METAMORFOSIS
TRADUCCIÓN: ANA PÉREZ VEGA
LIBRO DECIMOCUARTO
Apoteosis de Eneas.
Y ya a los dioses todos y a la misma Juno la virtud
de Eneas a limitar sus viejas iras había obligado,
cuando, bien fundadas las riquezas del creciente Julo,
tempestivo estaba para el cielo el héroe Citereio.
Rondaba Venus a los altísimos, y alrededor del cuello
de su padre derramada: «Nunca para mí», había dicho, «en ningún
tiempo duro, padre, ahora que seas el más tierno deseo,
y que al Eneas mío, quien a ti de la sangre nuestra
te ha hecho abuelo, aunque pequeño, que le des, oh óptimo, un numen,
con tal de que le des alguno. Bastante es el inamable reino
con haber visto una vez, una vez haber ido por los caudales estigios».
Asintieron los dioses, y la esposa regia su semblante
inmutado no mantuvo y con calmado rostro consiente.
Entonces el padre: «Sois», dice, «de ese celeste regalo dignos
la que lo pides y por quien lo pides: toma, hija, lo que deseas».
Hablado había. Se goza y las gracias da ella a su padre
y a través de las leves auras, de sus uncidas palomas portada,
al litoral acude laurente, donde cubierto de caña serpea
hasta los estrechos, de sus caudales ondas vecinos, el Numicio.
A él ordena que a Eneas de todo lo sujeto a la muerte
purifique y lo lleve hacia las superficies por su tácito curso.
El cornado secunda los encargos de Venus y con las suyas,
cuanto en Eneas había sido mortal, purga
y lo dispersó en las aguas. La parte mejor restó en él.
Lustrado, su madre con un divino aroma ungió
su cuerpo y con ambrosia, con dulce néctar mezclada,
tocó su boca y lo hizo dios, al cual la muchedumbre de Quirino
nombra Índiges y en un templo y en aras lo ha acogido.
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