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Fermín Herrero (1963- Empty

Fermín Herrero (1963-

Pedro Casas Serra
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Fermín Herrero (1963- Empty Fermín Herrero (1963-

Mensaje por Pedro Casas Serra Mar Jul 05, 2022 1:02 am

.


Fermín Herrero (Ausejo de la Sierra, Soria, 1963) es un poeta y profesor de secundaria español, ganador de importantes premios literarios, como el Hiperión o el Premio de la Crítica de Castilla y León por su obra La gratitud.

Biografía:

Licenciado en Filología Hispánica por la Universidad de Zaragoza, buena parte de su obra está ambientada en la comarca soriana de Tierras Altas, de la que procede.

En 2015 obtuvo el Premio Castilla y León de las Letras en su edición correspondiente a 2014.

Reside en Simancas e imparte clases de lengua castellana y literatura en el instituto Juan de Juni de Valladolid.

(Sacado de https://es.wikipedia.org/wiki/Ferm%C3%ADn_Herrero )


*


Algunos poemas de Fermín Herrero, de su obra En la tierra desolada, Hiperión, 2021:


Una rabiosa ventolera, levanta incluso remolinos
de polvo en los sembrados, donde la tierra está
bien asentada, zarandea los chopos
de la ribera. El desconsuelo. Una ventolera
que traspasa, que limpia el cielo, deja la atmósfera
purísima, resalta los contornos, da relieve
a las formas. Me empeño en andar contra
su empuje, qué lejana la dehesa, de un azul
excesivo. Un esfuerzo que corta la respiración
por momentos, no sé cuándo, dónde hallaré refugio.


*


Al encender la chimenea vuelvo
a los fríos del pueblo con un calor
que entonces nunca imaginé, cuando
pensaba que librándome de ellos me saldría
de mí. Qué equivocado estaba. Ahora
sé que todo es ceniza, que lo mejor
es caldearse donde uno pueda, a merced
del momento. Y que siempre se va por donde
se vino porque nunca se sabe cuándo
nos calentaremos de verdad, ni dónde.


*


El rumor de la soledad, que buscaba
achucharse en los centros comerciales
y en los parques, ahora, conversa
por lo oscuro con las ardillas, saca a pasear
el perro. En un salón de juegos la luz vacía
de la pantalla, el probador sin alma
en las boutiques de moda. Las piernas
ortopédicas. El amor de conveniencia. Antes
de la pandemia, mis poemas sonaban ya,en aquel
salón de actos, a calderilla, a rumor solitario.


*


La mariposa blanca -aunque no pueda ser
la misma- ha vuelto como cada mañana, sobrevuela
las flores de la menta. Se aparta en cuanto
me acerco. Viene casi siempre en pareja, me asiste
en el silencio del jardín, de aquí para allá
sube y baja, se aleja y torna, con mis ojos. Hoy
se ha posado por fin sobre la mesa, justo delante
de este folio, un momento apenas. Lo suficiente
para entendernos bien. Qué lástima que al moverse
un ruido, el aleteo, haya roto la armonía.


*


No te conoce el río aunque naciste
aquí al lado y cogías cangrejos
a mano en las toperas y tantas veces
en cueros te bañaste. No te conoce el aire
que, a contraluz, recorta la dureza
del roquedal ni el árbol profundo al cielo
de setiembre. Tendrías que empezar de nuevo
si huir es impensable. Por lícito que fuese
no debiste marcharte sin ir más lejos
ni dejar que la fruta se pudriera en el desván.


*


Los árboles parece que se vuelven
melancólicos con la edad, o quizá
sea de verlos tanto, quién sabe. La tarde gris
y amenazante, el viento los sacude y al cimbrearlos
quiebra en el agua su reflejo. Es el aire
de otoño el que concita la nostalgia
del goce, la hojarasca, es el aire. Allá
donde vaya desandando mis pasos. No iré
a parte alguna, creo que ni siquiera debería
ir sino para recobrar la vida de los bosques.


*


He subido a la sierra muchas veces, allá
arriba siempre el viento y la sombra veloz
de las rapaces. En el agua finísima
que rezuman las rocas, en las fuentes que nacen
cerca de las raíces, qué remota la confusión
del mundo, su tragedia. El aire fresco en el lugar
que me dilata, lo sereno. E intacto por el monte
el rumor del prodigio, sin tiempo, como un niño
descalzo. Las veredas, lo oculto. Muchas veces
he subido a la sierra. Y otras tantas bajé.


*


Lo que dura el aroma a lavanda
en las manos después de estrujar
sus flores. Tan efímero y delicado, cómo
me lleva, cómo me prolonga. Estoy contemplando
el mar, estamos. Llueve. No entiendo nada, nada
de nada. En lontananza los barcos
cabecean. Deben de ser los años, semejante
tozudez. Huelo entonces tu perfume y decido
desleírme en las olas sin pretender
abarcarlas. Y así con todo lo que importa.


*


Otra tarde de marzo, desolada, cómo
hallar consuelo. El cielo raso, ni un latido
de nieve que trajera la niñez o acaso
el pensamiento. Un frío sin refugio, toda
forma de apego, material en los ojos
tan sólo la costumbre. Sombra que fueran hoy
de aquel  que fui me conformara, eco de aquella
voz. Y no habré de hallar consuelo. Cuando
me acuerdo de repente de tus manos
recorriéndome. Busco el cielo. Y ahí los pájaros.


*


Al fresno que se copia en la corriente
lo han doblado los temporales y astilló
su tronco un rayo. Y aun así aguanta
viviendo sobre aviso; se irisan, traspasadas
de luz sus hojas, vibran. Bajo su resplandor
te acercas a la orilla, agachándote. La poza
es muy profunda, el agua, oscura, y tú
no puedes reflejarte, salvo en las nubes.


*


Esta tarde cualquiera, que pasa, mientras observo
las montañas de siempre, soñoliento, sin percibir
ninguna novedad, a lo sumo la misma ingravidez
del transcurso, la paz del que no sufre. Esta
tarde, tan hueca en apariencia, costumbre
y lentitud, parece que no hubiese sucedido
o bien que convendría ignorarla pues
no lleva a puerto alguno. En cambio, como
un tiempo peor ha de venir, estoy seguro
de que algún día añoraré su recato, su pausa, todo.


*


Sobre la tierra el viento, a solas, las primeras
estrellas que nos interpelan o tal vez
nos aíslan. Lo inteligible, qué poco, a lo sumo
un esclarecimiento, un deslumbrarse, una memoria
a descubierto, un pálpito. Ninguna salida
esperes, como mucho una desazón en cuyo
aliento persistir, arraigarse en tanto. Levantar
los ojos, sólo eso, la mirada de la infancia
y el agua, que en el manantial, nos limpia
mientras llaman los grillos al espacio.


*


El murmullo del agua y el zorzal
en el espino, solo, cantando. Cantando
el zorzal, solitario, como si fuese
abril, sin peso y sin escarcha. Y el cierzo
por los cerros. Cantando solo, rompiendo
el horizonte con su himno de invierno, fruto
que no madura, antes bien se ensimisma
y encona. Y por el bosque el sueño. Cantando
el zorzal, solitario, al murmullo
del agua y al amor del que pasa, cantando.


*


Mis límites son estos, me rodean, lo que diviso
es cuanto puedo descifrar, si puedo, porque
también me excede. Al sol de febrero qué espanto
la elocuencia, qué incierto lo que intuyo por más
que intente darme por entero. Tras mucho
aguardar -una nube en el ojo- qué naderías cuanto
me dijeron. Ni casa hice, la heredé. Por aquí
no queda nadie, esto se acaba. Pronto se hará
de noche, ser mojón en el alto divisando
la tierra despoblada. Y más allá la luna. Y el lucero.


*


La niebla tarda en levantar, escupe, poco
a poco va calándome. Si digo simplemente lo que hay
es porque no doy más de sí, me temo. Si bien
también es cierto que hace tiempo
que no me estudio y eso es una ventaja, evita
errores. Y también excesos. Ya sabemos
en lo que para el hombre, al cabo. De manera
que estando alrededor me vuelvo algo más
piadoso con el mundo, me voy calando. De ayer
a hoy ha vuelto a florecer el melocotonero.


FERMÍN HERRERO, de En la tierra desolada, Hiperión, 2021.


    Fecha y hora actual: Dom Oct 02, 2022 6:32 pm