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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 08:35

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CLARICE LISPECTOR

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Clarice Lispector nació el 10 de diciembre de 1920 en el pequeño pueblo de Tchetchelnik, Ucrania, por pura casualidad ya que la familia se encontraba en medio del viaje que los llevaría a Brasil. Llegó a Brasil con dos meses y la familia se instaló en Recife. Su madre, que era paralítica, murió cuando ella tenía diez años, sin embargo Clarice recordaba una infancia feliz en la que apenas se dio cuenta de la precariedad económica en la que se encontraban. En plena adolescencia, en 1935, se mudó a Rio de Janeiro con su padre y su hermana. Estudió Derecho y empezó a colaborar con algunos periódicos y revistas. A los veintiún años publicó Cerca del corazón salvaje, una novela ya de plena madurez, que había escrito a los diecisiete años. En la Facultad conoció al que sería su esposo, el diplomático Maury Gurgel Valente, por la profesión de este residieron en Milán, Londres, París y Berna donde nació su hijo Paulo. De vuelta a Río, en 1949, Clarice Lispector retomó su actividad periodística, firmando con el seudónimo Tereza Quadros una columna en la revista Comicio. Publicó cuentos en la revista Senhor y firmaba una columna femenina en el diario Correio da Manhâ con el pseudónimo Helen Palmer. Tuvo también una página femenina diaria en el Diário da Noite, que salía firmada por la actriz Ilka Soares. En septiembre de 1952 volvía a dejar Brasil, desplazándose con el marido a Washington, DC, donde permanecieron ocho años. En febrero de 1953 dio la luz a su segundo hijo, Pedro. Se separó de su marido en 1959 y regreso a Rio, donde volvió a sus colaboraciones en periódicos y revistas, y publicó su primer libro de cuentos Lazos de familia. Fue este un fecundo periodo ya que en 1961 apareció Una manzana en la oscuridad y en 1963 La pasión según G.H., su obra más emblemática.

Un incendio fortuito por una colilla mal apagada en su dormitorio en 1966 le provocó quemaduras y graves secuelas y la sumió en profundas depresiones. En esta época realizaba una crónica semanal para el Jornal do Brasil y colaboró con la revista Manchete realizando entrevistas con artistas e intelectuales.

Murió en Río de Janeiro el 9 de diciembre de 1977 a los 56 años, víctima de un cáncer de ovarios, algunos meses después de publicarse su última novela La hora de la estrella.

 

Clarice Lispector es ya considerada una de las escritoras más importantes del siglo XX. Fue una precursora que utilizó el flujo de conciencia en sus primeros escritos mucho antes de haber leído a Wolf y Joyce, entroncó con el existencialismo pero invirtiéndolo y llenándolo de una vida primigenia que estaba exenta en los textos de Sastre, y ahondó en un estilo de una sequedad fértil y luminosa y profundamente personal.

BIBLIOGRAFÍA

Perto do Coração Selvagem (1944)
O Lustre (1946)
A Cidade Sitiada (1949)
Alguns Contos (1952)
Laços de Família (1960)
A Maçã no Escuro (1961)
A Legião Estrangeira (1964)
A Paixão segundo G.H. (1964)
O Mistério do Coelho Pensante (1967)
A mulher que matou os peixes (1968)
Uma Aprendizagem ou O Livro dos Prazeres (1969)
Felicidade Clandestina (1971)
A imitação da rosa (1973)
Água Viva (1973)
A Vida Íntima de Laura (1974)
A Via-crucis do Corpo (1974)
Onde estivestes de Noite (1974)
A hora da Estrela (1977)
Para não Esquecer (1978)
Quase de Verdade (1978)
Um Sopro de Vida (1978)
A Bela e a Fera (1979)
A Descoberta do Mundo (1984)
Como Nasceram as Estrelas (1987)
Cartas perto do Coração (2001)
Correspondências (2002)

 

Premio Graça Aranha (1943)

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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 08:51

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La manzana en lo oscuro



La manzana en lo oscuro es una tentación. Y su lectura, una oportunidad de perderse para reencontrarse. ¿Como Martim, el misterioso fugitivo que en lo oscuro de la vida en el campo busca el sentido de un acto primordial? ¿El acto que lo llevó a huir? ¿El acto que lo llevará a enfrentarse a su destino? ¿Como Vitória, su “igual” y también su doble despiadado? ¿O la inocente Ermelinda, que sólo ama en Martim lo que de todos los hombres hay en él, salvo él mismo?

Clarice Lispector, tan prolífica en sus exploraciones sistemáticamente azarosas (y sensuales y morales) de la naturaleza humana, entrega en este libro la recompensa de semejante audacia. Y así, un puñado de vidas bajo el escrutinio de la palabra –la especialidad de la autora– cobran nitidez y nos interpelan desde la clara visión de lo oscuro; desde la sombra, cuando la sombra es una amenaza que salva; desde la sombra de donde surge, roja y brillante, una manzana.

De una intensidad única, esta novela provoca con su inteligencia y despierta en el lector su mejor cualidad: la del aventurero, el inconformista, el que no acepta prejuicios para la experiencia. En este sentido, la traducción ha buscado ser fiel a los matices complejos del texto original y al singular estilo narrativo de Lispector –siempre sorprendente y desafiante, siempre bienvenido.




Teresa Arijón – Bárbara Belloc



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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 08:58

Fragmentos de La Manzana en la Oscuridad




Primera parte
Cómo se hace un hombre 11
Segunda parte
Nacimiento del héroe 113
Tercera parte

La manzana en la oscuridad


Al crear todas las cosas, él entró en todo. Al entrar en todas
las cosas, se convirtió en lo que tiene forma y en lo que es informe; se convirtió en lo que puede ser definido y en lo que no
puede ser definido; se convirtió en lo que tiene apoyo y en lo
que no tiene apoyo; se convirtió en lo que es burdo y en lo que
es sutil. Se convirtió en todo tipo de cosas: por eso los sabios lo
llaman lo Real.
Vedas (Upanishad)
Primera parte
Cómo se hace un hombre




1

Esta historia comienza en una noche de marzo tan oscura
como lo es la noche mientras dormimos. Tranquilo, el tiempo
transcurría como la luna altísima atravesando el cielo. Hasta que
más profundamente tarde también la luna desapareció.
Nada diferenciaba ahora el sueño de Martim del lento jardín
sin luna: cuando un hombre duerme tan insondablemente, pasa
a no ser más que aquel árbol en pie o el salto de un sapo en la
oscuridad.
Algunos árboles habían crecido allí con enraizada calma hasta
alcanzar lo más alto de sus propias copas y el límite de su destino. Otros ya habían salido de la tierra como bruscos matorrales.
Los parterres tenían un orden que buscaba concentradamente
servir a una simetría. Si bien esta era perceptible desde lo alto del
balcón del gran hotel, una persona que estuviera al nivel de los
parterres no descubriría ese orden; entre los parterres el camino
se detallaba en pequeños guijarros.
En una de las alamedas el Ford estaba parado desde hacía tanto tiempo que ya formaba parte del gran jardín entrelazado y de
su silencio.
Sin embargo de día el paisaje era otro, y los grillos que vibraban huecos y duros dejaban la extensión enteramente abierta, sin
una sombra. Mientras, el olor era el seco olor de piedra exasperada que el día tiene en el campo. Ese mismo día Martim había
permanecido de pie en el balcón intentando, todavía, con inútil
14
obediencia, no perderse nada de lo que sucedía. Pero lo que sucedía no era mucho: en primer lugar la carretera que se perdía en
suspensa polvareda de sol, solo el jardín apenas observable, comprensible y simétrico desde lo alto del balcón, enmarañado cuando se formaba parte de él, y este recuerdo el hombre lo guardaba
en sus pies desde hacía dos semanas con cuidadosa aplicación,
conservándolo para un uso eventual. Pero, por más atención que
pusiera, el día era imposible de escalar; y como un punto dibujado sobre el mismo punto, la voz del grillo era el propio cuerpo
del grillo, y no informaba sobre nada. La única ventaja del día
era que bajo la luz extrema el coche se convertía en un pequeño
escarabajo que fácilmente podría alcanzar la carretera.


( continuará)


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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 08:59

Pero mientras el hombre dormía el coche se volvía enorme
como se vuelve gigantesca una máquina parada. Y de noche el
jardín era ocupado por la secreta urdimbre que sostiene la oscuridad, con un trabajo cuya existencia las luciérnagas inesperadamente traicionan; cierta humedad también denunciaba la labor.
Y la noche era un elemento en el que la vida, porque se había
vuelto extraña, era reconocible.
Esa noche, alcanzando el hotel vacío y adormilado, el motor del coche empezó a vibrar. Lentamente la oscuridad se había
puesto en movimiento.
En vez de despertar y oír directamente, Martim pasó al otro
lado de la realidad a través de un sueño más profundo y oyó el
ruido que hicieron las ruedas escupiendo arena seca. Después su
nombre fue pronunciado, destacado y limpio, en cierto modo
agradable de oír. Fue el alemán quien habló. En el sueño Martim
disfrutó del sonido de su propio nombre. En seguida el arrebatado grito de un ave, cuyas alas habían sido espantadas en su
inmovilidad, como el espanto se parece a la gran alegría.
Cuando volvió a hacerse el silencio dentro del silencio, Martim se durmió aún más lejos. Aunque en el fondo de su sueño algo lanzaba un difícil eco, intentando organizarse. Hasta
que, sin ningún sentido y libre de la incomodidad de necesitar
ser comprendido, el ruido del coche se recompuso en su memoria con los detalles más agudamente discriminados. La idea
del coche despertó una alerta suave que de momento no entendió, pero que ya había esparcido por el mundo una vaga alarma,
cuyo centro irradiador era el propio hombre: «Así, pues, yo»,
15
pensó su cuerpo conmoviéndose. Continuó echado, gozando
remotamente.
Hacía dos semanas aquel hombre había llegado al hotel, que
encontró en medio de la noche casi sin sorpresa, porque la fatiga
lo hacía todo posible. Era un hotel vacío, solo con el alemán y el
criado, si es que era un criado. Y durante dos semanas, mientras
Martim recuperaba las fuerzas en un sueño casi ininterrumpido, el coche permaneció parado en una de las alamedas, con las
ruedas enterradas en la arena. Y tan inmóvil, tan resistente al
hábito de incredulidad del hombre y a su cuidado de no dejarse
engañar, que Martim había terminado por considerarlo a su disposición.




( continuará)


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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 09:00

Pero la verdad es que ya aquella noche de los pies vacilantes,
cuando por fin se dejó caer medio muerto en una cama verdadera con verdaderas sábanas, ya en aquel instante el coche había representado la garantía de una nueva fuga, en caso de que los dos
hombres se mostraran más curiosos por la identidad del huésped. Y este había caído confiado en el sueño como si nadie jamás
pudiese conseguir separar de su firme garra, que solo prendía la
sábana, la rueda imaginaria de un volante.
El alemán, sin embargo, no le había preguntado nada, y el
criado, si es que lo era, apenas lo miró. La desgana con que lo habían aceptado no procedía de la desconfianza sino del hecho de
que ya no era un hotel desde hacía mucho tiempo, tanto tiempo
como llevaba inútilmente en venta, le había explicado el alemán,
y, para no tener un aspecto sospechoso, Martim había meneado la cabeza sonriendo. Antes de la construcción de la carretera
nueva, los coches pasaban por allí y el caserón aislado no podía
estar mejor situado como posada forzosa para pernoctar. Cuando se trazó y se asfaltó la nueva carretera a cincuenta kilómetros
de allí, desviando lejos el curso de paso, todo el lugar murió y
ya no había motivos para que nadie necesitase un hotel en la
zona entregada ahora al viento. Pero a pesar de la indiferencia
aparente de los dos hombres, la obstinada busca de seguridad de
Martim se había anclado en aquel coche sobre el cual también
las arañas, tranquilizadas por la inmovilidad barnizada, habían
ejecutado su aéreo trabajo ideal.
Era ese coche el que en plena noche se había desarraigado
roncamente.






( continuará)


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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 09:02

En el silencio de nuevo intacto el hombre miraba ahora estúpidamente el techo invisible que en la oscuridad era tan alto
como el cielo. Tendido de espaldas en la cama, intentó reconstruir el ruido de las ruedas con un esfuerzo de placer gratuito,
porque mientras no sentía dolor lo que sentía de manera general
era placer. Desde la cama no veía el jardín. Un poco de bruma
entraba por las persianas venecianas abiertas, el hombre lo notó
por el olor a algodón húmedo y por un cierto anhelo físico de felicidad que la niebla brinda. Entonces, había sido solo un sueño.
Escéptico, sin embargo, se levantó.
En las tinieblas no vio nada desde el balcón y ni siquiera adivinó la simetría de los parterres. Algunas manchas más negras
que la propia negrura indicaban el probable lugar de los árboles.
El jardín no era todavía más que un esfuerzo de su memoria, y
el hombre miró quieto, adormilado. Alguna que otra luciérnaga
hacía más vasta la oscuridad.
Olvidado del sueño que lo había guiado hasta el balcón, al
cuerpo del hombre le agradó sentirse saludablemente en pie; el
aire suspendido apenas alteraba la oscura posición de las hojas.
Allí permaneció aturdido, con la sucesión de cuartos desocupados tras de sí. Sin emoción aquellos cuartos vacíos lo repetían y
lo repetían hasta borrarse donde el hombre ya no se veía. Martim
suspiró en su amplio sueño despierto. Sin insistir demasiado, intentó alcanzar la noción de los últimos cuartos como si él mismo
se hubiese vuelto demasiado grande y disgregado, y, por algún
motivo que ya había olvidado, necesitase oscuramente recogerse,
tal vez para pensar o sentir. Pero no lo consiguió, y estaba muy
tranquilo. Así se quedó con el aire cortés de un hombre que ha
recibido un golpe en la cabeza. Hasta que, como un reloj que deja
de funcionar y solo entonces nos advierte de que antes funcionaba, Martim percibió el silencio y dentro del silencio su propia
presencia. Ahora, a través de una incomprensión muy familiar, el
hombre empezó por fin a ser indi
stintamente él mismo



( continuará)


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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 09:03

Entonces las cosas pasaron a reorganizarse a partir de él: las
tinieblas se fueron deshaciendo, las ramas comenzaron a formarse lentamente bajo el balcón, las sombras se dividieron en
flores todavía irresolutas; con los límites ocultos por la lozanía
inmóvil de las plantas, los parterres se delinearon plenos, suaves. El hombre gruñó aprobador: con cierta dificultad acababa
de reconocer el jardín que en esas dos semanas de sueño había
constituido a intervalos su irreductible visión.
En ese momento una luna desfallecida atravesó una nube con
un gran silencio y en silencio se derramó sobre las piedras tranquilas, desapareciendo en silencio en la oscuridad. La cara del
hombre, bañada por la luna, se dirigió entonces hacia la alameda
donde el Ford estaba inmóvil.
Pero el coche había desaparecido.
El cuerpo entero del hombre despertó súbitamente. De un
vistazo astuto sus ojos recorrieron toda la oscuridad del jardín
y, sin un gesto de aviso, se volvió al cuarto con un leve salto de
mono.
Nada se movía en el hueco del aposento que de puro oscuro
se había vuelto enorme. El hombre se quedó jadeando, atento
e inútilmente feroz, con las manos tendidas, como una avanzadilla para el ataque. Pero el silencio del hotel era el mismo de
la noche. Y sin límites visibles, el cuarto prolongaba como una
emanación la oscuridad del jardín. Para despertarse el hombre
se frotó varias veces los ojos con el dorso de una de sus manos
mientras dejaba la otra libre para la defensa. Fue inútil su nueva
sensibilidad: en las tinieblas los ojos totalmente abiertos no vieron ni siquiera las paredes.



(continuará)


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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 09:04

Era como si le hubiesen depositado solo en un campo y al
final despertase de un largo sueño del cual habían formado parte
un hotel desahuciado en un terreno vacío y un coche solo imaginado por su deseo, y sobre todo como si hubiesen desaparecido
los motivos para que un hombre permaneciese expectante en un
lugar que también era solo expectativa.
De lo real solo le quedó la sagacidad que le había hecho dar
un salto para defenderse confusamente. La misma que lo llevaba
ahora a razonar con inesperada lucidez que si el alemán había
ido a denunciarlo tardaría algún tiempo en ir y en volver con la
policía.
Lo que le dejaba aún temporalmente libre, a menos que el
criado estuviese encargado de vigilarlo. Y en ese caso el criado, si
lo era, estaría en ese mismo momento en la puerta de aquel cuarto con el oído atento al menor movimiento del huésped.
Así pensó. Y acabado el razonamiento, al que había llegado
con la maleabilidad con que un invertebrado se encoge para des-
lizarse, Martim se sumergió de nuevo en la misma ausencia anterior de razones y en la misma obtusa imparcialidad, como si nada
tuviese que ver consigo mismo, y la especie se encargase de él. Sin
una mirada atrás, guiado por una escurridiza destreza de movimientos, empezó a bajar por el balcón apoyando los pies inesperadamente flexibles en los ladrillos salientes. En su atenta lejanía el
hombre sentía cerca de su cara el olor malévolo de las hiedras rotas como si ya nunca lo fuese a olvidar. Su alma, ahora solo alerta,
no distinguía lo que era o no importante, y dio a toda la operación
la misma consideración escrupulosa.
Con un salto ágil, que obligó al jardín a retener un suspiro,
se encontró en pleno centro de un parterre, que se estremeció y
luego se cerró. Con el cuerpo en alerta, el hombre esperó a que
el mensaje de su salto fuese transmitido de secreto en secreto
eco hasta transformarse en un lejano silencio; su vibración acabó
estrellándose en las laderas de alguna montaña. Nadie había enseñado al hombre esa complicidad con lo que sucede de noche,
pero el cuerpo sabe.
Esperó un poco más. Hasta que no sucedió nada. Solo entonces palpó con cuidado las gafas en su bolsillo: estaban intactas.
Suspiró con cuidado y finalmente miró a su alrededor. La noche
era de una delicadeza grande y oscura.




( continuará)


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Mensaje por Maria Lua Jue 19 Ene 2023, 09:06

2


Aquel hombre anduvo leguas, dejando el caserón cada vez
más atrás. Procuraba andar en línea recta y a veces se inmovilizaba un segundo agarrando con cautela el aire. Como andaba en
las tinieblas no podía ni siquiera adivinar en qué dirección había
dejado el hotel. Solo su propia intención de andar en línea recta
lo guiaba en la oscuridad. El hombre bien podría ser negro, de
tan poco le servía la claridad de su propia piel, y solo sabía quién
era por la sensación de los movimientos que hacía.
Con la mansedumbre de un esclavo, huía. Cierta dulzura se
había apoderado de él, pero vigilaba su propia sumisión y de alguna forma la dirigía. Ningún pensamiento perturbaba su marcha constante, ya insensible, excepto, de vez en cuando, la idea
poco clara de que quizás estuviese andando en círculos,

(...)






Traducción del portugués de
Elena Losada


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Mensaje por Maria Lua Dom 22 Ene 2023, 08:31

Ya sé qué es lo que se llama verdadera novela. Sin embargo, al leerla, con sus tramas de hechos y descripciones, solo me aburre. Y cuando escribo no es la clásica novela. Sin embargo es novela realmente. Solo que lo que me guía al escribirla es siempre un sentido de búsqueda y de descubrimiento. No, no de la sintaxis en sí, sino de una sintaxis que se acerque y me acerque lo más posible a lo que estoy pensando en el
momento de escribir. Además, pensándolo mejor, nunca he escogido el lenguaje. Lo único que he hecho es irme obedeciendo.
Irme obedeciendo, eso es realmente lo que hago cuando escribo, y ahora mismo es así. Me voy siguiendo, incluso sin saber adónde me llevará. A veces seguirme es tan difícil —por estar siguiendo en mí lo que no es más que una nebulosa— que acabo desistiendo.



Aprendiendo a vivir.


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Mensaje por Maria Lua Dom 22 Ene 2023, 08:33

Sí, mi fuerza está en la soledad. No tengo miedo ni de lluvias tempestuosas ni de grandes vendavales desatados, pues yo también soy la oscuridad de la noche. Aunque no aguante oír ni silbidos ni pasos en la oscuridad. ¿Oscuridad? Me acuerdo de una novia que tuve: era una muchacha-mujer y con qué oscuridad dentro del cuerpo. Nunca la olvidé: jamás se olvida a una persona con la que se durmió. El acontecimiento queda tatuado, marcado a fuego en carne viva y todos los que perciben el estigma huyen con horror.




La hora de la estrella.


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Mensaje por Maria Lua Mar 24 Ene 2023, 07:46

Clarice Lispector, la escritora que escribía en medio de la vida

La autora de "Agua viva" y "Lazos de familia", entre otros textos, revolucionó la literatura brasileña de la segunda mitad del siglo XX. La interpretación de su obra está lejos de agotarse.



"El mundo de afuera también es íntimo”.

La frase de Clarice Lispector (1920-1977) resuena con una potencia excepcional en el centenario de su nacimiento, que se celebra el jueves 10 de diciembre. La escritora que revolucionó la literatura brasileña de la segunda mitad del siglo XX inventó una lengua propia que permanece y que logra conjurar el envejecimiento, aquello condenado a caducar por el paso del tiempo. Hay una singularidad salvaje, en estado puro, que irradió desde la lengua portuguesa al mundo. La audacia y la atención con la que iluminó los detalles sensoriales, la intensidad de los momentos mínimos, una escritura “desnuda y límpida”, tímida y osada al mismo tiempo, consciente de la delicada tensión entre lo dicho y la elipsis, entre lo que emerge y lo que está sumergido, podrían asomarse al fenómeno Clarice, a esa especie de felicidad clandestina que irrumpe, sin cesar, cada vez que se la lee.




Un soplo de vida



Se ha dicho y escrito que Clarice era “una extranjera en la tierra”. Nació el 10 de diciembre de 1920 en Chechelnik, bajo el nombre Chaya Pinjasovna Lispector. Un año después su familia salió hacia la actual Moldavia, luego recaló en Rumania, donde consiguieron pasaportes rusos que le permitieron viajar a Brasil en 1922. El primer destino fue Alagoas (Maceió) y apenas llegaron todos adoptaron nombres portugueses. Chaya, entonces, devino Clarice. Cuando tenía cinco años, sus padres se mudaron a Recife. A los catorce se instaló en Río de Janeiro, la ciudad donde vivió la mayor parte de su vida, excepto cuando acompañó a su esposo, el diplomático Maury Gurgel Valente, con quien tuvo dos hijos, a Nápoles, Inglaterra, París, Berna y Washington. “Daba la impresión de ir por el mundo como quien desembarca de nochecita en una ciudad desconocida en la que hay una huelga de transporte”, la describió Antonio Callado en un pequeño fragmento incluido en la biografía literaria Clarice. Una vida que se cuenta (Adriana Hidalgo), de Nádia Battella Gotlib.

“¿Qué sería entonces aquella sensación de fuerza contenida, lista para explotar en violencia, aquella sed de emplearla con los ojos cerrados, entera, con la seguridad irreflexiva de una fiera? ¿No era solo en el mal que alguien podía respirar sin miedo, aceptando el aire y los pulmones? Ni el placer me daría tanto placer como el mal, pensaba sorprendida. Sentía dentro de sí un animal perfecto, lleno de inconsecuencias, de egoísmo y vitalidad”, se lee en Cerca del corazón salvaje, su primera novela publicada en 1943, donde la historia de Joana, la protagonista, se va hilvanando “a partir de fragmentos ordenados más en torno a la construcción de una densidad psicológica que en torno a la organización de los hechos de su vida”, plantea la traductora y autora del prólogo Florencia Garramuño en esta novela publicada por Corregidor, editorial que ha relanzado nuevas ediciones de la obra de la escritora brasileña durante 2020: Felicidad clandestina, con traducción de Marcelo Cohen; La pasión según G.H., traducida por Gonzalo Aguilar; Agua viva, en versión de Mario Cámara y Lazos de familia, con traducción de Luz Horne.

Clarice hinca el diente a fondo en la subjetividad de los personajes, especialmente en las mujeres, como nadie lo había hecho hasta entonces: “Pierdo la consciencia, pero no importa, encuentro la mayor serenidad en la alucinación. Es curioso cómo no sé decir quién soy. Es decir, lo sé muy bien, pero no puedo decirlo. Sobre todo tengo miedo de decirlo, porque en el momento en que intento hablar no solo no expreso lo que siento sino que lo que siento se transforma lentamente en lo que digo”. Nada carece de importancia, por más minúsculo y banal que parezca. El tono “menor” lo manejaba con la fluidez y la inquietante sabiduría de quien intuye que el mundo cotidiano, ese que está tan a mano y próximo que por desidia o pereza se vuelve casi invisible, es un manantial de sensaciones y sorpresas. Sólo es necesario volver a mirar todo, como si fuera la primera vez, para captar las señales de una realidad subyacente. Desde novelas como La pasión según G.H., Un aprendizaje o el libro de los placeres, La hora de la estrella, Agua viva y Un soplo de vida como en los relatos de Lazos de familia, Felicidad clandestina y La bella y la bestia, entre otros libros, propuso una manera de oír y mirar la vida que se expande.





continuará

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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 07:31

La magia del instante




En septiembre de 1966 dos adicciones conspiraron contra su vida. Las pastillas para dormir surtieron efecto antes de que se consumiera el último cigarrillo. Como si estuviera protagonizando la peor pesadilla, a los 46 años se despertó por el humo. Lo primero que intentó hacer fue salvar los textos del fuego con sus manos. Los médicos estuvieron a punto de amputarle la mano derecha. La mano con la que escribía tenía los dedos, las palmas y las muñecas con quemaduras de tercer grado, como en las piernas y otras partes del cuerpo. Más de diez años después, la belleza de Clarice, con esas pestañas arqueadas como si exploraran el más allá de algún secreto y esa mirada hipnótica que impresiona, parece intacta en la última entrevista que dio en 1977 (el mismo año en que murió, a las 56 años, por un cáncer de ovario, el 9 de diciembre, un día antes de cumplir años) para el programa Panorama. Nadie maneja los silencios como Clarice. “Yo no soy una profesional, yo escribo cuando quiero”, respondió con firmeza. “O toca o no toca. Supongo que entender no es una cuestión de inteligencia sino de sentir”, agregó la escritora sin disimular la incomodidad que le generaba que la entrevistaran. “Cuando empiezan a hacerme muchas preguntas complicadas, me siento como el ciempiés al que un día preguntaron cómo no se confundía al andar con cien pies. Él quiso demostrar su técnica y acabó olvidando lo que sabía. A mí también me da miedo eso”, dijo al Jornal do Brasil, en unas declaraciones concedidas en enero de 1971.

“Lo que siento es que un libro, una vez terminado, pasa a tener vida propia. Es como el cachorro de un animal. La realización del libro sea cual fuere su contenido -el de un cuento o el de toda una novela- siempre es algo doloroso. Un proceso angustiante. Terminado este sufrimiento, o sea consumado el parto, quiero que el libro salga por ahí, que se las arregle. No retrabajo el estilo, no retoco nada -explicaba Clarice a la revista Crisis, entrevistada por Eric Nepomuceno-. Para escribir necesito abstraerme de todo. Cuando escribo no pienso en nadie, ni siquiera en mi misma. Lo único que me preocupa es captar la realidad íntima de las cosas y la magia del instante. Mis novelas y mis cuentos vienen de a pedazos, anotaciones sobre los personajes, el tema, el escenario, que después voy ordenando, pero que nacen de una realidad interior vivida o imaginada, siempre muy personal. No me preocupo nunca por la estructura de la obra. La única estructura que admito es la ósea”.


“Hay una foto de Clarice que muestra cómo escribía: con la máquina de escribir en la falda, mientras cuidaba a sus hijos pequeños. Se llevaba la máquina con ella, se llevaba la escritura con ella, eso sí que era escribir con el cuerpo –dice Florencia Garramuño a Página/12-. Creo que amamos a Clarice por eso, porque escribía con el cuerpo, en medio de la vida, en medio del remolino”. Fernanda Pampín de la editorial Corregidor subraya que “leer a Clarice es una experiencia sin lugar a dudas singular” y advierte que probablemente sea la autora latinoamericana más leída y reconocida en todo el mundo. “Renovó la literatura brasileña tal como se conocía: renunció a las ataduras genéricas, provocó y desacomodó a los lectores, inventó un lenguaje propio, nos mostró el artificio de la escritura. Construyó una narrativa intensa basada en historias mínimas, donde las sensaciones y los afectos son protagonistas. Expresó y mantuvo a lo largo de su obra preocupaciones universales: su pasión por la vida y, al mismo tiempo, por la inminencia de la muerte, por la soledad, la angustia, la maternidad, la infancia, el amor o lo femenino. Por eso y tanto más es que amamos a Clarice”, aclara Pampín.






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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 07:38

“La construcción de la intimidad en Clarice se puede ver en todos los planos: en el tono de su escritura, en sus temas, en su figura autoral. Y en esa intimidad en la que uno entra (que no es la de la vida privada solamente sino también el mundo del afuera), la combinación de vulnerabilidad y fortaleza que atraviesa toda su obra hace que nos sintamos muy cerca de ella. Que queramos cobijarla pero también que ella nos proteja. Son pocos los escritores que logran esa complicidad, esa necesidad mutua”, reflexiona el escritor y traductor Gonzalo Aguilar, profesor de Literatura Brasileña y Portuguesa en la Universidad de Buenos Aires. “La entrega de Clarice a la sensorialidad hizo que pudiera percibir muchísimas cuestiones que escapaban a las visiones más intelectuales o teóricas y que con el tiempo se han convertido en cruciales: su percepción del espacio y la relación con el género femenino, la importancia de la performance física para reafirmar subjetividades, la búsqueda de la intimidad en un mundo de comunicación plena pero banal, la incorporación del otro aunque sea abyecto, el uso de todos los géneros literarios y su superación, el contacto con la vida pura como la ecología de todos los seres”.

Aguilar precisa que hay un trabajo con el lenguaje que no se dirige al virtuosismo sino a una expresión directa y certera. “Cada época hace nuevas preguntas y a cada época la literatura de Clarice le ofrece respuestas originales y contundentes. Es un poco la definición de clásico, que es en cierto modo en lo que se ha convertido: ser actual más allá del paso del tiempo”, recuerda el escritor y traductor y apela a la distinción que hace Vladimir Jankelevitch entre enigma y misterio. “Enigma es lo que se puede develar, resolver, disipar. El misterio no admite una solución, se mantiene incólume y no deja de producir relatos sin agotarse nunca –compara Aguilar-. Clarice es una escritora del misterio y eso hace que las interpretaciones de sus textos no se agoten y se multipliquen en cada lectura”.

Garramuño tiene una hipótesis sobre el hechizo que ejerce la narrativa de la escritora brasileña. “Tal vez la fascinación contemporánea por la literatura de Clarice Lispector pueda ser vista como síntoma de una insatisfacción de la literatura actual con géneros definidos y estructurados que se concentran en historias individuales; como síntomas –más bien- de una insatisfacción de la cultura contemporánea por las formas individualizantes y estables y un deseo –una pulsión– por formas más comunes e impersonales que logren narrar, contener e imaginar, más allá del individuo, la noción de una experiencia ajena y al mismo tiempo íntima a las que el mundo contemporáneo nos confronta. Como quiera que sea, lo cierto es que al haber llegado al hueso desnudo de la narración, al haber llevado la literatura a poder ‘decirlo todo sobre lo humano’, como señaló Evando de Nascimento (Nascimento 2012), Clarice Lispector se convirtió en una inspiración fértil para que la cultura contemporánea fuera ensayando y encontrando formas y dispositivos poderosos para expandir sus fronteras”.

Los traductores se enfrentan con el “misterio” de Clarice. “Lo más difícil al traducirla es transmitir lo inusitado de su prosa sin que suene extraño, ornamentado o demasiado erudito –reconoce Garramuño-. Clarice utilizaba imágenes extrañas, poco comunes, pero no por un artificio literario sino por utilizar frases y giros inesperados, en lugares donde no los imaginaríamos, pero que no suenan nada forzados o literarios. Es escribir con mucha naturalidad una lengua propia, única, que sin embargo se reconoce en la lengua de todos y todas”. Aguilar cree que el mayor desafío está en la sintaxis y en el tono. “Hay que hacer malabarismos con el castellano para lograr la sensación de fluidez de su prosa. En relación con el tono, me siento como Rodrigo S.M., el personaje de La hora de la estrella: un hombre que es hablado por una mujer y que es inventado por ella”.



Ella está más viva que nunca por todas las preguntas que sembró: ¿Dónde se guarda la música, Clarice, cuando no suena?




FIN


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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 07:40

El triunfo


Triunfo,
«Pan, Río de Janeiro, nº 227,
25 de mayo de 1940



El reloj da las nueve. Un golpe alto, sonoro, seguido de una campanada suave, un eco.
Después, el silencio. La clara mancha de sol se extiende poco a poco por el césped del
jardín. Trepa por el muro rojo de la casa, haciendo brillar la hiedra con mil luces de rocío.
Encuentra una abertura, la ventana. Penetra. Y se apodera de repente del aposento, burlando
la vigilancia de la cortina leve.
Luísa sigue inmóvil, tendida sobre las sábanas revueltas, el pelo esparcido sobre la
almohada. Un brazo aquí, otro allí, crucificada por la languidez. El calor del sol y su
claridad llenan el cuarto. Luísa parpadea. Frunce las cejas.
Hace un gesto con la boca. Abre los ojos, finalmente, y los fija en el techo. Lentamente
el día le va entrando en el cuerpo. Escucha un ruido de hojas secas pisadas. Pasos lejanos,
menudos y apresurados. Un niño corre por el camino, piensa. De nuevo, el silencio. Se
divierte un momento escuchándolo. Es absoluto, como de muerte. Naturalmente, porque la
casa está apartada, bien aislada. Pero... ¿y aquellos ruidos familiares de cada mañana? ¿El
sonido de pasos, risas, tintinear de vajilla que anuncia el nacimiento del día en su casa?
Lentamente le viene a la cabeza la idea de que sabe la razón del silencio. Pero la aparta con
obstinación. De repente sus ojos crecen. Luísa se encuentra sentada en la cama, con un
estremecimiento en todo el cuerpo. Mira con los ojos, con la cabeza, con todos los nervios,
la otra cama de la habitación. Está vacía.
Levanta la almohada verticalmente, se apoya en ella, la cabeza inclinada, los ojos
cerrados.
Así pues, es verdad. Rememora la tarde anterior y la noche, la atormentada noche que
vino después y se prolongó hasta la madrugada. Él se fue, ayer por la tarde. Se llevó las
maletas, las maletas que sólo hacía dos semanas que habían llegado festivas, con pegatinas
de París, Milán. Se llevó también al criado que había venido con ellos. El silencio de la casa
quedaba explicado. Estaba sola desde su partida. Se habían peleado. Ella, callada, frente a
él. Él, el intelectual fino y superior, vociferando, acusándola, señalándola con el dedo. Y
aquella sensación ya experimentada otras veces cuando se peleaban: si se va me muero, me
muero. Oía aún sus palabras.

—¡Tú, tú me atas, me aniquilas! ¡Guárdate tu amor, dáselo a quien quieras, a quien no
tenga nada que hacer! ¿Me entiendes? ¡Sí! ¡Desde que te conozco no produzco nada! Me
siento encadenado. ¡Encadenado a tus cuidados, a tus caricias, a tu celo excesivo, a ti! ¡Te
detesto!, ¡piénsalo bien, te detesto! Yo...
Esas explosiones eran frecuentes. Siempre estaba la amenaza de su partida. Luísa, ante
esa palabra, se transformaba. Ella, tan llena de dignidad, tan irónica y segura de sí, le había
suplicado que se quedase, con una palidez y locura tales en el rostro que las otras veces él
lo había aceptado.
Y la felicidad la invadía, tan intensa y clara que la recompensaba de lo que nunca
imaginaba que fuese una humillación, pero que él le hacía entrever con argumentos irónicos
que ella ni escuchaba. Esta vez se había enfadado, como las otras, casi sin motivo. Luísa lo
había interrumpido, decía él, en el momento en que una nueva idea brotaba, luminosa, en su
cerebro. Le había cortado la inspiración en el instante exacto en que nacía con una frase
tonta sobre el tiempo, rematándola con un insoportable: «¿verdad, cariño?». Dijo que
necesitaba condiciones para producir, para continuar su novela, segada desde el principio
por una imposibilidad absoluta de concentrarse. Se fue a donde pudiese encontrar «el
ambiente».

Y la casa se había quedado en silencio. Ella de pie en la habitación, como si le hubiesen
extraído del cuerpo toda el alma. Esperando verlo aparecer de nuevo, su cuerpo viril
encuadrado en el marco de la puerta. Le oiría decir, los anchos hombros amados
estremeciéndose de risa, que todo era una broma, un experimento para una página de su
libro.
Pero el silencio se había prolongado infinitamente, sólo rasgado por el ruido monótono
de la cigarra. La noche sin luna había invadido lentamente la habitación. El aire fresco de
junio la hacía estremecerse.
«Se ha ido», pensó. «Se ha ido.» Nunca le había parecido tan llena de sentido esa
expresión, aunque la hubiese leído antes muchas veces en las novelas de amor. «Se ha ido»
no era tan simple. Arrastraba un vacío inmenso en la cabeza y en el pecho. Si la golpeasen
allí, imaginaba, sonaría metálico. ¿Cómo viviría ahora?, se preguntaba de repente, con una
calma exagerada, como si se tratase de algo neutro. Repetía, repetía siempre: ¿y ahora?
Recorrió con la mirada el cuarto en tinieblas. Tocó el interruptor, buscó la ropa, el libro de
cabecera, sus vestigios. No había quedado nada. Se asustó. «Se ha ido.»
Se revolvió en la cama horas y horas sin que llegara el sueño. De madrugada, debilitada
por la vigilia y por el dolor, con los ojos ardientes, la cabeza pesada, cayó en una
semiinconsciencia. Pero su cabeza no dejó de trabajar, imágenes, las más locas, le llegaban
a la mente, apenas esbozadas y ya fugitivas.

Dieron las once, largas y descansadas. Un pájaro soltó un grito agudo. Todo se ha
paralizado desde ayer, piensa Luísa. Sigue sentada en la cama, estúpidamente, sin saber qué
hacer. Fija los ojos en una marina de colores frescos.
Nunca había visto un agua que diera una tal impresión de fluidez y movilidad. Nunca
había reparado en el cuadro.
De repente, como un dardo, una herida dura y profunda: «se ha ido» ¡No, es mentira!
Se levanta. Seguro que se ha enfadado y se ha ido a dormir a la habitación de al lado.
Corre, empuja la puerta. Vacía. Va hacia la mesa donde él trabajaba, revuelve
febrilmente los periódicos abandonados. Quizá haya dejado alguna nota, diciendo, por
ejemplo: «A pesar de todo te amo. Vuelvo mañana». No, ¡hoy mismo! Sólo encuentra una
hoja de papel de su bloc de notas. Le da la vuelta. «Estoy sentado desde hace seguramente
dos horas y todavía no he conseguido concentrarme. Pero tampoco me concentro en nada
que esté a mi alrededor. La atención tiene alas, pero no se posa en ningún sitio. No consigo
escribir. No consigo escribir. Con estas palabras hurgo en una herida. Mi mediocridad es
tan...» Luísa para de leer. Es lo que ella siempre había sentido, aunque vagamente:
mediocridad. Se queda absorta. Entonces, ¿él lo sabía? Qué impresión de debilidad, de
pusilanimidad, en aquel simple papel... Jorge... murmura débilmente. Desearía no haber
leído aquella confesión. Se apoya en la pared. Llora silenciosamente. Llora hasta el
cansancio.
Va al lavabo y se moja la cara. Sensación de frescura, desahogo. Está despertando. Se
anima. Se trenza el pelo, lo prende en un moño. Se frota la cara con jabón, hasta sentir la
piel estirada, brillante. Se mira al espejo y parece una colegiala. Busca la barra de labios,
pero recuerda a tiempo que ya no le hace falta.
El comedor está a oscuras, húmedo y sofocante. Abre las ventanas de golpe. Y la
claridad penetra con ímpetu. El aire nuevo entra rápido, lo toca todo, mueve la cortina
clara. Parece que hasta el reloj suena más vigorosamente. Luísa se queda ligeramente
sorprendida. Hay tanto encanto en esa habitación alegre, en esas cosas súbitamente claras y
reavivadas. Se asoma a la ventana. A la sombra de esos árboles en alameda que terminan a
lo lejos en la carretera roja de barro... En realidad nunca había reparado en nada de eso.
Siempre había vivido allí con él. Él lo era todo. Sólo él existía. Él se había ido. Y las cosas
no estaban del todo desprovistas de encanto. Tenían vida propia. Luísa se pasó la mano por
la frente, quería alejar los pensamientos. Con él había aprendido la tortura (sic)1
las ideas,
profundizando en sus menores partículas.
Preparó un café y se lo tomó. Y como no tenía nada que hacer y temía pensar, cogió
unas piezas de ropa puestas para lavar y fue al fondo del patio, donde había un gran
lavadero. Se arremangó, se subió los pantalones del pijama y empezó a fregarlas con jabón.
Inclinada así, moviendo los brazos con vehemencia, mordiéndose el labio inferior por el
esfuerzo, la sangre latiendo con fuerza en el cuerpo, se sorprendió a sí misma. Paró, dejó de
fruncir el ceño y se quedó mirando al frente. Ella, tan espiritualizada por la compañía de
aquel hombre... Le pareció oír su risa irónica, citando a Schopenhauer, Platón, que
pensaron y pensaron... Una dulce brisa le alborotó los cabellos de la nuca, le secó la espuma
de los dedos.

Luísa terminó su tarea. Toda ella exhalaba el olor áspero y simple del jabón. El trabajo
le había dado calor. Miró el grifo grande, del que manaba agua limpia. Sentía un calor... De
repente tuvo una idea. Se quitó la ropa, abrió del todo el grifo y el agua helada le corrió por
el cuerpo, arrancándole un grito de frío. Aquel baño improvisado la hacía reír de placer.
Desde su bañera tenía una vista maravillosa, bajo un sol ya ardiente. Se quedó un momento
seria, inmóvil. La novela inacabada, la confesión encontrada. Se quedó absorta, una arruga
en la frente y en la comisura de los labios. La confesión. Pero el agua corría helada sobre su
cuerpo y reclamaba ruidosamente su atención. Un calor bueno circulaba ya por sus venas.
De repente tuvo una sonrisa, un pensamiento. Él volvería. Él volvería. Miró a su alrededor
la mañana perfecta, respirando profundamente y sintiendo, casi con orgullo, su corazón
latiendo cadencioso y lleno de vida. Un tibio rayo de sol la envolvió. Se rió. Él volvería,
porque ella era la más fuerte.

1
Estas indicaciones aparecen en el texto original. Indican una posible errata o lectura ambigua. (N. de la T.)





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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 07:49

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Clarice Lispector
Descubrimientos
Crónicas - 2



Título original: A descoberta do mundo
Clarice Lispector, 1984
Traducción: Claudia Solans



Prólogo



Con este volumen se completa la publicación en castellano de las crónicas que Clarice Lispector
escribió cada sábado, entre el 19 de agosto de 1967 y el 29 de diciembre de 1973, para el Jornal do
Brasil, lo que termina de delinear, de alguna manera, el mapa que estos textos trazan sobre la región
menos explorada de su literatura. El primer volumen, Revelación de un mundo, fue publicado en
2004 con sucesivas reimpresiones.
Textos heterogéneos, muchas veces inclasificables e inesperados, que revelan en cada línea la
compleja escritura y personalidad de su autora. Complejidad que, a la hora de traducir, se convierte
en un desafío y un feliz acontecimiento. Porque traducir a Clarice (y no sólo sus textos), es una
aventura que bajo su aparente sencillez resulta tan sinuosa, sutil —y al mismo tiempo brutal—, tan
hermética e inquietante, que hace que el esfuerzo por aprehender esa idea, ese concepto que se sabe
que está ahí, sumergido, enterrado pero siempre entrevisto a través de las palabras, se convierta por
momentos en un gesto vano, casi como una mano que se cerrara en el vacío.
El amor, el tiempo, la muerte, bajo dimensiones pocas veces exploradas con tanta maestría, son
algunos de los temas que aparecen en estos textos que permanentemente desafían el concepto de
crónica o, más bien, que las convierten en un género cuyas fronteras Clarice ha borrado por su propia
escritura. Si bien en una de ellas, publicada en el volumen anterior expresa: «No hay duda, sin
embargo, de que yo valoro mucho más lo que escribo en libros que lo que escribo para diarios —esto sin, no obstante, dejar de escribir con gusto para el lector de diario y sin dejar de amarlo»
(«Escribir para el diario y escribir libros», del 29 de julio de 1972), resulta por lo menos sugestivo
cuando sabemos que gran parte de su ficción breve pasó en esos años por la columna semanal del
Jornal do Brasil. Se trata de las crónicas que en la actualidad están agrupadas bajo el título Para no
olvidar y que fueron publicadas, en una edición de autor, en el año 1964 como la segunda parte de La
Legión Extranjera. Ese texto era un volumen compuesto de dos partes, la primera de ellas contenía
una serie de cuentos, en tanto que la segunda —con el subtítulo de Fondo del cajón— agrupaba las
crónicas. Con posterioridad, los cuentos conservaron el título del volumen original (La Legión
Extranjera) y las crónicas adoptaron el de Para no olvidar. Pero más allá de los avatares de
publicación, lo que resulta interesante es que los cuentos y las crónicas comienzan a circular en el
interior de la producción de Clarice Lispector con movimientos que en ocasiones parecen
caprichosos y, a veces, premeditadamente casuales, tanto que seguir el curso de cada texto se torna
por momentos una empresa en verdad fascinante.
Hasta aquí nada llamaría demasiado la atención si no fuera por el hecho de que prácticamente
todos los cuentos del volumen La Legión Extranjera (en su edición de 1964 y exceptuando «La
solución») aparecieron como crónicas en el Jornal do Brasil entre 1967 y 1973. Lo notable,
asimismo, es que Felicidad clandestina, el volumen de cuentos aparecido en 1971, incluye esos
mismos textos de aquella primera parte llamada La Legión Extranjera (exceptuando en este caso
también «La solución»), pero a su vez varias crónicas de Fondo del cajón (que, como ya se señaló,
fueron publicadas en su totalidad en el Jornal do Brasil).
¿A qué apunta esta digresión en cierto modo «arqueológica»? Nada más que a señalar la
extraordinaria libertad genérica que reina en toda la literatura de Clarice Lispector. Y precisamente,
a partir de esa inestabilidad y precariedad genérica es que sus crónicas se vuelven una especie de
panóptico y permiten, de modo radial, hacer visible y echar una luz nueva sobre el resto de su obra.
Cuestionadoras del género, sus crónicas operan también como cuestionadoras del sujeto que
narra. Porque la inmediata pregunta que surge es: pues entonces, ¿quién escribe, quién dice, quién
cuenta? Es en este suelo de fronteras porosas y permeables donde lo doméstico, lo insignificante,
incluso lo banal se vuelve tema y problema. Quizás un modo de pensarlo sería considerar la
característica fragmentariedad de estos textos.
Si bien lo fragmentario por esos años y a esa altura de la historia cultural ya era un dato y, por lo
tanto, predicarlo acerca de la producción de Clarice es casi inocuo, su importancia parece estar en
que genera la condición de posibilidad para la constitución del sujeto que narra; esto es, Clarice. Y
da la impresión de que ella sólo puede narrar precisamente lo fragmentario, lo inacabado, lo
indeterminado, así como también lo banal, lo cotidiano, lo insignificante. De ahí, que su talento
radique en la extraordinaria capacidad de revelar, casi en cada línea (porque también hay crónicas
de una sola línea), lo sublime bajo lo doméstico e inacabado y, al mismo tiempo y con la misma
eficacia, dar vuelta la lente y transformar en doméstico (dócil, manso, familiar) lo sublime. Sólo así
se comprende la dramática (y episódica) recreación de Pompeya en el suelo de una cocina en el que
yacen decenas de cucarachas muertas a causa de un veneno casero («Cinco relatos y un tema», 26 de
julio de 1969).
Interminables son los itinerarios que pueden trazarse a través de las crónicas de Clarice
Lispector: siguiendo el hilo de los temas, de ciertos personajes (como los taxistas, por ejemplo), de
los objetos (ventanas, flores), de las preocupaciones literarias, metafísicas e incluso religiosas (la
muerte, el alma, la presencia de Dios), y así se podría seguir. Sin embargo, como en aquella crónica
del 9 de diciembre de 1967, titulada «Una cosa», en la que cuenta que esa noche ha visto una calle
que nunca más va a olvidar, pero cuya descripción decide no realizar, guardándola para sí, del
mismo modo el lector resulta doblemente marcado por la escritura de Clarice: no logra describirla
con palabras pero tiene la certeza de haber sido protagonista de una suerte de epifanía, una
revelación.


CLAUDIA SOLANS


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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 07:51

19 de agosto de 1967


COSMONAUTA EN LA TIERRA



Extremadamente atrasada, reflexiono sobre los cosmonautas. O, mejor, sobre el primer cosmonauta.
Casi un día después de Gagarin, nuestros sentimientos ya estaban atrasados en contraposición a la
velocidad con la que el acontecimiento nos superaba.
Entonces, ahora, atrasadísima, vuelvo a pensar en el asunto. Es un asunto difícil de sentir.
Un día un niño, advertido de que la pelota con la que jugaba caería en el piso y molestaría a los
vecinos de abajo, respondió: oye, el mundo ya es automático, cuando una mano arroja la pelota al
aire, la otra ya es automática y la atrapa, no se cae, no.
La cuestión es que nuestra mano todavía no es lo bastante automática. Fue con susto que Gagarin
subió, pues si lo automático del mundo no funcionara, la pelota llegaría a más que sólo trastornar a
los vecinos de abajo. Y fue con susto que mi mano poco automática tembló ante la posibilidad de no
ser bastante rápida y dejar que se me escapara el «acontecimiento cosmonauta». La responsabilidad
de sentir fue grande, la responsabilidad de no dejar caer la pelota que nos habían arrojado.
La necesidad de volver todo un poco más lógico —lo que de algún modo equivale a lo
automático— me hace intentar criteriosamente el buen susto que me asaltó:
—De ahora en adelante, al referirme a la Tierra, no diré más indiscriminadamente «el mundo».
Consideraré «mapa mundial» una expresión no apropiada; cuando diga «mi mundo», me acordaré con
un susto de alegría de que también mi mapa necesita ser transformado, y de que nadie me garantiza
que, visto desde afuera, mi mundo no sea azul. Consideraciones: antes del primer cosmonauta, sería
correcto que alguien hubiera dicho, al referirse a su propio nacimiento, «vine al mundo». Pero sólo
hace poco tiempo nacemos para el mundo. Casi avergonzados.
—Para ver el azul miramos el cielo. La Tierra es azul para quien la mira desde el cielo. ¿Azul
será un color en sí, o una cuestión de distancia? ¿O una cuestión de gran nostalgia? Lo inalcanzable
es siempre azul.
—Si yo fuera el primer astronauta, mi alegría sólo se renovaría cuando un segundo hombre
volviera allá desde el mundo: pues también él lo habría visto. Porque «haber visto» no es sustituible
por ninguna descripción: haber visto sólo se compara con haber visto. Hasta que otro ser humano
también hubiera visto, yo tendría dentro de mí un gran silencio, aun cuando hablara. Consideración:
supongo la hipótesis de que alguien en el mundo ya haya visto a Dios. Y nunca haya dicho una
palabra. Pues, si ningún otro lo vio, es inútil decirlo.
—El gran favor del acaso: todavía estar vivos cuando el gran mundo comenzó. En cuanto a lo que
viene: necesitamos fumar menos, cuidar más de nosotros para tener más tiempo y vivir y ver un poco
más; además de pedir prisa a los científicos —pues nuestro tiempo personal urge.





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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 07:53

16 de septiembre de 1967



PLEGARIA POR UN SACERDOTE



Una noche balbuceé una plegaria por un sacerdote que tiene miedo de morir y tiene vergüenza de
tener miedo. Le dije un poco a Dios, con algún pudor: alivia el alma del Padre X…, haz que sienta
Tu mano en la suya, haz que sienta que la muerte no existe porque en verdad ya estamos en la
eternidad, haz que sienta que amar es no morir, que la entrega de sí mismo no significa la muerte, haz
que sienta una alegría modesta y diaria, haz que no Te indague demasiado, porque la respuesta sería
tan misteriosa como la pregunta, haz que se acuerde de que tampoco hay explicación de por qué un
hijo quiere el beso de su madre y aun así lo quiere y aun así el beso es perfecto; haz que reciba el
mundo sin miedo, pues fuimos creados para este mundo incomprensible y nosotros mismos también
somos incomprensibles, entonces hay una conexión entre este misterio del mundo y el nuestro, pero
esta conexión no es clara para nosotros cuando queremos entenderla; bendícelo para que viva con
alegría el pan que come, el sueño que duerme, haz que tenga caridad por sí mismo, pues si no, no
podrá sentir que Dios lo amó, haz que pierda el pudor de desear que en la hora de su muerte tenga
una mano humana para apretar la suya, amén. (Padre X… me había pedido que yo rezara por él).


NO SENTIR


El hábito le ha amortiguado las caídas. Pero sintiendo menos dolor, perdió la ventaja del dolor como
aviso y síntoma. Hoy en día vive incomparablemente más sereno, pero su vida corre gran peligro:
puede estar a un paso de estar muriendo, a un paso de haber muerto ya, y sin el beneficio de su
propio aviso previo.


IR HACIA


Esta noche un gato lloró tanto que sentí una de las más profundas compasiones por lo que está vivo.
Parecía dolor y, en nuestros términos humanos y animales, lo era. ¿Pero sería dolor, o era «ir», «ir
hacia»? Pues lo que está vivo va hacia.




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Mensaje por Maria Lua Miér 25 Ene 2023, 08:06

7 de octubre de 1967



DE LAS PALABROTAS EN EL TEATRO



Yo misma no uso palabrotas porque en mi casa, en la infancia, no las usaban y me acostumbré a
expresarme a través de otro lenguaje. Pero la palabrota —la que expresa lo que una palabra no haría
—, ésa no me choca. Hay piezas de teatro, como El regreso al hogar (Fernanda Montenegro,
excelente) o Dos perdidos en una noche sucia (Fauzi Arap y Nélson Xavier, excelentes), que
simplemente no podrían existir sin las palabrotas a causa del ambiente en que ocurren y por el tipo
de personajes. Estas dos piezas, por ejemplo, son de alta calidad, y no pueden ser restringidas.
Además, quien va al teatro, en general, por lo menos ya está ligeramente informado, hasta por
rumores, de la clase de espectáculo al que asistirá. Si las palabrotas le causan malestar o lo
escandalizan, ¿entonces por qué comprar la entrada?
Y más aún: las piezas de teatro tienen restricciones de edad, y lo más común es sólo permitir la
entrada de menores a partir de los dieciséis años, lo que es una garantía. Aunque incluso antes de esa
edad las palabrotas sean conocidas y usadas por la mayoría de la juventud moderna.
¿Cuál es, entonces, el problema que podría suscitar el uso de la palabrota adecuada a un texto? Y
sin hablar de que, agraden o no, las palabrotas forman parte de la lengua portuguesa.




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Mensaje por Maria Lua Jue 26 Ene 2023, 09:32

28 de octubre de 1967



SUITE DE LA PRIMAVERA SUIZA



Invierno de Berna en túmulo que se abre —y he ahí el campo, mil hierbas. Hojas nuevas, hojas, cómo
separaros del viento. Un estornudo y después otro, estornudos de la primavera, resfriada y atenta
detrás del vidrio. Telas de araña en los dedos, el pozo revelado en el jardín —pero qué perfume de
acero nuevo viene de las pequeñas flores amarillas y amarillitas. Hojas, hojas, cómo separaros de la
brisa. ¿Dónde esconderme en esta abierta claridad? Perdí mis rincones de meditación. Pero si me
pongo un vestido blanco y salgo… quedaré perdida en la luz —y de nuevo perdida— y en el lento
salto hacia el otro plano perdida de nuevo —¿y cómo encontrar en esta ausencia mía la primavera?
Rosa, plancha mi vestido más negro. En estos planos de la calma sucesiva —y en otro más— y en el
otro más —seré el único yo posible, sólo un mueble en un siglo y en otro siglo y en otro siglo de esta
limpidez silenciosa, oh inhóspita primavera. O tal vez corra por esta nueva época —atravesando este
nuevo mundo sin caminos— con mil estornudos brillantes y mil hierbas. Me detendré jadeante sólo
donde me lata el corazón, único marco en tu vacío, primavera: yo de negro y tú de oro, yo con una
flor en el cabello, tú con mil flores en los cabellos y así nos reconoceremos. Incluso para
reconocernos, sostendré un libro en la mano y en la otra tanta vacilación, soy alta y estoy resfriada:
me reconocerás por el pañuelo y por los estornudos. Y en medio de este odioso cielo vacío, que
respiro, que respiro —te reconoceré por tu ciego viento y por mi orgullosa floración de estornudos.
En esta durmiente primavera, en el campo el sueño de las cabras. En la terraza del hotel el pez en
el acuario. Y en las colinas el fauno solitario. Días, días, días y después —en el campo el viento, el
sueño impúdico de las cabras, el pez hueco en el acuario— tu súbita tendencia primaveral al robo, y
el fauno ya colorido en saltos solitarios. Sí, pero hasta que venga el verano y haga madurar para el
otoño cien mil manzanas.

Como la fruta y tiro la mitad, nunca tuve piedad en la primavera. Bebo agua directo de la fuente
de la calle, no me seco la boca con el pañuelo, perdí el pañuelo y perdí el invierno, nada lamento,
nunca tuve piedad en la primavera. De algún modo miro por el agujero de la cerradura y voy a
visitarte a la hora sagrada de tu sueño, nunca tuve piedad en la primavera. En cuanto a la piscina, me
quedo horas en la piscina, estremeciendo ante los últimos fríos del invierno estremeciendo ante los
primeros fríos de las hojas. ¡Mira la piscina! Miro, áspera. Nunca tuve piedad en la primavera.
El insomnio levita la ciudad mal iluminada, no hay puertas cerradas ni ventanas sin luz. ¿Qué
esperan? Esperan. Los cines ya calientes están vacíos. Alrededor de las lámparas de las calles la
germinación. La última nieve hace tanto tiempo se derritió. La margen del río, la invasión de las
parejas sentadas junto a las mesas, algunos niños somnolientos en el regazo, otros dormidos en la
dureza de la vereda. Las conversaciones son cansadas. Lo peor es esa levedad despierta, los faroles
de las calles de Berna zumbando de zancudos. Ah, cómo, pero cómo caminamos. Polvo en las
sandalias, ningún destino. No, no se está poniendo bueno. Ah, por fin la Catedral, el abrigo, la
oscuridad.
Pero la Catedral está caliente y abierta.
Llena de mosquitos.


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Mensaje por Maria Lua Jue 26 Ene 2023, 09:34

25 de noviembre de 1967


CUÁNDO LLORAR



Hay un tipo de llanto bueno y hay otro malo. El malo es aquel en el que las lágrimas corren sin parar
y, sin embargo, no dan alivio. Sólo escurren y se agotan. Una amiga, entonces, me preguntó si no
sería ese llanto como el de un niño con la angustia del hambre. Sí. Cuando se está cerca de ese tipo
de llanto, es mejor buscar contenerse: no servirá de nada. Es mejor intentar hacerse fuerte y
enfrentar. Es difícil, pero aún menos que ir quedando exangüe hasta el punto de empalidecer.
Pero no siempre es necesario hacerse fuerte. Tenemos que respetar nuestra debilidad. Entonces,
son lágrimas suaves, de una tristeza legítima a la que tenemos derecho. Ellas corren despacio y
cuando pasan por los labios se siente ese gusto salado, límpido, producto de nuestro dolor más
profundo.
Que el hombre llore, conmueve. Él, el luchador, reconoció su lucha a veces inútil. Respeto
mucho al hombre que llora. Yo vi a un hombre llorar.




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Mensaje por Maria Lua Ayer a las 09:25

9 de diciembre


UNA COSA



Vi una cosa. Una cosa en realidad. Eran las diez de la noche en la Plaza Tiradentes y el taxi corría.
Entonces vi una calle que nunca más voy a olvidar. No voy a describirla: es mía. Sólo puedo decir
que estaba vacía y eran las diez de la noche. Nada más. Pero fui fecundada.
LECCIÓN DE PIANO
Mi padre quería que las tres hijas estudiaran música. El instrumento elegido fue el piano, comprado
con gran dificultad. Y la profesora no podía ser más gorda. Era literalmente obesa y tenía manos
minúsculas. Su nombre era correcto: doña Pupu. Para mí las lecciones de piano eran una tortura.
Sólo me gustaban dos cosas de las lecciones. Una era un pie de acacia que aparecía polvoriento en
una curva del tranvía y que me quedaba esperando a que llegara. Y cuando llegaba —ah, cómo
llegaba. La otra: inventar músicas. Yo prefería inventar que estudiar. Tenía nueve años y mi madre
había muerto. La musiquita que inventé, entonces, todavía logro reproducirla con dedos lentos. ¿Por
qué en el año en que murió mi madre? La música está dividida en dos partes: la primera es suave, la
segunda medio militar, medio violenta, una rebelión supongo. Cuando doña Pupu tocaba Chopin me
aburría, Chopin, que me gusta. Lo que no ocurría cuando me daba dulces para comer porque ella
también comía. Para estudiar yo tenía tanta, pero tanta pereza que pedía a una de mis hermanas que
tocara lo agudo mientras yo tocaba lo grave o normal. Y hasta tuve suerte: imaginen si mi padre
hubiera querido que estudiara violín. Yo también tocaba de oído. Pero una de mis hermanas tenía
verdadero talento. Se cambió de doña Pupu al maestro Ernani Braga, del Conservatorio de Música
de Recife. Y él le preguntó si le gustaría convertirse en pianista. No sé por qué ella no quiso. Mi
padre de noche pedía que tocáramos. Me acuerdo de una tarde, él estaba durmiendo, se despertó con
la radio y preguntó emocionado qué música era aquélla. Era Beethoven. Una de mis hermanas
todavía tiene un regalo de doña Pupu: una muñeca de porcelana forrada de seda para pinchar
alfileres. De nosotras tres es la más conservadora. Hay ciertas cosas que yo le pido que las conserve
para mí. De doña Pupu guardo sobre todo las acacias amarillas. ¿Quién vivía en aquella casa? Eso
me interesaba más que las lecciones de piano. Cómo me equivocaba. Me quedaba pensando en otras
cosas. Y en la propia doña Pupu. Cómo es que una persona tan obesa tenía manos tan delicadas y
pequeñas, y que volaban en el piano. Ya ha de haber muerto. Y qué cajón grande deben de haber
comprado. Estaba casada. ¿Cómo puede? En mi ignorancia genuina debía de ser uno de los
problemas que me preocupaban durante las lecciones. En la casa de doña Pupu había de entrada una
escalinata donde yo jugaba antes de la clase. Creo que no tengo más nada que decir. Yo también pasé
a Ernani Braga que dijo que tenía dedos frágiles. Prefiero callarme: éste también murió. Y mis dedos
no son frágiles. Tengo fuerza, lo sé. Y mi fuerza está en la suavidad de mis dedos frágiles y
delicados.


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Mensaje por Maria Lua Ayer a las 09:27

30 de diciembre


LA ENTREVISTA ALEGRE


Hace poco tiempo me telefoneó una joven diciendo que era de la Editorial Civilização Brasileira y
que Paulo Francis me pedía que le diera una entrevista para ser publicada en uno de los libros de la
serie Libro de cabecera de la mujer. No me gusta dar entrevistas: las preguntas me abruman, me
cuesta responder, encima de eso sé que el entrevistador va a deformar fatalmente mis palabras. Pero
se trataba de un pedido de Paulo Francis, y no había cómo negarse. Marqué el día. Y después me
puse furiosa, hasta con Paulo Francis. ¿Cómo es, entonces? El Libro de cabecera de la mujer vende
como pan caliente y ellos ganan dinero. La muchacha entrevistadora gana dinero. Y sólo yo tengo
molestias. Intenté telefonear a Paulo Francis y suspender. Pero ¿cómo? Si soy, como todo el mundo,
víctima del teléfono. O no daba línea, o daba y no establecía la comunicación. Al final me resigné.
Pero me voy a vengar, pensé, de un modo o de otro me voy a vengar.
Sólo que no pude ni tuve ganas. A la hora establecida, me entra por la puerta una muchacha linda
y adorable, Cristina. Tiene una de esas caritas difíciles de retratar porque, a pesar de que los rasgos
exteriores sean bonitos, lo que más importa son los interiores, la expresión. De inmediato
establecimos un contacto fácil. Lo que la hizo informarme: también trabajaba para un periódico y sus
compañeros, al saber que iba a entrevistarme, sintieron pena por ella. Dijeron que yo era difícil, que
apenas hablaba. Cristina agregó: «Pero usted está hablando».


—Sí, hablé —¿cómo resistir? Había comenzado el racionamiento de luz, y Cristina, para estar
cerca de las dos velas que encendí, se sentó en la alfombra, y ya formaba parte de la casa.
Sus preguntas eran inteligentes y complicadas, casi todas sobre literatura. Dije: pero pensé que lo
que le interesaría a la mujer de clase media sería si me gusta comer porotos con arroz. Respondió
tranquila: «ya llegaremos ahí. Aquello era sólo el comienzo».
Y me fui encantando con Cristina. Está de novia. Qué pena, pensé. Me gustaría que se quedara
bien sentadita esperando durante muchos años que mis hijos crecieran para que uno de ellos se
casara con ella. Pero ella no puede esperar, a mis hijos les está costando crecer. Me reconforta
recomendarla como entrevistadora.
La entrevista comenzó con buen humor. Reímos varias veces. Una de las veces fue cuando
preguntó qué pensaba yo de lo que había escrito el crítico Fausto Cunha. Había escrito —y no lo
sabía— que Guimarães Rosa y yo no pasábamos de ser dos embustes. Di una carcajada hasta feliz.
Respondí: no leí eso, pero una cosa es cierta: embustes no somos. Podían llamarnos de cualquier
forma, pero embustes no. Vamos, Fausto Cunha. Usted, al que conocí en el casamiento de Marly de
Oliveira, es incluso simpático, pero qué idea. Vea si piensa un poco más en el asunto. Creo que
Guimarães Rosa también reiría.


Cristina me preguntó si yo era de izquierda. Respondí que desearía para el Brasil un régimen
socialista. No copiado de Inglaterra, sino uno adaptado a nuestros moldes.
Me preguntó si me consideraba una escritora brasileña o simplemente una escritora. Respondí
que, en primer lugar, por más femenina que fuera la mujer, ésta no era una escritora, y sí un escritor.
El escritor no tiene sexo o, mejor, tiene los dos, en dosis bien diferentes, claro. Que yo me
consideraba sólo escritor y no típicamente escritor brasileño. Argumentó: ¿ni Guimarães Rosa que
escribe tan brasileño? Respondí que ni Guimarães Rosa: éste era precisamente un escritor para
cualquier país.
Cristina estaba con tos y yo también: un aspecto más de unión. La entrevista era entrecortada por
accesos de tos, y hasta eso sirvió para romper la ceremonia. Además ninguna de las dos estaba
tomando algún jarabe, y por el mismo motivo: pereza.
Mi venganza se resumió en entrevistar también a Cristina. Le hice varias preguntas, a las cuales
respondió con simplicidad e inteligencia. Bajo el pretexto de mostrarle retratos que habían hecho de
mí, recorrí con ella casi todo el departamento: Cristina era una de las mías, y tenía el derecho a
conocerme a través de mi casa. La casa es muy reveladora. Entró en uno de los cuartos donde uno de
mis hijos estaba acostado leyendo a la luz de una vela. Él ni se incomodó, tan simple es la presencia
de Cristina. Mi otro hijo iba al cine con un amigo. Y él, que está en la edad de mostrar que es
independiente de la madre, tampoco se perturbó al darme un beso de despedida frente a la muchacha.
A mi otro hijo no le importó interrumpirnos para pedir dinero para comprar Manchete: era el
anochecer de un miércoles. Terminé tan a gusto que estiré las piernas encima de una mesa y fui
descendiendo sofá abajo hasta estar casi acostada.
Cristina, tú representas lo mejor de la juventud brasileña. Da orgullo. Quiero que mis hijos un día
lleguen a ser así.
Además, una pregunta que me hizo: si lo que más me importaba era la maternidad o la literatura.
El modo inmediato de saber la respuesta fue preguntarme: si tuviera que elegir una de ellas, ¿qué
elegiría? La respuesta era simple: desistiría de la literatura. No tengo dudas de que como madre soy
más importante que como escritora.


Cristina me dijo: «El crimen no compensa. ¿La literatura compensa?». De ninguna manera.
Escribir es uno de los modos de fracasar. Cristina se sorprendió, me preguntó por qué escribía
entonces. Y no supe responder.
Lo gracioso es que la muchacha vino tan preparada para la entrevista que sabía más sobre mí que
yo misma. Me preguntó por qué mis personajes femeninos están más delineados que los masculinos.
En parte protesté. Tengo un personaje masculino que ocupa el libro entero, y que no podía ser más
hombre de lo que era.
Cristina, tal vez un día yo te entreviste. Los estudiantes universitarios van a identificarse contigo
y casi todos pensarán en casamiento. Que tu novio ande con cuidado. También tengo un amigo que, si
te conociera, se enamoraría del modo más poético y real. Eres tan necesaria para el Brasil. Muchos
jóvenes y muchachas como tú, y el Brasil iría para adelante.
Percibo que al final estoy teniendo mi venganza: la muchacha escribe sobre mí, pero yo voy y
escribo sobre ella. Además, Cristina, ¿quieres ir a cenar conmigo una de estas noches? Sólo tienes
que telefonear. Vas a casarte con un diplomático, pero ésta será una cena no diplomática, en nuestro
comedor diario probablemente, pues sigo olvidando comprar una campanita para llamar a la
empleada y seguramente no podremos cenar en la sala. Además, una gran amiga dadivosa pero
distraída dijo que tenía más de una campanita y que me daría una. ¿Dónde está? Me distraigo y no
compro, ella se distrae y no me da.


Me preguntó qué pensaba de la literatura comprometida. Me pareció válida. Quiso saber si yo
me comprometería. En verdad me siento comprometida. Todo lo que escribo está ligado, por lo
menos dentro de mí, a la realidad en que vivimos. Es posible que este lado mío se fortifique más
algún día. ¿O no? No sé nada. Ni sé si escribiré más. Es muy posible que no.
Me preguntó qué pensaba de la cultura popular. Dije que todavía no existe propiamente. Quiso
saber si yo la consideraba importante. Dije que sí, pero que había algo mucho más importante aún:
ofrecer oportunidad de tener comida a quien tiene hambre. A menos que la cultura popular lleve al
pueblo a tomar conciencia de que el hambre da el derecho de reivindicar comida. Véase la nueva
encíclica que habla del recurso extremo de rebelión en caso de tiranía.
Hasta pronto, Cristina, hasta nuestra cena. Parece que yo también te gusté a ti. Lo que es bueno.
Pero no sé por qué, después de que leí la entrevista, salí tan vulgar. No me parece que yo sea vulgar.
Y no tengo ojos azules.





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