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"Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

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Pedro Casas Serra
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"Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 09 Feb 2015, 14:33

.


TIEMPO (1954)
(Un párrafo)

PROLOGUILLO

La Florida, toda espacio, buena de volar, que me dió el alto poema en verso “Estrofa”, me ha dado, tierra llana (baja) buena de andar, “Párrafo”, un memorial largo de prosa.
Dos profundidades, otra vertical al cenit y al nadir, y una, ésta, horizontal, a los cuatro sinfines.

…Lo vivo y lo muerto son una cosa misma en nosotros, lo despierto y lo dormido, lo joven y
lo viejo: lo uno, movido de su lugar, es lo otro,y lo otro, a su lugar devuelto, es lo uno…


Heráclito


FRAGMENTO 1

Mis sueños de la noche, lijerezas, profundidades o solamente pesadillas, suelen ser como mi ideal cine interior abstracto: planos, colores, luces, posiciones de tiempo y espacio que, a mi despertar no me parecían sucesos, hechos, asuntos, pero que lo fueron plenamente en el sueño, tanto o más que las ocurrencias de la vijilia. Sucesos sin sucesión, cada uno de los cuales tiene categoría completa, vida y muerte de universo. Luego, la traducción de esos estados de vida libre superior o inferior en la que sólo cuenta el entendimiento y la memoria sobre el letargo de la voluntad, suele ser lo más corriente y moliente de lo cotidiano. A veces, muy pocas, me quedan unas sílabas en la boca o unos datos en la memoria que me llevan un momento a una posible reconstrucción del jeroglífico nocturno, como en mi poema “Morita Hurí” por ejemplo. Pero eso también se va. Desde muy joven pensé en el luego llamado “monólogo interior” (nombre perfecto como el otro “realismo májico) aunque sin ese nombre todavía; y en toda mi obra hay muestras constantes de ello. (El Diario de un poeta está lleno de esos estados). Mi diferencia con los “monologuistas interiores” que culminaron en Dujardin, James Joyce, Perse, Eliot, Pound, etc., está en que para mí el monólogo interior es sucesivo, sí, pero lúcido y coherente. Lo único que le falta es argumento. Es como sería un poema de poemas sin enlace lójico. Mi monólogo es la ocurrencia permanente desechada por falta de tiempo y lugar durante todo el día, una conciencia vijilante y separadora al marjen de la voluntad de elección. Es una verdadera fuga, una rapsodia constante, como los escapes hacia arriba de fuegos de colores, de enjambres de luces, de glóbulos de sangre con música bajo los párpados del niño en el entresueño. Mi monólogo estuvo siempre hecho de universos desgranados, una nebulosa distinguida ya; con una ideolojía caótica sensitiva, universos, universos, universos. No conozco universo como aquel poema de universos. Abrazados los dos en olvidada y presente desnudez plena, como un orbe aislado, con la fuerza elemental de toda la creación, tus ojos verdes, único ver mío, me han dado eternidad completa hecha amor. ¿Cómo podré ya querer otra cosa? Conciertos, libros, paseos, civilización, universalidad pero nada convencional, todo superior absoluto. Vamos a ser flor de colores y frescuras en el borde del agua no encontrada, árbol doble solo en su lugar, vivo de veras entre elementos y las estaciones. Vamos a vivir el día único de la gracia, en la muerte, vamos así a completarnos en esta música plástica e ideal del amor sin reparo. Música. Toscanini es para mí un hombre mayor de los mayores que he oído y visto. Entra ahora en el escenario donde su orquesta le espera, lento, fino; vacila al subir al atril, pero cuando se pone la batuta, la varita de la virtud, entre sus dos manos eléctricas y espera lleno de sí y da de pronto, como con una pluma de ave que fuese una flecha del paraíso, la señal al primer instrumento, es ya un dios sin 74 años de edad, con un millón de millones de años, años ya sin tiempo ni espacio, una vida verdadera ya después del prólogo de la otra. Y una, dos, tres horas seguidas de embriaguez absoluta, sin perder la cabeza ni las manos un instante. Ruiseñor con las manos. Qué estúpidamente habló, cómo perdió la cabeza aquella noche de junio en su gran salón de Madrid la Sra. De Kocherthaler. Eran las dos de la madrugada y un ruiseñor cantaba, como un dios menudo de cuerpo y total de sonido, en el jardín de la Embajada de Alemania. Ricardo Baeza y María Martos, ya casados, discutían desagradablemente sobre aquella música interna y eterna: que si era mirlo, que si era ruiseñor. Y mientras, no se oía el ruiseñor. Por cierto que yo insistí bastante en que la casa “Calleja” aceptara la traducción que ellos nos enviaron de La casa de las granadas de Wilde, con La rosa y el ruiseñor dentro. No, no me porté bien del todo, como ellos merecían, en aquella ocasión, no insistí bastante. Pero qué mujer tan pedante, artificial, esterna, era la señora de Kocherthaler y Kocherthaler, qué buen hombre, con su Brahms, su campo y su calma encendida. Ella parecía que no fuera de ninguna raza, o de una raza muy poco humana. Fría, fría, escurridiza, con mirada de pescado. Cuidado con decir jactándose de ello que sus jemelos no eran de Kocherthaler sino de Ortega. Jemelos filosóficos, ella lo prefería, los pobres. Y ¿qué culpa tenía Kocherthaler ni los niños de su tontería? Cuando yo fui la primera vez a su casa, calle de Almagro, me habló al borde de aquella mesa que parecía una pista, de Platero, que acababa de salir, 1913. Yo tenía entonces la ridícula vanidad del joven que cree que ha llegado a su todo. ¡Y lo que luego he visto que me faltaba! El Romancero gitano de Lorca tampoco era su mejor obra cuando él lo creía. El romance de Lorca tiene de lo popular lo plástico y lo pintoresco, el de Antonio Machado “La tierra de Alvar Gonzalez”, lo épico y corriente, el mío, lo lírico, lo musical y lo secreto. Esto es bien claro. Claro es también que los señoritos, Antonio Machado, Federico García Lorca y yo no podremos nunca cantar como el pueblo. Podremos tener el eco de una simpatía y una comprensión, pero nunca la sustancia, la esencia, la vida y la muerte del pueblo. Cuando yo tenía 15 años, me enamoraba de las muchachas del pueblo en Moguer: María la minera, la de San Juan del Puerto, me decía llorando con su hábito de San Antonio: “Los señoritos sólo quieren burlarse de los pobres, de las pobres”. Pero no era verdad en mí y ella tampoco lo comprendía. ¡Qué bonita era con su color de arena y su hábito limpio! Y cómo le gustaba verme pintar. Figal, mi primer maestro de pintura en el Colejio de los jesuitas del Puerto de Santa María, no, el rejente de la imprenta de Severiano Aguirre, aquel buen trabajador, había pintado un toro de las cuevas de Altamira, largo y bajo como un “perro tejado”, en un cuadro apaisado que era, puesto de pie, un paquete de manuscritos míos. A mí me gustan los cuadros y los paquetes verticales, y yo lo había tenido colgado siempre cerca de mí. Y de pronto, ¡qué mamarracho! ¿Pero es posible que yo no me hubiera dado cuenta nunca de que aquello era un pastel estúpido pintado con falsía, indolencia y necedad? Y así con tantas cosas con las que vivimos años y años, y viviríamos siglos, sin decidirnos a creer que no eran dignas de nuestra crítica, o nuestro gusto. Y lo mismo con las personas. ¿Cuántas veces toleramos años seguidos personas que no quisiéramos tolerar? No nos atrevemos a descolgarlas, más, no se nos ocurre siquiera. Y somos injustos en eso y en lo otro con los demás. Yo he tenido en casa cosas que hubiese censurado en otras. Yo he satirizado a cuenta de José Ortega y Gasset porque tenía en su casa una Venus de Milo de escayola en la sal; a Azorín porque tenía en el suelo de su despacho de recibir un cisne de porcelana que se destapaba, con un lazo rosa en el cuello y en un rincón, sobre pie, un busto negro de negro policromo fumando una pipa; a Ricardo León porque tenía una panoplia con sables y leones, etc. Pero quel toro. Yo había evocado al toro andaluz en Platero, en Poesía en verso y en otros libros. Luego vi muchos toros sueltos y atados en los libros de los más jóvenes, ellos Rafael Alberti y Jorge Guillén. Por cierto que un crítico historiador de la literatura española, Ángel Valbuena Prat, dijo, escribió que mis poemas “Alrededor de la copa” y “Desvelo” (“Se va la noche, negro toro”) eran lo más a que se podía llegar aún mirando al mundo de Jorge Guillén (¿”Toro aún y ya noche”?). Jorge Guillén dijo esto en su poema “Las Llamas”, allá por el año 28. Yo dije lo mío y el mío (y el poema está publicado, en la revista España por enero del 19). Y para mayor exactitud, el historiador concienzudo pone una noticia al pie de sus pájinas sobre o contra mí, con las fechas de mis libros Poesía y Belleza y la de Cántico de Jorge Guillén, segunda edición. Le recomiendo al historiador que vea la primera, ya de 1928. Los críticos de su historia son terribles. Ahora me acuerdo de aquellos artículos que Pedro salinas publicaba anónimamente en la ¿Revista de Literatura? Del Centro de Estudios Históricos de Madrid. Cuando le convenía alteraba, la responsabilidad era del Centro, testos o resolvía fechas con un “poco más o menos”. Éstos son los mismos filólogos que pierden los ojos para encontrar la fecha en que murió la novia de Cervantes en el siglo XVII; pues ¿cuánto mejor no sería que pusiesen lo exacto de lo contemporáneo? La conciencia anda en algunos críticos tan confusa como la memoria. Y, apropósito: qué memoria la de mi gran Toscanini. “No ha de estar la cabeza dentro de la partitura sino la partitura dentro de la cabeza”. En cambio el joven toro Barbirolli, de la jeneración de los críticos antes citados, alborota sus pelos contra la partitura como zorros de la limpieza y le limpia con ellos las notas que caen sobre el público como lluvia de balas. Es inconcebible que estando en América Bruno Walter no dirija definitivamente la Sinfónica Filarmónica de New York. Toscanini, Koussevitski, Stok, Mitropoulos, Ormandy, Stokowski…Bruno Walter es la precisión sobria y noble con la nieve arriba sino una mezcla entera de nieve y fuego; quema como el yelo y da escalofrío como el fuego. Stokowski todo es llama esterna, Koussevitski un maestro de la dirección: dignidad y hermosura; Mitropoulos es el santo soberbio; hace sonar los instrumentos con timbres escepcionales, pero su educación profesional le hace componer esos programas colosales (Brahms, Mahler, Bruckner, Ricardo Strauss en un solo concierto), montañas de técnica ilustre y, a veces, májica, que él levanta y ordena en perspectivas maravillosas, sobrecojedoras y abrumantes. Las montañas son por otra parte gran cosa para el artista. Sin duda Mitrpoulos doma su vida ejemplar con esta música montañosa que no le cupo en el abandonado monasterio. ¡Montañas de Guadarrama, mi salvación del Madrid de tanta pequeñez! Cuando tenía algún disgusto que yo creía grande, nos íbamos frente a la sierra. Todo lo pequeño desaparecía y sólo me quedaba la paz de lo grande. Volvía a mi casa agrandado de montaña. El hombre de la ciudad lo estropea todo; qué distinto es el de la naturaleza. Yo tolero poco en persona al hombre ciudadano, me basta su obra. En cambio me gusta en presencia y figura la mujer, los niños, los animales de cualquier patre. Pero me gusta el hombre del campo y nunca pierdo ocasión de hablar con él. Me gustaría tener siempre un alrededor de vida humana y animal conjunta, niños, viejos, mujeres, hombres, animales. Tengo el amor y la mujer, frecuento la naturaleza, sigo el arte jeneral, leo de todo, trabajo todo el día y la noche en lo mío. ¿Qué me falta, hacer más? ¿Más qué? “Sin tregua ni pausa, como el astro”, dice Goethe, pero Miguel Ángel también se cansaba. ¿Qué es eso que me falta? “Eso que estás esperando día y noche y nunca viene, eso que siempre te falta mientras vives es la muerte.” ¿Necesitamos más la muerte en la vida? ¿La muerte compañera del romance de Augusto Ferrán, que era voz inseparable de mi primera juventud y que llegó a ponerme la muerte en mí como mi necesidad poética absoluta? Sin duda no es relijión de mi niñez, como algunos me han dicho, pues que siento el dios inmanente y eterno en todo. Cuando me entrego al trabajo pleno parece que no me falta tanto en la vida. Leímos anoche un poema de H.D. Lawrence que me gustó mucho, más que como poema como representación vital y estética:

No tiene sentido el trabajo
a menos que te absorba
como un juego absorbente.
Si no te absorbe
si no es nunca divertido,
no lo hagas.

¡Qué bien está esto! ¿No es lo de mi “trabajo gustoso”? Por cierto que cuando se leyó en Madrid esta conferencia libre los comunistas empezaron a decir que yo era fascista y aquel indigno semanario del gran farsante Luis Araquistáin, ¡Claridad!, aquel papelucho tan oscuro, me insultó, al alimón con Pepito Bergamín, en los términos más soeces (“babosa, gusano”, etc.), toda la fraseolojía tabernaria y jitana bergaminesca. Yo estaba enfermo entonces,  junio 1936, con una conjuntivitis y una intoxicación farmacopeica, ¡doctores! que me imposibilitaban leer mi conferencia. La leyó Jacinto Vallelado, un amigo de Navarro Tomás, y las mentecateces que se dijeron y escribieron sobre un hecho tan natural y corriente. Llegada la guerra, semanas después, aquel ataque seguido tomó carácter de incitación al asesinato. Me acuerdo ahora de aquellos jóvenes escritores que venían a nuestra casa con corsé, calcetines de seda y bordados, pulseritas, polvos y una hoz y martillo de oro en la corbata. “Luego” algunos de ellos han convertido la hoz y el martillo en flechas y el puño atrofiado en mano abierta hipertrofiada, de tanto exhibir. Aquella mano hipertrofiada de Ramón Gómez de la Serna en la película del orador político. ¡Cómo se reía Pedro Salinas, el equilibrista, de aquella mano jigante! Hoy he recibido, vía Portugal, un folleto, Los Ángeles de Compostela de Gerardo Diego, con una cariñosa dedicatoria. Muy significativo que un escritor que siempre fue “derechista” me envíe a mí que siempre fui “izquierdista” (qué palabras, cuál será la derecha y cuál la izquierda, qué lo derecho y qué lo izquierdo); y qué guirigay de derechas combinadas tienen armado ya los escritores en España. Ahora pretenden rescatar a los muertos que mataron de un modo o de otro. Para ellos, Unamuno es de ellos, Antonio Machado, de ellos y hasta Lorca de ellos. Como que no pueden hablar. Cualquier día los “comunistas” de Méjico se hacen de ellos, de la falange, no por estar muertos, sino por ser vivos, demasiado vivos. Y a León Felipe, el aullante hebreo, lo veremos en la “Tierra de Promisión”. Qué caso éste y qué pobre este León Felipe. Gerardo Diego que lo trajo a casa (1917, creo) y casi lo tenía olvidado. Entonces era torpe, basto, mansurrón, rasurado con cierto aire de sacristía y un desagradable discurso tartamudeante sacado de no sé qué confusiones de vulgarización poética y científica jeneral. Vicente Huidobro, con quien por cierto siempre me he portado tan mal sin que pueda esplicarme yo mismo porqué, aparte de lo literario, me había enviado aquel día su Horizon carré y León Felipe dijo tales modestas vaciedades contra Huidobro y sus secuaces, Gerardo Diego entonces lo era, que yo, que empecé por tomar el libro a broma, especialmente por su forma tipográfica amanerada e inútil, acabé por defenderlo, porque tenía bastante con qué defenderlo contra tal incompetencia. Creo que venía entonces de Guinea donde había ejercido, y esto lo honraba como hombre y como escritor, de boticario. Entonces se llamaba, si no recuerdo mal, Felipe Camino de la Rosa, y qué sé yo qué enredos traía con su nombre. Luego se quitó la Rosa, luego Camino, luego se puso León. Ya iba entonces la rosa camino del león, del león “Felipe”. Hablaba ya casi como un león casero. Yo quería que me hablase de Guinea y no de ultraísmo, de botánica y no de Literatura, pero él quería hablar de letras y ultraísmo, no de botánica ni de Guinea. No volví a ver a Felipe Camino, digámoslo así, ni a saber de él en mucho tiempo. Años después, oí que estaba en Panamá, más adelante vi por Madrid un libro suyo, una antolojía poética de León Felipe ya, con una fotografía suya de perfil que me sobrecojió por su barba y su bigote; y cosa rara en un libro de versos; yo creo, como Mallarmé, que en todo libro de versos hay siempre poesía, no encontré una sola línea poética. Aquello me pareció una mescolanza suelta de periodismo, traducción y hebraísmo, ambición confusa de algo que no se concretaba. Me horrorizaba aquello de la túnica de Cristo y la (...) de Dionisos. Años más tarde, cuando Gerardo Diego vino a consultarme sobre la segunda edición de su Poesía contemporánea española, yo le dije que, a pesar de todo, debiera incluir a León Felipe, pues que iba Bacarisse, y a Huidobro, pues que iban sus discípulos españoles. En 1938, estando yo en Cuba, me dijeron que León Felipe estaba también. Lo estraordinario es que un día vi entrar en el Hotel Vedado, donde nosotros vivíamos, a un hombre casi conocido que no supe personificar. Él debió personificarme a mí porque yo tenía el aspecto de siempre. Una señorita: “Me recuerda usted, su tipo, su barba a León Felipe”. Le contesté: “Pero yo tengo barba desde los 19 años, no sé desde cuándo la tendrá León Felipe”. En Cuba supe que leía, ante públicos ocasionales, con zarandeo demagójico (comunista) larga escritura poemática de ocasión y bulla: artículos de fondo de prensa gorda en líneas cortadas como verso libre, no en verso libre, que eso es otra cosa. No fui a oirlo ni a verlo, naturalmente, y hubo sus más y sus menos políticos y literarios. Le dijeron, hasta que él se lo creyó, que era otro Whitman ¡pobre Whitman, pleno, esquisito, grande y delicado titulador de Briznas de yerba, “Arroyuelos de otoño”, nombres conmovedores de la tierra misma, de la madre tierra, porque a la madre hay que señalarla delicadamente por y a pesar de su misma grandeza!, y ¡pobre León Felipe vulgar, ampuloso, estenso, vacío “español del éxodo y del llanto”, que quería, que quiere cojer la ocasión “¡triste España!”, no se escape, por las barbas, por las barbas suyas y las ajenas, como otro Cid Campeador! Había en mi Moguer de niño un muchachote epiléptico que se pasaba la semana comiendo, descansando y leyendo El Motín. El domingo se iba a misa mayor y, hacia el Credo, solía darle, con interrupción jeneral, “la tontada”. Se caía al suelo llorando a gritos y vociferando todo lo que había leído en El Motín, en una forma incongruente, monstruosa y desesperada. Yo no creí nunca que fuera tonto sino que se lo hacía. Al terminar su espectáculo dominical, salía corriendo por la plaza seguido de los chiquillos. Algunos sesudos críticos de los dos casinos, el de caballeros y el liberal, lo tenían por un profeta y casi fundaron a su costa una relijión. Cuando leo las lamentaciones hebraicas actuales del león Felipe me acuerdo del tonto Venegas. Sí, que dejen los chiquillos de tocar la flauta y corran en coro detrás de León Felipe. ¡Qué más quisiera yo! Y que todos vociferen reunidos el salmo demagogosinagogo dedl sofoco ¡triste España! Con jipío, pataleta, berrido y espumarajo jenerales y pañuelo de la nariz colgando, como para las procesiones, del bolsillo de pecho de la americana, como un pollo pera. Eso es profético. Las 11. Pero ¿es posible que le haya dedicado veinte minutos largos a este asunto? Lo largo se pega.



(continuará)


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Walter Faila el Lun 09 Feb 2015, 22:41

Y sin embargo, me encanta León Felipe, tanto como Juan Ramón Jimenez.

Me gustó mucho, Pedro, tengo justamente en mis manos una Antología general del Nobel, que me regalaron en 2004, confieso que robé algunas ideas, no se si concierte o insconciente, pero hay textos que me atrapan demasiado, sobre todo aquellos en que se escapa un halo de misterio. Abrazos y gracias de nuevo por tanto.-


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 10 Feb 2015, 07:12

Celebro tu interés por este tema, Walter.

Juan Ramón Jiménez es un gran poeta, seguramente el poeta que más influencia ha ejercido sobre la poesía posterior española. Casi todos los poetas españoles (y supongo que también hispanoamericanos) le deben algo a Juan Ramón Jiménez. Leer su poesía es seguir un curso de poesía en la práctica, desde la lírica a la metafísica.

Cuando Juan Ramón Jiménez expresa opiniones es muy directo pero a menudo certero. No escribía precisamente para ganarse amigos, Juan Ramón. Todo lo que escribió hay que leerlo con mucha atención.

Un abrazo.
Pedro


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FRAGMENTO 2

Y ¿quién puede vijilar siempre su pensamiento? La conciencia también duerme, como Homero. Tengo sueño. Se me abre la boca. ¿Hambre, aburrimiento, cansancio, sueño? Pero ¡qué hermosa noche de luna! La luna está ahí casi pinchada en la palma, como estuvo en Francia tras el laurel. Desde que estoy en América, esta luna eterna que desde niño ha sido tanto para mí (la novia, la hermana, la madre, de mi romántica adolescencia, la mujer desnuda de mi juventud, el desierto de yeso que la astronomía luego me definió) me trae en su superficie la vista de España. Veo la luna como nuestra tierra, nuestro planeta visto desde fuera, desde el saliente a la nada del desterrado para quién su patria lejana hace lejano todo el mundo. Y en ella (la luna, la tierra, el mundo, la bola del mundo) perfectamente definida en gris rojizo sobre blanco, la hermosa figura de España. Ahora la luna no es la luna de otros tiempos de mi vida, sino el espejo alto de mi España lejana. Ya no es más que un espejo. Ahora la luna, al fin, me es de veras consoladora. Cuántas presencias muertas, vivas y muertas me trae. No, ¿ya no se unirán nunca esos pedazos tuyos para ser tú, ya el sol no te dará nunca en tu cara escueta, ya no se alzará tu mano fina y fuerte a tu cabeza? Y tú, España, ahí siempre, allí en medio de la tierra, el plante, con todo el mar, en medio del mundo, exacta de lugar y forma, piel de toro de Europa, locura y razón de Europa; España única, España para mí. Mi madre viva, de quien yo lo aprendí todo, hablaba como toda España. Y España toda me habla ahora a mí, desde lejos, como mi madre lejana. Mi madre muerta, desde dentro de España, enterrada, es abono de la vida eterna e interna de España. Su muerte viva. España, cómo te oigo al dormirme, despierto, desvelado, en sueños. Los malos pies estraños que te pisan la vida y la muerte, mi vida y mi muerte, pasarán pisándote, España. Y entonces te incorporarás tú en la flor y el fruto nuevos del futuro paraíso donde yo, vivo o muerto, viviré y moriré sin destierro voluntario. No se me van del oído, fijadas en él como en un disco, las espléndidas altisonancias de la Heroica de Beethoven, tocada ayer por Bruno Walter. Nunca he oído la Heroica como ayer. Qué color, qué plástica, qué contraste en “Marcha Fúnebre” que siempre me había parecido monótona y larga. Qué unidad tan bien compartida. Estaba yo embriagado. La música verdadera tiene para mí más vitaminas de todas las letras que todos los preparados del mundo. Como que está hecha de la vida exhalada del que la crea y el que la toca. ¿No ha de internar vida en el que la recibe, exhalando vida, en el espíritu, por los poros todos del cuerpo abierto? Vida. Esta mañana el sol me hizo adorarlo. Tenía, tras los pinos chorreantes, esa brillantez oriental naranja y carmín, de ser vivo, rosa y manzana en fusión física e ideal de verdadero paraíso diario. Qué poco se mira al sol saliente, poder verdaderamente primero y único. Comprendo la adoración, bendición o maldición del sol; la idolatría del sol. Es nuestro principio único visible. ¿Cómo olvidar ni dudar que hemos salido de él y que él nos “sostiene” y nos “mantiene” en todos los sentidos de la palabra? Equilibrio, ritmo, luz, calor, alimento, alegría, serenidad, locura. Caminando contra el sol, caminando… El zorro destripado en la noche por un auto cegador, el conejo muerto en medio del camino, con la boca y los ojos más que vivos. Las auras negras volando en el aire aún de agua, cerca, por ellos, conejo y zorro. Hambre cerca, de cabaña astrosa de indio pringoso, de negro costroso, con olores que no van en mí con la naranja ni el pan tostado. Espejismos inmensos en el cielo. Las grullas blancas que se levantan volando elásticas, blandas como flores. La serpiente que pasa en ondas rápidas, y la matamos con la rueda. La pareja de lentas tortugas, la mariposa ocre muerta como una flor, contra el cristal. El cangrejo que corre con la boca abierta. Paludismo. Nubes rosas en el mediodía. Confusión de cerebro y sol. Nos detenemos. ¿Alguien, algo me ha llamado? Salgo al aire libre. Lejanos rumores de día libre. De pronto, todo el rumoroso silencio y nosotros solos. Todo fundido, vida, muerte, verdor, hambre, asco; presente y lejanísimo estado de armonía total de la que soy a un tiempo y centro y distancia infinita. Seguimos caminando. ¿Todo se ha de resolver en la mujer? ¿Porqué la garza, el zorro, la choza, el pantano, la nube, el espejismo, el viento en el cristal del coche no son nada en sí ni en mí? ¿Dónde está lo que son? ¿La mujer universal? ¿Me llamaste? ¿Quién? Nos paramos otra vez. De nuevo yo, vertical y ruidoso de entraña ardiente en medio del inmenso coro callado y palpitante, en una melodía remota y al lado, coro de ranas y de estrellas ocultas en la luz del sol, pero allí, allí. Qué presencia obsesionante de mi vida, las estrellas presentes ocultas en la luz del sol. Todo parece que me desconoce. Qué estraño me siento caminando vestido por este camino de las marismas inmensas. Y yo lo reconozco todo. A nadie, a nada le intereso y a mí me interesa todo. Veo toda la naturaleza como algo mío y ella me mira toda como algo ajeno, la flor, el vuelo, el mal olor, el mosquito. La sombra, la luz, la huida ¿la llegada? ¿De quién huyo, qué me espera, a quién voy, naturaleza? No, no hay detalle. La armonía infinita, lo total de que soy una nota, como el pico del aura carnicera y el ala de la florecilla blanca. Este estar en medio de todo y fuera de todo, esto ¿soy yo? Ahora, en la casa abrigada, isla cerrada cúbicamente por paredes blancas en medio de la misma naturaleza, casas entre árboles que siguen siendo ajenos, el radio nos da, como un tiro, su sorpresa en la forma más inesperada. Hoy, la muerte de Joyce en Zurich, donde él escribió durante la otra guerra su Ulises y donde sin duda quiso refujiarse en ésta, como en su mismo libro antiguo. Me hubiera gustado ver a Joyce muerto, ver el reposo definitivo de su cabeza sumida y disminuida, en una hipertrofia concéntrica, como la de mi corazón, por el trabajo, sus ojos bien gastados, como deben ir los ojos y los sentidos todos a la muerte, ojos gastados después de los sucesivos arreglos de la óptica. Del centro de la muerte colectiva, muerte de tantos que no podemos evocar separados, de Oxford, me llega hoy también el nuevo Oxford book of Spanish verse, impreso y encuadernado con el cuido y el esmero de siempre en esta bella Oxford Press. Qué lección. En España también se hacía lo mismo, se imprimieron los libros de la paz en medio del desorden, los libros del silencio en medio del estrépito. Trend, que los gases envenenaron en la otra guerra, y que sigue en su sitio en ésta, Christ Collage, al reeditar el libro que editó primero Fitzmaurice-Kelly le ha suprimido, por fortuna, el sonetito de Leopoldo Díaz a Santiago Pérez Triana, “por el amor que los dos profesamos a la lengua castellana”, antes al frente del libro. Pérez Triana fue un hombre bondadoso y sonriente, un héroe de la enfermedad. Me acuerdo de los ratos agradables pasados en su casa de Madrid con ellos, de su señora americana que nos daba aquellas comidas de colores sobre las que yo publiqué un artículo, de su hijo Sonny al que yo le escribí unos versos. Pero ¿porqué poner al frente de lugar, de valor y de asunto? También ha cambiado Trend los poemas míos que escojió Fitzmaurice-Kelly, sin contar conmigo y con titulitos inventados por él (“Espinas perfumadas”, “Hastío de sufrir”), en los que no lo tenían. En la selección de los poemas posteriores a los míos (el libro anterior terminaba en mí) y en el prólogo y notas nuevos se ve que Trend está muy influido por la guerra de España y de Inglaterra, cosa perfectamente natural, al fin y al cabo. Como apéndice de los poemas ha puesto Trend unas breves pájinas, ejemplo de la poesía tradicional y la barroca españolas, muy útiles y exactas para el lector inglés. Maravilloso lector inglés. Londres, hace unas semanas nos trasmitió a todos una conferencia sobre la paz eglójica de Virgilio; también una conversación de Eliot sobre la perdurancia de la lengua en la desaparición de todo lo demás.

Cita de Eliot. (Times)


(continuará)


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 11 Feb 2015, 07:25

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FRAGMENTO 3

Qué bello el heroísmo del hombre cultivado y sereno, qué feo el del hombre bruto y revuelto. (...) Bruto revuelto que deja morir de cárcel a Julián Besteiro, el ecuánime, que caza al hombre honrado y sensitivo que se refujia por necesidad en otro país y lo ahorca o lo fusila, como los dictadores de España, los vengativos, a este bueno y honrado Cipriano Rivas Cherif, entre otros que no conocí personalmente. Qué bien se portó Rivas con nosotros en aquel agosto de 1936. Gracias a su buen ánimo jeneroso y a la libre comprensión y noble dilijencia de Manuel Azaña, pudimos salir al aire más libre, entonces, del mundo, ya que en el de España, (...), nos ahogábamos. No olvidaré nunca aquel salón amarillo con vistas a Guadarrama humeante donde Azaña, sereno y sonriente, no parecía un preso; y con qué pena dejé a algunos de los que dejé en Madrid, que hubiera querido llevarme conmigo. Aquí tenéis, casticistas, la tan cacareada “reciedumbre” de España; Azaña muerto de tristeza, Besteiro de ingratitud, Rivas de venganza, en nombre de lo castizo.
(...)
Qué diferencia entre estos hombres de alma pequeña y oscura que hoy pisan fuerte y hueco a España y el Jeneral Mannerheim de los finlandeses. Guardo como una joya lírica y épica el discurso que dijo, que habló a sus soldados cuando el rendimiento a Rusia Zorra. Lo he citado en mi libro Época, como ejemplo de poesía de la guerra. Qué estraños conceptos, qué incomprensibles ideas, qué confusos sentimientos se leen y se oyen sobre la poesía de la guerra, y qué hermosa pájina escribió José Martí sobre esta equivocación. Mannerheim será para sus finlandeses mañana, como Gandhi para sus indios, un héroe hacia el futuro. Y pensar que toda esta horrible guerra es, mirándolo bien, una representación teatral. Nuestra vida entera no es más que una representación teatral en la luz del sol, la única comedia o trajedia que es al mismo tiempo teatro y verdad. Y qué verdad tan triste para el que es, al mismo tiempo, actor y espectador conciente. Y ¿cómo este actor, este espectador conciente ha de ser alegre ni gritón sino melancólico y callado? ¿Dónde queda dios, autor, actor y espectador? Mi amiguilla puertorriqueña de tres años, aquel montoncillo rubio verde y gris de encantos y gracias palpitantes, aquella inolvidable Malusita que ya no será así, que cumplió ya su papel de niña en la representación de la existencia, me decía, parándose de pronto, por la Quinta avenida de New York: “Juan Ramón, ¿dónde está dios?” Yo: “Pues…ya tú lo sabes”. Y ella impaciente, golpeando la losa grande y fría con su pie diminuto: “Sí, ya lo sé, pero yo digo antes, ¿dónde estaba antes de estar donde está ahora?” Y yo miraba sonriendo, callado y triste, el aire de entretiempo sobre el parque ya con hojas secas. Qué cosa el entretiempo. Siempre he sentido cada estación del año en el mismo corazón de la otra. Ahora, entero, estoy sintiendo la primavera, la primavera universal. Como aquí en esta Florida que vivieron y murieron tantos españoles, son más iguales entre sí las estaciones, es preciso sentirlas más sutil, más hondamente, distinguirlas entre la totalidad confusa de la estación total, del posible paraíso eterno. Aquí se ven todas las estaciones a un tiempo; el árbol seco, el amarillo, el verde, el cobre, el rojo cobijan flores de todas partes y tiempos. Sólo el pájaro, cantor al fin, siente la diferencia y las separa como yo. Qué humedad tan agradable hoy, esta humedad que ayer mismo me escalofriaba. Me acuerdo entre esta humedad, al lado de este mar gris, del manuscrito de la “Serenata India” de Shelley, que tuve entre mis manos temblorosas, hace 25 años, en la biblioteca Morgan. Aún tenía en sus manchas del mar la humedad de la muerte y de la vida que ahogaron a Shelley. Iban Esquilo, Kyats, él mismo, y esta serenata que parece desnuda. Qué frío sentiría la serenata al naufragar, qué frío siento yo leyendo la carta estraña de Keats a Shelley contestando a su invitación desde Pisa. La primavera, Keats, Shelley, el viento del oeste. En Cuba, viniendo nosotros de Matanzas a la Habana, por aquel camino cobijado de verdor, los totíes y los sinsotes vinieron cantándonos todo el viaje entre los magníficos, ya negros laureles. En Madrid, cómo cantaba el mirlo en la rama más alta del pino del jardín del Conde de Gamazo, frente a nuestra casa. En Moguer, la golondrina en la calle Nueva, en la calle de la Aceña, en la calle de la Cárcel, en la plaza de las Monjas, qué loca iba y venía; en New York, las camelias delicadas de Wahington Square, entre las casas de ladrillo rojo y cristales morados. Fuimos paseando los dos por Washington Square y recordando lugares, espacios, formas y colores de 1916. Cómo cambian los espacios, las distancias con el tiempo, mucho más que los colores y las formas. Qué buena mañana de recuerdos, que parecía, siendo otoño, primavera. Luego vimos libros viejos y nuevos en las tiendecillas íntimas, agradables, acojedoras de la calle 8, el Museo Whitney, otra vez, con la pintura y la escultura americanas recientes que van logrando, libre ya de Francia en lo crucial, su espresión y su estilo. Muy claro claro el aporte sobre este proceso en el libro America in Midpassage de los Beard, que estamos leyendo por las noches. Firmamos al salir para que no derrumbaran las casas viejas ni los árboles de aquellos lugares, de un colorido tan encantador. Qué bien van con los colores y las líneas de las mujeres internacionales de Nueva York. Aquella muchacha delgada y pelirroja leyendo un libro en la escalerilla de su casa, Quinta Avenida; aquella niña sentada al amparo del árbol centenario, camino llovido y anticuado de Tarrytown, aquel día bajo y apagado, ante luz rubia suya en lo verde grande. Elisabet Wheelwright tiene también una blancura particular bajo el pelo platioro y los ojos verdes distintos. Qué italiano tan gracioso habla, bella voz y aire de ilusión florentina. Buena mañana por los museos, con ella, aunque sólo le interesaban los italianos primitivos del Metropolitano. En el Museo Moderno no comprendía nada, y yo estuve sentado una hora mirando aquellos tres cuadros de Van Gogh, la mujer de verde y azul, la cerca con sol poniente, la réplica de Millet. Luego fuimos a la esposición científica de Rockefeller Center. Qué cosa el desarrollo del ser humano en la matriz materna. Qué situación, qué suceso estar nueve meses en el seno de una madre, entre fibras membranas, venas, jugos automáticos, ajenos a las voluntades; qué cosa para ella (continente) y para uno (contenido), ella abultada horriblemente de uno, uno allí metidito, como estará en la tumba un día, y enroscadito, como un mazapancito, un (...). Una matriz o un huevo, y allí dentro, chupándole la sangre a una madre por el ombligo, un pollito, un niñito, un sercito que luego ha de ser un poco más tiempo y en un poco más de espacio esto que somos yo y el pollo, yo que me como el pollo, que lo interno de nuevo, y que no he de volver a acordarme, si no quiero, de aquello. Sin embargo, sí, yo me acuerdo si no quiero, sobre todo en sueños. Todas las pesadillas de estrechez y agobio, de conductos subterráneos y torres de caracol, de sujeción y apretura, tan frecuentes en mis noches, estoy seguro que son memoria de mi matriz. Y en New York, por fin, me he visto bien visto en mi serie sucesiva de feto, hasta que salí a la calle por fin, un 24 de diciembre de 1881, día, mes, año, nombres de los aficionados a contar bien. Tengo pues hoy 59 años y un mes de fuera y 9 meses, que nadie cuenta, de dentro de mi madre; mi madre ya “dentro” de Moguer, de Andalucía, de España. Y yo, ahora, fuera del todo de mi dentro, preso fuera. Cárcel agobiante, más que una matriz o un huevo, la de la ausencia obligada por la injusticia, vijilia de ahogo, tortura del buey de Franco, caño estrechado y apretador. Qué gozo salir de un museo a la calle, a la plaza, al jardín; cómo se respira el aire libre y qué cuadro el de la naturaleza y la vida. Algo de la vida hay en los museos, pero en la calle está toda y, además, todo lo de los museos. Pues ¿y las bibliotecas? Nunca he podido “leer” en una biblioteca. Además yo leo poco de una vez. Cuando llego a algo que me satisface o me embelesa, dejo la lectura; me basta con llegar a algo mejor. Una pájina bella cada día; y creo además que es feo echar una belleza sobre otra, un amor sobre otro. Ahora llevamos los dos una vida muy fundida en lo mejor, trabajamos, paseamos, guisamos, oímos música, viajamos, leemos juntos. Tengo la suerte de que a ella le guste lo que a mí y de que llegue a todo y todo lo sienta. Estamos más cerca que en España, y si no fuera porque a mí me falta España de este modo, y por lo que pasa en España, y en el mundo, sería feliz en la medida en que puede serlo el hombre interior. Pero el hombre de mi jeneración no puede, no podrá ser feliz (en el mundo). Sólo, León Felipe, los farsantes. No tenemos “servicio”, como debe ser, nos servimos uno a otro por gusto. Viene sólo una muchacha “de color”, una vez por semana, a resolver las cosas que nosotros, con nuestro trabajo, no podemos llegar a resolver. El servicio debiera ser sólo esto y, además, para lo grato. Lo desagradable debemos hacérnoslo nosotros mismos. Así quedaría bien la vida y la conciencia. Por la noche salimos poco. Qué bien está ella con sus vestidos de noche, qué joven está, es, qué espíritu tiene tan permanente. Los colores que van mejor con el suyo, de noche, son el negro o el gris con verde, con plata; de día lo blanco. Tiene el buen gusto de no pintarse; sólo, por la noche, un lijerísimo acento; y cómo le saca este toque de suave rosa y el sofoco de la excitación el verde especial, íntimo, secreto, de sus ojos. Su mirar es hondo y rico como era el de su madre. Yo creo que no debemos acicalarnos demasiado en nuestra vida; la limpieza precisa para estar de acuerdo en plena vida con la plena  naturaleza. Lo que vaya bien con la naturaleza y la vida, y nada más. Y si hay que mancharse, mancharse del todo sin remilgo. La vida no hay que separarla en dos, limpia y sucia, ni alejarla de la tierra; es mejor unir tierra y vida y no esperar que las una luego a disgusto nuestro la muerte. Todo debe unirse en la vida. Qué desagradable aquí en la Florida la división del ser humano por “color”. En los bancos, los tranvías, las fuentes, un lado para los blancos y otro para los negros; los negros tienen que recojerse a cierta hora; no son de buen ver en otra “sociedad”.
(Sobre los negros.
(...)
Y qué cosa tan estraña, nunca los he visto bañarse en el mar. Esta mañana fuimos al mar, y estaba liso, casi fluido de trasparencia; dejaba ver su fondo como una cara revelada. Era de un “incoloro casi blanco”, inmensa luz y agua distinta. El ser humano parecía negro, bestial, rehumano. Qué basta parecía la mujer grandota. Naturaleza, playa infantil para los niños y los hombres que no han olvidado que pueden volver a ser niños. Luego, la tarde buena, blanca y negra, y un concierto de Bruckner, su Octava sinfonía, y dirijiéndo la Sinfónica de N.Y., Bruno Walter. Hora grande de música, también, como la de naturaleza esta mañana, diferente; diferente como esta música de otra. Y qué lirismo, qué sonido el de la orquesta con Bruno Walter. Llena de luz el mismo día de sol. Por la noche, la carta de Alejandro a Darío III, vencido ya por él, y la de San Pablo a los Corintios, sobre la caridad especialmente. Dos cartas inolvidables, cada una en lo suyo. En español, sólo Santa Teresa puede compararse en las cartas a San Pablo. Qué relación tan honda entre ellas, la sinfonía de Bruckner y el mar de esta mañana. Hay días así, de una unidad completa. Hermoso domingo, otra vez fiesta verdadera.


(continuará)


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Ana María Di Bert el Jue 12 Feb 2015, 14:25

Hola Pedro, aquí estoy siguiendo tu consejo.
Es verdad que es muy bueno leer a Juan Ramón Limenez.
stos fragmentos que vas poniendo dan cuenta de ello.
Es frontal, dircto, pero sus letras tienen algo atrapante.
Las imágenes y la ternura que en frases aparecen.
La buena forma de saber llegar.
Lo voy leyendo despacio, pporque en ocaciones vuelvo sobre lo leído para entender completamnte lo que nos quiso dejar.
Eso hare, un poco cada día, porque no es autor para leerlo de una.
Gracias amigo y maestro.

Ana
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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 12 Feb 2015, 15:13

Celebro, Ana, que Juan Ramón, como tu dices, te atrape (y te aseguro que no eres la primera).

Un abrazo.
Pedro

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FRAGMENTO 4

Recuerdo lo que consideraba Stendhal un día hermoso cuando estaba en Roma; pero hay cosas que no es necesario escribirlas, porque parece entonces que no fueron sólo para nosotros; y qué deleite en esas cosas que sólo son para nosotros. La puesta de sol quedó dentro de la noche, de una manera absoluta y completa. Todavía cruzaban el crepúsculo las luces de Bruno Walter. El periódico La Prensa de N.Y., publica hoy un artículo de nuestra sobrina Inés Camprubí Mabon sobre la esposición de su hermana Leontina en Nueva York. Estas dos sobrinas nuestras están dotadas escepcionalmente para todo lo bueno y lo peor, pero no acaban de comprender que para ser un artista verdadero, para llegar a la plenitud de una vocación, hay que ir dejando todo lo menudo de la vida y aumentarse sólo con lo grande. Qué májico el Hudson aquella noche negra y plata en que llevamos a Leontina a su estudio. Se salía, hierro frío vivo, de madre y parecía un mar encadenado, enjaulado en los edificios de piedra y hierro. Negriverde todo, y yelo en el aire quieto. Por las mañanas desecho diarios atrasados. Periódicos diarios. Me fascina el diario, lo diario. Mi gusto hubiera sido ir publicando todo lo mío en un rincón de un buen diario, entre la vida de cada día. Siempre he visto mi escritura como provisional y el diario hubiera sido su lugar propio. Obra sucesiva hasta el final y pasadera en lo provisional, como el diario. Y qué gusto llegar con el diario, por la mañana, a tantos rincones agradables, lejanos y próximos, donde quizás una sensibilidad alerta recojiera en su desarrollo el envío mío en desarrollo. La inmensa minoría, mi adorada minoría inmensa. El libro lo he considerado, desde mis treinta años, como final, y la revista literaria me ha parecido siempre un álbum. Esta nota sobre el pan fósil encontrado en Suecia…Qué ironía este pan fósil sobrante de sus siglos ahora que falta tanto pan diario. La solución parece que es el estudio del pan fósil hecho con corteza de árboles. Que no lo sepa Hitler, no quedaría un árbol en Europa. Qué fósil me parece el cerebro del capitán Lindbergh. Siempre lo tuve por un cretino. Ese cuerpo larguirucho y esa cabecita de fósforo rojo arriba con sus ojillos desconfiados. Casi todos los hombres que llevan a cabo “hazañas” mecánicas, suelen ser idiotas para lo demás. Con su tozudez unilateral se proponen una empresa, y como tienen ese lado hipertrofiado, lo consiguen. Los idiotas son jeneralmente hábiles para lo técnico mecánico. Pensar ya es otra cosa. Lindbergh “piensa” que lo mismo es para el mundo y su vida que triunfe la dictadura que la democracia y que América debe pensar sólo en lo suyo, dejarse de Europa, del mundo civilizado más antiguo, es decir, que no debe importarle nada la parte de la cabeza que no es sólo mecanismo. Y este hombre ha estado a solas con su cabeza más o menos entera, en la noche estrellada del Atlántico. Ahora se ve que no vio esa noche más que su aparato. Su ideolojía es propia de un aparato. Así como los cocheros suelen hacerse unos con el caballo que tira de él, los aviadores suelen hacerse unos con el avión que los vuela. Se ha apagado el Poniente amarillo, grana y verde, y la noche echa su inundación de beleño sobre todas las cosas y sobre mí mismo. Me quedo fijo como aunado al resto, sin sensación de materia ajena ni propia. Como agua en agua; un todo que no se cambia. A esta hora mi ser es como una playa sola en la oscuridad, y el tiempo total de mi vida me invade como un mar que ha hecho serenidad todos mis naufrajios. Cada recuerdo rompe en mí como una ola, una onda inmensa, y me llega hasta el último poro de mi totalidad saturándome de su sustancia condensada. Un recuerdo, otro, otro, con un ritmo lento y constante. No soy más que percepción, entrada, y el mundo restante invasión, salida en mí. No hay salida de mí ni entrada en lo demás. Solos yo y el pasado. Qué posibilidad de estado normal más tranquilo, una posible muerte; el hombre como una roca espiritual de luz hecha sombra, dejándose invadir de su vivido universo rítmico. Vuelvo a pensar en la matriz donde viví nueve meses sin recuerdo. Si el nacer nos fue una inconciente integración sucesiva, el morir nos será una sucesiva desintegración inconciente. Faltando la conciencia ¿qué más da la tumba que la matriz? Recuerdo las dos veces en que me hubiera muerto sin darme cuenta, ni sentir espanto ni inquietud ni tristeza, sin sentir la vida ni la muerte; una, aquel mareo en el mar cerrado, cuando estuve no sé cuánto tiempo tirado al pie de una escalera a babor, desaparecido de mí mismo y, por lo visto, de todos; otro, un envenenamiento por una inyección de morfina, médico rápido en la madrugada fría. Yo vomitaba y no me importaba nada vomitar, ni cuántas veces, 40, 50, 60. Ya me gustaba vomitar, vomitarme desde dentro, y me deshacía por dentro, pero me daba lo mismo. Recuerdo aquel terrible cuento de Huysmans, el disentérico colonial cuya única ilusión era llegar a su casa de París para poder morirse sentado en su retrete. Seguramente morir será gustoso. Qué tranquilamente murió mi madre. Qué palabras tan sencillas, tan profundas y tan justas las de sus últimos días. Parecía que dejaba un paraíso para entrar en otro. ¿Me habrán robado también los de Félix Ros las pájinas que escribí sobre la muerte de mi madre? Escritas al sol madrileño de aquellos días de otoño, vuelto de Moguer, no podría volver a escribirlas. Cómo me oscureció el viaje a Madrid aquel tonto charlatán, Pepito T. Yo quería pegar mi sentido al campo moguereño, colinas y marismas que pasaban, luz y sombra de octubre, y no podía. Qué daría yo por tener esas pájinas conmigo en este cuarto de Coral Gables, blanco como aquel de Moguer en que murió la hermosa madre mía. Mi cuarto (dormitorio y trabajatorio) da a tres talleres. Me gusta ver trabajar mientras trabajo. Todos, trabajadores, nos levantamos a las siete, y a las ocho estamos trabajando. Si a veces me siento cansado y pienso en otros aspectos más fáciles de la vida (paseo, teatro, visitas, etc.) miro al negro que lava los coches, a la muchacha que arregla los pelos, al albañil, al carpintero, a la enfermera; y conqué alegría olvido todo lo que me llama al descanso. Víctor de la Serna trabajaba más, en su puesto de revisor nocturno de trenes y en su oficina diurna de Renacimiento. No, no me porté bien con él. Es claro que yo necesitaba aquel dinero que era mío, para pagar la casa, y que el casero no esperaba, y es claro que la razón del grito estaba de mi parte. Pero yo debí haber contestado, como pensé (¿porqué no lo hice, enemigo de las cartas?) su larga carta de esplicación honrada y digna. Tampoco contesté a Gerardo Diego cuando me escribió aquella otra carta deplorando su vida anterior juvenil de modo tan limpio y bello, y pidiéndome amistad. ¿Porqué no le contesté tampoco? Y yo lo deseaba vivamente y lo pensaba cada día. Cuántas cosas he deshecho y cuántas se me han desarreglado en la vida por mi odio a las cartas. Y siempre quedan para el después más favorable las que se debieran escribir más pronto. Cartas que escribir, mi horror de cada día, cartas largas que recibir, mi angustia de cada día. Como las visitas largas de la amistad pesada. No, no me gustan las visitas largas ni las cartas largas, ni cuando no son necesarias unas ni otras. No hay viento, y las palmeras están quietas, lacias, flojas, a pesar de ser tan espinales. No tolero la palma sin viento o brisa. En la brisa y el viento la palma es mil veces lo que es, se cambia y multiplica en formas y posturas inimajinables. Es un espectáculo que si no puede compensarse de la falta del pino, el árbol mayor, ni del chopo verde, ni del álamo blanco, me distrae con la vista de su gracia, mujer en vez de dios o diosa. Estoy seguro de que la mujer del trópico ha cojido su flexibilidad y languidez, su danza quebrada y su habla tierna de la palma. ¿Quién inventó la fábula de la cola del león clavada en la arena? Era una sinfantasía. La palma no es nunca cola de león sino espejismo del león, la palma cosquillea el ojo rubio del león con su ritmo inevitable. Es posible que el león quiera hacer palma de su cola soñando con la palma. En todo caso, también es posible que el león sembrara su cola en la arena del desierto para crear la palmera sin viento. El león, el animal. Recuerdo que Whitman dijo que “él podía volver a los animales y vivir con ellos, tan plácidos y contenidos; que ninguno de ellos está descontento nunca ni se arrodilla nunca ante los otros; que ninguno es industrioso ni respetable en toda la tierra”. No frecuentamos los animales lo necesario o los frecuentamos como el fabulista, odioso en jeneral. Sólo La Fontaine, observador en grande del animal, lo rebajó irónico hasta codearlo con la mujer y el hombre. El animal hay que amarlo en sí mismo; cada día me es más necesario el animal, no doméstico, horror, el animal en la montaña, la marisma, el viento, la ribera, el valle, el mar. El animal marino no atrae tanto, sólo su éstasis o su dinamismo diferentes; quiero el animal de tierra que es el que ha dictado al hombre algunas de las mejores verdades que posee. La contención…Quién pudiera ser en algunas cosas como el animal. Leyendo la carta conque Pedro Abelardo contestó a la apasionada súplica de Eloísa, parece imposible que un hombre superior no pudiera haber trasformado su amor, después de la castración criminal, y por encima de toda vergüenza pública, cuando su amante, tan superior a él, estaba dispuesta a trasformarlo. Sí, sin duda Eloísa era la superior en todo. Qué despreciable el hombre “normal” que en el embarazo de su mujer tiene que consolarse con la puta o la criada, y no digo nada la mujer, y he conocido algunas, que acepta y disculpa el hecho. La intelijencia, que sólo ha servido para desviar lo natural en tantas cosas al hombre ¿qué superioridad le ha dado al hombre sobre la bestia? Feliz el animal y desgraciado el hombre, fatalmente heredero ya para siempre del pecado orijinal de la intelijencia. El martirio de la cosquilla en la planta de los pies al pobre chino encepado, que lo entraba frenético en la muerte, entre convulsiones de placer táctil, es comparable al martirio de la intelijencia en el amor. Por eso no puedo aguantar la literatura intelijente de amor, la llamada poesía de amor intelectual, cosquilla intolerable gustosa, para la lectora o el lector de naturaleza animal y para el poeta natural que cree en el amor animal y en el espíritu humano. Cuanto más rubia o más negra es la mujer, es más sensual; el tipo intermedio parece que no se atreve a serlo o que ha admitido mejor el cultivo moral. Y la mujer ultrarrubia, con sus variantes plateadas y rojizas, es más animalmente sensual, como la supermorena; sus tipos están más cerca de la bestia. Son de ese tipo estra, que no gusta en los ambientes burgueses o poblanos, sino en el pueblo o en los medios estéticos cultivados. Hay un tipo de rubiblanca y otro negriazul que se licua por los ojos, los oídos, los labios, los pies, las manos; son como esas plantas llamadas de la lluvia, siempre mojadas, chorreantes, más vejetales que animales, sacan la humedad de la tierra misma; están hechas de raices y flores. La mujer no está más cerca que el hombre del animal cuando está educada, pero la mujer “mal educada” tiene la idea animal de que el hombre ha de estar siempre dispuesto a complacerla si a ella se le antoja. Cuántas mujeres vemos por la vida que se nos insinúan a todos los hombres y de todas las maneras. Ellas creen que no es necesario más que eso para satisfacer sus apetitos, sin contar conque el hombre puede ser el “animal difícil”. Y qué ridículos los hombres que creen que conquistan a una mujer porque ella los apetitiza, que se consideran héroes porque han servido de entes de desahogo a una mujer que se los ha llevado a su placer carnal urjente. Ése es el ridículo del donjuanismo. Y qué estúpida la mujer que no cree eso, en España, en Rusia, en Francia, en Nueva York, en La Habana, donde sea. Cuánto ardid necio para conseguir un número más en su vida de aventura tormentosa vulgar. Qué picado está hoy este mar total que es la Florida, mar de agua, tierra y aire, pero qué agradable. La Corriente del Golfo de Méjico que nos da esta esquisita brisa y nos hace llevadero el mayor calor en verano y que templa el frío en invierno, sólo ejerce su influjo benéfico hasta Palm Beach. En San Agustín, en español, ya hace calor de horno en agosto y yela en enero. Qué ciudad tan íntima San Agustín, demasiado ahogada entre sus árboles inmensos que cobijan tanta tumba y tanta casa españolas todavía. Qué hermosa la salida hacia Jacksonville y qué evocadores los nombres españoles que va uno encontrando. Yo tuve un maestro que me enseñó que el Golfo de Méjico se llamaba el “Gulf Stream” porque leía “Gulf Stream” en el mapa; y lo peor es que yo lo creí y lo dije mucho tiempo, y que cuando ya sabía que era un disparate, me era imposible cambiar aquello de sitio en mi cabeza. Todo lo que se nos inculca en la infancia, qué fuerte se queda en nuestro sentido, y el mismo disparate qué pretijio tiene. Esto me ocurre sobre todo con ciudades que he creído que son de una manera y luego vi que eran de otra. Nunca he podido colocar mi Granada de Teophile Gauthier debajo de la Granada que vi en la realidad. La luz de la imajinación es tan fuerte, tan distinta la luz dentro que fuera. Qué luz hay en toda La Florida; es tan llana y tan baja esta tierra, este arrecife de coral, que el cielo sale de su misma base y se levanta en una medida inmensa de infinidad. Cómo me impresionan las luces de cada país, de cada ciudad, de cada vida, de cada ser; la luz del mundo en la vida. Ahora, una ráfaga ideal de los azahares de Orlando. Orlando, ladrillos carmines, tierra naranja, olor de azahar sobre los lagos. La luz, la luz. Cuántas luces distintas en mi luz y en mi sombra. Los últimos ánjeles de la lluvia se van volando de tres en tres, de cinco en siete, trasparentes en el Poniente azul. El sol mejor de última hora limpia el verde de abajo, como un mar alto, con total rayo puro. Qué sencillo y liso es lo bello. Y qué bizantinismo innecesario el del “Canto” de Ezra Pound que leímos anoche; empieza bien: “Mientras que de mis dedos estallan las enredaderas / y las abejas cargadas de polen / trajinan pesadamente en sus brotes / chirr, chirr, chirr, rrikk, con su bordoneo / y los pájaros dormilones en la rama…” Pero luego: “¡Zagreus! ¡Io Zagreus! / Con el primer pálido claror del cielo y las ciudades puestas en sus montes y la diosa de las bellas rodillas / andando por allí, con el robledal detrás de ella, / la verde pendiente con los dogos blancos / saltando en torno de ella; / y de allí, abajo, a la boca del riachuelo, hasta el anochecer / agua llana ante mí / y los árboles creciendo en el agua, / troncos de mármol saliendo de la quietud / más allá de los palacios / en la quietud / la luz ahora, no del sol. / Chrysoprasia / y el agua verde clara y azul clara, / allá, hasta las grandes peñas de ámbar, / y entre ellas / la cueva de Nerea / como una gran concha curva…”, etc. Y es una pena que Pound llegue a estos estremos descriptivos porque cuando se tranquiliza su afán de superposición “estética”, consigue “ejemplos” muy bellos. Con T.S. Eliot, en otro estilo, pasa lo mismo. Qué hermoso poema “La Jornada de los Magos”. Cuánta cita clásica innecesaria y cuánta alusión a países más o menos exóticos en toda la poesía inglesa moderna, tan poco inglesa. Y cuánto eco de otros. Como Jorge Guillén y Pedro Salinas en España, estos poetas construyen sus estrofas con hallazgos ajenos superpuestos. Parece que esta jeneración es igual en todas partes. “El hipopótamo” de Eliot ¿no es una desgraciada páfrasis de “El niño negro” de Blake? Turner también quiere mucho y puede menos. En algún caso llega a su propósito:

“Reflejo”
¿No es estraño que los hombres puedan morir
antes que mueran sus cuerpos,
que se despinte el alma de los ojos de las mujeres?
Estraño es, pero es así.

¿Adonde se ha ido y qué fue
aquel destellar de una luz más tierna
que la que cae de estos miembros sólo brillantes,
de unos ojos sólo vivos?

Apartándose lejos, inmortales fuegos
muestran su presencia invisibles,
dejan su resplandor en estas lunas muertas
como hacen los soles menos celestiales.


(continuará)


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 13 Feb 2015, 06:28

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FRAGMENTO 5

San Juan de la Cruz logró como nadie el trueque del amor en sus dos zonas; idealizó, hasta donde es imposible, con su inefabilidad poética, el amor material; sacó a la luz lo inefable del goce sensual. La poesía de San Juan de la Cruz es como la música, no necesita uno entenderla, si no quiere. Basta con una aprehensión aquí y allá, y entregarse a lo demás, como el amor. No conozco poesía que exija menos comprensión ni esfuerzo para ser gozada. Eso es lo que Ramón de la Serna llamaría “idealidad o cursilería”, idealismo realista en contraposición al “realismo májico”. Esta trascendencia del realismo májico es lo que le ha faltado siempre a Ramón Gómez de la Serna para ser poeta. Con la lamentación hebráica “El Gran Responsable” del león Felipe de Judá me llega la “Biografía completa de J.R.J.” de Gómez de la Serna. Siempre me han gustado las críticas fantásticas, pero qué manera tan burda de mezclar verdad y mentira. Eso es sencillamente invención de la mala fe, con el propósito de crear una leyenda peor que supla la mejor. ¿De dónde ha sacado Gómez de la Serna que yo he vivido en la calle Jacometrezo de Madrid, ni que (…) ni que (…)? Estas cosas se justifican diciendo que “hay que hacerlas para vivir”. Comprendo y dispenso lo dispensable, teniendo “eso” en cuenta de otros. Ya Gómez de la Serna escribió otra “fantasía” de mala fe sobre mí cuando necesitó del de Cruz y Raya. Yo, por dignidad particular y jeneral, no quise escribir en el n.º1 de dicha revista, y el resultado fue un ataque feo de su frustrado director en el mismo n.º. Gómez de la Serna por colaborar en el número 30 y tantos, concibió un “ensayo” contra mí, “Lo cursi”, entrada segura en la revista. Escribir contra otro, contra mí es natural, y yo merezco cuanto se me diga, menos la mentira y la calumnia. Yo escribo lo que me parece contra lo que no me gusta, pero nunca por móviles de congracieo. Todos tenemos algo cursi, yo por ejemplo, el exaltado sentimentalismo de mi primera juventud, por enfermedad nerviosa, soledad y lejanía de Sanatorios franceses y españoles. Gómez de la Serna, por ejemplo, el afán femenino de notoriedad, la plástica corpórea, tufos rizados, meneo y contoneo, trajes, corbatas, bastones llamativos, pintarse de negro, salir en elefante o trapecio a declamar, (...) y lo más cursi, la adulación a los críticos y a los directores de revista. Y ahora, qué cursi, Ramón Gómez de la Serna, ese “imperialismo” histérico, que ha demostrado plenamente el oportunismo de toda su vida. A todo eso le llamo yo cursilería. Qué pena estas bondades y maldades confundidas en una sola masa humana. El radio, de pronto. La música libertadora otra vez. Música mía, encantadora música, qué bien bailas, qué bien baila tu esqueleto, tu hígado, tu bazo, tu diafragma, tu yel, tus metros de intestino, tus microbios, tu recto, tu escremento. Música, tú te salvas de la llamada realidad fea. ¡Cántame, báilame, bésame, abrázame, encanto, mujer, forma, divina! O no, mejor tú, animal hembra que no presumes con perfume, que haces todas tus necesidades naturalmente y envuelves en ellas tu amor, y nos envuelves a nosotros en tu zoolójico. Bésame, baila, canta, bésame foca, encanto, verdadera diosa que nada tienes que ocultar, que nada quieres ocultar. Y qué pesado, qué basto es ese otro animal Sibelius. Parece que todo el siglo XIX ha descargado sobre él, como un carro de plomo su tormentosa, larga, peor, ancha pesadez. Sólo Ricardo Strauss, en lo suyo, puede comparársele. A Mitropoulos, a Bruno Waltar, a Toscanini ¿les gusta Ricardo Strauss, les gusta Sibelius? ¿Porqué lo tocan tanto? El intelijentísimo Lawrence Gilman dijo que la Sinfonía de Schöenberg era la última bella sinfonía del siglo XIX. Es curioso que los alemanes más vivos, Goethe, Mozart, Heine, Nietzsche, etc., se volvían hacia países, civilizaciones más claros y breves, Grecia, Italia, Francia, huyendo de sus nubarrones. Y más curioso que estranjeros como Unamuno, Mitropoulos, José Ortega y Gasset, Oscar Esplá, etc., griegos y latinos, se vuelvan a Alemania. También parece inconcebible que Mallarmé, tan agudo, tuviera a Wagner por un talismán y que el grupo simbolista fundara la Revista Wagneriana. Qué confusiones tenemos que sortear los deseosos y entusiastas de la belleza verdadera. La música, la pintura, la poesía “se hacen” por deleite, como el amor. No son siquiera una relijión, nada de secta, el artista es libre. El enamorado no ama para crear un hijo perfecto, no se hace un puente por adornar un río, no se escribe un poema para resolver un problema mental. El poema podrá ser, si es bello, útil; el puente, además de exacto, esquisito como el Washington Bridge de New York, y el hijo hermoso y equilibrado a la vez. Pero eso es un resultado. Sigo con el arte que embriaga, sin llegar a nublar a la alemana, como el odioso alcohol, la cabeza. El estímulo natural para la embriaguez es sólo la hermosura, una mujer bella, un árbol hermoso, un mar espléndido, una música, un poema, un cuadro encantadores. Locura serena, la serenidad es una gloria. Esto ¿lo creen también los de la “Christian Science”? Debajo de nosotros vive un ejemplar matrimonio cristiano científico. Creen, por ejemplo, que la terrible intoxicación que por poco me lleva el otro día al otro mundo, por culpa de médicos inconcientes y feos, no era necesario habérmela tratado con lavado de estómago, sino olvidándome yo de ella. Pero como ellos no deben, ante los demás, contajiarse, sería perjudicial para su secta contajiarse. Cuando nosotros tenemos una gripe, por ejemplo, aunque son tan buenos y atentos, hacen cuanto pueden por no aparecer en nuestra atmósfera. Hoy la señora ha recibido un radio diciéndole que su madre se muere de gripe. Vino a despedirse. ¿Cómo unirá el microbio de la gripe con el ser de su madre, es decir, cómo los separará? Este es el caso contrario a la poesía. Porque en la ciencia lo primero es la realidad y en la poesía lo último. No, no creo en “la esperiencia” de Rilke, ni me gusta demasiado la parte de su poesía que es esperiencia, ni acepto como mejores esos otros “cuadros” como Cristo y la Magdalena, Judas, El Huerto, Bailarina española, tan parecida a la de Martí, tan manoseados por los parnasianos. Gertrude Von Le Fort ha tratado mejor estos temas y otros parecidos, Lenin, Judas, aunque con un evidente contacto con Rilke. (...) Stephan George amonestó a Rilke por su lijereza, y Rilke no le hizo caso. No me parece posible poner a Rilke sobre George ni sobre Hofmannstahl, apesar de su estraordinario don de música interior. Creo que gran parte de la reputación jeneral de Rilke la debe a Paris, a las “princesas”, al esnobismo que le echó en cara con tanta justicia Lou Andreas-Salomé. No sé porqué va más “por dentro” Rilke que Hofmanstahl o George. Por dentro. No olvido nunca la alegría mejor, el profundo bienestar moral que sentí a mis 19 años, cuando Rubén Darío, después de leer algunos de mis primeros versos, y salvando jenerosamente la distancia vertical que había entre su escalón y el mío, me dijo: “Usted va por dentro”. Aquello fue para mí como un epivitafio. Y luego, viendo una dedicatoria mía “A mi alma”: “Estas son las dedicatorias que hay que poner”. (Las otras me las había puesto Villaespesa). Esto era el complemento que yo necesitaba. Qué noble Rubén Darío y qué crítico tan sutil. Llevaba mi libro manuscrito en su abrigo y de vez en cuando lo sacaba y le leía algo a alguno en cualquier mesa de cualquier café: Valle-Inclán, Benavente, Alejandro Sawa. Con Villaespesa rompí una tarde de lluvia la mitad de mis manuscritos de niño. Hoy quisiera volver a reunir aquellos pedazos rotos de papel que caían deprisa por la penumbra, como nieve de biblioteca, en el cesto de Julio Pellicer, para volverlos a romper a mi gusto. Qué gusto romper papeles. He comprendido al fin porqué guardo yo tantos periódicos, cartas, libros, revistas. Por el gusto de condenar y de salvar. Para mí es un placer único romper papeles; los rompo durante una hora cada día y el cesto en que los voy echando me da ilusiones maravillosas de forma y color casuales, de enlaces de ideas y sentimientos. Y lo que salvo yo, ¡qué bienestar me da tan hermoso! En realidad yo he nacido para salvar y romper, guardar y desechar. También me gusta mucho regalar libros buenos con tal de que me los traten bien o de que no me los vendan. Los libros que me han vendido, y quiénes, quiénes, con su reputación de “hombría de bien”, de honradez, etc. Qué poetas grandes y pequeños. Y libros dedicados y anotados, que luego yo me encontraba en librerías de viejo. (Recuerdo la injusta nota que Luis Ruiz Contreras escribió contra mí cuando compró Motivos de Proteo, de Rodó dedicado a Azorín, que me lo había regalado. Le faltaban, entre otras, algunas pájinas sobre mí, y el cronista pensó que yo lo había mutilado y vendido. Si yo quisiera decir quién lo vendió). Cuánto ratero miserable en olor de santidad. Yo vendo los libros que compro cuando caen en mi desgracia y no los quiero ya. Mi biblioteca es sucesiva como mi obra. Cuando el libro que cae es regalado, lo quemo o lo doy, no lo vendo. Me acuerdo por millonésima vez de mis libros de Madrid, tan queridos, más que mis propios papeles. ¿En qué manos estarán ahora? Si al menos sirvieran de algo verdaderamente noble, humano o divino, a los que los han robado, si leyendo una pájina de mi Confucio, mi Marco Aurelio, mi Buda, volviera alguna conciencia a serenarse y reflejar en su calma lo verdadero. Pero no culpemos a la guerra de estas cosas. Más libros me robaron en la paz que en la guerra. Robar. Acabo de leer un poema de Jorge Guillén, “La Biblioteca” que me ha hecho recordar otros de mi libro Poesía en verso que casi tenía olvidados. Se conoce que los demás tienen más memoria de lo nuestro que nosotros. Luego vendrá el otro tipo de ladrón moral que altere el suceso. Qué buenas biografías podría yo escribir si tuviera tiempo. Me gustan muchos las biografías verídicas, no poetizadas ni leyendescas y los epistolarios. Me gustan casi más que los ensayos y los poemas. Si fuera posible que el poeta fuera él mismo sin la obra realizada sólo con su vida. Pero qué vidas se escriben por ahí. Por eso no quise dejar que Pedro Salinas escribiera la mía que le encargó la “Editorial Atenea”. Libro embriagador de cartas de grandes hombres y mujeres el que estamos leyendo. Qué carta concisa, honrada, valiente la de Diógenes a Alejandro a Macedonia, en la que le dice que la misma distancia hay de Atenas a Macedonia que de Macedonia a Atenas si tanto quiere verlo. Qué digna y sencilla en su verdad la de Leonardo al Duque Sforza enumerándole sus “habilidades” y pidiéndole trabajo.

Esta páj., para citar cartas.

Yo mezclo siempre en mi lectura constante, lenta y suficiente, lo moderno y lo antiguo. El otro día encontré aquí una edición de Cervantes y me puse a releer Las Novelas ejemplares. Es curioso que Cervantes, al contar en “El licenciado Vidriera” lo que Tomás Rodaja, Miguel de Cervantes, vio en Italia (Florencia, Roma, etc.) no cite una sola obra de arte, arquitectura, escultura, pintura. La descripción de lo visto es la que podía haber hecho un carrero de entonces y de ahora. Y qué empleo tan desdichado y tan pedestre del truco y del “colmo”. La verdad es que Cervantes no adelantó nada en curiosidad ni en viveza al Arcipreste de Hita, por ejemplo. Y en el otro estremo, Calderón, antecedente en la idea de la conjunción teatral de Wagner (que sin duda la conocía, dada la boga de Calderón en Alemania). Comprendo que Calderón gustara tanto en Alemania, su imajinación es rica a la alemana, como la de Cervantes es pobre a la española. Cervantes debió ser intolerable como hombre y Calderón como esteta. En cambio, qué gustoso habría sido conocer al juglar del Cantar del Cid, que concibió a su héroe, enmedio del realismo inevitable español, demócrata, defensor y amigo del pueblo, cosa de un valor estraordinario en aquella época. La literatura española antigua, especialmente desde el XVI hasta el XIX, qué empacho me da, y no digo nada los que hoy la prolongan, metiéndose en las tumbas, como Ramón Pérez de Ayala, por ejemplo, en la de Fray Luis de Granada. De todo el “Imperio” grotesco de la España actual, lo que más detesto es el retorno a esta literatura de tumbas removidas. Aire más delgado y más alto necesitan los españoles para respirar bien. ¿Porqué no vuelven a la media docena de poetas que con el “Romancero” han salvado a España de su pesadez literaria? Menos mal que han exaltado con más o menos comprensión y derechura a algunos de los poetas modernos. Yo creo que los poetas modernos españoles son superiores a la mayoría de los antiguos y que andan al lado, en calidad estrema, del “Romancero”, Gracilaso, San Juan de la Cruz, Fray Luis de León, el mejor Góngora, Bécquer, y no hay lugar para etcéteras. Y lo mismo digo de los pensadores modernos comparados con los antiguos, esceptuando, como en el caso de los poetas, unos pocos. Vives, Gracián, entre ellos. Qué aburrida la literatura española en jeneral con su ideolojía conceptista de tan poca sustancia y sus constantes cavernas oratorias. Esto lo entreví de niño y lo confirmo hoy. Yo tenía en la biblioteca de mi padre el “Rivadeneyra”, y, esceptuando lo de tipo popular y algunos poetas, prefería, como hoy, lo que podía leer, cosa difícil en Moguer entonces, de literatura o poesía inglesas, italianas o alemanas. Francia, yo no conocía aún a los simbolistas, tampoco me atraía mucho. Veía en sus clasicistas la misma vaciedad española con más perfección académica. Entonces yo no había leído a Montaigne. Los “clásicos” españoles han vivido en España sin darse cuenta en absoluto de su vida interior (no me refiero a los místicos, un interior distinto), de su perspectiva, paisaje ideal, ni de su luz trascendente. Por eso nos han dado la imajen de una España tan realista y tan burda a veces. Sólo atisbos, aquí y allá, de lo directo. Lo demás, sentido a través de los clásicos griegos o latinos. Qué gloria ser español de la España completa, pero qué mal han dividido a España sus escritores, sus pintores, sus músicos antiguos. La gracia íntima de España ¿dónde estaba escondida? ¿Hablaban como en los clásicos los españoles y las españolas de entonces? ¿Eran tan redichos y tan circunloquiantes? Los castellanos es posible que fuesen así, ya que los de hoy lo son. Jorge Guillén, vallisoletano recalcitante, dice “a las buenas horas”, “albricias”, “por modo y manera”, “empero”, (...) y que mal se habla en Madrid, suma de los castellano principalmente.


(continuará)


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 14 Feb 2015, 13:00

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FRAGMENTO 6

Creo que Andalucía es lo único que puede salvar esta España conceptista de hoy con su sencillez, su sensualidad fina, su ritmo y su comprensión ideal. Pero no la Andalucía de Lorca, ni la de Alberti, ni la de Manuel Machado. Antonio sí la cojió aquí y allá en su primera y deliciosa época. Andalucía es, creo yo, lo que más acerca España a lo universal. No hay que olvidar que los poetas arabigoandaluces, hermanos de los de hoy, eran ya hermanos precursores de los románticos ingleses y de los simbolistas franceses. Quién hubiera podido vivir siempre en Andalucía, una Andalucía posible, comprendida por los políticos. (...) Aunque, Andalucía haya sido patria de Lucano, Mena, Góngora segundo, (...) Andalucía ha dado siempre en lo popular y lo culto, una poesía verdadera, que corresponde a la verdadera poesía de todas las patrias poéticas, y en el poeta, una poesía “de hombre”, delicada, naturalmente esquisita, espontáneamente perfecta; eso que suele llamarse poesía femenina, es decir poesía varonil. Yo tengo la poesía (la vida, la muerte, la belleza) como mujer, no puedo verla de otro modo, porque soy hombre. No hay que olvidar que “poesía” es femenino. Si la viera como un hombre, entonces sería mujerino. Por eso mi poesía es delicada y tierna más que yo. Una mujer, en cambio, debe ver la poesía, la ilusión, en forma de hombre, y la poesía llamada “masculina” debe escribirla la mujer. Esto lo han comprendido bien las mejores poetisas del mundo. Una mujer que hace poesía “femenina” es machota. La poesía es amor. Yo estoy enamorado de ella y tengo que verla naturalmente femenina. Así la han visto todos los artistas “enamorados” de su arte: Leonardo, Botticelli, Rafael, Mozart, Chopin, etc. Qué concierto anoche el de Toscanini. Uno de esos programas que él sabe componer: la Sinfonía juguete de Hayden, la Sinfonía concertante para viola y violín de Mozart, la Sinfonía de Joachim de Schubert: al final una de esas bagatelas que Toscanini suele salvar con su orijinalidad de visión. ¡Qué maravillosa delicadeza, qué ternura esquisita y limpia el violín y la viola de Mozart! Me parecía que la estaba viendo la Virgen (con Santa Ana y el niño) de Leonardo. Deliciosa concordancia de hombres escojidos, a través de nuestros siglos de tiempo y espacio. Qué paisaje de la música. Cuánto paisaje fuera de la llamada naturaleza. Suele decirse que una gran ciudad no tiene paisaje natural. Pues ¿y su humanidad, su paisaje humano carnal y espiritual? Qué paisaje humano el de New York, qué campo zoolójico humano de todos los tiempos y países del mundo. Si existe un dios verdadero y distinto de los conocidos, sospechados o inventados ¡qué angustia la suya estar esperando que el paisaje humano lo encuentre! Porque el otro, donde el hombre lo busca en soledad, no le importa a dios. Y qué luz ésta del desierto o el monte sin humanidad, que no le importa a dios. Leones, cuervos, monos, águilas, absurdos mensajeros. Qué repugnantes eran las auras familiares de La Habana, negras en aquella inmensa luz de paisaje humano carnal. La luz del mundo en la vida. Si tal hombre se diera cuenta fija de la luz del mundo en su tierra, de lo que de ausencia fúnebre, fugaz lejanía, imposible eterno hay en la luz del mundo en su vida (esplendor que lo trae y lo lleva prendido en su engaño) no podría vivir sin dejarse quemar cada día, sin desparecer en luz. La tristísimo farsa bella de toda luz del mundo en la vida ¿está en que la luz viene de tan fuera? Orilla, onda, ola de luz de un centro que no podemos situar ni cojer, que no situaremos ni cojeremos nunca. Porque el sol no es toda la luz, sino una avanzada. Campos, mares, pueblos, ríos, caminos de la tierra, con luz de lo infinito esterno; belleza y fealdad, mediocridad y altura humana a la completa luz ausente, ¡Qué confusión de vida a la luz del mundo; qué salida de todas las putrefacciones sólidas, líquidas, gaseosas; qué falta de acomodación! Y todo grito a la luz del mundo en la tierra, por alegre que parezca, es de horror, de sorpresa, de duelo, de angustia, de desesperación, de odio. Borracho de lo que sea, que vas equivocando la losa de la acera, cojiéndote a la cal con la luz resbalada del mundo, ¿a qué te cojes tan cierto sino al seguro imposible de la luz del mundo en lo blanco? Máscaras que huís, en los febreros de la vida, a las plazas iluminadas de los ayuntamientos y catedrales, a las cucañas y cruces con luz tardía del mundo en la punta: ¿a qué fin corréis efervesciendo distintas, sino al fin falso de la luz del mundo en el palo, el metal de la plaza? Locos, tontos, enfermos que, cuando os da la luz del mundo todo, ponéis esas caras sobresalientes a los otros, ¿qué corre por vuestros pobres cerebros sino la luz del mundo en la tierra, esta luz del estraño infinito de la vida, esta luz luz del mundo grande en el hueco, el vano de vuestras altas entrañas pequeñas? Y tú, aislada, blanca, escurrida, rota mujer de negro, que te desgañitas gritando al niño desnudo o andrajoso revolcado en la luz poniente de las frisetas terrosas del mundo: ¿a quién le gritas sino a la luz del olvidado del mundo en el polvo? La luz del mundo en la vida; espanto, broma, amor y muerte, paz y guerra, aullido, ironía incomprensibles. Tan alumbrados todos, todo, amor y muerte, paz y guerra, y todo tan negro, todos tan negros. ¿Para qué, para quién esta claridad cegadora? ¿Quién, qué, que no es el sol, ni la luna, nos enfoca y nos mira así, unánimes, vendidos, perdidos? Y ver este solar, este lunar, este campo, esta laguna de la luz del mundo en la tierra. ¿Es el don sublime que lo otro le regala al poeta? Valeroso, triste poeta que te encaras solo con lo encendido imposible, y a ratos, quemándote en el todo sin nada, en el otro de lo negro, encaneces de estraña ceniza. (1938).
(...)
No creo en el dios usual, pero pienso en el dios absoluto como si existiera, porque creo que debiera existir un dios como yo lo puedo concebir. Y si lo puedo concebir ¿porqué no pensar en él aunque no exista? A mí me sería fácil crear un dios verdadero si tuviera poder material para crearlo. Concibo perfectamente lo que pudiera ser un dios de mi intelijencia y mi sensibilidad.
(...)
Cuando besamos a nuestra mujer en la boca, besamos en ella la boca de dios, todo el universo visible e invisible, y el amor es el único camino de la eternidad y de dios. En realidad yo creo que no hay otra eternidad que el amor y si sentimos la muerte como un defecto es porque nos quedamos sin acción de amor, porque nuestra boca ya no puede ponerse en contacto voluntario y dinámico con la boca del mundo.


(continuará)


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Re: "Tiempo" de Juan Ramón Jiménez

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 15 Feb 2015, 06:51

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y FRAGMENTO 7

El silbido del cartero, la tonada bien conocida de las bocinas de auto. Libros españoles de México. Entre ellos, algunos bien deseados: España, aparta de mí este cáliz, de César Vallejo, La realidad y el deseo, de Luis Cernuda, (…), las Obras completas de Antonio Machado. ¡Qué irresponsabilidad la de este atrevido y aprovechado Pepito Bergamín, poner un prólogo a las Obras completas de Antonio Machado, nada menos! ¿Qué hace ahí esa forzadura de citas, ese enredijo de sermoncillos ajenos? ¡Este tráfico con los muertos ilustres, que todos sabemos lo que pensaban de él! Pepito busca dinero del modo que sea y de donde sea, los jesuitas o los comunistas, monta una editorial con arte ajeno y ¡a aprovecharse de las circunstancias para manejar vivos que se dejan y muertos que no pueden dejar de dejarse! ¿Ha pensado Bergamín si estando vivo Antonio Machado habría nunca llegado el caso de que él escribiera ese prologuillo martingalero? Y, además, basar el prólogo, y el libro con él, en una realidad espantosa, pero ocasional, accidental, como la guerra “en” España y la muerte de Antonio Machado. Poner a una obra poética de paz un prólogo de guerra, porque las circunstancias hayan convertido en “guerrosa” la última parte vacilante de ese libro, es relegar la obra verdadera a un segundo plano, como queda relegada nuestra vida en toda circunstancia trájica. Unamuno, Antonio Machado, García Lorca están “disfrutando” ahora una fama basada en la guerra, gracias a la actividad pululante de tales aprovechadores de cadáveres y famas. Quien conoció bien a los tres, sabe la repugnancia que hubieran los tres sentido con tal jaleo de sobremuerte paseada. Me acuerdo de aquella Teté Casuso, tan intelijente como desahogada, que quería pasear la guerrera acribillada de balas de su pobre Pablo de la Torriente, que ella sacrificó, y bailarle luego ante todos una desnuda rumba final, “porque hay que vivir”. En el caso de un vivo todavía es disculpable la osadía de los profanadores. Yo sé bien la indignación que le produjo al otro pobre César Vallejo la frescura de este mismo Bergamín cuando le “escribió” a su libro Trilce un prólogo que él no le había pedido y que Bergamín se decidió a “ponerle” por las circunstancias en que se hizo la edición. El prólogo estaba lleno de tonterías, como aquella comparación final entre César Vallejo y Rafael Alberti, con mengua aparente de Vallejo a quien se prologaba para disimularlo. Cómo comparar un poeta que todo lo recibe fuera, como Alberti, con otro, como Vallejo, que todo lo sacaba de dentro.

Y lo estraordinario es que personas calificadas caigan por debilidad o necesidad momentánea en el círculo “admirativo” o tolerante de tales pequeñas y viles monstruosidades y lijerezas, que se tenga que leer con sonrisa triste el “elojio” de tal a este “deficiente público español número 1”, como le llamaba Unamuno; de personas a quienes como a Unamuno, Antonio Machado o Lorca entre los muertos, como a Salinas, Alfonso Reyes, Guillén, etc., entre los vivos, le hemos oído cien veces lo que piensan sobre este irresponsable Bergamín. A mí me engañó en su juventud, le tomé cariño, y a través de ese cariño vi su escritura. Le correjí El cohete y la estrella, que no estaba escrito en español de cabo a rabo, le puse al frente una “caricatura lírica” animadora, y discutí con todos los que me hablaban en contra la participación suya en la revista Índice, adonde yo lo traje como un benjamín. Durante una temporada le repasé sus artículos, sus notas, pero con el librito Tres escenas en ángulo recto ya no pude. Qué retahíla de vaciedades. Se lo dije y ay, apareció el venenito forrado de dulzura de su lengua. Qué “pequeña alma miserable” ha escrito uno que lo conoció como yo, este jitanesco Bergamín. Y ¿porqué, digo yo como me decía Ortega y Gasset, no se atreverán todos a callarlo o a decir siempre la verdad aunque se nos vuelva todo el mundo falso en contra con calumnia, mentira y basura? Ahora estamos forzosamente separados los españoles en dos hemisferios y separados en cada uno de esos dos hemisferios. Si se hubieran quedado unidos en cada hemisferio o en cada zona los que debieron quedarse, habría servido para algo la guerra de España. Otro hemisferio. Que, como el mío, digo como el que fue mío, tiene un Oriente, un Poniente, un Norte, un Sur, un cenit, un nadir, el sol y la luna y personas que hacen en él, como yo antes en el mío, su vida completa, sin pensar nunca quizás en el mío. Y unos estraños ahora en el hemisferio que le es diferente, que proyectan sombras raras que no se adhieren a la tierra. Cuántas noches que no soñaba. Pesadillas corrientes sin encanto o repeticiones de pesadillas. Es curioso cómo se repite una pesadilla, dos, tres, a través de toda nuestra vida, modificadas sólo en lo esterno por el tiempo y el espacio que estamos pasando. Pasando. Cómo se va la vida cuando somos “mayores”, qué pesadilla repetida se nos hace de vez en cuando. A veces un año extraordinariamente movido o fértil se detiene; entonces parecemos menores y el año, como cuando niños, nos parece un siglo; pero ni lo fértil ni lo movido es de nosotros. Antes me iba al sueño como a un espectáculo. Yo sabía que iba a soñar, que la vida de mis sueños me esperaba como un gran palacio natural de par en par en el aire o en los abismos del mar o la tierra. Yo tenía dos vidas, la de mi trabajo completo del día y la de mi ocio completo de la noche. Una dorada con sombras que frecuentaban la luz, y otra negra con luces que abrían la sombra. Las dos me encantaban. El dormirme era una májica introducción al sueño y al mismo tiempo la ilusión pasada como un puente sobre la noche, del trabajo que me esperaba la mañana siguiente, ilusión como la del día de Reyes cuando yo era niño. Qué regalo el poema que yo iba a contemplar, el libro que iba a volver a cojer. La emoción de mi trabajo la tengo siempre, pero este no soñar dormido de algunas temporadas me parece como un castigo singular no merecido por mí. Anoche, en cambio, tuve una estraordinaria pesadilla: la insistencia de una frase que se me repetía en mí a sí misma con una interminable variedad de colores, formas y sentidos, porque la frase tenía forma y color como un cuerpo físico. Cada vez y con una rapidez vertijinosa como de un loco cohete, iluminaba en mí un ámbito distinto: “El Gobierno ha encargado un millón quinientos mil ataúdes”, dijo anoche la radio. Sí, se están llevando mucha jente de este Coral Gables florido y apacible, profesores de la universidad, médicos, obreros. Ayer ya se despidió de nosotros el persianero. Iba a casarse este año pero, dijo, “Hay que dejarlo para el año que viene”. Un año pasa pronto. Con tal de que no le esté destinado uno de los ataúdes de la frase de mi pesadilla, el millón y medio. En jeneral hay más conformidad en los mayores que en los jóvenes, más en los obreros que en los ricos. La juventud universitaria americana no es hoy la de hace 25 años: es irónica, no idealista, pero quién sabe hasta dónde tiene razón su ironía y su falta de ideal. Este gran país va también a la guerra, todos lo dicen. Me ha tocado ver en los Estados Unidos las dos “preparaciones”, la del 16 y ésta. En 1916 había verdadero entusiasmo sentimental e ideal. Pero, dicen todos, ¿cómo evitarlo? No, no es posible evitar la guerra cuando un canalla nos la busca. ¿No quedará un rincón del mundo en paz? ¿La paloma de la paz volará del todo del mundo? Esto es lo que el gorila alemán llama guerra por la paz. ¡Qué sombra! Mirando de la fuente sobre el prado verde pienso en la sombra del mundo. La sombra está mejor dibujada que el cuerpo mismo que la proyecta, sin duda porque es una suma del cuerpo y el proyector. ¡Qué enorme sombra la de esta cabeza mala del mundo!

JUAN RAMÓN JIMÉNEZ


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