Aires de Libertad

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Héctor Hernández Montecinos (1979-

Pedro Casas Serra
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Héctor Hernández Montecinos (1979-  Empty Héctor Hernández Montecinos (1979-

Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 11 Abr 2022, 13:48

.


Héctor Hernández Montecinos (Santiago de Chile, 1979) es un poeta, ensayista, editor y gestor cultural chileno. Ha sido considerado por la crítica especializada como una de las voces más destacadas de su generación. Nació en Recoleta, Santiago de Chile, en el seno de una familia de escasos recursos sin antecedentes artísticos. Estudió literatura en la Universidad Católica; candidato a doctor en Filosofía en la especialidad de Teoría del Arte por la Universidad de Chile y en Literatura por su alma máter. En 1999, se unió a un taller dictado por el poeta Sergio Parra en Balmaceda Arte Joven, a partir del cual comenzó su vínculo con la literatura. Desde entonces, ha desarrollado un trabajo escritural constante, en paralelo a la ejecución de performances e intervenciones visuales. Esto le facilitó conocer y participar en talleres y actividades con escritores de la talla de Stella Díaz Varín, Raúl Zurita, Carmen Berenguer o Gonzalo Millán. Ese mismo año, obtuvo el premio Mustakis a jóvenes talentos y en 2001, publicó su primer libro: No!. A este le sigue una prolífica lista de publicaciones, englobadas en un proyecto titulado Arquitectura de la Mentalidad, consistente en tres extensas trilogías: La divina revelación, Debajo de la lengua y "OIIII". Partió a México en 2008, donde estuvo radicado algunos años. Desde allá consolidó su obra y llevó a cabo un importante trabajo editorial con los sellos Santa Muerte Cartonera, Mantra y Contrabando del Bando en Contra. En 2009 fue galardonado con el premio Pablo Neruda en razón de su profusa obra poética experimental y vanguardista, su aporte a la poesía y teoría chilena, y a la escritura nacional. Ha sido compilador de importantes antologías de poesía latinoamericana como 4M3R1C4, Halo: 19 poetas nacidos en los 90 y Atlántida. Ha sido antologado en innumerables muestras físicas y web, así como invitado constante a festivales, encuentros y conferencias en Alemania, España, Francia, México, Perú, Ecuador, Nicaragua, Guatemala, Argentina, Uruguay, Bolivia, entre otros.  Asimismo, fue entre 2004 y 2014 uno de los principales organizadores del Festival de Poesía Latinoamericana "Poquita Fe", que reunió anualmente en Santiago de Chile a un gran número de poetas consagrados y emergentes de Latinoamérica. La crítica le ha señalado como “el poeta más influyente de la última generación en Chile y una figura central del actual escenario lírico en América Latina” (La Hora, Guatemala); “Uno de los vates más sobresalientes de la lírica contemporánea de Chile” (Reforma, México); “Su obra parece destinada a ser símbolo de su generación” (La Prensa Gráfica, El Salvador); "Uno de los poetas chilenos más voceados en la última década” (El Comercio, Perú) y “Una de las voces más interesantes no solo en su país sino en Hispanoamérica” (La Ventana, Casa de las Américas, Cuba.​
Actualmente, se encuentra dedicado a terminar una trilogía de ensayos biográficos: Materiales para un ensayo de vida, de la cual ya se han publicado Buenas noches luciérnagas y Los nombres propios.
( Sacado de https://es.wikipedia.org/wiki/H%C3%A9ctor_Hern%C3%A1ndez_Montecinos )

*


Un poema de Héctor Hernández Montecinos, de su libro Pequeño Dios, 2019:


LOS COLORES Y PAPÁ

Escenario:
El río de los huesos. Lejos de la Tierra.



Papá morí en el río.
Ellos fueron.
No los niños.
Esos juncos malvados me ofrecieron estas piedras.
Me dijeron que eran mágicas.
Yo les creí y me lancé al río.
Papá ellos me engañaron.
No fue mi culpa morirme.
Los niños me decían que no les hiciera caso.
Huye.
Huye.
Huye de esos juncos me gritaban.
Pero yo quería hablar con ellos como hablo con las abejas.
Los juncos son malvados papá.
No te acerques demasiado.
Querrán empujarte al río y morirás como yo.
Te darán unas piedras.
Te dirán que son mágicos pero no lo son.
No quiero que te mueras papá.
Ya no podrás dormir junto a mí.
Es culpa de esos malvados juncos.
Desde el fondo del río me pareces hermoso.
El sol brilla en tu cabeza.
Pareces un sol de agua.
Tiritas como las corrientes.
Bailas en el cielo.
No grites más mi nombre.
Ya me morí.
Tú no me ves y corres despavorido.
No conozco a esa gente que te acompaña.
¿Son luciérnagas?
¿Son cigarras?
¿Son libélulas?
Papá diles que no se posen en los juncos.
Son malvados.
Diles que vuelen más allá del río.
Hay un bosque muy fresco.
Fascinante y secreto.
Y más allá hay montañas con tierra celeste.
Papá tus manos se ven tan grandes.
Das manotazos en el agua.
Casi me tocas pero estoy en el fondo del río.
Hinchado y lleno de manchas.
Mi piel se puso blanda y se deshizo.
Estoy feo papá.
Mejor no me busques más.
Dile a mamá que me fui con las abejas.
Ella sabe que también hablo con las flores y nos creerá.
No quiero que me regañe.
No le digas que le hice caso a los juncos.
No le digas que creí que estas piedras eran mágicas.
No le digas que eres hermoso.
Mamá no es mamá.
A mamá se la llevaron los coyotes.
Yo vi cuando vinieron y se fue con ellos.
Los besó en la boca y les dio de comer.
Eran tres coyotes.
Tenían los ojos rojos y hablaban raro.
Mamá sacó una rata de su entrepierna y se las dio.
Los coyotes la despedazaron.
No.
No era una rata.
Era un conejo.
Sí.
Eran decenas de conejos.
Los coyotes olieron toda la casa.
Yo estaba escondido debajo de las cascaras de patatas.
No pudieron verme.
Mamá los invitó a la cama y se movieron con ella.
La mordían y mamá gritaba.
Yo quería ayudarla.
Mamá levitaba y no la podía alcanzar.
Más conejos caían de la cama.
Estaban ciegos y de su boca salía vino.
Esos conejos no eran conejos papá.
Eran corderos.
No tenían patas.
Eran horrendos y yo tenía miedo.
Mamá seguía levitando y los coyotes aullaban.
Mamá te dirá que no es cierto.
Te dirá que los coyotes eran mis amigos.
Que yo dormía con ellos.
No es verdad.
No creas en sus palabras.
Te dirá que te sigo cuando vas al río.
Te dirá que me desnudo cuando te desnudas.
Pero no le creas papá.
Ella duerme con los coyotes.
Créeme a mí.
Los juncos me dijeron que esas piedras eran mágicas.
Por eso fui con ellos.
Me engañaron.
Al tomar las piedras se hicieron grandes y caí al río.
Eran dos piedras.
Tenían pelos y eran suaves como la piel.
Las besé papá.
Tú estabas sobre mí en sueños.
Mamá cortaba la leña antes que regresaras a casa.
Los árboles sangraban y ella se reía.
Tenía dos hachas.
Una en cada mano.
Arrancaba los árboles de raíz.
Estaba loca.
En eso volvieron los coyotes.
Bebieron la sangre de los árboles.
También rieron papá.
Yo los vi.
Mamá no es mamá.
Ella te dirá que me fui con los niños.
Te dirá que no me busques más.
Estoy en el fondo del río y no me ves.
No te acerques a los juncos.
Son malvados.
No vayas donde acaba el camino.
Los coyotes aparecerán y querrán comerte.
Tampoco regreses a casa porque mamá no es mamá.
Vete con las abejas.
Te darán miel.
Te gustará como me gusta a mí.
La hacen las flores cuando sueñan.
Papá anochece.
No me busques más.
Estoy feo.
Mi cabello se desprende y se va con el agua.
Ya no tengo ojos pero aun así te veo papá.
Huye antes que aparezcan los coyotes.
Vete con esas luciérnagas.
Vete con esas cigarras.
Vete con esas libélulas.
No vuelvas a casa todavía.
Toma papá.
Toma estas piedras por si aparecen los coyotes.
Coge papá estas piedras.
Son piedras mágicas.
Eso papá.
Abre tu mano.
Acércate un poco.
Acércate un poco más.

Coro de los pájaros: Hay para el hombre un firme documento de discrección y por ley se le fija: “En el sufrir está la ciencia”. Gota a gota en el corazón, aun en sueños, va destilando el recuerdo del dolor pasado. ¡Hasta los más reacios ven llegar la sabiduría! ¡Oh graciosa violencia de los dioses que eficazmente rigen la nave de la vida!

Papá se ha caído al río.
Fueron los juncos malvados.
Papá da manotazos al aire.
Papá grita.
Nadie oye a papá.
Tomó mi mano y resbaló.
Pobre papá.
Los pájaros esos nos han visto.
Pájaros del infierno.
Papá se cayó.
Le dije que no hiciera caso a los juncos.
Le dije que eran malvados pero no me escuchó.
Ahora papá es arrastrado por la corriente.
Su cuerpo se estrella con las rocas del río.
Se oye cada hueso que cruje.
Ya no tiene dientes.
Papá es un bebé y se está muriendo.
Lo siguen los peces carroñeros.
Quieren comerse a papá.
Los coyotes huelen la sangre a lo lejos.
Uno de ellos aúlla.
Se acerca la manada completa.
La tierra tiembla.
Es linda la primavera.
Me gustan los colores aunque no pueda verlos.
Todo debe oler verde.
No sé cómo huele el verde.
O el púrpura o el celeste o el naranja.
Imagino que a aire germinado.
Papá sigue dándose de tumbos.
Su cuerpo se tajea con los troncos de los árboles.
Mamá los derribó anoche.
Se llena de enormes astillas.
Son estacas.
Mamá derribó todos los árboles a la redonda.
Los arrojó al río.
Papá ya no grites.
Nadie te escuchará.
Guarda silencio.
Te vas a callar.
Los peces carroñeros te rodean.
No saben si comerte o sentir lástima de ellos.
Se alejan.
Ni para eso sirves.
Ahora habrá que esperar a los coyotes.
Llegarán al anochecer.
Un brazo tuyo se queda varado en la orilla.
Las hormigas vendrán.
Son cientos de miles.
Harán orificios entre tus uñas y la piel.
Por ahí entrarán lentamente.
Las sentirás una a una.
Devorando la carne emblandecida.
Llenarán tus dedos por dentro.
Luego tu mano.
Subirán arrasando con todo.
Ni siquiera pelos quedarán.
Beberán lo que reste de sangre.
Podrán hablar hasta el amanecer.
Te dije papá que no te acercarás al río.
Te advertí que los juncos eran malvados.
Las piedras no eran mágicas pero caso no me hiciste.
Nunca me escuchas.
Yo te hablo y me ignoras.
No me ves.
Soy invisible.
Para ti estoy muerto papá.
Nací muerto.
Como estas malditas piedras.
En el fondo de este maldito río.
Por eso te fuiste ¿no?
¿Es linda la primavera papá?
Cuéntame cómo es.
¿Es cierto que hay flores que se elevan hasta el cielo?
¿Se alimentan del sol?
¿Son muchos?
¿Es cierto papá?
Dime si es verdad que el arcoíris es de varios colores.
¿Cuántos?
¿Qué colores son?
¿Viven las nubes?
¿Tienen hijos?
¿Existen las estrellas?
¿Son tres no?
Las hormigas han dejado restos de huesos.
Parecen de pollo.
Papá es un pollo
¿Eres un pollo papá?
¿Puedes poner huevos?
¿Sabes usar tus alas?
Eres un pollo y los coyotes te van a desplumar.
Te retorcerán el cogote.
¿Qué le dirás a mamá si quiere hacerte un guisado?
Te cortará la cabeza.
Te meterá en una olla con agua hirviendo.
Me dirá a mí que te arranque las plumas y el  pico.
Yo no quiero que seas un pollo papá.
No podrás volar.
A mí me gustan las abejas.
Vuelan muy bonito.
Se roban los colores de las flores.
Van de una en una.
Duermen ahí y luego se van.
Las flores sueñan papá.
En ese momento las abejas se roban sus colores.
Comienza a hacer frío.
Los coyotes no tardan en llegar.
No queda mucho de ti papá.
Tendrán que conformarse con lo que deje el río.
Esos juncos eran malvados.
Sus piedras no eran mágicas.
Quiero que esos pájaros dejen de hablarme.
Váyanse.
No sé lo que desean.
Me arrastra el río.
Tú y yo somos lo mismo.
Rebanadas de carne.
Astillas de huesos.
Cartílagos flotando.
Pelo enredado en las ramitas a la deriva.
A nadie le importamos.
He escuchado como gritan tu nombre.
Ahora que anochece ya se fueron.
Sólo se oye la manada de coyotes acercándose.
Las hormigas también se han ido.
Una brisa fresca huele a humo.
Alguien quema leña a lo lejos.
Pasarán la noche cerca del río.
De verdad te quieren.
Seguirán buscándote pero nadie te encontrará.
No saben que eres una gallina.
¿Tienes huevos?
¿Vas a poder volar alguna vez?
Nunca me dijiste cómo es la primavera.
Luego te quejas.
Esas luces en el bosque son los ojos de los coyotes.
Vienen con hambre.
Son cientos.
Te devorarán toda la noche.
Las hormigas se amanecerán cantando.
Mañana volverán.
Recorrerán todo el bosque para llegar aquí mismo.
Lo que de ti quede se perderá en la ciénaga.
Te lo dije papá.
Esos juncos son malvados.
Esas piedras no son mágicas.

Coro de los pájaros: ¡Delirando está tu mente nutrida por el crimen que te mancha… en tus ojos mismos horrenda brilla la sangre en gotas. Es necesario… despreciada de todos, privada de todo amor, has de pagar sangre con sangre!

Papá ya no existes.
De ti nada queda.
Mamá llora en casa.
Los juncos cantan con el viento.
Mamá oye el silbido de los juncos malvados.
Cree que es papá.
Canten más fuerte.
Los juncos se dejan penetrar por las ráfagas de aire.
Cantan.
Es una letanía.
Las cigarras y las libélulas que pasan a su lado se desploman.
Las esporas abandonan sus trayectos y vienen acá a morirse.
Es una letanía tan hermosa.
Mamá cree que está soñando.
Deben ser los ángeles que vienen por mí.
Se cubre la cabeza y sale de casa.
Sus pies apenas rozan el musgo de las piedras.
Es como si levitara.
Canten más fuerte.
Los riachuelos y las nubes se detienen a escuchar.
Los juncos cierran los ojos.
Se entregan al viento.
Elevan su voz lo más alto que pueden.
Cientos de juncos malvados cantando al unísono.
Las capas subterráneas de la tierra vibran.
Las raíces de los árboles se contraen.
Mamá se acerca levitando.
Algo cuadrado trae en su mano.
No sé lo qué es.
La observo desde el fondo del río.
Ella no me ve.
Cree que estoy jugando con los niños.
Cree que me fui con las abejas.
Nací muerto.
Estoy feo.
Canten malditos juncos.
Canten más fuerte.
Viene cayendo la lluvia pero cesa y regresa al cielo.
Las olas del mar a lo lejos iban a estrellarse contra las rocas.
Pero las rocas se tendieron en la arena para oír a los juncos.
Cantan.
Cantan.
Cantan.
¿Oyes cómo cantan los juncos?
Cierra los ojos y óyelos.
Están cantando.
Mamá mueve los labios y no la oigo.
Los pájaros siguen ahí.
No dicen nada.
Sólo miran.
Mamá se acerca.
Mamá levita.
Los juncos se estremecen cantando.
Mamá levita más alto.
Los coyotes aparecen de improviso.
Saltan sobre los juncos.
Los muerden con rabia.
Los juncos claman compasión.
Gimen.
Se retuercen.
Piedad gritan.
Piedad a estos malvados juncos.
Los coyotes se meten al río.
Los arrancan de raíz.
Sollozan los juncos.
Ya no cantan.
Imploran.
Mamá comienza a descender lentamente.
Los coyotes la esperan para devorarla.
Mamá los coyotes te harán daño.
No oye.
Sigue musitando algo que nadie entiende.
Sangran los hocicos de los coyotes.
Tienen cientos de astillas enterradas.
Los juncos son malvados.
El paladar y la lengua sangran.
Se han reunido debajo de mamá y la engullirán.
La esperan con ansías.
Los juncos ya no existen.
Papá tampoco.
Las cigarras y las libélulas han recobrado el juicio.
Han huido.
También las nubes y las rocas del  mar.
¿Dónde están las luciérnagas?
Llueve.
Esto no es la primavera.
Acá no hay colores.
Los coyotes quieren acabar con mamá.
Algo dice.
Se oye poco a poco su voz.
Abre su boca.
Mamá dice mi nombre.
Me está llamando.
Busca mi mirada en el fondo del río.
Estoy feo.
Mamá me llama.
Los coyotes la observan.
Ya no quieren comérsela.
Mamá posa sus pies en el musgo.
Ya no levita.
Mira el río y viene hacia acá.
Sigue repitiendo mi nombre
¿Qué quiere de mí?
Mamá morí en el río.
Los niños me empujaron.
Me ofrecieron cáscaras de patatas.
Las habían secado al sol.
Las abejas llegaron y querían llevárselas.
Las abejas son malvadas mamá.
Huye de las abejas.
No vueles con ellas.
Te harán daño.
Lo quieren todo mamá.
Yo tenía hambre.
Los niños me mostraban las cáscaras.
Tenía que acercarme al río.
Entonces uno de ellos me empujó y caí.
Intenté nadar pero las abejas me pinchaban las manos.
Son malvadas mamá.
No vueles con ellas.
Querrán picarte y robarte los colores.
Así morí en este río mamá.
Esta es la verdad.
Luego vino papá.
Pero papá era amigo de los niños.
Dormía con ellos.
Les contaba cómo era la primavera y a mí no.
Les mostraba los colores que trajo de la guerra.
Ellos los tomaban en sus manos.
Abrían sus ojos de asombro y yo lloraba.
Papá hizo eso.
Yo le pedía que me sacara del río pero jugaba con esos niños.
Papá sálvame.
Papá aquí estoy.
Papá me ahogo.
Los niños miraban los colores y sonreían con maldad.
Yo me estaba muriendo mamá.
Entraba el agua en mi boca.
No podía respirar.
Papá dame la mano.
Papá ¿me amas?
Papá ¿me dejarás morir?
Mis ojos se nublaron.
No me moví más.
El río comenzó a arrastrarme y así me morí.
Esta es la verdad mamá.
Los coyotes.
Se acercan los coyotes mamá.
Se están metiendo al río.
¿Por qué tienes esa caja?
Son muchos coyotes mamá.
Me están mirando.
Vienen hacia mí.
Mamá los coyotes están rugiendo.
Mamá esta es la verdad.
No regreses a casa.
Las abejas te harán daño.
Mamá no me dejes.
No.
Los coyotes.
Los coyotes.
Los coyotes.

Coro de los pájaros: La mira en sueños, sí, pero sus apariciones le son dolorosas…, fugaces pasan y son vanidad pura… ¡Cuán vano es estrechar con los brazos al ser amado que dicha ofrece, y ver que toma alas para huir de la ficción del sueño!

Mamá ya te vas.
Los coyotes me devoraron toda la noche.
Hicieron conmigo lo que quisieron.
Ahora duermen y al rato se irán junto a ti.
Les escuché decir que los llevaarás a casa.
Les harás una cama con la ropa de papá.
Les cantarás mis canciones después de comer.
¿Es cierto eso mamá?
Los meterás en tu cama y te moverás con ellos.
Aullarán y tú también.
Mamá eres un coyote.
Se lo conté a papá.
No me hizo caso.
Los juncos decían cosas.
Me decían que con las piedras mágicas podría matarme.
Yo no quise.
Eso me decían los juncos.
Yo creí que eran malvados pero tenían razón.
Eres un coyote mamá.
Papá era un pollo.
¿Yo qué soy?
Los coyotes se despiertan y te siguen.
Ya no levitas.
Pisas el musgo sobre las piedras y tropiezas.
Qué silenciosa y fría es esta mañana.
Sale un vapor del hocico de los coyotes.
Parecen almas.
Cientos de almas en pena que viven dentro de esas bestias.
Cruzan el bosque tras mamá y no dejan huellas.
Entonces cuando pasan cerca del estanque mamá se saca la ropa.
Se arroja al agua y ríe.
Mamá hace cosas extrañas.
Una vez preparó tortillas con algo que sacaba de sus orejas.
Sacaba y sacaba con sus manos para luego amasar.
Salió al patio y trajo dos armadillos.
Les arrancó la cabeza con los dientes.
Luego los molió a golpes y los echó a la masa.
Sangraban aún y puso todo al fuego.
Olía feo.
Coman nos dijo a papá y a mí.
Comimos y teníamos asco.
Mamá nos observaba de manos cruzadas.
Se lo comerán todo.
Una cabeza de los armadillos había rodado cerca de mis pies.
Me jalaba el pantalón con las encías.
Sentía sus bigotes en mi tobillo.
Me daba cosquillas y me hacía reír.
Mamá pensaba que me burlaba de la comida.
Mamá me rompió el plato en la cara.
Ahora comerás del suelo.
Me agaché hasta donde estaba la cabeza del armadillo.
Le devolví su cuerpo de entre mis dientes.
Corre le decía yo.
Entonces salió despavorido sin que mamá se diera cuenta.
Ya comí mamá.
Eres muy buena mamá le decía.
Observaba mi plato y me abrazaba.
Ve a jugar con los niños.
Vayan al río.
Está muy lindo en estas fechas.
Pero ni ella ni yo sabíamos qué fechas eran.
Ahora sé que el río crece y su cuerpo se agranda.
Mamá es un coyote.
Nos ha engañado.
Todos lo sabían menos yo.
Los juncos me decían que fueron las abejas.
Que ellas hicieron a mamá un coyote.
Decían eso y yo los escupía.
Los insultaba.
Juntaba orina en mis manos y se la arrojaba.
Mamá no es un coyote les gritaba.
Chillaba de veras.
Los juncos insistían y yo lloré y lloré.
Mamá hace cosas extrañas.
La primera vez que papá murió ella tenía trece años.
Papá se le aparecía en las noches.
Le contaba que los ángeles eran lindos.
¿Quieres verlos?
Mamá tenía miedo.
Pero papá le tomaba la mano y salían de casa.
Caminaban toda la noche.
Llegaban a un monte.
Hace muchos años allí vivía un dios.
Entonces los primeros niños le hicieron una casa para que durmiera.
La construyeron con arcilla y ramas de árbol.
Vieron que el dios era bueno.
Con el tiempo se construyó una iglesia.
A los niños no les gustó.
Tampoco al dios.
Por eso se fueron con él a vivir a las cuatro lunas.
En esas ruinas juegan otros niños.
Sólo se ven de noche.
No tienen ojos ni pelo.
Esos son los ángeles.
Son muy lindos.
Mamá tenía miedo.
No le gustaban esos ángeles.
Entonces quería volver a casa.
Los niños tenían una fogata.
La alimentaban con las bancas de la iglesia.
A veces arrojaban figuras talladas en madera.
Libros y flores de papel.
Papá los ayudaba y cantaba con ellos.
Tenían un idioma raro.
Mamá no quería más estar ahí.
Corría desesperada por el bosque.
Volvía a su cama al amanecer.
Despertaba.
Los coyotes llenaron la casa.
Aullaban y mamá parecía entenderles.
Mamá se arrojaba al suelo y comía con ellos.
Dormía pegada a sus cuerpos.
Orinaba y cagaba ahí.
Mamá es un coyote.
Lo dijeron los juncos.
Tienes que darle con estas piedras.
Son mágicas.
Si le das en la cabeza verás que es un coyote.
Gruñirá y saldrá huyendo.
Yo no quería darle de piedrazos a mamá.
Uno de los coyotes tiene plumas en vez de pelaje.
Es el que más aúlla.
El que se monta sobre mamá y la hace gritar.
Mamá sufre con los coyotes.
Deberé ayudarla.
Gime de dolor y se retuerce.
Los coyotes son malvados.
Se le ponen los ojos blancos y se agarra el cabello.
Solloza y rasguña los vidrios de la ventana.
Afuera atardece.
Todo está en calma.

Coro de los pájaros: ¡Niños muertos por sus padres: sus manos llenas están de sus carnesque son sustento de sus seres amados… tremenda y horripilante vianda son sus entrañas que su padre mismo lleva en la boca…! ¡Ya la venganza se incuba: no falta quien la ejecute!

Mamá hace cosas extrañas.
¿Quieres un color?
¿Lo quieres?
Pues ve a buscarlo al río.
Allá hay muchos.
Ve.
Los niños te acompañarán.
¿No es así niños?
Pues vayan ahora.
Ahorita.
Entonces yo corría a toda velocidad.
Le ganaba a los niños en llegar al río.
Quería ser el primero en ver los colores.
Correr más rápido que todos.
Corría.
Corría.
Corría y pensaba en cómo serían los colores.
Llegaba al borde del río y ahí me paraba.
Miraba hacia atrás.
No veía ninguno de los niños.
Pasaban las horas y nadie más.
Yo miraba a lo lejos.
Los niños se habían ido.
Cada uno a los restos donde habitaba.
Debajo de las piedras.
El fondo de los charcos.
Troncos huecos.
Restos de cenizas.
No querrán ver los colores acaso.
Se lo pierden.
No les contaré cómo son.
Me sentaba a esperar a que los colores asomaran.
Las horas seguían llegando.
Flotaban en las aguas del río.
Qué lindas se veían.
Una a una.
Redonditas y risueñas.
Pero cada una venía acompañada.
La hora de la puesta del sol venía con un coyote que profetizaba.
La hora del atardecer con un perro que aullaba al resto de las constelaciones.
La del crepúsculo con un alacrán que se mordía la cola.
La del ocaso con un escarabajo que arrastraba la primera estrella.
Las miraba avanzar lentamente.
Me acomodaba en un arbusto.
Seguía esperando a los niños.
La hora del anochecer venía con un búho de un solo ojo.
La hora de la umbra con un gato a punto de explotar.
La de las pesadillas con gusanos de tres cabezas.
Y la medianoche estaba acompañada de un toro que era la misma noche.
Unos pájaros que no decían nada me observaban.
No se movían.
¿Esperarán también los colores?
¿Serán un color?
¿Qué es un color?
¿Estarán esperando a los niños?
Hacía frío y una brisa comenzaba a empujarme.
El río es lindo.
Me gusta el río.
Qué lindos son esos juncos.
Son suaves.
Se oyen.
Las estrellas se reflejan en el agua.
Brillan.
Coge una de las piedras mágicas.
Cógela.
Pero yo sólo veía las estrellas en el río.
Toma una de ellas.
Esas piedras son mágicas.
Te encantarán.
Estiré mi mano hacia una de las estrellas que refulgían en el río.
Tomé el charquito de agua y ahí estaba la estrella.
Ya ves.
Esa piedra es mágica.
Ahora pide un deseo.
Pero yo no sabía lo que era el deseo.
¿Qué es lo que buscas?
¿Dónde te gustaría morir?
¿Con quién sueñas?
PPapá.
Los colores y papá.
Eso le dije a los juncos.
Se reían.
Se reían más fuerte.
Perdían el equilibrio de tanto reírse.
Entonces uno de las abejas habló.
Ven.
Vamos a ver los colores.
Nos internamos en el bosque.
Gracias juncos.
Gracias piedras mágicas.
Te voy a enseñar algo.
No debes contárselo a nadie.
Será el secreto más grande sobre nuestras vidas.
Avanzábamos cada vez más.
Yo sentía que alguien nos iba siguiendo pero no decía nada.
Escuchaba el musgo sobre las piedras.
¿Veremos los colores?
La abeja se me acercó.
Me zumbó algo al oído.
El Universo es un panal.
Debía ir hasta esa montaña.
Aquella montaña donde terminaba mi mano.
Esperaré que esta luna se llene y me iré con ella.
Llevaré agua de flores y semillas.
Iré donde me dices.
Me gustan los misterios.
Todo lo que no tenga dualidad.
Soy casi un hombre.
También casi soy una mujer.
Mamá dice que esa montaña no existe.
Que está llena de gusanos hambrientos.
Te saltan encima y te devoran el aire.
Trituran la piel.
Luego hacen lo mismo con tu calor.
Se meten en tu garganta y se lo llevan.
Eso me dice mamá y grita de espanto.
Sigo esperando a que la luna se llene.
Hace frío y tarda.
Miro las estrellas.
Son tan poquitas.
Casi todas han muerto.
Mamá dice que es mi culpa.
No hay que mirarlas.
Ni contarlas con los dedos.
A veces me encuentro con las que caen.
Parecen caballos les digo.
No vayas nunca a esa montaña.
Está llena de hormigas y de peces carroñeros.
Les gusta comerse la muerte de uno.
Aunque todo ya esté muerto.
No vayas.
No vayas nunca te lo imploro.
Nunca iré mamá.
Mamá.
Nunca te mentiré.
La luna se ha llenado.
Mira.
Qué bonita se ve en el río.
Acércate un poco.
Acércate un poco más.

Coro de los pájaros: ¿No estás rindiendo culto a los fantasmas de un sueño? ¿No será el soplo de un rumor inseguro? Un dios oye en las alturas ¿Es Apolo?, ¿es Pan?, ¿es Zeus?-, la chillante plegaria de los huéspedes del cielo…

HÉCTOR HERNÁNDEZ MONTECINOS (De Pequeño dios, 2019)


    Fecha y hora actual: Jue 07 Jul 2022, 05:01