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    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:29

    Machado de Assis


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    Joaquim Maria Machado de Assis (pronunciación AFI: [ʒua'kĩ ma'riɐ ma'ʃadu dʒi a'sis]; Río de Janeiro, 21 de junio de 1839 - ibídem, 29 de septiembre de 1908) fue un escritor brasileño, ampliamente considerado como el mayor nombre de la literatura brasileña.2​3​4​5​6​ Escribió en prácticamente todos los géneros literarios, como poesía, novela, crónica, teatro, cuento, folletín, periódico y crítica literaria.7​8​ Fue testigo del cambio político en Brasil, cuando la República substituyó al Imperio, y fue un gran comentador y relator de los acontecimientos político-sociales de su época.9​

    Nacido en Morro do Livramento, Río de Janeiro, en una familia pobre, estudió en escuelas públicas y nunca acudió a la universidad.10​ Los biógrafos señalan que, interesado por lo bohemio y por la corte, luchó para ascender socialmente por medio de su superioridad intelectual.11​ Para eso, asumió diversos cargos públicos, pasando por el Ministerio de la Agricultura, del Comercio y de las Obras Públicas, y consiguiendo precoz notoriedad en periódicos donde primero publicó sus poesías y crónicas. En su madurez, unido a colegas próximos, fundó y fue el primer presidente unánime de la Academia Brasileira de Letras.12​

    Su extensa obra la constituyen nueve novelas y piezas teatrales, doscientos cuentos, cinco colecciones de poemas y sonetos y más de seiscientas crónicas.13​14​ Machado de Assis es considerado el introductor del Realismo en Brasil, con la publicación de Memórias Póstumas de Brás Cubas (1881).15​16​ Dicha novela es puesta al lado de todas sus producciones posteriores, Quincas Borba, Dom Casmurro, Esaú e Jacó y Memorial de Aires, ortodoxamente conocidas como pertenecientes a su segunda fase, en las cuales se notan rasgos de pesimismo e ironía, aunque no rompa con los residuos románticos. De esa fase, los críticos destacan que sus mejores obras son las de la Trilogía Realista.1​ Su primera fase literaria está constituida por obras como Ressurreição, A Mão e a Luva, Helena e Iaiá Garcia, donde se notan características heredadas del Romanticismo, o "convencionalismo", como prefiere la crítica moderna.17​

    Su obra es de fundamental importancia para las escuelas literarias brasileñas de los siglos XIX y XX y tiene actualmente gran interés académico y público.18​ Influyó en grandes nombres de las letras, como Olavo Bilac, Lima Barreto, Drummond de Andrade, John Barth, Donald Barthelme y otros.19​ En su tiempo de vida, alcanzó relativa fama y prestigio en Brasil,20​ sin embargo, no disfrutó de popularidad. Hoy en día, por su innovación y audacia en temas precoces, es frecuentemente visto como el escritor brasileño de producción sin precedentes,21​ de forma que, recientemente, su nombre y su obra han alcanzado diversos críticos, estudiosos y admiradores del mundo entero. Machado de Assis es considerado uno de los grandes genios de la historia de la literatura, al lado de autores como Dante, Shakespeare y Camões.22​


    Hijo del mulato Francisco José de Assis, pintor de brocha gorda y descendiente de esclavos libertos, y de Maria Leopoldina Machado, una lavandera portuguesa de las islas Azores, Machado de Assis pasó su infancia en la casa de campo de la viuda de un senador del Imperio, en la Ladeira Nova do Livramento, donde su familia vivía a jornal. De salud frágil, epiléptico y tartamudo, se sabe poco de su infancia y su primera juventud. Quedó muy pronto huérfano de madre y también perdió a su hermana menor. No frecuentó la escuela regular, pero, en 1851, cuando murió su padre, su madrastra Maria Inés, que por entonces vivía en San Cristóbal, empezó a trabajar como dulcera en un colegio del barrio, y Machadinho, como le llamaban, se hizo vendedor de dulces. En el colegio tuvo contacto con profesores y alumnos, y es probable que asistiese a las clases cuando no estaba trabajando.

    Aun sin tener acceso a las clases regulares, se empeñó en aprender y, todavía muy joven, se convirtió en uno de los mayores intelectuales del país. Hay pruebas de que en San Cristóbal conoció a una señora francesa, dueña de una panadería, cuyo hornero le dio las primeras lecciones de francés, que hablaba con fluidez, llegando a traducir en su juventud la novela Los trabajadores del mar, de Victor Hugo. También aprendió inglés, y tradujo poemas como El cuervo, de Edgar Allan Poe. Posteriormente estudió alemán y español, siempre de manera autodidacta. Debido a sus trabajos como traductor de famosos novelistas, incorporó a muchas de sus obras textos y estilos que imitaban a los grandes autores a los que admiraba.

    De origen humilde, Machado de Assis inició su carrera trabajando en periódicos y en la imprenta oficial de Río de Janeiro, donde entabló contacto con el conocido escritor Joaquim Manuel de Macedo. En 1855, a los quince años, se estrenó en la literatura, con la publicación del poema Ela en la revista Marmota Fluminense. Continuó colaborando intensamente en periódicos, como cronista, cuentista y crítica literario, alcanzando respeto como intelectual incluso antes de convertirse en un gran novelista. Machado conquistó la admiración y amistad del novelista José de Alencar, principal escritor de la época.

    En 1864 publicó su primer libro, la colección de poemas Crisálidas. En 1869 contrajo matrimonio con la portuguesa Carolina Xavier de Novaes, hermana del poeta Faustino Xavier de Novaes, cuatro años mayor que él. En 1873 ingresó en el Ministerio de Agricultura, Comercio y Obras Públicas, como primer oficial. Posteriormente ascendería en la carrera funcionarial y se jubilaría en el cargo de director del Ministerio de Transportes y Obras Públicas.

    Pudiendo dedicarse con mayor comodidad a la carrera literaria, escribió una serie de libros de carácter romántico. Es la llamada primera fase de su carrera, en la que destacan las siguientes obras: Ressurreição (1872), A Mão e a Luva (1874), Helena (1876), y Iaiá Garcia (1878), así como las recopilaciones de cuentos Contos Fluminenses (1870), Histórias da Meia Noite (1873), las colecciones de poemas Crisálidas (1864), Falenas (1870), Americanas (1875), y las obras teatrales Os Deuses de Casaca (1866), O Protocolo (1863), Queda que as Mulheres têm para os Tolos (1861) y Quase Ministro (1864).

    En 1881 abandonó definitivamente el romanticismo de la primera fase de su obra y publicó Memorias póstumas de Brás Cubas, que marca el inicio del realismo en Brasil. El libro, extremadamente atrevido, está narrado por un difunto y comienza con una dedicatoria inusitada: «Al gusano que primero royó las frías carnes de mi cadáver dedico con sentido recuerdo estas memorias póstumas». Tanto Memorias póstumas de Brás Cubas como las demás obras de su segunda fase van mucho más allá de los límites del realismo, a pesar de ser normalmente clasificadas en dicho movimiento. Machado, como todos los autores de genio, escapa a los límites de todas las escuelas, creando una obra única.

    En esta segunda etapa, las características principales de sus obras son la introspección, el humor y el pesimismo en relación con la esencia del hombre y su relación con el mundo. Destacan los cuentos, recopilados en Papéis Avulsos (1882), Várias Histórias (1896), Páginas Recolhidas (1906), Relíquias da Casa Velha (1906), y el libro de poemas Ocidentais. Pero, sobre todo, sus cinco novelas capitales, que son: Memorias póstumas de Brás Cubas (1881), Quincas Borba (1892), Don Casmurro (1900), y las dos últimas y enlazadas, Esaú e Jacó (1904), Memorial de Aires (1908).

    En 1904 falleció Carolina Xavier de Novaes y Machado de Assis compuso uno de sus mejores poemas, Carolina, en homenaje a su esposa. Solitario y triste tras la desaparición de su mujer, Machado de Assis murió el 29 de septiembre de 1908, en su vieja casa del barrio carioca de Cosme Velho.

    Obra


    Poesía
    Crisálidas, 1864
    Falenas, 1870
    Americanas, 1875
    Ocidentais, 1901
    Poesías completas, 1901
    Esaú y Jacob, 1904


    Novela


    Ressurreição, 1872
    A mão e a luva, 1874
    Helena, 1876
    Iaiá Garcia, 1878
    Memórias Póstumas de Blas Cubas, 1881
    Quincas Borba, 1891
    Dom Casmurro, 1899
    Esaú e Jacó, 1904
    Memorial de Aires, 1908


    Cuentos


    Contos fluminenses, 1870
    Histórias da meia-noite, 1873
    misa de gallo 1873
    Papéis avulsos, 1882
    O alienista, 1882
    Histórias sem data, 1884
    Várias histórias, 1896
    Páginas recolhidas, 1899
    Relíquias da casa velha, 1906


    Teatro


    Hoje avental, amanhã luva, 1860
    Queda que as mulheres têm para os tolos, 1861
    Desencantos, 1861
    O caminho da porta, 1863
    O protocolo, 1863
    Quase ministro, 1864
    Os deuses de casaca, 1866
    Tu, só tu, puro amor, 1880
    Não consultes médico, 1896
    Lição de botânica, 1906


    Traducciones al español


    Helena, Barcelona, Sirmio, 1992; tr. B. Losada ISBN 978-84-7769-051-1
    Quincas Borba, Barcelona, Icaria, 1990; tr. M. Cohen.
    Don Casmurro, Madrid, Cátedra, 1991; Barcelona, Círculo de Lectores, 2000; tr. P. del Barco.
    El alienista, Menoscuarto Ediciones, 2009, ISBN 978-84-96675-25-4
    La causa secreta y otros cuentos de almas enfermas, Madrid, Celeste, 2000; tr. J. Martín.
    Memorial de Aires, Valladolid, Cuatro.ediciones, 2001; tr. J. Dias-Sousa, ISBN 978-84-931403-3-5
    Memorias póstumas de Blas Cubas, Madrid, Alianza, 2003; tr. J. Á. Cilleruelo, ISBN 978-84-206-5510-9
    Memorias póstumas de Blas Cubas, México. SEP/UNAM, 1982; tr. Antonio Alatorre, ISBN 968-80-0272-0
    Memorias póstumas de Blas Cubas, Lima, Amotape Libros, 2015; tr. Óscar Limache y Alfredo Ruiz, ISBN 978-612-46965-6-5
    La causa secreta y otras historias, edición bilingüe, Lima, Amotape Libros, 2015; sel. Charles dos Santos; tr. Óscar Limache y Alfredo Ruiz, ISBN 978-612-46965-5-8
    Los papeles de Casa Velha, Madrid, Funambulista, 2005; tr. J. S. Cárdenas, ISBN 978-84-934532-4-4.
    Crónicas escogidas, Madrid, Sexto piso, 2008; tr. A. Coelho, ISBN 978-84-96867-19-2
    Quincas Borba, Buenos Aires, La Compañía, 2010; traducción y posfacio de Marcelo Cohen.
    La mano y el guante, Madrid, Siete Mares, 2011, tr. M. Serrano Pascual, ISBN 978-84-934966-5-4
    Cuentos de madurez, Valencia, Pre-Textos, 2011, tr. B. Guerra de Lemos, J. Bautista Rodríguez, ISBN 978-84-92913-90-9
    El alienista y otros relatos, México, Biblioteca del universitario No. 48, 2013; Universidad Veracruzana, tr. Santiago Kovladoff, prólogo de Rodolfo Mendoza Rosendo, ISBN 978-607-502-246-8




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    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:32

    Adán y Eva
    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis


    Una señora propietaria de un ingenio, en Bahía, allá por el año de mil setecientos y pico, estando reunida con algunos íntimos alrededor de su mesa, anunció a uno de sus invitados, famoso por su glotonería, un postre muy especial. Él quiso saber de inmediato de qué se trataba; la dueña de casa le pidió que supiera refrenar su curiosidad. No fue necesario nada más para que poco después todos estuvieran discutiendo acerca de la curiosidad, si era masculina o femenina, y si la responsabilidad de la pérdida del paraíso debía recaer sobre Eva o sobre Adán. Las señoras decían que sobre Adán, los hombres que sobre Eva, menos el juez que nada decía, y Fray Bento, carmelita, quien al ser interrogado por la dueña de casa, doña Leonor, respondió sonriendo:

    —Yo, señora mía, toco violín—; y no mentía, porque era insigne en el violín y en el arpa, no menos que en la teología.

    Consultado, el juez respondió que no habla, en rigor, sobre qué opinar, ya que las cosas, en el paraíso, ocurrieron de modo diferente a como estaba narrado en el primer libro del Pentateuco, que es apócrifo. Asombro general, carcajada del carmelita, que conocía al juez como uno de los hombres más piadosos de la región, y que sabía que era también jovial e inventivo, y hasta amigo de las mentiras, desde que fueran oportunas y piadosas; en las cosas graves, en cambio, era gravísimo.

    —Fray Bento —le dijo doña Leonor—, haga callar al señor Veloso.

    —No lo hago callar —afirmó el fraile—, porque sé que de su boca ha de salir todo con buena intención.

    —Pero la Escritura… —Empezó a decir el hacendado João Barboza.

    —Dejemos en paz la Escritura —interrumpió el carmelita—. Naturalmente, el señor Veloso conoce otros libros…

    —Conozco el auténtico —insistió el juez, recibiendo la porción del postre que doña Leonor le ofrecía—, y estoy listo para decir lo que sé, si no ordenan lo contrario.

    —Vamos, empiece.

    —Las cosas ocurrieron así. En primer lugar, al mundo no lo creó Dios, sino el Diablo…

    —¡Santo Cielo! —exclamaron las señoras.

    —No pronuncie ese nombre —le pidió doña Leonor.

    —Sí, pareciera que… —empezó a decir Fray Bento.

    —Sea. Lo llamaremos el Tiñoso. Al mundo lo creó el Tiñoso; pero Dios, que leyó su pensamiento, solo dejó en libertad sus manos, corrigiendo o atenuando la obra, a fin de que ni el propio mal desesperara de la salvación o del perdón. Y la acción divina no tardó en evidenciarse ya que habiendo el Tiñoso creado las tinieblas, Dios creó la luz, y así surgió el primer día. Al segundo día, durante el cual fueron creadas las aguas, nacieron las tempestades y los huracanes; pero las brisas de la tarde bajaron del pensamiento divino. Al tercer día, fue hecha la tierra, y en ella brotaron las plantas, pero solo los vegetales sin flor ni fruto, los espinosos, las hierbas que matan como la cicuta; Dios, empero, creó los árboles frutales y los vegetales que nutren o encantan. Y habiendo el Tiñoso cavado abismos y cavernas en la tierra, Dios hizo el sol, la luna y las estrellas; tal fue la obra del cuarto día. Al quinto se crearon los animales de la tierra, del agua y del aire. Llegamos al sexto día, y aquí pido que redoblen la atención.

    No era necesario que lo pidiese; toda la mesa estaba con los ojos fijos en él, absorta.

    Veloso prosiguió diciendo que en el sexto día fue creado el hombre, y en seguida la mujer; ambos bellos, pero sin alma, ya que el Tiñoso no podía dárselas, y solo con instintos perversos. Dios les infundió el alma, con un soplo, y con otro los sentimientos nobles, puros y grandes. No cesó allí la misericordia divina; hizo brotar un jardín de delicias, y a él los condujo, poniéndolo todo en sus manos. Uno y otro cayeron a los pies del Señor, derramando lágrimas de gratitud. “Viviréis aquí, les dijo el Señor, y comeréis de todos los frutos, menos el de este árbol, que es el de la ciencia del Bien y del Mal”.

    Adán y Eva oyeron sumisos; y una vez solos, se miraron uno al otro, fascinados; no parecían los mismos. Eva, antes que Dios le infundiese los buenos sentimientos, pensaba tenderle una trampa a Adán, y Adán sentía ganas de golpearla. Ahora, empero, embebíanse en la contemplación recíproca o en la observación de la naturaleza, que era espléndida. Nunca hasta entonces habían visto aires tan puros, ni aguas tan frescas, ni flores tan lindas y perfumadas, ni había otros sitios donde el sol derramara aquellos torrentes de claridad. Y tomados de la mano recorrieron todo, riéndose mucho, en los primeros días, porque hasta entonces no habían aprendido a reir. No tenían la sensación del tiempo. No sentían el peso del ocio; vivían inmersos en la contemplación. Al atardecer iban a ver morir el sol y nacer la luna, y a contar las estrellas, y raramente llegaban a mil; el sueño los invadía y se dormían como dos ángeles.

    Naturalmente, el Tiñoso se puso furioso cuando supo lo que había ocurrido. No podía ir al paraíso, donde todo le era hostil, ni tampoco intentaría luchar con el Señor; pero oyendo un rumor en el suelo, entre hojas secas, miró y vio que era la serpiente. La llamó alborozado.

    —Ven aquí, sierpe, fiel rastrera, ponzoña de ponzoñas, ¿quieres tú ser la embajadora de tu país, para reconquistar las obras de tu padre?

    La serpiente hizo con la cola un movimiento vago, que parecía afirmativo; pero el Tiñoso le dio el habla, y ella respondió que sí, que iría donde él se lo ordenase; a las estrellas, si le diese las alas del águila; al mar, si le confiase el arte de respirar en el agua; al fondo de la tierra, si la dotase del talento de la hormiga. Y hablaba la maligna, cómo hablaba, sin parar, contenta y pródiga en palabras; pero el diablo la interrumpió:

    —Nada de eso, ni al aire, ni al mar, ni a la tierra, sino únicamente al jardín de las delicias; allí están viviendo Adán y Eva.

    —¿Adán y Eva?

    —Sí, Adán y Eva.

    —¿Dos hermosas criaturas que vimos tiempo atrás, caminando altas y rectas como palmeras?

    —Exactamente.

    —¡Oh! ¡Los detesto! Me basta verlos para sufrir indeciblemente. No querrás que les haga mal…

    —Eso es justamente lo que quiero.

    —¿Si? Entonces cuenta conmigo. Iré, haré todo lo que desees, mi señor y padre. Anda, dime rápido qué quieres que haga. ¿Que muerda el talón de Eva? Lo morderé…

    —No, —interrumpió el Tiñoso—. Quiero justamente lo contrario. En el jardín hay un árbol, que es el de la ciencia del Bien y del Mal; ellos tienen prohibido tocarlo y comer de sus frutos. Ve, entra, enróscate en el árbol, y cuando uno de ellos pase por allí, llámalo en voz baja, arranca una fruta y ofrécesela diciendo que es la más sabrosa del mundo; si te responde que no, tú insistirás, diciéndole que basta probarla para conocer el mismísimo secreto de la vida. Ve, anda…

    —Sí, mi señor; pero no me dirigiré a Adán sino a Eva. Ya estoy en marcha. ¿O sea que el mismísimo secreto de la vida, no?

    —Exactamente, el mismísimo secreto de la vida. Ve, sierpe de mis entrañas, flor del mal, y si sabes cumplir, juro que tendrás la mejor parte entre las presas que te ofrece la creación, que es la parte humana, porque tendrás mucho talón de Eva para morder, mucha sangre de Adán en la que inocular el virus del mal… Anda, anda, no te olvides…

    ¿Olvidar? Ya todo estaba perfectamente memorizado. Llegó al paraíso, penetró en él, alcanzó arrastrándose el árbol del Bien y el Mal, se enroscó y esperó. Al rato, apareció Eva, caminando sola, esbelta, con el aplomo de una reina segura de que nadie le arrancará la corona. La serpiente, mordida por la envidia, ya estaba a punto de traer la ponzoña a su lengua, cuando recordó que estaba allí a las órdenes del Tiñoso y, con voz de miel, la llamó. Eva se estremeció.

    —¿Quién me llama?

    —Soy yo, aquí estoy saboreando esta fruta…

    —¡Desgraciada, es el árbol del Bien y del Mal!

    —Lo sé. Ahora conozco todo, el origen de las cosas y el enigma de la vida. Acércate, prueba y serás dueña de grandes poderes en la tierra.

    —¡Pérfida! ¡No lo haré!

    —¡Necia! ¿Por qué rechazas el resplandor de los tiempos? Escúchame, haz lo que te digo, y serás legión, fundarás ciudades y te llamarás Cleopatra, Dido, Semíramis; engendrará héroes tu vientre, y serás Cornelia; oirás la voz del cielo, y serás Débora; cantarás y serás Safo. Y un día, si Dios quiere bajar a la tierra, elegirá tus entrañas y te llamarás María de Nazaret. ¿Qué más puedes querer? Realeza, poesía, divinidad, todo lo cambias por una tonta obediencia. Y no solo tendrás lo que te he dicho. Hay más. Toda la naturaleza te hará bella y más bella. Colores de las hojas verdes, colores del cielo azul, vivos o pálidos, colores de la noche, han de reflejarse en tus ojos. La misma noche, en pugna con el sol, vendrá a jugar en tus cabellos. Los hijos de tu seno tejerán para ti las mejores vestiduras, compondrán los más finos aromas, y las aves te darán sus plumas, y la tierra sus flores, todo, todo, todo…

    Eva escuchaba impasible; entonces llegó Adán, los oyó y confirmó la respuesta de Eva; nada valía la pérdida del paraíso, ni la ciencia, ni el poder, ni ninguna de las demás ilusiones de la tierra. Luego de decir esto, se tomaron de las manos, y se alejaron de la serpiente, que partió presurosa a informar al Tiñoso…

    Dios que oyera todo, dijo a Gabriel:

    —Ve, arcángel mío, desciende al paraíso terrestre donde viven Adán y Eva, y tráelos a la eterna bienaventuranza que merecen por la repulsión que manifestaron ante las instigaciones del Tiñoso.

    Y el arcángel, tras encasquetarse el yelmo de diamantes, que centellea como un millón de soles, cruzó instantáneamente los aires, llegó hasta Adán y Eva y les dijo:

    —Salve, Adán y Eva. Venid conmigo al paraíso celestial, al que os habéis hecho acreedores por la repulsión que manifestasteis ante las instigaciones del Tiñoso.

    Uno y otro, atónitos y confusos, se curvaron en señal de obediencia; entonces Gabriel los tomó de las manos, y los tres ascendieron hasta la morada eterna, donde miríadas de ángeles los esperaban, cantando:

    —Entrad, entrad. La tierra que dejasteis, ha sido entregada a las obras del Tiñoso, a los animales feroces y maléficos, a las plantas dañinas y ponzoñosas, al aire impuro, a la vida de los pantanos. Reinará en ella la serpiente que se arrastra, babea y muerde, ninguna criatura igual a vosotros pondrá entre tanta abominación la nota de la esperanza y de la piedad.

    Y así fue como Adán y Eva entraron al cielo, al son de todas las cítaras que unían sus notas en un himno a los dos egresados de la creación…

    …Cuando terminó de hablar, el juez extendió el plato a doña Leonor para que le sirviese más postre, mientras los demás comensales se miraban unos a otros, boquiabiertos; en vez de oír una explicación, habían escuchado una narración enigmática o, por lo menos, sin sentido aparente. Doña Leonor fue la primera en hablar:

    —Bien decía yo que el señor Veloso estaba bromeando con nosotros. No fue eso lo que le pedimos que nos contara, ni nada de eso sucedió ¿no es cierto, Fray Bento?

    —El señor juez lo sabe perfectamente —respondió el carmelita sonriendo.

    Y el juez llevándose a la boca una cucharada de postre:

    —Pensándolo bien, creo que nada de eso ocurrió; pero además, doña Leonor, si hubiese ocurrido, no estaríamos aquí saboreando este postre, que es, en verdad, algo delicioso. ¿Sigue trabajando para usted aquella vieja repostera de Itapagipe?

    *FIN*




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    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:33

    Anécdota pecuniaria
    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis



    Se llama Falcão mi hombre. Aquel día -catorce de abril de 1870- quien entrase a su casa, a las diez de la noche, lo vería paseándose por el comedor, en mangas de camisa, pantalón negro y corbata blanca, refunfuñando, gesticulando, suspirando, evidentemente afligido. A veces se sentaba; otras, se apoyaba en la ventana, mirando hacia la playa, que era la de Gamboa. Pero, en cualquier lugar o actitud se demoraba poco tiempo.

    -Hice mal -decía él-, muy mal. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! ¡Iba llorando, pobrecita! Hice mal, muy mal… ¡Al menos que sea feliz!

    Si yo dijera que este hombre vendió una sobrina, no me creerán; si caigo más bajo y menciono el precio, diez contos de reis, me darán la espalda con desprecio e indignación. Sin embargo, basta ver esta mirada felina, estos dos labios, maestros del cálculo, que incluso cerrados parecen estar contando algo, para adivinar en seguida que el rasgo capital de nuestro hombre es la voracidad del lucro. Entendámonos: ¡él cultiva el arte por el arte, no ama el dinero por lo que le puede dar, sino por lo que es en sí mismo! Que nadie pretenda verlo usufructuar de las grandes comodidades de la vida. No tiene una cama blanda, ni una mesa fina, ni carruaje, ni blasones. No se gana dinero para derrocharlo, decía él. Vive de migajas; todo lo que acumula es para la contemplación. Va muchas veces hasta la caja de caudales, que está en la alcoba, con el único fin de hartar sus ojos en la contemplación de las barras de oro y en los manojos de títulos. Otras veces, impulsado por un refinamiento de su erotismo pecuniario, los contempla en su memoria. En este particular, todo lo que yo pueda decir estaría por debajo de la elocuencia con que hablaría cualquiera de las cosas que él mismo podría afirmar o hacer en 1857.

    Ya entonces millonario, o casi, encontró en la calle dos niños conocidos suyos, que le preguntaron si un billete de cinco mil reis que les había dado un tío, era verdadero. Circulaban por entonces algunos billetes falsos y los niños lo recordaron mientras paseaban. Falcão iba con un amigo. Tomó trémulo el billete, lo examinó bien, lo miró de un lado, luego de otro…

    -¿Es falso? -preguntó con impaciencia uno de los niños.

    -No, es verdadero.

    -Devuélvamelo -dijeron al unísono los niños.

    Falcão dobló el billete lentamente, sin quitarle los ojos de encima; después lo reintegró a los pequeños, y volviéndose hacia su amigo, que lo aguardaba, le dijo con el mayor candor del mundo:

    -Da gusto ver dinero, aunque no sea de uno.

    A tal punto llegaba su amor al dinero: hasta la contemplación desinteresada. ¿Qué otro motivo podía tener para detenerse frente a las vidrieras de los cambistas, cinco, diez, quince minutos, lamiendo con los ojos las pilas de libras y francos, tan prolijitos y amarillos? El mismo sobresalto con que tomó el billete de cinco mil reis, era un rasgo sutil, era el terror ante el posible billete falso. A nadie odiaba tanto como a los falsificadores de monedas, no porque fueran criminales, sino por lo perjudiciales que resultaban, porque desmoralizaban el dinero bueno.

    El lenguaje de Falcão bien valdría un estudio. Cierto día, en 1864, volviendo del entierro de un amigo, aludió al esplendor del cortejo, exclamando con entusiasmo: “¡Sostenían el cajón tres mil contos!” y, como uno de los oyentes no le entendiese de inmediato, Falcão concluyó de la extrañeza del otro que en el fondo dudaba de él, y detalló: “Fulano cuatrocientos, Zutano seiscientos… Sí, señor, seiscientos; hace dos años, cuando disolvió la sociedad con el suegro, ya andaban por más de quinientos…” Y así prosiguió, demostrando, sumando y concluyendo: “¡Exactamente, tres mil contos!”

    No era casado. Casarse era despilfarrar el dinero. Pero los años pasaron, y a los cuarenta y cinco empezó a sentir cierta necesidad moral, que no comprendió en seguida, y que era la nostalgia de la paternidad. No la falta de una mujer, no la de parientes, sino la de un hijo o hija, que para él sería como recibir un patacón de oro. Desgraciadamente, para cosechar tales beneficios ahora debería haber acumulado el capital en el momento debido, no podía empezar recién para ganarlo más tarde. Le quedaba la alternativa de la lotería; la lotería le dio el premio grande.

    Murió su hermano y tres meses después su cuñada, dejando huérfana una hija de once años. Él la quería mucho, al igual que a otra sobrina, hija de una hermana viuda; las besaba una y otra vez cuando las visitaba; llegaba incluso al delirio de llevarles, una y otra vez, galletitas. Vaciló un poco, pero finalmente recogió a la huérfana; ella era la hija anhelada. No cabía en sí de la alegría; durante las primeras semanas, casi no salía de su casa, siempre a su lado, oyendo sus cuentos y festejándole todas sus ocurrencias.

    Se llamaba Jacinta, y no era linda; pero tenía la voz melodiosa y era de modales suaves. Sabía leer y escribir, empezaba a aprender música. Trajo el piano consigo, el método y algunos ejercicios; no pudo traerse al profesor, porque el tío entendió que era mejor ir practicando lo que había aprendido, y un día… más tarde… Once años, doce años, trece años, cada año que pasaba creaba un nuevo vínculo que ataba al viejo solterón a la hija adoptiva, y viceversa. A los trece, Jacinta dirigía la casa; a los diecisiete era señora absoluta de todo. No abusó de su poder; era naturalmente modesta, frugal, medida.

    -¡Un ángel! -decía Falcão a Paco Borges.

    Este Paco Borges tenía cuarenta años, y era propietario de un depósito portuario de mercaderías. Iba a jugar con Falcão por la noche. Jacinta presenciaba los partidos. Tenía por entonces dieciocho años; no estaba más linda, pero decían todos que “se estaba poniendo muy atractiva”. Era menuda, y al dueño del depósito le encantaban las mujeres pequeñas. Sus sentimientos fueron correspondidos y la atracción se transformó en amor.

    -¡Comencemos! -decía Paco Borges al entrar, luego de los saludos.

    Las cartas eran la sombrilla de los dos enamorados. No jugaban por dinero; pero Falcão tenía tal sed de lucro, que contemplaba las propias fichas y las contaba cada diez minutos, para ver si ganaba o perdía. Cuando perdía, se apoderaba de él un desaliento incurable, y él se replegaba poco a poco en el silencio. Si la suerte se empeñaba en perseguirlo, terminaba el partido y se levantaba de la mesa tan melancólico y ciego, que la sobrina y su novio podían tomarse de las manos una, dos, tres veces, sin que él advirtiese nada.

    Esto ocurría en 1869. A principios de 1870 Falcão propuso a Paco Borges una venta de acciones. No las tenía, pero olfateó una gran baja, y calculaba ganarle de una sola vez treinta o cuarenta contos a Paco. Éste le respondió diplomáticamente que andaba pensando en proponerle lo mismo. Dado que ambos querían vender y ninguno de ellos comprar, podían unirse y proponer la venta a un tercero. Encontraron al tercero, y cerraron trato a sesenta días. Falcão estaba tan contento al volver del negocio, que el socio le abrió su corazón y le pidió la mano de Jacinta. Fue lo mismo que si, de repente, empezara a hablar en turco. Falcão lo miró, pasmado, sin entender. ¿Que le diese su sobrina? Pero entonces…

    -Sí, te confieso que deseo ardientemente casarme con ella, y a ella… pienso que también le agradaría casarse conmigo.

    -¡De ninguna manera! -interrumpió Falcão-. No, señor; es una niña, no estoy de acuerdo.

    -Pero escúchame…

    -No tengo nada que escuchar, no quiero.

    Regresó a su casa irritado y aterrorizado. La sobrina se desvivió queriendo saber qué le ocurría, finalmente él le contó todo, y la llamó desagradecida. Jacinta empalideció; amaba a los dos, y los veía tan unidos que no se imaginó nunca ante la disyuntiva de tener que contraponer sus afectos. A solas en su cuarto, lloró largamente; después le escribió una carta a Paco Borges rogándole por las cinco llagas de Nuestro Señor Jesucristo que no provocase ningún escándalo ni se peleara con el tío; le decía que esperase y le juraba un amor eterno.

    No se pelearon los dos amigos; pero los encuentros fueron haciéndose más esporádicos y fríos. Jacinta no se reunía con ellos en el comedor, o si lo hacía se retiraba en seguida. El terror de Falcão era enorme. Él amaba a su sobrina con un amor de perro, que persigue y muerde a los extraños. La quería para sí, no como hombre, sino como padre. La paternidad natural infunde fuerzas para consumar el sacrificio de la separación; la paternidad de Falcão era impostada y, tal vez por eso mismo, más egoísta. Nunca había pensado en perderla; ahora, empero, eran treinta mil los recaudos que tomaba para evitarlo, ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, una vigilancia perpetua, un incesante control de gestos y palabras, una auténtica caza de brujas.

    Entre tanto el sol, modelo de todo funcionario, continuó sirviendo puntualmente a los días, uno a uno, hasta llegar a los dos meses del plazo convenido para la entrega de las acciones. Éstas debían bajar, según las previsiones de los dos; pero las acciones, como las loterías y las batallas, se burlan de los cálculos humanos. En aquel caso, además de burla, hubo crueldad, porque ni bajaron ni se mantuvieron estables, sino que repuntaron hasta convertir el esperado lucro de los cuarenta contos en una pérdida de veinte.

    Fue entonces cuando Paco Borges tuvo una ocurrencia genial. En la víspera, cuando Falcão, abatido y mudo, paseaba por el comedor su desencanto, Borges le propuso costear solo todo el déficit, si él accedía a darle la mano de su sobrina. A Falcão se le encendieron los ojos.

    -¿Que yo…?

    -Exactamente -interrumpió el otro riendo.

    -No, no…

    No quiso; tres o cuatro veces rechazó el ofrecimiento. La primera impresión había sido de alegría, eran diez contos que no se irían de su bolsillo. Pero la idea de separarse de Jacinta era insoportable y la rechazó. Durmió mal. De mañana, encaró la situación, ponderó las cosas, consideró que, entregándole al otro su sobrina, no perdía totalmente, mientras que de no proceder así, los diez contos se esfumaban irremediablemente. Y, además, si ella lo quería y él la quería a ella ¿por qué razón separarlos? Todas las hijas se casan, y los padres se contentan viéndolas felices. Corrió a casa de Paco Borges y llegaron a un acuerdo.

    -Hice mal, muy mal -vociferaba él la noche del casamiento-. ¡Tan amigos que éramos! ¡Tan amorosa que fue siempre conmigo! Iba llorando, pobrecita… Hice mal, muy mal.

    Había cesado el terror de los diez contos; empezaba el hastío de la soledad. A la mañana siguiente, fue a visitar a la pareja. Jacinta no se limitó a ofrecerle un buen almuerzo, sino que, además, lo llenó de mimos y atenciones; pero ni éstos ni el almuerzo le restituyeron la alegría. Al contrario, la felicidad de la pareja lo entristeció más. Al regresar a su casa no encontró la carita tierna de Jacinta. Nunca más volvería a oír sus canciones de niña y muchacha; no sería ella quien le haría el té, quien habría de traerle, por la noche, cuando él quisiese leerlo, el viejo tomo gastado de Saint-Clair de las Islas, dádiva de 1850.

    -Hice mal, muy mal…

    Para remediar el daño hecho, transfirió el juego de cartas a la casa de la sobrina, y allá iba, por la noche, a vérselas con Paco Borges. Pero la fortuna cuando flagela a un hombre, le desbarata todas sus bazas. Cuatro meses más tarde, los recién casados se fueron a Europa; la soledad tomó las dimensiones de la extensión del mar. Falcão tenía por entonces cincuenta y cuatro años. Ya aceptaba con más resignación el casamiento de Jacinta; tenía, incluso, el plan de ir a vivir con ellos, ya sea gratuitamente, o mediante una pequeña retribución, que calculó que sería mucho más económica que el gasto que le demandaba vivir solo. Todo se esfumó; ahí está él otra vez en la situación en que se encontraba ocho años antes, con la diferencia de que la suerte le había arrancado la copa entre dos tragos.

    Así estaban las cosas cuando cayó en su casa otra sobrina. Era la hija de su hermana viuda, que, al borde de la muerte, le pedía encarecidamente que se ocupase de ella. Falcão no prometió nada, porque un cierto instinto lo llevaba a no prometer jamás nada a nadie, pero lo cierto es que recibió a la sobrina tan pronto como su hermana cerró los ojos. No tuvo recelos de ningún tipo; por el contrario, le abrió las puertas de su casa con el júbilo de un alma enamorada, y casi bendijo la muerte de su hermana. Volvía a recuperar a la hija perdida.

    “Ésta ha de cerrar mis ojos”, se decía.

    No era fácil. Virginia tenía dieciocho años, sus facciones eran hermosas y originales; era esbelta y atractiva. Para evitar que se la arrebataran, Falcão empezó por donde había terminado la primera vez: ventanas cerradas, advertencias a la criada negra, salidas contadas, sólo con él y mirando hacia el suelo. Virginia no se mostró enfadada.

    -Nunca fui ventanera -decía ella-, y me parece muy feo que una muchacha viva pendiente de lo que ocurre en la calle.

    Otro recaudo de Falcão fue no traer a su casa sino hombres de cincuenta años para arriba o casados, cuando eran menores. Por último, dejó de inquietarse por la baja de las acciones. Y todo eso era innecesario porque la sobrina no se ocupaba de otra cosa que de él y de la casa. A veces, como la vista del tío comenzaba a disminuir mucho, le leía ella misma alguna página del Saint-Clair de las Islas. Para suplantar a los compañeros de mesa, cuando faltaban, aprendió a jugar a las cartas, y sabiendo que a su tío le gustaba ganar, siempre lograba perder. Llegaba más lejos: cuando perdía mucho, simulaba estar ofuscada o triste, con el único propósito de darle a su tío una pizca más de placer. Él entonces se reía con ganas, se burlaba de ella, le decía que su nariz era larga, pedía un pañuelo para enjugarle las lágrimas; pero no dejaba de contar sus fichas de diez en diez minutos, y si alguna caía al suelo (eran granos de maíz) bajaba la vela para recogerla.

    Tres meses más tarde, Falcão se enfermó. La molestia no fue grave ni larga; pero el terror de la muerte se apoderó de su espíritu, y fue entonces cuando pudo advertirse hasta qué punto llegaba su apego a la muchacha. Cada visitante que llegaba era recibido con rispidez, o por los menos con sequedad. Los íntimos padecían más, porque él les decía brutalmente que todavía no era un cadáver, que la presa todavía estaba viva, que los buitres se equivocaban de olor, etcétera. Virginia, en cambio, nunca tuvo que sufrir un solo instante de mal humor. Falcão la obedecía en todo, con pasividad de niño, y cuando reía era porque ella lo hacía reír.

    -Vamos, tome su remedio, déjese de rezongos, usted es ahora mi hijo…

    Falcão sonreía y bebía el preparado. Ella se sentaba al borde de la cama, le narraba cuentos, vigilaba el reloj para darle a horario los caldos o la carne de gallina, le leía el sempiterno Saint-Clair. Llegó la convalecencia. Falcão salió a dar algunos paseos, en compañía de Virginia. La prudencia con que ésta, dándole el brazo, iba mirando las piedras de la calle, cuidándose de encarar los ojos de algún hombre, le encantaba a Falcão.

    “Ésta ha de cerrar mis ojos”, se repetía. Un día llegó a pensarlo en voz alta:

    -¿No es cierto que tú habrás de cerrar mis ojos?

    -¡No diga tonterías!

    Allí mismo, en la calle, él se detuvo, le estrechó fuertemente las manos, agradecido, no sabiendo qué decir. Si tuviese la facultad de llorar, seguramente en aquel instante sus ojos se habrían humedecido. De vuelta en casa, Virginia corrió a su habitación a releer una carta que le entregara en la víspera una tal doña Bernarda, amiga de su madre. Estaba fechada en Nueva York y traía por toda firma este nombre: Reginaldo. Uno de los párrafos decía así:

    Parto de aquí en el vapor del día 25. Espérame. No sé todavía si iré a verte en seguida o no. Tu tío debe acordarse de mí; me vio en casa de mi tío Paco Borges, el día del casamiento de tu prima…

    Cuarenta días después desembarcaba este Reginaldo, llegado de Nueva York, con treinta años cumplidos y trescientos mil dólares. Veinticuatro horas después visitó a Falcão, que lo recibió apenas con educación. Pero Reginaldo era fino y práctico; dio con la cuerda principal de su interlocutor y la hizo tañer. Le habló de los prodigiosos negocios de los Estados Unidos, las hordas de monedas que corrían de uno a otro de los océanos que bañaban sus costas. Falcão lo escuchó deslumbrado y le pedía más y más información. Entonces el otro le hizo un extenso recuento de las compañías y bancos, acciones, saldos de finanzas públicas, riquezas particulares, organización municipal de Nueva York; le describió los grandes palacios consagrados al comercio…

    -Realmente es un gran país -decía Falcão de cuando en cuando. Y luego de tres minutos de reflexión-, pero, por lo que usted cuenta, sólo hay oro.

    -Oro, sólo, no; hay mucha plata y papel; pero allí papel y oro es la misma cosa. Y ni qué hablar de monedas de otras naciones. Le mostraré una colección que traigo. Mire: para ver lo que es aquello basta fijarse en mí: fui allá pobre, tenía veintitrés años; al cabo de siete años, traigo seiscientos contos.

    Falcão se estremeció:

    -Yo, a su edad, -confesó-, apenas si llegaba a cien.

    Estaba encantado. Reginaldo le dijo que necesitaba dos o tres semanas para contarle los milagros del dólar.

    -¿Cómo dice usted que se llama?

    -Dólar.

    -¿Me creerá si le digo que nunca vi esa moneda?

    Reginaldo sacó del bolsillo del chaleco un dólar y se lo mostró. Falcão, antes de tenerlo en su mano, lo atrapó con los ojos. Como estaba un poco oscuro, se incorporó y fue hasta la ventana para examinarlo bien de ambos lados; después lo restituyó a su dueño, elogiando mucho el dibujo y la acuñación, agregando que nuestros antiguos patacones eran también muy lindos.

    Las visitas se repitieron. Reginaldo resolvió pedir la mano de la muchacha. Ésta, empero, le dijo que era preciso obtener primero la anuencia del tío; no se casaría contra su voluntad. Reginaldo no se desanimó. Se empeñó en redoblar sus atenciones para con Falcão; abarrotó al tío de Virginia de dividendos fabulosos.

    -A propósito, nunca me mostró su colección de monedas -le dijo un día Falcão.

    -Venga mañana a mi casa.

    Falcão fue. Reginaldo le mostró la colección metida en un mueble cuyos cuatro lados eran de vidrio. La sorpresa de Falcão fue extraordinaria; esperaba encontrar una cajita con un ejemplar de cada moneda, y encontró montañas de oro, plata, bronce y cobre. Falcão les echó una ojeada general y colectiva; después empezó a observarlas en detalle. Sólo reconoció las libras, los dólares y los francos; pero Reginaldo las nombró todas: florines, coronas, rublos, dracmas, pesos, rupias, toda la numismática del trabajo, concluyó poéticamente.

    -Pero ¡qué paciencia la suya para juntar todo esto! -dijo él.

    -No fui yo quien las juntó -replicó Reginaldo-; la colección pertenecía al expolio de un personaje de Filadelfia. Me costó una bagatela: cinco mil dólares.

    En verdad, la colección valía más. Falcão salió de allí con la colección en el alma; le habló de ella a su sobrina e imaginariamente desordenó y volvió a ordenar las monedas, como un amante revuelve los cabellos de la amada para volver a acariciarlos otra vez. Esa noche soñó que era un florín, que un jugador lo arrojaba a la mesa del lansquenet, y que él traía consigo, hacia el bolsillo del jugador, más de doscientos florines. A la mañana siguiente, para consolarse, fue a contemplar las primeras monedas que tenía en la caja de caudales; pero no encontró el consuelo que buscaba. El mejor de los bienes es el que no se posee. Días después, estando en el comedor de su casa, le pareció ver una moneda en el suelo. Se agachó para recogerla; no era una moneda, era una simple carta. La abrió distraídamente y la leyó asombrado: era de Reginaldo y estaba dirigida a Virginia…

    -¡Basta! -me interrumpe el lector-; adivino lo demás. Virginia se casó con Reginaldo, las monedas pasaron a manos de Falcão, y eran falsas…

    No, señor, eran verdaderas. Hubiera sido más ético que, para castigo de nuestro hombre, fuesen falsas; pero ¡ay de mí!, yo no soy Séneca, no paso de un Suetonio que contaría diez veces la muerte de César, si él resucitase diez veces, pues no retornaría a la vida sino para volver al imperio.



    FIN

    “Anedota pecuniária”,
    Gazeta de Notícias, 1883




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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:35

    Cántiga de los esponsales
    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis




    Imagine la lectora que está en 1813, en la iglesia de Carmo, oyendo una de aquellas buenas fiestas antiguas, que eran la mayor diversión pública y lo mejor del arte musical. Sabe cómo es una misa cantada; puede imaginar lo que sería una misa cantada en aquellos años remotos. No llamo su atención hacia los curas y sacristanes, ni hacia el sermón, ni hacia los ojos de las jóvenes cariocas, que ya eran bonitas en aquel tiempo, ni hacia las mantillas de las señoras graves, las casacas, las cabelleras, las cortinas, las luces, los inciensos, nada. Ni siquiera hablo de la orquesta, que es excelente; me limito a mostrarle una cabeza blanca, la cabeza de ese viejo que dirige la orquesta con alma y devoción.

    Se llama Román Pires. Tendrá sesenta años, no menos en todo caso, nació en el Valongo, o por esos lados. Es un buen músico y un buen hombre; todos los colegas lo quieren.

    El maestro Román es su nombre familiar; y decir familiar o público era la misma cosa en tal materia y en aquellos tiempos. “La misa será dirigida por el maestro Román”, equivalía a esta forma de anuncio, años después: “Entra en escena el actor João Caetano”. O a esta: “El actor Martinho cantará una de sus mejores arias”. Era la sazón adecuada, el aliciente delicado y popular. ¡El maestro Román dirige la fiesta! ¿Quién no conocía al maestro Román, con su aire circunspecto, recatado el mirar, sonrisa triste y paso lento? Todo esto desaparecía al frente de la orquesta; y entonces la vida se derramaba por todo el cuerpo y todos los gestos del maestro; la mirada se encendía, la sonrisa se iluminaba: era otro. No significaba esto que él fuera el autor de las misas; esta, por ejemplo, que ahora dirige en el Carmo es de João Mauricio; pero él se aplica a su trabajo poniendo en ello el mismo amor que pondría si fuera suya.

    La fiesta terminó; y fue como si se apagara un resplandor intenso, dejándole el rostro iluminado apenas por la luz ordinaria; helo aquí descendiendo del coro, apoyado en el bastón; va a la sacristía a besar la mano a los padres y acepta un sitio en su mesa. Permanece todo el tiempo indiferente y callado. Termina la cena, sale, camina en dirección a la Calle de la Madre de los Hombres, en donde vive, en compañía de un negro viejo, papá José, que es como si fuera su verdadera madre, y que en este momento conversa con una vecina.

    –Ahí viene el maestro Román, papá José –dijo la vecina.

    –¡Eh!, ¡eh!, adiós vecina, hasta luego.

    Papá José dio un salto, entró en la casa, y esperó a su amo, que entró poco después con el mismo aire de siempre. La casa no era rica, por supuesto; ni alegre. No había en ella el menor vestigio de mujer, vieja o joven, ni pajaritos que cantasen, ni flores, ni colores vivos o cálidos. Casa sombría y desnuda. Lo más alegre que allí había era un clavicordio, donde el maestro Román tocaba algunas veces, estudiando. Sobre una silla, al lado, algunos papeles con partituras; ninguna suya…

    ¡Ah!, si el maestro Román pudiera, sería un gran compositor. Tal parece que hay dos clases de vocación, las que tienen lengua y las que no la tienen. Las primeras se realizan; las últimas representan una lucha constante y estéril entre el impulso interior y la ausencia de un modo de comunicación con los hombres. La de Román era de estas. Tenía la vocación íntima de la música; llevaba dentro de sí muchas óperas y misas, un mundo de armonías nuevas y originales que no alcanzaba a expresar y poner en el papel. Esta era la causa única de la tristeza del maestro Román. Naturalmente, el vulgo no se daba cuenta; unos decían esto, otros aquello: enfermedad, falta de dinero, algún disgusto antiguo; pero la verdad es esta: la causa de la melancolía del maestro Román era no poder componer, no poseer el medio de traducir lo que sentía. Y no porque escatimara el gasto de papel o el paciente trabajo, durante muchas horas, al frente del clavicordio; pero todo le salía informe, sin idea ni armonía. En los últimos tiempos hasta sentía vergüenza de los vecinos, y ya ni siquiera intentaba nada.

    Y, no obstante, si pudiera, terminaría al menos cierta pieza, un canto de esponsales, comenzado tres días después de su casamiento, en 1799. La mujer, que tenía entonces veintiún años, y murió de veintitrés, no era bonita, ni mucho ni poco, pero sí muy simpática, y lo amaba tanto como él a ella. Tres días después de su boda, el maestro Román sintió en su interior algo parecido a la inspiración. Imaginó entonces el canto esponsalicio, y quiso componerlo; pero la inspiración no logró salir. Como un pájaro que acaba de ser aprisionado, y forcejea por atravesar las paredes de la jaula, abajo, encima, impaciente, aterrorizado, así batía la inspiración de nuestro músico, encerrada dentro de él sin poder salir, sin encontrar una puerta, nada.

    Algunas notas llegaron a reunirse; él las escribió; asunto para una hoja de papel, apenas. Insistió al día siguiente, diez días después, veinte veces durante sus años de casado. Cuando murió su mujer releyó aquellas primeras notas conyugales, y se sintió más triste aún, por no haber podido dejar en el papel la sensación de esa felicidad ya extinta…

    –Papá José –dijo él–, hoy no me siento muy bien.

    –Tal vez el señor comió algo que le cayó mal…

    –No, desde esta mañana estaba así. Vaya a la botica…

    El boticario mandó cualquier cosa que él tomó esa noche; al día siguiente el maestro Román no se sentía mejor. Es preciso agregar que padecía del corazón: molestia grave y crónica.

    Papá José sintió temor cuando vio que el malestar no cedía al remedio, ni al reposo, y quiso llamar al médico.

    –¿Para qué? –dijo el maestro–. Esto pasa.

    El día no terminó peor y él pasó buena noche; no así el negro, que solo consiguió dormir dos horas. Los vecinos, una vez que se hubieron enterado de aquella dolencia, no tuvieron otro motivo de conversación; los que mantenían relación con el maestro fueron a visitarlo. Y le decían que no era nada, que eran achaques de la edad; alguien agregaba graciosamente que era un truco, para librarse de las derrotas que el boticario le propinaba en el juego de “gamao”; otro, que era cuestión de amores. El maestro Román sonreía, pero para sus adentros se decía que aquello era el final. “Todo acabó”, pensaba.

    Una mañana, cinco días después de la fiesta, el médico lo encontró realmente mal; y el maestro se lo notó en la expresión, por detrás de las palabras engañadoras:

    –Esto no es nada; es preciso no pensar en músicas…

    ¡En músicas! De pronto esta palabra del médico trajo al maestro una idea casi olvidada.

    Al quedarse solo con el esclavo, abrió la gaveta donde guardaba desde 1799 el canto de esponsales iniciado. Releyó aquellas notas arrancadas con tanto trabajo y nunca concluidas. Y tuvo entonces una idea singular:

    –Terminar la obra, fuese como fuese; cualquier cosa estaría bien, con tal de que significara dejar un poco de alma sobre la tierra.

    –¿Quién sabe? En 1880, tal vez, se interpretará esta obra y se contará que un tal maestro Román…

    El comienzo del canto remataba en un cierto la: este la, que resultaba bien allí donde estaba, era la última nota escrita. El maestro Román ordenó llevar el clavicordio a la habitación del fondo, que daba al solar: necesitaba aire.

    Por la ventana vio, en la ventana trasera de otra casa, una dulce pareja de recién casados, asomados, abrazados por los hombros y de manos unidas. El maestro Román sonrió con tristeza.

    –Ellos llegan –se dijo–, yo salgo. Compondré al menos este canto que ellos podrán tocar…

    Se sentó ante el clavicordio; reprodujo las notas y llegó al la…

    –La, la, la…

    Nada, no lograba seguir. Y, sin embargo, él sabía de música como el que más.

    La, do… la, mi… la, si, do, re… re… re…

    ¡Imposible! ninguna inspiración. No aspiraba a una pieza profundamente original; tan solo algo que no pareciese de otro y que se relacionase con la idea comenzada. Volvía al principio, repetía las notas, intentaba revivir un retazo de la sensación extinguida, se acordaba de su mujer, de aquellos tiempos primeros. Para completar la ilusión, dejaba correr su mirada por la ventana en dirección a la pareja de recién casados. Ellos seguían allí, con las manos unidas y rodeándose los hombros con los brazos; pero ahora se miraban uno al otro, en vez de mirar hacia abajo. El maestro Román, agotado por el malestar y la impaciencia, tornaba al clavicordio; pero la visión de la pareja no le traía la inspiración, y las notas siguientes no sonaban.

    –La, la, la…

    Desesperado, dejó el clavicordio, tomó el papel escrito y lo rompió. En ese momento, la joven absorta en la mirada del esposo, empezó a canturrear de cualquier modo, inconscientemente, alguna cosa nunca antes cantada ni sabida, una cosa en la cual cierto la proseguía después de un si con una linda frase musical, justamente aquella que el maestro Román había buscado durante años sin hallarla jamás. El maestro la oyó con pesar, sacudió la cabeza, y esa noche expiró.

    FIN

    “Cantiga de esponsais”,
    A Estação, 1883





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    y en ese vuelo y en ese sueño
    compartir contigo sol y luna,
    siendo guardián en tu cielo
    y tren de tus ilusiones."
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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:38

    Cláusula testamentaria
    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis



    …y es mi última voluntad que el cajón en que mi cuerpo haya de ser enterrado sea fabricado en casa de Joaquim Soares, que vive en la Rua da Alfãndega. Deseo que él sea informado acerca de esta disposición, que también será pública. Joaquim Soares no me conoce; pero es digno de la distinción, por ser uno de nuestros mejores artistas, y uno de los hombres más honrados de nuestra tierra…

    Se cumplió fielmente esta cláusula testamentaria. Joaquim Soares hizo el cajón en que fue introducido el cuerpo del pobre Nicolás B. de C.; lo fabricó él mismo, con amore; y, por fin, con un gesto cordial, pidió que se le autorizara a no recibir ninguna remuneración. Se daba por bien pagado; el favor que le concediera el difunto era en sí mismo un premio insigne. Sólo deseaba una cosa: copia del texto original de la cláusula. Se la dieron; él la mandó enmarcar y la colgó de un clavo, en el negocio. Los otros fabricantes de cajones, pasado el asombro, exclamaron que la disposición testamentaria era una desmesura. Felizmente -y ésta es una de las ventajas de la organización social-, felizmente todas las demás clases entendieron que aquella mano, brotando del abismo para bendecir la de un obrero modesto, había practicado una acción rara y magnánima. Corría el año 1855; la población estaba más concentrada; no se habló de otra cosa. El nombre de Nicolás revoloteó durante muchos días en la imprenta de la corte, de donde pasó a las de las provincias. Pero la vida universal es tan variada, los sucesos se acumulan con tal intensidad, y con tal prontitud y, finalmente, la memoria de los hombres es tan frágil, que un día llegó en que la acción de Nicolás cayó totalmente en el olvido.

    No vengo a restaurarla. Olvidar es una necesidad. La vida es una pizarra, en la que el destino, para escribir un nuevo episodio, tiene que borrar el anterior. Obra de tiza y esponja. No, no vengo a restaurarla. Hay millares de acciones tan hermosas y aún más hermosas que la de Nicolás, que han sido devoradas por el olvido. Vengo a decir que la cláusula testamentaria no es un efecto sin causa; vengo a mostrar una de las mayores curiosidades mórbidas de este siglo.

    Sí, lector amado, vamos a entrar en plena patología. Ese niño que ahí veis, a fines del siglo pasado (en 1855, cuando murió, tenía Nicolás sesenta y ocho años), ese niño no es un producto sano, no es un organismo perfecto. Al contrario, desde los más tiernos años, manifiesta mediante actos reiterados que hay en él algún vicio interior, alguna falla orgánica. No se puede explicar de otro modo la obstinación con que él corre a destruir los juguetes de los otros niños, no digo los que son iguales a los de él, o aun inferiores, sino los que son mejores o más costosos. Menos aún se comprende que, en los casos en que el juguete es único o por lo menos inusual, el joven Nicolás consuele a la víctima con dos o tres puntapiés; nunca menos de uno. Todo esto es oscuro. Culpa del padre no puede ser. El padre era un honrado comerciante o comisionista (la mayor parte de las personas a las que aquí se le da el nombre de comerciantes, decía el marqués de Lavradio, son nada más que simples comisionistas), que vivió con cierto brillo, en el último cuarto del siglo, hombre ríspido, austero, que amonestaba al hijo y, cuando era necesario, lo castigaba. Pero ni las amonestaciones ni los castigos servían de nada. El impulso interior de Nicolás era más eficaz que todos los bastones paternos; y, una o dos veces por semana, el pequeño reincidía en el mismo delito. Los disgustos de la familia eran profundos. Cierta vez llegó, incluso, a ocurrir algo que, por sus gravísimas consecuencias, merece ser contado.

    El virrey, que era por entonces el conde de Resende, andaba preocupado por la necesidad de construir un muelle en la playa de don Manuel. Esto, que sería hoy un simple episodio municipal, era en aquel tiempo, teniendo en cuenta las reducidas proporciones de la ciudad, una empresa importante. Pero el virrey no tenía recursos; los fondos públicos apenas podían cubrir las demandas ordinarias. Hombre de Estado, y probablemente filósofo, engendró un expediente no menos suave que proficuo; distribuir, a cambio de donativos pecuniarios, puestos de capitán, teniente y alférez. Divulgada la resolución, entendió el padre de Nicolás que era la ocasión propicia para figurar, sin peligro, en la galería militar del siglo, al mismo tiempo que con ello desmentía una doctrina brahamánica. De hecho, consta en las leyes de Manu que de los brazos de Brahma nacieron los guerreros, y del vientre los agricultores y comerciantes; el padre de Nicolás, al adquirir el rango de capitán, enmendaba ese punto de la anatomía gentilicia. Otro comerciante, que con él competía en todo, si bien eran parientes y amigos, apenas se enteró del cargo que le fuera conferido, fue también a llevar su piedra al muelle. Desgraciadamente, el despecho por haberse retrasado algunos días, le sugirió un arbitrio de mal gusto y, en nuestro caso, funesto; así fue que él pidió al virrey otro puesto de oficial del puerto (tal era el nombre dado a los agraciados por aquel motivo) para un hijo de siete años. El virrey vaciló pero el pretendiente, además de duplicar la donación, se empeñó a fondo en lograr lo que deseaba, y el niño fue nombrado alférez. Todo se cumplió en secreto; el padre de Nicolás sólo se enteró de lo ocurrido el domingo siguiente, en la iglesia del Carmen, al ver a los dos, padre e hijo, siendo que el niño lucía un uniforme en el que, por gentileza, le habían enfundado el cuerpo. Nicolás, que allí estaba también, se puso lívido; después, llevado por un impulso, se arrojó sobre el joven alférez y le destrozó el uniforme, antes que los padres pudiesen socorrerlo. Fue un escándalo. La gritería del pueblo, la indignación de los devotos, las quejas del agredido, interrumpieron por algunos instantes las ceremonias eclesiásticas. Los padres intercambiaron algunas palabras afuera, en el atrio, y se separaron peleados para siempre.

    -¡Este muchacho será nuestra perdición! -vociferaba el padre de Nicolás, en su casa, después del episodio.

    Nicolás recibió entonces muchos golpes, soportó mucho dolor, lloró, sollozó; pero en su conducta nada cambió. Los juguetes de los otros niños no corrieron menores riesgos. Lo mismo ocurrió con las ropas. Los niños más ricos del barrio no salían a la calle sino con las más modestas vestimentas de entrecasa, único modo de escapar a las uñas de Nicolás. Con el transcurso del tiempo, extendió él su aversión a las caras, cuando eran bonitas o consideradas como tales. La calle donde él vivía contaba con un sinnúmero de caras lastimadas, arañadas, contusas. Las cosas llegaron a tal punto, que el padre resolvió encerrarlo en su casa durante tres o cuatro meses. Fue un paliativo y, como tal, excelente. Mientras duró la reclusión, Nicolás se mostró poco menos que angelical; excepción hecha de aquella inclinación mórbida, era tierno, dócil, obediente, amigo de la familia, puntual en las oraciones. Pasados los cuatro meses, el padre lo soltó; ya era hora de que se encargase de él un profesor de lectura y gramática.

    -Déjemelo a mí -dijo el profesor-; déjemelo a mí. Le aseguro que con esto (y señalaba el rebenque)… con esto se le van a ir las ganas de maltratar a los compañeros.

    ¡Frívolo! ¡Tres veces frívolo profesor! Sí, no hay duda que él logró resguardar la integridad de los niños hermosos y las ropas vistosas, reprimiendo decididamente las primeras embestidas del pobre Nicolás; pero ¿se logró acaso que él se curase de su mal? Al contrario, obligado a contenerse, a tragar sus impulsos, padecía el doble, se volvía más lívido, con reflejos de un verde bronce; en ciertos casos se veía obligado a poner los ojos en blanco o a cerrarlos para no reventar, decía. Por otro lado, si bien dejó de perseguir a los más atractivos o mejor vestidos, no perdonó a los que se mostraban más adelantados en el estudio; los golpeaba, les quitaba los libros, y los arrojaba fuera de su alcance, a las playas o a las aguas costeras. Riñas, odios, tales eran los frutos de la vida para él, además de los dolores crueles que padecía, y que la familia se empecinaba en no entender. Si agregamos que él no pudo estudiar nada en forma sostenida, sino a los trancos, y mal, como los vagabundos comen, nada fijo, nada metódico, habremos visto algunas de las dolorosas consecuencias del hecho mórbido, oculto y desconocido. El padre, que soñaba con ver a su hijo en la universidad, sintiéndose obligado a estrangular también esa ilusión, estuvo a punto de maldecirlo; fue la madre quien lo salvó.

    Partió un siglo, llegó otro, sin que desapareciera la lesión de Nicolás. Murió su padre en 1807 y su madre en 1809; su hermana se casó con un médico holandés trece meses después. Nicolás pasó a vivir solo. Tenía veintitrés años; era uno de los petimetres de la ciudad; pero un petimetre singular, que no podía toparse con ningún otro, ya fuese más favorecido de facciones, o portador de algún chaleco especial, sin que padeciese un dolor violento, tan violento que lo obligaba a veces a morderse el labio hasta hacerlo sangrar. Había ocasiones en que se tambaleaba; otras en que le corría por la comisura de la boca un hilo casi imperceptible de espuma. Y el resto no era menos cruel. Nicolás quedaba, entonces, ríspido; en su casa todo le molestaba, todo le resultaba incómodo, todo nauseabundo; hería la cabeza de los esclavos con los platos, que además terminaban rotos, y perseguía a los perros a patadas; no tenía un minuto de tranquilidad, no comía, o comía mal. Por fin se dormía; y menos mal que dormía. El sueño reparaba todo. Despertaba plácido y afable, con alma de patriarca, y besaba a los perros entre las orejas, dejándose lamer por ellos, dándoles lo mejor de sí, entablando con los esclavos relaciones más familiares y tiernas. Y todos, perros y esclavos, olvidaban los golpes de la víspera, y acudían a su llamado obedientes, enamorados, como si éste fuese el verdadero señor y no el otro.

    Un día, en que estaba en casa de su hermana, le preguntó ésta por qué no seguía alguna carrera, algo que lo mantuviera ocupado, y…

    -Tienes razón; voy a pensarlo -dijo él.

    Intervino el cuñado y se manifestó a favor de un cargo en la diplomacia. El cuñado empezaba a sospechar que padecía alguna enfermedad y suponía que el cambio de clima bastaría para restablecerlo. Nicolás consiguió una carta de presentación, y fue a entrevistarse con el ministro de asuntos extranjeros. Lo encontró rodeado por algunos oficiales de la secretaría de su competencia, a punto de ir a la corte a llevar la noticia de la segunda caída de Napoleón, noticia que llegara algunos minutos antes. La figura del ministro, las circunstancias del momento, las reverencias de los oficiales, todo eso produjo tal impacto en el corazón de Nicolás, que él no pudo encarar al ministro. Se empeñó, seis a ocho veces en levantar los ojos, y la única ocasión en que lo consiguió, se le pusieron tan bizcos, que no veía a nadie, o sólo una sombra, un bulto, que le lastimaba las pupilas, al mismo tiempo que sus facciones se iban poniendo verdes. Nicolás retrocedió, extendió la mano temblorosa hacia el repostero y huyó.

    -¡No quiero ser nada! -dijo él a la hermana, cuando llegó a la casa-; me quedo con ustedes y mis amigos.

    Los amigos eran los muchachos más antipáticos de la ciudad, vulgares e insignificantes. Nicolás los había elegido intencionalmente. Vivir segregado de los más descollantes era para él un gran sacrificio; pero como tendría que padecer mucho más conviviendo con ellos, soportaba la situación. Esto demuestra que él tenía un cierto conocimiento empírico del mal y del paliativo. Lo cierto es que, con esos compañeros, desaparecían todas las perturbaciones fisiológicas de Nicolás. Él los miraba sin empalidecer, sin bizquear, sin tambaleos, sin nada. Además, ellos no sólo le evitaban la natural irritabilidad, sino que también se empeñaban en hacerle la vida, si no grata, al menos tranquila; y para eso tenían para con él las mayores delicadezas del mundo, rodeándolo de actitudes serviles o teñidas de una cierta familiaridad inferior. Nicolás amaba en general las naturalezas subalternas, como los enfermos aman la droga que les restituye la salud; las acariciaba paternalmente, las estimulaba abundante y cordialmente, les prestaba dinero, les ofrendaba caricias, les abría el alma… Llegó el día del grito de Ipiranga; Nicolás se metió en la política. En 1823, habremos de encontrarlo en la Constituyente. Ni qué decir del empeño con que él cumplió con las obligaciones contraídas. Íntegro, desinteresado, patriota, no ejercía gratuitamente esas virtudes públicas, sino a costa de grandes tempestades morales. Puede decirse, metafóricamente, que las tareas de la Cámara le costaban sangre. Y no sólo porque los debates le parecían insoportables, sino también porque le era difícil encarar a ciertos hombres, especialmente ciertos días. Montezuma, por ejemplo, le parecía engreído; Vergueiro, pesado, los Andradas, execrables. Cada discurso, no sólo de los principales oradores, sino también de los secundarios, era para Nicolás un verdadero suplicio. Y, no obstante, no faltaba a ninguno, siempre firme, puntual. Las votaciones nunca lo encontraron ausente; nunca su nombre sonó sin eco al hacerse oír en la augusta sala. Sea cual fuere la magnitud de su desesperación, sabía contenerse y poner la idea de la patria por sobre las necesidades personales de depararse un alivio. Tal vez aplaudiese in petto el decreto de la disolución. No lo afirmo pero hay buenas razones para creer que Nicolás, pese a las muestras exteriores, se sintió satisfecho al ver disuelta la asamblea. Y si esta conjetura es verdadera no menos lo será la que sigue: que la deportación de algunos de los líderes constituyentes, declarados enemigos públicos, vino a aguarle aquel placer. Nicolás, que había padecido sus discursos, no padeció menos con el exilio, puesto que les acarreó cierto destaque. ¡Ah, por qué no lo habrán exiliado a él también!

    -Te podrías casar, Nicolás -le dijo la hermana.

    -No tengo novia.

    -Te consigo una ¿quieres?

    Era un plan del marido. En opinión de éste, la molestia de Nicolás había sido descubierta; se trataba de una lombriz intestinal que se nutría del dolor del paciente, o sea, de una secreción especial, producida ante la contemplación de ciertos hechos, situaciones o personas. Toda la cuestión consistía en matar la lombriz; pero no conociendo ninguna sustancia química adecuada para destruirla, restaba el recurso de impedir la secreción, ya que su eliminación acarrearía el mismo resultado. Por lo tanto, urgía casar a Nicolás con alguna muchacha bonita y agraciada, separarlo del ajetreo ciudadano, alojarlo en alguna hacienda, adonde llevaría la mejor vajilla, los mejores muebles, los amigos más bajos, etcétera.

    -Todas las mañanas -prosiguió él- recibirá Nicolás un diario que voy a mandar imprimir con el único fin de decirle las cosas más agradables del mundo, y decirlas nominalmente, recordando sus modestos, pero proficuos trabajos en la Constituyente, y atribuyéndole muchas andanzas amorosas, expresiones brillantes y actitudes valerosas. Ya hablé con el almirante holandés y logré que consintiera en que, de vez en cuando, fueran a visitar a Nicolás algunos de sus oficiales para decirle que no podían retornar a La Haya sin antes haber tenido el honor de contemplar a un ciudadano tan eminente y simpático, en quien se ven aunadas cualidades excepcionales y, de ordinario, excluyentes. En cuanto a ti, si pudieras lograr que alguna modista, la Gudin por ejemplo, diese el nombre de Nicolás a un sombrero o mantilla, ayudarías en mucho a la recuperación de tu hermano. Cartas amorosas anónimas, enviadas por correo, son un recurso eficaz… Pero empecemos por el principio, que es casarlo.

    Nunca un plan fue ejecutado con mayor conciencia. La novia elegida era la más esbelta, o una de las más esbeltas de la capital. Los casó el propio obispo. Recluido en la estancia, los acompañaron allí sólo algunos de sus amigos más triviales; se imprimió el diario, se le enviaron las cartas, se sobornó a las visitas. Durante tres meses todo anduvo a las mil maravillas. Pero la naturaleza, empeñada en sorprender al hombre, mostró una vez más que ella posee secretos imprevisibles. Uno de los medios de agradar a Nicolás era elogiar la belleza, la elegancia y las virtudes de su mujer; pero la molestia había avanzado y lo que parecía remedio excelente sólo contribuyó a agravar el mal. Nicolás, al cabo de algún tiempo, empezó a encontrar ociosos y excesivos tantos elogios a su mujer, y eso bastaba para impacientarlo y la impaciencia para producirle la fatal secreción. Parece que llegó al punto de no poder encararla durante largos periodos, e incluso a mirarla con malos ojos; sobrevinieron algunos enfrentamientos que hubieran sido el principio de una separación, de no haber muerto ella poco después. El dolor de Nicolás fue profundo y verdadero; pero la cura se interrumpió en seguida, porque él volvió a Río de Janeiro, donde vamos a encontrarlo, tiempo después, entre los revolucionarios de 1831.

    Si bien puede parecer temerario querer precisar las causas que llevaron a Nicolás al Campo de la Aclamación, la noche del 6 de abril, pienso que no andará lejos de la verdad quien suponga que -fue el razonamiento de un ateniense célebre y anónimo- tanto los que alababan como los que denigraban al emperador habían colmado la paciencia de Nicolás. Ese hombre que inspiraba entusiasmos y odios, cuyo nombre era repetido donde quiera que Nicolás se encontrase, en la calle, en el teatro, en las casas que visitaba, se convirtió en una auténtica persecución mórbida, de allí el fervor con que él se incorporó al movimiento de 1831. La abdicación fue un alivio. Verdad es que la Regencia lo encontró al poco tiempo entre sus adversarios; y hay quien afirme que él se afilió al Partido Caramurú o Restaurador, cosa de la que no hay constancia. Lo cierto es que la vida pública de Nicolás cesó con la mayoridad de Pedro II.

    La enfermedad se había apoderado definitivamente del organismo. Nicolás, poco a poco, se iba enclaustrando en la soledad. No podía realizar ciertas visitas, frecuentar ciertas casas. El teatro apenas lograba distraerlo. Estaba tan agudizado el trastorno de sus órganos auditivos, que el ruido de los aplausos le producía dolores atroces. El entusiasmo de la población fluminense ante la famosa Candiani y la Merea, especialmente el que despertaba la Candiani, cuyo coche había sido arrastrado por algunos brazos humanos, obsequio tan insigne como no lo harían al propio Platón, ese entusiasmo, digo, fue una de las mayores mortificaciones ocasionadas a Nicolás. Él llegó al punto de no ir más al teatro, de encontrar a la Candiani insoportable, y preferir la Norma de los organillos a la de la prima donna. No era por un patriotismo exagerado que le gustaba oír a João Caetano, en los primeros tiempos; pero al final, también lo abandonó, y casi lo mismo ocurrió con todos los teatros.

    “¡Está perdido!”, pensó el cuñado. “Si pudiéramos injertarle un intestino nuevo…”

    ¿Cómo pensar en semejante absurdo? Estaba naturalmente perdido. Ya no bastaban las distracciones domésticas. Las tareas literarias a que se entregó, versos de familia, glosas celebratorias y odas políticas, no duraron mucho tiempo, y puede ser incluso que le hayan intensificado el mal. De hecho, un día, le pareció que esta ocupación era la cosa más ridícula del mundo, y los aplausos consagrados a Gonçalves Días, por ejemplo, le dieron idea de un pueblo trivial y dominado por el mal gusto. Ese sentimiento literario, fruto de una lesión orgánica, terminó por volverse sobre la propia lesión, al punto de producir graves crisis, que lo tuvieron algún tiempo postrado. El cuñado aprovechó la oportunidad para desterrar de su casa todos los libros de cierto porte.

    En cambio resulta menos explicable la desprolijidad con que pocos meses después empezó a vestirse. Educado en el culto de la elegancia, era un viejo cliente de Plum, uno de los principales sastres de la corte, y no pasaba un solo día sin que fuese a peinarse a Desmarais y Gérard, coiffeurs de la cour, en la Rua do Ouvidor. Parece que cierto día encontró demasiado soberbia esta denominación de peluqueros de la corte, y los castigó yendo a peinarse con un barbero de quinta categoría. En cuanto al motivo que lo indujo a modificar sus hábitos en el atuendo, repito que es enteramente oscuro, y a no ser por razones de edad, resulta inexplicable.

    La despedida del cocinero es otro enigma. Nicolás, por insinuación del cuñado, que quería distraerlo, ofrecía dos cenas por semana; y los comensales eran unánimes en considerar que el cocinero de Nicolás descollaba por sobre todos los de la capital. Realmente, los platos eran buenos, algunos excelentes, pero el elogio era un tanto enfático, excesivo, con el propósito, justamente, de complacer a Nicolás, y así fue durante un tiempo. ¿Cómo entender, empero, que un domingo, terminada la cena, que había sido magnífica, despidiese él a un varón tan insigne, causa indirecta de algunos de sus momentos más deliciosos en la tierra? Misterio impenetrable.

    -¡Era un ladrón! -fue la respuesta que le dio al cuñado.

    Ni los esfuerzos de éste ni los de la hermana y de los amigos, ni de los bienes, nada mejoró a nuestro triste Nicolás. La secreción intestinal se hizo crónica, y la lombriz se había multiplicado infinitamente, teoría que no sé si es verdadera, pero que era, al fin de cuentas, la del cuñado. Los últimos años fueron cruentos. Casi se podría jurar que él vivió entonces, con el cutis continuamente verdoso, irritado, con los ojos bizcos, padeciendo para sus adentros mucho más de lo que hacía sufrir a quienes lo rodeaban. La cosa más ínfima o la más tremenda le trituraba por igual los nervios: un buen discurso, un artista hábil, un carruaje, una corbata, un soneto, un dicho, un sueño interesante, todo le provocaba una crisis.

    ¿Habrá querido dejarse morir? Así podría suponérselo, al ver la impasibilidad con que rechazó los remedios de los principales médicos de la corte; fue necesario recurrir a la simulación y administrarlos, por fin, como recetados por un ignorante de la época. Pero ya era tarde. La muerte se lo llevó al cabo de dos semanas.

    -¿Joaquim Soares? -vociferó atónito el cuñado, al enterarse de la cláusula testamentaria del difunto que ordenaba que el cajón fuese fabricado por el susodicho. Pero los cajones de ese hombre son de pésima calidad, y…

    -¡Paciencia! -lo interrumpió su mujer-; la voluntad de mi hermano ha de cumplirse.

    FIN

    “Verba testamentária”,
    Gazeta de Notícias, 1882



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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:40

    El alienista
    [Cuento largo - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis




    I. De cómo Itaguaí obtuvo una casa de orates



    Las crónicas de la villa de Itaguaí dicen que en tiempos remotos había vivido allí un cierto médico, el doctor Simón Bacamarte, hijo de la nobleza de la tierra y el más grande de los médicos del Brasil, de Portugal y de las Españas. Había estudiado en Coimbra y Padua. A los treinta y cuatro años regresó al Brasil, no pudiendo lograr el rey que permaneciera en Coimbra al frente de la universidad, o en Lisboa, encargándose de los asuntos de la monarquía que eran de su competencia profesional.

    -La ciencia -dijo él a su majestad- es mi compromiso exclusivo; Itaguaí es mi universo.

    Dicho esto, retornó a Itaguaí, y se entregó en cuerpo y alma al estudio de la ciencia, alternando las curas con las lecturas, y demostrando los teoremas con cataplasmas.

    A los cuarenta años se casó con doña Evarista da Costa e Mascarenhas, señora de veinticinco años, viuda de un juez-de-fora, ni bonita ni simpática. Uno de sus tíos, cazador de pacas ante el Eterno, y no menos franco que buen trampero, se sorprendió ante semejante elección y se lo dijo. Simón Bacamarte le explicó que doña Evarista reunía condiciones fisiológicas y anatómicas de primer orden, digería con facilidad, dormía regularmente, tenía buen pulso y excelente vista; estaba, en consecuencia, apta para darle hijos robustos, sanos e inteligentes. Si además de estos atributos -únicos dignos de preocupación por parte de un sabio- doña Evarista era mal compuesta de facciones, eso era algo que, lejos de lastimarlo, él agradecía a Dios, porque no corría el riesgo de posponer los intereses de la ciencia en favor de la contemplación exclusiva, menuda y vulgar, de la consorte.

    Doña Evarista desmintió las esperanzas del doctor Bacamarte: no le dio hijos, ni robustos, ni frágiles. La índole natural de la ciencia es la longanimidad; nuestro médico esperó tres años, luego cuatro, después cinco. Al cabo de este tiempo, hizo un estudio profundo de la materia, releyó todos los escritos árabes y otros que tenía en su poder y que había traído a Itaguaí, realizó consultas con las universidades italianas y alemanas, y terminó por sugerir a su mujer un régimen alimenticio especial. La ilustre dama, nutrida exclusivamente con la tierna carne de cerdo de Itaguaí, no atendió las amonestaciones del esposo; y a su resistencia -explicable pero incalificable- debemos la total extinción de la dinastía de los Bacamartes.

    Pero la ciencia tiene el inefable don de curar todas las penas; nuestro médico se sumergió enteramente en el estudio y en la práctica de la medicina. Fue entonces cuando uno de los rincones de ésta le llamó especialmente la atención: el área de lo psíquico, el examen de la patología cerebral. No había en la colonia, y ni siquiera en el reino, una sola autoridad en semejante materia, mal explorada o casi inexplorada. Simón Bacamarte comprendió que la ciencia lusitana y, particularmente, la brasileña, podía cubrirse de “laureles inmarcesibles”… expresión usada por él mismo, en un impulso favorecido por la intimidad doméstica; exteriormente era modesto, como conviene a los ilustrados.

    -La salud del alma -proclamó él- es la ocupación más digna del médico.

    -Del verdadero médico -agregó Crispín Soares, boticario de la villa, y uno de sus amigos y comensales.

    Entre otros pecados de los que fue acusado el Ayuntamiento de Itaguaí por los cronistas, figura el de ser indiferente a los dementes. Así es que cuando aparecía algún loco furioso lo encerraba en una habitación de su casa y, ni atendido ni desatendido, allí lo dejaban hasta que la muerte lo venía a defraudar del beneficio de la vida; los mansos en cambio andaban sueltos por la calle. Simón Bacamarte se propuso desde un comienzo reformar tan mala costumbre; pidió autorización al Ayuntamiento para dar abrigo y brindar cuidados, en el edificio que iba a construir, a todos los dementes de Itaguaí y de las demás villas y ciudades, mediante una paga que el Ayuntamiento le daría cuando la familia del enfermo no lo pudiese hacer. La propuesta excitó la curiosidad de toda la villa, y encontró gran resistencia, tan cierto es que difícilmente se desarraigan los hábitos absurdos o aun malos. La idea de meter a todos los locos en la misma casa, viviendo en común, pareció en sí misma un síntoma de demencia, y no faltó quien se lo insinuara a la propia mujer del médico.

    -Mire, doña Evarista -le dijo el padre Lopes, vicario del lugar-, yo creo que a su marido le convendría hacerse un paseo hasta Río de Janeiro. Eso de estar estudiando un día tras otro sin pausa, no es nada bueno; terminará por enloquecerlo.

    Doña Evarista se sintió aterrorizada, fue a hablar con su marido, le dijo que tenía “algunos deseos”, uno principalmente, el de ir a Río de Janeiro y comer todo lo que a él le pareciese adecuado al logro de cierto fin. Pero aquel hombre, con la rara sagacidad que lo distinguía, comprendió la intención de la esposa y le respondió sonriendo que no tuviese miedo. De allí se dirigió al Ayuntamiento, donde los concejales debatían la propuesta, y la defendió con tanta elocuencia que la mayoría resolvió autorizarlo a realizar lo que propusiera, votando al mismo tiempo un impuesto destinado a subsidiar el tratamiento, alojamiento y manutención de los locos pobres. No fue fácil determinar sobre qué recaería el impuesto; ya no quedaba nada en Itaguaí que no fuese pasible de tributo. Después de largos estudios, se decidió permitir el uso de los penachos en los caballos de los entierros. Quien desease emplumar los caballos de una carroza funeraria pagaría dos tostões al Ayuntamiento, repitiéndose tantas veces esa cantidad cuantas fuesen las horas transcurridas entre la del fallecimiento y la de la última bendición en la sepultura. El notario se perdió en los cálculos aritméticos del rendimiento pasible de la nueva tasa; y uno de los concejales que no creía en la empresa del médico, pidió que se relevase al notario de un trabajo inútil.

    -Los cálculos no son precisos -dijo él-, porque el doctor Bacamarte no propone nada concreto. Por lo demás ¿dónde se ha visto meter a todos los locos en la misma casa?

    Se engañaba el digno magistrado; el médico demostró saber muy bien lo que quería. Una vez en poder de la licencia, inició de inmediato la construcción de la casa. Ésta se alzaría en la Rua Nova, la calle más hermosa de Itaguaí en aquellos tiempos; tendría cincuenta ventanas de cada lado, un patio central y numerosas habitaciones para los internados. Como gran arabista que era, recordó que en el Corán, Mahoma consideraba venerables a los locos, por el hecho de que Alá les había arrebatado el juicio a fin de que no pecaran. La idea le pareció bonita y profunda, y él la hizo grabar en el frontispicio de la casa; pero como le temía al vicario, y por extensión al obispo, atribuyó el pensamiento a Benedicto VIII, mereciéndose por este fraude, por lo demás piadoso, que el padre Lopes le contara, durante el almuerzo, la vida de aquel pontífice eminente.

    Casa Verde fue el nombre dado al asilo, por alusión al color de las ventanas, que eran las primeras en ese tono que aparecían en Itaguaí. Se inauguró con inmensa pompa; de todas las villas y poblados vecinos, y hasta distantes, incluso de la mismísima ciudad de Río de Janeiro, acudió gente para asistir a las ceremonias, que duraron siete días. Muchos dementes ya estaban internados; y los parientes tuvieron oportunidad de ver el cariño paternal y la caridad cristiana con que se los iba a tratar. Doña Evarista, contentísima con la gloria alcanzada por su marido, se vistió lujosamente, cubriéndose de joyas, flores y sedas. Ella fue una verdadera reina en aquellos días memorables; nadie dejó de ir a visitarla dos o tres veces, a pesar de las costumbres caseras y recatadas del siglo, y no sólo la alababan, sino que también la enaltecían; ello porque -y el hecho es un testimonio altamente honroso para la sociedad de la época- veían en ella a la feliz esposa de un alto espíritu, de un varón ilustre y, si le tenían envidia, era la santa y noble envidia de los admiradores.

    Al cabo de siete días expiraron las fiestas públicas; Itaguaí tenía finalmente una casa de orates.
    II. Torrente de locos

    Tres días después, en una charla franca con el boticario Crispín Soares, le abrió el alienista el misterio de su corazón.

    -La caridad, señor Soares, entra por cierto en mi procedimiento, pero entra como la salsa, como la sal de las cosas, que es así como interpreto el dicho de San Pablo a los corintios: “Si yo conozco cuanto se puede saber y no tengo caridad, no soy nada.” Lo principal en esta obra mía de la Casa Verde es estudiar profundamente la locura, sus grados diversos, clasificar sus casos, descubrir en fin la causa del fenómeno y el remedio universal. Éste es el misterio de mi corazón. Creo que con esto presto un buen servicio a la humanidad.

    -Un excelente servicio -agregó el boticario.

    -Sin este asilo -prosiguió el alienista-, poco podría hacer; es él quien le da mucho mayor campo a mis estudios.

    -Sin duda -enfatizó el otro.

    Y tenía razón. De todas las villas y aldeas vecinas afluían locos a la Casa Verde. Eran furiosos, eran mansos, eran monomaniacos, eran toda la familia de los desheredados del espíritu. Al cabo de cuatro meses, la Casa Verde era una población. No bastaron las primeras habitaciones; se mandó anexar una galería de treinta y siete más. El padre Lopes confesó que nunca hubiera creído que había tantos locos en el mundo, y menos aún que fueran hondamente inexplicables ciertos casos. Por ejemplo, ése del muchacho burdo y rústico, que todos los días después del almuerzo pronunciaba regularmente un discurso académico, ornado de tropos, de antítesis, de apóstrofes, con sus recamos de griego y latín, y sus borlas de Cicerón, Apuleyo y Tertuliano. El vicario no podía terminar de creerlo. Pero ¡cómo era posible! Aquél era un muchacho a quien él había visto, tres meses atrás, jugando al boliche en la calle.

    -No digo que no -le respondía el alienista-; pero la verdad es lo que vuestra eminencia puede ver aquí. Esto ocurre todos los días.

    -En lo que a mí respecta -prosiguió el vicario-, esto que aquí vemos sólo se puede explicar por la confusión de lenguas que tuvo lugar durante la construcción de la Torre de Babel, según narra la Escritura; probablemente confundidas las lenguas en la antigüedad, es fácil intercambiarlas ahora, desde que la razón no trabaje…

    -Ésa puede ser, efectivamente, la explicación divina del fenómeno -dijo el alienista, después de reflexionar un instante-, pero no es imposible que haya también alguna razón humana, y puramente científica; eso es justamente lo que trato de averiguar…

    -Me parece bien, me parece bien. ¡Y ojalá llegue vuestra merced adonde se propone!

    Los locos de amor eran tres o cuatro, pero sólo les resultaban asombrosos por la curiosa índole de su delirio.

    Uno de ellos, un tal Falcão, muchacho de veinticinco años, suponía ser la estrella del alba, abría los brazos y las piernas para darles cierto aspecto de rayos, y se quedaba así horas preguntando si el sol ya había nacido, de forma que él pudiera retirarse. El otro andaba siempre, siempre, siempre, de sala en sala y dando vueltas por el patio, a lo largo de los corredores, en busca del fin del mundo. Era un desgraciado, a quien su mujer había abandonado para seguir a un perdulario. Apenas descubrió la fuga se armó de un trabuco y salió tras sus huellas; los encontró dos horas después, a orillas de una laguna, y los mató a ambos con tal despliegue de crueldad que su crimen fue memorable.

    Los celos se vieron aplacados, pero el vengado se volvió loco. Y entonces empezó a devorarlo aquella ansiedad de ir al fin del mundo en pos de los fugitivos.

    La manía de grandeza contaba con exponentes notables. El más curioso era un pobre diablo, hijo de un ropavejero, que narraba a las paredes (porque jamás miraba a una persona) toda su genealogía, que era ésta:

    -Dios engendró un huevo, el huevo engendró la espada, la espada engendró a David, David engendró la púrpura, la púrpura engendró al duque, el duque engendró al marqués, el marqués engendró al conde, que soy yo.

    Se daba una fuerte palmada en la frente, hacía estallar los dedos y repetía cinco o seis veces seguidas:

    -Dios engendró un huevo, el huevo, etcétera.

    Otro de su misma especie era un notario que se hacía pasar por mayordomo del rey; también había un boyero de Minas, cuya manía era distribuir ganado entre todos los que lo rodeaban, le daba a uno treinta cabezas, seiscientas a otro, mil doscientas a otro, y no terminaba nunca. No hablo de los casos de monomanía religiosa; apenas me referiré a un individuo que, llamándose Juan de Dios, decía ahora ser el dios Juan, y prometía el reino de los cielos a quien lo adorase, y las penas del infierno a los restantes; y además de éste, el licenciado García, que no decía nada, porque imaginaba que el día que llegase a proferir una sola palabra, todas las estrellas se desprenderían del cielo y abrasarían la tierra, tal era el poder que había recibido de Dios.

    Así lo escribió él en el papel que el alienista mandó entregarle, menos por caridad que por interés científico.

    Lo cierto es que la paciencia del alienista era aún más notable que todas las manías alojadas en la Casa Verde y tan asombrosa como ellas. Simón Bacamarte empezó por organizar al personal de administración; y aceptando esa sugerencia del boticario Crispín Soares, le aceptó también dos sobrinos, a quienes incumbió de la ejecución de un régimen, aprobado por el Ayuntamiento, de la distribución de la comida y de la ropa. Era lo mejor que podía hacer, para no tener sino que ocuparse de lo que específicamente le interesaba.

    -La Casa Verde -dijo él al vicario-, es ahora una especie de mundo, en el que hay un gobierno temporal y un gobierno espiritual.

    Y el padre Lopes se reía de esta broma inconsciente, y agregaba, con el único fin de decir también algo gracioso:

    -Ya verá usted; lo haré denunciar ante el papa.

    Una vez liberado de los problemas administrativos, el alienista procedió a una vasta clasificación de sus enfermos. Los dividió primeramente en dos clases principales: los furiosos y los mansos; de allí pasó a las subclases, monomanías, delirios, alucinaciones diversas. Hecho esto, dio inicio a un estudio tenaz y constante; analizaba los hábitos de cada loco, las horas en que se producían las alucinaciones, las aversiones, proclividades, las palabras, los gestos, las tendencias; indagaba la vida de los enfermos, profesión, costumbres, circunstancias de la revelación mórbida, traumas infantiles y juveniles, enfermedades de otra especie, antecedentes familiares; una pesquisa, en suma, que no realizaría el más compuesto corregidor. Y cada día efectuaba una observación nueva, un descubrimiento interesante, un fenómeno extraordinario. Al mismo tiempo estudiaba el mejor régimen, las sustancias medicamentosas, los medios curativos y los recursos paliativos, no sólo los que provenían de sus amados árabes, como los que él mismo había descubierto, a fuerza de sagacidad y paciencia. Pues bien, todo este trabajo le insumía lo mejor y la mayor parte de su tiempo. Dormía poco y apenas se alimentaba; y aun cuando comía era como si trabajase, porque o bien interrogaba un texto antiguo, o rumiaba una cuestión, e iba muchas veces de un cabo a otro de la cena sin intercambiar una sola palabra con doña Evarista.





    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:43

    ...


    III. ¡Dios sabe lo que hace!

    La ilustre dama, al cabo de dos meses, se sintió la más desgraciada de las mujeres; cayó en profunda melancolía, se puso amarilla, adelgazó, comía poco y suspiraba constantemente. No osaba dirigirle ninguna queja o reproche, porque respetaba en él a su marido y señor, pero padecía callada, y se consumía a ojos vistas. Un día, durante la cena, habiéndole preguntado el marido qué le ocurría, respondió tristemente que nada; después se atrevió un poco, y fue al punto de decir que se consideraba tan viuda como antes. Y agregó:

    -Quién iba a decir que media docena de lunáticos…

    No terminó la frase; o mejor, la terminó alzando los ojos al techo, los ojos que eran su rasgo más insinuante, negros, grandes, lavados por una luz húmeda, como los de la aurora. En cuanto al gesto, era el mismo que había empleado el día en que Simón Bacamarte la pidió en casamiento. No dicen las crónicas si doña Evarista blandió aquella arma con el perverso intento de degollar de una vez a la ciencia, o, por lo menos desceparle las manos; pero la conjetura es verosímil. En todo caso el alienista no le atribuyó otra intención. Y no se irritó el gran hombre, no quedó ni siquiera consternado. El metal de sus ojos no dejó de ser el mismo metal, duro, liso, eterno, ni la menor arruga vino a alterar la superficie de la frente, quieta como el agua de Botafogo. Quizás una sonrisa le abrió los labios, por entre los cuales se filtró esta palabra suave como el aceite del Cántico:

    -Estoy de acuerdo con que vayas a pasear un poco a Río de Janeiro.

    Doña Evarista sintió que le faltaba el piso debajo de los pies. Jamás de los jamases había visto Río de Janeiro, que si bien no era ni una pálida sombra de lo que es hoy, ya era sin duda algo más que Itaguaí. Ver Río de Janeiro, para ella, equivalía al sueño del judío cautivo.

    Sobre todo ahora que el marido se había asentado en aquella villa del interior, ahora que ella había perdido las últimas esperanzas de respirar los aires de nuestra buena ciudad; justamente ahora se la invitaba a realizar sus deseos de niña y muchacha. Doña Evarista no pudo disimular el placer que le produjo semejante propuesta. Simón Bacamarte la tomó de una mano y sonrió -una sonrisa algo filosófica, además de conyugal-, en la que parecía traducirse este pensamiento:

    “No hay un remedio cabal para los dolores del alma; esta señora se consume porque le parece que no la amo; le ofrezco un viaje a Río de Janeiro y se consuela.” Y siendo, como era, hombre estudioso, tomó nota de la observación.

    Pero un dardo atravesó el corazón de doña Evarista. Se contuvo, sin embargo, limitándose a decirle al marido que si él no iba ella tampoco lo haría, porque no estaba dispuesta a arriesgarse sola por los caminos.

    -Irás con tu tía -contestó el alienista.

    Nótese que doña Evarista había pensado en eso mismo; pero no quería pedírselo ni insinuárselo, en primer lugar porque sería imponerle grandes gastos al marido, y en segundo lugar porque era mejor, más nítido y racional que la propuesta viniera de él.

    -¡Oh, pero habrá que gastar tanto dinero! -suspiró doña Evarista sin convicción.

    -¿Qué importa? Hemos ganado mucho -dijo el marido-. Justamente ayer el contador me presentó cuentas. ¿Quieres ver?

    Y la llevó hasta donde estaban los libros. Doña Evarista se sintió deslumbrada. Era una vía láctea de algoritmos. Y después la condujo hasta las arcas, donde estaba el dinero.

    ¡Dios!, eran pilas de oro, eran mil cruzados sobre mil cruzados, doblones sobre doblones; era la opulencia.

    Mientras ella devoraba el oro con sus ojos negros, el alienista la contemplaba, y le decía al oído con la más pérfida de las intenciones:

    -Quién diría que media docena de lunáticos…

    Doña Evarista comprendió, sonrió y respondió con mucha resignación:

    -¡Dios sabe lo que hace!

    Tres meses después tenía lugar la partida. Doña Evarista, la tía, la mujer del boticario, un sobrino de éste, un cura que el alienista había conocido en Lisboa, y que se encontraba casualmente en Itaguaí, cinco pajes, cuatro mucamas, tal fue la comitiva que la población vio salir de allí cierta mañana del mes de mayo. Las despedidas fueron tristes para todos menos para el alienista. Si bien las lágrimas de doña Evarista fueron abundantes y sinceras, no llegaron a conmoverlo. Hombre de ciencia y sólo de ciencia, nada lo consternaba fuera de la ciencia; y si algo lo preocupaba en aquella oportunidad, mientras él dejaba correr sobre la multitud una mirada inquieta y policíaca, no era otra cosa que la idea de que algún demente podría encontrarse allí, confundido con la gente de buen juicio.

    -¡Adiós! -sollozaron finalmente las damas y el boticario.

    Y partió la comitiva. Crispín Soares, al volver a su casa, traía la mirada perdida entre las dos orejas del ruano en que venía montado; Simón Bacamarte dejaba vagar la suya por el horizonte lejano dejándole totalmente al caballo la responsabilidad del regreso. ¡Imagen viva del genio y del vulgo! Uno mira al presente con todas sus lágrimas y nostalgias, otro indaga el futuro con todas las auroras.
    IV. Una nueva teoría

    Mientras doña Evarista, bañada en lágrimas, iba en busca de Río de Janeiro, Simón Bacamarte estudiaba minuciosamente una idea atrevida y nueva, adecuada, al parecer, para ensanchar las fronteras de la psicología. Todo el tiempo libre que le dejaban los cuidados exigidos por la Casa Verde, era un poco para recorrer las calles o andar de casa en casa conversando con la gente sobre treinta mil asuntos y subrayando las palabras con una mirada que metía miedo a los más firmes.

    Una mañana -tres semanas más tarde- estando Crispín Soares ocupado en la preparación de un medicamento, vinieron a decirle que el alienista lo mandaba llamar.

    -Se trata de un asunto importante, según me dijo -agregó el mensajero.

    Crispín empalideció. ¿Qué asunto importante podía ser sino alguna triste noticia de la comitiva y especialmente de la mujer? Porque este tópico debe quedar claramente definido, ya que en él insisten los cronistas: Crispín amaba a su mujer, y en los treinta años que llevaban casados no se habían separado un solo día. Así se explican los monólogos en que andaba ahora y que sus sirvientes oían muchas veces: “¡Pues ahora aguántatela! ¿Quién te mandó consentir en el viaje de Cesaria? ¡Adulador, torpe adulador! Lo hiciste todo nada más que para adular al doctor Bacamarte. Pues ahora aguántatela; sí, tendrás que aguantártela, alma de lacayo, cobardón, vil, miserable. ¿Dices amén a todo, verdad? ¡Ahí tienes el resultado, belitre!” Y muchos otros nombres feos, que uno no debe decir a otros, y mucho menos a sí mismo. De aquí a imaginar el efecto del mensaje no hay más que un paso. Apenas él lo recibió dejó a un lado las drogas y voló a la Casa Verde.

    Simón Bacamarte lo recibió con la alegría propia de un sabio, una alegría almidonada en circunspección hasta el cuello.

    -Estoy muy contento -dijo él.

    -¿Noticias de nuestra gente? -preguntó el boticario con voz temblorosa.

    El alienista hizo un gesto grandilocuente, y respondió:

    -Se trata de cosa más alta, se trata de una experiencia científica. Digo experiencia, porque no me atrevo a asegurar desde ya mi idea; ni la ciencia es otra cosa, señor Soares, que una investigación constante. Se trata pues, de una experiencia, pero de una experiencia que va a transformar la faz de la tierra. La locura, objeto de mis estudios, era hasta ahora una isla perdida en el océano de la razón; empiezo a sospechar que es un continente.

    Dijo esto y se calló para observar el asombro del boticario. Después explicó detalladamente su idea. En su concepto, la enajenación mental abarcaba una amplia superficie de cerebros; y desarrolló esto con gran cantidad de razonamientos, de citas, de ejemplos. A los ejemplos los encontró en la historia y en Itaguaí; pero siendo como era un espíritu poco vulgar, reconoció el peligro de citar todos los casos de Itaguaí, y se refugió en la historia. De tal modo, señaló algunos personajes célebres, Sócrates, que decía tener un demonio familiar; Pascal, que veía un abismo a su izquierda; Mahoma, Caracalla, Domiciano, Calígula, etcétera, un alud de casos y personas con las que se entremezclaban entidades odiosas, y entidades ridículas. Y dado que el boticario se mostró desconcertado ante semejante promiscuidad, el alienista dijo que todo era lo mismo, y agregó sentenciosamente:

    -La ferocidad, señor Soares, es lo verdaderamente grotesco.

    -¡Gracioso, muy gracioso! -exclamó Crispín alzando las manos al cielo.

    En cuanto a la idea de ampliar el territorio de la locura, el boticario la encontró extravagante; pero la modestia, principal atributo de su espíritu, no le permitió confesar otra cosa más allá de un noble entusiasmo; la declaró sublime y verdadera y agregó que era una nueva “digna de matraca”. Esta expresión no tiene equivalente en el estilo moderno. En aquellos tiempos, Itaguaí, que como las demás villas, aldeas y poblados de la colonia no disponía de imprenta, tenía dos modos de divulgar una noticia: o mediante carteles manuscritos y clavados en las puertas del Ayuntamiento y de la matriz; o por medio de la matraca.

    He aquí en qué consiste el segundo recurso. Se contrataba a un hombre, por uno o más días, para que recorriera las calles del lugar, con una matraca en la mano.

    De rato en rato tocaba la matraca, se reunía la gente, y él anunciaba lo que les incumbía -un remedio para las fiebres, la existencia de tierras aptas para el cultivo, un soneto, un donativo eclesiástico, la mejor tijera de la villa, el más bello discurso del año, etcétera. El sistema perturbaba en parte el sosiego público; pero era conservado por la gran fuerza de divulgación que poseía. Por ejemplo, uno de los concejales -aquel, justamente, que más se había opuesto a la creación de la Casa Verde- gozaba de la reputación de perfecto educador de cobras y monos, siendo que, en verdad, una única vez él había domesticado uno de esos animales, pero tenía el cuidado de hacer trabajar la matraca todos los meses. Y dicen las crónicas que algunas personas afirmaban haber visto cascabeles bailando en el pecho del concejal; afirmación perfectamente falsa, pero sólo debida a la absoluta confianza en el sistema que la propalaba. Así es, así es; no todas las instituciones del antiguo régimen merecen el desprecio de nuestro siglo.

    -Hay algo mejor que anunciar mi idea: ponerla en práctica -respondió el alienista a la insinuación del boticario.

    Y el boticario que no divergía sensiblemente con este parecer, le dijo que sí, que lo mejor era comenzar por su ejecución.

    -Siempre habrá tiempo de darle a la matraca -concluyó él.

    Simón Bacamarte reflexionó todavía un instante más y dijo:

    -Suponiendo que el espíritu humano fuese una vasta concha, mi propósito, señor Soares, es ver si puedo extraer la perla, que es la razón; en otros términos, demarquemos definitivamente los límites entre la razón y la locura. La razón es el perfecto equilibrio de todas las facultades; fuera de ella, todo es insania, insania y nada más que insania.

    El vicario Lopes, a quien él confió la nueva teoría, confesó llanamente que no llegaba a entenderla, que era una obra absurda y, si no era absurda, era de tal modo colosal que no valía la pena comenzarla.

    Con la definición actual, que es la de todos los tiempos, agregó, la locura y la razón están perfectamente discernidas. Se sabe dónde termina una y donde empieza la otra. ¿Para qué trasponer la cerca?

    Sobre el labio fino y discreto del alienista sobrevoló la vaga sombra de una intención de sonrisa, en la que el desdén iba unido a la conmiseración; pero ninguna palabra brotó de sus egregias entrañas.

    La ciencia se contentó con extender la mano a la teología, con tal seguridad que la teología no supo finalmente si debía creer en sí misma o en la otra. Itaguaí y el universo se ubicaban así al borde de una revolución.
    V. El terror

    Cuatro días después, la población de Itaguaí oyó consternada la noticia de que un cierto Costa había sido recluido en la Casa Verde.

    -¡Imposible!

    -¡Qué imposible ni qué imposible! Les digo que esta mañana lo recluyeron.

    -Pero ¿por qué? Él no se lo merecía… ¡Además es un hombre que ha hecho tanto!…

    Costa era uno de los ciudadanos más estimados en Itaguaí. Había heredado cuatro mil cruzados en buena moneda del rey don Juan V, dinero cuya renta bastaba, según le declaró el tío en el testamento, para vivir sin preocupaciones “hasta el fin del mundo”.

    Apenas tuvo la herencia en sus manos comenzó a dividirla en préstamos sin usura, mil cruzados a uno, dos mil a otro, trescientos a éstos, ochocientos a aquél, a tal punto, que al cabo de cinco años no le quedaba un centavo. Si la miseria hubiese llegado de golpe, el asombro de Itaguaí habría sido enorme; pero llegó despacio; fue pasando de la opulencia a la sobreabundancia, de la sobreabundancia al término medio, del término medio a la pobreza, de la pobreza a la miseria, gradualmente. Al cabo de aquellos cinco años, todos los que hasta entonces se habían quitado el sombrero al verlo pasar, apenas él aparecía sobre el final de la calle, ahora le palmeaban el hombro sin ninguna discreción, le hacían morisquetas, bromas de mal gusto. Y Costa siempre tranquilo, risueño. Ni se le ocurría pensar que los menos corteses eran justamente los que aún mantenían deudas con él; al contrario, era a ésos a quienes parecía saludar con mayor placer, y más sublime resignación. Un día, como uno de esos incurables deudores le hiciese una burla pesada, y él mismo se riese de ella, observó un tercero con cierta perfidia:

    -Tú soportas a este tipo para ver si te paga.

    Costa no vaciló un instante. Fue a casa del deudor y le perdonó la deuda.

    -No tiene nada de sorprendente -respondió el otro-; Costa dejó escapar una estrella que está en el cielo.




    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:45

    ...


    Costa era perspicaz, él entendió que negaba todo valor a su acto, atribuyéndole la intención de desprenderse de lo que nunca había de llegar a su bolsillo. Era también pundonoroso e imaginativo: dos horas más tarde encontró un medio de probar que no le cabía semejante mancha; tomó algunos doblones y se los envió en préstamo al deudor.

    “Ahora espero que…” pensó sin concluir la frase.

    Este último gesto de Costa persuadió a crédulos e incrédulos; nadie más puso en duda los sentimientos caballerescos de aquel digno ciudadano. Las necesidades más ocultas salieron a la calle, fueron a golpear su puerta, con sus chinelas viejas y sus capas remendadas. Un gusano mientras tanto roía el alma de Costa: era el concepto del desagradecimiento. Pero eso mismo terminó; tres meses más tarde vino su antiguo deudor a pedirle unos ciento veinte cruzados con la promesa de restituírselos de allí a dos días; poco más o menos, era el residuo de la gran herencia, pero era también un noble remate: Costa le prestó el dinero de inmediato y sin intereses. Desgraciadamente no tuvo tiempo de que le pagaran; cinco meses después era recluido en la Casa Verde.

    No es difícil imaginarse la consternación de Itaguaí, cuando se enteró de lo ocurrido. No se habló de otra cosa, se decía que Costa había enloquecido durante el almuerzo, otros que de madrugada, y se narraban los accesos, que eran furiosos, sombríos, terribles -o mansos, y hasta graciosos según las versiones. Mucha gente corrió a la Casa Verde, y encontró al pobre Costa tranquilo, un poco asombrado, hablando con mucha claridad y preguntando por qué motivos lo habían llevado allí. Algunos fueron a ver al alienista. Bacamarte aprobaba tales sentimientos de estima y compasión, pero agregaba que la ciencia era la ciencia, y que él no podía dejar en la calle a un mentecato. La última persona que intercedió por él (porque después de lo que voy a contar nadie más se atrevió a recurrir al terrible médico) fue una pobre señora, prima de Costa. El alienista le dijo que aquel digno hombre no estaba en sus cabales, para lo cual bastaba ver el modo como había disipado los bienes que…

    -¡Eso no! ¡Eso no! -interrumpió la buena señora con energía-. Si él gastó tan rápidamente lo que recibió, la culpa no fue suya.

    -¿Ah, no?

    -No, señor. Yo le diré a usted qué es lo que ocurrió. Mi difunto tío no era un mal hombre; pero cuando estaba furioso era capaz de no sacarse el sombrero ni ante el Santísimo. Pues bien, un día, poco tiempo antes de morir, descubrió que un esclavo le había robado un buey; imagínese cómo se puso. Su cara parecía un pimentón; temblaba de pies a cabeza, echaba espuma por la boca, me acuerdo como si fuese hoy. Entonces un hombre feo, melenudo, en mangas de camisa, se acercó a él y le pidió agua. Mi tío (¡Dios lo tenga en la gloria!) le respondió que fuese a beber al río o al infierno. El hombre lo miró, abrió la mano en un gesto de amenaza, y le lanzó esta maldición:

    -¡Todo su dinero no habrá de durarle más de siete años y un día, tan cierto como que ésta es “la estrella de Salomón”! Y mostró la estrella de Salomón que tenía tatuada en un brazo. ¡Fue eso, señor, lo que desencadenó todo! ¡Fue la plaga de aquel maldito!

    Bacamarte clavó en la pobre señora un par de ojos agudos como puñales. Cuando ella terminó, le extendió la mano educadamente como si lo hiciese a la mismísima esposa del virrey y la invitó a ir a hablar con el primo. La miserable le creyó; él la llevó a la Casa Verde y la encerró en la galería de los alucinados.

    La noticia de esta alevosía del ilustre Bacamarte llenó de terror el alma de la población. Nadie podía terminar de creer que, sin motivos, sin enemistad, el alienista enclaustrase en la Casa Verde a una señora perfectamente equilibrada, que no había cometido otro crimen que el de interceder por un infeliz. Se comentaba el episodio en todas las esquinas, en las barberías; se hizo circular un supuesto romance, algunas atenciones apasionadas que el alienista otrora había tenido con la prima de Costa, la indignación de Costa y el desprecio de la prima. De allí la venganza. Era claro. Pero la austeridad del alienista, la vida consagrada al estudio que llevaba, parecían desmentir semejante hipótesis. ¡Puras habladurías! Todo esto, sin embargo, era, según otros, la piel de oveja que encubría al lobo. Y uno de los más crédulos llegó a insinuar que estaba al tanto de otras cosas pero que no iba a decirlas, por no tener total seguridad sobre ellas, pero que las conocía y que casi podía jurar que eran ciertas.

    -Tú que eres íntimo suyo, deberías decirnos qué es lo que ocurre, qué sucedió, cuáles fueron los motivos…

    Crispín Soares se derretía de vanidad. Ese interrogatorio de la gente inquieta y curiosa, de los amigos atónitos, era para él una consagración pública. No había duda: toda la población sabía por fin que el hombre de confianza del alienista era él, Crispín, el boticario, el colaborador del gran hombre y de las grandes empresas, por eso la corrida de la gente a la botica. Todo eso se reflejaba en la carota jocunda y en la risa discreta del boticario, en la risa y en el silencio, porque él no decía nada; uno, dos, tres monosílabos, cuando mucho, sueltos, secos, encubiertos por la fiel sonrisa, constante e insinuada más que abierta, llena de misterios científicos, que él no podía, sin descrédito ni peligro, confesar a ningún ser humano.

    “Algo hay”, pensaban los más desconfiados.

    Uno de ellos se limitó a pensarlo, se encogió de hombros y se fue. Tenía cuestiones personales que resolver. Acababa de construir una casa suntuosa. La casa por sí sola era motivo suficiente para congregar a la gente; pero había algo más: el moblaje, que él había mandado traer de Hungría y de Holanda, según contaba, y que se podía ver desde la calle, porque las ventanas vivían abiertas, y el jardín que era una obra prima de arte y de buen gusto. Este hombre que se había enriquecido con la fabricación de albardas, había nutrido siempre el sueño de una casa magnífica, jardín pomposo, moblaje exquisito. No abandonó el negocio de las albardas, pero descansaba de él en la contemplación de la casa nueva, la primera de Itaguaí, más imponente que la Casa Verde, más noble que la del Ayuntamiento. Entre la gente ilustre de la villa había protestas y gestos de indignación, cuando se pensaba, se hablaba o se elogiaba la casa del albardero, ¡un simple albardero, Dios del cielo!

    -Ahí está él, boquiabierto -comentaban los transeúntes, por la mañana.

    Mateo tenía, efectivamente, la costumbre de echarse de bruces en el jardín con los ojos extasiados en la contemplación de su casa, enamorado, durante una larga hora, hasta que venían a llamarlo para almorzar. Los vecinos, si bien lo saludaban con cierto respeto, se reían de él a sus espaldas que era un contento. Uno de ellos llegó a decir que Mateo sería mucho más económico y rico si fabricase las albardas para sí mismo; epigrama ininteligible, pero que hacía reír a todos a carcajadas.

    -Ya está allí Mateo, siendo contemplado -decían por la tarde.

    La razón de esta otra expresión era que, por la tarde, cuando las familias salían a pasear (cenaban temprano), Mateo solía apostarse en la ventana, bien a la vista de todos, sobre un fondo oscuro vestido de blanco, en actitud señorial, y así se quedaba dos o tres horas hasta que anochecía completamente.

    Puede creerse que la intención de Mateo era ser admirado y envidiado, aunque él no lo confesase a nadie, ni siquiera al boticario, ni al padre Lopes, sus grandes amigos. Y sin embargo, no fue otra la argumentación del boticario, cuando el alienista le dijo que quizás el albardero padeciese del amor de las piedras, manía que él, Bacamarte, había descubierto y que estudiaba hacia algún tiempo. Eso de contemplar la casa…

    -No, señor -intercedió vivamente Crispín.

    -¿No?

    -Perdóneme usted, pero tal vez no sepa que él de mañana examina la obra, no la admira; de tarde son los otros quienes admiran a él y a la obra.

    Y contó las costumbres del albardero, todas las tardes, desde temprano hasta el anochecer.

    Una voluptuosidad científica iluminó los ojos de Simón Bacamarte. O él no conocía todas las costumbres del albardero, o interrogando a Crispín quiso nada más que confirmar alguna información incierta o una sospecha vaga. La explicación lo satisfizo; pero como tenía las alegrías propias de un sabio, concentradas, nada vio el boticario que hiciese sospechar una intención siniestra. Al contrario, era de tarde, y el alienista le pidió el brazo para ir de paseo. ¡Dios!, era la primera vez que Simón Bacamarte le daba a su confidente tamaño honor; Crispín se sintió estremecer, atarantado, y dijo que sí, que estaba listo. En ese momento llegaron dos o tres personas de la calle, Crispín los mandó mentalmente al infierno; no sólo retrasaban el paseo, como podía llegar a ocurrir que Bacamarte eligiese a alguna de ellas para acompañarlo, y prescindiese de él.

    ¡Qué impaciencia! ¡Qué angustia! Por fin, salieron. El alienista sugirió ir hacia el lado de la casa del albardero, lo vio en la ventana, pasó cinco, seis veces frente a él, despacio, deteniéndose, estudiando las actitudes, la expresión del rostro. El pobre Mateo, apenas advirtió que era objeto de la curiosidad o admiración de la primera figura de Itaguaí, enfatizó su actitud, dio otro relieve a la expresión… ¡Lamentable! ¡Lamentable! No hizo más que condenarse; al día siguiente fue recluido en la Casa Verde.

    -La Casa Verde no es más que una cárcel privada -dijo un médico clínico.

    Nunca una opinión repercutió y se propaló tan rápidamente. Cárcel privada; eso era lo que se repetía de norte a sur y de este a oeste en Itaguaí, con miedo, es verdad, porque durante la semana que siguió a la captura del pobre Mateo, veintitantas personas -dos o tres de consideración-, fueron encerradas en la Casa Verde. El alienista decía que sólo eran admitidos los casos patológicos, pero muy pocos le creían. Se acumulaban las versiones populares. Venganza, ambición económica, castigo de Dios, monomanía del propio médico, plan secreto de las autoridades de Río de Janeiro con el propósito de destruir en Itaguaí cualquier germen de prosperidad que pudiese brotar, desarrollarse, florecer, en desmedro y mengua de aquella ciudad, mil otras explicaciones que no explicaban nada, tal era el producto diario de la imaginación pública.

    En eso estaban las cosas cuando regresó de Río de Janeiro la esposa del alienista, la tía, la mujer de Crispín Soares, y todo el resto de la comitiva -o casi toda- que algunas semanas antes había partido de Itaguaí. El alienista fue a recibirla con el boticario, el padre Lopes, los concejales y algunos otros magistrados. El instante en que doña Evarista puso los ojos en la persona de su marido es considerado por los cronistas de la época como uno de los más sublimes de la historia moral de la humanidad, y ello en virtud del contraste entre las dos naturalezas, ambas extremas, ambas egregias. Doña Evarista dejó escapar un grito, balbuceó unas palabras, y se arrojó sobre su consorte, con un gesto que no puede ser mejor definido que comparándolo con una mezcla de pantera y tórtola. No así el ilustre Bacamarte. Frío como un diagnóstico, sin desgonzar un instante la rigidez científica, extendió los brazos a su señora, que cayó en ellos y se desmayó. Corto incidente; al cabo de dos minutos, doña Evarista recibió los saludos de los amigos, y la comitiva se puso en marcha.

    Doña Evarista era la esperanza de Itaguaí; se contaba con ella para atenuar el flagelo de la Casa Verde. De allí las exclamaciones públicas, la enorme multitud que colmaba las calles, los banderines, las flores y damascos en las ventanas. Con el brazo apoyado en el del padre Lucas -porque el eminente Bacamarte había confiado su mujer al vicario, y los acompañaba con paso meditativo-, doña Evarista volvía la cabeza hacia un lado y hacia otro, curiosa, inquieta, halagada. El vicario la interrogaba sobre Río de Janeiro, ciudad adonde él no había vuelto desde el virreinato anterior; y doña Evarista respondía, con entusiasmo, que era la cosa más hermosa que podía haber en la tierra. El Paseo Público estaba terminado, un paraíso, adonde ella había ido muchas veces, y la Rua das Belas Noites, el Chafariz de las Ocas… ¡Ah!, ¡el Chafariz de las Ocas! Realmente eran ocas, estaban hechas en metal y echaban agua por los picos. Algo realmente elegantísimo. El vicario decía que sí, que Río de Janeiro debía estar ahora mucho más lindo. ¡Si ya lo era en otro tiempo! Lo cierto es que no había de qué sorprenderse, más grande que Itaguaí, y además sede del gobierno… Pero no se puede decir que Itaguaí fuese feo; tenía hermosas residencias, la de Mateo, el edificio de la Casa Verde…

    -A propósito de la Casa Verde -dijo el padre Lopes deslizándose hábilmente hacia el tema en cuestión-, usted va a encontrarla repleta de internados.

    -¿No me diga?

    -Así es. Uno de los que están allí es Mateo…

    -¿El albardero?

    -El albardero, doña Evarista; y además, Costa, la prima de Costa, y Fulano, y Zutano, y…

    -¿Todos locos?

    -O casi locos -asintió el vicario.

    -Pero ¿qué pasó?

    El vicario torció las comisuras de la boca, a la manera de quien no sabe nada, o no quiere decir todo lo que sabe. A doña Evarista le sorprendió muchísimo que toda esa gente perdiera el juicio; uno u otro, vaya y pase, ¡pero todos! Por otra parte le costaba ponerlo en duda; su marido era un sabio, no iba a encerrar a nadie en la Casa Verde sin pruebas evidentes de su locura.

    -Sin duda… sin duda… -repetía el vicario.







    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:46

    ***



    Tres horas después, cerca de cincuenta comensales se sentaban en torno a la mesa de Simón Bacamarte; era la cena de bienvenida. Doña Evarista fue el motivo obligado de todos los brindis, discursos, versos de ocasión, metáforas, alusiones, apologías. Ella era la esposa del nuevo Hipócrates, la musa de la ciencia, ángel, ser divino, aurora, caridad, vida, consuelo; traía en los ojos dos luceros, según la versión modesta de Crispín Soares, y dos soles, en el concepto de un concejal. El alienista oía todas esas declaraciones con cierta incomodidad, pero sin dejar transparentar ninguna impaciencia. Cuando mucho decía al oído de su mujer que sólo la retórica podía permitir semejantes tiradas sin ninguna significación. Doña Evarista hacía esfuerzos por adherirse a esa opinión del marido; pero aun descontando tres cuartas partes de las lisonjas oídas, quedaba mucho para llenarle el alma. Uno de los oradores, por ejemplo, Martín Brito, muchacho de veinticinco años, petimetre acabado, curtido de noviazgos y aventuras, pronunció un discurso en el que el nacimiento de doña Evarista era explicado del modo más singular que pueda imaginarse. “Dios”, dijo él, “después de dar al universo el hombre y la mujer, ese diamante y esa perla de la corona divina -y el orador arrastraba triunfalmente esta frase de una punta a otra de la mesa-, Dios quiso vencer a Dios, y creó a doña Evarista.”

    Doña Evarista bajó los ojos con ejemplar modestia. Dos señoras que encontraron el galanteo excesivo y audaz, interrogaron los ojos del dueño de casa; y en verdad, el gesto del alienista les pareció ensombrecido por la desconfianza, las amenazas, y posiblemente, la sangre. El atrevimiento fue grande, pensaron las dos damas. Y una y otra pedían a Dios que evitase cualquier desenlace trágico, o que por lo menos lo postergase hasta el día siguiente. Sí, que lo postergase. Una de ellas, la más piadosa, llegó a admitir para sus adentros que doña Evarista no podía ser objeto de ninguna sospecha, tan lejos estaba de ser atrayente o bonita. No era más que agua tibia. Verdad es que en cuestión de gustos no hay nada escrito. Esta idea la hizo temblar nuevamente, aunque menos; menos porque el alienista sonreía ahora a Martín Brito, y mientras todos se incorporaban, se aproximó a él y le habló del discurso. No le negó que era una improvisación brillante, llena de matices magníficos. ¿Realmente era suya la idea relativa al nacimiento de doña Evarista, o la habrá encontrado en algún autor que…? No, señor; era efectivamente de él; la encontró en aquella oportunidad y le había parecido apropiada para una alocución de circunstancia como aquélla. Por lo demás, sus ideas eran siempre más atrevidas que tiernas o jocosas. Tenía facilidad para lo épico. Una vez, por ejemplo, compuso una oda a la caída del marqués de Pombal, en que decía que ese ministro era “el dragón aspérrimo de la Nada”, aplastado por las “garras vengadoras del Todo”; y así otras, más o menos fuera de lo común; le gustaban las ideas sublimes y raras, las imágenes grandes y nobles… “¡Pobre muchacho!”, pensó el alienista y prosiguió diciéndose: “Se trata, es evidente, de un caso de lesión cerebral; fenómeno que no reviste gravedad pero que sí es digno de estudio…”

    Doña Evarista quedó estupefacta cuando supo, tres días después, que Martín Brito había sido internado en la Casa Verde. ¡Un muchacho que tenía ideas tan encantadoras! Las dos señoras atribuyeron la decisión de Bacamarte a sus celos. No podía ser otra cosa; realmente, el pronunciamiento del muchacho había sido demasiado audaz.

    ¿Celos? ¿Cómo explicarse, entonces, que poco después fuesen encerrados José Borges do Couto Leme, hombre bien visto; Chico das Cambraias, holgazán emérito; el escribano Fabricio, y algunos otros? El terror se acentuó. No se sabía ya quién estaba sano y quién demente. Las mujeres, cuando sus maridos salían, mandaban encender una vela a Nuestra Señora; y no todos los maridos se sentían seguros; algunos no se animaban a salir sin uno o dos guardaespaldas. Decididamente, aquello era el terror. Quien podía emigraba. Uno de esos fugitivos llegó a ser detenido a doscientos pasos de la villa. Era un muchacho de treinta años, amable, conversador, educado, tanto que era incapaz de saludar a nadie sin llevar su sombrero hasta los pies; en la calle era frecuente verlo recorrer una distancia de diez a veinte brazas para ir a estrechar la mano de un hombre grave, una señora, o a veces un niño, como había sucedido con el hijo del juez-de-fora. Su pasión eran las gentilezas. Por lo demás, debía su buen nombre en la sociedad no sólo a sus dotes personales, que eran realmente excepcionales, como a la noble tenacidad que le permitía perseverar ante uno, dos, cuatro, seis rechazos, caras feas, etcétera. Lo que sucedía era que cada vez que entraba a una casa, no la dejaba más, ni los de la casa lo dejaban a él, tan encantador era Gil Bernardes. Pues bien, pese a saberse tan estimado, Gil Bernardes tuvo miedo cuando le dijeron un día que el alienista lo tenía entre ojos; a la mañana siguiente huyó de la villa, pero lo apresaron de inmediato y lo recluyeron en la Casa Verde.

    -¡Debemos terminar con esto!

    -¡Esto no puede seguir así!

    -¡Abajo la tiranía!

    -¡Déspota! ¡Violento! ¡Golías!

    No eran gritos callejeros, eran susurros de entrecasa, pero la hora de los gritos no estaba lejana. El terror crecía; se avecinaba la rebelión. La idea de una petición al gobierno para que Simón Bacamarte fuese capturado y deportado anduvo por algunas cabezas, antes que el barbero Porfirio la hiciese pública en su local, con grandes gestos de indignación. Adviértase -y esta es una de las páginas más puras de esta sombría historia-, adviértase que Porfirio, desde que la Casa Verde empezó a poblarse tan extraordinariamente, vio crecer sus beneficios a raíz de la aplicación constante de sanguijuelas que de allí le pedían; pero el interés particular, decía él, debe ceder al interés público. Y agregaba:

    -¡Hay que derrocar al tirano!

    Adviértase, por lo demás, que él emitió este grito justamente el día que Simón Bacamarte había hecho recluir en la Casa Verde a un hombre que portaba con él una demanda, el señor Coelho.

    -¡No me van a decir que Coelho es loco! -vociferó Porfirio.

    Y nadie le contestaba; todos repetían que era un hombre perfectamente normal. El barbero conocía esa demanda. Versaba acerca de unos plebeyos de la villa y era hija de la oscuridad de una cédula real, y no de la codicia o del odio. Una excelente persona, Coelho.

    Los únicos enemigos que tenía, si así puede decirse, eran algunas personas que, diciéndose descreídas, o alegando estar con prisa, apenas lo veían de lejos doblaban en la primera esquina, entraban a algún negocio, etcétera. En verdad, a él le encantaba la buena charla demorada, realizada entre tragos, así es que nunca estaba solo, prefiriendo a los que sabían decir dos palabras, pero sin desdeñar jamás a los otros. El padre Lopes, que frecuentaba a Dante, y era uno de los enemigos de Coelho, no había vez en que lo viese separarse de alguien que no declamase y repitiese este fragmento:




    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:48

    ***


    La bocca sollevò dal fiero pasto
    Quel “peccatore”…

    Pero quienes lo escuchaban, o bien conocían el resentimiento del cura, o bien pensaban que se trataba de una oración en latín.
    VI. La rebelión

    Cerca de treinta personas se unieron con el barbero, redactaron y presentaron una moción ante el Ayuntamiento.

    El Ayuntamiento se negó a aceptarla, declarando que la Casa Verde era una institución pública, y que la ciencia no podía ser enmendada por votación administrativa, menos aún por protestas callejeras.

    -Vuelvan al trabajo -concluyó el presidente-, es el consejo que les damos.

    La irritación de los disconformes fue enorme. El barbero declaró que de allí en más izarían la bandera de la rebelión y destruirían la Casa Verde; que Itaguaí no podía seguir sirviendo de cadáver para los estudios y experiencias de un déspota; que muchas personas estimables, algunas incluso distinguidas, otras humildes pero dignas de aprecio, yacían en los cubículos de la Casa Verde; que el despotismo científico del alienista se entremezclaba con el afán de lucro material, visto que los locos, o los así llamados, no eran tratados gratuitamente; las familias, y cuando éstas no podían, el Ayuntamiento, pagaban al alienista…

    -Es falso -interrumpió el presidente.

    -¿Falso?

    -Hará unas dos semanas recibimos un oficio del ilustre médico, en el que nos declara que, tratando de efectuar experiencias de alto valor psicológico, renuncia al estipendio que con ese fin le entregó por votación el Ayuntamiento, así como tampoco recibirá nada más de los familiares de los enfermos.

    La noticia de este acto tan noble, tan puro, apaciguó en parte el alma de los rebeldes. Seguramente, el alienista podía estar equivocado, pero ningún interés ajeno a la ciencia lo instigaba; y para demostrar el error era preciso algo más que tumulto o clamores. Eso fue lo que dijo el presidente con aplauso de todo el Ayuntamiento. El barbero, tras algunos instantes de meditación, declaró que estaba investido de un mandato público, y no restituiría la paz a Itaguaí antes de ver por tierra la Casa Verde, “esa Bastilla de la razón humana”, expresión que oyera a un poeta local, y que él repitió con mucho énfasis. Así dijo y a una señal suya todos salieron tras él.

    Imagínese el lector la situación de los concejales; al Ayuntamiento urgía obstar la rebelión, la lucha, el derramamiento de sangre. Para colmo de males, uno de los concejales, que había apoyado al presidente, oyendo ahora la denominación dada por el barbero a la Casa Verde, “Bastilla de la razón humana”, la encontró tan elegante que cambió de parecer. Dijo que consideraba de buen tino decretar alguna medida que redujese la Casa Verde; y cuando el presidente, indignado, manifestó en términos enérgicos su desconcierto ante semejante pedido, el concejal hizo la siguiente reflexión:

    -Nada tengo que ver con la ciencia; pero si tantos hombres a quienes suponemos razonables son recluidos por demencia, ¿quién puede aseguramos que el alienado no sea el alienista?

    Sebastián Freitas, el concejal disidente, tenía el don de la palabra y habló unos minutos más, con prudencia pero firmemente. Sus colegas estaban atónitos; el presidente le pidió que por lo menos diese el ejemplo del orden y de respeto a la ley no ventilando sus ideas en la calle, para no dar cuerpo y alma a la rebelión, que era, por el momento, un torbellino de átomos dispersos. Esta figura corrigió un poco el efecto de la otra: Sebastián Freitas prometió eludir cualquier acción, reservándose el derecho de solicitar por los medios legales la reducción de los atributos de la Casa Verde. Y se repetía a sí mismo encantado: “Bastilla de la razón humana.”

    Mientras tanto, el alboroto crecía. Ya no eran treinta sino trescientas las personas que secundaban al barbero, cuyo apodo familiar debe ser mencionado porque dio nombre a la revuelta; lo llamaban el Canjica, y el movimiento se hizo célebre con el nombre de rebelión de los Canjicas. Su acción podía ser restringida, ya que muchos, por temor o pruritos de educación, no salían a la calle con espíritu de protesta; pero el sentimiento era unánime, o casi unánime, y los trescientos que marchaban hacia la Casa Verde -dada la diferencia existente entre París e Itaguaí- podían ser comparados a los que tomaron la Bastilla.

    Doña Evarista tuvo noticias de la rebelión antes de que llegase a las puertas de la Casa Verde; vino a traérsela uno de sus criados. Ella se estaba probando, en ese momento, un vestido de seda -uno de los treinta y siete que se había traído de Río de Janeiro- y no quiso creer lo que le decían.

    -Ha de ser alguna broma -dijo ella mientras cambiaba de lugar un alfiler-. Benedicta, fíjate si el dobladillo está bien hecho…

    -Sí, señora -respondió la esclava arrodillada en el suelo-. A ver… si la señora pudiera darse vuelta un poquito… Así. Está muy bien, señora.

    -No es ninguna broma, señora; ellos vienen hacia aquí gritando: ¡Muera el doctor Bacamarte! ¡Muera el tirano! -decía el muchachito asustado.

    -¡Cállate la boca, estúpido! Benedicta, fíjate allí, del lado izquierdo, me parece que la costura está un poco torcida. La raya azul no sigue hasta abajo, así queda muy feo, hay que descoserlo para que quede parejito, y…

    -¡Muera el doctor Bacamarte! ¡Muera el tirano! -vociferaban afuera trescientas voces. Era la rebelión en la Rua Nova.

    A doña Evarista se le congeló la sangre. En un primer momento no pudo dar un solo paso, hacer un único gesto; el terror la petrificó. La esclava corrió instintivamente hacia la puerta del fondo. En cuanto al muchachito, a quien doña Evarista no diera crédito, tuvo un instante de triunfo, un cierto movimiento súbito, imperceptible, entrañable, de satisfacción moral, al ver que la realidad venía a refrendar sus palabras.

    -¡Muera el alienista! -vociferaban los más cercanos. Doña Evarista, si bien no resistía fácilmente las conmociones acarreadas por el placer, sabía afrontar los momentos de peligro. No se desmayó; corrió a la habitación interior donde su marido estudiaba. Cuando allí entró, precipitada, el ilustre médico escrutaba un texto de Averroes; sus ojos, empañados por la meditación, ascendían del libro al techo y descendían del techo al libro, ciegos a la realidad exterior, sólo atentos a los profundos trabajos mentales. Doña Evarista llamó al marido dos veces, sin lograr que éste le prestase atención; la tercera fue oída y él le preguntó qué ocurría, si se sentía enferma.

    -¿No oyes esos gritos? -exclamó la digna esposa bañada por las lágrimas.

    Entonces el alienista prestó atención; los gritos se escuchaban cada vez más cercanos, terribles, amenazadores; él comprendió todo. Se levantó de la silla con respaldo, cerró el libro y, a paso firme y tranquilo, fue a depositarlo en el estante. Como la introducción del volumen desordenase un poco la línea de disposición de dos tomos contiguos, Simón Bacamarte trató de corregir ese defecto mínimo y, por demás, revelador. Después le dijo a su mujer que permaneciera en su cuarto y que pasara lo que pasase no se moviera de allí.

    -No, no -imploraba la digna señora-, quiero morir a tu lado…

    Simón Bacamarte se negó terminantemente a que su esposa lo acompañara. diciéndole que era descabellado creer que estaban ante un riesgo de muerte; y aun cuando fuera así, la intimaba, en nombre de la vida, a que permaneciera donde él le había ordenado. La infeliz dama inclinó la cabeza obediente y llorosa.

    -¡Abajo la Casa Verde! -gritaban los Canjicas.

    El alienista se encaminó hacia el balcón delantero, y salió a él en el momento en que la muchedumbre llegaba y se detenía ante la casa con sus trescientas cabezas rutilantes de civismo y sombrías de desesperación.

    -¡Muera, muera! -vociferaban desde todos los lados apenas el alienista se asomó al balcón. Simón Bacamarte hizo un gesto pidiendo silencio; los revoltosos respondieron con gritos de indignación. Entonces el barbero, agitando el sombrero, a fin de imponer silencio a la turba, consiguió aquietar a sus compañeros y le dijo al alienista que podía hablar, pero agregó que no abusase de la paciencia del pueblo como lo había hecho hasta entonces.

    -Seré breve, y aun más que breve. Deseo saber primero qué piden.

    -No pedimos nada -replicó enardecido el barbero-; ordenamos que la Casa Verde sea demolida, o por lo menos liberados los infelices que allí están.

    -No entiendo.

    -Entiendes bien, tirano; queremos libertad para las víctimas de tu odio, arbitrariedad y sed de lucro…

    El alienista sonrió, pero la sonrisa de ese gran hombre no fue cosa visible a los ojos de la multitud; era una concentración leve de dos o tres músculos, nada más. Sonrió y respondió:







    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:49

    ***


    Señores míos, la ciencia es cosa seria y merece ser tratada con seriedad. No doy razón de mis actos de alienista ante nadie, excepción hecha de los maestros y de Dios. Si queren enmendar la administración de la Casa Verde, estoy dispuesto a oírlos; pero si exigen que me niegue a mí mismo, no ganarán nada. Podría invitar a algunos de ustedes, en representación de los restantes, a venir conmigo para ver a los dementes recluidos; pero no lo hago porque sería darles la razón de mi sistema, lo que no haré ante legos ni rebeldes.

    Dijo esto el alienista y la multitud quedó atónita; era evidente que no esperaba tanta energía y menos aún tamaña serenidad. Pero el asombró creció más aún cuando el alienista, haciendo ante la multitud una reverencia con suma gravedad, le dio la espalda y desapareció en el interior de la casa. El barbero se repuso de inmediato y, agitando el sombrero, invitó a sus compañeros a demoler la Casa Verde; pocas y débiles voces le respondieron. Fue en ese momento decisivo cuando el barbero sintió despertar en sí la ambición de poder; le pareció entonces que demoliendo la Casa Verde, y neutralizando la influencia del alienista, llegaría a apoderarse del Ayuntamiento, dominaría las restantes autoridades y se constituiría en el señor de Itaguaí. Hacía ya algunos años que él se empeñaba en ver su nombre incluido en las listas de candidatos a concejal, pero era rechazado por no tener una posición compatible con tan digno cargo. La oportunidad era ahora o nunca. Por lo demás, ya había llevado tan lejos el tumulto, que la derrota equivaldría a prisión, o quizás la horca o el destierro. Desgraciadamente, la respuesta del alienista había amenguado el furor de sus seguidores. El barbero, ni bien se dio cuenta de ello, sintió que le invadía la indignación, y quiso gritarles ¡canallas!, ¡cobardes!, pero se contuvo, y habló de este modo:

    -¡Compañeros, luchemos hasta el fin! La salvación de Itaguaí está en sus manos dignas y heroicas. Destruyamos la cárcel de sus hijos y padres, de sus madres y hermanas, de sus parientes y amigos, y de ustedes mismos. ¡O morirán a pan y agua, tal vez a latigazos, en las mazmorras de este miserable!

    La multitud se agitó, un murmullo la recorrió a lo largo y a lo ancho, vociferó, amenazó, cerró filas alrededor del barbero. Era la rebelión que volvía a crecer, tras el ligero síncope, y amenazaba con arrasar la Casa Verde.

    -¡Vamos! -bramó Porfirio agitando el sombrero.

    -¡Vamos! -repitieron todos.

    Un incidente, empero, los detuvo: era el cuerpo de dragones que, al trote de sus caballos, entraba en la Rua Nova.
    VII. Lo inesperado

    Cuando los dragones se detuvieron ante los Canjicas, hubo un instante de estupefacción: los Canjicas no querían creer que se hubiese mandado contra ellos a la fuerza pública; pero el barbero comprendió todo y esperó. Los dragones se detuvieron, el capitán intimó a la multitud a dispersarse; pero si bien una parte de ella estaba dispuesta a hacerlo, la otra apoyó firmemente al barbero, cuya respuesta fue formulada en estos términos rotundos:

    -No nos dispersaremos. Si quieren nuestros cadáveres, pueden tomarlos, pero sólo los cadáveres; no tendrán nuestro honor, nuestros principios, nuestros derechos, y con ellos la salvación de Itaguaí.

    Nada más imprudente que esta respuesta del barbero; y nada más natural. Era el vértigo de las grandes crisis. Tal vez fuese también un exceso de confianza en la abstención del uso de las armas por parte de los dragones; confianza que el capitán se encargó de disipar en seguida, ordenando cargar sobre los Canjicas. El momento fue indescriptible. La multitud bramó enfurecida, algunos trepándose a las ventanas de la casa o corriendo hacia las calles laterales, lograron escapar; pero la mayoría permaneció donde estaba, vociferando de cólera, indignada, alentada por el barbero. La derrota de los Canjicas era inminente, cuando un tercio de los dragones -haya sido cual fuere el motivo, ya que las crónicas no lo aclaran- pasó súbitamente a engrosar las filas de la rebelión. Este inesperado refuerzo reanimó a los Canjicas, al mismo tiempo que desalentó a las tropas legales.

    Los soldados fieles no tuvieron el coraje de atacar a sus propios compañeros y, uno tras otro, fueron uniéndose a ellos, de modo que al cabo de algunos minutos las cosas habían tomado un curso totalmente distinto. El capitán estaba de un lado, con algunos hombres, contra una masa compacta que lo amenazaba de muerte. No tuvo más remedio que declararse vencido, y entregó su espada al barbero.

    La revolución triunfante no perdió ni un solo minuto; alojó a los heridos en casas vecinas y se dirigió hacia el Ayuntamiento. Pueblo y tropa confraternizaban, daban vivas al rey, al virrey, a Itaguaí, al “ilustre Porfirio”. Éste encabezaba la marcha, empuñando tan diestramente la espada, como si ella no fuese más que una navaja un poco más larga que las habituales. La victoria circundaba su frente con una aureola misteriosa. La dignidad del gobierno empezaba a enhestarle el porte.

    Los concejales, asomados a las ventanas, viendo la multitud y la tropa, creyeron que ésta había capturado a los rebeldes, y sin más conmiseración, volvieron a entrar y votaron una petición al virrey para que ordenase dar un mes de sueldo extra a los dragones, “cuyo denuedo salvó a Itaguaí del abismo al que lo había lanzado una cáfila de rebeldes”. Esta frase fue propuesta por Sebastián Freitas, el concejal disidente, cuya defensa de los Canjicas tanto había escandalizado a sus colegas. Pero la ilusión no tardó en desvanecerse. Los vivas al barbero, los mueras a los concejales y al alienista vinieron a traerles las nuevas de la triste realidad. El presidente no se desesperó: “Cualquiera que sea nuestra suerte”, dijo él, “recordemos que estamos al servicio de su majestad y del pueblo.” Sebastián Freitas insinuó que mejor se podía servir a la corona y a la villa saliendo por los fondos y yendo a conferenciar con el juez-de-fora, pero el Ayuntamiento rechazó en pleno esta propuesta.

    Inmediatamente, el barbero, acompañado por algunos de sus tenientes, entraba al salón de la Concejalía e intimaba a sus integrantes a dimitir. El Ayuntamiento no se resistió, sus integrantes se entregaron y fueron trasladados a la prisión. Entonces los amigos del barbero le propusieron que asumiese el gobierno de la villa en nombre de su majestad. Porfirio aceptó el cargo, aunque no desconocía, aclaró, las espinas que el ofrecimiento traía consigo; agregó que no podía dispensar el concurso de los amigos allí presentes, quienes de inmediato le ofrecieron su colaboración. El barbero se acercó a la ventana y comunicó al pueblo esas resoluciones que el pueblo ratificó aclamando al barbero, quien pasó a ser llamado “Protector de la villa en nombre de su majestad y del pueblo”. Se expidieron de inmediato varios edictos importantes, comunicaciones oficiales del nuevo gobierno, una exposición minuciosa al virrey, con muchas expresiones de acatamiento a las órdenes de su majestad; finalmente, una proclama al pueblo, corta pero enérgica:




    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:51

    ***

    ¡ITAGUAYENSES!

    Un Ayuntamiento corrupto y violento conspiraba contra los intereses de su majestad y del pueblo. La opinión pública lo había condenado; un puñado de ciudadanos, fuertemente apoyados por los bravos dragones de su majestad, acaba de disolverlo ignominiosamente, y por unánime consenso de la villa, me fue confiado el mando supremo, hasta que su majestad se sirva ordenar lo que le pareciere mejor a su real servicio. ¡Itaguayenses! No les pido sino que me rodeen de confianza, que me ayuden a restaurar la paz y la hacienda pública, tan dilapidada por el Ayuntamiento que acaba de ser disuelto por su manos. Cuenten con mi sacrificio y estén seguros de que la corona estará con nosotros.

    El Protector de la villa, en nombre de su majestad y del pueblo.

    Porfirio Caetano das Neves

    Todo el mundo advirtió el absoluto silencio de esta proclama con respecto de la Casa Verde; y, según algunos, no podía haber más vivo indicio de los proyectos tenebrosos del barbero. El peligro era tanto mayor cuanto que, en medio de estos graves sucesos, el alienista había encerrado en la Casa Verde unas siete u ocho personas, entre ellas dos señoras, y un hombre que estaba emparentado con el Protector. No era un reto, un acto intencional; pero todos lo interpretaron de esa manera, y la villa respiró con la esperanza de ver, en veinticuatro horas a lo sumo, al alienista entre rejas, y a la terrible cárcel derruida.

    El día terminó alegremente. Mientras el heraldo de la matraca iba recitando de esquina en esquina la proclama, el pueblo se volcaba a las calles y juraba morir en defensa del ilustre Porfirio. Y fueron pocos los gritos contra la Casa Verde, prueba de confianza en la acción del gobierno. El barbero hizo expedir una proclama declarando feriado aquel día, y entabló negociaciones con el vicario para la celebración de un Te Deum, tan conveniente resultaba a sus ojos la conjugación del poder temporal con el espiritual; pero el padre Lopes se negó abiertamente a prestar apoyo a tal fin.

    -Supongo que su eminencia no se alistará entre los enemigos del gobierno -le dijo el barbero dando a su expresión un aspecto tenebroso.

    A lo que el padre respondió sin responder:

    -¿Cómo alistarme, si el nuevo gobierno no tiene enemigos?

    El barbero sonrió; era la pura verdad. Salvo el capitán, los concejales y los principales de la villa, toda la gente lo aclamaba. Incluso los principales, si bien no lo aclamaban era igualmente cierto que no se habían pronunciado en contra de él. No hubo un único almotacén que no se presentara para recibir sus órdenes. Por lo general, las familias bendecían el nombre de aquel que por fin iba a liberar a Itaguaí de la Casa Verde y del terrible Simón Bacamarte.
    VIII. Las angustias del boticario

    Veinticuatro horas después de los sucesos narrados en el capítulo anterior, el barbero dejó el palacio de gobierno -tal era la denominación dada al recinto del Ayuntamiento- en compañía de dos auxiliares, y se dirigió a la residencia de Simón Bacamarte. No ignoraba Porfirio que era más decoroso para el gobierno mandar llamarlo; el recelo, empero, de que el alienista no obedeciese, lo obligó a aparecer tolerante y moderado.

    No describo el terror del boticario cuando oyó decir que el barbero iba a la casa del alienista. “Va a detenerlo”, pensó él. Y sus angustias se multiplicaron. En efecto, la tortura moral del boticario en aquellos días de revolución excede toda descripción posible. Nunca un hombre se encontró en circunstancias más apremiantes: las funciones desempeñadas junto al alienista lo obligaron a permanecer a su lado, la victoria del barbero por su parte lo atraía hacia su causa. Ya la simple noticia de la sublevación había producido una fuerte conmoción en su alma, porque él estaba al tanto de lo unánime que era el odio de todos hacia el alienista; pero la victoria final fue también el golpe final. La esposa de Crispín Soares, señora de fuerte temperamento, amiga personal de doña Evarista, le decía que su lugar estaba junto a Simón Bacamarte; su corazón, sin embargo, le gritaba que no, que la causa del alienista estaba perdida, y que nadie, por propia voluntad, hace alianza con un cadáver. “Lo hizo Catón, es cierto, Sed victa Catoni“, pensaba él, recordando algunas de las frecuentes prédicas del padre Lopes; “pero Catón no se ató a una causa vencida; él era su propia causa vencida, la causa de la república; su acto, por lo tanto, fue el de un egoísta, el de un mísero egoísta; mi situación es otra”. Insistiendo, empero, la mujer, Crispín Soares no encontró otra salida, en semejante crisis, que enfermarse; se declaró enfermo y se metió en la cama.

    -En este momento, Porfirio se dirige a la casa del doctor Bacamarte -le dijo la mujer al día siguiente, acercándose a su lecho-, lo acompaña un grupo.

    “Lo van a detener”, pensó el boticario.

    Una idea trae la otra; el boticario imaginó que, una vez encarcelado el alienista, vendrían de inmediato a buscarlo a él, en calidad de cómplice. Esta idea fue el mejor de los reconstituyentes. Crispín Soares se incorporó, dijo que ya se sentía bien, que iba a salir; y pese a todos los esfuerzos y protestas de su consorte, se vistió y salió. Los cronistas de ese entonces son unánimes en decir que la certeza de que el marido iba a unirse noblemente al alienista, consoló a la esposa del boticario; y anotan, con mucha perspicacia, el inmenso poder moral que puede llegar a tener una ilusión; y dicen ilusión porque el boticario se encaminó resueltamente hacia el palacio de gobierno y no hacia la casa del alienista. Una vez allí, se mostró sorprendido de no encontrar al barbero, a quien deseaba expresar sus respetuosos saludos y testimoniarle su adhesión; y le dieron a Crispín Soares muestras de esmerada atención; le aseguraron que el barbero no tardaría; su señoría había ido a la Casa Verde, por asuntos de gobierno, pero no se demoraría. Le ofrecieron una silla, lo invitaron con refrescos, le dispensaron elogios; le dijeron que la causa del ilustre Porfirio era la de todos los patriotas, a lo que el boticario repetía que así era, efectivamente, que nunca había pensado otra cosa y que así pensaba declararlo ante su majestad.
    IX. Dos lindos síntomas

    No debió aguardar mucho el barbero para que lo recibiese el alienista, quien le declaró que no tenía medios para oponérsele, y que por lo tanto estaba listo para obedecerle. Sólo una cosa le pedía, y era que no lo obligase a asistir personalmente a la destrucción de la Casa Verde.

    -Se engaña vuestra merced -dijo el barbero tras una pausa-, se engaña al atribuir al gobierno intenciones vandálicas. Con razón o sin ella, la opinión general entiende que la mayor parte de los locos allí recluidos están en su más sano juicio, pero el gobierno reconoce que la cuestión es puramente científica, y no pretende resolver con medidas drásticas asuntos que sólo son competencia de la ciencia. Por lo demás la Casa Verde es una institución pública; así la aceptamos de manos del Ayuntamiento ahora disuelto. Hay, empero, necesariamente debe haberlo, un criterio capaz de restituir el sosiego al espíritu público.

    El alienista apenas podía disimular su asombro; confesó que esperaba otra cosa, la demolición del hospicio, su prisión, el destierro, todo, menos…

    -El desconcierto de vuestra merced -lo interrumpió gravemente el barbero- se funda en el desconocimiento de la grave responsabilidad del gobierno. El pueblo, dominado por una ciega piedad, que le provoca en tal caso legítima indignación, puede exigir del gobierno cierta prioridad en sus actos; pero éste, con la responsabilidad que le incumbe, no los debe practicar, al menos integralmente, y tal es nuestra situación. La generosa revolución que ayer destituyó un Ayuntamiento vilipendiado y corrupto pidió, con altas voces, la demolición de la Casa Verde; pero ¿puede entrar en el ánimo del gobierno eliminar la locura? No. ¿Y si el gobierno no la puede eliminar, está al menos apto para discriminarla y reconocerla? Tampoco. Ello es materia de la ciencia. Por lo tanto, en asunto tan melindroso el gobierno no puede, no debe, no quiere dispensar el concurso de vuestra merced. Lo que le pide es que arbitremos un medio para contentar al pueblo. Unámonos, y el pueblo sabrá obedecer. Uno de los recursos posibles, a menos que vuestra merced proponga otro, sería de hacer retirar de la Casa Verde a aquellos enfermos que estuvieren casi curados, así como los maniacos de poca monta, etcétera. De tal modo, sin gran peligro, mostraremos alguna tolerancia y benignidad.

    -¿Cuántos muertos y heridos hubo ayer en la refriega? -preguntó Simón Bacamarte al cabo de tres minutos.

    Al barbero lo sorprendió la pregunta, pero respondió de inmediato que once muertos y veinticinco heridos.

    -¡Once muertos y veinticinco heridos! -repitió dos o tres veces el alienista.

    Y luego expresó que el recurso propuesto no le parecía bueno, pero que él iba a arbitrar algún otro, y que en los próximos días le daría una respuesta. Y le hizo varias preguntas sobre los sucesos de la víspera, ataque, defensa, adhesión de los dragones, resistencia del Ayuntamiento, etcétera, a lo que el barbero iba respondiendo con gran abundancia de información, insistiendo especialmente en el descrédito en que el referido Ayuntamiento había caído. El barbero confesó que el nuevo gobierno no contaba aún con el voto de los principales de la villa, y que el alienista podía hacer mucho en lo referente a este punto. El gobierno, concluyó el barbero, se alegraría si pudiera contar no ya con la simpatía, sino con la benevolencia del más alto espíritu de Itaguaí, y seguramente del reino. Pero nada de eso alteraba la noble y austera fisonomía de aquel gran hombre que oía callado, sin desvanecimiento ni modestia, impasible como un dios de piedra.

    -Once muertos y veinticinco heridos -repitió el alienista, después de acompañar al barbero hasta la puerta-. He aquí dos lindos síntomas de enfermedad mental. La dualidad y descargo de este barbero lo son positivamente. En cuanto a la necedad de quienes lo aclamaron no es necesario otra prueba que los once muertos y los veinticinco heridos. ¡Dos lindos síntomas!

    -Viva el ilustre Porfirio -exclamaban unas treinta personas que aguardaban al barbero en la puerta.

    El alienista espió por la ventana y alcanzó a oír este fragmento de la arenga que dirigió el barbero a las treinta personas que lo aclamaban:

    -…porque yo velo, pueden estar seguros, por el cumplimiento de la voluntad popular. Confíen en mí y todo se hará de la mejor manera. Sólo les recomiendo orden. El orden, mis amigos, es la base del gobierno…

    -¡Viva el ilustre Porfirio! -clamaron las treinta voces, agitando los sombreros.

    -¡Dos lindos síntomas! -murmuró el alienista.
    X. La restauración

    Cinco días después, el alienista encerró en la Casa Verde a cerca de cincuenta aclamadores del nuevo gobierno. El pueblo se indignó. El gobierno, aturdido, no sabía cómo reaccionar. Juan Pina, otro barbero, decía arbitrariamente en las calles que Porfirio estaba “vendido al oro de Simón Bacamarte”, afirmación que congregó a su alrededor a la gente más decidida de la villa.

    Porfirio, viendo a su antiguo rival de la navaja al frente de la insurrección, comprendió que estaba irremediablemente perdido, a menos que diese un gran golpe; expidió entonces dos decretos, uno aboliendo la Casa Verde, otro desterrando al alienista. Juan Pina mostró claramente, con grandes frases, que las medidas de Porfirio no eran otra cosa que demagogia, un cebo que el pueblo no debía morder. Dos horas después, Porfirio caía ignominiosamente, y Juan Pina asumía la difícil tarea de gobernar. Como encontrase en los archivos las minutas de la proclamación, de la exposición al virrey y de otros actos inaugurales del gobierno anterior, se dio prisa en hacerlos copiar y expedir; agregan los cronistas, cosa que por lo demás se sobrentiende, que él le cambió los nombres, y donde el otro barbero había hablado de un Ayuntamiento corrupto se refirió éste a “un intruso influido por las malas doctrinas francesas, y contrario a los sacrosantos intereses de su majestad”, etcétera.

    En eso estaban las cosas cuando entró a la villa una fuerza comandada por el virrey y restableció el orden. El alienista exigió, de inmediato, que le entregaran al barbero Porfirio, así como a unos cincuenta y tantos individuos, a quienes declaró mentecatos; y no sólo le entregaron a todos los que solicitó, sino que además prometieron poner a su disposición diecinueve secuaces más del barbero, que convalecían de las heridas recibidas en la primera rebelión.

    Este punto en el desarrollo de la crisis de Itaguaí marca también el grado máximo de influencia alcanzado por Simón Bacamarte. Todo cuanto quiso le fue facilitado; y una de las más vivas pruebas del poder del ilustre médico la encontramos en la prontitud con que los concejales, restituidos a sus funciones, consintieron en que Sebastián Freitas también fuese recluido en el hospicio. El alienista, al par de la extraordinaria inconsistencia de las opiniones de ese concejal, entendió que era un caso patológico, y pidió que se lo entregaran. Lo mismo ocurrió con el boticario. El alienista, una vez enterado de la momentánea adhesión de Crispín Soares a la rebelión de los Canjicas, la cotejó con el apoyo que siempre había recibido de él, aún en la víspera del levantamiento, y ordenó finalmente que lo capturaran. Crispín Soares no negó el hecho, pero lo explicó diciendo que había cedido a un movimiento de terror, al ver la rebelión triunfante, y dio como prueba la ausencia de cualquier otro acto suyo en ese mismo sentido, agregando que de inmediato, tras la visita que efectuara al Ayuntamiento, había vuelto a la cama, enfermo. Simón Bacamarte no lo contrarió; dijo, empero, a quienes en esa ocasión se hallaban allí presentes, que el terror también es padre de la locura, y que el caso de Crispín Soares le parecía de los más característicos.

    Pero la prueba más evidente de la influencia de Simón Bacamarte fue la docilidad con que el Ayuntamiento le entregó a su propio presidente. Este digno magistrado había declarado, en plena sesión, que no se contentaba, para lavar la afrenta que le habían causado los Canjicas, con menos de treinta almudes de sangre; palabras que llegaron a los oídos del alienista por boca del secretario del Ayuntamiento, entusiasmado con la energía de la que daba pruebas el presidente. Simón Bacamarte empezó por encerrar al secretario en la Casa Verde, y de allí se fue a la sede del gobierno ante la cual declaró que el presidente padecía de “demencia taurina”, un género que él pretendía estudiar con gran beneficio para los pueblos. El Ayuntamiento al principio vaciló, pero luego terminó cediendo.

    De allí en más fue una secuencia desenfrenada de reclusiones. Un hombre no podía dar origen o curso a la mentira más simple del mundo, incluso a una de esas que ironizan al propio inventor o divulgador, que ya lo metían en la Casa Verde. Todo era locura. Los cultores de adivinanzas, los inventores de charadas, de anagramas, los maldicientes, los que curioseaban en la vida ajena, los que dicen necedades, uno u otro almotacén presuntuoso, nadie escapaba a los emisarios del alienista. Él respetaba a las muchachas enamoradas pero no a las seductoras que mariposeaban yendo de una relación a otra, diciendo que las primeras cedían a un impulso natural, y las segundas a un vicio. Si un hombre era avaro o pródigo terminaba de igual modo en la Casa Verde; de allí se infería que no había regla que pudiese establecer la completa sanidad mental.





    Continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 07:53

    ***

    Algunos cronistas creen que Simón Bacamarte no siempre procedía con lisura, y citan en abono de la afirmación (que no sé si puede ser aceptada) el hecho de haber logrado que el Ayuntamiento aprobase una petición autorizando el uso de un anillo de plata en el dedo pulgar de la mano izquierda por parte de toda persona que, sin otra prueba documental o tradicional, declarase tener en las venas dos o tres onzas de sangre goda. Dicen que el fin secreto del consentimiento de los concejales fue enriquecer a un platero, amigo y compadre del alienista; pero, si bien es cierto que el platero vio prosperar su negocio después de la nueva ordenanza municipal, no lo es menos que esa petición, una vez aprobada, dio a la Casa Verde una multitud de inquilinos; por lo cual no se puede definir, sin que sea una temeridad, la auténtica finalidad del ilustre médico. En cuanto a la razón determinante de la captura y reclusión en la Casa Verde de todos los que usaran el anillo, es uno de los puntos más oscuros de la historia de Itaguaí; la opinión más verosímil es que todos ellos fueron encerrados por andar gesticulando como tontos en las calles, en las casas, en la iglesia. Nadie ignora que los locos gesticulan mucho. En todo caso es una simple conjetura; de positivo no hay nada.

    -¿Adónde irá a parar este hombre? -decían los principales de la tierra-. ¡Ah, si hubiésemos ayudado a los Canjicas…!

    Un día de mañana -día en que el Ayuntamiento debía ofrecer un gran baile- la villa entera fue conmovida por la noticia de que la propia esposa del alienista había sido encerrada en la Casa Verde. Nadie lo creyó; debía de ser un invento de algún tunante. Pero no: era la pura verdad. Doña Evarista había sido recluida a las dos de la mañana. El padre Lopes corrió a casa del alienista y lo interrogó discretamente acerca de lo ocurrido.

    -Ya hace algún tiempo yo tenía mis sospechas -dijo gravemente el marido-. La modestia con que ella había vivido en ambos matrimonios era inconciliable con el furioso interés por las sedas, los terciopelos, tejidos y piedras de que dio sobradas pruebas a su regreso de Río de Janeiro. Desde entonces empecé a observarla. Todas sus conversaciones giraban en torno a esos objetos; si yo le hablaba de antiguas cortes, preguntaba en seguida por la forma de los vestidos de las damas; si la visitaba alguna señora en mi ausencia, antes de decirme cuál había sido el objeto de la visita me describía su atuendo, aprobando unas prendas y criticando otras. Un día, y creo que vuestra reverendísima ha de recordarlo, me propuso hacer anualmente un vestido para la imagen de Nuestra Señora de la Matriz. Todos estos síntomas eran graves; esa noche, empero, irrumpió la demencia total. Había elegido, preparado y adornado el atuendo que llevaría al baile del Ayuntamiento municipal; sólo vacilaba entre un collar de granate y otro de zafiros. Anteayer me preguntó cuál me parecía a mí que debía llevar; le respondí que ambos le quedaban muy bien. Ayer, durante el almuerzo, me repitió la pregunta; poco después de la cena la encontré callada y meditativa. ¿Qué te ocurre?, le pregunté.

    “-¡Pensaba ponerme el collar de granates pero el de zafiros me parece tan lindo!

    “-Pues entonces ponte el de zafiros.

    “-Sí, pero entonces tendré que dejar el de granates.

    “Pues bien, entre esas idas y vueltas pasó el resto de la tarde. Hacia el atardecer comimos algo liviano y después nos acostamos. En plena noche, a eso de la una y media, me despierto y no la veo; me incorporo, voy al cuarto de vestir, y la encuentro delante de los dos collares, probándoselos alternativamente ante el espejo, primero uno, después el otro. Era evidente su demencia, la encerré de inmediato.”

    El padre Lopes no se satisfizo con la respuesta, pero no objetó nada. El alienista, empero, percibió su disconformidad y le explicó que el caso de doña Evarista se inscribía dentro de la llamada “manía suntuaria”, no incurable, y en todo caso digna de estudio.

    -Espero tenerla recuperada en seis semanas -concluyó él.

    La abnegación del ilustre médico abonó en favor suyo. Conjeturas, inventos, suspicacias, todo cayó por tierra, desde que él no dudó en internar en la Casa Verde a su propia mujer, a quien amaba con todas las fuerzas de su alma. Nadie más tenía el derecho de oponérsele, menos aún el de atribuirle intenciones ajenas a la ciencia.

    Era un gran hombre austero, Hipócrates recubierto por los ropajes de un Catón.
    XI El asombro de Itaguaí

    Y ahora prepárese el lector para sentir el mismo asombro que se apoderó de Itaguaí al enterarse un día que todos los locos de la Casa Verde iban a ser puestos en libertad.

    -¿Todos?

    -Todos.

    -Es imposible, algunos puede ser; pero todos…

    -Todos. Así lo dijo él en el comunicado que envió esta mañana al Ayuntamiento.

    De hecho, el alienista había informado a las autoridades que:

    1. Habiendo verificado que las estadísticas de la villa y de la Casa Verde evidenciaban que cuatro quintas partes de la población estaban alojadas en aquel establecimiento.

    2. Que este disloque de la población lo había inducido a examinar los fundamentos de su teoría sobre las molestias cerebrales, teoría que excluía de los dominios de la razón todos los casos en los que el equilibrio de las facultades no fuese perfecto y absoluto.

    3. Que de ese examen y del hecho estadístico había resultado la convicción de que la verdadera doctrina no era aquélla sino la opuesta y que por lo tanto se debía admitir como normal y ejemplar el desequilibrio de las facultades, y como hipótesis patológicas todos los casos en que aquel desequilibrio fuese interrupto.

    4. Que teniendo en cuenta todo lo dicho, declaraba al Ayuntamiento que iba a poner en libertad a todos los reclusos de la Casa Verde y a proceder a acoger a las personas que se encontraban en las condiciones ahora expuestas.

    5. Que tratando de descubrir la verdad científica, no ahorraría esfuerzos de ninguna naturaleza, esperando de las autoridades igual dedicación.

    6. Que restituía al Ayuntamiento y a los particulares la suma total del importe recibido para el alojamiento de los supuestos locos, descontada la parte efectivamente invertida en alimentación, vestimenta, etcétera; inversiones cuyo monto las autoridades podrían verificar en los libros y arcas de la Casa Verde.

    El asombro de Itaguaí fue grande; no fue menor la alegría de los parientes y amigos de los reclusos. Cenas, bailes, fuegos artificiales, canciones; de todo hubo para celebrar tan fausto acontecimiento. No describo los festejos porque no interesan a nuestro propósito; pero fueron espléndidos, conmovedores y prolongados.

    ¡Así son las cosas humanas! En medio del regocijo producido por el comunicado de Simón Bacamarte, nadie advirtió en la línea final de la cuarta cláusula, una frase que dejaba entrever cuáles serían los sucesos futuros.
    XII. El final de la cuarta cláusula

    Se apagaron los fuegos de artificio, se reconstituyeron las familias, todo parecía recolocado sobre sus antiguos carriles. Reinaba el orden, el Ayuntamiento ejercía otra vez el gobierno, sin ninguna presión externa; hasta el mismo presidente y el concejal Freitas volvieron a sus puestos. El barbero Porfirio, aleccionado por los acontecimientos, habiéndolo “probado todo”, como el poeta dijo de Napoleón, y algo más todavía, porque Napoleón no probó la Casa Verde, el barbero, digo, creyó preferible la gloria oscura de la navaja y de la tijera a las calamidades brillantes del poder; fue, es cierto, procesado; pero la población de la villa imploró la clemencia de su majestad; y el perdón fue concedido.

    Juan Pina fue absuelto, atendiéndose al hecho de que él había derrocado a un rebelde. Los cronistas piensan que de este hecho nació un proverbio: Ladrón que roba a ladrón, tiene cien años de perdón; proverbio inmoral, es cierto, pero enormemente útil.

    No sólo cesaron las quejas contra el alienista, sino que ni la menor sombra de resentimiento empañó el alma de nadie a raíz de los actos por él cometidos; agréguese a esto que los reclusos de la Casa Verde, desde que él los declarara en uso pleno de razón, se sintieron ganados por un profundo reconocimiento y ferviente gratitud. Muchos entendieron que el alienista merecía una demostración especial, y le organizaron un baile, al que siguieron otros bailes y cenas. Dicen las crónicas que doña Evarista había tenido en un comienzo la idea de separarse de su consorte, pero el dolor de perder la compañía de tan gran hombre pudo más que cualquier resentimiento de amor propio, y la pareja pasó a ser, incluso, más feliz que antes.

    No menos íntima terminó siendo la amistad entre el alienista y el boticario. Éste concluyó, tras conocer el comunicado de Simón Bacamarte, que la prudencia es la primera de las virtudes en tiempos de revolución, y apreció mucho la magnanimidad del alienista que, al darle libertad, le extendió su mano de viejo amigo.

    -Es un gran hombre -le dijo a su mujer, refiriéndole aquella circunstancia.

    No es preciso hablar del albardero, de Costa, de Coelho, de Martín Brito y de los otros, especialmente nombrados en este escrito. Basta decir que pudieron ejercer libremente sus hábitos anteriores.

    El propio Martín Brito, recluido por un discurso en el cual había elogiado enfáticamente a doña Evarista, hizo ahora otro en honor del insigne médico, “cuyo altísimo genio, elevando sus alas mucho más allá del sol, dejó debajo de sí a los restantes espíritus de la tierra”.

    -Le agradezco sus palabras -le respondió el médico-, y si de algo no me arrepiento es de haberle restituido la libertad.

    Mientras tanto, el Ayuntamiento que había contestado el comunicado de Simón Bacamarte, con la salvedad de que oportunamente se pronunciaría con respecto al final de la cuarta cláusula, trató, finalmente, de legislar sobre ella. Fue sancionada, sin debate, una ordenanza autorizando al alienista a acoger en la Casa Verde a las personas que se encontraban en goce del perfecto equilibrio de sus facultades mentales. Y porque la experiencia del Ayuntamiento había sido hasta allí penosa en tales menesteres, estableció él una cláusula que especificaba que la autorización era provisoria, válida por un solo año, a fin de que pudiera ser experimentada la nueva teoría psicológica, pudiendo el Ayuntamiento, antes de cumplido el referido plazo, mandar cerrar la Casa Verde, si a eso fuese inducido por motivos de orden público. El concejal Freitas propuso también que se decretase que en ningún caso fuesen los concejales encerrados en el asilo de alienados: cláusula que fue aceptada, votada e incluida en la ordenanza, pese a las protestas del concejal Galvão. El principal argumento de este magistrado era que el Ayuntamiento, legislando sobre una experiencia científica, no podía excluir a sus miembros de las consecuencias de la ley; la excepción, dijo, era odiosa y ridícula. Apenas había proferido estas duras palabras, comenzaron los concejales a vociferar contra la audacia y la insensatez del colega; éste, empero, los oyó sin inmutarse y se limitó a decir que votaba contra la excepción.

    -La concejalía -concluyó él- no nos da ningún poder especial ni nos excluye de la naturaleza humana.

    Simón Bacamarte aceptó el decreto con todas las restricciones. En cuanto a la exclusión de los concejales, declaró que se sentiría profundamente dolido si se viese obligarlo a recluirlos en la Casa Verde; la cláusula, empero, era la mejor prueba de que ellos no padecían del perfecto equilibrio de sus facultades mentales. No sucedía lo mismo con el concejal Galvão, cuyo acierto en la objeción formulada, y cuya moderación en la respuesta dada a las invectivas de los colegas mostraba, de su parte, un cerebro bien organizado; por lo que rogaba a la Cámara que se lo entregase. La Cámara, sintiéndose aún agraviada por el proceder del concejal Galvão, puso a consideración el pedido del alienista y votó unánimemente por la entrega.

    Se comprende que, de acuerdo con la nueva teoría, no bastaba un hecho o un dicho, para recluir a alguien en la Casa Verde; era preciso un largo examen, una minuciosa indagación del pasado y del presente. El padre Lopes, por ejemplo, sólo fue detenido y encerrado treinta días después del decreto, y la mujer del boticario recién a los cuarenta días. El encierro de esta señora llenó a su consorte de indignación. Crispín Soares salió de su casa rojo de cólera, y diciendo a todos los que con él se cruzaban que iba a arrancarle las orejas al tirano. Un hombre, adversario del alienista, oyendo en la calle esa amenaza, olvidó los motivos de disidencia que tenía con el médico, y corrió a la casa de Simón Bacamarte para informarle del peligro que corría. Simón Bacamarte supo mostrarse reconocido al viejo adversario por su gesto, y pocos minutos le bastaron para reconocer la rectitud de sus sentimientos, su buena fe, su sensibilidad hacia el prójimo, la generosidad; le estrechó calurosamente ambas manos y lo encerró en la Casa Verde.

    -Un caso de éstos es raro -dijo él a su mujer, que lo miraba pasmada-. Ahora esperemos a nuestro Crispín.

    Crispín Soares entró. El dolor había vencido a la rabia y el boticario no le arrancó las orejas al alienista. Éste consoló a su auxiliar, asegurándole que no era un caso perdido; tal vez la mujer tuviese alguna lesión cerebral; iba a examinarla con mucha atención; pero antes de hacerlo no podía dejarla en libertad. Y pareciéndole ventajoso reunirlos, porque la astucia y mañosidad del marido podrían de cierto modo curar la belleza moral que él había descubierto en la esposa, dijo Simón Bacamarte:

    -Usted trabajará durante el día en la botica, pero almorzará y cenará con su mujer, y aquí pasará las noches, los domingos y días santos.

    La propuesta colocó al pobre boticario en la situación del asno de Buridán. Quería vivir con la mujer, pero temía volver a la Casa Verde; y en esa lucha estuvo algún tiempo, hasta que doña Evarista lo sacó del atolladero, prometiéndole que se encargaría de ver a la amiga y oficiar de mensajera entre ellos. Crispín Soares le besó las manos agradecido. Este último rasgo de egoísmo pusilánime le pareció sublime al alienista.

    Al cabo de cinco meses estaban recluidas unas dieciocho personas; pero Simón Bacamarte no aflojaba; iba de calle en calle, de casa en casa, acechando, interrogando, estudiando; y cuando atrapaba un enfermo se lo llevaba con la misma alegría con que otrora los arrebañaba a docenas. Esa misma desproporción confirmaba la teoría nueva; había encontrado por fin la verdadera patología cerebral. Un día logró encerrar en la Casa Verde al juez-de-fora; pero procedía con tanto escrúpulo que no lo hizo sino después de estudiar minuciosamente todos sus actos, e interrogar a los principales de la villa. Más de una vez estuvo a punto de recluir personas perfectamente desequilibradas; fue lo que ocurrió con un abogado, en quien reconoció un haz tan rico de cualidades morales y mentales, que era peligroso dejarlo en libertad. Ordenó detenerlo; pero el agente, desconfiado, le pidió autorización para hacer una prueba; fue a ver a un compadre, demandado por un testamento falso, y le dio como consejo que recurriese a los servicios del abogado Salustiano, que así se llamaba la persona en cuestión.

    -Pero ¿te parece?…

    -Sin duda: anda a verlo, confiésale todo, toda la verdad, sea cual fuere, y confíale la causa.

    El hombre fue a ver al abogado, le confesó haber falsificado el testamento, y terminó pidiéndole que se hiciese cargo de la causa. No se negó el abogado, estudió la documentación, reflexionó largamente, y probó a todas luces que el testamento era más que verdadero. La inocencia del reo fue solemnemente proclamada por el juez, y la herencia pasó a sus manos. El distinguido jurisconsulto debió a esta experiencia su libertad. Pero nada escapa a un espíritu original y penetrante. Simón Bacamarte, que desde hacía un tiempo notaba el celo, la sagacidad, la paciencia, la moderación de aquel agente, reconoció la habilidad y el tino con que él había llevado a cabo una experiencia tan delicada y compleja, y determinó que se le encerrara inmediatamente en la Casa Verde; ofreciéndole, empero, una de las mejores habitaciones.

    Los alienados fueron alojados por clases. Se instauró una galería de modestos, o sea de locos en los que predominaba esta cualidad moral; otra de tolerantes, otra de sinceros, otra de sencillos, otra de leales, otra de magnánimos, otra de sagaces, otra de rectos, etcétera. Naturalmente, las familias y los amigos de los reclusos protestaban fervientemente contra la teoría, y algunos intentaron presionar sobre el Ayuntamiento para inhabilitar la licencia. Las autoridades, empero, no habían olvidado las palabras del concejal Galvão, y si se dejaba sin efecto la licencia, le darían la libertad y habría que restituirle el cargo, razón por la cual se negaron a prestar oídos a los disconformes. Simón Bacamarte efectuó entonces una ponencia ante los concejales, no agradeciendo, sino felicitándolos por ese acto de venganza personal.

    Desengañados de la legalidad, algunos de los principales de la villa recurrieron secretamente al barbero Porfirio y le garantizaron todo el apoyo en términos de gente, dinero e influencias en la corte, si él se pusiese a la cabeza de otro movimiento contra el Ayuntamiento y el alienista. El barbero les respondió que no; que la ambición lo había llevado, ya una vez, a transgredir las leyes, y que él ahora había aprendido la lección, reconociendo su error y la poca consistencia de la opinión de sus propios secuaces; que el Ayuntamiento había entendido que debía autorizar la experiencia del alienista por un año; cabía pues esperar el agotamiento del plazo, o en su defecto requerir del virrey el empleo de un recurso que él vio fallar en sus manos, y eso a cambio de muertos y de heridos que serían su remordimiento eterno.

    -¡No me diga! -exclamó el alienista cuando un agente secreto le contó la conversación del barbero con los principales de la villa.

    Dos días después, el barbero era recluido en la Casa Verde.

    -¡Si no te encarcelan por tener perro te encarcelan por no tenerlo! -gimió el infeliz.

    Llegó a su fin el plazo, la Cámara autorizó una prolongación suplementaria de seis meses para aplicación de medios terapéuticos. El desenlace de este episodio de la crónica itaguayense es de tal orden, y tan inesperado, que merecería por lo menos diez capítulos de exposición; pero me contento con uno, que será el remate de la narrativa, y uno de los más bellos ejemplos de convicción científica y abnegación humana.
    XIII. ¡Plus ultra!

    Había llegado el momento de poner a prueba la terapéutica. Simón Bacamarte, activo y sagaz para descubrir enfermos, se empeñó aún más en la diligencia y penetración con que empezó a tratarlos. En este punto todos los cronistas están de acuerdo: el ilustre alienista logró efectuar curas sorprendentes, que provocaron la más viva admiración en Itaguaí.

    Efectivamente, era difícil imaginar sistema terapéutico más racional. Al estar los locos divididos por clases, según la virtud moral que en cada uno de ellos excedía a las demás, Simón Bacamarte se empeñó en atacar de frente la cualidad predominante. Tomemos por caso a un modesto. Él le aplicaba la medicación que pudiese infundirle el sentimiento opuesto; y no aplicaba de inmediato las dosis máximas: las graduaba de acuerdo al estado, la edad, el temperamento, la posición social del paciente. A veces bastaba una casaca, una cinta, una peluca, un bastón, para restituirle la razón al alienado; en otros casos la molestia era más rebelde; recurría entonces a los anillos de brillantes, a las distinciones honoríficas, etcétera. Hubo un enfermo, poeta, que resistió a todo. Simón Bacamarte empezaba a desesperar de la cura, cuando tuvo la idea de mandar a propalar por medio de la matraca que él era un auténtico rival de Garção y de Píndaro.

    -Fue un santo remedio -contaba la madre del infeliz a una comadre-; fue un santo remedio.

    Otro enfermo, también modesto, opuso la misma resistencia a la medicación; pero no siendo escritor (apenas si sabía firmar), no se le podía aplicar el remedio de la matraca. A Simón Bacamarte se le ocurrió entonces solicitar para él el cargo de secretario de la Academia dos Encobertos establecida en Itaguaí. Los cargos de presidente y secretarios eran conferidos directamente por el rey, una gracia especial establecida por el finado rey don Juan V, e implicaba el tratamiento de “Excelencia” y el uso de una placa de oro en el sombrero. El gobierno de Lisboa negó la concesión del diploma; pero teniendo en cuenta que el alienista no lo pedía como premio honorífico o distinción legítima, sino solamente como un medio terapéutico para un caso sumamente difícil, el gobierno cedió excepcionalmente a la súplica; y aun así no lo hizo sin un extraordinario esfuerzo del ministro de marina y ultramar, quien venía a ser primo del alienado. Fue otro santo remedio.

    -¡Realmente es admirable! -se decía en las calles, al ver la expresión sana y ensoberbecida de los dos exdementes.

    Tal era el sistema. Imagínese el lector el resto. Cada rasgo de belleza moral o mental era atacado en el punto en que la perfección parecía más sólida; y el efecto era acertado. No siempre, sin embargo, lo era. Hubo casos en que la cualidad predominante resistía a todo; entonces el alienista atacaba otra parte, trasladando a la terapéutica el método de la estrategia militar, que toma la fortaleza por asalto desde un punto, si por otro no lo puede lograr.

    Al cabo de cinco meses y medio la Casa Verde estaba vacía; ¡todos curados! El concejal Galvão, tan cruelmente torturado por la moderación y la equidad, tuvo la felicidad de perder un tío; digo felicidad, porque el tío dejó un testamento ambiguo, y él obtuvo los abultados beneficios de una interpretación textual que para erigirse en verdadera no vaciló en corromper a los jueces, y estafar a los otros herederos. La sinceridad del alienista se manifestó en esa ocasión; confesó ingenuamente que no tuvo parte en la cura; todo fue obra de la simple vix medicatrix de la naturaleza. No sucedió lo mismo con el padre Lopes. Sabiendo el alienista que él ignoraba olímpicamente el hebreo y el griego, le incumbió realizar un análisis crítico de la versión de los Setenta; el cura aceptó el encargo, y en buena hora lo hizo; al cabo de dos meses tenía escrito un libro y obtenía la libertad. En cuanto a la señora del boticario, no permaneció mucho tiempo en la habitación que le fue asignada, y donde, por lo demás, no le faltaron atenciones y cuidados.

    -¿Por qué Crispín no viene a visitarme? -decía ella todos los días.

    Le respondían ya una cosa, ya otra; finalmente le dijeron la verdad entera. La digna matrona no pudo contener la indignación y vergüenza. En las explosiones de cólera se le escaparon expresiones como éstas:

    -¡Explotador!… ¡canalla!… ¡ingrato!… Un tunante que ha construido casas a costa de ungüentos falsificados y malolientes… ¡Ah!, ¡explotador!

    Simón Bacamarte advirtió que aun cuando no fuese verdadera la acusación contenida en esas palabras, bastaban ellas para mostrar que a la excelente señora se le había por fin restituido el perfecto desequilibrio de las facultades; y prontamente se le dio de alta.

    Ahora bien, si imaginan que el alienista estaba radiante al ver salir al último huésped de la Casa Verde, muestran con eso que aún no conocen a nuestro hombre. Plus ultra era su divisa. No le bastaba haber descubierto la verdadera teoría de la locura; no lo contentaba haber establecido en Itaguaí el reinado de la razón. ¡Plus ultra! No se le veía alegre, sino preocupado, cabizbajo; algo le decía que la nueva teoría guardaba, en sí, otra y novísima teoría.

    “Veamos”, pensaba él, “veamos si llego, por fin, a la verdad postrera.”

    Decía esto paseándose a lo largo de la amplia sala, donde fulguraba la biblioteca más rica de los dominios ultramarinos de su majestad. Una amplia bata de damasco, sujeta a la cintura por un cordón de seda con borlas de oro (obsequio de una universidad) envolvía el cuerpo majestuoso y austero del ilustre alienista. La peluca le cubría una ancha y noble calva adquirida en las meditaciones cotidianas. Los pies, que no eran ni delgados y femeninos ni grandes y toscos sino proporcionados al resto del cuerpo, aparecían resguardados por un par de zapatos cuyas hebillas no eran sino de modesto y simple latón. Vean la diferencia: sólo denotaba lujo en él lo que era de origen científico; lo que provenía de su persona en sentido estricto, traía el color de la moderación y la simplicidad, virtudes por demás adecuadas a la persona de un sabio.

    Así era como él iba, el gran alienista, de una punta a la otra de la vasta biblioteca, ensimismado, ajeno a todo lo que no fuese el tenebroso problema de la patología cerebral. De pronto se detuvo. De pie, ante una ventana, con el codo izquierdo apoyado en la mano derecha, abierta, y el mentón en la mano izquierda, cerrada, se preguntó a sí mismo:

    -Pero ¿realmente habrán estado locos todos ellos y fueron restablecidos por mí, o lo que pareció cura no fue más que el descubrimiento del perfecto desequilibrio del cerebro?

    E indagando más y más, he aquí el resultado al que llegó: los cerebros bien organizados que él acababa de curar eran tan desequilibrados como los otros. Sí, se decía a sí mismo: yo no puedo tener la pretensión de haberles infundido un sentimiento o una facultad nueva; una y otra cosa existían en estado latente, pero existían.

    Habiendo alcanzado esta conclusión, el ilustre alienista tuvo dos sensaciones antagónicas, una de placer, otra de abatimiento. La de placer fue por haber visto que al cabo de largas y pacientes meditaciones, constantes trabajos, lucha ingente con el pueblo, podía afirmar esta verdad: no había locos en Itaguaí; Itaguaí no contaba con un solo mentecato. Pero tan pronto como esta idea apaciguó su alma, otra apareció, que neutralizó el primer efecto; fue la idea de la duda. Pero entonces ¿qué? ¡No había en Itaguaí un solo cerebro reconstruido? Esta conclusión tan absoluta, ¿no sería, precisamente por eso, errónea, y no venía por lo tanto a destruir el amplio y majestuoso edificio de la nueva doctrina psicológica?

    La angustia del egregio Simón Bacamarte es definida por los cronistas itaguayenses como una de las más tremendas tempestades morales que se hayan abatido sobre hombre alguno. Pero las tempestades sólo aterrorizan a los débiles; los fuertes saben hacerles frente y mirar cara a cara al trueno. Veinte minutos después se iluminó la fisonomía del alienista con una suave claridad.

    “Sí, no puede ser otra cosa”, pensó él.

    Tal cual. Simón Bacamarte encontró en sí mismo las características del perfecto desequilibrio mental y moral; le pareció que poseía la sagacidad, la paciencia, la perseverancia, la tolerancia, la veracidad, el vigor moral, la lealtad, todas las cualidades, en suma, que pueden constituir a un mentecato. Dudó en seguida, es cierto, y llegó incluso a la conclusión de que era una ilusión; pero siendo hombre prudente, resolvió convocar un consejo de amigos, al cual interrogó con franqueza. La opinión fue afirmativa.

    -¿Ningún defecto?

    -Ninguno -dijo a coro la asamblea.

    -¿Ningún vicio?

    -Nada.

    -¿Perfecto en todo?

    -Absolutamente en todo.

    -¡No, imposible! -exclamó el alienista-. Digo que no siento en mí esa superioridad que acabo de ver definida con tanta magnanimidad. La simpatía es lo que les hace hablar de esa manera. Me estudio y nada encuentro que justifique los excesos de la bondad de ustedes.

    La asamblea insistió, el alienista se resistió; finalmente el padre Lopes explicó todo con este concepto digno de un observador:

    -Le diré cuál es la razón por la que no ve las elevadas cualidades que todos nosotros admiramos en usted. Ello es así porque usted tiene una cualidad que realza las restantes: la modestia.

    Fue terminante. Simón Bacamarte inclinó la cabeza, simultáneamente triste y feliz, y aun más feliz que triste. Acto seguido se internó en la Casa Verde. En vano la mujer y los amigos le dijeron que no lo hiciera, que estaba perfectamente sano y equilibrado: ni ruego ni sugestiones ni lágrimas lo detuvieron un solo instante.

    -La cuestión es científica -decía él-; se trataba de una doctrina nueva, cuyo primer ejemplo soy yo. Reúno en mí mismo la teoría y la práctica.

    -¡Simón! ¡Simón! ¡Mi amor! – le decía la esposa con el rostro arrasado por las lágrimas.

    Pero el ilustre médico, con ojos encendidos de convicción científica, no prestó oídos a la desesperación de la mujer, y blandamente la rechazó. Cerrados los portones de la Casa Verde, se entregó al estudio y a la cura de sí mismo. Dicen los cronistas que murió diecisiete meses más tarde, en el mismo estado en que entró, sin haber podido avanzar en sus investigaciones un solo paso más. Algunos llegan al extremo de insinuar que en Itaguaí el único loco que hubo fue él; pero esta opinión, fundada en un rumor que circuló desde que el alienista expiró, no apoya su presunta validez en otra cosa que ese rumor; y rumor discutible, pues se lo atribuyen al padre Lopes, que con tanto énfasis realzara las cualidades del gran hombre. Sea como fuere, se efectuó el entierro con mucha pompa e infrecuente solemnidad.

    FIN

    “O alienista”,
    A Estação, 1881




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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 01 Mayo 2023, 17:20

    El caso de la vara


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis


    Damián huyó del seminario a las once de la mañana de un viernes de agosto. No sé bien el año; fue antes de 1850. Pasados algunos minutos se detuvo avergonzado; no había tomado en cuenta el efecto que producía a los ojos de la gente ese seminarista que iba espantado, temeroso, fugitivo. Desconocía las calles, iba de aquí para allá; finalmente se detuvo. ¿A dónde iría? A casa, no; allá estaba su padre que lo devolvería al seminario, después de un buen castigo. No había resuelto el tema del refugio, porque la salida estaba determinada para más tarde; una circunstancia fortuita la apuró. ¿A dónde iría? Se acordó del padrino, Juan Carneiro, pero el padrino era un flojo sin voluntad, que por sí solo no haría nada útil. Fue él quien lo llevó al seminario y lo presentó al rector:

    —Le traigo al gran hombre que ha de ser, —le dijo al rector.

    —Venga, —intervino éste—, venga el gran hombre, contando con que también sea humilde y bueno. La verdadera grandeza es llana. Mozo…

    Tal fue la entrada. Poco tiempo después huyó el muchacho del seminario. Aquí lo vemos ahora en la calle, espantado, incierto, sin atinar con el refugio y ni el consejo; recorrió con la memoria las casas de parientes y amigos, sin quedarse con ninguna. De repente, exclamó:

    —¡Voy a buscar protección en casa de la señora Rita! Ella manda a llamar a mi padrino, le dice que quiere que yo salga del seminario… Tal vez así…

    La señora Rita era una viuda, querida de Juan Carneiro; Damián tenía una vaga idea de esa situación,y trató de aprovecharla. ¿Dónde vivía? Estaba tan aturdido, que solo luego de algunos minutos le vino a la memoria la ubicación de la casa; estaba en el Largo do Capim.

    —¡Santo nombre de Jesús! ¿Qué es esto?, —gritó la señora Rita, sentándose en el canapé, donde estaba reclinada.

    Damián acababa de entrar asustadísimo; apenas llegaba a la casa vio pasar a un padre, y dio un empujón a la puerta, que por fortuna no estaba cerrada con llave ni con cerrojo. Después de entrar espió por la celosía, para ver al sacerdote. Éste no reparó en él y seguía andando.

    —¿Pero qué esto, señor Damián? —gritó nuevamente la señora de la casa, que solo ahora lo había reconocido—. ¿Qué viene a hacer aquí?

    Damián, trémulo, pudiendo apenas hablar, le dijo que no tuviera miedo, que no era nada; le iba a explicar todo.

    —Descanse y explíquese.

    —Ya le cuento; no cometí ningún crimen, se lo juro; pero espere.

    La señora Rita lo miraba espantada, y todas las criadas, de la casa y de afuera, que estaban sentadas en la sala, delante de sus almohadones de encaje, todas hicieron detener sus bolillos y sus manos. La señora Rita vivía principalmente de enseñar a hacer encajes, cribado y bordado. Mientras el muchacho tomaba aliento, ordenó a las pequeñas que trabajasen, y esperó. Finalmente, Damián contó todo, el disgusto que le daba el seminario; tenía la certeza de que nunca podría ser un buen padre; habló con pasión, le pidió que lo salvase.

    —¿Así, no más? No puedo en absoluto.

    —Si quiere, puede.

    —No, —replicó ella sacudiendo la cabeza—; no me meto en los asuntos de su familia, que apenas conozco; ¡y menos con su padre, que dicen que tiene mal carácter!

    Damián se vio perdido. Se arrodilló a sus pies, le besó las manos, desesperado.

    —Usted puede hacer mucho, señora Rita; se lo pido por amor de Dios, por lo que usted tenga por más sagrado, por el alma de su marido, sálveme de la muerte, porque yo me mato si vuelvo a aquella casa.

    La señora Rita, lisonjeada con las súplicas del muchacho, intentó despertarle otros sentimientos. La vida de padre era santa y hermosa, le dijo ella; el tiempo le mostraría que era mejor vencer las repugnancias y un día… «¡No, nada, nunca!» replicaba Damián, moviendo la cabeza y besándole las manos; y repetía que era su muerte.

    La señora Rita dudó aún un buen rato; finalmente, le preguntó por qué no iba a ver a su padrino.

    —¿Mi padrino? Ése es todavía peor que papá; no me presta atención, dudo que le preste atención a alguien…

    —¿No presta atención? —lo interrumpió la señora Rita herida en su amor propio—. Ahora yo le demuestro si presta atención o no…

    Llamó a un negrito y le ordenó que fuese hasta la casa del señor Juan Carneiro a llamarlo, al instante; y si no estuviese en casa, que preguntara dónde podía encontrárselo, y corriese a decirle que tenía mucha necesidad de hablarle inmediatamente.

    —Ve, negrito.

    Damián suspiró profunda y tristemente. Ella, para disimular la autoridad con había dado esas órdenes, le explicó al joven que el señor Juan Carneiro había sido amigo del marido y que le había conseguido algunas criadas para enseñar. Después, como él continuara triste, recostado en un portal, le tiró de la nariz, riendo:

    —Vamos, padrecito, descanse que todo se va a arreglar…

    La señora Rita tenía cuarenta años en la partida de nacimiento, y veintisiete en los ojos. Era bien parecida, vivaz, divertida, amiga de la risa; pero, cuando era necesario, brava como el diablo. Quiso alegrar al muchacho, y, a pesar de la situación, no le costó mucho. Un momento después, ambos reían, ella contaba anécdotas, y le pedía otras, que él contaba con singular gracia. Una de éstas, extravagante, que lo obligó a gestos y muecas, hizo reír a una de las criadas de la señora Rita, que había olvidado el trabajo, para mirar y escuchar al joven. La señora Rita tomó una vara que estaba al pie del canapé y la amenazó:

    —¡Lucrecia, mira la vara!

    La pequeña bajó la cabeza, defendiéndose del golpe, pero el golpe no llegó. Era una advertencia; si a la nochecita la tarea no estaba lista, Lucrecia recibiría el castigo de costumbre. Damián miró a la pequeña; era una negrita, flacucha, un estropajo sin valor, con una cicatriz en la frente y una quemadura en la mano izquierda. Tenía once años. Damián reparó en que tosía, pero para adentro, sordamente, para no interrumpir la conversación. Tuvo pena de la negrita, y resolvió apadrinarla, si no terminaba la tarea. La señora Rita no le negaría el perdón… Además, ella se había reído por encontrarlo gracioso; la culpa era suya, si es que hay culpa en decir un chiste.

    En eso, llegó Juan Carneiro. Empalideció cuando vio allí al ahijado, y miró a la señora Rita, que no gastó tiempo en preámbulos. Le dijo que era preciso sacar al joven del seminario, que él no tenía vocación para la vida eclesiástica, y antes un padre menos que un padre malo. Afuera también se podía amar y servir a Nuestro Señor. Juan Carneiro, aturdido, no encontró qué responder durante los primeros minutos; finalmente, abrió la boca y reprendió al ahijado por haber venido a incomodar a «personas extrañas», y enseguida afirmó que lo castigaría.

    —¡Qué castigar ni qué nada! —interrumpió la señora Rita—. ¿Castigarlo por qué? Vaya, vaya a hablar con su compadre.

    —No garantizo nada, no creo que sea posible…

    —Es posible, lo garantizo yo. Si Ud. quiere, —continuó ella con cierto tono insinuante—, todo se ha de arreglar. Pídale con insistencia, que él cede. Vaya, señor Juan Carneiro, su ahijado no vuelve al seminario; le digo que no vuelve…

    —Pero, señora mía…

    —Vaya, vaya.

    Juan Carneiro no se animaba a salir, ni podía quedarse. Estaba entre un tironeo de fuerzas opuestas. No le importaba, en suma, que el joven acabase clérigo, abogado o médico, o en cualquier otra cosa, que fuese un vago; pero lo peor era que le provocaban una lucha ingente contra los sentimientos más íntimos del compadre, sin certeza del resultado; y, si éste fuera negativo, otra lucha con la señora Rita, cuya última palabra era amenazadora: «le digo que él no vuelve». Tenía, forzosamente, que suceder un escándalo. Juan Carneiro estaba con los ojos desorbitados, los párpados trémulos, el pecho agitado. Las miradas que le echaba a la señora Rita eran de súplica, mezcladas con un tenue rayo de censura. ¿Por qué no le pedía otra cosa? ¿Por qué no le ordenaba que fuese a pie, debajo de la lluvia, a Tijuca, o Jacarepaguá? Pero esto de persuadir al compadre de que cambiase la carrera del hijo… Conocía al viejo; era capaz de partirle una jarra en la cabeza. ¡Ah! ¡si el muchacho se cayera allí, de repente, apoplético, muerto! Era una solución —cruel, es cierto, pero definitiva.

    —¿Entonces? —insistió la señora Rita.

    Él le hizo un gesto con la mano de que esperase. Se rascaba la barba, buscando un recurso. ¡Dios del cielo! un decreto del Papa disolviendo la Iglesia, o, por lo menos, extinguiendo los seminarios, haría terminar todo bien. Juan Carneiro volvería a casa e iría a jugar al tres—siete . Imaginad que el barbero de Napoleón era el encargado de comandar la batalla de Austerlitz … Pero la Iglesia continuaba, los seminarios continuaban, el ahijado continuaba, cosido a la pared, ojos bajos, esperando, sin solución apoplética.

    —Vaya, vaya, —le dijo la señora Rita dándole el sombrero y el bastón.

    No tuvo más remedio. El barbero metió la navaja en el estuche, empuñó la espada y salió al combate. Damián suspiró; exteriormente siguió del mismo modo, ojos clavados en el suelo, agobiado. La señora Rita le tiró del mentón.

    —Vamos a comer, déjese de melancolías.

    —¿Ud. cree que él consiga algo?

    —Lo va a conseguir todo, —replicó la señora Rita, muy segura de sí misma—. Ande, que la sopa se está enfriando.

    A pesar del genio alegre de la señora Rita, y de su propio espíritu sencillo, Damián estuvo menos alegre durante la comida que en la primera parte del día. No confiaba en el carácter blando del padrino. Sin embargo, comió bien; y, al finalizar, volvió a las pillerías de la mañana. En la sobremesa, oyó un rumor de gente en la sala, y preguntó si lo venían a prender.

    —Deben ser la muchachas.

    Se levantaron y pasaron a la sala. La muchachas eran cinco vecinas que iban todas las tardes a tomar café con la señora Rita, y allí se quedaban hasta caer la noche.

    Las discípulas, cuando terminaron de comer, volvieron a los almohadones de trabajo. La señora Rita presidía todo ese mujerío de casa y de fuera. El susurro de los bolillos y el parlotear de las muchachas eran ecos tan mundanos, tan ajenos a la Teología y el Latín, que el joven se dejó llevar por ellos y se olvidó del resto. Durante los primeros minutos, aún hubo de parte de las vecinas cierta timidez; pero pasó enseguida. Una de ellas cantó una «modinha», al son de la guitarra, tocada por la señora Rita, y la tarde fue pasando rápidamente. Antes de que terminara la reunión, la señora Rita le pidió a Damián que contase cierta anécdota que le había agradado mucho. Era la que había hecho reír a Lucrecia.

    —Vamos, señor Damián, no se haga rogar, que las muchachas se quieren ir. A ustedes les va a gustar mucho.

    Damián no tuvo otro remedio que obedecer. A pesar del anuncio y la expectativa, que contribuían a disminuir el chiste y su efecto, la anécdota acabó entre las risas de la muchachas. Damián, satisfecho de sí mismo, no se olvidó de Lucrecia y miró hacia ella, para ver si reía también. La vio con la cabeza metida en el almohadón para acabar la tarea. No reía; o habría reído para adentro, como tosía.

    Salieron las vecinas, y la tarde cayó del todo. El alma de Damián se fue haciendo tenebrosa, antes de la noche. ¿Qué estaría pasando? De tanto en tanto, iba a espiar por la celosía, y volvía cada vez más desanimado. Ni sombra del padrino. Seguro que el padre lo hizo callar, mandó a llamar dos negros, fue a la policía a pedir un «pedestre» y ahí venía a apresarlo por la fuerza y llevarlo al seminario. Damián le preguntó a la señora Rita si la casa no tendría salida por los fondos; corrió a la huerta, y calculó que podía saltar el muro. Quiso también saber si habría modo de huir a la Rua da Vala, o si era mejor hablar con algún vecino que le hiciese el favor de recibirlo. Lo peor era la batina; si la señora Rita le pudiese conseguir una levita o un sobretodo viejo… La señora Rita disponía justamente de una levita, recuerdo u olvido de Juan Carneiro.

    —Tengo una levita de mi difunto, —le dijo ella, riendo—; ¿pero por qué está con esos sustos? Todo se va a arreglar, descanse.

    Finalmente, bien entrada la noche, apareció un esclavo del padrino, con una carta para la señora Rita. El asunto todavía no estaba resuelto; el padre se puso furioso y quiso romperlo todo; gritó que no, señor, que el gandul tenía que volver al seminario, o, si no, lo metía en el Aljube o en el barco de prisioneros. Juan Carneiro peleó mucho para conseguir que el compadre no resolviera enseguida, que pasase la noche, y meditase bien si era conveniente dar a la religión un sujeto tan rebelde y vicioso. Explicaba en la carta que habló así para asegurar el triunfo de la causa. No la tenía por ganada; pero al día siguiente iría a ver al hombre, e insistiría de nuevo. Concluía diciendo que el joven fuera a la casa de él.

    Damián terminó de leer la carta y miró a la señora Rita. «No tengo otra tabla de salvación», pensó. La señora Rita mandó a traer un tintero de marfil, y en la media hoja de la misma carta escribió esta respuesta: «Juancito, o tú salvas al muchacho, o nunca más nos veremos». Cerró la carta con lacre, y se la dio al esclavo, para que la llevase de prisa. Volvió a reanimar al seminarista, que estaba otra vez lleno de humildad y consternación. Le dijo que se tranquilizase, que, desde ese momento, todo quedaba en manos de ella.

    —¡Van a ver de lo que soy capaz! ¡No, que no estoy para bromas!

    Era la hora de recoger los trabajos. La señora Rita los examinó; todas las discípulas habían terminado la tarea. Solo Lucrecia estaba aún sobre el almohadón, moviendo los bolillos, ya sin ver; la señora Rita se acercó, vio que la tarea no estaba concluida, se puso furiosa, y la agarró de una oreja.

    —¡Ah! ¡pícara!

    —¡Doña, doña! ¡Por el amor de Dios! ¡Por Nuestra Señora que está en el cielo!

    —¡Pícara! ¡Nuestra Señora no protege a las vagas!

    Lucrecia hizo un esfuerzo, se soltó de las manos de la señora, y huyó hacia adentro; la señora fue atrás y la agarró.

    —¡Venga acá!

    —¡Señora, perdóneme! —tosía la negrita.

    —No la perdono, no. ¿Dónde está la vara?

    Y volvieron a la sala, una apresada por la oreja, debatiéndose, llorando y pidiendo; la otra diciendo que no, que la iba a castigar.

    —¿Dónde está la vara?

    La vara estaba en la cabecera del canapé, del otro lado de la sala. La señora Rita, no queriendo soltar a la pequeña, le gritó al seminarista:

    —Señor Damián, deme aquella vara, ¿me hace el favor?

    Damián se quedó helado… ¡Cruel instante! Una nube pasó frente a sus ojos. Sí, había jurado apadrinar a la pequeña, que por su causa se había retrasado en el trabajo…

    —¡Deme la vara, señor Damián!

    Damián se encaminó en dirección del canapé. Entonces la negrita le pidió por lo más sagrado que tuviera, por la madre, por el padre, por Nuestro Señor…

    —¡Ayúdeme, señorito!

    La señora Rita, con la cara encendida y los ojos desorbitados, exigía la vara, sin largar a la negrita, ahora víctima de un ataque de tos. Damián se sintió compungido; ¡pero él precisaba tanto salir del seminario! Llegó hasta el canapé, tomó la vara y se la entregó a la señora Rita.

    *FIN*

    “O caso da vara”,
    Gazeta de Notícias, 1891





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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Mar 02 Mayo 2023, 13:48

    El diplomático


    [Cuento - Texto completo.]


    J. M. Machado de Assis



    La criada entró en el comedor, se aproximó a la mesa rodeada de gente, y habló en voz baja con la señora. Al parecer le dio algún recado de urgencia, porque la señora se levantó de su silla.

    —¿La esperamos, doña Adelaida?

    —No, señor Rangel; continúen que ya regreso.

    Rangel era el encargado de leer El libro de suertes. Dobló la página, y recitó un título: “Si alguien le ama en secreto”. Movimiento general; hombres y mujeres se sonrieron entre sí. Estamos en la noche de San Juan de 1854, en una casa de la Calle de las Mangueiras. El dueño de la casa se llama Juan, Juan Viegas, y tiene una hija, Juanita. Todos los años se reúnen parientes y amigos, hacen una fogata en el solar, preparan los pasabocas de costumbre y se echan las suertes. También hay cena, algunas veces baile, y algún juego de prendas, todo muy en familia. Juan Viegas es escribano en un tribunal civil de la Corte.

    —Vamos a ver, ¿quién sigue? —dijo Viegas—. Me parece que doña Felismina. Averigüemos si alguien la ama en secreto.

    Doña Felismina sonrió desvaídamente. Era una buena cuarentona, sin prendas ni rentas, que vivía espiando marido entre el disimulo de sus actitudes devotas. En verdad, la alusión era fuerte, pero apropiada. Doña Felismina era el modelo perfecto de aquellas criaturas indulgentes y mansas, cuyo destino es servir de diversión a los otros. Tomó y lanzó los dados con un aire de complacencia incrédula. Número diez, gritaron dos voces. Rangel miró la página, buscó la línea correspondiente al número, y levó: decía que sí, que existía una persona, que ella debía buscarla el domingo en la misa. Toda la mesa dio sus parabienes a doña Felismina, que sonreía con aire indiferente, pero interiormente esperanzada.

    Pasaron los dados a otras manos y Rangel siguió leyendo las suertes. Leía con afectada elocuencia. De vez en cuando se sacaba los anteojos y los limpiaba despaciosamente con la punta del pañuelo de lino —bien fuese por exhibirlo, o por hacer sentir el perfume que le ponía—. Presumía de grandes modos, y sus amigos lo apodaban “el diplomático”.

    —Vamos, don diplomático; continúe.

    Rangel parpadeó; se había olvidado de leer una de las suertes por estar recorriendo con la mirada el grupo de muchachas que tenía al frente. ¿Le interesaba alguna? Vamos por partes. Era soltero, no por vocación sino por obra de las circunstancias. En su juventud tuvo algunos amoríos, pero con los años le llegó el deseo de grandeza, y esto le fue prolongando el celibato hasta los cuarenta y un años que tiene ahora. Aspiraba a alguna novia de nivel social superior al suyo y se le pasó el tiempo esperándola. Llegó a frecuentar los bailes de un abogado célebre y rico, para el cual trabajaba en ocasiones y que era su protector. Lucía en aquellos bailes tan subalterno como en el trabajo; se pasaba la noche recorriendo los pasillos, espiando el salón, viendo pasar a las damas, devorando con los ojos una multitud de espaldas magníficas y talles graciosos. Envidiaba a los hombres, y trataba de imitarlos. Salía de allí excitado y resuelto. A falta de bailes, asistía a las fiestas de la iglesia en donde podía mirar a las clamas prestantes de la ciudad. No dejaba de asistir tampoco a los desfiles imperiales, para ver pasar las grandes damas y los personajes de la corte, ministros, generales, diplomáticos, jueces, e identificaba todo, personas y carruajes. Volvía de la fiesta y el cortejo como de los bailes: impetuoso, ardiente, capaz de arrebatar de un lance la palma de la fortuna.

    Lo peor es que entre la espiga y la mano existe el muro de que hablaba el poeta, y Rangel no era hombre de saltar muros. Con la imaginación hacía cualquier cosa, raptaba mujeres y destruía ciudades. Más de una vez fue, en su interior, ministro de estado y se hartó de cortesías y decretos. Llegó al punto de proclamarse emperador, un dos de diciembre, de regreso del desfile del parque imperial; se ideó para ello una revolución, en la que derramó alguna sangre, poca, y una dictadura benéfica que utilizó, con ejemplar mesura, para tomarse algunas pequeñas revanchas laborales. Pero todas sus proezas eran fábulas. En la realidad, era pacato y discreto.

    A los cuarenta años se dejó de ambiciones; pero su índole siguió siendo la misma y, a pesar de su vocación conyugal, no encontró novia. Más de una lo hubiera aceptado con placer; pero con todas fracasaba a fuerza de circunspección. Un día reparó en Juanita, que llegaba a los diecinueve años y poseía un par de ojos bellos y sosegados, vírgenes de todo trato masculino. Rangel la conocía desde niña, la había llevado a hombros en el Paseo Público, o en las noches de fiesta de la Lapa. ¿Cómo hablarle de amor? Pero de otro lado, las relaciones con la familia eran tales, que podrían facilitar ese casamiento. Y era éste, o ninguno.

    En este caso el muro no era alto y la espiga era corta; bastaba estirar el brazo con algún esfuerzo para arrancarla del suelo. Rangel andaba en ello desde algunos meses atrás. No estiraba el brazo sin mirar antes hacia todos los lados, para ver si alguien venía; y, si alguien venía, disimulaba y se retiraba. A veces, con el brazo estirado, le sucedía que un soplo de viento agitaba la espiga o algún pajarito se posaba en las hojas secas y esto solo bastaba para que retirase la mano. Se pasaba así el tiempo, y la pasión se le acendraba: causa de muchas horas de angustia, seguida siempre por grandes esperanzas. Ahora mismo tiene en su bolsillo la primera carta de amor, y está decidido a entregarla. Ya ha tenido dos o tres buenas oportunidades, pero siempre lo ha ido aplazando. ¡Es tan larga la noche! Mientras tanto, sigue leyendo las suertes, con la solemnidad de un profeta.

    Todo en el ambiente es alegría. Hay susurros, risas, voces entremezcladas. El tío Rufino, que es el bromista de la familia, se pasea por la mesa haciendo cosquillas con una pluma en las orejas de las muchachas. Juan Viegas está inquieto por la demora de un amigo, Calixto. ¿Qué le habrá pasado a Calixto?

    —Por favor, necesito la mesa; pasemos a la sala.

    Era doña Adelaida que volvía; se preparaba la mesa para la cena. Todos salieron; así, caminando, resaltaba la gracia de la hija del escribano. Rangel la miraba con ojos enamorados. Ella se aproximó a una ventana, por algunos instantes, mientras se preparaba un juego de prendas y él la siguió. Era la ocasión propicia para entregarle la carta.

    Al frente, en una gran mansión había una fiesta, y se bailaba. Ella miraba, él miró también. Por las ventanas se veían pasar las parejas, cadenciosas, las señoras ataviadas con sedas y encajes, los caballeros finos y elegantes, algunos de ellos luciendo condecoraciones. De vez en cuando relucía un collar de brillantes entre los giros de la danza. Parejas que charlaban, charreteras que brillaban, bustos inclinados, vuelos de abanico, todo esto a fragmentos a través de las ventanas que no alcanzaban a mostrar el salón entero, pero dejaban adivinarlo. Él lo conocía, desde luego, y daba toda clase de detalles a la muchacha. El diablillo de las grandezas, que hasta entonces dormitaba, empezó a hacer de las suyas en el corazón de nuestro hombre y hasta intentó seducir también el corazón de Juanita.

    —Conozco una persona que luciría admirablemente en esa fiesta —murmuró Rangel.

    Y ella, con ingenuidad:

    —Sería usted.

    Rangel sonrió halagado, y no supo qué responder. Observó los criados y cocheros de librea, en la calle, que conversaban en grupos o reclinados en el tejadillo de las carrozas. Empezó a designar su procedencia: ésta es de Olinda, aquella de Maranguapé. En ese momento llega otra, rodando, del lado de la Calle de la Lapa, y entra en la Calle de las Mangueiras. Se detiene frente a la mansión; salta el lacayo, abre la portezuela, se quita el sombrero y hace una venia. Sale del interior una calva, una cabeza, un hombre, dos galanes, luego una señora ricamente vestida; entran al vestíbulo, y suben la escalinata revestida de alfombras y adornada en su base con dos grandes jarrones.

    —Juanita, señor Rangel…

    ¡Maldito juego de prendas! En el justo momento en que se disponía a decir algo acerca de la pareja que subía, para pasar luego a la entrega de la carta… Rangel obedeció y se sentó frente a la muchacha. Doña Adelaida, que dirigía el juego de prendas, recogía los nombres; cada persona debía ser una flor. Como es lógico el tío Rufino, siempre bromista, escogió para sí la flor del melón, en cuanto a Rangel, para no parecer trivial, repasó mentalmente las flores y cuando la dueña de casa le preguntó por la suya, respondió con mesura:

    —Maravilla, señora mía.

    —¡Es una pena la ausencia de Calixto! —suspiró el escribano…

    —¿Pero él aseguró que venía?

    —Sí; a ver no más fue a mi despacho, para avisarme que llegaría tarde, pero que contase con él; tenía que asistir primero a una reunión en la Calle de la Carioca…

    —¡Permiso para dos! —gritó una voz desde el pasillo.

    —¡Por fin! ¡Ahí llega!

    Juan Viegas fue a abrir la puerta; era Calixto, acompañado de un joven extraño, que él presentó a todo el grupo.

    —Queirós, empleado de la Santa Casa; no somos parientes, a pesar de nuestro gran parecido; quien mira al uno, ve al otro… Todos rieron; era una broma de Calixto, leo como el diablo, en tanto que Queirós era un apuesto joven de veintiséis o veintisiete años, cabello negro, ojos negros, y singularmente esbelto. Las muchachas mostraron alguna timidez; doña Felismina se portó a la altura de las circunstancias.

    —Estábamos jugando prendas; ustedes pueden participar, si lo desean —dijo la dueña de casa—. ¿Juega, señor Queirós?

    Queirós respondió afirmativamente, mientras echaba un vistazo a los invitados. Conocía a algunos, y cambió dos o tres palabras con ellos. Dijo luego a Viegas que hacía tiempos deseaba conocerlo, por causa de un favor que su padre le había debido en algún asunto del foro. Juan Viegas no recordaba el caso, ni siquiera después de que el joven se lo hubo explicado. Pero le agradó con íntima satisfacción que todos se enterasen de aquello. Queirós entró de lleno en el juego. Al cabo de media hora parecía ya íntimo de la casa. Todo en él era acción, hablaba con soltura, tenía los gestos naturales y espontáneos. Poseía un vasto repertorio de castigos para los juegos de prendas, cosa que encantó a toda la concurrencia; y nadie los dirigía mejor, con tanto movimiento y animación, yendo de un lado para otro, organizando grupos, empujando sillas, hablando con las muchachas como si las conociera desde la infancia.

    —Doña Juanita aquí, en esta silla; doña Cesaria a este lado, de pie, y el señor Camilo entra por aquella puerta… Así no: así, observe, de modo que…

    Rígido en su silla, Rangel estaba atónito. ¿De dónde venía ese huracán? Y el huracán soplaba, levantaba sombreros, despeinaba a las jóvenes que reían de contento: Queirós aquí, Queirós allá, Queirós por todas partes. Rangel pasó de la estupefacción a la mortificación. De algún modo, le arrebataban el bastón de mando. No miraba al joven, no celebraba sus frases, y le respondía secamente. En su interior se mordía los labios y lo mandaba al diablo, lo tildaba de tonto y frívolo, capaz de causar risa y agrado solo porque en noches de fiesta todo es fiesta. Pero repetir éstas y peores cosas no lograba consolarlo. Sufría de verdad, en lo más íntimo de su amor propio; y lo malo es que el otro percibió su agitación, y lo pésimo es que él percibió que era percibido.

    Así como imaginaba venturas, imaginaba Rangel venganzas. En su mente hizo trizas a Queirós. Después consideró la posibilidad de algún desastre: un dolor sería suficiente; pero un dolor fuerte, que se llevase de allí al intruso. Ni dolor, ni nada; el sujeto aquél se mostraba cada vez más jovial y toda la sala parecía fascinada con él. La misma Juanita, tan recatada, vibraba en las manos de Queirós como cualquier otra de las asistentes; y todos, hombres y mujeres, parecían empeñados en halagarlo. Cuando sugirió la idea de danzar, las muchachas se acercaron al tío Rufino, y le pidieron que tocase una contradanza en la flauta, solo una, no pedían más. —No puedo, tengo un callo en la mano.

    —¿Flauta? —gritó Calixto—. Pidan a Queirós que nos toque algo, y verán lo que es una flauta… Ve a buscar la flauta, Rufino. Oigamos a Queirós. ¡No imaginan cómo es él de saudoso en la flauta!

    Queirós tocó la Casta Diva. ¡Qué ridiculez!, decía para sus adentros Rangel; una musita que hasta los niños silban en las calles. Lo miraba de soslayo preguntándose si aquello era propio de un hombre serio; y llegaba a la conclusión de que la flauta era un instrumento grotesco. Miró también a Juanita y apreció que, como todos los demás, tenía la atención fija en Queirós, y se mostraba embebida, enamorada de los acordes de la música. Se estremeció sin saber por qué. Los demás semblantes exhibían idéntica expresión, y sin embargo presintió algo que acentuó su aversión al intruso. Cuando la flauta terminó, Juanita aplaudió menos que los otros y Rangel entró a dudar si era por su habitual recato, o si alguna emoción especial… Se hacía urgente entregarle la carta.

    Llegó la hora de la cena. Todos entraron confusamente en el comedor y Rangel tuvo la suerte de quedar situado frente a Juanita, cuyos ojos estaban más bellos que nunca y tan expresivos que no parecían los de siempre. Rangel los disfrutó en silencio, al tiempo que con la imaginación hacía volar a Queirós de un solo golpe. Después fantaseó que se hallaban, ella y él, en el hogar futuro, nido de enamorados que adornó con los oros del ensueño. Llegó incluso a sacarse un premio en la lotería y a emplearlo todo en sedas y joyas para su mujer, la linda Juanita, —Juanita Rangel —doña Juanita Rangel, —doña Juana Viegas Rangel, —o doña Juana Cándida Viegas Rangel… No podía omitir el “Cándida”…

    —Vamos, un brindis, don diplomático… Regálenos uno de sus brindis…

    Rangel despertó. La mesa entera repetía el pedido del tío Rufino; la propia Juanita le pidió un brindis, parecido a aquél que les regalara el año pasado. Rangel respondió que lo haría con gusto, apenas terminara con aquella ala de gallina. Movimiento, murmullos elogiosos. Doña Adelaida se volvió hacia una joven que le decía que nunca había oído discursear a Rangel:

    —¿No? —preguntó con asombro—. No imaginas lo bien que habla; con tanta propiedad, con palabras tan escogidas… y aquellas maneras tan finas…

    Mientras comía, Rangel iba recordando palabras, retazos de ideas, que pudieran servirle en la composición de frases y metáforas. Acabó y se puso de pie. Mostraba un aire satisfecho y confiado. Al fin se acordaban de él. Terminaba la algarabía de los chistes fáciles, de las bromas insulsas, y acudían a él para poder oír alguna cosa correcta y seria. Miró a su alrededor, vio todos los rostros a su espera. Todos no: los ojos de Juanita se dirigían hacia Queirós y los de éste venían a esperarlos a mitad de camino, en una cabalgata de promesas. Rangel palideció. Las palabras se le anudaron en la garganta; pero era preciso hablar; todos esperaban con simpatía, en silencio.

    Habló de cualquier modo. Eligió como tema un brindis al dueño de casa y a su hija. Se refería a ella como un pensamiento de Dios, transportado de la fantasía a la realidad, frase que empleara tres años antes y debía estar ya olvidada. Habló también del santuario de la familia, del altar de la amistad, y de la gratitud, que es la flor de los corazones puros. Cuando las ideas escaseaban, la frase se hacía más florida y retumbante. En suma, un brindis de diez minutos bien medidos, que él despachó en cinco y procedió a sentarse.

    No era el fin. Queirós se levantó a los pocos minutos para hacer otro brindis y el silencio fue todavía más completo. Juanita clavó los ojos en el regazo, con rubor; Rangel se estremeció.

    —El ilustre amigo de esta casa, el señor Rangel —empezó Queirós—, alzó su copa en honor de las dos personas cuyo santo celebramos hoy; yo brindo por aquella que es la santa de todos los días: doña Adelaida.

    Grandes aplausos celebraron ese homenaje, y doña Adelaida, halagada, recibió las felicitaciones de todos los invitados. La hija no se limitó a felicitarla.

    —¡Mamá, mamá! —exclamó levantándose; y se acercó a abrazarla y besarla tres cuatro veces; especie de mensaje para ser leído por dos personas.

    Rangel pasó de la cólera al desaliento y, terminada la cena, pensó en retirarse. Pero la esperanza, demonio de ojos verdes, le pedía que no se marchase, y no se marchó. ¿Quién sabe? Todo era pasajero, locuras de una noche, requiebros de un momento. Después de todo él era un viejo amigo de la casa, y gozaba del aprecio de la familia; bastaría pedir la mano de la muchacha para que le fuese concedida. Y además, era muy posible que el tal Queirós no tuviera medios económicos para fundar un hogar. ¿Qué clase de empleo tenía en la Santa Casa? Quizá un puesto de segunda clase… Espió de soslayo el atuendo de Queirós, detalló el tejido, escrutó el bordado de la camisa y las rodilleras de los pantalones, el desgaste de los zapatos, y terminó confesándose que se trataba de un joven elegante; pero era muy probable que todo su dinero lo gastase en sí mismo; casarse era una cosa muy diferente. También podría ser que tuviese madre viuda, hermanas solteras… Rangel era solo en el mundo.

    —Tío Rufino, tócanos algo.

    —No puedo; la música después de comer da indigestión. Volvamos al juego.

    Rangel dijo que no jugaba más; tenía dolor de cabeza. Pero Juanita se acercó a él y le pidió que jugaran juntos, en pareja. “La mitad de los puntos para usted, la mitad para mí”, dijo sonriendo; él sonrió también, y aceptó la invitación. Se sentaron uno al lado del otro. Juanita le hablaba, reía, lo miraba con sus bellos ojos, traviesa, moviendo la cabeza a lado y lado. Rangel empezó a sentirse más a gusto, y al poco tiempo estaba completamente tranquilo. Se desentendía a veces del tablero, que ella le señalaba con el dedo; y los descuidos se convirtieron en algo deliberado, solo para ver la mano de la muchacha, y oírla decir: “Por favor, un poco más de atención; mire que vamos a perder…”

    Rangel consideró la idea de entregarle la carta por debajo de la mesa; pero no estando declarados, hubiera sido natural que ella la recibiese con excesiva sorpresa; era necesario ponerla sobre aviso. Miró a su alrededor: todos los rostros estaban inclinados sobre los cartones, pendientes de los números. Rangel se aproximó a Juanita, mirando sus cartas como si quisiera verificar algo.

    —Ya tienes dos columnas —le dijo en voz baja.

    —Dos no; tengo tres.

    —Tienes razón; tres. Escucha…

    —¿Y usted?

    —Tengo dos.

    —¿Cuáles dos? Tiene cuatro.

    Eran cuatro. Ella se lo indicó, poniendo su rostro muy cerca al suyo. Después lo miró, riendo y agitando la cabeza: “¡Usted es único!” Rangel la oía con singular deleite; la voz era tan dulce, y la expresión tan amistosa, que él, olvidado de todo, la tomó de la cintura y se internó con ella en el eterno vals de las quimeras. Casa, mesa, invitados, todo se sumió en la vacuidad de la imaginación, para dar paso a la realidad única: él y ella, girando en el espacio, bajo miríadas de estrellas que titilaban encendidas con el único propósito de alumbrarlos.

    Ni carta, ni nada. Casi al amanecer se arrimaron todos a la ventana para ver salir a los convidados de la casa vecina. Rangel retrocedió espantado. Vislumbró un roce de manos entre Queirós y la bella Juanita. Quiso justificarlo: era solo su imaginación, que creaba y destruía visiones a manera de olas que nunca terminan. Le resultaba imposible comprender que algunas pocas horas fueran suficientes para unir de aquel modo dos criaturas. Pero era aquello lo que revelaba la actitud de los dos, sus ojos, sus palabras, sus risas, y hasta la saudade con que se despidieron casi al amanecer.

    Salió de allí desolado. ¡Solamente una noche, apenas unas horas! Al llegar a casa se tiró en la cama, no para dormir sino para romper en sollozos. A solas consigo perdió toda afectación. No era más el diplomático: era un hombre herido, que se mecía en la cama gritando, llorando como un niño, lleno de amargura por ese triste amor de otoño. El pobre diablo, hecho de devaneo, indolencia y afectación, era en esencia tan desgraciado como Otelo y tuvo un destino aún más cruel.

    Otelo mata a Desdémona. Nuestro enamorado, cuya pasión secreta nadie presintió, fue el padrino de Queirós cuando éste se casó con Juanita seis meses después.

    Ni la vida ni los años le cambiaron el alma. Cuando estalló la guerra con Paraguay pensó más de una vez en alistarse como voluntario. Nunca lo hizo. No obstante, ganó algunas batallas y acabó siendo brigadier general.



    *FIN*

    “O diplomático”,
    Gazeta de Notícias, 1884





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    Mensaje por Maria Lua Mar 02 Mayo 2023, 20:37

    El incrédulo frente a la cartomante


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis




    Hamlet observa a Horacio que existen más cosas en el cielo y en la tierra de lo que piensa nuestra filosofía. Era la misma explicación que daba la linda Rita al joven Camilo, un día viernes del mes de noviembre de 1869, cuando este se reía de ella porque había ido, la víspera, a consultar a una cartomante. La diferencia está en que Rita lo hacía con palabras.

    —¡Ríe, ríe! Ustedes, los hombres, son así; no creen en nada. Pues has de saber que fui, y que ella adivinó el motivo de la consulta, antes de que yo le dijera de lo que se trataba. Apenas empezó a echar las cartas, me dijo: «Usted quiere a una persona…». Le confesé que sí, y entonces ella siguió echando las cartas, las combinó, y al fin me declaró que yo tenía miedo de que tú me olvidases; pero que eso no tenía fundamento…

    —¡Se equivocó! —interrumpió Camilo, riendo.

    —¡No digas eso, Camilo! ¡Si supieses cómo he andado por causa tuya! Tú sabes; ya te lo dije. ¡No te rías de mí, no te rías!…

    Camilo le tomó las manos y la miró fija y gravemente. Le juró que la quería mucho, que sus temores parecían de criatura. En todo caso, cuando tuviera algún recelo, la mejor cartomante era él mismo. Después la reconvino, le dijo que era una imprudencia andar por esas casas. Videla podía llegar a saber, y después…

    —¡Qué ha de llegar a saber! He puesto mucha cautela al entrar en la casa.

    —¿Dónde está la casa?

    —Aquí cerca, en la calle Guardia Vieja. No pasaba nadie en ese momento. Tranquilízate: no soy una tonta.

    Camilo volvió a reír.

    —¿Crees, de veras, en esas cosas? —le preguntó.

    Fue entonces que ella, sin saber que traducía a Hamlet en vulgar, le dijo que había mucha cosa misteriosa y verdadera en este mundo. Si él no creía, paciencia; pero la verdad es que la cartomante le había adivinado todo. ¿Qué más? La prueba es que ella ahora estaba tranquila y satisfecha.

    Camilo se disponía a hablar, pero se contuvo. No quería arrancarle las ilusiones. Él también, de niño y mucho después, fue supersticioso; tuvo todo un arsenal de credulidades, que la madre le inculcó y que a los veinte años desaparecieron. El día en que dejó caer toda esa vegetación parásita, y quedó solo el tronco de la religión, como hubiese recibido de la madre ambas enseñanzas, los envolvió en la misma duda y luego en una sola negación total, Camilo no creía en nada. ¿Por qué? No podía decirlo, no poseía un solo argumento; se limitaba a negar todo. Y digo mal, porque negar es también afirmar, y él no formulaba su incredulidad. Frente al misterio, se contentaba con encogerse de hombros, y fue andando.

    Se separaron contentos, él más contento aun que ella, Rita estaba segura de ser amada. Camilo no solo lo estaba, sino que la veía inquietarse y arriesgarse por él, corriendo tras las cartomantes y, por mucho que la reprendiese, no dejaba de sentirse lisonjeado.

    La casa donde se encontraban estaba en la antigua calle de los Borbonos, en donde vivía una comprovinciana de Rita. Esta bajó por la calle de las Mangueiras, en dirección a Botafogo, donde residía. Camilo bajó por la de la Guardia Vieja, mirando de paso la casa de la cartomante.

    Videla, Camilo y Rita, tres nombres, una aventura y ninguna explicación de sus orígenes. Vamos a ella.

    Los dos primeros eran amigos de la infancia. Videla siguió la carrera de magistrado. Camilo entró en la administración nacional, contra la voluntad del padre, que quería verlo médico; pero murió el padre y Camilo prefirió no ser nada, hasta que la madre le consiguió un empleo público. A principios de 1869, volvió Videla de la provincia en donde se casara con una joven hermosa y tonta; abandonó la magistratura y abrió estudio de abogado. Camilo le consiguió casa hacia los lados de Botafogo, y fue a bordo a recibirlo.

    —¿Es usted? —exclamó Rita, extendiéndole la mano—. No se imagina cómo mi marido lo estima. Me habla siempre de usted.

    Camilo y Videla se miraron con ternura. Eran amigos de veras. Después, Camilo se dijo para sí que la mujer de Videla no desmentía las cartas del marido. Era, en verdad, graciosa y viva en sus gestos, ojos cálidos, boca fina e interrogativa. Era un poco mayor que ambos: contaba treinta años. Videla veintinueve y Camilo veintiséis. Mientras tanto, el porte grave de Videla lo hacía aparentar más viejo que la mujer. Camilo era un ingenuo de vida moral y práctica. Le faltaba tanto la acción del tiempo como los lentes de cristal que la naturaleza pone en la cuna de algunos para adelantar los años.

    Ni experiencia ni intuición.

    Uniéronse los tres. La convivencia trajo la intimidad. Poco después murió la madre de Camilo, y en ese desastre, que lo fue, los dos se mostraron grandes amigos suyos. Videla se encargó del entierro, de los sufragios y del inventario; Rita trató especialmente del corazón, y nadie lo haría mejor.

    Cómo de allí llegaron al amor, él nunca lo supo. La verdad es que le gustaba pasarse las horas junto a ella; era su enfermera moral, casi su hermana; pero, principalmente, era mujer y bonita. Odor di femina: de ahí lo que él aspiraba en ella, y en derredor de ella, para incorporarlo a sí mismo.

    Camilo le enseñó a jugar a las damas y el ajedrez, y jugaban por la noche; ella mal y él, para serle agradable, poco menos que mal. Hasta allí las cosas. Ahora la acción de la persona: los ojos insistentes de Rita, que buscaban los de él, que los consultaban antes de hacerlo al marido, las manos frías, las actitudes insólitas… Un día, siendo el cumpleaños de Camilo, recibió de Videla un rico bastón de regalo, y de Rita apenas una tarjeta con un vulgar escrito con lápiz y fue entonces que pudo leer en su propio corazón; no conseguía arrancar los ojos de la tarjeta. Palabras vulgares; pero hay vulgaridades sublimes, o, por lo menos, deliciosas. La vieja calesa de plaza, en que por primera vez paseaste con la mujer amada, encerraditos ambos, vale por el carro de Apolo. Así es el hombre. Así son las cosas que le rodean.

    Camilo quiso, sinceramente, huir, pero no pudo. Rita, como una serpiente, fuésele acercando, envolviéndolo por completo; le hizo estallar los huesos en un abrazo, y le vertió el veneno en la boca. Él quedó aturdido y subyugado. Vejación, sustos, remordimientos, deseos, todo sintió, mezclados; pero la batalla fue breve y la victoria delirante. ¡Adiós escrúpulos! No tardó en que el zapato se acomodase al pie y ahí se fueron ambos, calle afuera, de brazo dado, pisando holgadamente sobre las hierbas y pedregullos, sin padecer nada más que algunas saudades, cuando estaban ausentes el uno del otro. La confianza y la estimación de Videla continuaban siendo las mismas.

    Un día, sin embargo, Camilo recibió una carta anónima, que lo llamaba inmoral y pérfido, y decía que la aventura era sabida de todos. Camilo cobró miedo y, a fin de desviar las sospechas, comenzó a ralear sus visitas a la casa de Videla. Este le hizo notar las ausencias. Camilo respondió que el motivo era una pasión frívola, de joven. La candidez generó la astucia. Las ausencias se prolongaron, y las visitas cesaron por completo. Es posible que entrase también en eso un poco de amor propio, una intención de disminuir las atenciones del marido, para tornar menos dura la alevosía del acto.

    Fue por ese tiempo que Rita, desconfiada y medrosa, corrió a casa de la cartomante para consultarla sobre la verdadera causa del proceder de Camilo. Hemos visto que la cartomante le restituyó la confianza y que el joven la reprendió por haber hecho lo que hizo.

    Transcurrieron algunas semanas. Camilo volvió a recibir dos o tres cartas anónimas, tan apasionadas que no podían ser advertencia de la virtud, sino despecho de algún pretendiente. Tal fue la opinión de Rita que, por otras palabras mal compuestas, formuló este pensamiento: la virtud es perezosa y avara, no gasta tiempo ni papel; solo el interés es atractivo y pródigo.

    No por eso Camilo quedó más tranquilizado; temía que el anónimo fuese a manos de Videla y la catástrofe vendría entonces, sin remedio. Rita concordó que era posible.

    —Bien —dijo—, yo me llevo los sobres para cotejar la letra con las cartas que por allá apareciesen. Si alguna fuese igual, la guardo y la rasgo…

    No apareció ninguna. Pero, de ahí a algún tiempo, Videla empezó a mostrarse sombrío, hablando poco, como si desconfiase… Rita apresurose a decírselo al otro; y sobre ello deliberaron. La opinión de ella era que Camilo volviese a la casa de ellos, sondear al marido y podría ser que le escuchase la confidencia de algún asunto particular. Camilo divergía. Aparecer después de tantos meses era confirmar la sospecha o la denuncia. Más valía tomar cautela, sacrificándose durante algunas semanas. Combinaron los medios de corresponderse en caso de necesidad, y se separaron con lágrimas.

    Al día siguiente, estando en la oficina, Camilo recibió esta misiva de Videla: «Ven, en seguida, a casa. Necesito hablarte sin demora». Era más de mediodía. Camilo salió inmediatamente. Ya en la calle, advirtió que hubiera sido más natural llamarlo al escritorio. ¿Por qué en casa? Todo indicaba un asunto especial, y la letra, fuese realidad o ilusión, figurósele trémula. Combinó todas estas cosas con la noticia de la víspera.

    «Ven, en seguida, a casa. Necesito hablarte sin demora», repetía con los ojos fijos en el papel.

    Imaginariamente vio la punta de la oreja de un drama, Rita subyugada y lacrimosa, Videla indignado, trincando la pluma y escribiendo la misiva, seguro de que él acudiría, y esperándolo para matarlo. Camilo se estremeció, tenía miedo; después sonrió, amarillo. En todo caso le repugnaba la idea de retroceder, y siguió andando. En el camino se acordó de ir a su casa: podía encontrar algún recado de Rita que le explicase todo. No encontró nada, ni a nadie. Volvió a la calle y la idea de que habían sido descubiertos le parecía cada vez más verosímil.

    Era natural una denuncia anónima, hasta de la misma persona que lo amenazara antes. Bien podía ser que Videla ahora conociese todo. La misma suspensión de sus visitas, sin motivo aparente, apenas con un pretexto fútil, vendría a confirmar lo demás.

    Camilo andaba inquieto y nervioso. No releía la misiva, pero las palabras estaban grabadas delante de sus ojos; o, si no, lo que era peor aún, le eran susurradas al oído con la misma voz de Videla: «Ven, en seguida, a casa. Necesito hablarte sin demora». Dichas así, por la voz del otro, tenían un tono de misterio y de amenaza. «Ven, en seguida», ¿para qué? Era cerca de la una de la tarde. Su conmoción crecía de minuto en minuto. Tanto imaginó lo que iría a pasar, que llegó a creerlo y a verlo. Positivamente, tenía miedo. Pensó en ir armado, considerando que, si nada ocurriese, nada perdía, y la precaución era útil. Poco después, rechazaba la idea, avergonzado de sí mismo, y seguía, apretando el paso en dirección a la plazuela de Carioca, para subir a un tilbury. Llegó, subió y mandó a seguir al trote largo.

    —Cuanto antes, mejor —pensó—. No puedo seguir así…

    Pero el mismo trote del caballo vino a agravarle la conmoción. El tiempo volaba, y no tardaría en enfrentar el peligro. Casi al final de la calle Guardia Vieja, el vehículo tuvo que parar. La calle estaba obstruida por un carro que había volcado. Camilo ponderó el obstáculo y esperó. Al cabo de cinco minutos, advirtió que al lado, a la izquierda, junto al tilbury, quedaba la casa de la cartomante a quien Rita había consultado una vez, y nunca deseó tanto creer en la lección de las cartas. Miró y vio las ventanas cerradas, cuando todas las demás estaban abiertas y llenas de curiosos del incidente callejero. Diríase la morada del indiferente Destino.

    Camilo se reclinó en el tilbury, para no ver nada. Su agitación era grande, extraordinaria y del fondo de las capas morales emergían algunos fantasmas de otro tiempo: las viejas creencias, las supersticiones antiguas. El cochero le propuso volver a la primera calle transversal, e ir por otro camino. El joven respondió que no, que esperase. Y se inclinaba para mirar la casa… Después hizo un gesto incrédulo: era la idea de oír a la cartomante, que pasaba a lo lejos, muy lejos, con amplias alas grises; desapareció, reapareció y volvió a desvanecérsele en el cerebro. Pero de ahí a poco, otra vez, las alas más cerca, haciendo unos giros concéntricos…

    En la calle, gritaban los hombres, zafando al carro:

    —¡Anda! ¡Ahora! ¡Empuja! ¡Ah!…

    De ahí a poco el obstáculo estaría removido. Camilo cerraba los ojos, pensaba en otras cosas; pero la voz del marido le susurraba al oído las palabras de la misiva: «Ven, en seguida…». Y él veía las contorsiones del drama y temblaba.

    La casa estaba enfrente. Sus piernas querían descender y entrar… Camilo se vio delante de un largo velo opaco… Pensó rápidamente en lo inexplicable de tantas cosas. La voz de la madre le repetía una porción de casos extraordinarios; y la misma frase del príncipe de Dinamarca, revolotéale dentro: «Hay más cosas en el cielo y en la tierra de lo que piensa tu filosofía…». ¿Qué perdía él, si…?

    Y se encontró en la vereda, junto a la puerta. Dijo al cochero que esperase y rápidamente enfiló por el corredor, y subió la escalera. La luz era escasa, los escalones gastados, el pasamanos pegajoso; pero él no vio ni sintió nada. Trepó y llamó. Al no aparecer nadie, acudiole la idea de bajar; pero era tarde: la curiosidad le fustigaba la sangre, sus sienes palpitaban. Volvió a llamar una, dos, tres veces. Acudió una mujer: era la cartomante. Camilo dijo que iba a consultarla, y ella lo hizo pasar. Entraron. De allí subieron al desván, por una escalera peor aun que la primera y más oscura. Arriba había una salita, apenas iluminada por una ventana que daba hacia el tejado de los fondos. Trastos viejos, paredes sombrías, un aire de pobreza que más bien aumentaba que destruía su prestigio.

    La cartomante lo hizo sentar delante de la mesa, sentándose ella en el lado opuesto, con las espaldas hacia la ventana, de manera que la poca luz de afuera diese de lleno en el rostro de Camilo. Abrió un cajón y sacó un mazo de cartas largas y manoseadas. Mientras las barajaba, rápidamente, miraba al consultado, no de frente, sino por debajo de los ojos. Era una mujer de unos cuarenta años, italiana, morena y flaca, con grandes ojos astutos y agudos. Dio vuelta tres cartas sobre la mesa y dio:

    —Veamos primero qué es lo que le trae aquí. Tiene usted una gran preocupación…

    Camilo, maravillado, hizo un gesto afirmativo.

    —Y desea saber —continuó ella— si le acontecerá algo, o no…

    —A mí y a ella —explicó vivamente él.

    La cartomante no sonrió; le dijo que esperase. Rápidamente volvió a tomar el mazo de cartas y las barajó, con sus largos dedos finos, de uñas descuidadas. Las mezcló bien; cortó el mazo una, dos, tres veces, después empezó a exponerlas. Camilo tenía los ojos puestos en ella, curioso, ansioso.

    —Las cartas me dicen…

    Camilo se inclinó para beber una a una las palabras. Ella le declaró, entonces, que nada temiese. Nada acontecería ni a uno ni a otro; él, el tercero, ignoraba todo. Sin embargo, era indispensable andar con mucha cautela; hervían las envidias y los despechos. Le habló del amor que los unía, de la belleza de Rita… Camilo estaba deslumbrado.

    La cartomante acabó, recogió las cartas y las encerró en la gaveta.

    —Ha restituido usted la paz a mi espíritu —dijo él, extendiendo la mano por encima de la mesa y apretando la de la cartomante.

    Esta se levantó riendo.

    —Vaya usted —dijo—, vaya, ragazzo innamorato…

    Y de pie, con el índice, le tocó la frente.

    Camilo se estremeció, como si fuese la mano de la misma Sibila, y se levantó también. La cartomante fue a la cómoda, sobre la cual había un plato con pasas de uva, sacó un cacho de ellas, comenzó a desprenderlas y a comerlas, enseñando dos hileras de dientes que desmentían las uñas. En esa misma acción común, la mujer tenía un aire particular. Camilo, ansioso por salir, no sabía cómo pagar; ignoraba el precio.

    —Pasas cuestan dinero —dijo al fin, sacando la cartera—. ¿Cuántas desea mandar buscar?

    —Pregunte a su corazón —respondió ella.

    Camilo sacó un billete de diez mil reis, y se lo dio. Los ojos de la cartomante relampaguearon. El precio usual era dos mil reis.

    —Bien se ve que usted la quiere de veras… Y hace bien; ella gusta mucho de usted. Vaya tranquilo. Cuidado la escalera: es oscura… Póngase el sombrero…

    La cartomante había guardado el dinero en el bolsillo, y bajaba con él, hablando, con una leve inflexión. Camilo se despidió de ella y bajó la escalera que conducía a la calle, mientras la cartomante, alegre con la paga, volvía a subir, canturreando una barcarola. Camilo encontró al tilbury que lo esperaba; la calle estaba libre. Subió y siguió al trote largo.

    Todo le parecía ahora mejor; las cosas tenían otro aspecto, el cielo estaba limpio y las caras joviales. Llegó a reír de sus temores, que halló pueriles; recordó los términos de la carta de Videla y reconoció que eran íntimos y familiares. ¿Dónde fue que descubrió la amenaza? Advirtió también que eran urgentes, y que había hecho mal en demorarse tanto; podía muy bien tratarse de algún asunto grave, gravísimo.

    —¡Eh! ¡Vamos, de prisa! —repetía el cochero.

    Y para explicar la demora al amigo, ingenió algo; parece que formó también el plan de aprovechar el incidente para volver a la antigua asiduidad… Y en derredor del plan, revoloteábanle en el alma las palabras de la cartomante.

    En verdad, ella le había adivinado el objeto de la consulta, su estado, la existencia de un tercero, ¿por qué, pues, no había de adivinar el resto? El presente que se ignora vale el futuro. Era así, lentas y continuas, que las viejas creencias del joven iban volviendo a su espíritu y el misterio lo aferraba de nuevo con sus uñas de hierro. A veces quería reír, y se reía de sí mismo, un tanto avergonzado; pero la mujer, las cartas, las palabras secas y afirmativas, la exhortación: «Vaya, vaya usted, ragazzo innamorato», y al fin, a lo lejos, la barcarola de la despedida, lenta y graciosa. Tales eran los elementos recientes que formaban, con los antiguos, una fe nueva y vivaz.

    La verdad es que su corazón iba alegre e impaciente, pensando en las horas felices de otrora y en las que habían de venir. Al pasar por Gloria, Camilo miró hacia el mar, extendió la mirada hacia afuera, hasta donde el agua y el cielo se dan un abrazo íntimo, y así tuvo la sensación del futuro, largo, interminable.

    A poco llegó a la casa de Videla. Apeóse, empujó la verja de hierro del jardín y entró. La casa estaba silenciosa. Subió los seis escalones de piedra y apenas tuvo tiempo de llamar, la puerta se abrió apareciéndosele Videla.

    —Disculpa, no he podido venir más temprano. ¿Qué pasa?

    Videla no le respondió; tenía las facciones descompuestas; le hizo una seña y fueron hacia una salita interior.

    Al entrar, Camilo no pudo sofocar un grito de terror: al fondo, sobre el canapé, estaba Rita muerta, ensangrentada. Videla lo asió de la solapa y, con dos tiros de revólver, lo desplomó, muerto, en el suelo.

    *FIN*

    “A Cartomante”,
    Gazeta de Notícias, 1884





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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Miér 03 Mayo 2023, 17:44

    El reloj de oro


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis


    Ahora contaré la historia del reloj de oro. Era un gran cronómetro, perfectamente nuevo, que pendía de una elegante cadena. Luis Negreiros tenía toda la razón para quedarse boquiabierto cuando vio el reloj en casa, un reloj que no era suyo, ni podía ser de su mujer. ¿Sería ilusión de sus ojos? No lo era; allí estaba el reloj sobre la mesa de la alcoba, mirándolo, tal vez tan espantado como él del lugar y la situación.

    Clarinha no estaba en la alcoba cuando Luis Negreiros entró en ella. Se había quedado en la sala, hojeando una novela, sin corresponder mucho ni poco al beso con que el marido la saludó en el momento de su entrada. Era una linda muchacha esta Clarinha, si bien un tanto pálida, o quizás por ello mismo. Era pequeña y delgada; de lejos, parecía una niña; de cerca, quien le mirase los ojos vería bien que era una mujer como pocas. Estaba blandamente reclinada en el sofá, con el libro abierto y los ojos en el libro, los ojos apenas, porque su pensamiento no sé con certeza si estaba en el libro o en alguna otra parte. En todo caso parecía ajena al marido y al reloj. Luis Negreiros se apoderó del reloj, con una expresión que no me atrevo a describir. Ni el reloj ni la cadena eran suyos; tampoco de alguno de sus conocidos. Se trataba de una charada. Luis Negreiros gustaba de las charadas y tenía fama de descifrarlas hábilmente; pero gustaba de charadas en las revistas y en los periódicos. Charadas palpables o cronométricas y sobre todo sin clave final, no eran del aprecio de Luis Negreiros. Por este motivo, y otros que son obvios, comprenderá el lector que el esposo de Clarinha se dejara caer en una silla, se mesara con rabia los cabellos, golpeara el suelo con el pie y arrojara sobre la mesa el reloj y la cadena. Terminada esta primera manifestación de furor, Luis Negreiros tomó de nuevo los fatales objetos, y de nuevo los examinó. Quedó en las mismas. Cruzó los brazos durante algún tiempo y reflexionó sobre el caso, interrogó todos sus recuerdos y concluyó al fin que, sin una explicación de Clarinha, cualquier actitud sería errada y precipitada. Fue a hablar con ella. Clarinha acababa en ese momento de leer una página, y pasaba la hoja con el aire indiferente y tranquilo de quien no se ocupa de descifrar charadas de cronómetro. Luis Negreiros la encaró y sus ojos parecían dos relucientes puñales.

    -¿Qué tienes? -preguntó la muchacha con esa voz dulce y suave que todo el mundo admiraba en ella. Luis Negreiros no respondió a la pregunta de su mujer; la miró durante un rato; después dio dos vueltas por la sala, pasándose la mano por los cabellos. Así que la joven le preguntó de nuevo:

    -¿Qué tienes?

    Luis Negreiros se paró frente a ella.

    -¿Qué es esto? -dijo sacando del bolso el fatal reloj y poniéndoselo delante de los ojos-. ¿Qué es esto? -repitió con voz de trueno.

    Clarinha se mordió los labios y no respondió. Luis Negreiros permaneció algún tiempo con el reloj en la mano y los ojos en la mujer, la cual tenía los suyos en el libro. El silencio era profundo. Luis Negreiros fue el primero en romperlo, tirando estrepitosamente el reloj contra el suelo, y diciendo enseguida a su esposa:

    -¿Vamos, de quién es este reloj?

    Clarinha levantó lentamente los ojos hacia él, los bajó después y murmuró:

    -No sé.

    Luis Negreiros hizo un gesto de agresión; se contuvo. La mujer se levantó, tomó el reloj y lo puso sobre una mesa pequeña. No pudo controlarse Luis Negreiros. Avanzó hacia ella y, asegurándole con fuerza las muñecas, le dijo:

    -¿No me responderás, demonio? ¿No me explicarás este enigma?

    Clarinha hizo un gesto de dolor, y Luis Negreiros de inmediato le soltó las muñecas ya enrojecidas. En otras circunstancias es probable que Luis Negreiros hubiese caído a sus pies, pidiéndole perdón por haberla maltratado. En aquel momento ni le pasó por la mente; dejándola en medio de la sala se puso a caminar de nuevo, siempre agitado, deteniéndose de vez en cuando, como si meditara algún suceso trágico. Clarinha abandonó la sala.

    Poco después un esclavo vino a decir que la mesa estaba servida.

    -¿Dónde está la señora?

    -No lo sé, señor.

    Luis Negreiros fue a buscarla; la encontró en la salita de costura, sentada en una silla baja, sollozando con la cabeza entre las manos. Al escuchar el ruido de la puerta que se cerraba Clarinha levantó la cabeza, y Luis Negreiros pudo ver su rostro húmedo de lágrimas. Esta situación resultó peor que la de la sala. Luis Negreiros no podía ver llorar a ninguna mujer, en especial a la suya. Iba a enjugarle las lágrimas con un beso, mas reprimió el gesto y avanzó frío hacia ella; aproximando una silla se sentó frente a Clarinha.

    -Estoy tranquilo, como ves -dijo-. Respóndeme lo que te pregunté con la franqueza que siempre tuviste conmigo. No te acuso ni sospecho nada de ti. Simplemente quisiera saber cómo fue a parar allí aquel reloj. ¿Acaso tu padre lo olvidó aquí?

    -No.

    -Pero entonces…

    -¡Oh! ¡No me preguntes nada! -exclamó Clarinha-; no sé por qué está aquí ese reloj… no sé de quién es… déjame.

    -¡Es demasiado! -bramó Luis Negreiros, levantándose y tirando al suelo la silla.

    Clarinha se estremeció, y permaneció quieta en su sitio. La situación se tornaba cada vez más grave; Luis Negreiros paseaba más agitado a cada momento, girando los ojos en las órbitas, dando la impresión de que en cualquier instante se arrojaría sobre la infeliz esposa. Esta, con los codos en el regazo y la cabeza entre las manos, tenía los ojos clavados en la pared. Transcurrió cerca de un cuarto de hora. Luis Negreiros se disponía a interrogar de nuevo a su esposa, cuando oyó la voz de su suegro, que subía la escalera gritando:

    -¡Eh! ¡Luis! ¡Viejo mandarín!

    -¡Aquí viene tu padre! -dijo Luis-; me las pagarás luego.

    Salió de la sala de costura y fue a recibir a su suegro, que ya estaba en la mitad de la sala, haciendo girar el paraguas con grave riesgo de los jarrones y el candelabro.

    -¿Estaban durmiendo?

    -No señor, estábamos conversando…

    -¿Conversando? -repitió Meireles.

    Y agregó para sí mismo:

    -Discutiendo, seguramente…

    -Precisamente ahora vamos a comer -dijo Luis Negreiros-. ¿Nos acompaña?

    -No vine acá para cosa distinta -replicó Meireles-; ceno aquí hoy y mañana también. No me convidaste, pero es igual.

    -¿No lo convidé?

    -Sí. ¿No cumples años mañana?

    -¡Ah!, es verdad…

    No había razón aparente para que, luego de decir estas palabras con un tono lúgubre, Luis Negreiros las repitiese, pero ahora con un tono descomunalmente alegre:

    -¡Ah!, ¡es verdad!

    Meireles, que ya se dirigía a colgar el sombrero en un perchero del corredor, volviose espantado hacia el yerno en cuyo rostro leyó la más franca, súbita e inexplicable alegría.

    -¡Está loco! -murmuró Meireles.

    -Vamos a comer -gritó el yerno, metiéndose por el interior de la casa, mientras que Meireles, siguiendo por el pasillo, iba a dar al comedor.

    Luis Negreiros fue en busca de su mujer a la sala de costura y la encontró de pie, arreglándose los cabellos frente a un espejo.

    -Gracias -dijo.

    La joven lo miró asombrada.

    -Gracias -repitió Luis Negreiros-; gracias y perdóname.

    Y diciendo esto, trató de abrazarla; pero la joven, con un gesto digno, rechazó el intento del marido y se dirigió al comedor.

    -Tiene razón -murmuró Luis Negreiros.

    Poco después estaban los tres sentados a la mesa, y fue servida la sopa que a Meireles le supo, como era natural, a hielo. Ya iba a hacer un discurso respecto a la desidia de los criados, cuando Luis Negreiros confesó que todo era culpa suya, porque la cena estaba hacía tiempo en la mesa. La declaración sólo consiguió mudar el asunto del discurso, que versó ahora sobre esa cosa terrible que es una cena recalentada, qui ne valut jamais rien.

    Meireles era un hombre alegre, travieso, acaso demasiado frívolo para su edad pero, con todo, interesante. Luis Negreiros le tenía mucho afecto, y veía correspondido ese cariño de pariente y de amigo, tanto más sincero si se piensa que Meireles sólo accedió tarde y de mala gana al matrimonio de su hija. Duró el noviazgo cerca de cuatro años, de los cuales el padre de Clarinha invirtió más de dos en meditar y resolver el asunto del casamiento. Al final dio su aprobación, y esto, decía él, más por las lágrimas de la hija que por los atributos del yerno. La causa de tan larga vacilación eran los hábitos poco austeros de Luis Negreiros; no los que mostró durante el noviazgo, sino los que había tenido antes y que bien podría volver a tener después. Meireles confesaba ingenuamente que había sido marido poco ejemplar, y juzgaba que por eso mismo debía dar a la hija mejor esposo de lo que él fuera. Luis Negreiros desmintió las aprensiones del suegro; el león impetuoso de antes se transformó en tranquilo cordero. Una amistad franca nació entre suegro y yerno, y Clarinha se convirtió en una de las más envidiadas jóvenes de la ciudad. Y era mayor el mérito de Luis Negreiros si se piensa que no le faltaban tentaciones. El diablo se metía a veces en la piel de algún amigo, e iba a convidarlo a recordar buenos tiempos. Pero Luis Negreiros respondía que se había retirado a buen puerto y no quería arriesgarse otra vez a las tormentas del alto mar. Clarinha amaba tiernamente al marido, y era la más dócil y afable criatura que por entonces respirara el aire fluminense. Nunca había existido disgusto entre ellos; la limpidez del cielo conyugal era siempre la misma, y parecía mostrarse duradera. ¿Qué mal destino sopló allí la primera nube?

    Durante la cena, Clarinha no pronunció palabra, o dijo pocas y aún así las más breves y frías.

    “Están de riña, no hay duda”, pensó Meireles al ver la pertinaz mudez de su hija. “Y la ofendida es sólo ella porque él parece estar muy alegre”.

    Luis Negreiros, en efecto, se deshacía en agrados, mimos y cortesías con su mujer, que ni siquiera lo miraba de frente. El marido se exasperaba ya con la presencia del suegro, ansioso de estar a solas con la esposa para la reconciliación final. Clarinha no parecía compartir ese deseo; comió poco y dos o tres veces se le escapó del pecho un suspiro. Ya puede verse que la cena, a pesar de los esfuerzos, no era como la de los otros días.

    Meireles, sobre todo, se sentía molesto, aunque de ningún modo recelaba un problema mayor; su opinión era que sin riñas no se aprecia la felicidad, como no se aprecia el buen tiempo sin tempestades. Con todo, las tristezas de la hija siempre conseguían quitarle la tranquilidad. A la hora del café, Meireles propuso que se fueran los tres al teatro; Luis Negreiros aceptó la idea con entusiasmo. Clarinha rehusó secamente.

    -No te entiendo hoy, Clarinha -dijo el padre con impaciencia-. Tu marido está alegre y tú pareces abatida y preocupada. ¿Qué tienes?

    Clarinha no respondió; Luis Negreiros, sin saber qué decir, se dedicó a hacer bolitas con las migas del pan. Meireles se encogió de hombros.

    -Allá se entiendan ustedes -dijo-. Si mañana, a pesar del día que es, continúan así, les prometo que no han de verme ni la sombra.

    -¡Ah, no! Tiene que venir -empezó a decir Luis Negreiros, pero fue interrumpido por su mujer, que rompió a llorar.

    La cena acabó así, triste y enfurruñada. Meireles pidió una explicación al yerno, y éste prometió que se lo contaría todo en mejor ocasión. Poco después salía el padre de Clarinha insistiendo de nuevo en que, de hallarse al día siguiente en el mismo estado, jamás volvería a aquella casa, y que si existía algo peor que una cena fría o recalentada, era una cena mal digerida. Este axioma valía tanto como el de Boileau, pero nadie le prestó atención. Clarinha se marchó a su cuarto; el marido, luego de despedir al suegro, fue en su busca. La encontró sentada en la cama, con la cabeza sobre una almohada, y sollozando. Luis Negreiros, arrodillándose ante ella, cogió entre las suyas una de sus manos.

    -Clarinha -dijo-, perdóname todo. Ya sé la explicación del reloj; si tu padre no me hubiera hablado de venir mañana, no hubiera sido capaz de adivinar que el reloj era tu regalo de cumpleaños.

    No me atrevo a describir el soberbio gesto de indignación con que la joven se levantó al oír estas palabras del marido. Luis Negreiros la miró sin comprender nada. La joven no dijo una sola sílaba; salió del cuarto y dejó al infeliz consorte más confuso que nunca.

    -¿Pero qué enigma es éste? -se preguntaba a sí mismo Luis Negreiros-. Si no era un regalo de cumpleaños, ¿qué explicación puede tener el tal reloj?

    La situación volvía a ser la misma de antes de la cena. Luis Negreiros tomó la resolución de descubrir todo aquella noche. Pensó, sí, que era preciso reflexionar maduramente sobre el caso y hallar una resolución que fuese decisiva. Con este propósito se recogió en su gabinete, y allí repasó todo lo que había pasado desde su regreso a casa. Pesó fríamente todas las razones, todos los incidentes, y buscó reproducir en su memoria las expresiones del rostro de la joven a lo largo de aquella tarde. El gesto de indignación y repulsa cuando él quiso abrazarla en la sala de costura, estaban a favor de ella; pero el ademán con que se mordió los labios en el momento en que él le mostró el reloj, las lágrimas en la mesa, y sobre todo el silencio que mantenía respecto a la procedencia del fatal objeto, todo eso hablaba en contra de la joven.

    Luis Negreiros, después de mucho meditar, optó por la más triste y deplorable de las hipótesis. Una idea mala empezó a clavársele en el alma, como un estilete, y tan hondo penetró que se adueñó de él en pocos instantes. Luis Negreiros era hombre colérico cuando la ocasión lo pedía. Profirió dos o tres amenazas, salió del gabinete y fue a enfrentarse con la mujer. Clarinha se había recogido de nuevo en su cuarto. La puerta estaba sin seguro. Eran las nueve de la noche; una pequeña lamparilla daba luz escasa al aposento. La joven estaba como antes sentada en la cama, pero no lloraba; tenía los ojos fijos en el suelo. No intentó siquiera levantarlos cuando sintió entrar al marido.

    Hubo un momento de silencio. Luis Negreiros fue el primero en hablar.

    -Clarinha -dijo-, éste es un momento solemne. ¿Me responderás a lo que te pregunto desde esta tarde?

    La joven no respondió.

    -Piénsalo bien, Clarinha -continuó el marido-, puede estar en riesgo tu propia vida.

    La joven se encogió de hombros. Una nube cruzó por los ojos de Luis Negreiros. El infeliz marido lanzó las manos al cuello de la esposa, y rugió:

    -¡Responde, demonio, o mueres!

    Clarinha soltó un grito.

    -¡Espera! -dijo.

    Luis Negreiros retrocedió.

    -Mátame -dijo ella-, pero lee esto primero. Cuando esta carta llegó a tu oficina ya tú te habías ido: me lo dijo el mensajero que la trajo.

    Luis Negreiros recibió la carta, se acercó a la lamparilla y leyó estupefacto estas líneas:

    Mi bebé. Sé que mañana cumples años; te envío este recuerdo
    Tu Zepherina

    Así acabó la historia del reloj de oro.

    FIN

    “O relógio de ouro”,




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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Jue 04 Mayo 2023, 16:41

    El secreto de Augusta


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis



    I

    Son las once de la mañana.



    Doña Augusta Vasconcelos está reclinada sobre un sofá, con un libro en la mano. Adelaida, su hija, deja correr los dedos por el teclado del piano.

    -¿Papá ya se despertó? -pregunta Adelaida a su madre.

    -No -respondió, sin levantar los ojos del libro.

    Adelaida se incorporó y se acercó a Augusta.

    -Pero mamá, ya es muy tarde -dijo ella-. Son las once. Papá duerme demasiado.

    Augusta dejó caer el libro sobre su regazo, y mirándola le dijo:

    -Sucede que tu padre ayer se acostó muy tarde.

    -Ya me di cuenta de que nunca puedo despedirme de papá cuando me voy a acostar. Siempre está afuera.

    Augusta sonrió:

    -Eres una campesina -dijo ella-, duermes como las gallinas. Aquí son otras las costumbres. Tu padre tiene mucho que hacer de noche.

    -¿Son cuestiones de política, mamá? -preguntó Adelaida.

    -No lo sé -respondió Augusta.

    Empecé diciendo que Adelaida era hija de Augusta, y esta información, necesaria para el relato, no lo era menos en la vida real en que tuvo lugar el episodio que voy a narrar, porque a primera vista nadie diría que quienes allí estaban eran madre e hija; parecían dos hermanas, tan joven era la mujer de Vasconcelos.

    Tenía Augusta treinta años y Adelaida quince; pero comparativamente la madre parecía más joven que la hija. Conservaba la misma frescura de los quince años, y tenía además lo que faltaba a Adelaida, que era la conciencia de la belleza y de la juventud; conciencia que sería loable si no tuviese como consecuencia una inmensa y profunda vanidad. Su estatura era mediana pero imponente. Era muy blanca y sonrosada. Tenía los cabellos castaños y los ojos azulados. Las manos largas y bien dibujadas parecían criadas para las caricias del amor; sin embargo, daba a sus manos mejor destino: las calzaba en tersa cabritilla.

    Todos los encantos de Augusta estaban en Adelaida, pero en embrión. Se podía presentir que a los veinte años Adelaida iba a competir con Augusta; pero por ahora había en la niña ciertos restos de infancia que atenuaban el realce de los atributos de que la naturaleza la había dotado.

    Sin embargo, era perfectamente capaz de despertar el amor de un hombre, sobre todo si él fuese poeta, y le gustasen las vírgenes de quince años, incluso porque era un poco pálida, y los poetas en todas las épocas tuvieron siempre debilidad por las criaturas de piel desvaída.

    Augusta vestía con suprema elegancia; gastaba mucho, es verdad; pero aprovechaba bien los enormes egresos que realizaba, si es que a lo que hacía podía considerárselo un aprovechamiento. Debe, empero, hacerse justicia a un hecho: Augusta no regateaba jamás; pagaba el precio que le pedían por cualquier cosa. Ponía en ello su grandeza, y creía que el procedimiento contrario era ridículo, y de baja condición.

    En este punto Augusta compartía los sentimientos y servía los intereses de algunos mercaderes que entienden que es una deshonra hacer cualquier tipo de rebaja en el precio de sus mercaderías.

    El proveedor de telas de Augusta, cuando hablaba a este respecto, solía decirle:

    -Pedir un precio y entregar la mercadería por otro menor, es confesar que se tenía la intención de estafar al cliente.

    El proveedor prefería realizar la estafa sin confesarla.

    Otro hecho incuestionable al que cabe hacer justicia, era que Augusta no ahorraba esfuerzos en su afán de que Adelaida llegara a ser tan elegante como ella.

    No era pequeño el trabajo.

    Desde los cinco años Adelaida había sido educada en el campo, en casa de unos parientes de Augusta, más dados al cultivo del café que a los menesteres de la moda. Adelaida fue criada en la práctica de tales hábitos e ideas. Por eso, cuando llegó a la corte, donde se reunió con su familia, se produjo en ella una verdadera transformación. Pasaba de una civilización a otra; vivió en poco tiempo una larga serie de años. Lo que le sirvió de mucho fue tener en su madre a una excelente maestra. Adelaida se transformó, y el día en que comienza este relato ya era otra; todavía, sin embargo, distaba mucho de ser como Augusta.

    En el momento en que la madre respondía a la curiosa pregunta de su hija acerca de las ocupaciones de Vasconcelos, un carruaje se detuvo ante su puerta.

    Adelaida corrió hacia la ventana.

    -Es doña Carlota, mamá -dijo la niña volviendo hacia adentro.

    Pocos minutos después entraba en la sala de estar la referida señora. Para dar a conocer este nuevo personaje a los lectores bastará con decirles que era un calco de Augusta; hermosa como ella, elegante como ella, vanidosa como ella.

    Todo esto significa que eran las más afables enemigas que puede haber en este mundo.

    Carlota venía a pedirle a Augusta que fuese a cantar a su casa, donde iba a realizarse un concierto, organizado en su honor para que estrenase un magnífico vestido nuevo.

    Augusta, de muy buen grado, accedió al pedido.

    -¿Cómo está tu marido? -le preguntó a Carlota.

    -Salió a caminar; ¿y el tuyo?

    -El mío duerme.

    -¿Cómo un justo? -preguntó Carlota sonriendo maliciosamente.

    -Así parece -respondió Augusta.

    En ese momento, Adelaida, que a pedido de Carlota había ido a ejecutar un nocturno al piano, regresó junto a las dos mujeres.

    La amiga de Augusta le preguntó:

    -¿Me equivoco si pienso que ya tienes algún novio en vista?

    La niña se sonrojó mucho, y balbuceó:

    -No diga eso.

    -¡Seguro que sí! O entonces estarás muy cerca del momento en que habrás de tener un novio, y yo ya profetizo que ha de ser buen mozo…

    -Es muy temprano -dijo Augusta.

    -¡Temprano!

    -Sí; todavía es una niña, se casará cuando llegue el momento, y ese día aún está lejos…

    -Ya sé -dijo Carlota riendo-, quieres prepararla bien… Apruebo tus intenciones. Pero si es así no le quites las muñecas.

    -Ya se las quité.

    -Entonces no te resultará fácil alejar a los pretendientes. Una cosa reemplaza a la otra.

    Augusta sonrió, y Carlota se incorporó para salir.

    -¿Ya te vas? -dijo Augusta.

    -Debo irme; adiós.

    -Adiós.

    Intercambiaron besos y Carlota partió de inmediato.

    Casi en seguida llegaron dos mandaderos: uno con vestidos y el otro con una novela; eran compras hechas en la víspera. Los vestidos eran carísimos y la novela tenía este título: Fanny, por Ernesto Feydean.



    II



    Hacia la una de la tarde de ese mismo día se levantó Vasconcelos de la cama.

    Vasconcelos era un hombre de cuarenta años, bien parecido, dotado de un maravilloso par de patillas grisáceas, que le daban un aire de diplomático, actividad de la que estaba alejado por lo menos unas buenas cien leguas. Tenía una cara risueña y una actitud extrovertida: todo él respiraba una robusta salud.

    Era dueño de una considerable fortuna y no trabajaba, o sea trabajaba mucho en la destrucción de dicha fortuna, obra en la que su mujer colaboraba concienzudamente.

    La observación de Adelaida era verídica; Vasconcelos se acostaba tarde; siempre se despertaba después del mediodía; y salía al anochecer para volver a la madrugada siguiente. Quiero decir que efectuaba con regularidad cortas o breves excursiones a la casa de sus familiares.

    Una sola persona tenía derecho a exigir de Vasconcelos una mayor asiduidad en su casa: era Augusta; pero ella nada le decía. No por eso se llevaban mal, porque el marido, a cambio de la tolerancia de su esposa, no le negaba nada, y todos los caprichos que ella pudiera tener eran satisfechos con prontitud.

    Si ocurría que Vasconcelos no podía acompañarla a todos los bailes y paseos, se encargaba de ello un hermano de Vasconcelos, comendador de dos órdenes, político de la oposición, excelente jugador de tresillo, y hombre amable en sus horas libres, que eran pocas. El hermano Lorenzo era lo que se puede llamar un hermano terrible. Obedecía a todos los deseos de su cuñada, pero no le ahorraba, de vez en cuando, un sermón al hermano. Buena semilla que no germinaba.

    Despertó, pues, Vasconcelos, y despertó de buen humor. La hija se alegró mucho al verlo, y él mostró una gran afabilidad hacia la mujer, que le retribuyó del mismo modo.

    -¿Por qué te despiertas tan tarde? -preguntó Adelaida acariciando las patillas de Vasconcelos.

    -Porque me acuesto tarde.

    -¿Y por qué te acuestas tarde?

    -¡Eso ya es mucho preguntar! -dijo Vasconcelos sonriendo. Y prosiguió-: Me acuesto tarde porque así lo exigen las necesidades políticas. Tú no sabes qué es la política; es una cosa muy fea, pero muy necesaria.

    -¡Yo sí sé qué es la política! -dijo Adelaida.

    -¿No digas? Explícame pues qué crees que es.

    -Allá en el campo, cuando le rompieron la cabeza al juez de paz, dijeron que había sido por cuestiones políticas; a mí me pareció muy raro porque lo político hubiera sido que no le rompieran la cabeza…

    Vasconcelos se rió mucho con la observación de la hija, y se dirigía al comedor para almorzar, cuando entró su hermano, que no pudo dejar de exclamar:

    -¡A buena hora almuerzas tú!

    -Ya empiezas con tus reprimendas. Yo almuerzo cuando tengo hambre… No trates, ahora, de esclavizarme a las horas y a las formalidades. Llámalo almuerzo o lunch, lo cierto es que estoy comiendo.

    Lorenzo le contestó con una mueca.

    Terminado el almuerzo se anunció la llegada del señor Batista. Vasconcelos fue a recibirlo en la privacidad de su estudio.

    Batista era un muchacho de veinticinco años; era el tipo acabado del farrista; excelente compañero en una cena integrada por personas de dudosa calaña; nulo comensal en una mesa de honesta sociedad. Tenía chispa y cierta inteligencia, pero era preciso que se sintiese en el clima adecuado para que se manifestaran tales cualidades. Por lo demás, era apuesto; tenía un lindo bigote; calzaba botines de Campas, y se vestía con un excelente buen gusto; fumaba tanto como un soldado y tan bien como un lord.

    -Apuesto a que recién te despiertas -dijo Batista mientras entraba al escritorio de Vasconcelos.

    -Hace tres cuartos de hora. Recién termino de almorzar. Toma un cigarro.

    Batista aceptó el cigarro y se estiró en una silla americana, mientras Vasconcelos prendía un fósforo.

    -¿Viste a Gomes? -preguntó Vasconcelos.

    -Ayer lo vi. Gran novedad: rompió con la sociedad.

    -¿Es cierto?

    -Cuando le pregunté por qué motivo no se le veía desde hacía un mes, me respondió que estaba pasando por una transformación, y que del Gomes que había sido no quedaba más que el recuerdo. Parece mentira, pero el muchacho hablaba con convicción.

    -Lo dudo; pienso, más bien, que se trata de alguna broma que nos está preparando. ¿Qué novedades hay?

    -Nada; mejor dicho, eres tú quien debiera saber algo…

    -Yo no sé nada.

    -¡Vamos! ¿No estuviste ayer en el jardín?

    -Así es; hubo una cena…

    -Una reunión familiar, efectivamente. Yo fui al Alcázar. ¿A qué hora terminó la reunión?

    -A las cuatro de la mañana…

    Vasconcelos se extendió en una reposera, y la conversación prosiguió en ese tono, hasta que un sirviente vino a avisarle a Vasconcelos que en el salón lo aguardaba el señor Gomes.

    -¡He aquí a nuestro hombre! -dijo Batista.

    -Dile que suba -ordenó Vasconcelos.

    El sirviente bajó para transmitir el mensaje; pero Gomes apareció quince minutos más tarde; se había demorado abajo conversando con Augusta y Adelaida.

    -Quien está vivo siempre aparece -dijo Vasconcelos al avistar al muchacho.

    -Ustedes no me buscan… -dijo él.

    -Perdón, pero yo estuve en tu domicilio dos veces, y me dijeron que habías salido.

    -Fue pura casualidad; yo casi nunca salgo.

    -¿Así que te has convertido en un perfecto ermitaño?

    -Estoy hecho una crisálida; voy a reaparecer transformado en mariposa -dijo Gomes sentándose.

    -Tenemos poesía… Atención, Vasconcelos…

    El nuevo personaje, este Gomes tan buscado y tan oculto, aparentaba tener unos treinta años. Él, Vasconcelos y Batista eran la trinidad del placer y de la disipación, unidos por una indisoluble amistad. Cuando Gomes, cerca de un mes antes, dejó de frecuentar los círculos habituales, llamó la atención de todos, pero sólo Vasconcelos y Batista lo lamentaron de verdad. Sin embargo, no se empeñaron demasiado en arrancarlo a la soledad, ya que consideraron que la actitud del muchacho bien podía responder a algún propósito determinado.

    Gomes fue, por lo tanto, recibido como un hijo pródigo.

    -¿Por dónde anduviste metido? ¿Qué quiere decir eso de la crisálida y la mariposa? ¿Te parece que soy del campo y que tienes que hablarme así?

    -Las cosas son tal como se las transmito, mis amigos. Me están saliendo alas.

    -¡Alas! -dijo Batista sofocando una carcajada.

    -A menos que sean alas de gavilán para caer sobre…

    -No, estoy hablando en serio.

    Y, en efecto, Gomes mostraba una actitud seria y convincente.

    Vasconcelos y Batista se miraron.

    -Pues, si es verdad lo que dices, explícanos de una vez de qué alas se trata, y sobre todo hacia dónde quieres volar.

    A estas palabras de Vasconcelos, agregó Batista las siguientes:

    -Sí, debes darnos una explicación, y si nosotros, que formamos tu consejo de familia, consideramos que la explicación es satisfactoria, la aprobaremos; de lo contrario quedarás sin alas y volverás a ser lo que siempre has sido…

    -Totalmente de acuerdo -refrendó Vasconcelos.

    -Pues bien, es muy sencillo; me están saliendo alas de ángel, y quiero volar al cielo del amor.

    -¡Del amor! -exclamaron los dos amigos de Gomes.

    -Así es -prosiguió Gomes-. ¿Qué fui yo hasta hoy? Un verdadero disipado, un perfecto calavera, derrochando mi fortuna y mi corazón. Pero ¿es esto suficiente para llenar una vida? Creo que no…

    -Hasta ahí estoy de acuerdo… eso no basta; es preciso que haya algo más; la diferencia está en la manera de…

    -Exactamente -dijo Gomes-, exactamente; es natural que ustedes piensen de otra manera, pero yo creo que tengo razón en decir que sin el amor casto y puro la vida no es más que un desierto.

    Batista dio un salto.

    Vasconcelos clavó los ojos en Gomes.

    -Apuesto a que te vas a casar -le dijo.

    -No sé si me voy a casar; sí sé que amo, y espero terminar casándome con la mujer que amo.

    -¡Casarte! -exclamó Batista.

    Y dejó escapar una carcajada estridente.

    Pero Gomes hablaba tan seriamente, insistía con tamaña gravedad en aquellos proyectos de regeneración, que los dos amigos terminaron por oírlo con igual seriedad.

    Gomes hablaba un lenguaje que era extraño, y enteramente nuevo en boca de un muchacho que había sido el más loco y ruidoso en los festines de Baco y de Citera.

    -¿De modo, entonces, que nos dejas? -preguntó Vasconcelos.

    -¿Yo? Sí, y no; me encontrarán en los salones que hasta hoy frecuentamos. En los hoteles y las casas equívocas, nunca más.

    –De profundis… -canturreó Batista.

    -Pero al fin de cuentas -dijo Vasconcelos-, ¿dónde está tu Marión? ¿Puedo saber quién es ella?

    -No es Marión, es Virginia… Pura amistad al principio, después afecto profundo, hoy pasión verdadera. Luché mientras pude; pero rendí las armas ante una fuerza mayor. Mi gran temor era no tener un alma capaz de ser ofrecida a esa gentil criatura. Pues bien, la tengo, y tan fogosa y tan virgen como cuando tenía dieciocho años. Sólo la casta mirada de una virgen podría ser capaz de descubrir en mi lodo esa perla divina. Renazco mejor de lo que era…

    -No cabe duda, Vasconcelos, el muchacho está loco; enviémoslo a Praia Vermelha; y como puede tener un nuevo brote aquí mismo, yo me voy…

    Batista tomó su sombrero.

    -¿A dónde vas? -le dijo Gomes.

    -Tengo que hacer; pero pronto me tendrás por tu casa; quiero ver si aún hay algo que pueda hacerse para arrancarte a ese abismo.

    Y salió.




    continuará

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    o un ciego soñando
    y en ese vuelo y en ese sueño
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    Mensaje por Maria Lua Jue 04 Mayo 2023, 16:42

    ***


    III

    Los dos se quedaron solos.

    -¿Entonces es cierto que estás enamorado?

    -Completamente. Yo bien sabía que ustedes difícilmente podrían creer en ello; yo mismo no lo creo todavía, sin embargo es verdad. Termino por donde tú empezaste. ¿Será peor o mejor? Yo creo que es mejor.

    -¿Quieres mantener oculto el nombre de la persona?

    -Lo oculto por ahora a todos, menos a ti.

    -Es una prueba de confianza…

    Gomes sonrió.

    -No -dijo él-, es una condición sine qua non; tú, por sobre cualquier otro, debes saber quién es la elegida de mi corazón; se trata de tu hija.

    -¿Adelaida? -preguntó Vasconcelos pasmado.

    -Sí, tu hija.

    La revelación de Gomes cayó como una bomba. Vasconcelos ni de lejos sospechaba semejante cosa.

    -¿Apruebas nuestro amor? -le preguntó Gomes.

    Vasconcelos reflexionaba, y tras algunos minutos de silencio, dijo:

    -Mi corazón aprueba tu elección; eres mi amigo, estás enamorado, y si además ella te ama.

    Gomes iba a decir algo, pero Vasconcelos prosiguió, sonriendo:

    -Pero ¿y la sociedad?

    -¿Qué sociedad?

    -La sociedad que nos considera libertinos, a ti y a mí, es natural que no apruebe el apoyo que te doy.

    -Ya veo que es un rechazo -dijo Gomes entristecido.

    -¡Qué rechazo ni qué rechazo, tonto! Es una objeción que tú podrás destruir diciendo: la sociedad es una gran calumniadora y una famosa indiscreta. Mi hija es tuya con una condición.

    -¿Cuál?

    -A condición de que sea un amor recíproco. ¿Ella te quiere?

    -No sé -respondió Gomes.

    -Pero lo sospechas…

    -No lo sé; sé que la amo y daría mi vida por ella, pero ignoro si soy correspondido.

    -Lo serás… yo me encargaré de explorar el terreno. Dentro de dos días te haré conocer el resultado de mis indagaciones. ¡Quién iba a decirlo! ¡Tener que llamarte mi yerno!

    La respuesta de Gomes fue caer en sus brazos. La escena ya adquiría ribetes de comedia cuando dieron las tres de la tarde. Gomes recordó que tenía un rendez-vous con un amigo; Vasconcelos, a su vez, que tenía que escribir algunas cartas.

    Gomes se retiró sin hablar con las mujeres.

    A eso de las cuatro, Vasconcelos se disponía a salir, cuando le avisaron que había venido a visitarlo el señor José Brito.

    Al oír este nombre Vasconcelos frunció el entrecejo. Poco después entraba a su escritorio el señor José Brito.

    El señor José Brito era para Vasconcelos un verdadero fantasma, un eco del abismo, una voz de la realidad: era un acreedor.

    -No contaba hoy con su visita -dijo Vasconcelos.

    -Me sorprende -le respondió el señor José Brito, con una placidez que desconcertaba-, porque hoy es 21.

    -Creí que era 19 -balbuceó Vasconcelos.

    -Antes de ayer lo fue, en efecto; pero hoy es 21. Mire -prosiguió el acreedor tomando el Jornal do Comércio que estaba sobre una silla-, jueves 21.

    -¿Viene a buscar el dinero?

    -Aquí está su letra -dijo el señor José Brito, sacando la billetera del bolsillo y un papel de la billetera.

    -¿Por qué no vino más temprano? -preguntó Vasconcelos, tratando así de retrasar la cuestión fundamental.

    -Vine a las ocho de la mañana -respondió el acreedor-, usted estaba durmiendo; vine a las nueve, ídem; vine a las once, ídem; vine al mediodía, ídem. Quise venir a la una de la tarde, pero tenía que mandar un hombre a la cárcel y no me fue posible terminar temprano. A las tres comí algo, y a las cuatro estuve aquí.

    Vasconcelos mordisqueaba el cigarro mientras trataba de ver si se le ocurría alguna buena idea que le permitiera escapar al pago con que no había contado. No se le ocurría nada; pero el propio acreedor le ofreció una alternativa.

    -Por lo demás -dijo él-, poco importa la hora, ya que yo estaba seguro de que usted me iba a pagar.

    -Ah -dijo Vasconcelos-, creo que usted se equivoca; yo no contaba con que usted viniese hoy, y no conseguí el dinero…

    -Pero entonces, ¿qué piensa hacer? -preguntó el acreedor con ingenuidad. Vasconcelos sintió que su alma se llenaba de esperanza.

    -Nada más simple -dijo-; espere hasta mañana…

    -Mañana quisiera presenciar el embargo de un individuo al que hice procesar por una larga deuda; no puedo…

    -Perdón, pero yo podría llevarle el dinero a su casa…

    -No habría problema si los asuntos comerciales se arreglasen así. Si fuésemos dos amigos es natural que yo me contentase con su promesa, y todo terminaría mañana; pero yo soy su acreedor, y sólo me importa salvar mis intereses… Por lo tanto, creo que lo mejor será que usted me pague hoy…

    Vasconcelos se pasó la mano por los cabellos.

    -Pero ¡ya le he dicho que no tengo! -dijo él.

    -Es algo que sin duda debe resultarle muy molesto, pero que a mí no me causa la menor impresión… Aunque debiera inquietarme, ya que su situación actual es precaria.

    -¿Mi situación?

    -Así es; sus casas de la Rua da Imperatriz están hipotecadas; la de la Rua do São Pedro fue vendida, y la suma obtenida hace mucho se evaporó; sus esclavos han ido desapareciendo, uno tras otro, sin que, al parecer, usted lo haya advertido, y los gastos que hace poco tuvo usted que enfrentar para equipar la casa de una cierta dama de sociedad de reputación algo dudosa, son inmensos. Yo sé todo; sé más que usted…

    Vasconcelos estaba visiblemente aterrorizado. Lo que el acreedor decía era cierto.

    -Bueno -dijo Vasconcelos-, ¿qué propone que hagamos?

    -Una cosa simple; duplicamos la deuda, y usted me entrega ahora un depósito a cuenta.

    -¡Duplicar la deuda!, pero esto es un…

    -Es una tabla de salvación; soy moderado. Vamos, dese cuenta y acepte mi propuesta. Entrégueme el depósito y destruimos la letra.

    Vasconcelos aún quiso hacer alguna objeción; pero era imposible convencer al señor José Brito. Firmó el depósito por dieciocho contos. Cuando el acreedor se fue, Vasconcelos se puso a pensar seriamente en su vida. Hasta entonces había gastado tanto y tan ciegamente que no había advertido el abismo que él mismo fue cavando bajo sus pies. Vino, sin embargo, a prevenirlo la voz de uno de sus verdugos. Vasconcelos reflexionó, calculó, reconsideró el monto de sus gastos y obligaciones, y verificó que de la fortuna que creía poseer le quedaba en realidad menos de la cuarta parte. Para vivir como hasta allí había vivido, aquello era nada menos que la miseria. ¿Qué hacer en tal situación?

    Vasconcelos recogió su sombrero y salió. Iba cayendo la noche. Tras andar algún tiempo por las calles absorto en sus meditaciones, Vasconcelos entró en el Alcázar. Era una forma de distraerse. Allí encontraría a sus relaciones habituales. Batista vino al encuentro de su amigo.

    -¿Qué cara es ésa? -le dijo.

    -No es nada, me pisaron un callo -respondió Vasconcelos, que no encontraba mejor respuesta.

    Pero un pedicuro que se encontraba cerca de los dos oyó sus palabras y a partir de ese momento no perdió de vista al infeliz Vasconcelos, a quien cualquier insignificancia podía molestarlo. La mirada insistente del pedicuro lo turbó tanto que Vasconcelos terminó por irse de allí.

    Entró al Hotel de Milán para cenar. Por mayor que fuera su preocupación, sintió que no podía desatender las necesidades de su estómago.

    Pues bien, en mitad de la cena se acordó de aquello que en ningún momento debió haber salido de su cabeza: el pedido de casamiento que esa tarde le había hecho Gomes. Fue un rayo de luz.

    “Gomes es rico”, pensó Vasconcelos; “la forma de evitar disgustos mayores es ésta; Gomes se casa con Adelaida, y como es mi amigo no me negará nada de lo que yo necesite. Por mi parte, trataré de recuperar lo perdido… ¡Qué oportuno fue acordarme del casamiento!”

    Vasconcelos comió alegremente, volvió después al Alcázar donde algunos muchachos y otras personas le hicieron olvidar sus infortunios. A las tres de la mañana, Vasconcelos entraba a su casa con la tranquilidad y regularidad habituales.

    IV

    Al día siguiente, lo primero que hizo Vasconcelos fue consultar el corazón de Adelaida. Quería, empero, hacerlo en ausencia de Augusta. Por suerte, ésta tenía que ir a la Rua da Quitanda a ver unas telas nuevas, y salió con su cuñado, dejando a Vasconcelos en total libertad de acción.

    Como los lectores ya saben, Adelaida quería mucho a su padre, y era capaz de hacer cualquier cosa por él. Tenía, además, un excelente corazón. Vasconcelos contaba con esas dos fuerzas.

    -Ven aquí, Adelaida -dijo él entrando al salón de estar-; ¿sabes cuántos años tienes?

    -Tengo quince.

    -¿Sabes cuántos años tiene tu madre?

    -¿Tiene veintisiete, verdad?

    -Tiene treinta; vale decir que tu madre se casó a los quince años.

    Vasconcelos hizo un silencio a fin de apreciar el efecto que producían sus palabras, pero fue inútil la expectativa: Adelaida no entendió nada.

    El padre prosiguió:

    -¿No has pensado en casarte?

    La niña se sonrojó notablemente, trató de permanecer callada, pero como su padre insistiese, respondió:

    -¡Pero papá! Yo no quiero casarme…

    -¿Que no te quieres casar? ¡Eso sí que es bueno! ¿Y por qué?

    -Porque no tengo ganas, y vivo bien aquí.

    -Pero tú puedes casarte y seguir viviendo aquí…

    -Es cierto, pero no tengo ganas.

    -Vamos… Amas a alguien, confiésalo.

    -No digas eso papá… yo no amo a nadie.

    Adelaida era sincera y Vasconcelos no lo dudó.

    “Ella dice la verdad”, pensó él; “es inútil intentar por ese lado…”

    Adelaida se sentó a sus pies, y dijo:

    -Te pido, papito, que no hablemos más del asunto…

    -Hablemos, hija mía, hablemos, tú eres una niña, no sabes ser previsora. Imagínate que tu madre y yo desaparezcamos mañana. ¿Quién te ha de amparar? Sólo tu marido.

    -Pero a mí no me gusta nadie…

    -Por ahora es así; pero ya habrás de enamorarte si el novio es un apuesto muchacho, de buen corazón… Yo ya elegí uno que te ama mucho, y a quien tú seguramente llegarás a amar.

    Adelaida se estremeció.

    -¿Yo? -dijo ella-. Pero… ¿quién es?

    -Gomes.

    -Papá, yo no lo amo…

    -Eso sólo es cierto por ahora; pero no me negarás que él es digno de ser amado. Dos meses bastarán para que te enamores de él.

    Adelaida no dijo una palabra. Inclinó la cabeza y empezó a retorcer entre los dedos una de sus trenzas pobladas y negras. El pecho se le contraía y dilataba con fuerza; la niña tenía los ojos clavados en la alfombra.

    -¿Y? Estás de acuerdo, ¿verdad? -preguntó Vasconcelos.

    -Pero papá y ¿si llego a ser infeliz?…

    -Eso es imposible, hija mía, serás muy feliz, y amarás mucho a tu marido.

    -Oh, papá -le dijo Adelaida con los ojos bañados por el llanto-, te suplico que no me cases todavía…

    -Adelaida, el primer deber de una hija es obedecer a su padre, y yo soy tu padre. Quiero que te cases con Gomes; en consecuencia, te casarás con él.

    Para que estas palabras alcanzaran todo el efecto esperado, debían dar lugar a una retirada rápida. Vasconcelos lo comprendió y salió del salón dejando a Adelaida sumida en la desolación.

    Adelaida no amaba a nadie. Su rechazo no se apoyaba en la defensa de ningún otro amor; tampoco era el resultado de ninguna aversión particular hacia su pretendiente. La niña sentía, simplemente, una total indiferencia por el muchacho. En estas condiciones el casamiento no dejaba de ser una odiosa imposición.

    Pero ¿qué haría Adelaida? ¿A quién recurriría?

    Recurrió a las lágrimas.

    En cuanto a Vasconcelos, subió a su estudio y escribió las siguientes líneas a su futuro yerno:

    Todo marcha bien; te autorizo a venir para hacerle la corte a la niña; puedes empezar cuando quieras y espero que dentro de dos meses la fecha de casamiento esté fijada.

    Cerró la carta y la envió. Poco después regresaron de la calle Augusta y Lorenzo.

    Mientras Augusta subió al cuarto de la toilette para cambiarse de ropa, Lorenzo fue a ver a Adelaida, que estaba en el jardín.

    Advirtió que los ojos de ella estaban enrojecidos, y preguntó por la causa, pero la muchacha negó haber llorado.

    Lorenzo no creyó en las palabras de la sobrina, y la instó a que le dijera la verdad acerca de lo ocurrido.

    Adelaida tenía una relación extraña con su tío, debido en gran parte a esa franqueza de carácter de la que ahora mismo le daba pruebas. Al cabo de algunos minutos de resistencia, Adelaida contó a Lorenzo la charla que había tenido con su padre.

    -¿Así que por eso estás llorando, querida?

    -¿Y qué te parece? ¿Cómo haré para librarme del casamiento?

    -No te aflijas, no te casarán; yo te prometo que ese matrimonio no se realizará…

    La muchacha sintió un estremecimiento de alegría.

    -Tío, ¿me prometes que convencerás a papá?

    -Lo convenceré o lo venceré, poco importa; tú no te casarás, puedes estar segura. Tu padre es un tonto.

    Lorenzo subió al escritorio de Vasconcelos, exactamente en el momento en que éste se disponía a salir.

    -¿Sales? -le preguntó Lorenzo.

    -Así es.

    -Debo hablarte.

    Lorenzo se sentó, y Vasconcelos, que ya tenía el sombrero en la cabeza, esperó de pie que él hablase.

    -Siéntate -dijo Lorenzo.

    Vasconcelos se sentó.

    -Hace dieciséis años…

    -Empiezas yéndote muy lejos; trata de abreviar por lo menos media docena de años, sin lo cual no te prometo oír lo que vas a decirme.

    -Hace dieciséis años -prosiguió Lorenzo-, decías que acababas de encontrar un paraíso, el verdadero paraíso, y fuiste durante dos o tres años un marido ejemplar. Después cambiaste completamente; y el paraíso se hubiera convertido en un verdadero infierno si tu mujer no fuese tan indiferente y fría como es, evitando de ese modo terribles escenas domésticas.

    -Pero Lorenzo, ¿me puedes decir qué tienes tú que ver con todo eso?

    -Nada; ni de eso vengo a hablarte. Lo que me interesa es que no sacrifiques a tu hija por un capricho, entregándola a uno de tus compañeros de juerga…

    Vasconcelos se puso de pie:

    -¡Estás loco! -dijo él.

    -Te aseguro que estoy perfectamente cuerdo, y te doy el prudente consejo de que no sacrifiques una hija a un libertino.

    -Gomes no es un libertino; tuvo una vida de muchacho, es verdad, pero gusta de Adelaida, y se ha transformado completamente. Es un buen casamiento, y por eso creo que todos debemos aceptarlo. Es mi deseo y en esta casa mando yo.

    Lorenzo trató de seguir hablando, pero Vasconcelos ya se había alejado.

    “¿Qué hacer?”, pensó Lorenzo.





    continuará


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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Jue 04 Mayo 2023, 16:44

    V

    La oposición de Lorenzo no impresionaba demasiado a Vasconcelos. Él podía inculcar a su sobrina ideas de resistencia; pero Adelaida, que era un espíritu débil, cedería ante el último que hablase, y los consejos de un día serían derrotados por la imposición del día siguiente.

    No obstante, era conveniente obtener el apoyo de Augusta. Vasconcelos pensó en ocuparse de eso cuanto antes.

    Urgía, sin embargo, organizar sus negocios, y Vasconcelos buscó un abogado a quien entregó todos los papeles y la información necesaria, encargándole que lo orientase para enfrentar las necesidades que le imponía la situación, como por ejemplo lo atinente a los recursos legales a que podría apelar en caso de reclamo por deuda o hipoteca.

    Nada de esto hacía suponer, por parte de Vasconcelos, una reforma de sus costumbres. Se preparaba, apenas, para proseguir su vida anterior.

    Dos días después de la conversación con el hermano, Vasconcelos fue en busca de Augusta, para hablar francamente con ella sobre el casamiento de Adelaida.

    Ya en ese lapso, el futuro novio, siguiendo el consejo de Vasconcelos, empezó a cortejar a la muchacha. Era posible que si el casamiento no le hubiera sido impuesto, Adelaida terminase gustando del muchacho. Gomes era un hombre hermoso y elegante; y además, conocía todos los recursos a los que se debe apelar para impresionar a una mujer.

    ¿Habría Augusta advertido la asidua presencia del muchacho? Tal era la pregunta que Vasconcelos formulaba a su espíritu en el momento en que entraba al toilette de la mujer.

    -¿Vas a salir? -preguntó él.

    -No; tengo visitas.

    -¡Ah! ¿Quién?

    -La mujer de Seabra -dijo ella.

    Vasconcelos se sentó, y buscó una forma de empezar a hablar del asunto principal que allí lo había llevado.

    -¡Estás muy linda hoy!

    -¿De veras? -dijo ella sonriendo-. Sin embargo, hoy estoy como siempre; me llama la atención que me lo digas hoy…

    -No; realmente hoy estás más linda que habitualmente, a tal punto que hasta soy capaz de ponerme celoso…

    -¡Por favor! -dijo Augusta con una sonrisa irónica.

    Vasconcelos se rascó la cabeza, sacó el reloj, le dio cuerda; después empezó a acariciarse la barba, tomó una hoja de diario, leyó dos o tres avisos, arrojó la página al suelo, y por fin, al cabo de un silencio ya demasiado prolongado, Vasconcelos creyó mejor atacar la cuestión de frente.

    -He estado pensando mucho en Adelaida últimamente -dijo él.

    -¡Ajá!, ¿por qué?

    -Ya es grande…

    -¡Grande! -exclamó Augusta-, es una niña…

    -Ya es mayor de lo que tú eras cuando te casaste…

    Augusta arrugó ligeramente la frente.

    -Sí… ¿y entonces qué?

    -Bueno, yo quisiera hacerla feliz y feliz a través del casamiento. Un muchacho digno de ella en todos los órdenes, me la pidió hace días, y yo le dije que sí. Sabiendo de quién se trata, aprobarás mi elección; me refiero a Gomes. ¿Te parece bien?

    -¡No! -respondió Augusta.

    -¿Cómo no?

    -Adelaida es una niña; no tiene ni la madurez ni la edad adecuada para casarse… Lo hará en su debido momento.

    -¿En su debido momento? ¿Tú crees que el novio esperará ese momento impreciso?

    -Si no espera, paciencia -dijo Augusta.

    -¿Tienes alguna objeción que hacerle a Gomes?

    -Ninguna. Es un muchacho distinguido; pero no le conviene a Adelaida.

    Vasconcelos no estaba seguro si le convenía seguir insistiendo; le parecía que nada habría de lograr; pero el recuerdo de la fortuna le dio fuerzas para proseguir, y entonces él preguntó:

    -¿Por qué?

    -¿Estás seguro que es el hombre que le conviene a Adelaida? -inquirió Augusta, eludiendo la pregunta del marido.

    -Digo que sí.

    -Le convenga o no, nuestra niña no debe casarse todavía.

    -¿Y si ella lo amase?…

    -¿Qué importa? ¡Igual debería esperar!

    -Sin embargo, Augusta, no podemos prescindir de este casamiento… Es una necesidad fatal.

    -¿Fatal? No comprendo…

    -Me explicaré. Gomes tiene una buena fortuna.

    -También nosotros tenemos una…

    -Ahí te equivocas -interrumpió Vasconcelos.

    -¿Qué quieres decir?

    Vasconcelos prosiguió:

    -Más tarde o más temprano tenías que llegar a saberlo, y yo me alegro de que haya surgido la oportunidad de decirte toda la verdad. La verdad es que si no estamos pobres, estamos arruinados.

    Augusta oyó estas palabras con los ojos desorbitados por el espanto. Cuando él terminó, dijo:

    -¡No es posible!

    -¡Desgraciadamente es verdad!

    Hubo un momento de silencio.

    “Todo está arreglado”, pensó Vasconcelos.

    Augusta rompió el silencio.

    -Pero -dijo ella-, si nuestra fortuna está menguada, creo que debieras estar haciendo algo más útil que conversar; debieras estar reconstruyéndola.

    Vasconcelos hizo con la cabeza un movimiento de asombro, y como si ese ademán fuese una pregunta, Augusta se apresuró a responder:

    -No te sorprendas; creo, sinceramente, que tu deber es reconstruir nuestra fortuna.

    -No es eso lo que sorprende; me sorprende que me lo recuerdes de esa manera. Se diría que la culpa es mía…

    -¡Bien! -dijo Augusta-, ahora vas a decir que la culpable soy yo…

    -La culpa, si es que de culpa se trata, la tenemos ambos.

    -¿Por qué? ¿Qué he hecho yo?

    -Tus gastos enloquecidos contribuyeron en gran parte a llegar a donde llegamos; yo nada te negué ni nada te niego, y ésa es mi culpa. Si ésa es la afrenta que me echas en cara, la acepto.

    Augusta se encogió de hombros con un gesto de despecho; y le dirigió a Vasconcelos una mirada de tamaño desdén que bastaría para iniciar un juicio de divorcio.

    Vasconcelos percibió tanto el gesto como la mirada.

    -El amor al lujo y lo superfluo -dijo él- siempre producirá estas consecuencias. Son terribles, pero explicables. Para conjurarlas es necesario vivir con moderación. Nunca pensaste en eso. Al cabo de seis meses de casados, empezaste a vivir en el torbellino de la moda, y el pequeño arroyo de los gastos se convirtió en un río inmenso de desperdicios. ¿Sabes lo que me dijo una vez mi hermano? Me dijo que la idea de mandar a Adelaida al campo te fue sugerida por la necesidad de vivir sin ningún tipo de ataduras.

    Augusta se había incorporado y dio algunos pasos; estaba temblorosa y pálida.

    Vasconcelos proseguía con sus recriminaciones, cuando la mujer lo interrumpió diciendo:

    -Pero ¿por qué motivo no evitaste esos gastos que yo hacía?

    -No quería perturbar la paz doméstica.

    -¡No! -clamó ella-; lo que tú querías, por tu parte, era tener una vida libre e independiente; al ver que yo me entregaba a tanto derroche, imaginaste que podías comprar con tu tolerancia mi tolerancia. Ese es el verdadero motivo; tu vida no será igual a la mía, pero es peor… Si yo gastaba mucho en casa, tú te dedicabas a derrochar en la calle… Es inútil que lo niegues, porque yo lo sé todo; conozco, de nombre, a todas las rivales que sucesivamente me diste, y nunca te dije una única palabra, ni ahora te censuro, porque sería inútil y tarde.

    La situación había cambiado. Vasconcelos había empezado constituyéndose en juez y pasaba a la condición de reo también él. Negar era imposible; discutir era arriesgado e inútil. Optó por los sofismas.

    -Si así fuera (y yo no discuto ese punto), en todo caso la culpa de ello sería mutua, y no encuentro razón para que me la arrojes en la cara. Debo reconstituir nuestra fortuna, de acuerdo; hay un medio, y es éste: el casamiento de Adelaida con Gomes.

    -¡No! -dijo Augusta.

    -Bien; seremos pobres, llegaremos a estar peor de lo que estamos ahora; venderemos todo…

    -Perdón -dijo Augusta-, yo no sé por qué razón no has de ser tú, que eres fuerte y tienes la responsabilidad mayor en el desastre, quien consagre su empeño en reconstituir la fortuna destruida.

    -Es un largo trabajo; y de aquí hasta entonces la vida prosigue y se consume. El medio más adecuado, ya te lo dije, es éste: casar a Adelaida con Gomes.

    -¡No quiero! -dijo Augusta-, no consiento en semejante casamiento.

    Vasconcelos iba a responder, pero Augusta, tras proferir estas palabras, salió precipitadamente de la habitación.

    Vasconcelos hizo lo mismo unos minutos después.

    VI

    Lorenzo no se enteró de la discusión habida entre su hermano y la cuñada, y después del empecinamiento de Vasconcelos decidió no decir nada más; mientras tanto, como quería mucho a la sobrina, y no deseaba verla entregada a un hombre de costumbres que él reprobaba, resolvió esperar que la situación tomase un carácter más definido para asumir un papel más activo.

    Pero, a fin de no perder tiempo, y poder contar con algún argumento de peso, Lorenzo se dispuso a iniciar una investigación minuciosa mediante la cual pudiese recoger informaciones precisas sobre Gomes.

    Éste consideraba que el casamiento era algo decidido, y no perdía un solo minuto en su afán de conquista de Adelaida.

    Notó, sin embargo, que Augusta se iba volviendo más fría e indiferente, sin que él fuese capaz de explicarse el motivo de semejante actitud; así fue como se adueñó de su espíritu la sospecha de que pudiera surgir de ella alguna oposición.

    En lo que atañe a Vasconcelos, desalentado por la escena del toilette, esperó mejores días, y contó sobre todo con el imperio de la necesidad.

    Un día, sin embargo, exactamente cuarenta y ocho horas después de la gran discusión con Augusta, Vasconcelos se formuló esta pregunta: “Augusta rechaza la propuesta de ofrecer la mano de nuestra hija a Gomes, ¿por qué?”

    De pregunta en pregunta, de deducción en deducción, se abrió en el espíritu de Vasconcelos campo para una sospecha dolorosa.

    “¿Lo amará?”, se preguntó él.

    Después, como si el abismo atrajese al abismo, y una sospecha se hilvanase a otra, Vasconcelos se preguntó:

    “¿Habrán sido amantes durante algún tiempo?”

    Por primera vez, Vasconcelos sintió que la serpiente de los celos mordía su corazón.

    De los celos, digo yo, por usar un eufemismo; no sé si aquello eran celos; tal vez fuera amor propio herido.

    ¿Serían fundadas las sospechas de Vasconcelos?

    Debo decir la verdad: no lo eran. Augusta era vanidosa, pero era fiel a su infiel marido; y eso por dos motivos: uno por conciencia, otro por temperamento. Aun cuando ella no estuviese convencida de sus deberes de esposa, lo cierto es que nunca había traicionado el juramento conyugal. No estaba hecha para las pasiones, a no ser las pasiones ridículas que impone la vanidad. Ella amaba, por sobre todo, su propia belleza; su mejor amigo era aquel que le dijera que ella era la más hermosa de las mujeres; pero si le daba su amistad, no le entregaba, en cambio, su corazón; eso la salvaba.

    La verdad es ésta, pero ¿quién se la diría a Vasconcelos? Una vez que sospechó que su honor pudiese haber sido afectado, Vasconcelos empezó a recapitular toda su vida. Gomes frecuentaba su casa desde hacía seis años, y tenía en ella plena libertad. La traición era fácil. Vasconcelos empezó a recordar las palabras, los gestos, las miradas, todo lo que hasta entonces le había resultado indiferente, y que en aquel momento tomaba un carácter sospechoso.

    Dos días anduvo Vasconcelos entregado a estos pensamientos. No salía de su casa. Cuando Gomes llegaba, Vasconcelos observaba a su mujer con desusada persistencia; la misma frialdad con que ella recibía al muchacho era, a los ojos del marido, una prueba del delito.

    Estaba en esto, cuando en la mañana del tercer día (Vasconcelos ya se levantaba temprano) entró Lorenzo a su escritorio, siempre con el aire salvaje de costumbre.

    La presencia de su hermano despertó en Vasconcelos el deseo de contarle todo.

    Lorenzo era un hombre sensato, y en caso de necesidad era un punto de apoyo.

    El hermano oyó todo cuanto él le contó, y al haber terminado éste de hablar, rompió su silencio con éstas palabras:

    -Todo eso es una tontería; si tu mujer rechaza el casamiento será por algún otro motivo; cualquiera menos ese.

    -Pero es al casamiento con Gomes a lo que ella se opone.

    -Claro, porque le hablaste de Gomes; háblale de otro y ya verás que reacciona de igual modo. Debe haber otro motivo; tal vez Adelaida me lo cuente, tal vez ella le haya pedido a su madre que se opusiera, porque tu hija no ama al muchacho, y siendo así no se puede casar con él.

    -No, se casará.

    -No sólo por eso, sino que además…

    -¿Además qué?

    -Sino que además este casamiento es una especulación de Gomes.

    -¿Una especulación? -preguntó Vasconcelos.

    -Igual a la tuya -dijo Lorenzo-. Tú le entregas a tu hija con los ojos puestos en su fortuna; él acepta con sus ojos puestos en la tuya…

    -Pero él tiene…

    -No tiene nada; está arruinado como tú. Estuve haciendo averiguaciones y supe la verdad. Quiere naturalmente proseguir con la misma vida disipada que tuvo hasta hoy, y tu fortuna es un medio…

    -¿Estás seguro?

    -¡Segurísimo!…

    Vasconcelos se sintió aterrorizado. En medio de tantas sospechas, le quedaba todavía la esperanza de ver su honor a salvo, y realizado el negocio que le daría una excelente situación.

    Pero la revelación de Lorenzo lo mató.

    -Si quieres una prueba, manda a llamarlo y dile que estás en la ruina, y que por eso te niegas a entregarle a tu hija; obsérvalo bien, y verás el efecto que tus palabras habrán de producir en él.

    No fue necesario que mandara llamar al pretendiente. Una hora después él solo se presentó en casa de Vasconcelos.

    Vasconcelos ordenó que se le hiciera subir a su escritorio.

    VI

    Tras los primeros saludos, Vasconcelos dijo:

    -Iba a hacerte avisar que vinieras.

    -¿Ah, sí? ¿Por qué? -preguntó Gomes.

    -Para que conversáramos sobre el… casamiento.

    -¿Qué pasa? ¿Hay algún problema?

    -Siéntate y hablaremos.

    La expresión de Gomes se volvió sombría; presintió alguna dificultad grande. Vasconcelos tomó la palabra:

    -Hay circunstancias que deben quedar bien claras, para que podamos comprendernos bien…

    -Claro, estoy de acuerdo…

    -¿Amas a mi hija?

    -¿Cuántas veces quieres que te lo repita?

    -¿Tu amor está por sobre todas las circunstancias?

    -Absolutamente, salvo aquellas que comprometan la felicidad de Adelaida.

    -Debemos ser francos; además del amigo que siempre fuiste, eres ahora casi mi hijo… La discreción entre nosotros sería indiscreta…

    -¡Sin duda! -respondió Gomes.

    -Acabo de enterarme que mis negocios andan muy mal; los gastos que hice alteran profundamente la economía de mi vida, de modo que no te miento diciéndote que estoy en la ruina.

    Gomes reprimió una mueca.

    -Adelaida -prosiguió Vasconcelos-, no tiene fortuna, ni siquiera tendrá dote; es apenas una mujer lo que te doy. Lo que te aseguro es que te llevas un ángel, y que ha de ser una excelente esposa.

    Vasconcelos se calló, y su mirada clavada en el muchacho parecía querer arrancarle de las facciones las impresiones de su alma.

    Gomes debía responder; pero durante algunos minutos hubo entre ambos un profundo silencio.

    Por fin el pretendiente tomó la palabra.

    -Aprecio -dijo él- tu franqueza, y con igual franqueza te hablaré.

    -No pido otra cosa…

    -No fue ciertamente el dinero quien me inspiró este amor; creo que tendrás a bien reconocer que mis propósitos y sentimientos están por sobre semejantes consideraciones. Por lo demás, el día que te pedí la mano de la querida de mi corazón, yo creía ser rico.

    -¿Creías?

    -Óyeme. Recién ayer mi procurador me comunicó el estado de mis negocios.

    -¿Es malo?

    -Ojalá que no fuera más que eso. Imagínate que hace seis meses que vivo gracias a los esfuerzos inauditos que realizó mi procurador para conseguirme algún dinero, ya que no se sentía con fuerzas como para decirme la verdad. ¡Ayer supe todo!

    -¡No me digas!

    -¡Puedes imaginarte hasta qué punto llega la desesperación de un hombre que cree estar bien, y un buen día reconoce que no tiene un centavo!

    -Me doy perfecta cuenta por lo que ha ocurrido conmigo.

    -Llegué alegre aquí, porque la alegría que aún me resta proviene de esta casa; pero lo cierto es que estoy al borde de un abismo. La suerte nos castigó simultáneamente…

    Después de este relato, que Vasconcelos oyó sin pestañear, Gomes se concentró en el punto más difícil de la cuestión.

    -Agradezco tu franqueza, y acepto a tu hija sin fortuna; tampoco yo la tengo, pero aún me restan fuerzas para trabajar.

    -¿La aceptas?

    -Escúchame. Acepto a Adelaida con una condición; que ella quiera esperar algún tiempo, a fin de que yo rehaga mi vida. Tengo la intención de dirigirme al gobierno y solicitar algún cargo, creo que todavía recuerdo algo de lo que aprendí en la escuela… Apenas esté en condiciones, vendré por ella. ¿Te parece bien?

    -Si ella está de acuerdo, no tengo nada que objetar -dijo Vasconcelos aferrándose a esa última tabla de salvación.

    Gomes prosiguió:

    -Bien; háblale de esto mañana y hazme saber la respuesta. ¡Ah, si yo tuviere aún mi fortuna! ¡Ésta hubiera sido la circunstancia ideal para probarte mi afecto!

    -Bueno, estamos de acuerdo.

    -Espero tu respuesta.

    Y se despidieron.

    Vasconcelos se quedó sumido en esta reflexión:

    “De todo lo que dijo lo único que me parece cierto es que no tiene nada. No hay nada que esperar: no hay que pedirle peras al olmo”.

    Gomes, por su parte, bajó la escalera diciéndose a sí mismo:

    “Lo que me parece notable es que estando en la ruina me lo haya dicho así, justamente cuando mi propia fortuna está perdida. Me esperarás inútilmente: dos mitades de caballo no forman un caballo.”

    Vasconcelos bajó.

    Tenía la intención de comunicarle a Augusta el resultado de la conversación que sostuviera con el pretendiente de su hija. Una cosa, sin embargo, se lo impedía: era el empecinamiento con que Augusta se había opuesto al casamiento de Adelaida, sin dar ninguna explicación del rechazo.

    En eso estaba pensando cuando, al pasar frente a la sala de visitas, oyó voces que provenían de allí. Augusta y Carlota conversaban.

    Iba a entrar cuando estas palabras llegaron a sus oídos:

    -Pero Adelaida es muy niña.

    Era la voz de Augusta.

    -¡Qué va a ser muy niña! -exclamó Carlota.

    -Exactamente, yo creo que no tiene edad para casarse.

    -Yo, en tu lugar, no pondría trabas al casamiento, aun cuando se realizase sólo dentro de unos meses, porque Gomes me parece un excelente muchacho…

    -Puede ser; de todas maneras no quiero que Adelaida se case.

    Vasconcelos pegó el oído a la cerradura, pues no quería perderse una sola palabra del diálogo.

    -Lo que no entiendo -dijo Carlota-, es tu obstinación. Más tarde o más temprano, Adelaida terminará por casarse.

    -¡Dios quiera que sea lo más tarde posible! -dijo Augusta.

    Hubo un silencio.

    Vasconcelos empezó a impacientarse.

    -¡Ah! -prosiguió Augusta-, si supieses el terror que me produce la idea del casamiento de Adelaida…

    -¿Por qué? No entiendo…

    -¿No te das cuenta, Carlota?, tú piensas en todo menos en una cosa. ¡El terror me lo inspiran sus hijos, que serán mis nietos! La idea de ser abuela es horrible, Carlota.

    Vasconcelos respiró aliviado, y abrió la puerta.

    -¡Ah, eres tú! -dijo Augusta.

    Vasconcelos saludó a Carlota, y apenas ésta se hubo retirado, se volvió hacia su mujer y dijo:

    -Escuché lo que estuviste hablando con esa señora…

    -No era ningún secreto, pero ¿qué oíste?…

    Vasconcelos respondió sonriendo:

    -Pude enterarme de la causa de tus terrores. No me imaginé nunca que el amor a la propia belleza pudiese llevar a semejante egoísmo. El casamiento con Gomes no se realizará; pero si Adelaida llega a enamorarse de alguien no sé cómo le negaremos nuestro consentimiento…

    -Bueno… ya veremos -respondió Augusta.

    Llegados a este punto dejaron de hablar. No era mucho más lo que tenían para decirse aquellos dos consortes que vivían tan distanciados; uno entregado a los placeres ruidosos de la juventud, la otra absorta en un exclusivo interés por sí misma.

    Al día siguiente Gomes recibió una carta de Vasconcelos redactada en éstos términos:

    Querido Gomes:

    Ha ocurrido algo inesperado: Adelaida no se quiere casar. Inútilmente empleé mi lógica; no pude convencerla.

    Tuyo, Vasconcelos

    Gomes dobló la carta y prendió con ella un cigarro; luego se puso a fumar haciendo esta profunda reflexión:

    “¿Dónde encontraré yo una heredera que me quiera por marido?”

    Si alguien lo sabe, tenga a bien avisarle. Después de lo que acabamos de contar, Vasconcelos y Gomes se encuentran a veces en la calle o en el Alcázar; charlan, fuman, caminan tomados del brazo, exactamente como dos amigos, cosa que nunca fueron, o como dos canallas, cosa que sí son.



    FIN

    “O Segredo de Augusta”,
    Jornal das Famílias, 1868




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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Sáb 06 Mayo 2023, 15:31

    Ideas del canario


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis


    Un hombre dedicado a los estudios de ornitología, llamado Macedo, contó a un grupo de amigos un suceso tan extraordinario que nadie le creyó. Algunos llegan a suponer que Macedo perdió el juicio. He aquí el resumen del relato.

    A principios del mes pasado —dijo él—, yendo por una calle, pasó un tílburi. A toda carrera que casi me arrojó al suelo. Pude eludir la embestida saltando al interior de una tienda de baratillos. Ni el estrépito del caballo y del vehículo, ni mi entrada intempestiva hicieron que el dueño del local se incorporara: siguió durmiendo, allá en el fondo, cabeceando en una silla plegable. Era un guiñapo de hombre, barba de color paja sucia, la cabeza encasquetada en un gorro deshilachado, que probablemente no había encontrado comprador. No se adivinaba en él ninguna historia; sí se podía, en cambio, presumir la de algunos de los objetos que vendía; tampoco se sentía en él la tristeza austera y desengañada de las vidas que fueron vidas.

    El local era oscuro, abarrotado de cosas viejas, retorcidas, rotas, ajadas, oxidadas como las que suelen encontrarse en tiendas de ese tipo, todo en ese semidesorden propio de un negocio de compraventa. Semejante hibridez era, en su innegable banalidad, interesante. Ollas sin tapa, tapas sin olla, cotones, zapatos, cerraduras, una pollera negra, sombreros de paja y de felpa, marcos, largavistas, sacones, un florete, un perro embalsamado, un par de chinelas, guantes, macetas, charreteras, una bolsa de terciopelo, dos perchas, una ballesta de bodoque, un termómetro, sillas, una litografía del finado Sisson, un juego de chaquete, dos máscaras de alambre para el próximo carnaval, todo eso y el resto que no vi o no recuerdo, colgado o expuesto en cajas de cristal, igualmente viejas. Allí dentro había más cosas y en cantidad, y con el mismo aspecto, predominando los objetos grandes, cómodas, sillas, camas, unos sobre otros, perdidos en la oscuridad.

    Estaba por salir, cuando vi una jaula colgada de la puerta. Aunque era tan vieja como el resto, faltaba, para que tuviese el mismo aspecto desolador de todo lo demás, que estuviese vacía. No estaba vacía. Dentro de ella saltaba un canario. El color, la vivacidad y la gracia del pajarito infundían a aquel montón de destrozos una nota de vida y de juventud. Era el último pasajero de algún naufragio, que allí había ido a parar íntegro y alegre como antes de la catástrofe. Apenas lo miré, empezó a saltar hacia abajo y hacia arriba, de varilla en varilla, como si quisiera decir que en medio de aquel cementerio resplandecía un rayo de sol. No atribuyo esta imagen al canario, sino porque me dirijo a gente proclive a la retórica; a decir verdad, él no pensó ni en el cementerio ni en el sol, según me confesó después. Yo, subyugado por el placer que me produjo aquel paisaje, me sentí indignado con el destino del pájaro, y murmuré por lo bajo palabras de amargura.

    —¿Quién sería el dueño execrable de este animalillo, que tuvo el coraje de deshacerse de él por algunas monedas? ¿Qué mano indiferente, no queriendo retener a ese compañero del dueño difunto, lo dio de regalo a algún pequeño, que lo vendió para poder comprar golosinas?

    Y el canario, deteniéndose en la varilla, trinó lo siguiente:

    —Seas tú quien fueres, ciertamente no estás en tu sano juicio. No tuve un dueño execrable, ni fui entregado a ningún niño que me vendiese. Solo una imaginación enferma puede ser capaz de tales conjeturas; ve a tratarte, amigo…

    —¿Cómo? —lo interrumpí yo, sin tiempo para asombrarme—. ¿Pretendes hacerme creer que tu dueño no te vendió a esta casa? ¿No fue la miseria o la indolencia quien te trajo a este cementerio como un rayo de sol?

    —No sé que quiere decir sol o cementerio. Si los canarios que has visto suelen usar el primero de esos nombres, tanto mejor, porque es lindo, pero presumo que te confundes.

    —Perdón, pero tú no estás aquí por propia iniciativa; alguien debió traerte, salvo que tu dueño haya sido desde siempre el hombre que está allí sentado.

    —¿Dueño? El hombre que está allí sentado es mi criado, me da agua y comida todos los días. Con tal regularidad que yo, si tuviese que pagarle sus servicios, debiera contar con mucho; pero los canarios no pagan a sus criados. En verdad, si el mundo es propiedad de los canarios, sería extravagante que ellos pagasen por lo que hay en él.

    Pasmado por las respuestas, no sabía qué admirar más, si el lenguaje o las ideas. El lenguaje, aunque me parecía humano, salía del ave en trinos graciosos. Miré a mi alrededor, para cerciorarme de que estaba despierto; la calle era la misma, el local era el mismo sitio oscuro, triste y húmedo. El canario, moviéndose de un lado a otro, esperaba que yo le hablase. Le pregunté entonces si tenía nostalgia del espacio azul e infinito…

    —Pero, mi querido amigo, —trinó el canario—, ¿qué quiere decir espacio azul e infinito?

    —Perdóname, pero… ¿qué piensas de este mundo? ¿Qué es el mundo?

    —El mundo —retrucó el canario con aire profesoral—, el mundo es una tienda de baratillos, con una pequeña jaula de tacuara cuadrada que cuelga de un clavo; el canario es el señor de la jaula que habita y del negocio que la rodea. Todo lo demás es ilusión y mentira.

    En eso estábamos cuando el viejo se despertó y se acercó a mí arrastrando los pies. Me preguntó si quería comprar el canario. Indagué si lo había adquirido como el resto de los objetos que vendía, y supe que sí, que lo comprara a un peluquero, junto con una colección de navajas.

    —Las navajas están en muy buen estado —concluyó él.

    —Lo que quiero es el canario.

    Le pagué lo que quería. Mandé a comprar una jaula más amplia, circular, de madera y alambre, pintada de blanco y ordené que la ubicasen en el balcón de mi casa, de dónde el pajarito podía ver el jardín, la fuente y un poco de cielo azul.

    Yo tenía la intención de realizar un largo estudio del fenómeno, sin decir nada a nadie, hasta poder asombrar al siglo con mi extraordinario descubrimiento. Empecé por alfabetizar la lengua del canario, por estudiar su estructura, las relaciones con la música, los sentimientos estéticos del ave, sus ideas y reminiscencias. Tras este análisis filológico y psicológico, me introduje decididamente en la historia de los canarios, su origen, los primeros siglos, geología y flora de las islas Canarias; traté de saber si se trataba de un pájaro con sentido de la orientación marítima, etcétera. Conversábamos largas horas; mientras yo tomaba mis apuntes, él esperaba, saltando de aquí para allá, trinando.

    No teniendo más familia que dos criados, les ordenaba que no me interrumpiesen, ni siquiera cuando el motivo fuese una carta o un telegrama urgente, o alguna visita de importancia. Dado que ambos estaban al par de mis ocupaciones científicas, la orden les pareció natural, y no sospecharon que el canario y yo nos entendíamos.

    Demás está decir que dormía poco, me despertaba dos o tres veces en la noche, deambulaba, me sentía afiebrado. Finalmente, retornaba al trabajo, para releer, agregar, corregir. Rectifiqué más de una observación, ya sea porque la entendí mal, o porque él no me la había expresado con claridad. La definición del mundo fue una de ellas. Tres semanas después de la entrada del canario a mi casa, le pedí que me repitiese esa definición.

    —El mundo —respondió él—, es un jardín muy basto con una fuente en el medio, flores y arbustos, algo de césped, aire claro y un poco de azul en lo alto; el canario, dueño del mundo, habita en una jaula amplia, blanca y circular, de donde contempla cuanto lo rodea. Todo lo demás es ilusión y mentira.

    El lenguaje también sufrió algunas rectificaciones, y a ciertas conclusiones, que al principio me habían parecido simples, luego las vi como temerarias. Aún no podía escribir la monografía que habría de enviar al Museo Nacional, al Instituto Histórico y a las universidades alemanas, no porque me faltase información, sino porque deseaba, ante todo, acumular las observaciones necesarias y ratificarlas. En los últimos días, no salía de casa, no contestaba las cartas, no quise saber nada de amigos ni de parientes. Todo yo era un canario. De mañana, uno de los criados tenía a su cargo limpiar la jaula y ponerle agua y comida. El pajarito no le decía nada, como si supiese que a aquel hombre le faltaba formación científica. La atención que, por lo demás, le concedía el sirviente, era absolutamente sumaria: él no amaba a los pájaros.

    Un sábado amanecí enfermo, la cabeza y la columna me dolían. El médico ordenó reposo total; estaba agotado por el exceso de estudio, no debía leer ni pensar; ni siquiera debía enterarme de lo que ocurría en la ciudad y en el mundo. Así estuve cinco días; al sexto me levanté y solo entonces supe que el canario, mientras el criado se ocupaba de él, había huido de la jaula. Lo primero que sentí fueron ganas de estrangular al criado; la indignación me sofocó, caí en la silla, mudo, alelado. El culpable se defendió, juró haber tomado todos los recaudos, el pajarito había logrado huir gracias a su astucia…

    —¿Pero no lo buscaron?

    —Sí, señor; al principio se trepó al tejado, yo lo seguí, el huyó, fue hacia un árbol, después se escondió no sé dónde. Desde ayer no hago más que averiguar, pregunté a los vecinos, a los jardineros de las quintas cercanas, nadie sabe nada.

    Sufrí mucho; felizmente el agotamiento estaba superado, y luego de algunas horas pude salir al balcón y al jardín. Ni rastros del canario. Pregunté, corrí de aquí para allá, pedí que me informaran y nada. Ya había organizado las notas para redactar la monografía, que de todas maneras quedaría truncada e incompleta, cuando fui a visitar a un amigo, dueño de una de las quintas más hermosas y grandes de los alrededores. Paseábamos por ella antes de cenar, cuando oí trinar esta pregunta:

    —Hola, señor Macedo ¿por dónde andaba que hace tanto que no lo veo?

    Era el canario; estaba en la rama de un árbol. Pueden imaginarse cómo me quedé, y lo que le dije. Mi amigo creyó que yo estaba loco; ¿pero qué me importaba lo que podía pensar? Le hablé al canario con ternura, le pedí que prosiguiéramos nuestra conversación, en nuestro tan querido mundo, compuesto por un jardín y una fuente, un balcón y una jaula blanca y circular…

    —¿Qué jardín? ¿Qué fuente?

    —Nuestro mundo, mi querido pajarito.

    —¿Qué mundo? Tú no pierdes tus malas costumbres de profesor. El mundo —concluyó solemnemente—, es un espacio infinito y azul, con un sol en lo alto.

    Indignado, le respondí que, si tuviese que creerle, el mundo podía ser cualquier cosa; hasta una tienda de baratillos…

    —¿Una tienda de baratillos? —trinó él a pulmón pleno—. ¿Es que acaso existen las tiendas de baratillos?

    *FIN*

    “Idéias de canário”,
    Gazeta de Notícias, 1895





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    Mensaje por Maria Lua Dom 07 Mayo 2023, 19:37

    La causa secreta


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis


    García, de pie, miraba y hacía crujir sus dedos; Fortunato, en la mecedora, miraba el techo; María Luisa, junto a la ventana, concluía un trabajo de aguja. Hacía cinco minutos que ninguno de ellos decía nada. Habían hablado del día, que fue excelente, de Catumbi, donde residía el matrimonio Fortunato, y de un sanatorio sobre el que ya volveremos. Como los tres personajes allí presentes están ahora muertos y enterrados, ya es tiempo de contar la historia sin remilgos.

    Habían hablado también de otra cosa, además de aquellas tres, cosa tan fea y grave, que no les dejó muchas ganas de charlar sobre el día, el barrio y el sanatorio. Toda la conversación a ese respecto fue tensa. Ahora mismo, los dedos de María Luisa se ven temblorosos, mientras que en el rostro de García hay una expresión de severidad, que no es habitual en él. En verdad, lo que ocurrió fue de tal naturaleza, que para hacerlo comprensible es preciso remontarse al origen de la situación.

    García se había doctorado en medicina, el año anterior, 1861. En 1860, estando aún en la facultad, se encontró con Fortunato por primera vez, en la puerta de la Santa Casa; entraba cuando el otro salía. Le impresionó la figura; pero aun así la habría olvidado de no haberse producido un segundo encuentro, pocos días después. Vivía en Rua de Dom Manuel. Una de sus escasas distracciones consistía en ir al Teatro de São Januário, que quedaba cerca, entre esa calle y la playa; iba una o dos veces por mes, y nunca encontraba más de cuarenta personas. Sólo los más intrépidos osaban extender sus pasos hasta aquel rincón de la ciudad. Una noche, estando ya acomodado en su butaca, apareció allí Fortunato y se sentó junto a él.

    La pieza era un dramón, cosido a cuchilladas, erizado de imprecaciones y remordimientos; pero Fortunato lo escuchaba con singular interés. En las escenas dolorosas, su atención se redoblaba, sus ojos iban ávidamente de un personaje a otro, a tal punto que el estudiante sospechó que en la pieza había reminiscencias personales del vecino. A continuación del drama, venía una farsa; pero Fortunato no esperó por ella y salió; García salió tras él. Fortunato fue por el Beco do Cotovelo, Rua de São José, hasta el Largo da Carioca. Iba despacio, cabizbajo, deteniéndose a veces, para descargar un bastonazo en algún perro que dormía; el perro se quedaba aullando y él proseguía su camino. En el Largo da Carioca subió a un tílburi, y se fue hacia los lados de la Praça da Constituçao. García regresó a su casa sin saber nada más.

    Pasaron algunas semanas. Una noche, a las nueve, estaba en su habitación cuando oyó rumor de voces en la escalera; bajó en seguida de la buhardilla donde vivía, al primer piso, donde residía un funcionario del arsenal de guerra. Algunos hombres lo conducían, escaleras arriba, ensangrentado. El negro que lo servía acudió a abrir la puerta; el hombre gemía, las voces eran confusas, la luz escasa. Una vez que lo acostaron en la cama, García dijo que era necesario llamar a un médico.

    -Ahí viene uno -dijo alguien.

    García miró al recién llegado: era el mismo hombre de la Santa Casa y del teatro. Supuso que sería pariente o amigo del herido; pero rechazó la suposición, cuando oyó que le preguntaba si tenía familiares o algún allegado. El negro le dijo que no, y él asumió la responsabilidad de la atención, les pidió a las personas extrañas que se retirasen, dio una propina a quienes cargaron con el herido, y formuló las primeras órdenes. Sabiendo que García era vecino y estudiante de medicina, le pidió que se quedara para ayudar al médico. En seguida le contó lo que había pasado.

    -Fue una pandilla de ladrones. Yo venía del cuartel de Moura, adonde fui a visitar a un primo, cuando oí un tumulto muy grande, y de inmediato vi una aglomeración. Parece que ellos hirieron también a un sujeto que pasaba por allí, y que se metió por uno de aquellos callejones; pero yo sólo vi a este señor, que había cruzado la calle en el momento en que uno de los ladrones, abalanzándose sobre él, le hundió el puñal. No cayó enseguida; alcanzó a decir dónde vivía, y como era a dos pasos, me pareció mejor traerlo.

    -¿Usted ya lo conocía? -preguntó García.

    -No, nunca lo vi. ¿Quién es?

    -Es un buen hombre, funcionario del arsenal de guerra. Se llama Gouveia.

    -No sé quién es.

    Un médico y un subcomisario de la policía llegaron poco después; se hizo la curación y se tomaron las declaraciones. El desconocido dijo llamarse Fortunato Gomes da Silveira, vivir en la capital, ser soltero y residente en Catumbi. La herida fue diagnosticada como grave. Durante la curación, auxiliado por el estudiante, Fortunato actuó como ayudante, sosteniendo la palangana, la vela, las vendas, sin inmiscuirse en nada, mirando fríamente al herido que gemía mucho. Por fin habló en un aparte con el médico, lo acompañó hasta el rellano de la escalera, y le reiteró al subcomisario que podía contar con él cuando lo deseara para las investigaciones policiales. Los dos se fueron; el estudiante y él permanecieron en la habitación.

    García estaba atónito. Lo miró, lo vio sentarse tranquilamente, estirar las piernas, hundir las manos en los bolsillos, y fijar la mirada en el herido. Los ojos eran claros, color de plomo, se movían despacio, y tenían una expresión dura, seca y fría. Cara delgada y pálida; un hilo de barba que pasaba por debajo del mentón, y se extendía de una sien a otra, corto y rojizo. Tenía cuarenta años. De vez en cuando se volvía hacia el estudiante, y le preguntaba una que otra cosa acerca del herido; pero en seguida apartaba la mirada, mientras el muchacho le daba la respuesta. La sensación que tenía el estudiante era de repulsión al mismo tiempo que de curiosidad; no podía negar que estaba presenciando un acto de rara dedicación, y si era desinteresado como parecía, no había otra cosa que hacer que aceptar que el corazón humano era un pozo de misterios.

    Fortunato salió poco antes de una hora; volvió en los días siguientes, pero el restablecimiento se produjo rápidamente y, antes de que concluyese, desapareció sin decirle al convaleciente dónde vivía. Fue el estudiante quien le dio las indicaciones del nombre, calle y número.

    -Voy a agradecerle la ayuda que me dio, apenas pueda salir -dijo el convaleciente.

    Corrió a Catumbi seis día después. Fortunato lo recibió contrariado, oyó impaciente las palabras de agradecimiento, le dio una respuesta tediosa y terminó golpeando los faldones del saco en las rodillas. Gouveia, frente a él, sentado y callado, alisaba su sombrero con los dedos, levantando los ojos de vez en cuando, sin encontrar nada que decir. Al cabo de diez minutos se disculpó y se fue.

    -¡Cuidado con los ladrones! -le dijo el dueño de casa, riéndose. El pobre diablo salió de allí mortificado, humillado, tragando con dificultad el desdén, forcejeando para olvidarlo, explicarlo o perdonarlo; el esfuerzo era vano. El resentimiento, huésped nuevo y exclusivo, entró y expulsó la gratitud, de modo que la desgraciada no tuvo más que trepar hasta la cabeza y refugiarse allí como una simple idea. Así fue como el propio benefactor inoculó en este hombre el sentimiento de la desconsideración.




    continuará

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    Mensaje por Maria Lua Mar 09 Mayo 2023, 15:14

    ***


    Todo eso asombró a García. Este muchacho poseía, en germen, la facultad de descifrar a los hombres, de descomponer los caracteres, tenía la pasión del análisis, y sentía el don, que decía ser supremo, de penetrar muchas capas morales, hasta palpar el secreto de un organismo. Acicateado por la curiosidad sintió deseos de ir a ver al hombre de Catumbi, pero advirtió que no había recibido de él el ofrecimiento formal de su casa. Cuando menos, necesitaba un pretexto, y no encontró ninguno.

    Tiempo después, ya recibido, y viviendo en la Rua de Mata-Cavalos, cerca de la del Conde, se encontró con Fortunato en una góndola, la casualidad volvió a reunirlos después otras veces, y la frecuencia trajo la familiaridad. Un día Fortunato lo invitó a visitarlo allí cerca, en Catumbi.

    -¿Sabe que estoy casado?

    -No lo sabía.

    -Me casé hace cuatro meses, podría decir cuatro días. Venga a cenar con nosotros el domingo.

    García fue allí el domingo. Fortunato le ofreció una buena cena, buenos cigarros y buena charla, en compañía de su señora, que era interesante. Su figura o su aspecto no habían cambiado; los ojos eran las mismas planchas de estaño, duras y frías; las otras facciones no eran más atrayentes que antes. Las atenciones, empero, si bien no contrarrestaban la naturaleza, ofrecían alguna compensación, y no era poco. María Luisa, en cambio, tenía ambos atractivos, personalidad y modales. Era esbelta, graciosa, ojos tiernos y sumisos; tenía veinticinco años pero no aparentaba más de diecinueve. Cuando allí volvió por segunda vez, García advirtió que entre ellos había alguna disonancia de carácter, poca o ninguna afinidad moral, y por parte de la mujer hacia su marido ciertas actitudes que trascendían el respeto y confinaban en la resignación y el temor. Un día, estando los tres juntos, García le preguntó a María Luisa si estaba enterada de las circunstancias en que él había conocido a su marido.

    -No -respondió la muchacha.

    -Va a escuchar algo digno de admiración.

    -No vale la pena -interrumpió Fortunato.

    -Usted decidirá si vale la pena o no -insistió el médico.

    Le contó el episodio de la Rua de Dom Manuel. La muchacha lo escuchó sorprendida. Insensiblemente extendió la mano y apretó la muñeca de su marido, risueña y agradecida, como si acabase de descubrirle el corazón. Fortunato se encogía de hombros, pero no escuchaba con indiferencia. Por último, él mismo narró la visita que el herido le había hecho, con todos los pormenores de la figura, los gestos, las palabras contenidas, los silencios, en suma, algo desopilante. Y reía mucho al contarla. No era la risa de la simulación. La simulación es evasiva y oblicua; su risa era jovial y franca.

    “¡Hombre singular!”, pensó García.

    María Luisa se sintió desconsolada por la burla del marido: pero el médico le restituyó la satisfacción anterior, volviendo a destacar la dedicación de Fortunato y sus excepcionales cualidades de enfermero; tan buen enfermero, concluyó él, que si algún día llego a abrir un sanatorio, lo invitaré a trabajar en él.

    -¿En serio? -preguntó Fortunato.

    -¿En serio qué?

    -¿Que piensa abrir un sanatorio?

    -No, estaba bromeando.

    -Sin embargo no es tan descabellado; y para usted, que se inicia en la clínica, sería algo realmente bueno. Tengo justamente una casa para renta que va a quedar desocupada, y sirve.

    García rechazó la propuesta ese día y el siguiente; pero el proyecto se le había metido al otro en la cabeza, y ya no fue posible seguir negándose. En realidad, era un buen comienzo para él, y podría llegar a ser un buen negocio para ambos. Aceptó finalmente, días más tarde, y fue una desilusión para María Luisa. Criatura nerviosa y frágil, padecía con la sola idea de que su marido tuviese que vivir en contacto con enfermedades humanas, pero no se atrevió a oponérsele, e inclinó la cabeza. El plan fue trazado y se llevó a cabo rápidamente. Inaugurado el sanatorio, Fortunato pasó a ocuparse de la administración y de la supervisión de los enfermeros; examinaba todo, ordenaba todo, compras y caldos, drogas y cuentas.

    García pudo entonces verificar que la atención al herido de la Rua de Dom Manuel no era un caso fortuito, sino que se asentaba en la naturaleza de aquel hombre. Lo veía trabajar como a ninguno de sus empleados. No retrocedía ante nada, no había enfermedad que lo hiciera sufrir o ante la que retrocediera, y estaba siempre listo para todo, a cualquier hora del día o de la noche. Todo el mundo lo admiraba y aplaudía. Fortunato estudiaba, acompañaba en las operaciones, y no había nadie como él para cuidar los cáusticos.

    -Tengo mucha fe en los cáusticos -decía él.

    La comunión de intereses estrechó los lazos de la amistad. García fue a partir de entonces una presencia familiar en la casa; allí cenaba casi todos los días, allí observaba la persona y la vida de María Luisa, cuya soledad moral era evidente. Y la soledad parecía duplicar su encanto. García empezó a sentir que algo lo agitaba cuando ella aparecía, cuando hablaba, cuando trabajaba callada, junto a un ángulo de la ventana, o tocaba en el piano sus melodías tristes. Lentamente, el amor fue ganando su corazón. Cuando advirtió su presencia, quiso expulsarlo, para que entre Fortunato y él no existiera otro vínculo que el de la amistad; pero no pudo. Lo único que logró fue encerrarlo; María Luisa comprendió ambas cosas, el afecto y el silenciamiento, pero no se dio por enterada.

    A principios de octubre ocurrió un incidente que aclaró aún más, ante los ojos del médico, la situación de la muchacha. Fortunato había empezado a estudiar anatomía y fisiología, y se dedicaba en sus horas libres a envenenar y despanzurrar perros y gatos. Como los gemidos de los animales aturdían a los enfermos, trasladó el laboratorio a su casa, y la mujer, nerviosa como era, tuvo que sufrirlos. Pero un día, no soportando más, fue a hablar con el médico y le pidió que, como cosa suya, él le sugiriese al marido que pusiera término a tales experiencias…

    -Pero usted misma…

    María Luisa lo interrumpió sonriendo:

    -Si yo se lo digo, él argumentará que es un pedido infantil de mi parte. Lo que yo quería es que usted, como médico, le dijese que eso me hace mal; y créame que es así…

    García, prestamente, le hizo saber al otro que era conveniente que terminase con todas aquellas experiencias. Si fue a hacerlas a otra parte, nadie lo supo, pero bien pudiera ser. María Luisa le agradeció al médico, tanto por ella como por los animales, cuyos padecimientos no podía tolerar. Tosía de vez en cuando; García le preguntó si sentía algún malestar, ella respondió que no.

    -Permítame que le tome el pulso.

    -No tengo nada.

    No dejó que le tomara el pulso, y se retiró. García se sintió aprensivo. Pensaba, por el contrario, que algo le ocurría y que era preciso observarla y avisar a su marido en el momento oportuno.

    Dos días después -exactamente el día en que los vemos ahora-, García fue allí a cenar. En el comedor le informaron que Fortunato estaba en el laboratorio, y hacia allí se encaminó; estaba cerca de la puerta, cuando María Luisa la abrió y salió de adentro con la expresión demudada por la angustia.

    -¿Qué ocurre? -le preguntó.

    -¡El ratón! ¡El ratón! -exclamó la muchacha sofocada mientras se alejaba. García recordó que en la víspera había oído a Fortunato quejarse porque un ratón le había sustraído un papel importante; pero estaba lejos de sospechar que habría de encontrarse con lo que vio. Vio a Fortunato sentado ante la mesa que estaba en el centro del laboratorio, y sobre la cual había colocado un plato con alcohol. El líquido llameaba. Entre el pulgar y el índice de la mano izquierda sostenía un cordón, de cuya punta pendía el ratón atado de la cola. En la derecha tenía una tijera. En el momento en que García entró, Fortunato le cortaba al ratón una de las patas; en seguida bajó al infeliz hasta la llama, rápido, para no matarlo, y se dispuso a hacer lo mismo con la tercera pata, pues ya le había cortado la primera.

    García se detuvo horrorizado.

    -¡Mátalo en seguida! -le dijo.

    -Ya va.

    Y con una sonrisa única, reflejo de su alma satisfecha, algo que traducía la delicia íntima de las sensaciones supremas, Fortunato le cortó la tercera pata al ratón, y realizó por tercera vez el mismo movimiento de descenso hasta la llama. El miserable se retorcía aullando, ensangrentado, chamuscado, y no terminaba de morir. García desvió la mirada, después la volvió nuevamente hacia la mesa, y extendió la mano para impedir que el suplicio continuara, pero no llegó a hacerlo, porque el diablo de aquel hombre imponía miedo, con toda aquella serenidad radiante de su fisonomía. Le faltaba cortar la última pata; Fortunato la cortó muy despacio, siguiendo con los ojos el movimiento de la tijera; la pata cayó, y él se quedó mirando al ratón medio cadáver. Al bajarlo por cuarta vez hasta la llama, aumentó la velocidad del gesto, para salvar, si podía, algunas hilachas de vida.

    García, ante él, lograba dominar la repugnancia del espectáculo empeñado en observar la cara del hombre. Ni rabia, ni odio; tan sólo un vasto placer apacible y profundo, como cualquier otro lo experimentaría oyendo una bella sonata o contemplando una estatua divina, algo parecido a la pura sensación estética. Le pareció, y era verdad, que Fortunato lo había olvidado completamente. Siendo así, no estaba fingiendo, y las cosas debían ser de ese modo, no más. La llama iba muriendo, no era posible que hubiese en el ratón un solo residuo de vida, sombra de una sombra como era; Fortunato aprovechó para cortarle el hocico y bajar por última vez la carne hasta el fuego. Por fin, dejó caer el cadáver al plato, y apartó de sí toda aquella mezcla de carne chamuscada y sangre.

    Al incorporarse vio al médico y se sobresaltó. Entonces, se mostró enfurecido con el animal que le había comido el papel; pero la cólera evidentemente era fingida.

    “Castiga sin rabia”, pensó el médico, “por la necesidad de encontrar una sensación de placer, que sólo el dolor ajeno le puede brindar: no es otro el secreto de este hombre.”

    Fortunato subrayó la importancia del papel, el trastorno que le ocasionaba su pérdida, el tiempo que le insumía rehabilatarse de su falta justamente ahora en que cada minuto era preciso. García se limitaba a oír, sin decir nada ni darle crédito. Recordaba sus actos, graves y leves; a todos les encontraba la misma explicación. Era el mismo cambio de teclas de la sensibilidad, un diletantismo sui generis, una reducción de Calígula.

    Cuando María Luisa volvió al laboratorio, poco después, el marido se le acercó riendo, la tomó de las manos y le habló tiernamente:

    -¡Flojona!

    Y volviéndose hacia el médico:

    -¿Puedes creer que casi se desmayó?







    continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Jue 11 Mayo 2023, 17:06

    **8


    María Luisa se defendió diciendo que era muy nerviosa y que además era mujer, después fue a sentarse junto a la ventana con sus lanas y agujas, y los dedos todavía temblorosos, tal como la vimos al comienzo de esta historia. Recordarán ustedes que, después de haber hablado de otras cosas, los tres guardaron silencio, el marido sentado, con la mirada perdida en el techo, el médico haciendo crujir los huesos de sus dedos. Poco después fueron a cenar; pero la cena no fue alegre. María Luisa se mostraba ensimismada y tosía; el médico se preguntaba si ella no estaría expuesta a algún exceso en compañía de un hombre como aquél. Era, apenas, una posibilidad; pero el amor le transformó la conjetura en convicción; tembló pensando en ella y decidió vigilarlos.

    Ella tosía, tosía, y no transcurrió mucho tiempo sin que la molestia se quitara la máscara. Era la tisis, vieja dama insaciable, que chupa la vida entera, hasta reducirla a un montón de huesos. Fortunato recibió la noticia como un golpe; amaba de veras a su mujer, claro que a su manera; estaba acostumbrado a ella, le costaba perderla. No escatimó esfuerzos, médicos, remedios, cambios de aire, todos los recursos y todos los paliativos. Pero fue en vano. La enfermedad era mortal.

    En los últimos días, ante los tormentos supremos de la muchacha, la índole del marido subyugó cualquier otro afecto. No la volvió a dejar; fijó el ojo opaco y frío en aquella descomposición lenta y dolorosa de la vida, bebió una a una las aflicciones de la bella criatura, ahora delgada y transparente, devorada por la fiebre y minada por la muerte. Egoísmo desenfrenado, hambriento de sensaciones, no le perdonó un solo minuto de agonía, ni los pagó con una sola lágrima, pública o íntima. Sólo cuando ella expiró, él se sintió aturdido. Volviendo en sí, vio que otra vez estaba solo.

    De noche, habiéndose retirado a descansar una parienta de María Luisa, que le había ayudado a morir, quedaron en la sala de estar Fortunato y García, velando el cadáver, ambos sumidos en sus pensamientos; pero el marido estaba agotado y el médico le aconsejó que fuera a echarse unas horas.

    -Ve a descansar, duerme un par de horas: yo iré después.

    Fortunato salió, fue a acostarse en el sofá de la salita contigua y se durmió en seguida. Veinte minutos después se despertó, quiso volver a dormirse, dormitó unos minutos, hasta que se levantó y volvió a la sala. Caminaba en puntas de pie para no despertar a la parienta, que dormía cerca de allí. Cuando llegó a la puerta, se detuvo asombrado.

    García se había aproximado al cadáver, había levantado la mortaja y contemplado durante unos instantes las facciones de la difunta. Después, como si la muerte lo espiritualizase todo, la besó en la frente. Fue en ese momento cuando Fortunato llegó a la puerta. Se detuvo sorprendido: no podía ser el beso de la amistad, debía ser el epílogo de un libro adúltero. No sentía celos, adviértase; la naturaleza lo compuso de tal manera que no sintió celos ni envidia, sino cierta vanidad, que no es menos perniciosa ni menos deudora del resentimiento. Miró asombrado, mordiéndose los labios.

    Mientras tanto, García volvió a inclinarse para besar otra vez el cadáver, pero entonces no pudo más. El beso estalló en sollozos, y los ojos fueron incapaces de contener las lágrimas que se derramaron a borbotones, lágrimas de amor callado, e irremediable desesperación. Fortunato, en la puerta, donde se había quedado, saboreó tranquilo esa expresión de dolor moral que fue larga, muy larga, deliciosamente larga.

    FIN

    “A causa secreta”,
    Gazeta de Notícias, 1885


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    Mensaje por Maria Lua Sáb 13 Mayo 2023, 17:31

    La chinela turca


    [Cuento - Texto completo.]


    J. M. Machado de Assis


    Observad al licenciado Duarte. Acaba de componer el más tieso y correcto nudo de corbata que se diera en aquel año de 1850, y le anuncian en este momento la visita del mayor Lopo Alves. Advertid que es de noche, y son ya más de las nueve. Duarte se estremeció; tenía dos razones para hacerlo. La primera era que el mayor, y esto en cualquier circunstancia imaginable, era uno de los sujetos más cargantes de su tiempo. La segunda era que Duarte terminaba ahora de vestirse para ir a admirar en un baile la más fina cabellera rubia y los ojos más azules y pensativos que este clima nuestro, tan avaro en esos tesoros, hubiera producido jamás. Hacía una semana que se había iniciado aquel noviazgo. Su corazón, dejándose atrapar entre el giro de los valses, delegó en sus ojos, de color castaño, una declaración en regla que ellos transmitieron puntualmente a la muchacha, diez minutos antes de la cena, recibiendo favorable respuesta poco después del chocolate. Tres días más tarde estaba ya en camino la primera carta, y por el giro que llevaban las cosas no sería de extrañar que, antes de finalizar el año, estuviesen ambos camino de la iglesia. En estas circunstancias, la llegada de Lopo Alves era una verdadera calamidad. Viejo amigo de la familia, compañero de su difunto padre en el ejército, el mayor era sin duda merecedor de todos los respetos. Imposible no recibirlo o tratarlo con frialdad. Había por fortuna una circunstancia atenuante: el mayor estaba emparentado con Cecilia, la joven de los ojos azules; en caso de necesidad, era un voto seguro a favor de sus intenciones.

    Duarte se echó encima un batín y se dirigió a la sala, donde Lopo Alves, con un rollo de papel debajo del brazo y la mirada perdida en el aire, parecía totalmente desapercibido de la entrada del licenciado.

    —¿Qué buenos vientos lo traen a Catumbí a estas horas? —preguntó Duarte, dando a su voz la expresión de placer que aconsejaban, no solo el interés personal, sino también los buenos modales.

    —No me atrevo a asegurar si el viento que me trae es bueno o es malo —respondió el mayor sonriendo por entre el espeso bigote gris—; lo que sí puedo asegurar es que es un viento vigoroso. ¿Piensa salir?

    —Voy hasta Río Largo.

    —Ya veo; piensa ir a casa de la viuda Meneses. Mi mujer y las niñas ya deben estar allá: yo iré más tarde, si puedo. Aún es temprano, ¿verdad?

    Lopo Alves sacó su reloj y vio que eran las nueve y media de la noche. Acariciándose el bigote, se puso de pie, dio algunos pasos por la sala, volvió a sentarse y dijo:

    —Voy a darle una noticia que ciertamente no espera. Sepa usted que he escrito… he escrito un drama.

    —¡Un drama! —exclamó el licenciado.

    —¿Qué quiere usted? Desde niño padezco de achaques literarios. Ni siquiera el servicio militar logró curarme; fue apenas un paliativo. El mal ha regresado con la intensidad de los primeros tiempos. No me queda más remedio que aceptarlo, y dejar a la naturaleza que siga su curso…

    Duarte recordó que, en efecto, el mayor le habló alguna vez de ciertos discursos inaugurales, dos o tres elegías y un buen número de artículos que había escrito con ocasión de las Campañas de Río de La Plata. Pero hacía muchos años que Lopo Alves había dejado en paz los soldados rioplanteses y los difuntos; nada hacía suponer que la enfermedad volviese, y más aún encarnada en un drama. El licenciado hubiera tenido mayores bases para explicarse el asunto, de haber sabido que Lopo Alves, hacía de esto algunas semanas, había asistido a la representación de una pieza ultraromántica; la obra le gustó mucho, y le dio la idea de enfrentarse él mismo a las luces de la escena. No entró el mayor en estas minucias necesarias, y el licenciado se quedó ignorante de las causas de la explosión dramática del militar. Ni las supo, ni le importó averiguarlas. Alabó las facultades creativas del mayor, habló calurosamente de la ambiciosa vocación que lo llevaría sin duda al triunfo escénico, prometió que lo recomendaría a algunos amigos suyos, periodistas del Correo Mercantil, y solo se detuvo en seco, palideciendo, cuando vio que el mayor, temblando de felicidad, se disponía a abrir el rollo de papel que llevaba consigo.

    —Le agradezco sus buenas intenciones —dijo Lopo Alves—, y acepto el obsequio que acaba de hacerme; antes, sin embargo, voy a pedirle otro. Sé que es usted inteligente y culto; quiero que me diga con franqueza lo que piensa de mi trabajo. No busco elogios, exijo franqueza y franqueza ruda. Si piensa que no es bueno, dígamelo sin temor.

    Duarte intentó apartar de sí aquel cáliz de amargura; pero era pedir lo imposible. Consultó melancólicamente su reloj, que señalaba las nueve y cincuenta y cinco minutos, mientras el mayor auscultaba amorosamente las ciento ochenta páginas del manuscrito.

    —No nos tomará mucho tiempo —dijo—, sé muy bien lo que se siente cuando se es joven y está por delante la perspectiva de una fiesta. No tema, que aún tendrá tiempo para bailar dos o tres valses con ella, si es que hay una ella, o con ellas. ¿No cree que estaríamos mejor en su gabinete?




    continuará

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    Mensaje por Maria Lua Dom 14 Mayo 2023, 16:14

    ***

    Para el licenciado resultaba indiferente el lugar del suplicio; accedió al deseo de su huésped. Este, sintiéndose como en casa, ordenó al criado que no dejase entrar a nadie. El verdugo no quería testigos. La puerta del gabinete se cerró; Lopo Alves se ubicó al lado de la mesa, frente al licenciado, quien hundió su cuerpo y su aflicción en una enorme poltrona de damasco, decidido a no pronunciar palabra para llegar lo más pronto posible al final.

    El drama se dividía en siete cuadros. Esta información produjo escalofríos en el oyente. No había nada de nuevo en aquellas ciento ochenta páginas, con excepción de la caligrafía del autor. Lo demás era la fiel reproducción de todos los asuntos, caracteres, ficelles y hasta estilo del más típico romanticismo desgreñado. Lopo Alves pensaba haber escrito algo original, pero en realidad no había hecho más que acumular ocurrencias ajenas. En otras circunstancias, la lectura de la obra hubiera servido para un buen rato de diversión. Ya desde el primer cuadro, especie de prólogo, hacían su aparición una niña raptada, un envenenamiento, dos encapuchados, la punta de un puñal y un alud de adjetivos no menos afilados que el puñal. En el segundo cuadro se narraba la muerte de uno de los encapuchados, que debía resucitar en el tercero, ir a prisión en el quinto, y dar muerte al tirano en el séptimo. Junto a la muerte ficticia del encapuchado, el segundo cuadro contenía también un nuevo rapto de la niña, ya convertida en una muchacha de diecisiete años, un monólogo que parecía durar el mismo lapso, y el robo de un testamento.

    Eran casi las once cuando terminó la lectura del segundo cuadro. Duarte contenía con esfuerzo la ira; ya era imposible la visita a Río Largo. No es arriesgado suponer que, si en aquel momento el mayor hubiese caído muerto, Duarte habría dado gracias a la Providencia. El carácter del licenciado no daba pie para tanta ferocidad; pero la lectura de un mal libro es capaz de producir fenómenos aún más terribles. Añádase que, mientras ante los ojos carnales del licenciado aparecía en toda su espesura la melena de Lopo Alves, resplandecían en su alma los hilos de oro que adornaban el hermoso rostro de Cecilia; veía sus ojos azules, su tez blanca y rosada, el gesto delicado y gracioso, su presencia borrando todas las otras damas que debían estar ahora en el salón de la viuda Meneses. Imaginaba ese cuadro, y oía mentalmente la música, las voces, el sonar de los pasos y el roce de las sedas. Mientras tanto la voz gangosa de Lopo Alves iba desgranando cuadros y diálogos, con la impasibilidad de una convicción inconmovible.

    Volaba el tiempo, y el escucha había perdido ya la cuenta de los cuadros leídos. Hacía rato que habían sonado las doce de la noche; el baile estaba perdido. De repente, Duarte vio que el mayor enrollaba de nuevo el manuscrito, se ponía de pie, componía la figura, clavaba en él unos ojos rencorosos, y salía arrebatadamente de la habitación. Duarte intentó llamarlo, pero el asombro le negaba la voz y el movimiento. Cuando logró recobrarse, alcanzó a oír apenas el taconeo seco y colérico del dramaturgo en las piedras de la calzada.

    Se asomó a la ventana; nada vio ni oyó; autor y drama habían desaparecido.

    —¿Por qué no se le habrá ocurrido esto antes? —dijo suspirando.

    No había tenido tiempo aquel suspiro de abrir las alas y volar por la ventana abierta, en procura de Río Largo, cuando el criado del licenciado vino a anunciarle la visita de un hombre bajo y gordo.

    —¡A esta hora! —exclamó Duarte.

    —A esta hora —replicó el hombre bajo y gordo, entrando en la habitación—. A esta hora o a cualquier hora, puede la policía entrar en la casa de un ciudadano, cuando se trata de aclarar un delito grave.

    —¡Un delito!

    —Creo que me conoce…

    —No tengo ese honor.

    —Soy funcionario de la policía.

    —¿Y qué tengo yo que ver con eso? ¿De qué delito se trata?

    —Poca cosa: un robo. Usted está acusado de haber sustraído una chinela turca. Aparentemente la dicha chinela no tiene valor alguno. Pero hay chinelas y chinelas. Todo depende de las circunstancias.

    El hombre acompañó estas palabras con una risa sarcástica, clavando en el licenciado una mirada de inquisidor. Duarte no conocía siquiera la existencia del objeto robado. Supuso que se trataba de una confusión de nombres, y no dio importancia a la injuria irrogada a su persona, y de algún modo a su clase, al llamarlo culpable de ratería. Así lo expresó al funcionario de la policía, agregando que, de cualquier modo, era injustificable que viniese a importunarle a semejante hora.

    —Habrá de perdonarme —dijo el representante de la autoridad—. La chinela en cuestión vale algunas decenas de contos de réis; está adornada con finísimos diamantes que la tornan singularmente preciosa. No es turca solo por la forma, sino también por su origen. Su dueña, que es una de nuestras patricias más viajeras, estuvo hace cerca de tres años en Egipto, en donde la adquirió de un judío. La historia que este alumno de Moisés contó acerca de aquel producto de la industria musulmana, es en verdad milagrosa, y, a mi modo de ver, completamente falsa. Pero no viene al caso relatarla. Lo importante es que ha sido robada, y que la policía ha recibido una denuncia en contra de usted.

    A esta altura de su discurso, el hombre se aproximó a la ventana; Duarte tuvo la sospecha de que podía tratarse de un loco o de un ladrón. No tuvo tiempo de pensar mucho en esa posibilidad, porque al cabo de algunos segundos vio entrar cinco hombres armados, que lo ataron por las muñecas y lo empujaron escaleras abajo, sin hacer caso de sus gritos ni de sus repulsas. En la calle aguardaba un coche donde lo metieron a la fuerza. Allí lo esperaba ya el hombre bajo y gordo, en compañía de un sujeto alto y delgado; entre los dos lo hicieron sentar en el fondo del vehículo. Se oyó el restallar del látigo del cochero, y el coche partió a toda prisa.

    —¡Ajá! —dijo el hombre gordo—. Así que usted pensaba que podía impunemente robar chinelas turcas, enamorar damitas rubias, y hasta tal vez casarse con ellas… y por si fuera poco reírse del género humano.

    Al oír aquella alusión a la dama de sus pensamientos, Duarte sintió un escalofrío. Se trataba, por lo que parecía, de la venganza de algún rival despechado. ¿O aquella alusión habría sido casual, sin relación alguna con la historia del robo? Duarte se perdió en una maraña de conjeturas, mientras el coche seguía su marcha a todo galope. Al cabo de un rato, arriesgó una observación.

    —Cualesquiera que sean los crímenes de que se me acusa, supongo que la policía…

    —No somos de la policía —interrumpió fríamente el hombre flaco.

    —¡Ah!

    —Este caballero y yo formamos un par. Con usted, formaremos una terna. Ahora bien, una terna no es mejor que un par; no, de ninguna manera. Una pareja es lo ideal. ¿Supongo que no ha comprendido lo que le digo?

    —No, señor.

    —Ya lo entenderá a su tiempo.

    Duarte se resignó a la espera, se encerró en el silencio, encogió el cuerpo, y dejó que siguieran su curso el coche y la aventura. Cinco minutos después se detenían los caballos.

    —Llegamos —dijo el hombre gordo.

    Diciendo esto sacó un pañuelo del bolsillo y se lo extendió al licenciado para que se vendase los ojos. Duarte se negó, pero el hombre flaco le advirtió que era más prudente obedecer que resistirse. No resistió el licenciado; se ató el pañuelo y bajó del coche. Poco después oyó el crujir de una puerta; dos personas —probablemente las mismas que lo habían acompañado en el viaje—, lo tomaron de las manos y lo guiaron por una infinidad de corredores y escaleras. Mientras caminaba alcanzaba a percibir voces desconocidas, palabras sueltas, frases truncas. Al fin se detuvieron; alguien le ordenó que se sentara y se descubriera los ojos. Duarte obedeció; pero, al quitarse la venda, no había ya nadie a su lado.

    Se hallaba en un amplio salón, muy iluminado, amoblado con elegancia y opulencia. Acaso era excesiva la abundancia de adornos; con todo, no cabía duda que quien los había elegido era persona de buen gusto. Había bronces, lacas, alfombras, espejos; un infinito acopio de objetos, en fin, que llenaban materialmente el recinto y mostraban a las claras su factura de primera clase. La visión de aquel ambiente hizo volver la serenidad al ánimo del licenciado; no era probable que fuese ésta una morada de ladrones.

    El joven se reclinó indolentemente en la otomana… ¡En la otomana! Esta circunstancia le trajo a la memoria el comienzo de su aventura y el robo de la chinela. Unos minutos de reflexión le convencieron de que el asunto de la dichosa chinela se hacía cada vez más problemático. Ahondando en el terreno de las conjeturas, creyó vislumbrar una explicación nueva y definitiva. La chinela no era más que una pura metáfora; simbolizaba el corazón de Cecilia, que él había robado, y era ése el delito por el cual quería castigarle el supuesto rival. Seguramente a esto aludían las palabras misteriosas del hombre flaco: el par es mejor que el trío; una pareja es lo ideal.

    —Sin duda se trata de eso —concluyó Duarte—; ¿pero quién será ese pretendiente derrotado?

    En ese momento se abrió una puerta al fondo del salón y negreó la sotana de un cura de tez blanca y cabeza calva. Duarte se levantó como impulsado por un resorte. El sacerdote atravesó lentamente la sala, le dio su bendición al pasar por su lado, y fue a perderse en otra puerta que se abría en la pared del frente. El licenciado se quedó inmóvil, contemplando estupefacto la segunda puerta con todos sus sentidos paralizados. Lo inesperado de aquella aparición confundió totalmente sus teorías anteriores respecto de la aventura. No tuvo tiempo, sin embargo, de razonar una nueva explicación, porque la primera puerta se abrió de nuevo dando paso a otra figura; se trataba esta vez del hombre flaco, que fue directamente hacia él y lo invitó a seguirlo. Duarte no opuso resistencia. Salieron por una tercera puerta, y, atravesando algunos corredores más o menos iluminados, fueron a desembocar en otro salón, que solo podía considerarse como tal por la presencia de dos candelabros de plata. Los candelabros estaban colocados sobre una ancha mesa. A la cabecera de ella se encontraba un hombre ya casi viejo, de unos cincuenta y cinco años; era una figura atlética, de abundante cabellera y poblada barba.

    —¿Me conoce? —preguntó el viejo, una vez que Duarte hubo entrado en la habitación.

    —No, señor.

    —Ni es necesario. Lo que aquí vamos a hacer dispensa totalmente la necesidad de cualquier presentación. Sabrá en primer lugar que el robo de la chinela fue un simple pretexto…

    —¡Ah, sin duda! —interrumpió Duarte.

    —Un simple pretexto —continuó el otro—, para poder traerlo a nuestra casa. La chinela nunca fue robada, jamás salió de las manos de su dueña. Juan Rufino, ve a buscarla.

    El hombre flaco salió, y el viejo explicó entretanto al licenciado que la famosa chinela no tenía diamante alguno, ni había sido comprada a ningún judío de Egipto; era turca, sí, tal como se lo habían dicho, y un milagro de pequeñez. Duarte escuchó las explicaciones, y luego, haciendo acopio de todas sus fuerzas, preguntó resueltamente:

    —Señor, ¿me dirá usted de una vez qué quieren de mí y para qué estoy en esta casa?

    —Pronto lo sabrá —respondió tranquilamente el viejo.

    La puerta se abrió y apareció el hombre flaco con la chinela en su mano. Duarte, invitado a acercarse a la luz, pudo verificar que la pequeñez era realmente milagrosa. Estaba hecha de finísimo damasco; en la base del pie, prensada y forrada en seda azul, brillaban dos letras bordadas en oro.

    —Chinela de niño, ¿no cree usted? —dijo el viejo.

    —Supongo que sí.

    —Pues supone mal; pertenece a una muchacha.

    —Así será; nada tengo que ver con eso.

    —¡Perdón!, tiene mucho que ver, porque usted se va a casar con la dueña.

    —¡Casar! —exclamó Duarte.

    —Ni más ni menos. Juan Rufino, ve a buscar a la dueña de la chinela.

    El hombre flaco salió y regresó poco después. Haciéndose a un lado de la puerta, levantó la cortina y dio paso a una mujer que se dirigió al centro del salón. No era una mujer, era una sílfide, una visión de poeta, una criatura divina. Era rubia; tenía los ojos azules, como los de Cecilia, extáticos, unos ojos que buscaban el cielo o que parecían vivir en él; los cabellos, un tanto desordenados, le creaban en derredor de la cabeza una especie de resplandor de santa; santa solamente, no mártir, porque la sonrisa que le temblaba en los labios era una sonrisa de bienaventuranza, como pocas veces habrá existido sobre la tierra. Un vestido blanco, de finísima muselina, le ceñía castamente el cuerpo, cuyas formas sin embargo dejaba entrever, concediendo poco a los ojos pero mucho a la imaginación.

    Un joven como nuestro licenciado no pierde nunca la compostura, ni siquiera en situaciones como aquella. Duarte, al ver a la muchacha, se arregló el traje, retocó su corbata e hizo una ceremoniosa cortesía, a la que ella respondió con tanta gentileza y gracia que la aventura comenzó a parecer mucho menos aterradora.

    —Mi querido doctor, ésta es la novia.

    La muchacha bajó los ojos; Duarte respondió que no tenía deseos de casarse.

    —Tres cosas va a hacer usted ahora mismo —continuó impasiblemente el viejo—: la primera, casarse; la segunda, escribir su testamento; la tercera, tragarse cierta droga de Levante…

    —¡Veneno! —interrumpió Duarte.

    —Ese es el nombre vulgar; yo le doy otro: pasaporte al cielo.

    Duarte estaba pálido y frío. Quiso decir algo, y no pudo. Ni un gemido siquiera lograba brotarle del pecho. Se hubiera desplomado en tierra de no haber allí cerca cierta silla en la que se dejó caer.

    —Usted —continuó el viejo—, es dueño de una pequeña fortuna de ciento cincuenta contos. Esta perla será su heredera universal. Juan Rufino, ve a buscar al sacerdote.

    El cura entró, el mismo cura calvo que había dado su bendición al joven poco antes; entró y se encaminó de inmediato hacia él, murmurando solemnemente un pasaje de Nehemías o cualquier otro profeta menor; tomándolo de una mano, le dijo:

    —¡Levántate!

    —¡No!, ¡no quiero!, ¡no me casaré!

    —¿Ni con estas razones? —dijo el viejo desde la mesa, apuntándole con una pistola.

    —¿Se trata de un asesinato?

    —Usted lo ha dicho; la diferencia está en el género de muerte; o violenta con esto, o suave con la droga. ¡Elija!

    Duarte sudaba y temblaba. Quiso levantarse y no pudo. Las rodillas le batían una contra otra. El cura se le arrimó al oído, y le dijo en voz baja:

    —¿Quieres huir?

    —¡Ah, sí! —exclamó el joven, no con palabras, que podían ser escuchadas, sino con una mirada en la que puso toda la poca fuerza que aún le restaba.

    —¿Ves aquella ventana? Está abierta; abajo hay un jardín. Arrójate sin miedo.

    —¡Oh, padre! —susurró el licenciado.

    —No soy padre, soy teniente del ejército. No digas nada.

    La ventana estaba semiabierta; a través de ella alcanzaba a verse una franja de cielo, ya medio claro. Duarte no vaciló, y reuniendo todas sus fuerzas, dio un salto desde el sitio donde estaba y cayó encomendándose a la misericordia divina. La altura no era mucha y la caída fue pequeña; el joven se levantó rápidamente, pero el hombre gordo, que estaba en el jardín, le cerró el paso.

    —¿Cómo es eso? —preguntó riendo.

    Duarte no respondió; apretó los puños, golpeó con ellos violentamente el pecho del hombre, y echó a correr por el jardín. El hombre no cayó; sintió apenas una fuerte sacudida; y, una vez repuesto de la sorpresa, se lanzó en persecución del fugitivo. Comenzó entonces una carrera vertiginosa. Duarte iba saltando cercos y muros, esquivando canteras, tropezando casi con árboles que una y otra vez se atravesaban en su carrera. El sudor le caía a raudales, respiraba con agitación, y comenzaba poco a poco a perder el aliento; una de sus manos estaba herida, la camisa salpicada del rocío de las hojas; dos veces estuvo a punto de ser atrapado; la chaqueta se le había quedado prendida en una maraña de espinos. Por fin, cansado, herido, jadeante, fue a caer en los peldaños de piedra de una casa que había en medio del último trecho del jardín que había atravesado.

    Miró hacia atrás; no vio a nadie; su perseguidor no lo había seguido hasta allí. No obstante, podía aparecer en cualquier momento; Duarte se enderezó con dificultad, subió los cuatro escalones que aún le faltaban, y entró en la casa, cuya puerta, abierta, daba a una sala pequeña y baja.

    Había allí un hombre, que leía un ejemplar del Diario del Comercio, y que no pareció advertir su llegada. Duarte se tumbó sobre un sillón. Clavó los ojos en el hombre. Era el mayor Lopo Alves.

    El mayor, empuñando el periódico, cuyas dimensiones se iban volviendo cada vez más exiguas, exclamó de repente:

    —¡Ángel del cielo, estás vengado! Fin del último cuadro.

    Duarte miró al mayor, a la mesa, a las paredes, se frotó los ojos y respiró profundamente.

    —¡Y bien!, ¿qué le pareció?

    —¡Ah!, ¡excelente! —respondió el licenciado, levantándose.

    —Pasiones fuertes, ¿eh?

    —Fortísimas. ¿Qué horas son?

    —Dieron las dos ahora mismo.

    Duarte acompañó al mayor hasta la puerta, aspiró el aire con fuerza, se palpó el cuerpo, y se aproximó a la ventana. Nada se sabe de lo que pensó durante los primeros minutos; pero, al cabo de un cuarto de hora, he aquí lo que decía para sus adentros:

    —Ninfa, dulce anilla, fantasía inquieta y fértil, tú me salvaste de una pieza abominable con un sueño original, cambiaste mi tedio por una pesadilla: fue un buen negocio. Un buen negocio y una gran lección: me probaste que muchas veces el mejor drama está en el espectador y no en el escenario.

    *FIN*

    “A chinela turca”,
    A Época, 1875



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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 15 Mayo 2023, 10:54

    La iglesia del Diablo


    [Cuento - Texto completo.]

    J. M. Machado de Assis


    I


    De una idea asombrosa

    Cuenta un viejo manuscrito benedictino que el Diablo, cierto día, tuvo la idea de fundar una iglesia. Si bien sus lucros eran continuos y grandes, lo humillaba el papel suelto que ejercía desde hacía siglos, sin organización, sin reglas, sin cánones, sin ritual, sin nada. Vivía, por así decir, de los remanentes divinos, de los descuidos y obsequios humanos. Nada fijo, nada regular. ¿Por qué no podía tener él también su iglesia? Una iglesia del Diablo era el medio eficaz para combatir a las otras religiones y destruirlas de una buena vez.

    -Construiré, pues, una iglesia-concluyó él-. Escritura contra Escritura, breviario contra breviario. Tendré mi misa, con vino y pan abundantes, mis prédicas, bulas, novenas y todo el aparato eclesiástico restante. Mi credo será el núcleo universal de los espíritus, mi iglesia una tienda de Abraham. Y además, mientras las otras religiones se combaten y dividen, mi iglesia será única; no tendré frente a mí ni a Mahoma ni a Lutero. Hay muchos modos de afirmar; hay uno solo de negarlo todo.

    Al decir esto, el Diablo sacudió la cabeza y extendió los brazos, con un gesto magnífico y varonil. Luego se acordó de ir a ver a Dios para comunicarle la idea y desafiarlo; alzó los ojos, encendidos de odio, ásperos de venganza y se dijo a sí mismo: “Vamos, ya es hora”. Y rápido, sacudiendo las alas, con tal estruendo que estremeció todas las provincias del abismo, arrancó de la sombra hacia el infinito azul.






    continuará

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    Joaquim Maria Machado de Assis Empty Re: Joaquim Maria Machado de Assis

    Mensaje por Maria Lua Lun 15 Mayo 2023, 10:55


    ***

    II

    Entre Dios y el Diablo

    Dios recogía a un anciano, cuando el Diablo llegó al cielo. Los serafines que adornaban con guirnaldas al recién llegado, le cerraron el paso enseguida, y el Diablo permaneció en la entrada con los ojos puestos en el Señor.

    —¿Qué quieres de mí? —le pregunto este.

    —No vengo por vuestro siervo Fausto —respondió el Diablo riendo— sino por todos los Faustos del siglo y de los siglos.

    —Explícate.

    —Señor, la explicación es fácil; pero permitidme que os sugiera: recoged primero a ese buen viejo; dadle el mejor lugar, ordenad que las más afinadas cítaras y laúdes lo reciban con los coros más divinos…

    —¿Sabes lo que él ha hecho? —preguntó el Señor, con los ojos llenos de dulzura.

    —No, pero probablemente es uno de los últimos que vendrán a vuestro Reino. No falta mucho para que el cielo parezca una casa deshabitada, a causa del precio, que es alto. Voy a edificar una hostería barata; en dos palabras, voy a fundar una iglesia. Estoy cansado de mi desorganización, de mi reinado casual y adventicio. Ya es hora de obtener la victoria final y completa. De modo que vine a deciros esto, con lealtad, para que no me acuséis de simulador… Buena idea, ¿verdad?

    —Viniste a decirla, no a legitimarla —advirtió el Señor.

    —Tenéis razón —dijo el Diablo— pero el amor propio se complace en oír el aplauso de los maestros. Cierto es que este caso sería el aplauso de un maestro vencido, y tamaña exigencia… Señor, desciendo a la tierra; voy a colocar mi piedra fundamental.

    —Ve.

    —¿Deseáis que venga a anunciaros el remate de la obra?

    —No es necesario; basta con que me digas, desde ya, por qué motivo, cansado hace tanto de tu desorganización, solo ahora piensas en fundar una iglesia.

    El Diablo sonrió con cierto aire de escarnio y triunfo. Tenía alguna idea cruel en su espíritu, algún secreto mordaz en la alforja de la memoria, algo que, en ese breve instante de eternidad, lo hacía creerse superior al propio Dios. Pero disimuló la risa y dijo:

    —Recién ahora concluí una observación, comenzada hace unos siglos, y es que las virtudes, hijas del cielo, son en gran número comparables a reinas cuyo manto de terciopelo rematase en franjas de algodón. Pues bien, yo me propongo atraparlas por esa franja y atraerlas a todas a mi iglesia; tras ellas vendrán las de seda pura…

    —¡Viejo retórico! —murmuró el Señor

    —Fijaos bien. Muchos cuerpos que se arrodillan a vuestros pies, en los templos del mundo, traen las alhajas del salón y la calle, los rostros cubiertos por el mismo polvo, los pañuelos con los mismos olores, las pupilas centelleantes de curiosidad y devoción entre el libro santo y el bigote del pecado. Ved el ardor —la indiferencia, al menos—, con que ese caballero transforma en promoción periodística los beneficios que liberalmente distribuye —ya sean ropas o calzado o monedas o cualquier de esas materias necesarias en la vida… Pero no quiero parecer interesado en menudencias; no hablo, por ejemplo, de la placidez con que este juez de hermandad, en las procesiones, carga piadosamente al pecho vuestro amor y una recomendación… voy a negocios más altos…

    En eso los serafines agitaron las alas pesadas de hastío y sueño. Miguel y Gabriel dirigieron al Señor una mirada suplicante. Dios interrumpió al Diablo.

    —Eres un vulgar, que es lo peor que pueda sucederle a un espíritu de tu especie —dijo el Señor—. Todo lo que dices o digas está dicho y redicho por los moralistas del mundo. Es un asunto gastado; si no tienes fuerza ni originalidad para renovar un asunto agotado, lo mejor será que te calles y te retires. Mira: todas mis legiones muestran en el rostro las señales vivas del tedio que les provocas. Hasta ese mismo anciano de quien te hablé parece harto; ¿y sabes tú lo que él hizo?

    —Ya os dije que no.

    —Después de una vida honesta, tuvo una muerte sublime. Sorprendido por un naufragio, iba a salvarse aferrándose a un madero; pero vio una pareja de novios, en la flor de la vida, que ya se debatía con la muerte; les dio la tabla de la salvación y se hundió en la eternidad. Ningún testigo: el agua y, por sobre la cabeza, el cielo. ¿Dónde ves aquí la franja de algodón?

    —Señor, yo soy, como sabéis, el espíritu que niega.

    —¿Niegas esta muerte?

    —Niego todo. La misantropía puede tomar aspecto de caridad: dejar la vida a los demás, para un misántropo, equivale a odiarlos…

    —¡Retórico y sutil! —exclamó el Señor—. Anda; anda, funda tu iglesia; llama a todas las virtudes, recoge cuantas franjas haya, convoca a todos los hombres… ¡Vamos, anda! ¡Anda!

    Inútilmente intentó el Diablo proferir algo más. Dios le había impuesto silencio; los serafines ante una señal divina, llenaron el cielo con las armonías de sus cánticos. El Diablo sintió, de repente, que estaba en el aire; dobló sus alas y, como un rayo, cayó en la tierra.





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    Mensaje por Maria Lua Mar 16 Mayo 2023, 19:59

    ***


    III

    La buena nueva a los hombres

    Una vez en la tierra, el Diablo no perdió un minuto. Se apresuró a vestir la cogulla benedictina, como hábito de buena fama, y entró a propagar una doctrina nueva y extraordinaria, con su voz que retumbaba en las entrañas del siglo. Prometía a sus discípulos y fieles las delicias de la tierra, todas las glorias, los deleites más íntimos. Confesaba que era el Diablo, pero lo confesaba para rectificar la noción que los hombres tenían de él y desmentir las historias que a su respecto contaban las viejas beatas.

    —Sí, soy el Diablo-repetía él- no el Diablo de las noches sulfúreas de los cuentos somníferos, terror de los niños, sino el Diablo verdadero y único, el propio genio de la naturaleza al que se dio aquel nombre para apartarlo del corazón de los hombres. Vedme gentil y airoso. Soy vuestro verdadero padre. Animaos: tomad aquel nombre, inventado para mi descrédito, haced de él un trofeo y un lábaro, y yo os daré todo, todo, todo, todo, todo, todo…

    Así se expresaba, al principio, para excitar el entusiasmo, alertar a los indiferentes, congregar, en suma, las multitudes a su alrededor. Y ellas acudieron; y apenas acudieron, el Diablo pasó a definir la doctrina. La doctrina era lo que podía ser en boca de un espíritu de negación. Esto en cuanto a la sustancia, porque acerca de la forma, era unas veces sutil, otras, cínica y descarada.

    Sostenía él que las virtudes aceptadas debían ser sustituidas por otras, que eran las naturales y legítimas. La soberbia, la lujuria, la pereza fueron rehabilitadas y así también la avaricia, a la que él declaró la madre de la economía, con la diferencia que la madre era robusta y la hija una escuálida. La ira tenía su mejor defensa en la existencia de Homero; sin el furor de Aquiles, no existiría la Ilíada: “Musa, canta la cólera de Aquiles, hijo de Peleo…” Lo mismo dijo de la gula, que produjo las mejores páginas de Rabelais y muy buenos versos del Hissope; virtud tan superior, que nadie se acuerda de la batallas de Lúculo sino de sus cenas; fue la gula lo que realmente lo hizo inmortal. Pero, aun dejando de lado esas razones de orden literario o histórico, para no mostrar sino el valor intrínseco de esa virtud, ¿quién sería capaz de negar que era mucho mejor sentir en la boca y en el vientre los buenos manjares, en cantidades abundantes, que los malos bocados, o la saliva del ayuno? Por su parte, el Diablo prometía sustituir la viña del Señor, expresión metafórica, por la viña del Diablo, locución directa y verdadera, pues no faltaría nunca a los suyos con el fruto de las más bellas cepas del mundo. En cuanto a la envidia predicó fríamente que era la virtud principal, origen de prosperidad infinita; virtud preciosa, que llegaba a suplantar a todas las demás, y al propio talento.

    Las turbas corrían tras él entusiasmadas. El Diablo les inculcaba a grandes golpes de elocuencia, el nuevo orden de las cosas, trastocando su sentido, induciéndolas a amar las perversas y a detestar las sanas.

    Nada más curioso, por ejemplo, que la definición que él daba del fraude. Lo llamaba el brazo izquierdo del hombre; el brazo derecho era su fuerza y concluía: muchos hombres son zurdos, eso es todo. Pues bien, él no exigía que todos fuesen zurdos, no era sectario. Que unos fuesen zurdos y otros diestros; aceptaba a todos, menos a los que no eran nada. La demostración más rigurosa y profunda, empero, fue la de la venalidad. Un casuista de la época llegó a confesar que era un monumento de lógica. La venalidad, dijo el Diablo, era el ejercicio de un derecho superior a todos los derechos. Si tú puedes vender tu casa, tus bueyes, tus zapatos, tu sombrero, cosas que son tuyas por una razón jurídica y legal, pero que en todo caso est án fuera de ti, ¿cómo es que no puedes vender tu opinión, tu voto, tu palabra, tu fe, cosas que son más que tuyas porque son tu propia conciencia, o sea, tú mismo? Negarlo es caer en lo oscuro y contradictorio. ¿Acaso no hay mujeres que venden sus cabellos? ¿No puede un hombre vender una parte de su sangre para transfundirla a otro hombre anémico? ¿Y la sangre y los cabellos, partes físicas, tendrán un privilegio que se niega al carácter, a la porción moral del hombre? Demostrando de este modo el principio, el Diablo no tardó en exponer las ventajas del orden temporal o pecuniario; después mostró, además, que ante el férreo preconcepto social existente, convendría disimular el ejercicio de un derecho tan legítimo, lo que era ejercer, al mismo tiempo, la venalidad y la hipocresía, o sea, a merecer doblemente.

    Y bajaba y subía, examinaba todo, rectificaba todo. Está claro que combatió el perdón de las injurias y otras máximas de blandura y cordialidad. No prohibió formalmente la calumnia gratuita, mas indujo a ejercerla mediante retribución, ya sea pecuniaria o de otra especie; en los casos empero, en que ella fuese una expansión imperiosa de la fuerza imaginativa, y nada más, prohibía recibir cualquier remuneración, pues ella equivalía a hacer pagar la transpiración. Todas las formas de respeto fueron condenadas por él, como elementos posibles de un cierto decoro social y personal; salvo, claro, la única excepción del interés. Pero esa misma excepción no tardó en ser suprimida, por entenderse que el interés, convirtiendo al respeto en una simple adulación, hacía de esta el sentimiento realmente aplicado y no aquel.

    Para rematar la obra, entendió el Diablo que le cabía extirpar de raíz la solidaridad humana. En efecto, el amor al prójimo era un obstáculo grave a la nueva institución. Él mostró que esa regla era una simple invención de parásitos y negociantes insolventes; no se debía dar al prójimo sino indiferencia; en algunos casos, incluso, odio o desprecio. Hasta llegó a demostrar que la noción del prójimo era errónea, y citaba esta frase de un clérigo de Nápoles, aquel fino y letrado Gagliani, que escribió a una de las marquesas del antiguo régimen: “¡Desentiéndete del prójimo! ¡No hay prójimo!” La única hipótesis en que él permitía amar al prójimo era en los casos en que se trataba de amar a las damas ajenas, porque esa especie de amor tenía la particularidad de no ser otra cosa más que el amor del individuo hacia sí mismo. Y como a algunos discípulos les pareció que semejante explicación, por metafísica, escapaba a la comprensión de la muchedumbre, el Diablo recurrió a un apólogo: Cien personas adquieren acciones de un banco para las operaciones comunes; pero cada accionista no cuida realmente sino sus dividendos: tal es lo que les ocurre a los adúlteros. Este apólogo fue incluido en el libro de la sabiduría.





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    Mensaje por Maria Lua Jue 18 Mayo 2023, 19:42

    ***


    IV

    Franjas y Franjas

    La previsión del Diablo se verificó. Todas las capas de terciopelo que terminaban en una franja de algodón y que cubrían muchas virtudes, acababan en el suelo a merced de las ortigas, cuando se las tironeaba de la franja. Y de inmediato, quienes con ellas se habían cubierto, se alistaban en la nueva iglesia. Detrás de ellas fueron llegando otras, y el tiempo bendijo a la institución. La iglesia había sido fundada; la doctrina se propagaba; no había una región del globo que no la conociese, una lengua que no la hubiese traducido, una raza que no la amase. El Diablo profirió alaridos de tri unfo.

    Pero un día, largos años después, notó el Diablo que muchos de sus fieles, a escondidas, practicaban las antiguos virtudes. No las practicaban todas, ni tampoco íntegramente, sino algunas, por partes, y, como digo, ocultos. Ciertos glotones se recogían a comer frugalmente tres o cuatro veces por año, justamente en días de precepto católico; muchos avaros daban limosnas de noche o en las calles poco concurridas, varios dilapidadores del erario le restituían pequeñas sumas; lo fraudulentos hablaban una u otra vez, con el corazón en la mano, pero con el mismo rostro disimulado de siempre, para hacer creer que estaban engañando a los otros.

    El descubrimiento asombró al Diablo. Se propuso conocer a fondo el mal y vio que se divulgaba cada vez más. Algunos casos eran tan incomprensibles, como el de un droguero del Levante, que había envenenado pacientemente a una generación entera, y con el producto de las drogas socorr ía a los hijos de sus víctimas. En El Cairo encontró a un perfecto ladrón de camellos, que se cubría la cara para ir a las mezquitas. EL Diablo se enfrentó con él a la entrada de una de ellas y cuestionó su comportamiento; el delincuente negó las acusaciones, diciendo que iba allí a robar el camello de un drogman; lo robó, en efecto, ante los ojos del Diablo, pero fue a dárselo de regalo a un almuecín, que rezó por él a Alá. El manuscrito benedictino cita muchos otros descubrimientos extraordinarios, entre ellos, este que desorientó completamente al Diablo. Uno de sus mejores apóstoles era un calabrés, hombre de cincuenta años, insigne falsificador de documentos que tenía una hermosa casa en la campiña romana, telas, estatuas, biblioteca, etcétera. Era el fraude en persona, capaz de quedarse en cama para no confesar que estaba sano. Pues bien, ese hombre no solo había dejado de estafar en el juego, sino que incluso llegó al punto de dar gratificaciones a sus criados. Habiéndose agenciado la amistad de un canónigo, iba todas las semanas a confesarse con él, en una capilla solitaria; y si bien no le manifestaba ninguna de sus acciones secretas, se hacía bendecir dos veces, al arrodillarse y al incorporarse. El Diablo apenas podía creer en semejante alevosía. Pero no había duda: el hecho era real.

    No vaciló un solo instante. El pasmo no le dio tiempo de pensar, comparar y concluir si el espectáculo presente tenía algún parangón en el pasado. Voló de nuevo al cielo, temblando de rabia, ansioso por conocer la causa secreta de tan singular fenómeno. Dios lo oyó con infinita complacencia; no lo interrumpió, no lo reprendió, no lo alardeó siquiera, ante aquella agonía satánica. Lo miró fijamente y le dijo:

    —¿Qué vas a hacer, mi pobre Diablo? Las capas de algodón tienen ahora franjas de seda, como las de terciopelo tuvieron franjas de algodón. Qué vas a hacer. Es la eterna contradicción humana.

    *FIN*

    “A egreja do diabo”,
    Gazeta de Notícias, 1883



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