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Sharon Olds (1942-

Pedro Casas Serra
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Sharon Olds (1942- Empty Sharon Olds (1942-

Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 26 Ago 2022, 06:25

.


Sharon Olds (San Francisco, 19 de noviembre de 1942) es una escritora y poeta estadounidense en lengua inglesa, autora de ocho libros de poesía.

Vida

Sharon Olds nació en 1942 en San Francisco (California). Creció, según la propia autora, como una "calvinista maldita". Tras su graduación en la Universidad de Stanford hizo su doctorado en la Universidad de Columbia. Galardonada con premios como The San Francisco Poetry Center Award, el Lamont, el The National Books Critics Circle Award y el T. S. Eliot, imparte en la actualidad clases de creación literaria en la Universidad de Nueva York.

Poesía

Su libro, The Wellspring (1996), se detecta el uso de un lenguaje crudo y atrevido en imágenes en las que convive la violencia política y doméstica con la cruda sexualidad en las relaciones de pareja. Una reseña para The New York Times aclama la poesía de Olds desde esta perspectiva: "Like Whitman, Ms. Olds sings the body in celebration of a power stronger than political oppression."

Su primer volumen de poemas, Satán dice (1980), recibió el Galardón inaugural del Premio de Poesía de San Francisco. Los poemas analizan con gran intensidad temas personales con un tono inquebrantable representando lo que Alice Ostriker describe como una "erotics of family love and pain." El segundo volumen de Sharon Olds, Los muertos y los vivos, ganó el Lamont Poetry y el National Book Critics Circle Award. Con posterioridad a Los muertos y los vivos, Olds ha publicado The Gold Cell, (1987) The Father, (1992), The Wellspring, (1996), Blood, Tin, Straw, (1999),y The Unswept Room, (2002). El padre, una serie de poemas elegíacos a la muerte de su progenitor motivada por cáncer, fue propuesta para el T. S. Eliot Prize y finalista del The National Book Critics’ Circle Award. En palabras de Michael Ondaatje, sus poemas son "pure fire in the hands". La obra de Olds ha sido seleccionada en más de cien antologías de poesía e incluida en distintos manuales de literatura. Su poemas ha sido traducida a siete idiomas. Fue poeta laureada del Estado de Nueva York entre 1998-2000. Sharon Olds está considerada una de las mejores poetas vivas de nuestra época. "I Go Back to May 1937", fue recitado en la película Into the Wild para iluminar la disfunción familiar del personaje principal. Es también autora del poema Bread y ganadora del Pulitzer por el volumen de poemas "Stag´s Leap" (El salto del ciervo, Alfred A. Knopf, 2012.), una valiente auto-vivisección del divorcio de la poeta, que no elude la propia responsabilidad en su matrimonio. La versión española de este libro es del premio Cervantes 2019 Joan Margarit.

Carta a Laura Bush

En el año 2005, la primera dama Laura Bush invitó a Olds al Festival Nacional del Libro en Washington, D.C. Olds escribió a Laura Bush una carta abierta publicada el 10 de octubre de 2005, donde Olds le dice a Bush:

   Muchísimos estadounidenses que sintieron orgullo por nuestro país, ahora sienten angustia y vergüenza, por este régimen vigente de sangre, heridas y fuego. Pienso en el lino limpio de tu mesa, los cuchillos brillantes y las llamas de las velas, y no podría digerirlo.

( Sacado de https://es.wikipedia.org/wiki/Sharon_Olds )


*


Algunos poemas de Sharon Olds, de su obra La célula de oro, 1987, en edición de Bartleby (2017, y traducción de Óscar Curieses:


VUELVO  A MAYO DE 1937

Los veo en pie, en la puerta principal de sus universidades.
veo a mi padre saliendo
bajo el arco de arenisca ocre, los
baldosines rojos brillando como
placas de sangre dobladas detras de su cabeza, veo
a mi madre con unos cuantos libros ligeros junto a la cadera
en pie ante una columna hecha de ladrillos diminutos,
la puerta de hierro forjado está todavía abierta detras de ella, las
puntas de flecha brillan en el aire de mayo,
están a punto de graduarse, están a punto de casarse,
son unos críos, son tontos, todo lo que saben es que son
inocentes, jamás harían daño a nadie.
Quiero alcanzarlos y decirles Parad,
no lo hagáis; ella no es la mujer adecuada,
él no es el hombre adecuado, vais a hacer cosas
que no podéis imaginar que haríais,
vais a hacer cosas terribles a los niños,
vais a sufrir de maneras completamente desconocidas,
vais a querer morir. Quiero llegar
hasta allí con esta luz de finales de mayo y decírselo,
la cara bonita y hambrienta de mi madre volviéndose hacia mí,
su lastimoso cuerpo precioso y puro,
la cara arrogante y bella de mi padre volviéndose hacia mí,
su lastimoso cuerpo precioso y puro,
pero no lo hago. Quiero vivir. Los
alzo como muñecos de papel
macho y hembra y los junto
por las caderas, como pedacitos de sílex, como si
fueran a salir chispas de ellos, y digo
Adelante, hacedlo, que yo lo contaré.



ALCATRAZ

De niña supe que era un hombre
porque me podían mandar a Alcatraz
y solo los hombres iban a Alcatraz.
Cada vez que íbamos en coche a la ciudad la
veía allí, blanca como un tiburón
blanco en la bahía llena de tiburones, los barrotes
como costillas de leche blanca. Me di cuenta de que había puesto a mis
padres contra la cuerda, mi maldad interior se había
esparcido contra la tinta y se había apoderado de todo, incapaz
de controlar los pensamientos terribles,
las miradas terribles, y me habían dicho en más de una ocasión
que me mandarían allí, quizá la próxima vez
que derramase la leche. Ala
Cazam
, las puertas de hierro se cerrarían de golpe, y me quedaría
donde pertenezco, un hombre con cara de niña en la
prisión de la que no puede escapar nadie. No
temía al resto de prisioneros,
sabía quiénes eran, hombres como yo, que habían
derramado la leche en demasiadas ocasiones,
incapaces de frenar sus pensamientos;
lo que a mí me asustaba era el horror de los círculos: círculos de
cielo alrededor de la tierra, círculo de
tierra alrededor de la Bahía, círculo de
agua alrededor de la isla, cículo de
tiburones alrededor de la orilla, círculo de
muros exteriores, de muros interiores,
vigas de hierro, barras de acero,
círculo de la celda a mi alrededor, y allí en el
centro, el vaso de leche y los ojos
del guardían en mí mientras lo alcanzaba.



POR QUÉ ME HIZO MI MADRE

Puede que sea lo que ella siempre quiso,
mi padre en mujer,
tal vez soy lo que ella deseaba
cuando lo vio por primera vez, alto e inteligente,
en pie, en el patio de la universidad con la
dura luz de macho de 1937
que refulge en el pelo negro. Ella quería ese
poder. Quería ese tamaño. Tiró y
tiró de él como si fuera un caramelo
blando y oscuro de bourbon, tiró y tiró, y
tiró de su cuerpo hasta que me sacó,
correosa y deslumbrante, su vida tras su vida.
Quizá soy como soy
porque ella deseaba exactamente eso,
deseaba que existiera una mujer
semejante a ella, pero que no se primiese, por eso
se apretaba con fuerza contra él,
se apretaba y apretaba la bolita limpia
y suave, de sí misma, como una barrita de mantequilla
ante el rallador de acero manchado y agrio de él
hasta que yo salí por el otro lado de su cuerpo,
una mujer alta, manchada, agria, aguda,
pero con esa leche en el centro de mi naturaleza.
Me acuesto aquí y ahora, como una vez me tendí
en el hueco de su brazo, su criatura,
y siento que me mira del mismo modo
en que el hacedor de espadas contempla su cara
en el acero de la hoja.



EL VESTIDO AZUL

El primer noviembre después del divorcio
recibí un paquete de mi padre por mi cumpleaños; ninguna tarjeta, solo
una caja grande de Hink´s, la oscura
tienda almacén con un balcón y
una barandilla de caoba alrededor del balcón, podías
permanecer en pie y apretarte la frente contra ella
hasta casi sentir la densa veta
de madera, y observar hacia abajo
las filas y filas de camisolas,
enaguas, sujetadores, como si mirases
la vida interior de las mujeres. El paquete
procedía de allí, él se había aventurado en aquel lugar por mí
al igual que había entrado una vez en mi madre
para extraerme. Abrí el paquete; nunca
me ragaló nada hasta ese día,
y allí me encontré un vestido azul con botones
azules como el pelaje de un pato azul pequeñito
disfrazado para adentrarse en el grisáceo azul del agua.
Me lo puse, un ajuste perfecto,
me gustó porque no resultaba provocativo, era solo un
vestido azul para una hija de 14 años, al igual
que el traje de Clark Kent era solo un sencillo traje de reportero,
sentí el tejido de algodón mercerizado Indian Head
contra la piel de la parte superior de mis brazos y en mi
espalda ancha y delgada, especialmente en la piel de mis
costillas bajo esos nuevos  pechos que había
criado durante la noche como seísmos en conmemoración de su nombre.
Un año más tarde, durante una pelea sobre
lo horrible que había sido mi padre,
mi madre me dijo que él no había elegido el vestido,
que simplemente dijo que no comprase algo demasiado caro y luego
ni siquiera le envió el cheque para pagarlo,
esa clase de hombre era. Así que
nunca lo vestí delante de ella
pero cuando me marché al internado
allí lo vestí todo el tiempo,
gozaba de su tacto, solo
a veces dejaba caer que era un regalo de mi padre,
queriendo mostrar en aquellos días que tenía algo
fuera verdad o no, sin importarme demasiado, solo para
tener algo.



201 UPPER TERRACE,
SAN FRANCISCO

Recorrimos las colinas enfermizas de la ciudad de arriba abajo
y luego en la parte más alta, al final, vi
el letrero, la calle donde había vivido de niña. Condujimos
arriba y arriba hasta que se desprendieron
tres calles como si cayesen en picado y
lo reconocí, un edificio pequeño de
ventanales desnudos, la forma de esos
rectángulos quemados en mi cabeza de tres años, nos
detuvimos por un momento frente a la arcada del porche, un
agujero en el edificio como las puertas del parto,
alicatado y oscuro en su interior, plantas
espinosas y oscuras. Miré fijamente
como quien mira la celda en que ha sido encerrada,
con asombro y terror, me di cuenta
de que fui concebida aquí, en lo más alto de esta colina
blanca con tres calles que se deslizan hacia abajo,
tan recta como el agua, estos dos ojos ciegos
rectangulares que miran la bahía oeste del mismo modo en que
ella permaneció en la ventana después y yo
moví la cola y navegué hacia arriba y
vi el óvulo como una trampilla en la
pared de la cárcel y empujé hasta salir,
primero la cabeza, la cola se desprendió y em-
pecé a estallar extáticamente li-
berada, liberada, y a los nueve meses
me alzaron ante aquella vista y dijeron
Este es el mundo que te entregamos, y dijeron a
la vista, Te entregamos a esta niña.



PRIMER NOVIO

(para D. R.)

Aparcábamos en cualquier calle tranquila,
deslizándonos sobre el bordillo como por accidente,
las casas a oscuras, las familias estampadas en ellas,
aparcábamos lejos de la farola, solo las
ondas difusas de arenilla ámbar
llegaban al coche, tú apagabas el motor y
te girabas hacia mí y me alcanzabas, y yo me
deslizaba en tus brazos como si hubiera nacido para ello,
la pana color ocre de tu chaqueta deportiva
presionaba la parte interior de mi muñeca,
trazaba su patrón de riachuelos,
aguas que avanzaban hacia fuera como ondas de sonido desde su centro.
Tu asiento delantero tenía un abrumador
olor a macho, como si el cromado hubiera sido
restregado con lefa, un corrante y delirante olor
a rancio como el sabor niquelado y agrio
de la patina de un viejo reloj, la
fragancia de tu sexo pulido hasta resplandecer en la noche, la
joya de la calle Channing, de la Avenida Benvenue, de
Panoramic, de Dwight Way, volvía
a ti como si regresase al pecho de mi padre
en dirección a la barba de tus mejillas ocres,
línea delicada de tártaro en el borde de los dientes,
el olor del uso, el aire manchado
de latón del coche como si yo hubiera
vuelto de nuevo a una casa de empeños para reclamar lo mío,
y mientras lu lengua descendía por mi garganta,
en dirección al nervio central de mi cuerpo, las
cúpulas de las farolas brillaban como una
casa de empeños sobre tu Chevy de segunda mano y
todas las tostadoras saltaron y
todos los saxofones comenzaron a tocar
riffs calientes de jazz para que sus dueños legítimos regresasen.



PRIMERA RELACIÓN SEXUAL

(para J.)

Sabía poco y lo que sabía
no lo creía, me habían mentido
tantas veces, así que lo tomé tal como
vino, su cuerpo desnudo sobre la sábana,
los pelos pequeñitos y rizados de sus piernas como
carcasas doradas y finas, su sexo
cada vez más duro bajo mi palma
y sin embargo, no tan duro como una roca, el rostro empinado
hacia atrás, como aterrorizado, el sudor
que salía de los poros como senderos
rápidos de caracoles diminutos cuando las rodillas
se cerraban con pequeños golpecitos y bajo mi
mano él reunía y sacudía una verdadera
riada como leche de su cuerpo, lo
veo brillar en su tripa, todo lo
que me habían dicho y más, y me lo froté
en las manos como loción corporal, y firme para siempre.



PRIMER AMOR

(para Averell)

Era domingo por la mañana, tenía el New York
Times desplegado en el suelo del dormitorio, la
tinta negra permanecía como plata oscura en el
reverso de mis manos, era primavera y tenía
el tragaluz de la ventana del cuarto abierto para
que entrase, incluso tenía la radio
encendida, estaba dejando que entrase del todo, las
vocecillas plateadas de la radio; incluso
me permití sentir que era Pascua, la
flor oscura de la vida abriéndose
de nuevo, su vida le había sido
devuelta otra vez, estaba enamorada y podía soportarlo, con las manos
manchadas de tinta, las noticias de la radio
llegaban a mis oídos, se había producido un accidente
y dijeron su nombre, eras hijo del famoso y
dijeron tu nombre. Luego dijeron donde habían
llevado a los heridos y a los muertos, y llamé al
hospital, recuerdo que me arrodillé junto
al teléfono de la entrada de la tercera planta de la residencia, las
escaleras escarpadas en desenso
junto a mí, hablé con un hombre
joven, un joven médico en la
sala de urgencias, mi oído abierto
presionaba el oscuro auricular, mi vida abierta
presionaba el universo, dije
¿Cuál de ellos ha muerto?  Y dijo tu nombre,
él estaba allí en pie en la habitación contigo
y decía tu nombre. Recuerdo que apoyé
la frente contra los barrotes barnizados
del carril de la balaustrada y me sujeté
apretándolos como si quisiera
arrancarlos todos a la vez, cerrarlos como una puerta
oscura, cerrarme yo misma como una puerta
igual que habías sido tú encerrado, cerrado del todo, pero no pude
hacerlo, el dolor seguía avanzando a través de mí como
la vida, como el regalo de la vida.



BODEGÓN

Estoy tumbada boca arriba después de hacer el amor,
pechos blancos con curvas llanas como tapaderas de platos de sopa,
pezones brillantes como bayas, moteadas e inmutables.
Con la piernas en algún lugar de la cama como esos
peces grandes de plata que desfallecen sobre el borde de la mesa.
Escena de destrucción, escena de paz perfecta,
sexo radiante y tranquilo y luminoso como el
faisán muerto escarlata y azul todo
bermellón pluma en el cuello y herida profunda en el cuerpo,
y en el centro de mi frente una gota de agua
redonda y opalescente, y en ella
el autorretrato del artista, al revés,
desnudo, abrazando  tus pinceles que gotean como antorchas de luz.



AMOR EN TIEMPO DE SANGRE

Cuando vi mi sangre en tu pierna, las gotas tan
oscuras y limpias, ese rojo arterial verdadero,
ni siquiera podía pensar en la muerte, te
quedaste allí sonriéndome,
en cuclillas en la bañera sobre tus patas
largas y te limpiaste.
El enorme y duro capullo de tu glande en mi boca,
los pétalos oscuros de mi sexo en tu boca.
Podía sentir que la muerte se alejaba, se alejaba cada vez más,
y me olvidaba, perdiendo su dirección, su
palma olvidaba la curva de mi mejilla en la mano.
Luego cuando nos tumbamos bajo el resplandor pequeño de la
lámpara y vi tu labio inferior
glaseado con una luz como fuego líquido
te miré y te dije que sabía que eras Dios
y que yo era Dios y nos tumbamos en la cama
sobre una nube oscura, y en algún lugar bajo nosotros
estaba la tierra, y de algún modo todo lo que hicimos, la
sangre, el punteado rosa de la cabeza,
el nácar líquido que sale de la hendidura, la
bondad de todo lo que hicimos llegaría
hasta aquí mismo, encontraría su floración en el mundo.



EL MOMENTO EN QUE
DOS MUNDOS SE ENCUENTRAN

Ese es el momento en el que siempre pienso, cuando el
cuerpo resbaladizo al completo sale de mí,
cuando lo sacan hacia fuera, no lo sacan sino que lo sujetan
mientras empuja hacia delante, no lo cojen sino que lo esperan
en las manos mientras palpita hacia fuera,
son los primeros en tocarlo,
y brilla, resplandece envuelto en líquido espeso.
Ese es el momento, al deslizarse, las extremidades
comprimidas junto al cuerpo, los brazos
encogidos como las patas rosadas de un cangrejo, los
muslos como ciruelas enlatadas en almíbar espeso, las
piernas dobladas como las alas blancas de un pollo;
ese es el centro de la vida, el momento en que la
jugosa esfera azulada del bebé se
desliza entre los dos mundos,
húmedo, como el sexo, es sexo,
es mi vida que se abre hacia atrás y hacia atrás
igual que la separación del tallo y el capullo, no se separa sino
que observa el empuje hasta él mismo se pela y
la flor se encuentra allí, plegada con dureza, y
entonces comienza a abrirse y a secarse
y para entonces el momento ya ha pasado,
limpian la grasa y envuelven al niño en una manta y
te lo entregan del todo en este mundo.



LA ÚLTIMA HERIDA

Cuando mi hijo llega a casa del viaje de fin ded semana en el
que se clavó un trozo de acero del
techo de un coche y se abrió la cabeza
y le afeitaron la herida y la desinfectaron
y le dieron puntos, se acerca a mí
sonriendo con orgullo y miedo, y poco a poco
inclina la cabeza, como para el dios del trauma,
y ahí está, el cuero cabelludo azul grisáceo como la
piel de un cadáver, la suferficie fría y
gelatinosa, el corte largo y rectilíneo
como si fuera deliberado, las
suturas a ambos lados como terribles
marcas de la voluntad humana. Le digo
Increíble, arrimo su cabeza en dirección a mi estómago
con suavidad, la piel desnuda de la parte superior
que tiembla como piel de leche hervida
y azulada como la epidermis de un mono
extraído muerto de su madre, el
crecimiento leve del cabello fino como una
promesa. Acuno su cerebro en mis brazos como
una vez mecí todo su cuerpo,
entregado, y el área de la herida resplandece
gris y traslucido como la cabeza de un pardillo cuando se
tambalea al borde del nido, el corte una
línea media en descenso por el cráneo, la carne
gelatinosa, los puntos negros, la hendidura que dice
me lo llevo, el hilo que dice lo devuelvo.



LA BÚSQUEDA

El día que mi hija se pierde durante una hora,
el día en que pienso que ha desaparecido para siempre y luego la encuentro,
me siento con ella un rato y después me
marcho a la tienda a por zumo de naranja para sus
labios, lengua, paladar, garganta,
estómago, sangre, cada célula de oro de su cuerpo.
Bromeo un poco con el hombre del mostrador,
salgo al fresco del invierno y
lloro. Sé que él nunca le haría daño,
nunca apresaría su cuerpo con las manos para
romperlo o aplastarlo, la mantendría a salvo y
me la traería a casa. Sin embargo, hay
otros que sí lo harían. Paso los enormes
edificios ridículos, llenos como prisiones,
cargados, repletos, tiesos de gente
a algunos les encantaría llevarse a mi hija, para
deshacerla, una hebra fina
tras otra. Son edificios llenos de cuerdas,
tablas de planchar, marcos de ventanas, alambres,
cordeles de hierro tejidos en espirales azules y negras como
ombligos, apartamentos con suministro
de hojas de afeitar y lejía. Esta es mi
búsqueda, saber dónde está la maldad en el
corazón humano. Mientras camino de vuelta a casa
miro una cara tras otra buscándola, veo
la belleza oscura, la rabia, los
niños criados en la ciudad, por donde ella camina como
cualquier otro, una diana en carne viva. No puedo
encontrar a nadie que quisiera hacerlo, agarro la
jarra de zumo como un corazón frío,
y recuerdo los tiempos en que mis padres me ataban a una silla
sin darme de comer y miraba
sus caras preciosas, mi estómago una
maza brillante, mis muñecas como las aves
que el verdugo hubiera colgado del cuello de un alambre de espino.
miraba tan profundo como podía en sus ojos
y todo lo que encontraba era bondad, no pude superarlo.
Me apresuro a casa con la sangre de las naranjas
contra el pecho, me falta tiempo para llegar a su lado.



MIRÁNDOLOS MIENTAS DUERMEN

Cuando llego a casa tarde y es de noche y entro a besar a los niños
veo a mi hija con el brazo doblado alrededor de la cabeza,
su cara sumergida en lo inconsciente;
tan centrada por completo en su yo oscuro,
la boca que resopla con ligereza como alguien saciado
pero con una mueca leve de no haber tenido suficiente,
los ojos tan cerrados que uno pensaría que han girado sobre
el iris para mirar la parte posterior de la cabeza,
el globo ocular desnudo y marmóreo bajo el
párpado anhelante grueso y satisfecho,
descansa sobre la espalda en posición cerrada y de abandono
y el hijo en su habitación, oh, el hijo, está de lado en la cama,
una rodilla arriba como si estuviera escalando
peldaños escarpados en la noche,
y bajo el temblor fino de los párpados
sabes que sus ojos están abiertos de par en par,
mirando y vidriosos, con su azul
codicioso y cristalino en toda esta oscuridad, y
la boca está abierta, respira con dificultad por la subida
y jadea. la frente está arrugada
y pálida, los dedos largos encogidos,
la mano abierta, y en el centro de cada mano
la palma seca y sucia del niño
en calma, como si fuera una galleta. Lo miro en su
búsqueda, los músculos finos de su brazos
apasionados y tensos, la miro a ella
con su rostro como el rostro de una serpiente que se hubiera tragado un ciervo,
contenta, contenta, y sé que si la despierto
sonreirá y volverá el rostro hacia mí
medio dormida y abrirá los ojos y
sé que si lo despierto a él
se sacudirá rápidamente y dirá No y se incorporará
y mirará a su alrededor en una inconsciencia
azulada, oh Señor, cómo
conozco a estos dos. Cuando el amor viene a mí y me pregunta
¿Qué sabes? Respondo Esta niña, este niño.


SHARON OLDS, La cédula de oro, Bartleby, 2017, en traducción de Óscar Curieses.

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Sharon Olds (1942- Empty Re: Sharon Olds (1942-

Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 27 Ago 2022, 10:34

.


Algunos poemas Sharon Olds, de su libro El salto del ciervo, 2012, en traducción de Joan Margarit Consarnau y Edurd Lezcano Margarit:


ÚLTIMA MIRADA

En el último minuto de nuestro matrimonio lo miré a
los ojos. Todo ese día, hasta entonces, lo pasé
consolándolo por el schok que sufría en
su dolor (el acto de dejarme lo volvió a sus propias, viejas
pérdidas). Pero había llegado la hora de ir más allá
del consuelo, de separarse. Sus ojos me parecían
todavía como el primer océano, donde
las algas verdiazules adquirieron su primitivo
lenguaje, su iris ancho como el mar todavía
esencial, para mí, con las profundidades desde las que
nuestro primogénito, y después nuestro segundo, habían aparecido,
con las papilas gustativas a los lados de sus lenguas para el apacible y lunar
néctar de nuestra leche -nuestra leche. En su mirada,
habitaciones de muerte. Pasillos de pérdidas. Niebla
esmeralda. Lanzada, nieve de sucio arroz.
Él estaba ahí dentro, en algún sitio: lo busqué
y él me hizo el regalo, me dejó entrar,
sabiendo que nunca más, en este mundo o en
cualquier otro, tendría que volver a hacerlo,
y lo vi, no como realmente era -yo carecía aún
de la fuerza de la ira- pero
vi como él me veía a mí, incluso ahora
ese dejarse caer en el afecto de la confianza
en su mirada, y contuve esa caída algunos segundos, en silencio,
y dije: adiós. Y él dijo: adiós,
y yo cerré mis ojos y me levanté
del asiento del copiloto en una espiral, como alguien
saliendo de un coche que se ha caído desde un
puente en el agua profunda. Y dos y
tres septiembres más tarde, e incluso
el septiembre siguiente, ese septiembre en Nueva York,
estaba contenta de haberlo mirado. Y cuando
le conté a una amiga lo contenta que estuve,
ella dijo: Quizá es como con las familias
de los muertos, incluso la familias de aquellos
que murieron en las Torres, que necesitan ver
el cuerpo, no habitado ya
que lo hacía ser la persona que amamos, de algún modo
ayuda a decir adiós a la persona real,

y de nuevo vi lo dichosa que había sido mi vida,
primero, por haber sido capaz de amar,
después, por haber dejado atrás la separación,
por no haberlo perdido cuando los niños eran pequeños,
y que los niños no lo hayan perdido a él en absoluto,
y por no haberlo perdido cuando él me amaba, y por no haber
perdido a alguien que podría haberme amado el resto de mi vida.



EL SALTO DEL CIERVO

El dibujo en la etiqueta de nuestro vino tinto favorito
parece mi marido arrojándose desde un
acantilado en su fervor por librarse de mí.
Áspero es su pelaje, y confortable, su cara
plácida, en trance, pensativa,
cada asta extendiéndose hacia atrás,
hacia sus ancas. Cada brote, al crecer, ramificándose
hacia arriba como un modelo de su arcaico, inflexible
cerebro. Mantiene su placa ósea
nivelada al elevarse desde el borde del precipicio,
soñador. Cuando alguien huye, mi corazón
da un salto. Incluso si es de mí de quien escapa,
una mitad de mí está con quien se va, queda todo tan quieto
y vacío cuando él se ha ido. Me siento como un paisaje,
como una tierra sin figuras. Sauve
qui peut
-deja que se salven quienes puedan
salvarse-. Una vez vi un grabado a punta seca de alguien
diminuto al que crucificaban
en las astas de un ciervo. Me siento como su víctima,
y él parece mi víctima, y me preocupa que al lanzarse se doblen
mal las extendidas patas. Oh, compañero mío. Me sentía orgullosa de su
fidelidad como si se tratara
de un cumplido en lugar de una
mera somnolencia. Y cuando yo escribía sobre él,
¿sentía él que tenía que andar por ahí
llevando mis libros en equilibrio sobre su cabeza?
¿O la tortura de esos cuernos
colgados allí donde el cazador lava
con sauvignon la carne de venado? ¡Oh saltar,
saltar! ¡Cuidado con las rocas! ¿Deben mis viejos
votos nupciales desearle felicidad
en su nueva vida, incluso alegría
sexual? Al principio me temo que sí, cuando no puedo aún
imaginarnos el uno sin el otro. Bajo su peludo
vientre, en la distancia, hay manchas
de un viñedo: sus no marchitas cepas, sus limpias raíces,
sus botellas llenándose en los extremos de las
tuberías como oscuros, verdes, vacilantes gemidos.



POEMA A LOS PECHOS

Como a otras gemelas idénticas, se las puede
distinguir mejor en la edad adulta.
Una de ellas enseguida frunce su ceño,
su cerebro, su rápida inteligencia. La otra
sueña dentro de una constelación,
las Pecas de Orión. Nacieron cuando yo tenía trece años,
se alzaron, la mitad fuera de mi torso,
ahora tienen cuarenta años, sabias, generosas.
Yo estoy dentro de ellas -debajo en cierto modo-
o las llevo: había vivido tantos años sin ellas.
No puedo decir que yo sea ellas, aunque sus sentimientos son casi
mis sentimientos, como sucede con alguien que una ama. Me parecen
un regalo que debo ofrecer.
Que los muchachos adoraban -casi hambrientos-
su categoría del Ser,
no se me escapa, y algunos hombres jóvenes
las amaron del modo en que una desearía ser amada.
Todo el año han estado llamando a mi desaparecido esposo,
cantándole, como un par de empapadas
sirenas sobre una roca cubierta de escamas.
No pueden creer que él las haya dejado, este no es su
vocabulario, estando hechas
de promesas -como literalmente lo están.
Ahora a veces, las sujeto un momento,
una con cada mano, viudas gemelas,
cargadas de pena. Fueron un regalo para mí,
y entonces fueron nuestras, como niñas de pecho sedientas
de excitación y abundancia. Y ahora es la misma
estación del año otra vez, la misma semana
que él se mudó. ¿No les susurró,
Esperadme aquí un año? No.
Dijo: Dios esté con vosotras, Dios
con vosotras. A-Dios para el resto
de esta vida y para la larga nada. Y ellas, que no
conocen el lenguaje, lo están esperando,
Jesús qué tontas son, ni siquiera saben
que son mortales -es dulce,  supongo,
y refrescante, vivir con ellas, seres sin
el conocimiento de la muerte, criaturas de ignorante sufrimiento.



ESPOSA ABANDONADA

Corros, charcos, niebla y remos,
los gatos se han de casar con los perritos falderos;
perros con sombreros rojos, gatos con azul casaca,
¿qué será de los ratones, qué será de las ratas?
Tuve un fondo de inversión, tuve un ladrón,
pero el marido que tuve, no lo pude conservar.
Violín ññi-ñi, violón ññi-ñi, mientras así sonó,
la mosca al abejorro abandonó.
Se fueron al juzgado y ella se divorció:
la mosca al abejorro abandonó.
Tuve un mellizo al sembrar, un mellizo al cosechar,
pero el marido que tuve, no lo pude conservar.
En vestíbulos de mármol -como la leche de blancos-
con suavidad de seda tapizados,
dentro de alguna fuente como el cristal de clara,
hice que apareciera una manzana dorada.
No hay puerta alguna en esta fortaleza
mas entran los ladrones y roban sus riquezas.
Tuve huevos de una vaca, tuve nata de corral,
pero el marido que tuve, no lo pude conservar.
Formado hace mucho tiempo, pero hecho en la actualidad,
cuando los otros duermen entonces lo puedes usar.
Es algo a lo que muy pocos se avienen a renunciar,
y es eso que conservar tampoco nadie desea.
Tuve un hombre en la siesta, otro en la marea muerta,
uno fue una inundación, no lo pude conservar.
Pequeño, risueño, sueño,
peces en el mar añil.
Si una mujer abandonada quieres,
por favor tómame a mí.
Tuve un preservativo talla 4x, suave al usar.
Tuve un hermano arroyo, no lo pude conservar.
Entre, Michi, Pichi, Acero.
Ira, Duro, Dominar,
Juego, Poker, Dominó.
Y se me van.
Tuve un cordero, conservé la piel,
tuve leche de oveja, en ella le hervía a él.
Una vieja mujer llamada Nada
vivía en pequeñísima morada.
Un hombre abrió su bocaza
y tan solo de un bocado se zampó mujer y casa.
Tuve una pluma rica, tuve una pluma pobre,
pero el marido que tuve, no lo pude conservar.
En esta guardería de concha lo pondrás,
y aquí muy bien lo podrás conservar.



NO LO BASTANTE SILENCIOSA

Cuando, con el tiempo, el temor y la pena alcanzan
toda su magnitud, llega ese momento en el que
me pregunto si mi marido me dejó
porque yo no era suficientemente silenciosa
en nuestra cama. Ahora ya apenas puedo ver esas noches
y tardes, esas mañanas,
pero ahora, por un momnto, casi puedo oír
el sonido de él entonces, como sorprendido, o a punto
de quedar atrapado en, a punto de comprender algo, entonces esos
gemidos de madreselva, enrejados
y entramados a los míos, en el dueto de boca-
a-boca total del cuerpo. Él vivía
tan encerrado en sí mismo, parecía vivo no
exactamente como otros, sino hibernando
-yo lo llamé a través de la tierra sólida
hasta que despertó, y se fue. Jesús, si mis
gritos lo despertaron. A veces eran solo
bajos, empapados clicks de cerradura al cesar
la respiración, después, perdiéndose en la luz de muesca
con él... 11.000 noches,
él parecía satisfecho conmigo, parecía gustarle
todo, cualquier chirrido o do alto, pero había
rebuznos que se degradaban a través del brillo desafinado en
prisma de color moratón, había
lamentos mortales, chillidos mamales contra
la división, como si, en el sexo, practicásemos
la cauterización de estar separados. O quizás
no fuera mi piar, la sonora
carne de aquellas sábanas, suelo, sillas, porches
traseros, un pajar, bosques, sino esta historia
suya -se volvió su espíritu en contra del espíritu que
tañía nuestra privada, salvaje campana
desde la azotea pública, yo que no tuve otro
presente que darle al mundo excepto el sostener, delante nuestro,
lo que yo pensaba que era el espejo del amor-
ah ahora, no hay soplos de neblina en ese espejo.
Después de esa vida en el sueño cantado,
me desperté, y temí que él sintiese que era el humano
durmiente, y yo la brillante pantera
reteniéndolo, y gritando.



DIMINUTA SIRENA

Y había transcurrido un año desde que yo había estado
mirando fijamente la Whirlpool
en el rincón del lavadero de nuestro apartamento alquilado en agosto,
no estoy
segura de lo que estaba viendo -parecía una chica
en una red con peces. Era
una mujer en miniatura, en traje de baño,
recostada después del ciclo de centrifugado
-la fotografía de una mujer, levemente
posada sobre los contornos de una toalla húmeda.
La saqué -el radiante cuadrado
de algún otro mundo- tal vez la hija
de los propietarios de la casa. Y sin embargo, parecía
alguien que conocíamos -le dije, a mi marido:
Esto estaba entre las sábanas y las toallas.
¡Dios mío! dijo. ¡¿Dónde?! Con
las sábanas y tus shorts de correr. ¿No
se parece a tu colega? Miramos la sonrisa
y el cuerpo maduro bien proporcionado en su reluciente
funda de arco iris -sorprendente producto
de la colada. Una hora más tarde, él me vino a buscar,
y me dijo que ella le había dado la fotografía
el día que salieron los dos a correr juntos
cuando yo estaba de viaje, y que él la debía haber deslizado en
su bolsillo, estaba tan sorprendido al verla
de nuevo, no sabía qué decir.
En una novela, me dije, aquí sería cuando
la esposa debe preocuparse -hay siquiera una mínima
razón para preocuparse. Él me sonrió
y tomó mi mano, y se volvió hacia mí,
y dijo -no parecía que por costumbre,
sino como si fuera una ley física
de la tierra- te amo. E hicimos el amor,
y me sentí tan cerca de él -yo no
sabia que él supiera mentir, y sus palabras me
tocaron el corazón. Solo una vez, más tarde,
aquel día, sentí un principio de mareo, como si
el piso se inclinara bajo mis pies
-un día que él salió a correr, sin mencionarlo en casa,
una pescadora de hombres en la lavadora.
Apenas por unos minutos me sentí algo nerviosa.



GHAZAL DEL MORATÓN

Ahora un óvalo negro-y-azul en mi cadera se ha vuelto azul-
violeta como la marca de tinta en el grosor de costra de un corte
de primera, doloroso como un mordisco de amor, pero demasiado
grande para una boca humana. Me gusta, mi
broche de carne -borde dorado, breve aparición
de color-envidia en el interior, y mancha violeta
en la que la manija de la puerta que mordió es de un negro
púrpura con un contoneo como de temblorosas patas de
ciempiés. Cuento los días pasados, y los futuros
hasta que se haya ido su color deteriorado y entonces
se desvanezca lentamente. Algunos creen que debería
haber superado lo de mi ex a estas alturas -quizá
pensé que lo tenía más superado
a estas alturas. Quizá ya he superado quién era
él, pero no quién yo creía que era, y no
la herida, repentino golpe mortal
como desde ninguna parte, aunque vino del núcleo
de nuestra vida juntos. Duerme ahora, Sharon,
duerme. Incluso mientras hablamos, el trabajo se está
haciendo, en el interior. Naciste para sanar.
Duerme y sueña -pero no con su retorno.
Puesto que, en tu surño, esto no puede dañarlo ni herirlo.



LENTAMENTE ÉL EMPIEZA

Y lentamente él empieza a parecer más
lejos, parece planear, a la deriva
en la distancia, el Una-vez-marido en su traje gris
con el brillo de su tejido -sus manos a los lados,
se diría que llevado sobre las alas de una libélula
a través del aire frente a mi ventana. Y una brisa
lo toma y lo levanta, es como
un novio de Chagall, sin la fidelidad
o con una absoluta fidelidad que puede
cambiar una vez de novia, es transportado en una corriente,
como una criatura de una especie ligeramente distinta,
en la que todavía no ha despertado el lenguaje,
y sin el peso que lo retenga
en tierra. Meteoro silencioso,
lluvia veraniega de perseidas,
él flota aquí y allí tan tenue y
tranquilo que es como un durmiente, con grandes,
pesados párpados, apacibles ojos
abiertos, Estoy contenta de no haberlo perdido
del todo, de verlo moverse
al antojo del cielo, como un hombre en el viento,
como arrastrado en una barcaza que descansa en
una corriente de aire ascendente, con leves descensos, es como
un icono, una fantasía.
Yo no lo conocía,
conocía mi idea
de él. Los primeros años sola,
me dijeron que lo superaría
pronto, y la piel de mi corazón
parecía estar yaciendo junto a la piel
de algún corazón desnudo. Pero ahora las invisibles
corriente se revelan a sí mismas, en los movimientos
de él, en los bajos empíreos
sobre el parque infantil-mira está ahí
fuera, arrojando su estrecha sombra
sobre los rostros de los carruajes
en el parque, ¡y yo estoy aquí! No me suelto
de él, sino que agarro la cuerda
y miro mi idea de él alejarse
y quedarse, y alejarse, mi plateada cometa.



POEMA DE AGRADECIMIENTO

Años más tarde, tras largo tiempo soltera,
quiero volverme hacia su ausente espalda,
y decir, ¡Qué regalo tuvo cada uno del otro!
Qué placer -confiados, los ojos abiertos,
desmayándonos con lo que nos estaba permitido hacer
hasta altas horas. Y no podías decir,
no podías, que el tacto que tenías de mí
era otro que el tacto de una
que podía amar de por vida -tanto si nos conveníamos
o no- de por vida, como una sentencia. Y ahora que lo
pienso, el tacto que yo tuve de ti
se volvió no el tacto de larga visión, sino como la
tolerante voluntad de uno
que está de paso. Compañero de arena
a la luz de la luna -y a la luz del mediodía en la playa, una vez,
y de la paja, de la paca de sal en un granero, y del abono
dentro de un jardín, entre las hileras -una vez-
compañero de pie contra la pared en aquel diminuto
cuarto de baño con la cerradura que aleteaba como una cromada
mariposa junto a nosotros, a la altura de la cadera, el espíritu
de nuestra inocencia, que era la ignorancia
de lo que se pediría, lo que se requeriría,
gracias por cada hora. Y yo
acepto tus gracias, como si darlas fuese
un regalo de los tuyos -separémonos
como iguales, como fuimos en todas las camas, puros
iguales de la tierra.



SEPTIEMBRE 2001, NEW YORK CITY

Una semana más tarde, le dije a una amiga; no
creo que pueda escribir sobre ello jamás.
Quizá en un año podría escribir algo.
Hay algo en mí quizá destinado a ser escrito
algún día; ahora está doblado, y doblado,
y doblado, como un mensaje en la escuela. Y en mi sueño
alguien está jugando a jacks, y en el aire había un
enorme jack, lanzado, inclinándose
en llamas. Y cuando me desperté, me encontré a mí misma
contando los días desde que había visto por última vez
a mi ex-marido -solo unos cuantos años, y algunas semanas
y horas. Habíamos firmado los papeles y descendido a la
planta baja del Edificio Chrysler,
la belleza intacta de su lobby a nuestro alrededor
como la tuba de un rey, en el techo el pequeño
dibujo de un avión, en el mural, volando. Y
ha entrado en mi censurada cabeza, esta mañana,
levemente, titubeando como con cautela,
virgen, una mayor sensación de la dulzura
y abundancia de su actual vida,
desconocida para mí, no vista por mí,
no escuchada por mí, no tocada por mí,
pero conocida por otros, vista por otros,
escuchada, tocada. Y me vino,
por momentos, de golpe, momento a momento,
estar contenta por él, de que esté con aquella
que él siente que le estaba destinada. Y pensé en mi
madre, minutos antes de su muerte, ochenta y cinco
años después de su nacimiento, los huesos de sus hombros,
casi de gorrión, bajo mi mano, la cáscara
de huevo del cráneo, mientras yacía con algo de paz
en las sábanas limpias, y pude contarle lo mejor
de mi pobre, parcial amor, pude cantarle
en voz alta, con ese amor, vi la suerte
y el lujo de aquella hora.


SHARON OLDS, El salto del ciervo, 2012, en edición de Igitur, 2018, y traducción de Joan Margarit Consarnau y Eduard Lezcano Margarit.[/i]

Pedro Casas Serra
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Sharon Olds (1942- Empty Re: Sharon Olds (1942-

Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 28 Ago 2022, 02:05

.


Algunos poemas de Sharon Olds, de su obra Odas, 2016, en traducción de Elvira Sastre y Juan José Vélez Otero:


ODA AL HIMEN

No sé cuándo te hiciste realidad
dentro de mí mientras yo estaba dentro de mi madre,
puede que al formarse los músculos
involuntarios como si fueran gelatina rosa.
Me encanta pensar en ti entonces, tan entero, tan
inmúne, tú y el clítoris, tan
a salvo como las vidas que habitasteis, nos tendrían
que haber matado a mi madre y a mí
para llegar a vosotros. La quiero, en este
momento, como esa gran fuerza que me cubre, la
cabeza de la matrona sobre la dulzura
de mi virginidad. No sé quién
te inventó para mantener limpio y resguardado
el interior de una chica. Querida pared,
querida puerta, querida verja, querida puerta holandesa,
ni gatera ni puerta giratoria,
sino piñata de un único uso. ¿Cuántas partes del
cuerpo se crearon para destruirse?
Pesististe, ¿verdad?
Te tomaste en serio tu trabajo, nunca había
sentido tanto dolor, fuiste la mujer
que el mago corta en dos. Me sentí orgullosa de ti
al convertirme en una copa del brillante ingrediente
arterial. Y qué afortunados fuimos,
tú y yo, porque pudimos elegir
cuándo y con quién y dónde y por qué, un alfiletero
de felpa, ligado de alguna manera
a las estatuas que lloran. Ocurrió en la alfombra
de un salón prestado, pero me sentí
como si estuviéramos en los bosques de Diana,
él, y yo, y tú, juntos,
o como si fuéramos el magma del núcleo de
la tierra que estalla, a través del suelo del océano.
Gracias por tu vida y por tu muerte,
gracias por la chica de las flores que caminaba
delante de mí lanzándome tus pétalos
escarlata. Pasarían años hasta
que me casara, años hasta que llevara dentro de mí
un ínfimo himen cerca de los
óvulos con otros hímenes minúsculos
dentro de ellos. Pero desenrollaste la alfombra
que me llevó hasta la vida salvaje
de una mujer. Fuiste una especie de madre
de sangre para mí: primero me abrazaste,
durante dieciocho años, y después
me dejaste ir.



ODA AL PENE

Alguien me dijo que lo que escribía
sobre los hombres los cosificaba. Así que te pregunto,
oh, idea general del pene, ¿no te gusta
llamar la atención? Tú que estás en la mente,
erecto o no, viejo y joven,
en todas las representaciones, oh principio
abstracto, ¿acaso no has estado esperando
tu turno para que te alabaran? Creo que
eres encantador y valiente, y tan interesante, eres
como una criatura, con tu cabeza, y tu tronco,
como si tuvieras vida propia. Pero eres
inocente, no eres tu propio hombre,
no eres más responsable de tus acciones
que el cerebro de tus pensamientos. Y has tenido una historia
encontrada: has hecho una
masacre y has sido el instrumento
principal, y has jugado contigo mismo
para provocar gritos horribles. En muchas ocasiones
no te han protegido ni te han usado para proteger,
y a menudo no has sido respetado ni te han usado
para respetar. Y aun así la mayor parte de tu historia
la has pasado con alegría. Y me pregunto cómo te has sentido
al haber sido tan adorado
y tan temido. Y qué significa para ti, si es que puedes
mirar hacia abajo, desde tu nube platónica
de categorías, que dos como tú
se comprometan o se casen, ¿te preparas
tú mismo  con tu propio poder?
Y siendo un concepto, eres inteligente, sabes
que eres igual que tu noción hermana,
e incluso que saliste de ella,
volviendo a la invención de la división entre hombres,
los ovarios bajando hacia la tierra,
el órgano del orgasmo creciendo más y más.
No puedo imaginarte desde dentro si no es como
el sabio dicho de un dios, no quiero
ser dulce, ¡quiero probar el dulce!
Pero quien habla es mi heterosexualidad,
y tú no eres homo ni hetero, o visible
o evidente, no existes
si no es como un quorum imaginario
de todos tus ejemplos. Así que no estoy
coqueteando contigo, solo digo
que me gustas, no como un objeto sino
como sujeto, como fuerza motriz, como la
hipótesis de trabajo de la fontanería y del éxtasis,
como el orgullo y ansiedad de un chico,
como la manga de viento de céfiro y temporal, como la mitad
de la ecuación de la creación.



ODA A LA SANGRE MENSTRUAL

No sé si estás muerta o viva, porciones
abundantes desprendidas; alimento del tubo de
vuelo espacial descartado; vísceras que disminuyen,
que están hechas de lo que sobra cuando se hace
el amor. Eres la manta de un chico
y la manta de una chica, eres masculina y femenina,
sirviente, maga, madre, padre,
dios de lo posible, saliente en su mayoría
innecesario, tú que en nuestra ignorancia
has sido despreciada. Hemos temido tus
piezas, las proteínas y monocitos,
y los azúcares, y los macrofagocitos, y los átomos
de hierro bivalentes, como si pudieran ser
piezas nuestras. Puestas en funcionamiento por las orillas
en las que dormimos y a las que abrazamos, gracias por
nuestra esperanza de
supervivencia frente a la que estás alerta, eras la primera
que respondes. Baja con honor a través de
las tuberías y las plantas de depuración y los ríos
hasta el mar, y conviértete desde ahí en
nubes, y en esa forma modificada de
la lluvia cae sobre tu gente, fuerte
elixir, maná transparente.



ODA CÉLIBE A LOS HUEVOS

La primera vez que vi a un hombre desnudo
ahí estaban, a la vista,
en el aire, a la luz, escondidos en
su funda portátil, dentro de ellos la gente
minúscula, semillas llenas de ellos,
la población mundial, las multitudes
que atraviesan las plazas
de las grandes capitales, como si un hombre
pudiera sentir el declive del mundo conocido
y a los océanos levantarse y salir de la cama.
Y cuando ya no estuve casada,
cuando me convertí de nuevo en solterona,
eché de menos cada día vivir con ellos,
con él, pero cuanto más me alejaba,
más general, categórica e imperativa
era la nostalgia.
Echaba de menos a los dos que van con el
que entra sin que ellos entren,
cuelgan con intensidad,
echo de menos cómo eran dos en uno.
Una vez, en un sueño, deambulé por uno,
mi casa más antigua, mi saquito de vagabundo,
nadé a braza debajo del agua, como en el interior
de una lengua, y la luz se hizo a través de
un retículo  bordado masculino,
cesta de una maraña de hilos brillantes
y pulidos, y después la piel cambió
como mi cuero cabelludo cuando los pelos se mantienen
tirantes hasta el final.
Durante todos esos años, cuando fui de nuevo soltera,
les grité a los huevos: "Ah, carteras de X
e Y, ah, bolsillo del revés con su querida
costura, ah, cariño". Sabía que algunos
se reirían cuando lo dije: "Me gustan los huevos",
y otros se lamentarían conmigo durante un instante,
echándolos de menos.



ODA A LAS COSAS DE NIÑAS

Me encantan las cosas que eran nuestras, los guantes rosas,
pañuelos con una escena rural en una esquina.
Había muchas cosas que no podíamos hacer,
pero lo que podíamos hacer era algo nuestro,
muñecas agarradas por las piernas, y ropa
de muñecas que les pones o les quitas,
alquien que era tuya, que no tenía
el derecho a su propia desnudez
y que tenía un cuerpo liso, con su
parte intocable, que tú nunca tocarías, ni siquiera la
suya, ya te has curado de eso.
Y algunas de las muñecas tenían las manos de goma dura, con
hoyuelos, y aunque no debías, podías
morder el borde de los dedos cuando no podías evitarlo.
Y aunque nunca te dejarían, digamos, conducir un autobús
o hacer cualquier cosa que tenga que hacerse bien, había una
cajita de óvulos dentro de ti
tan insignificantes que eran invisibles.
Y había leche dentro de ti, también, ¡leche
de verdad! Y podías llevar una falda, podías
ser una campanilla verdezuela, por debajo
del cono la forma compleja como un broche
cerrado, un empalme complicado,
donde algo como el poder de Dios vive dentro de ti.
Y resultó que compartías cosas con los chicos,
el alfabeto no era solo suyo,
y podías meterte en su territorio,
podías tener lo que podías tener porque era tuyo,
y un poco de lo que era suyo, porque
lo cogiste. Mucho más tarde, tuviste que renunciar a las
cosas también, para que fuera justo, pelo
largo, faldas, hasta los pechos, un par
de bombas de color frambuesa que un amigo
quería ponerse si le encajaban en los pies, y así hacían.



ODA SEXISTA

Camino de Belén, cuando aún tenía
edad de jugar con mi osito de peluche,
me subía la camiseta convencida de que yo alguna vez
también tendría pechos como los envases con pitorro
en los que venía la leche de la escuela, se quitaba
el tapón y se servía. Pensaba que tendría bebés
y que les daría de mamar; cuando mi pecho, como champiñones
en la oscuridad, comenzó a levantar sus cúpulas,
noté que ya me estaban saliendo. Una década
más tarde, cuando apareció la leche y
los panes de azucar se transformaron para mí en duras arropías,
sentí miedo, aunque ya me habían hablado antes de eso.
He oído a un niño pequeño declarar
que estaba embarazado, y después le he visto mirar a los ojos de un adulto
para comprobar si eso podía ser posible. En seguida, los chicos
empezarían a llamarse unos a otros con palabras provocadoras,eres
una niñita, maricón listillo,
marica.
Yo empezaba a hacer pasteles con barro,
a recortar vestiditos de papel,
a ponerme zapatillas de ballet roosas
y meter las puntas en cajas de colofonia.
Sabía que teníamos
un aspecto no tan fornido, pero yo me sentía como
un verdadero ser humano. Me angustiaba
convertirme en un apetitoso pastelito de carne, y más me angustiaba
transformarme en una viva caja de pasteles, pero, aunque
los chicos lo tenían fácil, a mí me daba la impresión
de que yo lo tenía más fácil todavía.



ODA A STANLEY KUNITZ

Noventa y cinco años antes de su muerte,
Stanley se encontró un gatito abandonado
en los bosques de Worcester. El padre de Stanley
se había suicidado bebiendo Drano en un parque público
mientras Stanley todavía era una nebulosa
que lentamente adquiría forma de Kunitz
en el vientre de su madre. Cuando se encontró
el gato perdido se lo llevó a casa
y le puso una caja en la azotea bajo
las estrellas por las que su padre revoloteaba, y allí
crió a su compañía felina, no sé si chica
o chico, sin que su madre se enterara,
siempre trabajando como estaba, y siempre callada.
Su animalito se hizo grande, y cuando iban juntos al bosque
le quitaba el collar y la correa, y por allí brincaban.
Y él, o ella, ya en su robustez, le enseñaba
a Stanley a cazar con sigilo. Y no sé quién fue
el que de repente descubrió que el amigo
de Stanley, cada vez más grande, más ágil
y más fuerte, era un lince. Ninguno de nosotros
estábamos allí la noche que Stanley lo/la soltó,
o cuando se le manifestó el deseo de buscarle
un felino de su misma especie.
Y cuando él tenía noventa y ocho años y Elise
se le había adelantado dejándole allí sus palabras
y sus cuadros, la muda de su piel,
encontré, en una ciudad de Ohio, la réplica
de un elegante lince de pecho suave,
y la llevé a la calle West, 12 junto con los chocolates
de costumbre, las flores y la demostración de mis últimos
progresos en moverme como una modelo en la pasarela.
Después, siempre que lo visitaba,
Stanley tenía entre sus manos el animal
de peluche y lo acariciaba dede la nuca
al trasero, desde la nuca al trasero,
hasta la corta cola del lince: 98,
99, 100... aquellas enormes manos, viejas y elegantes,
acariciando el mundo que ronroneaba con las caricias de Stanley.



ODA A LA FLACIDEZ DEL CUELLO

Quiero escribir sobre la flacidez de mi cuello. Ohhh,
es algo que me excita.
Quiero ponerme un espejo debajo
de la barbilla de forma que pueda ver los nuevos
eventos que ocurren en la sólida geometría
de debajo de mi mandíbula que,
hasta ayer mismo, era todo hueso y ya es una bolsa llena
de gelatina. Me encanta ser un poco
repugnante e ir tan lejos como pueda
en la apasionada fealdad
del envejecimiento de una mujer madura. Es como retar,
a la vez, al tiempo y a las antiguas leyes
del eros. Pero cuando miro hacia abajo,
al estanque de cristal, y veo
mi cara colgando de mi misma cara
como una balsa hecha con palitos de helados,
mi cuello de asilo de ancianos, entonces
aunque estoy dispuesta a envejecer y a morir
para que haya sexo y nazcan niños,
la laxitud de las colgaduras
y los bolsillos vueltos de la papada
me conmocionan.
Pensé que esto nunca me iba a llegar,
que no me convertiría en geología pura,
mi garganta, una sinuosidad sinclinal y anticlinal
cuando la corteza era tórrida y yo
también lo era. Entre nosotros, todavía no sé
que no soy, pero agacho la cabeza ante el tiempo
y cuento mis barbillas marchitas, tres, cinco, siete,
nueve, mis musas, mi verdad que no es
bella, la belleza de mi vejez en su plena juventud.



ODA AL PINO

Estaba sentada sobre las piedras de un muro. Acércate
más al árbol, dijo él, así que me coloqué
solo a centímetros del tronco del más alto
de los que nos rodeaban, como los niños pequeños
entre las piernas de los adultos.
Mi cara casi pegando
con la corteza, rozándola,
podía ver como los años habían abierto grietas
en el tronco, en los losanges de la madera
como estrías en la piel, no podía sentir su respiración,
pero lo sentía vivo junto a mí. Una hormiga
enorme bajaba corriendo por el tronco, se paraba
y movía sus antenas al viento, delante de nosotros, y de nuevo
empezaba a moverse tan rápido que parecía derramarse
hacia arriba. Luego alcé la vista, recorriendo el tronco
sin ramas, hacia lo alto, hasta
las agujas que se movían como un abanico que se comiera
el sol. Su altura significaba coraje, firme voluntad,
una única, prolongada nota como el grito de un tenor,
sostenida, como si el árbol fuese un chorro
que saliera de la tierra, el borbotón de un corazón.
Las hormigas corrían desde la tierra al cielo,
desde el cielo a la tierra. No sabía de dónde venían
aquellas hormigas, adónde habían ido sus ancestros. Con la tarde
llegó la tormenta, cortinas de agua a cientos de kilómetros por hora,
un muro gris sólido y feroz.
El árbol no se inmutaba. Estaba sentada justo
a su lado, sintiéndome regresar en el tiempo
hacia las especies de las que provengo, hacia las del pino,
y hacia las especies de las que descendíamos
los dos, los helechos, las bacterias verdes; el sol,
el polvo de estrellas del que estamos hechos.



DOBLE ODA PARA HAZEL

1

Metía la lluvia en la casa.
Se sacudía y hacía llover
a su alrededor. Traía lascas de nieve
en su manto color miel, trocitos que se le calentaban
y derretían. Se echaba junto a la estufa,
acomodando sus huesos sobre la madera,
y soltaba vapor. Sacaba su jadeo fuera
de la casa, y metía el viento,
y la niebla, todo esto ocurría sin que interviniera su voluntad,
por si sola. A veces salía con un hueso,
o esperaba en el umbral de la puerta a que se lo pusiera
en la boca abierta mientras lo anhelaba. Ella portaba,
ella era, la lealtad más allá de toda mesura,
la lealtad que mantenía desde la aurora hasta el atardecer,
hasta la noche, de una manera u otra,
en el umbral de su casa, donde su amado,
su gobernate, la llamaba con el chasquido metálico
de la lata de comida que, al abrirse,
sonaba como un gong de aluminio.
En el campo perseguía comida
viva, escarbaba y husmeaba,
y cuando él la llamaba por su nombre,
reticente desistía y lo seguía
de un lado a otro. A veces, cuando necesitaba salir,
se encabritaba como un pony de pelo largo
y dorado y se ponía en la puerta. Ayer, cuando se abrió,
salió corriendo en línea recta con la cabeza gacha
hacia la fresca tarde de primavera y no volvió
cuando la llamamos, ni durante la noche ni por la mañana.
Ahora, sus elementos estarán volviendo
a algún lugar de su tierra primigenia,
o su aliento, o su espíritu, al aire que respiraremos ahora
mientras la busquemos. Hemos pasado la varita mágica
por dentro y por fuera de la casa. Hazel, luz del hogar.

2

No era normal en ella que no regresara después
de la cena. Llegaba a la puerta y llamaba;
la ausencia de su alboroto cuando
corría hacia él al escuchar su voz (al principio
una sonido bajito, como una brisa
suave, el que hace la pluma de una cola
en un matorral, el pisar sobre las hojas)
resultaba inquietante, una alucinacion. Luego,
él salió a la oscuridad y la llamó.
Esa misma mañana me ha enseñado la foto
de su madre, ya muerta, una bobtail
tan fiera que la gente ríe maravillada
cuando escucha su nombre; en la foto aparecía
echada majestuosamente con los cachorros negros
de su camada mamándole. No se veía
el de color ámbar, probablemente bajo
los demás. Dijo que la había elegido
porque era la de aspecto más inteligente
y sumiso. ¡Hazel!, la llamaba
en la noche. Nos sentamos a leer
junto al fuego y la habitación no era la misma.
Aunque intentaba quitármela de la cabeza, me vino
de ella una imagen que nunca había tenido,
tendida junto al sendero, no en el camino
de piña aplastadas, de hojas
y verdina, sino en un lecho duro
de acículas y ramas, de líquenes
y motas de cuarcita. En la ilusión
ella no correteaba, ella, que es el espíritu
de la inquietud. Intentaba quitármela de la cabeza,
pero la veía como si empezara a regresar
a la tierra. No sé cuando se le ocurrió
mirar en el jeep -no la había
sacado en el coche- pero, cuando abrió la puerta...
allí estaba, con su rizado pelo
de matequilla y saltando de alegría al verlo.
Entrenada por él para no ladrar,
excepto a los intrusos,
había permanecido allí quieta, en el coche, cuando habíamos
estado a pocos metros de ella, llamándola.
Cuando metí mis manos en su pelo suelto
y suntuoso, fue como si pudiese experimentar
la dulce casualidad de vivir,
como si su materia hubiese comenzado
a dispersarse y luego a juntarse
de nuevo para crear a este ser
de devoción, su más duradera y apreciada compañía.


SHARON OLDS, Odas, 2016, en edición de Valparaíso, 2019, y traducción de Elvira Sastre y Juan José Vélez Otero.


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