Aires de Libertad

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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Lluvia Abril Dom 04 Abr 2021, 00:32

    Y sigo disfrutando de esta joya literaria.
    Agradezco sinceramente tu pausa, aquí claro, no paras nunca, pero me ha servido para avanzar en la lectura y no me lo creo aún, jeje.
    Sigo pues.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 01:31

    Paso, te doy las gracias... y luego sigo.

    Besos.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:09

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    220. -¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que
    habitáis alrededor de Troya! No ha sido por el
    deseo ni por la necesidad de reunir una muchedumbre
    por lo que os he traído de vuestras
    ciudades, sino para que defendáis animosamente
    de los belicosos aqueos a las esposas y a
    los tiernos infantes de los troyanos. Con este
    pensamiento abrumo a mi pueblo y le exijo
    dones y víveres para excitar vuestro valor.
    Ahora cada uno haga frente y embista al enemigo,
    ya muera, ya se salve, que tales son los
    lances de la guerra. Al que arrastre el cadáver
    de Patrocio hasta las filas de los troyanos, domadores
    de caballos, y haga ceder a Ayante, le
    daré la mitad de los despojos, reservándome la
    otra mitad, y su gloria será tan grande como la
    mía.

    233. Así dijo. Todos arremetieron con las picas
    levantadas y cargaron sobre los dánaos, pues
    tenían grandes esperanzas de arrancar el cuerpo
    de Patroclo de las manos de Ayante Telamoníada.
    ¡Insensatos! Sobre el mismo cadáver,
    Ayante hizo perecer a muchos de ellos. Y
    este héroe dijo entonces a Menelao, valiente en
    la pelea:

    238. -¡Oh amigo, oh Menelao, alumno de Zeus!
    Ya no espero que salgamos con vida de esta
    batalla. Ni temo tanto por el cadáver de Patroclo,
    que pronto saciará en Troya a los perros y
    aves de rapiña, cuanto por tu cabeza y por la
    mía; pues el nublado de la guerra, Héctor, todo
    lo cubre, y a nosotros nos espera una muerte
    cruel. Ea, llama a los más valientes dánaos, por
    si alguno te oye.

    246. Así dijo. Menelao, valiente en la pelea, no
    desobedeció; y, alzando recio la voz, dijo a los
    dánaos:

    248. -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los
    argivos, los que bebéis en la tienda de los Atridas
    Agamenón y Menelao el vino que el pueblo
    paga, mandáis las tropas y os viene de Zeus el
    honor y la gloria! Me es difícil ver a cada uno
    de los caudillos. ¡Tan grande es el combate que
    aquí se ha empeñado! Pero acercaos vosotros,
    indignándoos en vuestro corazón de que Patroclo
    llegue a ser juguete de los perros troyanos.

    256. Así dijo. Oyóle en seguida el veloz Ayante
    de Oileo, y acudió antes que nadie, corriendo a
    través del campo. Siguiéronle Idomeneo y su
    escudero Meriones, igual al homicida Enialio.
    ¿Y quién podría retener en la memoria y decir
    los nombres de cuantos aqueos fueron llegando
    para reanimar la pelea?

    262. Los troyanos acometieron apiñados, con
    Héctor a su frente. Como en la desembocadura
    de un río que las celestiales lluvias alimentan,
    las ingentes olas chocan bramando contra la
    corriente del mismo, refluyen al mar y las altas
    orillas resuenan en torno; con una gritería tan
    grande marchaban los troyanos. Mientras tanto,
    los aqueos permanecían firmes alrededor del
    cadáver del Menecíada, conservando el mismo
    ánimo y defendiéndose con los escudos de
    bronce; y el Cronión rodeó de espesa niebla sus
    relucientes cascos, porque nunca había aborrecido
    al Menecíada mientras vivió y fue servidor
    del Eácida, y entonces veía con desagrado que
    el cadáver pudiera llegar a ser juguete de los
    perros troyanos. Por esto el dios incitaba a los
    compañeros a que lo defendieran.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:17

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    274. En un principio, los troyanos rechazaron a
    los aqueos, de ojos vivos, y éstos, desamparando
    al muerto, huyeron espantados. Y si bien los
    altivos troyanos no consiguieron matar con sus
    lanzas a ningún aqueo, como deseaban, empezaron
    a arrastrar el cadáver. Poco tiempo debían
    los aqueos permanecer alejados de éste,
    pues los hizo volver Ayante; el cual, así por su
    figura, como por sus obras, era el mejor de los
    dánaos, después del eximio Pelión. Atravesó el
    héroe las primeras Filas, y parecido por su bravura
    al jabalí que en el monte dispersa fácilmente,
    dando vueltas por los matorrales, a los
    perros y a los florecientes mancebos, de la
    misma manera el esclarecido Ayante, hijo del
    ilustre Telamón, acometió y dispersó las falanges
    de troyanos que se agitaban en torno de Patroclo
    con el decidido propósito de llevarlo a la
    ciudad y alcanzar gloria.

    288. Hipótoo, hijo preclaro del pelasgo Leto,
    había atado una correa a un tobillo de Patroclo,
    alrededor de los tendones; y arrastraba el cadáver
    por el pie, a través del reñido combate, para
    congraciarse con Héctor y los troyanos. Pronto
    le ocurrió una desgracia, de que nadie, por más
    que lo deseara, pudo librarlo. Pues el hijo de
    Telamón, acometiéndole por entre la turba, le
    hirió de cerca por el casco de broncíneas carrilleras:
    el casco, guarnecido de un penacho de
    crines de caballo, se quebró al recibir el golpe
    de la gran lanza manejada por la robusta mano;
    el cerebro fluyó sanguinolento por la herida, a
    lo largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas,
    dejó escapar de sus manos al suelo el pie del
    magnánimo Patroclo, y cayó de pechos, junto al
    cadáver, lejos de la fértil Larisa; y así no pudo
    pagar a sus progenitores la crianza, ni fue larga
    su vida, porque sucumbió vencido por la lanza
    del magnánimo Ayante. A su vez, Héctor arrojó
    la reluciente lanza a Ayante, pero éste, al notarlo,
    hurtó un poco el cuerpo, y la broncínea arma
    alcanzó a Esquedio, hijo del magnánimo
    ífito y el más valiente de los focios, que tenía su
    casa en la célebre Panopeo y reinaba sobre muchos
    hombres: clavóse la broncínea punta debajo
    de la clavícula y, atravesándola, salió por la
    extremidad del hombro. El guerrero cayó con
    estrépito, y sus armas resonaron.

    312. Ayante hirió en medio del vientre al aguerrido
    Forcis, hijo de Fénope, que defendía el
    cadáver de Hipótoo; y el bronce rompió la cavidad
    de la coraza y desgarró las entrañas: el
    troyano, caído en el polvo, cogió el suelo con
    las manos. Arredráronse los combatientes delanteros
    y el esclarecido Héctor; y los argivos
    dieron grandes voces, retiraron los cadáveres
    de Forcis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros
    las respectivas armaduras.

    319. Entonces los troyanos hubieran vuelto a
    entrar en Ilio, acosados por los belicosos aqueos
    y vencidos por su cobardía; y los argivos hubiesen
    alcanzado gloria, contra la voluntad de
    Zeus, por su fortaleza y su valor; pero el mismo
    Apolo instigó a Eneas, tomando la figura del
    heraldo Perifante Epítida, que había envejecido
    ejerciendo de pregonero en la casa del padre
    del héroe y sabía dar saludables consejos. Así
    transfigurado, habló Apolo, hijo de Zeus, diciendo:

    327. -¡Eneas! ¿De qué modo podríais salvar la
    excelsa Ilio, hasta si un dios se opusiera? Como
    he visto hacerlo a otros varones que confiaban
    en su fuerza y vigor, en su bravura y en la muchedumbre
    de tropas formadas por un pueblo
    intrépido. Mas, al presente, Zeus desea que la
    victoria quede por vosotros y no por los dánaos;
    y vosotros huís temblando, sin combatir.

    333. Así dijo. Eneas, como viera delante de sí a
    Apolo, el que hiere de lejos, le reconoció, y a
    grandes voces dijo a Héctor:

    CONT.



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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:27

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao. CONT.

    335. -¡Héctor y demás caudillos de los troyanos
    y sus aliados! Es una vergüenza que entremos
    en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y
    vencidos por nuestra cobardía. Una deidad ha
    venido a decirme que Zeus, el árbitro supremo,
    será aún nuestro auxiliar en la batalla. Marchemos,
    pues, en derechura a los dánaos, para
    que no se lleven tranquilamente a las naves el
    cadáver de Patroclo.

    342. Así habló; y, saltando mucho más allá de
    los combatientes delanteros, se detuvo. Los
    troyanos volvieron la cara y afrontaron a los
    aqueos. Entonces Eneas dio una lanzada a Leócrito,
    hijo de Arisbante y compañero valiente
    de Licomedes. Al verlo derribado en tierra,
    compadecióse Licomedes, caro a Ares; y,
    parándose muy cerca del enemigo, arrojó la
    reluciente lanza, hirió en el hígado, debajo del
    diafragma, a Apisaón Hipásida, pastor de
    hombres, y le dejó sin vigor las rodillas: este
    guerrero procedía de la fértil Peonia, y era, después
    de Asteropeo, el que más descollaba en el
    combate. Violo caer el belicoso Asteropeo, y,
    apiadándose, corrió hacia él, dispuesto a pelear
    con los dánaos. Mas no le fue posible; pues
    cuantos rodeaban por todas partes a Patroclo se
    cubrían con los escudos y calaban las lamas.
    Ayante recorría las filas y daba muchas órdenes:
    mandaba que ninguno retrocediese, abandonando
    el cadáver, ni combatiendo se adelantara
    a los demás aqueos, sino que todos rodearan
    al muerto y pelearan de cerca. Así se lo encargaba
    el ingente Ayante. La tierra estaba regada
    de purpúrea sangre y caían muertos, unos
    en pos de otros, muchos troyanos, poderosos
    auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no peleaban
    sin derramar sangre, aunque perecían
    en mucho menor número porque cuidaban
    siempre de defenderse recíprocamente en medio
    de la turba, para evitar la cruel muerte.

    366. Así combatían, con el ardor del fuego. No
    hubieras dicho que aún subsistiesen el sol y
    luna, pues hallábanse cubiertos por la niebla
    todos los guerreros ilustres que peleaban alrededor
    del cadáver del Menecíada. Los restantes
    troyanos y aqueos, de hermosas grebas, libres
    de la obscuridad, luchaban al cielo sereno: los
    vivos rayos del sol herían el campo, sin que
    apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en
    las montañas, y ellos combatían y descansaban
    alternativamente, hallándose a gran distancia
    unos de otros y procurando librarse de los dolorosos
    tiros que les dirigían los contrarios. Y
    en tanto, los del centro padecían muchos males
    a causa de la niebla y del combate, y los más
    valientes estaban dañados por el cruel bronce.
    Dos varones insignes, Trasimedes y Antíloco,
    ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese
    muerto y creían que, vivo aún, luchaba con los
    troyanos en la primera fila. Ambos, aunque
    estaban en la cuenta de que sus compañeros
    eran muertos o derrotados, peleaban separadamente
    de los demás; que así se lo había ordenado
    Néstor, cuando desde las negras naves los
    envió a la batalla.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 05:55

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    384. Todo el día sostuvieron la gran contienda y
    el cruel combate. Cansados y sudosos tenían las
    rodillas, las piernas y más abajo los pies, y
    manchados de polvo las manos y los ojos, cuantos
    peleaban en torno del valiente servidor del
    Eácida, de pies ligeros. Como un hombre da a
    los obreros, para que la estiren, una piel grande
    de toro cubierta de grasa, y ellos, cogiéndola, se
    distribuyen a su alrededor, y tirando todos sale
    la humedad, penetra la grasa y la piel queda
    perfectamente extendida por todos lados, de la
    misma manera tiraban aquéllos del cadáver acá
    y acullá, en un reducido espacio, y tenían grandes
    esperanzas de arrastrarlo los troyanos hacia
    Ilio, y los aqueos a las cóncavas naves. Un tumulto
    feroz se producía alrededor del muerto;
    y ni Ares, que enardece a los guerreros, ni Atenea
    por airada que estuviera, habrían hallado
    nada que baldonar, si lo hubiesen presenciado:
    tal funesto combate de hombres y caballos
    suscitó Zeus aquel día sobre el cadáver de Patroclo.
    El divino Aquiles ignoraba aún la muerte
    del héroe, porque la pelea se había empeñado
    muy lejos de las veleras naves, al pie del
    muro de Troya. No se figuraba que hubiese
    muerto, sino que después de acercarse a las
    puertas volvería vivo; porque tampoco esperaba
    que llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con
    él mismo. Así se lo había oído muchas veces a
    su madre cuando, hablándole separadamente
    de los demás, le revelaba el pensamiento del
    gran Zeus. Pero entonces la diosa no le anunció
    la gran desgracia que acababa de ocurrir: la
    muerte del compañero a quien más amaba.

    412. Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas,
    se acometían continuamente alrededor del
    cadáver; y unos a otros se mataban. Y hubo
    quien entre los aqueos, de broncíneas corazas,
    habló de esta manera:

    415. -¡Oh amigos! No sería para nosotros acción
    gloriosa la de volver a las cóncavas naves. Antes
    la negra tierra se nos trague a todos; que
    preferible fuera, si hemos de permitir a los troyanos,
    domadores de caballos, que arrastren el
    cadáver a la ciudad y alcancen gloria.

    420. Y a su vez alguno de los magnánimos troyanos
    así decía:

    421. -¡Oh amigos! Aunque la parca haya dispuesto
    que sucumbamos todos junto a ese
    hombre, nadie abandone la batalla.

    423. Con tales palabras excitaban el valor de sus
    compañeros. Seguía el combate, y el férreo
    estrépito llegaba al cielo de bronce, a través del
    infecundo éter.

    426. Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del
    campo de la batalla, desde que supieron que su
    auriga había sido postrado en el polvo por
    Héctor, matador de hombres. Por más que Automedonte,
    hijo valiente de Diores, los aguijaba
    con el flexible látigo y les dirigía palabras, ya
    suaves, ya amenazadoras; ni querían volver
    atrás, a las naves y al vasto Helesponto, ni encaminarse
    hacia los aqueos que estaban peleando.
    Como la columna se mantiene firme sobre
    el túmulo de un varón difunto o de una
    matrona, tan inmóviles permanecían aquéllos
    con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al
    suelo, de sus párpados caían a tierra ardientes
    lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga,
    y las lozanas crines estaban manchadas y
    caídas a ambos lados del yugo.

    441. A1 verlos llorar, el Cronión se compadeció
    de ellos, movió la cabeza, y, hablando consigo
    mismo, dijo:

    CONT.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 9 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 04 Abr 2021, 06:02

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    443. «¡Ah, infelices! ¿Por qué os entregamos al
    rey Peleo, a un mortal, estando vosotros exentos
    de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que
    tuvieseis penas entre los míseros mortales?
    Porque no hay un ser más desgraciado que el
    hombre, entre cuantos respiran y se mueven
    sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado
    por vosotros en el labrado carro; no lo permitiré.
    ¿Por ventura no es bastante que se haya
    apoderado de las armas y se gloríe de esta manera?
    Daré fuerza a vuestras rodillas y a vuestro
    espíritu, para que llevéis salvo a Automedonte
    desde la batalla a las cóncavas naves; y
    concederé gloria a los troyanos, los cuales seguirán
    matando hasta que lleguen a las naves
    de muchos bancos, se ponga el sol y la sagrada
    obscuridad sobrevenga.»

    456. Así diciendo, infundió gran vigor a los caballos:
    sacudieron éstos el polvo de las crines y
    arrastraron velozmente el ligero carro hacia los
    troyanos y los aqueos. Automedonte, aunque
    afligido por la suerte de su compañero, quería
    combatir desde el carro, y con los corceles se
    echaba sobre los enemigos como el buitre sobre
    los ánsares; y con la misma facilidad huía del
    tumulto de los troyanos, que arremetía a la
    gran turba de ellos para seguirles el alcance.
    Pero no mataba hombres cuando se lanzaba a
    perseguir, porque, estando solo en el sagrado
    asiento, no le era posible acometer con la lanza
    y sujetar al mismo tiempo los veloces caballos.
    Viole al fin su compañero Alcimedonte, hijo de
    Laerces Hemónida; y, poniéndose detrás del
    carro, dijo a Automedonte:

    469 -¡Automedonte! ¿Qué dios te ha sugerido
    tan inútil propósito dentro del pecho y te ha
    privado de tu buen juicio? ¿Por qué, estando
    solo, combates con los troyanos en la primera
    fila? Tu compañero recibió la muerte, y Héctor
    se vanagloria de cubrir sus hombros con las
    armas del Eácida.

    474. Respondióle Automedonte, hijo de Diores:

    475. -¡Alcimedonte! ¿Cuál otro aqueo podría
    sujetar o aguijar estos caballos inmortales mejor
    que tú, si no fuera Patroclo, consejero igual a
    los dioses, mientras estuvo vivo? Pero ya la
    muerte y la parca lo alcanzaron. Recoge el látigo
    y las lustrosas riendas, y yo bajaré del carro
    para combatir.

    481. Así dijo. Alcimedonte, subiendo en seguida
    al veloz carro, empuñó el látigo y las riendas, y
    Automedonte saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido
    Héctor; y al momento dijo a Eneas, que a
    su lado estaba:

    485. -¡Eneas, consejero de los troyanos, de
    broncíneas corazas! Advierto que los corceles
    del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente
    en la lid guiados por aurigas débiles. Y creo
    que me apoderaría de los mismos, si tú quisieras
    ayudarme; pues, arremetiendo nosotros a
    los aurigas, éstos no se.. atreverán a resistir ni a
    pelear frente a frente.

    491. Así dijo; y el valeroso hijo de Anquises no
    dejó de obedecerle. Ambos pasaron adelante,
    protegiendo sus hombros con sólidos escudos
    de pieles secas de buey, cubiertas con gruesa
    capa de bronce. Siguiéronles Cromio y el deiforme
    Areto, que tenían grandes esperanzas de
    matar a los aurigas y llevarse los corceles de
    erguido cuello. ¡Insensatos! No sin derramar
    sangre habían de escapar de Automedonte.
    Éste, orando al padre Zeus, llenó de fuerza y
    vigor las negras entrañas; y en seguida dijo a
    Alcimedonte, su fiel compañero:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:29

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    501. -¡Alcimedonte! No tengas los caballos lejos
    de mí; sino tan cerca, que sienta su resuello
    sobre mi espalda. Creo que Héctor Priámida no
    calmará su ardor hasta que suba al carro de
    Aquiles y gobierne los corceles de hermosas
    crines, después de darnos muerte a nosotros y
    desbaratar las filas de los guerreros argivos; o
    él mismo sucumba, peleando con los combatientes
    delanteros.

    507. Así habiendo hablado, llamó a los dos
    Ayantes y a Menelao:

    508. -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Menelao!
    Dejad a los más fuertes el cuidado de rodear
    al muerto y defenderlo, rechazando las haces
    enemigas; y venid a librarnos del día cruel a
    nosotros que aún vivimos, pues se dirigen a
    esta parte, corriendo por el luctuoso combate,
    Héctor y Eneas, que son los más valientes de
    los troyanos. En la mano de los dioses está lo
    que haya de ocurrir. Yo arrojaré mi lanza, y
    Zeus se cuidará del resto.

    516. Dijo; y, blandiendo la ingente lanza, acertó
    a dar en el escudo liso de Areto, que no logró
    detener a aquélla: atravesólo la punta de bronce,
    y rasgando el cinturón se clavó en el empeine
    del guerrero. Como un joven hiere con afilada
    segur a un buey montaraz por detrás de las
    astas, le corta el nervio y el animal da un salto y
    cae, de esta manera el troyano saltó y cayó boca
    arriba y la lanza aguda, vibrando aún en sus
    entrañas, dejóle sin vigor los miembros.- Héctor
    arrojó la reluciente lanza contra Automedonte,
    pero éste, como la viera venir, evitó el golpe
    inclinándose hacia adelante: la fornida lanza se
    clavó en el suelo detrás de él, y el regatón temblaba;
    pero pronto la impetuosa arma perdió su
    fuerza. Y se atacaron de cerca con las espadas,
    si no les hubiesen obligado a separarse los dos
    Ayantes; los cuales, enardecidos, abriéronse
    paso por la turba y acudieron a las voces de su
    amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas y el deiforme
    Cromio, y, retrocediendo, dejaron a Areto,
    que yacía en el suelo con el corazón traspasado.
    Automedonte, igual al veloz Ares, despojóle de
    538 -El pesar de mi corazón por la muerte del
    las armas y, gloriándose, pronunció estas palabras:
    Menecíada se ha aliviado un poco; aunque le es
    inferior el varón a quien he dado muerte.

    540. Así diciendo, tomó y puso en el carro los
    sangrientos despojos; y en seguida subió al
    mismo, con los pies y las manos ensangrentados
    como el león que ha devorado un toro.

    543. De nuevo se trabó una pelea encarnizada,
    funesta, luctuosa, en torno de Patroclo. Excitó
    la lid a Atenea, que vino del cielo, enviada a
    socorrer a los dánaos por el largovidente Zeus,
    cuya mente había cambiado. De la suerte que
    Zeus tiende en el cielo el purpúreo arco iris,
    como señal de una guerra o de un invierno tan
    frío que obliga a suspender las labores del
    campo y entristece a los rebaños, de este modo
    la diosa, envuelta en purpúrea nube, penetró
    por las tropas aqueas y animó a cada guerrero.
    Primero enderezó sus pasos hacia el fuerte Menelao,
    hijo de Atreo, que se hallaba cerca; y,
    tomando la figura y voz infatigable de Fénix, le
    exhortó diciendo:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:34

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    556. -Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza
    y de oprobio que los veloces perros
    despedazaran cerca del muro de Troya el cadáver
    de quien fue compañero fiel del ilustre
    Aquiles. ¡Combate denodadamente y anima a
    todo el ejército!

    560. Respondióle Menelao, valiente en la pelea:

    561. -¡Padre Fénix, anciano respetable! Ojalá
    Atenea me infundiese vigor y me librase del
    ímpetu de los tiros. Yo quisiera ponerme al
    lado de Patroclo y defenderlo, porque su muerte
    conmovió mucho mi corazón; pero Héctor
    tiene la terrible fuerza de una llama, y no cesa
    de matar con el bronce, protegido por Zeus,
    que le da gloria.

    567. Así dijo. Atenea, la diosa de ojos de lechuza,
    holgándose de que aquél la invocara la primera
    entre todas las deidades, le vigorizó los
    hombros y las rodillas, a infundió en su pecho
    la audacia de la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada
    repetidas veces, vuelve a picar porque
    la sangre humana le es agradable; de una audacia
    semejante llenó la diosa las negras entrañas
    del héroe. Encaminóse Menelao hacia el cadáver
    de Patroclo y despidió la reluciente lanza.
    Hallábase entre los troyanos Podes, hijo de Eetión,
    rico y valiente, a quien Héctor honraba
    mucho en la ciudad porque era su compañero
    querido en los festines; a éste, que ya emprendía
    la fuga, atravesólo el rubio Menelao con la
    broncínea lanza que se clavó en el ceñidor, y el
    troyano cayó con estrépito. A1 punto, el Atrida
    Menelao arrastró el cadáver desde los troyanos
    adonde se hallaban sus amigos.

    582. Apolo incitó a Héctor, poniéndose a su lado
    después de tomar la figura de Fénope Asíada;
    éste tenía la casa en Abides, y era para el héroe
    el más querido de sus huéspedes. Así transfigurado,
    dijo Apolo, el que hiere de lejos:

    586. -¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá, cuando
    huyes temeroso ante Menelao, que siempre
    fue guerrero débil y ahora él solo ha levantado
    y se lleva fuera del alcance de los troyanos el
    cadáver de tu fiel amigo a quien mató, del que
    peleaba con denuedo entre los combatientes
    delanteros, de Podes, hijo de Eetión?

    591. Así dijo, y negra nube de pesar envolvió a
    Héctor, que en seguida atravesó las primeras
    filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces el
    Cronida tomó la esplendorosa égida flanqueada,
    cubrió de nubes el Ida, relampagueó y tronó
    fuertemente, agitó la égida, y dio la victoria a
    los troyanos, poniendo en fuga a los aqueos.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:48

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    597. El primero que huyó fue Penéleo, el beocio,
    por haber recibido, vuelto siempre de cara a los
    troyanos, una herida leve en el hombro; y Polidamante,
    acercándose a él, le arrojó la lanza,
    que desgarró la piel y llegó hasta el hueso.-
    Héctor, a su vez, hirió en la muñeca y dejó fuera
    de combate a Leito, hijo del magnánimo
    Alectrión; el cual huyó espantado y mirando en
    torno suyo, porque ya no esperaba que con la
    lanza en la mano pudiese combatir con los troyanos.-
    Contra Héctor, que perseguía a Leito,
    arrojó Idomeneo su lanza y le dio un bote en el
    peto de la coraza, junto a la tetilla; pero rompióse
    aquélla en la unión del asta con el hierro;
    y los troyanos gritaron. Héctor despidió su lama
    contra Idomeneo Deucálida, que iba en un
    carro; y por poco no acertó a herirlo; pero el
    bronce se clavó en Cérano, escudero y auriga
    de Meriones, a quien acompañaba desde que
    partieron de la bien construida Licto. Idomeneo
    salió aquel día de las corvas naves al campo,
    como infante; y hubiera procurado a los troyanos
    un gran triunfo, si no hubiese llegado
    Cérano guiando los veloces corceles: éste fue su
    salvador, porque le libró del día cruel al perder
    la vida a manos de Héctor, matador de hombres.
    A Cérano, pues, hirióle Héctor debajo de
    la quijada y de la oreja: la punta de la lanza
    hizo saltar los dientes y atravesó la lengua. El
    guerrero cayó del carro, y dejó que las riendas
    vinieran al suelo. Meriones, inclinándose, recogiólas,
    y dijo a Idomeneo:

    622. -Aquija con el látigo los caballos hasta que
    llegues a las veleras naves; pues ya tú mismo
    conoces que no serán los aqueos quienes alcancen
    la victoria.

    624. Así habló; a Idomeneo fustigó los corceles
    de hermosas crines, guiándolos hacia las
    cóncavas naves, porque el temor había entrado
    en su corazón.

    626. No les pasó inadvertido al magnánimo
    Ayante y a Menelao que Zeus otorgaba a los
    troyanos la inconstante victoria. Y el gran
    Ayante Telamonio fue el primero en decir:

    629. -¡Oh dioses! Ya hasta el más simple conocería
    que el padre Zeus favorece a los troyanos.
    Los tiros de todos ellos, sea cobarde o valiente
    el que dispara, no yerran el blanco, porque
    Zeus los encamina; mientras que los nuestros
    caen al suelo sin dañar a nadie. Ea, pensemos
    cómo nos será más fácil sacar el cadáver y volvernos,
    para regocijar a nuestros amigos; los
    cuales deben de atligirse mirando hacia acá, y
    sin duda piensan que ya no podemos resistir la
    fuerza y las invictas manos de Héctor, matador
    de hombres, y pronto tendremos que caer en
    las negras naves. Ojalá algún amigo avisara
    rápidamente al Pelida, pues no creo que sepa la
    infausta nueva de que ha muerto su compañero
    amado. Pero no puedo distinguir entre los
    aqueos a nadie capaz de hacerlo, cubiertos como
    están por densa niebla hombres y caballos.
    ¡Padre Zeus! ¡Libra de la espesa niebla a los
    aqueos, serena el cielo, concede que nuestros
    ojos vean, y destrúyenos en la luz, ya que así te
    place!

    648. Así dijo; y el padre, compadecido de verle
    derramar lágrimas, disipó en el acto la obscuridad
    y apartó la niebla. Brilló el sol y toda la
    batalla quedó alumbrada. Y entonces dijo
    Ayante a Menelao, valiente en la pelea:


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 01:54

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    651. -Mira ahora, Menelao, alumno de Zeus, si
    ves a Antíloco, hijo del magnánimo Néstor,
    vivo aún; y envíale para que vaya corriendo a
    decir al belicoso Aquiles que ha muerto su
    compañero más amado.

    655. Así dijo; y Menelao, valiente en la pelea,
    obedeció y se fue, como se aleja del establo un
    león después de irritar a los canes y a los hombres
    que, vigilando toda la noche, no le han
    dejado comer los pingües bueyes -el animal,
    ávido de carne, acomete, pero nada consigue
    porque audaces manos le arrojan muchos venablos
    y teas encendidas que le hacen temer,
    aunque está enfurecido-; y al despuntar la aurora
    se va con el corazón afligido: de tan mala
    gana, Menelao, valiente en la pelea, se apartaba
    de Patroclo, porque sentía gran temor de que
    los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo
    dejaran y fuera presa de los enemigos. Y se lo
    recomendó mucho a Meriones y a los Ayantes,
    diciéndoles:

    669. -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Meriones!
    Acordaos ahora de la mansedumbre del
    mísero Patroclo, el cual supo ser amable con
    todos mientras gozó de vida. Pero ya la muerte
    y la parca le alcanzaron.

    673. Dicho esto, el rubio Menelao partió mirando
    a todas partes como el águila (el ave, según
    dicen, de vista más perspicaz entre cuantas
    vuelan por el cielo), a la cual, aun estando en
    las alturas, no le pasa inadvertida una liebre de
    pies ligeros echada debajo de un arbusto frondoso,
    y se abalanza a ella y en un instante la
    coge y le quita la vida; del mismo modo, oh
    Menelao, alumno de Zeus, tus brillantes ojos
    dirigíanse a todos lados, por la turba numerosa
    de los compañeros, para ver si podrías hallar
    vivo al hijo de Néstor. Pronto le distinguió a la
    izquierda del combate, donde animaba a sus
    compañeros y les incitaba a pelear. Y deteniéndose
    a su lado, hablóle así el rubio Menelao:

    685. -¡Ea, ven acá, Antíloco, alumno de Zeus, y
    sabrás una infausta nueva que ojalá no debiera
    darte! Creo que tú mismo conocerás, con sólo
    tender la vista, que un dios nos manda la derrota
    a los dánaos y que la victoria es de los troyanos.
    Ha muerto el más valiente aqueo, Patroclo,
    y los dánaos le echan muy de menos. Corre
    hacia las naves aqueas y anúncialo a Aquiles;
    por si, dándose prisa en venir, puede llevar a su
    bajel el cadáver desnudo, pues las armas las
    tiene Héctor, el de tremolante casco.

    694. Así dijo. Estremecióse Antíloco al oírle,
    estuvo un buen rato sin poder hablar, llenáronse
    de lágrimas sus ojos y la voz sonora se le
    cortó. Mas no por esto descuidó de cumplir la
    orden de Menelao: entregó las armas a Laódoco,
    el eximio compañero que a su lado regía los
    solípedos caballos, y echó a correr.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 02:01

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVII

    Principalía de Menelao.
    CONT.

    700. Llevado por sus pies fuera del combate,
    fuese llorando a dar al Pelida Aquiles la triste
    noticia. Y a ti, oh Menelao, alumno de Zeus, no
    te aconsejó el ánimo que te quedaras allí para
    socorrer a los fatigados compañeros de Antíloco,
    aunque los pilios echaban muy de menos a
    su jefe. Envióles, pues, el divino Trasimedes; y
    volviendo a la carrera hacia el cadáver del
    héroe Patroclo, se detuvo junto a los Ayantes, y
    en seguida les dijo:

    708. -Ya he enviado a aquél a las veleras naves,
    para que se presente a Aquiles, el de los pies
    ligeros; pero no creo que Aquiles venga en seguida,
    por más airado que esté con el divino
    Héctor, porque sin armas no podrá combatir
    con los troyanos. Pensemos nosotros mismos
    cómo nos será más fácil sacar el cadáver y librarnos,
    en la lucha con los troyanos, de la
    muerte y la parca.

    715. Respondióle el gran Ayante Telamonio:

    716. -Oportuno es cuanto dijiste, ínclito Menelao.
    Tú y Meriones introducíos prontamente,
    levantad el cadáver y sacadlo de la lid. Y nosotros
    dos, que tenernos igual ánimo, llevamos el
    mismo nombre y siempre hemos sostenido juntos
    el vivo combate, os seguiremos, peleando a
    vuestra espalda con los troyanos y el divino
    Héctor.

    722. Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y
    alzáronlo muy alto; y gritó el ejército troyano al
    ver que los aqueos levantaban el cadáver.
    Arremetieron los troyanos como los perros que,
    adelantándose a los jóvenes cazadores, persiguen
    al jabalí herido; así como éstos corren
    detrás del jabalí y anhelan despedazarlo, pero,
    cuando el animal, fiado en su fuerza, se vuelve,
    retroceden y espantados se dispersan; del mismo
    modo los troyanos seguían en tropel y herían
    a los aqueos con las espadas y lanzas de
    doble filo; pero, cuando los Ayantes volvieron
    la cara y se detuvieron, a todos se les mudó el
    color del semblante y ninguno osó adelantarse
    para disputarles el cadáver.

    733. De tal manera ambos caudillos llevaban
    presurosos el cadáver desde la batalla hacia las
    cóncavas naves. Tras ellos suscitóse feroz combate:
    como el fuego que prende en una ciudad,
    se levanta de pronto y resplandece, y las casas
    se arruinan entre grandes llamas que el viento,
    enfurecido, mueve; de igual suerte, un horrísono
    tumulto de caballos y guerreros acompañaba
    a los que se iban retirando. Así como mulos
    vigorosos sacan del monte y arrastran por
    áspero camino una viga o un gran tronco destinado
    a mástil de navío, y apresuran el paso,
    pero su ánimo está abatido por el cansancio y el
    sudor: de la misma manera ambos caudillos
    transportaban animosamente el cadáver. Detrás
    de ellos, los Ayantes contenían a los troyanos
    como el valladar selvoso extendido por gran
    parte de la llanura refrena las corrientes perjudiciales
    de los ríos de curso arrebatado, les hace
    torcer el camino y les señala el cauce por donde
    todos han de correr, y jamás los ríos pueden
    romperlo con la fuerza de sus aguas; de semejante
    modo, los Ayantes apartaban a los troyanos
    que les seguían peleando, especialmente
    Eneas Anquisíada y el preclaro Héctor. Como
    vuela una bandada de estorninos o grajos, dando
    horribles chillidos, cuando ven al gavilán
    que trae la muerte a los pajarillos, así entonces
    los aqueos, perseguidos por Eneas y Héctor,
    corrían chillando horriblemente y se olvidaban
    de combatir. Muchas armas hermosas de los
    dánaos fugitivos cayeron en el foso o en sus
    orillas, y la batalla continuaba sin intermisión
    alguna.


    FIN DEL CANTO XVII


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 06:46

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII (*)

    Fabricación de las armas

    (*)
    Aquiles, al enterarse de la noticia de la muerte
    de su amigo Patroclo, ansía vengarlo. Su madre,
    Tetis, pide a Hefesto que fabrique un escudo
    que reemplace al que Héctor tomó como
    botín del cadáver de Patroclo.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 06:52

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas


    1. Mientras los troyanos y los aqueos combatían
    con el ardor de abrasadora llama, Antíloco,
    mensajero de veloces pies, fue en busca de
    Aquiles. Hallóle junto alas naves, de altas popas,
    y ya el héroe presentía lo ocurrido; pues,
    gimiendo, a su magnánimo espíritu así le
    hablaba:

    6. -¡Ay de mí! ¿Por qué los melenudos aqueos
    vuelven a ser derrotados, y corren aturdidos
    por la llanura con dirección a las naves? Temo
    que los dioses me hayan causado la desgracia
    cruel para mi corazón, que me anunció mi madre
    diciendo que el más valiente de los mirmidones
    dejaría de ver la luz del sol, a manos de
    los troyanos, antes de que yo falleciera. Sin duda
    ha muerto el esforzado hijo de Menecio.
    ¡Infeliz! Yo le mandé que, tan pronto como
    apartase el fuego enemigo, regresara a los bajeles
    y no quisiera pelear valerosamente con
    Héctor.

    15. Mientras tales pensamientos revolvía en su
    mente y en su corazón, llegó el hijo del ilustre
    Néstor; y, derramando ardientes lágrimas, diole
    la triste noticia:

    18. -¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás
    una infausta nueva, una cosa que no hubiera de
    haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y troyanos
    y aqueos combaten en torno del cadáver
    desnudo, pues Héctor, el de tremolante casco,
    tiene la armadura.

    22. Así dijo; y negra nube de pesar envolvió a
    Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas manos,
    derramóla sobre su cabeza, afeó el gracioso
    rostro y la negra ceniza manchó la divina túnica;
    después se tendió en el polvo, ocupando un
    gran espacio, y con las manos se arrancaba los
    cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo
    habían cautivado salieron afligidas; y, dando
    agudos gritos, fueron desde la puerta a rodear
    a Aquiles; todas se golpeaban el pecho y sentían
    desfallecer sus miembros. Antíloco también
    se lamentaba, vertía lágrimas y tenía de las manos
    a Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase en
    suspiros, por el temor de que se cortase la garganta
    con el hierro. Dio Aquiles un horrendo
    gemido; oyóle su veneranda madre, que se
    hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano,
    y prorrumpió en sollozos; y cuantas diosas
    nereidas había en aquellas profundidades,
    todas se congregaron a su alrededor. Allí estaban
    Glauce, Talía, Cimódoce, Nesea, Espío,
    Toe, Halia, la de ojos de novilla, Cimótoe, Actea,
    Limnorea, Mélite, Yera, Anfítoe, Ágave,
    Doto, Proto, Ferusa, Dinámene, Dexámene,
    Anfínome, Calianira, Dóride, Pánope, la célebre
    Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa,
    Clímene, Yanira, Yanasa, Mera, Oritía, Amatía,
    la de hermosas trenzas, y las restantes nereidas
    que habitan en el hondo del mar. La blanquecina
    gruta se llenó de ninfas, y todas se golpeaban
    el pecho. Y Tetis, dando principio a los
    lamentos, exclamó:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 07:00

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    52. -Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis
    cuántas penas sufre mi corazón. ¡Ay de mí,
    desgraciada! ¡Ay de mí, madre infeliz de un
    valiente! Parí a un hijo ilustre, fuerte e insigne
    entre los héroes, que creció semejante a un
    árbol; le crié como a una planta en terreno fértil
    y lo mandé a Ilio en las corvas naves para que
    combatiera con los troyanos; y ya no le recibiré
    otra vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión
    de Peleo. Mientras vive y ve la luz del sol
    está angustiado, y no puedo, aunque a él me
    acerque, llevarle socorro. Iré a ver al hijo querido
    y me dirá qué pesar le aflige ahora que no
    interviene en las batallas.

    65. Así diciendo, salió de la gruta; las nereidas la
    acompañaron llorosas, y las olas del mar se
    rompían en torno de ellas. Cuando llegaron a la
    fértil Troya, subieron todas a la playa donde las
    muchas naves de los mirmidones habían sido
    colocadas junto a la del veloz Aquiles. La veneranda
    madre se acercó al héroe, que suspiraba
    profundamente; y, rompiendo el aire con agudos
    clamores, abrazóle la cabeza, y en tono lastimero
    pronunció estas aladas palabras:

    73. -¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado
    al alma? Habla; no me lo ocultes. Zeus ha
    cumplido lo que tú, levantando las manos, le
    pediste: que todos los aqueos, privados de ti,
    fueran acorralados junto a las naves y padecieran
    vergonzosos desastres.

    78. Exhalando profundos suspiros, contestó
    Aquiles, el de los pies ligeros:

    79. -¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo
    ha cumplido; pero ¿qué placer puede producirme,
    habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo
    a quien apreciaba sobre todos los compañeros y
    tanto como a mi propia cabeza? Lo he perdido,
    y Héctor, después de matarlo, le despojó de las
    armas prodigiosas, encanto de la vista, magníficas,
    que los dioses regalaron a Peleo, como
    espléndido presente, el día en que lo colocaron
    en el tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras
    seguido habitando en el mar con las inmortales
    ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa
    mortal. Mas no sucedió así, para que sea inmenso
    el dolor de tu alma cuando muera tu
    hijo, a quien ya no recibirás vuelto a la patria,
    pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer
    entre los hombres, si Héctor no pierde la
    vida, atravesado por mi lanza, recibiendo de
    este modo la condigna pena por la muerte de
    Patroclo Menecíada.

    94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:

    95. -Breve será tu existencia, a juzgar por lo que
    dices, pues la muerte te aguarda así que Héctor
    perezca.

    97. Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies
    ligeros:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 07:07

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    98. -Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer
    al amigo cuando lo mataron: ha perecido
    lejos de su país y sin tenerme al lado para que
    le librara de la desgracia. Ahora, puesto que no
    he de volver a la patria tierra, ni he salvado a
    Patroclo ni a los muchos amigos que murieron
    a manos del divino Héctor, permanezco en las
    naves cual inútil peso de la tierra, siendo tal en
    la batalla como ninguno de los aqueos, de
    broncíneas corazas, pues en el ágora otros me
    superan. Ojalá pereciera la discordia para los
    dioses y para los hombres, y con ella la ira, que
    encruelece hasta al hombre sensato cuando más
    dulce que la miel se introduce en el pecho y va
    creciendo como el humo. Así me irritó el rey de
    hombres, Agamenón. Pero dejemos lo pasado,
    aunque afligidos, pues es preciso refrenar el
    furor del pecho. Iré a buscar al matador del
    amigo querido, a Héctor; y yo recibiré la muerte
    cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses
    inmortales. Pues ni el fornido Heracies pudo
    librarse de ella, con ser carísimo al soberano
    Zeus Cronida, sino que la parca y la cólera funesta
    de Hera le hicieron sucumbir. Así yo, si
    he de tener igual muerte, yaceré en la tumba
    cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama
    y haré que algunas de las matronas troyanas o
    dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros
    y con ambas manos se enjuguen las
    lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que
    durante largo tiempo me he abstenido de combatir.
    Y tú, aunque me ames, no me prohíbas
    que pelee, que no lograrás persuadirme.

    127. Respondióle Tetis, la de argénteos pies:

    128. -Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse
    que libres a los afligidos compañeros de una
    muerte terrible; pero tu magnífica armadura de
    luciente bronce la tienen los troyanos, y Héctor,
    el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir
    con ella sus hombros. Con todo eso, me figuro
    que no durará mucho su jactancia, pues ya la
    muerte se le avecina. Tú no penetres en la contienda
    de Ares hasta que con tus ojos me veas
    volver; y mañana, al romper el alba, vendré a
    traerte una hermosa armadura fabricada por
    Hefesto.

    138. Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo; y
    volviéndose a sus hermanas de la mar, les dijo:

    140. -Bajad vosotras al anchuroso seno del mar
    para ver al anciano marino y el palacio del padre,
    a quien se lo contaréis todo; y yo subiré al
    elevado Olimpo para que Hefesto, el ilustre
    artífice, dé a mi hijo una magnífica y reluciente
    armadura.

    148. Así habló. Las nereidas se sumergieron
    prestamente en las olas del mar, y Tetis, la diosa
    de argénteos pies, enderezó sus pasos al
    Olimpo para procurar a su hijo las magníficas
    armas.

    CONT.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 06 Abr 2021, 07:15

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    148. Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo,
    los aqueos, de hermosas grebas, huyendo con
    gritería inmensa a vista de Héctor, matador de
    hombres, llegaron a las naves y al Helesponto;
    y ya no podían sacar fuera de los tiros el cadáver
    de Patroclo, escudero de Aquiles, porque
    de nuevo los alcanzaron los troyanos con sus
    carros y Héctor, hijo de Príamo, que por su vigor
    parecía una llama. Tres veces el esclarecido
    Héctor asió a Patroclo por los pies a intentó
    arrastrarlo, exhortando con horrendos gritos a
    los troyanos; tres veces los dos Ayantes, revestidos
    de impetuoso valor, le rechazaron.
    Héctor, confiando en su fuerza, unas veces se
    arrojaba a la pelea, otras se detenía y daba
    grandes voces, pero nunca se retiraba del todo.
    Como los pastores pasan la noche en el campo
    y no consiguen apartar de la presa a un fogoso
    león muy hambriento; de semejante modo, los
    belicosos Ayantes no lograban ahuyentar del
    cadáver a Héctor Priámida. Y éste lo arrastrara,
    consiguiendo inmensa gloria, si no se hubiese
    presentado al Pelión, para aconsejarle que tomase
    las armas, la veloz Iris, de pies ligeros
    como el viento; a la cual enviaba Hera, sin que
    lo supieran Zeus ni los demás dioses. Colocóse
    la diosa cerca de Aquiles y pronunció estas aladas
    palabras:

    170. -¡Levántate, Pelida, el más portentoso de
    los hombres! Ve a defender a Patroclo, por cuyo
    cuerpo se ha trabado un vivo combate cerca de
    las naves. Mátanse allí los aqueos defendiendo
    el cadáver, y los troyanos acometiendo con el
    fin de arrastrarlo a la ventosa Ilio. Y el que más
    empeño tiene en llevárselo es el esclarecido
    Héctor, porque su ánimo le incita a cortarle la
    cabeza del tierno cuello para clavarla en una
    estaca. Levántate, no yazgas más; avergüéncese
    tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete
    de los perros troyanos; pues será para ti motivo
    de afrenta que el cadáver reciba algún ultraje.

    181. Respondióle el divino Aquiles, el de los
    pies ligeros:

    182.-¡Diosa Iris! ¿Cuál de las deidades te envía
    como mensajera?

    183. Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el
    viento:

    184. -Me manda Hera, la ilustre esposa de Zeus,
    sin que lo sepan el excelso Cronida ni los demás
    dioses inmortales que habitan el nevado
    Olimpo.

    187. Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros:

    188. -¿Cómo puedo ir a la batalla? Los troyanos
    tienen mis armas, y mi madre no me permite
    entrar en combate hasta que con estos ojos la
    vea volver, pues aseguró que me traería una
    hermosa armadura fabricada por Hefesto. Entre
    tanto no sé de cuál guerrero podría vestir las
    armas, a no ser que tomase el escudo de Ayante
    Telamoníada; pero creo que éste se halla entre
    los combatientes delanteros y pelea con la lanza
    por el cadáver de Patroclo.

    196. Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como
    el viento:

    197. -Bien sabemos nosotros que aquéllos tienen
    tu magnífica armadura; pero muéstrate a los
    troyanos en la orilla del foso para que, temiéndote,
    cesen de pelear; los belicosos aqueos, que
    tan abatidos están, se reanimen, y la batalla tenga
    su tregua, aunque sea por breve tiempo.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 06:43

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    202. En diciendo esto, fuese Iris, ligera de pies.
    Aquiles, caro a Zeus, se levantó, y Atenea cubrióle
    los fornidos hombros con la égida floqueada,
    y además la divina entre las diosas
    circundóle la cabeza con áurea nube, en la cual
    ardía resplandeciente llama. Como se ve desde
    lejos el humo que, saliendo de una isla donde
    se halla una ciudad sitiada por los enemigos,
    llega al éter, cuando sus habitantes, después de
    combatir todo el día en horrenda batalla, fuera
    de la ciudad, al ponerse el sol encienden muchos
    fuegos, cuyo resplandor sube a lo alto,
    para que los vecinos los vean, se embarquen y
    les libren del apuro, de igual modo el resplandor
    de la cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y
    acercándose a la orilla del foso, fuera de la muralla,
    se detuvo, sin mezclarse con los aqueos,
    porque respetaba el prudente mandato de su
    madre. Allí dio recias voces y a alguna distancia
    Palas Atenea vociferó también y suscitó un
    inmenso tumulto entre los troyanos. Como se
    oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen
    a cercar la ciudad enemigos que la vida quitan,
    tan sonora fue entonces la voz del Eácida.
    Cuando se dejó oír la voz de bronce del héroe, a
    todos se les conturbó el corazón, y los caballos,
    de hermosas crines, volvíanse hacia atrás con
    los carros porque en su ánimo presentían desgracias.
    Los aurigas se quedaron atónitos al ver
    el terrible a incesante fuego que en la cabeza
    del magnánimo Pelión hacía arder Atenea, la
    diosa de ojos de lechuza. Tres veces el divino
    Aquiles gritó a orillas del foso, y tres veces se
    turbaron los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y
    doce de los más valientes guerreros murieron
    atropellados por sus carros y heridos por sus
    propias lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron
    a Patroclo fuera del alcance de los tiros y
    colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon
    llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de los
    pies ligeros, derramando ardientes lágrimas,
    desde que vio al fiel compañero desgarrado por
    el agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale
    mandado a la batalla con su carro y sus corceles,
    y ya no podía recibirlo, porque de ella no
    tornaba vivo.

    239. Hera veneranda, la de ojos de novilla,
    obligó al sol infatigable a hundirse, mal de su
    grado, en la corriente del Océano. Y una vez
    puesto, los divinos aqueos suspendieron la enconada
    pelea y el general combate.

    243. Los troyanos, por su parte, retirándose de
    la dura contienda, desuncieron de los carros los
    veloces corceles y se reunieron en el ágora antes
    de preparar la cena. Celebraron el ágora de pie
    y nadie osó sentarse; pues a todos les hacía
    temblar el que Aquiles se presentara después
    de haber permanecido tanto tiempo apartado
    del funesto combate. Fue el primero en arengarles
    el prudente Polidamante Pantoida, el
    único que conocía el futuro y el pasado: era
    amigo de Héctor, y ambos nacieron en la misma
    noche; pero Polidamante superaba a Héctor
    en la elocuencia, y éste descollaba más que él
    en el manejo de la lanza. Y arengándoles benévolo,
    así les dijo:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 06:53

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    254.-Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto
    a volver a la ciudad en vez de aguardar a la
    divinal aurora en la llanura, junto a las naves, y
    tan lejos del muro como al presente nos hallamos.
    Mientras ese hombre estuvo irritado con
    el divino Agamenón, fue más fácil combatir
    contra los aqueos; y también yo gustaba de
    pernoctar junto a las veleras naves, esperando
    que acabaríamos tomando los corvos bajeles.
    Ahora temo mucho al Pelida, de pies ligeros,
    que con su ánimo arrogante no se contentará
    con quedarse en la llanura, donde troyanos y
    aqueos sostienen el furor de Ares, sino que luchará
    para apoderarse de la ciudad y de las
    mujeres. Volvamos a la población; seguid mi
    consejo, antes de que ocurra lo que voy a decir.
    La noche inmortal ha detenido al Pelida, de
    pies ligeros; pero, si mañana nos acomete armado
    y nos encuentra aquí, conoceréis quién
    es, y llegará gozoso a la sagrada Ilio el que logre
    escapar, pues a muchos de los troyanos se
    los comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá que
    tal noticia nunca llegue a mis oídos! Si, aunque
    estéis afligidos, seguís mi consejo, tendremos el
    ejército reunido en el ágora durante la noche,
    pues la ciudad queda defendida por las torres y
    las altas puertas con sus tablas grandes, labradas,
    sólidamente unidas. Por la mañana, al
    apuntar la aurora, subiremos armados a las
    torres; y si aquél viniere de las naves a combatir
    con nosotros al pie del muro, peor para él; pues
    habrá de volverse después de cansar a los caballos,
    de erguido cuello, con carreras de todas
    clases, llevándolos errantes en torno de la ciudad.
    Pero no tendrá ánimo para entrar en ella, y
    nunca podrá destruirla; antes se to comerán los
    veloces perros.
    284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el
    de tremolante casco:
    285 -¡Polidamante! No me place lo que propones
    de volver a la ciudad y encerrarnos en ella.
    ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los muros?
    Antes todos los hombres dotados de palabra
    llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro
    y en bronce, pero ya las hermosas joyas desaparecieron
    de las casas: muchas riquezas han sido
    llevadas a la Frigia y a la encantadora Meonia
    para ser vendidas, desde que Zeus se irritó contra
    nosotros. Y ahora que el hijo del artero Crono
    me ha concedido alcanzar gloria junto a las
    naves y acorralar contra el mar a los aqueos, no
    des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún
    troyano to obedecerá, porque no lo permitiré.
    Ea, procedamos todos como voy a decir. Cenad
    en el campamento, sin romper las filas; acordaos
    de la guardia y vigilad todos. Y el troyano
    que sienta gran temor por sus bienes, júntelos y
    entréguelos al pueblo para que en común se
    consuman; pues es mejor que los disfrute éste
    que no los aqueos. Mañana, al apuntar la aurora,
    vestiremos la armadura y suscitaremos un
    reñido combate junto alas cóncavas naves. Y si
    verdaderamente el divino Aquiles pretende
    salir del campamento, le pesará tanto más,
    cuanto más se arriesgue. Porque intento no huir
    de él, sino afrontarle en la batalla horrísona; y
    alcanzará una gran victoria, o seré yo quien la
    consiga. Que Enialio es a todos común y suele
    causar la muerte del que matar deseaba.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 07:00

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    310. Así se expresó Héctor, y los troyanos le
    aclamaron, ¡oh necios!, porque Palas Atenea les
    quitó el juicio. ¡Aplaudían todos a Héctor por
    sus funestos propósitos y ni uno siquiera a Polidamante,
    que les daba un buen consejo! Tomaron,
    pues, la cena en el campamento; y los
    aqueos pasaron la noche dando gemidos y llorando
    a Patroclo. El Pelida, poniendo sus manos
    homicidas sobre el pecho del amigo, dio
    comienzo a las sentidas lamentaciones, mezcladas
    con frecuentes sollozos. Como el melenudo
    león a quien un cazador ha quitado los cachorros
    en la poblada selva, cuando vuelve a su
    madriguera se aflige y, poseído de vehemente
    cólera, recorre los valles en busca de aquel
    hombre, de igual modo, y despidiendo profundos
    suspiros, dijo Aquiles entre los mirmidones:

    324. -¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que
    pronuncié un día en el palacio para tranquilizar
    al héroe Menecio, diciendo que a su ilustre hijo
    le llevaría otra vez a Opunte tan pronto como,
    tomada Ilio, recibiera su parte de botín. Zeus no
    les cumple a los hombres todos sus deseos; y el
    hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca
    una misma tierra, aquí en Troya; porque ya no
    me recibirán en su palacio ni el anciano caballero
    Peleo, ni Tetis, mi madre, sino que esta tierra
    me contendrá en su seno. Ahora, ya que tengo
    de penetrar en la tierra, oh Patroclo, después
    que tú, no te haré las honras fúnebres hasta que
    traiga las armas y la cabeza de Héctor, tu
    magnánirno matador. Degollaré ante la pira,
    para vengar tu muerte, doce hijos de ilustres
    troyanos. Y en tanto permanezcas tendido junto
    a las corvas naves, te rodearán, llorando noche
    y día, las troyanas y dardanias de profundo
    seno que conquistamos con nuestro valor y la
    ingente lanza, al entrar a saco opulentas ciudades
    de hombres de. voz articulada.

    343. Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles
    mandó a sus compañeros que pusieran al fuego
    un gran trípode para que cuanto antes le lavaran
    a Patroclo las manchas de sangre. Y ellos
    colocaron sobre el ardiente fuego una caldera
    propia para baños, sostenida por un trípode;
    llenáronla de agua, y metiendo leña debajo la
    encendieron: el fuego rodeó la caldera y calentó
    el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera de
    bronce reluciente, lavaron el cadáver, ungiéronlo
    con pingüe aceite y taparon las heridas con
    un unguento que tenía nueve años; después,
    colocándolo en el lecho, lo envolvieron de pies
    a cabeza en fina tela de lino y lo cubrieron con
    un velo blanco. Los mirmidones pasaron la
    noche alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros,
    dando gemidos y llorando a Patroclo. Y
    Zeus habló de este modo a Hera, su hermana y
    esposa:

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 07:12

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    357. -Lograste al fin, Hera veneranda, la de ojos
    de novilla, que Aquiles, ligero de pies, volviera
    a la batalla. Sin duda nacieron de ti los melenudos
    aqueos.

    360. Respondió Hera veneranda, la de ojos de
    novilla:

    360. Respondió Hera veneranda, la de ojos de
    novilla:

    361.-¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste!
    Si un hombre, no obstante su condición
    de mortal y no saber Canto, puede realizar su
    propósito contra otro hombre, ¿cómo yo, que
    me considero la primera de las diosas por mi
    abolengo y por llevar el nombre de esposa tuya,
    de ti que reinas sobre los inmortales todos, no
    había de causar males a los troyanos estando
    irritada contra ellos?

    368. Así éstos conversaban. Tetis, la de argénteos
    pies, llegó al palacio imperecedero de Hefesto,
    que brlllaba como una estrella, lucía entre
    los de las deidades, era de bronce y habíalo
    edificado el cojo en persona. Halló al dios bañado
    en sudor y moviéndose en torno de los
    fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían
    permanecer arrimados a la pared del bien
    construido palacio y tenían ruedas de oro en los
    pies para que de propio impulso pudieran entrar
    donde los dioses se congregaban y volver a
    la casa. ¡Cosa admirable! Estaban casi terminados,
    faltándoles tan sólo las labradas asas, y el
    dios preparaba los clavos para pegárselas.
    Mientras hacía tales obras con sabia inteligencla,
    llegó Tetis, la diosa de argénteos pies. La
    bella Caris, que llevaba luciente diadema y era
    esposa del ilustre cojo, viola venir, salió a recibirla,
    y, asiéndola por la mano, le dijo:

    385. -¿Por qué, oh Tetis, la de largo pelo, venerable
    y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no
    solías frecuentarlo. Pero sígueme, y te ofreceré
    los dones de la hospitalidad.

    388. Dichas estas palabras, la divina entre las
    diosas introdujo a Tetis y la hizo sentar en un
    hermoso trono labrado, tachonado con clavos
    de plata y provisto de un escabel para los pies.
    Y, llamando a Hefesto, ilustre artífice, le dijo:

    392 -¡Hefesto! Ven acá, pues Tetis te necesita
    para algo.

    393. Respondió el ilustre cojo de ambos pies:

    394. -Respetable y veneranda es la diosa que ha
    venido a este palacio. Fue mi salvadora cuando
    me tocó padecer, pues vime arrojado del cielo y
    caí a lo lejos por la voluntad de mi insolente
    madre, que me quería ocultar a causa de la cojera.
    Entonces mi corazón hubiera tenido que
    soportar terribles penas, si no me hubiesen
    acogido en su seno Eurínome y Tetis; Eurínome,
    hija del retumbante Océano. Nueve años viví
    con ellas fabricando muchas piezas de bronce
    -broches, redondos brazaletes, sortijas y collares-
    en una cueva profunda, rodeada por la
    inmensa, murmurante y espumosa corriente
    del Océano. De todos los dioses y los mortales
    hombres, sólo lo sabían Tetis y Eurínome, las
    mismas que antes me salvaron. Hoy que Tetis,
    la de hermosas trenzas, viene a mi casa, tengo
    que pagarle el beneficio de haberme conservado
    la vida. Sírvele hermosos presentes de
    hospitalidad, mientras recojo los fuelles y demás
    herramientas.

    CONT.










































































































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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 07 Abr 2021, 07:39

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    410. Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco
    e infatigable numen que al andar cojeaba
    arrastrando sus gráciles piernas. Apartó
    de la llama los fuelles y puso en un arcón de
    plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse
    con una esponja el sudor del rostro, de
    las manos, del vigoroso cuello y del velludo
    pecho, vistió la túnica, tomó el fornido cetro, y
    salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro
    que eran semejantes a vivientes jóvenes, pues
    tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse
    ejercitadas en las obras propias de los inmortales
    dioses. Ambas sostenían cuidadosamente a
    su señor, y éste, andando, se sentó en un trono
    reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la
    deidad, y le dijo:

    424. -¿Por qué, oh Tetis, la de largo pelo, venerable
    y cara, vienes a nuestro palacio? Antes no
    solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón
    me impulsa a ejecutarlo, si puedo ejecutarlo y
    es hacedero.

    428. Respondióle Tetis, derramando lágrimas:

    429. -¡Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del
    Olimpo que haya sufrido en su ánimo tantos y
    tan graves pesares como a mí me ha enviado el
    Cronida Zeus? De las ninfas del mar, únicamente
    a mí me sujetó a un hombre, a Peleo Eácida,
    y tuve que tolerar, contra toda mi voluntad,
    el tálamo de un hombre que yace ya en el
    palacio, rendido a la triste vejez. Ahora me envía
    otros males: concedióme que pariera y alimentara
    un hijo insigne entre los héroes, que
    creció semejante a un árbol, lo crié como a una
    planta en terreno fértil y lo mandé a Ilio en las
    corvas naves, para que combatiera con los troyanos;
    y ya no le recibiré otra vez, porque no
    volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Mientras
    vive y ve la luz del sol está angustiado, y
    no puedo, aunque a él me acerque, llevarle socorro.
    Los aqueos le habían asignado, como
    recompensa, una joven, y el rey Agamenón se
    la quitó de las manos. Apesadumbrado por tal
    motivo, consumía su corazón, pero los troyanos
    acorralaron a los aqueos junto a los bajeles y no
    les dejaban salir del campamento, y los próceres
    argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron
    espléndidos regalos. Entonces, aunque
    se negó a librarles de la ruina, hizo que vistiera
    sus armas Patroclo y envióle a la batalla con
    muchos hombres. Combatieron todo el día en
    las puertas Esceas; y los aqueos hubieran destruido
    la ciudad, a no haber sido por Apolo, el
    cual mató entre los combatientes delanteros al
    esforzado hijo de Menecio, que tanto estrago
    causaba, y dio gloria a Héctor. Y yo vengo a
    abrazar tus rodillas por si quieres dar a mi hijo,
    cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas
    grebas ajustadas con broches, y coraza;
    pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo
    al morir a manos de los troyanos, y Aquiles
    yace en tierra con el corazón afligido.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:07

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas. CONT.

    462. Contestóle el ilustre cojo de ambos pies:

    463.-Cobra ánimo y no te apures por las armas.
    Ojalá pudiera ocultarlo a la muerte horrísona
    cuando el terrible destino se le presente, como
    tendrá una hermosa armadura que admirarán
    cuantos la vean.

    468. Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse
    a los fuelles, los volvió hacia la llama y les
    mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte
    hornos, despidiendo un aire que avivaba el
    fuego y era de varias clases: unas veces fuerte,
    como lo necesita el que trabaja de prisa, y otras
    al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra
    lo requería. El dios puso al fuego duro bronce,
    estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el
    gran yunque, y cogió con una mano el pesado
    martillo y con la otra las tenazas.

    478. Hizo lo primero de todo un escudo grande
    y fuerte, de variada labor, con triple cenefa brillante
    y reluciente, provisto de una abrazadera
    de plata. Cinco capas tenía el escudo, y en la
    superior grabó el dios muchas artísticas figuras,
    con sabia inteligencia.

    483. Allí puso la tierra, el cielo, el mar, el sol
    infatigable y la luna llena; allí las estrellas que
    el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el
    robusto Orión y la Osa, llamada por sobrenombre
    el Carro, la cual gira siempre en el mismo
    sitio, mira a Orión y es la única que deja de
    bañarse en el Océano.

    490. Allí representó también dos ciudades de
    hombres dotados de palabra. En la una se celebraban
    bodas y festines: las novias salían de sus
    habitaciones y eran acompañadas por la ciudad
    a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos
    cantos de himeneo, jóvenes danzantes formaban
    ruedos, dentro de los cuales sonaban
    flautas y cítaras, y las matronas admiraban el
    espectáculo desde los vestíbulos de las casas.-
    Los hombres estaban reunidos en el ágora, pues
    se había suscitado una contienda entre dos varones
    acerca de la multa que debía pagarse por
    un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo,
    afirmaba que ya la tenía satisfecha; el otro
    negaba haberla recibido, y ambos deseaban
    terminar el pleito presentando testigos. El pueblo
    se hallaba dividido en dos bandos, que
    aplaudían sucesivamente a cada litigante; los
    heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los
    ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras
    en sagrado círculo, tenían en las manos los cetros
    de los heraldos, de voz potente, y levantándose
    uno tras otro publicaban el juicio
    que habían formado. En el centro estaban los
    dos talentos de oro que debían darse al que
    mejor demostrara la justicia de su causa.

    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:23

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    509. La otra ciudad aparecía cercada por dos
    ejércitos cuyos individuos, revestidos de lucientes
    armaduras, no estaban acordes: los del primero
    deseaban arruinar la plaza, y los otros
    querían dividir en dos partes cuantas riquezas
    encerraba la agradable población. Pero los ciudadanos
    aún no se rendían, y preparaban secretamente
    una emboscada. Mujeres, niños y ancianos
    subidos en la muralla la defendían. Los
    sitiados marchaban llevando al frente a Ares y
    a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras,
    hermosos, grandes, armados y distinguidos,
    como dioses; pues los hombres eran de
    estatura menor. Luego en el lugar escogido
    para la emboscada, que era a orillas de un río y
    cerca de un abrevadero que utilizaba todo el
    ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente
    bronce, y ponían dos centinelas avanzados para
    que les avisaran la llegada de las ovejas y de los
    bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban
    los rebaños con dos pastores que se recreaban
    tocando la zampoña, sin presentir la
    asechanza. Cuando los emboscados los veían
    venir, corrían a su encuentro y al punto se apoderaban
    de los rebaños de bueyes y de los
    magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a
    los guardianes. Los sitiadores, que se hallaban
    reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba
    en torno de los bueyes, y, montando ágiles corceles,
    acudían presurosos. Pronto se trababa a
    orillas del río una batalla en la cual heríanse
    unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban
    la Discordia, el Tumulto y la funesta Parca,
    que a un tiempo cogía a un guerrero vivo y
    recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba,
    asiéndolo de los pies, por el campo de la
    batalla a un tercero que ya había muerto; y el
    ropaje que cubría su espalda estaba teñido de
    sangre humana. Movíanse todos como hombres
    vivos, peleaban y retiraban los muertos.

    541. Representó también una blanda tierra noval,
    un campo fértil y vasto que se labraba por
    tercera vez: acá y acullá muchos labradores
    guiaban las yuntas, y, al llegar al confín del
    campo, un hombre les salía al encuentro y les
    daba una copa de dulce vino; y ellos volvían
    atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar
    al otro extremo del noval profundo. Y la
    tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía
    labrada, siendo toda de oro; lo cual constituía
    una singular maravilla.

    550. Grabó asimismo un campo real donde los
    jóvenes segaban las mieses con hoces afiladas:
    muchos manojos caían al suelo a lo largo del
    surco, y con ellos formaban gavilla: los atadores.
    Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los
    manojos y se los llevaban a brazados. En medio,
    de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar
    los labios, con el corazón alegre y el cetro
    en la mano. Debajo de una encina, los heraldos
    preparaban para el banquete un corpulento
    buey que habían matado. Y las mujeres
    aparejaban la comida de los trabajadores,
    haciendo abundantes puches de blanca harina.


    CONT.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:29

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas. CONT.

    561. También entalló una hermosa viña de oro,
    cuyas cepas, cargadas de negros racimos, estaban
    sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla
    un foso de negruzco acero y un seto de
    estaño, y conducía a ella un solo camino por
    donde pasaban los acarreadores ocupados en la
    vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en
    cosas tiernas, llevaban el dulce fruto en cestos
    de mimbre; un muchacho tañía suavemente la
    harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un
    hermoso lino, y todos le acompañaban cantando,
    profiriendo voces de júbilo y golpeando con
    los pies el suelo.

    573. Puso luego un rebaño de vacas de erguida
    cornamenta: los animales eran de oro y estaño,
    y salían del establo, mugiendo, para pastar a
    orillas de un sonoro río, junto a un flexible cañaveral.
    Cuatro pastores de oro guiaban a las
    vacas y nueve canes de pies ligeros los seguían.
    Entre las primeras vacas, dos terribles leones
    habían sujetado y conducían a un toro que daba
    fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y
    perros. Pero los leones lograban desgarrar la
    piel del corpulento toro y tragaban los intestinos
    y la negra sangre; mientras los pastores
    intentaban, aunque inútilmente, estorbarlo, y
    azuzaban a los ágiles canes: éstos se apartaban
    de los leones sin morderlos, ladraban desde
    cerca y rehuían el encuentro de las fieras.

    587. Hizo también el ilustre cojo de ambos pies
    un gran prado en hermoso valle, donde pacían
    las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas
    y apriscos.

    590. El ilustre cojo de ambos pies puso luego
    una danza como la que Dédalo concertó en la
    vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas
    trenzas. Mancebos v doncellas de rico dote,
    cogidos de las manos, se divertían bailando:
    éstas llevaban vestidos de sutil lino y bonitas
    guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y
    algo lustrosas, como frotadas con aceite, y sables
    de oro suspendidos de argénteos tahalíes.
    Unas veces, moviendo los diestros pies, daban
    vueltas a la redonda con la misma facilidad con
    que el alfarero, sentándose, aplica su mano al
    torno y lo prueba para ver si corre, y en otras
    ocasiones se colocaban por hileras y bailaban
    separadamente. Gentío inmenso rodeaba el
    baile y se holgaba en contemplarlo. Entre ellos
    un divino aedo cantaba, acompañándose con la
    cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores
    hacían cabriolas en medio de la muchedumbre.

    606. En la orla del sólido escudo representó la
    poderosa corriente del río Océano.

    CONT:


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:47

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XVIII

    Fabricación de las armas.
    CONT.

    609. Después que construyó el grande y fuerte
    escudo, hizo para Aquiles una coraza más reluciente
    que el resplandor del fuego; un sólido
    casco, hermoso, labrado, de áurea cimera, y que
    a sus sienes se adaptara, y unas grebas de
    dúctil estaño.

    614. Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo
    fabricado todas las armas, entrególas a la madre
    de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán
    desde el nevado Olimpo, llevando la reluciente
    armadura que Hefesto había construido.

    FIN DEL CANTO XVIII


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 04:57

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIX (*)

    Renunciamiento de la cólera


    (* ) Pertrechado con la armadura que le había fabricado
    Hefesto, Aquiles se reconcilia con
    Agamenón. Briseide lamenta la muerte de Patroclo
    y el ejército aqueo se prepara para la batalla
    que va a tener lugar.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Abr 2021, 05:19

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIX

    Renunciamiento de la cólera.
    CONT.

    1. La Aurora, de azafranado velo, se levantaba
    de la corriente del Océano para llevar la luz a
    los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a
    las naves con la armadura que Hefesto le había
    entregado. Halló al hijo querido reclinado sobre
    el cadáver de Patroclo, llorando ruidosamente
    y en torno suyo a muchos amigos que derramaban
    lágrimas. La divina entre las diosas se
    puso en medio, asió la mano de Aquiles y
    hablóle de este modo:

    8. -¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos
    que ése yazga, ya que sucumbió por la
    voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura
    fabricada por Hefesto, tan excelente y bella como
    jamás varón alguno la haya llevado para
    proteger sus hombros.

    12. La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en
    el suelo delante de Aquiles las labradas armas,
    y éstas resonaron. A todos los mirmidones les
    sobrevino temblor; y, sin atreverse a mirarlas
    de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así
    que las vio, sintió que se le recrudecía la cólera;
    los ojos le centellearon terriblemente, como una
    llama, debajo de los párpados; y el héroe se
    gozaba teniendo en las manos el espléndido
    presente de la deidad. Y, cuando bubo deleitado
    su ánimo con la contemplación de la labrada
    armadura, dirigió a su madre estas aladas palabras:

    21. -¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas
    como es natural que sean las obras de los inmortales
    y como ningún hombre mortal las
    hiciera. Ahora me armaré, pero temo que mientras
    tanto penetren las moscas por las heridas
    que el bronce causó al esforzado hijo de Menecio,
    engendren gusanos, desfiguren el cuerpo
    -pues le falta la vida- y corrompan todo el
    cadáver.

    28. Respondióle Tetis, la diosa de argénteos
    pies:

    29. -Hijo, no te turbe el ánimo tal pensamiento.
    Yo procuraré apartar los importunos enjambres
    de moscas, que se ceban en la carne de los varones
    muertos en la guerra. Y, aunque estuviera
    tendido un año entero, su cuerpo se conservaría
    igual que ahora o mejor todavía. Tú convoca al
    ágora a los héroes aqueos, renuncia a la cólera
    contra Agamenón, pastor de pueblos, ármate
    en seguida para el combate y revístete de valor.

    37. Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y
    echó unas gotas de ambrosía y rojo néctar en la
    nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera
    incorruptible.

    40. El divino Aquiles se encaminó a la orilla del
    mar, y, dando horribles voces, convocó a los
    héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el
    recinto de las naves, y hasta los pilotos que las
    gobernaban, y como despenseros distribuían
    los víveres, fueron entonces al ágora, porque
    Aquiles se presentaba, después de haber permanecido
    alejado del triste combate durante
    mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino
    Ulises, servidores de Ares, acudieron cojeando,
    apoyándose en el arrimo de la lanza -aún no
    tenían curadas las graves heridas-, y se sentaron
    delante de todos. Agamenón, rey de hombres,
    llegó el último y también estaba herido,
    pues Coón Antenórida habíale clavado su
    broncínea pica durante la encarnizada lucha.
    Cuando todos los aqueos se hubieron congregado,
    levantándose entre ellos dijo Aquiles, el
    de los pies ligeros:


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 09 Abr 2021, 05:59

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIX

    Renunciamiento de la cólera. CONT.

    56 -¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos,
    para ti y para mí, continuar unidos que sostener,
    con el corazón angustiado, roedora disputa
    por una joven. Así la hubiese muerto Ártemis
    en las naves con una de sus flechas el mismo
    día que la cautivé al tomar a Lirneso; y no habrían
    mordido el anchuroso suelo tantos aqueos
    como sucumbieron a manos del enemigo mientras
    duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos
    fue el beneficio, y me figuro que los aqueos se
    acordarán largo tiempo de nuestra disputa.
    Mas dejemos lo pasado, aunque nos hallemos
    afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor
    del pecho. Desde ahora depongo la cólera, que
    no sería razonable estar siempre irritado. Mas,
    ea, incita a los melenudos aqueos a que peleen;
    y veré, saliendo al encuentro de los troyanos, si
    querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo
    que con gusto se entregará al descanso el que
    logre escapar del feroz combate, puesto en fuga
    por mi lanza.

    74. Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas,
    holgáronse de que el magnánimo Pelión renunciara
    a la cólera. Y el rey de hombres, Agamenón,
    les dijo desde su asiento, sin levantarse
    en medio del concurso:

    78. -¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de
    Ares! Bueno será que escuchéis sin interrumpirme,
    pues lo contrario molesta hasta al que
    está ejercitado en hablar. ¿Cómo se podría oír o
    decir algo en medio del tumulto producido por
    muchos hombres? Turbaríase el orador aunque
    fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida; pero
    vosotros, los demás argivos, prestadme atención
    y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas
    veces los aqueos me han dirigido las mismas
    Palabras, increpándome por lo ocurrido, y
    yo no soy el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia,
    que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron
    padecer a mi alma, durante el ágora, cruel
    ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles la
    recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad
    es quien lo dispone todo. Hija veneranda
    de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan
    funesta: sus pies son delicados y no los acerca
    al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los
    hombres, a quienes causa daño, y se apodera de
    uno, por lo menos, de los que contienden. En
    otro tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que
    es tenido por el más poderoso de los hombres y
    de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra,
    le engañó cuando Alcmena había de parir
    al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas
    murallas. El dios, gloriándose, dijo así ante
    todas las deidades: «Oídme todos, dioses y diosas,
    para que os manifieste lo que en el pecho
    mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside
    los partos, sacará a luz un varón que, perteneciendo
    a la familia de los hombres engendrados
    de mi sangre, reinará sobre todos sus vecinos.»
    Y hablándole con astucia, le replicó la venerable
    Hera: «Mentirás, y no llevarás al cabo lo
    que dices. Y si no, ea, Olímpico, jura solemnemente
    que reinará sobre todos sus vecinos el
    niño que, perteneciendo a la familia de los
    hombres engendrados de tu sangre, caiga hoy
    entre los pies de una mujer.» Así dijo; Zeus, no
    sospechando el dolo, prestó el gran juramento
    que tan funesto le había de ser. Pues Hera dejó
    en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto
    llegó a Argos de Acaya, donde vivía la esposa
    ilustre de Esténelo Persida; y, como ésta se
    hallara encinta de siete meses cumplidos, la
    diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro,
    y retardó el parto de Alcmena, deteniendo a las
    Ilitias. Y en seguida participóselo a Zeus Cronida,
    diciendo: «¡Padre Zeus, fulminador! Una
    noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón
    que reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de
    Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es indigno
    de reinar sobre aquéllos.» Así dijo, y un
    agudo dolor penetró el alma del dios, que, irritado
    en su corazón, cogió a Ofuscación por los
    nítidos cabellos y prestó solemne juramento de
    que Ofuscación, tan funesta a todos, jamás volvería
    al Olimpo y al cielo estrellado. Y, volteándola
    con la mano, la arrojó del cielo. En
    seguida llegó Ofuscación a los campos cultivados
    por los hombres. Y Zeus gemía por causa
    de ella, siempre que contemplaba a su hijo realizando
    los penosos trabajos que Euristeo le iba
    imponiendo. Por esto, cuando el gran Héctor, el
    de tremolante casco, mataba a los argivos junto
    a las popas de las naves, yo no podía olvidarme
    de Ofuscación, cuyo funesto influjo había experimentado.
    Pero ya que falté y Zeus me hizo
    perder el juicio, quiero aplacarte y hacerte muchos
    regalos, y tú ve al combate y anima a los
    demás guerreros. Voy a darte cuanto ayer te
    ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres,
    aguarda, aunque estés impaciente por
    combatir, y mis servidores traerán de la nave
    los presentes para que veas si son capaces de
    apaciguar tu ánimo los que te brindo.

    CONT:


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 09 Abr 2021, 06:24

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIX

    Renunciamiento de la cólera.
    CONT.

    145. Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:

    146. -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres,
    Agamenón! Luego podrás regalarme estas cosas,
    como es justo, o retenerlas. Ahora pensemos
    solamente en la batalla. Preciso es que no
    perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la
    acción -la gran empresa está aún por acabar-,
    para que vean nuevamente a Aquiles entre los
    combatientes delanteros, aniquilando con su
    broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros
    pensad también en combatir con los enemigos.

    154. Contestó el ingenioso Ulises:

    155. -Aunque seas valiente, deiforme Aquiles,
    no exhortes a los aqueos a que peleen en ayunas
    con los troyanos, cerca de Ilio; que no durará
    poco tiempo la batalla cuando las falanges
    vengan a las manos y la divinidad excite el valor
    de ambos ejércitos. Ordénales, por el contrario,
    a los aqueos que en las veleras naves se
    harten de manjares y vino, pues esto da fuerza
    y valor. Estando en ayunas no puede el varón
    combatir todo el día, hasta la puesta del sol, con
    el enemigo; aunque su corazón lo desee, los
    miembros se le entorpecen sin que él lo advierta,
    le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se
    le doblan al andar. Pero el que pelea todo el día
    con los enemigos, saciado de vino y de manjares,
    tiene en el pecho un corazón audaz y sus
    miembros no se cansan hasta que todos se han
    retirado de la lid. Ea, despide las tropas y manda
    que preparen el desayuno; el rey de hombres,
    Agamenón, traiga los regalos en medio
    del ágora para que los vean todos los aqueos
    con sus propios ojos y te regocijes en el corazón;
    jure el Atrida, de pie entre los argivos,
    que nunca subió al lecho de Briseide ni se juntó
    con ella, como es costumbre, oh rey, entre
    hombres y mujeres; y tú, Aquiles, procura tener
    en el pecho un ánimo benigno. Que luego se te
    ofrezca en el campamento un espléndido banquete
    de reconciliación, para que nada falte de
    lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante
    más justo con todos; pues no se puede reprender
    que se apacigue a un rey, a quien primero
    se injurió.

    184. Dijo entonces el rey de hombres, Agamenón:

    185. -Con agrado escuché tus palabras, Laertíada,
    pues en todo lo que narraste y expusiste has
    sido oportuno. Quiero hacer el juramento; mi
    ánimo me lo aconseja, y no será para un perjurio
    mi invocación a la divinidad. Aquiles
    aguarde, aunque esté impaciente por combatir,
    y los demás continuad reunidos aquí hasta que
    traigan de mi tienda los presentes y consagremos
    con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti
    mismo yo te encargo y ordeno: escoge entre los
    jóvenes aqueos los más principales; y, encaminándoos
    a mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos
    a Aquiles, sin dejar las mujeres. Y Taltibio,
    atravesando el anchuroso campamento
    aqueo, vaya a buscar y prepare un jabalí para
    inmolarlo a Zeus y al Sol.

    198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros:



    CONT.


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