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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 7 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 23 Mar 2021, 08:49

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIII

    Batalla junto a las naves.
    Cont.

    468. Así dijo. Eneas sintió que en el pecho se le
    conmovía el corazón, y se fue hacia Idomeneo
    con grandes deseos de pelear. Éste no se dejó
    vencer del temor, cual si fuera un niño, sino
    que lo aguardó como el jabalí que, confiando en
    su fuerza, espera en un paraje desierto del
    monte el gran tropel de hombres que se avecina,
    y con las cerdas del lomo erizadas y los ojos
    brillantes como ascuas aguza los dientes y se
    dispone a rechazar la acometida de perros y
    cazadores, de igual manera Idomeneo, famoso
    por su lanza, aguardaba sin arredrarse a Eneas,
    ágil en la lucha, que le salía al encuentro; pero
    llamaba a sus compañeros, poniendo los ojos en
    Ascálafo, Afareo, Deípiro, Meriones y Antíloco,
    aguerridos campeones, y los exhortaba con
    estas aladas palabras:

    481. -Venid, amigos, y ayudadme; pues estoy
    solo y temo mucho a Eneas, ligero de pies, que
    contra mí arremete. Es muy vigoroso para matar
    hombres en el combate, y se halla en la flor
    de la juventud, cuando mayor es la fuerza. Si
    con el ánimo que tengo, fuésemos de la misma
    edad, pronto o alcanzaría él una gran victoria
    sobre mí, o yo la alcanzaba sobre él.

    487. Así dijo; y todos con el mismo ánimo en el
    pecho y los escudos en los hombros se pusieron
    al lado de Idomeneo. También Eneas exhortaba
    a sus amigos, echando la vista a Deífobo, Paris
    y el divino Agenor, que eran asimismo capitanes
    de los troyanos. Inmediatamente marcharon
    las tropas detrás de los jefes, como las ovejas
    siguen al carnero cuando después del pasto
    van a beber, y el pastor se regocija en el alma;
    así se alegró el corazón de Eneas en el pecho, al
    ver el grupo de hombres que tras él seguía.

    496. Pronto trabaron alrededor del cadáver de
    Alcátoo un combate cuerpo a cuerpo, blandiendo
    grandes picas; y el bronce resonaba de
    horrible modo en los pechos al darse botes de
    lanza los unos a los otros. Dos hombres belicosos
    y señalados entre todos, Eneas a Idomeneo,
    iguales a Ares, deseaban herirse recíprocamente
    con el cruel bronce. Eneas arrojó el primero
    la lanza a Idomeneo; pero, como éste la viera
    venir, evitó el golpe: la broncínea punta clavóse
    en tierra, vibrando, y el arma fue echada en
    balde por el robusto brazo. Idomeneo hundió la
    suya en el vientre de Enómao y el bronce rompió
    la concavidad de la coraza y desgarró las
    entrañas: el troyano, caído en el polvo, asió el
    suelo con las manos. Acto continuo, Idomeneo
    arrancó del cadáver la ingente lanza, pero no le
    pudo quitar de los hombros la magnífica armadura,
    porque estaba abrumado por los tiros.
    Como ya no tenía seguridad en sus pies para
    recobrar la lanza que había arrojado, ni para
    librarse de la que le arrojasen, evitaba la cruel
    muerte combatiendo a pie firme; y, no pudiendo
    tampoco huir con ligereza, retrocedía paso a
    paso. Deífobo, que constantemente le odiaba, le
    tiró la lanza reluciente y erró el golpe, pero
    hirió a Ascálafo, hijo de Enialio; la impetuosa
    lanza se clavó en la espalda, y el guerrero, caído
    en el polvo, asió el suelo con las manos. Y el
    ruidoso y robusto Ares no se enteró de que su
    hijo hubiese sucumbido en el duro combate
    porque se hallaba detenido en la cumbre del
    Olimpo, debajo de áureas nubes, con otros dioses
    inmortales por la voluntad de Zeus, el cual
    no permitía que intervinieran en la batalla.

    Cont.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 7 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 23 Mar 2021, 08:59

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIII

    Batalla junto a las naves.
    Cont.

    526. La pelea cuerpo a cuerpo se encendió entonces
    en torno de Ascálafo, a quien Deífobo
    logró quitar el reluciente casco, pero Meriones,
    igual al veloz Ares, dio a Deífobo una lanzada
    en el brazo y le hizo soltar el casco con agujeros
    a guisa de ojos, que cayó al suelo produciendo
    ronco sonido. Meriones, abalanzándose a Deífobo
    con la celeridad del buitre, arrancóle la
    impetuosa lanza de la parte superior del brazo
    y retrocedió hasta el grupo de sus amigos. A
    Deífobo sacóle del horrísono combate su hermano
    carnal Polites: abrazándole por la cintura,
    lo condujo adonde tenía los rápidos corceles
    con el labrado carro, que estaban algo distantes
    de la lucha y del combate, gobernados por un
    auriga. Ellos llevaron a la ciudad al héroe, que
    se sentía agotado, daba hondos suspiros y le
    manaba sangre de la herida que en el brazo
    acababa de recibir.

    540. Los demás combatían y alzaban una gritería
    inmensa. Eneas, acometiendo a Afareo Caletórida,
    que contra él venía, hirióle en la garganta
    con la aguda lanza: la cabeza se inclinó a
    un lado, arrastrando el casco y el escudo, y la
    muerte destructora rodeó al guerrero. Antíloco,
    como advirtiera que Toón volvía pie atrás,
    arremetió contra él y le hirió: cortóle la vena
    que, corriendo por el dorso, llega hasta el cuello,
    y el troyano cayó de espaldas en el polvo y
    tendía los brazos a los compañeros queridos.
    Acudió Antíloco y le quitó de los hombros la
    armadura, mirando a todos lados, mientras los
    troyanos iban cercándole ya por éste, ya por
    aquel lado, a intentaban herirle; mas el ancho y
    labrado escudo paró los golpes, y ni aun consiguieron
    rasguñar la tierna piel del héroe con el
    cruel bronce, porque Posidón, que bate la tierra,
    defendió al hijo de Néstor contra los muchos
    tiros. Antíloco no se apartaba nunca de los
    enemigos, sino que se agitaba en medio de
    ellos; su lanza, jamás ociosa, siempre vibrante,
    se volvía a todas partes, y él pensaba en su
    mente si la arrojaría a alguien, o acometería de
    cerca.

    560. No se le ocultó a Adamante Asíada lo que
    Antíloco meditaba en medio de la turba; y,
    acercándosele, le dio con el agudo bronce un
    bote en medio del escudo; pero Posidón, el de
    cerúlea cabellera, no permitió que quitara la
    vida a Antíloco, a hizo vano el golpe rompiendo
    la lanza en dos partes, una de las cuales
    quedó clavada en el escudo, como estaca consumida
    por el fuego, y la otra cayó al suelo.
    Adamante retrocedió hacia el grupo de sus
    amigos, para evitar la muerte; pero Meriones
    corrió tras él y arrojóle la lanza, que penetró
    por entre el ombligo y las partes verendas,
    donde son muy peligrosas las heridas que reciben
    en la guerra los míseros mortales. Allí,
    pues, se hundió la lanza, y Adamante, cayendo
    encima de ella, se agitaba como un buey a
    quien los pastores han atado en el monte con
    recias cuerdas y llevan contra su voluntad; así
    aquél, al sentirse herido, se agitó algún tiempo,
    que no fue de larga duración porque Meriones
    se le acercó, arrancóle la lanza del cuerpo y las
    tinieblas velaron los ojos del guerrero.

    576. Héleno dio a Deípiro un tajo en una sien
    con su gran espada tracia, y le rompió el casco.
    Éste, sacudido por el golpe, cayó al suelo, y
    rodando fue a parar a los pies de un guerrero
    aqueo que lo alzó de tierra. A Deípiro tenebrosa
    noche le cubrió los ojos.

    581. Gran pesar sintió por ello el Atrida Menelao,
    valiente en el combate; y, blandiendo la
    aguda lanza, arremetió, amenazador, contra el
    héroe y príncipe Héleno, quien, a su vez, armó
    el arco. Ambos fueron a encontrarse, deseosos
    el uno de alcanzar al contrario con la aguda
    lanza, y el otro de herir a su enemigo con una
    flecha arrojada por el arco. El Priámida dio con
    la saeta en el pecho de Menelao, donde la coraza
    presentaba una concavidad; pero la cruel flecha
    fue rechazada y voló a otra parte. Como en
    la espaciosa era saltan del bieldo las negruzcas
    habas o los garbanzos al soplo sonoro del viento
    y al impulso del aventador, de igual modo,
    la amarga flecha, repelida por la coraza del glorioso
    Menelao, voló a lo lejos. Por su parte Menelao
    Atrida, valiente en la pelea, hirió a Héleno
    en la mano en que llevaba el pulimentado
    arco: la broncínea lanza atravesó la palma y
    penetró en el arco. Héleno retrocedió hasta el
    grupo de sus amigos, para evitar la muerte; y
    su mano, colgando, arrastraba el asta de fresno.
    El magnánimo Agenor se la arrancó y le vendó
    la mano con una honda de lana de oveja, bien
    tejida, que les facilitó el escudero del pastor de
    hombres.

    Cont.


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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 7 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 23 Mar 2021, 09:05

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIII

    Batalla junto a las naves.
    Cont.



    601. Pisandro embistió al glorioso Menelao. El
    hado funesto le llevaba al fin de su vida, empujándole
    para que fuese vencido por ti, oh
    Menelao, en la terrible pelea. Así que entrambos
    se hallaron frente a frente, acometiéronse,
    y el Atrida erró el golpe porque la lanza
    se le desvió; Pisandro dio un bote en el escudo
    del glorioso Menelao, pero no pudo atravesar el
    bronce: resistió el ancho escudo y quebróse la
    lanza por el asta cuando aquél se regocijaba en
    su corazón con la esperanza de salir victorioso.
    Pero el Atrida desnudó la espada guarnecida
    de argénteos clavos y asaltó a Pisandro, quien,
    cubriéndose con el escudo, aferró una hermosa
    hacha, de bronce labrado, provista de un largo
    y liso mango de madera de olivo. Acometiéronse,
    y Pisandro dio un golpe a Menelao en la
    cimera del yelmo, adornado con crines de caballo,
    debajo del penacho; y Menelao hundió su
    espada en la frente del troyano, encima de la
    nariz: crujieron los huesos, y los ojos, ensangrentados,
    cayeron en el polvo, a los pies del
    guerrero, que se encorvó y vino a tierra. El
    Atrida, poniéndole el pie en el pecho, le despojó
    de la armadura; y, blasonando del triunfo,
    dijo:

    620 -¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de
    ágiles corceles, oh troyanos soberbios a insaciables
    de la pelea horrenda! No os basta haberme
    inferido una vergonzosa afrenta, infames perros,
    sin que vuestro corazón temiera la ira terrible
    del tonante Zeus hospitalario, que algún
    día destruirá vuestra ciudad excelsa. Os llevasteis,
    además de muchas riquezas, a mi legítima
    esposa, que os había recibido amigablemente; y
    ahora deseáis arrojar el destructor fuego en las
    naves surcadoras del ponto, y dar muerte a los
    héroes aqueos; pero quizás os hagamos renunciar
    al combate, aunque tan enardecidos os
    mostréis. ¡Padre Zeus! Dicen que superas en
    inteligencia a los demás dioses y hombres, y
    todo esto procede de ti. ¿Cómo favoreces a los
    troyanos, a esos hombres insolentes, de espíritu
    siempre perverso, y que nunca se pueden hartar
    de la guerra a todos tan funesta? De todo
    llega el hombre a saciarse: del sueño, del amor,
    del dulce canto y de la agradable danza, cosas
    más apetecibles que la pelea; pero los troyanos
    no se cansan de combatir.

    640. En diciendo esto, el eximio Menelao quitóle
    al cadáver la ensangrentada armadura; y, entregándola
    a sus amigos, volvió a pelear entre
    los combatientes delanteros.

    643. Entonces le salió al encuentro Harpalión,
    hijo del rey Pilémenes, que fue a Troya con su
    padre a combatir y no había de volver a la patria
    tierra: el troyano dio un bote de lanza en
    medio del escudo del Atrida, pero no pudo
    atravesar el bronce y retrocedió hacia el grupo
    de sus amigos para evitar la muerte, mirando a
    todos lados, no fuera alguien a herirlo con el
    bronce. Mientras él se iba, Meriones le asestó el
    arco, y la broncínea saeta se hundió en la nalga
    derecha del troyano, atravesó la vejiga por debajo
    del hueso y salió al otro lado. Y Harpalión,
    cayendo allí en brazos de sus amigos, dio el
    alma y quedó tendido en el suelo como un gusano;
    de su cuerpo fluía negra sangre que mojaba
    la tierra. Pusiéronse a su alrededor los
    magnánimos paflagones, y, colocando el cadáver
    en un carro, lleváronlo, afligidos, a la
    sagrada Ilio; el padre iba con ellos derramando
    lágrimas, y ninguna venganza pudo tomar de
    aquella muerte.

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 23 Mar 2021, 09:13

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIII

    Batalla junto a las naves. Cont.


    660. Paris, muy irritado en su espíritu por la
    muerte de Harpalión, que era su huésped en la
    populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha.
    Había un cierto Euquenor, rico y valiente,
    que era vástago del adivino Poliido, habitaba
    en Corinto y se embarcó para Troya, no obstante
    saber la funesta suerte que allí le aguardaba.
    El buen anciano Poliido habíale dicho repetidas
    veces que moriría en penosa dolencia en el palacio
    o sucumbiría a manos de los troyanos en
    las naves aqueas, y él, queriendo evitar los baldones
    de los aqueos y la enfermedad odiosa
    con sus dolores, decidió ir a Ilio. A éste, pues,
    Paris le clavó la flecha por debajo de la quijada
    y de la oreja: la vida huyó de los miembros del
    guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió.

    673. Así combatían con el ardor de encendido
    fuego. Héctor, caro a Zeus, aún no se había enterado,
    a ignoraba por entero que sus tropas
    fuesen destruidas por los argivos a la izquierda
    de las naves. Pronto la victoria hubiera sido de
    los aqueos. ¡De tal suerte Posidón, que ciñe y
    sacude la tierra, los alentaba y hasta los ayudaba
    con sus propias fuerzas! Estaba Héctor en el
    mismo lugar adonde había llegado después que
    pasó las puertas y el muro y rompió las cerradas
    filas de los escudados dánaos. Allí, en la
    playa del espumoso mar, habían sido colocadas
    las naves de Ayante y Protesilao; y se había
    levantado para defenderlas un muro bajo, porque
    los hombres y corceles acampados en aquel
    paraje eran muy valientes en la guerra.

    685. Los beocios, los jonios, de rozagante vestidura,
    los locrios, los ptiotas y los ilustres epeos
    detenían al divino Héctor, que, semejante a una
    llama, porfiaba en su empeño de ir hacia las
    naves; pero no conseguían que se apartase de
    ellos. Los atenienses habían sido designados
    para las primeras filas y los mandaba Menesteo,
    hijo de Péteo, a quien seguían Fidante, Estiquio
    y el valeroso Biante. De los epeos eran
    caudillos Meges Filida, Anfión y Dracio. Al
    frente de los ptiotas estaban Medonte y el belicoso
    Podarces: aquél era hijo bastardo del divino
    Oileo y hermano de Ayante, y vivía en Fílace,
    lejos de su patria, por haber dado muerte a
    un hermano de Eriópide, su madrastra y mujer
    de Oileo; y el otro era hijo de Ificlo Filácida.
    Ambos se habían armado y puesto al frente de
    los magnánimos ptiotas, y combatían en unión
    con los beocios para defender las naves.

    701. El ágil Ayante de Oileo no se apartaba un
    instante de Ayante Telamonio: como en tierra
    noval dos negros bueyes tiran con igual ánimo
    del sólido arado, abundante sudor brota en
    torno de sus cuernos, y sólo los separa el pulimentado
    yugo mientras andan por los surcos
    para abrir el hondo seno de la tierra, así, tan
    cercanos el uno del otro, estaban los Ayantes.
    Al Telamonio seguíanle muchos y valientes
    hombres, que tomaban su escudo cuando la
    fatiga y el sudor llegaban a las rodillas del
    héroe. Mas al Oilíada, de corazón valiente, no le
    acompañaban los locrios, porque no podían
    sostener una lucha a pie firme: no llevaban
    broncíneos cascos, adornados con crines de
    caballo, ni tenían rodelas ni lanzas de fresno;
    habían ido a Ilio, confiando en sus arcos y en
    sus hondas de retorcida lana de oveja, y disparando
    a menudo destrozaban las falanges teucras.
    Aquéllos peleaban al frente con Héctor y
    los suyos; éstos, ocultos detrás, disparaban; y
    los troyanos apenas pensaban en combatir,
    porque las flechas los ponían en desorden.

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 23 Mar 2021, 09:27

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIII

    Batalla junto a las naves.
    Cont.

    723. Entonces los troyanos hubieran vuelto en
    deplorable fuga de las naves y tiendas a la ventosa
    Ilio, si Polidamante no se hubiese acercado
    al audaz Héctor para decirle:

    726. -¡Héctor! Eres reacio en seguir los pareceres
    ajenos. Porque un dios te ha dado esa superioridad
    en las cosas de la guerra, ¿crees que aventajas
    a los demás en prudencia? No es posible
    que tú solo lo reúnas todo. La divinidad a uno
    le concede que sobresalga en las acciones bélicas,
    a otro en la danza, al de más allá en la
    cítara y el canto, y el largovidente Zeus pone en
    el pecho de algunos un espíritu prudente que
    aprovecha a gran número de hombres, salva las
    ciudades y lo aprecia particularmente quien lo
    posee. Pero voy a decir lo que considero más
    conveniente. Alrededor de ti arde la pelea por
    todas partes; pero de los magnánimos troyanos
    que pasaron la muralla, unos se han retirado
    con sus armas, y otros, dispersos por las naves,
    combaten con mayor número de hombres. Retrocede
    y llama a los más valientes caudillos
    para deliberar si nos conviene arrojarnos a las
    naves, de muchos bancos, por si un dios nos da
    la victoria, o alejarnos de ellas antes que seamos
    heridos. Temo que los aqueos se desquiten de
    lo de ayer, porque en las naves hay un varón
    incansable en la pelea, y me figuro que no se
    abstendrá de combatir.

    748. Así habló Polidamante, y su prudente consejo
    plugo a Héctor, que saltó en seguida del
    carro a tierra, sin dejar las armas, y le dijo estas
    aladas palabras:

    751. -¡Polidamante! Reúne tú a los más valientes
    caudillos, mientras voy a la otra parte de la
    batalla y vuelvo tan pronto como haya dado las
    convenientes órdenes.

    754. Dijo; y, semejante a un monte cubierto de
    nieve, partió volando y profiriendo gritos por
    entre los troyanos y sus auxiliares. Todos los
    caudillos se encaminaron hacia el bravo Polidamante
    Pantoida así que oyeron las palabras
    de Héctor. Éste buscaba en los combatientes
    delanteros a Deífobo, al robusto rey Héleno, a
    Adamante Asíada, y a Asio, hijo de Hírtaco;
    pero no los halló ilesos ni a todos salvados de la
    muerte: los unos yacían, muertos por los argivos,
    junto a las naves aqueas; y los demás,
    heridos, quién de cerca, quién de lejos, estaban
    dentro de los muros de la ciudad. Pronto se encontró,
    en la izquierda de la batalla luctuosa,
    con el divino Alejandro, esposo de Helena, la
    de hermosa cabellera, que animaba a sus compañeros
    y les incitaba a pelear; y, deteniéndose
    a su lado, díjole estas injuriosas palabras:

    769. -¡Miserable Paris, el de más hermosa figura,
    mujeriego, seductor! ¿Dónde están Deífobo, el
    robusto rey Héleno, Adamante Asíada y Asio,
    hijo de Hírtaco? ¿Qué es de Otrioneo? Hoy la
    excelsa Ilio se arruina desde la cumbre; hoy te
    aguarda a ti horrible muerte.

    774. Respondióle a su vez el deiforme Alejandro:

    775. -¡Héctor! Ya que tienes intención de culparme
    sin motivo, quizás otras veces fui más
    remiso en la batalla, aunque no del todo pusilánime
    me dio a luz mi madre. Desde que al
    frente de los compañeros promoviste el combate
    junto a las naves, peleamos sin cesar contra
    los dánaos. Los amigos por quienes preguntas
    han muerto, menos Deífobo y el robusto rey
    Héleno; los cuales, heridos en el brazo por ingentes
    lanzas, se fueron, y el Cronión les salvó
    la vida. Llévanos adonde el corazón y el ánimo
    lo ordenen; nosotros lo seguiremos presurosos,
    y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan
    nuestras fuerzas. Más allá de lo que éstas
    permiten, nada es posible hacer en la guerra,
    por enardecido que uno esté.

    Cont.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 03:46

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIII

    Batalla junto a las naves.
    Cont.

    788. Así diciendo, cambió el héroe la mente de
    su hermano. Enderezaron al sitio donde era
    más ardiente el combate y la pelea; allí estaban
    Cebríones, el eximio Polidamante, Falces, Orteo,
    Polifetes, igual a un dios, Palmis, Ascanio y
    Mores, hijos los dos últimos de Hipotión; todos
    los cuales habían llegado el día anterior de la
    fértil Ascania para reemplazar a otros, y entonces
    Zeus les impulsó a combatir. A la manera
    que un torbellino de vientos impetuosos desciende
    a la llanura, acompañado del trueno del
    padre Zeus, y al caer en el mar con ruido inmenso
    levanta grandes y espumosas olas que
    se van sucediendo, así los troyanos seguían en
    filas cerradas a los caudillos, y el bronce de sus
    armas relucía. Iba a su frente Héctor Priámida,
    cual si fuese Ares, funesto a los mortales: llevaba
    por delante un escudo liso, formado por
    muchas pieles de buey y una gruesa lámina de
    bronce, y el refulgence casco temblaba en sus
    sienes. Movíase Héctor, defendiéndose con la
    rodela, y probaba por todas partes si las falanges
    cedían, pero no logró turbar el ánimo en el
    pecho de los aqueos. Entonces Ayante adelantóse
    con ligero paso y provocóle con estas
    palabras:

    810. -¡Varón admirable! ¡Acércate! ¿Por qué
    quieres amedrentar de este modo a los argivos?
    No somos inexpertos en la guerra, sino que los
    aqueos sucumben debajo del cruel azote de
    Zeus. Tú esperas destruir las naves, pero nosotros
    tenemos los brazos prontos para defenderlas;
    y mucho antes que lo consigas, vuestra populosa
    ciudad será tomada y destruida por
    nuestras manos. Yo te aseguro que está cerca el
    momento en que tú mismo, puesto en fuga,
    pedirás al padre Zeus y a los demás inmortales
    que tus corceles de hermosas crines sean más
    veloces que los gavilanes; y los caballos te llevarán
    a la ciudad, levantando gran polvareda
    en la llanura.

    821. Así que acabó de hablar, pasó por cima de
    ellos, hacia la derecha, un águila de alto vuelo;
    y los aqueos gritaron, animados por el agüero.
    El esclarecido Héctor respondió:

    824. -¡Ayante lenguaz y fanfarrón! ¿Qué dijiste?
    Así fuera yo para siempre hijo de Zeus, que
    lleva la égida, y me hubiese dado a luz la venerable
    Hera y gozara de los mismos honores que
    Atenea o Apolo, como este día será funesto
    para todos los argivos. Tú también serás muerto
    entre ellos si tienes la osadía de aguardar mi
    larga pica: ésta te desgarrará el delicado cuerpo;
    y tú, cayendo junto a las naves aqueas, saciarás
    a los perros de los troyanos y a las aves
    con tu grasa y tus carnes.

    833. En diciendo esto, pasó adelante; los otros
    capitanes le siguieron con vocerío inmenso; y
    detrás las tropas gritaban también. Los argivos
    movían por su parte gran alboroto y, sin olvidarse
    de su valor, aguardaban la acometida de
    los más valientes troyanos. Y el estruendo que
    producían ambos ejércitos llegaba al éter y a la
    morada resplandeciente de Zeus.

    FIN DEL CANTO XIII


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 04:32

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV (*)

    Engaño de Zeus


    (*)
    Zeus, por una añagaza de Hera, cae rendido
    por el sueño, y Posidón se pone al frente de los
    aqueos. Ayante pone fuera de combate a
    Héctor, y sus hombres tienen que retroceder
    más allá del muro y del foso del campamento
    aqueo.






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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 04:40

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus


    1. Néstor, aunque estaba bebiendo, no dejó de
    advertir la gritería; y hablando al Asclepíada,
    pronunció estas aladas palabras:

    3. -¿Cómo crees, divino Macaón, que acabarán
    estas cosas? junto a las naves es cada vez mayor
    el vocerío de los robustos jóvenes. Tú, sentado
    aquí, bebe el negro vino, mientras Hecamede,
    la de hermosas trenzas, pone a calentar el agua
    del baño y te lava después la sangrienta herida;
    y yo subiré prestamente a un altozano para ver
    lo que ocurre.

    9. Dijo; y, después de embrazar el labrado escudo
    de reluciente bronce, que su hijo Trasimedes,
    domador de caballos, había dejado allí
    por haberse llevado el del anciano, asió la fuerte
    lanza de broncínea punta y salió de la tienda.
    Pronto se detuvo ante el vergonzoso espectáculo
    que se ofreció a sus ojos: los aqueos eran derrotados
    por los feroces troyanos y la gran muralla
    aquea estaba destruida. Como el piélago
    inmenso empieza a rizarse con sordo ruido y
    purpúrea, presagiando la rápida venida de los
    sonoros vientos, pero no mueve las olas hasta
    que Zeus envía un viento determinado; así el
    anciano hallábase perplejo entre encaminarse a
    la turba de los dánaos, de ágiles corceles, o enderezar
    sus pasos hacia el Atrida Agamenón,
    pastor de hombres. Parecióle que sería lo mejor
    ir en busca del Atrida, y así lo hizo; mientras
    los demás, combatiendo, se mataban unos a
    otros, y el duro bronce resonaba alrededor de
    sus cuerpos a los golpes de las espadas y de las
    lanzas de doble filo.

    27. Encontráronse con Néstor los reyes, alumnos
    de Zeus, que antes fueron heridos con el bronce
    -el Tidida, Ulises y el Atrida Agamenón-, y entonces
    venían de sus naves. Éstas habían sido
    colocadas lejos del campo de batalla, en la orilla
    del espumoso mar: sacáronlas a la llanura las
    primeras, y labraron un muro delante de las
    popas. Porque la ribera, con ser vasta, no
    hubiera podido contener todos los bajeles en
    una sola fila, y además el ejército se hubiera
    sentido estrecho; y por esto los pusieron escalonados
    y llenaron con ellos el gran espacio de
    costa que limitaban altos promontorios. Los
    reyes iban juntos, con el ánimo abatido,
    apoyándose en las lanzas, porque querían presenciar
    el combate y la clamorosa pelea; y,
    cuando vieron venir al anciano Néstor, se les
    sobresaltó el corazón en el pecho. Y el rey
    Agamenón, dirigiéndole la palabra, exclamó:

    42. -¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los
    aqueos! ¿Por qué vienes, dejando la homicida
    batalla? Temo que el impetuoso Héctor cumpla
    la amenaza que me hizo en su arenga a los troyanos:
    Que no regresaría a Ilio antes de pegar
    fuego a las naves y matar a los aqueos. Así decía,
    y todo se va cumpliendo. ¡Oh dioses! Los
    aqueos, de hermosas grebas, tienen, como
    Aquiles, el ánimo poseído de ira contra mí y no
    quieren combatir junto a las naves.

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 04:48

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    52. Respondió Néstor, caballero gerenio:

    53. -Patente es lo que dices, y ni el mismo Zeus
    altisonante puede modificar lo que ya ha sucedido.
    Derribado está el muro que esperábamos
    fuese indestructible reparo para las veleras naves
    y para nosotros mismos; y junto a ellas los
    troyanos sostienen vivo a incesante combate.
    No conocerías, por más que lo miraras, hacia
    qué parte van los aqueos acosados y puestos en
    desorden: en montón confuso reciben la muerte,
    y la gritería llega hasta el cielo. Deliberemos
    sobre lo que puede ocurrir, por si nuestra mente
    da con alguna traza provechosa; y no propongo
    que entremos en combate, porque es
    imposible que peleen los que están heridos.

    64. Díjole el rey de hombres, Agamenón:

    65. -¡Néstor! Puesto que ya los troyanos combaten
    junto a las popas de las naves y de ninguna
    utilidad ha sido el muro con su foso que los
    dánaos construyeron con tanta fatiga, esperando
    que fuese indestructible reparo para
    las naves y para ellos mismos; sin duda debe de
    ser grato al prepotente Zeus que los aqueos
    perezcan sin gloria aquí, lejos de Argos. Antes
    yo veía que el dios auxiliaba, benévolo, a los
    dánaos, mas al presente da gloria a los troyanos,
    cual si fuesen dioses bienaventurados, y
    encadena nuestro valor y nuestros brazos. Ea,
    procedamos todos como voy a decir. Arrastremos
    las naves que se hallan más cerca de la
    orilla, echémoslas al mar divino y que estén
    sobre las anclas hasta que venga la noche inmortal,
    y, si entonces los troyanos se abstienen
    de combatir, podremos echar las restantes. No
    es reprensible evitar una desgracia, aunque sea
    durante la noche. Mejor es librarse huyendo,
    que dejarse coger.

    82. El ingenioso Ulises, mirándole con torva faz,
    exclamó:

    83. -¡Atrida! ¿Qué palabras se te escaparon del
    cerco de los dientes? ¡Hombre funesto! Debieras
    estar al frente de un ejército de cobardes y
    no mandarnos a nosotros, a quienes Zeus concedió
    llevar al cabo arriesgadas empresas bélicas
    desde la juventud a la vejez, hasta que perezcamos.
    ¿Quieres que dejemos la ciudad troyana
    de anchas calles, después que hemos padecido
    por ella tantas fatigas? Calla y no oigan
    los aqueos esas palabras, las cuales no saldrían
    de la boca de ningún varón que supiera hablar
    con espíritu prudente, llevara cetro y fuera
    obedecido por tantos hombres cuanto son los
    argivos sobre quienes imperas. Repruebo del
    todo la proposición que hiciste: sin duda nos
    aconsejas que echemos al mar las naves de muchos
    bancos durante el combate y la pelea, para
    que más presto se cumplan los deseos de los
    troyanos, ya al presente vencedores, y nuestra
    perdición sea inminente. Porque los aqueos no
    sostendrán el combate si las naves son echadas
    al mar; sino que, volviendo los ojos adonde
    puedan huir, cesarán de pelear, y tu consejo,
    príncipe de hombres, habrá sido dañoso.


    Cont.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 04:58

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    103. Contestó el rey de hombres, Agamenón:

    104. -¡Ulises! Tu dura reprensión me ha llegado
    al alma; pero yo no mandaba que los aqueos
    arrastraran al mar, contra su voluntad, las naves
    de muchos bancos. Ojalá que alguien, joven
    o viejo, propusiera una cosa mejor, pues le oiría
    con gusto.

    109. Y entonces les dijo Diomedes, valiente en la
    pelea:

    110. -Cerca tenéis a tal hombre -no habremos de
    buscarle mucho-, si os halláis dispuestos a obedecer;
    y no me vituperéis ni os irritéis contra
    mí, recordando que soy más joven que vosotros,
    pues me glorío de haber tenido por padre
    al valiente Tideo, cuyo cuerpo está enterrado en
    Teba. Engendró Porteo tres hijos ilustres que
    habitaron en Pleurón y en la excelsa Calidón:
    Agrio, Melas y el caballero Eneo, mi abuelo
    paterno, que era el más valiente. Eneo quedóse
    en su país; pero mi padre, después de vagar
    algún tiempo, se estableció en Argos, porque
    así lo quisieron Zeus y los demás dioses, casó
    con una hija de Adrasto y vivió en una casa
    abastada de riqueza: poseía muchos trigales, no
    pocas plantaciones de árboles en los alrededores
    y copiosos rebaños, y aventajaba a todos los
    aqueos en el manejo de la lanza. Tales cosas las
    habréis oído referir como ciertas que son. No
    sea que, figurándoos quizás que por mi linaje
    he de ser cobarde y débil, despreciéis lo bueno
    que os diga. Ea, vayamos a la batalla, no obstante
    estar heridos, pues la necesidad apremia;
    pongámonos fuera del alcance de los tiros para
    no recibir herida sobre herida; animemos a los
    demás y hagamos que entren en combate cuantos,
    cediendo a su ánimo indolente, permanecen
    alejados y no pelean.

    133. Así se expresó, y ellos le escucharon y obedecieron.
    Echaron a andar, y el rey de hombres,
    Agamenón, iba delante.

    135. El ilustre Posidón, que sacude la tierra, estaba
    al acecho; y, transfigurándose en un viejo,
    se dirigió a los reyes, tomó la diestra de Agamenón
    Atrida y le dijo estas aladas palabras:

    139. -¡Atrida! Aquiles, al contemplar la matanza
    y la derrota de los aqueos, debe de sentir que
    en el pecho se le regocija el corazón pernicioso,
    porque está totalmente falto de juicio. ¡Así pereciera
    y una deidad le cubriese de ignominia!
    Pero los bienaventurados dioses no se hallan
    irritados del todo contigo, y los caudillos y
    príncipes de los troyanos serán puestos en fuga
    y levantarán nubes de polvo en la llanura espaciosa;
    tú mismo los verás huir desde las tiendas
    y naves a la ciudad.

    147. Cuando así hubo hablado, dio un gran alarido
    y empezó a correr por la llanura. Cual es la
    gritería de nueve o diez mil guerreros al trabarse
    la contienda de Ares, tan pujante fue la voz
    que el soberano Posidón, que bate la tierra,
    arrojó de su pecho. Y el dios infundió valor en
    el corazón de todos los aqueos para que lucharan
    y combatieran sin descanso.

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 05:04

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    153. Hera, la de áureo trono, miró con sus ojos
    desde la cima del Olimpo, conoció a su hermano
    y cuñado, que se movía en la batalla donde
    se hacen ilustres los hombres, y se regocijó en el
    alma; pero vio a Zeus sentado en la más alta
    cumbre del Ida, abundante en manantiales, y se
    le hizo odioso en su corazón. Entonces Hera
    veneranda, la de ojos de novilla, pensaba cómo
    podría engañar a Zeus, que lleva la égida. Al
    fin parecióle que la mejor resolución sería ataviarse
    bien y encaminarse al Ida, por si Zeus,
    abrasándose en amor, quería dormir a su lado y
    ella lograba derramar dulce y placentero sueño
    sobre los párpados y el prudente espíritu del
    dios. Sin perder un instante, fuese a la habitación
    labrada por su hijo Hefesto -la cual tenía
    una sólida puerta con cerradura oculta que
    ninguna otra deidad sabía abrir-, entró, y,
    habiendo entornado la puerta, lavóse con ambrosía
    el cuerpo encantador y lo untó con un
    aceite craso, divino, suave y tan oloroso que, al
    moverlo en el palacio de Zeus, erigido sobre
    bronce, su fragancia se difundió por el cielo y la
    tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el
    cabello y con sus propias manos formó los rizos
    lustrosos, bellos, divinales, que colgaban de la
    cabeza inmortal. Echóse en seguida el manto
    divino, adornado con muchas bordaduras, que
    Atenea le había labrado, y sujetólo al pecho con
    broche de oro. Púsose luego un ceñidor que
    tenía cien borlones, y colgó de las perforadas
    orejas unos pendientes de tres piedras preciosas
    grandes como ojos, espléndidas, de gracioso
    brillo. Después, la divina entre las diosas se
    cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco
    como el sol, y calzó sus nítidos pies con bellas
    sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo
    con todos los adornos, salió de la estancia, y,
    llamando a Afrodita aparte de los dioses,
    hablóle en estos términos:

    190. -¿Querrás complacerme, hija querida, en lo
    que yo te diga, o te negarás, irritada en tu ánimo,
    porque yo protejo a los dánaos y tú a los
    troyanos?

    193. Respondióle Afrodita, hija de Zeus:

    194. -¡Hera, venerable diosa, hija del gran Crono!
    Di qué quieres; mi corazón me impulsa a
    efectuarlo, si puedo hacerlo y ello es factible.

    197. Contestóle dolosamente la venerable Hera:

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 24 Mar 2021, 06:03

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    198. -Dame el amor y el deseo con los cuales
    rindes a todos los inmortales y a los mortales
    hombres. Voy a los confines de la fértil tierra
    para ver a Océano, padre de los dioses, y a la
    madre Tetis, los cuales me recibieron de manos
    de Rea y me criaron y educaron en su palacio,
    cuando el largovidente Zeus puso a Crono debajo
    de la tierra y del mar estéril. Iré a visitarlos
    para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se
    privan del amor y del tálamo, porque la cólera
    anidó en sus corazones. Si apaciguara con mis
    palabras su ánimo y lograra que reanudasen el
    amoroso consorcio, me llamarían siempre querida
    y venerable.

    211. Respondió de nuevo la risueña Afrodita:

    212. -No es posible ni sería conveniente negarte
    lo que Aides, pues duermes en los brazos del
    poderosísimo Zeus.

    214. Dijo; y desató del pecho el cinto bordado,
    de variada labor, que encerraba todos los encantos:
    hallábanse allí el amor, el deseo, las
    amorosas pláticas y el lenguaje seductor que
    hace perder el juicio a los más prudentes. Púsolo
    en las manos de Hera, y pronunció estas palabras:

    219. -Toma y esconde en tu seno el bordado ceñidor
    donde todo se halla. Yo te aseguro que no
    volverás sin haber logrado lo que tu corazón
    desea.

    222. Así dijo. Sonrióse Hera veneranda, la de
    ojos de novilla; y, sonriente aún, escondió el
    ceñidor en el seno.

    224. Afrodita, hija de Zeus, volvió a su morada
    y Hera dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo,
    y, pasando por la Pieria y la deleitosa Ematia,
    salvó las altas y nevadas cumbres de las montañas
    donde viven los jinetes tracios, sin que
    sus pies tocaran la tierra descendió por el Atos
    al fluctuoso ponto y llegó a Lemnos, ciudad del
    divino Toante. Allí se encontró con el Sueño,
    hermano de la Muerte, y, asiéndole de la diestra,
    le dijo estas palabras:

    233. -¡Sueño, rey de todos los dioses y de todos
    los hombres! Si en otra ocasión escuchaste mi
    voz, obedéceme también ahora, y mi gratitud
    será perenne. Adormece los brillantes ojos de
    Zeus debajo de sus párpados, tan pronto como,
    vencido por el amor, se acueste conmigo. Te
    daré como premio un trono hermoso, incorruptible,
    de oro; y mi hijo Hefesto, el cojo de ambos
    pies, te hará un escabel que te sirva para apoyar
    las nítidas plantas, cuando asistas a los festines.

    242. Respondióle el dulce Sueño:

    243. -¡Hera, venerable diosa, hija del gran Crono!
    Fácilmente adormecería a cualquier otro de
    los sempiternos dioses y aun a las corrientes del
    río Océano, del cual son oriundos todos, pero
    no me acercaré ni adormeceré a Zeus Cronión,
    si él no lo manda. Me hizo cuerdo tu mandato
    el día en que el muy animoso hijo de Zeus se
    embarcó en Ilio, después de destruir la ciudad
    troyana. Entonces sumí en grato sopor la mente
    de Zeus, que lleva la égida, difundiéndome
    suave en torno suyo; y tú, que intentabas causar
    daño a Heracles, conseguiste que los vientos
    impetuosos soplaran sobre el ponto y lo llevaran
    a la populosa Cos, lejos de sus amigos.
    Zeus despertó y encendióse en ira: maltrataba a
    los dioses en el palacio, me buscaba a mí, y me
    hubiera hecho desaparecer, arrojándome del
    éter al ponto, si la Noche, que rinde a los dioses
    y a los hombres, no me hubiese salvado; lleguéme
    a ella huyendo, y aquél se contuvo,
    aunque irritado, porque temió hacer algo que a
    la rápida Noche desagradara. Y ahora me mandas
    realizar otra cosa peligrosísima

    Cont.




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    Mensaje por Lluvia Abril Jue 25 Mar 2021, 01:10

    Hoy, con un poco más de tiempo, te dejo la señal de que estoy aquí, como allí y como siempre, aunque no diga nada.
    Gracias, es un magnifico trabajo, Pascual.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:19

    ... y lo sigo sabiendo.

    Besos.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:28

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    263. Respondióle Hera veneranda, la de ojos de
    novilla:

    264. -Oh Sueño, ¿por qué en la mente revuelves
    tales cosas? ¿Crees que el largovidente Zeus
    favorecerá tanto a los troyanos, como en la época
    en que se irritó protegía a su hijo Heracles?
    Ea, ve y prometo darte, para que te cases con
    ella y lleve el nombre de esposa tuya, la más
    joven de las Gracias [Pasitea, de la cual estás
    deseoso todos los días].

    270. Así habló. Alegróse el Sueño, y respondió
    diciendo:

    271. -Ea, jura por el agua inviolable de la Éstige,
    tocando con una mano la fértil tierra y con la
    otra el brillante mar, para que sean testigos los
    dioses de debajo de la tierra que están con Crono,
    que me darás la más joven de las Gracias,
    Pasitea, de la cual estoy deseoso todos los días.

    277. Así dijo. No desobedeció Hera, la diosa de
    los níveos brazos, y juró, como se le pedía,
    nombrando a todos los dioses subtartáreos,
    llamados Titanes. Prestado el juramento, partieron
    ocultos en una nube, dejaron atrás a
    Lemnos y la ciudad de Imbros, y siguiendo con
    rapidez el camino llegaron a Lecto, en el Ida,
    abundante en manantiales y criador de fieras;
    allí pasaron del mar a tierra firme, y anduvieron
    haciendo estremecer debajo de sus pies la
    cima de los árboles de la selva. Detúvose el
    Sueño antes que los ojos de Zeus pudieran verlo,
    y, encaramándose en un abeto altísimo que
    había nacido en el Ida y por el aire llegaba al
    éter, se ocultó entre las ramas como la montaraz
    ave canora llamada por los dioses calcis y
    por los hombres cymindis.

    292. Hera subió ligera al Gárgaro, la cumbre
    más alta del Ida; Zeus, que amontona las nubes,
    la vio venir; y apenas la distinguió, enseñoreóse
    de su prudente espíritu el mismo deseo que,
    cuando gozaron las primicias del amor,
    acostándose a escondidas de sus padres. Y así
    que la tuvo delante, le habló diciendo:

    298. -¡Hera! ¿Adónde vas, que tan presurosa
    vienes del Olimpo, sin los caballos y el carro
    que podrían conducirte?

    300. - Respondióle dolosamente la venerable
    Hera:

    301. - Voy a los confines de la fértil tierra, a ver a
    Océano, origen de los dioses, y a la madre Tetis,
    que me recibieron de manos de Rea y me criaron
    y educaron en su palacio. Iré a visitarlos
    para dar fin a sus rencillas. Tiempo ha que se
    privan del amor y del tálamo, porque la cólera
    invadió sus corazones. Tengo al pie del Ida,
    abundante en manantiales, los corceles que me
    llevarán por tierra y por mar, y vengo del
    Olimpo a participártelo; no fuera que te irritaras
    si me encaminase, sin decírtelo, al palacio
    del Océano, de profunda corriente.

    312. Contestó Zeus, que amontona las nubes:

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:34

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    313.-¡Hera! Allá se puede ir más tarde. Ea,
    acostémonos y gocemos del amor. Jamás la
    pasión por una diosa o por una mujer se difundió
    por mi pecho, ni me avasalló como ahora:
    nunca he amado así, ni a la esposa de Ixión, que
    parió a Pintoo consejero igual a los dioses; ni a
    Dánae Acrisiona, la de bellos talones, que dio a
    luz a Perseo, el más ilustre de los hombres; ni a
    la celebrada hija de Fénix, que fue madre de
    Minos y de Radamantis igual a un dios; ni a
    Sémele, ni a Alcmena en Teba, de la que tuve a
    Heracles, de ánimo valeroso, y de Sémele a
    Dioniso, alegría de los mortales; ni a Deméter,
    la soberana de hermosas trenzas; ni a la gloriosa
    Leto; ni a ti misma: con tal ansia te amo en
    este momento y tan dulce es el deseo que de mí
    se apodera.

    329. Replicóle dolosamente la venerable Hera:

    330. -¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste!
    ¡Quieres acostarte y gozar del amor en las
    cumbres del Ida, donde todo es patente! ¿Qué
    ocurriría si alguno de los sempiternos dioses
    nos viese dormidos y lo manifestara a todas las
    deidades? Yo no volvería a tu palacio al levantarme
    del lecho; vergonzoso fuera. Mas, si lo
    deseas y a tu corazón le es grato, tienes la
    cámara que tu hijo Hefesto labró, cerrando la
    puerta con sólidas tablas que encajan en el marco.
    Vamos a acostarnos allí, ya que el lecho apeteces.

    341. Respondióle Zeus, que amontona las nubes:

    342. -¡Hera! No temas que nos vea ningún dios
    ni hombre: te cubriré con una nube dorada que
    ni el Sol, con su luz, que es la más penetrante
    de todas, podría atravesar para mirarnos.

    346. Dijo, y el hijo de Crono estrechó en sus brazos
    a la esposa. La divina tierra produjo verde
    hierba, loto fresco, azafrán y jacinto espeso y
    tierno para levantarlos del suelo. Acostáronse
    allí y cubriéronse con una hermosa nube dorada,
    de la cual caían lucientes gotas de rocío.

    352. Tan tranquilamente dormía el padre sobre
    el alto Gárgaro, vencido por el sueño y el amor
    y abrazado con su esposa. El dulce Sueño corrió
    hacia las naves aqueas para llevar la noticia al
    que ciñe y bate la tierra; y, deteniéndose cerca
    de él, pronunció estas aladas palabras:

    357. -¡Posidón! Socorre pronto a los dánaos y
    dales gloria, aunque sea breve, mientras duerme
    Zeus, a quien he sumido en dulce letargo,
    después que Hera, engañándole, logró que se
    acostara para gozar del amor.

    361. Dicho esto, fuese hacia las ínclitas tribus de
    los hombres. Y Posidón, más incitado que antes
    a socorrer a los dánaos, saltó en seguida a las
    primeras filas y les exhortó diciendo:

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:42

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    364. -¡Argivos! ¿Cederemos nuevamente la victoria
    a Héctor Priámida, para que se apodere de
    los bajeles y alcance gloria? Así se lo figura él y
    de ello se jacta, porque Aquiles permanece en
    las cóncavas naves con el corazón irritado. Pero
    Aquiles no hará gran falta, si los demás procuramos
    auxiliarnos mutuamente. Pero, ea, procedamos
    todos como voy a decir. Embrazad los
    escudos mayores y más fuertes que haya en el
    ejército, cubríos la cabeza con el refulgente casco,
    coged las picas más largas, y pongámonos
    en marcha: yo iré delante, y no creo que Héctor
    Priámida, por enardecido que esté, se atreva a
    esperarnos. Y el varón, que siendo bravo, tenga
    un escudo pequeño para proteger sus hombros,
    déselo al menos valiente y tome otro mejor.

    378. Así dijo, y ellos le escucharon y obedecieron.
    Los mismos reyes -el Tidida, Ulises y el
    Atrida Agamenón-, sin embargo de estar heridos,
    los pusieron en orden de batalla, y, recorriendo
    las hileras, hacían el cambio de las marciales
    armas. El esforzado tomaba las más fuertes
    y daba las peores al que le era inferior. Tan
    pronto como hubieron vestido el luciente bronce,
    se pusieron en marcha: precedíales Posidón,
    que sacude la tierra, llevando en la robusta mano
    una espada terrible, larga y puntiaguda, que
    parecía un relámpago; y a nadie le era posible
    luchar con el dios en el funesto combate, porque
    el temor se lo impedía a todos.

    388. Por su parte, el esclarecido Héctor puso en
    orden a los troyanos. Y Posidón, el de cerúlea
    cabellera, y el preclaro Héctor, auxiliando éste a
    los troyanos y aquél a los argivos, extendieron
    el campo de la terrible pelea. El mar, agitado,
    llegó hasta las tiendas y naves de los argivos, y
    los combatientes se embistieron con gran alboroto.
    No braman tanto las olas del mar cuando,
    levantadas por el soplo terrible del Bóreas, se
    rompen en la tierra; ni hace tanto estrépito el
    ardiente fuego en la espesura del monte, al
    quemarse una selva; ni suena tanto el viento en
    las altas copas de las encinas, si arreciando muge;
    cuánto fue el griteno de troyanos y aqueos
    en el momento en que, vociferando de un modo
    espantoso, vinieron a las manos.

    402. El preclaro Héctor arrojó el primero la lanza
    a Ayante, que contra él arremetía, y no le
    erró; pero acertó a darle en el sitio en que se
    cruzaban sobre el pecho la correa del escudo y
    el tahalí de la espada, guarnecida con argénteos
    clavos, y ambos protegieron el delicado cuerpo.
    Irritóse Héctor porque la lanza había sido arrojada
    inútilmente por su mano, y retrocedió
    hacia el grupo de sus amigos para evitar la
    muerte. El gran Ayante Telamonio, al ver que
    Héctor se retiraba, cogió una de las muchas
    piedras que servían para calzar las naves y rodaban
    entonces entre los pies de los combatientes,
    y con ella le hirió en el pecho, por cima del
    escudo, junto a la garganta; la piedra, lanzada
    con ímpetu, giraba como un torbellino. Como
    viene a tierra la encina arrancada de raíz por el.
    rayo del padre Zeus, despidiendo un fuerte
    olor de azufre, y el que se halla cerca desfallece,
    pues el rayo del gran Zeus es formidable, de
    igual manera, el robusto Héctor dio consigo en
    el suelo y cayó en el polvo: la pica se le fue de
    la mano, quedaron encima de él escudo y casco,
    y la armadura de labrado bronce resonó en torno
    del cuerpo. Los aqueos corrieron hacia
    Héctor, dando recias voces, con la esperanza de
    arrastrarlo a su campo; mas, aunque arrojaron
    muchas lanzas, no consiguieron herir al pastor
    de hombres, ni de cerca ni de lejos, porque fue
    rodeado por los más valientes troyanos
    -Polidamante, Eneas, el divino Agenor, Sarpedón,
    caudillo de los licios, y el eximio Glauco-,
    y los otros tampoco le abandonaron, pues
    se pusieron delante con sus rodelas. Los amigos
    de Héctor lo levantaron en brazos, sacáronlo
    del combate, condujéronle adonde tenía los
    ágiles corceles con el labrado carro y el auriga,
    y se lo llevaron hacia la ciudad, mientras daba
    profundos suspiros.

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:49

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    433. Mas, al llegar al vado del voraginoso Janto,
    río de hermosa corriente que el inmortal Zeus
    engendró, bajaron a Héctor del carro y le rociaron
    el rostro con agua: el héroe cobró los perdidos
    espíritus, miró a lo alto, y, poniéndose de
    rodillas, tuvo un vómito de negra sangre; luego
    cayó de espaldas, y la noche obscura cubrió sus
    ojos, porque aún tenía débil el ánimo a consecuencia
    del golpe recibido.

    440. Los argivos, cuando vieron que Héctor se
    ausentaba, arremetieron con más ímpetu a los
    troyanos, y sólo pensaron en combatir. Entonces
    el veloz Ayante de Oileo fue el primero que,
    acometiendo con la puntiaguda lanza, hirió a
    Satnio Enópida, a quien una náyade había tenido
    de Énope, mientras éste apacentaba rebaños
    a orillas del Satnioente; Ayante Oilíada, famoso
    por su lanza, llegóse a él, le hirió en el ijar y le
    tumbó de espaldas; y, en torno del cadáver, troyanos
    y dánaos trabaron un duro combate. Fue
    a vengarle Polidamante Pantoida, hábil en
    blandir la lanza; e hirió en el hombro derecho a
    Protoenor, hijo de Areílico: la impetuosa lanza
    atravesó el hombro, y el guerrero, cayendo en
    el polvo, cogió el suelo con sus manos. Y Polidamante
    exclamó con gran jactancia y a voz en
    grito:

    454. -No creo que el brazo robusto del valeroso
    Pantoida haya despedido la lanza en vano;
    algún argivo la recibió en su cuerpo, y me figuro
    que le servirá de báculo para apoyarse en
    ella y descender a la morada de Hades.

    458. Así dijo. Sus jactanciosas palabras apesadumbraron
    a los argivos y conmovieron el corazón
    del aguerrido Ayante Telamoníada, a
    cuyo lado cayó Protoenor. En el acto arrojó
    Ayante una reluciente lanza a Polidamante, que
    se retiraba; éste dio un salto oblicuo y evitóla,
    librándose de la negra muerte; pero en cambio
    la recibió Arquéloco, hijo de Anténor, a quien
    los dioses habían destinado a morir: la lanza se
    clavó en la unión de la cabeza con el cuello, en
    la extremidad de la vértebra, y cortó ambos
    ligamentos; cayó el guerrero, y cabeza, boca y
    narices llegaron al suelo antes que las piernas y
    las rodillas. Y Ayante, vociferando, al eximio
    Polidamante le decía:

    470. -Reflexiona, oh Polidamante, y dime sinceramente:
    ¿La muerte de ese hombre no compensa
    la de Protoenor? No parece vil, ni de viles
    nacido, sino hermano o hijo de Anténor,
    domador de caballos, pues tiene el mismo aire
    de familia.

    475. Así dijo, porque le conocía bien; y a los troyanos
    se les llenó el corazón de pesar. Entonces
    Acamante, que se hallaba junto al cadáver de
    su hermano para protegerlo, envasó la lanza a
    Prómaco, el beocio, cuando éste cogía por los
    pies al muerto a intentaba llevárselo. Y en seguida
    jactóse Acamante grandemente, dando
    recias voces:

    479. -¡Argivos que sólo con el arco sabéis combatir
    y nunca os cansáis de proferir amenazas!
    El trabajo y los pesares no han de ser solamente
    para nosotros, y algún día recibiréis la muerte
    de este mismo modo. Mirad a Prómaco, que
    yace en el suelo, vencido por mi lanza, para que
    la venganza por la muerte de un hermano no
    sufra dilación. Por esto el hombre que es víctima
    de alguna desgracia, anhela dejar un hermano
    que pueda vengarle

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:54

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XIV

    Engaño de Zeus.
    Cont.

    486. Así dijo. Sus jactanciosas frases apesadumbraron
    a los argivos y conmovieron el corazón
    del aguerrido Penéleo, que arremetió contra
    Acamante; el cual no aguardó la acometida del
    rey Penéleo. Éste hirió a Ilioneo, hijo único que
    a Forbante -hombre rico en ovejas y amado
    sobre todos los troyanos por Hermes, que le dio
    muchos bienes- su esposa le había parido: la
    lanza, penetrando por debajo de una ceja, le
    arrancó la pupila, le atravesó el ojo y salió por
    la nuca, y el guerrero vino al suelo con los brazos
    abiertos. Penéleo, desnudando la aguda
    espada, le cercenó la cabeza, que cayó a tierra
    con el casco; y, como la fornida lanza seguía
    clavada en el ojo, cogióla, levantó la cabeza cual
    si fuese una flor de adormidera, la mostró a los
    troyanos y, blasonando del triunfo, dijo:

    501. -¡Teucros! Decid en mi nombre a los padres
    del ilustre Ilioneo que le lloren en su palacio; ya
    que tampoco la esposa de Prómaco Alegenórida
    recibirá con alegre rostro a su marido cuando,
    embarcándonos, nos vayamos de Troya los
    aqueos.

    506. Así habló. A todos les temblaban las carnes
    de miedo, y cada cual buscaba adónde huir
    para librarse de una muerte espantosa.

    508. Decidme ahora, Musas, que poseéis olímpicos
    palacios, cuál fue el primer aqueo que alzó
    del suelo cruentos despojos, cuando el ilustre
    Posidón, que bate la tierra, inclinó el combate
    en favor de los aqueos.

    511. Ayante Telamonio, el primero, hirió a Hirtio
    Girtíada; Antíloco hizo perecer a Falces y a
    Mérmero, despojándolos luego de las armas;
    Meriones mató a Moris a Hipotión; Teucro
    quitó la vida a Protoón y Perifetes; y el Atrida
    hirió en el ijar a Hiperenor, pastor de hombres:
    el bronce atravesó los intestinos, el alma salió
    presurosa por la herida, y la obscuridad cubrió
    los ojos del guerrero. Y el veloz Ayante, hijo de
    Oileo, mató a muchos; porque nadie le igualaba
    en perseguir a los guerreros aterrorizados,
    cuando Zeus los ponía en fuga.

    FIN DEL CANTO XIV.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 01:57

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV (*)

    Nueva ofensiva desde las naves

    (*)
    Zeus se despierta, y Apolo lleva a los troyanos
    a las posiciones de antes de la intervención de
    Posidón: dentro del campamento aqueo. Guiados
    por Zeus atacan las naves aqueas y les ponen
    en fuga.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 02:05

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves


    1. Cuando los troyanos hubieron atravesado en
    su huida el foso y la estacada, muriendo muchos
    a manos de los dánaos, llegaron al sitio
    donde tenían los corceles a hicieron alto amedrentados
    y pálidos de miedo. En aquel instante
    despertó Zeus en la cumbre del Ida, al lado
    de Hera, la de áureo trono. Levantóse y vio a
    los troyanos perseguidos por los aqueos, que
    los ponían en desorden, y, entre éstos, al soberano
    Posidón. Vio también a Héctor tendido en
    la llanura y rodeado de amigos, jadeante, privado
    de conocimiento, vomitando sangre; que
    no fue el más débil de los aqueos quien le causó
    la herida. El padre de los hombres y de los dioses,
    compadeciéndose de él, miró con torva y
    terrible faz a Hera, y así le dijo:

    14. -Tu engaño, Hera maléfica a incorregible, ha
    hecho que Héctor dejara de combatir y que sus
    tropas se dieran a la fuga. No sé si castigarte
    con azotes, para que seas la primera en gozar
    de tu funesta astucia. ¿Por ventura no te acuerdas
    de cuando estuviste colgada en lo alto y
    puse en tus pies sendos yunques, y en tus manos
    áureas a inquebrantables esposas? Te
    hallabas suspendida en medio del éter y de las
    nubes, los dioses del vasto Olimpo te rodeaban
    indignados, pero no podían desatarte -si entonces
    llego a coger a alguno, le arrojo de estos
    umbrales y llega a la tierra casi sin vida- y yo
    no lograba echar del corazón el continuo pesar
    que sentía por el divino Heracles, a quien tú,
    promoviendo una tempestad con el auxilio del
    viento Bóreas, arrojaste con perversa intención
    al mar estéril y llevaste luego a la populosa
    Cos; allí le libré de los peligros y le conduje
    nuevamente a Argos, criadora de caballos, después
    que hubo padecido muchas fatigas. Te lo
    recuerdo para que pongas fin a tus engaños y
    sepas si te será provechoso haber venido de la
    mansión de los dioses a burlarme con los goces
    del amor.

    34. Así dijo. Estremecióse Hera veneranda, la de
    ojos de novilla, y hablándole pronunció estas
    aladas palabras:

    36. -Sean testigos la Tierra y el anchuroso Cielo
    y el agua de la Éstige, de subterránea corriente
    -que es el juramento mayor y más terrible para
    los bienaventurados dioses-, y tu cabeza sagrada
    y nuestro tálamo nupcial, por el que nunca
    juraría en vano: No es por mi consejo que Posidón,
    el que sacude la tierra, daña a los troyanos
    y a Héctor y auxilia a los otros; quizás su
    mismo ánimo le incita a impele, y ha debido
    compadecerse de los aqueos al ver que son derrotados
    junto a las naves. Mas yo aconsejaba a
    Posidón que fuera por donde tú, el de las
    sombrías nubes, le mandaras.

    47. Así dijo. Sonrióse el padre de los hombres y
    de los dioses, y le respondió con estas aladas
    palabras:

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 25 Mar 2021, 02:11

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves


    49. -Si tú, Hera veneranda, la de ojos de novilla,
    cuando te sientas entre los inmortales estuvieras
    de acuerdo conmigo, Posidón, aunque otra
    cosa mucho deseara, acomodaría muy pronto
    su modo de pensar al nuestro. Pero, si en este
    momento hablas franca y sinceramente, ve a la
    mansión de los dioses y manda venir a Iris y a
    Apolo, famoso por su arco; para que aquélla,
    encaminándose al ejército de los aqueos, de
    corazas de bronce, diga al soberano Posidón
    que cese de combatir y vuelva a su palacio; y
    Febo Apolo incite a Héctor a la pelea, le infunda
    valor y le haga olvidar los dolores que le
    oprimen el corazón, a fin de que rechace nuevamente
    a los aqueos, los cuales llegarán en
    cobarde fuga a las naves, de muchos bancos,
    del Pelida Aquiles. Éste enviará a la lid a su
    compañero Patroclo, que morirá, herido por la
    lanza del preclaro Héctor, cerca de Ilio, después
    de quitar la vida a muchos jóvenes, y entre ellos
    al divino Sarpedón, mi hijo. Irritado por la
    múerte de Patroclo, el divino Aquiles matará a
    Héctor. Desde aquel instante haré que los troyanos
    sean perseguidos continuamente desde
    las naves, hasta que los aqueos tomen la excelsa
    Ilio. Y no cesará mi enojo, ni dejaré que ningún
    inmortal socorra a los dánaos, mientras no se
    cumpla el voto del Pelida, como lo prometí,
    asintiendo con la cabeza, el día en que la diosa
    Tetis abrazó mis rodillas y me suplicó que honrase
    a Aquiles, asolador de ciudades.

    78. Así dijo. Hera, la diosa de los níveos brazos,
    no fue desobediente, y pasó de los montes ideos
    al vasto Olimpo. Como corre veloz el pensamiento
    del hombre que, habiendo viajado por
    muchas tierras, las recuerda en su reflexivo
    espíritu, y dice «estuve aquí o allí» y revuelve
    en la mente muchas cosas, tan rápida y presurosa
    volaba la venerable Hera, y pronto llegó al
    excelso Olimpo. Los dioses inmortales, que se
    hallaban reunidos en el palacio de Zeus, levantáronse
    al verla y le ofrecieron copas de
    néctar. Y Hera, rehusando las demás, aceptó la
    que le presentaba Temis, la de hermosas mejillas,
    que fue la primera que corrió a su encuentro,
    y hablándole le dijo estas aladas palabras:

    90. -¡Hera! ¿Por qué vienes con esa cara de espanto?
    Sin duda te atemorizó tu esposo, el hijo
    de Crono.

    92. Respondióle Hera, la diosa de los níveos
    brazos:

    93. -No me lo preguntes, diosa Temis; tú misma
    sabes cuán soberbio y despiadado es el ánimo
    de Zeus. Preside tú en el palacio el festín de los
    dioses, y oirás con los demás inmortales qué
    desgracias anuncia Zeus; figúrome que nadie,
    sea hombre o dios, se regocijará en el alma por
    más alegre que esté en el banquete.

    Cont.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Mar 2021, 06:00

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves.
    Cont.

    100. Dichas estas palabras, sentóse la venerable
    Hera. Afligiéronse los dioses en la morada de
    Zeus. Aquélla, aunque con la sonrisa en los
    labios, no mostraba alegría en la frente, sobre
    las negras cejas. E indignada, exclamó:

    104. -¡Cuán necios somos los que tontamente
    nos irritamos contra Zeus! Queremos acercarnos
    a él y contenerlo con palabras o por medio
    de la violencia; y él, sentado aparte, ni de nosotros
    hace caso, ni se le da nada, porque dice que
    en fuerza y poder es muy superior a todos los
    dioses inmortales. Por tanto sufrid los infortunios
    que respectivamente os envíe. Creo que al
    impetuoso Ares le ha ocurrido ya una desgracia;
    pues murió en la pelea Ascálafo, a quien
    amaba sobre todos los hombres y reconocía por
    su hijo.

    113. Así habló. Ares bajó los brazos, golpeóse
    los muslos, y suspirando dijo:

    115. -No os irritéis conmigo, vosotros los que
    habitáis olímpicos palacios, si voy a las naves
    de los aqueos para vengar la muerte de mi hijo;
    iría, aunque el destino hubiese dispuesto que
    me cayera encima el rayo de Zeus, dejándome
    tendido con los muertos, entre sangre y polvo.

    119. Dijo, y mandó al Terror y a la Fuga que
    uncieran los caballos, mientras vestía las refulgentes
    armas. Mayor y más terrible hubiera
    sido entonces el enojo y la ira de Zeus contra
    los inmortales; pero Atenea, temiendo por todos
    los dioses, se levantó del trono, salió por el
    vestíbulo y, quitándole a Ares de la cabeza el
    casco, de la espalda el escudo y de la robusta
    mano la pica de bronce, que apoyó contra la
    pared, dirigió al impetuoso dios estas palabras:

    128. -¡Loco, insensato! ¿Quieres perecer? En vano
    tienes oídos para oír, o has perdido la razón
    y la vergüenza. ¿No oyes lo que dice Hera, la
    diosa de los níveos brazos, que acaba de ver a
    Zeus olímpico? ¿O deseas, acaso, tener que regresar
    al Olimpo a viva fuerza, triste y habiendo
    padecido muchos males, y causar gran daño
    a los otros dioses? Porque Zeus dejará en seguida
    a los altivos troyanos y a los aqueos,
    vendrá al Olimpo a promover tumulto entre
    nosotros, y castigará así al culpable como al
    inocente. Por esta razón te exhorto a templar tu
    enojo por la muerte del hijo. Algún otro superior
    a él en valor y fuerza ha muerto o morirá,
    porque es difícil conservar todas las familias de
    los hombres y salvar a todos los individuos.

    142. Dicho esto, condujo a su asiento al furibundo
    Ares. Hera llamó afuera del palacio a Apolo
    y a Iris, la mensajera de los inmortales dioses, y
    les dijo estas aladas palabras:

    146. -Zeus os manda que vayáis al Ida lo antes
    posible y, cuando hubiereis llegado a su presencia,
    haced lo que os encargue y ordene.

    Cont.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Mar 2021, 06:07

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves.
    Cont.

    149. La venerable Hera, apenas acabó de hablar,
    volvió al palacio y se sentó en su trono. Ellos
    bajaron en raudo vuelo al Ida, abundante en
    manantiales y criador de fieras, y hallaron al
    largovidente Cronida sentado en la cima del
    Gárgaro, debajo de olorosa nube. Al llegar a la
    presencia de Zeus, que amontona las nubes, se
    detuvieron; y Zeus, al verlos, no se irritó, porque
    habían obedecido con presteza las órdenes
    de la querida esposa. Y, hablando primero con
    Iris, profirió estas aladas palabras:

    158. -¡Anda, ve, rápida Iris! Anuncia esto al soberano
    Posidón y no seas mensajera falaz:
    Mándale que, cesando de pelear y combatir, se
    vaya a la mansión de los dioses o al mar divino.
    Y si no quiere obedecer mis palabras y las desprecia,
    reflexione en su mente y en su corazón
    si, aunque sea poderoso, se atreverá a esperarme
    cuando me dirija contra él, pues le aventajo
    mucho en fuerza y edad, por más que en su
    ánimo no tema decirse igual a mí, a quien todos
    temen.

    168. Así dijo. La veloz Iris, de pies veloces como
    el viento, no desobedeció; y bajó de los montes
    ideos a la sagrada Ilio. Como cae de las nubes la
    nieve o el helado granizo, a impulso del Bóreas,
    nacido en el éter; tan rápida y presurosa volaba
    la ligera Iris; y, deteniéndose cerca del ínclito
    Posidón, así le dijo:

    174. -Vengo, oh Posidón, el de cerúlea cabellera,
    que ciñes la tierra, a traerte un mensaje de parte
    de Zeus, que lleva la égida. Te manda que, cesando
    de pelear y combatir, te vayas a la mansión
    de los dioses o al mar divino. Y si no quieres
    obedecer sus palabras y las desprecias, te
    amenaza con venir a luchar contigo y te aconseja
    que evites sus manos; porque dice que te
    supera mucho en fuerza y edad, por más que
    en tu ánimo no temas decirte igual a él, a quien
    todos temen.

    184. Respondióle muy indignado el ínclito Posidón,
    que bate la tierra:

    183. -¡Oh dioses! Con soberbia habla, aunque
    sea valiente, si dice que me sujetará por fuerza
    y contra mi querer a mí, que disfruto de sus
    mismos honores. Tres somos los hermanos
    hijos de Crono, a quienes Rea dio a luz: Zeus,
    yo y el tercero Hades, que reina en los infiernos.
    Todas las cosas se agruparon en tres porciones,
    y cada uno de nosotros participó del
    mismo honor. Yo saqué a la suerte habitar constantemente
    en el espumoso mar, tocáronle a
    Hades las tinieblas sombrías, correspondió a
    Zeus el anchuroso cielo en medio del éter y las
    nubes; pero la tierra y el alto Olimpo son de
    todos. Por tanto, no procederé según lo decida
    Zeus; y éste, aunque sea poderoso, permanezca
    tranquilo en la tercia parte que le pertenece. No
    pretenda asustarme con sus manos como si
    tratase con un cobarde. Mejor fuera que con
    esas vehementes palabras riñese a los hijos a
    hijas que engendró, pues éstos tendrían que
    obedecer necesariamente lo que les ordenare.

    200. Replicó la veloz Iris, de pies veloces como
    el viento:

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 26 Mar 2021, 06:14

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves.
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    201. -¿He de llevar a Zeus, oh Posidón, de cerúlea
    cabellera, que ciñes la tierra, una respuesta
    tan dura y fuerte? ¿No querrías modificarla? La
    mente de los sensatos es flexible. Ya sabes que
    las Erinias se declaran siempre por los de más
    edad.

    205. Contestó Posidón, que sacude la tierra:

    206. -¡Diosa Iris! Muy oportuno es cuanto acabas
    de decir. Bueno es que el mensajero comprenda
    lo que es conveniente. Pero el pesar me
    llega al corazón y al alma, cuando aquél quiere
    increpar con iracundas voces a quien el hado
    hizo su igual en suerte y destino. Ahora cederé,
    aunque estoy irritado. Mas te diré otra cosa y
    haré una amenaza: Si a despecho de mí, de
    Atenea, que impera en las batallas, de Hera, de
    Hermes y del rey Hefesto, conservare la excelsa
    Ilio a impidiere que, destruyéndola, alcancen
    los argivos una gran victoria, sepa que nuestra
    ira será implacable.

    218. Cuando esto hubo dicho, el dios que bate la
    tierra desamparó a los aqueos y se sumergió en
    el mar; pronto los héroes aqueos le echaron de
    menos. Entonces Zeus, que amontona las nubes,
    dijo a Apolo:

    221. -Ve ahora, querido Febo, a encontrar a
    Héctor, el de broncíneo casco. Ya el que ciñe y
    bate la tierra se fue al mar divino, para librarse
    de mi terrible cólera; pues hasta los dioses que
    están en torno de Crono, debajo de la tierra,
    hubieran oído el estrépito de nuestro combate.
    Mucho mejor es para mí y para él que, temeroso,
    haya cedido a mi fuerza, porque no sin sudor
    se hubiera efectuado la lucha. Ahora, toma
    en tus manos la égida floqueada, agítala, y espanta
    a los héroes aqueos, y luego, cuídate, oh
    tú que hieres de lejos, del esclarecido Héctor a
    infúndele gran vigor, hasta que los aqueos lleguen,
    huyendo, a las naves y al Helesponto. Entonces
    pensaré lo que fuere conveniente hacer o
    decir para que los aqueos respiren de sus cuitas.

    236. Así dijo, y Apolo no desobedeció a su padre.
    Descendió de los montes ideos, semejante
    al gavilán que mata a las palomas y es la más
    veloz de las aves, y halló al divino Héctor, hijo
    del belicoso Príamo, ya no postrado en el suelo,
    sino sentado: iba cobrando ánimo y aliento, y
    reconocía a los amigos que le circundaban,
    porque el ahogo y el sudor habían cesado desde
    que Zeus, que lleva la égida, decidió animar
    al héroe. Apolo, el que hiere de lejos, se detuvo
    a su lado y le dijo:

    244. -¡Héctor, hijo de Príamo! ¿Por qué te encuentro
    sentado, lejos de los demás y desfallecido?
    ¿Te abruma algún pesar?

    246. Con lánguida voz respondióle Héctor, el de
    tremolante casco:

    247. -¿Quién eres tú, oh el mejor de los dioses,
    que vienes a mi presencia y me interrogas? ¿No
    sabes que Ayante, valiente en la pelea, me hirió
    en el pecho con una piedra, mientras yo mataba
    a sus compañeros junto a las naves de los
    aqueos, a hizo desfallecer mi impetuoso valor?
    Figurábame que venía hoy mismo a los muertos
    y la morada de Hades, porque ya iba a exhalar
    el alma.

    Cont.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 27 Mar 2021, 02:25

    Aquí en primera fila, disfrutando de tu trabajo inmenso.
    Otra vez, gracias y voy a ponerme al día, o al menos, voy a intentarlo.
    Besos y gracias.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Mar 2021, 06:14

    Es que es una gozada... Las guerras, en sí mismas, son negativas... pero ver como esos dioses antropomorfos se pelean entre ellos ( Zeus - Poseidón - con la ayuda de Hera, esposa del primero, y el Sueño ....). Estoy redescubriendo muchas cosas... "palabras aladas".


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Mar 2021, 06:53

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves.
    Cont.

    253. Contestó el soberano Apolo, que hiere de
    lejos:

    254. -Cobra ánimo. El Cronión te manda desde el
    Ida como defensor, para asistirte y ayudarte, a
    Febo Apolo, el de la áurea espada; a mí, que ya
    antes protegía tu persona y tu excelsa ciudad.
    Ea, ordena a tus muchos caudillos que guíen
    los veloces caballos hacia las cóncavas naves; y
    yo, marchando a su frente, allanaré el camino a
    los corceles y pondré en fuga a los héroes
    aqueos.

    262. Dijo, a infundió un gran vigor al pastor de
    hombres. Como el corcel avezado a bañarse en
    la cristalina corriente de un río, cuando se ve
    atado en el establo come la cebada del pesebre,
    y rompiendo el ronzal sale trotando por la llanura,
    yergue orgulloso la cerviz, ondean las
    crines sobre su cuello y ufano de su lozanía
    mueve ligero las rodillas encaminándose al
    sitio donde los caballos pacen, tan ligeramente
    movía Héctor pies y rodillas, exhortando a los
    capitanes, después que oyó la voz de Apolo.
    Así como, cuando perros y pastores persiguen
    a un cornígero ciervo o a una cabra montés que
    se refugia en escarpada roca o umbría selva,
    porque no estaba decidido por el hado que el
    animal fuese cogido; si, atraído por la gritería,
    se presenta un melenudo león, a todos los pone
    en fuga a pesar de su empeño; así también los
    dánaos avanzaban en tropel, hiriendo a sus
    enemigos con espadas y lanzas de doble filo;
    mas, al notar que Héctor retorna las hileras de
    los suyos, turbáronse y a todos se les cayó el
    alma a los pies.

    281. Entonces Toante, hijo de Andremón y el
    más señalado de los etolios -era diestro en arrojar
    el dardo, valiente en el combate a pie firme
    y pocos aqueos vencíanle en el ágora cuando
    los jóvenes contendían sobre la elocuencia-,
    benévolo les arengó diciendo:

    286. -¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi
    vista se ofrece. ¡Cómo Héctor, librándose de las
    parcas, se ha vuelto a levantar! Gran esperanza
    teníamos de que hubiese sido muerto por
    Ayante Telamoníada; pero algún dios protegió
    y salvó nuevamente a Héctor, que ha quebrado
    las rodillas de muchos dánaos, como ahora
    volverá a hacerlo también, pues no sin la voluntad
    de Zeus tonante aparece tan resuelto al
    frente de sus tropas. Ea, procedamos todos como
    voy a decir. Ordenemos a la muchedumbre
    que vuelva a las naves, y cuantos nos gloriamos
    de ser los más valientes permanezcamos aquí y
    rechacémosle, yendo a su encuentro con las picas
    levantadas. Creo que, por embravecido que
    tenga el corazón, temerá penetrar por entre los
    dánaos.

    300. Así dijo, y ellos le escucharon y obedecieron.
    Ayante, el rey Idomeneo, Teucro, Meriones
    y Meges, igual a Ares, llamando a los más valientes,
    los dispusieron para la batalla contra
    Héctor y los troyanos; y la turba se retiró a las
    naves aqueas.

    Cont.
    Cont.



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    HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica. - Página 7 Empty Re: HOMERO (c.928 a.C.-?). Grecia Clásica.

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Mar 2021, 07:03

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves.
    Cont.

    306. Los troyanos acometieron apiñados, siguiendo
    a Héctor, que marchaba con arrogante
    paso. Delante del héroe iba Febo Apolo, cubierto
    por una nube, con la égida impetuosa, terrible,
    hirsuta, magnífica, que Hefesto, el broncista,
    diera a Zeus para que llevándola amedrentara
    a los hombres. Con ella en la mano, Apolo
    guiaba a las tropas.

    311. Los argivos, apiñados también, resistieron
    el ataque. Levantóse en ambos ejércitos aguda
    gritería, las flechas saltaban de las cuerdas de
    los arcos y audaces manos arrojaban buen
    número de lanzas, de las cuales unas pocas se
    hundían en el cuerpo de los jóvenes poseídos
    de marcial furor, y las demás clavábanse en el
    suelo; entre los dos campos, antes de llegar a la
    blanca carne de que estaban codiciosas. Mientras
    Febo Apolo tuvo la égida inmóvil, los tiros
    alcanzaban por igual a unos y a otros, y los
    hombres caían. Mas así que la agitó frente a los
    dánaos, de ágiles corceles, dando un fortísimo
    grito, debilitó el ánimo en los pechos de los
    aqueos y logró que se olvidaran de su impetuoso
    valor. Como ponen en desorden una vacada
    o un hato de ovejas dos fieras que se presentan
    muy entrada la obscura noche, cuando el guardián
    está ausente, de la misma manera, los
    aqueos huían desanimados, porque Apolo les
    infundió terror y dio gloria a Héctor y a los
    troyanos.

    328. Entonces, ya extendida la batalla, cada caudillo
    troyano mató a un hombre. Héctor dio
    muerte a Estiquio y a Arcesilao: éste era caudillo
    de los beocios, de broncíneas corazas; el
    otro, compañero fiel del magnánimo Menesteo.
    Eneas hizo perecer a Medonte y a Jaso; de los
    cuales el primero era hijo bastardo del divino
    Oileo y hermano de Ayante, y habitaba en Fílace,
    lejos de su patria, por haber muerto a un
    hermano de su madrastra Eriópide, y Jaso,
    caudillo de los atenienses, era conocido como
    hijo de Esfelo Bucólida. Polidamante quitó la
    vida a Mecisteo, Polites a Equio al trabarse el
    combate, y el divino Agenor a Clonio. Y Paris
    arrojó su lanza a Deíoco, que huía por entre los
    combatientes delanteros; le hirió en la extremidad
    del hombro, y el bronce salió al otro lado.

    343. En tanto que los troyanos despojaban de las
    armas a los muertos, los aqueos, arrojándose al
    foso y a la estacada, huían por todas partes y
    penetraban en el muro, constreñidos por la necesidad.
    Y Héctor exhortaba a los troyanos, diciendo
    a voz en grito:

    347. -Arrojaos a las naves y dejad los cruentos
    despojos. Al que yo encuentre lejos de los bajeles,
    allí mismo le daré muerte, y luego sus
    hermanos y hermanas no le entregarán a las
    llamas, sino que lo despedazarán los perros
    fuera de la ciudad.

    Cont.

    Cont.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Mar 2021, 07:09

    HOMERO

    LA ILIADA

    CANTO XV

    Nueva ofensiva desde las naves.
    Cont.

    352. En diciendo esto, azotó con el látigo el lomo
    de los caballos; y, mientras atravesaba las filas,
    animaba a los troyanos. Éstos, dando amenazadores
    gritos, guiaban los corceles de los carros
    con fragor inmenso; y Febo Apolo, que iba delante,
    holló con sus pies las orillas del foso profundo,
    echó la tierra dentro y formó un camino
    largo y tan ancho como la distancia que media
    entre el hombre que arroja una lanza para probar
    su fuerza y el sitio donde la misma cae. Por
    allí se extendieron en buen orden; y Apolo, que
    con la égida preciosa iba a su frente, derribaba
    el muro de los aqueos, con la misma facilidad
    con que un niño, jugando en la playa, desbarata
    con los pies y las manos lo que de arena había
    construido. Así tú, Febo, que hieres de lejos,
    destruías la obra que había costado a los aqueos
    muchos trabajos y fatigas, y a ellos los ponías
    en fuga.

    367. Los aqueos no pararon hasta las naves, y
    allí se animaban unos a otros, y con los brazos
    alzados, profiriendo grandes voces, imploraban
    el auxilio de las deidades. Y especialmente
    Néstor gerenio, protector de los aqueos, oraba
    levantando las manos al estrellado cielo:

    372. -¡Padre Zeus! Si alguien en Argos, abundante
    en trigales, quemó en tu obsequio pingües
    muslos de buey o de oveja, y te pidió que
    lograra volver a su patria, y tú se lo prometiste
    asintiendo; acuérdate de ello, oh Olímpico,
    aparta de nosotros el día funesto, y no permitas
    que los aqueos sucumban a manos de los troyanos.

    377. Así dijo rogando. El próvido Zeus atendió
    las preces del anciano Nelida, y tronó fuertemente.

    379. Los troyanos, al oír el trueno de Zeus, que
    lleva la égida, arremetieron con más furia a los
    argivos, y sólo en combatir pensaron. Como las
    olas del vasto mar salvan el costado de una
    nave y caen sobre ella, cuando el viento arrecia
    y las levanta a gran altura, así los troyanos pasaron
    el muro, e, introduciendo los carros, peleaban
    junto a las popas con lanzas de doble
    filo; mientras los aqueos, subidos en las negras
    naves, se defendían con pértigas largas, fuertes,
    de punta de bronce, que para los combates navales
    llevaban en aquéllas.

    390. Mientras aqueos y troyanos combatieron
    cerca del muro, lejos de las veleras naves, Patroclo
    permaneció en la tienda del bravo Eurípilo,
    entreteniéndole con la conversación y
    curándole la grave herida con drogas que mitigaron
    los acerbos dolores. Mas, al ver que los
    troyanos asaltaban con ímpetu el muro y se
    producía clamoreo y fuga entre los dánaos,
    gimió; y, bajando los brazos, golpeóse los muslos,
    suspiró y dijo:


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