Aires de Libertad

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    Pablo García Baena (1923-2018)

    Pedro Casas Serra
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    Pablo García Baena (1923-2018) Empty Pablo García Baena (1923-2018)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Mar 28 Feb 2023, 16:00

    .


    Pablo García Baena (Córdoba, 29 de junio de 1923​-Córdoba, 14 de enero de 2018)​ fue un poeta español, perteneciente al Grupo Cántico.

    Biografía

    Asistió de niño al colegio Hermanos López Diéguez, en cuyo patio lo recuerda una lápida, y cursó el bachillerato en el colegio Francés, con los Maristas y en el colegio de la Asunción. Estudió pintura e historia del arte en la Escuela de Artes y Oficios de Córdoba, donde amistó con el pintor Ginés Liébana. A los 14 años leía ya a san Juan de la Cruz. Empieza a frecuentar la Biblioteca Provincial, donde conoce al también poeta Juan Bernier, quien le descubrió a Marcel Proust, Juan Ramón Jiménez, Pedro Salinas, Jorge Guillén y, sobre todo, Luis Cernuda. Empieza a publicar en la prensa local con poemas y dibujos, firmando a veces con una E mayúscula o con el seudónimo Luis de Cárdenas, en Caracola, en El Español y en La Estafeta Literaria. En 1942 estrenó en Córdoba una versión teatral de cuatro poemas de San Juan de la Cruz. Rumor oculto, su primer poemario, apareció en la revista Fantasía en enero de 1946. En 1947 él y su amigo Ricardo Molina concurrieron al Premio Adonáis de poesía, sin éxito, por lo cual decidieron crear su propia revista junto con los poetas Juan Bernier, Julio Aumente y Mario López y los pintores Miguel del Moral y Ginés Liébana: Cántico (Córdoba, 1947-1949 y 1954-1957), que será una de las más importantes de la Posguerra española. Estos autores serán conocidos desde entonces como Grupo Cántico. Cántico reivindicaba una mayor exigencia formal y estética y una mayor sensualidad, y enlazaba con la poesía de la Generación del 27, en especial con Luis Cernuda; barroca, exaltada y vitalista, su poesía influyó entre las generaciones más jóvenes sirviendo de puente entre los Novísimos y la Generación del 27. Entre Óleo, de 1958, y Almoneda (1971), sostuvo un largo silencio poético, roto ya definitivamente tras este último libro. En 1964, junto con otros amigos, viajó por la Costa Azul francesa, la Riviera italiana, Milán, Florencia, Venecia, Roma, Nápoles, Capri, Atenas, Delfos, Athos, El Cairo y Alejandría. También hizo viajes ocasionales a Florida y Nueva York. A su vuelta en 1965 fijó su residencia primero en Torremolinos y finalmente en Benalmádena (Málaga), donde residió trabajando como anticuario hasta 2004 en que volvió a Córdoba. Es colaborador de distintos diarios nacionales y realiza lecturas y conferencias en los centros culturales españoles.

    En 1984 recibió el Premio Príncipe de Asturias de las Letras y la Medalla de Oro de la Ciudad de Córdoba. Fue declarado Hijo Predilecto de Andalucía en 1988. Con Fieles guirnaldas fugitivas gana el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla de 1989, y el Premio Andalucía de las Letras en 1992. En 2004 recibió la Medalla de Oro de la Provincia de Málaga en la que pasó una gran parte de su vida. Fue director de la Comisión Asesora del Centro Andaluz de las Letras. Su poesía posee un acento gongorino y sensualidad, e incluye la temática religiosa de los ritos y las procesiones. Su obra poética hasta la fecha se halla reunida en Poesía completa (1940-2008) (Madrid, Visor, 2008). En mayo de 2008 gana el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. En octubre de 2012 ha recibido el Premio Internacional de Poesía Federico García Lorca.

    Falleció en el hospital de la Cruz Roja de Córdoba por causas naturales el 14 de enero de 2018, a los 96 años.​

    El 27 de abril de 2018 recibió un homenaje en Benalmádena (Málaga), población en la que el poeta vivió durante largas temporadas. En el acto se descubrió una placa conmemorativa y estuvieron presentes diferentes personalidades del entorno literario que recitaron sus poemas.​

    En 2018 la Fundación Caballero Bonald le organizó un homenaje con motivo de la publicación del número 27 de la revista Campo de Agramante, que había dirigido Baena.​

    Falleció el 14 de enero de 2018, celebrándose el funeral en la iglesia de San Miguel y su inhumación en el cementerio de la Salud, en el panteón del marqués de Cabriñana.

    (Sacado de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )


    *


    Algunos poemas de Pablo García Baena:


    De Rumor oculto (1946):


    RUMOR OCULTO

    Quiero que sea mi verso
    como luna de abril,
    como las rosas blancas,
    como las hojas nuevas.
    Que mi cítara suene
    como el agua en la yedra,
    que mi canto sea nada
    para que lo sea todo
    y que a mis versos caigan
    heridas las estrellas.



    ECLIPSE

    Y las nubes azules ocultaron tu rostro...

    Jarrones decadentes
    en un parque neoclásico,
    el acanto acaricia
    estatuas mutiladas.
    Tritones coronados
    con espuma de estrellas
    en la verdina quieta
    de un estanque sin agua.

    Y las nubes azules ocultaron su rostro...

    Alrededor de ti
    la mirada sin vista
    de los mármoles rotos.



    TENTACIÓN EN EL AIRE

    Sabía que vendrías a hablarme
    y no te huía,
    demonio, ángel mío, tentación en el aire.
    Sabía que tus ojos ahogarían mis ojos
    cansados ya de largos horizontes de hastío
    y de copiar tranquilos paisajes de remanso.
    Antes de verte, lejos, te adiviné en mi alma,
    como algún fauno joven que con su flauta báquica
    avivara en mi carne
    un fuego leve, quieto,
    amenazado casi de apagarse algún día,
    rodeado de hielos, engaños de mí mismo.
    Al escuchar mi oído la brisa de tus voces,
    ángel mío, demonio, tentación en el aire,
    aquel día que el cielo brillaba y era agosto
    sentí en mi alma un roce de blandas plumas blancas
    como si frescas alas me nacieran de pronto,
    y mi ser se llenara de pájaros cantores.

    En silencio, callado, yo te entregué mi alma,
    aquella que había sido espada victoriosa,
    que había decapitado todas las tentaciones
    a ti, mi ángel malo, te la entregué sin lucha,
    y tú con tu sonrisa, ¡oh tu risa que hiere!,
    arrancaste de mí los altivos laureles
    y casi sin mirarlos, despreciastes a aquel
    que alargando la mano te los daba vencidos.

    Por seguir tus caminos
    dejé en un lado a Cristo,
    tentación en el aire, ángel mío, demonio;
    deserté de las blancas banderas del ensueño
    para seguir, descalzo, tus huellas que manchaban.
    Abandoné los quietos pensativos cipreses
    levantados al cielo, místicos del paisaje,
    para pisar el polvo y las ruines hierbas
    que ocultan con sus verdes el agua cenagosa.
    Robaste de mi cielo las piadosas estrellas,
    aquellas que eran tenue revuelo de cristales
    caído del regazo virginal de la tarde,
    y sólo me dejaste a la impúdica Venus,
    brillante de lujuria, y al ciego Amor,
    el falso, el inconstante, el loco,
    el que adorna su frente, no con la eterna yedra
    sino con la guirnalda de los mirtos lascivos
    y las rosas de un día;
    aquél que con sus risas ha trastornado el mundo
    sin ver nunca si el dardo que alegremente arroja
    hiere sólo la carne o llega al hondo espíritu
    hasta hundirlo en la muerte o en la locura acaso.

    Quisiera ser la rota columna decadente,
    aquel ángel mancebo perfecto entre sus bucles,
    o mejor, el Apolo que ayer recibió culto,
    y que hoy sepultado bajo la tierra espera
    el día de volver a las nubes olímpicas,
    mientras que las raíces se enroscan a su cuerpo
    —a la gracia del niño tan sólo comparable,
    ya las sencillas flores de los valles idílicos—
    como viejas y obscuras serpientes milenarias.
    Todo lo que a tu alma, tentación en el aire.
    demonio, ángel mío, arranca de su frío
    quisiera ser, y humilde, ofrecértelo todo,
    para que ya pasado un momento de fuego
    me despreciara más tu cruda indiferencia;
    pero en ti hay algo que es mío y no lo sabes,
    algo que entró de mí a pesar de ti mismo,
    y es esa indiferencia que te hiela los labios
    a la que yo amo más que a la amable sonrisa
    que no pasa del rostro.
    ¿Qué sabes tú de esto?, ángel mío,
    demonio, tentación en el aire. Del helado placer
    de sentir el desprecio, y del llorar alegre,
    ¿qué sabes tú, qué sabes?

    Aunque me hayas quitado a Cristo, el que perdona,
    el comprensivo, el dulce, el manso Jesucristo,
    un día volveré al alba, ya cansado,
    con mis descalzos pies sangrantes de la senda
    y lloraré las lágrimas, las que tú no ves nunca,
    hasta borrar el último recuerdo del pecado.



    ANDABAN ALLÁ LEJOS

    Andaban allá lejos los pastores cantando.
    Cantando entre los pinos cuando la tarde era
    una llama gigante que la tierra incendiaba.
    Veníamos cansados...
    Pantaleón clavó su navaja en el tronco
    de aquel árbol caído,
    y Liébana pensaba quizás en Dulcinea
    o en aquella campánula que encontró azul un día
    sobre las piedras fúnebres de la calle Pompeyo.
    Faustino iba callado. Escuchaba las voces
    lejanas del pastor, o acaso, melodiosas
    flautas sonaban para él tan sólo
    cerca de los madroños
    y un pájaro paróse en su bastón de campo.
    Yo llevaba en las manos el olor de la jara,
    y con un alfiler sobre una verde hoja
    de encina dibujé la inicial de tu nombre.
    Pero yo no pensaba en ti.
    La tarde nos rizaba con sus llamas de oro,
    y tendido en el suelo, yo busqué con mis labios
    el oculto frescor de la tierra sombría,
    sediento de besar las húmedas raíces.
    Algún perro lejano
    ladraba a la incipiente luna de primavera,
    grácil como sonrisa de dulce adolescente.
    Veníamos cansados...
    Lejos, entre los pinos, los pastores cantaban.



    SÓLO TU AMOR Y EL AGUA

    Sólo tu amor y el agua... Octubre junto al río
    bañaba los racimos dorados de la tarde,
    y aquella luna odiosa iba subiendo, clara,
    ahuyentando las negras violetas de la sombra.
    Yo iba perdido, náufrago por mares de deseo,
    cegado por la bruma suave de tu pelo.
    De tu pelo que ahogaba la voz en mi garganta
    cuando perdía mi boca en sus horas de niebla.
    Sólo tu amor y el agua... El río, dulcemente,
    callaba sus rumores al pasar por nosotros,
    y el aire estremecido apenas se atrevía
    a mover en la orilla las hojas de los álamos.
    Sólo se oía, dulce como el vuelo de un ángel
    al rozar con sus alas una estrella,
    el choque fugitivo que quiere hacerse eterno,
    de mis labios bebiendo en los tuyos la vida.
    Lo puro de tus senos me mordía en el pecho
    con la fragancia tímida de dos lirios silvestres,
    de dos lirios mecidos por la inocente brisa
    cuando el verano extiende su ardor por las colinas.
    La noche se llenaba de olores de membrillo,
    y mientras en mis manos tu corazón dormía,
    perdido, acariciante, como un beso lejano,
    el río suspiraba...
    ......Sólo tu amor y el agua...




    De Mientras cantan los pájaros (1948):


    LLANTO DE LA HIJA DE JEPHTÉ

    A Vicente Aleixandre

    Dadme una túnica de lino empapada en el agua más fría de los hontanares,
    empapada a la sombra de los cedros,
    allí donde el agua es clara y sin fondo como el ojo de una virgen enamorada,
    allí donde se bañan los pastores sin encontrar jamás arena bajo sus pies,
    donde se bañan cuando la siesta acaricia con sus labios resecos,
    en besos sofocantes, la piel desnuda,
    y los músculos tienen el latido de un pájaro expirante,
    y hasta el fruto dulce de las zarzamoras es un ascua en la boca.
    Dadme una túnica de lino que calme mis hogueras,
    una túnica tejida con la nieve de la montaña,
    no estas ropas pesadas de bordados,
    no estas telas de oro que ahogan como el incienso quemado
    en los braserillos de una estancia pequeña,
    donde las celosías son velos espesos que no mueve la brisa.
    Dadme una túnica que sea en mis caderas
    como agua de lluvia en un huerto sin riegos.
    Dadme sólo una túnica...
    Porque mi padre hizo un voto al Señor y yo he de cumplir su palabra.
    Y mi vida será ya como un río entre muros
    que tiene marcada la ruta y nada le puede hacer que varíe su cauce.
    Un río de crueles espejos helados
    que sólo reflejará el amarillo egoísmo de la piedra que lo aprisiona,
    sin que su agua gotee en el belfo de los bueyes
    que bajan sedientos desde el monte a beber,
    ni en sus ondas se clave la perfumada lanza de los juncos
    que hiere con el acero impreciso de su aroma.
    Un río donde se tienden las redes ambiciosamente para sacar la pesca
    y sólo el agua escapa por las cuerdas entretejidas.
    las redes que volverán al fondo de la barca avergonzadas como un vientre estéril.
    Mirad ese carro en la noche que detiene sus ruedas en el camino.
    Así es mi vida.
    En el fango se han hundido las ruedas
    y ya oigo la blasfemia del látigo,
    el tardo resoplar sudoroso de las mulas,
    el esfuerzo que hincha los torsos desnudos de los hombres,
    y la rueda resbala sin avanzar,
    resbala sin avanzar...
    Y hay una voz que dice: Esperemos al alba.
    Y los cuerpos caen rendidos sobre la hierba oscura,
    sueñan sobre la hierba oscura que se mece en silencio.
    Y con el día vuelve el anhelante jadeo de las respiraciones
    y las enjalmas crujen
    y la rueda no avanza
    y el mercader grita por su carro perdido
    cuando las mulas huyen enloquecidas por los golpes y el tábano,
    mientras los ladrones descienden de lo alto como una lluvia negra,
    como esos pájaros negros
    que amparan con sus alas abiertas el aire de los muladares.
    ¡Oh doncellas, llorad conmigo por los montes!
    Que la tarde se alce envuelta en el crespón suplicante de las flautas.
    Sólo las flautas eleven nuestro llanto
    en la columna humeante de su armonía
    y lo desgranen en un surtidor de sufrimientos
    sobre el estanque solitario de la luna
    y tú, alma mía, cuéntame una vez más lo sucedido aquella noche
    ahora que las palomas se paran sobre mis hombros desnudos,
    sobre mis brazos desnudos, y picotean en la manzana virgen de mi pecho,
    que yo resguardo con la inocencia cruzada de mis brazos,
    igual que la campesina cubre con un lienzo la bandeja donde incitan granadas y membrillos.
    Cuéntame una vez más lo sucedido aquella noche.
    aquella noche que se abrazaba como un escarabajo brillante al estiércol de la tierra.

    Inmóvil en mi sueño de blancura
    desde la galería contemplaba aquel valle dormido
    como un lago de quietos oleajes.
    Yo era también de luna, casi mármol,
    mi cuerpo era una brasa que se apaga entre las manos del relente.
    La casa susurraba su silencio de remotos ruidos familiares,
    una puerta entreabría su misterio ante la voz del aire,
    en la madera noble de los muebles aún gemía la ilusión oculta de sostener nidos
    y las pomas maduras
    caían cuajando su eco sobre la tierra del jardín.
    Era la noche un rezo soñoliento que me arrullaba igual desde mi infancia.
    El umbral de mi puerta se poblaba de ensueños como todas las noches.
    Como todas las noches
    se consumía sola la subterránea lámpara de mi inquietud.
    Yo no sé de qué mundos
    surgió aquel sollozo acorde con la noche,
    aquel canto lejano que tenía preparada desde siglos su respuesta en mi ser.
    Yo no sé qué pasión, candente como un hierro sobre el yunque,
    o qué tristeza mansa como cándida ola que recogiera un niño entre las manos
    elevaba su chorro en aquella garganta.
    Qué demonio süave o qué arcángel flamígero
    obligaba implacable con espadas de dicha,
    obligaba tirano aquel canto que hacía de mí una criatura estremecida,
    un arpa ansiosa de vibrar entre los dedos solemnes de la noche.
    Y la voz se alejaba...
    Se perdía la voz entre las zarzarrosas...
    Desfallecía la voz como un alhelí cárdeno en la tarde de estío
    y en mi pecho sentía aquel canto como algo próximo y terrenal,
    no un anuncio deslumbrante del Señor en su bermeja aurora,
    no un sueño mensajero de la gloria de mi familia.
    Aquel canto incendiaba mi piel como un sol descendido hasta mis manos,
    como un sol de serpientes que enredara sus llamas en mi cuerpo,
    sus llamas verdes, lívidas, que hacían palpitar mis entrañas
    con el deliquio de las flores bajo el soplo del polen.
    Era la voz de la tierra, dura como un pan amasado de varios días
    y fresca también como un gajo de vid entre los labios,
    pálidos por la fiebre, de un enfermo.
    Era la voz enronquecida por una primavera caliente
    que hincha de sangre la garganta de los muchachos.
    La voz de algún guerrero de mi padre,
    o de un pastor que recogiera su rebaño al son de su haz de flautillas.
    Se alejaba la voz...
    El canto se perdía entre las zarzarrosas,
    desfallecía como lirios en un vaso de agua.
    Se alejaba la voz,
    se perdía en la noche la voz,
    se alejaba...

    ¡Oh doncellas, llorad conmigo mi virginidad por los montes!
    Cubrid vuestros cuerpos con los más rudos paños,
    vuestros pies de la más basta sandalia,
    para que yo no recuerde en vuestras groseras cinturas la cintura viva de los jóvenes,
    en vuestro torpe andar sus gráciles pasos en el baile.
    Venid, vaguemos por el monte.
    Lloraremos bajo los abanicos perfumados de las palmas.
    Armaremos nuestras tiendas para descansar
    junto al arroyo que corre entre los granados.
    Nuestras tiendas ornadas con el estandarte soberbio de la aflicción
    donde ninguna mano amiga llegará para posarse en la aldaba de la puerta
    ni dejará colgada una guirnalda de jazmines con rocío.
    Venid.
    Venid, que quiero olvidar la magnolia selvática de mi cuerpo
    apenas entreabierta en la mañana.
    Quiero liberarme de la sofocante red de los deseos.
    Apagar toda lumbre, como el centinela apaga en el arroyo su antorcha escarlata
    cuando la aurora despliega el livor de su clámide entre los árboles más lejanos.
    Quiero desvanecerme en una lágrima,
    desaparecer en la noche con mis manos abiertas en el viento
    y el clamor angustioso de mi cabello golpeando en la espalda.
    Disolverme en el mosto dorado de los crepúsculos
    que embriaga los campos al compás de la música fácil de los insectos,
    Desfallecer sobre la tierra tímida y ansiosa de primavera
    como la mujer bajo el cuerpo del hombre deseado.
    Adormecerme en la muerte,
    cansada de tantas amapolas intactas,
    de tantas espigas prohibidas a la furia de mi hoz.
    ¡Oh doncellas, llorad conmigo por los montes!
    Conducid mi juventud pálida hasta que se abrace a la columna estriada de la muerte.
    Llevadme, como la ternera que baja en el carro
    desde la montaña hasta el lugar del sacrificio,
    tendida en el carro sobre la fresca hierba
    y atada con fuertes ligaduras que en vano se esfuerza en romper,
    mientras el boyero indiferente eleva su canción entre los gritos de las pitas por el camino.
    Guiadme en mi ceguera hasta la muerte
    antes que el día escape como un pájaro ígneo.
    Guiadme, que presiento su augusto poderío rozando por mi carne.
    Soltad mi cabellera de sus cintas.
    Desceñid mis sandalias.
    Rasgad mis vestiduras, que quiero ir a sus brazos desnuda como un templo
    al son de los adufes.
    ¡Oh virgen que sonríes entre los duros pliegues de tu manto,
    amante del silencio y la quietud,
    dame tu calma!



    LA FUENTE DEL ARCO

    A Camilo Torrellas


    He venido de nuevo al retorcido olivo
    donde una E me aguarda grabada en su corteza
    hace un año. Noviembre, como ahora, extendía
    un pálido fulgor de amarillas verdinas.

    La alberca, como entonces, deshace en su agonía
    nubes rojas y azules, nubes blancas, ahogadas
    y las hierbas acuáticas que crecen en el fondo
    son como yertas manos que pidieran auxilio.

    Esta E que grabada en la vieja corteza
    me espera con su mundo pequeño y solitario
    ha visto, mientras yo la olvidaba lejos,
    todo un año tenderse sobre la tierra virgen.

    Ha visto estas montañas que nos cercan borrarse
    en la envoltura gris y ágil de la lluvia
    y escuchó las palabras iracundas o tiernas
    del viento que estrechaba el pinar temeroso.

    Las horas de la siesta adormecieron lentas
    el paisaje... Silencio... Sólo un gallo a lo lejos.
    Y una noche en que el cielo era un ángel desnudo
    escuchó desmayada de un ruiseñor el canto.

    Todo es igual ahora: la fuente fluye mansa,
    las cabras, el caldero, el olivo y noviembre
    que derrama el consuelo de su amarillo bálsamo
    por la tarde aromada de diamelas marchitas.

    Sólo yo soy extraño en la quietud intacta
    de estos campos y miro áspero y distraído
    la dulzura lejana que apenas si recuerdo
    de esta E que me aguarda en la vieja corteza.



    LA MUCHACHA DESNUDA ENTRE VIDRIOS

    A Manolo Hidalgo

    Muchacha ¿qué llevas en tu frente?

    Anoche todavía era pálida…
    La mesa estaba sola como el bosque
    y la lámpara ardía para el llanto.
    Por el espejo en niebla, los rincones
    se llenaban de telas destrozadas.
    ¡Oh, deja que me ría!
    Había tabaco y sangre.
    de una rota botella, sobre el suelo,
    escapaba en silencio la serpiente del día.
    llamaron en la puerta. Unos nudillos tercos
    golpeaban sin descanso la madera.
    No preguntadme nada.
    Hay un violín que aquieta los leones.

    Muchacha ¿qué llevas en tus ojos?

    Anoche todavía eran ciegos…
    Paseaba con mi cesto de frutas por la acera
    despidiendo las horas que clavaban sus dientes
    en el bronce mortal de los crepúsculos.
    Pasó, con su gabán raído, sin mirarme
    y su mano estrujaba hasta el perfume
    el limón del destino.

    Dormía entre su boca el trofeo del desdén
    como si hubiera bebido en el cáliz de un dios
    un licor de amargura y paraíso
    o tuviera la llave de algún jardín prohibido.
    Y tras él se arrastraba el grito de los raptos
    en la hora más bella del estío
    y la crencha de una reina implorante en un templo.
    Desnuda entre sus vidrios
    la noche alzaba su severa frente
    y la vieja mendiga del otoño
    recogía las hojas en su saco.
    Corrí para ofrecerle de mis frutas:
    manzanas, sí, manzanas serían sus preferidas.
    Grité hasta encontrarlo: ¡Ay, espera!,
    y ahora un dogal de tristeza estrangula mi cuello.
    ¿No veis que resplandezco. ¿Para qué preguntar?

    Muchacha ¿qué llevas en tus labios?

    Anoche todavía no tenía color…
    la calle desgarraba el vestido en mis hombros
    con sus mil manos torpes
    y una joya inapreciable,
    un collar de miradas insomnes y marchitas
    me ceñía desnuda todo el cuerpo.
    Había ojos voraces en mis rodillas
    que subían por mis brazos con el frío de los reptiles
    y mi pecho apenas si respiraba
    bajo murientes ascuas.
    Una llama trémula de alientos
    como el petróleo que incendia la sombra de las galerías
    deslizaba sus lenguas por mi vientre.
    La lluvia con sus pliegues me detuvo en un atrio
    y un brazo de dominio estrechó mi cintura.
    Me sentía tan débil que apenas si en la escalera puede recordar:
    «Era el campo y bebí leche tibia en un vaso.
    Había fresas».
    Más tarde, al levantarme,
    vi el hoyo de mi cuerpo sobre la sucia sábana
    y ahogadas sus palabras en la roja marea de la fiebre
    el murmuraba: Tus labios, ah, tus labios…
    cuando yo recogía del mantel las monedas
    ¿Por qué me preguntáis? No sé nada.
    Arrodíllate.
    Llevo en mis labios el beso que se compra.



    PINAR DE LA PIEDRA

    A Antonio García-Pantaleón


    Hay una débil música enredada en mis dedos
    como indolentes, verdes algas dormidas,
    cuando Mayo desnuda de negros pabellones
    mi errante pensamiento.
    Hay un tejido espeso como aroma de mieles y de trigo,
    que envuelve adormeciendo roca y nube.
    Es temprano en la tarde.
    El arroyo abandona su flauta entre la hierba.
    Me inclino reverente para beber y el agua
    pone en mis cerrados párpados su húmeda caricia.
    Sobre la tierra extiendo mi pereza
    y Mayo me despoja de la corteza gris y extraña de mi traje
    ciñéndome triunfal con la guirnalda azul de sus ramajes lánguidos
    y en el silencio olvido el remolino inquieto de mi alma.
    Ahora soy complacido todo tierra,
    sólo un montón de tierra donde crecen florecillas salvajes
    como desnudas piernas deseadas
    y hay un himno en mis labios,
    un himno que levanta su corola
    como la púrpura de la diana en un alba con lluvia.
    Por el pinar en sombra se difunden sonrisas de armonía
    cuando la tarde estruja jacintos olorosos
    en el cáliz temblante de los árboles.
    La montaña se aleja en éxtasis de humo...
    Yo espero confiado que tu inicial escrita en la piedra callada
    vuelva a hablarme en la noche con tu voz,
    con la voz del agua en el venero,
    de ese agua que rompe su líquido alabastro
    en el silencio verde de las hierbas.


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    Pedro Casas Serra
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    Pablo García Baena (1923-2018) Empty Re: Pablo García Baena (1923-2018)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 01 Mar 2023, 14:05

    .


    De Antiguo muchacho (1950):


    ANTIGUO MUCHACHO

    Entre la noche era la madreselva como de música
    y el sueño en nuestros párpados abejas que extraían
    de las lluviosas arpas del otoño
    un panal de violetas y silencio.
    Con un escalofrío se presentía entonces el amor fugitivo
    como un trovador, bello de lazos y de cintas,
    que, junto a un cenador donde una tea alumbra,
    bajara por la escala del desmayado cuerpo de la infanta
    al par que entre la fronda el ruiseñor perfuma de armonía la noche.
    Erraba en las almenas un vago suspirar de abandonados velos,
    de cabelleras lánguidas flotando en los estanques
    y un ajimez quedaba solo frente a la luna
    adormecida por el laúd de los besos.
    Revivo la mirada pálida de los espejos
    y mi rostro preguntando en su oráculo,
    y la mano que repasaba, lenta, mis mejillas, mis labios.
    Había una ventana donde el mar convertía en espumas sus cisnes,
    y en los aparadores bandejas con membrillos cocidos
    y el tarro de las guindas,
    y las cidras frías por el mármol de la madrugada,
    y los dulces de piñonate en su estrella de papel rizado.
    El domingo escalaba con su luz amarilla,
    con su parra latiendo de áureos cimbalillos,
    los álamos sombríos del invierno,
    y las horas, veloces, agitaban sus pétalos
    como rosal que deja su nieve por el aire.
    Y la noche llegaba al campo reclinando su cabeza en los montes,
    y un miedo suave bajaba con el ladrido de los perros por las cañadas,
    y la última garza de la tarde dormía entre los juncos.
    Decidme dónde tengo aquel niño con el cuelo sujeto de bufandas
    y la enorme mosca negra de la fiebre aleteando en mis sienes,
    y en torno de mi lecho, Sandokán con la perla roja en su turbante
    y Aramis perfumado de unción episcopal,
    y Robinsón bajo el verde loro balanceante de los bambúes.
    Aquel cerrado mirador, entre lutos,
    donde paraban todos los años la Oración del Huerto
    cuando el Jueves Santo gemía en su larga trompeta morada.
    Y la Virgen Dormida, en un agosto de bengalas,
    y los muertos contemplando desde su balaustrada de ausencias
    las débiles lamparillas de la noche de Todos los Santos.
    Llovía en los cristales. Ahora, silenciosos, vuelven tristes perfiles,
    voces que pálidas renacen,
    como hojas arrastradas a un otoño de olvido.
    Y como el nadador, dichosamente cansado,
    deja escurrir los dedos del agua por su cuerpo desnudo
    volviendo su mirada hacia la playa,
    así a ti me vuelvo,
    buscado tu sonrisa en mi sonrisa,
    tu mirar en mis ojos
    y tu honda voz pura, antiguo muchacho,
    fluyendo como un agua fresquísima
    del manantial cegado de los días.



    LA CALLE DE ARMAS

    Así te amaba, voz lejana, cuando decías:
    Amanecía entonces en la calle de Armas...
    Era un carro ruidoso de gaseosas, sifones y aguas medicinales
    donde la aurora, dulce, sonreía
    como en triunfal cuadriga de leonados caballos.
    Cantaban, enjauladas, desde los hondos patios, las perdices,
    y el santero enlazaba de frescos heliotropos
    el centro de la Virgen del Socorro.
    Abrían los torneros sus puertas,
    y en la tienda cercana de tejidos
    colgaban de las perchas, rígidos, los capotes
    y las listadas telas flameaban al indolente aire
    como paramentos suntuosos abatidos sobre murientes fiestas.
    Las barberías humildes,
    el azogue manchado del espejo,
    irisaban de un rosa pálido de pomadas,
    de un azul de colonias, de verdes brillantinas,
    como un pavo real entreabriendo el ocaso purpúreo de su cola.
    Y los moldes de lata para dulces,
    las jaulas, las parrillas, los grandes rayadores,
    como escudos vencidos de guerreros,
    colgaban en la puerta del latonero hábil,
    donde el estaño finge un pez que salta líquido.
    En el número 7 de la calle de Armas,
    al pasar, el estío soplaba sus vaharadas de esencias turbadoras:
    inmóvil mediodía en las eras calientes
    cuando un sátiro joven deja caer el chorro de agua de su flauta.
    Allí estaban las hoces, las trallas, los rastrillos,
    las cribas, los sombreros de segador, los bieldos,
    y Junio respiraba coronado de adelfas
    que mustian los deseos con sus labios ardientes.
    Sobre grandes canastos
    se encontraban la yesca y el laurel victorioso,
    las navajas y el huevo de zurcir calcetines;
    y en papeles aparte, la sal y los cominos,
    el azafrán bermejo, como cabellos cárdenos de corsarios turquíes,
    el orégano amargo y el perejil fragante.
    María Francisca, abeja en panal de almidón,
    con delantales blancos de caladas vainicas, por la confitería
    repartía la dicha en cajas de sorpresa,
    con estampas brillantes de fabulosos pájaros en selvas irreales
    y misteriosas cruces que acercando a los ojos,
    enseñaban la casa santa de Loreto
    o la gruta de Lourdes.
    Cuando la tienda estaba dormida en la bateas al sopor de las moscas,
    sus prodigiosas manos,
    con tibias tenacillas y el ámbar de sus uñas,
    rizaban los manteles albos de los altares,
    los amitos, roquetes, los finos pañizuelos eucarísticos
    y los mismos repliegues, idénticas cenefas
    que bordaban de crema los pasteles de hojaldre,
    cándidas margaritas, abullonadas nubes,
    rodeaban el sacro pelícano sangrante
    y el vellón inocente del Agnus Dei.
    Con un largo quejido
    anunciaba el sillero amarillas aneas,
    y el vendedor de cuadros extendía sus cromos
    donde una mujer rubia, con el cabello suelto
    y felpa de brillantes,
    desde una rosaleda, arrojaba a los cisnes blancos copos de almendro,
    mientras la muerte rema, adornada de flores,
    por el viejo taller del relojero,
    en la dorada barca del tiempo, al compás de la péndola.
    tenue cual la guadaña abatiendo las mieses.
    Así, lejana, voz perdida, te amaba cuando decías:
    Era el amanecer en la calle de Armas...



    BAJO LA DULCE LÁMPARA

    Bajo la dulce lámpara,
    el dedo sobre el atlas entretenía al muchacho en ilusorios viajes
    y un turbador perfume de aventuras
    salpicaba de sangre el mar antiguo de los corsarios.
    Los galeones, como flotantes cofres de tesoros,
    eran abordados por las naos piratas
    y el yatagán, las dagas, los alfanjes se hundían en los cuerpos cobrizos
    y las manos violentas
    arrancaban la oreja donde el zafiro lucía como Vega en la noche.
    Las arcas destrozadas de alcanfor y palosanto
    volcaban el carey, las telas suntuarias
    y el coral, no tan ardiente como el beso del bucanero
    en los pálidos labios de las virreinas.
    Las antiguas colonias Veracruz, Puerto Príncipe,
    el índigo Caribe y las islas del Viento
    conocen las hazañas de bajeles fantasmas
    y Maracaibo canta con los esclavos su desgana
    a la luz que deshace la cabellera ébano de los banjos
    en un río de jengibre.
    Otras veces al soplo suave de Favonio,
    empujado por Tetis y las verdes Nereidas,
    el Mediterráneo dorado por la escama de los delfines
    dejaba su plegaria fugitiva de algas
    en las votivas gradas de los templos.
    Allí Venecia en el otoño adriático
    mece en la ola púrpura su cesto de corrompidos frutos,
    desfalleciente en el abrazo joven de los gondoleros,
    y las jónicas islas
    se yerguen como mitras de mármol sobre las aguas.
    En su lento carro de bueyes rojos avanza Egipto
    y Alejandría, Esmirna, Ptolemaida, brillan en la noche
    como un velo bordado de sardios
    cuyos pliegues sujeta la diadema de Estambul
    allá en el Bósforo fosforescente.
    El incansable dedo atravesaba Arabia
    y el cálamo aromático ceñía con un mismo turbante de cansancio
    las cinturas de los amantes.
    Al crepúsculo,
    surgía Persia como un lento girasol de fastuosidades,
    y el bárbaro etíope, negro fénix llameante,
    consumía sus entrañas en el furor celoso de la caza
    mientras Ceylán los bosques de canela y caoba
    silenciaba con el ala de sus pájaros misteriosos.
    Muchacho infatigable, bajo la dulce lámpara,
    tal vez buscaba una secreta dicha
    apenas confesada en su interior.
    Cuando los días pasaron, él ya supo
    que su destino era esperar en la puerta mientras otros pasaban.
    Esperar con un brillo de sonrisa en los labios
    y la apagada lámpara en la mano.



    GALÁN

    Aquí está ya el amor.
    La luna crece en el espacio virgen.
    Desnudo, el desvelado hacia la aurora siente
    resbalar por su cuerpo un agua de sonrisas.
    Los álamos palpitan de finos corazones
    y lento va el cortejo de los enamorados suspirante en la noche,
    deshojando el jazmín de las vihuelas.
    Una mano enjoyada de anillos y serpientes
    hunde sus uñas sabias de placer en los durmientes núbiles
    y fría en su belleza la alta madrugada respira en las glicinas.
    Él piensa:

    Ah, caminar a solas bebiendo tu embeleso
    por el vientre sombrío de la playa
    donde el mar, a nuestros pies descalzos,
    rompe en astros su voz amarga y su desdén.
    Un rumor de guitarras perezosas
    en los puertos azules donde la palma florecida mece,
    ebria, su danza lánguida
    nos dirá que el amor es tan sólo un sorbo de verano.
    Viviremos bajo un dolmen de yedras y de lluvias
    en las suaves colinas enrojecidas de frutos
    y la dicha fugaz apartará sumisa para vernos
    los pámpanos silvestres dorados por el ala de  los abejarucos.
    Ah, morir, quiero morir con tu nombre en mis labios.


    La noche unge con sus sacros óleos los ojos del amante.
    Juglares y doncellas
    que ofrecían manzanas de amor entre columnas
    duermen bajo una brisa de besos que deshace sus cabellos floridos
    y sólo el ruiseñor, el príncipe nocturno,
    asciende por las altas graderías de la luna
    y en su pluma suave
    una rosa de láudano crece esparciendo olvido.
    El piensa entre los sueños:

    Quiero morir cantando junto al mar.




    De Junio (1957):


    BAJO TU SOMBRA, JUNIO...

    Bajo tu sombra, Junio, salvaje parra,
    ruda vid que coronas con tus pámpanos las dríadas desnudas,
    que exprimes tus racimos fecundos en las siestas
    sobre los cuerpos que duermen intranquilos,
    unidos estrechamente a la tierra que tiembla bajo su abrazo,
    con la mejilla desmayada sobre la paja de las eras,
    la respiración agitada en la garganta
    como hilillo de agua que corriera secreto entre las rosas
    y los labios en espera del beso ansioso
    que escapa de tu boca roja de dios impuro.
    Bajo tu sombra, Junio,
    yedra de sangre que tiende sus hojas
    embriagando de sonrisas la pared más sombría,
    la piedra solitaria;
    Junio, paraíso entre muros, que levantas la antorcha de tus árboles
    ardiendo en la púrpura vesperal,
    bajo tu sombra quiero ver madurar los frutos,
    las manzanas silvestres y los higos cuajados de corales submarinos,
    la barca que va dejando por los ríos lejanos sus perfumes,
    los bosques, las ruinas,
    las yuntas soñolientas por los caminos
    y el zagal cantando con un junco en los labios.
    Quiero oír el inquieto raudal de los torrentes,
    el crujido de las ramas bajo el peso del nido
    y el resonante silencio de las constelaciones
    entreabriendo sus alas como pájaros espumantes de fuego
    al fúnebre conjuro de los nocturnos pífanos.
    Bajo tu sombra quiero esperar las mañanas fugitivas de frescura
    y los atardeceres largos como miradas
    cuando todo mi ser es un canto al amor,
    un cántico al amor entregado,
    mientras las manos se curvan sobre las espaldas desnudas
    y mis párpados se tiñen con el violento jacinto de la dicha.



    CASIDA

    Las palmeras... Me parece que a su sombra no
    se puede ser desgraciado.

    T. GAUTIER

    A Margarita y Juan Valencia

    Ay, no se puede ser desgraciado bajo las palmeras,
    bajo el toldo granate que adelanta la noche en el patio,
    con las manos humedecidas en el agua perfumada de azahar
    que refleja el cobre sangriento de las ánforas.
    Bajo las palmas grávidas de dátiles
    que se elevan en busca del beso febril de la noche de Junio,
    cuando junio tiene un placer para cada momento
    y sólo el respirar es voluptuosidad.
    Ay, cuéntame del Sur,
    de esa tierra que sonríe con el carmín violento del granado en sus labios,
    blancos por el contraste con la piel oscura, dorada por el sol.
    Cuéntame desde Córdoba dormida entre el mármol y el agua,
    y Jerez, como un lirio de cal nacido entre las viñas,
    y Málaga, caña de azúcar verde bajo un palio sofocante de estío,
    hasta el cegador diamante calcinado del desierto,
    donde languidecen los camellos llevando bajo la seda roja de las gualdrapas
    los frutos frescos de los oasis en sombra.
    Dime el amanecer en el naranjal de troncos encalados,
    cuando el sol aún no esparce la colmena furiosa de sus rayos
    sobre las hojas húmedas de la calabaza.
    Dime la penumbra de las bodegas,
    el misterio de los claustros entre el verdor de los maceteros y las columnas,
    el balcón abierto a la noche áspera de jaras,
    junto al adolescente desvelado que sueña sobre las sábanas
    el abrazo de las mujeres que tienen en su cuerpo el desmayo inquieto de las corzas
    y en su cálida boca el frescor jugoso de las sandías.

    Hay una hora de la madrugada en que se extinguen las lámparas olorosas de bálsamos
    y el cansancio mustia la enredadera enervante de los abrazos,
    y sólo sabemos que vivimos porque llega lejano un halago de albahaca,
    un susurro de alas entre el humo de Junio.
    A esa hora, ven a la campiña.
    La barca nos espera,
    y el alba es aún una amapola que sangra en el cuchillo de los gallos.
    Va la barca en silencio.
    Las manos en el agua cogen el ascua helada de la estrella.
    Abandonados, se hunden los remos en el pálido malva del río.
    ¡Melonar bajo luna!
    Lejanas las guitarras ponen sed en los labios,
    y las mujeres llevan biznagas en la llama negra del pelo;
    y al abrir el melón su carne rosa y fresca
    los labios beben ávidos la miel de ese beso
    que luego ha de gustarse sobre otra boca,
    entre el aroma de juncias pisadas que ahogan con el brocado espeso de su olor.

    Háblame de la siesta...
    Suena el agua en la fuente...
    Las ventanas se velan de intimidad.
    La calle arde al sol.
    En el campo, las víboras se muerden retorcidas de calor y de celo;
    el alacrán se clava su aguijón,
    y, en el patio, avispas de oro negro zumban junto al racimo verde del emparrado;
    y desde la ensombrada galería,
    en el turbio coágulo del espejo, se refleja el fruto exhausto del limón y los cidros.
    Los sentidos buscan la fiesta de lo frío:
    cristal, collares, cálices para las manos tibias,
    el surtidor deslíe la plata de los peces en el reseco oído;
    para el olfato abre la magnolia la nieve de sus pétalos,
    y en los ojos el mármol de las estatuas vivas
    ofrece su desnudo fresco como un venero
    al quebrarse en la boca un chorro de agua helada que resbala en gotillas por el rostro.
    Un aire de abanicos y geranios acaricia la piel,
    y el alma se esconde pequeña como una araña en el rincón oscuro,
    ante el despertar de los deseos, bellos como faisanes de pedrería,
    que pasean su cola de amatista y de ópalo
    por el bosque caliente de la sangre.

    Dime ahora la noche...
    La noche es toda azul. Como la hoja inmensa de un plátano azulado junto a un lago de aguas azules.
    La noche tiende cortinas que sujeta en palomas.
    Arden túnicas de oro en la campiña.
    La llama de los rastrojos se respira en el aire
    y el pueblo es una salamandra que tuesta sus escamas en el fuego.
    Sonríen en las puertas las mujeres con los ojos pintados,
    y el árbol del paraíso balancea en sus flores serpientes de perfume.
    En azoteas blancas por la cal y la luna se bañan las muchachas.
    Las serenatas ciñen de música las sienes,
    y mordiendo alhelíes pasan las cortesanas en sus verdes literas.
    De pronto, todo calla...
    ¡Música en los jardines!
    La guzla tiene a veces un idilio de agua goteante entre rosales,
    y otras es un caballo blanco con las crines blancas
    que galopara sin jinete por una calle de mármoles negros,
    en penumbra de arcos.
    Suenan los crótalos, y la tierra recién regada de los arriates
    hace florecer jazmines de fiebre en la cintura de las bailarinas.
    La noche escapa con el gemido último de las cítaras.
    Y cuando el curvo alfanje de la luna palidece de cisnes
    y el placer es un pozo, bajo sombra de áloes,
    el alba llega a las tierras del Sur
    como una esclava huida de su dueño que se desangrara entre las pitas y las chumberas.



    JUNIO

    Oh, sé que he de buscarte
    cuando el otoño abrume con sus frutos goteantes la tierra,
    cuando las mozas pasen mordiendo los racimos
    como si fueran labios,
    cuando las piernas rudas de los hombres
    se tiñan con la sangre púrpura de las vides
    y quede una canción flotando en el azul helor de la tarde madura.
    Oh, sé que he de buscarte.
    Cuando caiga en el río el beso desmayado de la última adelfa
    buscaré tus pisadas sobre la arena tibia
    donde tu cuerpo expiraba bajo el mío
    como un talle verde en el suspenso mediodía.
    Oh, sé que he de buscarte
    cuando el dormido cisne del otoño aletee en su nido;
    pero Junio es ahora un pastor silencioso
    que coronan los oros sagrados de la trilla,
    y yo bebo en tu cuerpo la música desnuda
    que languidece en los violines lentos de la siesta.
    Oh, yo sé que he de buscarte
    cuando la campiña despierte del letargo amarillo de los élitros;
    pero ahora es tu cuerpo sólo, tu cuerpo junto al mío,
    mientras Junio incendia la felicidad de los montes más lejanos
    y el río besa tímidamente nuestros pies
    como si Narciso nos contemplara con sus diluidos ojos verdes de agua.



    NARCISO

    No, no quiero volver...
    Sé que está entre los mimbres secreto y aguardándome.
    Sé que me espera. Piso estos verdes helechos
    que llevan su sombra. Pero no he de ir.
    ¿No he de ir? Aún el estío
    como un áureo zagal se embriaga en las siestas
    y todo para él, esa rosa de fiebre y el venero escondido
    y el queso blando y puro
    y el aire áspero como la lengua del mastín sediento,
    es deseo en su carne.
    Pero no he de dar un paso más.
    Desde aquí te adivino. Estoy tan cerca de ti
    que si mi corazón pronuncia tu nombre
    me responderás en la brisa
    como la selva responde estremecida
    al largo lamento del caracol en labios de los cazadores,
    al penacho de luto que deja entre los árboles
    la sombría guirnalda de las trompas.
    Desde aquí te deseo...
    Este lugar recuerda tu reino y tu silencio:
    ese musgo suave y esas vanas ruinas
    por donde las palomas se aman entre yedras
    y los granados abriendo el cráter de sus frutas
    y las cimas lejanas como cuerpos de animales perezosos
    que durmieran eternamente bajo el azul del cielo.
    Así es tu dominio.
    Pero tú estás ajeno a tu propia hermosura,
    frío junto a la lava rubí de las granadas,
    callado al largo abrazo musical de la yedra,
    al gemido amoroso de las garzas
    que dejan en tu arena, como huella de un beso,
    la señal atrevida de sus patas
    y asustadas, de pronto, vuelan alzando al sol
    el racimo turquesa de sus plumas.
    Viene el atardecer...
    Aguardaré la noche para llegarme a ti,
    cuando no pueda verte, cuando no puedas verme,
    antes de que la luna te despierte en tu sueño
    con el rumor flotante de sus arpas crueles,
    en ese sólo momento en que el campo dormita,
    hasta que la noche agite su tirso de luciérnagas
    y ya de nuevo vuelva al bosque la vida
    y los insectos, como un velo bordado de joyeles vibrátiles,
    tiemblen en las adelfas y el jabalí salvaje
    abra su ojo de cobre y al hechizo nocturno
    quede un instante absorto y las flores,
    pájaros de perfume en jaulas de verdor,
    den al viento sus pétalos y el ruiseñor eterno
    bajo la luz astral enrede el heliotropo de lluvia de sus trinos.
    Ya se acerca la noche. Duerme, criatura amada.
    Abandona al sosiego tu cuerpo, donde el labio
    de mi pasión, morado, tu carnal estatuaria
    trastornaría con un placer intenso y misterioso.
    Mira las palmas de mis manos moldeando mis flancos
    que por ti palpitan como lebreles negros acollarados
    que la brisa sostiene,
    haciéndome gritar de angustia por tu cuerpo que escapa a mi cuerpo
    por esa imposible posesión que me enerva sobre el césped
    como el pámpano verde retorciendo su alambre vivo en las hogueras.
    Duerme, amante cuerpo,
    bajo las dalias calientes de quien te invoca,
    mientras las cañas huecas de mi flauta
    derraman la rubia miel de sus quejas
    en el odre sombrío que la tarde abandona en los barrancos.

    Así estabas, dormida. Los sagrados ropajes desceñía Primavera,
    y con sed, a la orilla de tu cuerpo tendí el mío desnudo.
    Dormías al monótono arrullo de los cielos
    y como un mármol perfecto nada estremecía
    tu letargo perfecto embriagado de dulce aburrimiento.
    Las nubes solitarias como navíos anclados en los árboles,
    con los mástiles revestidos de pájaros errantes
    pasaban lentamente
    y otras veces, el basalto crujiente de las tormentas
    despeñaba sus moles y el rayo convertía en blandón suntuoso
    el pino y sus aromas...
    Tú dormías en la tierra. Dormías y esperabas.
    Me acerqué a tu mirada y mis piernas elásticas
    encontraron el loto esbelto de tus piernas.
    La mañana era entonces unos labios abiertos,
    unas caderas ágiles, un cestillo de fresas,
    una corona húmeda del rocío de la dicha.
    Me arrodillé a tus pies. Ya tenías el ara
    de los dioses y el héroe
    y tus tobillos, donde las campanillas silvestres se enredaban,
    podían saltar gráciles sobre la urna armoniosa de mi vencimiento.

    Allí estaba tu boca... Como doblada rama de los sauces,
    mi torso se inclinaba sobre el tuyo.
    Allí seguía tu boca... Yo imaginaba frutas, vinos ardientes
    y tu cintura joven ceñía un verano mortal
    que agostara la florecilla abierta en la grieta del muro
    y los bosques del éxtasis,
    que secara los ríos morenos y el manantial perdido
    y las bestias se consumieran en la llama de sus rugidos
    y ni un viento azul refrescara la reseca corteza de la tierra.
    Todo mi ser era una ofrenda anhelante.
    Te imploré como antes a las silentes sombras,
    a las altas deidades silenciosas
    ofrecía los mirtos y el vellón.
    Como ellas, callabas y la rueca implacable de los días
    domaba los oscuros olivos de mi llanto
    y mi voz como altar de sacros caramillos,
    esperaba la yerta palabra de los dioses
    fría como ceniza al corazón del hombre.
    Mas tú no eres un dios.
    Tal el príncipe que el otoño desnuda entre las vides,
    tu cuerpo despojado de púrpuras divinas
    emergía brillante como lirio fulmíneo
    dúctil a la caricia tenaz de mi presencia.
    Eso eres tan solo: un cuerpo que el deseo,
    sacerdotal, entrega al tálamo florido de otro cuerpo.

    El alba... Ya te veo... La noche en el jardín
    del viento aún levanta su veneno lunar
    y ríe lejana porque sabe que el hombre anhela su retorno
    sediento de su narcótico misterioso.
    Ríe, víctima triunfal, segura de su pesada monarquía,
    esperando que los mortales invoquen
    su beleño irreal y la confidencia de sus tiorbas por las sienes.

    De nuevo a tu lado.
    Tu carne... Esa es mi plegaria.
    Nacido de mí mismo, tu amor, como puñal en el estuche
    acecha para libertar mi soledad
    porque el amor tan sólo puede ser poseído por la muerte
    y es inútil que los cuerpos se enlacen en un latido turbio
    y las bocas levanten sus voraces hogueras
    y las piernas sus ríos de vértigos estériles
    y cuelguen las cabezas, como degolladas, sobre las bandejas de légamo de los cabellos,
    si la muerte no clava en la médula su cuchillo de espasmo.
    Para siempre a tu lado.
    Prepara ya tus brazos.
    La aurora, en luminosas yuntas ígneas
    abre los surcos pálidos del cielo,
    y el sol, como perla friolenta en la árida mano del espacio,
    como semilla en manos del labrador,
    dora de rosa tu carne funeral ¡oh cadáver de dicha!
    ¡nupcial materia pútrida!
    Entrégame en tus labios, amor, muerte, tu edén.


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    Pablo García Baena (1923-2018) Empty Re: Pablo García Baena (1923-2018)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Jue 02 Mar 2023, 14:04

    .


    De Óleo (1958):


    LOS QUE UN DÍA OS LLEVÁSTEIS

    A fray Rafael María Cantueso, O. P.

    Los que un día os llevásteis, Señor, ¿qué hacen ahora?
    Sí, ya sé que tenéis un estrado lujoso
    donde en sofá de rojos querubines ardientes
    dialogáis altamente las Tres Santas Personas.
    Y el escabel de luna de la Virgen María
    y la fronda de solios, de tiendas, baldaquinos,
    donde, bajo el granate del vellorí, los Santos
    reciben coronados al Esposo de Sangre.
    Sí, ya sé; pero nada sabemos los mortales
    y Vos lo sabéis todo. ¿Qué hacen, Dios, ahora?
    ¿Olvidaron por siempre sus terrenales patrias?
    ¿No recuerdan? ¿O temen escuchar en la noche
    el gradual suspiro de la tierra girando?
    ¿Oyen las campanadas, las trompetas, el sordo
    combate de los besos, la voz de los responsos?
    ¿Y no echarán de menos la gloria que termina,
    la gloria de los días como la del olivo
    bajo la pesadumbre de la muela del sol?
    ¿Tenéis a Vuestra Diestra a aquel joven suicida?
    ¿Y aquel que por los vagos coliseos de la noche
    su soledad arrastraba como un ala, comprando
    con monedas de angustia un símil del amor?
    ¿No piensan? ¿Son ajenos a ellos nuestros gritos,
    nuestros cantos y el rezo tenaz de letanías,
    como la espesa lluvia en torno al mausoleo?
    Tal vez en Vuestra Inmensa Sabiduría, Vos
    que sabéis que son niños, como asustados niños,
    les daréis una sombra, un aroma o palabra
    que les recuerde aquello que en un alba dejaron
    precipitadamente: una gubia de oro
    para tallar mi padre los celestes alerces,
    un confuso rumor de aguas vivas cayendo
    desde Generalifes de luna a Federico,
    a mi madre una larga tarea de pespuntes,
    al labrador la comba granazón de la espiga,
    al leproso una carne de mármol y violetas
    y un faisán como arpa vibrante de color
    al estancado asombro de los ciegos extáticos.

    Si alguna vez llegara, cumplidos ya los días,
    con las manos tendidas como alfolí vacío,
    a la última grada de Vuestro Sacro Estrado,
    por el umbral dejadme, desde donde yo vea
    un camino de tierra, una higuera sedienta
    y, a la rosa del véspero, una voz campesina:
    porque mi oficio es sólo el mirar Vuestra Obra.



    CENIZA

    Al padre Gerardo de Jesús, C. D.

    Otra vez tu ceniza, Señor, sobre mi frente...
    Polvo soy que algún día volverá hasta tus plantas.
    Polvo en la muerte y polvo ahora que aún vivo
    perdido entre la arcilla blanda de tu universo.
    Otra vez la ceniza ardiente como ascua
    que estalla en el volcán de tu amor implacable,
    lucha por derribar, por abatir en Vida
    la altiva barbacana que levanta sus muros
    en la ciudad confusa de mi alma.
    Otra vez la ceniza llamando está en la puerta de mi frente
    con arrullo o con látigo,
    ahora que el deseo me asfixiaba en la sombra de su gran lirio negro,
    ahora que en mi tacto se disipaba el mundo como un vaso quebrado,
    un mundo donde abren sus corolas violentas los senos de las vírgenes,
    un mundo que no cree en los antiguos dioses,
    pero adorna su ara con verbena olorosa
    y se engaña pensando que el viento entre la hierba
    es la pezuña ágil del sátiro que baila.
    Pero has llegado Tú, y aunque es primavera he de cerrar los ojos.
    No podré recordar ni siquiera estos días
    tibios y embriagadores como un vino vertido de turbadoras ánforas
    y de todo mi cuerpo ahuyentaré aquel vaho que me ahoga,
    el humo sofocante de una mirada
    que arde con la llama azul de los espinos quemados en la sierra,
    cuando el pastor descansa su cabeza en el báculo.
    Y mis manos, que se placían en el halago dulce de los azahares,
    que se ataban a otras manos
    como se atan en la canastilla de la Purificación la paloma o la tórtola,
    podrán sólo enlazarse a la espiga, a la llaga,
    acariciar la moneda que se da a los mendigos cuando nadie nos mira,
    crisparse sobre la madera del confesionario
    cuando, rodilla en tierra, los labios van alzando las cortinas del alma;
    o subir como llamas implorantes hasta tu cielo,
    como lenguas rosadas de aquellos animales
    que en el circo lamían la sandalia del mártir.
    Subirán a tu cielo como el perro que teme
    y confía y se arrastra delante de su amo,
    subirán a tu cielo suplicando que anegues
    en tu ceniza viva todo incendio que se levante en mí
    y que tu lava arrase mis mármoles paganos,
    la púrpura soberbia de mis templos,
    los plintos florecidos de mis deseos,
    aun cuando en las almenas de las torres
    haya arqueros que apresten contra Ti sus aljabas
    y la sangre hierva por mi cuerpo
    como un hormiguero aplastado en el camino.



    PALACIO DEL CINEMATÓGRAFO

    Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero
    como siempre. Tú sabes que estoy aquí. Te espero.
    A través de un oscuro bosque de ilusionismo
    llegarás, si traído por el haz nigromántico
    o por el sueño triste de mis ojos
    donde alientas, oh lámpara temblorosa en el cuévano
    profundo de la noche, amor, amor ya mío.
    Llegarás entre el grito del sioux y las hachas
    antes que la rubia heroína sea raptada:
    date prisa, tú puedes impedirlo. O quizás
    en el mismo momento en que el puñal levanta
    las joyas de la ira y la sangre grasienta
    de los asesinos resbala gorda y tibia,
    como cárdena larva aún dudosa
    entre sopor y vida goteando
    por el rojo peluche de las localidades.
    Ven ahora. Un lago clausurado de altos
    árboles verdes, altos ministriles, que pulsa
    la capilla sagrada de los vientos
    nos llama; o el ciclamen vivo de las praderas
    por donde el loco corazón galopa
    oyendo al histrión que declama las viejas
    palabras sin creerlas, del amor y los celos:
    «Pagamos un precio muy elevado por aquella felicidad»;
    o bien: « Ahora soy yo quien necesita luz»,
    y más tarde: «Tuve miedo de ir demasiado lejos»,
    en tanto que el malvís, entre los azafranes
    de technicolor, vuela como una gema alada.
    Ah, llega pronto junto a mí y vence
    cuando la espada abate damascenas lorigas
    y el gentil faraute con su larga trompeta
    pasea la palestra de draperías pesadas
    junto al escaño gótico de Sir Walter Scott.
    Vence con tu áureo nombre, oh Rey Midas; conviérteme
    en monedas de oro para pagar tus besos,
    en el vino de oro que quema entre tus labios,
    en los guantes de oro con los cuales tonsuras
    el capuz abacial de rojos tulipanes.
    Vendrás. Alguna vez estarás a mi lado
    en la tenue penumbra de la noche ya eterna.
    Sentado en la caliza del astral anfiteatro
    te esperaré. Tal ciego que recobra la luz,
    me buscarás. Tus hijos estarán en su palco
    de congelado yeso, divertidos, mirando
    increíbles proezas de cow–boys celestiales,
    y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.



    DÍA DE LA IRA

    Desnúdame, no tengo ya otra cosa.
    El labio casi helado de besar tanta muerte.
    Sájame la mirada, deja el ojo sin lágrimas
    como una carne mísera, tibia para las moscas.
    Sobre tu piedra estoy, no vencido, ligado:
    hiere y al turbio caño de la sangre el impuro
    animal de vagido calïente perezca,
    pues que amó la carne y su comercio
    y fue carnal el llanto para él, como un miedo
    cobarde de pichones en las manos,
    y la oración un pétalo manchado entre los dientes.
    Raspa, rae de mi lengua su nombre, si aún tienes
    en el día del rigor panales de dulzura,
    y opera con tu largo bisturí de clemencia
    el corazón, la entraña que no tuvo cansancio
    ni olvido en el sopor del vino y de las noches,
    y que implacablemente perseguías
    por las angostas calles de la antigua tristeza.
    Rebana de los dedos su urdimbre de caricias
    y deja que mis manos palpen ciegas y ajenas
    la larga tela fría del desengaño.
    Inerme sobre el mármol escucho el viento tuyo
    de las trompas alzadas a la luna postrera,
    cuando el ángel apaga la lucerna del tiempo
    y remueve las vendas,
    el sombrío aposento de las urnas,
    el agujero oscuro, el cenotafio…
    Porque desnudo estoy ante ti y te temo.




    De Antes que el tiempo acabe (1978):


    CÁNDIDO

    Tanto tiempo en silencio, tantos días
    juntos sobre el jergón encarnizado,
    sobre el ara o caverna de la cama
    que altas cortinas, como altivos muros,
    defendían de gritos y de música.
    Amablemente preso te tenía
    amor de seda y garra leonada,
    inerme animal capturado
    en incendiados bosques venatorios.
    Mas en tus ojos un oscuro brillo
    forestal, un latido bronco y libre
    me decían que no es lo suficiente—
    mente espesa la red entretejida,
    como nupcial velambre o madriguera,
    ni la llave de oro y la carlanca
    seguros contra el odio del vencido.
    Así un día te fuiste y los perros
    ladraron a tu muerte entre la niebla,
    entre el olvido, pájaro de lágrimas.
    ...Por las torres de Córdoba llovía...
    Vuelves ahora en altas madrugadas
    de recién lluvia, a encender los cirios,
    ceremonial augusto del recuerdo,
    por mi noche que alúmbrase en lo hondo
    de nueva luz, oh lívidos puñales
    levantados, fantasmas fulgurantes,
    cartas, fotografías, siemprevivas,
    volved a vuestras vainas, a los féretros
    silenciosos que arrastra la corriente.
    Junto a los olas yo también soy libre.



    VIERNES SANTO

    A Jesús Torres


    Hace frío en los atrios esta noche,
    ascuas de cobre sobre los braseros aviva la criada
    y la helada ginebra enfría el labio.
    Roberto Carlos baja tu voz desde el Brasil, oh cuerpo tuyo,
    oh alma mía asómate al gallo, no,
    no le conozco, a la mirada, no, no quiero ver,
    sólo tu pecho entreabriendo rosa oscura
    a la táctil araña de las manos.
    Y está el Pretorio frío con el alba,
    jaspes yertos, columna,
    y desnudo, desnuda hasta la sangre,
    nos desnudamos, rito, sobre el lecho, cordeles lacerantes
    de los besos, caricias aprietan,
    tiran, tinta la res del sacrificio,
    soldados, carcajadas, extinguidas antorchas humeantes,
    oh qué hambrienta vesania, brasas, bocas
    ardiendo, crepitantes leños rojos,
    la túnica de loco arrodillado busca,
    ya no blanca, ni grana, ni violeta,
    sí rígida por las costras,
    por el rayo fulmíneo que derriba
    y no apagues la luz quiero verte los ojos,
    averigua quién te dio el golpe,
    el mazo martillea los clavos en la fragua,
    tafetanes ungiendo sacerdotal desdén,
    y tú me quieres, vino nuevo embriagando mis venas,
    arterias al ocaso como dalias,
    no apartes este cáliz, esta hiel, está el campo
    del alfarero ya comprado con las treinta monedas,
    húmeda arcilla donde clavar alarias plateadas,
    plateados placeres, marea embravecida y plateada
    luna, tinieblas, rueda el dado ciego
    y un vaho de hedor sube de los sepulcros,
    pliega tus alas sobre mi carroña,
    sobre mi carne viva,
    suave buitre ígneo, rapaz tormenta deseada,
    lluvia sangrienta empapa el monte oscuro,
    la adarga, los arneses, fluye cárdena
    sobre las blancas sábanas, los lienzos taponados de rubíes,
    no caiga sobre mí la sangre de este justo,
    pues sólo quise amarte.



    VENECIA

    Allí Venecia en el otoño adriático...

    P. G. B.: Antiguo muchacho

    A Nadia Consolani

    Allí Venecia en el otoño adriático
    su veronés veneno verdeante
    su carnaval mojado desparrama,
    reparte entre las manos del viajero
    camisetas rayadas, bucentauros,
    palomas ciprias hacia San Giorgio.
    Llegan todos ansiosos: kodak, planos,
    ¡oh Venecia!,
    tarjetas del albergo Paganelli.
    Oros líquidos caen de los bulbos hinchados,
    de las cúpulas tensas,
    la corrupción nos acerca entre tus brazos náyades.
    Chorreantes caballos patalean agónicos
    los desteñidos bronces. Suena el tiempo
    y te hundes, Venecia,
    erizada de escamas como un reptil heráldico,
    nos hundimos contigo en tu estancado páramo,
    en ligeros pecados como música o lluvia,
    frutales azafates donde bichean los vermes.
    Se abrazan los tetrarcas en el pórfido,
    presta la espada a la erosión del beso,
    a la campana virgen del diácono.
    Y te vuelves al mar, tu padre incestuoso
    que te posee abierta, a la costumbre,
    pintada actriz que sabe que el amor es moneda fugitiva,
    vieja opulenta que fuiste Serenísima,
    madre de usuras y mercaderías,
    en tu diván de légamo y recuerdo.
    Vuelves al mar. Por la Laguna Muerta
    el cementerio flota como un ahogado oscuro,
    barcazas de difuntos al olvido,
    riada de sollozos alejándose:
    Lord Byron, corazón de cornalina,
    indumentos gofrados de Fortuny,
    laureles dannunzianos,
    rojas gemas al cuello de Desdémona,
    Ana Karenina y su pamela paja
    —niebla al fragor de la locomotora—:
    «Usted puede arrastrar mi nombre por el lodo.»
    Arrástranos contigo, cortesana del agua,
    sueltos los ceñidores, los secretos,
    cloacas engullendo últimas resistencias,
    carmíneas lumbrerías del deseo.
    Rige la podredumbre carnal con tu tridente,
    caduceo florido, muslo, armiño encharcado,
    mientras tus muros caen al liquen de los labios,
    góticas cresterías hacia el fondo,
    hacia el silencio, lecho, adormidera,
    a tu fango de hastío y de sabiduría,
    a tu esplendente fin inexorable,
    Venecia.



    NOCHE OSCURA

    San Juan de la Cruz

    Porque es de noche y va cayendo el agua
    nos abrazamos, solos, en el viejo
    regazo del sofá en tanto suena
    la voz de Nat King Cole, triste y cálida
    rama de broncas ascuas crepitantes
    en la garganta humana de los discos.
    Aunque es de noche duerme en su litera
    de angustia el senescal, ora dormido
    el obispo yacente sobre el laude,
    y en su cama de ruedas duerme el ciego.
    Dormido el mundo, tú y yo velamos
    solos sobre la tierra, porque es noche
    y el agua vierte pura hondo sueño.
    Un humo de durmientes nos acerca
    las bocas… Calla tu corazón al miedo
    aunque es de noche y está frío el planeta
    con nosotros, y el bosque de esa música
    tupiendo yedras alrededor nuestro.
    Llamas somos de un sueño largo y torpe
    que los tendidos sueñan silenciosos
    desde el catre postrero de la tierra.
    Sólo es real el vaso rebosante
    de mi sed, aunque el agua está manando
    y es noche para siempre, noche oscura.



    ULTIMA SOLEDAD

    Luis de Góngora

    ¿Les dejas todo?
    Apenas sí supieron que vivías,
    que vertías tu sangre,
    entre el ramaje intonso de las fábulas,
    vistiendo la tristeza de metales leonados,
    de áspides volantes el hastío
    y la melancolía
    de blancos cisnes o de lilios bellos.
    El orgullo te queda.
    Ya es bien poco
    que oscura vida fue, hostil, limando
    almenas, torres albarranas, muros,
    irrespirable el aire como plaza
    sitiada por el hambre y la epidemia.
    A ti, que disponías de los oros de Arabia,
    de la púrpura tiria
    Los familiares, sí, para ellos todo,
    ese orgullo quebrado,
    esa victoria informe,
    esa gloria que habrán de disputarte
    los necios siempre.
    Tal vez puedas reírte desde arriba.

    Pero no quiero infierno o edén bobo
    donde desde el altor, entre las nubes,
    veamos el cruento
    escenario dispuesto como trampa
    en que la vida copia nuestras vidas
    idénticas, ajena, sorda siempre,
    en otros seres:
    el rey mezquino y el valido inútil,
    vanaglorias, insidias, abandonos,
    sin que podamos mejorar el lance.
    Preferible será dormir por siempre,
    abismo ilimitado sin olas,
    sin memoria,
    al pesado sopor de un vino basto
    que nos haga olvidar ruin cobijo.
    El mar cubriendo fiel el fraude abyecto.

    Quizá la muerte es sentarse piedra
    sobre sitial de piedra, soñolientos
    como deidad o perros a la sombra
    de los cedros celestes.
    Y no oír ese rezo de llanto interminable,
    esa rodante bola de suplicios,
    de injurias, soledad, desvalimiento,
    embebidos en el mineral espectáculo
    de la propia perfección inmortal.
    ¡Qué larga noche!
    Esa la desdichada recompensa:
    el desdén silencioso de los dioses.
    Vamos, pues se hace tarde,
    libertadora la moneda fulva.



    ALBANIO

    Luis Cernuda

    Tuviste miedo siempre de escribir estas líneas,
    como el que ofrece algo de poco precio,
    ni mirto ni laurel,
    algún ramajo seco y a la vez pretencioso,
    o se acerca demasiado a la brasa creadora,
    al insondable fuego
    que consume al poeta en su crisol de ascuas,
    devastador y bello y deslumbrante,
    salamandra de oro cuya vida es la lumbre.
    Cuántas veces, Sevilla
    irreal de blancor y de azahares,
    buscaste aquel aroma, aquel silencio,
    aquella luz suspensa en hermosura
    que eran su huella clara,
    pisada y sortilegio,
    latir de su presencia repentina,
    y que iba más allá de aquel magnolio,
    de aquel compás en sombra,
    de aquella luna grande
    que en la Semana Santa asciende pura,
    toda escenografía
    y a la vez armonía indiferente
    sobre una ciudad enfebrecida.
    En el viejo rincón universitario
    el becqueriano ángel,
    veste de mármol sobre falso túmulo,
    guardaba su secreto corrosivo
    abandonado al tiempo, al visitante
    cada vez más escaso,
    sin saber nada tuyo ni de Bécquer,
    máscara de una gloria oficial
    en una patria
    ignorante y hostil a la poesía.
    Al pie de la memoria,
    por lo que habías oído, ibas
    a la Calle del Aire
    o aquella otra de los Mármoles,
    de itálicas columnas que jaspeaban
    jaramago y ortiga punzadora.
    O en el grutesco aljibe del Alcázar
    en verdinoso laude de agua intentabas
    descifrar, movediza, la escritura
    del limón o la adelfa.
    Fugacidad angustiosa del tiempo estremeciendo
    estatua, hoja, surtidor, relumbre
    de aves por las copas de la tarde,
    melodía ya eco,
    aunque allí pareciera
    detenerse el fluir, intemporal, eterno.
    La distancia y los años levantaron
    el mito de cristal, torre de hastío,
    engreimiento de cisne desdeñoso,
    el reservado orgullo atrabiliario,
    leyenda de despecho,
    isla, armiño, monóculo.
    Y se hizo el silencio,
    el mar estaba en medio como un muro,
    mientras inmarcesible tu poesía
    doraba frutos en las altas ramas;
    labor, fidelidad, esfuerzo, encendimiento,
    mesura, lealtad, dignidad, cegadora belleza,
    virtudes raras en la selva hispana.
    Pero tus lentos ojos no vieron más el sur
    Y tu tumba está lejos.



    SANDUA

    Ricardo Molina

    en Sandua aúlla el viento, ricardo, como un negro
    animal lastimado que bajara del monte
    y es esa queja oscura por los avellanares
    lo que dice a mi alma que de nuevo es otoño,
    octubre, gajo, sorbo morado y que tú has muerto.

    Pero si eras la vida y la luz, la armonía,
    hijo claro del sol, del estío, del agua.
    a orilla de los ríos el esbelto ramaje
    interior de tus días elevaste encendido:
    Guadalquivir, bembézar, Guadiato, Genil.

    Y es ésta aquella tarde cuando el amor citaba
    tu corazón ansioso en los mismos senderos
    de aulagas y lentiscos hacia Quitapesares...
    la tarde monacal y su salmo amarillo,
    ensalmo de febriles ojos entre los árboles.

    allí están los pastores junto al bardal ruinoso
    que la alcaparra cubre con su airón de soberbia
    y como por el sueño, flotando, se oye apenas
    tu voz que va diciendo: Trassierra, Piedrahíta,
    vuestro antiguo secreto guardad en cofre amargo.

    Puedo entrar por tu casa como entonces: los libros
    la gramola, los cromos, la mesa isabelina
    y aquel dorado espejo francés en cuya gruta
    lunar un día se vieran echarpes, aderezos,
    se asombra ante el viudo luto de A. Machado.

    Fueron muchos los nombres que amaste: Flora, Ibiza,
    Juan Sebastián, Li-Po, la Niña de los Peines.
    ¿Quién podría decir los colmados tesoros
    que tu alma, rosa múltiple, deshojaba riendo?
    Voces dispersas unen, cantan la melodía.

    Es bien dura la vida para un poeta pobre.
    las clases comenzaban con el día. Amanece.
    Autobuses, colegios, monjas, ayuntamiento...
    ¡Qué lejano se aspira el olor del romero,
    la libertad, esa lluvia deseada y desnuda!

    La gente más humilde supo de tu sonrisa,
    de tus manos abiertas al mismo desamparo:
    los paveros que traen candeal nochebuena,
    Fuensanta y sus anafes, don Fernando Carmona,
    y era tuya esa lágrima que enjoya su tristeza.

    Por la Ribera, el Potro, Campo de la Verdad,
    por la empinada calle que ahora lleva tu nombre,
    alzabas el moriles pálido en las tabernas
    y la noche feroz, enajenada, abría
    el asfixiante grito irracional del cante.

    Fue largo aquel adiós. las manos se brindaban,
    estrechaban, rehuían. ella estaba segura
    y tejía impasible en su rueca de invierno
    el frío preparado, la mosca, la escayola...
    En Sandua alegremente amanecían los pájaros.




    De Fieles guirnaldas fugitivas (1990):


    RESPLANDOR AÚN DEL DÍA

    A Vicente Aleixandre

    Cuántas veces al paso de la noche alejándose,
    levedad de una carne todavía entre tus dedos,
    esperabas el viejo bus de Torremolinos
    entre los iniciados en misteriosos cultos
    de madrugada: cáñamo, nórdicos del alcohol,
    legionarios, rameras de carmín y cansancio,
    sibilas blasfemantes vendiendo lechos gálicos,
    senos de parafina equivocando el goce,
    el marinero tímido...

    Furtivamente casi, avergonzado, enfrente
    veías auroral lucir la escrita piedra,
    fúlgida al resplandor del nombre que enaltece
    en perennes palabras: «Aquí vivió...» ¿Quién mira
    la lápida y su gloria? Como en hoguera fétida
    arde la podredumbre, el sexo se insinúa
    bajo el dril, perseguido por ojos ya sin brillo.
    Brilla «... el poeta». Oyes el golpe resonante
    del mar latiendo apenas, corazón, ala, llanto;
    «... el poeta Vicente Aleixandre». Aún joven
    lo recuerdas, naranjos del alcázar de Córdoba,
    Trastámaras de sombras huyentes por los bojes
    geométricos al címbalo de la mañana limpia.
    Ebriedad de la luz, ebriedad de la palma
    en sus ojos sabiendo
    y el agua, sus palabras sobre la sed del mármol.
    Bebiste la poesía del hontanar más puro.
    También en Velintonia con el clauso jardín
    y la excusada puerta: diván, tabardo, Góngora
    avizor desde frías penumbras velazqueñas.
    Allí huerto, vergel, edén o paraíso,
    el árbol de su vida creciendo en lumbre, en brasas,
    en entrega total, en rapto deslumbrante,
    tendía los ramajes ígneos sobre el que llega
    palpitante el oráculo,
    como cobija el bosque anocheciente al niño.

    Y es esta la ciudad, interminable noche
    que defiendes tu cripta con uñas de negrura,
    de sus días marinos, del dintel de la dicha,
    perdidos como un agua desvelada que pasa
    silenciosa y no vuelve.



    EL RINCÓN NATIVO

    Hermosa sí lo eras pero ruin y turbia.
    Y te invoqué de lejos cuando me preguntaron,
    llorándote perdida, y te rogué, sumiso
    amante que ya teme leteos en la noche,
    y espera el abandono y es el ascua del celo
    como garra de cólera, adunco sacre torvo
    que el corazón rasgara goteante en balajes.
    Bella sí y deseada. Pero yo te hice mía
    y te muré en diamante, lapidario que talla
    en boato palabras para aderezo tuyo,
    sabiendo de tus urnas caducas de soberbia,
    de tus lúbricas ovas ahogando linfas claras.
    Mas en el duro jaspe se inscriben nuestros nombres,
    para siempre, nupciales, los vínculos esdrújulos,
    mientras te yergues fría y desnuda en la almena
    de aquel excelso muro.



    BOBBY

    No era el amor y se llamaba Antonio.
    Hablaba como un indio del Far—West:
    «hombre alto», «boca larga». Era de Fuengirola.
    y siempre había un teléfono donde llamarlo cuando
    —y reía—
    la noche era más larga, más amarga, más lenta.
    Por las villas de canos jubilados de Holanda,
    por la «suite» de la vieja dama inglesa,
    la viuda o divorciada más allá de los ácidos,
    por el apartamento oscuro del borracho,
    surgía su desnudo auroral como Jonia.
    Era animal de dicha y entraba fiel, ruidoso,
    un grueso calabrote de plata por el cuello...
    Sobre muebles de Herraiz o lacas chinas,
    biombo bermellón de zancudas doradas,
    o en raída moqueta o taquillones
    de castellano en serie,
    iba dejando las botas deportivas,
    los calcetines rojos,
    el pequeño taparrabos celeste,
    la camiseta como broquel de un pecho
    sin defensa. Portador de alegría,
    tal un dios de tobillos alados que bajara
    a los orcos humanos
    ahuyentaba la lágrima, la carta, los somníferos,
    la desesperación y su lívida mecha.
    Y una noche me dijo, su lengua por mi oído,
    «Quisiera haberme muerto».



    MONTE ATHOS

    Volvíamos en la barca,
    la santa montaña de Athos alejándose al amanecer
    con la belleza dormida en sus oscuros árboles,
    nido de águilas rojas en la esmaltaría de los santorales.
    Volvíamos desde el escalonado promontorio
    donde Vatopedi asciende al rezo de las cúpulas
    signando de cruces patriarcales el mar creador
    y donde el duro pan y el queso polvoriento
    sobre dispuesta mesa
    muestran aún al huésped la magnanimidad de los Paleólogos.

    Grafía de los remos hundiéndose
    en el meandro vivo de la espuma
    al impulso de los remeros.
    Sentados en la tabla como en cátedras de tristeza
    los popes canos, rígidos de luto
    distraen entre los dedos el ámbar de las sartas.

    Sólo el joven diácono de manto azul como San Juan de Patmos
    alza la frente rubia a la mañana;
    puro y agreste acepta el brillo de las dagas en el agua.
    Junto a la playa, en Ieryssos, los mílites esperan,
    vigilan sacros comercios ilegales,
    trueques míseros
    de vítreos mosaicos, iconos, menologios.
    Registran a los hieráticos monjes solemnes en el desdén
    y una mano desgarra la talar vestidura del diácono
    que baja la cabeza en el pudor del reo y la inocencia:
    apareció su pecho como un oro carnal de iconostasios.



    EL TAPIZ DE LOS REYES DE ORIENTE

    A Manuel Alvar

    Al pabellón de caza donde los tres caminos
    convergen y se alzan las enseñas reales
    que jironadas lucen los carmines soberbios,
    el azur de la nieve, el verde de los tósigos,
    llegamos en un alba dorada como ocaso.

    Desde el Ganges que enluna el marfil de la muerte,
    desde Etiopía, crespa y lasciva criatura,
    desde Persia que brocha la púrpura con sangre
    por los bosques oscuros, por arenales cálidos,
    sopló el viento borrando las huellas del regreso.

    El unicornio, el jimio, los pavones, la alcándara,
    los mitrados turbantes, gabanes cibelinos,
    el bezoar y el ópalo, la dicha y lo funesto,
    así nos retrataron al oro de las fimbrias
    para el Duque de Berry, para Cosme de Médicis.

    Enardecía el cuerno los bélicos aprestos
    de carros, jabalinas, estoques montaraces
    Los látigos en fleco de víboras ardían
    sobre sedas besantes de embridados leopardos,
    y los dogos, los bracos, los alanos pugnaban.

    Era casi carnal la furia venatoria,
    el monteo, la briega 11 del jinete en acoso,
    y brillando en el día como un ave altanera,
    inalcanzable al dardo, aquella Ursa pálida.
    Y huyeron los augures con los rostros cubiertos.

    Rugía el alalí 13 en gargantas feroces
    y al miedo del lirón, del lobo, de la hiena,
    ocultos en los antros de nieblas minerales,
    el timbalero gualdo, sobre el arzón de cuero,
    funeral golpeaba los cóncavos pezones.

    Así la cabalgada llegó con el invierno
    hasta un tendal ruinoso en el helado páramo,
    yacija de cansancio para el torpor de bestias.
    Alta, la luz del astro quedó inmóvil y fría.
    ¿Quién traería el incienso, la mirra consagrante?

    Sobre unos lienzos crudos encontramos la Víctima.




    De Los campos Elíseos (2006):


    PRIMAVERA ROMANA

    Mármol y hambre en la primavera romana.
    No, no soy la señora Stone.
    Mas amo el arte del desnudo, la proporción latiendo
    ágil, precisa, en bronces, cuerpos,
    modelos de academia al carbón y la tiza.
    Mis ojos sólo ven a través de otros ojos,
    de otra ceguera, miro por las hondas pupilas
    de las estatuas. Andan y sonríen y pasan;
    la vida es bella y trágica, de ópera,
    esa campana suena, ¿es la Tosca? El aria de ese grito
    festeja la frescura de las hojas que emparran
    la frutal angarilla gestatoria.
    Aquí, junto a la fuente verdinosa,
    bajo rayada umbela de algún bar,
    dejo el poso del sino dibujado en la taza.
    ¿Arrojar la moneda? Sé que es triste volver.
    No, no soy la señora Stone.
    Mas ese olor de pinos al crepúsculo...



    MEDINACELI

    Ya en las alcándaras de Medinaceli no se posa el halcón
    ni cantan los gallos en los corrales del amanecer,
    aunque el pueblo está alto en los cielos,
    en la montaña que vigila el día.
    No, no resuena en los valles el tambor de la aceifa.

    Temprano abren las tiendas,
    las clarisas entornan su postigo de cuarterones
    y los confites, la mantequilla dulce de Soria
    –dulce niña Leonor–,
    las roscas de molledo candeal,
    se exponen al dudoso mercadeo.
    Tapiales derruidos, muros
    que la ternura nueva del parral o la yedra
    sostiene de blasones,
    el honor del lobo y de las torres, los besantes y el roble
    son lengua muerta, heráldica,
    ya la descifra sólo Julio Aumente.

    El profeta feroz y vociferante cuya boca es de horno,
    el poeta de la barba roja,
    se acordó un día de Medinaceli,
    antes de que la usura de los bárbaros
    lo encerrara en la jaula,
    ave de altanería con las alas quebradas.

    El pueblo grabó en piedra sus palabras, su nombre.



    MUSEO

    Había un vaso de lilas
    pintadas, goteantes
    en aquel lienzo de la Frick Collection.
    No eran las que comprara
    mi madre, recién alba,
    en el huerto de Cobos.
    Mas olían a infancia y a pupitre,
    abriendo alguna puerta
    a ese país secreto, amargo y dulce.



    EDAD

    Si yo fuera mayor,
    lo cual parece casi imposible,
    amaría los ríos limpios entre las aneas,
    el arco de las truchas,
    las ocas paseando una tras otra tras la orilla,
    bobas y solteras como señoritas puritanas,
    la campana sonando lejana en la heredad,
    todo como lo viera alguna vez
    en un paraje nórdico.
    Y allí, bajo el árbol de la vida,
    sentarme a leer un libro hermoso,
    ya leído.

    Pero sí, soy mayor
    y amo aun lo que apenas si recuerdo:
    la madrugada alta y su ginebra,
    la nuca que termina en rizo último
    entre tus dientes,
    despertar con el alba y con el miedo
    de no saber quién duerme entre las sábanas,
    la ola blanca y fría dejándome en el cuerpo
    la escarcha de los christmas,
    su ventura augural del año nuevo.
    Y a la mañana al sol, junto a la barca,
    leer el mismo libro de mis días.



    GRAN VÍA

    ¡Eh, compañero! ¿Buscas
    al Cristo?, gritó alzándose el mendigo
    predicador en su hacienda de andrajos
    del banco donde duerme,
    a espaldas del benéfico Caballero de Gracias.

    Tuve miedo en la noche, por si fuera
    el Cristo mismo, ebrio, quien me hablara,
    y lo negué tres veces.


    PABLO GARCÍA BAENA, Poesía completa, 2018.




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