Aires de Libertad

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Andrés Sánchez Robayna (1952- Empty

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    Andrés Sánchez Robayna (1952-

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    Andrés Sánchez Robayna (1952- Empty Andrés Sánchez Robayna (1952-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 13 Mayo 2023, 06:31

    .


    Andrés Sánchez Robayna (Santa Brígida, Gran Canaria, España, 1952) es un poeta español. Es también ensayista y traductor de poesía.

    Biografía

    Nació el 17 de diciembre de 1952 en Santa Brígida (Gran Canaria). Comenzó los estudios de Filosofía y letras en la Universidad de La Laguna y en 1972 se trasladó a Barcelona para cursar la especialidad de Filología Hispánica en la Universidad de Barcelona,​ en la que se doctoró en 1977 con una tesis sobre la poesía de Alonso Quesada.​ Ha sido conferenciante y profesor en diversos centros y universidades de Europa y de América. Es catedrático de Literatura Española de la Universidad de La Laguna.

    En 1976 funda y dirige la revista Literradura (Barcelona),​ de la que salieron doce números. En1983 funda la revista Syntaxis que se publicará durante diez años en (Tenerife) hasta 1993.​ Fue director de la sede canaria de la Universidad Internacional Menéndez Pelayo, así como director del Departamento de Debate y Pensamiento del Centro Atlántico de Arte Moderno (CAAM), de Las Palmas de Gran Canaria, a raíz de su fundación. Dirige el Taller de Traducción Literaria de la Universidad de La Laguna.

    (Sacado de https://es.wikipedia.org/wiki/Andr%C3%A9s_S%C3%A1nchez_Robayna )


    *


    Algunos poemas de Andrés Sánchez Robayna:


    De Clima (1972-1976):


    EL DURMIENTE QUE OYÓ LA MÁS DIFUSA MÚSICA

    Las delicadas espaldas del sueño
    remontan rojas el océano,

    nubes de densidad calurosa
    al extremo del día abovedado,

    el mar en esta brisa de verano.
    La más difusa música, en el sueño,

    la visión más intensa,
    las olas prolongadas y el sol y los pinos

    giran con esas olas y ese aire que él sueña.
    Las nubes son su espalda.

    Ni el sol ni la mañana serán ya que para él
    un sol o una mañana o un azul ilusorios.




    De Tinta (1978-1979):


    EL VASO DE AGUA

    A Ramón Xirau

    El vaso no es una medida. El vaso en pleno mediodía. El vaso es de un cristal ligero, muy delgado, delicadeza medida, estancia bajo el sol. El vaso de agua es un ensayo de quietud.
    El sol bebe con un sorbo invisible. El sol sin uñas, quieto y rasgado.
    El vaso está en reposo bajo el sol. Y bajo la mirada, erguido y soleado. El vaso es la mirada. El vaso quieto bajo el sol rasgado.
    Todo sucede en una ausencia. El vaso de agua estaba. Pero puedo dejar de pensar en lo que miro o escucho. Puedo dejar de decir lo que miro o escucho. Sólo existe la verja de hierro recorrida por flores perezosas, el aire quieto, la terraza a esta hora crecida y plena.
    El sol confluye aquí y allá, y presencia y ausencia son formas giratorias. En la terraza del sol quieto y vacío una hoja dibuja su sombra y ésta le devuelve su presencia, y la luz entra y sale del vaso de agua abatido por sombras dispersas, y el sol busca pulsar cada cosa, y todo le devuelve su ser —y cuando se detiene sobre el vaso, luz recta y presencia obediente, el vaso no echa sombra alguna sobre la mesa de la terraza de quietud.



    FLUYE, FLUYE SIN FIN...

    Fluye, fluye sin fin, oh tejido invasor, oh red que ciernes. Fluye secamente de toda ausencia oscura. Fluid, rayos extensos, sobre los arenales. Salid densamente de la ausencia, sed, ahí, llamas en el trono del ojo. Oigo como un murmullo en las dunas del fondo y aún no hay hojas ni pasos ni pensamientos en los pasajes del espacio sediento. Que venga rumor de fibras y de lacas en la hora altiva sobre los médanos. Ahí están los maderos, los corchos y las planchas de cobre bajo el cielo segmentado y rodante, y las olas, y el polvo; también ellos te aguardan. Da, luz, tu paso entero. Llégate hasta la lengua que jadea. Sé el agua de esta nada.



    LA LUZ

    La luz (un paso
    maduro
    .................................................sobre la arena y su himno oído
    cae

    en las líneas del mar la puntuación de pájaros entre pirámides
    de arena los ojos leen los márgenes heridos ya no hay pájaros
    página pirámides que el sol levanta hacia la nada
    sobre la luz leída




    De La roca
    (1980-1983):


    EL VASO DE AGUA

    El vaso no es una medida
    sino su estancia solamente

    una terraza pide al sol:
    sólo la luz en que se basa

    más alto el vaso no es más alto
    ni menos hondo si se alza

    terraza alta en su mañana
    o luz altiva ya le bastan

    lo que reposa en él reposa
    sin ser más cosa que mirada



    MESA Y NARANJAS

    las líneas de la mesa
    interrumpidas por naranjas

    dispuestas en un plano
    sobre la luz del cuarto blanco

    abajo el mar se tiende
    bajo la mano de los elipses

    la luz inunda el cuarto
    y las naranjas se acumulan

    sobre la luz que entra
    y que se tiende en la blancura

    de este cuarto y el plano
    de las naranjas y la mesa



    TRIÁNGULO

    I

    avenida de
    aves:

    el sol
    sellado sobre

    el agua el
    golpe

    del aire
    entre el

    ave y la
    página

    II

    diccionario de
    sal de

    guijarro y
    sol de

    agua que se
    retira entre

    guijarros
    el

    diccionario del
    sol

    II

    avenida de
    aves:

    sones
    sobre blanco:

    oye
    el son y el sol
    blanco



    TAMBOR

    sonidos sobre este
    tambor:

    ........blanco de
    ........cal

    ........pared
    Vde luz

    ........cernícalos
    ........en
    ........el
    ........papel del
    ........aire:

    brotan
    la
    luz
    caliza

    ........y uno y otro
    ........cernícalo



    ELOGIO

    (Eduardo Chillida,
    Elogio de la luz)

    I

    Tú bajas a
    las lúcidas
    habitaciones de la piedra

    madre
    o mármol
    de la misma materia
    de la luz

    bajas
    y habitas entre
    la piedra transparente
    tras-
    pasada
    piedra pulida
    lúcida

    dura
    luz tras-
    minada

    bajas
    a lo alto

    II

    Bajas

    minero
    en la uniforme luz

    ex-
    tensa luz mineral
    te espera

    enciendes
    como el minero oscuro
    lo mineral

    bajas
    al alabastro
    al astro
    blanco

    bajas
    a la iluminación




    De Palmas sobre la losa fría (1986-1988):


    LA ESTRELLA

    Non dormía e cuydava

    Pedr' Eanes Solaz

    Cruzó, fugaz, la estrella, y en la hierba
    dejó un rastro de luz. La casa blanca
    en medio de la noche supo sólo
    el latido, el fulgor entre los árboles.

    Tú dormías. La grava silenciosa
    se llenaba de noche, la bebía
    en las negras aristas, en sus poros
    de oscuridad de piedra absorta, amada.

    Grava fulmínea, ahora en silencio yerto
    junto a la casa a oscuras. Los aleros
    daban sombra de luna, fría, fresca
    sombra en las losas grises que miraba

    desde el salón al mar, que se extendía
    como otra losa gris, iluminada.
    Salí a esa sombra, hasta las jardineras
    tocadas por el soplo de la noche,

    el aliento invisible, aire desnudo
    de sí, de mí, sobre el geranio a punto
    de arder. -No vi el geranio en llamas
    fijo en la oscuridad, vi la inminencia

    de una cerrada combustión, la acacia
    y su ceniza más allá del tiempo,
    el ramaje y el cuerpo, tu sonrisa
    entre la luz de enero y el reposo

    del mar abajo, también él desnudo.
    La luna sobre el muro blanco teje
    sombras de ramas, y el helecho umbrío
    se ofrece grácil, habla con la sombra.

    Fui por la hierba hasta las agitadas
    acacias, hasta el muro, y una calma
    llenaba el aire aun en la agitación
    y en la inquietud de los ramajes, clara

    calma en la hierba, y contra el muro puse
    la mano en su quietud. Tocaba el mundo.
    Tocaba un orden, una calma, el aire
    entre el mar y la acacia, y recordaba

    tal vez la luz y su destino oscuro.
    Entré. Volví a mirar la hierba, el cielo,
    la casa silenciosa. Allí tu cuerpo

    Pedro Casas Serra
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    Andrés Sánchez Robayna (1952- Empty Re: Andrés Sánchez Robayna (1952-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 13 Mayo 2023, 07:47

    .


    De Fuego blanco (1989-1991):


    LA ABUBILLA

    En la hierba del cielo, o de los mundos,
    el animal levanta el vuelo breve,
    la cabeza incendiada, el cuerpo astuto,
    la cresta reflejada por los charcos del tiempo.

    Lo vi en días de luz que no regresa,
    pero un niño regresa. Un niño, ahora,
    cuida su pata herida junto a una casa blanca,
    en el tiempo sin tiempo y en el no de la luz.



    UNA PIEDRA, MEMORIA

    Adónde, dices
    ahora, aquellos pasos
    por lo desconocido, en la primera soledad.

    Latitud de las parras, allá lejos.

    El sol final abría su costado remoto
    sobre las piedras, en las hojas,
    en un último sueño, el final del verano.
    Atardecía,
    era otra tierra, acaso más oscura,
    la tierra roja, sí,
    como si algún rescoldo del origen
    aún respirase en ella,
    más allá, al fin de toda impermanencia,
    como a lo lejos.

    Arcana luz,
    suspensión de los soles sobre los platanares.

    Era
    cuanto de cierto ardía en lo invisible.
    Era sólo la luz,
    como vacía, y como si alcanzase
    a ver su arder oscuro
    en los helechos, en el cielo,
    sobre la tierra. Luego,
    volver de allá, sobre los mismos pasos,
    pero ya, lo sabía, irrepetibles.
    La casa
    fue siempre cosa de la luz.
    Desde aquel día supo de la sombra, o su signo.

    Allá quedó, sobre una piedra,
    inscrita en lo remoto, bajo la luz herida,
    una señal para el verano, el fin, junto a las parras,
    el fin que era un origen,
    A., septiembre, los soles, sobre una piedra extrema.



    UNA HOGUERA Y EL CENTRO DE LA MUERTE

    I

    Un rito de febrero llega ahora
    hasta el fondo del aire: queman ramos
    de eucalipto, camino de la casa.
    El aire sabe de ese olor, y sopla
    las brasas leves, laten en el cielo
    los reflejos del gris en nubes bajas
    copiando la ceniza que ya cae,
    abatida, completa, se diría
    cumplida por los círculos terrestres.

    Arden las hojas secas, otro soplo
    del viento vuelve a remover las ramas
    expectantes. Volvían a la tierra
    como ceniza temblorosa, junto
    a la trevina, por los matorrales,
    bajo el estrago de febrero.

    Tierra,
    en el enigma de las hojas,
    en el enigma de la luz, que es
    la misteriosa sombra del ramaje
    en nuestro rostro, ¿qué mirada puede
    contemplarte un momento sin que vea
    arder, sobre los ramos de eucalipto,
    al fondo de los ojos, esos mismos ojos,
    el cuerpo todo? Ardíamos.

    El cielo atormentado,
    la hierba como en un postrer destello,
    en la masa solar, la luz quemada,
    parecían cruzarse, cifrarse por los rostros.
    y en torno, el olor de la tierra, indescifrable,
    en un viento de astillas, y que soplaba, roto,
    otra vez, sin piedad, por la tierra desnuda.

    II

    Y la zarza, en la aurora, ¿presentía
    el incendio del cielo? Nubes rojas,
    y el hosco crepitar de ramas vivas,
    la combustión del aire que llegaba
    hasta el muro, la luz que ennegrecía
    el árbol estuoso, y el temblor
    de una tierra entregada a la ceniza,
    a la llama, estertores de la hoja
    que brilló sola en junio y ahora yace
    arqueada, en los grises del cielo,
    y la cal de la muerte que nos mira
    desde aquel muro, ¿habían presentido
    la brasa, el borde negro de los fuegos?

    Tierra, que una luz abandona,
    tu soledad eleva una copa sagrada,
    un vaso de humo negro hasta el temblor
    de la zarza en la aurora, y de la rama
    que cruje en el estrago, en la tormenta.

    III

    El pájaro, en las cercas del invierno,
    por el alambre, por los muros grises,
    o por la piedra, o por la rama, arriba,
    su grito oscuro, alzado entre la hierba,
    en dos silencios, entre brumas.

    Dos pausas de silencio y, luego, el grito
    oscuro, sí, se alzaba y se entregaba,
    se abría paso hasta la tierra,
    un canto hasta las hojas silenciosas,
    hasta el último ardor, un canto oscuro,
    incomprensible, dije, hasta el silencio,
    el último silencio que el pájaro iba a oír.

    ¿Incomprensible? Nada,
    entre lo audible y lo inaudible
    entre lo oído y el oído
    entre el silencio y lo que oímos
    un canto oscuro, nada más
    escuché por la hierba, un canto oscuro.

    IV

    Tierra, ¿nos prometiste, alguna vez,
    acaso, algo distinto de ti misma?

    El fuego prende ahora en la hojarasca,
    y se ennegrece el cielo, y por los muros
    la lobelia se yergue, casi azul,
    almenada en su brote deslumbrado.
    El matorral, y la trevina pobre,
    se alzan en la luz última, y decimos
    que todo nacimiento y toda muerte
    latían en el fuego. Fue tu sola
    promesa arder junto a la flor,
    como nosotros, tierra de inminencia,
    sin comprender, camino de la casa,
    nada distinto de ti misma, oscura
    tierra de enigma, tierra de sacrificio.

    La misteriosa sombra del ramaje
    en nuestro rostro. Vimos
    la sombra y la ceniza,
    una forma, tal vez, del destino en la hierba
    entregado en la forma de la brasa,
    en el borde del fuego, y en los nudos
    negros de la ceniza el otro resplandor,
    el del brillo en las hojas, nuestra muerte,
    el oro de la hoja en otro tiempo,
    ahora entregado y ya cumplido,
    solo, sobre los círculos terrestres.



    LAS PRIMERAS LLUVIAS

    La tierra de que hablo, hacia noviembre,
    conoce el viento. Llega, desde el este,
    hasta los arenales como un ave sedienta,
    soplas las aguas negras. Esta noche
    removió los postigos mal calzados
    y agitó la palmera. En los cristales
    chillaba como un pájaro perdido.

    Dibujará en la grava algún signo remoto,
    y veré casi al alba las huellas del fragor
    sobre los restos del volcán, el naufragio nocturno.
    Será un signo de nuestra vida, un eco,
    ya inerte, de la tromba del cielo, que ignoramos,
    querré leer en él, y será como unir,
    nuevamente, las hojas resecas para un fuego.

    ¿Qué nos aguarda, puro, en el estruendo,
    en el pico del ave enhebrando los mundos
    de cuanto conocemos e ignoramos? Seguimos
    recogiendo las hojas, y veremos
    en la rama quebrada una imagen posible
    del estertor del cielo, anoche, entre las nubes
    aún grises a esta hora temblorosa.

    Nada, ni tan siquiera el viento que rompía,
    de madrugada, contra los postigos,
    contra la grava, oscuro contra oscuro remoto,
    podrá decir el signo, en la ignorancia.
    Saber de un no saber, ni siquiera el sentido
    de la ignorancia, ahora que las gotas resbalan
    sobre el cristal, sobre la transparencia.




    De Sobre una piedra extrema (1992-1995):


    LAS NUBES


    Pasan las nubes blancas. En la tierra
    indescifrable, el matorral oscuro,
    la fijeza del tojo. Arriba, el cuerpo errante
    del cúmulo en el nudo de la luz.

    Pasar, como las nubes,
    los cielos arrasados del verano tardío,
    atravesar la claridad, herido,
    en los ojos dolor, un cardo entre las manos.



    MÁS ALLÁ DE LOS ÁRBOLES

    I

    Aquellas hojas,
    enormes, ¿qué decían? Un lenguaje
    parecían formar con su rumor, una lengua
    que debía aprender, hecha de grumos.

    Eran las espesuras removidas
    por el viento, allá lejos.

    Yo acudía al ramaje, a las hojas que hablaban.

    II

    Cuántas veces las vi agitarse, solo,
    en escapadas, para estar con ellas,
    para oír, otra vez, los golpes silenciosos,
    el viento de la tarde
    en los nudos, las yemas de los árboles.

    Pero quién escapaba o creía escapar,
    si los árboles eran solamente otro espacio
    de lo inasible, de cuanto queda como suspendido
    por sobre la materia del mundo,
    lo no visible y, sin embargo,
    acaso más real que la piedra que existe. Allí,
    bajo el ramaje, me sentaba, entre piedras
    dispersas, por la hierba,
    sobre la tierra, cifra de los mundos.

    III

    Aquella era la lengua de las hojas, la lengua
    del irrequieto fondo de la luz.

    ¿Lengua, lenguaje,
    digo? ¿Una palabra
    más allá del lenguaje, eso buscaba?

    Solamente más tarde iba a saberlo,
    cuando el lenguaje habló, y tan sólo
    llegó el lenguaje a ser la destrucción
    de cuanto conocía. Y era, al mismo tiempo,
    la construcción de todo. Yo volvía
    otra vez a los árboles, aún
    no sabía del lenguaje sino sólo su enigma.

    IV

    El ramaje extendido,
    la hierba, como un afloramiento
    del interior del mundo, las raíces
    de lo visible, los arbustos, el aire,
    eran una llamada del lenguaje. Y eran
    una llamada de más allá de él, como si aquella luz
    hablara de otro mundo, siendo el mundo mismo.
    Cruzaba el aire, removía
    la espesura, la sombra, vibración,
    allí, de cuanto existe, en los instantes
    que dicen lo visible y lo invisible.

    Ahora, el niño que oyó
    la lengua de las hojas
    puede decirle a otro
    que bajo los ramajes, entreabiertos,
    hablan los mundos, laten los lenguajes.

    V

    En las hojas sagradas cae la luz del tiempo,
    las recorren los cauces diminutos del agua,
    el aire las envuelve con manos que atesoran,
    es el fin y el origen, es el fuego del tiempo.

    VI

    La tierra, sí, se entrega,
    parece levantarse hacia las hojas
    que hasta ella regresan, desde el aire,
    y con ella se funden, como el hálito
    se funde con la tierra y los ramajes.

    VII

    Vamos hasta los árboles, te dije.

    Sé que te gusta
    extraviarte, y a veces me lo pides
    tirando de la mano, apresada,
    como apresada por la luz toda mano requiere
    ir hasta su deseo, llegar a conocer,
    aun si el conocimiento no es sino el umbral
    de otra ignorancia, acaso, vacía de sí misma.

    VIII

    Acércate a los árboles, verás
    y podrás escuchar que no existe un silencio
    más poblado de voces, que parecen
    alzarse desde el suelo hasta otro espacio. Allí,
    el aire claro dice el mundo y cuanto
    se extiende sobre él y, sin embargo,
    es él mismo, la lengua de la tierra,
    la promesa de que bajo el ramaje
    podrás oír el rumor, tomar la mano
    pura de lo visible, cuando los mundos te parezca
    que se disipan, cuando la propia luz
    se acerque hasta los bordes del tormento
    de la luz, y sea sólo oscuridad.

    IX

    Acércate a las hojas, llégate hasta el rumor.

    Niño,
    ese cuerpo inasible que contemplas
    late sobre esta hierba, en estas piedras,
    fin y origen. Que el aire
    que traspasa las hojas vuelva hasta aquí de nuevo,
    y que esa lengua sea la del cuerpo del mundo.

    Escucha de esa boca cuanto hay
    más allá de los árboles.



    DESEO DE VERANO

    El verano alumbró las laderas de nuevo,
    con otro sol más puro cegó las hondonadas,
    incendió la morera. Sobre el torso del día
    dejó sus secos signos, el fuego material.

    Ave, sobre la tierra desnuda del verano,
    muestra tu sombra breve. En el aire callado,
    o en el solo susurro de incesantes abejas,
    enséñanos tu vuelo contra la eternidad.



    A THOMAS TALLIS

    I

    Otra vez esas voces, ese cántico,
    claro y oscuro a un tiempo. ¿Cómo,
    sin extraviarse, pueden regresar
    las voces a su centro, a la alegría

    ilimitada? Lo que escucho, de nuevo,
    es el Spem in alium,
    un canto alzado hasta la transparencia
    de la voz, como si el solo hálito

    contuviera el fervor de las criaturas,
    como si ya las voces se entregaran
    a un solo fluir, y pronunciasen
    cielo y tierra, fundidos en la sonoridad.

    Sabes, pues, que la música puede
    llevarte, como herida irrestañable,
    hasta la ola de lo perpetuo, hasta el centro
    de ti mismo y del mundo, ya fundidos.

    Y como heridos quedan los mundos impalpables,
    la ola sobre el cielo, que desciende
    hasta la tierra, desde donde se alza
    la música de nuevo, inextinguible.

    II

    ¿Puede extinguirse, acaso, el eco
    de estas voces? ¿Podría
    extinguirse el origen de toda claridad
    de donde toda luz procede? Cuando

    la grabación acaba, todavía resuena
    la ola sin estruendo, y nos parece
    oír el silencio de otro modo, un silencio
    más profundo en el cuarto casi a oscuras,

    las olas del origen sobre el mundo.
    Sólo entonces, callado, sé decir:
    Gracias, voces palpables, indecibles
    voces celestes, gracias, Thomas Tallis.




    De El libro, tras la duna (2000-2001):


    I

    Ahora,
    en la mañana oscura del desceñido octubre,
    en que, umbroso y en calma, yace el mar
    entregado a la pura aquiescencia del cielo,
    al deslizarse de las nubes blancas
    que un gris ya casi mineral golpea,
    marmóreo, dilatado,
    ahora,
    mientras el tiempo gira
    a punto de ser siempre alumbramiento,
    sin dar a luz más que el instante cierto
    y siempre tembloroso,
    y damos vueltas en su vientre ciego,
    y entrega solamente
    un puñado de arena
    que vemos escurrirse entre las manos,
    mientras un niño juega,
    después de echar los dados,
    ahora,
    sólo ahora,
    el comienzo
    comienza.

    II

    Todo comienzo es ilusorio.
    Todo comienzo es sólo un enlazarse
    del principio y del fin en la cadena
    del tiempo, es el instante
    en que creímos ver el nacimiento
    y el nacimiento es sólo un acto
    de lo incesantemente renacido
    —es decir, estas líneas semejan un comienzo
    pero el comienzo surge a cada instante,
    como la lluvia que esta tarde
    vi caer sobre el mar
    y esta tarde es tan solo una tarde del tiempo que renace
    en un eterno recomienzo
    y la lluvia y la tarde se han hundido en el tiempo
    en el que ruedan siempre las nubes agolpadas
    sobre los mármoles celestes

    y la línea inicial es un comienzo
    y la línea final será un comienzo.

    III

    Allí, en aquella parte
    del libro que se abre
    de la memoria mía, escucho
    un rumor de arboledas, un barranco interpuesto
    entre laderas altas en las que recorría
    las piedras, las veredas,
    la tarde en la que, solo, me alejé de la casa
    y grabé en una piedra,
    bajo los cielos cómplices,
    la inicial de mi nombre
    para dejar señal
    del nombre y su secreto.

    Y los cielos copiaban
    el color de la tierra.

    IV

    Me seguía un perrillo
    hambriento y fiel. Yo era
    fiel también a sus pasos, y no sabría decir,
    ahora, quién seguía
    a quién. Y exploraba con mi hermana,
    o con algún amigo, y muchas veces solo,
    los pasajes del fuego sediento, el verano
    en las bellas laderas, o los felices charcos
    del otoño insular. En lo más alto
    de los árboles hice un mirador
    sobre la casa y sobre los caminos
    que hasta ella llevaban, la camisa
    manchada por el níspero de julio
    y con tierra en las manos, descalzo
    sobre la tierra húmeda y rojiza.

    ¿Podré decir, así, que el cielo
    como manto allá arriba protegía
    con su extendida claridad mis pasos?
    Amada tierra de esplendor, cavé
    desde entonces en ti, y en ti me acogerás.

    V

    Cada día, una página
    del desplegado libro de la luz
    se entregaba a mis ojos. ¡Fulgurante blancura
    pisada por los pasos del niño que corría
    sobre los médanos solares!
    Luego, sobre la hierba, restañaban
    las heridas manantes.

    Oh renacida claridad,
    aprendí pronto a amar, cerca de los naranjos,
    la pedrería de la luz, el sol
    cortado por las hojas en la hierba,
    multiplicados soles diminutos
    en el agua sencilla, en el estanque
    y en las claras acequias. Aprendía.

    VI

    Los pies desnudos en la tierra, sobre
    las uvas para el vino de noviembre,
    sobre las piedras del barranco seco,
    sobre la luz y su deshacimiento.

    El pie dejaba
    su huella por los mundos, se manchaba
    con el limo solar. En las acequias
    se lavaba tan solo
    para poder ser uno con el sol.

    Pisaba el pie la luz.

    El sol tenía
    la anchura del pie humano.

    VII

    El rumor de los árboles
    y su texto infinito se escribían
    con negros caracteres en el ojo
    del sol. Y desde allí,
    en remolino prieto, resbalaban
    cayendo en la mirada como una fundición
    de oro y hojas exactas
    sobre el punto del iris.

    Oh desasida claridad,
    echado sobre el césped contemplaba
    la avalancha solar, el aluvión
    suave de nuestra luz
    abrazando los mundos. Yo habitaba
    en las torres del sol.

    VIII

    ¿Era Sirio o Capella, Vega o Pólux?

    Cuántas veces la vi temblar, arriba,
    tras las montañas que tomaba
    la espesura nocturna, entre las hojas
    vibrátiles de abril, o echado yo,
    las manos en la nuca,
    por la arena de agosto,
    sobre la lenta duna que aún guardaba el calor,
    y cuántas veces quise
    penetrar por su nombre en el secreto
    silabario del cielo,
    y saber la palabra que escribían
    las luminarias renacientes, claro
    secreto escrito en el fulgor supremo,
    en la curva estelar del cielo tembloroso.

    IX

    Rosa carnal del risco, oscuro nudo
    de pétalos que abrazan los soles y las lunas
    y los aires que soplan desde el mar atezado,
    animal que reposa: mira pasar a un niño.

    Tú que fuiste mirada y que gobiernas
    las horas y los días y las noches
    en lo invisible que renace, mira
    a un niño abandonar tu paraje aterido.

    Míralo despoblar tu reino absorto,
    dejar tu compañía para siempre,
    el grácil contubernio. Un niño deja
    el exento país entre el gorrión y el góngaro.

    X

    Comenzaba a saber
    (pero sólo del modo en que ignorarlo
    es una forma de conocimiento)
    que, al igual que el silencio
    ha de ser una parte del decir, que al igual
    que la visión del cielo
    forma parte del cielo,
    una nube interior, muy parecida
    a la que fluye quieta en la mañana
    hecha de transparencia entrecruzada,
    se alza hasta la visión
    de la nada que somos, y que es todo.
    Y la visión del hombre
    se llega a transformar en la experiencia
    de esta nada que está en ninguna parte.
    Es una nube. Sólo
    años después sabría que su nombre,
    entre otros nombres justos que la llaman
    y el nombre conseguido de los nombres,
    es la nube clarísima
    del no saber, la nube
    interna del amor
    y la contemplación. Es una nube
    oscura y clara a un tiempo,
    hecha de cegadora oscuridad.

    Por este tiempo comencé a sentir
    la sombra de esa nube
    ante mí, precediendo
    a menudo mis pasos,
    y seguirla fue a veces
    un acto de inocencia.
    Era sólo una sombra, y ya sentía
    su potestad, con todo.
    Aquella nube, aquella
    sombra del no saber era un saber.


    ANDRÉS SÁNCHEZ ROBAYNA, En el cuerpo del mundo. Obra poética (1970-2002)

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    Andrés Sánchez Robayna (1952- Empty Re: Andrés Sánchez Robayna (1952-

    Mensaje por cecilia gargantini Lun 15 Mayo 2023, 14:58

    Me parecieron muy interesantes los poemas al vaso de agua, la luz, las naranjas...descripciones de algunas cosas mínimas, que nos acompañan a diario.
    Muy creativo también el abordaje de "Triángulo".
    Gracias Pedro, Besosssssssssss
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    Andrés Sánchez Robayna (1952- Empty Re: Andrés Sánchez Robayna (1952-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Mar 16 Mayo 2023, 04:24

    Gracias a ti por tu interés, Cecilia.

    Un abrazo.
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