Aires de Libertad

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Philip Larkin (1922-1985)

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Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 05 Ago 2022, 13:24

.


Philip Larkin (Coventry, 9 de agosto de 1922-Hull, 2 de diciembre de 1985), fue un poeta, bibliotecario, novelista y crítico de jazz británico. En 1945 publicó su primer libro de poesía, El barco del norte, al que le siguieron dos novelas, Jill (1946) y Una chica en invierno (1947), pero adquirió notabilidad en 1955 con la publicación de su segunda colección de poemas, Un engaño menor, seguido por Las bodas de Pentecostés (1964) y Ventanas altas (1974). Entre 1961 y 1971, trabajó en el periódico The Daily Telegraph como su crítico de jazz (sus artículos fueron compilados posteriormente en All What Jazz: Escritos sobre jazz 1961–71, de 1985), y editó The Oxford Book of Twentieth-Century English Verse (1973).1​ Recibió varios honores, incluyendo la Queen's Gold Medal for Poetry. En 1984, después de la muerte de John Betjeman, le fue ofrecida la posición de poeta laureado del Reino Unido, la cual rechazó. Es considerado por la crítica como uno de los poetas ingleses más aclamados de la segunda mitad del siglo XX.

Después de graduarse de Oxford en 1943 con títulos en inglés y literatura inglesa, Larkin comenzó a trabajar como bibliotecario. Durante los treinta años en los que se desempeñó como bibliotecario universitario en la Biblioteca Brynmor Jones de la Universidad de Hull produjo la mayor parte de su obra publicada. Sus poemas están marcados por lo que el poeta inglés Andrew Motion describe como una «exactitud melancólica y muy inglesa para tratar las emociones, los lugares y las relaciones». Eric Homberger mencionó que Larkin era «el corazón más triste en el mercado de posguerra», y el mismo Larkin dijo que la pobreza era para él lo que los narcisos eran para Wordsworth.​ Influenciado por W. H. Auden, W. B. Yeats y Thomas Hardy, sus poemas están formados por versos muy estructurados, pero flexibles. Jean Hartley, la exesposa del editor del poeta, George Hartley (The Marvell Press), los describió como «una mezcla estimulante de lirismo y descontento»,​ aunque el antólogo Keith Tuma aseguró que hay más en la obra de Larkin que lo que sugiere su reputación de pesimista adusto.​

La personalidad pública de Larkin era la de un inglés solitario e insensato a quien no le gustaba la fama y que no tenía paciencia para los enredos de la vida literaria pública.​ En 1992, cuando el poeta y escritor Anthony Thwaite publicó de manera póstuma sus cartas, se generó una controversia sobre su vida personal y sus opiniones políticas, descrita por John Banville como escalofriante, pero también divertida en cierto punto. La historiadora británica Lisa Jardine lo describió como un «racista empedernido y misógino», pero el académico John Osborne sostuvo en 2008 que «lo peor que pudieron descubrir sobre Larkin fueron unas pocas cartas supinas y que le gustaba el porno más suave que el que entretiene a las masas».​ A pesar de la controversia, fue elegido en una encuesta de 2003 (casi dos décadas después de su muerte) organizada por la Poetry Book Society como el poeta más aclamado de los últimos cincuenta años, y en 2008 The Times lo nombró el mejor poeta de posguerra de Gran Bretaña.

(Sacado de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )


*


Algunos poemas de Philip Larkin, de su obra Engaños, 1955, en traducción de Damià Alou:


LLEGADA

Al alargarse la tarde,
la luz, gelida y amarilla,
baña las serenas
fachadas de las casas.
Canta un tordo,
rodeado de laurel
en el jardín ancho y pelado,
y su voz ahora en el aire
asombra a los edificios.
Pronto será primavera,
pronto será primavera...
y yo, cuya infancia
es un tedio olvidado,
me siento como un niño
que aparece en una escena
de reconciliación entre adultos,
y no entiende nada
más que las insólitas carcajadas,
y comienza a ser feliz.



RAZONES PARA EXISTIR

La voz de la trompeta, sonora y autoritaria,
me acerca un momento al cristal iluminado
y observo a los bailarines -todos de menos de veinticinco-
moverse muy concentrados, las caras coloradas muy juntas,
solemnemente al ritmo de la felicidad.

O eso imagino, al percibir el humo y el sudor,
la maravillosa presencia de las chicas. ¿Por qué estar fuera?
Pero ¿por qué estar dentro? El sexo, sí, pero ¿qué es
el sexo? Seguramente pensar que la parte del león
de la felicidad se alcanza por parejas; craso

error, por lo que a mí se refiere.
Lo que a mí me llama es esa campana alta de áspero badajo
(arte, si quieres) cuyo sonido individual
insiste en que yo también soy individual.
Habla; la oigo; también otros podrían oírla,

pero no por mí, ni yo por ellos; lo mismo ocurre
con la felicidad. Por tanto me quedo fuera
y esto es lo que creo; y ellos se agitan frenéticos,
y creen otra cosa; y los dos quedamos satisfechos,
si no hemos juzgado mal. O mentido.



EL SIGUIENTE, POR FAVOR

Siempre demasiado impacientes con el futuro, adquirimos
la mala costumbre de la esperanza.
Siempre hay algo que se acerca; cada día
decimos Hasta entonces,

desde un acantilado observamos cómo se aproxima
la ínfima, nítida y centelleante flota de promesas.
¡Qué lenta es! ¡Y cuánto tiempo pierde
evitando darse prisa!

Y ahí nos tiene, sujetando los tristes tallos
de la decepción, pues, aunque nada frustra
cada gran aproximación, con ostentación de bronce,
cada maroma definida,

con su pendón, y el mascarón con sus tetas doradas
arqueándose hacia nosotros, nunca echa el ancla;
en cuanto se hace presente ya es pasado.
Hasta el final

pensamos que la nave se pondrá al pairo y descargará
todo lo bueno en nuestras vidas, todo lo que nos deben
por esperar tanto y con tanto fervor.
Pero nos equivocamos:

Solo un barco nos busca, desconocido,
de velas negras que remolca un silencio
inmenso y sin pájaros. A su estela
ni nacen ni rompen las aguas.



PARTIDA

Un anochecer se acerca
a través de los campos, como nunca se ha visto,
que no enciende ninguna lámpara.

A lo lejos parece de seda, pero
cuando se acerca a las rodillas y al pecho
no trae ningún consuelo.

¿Dónde está el árbol que mantenía unidos
el cielo y la tierra? ¿Qué hay bajo mis manos,
que no pudo sentir?

¿Qué me lastra las manos?



DESEOS

Aparte de todo esto, el deseo de estar solo:
por mucho que el cielo se oscurezca con invitaciones
por mucho que sigamos las instrucciones impresas del sexo
por mucho que la familia se fotografíe bajo el asta de la bandera:
aparte de todo esto, el deseo de estar solo.

Por debajo de todo, un anhelo de olvido:
a pesar de las astutas tensiones del calendario,
el seguro de vida, los programados ritos de fertilidad,
la costosa aversión de los ojos a la muerte:
por debajo de todo, un anhelo de olvido.



ALAMBRADAS

Las praderas más amplias tienen cercas eléctricas,
pues aunque las reses viejas saben que no se han de descarriar
los novillos jóvenes husmean siempre agua más pura
no aquí, sino en cualquier parte. Más allá de las alambradas
les lleva a chocar contra las alambradas
cuya violencia los desgarra sin mesura.
Ese día el novillo joven en res vieja se ha de transformar,
límites eléctricos a sus más amplias miras.



EN LA IGLESIA

En cuanto estoy seguro de que no pasa nada,
entro y dejo cerrarse la puerta con un golpe seco.
Otra iglesia: esteras, asientos y piedra,
y esos librillos; flores desperdigadas, cortadas
para el domingo, ahora marronosas; latón y esas cosas
que hay en el rincón sagrado; un órgano muy mono;
y un silencio tenso, mohoso, imposible de ignorar
engendrado hace Dios sabe cuanto. Sin sombrero,
me quito los clips de ciclista en torpe reverencia,

avanzo y paso la mano por la pila bautismal.
Desde donde estoy, el techo parece casi nuevo:
¿lo han limpiado o restaurado? Cualquiera sabe: yo, no.
Me subo al atril y leo unos versículos
intimidatorios en letra grande, y pronuncio
el "Aquí acaba" mucho más fuerte de lo que pretendía.
El eco es una breve burla. De nuevo en la puerta
firmo en el libro, dejo una moneda irlandesa de seis peniques
y reflexiono que no valía la pena pararse ahí.

Y sin embargo me he parado: a menudo lo hago,
y siempre acabo igual de perdido,
preguntándome qué busco; preguntándome también,
cuando las iglesias caigan completamente en desuso,
en qué las convertiremos, si mantendremos
algunas catedrales para enseñarlas de vez en cuando,
sus pergaminos, patenas y píxides en vitrinas cerradas,
y dejaremos el resto gratis a la lluvia y las ovejas.
¿Las evitaremos como si fueran lugares de mal agüero?

¿O, al caer la noche, aparecerán turbias mujeres
para que sus hijos toquen una piedra en concreto;
a coger hierbas para un cáncer; o alguna noche
determinada para ver caminar a un muerto?
Seguirá existiendo algún tipo de poder
en juegos, acertijos, aparentemente al azar;
pero la superstición, igual que la fe, debe morir,
¿y qué quedará cuando ya no haya ni incredulidad?
Hierbas, un pavimento con maleza, zarzas, contrafuertes, cielo,

una forma a cada semana menos reconocible,
una intención más recóndita. Me pregunto quién
será el último, el último de todos, que busque
este lugar por lo que fue; ¿uno de esos que
dan golpecitos, anotan y saben lo que era el coro y el ábside?
¿Un borracho de las ruinas, un cachondo de las antigüedades,
o un adicto a la Navidad, que busca el tufillo
a sotanas y alzacuellos, tubos de órgano y mirra?
¿O será alguien como yo,

aburrido, ignorante, que sabe que el limo espectral
se ha dispersado, y sin embargo se acerca a este suelo en cruz
a través de estos matorrales porque ha mantenido
entero durante tanto tiempo, invariable, lo que desde entonces
solo encontramos separado: el matrimonio, el nacimiento
y la muerte, y los pensamientos que provocan, para lo que fue construida
esta estructura especial? Pues aunque ignoro
el valor de este granero rancio y habilitado,
me agrada estar aquí en silencio;

es una casa seria en una tierra seria,
en cuya atmósfera mixta todas nuestras compulsiones confluyen,
se reconocen y se visten de destinos.
Y eso nunca será obsoleto,
pues siempre habrá alguien que sorprenda
dentro de sí un ansia de ser más serio,
y que lo atraiga a este suelo,
el cual, oyó decir una vez, ayudaba a ser más sabio,
aunque solo sea por los muertos que contiene.



PRIMAVERA

Gente sentada bajo sombras verdes, o que da vueltas,
los niños toquetean la hierba que despierta,
serena se posa una nube, sereno canta un pájaro,
y, brillando como un espejo oscilante,
el sol ilumina las pelotas que botan, los perros que ladran,
la neblina de hojas detenida en la rama, y a mí,
que recorro el parque con cara de pocos amigos,
una esterilidad indigerible.

La primavera, de las estaciones la más gratuita,
es un patio de flores espontáneas, es un curso de agua,
es la hija más múltiple y entusiasta de la tierra;

y aquellos que más la ignoran son quienes mejor la ven,
sus caminos se vuelven tortuosos y pusilánimes; sus visiones, claras
como una montaña; sus necesidades, presuntuosas.



ENGAÑOS

Naturamente que me drogaron, tanto que no recobré la
conciencia hasta la mañana siguiente. me horrorizó des-
cubrir que me habían deshonrado, y estuve inconsolable
durante días, y lloré como una niña a la que van a matar
o a enviar de vuelta con mi tía.

MAYHEW,
London Labour and the London Poor

Aun tan lejano, puedo saborear el dolor,
amargo y punzante con tallos, que él te hizo tragar.
La huella esporádica del sol, la brusca y breve
molestia de las ruedas allá en la calle
donde el Londres nupcial mira hacia otro lado,
y la luz, irrefutable y alta y ancha,
impide que cicatrice la herida,
y hace aflorar la vergüenza. Todo ese lento día
tu mente queda abierta como un cajón de cuchillos.

Los suburbios, los años, te han enterrado. No osaría
consolarte aunque pudiera. ¿Qué se puede decir,
sino que el sufrimiento es exacto, y que cuando
el deseo manda, de poco valen las interpretaciones?
Pues poco habría de importarte
haber sido tú menos engañada, sin sentido en esa cama,
que él, trastabillando al subir la escalera sin aire
para irrumpir en el desolado desván de la satisfacción.



RECUERDO, RECUERDO

Cruzando Inglaterra por una línea distinta
por una vez, temprano en el frío de año nuevo,
nos detuvimos, y al ver a unos hombres con unas matrículas
correr por el andén hacia unas puertas conocidas,
"¡Vaya, Coventry!", exclamé. Yo nací aquí".

Asomé medio cuerpo, y me puse a buscar una señal
de que esa era aún la que fue "mi" ciudad
durante mucho tiempo, pero no tenía muy claro
dónde me encontraba. Desde donde estaban
aquellas bicicletas embaladas, ¿habíamos salido cada año

rumbo a nuestras vacaciones familiares?... Sonó un silbato:
todo empezó a moverse. Me senté, mirándome las botas.
"¿Era ahí", sonrió mi amiga, "donde están tus raíces?"
No, solo donde dejé pasar mi infancia,
quise replicar, solo donde empecé:

pero ahora ya lo tengo todo situado.
Nuestro jardín, primero: donde no inventé
deslumbrantes teologías de flores y frutos,
y donde no me habló un viejo sombrero.
Y aquí tuvimos esa magnífica familia

a la que nunca acudí corriendo cuando estaba deprimido,
los chicos todo bíceps y las chicas todo pechos,
sus cómicos Ford, sus granjas donde pude ser
"yo mismo de verdad". Te enseñaré, ya puestos,
el helecho en el que nunca me senté temblando,

decidido a llegar hasta el final, donde ella
se recostó, y "todo se volvió una neblina ardiente".
Y en esas oficinas mis ripios
nunca se imprimieron en un gastado cuerpo diez,
ni los leyó un distinguido primo del alcalde,

que no llamó a mi padre para decirle: Aquí
ante nosotros, si pudiéramos ver el futuro...
"A juzgar por tu cara", dijo mi amiga, "es
como si desearas que el lugar ardiera en el Infierno".
"Bueno, supongo que la culpa no es del lugar", dije.

"Nada y todo, ocurre en todas partes".



Sí, mia mada

Si mi amada algún día se decidiera
a no quedarse en mis ojos,
y saltar, como Alicia, la falda flotando dentro de mi cabeza,

no encontraría sillas ni mesas,
ni aparadores de caoba con patas de animal,
ni ascuas sin remover;

el mueble bar no estaría surtido, ni acogedor el lugar junto al fuego,
no abarrotarían los estantes misales de letra pequeña,
ni habría un mayordomo borrachín, ni doncellas haraganas:

se vería enredada en el lento avance de una luz indecisa,
marrón simio, gris pescado, una ristra de círculos infectados
merodeando como matones, a punto de coagularse;

ilusiones que se encogen al tamaño de un guante de mujer,
y se extienden como una mancha hacia fuera. También observaría
el suelo malsano, como la piel de una tumba,
del que asciende una pegajosa sensación de traición,
una estatua griega pateada en las partes, dinero,
la comida para cerdos de los buenos sentimientos. Pero sobre todo

se taparía los oídos ante el incesante recital
entonado por la realidad, lardeado de términos técnicos,
todos con la doble yema del sentido y la refutación del sentido:

pues la murga de ese boletín deshace el mundo como un nudo,
y oír que el pasado ya ha pasado y el futuro es neutro
podría derribar a mi amada de su inapreciable pivote.



EN LA HIERBA

La mirada apenas los distingue
de la fresca sombra que los cobija,
hasta que el viento alborota la cola y la melena;
entonces uno pasta, da unos pasos
-el otro parece observarlo-
y se detiene de nuevo en su anonimato.

Sin embargo, hace quince años
quizá dos docenas de carreras bastaron
para que entraran en la leyenda: lentas tardes
de copas, apuestas y hándicaps,
en las que sus nombres quedaron grabados
en desvaídos junios clásicos.

Colores en la salida: recortados contra el cielo
números y parasoles: fuera
escuadrones de coches vacíos y el calor,
y desperdicios en la hierba: el grito prolongado
que queda flotando hasta que remite y se imprime
en las columnas de última hora de los periódicos.

¿Quizás los recuerdos rondan sus oídos como moscas?
Sacuden la cabeza. El crepúsculo llena las sombras.
Verano tras verano todo se fue alejando,
los cajones de salida, el gentío y los gritos:
todo menos esos apacibles prados.
Sus nombres sobreviven en los almanaques; pero ellos

han olvidado sus nombres, y descansan,
o emprenden un galope que debe de ser de alegría,
y ya no los siguen los prismáticos
ni los vaticinios de un cronómetro impertinente:
sino el mozo, y el hijo del mozo,
con las bridas cuando llega la noche.


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Philip Larkin (1922-1985) Empty Re: Philip Larkin (1922-1985)

Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 06 Ago 2022, 12:06

.


Algunos poemas de Plip Larkin, de su obra Las bodas de pentecostés, 1964, en traducción de Damià Alou:


CANCIONES DE AMOR EN LA VEJEZ

Guardaba sus canciones, ocupaban tan poco espacio,
....le gustaban las tapas:
una descolorida de estar al sol,
una con los círculos de un jarrón de agua,
una pegada, de cuando le dio por poner orden,
....y coloreada, por su hija;
y así esperaron, hasta que ya viuda
las encontró, buscando otras cosas, y se puso

a redescubrir cómo esos acordes francos y sumisos
....habían dado paso
a esas palabras que los guiones prolongan,
y la infalible sensación de ser joven
se extendió como un árbol que despierta en primavera,
....en el que cantaba esa fresca lozanía,
esa certeza de tener tiempo por delante
como cuando las tocó por primera vez. Pero más aún,

el refulgir de ese tan mencionado brillo, el amor,
....estalló para mostrar
el vuelo de su luminosa incipiencia,
que aún prometía solventar, y satisfacer,
e imponer un orden inmutable. Por ello,
....esconderlas otra vez, llorar,
fue duro, sin admitir en parte que
no lo había conseguido entonces, y no lo haría ahora.



CURACIÓN POR LA FE

Lentamente las mujeres desfilan hasta el  hombre
erguido, de gafas sin montura, pelo plateado,
traje oscuro, cuello blanco. Los ayudantes, infatigables,
las convencen de que avancen hasta su voz y sus manos,
hasta esa cálida lluvia de primavera que es su amorosa atención,
los veinte segundos para cada una. Dime, hija mía,
¿cuál es el problema?
, pregunta la voz grave, de acento americano.
Y, sin pausa apenas, comienza a rezar,
dirigiendo a Dios hacia ese ojo, esa rodilla.
Bruscamente juntan las cabezas; enseguida, exiliadas

como pensamientos perdidos, quedan en silencio; algunas
se alejan avergonzadas, sin volver a sus vidas
todavía; otras se quedan tiesas, temblando, con un llanto
ronco y escandaloso, como si en su interior aún perviviera
una niña muda e idiota, despertada
por esa muestra de amabilidad, pensando que una voz
por fin les ha hablado, que han aparecido unas manos
que las elevan y aligeran; y tanto júbilo
les traba la lengua, espesa, los ojos supuran dolor, un gentío
sigue agolpándose, dichoso, a la espera de las grandes respuestas.

¡El problema! Con su bigote y su vestido floreado, tiemblan:
ahora el problema es todo. En todas duerme la sensación
de haber vivido según el amor.
Para algunas todo sería distinto
de amar a los demás, pero casi todas piensan
en lo que podrían haber hecho de haber sido amadas.
Eso nada lo cura. Un inmenso dolor que se remansa,
como cuando, al deshelarse, el rígido paisaje llora,
las va recorriendo lentamente: eso, y la voz que sobre ellas
dice Hija mía, y todo lo que el tiempo ha rebatido.



QUÉ TRISTE EL HOGAR

Qué triste el hogar. Está como lo dejaron,
adaptado a la comodidad de los últimos que se fueron
como para incitarlos a volver. No obstante,
privado de nadie a quien agradar, se marchita,
sin ánimo para superar esa ausencia

e intentar un nuevo comienzo,
cuando apuntó dichoso a cómo deberían ser las cosas
y falló estrepitosamente. Ya ves lo que fue:
mira las fotos, y la cubertería.
Las partituras en el taburete del piano. Ese jarrón.



EGOÍSTA ES EL HOMBRE

Nadie puede negar, no,
que Arnold es menos egoista que yo.
Se casó con una mujer para que no se le fuera
y ahora la tiene allí hasta que se muera.

Y el dinero que saca de partirse el cobre
tampoco es que a ella le sobre
para las chorradas de los niños, la secadora,
la calefacción y la batidora,

y después de la cena,
cuando leer el periódico es lo que vale la pena,
la murga de Clávame este clavo en la pared.
Y es que no tiene tiempo para él,

entre los chavales enredando por la sala
y tener que salir al jardín con la pala
y esa carta a su madre de su propia mano
donde le dice ¿Por qué no vienes en verano?

Si nos comparamos hay acuerdo,
yo siempre quedo como un cerdo:
nadie puede negar, no,
que Arnold es menos egoísta que yo.

Pero un momento, tranquilidad,
¿es cierta tanta disparidad?
Está así porque ha querido,
no para contentar a sus conocidos;

y si el plan le ha salido contrahecho
lo hizo tan solo por su propio provecho,
se guió por su propio interés.
Así, no somos tan distintos, ya ves,

solo que yo tengo más ciencia
y conzco los cotos de mi paciencia
para que no me tengan que encerrar...
o creo que sé hasta dónde puedo llegar.



LLÉVESE UNO PARA LOS NIÑOS

Entre poca paja, tras cristales sin sombra,
apiñados junto a unos cuencos vacíos, duermen:
ni oscuridad, ni madre, ni tierra, ni hierba:
Mami, cómpranos uno.

Un juguete vivo es siempre una novedad,
pero al final uno también se cansa.
Toma la caja de zapatos, toma la pala:
Mami, ahora juguemos a los funerales.



HABLAR EN LA CAMA

Hablar en la cama debería ser tan fácil
después de tanto tiempo durmiendo juntos,
emblema de dos personas viviendo con honestidad.

Pero cada vez pasamos más tiempo en silencio.
Fuera, la incompleta desazón del viento
reúne y dispersa nubes por el cielo,

y oscuras poblaciones se apiñan en el horizonte.
A todo eso le somos indiferente. Nada explica por qué,
a esta singular distancia de la soledad,

cada vez es más difícil encontrar
palabras que sean sinceras y agradables,
o no insinceras y desagradables.



ESTUDIO DE LOS HÁBITOS DE LA LECTURA

Cuando meter la nariz en un libro
me curaba de casi todo menos de la escuela,
valía la pena destrozarme la vista
y saber que podía hacerme el chulo
y soltarles el clásico gancho de derecha
a unos tipejos asquerosos que me doblaban en tamaño.

Luego, ya con gafas de culo de vaso,
me dedicaba a hacer de malo:
yo, mi capa y mis colmillos
nos lo pasamos bomba en la oscuridad.
¡A cuántas mujeres aporreé con mi sexo!
Las destrozaba que parecían merengues.

Ahora ya no leo mucho: el tipo
que decepciona a las chicas antes
de que llegue el héroe, el cagueta
que se queda al frente de la tienda,
me resultan demasiado familiares. Dale al frasco:
los libros son un montón de mierda.



AMBULANCIAS

Cerradas como confesionarios, se abren paso
entre el estruendo de la ciudad al mediodía,
sin devolver ninguna de las miradas que absorben.
De un gris claro y satinado, las armas en una placa,
aparcan en cualquier acera:
tarde o temprano visitan todas las calles.

Luego los niños en los portales, la calzada,
y las mujeres que vienen de las tiendas
y se cruzan con olores de distintas cenas, ven
una cara blanca y desencajada que por un momento
remata las mantas rojas de la camilla
mientras se la llevan y la colocan en su sitio,

y perciben el vacío que resuelve
todo lo que hacemos,
y por un segundo lo captan entero,
permanente, estéril, cierto.
Las puertas cerradas se alejan. Pobre tipo,
susurran todos a su propia congoja;

pues transportada en ese aire insonorizado
puede que vaya la pérdida que de pronto se cierra
en torno a algo ya casi acabado,
y lo que se amalgamó en él a lo largo
de los años, esa mezcla singular y azarosa
de familias y modas, por fin ahora

comienza a disgregarse. Lejos
del intercambio del amor yacer
inalcanzable dentro de una habitación
que el tráfico se aparta para dejar pasar
nos acerca más a lo que nos queda,
y difumina en la distancia todo lo que somos.



DOCKERY E HIJO

"Dockery era más joven que usted,
¿verdad?", dijo el decano "Su hijo está aquí ahora".
Enlutado, de visita, asiento. "¿Y sigue
viéndose con...?" O recuerda cuándo,
de toga negra, sin desayunar, y aún medio trompas,
estábamos delante de este escritorio para dar
"nuestra versión" de "los incidentes de la noche pasada"?
Intento abrir la puerta de donde vivía:

cerrada. El césped, ancho, deslumbrante.
Suena una campana conocida. Con el tren, desapercibido.
El canal y nubes y facultades desaparecen
lentamente. Pero Dockery, Dios santo,
cualquiera que sea adulto ahora debió de nacer
en el 43, cuando yo tenía veintiún años.
Si él era más joven, ¿tuvo su hijo
a los diecinueve, o a los veinte? ¿Era ese chico retraído,

de internado y punta en blanco, que compartía la habitación con
Cartwright, el que mataron? Bueno, eso demuestra
lo mucho que... lo poco que... Bostezo y supongo
que me quedé dormido, y me desperté con los humos
y el brillo de los altos hornos de Sheffield, donde cambié de tren,
me comí una empanada horrorosa, y recorrí
el andén hasta el final para ver las vías
que se unían y separaban reflejando una luna

intensa, diáfana. No tener hijos, ni esposa,
ni casa ni tierras parecía de lo más natural.
Solo un aturdimiento registró la sorpresa
de descubrir cuánto había pasado de mi vida,
cuán diferente a las otras. Pero Dockery:
a los diecinueve debió de hacer inventario
de lo que quería, y fue capaz
de... No, esa no es la diferencia: mas bien

¡qué convencido estaba de que debía sumar!
¿por qué pensaba que sumar significaba aumentar?
Para mí era diluirse. ¿De dónde salen
estos supuestos innatos? No de lo que nos
parece más cierto, ni de lo que más nos apetece:
se alabean hasta cerrar heméticamente, como puertas. Son
un estilo que acompaña a nuestras vidas: hábito primero,
de pronto se endurecen hasta ser todo lo que tenemos

y cómo lo obtuvimos; vistos en retrospectiva, se levantan
como nube de arena, espesas y apretadas, encarnando
para Dockery un hijo, para mí nada,
una nada tan difícil de tutelar como un hijo.
La vida primero es tedio, luego miedo.
La utilicemos o no, pasa,
y deja lo que algo ajeno a nosotros eligió,
y la vejez, y luego el único fin de la vejez.



IGNORANCIA

Qué raro no saber nada, nunca estar seguro
de qué es cierto o acertado o real,
y verse obligado a puntualizar O eso creo,
o Bueno, eso parece:
Seguro que alguien lo sabe.

Qué raro ignorar cómo van las cosas:
su talento para encontrar lo que necesitan,
su sentido de la forma, su puntual diseminación
de la semilla, y su voluntad para cambiar;
sí, es raro,

incluso vestir ese conocimiento -pues nuestra carne
nos rodea con sus decisiones-
y sin embargo pasar toda la vida en imprecisiones,
pues cuando empezamos a morir
no tenemos ni idea de por qué.



UNA TUMBA PARA LOS ARUNDEL

Uno al lado del otro, las caras borrosas,
el conde y la condesa yacen en piedra,
sus decorosos hábitos vagamente asoman
en forma de armadura articulada, pliegues
almidonados, y ese leve toque de absurdo:
los perrillos bajo sus pies.

La simplicidad de ese prebarroco
apenas llama la atención, hasta que el ojo
capta el guantelete izquierdo de él,
que vacío, la otra mano sostiene, y ve,
con una sorpresa a la vez brusca y tierna,
que le está cogiendo la mano a su mujer.

No pensaron que durarían tanto.
Esa fidelidad en efigie era apenas
un detalle que los amigos verían:
la amble gracia de encargo de un escultor
que solo pretendía contribuir a que pervivieran
los nombres en latín que hay en la base.

No imaginaban qué pronto,
en su supino viaje estacionario,
el aire se haría callado deterioro,
los convertiría en ocupantes anónimos;
qué pronto los ojos que vendrían luego
comenzarían a mirar, no a leer. Rígidos

persistieron, unidos, a través de longitudes
y anchuras de tiempo. Cayó nieve sin fecha. La luz
cada verano inundaba el cristal. El alegre
reclamo de los pájaros se esparcía
por el mismo terreno sembrado de huesos. Y por los caminos
llegaba la gente, infinita y distinta

en una marea que diluía su identidad.
Ahora, desamparados en el vacío
de una época sin heráldica, un cubículo
donde flota una madeja de humo
sobre su fragmento de historia,
solo una pose permanece:

el tiempo los ha convertido el algo
falso. Esa fidelidad en piedra
que nunca pretendieron ha resultado
su blasón final, y demostrado
que nuestro casi instinto es casi cierto:
lo que sobrevivirá de nosotros es el amor.


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Philip Larkin (1922-1985) Empty Re: Philip Larkin (1922-1985)

Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 07 Ago 2022, 03:56

.


Algunos poemas de Philip Larkin, de su obra Ventanas altas, 1974, en traducción de Marcelo Cohen:


VENTANAS ALTAS

Cuando veo una parejita e imagino
que él se la folla y ella toma
píldoras o usa un diafragma,
sé que es el paraíso

que todo viejo soñó la vida entera:
ataduras y prejuicios desechados
como una cosechadora obsoleta, y los jóvenes
deslizándose sin límites, ladera abajo,

hacia la felicidad. Me pregunto si
cuarenta años atrás, mirándome, alguien
habrá pensado: Eso es vida;
nada de Dios, ni de sudar de noche

pensando en el infierno, ni de ocultar
lo que opinas del pastor. Ese y sus
amigos se deslizarán, maldita sea,
libres como pájaros. Y de inmediato,

más que en palabras, pienso en ventanas altas:
el cristal donde cabe el sol y, más allá,
el hondo aire azul, que nada muestra,
y no está en ninguna parte, y es interminable.



LOS VIEJOS BOBOS

¿Qué creerán que ha pasado, los viejos bobos,
para que estén así? ¿Supondrán quizá que en cierto modo uno
es más maduro cuando le cuelga la quijada, y se babea,
y se mea a cada rato, y no recuerda
quien llamó por la mañana? ¿O que, si lo quisieran,
podrían volver a la noche que bailaron hasta la madrugada,
o al día de su boda, o a un septiembre de brazos enlazados?
¿O se imaginarán que en realidad nada cambió
y siempre se comportaron como inválidos o paralíticos,
o pasaron los días en un continuo, sutil sueño, mirando el flujo
de la luz? Si no lo creen (y si no pueden), qué raro es:
.....................¿por qué no gritan?

Al morir uno se rompe: los pedazos que uno era
empiezan a dispersarse velozmente para siempre,
sin testigos. Cierto, es tan solo olvido: antes
ya lo conocimos. Pero entonces era pasajero
y continuamente se fundía con el afán inigualable
de que se abriera la flor de innumerables pétalos
del estar aquí. La próxima vez no vamos a poder fingir
que hay algo por delante. Y son estos los primeros signos:
no haber oído quién, no saber cómo; la capacidad
de elegir, perdida. El aspecto los delata:
manos de sapo, pelo ceniciento, cara de pasa...
.....................¿cómo pueden ignorarlo?

Quizá ser viejo sea tener cuartos iluminados
en la cabeza, y dentro gente actuando.
Gente conocida, pero sin nombre cierto; cada persona alzándose
como una pérdida devuelta, asomándose por puertas familiares,
girando una lámpara, sonriendo en la escalera, tomando
del estante un libro conocido; o a veces solamente
los cuartos mismos, sillas y fuego en el hogar,
la mata agitada en la ventana, o la amistad
tenue del sol en la pared, cuando cesa la lluvia,
en una solitaria tarde de verano. Allí viven:
no aquí y ahora, sino donde todo sucedió una vez.
.....................Por eso dan una sensación

de confundida ausencia, porque aunque intenten
estar allí, aquí se quedan. Pues los cuartos se alejan
dejando un frío incompetente, el gasto continuo
de tomar aliento, y ellos, encogidos, al pie de la montaña
de la extinción, los viejos bobos, sin advertir
cuán cerca están. Quizá por eso están tranquilos:
para ellos, el pico que siempre tenemos todos a la vista
ya es tierra elevada. ¿Acaso no vislumbran nunca
qué los demora, y cómo acabará? ¿Ni por la noche?
¿Ni cuando llega gente extraña? ¿Ni una vez siquiera
en toda la odiosa inversión de la niñez? Bien,
.....................ya lo descubriremos.



SEA ESTE VERANO

Bien que te joden tus papis.
....Aunque no adrede, lo hacen,
Te llenan con sus defectos
....más algunos especiales.

Pero a ellos los jodieron
....viejos necios atildados
que cuando no estaban rígidos
....se peleaban como gatos.

Heredamos la miseria
....como zócalo marino.
Escapa lo antes que puedas
....
y no busques tener hijos.



VERS DE SOCIETÉ

Mi esposa y yo hemos invitado a una gentuza
a que vengan a perder el tiempo a casa: ¿te atreves
a ser de la partida?
Pero qué mierda, amigo.
Acaba el día.
La estufa respira, oscuramente los árboles se mecen.
Por lo tanto: Querido Warlock-Williams, lo lamento...

Gracioso lo difícil que es quedarse solo.
Podría pasarme, si quisiera, la mitad de las noches
sosteniendo una copa de jerez insulso, inclinado
para oír las tonterías de una zorra
que no ha leído otra cosa que revistas;
pensad en cuánto tiempo libre se ha escurrido

hacia la nada porque uno lo llenó
con caras y cubiertos, en vez de aprovecharlo
bajo una lámpara, oyendo cómo sopla el viento
y asomándose a ver la luna convertida
en navaja afilada por el aire.
Una vida, y sin embargo cuán duramente nos inculcan:

Toda soledad es egoísta. Nadie hoy
cree al eremita de andrajos y escudilla
que habla con Dios (también este se fue); el gran deseo
es tener gente que sea simpática con uno,
lo cualen cierto modo significa retribuirlo.
La virtud es social. Entonces ¿son estas rutinas

una forma de jugar a la bondad, como ir a misa?
¿Algo aburrido, que hacemos no muy bien
(interesarnos por la investigación de aquel idiota)
pero con sentimiento, pues, aun groseramente,
nos señalan el buen ejemplo?
Demasiado sutil. Y decoroso, encima. Oh, diablos,

solo los jóvenes son libres de estar solos.
Para tener compañía queda ahora menos tiempo
y a menudo permanecer bajo la lámpara
no ofrece paz, sino otras cosas.
Remordimiento y fracaso esperan en la sombra
susurrando Querido Warlock-Williams: por supuesto...



DINERO

Cada tres meses, ¿no?, el dinero me reprocha:
...."¿Por qué me dejas aquí donde no sirvo?
Yo soy el sexo y las cosas que no tuviste nunca.
....Aún puedes conseguirlos firmando algunos cheques".

Entonces miro qué hacen los otros con el suyo.
....No lo guardan en la almohada, desde luego.
Ya tienen esposa, coche y casa de verano:
....alguna relación guarde el dinero con la vida

-la verdad, tienen mucho en común, si uno investiga:
....no puedes postergar la juventud hasta que te jubiles
y por mucho que parte del salario vaya al banco
....al cabo no podrás pagarte mucho más que una afeitada.

Escucho el canto del dinero. Es como si mirase
....una ciudad de provincias desde largos ventanales:
barriadas, canal, iglesias adornadas y locas
....bajo el sol de la tarde. Intensamente triste.



LA VIDA CON UN AGUJERO

Cuando echo la cabeza hacia atrás y aúllo
la gente (sobre todo las mujeres) dice
Pero si siempre has hecho lo que has querido,
siempre has ido a la tuya
:
una rematadamente vily sucia
inversión de la realidad.
Lo que quieren decir esos estúpidos
es que nunca he hecho lo que no he querido.

Así que el capullo enclaustrado en el castillo
que escribe sus quinientas palabras y luego
divide el resto del día
entre la piscina, la botella y los pajaritos
me queda más lejos que nunca, pero también
el maestrillo pelagatos con gafitas
(seis críos y la mujer preñada,
y los padres de ella al caer)...

La vida es una lucha inmóvil, trabada
y a tres bandas entre tus deseos,
lo que el mundo te desea a ti y (peor aún)
la imbatible y lenta máquina
que te da lo que vas a conseguir. Neutralizados,
luchan alrededor de un punto neutro y hueco
de obligaciones, miedos y caras.
Los días se filtran sin tregua a través de él. Los años.



ALBADA

Trabajo todo el día, y por las noches me emborracho.
Me despierto a las cuatro en una oscuridad callada, y miro.
Los bordes de las cortinas no tardan en iluminarse.
Hasta entonces veo lo que siempre ha estado ahí:
la muerte infatigable, ahora un día entero más cerca,
que borra todo pensamiento excepto
cómo y dónde y cuándo moriré.
Árida interrogación: no obstante el temor
de morir, y estar muerto,
centellea de nuevo, te posee, te aterra.

La mente se queda en blanco ante el resplandor. No
por remordimiento -el bien no hecho, el amor no dado,
el tiempo desperdiciado- ni con tristeza porque
una vida pueda tardar tanto en superar
sus malos inicios, y quizá nunca lo consiga;
sino ante la total y perpetua vacuidad,
la segura extinción hacia la que viajamos
y en la que nos perderemos para siempre. No estar
aquí, no estar en ninguna parte,
y pronto: nada más terrible, nada más cierto.

Es un miedo concreto que ningún truco
disipa. Antes lo hacía la religión,
ese vasto brocado musical apolillado
creado para fingir que no morimos nunca,
y ese capcioso discurso que dice Ningún ser racional
puede temer lo que no sentirá
, no ver
que eso es lo que tememos: ni vista, ni oído,
ni tacto ni sabor ni olor, nada con que pensar,
nada que amar ni a lo que estar ligado,
el anestésico del que nadie despierta.

Y así permanece al borde de la visión,
una pequeña mancha desenfocada, un escalofrío
permanente que deja todo impulso en indecisión.
Hay muchas cosas que quizá nunca ocurran; esta sí,
y el comprenderlo es un rugido
de miedo al crematorio cuando nos pilla
sin nadie y sin bebida. El valor no sirve:
significa no asustar a los demás. Tener coraje
no te salva del último viaje.
Igual muere el llorón que el fanfarrón.

Lentamente se hace de día, y la habitación cobra forma.
Es evidente como un guardarropa, lo que sabemos,
lo que hemos sabido siempre, sabemos que no podemos escapar,
pero no lo aceptamos. Algo tendrá que desaparecer.
Mientras tanto los teléfonos se agazapan, dispuestos a sonar
en oficinas cerradas, y todo este mundo indiferente,
intrincado y de alquiler comienza a despertar.
El cielo es blanco como arcilla, sin sol.
Hay trabajo que hacer.
Los carteros, como los médicos, van de casa en casa.



EL CORTACÉSPED

El cortacésped se atascó, dos veces; me arrodillé
y encontré un erizo entre las cuchillas,
muerto. Estaba entre las hierbas altas.

Lo había visto antes, y hasta le había dado de comer,
una vez. Ahora había destrozado su discreta existencia
sin remedio. Enterrarlo no me ayudó:

a la mañana siguiente yo me levanté y él no.
El primer día después de una muerte, la nueva ausencia
es siempre lo mismo; deberíamos cuidar

unos de otros, deberíamos mostrar amabilidad
mientras aún haya posibilidad.


PHILIP LARKIN, PhilipLarkin. Poesía reunida, Lumen, 2014, traducciones de Damián Alou y Marcelo Cohen.


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