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    Ramón López Velarde (1888-1921)

    Pedro Casas Serra
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    Ramón López Velarde (1888-1921) Empty Ramón López Velarde (1888-1921)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 14 Oct 2022, 06:37

    .


    Ramón López Velarde (Jerez de García Salinas, Zacatecas; 15 de junio de 1888-Ciudad de México, 19 de junio de 1921), fue un poeta y funcionario mexicano del movimiento modernista. En México alcanzó una gran fama y llegó a ser apodado como el poeta nacional.

    Biografía

    Años de formación

    Fue el primero de los nueve hijos del abogado José Guadalupe López Velarde, originario de Jalisco, y Trinidad Berumen Llamas, de una familia de terratenientes locales. Nace en Jerez de García Salinas; posteriormente, su nacimiento será registrado en el Registro Civil de Jerez. El padre, tras ejercer sin fortuna como abogado, había fundado un colegio católico en Jerez. En 1900, Ramón fue enviado al Seminario de Zacatecas, donde permaneció dos años; más tarde, debido a la mudanza de su familia, se trasladó al Seminario de Aguascalientes. En 1905 eligió abandonar el Seminario y su posible futuro como sacerdote, optando por la carrera de Leyes.

    Fue enviado a la corte por un robo a sus padres durante su juventud, López Velarde pasó sus vacaciones en Jerez. Durante su juventud Ramón fue enviado a una escuela de mujeres por sus padres, lo que causó primero su molestia, aunque años después estuvo muy agradecido, pues conoció a mujeres que fueron importantes para él. En esa época conoció a Josefa de los Ríos, pariente lejana y ocho años mayor que él, quien le causó una honda impresión. El primer poema que se conoce de López Velarde, fechado en 1905, parece estar inspirado en ella, a la que luego dará en su obra el nombre de "Fuensanta".

    En 1906 colaboró en la revista Bohemio, publicada en Aguascalientes por unos amigos suyos, con el seudónimo de "Ricardo Wencer Olivares". El grupo de Bohemio tomó partido por Manuel Caballero, católico integrista enemigo del modernismo literario, con ocasión de la polémica que produjo la reaparición de la Revista Azul en 1907. Sus intervenciones, sin embargo, tuvieron escaso eco en la vida literaria mexicana.

    En enero de 1908 López Velarde comenzó sus estudios de Leyes en el Instituto Científico y Literario de San Luis Potosí. Poco después murió su padre, dejando a la familia, que regresó a Jerez, en una difícil situación económica. El autor pudo continuar sus estudios gracias al apoyo de sus tíos maternos. López Velarde continuó colaborando con diferentes publicaciones de Aguascalientes (El Observador, El Debate, Nosotros) y luego de Guadalajara (El Regional, Pluma y Lápiz). La revista Bohemio había dejado de existir en 1907.

    En San Luis Potosí leyó a los poetas modernistas, especialmente a Amado Nervo, a quien llamaría "máximo poeta nuestro",​ y al español Andrés González Blanco, cambiando radicalmente sus opiniones en manera de estética. A partir de este momento se convierte en defensor ferviente del modernismo, y en 1910 preparó para su edición un manuscrito, que no llegó a publicarse, que será el germen de su futuro libro La sangre devota.

    Poeta de la Revolución mexicana

    Apoyó abiertamente las exigencias de reformas políticas de Francisco I. Madero, a quien conoció personalmente en 1910. En 1911 obtuvo el título de abogado y tomó posesión como juez de primera instancia en un pequeño pueblo del estado de San Luis, llamado Venado. Sin embargo, dejó su cargo a finales de año y viajó a la Ciudad de México, pensando que Madero, nuevo presidente de la República, le daría algún puesto de confianza, pero no ocurrió así, quizá a causa del catolicismo militante de López Velarde.

    En 1912, Eduardo J. Correa, antiguo protector suyo, lo llamó para colaborar en el diario católico de la Ciudad de México La Nación. Para la mencionada publicación, Velarde escribió poemas, reseñas y muchos artículos políticos sobre la nueva situación de México. En ellos atacó, entre otros, a Emiliano Zapata. Abandonó el periódico poco antes de la sublevación del 9 de febrero de 1913 en la Ciudad de México, que llevaría al poder a Victoriano Huerta, y procuró alejarse de los desórdenes trasladándose de nuevo a San Luis Potosí, donde puso un bufete. Allí comenzó a cortejar a María de Nevares, a quien seguiría pretendiendo durante toda la vida, aunque nunca llegaron a contraer matrimonio.

    A principios de 1914 se instaló definitivamente en la Ciudad de México. A mediados de 1915 se impone en México el liderazgo de Venustiano Carranza y comienza una época de relativa tranquilidad. La poesía mexicana de la época estaba dominada por el postmodernista Enrique González Martínez, escasamente apreciado por López Velarde, como se evidencia en una reseña que publicó por esos años. En cambio, se siente mucho más afín a José Juan Tablada, con quien mantuvo una cordial amistad. En estos años se interesa también mucho por la obra del argentino Leopoldo Lugones, quien tuvo una decisiva influencia en su obra.

    Es a partir de 1915 cuando López Velarde comienza a escribir sus poemas más personales, marcados por la añoranza de su Jerez natal (al que ya nunca regresaría) y de su primer amor, "Fuensanta".

    En 1916 publica su primer libro, La sangre devota, que dedica a "los espíritus" de los poetas mexicanos Manuel Gutiérrez Nájera y Manuel José Othón. El libro recibió una buena acogida en los medios literarios mexicanos. En La sangre devota está muy presente -incluso en el título- la liturgia católica, asociada por el autor al mundo idealizado de su infancia provinciana y única esperanza de refugio para su atribulada vida ciudadana. El poema "Viaje al terruño" es, en el fondo, una ensoñación sobre el regreso a la infancia. Sin embargo, esta nostalgia del pasado no está exenta de un cierto distanciamiento irónico, como cuando en el poema "Tenías un rebozo de seda..." se recuerda a sí mismo como un "[...] seminarista / sin Baudelaire, sin rima y sin olfato". Una de las piezas del libro que mayor interés han concitado es "Mi prima Águeda", donde también está muy presente la ironía.

    En 1917 muere Josefa de los Ríos, "Fuensanta", su amor de juventud. Por entonces López Velarde comienza a preparar su próximo poemario, Zozobra, que habrá de aguardar todavía dos años hasta ser publicado. Entre marzo y julio de 1917 colabora en la revista Pegaso, junto con González Martínez y, a pesar de recibir algunos ataques por su interés por el mundo de la provincia y su catolicismo, su prestigio literario comienza a consolidarse.

    En 1919 publica Zozobra, su segundo libro, considerado por gran parte de la crítica como su mejor obra. En él la ironía es ya el tropo dominante, y, junto a los poemas referidos a la provincia, aparecen también otros fruto de su experiencia en la capital. Es evidente la influencia de Leopoldo Lugones en cuanto a la voluntad de evitar los lugares comunes, la utilización de un vocabulario hasta entonces considerado antipoético, la adjetivación insólita, las metáforas inesperadas, los juegos de palabras, la predilección por los vocablos esdrújulos y el uso humorístico de la rima. En este sentido, su obra se asemeja también a la del uruguayo Julio Herrera y Reissig. También se encuentran afinidades con el poeta venezolano Adriano González León, a las que Octavio Paz llamaría "una evolución paralela" entre los dos poetas.​ Consta de un total de cuarenta poemas que configuran un cierto recorrido circular, ya que el libro se abre con "Hoy como nunca", despedida a Fuensanta y a Jerez, y se cierra con "Humildemente", que marca una especie de retorno simbólico a sus orígenes. Zozobra fue criticado duramente por González Martínez.

    En 1920 la sublevación del general Álvaro Obregón supone el final del gobierno de Carranza, que para Velarde había sido un período de estabilidad y de gran desarrollo creativo. Sin embargo, tras los primeros momentos de desconcierto, es nombrado secretario de Educación José Vasconcelos, decidido a lograr una renovación cultural del país. López Velarde publica artículos en dos revistas promovidas por Vasconcelos, México Moderno y El Maestro. En este último apareció un breve ensayo muy significativo de Velarde, "Novedad de la Patria", donde expone las ideas que desarrollará en su poema más famoso, y que le valió ser considerado poeta de la Revolución mexicana, "La suave patria".

    Repercusión de su obra

    A su muerte, a instancias de José Vasconcelos Calderón, se le tributaron honores como poeta nacional, y su obra (sobre todo, el poema "La suave patria") se exaltó como expresión suprema de la nueva mexicanidad nacida de la Revolución. La apropiación oficial no excluyó otras lecturas de su obra: los poetas del grupo Los Contemporáneos vieron en él, junto a Tablada, el comienzo de la poesía mexicana moderna. En particular, Xavier Villaurrutia destacó la centralidad de López Velarde en la historia de la poesía mexicana, y lo comparó con el francés Charles Baudelaire.

    El estudio más completo sobre su figura lo realizó el estadounidense Allen W. Phillips en 1961, dando pie a un iluminador estudio de Octavio Paz, incluido en su libro Cuadrivio (1963), en el que hace hincapié en la modernidad del poeta jerezano, al que relaciona con autores como Jules Laforgue, Leopoldo Lugones o Julio Herrera y Reissig. En Borges, del argentino Adolfo Bioy Casares, se consignan varias consideraciones sobre López Velarde, en especial en torno a poemas como “El retorno maléfico” o "La Suave patria", sobre la cual Borges opinaba que «es una extraordinaria prueba de la variedad lograda por López Velarde con los endecasílabos». Por su parte, Bioy afirma: «Lo más admirable de López Velarde es haber logrado, en “La suave patria”, con su modernismo tan barroco y metafórico, una poesía intensa y fluida. Generalmente es más intensa y fluida que la de Lugones».​

    Otros críticos, como Gabriel Zaid, centraron su análisis en el catolicismo de López Velarde y en sus años de formación. En 1989, con motivo del centenario de su nacimiento, el escritor mexicano Guillermo Sheridan escribió una biografía del poeta, titulada Un corazón adicto: la vida de Ramón López Velarde, quizá la más completa hasta la fecha.

    Su obra, como la de José Juan Tablada, marca el momento de transición entre el modernismo y la vanguardia. La eclosión de los ismos en el ámbito hispánico se anuncia ya en su novedoso tratamiento del lenguaje poético y, al mismo tiempo, la dualidad que preside su obra (el contraste entre las tradiciones del campo y la turbulencia de la ciudad, y su propio forcejeo angustiado entre las inclinaciones ascéticas y sensualidad pagana) tiene un claro carácter romántico-modernista.

    Actualmente en la Ciudad de México se encuentra el museo Casa del Poeta Ramón López Velarde en la que fue su morada durante los últimos 3 años de su vida.

    Fallecimiento

    Murió el 19 de junio de 1921, poco después de cumplir los treinta y tres años. La causa oficial de su muerte, según el certificado de defunción, fue una bronconeumonía, que se le complicó debido también a la sífilis que padecía. Dejó un libro inédito, El son del corazón, que no se publicaría hasta 1932. Un libro de prosa, El minutero, sería también editado por sus deudos póstumamente, en 1923. El 15 de junio de 1963 sus restos mortales fueron exhumados y trasladados a la Rotonda de las Personas Ilustres de la Ciudad de México.

    (Sacado de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )


    *


    Algunos poemas de Ramón López Velarde:



    De Primeras poesías (1905-1912):


    ROSA MÍSTICA

    Del fondo de mi alma oscura
    van hasta ti mis dolores
    como una sarta de flores
    en empobrecida blancura.
    Del ensueño a la luz pura,
    en capilla de colores,
    comulgué con tus amores
    en un cáliz de amargura.
    Al reír mis quince años
    de los pesares huraños,
    tu amor imposible vino
    a traerme la tristeza
    del monje que oculto reza
    en el claustro capuchino.

    La muerte ama con el vago
    amor y las ansias puras
    con que ama las alburas
    de las estrellas, el lago.
    Del invierno al frío halago,
    en las gavetas oscuras
    besan a las sepulturas
    las flores del jaramago.
    Y con afán imposible
    ama la yedra flexible,
    en el cálido misterio
    de las paredes ruinosas,
    las ramazones musgosas
    del vetusto monasterio.

    Así también, alma mía,
    en una muerte profunda,
    de mi pasión moribunda,
    la yerta melancolía.
    Te adoro en la sombría
    nostalgia meditabunda
    que en el recuerdo se inunda
    de tu pasada alegría.
    Se consume tu existencia
    como el dolor de una esencia;
    y en el litúrgico llanto,
    como responso de muerte,
    tan solo puedo quererte
    con amor de camposanto.



    ELOGIO A FUENSANTA

    Tú no eres en mi huerto la pagana
    rosa de los ardores juveniles;
    te quise como a una dulce hermana

    y gozoso dejé mis quince abriles
    cual un ramo de flores de pureza
    entre tus manos blancas y gentiles.

    Humilde te ha rezado mi tristeza
    como en los pobres templos parroquiales
    el campesino ante la Virgen reza.

    Antífona es tu voz, y en los corales
    de tu mística boca he descubierto
    el sabor de los besos maternales.

    Tus ojos tristes, de mirar incierto,
    recuérdanme dos lámparas prendidas
    en la penumbra de un altar desierto.

    Las palmas de tus manos son ungidas
    por mi, que provocando tus asombros
    las beso en las ingratas despedidas.

    Soy débil, y al marchar por entre escombros
    me dirige la fuerza de tu planta
    y reclino las sienes en tus hombros.

    Nardo es tu cuerpo y tu virtud es tanta
    que en tus brazos beatíficos me duermo
    como sobre los senos de una Santa.

    ¡Quién me otorgara en mi retiro yermo
    tener, Fuensanta, la condescendencia
    de tus bondades a mi amor enfermo
    como plenaria y última indulgencia!

    Kalendas, Lagos, 1908




    De La sangre devota, 1916:


    EN EL REINADO DE LA PRIMAVERA

    A Josefa de los Ríos
    (17 de marzo de 1880- 7 de mayo de 1917)


    Amada, es Primavera.
    Fuensanta, es que florece
    la eclesiástica unción de la cuaresma.

    Hay un alivio dulce
    en las almas enfermas,
    porque abril con sus auras les va dando
    la sensación de la convalecencia.

    Se viste el cielo del mejor azul
    y de rosas la tierra,
    y yo me visto con tu amor... ¡Oh gloria
    de estar enamorado, enamorado,
    ebrio de amor a ti, novia perpetua,
    enloquecidamente enamorado,
    como quince años, cual pasión primera!

    Y con la dicha de palomas que huyen
    del convento en que estaban prisioneras
    y se ven lejos, bajo la promesa
    azul del firmamento
    y sobre la florida de la tierra,
    así vuelan a verte en otros climas
    -¡oh santa, oh amadísima, oh enferma!-
    estos versos de infancia que brotaron
    bajo el imperio de la Primavera.



    TENÍAS UN REBOZO DE SEDA...

    A Eduardo J. Correa

    Tenías un rebozo en que lo blanco
    iba sobre lo gris con gentileza
    para hacer a los ojos que te amaban
    un festejo de nieve en la maleza.

    Del rebozo en la seda me anegaba
    con fe, como en un golfo intenso y puro,
    a oler abiertas rosas del presente
    y herméticos botones del futuro.

    (En abono de mi sinceridad
    séame permitido un alegato:
    entonces era yo seminarista
    sin Baudelaire, sin rima y sin olfato).

    ¿Guardas, flor del terruño, aquel rebozo
    de maleza y de nieve,
    en cuya seda me adormí, aspirando
    la quintaesencia de tu espalda leve?


    VIAJE AL TERRUÑO

    A Enrique Fernández Ledesma

    INVITACIÓN

    De tu magnífico traje
    recogeré la basquiña
    cuando te llegues, o niña,
    al estribo del carruaje.
    Esperando para el viaje
    la tarde tiene desmayos
    y de sus últimos rayos
    la luz mortecina ondea
    en la lujosa librea
    de los corteses lacayos.

    No temas: por los senderos
    polvosos y desolados,
    te velarán mis cuidados,
    galantes palafreneros.
    Y cuando con mil luceros
    en opulento derroche
    se venga encima la noche,
    obsequiará tus oídos
    con sus monótonos ruidos
    la serenata del coche.

    EN CAMINO

    Al fin te ve mi fortuna
    ir, a mi abrigo amoroso,
    al buen terruño oloroso
    en que se meció tu cuna.
    Los fulgores de la luna,
    desteñidos oropeles,
    se cuajan en tus broqueles
    y van por la senda larga,
    orgullosos de su carga,
    los incansables corceles.

    De la noche en el arcano
    llega al éxtasis la mente
    si beso devotamente
    los pétalos de tu mano.
    En la blancura del llano
    una fantasía rara
    las lagunas comparara,
    azuladas y tranquilas,
    con tus azules pupilas
    en la nieve de tu cara.

    La aurora su lumbre viva
    manda al cárdeno celaje
    y al empolvado carruaje
    un rayo de luz furtiva.
    Surge la ciudad nativa:
    en sus lindes, un bohío
    parece ver que del río
    el cristal rompen las ruedas,
    y entre mudas alamedas
    se recata el caserío.

    Como níveo relicario
    que ocultan los naranjales,
    del coche por los cristales
    ¿no distingues el Santuario?
    Del esbelto campanario
    salen y rayan los cielos
    las palomas con sus vuelos,
    cual si las torres, mi vida,
    te dieran la bienvenida
    agitando sus pañuelos.

    LLEGADA

    Por las tapias la verdura
    del jazmín cuelga a la calle,
    y respira todo el valle
    melancólica ternura.
    Aromarán la frescura
    de tus carrillos sedeños
    los jardines lugareños,
    y en las azules mañanas
    llegarán a tus ventanas,
    en enjambre, los ensueños.

    Escucharás, amor mío,
    girando en eterna danza
    la interminable romanza
    de las hojas... Y en el frío
    mes de diciembre sombrío,
    en el patriarcal sosiego
    del hogar, mi dulce ruego
    ha de loar tu belleza
    cabe la muda tristeza
    del caserón solariego.

    Esparcirán sus olores
    las pudibundas violetas
    y habrá sobre tus macetas
    las mismas humildes flores:
    la misma charla de amores
    que su diálogo desgrana
    en la discreta ventana,
    y siempre llamando a misa
    el bronce, loco de risa,
    de la traviesa campana.

    A tus plácidos hogares
    irán las venturas viejas
    como vienen las abejas
    a buscar los colmenares.
    Y mi cariño en tus lares
    verás cómo se acurruca
    libre de pompa caduca,
    al estrecharte mi abrazo
    en el materno regazo
    de la aromosa tierruca.



    MI PRIMA ÁGUEDA

    A Jesús Villalpando

    Mi madrina invitaba a mi prima Águeda
    a que pasara el día con nosotros,
    y mi prima llegaba
    con un contradictorio
    prestigio de almidón y de temible
    luto ceremonioso.

    Águeda aparecía, resonante
    de almidón, y sus ojos
    verdes y sus mejillas rubicundas
    me protegían contra el pavoroso
    luto...
    ...........Yo era rapaz
    y conocía la o por lo redondo,
    y Águeda que tejía
    mansa y perseverante en el sonoro
    corredor, me causaba
    calosfríos ignotos...
    (Creo que hasta le debo la costumbre
    heroicamente insana de hablar solo).

    A la hora de comer, en la penumbra
    quieta del refectorio,
    me iba embelesando un quebradizo
    sonar intermitente de vajilla
    y el timbre caricioso
    de la voz de mi prima.
    ......................................Águeda era
    (luto, pupilas verdes y mejillas
    rubicundas) un cesto policromo
    de manzanas y uvas
    en el ébano de un armario añoso.



    LA BIZARRA CAPITAL DE MI ESTADO

    A Jesús B. González

    He de encomiar en verso sincerista
    la capital bizarra
    de mi Estado, que es un
    cielo cruel y una tierra colorada.

    Una frialdad unánime
    en el ambiente, y unas recatadas
    señoritas con rostro de manzana,
    ilustraciones prófugas
    De las cajas de pasas.

    Católicos de Pedro el Ermitaño
    y jacobinos de época terciaria.
    (Y se odian los unos a los otros
    con buena fe.)
    Una típica montaña
    que, fingiendo un corcel que se encabrita,
    al dorso lleva una capilla, alzada
    al Patrocinio de la Virgen.

    ..............................................Altas
    y bajas del terreno, que son siempre
    una broma pesada.

    Y una Catedral, y una campana
    mayor que cuando suena, simultánea
    con el primer clarín del primer gallo,
    en las avemarías, me da lástima
    que no la escuche el Papa.

    Porque la cristiandad entonces clama
    cual si fuese su queja mas urgida
    la vibración metálica,
    y al concurrir ese clamor concéntrico
    del bronce, en el ánima del ánima,
    se siente que las aguas
    del bautismo nos corren por los huesos
    y otra vez nos penetran y nos lavan.



    NOCHES DE HOTEL

    Se distraen las penas en los cuartos de hoteles
    con el heterogéneo concurso divertido
    de yanquees, sacerdotes, quincalleros infieles,
    niñas recién casadas y mozas del partido.

    Media luz...
    ....................Copia al huésped la desconchada luna
    en su azogue sin brillo; y flota en calendarios,
    en cortinas polvosas y catres mercenarios
    la nómada tristeza de viajes sin fortuna.

    Lejos quedó el terruño, la familia distante,
    y en la hora gris del éxodo medita el caminante
    que hay jornadas luctuosas y alegres en el mundo:

    que van pasando juntos por el sórdido hotel
    con el cosmopolita dolor del moribundo
    los alocados lances de la luna de miel.



    MIENTRAS MUERE LA TARDE

    Noble señora de provincia: unidos
    en el viejo balcón que ve al poniente,
    hablamos tristemente, largamente,
    de dichas muertas y de tiempos idos.

    De los rústicos tiestos florecidos
    desprendo rosas para ornar tu frente,
    y hay en los fresnos del jardín de enfrente
    un escándalo de aves en los nidos.

    El crepúsculo cae soñoliento,
    y si con tus desdenes amortiguas
    la llama de mi amor, yo me contento

    con el hondo mirar de tus arcanos
    ojos, mientras admiro las antiguas
    joyas de las abuelas en tus manos.



    DEL PUEBLO NATAL

    Ingenuas provincianas: cuando mi vida se halle
    desahuciada por todos, iré por los caminos
    por donde vais cantando los más sonoros trinos
    y en fraternal confianza ceñiré vuestro talle.

    A la hora del Angelus, cuando vais por la calle,
    enredados al busto los chales blanquecinos,
    decora vuestros rostros -¡oh rostros peregrinos!-
    la luz de los mejores crepúsculos del valle.

    De pecho en los balcones de vetusta madera,
    platicáis en las tardes tibias de primavera
    que Rosa tiene novio, que Virginia se casa;

    y oyendo los poetas vuestros discursos sanos
    para siempre se curan de males ciudadanos,
    y en la aldea la vida buenamente se pasa.



    HERMANA, HAZME LLORAR

    Fuensanta:
    dame todas las lágrimas del mar.
    Mis ojos están secos y yo sufro
    unas inmensas ganas de llorar.

    Yo no sé si estoy triste por el alma
    de mis fieles difuntos
    o porque nuestros mustios corazones
    nunca estarán sobre la tierra juntos.

    Hazme llorar, hermana,
    y la piedad cristiana
    de tu manto inconsútil
    enjúgueme los llantos con que llore.
    el tiempo amargo de mi vida inútil.

    Fuensanta:
    ¿tú conoces el mar?
    Dicen que es menos grande y menos hondo
    que el pesar.
    Yo no sé ni por qué quiero llorar:
    será tal vez por el pesar que escondo,
    tal vez por mi infinita sed de amar.

    Hermana:
    dame todas las lágrimas del mar...



    EN LA PLAZA DE ARMAS

    Plaza de Armas, plaza de musicales nidos,
    frente a frente del rudo y enano soportal;
    plaza en que se confunden un obstinado aroma
    lírico y una cierta prosa municipal;
    plaza frente a la cárcel lóbrega y frente al lúcido
    hogar en que nacieron y murieron los míos;
    he aquí que te interroga un discípulo, fiel
    a tus fuentes cantantes y tus prados umbríos.

    ¿Qué se hizo, Plaza de Armas, el coro de chiquillas
    que conmigo llegaban en la tarde de asueto
    del sábado, a tu kiosko, y que eran actrices
    de muñeca excesiva y de exiguo alfabeto?

    ¿Qué fue de aquellas dulces colegas que rieron
    para mí, desde un marco de verdor y de rosas?
    ¿Qué de las camaradas de los juegos impúberes?
    ¿Son vírgenes intactas o madres dolorosas?

    Es verdad, sé el destino casto de aquella pobre
    pálida, cuyo rostro, como una indulgencia
    plenaria, miré ayer tras un vidrio lloroso;
    me ha inundado en recuerdos pueriles la presencia
    de Ana, que al tutearme decía el «tú» de antaño
    como una obra maestra, y que hoy me habló con
    ceremonia forzada; he visto a Catalina,
    exangüe, al exhibir su maternal fortuna
    cuando en un cochecillo de blondas y de raso
    lleva el fruto cruel y suave de su idilio
    por los enarenados senderos...
    ..................................................Más no sé
    de todas las demás que viven en exilio.
    Y por todas inquiero. He de saber de todas
    las pequeñas torcaces que me dieron el gusto
    de la voz de mujer. ¡Torcaces que cantaban
    para mí, en la mañana de un día claro y justo!

    Dime, plaza de nidos musicales, de las
    actrices que impacientes por salir a la escena
    del mundo, chuscamente fingían gozosos líos
    de noviazgos y negros episodios de pena.

    Dime, Plaza de Armas, de las párvulas lindas
    y bobas, que vertieron con su mano inconsciente
    un perfume amistoso en el umbral del alma
    y una gota del filtro del amor en mi frente.

    Mas la plaza está muda, y su silencio trágico
    se va agravando en mí con el mismo dolor
    del bisoño escolar que sale a vacaciones
    pensando en la benévola acogida de Abel,
    y halla muerto, en la sala, al hermano menor.



    EL CAMPANERO

    Me contó el campanero esta mañana
    que el año viene mal para los trigos.
    Que Juan es novio de una prima hermana
    rica y hermosa. Que murió Susana.
    El campanero y yo somos amigos.

    Me narró amores de sus juventudes
    y con su voz cascada de hombre fuerte,
    al ver pasar los negros ataúdes
    me hizo la narración de mil virtudes
    y hablamos de la vida y de la muerte.

    -¿Y su boda, señor?
    .................................-Cállate, anciano.
    -¿Será para el invierno?
    ..........................................-Para entonces,
    y si vives, aún cuando su mano
    me dé la Muerte, campanero hermano,
    haz doblar por mi ánima tus bronces.



    Y PENSAR QUE PUDIMOS...

    Y pensar que extraviamos
    la senda milagrosa
    en que se hubiera abierto
    nuestra ilusión, como perenne rosa...

    Y pensar que pudimos
    enlazar nuestras manos
    y apurar en un beso
    la comunión de fértiles veranos...

    Y pensar que pudimos
    en una onda secreta
    de embriaguez, deslizarnos,
    valsando un vals sin fin, por el planeta...

    Y pensar que pudimos,
    al rendir la jornada,
    desde la sosegada
    sombra de tu portal y en una suave
    conjunción de existencias,
    ver las cintilaciones del Zodíaco
    sobre la sombra de nuestras conciencias...


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    Ramón López Velarde (1888-1921) Empty Re: Ramón López Velarde (1888-1921)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 14 Oct 2022, 10:54

    .


    De Zozobra, 1919:


    HOYCOMO NUNCA...

    A Enrique González Martínez

    Hoy, como nunca, me enamoras y me entristeces;
    si queda en mí una lágrima, yo la excito a que lave
    nuestras dos lobregueces.

    Hoy, como nunca, urge que tu paz me presida;
    pero ya tu garganta sólo es una sufrida
    blancura, que se asfixia bajo toses y toses,
    y toda tú una epístola de rasgos moribundos
    colmada de dramáticos adioses.

    Hoy, como nunca, es venerable tu esencia
    y quebradizo el vaso de tu cuerpo,
    y sólo puedes darme la exquisita dolencia
    de un reloj de agonías, cuyo tic-tac nos marca
    el minuto de hielo en que los pies que amamos
    han de pisar el hielo de la fúnebre barca.

    Yo estoy en la ribera y te miro embarcarte:
    huyes por el río sordo, y en mi alma destilas
    el clima de esas tardes de ventisca y de polvo
    en las que doblan solas las esquilas.

    Mi espíritu es un paño de ánimas, un paño
    de ánimas de iglesia siempre menesterosa;
    es un paño de ánimas goteando de cera,
    hollado y roto por la grey astrosa.

    No soy más que una nave de parroquia en penuria,
    nave en que se celebran eternos funerales,
    porque una lluvia terca no permite
    sacar el ataúd a las calles rurales.

    Fuera de mí, la lluvia; dentro de mí, el clamor
    cavernoso y creciente de un salmista;
    mi conciencia, mojada por el hisopo, es un
    ciprés que en una huerta conventual se contrista.

    Ya mi lluvia es diluvio, y no miraré el rayo
    del sol sobre mi arca, porque ha de quedar roto
    mi corazón la noche cuadragésima;
    no guardaba mis pupilas ni un matiz remoto
    de la lumbre solar que tostó mis espigas;
    mi vida sólo es una prolongación de exequias
    bajo las cataratas enemigas.



    TU PALABRA MÁS FÚTIL

    Magdalena, conozco que te amo
    en que la más trivial de tus acciones
    es pasto para mí, como la miga
    es la felicidad de los gorriones.

    Tu palabra más fútil
    es combustible de mi fantasía,
    y pasa por mi espíritu feudal
    como un rayo de sol por una umbría.

    Una mañana (en que la misma prosa
    del vivir se tornaba melodiosa)
    te daban un periódico en el tren
    y rehusaste, diciendo con voz cálida:
    «¿Para qué me das esto?» Y estas cinco
    breves palabras de tu boca pálida
    fueron como un joyel que todo el día
    en mi capilla estuvo manifiesto:
    y en la noche, sonaba tu pregunta:
    «¿Para qué me das esto?»

    Y la tarde fugaz que en el teatro
    repasaban tus dedos, Magdalena,
    la dorada melena
    de un chiquillo... Y el prócer ademán
    con que diste limosna a aquel anciano...
    Y tus dientes que van
    en sonrisa ondulante, cual resúmenes
    del sol, encandilando la insegura
    pupila de los viejos y los párvulos...
    Tus dientes, en que están la travesura
    y el relámpago de un pueril espejo
    que aprisiona del sol una saeta
    y clava el rayo férvido en los ojos
    del infante embobado
    que en su cuna vegeta...

    También yo, Magdalena, me deslumbro
    en tu sonrisa férvida; y mis horas
    van a tu zaga, hambrientas y canoras,
    como va tras el ama, por la holgura
    de un patio regional, el cortesano
    séquito de palomas que codicia
    la gota de agua azul y el rubio grano.



    DÍA 13

    Mi corazón retrógrado
    ama desde hoy la temerosa fecha
    en que surgiste con aquel vestido
    de luto y aquel rostro de ebriedad.

    Día 13 en que el filo de tu rostro
    llevaba la embriaguez como un relámpago
    y en que tus lúgubres arreos daban
    una luz que cegaba al sol de agosto,
    así como se nubla el sol ficticio
    en las decoraciones
    de los Calvarios de los Viernes Santos.

    Por enlutada y ebria simulaste,
    en la superstición de aquel domingo,
    una fúlgida cuenta de abalorio
    humedecida en un licor letárgico.

    ¿En qué embriaguez bogaban tus pupilas
    para que así pudiesen
    narcotizarlo todo?
    ..............................Tu tiniebla
    guiaba mis latidos, cual guiaba
    la columna de fuego al israelita.

    Adivinaba mi acucioso espíritu
    tus blancas y fulmíneas paradojas:
    el centelleo de tus zapatillas,
    la llamarada de tu falda lúgubre,
    el látigo incisivo de tus cejas
    y el negro luminar de tus cabellos.

    Desde la fecha de superstición
    en que colmaste el vaso de mi júbilo,
    mi corazón oscurantista clama
    a la buena bondad del mal agüero,
    que si mi sal se riega, irán sus granos
    trazando en el mantel tus iniciales;
    y si estalla mi espejo en un gemido,
    fenecerá diminutivamente
    como la desinencia de tu nombre.

    Superstición, consérvame el radioso
    vértigo del minuto perdurable
    en que su traje negro devoraba
    la luz desprevenida del cénit,
    y en que su falda lúgubre era un bólido
    por un cielo de hollín sobrecogido...



    LAS DESTERRADAS

    A Rafael Pimentel


    Ya la provincia toda
    reconcentra a sus sanas hijas en las caducas
    avenidas, y Rut y Rebeca proclaman
    la novedad campestre de sus nucas.

    Las pobres desterradas
    de Morelia y Toluca, de Durango y San Luis,
    aroman la Metrópoli como granos de anís.

    La parvada maltrecha
    de alondras, cae aquí con el esfuerzo
    fragante de las gotas de un arbusto
    batido por el cierzo.

    Improvisan su tienda
    para medir, cuadrantes pesarosos,
    la ruina de su paz y de su hacienda.

    Ellas, las que soñaban
    perdidas en los vastos aposentos,
    duermen en hospedajes avarientos.

    Propietarios de huertos y de huertas copiosas,
    regatean las frutas y las rosas.

    Con sus modas pasadas
    y sus luengos zarcillos
    y su mirar somero,
    inmútanse a los brillos
    de los escaparates de un joyero.

    Y después, a evocar la sandía tropa
    de pavos, y su susto manifiesto
    cuando bajaban por aquel recuesto...

    ¡Oh siestas regalonas,
    melindre ante la jícara que humea,
    soponcio ante la recua intempestiva
    que tumba las macetas de las pardas casonas;
    lotería de nueces,
    y Tenorio que flecha el historiado
    postigo de las rejas antañonas!

    Paso junto a las lentas fugitivas: no saben
    en su desgarbo airoso y en su activo quietismo,
    la derretida y pura
    compensación que logra su ostracismo
    sobre mi pecho, para ellas holgadamente
    hospitalario, aprensivo y munificente.

    Yo os acojo, anónimas y lentas desterradas,
    como si a mí viniese
    la lúcida familia de las hadas,
    porque oléis al opíparo destino
    y al exaltado fuero
    de los calabazates que sazona
    el resol del Adviento, en la cornisa
    recoleta y poltrona.



    TUS DIENTES

    Tus dientes son el pulcro y nimio litoral
    por donde acompasadas navegan las sonrisas,
    graduándose en los tumbos de un parco festival.

    Sonríes gradualmente, como sonríe el agua
    del mar, en la rizada fila de la marea,
    y totalmente, como la tentativa de un
    Fiat Lux para la noche del mortal que te vea.
    Tus dientes son así la más cara presea.

    Cuídalos con esmero, porque en ese cuidado
    hay una trascendencia igual a la de un Papa
    que retoca su encíclica y pule su cayado.

    Cuida tus dientes, cónclave de granizos, cortejo
    de espumas, sempiterna bonanza de una mina,
    senado de cumplidas minucias astronómicas,
    y maná con que sacia su hambre y su retina
    la docena de Tribus que en tu voz se fascina.

    Tus dientes lograrían, en una rebelión,
    servir de proyectiles zodiacales al déspota
    y hacer de los discordes gritos, un orfeón;
    del motín y la ira, inofensivos juegos,
    y de los sublevados, una turba de ciegos.

    Bajo las sigilosas arcadas de tu encía,
    como en un acueducto infinitesimal,
    pudiera dignamente el más digno mortal
    apacentar sus crespas ansias... hasta que truene
    la trompeta del Ángel en el Juicio Final.

    Porque la tierra traga todo pulcro amuleto
    y tus dientes de ídolo han de quedarse mondos
    en la mueca erizada del hostil esqueleto,
    yo los recojo aquí, por su dibujo neto
    y su numen patricio, para el pasmo y la gloria
    de la humanidad giratoria.



    TIERRA MOJADA

    Tierra mojada de las tardes líquidas
    en que la lluvia cuchichea
    y en que se reblandecen las señoritas, bajo
    el redoble del agua en la azotea...

    Tierra mojada de las tardes olfativas
    en que un afán misántropo remonta las lascivas
    soledades del éter, y en ellas se desposa
    con la ulterior paloma de Noé;
    mientras se obstina el tableteo
    del rayo, por la nube cenagosa...

    Tarde mojada, de hálitos labriegos,
    en la cual reconozco estar hecho de barro,
    porque en sus llantos veraniegos,
    bajo el auspicio de la media luz,
    el alma se licúa sobre los clavos
    de su cruz...

    Tardes en que el teléfono pregunta
    por consabidas náyades arteras,
    que salen del baño al amor
    a volcar en el lecho las fatuas cabelleras
    y a balbucir, con alevosía y con ventaja,
    húmedos y anhelantes monosílabos,
    según que la llovizna acosa las vidrieras...

    Tardes como una alcoba submarina
    con su lecho y su tina;
    tardes en que envejece una doncella
    ante el brasero exhausto de su casa,
    esperando a un galán que le lleve una brasa;
    tardes en que descienden
    los ángeles, a arar surcos derechos
    en edificantes barbechos;
    tardes de rogativa y de cirio pascual;
    tardes en que el chubasco
    me induce a enardecer a cada una
    de las doncellas frígidas con la brasa oportuna;
    tardes en que, oxidada
    la voluntad, me siento
    acólito del alcanfor,
    un poco pez espada
    y un poco San Isidro Labrador....



    COMO LAS ESFERAS...

    Muchachita que eras
    brevedad, redondez y color,
    como las esferas
    que en las rinconeras
    de una sala ortodoxa mitigan su esplendor...

    Muchachita hemisférica y algo triste
    que tus lágrimas púberes me diste,
    que en el mes del Rosario
    a mis ojos fingías
    amapola diciendo avemarías
    y que dejabas en mi idilio proletario
    y en mi corbata indigente,
    cual un aroma dúplice, tu ternura naciente
    y tu catolicismo milenario...

    En un día de báquicos desenfrenos,
    me dicen que preguntas por mí; te evoco
    tan pequeña, que puedes bañar tus plenos
    encantos dentro de un poco
    de licor, porque cabe tu estatua pía
    en la última copa de la cristalería;
    y revives redonda, castiza y breve
    como las esferas
    que en las rinconeras
    del siglo diecinueve,
    amortiguan su gala
    verde o azul o carmesí,
    y copian, en la curva que se parece a ti,
    el inventario de la muerta sala.



    LA LÁGRIMA

    Enigma
    de la azucena esquinada
    que orna la cadavérica almohada;

    encima
    del soltero dolor empedernido
    de yacer como imberbe congregante
    mientras los gatos erizan el ruido
    y forjan una patria espeluznante;

    encima
    del apetito nunca satisfecho
    de la cal
    que demacró las conciencias livianas,
    y del desencanto profesional
    con que saltan del lecho
    las cortesanas;

    encima
    de la ingenuidad casamentera
    y del descalabro que nada espera;

    encima
    de la huesa y del nido,
    la lágrima salobre que he bebido.

    Lágrima de infinito
    que eternizaste el amoroso rito;
    lágrima en cuyos mares
    goza mi áncora su náufrago baño
    y esquilmo los vellones singulares
    de un compungido rebaño;
    lágrima en cuya gloria se refracta
    el iris fiel de mi pasión exacta;
    lágrima en que navegan sin pendones
    los mástiles de las consternaciones;
    lágrima con que quiso
    mi gratitud, salar el Paraíso;
    lágrima mía, en ti me encerraría,
    debajo de un deleite sepulcral,
    como un vigía
    en su salobre y mórbido fanal.



    LA ÚLTIMA ODALISCA

    Mi carne pesa, y se intimida
    porque su peso fabuloso
    es la cadena estremecida
    de los cuerpos universales
    que se han unido con mi vida.

    Ámbar, canela, harina y nube
    que en mi carne al tejer sus mimos,
    se eslabonan con el efluvio
    que ata los náufragos racimos
    sobre las crestas del Diluvio.

    Mi alma pesa, y se acongoja
    porque su peso es el arcano
    sinsabor de haber conocido
    la Cruz y la floresta roja
    y el cuchillo del cirujano.

    Y aunque todo mi ser gravita
    cual un orbe vaciado en plomo,
    que en la sombra paró su rueda,
    estoy colgado en la infinita
    agilidad del éter, como
    de un hilo escuálido de seda.

    Gozo... Padezco... Y mi balanza
    vuela rauda con el beleño
    de las esencias del rosal:
    soy un harén y un hospital
    colgados juntos de un ensueño.

    Voluptuosa Melancolía:
    en tu talle mórbido enrosca
    el Placer su caligrafía
    y la Muerte su garabato,
    y en un clima de ala de mosca
    la Lujuria toca a rebato.

    Mas luego las samaritanas,
    que para mí estuvieron prestas
    y por mí dejaron sus fiestas,
    se irán de largo al ver mis canas,
    y en su alborozo, rumbo a Sión,
    buscarán el torrente endrino
    de los cabellos de Absalón.

    ¡Lumbre divina, en cuyas lenguas
    cada mañana me despierto:
    un día, al entreabrir los ojos,
    antes que muera estaré muerto!

    Cuando la última odalisca,
    ya descastado mi vergel,
    se fugue en pos de una nueva miel
    ¿qué salmodia del pecho mío
    será digna de suspirar
    a través del harén vacío?

    Si las victorias opulentas
    se han de volver impedimentas,
    si la eficaz y viva rosa
    queda superflua y estorbosa,
    ¡oh, Tierra ingrata, poseída
    a toda hora de la vida:
    en esa fecha de ese mal,
    hazme humilde como un pelele
    a cuya mecánica duele
    ser solamente un hospital!



    JEREZANAS

    A María Enriqueta

    Jerezanas, paisanas,
    institutrices de mi corazón,
    buenas mujeres y buenas cristianas...

    Os retrató la señora que dijo:
    «Cuando busque mi hijo
    a su media naranja,
    lo mandaré vendado hasta Jerez».
    Porque jugando a la gallina ciega
    con vosotras, el jugador
    atrapa una alma linda y una púdica tez.

    Jerezanas,
    os debo mis virtudes católicas y humanas,
    porque en el otro siglo, en vuestro hogar,
    en los ceremoniosos estrados me eduqué,
    velándome de amor, como las frentes
    se velaban debajo del tupé.

    Acababan de irse
    la polisión y la crinolina,
    pero alcancé las caudalosas colas
    que alargan el imán del ave femenina
    de las cinturas hasta las consolas.

    Así se reveló, por las colas profusas,
    mi cordial abundancia,
    y también por los moños enormes que en mi infancia
    trocaban a las plantas bizantinas
    en rodel de palomas capuchinas.

    Jerezanas,
    genio y figura
    del tiempo en que los ávidos pimpollos
    teníamos, de pie,
    la misma clementísima estatura
    que tenía, sentada, nuestra Fe.

    Jerezanas,
    traslúcidas y beatas dentaduras
    en que se filtra el sol, creando en cada boca
    las atmósferas claroscuras
    en que el Cielo y la Tierra se dan cita
    y en que es visitada Bernardita.

    Jerezanas,
    de quien aprendí a ser generoso,
    mirando que la mano anacoreta
    era la propia que en la feria anual
    aplaudía en el coso
    y apostaba columnas de metal
    en el escándalo de la ruleta.

    Jerezanas,
    grito y mueca de azoro
    a las tres de la tarde, por el humor del toro
    que en la sala se cuela babeando, y está
    como un inofensivo calavera
    ante la señorita tumbada en el sofá.

    Jerezanas,
    panes benditos,
    por vosotras, el Miércoles de Ceniza, simula
    el pueblo una gran frente llena de Jesusitos.

    Jerezanas,
    abísmase mi ser
    en las aguas de la misericordia
    al evocar la máquina de coser
    que al impulso de vuestra zapatilla,
    sobre mi vocación y vuestros linos
    enhebraba una bastilla.
    Dios quiera que esté salvada
    la máquina de acústicos galopes,
    por la cual fue mi ayer melódica jornada
    y un sobresalto mi vida
    ante los pulcros dedos hacendosos
    resbalando a la aguja empedernida.

    Jerezanas,
    he visto el menoscabo
    de los bucles que alabo,
    de los undosos bucles
    que enjugaron sin mofa mis pucheros,
    de los bucles rielantes,
    cabrilleo lunar, blanco de la llovizna
    y trono de los lápices caseros;
    he visto revolar la última brizna
    de vuestras gracias proverbiales;
    he visto deformada vuestra hermosura
    por todas las dolencias y por todos los males;
    he visto el manicomio en que murmura
    vuestra cabeza rota sus delirios;
    he visto que os ganáis
    el pan con las agujas a la luz del quinqué;
    he sido el centinela de vuestros cuatro cirios;
    pero ninguna chanza del presente
    logra desprestigiaros, porque sois el tupé,
    los moños capuchinos y la gruta de Lourdes
    de la boca indulgente.

    Jerezanas,
    colibríes de tápalo y quitasol,
    que vagabundas en la gloria matutina
    paraban junto a mis rejas,
    por espiar la joyante canción de mi madrina
    rememorando a Serafín Bemol:
    «Si soy la causa de lo que escucho,
    amigo mío, lo siento mucho...»

    Jerezanas,
    a cuyos rostros que nimbaba el denso
    vapor estimulante de la sopa,
    el comensal airado y desairado
    disparaba el suspiro a quemarropa.

    Jerezanas,
    que al cumplir con la ley
    de la anual comunión, miráis a la primera
    golondrina de marzo en la Casa del Rey
    de los Reyes; la párvula golondrina que entró
    a enseñarnos su pecho de mamey.

    Jerezanas,
    cuyo heroico destino
    desemboca en la iglesia y lucha con el vino,
    vistiendo santos
    o desvistiendo ebrios, con la misma
    caridad de los cantos
    que os hinchan las arterias en el cuello.

    Jerezanas,
    briosas cual el galope que me llenó de espantos
    al veros devorar la llanura y el río
    sobre el raudo señorío
    del albardón de las abuelas;
    erguidas como la araucaria,
    y débiles como el futuro
    de un huevecillo de canaria.

    Jerezanas,
    cuando el sol vespertino amorate
    vuestros vidrios, y os heléis
    en el diario silencio del inútil combate,
    tomad las flechas de mi vida
    como hilas del pañuelo de un hermano
    para curar vuestra herida
    según la vieja usanza,
    y para abrigar el nido
    del pájaro consentido.

    Jerezanas,
    yo aspiro a ser el casto reyezuelo
    de los días en que os sentí
    probadas por el Cielo

    Marchitas, locas o muertas,
    sois las ondas del manantial
    que ondula arriba de lo temporal,
    y en el eterno friso de mi alma
    cada paisana mía se eslabona
    como la letra de la Virgen:
    encima de una nube y con una corona.



    TE HONRO EN EL  ESPANTO...

    Ya que tu voz, como un muelle vapor, me baña
    y mis ojos, tributos a la eterna guadaña,
    por ti osan mirar de frente el ataúd;
    ya que tu abrigo rojo me otorga una delicia
    que es mitad friolenta, mitad cardenalicia,
    antes que en la veleta llore el póstumo alud;
    ya que por ti ha lanzado a la Muerte su reto
    la cerviz animosa del ardido esqueleto
    predestinado al hierro del fúnebre dogal;
    te honro en el espanto de una perdida alcoba
    de nigromante, en que tu yerta faz se arroba
    sobre una tibia, como sobre un cabezal;
    y porque eres, Amada, la armoniosa elegida
    de mi sangre, sintiendo que la convulsa vida
    es un puente de abismo en que vamos tú y yo,
    mis besos te recorren en devotas hileras
    encima de un sacrílego manto de calaveras
    como sobre una erótica ficha de dominó.



    HUMILDEMENTE...

    A mi madre y a mis hermanas

    Cuando me sobrevenga
    el cansancio del fin,
    me iré, como la grulla
    del refrán, a mi pueblo,
    a arrodillarme entre
    las rosas de la plaza,
    los aros de los niños
    y los flecos de seda de los tápalos.

    A arrodillarme en medio
    de una banqueta herbosa,
    cuando sacramentando
    al reloj de la torre,
    de redondel de luto
    y manecillas de oro,
    al hombre y a la bestia,
    al azar que embriaga
    y a los rayos del sol,
    aparece en su estufa el Divínisimo.

    Abrazado a la luz
    de la tarde que borda,
    como el hilo de una
    apostólica araña,
    he de decir mi prez
    humillada y humilde,
    más que las herraduras
    de las mansas acémilas
    que conducen al Santo Sacramento.

    «Te conozco, Señor,
    aunque viajas de incógnito,
    y a tu paso de aromas
    me quedo sordomudo,
    paralítico y ciego,
    por gozar tu balsámica presencia.

    »Tu carroza sonora
    apaga repentina
    el breve movimiento,
    cual si fueran las calles
    una juguetería
    que se quedó sin cuerda.

    »Mi prima, con la aguja
    en alto, tras sus vidrios,
    está inmóvil con un gesto de estatua.

    »El cartero aldeano,
    que trae nuevas del mundo,
    se ha hincado en su valija.

    »El húmedo corpiño
    de Genoveva, puesto
    a secar, ya no baila
    arriba del tejado.

    »La gallina y sus pollos
    pintados de granizo
    interrumpen su fábula.

    »La frente de don Blas
    petrificóse junto
    a la hinchada baldosa
    que agrietan las raíces de los fresnos.

    »Las naranjas cesaron
    de crecer, y yo apenas
    si palpito a tus ojos
    para poder vivir este minuto.

    »Señor, mi temerario
    corazón que buscaba
    arrogantes quimeras,
    se anonada y te grita
    que yo soy tu juguete agradecido.

    »Porque me acompasaste
    en el pecho un imán
    de figura de trébol
    y apasionada tinta de amapola.

    »Pero ese mismo imán
    es humilde y oculto,
    como el peine imantado
    con que las señoritas
    levantan alfileres
    y electrizan su pelo en la penumbra.

    »Señor, este juguete
    de corazón de imán,
    te ama y te confiesa
    con el íntimo ardor
    de la raíz que empuja
    y agrieta las baldosas seculares.

    »Todo está de rodillas
    y en el polvo las frentes;
    mi vida es la amapola
    pasional, y su tallo
    doblégase efusivo
    para morir debajo de tus ruedas».


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    Ramón López Velarde (1888-1921) Empty Re: Ramón López Velarde (1888-1921)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 15 Oct 2022, 05:01

    .


    De El son del corazón, 1932 (póstumo):


    EL SON DEL CORAZÓN

    Una música íntima no cesa,
    porque transida en un abrazo de oro
    la Caridad con el Amor se besa.

    ¿Oyes el diapasón del corazón?
    Oye en su nota múltiple el estrépito
    de los que fueron y de los que son.

    Mis hermanos de todas las centurias
    reconocen en mí su pausa igual,
    sus mismas quejas y sus propias furias.

    Soy la fronda parlante en que se mece
    el pecho germinal del bardo druida
    con la selva por diosa y por querida.

    Soy la alberca lumínica en que nada,
    como perla debajo de una lente,
    debajo de las linfas, Scherezada.

    Y soy el suspirante cristianismo
    al hojear las bienaventuranzas
    de la virgen que fue mi catecismo.

    Y la nueva delicia, que acomoda
    sus hipnotismos de color de tango
    al figurín y al precio de la moda.

    La redondez de la Creación atrueno
    cortejando a las hembras y a las cosas
    con un clamor pagano y nazareno.

    ¡Oh Psiquis, oh mi alma: suena a son
    moderno, a son de selva, a son de orgía
    y a son marino, el son del corazón!



    TREINTA Y TRES

    La edad del Cristo azul se me acongoja
    porque Mahoma me sigue tiñendo
    verde el espíritu y la carne roja,
    y los talla, el beduino y a la hurí,
    como una esmeralda en un rubí.

    Yo querría gustar del caldo de habas,
    mas en la infinidad de mi deseo
    se suspenden las sílfides que veo
    como en la conservera las guayabas.

    La piedra pómez fuera mi amuleto,
    pero mi humilde sino se contrista
    porque mi boca se instala en secreto
    en la feminidad del esqueleto
    con un crepúsculo de diamantista.

    Afluye la parábola y flamea
    y gasto mis talentos en la lucha
    de la Arabia Feliz con Galilea.

    Me asfixia, en una dualidad funesta,
    Ligia, la mártir de pestaña enhiesta,
    y de Zoraida la grupa bisiesta.

    Plenitud de cerebro y corazón;
    oro en los dedos y en las sienes rosas;
    y el Profeta de cabras se perfila
    más fuerte que los dioses y las diosas.

    ¡Oh, plenitud cordial y reflexiva:
    regateas con Cristo las mercedes
    de fruto y flor, y ni siquiera puedes
    tu cadáver colgar en la impoluta
    atmósfera imantada de una gruta!



    ANNA PAVLOVA

    Piernas
    eternas
    que decís
    de Luisa La Vallière
    y de Thaís...

    Piernas de rana,
    de ondina
    y de aldeana;
    en su vocabulario
    se fascina
    la caravana.

    Piernas
    en las cuales
    danza la Teología
    funerales
    y epifanía.

    Piernas:
    alborozo y lutos
    y parodias de los Atributos.

    Piernas
    en que exordia
    la Misericordia
    en la derecha,
    y se inicia
    en la otra la Justicia.

    Piernas
    que llevan del muslo al talón
    los recados del corazón.

    Piernas
    del reloj humano,
    certeras como manecillas
    dudosas como lo arcano,
    sobresaltadas
    con la coquetería de las hadas.

    Piernas
    para que circuyas
    el espíritu, que se desarma
    entre tus aleluyas;
    si la violeta de Parma
    tuviese piernas,
    serían las tuyas.

    Mística integral,
    melómano alfiler sin fe de erratas,
    que yendo de puntillas por el globo
    las libélulas atas y desatas.

    ¡Te fuiste con mi rapto y con mi arrobo,
    agitando las ánimas eternas
    en los modismos de tus piernas!



    GAVOTA

    Señor, Dios mío: no vayas
    a querer desfigurar
    mi pobre cuerpo, pasajero
    más que la espuma del mar.

    Ni me des enfermedad larga
    en mi carne, que fue la carga
    de la nave de los hechizos,
    del dolor el aposento
    y la genuflexión verídica
    de tu trágico pavimento.

    No me hieras ningún costado,
    no me castigues a mi cuerpo
    por haber vivido endiosado
    ante la Naturaleza
    y frente a los vertebrales
    espejos de la belleza.

    Yo reconozco mi osadía
    de haber vivido profesando
    la moral de la simetría.

    Amé los talles zalameros
    y el virginal sacrificio;
    amé los ojos pendencieros
    y las frentes en armisticio.

    No tengo miedo de morir,
    porque probé de todo un poco,
    y el frenesí del pensamiento
    todavía no me vuelve loco.

    Mas con el pie en el estribo
    imploro rápida agonía
    en mi final hostería.

    Para que me encomiende a Dios,
    en la hostería, una muchacha,
    con su peinado de bandós;
    y que de ir por los caminos
    tenga la carne de luz
    de los peroles cristalinos.

    Y que en sus manos, inundadas
    de luz, mi vida quede rota
    en un tiempo de gavota.



    SI SOLTERA AGONIZAS...

    Amiga que te vas:
    quizá no te vea más.

    Ante la luz de tu alma y de tu tez
    fui tan maravillosamente casto
    cual si me embalsamara la vejez.

    Y no tuve otro arte
    que el de quererte para aconsejarte.

    Si soltera agonizas,
    irán a visitarte mis cenizas.

    Porque ha de llegar un ventarrón
    color de tinta, abriendo tu balcón.
    Déjalo que trastorne tus papeles,
    tus novenas, tus ropas, y que apague
    la santidad de tus lámparas fieles...

    No vayas, encogido el corazón,
    a cerrar tus vidrieras
    a la tinta que riega el ventarrón.

    Es que voy en la racha
    a filtrarme en tu paz, buena muchacha.



    MI VILLA

    Si yo jamás hubiera salido de mi villa,
    con una santa esposa tendría el refrigerio
    de conocer el mundo por un solo hemisferio.

    Tendría, entre corceles y aperos de labranza,
    a Ella, como octava bienaventuranza.

    Quizá tuviera dos hijos, y los tendría
    sin un remordimiento ni una cobardía.

    Quizá serían huérfanos, y cuidándolos yo,
    el niño iría de luto, pero la niña no.

    ¿No me hubieras vivido, tú, que fuiste una aurora,
    una granada roja de virginales gajos,
    una devota de María Auxiliadora
    y un misterio exquisito con los párpados bajos?

    Hacia tu pie, hermosura y alimento del día,
    recién nacidos, piando y piando de hambre
    rodaran los pollitos, como esferas de estambre.

    Quiero otra vez mis campos, mi villa y mi caballo
    que en el sol y en la lluvia lanza a mitad del viaje
    su relincho, penacho gozoso del paisaje.

    Corazón que en fatigas de vivir vas a nado
    y que estás florecido, como está la cadera
    de Venus, y ceniciento cual la madera
    en que grabó su puño de ánima el condenado:
    tu tarde será simple, de ejemplar feligrés
    absorto en el perfume de hogareños panqués
    y que en la resolana se santigua a las tres.

    Corazón; te reservo el mullido descanso
    de la coqueta villa en que el señor mi abuelo
    contaba las cosechas con su pluma de ganso.

    La moza me dirá con su voz de alfeñique
    marchándose al rosario, que le abrace la falda
    ampulosa, al sonar el último repique.

    Luego resbalaré por las frutales tapias
    en recuerdo fanático de mis yertas prosapias.

    Y si la villa, enfrente de la jocosa luna,
    me reclama la pérdida de aquel bien que me dio,
    sólo podré jurarle que con otra fortuna
    el niño iría de luto, pero la niña no.



    EL SUEÑO DE LA INOCENCIA

    Soñé que comulgaba, que brumas espectrales
    envolvían mi pueblo, y que Nuestra Señora
    me miraba llorar y anegar su Santuario.

    Tanto lloré, que al fin mi llanto rodó afuera
    e hizo crecer las calles como en un temporal;
    y los niños echaban sus barcos papeleros,
    y mis paisanas, con la falda hasta el huesito,
    según se dice en la moda de la provincia,
    cruzaban por mi llanto con vuelos insensibles,
    y yo era ante la Virgen, cabizbaja y benévola,
    el lago de las lágrimas y el río de respeto...

    Casi no he despertado de aquella maravilla
    que enlazará mis Últimos óleos con mi Bautismo;
    un día quise ser feliz por el candor,
    otro día, buscando mariposas de sangre,
    mas revestido ya con la capa de polvo
    de la santa experiencia, sé que mi corazón,
    hinchado de celestes y rojas utopías,
    guarda aún su inocencia, su venero de luz:
    ¡el lago de lágrimas y el río del respeto!



    LA SUAVE PATRIA

    PROEMIO

    Yo que sólo canté de la exquisita
    partitura del íntimo decoro,
    alzo hoy la voz a la mitad del foro
    a la manera del tenor que imita
    la gutural modulación del bajo
    para cortar a la epopeya un gajo.

    Navegaré por las olas civiles
    con remos que no pesan, porque van
    como los brazos del correo chuan
    que remaba la Mancha con fusiles.

    Diré con una épica sordina:
    la Patria es impecable y diamantina.

    Suave Patria: permite que te envuelva
    en la más honda música de selva
    con que me modelaste por entero
    al golpe cadencioso de las hachas,
    entre risas y gritos de muchachas
    y pájaros de oficio carpintero.

    PRIMER ACTO

    Patria: tu superficie es el maíz,
    tus minas el palacio del Rey de Oros,
    y tu cielo, las garzas en desliz
    y el relámpago verde de los loros.

    El Niño Dios te escrituró un establo
    y los veneros del petróleo el diablo.

    Sobre tu Capital, cada hora vuela
    ojerosa y pintada, en carretela;
    y en tu provincia, del reloj en vela
    que rondan los palomos colipavos,
    las campanadas caen como centavos.

    Patria: tu mutilado territorio
    se viste de percal y de abalorio.

    Suave Patria: tu casa todavía
    es tan grande, que el tren va por la vía
    como aguinaldo de juguetería.

    Y en el barullo de las estaciones,
    con tu mirada de mestiza, pones
    la inmensidad sobre los corazones.

    ¿Quién, en la noche que asusta a la rana,
    no miró, antes de saber del vicio,
    del brazo de su novia, la galana
    pólvora de los juegos de artificio?

    Suave Patria: en tu tórrido festín
    luces policromías de delfín,
    y con tu pelo rubio se desposa
    el alma, equilibrista chuparrosa,
    y a tus dos trenzas de tabaco sabe
    ofrendar aguamiel toda mi briosa
    raza de bailadores de jarabe.

    Tu barro suena a plata, y en tu puño
    su sonora miseria es alcancía;
    y por las madrugadas del terruño,
    en calles como espejos se vacía
    el santo olor de la panadería.

    Cuando nacemos, nos regalas notas,
    después, un paraíso de compotas,
    y luego te regalas toda entera
    suave Patria, alacena y pajarera.

    Al triste y al feliz dices que sí,
    que en tu lengua de amor prueben de ti
    la picadura del ajonjolí.

    ¡Y tu cielo nupcial, que cuando truena
    de deleites frenéticos nos llena!
    Trueno de nuestras nubes, que nos baña
    de locura, enloquece a la montaña,
    requiebra a la mujer, sana al lunático,
    incorpora a los muertos, pide el Viático,
    y al fin derrumba las madererías
    de Dios, sobre las tierras labrantías.

    Trueno del temporal: oigo en tus quejas
    crujir los esqueletos en parejas,
    oigo lo que se fue, lo que aún no toco
    y la hora actual con su vientre de coco.
    Y oigo en el brinco de tu ida y venida,
    oh trueno, la ruleta de mi vida.

    INTERMEDIO
    Cuauhtémoc

    Joven abuelo: escúchame loarte,
    único héroe a la altura del arte.

    Anacrónicamente, absurdamente,
    a tu nopal inclínase el rosal;
    al idioma del blanco, tú lo imantas
    y es surtidor de católica fuente
    que de responsos llena el victorial
    zócalo de cenizas de tus plantas.

    No como a César el rubor patricio
    te cubre el rostro en medio del suplicio;
    tu cabeza desnuda se nos queda,
    hemisféricamente de moneda.

    Moneda espiritual en que se fragua
    todo lo que sufriste: la piragua
    prisionera , al azoro de tus crías,
    el sollozar de tus mitologías,
    la Malinche, los ídolos a nado,
    y por encima, haberte desatado
    del pecho curvo de la emperatriz
    como del pecho de una codorniz.

    SEGUNDO ACTO

    Suave Patria: tú vales por el río
    de las virtudes de tu mujerío.
    Tus hijas atraviesan como hadas,
    o destilando un invisible alcohol,
    vestidas con las redes de tu sol,
    cruzan como botellas alambradas.

    Suave Patria: te amo no cual mito,
    sino por tu verdad de pan bendito;
    como a niña que asoma por la reja
    con la blusa corrida hasta la oreja
    y la falda bajada hasta el huesito.

    Inaccesible al deshonor, floreces;
    creeré en ti, mientras una mejicana
    en su tápalo lleve los dobleces
    de la tienda, a las seis de la mañana,
    y al estrenar su lujo, quede lleno
    el país, del aroma del estreno.

    Como la sota moza, Patria mía,
    en piso de metal, vives al día,
    de milagros, como la lotería.

    Tu imagen, el Palacio Nacional,
    con tu misma grandeza y con tu igual
    estatura de niño y de dedal.

    Te dará, frente al hambre y al obús,
    un higo San Felipe de Jesús.

    Suave Patria, vendedora de chía:
    quiero raptarte en la cuaresma opaca,
    sobre un garañón, y con matraca,
    y entre los tiros de la policía.

    Tus entrañas no niegan un asilo
    para el ave que el párvulo sepulta
    en una caja de carretes de hilo,
    y nuestra juventud, llorando, oculta
    dentro de ti el cadáver hecho poma
    de aves que hablan nuestro mismo idioma.

    Si me ahogo en tus julios, a mí baja
    desde el vergel de tu peinado denso
    frescura de rebozo y de tinaja,
    y si tirito, dejas que me arrope
    en tu respiración azul de incienso
    y en tus carnosos labios de rompope.
    Por tu balcón de palmas bendecidas
    el Domingo de Ramos, yo desfilo
    lleno de sombra, porque tú trepidas.

    Quieren morir tu ánima y tu estilo,
    cual muriéndose van las cantadoras
    que en las ferias, con el bravío pecho
    empitonando la camisa, han hecho
    la lujuria y el ritmo de las horas.

    Patria, te doy de tu dicha la clave:
    sé siempre igual, fiel a tu espejo diario;
    cincuenta veces es igual el AVE
    taladrada en el hilo del rosario,
    y es más feliz que tú, Patria suave.

    Sé igual y fiel; pupilas de abandono;
    sedienta voz, la trigarante faja
    en tus pechugas al vapor; y un trono
    a la intemperie, cual una sonaja:
    la carretera alegórica de paja.


    RAMÓN LÓPEZ VELARDE, La sangre devota (1905-1921), Huega y Fierro, 2014


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