Aires de Libertad

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    Eduardo Jordá (1956-

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    Eduardo Jordá (1956- Empty Eduardo Jordá (1956-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 15 Mayo 2024, 11:46

    .


    Eduardo Jordá (Palma de Mallorca, 1956). Narrador, articulista, ensayista y poeta, «ha de ser tenido en cuenta como valor indiscutible de la literatura contemporánea» (Enrique Turpin, Qué Leer). Eduardo Jordá es uno de los mayores prosistas de su generación (Miguel Dalmau, La Vanguardia).

    (Sacado de https://www.lavanguardia.com/libros/autores/eduardo-jorda-19015 )


    *


    Algunos poemas de Eduardo Jordá:


    De La estación de las lluvias, Renacimiento+ (2001):


    DIEZ AÑOS YA

    Diez años ya, y ahora me pregunto
    qué fue de ti a lo largo de este tiempo.
    ¿Conociste a algún hombre comprensivo?
    ¿Volvió la paz? ¡Nació ya la hija que querías?
    ¿Encontraste una casa con un huerto?
    ¿Viste salir el sol tras las montañas
    que rodean un valle de avellanos?
    ¿Fuiste feliz alguna vez? ¿Y quién
    te hizo sentir como si fueses
    la mañana más bella de la tierra?
    Pero sé que es inútil preguntármelo.
    Ningún muerto nos dice a dónde ha ido.



    NADA MÁS

    Un niño que no sabe qué es la muerte
    y no teme a la vida ni a sí mismo;
    las sirenas que cantan en la noche,
    solas, en un océano de niebla;
    el amor que se mira en nuestros ojos
    durante unos segundos ya perdidos;
    una puesta de sol con los colores
    de dos abejarucos enlazados...
    No hay nada más. Son estas cosas leves
    la única eternidad que conocemos.



    WOMAN ON A METAL BED


    Despojos, uñas lívidas, un pie,
    un bombero estofado, dos mellizos
    que murieron a manos de su padre,
    antes de que él también se volara la cabeza.
    Aquí termina todo, sobre mesas de zinc
    que jamás son de mármol, como acaso
    hubiésemos querido. Carne inamovible
    aunque por dentro empieza ya a moverse.
    Carne deshabitada, carne que ya no es carne.

    La manguera golpea a una mujer
    de edad indefinible y cuerpo fofo,
    blanco como la grasa de ballena,
    a quien la eternidad no va a saciar, ni el vacío.
    "Se tomó cuatro cajas de pastillas",
    murmura el cuidador. Se ajusta el "walkman"
    y sigue con el chorro, sin mirar
    las pupilas de arcilla inescrutable,
    la sonrisa extenuada e indiferente,
    las mollejas rugosas de los pechos,
    y ese vientre abombado -una cúpula
    a punto de ceder-, habitado por larvas
    y por duende acuáticos. Así empezó la vida.

    ¡Oh, todo ya tan rígido y purpúreo,
    refugio del vacío y lo innombrable!
    Y el cuidador dirige la manguera
    al caracol aplastado, esa raja tan triste,
    envuelta en el plumón de un alimoche,
    que fue una vez el árbol de la vida.
    Y luego un bisturí abre este vientre
    como si fuera el vientre de los gansos;
    pero ahí no hay futuro que acertar.
    ni nada más que grasa de ballena,
    la hinchazón primigenia, el borboteo
    fétido del fugaz caldero humano.

    Lo sé, lo sé, pero antes de seguir,
    mi deber es deciros una cosa.
    Da igual lo que se ve, y ya no cuenta
    que una sierra esté hendiendo el esternón.
    Esta grasa sin nombre fue una vez
    amor vertiginoso para un hombre,
    la primera mañana del mundo para otro.
    Fue el cálido dolor de un largo parto,
    y fue misericordia para un niño,
    y sirvió de confianza para quien no creía
    en su propio talento. Y fueron ojos
    serenos de una noche de verano.
    Y fue la vida cuando al fin se vuelve
    una curva muy blanda, un sí, un destino.
    Haced lo que queráis con ella, echadla
    a un hoyo bajo el sol, o a un muladar
    inmundo de gaviotas y milanos.
    Nada podrá evitar que sea cierto.

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    Eduardo Jordá (1956- Empty Re: Eduardo Jordá (1956-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 15 Mayo 2024, 12:14

    .


    De Instante. Vandalia (2007):


    ORQUÍDEA

    Hay un hombre tendido en el arcén.
    Y un gorila con rifle deambula
    junto a un gran Volvo negro.
    Los pasajeros de un jeepney
    miran sin atreverse a respirar.
    A lo lejos, las brumas del volcán Makiling.
    ¿Un accidente? ¿Un crimen?
    "Very violent place, bum, bum",
    dice el taxista comiendo lanzones.

    Bajo del taxi y avanzo entre la gente.
    Un ruido de agua, el brillo de un arrozal,
    el letrero Fajardo's Garden.
    ¿Quién me llama, si nadie me conoce?
    Pero allí está la orquídea,
    junto al río que arrastra los despojos.
    "No te creas mejor que todos ellos",
    musita muy despacio su corazón violeta
    latiendo en la blancura.



    EL TORDO

    Lo habían atrapado en una red
    untada de materia muy viscosa.
    Desde el amanecer hasta la noche
    intentó desprenderse.
    Desde el amanecer hasta la noche
    quiso extender las alas
    y volar hacia el mar o las colinas.

    Cuando lo vi, miraba exhausto
    la luz agónica:
    su propia luz,
    su propio corazón,
    su propia vida.

    Quizá había volado desde Rusia
    o más lejos aún.
    Llevaba, sin saberlo, en su cuerpo agotado
    las estepas sin fin,
    las sombras movedizas de las nubes,
    el frío amanecer en un estanque,
    las estrellas, el sol, y las cien lunas
    del otoño y la siega,
    y el viento fatigado y el viento rabioso
    (y a los dos los había derrotado).

    Tenaz, muy orgulloso,
    lo intentó una vez más,
    aunque nunca llegó a extender las alas.

    Así murió. Y así quiero morir.



    UN SUEÑO EN PALESTINA

    Vi granjas bien cuidadas junto a un pozo.
    Vi caminos, vi escuelas. El viento era fresco.
    Se acababa septiembre, y los manzanos
    sufrían por el peso, como una embarazada
    subiendo una escalera. La luz ávida
    hacía que las casas flotaran en el aire
    cuando los niños iban al colegio.

    Ya no había soldados en los cruces.
    Ya no había tanquetas. El cemento
    del gran muro se había convertido
    en hileras de casas con jardín.
    Se oían las sirenas de los barcos
    atracando en el puerto. Los bañistas
    compraban sus helados, bromeaban,
    cruzaban sus apuestas. ¿Quién iba a conquistar
    a la bella Raquel o a la arisca Jamila?
    Las niñas, en las calles, se mandaban
    mensajes por el móvil. Y los niños
    jugaban al balón en un cuartel.
    Una vieja sin dientes era el árbitro.
    Los hombres conversaban. Las mujeres
    soñaban con comprarse un vestido de boda.

    En la esquina en que había muerto
    un niño acribillado a tiros, vi tres hombres
    con la cabeza gacha, respetuosos.
    Uno se santiguaba. Otro entonaba
    un desolado cántico judío.
    Y el otro susurraba: «Allah Akbar».



    EN LA BODA DE UNOS AMIGOS

    ¿Quién puede definir qué es el amor?
    Es posible que el cosmos sólo exista
    por un descabellado, inexplicable,
    absurdo acto de amor. Y nadie puede
    decir que ha estado vivo si no ha amado
    al menos una vez, perplejo, incrédulo
    y borracho de vida, invulnerable
    y a la vez tembloroso, como un niño
    que flota en un arroyo de agua oscura
    a merced de la luz y del instinto.

    Que el amor que hoy bendice esta ciudad
    de iglesias, sinagogas y mezquitas,
    nos haga respirar acompasados,
    ilumine la vida, y nos enseñe
    que nada vencerá a nuestra esperanza.
    Si perdura el amor, resucita cada día
    lo invencible que hay en nuestras almas.
    Si hay amor, nuestra muerte se avergüenza
    de venir a buscarnos, y vacila
    aunque sea un instante, y tiene miedo,
    y grita, y se enfurece, y se maldice.
    Si hay amor, recreamos este mundo,
    y es cierta la belleza, y retrocede
    el incontable horror, y la concordia
    se adueña de la vida en algún sitio.
    Si hay amor, el milagro está en nosotros
    y nosotros obramos el milagro.
    Y si hay amor, se levantan los muertos de sus tumbas.
    Y una estrella extinguida
    nos envía su luz.



    UNA LÁPIDA

    Hermógenes, querido de los suyos
    murió con ocho años, siete meses y catorce días.
    Nada fui. Nada soy.
    Tú que aún vives, come, bebe, juega,
    ven.

    Prueba, desconocido, a tocar estas palabras.
    Escucha cómo laten, cómo alientan.
    Hermógenes, que nada fue, y que mada será,
    come y bebe, y aún juega, y aquí viene.
    Acércate a su pecho, y sentirás su calor.

    Luego, desconocido, prosigue tu camino.
    Y come, bebe, juega.
    Ven.



    ESTANTES

    "El arroz, el azúcar, los tomates
    van aquí, las alubias a este lado,
    allá las aceitunas y el aceite".
    Mi abuela se pasaba muchas horas
    ordenando alacenas. La cocina
    debía estar en orden, porque el orden
    de un estante era el orden de este mundo.
    Había poca luz en su cocina
    y se oían las toses de una radio
    de alguien que vivía en otro piso.
    "Cuidado, pon la harina junto al pan",
    me advertía. Y así debía ser:
    nuestra felicidad dependía de ese orden.
    Y a ella le gustaba mantenerlo,
    como hace un ferroviario con los trenes
    en un país diezmado por la guerra.

    Y ahora eres tú quien ordena los estantes.
    Y yo, a tu lado, ayudo como puedo.
    Tampoco hay mucha luz en la cocina.
    Y suena, algunas tardes, una radio.
    A veces ladra un perro, y mientras ladra
    el mundo es otro perro enloquecido
    que contagia su rabia y su impotencia.
    "Pon los tarros ahí, junto al café",
    dices, y de repente hay un silencio
    grato como una noche de septiembre,
    y el alivio se instala entre nosotros:
    nuestra vida, creemos, está en orden,
    aunque esté ya encerrada en un estante
    con olor a humedad y a detergente.

    Y ya no es necesario que hables más.
    Sé muy bien lo que tienes que decirme:
    "Deja fuera el rencor, deja la cólera
    que siempre hace que el mundo se corrompa.
    Deja fuera la envidia, deja el ego
    a merced de la noche que se acerca.
    Deja fuera el orgullo desmedido
    que te convierte en títere de otros.
    Deja fuera el ladrido desquiciado
    que contagia tu rabia y tu impotencia.
    Deja todo eso fuera. Y aquí dentro
    guarda lo que nos salva y nos importa.
    Pon aquí la piedad, bien resguardada.
    Y la curiosidad que no vacile
    ni siquiera a la hora de la muerte.
    Y aquí la comprensión, allá la música
    de la misericordia que enaltece.
    La compasión va aquí, y allá el amor
    a la vida que a todos nos ensucia".

    Y yo lo hago. Y me siento más tranquilo.
    Y sé que soy feliz, como es feliz
    un niño cuando cuenta sus monedas.
    El orden de un estante
    es el orden del mundo.



    AQUÍ

    ¿Dónde estamos, Miguel? ¿Qué día es hoy?
    No había visto el sol de esta manera,
    brillando tan clemente y obsequioso,
    pero roza mi cara, y tu sonrisa
    me dice que también roza la tuya.
    ¿De dónde sopla el viento? Y esta hierba,
    ¿cómo es que crece aquí? Ya no sé nada,
    ni quiero ya saber ninguna cosa.
    Todo sobra, a no ser estos instantes
    que nos dicen que el sol está brillando
    y que el mundo ha dejado de dar vueltas.
    Respira, acércate, dame la mano.
    Y olvida a los que dicen que la muerte
    es la única certeza de la vida.



    PINTURA FLAMENCA

    Mientras el rey bebe, la reina
    le cambia los pañales a su hijo.
    Sobre el estanque helado, la urraca
    vuela alegre, y un viejo
    agoniza en la choza, bajo un álamo.
    Listo sobre el mantel de terciopelo,
    hay un plato de arenque
    (que brilla aunque ya está medio podrido).
    La vieja gobernanta ríe bajo su cofia,
    que no oculta su mueca de codicia.
    El perro amaestrado
    levanta las dos patas en la iglesia
    empapada de luz aguamarina.

    Sólo los maestros flamencos
    pintaron el aliento fétido de un duque,
    la mirada lasciva de un sirviente,
    los pechos rebosantes de una virgen dormida.
    Supieron que la luz era silencio.
    Y atraparon la luz
    con sumiso fervor,
    tal como perseguían a una joven,
    porque todos supieron ser silencio,
    y le dieron color y forma, y hasta un aroma
    a peltre y a baldosas limpias
    y a flores casi mustias.

    En los húmedos labios de la niña
    que duerme en esa cuna de madera,
    fíjate bien, la luz se ha convertido
    en una tenue aurora boreal.



    ÁLAMOS

    Los álamos, allí, cerca del puente.
    Míralos bien. Y haz tuyo su temblor
    que inflama los sentidos. Aprende de sus hojas
    que ríen al llorar, y lloran riendo,
    y hasta hablan con los muertos (ellas saben
    encontrarlos y hacer que cobren vida
    un instante en el aire). Con su luz
    -si sabes convertirla en un lenguaje-
    las palabras se tensan, y se incendian,
    y aprenden a volar, trasmutándose
    en una melodía que oímos sólo a veces,
    muy pocas, cuando vibra en el viento
    como el canto de un pájaro, y nos lleva
    hasta un lugar remoto, incomprensible
    -pero tan innegable como el júbilo-,
    donde creemos vivir en plenitud
    un instante quizá, pero infinito,
    porque se alumbran mente y corazón,
    como ocurre en la noche
    cuando la luz sedante de la luna
    inunda un campo helado.

    Los álamos, allí, cerca del puente.
    Míralos bien. Y haz tuyo su temblor
    hecho de hojas que cantan y sonríen.
    PoRque el viento muy pronto va a cambiar.
    Ya no habrá más temblor en estas hojas,
    ni luz carnal, ni pájaros, ni ritmos.
    Llegarán los aullidos de los lobos
    resonando en la nieve. Llegará
    el humo de las casas incendiadas,
    y el rechinar de dientes
    de unos viejos que tiemblan en un sótano.
    Llegarán las alarmas, las sirenas,
    los estampidos sordos en la aurora.
    Y las fieras banderas de los bárbaros
    -y ahora será cierto-
    avanzarán cubriendo el horizonte.


    EDUARDO JORDÁ


      Fecha y hora actual: Mar 21 Mayo 2024, 19:16