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Giacomo Leopardi

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Mensaje por Maria Lua el Jue 02 Nov 2017, 08:08

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Giacomo Leopardi

Poeta italiano nacido en Recanati, Las Marcas,  en  1798.

Primogénito del conde Monaldo y de la  marquesa Adelaida Antici, recibió una educación rígida y conservadora a pesar de su enorme fragilidad física. Desde muy pequeño aprovechó la extensa biblioteca de su padre para adquirir una vasta cultura que lo convirtió en un gran poeta y ensayista.

Su primera publicación, "Al pie del monumento de Dante"  en 1819, fue seguida por obras de carácter romántico y melancólico entre las que se destacan "Cantos" en 1824 a 1835, "Misceláneas" en 1832, "Opúsculos morales" en 1827, y "Zibaldone" en 1832.

Su inestabilidad emocional y los repetidos fracasos sentimentales, lo llevaron a viajar por diferentes ciudades italianas hasta radicarse en Nápoles,  donde falleció 

en 1837.





(Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837) Escritor italiano. Educado en el ambiente austero de una familia aristocrática provinciana y conservadora, manifestó precozmente una gran aptitud para las letras. Estudió en profundidad a los clásicos griegos y latinos, a los moralistas franceses del siglo XVII y a los filósofos de la Ilustración. A pesar de su formación autodidacta, impresionó muy pronto a los hombres de letras y los filólogos de su tiempo con su erudición y sus impecables traducciones del griego. Su frágil salud se resintió gravemente a causa de esa dedicación exclusiva al estudio.


La lectura de los clásicos despertó su pasión por la poesía y formó su gusto. En Discurso de un italiano sobre la poesía romántica (Discorso di un Italiano intorno alla poesia romantica) tomó partido por los clásicos en la disputa que planteaba el romanticismo, argumentando que la poesía clásica establece una intimidad profunda entre el hombre y la naturaleza con una simplicidad y una nobleza de espíritu inalcanzables para la poesía romántica, prisionera de la vulgaridad y del intelectualismo modernos. El tema del declive político y moral de la civilización occidental y, en particular, de Italia, es central en sus primeros poemas, que pasaron a formar parte de los Cantos (Canti, 1831), obra que pone de relieve el divorcio del hombre moderno y la naturaleza, considerada como única fuente posible de amor.
A partir de 1817 mantuvo una asidua relación epistolar con Pietro Giordani, que fue a la vez su mentor y amigo. También en ese período inició la redacción de su ensayo Zibaldone, en el que trabajó durante años, precisó progresivamente lo que él llamaría su «sistema filosófico» y elaboró el material literario que le serviría para sus obras mayores. Ese trabajo de introspección favoreció el desarrollo de su faceta lírica e intimista, que se expresa en versos de gran musicalidad: entre 1819 y 1821 compuso los Idilios (Idilli). Leopardi elaboró un lenguaje poético moderno que, asumiendo la imposibilidad de evocar los mitos antiguos, describe las afecciones del alma y el paisaje familiar, transfigurado en paisaje ideal.
A partir de 1825 residió en Milán, Bolonia, Florencia y Pisa y se acercó a los medios políticos liberales. Tras la revolución de 1831 fue elegido diputado de las Marcas en la Asamblea Constituyente de Bolonia, pero, tras perder su confianza en el movimiento liberal, renunció a su escaño; su crítica a los liberales la expresó en la obra Paralipómenos de la Batracomiomaquia (Paralipomeni della Batracomiomachia, 1834). Entre 1833 y 1837 residió en Nápoles, en casa de su amigo Antonio Rainieri.
Los Zibaldone de pensamientos (Zibaldone dei pensieri), en los que trabajó desde el verano de 1817 hasta 1832, se publicaron póstumamente en 1898; se trata de un conjunto de notas personales en las cuales anota sus ideas acerca de la literatura, el lenguaje y casi cualquier tema de política, religión o filosofía, y en las que refleja su original recepción de los debates de su tiempo. Como poeta, su estilo melancólico y trágico recuerda inevitablemente a los románticos, pero su fondo de escepticismo, su expresión precisa y luminosa y el pudor con que contiene la efusión de sentimientos le acercan más a los clásicos, tal como él mismo deseaba.



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Canto XIV: ALLA LUNA ( GIACOMO LEOPARDI)




( italiano-português-español)


O graziosa Luna, io mi rammento
che, or volge l’anno, sovra questo colle 
io venia pien d’angoscia a rimirarti:
e tu pendevi allor su quella selva
siccome or fai, che tutta la rischiari.
Ma nebuloso e tremulo dal pianto
che mi sorgea sul ciglio, alle mie luci
il tuo volto apparia, che travagliosa
era mia vita: ed è, né cangia stile,
o mia diletta Luna. E pur mi giova
la ricordanza, e il noverar l’etate
del mio dolore. Oh come grato occorre
nel tempo giovanil, quando ancor lungo
la speme e breve ha la memoria il corso,
il rimembrar delle passate cose,
ancor che triste, e che l’affanno duri!


*************************


(G. Leopardi, Canti, Universale Barion, Sesto San Giovanni, l942, pag. 93- 1819)
.........................................................................




Canto XIV :À LUA




Ó graciosa Lua, eu já relembro
que, há um ano agora, sobre esta montanha
eu vinha todo angústia admirar-te: 
e então pendias sobre esta floresta
bem como agora, e toda a iluminavas. 
Mas nebuloso e trêmulo do pranto
que me escorria do olho, à minha íris
teu vulto aparecia, que penosa
era-me a vida, e é, não troca o estilo, 
minha dileta Lua. E a mim me agrada
esta lembrança, e calcular a idade
da minha dor. Oh, como bem ocorre, 
no tempo juvenil, pois inda é longo
da vida e breve é da memória o curso, 
que nos lembremos das passadas coisas, 
conquanto, triste, a lida continue.


Tradução: Érico Nogueira
.....................................................


Canto XIV: A la luna 




Oh tú, graciosa Luna, bien recuerdo
que sobre esta colina, ahora hace un año,
angustiado venía a contemplarte:
y tú te alzabas sobre aquel boscaje
como ahora, que todo lo iluminas.
Mas trémulo y nublado por el llanto
que asomaba a mis párpados, tu rostro
se ofrecía a mis ojos, pues doliente
era mi vida: y aún lo es, no cambia,
oh mi Luna querida. Y aún me alegra
el recordar y el renovar el tiempo
de mi dolor. ¡Oh, qué dichoso es
en la edad juvenil, cuando aún tan larga
es la esperanza y breve la memoria,
el recordar las cosas ya pasadas,
aun tristes, y aunque duren las fatigas!




****************************










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Mensaje por Maria Lua el Jue 02 Nov 2017, 08:15

XXVIII - A SE STESSO


Or poserai per sempre,

Stanco mio cor. Perì l'inganno estremo,

Ch'eterno io mi credei. Perì. Ben sento,

In noi di cari inganni,

Non che la speme, il desiderio è spento.

Posa per sempre. Assai

Palpitasti. Non val cosa nessuna

I moti tuoi, nè di sospiri è degna

La terra. Amaro e noia

La vita, altro mai nulla; e fango è il mondo.

T'acqueta omai. Dispera

L'ultima volta. Al gener nostro il fato

Non donò che il morire. Omai disprezza

Te, la natura, il brutto

Poter che, ascoso, a comun danno impera,

E l'infinita vanità del tutto. 



******************************



A sí mismo   Canto XXVIII




Reposarás por siempre,

cansado corazón! Murió el engaño 

que eterno imaginé. Murió. Y advierto

que en mí, de lisonjeras ilusiones

con la esperanza, aun el anhelo ha muerto.

Para siempre reposa;

basta de palpitar. No existe cosa 

digna de tus latidos; ni la tierra

un suspiro merece: afán y tedio

es la vida, no más, y fango el mundo. 

Cálmate, y desespera 

la última vez: a nuestra raza el Hado 

sólo otorgó el morir. Por tanto, altivo, 

desdeña tu existencia y la Natura 

y la potencia dura 

que con oculto modo

sobre la ruina universal impera, 

y la infinita vanidad del todo.




Versión de Antonio Gómez Restrepo


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Mensaje por Maria Lua el Jue 02 Nov 2017, 08:23

XVI - LA VITA SOLITARIA




La mattutina pioggia, allor che l'ale
Battendo esulta nella chiusa stanza
La gallinella, ed al balcon s'affaccia
L'abitator de' campi, e il Sol che nasce
I suoi tremuli rai fra le cadenti
Stille saetta, alla capanna mia
Dolcemente picchiando, mi risveglia;
E sorgo, e i lievi nugoletti, e il primo
Degli augelli susurro, e l'aura fresca,
E le ridenti piagge benedico:
Poiché voi, cittadine infauste mura,
Vidi e conobbi assai, là dove segue
Odio al dolor compagno; e doloroso
Io vivo, e tal morrò, deh tosto! Alcuna
Benchè scarsa pietà pur mi dimostra
Natura in questi lochi, un giorno oh quanto
Verso me più cortese! E tu pur volgi
Dai miseri lo sguardo; e tu, sdegnando
Le sciagure e gli affanni, alla reina
Felicità servi, o natura. In cielo,
In terra amico agl'infelici alcuno
E rifugio non resta altro che il ferro.

Talor m'assido in solitaria parte,
Sovra un rialto, al margine d'un lago
Di taciturne piante incoronato.
Ivi, quando il meriggio in ciel si volve,
La sua tranquilla imago il Sol dipinge,
Ed erba o foglia non si crolla al vento,
E non onda incresparsi, e non cicala
Strider, nè batter penna augello in ramo,
Nè farfalla ronzar, nè voce o moto
Da presso nè da lunge odi nè vedi.
Tien quelle rive altissima quiete;
Ond'io quasi me stesso e il mondo obblio
Sedendo immoto; e già mi par che sciolte
Giaccian le membra mie, nè spirto o senso
Più le commova, e lor quiete antica
Co' silenzi del loco si confonda.

Amore, amore, assai lungi volasti
Dal petto mio, che fu sì caldo un giorno,
Anzi rovente. Con sua fredda mano
Lo strinse la sciaura, e in ghiaccio è volto
Nel fior degli anni. Mi sovvien del tempo
Che mi scendesti in seno. Era quel dolce
E irrevocabil tempo, allor che s'apre
Al guardo giovanil questa infelice
Scena del mondo, e gli sorride in vista
Di paradiso. Al garzoncello il core
Di vergine speranza e di desio
Balza nel petto; e già s'accinge all'opra
Di questa vita come a danza o gioco
Il misero mortal. Ma non sì tosto,
Amor, di te m'accorsi, e il viver mio
Fortuna avea già rotto, ed a questi occhi
Non altro convenia che il pianger sempre.
Pur se talvolta per le piagge apriche,
Su la tacita aurora o quando al sole
Brillano i tetti e i poggi e le campagne,
Scontro di vaga donzelletta il viso;
O qualor nella placida quiete
D'estiva notte, il vagabondo passo
Di rincontro alle ville soffermando,
L'erma terra contemplo, e di fanciulla
Che all'opre di sua man la notte aggiunge
Odo sonar nelle romite stanze
L'arguto canto; a palpitar si move
Questo mio cor di sasso: ahi, ma ritorna
Tosto al ferreo sopor; ch'è fatto estrano
Ogni moto soave al petto mio.

O cara luna, al cui tranquillo raggio
Danzan le lepri nelle selve; e duolsi
Alla mattina il cacciator, che trova
L'orme intricate e false, e dai covili
Error vario lo svia; salve, o benigna
Delle notti reina. Infesto scende
Il raggio tuo fra macchie e balze o dentro
A deserti edifici, in su l'acciaro
Del pallido ladron ch'a teso orecchio
Il fragor delle rote e de' cavalli
Da lungi osserva o il calpestio de' piedi
Su la tacita via; poscia improvviso
Col suon dell'armi e con la rauca voce
E col funereo ceffo il core agghiaccia
Al passegger, cui semivivo e nudo
Lascia in breve tra' sassi. Infesto occorre
Per le contrade cittadine il bianco
Tuo lume al drudo vil, che degli alberghi
Va radendo le mura e la secreta

Ombra seguendo, e resta, e si spaura
Delle ardenti lucerne e degli aperti
Balconi. Infesto alle malvage menti,
A me sempre benigno il tuo cospetto
Sarà per queste piagge, ove non altro
Che lieti colli e spaziosi campi
M'apri alla vista. Ed ancor io soleva,
Bench'innocente io fossi, il tuo vezzoso
Raggio accusar negli abitati lochi,
Quand'ei m'offriva al guardo umano, e quando
Scopriva umani aspetti al guardo mio.
Or sempre loderollo, o ch'io ti miri
Veleggiar tra le nubi, o che serena
Dominatrice dell'etereo campo,
Questa flebil riguardi umana sede.
Me spesso rivedrai solingo e muto
Errar pe' boschi e per le verdi rive,
O seder sovra l'erbe, assai contento
Se core e lena a sospirar m'avanza. 






*****************************


La vida solitaria   Canto XVI






La lluvia matinal, cuando las alas
batiendo, salta alegre la gallina 

en la cerrada estancia, y el labriego

sale al balcón, y la naciente aurora

vibra su rayo trémulo, esmaltando

las transparentes gotas, en mi albergue

dulcemente llamando, me despierta.

Salgo, y la leve nubecilla, el canto

primero de las aves, la aura grata

y de las playas la quietud bendigo.

Harto os he conocido, infaustos muros

de la ciudad, en donde el odio sigue

y acompaña al dolor: ¡que en la desgracia

vivo y he de morir, quizás en breve!

Un resto de piedad tienes, Natura,

para mí en estos sitios ¡ay! un tiempo

más compasivos a mi mal. Tú apartas

del triste la mirada, y desdeñando

los dolores y afanes, a la reina

Felicidad te humillas. El que sufre

no halla en cielo ni tierra amiga mano,

ni otro refugio encontrará que el hierro.




Tal vez me asiento en solitaria parte,

sobre una altura que domina un lago

coronado de plantas taciturnas;

allí, cuando al cenit radiante asciende

el sol, refleja su tranquila imagen,

y ni hoja o yerba se conmueve al viento; 

no se ve ni se siente a la redonda

encresparse las olas; ni su canto 

entonar la cigarra; ni las plumas

el pájaro agitar entre las hojas, 

o retozar la mariposa leve.

Calma profunda envuelve aquella orilla, 

donde yo, inmóvil, reposando, casi 

del mundo odioso y de mi ser me olvido; 

y pienso que mis miembros se desatan,

que se extingue el sentir y que mi antigua 

calma con la del sitio se confunde. 




¡Amor, amor! ha tiempo abandonaste 

este mi corazón, que antes ardía 

hasta abrasar. Con su aterida mano 

oprimióle el pesar, y en duro hielo 

en la flor de mis años, convirtióse.

Acuérdome del tiempo en que viniste 

a habitar en mi pecho. Era aquel dulce 

e irrevocable tiempo, cuando se abre

al ojo juvenil la triste escena

del mundo, cual soñado paraíso.

El tierno corazón ledo palpita

de virgen esperanza y de deseos,

y se lanza a la acción, como pudiera

al juego y a la danza. Mas tan pronto

como pude entreverte, la Fortuna 

mi existencia rompió, y a mis pupilas

tocó por suerte sempiterno lloro.

Si alguna vez por los abiertos campos

en la callada aurora, o cuando brillan,

al sol techos, collados y llanuras

miro de hermosa jovenzuela el rostro;

si alguna vez, en la serena calma

de estiva noche, el paso vagabundo,

de la ciudad en derredor guiando,

la hosca tierra contemplo, y de afanosa

niña, que activa nocturnal faena,

oigo sonar en la apartada estancia

el canto melodioso, se conmueve

mi corazón de piedra; pero torna

pronto el férreo sopor, que es ¡ay! extraña

toda suave emoción al pecho mío.




Oh cara luna a cuya luz tranquila

danzan las liebres en el bosque, dando

enojo al cazador, que a la mañana

halla intrincadas las falaces huellas

que del cubil lo alejan: ¡salve, oh reina

benigna de las noches! Importuno

entra tu rayo por selvosos riscos

o en ruinoso edificio, iluminando

el puñal del ladrón, que escucha atento

fragor de ruedas y de cascos duros

y rumor de pisadas en la vía,

y saliendo de pronto, con estruendo

de armas y roncas voces, y el ceñudo

aspecto, hiela al tímido viandante

a quien desnudo y semivivo, deja

entre las piedras. Importuno baja

también tu blanco rayo a las ciudades

sobre el vil corruptor que se desliza

de los muros al pie, y en las espesas

sombras se oculta, y párase y se asusta

de la luz que difunden los abiertos

balcones. Importuno a los malvados,

a mí siempre benigno, tu semblante

aquí será, do sólo me descubres 

risueñas cuestas y espaciosos campos. 

En otro tiempo, lleno de inocencia, 

tus bellos rayos acusar solía, 

cuando me denunciaban de los hombres

a la mirada, en la ciudad, o cuando 

ver me dejaban el humano aspecto.

Ora celebrarélos, ya te mire 

envolverte entre nubes, ya serena 

dominadora del etéreo campo,

esta morada mísera contemples. 

A menudo verásme, solo y mudo, 

errar por bosques y por verdes ribas, 

o yacer en la yerba, satisfecho,

si aún el poder de suspirar me queda. 








Versión de Antonio Gómez Restrepo
 
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Mensaje por Maria Lua el Jue 29 Nov 2018, 11:59

"L'infinito"


Sempre caro mi fu quest’ermo colle,
E questa siepe, che da tanta parte
Dell’ultimo orizzonte il guardo esclude.
Ma sedendo e rimirando, interminati
Spazi di là da quella, e sovrumani
Silenzi, e profondissima quiete
Io nel pensier mi fingo, ove per poco
Il cor non si spaura. E come il vento
Odo stormir tra queste piante, io quello
Infinito silenzio a questa voce
Vo comparando: e mi sovvien l’eterno,
E le morte stagioni, e la presente
E viva, e il suon di lei. Così tra questa
Immensità s’annega il pensier mio:
E il naufragar m’è dolce in questo mare.


El infinito Canto XII

Amé siempre esta colina,
y el cerco que me impide ver
más allá del horizonte.
Mirando a lo lejos los espacios ilimitados,
los sobrehumanos silencios y su profunda quietud,
me encuentro con mis pensamientos,
y mi corazón no se asusta.
Escucho los silbidos del viento sobre los campos,
y en medio del infinito silencio tanteo mi voz:
me subyuga lo eterno, las estaciones muertas,
la realidad presente y todos sus sonidos.
Así, a través de esta inmensidad se ahoga mi pensamiento:
y naufrago dulcemente en este mar.

Versión de Carlos López S.


* * * * *



El infinito Canto XII (otra versión)

Siempre querido me fue este yermo cerro
y este cerco que tanta parte
a la mirada excluye del último horizonte.
Mas, sentado y mirando interminables
espacios de allá lejos, sobrehumanos
silencios y su hondísima quietud,
me quedo ensimismado hasta que casi
el corazón no teme. Y como el viento
cuyo tráfago escucho entre las hojas, a este
silencio sin fin esta voz
voy comparando, y pienso en lo eterno
y en las muertas estaciones y en la viva presente,
y sus sonidos. Así a través de esta
inmensidad se anega el pensamiento mío;
y naufragar en este mar me es dulce.

Versión de L.S.


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Mensaje por Maria Lua el Jue 29 Nov 2018, 12:02


À SILVIA


Silvia, rimembri ancora
Quel tempo della tua vita mortale,
Quando beltà splendea
Negli occhi tuoi ridenti e fuggitivi,
E tu, lieta e pensosa, il limitare
Di gioventù salivi?

Sonavan le quiete
Stanze, e le vie dintorno,
Al tuo perpetuo canto,
Allor che all'opre femminili intenta
Sedevi, assai contenta
Di quel vago avvenir che in mente avevi.
Era il maggio odoroso: e tu solevi
Così menare il giorno.
Io gli studi leggiadri
Talor lasciando e le sudate carte,
Ove il tempo mio primo
E di me si spendea la miglior parte,
D’in su i veroni del paterno ostello
Porgea gli orecchi al suon della tua voce,
Ed alla man veloce
Che percorrea la faticosa tela.
Mirava il ciel sereno,
Le vie dorate e gli orti,
E quinci il mar da lungi, e quindi il monte.
Lingua mortal non dice
Quel ch’io sentiva in seno.

Che pensieri soavi,
Che speranze, che cori, o Silvia mia!
Quale allor ci apparia
La vita umana e il fato!
Quando sovviemmi di cotanta speme,
Un affetto mi preme
Acerbo e sconsolato,
e tornami a doler di mia sventura.
O natura, o natura,
Perché non rendi poi
Quel che prometti allor ? Perché di tanto
Inganni i figli tuoi ?

Tu pria che l’erbe inaridisse il verno,
Da chiuso morbo combattuta e vinta,
Perivi, o tenerella. E non vedevi
Il fior degli anni tuoi;
Non ti molceva il core
La dolce lode or delle negre chiome,
Or degli sguardi innamorati e schivi;
Né teco le compagne ai dì festivi
Ragionavan d’amore.

Anche perìa fra poco
La speranza mia dolce: agli anni miei
Anche negaro i fati
La giovanezza. Ahi come,
Come passata sei,
Cara compagna dell’età mia nova,
Mia lacrimata speme!
Questo è il mondo? questi
I diletti, l’amor, l’opre, gli eventi,
Onde cotanto ragionammo insieme ?
Questa la sorte delle umane genti ?
All’apparir del vero
Tu, misera, cadesti: e con la mano
La fredda morte ed una tomba ignuda
Mostravi di lontano.


Giacomo Leopardi, Canti, éd. par E. Peruzzi, Milan, 1981, pp. 423-433.






A Silvia Canto XXI


¿Todavía recuerdas
de tu vida mortal, Silvia, aquel tiempo,
en el que la beldad resplandecía
en tus ojos huidizos y rientes,
y alegre y pensativa, los umbrales
juveniles cruzabas?

Resonaban las calmas
estancias, y las calles
vecinas con tu canto inagotable,
mientras a las labores femeniles
te sentabas, dichosa
de aquel vago futuro de tus sueños.
Era el mayo oloroso: y tú solías
pasar el día así.

Yo los gratos estudios
tal vez dejando y los sudados pliegos,
que mi temprana edad
gastaban y de mí la mejor parte,
en los balcones del hogar paterno
escuchaba el sonido de tu voz
y tu mano ligera
recorriendo la tela fatigosa.
Miraba el cielo calmo,
los dorados caminos y los huertos,
y allá el lejano mar, y allá los montes.
Lengua mortal no dice
lo que mi alma sentía.

¡Qué dulces pensamientos
que esperanzas, qué pálpitos, oh Silvia!
¡Cómo la vida humana
y el hado contemplábamos!
Cuando recuerdo tantas ilusiones,
me abruma un sentimiento
acerbo y sin consuelo,
y me vuelve a doler mi desventura.
Oh tú, naturaleza,
¿por qué no das después
lo que un día prometes? ¿por qué tanto
engañas a tus hijos?
Antes que el frío arideciera el prado,
de extraña enfermedad presa y vencida,
moriste, oh mi ternura, sin que vieras
las flores de tu edad;
no alegraba tu alma
el dulce elogio o de las negras trenzas
o de tu vista esquiva y amorosa;
ni contigo en las fiestas las amigas
de amoríos hablaban.

También murieron pronto
mis dulces esperanzas: a mis años
también les negó el hado
la juventud. ¡Ah, cómo,
cómo pasaste, cara compañera
de mi primera edad,
mi llorada ilusión!

¿Es este el mundo aquel? ¿Éstas las obras,
el amor, los sucesos, los placeres
de los que tanto entre los dos hablábamos?
¿esta es la suerte de la raza humana?
Al llegar la verdad
tú, mísera, caíste: y con la mano
la fría muerte y la desnuda tumba
de lejos señalabas.

Versión de Luis Martínez de Merlo



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Mensaje por Maria Lua el Lun 19 Ago 2019, 06:10

Giacomo Leopardi, gran belleza

Pietro Citati escribe la increíblemente desdichada vida del gran poeta de la modernidad

Robert De Niro engordó 20 kilos para interpretar a Jake La Motta en 'Toro salvaje'. Y, como él, muchos actores han llegado a poner en peligro su salud física o mental para meterse en la cabeza y en la piel de un personaje, para imbuirse de él. Pietro Citati (Florencia, 1930), uno de los más importantes críticos literarios e intelectuales italianos, ha hecho un poco eso.

Durante siete largos años se ha zambullido de lleno en la vida y las obras de un personaje fascinante: un ser deforme con dos jorobas (una en el pecho y la otra en la espalda) nacido en 1798, que apenas medía 1,40 metros, maniacodepresivo, que llegó a estar prácticamente ciego, que jamás recibió ni una gota de cariño o afecto de su madre, que amó apasionadamente a mujeres y a hombres sin llegar nunca a hacer realidad carnal esos amores, que poseía una cultura tan vasta que era casi inabarcable y que, cuando murió, con tan sólo 39 años, en Nápoles, dejó como legado una de las más colosales, variopintas y complejas obras de la literatura universal. Se llamaba Giacomo Leopardi y junto con Baudelaire es el gran poeta de la modernidad.

Citati ha buceado en los vericuetos de la mente de Leopardi, ha tratado de entender las pulsiones de su alma, de aprehender la esencia de su ser, de interpretar su vida y su arte. Para ello, no sólo ha leído, en riguroso orden cronológico, la totalidad de la enorme producción literaria de Leopardi, con la precisión de que sólo 'Zibaldone', que más que el diario personal del poeta fue una especie de laboratorio de ideas y que resulta muy complejo, tiene 4.000 páginas. Pero además Citati ha tratado de reconstruir también la gigantesca cultura de Leopardi, leyendo aquellos libros y aquellos autores que más le marcaron e influyeron. «Ha sido un trabajo inmenso y extenuante», sentencia sentado en el salón de su casa de Roma, lleno de luz y de amarillo.

El fruto de esa titánica tarea es un libro de 528 páginas titulado simplemente 'Leopardi' (Editorial El Acantilado), escrito con una prosa vibrante y que supone un viaje apasionante a las profundidades del poeta. Es una obra total, que aborda a Leopardi desde todos los ángulos, comenzando por el familiar y por esa madre guapísima, de ojos de color zafiro, que, sin embargo, era fría como un congelador al máximo de potencia. «Era un monstruo, una enferma», sentencia sin contemplaciones Citati.

No es sólo que apenas saliera nunca de la casa que tenían en la localidad de Recanati, en la región de Las Marcas, o que hubiera convertido la vivienda en una cárcel. No se trata únicamente de que fuera de una avaricia sórdida y atroz, hasta el punto de que cuentan que tenía un aro de madera para medir el diámetro de los huevos que le vendían los campesinos, rechazando los que pasaban con holgura por el dispositivo. Lo peor es que era una mujer durísima, incapaz no sólo de dar amor sino de mostrar siquiera afecto o compasión. Y a eso se suma que tenía un concepto tan patológico de la religión que, cuando alguno de sus hijos moría o enfermaba, se alegraba porque decía que iba a ir al cielo con Jesús.


«En realidad Leopardi no tuvo madre. Su padre hizo de padre y de madre, con una ternura inmensa y absorbente», sostiene Citati. Absorbente porque era tal el amor que el padre sentía por aquel hijo que no quería separarse de él, no le permitía irse de casa.

Leopardi creció en ese ambiente sofocante, con la biblioteca de 20.000 volúmenes de su padre como gran vía de escape. Leía, leía incansablemente, de rodillas, junto a una linterna o una vela. Hasta que en una fecha imprecisa, siendo adolescente, su cuerpo dejó de crecer, su estatura se detuvo en 1,40 metros y se le formaron dos grandes jorobas, una en el pecho y la otra en la espalda. «Leopardi estaba convencido de que sufría raquitismo y que él mismo se lo había ocasionado por leer de rodillas. Se acusaba a sí mismo de haber destrozado su juventud con sus propias manos», explica Citati. Sin embargo, lo que padecía era una enfermedad mucho más grave, la tuberculosis ósea, que además de las terribles deformidades de su cuerpo también le provocó una ceguera que llegó a ser casi total. Además sufría psicosis maniacodepresiva, con una alternancia de periodos de depresión y de euforia.

La tuberculosis ósea sin duda jugó un papel fundamental a la hora de modelar el carácter de Leopardi, que amaba la belleza y que se vio condenado a la infelicidad. Sin embargo, y a pesar de la enfermedad y de las presiones de su familia para que no saliera de casa, era muy vital, lo que le llevó a viajar por media Italia y a escribir, leer y pensar incansablemente. «Tenía una vitalidad infinita, como la de Tolstoi. Esa vitalidad, decía, era la que provocaba su desventura, porque pensaba que los hombres vitales son también desventurados», explica Citati.

Leopardi también pensaba que la realidad era desagradable, que eran mucho mejores los sueños y las fantasías. Estaba convencido de que amar en sueños es más hermoso que amar en la realidad y, de hecho, sus amores son todos amores de fantasía. Ahí está por ejemplo Memorias del primer amor, un libro maravilloso que escribió con 20 años y que recoge sus fantasías amorosas por una pariente que llegó a su casa y de la que se enamoró cuando ya ella se había marchado, desarrollando un amor a distancia. Su correspondencia con el escritor Pietro Giordani y con su amigo Antonio Rainieri, un napolitano bastante más joven que él con el que pasó los últimos años de su vida (en casas separadas) y que se encontraba a su lado cuando murió en 1837, también revela pulsiones homosexuales.

«Es una relación amorosa, aunque la protagonicen dos hombres entre los que no suceda nunca absolutamente nada. Tampoco Leopardi hace nunca nada carnal con las mujeres de las que se enamora, todas ellas lo rechazan», puntualiza Citati, que no duda en asegurar que Leopardi es después de Dante el gran escritor italiano y que, con Baudelaire, es el gran poeta moderno.

El desdeñoso moderno
Lo que hace de Leopardi un poeta moderno es la multiplicidad de su naturaleza, su permanente contradicción, su cambio constante, el hecho de ser inclasificable. Leopardi mantenía cosas opuestas con pocos días de distancia entre medias, y eso le hace profundamente moderno. «Tanteaba, proyectaba, seguía direcciones divergentes; cada texto era una novedad radical, como si inventar, casi al mismo tiempo, siete hipótesis literarias distintas y a menudo contradictorias fuera, para él, el procedimiento habitual de la escritura», dice Citati. Sus cantos, por ejemplo, están escritos en una lengua inventada. «No están escritos en italiano sino en una lengua basada en el latín pero que es un latín que nunca había existido», sentencia el crítico. Y tampoco los textos que Leopardi escribió con 30 años tienen nada que ver con aquellos que escribió a los 39 años, al final de su vida. Leopardi también es moderno precisamente porque no se considera moderno, porque desprecia lo moderno. «Era mucho más moderno que los modernos, pero despreciaba la modernidad. En realidad no conocía muy bien la modernidad, pero pensaba que era un atraso respecto al mundo griego».



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Mensaje por Maria Lua el Vie 21 Feb 2020, 05:34

Canto XXVI El pensamiento dominante

Poderoso, dulcísimo
dominador de mi profunda mente;
terrible, mas querido
don del cielo; consorte
de mis lúgubres días,
pensamiento que siempre ante mí tornas.

De tu natura arcana,
¿quién no habla? Su influjo entre nosotros,
¿quién no siente? Mas siempre
que al decir sus efectos
la humana lengua el sentir propio excita,
nuevo parece por lo que razona.

¡Cuán desierta mi mente
quedó desde el instante
en que tú la escogiste por morada!
Raudos como el relámpago, de en torno
todos mis pensamientos
se alejaron. Lo mismo que una torre
en solitario campo,
estás solo, gigante, en medio de ella.

¡En qué, fuera de ti, se han convertido
las obras terrenales,
toda la vida entera ante mis ojos!
¡Qué intolerable hastío
el ocio acostumbrado,
la del vano placer vana esperanza,
al lado de ese gozo,
gozo celeste que de ti procede!

Como desde las rocas
del Apenino abrupto
a un campo verde que lejano ríe
los ojos vuelve ansioso el peregrino,
tal yo del rudo y seco
mundano conversar, ávidamente
regreso a ti como a un jardín ameno
y restauro a tu lado mis sentidos.

Me parece increíble
que la vida infeliz y el necio mundo
durante tanto tiempo
sin ti haya soportado;
entender no consigo
que por otros deseos
de ti distintos, haya quien suspire.

Jamás desde el momento
en que entender la vida lograr pude
turbó mi pecho el miedo de la muerte.
Hoy me parece un juego
la que el inepto mundo,
loando a veces, aborrece y teme,
necesidad extrema;
y si acaso el peligro se presenta,
arrostro sonriendo su amenaza.

Siempre al cobarde, al alma
miserable y abyecta
desprecié. Y hoy cualquier acción indigna
me hiere los sentidos;
desdén siente mi alma
por todo ejemplo de vileza humana.
A esta edad orgullosa
que se nutre de huecas esperanzas
y ama lo vano y la virtud combate,
que clama por lo útil
y no ve que la vida
por eso en más inútil se convierte,
superior yo me creo.
Me burlo del humano juicio; al vulgo
que el bello pensamiento
desdeña, pisoteo con desprecio.

Ante aquello que inspiras,
¿qué otro afecto no cede?
Más aún, ¿qué otro afecto
asiento tiene aquí entre los mortales?
Avaricia, desdén, odio, soberbia,
ansias de honor, de mando,
¿qué son sino caprichos
comparados con él? Sólo un afecto
vive en nosotros; uno,
poderoso, que dieron
eternas leyes al humano pecho.

Valor no tiene, ni razón la vida,
sino por él, que para el hombre es todo;
sola disculpa al hado
que al mortal en la tierra
puso para sufrir sin otro fruto;
sólo por quien a veces,
no la estúpida gente, al alma digna
la vida es más hermosa que la muerte.

Por alcanzar tu gozo, pensamiento,
probar humanas ansias
y sufrir muchos años
esta vida mortal, no ha sido indigno;
volvería de nuevo,
experto como soy de nuestros males,
hacia tu meta a recorrer la senda;
que tras la arena y tras la viperina
picada, tan cansado
por el mortal desierto
nunca llegué hasta ti que nuestras penas
vencer no lo creyera un bien muy alto.

¡Oh qué mundo, qué nueva
inmensidad, que edén aquel a donde
frecuentemente tu sublime hechizo
me elevó, donde errando
bajo otras luces que las habituales,
mi terrenal estado
y toda realidad echo en olvido!
Tales son, imagino,
los sueños de los dioses. ¡Ay! Un sueño
que en parte la verdad realza, eres
tú, dulce pensamiento;
sueño y error. Mas tu naturaleza,
entre gratos errores,
divina es; tan viva y poderosa
que junto a la verdad, tenaz, perdura
y a menudo se iguala,
disipándose sólo con la muerte.

Tú, pensamiento mío, tú tan sólo,
vital para mis días,
causa dilecta de infinitas ansias,
conmigo morirás cuando me muera;
dentro del alma las señales siento
de que tú por señor me fuiste dado.
Otros dulces engaños
la realidad solía
desvanecer. Cuando de nuevo vuelvo
a contemplar a aquella
de quien contigo vivo razonando,
crece aquel gran deleite,
crece el delirio por el que respiro.

¡Angélica hermosura!
Cualquier hermoso rostro me parece
casi fingida imagen
que a tu rostro imitó. Tú, sola fuente
de toda donosura;
tú, la sola belleza verdadera.

Desde que pude verte,
¿ de mi solicitud último objeto
no fuiste tú? ¿Cuánto pasó del día
sin que pensara en ti? En los sueños míos,
tu soberana imagen
¿cuántas veces faltó? Bella cual sueño,
aparición angélica,
en la terrena estancia,
en la altura de todo el universo,
¿qué espero yo, qué pido,
que sea más bello que los ojos tuyos,
que sea más dulce que tu pensamiento?

Versión de Diego Navarro





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Mensaje por Maria Lua el Mar 25 Feb 2020, 04:02



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Mensaje por Maria Lua el Mar 25 Feb 2020, 04:04

El inadaptado Giacomo Leopardi


Encerrado desde niño en la biblioteca paterna; huyendo del noble ambiente familiar mediante visitas, harto decepcionantes, desde su natal Recanati a otras ciudades italianas; buscando en vano una mujer que le correspondiera o tras un empleo convencional que desarrollar; participando, torpemente, en la vida social de su entorno… De tantas formas Giacomo Leopardi (1798-1837) quiso evadirse de sus circunstancias, sin conseguirlo, para acabar consagrándose a las letras de tal modo que su dedicación feroz le costó una ceguera, una malformación en la espalda, una vida solitaria de perfecto inadaptado.
A ella se consagró el florentino Pietro Citati en una biografía que nos era necesaria, pues Leopardi es un poeta muy traducido al español, pero cuya personalidad se nos esbozaba de forma demasiado breve. De modo que se agradeció una lectura —Leopardi (2014)— en que se investigara, por ejemplo, en el simbolismo grecolatino de la luna y el sol que lleva a su literatura Leopardi, u otros pasajes en que se explicara el contexto cultural para entender mejor sus versos. Citati, como nos tiene acostumbrados con otras biografías suyas sensacionales —la que dedicó a Kafka, muy especialmente—, mantenía un estilo homogéneo en el que sabía equilibrar la información y la interpretación, llegando a darnos un Leopardi poliédrico: el hijo, el hermano, el amigo, el hombre enamoradizo —véase, en este sentido, su breve texto en forma de diario escrito en 1817, a los diecinueve años, Recuerdos del primer amor—, el prosista, el poeta, el viajero. Todo con una indagación en su obra de forma paralela a sus experiencias, ahondando así en el sentir y el pensar del poeta que mejor ha cantado la luna, por medio de un libro en que, con gran finura y emotividad, aparecía el biografiado en «una inmensa cárcel»: el palacio donde leyó, en una biblioteca que para su padre «era el lugar sagrado», escribió cartas a sus autores predilectos y forjó un carácter sumiso y enfermó de gravedad, en cuerpo (tuberculosis ósea y dos jorobas, y, para colmo, impotencia) y espíritu (depresiones nerviosas).

«Toda su existencia no era nada más que infelicidad e infortunio. […] La infelicidad no dejaba de crecer, sin pausas, como con ansia. No hay infelicidad humana, escribe en el Zibaldone, que no pueda ir a más», explica Citati en el capítulo «La mente de Leopardi». Pero lo peor de todo era el «hastío», que es «mucho más grave que el dolor, que la desesperación y que cualquier forma de vida trágica; oprime, extenúa, aferra, lacera, espanta, extingue, mata, anonada». Con todo, el poeta sacó aliento para transformar en belleza poética aquello que lo inundaba de melancolía y el ensimismamiento devenía perseverancia y entrega: Leopardi, «tímido», «titubeante, siempre dispuesto a posponerlo todo», escribe, sin embargo, miles de páginas. Detesta el trato social, hasta el punto de preferir comer solo. «A pesar de su talento filosófico y de su inmensa inteligencia, siempre estuvo sumergido en ese beatífico líquido que es la infancia».

Esa mirada aniñada, en perpetuo asombro frente a lo contradictorio, refleja un talante escéptico que aspira a la verdad desde la duda. De ahí que, según Citati, «la convicción más profunda de su vida» fuera «la importancia esencial de las ilusiones y de la irrealidad». Tanto es así que veremos por qué planea fugarse de casa, cómo su imaginación pone distancia entre su entorno y él haciendo de la cosmología lunar todo un tema literario. «En Leopardi, la naturaleza es humana o está humanizada», pues «en la fantasía de los niños todo el universo está humanizado», el viento, el sol, las estrellas, los animales. El poeta crece amparado en sus observaciones, creyendo que la naturaleza hará posible lo imposible, embelleciendo sus divagaciones sobre la desdicha en su descomunal (más de cuatro mil páginas) e inclasificable dietario Zibaldone, escrito entre 1817 y 1832 y que no fue editado hasta 1898, sesenta y un años más tarde de la muerte del escritor, después de un proceso judicial y la intervención del Estado italiano para conseguir que el conde Giacomo Leopardi, sobrino del poeta, cediera los derechos de aquellas cuartillas que entonces pasaban a ser de interés público.

En esa busca de consuelos desde la observación y meditación, se consagrará el autor de «El infinito» (1819), sabiéndose ya un «poeta moderno, es decir, sentimental y melancólico»; con menos de treinta años, escribe sus Obras morales y, al fin, viaja por Italia. Siempre enfermo de mil cosas, pero siempre en un esfuerzo inaudito por escribir, por concentrar la contemplación de mirar hacia el cielo y mirarse por dentro en unos versos, en un párrafo, hasta que la muerte lo ronda y él, que no pudo disfrutar del amor correspondido —«Vuelve a mi mente el día en el que supe / de amor por vez primera y me dije: / “¡Ay, si esto es amor, cómo destruye!”», dice en el poema en tercetos encadenados «El primer amor»—, anhela, ya demasiado tarde, una «juventud ininterrumpida».

Así las cosas, se ha dicho siempre y se volverá a repetir que en Leopardi confluyen los extremos del hombre de su tiempo: es antiguo y moderno a la vez, obedece a la inspiración romántica, pero luego es un escritor pausado, reflexivo, atendiendo a su doble condición de poeta y pensador. No presenta en este sentido, sin embargo, contradicción alguna; Leopardi se muestra consecuente con su agudo pesimismo, fiel a sus tópicos literarios más constantes: el ubi sunt, la fugacidad temporal, el desamor. Giuseppe Ungaretti lo llamó «cristiano estoico»; Italo Calvino, «hedonista infeliz» y «poeta del dolor de vivir»; Josep Pla, deslumbrado por la facilidad para las lenguas del poeta —conocía los principales idiomas europeos, incluido el español, más latín, griego y hebreo—, «ejemplo de estudioso y de trabajador literalmente fabuloso», de forma especial en el Zibaldone, que a la vez podría considerarse un espejo en prosa de lo que serían sus poemas, como sugiere Elena Martínez en una reciente edición del libro, organizada en áreas temáticas en torno a la vida, la naturaleza o las artes, en que destaca «la impresión de que Leopardi tenía una riqueza de intereses espirituales verdaderamente sorprendente».

Todos sus lectores destacan la dualidad inherente a su espíritu poético-filosófico; Rafael Argullol habla de dos Leopardis: el «melancólico, elegiaco, fuerte en la desesperanza, nostálgico de mundos perdidos y extrañamente sabio en un amor que apenas intuyó», y otro «duro y trágico, un hombre lanzado a una lucha sin cuartel con la verdad y que está dispuesto a dejar la piel en el campo de batalla». Y es que Leopardi personifica tanto el tedio como el tesón, el amor por la vitalidad de antaño y la resignada pasividad del presente: «Todo lo he perdido: soy un tronco que siente y pena», afirma en la «Carta a sus amigos de Toscana», fechada en 1830, que abre los Cantos (aparecidos en 1831 y en edición aumentada en 1837); «Mi inclinación no ha sido nunca la de odiar a los hombres, sino la de amarlos», dice en los póstumos Pensamientos (1845), una colección de reflexiones donde trata las relaciones y costumbres sociales con un ánimo crítico —por ejemplo, «la de que se imprima mucho y se lea nada»; ¡qué pensaría ahora!—, un tanto apesadumbrado, aunque también muy ameno.

Ambos textos, en la que fue la traducción de Antonio Colinas (2006), cobraron un nuevo relieve al reunir las dos facetas del escritor, tradicionalmente apartadas por la crítica, la primera en claro beneficio de la segunda. Lo había denunciado Giorgio Colli en el prólogo a los Diálogos morales leopardinos: «La posteridad nunca ha sido avara de reconocimientos con Leopardi, pero sí injusta y miope, tal como él mismo había previsto. Su pretensión de ser al mismo tiempo filósofo y poeta fue considerada excesiva». Y, pese a todo, un poema tan célebre como «El infinito», escrito a los veintiún años, ha sido leído en una clave tan lírica —también autobiográfica— como metafísica. Al parecer de Calvino, «El problema que Leopardi aborda es especulativo y metafísico, un problema que domina la historia de la filosofía desde Parménides hasta Descartes y Kant: la relación entre la idea de infinito como espacio absoluto y tiempo absoluto y nuestro conocimiento empírico del espacio y del tiempo». Leopardi, además, era un experto astrónomo, así que siempre habrá que tener en cuenta su punto de vista científico, incluso en poemas tan profundamente líricos como «A la luna», en el que glosa la pérdida de la juventud —«[…] cuando aún es mucha / la esperanza y breve el curso / de la memoria»—, su tema constante y obsesivo.

En efecto, los años que se fueron y que trae la memoria hace que el poeta valore aquel «dulce tiempo juvenil, más caro / que el laurel y la fama, que la pura / luz del día: te pierdo, sin un goce», como sucede en el poema «Los recuerdos», donde más adelante aparecen los días «que como relámpago se esfuman». La angustia por el paso del tiempo se convierte en un sentimiento que provoca la concepción del poema; más tarde vendrá su redacción. Sabemos de tal proceso creativo por una carta, del 5 de marzo de 1824, a un primo suyo: «Al escribir sólo he seguido una inspiración (o frenesí) que, al llegarme, en dos minutos ya formaba el diseño y la distribución de toda la composición. Hecho esto acostumbro siempre a esperar que me vuelva otro momento, y al volver (ordinariamente no ocurre sino después de algún mes), me pongo entonces a componer, pero con tal lentitud que no me es posible acabar una poesía, aunque sea brevísima, en menos de dos o tres semanas. Éste es el método, y si la inspiración no me brota por sí misma, más fácilmente saldría agua de un tronco que un solo verso de mi cerebro». Es decir, se escribe cuando ya no se sienten las cosas, tras haberlas sentido, según explica él mismo; llevará esto a la práctica, por ejemplo, en el elegiaco y hermosísimo «A Silvia» (en la realidad, Teresa, la hija del cochero de la casa Leopardi), que escribe en 1828, diez años después de la muerte de la joven.




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Mensaje por Maria Lua el Mar 25 Feb 2020, 04:06


El inadaptado Giacomo Leopardi ( segunda parte)



El tiempo, pues, es una losa implacable para Leopardi, y no hay más existencia que la vivida en soledad, lo que se explicita en títulos como «La vida solitaria», «El gorrión solitario» e, incluso, «La noche del día de fiesta», donde el protagonista de los «días horribles de la joven edad» contempla el silencio que sigue a la diversión ajena, mientras él continúa solo, estremecido y triste, hasta el hoy y desde la infancia. En estos poemas citados, se halla el clímax emocional de Leopardi y verdaderamente sus rasgos estéticos son distintos de los textos escritos en otras etapas. De este modo lo ve Colinas, quien, por otra parte, ofreció una antología de más de un centenar y medio de fragmentos del Zibaldone con un título inspirado en el nombre que Leopardi usó en forma de índice para un proyecto, Tratado de las pasiones. De tal manera que el poeta leonés, a la hora de analizar la evolución poética leopardiana, distingue con claridad tres periodos: un primero de corte neoclásico, influido por sus lecturas y traducciones grecolatinas —diez largos poemas de tono ampuloso, como «A Italia», en el que se pregunta por la gloria pasada del país—; un segundo que da inicio con «El infinito», en el que estarían los poemas aludidos al inicio del párrafo; y un tercero, a partir de 1832, caracterizado por «un mayor tono de reflexión, desgarro y gravedad», como en «La retama», escrito en la ladera del volcán Vesubio.

Dicha distinción será muy útil para el que quiera captar la vigencia artística de los Canti, pues, al tenerlos todos reunidos, asimismo se podrán valorar con detenimiento otras traducciones —caso de la selección de poemas que había ofrecido Eloy Sánchez Rosillo en 1998, con los que, a su juicio, constituyen los mejores veinte cantos; el resto (veintidós más), opinaba, «no son más que materia muerta, de esa que hace las delicias de eruditos y filólogos. Nada añadirían al Leopardi esencial»—. Al comparar los libros, vemos cómo ambas versiones se toman licencias distintas en busca de la fidelidad al heptasílabo y endecasílabo leopardianos, emplean léxicos y giros sintácticos diferentes, distribuyen los encabalgamientos y la puntuación de manera diversa, etcétera.

Entonces, ¿con cuál quedarse? «En efecto, existe la dificultad de la versión castellana de la poesía de Leopardi, quizás a causa de su lenguaje refinado y musical, hasta el punto de que Alcalá Galiano, primer traductor del poeta italiano, se resiste, como él confiesa, a publicar el texto», explica Gabriele Morelli en la introducción de la más reciente antología poética leopardiana, si bien esa traducción —la del poema «Canto notturno di un pastore errante dell’Asia», cuya forma y rima está «casi despejada de consonantes», como apunta en una nota previa el propio traductor— acabaría viendo la luz en una revista, en 1877, y luego en la Antología de poetas líricos italianos traducidos en verso castellano (1200-1889), a cargo del mallorquín Juan Luis Estelrich.

La lectura ideal, tal vez, sería una combinación de ambas, la literal —como la que practicó Carmen de Burgos en Giacomo Leopardi (su vida y sus obras), publicada 1911 en dos volúmenes, uno de poesía y otro de prosa, muy preocupada, por lo demás, por conocer el contexto del artista— y otra más libre, pero que demuestre una mayor sensibilidad lírica, como la prestigiosa versión de 1928 de Miguel Romero Martínez, que recibió palabras admirativas de Miguel de Unamuno (también traductor de Leopardi, en su vertiente bastante literal) y Jorge Guillén, entre otros; todo lo cual no deja de ser una señal de la grandeza del poeta antologado, que, interpretado de forma diversa —no en vano, Citati insiste en compararlo en varias ocasiones con Tolstói en lo artístico y con Rousseau en lo filosófico—, sigue siendo visto como un creador sublime, sigue estando plenamente vivo, adaptado a la posteridad, a nuestros tiempos. Ya lo dijo en 1855 Juan Valera, el gran reivindicador del poeta italiano en España, como recoge Morelli en el texto aludido, en que, por cierto, se acaba centrando en cómo los Cantos influyeron en Luis Cernuda: «Los versos de Leopardi no sólo son apasionados, amorosos y tristes, sino elegantísimos y perfectísimos de hermosura».



Me he ocupado del mismo autor en Experiencia y memoria. Ensayos sobre poesía (Sevilla, Renacimiento, 2006).[/vc_column_text][/vc_column][/vc_row]

BIBLIOGRAFÍA
· Argullol, Rafael. Enciclopedia del crepúsculo. Acantilado, Barcelona, 2005.

· Calvino, Italo. Seis propuestas para el próximo milenio. Traducción de Aurora Bernández y César Palma, Siruela, Madrid, 2014 (11.ª ed.).

· Citati, Pietro. Leopardi. Traducción de Juan Díaz de Atauri, Acantilado, Barcelona, 2014.

· Leopardi, Giacomo. Antología poética. Traducción de Eloy Sánchez Rosillo, Pre-Textos, Valencia, 1998.

–. Obretes morals. Prólogo de Giorgio Colli y traducción de Rossend Arqués, Destino, 2001.

–. Cantos. Pensamientos. Traducción de Antonio Colinas, Galaxia Gutenberg, Barcelona, 2006.

–. Las pasiones. Traducción de Antonio Colinas, Siruela, Madrid, 2013.

–. Poesías. Introducción de Gabriele Morelli y traducción de Miguel Romero Martínez, Renacimiento, Sevilla, 2013.

–. Zibaldone. Naturaleza, razón, pasión, placer, filosofía práctica, artes y letras, belleza y amor. Traducción y selección de Elena Martínez, Madrid, Gadir, 2017.

–. Recuerdos del primer amor. Traducción de Juan Antonio Méndez, Acantilado, Barcelona, 2018.

· Pla, Josep. Diccionario Pla de literatura. Traducción de Jorge Rodríguez Hidalgo, Destino, Barcelona, 2001.

· Ungaretti, Giuseppe. Ensayos literarios. Traducción de Guillermo Fernández, Universidad Nacional Autónoma de México, México D. F., 2000.


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Mensaje por Maria Lua el Mar 25 Feb 2020, 05:04

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Manusocrito del poema El Infinito


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Giacomo Leopardi Empty Re: Giacomo Leopardi

Mensaje por Maria Lua el Mar 25 Feb 2020, 05:07

Giacomo Leopardi, gran belleza




Pietro Citati escribe la increíblemente desdichada vida del gran poeta de la modernidad


IRENE HDEZ. VELASCO


Robert De Niro engordó 20 kilos para interpretar a Jake La Motta en 'Toro salvaje'. Y, como él, muchos actores han llegado a poner en peligro su salud física o mental para meterse en la cabeza y en la piel de un personaje, para imbuirse de él. Pietro Citati (Florencia, 1930), uno de los más importantes críticos literarios e intelectuales italianos, ha hecho un poco eso.

Durante siete largos años se ha zambullido de lleno en la vida y las obras de un personaje fascinante: un ser deforme con dos jorobas (una en el pecho y la otra en la espalda) nacido en 1798, que apenas medía 1,40 metros, maniacodepresivo, que llegó a estar prácticamente ciego, que jamás recibió ni una gota de cariño o afecto de su madre, que amó apasionadamente a mujeres y a hombres sin llegar nunca a hacer realidad carnal esos amores, que poseía una cultura tan vasta que era casi inabarcable y que, cuando murió, con tan sólo 39 años, en Nápoles, dejó como legado una de las más colosales, variopintas y complejas obras de la literatura universal. Se llamaba Giacomo Leopardi y junto con Baudelaire es el gran poeta de la modernidad.

Citati ha buceado en los vericuetos de la mente de Leopardi, ha tratado de entender las pulsiones de su alma, de aprehender la esencia de su ser, de interpretar su vida y su arte. Para ello, no sólo ha leído, en riguroso orden cronológico, la totalidad de la enorme producción literaria de Leopardi, con la precisión de que sólo 'Zibaldone', que más que el diario personal del poeta fue una especie de laboratorio de ideas y que resulta muy complejo, tiene 4.000 páginas. Pero además Citati ha tratado de reconstruir también la gigantesca cultura de Leopardi, leyendo aquellos libros y aquellos autores que más le marcaron e influyeron. «Ha sido un trabajo inmenso y extenuante», sentencia sentado en el salón de su casa de Roma, lleno de luz y de amarillo.

El fruto de esa titánica tarea es un libro de 528 páginas titulado simplemente 'Leopardi' (Editorial El Acantilado), escrito con una prosa vibrante y que supone un viaje apasionante a las profundidades del poeta. Es una obra total, que aborda a Leopardi desde todos los ángulos, comenzando por el familiar y por esa madre guapísima, de ojos de color zafiro, que, sin embargo, era fría como un congelador al máximo de potencia. «Era un monstruo, una enferma», sentencia sin contemplaciones Citati.

No es sólo que apenas saliera nunca de la casa que tenían en la localidad de Recanati, en la región de Las Marcas, o que hubiera convertido la vivienda en una cárcel. No se trata únicamente de que fuera de una avaricia sórdida y atroz, hasta el punto de que cuentan que tenía un aro de madera para medir el diámetro de los huevos que le vendían los campesinos, rechazando los que pasaban con holgura por el dispositivo. Lo peor es que era una mujer durísima, incapaz no sólo de dar amor sino de mostrar siquiera afecto o compasión. Y a eso se suma que tenía un concepto tan patológico de la religión que, cuando alguno de sus hijos moría o enfermaba, se alegraba porque decía que iba a ir al cielo con Jesús.


«En realidad Leopardi no tuvo madre. Su padre hizo de padre y de madre, con una ternura inmensa y absorbente», sostiene Citati. Absorbente porque era tal el amor que el padre sentía por aquel hijo que no quería separarse de él, no le permitía irse de casa.

Leopardi creció en ese ambiente sofocante, con la biblioteca de 20.000 volúmenes de su padre como gran vía de escape. Leía, leía incansablemente, de rodillas, junto a una linterna o una vela. Hasta que en una fecha imprecisa, siendo adolescente, su cuerpo dejó de crecer, su estatura se detuvo en 1,40 metros y se le formaron dos grandes jorobas, una en el pecho y la otra en la espalda. «Leopardi estaba convencido de que sufría raquitismo y que él mismo se lo había ocasionado por leer de rodillas. Se acusaba a sí mismo de haber destrozado su juventud con sus propias manos», explica Citati. Sin embargo, lo que padecía era una enfermedad mucho más grave, la tuberculosis ósea, que además de las terribles deformidades de su cuerpo también le provocó una ceguera que llegó a ser casi total. Además sufría psicosis maniacodepresiva, con una alternancia de periodos de depresión y de euforia.

La tuberculosis ósea sin duda jugó un papel fundamental a la hora de modelar el carácter de Leopardi, que amaba la belleza y que se vio condenado a la infelicidad. Sin embargo, y a pesar de la enfermedad y de las presiones de su familia para que no saliera de casa, era muy vital, lo que le llevó a viajar por media Italia y a escribir, leer y pensar incansablemente. «Tenía una vitalidad infinita, como la de Tolstoi. Esa vitalidad, decía, era la que provocaba su desventura, porque pensaba que los hombres vitales son también desventurados», explica Citati.

Leopardi también pensaba que la realidad era desagradable, que eran mucho mejores los sueños y las fantasías. Estaba convencido de que amar en sueños es más hermoso que amar en la realidad y, de hecho, sus amores son todos amores de fantasía. Ahí está por ejemplo Memorias del primer amor, un libro maravilloso que escribió con 20 años y que recoge sus fantasías amorosas por una pariente que llegó a su casa y de la que se enamoró cuando ya ella se había marchado, desarrollando un amor a distancia. Su correspondencia con el escritor Pietro Giordani y con su amigo Antonio Rainieri, un napolitano bastante más joven que él con el que pasó los últimos años de su vida (en casas separadas) y que se encontraba a su lado cuando murió en 1837, también revela pulsiones homosexuales.

«Es una relación amorosa, aunque la protagonicen dos hombres entre los que no suceda nunca absolutamente nada. Tampoco Leopardi hace nunca nada carnal con las mujeres de las que se enamora, todas ellas lo rechazan», puntualiza Citati, que no duda en asegurar que Leopardi es después de Dante el gran escritor italiano y que, con Baudelaire, es el gran poeta moderno.

El desdeñoso moderno
Lo que hace de Leopardi un poeta moderno es la multiplicidad de su naturaleza, su permanente contradicción, su cambio constante, el hecho de ser inclasificable. Leopardi mantenía cosas opuestas con pocos días de distancia entre medias, y eso le hace profundamente moderno. «Tanteaba, proyectaba, seguía direcciones divergentes; cada texto era una novedad radical, como si inventar, casi al mismo tiempo, siete hipótesis literarias distintas y a menudo contradictorias fuera, para él, el procedimiento habitual de la escritura», dice Citati. Sus cantos, por ejemplo, están escritos en una lengua inventada. «No están escritos en italiano sino en una lengua basada en el latín pero que es un latín que nunca había existido», sentencia el crítico. Y tampoco los textos que Leopardi escribió con 30 años tienen nada que ver con aquellos que escribió a los 39 años, al final de su vida. Leopardi también es moderno precisamente porque no se considera moderno, porque desprecia lo moderno. «Era mucho más moderno que los modernos, pero despreciaba la modernidad. En realidad no conocía muy bien la modernidad, pero pensaba que era un atraso respecto al mundo griego».


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Mensaje por Maria Lua el Miér 26 Feb 2020, 04:40

Il sabato del villaggio





La donzelletta vien dalla campagna,
In sul calar del sole,
Col suo fascio dell'erba; e reca in mano
Un mazzolin di rose e di viole,
Onde, siccome suole,
Ornare ella si appresta
Dimani, al dì di festa, il petto e il crine.
Siede con le vicine
Su la scala a filar la vecchierella,
Incontro là dove si perde il giorno;
E novellando vien del suo buon tempo,
Quando ai dì della festa ella si ornava,
Ed ancor sana e snella
Solea danzar la sera intra di quei
Ch'ebbe compagni dell'età più bella.
Già tutta l'aria imbruna,
Torna azzurro il sereno, e tornan l'ombre
Giù da' colli e da' tetti,
Al biancheggiar della recente luna.
Or la squilla dà segno
Della festa che viene;
Ed a quel suon diresti
Che il cor si riconforta.
I fanciulli gridando
Su la piazzuola in frotta,
E qua e là saltando,
Fanno un lieto romore:
E intanto riede alla sua parca mensa,
Fischiando, il zappatore,
E seco pensa al dì del suo riposo.

Poi quando intorno è spenta ogni altra face,
E tutto l'altro tace,
Odi il martel picchiare, odi la sega
Del legnaiuol, che veglia
Nella chiusa bottega alla lucerna,
E s'affretta, e s'adopra
Di fornir l'opra anzi il chiarir dell'alba.

Questo di sette è il più gradito giorno,
Pien di speme e di gioia:
Diman tristezza e noia
Recheran l'ore, ed al travaglio usato
Ciascuno in suo pensier farà ritorno.

Garzoncello scherzoso,
Cotesta età fiorita
E' come un giorno d'allegrezza pieno,
Giorno chiaro, sereno,
Che precorre alla festa di tua vita.
Godi, fanciullo mio; stato soave,
Stagion lieta è cotesta.
Altro dirti non vo'; ma la tua festa
Ch'anco tardi a venir non ti sia grave.
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El sábado en la aldea   Canto XXV

A la puesta del sol, la alegre niña
torna de la campiña
con su haz de yerba y el florido ramo
en que lucen al par violeta y rosa,
y que, inocente, apresta
para adornar gozosa
pecho y cabellos al llegar la fiesta.
A par con la vecina
siéntase a hilar en el umbral la anciana
volviendo el rostro al astro que declina,
y se transporta a la estación lejana
cuando, aún fresca doncella,
danzaba al terminarse la semana,
con sus amigas de la edad más bella.
El aire se obscurece,
se matizan de azul los horizontes,
y descienden las sombras de los montes
cuando la luna cándida aparece.
La torre de la villa
la fiesta anuncia, y sus alegres sones
bajan a confortar los corazones.
Sobre la plaza la vivaz cuadrilla
de rapaces gritando
y aquí y allí saltando,
alza rumor que anima y alboroza;
mientras silbando el labrador regresa
y sentado a su mesa
con el descanso que prevé, se goza.

Cuando el silencio con la sombra crece
y toda luz fenece,
oigo el martillo que tenaz golpea
en el taller, do el oficial se afana
por dejar terminada la tarea
antes de que despunte la mañana.

Este es de la semana
el más hermoso y el postrero día.
Mañana tornarán fastidio y pena,
y a la habitual faena
cada cual volverá como solía.

¡Jovencillo gracioso!
Tu dulce edad florida
es como un día de alborozo lleno,
día claro y sereno,
que precede a la fiesta de tu vida.
¡Goza, gózalo pues! Edad de flores,
suave estación es esta:
nada más te diré; pero no llores
si se retarda tu anhelada fiesta.

Versión de Antonio Gómez Restrepo



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