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Markus Hediger (1959-

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Markus Hediger (1959-  Empty Markus Hediger (1959-

Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 09 Abr 2022, 14:38

.


Markus Hediger (Zurich, 1959) es un poeta y traductor suizo. Pasó su infancia y adolescencia en Reinach, cantón de Argovia. Después de acabar la escuela secundaria en Aarau estudió literatura francesa, literatura italiana y ncrítica literaria en la Universidad de Zurich. Luego de finalizar sus estudios comenzó a traducir al alemán libros de escritores de Suiza francesa, entre ellos Nicolas Bouvier y Alice Rivaz. Por otra parte, Hediger ha escrito poesía desde siempre, no en alemán, que es su lengua materna, sino en francés. Al día de hoy, ha publicado tres libros de poesía. En 2009 publicó un ensayo literario sobre Deorges Schehadé, Les Après-midi de Georges Schehadé (Las Tardes de Georges Schehadé), en el que cuenta sus encuentros y entrevistas con el gran poeta y dramaturgo libanés en París en los años 1980. En 2011 lo invitaron al Festival Internacional de Poesía de Rosario, Argentina, en 2014 al de Medellín, Colombia, y en 2016 al Festival Internacional de poesía de Lima. Es miembro de la asociación Autoras y Autores de Suiza, a la que representó en el CEATL (Consejo Europeo de Asociaciones de Traductores Literarios) de 2003 a 2013.

Bibliografía:
Ne retournez pas la pierre, romésie (1981–1995), Éditions de l'Aire, Vevey 1996, ISBN 2-88108-437-0.
   • Là pour me souvenir / Qui per ricordare (traducción al italiano por Alberto Panaro y Grazia Regoli), Lietocollelibiri, Faloppio 2005, ISBN 88-7848-154-8.
   • En deçà de la lumière romésie II (1996–2007), Éditions de l'Aire, Vevey 2009, ISBN 978-2-88108-886-5.
   • Les Après-midi de Georges Schehadé. In: Rencontre II. Éditions de l'Aire, Vevey 2009, ISBN 978-2-88108-900-8.
   • Pour que quelqu'un de vous se souvienne, Alla Chiara Fonte, Viganello Lugano 2013.
   • L'or et l'ombre. Un seul corps, romésies I-III (1981-2016), Éditions de l'Aire, L'Aire bleue, Vevey 2017, ISBN 9782-94058-612-7.
Traducción:
Dar la vuelta a la piedra, antología personal (1981-2021), prólogo de Edgardo Dobry, traducción por José Aníbal Campos, Sara Cohen, Juan Goldín, Rodolfo Häsler y José Luis Reina Palazón, Animal Sospechoso Editor,4​5​ Barcelona 2021, ISBN 978-84-122786-3-7.

(Sacado de: https://es.wikipedia.org/wiki/Markus_Hediger


*


ALGUNOS POEMAS DE MARCUS HEDIGER de su obra No deis la vuelta a la piedra (1996):



TAL VEZ YO HAYA SIDO, en el origen, una de esas chispas que atrapan en vuelo y llevan al cielo las gaviotas.

Acaso es su culpa si ahora, lascivas y locuaces, distraen sin cesar el recogimiento del lago, por sentir siempre arder esa estrella de rojez imperiosa y desnuda.

(Traducción por Juan Goldín)


IX

No deis la vuelta
a la piedra con su misterio
legado por la luna.

No,  nada toquéis,
el ojo sol me espantaría,
soy ciudadano
de Reverso, soy la cochinilla.

(Traducción de Juan Goldín)


XIV

Cuando comienza a nevar
me aferro a las sílabas
que me arrastran a través de un pozo en ese país lento maravillado donde
todos los caminos van a la casa de la madre.

(Traducción de Juan Goldín)


AL DECLINAR un día de invierno,
a la hora infinita entre las cuatro y las cinco.

Como antaño
estar solo en la casa
sentado ante la ventana,
inclinado sobre el  libro naranja.
Llevar en la piel
añoranza por el país
donde me esperaba el Mago de los tres deseos,
a unos pasos detrás de un copo de nieve.

¿Tres deseos? Curar
los dolorosos
colores de mi nacimiento.
Adivinar
los jardines de Burdeos y su luz amiga.

(Traducción de Juan Goldín)


XXII

Toda vestida de negro, un paraguas de hombre usado a modo de sombrilla, la señorita Lydia L., decana del pueblo, pasa lentamente, el mentón sobre el pecho, atenta diríamos al susurrar de la grava gris, acaba de pasar por la calle Tourterelles.

(Traducción de Rodolfo Häsler)


COGIDOS de la mano
y cara a cara habitar
para siempre un brote
de invierno, exento de los dardos de equinocio.

(Traducción de Juan Goldín)


XLVII

Al amigo muerto
16 VII 94

Con paso lento, no muy seguro,
apenas teniéndose en pie,
me acompaña a la puerta.
………………………………………………………………………………….
El otro día, por teléfono:
-… el 27 es mi cumpleaños, quizá lo recuerdas…
-¿Quizá? Crees acaso que olvido el día que vio tu nacimiento…
-… sería tan feliz si pudieras bajar a Burdeos.
Cuarenta y ocho años
………………………………………………………………………………….
Algunos meses de diarreas
(“observo el tiempo que pasa, sentado en un inodoro”)
dejaron sin carne sus sienes,
volvieron pálida su morena piel de moreno,
Dios mío, Dios mío, por qué
se hizo rapar la cabeza,
y la masa de su bigote
antes peinado hacia arriba,
cosechaba las miradas en la calle,
más ralo ahora, a lo galo,
sus labios, finos, llagados,
mueven palabras…

… en Benarés o en la playa de Saint-Nicolas.
- ¿Saint-Nicolas?
- Claro que sí, frente al faro de Cordouan, tú sabes bien por qué…
La playa, sí,
y nosotros dos
frente al faro, frente al mar, nada más que
él y yo
extendidos sobre la arena enana
y desnudos, abiertos a la brisa marina,
y su cuerpo
tan a gusto que asumo incluso
mi cuerpo todo nativa blancura y lancinante.
-… ¿harías eso por mí? Parece que hay también urnas azules…
Hay una muy pequeña
risa en su voz, y vienen a mí los versos:
Die Urne
, dice el poeta,
ist ein Behälter. Uns hält er nicht.
Prometo que lo haré,
sus labios entonces se estiran, ensayando
un simulacro de sonrisa que no encuentra
el camino de los ojos.
En unos meses el mal mostró el reverso de su edad
(“siento la vida escapar de mí como un hilo de agua de un grifo mal cerrado”).
…………………………………………………………………………………...
A través de la frescura
sepulcral del pasillo
me conduce al umbral,
abro la puerta al calor
vertical de la tarde de mayo.
Aprieto contra mí
su torso, encorvado, los omóplatos salidos,
lo aprieto ni más fuerte ni
menos fuerte que de costumbre,
después nos besamos
en las mejillas, izquierda, derecha, izquierda.
Salgo a la acera, atrapado por la luz,
el se queda a dos pasos del umbral y sonríe:
-Te tengo al tanto.
…………………….-Te escribo, te llamo.
Decimos nos vemos, cuídate, hasta pronto.

La puerta pintada de azul
cerrada
definitivamente.

(Traducción de Juan Goldín)


LIV

Volví a ver el mar
de Aquitania, amor mío,
tu mar bien amado.
Allá está el faro, frente
al litoral, como ese
día de fines del verano
¡oh! Qué lejano  ya.
(Pero… ¿fue realmente
aquí? La playa, ¿habría
cambiado tanto?)
Pisé la arena
fresca de febrero, llevando
en mis brazos lo poco
que seguía siendo, tan pesado
como momias de siemprevivas,

y que reviviendo tu sonrisa, amor mío, vertí el corazón liviano en la pila de un viento viejo que ya no oía.


Última edición por Pedro Casas Serra el Mar 24 Mayo 2022, 04:49, editado 1 vez

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Markus Hediger (1959-  Empty Re: Markus Hediger (1959-

Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 10 Abr 2022, 15:40

.


Algunos poemas de MARCUS HEDIGER de su obra De este lado de la luz (2009):


VIII

Luego levanté la piedra
y le di la vuelta, una clara tarde
de primavera. No hubo cochinilla
huyendo espantada, sino el ojo húmedo,
negro de una sombra que me miraba.

(Traducción de José Aníbal Campos y Markus Hediger)


XII

-¡Ahí, en el cielo! ¡Mira!
-Ah sí, la luna… es casi luna llena…
-¡En medio de la tarde!
Extraño… diríase que lleva puesta,
¿no?… una boina ladeada…
Traslúcido era el rostro…
de la luna, encima de la playa
de Aquitania, y tan lívido,
que a través de su cráneo creíamos ver
su occipucio oscuro. -Ladeada…
eso es, ladeada… Y pensar
que pronto… Y calló. -¿Que pronto…?
Continúa callado.
Desde hace doce años su voz es silencio.
Y yo, las tardes de luna
ligera colgada del cielo,
sueño con él, siempre, e intento
terminar su frase: -Y pensar
que pronto estaré ahí detrás
y desde ahí te miraré…

(Traducción de Sara Cohen)


XIII

Y esta desconocida, sentada
en un rincón del Quick, boina burdeos
baja sobre la frente, abrigo negro
con forro en jirones, manos abandonadas
sobre un plato de plástico
con un cono de patatas fritas.
Ha perdido sus pestañas, pero sus ojos,
abandonados por la luz,
van de un lado al otro de la sala.
Habrá perdido sus dientes, a juzgar
por la hondonada en sus mejillas,
mas su boca de labios sin contornos
se la ve mascar, nerviosa,
mascar, rumiar ¿qué recuerdos,
qué amargura clavada en su cuerpo,
o qué imagen desde siempre
dolorosa?
………..La encontrarán
una mañana, sí. ¿Bajo qué arco
del Sena con acidez de antigua orina,
al pie de qué banco del parque público
(a menos que los parques públicos
estén cerrados de noche), sobre qué acera
la encontrarán entonces,
extendida a través de la rejilla
de un pozo de aireación, mientras
el subterráneo respirará
suavemente con su boca?
Y nadie quizá conocerá
su nombre. Y nadie reclamará
el cuerpo de la mujer de rojo y negro.

(Traducción por José Aníbal Campos y Markus Hediger)


XXI

Este armario entre dos mundos
y los otros muebles del desván,
la abuela decía que eran
de Rosa. El armario es de roble
y está abierto. De él ha caído
negrura. Mucha negrura. Faldas,
abrigos, todo negro, sudores desvanecidos.
Apenas queda una alusión
de alcanfor. -Dime, ¿dónde está la tía
Rosa? Del  baúl de la ropa, de madera
pintada, se desborda el blancor,
todo blancor. Camisones
y más camisones.
¿acaso también una noche en blanco?
Menos dos libros revestidos de tela
raída, uno grande y pesado,
uno pequeño, “Mutters Gebetbuch”.
-¿Dónde está? ¿Donde el buen Dios?
-No no dice la abuela está… cómo decir?…
.  .  .
Ella, Rosa, está allá,
en el fondo del parque, sí, debe ser ella,
la abuela ha dicho: -Espera aquí,
no te muevas, voy a buscar a Rosa.
Él espera. En un banco bajo los árboles
espera, llovizna de luz
entre las hojas. Y el tiempo parece
no fundirse en esta tarde,
¿de verano, de primavera? ¿Cómo
saber, cómo encontrar su huella? Han
pasado cuarenta años. Rosa
está allá, saliendo de un edificio
larguísimo y blanco. Y viene,
colgada al brazo de la abuela,
hacia él, viene de lejos, de tan lejos
que es del margen del mundo. Y él dice,
tendiendo la mano, buenos días,
mas la tía Rosa sin decir palabra pasa,
ha pasado sin mirar, un moño apretado
en la nuca. Y eso fue todo. Rosa
murió en mil novecientos ochenta.

(Traducción de José Aníbal Campos y Markus Hediger)


XXIV

ver que se adelanta, la garganta al aire,
el hombre más bello, no desear amar…

ALFONSINA STORNI

Es el verano de mis trece años.
El mar, el mar, es la primera vez
que veo el mar.
Es el final de un día, mis padres van a
regresar al hotel: -¡Id vosotros!
Yo me quedo un poco más…

Sólo nosotros dos, rezagados
en la playa. Está allí,
de pie contra el horizonte, un hombre.
Viste un traje de baño rojo
y sobre el vello sombreado
de su pecho brilla un objeto de oro.
Tiene bucles morenos.

¿Cómo acercarme a él, cómo? ¿Cómo
abordarlo y qué decir a este muchacho
con las tres o cuatro palabras
leídas al vuelo en un libro de lenguas?
De repente veo coas
moverse, justo a unos pasos de mí,
a flor de mar gris. Mientras me inclino
-¡Qué horror!… pero…, pero ¿qué
son todas esas cosas?...- veo unos bichos
salir de la arena, un bullicio
de cangrejos, diríase. Oigo reír,
el hombre del ceñido traje de baño ríe
y mi corazón late enloquecido,
de entre sus labios asciende un canto
que cae en cascadas acariciándole
la piel, que en el atardecer
parece latón umbroso. -Non capisco
La tenue luz que viene del fondo
de sus ojos azules. Su sonrisa. -Hotel…
albergo… genitori

Los dos nos encogemos de hombros.
Y dejo entonces al que debe
no dejarme, jamás,
a orillas del mar en el atardecer.
Él no se dio la vuelta.

(Traducción de José Aníbal Campos y Markus Hediger)


XXX

Es un atardecer. La brisa trae
el perfume de los saúcos. Sobre un banco
frente a su casa, Mina,
sombrerera retirada, está sentada,
respirando hondo. Tiene
los ojos cerrados. Dejó
su labor de punto y las manos reposan
sobre el delantal. Mina,
Mina Hirt, ése es su nombre, aspira,
una sonrisa en sus labios que las arrugas
ponen entre paréntesis.
Un recuerdo, ¿quién sabe?, la visita,
Mina corriendo con su vestido
de verano que se infla, tiene una cita,
es un atardecer. Y los saúcos transpiran
al otro lado de su vida.

Tan raro era que Mina
se sentara en otro sitio que no fuera
su mirador, al fondo de un gran jardín,
ocupada en coser, en tejer…
Y sobre sus gafas
de carey, a lo largo de los decenios
había espiado, detrás
de las cortinas retenidas por los alzapaños,
a quien pasaba por la calle. Está muerta,
hace tiempo ya que Mina
está muerta y su tumba es un lugar de olvido,
y muerta, está aquí, Mina
Hirt, en su ventana de siempre,
y me hace señas con la mano.

(Traducción de Rodofo Häsler)


XXXIII

Homenaje a Alfonsina S.,
7 IV 05

Se sabe que es aquí mismo
donde el mar tan amado por ella
depositó sus despojos
desde ahora despojados de dolor.
Se dice que allá, sobre el oro de la arena,
abandonó sus zapatos
tan pequeños y les confió un poema.
¿Acaso se quitó el vestido
para mejor desposarse con el mar?
¿Para ser esta alba y estas espumas,
para ser esta azucena y blanca
y sobre todo casta?… Quizá
caminó a lo largo de la playa,
esa tarde de octubre, antes de alcanzar
a su gran pez de oro que la saluda
con un ramo de corales rojos,
su pulpo con un guiño lleno de sonrisas…
Y se sabe, Alfonsina,
que tú duermes para siempre
en una cama un poco más azul que el mar.

(Traducción de Rodolfo Häsler)


XXXVII

19, rue Labat

 
Ahí va, se ha ido. Y yo aquí solo.
De dos en dos desciende la escalera,
cada vez más abajo, la mano en la barandilla,
luego el golpe seco en la puerta.
 
He aquí el cuarto, la cama deshecha.
–Estuvo bien –dijo poniéndose
la chaqueta–, muy bien. Pero bueno…
Una sonrisa, un encogimiento de hombros.
 
Estoy bajo el edredón, está tibio,
en torno se adensa la sombra. Un rastro
de olor y de calor de su cuerpo.
Murmuro a la almohada su nombre.
 
(Traducción por José Aníbal Campos y Markus Hediger)

XLIII

Mientras encuentro por azar unas fotos
mías, fotos anaranjadas
por los años, me digo
……………………...mira,
ese muchacho de cabello rojo tiene cierta
gracia en el rostro y hasta una hebra
de belleza en su cuerpo luminoso
deseo del Hombre de piel canela,
de la lengua donde se desposan
sol y savia y sonoridad.
Su mirada sueña y sonríe.
Lee libros y sueña con aquellos
que pronto escribirá, piezas
teatrales, a los dieciséis,
la gloria es para mañana, porque ya a los veinte
se es viejo. Y con el amor, claro,
sueña acariciando
cuerpos, otros cuerpos, más cuerpos aún,
no importa dónde, y luego se recorta
de la niebla de un baño turco la figura
de aquel que lo ama, y que morirá.

Mientras veo en el espejo
mi rostro, un rostro donde el tiempo
abre su abanico de arrugas
en los bordes de los ojos, me digo
…………………………………….y bien,
muchacho de cabello cobrizo y canoso,
dónde están tus libros,  dónde tus piezas
teatrales, hete aquí trasegando palabras de otros,
hete aquí, poeta, un poco,
al ritmo de un poema o dos por año,
la gloria ya para otra vida,
tal vez, porque a los cincuenta
es otoño, fiesta de San Martín,
a lo mejor el Día de Difuntos, pálido
sol postrero. Y el amor ha huido,
huido hacia allí, lejos, muy lejos de ti.

(Traducción por José Aníbal Campos y Markus Hediger)

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Markus Hediger (1959-  Empty Re: Markus Hediger (1959-

Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 11 Abr 2022, 11:55

.


Algunos poemas de MARCUS HEDIGER de su obra En el cenicero del tiempo (2021):


I

En el tranvía 3, desde mi asiento,
veo a un hombre solo sentado detrás de
otro hombre en sí mismo amurallado,
y otro que, solo, delante se arrellana.
 
Ese hombre entre rubio y blanco, de gafas,
está inclinado sobre un libro que marca,
lápiz en mano, con pestañas de luna
que apenas afloran sobre el blancor
 
de los bordes o se borran apenas.
Al dirigirme a la salida
veo que su lectura es de poemas
y leo al vuelo: En el tranvía 3…
 
(Traducción por José Luis Reina Palazón)


IX

leyendo a Vincenzo Cardarelli

 
… donde soy, a lo largo y ancho,
el único no inclinado sobre
el pozo de un espejo de bolsillo
que pulgares e índices toquetean,
él que no arruga la gaceta
Hojear & Tirar heredada de
transeúntes y viajeros. Por espacio
de una parada estoy inmerso
en el fondo de una mirada rememorada
en un poema.
……………Y yo, me vuelvo a ver
esta tarde de finales de otoño
y casi un tercio de siglo arriba:
transportes públicos en hora
punta, un libro sobre mis rodillas.
Entonces, levantando los ojos
en aquel tranvía, es el… ¿Pero qué es…?
Es el Deseo que me mira
ahí delante, que me mira
fijamente, ahí de pie, a tres pasos
de mí, un hombre joven de cabellos negros,
de ojos de brillo sombrío, sombreados
de pestañas bajadas sobre mí, párpados
que parecen estar allí para
no humedecer sus ojos, jamás,
estanques gemelos que me invitan…
Invitación a… Si yo fuera Blanche
DuBois, me levantaría e iría
donde tú: – Young man
Te miraría con ojos tiernos, young, young,
young, young – man! Has anyone ever
told you that you look like a
young prince out of the Arabian Nights?

Yo no soy Blanche, oh mi
bello desconocido, me gustaría tanto just
once
abrazarte softly and sweetly
on your mouth
… Pero… pero ¡caray! ¿Dónde
estás? Salió. Partió. Lejos de mí…
 
Despertado de esas miradas,
sorprendo a otra, allá, y rápido
me evita. Flota una sonrisa
que querrá decir: y bien, ¿te sucede a menudo
hablar así contigo mismo?
 
(Traducción por José Luis Reina Palazón)


XII

para Mehmet Ysin

La poesía ha tenido a bien retomarme,
¿hasta cuando? Me doy prisa pues en escribir
alguna cosa: “Un domingo por la tarde
en la ventana: dando con los talones
en la alfombra de mi habitación, miro
caer la lluvia y el tiempo pasar, lento,
no pasar, pasar, lento, en Infancia”.

Puesto que la poesía es buena conmigo,
continúo, sentado en este café
de Estambul, donde los camareros, todos belleza
esbelta y juventud, circulan a mi alrededor:
“Heme aquí en la habitación de hoy.
He aquí el armario ancestral llegado,
a través de olvidos y tiempos, hasta mí.
Mi armario es museo, mausoleo,
según. Museo guardando mitos:
cuadernos o cuadros de los días en que yo era
adolescente, donde de verdad
me sentía gran dramaturgo en ciernes,
otros cuadernos azulados de negras preocupaciones
de mis veinte años, treinta años… -tantas penas
de corazón, preguntas, preguntas herida
abierta- y todo esto rumiado hasta
la saciedad. Mausoleo encerrando momias
sobre todo, en cada instante resucitables,
sí, pero yo no tengo ya el valor para eso.
Más bien mausoleo donde están apiladas,
en algún rincón, cantidades de casetes
de contestador, voces nunca apagadas.
Entre otras encontraría a mi madre”.

Ella tiene el aire de no querer abandonarme
tan pronto, yo añado entonces rápido:
“Mi mesa de trabajo. Bajo papeles,
pegada, repegada, mi agenda de direcciones.
Llena de nombres, calientes aún en mi memoria,
rayados, marcados de cruces. Cipreses y sauces”.

Basta. Levantar la nariz de mi cuaderno,
dejar resbalar mis ojos sobre los rostros
de los camareros. Cómo van y van y vienen.
Alisar los bordes de este libro de poemas
donde el Abuelo es olivo de dolor:
Constantinopla ya no espera a nadie…

(Traducción de José Luis Reina Palazón)


XL

Las dos alas de la puerta ventana,
doble página donde a veces unos rostros
olvidados o bien borrados del registro
de los vivos por la noche sobre los cristales vienen
a leer a escondidas sobre lo ocurrido
aquí, a reflejarse, a reconocerse,
sorprendidos de ser descubiertos en flagrante
lectura, ¡oh! de ser reconocidos aún,
mirados desde este lado de las cosas
donde ya para nadie existen.
 
(Traducción por Rodolfo Häsler)


XLVII

Nunca nos hemos hablado, usted y yo,
lo máximo: un “Grüezi, señorita
Lüscher”. “Grüess di wohl…”, entonces no era más
que un chico pálido, delgado y rubio rojizo.

Yo la veía, la miraba
venir de lejos, con pasos menudos y lentos,
yo la esperaba en la calle.
Usted pasaba. Vestida de negro y con guantes
de hilo, toda de luto, pero ¿de duelo por quién?
a fin de cuentas era usted Fräulein Lydia Lüscher,
su paraguas abierto apoyado
en el hombro, a media tarde,
caminaba derecho, bajo el cielo
azul de un día soleado -era verano,
siempre verano-, caminaba usted,
doblada por el fardo de treinta
mil y algunos miles de días más,
única sombra entre las casas espaciadas.
Se acercaba usted, sus pasos siempre haciendo
susurrar la gravilla gris y seca.
Estaba usted ahí, ante mí, de perfil,
mentón pegado, clavado en el pecho,
pasaba usted. Yo la miraba pasar
y bajo su paraguas en umbela
paso a paso la veía alejarse, desaparecer.

Muerta, enterrada en el pueblo.
Poco visitada, o nunca, su tumba
con la cruz de madera negra
es el sitio de encuentro de las hierbas
(que en los demás jardincillos
se observan con el ceño fruncido)
y con un poco de musgo para Todos los Santos.
Lejos de ser eterno,
el gran sueño de la señorita
Lydia L., una mañana le dicen:
-¡Ey, usted, allá abajo! ¡Levántese,
vaya a donde quiera, se acabó!
Y así hace, y así camina
ella bajo el sol haciendo crepitar
la grava a lo largo de un poema.

(Traducción de José Luis Reina Palazón)


L

Aquella tarde de noviembre, en la esquina de la calle
bajo mi casa, caída la noche,
me detengo a mirar ese casi
nada de las tres viejas robinias
eutanasiadas esa misma tarde,

mientras que otra, en el cementerio
del pueblo, un reclamo pasa de una urna a la otra:
-¿Arthur? ¿Qué es ese rumorcillo, Arthur?
¿No lo oyes? -Sí, sí, lo oigo,
Emma… Diría que es un rayar
de cerillas. -¡Ah, es cierto…! Entonces debe ser
él, ¿sabes…? ¿Cómo se llama…? Viene
de lejos lejos para poner velitas,
porque quién sabe si no sea nuestra fiesta…
el tres de octubre, el veinticinco,
Todos los Santos, el Día de… Ése, ya sabes…

Esta mañana de mayo, en el pequeño jardín
frente a mi casa, los castaños han encendido
por fin sus candelabros en sus pantallas
blancas, mientras en el patio
el saúco, justo bajo mi ventana,
abre delicadamente su primera umbela,

y tres cuatro colinas más allá,
a pocos pasos de un árbol, bajo las flores,
se reinicia de un vaso al otro el diálogo:
-¿Emma? ¿Qué es ese rumor infernal, Emma?
-Son los destripadores, los vaciadores de tumbas,
están aquí para trasladarnos, sí,
ha sonado la hora, por última… -Emma,
están destrozando nuestra piedra,
entonces destrozarán también nuestras… nuestras…
-Nada quedará de nosotros, o poca cosa.
-¿Querrás decir apenas un soplo de aire desvanecido?


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