Aires de Libertad

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Eugenio Montejo (1938-2008)

Pedro Casas Serra
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Eugenio Montejo (1938-2008) Empty Eugenio Montejo (1938-2008)

Mensaje por Pedro Casas Serra Mar 25 Oct 2022, 13:58

.


Eugenio Montejo
(Caracas, 19 de octubre de 1938 - Valencia, 5 de junio de 2008) fue un poeta y ensayista venezolano, fundador de la revista Azar Rey y cofundador de la Revista Poesía de la Universidad de Carabobo. Fue investigador en el Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos de Caracas, y colaborador de una gran cantidad de revistas nacionales y extranjeras. En 1998 recibió el Premio Nacional de Literatura de Venezuela y en 2004 el Premio Internacional Octavio Paz de Poesía y Ensayo. Uno de sus poemas es citado en la película 21 gramos, del director mexicano Alejandro González Iñárritu.

Eugenio Montejo fue profesor universitario, gerente literario de la editorial Monte Ávila de Venezuela. Como diplomático trabajó en la embajada de Venezuela en Portugal en varias ocasiones.

El valor de su estimable obra poética y ensayística no ha parado de crecer en los últimos años, siendo una de las más importantes y originales de la última mitad del siglo XX.

En 2009, al año de su muerte, la revista de creación Palimpsesto (Carmona-Sevilla) dedicó íntegramente su número 24, como sentido homenaje, a la vida y la obra de Eugenio Montejo.

( Sacado de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )


*


Algunos poemas de Eugenio Montejo:


De Élegos, 1967:


ACACIAS

Estremecidas como naves,
acacias emergidas de un paisaje antiguo
y no obstante batidas en su fuego
bajo la negra luz de atardecida.
Yo miro, yo asisto
a este mínimo esplendor tan denso.
yo palpo
la intermitencia de las arboladuras,
su fuego girante, delirante;
enmarcadas en un éxtasis grave
como desposeídas lanzadas al abismo,
así de grande,
en un follaje poblado de sombras agitadas,
las miro
frente a la piedad de mis ojos
bajo los huracanes de la Noche.



¿DE QUIÉN ES ESTA CASA QUE ESTÁ CAÍDA?

¿De quién es esta casa que está caída?
¿De quién eran sus alas atormentadas?
Hay una puerta con ojos de caballo
y flancos secos en la brida muerta
de su aldaba. El relojeante polvo
donde se palpa la usura del vacío
con sus patas de araña. Y el jinete de sombras
que traspuso en la ojiva su ser
de graves estandartes. Y al desmontar
erró por años confinado a un espacio
de geométrico frío hasta hacerse fantasma.



EN LOS BOSQUES DE MI ANTIGUA CASA

En los bosques de mi antigua casa
oigo el jazz de los muertos.
Arde en las pilas ese momento de café
donde todo se muda. Oréanse ropas
en las cuerdas de los góticos árboles.
Cae luz entre las piedras y se dobla
la sombra de mi vida en un reposo táctil.
Atisbo a la mudez del establo
la brida que lleve por la senda infalible.
Palpo la montura de ser y prosigo.
Cuando recorra todo llamaré ya sin nadie.
Los muertos andan bajo tierra a caballo.




De Muerte y memoria, 1972:


ORFEO

Orfeo, lo que de él queda (si queda),
lo que aún puede cantar en la tierra,
¿a qué piedra, a cuál animal enternece?
Orfeo en la noche, en esta noche
(su lira, su grabador, su cassette),
¿para quién mira, ausculta las estrellas?
Orfeo, lo que en él sueña (si sueña),
la palabra de tanto destino,
¿quién la recibe ahora de rodillas?

Solo, con su perfil en mármol, pasa
por nuestro siglo tronchado y derruido
bajo la estatua rota de una fábula.
Viene a cantar (si canta) a nuestra puerta,
a todas las puertas. Aquí se queda,
aquí planta su casa y paga su condena
porque nosotros somos el Infierno.



SOBREMESA

A tientas, al fondo de la niebla
que cae de los remotos días,
volvemos a sentarnos
y hablamos ya sin vernos.
A tientas, al fondo de la niebla.

Sobre la mesa vuelve el aire
y el sueño atrae a los ausentes.
Panes donde invernaron musgos fríos
en el mantel ahora se despiertan.

Yerran vapores de café
y en el aroma, reavivados,
vemos flotar antiguos rostros
que empañan los espejos.

Rectas sillas vacías
aguardan a quienes, desde lejos,
retornarán más tarde. Comenzamos a hablar
sin vernos y sin tiempo.

A tientas, en la vaharada
que crece y nos envuelve,
charlamos horas sin saber
quién vive todavía, quién está muerto.



DOS LLAMAS

No es sueño esa hora extática
donde me veo ir de tu mano
a través de los árboles quietos
de la casa sin nadie.

No es sueño el diálogo que vuelve
a nuestras dos límpidas llamas,
hasta fundirnos en la noche
al fondo de una lámpara.

¿Cómo saber cuál de los pábilos
ha cortado la muerte? Uno de ambos
está soñando al otro,
pero en la luz que mezcla el tiempo
nos vemos y nos basta,



CABALLO REAL

Aquel caballo que mi padre era
y que después no fue, ¿por dónde se halla?
Aquellas altas crines de batalla
en donde galopé la tierra entera.

Aquel silencio puesto dondequiera
en sus flancos con tactos de muralla;
la silla en que me trajo, donde calla
la filiación fatal de su quimera.

Sé que vine en el trecho de su vida
al espoleado trote de la suerte
con sus alas de noche ya caída,

y aquí me desmontó de un salto fuerte,
hízose sombras y me dio la brida
para que llegue solo hasta la muerte.



CEMENTERIO DE VAUGIRARD

A Teófilo Tortolero

Los muertos que conmigo se fueron a Paris
vivían en el cementerio Vaugirard.
En el recodo de los fríos castaños
donde la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado,
recto lugar, gélidas tumbas, nadie nunca
sabrá leer sus epitafios.

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas,
Alba de Vaugirard, rincón donde la muerte
es una explosión interminable. Piedras, huesos, retama.
¿Quién oía el tintinear de sus pailas
a la sagrada hora del café
cuando son interminables sus chácharas?
¿Qué silencio tan hondo allí suplía
el cantar de uno solo de sus gallos?

Muertos de sol, de espacios, de sábanas,
muertos de estrellas, de pastos, de vacadas,
muertos bajo tierra a caballo.
¿Qué queda allí de esa memoria
ahora que la última luz se ha embalsamado?
¿Qué recordarán sus camaradas
de sus voces, de sus humildes  hábitos?

Alba de Vaugirard, niebla compacta,
amistad con que la luna clavetea las lápidas,
¿qué quedó allí de aquellos huéspedes
agradecidos de tanta posada?
¿Qué noticias envían ahora lejanos
a los caídos, a los vencidos, a los suicidas olvidados?

Un alba en escarchas de mármol
y el helado aguaviento
soplando sobre amargas ráfagas.
Oscuro lugar donde la muerte
es una explosión interminable
sobre recuerdos, átomos, retama.
¿Qué permanece de tanta memoria?
¿Quién llega ahora a oír sus chácharas
cuando la nieve recoge las cartas
que el invierno ha lacrado? Nadie nunca
sabrá leer sus epitafios.




De Algunas palabras, 1976:


LOS ÁRBOLES

Hablan poco los árboles, se sabe.
Pasan la vida entera meditando
y moviendo sus ramas.
Basta mirarlos en otoño
cuando se juntan en los parques:
sólo conversan los más viejos,
los que reparten las nubes y los pájaros,
pero su voz se pierde entre las hojas
y muy poco nos llega, casi nada.

Es difícil llenar un breve libro
con pensamientos de árboles.
Todo en ellos es vago, fragmentario.
Hoy, por ejemplo, al escuchar el grito
de un tordo negro, ya en camino a casa,
grito final de quien no aguarda otro verano,
comprendí que en su voz hablaba un árbol,
uno de tantos,
pero no sé qué hacer con ese grito,
no sé  cómo anotarlo.


PUEBLO EN EL POLVO

Estas calles oblicuas dan al polvo,
estas casas sin nadie se disuelven
en áspera intemperie
y piedras de sombra.

La luz derrumba las paredes
con bultos de esfuminos blancos.
Flotan remotos ecos
de veladas y restos de charlas.

Todas las puertas tienen ojos
y pestañas de adormideras.
Se repliegan al tacto
bajo el estruendo de los techos.

Por los solares juegan unos niños
en sus coros de ausencia.
Juegan a que están vivos todavía,
a que nunca se fueron.



ISLANDIA

Islandia y lo lejos que nos queda,
con sus brumas heladas y sus fiordos
donde se hablan dialectos de hielo.

Islandia tan próxima del polo,
purificada por las noches
en que amamantan las ballenas.

Islandia dibujada en mi cuaderno,
la ilusión y la pena (o viceversa).

¿Habrá algo más fatal que este deseo
de irme a Islandia y recitar sus sagas,
de recorrer sus nieblas?

Es este sol de mi país
que tanto quema
el que me hace soñar con sus inviernos.
Esta contradicción ecuatorial
de buscar una nieve
que preserve en el fondo su calor,
que no borre las hojas de los cedros.

Nunca iré a Islandia. Está muy lejos.
A muchos grados bajo cero.
Voy a plegar el mapa para acercala.
Voy a cubrir sus fiordos con bosques de palmeras.



PAISAJES

Los paisajes tatuados en mis ojos
que dan a un fondo de llanura
donde Dios (si hay un Dios) pasa a caballo,
se abren a cada sol más nítidos,
no los borran los años.

Hondos sus aires me circundan
hechos de ríos sentimentales,
de ásperas piedras y de voces
que nacen de sus pastos.

Son los paisajes que llevo a otras ciudades,
valijas leves, impalpables,
por largos caminos soleados,
donde los pueblos nacen de guitarras
y la vida está escrita
sobre las hojas de los plátanos.

Entro en ellos, alcanzo sus límites
cuando me desamparo en otras calles;
están a un paso de mi sombra,
a una sola palabra,
intactos en la tierra profunda
que me anochece al canto de sus gallos.



UCELLO, HOY 6 DE AGOSTO

En el cuadro de Uccello hay un caballo
que estuvo en Hiroshima.
Nadie lo ve cuando se ausenta,
cuando sus ojos beben sombra
sobre los cascos que se pulverizan.

Uccello dejó un mapa de la guerra
arcaico, con armas inocentes.
No dibujaba aviones ni torpedos,
desconocía los submarinos,
su muerte iba del gris al rojo, al verde.

Sólo el caballo en este 6 de agosto
está herrado con viejas cicatrices,
sólo sus patas llevan en la noche
a la desolación del extenninio.

Es un caballo torvo, atado a un árbol,
siempre listo en su silla,
Uccello lo cubrió con capas de pintura,
lo borró de su siglo,
y hoy aguarda en el fondo de la cuadra
con los jinetes del Apocalipsis.




De Terredad, 1978:


SETIEMBRE

Mira setiembre nada se ha perdido
con fiarnos de las hojas.
La juventud vino y se fue, los árboles no se movieron.
El hermano al morir te quemó en llanto
pero el sol continúa.
La casa fue derrumbada, no su recuerdo.
Mira setiembre con su pala al hombro
cómo arrastra hojas secas.

La vida vale más que la vida, sólo eso cuenta.
Nadie nos preguntó para nacer,
¿qué sabían nuestros padres? ¿Los suyos qué supieron?
Ningún dolor les ahorró sombra y sin embargo
se mezclaron al tiempo terrestre.
Los árboles saben menos que nosotros
y aún no se vuelven.
La tierra va más sola ahora sin dioses
pero nunca blasfema.
Mira setiembre cómo te abre el bosque
y sobrepasa tu deseo.
Abre tus manos, llénalas con estas lentas hojas,
no dejes que una sola se te pierda.



DURACIÓN

ura menos un hombre que una vela
pero la tierra prefiere su lumbre
para seguir el paso de los astros.
Dura menos que un árbol,
que una piedra;
se anochece ante el viento más leve,
con un soplo se apaga.
Dura menos que un pájaro,
que un pez fuera del agua;
casi no tiene tiempo de nacer;
da unas vueltas al sol y se borra
entre las sombras de las horas
hasta que sus huesos en el polvo
se mezclan con el viento.
y sin embargo, cuando parte
siempre deja la tierra más clara.



TERREDAD

Estar aquí por años en la tierra,
con las nubes que lleguen, con los pájaros,
suspensos de horas frágiles.
A bordo, casi a la deriva,
más cerca de Saturno, más lejanos,
mientras el sol da vuelta y nos arrastra
y la sangre recorre su profundo universo
más sagrado que todos los astros.

Estar aquí en la tierra: no más lejos
que un árbol, no más inexplicables;
livianos en otoño, henchidos en verano,
con lo que somos o no somos, con la sombra,
la memoria, el deseo, hasta el fin
(si hay un fin) voz a voz,
casa por casa,
sea quien lleve la tierra, si la llevan,
o quien la espere, si la aguardan,
partiendo juntos cada vez el pan
en dos, en tres, en cuatro,
sin olvidar la parte de la hormiga
que siempre viaja de remotas estrellas
para estar a la hora en nuestra cena,
aunque las migas sean amargas.



SOY ESTA VIDA

Soy esta vida y la que queda,
la que vendrá en otros días,
en otras vueltas de la tierra.

La que he vivido tal como fue escrita
hora tras hora
en el gran libro indescifrable;
la que me anda buscando en una calle,
desde un taxi
y sin haberme visto me recuerda.

Ya no sé cuándo llegará, qué la detiene;
no conozco su rostro, su cuerpo, su mirada;
no sé si llegará de otro país
-eN un tapiz volante-
o de otro continente.

Soy esta vida que he vivido o malvivido
pero más la que aguardo todavía
en las vueltas que la tierra me debe.
La que seré mañana cuando venga
en un amor, una palabra;
la que trato de asir cada segundo
sin saber si está aquí, si es ella la que escribe
llevándome la mano.



LA CASA

En la mujer, en lo profundo de su cuerpo
................se construye la casa,
................entre murmullos y silencios.
Hay que acarrear sombras de piedras,
................leves andamios,
................imitar a las aves.

Especialmente cuando duerme
................y en el sueño sonríe
................-nivelar hacia el fondo,
................no despertarla;
seguir el declive de sus formas,
los movimientos de sus manos.

Sobre las dunas que cubren su sueño
................en convulso paisaje,
................hay que elevar altas paredes,
fundar contra la lluvia, contra el viento,
................años y años.

Un ademán a veces fija un muro,
de algún susurro nace una ventana,
desmontamos errantes a la puerta
................y atamos el caballo.

Al fondo de su cuerpo la casa nos espera
y la mesa servida con las palabras limpias
para vivir, tal vez para morir,
................ya no sabemos,
porque al entrar nunca se sale.



EL ESCLAVO

Ser el esclavo que perdió su cuerpo
para que lo habiten las palabras.
Llevar por huesos flautas inocentes
que alguien toca de lejos
o tal vez nadie. (Sólo es real el soplo
y la ansiedad por descifrarlo.)

Ser el esclavo cuando todos duermen
y lo hostiga el claror incisivo
de su hermana, la lámpara.
Siempre en terror de estar en vela
frente a los astros
sin que pueda mentir cuando despierten,
aunque diluvie el mundo
y la noche ensombrezca la página.

Ser el esclavo, el paria, el alquimista
de malditos metales
y trasmutar su tedio en ágatas.
en oro el barro humano.
para que no lo arrojen a los perros
al entregar el parte.



GÜIGÜE 1918

A Juan Liscano


Esta es la tierra de los míos, que duermen, que no duermen,
largo valle de cañas frente a un lago,
con campanas cubiertas de siglos y polvo
que repiten de noche los gallos fantasmas.
Estoy a veinte años de mi vida,
no voy a nacer ahora que hay peste en el pueblo,
las carretas se cargan de cuerpos y parten,
son pocas las zanjas abiertas;
las campanas cansadas de doblar
bajan y cavan.
Puedo aguardar, voy a nacer muy lejos de este lago,
de sus miasmas,
mi padre partirá con los que queden,
lo esperaré más adelante.
Ahora soy esta luz que duerme, que no duerme,
atisbo por el hueco de los muros,
los caballos se atascan en fango y prosiguen,
miro la tinta que anota los nombres,
la caligrafía salvaje que imita los pastos.
La peste pasará, los libros en el tiempo amarillo
seguirán tras las hojas de los árboles.
Palpo el temblor de llamas en las velas
cuando las procesiones recorren las calles.
No he de nacer aquí,
hay cruces de zábila en las puertas
que no quieren que nazca;
queda mucho dolor en las casas de barro.
Puedo aguardar, estoy a veinte años de mi vida,
soy el futuro que duerme, que no duerme;
la peste me privará de voces que son mías,
tendré que reinventar cada ademán, cada palabra.
Ahora soy esta luz al fondo de sus ojos;
ya naceré después, llevo escrita mi fecha;
estoy aquí con ellos hasta que se despidan;
sin que puedan mirarme me detengo:
quiero cerrarles suavemente los párpados.



NINGÚN AMOR CABE
EN UN CUERPO SOLAMENTE

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque abarquen sus venas el tamaño del mundo;
siempre un deseo se queda fuera,
otro solloza pero falta.

Lo sabe el mar en su lamento solitario
y la tierra que busca los restos de su estatua;
no basta un solo cuerpo para albergar sus noches,
quedan estrellas fuera de la sangre.

Ningún amor cabe en un cuerpo solamente,
aunque el alma se aparte y ceda espacio
y el tiempo nos entregue la hora que retiene.
Dos manos no nos bastan para alcanzar la sombra;
dos ojos ven apenas pocas nubes
pero no saben dónde van, de dónde vienen,
qué país musical las une y las dispersa.
Ningún amor, ni el más huidizo, el más fugaz,
nace en un cuerpo que está solo;
ninguno cabe en el tamaño de su muerte.



CREO EN LA VIDA

Creo en la vida bajo forma terrestre,
tangible, vagamente redonda,
menos esférica en sus polos,
por todas partes llena de horizontes.

Creo en las nubes, en sus páginas
nítidamente escritas,
y en los árboles, sobre todo en otoño.
(A veces creo que soy un árbol.)

Creo en la vida como terredad,
como gracia o desgracia.
-Mi mayor deseo fue nacer,
a cada vez aumenta.

Creo en la duda agónica de Dios,
es decir, creo que no creo,
aunque de noche, solo,
interrogo a las piedras,
pero no soy ateo de nada
salvo de la muerte.



LA TERREDAD DE UN PÁJARO

La terredad de un pájaro es su canto,
lo que en su pecho vuelve al mundo
con los ecos de un coro invisible
desde un bosque ya muerto.
Su terredad es el sueño de encontrarse
en los ausentes,
de repetir hasta el final la melodía
mientras crucen abiertas los aires
sus alas pasajeras,
aunque no sepa a quién le canta
ni por qué,
ni si podrá escucharse en otros algún día
como cada minuto quiso ser:
-más inocente.
Desde que nace nada ya lo aparta
de su deber terrestre;
trabaja al sol, procrea, busca sus migas
y es sólo su voz lo que defiende,
porque en el tiempo no es un pájaro
sino un rayo en la noche de su especie,
una persecución sin tregua de la vida
para que el canto permanezca.



DEBO ESTAR LEJOS

Debo estar lejos
porque no oigo los pájaros.
Me ha extraviado la tarde en su vacío,
he recorrido esta ciudad
de voces extranjeras
sólo para advertir cuánto dependo
de sus cantos,
y cómo sus silbos gota a gota
se mezclan en mi sangre.
Dedo estar lejos
o los pájaros habrán enmudecido
tal vez adrede,
para que su silencio me regrese
y mis pasos remonten las piedras
en esta larga calle,
hasta que vuelva a oírlos en el viento
y el migratorio corazón se me adormezca
debajo de sus alas.



ARQUEOLOGÍAS

Donde estuvo Orfeo
y crecieron las náyades,
donde fue Tebas con sus siete puertas
y Manoa, la maléfica,
y la Atlántida de fastos sumergidos,
no es senda de pétrea arqueología
para olfato de sabios,
-sus sueños siguen a los hombres,
los continentes se desplazan.

Al oído del árbol
donde un ave susurre,
donde Orfeo sea una lira, una guitarra
y la sangre trasiegue sus infinitos cantos,
donde la vida abra sus signos
volverá lo que fue, lo que nunca perdimos,
mientras queden amantes en la noche
que abran las siete puertas del deseo
para que Tebas nazca.



LABOR

Para que Dios exista un poco más
-a pesar de sí mismo- los poetas
guardan el canto de la tierra.
Para que siempre esté al alcance
la cantidad de Dios
que cada uno niega diariamente
y puedan ser al fin ateos
los hombres, las nubes, las estrellas,
los poetas en vela hasta muy tarde
se aferran a viejos cuadernos.

Dios rota en sus eclipses
y se deja soñar desde muy lejos.
En medio de la noche
las sombras borran las ventanas
de rectos edificios.
Son poca las lumbres encendidas
que tiemblan a esa hora
en la intemperie,
son pocas, pero cuánto resisten
para inventar la cantidad de Dios
que cada uno pide en sueño.


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Eugenio Montejo (1938-2008) Empty Re: Eugenio Montejo (1938-2008)

Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 26 Oct 2022, 09:53

.


De Trópico absoluto, 1982:


POETA EXPÓSITO

Me dejaron solo a la puerta del mundo,
poeta expósito cantándome a mí mismo,
un día de otoño, hace ya mucho tiempo.
De un golpe seco me arrancaron a la nada,
tronchado de raíz,
con dos ojos abiertos y un grito,
el hondo grito de quien soñó ser pájaro
y no trajo las alas para el vuelo.
Me fui rodeando del misterio terrestre
donde aún no se si vivo o sueño,
si al fin la muerte vendrá en un torbellino
que me arroje mañana ante otra puerta.
No adivino mi origen, mi futuro,
aunque por sangre soy fiel a las palabras
y puedo jurar que cuanto escribo
proviene como yo de algo muy lejos...
Poeta expósito, errando a la intemperie,
mi único padre es el deseo
y mi madre la angustia del huérfano en la tierra.



LA TORRE DEL ÁRBOL

A Juan Sánchez Peláez

Verde es la torre del árbol
y rumorosa su muralla.
El viento sabe que nunca vencerá,
las nubes caen del puente levadizo,
el sol sitia los muros, pero no pasa.
Verde es la fuerza de su torre
y en la tierra imbatible se erige
de la raíz a las altas almenas.
Ya en la noche se apagan los nidos
y afuera el ojo del gorrión
leyendo su Hamlet
sin distraerse cuida el horizonte,
meditando la historia del Príncipe
hasta el último acto.



EN ESTA CIUDAD

En esta ciudad soy una piedra
me he pegado a sus muros seriales, opresivos,
de silencios geométricos.

No me puedo mover, se cae mi casa,
uno tras otro se derrumban
los edificios hasta el horizonte.

Al fondo de la piedra soy un lagarto,
en el lagarto una raya amarilla,
mancha del tiempo.

No puedo hablar, la lengua se me traba;
Orfeo el tartamudo es mi vecino,
oigo su tos nocturna,
reconozco el ladrido de su perro.

Soy una piedra atada a esta ciudad,
un lagarto en sus grietas,
una raya en su espalda ya muy tenue.

Giran los días y permanezco inmóvil,
todavía escucho latir el corazón,
tenaz, a la velocidad de la materia,
y hasta la arena que cae de la memoria,
pero yo solo siento que no siento.



De Alfabeto del mundo, 1986:


ÍTACA

Para un homenaje a C. Cavafis


Por esta calle se va a Ítaca
y en su rumor de voces, pasos, sombras,
cualquier hombre es Ulises.
Grabando entre sus piedras se halla el mapa
de esta tierra añorada. -Síguelo.
El pájaro que escuchas está cantando en griego;
no lo traduzcas, no va ahorrarte camino.
Aquellas nubes vienen de su mar, contémplalas;
son más puros los cielos de las islas.
Por esta calle, en cualquier auto,
hacia el norte o el sur se viaja a Ítaca.
En los ojos de los paseantes arde su fuego;
sus pasos rápidos delatan el exilio.
Aun sin moverte, como estos árboles,
hoy o mañana llegarás a Ítaca.
Está escrita en la palma de tu mano
como una raya que se ahonda
día tras día.
Aunque te duermas despertarás en Ítaca;
la lluvia de este valle todo lo arrastra
despacio hasta sus puertas.
No tiene otro declive.
Ya puedes anunciarnos tu llegada, buscar hotel,
dar al olvido tu destierro.
Por esta calle no ha cruzado un hombre
que al fin no alcance su paisaje.
Prepara el corazón para el arribo.
Una vez en su reino, muestra tu magia,
será el reto supremo del exilio.
A ese mar no se miente. La furia de sus olas
todo lo hace naufragio. Pero no te amilanes.
Demuéstranos que siempre fuiste Ulises.



ALFABETO DEL MUNDO

En vano me demoro deletreando
el alfabeto del mundo.
Leo en las piedras un oscuro sollozo,
ecos ahogados en torres y edificios,
indago la tierra por el tacto
llena de ríos, paisajes y colores,
pero al copiarlos siempre me equivoco.
Necesito escribir ciñéndome a una raya
sobre el hilo del horizonte.
Dibujar el milagro de esos días
que flotan envueltos en la luz
y se desprenden en cantos de pájaros.
Cuando en la calle los hombres que deambulan
de su rencor a su fatiga, cavilando,
se me revelan más que nunca inocentes.
Cuando el tahúr, el pícaro, la adúltera,
los mártires del oro o del amor
son sólo signos que no he leído bien,
que aún no logro anotar en mi cuaderno.
Cuánto quisiera, al menos un instante
que esta plana febril de poesía
grabe en su transparencia cada letra:
la o del ladrón, la t del santo
el gótico diptongo del cuerpo y su deseo,
con la misma escritura del mar en las arenas,
la misma cósmica piedad
que la vida despliega ante mis ojos.



LAS RANAS

No más teorías: me sumo al coro de las ranas.
Quiero oirlas croar esta noche, rodeándome.
En su alfabeto percibo una sola vocal
y las burbujas del pantano.
El piano que nos dieron marca las mismas notas
ya demasiado repetidas. Basta.
Tal vez sea un ángel esa sombra
que se eleva a la puerta de mi caverna.
No me consta.
La oscuridad de Dios nunca deja ver nada claro.
El tiempo puede girar en redondo,
depende de la lluvia, del viento entre los árboles.
No más teorías: ya oímos al espectro,
acallemos al Príncipe Hamlet.
Por hoy me bastan las voces de las ranas,
quiero oírlas croar esta noche más cerca
dejando que me llenen los sentidos
con su taoísmo solitario
hasta que se borren los enigmas del mundo.
En sus coros me entrego a la máxima gracia.



ESCRITURA

Alguna vez escribiré con piedras,
midiendo cada una de mis frases
por su peso, volumen, movimiento.
Estoy cansado de palabras.

No más lápiz: andamios, teodolitos,
la desnudez solar del sentimiento
tatuando en lo profundo de las rocas
su música secreta.

Dibujaré con líneas de guijarros
mi nombre, la historia de mi casa
y la memoria de aquel río
que va pasando siempre y se demora
entre mis venas como sabio arquitecto.

Con piedra viva escribiré mi canto
en arcos, puentes, dólmenes, columnas,
frente a la soledad del horizonte,
como un mapa que se abra ante los ojos
de los viajeros que no regresan nunca.



IDA Y VUELTA

Por hoy mi casa gira en otro tiempo;
llegan desde sus soledades los ausentes
a reunirse en el salón, cerca del patio.
Se oye el murmullo denso de las voces
llevadas por el viento de los árboles.
¿Qué hacen atados los caballos a la puerta,
tan lejos de los campos?
¿Quién ha traído guitarra y licores
si no es un día de fiesta? -Llegan más visitantes
desde la vecindad de las haciendas.
Ya la partera cruzó el zaguán de los helechos.
Cuando el gallo cante en su hora infinita
nacerá alguno de nosotros.
Aguardo el grito y sin embargo me adormezco.

Partieron los caballos al trote con sus duendes.
Fue ayer, mañana, tal vez en ningún tiempo.
Quedó el polvo inasible de la música
y los huecos de carcomas en las sillas.
Cada quién regresó a su propia noche
cabalgando despacio hasta no verse.
La casa mudó tanto de seres y paisajes
que si volvieran ya a nadie reconocen.
Estoy solo en el zaguán de los helechos.
Creo que entonces nací porque aún lo recuerdo.
Cuando de nuevo cante el gallo
no sé qué puedde sucederme.
Debo permanecer despierto.



EL POETA

Locuise intr-un cintec de pasàre.
LUCIAN BLAGA

Iba y venía por el mundo
avivando la luz delas cosas,
absortos los ojos abiertos,
pero siempre cerradas las manos.
La vida se las habúa sellado como cofres
sin gurdar oro  dentro, joyas o talismanes.
Eran sus manos de poeta,
hábiles para el cuaderno de sus noches,
de día empuñadas con dureza de mármol.
Cuando la muerte vino a abrirlas,
quienes lo despidieron en sulecho
nada encontraron, salvo un canto de pájaros.




En Adiós al siglo XX, 1992:


ADIÓS AL SIGLO XX

A Álvaro Mutis

Cruzo la calle Marx, la calle Freud;
ando por una orilla de este siglo,
despacio, insomne, caviloso,
espía ad honorem de algún reino gótico,
recogiendo vocales caídas, pequeños guijarros
tatuados de rumor infinito.
La línea de Mondrian frente a mis ojos
va cortando la noche en sombras rectas
ahora que ya no cabe más soledad
en las paredes de vidrio.
Cruzo la calle Mao, la calle Stalin;
miro el instante donde muere un milenio
y otro despunta su terrestre dominio.
Mi siglo vertical y lleno de teorías...
Mi siglo con sus guerras, sus posguerras
y su tambor de Hitler allá lejos,
entre sangre y abismo.
Prosigo entre las piedras de los viejos suburbios
por un trago, por un poco de jazz,
contemplando los dioses que duermen disueltos
en el serrín de los bares,
mientras descifro sus nombres al paso
y sigo mi camino.



PASAPORTE DE OTOÑO

Yo soy aquel que ayer no más...

RUBÉN DARÍO

Soy el mismo de ayer que siempre he sido,
el que llamó a la puerta de setiembre
al ver sus ojos de oro. Y recorrió Manoa
sobre el errante caballo de sus muertos.
El que hablaba en secreto con los árboles
y amó a Islandia de lejos, sin conocerla.
El mismo siempre del alba hasta el crepúsculo,
aunque mi sombra ya caiga a la derecha…
Y más el mismo que ha soñado algún día
contemplar la profunda belleza de todo;
la verdad de una luz alzando el aire
donde rostros y seres y cosas flotaran;
alzándome los ojos para ver un instante
lo bello intacto en cada gota de materia,
lo bello cara a cara en su fuerza terrestre;
no sólo en una flor, una doncella, en todo:
–la profunda belleza de todo,
con la misma visión que tuve en mi previda
y me alumbró ya no sé dónde hasta nacer,
como tal vez nunca se alcance en este mundo
aunque por siglos nos aplacen la muerte.



LO NUESTRO

Tuyo es el tiempo cuando tu cuerpo pasa
..........con el temblor del mundo,
..........el tiempo, no tu cuerpo.
Tu cuerpo estaba aquí, tendido al sol, soñando,
..........se despertó contigo una mañana
..........cuando quiso la tierra.

..........Tuyo es el tacto de las manos, no las manos;
la luz llenándote los ojos, no los ojos;
acaso un árbol, un pájaro que mires,
..........lo demás es ajeno.
Cuanto la tierra presta aquí se queda,
..........es de la tierra.

..........Sólo trajimos el tiempo de estar vivos
entre el relámpago y el viento;
el tiempo en que tu cuerpo gira con el mundo,
el hoy, el grito delante del milagro;
la llama que arde con la vela, no la vela,
la nada de donde todo se suspende,
..........—eso es lo nuestro.



LA POESÍA

La poesía cruza la tierra sola,
apoya su voz en el dolor del mundo
y nada pide
..........ni siquiera palabras.

..........Llega de lejos y sin hora, nunca avisa;
tiene la llave de la puerta.
Al entrar siempre se detiene a mirarnos.
Después abre su mano y nos entrega
una flor o un guijarro, algo secreto,
pero tan intenso que el corazón palpita
demasiado veloz. Y despertamos.



GUARDA SILENCIO ANTE EL POEMA

Guarda silencio ante el poema,
circula entre sus versos, no interrumpas el paso.
Es casi una oración atea, pero es una oración.
Desde que nace los hombres se congregan
y repiten en sueño sus palabras.
Es como si quedara algo sagrado
sobre la tierra todavía,
el misterio los junta a cada instante.
Tal vez rechaces tanta ceremonia
o te colme el ritual que los convoca,
da lo mismo. No hables.
Descifra despacio cada letra
como quien oye un gallo a medianoche
y siente que su canto, en vez de gritos,
es el pregón de un obituario.
Indaga si tu nombre acaso se menciona,
si para ti también ya cantó el gallo.



TIEMPO TRANSFIGURADO

A Antonio Ramos Rosa

La casa donde mi padre va a nacer
no está concluida,
le falta una pared que no han hecho mis manos.

Sus pasos, que ahora me buscan por la tierra,
vienen hacia esta calle.
No logro oírlos, todavía no me alcanzan.

Detrás de aquella puerta se oyen ecos
y voces que a leguas reconozco,
pero son dichas por los retratos.

El rostro que no se ve en ningún espejo
porque tarda en nacer o ya no existe,
puede ser de cualquiera de nosotros,
—a todos se parece.

En esa tumba no están mis huesos
sino los del bisnieto Zacarías,
que usaba bastón y seudónimo.
Mis restos ya se perdieron.

Este poema fue escrito en otro siglo,
por mí, por otro, no recuerdo,
alguna noche junto a un cabo de vela.
El tiempo dio cuenta de la llama
y entre mis manos quedó a oscuras
sin haberlo leído.
Cuando vuelva a alumbrar ya estaré ausente.



EL TIEMPO AHORA

A Américo Ferrari

El tiempo no me habla de la muerte,
en esa ciudad ya no vivimos.

Y no es que me olvide de morir cada instante
junto a las hojas, los árboles, el viento.

-Muero lo que puedo, pero no me adelanto.

En esta primavera mis cartas tienen otras letras.
Ya no soy joven. Voy despacio.
He aprendido mucho del gorrión
que en la mañana me despierta.

El tiempo arrastra el sol tras la colina
y se lleva mis días uno tras otro,
pero no hablamos de la muerte.

Vagamos lejos con las horas que pasan,
contemplando las nubes al fin de los caminos,
las piedras en la lluvia, los sonidos silvestres,
como dos lentos río uno al lado del otro,
casi siempre en silencio.



AL FIN DE TODO

Y al fin de todo, si algún fin existe,
no quedarán palabras, son inventos
del hombre iluso que inventó la tierra;
ni tierra alguna, que fue invento del cosmos
tras expandirse los cúmulos del magma;
ni el vasto cosmos que inventó la nada
al trasmutarse en efímera materia;
ni la nada tampoco que fue invento de Dios,
ni el mismo Dios que es invento del tiempo...

No quedará nada de nadie ni de nada
sino el tiempo tras sí mismo dando vueltas;
el tiempo solo, invento de un invento,
que fue inventado tambén por otro invento,
que fue inventado también por otro invento,
que fue...




De Partitura de la cigarra, 1999:


TAL VEZ

Tal vez sea todo culpa de la nieve
que prefiere otras tierras más polares,
lejos de estos trópicos.

Culpa de la nieve, de su falta,
-la falta que nos hace
cuando oculta sus copos y no cae,
cuando pospone, sin abrirlas, nuestras cartas.

Tal vez sea culpa de su olvido,
de nunca verla en estas calles
ni en los ojos, los gestos, las palabras.
Tantas cosas dependen noche y día
de su silencio táctil.

Nuestro viejo ateísmo caluroso
y su divagación impráctica
quizá provengan de su ausencia,
de que no caiga y sin embargo se acumule
en apiladas capas de vacío
hasta borrarnos de pronto los caminos.

Sí, tal vez la nieve,
tal vez la nieve al fin tenga la culpa…
Ella y los paisajes que no la han conocido,
ella y los abrigos que nunca descolgamos,
ella y los poemas que aguardan su página blanca.



NOCHE EN LA NOCHE

Noche en la noche. Me alumbra ya a deshora
el nihilismo de esta lámpara.
Rompe allá fuera el hosco mar de Patanemo
en densos choques de solitaria espuma.

Mis amigos salieron por un instante al pueblo
pero ya es tarde y no regresan.
Ángel quedó a traer más whisky,
Carlos fue por cigarros, fósforos, vituallas
y Teófilo a buscar pan y periódicos.
Yo me quedé con el carbón del fuego
y el nihilismo de esta lámpara.

Las barcazas atadas en el muelle
entrechocan sus sombras en el agua.
Ya va durando décadas la noche
y mis amigos tardan demasiado...
No hay quien me diga ahora dónde se hallan,
sólo se oye un fragor de mar y viento.
Iban por un instante y no aparecen,
nadie sabe por qué tardan y tardan.



EL REZAGADO

Por estas calle ya pasó mi entierro
con sus patéticos discursos.
Liviano me llevaban
entre parientes desconocidos.

Una mujer al paso del cortejo
se detuvo a mirarlo
con insinuante azoramiento.
Supe después que era una sombra,
llevaba siglos bajo tierra.

Arriba, monologantes nubes,
acaso un lento avión en vuelo;
abajo, toses, ademanes
y lugares comunes.

Iba dormido e indeciso
en el último viaje.
Era mi despedida de este mundo,
la primera vez que me moría.

Hacia el fin del milenio,
de pronto quedé fuera de grupo,
rezagado, contemplando los árboles.
El entierro, sin mí, prosiguió rumbo
por las penumbras suburbiales.
Lo voy siguiendo ahora desde lejos,
al paso de los años.



ADIÓS A MI PADRE

MI padre muerto iba delante
y detrás junio, de verdor ubérrimo,
y la geórgica lluvia venida de tan lejos.
Al paso de su sombra
los refrenados carruajes nos seguían.
Mi padre hablaba del camino,
de cafetales con piel de adormidera
que a un simple roce ya eran calles y torres.
Hablaba dormido,
con voz inubicable,
una voz rápida de cuando era muy joven
y yo no había nacido...
Atravesamos un bosque de apamates
que en lenta fila también iban marchando
no sé adónde.
Después sólo se oyeron las cigarras
estremecidas en un coro compacto.
Mi padre acaso creyó que las oía
pero ya entonces a bordo de un relámpago
su alma cruzaba remotas intemperies.




De Papiros amorosos, 2002:



EL ÁNFORA

Cuerpo que pasas con el tiempo dentro,
henchido de horas en las venas,
de incontables minutos llenándote las manos
para asir tú deseo.

Cuerpo vestido de ánfora sedienta
para llenarte de años, meses,
para cubrirte de efímeras espumas
en los relojes de un mar que no te sacia.

El dios amante que dio a tu arcilla forma
al modelarte boca, senos, ojos,
el que en tu pubis puso pétalos
y en tu risa relámpagos de gracia,
colmó de música tu cántaro
y de tiempo tú sangre,
del tictac que celebra a tu paso la vida
en el girante milagro de la tierra.



PÉTALOS AL ALBA

Cuarto por cuarto, lámpara por lámpara,
los edificios amanecen
y en derredor la lluvia abre sus pétalos
con un lento susurro que recorre
sedas y cortinajes.
Dormimos dentro de una flor que se alza
demasiado despacio sobre el mundo.

Aún ignoramos de qué país remoto
nos ha traído el sueño,
pero nos consta que entre noche y día
han corrido los años…

La lluvia va entreabriendo su corola
en cuyo centro despertamos.
Ahora sé que tu risa, tus cabellos,
tus ojos donde la noche se demora,
la nieve que cae sobre tus senos
y estas mismas palabras
también son pétalos de algún inmenso cáliz,
pétalos que van abriéndose, amor mío,
con el mismo susurro de la lluvia
en la ventana.



VALS DE LOS CUERPOS

La danzarina del abismo,
la que oculta en su seno maravillas
.
ELISEO DIEGO

La tierra ahora gravita llevándonos los cuerpos
de un vals a otro cada vez más rápida,
de un paso a su contrario.
Aquí gira tu sombra con mi sombra,
una con otra al ritmo de los dioses,
aquí con muerte y vida nos arrastran,
aquí nos juntan.

Este es el vals que bailan por nosotros
con nuestros pasos, desde nuestra carne,
el vals que nos reúne con su música táctil,
lento, más lento, mágico, magnifico…

Este es tu cuerpo y es mi cuerpo;
deja que bese tu oreja, tus pendientes
y retenga las voces que imaginas.
Deja que palpe en ti la parte de la tierra
que custodia su polen, su misterio.
Este es el viejo ritmo gravitante
que mueve sin cesar cuerpos y astros,
el vals nocturno de la redonda bóveda
cuyo compás palpita en nuestra sangre.



EL NAUFRAGIO

El naufragio de un cuerpo en otro cuerpo
cuando en su noche, de pronto, se va a pique…
Las burbujas que suben desde el fondo
hasta el bordado pliegue de las sábanas.
Negros abrazos y gritos en la sombra
para morir uno en el otro,
hasta borrarse dentro de lo oscuro
sin que el rencor se adueñe de esta muerte.
Los enlazados cuerpos que zozobran
bajo una misma tormenta solitaria,
la lucha contra el tiempo ya sin tiempo,
palpando lo infinito aquí tan cerca,
el deseo que devora con sus fauces,
la luna que consuela y ya no basta.
El naufragio final contra la noche,
sin más allá del agua, sino el agua,
sin otro paraíso ni otro infierno
que el fugaz epitafio de la espuma
y la carne que muere en otra carne.



PAPIRO PRONOMINAL

Se tendieron desnudos, semiabsortos,
en un hotel de los suburbios.
Verde era el arco de la luz que el día
iba filtrando en la ventana. Y verde el viento
con filo de cuchillo sobre las leves sábanas.
Ese jadeo ajeno ante lo íngrimo
de no saber por qué se nace
ni por qué se desea,
brotaba allí de un fuelle unánime
entre ambos cuerpos... Ella era joven
más que su tenue sombra.
Y yo a su lado, atónito,
en el tiempo sin tiempo de mi carne,
mucho más amoroso que la lumbre
de este incierto recuerdo.
Éramos jóvenes
como cuando uno mismo no lo sabe.
De allí y de todo ambos partimos,
partimos y partieron
ellos, nosotros, cerca, es decir, lejos...
¿Cuál era la canción de moda entonces?
Ya no sé si la oímos, si la oyeron.
El tiempo va añadiendo tanto olvido
que deja en anacrónico tumulto
el mismo fuelle con ansia y menos cuerpo,
el mismo cuerpo con noche y menos sangre,
la misma sangre dando vueltas a la tierra
y estos pobres pronombres que se alternan
entre restos de voces no apagadas
y hasta un golpe de mar donde no hay agua.



EL CUERPO Y SU DOMINIO

Bella como el deseo en las venas terrestres.
ENRIQUE MOLINA

Bella que de tus dioses te despojas
en algún lecho de esta noche.
Ya dejaste tus ropas en la alfombra,
sedas, blusas, pijamas,
también la sombra de tu cuerpo
y los dioses que uno tras otro te arrancaste
por esta vez, por esta noche al menos, '
hasta quedarte sola con la música
de tu propio deseo...

Bella que te desnudas cerca de este espacio
pero en otro tiempo,
lejos de los credos y dogmas avaros,
donde la luna deshace la culpa
ya nadie le importa si la tierra gira
o quiere detenerse.

Por esta vez, por esta noche al menos,
lo que es del cuerpo reina en su dominio
y el amor con su hechizo te arrebata,
hasta que el alba vuelva con el mundo
y se apague en tu sangre la música
y los dioses retornen.



TARDE EN LA TIERRA

Tarde, ya tarde llegué a tu cuerpo,
.....................................................................-tarde,
por culpa de mis dioses, por culpa del camino
cuyas amargas piedras me desviaron.
Tarde a tus labios y a tus ojos,
tarde a tus senos
y al errante susurro de tus palabras.

Tarde, para llegar temprano, llegué tarde.
Mi sombra iba delante yyo detrás, despacio,
en otra esfera, otra galaxia,
en no sé qué país lento y remoto.

Me apuré al retardarme,
para ser más veloz me he demorado,
quise estar antes que mis pasos,
descubrir otra senda inexistente.

Tarde en la noche que no tiene noche
y en los relojes que no tienen horas,
tarde pero sin tarde: nuestros dos cuerpos juntos
que uno solo se vuelven cuando se borra el tiempo.



SONIDO OSCURO

Toquemos para Dios este arrebato velocísimo.

GONZALO ROJAS

Cuerpo es el tuyo cuando al sol se mueve
y ojos los míos cuando te contemplo.
Tierra la esfera que nos va llevando
por el azul intacto de sus vueltas ...
Luna esta lumbre que entra en nuestra alcoba,
sombras las nuestras que con ella se aman
en el lecho, ante el mar y su deseo.
Palabras los silencios que decimos
para que gire en calma la galaxia.
Milagro es éste que hallo en ti palpable,
tus senos y tus labios y tu noche;
milagro es estar vivo uno con otro
mientras nos cerca este arenal de estrellas.
Amor tu idioma, tu sonido oscuro,
la voz que por tu boca habla la tierra.
Amor la sangre joven de tus venas,
la armoniosa corola hecha de música
y tu rosa que tiembla con el mundo.



UN RAYO

La vejez de la carne es la peor máscara
que los dioses nos tejen.
Con invisible estambre y rueca fría,
con su nocturna aguja irrefutable,
sin percatamos, casi de puntillas,
voz y cuerpo nos cambian.

Sólo al azar de algún milagro -si lo otorgan-
puede que alguna vez, fuera del tiempo,
en la región donde la rosa es más efímera,
un joven cuerpo de mujer se tienda
y nos abrace,
como abraza el amor,
mucho más hondo que la muerte...
Entonces, tras la máscara,
nuestra marchita carne se reaviva
y vuelve un rayo a iluminamos
que dura apenas lo qu e dura un rayo


EUGENIO MONTEJO, Alfabeto del mundo, Fondo de culltura económica, 2005.


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Mensaje por Amalia Lateano Miér 26 Oct 2022, 20:22

Gracias Pedro por acercarnos a este POETA!!

Un beso agradecido

Amalia
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Mensaje por Pedro Casas Serra Jue 27 Oct 2022, 02:24

Graciasa ti por tu interés, Amalia.

Un abrazo.
Pedro


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