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Giacomo Leopardi

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Maria Lua
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Giacomo Leopardi

Mensaje por Maria Lua el Jue 02 Nov 2017, 08:08

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Giacomo Leopardi

Poeta italiano nacido en Recanati, Las Marcas,  en  1798.

Primogénito del conde Monaldo y de la  marquesa Adelaida Antici, recibió una educación rígida y conservadora a pesar de su enorme fragilidad física. Desde muy pequeño aprovechó la extensa biblioteca de su padre para adquirir una vasta cultura que lo convirtió en un gran poeta y ensayista.

Su primera publicación, "Al pie del monumento de Dante"  en 1819, fue seguida por obras de carácter romántico y melancólico entre las que se destacan "Cantos" en 1824 a 1835, "Misceláneas" en 1832, "Opúsculos morales" en 1827, y "Zibaldone" en 1832.

Su inestabilidad emocional y los repetidos fracasos sentimentales, lo llevaron a viajar por diferentes ciudades italianas hasta radicarse en Nápoles,  donde falleció 

en 1837.





(Recanati, Italia, 1798-Nápoles, id., 1837) Escritor italiano. Educado en el ambiente austero de una familia aristocrática provinciana y conservadora, manifestó precozmente una gran aptitud para las letras. Estudió en profundidad a los clásicos griegos y latinos, a los moralistas franceses del siglo XVII y a los filósofos de la Ilustración. A pesar de su formación autodidacta, impresionó muy pronto a los hombres de letras y los filólogos de su tiempo con su erudición y sus impecables traducciones del griego. Su frágil salud se resintió gravemente a causa de esa dedicación exclusiva al estudio.


La lectura de los clásicos despertó su pasión por la poesía y formó su gusto. En Discurso de un italiano sobre la poesía romántica (Discorso di un Italiano intorno alla poesia romantica) tomó partido por los clásicos en la disputa que planteaba el romanticismo, argumentando que la poesía clásica establece una intimidad profunda entre el hombre y la naturaleza con una simplicidad y una nobleza de espíritu inalcanzables para la poesía romántica, prisionera de la vulgaridad y del intelectualismo modernos. El tema del declive político y moral de la civilización occidental y, en particular, de Italia, es central en sus primeros poemas, que pasaron a formar parte de los Cantos (Canti, 1831), obra que pone de relieve el divorcio del hombre moderno y la naturaleza, considerada como única fuente posible de amor.
A partir de 1817 mantuvo una asidua relación epistolar con Pietro Giordani, que fue a la vez su mentor y amigo. También en ese período inició la redacción de su ensayo Zibaldone, en el que trabajó durante años, precisó progresivamente lo que él llamaría su «sistema filosófico» y elaboró el material literario que le serviría para sus obras mayores. Ese trabajo de introspección favoreció el desarrollo de su faceta lírica e intimista, que se expresa en versos de gran musicalidad: entre 1819 y 1821 compuso los Idilios (Idilli). Leopardi elaboró un lenguaje poético moderno que, asumiendo la imposibilidad de evocar los mitos antiguos, describe las afecciones del alma y el paisaje familiar, transfigurado en paisaje ideal.
A partir de 1825 residió en Milán, Bolonia, Florencia y Pisa y se acercó a los medios políticos liberales. Tras la revolución de 1831 fue elegido diputado de las Marcas en la Asamblea Constituyente de Bolonia, pero, tras perder su confianza en el movimiento liberal, renunció a su escaño; su crítica a los liberales la expresó en la obra Paralipómenos de la Batracomiomaquia (Paralipomeni della Batracomiomachia, 1834). Entre 1833 y 1837 residió en Nápoles, en casa de su amigo Antonio Rainieri.
Los Zibaldone de pensamientos (Zibaldone dei pensieri), en los que trabajó desde el verano de 1817 hasta 1832, se publicaron póstumamente en 1898; se trata de un conjunto de notas personales en las cuales anota sus ideas acerca de la literatura, el lenguaje y casi cualquier tema de política, religión o filosofía, y en las que refleja su original recepción de los debates de su tiempo. Como poeta, su estilo melancólico y trágico recuerda inevitablemente a los románticos, pero su fondo de escepticismo, su expresión precisa y luminosa y el pudor con que contiene la efusión de sentimientos le acercan más a los clásicos, tal como él mismo deseaba.



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Canto XIV: ALLA LUNA ( GIACOMO LEOPARDI)




( italiano-português-español)


O graziosa Luna, io mi rammento
che, or volge l’anno, sovra questo colle 
io venia pien d’angoscia a rimirarti:
e tu pendevi allor su quella selva
siccome or fai, che tutta la rischiari.
Ma nebuloso e tremulo dal pianto
che mi sorgea sul ciglio, alle mie luci
il tuo volto apparia, che travagliosa
era mia vita: ed è, né cangia stile,
o mia diletta Luna. E pur mi giova
la ricordanza, e il noverar l’etate
del mio dolore. Oh come grato occorre
nel tempo giovanil, quando ancor lungo
la speme e breve ha la memoria il corso,
il rimembrar delle passate cose,
ancor che triste, e che l’affanno duri!


*************************


(G. Leopardi, Canti, Universale Barion, Sesto San Giovanni, l942, pag. 93- 1819)
.........................................................................




Canto XIV :À LUA




Ó graciosa Lua, eu já relembro
que, há um ano agora, sobre esta montanha
eu vinha todo angústia admirar-te: 
e então pendias sobre esta floresta
bem como agora, e toda a iluminavas. 
Mas nebuloso e trêmulo do pranto
que me escorria do olho, à minha íris
teu vulto aparecia, que penosa
era-me a vida, e é, não troca o estilo, 
minha dileta Lua. E a mim me agrada
esta lembrança, e calcular a idade
da minha dor. Oh, como bem ocorre, 
no tempo juvenil, pois inda é longo
da vida e breve é da memória o curso, 
que nos lembremos das passadas coisas, 
conquanto, triste, a lida continue.


Tradução: Érico Nogueira
.....................................................


Canto XIV: A la luna 




Oh tú, graciosa Luna, bien recuerdo
que sobre esta colina, ahora hace un año,
angustiado venía a contemplarte:
y tú te alzabas sobre aquel boscaje
como ahora, que todo lo iluminas.
Mas trémulo y nublado por el llanto
que asomaba a mis párpados, tu rostro
se ofrecía a mis ojos, pues doliente
era mi vida: y aún lo es, no cambia,
oh mi Luna querida. Y aún me alegra
el recordar y el renovar el tiempo
de mi dolor. ¡Oh, qué dichoso es
en la edad juvenil, cuando aún tan larga
es la esperanza y breve la memoria,
el recordar las cosas ya pasadas,
aun tristes, y aunque duren las fatigas!




****************************










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Re: Giacomo Leopardi

Mensaje por Maria Lua el Jue 02 Nov 2017, 08:15

XXVIII - A SE STESSO


Or poserai per sempre,

Stanco mio cor. Perì l'inganno estremo,

Ch'eterno io mi credei. Perì. Ben sento,

In noi di cari inganni,

Non che la speme, il desiderio è spento.

Posa per sempre. Assai

Palpitasti. Non val cosa nessuna

I moti tuoi, nè di sospiri è degna

La terra. Amaro e noia

La vita, altro mai nulla; e fango è il mondo.

T'acqueta omai. Dispera

L'ultima volta. Al gener nostro il fato

Non donò che il morire. Omai disprezza

Te, la natura, il brutto

Poter che, ascoso, a comun danno impera,

E l'infinita vanità del tutto. 



******************************



A sí mismo   Canto XXVIII




Reposarás por siempre,

cansado corazón! Murió el engaño 

que eterno imaginé. Murió. Y advierto

que en mí, de lisonjeras ilusiones

con la esperanza, aun el anhelo ha muerto.

Para siempre reposa;

basta de palpitar. No existe cosa 

digna de tus latidos; ni la tierra

un suspiro merece: afán y tedio

es la vida, no más, y fango el mundo. 

Cálmate, y desespera 

la última vez: a nuestra raza el Hado 

sólo otorgó el morir. Por tanto, altivo, 

desdeña tu existencia y la Natura 

y la potencia dura 

que con oculto modo

sobre la ruina universal impera, 

y la infinita vanidad del todo.




Versión de Antonio Gómez Restrepo


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Re: Giacomo Leopardi

Mensaje por Maria Lua el Jue 02 Nov 2017, 08:23

XVI - LA VITA SOLITARIA




La mattutina pioggia, allor che l'ale
Battendo esulta nella chiusa stanza
La gallinella, ed al balcon s'affaccia
L'abitator de' campi, e il Sol che nasce
I suoi tremuli rai fra le cadenti
Stille saetta, alla capanna mia
Dolcemente picchiando, mi risveglia;
E sorgo, e i lievi nugoletti, e il primo
Degli augelli susurro, e l'aura fresca,
E le ridenti piagge benedico:
Poiché voi, cittadine infauste mura,
Vidi e conobbi assai, là dove segue
Odio al dolor compagno; e doloroso
Io vivo, e tal morrò, deh tosto! Alcuna
Benchè scarsa pietà pur mi dimostra
Natura in questi lochi, un giorno oh quanto
Verso me più cortese! E tu pur volgi
Dai miseri lo sguardo; e tu, sdegnando
Le sciagure e gli affanni, alla reina
Felicità servi, o natura. In cielo,
In terra amico agl'infelici alcuno
E rifugio non resta altro che il ferro.

Talor m'assido in solitaria parte,
Sovra un rialto, al margine d'un lago
Di taciturne piante incoronato.
Ivi, quando il meriggio in ciel si volve,
La sua tranquilla imago il Sol dipinge,
Ed erba o foglia non si crolla al vento,
E non onda incresparsi, e non cicala
Strider, nè batter penna augello in ramo,
Nè farfalla ronzar, nè voce o moto
Da presso nè da lunge odi nè vedi.
Tien quelle rive altissima quiete;
Ond'io quasi me stesso e il mondo obblio
Sedendo immoto; e già mi par che sciolte
Giaccian le membra mie, nè spirto o senso
Più le commova, e lor quiete antica
Co' silenzi del loco si confonda.

Amore, amore, assai lungi volasti
Dal petto mio, che fu sì caldo un giorno,
Anzi rovente. Con sua fredda mano
Lo strinse la sciaura, e in ghiaccio è volto
Nel fior degli anni. Mi sovvien del tempo
Che mi scendesti in seno. Era quel dolce
E irrevocabil tempo, allor che s'apre
Al guardo giovanil questa infelice
Scena del mondo, e gli sorride in vista
Di paradiso. Al garzoncello il core
Di vergine speranza e di desio
Balza nel petto; e già s'accinge all'opra
Di questa vita come a danza o gioco
Il misero mortal. Ma non sì tosto,
Amor, di te m'accorsi, e il viver mio
Fortuna avea già rotto, ed a questi occhi
Non altro convenia che il pianger sempre.
Pur se talvolta per le piagge apriche,
Su la tacita aurora o quando al sole
Brillano i tetti e i poggi e le campagne,
Scontro di vaga donzelletta il viso;
O qualor nella placida quiete
D'estiva notte, il vagabondo passo
Di rincontro alle ville soffermando,
L'erma terra contemplo, e di fanciulla
Che all'opre di sua man la notte aggiunge
Odo sonar nelle romite stanze
L'arguto canto; a palpitar si move
Questo mio cor di sasso: ahi, ma ritorna
Tosto al ferreo sopor; ch'è fatto estrano
Ogni moto soave al petto mio.

O cara luna, al cui tranquillo raggio
Danzan le lepri nelle selve; e duolsi
Alla mattina il cacciator, che trova
L'orme intricate e false, e dai covili
Error vario lo svia; salve, o benigna
Delle notti reina. Infesto scende
Il raggio tuo fra macchie e balze o dentro
A deserti edifici, in su l'acciaro
Del pallido ladron ch'a teso orecchio
Il fragor delle rote e de' cavalli
Da lungi osserva o il calpestio de' piedi
Su la tacita via; poscia improvviso
Col suon dell'armi e con la rauca voce
E col funereo ceffo il core agghiaccia
Al passegger, cui semivivo e nudo
Lascia in breve tra' sassi. Infesto occorre
Per le contrade cittadine il bianco
Tuo lume al drudo vil, che degli alberghi
Va radendo le mura e la secreta

Ombra seguendo, e resta, e si spaura
Delle ardenti lucerne e degli aperti
Balconi. Infesto alle malvage menti,
A me sempre benigno il tuo cospetto
Sarà per queste piagge, ove non altro
Che lieti colli e spaziosi campi
M'apri alla vista. Ed ancor io soleva,
Bench'innocente io fossi, il tuo vezzoso
Raggio accusar negli abitati lochi,
Quand'ei m'offriva al guardo umano, e quando
Scopriva umani aspetti al guardo mio.
Or sempre loderollo, o ch'io ti miri
Veleggiar tra le nubi, o che serena
Dominatrice dell'etereo campo,
Questa flebil riguardi umana sede.
Me spesso rivedrai solingo e muto
Errar pe' boschi e per le verdi rive,
O seder sovra l'erbe, assai contento
Se core e lena a sospirar m'avanza. 






*****************************


La vida solitaria   Canto XVI






La lluvia matinal, cuando las alas
batiendo, salta alegre la gallina 

en la cerrada estancia, y el labriego

sale al balcón, y la naciente aurora

vibra su rayo trémulo, esmaltando

las transparentes gotas, en mi albergue

dulcemente llamando, me despierta.

Salgo, y la leve nubecilla, el canto

primero de las aves, la aura grata

y de las playas la quietud bendigo.

Harto os he conocido, infaustos muros

de la ciudad, en donde el odio sigue

y acompaña al dolor: ¡que en la desgracia

vivo y he de morir, quizás en breve!

Un resto de piedad tienes, Natura,

para mí en estos sitios ¡ay! un tiempo

más compasivos a mi mal. Tú apartas

del triste la mirada, y desdeñando

los dolores y afanes, a la reina

Felicidad te humillas. El que sufre

no halla en cielo ni tierra amiga mano,

ni otro refugio encontrará que el hierro.




Tal vez me asiento en solitaria parte,

sobre una altura que domina un lago

coronado de plantas taciturnas;

allí, cuando al cenit radiante asciende

el sol, refleja su tranquila imagen,

y ni hoja o yerba se conmueve al viento; 

no se ve ni se siente a la redonda

encresparse las olas; ni su canto 

entonar la cigarra; ni las plumas

el pájaro agitar entre las hojas, 

o retozar la mariposa leve.

Calma profunda envuelve aquella orilla, 

donde yo, inmóvil, reposando, casi 

del mundo odioso y de mi ser me olvido; 

y pienso que mis miembros se desatan,

que se extingue el sentir y que mi antigua 

calma con la del sitio se confunde. 




¡Amor, amor! ha tiempo abandonaste 

este mi corazón, que antes ardía 

hasta abrasar. Con su aterida mano 

oprimióle el pesar, y en duro hielo 

en la flor de mis años, convirtióse.

Acuérdome del tiempo en que viniste 

a habitar en mi pecho. Era aquel dulce 

e irrevocable tiempo, cuando se abre

al ojo juvenil la triste escena

del mundo, cual soñado paraíso.

El tierno corazón ledo palpita

de virgen esperanza y de deseos,

y se lanza a la acción, como pudiera

al juego y a la danza. Mas tan pronto

como pude entreverte, la Fortuna 

mi existencia rompió, y a mis pupilas

tocó por suerte sempiterno lloro.

Si alguna vez por los abiertos campos

en la callada aurora, o cuando brillan,

al sol techos, collados y llanuras

miro de hermosa jovenzuela el rostro;

si alguna vez, en la serena calma

de estiva noche, el paso vagabundo,

de la ciudad en derredor guiando,

la hosca tierra contemplo, y de afanosa

niña, que activa nocturnal faena,

oigo sonar en la apartada estancia

el canto melodioso, se conmueve

mi corazón de piedra; pero torna

pronto el férreo sopor, que es ¡ay! extraña

toda suave emoción al pecho mío.




Oh cara luna a cuya luz tranquila

danzan las liebres en el bosque, dando

enojo al cazador, que a la mañana

halla intrincadas las falaces huellas

que del cubil lo alejan: ¡salve, oh reina

benigna de las noches! Importuno

entra tu rayo por selvosos riscos

o en ruinoso edificio, iluminando

el puñal del ladrón, que escucha atento

fragor de ruedas y de cascos duros

y rumor de pisadas en la vía,

y saliendo de pronto, con estruendo

de armas y roncas voces, y el ceñudo

aspecto, hiela al tímido viandante

a quien desnudo y semivivo, deja

entre las piedras. Importuno baja

también tu blanco rayo a las ciudades

sobre el vil corruptor que se desliza

de los muros al pie, y en las espesas

sombras se oculta, y párase y se asusta

de la luz que difunden los abiertos

balcones. Importuno a los malvados,

a mí siempre benigno, tu semblante

aquí será, do sólo me descubres 

risueñas cuestas y espaciosos campos. 

En otro tiempo, lleno de inocencia, 

tus bellos rayos acusar solía, 

cuando me denunciaban de los hombres

a la mirada, en la ciudad, o cuando 

ver me dejaban el humano aspecto.

Ora celebrarélos, ya te mire 

envolverte entre nubes, ya serena 

dominadora del etéreo campo,

esta morada mísera contemples. 

A menudo verásme, solo y mudo, 

errar por bosques y por verdes ribas, 

o yacer en la yerba, satisfecho,

si aún el poder de suspirar me queda. 








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