Aires de Libertad

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    CLARICE LISPECTOR II - Página 3 Empty Re: CLARICE LISPECTOR II

    Mensaje por Maria Lua Lun 27 Feb 2023, 08:30

    19 de abril de 1969

    ENTREVISTA RELÁMPAGO A PABLO NERUDA (FINAL)

    —¿Escribir mejora la angustia de vivir?
    —Sí, naturalmente. Trabajar en tu oficio, si amas tu oficio, es celestial. Si no, es infernal.
    —¿Quién es Dios?
    —Todos, algunas veces. Nada, siempre.
    —¿Cómo describe a un ser humano lo más completo posible?
    —Político, poético. Físico.
    —¿Cómo es una mujer bonita para usted?
    —Hecha de muchas mujeres.
    —Escriba aquí su poema predilecto, por lo menos predilecto en este preciso momento.
    —Estoy escribiendo. ¿Puedes esperarme diez años?
    —¿En qué lugar le gustaría vivir, si no viviera en Chile?
    —Créeme tonto o patriótico, pero ya hace algún tiempo escribí en un poema:
    Si tuviera que nacer mil veces
    Allí quiero nacer.
    Si tuviera que morir mil veces
    Allí quiero morir…
    —¿Cuál fue la mayor alegría que tuvo por el hecho de escribir?
    —Leer mi poesía y ser oído en lugares desolados: en el desierto a los mineros del norte de Chile,
    en el Estrecho de Magallanes a los esquiladores de ovejas, en un galpón con olor a lana sucia, sudor
    y soledad.
    —¿Qué precede en usted a la creación, la angustia o un estado de gracia?
    —No conozco bien esos sentimientos. Pero no me crea insensible.
    —Diga algo que me sorprenda.
    —748.
    (Y realmente me sorprendí, no esperaba una armonía de números).
    —¿Está usted al corriente de la poesía brasileña? ¿A quién prefiere en nuestra poesía?
    —Admiro a Drummond, Vinícius y a aquel gran poeta católico, claudelino, Jorge de Lima. No
    conozco a los más jóvenes y sólo llego a Paulo Mendes Campos y Geir Campos. El poema que me
    agrada es Difunto, de Pedro Nava. Siempre lo leo en voz alta a mis amigos, en todos los lugares.
    —¿Qué piensa de la literatura comprometida?
    —Toda literatura es comprometida.
    —¿Cuál de sus libros le gusta más?
    —El próximo.
    —¿A qué atribuye el hecho de que sus lectores lo consideren el «volcán de América Latina»?
    —No sabía eso, tal vez ellos no conozcan a los volcanes.
    —¿Cuál es su poema más reciente?
    —Fin del mundo. Trata del siglo XX.
    —¿Cómo se procesa en usted la creación?
    —Con papel y tinta. Por lo menos ésa es mi receta.
    —¿La crítica construye?
    —Para los otros, no para el creador.
    —¿Ya escribió algún poema por encargo? Si lo hizo haga uno ahora, aunque sea muy corto.
    —Muchos. Son los mejores. Éste es un poema.
    —¿El nombre Neruda fue casual o inspirado en Jan Neruda poeta de la libertad checa?
    —Nadie hasta ahora logró averiguarlo.
    —¿Cuál es la cosa más importante en el mundo?
    —Tratar de que el mundo sea digno para todas las vidas humanas, no sólo para algunas.
    —¿Qué es lo que más desea para usted mismo como individuo?
    —Depende de la hora del día.
    —¿Qué es el amor? Cualquier tipo de amor.
    —La mejor definición sería: el amor es el amor.
    —¿Ha sufrido mucho por amor?
    —Estoy dispuesto a sufrir más.
    —¿Cuánto tiempo le gustaría quedarse en el Brasil?
    —Un año, pero dependo de mis trabajos.
    Y así terminó una entrevista con Pablo Neruda. Ojalá hubiese hablado más. Yo podría
    prolongarla casi indefinidamente, incluso recibiendo como respuesta una única flecha de respuesta.
    Pero era la primera entrevista que él daba al día siguiente de su llegada, y sé qué cansadora puede
    ser una entrevista. Espontáneamente, me dio un libro, Cien sonetos de amor. Y después de mi
    nombre, en la dedicatoria, firmó: «De su amigo Pablo». Yo también siento que él podría convertirse
    en mi amigo, si las circunstancias lo facilitaran. En la contratapa del libro dice: «Un todo
    manifestado con una especie de sensualidad casta y pagana: el amor como una vocación del hombre y
    la poesía como su tarea».
    He ahí un retrato de cuerpo entero de Pablo Neruda en estas últimas frases.





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    Mensaje por Maria Lua Lun 27 Feb 2023, 09:02

    26 de abril de 1969


    LIBERTAD


    Hubo un diálogo difícil. Aparentemente no quiere decir mucho, pero dice demasiado.
    —Mamá, sácate ese cabello de la frente.
    —Es un poco del flequillo, todavía.
    —Pero así quedas fea.
    —Tengo el derecho de ser fea.
    —¡No lo tienes!
    —¡Sí lo tengo!
    —¡Digo que no lo tienes!
    Y así fue que se armó el clima de pelea. El motivo no era fútil, era serio: una persona, mi hijo en
    este caso, me estaba cortando la libertad. Y yo no lo soporté, ni viniendo de un hijo. Sentí ganas de
    cortarme un flequillo bien espeso, que cubriera bien toda la frente. Tuve ganas de ir a mi cuarto, de
    trancar la puerta con llave, y de ser yo misma, por más fea que fuera. No, no «por más fea que fuera»:
    yo quería ser fea, eso representaba mi derecho total a la libertad. Al mismo tiempo sabía que mi hijo
    tenía sus derechos: el de no tener una madre fea, por ejemplo. Era el choque de dos personas
    reivindicando —¿qué, al final? Sólo Dios sabe, y quedémonos aquí.


    EN GRECIA


    Muy tarde en la noche llamé por teléfono a una amiga y le dije:
    —Ve hasta la ventana y mira que la Luna llena está brillando sobre la Acrópolis.
    Ella dijo con voz de sueño:
    —Ya vi la Acrópolis, está bella, bien en lo alto, en todo su esplendor.
    Yo dije:
    —Ahora, gírate de costado y duerme bien.
    Terminaré en Grecia, y a la luz de la Luna.


    CHARLATANES


    Un amigo mío dice que en todos nosotros existe un charlatán. Estoy de acuerdo. Siento en mí la
    charlatana acechándome. Sólo no vence, primero porque no es realmente verdad, segundo porque mi
    honestidad básica hasta me repugna. Hay otra cosa que me acecha y me hace sonreír: el mal gusto.
    Ah, las ganas que tengo de ceder al mal gusto. ¿En qué? Pues, el campo es ilimitado, simplemente
    ilimitado. Va desde el instante en que se puede decir la palabra equivocada precisamente cuando
    peor caería, hasta el instante en que se dirían palabras de gran belleza y verdad cuando el
    interlocutor está desprevenido y se llevaría un susto de incomodidad, y después quedaría el silencio.
    ¿En qué más? En vestirse, por ejemplo. No necesariamente lo obvio del equivalente a plumas. No sé
    describirlo, pero sabría usar un mal gusto perfecto. ¿Y en escribir? La tentación es grande, pues la
    línea divisoria es casi invisible entre el mal gusto y la verdad. E incluso porque, en materia de
    escribir, peor que el mal gusto es un cierto tipo horrible de buen gusto. A veces, de puro placer, de
    pura búsqueda simple, ando sobre la línea floja.
    ¿Cómo es que sería charlatana? Lo fui, y con toda sinceridad, pensando que acertaba. Soy
    abogada, por ejemplo, y con eso me engañé a mí y a los otros. No, más a mí que a todos. Sin
    embargo, qué sincera era: fui a estudiar Derecho porque deseaba reformar las penitenciarías en el
    Brasil.
    El charlatán es un contrabandista de sí mismo. ¿Qué estaba diciendo? Era algo, pero se me
    escapó. ¿El charlatán se perjudica? No sé, pero sé que a veces la charlatanería duele y mucho. Se
    inmiscuye en los momentos más graves. Dan ganas de no ser, precisamente cuando se es con toda la
    fuerza. Infelizmente no puedo extenderme más en este asunto.
    Me dijeron que un crítico habría escrito que Guimarães Rosa y yo éramos dos embustes, vale
    decir, charlatanes. Ese crítico no va a entender nada de lo que estoy diciendo aquí. Es otra cosa.
    Estoy hablando de algo muy profundo, aunque no parezca, aunque yo misma esté jugando un poco,
    tristemente, con el asunto.


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    Mensaje por Maria Lua Lun 27 Feb 2023, 09:03

    31 de mayo de 1969


    ESBOZO DEL SUEÑO DEL LÍDER


    El sueño del líder es agitado. La mujer lo sacude hasta despertarlo de la pesadilla. Soñoliento, se
    levanta, bebe un poco de agua, va al baño donde se ve delante del espejo. ¿Qué ve? Un hombre de
    mediana edad. Alisa el cabello de las sienes, vuelve a acostarse. Se duerme y la agitación del mismo
    sueño recomienza. «¡No, no!» se debate con la garganta seca.
    Es que el líder se asusta mientras duerme. ¿El pueblo amenaza al líder? No, pues fue el pueblo el
    que lo eligió como líder del pueblo. ¿El pueblo amenaza al líder? No, pues lo eligió en medio de
    luchas casi sangrientas. ¿El pueblo amenaza al líder? No, porque el líder cuida del pueblo. ¿Cuida
    del pueblo?
    Sí, el pueblo amenaza al líder del pueblo. El líder se revuelve en la cama. De noche tiene miedo.
    Aun cuando sea una pesadilla sin historia. De noche ve caras quietas, una detrás de la otra. Y ninguna
    expresión en las caras. La pesadilla es sólo eso, nada más que eso. Pero cada noche, apenas se
    duerme, más caras quietas se van reuniendo a las otras, como en la fotografía en blanco y negro de
    una multitud en silencio. ¿Por quién es ese silencio? Por el líder. Es una sucesión de caras iguales
    como en una repetición monótona de un solo rostro. Parece un terrible fotomontaje en el que la
    inexpresividad de las caras le da miedo. En ese monstruoso cuadro, caras sin expresión. Pero el líder
    se cubre de sudores porque los millares de ojos vacíos no pestañeaban. Ellos lo habían elegido. Y
    antes de que ellos por fin se acercaran definitivamente, él gritó: ¡sí, mentí!


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    Mensaje por Maria Lua Lun 27 Feb 2023, 09:04

    7 de junio de 1969


    ¿QUÉ ES?


    Si recibo un regalo entregado con cariño por una persona que no me gusta, ¿cómo se llama lo que
    siento? Una persona de la que no se gusta más y que no gusta más de nosotros, ¿cómo se llama ese
    dolor y ese rencor? Estar ocupado y de repente detenerse por haber sido tomado por una
    desocupación beata, milagrosa, sonriente e idiota, ¿cómo se llama lo que se sintió? El único modo de
    llamarlo es preguntar: ¿cómo se llama? Hasta hoy sólo logré nombrar con la misma pregunta. ¿Cuál
    es el nombre?, y éste es el nombre.


    PERO YA QUE SE HA DE ESCRIBIR…


    Pero ya que se ha de escribir, que al menos no se aplasten las palabras en las entrelíneas.


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    Mensaje por Maria Lua Lun 27 Feb 2023, 09:06

    14 de junio de 1969


    AUTOCRÍTICA NO OBSTANTE BENÉVOLA


    Tiene que ser benévola, porque si fuera aguda, eso tal vez me haría no escribir nunca más. Y yo
    quiero escribir, algún día tal vez. Aunque sienta que si vuelvo a escribir, será de un modo diferente
    del anterior: ¿diferente en qué? No me interesa.
    Mi autocrítica a ciertas cosas que escribo, por ejemplo, no importa si buenas o malas: pero a
    ellas les falta llegar hasta ese punto en que el dolor se mezcla con la profunda alegría y la alegría
    llega a ser dolorosa, pues ese punto es el aguijón de la vida.
    Y tantas veces no logré el encuentro máximo de un ser consigo mismo, cuando con espanto
    decimos: «¡Ah!». A veces ese encuentro consigo mismo se logra a través del encuentro de un ser con
    otro ser.
    No, no tendría vergüenza de decir tan claramente que quiero lo máximo, y lo máximo debe
    alcanzarse y decirse con la matemática perfección de la música oída y transportada hacia el profundo
    arrebato que sentimos. No transportada, pues es lo mismo. Debe, yo sé que debe, de haber un modo
    en mí de llegar a eso.
    A veces siento que conseguiría ese modo simplemente a través de mi modo de ver,
    evolucionando. Una vez sentí, sin embargo, que se conseguiría a través de la misericordia. No de la
    misericordia transformada en gentileza de alma. Sino de la profunda misericordia transformada en
    acción, aun cuando fuera la acción de las palabras. Y así como «Dios escribe recto por líneas
    torcidas», a través de nuestros errores correría el gran amor que sería la misericordia.


    SOLEDAD Y FALSA SOLEDAD


    Yo, que leí poco a Thomas Merton, sin embargo copié de algún artículo suyo las siguientes palabras:
    «Cuando la sociedad humana cumple el deber en su verdadera función, las personas que la forman
    intensifican cada vez más la propia libertad individual y la integridad personal. Y cada individuo,
    cuanto más desarrolla y descubre las fuentes secretas de su propia personalidad incomunicable, más
    puede contribuir a la vida del todo. La soledad es necesaria para la sociedad como el silencio para
    el lenguaje, y el aire para los pulmones y la comida para el cuerpo. La comunidad, que busca invadir
    o destruir la soledad espiritual de los individuos que la componen, está condenándose a sí misma a la
    muerte por asfixia espiritual».
    Y más adelante: «La soledad es tan necesaria, tanto para la sociedad como para el individuo, que
    cuando la sociedad falla en proveer la soledad suficiente para desarrollar la vida interior de las
    personas que la componen, éstas se rebelan y buscan la falsa soledad. La falsa soledad es cuando un
    individuo, al que le fue negado el derecho a convertirse en una persona, se venga de la sociedad
    transformando su individualidad en un arma destructiva. La verdadera soledad se encuentra en la
    humildad, que es infinitamente rica. La falsa soledad es el refugio del orgullo, e infinitamente pobre.
    La pobreza de la falsa soledad viene de una ilusión que pretende, al adornarse con cosas que nunca
    pueden ser poseídas, distinguir el yo del individuo de la masa de otros hombres. La verdadera
    soledad es sin un yo.
    Por eso es rica en silencio y en caridad y en paz. Encuentra en sí interminables fuentes de bien
    para los otros. La falsa soledad es egocéntrica. Y porque nada encuentra en su centro, busca arrastrar
    todas las cosas hacia ella. Pero cada cosa que ella toca se infecta con su propia nada, y se destruye.
    La verdadera soledad limpia el alma, se abre completamente a los cuatro vientos de la generosidad.
    La falsa soledad cierra la puerta a todos los hombres.
    Ambas soledades buscan distinguir al individuo de la multitud. La verdadera lo consigue, la falsa
    falla. La verdadera soledad separa a un hombre de otros para que pueda desarrollar el bien que está
    en él, y entonces cumplir su verdadero destino de ponerse al servicio de una persona».




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    Mensaje por Maria Lua Mar 28 Feb 2023, 09:38

    21 de junio de 1969


    MIRABA LEJOS, SIN RENCOR



    Era sábado y estábamos invitados a un almuerzo de compromiso. Pero a cada uno de nosotros le
    gustaba demasiado el sábado como para gastarlo con una pareja fuera de moda. Cada uno había sido
    feliz alguna vez y había quedado con la marca del deseo. Yo, yo quería todo. Y nosotros allí presos,
    como si nuestro tren se hubiese descarrilado y fuéramos obligados a aterrizar entre extraños. Nadie
    allí me quería, yo no quería a nadie. En cuanto a mi sábado —que fuera de la ventana se balanceaba
    en acacias y sombras—, prefería, a gastarlo mal, encerrarlo en la mano dura, aquel sábado perdido,
    donde lo estrujaba como a un pañuelo. A la espera del almuerzo, bebíamos sin placer, a la salud del
    resentimiento: mañana ya sería domingo. No es contigo con quien quiero, decía nuestra mirada sin
    humedad, y soplábamos despacio el humo del cigarrillo seco. La avaricia de no compartir el sábado
    iba royendo poco a poco y avanzando como herrumbre, hasta que cualquier alegría sería un insulto a
    la alegría mayor.
    Únicamente la dueña de casa parecía no economizar el sábado para usarlo en mejor compañía.
    Ella, sin embargo, cuyo corazón ya había conocido otros sábados. ¿Cómo había podido olvidar que
    se quiere más y más? No se impacientaba siquiera con el grupo heterogéneo, soñador y resignado que
    en su casa sólo esperaba como a la hora de que partiera el primer tren, cualquier tren, menos
    quedarse en aquella estación vacía, menos tener que refrenar el caballo que correría con el corazón
    golpeando a otros, otros caballos.
    Finalmente pasamos a la sala para un almuerzo que no tenía la bendición del hambre. Y fue
    cuando sorprendidos nos encontramos con la mesa. No podía ser para nosotros… Era una mesa para
    hombres de buena voluntad. ¿Quién sería el invitado realmente esperado y que no había venido? Pero
    éramos nosotros mismos. ¿Entonces aquella mujer daba lo mejor, no importaba a quién? Y lavaba
    contenta los pies del primer extranjero. Cohibidos, mirábamos.
    La mesa había sido cubierta por una solemne abundancia. Sobre el mantel blanco se amontonaban
    espigas de trigo. Y manzanas rojas, enormes zanahorias amarillas, redondos tomates de piel casi
    estallando, cayotes de un verde líquido, ananás malignos en su salvajería, naranjas anaranjadas y
    calmas, maxixes erizados como puercoespines, pepinos que se cerraban duros sobre la propia carne
    acuosa, pimentones huecos y enrojecidos que ardían en los ojos, todo enmarañado en barbas y barbas
    húmedas de maíz, pelirrojas como las de junto a una boca. Y los granos de uva. Las más violetas de
    las uvas negras y que apenas podían esperar por el instante de ser aplastadas. Y no les importaba
    aplastadas por quién, como la dueña de casa tiempo atrás. Los tomates eran redondos para nadie:
    para el aire, para el redondo aire. El sábado era de quien viniese. Y la naranja endulzaría la lengua
    de quien primero llegase.

    Junto al plato de cada mal invitado, la mujer que lavaba pies de extraños
    había puesto —aun sin elegirnos, aun sin amarnos— un ramo de trigo o un racimo de rabanitos
    ardientes o una tajada roja de sandía con sus alegres semillas. Todo cortado por la acidez española
    que se adivinaba en los limones verdes. En los cuencos estaba la leche, como si hubiese atravesado
    con las cabras el desierto de los peñascos. Vino, casi negro de tan pisado, se estremecía en vasijas
    de barro. Todo delante de nosotros. Todo limpio del retorcido deseo humano. Todo como es, no
    como quisiéramos. Sólo existiendo, y todo. Así como existe un campo. Así como las montañas. Así
    como hombres y mujeres, y no nosotros, los ávidos. Así como un sábado. Así, como sólo existe.
    Existe.
    En nombre de nada, era hora de comer. En nombre de nadie, era bueno. Sin ningún sueño. Y
    nosotros poco a poco a la par de la noche, poco a poco anónimos, creciendo, más grandes a la altura
    de la vida posible. Entonces, como hidalgos campesinos, aceptamos la mesa.
    No había holocausto: todo aquello quería tanto ser comido cuanto nosotros queríamos comerlo.
    No guardando nada para el día siguiente, allí mismo ofrecí lo que sentía a aquello que me lo hacía
    sentir.

    Era un vivir que no había pagado de antemano con el sufrimiento de la espera, hambre que
    nace cuando la boca ya está cerca de la comida. Porque ahora teníamos hambre, hambre entera que
    abrigaba el todo y las migajas. Quien bebía vino, con los ojos tomaba cuenta de la leche. Quien,
    lento, bebió leche, sintió el vino que el otro bebía. Allá afuera Dios en las acacias. Que existían.
    Comíamos. Como quien da agua al caballo. La carne trinchada fue distribuida. La cordialidad era
    ruda y rural. Nadie habló mal de nadie porque nadie habló bien de nadie. Era reunión de cosecha, se
    dio una tregua incluso a las nostalgias. Comíamos. Con una horda de seres vivos, cubríamos
    gradualmente la tierra. Ocupados como quien labra la existencia, y planta y cosecha, y mata, y vive, y
    muere, y come. Comí con la honestidad de quien no engaña lo que come: comí aquella comida, no su
    nombre. Nunca Dios fue tomado por lo que Él es. La comida, decía, ruda, feliz, austera: come, come
    y reparte.

    Todo aquello me pertenecía, aquélla era la mesa de mi padre. Comí sin ternura, comí sin la
    pasión de la piedad. Y sin ofrecerme a la esperanza. Comí sin ninguna nostalgia. Y yo bien valía
    aquella comida. Porque no siempre puedo ser la guarda de mi hermano, y no puedo ser mi guarda, ah
    no me quiero más: no quiero formar la vida porque la existencia ya existe. Existe como un suelo
    donde todos nosotros avanzamos. Sin una palabra de amor. Sin una palabra. Pero tu placer entiende
    el mío. Somos fuertes y comemos. Pan es amor entre extraños.


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    Mensaje por Maria Lua Mar 28 Feb 2023, 09:41

    28 de junio de 1969



    LA VIDA ES SOBRENATURAL


    Reflexionando un poco, llegué a la ligeramente atemorizante certeza de que los pensamientos son tan
    sobrenaturales como una historia pasada después de la muerte. Simplemente descubrí de repente que
    pensar no es natural. Después reflexioné un poco más y descubrí que no tengo un día a día. Es una
    vida a vida. Y que la vida es sobrenatural.


    SIN NUESTRO SENTIDO HUMANO


    ¿Cómo serían las cosas y las personas antes de que les hubiésemos dado el sentido de nuestra
    esperanza y visión humanas? Debía de ser terrible. Llovía, las cosas se empapaban solas y se
    secaban, y después ardían al sol y se tostaban en polvo. Sin dar al mundo nuestro sentido humano,
    cómo me asusto. Tengo miedo de la lluvia cuando la separo de la ciudad y de los paraguas abiertos,
    y de los campos embebiéndose de agua.


    ENGRANAJE


    Mi alma humana es la única forma posible de que no me choque desastrosamente con mi organización
    física, máquina perfecta como ella es. Mi alma humana es, además, también el único modo en que me
    es dado aceptar sin desatino el alma general del mundo. El engranaje no puede fallar ni por un
    segundo.


    FRAGMENTO


    Ahora conozco ese gran susto de estar viva, teniendo como único amparo exactamente el desamparo
    de estar viva. De estar viva —sentí— tendré que hacer mi motivo y tema. Con delicada curiosidad,
    atenta al hambre y a la propia atención, pasé entonces a comer, delicadamente viva, los pedazos de
    pan.


    APRENDER A VIVIR


    Si yo pudiera un día escribir una especie de tratado sobre la culpa. ¿Cómo describirla, a esa que es
    irremisible, la que no se puede corregir? Cuando la siento, es hasta físicamente apabullante: un puño
    cerrando el pecho, bajo el cuello: y ahí está ella, la culpa. ¿La culpa? El error, el pecado. Entonces
    el mundo pasa a no tener refugio posible. Adonde se va y se carga la cruz pesada, de la que no se
    puede hablar.
    Si se habla —ella no será comprendida. Algunos dirán: «pero todo el mundo…» como forma de
    consuelo. Otros negarán simplemente que hubo culpa. Y los que entiendan bajarán la cabeza también
    culposa. Ah, querría ser de los que entran en una iglesia, aceptan la penitencia y salen más libres.
    Pero no soy de los que se liberan. La culpa en mí es algo tan vasto y tan enraizado que incluso lo
    mejor es aprender a vivir con ella, aun cuando quite el sabor del alimento más pequeño: todo sabe,
    aun de lejos, a cenizas.



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    Mensaje por Maria Lua Mar 28 Feb 2023, 19:23

    26 de julio de 1969



    CINCO RELATOS Y UN TEMA



    Esta historia podría llamarse Las estatuas. Otro nombre posible es El asesinato. Y también Cómo
    matar cucarachas. Haré entonces por lo menos tres historias verdaderas, porque ninguna de ellas
    desmiente a la otra. Aunque una sola, serían mil y una, si mil y una noches me dieran.
    La primera, Cómo matar cucarachas, comienza así: Me quejé de las cucarachas. Una señora oyó
    mi queja. Me dio la receta de cómo matarlas. Que mezclara, en partes iguales, azúcar, harina y yeso.
    La harina y el azúcar se atraerían, el yeso achicharraría lo de adentro de ellas. Así hice. Murieron.
    La otra historia es la primera en realidad y se llama El asesinato. Comienza así: Me quejé de las
    cucarachas. Una señora me oyó. Sigue la receta. Y entonces entra el asesinato. La verdad es que me
    había quejado de las cucarachas sólo en abstracto, que ni mías eran: pertenecían a la planta baja y
    escalaban los caños del edificio hasta nuestro hogar. Sólo fue en el momento de preparar la mezcla
    que ellas se volvieron mías también. En nuestro nombre, entonces, comencé a medir y pesar
    ingredientes en una concentración un poco más intensa. Un vago rencor me había poseído, un sentido
    de ultraje. De día las cucarachas eran invisibles y nadie creería en el mal secreto que roía una casa
    tan tranquila. Pero si ellas, como los males secretos, dormían de día, allí estaba yo preparándoles el
    veneno de la noche.

    Meticulosa, ardiente, avivaba el elixir de la larga muerte. Un miedo excitado y
    mi propio mal secreto me guiaban. Ahora yo sólo quería gélidamente una cosa: matar cada cucaracha
    que existe. Las cucarachas suben por los caños mientras nosotros, cansados, soñamos. Y he aquí que
    la receta estaba lista, tan blanca. Como era para cucarachas despiertas como yo, esparcí hábilmente
    el polvo hasta que éste parecía formar parte de la naturaleza. Desde mi cama, en el silencio del
    departamento, las imaginaba subiendo una a una hasta el área de servicio donde dormía la oscuridad,
    sólo una toalla alerta en el tendedero. Me desperté horas después con sobresalto de atraso. Ya era de
    madrugada. Atravesé la cocina. En el piso del área de servicio allá estaban ellas, duras, grandes.
    Durante la noche yo las había matado. En nuestro nombre, amanecía. En el morro un gallo cantó.
    La tercera historia que ahora se inicia es la de Las estatuas. Comienza diciendo que yo me había
    quejado de las cucarachas. Después viene la misma señora. Va yendo hasta el punto en que, de
    madrugada, me despierto y, todavía somnolienta, atravieso la cocina. Más somnolienta que yo está el
    área en su perspectiva de ladrillos.

    Y en la oscuridad de la aurora, un rojizo que distancia todo,
    distingo a mis pies sombras y blancuras: decenas de estatuas se esparcen rígidas. Las cucarachas que
    se habían endurecido de adentro hacia afuera. Algunas panza arriba. Otras en medio de un gesto que
    no se completaría jamás. En la boca de unas un poco de comida blanca. Soy la primera testigo de la
    alborada en Pompeya. Sé cómo fue esa última noche, sé de la orgía en la oscuridad. En algunas el
    yeso se habrá endurecido tan lentamente como en un proceso vital, y ellas, con movimientos cada vez
    más penosos, habrán intensificado ansiosamente las alegrías de la noche, intentando huir de dentro de
    sí mismas. Hasta que de piedra se volvieron, en espanto de inocencia, y con tal, tal mirada de
    censura herida.

    Otras —súbitamente asaltadas por la propia médula, ¡sin ni siquiera haber tenido la
    intuición de un molde interno que se petrificaba!—, ésas de pronto se cristalizan, así como la palabra
    es cortada de la boca: yo te… Ellas que, usando el nombre del amor en vano, en la noche de verano
    cantaban. Mientras aquella allí, la de la antena marrón sucia de blanco, habrá adivinado demasiado
    tarde que se había momificado exactamente por no haber sabido usar las cosas con la gracia gratuita
    de lo en vano: «¡Es que miré demasiado dentro de mí!, es que miré demasiado dentro de…», de mi
    fría altura de gente miro el derrocamiento de un mundo. Amanece. Una u otra antena de cucaracha
    muerta se agita en la brisa. Desde la historia anterior canta el gallo.


    La cuarta narración inaugura una nueva era en el hogar. Comienza como se sabe: Me quejé de las
    cucarachas. Va hasta el momento en que veo los monumentos de yeso. Muertas, sí. Pero miro los
    caños, por donde esa misma noche irá a renovarse una población lenta y viva, en fila india.
    ¿Entonces renovaría yo todas las noches el azúcar letal? Como quien ya no duerme sin la avidez de
    un rito. ¿Y todas las madrugadas me conduciría sonámbula hasta el pabellón? En el vicio de ir al
    encuentro de las estatuas que mi noche sudada erguía. Me estremecí de perverso placer ante la visión
    de aquella doble vida de hechicera. Y me estremecí también ante el aviso del yeso que seca: el vicio
    de vivir que reventaría mi molde interno. Áspero instante de elección entre dos caminos que, pensaba
    yo, se dicen adiós, y segura de que cualquier elección sería la del sacrificio: yo o mi alma. Elegí. Y
    hoy ostento secretamente en el corazón una placa de virtud: «Esta casa fue desinfectada».
    La quinta historia se llama Leibnitz y la trascendencia del amor en la Polinesia. Comienza así:
    Me quejé de las cucarachas.



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    Mensaje por Maria Lua Miér 01 Mar 2023, 11:06

    2 de agosto de 1969


    LA PRINCESA (I) (NOUVELLE)


    Si me preguntaran sobre Ofelia y
    sus padres, respondería con el decoro de la honestidad: apenas los
    conocí. Delante del mismo jurado al que respondería: apenas me conozco —y a cada cara del jurado
    diría con la misma límpida mirada de quien se hipnotizó para la obediencia: apenas os conozco. Pero
    a veces me despierto del largo sueño y me vuelvo con docilidad hacia el delicado abismo del
    desorden.
    Estoy intentando hablar sobre aquella familia que desapareció hace años sin dejar rastros en mí,
    y de la que me había quedado sólo una imagen verdosa por la distancia. Mi inesperado
    consentimiento en saber fue provocado hoy por el hecho de que en casa apareció un pollito. Vino
    traído por una mano que quería tener el gusto de darme algo nacido. Al liberar al pollito, su gracia
    nos tomó en flagrante. Mañana es Navidad, pero el momento de silencio que espero el año entero
    vino un día antes de que Cristo naciera. Una cosa piando por sí misma despierta la suavísima
    curiosidad que junto a un pesebre es adoración. Pero, dijo mi marido, y ahora ésta. Se había sentido
    demasiado grande. Sucios, con la boca abierta, los niños se acercaron. Yo, un poco osada, me puse
    feliz. El pollito piaba. Pero Navidad es mañana, dijo tímido el niño más grande. Sonreíamos
    desamparados, curiosos.

    Pero los sentimientos son agua de un instante. En breve —como la misma agua ya es otra cuando
    se enerva intentando morder una piedra, y otra incluso en el pie que se sumerge—, en breve ya no
    teníamos en el rostro más que aura e iluminación. Alrededor del pollito afligido, estábamos buenos y
    ansiosos. A mi marido la bondad lo pone ríspido y severo, a lo que ya nos habituamos; él se crucifica
    un poco. En los niños, que son más graves, la bondad es un ardor. A mí, la bondad me intimida. En
    poco tiempo la misma agua era otra, y mirábamos contrahechos, enredados en la falta de habilidad
    para ser buenos. Y, el agua ya otra, poco a poco teníamos en el rostro la responsabilidad de una
    aspiración, el corazón pesado de un amor que ya no era libre. También nos desacomodaba el miedo
    que el pollito tenía de nosotros; allí estábamos y ninguno merecía comparecer ante un pollito; ante
    cada piar, él nos dispersaba hacia afuera. Ante cada piar, nos reducía a no hacer nada. La constancia
    de su pavor nos acusaba de una alegría leve que a esa hora ya ni alegría era, era una molestia.
    Había
    pasado el instante del pollito y él, cada vez más urgente, nos expulsaba sin soltarnos. Nosotros, los
    adultos, ya habíamos encerrado el sentimiento. Pero en los niños había una indignación silenciosa y
    la acusación de ellos era que nada hacíamos por el pollito o por la humanidad. A nosotros, padre y
    madre, el piar cada vez más ininterrumpido ya nos había llevado a una resignación angustiosa: las
    cosas son así en realidad. Sólo que nunca le habíamos contado eso a los niños, teníamos vergüenza; y
    postergábamos indefinidamente el momento de llamarlos y decir claramente que las cosas son así.
    Cada vez se hacía más difícil, el silencio crecía, y ellos empujaban un poco el afán con que
    queríamos darles amor a cambio. Si nunca habíamos conversado sobre las cosas, mucho más tuvimos
    que esconderles en aquel instante la sonrisa que terminó sobreviniéndonos con el piar desesperado
    de aquel pico, una sonrisa como si a nosotros correspondiera bendecir el hecho de que las cosas
    fueran así, y hubiésemos terminado de bendecirlas.

    El pollito, piaba. Sobre la mesa barnizada no osaba un paso, un movimiento, piaba para adentro.
    Yo no sabía siquiera dónde cabía tanto terror en una cosa que era sólo plumas. Plumas cubriendo
    ¿qué? Media docena de huesos que se habían reunido débiles ¿para qué? Para piar de terror. En
    silencio, por respeto a la imposibilidad de comprender, por respeto a la rebelión de los niños contra
    nosotros, en silencio mirábamos sin mucha paciencia. Era imposible darle la palabra que le diera
    seguridad, que le hiciera no tener miedo, consolar algo que por haber nacido se espanta. ¿Cómo
    prometerle el hábito? Padre y madre sabíamos cuán breve sería la vida del pollito. También éste lo
    sabía, del modo como las cosas vivas saben: a través del susto profundo.

    Y mientras tanto, el pollito lleno de gracia, cosa breve y amarilla. Yo quería que también él
    sintiera la gracia de su vida, así como nos habían pedido a nosotros, él que era la alegría de los
    otros, no la propia. Que sintiera que era gratuito, ni siquiera necesario —uno de los pollitos tiene que
    ser inútil—, que sólo había nacido para la gloria de Dios, entonces que fuera la alegría de los
    hombres. Pero era amar nuestro amor querer que el pollito fuera feliz solamente porque lo
    amábamos. Yo sabía también que sólo una madre resuelve el nacimiento, y el nuestro era amor de
    quien se complace en amar: me resolvía en la gracia de que me hubiera sido dado amar, campanas,
    campanas repicaban porque sé adorar. Pero el pollito temblaba, cuestión de terror, no de belleza.
    El niño menor no soportó más:
    —¿Quieres ser su madre?

    Dije que sí, sobresaltada. Yo era la enviada junto a aquella cosa que no comprendía mi único
    lenguaje: yo lo estaba amando sin ser amada. La misión era falible, y los ojos de cuatro niños, con la
    intransigencia de la esperanza, esperaban mi primer gesto de amor eficaz. Retrocedí un poco,
    sonriendo toda solitaria; miré a mi familia, quería que ellos sonrieran. Un hombre y cuatro niños me
    observaban, incrédulos y confiados. Yo era la mujer de la casa, la despensa. Por qué la
    impasibilidad de los cinco, no entendí. Cuántas veces yo habría fallado para que, en mi momento de
    timidez, ellos me miraran. Intenté aislarme del desafío de los cinco hombres para también yo esperar
    de mí y acordarme de cómo es el amor. Abrí la boca, iba a decirles la verdad: no sé cómo.
    Pero si me llegara de noche alguna mujer. Si ella sostuviera en el regazo al hijo. Y dijera: cura a
    mi hijo. Yo diría: ¿cómo se hace? Ella respondería: cura a mi hijo. Yo diría: tampoco sé. Ella
    respondería: cura a mi hijo. Entonces —entonces porque no sé hacer nada y porque no me acuerdo de
    nada y porque es de noche—, entonces extiendo la mano y salvo a una criatura. Porque es de noche,
    porque estoy sola en la noche de otra persona, porque este silencio es muy grande para mí, porque
    tengo dos manos para sacrificar la mejor de ellas y porque no tengo elección.





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    Mensaje por Maria Lua Vie 03 Mar 2023, 10:14

    9 de agosto de 1969


    LA PRINCESA (II) (NOUVELLE)


    Fue en ese instante que volví a ver mentalmente a Ofélia. Y en ese instante me acordé de que había
    sido testigo de una niña.
    Más tarde me acordé de que la vecina, madre de Ofélia, era trigueña como una hindú. Tenía
    ojeras violáceas que la embellecían mucho y le daban un aire fatigado que hacía que los hombres la
    miraran una segunda vez. Un día, en el banco de la plaza, mientras los niños jugaban, ella me había
    dicho con su cabeza obstinada de quien mira hacia el desierto: «Siempre quise tomar un curso para
    decorar tortas». Me acordé de que el marido —trigueño también como si se hubieran elegido por la
    sequedad del color— quería ascender en la vida a través de los negocios de su ramo: gerencia de
    hoteles o dueño, nunca entendí bien. Lo que le daba una dura cortesía. Cuando en el ascensor éramos
    forzados a un contacto más prolongado, él aceptaba el intercambio de palabras con un tono de
    arrogancia que traía de luchas mayores. Hasta llegar al décimo piso, la humildad a la que su frialdad
    me había forzado ya lo había amansado un poco; tal vez llegara a casa mejor servido. En cuanto a la
    madre de Ofélia, ella temía que a fuerza de vivir en el mismo piso hubiera intimidad y, sin saber que
    yo también me resguardaba, me evitaba. La única intimidad había sido la del banco del jardín donde,
    con ojeras y boca fina, había hablado sobre decorar tortas. Yo no había sabido qué retrucar y había
    terminado diciendo, para que supiera que ella me gustaba, que el curso de las tortas me agradaría.
    Ese único momento mutuo nos había apartado aún más, por temor a un abuso de comprensión. La
    madre de Ofélia había llegado incluso a ser grosera en el ascensor: al día siguiente yo estaba con uno
    de los niños de la mano, el ascensor bajaba despacio y, oprimida por el silencio que fortificaba a la
    otra, yo había dicho con un tono de agrado que en el mismo instante también a mí me había
    repugnado:
    —Estamos yendo a casa de su abuelo.
    Y ella, para mi espanto:
    —No pregunté nada, nunca me meto en la vida de los vecinos.
    —Bueno —dije yo—, bajo.
    Lo que, allí mismo en el ascensor, me había hecho pensar que estaba pagando por haber sido su
    confidente de un minuto en el banco del jardín. Lo que, a su vez, me había hecho pensar que ella tal
    vez considerara haberme confiado más de lo que en realidad había confiado. Lo que, a su vez, me
    había hecho pensar si en verdad no me había dicho más de lo que las dos habíamos percibido.
    Mientras el ascensor continuaba bajando y parando, yo había reconstruido su aire insistente y
    soñador en el banco del jardín, y había mirado con ojos nuevos la belleza altanera de la madre de
    Ofélia. «No le voy a contar a nadie que quieres decorar tortas», pensé, mirándola rápidamente.
    El padre agresivo, la madre resguardándose. Familia soberbia. Me trataban como si yo ya viviera
    en su futuro hotel y los ofendiera con el pago que exigían. Sobre todo, me trataban como si yo no
    creyera, ni ellos pudieran probar, quiénes eran. ¿Y quiénes eran?, indagaba a veces. ¿Por qué la
    bofetada impresa en sus rostros, por qué la dinastía exiliada? Y tanto no me perdonaban, que yo
    actuaba como no perdonada: si los encontraba en la calle, fuera del sector que me circunscribía, me
    sobresaltaba, sorprendida en delito: retrocedía para que ellos pasaran, les cedía el paso —los tres
    trigueños y bien vestidos pasaban como si fueran a misa, aquella familia que vivía bajo el signo de
    un orgullo o de un martirio oculto, amoratados como flores de la Pasión. Familia antigua, aquélla.
    Pero el contacto se hizo a través de la hija. Era una niña bellísima, con largos rulos duros, Ofélia,
    con ojeras iguales a las de la madre, las mismas encías un poco violetas, la misma boca fina de quien
    se cortó. Pero ésa, la boca, hablaba. La hizo aparecer en casa. Tocaba el timbre, yo abría la mirilla,
    no veía nada, oía una voz decidida:

    —Soy yo, Ofélia Maria dos Santos Aguiar.
    Desanimada, abría la puerta. Ofélia entraba. La visita era para mí, mis dos niños en aquel tiempo
    eran demasiado pequeños para su sabiduría pausada. Yo era grande y estaba ocupada, pero la visita
    era para mí: con una atención toda interior, como si para todo hubiera un tiempo, se levantaba con
    cuidado la falda de volados, se sentaba, arreglaba los volados, y sólo entonces me miraba. Yo, que
    entonces copiaba el archivo del escritorio, trabajaba y escuchaba. Ofélia, ella, me daba consejos.
    Tenía opinión formada respecto de todo. Todo lo que yo hacía estaba un poco equivocado, en su
    opinión. Decía «en mi opinión» en tono resentido, como si yo debiera haberle pedido consejos y, ya
    que no se los pedía, ella me los daba. Con sus ocho años altivos y bien vividos, decía que en su
    opinión yo no criaba bien a los niños; pues cuando a los niños se les da la mano se quieren subir a la
    cabeza. La banana no se mezcla con leche. Mata. Pero claro, usted haga lo que quiera; cada uno sabe
    de sí. Ya no es hora de estar de robe, su madre se cambiaba de ropa en cuanto salía de la cama, pero
    cada uno termina llevando la vida que quiere. Si yo le explicaba que era porque todavía no me había
    bañado, Ofélia se quedaba quieta, mirándome atenta. Con alguna suavidad, entonces, con alguna
    paciencia, agregaba que no era hora de no haberse bañado todavía. Nunca era mía la última palabra.
    Qué última palabra podría tener cuando ella me decía: la tarta de legumbres no tiene tapa. Una tarde
    en una panadería me vi inesperadamente delante de la verdad inútil: allá había una fila de tartas de
    legumbres sin tapa. «Pero yo le avisé», la oí como si estuviera presente. Con sus rulos y volados, con
    su firme delicadeza, era una visita en la sala aún desarreglada. Lo que valía es que decía muchas
    tonteras también lo que, para mi desaliento, me hacía sonreír desesperada.

    La peor parte de la visita era la del silencio. Yo alzaba los ojos de la máquina, y no sabía desde
    hacía cuánto tiempo Ofélia me miraba en silencio. ¿Qué puede atraerle de mí a esta niña? Me
    exasperaba. Una vez, después de su largo silencio, me había dicho tranquila: usted es rara. Y yo,
    alcanzada de lleno en el rostro sin protección —justo en el rostro que, siendo nuestro lado oculto, es
    algo tan sensible— yo, alcanzada de lleno, había pensado con rabia: pues vas a ver qué es en
    realidad esa rareza que buscas. Ella, que estaba toda cubierta, y tenía madre cubierta y padre
    cubierto.


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    Mensaje por Maria Lua Vie 03 Mar 2023, 10:17

    16 de agosto de 1969

    LA PRINCESA (III) (NOUVELLE)


    Yo incluso prefería, pues, consejo y crítica. Ya menos tolerable era su hábito de usar la expresión
    «por lo tanto» con que unía las frases en una concatenación que no fallaba. Me había dicho que yo
    había comprado demasiadas legumbres en la feria —por lo tanto— no iban a caber en la heladera
    pequeña y —por lo tanto— se marchitarían antes de la próxima feria. Días después yo miraba las
    legumbres marchitas. Por lo tanto, sí. Otra vez había visto menos legumbres desparramadas en la
    mesa de la cocina, yo que disimuladamente había obedecido. Ofélia había mirado y mirado. Parecía
    a punto de no decir nada. Yo esperaba de pie, agresiva, muda, Ofélia había dicho sin ningún énfasis:
    —Es poco hasta la feria que viene.
    Las legumbres se acabaron en medio de la semana. ¿Cómo lo sabe?, me preguntaba, curiosa. «Por
    lo tanto» tal vez sería la respuesta. ¿Por qué yo nunca, nunca sabía? ¿Por qué ella sabía de todo, por
    qué era la tierra tan familiar para ella, y yo sin protección? ¿Por lo tanto? Por lo tanto.
    Una vez Ofélia se equivocó. Geografía —dijo sentada frente a mí con los dedos cruzados en el
    regazo— es un modo de estudiar. No llegaba a ser un error, era más bien un leve estrabismo de
    pensamiento —pero para mí tuvo la gracia de una caída, y antes de que pasara el instante, por dentro
    le dije: ¡así es como se hace eso!, ve despacio así, y un día va a ser más fácil o más difícil para ti,
    pero es así, vete equivocándote, bien, bien despacio.
    Una mañana, en medio de su conversación, me avisó autoritaria: «Voy a casa a ver algo pero
    vuelvo enseguida». Arriesgué: «Si estás muy ocupada no necesitas volver». Ofélia me miró muda,
    inquisitiva. «Existe una niña muy antipática», pensé bien claro para que viera toda la frase expuesta
    en mi rostro. Ella sostuvo la mirada. La mirada en la que —con sorpresa y desolación— vi fidelidad,
    paciente confianza en mí y el silencio de quien nunca habló. ¿Cuándo fue que le había tirado un hueso
    para que ella me siguiera muda por el resto de la vida? Desvié los ojos. Ella suspiró tranquila.
    «Vuelvo enseguida». ¿Qué es lo que quiere? —me agité—, ¿por qué atraigo a personas que ni
    siquiera gustan de mí?
    Una vez, cuando Ofélia estaba sentada, tocaron el timbre. Fui a abrir y me encontré con la madre
    de Ofélia. Venía protectora, exigente:
    —¿Por casualidad Ofélia Maria está aquí?
    —Sí —me excusé como si la hubiese raptado.
    —No hagas más esto —le dijo a Ofélia en un tono que me estaba dirigido; después se volvió
    hacia mí y súbitamente ofendida—: Disculpe la molestia.
    —No piense en eso, esta niña es tan inteligente.
    La madre me miró con leve sorpresa —pero la sospecha le pasó por los ojos. Y en ellos leí: ¿qué
    es lo que quieres de ella?

    —Ya le prohibí a Ofélia Maria que la moleste —dijo ahora con abierta desconfianza. Y
    sujetando firme la mano de la niña para llevarla, parecía defenderla de mí. Con una sensación de
    decadencia, espié por la mirilla entreabierta sin ruidos: allá iban las dos por el corredor que llevaba
    a su departamento, la madre obligando a la hija con murmullos de reprensión amorosa, la hija
    impasible agitando rulos y volados. Al cerrar la mirilla noté que todavía no me había cambiado de
    ropa y, por lo tanto, así había sido vista por la madre, que se cambiaba de ropa al salir de la cama.
    Pensé con alguna desenvoltura: bien, ahora la madre me desprecia, por lo tanto estoy libre de que la
    niña vuelva.
    Pero sí volvía. Yo era demasiado atrayente para aquella criatura. Tenía bastantes defectos para
    sus consejos, era terreno para el desarrollo de su severidad, ya me había convertido en el dominio de
    aquella mi esclava: ella volvía, sí, levantaba los volados, se sentaba.
    Por esa época, cerca de Pascuas, la feria estaba llena de pollitos, y traje uno para los niños.
    Jugamos, después él se quedó por la cocina, los niños en la calle. Más tarde Ofélia aparecía para la
    visita. Yo escribía a máquina, de vez en cuando asentía distraída. La voz igual de la niña, voz de
    quien habla de memoria, me atontaba un poco, entraba por entre las palabras escritas; ella decía, ella
    decía.
    Fue cuando me pareció que de repente todo se había detenido. Sintiendo la falta de suplicio, la
    miré nublada.
    Ofélia Maria estaba con la cabeza tiesa, con los rulos enteramente inmovilizados.
    —Qué es eso —dijo.
    —¿Eso qué?
    —Eso —dijo inflexible.
    —¿Eso?
    Nos habríamos quedado indefinidamente en una rueda de «eso» si no fuera por la fuerza
    excepcional de aquella criatura que, sin una palabra, sólo con la extrema autoridad de la mirada, me
    obligaba a oír lo que ella misma oía. En el silencio de la atención a la que me había forzado, oí
    finalmente el débil piar del pollito en la cocina.
    —Es el pollito.
    —¿Pollito? —dijo muy desconfiada.
    —Compré un pollito —respondí resignada.
    —¡Pollito! —repitió como si la hubiera insultado.
    —Pollito.


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    Mensaje por Maria Lua Vie 03 Mar 2023, 10:19

    23 de agosto de 1969



    LA PRINCESA (IV) (NOUVELLE)



    Y en eso nos quedaríamos. De no ser por cierta cosa que vi y que nunca antes había visto.
    ¿Qué era? Pero, lo que fuera, ya no estaba allí. Un pollito había centelleado un segundo en sus
    ojos y en ellos se había sumergido para nunca haber existido. Y se hizo la sombra. Una sombra
    profunda cubriendo la tierra. Desde el instante en que involuntariamente su boca estremecida casi
    había pensado «yo también quiero», desde ese instante la oscuridad se había hecho densa en el fondo
    de los ojos en un deseo retráctil que, si la tocaran, se cerraría más, como hoja de adormidera. Y que
    retrocedía frente a lo imposible, lo imposible que se había acercado y, como tentación, había sido
    casi suyo: lo oscuro de los ojos vaciló como un oro. Una picardía le pasó entonces por el rostro —si
    yo no estuviera allí, por picardía, ella robaría cualquier cosa. En los ojos que pestañearon a la
    disimulada sagacidad, en los ojos la gran tendencia a la rapiña. Me miró rápida, y era la envidia, tú
    tienes todo, y la censura, por qué no somos la misma y yo tendré un pollito, y la codicia —ella me
    quería para ella.
    Despacio fui reclinándome en el respaldo de la silla, su envidia que desnudaba mi pobreza, y
    dejaba pensativa a mi pobreza; de no estar yo allí, ella robaba mi pobreza también: quería todo.
    Después de que el temor de la codicia pasó, lo oscuro de los ojos sufrió todo: no era solamente a un
    rostro sin protección al que yo la exponía, ahora la había expuesto a lo mejor del mundo: a un pollito.
    Sin que me vieran, sus ojos calientes me observaban en una intensa abstracción que se ponía en
    íntimo contacto con mi intimidad. Algo ocurría que yo no lograba entender a ojo desnudo. Y de nuevo
    volvió el deseo. Esta vez los ojos se angustiaron como si nada pudieran hacer con el resto del cuerpo
    que se desprendía independiente. Y se alargaban más, espantados con el esfuerzo físico de la
    descomposición que ocurría dentro de ella. La boca delicada se puso un poco infantil, de un violeta
    apretado. Miró hacia el techo, las ojeras le daban un aire de supremo martirio. Sin moverse, yo la
    miraba. Sabía de la gran incidencia de la mortalidad infantil. En ella la gran pregunta me envolvía:
    ¿vale la pena? No sé, le dijo mi quietud cada vez mayor, pero así es. Allí, frente a mi silencio, ella
    se estaba entregando al proceso, y si me preguntaba la gran pregunta, tenía que quedar sin respuesta.
    Tenía que darse —por nada. Tenía que ser. Y por nada. Ella se tomaba de sí, sin quererlo. Pero yo
    esperaba. Yo sabía que somos aquello que tiene que ocurrir. Yo sólo podía servirle de silencio. Y,
    deslumbrada de desentendimiento, oía latir dentro de mí un corazón que no era el mío. Delante de
    mis ojos fascinados, allí delante de mí, como un ectoplasma, ella se estaba transformando en niña.
    No sin dolor. En silencio veía el dolor de su difícil alegría. El lento cólico de un caracol. Se
    pasó despacio la lengua por los labios finos. (Ayúdame, dijo su cuerpo en la bipartición penosa.
    Estoy ayudando, respondió mi inmovilidad). La agonía lenta. Ella se estaba engrosando entera,
    deformándose con lentitud. Por momentos los ojos se volvían puras pestañas, en una avidez de
    huevo. Y la boca de un hambre trémula. Casi sonreía, entonces, como si, extendida en una mesa de
    operación, dijera que no le estaba doliendo tanto. No me perdía de vista; había marcas de pies que
    ella no veía, por allí nadie había caminado todavía y ella adivinaba que yo había caminado mucho.
    Se deformaba más y más, casi idéntica a sí misma. ¿Arriesgo?, ¿lo dejo sentir?, se preguntaba. Sí, se
    respondió por mí.
    Y mi primer sí, me embriagó. Sí, repitió mi silencio al suyo, sí. Como en el momento en que
    nació mi hijo yo había dicho: sí. Tenía la osadía de decir sí a Ofélia, yo que sabía que también se
    muere de niño sin que nadie lo note. Sí, repetí embriagada, porque el peligro mayor no existe: cuando
    se va, se va todo junto, tú misma siempre estarás; eso, eso lo llevarás contigo para lo que fuere.
    La agonía de su nacimiento. Hasta entonces yo nunca había visto el coraje. El coraje de ser otro
    que el que se es, el de nacer del propio parto, y de soltar en el suelo el cuerpo antiguo. Y sin haberle
    sido respondido si valía la pena. «Yo», intentaba decir su cuerpo mojado por las aguas. Sus nupcias
    consigo misma.

    Ofélia preguntó despacio, con recato por lo que le ocurría:
    —¿Es un pollo?
    No la miré:
    —Sí, es un pollo.
    De la cocina venía el débil piar. Nos quedamos en silencio como si Jesús hubiese nacido. Ofélia
    respiraba, respiraba.
    —¿Un pollito? —se certificó en duda.
    —Sí, un pollito —dije guiándola con cuidado hacia la vida.
    —Ah, un pollito —dijo meditando.
    —Un pollito —dije sin maltratarla.

    Desde hacía algunos minutos me encontraba frente a una niña. Se había hecho la metamorfosis.
    —Está en la cocina.
    —¿En la cocina? —repitió haciéndose la desentendida.
    —En la cocina —repetí por primera vez autoritaria, sin agregar nada más.
    —Ah, en la cocina —dijo Ofélia, fingiendo, y miró al techo.
    Pero ella sufría. Con alguna vergüenza al final noté que me estaba vengando. La otra sufría,
    fingía, miraba al techo. La boca, las ojeras.
    —Puedes ir a la cocina a jugar con el pollito.
    —¿Yo…? —preguntó sonsa.
    —Pero sólo si quieres.
    Sé que debería haberla mandado, para no exponerla a la humillación de querer tanto. Sé que no
    debería haberle dado elección, y entonces tendría la disculpa de que había sido obligada a obedecer.
    Pero en aquel momento no era por venganza que le daba el tormento de la libertad. Es que aquel
    paso, también aquel paso, debería darlo sola y ahora. Era ella quien tendría que ir a la montaña. ¿Por
    qué —me confundía— por qué estoy intentando soplar mi vida en su boca violeta? ¿Por qué le estoy
    dando una respiración? ¿Cómo oso respirar dentro de ella, si yo misma…, solamente para que ella
    ande, estoy dándole los pasos penosos? ¿Le soplo mi vida sólo para que un día, exhausta por un
    instante, sienta como si la montaña hubiese caminado hasta ella?
    Yo tendría el derecho. Pero no tenía opción. Era una emergencia como si los labios de la mentira
    estuvieran cada vez más violetas.





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    Mensaje por Maria Lua Dom 05 Mar 2023, 09:06

    30 de agosto de 1969


    LA PRINCESA (FINAL)



    —Ve a ver el pollito sólo si quieres —repetí entonces con la extrema dureza de quien salva.
    Nos quedamos enfrentándonos, diferentes, cuerpo separado de cuerpo, solamente la hostilidad
    nos unía. Yo estaba seca e inerte en la silla para que la niña se hiciera dolor dentro de otro ser, firme
    para que ella luchara dentro de mí; cada vez más fuerte a medida que Ofélia necesitara odiarme y
    necesitara que yo resistiera al sufrimiento de su odio. No puedo vivir esto por ti, le dijo mi frialdad.
    Su lucha se hacía cada vez más cercana, y en mí, como si aquel individuo que había nacido
    extraordinariamente dotado de fuerza estuviera bebiendo de mi debilidad. Al usarme me hería con su
    fuerza; me arañaba al intentar aferrarse de mis paredes lisas. Al final su voz sonó con baja y lenta
    rabia:
    —Pues voy a ver el pollito a la cocina.
    —Ve, sí —dije lentamente.
    Se retiró con pausa, buscaba mantener la dignidad de la espalda.
    Volvió inmediatamente de la cocina —estaba espantada, sin pudor, mostrando el pollito en la
    mano, y con una perplejidad que me indagaba toda con los ojos.
    —¡Es un pollito! —dijo.
    Lo miró en la mano que se extendía, me miró, miró de nuevo la mano, y de pronto se llenó de una
    excitación y de una preocupación que me envolvieron automáticamente en excitación y preocupación.
    —¡Pero es un pollito! —dijo e inmediatamente la censura le pasó por los ojos como si yo no le
    hubiese dicho quién piaba.
    Reí. Ofélia me miró, ultrajada. Y de repente, de repente rió. Ambas entonces reímos, un poco
    agudas.
    Después de que reímos, Ofelia puso el pollito en el piso para que anduviera. Si él corría, ella iba
    detrás, parecía dejarlo autónomo sólo para sentir nostalgia; pero si él se encogía, ella presurosa lo
    protegía, con pena de que él estuviera bajo su dominio, «pobre, él es mío»; y cuando lo sostenía, era
    con la mano torcida por la delicadeza, era el amor, sí el tortuoso amor. Es muy pequeño, por lo tanto
    lo que necesita es mucho cuidado, no podemos hacerle cariños porque existen peligros en realidad;
    no deje que lo tomen sin necesidad, usted haga lo que quiera, pero el maíz es demasiado grande para
    el piquito abierto de él; porque él es suavecito, pobre, tan joven, por lo tanto usted no puede dejar
    que sus hijos le hagan cariños; sólo yo sé qué cariños le gustan; se resbala de nada; por lo tanto el
    piso de la cocina no es lugar para el pollito.
    Desde hacía mucho tiempo yo intentaba escribir de nuevo en la máquina buscando recuperar el
    tiempo perdido y Ofélia que me provocaba, y al poco tiempo hablando solamente al pollito y amando
    de amor. Por primera vez me había soltado, ella ya no era yo. La miré, toda de oro como estaba, y el
    pollito todo de oro, y los dos zumbaban como roca y huso. También mi libertad por fin, y sin ruptura;
    adiós y yo sonreía de nostalgia.
    Mucho después noté que era conmigo que Ofélia hablaba.
    —Creo, creo que voy a dejarlo en la cocina.
    —Pues, ve.
    No vi cuando fue, no vi cuando volvió. En algún momento, de casualidad y distraída, sentí que
    hacía mucho tiempo que había silencio. La miré un instante. Estaba sentada, con los dedos cruzados
    en el regazo. Sin saber exactamente por qué, la miré una segunda vez:
    —Qué pasa.
    —¿A mí…?
    —¿Te ocurre algo?
    —¿A mí…?
    —¿Quieres ir al baño?
    —¿Yo…?
    Desistí, volví a la máquina. Algún tiempo después oí la voz:
    —Voy a tener que irme a casa.
    —Está bien.
    —Si usted me deja.
    La miré sorprendida.
    —Pues, si quieres…
    —Entonces —dijo—, entonces me voy…
    Fue caminando despacio, cerró la puerta sin ruido. Me quedé mirando la puerta cerrada. Rara
    eres tú, pensé. Volví al trabajo.
    Pero no lograba salir de la misma frase. Bien —pensé impaciente mirando el reloj— ¿y ahora
    qué? Me quedé indagando sin gusto, buscando en mí misma lo que podía estar interrumpiéndome.
    Cuando ya desistía, volví a ver una cara extremadamente quieta. Ofélia. Algo menos que una idea me
    pasó entonces por la cabeza e, inesperadamente, ésta se inclinó para oír mejor lo que yo sentía.
    Despacio empujé la máquina. Reticente fui apartando despacio las sillas del camino. Hasta parar
    despacio ante la puerta de la cocina. En el piso estaba el pollito muerto. ¡Ofélia!, llamé en un
    impulso a la niña huida.
    A una distancia infinita veía el piso. ¡Ofélia!, inútilmente intenté alcanzar a la distancia el
    corazón de la niña callada. ¡Oh, no te asustes mucho! ¡A veces matamos por amor, pero juro que un
    día se olvida, lo juro!, no amamos bien, oye, repetí como si pudiera alcanzarla antes de que,
    desistiendo de servir a lo verdadero, fuera a servir altivamente a la nada. Yo que no me había
    acordado de avisarle que sin el miedo existía el mundo. Pero juro que eso es la respiración. Estaba
    muy cansada, me senté en el banco de la cocina.
    Donde estoy ahora, batiendo despacio la torta de mañana. Sentada como si durante todos estos
    años hubiese esperado con paciencia en la cocina. Abajo de la mesa se estremece el pollito de hoy.
    El amarillo es el mismo, el pico es el mismo. Como en la Pascua se nos promete, en diciembre él
    vuelve. Ofélia es la que no volvió: creció. Fue a ser la princesa hindú por quien esperaba su tribu en
    el desierto.





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    Mensaje por Maria Lua Jue 09 Mar 2023, 09:16

    6 de septiembre de 1969


    EL ARTISTA PERFECTO


    No me acuerdo bien de si es en Les données immédiates de la conscience que Bergson habla del
    gran artista que sería aquel que tuviera no sólo uno sino todos los sentidos liberados del utilitarismo.
    El pintor tiene más o menos liberado el sentido de la visión; el músico, el sentido de la audición.
    Pero aquel que estuviera completamente libre de soluciones convencionales y utilitarias vería el
    mundo o, mejor, tendría al mundo de un modo como jamás artista alguno lo tuvo. Quiero decir,
    totalmente y en su verdadera realidad.
    Eso podría plantear una hipótesis. Supongamos que se pudiera educar, o no educar, a una
    criatura, tomando como base la determinación de conservarle los sentidos alertas y puros. Que no se
    le dieran datos, sino que sus datos fueran sólo los inmediatos. Que ella no se habituase. Supongamos
    también que, con el fin de mantenerla en el campo sensato que le sirviera de denominador común con
    los otros hombres, se le permitiera cierta estabilidad indispensable para vivir, se le dieran unas
    pocas nociones utilitarias: pero utilitarias para que sean utilitarias, comida para ser comida, bebida
    para ser bebida. Y en el resto se la conservara libre. Supongamos entonces que esa criatura se
    volviera artista y fuera artista.
    Surge el primer problema: ¿sería artista por el simple hecho de esa educación? Es de creer que
    no, arte no es pureza, es purificación, arte no es libertad, es liberación.
    Esa criatura sería artista desde el momento en que descubriera que hay un símbolo utilitario en la
    cosa pura que se nos da. Haría arte, sin embargo, si siguiera el camino inverso al de los artistas que
    no pasan por esa imposible educación: unificaría las cosas del mundo no por su lado de maravillosa
    gratuidad sino por su lado de utilidad maravillosa. Se liberaría. Si pintara, es probable que llegara a
    la siguiente fórmula explicativa de la naturaleza: pintaría un hombre comiendo el cielo. Nosotros, los
    utilitarios, aún logramos mantener al cielo fuera de nuestro alcance. A pesar de Chagall. Es una de
    las pocas cosas para la que todavía no servimos. Esa criatura, convertida en hombre-artista, tendría,
    pues, los mismos problemas fundamentales de alquimia.
    Pero si ese hombre, ese único, no fuera artista —no sintiera la necesidad de transformar las cosas
    para darles una realidad mayor—, no sintiera, en fin, la necesidad de arte, entonces cuando hablara
    nos espantaría. Diría las cosas con la pureza de quien vio que el rey está desnudo. Nosotros lo
    consultaríamos como ciegos y sordos que quieren ver y oír. Tendríamos un profeta, no del futuro,
    sino del presente. No tendríamos un artista. Tendríamos un inocente. Y el arte, imagino, no es
    inocencia, es volverse inocente.
    Tal vez sea por eso que las exposiciones de dibujos de niños, por más bellas, no son propiamente
    exposiciones de arte. Y es por eso que si los niños pintan como Picasso, tal vez sea más justo alabar
    a Picasso que a los niños. El niño es inocente, Picasso se volvió inocente.


    HINDEMITH


    Cuarteto de Hindemith —¿por qué mano aborda él el tema que descubrió? No, camina apoyado a la
    pared, escamotea la melodía descubierta, camina al lado, en ese lugar en el que ocurren tantas cosas.
    A veces se escurre por el muro, en el lugar donde no pega el sol. Su madurez ya sería otra música —
    como compositor haría música de la madurez de ese cuarteto. Él es antes de la madurez.
    La melodía sería el hecho. ¿Pero qué hecho tiene una noche que transcurre entera en un atajo,
    donde no hay nadie, y mientras dormimos? Historia de oscuridad tranquila, de raíz adormecida en su
    fuerza, de olor que no tiene perfume. El violín de Hindemith no cuenta acerca, antes se cuenta, antes
    se desdobla. No es grave, él es gravedad. Y en nada de eso existe lo abstracto. Es lo figurativo de lo
    inaudible. Casi no existe carne en su cuarteto, esa carne que, aunque transparente y vulnerable, está
    en Debussy, por ejemplo. Qué pena que la palabra nervios esté ligada a vibraciones dolorosas, que
    «nervios expuestos» sea expresión de sufrimiento. Si no, sería cuarteto de nervios. Cuerdas oscuras
    que, tocadas, no hablan sobre «otras cosas», «no cambian de asunto» —son en sí y de sí, se entregan
    iguales a como son. Después es difícil reproducir de oído su música, no es posible cantarla sin
    haberla estudiado. ¿Y cómo estudiar algo que no tiene historia? Pero se acordará de algo que también
    ocurrió a un lado. Habrá compartido esa primera existencia musical, se habrá deslizado, como en un
    tranquilo sueño de una noche tranquila, con la resina por el tronco del árbol. Después dirá: nada
    soñé. ¿Será que alcanza? Alcanza, sí. Y sobre todo esa falta de error. Ese tono de emoción de quien
    podría mentir pero no miente. ¿Alcanza? Alcanza, sí.




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    Mensaje por cecilia gargantini Jue 09 Mar 2023, 15:23

    Clarice es siempre Clarice!!!!!!!!!!!
    Nunca deja de sorprender con los abordajes, con la fuerza, con su talento.
    Muchas gracias Lua!!!!!!! Besossssssss


    Tal vez sea por eso que las exposiciones de dibujos de niños, por más bellas, no son propiamente
    exposiciones de arte. Y es por eso que si los niños pintan como Picasso, tal vez sea más justo alabar
    a Picasso que a los niños. El niño es inocente, Picasso se volvió inocente.
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    Mensaje por Maria Lua Vie 10 Mar 2023, 09:00

    13 de septiembre de 1969


    MIEDO A EQUIVOCARSE



    A un suizo inteligente le preguntamos una vez por qué no había propiamente pensamiento filosófico
    en Suiza. Como respuesta, nuestro interlocutor me recordó que su país tiene tres razas, cuatro
    lenguas. De donde podemos concluir, tres o cuatro pensamientos. Que esta nación que funciona,
    digamos, casi perfectamente, necesita constantemente buscar un equilibrio, hacer una suma de ideas,
    reducirlas a aquella que, sin herir completamente a las otras, satisfaga más o menos a todos. Así,
    quien piensa espera de antemano una victoria sólo a medias. Las ideas de cada uno se encuentran y se
    detienen en su punto de contacto con las otras. Así, el pensamiento filosófico es por excelencia aquel
    que va hasta su propio extremo. No puede admitir tolerancias más que a posteriori. Ninguna obra
    filosófica podría ser construida teniendo como uno de sus principios tácitos la necesidad de llegar
    solamente hasta cierto punto.
    Éste es uno más de los aspectos de la neutralidad suiza. Ésta no funciona sólo en relación con
    fines exteriores. Es un principio que dirige la paz interna, precisamente teniendo en vista la mezcla
    de razas. Es un principio, más que de paz, de apaciguamiento. Ser neutro no es solución para un
    determinado caso, ser neutro se convirtió, con el tiempo, en una actitud y en una previsión.
    Ese admirable país encontró su fórmula propia de organización social y política. Pero que poco a
    poco se extendió a una fórmula de vida.
    La amalgama de tendencias y necesidades formó una cultura y se encarnó de tal forma en los
    individuos que, si esa nación no estuviera formada por varios grupos raciales, se podría caer en la
    facilidad de hablar de carácter racial.
    Se puede hablar sin embargo de caracteres nacionales, y uno de los más evidentes es el de la
    actitud mental de precaución.
    La impresión que se tiene de un suizo es la de un hombre que vive en la seguridad y, aún más, que
    sufre de ansia de seguridad. A propósito de eso podrían recordarse varias causas generales, como la
    situación geográfica, la dificultad de producción agraria, etcétera.
    Esta actitud de previsión encuentra, a cada momento, motivo de concretarse. Y se extiende hasta
    donde ya sería deseable que se interrumpiera.
    Así, por ejemplo, es común, por lo menos en Berna, que se vea la mitad de una platea retirarse
    antes de que comience la música moderna. A veces antes de piezas que se ejecutarán en Suiza por
    primera vez.
    Sin embargo, al pueblo suizo realmente le gusta la música, sinceramente, sin ningún esnobismo.
    El hecho es motivado particularmente por el horror que el pueblo siente por la música moderna o por
    la literatura moderna o por la pintura moderna: la palabra moderna suena un poco como escándalo,
    como aventura, incluso como sospecha. Pero, más ampliamente y más profundamente, ese hecho
    viene de que el suizo teme equivocarse en su admiración.
    Los suplementos literarios de periódicos suizos descubrirán canas sepultadas de Vigny —
    adivinarán pensamientos ocultos de Madame de Staël— atacarán, incluso con cierta ferocidad
    cómoda, al varias veces fallecido Renan —disculparán a Victor Hugo las peleas con amigos— y si
    aparece la oportunidad de conmemoración de centenarios, las páginas se cubrirán de comentarios al
    respecto; hay más centenarios en la tierra de los que un hombre actual puede prever.
    No es sólo por gusto y por respeto a la tradición. Es miedo de arriesgar. Un escritor vivo es un
    riesgo constante. Es un hombre que mañana puede no justificar la admiración que se tuvo por su obra
    con un mal discurso, con un libro más débil.
    El pueblo suizo no recibió nada gratuitamente. Todo en esa tierra tiene marca de noble esfuerzo,
    de conquista paciente. Y no fue poco lo que consiguieron, convertirse en un símbolo de paz.
    Ese estado de alta civilización —en el que la expresión hombre civil tiene realmente un sentido y
    una fuerza— ellos lo mantendrán a toda costa, con austera previsión, con dura disciplina mental, con
    la precaución contra el error.
    Lo que no impide que tanta gente, en silencio, se arroje del puente de Kirchenfeld, sin que los
    periódicos siquiera se anoticien para que otros no lo repitan. De algún modo se ha de pagar la
    seguridad, la paz, el miedo a equivocarse.




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    Mensaje por Maria Lua Vie 10 Mar 2023, 21:28

    20 de septiembre de 1969


    EL ERUDITO


    Él ahora es gerente de un negocio de zapatos. No porque lo eligió, sino porque fue lo que le quedó.
    Siempre se preguntaba: ¿dónde está mi error? El error con relación a su destino, quería decir. No hay
    grandes motivos para buscar en el hecho de que alguien sea gerente en un negocio de zapatos. Pero
    una vez que él mismo se pregunta y extiende zapatos como si no perteneciera a ese mundo, aparece el
    motivo de indagación. ¿Por qué realmente? Había sido, por ejemplo, el mejor alumno de Historia y
    hasta se interesaba por la Arqueología. Pero lo que parecía faltarle era cultura histórica o
    arqueológica, sólo tenía la erudición, le faltaba la comprensión íntima de que los hechos habían
    sucedido en este mundo y con estos mismos hombres, que en la tierra que él pisaba un día no había
    habido habitantes y que los peces que se habían transformado en anfibios eran esos mismos que él
    comía. Y hasta hoy extiende zapatos como un erudito, como si no fuera en contacto con esta áspera
    tierra que se gastan las suelas.


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    Mensaje por Maria Lua Sáb 11 Mar 2023, 09:26

    4 de octubre de 1969


    LOS HÉROES


    Incluso en Camus, ese amor por el heroísmo. ¿Entonces no hay otro modo? No, incluso comprender
    ya es heroísmo. ¿Entonces un hombre no puede simplemente abrir una puerta y mirar?



    25 de octubrede 1969


    LO INSUPERABLE


    Ella estaba con hipo. Y como si no bastara la claridad de las dos de la tarde, era pelirroja.
    En la calle vacía las piedras vibraban de calor, la cabeza de la niña flameaba. Sentada en los
    escalones de su casa, aguantaba. Nadie en la calle, sólo una persona esperando inútilmente en la
    parada del tranvía. Y como si no bastara su mirada sumisa y paciente, el hipo la interrumpía de tanto
    en tanto, agitando el mentón que se apoyaba conforme en la mano. ¿Qué hacer con una niña pelirroja
    con hipo? Nos miramos sin palabras, desaliento contra desaliento. En la calle desierta ninguna señal
    de taxi. En una tierra de morenos, ser pelirrojo era una revolución involuntaria. ¿Qué importaba si en
    un día futuro su marca la haría erguir insolente una cabeza de mujer? Por ahora ella estaba sentada en
    un escalón centelleante de la puerta, a las dos de la tarde. Lo que la había salvado era una vieja
    cartera de señora, con la manija partida. La sostenía con un amor conyugal ya habitual, apretándola
    contra las rodillas.
    Fue cuando se acercó a su otra mitad en este mundo, un hermano en Grajaú. La posibilidad de
    comunicación surgió en el ángulo caliente de la esquina, acompañando a una señora, y encarnada en
    la figura de un can. Era un basset lindo y miserable, dulce bajo su fatalidad. Era un basset pelirrojo.
    Allá venía trotando, frente a su dueña, arrastrando su tamaño. Desprevenido, acostumbrado,
    perro.
    La niña abrió los ojos pasmada. Suavemente avisado, el perro se detuvo frente a ella. Su lengua
    vibraba. Ambos se miraban.
    Entre tantos seres que están listos para volverse dueños de otro ser, allá estaba la niña que había
    venido al mundo para tener aquel perro. Él se estremecía suavemente, sin ladrar. Ella lo miraba bajo
    los cabellos, fascinada, seria. ¿Cuánto tiempo transcurría? Un gran hipo la sacudió desafiando. Él ni
    siquiera tembló. También ella pasó por encima del hipo y continuó observándolo.
    Los pelos de ambos eran cortos, rojos.
    ¿Qué se dijeron? No se sabe. Sólo se sabe que se comunicaron rápidamente, pues no había
    tiempo. Se sabe también que sin hablar ellos se pedían. Se pedían con urgencia, con timidez,
    sorprendidos.
    En medio de tanta vaga imposibilidad y de tanto sol, allí estaba la solución para la niña roja. Y
    en medio de tantas calles para trotar, de tantos perros más grandes, de tantas cloacas secas, ahí había
    una niña, como si fuera carne de su pelirroja carne. Se observaban profundos, entregados, ausentes
    de Grajaú. Un instante más y el sueño suspendido se quebraría, cediendo tal vez a la gravedad con
    que se pedían.
    Pero ambos estaban comprometidos.
    Ella con su infancia imposible, el centro de la inocencia que sólo se abriría cuando fuera una
    mujer. Él, con su naturaleza aprisionada.
    La dueña esperaba impaciente bajo la sombrilla. El basset pelirrojo al final se despegó de la
    niña y salió sonámbulo. Ella se quedó espantada, con el acontecimiento en las manos, en una mudez
    que ni padres ni madres comprenderían. Lo acompañó con los ojos negros que apenas creían,
    inclinada sobre la cartera y las rodillas, hasta verlo doblar la otra esquina.
    Pero él fue más fuerte que ella. Ni una sola vez miró hacia atrás.





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    Mensaje por Maria Lua Dom 12 Mar 2023, 12:38

    13 de diciembre de 1969


    TEOSOFÍA


    Positivamente no era mi día para la teosofía. Y no va que tomo un taxi con un chofer que, a propósito
    de sólo simpatía por mí, creo, me da una lección teosófica. Más materialista de lo que yo estaba, no
    podía. El chofer —un señor de cabello blanco, aspecto distinto y bonito— hablaba y yo no lo
    escuchaba. Escuché cuando habló de hermandad y entonces reaccioné de un modo extraño: no me
    sentí hermana de nadie en el mundo. Estaba sola. Pero hubo una cosa que me llamó la atención
    porque es mía también, incluso en un día de puro materialismo. ¿Cómo explicar? Dijo que nuestro
    ciclo en el mundo ya terminó y que no estamos preparados para este fin, que el año dos mil ya llegó.
    Presté atención. Para mí también el año dos mil es hoy. Me siento tan avanzada, aun cuando no pueda
    expresarlo, que estoy en otro ciclo, aun cuando no pueda expresarlo. Incluso me siento mucho más
    allá de escribir. ¿Marciana? No. Poco quiero saber. Y el año dos mil ya llegó, pero no por causa de
    Marte: por causa de la propia Tierra, de nosotros, por nuestra voracidad del tiempo que nos come.
    Sólo en materia de hambre no estamos en el año dos mil. Pero hay varios tipos de hambre: estoy
    hablando de todos. Y el hambre, no de comida, es tanta que engullimos no sé cuántos años y
    superamos los dos mil. Lo que yo aprendí con los choferes de taxi daría para un libro. Saben muchas
    cosas: literalmente circulan. En cuanto a Antonioni yo sé, y ellos no saben. Si bien tal vez, incluso
    ignorándolo. Hay varios modos de saber, ignorando. Conozco eso: ocurre conmigo también.


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    Mensaje por Maria Lua Dom 12 Mar 2023, 12:40

    20 de diciembre de 1969


    ENTRE COMILLAS


    Cuando revuelvo en papeles viejos, exteriormente eso significa algún polvo, e interiormente rabia de
    mí misma: porque, sin convencerme nunca de que tengo mala memoria, copio entre comillas frases o
    textos y después, pasado un tiempo, como no lo anoté pensando que no olvidaría el nombre de los
    autores, ya no sé quién los dijo. Por ejemplo:
    «Vemos que aquí en la tierra los opuestos se mezclan, que un valor positivo se compra al precio
    de un valor negativo. Y, tal vez, la experiencia metafísica más profunda —la que viene cuando el ser
    toma conciencia de lo absoluto, lo que le da un estremecimiento sagrado y lo deja entrever la
    felicidad, aquella que le permite el acceso a lo sobrenatural— tal vez esa experiencia sólo sea
    posible cuando el alma está tan desplazada que ya no le sea posible volver a erguirse de su ruina».
    «Lo que parece incoherente al frío análisis a veces puede estar cargado de sentido para el
    corazón, y éste lo entiende».
    «No se sabría adquirir el conocimiento intuitivo de algún otro universo sin sacrificar una parte
    del entendimiento que nos es necesario en el presente mundo».


    UN MOMENTO DE DESÁNIMO

    En algún punto debe de haber un error: es que al escribir, por más que me exprese, tengo la sensación
    de nunca haberme expresado en verdad. A tal punto eso me desalienta que me parece, ahora, haber
    pasado a concentrarme más en querer expresarme que en la expresión misma. Sé que es una manía
    muy pasajera. Pero, de cualquier forma, intentaré lo siguiente: una especie de silencio. Aun cuando
    siga escribiendo, usaré el silencio. Y, si existiera lo que se llama expresión, que se exhale de lo que
    soy. Ya no va a ser más: «Me expreso, luego soy». Será: «Soy, luego soy».


    ACERCA DE ESCRIBIR


    A veces tengo la impresión de que escribo por simple curiosidad intensa. Es que, al escribir, me
    entrego a las sorpresas más inesperadas. Es a la hora de escribir que muchas veces me vuelvo
    consciente de cosas, de las cuales, siendo inconsciente, antes no sabía que sabía.


    FORMA Y CONTENIDO


    Se habla de la dificultad entre la forma y el contenido, con relación a escribir; hasta se dice: el
    contenido es bueno, pero la forma no, etc. Pero, por Dios, el problema es que no está de un lado el
    contenido y de otro la forma. Así sería fácil: sería como relatar a través de una forma lo que ya
    existiera libre, el contenido. Pero la lucha entre la forma y el contenido está en el propio
    pensamiento: el contenido lucha por formarse. A decir verdad, no se puede pensar en un contenido
    sin su forma. Sólo la intuición toca en la verdad sin necesitar ni de contenido ni de forma. La
    intuición es la honda reflexión inconsciente que prescinde de forma mientras ella misma, antes de
    surgir, se trabaja. Me parece que la forma ya aparece cuando todo el ser tiene un contenido maduro,
    ya que se quiere dividir el pensar o escribir en dos fases. La dificultad de forma está en el propio
    constituirse del contenido, en el propio pensar o sentir, que no sabrían existir sin su forma adecuada
    y a veces única





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    Mensaje por Maria Lua Lun 13 Mar 2023, 13:29

    21 de febrero de 1970


    EL MUERTO IRÓNICO


    ¿Será éste un epitafio para un amigo muerto e irónico? Detrás de los anteojos, la bondad. Detrás del
    pecho, el corazón ya enfermo. Éste fue su egoísmo sarcástico: su muerte era problema de los vivos.
    ¿Dónde está él, si no creía en la sobrevivencia? Como si creer fuera una dirección. La falta que él
    hace es de una presencia casi incómoda. Y con qué ironía esta paradoja él leería. «¿Incluso con
    rima?», diría. Sí, la rima también sirve para no llorar. ¿Dónde está lo que de él pensaba?, doliendo
    en otras cabezas. Una pena que sea tonto decir: mi brazo derecho por tu vida. Esta vez sin rima para
    poder por fin llorar. Él, que no dejó llorar.


    DESCUBRIMIENTO


    Un perro debe tener olor a perro. Pues ése fue el iluminado pensamiento que se le ocurrió al hombre
    en medio de un día en que, hace varios días, se encontraba en una tibia niebla de sentimientos. El
    pensamiento sobre el perro lo iluminó de repente y abrió de repente un claro. El hombre se puso muy
    alegre, tal vez hubiera terminado de poner los puntos sobre las íes. Se puso alegre y comenzó a mirar
    cada cosa como si por fin se hubiese despertado de una larga enfermedad. Un perro debe tener olor a
    perro. El hombre, a través de ese pensamiento, se aceptó totalmente como era, como si admitiera que
    un hombre debe tener olor a hombre, que la vida de un hombre es su vida desnuda. En la calle, por
    donde caminaba para ir al trabajo, pasó junto a una mujer que, inocente del que pasaba, cargaba un
    paquete de compras. Él sonrió porque ella no sabía que él sabía que, así como un perro es un perro,
    aquella mujer era aquella mujer. El hombre se emocionó con el hecho de haber terminado de lavar al
    mundo, las aguas todavía corrían frescas. Él iba a trabajar al Banco. Y el Banco es horrible, por
    Dios. Pero, lavado con aguas frescas, un banco es un banco.


    CARTA ATRASADA


    Estimado señor X,

    Encontré una crítica suya sobre un libro, La ciudad sitiada, sólo Dios sabe de cuándo, pues el
    recorte no tiene fecha. Su crítica es aguda y bien hecha. Usted dice tantas cosas verdaderas y bien
    dichas, y que encontraron eco en mí, que por mucho tiempo no se me ocurrió agregarles ni a ellas ni a
    mí misma otras verdades también importantes del mismo modo. Ocurre que a esas otras verdades
    usted tiene o no tiene la culpa de no conocerlas. Sé que el lector común sólo puede tomar
    conocimiento de lo que está realizado, de lo que es evidente. Lo que me espanta —y esto ciertamente
    va en contra de mí— es que a un crítico se le escapen los motivos mayores de mi libro. ¿Será que
    eso quiere decir que no logré sacar a la superficie las intenciones del libro? ¿O los ojos del crítico
    se nublaron por otros motivos que no eran los míos? Hablan o, mejor, antiguamente hablaban, tanto
    de mis «palabras», de mis «frases». Como si ellas fueran verbales. Sin embargo ninguna, pero
    ninguna de las palabras del libro fue juego. Cada una de ellas quiso decir esencialmente algo. Sigo
    considerando mis palabras como desnudas. En cuanto a la «intención» del libro, no creía que se
    perdería, a los ojos de un crítico, a través del desarrollo de la narración. Sigo sintiendo esa
    «intención» atravesando todas las páginas, en un hilo tal vez frágil tal como quise, pero permanente y
    hasta el final. Creo que todos los problemas de Lucrécia Neves están condicionados a ese hilo. Que
    es lo que quise decir a través de Lucrécia —personaje sin las armas de la inteligencia que aspira, sin
    embargo, a esa especie de integridad espiritual de un caballo, que no «reparte» lo que ve, que no
    tiene una «visión verbal» o mental de las cosas, que no siente la necesidad de completar la impresión
    con la expresión-caballo en el que existe el milagro de que la impresión sea total —tan real— que en
    él la impresión ya es la expresión. Pensé tanto en haber sugerido que la historia verdadera de
    Lucrécia Neves era independiente de su historia particular. La lucha por alcanzar la realidad —he
    ahí lo principal en esa criatura que intenta, de todos los modos, adherir a lo que existe por medio de
    una visión total de las cosas. Pretendí dejar dicho también cómo la visión —cómo el modo de ver, el
    punto de vista— altera la realidad, construyéndola. Una casa no se construye sólo con piedras,
    cimiento, etc. El modo de mirar de un hombre también la construye. El modo de mirar da el aspecto a
    la realidad. Cuando digo que Lucrécia Neves construye la ciudad de S. Geraldo y le da una tradición,
    es de algún modo claro para mí. Cuando digo que, en esa época de ciudad naciente, cada mirada
    hacía emerger nuevas extensiones, nuevas realidades, eso es tan claro para mí. Tradición, pasado de
    cultura, ¿qué es eso si no un modo de ver que se transmite hasta nosotros?
    Pensé haber dado a Lucrécia Neves sólo el papel de «una de las personas» que construyeron la
    ciudad, dejándole el mínimo de individualidad necesaria para que un ser sea él mismo. Los
    problemas propios de Lucrécia Neves, como dice usted, me parecen sólo la tierra necesaria para esa
    construcción colectiva. Me parece tan claro. Una de las más intensas aspiraciones del espíritu es la
    de dominar por el espíritu la realidad exterior. Lucrécia no lo consigue, entonces «adhiere» a esa
    realidad, toma como su vida la vida más amplia del mundo.
    No se vuelve evidente para mí que todos esos movimientos íntimos del libro, y otros más que lo
    completan, estén sumergidos bajo lo que usted llama «magia de la frase». Desde el primer libro,
    además, se habla de mis «frases». No tenga dudas, sin embargo, de que deseé —y logré, por Dios—algo a través de ellas, y no a ellas mismas.
    Llamar «verbalismo» a una voluntad dolorosa de acercar lo más posible las palabras al
    sentimiento, eso es lo que me espanta. Y lo que me revela la distancia posible que hay entre lo que se
    da y lo que se recibe… Pero que lo di y fue recibido, lo sé. San Tiago Dantas, cuando leyó por
    primera vez el libro, se asustó: me dijo que yo había «caído». Después, en una noche de insomnio,
    resolvió releerlo. Y me dijo con espanto: pero éste es tu mejor libro. No lo era, pero valió por la
    profunda comprensión que tuvo de Lucrécia Neves y de los caballos de S. Geraldo. No, usted no hizo
    el «entierro» del libro: usted también lo «construyó». Con perdón de la palabra, como uno de los
    caballos de S. Geraldo.


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    Mensaje por Maria Lua Lun 13 Mar 2023, 13:30

    28 de febrero de 1970


    SÁBADO, CON SU LUZ


    Trabajar, ¿cómo? ¿Qué es lo que interesa en este sábado que es puro aire, sólo aire? «Todos
    aquellos que hicieron grandes cosas, las hicieron para salir de una dificultad, de un callejón sin
    salida». ¿Mi vida tiene que ser escribir, escribir, escribir?, ¿como ejercicio espiritual profundo? E
    incorporar en lo que escriba el aire aéreo de este sábado. ¿Qué quiero escribir? Hoy quiero escribir
    cualquier cosa que sea tranquila y sin modas, algo como el recuerdo de un alto monumento que
    parece más alto porque es recuerdo. Pero quiero, de paso, haber tocado realmente el monumento.
    V



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    Mensaje por Maria Lua Miér 15 Mar 2023, 08:50

    28 de febrero de 1970

    SÁBADO, CON SU LUZ


    Trabajar, ¿cómo? ¿Qué es lo que interesa en este sábado que es puro aire, sólo aire? «Todos
    aquellos que hicieron grandes cosas, las hicieron para salir de una dificultad, de un callejón sin
    salida». ¿Mi vida tiene que ser escribir, escribir, escribir?, ¿como ejercicio espiritual profundo? E
    incorporar en lo que escriba el aire aéreo de este sábado. ¿Qué quiero escribir? Hoy quiero escribir
    cualquier cosa que sea tranquila y sin modas, algo como el recuerdo de un alto monumento que
    parece más alto porque es recuerdo. Pero quiero, de paso, haber tocado realmente el monumento.
    Voy a parar aquí, ¡porque es tan sábado!



    ******************



    7 de marzo de 1970


    LA MÁQUINA ESTÁ CRECIENDO


    El hombre fue programado por Dios para resolver problemas. Pero comenzó a crearlos en vez de
    resolverlos. La máquina fue programada por el hombre para resolver los problemas que él creó. Pero
    ella, la máquina, está comenzando también a crear problemas que desorientan y tragan al hombre. La
    máquina continúa creciendo. Está enorme. A punto tal de que tal vez el hombre deje de ser una
    organización humana. Y como perfección de ser creado, sólo existirá la máquina. Dios creó un
    problema para sí mismo. Él terminará destruyendo la máquina y recomenzando por la ignorancia del
    hombre frente a la manzana. O el hombre será un triste antepasado de la máquina; mejor el misterio
    del paraíso


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    Mensaje por Maria Lua Miér 15 Mar 2023, 08:52

    14 de marzo de 1970


    ESCRIBIR AL SABOR DE LA PLUMA

    Esta frase me quedó en la memoria y ni siquiera sé de dónde vino. Para comenzar, la pluma ya no se
    usa más. Y después, sobre todo, escribir a máquina, o con lo que sea, no es un sabor. No, no me estoy
    refiriendo a intentar escribir bien: eso viene por sí solo. Estoy hablando de intentar en uno mismo la
    nebulosa que de a poco se condensa, de a poco se concreta, de a poco sube a la superficie, hasta que
    llegue como en un parto la primera palabra que la exprese.


    VARIACIÓN DEL HOMBRE DISTRAÍDO


    Está con los anteojos y sin embargo busca los anteojos por la casa entera. De vez en cuando le ocurre
    con alegría: qué suerte la mía, la de ver todo tan claro hoy, eso me ayudará a buscar y a encontrar mis
    anteojos. A veces, en medio de la búsqueda, llega a pensar: estoy viendo tan bien que capaz que
    hasta no necesito más anteojos ni para leer. Sólo se dio cuenta de que estaba con los anteojos en la
    cara cuando, antes de dormir, se los acomodó para leer: sintió con extrañeza un trazo fisonómico
    más. Y la verdad es que quedó muy decepcionado: era natural que yo pensara que ya no necesitaba
    anteojos.


    EL FUTURO YA COMENZÓ


    Bien, en un último análisis se trata de lo siguiente: ya estamos en el año 2000. De tanto miedo que
    tenemos de ese año límite (el Tiempo revelado una vez más), precipitamos el acontecimiento. Así
    como no se aguanta algo prometido y se hace que la cosa, aun dolorosa, venga antes para que pase
    rápidamente la desesperación. No es que el año 2000 en el que ya estamos sea un año de
    desesperación. ¿O sí? La desesperación de la existencia eterna del Tiempo, así como el Universo,
    siempre existió. Ahora no tengo miedo al pensar en el año 8000. Que vendrá así como el año 2000.
    El tiempo no es la duración de una vida. El tiempo antes de nosotros es tan eterno como el tiempo en
    adelante. En el año 8000, si hay gente, habrá una nueva religión, una que admita que lo inmaterial se
    materialice, una que no tenga miedo de la muerte, pues éste es sólo un problema personal.
    SÍ Y NO
    Yo soy sí. Yo soy no. Espero con paciencia la armonía de los contrarios. Seré un yo, lo que significa
    también vosotros.


    EVOLUCIÓN


    Con el paso del tiempo ella se iba volviendo más habituada, como si de a poco se estuviera
    acostumbrando a la Tierra, a la Luna, al Sol y, extrañamente, sobre todo a Marte. Estaba en una
    especie de plataforma de donde, por milésimas de segundos, parecía ver la suprarrealidad de lo que
    es verdaderamente real. Más real que la realidad.





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    y en ese vuelo y en ese sueño
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    Mensaje por Maria Lua Jue 16 Mar 2023, 09:27

    25 de abril de 1970


    VIETCONG


    Uno de mis hijos me dijo: ¿Por qué a veces escribes sobre asuntos personales? Le respondí que, en
    primer lugar, nunca traté realmente acerca de mis asuntos personales, incluso soy una persona muy
    secreta. Y hasta con amigos sólo voy hasta cierto punto. Es fatal, en una columna que aparece todos
    los sábados, terminar comentando sin querer las repercusiones en nosotros de nuestra vida diaria y
    de nuestra vida extraña. Ya hablé con un cronista célebre a este respecto, quejándome yo misma de
    estar siendo muy personal, cuando en 11 libros publicados no entré como personaje. Él dijo que en la
    crónica no había escapatoria. Mi hijo dijo entonces: ¿Por qué no escribes sobre el Vietcong? Me
    sentí pequeña y humilde, pensé: ¿qué es lo que una mujer débil como yo puede hablar sobre tantas
    muertes sin gloria siquiera, guerras que cortan de la vida a personas en plena juventud, sin hablar de
    las masacres, en nombre de qué, al final? Una bien sabe por qué, y queda horrorizada. Le respondí
    que yo dejaba los comentarios para Antônio Callado. Pero, de repente, me sentí impotente, de brazos
    caídos. Pues todo lo que hice sobre el Vietcong fue sentir profundamente la masacre y quedar
    perpleja. Y es eso lo que la mayoría de nosotros hace al respecto: sentir con impotencia rebelión y
    tristeza. Esa guerra nos humilla.


    IR CONTRA LA MAREA


    Luché toda mi vida contra la tendencia al devaneo, siempre sin dejar nunca que me llevase hasta las
    últimas aguas. Pero el esfuerzo de nadar contra la suave corriente me quita parte de mi energía vital.
    Y, si luchando contra el devaneo, gano en el dominio de la acción, pierdo interiormente algo muy
    suave de ser y que nada lo sustituye. Pero un día sin embargo he de ir, sin que me importe hacia
    dónde el ir me llevará.


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    Mensaje por Maria Lua Jue 16 Mar 2023, 09:34

    9 de mayo de 1970



    NIÑO

    —Mamá, vi un cachorro de huracán, pero tan cachorrito aún, tan pequeño aún, que en realidad sólo
    hacía rodar muy despacito tres hojitas en la esquina.


    CUANDO LLEGUE LA HORA DE PARTIR


    —Tú comprendes, no es así, mamá, que no puedes gustarme de este mismo modo toda la vida.


    QUE VIVA HOY


    … sin ningún acontecimiento que me provoque, sin ninguna expectativa, por la tarde, esta tarde, yo,
    aplicándome a la caligrafía como un niño de escuela, yo, también una de las monjas que cosen, en
    labor de abeja bordo en hilo de oro: Viva Hoy.





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    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 12:29

    16 de mayo de 1970


    LAS MARAVILLAS DE CADA MUNDO


    Tengo una amiga llamada Azaléia, a la que simplemente le gusta vivir. Vivir sin adjetivos. Está muy
    enferma del cuerpo, pero sus risas son claras y constantes. Su vida es difícil, pero es suya.
    Un día me dijo que cada persona tenía en su mundo siete maravillas. ¿Cuáles? Dependía de la
    persona.
    Entonces resolvió clasificar las siete maravillas de su mundo.
    Primera: haber nacido. Haber nacido es un don, existir, digo yo, es un milagro.
    Segunda: sus cinco sentidos, que incluyen el sexto en gran dosis. Con ellos toca y siente y oye y
    se comunica y tiene placer y experimenta el dolor.
    Tercera: su capacidad de amar. A través de esa capacidad, menos común de lo que se piensa,
    siempre está repleta de amor por algunos y por muchos, lo que le ensancha el pecho.
    Cuarta: su intuición. La intuición le acerca lo que el raciocinio no toca y que los sentidos no
    perciben.
    Quinta: su inteligencia. Se considera una privilegiada por entender. Su raciocinio es agudo y
    eficaz.
    Sexta: la armonía. La consiguió a través de sus esfuerzos, y realmente toda ella es armoniosa, en
    relación con el mundo en general y con su propio mundo.
    Séptima: la muerte. Ella cree, teosóficamente, que después de la muerte el alma se encarna en
    otro cuerpo y todo comienza de nuevo, con la alegría de las siete maravillas renovadas.


    UNA CONVERSACIÓN LLEVA A OTRA CONVERSACIÓN SIN SENTIDO


    Estaba en el comedor diario bebiendo un café y oí a la cocinera en el área de servicio cantando una
    melodía linda, sin palabras, una especie de cantilena extremadamente armoniosa. Le pregunté de
    quién era la canción. Respondió: es una tontería mía.
    Ella no sabía que era creativa. Y el mundo no sabe que es creativo. Dejé de beber el café,
    medité: el mundo será mucho más creativo todavía. El mundo no se conoce a sí mismo. Estamos tan
    atrasados con relación a nosotros mismos. Incluso la palabra creativa no se usará como palabra, ni
    siquiera se va a hablar de ella: solamente todo se creará. No es culpa nuestra —continué con mi café
    — si estamos atrasados en millares de años. Al pensar en «millares de años por delante», casi me
    dio un vértigo pues no consigo contar siquiera con el color que tendrá la tierra. La posteridad existe y
    aplastará nuestro presente. Y si el mundo se crea por ciclos, digamos, ¿es posible que volvamos a las
    cavernas y que todo se repita de nuevo? Me duele hasta el cuerpo al pensar que no sabré jamás cómo
    será el mundo de aquí a millares de años. Por otro lado, continué, estamos gateando hasta deprisa. Y
    la tonada que la muchacha cantaba va a dominar este mundo nuevo: va a crearse sin saber. Pero por
    ahora estamos secos como un higo seco donde todavía hay un poco de humedad.
    Mientras tanto la empleada extiende la ropa en la soga y continúa su melopea sin palabras. Me
    baño en ella. La empleada es delgada y morena y en ella se aloja un «yo». Un cuerpo separado de los
    otros, ¿y a eso se le llama «yo»? Es extraño tener un cuerpo donde alojarse, un cuerpo donde corre
    sin parar sangre mojada, donde la boca sabe cantar, y los ojos tantas veces han de haber llorado. Ella
    es un «yo».






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    Mensaje por Maria Lua Sáb 18 Mar 2023, 09:06

    13 de junio de 1970


    DIVAGANDO SOBRE TONTERÍAS


    Después de esporádicas y perplejas meditaciones sobre el cosmos, llegué a varias conclusiones
    obvias (lo obvio es muy importante: garantiza cierta veracidad). En primer lugar concluí que existe
    el infinito, es decir, el infinito no es una abstracción matemática, sino algo que existe. Estamos tan
    lejos de comprender el mundo que nuestra cabeza no logra razonar más que sobre la base de finitos.
    Después se me ocurrió que si el cosmos fuera finito, yo de nuevo tendría un problema en las manos:
    pues, después de lo finito, ¿qué comenzaría? Después llegué a la conclusión, muy humilde la mía, de
    que Dios es lo infinito. En esas divagaciones mías también me di cuenta de lo poco que sabía, y eso
    dio como resultado una alegría: la de la esperanza. Me explico: lo poco que sé no alcanza para
    comprender la vida, entonces la explicación está en lo que desconozco y que tengo la esperanza de
    poder llegar a conocer un poco más.
    Lo bello del infinito es que no existe siquiera un adjetivo que se pueda usar para definirlo. Es,
    sólo eso: es. Estamos ligados al infinito a través del inconsciente. Nuestro inconsciente es infinito.
    El infinito no aplasta, pues con relación a él no se puede siquiera hablar de grandeza o incluso
    d e inconmensurabilidad. Lo que se puede hacer es adherir al infinito. Sé lo que es el absoluto
    porque existo y soy relativa. Mi ignorancia es realmente mi esperanza: no sé adjetivar. Lo que es una
    seguridad. La adjetivación es una cualidad, y el inconsciente, como el infinito, no tiene cualidades ni
    cantidades. Yo respiro el infinito. Mirando el cielo, me quedo tonta de mí misma.
    Lo absoluto es de una belleza indescriptible e inimaginable por la mente humana. Nosotros
    aspiramos esa belleza. El sentimiento de belleza es nuestro eslabón con el infinito. Es el modo como
    podemos adherir a él. Hay momentos, aunque raros, en los que la existencia del infinito está tan
    presente que tenemos una sensación de vértigo. El infinito es un llegar a ser. Es siempre lo presente,
    indivisible por el tiempo. Infinito es el tiempo. Espacio y tiempo son la misma cosa. Qué pena que yo
    no entienda de física y de matemática para poder, en esta mi divagación gratuita, pensar mejor y tener
    el vocabulario adecuado para la transmisión de lo que siento.
    Me espanta nuestra fertilidad: el hombre con los siglos llegó a dividir el tiempo en estaciones del
    año. Incluso llegó a intentar dividir el infinito en días, meses, años, pues el infinito puede ser muy
    abrumador y oprimir el corazón. Y, frente a la angustia, traemos el infinito hasta el ámbito de nuestra
    conciencia y lo organizamos en forma humana simplificada. Sin esa forma u otra cualquiera de
    organización, nuestro consciente tendría un vértigo peligroso como la locura. Al mismo tiempo, para
    la mente humana, la eternidad del infinito es una fuente de placer: sin entenderlo, comprendemos. Y
    sin entender, vivimos. Nuestra vida es sólo un modo del infinito. O mejor: el infinito no tiene modos.
    ¿Cuál es la forma más adecuada para que el consciente acapare el infinito? Pues en cuanto al
    inconsciente, como ya fue dicho, éste lo admite por la simple razón de también serlo. ¿Será que
    entenderíamos mejor el infinito si dibujáramos un círculo? Me equivoqué. El círculo es una forma
    perfecta pero que pertenece a nuestra mente humana, restringida por su propia naturaleza. Pues en
    verdad hasta el círculo sería un adjetivo inútil para el infinito. Uno de nuestros equívocos naturales
    es pensar que, a partir de nosotros, existe el infinito. No logramos pensar en el existo sin tomar como
    punto de vista el a partir de nosotros.
    A decir verdad, ya me perdí y no sé de qué estoy hablando. Bien, tengo más para hacer que
    escribir tonterías sobre el infinito. Es, por ejemplo, la hora del almuerzo y la empleada avisó que ya
    está servido. Era tiempo de parar en realidad.





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    Mensaje por Maria Lua Lun 20 Mar 2023, 17:30

    11 de julio de 1970


    SÁBADO


    Creo que el sábado es la rosa de la semana; el sábado a la tarde la casa está hecha de cortinas al
    viento, y alguien vacía un balde de agua en la terraza; sábado al viento es la rosa de la semana.
    Sábado a la mañana es jardín, una abeja vuela, y el viento: una picadura de la abeja, la cara
    hinchada, sangre y miel, aguijón perdido en mí: otras abejas husmearán y otro sábado de mañana voy
    a ver si el patio está lleno de abejas. En los patios de la infancia, el sábado las hormigas subían en
    fila por la piedra. Fue un sábado que vi a un hombre sentado a la sombra de la vereda comiendo de
    un cuenco carne seca y pasta de harina de mandioca: era sábado a la tarde y nosotros ya nos
    habíamos bañado. A las dos de la tarde la campanilla inauguraba al viento la matiné de cine: y al
    viento el sábado era la rosa de nuestra insípida semana. Si llovía, sólo yo sabía qué era el sábado:
    una rosa mojada ¿no? En Río de Janeiro cuando se piensa que la semana exhausta va a morir, ella
    con gran esfuerzo metálico se abre en rosa: en la Avenida Atlântica el auto frena de golpe con
    estridencia y, de golpe, antes de que el viento espantado pueda recomenzar, siento que es sábado a la
    tarde. Ha sido sábado pero ya no es lo mismo. Entonces no digo nada, aparentemente sumisa: pero en
    verdad ya tomé mis cosas y fui hacia el domingo a la mañana. El domingo a la mañana también es la
    rosa de la semana. Aunque el sábado lo sea mucho más. Nunca voy a saber por qué.


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    Mensaje por Maria Lua Lun 20 Mar 2023, 18:15

    15 de agosto de 1970



    DONAR A SÍ MISMO



    He lidiado con problemas de injerto de piel, supe que un banco de donación de piel no es viable,
    pues ésta, siendo ajena, no se adhiere por mucho tiempo a la piel del injertado. Es necesario que la
    piel del paciente sea sacada de otra parte de su cuerpo y enseguida injertada en el lugar necesario.
    Esto quiere decir que en el injerto hay una donación de sí para sí mismo.
    Este caso me hizo divagar un poco sobre el número de otros en que la propia persona tiene que
    donarse a sí misma.
    Lo que trae soledad y riqueza y lucha. Llegué a pensar en la bondad, que es típicamente lo que se
    quiere recibir de los otros —y sin embargo a veces sólo la bondad que nos donamos a nosotros
    mismos nos libra de la culpa y nos perdona. Y también, por ejemplo, es inútil recibir la aceptación
    de los otros, mientras nosotros mismos no nos donemos la autoaceptación de lo que somos. En cuanto
    a nuestra debilidad, nuestra parte más fuerte es que tienen que donarnos ánimo y complacencia. Y hay
    ciertos dolores que sólo nuestro propio dolor, si se profundizara, paradójicamente llega a amenizar.
    En el amor felizmente la riqueza está en la donación mutua. Lo que no significa que no haya
    lucha: es necesario donarse el derecho de recibir amor. Pero luchar es bueno. Hay dificultades que
    sólo por ser dificultades ya calientan nuestra sangre, que felizmente puede ser donada.
    Me acordé de otra donación a sí mismo: la de la creación artística. Pues en primer lugar, por así
    decir, se intenta sacar la propia piel para injertarla donde es necesario. Sólo después de pegado el
    injerto viene la donación a los otros. O ya está todo mezclado, no sé bien, la creación artística es un
    misterio que se me escapa, felizmente. No quiero saber mucho.
    LOCURA DIFERENTE
    La obra de arte es un acto de locura del creador. Sólo que germina como no-locura y abre camino.
    Sin embargo, es inútil planear esa locura para llegar a la visión del mundo. La previsión despierta
    del sueño lento de la mayoría de los que duermen o de la confusión de los que adivinan que algo está
    ocurriendo o va a ocurrir. La locura de los creadores es diferente de la locura de los que están
    mentalmente enfermos. Éstos, entre otros motivos que desconozco, equivocaron el camino de la
    búsqueda. Son casos para médicos, mientras que los creadores se realizan con el propio acto de
    locura.



    UNA EXPERIENCIA EN VIVO



    Antes de haber enviado mi libro de historia infantil al editor João Rui Medeiros, de José Álvaro
    Editora, hice una prueba con una niña de cinco años, un niño de siete, otro de diez y el cuarto de
    doce años, todos reunidos en un solo grupo. La lectura fue realizada por un amigo mío que lee bien.
    Mi historia sobre un conejo pensante llegó a las cuatro edades de modo diferente, y la lectura
    frecuentemente era interrumpida por sugestiones y preguntas. La niña de cinco años, que era más
    linda que el conejo, se interesó estrictamente por el misterio de la fuga del animal. Interrumpió al
    lector para decirle en secreto al oído que el conejo tenía patas tan fuertes que levantaba solo la tapa
    de hierro de su casuchita y la volvía a poner en el lugar. Pasó días después dibujando conejos y uno
    de ellos salió tan bueno que fue colgado, con honor, en el pizarrón de la escuela. El niño de siete
    años en esa época andaba con problemas, tanto que la madre recibía mensajes de la maestra de la
    escuela de que andaba revolucionado. Enseguida, al comienzo de la historia, interrumpió con desdén:
    «Ese conejo es de papel y usa anteojos». Ahora, él era quien últimamente usaba anteojos, y también
    identificaba la falsedad de su situación con la idea de un conejo meramente de papel. El niño de diez
    años oyó con la mayor atención y dio varias soluciones, todas viables e inteligentes, para la fuga del
    conejo. El niño de doce años no dijo nada: era el hijo de la empleada y no osaba manifestarse. Pero
    sus ojos brillaban y de vez en cuando intercambiaba sonrisas con el niño de diez años. Para mí valió
    por una noche de autógrafos más real que las reales: la comunicación se realizó, nos sentimos
    unidos por el conejo pensante, por el calor mutuo, por la libertad sin miedo. Olvidé que yo había
    escrito la historia y entré completamente en el juego. Lo que también ocurrió con otros adultos
    presentes. Las noches de autógrafos deberían ser así.







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