Aires de Libertad

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    La poesía gauchesca de Argentina, Brasil y Uruguay - Página 2 Empty Re: La poesía gauchesca de Argentina, Brasil y Uruguay

    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 09:32

    VIII


    Otra vez en un boliche
    estaba haciendo la tarde;
    cayó un gaucho que hacía alarde
    de guapo y de peliador;
    a la llegada metió
    el pingo hasta la ramada,
    y yo sin decirle nada
    me quedé en el mostrador.

    Era un terne de aquel pago
    que naides lo reprendía,
    que sus enriedos tenía
    con el señor comendante;
    y como era protegido,
    andaba muy entonao
    y a cualquiera desgraciao
    lo llevaba por delante.

    ¡Ah pobre, si él mismo creiba
    que la vida le sobraba!
    Ninguno diría que andaba
    aguaitándoló la muerte;
    pero ansí pasa en el mundo,
    es así la triste vida:
    pa todos está escondida
    la güena o la mala suerte.

    Se tiró al suelo; al dentrar
    le dio un empeyón a un vasco
    y me alargó un medio frasco
    diciendo: "Beba, cuñao."
    "Por su hermana", contesté,
    "que por la mía no hay cuidao".

    "¡Ah, gaucho!", me respondió,
    "¿de qué pago será criollo?
    Lo andará buscando el hoyo,
    deberá tener güen cuero;
    pero ande bala este toro
    no bala ningún ternero".

    Y ya salimos trensaos,
    porque el hombre no era lerdo;
    mas como el tino no pierdo
    y soy medio ligerón,
    lo dejé mostrando el sebo
    de un revés con el facón.

    Y como con la justicia
    no andaba bien por allí,
    cuanto pataliar lo vi,
    y el pulpero pegó el grito,
    ya pa el palenque salí
    como haciéndomé el chiquito.

    Monté y me encomendé a Dios,
    rumbiando para otro pago;
    que el gaucho que llaman vago
    no puede tener querencia,
    y ansí de estrago en estrago
    vive yorando la ausencia.

    El anda siempre juyendo,
    siempre pobre y perseguido;
    no tiene cueva ni nido,
    como si juera maldito;
    porque el ser gaucho... ¡barajo!
    el ser gaucho es un delito.

    Es como el patrio de posta:
    lo larga éste, aquél lo toma,
    nunca se acaba la broma;
    dende chico se parece
    al arbolito que crece
    desamparao en la loma.

    Le echan la agua del bautismo
    aquél que nació en la selva,
    "buscá madre que te envuelva",
    se dice el flaire y lo larga,
    y dentra a crusar el mundo
    como burro con la carga.

    Y se cría viviendo al viento
    como oveja sin trasquila
    mientras su padre en las filas
    anda sirviendo al gobierno;
    aunque tirite en invierno,
    naides lo ampara ni asila.

    Le llaman "gaucho mamao"
    si lo pillan divertido,
    y que es mal entretenido
    si en un baile lo sorprienden;
    hace mal si se defiende
    y si no, se ve... fundido.

    No tiene hijos, ni mujer,
    ni amigos, ni protetores,
    pues todos son sus señores
    sin que ninguno lo ampare;
    tiene la suerte del güey
    ¿y dónde irá el güey que no are?

    Su casa es el pajonal,
    su guarida es el desierto;
    y si de hambre medio muerto
    le echa el lazo a algún mamón,
    lo persiguen como a plaito,
    porque es un "gaucho ladrón".

    Y si de un golpe por áhi
    lo dan güelta panza arriba,
    no hay un alma compasiva
    que le rese una oración:
    tal vez como cimarrón
    en una cueva lo tiran.

    El nada gana en la paz
    y es el primero en la guerra;
    no le perdonan si yerra,
    que no saben perdonar,
    porque el gaucho en esta tierra
    sólo sirve pa votar.

    Para él son los calabozos,
    para él las duras prisiones;
    en su boca no hay razones
    aunque la razón le sobre;
    que son campanas de palo
    las razones de los pobres.

    Si uno aguanta, es gaucho bruto;
    si no aguanta, es gaucho malo.
    ¡Déle azote, déle palo
    porque es lo que él necesita!
    De todo el que nació gaucho
    ésta es la suerte maldita.

    Vamos, suerte, vamos juntos
    dende que juntos nacimos,
    y ya que juntos vivimos
    sin podernos dividir,
    yo abriré con mi cuchillo
    el camino pa seguir.




    continuará en

    https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-_el_gaucho_martin_fierro.pdf


    _________________



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    "Ser como un verso volando
    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
    (Hánjel)





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    La poesía gauchesca de Argentina, Brasil y Uruguay - Página 2 Empty Re: La poesía gauchesca de Argentina, Brasil y Uruguay

    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 09:40

    IX


    Matreriando lo pasaba
    y a las casas no venía;
    solía arrimarme de día,
    mas, lo mesmo que el carancho,
    siempre estaba sobre el rancho
    espiando a la polecía.

    Viva el gaucho que ande mal
    como zorro perseguido,
    hasta que al menor descuido
    se lo atarasquen los perros,
    pues nunca le falta un yerro
    al hombre más alvertido.

    Y en esa hora de la tarde
    en que tuito se adormese,
    que el mundo dentrar parece
    a vivir en pura calma,
    con las tristezas de su alma
    al pajonal enderiese.

    Bala el tierno corderito
    al lao de la blanca oveja
    y a la vaca que se aleja
    llama el ternero amarrao;
    pero el gaucho desgraciao
    no tiene a quién dar su queja.

    Ansí es que al venir la noche
    iba a buscar mi guarida,
    pues ande el tigre se anida
    también el hombre lo pasa,
    y no quería que en las casas
    me rodiara la partida.

    Pues aún cuando vengan ellos
    cumpliendo con sus deberes,
    yo tengo otros pareceres,
    y en esa conduta vivo:
    que no debe un gaucho altivo
    peliar entre las mujeres.

    Y al campo me iba solito,
    más matrero que el venao,
    como perro abandonao,
    a buscar una tapera,
    o en alguna vizcachera
    pasar la noche tirao.

    Sin punto ni rumbo fijo
    en aquella inmensidá,
    entre tanta escuridá
    anda el gaucho como duende;
    allí jamás lo sorpriende
    dormido, la autoridá.

    Su esperanza es el coraje,
    su guardia es la precaución,
    su pingo es la salvación,
    y pasa uno en su desvelo
    sin más amparo que el cielo
    ni otro amigo que el facón.

    Ansí me hallaba una noche
    contemplando las estrellas,
    que le parecen más bellas
    cuanto uno es más desgraciao
    y que Dios las haiga criao
    para consolarse en ellas.

    Les tiene el hombre cariño
    y siempre con alegría
    ve salir las Tres Marías,
    que, si llueve, cuanto escampa
    las estrellas son la guía
    que el gaucho tiene en la pampa.

    Aquí no valen dotores:
    sólo vale la esperencia;
    aquí verían su inocencia
    esos que todo lo saben,
    porque esto tiene otra llave
    y el gaucho tiene su cencia.

    Es triste en medio del campo
    pasarse noches enteras
    contemplando en sus carreras
    las estrellas que Dios cría,
    sin tener más compañía
    que su soledá y las fieras.

    Me encontraba, como digo,
    en aquella soledá,
    entre tanta escuridá,
    echando al viento mis quejas
    cuando el grito del chajá
    me hizo parar las orejas
    .
    Como lumbriz me pegué
    al suelo para escuchar;
    pronto sentí retumbar
    las pisadas de los fletes,
    y que eran muchos jinetes
    conoci sin vasilar.

    Cuando el hombre está en peligro
    no debe tener confianza;
    ansí, tendido de panza,
    puse toda mi atención
    y ya escuché sin tardanza
    como el ruido de un latón.

    Se venían tan calladitos
    que yo me puse en cuidao;
    tal vez me hubieran bombiao
    y me venían a buscar;
    mas no quise disparar,
    que eso es de gaucho morao.

    Al punto me santigüé
    y eché de ginebra un taco,
    lo mesmito que el mataco
    me arroyé con el porrón:
    "Si han de darme pa tabaco,
    dije, ésta es güena ocasión."

    Me refalé las espuelas,
    para no peliar con grillos;
    me arremangué el calzoncillo
    y me ajusté bien la faja
    y en una mata de paja
    probé el filo del cuchillo.

    Para tenerlo a la mano
    el flete en el pasto até,
    la cincha le acomodé,
    y en un trance como aquél,
    haciendo espaldas en él
    quietito los aguardé.

    Cuanto cerca los sentí,
    y que áhi no más se pararon,
    los pelos se me erizaron,
    y aunque nada vian mis ojos,
    "No se han de morir de antojo"
    les dije, cuando llegaron.

    Yo quise hacerles saber
    que allí se hallaba un varón;
    les conocí la intención
    y solamente por eso
    es que les gané el tirón,
    sin aguardar voz de preso.

    -"Vos sos un gaucho matrero",
    dijo uno, haciéndosé el güeno.
    "Vos matastes un moreno
    y otro en una pulpería,
    y aquí está la polecía
    que viene a justar tus cuentas;

    te va a alzar por las cuarenta
    si te resistís hoy día."
    -"No me vengan, contesté,
    con relación de dijuntos:
    esos son otros asuntos;
    vean si me pueden llevar,

    que yo no me he de entregar
    aunque vengan todos juntos."
    Pero no aguardaron más
    y se apiaron en montón;
    como a perro cimarrón
    me rodiaron entre tantos;

    yo me encomendé a los santos
    y eché mano a mi facón.
    Y ya vide el fogonazo
    de un tiro de garabina,
    mas quiso la suerte indina
    de aquel maula, que me errase

    y áhi no más lo levantase
    lo mesmo que una sardina.
    A otro que estaba apurao
    acomodando una bola
    le hice una dentrada sola
    y le hice sentir el fierro,

    y ya salió como el perro
    cuando le pisan la cola.
    Era tanta la aflición
    y la angurria que tenían,
    que tuitos se me venían
    donde yo los esperaba:

    uno al otro se estorbaba
    y con las ganas no vían.
    Dos de ellos, que traiban sables,
    más garifos y resueltos,
    en las hilachas envueltos
    enfrente se me pararon,

    y a un tiempo me atropellaron
    lo mesmo que perros sueltos.
    Me fui reculando en falso
    y el poncho adelante eché,
    y en cuanto le puso el pie
    uno medio chapetón,

    de pronto le di el tirón
    y de espaldas lo largué.
    Al verse sin compañero
    el otro se sofrenó;
    entonces le dentré yo,
    sin dejarlo resollar,

    pero ya empezó a aflojar
    y a la pun...ta disparó.
    Uno que en una tacuara
    había atao una tijera,
    se vino como si fuera
    palenque de atar terneros,

    pero en dos tiros certeros
    salió aullando campo ajuera.
    Por suerte en aquel momento
    venía coloriando el alba
    y yo dije: "Si me salva
    la Virgen en este apuro,

    en adelante le juro
    ser más güeno que una malva."
    Pegué un brinco y entre todos
    sin miedo me entreveré;
    hecho ovillo me quedé
    y ya me cargó una yunta,

    y por el suelo la punta
    de mi facón les jugué.
    El más engolosinao
    se me apió con un hachazo;
    se lo quité con el brazo,
    de no, me mata los piojos;

    y antes de que diera un paso
    le eché tierra en los dos ojos.
    Y mientras se sacudía
    refregándosé la vista,
    yo me le fui como lista
    y áhi no más me le afirme
    diciéndolé: "Dios te asista"
    y de un revés lo voltié.

    Pero en ese punto mesmo
    sentí que por las costillas
    un sable me hacía cosquillas
    y la sangre se me heló.
    Desde ese momento yo
    me salí de mis casillas.

    Di para atrás unos pasos
    hasta que pude hacer pie,
    por delante me lo eché
    de punta y tajos a un criollo;
    metió la pata en un oyo
    y yo al oyo lo mandé.

    Tal vez en el corazón
    lo tocó un santo bendito
    a un gaucho, que pegó el grito
    y dijo: ";Cruz no consiente
    que se cometa el delito
    de matar ansí un valiente!"

    Y áhi no más se me aparió
    dentrándole a la partida:
    yo les hice otra embestida
    pues entre dos era robo;
    y el Cruz era como lobo
    que defiende su guarida.

    Uno despachó al infierno
    de dos que lo atropellaron,
    los demás remoliniaron,
    pues íbamos a la fija,
    y a poco andar dispararon
    lo mesmo que sabandija.

    Ahi quedaban largo a largo
    los que estiraron la jeta,
    otro iba como maleta
    y Cruz, de atrás, les decía:
    "Que venga otra polecía
    a llevarlos en carreta."

    Yo junté las osamentas,
    me hinqué y les recé un bendito;
    hice una cruz de un palito
    y pedí a mi Dios clemente
    me perdonara el delito
    de haber muerto tanta gente.

    Dejamos amontonaos
    a los pobres que murieron;
    no sé si los recogieron,
    porque nos fuimos a un rancho,
    o si tal vez los caranchos
    áhi no más se los comieron.

    Lo agarramos mano a mano
    entre los dos al porrón;
    en semejante ocasión
    un trago a cualquiera encanta,
    y Cruz no era remolón
    ni pijotiaba garganta.

    Calentamos los gargueros
    y nos largamos muy tiesos.
    siguiendo siempre los besos
    al pichel y, por más señas,
    íbamos como sigüeñas
    estirando los pescuesos.

    -"Yo me voy-le dije-, amigo,
    donde la suerte me lleve,
    y si es que alguno se atreve
    a ponerse en mi camino,
    yo seguiré mi destino,
    que el hombre hace lo que debe.

    "Soy un gaucho desgraciado.
    no tengo dónde ampararme,
    ni un palo donde rascarme,
    ni un árbol que me cubije;
    pero ni aún esto me aflige
    porque yo sé manejarme.

    "Antes de cáir al servicio,
    tenía familia y hacienda"
    cuando volví, ni la prenda
    me la habían dejao ya:
    Dios sabe en lo que vendrá
    a parar esta contienda."





    continuará en

    https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-_el_gaucho_martin_fierro.pdf


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    La poesía gauchesca de Argentina, Brasil y Uruguay - Página 2 Empty Re: La poesía gauchesca de Argentina, Brasil y Uruguay

    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 09:47

    X

    CRUZ

    Amigazo, pa sufrir
    han nacido los varones;
    éstas son las ocasiones
    de mostrarse un hombre juerte,
    hasta que venga la muerte
    y lo agarre a coscorrones.

    El andar tan despilchao
    ningún mérito me quita.
    Sin ser una alma bendita
    me duelo del mal ajeno:
    soy un pastel con relleno
    que parece torta frita.

    Tampoco me faltan males
    y desgracias, le prevengo;
    también mis desdichas tengo,
    aunque esto poco me aflige:
    yo sé hacerme el chancho rengo
    cuando la cosa lo esige.

    Y con algunos ardiles
    voy viviendo, aunque rotoso;
    a veces me hago el sarnoso
    y no tengo ni un granito,
    pero al chifle voy ganoso
    como panzón al máiz frito.

    A mi no me matan penas
    mientras tenga el cuero sano,
    venga el sol en el verano
    y la escarcha en el invierno.
    Si este mundo es un infierno
    ¿por qué afligirse el cristiano?

    Hagámoslé cara fiera
    a los males, compañero,
    porque el zorro más matrero
    suele cáir como un chorlito:
    viene por un corderito
    y en la estaca deja el cuero.

    Hoy tenemos que sufrir
    males que no tienen nombre,
    pero esto a naides le asombre
    porque ansina es el pastel
    y tiene que dar el hombre
    más vueltas que un carretel.

    Yo nunca me he de entregar
    a los brazos de la muerte;
    arrastro mi triste suerte
    paso a paso y como pueda,
    que donde el débil se queda
    se suele escapar el juerte.

    Y ricuerde cada cual
    lo que cada cual sufrió,
    que lo que es, amigo, yo,
    hago ansí la cuenta mía:
    ya lo pasado pasó,
    mañana será otro día.

    Yo también tuve una pilcha
    que me enllenó el corazón,
    y si en aquella ocasión
    alguien me hubiera buscao,
    siguro que me había hallao
    más prendido que un botón.

    En la güella del querer
    no hay animal que se pierda;
    las mujeres no son lerdas
    y todo gaucho es dotor
    si pa cantarle al amor
    tiene que templar las cuerdas.

    ¡Quién es de una alma tan dura
    que no quiera una mujer!
    Lo alivia en su padecer:
    si no sale calavera
    es la mejor compañera
    que el hombre puede tener.

    Si es güena, no lo abandona
    cuando lo ve desgraciao,
    lo asiste con su cuidao
    Y con afán cariñoso,
    Y usté tal vez ni un rebozo
    ni una pollera le ha dao.

    Grandemente lo pasaba
    con aquella prenda mía
    viviendo con alegría
    como la mosca en la miel.
    ¡Amigo, qué tiempo aquél!
    ¡La pucha que la quería!

    Era la águila que a un árbol
    dende las nubes bajó,
    era más linda que el alba
    cuando va rayando el sol,
    era la flor deliciosa
    que entre el trebolar creció.

    Pero, amigo, el comendante
    que mandaba la milicia,
    como que no desperdicia
    se fue refalando a casa:
    yo le conocí en la traza
    que el hombre traiba malicia.

    El me daba voz de amigo,
    pero no le tenía fe.
    Era el jefe y, ya se ve,
    no podía competir yo;
    en mi rancho se pegó
    lo mesmo que saguaipé.

    A poco andar conocí
    que ya me había desbancao,
    y él siempre muy entonao
    aunque sin darme ni un cobre,
    me tenía de lao a lao
    como encomienda de pobre.

    A cada rato, de chasque
    me hacía dir a gran distancia;
    ya me mandaba a una estancia,
    ya al pueblo, ya a la frontera;
    pero él en la comendancia
    no ponía los pies siquiera.

    Es triste a no poder más
    el hombre en su padecer,
    si no tiene una mujer
    que lo ampare y lo consuele;
    mas pa que otro se la pele
    lo mejor es no tener.

    No me gusta que otro gallo
    le cacarie a mi gallina.
    Yo andaba ya con la espina,
    hasta que en una ocasión
    lo solprendí en el jogón
    abrazándomé a la china.

    Tenía el viejito una cara
    de ternero mal lamido,
    y al verlo tan atrevido
    le dije: "Que le aproveche;
    que había sido pa el amor
    como gaucho pa la leche."

    Peló la espada y se vino
    como a quererme ensartar,
    pero yo sin tutubiar
    le volví al punto a decir:
    -"Cuidao no te vas a pér...tigo,
    poné cuarta pa salir."

    Un puntaso me largó
    pero el cuerpo le saqué
    y en cuanto se lo quité,
    para no matar un viejo,
    con cuidao, medio de lejo,
    un planaso le asenté.

    Y como nunca al que manda
    le falta algún adulón,
    uno que en esa ocasión
    se encontraba allí presente
    vino apretando los dientes
    como perrito mamón.

    Me hizo un tiro de revuélver
    que el hombre creyó siguro,
    era confiao y le juro
    que cerquita se arrimaba,
    pero siempre en un apuro
    se desentumen mis tabas.

    El me siguió menudiando,
    mas sin poderme acertar,
    y yo, déle culebriar,
    hasta que al fin le dentré
    y áhi no más lo despaché
    sin dejarlo resollar.

    Dentré a campiar en seguida
    al viejito enamorao.
    El pobre se había ganao
    en un noque de lejía.
    ¡Quién sabe cómo estaría
    del susto que había llevao!

    ¡Es sonso el cristiano macho
    cuando el amor lo domina!
    El la miraba a la indina,
    y una cosa tan jedionda
    sentí yo, que ni en la fonda
    he visto tal jedentina.

    Y le dije:-"Pa su agüela
    han de ser esas perdices."
    Yo me tapé las narices
    y me salí estornudando,
    y el viejo quedó olfatiando
    como chico con lumbrices.

    Cuando la mula recula,
    señal que quiere cosiar;
    ansí se suele portar
    aunque ella lo disimula;
    recula como la mula
    la mujer, para olvidar.

    Alcé mi poncho y mis prendas
    y me largué a padecer
    por culpa de una mujer
    que quiso engañar a dos.
    Al rancho le dije adiós,
    para nunca más volver.

    Las mujeres dende entonces
    conocí a todas en una.
    Ya no he de probar fortuna
    con carta tan conocida:
    mujer y perra parida,
    no se me acerca ninguna.



    continuará en

    https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-_el_gaucho_martin_fierro.pdf


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    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
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    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 09:57

    XI



    A otros les brotan las coplas
    como agua de manantial;
    pues a mí me pasa igual,
    aunque las mías nada valen
    de la boca se me salen
    como ovejas del corral.

    Que en puertiando la primera,
    ya la siguen las demás,
    y en montones las de atrás
    contra los palos se estrellan,
    y saltan y se atropellan
    sin que se corten jamás.

    Y aunque yo por mi inorancia
    con gran trabajo me esplico,
    cuando llego a abrir el pico
    tenganló por cosa cierta:
    sale un verso y en la puerta
    ya asoma el otro el hocico.

    Y empréstemé su atención,
    me oirá relatar las penas
    de que traigo la alma llena,
    porque en toda circustancia
    paga el gaucho su inorancia
    con la sangre de las venas.

    Después de aquella desgracia
    me guarecí en los pajales,
    anduve entre los cardales
    como bicho sin guarida;
    pero, amigo, es esa vida
    como vida de animales.

    Y son tantas las miserias
    en que me he sabido ver,
    que con tanto padecer
    y sufrir tanta aflición
    malicio que he de tener
    un callo en el corazón.

    Ansí andaba como gaucho
    cuando pasa el temporal.
    Supe una vez, pa mi mal,
    de una milonga que había,
    y ya pa la pulpería
    enderecé mi bagual.

    Era la casa del baile
    un rancho de mala muerte
    y se enllenó de tal suerte
    que andabamos a empujones:
    nunca faltan encontrones
    cuando el pobre se divierte.

    Yo tenía unas medias botas
    con tamaños verdugones;
    me pusieron los talones
    con crestas como los gallos;
    ¡si viera mis afliciones
    pensando yo que eran callos!

    Con gato y con fandanguillo
    había empezao el changango
    y para ver el fandango
    me colé haciéndome bola;
    mas metió el diablo la cola
    y todo se volvió pango.

    Había sido el guitarrero
    un gaucho duro de boca.
    Yo tengo pacencia poca
    pa aguantar cuando no debo;
    a ninguno me le atrevo
    pero me halla el que me toca.

    A bailar un pericón
    con una moza salí,
    y cuando me vido allí
    sin duda me conoció
    y estas coplitas cantó
    como por ráirse de mí:

    "Las mujeres son todas
    como las mulas;
    yo no digo que todas,
    pero hay algunas
    que a las aves que vuelan
    les sacan plumas."

    "Hay gauchos que presumen
    de tener damas;
    no digo que presumen,
    pero se alaban,
    y a lo mejor los dejan
    tocando tablas."

    Se secretiaron las hembras
    y yo ya me encocoré;
    volié la anca y le grité:
    "dejá de cantar... chicharra."
    Y de un tajo a la guitarra
    tuitas las cuerdas corté.

    Al grito salió de adentro
    un gringo con un jusil;
    pero nunca he sido vil,
    poco el peligro me espanta:
    ya me refalé la manta
    y la eché sobre el candil.

    Gané en seguida la puerta
    gritando: "Naides me ataje";
    y alborotao el hembraje
    lo que todo quedó escuro,
    empezó a verse en apuro
    mesturao con el gauchaje.

    El primero que salió
    fue el cantor y se me vino,
    pero yo no pierdo el tino
    aunque haiga tomao un trago,
    y hay algunos por mi pago
    que me tienen por ladino.

    No ha de haber achocao otro;
    le salió cara la broma;
    a su amigo cuando toma
    se le despeja el sentido,
    y el pobrecito había sido
    como carne de paloma.

    Para prestar sus socorros
    las mujeres no son lerdas:
    antes que la sangre pierda
    lo arrimaron a unas pipas.
    Ahi lo dejé con las tripas
    como pa que hicieran cuerdas.

    Monté y me largué a los campos
    más libre que el pensamiento,
    como las nubes al viento,
    a vivir sin paradero;
    que no tiene el que es matrero
    nido, ni rancho, ni asiento.

    No hay fuerza contra el destino
    que le ha señalao el cielo
    y aunque no tenga consuelo
    aguante el que está en trabajo:
    ¡naides se rasca pa abajo
    ni se lonjea contra el pelo!

    Con el gaucho desgraciao
    no hay uno que no se entone;
    la mesma falta lo espone
    a andar con los avestruces:
    faltan otros con más luces
    y siempre hay quien los perdone.





    continuará en

    https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-_el_gaucho_martin_fierro.pdf


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    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 10:01

    XII


    Yo no sé qué tantos meses
    esta vida me duró;
    a veces nos obligó
    la miseria a comer potro:
    me había acompañao con otros
    tan desgraciaos como yo.

    Mas ¿para qué platicar
    sobre esos males, canejo?
    Nace el gaucho y se hace viejo
    sin que mejore su suerte,
    hasta que por áhi la muerte
    sale a cobrarle el pellejo.

    Pero como no hay desgracia
    que no acabe alguna vez,
    me aconteció que después
    de sufrir tanto rigor
    un amigo por favor
    me compuso con el juez.

    Le alvertiré que en mi pago
    ya no va quedando un criollo:
    se los ha tragao el hoyo
    o juido o muerto en la guerra,
    porque, amigo, en esta tierra
    nunca se acaba el embrollo.

    Colijo que jue para eso
    que me llamó el juez un día
    y me dijo que quería
    hacerme a su lao venir,
    pa que dentrase a servir
    de soldao de polecía.

    Y me largó una ploclama
    tratándomé de valiente,
    que yo era un hombre decente,
    y que dende aquel momento
    me nombraba de sargento
    pa que mandara la gente.

    Ansí estuve en la partida
    pero ¡qué había de mandar!
    Anoche al irlo a tomar
    vide güena coyontura
    y a mí no me gusta andar
    con la lata a la cintura.

    Ya conoce, pues, quién soy;
    tenga confianza conmigo;
    Cruz le dio mano de amigo
    y no lo ha de abandonar.
    Juntos podemos buscar
    pa los dos un mesmo abrigo.

    Andaremos de matreros
    si es preciso pa salvar;
    nunca nos ha de faltar
    ni un güen pingo para juir,
    ni un pajal ande dormir,
    ni un matambre que ensartar.

    Y cuando sin trapo alguno
    nos haiga el tiempo dejao
    yo le pediré emprestao
    el cuero a cualquiera lobo
    y hago un poncho, si lo sobo,
    mejor que poncho engomao.

    Para mi la cola es pecho
    y el espinazo es cadera;
    hago mi nido ande quiera
    y de lo que encuentre como;
    me echo tierra sobre el lomo
    y me apeo en cualquier tranquera.

    Y dejo rodar la bola
    que algún día se ha'e parar;
    tiene el gaucho que aguantar
    hasta que lo trague el hoyo
    o hasta que venga algún criollo
    en esta tierra a mandar.

    Lo miran al pobre gaucho
    como carne de cogote:
    lo tratan al estricote,
    y si ansí las cosas andan
    porque quieren los que mandan,
    aguantemos los azotes.

    ¡Pucha, si usté los oyera
    como yo en una ocasión
    tuita la conversación
    que con otro tuvo el juez!
    Le asiguro que esa vez
    se me achicó el corazón.

    Hablaban de hacerse ricos
    con campos en la frontera;
    de sacarla más ajuera
    donde había campos baldidos
    y llevar de los partidos
    gente que la defendiera.

    Todo se güelven proyectos
    de colonias y carriles
    y tirar la plata a miles
    en los gringos enganchaos,
    mientras al pobre soldao
    le pelan la chaucha, ¡ah viles!

    Pero si siguen las cosas
    como van hasta el presente
    puede ser que redepente
    veamos el campo disierto,
    y blanquiando solamente
    los güesos de los que han muerto.

    Hace mucho que sufrimos
    la suerte reculativa:
    trabaja el gaucho y no arriba,
    pues a lo mejor del caso
    lo levantan de un sogaso
    sin dejarle ni saliva.

    De los males que sufrimos
    hablan mucho los puebleros,
    pero hacen como los teros
    para esconder sus niditos:
    en un lao pegan los gritos
    y en otro tienen los güevos.

    Y se hacen los que no aciertan
    a dar con la coyontura;
    mientras al gaucho lo apura
    con rigor la autoridá
    ellos a la enfermedá
    le están errando la cura.


    continuará en

    https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-_el_gaucho_martin_fierro.pdf


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    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 10:10

    XIII


    MARTIN FIERRO


    Ya veo que somos los dos
    astilla del mesmo palo:
    yo paso por gaucho malo
    y usté anda del mesmo modo,
    y yo, pa acabarlo todo
    a los indios me refalo.

    Pido perdón a mi Dios,
    que tantos bienes me hizo;
    pero dende que es preciso
    que viva entre los infieles,
    yo seré cruel con los crueles:
    ansí mi suerte lo quiso.

    Dios formó lindas las flores,
    delicadas como son,
    les dio toda perfeción
    y cuanto él era capaz,
    pero al hombre le dio más
    cuando le dio el corazón.

    Le dio claridá a la luz,
    juerza en su carrera al viento,
    le dio vida y movimiento
    dende la águila al gusano,
    pero más le dio al cristiano
    al darle el entendimiento.

    Y aunque a las aves les dio,
    con otras cosas que inoro,
    esos piquitos como oro
    y un plumaje como tabla,
    le dio al hombre más tesoro
    al darie una lengua que habla

    y dende que dio a las fieras
    esa juria tan inmensa,
    que no hay poder que las vensa
    ni nada que las asombre,
    ¿qué menos le daría al hombre
    que el valor pa su defensa?

    Pero tantos bienes juntos
    al darle, malicio yo
    que en sus adentros pensó
    que el hombre los precisaba,
    que los bienes igualaban
    con las penas que le dio.

    Y yo empujao por las mías
    quiero salir de este infierno:
    ya no soy pichón muy tierno
    y se manejar la lanza
    y hasta los indios no alcanza
    la facultá del gobierno.

    Yo sé que allá los caciques
    amparan a los cristianos,
    y que los tratan de "hermanos"
    cuando se van por su gusto.
    ¿A qué andar pasando sustos?
    Alcemos el poncho y vamos.

    En la cruzada hay peligros
    pero no aun esto me aterra,
    yo ruedo sobre la tierra
    arrastrao por mi destino
    y si erramos el camino...
    no es el primero que lo erra.

    Si hemos de salvar o no
    de esto naides nos responde.
    Derecho ande el sol se esconde
    tierra adentro hay que tirar;
    algún día hemos de llegar...
    después sabremos adónde.

    No hemos de perder el rumbo,
    los dos somos güena yunta;
    el que es gaucho va ande apunta,
    aunque inore ande se encuentra;
    pa el lao en que el sol se dentra
    dueblan los pastos la punta.

    De hambre no pereceremos,
    pues según otros me han dicho
    en los campos se hallan bichos
    de los que uno necesita...
    gamas, matacos, mulitas,
    avestruces y quirquinchos.

    Cuando se anda en el disierto
    se come uno hasta las colas;
    lo han cruzao mujeres solas
    llegando al fin con salú,
    y ha de ser gaucho el ñandú
    que se escape de mis bolas.

    Tampoco a la sé le temo,
    yo la aguanto muy contento,
    busco agua olfatiando al viento,
    y dende que no soy manco
    ande hay duraznillo blanco
    cavo y la saco al momento.

    Allá habrá siguridá
    ya que aquí no la tenemos,
    menos males pasaremos
    y ha de haber grande alegría
    el día que nos descolguemos
    en alguna toldería.

    Fabricaremos un toldo,
    como lo hacen tantos otros,
    con unos cueros de potro,
    que sea sala y sea cocina.
    ¡Tal vez no falte una china
    que se apiade de nosotros!

    Allá no hay que trabajar,
    vive uno como un señor;
    de cuando en cuando un malón,
    y si de él sale con vida
    lo pasa echao panza arriba
    mirando dar güelta el sol.

    y ya que a juerza de golpes
    la suerte nos dejó aflús,
    puede que allá véamos luz
    y se acaben nuestras penas.
    Todas las tierras son güenas:
    vámosnós, amigo Cruz.

    El que maneja las bolas,
    el que sabe echar un pial,
    o sentarse en un bagual
    sin miedo de que lo baje,
    entre los mesmos salvajes
    no puede pasarlo mal.

    El amor como la guerra
    lo hace el criollo con canciones;
    a más de eso, en los malones
    podemos aviarnos de algo;
    en fin, amigo, yo salgo
    de estas pelegrinaciones.

    En este punto el cantor
    buscó un porrón pa consuelo,
    echó un trago como un cielo,
    dando fin a su argumento,
    y de un golpe al istrumento
    lo hizo astillas contra el suelo.

    "Ruempo-dijo-la guitarra,
    pa no volverla a templar;
    ninguno la ha de tocar,
    por siguro ténganló;
    pues naides ha de cantar
    cuando este gaucho cantó."

    Y daré fin a mis coplas
    con aire de relación;
    nunca falta un preguntón
    más curioso que mujer,
    y tal vez quiera saber
    cómo fue la conclusión.

    Cruz y Fierro, de una estancia
    una tropilla se arriaron;
    por delante se la echaron
    como criollos entendidos
    y pronto, sin ser sentidos,
    por la frontera cruzaron.

    Y cuando la habían pasao,
    una madrugada clara
    le dijo Cruz que mirara
    las últimas poblaciones;
    y a Fierro dos lagrimones
    le rodaron por la cara.

    Y siguiendo el fiel del rumbo
    se entraron en el desierto.
    No sé si los habrán muerto
    en alguna correría,
    pero espero que algún día
    sabré de ellos algo cierto.

    Y ya con estas noticias
    mi relación acabé;
    por ser ciertas las conté,
    todas las desgracias dichas:
    es un telar de desdichas
    cada gaucho que usté ve.

    Pero ponga su esperanza
    en el Dios que lo formó;
    y aquí me despido yo,
    que referí ansí a mi modo
    MALES QUE CONOCEN TODOS
    PERO QUE NAIDES CONTO.





    FIN

    https://www.argentina.gob.ar/sites/default/files/hernandez_jose_-_el_gaucho_martin_fierro.pdf


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    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 13:01

    Identidad personal y memoria colectiva en el «Martín Fierro»


    Hebe Beatriz Molina






    «[É]ste es un botón de pluma / que no hay quien lo desenriede» (II, 4803-4804) dice José Hernández, al terminar La vuelta de Martín Fierro. Un «botón de pluma», o sea, un «tejido especial, primoroso y complejo», hecho con plumas de «avestruz»1: entrecruzamiento de fibras esenciales, resistente, llamativo. Curiosa definición para una obra literaria. Curiosa pero precisa. Martín Fierro es una obra abierta -en palabras de Umberto Eco-. Muchos son los que han intentado desarmar su entramado plurisignificativo y esto se puede seguir intentando. Cada uno descubre un tejido distinto y, al mismo tiempo, complementario. Por eso, y sin falsa modestia, este artículo se atreve a agregar una nueva lectura, otra más, a las múltiples que ya se han efectuado2.

    Hay consenso en definir el poema como un pedido de justicia para los más desvalidos. Justicia en el sentido elemental de dar a cada uno lo que merece de acuerdo con su respeto por las leyes y su participación en la comunidad. Pero este pedido es lamento en boca de Martín Fierro, mientras que en la palabra escrita de José Hernández adquiere la fuerza del reclamo.

    Desde esta premisa, se enfoca (pues toda lectura crítica no es más que la focalización de la búsqueda de sentidos en una dirección determinada) el examen de algunos aspectos de la estructura semántica del Martín Fierro, a fin de demostrar que, en este texto, se superponen dos actos de habla -el del protagonista y el del poeta-, disímiles en cuanto a la intencionalidad -defensa de la identidad personal en el primero; incorporación del tema gaucho en la memoria colectiva argentina, en el segundo- pero coincidentes en relación con el núcleo semántico constitucional del poema: el conflicto entre lo legal y lo lícito.



    Un canto memorial


    José Hernández tiene conciencia de escritor: sabe del poder de la palabra escrita para actuar sobre la sociedad, porque lo ha probado con el ejercicio del periodismo y de la actividad legislativa. Y tiene un motivo para usar de ese poder: las injusticias que padecen los gauchos. En esta circunstancia, elige como estrategia retórica la configuración del retrato de un prototipo social, presentado como verídico: «un tipo que personificara el carácter de nuestros gauchos, concentrando el modo de ser, de sentir, de pensar y de expresarse que le es peculiar» (pp. 19-20).

    El modo de expresión particular del gaucho es la payada. Por lo tanto, el canto se constituye en el principio generatriz del poema y establece una superestructura definida en dos planos: el acto contextualizado de cantar y el relato cantado3. En la copla se fusionan la intención de Fierro con la del propio Hernández, porque -como interpreta Hughes- «[a]demás de ser la historia de un gaucho desgraciado, Martín Fierro es la narración, drama y confesión simbólica de las vicisitudes del alma de José Hernández, alma que se perdió y se encontró en el personaje y la obra creados»4. Pero en los matices del canto se diferencian autor de personaje. Hay que tener en cuenta, además, que el Martín Fierro son dos libros distintos que logran unidad gracias a las habilidades artísticas del escritor.

    El gaucho Martín Fierro es el canto de un hombre dolido, ante un auditorio integrado, por lo menos, por Cruz y el poeta-narrador, quien termina de contar la historia de estos amigos, es decir, su partida hacia tierra de indios5. Fierro canta para consolarse (cf. I, 1-6), para lamentarse por las desdichas vividas: «Sólo queda al desgraciao / lamentar el bien perdido» (I, 299-300)6. Al cantar su historia refresca la memoria y aclara el entendimiento (cf. I, 11-12), o sea, recupera el pasado, al mismo tiempo que medita sobre él para tratar de entenderlo. El reclutamiento al que es sometido le transforma de modo terminante el rumbo de su existencia. Los otros son los culpables de ese cambio tan drástico, pero lo que se ha dicho, lo conocido públicamente, es todo lo contrario: Fierro es (aparenta ser) un gaucho vago (sin papeleta legal), desertor y asesino. Fierro necesita justificarse, dar sus razones, hacerse comprender por los demás:


    Y atiendan la relación
    que hace un gaucho perseguido,
    que padre y marido ha sido
    empeñoso y diligente,
    y sin embargo la gente
    lo tiene por un bandido.


    (I, 109-114)              


    En consecuencia, la revisión de sus penurias se configura como una confesión, «relato que alguien hace de su propia vida para explicarla a los demás»7. El acto de enunciación de Fierro es íntegramente ilocutivo (lamento, consuelo, justificación). Cuenta su historia personal haciendo memoria desde la época en que vivía feliz con sus «hijos, hacienda y mujer» (I, 290). El tiempo vivido le ha dejado una experiencia inolvidable, la cual quiere compartir con otros «hermanos» siguiendo la tradición de los gauchos en los fogones o en los encuentros casuales, «en el plan de un bajo» (I, 43). Hay un antes y un después de la leva, pero a ambos períodos el personaje quiere recordar, o sea, volver a pasar por el corazón:

    Como sus mismas desgracias son padecidas por todos los gauchos -«Ansí empezaron mis males / lo mesmo que los de tantos» (I, 283-284)-, el canto se vuelve voz colectiva, un acto simpatético por medio del cual el personaje asume la defensa del accionar de sus pares: «Y después dicen que es malo / el gaucho si los pelea» (I, 269-270).

    Por su parte, el poeta-narrador pretende anoticiar a los no-gauchos acerca de las situaciones que padecen los hombres de campo:



    Y ya con estas noticias
    mi relación acabé;
    por ser ciertas las conté,
    todas las desgracias dichas:
    es un telar de desdichas
    cada gaucho que usté ve.
    [...]

    y aquí me despido yo,
    que referí ansí a mi modo
    males que conocen todos,
    pero que naides contó.


    (I, 2305-2310, 2313-2516)              


    Con los pronombres personales «yo» y «usted», el poeta crea otro nivel de enunciación, que enmarca la historia contada por Fierro. El destinatario de esta «relación» es cualquier persona que puede objetivar ese elemento de la realidad llamado gaucho: «cada gaucho que usté ve». El enunciador macrotextual declara una intención humilde: informar; pero informar implica propalar: difundir (llevar a otro lugar, al ámbito no-gaucho) lo que está oculto (lo que se sabe que existe pero que no se lo quiere mirar). El carácter propagador de la noticia convierte el lamento del gaucho en denuncia, de la que se hace cargo el autor implícito, quien empáticamente asume la justificación de ese grupo social.

    En La vuelta de Martín Fierro, Fierro y Hernández, al unísono, aconsejan (acto perlocutivo) a los gauchos cómo integrarse a la sociedad civil, pero el personaje es voz narrativa y poética solo en trece cantos; los restantes veinte están a cargo de otros personajes (Hijo Mayor, Hijo Segundo, Picardía) o del poeta-narrador. Fierro mantiene su propósito de compartir sus penas, mucho más entonces cuando los otros tienen interés por él, interés creado por las noticias en circulación.

    No obstante, en esta segunda parte, las motivaciones cambian y los roles se invierten. Fierro también asume la defensa del autor ante las críticas que ha recibido el poema, sobre todo por el uso del lenguaje gauchesco (cf. II, 49-54) y por el contenido político: «pero yo canto opinando, / que es mi modo de cantar» (II, 65-66). Hernández, más que Fierro, se enorgullece de su obra «eterna» -«Lo que pinta este pincel / ni el tiempo lo ha de borrar; / ninguno se ha de animar / a corregirme la plana» (II, 73-76)- y ya no pide atención sino la exige (cf. II, 155-156). Se vanagloria, además, de haber alcanzado un renombre también inmortal -«me tendrán en su memoria / para siempre mis paisanos» (II, 4881-4882). Lo dice el personaje en el canto I, lo refirma el poeta en el canto XXXIII y lo explica el autor en «Cuatro palabras de conversación con los lectores».

    Hernández -sintiéndose vate que guía a su pueblo- busca no solo educar al gauchaje sino también instaurar en la memoria colectiva el no-olvido:


    Es la memoria un gran don,
    calidá muy meritoria;
    y aquellos que en esta historia
    sospechen que les doy palo,
    sepan que olvidar lo malo
    también es tener memoria.


    (II, 4883-4888)              


    El gaucho -como tal- parece destinado a desaparecer en la sociedad argentina de fines del siglo XIX, según atisba Hernández ya en 1872. Como afirma Julián Pérez: el poeta «captó el habla y la agonía del gaucho en el momento justo, transformando su obra en el canto del cisne»8. No obstante, para Hernández su desaparición no debe ser total, pues este personaje real, a pesar de sus defectos -tantas veces aludidos-, representa la creación más fecunda de la Nación Argentina: «ese tipo original de nuestras pampas, [...] al paso que avanzan las conquistas de la civilización, va perdiéndose casi por completo» (pp. 20-21). Si en la Primera Parte el poeta procura la revelación de lo que pocos, casi nadie, quieren mirar mediante la difusión de la noticia en los ámbitos no rurales, en la Segunda la propagación buscada no será tanto espacial como temporal: la perdurabilidad de la obra y el recuerdo del personaje-persona. En «Cuatro palabras de conversación con los lectores», Hernández reconoce que el Martín Fierro es su forma de «estudiar sus tiempos», para que otros «piensen igualmente». La finalidad trascendente consiste en preparar y conservar «pequeños monumentos de arte, para los que han de estudiarnos mañana y levantar el grande monumento de la historia de nuestra civilización»9. Por lo tanto, la finalidad educadora de La vuelta... no sólo está destinada a los gauchos, sino también a todos los argentinos, los de la década de 1870 y los del porvenir. Recordemos que Hernández convierte el tema del gaucho en problema de todos pues es del ciudadano de quien habla, en definitiva: «que no tiene patriotismo / quien no cuida al compatriota» (II, 3723-3724) como sentencia Picardía.

    Este propósito trascendental no ambiciona un bien egoísta. El poeta confía en que, conociendo las causas del mal presente, se lo pueda solucionar en el futuro y que esto beneficie a toda la sociedad argentina:

    Para mí, la cuestión de mejorar la condición social de nuestros gauchos no es sólo una cuestión de detalles de buena administración, sino que penetra algo más profundamente en la organización definitiva y en los destinos futuros de la sociedad, y con ella se enlazan íntimamente [...] cuestiones de política, de moralidad administrativa, de régimen gubernamental, de economía, de progreso y civilización»10.


    Pero, como analiza José Isaacson, si bien «la realidad aparente del país, en el largo siglo transcurrido desde la escritura del poema ha variado; [...] los cambios son más aparentes que reales»11. Paradójicamente, ese no-cambio favorece al texto de Hernández: «A la vigencia del poema por sus valores estéticos, se agrega la actualidad que le confiere -lamentablemente- nuestra debilidad estructural»12. Debilidad provocada -entre muchos otros motivos- por los problemas de aceptación de lo legal que padecemos los argentinos y que Martín Fierro ejemplifica con su vida.





    Una historia digna





    El proceso de construcción de la memoria colectiva es posible gracias a la condición singular del protagonista. Si bien Martín Fierro representa como un tipo a todos los gauchos, es también un personaje complejo porque tiene el relieve del carácter. Este es, sin duda, uno de los méritos más sobresalientes de Hernández: configurar a Fierro como una persona, es decir, un ser humano que se define a sí mismo tomando decisiones libres y responsables, coherentes con su escala de valores y con el momento históricopolítico que vive, por medio de las cuales organiza su vida y decide su futuro13. Decisiones que determinan su relación con el medio, sus idas y venidas, el lugar que quiere ocupar en el entramado social. Decisiones que, en definitiva, estructuran la secuencia narrativa del relato cantado.

    El propio Hernández determina las bases sobre las que se asienta la dignidad de la persona humana. En el último canto de la Ida, cuando Fierro repasa los dones que Dios ha dado a los hombres y que los diferencian de las demás creaturas, destaca los cuatro pilares o cualidades intrínsecas de lo humano (I, 2155-2178): «corazón» (sentimientos, relaciones afectivas), «entendimiento» (razocinio, inteligencia, sentido crítico), «lengua que habla» (comunicabilidad) y «valor pa su defensa» (voluntad, valores, autoestima)14. Estos cuatro pilares sostienen cada una de sus decisiones vitales.

    Fierro fundamenta su dignidad humana en la libertad que goza desde su nacimiento y que es un don divino: «aquello que Dios me dio» (I, 88). Este concepto de libertad implica la opción sí/no, la responsabilidad de los actos consecuentes a la alternativa elegida y, muy especialmente, el marco axiológico que sustenta esa elección. Pero en la pampa argentina del siglo XIX la libertad personal está restringida por los actos de injusticia cometidos en nombre de la ley por autoridades corruptas. En una sociedad verdaderamente civilizada, las acciones personales y sociales se hallan regidas por la categoría de lo conminatorio15, según la cual lo lícito está implicado en lo legal y, por lo tanto, lo potestativo se corresponde armónicamente con lo que las normas establecen, evitándose de este modo comportamientos antisociales (bárbaros)16:

    comninatorio
    lo legal lo ilegal
    prescripto Flecha prohibido
    | Flecha cruzada |
    permitido libre Flecha (no sujeto)
    lo lícito lo ilícito
    facultativo
    En el Martín Fierro el espacio de la justicia está limitado por cuatro conceptos: País, Patria, Grupo social e Individuo. Para el gaucho Martín Fierro, el País o Estado se reduce al Gobierno, que desde la ciudad de Buenos Aires determina políticas y leyes. Nación o patria es una idealidad a la que hay que defender de sus enemigos: en ese entonces, los indios. La verdadera comunidad del gaucho es su entorno campero: la familia, los amigos, la pulpería, en la inmensidad de la pampa. Para Fierro, la Argentina toda es una extensión desconocida: su andar libre se reduce a los límites indefinidos pero restrictivos de su pago. Y en este espacio reducido, cada uno decide su vida, de acuerdo con su libre albedrío. Los problemas le surgen cuando el Gobierno le impone normas que afectan esa vida cotidiana: «Y eso es servir al gobierno, / a mí no me gusta el cómo» (I, 431-432). Entonces, en Fierro se impone el reclamo más justo: el de la dignidad personal.

    En consecuencia, se enfrentan dos tipos de leyes: las consuetudinarias de índole moral, sabidas por todos aunque no estén escritas, y que -manifestadas a través del sentido común- reglan la vida cotidiana del individuo en la comunidad; y las normas del derecho positivo, escritas, decididas por los legisladores que tienen esa responsabilidad y ese poder. Ambos tipos -que deberían regularse mutuamente- establecen permisos y prohibiciones: lo lícito y lo ilícito en el campo del derecho natural; lo legal y lo ilegal, en el derecho positivo17.

    El respeto a unas y a otras normas manifiesta la ubicación social de cada persona. La de Fierro está representada por el espacio físico en que se mueve. Sus desplazamientos espaciales revelan y acompañan sus decisiones vitales; también, las obligaciones morales que debe cumplir y las reacciones que le provocan las injusticias y los atropellos. Las resoluciones de Fierro son seis y estructuran la secuencia narrativa.

    La primera, primordial, vital: tener y mantener «hijos, hacienda y mujer» (I, 290), es decir, la vida propia del gaucho: una existencia tranquila, con pocas pretensiones y unas cuantas reglas de convivencia social, asumidas por todos como la Ley necesaria. De los Diez Mandamientos, que sostienen el derecho natural y que sintetizan la norma religiosa imperante, se obedecen principalmente tres: creer en un Dios Creador justo y misericordioso, no robar las propiedades ajenas (el ganado, la mujer), matar sólo en defensa propia (defensa de la vida o del honor). Sabemos que, para el gaucho, es imperdonable la cobardía de no aceptar una provocación. Fierro cree en Dios, respeta las propiedades ajenas y no ha matado.

    Por otra parte, considera que los problemas del resto de la sociedad argentina no son de su incumbencia. Por eso, toma la decisión de no votar (segunda decisión). Es sabido que el sistema de votaciones en el siglo XIX -voto a viva voz, delante de todos- era una arma para el manejo arbitrario del poder político. Muchos -como Fierro- eluden el compromiso y no votan. Esta determinación es la peripecia que inicia la acción, pues las consecuencias de su acto son las «penas» por las que está cantando, para consolarse.

    Fierro peca de ingenuidad cuando, ante la llegada del Juez de Paz, no huye como los «matreros»: «soy manso y no había por qué; / muy tranquilo me quedé / y ansí me dejé agarrar» (I, 316-318). No ha pensado en su pecado de omisión: no votar, que significa no comprometerse con la organización política que le puede desarmar su vida y que, de hecho, lo hace.



    A mí el Juez me tomó entre ojos
    en la última votación:
    me le había hecho el remolón
    y no me arrimé ese día,
    y él dijo que yo servía
    a los de la esposición.

    Y ansí sufrí ese castigo
    tal vez por culpas ajenas;
    que sean malas o sean güenas
    las listas, siempre me escondo:
    yo soy un gaucho redondo
    y esas cosas no me enllenan.


    (I, 343-354)18              


    El Juez de Paz le aplica la Ley de Levas o del Conchavo: Fierro tiene hacienda, pero no tiene un papel que reconozca su trabajo. En este punto es donde se rompe la relación armónica entre lo legal y lo lícito:

    leva Flecha deserción
    # Flecha cruzada |
    trabajo Flecha vagancia
    El trabajo que exige la Ley de Conchavo es el del peón de estancia, no respeta el quehacer autónomo. Esta es la falla en la estructura legal de la sociedad argentina que Hernández descubre con la triste historia de su personaje.

    Fierro acepta mansamente la aplicación de la norma escrita. Y, al mismo tiempo, está reconociendo la obligación moral de defender a su Patria. Con sus mejores bienes (poncho, caballo) se dirige a la frontera. Allí el maltrato que recibe, el abuso de poder y la pobreza que padece le muestran la inutilidad de su existencia en ese lugar, donde no defienden nada ni ganan nada. La situación lo indigna: «también el mucho sufrir / suele cansarnos ¡barajo!» (I, 977-978).

    Esas circunstancias ultrajantes obligan al hombre a tomar la tercera decisión trascendental: desertar. Decisión dolorosa, porque el deber para con la Patria es vencido por la realidad oprobiosa del País. Decisión indispensable para salvaguardar la entereza moral del personaje.

    No obstante, hay que advertir que, aunque los motivos de Fierro son justos, dignos y oportunos, esta resolución no es legal, aunque sea legítima. Fierro se coloca fuera de la ley. Autoriza, sin darse cuenta, a los responsables de esa Justicia mal aplicada, a que lo persigan; les da el motivo para que lo rotulen de delincuente.

    El corazón lo obliga a volver a su casa. Pero, cuando regresa a sus pagos y no encuentra a su familia, dispersada por las circunstancias adversas, Fierro reacciona: opta por el enojo y la rebelión inútil -«Yo he sido manso, primero, / y seré gaucho matrero» (I, 1099-1100), indignación justificada pero que lo alejará aún más de la ley. Fierro reacciona, es decir, actúa por impulso y no por determinación, cuando -primero- se emborracha, provoca y mata al negro, y luego acepta la provocación del terne, del jactancioso al que también mata. Fierro está obedeciendo la ley del gaucho:


    pero él me precipitó,
    porque me cortó primero;
    y a más me cortó en la cara,
    que es un asunto muy serio.


    (II, 1603-1606)              


    No obstante, al convertirse en gaucho malo, perseguido, se distancia también de su comunidad gaucha, se vuelve un marginado más marginado.

    El inevitable encuentro con la partida es providencial, pues lo obliga a tomar una resolución terminante. Cansado de la no-vida del fugitivo de la ley, decide expatriarse (cuarta decisión), vivir con los indios, o sea, con el enemigo: «y hasta los indios no alcanza / la facultá del gobierno» (I, 2189-2190). Es decir, opta por una vida sin normas legales injustas, pero en un ámbito desconocido, con sus propias leyes, y en el que será un extranjero, un desconocido. El exilio en tierra de indios era una de las pocas alternativas de escape que tenían los gauchos perseguidos por aquel entonces; y, sobre todo, es la única opción -la más terrible- que Hernández puede proponer para su personaje: la paradójica salvaguarda en una tierra sin ley protectora.

    En la toldería india, Fierro y Cruz tienen una vida tranquila, pero no solo porque no se les presentan sobresaltos, sino sobre todo porque están juntos. La amistad que se profesan mutuamente da sentido a sus vidas y compensa todos los desarraigos. Pero Cruz muere por la epidemia de viruela. Y muere por cumplir con un deber moral: cuidar al cacique enfermo, quien antes los ha ayudado a vivir en la toldería. Deber moral, solidaridad libremente asumida. Este gesto les trae infortunio. Sin embargo, ninguna palabra de rebeldía ante el destino se escucha en Fierro. Ninguna, aunque se haya quedado solo, huérfano de amigo, solo con la tumba de Cruz (cf. II, 961-966).

    Fierro regresará a tierra de blancos con su historia a cuestas. Salvar a la Cautiva, obligación moral que acata sin titubear y desinteresadamente, le da fuerzas y le muestra el camino de su propia salvación. Vuelve con intención de encontrar a su familia y de trabajar, o sea, de reinsertarse en la vida social legal y políticamente constituida. Vuelve, en definitiva, para recuperar su dignidad ciudadana.

    La Vuelta es escrita en otro contexto político. En 1879, Hernández puede confiar en Avellaneda y sueña con que la federalización de Buenos Aires termine con las viejas divisiones entre unitarios y federales. Sus nuevos lectores son los propios gauchos. Y a ellos se dirige el maestro para educar al soberano. Educar a través de un libro interesante:

    Enseñando que el trabajo honrado es la fuente principal de toda mejora y bienestar.

    Enalteciendo las virtudes morales que nacen de la ley natural y que sirven de base a todas las virtudes sociales. [...]

    Afirmando en los ciudadanos el amor a la libertad, sin apartarse del respeto que es debido a los superiores y magistrados.19.


    Obsérvese que Hernández hace hincapié en las normas morales. Apenas si se refiere indirectamente a las otras leyes cuando habla del respeto a superiores y magistrados. Esta declaración de principios, que se corresponde con los consejos de Fierro a sus hijos, descubre una realidad encubierta hasta entonces: no todos los gauchos son tan dignos como su tipo, Martín Fierro. La masa chúcara necesita educación y tener criterios morales desde los cuales tomar las decisiones cotidianas.

    Curiosamente, las menciones a la ley escrita y a las injusticias se mantienen pero en boca de los otros personajes cantores. Aún más, la vida de Fierro -en La Vuelta- se desarrolla en el ámbito de lo privado. Puede aprovechar el vacío legal para volver y reorganizar su existencia. De hecho, regresa a su pago, a su comunidad pequeña.

    Pero él, como todos, tiene que cumplir «con la ley de su destino» (II, 4486), la ley gaucha -y tan antigua- del «ojo por ojo». El Moreno le reclama por la muerte de su hermano mayor. Es ahora la ley moral la que lo pone frente a una disyuntiva. Fierro decide no pelear con el Moreno -decisión (la quinta) que lo honra, coherente con la madurez que ha adquirido dolorosamente-. En verdad, esta es una resolución colectiva: Fierro, sus hijos y hasta los amigos desarman la estratagema del Moreno y se alejan, se dispersan.

    Pero la historia de Fierro no se acaba, pues toma la sexta y última decisión, también colectiva:


    Después, a los cuatro vientos
    los cuatro se dirijieron;
    una promesa se hicieron
    que todos debían cumplir
    mas no la puedo decir,
    pues secreto prometieron.


    (II, 4781-4786)              


    Y cambian de nombre, porque -dice el poeta-narrador, tal vez irónicamente- tienen «culpas que esconder» (II, 4798).

    Este desenlace sorprende al lector. Luego de que el padre aconseja a sus hijos y al de Cruz que «los hermanos sean unidos» (II, 4691), que deben cuidar a los mayores, que es vergüenza ser ladrón pero no ser pobre, los cuatro se separan: «No pudiendo vivir juntos / por su estado de pobreza» (II, 4583-4584). El destino que está claro para Fierro, se torna un tanto incomprensible para los lectores. El «botón de pluma» se enmaraña aún más, pues en el plano simbólico, se multiplican las interpretaciones posibles. Creo que esto se debe a que el desenlace del Martín Fierro es la encrucijada de José Hernández. ¿Cuál es la enseñanza concluyente y trascendental que dejará a los gauchos, a esa gente que confía tanto en su palabra de poeta-maestro?

    Cambiar de nombre podría implicar un cambio sustancial. Ante la demarcación de las propiedades privadas, el fomento de la agricultura, el avance del progreso, el gaucho tendría que resignar su libertad absoluta sobre la pampa; por eso, dejaría de ser gaucho para convertirse en peón de estancia. Este cambio parece significar que -en palabras de Pérez- «Fierro se da por vencido»: «Fierro busca cambiar, se autocrítica (ante el hermano del negro, [...]) y reconoce que tiene crímenes que ocultar al mudar de nombre». Del mismo modo, «Hernández dispensa de sus culpas a la sociedad (el sospechoso de culpas es el gaucho)». Los cambios son variados; por eso, se multiplican las posibles explicaciones. Como sigue diciendo Pérez:

    Se arrepienten los gauchos, la sociedad no. Del momento en que Fierro y Cruz escaparon al desierto al momento en que regresaron a la «civilización» algo había pasado en la sociedad argentina, que sin haber reconocido sus faltas era capaz de aceptar a sus hijos negados. O fue Hernández quien modificó su forma de pensar y creyó que los crímenes del Estado liberal ya no eran tan graves20.


    La clave para resolver el enigma está, tal vez, en el contenido de la «promesa» que se hacen los Fierro. Los que se separan, generalmente, se prometen volver y no olvidar (que es otra forma de no irse); y los que cambian de vida prometerán no ignorar quiénes son en esencia: personas verdaderamente libres. Cambiar de nombre simbolizaría el hecho de asumir y construir un nuevo destino, dejando de repetir los errores pasados, madurando la propia personalidad. En palabras de Camarero: Fierro -y con él, el propio Hernández-

    va reaccionando hacia una voluntad de integración para un cambio mejor, dándose cuenta de que una sociedad viable es la suma de individualidades de tal condición y que es menester la capacitación de dignidad personal humana y especialmente «desde abajo» para que así lo sea la sociedad de los hombres21.


    Se desarticula el núcleo familiar otra vez, pero ahora para abrirse al ancho espacio de la Argentina toda. Quizás tienen que pagar la «culpa» de la rebeldía de antaño, llevando a todos los hermanos, hasta entonces desunidos, el mensaje de la Patria grande, o sea, la aceptación de que la Patria llega mucho más allá del pago y que se identifica con el País que nos reúne en una comunidad organizada por leyes. Leyes que, recuperando el sentido de lo lícito, cumplan un único y fundamental requisito: garantizar «casa, escuela, iglesia y derechos» (II, 4827-4828) para todos.





    Conclusiones


    Identidad implica comparación e igualdad; se es idéntico a otro en sus características esenciales. Hernández se propone que su personaje de escritura e imaginación sea idéntico a los gauchos que el autor conoce personalmente, para que el personaje pueda representarlos, pueda ser su tipo. El poeta confecciona el retrato de este gaucho paradigmático a través de la presentación de su forma de ser, de pensar, sentir y actuar. Porque el personaje actúa, el retrato se dinamiza en la narración de una historia individual. Porque el personaje actúa según las normas sociales de su grupo social, al que representa, el retrato de una persona se trasforma en la historia prototípica de ese grupo social.

    Pero, en la perspectiva de Fierro, que Hernández respeta magistralmente, él es un gaucho más, que padece males que padecen otros. Canta, pues, para consolarse y para consolar. En el dolor se produce la identificación.

    Hernández identifica a su personaje con seres reales para perpetuar ésa su realidad. El poeta-político atisba que el gaucho libre en la pampa está en peligro de extinción. Observa también que el «progreso» es inevitable, que es el destino que la Argentina no puede evitar, el que tiene que cumplir. Pero el poeta que ha sido gaucho en su mocedad -quizás, en sus tiempos felices- no puede permitir que simplemente el gaucho desaparezca. La teoría romántica, que todavía sustenta el pensamiento de los intelectuales argentinos, exige la pervivencia de lo propio, de lo distintivo, como el modo privilegiado de construir la nacionalidad y el futuro promisorio. El gaucho en el campo es la realidad concreta de la Argentina, «nuestro más pingüe patrimonio» al decir del maestro Echeverría22. Ante los paralelismos dicotómicos de Sarmiento, Hernández elige el campo americano, con su barbarie, porque es lo nuestro, frente a la ciudad civilizada por y a lo europeo.

    En consecuencia, ante la inexorabilidad del destino colectivo de grandeza por el que trabajan los argentinos de aquel entonces, la única forma de pervivencia del gaucho es una doble transformación: por un lado, la resignación del «nombre» y la aceptación de otra vida en las estancias y de otras normas sociales: prudencia en el actuar (sobre todo con el cuchillo), sociabilidad en el trato con los demás; en definitiva, civilización alcanzada paulatinamente a través de la educación, los buenos consejos (tarea de Fierro). Por otro lado, la idealización positiva del tipo regional -también romántica- y su perpetuación por medio de la palabra escrita; palabra literaria, porque la imaginación es una variante de la memoria (tarea de Hernández).

    Al final, concuerdan las empresas: Martín Fierro, después de defender su libertad personal, muestra el camino de la unidad nacional, mientras que José Hernández insiste en el poder de la memoria colectiva para que lo singular de un grupo no se pierda y sobre esa singularidad se construya una nueva Argentina, en la que se integren todos los ciudadanos con justicia y dignidad.





    https://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/identidad-personal-y-memoria-colectiva-en-el-martin-fierro/html/1e59ae62-a0f8-11e1-b1fb-00163ebf5e63_4.html


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    "Ser como un verso volando
    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
    (Hánjel)





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    Mensaje por Maria Lua Vie 17 Mar 2023, 15:33



    5 - Jayme Caetano Braun e Lúcio Yanel - Alma Pampa






    Alma Pampa

    Quem te batizou milonga, decerto foi algum monge
    Que escutou de muito longe o teu murmúrio de sanga
    Ou quem sabe alguma changa, dormideira nos arreios
    Dessas que fazem ponteios com unhas de japecanga

    Ou quem sabe algum sorsal, de topete colorado
    Num prelúdio abarbarado das canas do taquaral
    Talvez quem sabe um bagual corcoveando num repecho
    Floreando as cordas do queixo nas pontas do pastiçal

    Brasileira, castelhana, milonga ronco de mate
    Tu nasceste do embate da velha saga pampeana
    Espanhola, lusitana, entre patriadas e domas
    Sem divisas, sem diplomas, cursando o mesmo dialeto
    Porque o vento analfabeto fala em todos idiomas

    Quem sabe talvez a lança, riscando a primeira linha
    Quando a adaga sem bainha, cadenciava uma romanza
    Ou talvez a vaca mansa, dentro da várzea perdida
    Na ternura enrouquecida, feita de instinto e lamento
    Anunciando o nascimento da cria recém lambida

    Por isso em qualquer fronteira, no esboço da lonjura
    És a mais linda mistura da nobre estirpe campeira
    Fidalga e aventureira, com geografia na cara
    Passaporte tapejara, no caminho dos andejos
    Reculutando solfejos que uma linha não separa

    Alma de pampa e semente que nasceu nos dois costados
    Herança dos mal domados que formaram nossa gente
    O passado e o presente e o futuro dimensionas
    Nas primas e nas bordonas do garrão do continente
    .




    Jayme Guilherme Caetano Braun [ 1 ] ( São Luiz Gonzaga , 30 de enero de 1924 - Porto Alegre , 8 de julio de 1999 ) fue un reconocido payador y poeta de Rio Grande do Sul .

    Es considerado uno de los grandes nombres de la música de Rio Grande do Sul, junto a Pedro Ortaça , Noel Guarany , Cenair Maicá (los llamados Troncos Missioneiros) [ 2 ] y Teixeirinha (en ese momento). Actualmente tiene una estatua ubicada en el Parque Maurício Sirotsky Sobrinho (Estancia da Harmonia), en Porto Alegre, y un monumento junto al Complejo Turístico en su honor en São Luiz Gonzaga .

    Payador , poeta y locutor e hijo de João Aloysio Thiesen Braun, de ascendencia alemana , [ 3 ] [ 4 ] y Euclides Ramos Caetano Braun, de una familia tradicional ganadera de la región de la Misión , Jayme Caetano Braun nació el 30 de enero de 1924 , en la localidad denominada Timbaúva, entonces el 3er distrito de São Luiz Gonzaga , y desde el 12 de octubre de 1965 parte del municipio denominado Bossoroca , en la Región de Missões de Rio Grande do Sul

    Durante su carrera, escribió varias payadas , poemas y canciones , siempre con énfasis en Rio Grande do Sul, la vida rural, las costumbres gauchas y la naturaleza local

    El payador publicó varios libros de poesía, como Galpão de Estância ( 1954 ), De estufa a estufa ( 1958 ), Potreiro de Guaxos ( 1965 ), Bota de Garrão ( 1966 ), Brasil Grande do Sul (1966), Paisagens Perdidas (1966) . ) ) y Pendão Farrapo ( 1978 ), aludiendo a la Revolución Farroupilha . En 1990 lanza Payador y Troveiro, y seis años después la antología poética 50 Anos de Poesia , su última obra escrita.

    También publicó un diccionario de regionalismos, Vocabulário Pampeano - Pátria, Fogões e Legendas , lanzado en 1987 .

    Jaime también grabó CDs y discos , como Payador, Pampa, Guitarra , un trabajo antológico en sociedad con Noel Guarany . Su último trabajo lanzado en vida fue el álbum Poemas Gaúchos , con éxitos como Payada da Saudade , Piazedo , Remorsos de Castrador , Cemitério de Campanha y Galo de Rinha .

    También grabó con Lúcio Yanel , Cenair Maicá y Luiz Marenco .

    Entre sus poemas más recitados por los poetas regionalistas de todo el país, se destacan Bochincho , Tio Anastácio , Amargo , Paraíso Perdido , Payada a Mário Quintana, Payada para o Irmão Negro y Galo de Rinha .

    Su nombre bautiza calles, plazas y principalmente CTG en Rio Grande do Sul y en todo Brasil . Es considerado el patrón del Movimiento Pajadoril en Brasil.

    Grabó con Noel Guarany, Pedro Ortaça y Cenair Maicá el disco Troncos Missioneiros , en 1988


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    "Ser como un verso volando
    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
    (Hánjel)





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    Mensaje por Maria Lua Sáb 18 Mar 2023, 09:14







    Do Tempo


    Jayme Caetano Braun



    O tempo vai repontando
    O meu destino pagão
    Vou tenteando o chimarrão
    Da madrugada clareando
    Enquanto escuto estralando
    O velho brasedo vivo
    Nesse ritual primitivo
    Sempre esperando, esperando...

    É a sina do tapejara
    Nós somos herdeiros dela
    Bombear a barra amarela
    Do dia quando se aclara
    Sentir que a mente dispara
    Nos rumos que o tempo traça
    Eu me tapo de fumaça
    E olho o tempo veterano
    Entra ano e passa ano
    Ele fica a gente passa

    Que viu o tempo passar
    Há muita gente que pensa
    Mas é grande a diferença
    Ele não sai do lugar
    A gente que vive a andar
    Como quem cumpre um ritual
    É o destino do mortal
    É o caminho dos mortais
    Andar e andar nada mais
    Contra o tempo, sempre igual.

    Tempo é alguém que permanece
    Misterioso impenetrável
    Num outro plano imutável
    Que o destino desconhece
    Por isso a gente envelhece
    Sem ver como envelheceu
    Quando sente aconteceu
    E depois de acontecido
    Fala de um tempo perdido
    Que a rigor nunca foi seu.

    Pensamento complicado
    Do índio que chimarreia
    Bombeando na volta e meia
    Do presente no passado
    Depois sigo ensimesmado
    Mateando sempre na espera
    O fim da estrada é a tapera
    O não se sabe do eterno
    Mas a esperança do inverno
    É a volta da primavera.

    Os sonhos são estações
    Em nossa mente de humanos
    Que muitas vezes profanos
    Buscamos compensações
    Na realidade as razões
    Onde encontramos saída
    Nessa carreira perdida
    Que contra o tempo corremos
    Já que, a rigor, não sabemos
    O que haverá além da vida.

    Dentro das filosofias
    Dos confúcios galponeiros
    Domadores, carreteiros
    Que escutei nas noites frias
    Acho que a fieira dos dias
    Não vale a pena contar
    E chego mesmo a pensar
    Olhando o brasedo perto
    Que a vida é um crédito aberto
    Que é preciso utilizar.

    Guardar dias pro futuro
    É sempre a grande tolice
    O juro é sempre a velhice
    E de que adiante este juro
    Se ao índio mais queixo duro
    O tempo amansa no assédio
    Gastar é o melhor remédio
    No repecho e na descida
    Porque na conta da vida
    Não adianta saldo mé
    dio!


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    y en ese vuelo y en ese sueño
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    Mensaje por Maria Lua Sáb 18 Mar 2023, 09:29

    Poesía gauchesca y Martín Fierro





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    Mensaje por Maria Lua Sáb 18 Mar 2023, 09:55


    La vuelta de Martín Fierro - Voz - Juan José Güiraldes



    Relato en la voz de Juan José Güiraldes sobrino de Ricardo Güiraldes , además de defensor fue un difusor del Tradicionalismo ,Presidente Fundador de La "confederación Gaucha" también fue Militar (Comodoro) entre otras cosas , decía: "los hombres hacen hoy la tradición de mañana". Falleció a los 86 años en el 2003.
    si quiere comprar la versión en cd aquí: http://www.confederaciongaucha.com.ar...
    Consultas por discos:
    Email o Correo: correo@confederaciongaucha.com.ar

    Sobre el autor del Martín Fierro:
    José Hernández ( José Rafael Hernández ) Hijo de don Rafael Hernández y de doña Isabel Pueyrredón, nació el 10 de noviembre de 1834 en la chacra de su tío, Don Juan Martín de Pueyrredón, antiguo Caserío de Pedriel, hoy convertida en el Museo José Hernández (Partido de San Martín).
    Este argentino nativo expresó diferentes talentos a lo largo de su vida: fue poeta, periodista, orador, comerciante, contador, taquígrafo, estanciero, soldado y político.
    Comenzó a leer y escribir a los cuatro años y luego asistió al colegio de don Pedro Sánchez.
    En 1843, cuando su madre falleció, su padre, que era capataz en la estancias de Rosas, lo llevó a vivir al campo por recomendación médica, ya que, a pesar de su juventud, se encontraba enfermo.
    En el entorno campestre, José Hernández tomó contacto con gauchos e indios. Debido a su proximidad con ellos, tuvo la oportunidad de conocer sus costumbres, su mentalidad, su lenguaje y su cultura. Aprendió a quererlos, a admirarlos, a comprenderlos, y también, a entender sus dificultades en la vida cotidiana.
    En marzo de 1857, poco después de fallecer su padre --quien fue fulminado por un rayo-, se instaló en la ciudad de Paraná. Allí, el 8 de junio de 1859, contrajo matrimonio con Carolina González del Solar. Tuvieron siete hijos.
    Inició su labor periodística en el diario "El Nacional Argentino", con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato de Vicente Peñaloza. En 1863 estos artículos fueron publicados como libro bajo el título "Rasgos biográficos del general Ángel Peñaloza".
    En el orden legislativo se desempeñó como diputado, y luego, como senador de la provincia de Buenos Aires. Tomó parte activa con Dardo Rocha en la fundación de La Plata y, siendo presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización por el que Buenos Aires pasó a ser la capital del país.
    En 1869 fundó el diario "El Río de la Plata", en cuyas columnas defendió a los gauchos y denunció los abusos cometidos por las autoridades de la campaña. También fundó el diario "El Eco" de Corrientes, cuyas instalaciones fueron destruidas por adversarios políticos. Colaboró además en los periódicos "La Reforma Pacífica", órgano del Partido Reformista, "El Argentino", de Paraná y "La Patria", de Montevideo.
    En el orden militar actuó en San Gregorio, en El Tala e intervino en las batallas de Pavón y de Cepeda. Luchó además junto a López Jordán en Entre Ríos.
    Debido a los continuos enfrentamientos civiles durante los años '50 y '60, se vio obligado a viajar y trasladó su residencia a menudo. Vivió en Brasil, en las provincias de Entre Ríos y Rosario de Argentina y en Montevideo (Uruguay). En 1870, al fracasar una revolución, tuvo que volver a Brasil. Dos años después, gracias a una amnistía que paró la violencia, pudo volver al país.
    El 28 de noviembre de 1872, el diario "La República" anunció la salida de "El Gaucho Martín Fierro" y, en diciembre, lo editó la imprenta La Pampa.
    Este poema de género gauchesco se convirtió en la pieza literaria del más genuino folclore argentino y fue traducido a numerosos idiomas.
    El libro es considerado la culminación de la llamada "literatura gauchesca" y es una de las grandes obras de la literatura argentina. En él, Hernández rinde homenaje al gaucho, quien aparece en su ser, en su drama cotidiano, en su desamparo, en sus vicisitudes y con sus bravuras.
    Su inesperado éxito entre los habitantes de la campaña lo llevó en 1879 a continuarlo con "La vuelta de Martín Fierro", edición ilustrada por Carlos Clérice.
    En 1881, publicó su obra "Instrucción del Estanciero". El 21 de octubre de 1886 murió en su quinta de Belgrano. Sus últimas palabras fueron: "Buenos Aires... Buenos Aires...".


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    Mensaje por Maria Lua Vie 24 Mar 2023, 08:26

    13 - Concerto de Zorzales de Jayme Caetano Braun




    De São Luiz À Madariag · Jayme Caetano Braun/ Argentino Luna





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    Mensaje por Maria Lua Miér 10 Mayo 2023, 14:54


    La poesía gauchesca y la poesía nativista en Uruguay


    Juan Ilaria



    La poesía gauchesca en nuestro país fue cultivada al principio, por gente de cultura urbana, lo que presupone una canonización académica. Después de los "cielitos" de Bartolomé Hidalgo y tras el Coloniaje, se cumplen numerosas experiencias que acreditan, en los poetas épicos y líricos, el deseo de trascender el tópico costumbrista de los poetas intuitivos, sin barroquismo ideológico, ni lo que tienda a parecer una idealización de los elementos sociales.

    Prosperaba una ley válida entonces: el hallazgo de fuentes anti-nihilistas, la devoción a la tradición española, la nostalgia, cierto patetismo que linda con lo melodramático, el canto a la tierra y a míticos ancestros.

    La poesía gauchesca, no es nunca engolada; se integra con la anécdota, en función de los valores psicológicos del gaucho, y aunque el tratamiento formal de los temas, no es un testimonio del alejandrinismo aborigen, llega a estimular a escritores de todo jaez, pero lejos de un elitismo intransferible.

    Pero agotada la vena popular, o resentida la evolución natural del género, surgen los poetas de volitiva decisión, que concilian la tradición, con una nueva percepción del alma campesina, del psiquismo gaucho.



    El tono fue siempre adecuado a las vivencias del gaucho. Situaciones dramáticas o bien la juglaría criolla, pero siempre la espontaneidad, salvo cuando hacen irrupción los poetas cultos.

    El tono fue siempre adecuado a las vivencias del gaucho. Situaciones dramáticas o bien la juglaría criolla, pero siempre la espontaneidad, salvo cuando hacen irrupción los poetas cultos.

    Con Elías Regules vinieron los versos placenteros, equilibrados, ortodoxos, de métrica regular, adscritos a situaciones, evocaciones, exaltaciones sentimentales, que fueron trasmitiéndose oralmente y constituyendo audiencias, que placían, en lo posible, de lo retórico.

    No se vislumbraban innovadores, porque los auditorios y lectores devotos, gustaban, entonces, de los viejos criterios estéticos. El paisano palabrero no se oponía al poeta abachillerado, de mester convencional pero legítimamente historiable.

    Alberto Zum Felde veía, en Regules, al poeta de triviales tropos románticos, pero hay que convenir que era el gusto de la época, tiempo no intimista, pero sí de melancolía piadosa. Otro de los méritos de Regules fue el de rescatar modismos, sistematizar los elementos autóctonos y hacer prevalecer el sentimiento gaucho, contra el prejuicio de la metrópolis, que, por "snobismo", cultivaba o admiraba el parnasianismo francés.

    A Regules habrían de acompañarlo, o seguirlo, epígonos un tanto docentes, que escribían versos, por simpatizar con la causa del gaucho, en una política literaria. Junto a él se alinearon muchos. Ennoblecieron, sin presupuestos previos, pero con adhesión fervorosa a un idealismo que no impedía la circunstancia vital, la situación concreta, una libertad sin rutina, la simple complejidad (y esto no es paradoja), del hombre de campo, arraigado a un tiempo y a un lugar. Se esfumaban los "espectros abstractos" de una incipiente metafísica, para dar lugar a una sabia simpatía por lo nuestro, por lo aborigen.

    Y debemos evocar, a Yamandú Rodríguez, a María de Nava, a Hilario Ascasubi, Casiano Monegal, Agustín Smith, Enrique De María, Orosmán Moratorio, Juan Escayola, Pedro Bermúdez, Manuel Benavídez, Estanislao del Campo, Guillermo Cuadri, Serafln J. García, "El Viejo Pancho", Antonio D. Lussich, y muchísimos más. Unos hacían versos gauchescos; otros, que llegaron posteriormente, con un estilo propio y una cultura acendrada, escribieron sobre temas campesinos, no vitalmente, sino estéticamente.

    Pedro Leandro Ipuche, fundó lo que ha dado en llamarse "gauchismo cósmico", renovando los manidos temas nativos. Ipuche se respalda en su poesía lírica, en el endecasílabo. Silva Valdés en el alejandrino. Ambos tenían la misma preocupación, pero con distintas formas expresivas. Silva escribe "La Carreta" y a su vez Ipuche, "Los Carreros". Es casi, un contrapunto lírico, pero uno mas estilizado que el otro. El nativismo y ya lo sugería Eduardo Couture en una conferencia, se manifestaba en música, pintura y poesía (Eduardo Fabini, Pedro Figari y Fernán Silva Valdés, eran sus respectivos exponentes). Ya iban desapareciendo los gauchos episódicos, melodramáticos, de ejemplaridad un tanto falsa.

    Fernán había sido el neo-simbolista, con alguna reminiscencia del decadentismo francés. Pero reaccionó a tiempo. Se desligó de influencias europeas, de los epígonos de ultramar. Ya no fue tributario de ningún ismo. Y sucesivamente aparecieron "Agua del tiempo", que constituyó una verdadera y gratísima revelación y "Romances chúcaros". Eran libros reveladores de una emancipación. Desafiantes. De efusión limpia.
    Ipuche, que coincide con Silva, en los temas, adopta otras formas. El mismo se define: "Con 'La pajarera nativa', me anticipaba al nativismo. La osadía del tratamiento rítmico y temático, daba un aire renovador a la viviente coloración bucólica. Con rigor vigilante, me armé para las grandes responsabilidades literarias. Vinieron después otros libros, como un crecimiento confirmatorio de las raíces solariegas".

    Pero ¿"qué es el gauchismo cósmico" de Ipuche? Es salir del fetichismo, de la vejez litúrgica del campesinado; cultivar, en cierto modo, una mística racial, poseer, como postulaba Juana de lbarbourou, un gran aliento pánico; llegar a lo áspero, no a lo idílico, fundar cierto esoterismo, ennoblecer la temática gauchesca, estimular la individualidad creadora, llegando a una evolución vital, profesando una filosofía de la naturaleza, pero lejos de una civilización prometeica. Ahí veía Ipuche nuestra oriundez. Gauchismo cósmico es algo mágico, con un sentimiento de proximidad a lo alto, fuera de los lugares comunes. Tierra y cosmos, pues. Se sobrepasa lo inmediato, el rito cotidiano. Es, pues, el sentimiento cósmico de la naturaleza, a que aludía Cirlot. La patria se hace cielo arriba, sin texturas pintorescas.

    En cambio Silva Valdés es un impresionista de temática fluida, que gusta del costumbrismo, de reflejar sus valoraciones, siendo risueño, nostálgico. Las cosas se le van haciendo versos. Está en el mester de juglaría; Ipuche, en el mester de clerecía. Ipuche padece la angustia de la expresión, pero no orilla nunca responsabilidades. Organiza mejor los elementos del complejo criollista y su paisaje es amplio, donde el espectro es luminoso. Está en lo telúrico, en la música del aire, frente a la tierra vieja, sin Ceres mitológica, donde los días se apagan misteriosamente, en la memoria de la vida, con un refranero sacramentado.

    Silva Valdés es más diáfano, aunque también ladino, a veces de cierta placidez cimarrona. Pero es un poeta auténtico, con metáforas admirables, funda o recrea leyendas, rescata tradiciones envejecidas y es un hombre de clara vocación gaucha. Las imágenes de Silva, contienen seres y cosas; en Ipuche, juegan las sombras, el río de la querencia, la criolla baguala del Cebollatí y su querido Río Olimar.

    Ipuche mezcla, en una simbiosis admirable, el regionalismo y el gauchismo. Silva Valdés crea el nativismo; depuración del gauchismo tradicional. Hay más hondura en Ipuche, pero más gracia en Silva, con otro estilo de vida. Ipuche va al infinito. Silva ennoblece lo circundante. Ipuche cae en el éxtasis contemplativo y su mayor cultura, lo hace fuera de toda frivolidad, íntimamente racional.

    El nativismo no es el nacionalismo, el cultivo consciente y sistemático de las particularidades de lo nacional. No es una moda ni un estilo, ni una política estética, sino el cultivo consciente de grupos humanos, con sus ancestros y vivencias, sus peculiaridades étnicas y hábitos sociales. El nativista se ha dicho bien, "es una voluntad inscrita en el destino de una colectividad, con rasgos propios, sin forzosidades académicas".

    Y así, mientras Pedro Leandro Ipuche, es un poeta órfico, Silva Valdés, con una escenografía arcádica, despierta la tarde gaucha, con penitencia de juglares, la tarde bucólica de la última soledad.

    Juan Ilaria
    Almanaque del Banco de Seguros del Estado - Año 1986







    http://letras-uruguay.espaciolatino.com/ilaria_juan/la_poesia_gauchesca_y_la_poesia_nativista.htm


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    Mensaje por cecilia gargantini Miér 10 Mayo 2023, 15:13

    Es muy bueno tu trabajo Lua. Besossssss y graciassssssssssss
    Maria Lua
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    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Mayo 2023, 16:40

    Gracias, Cecilia!
    Besos



    LITERATURA GAUCHESCA



    El jinete solitario, nómada, vaquero sobre los vastos espacios de la pampa,
    el gaucho, ha estado desde siempre presente en la literatura argentina. Hay
    gauchos en Argentina, Uruguay, Paraguay, Bolivia y Brasil. Viven en las
    zonas rurales y se dedican ante todo a la ganadería, especialmente a domar
    caballos salvajes, y la agricultura.
    En el caso de la literatura argentina hay que distinguir dos conceptos: la
    literatura gaucha y la literatura gauchesca.
    La literatura gaucha surge ya en la época de la Colonia y es literatura
    popular de tradición oral, de carácter lírico narrativo que transmiten los
    ambulantes cantores populares ― los payadores acompañados por una
    guitarra o vihuela, quienes cantan e improvisan canciones y poemas sobre
    personajes y acontecimientos famosos. Puede decirse que esa poesía y las
    modalidades de su realización han servido de punto de partida para la
    literatura que apareció en el siglo XVIII y en la que el protagonista será el
    gaucho.
    La literatura gauchesca apareció a fines del siglo XVIII e comienzos del XIX
    en Argentina y Uruguay como parte de un movimiento más extenso de los
    escritores hispanoamericanos de esa época: el americanismo.
    Efectivamente, después de conquistar la independencia de la Corona
    española, cuando se constituyen los jóvenes estados hispanoamericanos,
    resulta lógico que se plantee la pregunta: ¿quiénes somos?, o sea la cuestión
    de la identidad nacional.
    La literatura gauchesca abarca todos los géneros: poesía, narrativa y obras
    dramáticas, aunque los máximos alcances se registren en el campo de la
    poesía.
    La literatura gauchesca eleva la figura de este nómada al nivel de un mito
    nacional. Autores cultos se identifican con la figura de esta gente del
    campo, ofreciendo el testimonio sobre un pasado irrecuperable. En sus
    obras se presentan las zonas rurales, paisajes, la vida del gaucho en las
    ásperas condiciones de la pampa, su modo de pensar y actuar. El eje
    principal en torno al que gira todo, hasta las ideas políticas, la crítica de la
    sociedad y de los gobernantes, igual que diferentes hazañas, sea positivas,
    sea negativas, es precisamente el gaucho.
    Esto no quiere decir que la imagen del gaucho en las obras literarias sea
    siempre positiva. Hay algo romántico en ese destino fatal del gaucho, el
    jinete libre y solitario, condenado a desaparecer por las circunstancias
    económicas y sociales que se vienen imponiendo. La industrialización del
    país exige que el gaucho se incorpore al proceso de la producción moderna.
    De hecho, se ve obligado a convertirse en jornalero, sirviente o soldado. Por
    eso responde a los cambios que se le imponen muchas veces con la
    violencia. A menudo sirve a los caudillos autoritarios, siendo
    frecuentemente, al mismo tiempo, víctima de la represión. En qué medida
    la literatura argentina ofrece diferentes imágenes del gaucho puede verse
    muy bien en el libro híbrido de Domingo Faustino Sarmiento Facundo y la
    famosa novela de Ricardo Güiraldes Don Segundo Sombra.
    Martín Fierro es considerado el máximo alcance de la literatura gauchesca.
    Esta obra de José Hernández figura entre los clásicos de la literatura
    argentina. Con Martín Fierro se inicia el culto directo y general del valor y
    de la audacia individual del gaucho en su sentido épico. Algunos críticos lo
    consideran una obra mitopoética. En ella el gaucho es presentado más bien
    como un tipo social que étnico, producto de una ganadería primitiva. De
    allí su rechazo a aceptar la modernización, y por ende, la ciudad y la
    civilización en el sentido de Sarmiento. Ese gaucho, desafortunadamente,
    puede ser utilizado con fines políticos negativos, aunque en su
    individualidad rebelde también puede elevarse a niveles superiores.
    Martín Fierro fue publicado entre 1872 y 1879. Su autor José Hernández
    (1884 ―1886) conoce bien de su propia experiencia el ambiente rural
    argentino y sus habitantes. Su imagen del gaucho no es pintoresca ni
    folklórica, sino que se empeña en presentarnos un personaje representativo
    del gaucho argentino, concentrándose en su modo de vida, de pensar y de
    expresarse. La imagen de la sociedad argentina que nos ofrece Hernández
    es amarga. Representa al mismo tiempo una protesta contra las injusticias y
    la marginalización del gaucho, mientras que enaltece los auténticos valores
    espirituales de un mundo natural. Martín Fierro reacciona contra las
    autoridades, el ejército, la justicia, la ciudad y la civilización, y se eleva al
    nivel del mito del individuo libre que no se deja domar, quien no tolera las
    injusticias sociales, la opresión y se empeña por un orden distinto, más
    justo.
    El argumento es relativamente sencillo. Las autoridades han arrebatado a
    Martín Fierro de su familia y de la pampa, y se lo han llevado por la fuerza
    para que luche contra los indios rebeldes. La vida en la frontera está
    marcada por los abusos, arbitrariedades e injusticias. Al final un Martín
    Fierro indignado y amargado va a desertar. Volverá a su pueblo tres años
    más tarde para encontrarse con su rancho destruido, mientras que han
    desaparecido su mujer e hijos. Se va por la vía de la venganza,
    convirtiéndose en el gaucho malo, violento, cae en vicios, siendo
    vagabundo, aunque siga llevando en sí lo noble de su naturaleza. En
    compañía de otro fugitivo, Cruz, al final de la primera parte, huye de las
    autoridades y se refugia entre los indios salvajes. Así se ha presentado a
    través de un individuo el mundo mítico idealizado de la pampa que la
    civilización moderna y las autoridades vienen destruyendo.
    Hernández publicó en 1878 la segunda parte de su poema “Vuelta de
    Martín Fierro”, en la que el rebelde vuelve a la civilización y la sociedad de
    las que había huido, convencido que al final lo van a comprender. La
    experiencia de la vida entre los indios salvajes ha resultado ser negativa.
    Después de la muerte de Cruz y un incidente en el que mataron a un niño,
    despiertan en Martín Fierro sentimientos nobles, se vuelve contra los indios
    y regresa a la civilización.
    De nuevo es feliz por haber encontrado a sus hijos, ve un futuro claro,
    mientras que detrás de todo permanece la pampa como fundamento de
    una Argentina grande en el futuro.
    De esta manera se nos ha ofrecido una imagen poética de aquel conflicto
    entre la civilización y la barbarie, sobre el cual escribía Sarmiento y que se
    resuelve con el respeto a la libertad del individuo y la necesidad de
    imponer un orden social que asegure la paz y la prosperidad a la nación.
    El poema está escrito en el lenguaje de los gauchos que Hernández, de un
    modo original, eleva a un nivel estético superior, creando un lenguaje
    original, pero al mismo tiempo verosímil. El gran escritor argentino Jorge
    Luis Borges calificó Martín Fierro como una de las cumbres de la literatura
    argentina desde el punto de vista estético y literario por más que no
    sintiera simpatía hacia el héroe del poema.




    file:///E:/Maria%20Lua/Downloads/DOC_40461_Master%20(1).pdf


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    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
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    Mensaje por Maria Lua Miér 17 Mayo 2023, 18:39



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    Mensaje por Maria Lua Mar 01 Ago 2023, 08:23


    Los gauchos del Brasil


    Hay que dejar de lado los tópicos: en la Serra Gaucha de Río Grande do Sul afloran los rasgos inesperados de un Brasil muy diferente

    Si no fuera por guiños de vegetación tropical, uno creería hallarse en algún rincón de Europa. Las colinas jugosas y campos bien cultivados, los bosques que se internan por la sierra, el aspecto atildado de los pueblos, sus casas de elegancia alpina, la gente de tez clara, todo hace pensar en el viejo Continente. En invierno, el frío atenaza la montaña y no es raro que nieve. Los rasgos no europeos, lo más indígena, también sorprende: es predio de los gauchos, ganaderos hermanos de los argentinos que hablan otra lengua, pero viven como ellos, visten como ellos, sorben el mismo mate -que aquí llaman chimarrao- con la misma unción religiosa.

    Nadie diría que esto es Brasil. Y es que hay casi tantos brasiles como estados -son veinticinco los estados brasileños-, agrupados en cinco grandes regiones. Río Grande do Sul es el más sureño, fronterizo con Uruguay y Argentina, tal vez el más diferente. El que tiene mayor calidad de vida: sus diez millones de habitantes generan el 8% del PIB nacional. Pues bien, incluso este estado es un abanico de diversidad, abarcando un litoral animado, serranías espesas, valles vinícolas, pampa, misiones históricas y otros rincones sorprendentes.

    u capital y punto de referencia es Porto Alegre. Ciudad famosa por lo que todos saben: allí aprendió a darle a la pelota Ronaldinho. Aparte de eso, es una de las ciudades más interesantes de Brasil. Con una historia que podríamos llamar propia: entre 1835 y 1845 la revolución de los Farrapos (desarrapados) mantuvo separado al territorio del resto de la nación que se estaba cuajando; sólo diez años antes de la revolución farroupilha había declarado el príncipe don Pedro la independencia de Portugal. La afluencia masiva de alemanes primero, y después de italianos y polacos, dio al estado una fisonomía definitivamente diferenciada.

    Porto Alegre presume de ser la más verde del país: los mismos árboles que vecinos

    Porto Alegre es luminosa y alegre, como su nombre indica, y presume de ser la más verde del país: los mismos árboles que vecinos (millón y medio, aproximadamente). Se alza junto a un lago que parece mar, formado por el río Guaiba, y vista desde el agua (en alguno de los cruceros que surcan sus 30 islas) semeja una metrópoli yanki, erizada de rascacielos. Sin embargo, su almendra es la de una urbe provinciana, decimonónica y amigable, con hermosos edificios como los que rodean la Praça da Alfândega, entre ellos el Museo de Arte, o el Santander Cultural, toda una institución cívica, perteneciente al banco español. La catedral neogótica, el teatro y otros edificios compiten con centros culturales de vanguardia, como la Usina do Gasômetro, antigua planta de gas.

    La llegada masiva de alemanes en 1824 levantó ciudades como Nueva Hamburgo o Nueva Petrópolis; en ésta, los apellidos y tradiciones de origen tudesco se mantienen vivos, atizados por un parque temático.

    Gramado, en plena Serra Gaucha, es la ciudad más turística del estado, con excelentes hoteles y restaurantes, sede de ferias (turismo) o festivales (cine) de alcance internacional. En la vecina Canela, el Parque do Caracol esconde entre sus cañones poblados de araucarias una cascada espectacular. Un aviso de que los secretos gauchos merecen atención sin prisas.




    https://cincodias.elpais.com/cincodias/2006/03/18/sentidos/1142652437_850215.html


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    Mensaje por Maria Lua Mar 01 Ago 2023, 09:30

    Joca Martins - Gaudêncio Sete Luas




    Gaudêncio Sete Luas


    Luiz Coronel


    A lua é um tiro ao alvo
    e as estrelas bala e bala.
    Vem minuano e eu me salvo
    no aconchego do meu pala.

    Se troveja a gritaria,
    já relampeja minha adaga.
    Quem não mostra valentia
    já na peleia se apaga.

    Marquei a paleta da noite
    com o sol que é ferro em brasa.
    O dia veio mugindo,
    pra se banhar n'água rasa.

    Pra me aquecer mate quente,
    pra me esfriar geada fria.
    Não vai ficar pra semente
    quem nasceu pra ventania


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    Mensaje por Maria Lua Lun 19 Feb 2024, 08:51

    Poesía gauchesca


    El gaucho es un símbolo de Sudamérica. Hombres de campo, excelentes jinetes y cuidadores de ganado… los gauchos son una parte imprescindible del desarrollo cultural y social latinoamericano.

    Florencio Molina CamposLa mezcla entre los indígenas y los españoles derivó en estos individuos solitarios y amantes de la libertad. Los gauchos fueron también importantes soldados en la lucha por la independencia americana.

    El origen de la palabra gaucho proviene del término quechua huachu, que significa huérfano o vagabundo. Fueron los españoles quienes escindieron dicho concepto en dos palabras: guacho, para referirse a los huérfanos, y gaucho, para nombrar a los vagabundos.

    En la actualidad, suele nombrarse como gaucho a todos los habitantes rurales que se dedican a la ganadería en Argentina, Uruguay, Paraguay, la Patagonia chilena, el Chaco boliviano y el estado de Río Grande del Sur en Brasil.

    ¿Y qué es la literatura y la poesía gauchesca? Se trata de un subgénero propio de Sudamérica, que trata de recrear el lenguaje de los gauchos y narrar sus costumbres. Las historias de este tipo de escritos transcurren en espacios abiertos y rurales, resaltando las culturales locales. Aunque estos textos tienen como eje central al gaucho y su estilo de vida, suelen ser escritos por autores de alto nivel socio-económico.

    La poesía gauchesca comenzó a desarrollarse en el siglo XVIII, aunque recién en el siglo XIX se afinca como género. Entre sus exponentes se destacan Bartolomé Hidalgo e Hilario Ascasubi, entre otros. Pero, sin dudas, el punto máximo de la poesía gauchesca es «Martín Fierro», de José Hernández.

    Considerada como una de las principales obras literarias argentinas, la primera parte de la historia se publicó en 1872 y, siete años más tarde, apareció la segunda. Dicen los especialistas que nadie pudo superar el retrato del gaucho que trazó Hernández al describir la forma de vida, de expresión y de pensamiento de estos hombres.

    Eduardo Gutiérrez («Juan Moreira»), Leopoldo Lugones («La guerra gaucha») y Ricardo Güiraldes («Don Segundo Sombra») son otros escritores que se destacaron en la literatura gauchesca.




    https://www.poemas-del-alma.com/blog/especiales/poesia-gauchesca


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    Mensaje por Maria Lua Lun 19 Feb 2024, 08:54

    LA NARRATIVA POSGAUCHESCA, ¿UNA POÉTICA COLECTIVA?
    PABLO ROCCA

    Universidad de la República, Uruguay

    Pocos problemas literarios de la región se han discutido más —y en peores términos— que el de la producción que emerge hacia fines del siglo XIX, cuando se agota la poesía gauchesca y que con similitudes notables comprende un área tan vasta como el sur de Brasil, casi toda Argentina y todo Uruguay. A esa nueva rama y su extensión en prosa algunos —por comodidad o pereza— la siguieron llamando “gauchesca” y otros la denominaron “criolla”, “nativista”, “criollista” o simplemente “campera”. Esta abundancia de rótulos para mirar un fenómeno que se inscribe en la línea regionalista latinoamericana no sólo indica la imprecisión teórica con que se la ha abordado sino, también, el desconcierto y el escaso acuerdo con que se enfrentó el problema cuando, hacia mediados de este siglo, este se constituyó en un asunto de vida o muerte para el destino de las letras vernáculas. Todo esto está por volverse a ver, de hecho hace décadas que en la orilla oriental del Plata no se lo ha vuelto a tocar.

    Si se conviene en que hoy asistimos a una visible decadencia de la ficción rural en Uruguay o que, en el mejor de los casos, se ha “reciclado” en algunas de las ficciones de Tomás de Mattos y Mario Delgado Aparaín (pero en ningún escritor “visible” menor de cincuenta años), si se acepta que esa ardua discusión llevó a una fractura que ha terminado por paralizar el debate, quizá no esté del todo mal empezar por el principio de la crisis de esta línea narrativa para ir después, someramente, a sus orígenes y a su apogeo.

    Luego de una extensa práctica y el casi completo imperio de la literatura de asunto rural, con la protección de una crítica en general ejercida por los mismos practicantes (Carlos Reyles, Fernán Silva Valdés y otros), en 1939Juan Carlos Onetti tiró la primera piedra contra el rancho criollo. En un puñado de artículos aparecidos en Marcha, el entonces joven escritor bifurcó su ataque: por un lado reclamó una literatura sobre la ciudad, adecuada al nuevo instrumental narrativo de vanguardia; por otra parte impugnó “la creencia de que el idioma platense es el de los autores nativistas” y la superstición de que lo “nacional” literario sólo finca en la posibilidad o, mejor, en “la obligación de buscar o construir ranchos de totora, velorios de angelito y épicos rodeos”1.

    Pocos meses antes de la publicación de su nouvelle El pozo, en 1939, Onetti escribió en Marcha a propósito de la novela de Francisco Espinóla Sombras sobre la tierra (Claridad, Buenos Aires, 2a. ed., 1939), a la que elogió, y en cierta medida “utilizó” para reforzar su proyecto en plena marcha. Las dos “virtudes” que encontró en el libro delatan esa lectura a favor de sus intereses urbanizadores: 1) “Sombras sobre la tierra demostró que era posible hacer una novela nuestra, profundamente nuestra, sin gauchos románticos ni caudillos épicos”; 2) “trsyo hacia nosotros un clima poético, sin retórica, que emana de sus personajes y sus lugares, sin esfuerzo, revelando la esencia angélica de los miserables. Evadida del naturalismo árido que la precediera [... ] tiene lugar [en la novela] la aventura humana y su absurdo”2.

    La lectura onettiana de esta novela importa aun como reflexión sobre su actitud ante la literatura rural uruguaya, a la que encuentra “paralizada, sin derroteros”. Frente a ese corpus que considera obsoleto, Sombras sobre la tierra es percibido como remedio eficaz ya que la asunción de los espacios, personajes y hablas urbanas que se patentizan en esta novela provienen de quien había hecho, apenas unos años antes, los cuentos de Raza ciega (1926). Y, siempre si miramos desde los ojos del Onetti de 1939, nadie mejor para enunciar una crítica al sistema literario posgauchesco que el propio moderado cultor de velorios de angelito (al que dedica todo un cuento titulado, precisamente, “El angelito”), nadie más útil para la demolición de ese repertorio que Espinóla, él mismo creador de chinas del pago con “trenzas largas y flexibles”, como las que se bifurcan en la hermosa cabellera de Elvira en “El hombre pálido”. De estos cuentos había dicho Borges en 1928: “En desacuerdo salvador con las habituales muestras insípidas del género criollo, la localización aquí es lo adjetivo y el yesquero, el mate y las quinchas son meros accidentes de lugar y nunca obsesiones, el autor es un poseído por destinos de hombre y no por objetos”3.

    Unos años más tarde, varios críticos de la generación del 45 aprenderán la enseñanza de Onetti (y de Borges) y la desarrollarán con algo más de cuidado y no menos vehemencia. Carlos Martínez Moreno, Rodríguez Monegal, Carlos Real de Azúa, Mario Benedetti y, en menor medida, Ángel Rama, tomaron el poder en el semanario Marcha y —salvo el último de los citados—, en la revista Número. Desde esas páginas se menospreciará o se verá con desconfianza el realismo rural de las décadas anteriores, se publicitará la necesidad de hacer literatura ciudadana, se propiciará una apertura hacia la novedad técnica y lo cosmopolita contra la exaltación del color local. Una práctica textual interesante de esta línea la aporta el propio Benedetti quien, al reeditar en 1967 el primero de sus libros de cuentos (Esta mañana, 1949), suprime “Insomnio”, un texto claramente filiado al realismo suburbano.

    Con todo, los nuevos críticos rescataron dos excepciones notables (Francisco Espinóla y Mario Arregui) y aun fueron condescendientes con otros tres ejemplos (Juan José Morosoli, Enrique Amorim y Julio C. da Rosa). No puede olvidarse que el segundo volumen de relatos de Francisco Espinóla (El rapto y otros cuentos, 1950) y el primero de Mario Arregui (Noche de San Juan y otros cuentos, 1956) aparecieron en el sello editorial de Número. De Espinóla valoraron su afán por trascender lo anecdótico, lo pintoresco y lo costumbrista —tres “errores” estéticos que estigmatizaron en los despreciados—, así como su capacidad de partir de lo local, pero con el objetivo de representar, como dijo Benedetti, “la dinámica de las almas”4. Algo similar advirtieron en los cuentos de Arregui —un coetáneo de los críticos del 45—, en quien apuntaron una renovación a fondo del instrumental lingüístico y técnico muy cerca de las búsquedas borgianas5. Aun considerando la capacidad creativa de Morosoli, Amorim o da Rosa, a Rodríguez Monegal le mereció serios reparos su frecuente confusión de “lo informe con lo espontáneo, el registro con la invención”6. Los demás fueron vistos como epígonos o discípulos de Javier de Viana o Eduardo Acevedo Díaz.

    Otra tendencia crítica del 45 estuvo répresentada en la revista Asir y, más tarde, en las páginas literarias de El Ciudadano y El País. Esta encontró en Arturo S. Visca y Domingo L. Bordoli sus ejercitantes más activos, quienes defendieron la validez de esa literatura a la que el primero de los nombrados llamó “criollista”, en tanto significaba una empresa colectiva de una serie de creadores que visualizaron estéticamente “la realidad nacional”, a la que se propusieron “consolidar”7.

    En suma, uno y otro de los equipos intelectuales más dinámicos seguían planteando el debate, en relación con la dicotomía regionalismo / cosmopolitismo, siguiendo los esquemas propuestos, básicamente, por Arturo Torres Rioseco en su libro La gran literatura iberoamericana (Emecé, Buenos Aires, 1945). Una moderada variante de las propuestas de Torres Rioseco propone Benedetti en un ensayo de 1951, poniendo en circulación otra dicotomía, arraigo versus evasión8: “El escritor americano”, dice Benedetti, “tiene a mano una angustia directa y sustancial, primitiva si se quiere, pero viviente y vivificadora. Tiene la realidad”. Pero esa constancia de lo real produce en el escritor hispanoamericano una desaconsejable ansiedad: “Prefiere que su obra se consolide por su importancia humana antes que por su refinada urdimbre literaria. Tiene demasiado que decir del personsye, del ambiente, de la reacción que prepara, de los hechos en sí, como para abdicar su ritmo ágil, desordenado, imprevisto, o detenerse a depurarlo”9.

    La cuestión del “criollismo” o “regionalismo” narrativo en Uruguay era, a comienzos de los años cincuenta, uno de los problemas más debatidos. Uno de los asiduos escritores del grupo Asir; Eliseo Salvador Porta, revisó en un artículo de 1954 la cuestión de la decadencia de la “literatura autóctona” y sus posibilidades de salir a flote. En Uruguay, a esa altura, era notoria la prosperidad de la literatura de ambiente ciudadano y aun de las formas de lo fantástico o por lo menos los discursos que rompían con el realismo decimonónico al uso en la ficción posgauchesca canónica. Tómese en cuenta que de 1947 es Nadie encendía las lámparas, de Felisberto Hernández; de 1950 es La vida breve, de Onetti; de 1951, La mujer desnuda, de Armonía Somers y de 1953, El derrumbamiento, de esta misma narradora y Quién de nosotros, de Benedetti. También para ese año 1954 era ostensible la victoria del aparato crítico que sostenía estas propuestas en desmedro de la línea que Porta llama “autóctona”.

    En lugar de atrincherarse en la defensa sin concesiones de los temas y enfoques tradicionales, Porta reconoce en esta corriente criolla una dosis fuerte de repetición. Cree que, siempre dentro de los rumbos del realismo, sería “saludable reaccionar contra esa tendencia rememorativa, de la que por fuerza resulta un tono quejumbroso [...] Salvo excepciones, pocos escritores afectos al campo paran mientes en las grandezas y miserias de los arrozales, las cooperativas agrarias, las lecherías, el Instituto de Colonización, el empleo de máquinas, etc., etc.”10. Pero Eliseo S. Porta no reformula las propuestas estéticas de lo campesino, un proceso que sí se estaba operando simultáneamente en México, donde Juan Rulfo había publicado El llano en llamas un año antes de la aparición de este artículo y un año después daría a conocer Pedro Páramo, textos que, como se sabe, contribuyeron a la liquidación del regionalismo en América Latina.

    En Transculturación narrativa en América Latina, Angel Rama examinó el naufragio de “gran parte del repertorio regionalista [...] que respondía básicamente a las estructuras cognoscitivas de la burguesía europea” y situó el aporte de Rulfo, a lo que llama “proceso de transculturación”, en dos niveles básicos: la lengua y la estructuración literaria. Para Rama, la obra de Rulfo potencia en América Latina una “búsqueda de realimentación y de pervivencia, extrayendo de la herencia cultural las contribuciones valederas, permanentes”11. De estas transformaciones se tuvo muy pronta noticia en Uruguay, ya que el mismo año de la aparición de Pedro Páramo, Mario Benedetti publicó un largo artículo en Marcha, hasta donde sabemos el primero que se escribió sobre Rulfo en el Río de la Plata, al que tituló “Juan Rulfo y las posibilidades del criollismo”12. Una docena de años más tarde, reunido en libro, el artículo pasó a llamarse “Juan Rulfo y su purgatorio a ras de suelo”. Las razones para esa relevante operación de cambio paratextual son claras: en 1967 el criollismo estaba liquidado, es decir se había cumplido a cabalidad el prospecto onettiano del 39; en cambio, en 1955 todavía respiraba —como lo prueba el antes mencionado artículo de Porta— y entonces a Benedetti le interesa mostrar a Rulfo como modelo de escritura para terminar con los “narradores hispanoamericanos que optan por refugiarse en los temas nativos” abandonando toda complejidad técnica. Por eso concluye su nota confiando en que “la aparición de Rulfo [desmonte] el relato en línea recta, la porfiada simplicidad, [...] la endósmosis de lo llano con lo chato” (p. 23).

    Por la época en que Rulfo publica su obra tan pronto incorporada al debate uruguayo, dentro de la vigorosa tendencia rural sólo Arregui y Espinóla meditan sobre el problema de la relación entre las formas y lo representado. Espinóla ingresa en una etapa de firme realineamiento estético que lo lleva casi a la parálisis de su producción narrativa y empuja su escritura anterior (los cuentos de Raza ciega, 1926) hacia un proceso de experimentación y de revisión profunda. Porque luego del segundo volumen de cuentos sólo da a conocer escasos fragmentos de la novela-fábula Don Juan, el Zorro y, en el penúltimo número de la misma revista en que Eliseo S. Porta piensa el destino de la “literatura autóctona”, divulga el cuento fantástico “Rodríguez” (Asir, núm. 38, septiembre de 1958). A medida que avanza en su composición, la peculiar narración-fábula tiende a desprenderse de los referentes locales más identificables; por su lado, “Rodríguez” es el único relato que pudo concretar de una hipotética saga de “cuentos del diablo” que había contado una y otra vez a diversos oyentes, según declaró en una entrevista de 197113. Existe en Espinóla —como se lo ha examinado en otra parte14 — un movimiento creativo que péndula entre un doble espesor oral y la recuperación de una acendrada tradición literaria (culta y popular). También algunas historias del volumen Raza ciega —como “El hombre pálido”— al que reedita en esta etapa de cambio en tres oportunidades (1936, 1961 y 1967), en cada una de ellas y aun desde la versión primigenia de “El hombre pálido”, publicada en 1924, introduce numerosas correcciones en procura de “descriollizar” el lenguaje, salpicándolo apenas con algunos rioplatenismos campesinos15.

    Quizá mejor que nadie, y con más violencia que ninguno, Mario Arregui sintetizó la principal de las fobias del núcleo intelectual moderno del medio siglo ante algunos de los llamados “criollistas”:

    Son, en general, montevideanos por adopción que se mas turban con una nostalgia casi lírica de sus años pre-montevideanos. Trabajan recurrentemente un corto número de temas, llegan poco menos que a venerar ciertos rostros del subdesarrollo y, casi siempre, pueblan sus narraciones de seres humildes —almas simples o almitas— a los que miran con ojos paternalistas y como si de algún modo planearan sobre ellos. A veces fingen ser más incultos de lo que en realidad son [... ]16.

    El grupo de Asir, en cambio, se atrincheró tras el argumento de la falsa oposición entre campo y ciudad, pero tendió a relacionar —amparado en una noción de cuño idealista y romántica— el “ser nacional” con lo “criollo”, restando jerarquía a los problemas técnicos y, por lo tanto, admitiendo el realismo a la usanza del siglo XIX o el “realismo poético”, como soluciones estéticas para cumplir con la suprema eficacia nacionalista. Sin embargo, no establecieron conexiones entre las propuestas de los uruguayos y las que en la misma época se multiplicaron por toda América Latina, en particular las muy homologables de los argentinos Guillermo House y Ricardo Guiraldes o los riograndenses Darcy Azambuya y Erico Verissimo.

    Como ha observado Beatriz González Stephan, una nota del pensamiento liberal latinoamericano del siglo XIX consiste en defender la originalidad literaria a partir de elementos nativos:

    La ideología del mestizsye [...] será la clave del criollismo literario, que es, después de todo, un efecto estético-ideológico de carácter populista del pensamiento liberal para incluir, sólo a manera de efecto, la participación de los sectores sociales excluidos del poder dentro del marco de la vida nacional17.

    Tanto Visca como Bordoli siguen esa corriente a la que, unas décadas atrás, Carlos Reyles había defendido en una conferencia en la que estudiaba los casos particulares de Espinóla y Víctor Dotti:

    El gaucho es nuestro héroe epónimo, el único tipo de hombre vital, histórico y literario que ha producido la patria uruguaya. Nada tiene de extraño, pues, que sea fuente perenne de inspiración para los escritores y los artistas y motivo de veneración para el pueblo. [...] Los narradores gauchescos tienen, a mi entender, por misión supina hacemos sentir la honda y colmada realidad campera18.

    Los escritores de los veinte, a los que preferiría llamar posgauchescos, sintieron el peso de una rica tradición cultural campesina y la constitución de un público amplio y seguro. Pero lo más significativo de este proceso en los años veinte y treinta consiste en que, mientras el país se moderniza desplazando el eje social, económico y cultural desde el campo y los pueblos a la ciudad-puerto que se agiganta —y donde se asienta el Estado centralista—, la mayor parte de los narradores prefieren ubicar sus historias en el medio rural. De manera similar a la Argentina, acontece esta paradoja de tiempos acelerados y cosmopolitas que, sin embargo, tiene a su frente una ficción nostálgica o crítica del entorno rural. Esto se evidencia en una sinonimia que se impulsa desde la clase dirigente: “el pasado rural”, dice Graciela Montaldo, “[...] es una manera de aglutinar un tiempo fracturado, cortado por la irrupción de otro tiempo, el tiempo acelerado de la modernización; de modo que tanto las ficciones como los ensayos tratan de encontrar algún sentido en aquel pasado [...]”19.

    Parece, pues, descaminado llamar “gauchesca” (como prefiere Reyles) a una literatura que se empieza a escribir alrededor de 1920 y que representa los acontecimientos narrados en un arco que va de la “revolución” florista de 1868 hasta la contemporaneidad estricta y que, por lo tanto, no puede contemplar la presencia de gauchos ni de indios, porque unos y otros han sido exterminados. Hay, eso sí, paisanos, es decir mestizos que habitan el medio rural ligados a la estructura económica capitalista, sometidos o rebeldes; hay inmigrantes que con sus costumbres y sus lenguas interpelan a la vieja sociedad criolla; hay, asimismo, algunos tímidos atisbos de medios técnicos (el telégrafo, el teléfono, el automóvil) impensables en los predecesores inmediatos y prestigiosos como los citados Acevedo Díaz, Viana y Reyles.

    El peso de la gauchesca o la literatura rural “culta” (Magariños Cervantes, Acevedo Díaz, Javier de Viana, Reyles o Benjamín Fernández y Medina), llevó a muchos escritores posgauchescos (como Elias Regules, por ejemplo) a la apología del mito nacional, pero en la mayoría de los casos sólo condicionó una estética que pudo funcionar —al igual que en la matriz— como en un auténtico “sistema”. Es cierto que algunos, como Fernán Silva Valdés o Ipuche, redujeron al máximo las hipotéticas peculiaridades del habla criolla para expresar, en un castellano académico y en acuerdo a los nuevos aportes de la vanguardia, los viejos temas del medio campero. A esto llamaron, ellos mismos, “nativismo” o incluso “gauchismo cósmico”. Pero estos desvíos —muy débiles, por lo demás, en la prosa narrativa— no hicieron sino fortalecer el interior del sistema porque se trató de pequeños fustes a los motivos ya clásicos.

    En medio de las transformaciones sociales y políticas más fuertes que sobrevienen con la consolidación del batllismo en la década del veinte, la literatura posgauchesca puede ser observada como una última resistencia a la modernización, preñada de ciertos reflejos conservadores. Esto último puede rastrearse en las aún inexploradas revistas de amplia circulación y larguísima vida que albergaron exclusivamente esta modalidad literaria, tales como El Fogón (1895-1923) y El Terruño (1917-1950).

    En los relatos posgauchescos se combina el efecto costumbrista (la construcción del ambiente y del paisaje) con el elemento humano, de ahí la utilización predominante de las técnicas realistas. En el circuito de campos y suburbios pueblerinos abundan los peones u otras modalidades del personal de la estancia-empresa (como en “Los alambradores”, de Víctor Dotti); “servidores” en las guerras civiles (como en “Las dos sentencias del capitán Lezama”, de José Monegal o “El ladero”, de Enrique Amorim); matreros taciturnos y violentos (como en “De la crónica bárbara”, de Justino Zavala Muniz); cocineras, brujas, maestras; caudillejos prepotentes (como en “Donato”, de Serafín J. García), milicos de policía o soldados de línea (como en “El milico”, de Monegal); damas semiburguesas (como en “La huésped”, atípico cuento de Adolfo Montiel Ballesteros); estancieros y comerciantes, que en general son extranjeros o de origen “gringo” (como en El caballo y su sombra, de Amorim); negros y pardos (como en “Tomás Corrales”, de Pedro L. Ipuche); paisanos viejos y chinas jóvenes (como en “Domingo”, de Yamandú Rodríguez); gringos despreciados por los criollos o que luchan por integrarse con su trabajo y su nostalgia de la tierra lejana (“Los nidos”, de Santiago Dossetti o “Los albañiles de los tapes”, de Morosoli).

    Todo este proyecto colectivo se erosiona con Arregui, con el último Espinóla y, sobre todo, con las ficciones de Tomás de Mattos y Mario Delgado quienes empiezan a publicar en las décadas del setenta y el ochenta, respectivamente, en las que por cierto se suma el aporte de la narrativa de Rulfo y sus sucedáneos. Pero en la crítica década del cincuenta no todos creían en el agotamiento del proyecto posgauchesco; algunos como el narrador Víctor Dotti seguían defendiéndolo con pasión que revela más el furor y la impotencia del derrotado que la seguridad de quien confía en la fertilidad de sus ideas. El 30 de diciembre de 1952, Dotti escribe a su amigo y colega Morosoli:

    Recién he podido terminar la lectura de tu libro. Después de Sombras sobre la tierra, de 1933, la novela uruguaya, me atrevo a pensar, no ha producido nada comparable a Muchachos (de lo publicado, se entiende). Tu obra me reafirma en mi fe del arte criollo. A pesar de [los] colonos mentales que tienen su nidal en Marcha y que es capitaneada por el pavote de Rodríguez Monegal, estoy seguro que narrativa de raíz terrígena es flor de un día20.

    Aunque resulte clara la intención nacionalista de esta literatura, otra cosa es que, como afirman Reyles y Visca, en el “criollismo” se cifre una supuesta “esencia nacional”. En todo caso, si la nación es una “comunidad imaginada” —en el sentido que propone Benedict Anderson21—, los narradores posgauchescos contribuyeron con sus historias a que hoy podamos recrear un pasado un poco más singular e híbrido.




    https://muse.jhu.edu/pub/320/oa_monograph/chapter/2587590


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    "Ser como un verso volando
    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
    (Hánjel)





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