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JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN (1870-1905)

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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:20

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




La fuente vaquera
Balada


(cont.)

Una hermosa mañana
de junio ardiente
salió el sol como nunca
de refulgente,
y pájaros y flores
con alegría
la bienvenida daban
al nuevo día.

Elevábase el astro
con gran sosiego,
esparciendo sus rayos
de luz de fuego
sobre el fresco rocío
de la mañana,
que formaba en los valles
mantos de grana.

Sacuden las ovejas
sus cencerrillos,
y en el prado retozan
los corderillos,
que del rústico valle
sobre la hierba
forman jugueteando
linda caterva.

Al cielo sube el humo
de los hogares,
los gallos ya despiertan
con sus cantares,
y sacude la hermosa
Naturaleza
el tranquilo letargo
de su pereza.
***
Dejé el mullido lecho
con alegría,
cuando apenas rayaba
la luz del día;
carguéme diligente
con la escopeta,
y como siempre ha sido
medio poeta,

al nacer del gran Febo
la luz primera,
ya estaba yo en la hermosa
Fuente Vaquera...
Fuente en cuyas orillas
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores.

Ocultéme en la margen
con el follaje,
y viendo las delicias
de aquel paisaje,
esperé silencioso
bajo la fronda,
viendo correr las aguas
onda tras onda...
***
Siguió el sol elevándose
resplandeciente,
y era ya tan molesta
su luz ardiente,
que, a medida que el astro
más se elevaba,
todo se iba durmiendo,
todo callaba.

Se inclinan en su tallo
todas las flores,
rendidas por los rayos
abrasadores,
y las aves se esconden
en las encinas
que a la tranquila fuente
crecen vecinas.

Sólo se escucha a veces,
del fresco viento,
las ráfagas que lanza,
sonoro y lento...
El agua, que su curso
nunca suspende...
El rumor de una hoja...
que se desprende...

El pïar apagado
de alguna alondra,
que entre las verdes matas
busca una sombra...,
y los ecos lejanos
de los zumbidos
de insectos, que en los aires
vagan perdidos...


(cont.)




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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:22

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




La fuente vaquera
Balada


(cont.)



Lejos de la apacible
Fuente Vaquera,
que corre por el valle
tan placentera,
existe un solitario
y oscuro monte,
que encierra los confines
del horizonte.

Al compás de las auras,
lenta se inclina
altiva, corpulenta
y añosa encina,
y entre sus verdes ramas
aprisionado
tiene una tortolilla
su nido amado.

En él está arrullando,
dulce y sonora,
a los amantes hijos
a quien adora,
gozando en su coloquio
de las delicias
que sus hijos le endulzan
con sus caricias.

El calor la atormenta,
la sed la abrasa,
y dejando con pena
su pobre casa,
les dio con un arrullo
la despedida
a los hijos queridos
que eran su vida;

batió sus puras alas
tendió su vuelo
cruzó por los espacios
del ancho cielo,
y pensando en sus hijos,
se fue ligera
a beber a la clara
Fuente Vaquera.
***
¡Ay! ¡Dónde irá esa madre
tierna y sencilla!...
¡Dónde irá tan ligera
la tortolilla,
mirando a todas partes,
amedrentada,
al verse sola y lejos
de su morada!...

¿Por qué deja sus hijos
abandonados,
y ella, cruzando espacios
tan dilatados,
va surcando los aires
rápidamente
a beber en las aguas
de aquella fuente?...

¡Pobre madre, si, ansiosa,
vuelve a su nido
y sus amantes hijos
ya se han perdido!...
¡Pobres hijos, si, a causa
de abandonarlos,
no volviera su madre
nunca a arrullarlos!...
***
Por el verde follaje
casi cubierto,
yo, casi más que un vivo,
parezco un muerto,
y mudo y silencioso
presto mi oído
al eco que produce
cualquiera ruido.

Al columpiar las hojas
el viento blando,
pájaros me parecen
que van volando,
y con mi diestra mano
nerviosa, inquieta,
alzo la curva llave
de la escopeta.


(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:24

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




La fuente vaquera
Balada


(cont.)



Sobre la verde copa
de vieja encina,
que cubre aquella fuente
tan cristalina,
una tórtola hermosa
paró su vuelo,
mirando la corriente
del arroyuelo.

Lanza su blando pecho
tiernos arrullos,
que no imita la fuente
con sus murmullos,
y a los lados humilde
mira asustada,
débil, inquieta, esquiva
y amedrentada.

Tendió después su vuelo
pausadamente,
y al llegar a la orilla
de la corriente,
sobre la verde alfombra
lenta se posa,
débil y acobardada,
triste y medrosa.

Dirige luego el paso
tímidamente
hasta tocar la margen
de la corriente,
donde, el agua fingiendo
cuadros de plata,
le recoge su imagen
y la retrata.

Yo, silencioso, en tanto
que la espiaba,
mi artística escopeta
ya preparaba,
y ocasión esperando,
cual diestro espía,
afiné cuanto quise
la puntería.
Disparé... ¡Sonó el tiro
ronco, tremendo!...
El arroyuelo manso
siguió corriendo.
El viento entre las hojas
siguió sonando
con un eco apacible,
sonoro y blando...
¡Y vi la tortolilla,
que ya sufría
las tristes convulsiones
de la agonía!...

Cogí tan apreciado
tierno despojo;
su hermoso pecho estaba
de sangre rojo,
rojas las aguas puras
del arroyuelo,
que corrían llorando
con triste duelo,
y mis ardientes manos
también manchadas
de sangre, enrojecidas
y salpicadas.

Con ellas oprimía
su pecho blando:
sus latidos se iban
amortiguando,
y cerraba sus ojos
pausadamente,
su cabeza inclinando
lánguidamente...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Yo vi en sus turbios ojos
el sentimiento
y las fieras angustias
de su tormento,
porque del nido lejos
agonizaba
y a sus pobres hijuelos
solos dejaba.

Conocí en sus miradas
bien claramente
esa inquieta agonía
del inocente,
que sufre los rigores
de su destino
muriendo por las manos
de un asesino.

Aquella pobre madre
casi expirante
era la madre tierna,
la madre amante,
que a sus hijos no pudo
darles en vida
una lágrima dulce
de despedida.

Y aquella tierna madre,
cuando sufría
la convulsión postrera
de la agonía,
me dijo con sus ojos
casi nublados
que dejaba dos hijos
abandonados.

Yo comprendí lo injusto
de aquella muerte;
mas la víctima estaba
fría e inerte...
y una lágrima amarga
por mi mejilla
rodó, cuando vi muerta
la tortolilla.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Desde entonces no quiero
que un inocente
de alguna injusta muerte
se me lamente,
y diga con sus ojos
casi nublados
que deja sus hijuelos
abandonados.

Y en vez de estar cazando
la tarde entera
junto a la cristalina
Fuente Vaquera,
voy a ver cómo en ella
cantan amores
tórtolas, colorines
y ruiseñores,
y cómo de aquel monte
sobre las lomas
arrullan solitarias
blancas palomas.

San Saturnino, julio de 1889


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:26

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




Las hazañas de «coral»

A mi compañero de
caza don J. de la F. A.



Con la canana llena
de municiones,
y el morral atestado
de provisiones,
la escopeta brillante
como unas ascuas,
el Coral tan alegre
como unas Pascuas,
la petaca bien llena
de cigarrillos
y las manos metidas
en los bolsillos,
salíme ayer al coto
muy de mañana,
dispuesto a no dejarme
tórtola sana,
ni perdiz, ni conejo
que no matase,
ni codorniz, ni liebre
que lo contase.
***
¡Qué mañanita hacía
tan deliciosa!
¡Qué brisa la del monte
tan olorosa!
¡Qué aurora tan radiante!,
¡qué algarabía
de pájaros cantores
la que se oía!
Henchía los pulmones
un airecillo
con aromas de espliegos
y de tomillo;
flotaban las neblinas
en la hondonada,
bramaban los becerros
en la majada,
las alondras corrían
por los caminos,
las urracas chillaban
en los espinos,
silbaban los vaqueros,
cantaba el cuco
y graznaba el imbécil
abejaruco.
Al salir el sol claro
del nuevo día,
todo resucitaba,
todo reía.
Esponjaban sus plumas
las tortolillas,
desplegaban el moño
las abubillas,
saltaban los pardillos
junto a la fuente,
se bañaban los tordos
en la corriente,
dormitaba el milano
sobre el peñasco,
el lagarto bullía
bajo el carrasco,
y metiendo el piquito
bajo las alas,
se espulgaban las firras
y las zorzalas.

(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:27

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




Las hazañas de «coral»

A mi compañero de
caza don J. de la F. A.


(cont.)


¡Vaya una mañanita
la tal mañana!
¡Vaya un olor a heno
y a mejorana!
Mi perro retozaba
como un ternero.
¡Es el perro más bruto
del mundo entero!
«Vamos, Coral -le dije-,
basta de bromas
y echemos una mano
por estas lomas.
Si tienes buenos vientos
y me obedeces
yo te he de dar el premio
que te mereces;
pero si eres muy loco,
si eres muy malo,
te daré pocos mimos
y mucho palo.
Cuando caiga una pieza,
vas a buscarla,
y la traes en la boca
sin destrozarla.
No hagas barbaridades
sin ton ni fruto,
mira que tienes pinta
de ser muy bruto,
y si me armas alguna
por ser violento,
te pego una paliza
que te reviento.»
El perro me miraba
como un idiota,
sin menear siquiera
la cabezota;
yo seguí mis sermones,
mas de repente
levantó una pataza
tranquilamente,
y ante mis propias barbas
hizo una cosa
poco limpia y muy poco
respetuosa.
Al empezar la mano,
junto al camino,
vi posada una alondra
sobre un espino;
la tiré; cayó muerta
y a escape el perro
la apresó en sus enormes
dientes de hierro.
¡No le duró en la boca
medio minuto!
¡Yo no he visto en mi vida
perro más bruto!
Se tragó el pajarillo
más fácilmente
que se traga una píldora
Pé de la Fuente.
Y mientras yo, furioso,
le reprendía,
me miraba el imbécil
y se lamía.
«¡Tragaldabas, idiota,
-le dije al punto-:
si la hazaña repites,
te descoyunto!
¡Si vuelves a las mismas
hoy mismo mueres!
¡Tragaldabas, idiota!
¡Qué bruto eres!»
***
En el mismo momento
de estar hablando
una tórtola cerca
pasó volando.
La tiré como quise,
rompíla un ala
y cayó redondita
como una bala.
Lanzóse encima el perro
medio aturdido,
le llamé quince veces
a grito herido
y no le dio la gana
de respetarme,
ni de dejar la tórtola,
ni de escucharme.
Cuando yo fui corriendo
donde él estaba,
de la tórtola herida
sólo quedaba
una pluma de un ala,
la cabecita,
y dos o tres dedillos
de una patita.
Y el bárbaro del perro
vuelta a mirarme,
y hasta alzó las manazas
para halagarme.
Quise ahogarle allí mismo,
mas tuve calma
y le dije muy serio:
«Coral del alma,
como eres tan brutazo,
tú habrás creído
que has hecho ya dos gracias;
¡pues no, querido!
Has hecho dos gansadas
de las peores
que pueden hacer perros
de cazadores.
¡U obedeces a ciegas
si yo te miro,
o antes de diez minutos
te pego un tiro!»
***
Y seguimos cazando
tranquilamente
por la falda suave
de la pendiente.
De pronto, salen juntas
cuatro perdices,
que a poco no se posan
en mis narices;
apunté a la primera,
llamé la llave
y cayó como un trapo
la pobre ave.


(cont.)



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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:28

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




Las hazañas de «coral»

A mi compañero de
caza don J. de la F. A.


(cont.)


El Coral, más ligero
que una centella,
de cuatro o cinco saltos
se echó sobre ella.
Yo ya no me entretuve
con más llamadas
y llegué donde el perro
de tres zancadas.
¡Yo no he visto en mi vida
perro más bruto!
Si llego a entretenerme
medio minuto,
no tengo ni el consuelo
de ver la huella
del cuerpo de la hermosa
perdiz aquella.
¡Gracias a que el muy bruto
se la quería
tragar de un par de golpes
y no podía!
Lo cogí, lleno de ira,
de una orejaza,
le metí la escopeta
por la bocaza,
y así pude arrancarle
de los dientazos
la perdiz destrozada
casi en pedazos.
Pareciéndome aquello
castigo chico,
le pegué diez cachetes
en el hocico,
le puse a las narices
la perdiz muerta
y le dije indignado:
«¡Boca de espuerta!
El buen perro no come
pieza que cobra.
Di: ¿no tienes en casa
pan que te sobra?

Traga-buches, infame,
mal educado,
¿sabes que mis sermones
te han reformado?
No te mato ahora mismo
de un estacazo
porque soy menos bruto
que tú, brutazo;
mas como mi consejo
no te aproveche,
yo le diré al tío Pincos
que te escabeche.
Si vivir siempre a gusto
conmigo quieres,
medita, Coralito,
lo bruto que eres,
y si es que tu torpeza
no tiene cura
le encargaré al tío Pincos
la sepultura.
Vámonos hoy a casa.
Yo te perdono
y no quiero guardarte
rencor ni encono.
Solamente hoy te impongo
como castigo,
contarle tus hazañas
a un buen amigo
que también tiene un perro
tocayo tuyo,
solo que tú no llegas
a donde el suyo.
¿Quieres saber la causa?
Pues te la digo:
¡Es... que tú eres más bruto
que el de mi amigo!»
***
Mal educado estaba el gran Coral,
pero ya no está mal; está muy mal.
Ya no come las piezas que levanta,
pero hace algo peor: me las espanta.
¡A este perro cerril no hay quien lo dome!
La caza que le mates, se la come,
y si piezas de caza no le matas,
se dedica a cazar grillos y ratas.
***
Por ver si muda de conducta y traza
llevélo ayer a Peñalniño a caza.
Peñalniño es un cerro alto, gigante,
al cerro de la Cruz muy semejante:
pero está más tendido, es más bajito,
más abundante en caza y más bonito.
¡Hasta estos pedacitos de la sierra
son aquí más bonitos que en tu tierra!

Pues, como iba diciendo, fuime al cerro
y me llevé los galgos con el perro
a ver si este gandul se enmienda algo
yendo a mi lado y entre galgo y galgo.
¡Como no lo reviente o lo deslome,
a este perro cerril no hay quien lo dome!
¡Y menos mal que ha demostrado, al menos,
que tiene vientos, pero vientos buenos!
Mas es un bruto que, en oliendo caza,
pierde el juicio, el respeto y la cachaza.

Cuando entramos ayer en cazadero,
cazaba con tal calma y tal salero
que me obligó a pensar subiendo al cerro:
¿Si habré sido yo ingrato con el perro?
¿Si al juzgarle me habré yo equivocado
y le habré injustamente calumniado?
Ese modo de andar, esa cachaza,
esas posturas de excelente traza,
esa dilatación de las narices
que acaso ya ventean las perdices,
ese cuello tendido hacia adelante,
esa mirada vaga, chispeante,
y ese modo de alzar su gran cabeza
buscando el viento de la oculta pieza,
son indicios, al menos, de que el perro
sabe que está cazando en este cerro.


(cont.)


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 09 Ene 2022, 02:29

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




Las hazañas de «coral»

A mi compañero de
caza don J. de la F. A.


(cont.)



Si echa una pieza y se la tiro, y cae,
y sabe obedecerme, y me la trae,
-¡me acabé de lucir, Coral querido!-
tendré que confesar que te he ofendido
y que tienes un amo muy ligero,
calumniador, injusto y embustero.

Así iba yo pensando tristemente
cuando el perro se para y, de repente,
cerro arriba arrancó como un venablo,
¡como alma de ladrón que lleva el diablo!
¿Serán conejos o serán perdices
lo que van venteando sus narices?
-¡Coralito -le dije-, espera un poco!
¡Espérame, Coral, y no seas loco!
¡¡Ven aquí, Coralón, no me impacientes!!
¡¡Coralazo, gandul, así revientes!!
Y gritando y corriendo tras el perro,
por la cuesta más áspera del cerro
se me fueron los pies por un peñasco,
y de cara caí sobre un carrasco.
Sin respirar me levanté ligero,
recogí la escopeta y el sombrero
y rascándome un poco las narices,
de nuevo eché a correr tras las perdices.
¡Todo fue inútil! El gandul del perro,
las echó hacia la cúspide del cerro,
y viéndolas volar quedé parado
con la boca entreabierta y atontado.
Además de quedarme sin perdices,
pude también quedarme sin narices.
Se redujo la cosa a un arañazo,
un pequeño chichón y un buen zarpazo;
pero, aun librando bien, aquel que quiera
saber lo que es caer de esa manera,
¡que se deje rodar por un peñasco
y se caiga de cara en un carrasco!
***
El perro regresó triste y arisco
y sentóse a la sombra de un torvisco;
yo no quise ni hablarle de perdices,
ni siquiera enseñarle mis narices,
¡Al que no se hace bueno con sermones,
se le obliga a ser bueno a pescozones!
Le di media docena de primera,
mimé a los galgos para que él lo viera,
fumé un cigarrillo, descansé un poquito
¡y adelante otra vez, que es tardecito!
***
Del prado Verdinal, junto a la esquina,
en una carrasquera chiquitina,
de nuevo el perro se quedó parado
y púseme en seguida yo a su lado,
dispuesto a fusilar lo que saliera
de aquella miserable carrasquera.
Yo, por más que miré nada veía,
pero el perro la muestra no rompía;
y ante fijeza tal y tal postura,
me dije para mí: ¡liebre segura!
-¡Entra, Coral! -le dije al verle inerte.
-¡Entra, Coral! -le repetí más fuerte.
-¡Entra, Coral! -grité por vez tercera;
y el perro se lanzó a la carrasquera.

¡Oh vergüenza! ¡Oh dolor! ¡Oh triste chasco!
En lugar de salir de entre el carrasco
una liebre a saltar de mata en mata,
salió un lagarto de cabeza chata,
lomo verdoso, vivarachos ojos
y blanca panza con puntitos rojos.

Lo mismo que un ratón que ha visto al gato,
salió azarado el bicharraco chato,
y el perro se lanzó tras él más listo
que el gato hambriento que al ratón ha visto.
A cambio de un mordisco en una mano,
diole el perro un zarpazo soberano,
echóle el diente y el reptil arisco
le atizó en el hocico el gran mordisco.

Debió ser un mordisco sandunguero
porque el perro gruñó muy lastimero,
flojó los dientes, escurrióse el bicho
y cojo y todo se metió en su nicho.

A casita, Coral, que el sol se pone
y es posible que el morro se te encone.
Te doy mi enhorabuena más cumplida
por la dulce caricia recibida,
y me alegra en el alma, buen amigo,
de ver, tras tu pecado, tu castigo.
¿Confunden todavía tus narices
los lagartos con liebres y perdices?

Pues aprende, gandul, que esa es tu ciencia;
aprende a distinguir; y en penitencia,
mientras los dientes del lagarto alabo,
¡te rascas el hocico con el rabo!



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 09 Ene 2022, 04:10

"¡El oro es el que reina, sólo el oro!
El amor, la virtud más noble y alta,
la amistad, el honor, la fe, el decoro,
¿valen dinero? No. ¡Pues no hacen falta!"




¿Ha cambiado algo desde que Gabriel y Galán dijera estos versos?


Genial.


Gracias, Lluvia


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"No hay abrazos que paren los cañones
Ni cañones que maten la esperanza." 
                                                             Walter Faila.


¡NO A LA GUERRA!
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Mensaje por Lluvia Abril Lun 10 Ene 2022, 00:33

Pues sinceramente, hay cosas, actitudes y formas de caminar la vida que no cambian nunca, amigo mío.
Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 10 Ene 2022, 00:36

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




A la muerte de mi hurón

(Elegía improvisada..., y así saldrá ella)

A mi muy querido amigo Ignacio Toledano,
compañero de excursiones «Ciquielunas».



Lágrimas tristes que corréis a ríos
por estos ojos míos
que son testigo de mi infausta suerte,
¡corred hasta el sepulcro abandonado
del amigo adorado
que sin piedad me arrebató la muerte!

¡Depositad sobre su tumba fría
la fúnebre elegía
que le dedica un corazón sensible!
¡Verted por él inconsolable llanto,
y que este humilde canto
le sirva de corona inmarcesible!

¡Pobre Ciquiel!, de tu olvidada fosa,
yo grabaré en la losa
un cantar que dirá de esta manera:
«Aquí yace un hurón noble y honrado,
que era el Sultán llamado
por los conejos de la sierra entera.

Músico, pobre, gárrulo y sencillo,
mi pobre Ciquielillo
tocaba el cascabel con cierto arte;
mas le hicieron dejar el instrumento,
y a lo mejor del cuento
se nos fue con la música a otra parte.

De mi pueblo en la sierra solitaria,
en vez de una plegaria,
resuenan mil canciones a lo lejos,
y es porque, del vivar en el encierro,
te cantan el entierro,
con cruel regocijo los conejos.

En su morada subterránea y fría
celebran una orgía
en honor de tu muerte, Ciquielillo.
¡Ay de todos si tú resucitaras
y el cascabel sonaras
de repente a la puerta del pasillo!

¿Oyes qué ruido en el vivar retumba?
¡Álzate de esa tumba
porque están de tu honor haciendo trizas!
Preséntate en la sala de sesiones
y empieza a pescozones
porque están injuriando tus cenizas.»
***
En más de cuatro vivares,
cuando tu muerte supieron,
los conejos se reunieron
en conclave fraternal,
para celebrar la muerte
de aquel que cuando vivía
clavaba... donde podía
sus colmillos de chacal.

De un vivar sobre la puerta,
cuando tu muerte supieron,
con las uñas escribieron
este infamante cartel:
«Durante dos o tres meses
en todos estos bibales
se cantarán funerales
por el tísico Ciquiel.»

En otro vivar del monte
celebraron una orgía,
y al rayar la luz del día
se reunieron en sesión;
y unánimes acordaron
salir de su oscuro encierro
para cantarte el entierro
en solemne procesión.

¡Qué canallas! ¡Qué guasones!
Todos ser curas querían
y méritos aducían,
de su pretensión en pro:
-¡Yo he escapado cuatro veces!
-Pues de poco usted se queja:
¡A mí me rasgó una oreja!
-Y a mí también me atentó.

-¿Qué vale eso que tú dices?
Yo, al salir por el pasillo,
me lo encontré de narices
y nos liamos los dos;
y, si me descuido un poco
y no encuentro a la carrera
la puerta de la escalera,
¡me divierto, como hay Dios!

-¿Y yo, que estaba en el patio
arrancando una retama?...
-¿Y yo, que estaba en la cama
cuando en casa se coló?...
-Pues eso no es nada, hermanos.
¡Yo tengo un ojo vacío
y tengo un labio partío
de dos besos que me dio!

En fin, allí se increparon
en forma insolente y dura,
y al cabo el cargo de cura
se sometió a votación;
votaron alborotados,
y aquel del ojo vacío,
aquel del labio partío
fue cura en la procesión.

¡Pobre Ciquiel! ¡Si supieras
cuánto de ti se rieron!
Todos del vivar salieron
ansiosos de retozar;
y al brillar del alba pura
los resplandores rosados,
ya estaban todos formados
a la puerta del vivar.

Todos en los pies traseros
encabritados andaban,
y con las manos llevaban
insignias de procesión.
Uno con la manga fúnebre,
que era un trozo de retama,
y otro con una gran rama
de tomillo por pendón.

De una agalla perforada
hicieron un calderete,
y un conejillo vejete
¡qué disparate hizo en él!
Y dos muy tiesos llevaban,
en los hombros sostenido,
un palo seco y tendido
que simulaba Ciquiel.

El cura, aquel cura tuerto
que era más feo que Tito,
sólo llevaba un palito
que en hisopo convirtió;
y el libro de los latines,
que llevaba un monaguillo
era un forro de un librillo
que algún cazador perdió.

En dos hileras muy largas
se fueron acomodando
y el gori-gori cantando,
tendióse el cortejo aquel
hacia un barranco relleno
de estiércol amontonado...
¡Era el sitio destinado
para enterrarte, Ciquiel!

Dos conejos con las uñas
abrieron tu sepultura
en el montón de basura,
chirriando de dolor;
mas luego que estuvo abierta
y en ella tu efigie echaron,
como locos empezaron
a bailar alrededor.

¡Qué escándalo!, el cura tuerto
te dio tales hisopazos,
que sobre ti en dos pedazos
roto el hisopo quedó;
y aquel que llevaba... aquello
metido en la caldereta,
hizo al aire una pirueta
y encima de ti lo echó.

El monaguillo del libro,
que era el de la oreja rota,
hasta hizo horrible chacota
de los latines también;
pues cantaba dando saltos:
«¡Non haberis mas mordiscum!
¡Ciquiélibus moriuni tísiqum!
¡Requiescant in pace, amén!»

Cansado por fin el cura
de aquella danza maldita,
con alegría inaudita
tierra al palitroque echó;
holló y echó más de nuevo,
para hacer mayor la carga,
y con la uña más larga
este epitafio escribió:

«Aquí yacen los restos asquerosos
del tísico Ciquiel.
Por mí, que se lo lleven los demonios,
si es que pueden con él.
Murió este bicho repugnante y feo
de tisis pulmonar;
si lo hubieran ahogado al nacedero,
no hubiesen hecho mal.
De dos mordiscos me rasgó este labio
y un ojo me sacó:
¡que muerdan los gusanos en los ojos
del que tanto mordió!

«¡Que se lo lleven todos los demonios
que viven con Luzbel!,
y que no quede casta en esta tierra
del tísico Ciquiel!
¡Y caiga un rayo en el sepulcro negro
de este ladrón sin par,
no haga el diablo que un día este asesino
vuelva a resucitar!»



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 10 Ene 2022, 01:14

Sabes? MI "cuñao", sin exagerar, se sabe decenas de poemas de Gabriel y Galán de memoria. Desde que era pequeño. Ayer, paseando por La mota del río, me recitó tres de ellos. Me pidió que le pasara todo lo que tenga de él. Le encanta el "castúo" y le encanta la "poesía costumbrista".

Gracias por la exposición que estás haciendo.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Mar 11 Ene 2022, 01:14

Imagino a "tu cuñao" recitando poemas de Gabriel y Galán y bueno, tiene que ser una gozada.
Aquí hay para que le pases los que quiera, si es que no los conoce, claro.
Gracias, Pascual, y besos, para Fernando, mi recuerdo y admiración.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 11 Ene 2022, 01:50

Se lo he pasado todo. Carmen Calvo quiere que recite uno de los poemas en Castúo para República de versos.

Veré lo que puedo hacer.

Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 12 Ene 2022, 00:49

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Fragmentos en verso y prosa




Mañanas y tardes

Sueños


¡Gloria al Señor que puso
mi pobre cuna
donde hay estas estrellas,
y hay esta luna,
y hay estas flores,
y hay estas dulces auras,
y hay estas noches!

(Antonio de Trueba)



- I -


La tarde está serena, la calma es tanta,
que ni llora el arroyo, ni el ave canta;
la ráfaga de viento, que a veces pasa,
llanuras y sembrados, todo lo abrasa.

El astro bochornoso que reverbera
convierte las llanuras en una hoguera;
crujen unas con otras las cañas huecas;
las doradas espigas estallan secas,
y en el fondo pardusco de la barranca,
el agua del arroyo su curso estanca.
***
Tan pesada es la calma, tal el bochorno,
que la abrasada tierra parece un horno.

Las alondras reposan en sus solaces,
las codornices duermen bajo sus haces,
los lagartos, que salen de su agujero,
cruzan algunas veces por el sendero;
la perdiz a sus hijos, cauta, reclama
bajo la tibia sombra de la retama,
y uniendo sus cabezas abochornadas
dormitan las ovejas en las cañadas.
***
Llega el sol a la cumbre de su apogeo;
duermen algunos bueyes en el rodeo,
y otros van a la oscura charca verdosa
para ahuyentar la mosca que los acosa.

Trabajan en las eras lentas las reses,
en derredor girando sobre las mieses;
bajo el trillo, que arrastran con lento empuje,
la seca paja estalla, se rompe y cruje;
el ruido de la marcha casi ensordece,
el choque de las mieses casi adormece.

Al son con que el cambizo lento rechina
responde el de la parva que está vecina;
desparrama el labriego los secos haces,
y en el trillo se duermen ya los rapaces.
***
El perro perezoso se entrega al sueño
a la sombra del viejo carro del dueño,
y sacude la mosca que le molesta
turbando impertinente su dulce siesta.

Forma el trigo tendido redondas fajas
y cantan las chicharras entre las pajas.
Los pájaros se ahogan en el espacio
y hacen de las encinas fresco palacio;
ni canta la culebra, ni rana alguna
asoma la cabeza por la laguna;
en su casa escondidos callan los grillos,
y quedan en los prados secos tronquillos
del pasto saludable, fresco y lozano
que con rudos calores quemó el verano.
***
De la Peña del Niño por las laderas
quedan piedras, tomillos y carrasqueras.

Por evitar de Febo la ardiente lumbre,
las perdices se suben hacia la cumbre,
y armado de escopeta recorre el cerro
el cazador constante detrás del perro.

De las húmedas piedras por las rendijas
se ven salir a veces las lagartijas;
el sol despide fuego, fuego la tierra
fuego los pedregales de aquella sierra.

Sólo se ven en torno zarzas y espinos;
no transita un viviente por los caminos.

El viento con sus ráfagas lleva ligero
una nube de polvo por el sendero.

Siegan, unos tras otros los segadores
del sol bajo los rayos abrasadores;
entre espigas y cardos van encorvados,
bajo tantos calores casi agobiados,
y el dueño los vigila bajo una encina
que al árido sembrado crece vecina.
***
El caballo corriendo por el atajo,
va a humedecer su boca con el regajo;
el carro con las mieses lento camina
y al lento balanceo cruje y rechina,
y el buey, uncido al yugo, la cola enrosca
ahuyentando indefenso la inquieta mosca.
***
¡Largas tardes de agosto!... ¡Tardes de calma!...
¡en vuestras largas horas se duerme el alma!...
***
Si quisierais tristezas y soledades,
buscadlas en los tristes campos de Frades.

No busquéis en él nunca tiernos planteles
ni busquéis en sus campos lindos vergeles;
no busquéis en sus lomas los olivares;
buscad en sus laderas los tomillares.

No busquéis en sus pobres alrededores
jardines esmaltados de lindas flores;
ni hallaréis en sus cerros los naranjales,
ni veréis en su sierra lindos rosales.

No hallaréis en sus campos un paraíso,
que la Naturaleza darle no quiso.
Son sus áridos valles pobres plantíos;
son sus pobres cañadas vegas sin ríos.

Si visitáis sus montes y sus marjales,
veréis viejas encinas y matorrales,
y en vez de frescas bandas de azules violas
veréis entre los trigos las amapolas.
***
¡Buscad secos barbechos siempre agostados!...
¡Buscad la rubia espiga de los sembrados!...
¡Buscad cuando el gran astro lumbre fulgura,
una encina, una piedra y una llanura!...

En sus tristes y humildes alrededores
jamás cantar se oyeron los ruiseñores.
De sus montes de encinas por los confines,
saltan lindos chivones y colorines.

Gorjeadores alondras y golondrinas,
de sus pobres casitas son las vecinas,
y habitan sus laderas, montes y lomas,
las dulces tortolillas y las palomas.
***
No busquéis en sus sierras fieros torrentes;
buscad sus solitarias y ocultas fuentes;
no busquéis en el monte la catarata
que al bajar al abismo se desbarata;
buscad, en vez del río que se despeña,
el manantial, que fluye de negra peña;
y en vez de la cascada de las alturas,
buscad los arroyuelos de las llanuras.
***
¡Buscad secos barbechos, siempre agostados!...
¡Buscad la rubia espiga de los sembrados!...
¡Buscad, cuando el gran astro lumbre fulgura
una encina, una piedra y una llanura!...


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 12 Ene 2022, 00:51

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Fragmentos en verso y prosa




Mañanas y tardes

Sueños


- II -


Hay en medio de Frades rústico huerto,
que parece el oasis de aquel desierto.

Entoldan sus paseos los emparrados,
con sus brazos frondosos entrelazados;
despliegan las acacias sus anchas copas,
donde los gorriones cantan en tropas.

Son las tapias del huerto de vieja piedra,
que cubre cuidadosa la verde yedra;
las auras vespertinas y matinales
juegan con los cerezos y los perales;
tapizan sus paseos yerbas silvestres,
y en los rincones crecen flores campestres.

Los alegres manzanos cuando florecen
dan sombra a las verduras que abajo crecen.

Si un aroma se aspira dulce y ligero,
es el aroma dulce de algún romero.

Junto a la vieja tapia crece y vegeta
el junco del pantano con la violeta,
y unen abrazos tiernos y fraternales
las verdes zarzamoras con los rosales.

El viento se embalsama con los olores
de aquellas coloradas y lindas flores,
y junto a la violeta crece amarilla
exhalando su aroma la manzanilla.

Hay entre las verduras una fontana,
do el agua para ellas tan clara mana,
que a la vez se reflejan en sus cristales
dos manzanos, tres guindos y tres rosales.

Y al pie de esta fontana, tan pura y bella
vive el amargo ajenjo con la grosella,
y de igual modo vive, crece y se hermana
la colorida fresa con la romana.
***
En esas mañanitas del mes de mayo,
antes que el sol nos mande su ardiente rayo,
de aromas y armonías hay un concierto
dentro de aquel silvestre y alegre huerto.

Cuando la luz asoma por las colinas,
ya cantan en los guindos las golondrinas,
y antes que el sol derrame luz sobre el suelo,
ya las pardas alondras suben al cielo.

Hay cerca de aquel huerto viejos cercados
y viejas encinitas y viejos prados,
y entre estas encinitas, casi cubierta,
canta la tortolilla cuando despierta.

En los rojos tejados de aquella aldea
el tordo se despluma, silba y gorjea,
y chillando a su lado sobre el alero
el gorrión inquieto salta ligero.

Se revuelcan y charlan en los corrales
las alegres gallinas con los pardales;
despierta la paloma madrugadora
cuando el astro naciente las lomas dora,
y dejando en parejas los palomares,
por el cielo del huerto cruzan a pares.

Los cargados manzanos abren sus flores;
la humilde manzanilla despide olores,
y olores dan la rosa y la romana,
que vegeta en la orilla de la fontana.

En las ramas nudosas de los manzanos
depositan sus larvas pardos gusanos;
las constantes arañas tejen sus redes
en las húmedas grietas de las paredes,
y trepan las hormigas por su sendero
que suele ser el tronco de un limonero.

Previsora, constante, madrugadora,
inteligente, sabia, trabajadora,
en busca de sus flores sola se aleja
y su oscura colmena deja la abeja.
***
Insectos, flores y aves en dulce salva
saludan con sus ruidos la luz del alba,
que asoma sonrosada, bella y riente,
recostada en las lomas del Claro Oriente.



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Mensaje por Lluvia Abril Miér 12 Ene 2022, 00:53

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Mañanas y tardes

Sueños


- III -


Mes de agosto ardoroso, serena tarde;
arde el sol en el cielo; la tierra arde.

Todo, todo, en la aldea reposa inerme...
el hombre, el ave, el bruto, todo se duerme...
y cuando el mundo vivo parece muerto
yo, que soy el que velo, me voy al huerto.

Allí, bajo la sombra de un emparrado,
de marillentas hojas entrelazado,
hago lecho mullido del verde suelo
y mis cansados ojos fijo en el cielo.

Mis párpados se entornan pausadamente;
confuso mar de ideas turba mi mente...
mi pensamiento flota, vago..., perdido...,
y, cerrando mis ojos, ¡quedo dormido!...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
En las tardes de agosto, tardes de calma,
en cuyas largas horas se duerme el alma,
después que me embriaga dulce beleño
y me quedo dormido..., ¿sabes qué sueño?

Sueño que voy cruzando por un desierto,
un mar sin fin de arenas, un mar sin puerto.

Lágrimas de agonía vierten mis ojos
porque mis pies heridos pisan abrojos.

En medio del desierto sueño que existe
un albergue que sirve de alivio al triste;
un oasis bendito, do el peregrino
alivia las fatigas de su camino.

Es el rey del oasis un niño alado,
que aquel edén hermoso vigila armado.

En una aguda flecha guarda amoroso
un licor sonrosado, dulce y sabroso.

Cuando a algún peregrino la sed abrasa
y cerca del oasis llorando pasa,
a recibirle sale solo y armado,
con una de su flechas el niño alado.

Y el arma punzadora lanza certero
al corazón marchito de aquel viajero
que, entrando del oasis bajo el ramaje
refresca los ardores de su viaje.

Y mientras a la sombra duerme y descansa
a sus pies una fuente resuena mansa.

El niño de las alas su sueño vela;
su espíritu cansado soñando vuela,
y el licor de la flecha del niño alado
su corazón ardiente tiene embriagado.

Y, mientras a la sombra yace dormido,
viene con sus acordes a herir su oído
un coro de angelitos que, en derredor
del lecho del viajero, dicen: «¡Amor!...»
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Y yo sigo soñando..., sigo soñando
con otros peregrinos que van llegando
al oasis bendito de aquel paraje,
mitad de su penoso, largo viaje.

En medio del desierto, solo, afligido,
fatigado, lloroso, triste, perdido,
el último de todos voy caminando,
¡siempre pisando abrojos!..., ¡siempre llorando!...

Lanzado en el desierto por mi destino
no llego al fin querido de mi camino,
y el corazón se ahoga casi abrasado
sin el licor sabroso del niño alado.
***
En medio del oasis y en él gozando
a ti, Casto querido, te vi cantando.

De un árbol oloroso bajo la sombra
y apoyado a tu lado sobre la alfombra,
vi un ser, que dulcemente te sonreía
y oí distintamente que te decía:

«Tú cruzaste un desierto para buscarme
y entraste en este oasis para adorarme.
Si el resto del desierto juntos cruzamos
y al fin de la jornada juntos llegamos,
viviremos felices, sin duras penas,
¡aun yendo del desierto por las arenas!»

Y tú, que lo escuchabas, de allí saliste
y aceptando el apoyo que le ofreciste,
os vi llenos de gozo, cruzando luego
aquel desierto inmenso lleno de fuego...
***
Rendido de cansancio, lleno de pena,
y con mis pies hollando la ardiente arena,
os perdieron mis ojos..., ¡que se cerraban
sin llegar al oasis que divisaban!

Y tendido entre espinas, sin esperanza
de hallar jamás el puerto de mi bonanza,
exclamaba llorando: «¡Dios mío!... ¡No puedo!...
Estoy aquí tan solo, que... ¡¡tengo miedo!!...»

Quemaba con sus rayos el sol de estío
y el corazón sentía yerto de frío.

Cubrió mis turbios ojos un negro velo,
alcéme amedrentado del duro suelo,
y al extender mi vista por el desierto...
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
¡desperté en mi silvestre y alegre huerto!





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Mensaje por Lluvia Abril Miér 12 Ene 2022, 00:54

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Fragmentos en verso y prosa




Mañanas y tardes

Sueños



- IV -

En las dulces mañanas del mes de mayo,
cuando el sol nos envía su primer rayo,
voy al huerto a sentarme, porque en el huerto
hay de aromas y ruidos dulce concierto.
***
Recostado en la alfombra del verde suelo
y siempre con mi vista fija en el cielo,
percibo en torno mío ricos aromas
que me manda el tomillo desde sus lomas.

Mis párpados se entornan... ¡Estoy despierto
y sueño nuevamente con el desierto!

Sueño que voy andando..., que voy andando
y que al hermoso oasis estoy llegando,
y lo veo tan cerca, que me convida
a vivir una dulce y alegre vida...

Y tanto me aproximo que te diviso
vagando entre el follaje del paraíso.

Al ser que te acompaña le ofreces flores,
flores que en vez de aromas vierten amores.

Al tender tu mirada por el desierto,
me viste caminando con paso incierto,
y no lloraste viendo mi gran quebranto,
porque en aquel oasis no existe el llanto.
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Antes de la dorada y hermosa puerta
de la mansión aquella, que estaba abierta,
había un gran abismo, profundo, hondo...,
sin medida, sin término, sin luz, sin fondo.

Al ponerme a la orilla tímidamente,
un vértigo espantoso turbó mi mente;
y casi loco, débil y suspendido
sobre aquel precipicio, perdí el sentido....
. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . .
Al recobrarlos luego, te vi a mi lado
dentro ya del oasis del niño alado,
y supe que, alargando tu diestra mano,
me salvaste la vida como a un hermano.

Al verme ya en aquella mansión querida,
sentí mi pobre alma de amor herida,
y el licor misterioso del niño alado
mi corazón tenía casi embriagado.

Y vi, en el paraíso de las delicias,
un ser que me halagaba con su caricias,
y al pronunciar mi nombre sus labios rojos,
desperté de mi sueño... y abrí los ojos.


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 12 Ene 2022, 00:55

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Fragmentos en verso y prosa




Mañanas y tardes

Sueños



- V -

En las tardes de agosto, tardes de calma,
en cuyas largas horas se duerme el alma,
mis penas y mis ansias doy al olvido
y a la sombra de un árbol sueño dormido.

Sueño con el desierto y el paraíso,
que en las tardes de agosto nunca diviso,
y, aunque esparce sus rayos el sol de estío,
el corazón me queda yerto de frío.


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Mensaje por Lluvia Abril Miér 12 Ene 2022, 00:56

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Mañanas y tardes

Sueños



- VI -

Pero, ¡ay!, en las mañanas del mes de mayo,
cuando el sol nos envía su claro rayo,
solo y meditabundo me voy al huerto
y a la sombra de un árbol sueño despierto.

Sueño con el desierto y el paraíso,
que en estas mañanitas cerca diviso,
y aunque a mi lado fría la brisa pasa,
mi corazón sensible..., ¡ay!..., ¡se me abrasa!



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Mensaje por Lluvia Abril Jue 13 Ene 2022, 01:19

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa



Suspiros


Solo, triste, perdido sin sosiego
del mar del mundo en las inquietas olas,
sin apagar de mi dolor el fuego
vuelvo de nuevo a lamentarme a solas.

Ha tiempo ya que entre celajes de oro
hermoso edén en mi ilusión soñé.
¿Quién mi ilusión arrebató?... Lo ignoro.
¿Quién goza en mi martirio?... No lo sé.

Yo sólo sé que mitigar deseo
este pesar que arrebató mi calma;
la causa de mi pena no la veo,
y, sin embargo, me desgarra el alma

Tal vez será que el alma se lamente
en fuerza de sufrir, ya sin motivo;
pero mi pobre corazón no miente
y me hace ver las penas en que vivo.

Nadie comprende porque a nadie importa,
las tristes penas de mi vida amarga;
vida que en dicha y en placer es corta
y en desventuras y en sufrir, muy larga.
¿Quién causó mi placer? Un sueño necio.
¿Con quién soñó mi alma? Con un bien.
¿Quién causó mis angustias? Su desprecio.
¿Quién mató mis ensueños? Su desdén.

En medio de mi pena y desconcierto
no tengo nunca un cariñoso amigo
que me enjugue las lágrimas que vierto
y se venga a llorar también conmigo.

Aunque lo quiera y aunque así lo anhele,
no ha podido encontrar el alma mía
ningún amigo fiel que me consuele
cuando yo le contase mi agonía.

Siempre sufriendo mi crüel martirio
turbado veo mi soñado edén,
y la niña que amaba con delirio
ha pagado mi amor con un desdén.

Su mirada de angélico candor
no quiso mi pesar calmar jamás.
¿Y con qué le he pagado?... ¡Con mi amor!
¿Y cuál es mi venganza?... ¡Amarla más!...


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 16 Ene 2022, 04:05

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




¡Patria mía!


...porque has de saber, amigo
mío, que todos los años, en
el verano, hago un cantar
para mi pueblo.
Y te mando este -el cantar-
porque algo te corresponde de él.
Si te extraña de que en el
siglo que corre haya todavía
hombres que se ocupen en cosas
tan inocentes, satisfaré y haré
desaparecer tu extrañeza,
natural en un chico fin de siècle,
contestándote que aún quedan
en el mundo hombres honrados.

(J. M.ª G. y G.)
15 septiembre 1892




- I -


Rodando en la corriente del mundo vano
como rueda una arena sola y perdida
me encontré con un hombre, llamélo hermano
y te lo di por hijo, patria querida.

Pasado luengo tiempo, te abandonaba,
y en unión de aquel hombre yo visitaba
la tierra en que se asientan sus pobres lares...
¡y canté aquella patria que se me daba!...
¡Maldita sea la lira con que cantaba,
y malditos los ecos de sus cantares!

Yo no tengo más patria que esta aldeíta,
donde está todo el fuego de mi cariño;
el corazón sin ella se me marchita,
pero pensando en ella se vuelve niño.

¡Patria mía querida, que con tu aliento
haces quejar de nuevo con voz vibrante
la fibra más doliente del sentimiento
que se oculta en el pecho de un hijo amante!...,
no llores, si aquel hombre de quien te hablaba
no ha venido a abrazarte y a conocerte;
no admitas aquel hijo que yo te daba,
si en un lejano día viniese a verte.

No amargues con tu llanto mi pobre vida,
porque aquí estoy yo solo para adorarte;
duérmete y no me llores, porque, dormida,
me tendrás a tu lado para cantarte,
¡patria querida!

Porque tú me adoraste con ardimiento,
porque tú me has amado con fe constante,
porque tú bendeciste mi nacimiento,
y no puedo olvidarme que, siempre amante,
de tu brisa amorosa con el aliento
tú me arrullabas,
cuando dormía
sobre mi cuna,
y me besabas
cuando reía
sin pena alguna,
con la alegría
de la ignorancia,
que el alma mía
ya no ha gozado
desde la infancia
ni un solo día...


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 16 Ene 2022, 04:07

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




¡Patria mía!


...porque has de saber, amigo
mío, que todos los años, en
el verano, hago un cantar
para mi pueblo.
Y te mando este -el cantar-
porque algo te corresponde de él.
Si te extraña de que en el
siglo que corre haya todavía
hombres que se ocupen en cosas
tan inocentes, satisfaré y haré
desaparecer tu extrañeza,
natural en un chico fin de siècle,
contestándote que aún quedan
en el mundo hombres honrados.

(J. M.ª G. y G.)
15 septiembre 1892




- II -

Mi patria es la aldeíta donde he nacido,
donde tengo los padres que me criaron,
donde existen aún caliente mi pobre nido,
donde alientan los seres que me mimaron,
donde viven las almas que me han querido,
donde vuelan las auras que me arrullaron.

Si no fueron ingratos ni olvidadizos
los hijos que a tus pechos se amamantaron,
no llores tú desprecios de advenedizos,
que de pisar tu suelo se desdeñaron,
porque no eres la cuna de los hechizos
donde ellos se mecieron y se criaron.

Pero tú eres la virgen ruda y bravía
que escondes el tesoro de tu pureza,
más clara que los rayos del mediodía,
que tuestan tu morena gentil cabeza.
Eres la campesina que sólo ansía
ver sin hambre a tus hijos y sin tristeza;
por eso les regalas pan y alegría;
y si algún hijo indigno de tu terneza
por buscar más placeres se te extravía,
le dices: «Come, canta, trabaja y reza,
y no busques la senda que te hundiría
de ignorados abismos por la aspereza.»

No llores, pues, si un hombre te quiso un día
menospreciar acaso por tu rudeza,
¡no, patria mía!,
que si no eres del mundo la maravilla
ni eres de la hermosura supremo exceso,
eres la madre tierna, ruda y sencilla,
que a tus hijos veneras con embeleso;
y yo, sólo por eso, te quiero tanto,
que hasta llamarte madre mi amor me lleva,
y sólo tu recuerdo bendito y santo
me hace bueno, me arrastra, y hasta me eleva
desde el pantano
sucio y liviano
de las pasiones,
donde revuelcan
encenagados
los corazones
desesperados
sus ilusiones...,
hasta la cumbre
de paz y calma
de las virtudes,
en cuya lumbre
se inunda el alma
de resplandores,
se dignifica
con la agonía de los dolores;
se purifica
con la alegría de los amores.


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 16 Ene 2022, 04:08

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Fragmentos en verso y prosa




¡Patria mía!


...porque has de saber, amigo
mío, que todos los años, en
el verano, hago un cantar
para mi pueblo.
Y te mando este -el cantar-
porque algo te corresponde de él.
Si te extraña de que en el
siglo que corre haya todavía
hombres que se ocupen en cosas
tan inocentes, satisfaré y haré
desaparecer tu extrañeza,
natural en un chico fin de siècle,
contestándote que aún quedan
en el mundo hombres honrados.

(J. M.ª G. y G.)
15 septiembre 1892



- III -

¡Verdes lomas cubiertas de matorrales,
laderas guarnecidas de robledales,
nidal de negros cuervos y ruiseñores,
praderas salpicadas de manantiales,
archivo de recuerdos encantadores!...

¡Patria mía, que enciendes mis ideales,
que conservas la historia de mis mayores!...,
tú siempre has sido y eres la dulce idea
que ilumina mis sueños de resplandores,
que a mi espíritu enfermo cura y recrea,
que endulza de mi vida los amargores.

Porque haya habido un hombre que ingrato sea,
no quiero que te aflijas, ni que lo llores,
¡plácida aldea!,
que si a ese hombre le ha dado cuna ostentosa
aquella tierra hermosa, cuya presea
borda de rubias perlas la mar furiosa
que con salvaje arrullo la galantea,
tú, más casta que ella, más candorosa,
la sencillez severa que te hermosea
guardas, como la virgen más pudorosa,
en el arco de montes que te rodea.

No llores el desprecio del hijo ingrato
de la altiva sultana, rica y liviana,
que es la más lujuriosa de las mujeres;
porque si él es el hijo de la sultana
que emborracha sus hijos con los placeres,
yo soy el hijo amante de la aldeana
que alimenta sus hijos con pan moreno,
y les dice, cual madre pobre y cristiana:
«Come, canta, trabaja, reza y sé bueno.
Tus desventuras
sufre con calma
noble y sincera;
¡y ama, si el alma
te lo pidiera!
Que el alma buena
se purifica
con la crudeza de los dolores;
se dignifica
con la pureza de los amores.»




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Mensaje por Lluvia Abril Dom 16 Ene 2022, 04:09

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Fragmentos en verso y prosa




¡Patria mía!


...porque has de saber, amigo
mío, que todos los años, en
el verano, hago un cantar
para mi pueblo.
Y te mando este -el cantar-
porque algo te corresponde de él.
Si te extraña de que en el
siglo que corre haya todavía
hombres que se ocupen en cosas
tan inocentes, satisfaré y haré
desaparecer tu extrañeza,
natural en un chico fin de siècle,
contestándote que aún quedan
en el mundo hombres honrados.

(J. M.ª G. y G.)
15 septiembre 1892




- IV -


Tú, patria mía, no tienes de azahar un velo,
ni mares que te arrullen enamorados,
ni montañas que escalen el mismo cielo,
ni bosques con vergeles entrelazados.

Lucir tampoco puedes en tu garganta
de nácares y perlas rica presea;
y aunque tú estás guardada de gente tanta
como a la gran sultana siempre babea,
ni la brisa marina tu frente orea
ni puede, aunque quisieras, gozar tu planta
las frescas humedades de la marea.

En tu suelo al viajero tampoco encanta
la luz de inmenso faro que cabrillea,
alumbrando al navío que se adelanta
y en noche borrascosa se balancea
sobre un mar encrespado que al hombre espanta,
y que a la luz siniestra que lo platea,
y a impulsos de la fuerza que lo levanta,
se agita, fosforece y amarillea,
duerme, ruge, suspira, murmura y canta.

Tú no eres la sultana que se recrea
en la misma belleza que la agiganta,
¡rústica aldea!...
Pero eres la aldeana trabajadora
que, al trabajo rendido y a las fatigas,
reclinas tu cabeza de labradora
sobre un haz de maduras, rubias espigas,
que este sol de Castilla calcina y dora.

Tú eres la esposa rústica, la madre sana
más casta, más salvaje que la sultana.
Si para ti no arrastran del mar las olas
aderezos de nácar, de maleagrina,
ni gárrulos concentos de barcarolas,
tienes, en cambio, campos de mies cetrina,
donde tú te abrillantas y te arrebolas
bajo esta meridiana luz argentina
que, al vibrar de mil flores en las corolas,
tiñe a trozos tu manto de purpurina,
que Dios ha recamado con orla fina
de claveles azules y de amapolas...

Y todo ser que bulle, murmura o trina,
ruge, canta o se mueve sobre tu suelo,
es la voz de un concierto que sube al cielo;
la esencia inmaculada de aquella idea
que siempre de ti ausente canto y evoco,
¡gárrula aldea,
nido de un loco!...
Si son en ti dichosos tus moradores,
no te aflijas por nada, por nada llores,
que yo te adoro;
¡pero guarda la vida de mis mayores,
como un tesoro
constantemente!...,
porque, si yo te quiero como un demente
y te llamo en mi ausencia con hondos gritos
desgarradores,
¡es porque están contigo seres benditos
que son el amor santo de mis amores!...


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Mensaje por Lluvia Abril Dom 16 Ene 2022, 04:13

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


Fragmentos en verso y prosa




¡Patria mía!


...porque has de saber, amigo
mío, que todos los años, en
el verano, hago un cantar
para mi pueblo.
Y te mando este -el cantar-
porque algo te corresponde de él.
Si te extraña de que en el
siglo que corre haya todavía
hombres que se ocupen en cosas
tan inocentes, satisfaré y haré
desaparecer tu extrañeza,
natural en un chico fin de siècle,
contestándote que aún quedan
en el mundo hombres honrados.

(J. M.ª G. y G.)
15 septiembre 1892



- V -


Tu sol arde en el cielo como una hoguera;
sacude, patria mía, la cabellera
de tus viejas encinas y tus sembrados,
y mándame por ellos la brisa lenta
que agite mis pulmones congestionados
y humedezca mi boca que arde sedienta;
que sacuda mis miembros aletargados
y refresque mi frente calenturienta...

Ha mediado la tarde y el sol abrasa;
la espiga suelta el grano, chasca y se tuesta;
si corre el aura, escalda por donde pasa;
todo ser animado duerme la siesta...

¡Cántame alguna estrofa pesada y larga,
como las que cantabas cuando era niño...;
arrúllame este sueño, que me aletarga,
con un cuento de amores, en que el cariño
me transporte a otra vida menos amarga!...

¡Oh cuéntame una historia!..., mas no una historia
de esas que el alma queman al escucharlas;
que labran hondos huecos en la memoria,
y que espantan y hieren al recordarlas.

Cuéntame historias largas de trovadores,
de bardos, de poetas y de mujeres...,
inyecta en mi cerebro sueños de amores,
y que, siquiera en sueños, tenga placeres...

¡Pero no! Si lo hicieras, ¡me matarías!
Haz que ningún recuerdo mi alma taladre.
Cuéntame lo que quieras de aquellos días
en que sólo soñaba yo con mi madre.

Emborráchame el alma con regodeos
y apariciones místicas de la pureza...,
y déjame este cuerpo sin los deseos
del ensueño letárgico de la pereza...

Duérmete tú conmigo desde esta loma
donde ni un ser se mueve ni el aura bulle,
y tráeme de tus montes una paloma
que, oculta en esta encina, mi siesta arrulle.

Cántame los idilios con que regalas
al hijo extraviado que te visita,
y haz de tu amor de madre, con ambas alas,
un dosel en que apoye mi sien marchita...

¡Gracias, patria amorosa, gracias mil veces!
¡Dios conserve y bendiga tus moradores!
¡Dios de tus pobres hijos oiga las preces!
¡Dios les dé pan, virtudes, glorias y amores!

¡Dios aleje la muerte de tu morada!
¡Dios te dé a manos llenas dichas benditas!
¡Dios alegre tu cielo con su mirada!
¡Dios bendiga tus campos y tus casitas!
***
Tú has combatido siempre mis agonías
con fuerzas misteriosas y celestiales;
por eso hoy, gastado, como otros días,
vengo a buscar de nuevo fuerzas vitales...
¡Que se van extinguiendo mis energías!
¡Que se van apagando mis ideales!...

Úngeme de esa esencia tan misteriosa
que sacude la anemia de mi impotencia,
y a mi ser da una fuerza bien poderosa
para esta lucha horrible de la existencia.

Satura tú mi sangre con esa esencia,
y no llores por nada, patria amorosa;
canta y reposa,
¡gárrula aldea!,
duerme la siesta
sobre esta cuesta
que el sol caldea,
la luz platea
y el aura tuesta...
Y si es que, mientras lenta la tarde pasa,
no puedes regalarme brisa más fría,
¡bésame en esta frente, que se me abrasa,
y ampara esta cabeza, que se extravía!...
Pero si tú me quieres,
si tú me llamas,
¡nuestro cariño bendito sea!
Pero si no me adoras,
si no me amas,
¡¡¡dame a mi padre!!! y ¡¡adiós, aldea!!



Es una lastima, pero hasta aquí llegamos con "fragmentos y prosas".
Pasamos pues a "epistolario", de Jose María Gabriel y Galán, por supuesto.
Gracias.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 17 Ene 2022, 00:55

"contestándote que aún quedan
en el mundo hombres honrados."




Estos versos son sencillos y simultáneamente complejos... pero reales, en todo momento y circunstancia histórica: siempre hubo "hombres honrados."


Gracias, Lluvia. 


Besos.


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 17 Ene 2022, 01:01

Gracias a ti, amigo mío, hoy y siempre.
Seguimos pues.


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 17 Ene 2022, 01:05

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


EPISTOLARIO



Prólogo


Cuando envié un trabajo al certamen literario de Plasencia acerca de la vida y obras de mi amigo el glorioso poeta Gabriel y Galán, me pareció oportuno añadirle algunas cartas que yo conservaba como prendas queridas de amistad. Sin duda, ellas decidieron al jurado para premiarme y declaró el secretario de aquel Certamen que eran de un valor incalculable.

En el Ateneo de Béjar, poco después, di una lectura de ellas, y desde América me escribieron pidiéndome publicase dichas cartas.

Con presentimiento de chico a quien gusta lo de su maestro, varios años antes de que fuera conocido como escritor, comencé a guardarlas, así que ellas no pueden tacharse de estar escritas con la pedantería del hombre célebre, como dice el autor de «Cartas de mujeres».

En ellas, además del vivo reflejo del amigo ausente recibía, mezcladas con las frases de cariño, el consejo desinteresado, que era para mí la norma de conducta.

Hoy que la fama del poeta llega a culminar, siendo leído cada vez más descartados los puntos no publicables, por ser de nuestra vida íntima, es mayor su interés, ya por ser poco conocido como prosista, ya porque no falta quien dice que en el género epistolar raya a mayor altura que en otro alguno. Claro es que en las cartas familiares se muestra con la llaneza que le es propia y a través de ellas se puede conocer el hombre mejor que en los escritos hechos para publicarse.

No es tarea fácil dar unidad a unos escritos cortos y familiares, aunque para el que los recibe sean de gran interés, pues no por eso han de serlo para el público, pero por ello quizá gozan de mayor espontaneidad.

El Padre Isla, al saber que iban a publicar las suyas dijo: «Si un enemigo quisiera hacerme un mal, el mayor sería dar a luz mis cartas escritas sin preparación». Las del erudito autor del «Fray Gerundio» reflejan un agudo ingenio y tienen la mordacidad del sabio jesuita.

En otros países hay la costumbre de recoger las cartas de autores célebres para conocerlos en la intimidad, ya que como dice un autor, el hombre es más sincero en el papel, que no se pone colorado, que en la conversación misma. Entre nosotros se ha dado el caso de venderse por papel viejo en el rastro las del Emperador Carlos V. Los franceses nos dan ejemplo en estas colecciones, y son modelos de este género las escritas por Mme. Sevigne a su hija; algunos escritores españoles, como el coronel Cadalso, que tanto enalteció las letras salmantinas, en sus «Cartas Marruecas» hace un estudio del lenguaje, usos y costumbres españolas del dieciocho, y se nos muestra como un gran estilista y profundo psicólogo, aunque no llega a la sutileza del autor de las «Cartas Persas», Montesquieu, que hace otro tanto con las de sus compatriotas, y hablando de los tocados de los tiempos del Imperio, dice: «A veces suben poco a poco los peinados, y luego una revolución los hace bajar de repente.

Tiempo hubo de que una inmensa elevación colocaba el rostro de una mujer en medio de su persona; otro que ocupando los pies este sitio, formaban los tacones un pedestal que los mantenía en el aire... A veces se ve en una cara portentosa cantidad de lunares, y al otro día ya han desaparecido.

En otro tiempo tenían las mujeres dentadura y cuerpo, y hoy no se trata de eso. En esta nación tan mudable, digan lo que quieran los burlones, las hijas tienen distinta figura de las madres».

No habla el autor mejor de los españoles, pues en otra carta, después de ponderar la vanidad de los hidalguetes, dice: «Que son tan enamorados que no hay hombres más dispuestos a derretirse por el amor de sus damas bajo sus rejas; de manera que todo español que no está acatarrado no es tenido por aficionado al bello sexo... Son tan corteses que nunca apalea un capitán a un soldado sin pedir que le dé licencia, ni quema la Inquisición a un judío sin rogar que le perdone».

En las «Cartas Finlandesas», Ganivet se expresa como andaluz trasplantado de los cármenes granadinos a aquellas apartadas costas, aprisionadas por los hielos casi todo el año; por eso la psicología de aquel pueblo es tan distinta de la tierra cubierta de flores y saturada de aromas y azahares. Ocurre con sus cartas lo que con las obras de Ibsen al ponerse en la española escena.

El ideal allí de las mujeres es emanciparse y ganar dinero en oficios varoniles, en vez de aspirar a ser madres.

Las que desisten por completo de casarse se cortan el pelo y se aficionan a la bicicleta; las que no, durante el noviazgo pueden viajar solas con los prometidos y permitirse ciertas expansiones, a las que no estamos acostumbrados. Cuenta un caso de un matrimonio mal avenido; plantea ella el divorcio por haberse fastidiado de su marido, y al casarse de nuevo, siguió entrando el antiguo consorte, como buen amigo, en la casa que ellos pusieron.

Al comparar a la mujer española con aquellas que tanto se afanan por trabajar en los cargos de hombre, dice que las nuestras son más prácticas, pues llevan vida más cómoda y están mejor en la vejez, y termina su carta de este modo:

«No existe en la creación un ser que supere a la mujer en inteligencia verdadera, es decir, en inteligencia práctica; sólo se le aproxima el gato, que es el más listo de los animales, no sólo por haber resuelto el problema de vivir sin trabajar, sino por haberlo resuelto con el achaque de cazar ratones, diversión o sport que para él tiene grandes atractivos».

Entre los Epistolarios escritos en castellano destaca el espiritual en que el beato Juan de Ávila no sólo exhorta a los predicadores, a los enfermos y a los que abrazan el estado del sacerdocio, sino en la que dirige al Asistente de Sevilla tiene estos bellos pensamientos: «El ser bueno para sí sólo cosa imperfecta es, y el ser bueno para otros y no para sí cosa es dañosa; y aquel será llamado grande en el reino de los cielos, que siendo él bueno procure hacer lo mismo a los otros». Sigue después diciendo: «Desnudo fue puesto el Hijo de Dios en la cruz, quando exercitó officio publico del genero humano, y el officio publico cruz es; y desnudo de todos los afectos propios, y vestido del amor de los muchos, ha de estar el que en esta cruz uviere de subir para imitar el Hijo de Dios, y que su cruz sea provechosa para si y para los otros».

«Que todos los que tratan del bien de la república convienen: que es muy mejor gobernación prevenir los delictos que castigarlos después de hechos, y vivir por buenas costumbres mejor que por buenas leyes».

«Que no se contenten con mandar y dexen el ocio y regalo, y tomen el azadón en la mano, caven con sudor de su cara la dura tierra de los corazones de sus súbditos, si quieren ser imitadores de Jesu-Cristo».

En la misma carta, al hablar de las mujeres perdidas, dice: «Está este negocio tan fuera de quicio como otros muchos. Las mugeres cantoneras es razón que no estén mezcladas con las buenas, y no se devía consentir que saliesen muy acompañadas, ni muy ataviadas, porque es grave escándalo la prosperidad déstas para facer titubear la castidad de las buenas mugeres, que padescen necesidad. Y los que de ellas tuvieren cuidado convenía que se buscase un hombre temeroso de Dios y se le pagase sufficiente salario, y también daría noticia de los rufianes, que no es pequeño provecho». Después añade:

«Muchos males se hacen por ocasión de los jubileos, yendo juntos hombres y mugeres. Cosa conveniente sería que pues se pueden ganar por la tarde y otro día, fuesen en un día los varones y en otro las mugeres.

Correr toros es cosa peligrosissima para quien los manda o da licencia para los correr». Y termina el párrafo: «Haga V. S. lo que de su parte fuere, y si no pudiere más avrá librado su ánima del peligro».

Es, en mi sentir, Antonio Pérez uno de nuestros clásicos que elevó a mayor altura el habla de Castilla, y por decir en poco tiempo mucho y de gran contenido, las cartas que dirige a esposa e hijos pueden citarse como modelos; quizá sea con el autor que tenga más semejanza nuestro poeta; dice en una de ellas: «Hija mía: quisiera yo poderos enviar, por la prenda que me ha dicho uno de vuestra parte, un pedazo del corazón material, en señal de que vivo, como lo envío todo en espíritu: que según le traigo hecho pedazos, pudiera muy bien, sin miedo de dolor nuevo partirle para otro». No es menor su mérito cuando emplea el festivo tono de un consumado cortesano, al enviar a una dama extranjera unos guantes de perro, por no tenerlos exclama: «Yo me he resuelto de sacrificarme por su servicio y de desollar de mí un pedazo de mi pellejo de la parte más delicada que he podido, si en cosa tan rústica como yo puede haber pellejo delicado. En fin, esto puede el amor y deseo de servir, que se desuelle una persona su pellejo por su señora y que haga guantes de sí». Y termina: «De perro son, señora, los guantes, aunque son de mí, que por perro me tengo, y me tenga vuestra señoría en la fe y en amor a su servicio. Perro desollado de vuestra señoría».


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 17 Ene 2022, 01:08

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


EPISTOLARIO



Prólogo

(cont.)


Don Juan Valera, en sus Estudios críticos, dice que hay dos cosas en nuestra literatura que ninguna otra iguala: el Poema de mío Cid y los Escritos de Santa Teresa; de entre ellos, las cartas son tan leídas, que se hicieron varias ediciones en cuanto se publicaron, y es que su lenguaje, aprendido del pueblo, no en los libros, tiene la viveza de la lengua hablada y fluye como el agua riente y bullidora de los regatos. Esta santa que trató los problemas del alto misticismo con esta intuición natural en ella, que no tuvo para ser doctora otra cátedra donde aprender que el púlpito y el confesonario, se muestra en esos escritos familiares con sencillez encantadora, prueba de ello es la que dirige a un caballero de Ávila, en la que recomienda a San Juan de la Cruz, y al hacerlo, con singular gracejo dice que aunque chico (era bajito), era de tan gran virtud, que ella nunca le vio perder la paciencia, aunque ella era la misma ocasión de hacerla perder. Y después, al contestar a lo que dice este señor de que daría seis ducados por verla, ella daría más precio por valer mucho más que ¡una pobre y humilde monja!; empleando el mismo donaire que con el Obispo, que la decía que le gustaba más platicar con ella que con sus canónigos, «y a mí también charlar con V. I. más que con mis monjas». La santidad nunca está reñida con la franqueza, y esta Santa, reflejo del cielo de la sierra de Ávila, es franca en todos sus actos.

Las que escribió Sor María de Agrela, eran tan estimadas por Felipe IV, que mandó en su testamento se conservasen, pues de ellas habla recibido claros consejos y sabias enseñanzas, ya como avisos espirituales, ya preceptos para la gobernación de sus reinos. Guevara, Rúa Ortiz y otros anteriores, tienen en castellano cartas llenas de profunda filosofía y castizo lenguaje, pero no son cartas familiares realmente.

Sólo pueden compararse, por lo tanto, las cartas de nuestro poeta con las de Antonio Pérez y Santa Teresa, que son las verdaderamente familiares; y si aquéllas sirven para conocer el lenguaje castizo de una época y la intimidad de sus autores, éstas no ceden en casticismo, gracia y soltura, lo mismo al tratar asuntos triviales, como cuando habla del éxito de sus obras. En lo que quizá no tengan rival es en las que describe las hondas amarguras recibidas en la muerte de sus padres, que encierran la poesía del Ama, escrita bajo esta impresión.

Sabiendo la influencia que sobre mí tenían sus consejos, no es de extrañar el carácter didáctico que imprime a sus cartas, y tanto más que enseñar pretende infundir esa fe cristiana que le hace siempre mentar a Dios. A Dios recurre resignado ante las desgracias; para Dios quiere que sean sus amigos, a quienes dice que tanto más los estima cuanto más se acerquen a Dios en virtud; muchas veces parece que impregnado en el espíritu de nuestros místicos, se nos revela como un asceta, y en la crítica de las obras y en los asuntos que trata, diciendo algunos que las poesías religiosas suyas no es lo más religioso, sino que lo son todas.

No pierda nunca de vista el lector que estas cartas son de carácter íntimo y que porque sea conocida su donosa manera de decir, he sacrificado mi amor propio, sacando a luz casos de mi vida aun cuando sea víctima de su ingenio festivo. Las he agrupado en distintos capítulos, considerándole como maestro, como amigo, como creyente, etc. Para que sea una orientación en las materias que trata y al tiempo mismo que el relato, de los hechos, tenga la lozanía y frescura de la realidad, cosa que puede hacer muy bien el que los conoce y no el crítico o erudito, cuya labor tiene distinto objeto.

Cuando he copiado estas cartas, aunque la mayor parte eran por mí conocidas, no he podido menos de llenarme de emoción y cariño hacia el amigo muerto, que hasta en las cosas más ligeras demuestra tal destreza y naturalidad en el lenguaje, que no estarían mejor hechas si las hubiera escrito para darlas a la publicidad.

He querido probar el interés que ellas despiertan, y cuando alguna es leída se siente deseo de leer otras por quienes no las conocen.

Si otro se hubiera encargado de la colección de estas cartas, quizá hubiera ganado el nombre de quien le tiene glorioso. El cariño y buena intención suplirá lo demás, pues el trabajo de recoger y seleccionar no espera otra recompensa que se perpetúe la memoria del amigo muerto y sean rendida ofrenda estas líneas para quien no ha olvidado sus consejos ni menos su gran corazón.

MARIANO DE SANTIAGO CIVIDANES.
Salamanca 10 de Julio de 1918.


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Mensaje por Lluvia Abril Mar 18 Ene 2022, 00:57

JOSÉ MARÍA GABRIEL Y GALÁN


EPISTOLARIO



Los padres de Gabriel y Galán

Dice el biógrafo de un hombre ilustre que todos los hombres grandes fueron tales, porque tuvieron una madre digna de ellos; el que conoció a la madre de Gabriel y Galán se explica la influencia que en el ejercicio y el dolor de verla morir le inspirara «El Ama», donde su genio culmina. Era hermosa, con esa belleza extraña a las mezquinas vanidades; siempre llevaba el pañuelo de seda ceñido a la frente, llamado chichonero, como es costumbre en los pueblos de la provincia de Salamanca. Padecía dolor de cabeza como sus hijos, y su discreción era tan grande como su cultura, impropia de quien apenas había salido de Frades. Pasé una semana con ellos, recién casado Baldomero, era la época de la recolección y pude saborear, participar mejor dicho, de aquel ambiente de paz que se respiraba en aquella casa trabajadora, donde se rezaba todas las noches el rosario. Con la severidad de la madre contrastaba la viveza de su padre; era bajito, muy nervioso y listo, vestía siempre de calzón, frente ancha y despejada y muy avisado para los negocios.

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Guijo de Granadilla 6 de Julio de 1991.

Mis buenos amigos: Ya me quedé sin madrecita. Se me murió el día treinta de Junio, a la una y media de la mañana. Dios lo ha querido así: bendita sea la voluntad de Dios.

Me avisaron el 3 de Mayo, y llegué allá el mismo día. Tenía afección de corazón. Yo comprendí que aquello era gravísimo, que se me moría la madrecita de mi alma, y a su lado pasé treinta y ocho días horribles, que me han dejado el espíritu aplastado.

Aquella cristiana alma no se rindió al dolor físico. Los tormentos de una asfixia de treinta días de duración no arrancaron de aquellos labios benditos más que palabras de santa, ni desviaron del Crucifijo la mirada de aquellos ojos queridos, donde había tanto amor para cuatro hijos locamente enamorados de aquella adorable madre.

«Se muere como ha vivido», nos decía el sacerdote que la auxiliaba. Un día nos pidió que la confesaran, y al siguiente solicitó la visita del Señor, al que recibió con tal fervor, que la hizo llorar de amor, de amor al Sacramento Santísimo.

Y después sucedió lo que yo no he visto nunca; lo que al mismo señor Cura puso lleno de entusiasmo y de alegría; lo que a cualquiera edifica... Nos dijo que iba a morir, y que antes que llegara el momento en que la agonía pudiera obscurecer su entendimiento quería recibir la Santa Extrema-Unción, y así lo hizo, contestando ella misma las palabras del sacerdote. Y más tarde nos pidió la bendición de Su Santidad, que ella misma leyó con devoción y entereza, pues Dios quiso duplicar en ella las fuerzas corporales en el último período de aquella vida ejemplar.

Pocas horas después moría en mis brazos, como el que se entrega al sueño, la madrecita de mi corazón, aquella que bendecía al Señor porque la dejaba morir rodeada de los hijitos de su alma y del esposo querido, que había sido su más grata compañía durante cuarenta años.

No acabaría de escribir en muchas horas, amigos míos, si yo les fuera a contar las palabras de consuelo, los consejos exquisitos, las bendiciones para el Señor que salieron de aquellos labios cuando mayores eran los sufrimientos corporales, que eran prueba del temple cristianísimo del alma de mi amante madrecita.

Todos estos consuelos nos ha dejado para ayudarnos a resistir el dolor de su apartamiento de nosotros, que es un dolor sin palabras; que no las hay para expresar estas cosas1.

Pero el ejemplo suyo nos tiene a todos resignados, después de la bondad de Dios.

Rueguen ustedes al Señor por la madrecita que acabo de perder, y Dios se lo pagará.

Y siempre se lo agradecerá con toda el alma su amigo,

JOSÉ MARÍA.

(cont.)




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