños incitándome a que te arrastre? Yo, sin
    embargo, siento vergüenza. Conque levántate,
    no sea que nuestra disputa llegue a las manos.»


    Y mirándole torvamente dijo el muy astuto
    Odiseo:

    «Desgraciado, ni te hago daño alguno ni te dirijo
    la palabra, y no siento envidia de que alguien
    te dé, aunque recojas muchas cosas. Este umbral
    tiene cabida para los dos y no tienes por
    qué envidiar lo ajeno. Me pareces un vagabundo
    como yo y son los dioses los que dan fortuna.
    Pero no me provoques a luchar, no sea que
    me irrites y, con ser viejo, te empape de sangre
    el pecho y los labios. Así tendría más tranquilidad
    para mañana, pues no creo que volvieras
    por segunda vez al palacio de Odiseo Laertíada.»


    Y el vagabundo Iro le contestó airado:

    «¡Ay, ay, qué deprisa habla este gorrón que se
    parece a una vieja ennegrecida por el hollín! Y
    eso que podría yo pensar en dañarle golpeándolo
    con las dos manos y arrancar todos los
    dientes de sus mandíbulas, como los de un cerdo
    devorador de mieses, y tirarlos al suelo.
    Ponte el ceñidor para que todos vean que luchamos;
    aunque ¿cómo podrías luchar con un
    hombre más joven?»


    Así es como se iban encolerizando sobre el pulimentado
    pavimento, delante de las elevadas
    puertas. La sagrada fuerza de Antínoo oyó a los
    dos y sonriendo dulcemente dijo a los pretendientes:

    «Amigos, nunca hasta ahora nos había tocado
    en suerte una diversión como la que dios nos
    ha traído a esta casa. El forastero e Iro están
    incitándose mutuamente a llegar a las manos.
    Así que empujémosles enseguida.»


    Así dijo y todos comenzaron a reírse; rodearon
    a los andrajosos mendigos y les dijo Antínoo,
    hijo de Eupites:

    « Escuchadme, ilustres pretendientes, mientras
    os hablo. Hay en el fuego unos vientres de cabra,
    éstos que hemos dejado para la cena
    llenándolos de grasa y de sangre. El que venza
    de los dos y resulte más fuerte podrá levantarse
    él mismo y coger el que quiera. Además, podrá
    participar siempre de nuestro banquete y no
    permitiremos que ningún otro mendigo se nos
    acerque a pedir.»


    Así dijo Antínoo y les agradó su palabra. Entonces
    el astuto Odiseo les dijo con intenciones
    engañosas:

    «Amigos, no es posible que un viejo luche con
    un hombre más joven, sobre todo si está abrumado
    por el infortunio, pero el perverso vientre
    me empuja a que sucumba ante sus golpes.
    Conque, vamos, juradme todos con firme juramento
    que nadie prestará ayuda a Iro y me
    golpeará con mano pesada injustamente,
    haciéndome sucumbir ante éste por la fuerza.»


    Así dijo, y todos juraron como les había pedido.
    Así que cuando habían completado su juramento
    dijo entre ellos la sagrada fuerza de Telémaco:


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 06:45

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO. CONT.

    «Forastero, si tu corazón y tu valeroso ánimo te
    empujan a defenderte de éste, no temas a ninguno
    de los aqueos, pues tendrá que luchar
    contra muchos más quien te mate. Yo soy quien
    te hospeda y los dos reyes Antínoo y Eurímaco,
    ambos discretos, aprueban mis palabras.»


    Así dijo, y todos asintieron. Así que Odiseo
    ciñó sus miembros con los andrajos y dejó al
    descubierto unos muslos grandes y hermosos y
    al descubierto quedaron sus anchos hombros,
    su torso y sus pesados brazos.

    Entonces Atenea se puso a su lado y fortaleció
    los miembros del pastor de su pueblo. Todos
    los pretendientes se asombraron muy mucho y
    uno decía así al que tenía al lado:

    «Pronto este Iro va a dejar de ser Iro y tener la
    desgracia que se ha buscado; ¡menudos muslos
    deja ver el viejo a través de sus andrajos!»


    Así decían, y el corazón le dio un vuelco a Iro
    de mala manera. Pero aun así los escuderos le
    ciñeron y arrastraron a la fuerza atemorizado. Y
    sus carnes le temblaban en todo el cuerpo. Entonces
    Antínoo le dijo su palabra y le llamó por
    su nombre:

    «¡Ojalá no existieras, fanfarrón, ni hubieras nacido
    si tanto tiemblas y temes a éste, a un viejo
    abrumado por el infortunio que le ha alcanzado!
    Pero te voy a decir algo que se va a cumplir:
    Si éste te vence y resulta más fuerte, te meteré
    en negra nave y te enviaré al continente, al rey
    Equeto, azote de todos los mortales, para que te
    corte la nariz y las orejas con cruel bronce y
    arrancando tus miembros se los arroje a los perros
    para que se los coman crudos.»


    Así dijo, el temblor se apoderó todavía más de
    sus miembros y lo arrastraron hacia el medio. Y
    los dos extendieron sus brazos.

    Entonces, el sufridor, el divino Odiseo, dudó
    entre derribarlo de forma que su alma le abandonara
    al caer o derribarlo suavemente y extenderlo
    en el suelo. Y mientras así dudaba le
    pareció más ventajoso derribarlo suavemente
    para que los aqueos no sospecharan nada. Así
    que levantando ambos los brazos, Iro golpeó a
    Odiseo en el hombro derecho y Odiseo golpeó
    el cuello de Iro bajo la oreja y rompió por dentro
    sus huesos. Al punto bajó por su boca la
    negra sangre y cayó al suelo gritando. Pateaba
    contra el suelo y hacía rechinar sus dientes, y
    los ilustres pretendientes levantaron sus manos
    y se morían de risa. Entonces Odiseo le asió por
    el pie y lo arrastró a lo largo del pórtico hasta
    llegar al patio y las puertas de la galería. Lo
    dejó sentado contra la cerca del patio, le puso el
    bastón entre las manos y le dirigió aladas palabras:

    «Quédate ahí sentado para espantar a cerdos y
    perros, y no pretendas ser jefe de forasteros y
    mendigos, miserable como eres, no sea que te
    busques un mal todavía mayor.»


    Así diciendo echó a sus hombros el sucio
    zurrón rasgado por muchas partes, en el que
    había una correa retorcida, volvió al umbral y
    se sentó. Los pretendientes entraron riéndose
    suavemente y le felicitaban con sus palabras, y
    uno de los jóvenes arrogantes decía así:

    «Forastero, que Zeus y los demás dioses inmortales
    te concedan lo que más desees y sea caro a
    tu corazón, pues has hecho que este insaciable
    deje de vagabundear por el pueblo. Pronto lo
    llevaremos al continente, al rey Equeto, azote
    de todos los mortales.»


    Así decían y el divino Odiseo se alegró con el
    presagio. Entonces Antínoo le puso al lado un
    gran vientre lleno de grasa y sangre. También
    Anfínomo puso a su lado dos panes que tomó
    de la cesta, le ofreció vino en copa de oro y dijo:

    «Salud, padre forastero; que seas rico y feliz en
    el futuro, pues ahora estás envuelto en numerosas
    desgracias.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 06:57

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO.
    CONT.

    Y contestándole dijo el muy astuto Odiseo:

    «Anfínomo, de verdad que me pareces discreto,
    siendo hijo de tal padre, pues he oído la fama
    que tiene Niso de Duliquia de ser gallardo y
    rico. Dicen que eres hijo de éste y pareces hombre
    discreto. Por eso te voy a decir algo
    -préstame atención y escúchame-: nada cría la
    tierra más endeble que el hombre de cuantos
    seres respiran y caminan por ella. Mientras los
    dioses le prestan virtud y sus rodillas son ágiles,
    cree que nunca en el futuro va a recibir
    desgracias; pero cuando los dioses felices le
    otorgan miserias, incluso éstas tiene que soportarlas
    con ánimo paciente contra su voluntad.
    Pues el pensamiento de los hombres terrenos
    cambia con cada día que nos trae el padre de
    hombres y dioses. También en otro tiempo yo
    estuve a punto de ser rico y feliz entre los hombres,
    pero cometí numerosas violencias cediendo
    a mi fuerza y poder por confiar en mi padre
    y mis hermanos. Por esto ningún hombre debe
    ser nunca injusto, sino retener en silencio los
    dones que los dioses le hagan.
    «Estoy viendo a los pretendientes maquinar
    acciones semejantes, trasquilando los bienes y
    deshonrando a la esposa de un hombre que, te
    aseguro, no estará ya mucho tiempo lejos de los
    suyos y su patria, por el contrario, está cerca.
    Conque ¡ojalá un dios te saque de aquí y lleve a
    casa para no tener que enfrentarte con aquél el
    día que regrese a su tierra patria!; que creo no
    va a ser sin sangre la contienda entre él y los
    pretendientes, cuando haya entrado en su
    hogar.»


    Así habló, después de hacer libación bebió el
    delicioso vino y volvió a depositar la copa en
    manos del conductor de su pueblo. Éste
    marchó por el palacio acongojado en su corazón
    moviendo la cabeza, pues ya veía en su
    interior la perdición. Pero ni aun así consiguió
    escapar a la muerte, que también a éste sujetó
    Atenea bajo los brazos de Telémaco para que
    sucumbiera con fuerza a su lanza.
    Y volvió a sentarse en el sillón de donde se había
    levantado.
    Entonces la diosa de ojos brillantes, Atenea,
    puso en la mente de la hija de Icario, la prudente
    Penélope, la idea de aparecer ante los pretendientes,
    a fin de que ensanchara aún más el
    corazón de éstos y resultara aún más respetable
    que antes a los ojos de su esposo e hijo. Sonrió
    sin motivo, dijo su palabra a la despensera y la
    llamó por su nombre:

    «Eurínome, mi ánimo desea, aunque nunca
    antes lo deseó, mostrarme ante los pretendientes
    por odiosos que me sigan siendo. Voy a
    decir a mi hijo una palabra que quizá le resulte
    provechosa: que no se mezcle con los pretendientes,
    quienes le hablan bien, pero por detrás
    le piensan mal.»


    Y Eurínome, la despensera, le dirigió su palabra:

    «Sí, todo esto lo dices como te corresponde,
    hija. Conque ve y di a tu hijo tu palabra y nada
    le ocultes, pero antes lava tu cuerpo y pinta tus
    mejillas. No vayas con el rostro tan empapado
    de llanto, que es cosa mala andar siempre entre
    penas. Tu hijo es ya tan grande como pedías a
    los inmortales verlo, cubierto de barba.»


    Y le contestó la prudente Penélope:

    «Eurínome, no digas, por más que te cuides de
    mí, que lave mi cuerpo y unja mis mejillas con
    aceite, que los dioses que ocupan el Olimpo me
    arrebataron la belleza el día que aquél se
    marchó en las cóncavas naves. Pero dile a
    Autónoe e Hipodamia que vengan, a fin de que
    me acompañen por el palacio. No quiero presentarme
    sola ante hombres, pues siento vergüenza.»


    CONT.




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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 07:08

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO.
    CONT.

    Así dijo, y la anciana atravesó el mégaron para
    dar el recado a las mujeres y apremiarlas a que
    marcharan.

    Entonces Atenea, la diosa de ojos brillantes,
    concibió otra idea: derramó sobre la hija de
    Icario dulce sueño y ésta echóse a dormir en la
    misma silla y todos los miembros se le aflojaron.
    Entretanto, la divina entre las diosas le
    otorgó dones inmortales para que los aqueos se
    admiraran al verla. En primer lugar limpió su
    hermoso rostro con la belleza inmortal con que
    suele adornarse Citerea, de linda corona, cuando
    comparte el deseable coro de las Gracias.
    También la hizo más alta y más fuerte a la vista
    y la hizo más blanca que el marfil tallado. Realizado
    esto, se alejó la divina entre las diosas y
    llegaron del mégaron las siervas de blancos
    brazos, acercándose con vocerío.
    Entonces abandonó el sueño a Penélope, frotóse
    las mejillas con sus manos y dijo:

    «¡Qué blando letargo ha cubierto mis sufrimientos!
    Ojalá la casta Artemis me proporcionara
    una muerte así de blanda ahora mismo,
    para no seguir consumiendo mi vida con corazón
    acongojado en la nostalgia de las muchas
    virtudes de mi marido, pues era el más excelente
    de los aqueos.»


    Así diciendo, abandonó el brillante piso de
    arriba, pero no sola, que la acompañaban dos
    siervas. Cuando llegó juntó a los pretendientes
    la divina entre las mujeres se detuvo junto a
    una columna del ricamente labrado techo, sosteniendo
    ante sus mejillas un grueso velo. Y
    una diligente sierva se colocó a cada lado. Las
    rodillas de los pretendientes se debilitaron allí
    mismo -pues había hechizado su corazón con el
    deseo--- y todos desearon acostarse junto a ella
    en la cama.

    Entonces se dirigió a Telémaco, su querido hijo:

    «Telémaco, ya no tienes voluntad ni juicio firmes.
    Cuando eras niño regías tus intereses aún
    mejor que ahora; en cambio, ahora que eres
    grande y has alcanzado la medida de la juventud
    -y eso que cualquiera pensaría que eres hijo
    de un hombre rico mirando tu talla y hermosura,
    un ser de otro sitio-, y no tienes voluntad ni
    juicio como es debido. ¡Qué acción es esta que
    se ha producido en el palacio...!, y tú que has
    permitido que se ultrajara a este forastero...
    ¿Qué pasaría si un huésped alojado en nuestro
    palacio recibiera este doloroso trato? Seguro
    que la vergüenza y el escarnio de las gentes
    serían para ti.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «Madre mía, no me voy a indignar porque te
    irrites conmigo, que pienso en mi interior y sé
    muy bien cada cosa, lo bueno y lo malo, aunque
    hasta ahora he sido todavía un niño. Pero
    no puedo pensar en todo con discreción, pues
    me asustan éstos que se sientan a mi lado maquinando
    maldades y yo no tengo quien me
    ayude. El altercado entre el forastero e Iro se ha
    producido no por voluntad de los pretendientes,
    sino porque aquél era más vigoroso.
    «¡Ojalá -por Zeus padre, Atenea y Apolo- que
    los pretendientes inclinaran su cabeza vencidos,
    en el patio los unos, dentro de la casa los
    otros, y se les aflojaran los miembros de la
    misma forma que el desdichado Iro está ahora
    sentado con la cabeza gacha, semejante a un
    borracho, sin poder tenerse en pie ni volver a
    casa, pues sus miembros están flojos.»


    Así se decían uno a otro. Y Eurímaco se dirigió
    a Penélope con palabras:

    « Hija de Icario, prudente Penélope, si te contemplaran
    todos los aqueos de Argos de Yaso,
    serían muchos más los pretendientes que se
    banquetearan desde el amanecer en vuestro
    palacio, pues sobresales entre las mujeres por
    tu forma y talla y por el juicio que tienes dentro
    bien equilibrado.»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 07:20

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO.
    CONT.

    Y le contestó luego la prudente Penélope:

    «Eurímaco, en verdad han destruido los inmortales
    mis cualidades -forma y cuerpo-, el día en
    que los aqueos se embarcaron para Ilión, y con
    ellos estaba mi esposo Odiseo. Si al menos viniera
    él y cuidara mi vida, mayor sería mi gloria
    y yo más bella, pero estoy afligida, pues son
    tantos los males que la divinidad ha agitado
    contra mí. Cuando marchó Odiseo abandonando
    su tierra patria, me tomó de la mano
    derecha por la muñeca y me dijo: "Mujer, no
    creo que vuelvan incólumes de Troya todos los
    aqueos de buenas grebas, que dicen que los
    troyanos son buenos luchadores, tanto lanzando
    el venablo como las flechas o montando en
    veloces caballos, los cuales pueden decidir
    rápidamente una gran contienda cuando está
    equilibrada. Por esto, no sé si va a librarme dios
    o perecerá en la misma Troya. Cuida tú aquí de
    todo; presta atención a mis padres en el palacio
    como ahora, o todavía más, cuando yo esté lejos.
    Cuando veas que mi hijo ya tiene barba,
    cásate con quien desees y abandona tu casa."


    Así dijo aquél y todo se está cumpliendo. Llegará
    la noche en que el odioso matrimonio salga
    al encuentro de esta desgraciada a quien
    Zeus ha quitado la felicidad. Pero me ha llegado
    al corazón esta terrible aflicción: no suele ser
    así -al menos antes no lo era- el comportamiento
    de los pretendientes que quieren cortejar
    a una mujer noble, hija de un hombre rico,
    rivalizando entre sí; suelen llevar vacas y rico
    ganado para festín de los amigos de la novia y
    entregar a ésta brillantes presentes, pero no
    comerse sin pagar una hacienda ajena.»


    Así habló, y se llenó de alegría el sufridor, el
    divino Odiseo porque trataba de arrancar regalos
    y hechizar sus corazones con blandas palabras,
    mientras su mente revolvía otras intenciones.
    Entonces Antínoo, hijo de Eupites, se dirigió a
    ella:

    «Hija de Icario, prudente Penélope, recibe los
    dones que quieran traerte los aqueos -pues no
    es bueno rechazar un regalo-, que nosotros no
    iremos a trabajo ni a parte alguna hasta que te
    desposes con el mejor de los aqueos.»


    Así habló Antínoo y les agradó su palabra. Así
    que cada uno envió a un heraldo para que trajera
    presentes. A Antínoo le trajo su heraldo un
    gran peplo hermoso, bordado y con doce broches
    todos de oro encajados en sus bien dobladas
    corchetas. A Eurímaco le trajo enseguida
    un collar adornado de oro, engarzado con
    ámbar, como un sol. Sus siervos le llevaron a
    Euridamente dos pendientes con tres perlas,
    grandes como moras, que despedían una gracia
    sin cuento. De casa de Pisandro, el soberano
    hijo de Polictor, trajo un siervo una gargantilla,
    hermoso adorno. Cada uno de los aqueos llevó
    su hermoso regalo. Entonces subió la divina
    entre las mujeres al piso superior y a su lado las
    siervas portaban los hermosísimos presentes.
    Los pretendientes se entregaron a la danza y al
    deseable canto y esperaron a que llegara la tarde,
    y cuando estaban gozando se les echó encima
    la oscura tarde. Entonces colocaron tres
    parrillas en el palacio para que les alumbraran,
    y en ellas madera seca, muy seca, reseca, recién
    cortada con el bronce, y la mezclaron con teas.
    Y las siervas del sufridor Odiseo se alternaban
    para alumbrar. Entonces les dijo el mismo hijo
    de los dioses, el muy astuto Odiseo:

    «Siervas de Odiseo, señor vuestro largo tiempo
    ausente, marchad a las habitaciones de la venerable
    reina y moved la rueca junto a ella y divertidla
    sentadas en su estancia, o cardad copos
    de lana en vuestras manos, que yo me quedaré
    aquí para ofrecer luz a todos éstos. Aunque
    quieran aguardar a Eos, de hermoso trono, no
    me rendirán, que tengo mucho aguante.»

    Así dijo, y ellas se echaron a reír mirándose
    unas a otras. Entonces empezó a censurarle con
    palabras de reproche Melanto de lindas mejillas
    (la había engendrado Dolio, pero la crió Penélope
    y la cuidaba como a una hija y le daba juguetes,
    pero ni aun así sentía lástima en su corazón
    por Penélope, sino que solía acostarse y
    hacer el amor con Eurímaco). Ésta, pues, reprendió
    a Odiseo con palabras ultrajantes:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 07:31

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO.
    CONT.

    « Desgraciado forastero, estás tocado en tus
    mientes; no quieres ir a dormir a casa del herrero
    ni al albergue público, sino que te quedas
    aquí y hablas mucho con audacia, en medió de
    tantos hombres, sin sentir miedo en tu corazón.
    Seguro que el vino se ha apoderado de tus entrañas,
    o quizá siempre es así tu juicio y dices
    sandeces. Acaso estás fuera de ti por vencer a
    Iro, el vagabundo? Cuidado, no se levante contra
    ti alguien más fuerte que Iro y, golpeándote
    en la cabeza con pesadas manos, te arrastre
    fuera del patio manchado de sangre.»


    Y mirándola torvamente, le dijo el muy astuto
    Odiseo:

    «Perra, voy a ir a contar a Telémaco lo que estás
    diciendo, para que te corte en pedazos.»


    Así diciendo, espantó a las mujeres con sus
    palabras y se pusieron en camino por el palacio,
    y sus miembros estaban flojos por el terror,
    pues pensaban que había dicho la verdad. Entonces
    Odiseo se puso junto a las parrillas ardientes
    para alumbrarlos y dirigía su mirada a
    todos ellos, pero su corazón revolvía dentro del
    pecho lo que no iba a quedar sin cumplimiento.
    Y Atenea no permitió que los esforzados pretendientes
    contuvieran del todo los escarnios
    que laceran el corazón, para que el dolor se
    hundiera todavía más en el ánimo de Odiseo
    Laertíada. Así que Eurímaco, hijo de Pólibo,
    comenzó a hablar ultrajando a Odiseo -y produjo
    risa a sus compañeros:

    «Escuchadme, pretendientes de la famosa reina,
    mientras os digo lo que mi corazón me ordena
    dentro del pecho. Este hombre ha llegado a
    casa de Odiseo no sin la voluntad de los dioses,
    que me parece que la luz de las antorchas sale
    de su misma cabeza, pues no le queda ni un
    solo pelo.»


    Así dijo, y luego se dirigió a Odiseo, destructor
    de ciudades:

    «Forastero, ¿querrías servirme como jornalero,
    si te acepto, en el extremo del campo (y tu jornal
    será suficiente), para construir cercas y
    plantar elevados árboles? Te ofrecería comida
    todo el año y te daría ropa y calzado para tus
    pies. Aunque ahora que has aprendido malas
    artes no querrás ponerte al trabajo, sino mendigar
    por el pueblo para alimentar tu insaciable
    estómago.»


    Y le contestó diciendo el muy astuto Odiseo:

    «Eurímaco, si tú y yo rivalizáramos en el trabajo
    durante el verano, cuando los días son largos,
    en la siega del heno y yo tuviera una bien
    curvada hoz y tú otra igual para ponernos al
    trabajo sin comer hasta el crepúsculo -y hubiera
    hierba-, o si hubiera dos bueyes que arrear, los
    mejores bueyes, rojizos y grandes, saciados
    ambos de heno, de igual edad y peso, nada
    endebles de fortaleza, y hubiera un campo de
    cuatro fanegas y cediera el terrón al arado...,
    entonces verías si soy capaz de tirar un surco
    bien derecho.
    «Lo mismo digo si hoy mismo el Cronida moviera
    guerra en algún lado y tuviera yo escudo
    y un par de lanzas y un yelmo de bronce bien
    ajustado a mis sienes; ibas a verme enzarzado
    entre los primeros combatientes y no mentarías
    mi estómago para ultrajarme. Pero eres arrogante
    y tu corazón es duro. Te crees grande y
    poderoso porque frecuentas la compañía de
    gente pequeña y villana, pero si viniera Odiseo
    de vuelta a su tierra patria, pronto estas puertas,
    con ser sobremanera anchas, te iban a resultar
    estrechas cuando trataras de salir huyendo a
    través del pórtico.»


    Así dijo, y Eurímaco se encolerizó más todavía,
    y mirándole torvamente le dirigió aladas palabras:

    «Ah, desgraciado, pronto voy a producirte daño
    por lo que dices en presencia de tantos
    hombres sin sentir miedo en tu corazón. Seguro
    que el vino se ha apoderado de tus entrañas o
    quizá siempre es así tu juicio y dices sandeces.
    ¿Acaso estás fuera de ti por haber vencido a Iro,
    el vagabundo?»


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 26 Mayo 2021, 07:40

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XVIII

    LOS PRETENDIENTES VEJAN A ODISEO.
    CONT.

    Así diciendo, cogió el escabel, pero Odiseo fue
    a sentarse junto a las rodillas de Anfínomo de
    Duliquia por temor a Eurímaco, y éste alcanzó
    al escanciador en el brazo derecho. La jarra
    cayó al suelo con estrépito y el copero se desplomó
    boca arriba gritando.

    Los pretendientes alborotaron en el sombrío
    palacio y uno decía así al que tenía cerca:

    «¡Ojalá el forastero éste hubiera muerto en otra
    parte antes de venir! Así no habría organizado
    tal alboroto. Ahora, en cambio, estamos peleándonos
    por culpa de unos mendigos y no
    habrá placer en el magnífico festín, pues está
    venciendo lo peor.»


    Y la divina fuerza de Telémaco habló entre
    ellos:

    « Desdichados, estáis enloquecidos y ya no
    podéis ocultar más tiempo los efectos de la comida
    y bebida. Sin duda os empuja un dios.
    Conque marchaos a casa a dormir ahora que os
    habéis banqueteado bien, cuando os lo ordene
    el ánimo, que yo no empujaré a nadie.»


    Así dijo, y todos clavaron los dientes en sus
    labios y se admiraban de Telémaco porque había
    hablado audazmente. Entonces Anfínomo,
    ilustre hijo de Niso, el soberano hijo de Aretes,
    se levantó entre ellos y dijo:

    «Amigos, que nadie se moleste por lo dicho tan
    justamente, tocándole con palabras contrarias.
    No maltratéis tampoco al forastero ni a ninguno
    de los esclavos del palacio del divino Odiseo.
    Conque, vamos, que el copero haga una
    primera libación, por orden, en las copas, para
    que una vez realizada marchemos a casa a
    dormir. En cuanto al forastero, dejémoslo en el
    palacio de Odiseo al cuidado de Telémaco, ya
    que es a su casa donde ha llegado.»


    Así dijo y a todos les agradó su palabra. El
    héroe Mulio, heraldo de Duliquio, mezcló vino
    en la crátera -era siervo de Anfínomo- y, puesto
    en pie, repartió vino a todos. Éstos libaron en
    honor de los dioses felices con delicioso vino y,
    cuando habían hecho la libación y bebido cuanto
    quiso su ánimo, se pusieron en camino, cada
    uno a su casa, para dormir.

    FIN DEL CANTO XVIII


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 27 Mayo 2021, 13:42

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIX

    LA ESCLAVA EURICLEA RECONOCE A
    ODISEO


    En cambio, el divino Odiseo se quedó en el palacio
    ideando, con la ayuda de Atenea, la muerte
    contra los pretendientes, y de súbito dijo a
    Telémaco aladas palabras:

    «Telémaco, es preciso que lleves adentro todas
    las armas y que, cuando los pretendientes las
    echen de menos y pregunten, los engañes con
    estas suaves palabras: "Las he retirado del fuego,
    pues ya no se parecen a las que dejó Odiseo
    cuando marchó a Troya, que están ennegrecidas
    hasta donde les ha alcanzado el aliento del
    fuego. Además, un demón ha puesto en mi
    interior una razón más poderosa: no sea que os
    llenéis de vino y, levantando disputa entre vosotros,
    lleguéis a heriros unos a otros y a llenar
    de vergüenza el convite y vuestras pretensiones
    de matrimonio; que el hierro por sí solo arrastra
    al hombre"».


    Así dijo; Telémaco obedeció a su padre, y llamando
    a su nodriza Euriclea le dijo:

    «Tata, reténme a las mujeres dentro de las habitaciones
    del palacio mientras transporto a la
    despensa las magníficas armas de mi padre a
    las que el humo ennegrece, pues están descuidadas
    por la casa mientras mi padre está ausente;
    que yo era hasta hoy un niño pequeño, pero
    ahora quiero transportarlas para que no les
    llegue el aliento del fuego.»


    Y le respondió su nodriza Euriclea:

    « Hijo, ¡ojalá hubieras adquirido ya prudencia
    para cuidarte de la casa y guardar todas tus
    posesiones! Pero ¿quién portará entonces la luz
    a tu lado?, pues no dejas salir a las esclavas;
    quienes podrían alumbrarte.»


    Y Telémaco le contestó discretamente:

    «El forastero, éste, pues no permitiré que esté
    ocioso el que toca mi vasija, aunque haya venido
    de lejos.»


    Así dijo, y a ella se le quedaron sin alas las palabras.
    Así que cerró las puertas de las habitaciones,
    agradables para vivir.
    Entonces se apresuraron Odiseo y su resplandeciente
    hijo a llevar adentro los cascos y los
    abollados escudos y las agudas lanzas, y por
    delante Palas Atenea hacía una luz hermosísima
    con una lámpara. Y Telémaco dijo de pronto
    a su padre:

    «Padre, es una gran maravilla esto que veo con
    mis ojos: las paredes del palacio y los hermosos
    intercolumnios y las vigas de abeto y las columnas
    que las soportan arriba se muestran a
    mis ojos como si fueran de fuego encendido.
    Seguro que algún dios de los que poseen el
    ancho cielo está dentro.»


    Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Calla y reténlo en tu pensamiento, y no preguntes;
    ésta es la manera de obrar de los dioses
    que poseen el Olimpo. Pero acuéstate, que yo
    me quedaré aquí para provocar todavía más a
    las esclavas y a tu madre; ella me preguntará
    sobre cada cosa entre lamentos.»


    Así dijo, y Telémaco, iluminado por las brillantes
    antorchas, se puso en camino a través del
    palacio hacia el dormitorio donde solía acostarse
    cuando le llegaba el dulce sueño. También
    entonces se acostó allí y aguardaba a Eos divina.
    En cambio el divino Odiseo se quedó en el
    mégaron ideando, con la ayuda de Atenea, la
    muerte contra los pretendientes.

    Entonces salió de su dormitorio la prudente
    Penélope semejante a Artemis o a la dorada
    Afrodita. Le habían colocado junto al hogar el
    sillón bien labrado con marfil y plata donde
    solía sentarse. Lo había fabricado en otro tiempo
    el artífice Icmalio y, unido a él, había puesto
    para los pies un escabel sobre el que se echaba
    una gran piel. Allí se sentó la discreta Penélope
    y llegaron del mégaron las esclavas de blancos
    brazos; retiraron el abundante pan y las mesas
    y copas donde bebían los arrogantes varones, y
    arrojaron al suelo el fuego de las parriIlas
    amontonando sobre él mucha leña para que
    hubiera luz y para calentar. Entonces Melanto
    reprendió a Odiseo por segunda vez:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 27 Mayo 2021, 13:49

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIX

    LA ESCLAVA EURICLEA RECONOCE A
    ODISEO. CONT.


    «Forastero, ¿es que incluso ahora, por la noche,
    vas a importunar dando vueltas por la casa y
    espiar a las mujeres? Vete afuera, desdichado, y
    contente con la comida, o vas a salir afuera enseguida,
    aunque sea alcanzado por un tizón.»


    Y mirándola torvamente le dijo el muy astuto
    Odiseo:

    «Desdichada, ¿por qué te diriges contra mí con
    ánimo irritado? ¿Acaso porque voy sucio y visto
    mi cuerpo con ropa miserable y pido limosna
    por el pueblo? La necesidad me empuja; así son
    los mendigos y los vagabundos. También yo en
    otro tiempo habitaba feliz mi próspera casa
    entre los hombres y muchas veces daba a un
    vagabundo, de cualquier ralea que fuese, cualquier
    cosa que precisara al llegar. Y eso que
    tenía innumerables esclavos y muchas otras
    cosas con las que la gente vive bien y se la llama
    rica. Pero Zeus Cronida me las arrebató,
    pues así lo quiso. Por esto, ¿cuidado, mujer!, no
    sea que algún día también tú pierdas toda la
    hermosura por la que ahora, desde luego, brillas
    entre las esclavas: no vaya a ser que tu señora
    se irrite y enfurezca contigo, o llegue Odiseo,
    pues aún hay una parte de esperanza. Y si
    éste ha perecido y no es posible que regrese, sin
    embargo ya tiene, por voluntad de Apolo, un
    hijo como Telémaco a quien ninguna de las
    mujeres del palacio le pasa inadvertida si es
    insensata, pues ya no es tan joven.»


    Así dijo: le escuchó la prudente Penélope y
    respondió a la esclava, le habló y la llamó por
    su nombre:

    «¡Atrevida, perra desvergonzada!, no se me
    oculta que cometes una mala acción que pagarás
    con tu cabeza. Sabías -pues me lo has
    oído a mí misma- que iba a preguntar al forastero
    en mis habitaciones acerca de mi esposo,
    pues estoy afligida intensamente.»


    Así dijo, y luego se dirigió a la despensera
    Eurínome:

    «Eurínome, trae ya una silla y sobre ella una
    piel para que se siente y diga su palabra el forastero
    y escuche la mía. Quiero interrogarle.»


    Así dijo; ésta llevó enseguida una pulimentada
    silla y sobre ella extendió una piel donde se
    sentó después el sufridor, el divino Odiseo. Y
    entre ellos comenzó a hablar la prudente Penélope:
    «Forastero, esto es lo primero que quiero preguntarte:
    ¿quién de los hombres eres y de
    dónde? ¿Donde están tu ciudad y tus padres?
    Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Mujer, ninguno de los mortales sobre la inmensa
    tierra podría censurarte, pues en verdad
    tu gloria llega al ancho cielo como la de un
    irreprochable rey que, reinando con terror a los
    dioses sobre muchos y valerosos hombres, sustenta
    la justicia y produce la negra tierra trigo y
    cebada y se inclinan los árboles por el fruto, y
    las ovejas paren robustas y el mar proporciona
    peces por su buen gobierno, y el pueblo es
    próspero bajo su cetro. Con todo, hazme cualquier
    otra pregunta en tu casa, pero no me preguntes
    por mi linaje y tierra patria, no sea que
    cargues más mi espíritu de penas con el recuerdo.
    En verdad soy muy desgraciado, pero
    no está bien sentarse en casa ajena a gemir y
    lamentarse -que es cosa mala sufrir siempre sin
    descanso-, no sea que alguna de las esclavas se
    enoje contra mí -o tú misma- y diga que derramo
    lágrimas por tener la mente pesada por el
    vino.»


    Y le respondió la prudente Penélope:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 27 Mayo 2021, 13:56

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIX

    LA ESCLAVA EURICLEA RECONOCE A
    ODISEO. CONT.


    «Forastero, en verdad los inmortales destruyeron
    mis cualidades -figura y cuerpo- el día en
    que los argivos se embarcaron para Ilión y entre
    ellos estaba mi esposo, Odiseo. Si al menos
    volviera él y cuidara de mi vida, mayor sería mi
    gloria y yo más bella. Pero ahora estoy afligida,
    pues son tantos los males que la divinidad ha
    agitado contra mí; pues cuantos nobles dominan
    sobre las islas, en Duliquio y Same, y la
    boscosa Zante, y los que habitan en la misma
    Itaca, hermosa al atardecer, me pretenden contra
    mi voluntad y arruinan mi casa. Por esto no
    me cuido de los huéspedes ni de los suplicantes
    y tampoco de los heraldos, los ministros públicos,
    sino que en la nostalgia de Odiseo se consume
    mi corazón. Éstos tratan de apresurar la
    boda, pero yo tramo engaños. Un dios me inspiró
    al principio que me pusiera a tejer un velo,
    una tela sutil e inacabable, y entonces les dije:
    "Jóvenes pretendientes míos, puesto que ha
    muerto el divino Odiseo, aguardad mi boda
    hasta que acabe un velo -no sea que se me destruyan
    inútiles los hilos-, un sudario para el
    héroe Laertes, para cuando le alcance el destino
    fatal de la muerte de largos lamentos; no vaya a
    ser que alguna entre el pueblo de las aqueas se
    irrite contra mí si es enterrado sin sudario el
    que tanto poseyó." Así les dije, y su ánimo generoso
    se dejó persuadir. Entonces hilaba sin
    parar durante el día la gran tela y la deshacía
    durante la noche, poniendo antorchas a mi lado.
    Así engañé y persuadí a los aqueos durante
    tres años, pero cuando llegó el cuarto y se sucedieron
    las estaciones en el transcurrir de los
    meses -y pasaron muchos días-, por fin me sorprendieron
    por culpa de mis esclavas -¡perras,
    que no se cuidan de mi!- y me reprendieron con
    sus palabras. Así que tuve que terminar el velo
    y no voluntariamente, sino por la fuerza.
    «Ahora no puedo evitar la boda ni encuentro
    ya otro ardid. Mis padres me impulsan a casarme
    y mi hijo se indigna cuando devoran
    nuestra riqueza, pues se da cuenta, que ya es
    un hombre muy capaz de guardar su casa y
    Zeus le da gloria. Pero, con todo, dime tu linaje
    y de dónde eres, pues seguro que no has nacido
    de una encina de antigua historia ni de un peñasco.»


    Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Venerable mujer de Odiseo Laertíada, ¿no vas
    a dejar de preguntarme sobre mi linaje? Te lo
    voy a contar aunque me vas a hacer un regalo
    de penas todavía más numerosas que las que
    me cercan -pues ésta es la costumbre cuando
    un hombre está ausente de su patria durante
    tanto tiempo como yo, errante por muchas ciudades
    de mortales soportando males, pero aun
    así te voy a contestar a lo que me preguntas e
    inquieres. Creta es una tierra en medio del ponto,
    rojo como el vino, hermosa y fértil, rodeada
    de mar. En ella hay numerosos hombres, innumerables,
    y noventa ciudades en las que se
    mezclan unas y otras lenguas. En ellas están los
    aqueos y los magnánimos eteocretenses, en
    ellas los cidones y los dorios divididos en tres
    tribus, y los divinos pelasgos. Entre estas ciudades
    está Cnossós, una gran urbe donde reinó
    durante nueve años Minos, confidente del gran
    Zeus, padre de mi padre el magnánimo Deucalión.
    Éste nos engendró a mí y al soberano
    Idomeneo, quien, juntamente con los Atridas,
    marchó a Ilión en las corvas naves. Mi ilustre
    nombre es Etón y soy el más joven, que él es
    mayor y más valiente. Allí fue donde vi a Odiseo
    y le di los dones de hospitalidad, pues lo
    había llevado a Creta la fuerza del viento cuando
    se dirigía hacia Troya, después de apartarlo
    de las Mareas. Había atracado en Amniso, cerca
    de donde está la gruta de Ilitia, en un puerto
    difícil, escapando a duras penas a las tormentas.
    Enseguida subió a la ciudad y preguntó por
    Idomeneo, pues decía que era su huésped querido
    y respetado. Era la décima o la undécima
    aurora desde que había partido con sus cóncavas
    naves hacia Ilión. Yo lo llevé a palacio y le
    procuré digna hospitalidad; le honré gentilmente
    con la abundancia de cosas que había en
    la casa y tanto a él como a sus compañeros les
    di harina a expensas del pueblo y rojo vino que
    reuní, y bueyes para sacrificar, a fin de que saciaran
    su apetito.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 27 Mayo 2021, 14:04

    HOMERO

    LA ODISEA

    CANTO XIX

    LA ESCLAVA EURICLEA RECONOCE A
    ODISEO. CONT.


    «Allí permanecieron doce días los divinos
    aqueos, pues soplaba Bóreas, el viento impetuoso,
    y no dejaba estar de pie sobre el suelo
    -algún funesto demón lo había levantado-, pero
    al decimotercero cayó el viento y se dieron a la
    mar.»


    Amañaba muchas mentiras al hablar, semejantes
    a verdades, y mientras ella le oía le corrían
    las lágrimas y se le consumía el cuerpo. Lo
    mismo que en las altas montañas se derrite la
    nieve a la que funde Euro después que Céfiro la
    hace caer -y cuando está fundida los ríos aumentan
    su curso-, así se fundían sus hermosas
    mejillas vertiendo lágrimas por su marido, que
    estaba a su lado.
    Odiseo sentía piedad por su mujer cuando sollozaba,
    pero los ojos se le mantuvieron firmes
    como si fueran de cuerno o hierro, inmóviles en
    los párpados. Y ocultaba sus lágrimas con engaño.

    De nuevo le contestó con palabras y dijo:

    «Forastero, ahora quiero probar si de verdad
    albergaste en tu palacio a mi esposo, como
    afirmas, junto con sus compañeros, semejantes
    a los dioses. Dime cómo eran los vestidos que
    cubrían su cuerpo y cómo era él mismo, y
    háblame de sus compañeros, los que le seguían.»


    Y le respondió y dijo el muy astuto Odiseo:

    «Mujer, es difícil decirlo después de tan larga
    separación, pues ya hace veinte años que
    marchó de allí y dejó mi patria, pero aun así te
    lo diré como mi corazón me lo pinta. El divino
    Odiseo tenía un manto purpúreo de lana, manto
    doble que sujetaba un broche de oro con
    agujeros dobles y estaba bordado por delante:
    un perro sujetaba entre las patas delanteras a
    un cervatillo moteado y lo miraba fijamente
    forcejear. Y esto es lo que asombraba a todos,
    que, siendo de oro, el uno miraba al cervatillo
    mientras lo ahogaba y el otro, deseando escapar,
    forcejeaba con los pies. También vi alrededor
    de su cuerpo una túnica resplandeciente y
    como binza de cebolla seca; ¡tan suave era y
    brillante como el sol! Muchas mujeres la contemplaban
    con admiración. Pero te voy a decir
    una cosa que has de poner en tu interior: no sé
    si Odiseo rodeaba su cuerpo con ellas ya en
    casa o se las dio, al marchar sobre la veloz nave,
    alguno de sus compañeros o tal vez incluso
    algún huésped (ya que Odiseo era amigo para
    muchos), pues pocos entre los aqueos eran semejantes
    a él.
    «También yo le di una broncínea espada y un
    manto doble, hermoso, purpúreo, y una túnica
    orlada, y lo despedí respetuosamente sobre su
    nave de sólidos bancos. Le acompañaba un
    heraldo un poco mayor que él, de quien también
    te voy a decir cómo era exactamente: caído
    de hombros, negra la tez, rizado el cabello y de
    nombre Euribates. Odiseo le honraba por encima
    de sus otros compañeros porque le concebía
    pensamientos ajustados.»


    Así dijo, y a ella se le levantó aún más el deseo
    de llorar al reconocer las señales que le había
    dicho Odiseo con exactitud. Y luego que se
    hubo saciado del gemido de abundantes lágrimas
    le respondió con palabras y dijo:

    «Forastero, aunque ya antes eras digno de
    compasión, ahora vas a ser querido y respetado
    en mi palacio, pues yo misma le di esas vestiduras
    que dices -las traje dobladas de la despensa
    y les puse un broche resplandeciente
    para que fuera un adorno para él; pero ya no lo
    recibiré nunca de vuelta en casa, pues con funesto
    destino marchó Odiseo en cóncava nave
    para ver la maldita Ilión, que no hay que nombrar.»


    CONT.


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