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    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE (1827-1892)

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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 28 Ago - 13:27

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    FTE.- BIOGRAFÍA DE MUJERES ANDALUZAS

    Antonia Díaz de Lamarque: datos biográficos
    Fragmento del Trabajo: "Los límites de la escritura femenina: vida y obra literaria de Antonia Díaz de Lamarque." Marta Palenque, Isabel Román Gutiérrez. [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] página vista el 2 de Enero de 2008
       Antonia Díaz y Fernández (Marchena 1827-Dos Hermanas 1892), hija del médico Francisco Díaz, residió desde muy pequeña en Sevilla, donde recibió una cuidada educación en la que, además de las clases de francés, música y manualidades características de aquellos años, se la introdujo en la lectura de los clásicos españoles y sevillanos. Su amor a las letras la llevó a iniciarse en la escritura casi en su adolescencia y, lejos de mantenerse en silencio, comienza a publicar en las revistas sevillanas en 1846 para terminar haciéndose frecuente en sus páginas. Muy pronto también logra alcanzar el reconocimiento de los autores héticos que, además de acogerla en sus proyectos periodísticos, la hacen partícipe de sus tertulias y libros colectivos organizados en torno a diversas efemérides.

    El mundo de las letras parece absorber por completo a Antonia, pues se mantuvo soltera hasta 1861, cuando contrajo matrimonio, en abril del mismo año, con el también poeta José Lamarque de Novoa (Sevilla 1828-Dos Hermanas 1904); ambos habían coincidido con anterioridad en revistas y libros. A partir de este momento, la biografía de la que pasó a llamarse Antonia Díaz de Lamarque es inseparable de la de su marido, y su esfera de amistades y relaciones es común, desarrollando una intensa actividad no sólo literaria sino también interesada en el mundo del arte, en particular de la pintura (el mismo José Lamarque fue pintor aficionado) y en el estudio de la historia sevillana, de sus tradiciones y leyendas. Fueron amigos de Valeriano Bécquer, que pintó dos retratos de los padres de José, además de uno de Antonia realizado entre 1860 y 1862, antes de su marcha a Madrid. Lamarque poseía además, al parecer, una serie de seis cuadros de personajes populares obra de Valeriano.

    Una de las primeras ocasiones en que Antonia Díaz Fernández utiliza su nuevo apellido es en el volumen Tertulia literaria. Colección de poesías selectas leídas en las reuniones semanales celebradas en casa de Don Juan José Bueno (1861)7, donde, tras un interesante prólogo de Antoine de Latour, por entonces residente en Sevilla como secretario del Duque de Montpensier, se publican versos de los asiduos a la misma. En galante situación, la serie la abre Antonia Díaz, ya 'de Lamarque', seguida, entre otros, por Andrés Bello, Eduardo Asquerino, Julián Romea, el propio Juan José Bueno, Narciso Campillo, León Carbonero y Sol, José Fernández Espino, Fernando de Gabriel y Ruiz de Apodaca, Juan N. Justiniano, José Lamarque... En definitiva, lo más granado de la moderna escuela sevillana de poesía, además de algunos invitados, como Bello, tampoco ajenos a la trompa épica a lo Quintana y a otras maneras características de dicha escuela. Esta tertulia, celebrada en la casa del poeta, jurisconsulto y bibliógrafo Juan José Bueno sita en la calle Mármoles, se reunía con el deseo de alentar la permanencia de una escuela poética andaluza, heredera de las grandes figuras de los siglos XVI y XVII. Antonia Díaz se cuenta entre las pocas féminas que asisten a los encuentros.

    A partir de aquí el matrimonio Lamarque se enlaza de forma continua en la prensa. Más aún, en los estudios sobre la poesía de la segunda mitad del XIX, marido y mujer aparecen unidos, como en su propia vida, escapando a otras clasificaciones, y sus rasgos poéticos se analizan al alimón. Es así en La literatura española en el siglo XIX, de Francisco Blanco García, o en el monumental ensayo de José María de Cossío, donde figuran bajo el epígrafe «Los Lamarque». El que ella utilizase el apellido Lamarque para firmar sus libros favoreció el establecimiento de esta especie de sociedad.

    En cuanto a José Lamarque, hijo de francés y de trianera, es autor de una extensa obra poética de calidad desigual marcada por su admiración al estro poético de Zorrilla, Núñez de Arce y a los poetas clásicos. Repasar sus libros y poemas -y en esto coincide con los de su esposa, según comentaremos a continuación- es también revisitar el mundo literario del clasicismo sevillano y, más allá, también el de la oligarquía social y cultural andaluza de entonces. Empresario, dueño de un negocio de hierros y maderas, dedicado a la importación y exportación, fue cónsul del Reino de Nápoles, de El Salvador y, hacia 1880, del Imperio Austro-Húngaro. Figura, además, como socio del Ateneo y de la Sociedad de El Folk-Lore Andaluz y perteneció a la Academia de los Áreades de Roma (su sobrenombre era Ibero Abantiade), al igual que Antonia, entre sus pares Eufrosina Elísea. En coincidencia con su mujer, era un católico ferviente y activo, y, en el terreno político, un monárquico convencido, partidario de la restauración borbónica tras la caída de Isabel II, por lo que alcanzó la concesión de la Gran Cruz de la Real Orden de Isabel la Católica en 1876. Ambos extremos se atestiguan en la vinculación de los esposos a la sociedad «La Juventud Católica» y a su portavoz La Verdad Católica. Los poemas religiosos de Antonia Díaz son testimonio de su fe. Dedicó a este tema un volumen completo: Poesías religiosas (1889).

    Mecenas y protector de artistas y escritores, Lamarque se cuenta entre los fínanciadores de la primera edición de las Obras de Gustavo Adolfo Bécquer, en 1871, de la que se conserva un ejemplar en su biblioteca. Ya en su vejez y fallecida su mujer, sigue en contacto con algunos poetas jóvenes como el cordobés Enrique Redel, que prologa su libro Remembranzas (1903), y con Juan Ramón Jiménez, a quien ofrece la composición «La galerna» de Desde mi retiro (1900). Éste le correspondió ofrendándole el poema «Nubes», de Almas de violeta, y le regaló su libro Rimas con la siguiente dedicatoria autógrafa: "«A Don José Lamarque de Novoa. Cariñoso recuerdo de su admirador y amigo, J. R. Jiménez. Madrid 1902»".

    El joven Juan Ramón Jiménez recuerda, en «El modernismo poético en España e Hispanoamérica», su relación en Sevilla hacia finales de la década de 1890 con los escritores de la generación anterior, uno de los cuales era Lamarque, en torno al Ateneo de la ciudad. Juan Ramón, deslumbrado por la poesía de Rubén Darío (a quien había leído en las páginas de La Ilustración Española y Americana), habla a Lamarque del nicaragüense y cuenta que éste, sin conocerle, le pregunta si es "«otro cursi»", calificativo que, al parecer, merecían para él todos lo modernistas, e intentó desencantarle de imitar a "«esos tontos del futraque, como Salvador Rueda»"1. Por lo que escribe Jiménez, Lamarque le escribía casi a diario y le animaba a seguir a los maestros del siglo XIX, y lo cierto es que este influjo primero está en los inicios del moguereño.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 28 Ago - 13:40


    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)


    ADVERTENCIA PREVIA: Aunque no es mucho lo que hemos encontrado de la autora, no por ello debemos dejar pasar la oportunidad de exponerlo. Una autora que, aunque no muy conocida, fue muy bien considerada por autores de la talla de J.R.JIMÉNEZ.

    1. A LA VIDA

    Huye el tiempo veloz: La yerta mano
    de la severa edad en nuestra frente
    graba profundas huellas inclemente,
    y el oscuro cabello vuelve cano.

    ¡Desdichada existencia! Triste y vano
    afán de ser feliz el alma siente,
    y ¡ay! la felicidad es solamente,
    bello ideal de pensamiento humano.

    De una en otra esperanza ansioso vuela
    el mísero mortal desde la cuna;
    en la vejez aguarda todavía:

    y en pos de más allá que inquieto anhela,
    sin encontrar jamás tregua ninguna,
    le sorprende feroz la muerte impía.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 28 Ago - 13:42

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    2. BREVEDAD DE LA BELLEZA

    Tú de la aurora el esplendor sereno,
    bella rosa, gentil aparecías
    y en alas de los céfiros mecías
    tu puro cáliz, de belleza lleno.

    Soberbia alzando tu purpúreo seno
    ante las otras flores sonreías;
    que señora de todas, ser creías
    y prez y ornato del pensil ameno.

    Más ya burlando tu arrogancia fiera
    roba el tiempo la gala y los colores
    de que altiva pudiste hacer alarde:

    Llora perdida tu beldad primera,
    que ésa es la triste suerte de las flores,
    y nunca llega por desgracia tarde.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 28 Ago - 13:45

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    3. DOÑA MARÍA PILAR DE SINUÉS

    A MI QUERIDA AMIGA
    LA INSPIRADA POETISA Y DISTINGUIDA LITERATA
    DOÑA MARÍA DEL PILAR SINUÉS DE MARCO,

    con motivo de estar escribiendo una obra
    para el príncipe de Asturias, titulada
    EL CETRO DE FLORES.



    Hoy que brillantes páginas de oro
    Anhelante preparas, oh María,
    Para el vástago tierno que algun dia
    Será sosten del español decoro;


    Suene tu voz como raudal sonoro
    Y enaltezca con plácida armonía,
    Al par que la inmortal sabiduría
    De la virtud el celestial tesoro.


    ¡Oh! reina entre las musas españolas,
    Y aparezcan cual astros rutilantes
    Los bellos cuadros que tu mente crea:


    Ciñan tu sien fulgentes aureolas,
    Y la fecunda pluma de Cervantes
    Cetro de flores en tu mano sea.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 28 Ago - 13:47

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    4.- LA VUELTA DE LA PRIMAVERA

    Ya se escucha el sonoro
    Himno que entona la creacion entera;
    Que pródiga esparciendo su tesoro,
    Ya sus alas de oro
    Apacible tendió la primavera.


    La lóbrega techumbre
    De nubes que el espacio oscurecía
    Fugaz huyó, y en la celeste cumbre
    Vierte su clara lumbre
    Con mas grandeza el luminar del dia.


    Del céfiro al arrullo
    Despiértanse las selvas adormidas,
    Deja la mariposa su capullo,
    Volando con orgullo
    Por las anchas praderas extendidas.


    Puéblase el bosque umbrío
    De alhondras y canoros ruiseñores.
    Sigue su curso sosegado el rio
    Sin que el encono impío
    Le enturbie de los vientos bramadores.


    ¡Oh mágica belleza!
    ¡Oh encantada estacion! ¡oh sol fulgente!
    Mostrad, campos, mostrad vuestra grandeza,
    Y ostentaréis la alteza
    Del soberano Autor omnipotente


    Parad, aves, el vuelo
    Y el canto levantad nunca aprendido;
    Extiende, aurora, por el claro cielo
    Tu purpurino velo
    De perlas y topacios guarnecido.


    Prados encantadores,
    Ostentad vuestras plácidas guirnaldas;
    Y ricas de perfumes y colores,
    Embalsamadas flores,
    Lucid entre las hojas de esmeraldas.


    Valles, selvas, collados,
    Pomposas arboledas, bosque umbrío,
    Anchas vegas, vergeles dilatados,
    Brillad engalanados
    Publicando de Dios el poderío.


    Palomas inocentes,
    Alzad vuestros arrullos lisongeros,
    Risueñas murmurad, sonoras fuentes,
    Mugid, toros ardientes,
    Apacibles balad, mansos corderos.


    Al Grande, al Increado,
    Unidos ensalzad en dulce coro;
    Y á su pesar exclamará humillado
    El incrédulo osado:
    ¡Autor del universo, yo te adoro!


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 28 Ago - 13:49

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    5. LA RESIGNACIÓN

    Es grato contemplar la esplendorosa
    Luz que derrama el sol en occidente,
    Y grato respirar el manso ambiente
    De la apacible tarde silenciosa.


    Grato es al alma que feliz olvida
    La amarga realidad de la existencia,
    Del Eterno admirar la omnipotencia
    Y bendecir sus obras sin medida.


    Esos que el astro moribundo envía
    Templados rayos de dorada lumbre,
    Esa grandiosa y elevada cumbre
    Donde se vuelve la mirada mia,


    Esas brillantes nubes de topacio
    Que lucen extendidas en la esfera
    Con esmalte divino, esa ligera
    Ave que cruza el anchuroso espacio:


    Del manso rio que á mis piés ondea
    El apacible y lánguido murmullo,
    Ese risueño y armonioso arrullo
    Del álamo que el céfiro cimbrea;


    El aire leve que anhelante aspiro
    De rosas y azahares perfumado
    Y ese que el corazon enagenado
    Exhala á su pesar mudo suspiro;


    Alivio dulce y celestial ofrecen
    Al alma inquieta si angustiada gime,
    Y el dolor se disipa que la oprime
    Y bellos pensamientos la adormecen.


    ¡Ah! si el que sufre mísero no alcanza
    En el mundo infeliz algun consuelo,
    En grata soledad puede en el cielo
    La estrella contemplar de la esperanza.


    Esperanza divina, lumbre pura,
    Por tí el olvido nuestras penas lleva,
    Por tí dichoso el corazon se eleva
    A la morada de eternal ventura.


    Tú das resignacion ¡Feliz, Dios santo,
    Quien resignado sus pesares mira,
    Y elevándose á ti cuando suspira
    Enjuga en alas de la Fé su llanto!


    Resignacion, tu antorcha resplandece
    Y plácida renace la alegría,
    Veloz se ahuyenta la inquietud impía
    Y todo encanto celestial ofrece.


    A tu poder de las lozanas flores
    Son más puros los hálitos suaves,
    Más sonoros los cantos de las aves,
    Más brillantes del sol los resplandores.


    Resignacion, emanacion divina
    De las leyes del Dios omnipotente,
    Santo consuelo, antorcha refulgente,
    Dichoso aquel que á tu esplendor camina!


    Feliz el que del mundo la grandeza
    Y falsas glorias con desprecio mira,
    Y la creacion entusiasmado admira,
    Mágica fuente de inmortal belleza.


    Campos risueños, deliciosa calma,
    Ultimo rayo de la luz del dia,
    Vosotros la tenaz melancolía
    Podeis tan solo mitigar del alma.


    Sí; que aqui vuelve con celeste anhelo
    A la mansion etérea su mirada,
    Fiel repitiendo: «aquella es la morada
    Adonde libre tenderé mi vuelo.»


    Míseras son las dichas de la tierra,
    Allí es tan solo donde el bien se alcanza...
    ¿Quién al brillo de célica esperanza
    La esperanza mundana no destierra?


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Ago - 4:58

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    6. A UN JAZMÍN

    Feliz jazminero, ya cubren el muro
    Los verdes renuevos que plácido ostentas,
    Y ya al blando soplo del céfiro puro
    Frondosas guirnaldas erguido presentas.


    Y grato parece que próvido alzando
    Los tallos flexibles que inquieto cimbreas,
    Y sombra y frescura risueño brindando,
    El bien de otras plantas amante deseas.


    Ya tierno á la yedra que lánguida pudo
    Rendirse marchita sostienen tus brazos:
    O ya compasivo, del árbol desnudo
    Las ramas encubres con móviles lazos.


    Y apenas tranquila se eleva la aurora,
    Tus flores que lucen cual blancas estrellas,
    Ofreces al astro de luz bienhechora
    Y das al espacio perfumes con ellas.


    Y al ver á la yerba que al pié de tí crece
    Tus galas vistosas ansiar con anhelo,
    Los albos jazmines que el éuro estremece
    Cual lluvia de plata descienden al suelo.


    Asi tú que nunca te muestras esquivo
    Y dones otorgas benigno y clemente,
    Por cada flor pura que das compasivo
    Cien otras de nuevo tendrás en tu frente.


    Y ufano prosperas: los fieros rigores
    Rendirte no pueden de cáncer impío;
    Y al par que agostadas se ven otras flores
    Tus frescas guirnaldas respeta el estío.


    _________________
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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Ago - 5:13

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    7. A MI AMIGA TERESA

    Ya próspera lució sobre tu frente
    La corona nupcial, mi dulce amiga;
    Del Hacedor la mano omnipotente
    Tu venturosa unión grata bendiga.


    ¡Oh! bendígala, sí: que sea eterno
    El amor noble y puro que atesora
    Ese esposo feliz, á quien tu tierno
    Y entusiasmado corazón adora.


    ¡Bendígala el Señor! Que resplandezca
    La dicha para ti: que la esperanza
    Siempre á tus ojos apacible ofrezca
    Un porvenir de eterna bienandanza.


    Tú eres la flor más pura y mas galana
    Que admira el Betis en su hermosa orilla,
    Y el lucero mas fúlgido que ufana
    Muestra en su cielo la oriental Sevilla.


    ¡Oh! no hay ninguna que feliz ostente
    Labios más puros que tus labios rojos,
    Frente más tersa que tu tersa frente,
    Ojos mas bellos que tus bellos ojos.


    No hay cual la tuya celestial mirada,
    Ni quien graciosa como tú sonría;
    Tú eres bella entre bellas admirada;
    Tú eres ángel de amor, Teresa mía.


    Mas ¡ah! que no es tan solo la belleza,
    Frágil encanto que extinguirse puede,
    El alto don que en su eternal grandeza
    La mano del Inmenso te concede.


    No es tan solo ese don, que su clemencia,
    Porque en todo llevar puedas la palma,
    Dió á tu sensible pecho la inocencia,
    Y de virtudes coronó tu alma.


    ¡Oh! siempre el mundo por tu bien te vea
    Cercada del encanto peregrino
    De la santa virtud; la virtud sea
    El sol que resplandezca en tu camino.


    Serálo, y ante el pueblo que te admira
    De esposas brillarás claro modelo,
    Y ese que tierno por tu amor suspira
    Verá la tierra convertida en cielo.


    ¡Oh! que la paz te arrulle lisongera,
    Que la horrible y funesta desventura
    No pueda nunca despiadada y fiera
    Grabar sus huellas en tu frente pura.


    Jamás tus labios con pesar suspiren,
    Huyan de ti la angustia y los dolores,
    Y la futura edad tus ojos miren
    Siempre ceñida de aromosas flores.


    _________________
    "No hay abrazos que paren los cañones
    Ni cañones que maten la esperanza." 
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    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE (1827-1892) Empty Re: ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE (1827-1892)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Ago - 5:17

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    8. LA DESTRUCCIÓN DE NUMANCIA.



    Cuando sus negras alas
    Tiende la tempestad sobre la tierra
    Amenazando arrebatar sus galas;
    Cuando retumba en la elevada sierra
    Del aquilon el áspero silvido,
    Y el fúlgido relámpago aparece,
    Y escúchase del trueno el estampido
    Y á torrentes la lluvia se desploma;
    La hermosura del campo desparece,
    Pierden las flores su encantado aroma;
    Dan al viento sus hojas esmaltadas,
    Su débil tallo lánguido se inclina
    Y en el lodo confúndense humilladas.


    Erguida en tanto la robusta encina
    Ante el poder que horrible se desata
    Alza su frente noble y altanera:
    Temblar el monte puede, mas sereno
    Su tronco no vacila; no arrebata
    El vendabal su agreste cabellera,
    No la estremece el retumbar del trueno;
    Parece que sus ecos mugidores
    Son para ella celestial arrullo,
    Parece que á los vivos resplandores
    Del pálido relámpago, su orgullo
    Acrece y su belleza,
    Le da encantos la lluvia, y el bramido
    Del huracan aumenta su braveza.


    Es grande, poderosa, y si rendida
    Habrá de sucumbir, no cual las flores
    Débil y muda perderá la vida;
    La tempestad sus golpes destructores
    Para rendirla fragorosa aumenta,
    Sobre su altiva frente
    Escúchase el rugir de la tormenta,
    Hiéndela al fin el rayo, y el torrente
    Que entre sus ráudas ondas precipita
    Sus destrozados restos á los mares,
    Exhala al par que rápido se ajita
    De muerte y destruccion rudos cantares.


    Cual este grande y fuerte
    Arbol, Iberia contemplara un dia
    Un pueblo que las iras de la muerte
    Firme arrostró. Triunfante aparecía
    La señora del mundo, sus legiones
    Enarbolado el pabellon de guerra
    Extendían los férreos eslabones
    De la cadena que oprimió á la tierra;
    Y los pueblos que tristes inclinaban
    Ante el poder del vencedor el cuello,
    En las rendidas frentes ostentaban
    De humillacion y esclavitud el sello.


    Mas Numancia se alzó; firme, guerrera,
    Muéstrase á los soberbios invasores...
    ¿Quién su frente altanera
    Supremo rendirá? Tristes clamores
    Escucha en derredor; humildes mira
    Cien y cien pueblos que arrogantes fueron
    Y ante la injusta ira
    Del coloso triunfante sucumbieron...
    Ella no siente su valor extinto
    De las romanas huestes al amago,
    Y á los suspiros tristes de Corinto,
    Y á los roncos gemidos de Cartago,
    Y de Iberia á los ayes, y del mundo
    Al unido clamor, la ardiente llama
    De su indomable furia se acrecienta
    Y poderosa y libre,
    Grita cediendo al fuego que la inflama:
    «Yo vengaré, naciones, vuestra afrenta.»


    Tú grande entonces la miraste, oh Tibre,
    ¡Cuántas veces tus ínclitos guerreros
    En abatirla su ambicion cifraron,
    Y cuántas por sus hijos altaneros
    Vencidos á tu orilla se tornaron!
    ¡Oh, cuántas veces con rencor profundo
    A tu pesar sus glorias admiraste,
    Y cuántas iracundo
    El terror de tus armas la llamaste!


    En tanto firme la severa mano
    Del Destino inflexible, señalaba
    Nuevas conquistas al poder romano;
    Tú, Numancia infeliz, no fuiste esclava,
    Tu nombre, sí, del libro de la vida
    Borrado se miró; que altiva, fuerte,
    Mas bien quisiste que vivir rendida
    Libre dormir en brazos de la muerte.
    Página grande de la hispana historia,
    Eterno monumento,
    Inmarcesible palma de victoria,
    Es el recuerdo del postrero dia
    Que para tí lució. ¿Quién tu ardimiento,
    Quién tu heroísmo sin igual sabría
    Dignamente cantar, oh tú que ofreces
    Entusiasmo á los nobles corazones,
    Y en los fastos del mundo resplandeces
    Para ejemplo inmortal de las naciones?


    Verte imagino en las terribles horas
    Que cien y cien legiones aguerridas
    A tu lado de muerte dan el grito:
    Circúndante las huestes destructoras
    Mas tú no te intimidas:
    No al contemplar su número infinito
    Indecisa un momento retrocedes,
    Ni ante el gran nombre de Scipion te espantas,
    Ni ante los rayos de su gloria cedes...
    Soberbia y poderosa te levantas,
    La firmeza, el valor, se alzan contigo,
    Síguete la suprema independencia,
    Y trémulo un momento el enemigo
    A su pesar se inclina á tu presencia.


    Mas ¡ay! que denodado el Africano
    Con su ejemplo y su voz de nuevo enciende
    El indomable espíritu romano!
    ¡Ay, que su inmenso ejército se extiende
    Con sus alas cubriendo tus llanuras
    Y del sol á los vívidos reflejos
    Cual ancho mar contémplanse á lo lejos
    Sus tersas y brillantes armaduras!


    Qué es, Numancia, de tí? tu ardiente brío
    De qué sirve, si Roma por vencerte
    Desplegó su grandioso poderío?
    ¿Qué importa tu valor, si de tu suerte
    Árbitra quiere ser, y en la esperanza
    De humillarte cruel entre cadenas
    A tí sus rayos invencibles lanza?


    Qué es, Numancia, de tí? ... cual las arenas
    Innumerables son los escuadrones
    Que con orgullo fiero
    En derredor de tí vénse agrupados
    Cual refulgente ceñidor de acero;
    Ansiosos de rendirte se enajenan
    Esos valientes que á tu lado claman,
    Y cuando sus briosos campeones
    Con voz de guerra los espacios llenan,
    Más su soberbia inflaman,
    Y ciegos á lidiar se precipitan
    Con ímpetu mas firme y arrogante,
    Como al poder del aquilon se ajitan
    Las altas olas del soberbio Atlante.


    Tal vez un punto tu firmeza vieran
    De la impaciencia en las inquietas alas
    Los guerreros de Roma y suspiraron:
    En tu frente mirar tal vez creyeran
    La egida firme de la ardiente Palas
    Y mudos en su arrojo desmayaron;
    Quizas por un momento acallarían
    Su férvida arrogancia,
    Que inquietos contemplando tu constancia
    En su afan invencible te creían.


    De improviso en el ancho campamento
    Pálida, la rojiza cabellera
    Crespa flotando á la merced del viento
    Menos veloz que su fatal carrera,
    Cubierta apenas con horrible manto,
    Ostentando en su sien férrea corona,
    Escoltada del duelo, del espanto
    Y de la muerte, apareció Belona.
    Llega, y al grito que sus labios lanzan,
    Sus briosos caballos jadeantes
    Con mas furor y rapidez avanzan:
    Al eco de las ruedas rechinantes
    De su funesto carro retemblaron,
    Numancia, tus cimientos, y en la sierra
    Dolientes resonaron
    Cien alaridos lúgubres de guerra.


    Tiende la diosa sobre tí sus ojos,
    Y al contemplar tu indómita pujanza,
    Alza su frente destellando enojos,
    Ruje y ajita su gigante lanza:
    A sus acentos rudos
    El hambre, el luto y la orfandad se alzaron,
    Y sobre tí funestos y sañudos
    Sus alas tenebrosas desplegaron.


    ¡Ay, Numancia infeliz, que ya se escuchan
    Los lúgubres quejidos
    Que exhalan espirantes tus guerreros!
    ¡Ay! ciegos ya sin esperanza luchan
    Que los que nunca el hombre vió rendidos
    El peso humilla de los hados fieros.
    Ya en sorda confusion, sin órden, gira
    La desalada multitud, y gime
    Con delirante afan: aquí suspira
    Y entre sus brazos trémulos oprime
    Al hijo de su amor, madre doliente:
    Allí se arrastra lánguido el anciano,
    La tímida doncella, el inocente
    Y tierno infante, con temor insano
    Mudos y errantes vagan,
    Y es todo llanto, confusion, clamores...
    Diosa funesta de la guerra impía,
    Si es tu gloria esparcir negros horrores,
    Inmensa fué tu gloria en ese día.


    ¿Y adónde, cual espectros palpitantes,
    Tus hijos se encaminan?
    Con extraña esperanza se iluminan
    Sus lívidos semblantes,
    Funesto brillo sus miradas lanzan,
    Muda su voz espira,
    Y en confuso tropel ciegos avanzan
    Sin saber dónde van... Cual por encanto
    En un círculo inmenso, de repente
    Mírase alzada gigantesca pira,
    Y con ímpetu ciego
    Allí la multitud llega impaciente
    Que allí tan solo su esperanza mira.


    ¡Ay! pronto brilla devorante fuego,
    Alza feroz la muerte su guadaña...
    Un grito entonces espantoso suena,
    Un grito que la España
    Escucha con pavura,
    Que de espanto y terror el orbe llena,
    Y que en la edad futura
    Horror ha de infundir.... Orgullecidos
    Los hijos de Mavorte lo escucharon,
    Y sus ecos perdidos
    Hasta en la altiva Roma retumbaron.


    Entre tanto ¿qué espera
    El soberbio Scipion? el fuerte muro
    Que tan alto respeto le impusiera
    Los pechos solo de tus hijos fueron;
    Ya tus calles hollar puede seguro
    ¡Ay! que tus hijos yá desparecieron.


    Huéllalas: sí: cual rápido torrente
    Por diques poderosos detenido,
    Que al verse libre de ellos, de repente
    Furioso se dilata
    Y en su ráuda carrera
    Las flores de los valles arrebata,
    Así con saña fiera
    El formidable ejército romano
    Sin diques á inundarte se encamina,
    Y en tí, triunfante su ominosa mano,
    Siembra la destruccion y la ruina.
    Ciegos buscan esclavos, buscan oro,
    Ni oro ni esclavos miran;
    Numancia está desierta,
    Y horror su calma y su silencio inspiran.


    ¿Cómo su planta incierta
    Detienen los sangrientos invasores?
    ¿Temen acaso proseguir en vano?
    En tan funesta guerra
    ¿No se levantan ellos vencedores?


    Tan solo el corazon del Africano
    Ni duda ni se aterra:
    Mas con afan palpita,
    Y presa de fatal presentimiento
    Por un instante á su pesar se agita.


    De improvisa á su ardiente pensamiento
    Negras sombras asaltan:
    No sabe dónde está, la luz, la vida
    Un momento le faltan:
    Y arrebatado en éxtasis profundo
    Recorren sus miradas
    Anchas regiones de encantado mundo.
    Allí con ricas galas adornadas
    Dos matronas admira
    Que se contemplan con igual encono:
    Hermosa la una es; mas su belleza
    Terror al par que admiracion inspira:
    En su frente destella la fiereza,
    Por donde quiera su mirada espanta;
    Y al par un sello de eternal grandeza
    Grabado deja su funesta planta.


    La otra doliente, pálida, sus ojos
    Ora dirige con afan al suelo,
    Ora los vuelve destellando enojos
    A su eterna enemiga: el desconsuelo,
    El ínclito valor y la firmeza,
    En su semblante brillan
    A través de sus sombras de tristeza.
    De sus brillantes galas se despoja
    Un gemido exhalando de amargura,
    Y al par que al suelo arroja
    Su rico manto, con desden murmura:
    «Roma cruel, venciste. Tus legiones
    «Ya al viento dán el grito de victoria:
    «Terror de las naciones,
    «Esta página más graba en tu historia.
    «Y ya que tú con férvida arrogancia
    «Humillar á tus piés sabes el mundo,
    «A sucumbir aprende de Numancia:
    «Largas horas vendrán de espanto llenas
    »En que cual lloro desolada llores,
    «Mas no sabrás morir, y las cadenas
    «Lánguida besarás con que tu frente
    «Opriman los horribles vencedores.
    «El Norte arrojará su osada gente
    «A conquistar tu altivo Capitolio,
    «Y tú débil, humilde, envilecida,
    «A la barbarie ofrecerás un solio.
    «Tú por el hado fiero
    «Cual yo serás rendida
    «Y esclava vivirás; yo libre muero.»


    Dijo: y una sonrisa de despecho
    En sus labios asoma,
    Penetrante puñal clava en su pecho
    Y exánime á los piés cayó de Roma.


    Cayó Numancia: la brillante cuna
    Del mas alto valor que vió la tierra
    En tumba de cien héroes sin fortuna
    Miróse convertida; mas su nombre
    No morirá jamás, que en él se encierra
    Cuanto mas grande el pensamiento inflama,
    Y para siempre de esplendor ceñido
    En el glorioso templo de la fama
    Entre ígneas palmas brillará esculpido.


    No morirá jamás: el pueblo hispano
    En sus fastos altivo lo presenta,
    Y si la injusta mano
    De extrangera invasion su frente oprime,
    Invócala anhelante y se acrecienta
    Su firmeza y valor ante el sublime
    Ejemplo, que iracundo
    Ese pueblo inmortal diérale al mundo.


    Patria del Cid y de Guzman, murieron
    De Numancia los ínclitos varones;
    Mas no en tí se extinguieron
    El amor á la noble independencia,
    La indomable firmeza y la osadía
    Que plugo al Ser Supremo concederte
    Para asombro eternal de las naciones.
    No se extinguieron, no. Si grande y fuerte
    Contra los hijos de Ismaél te alzaste
    Cuando tu heróico suelo conquistaron,
    Y en lucha desigual, horrible, eterna,
    Al fin de ellos triunfaste
    Y al Africa vencidos se tornaron;
    Y si en la edad moderna
    Cuando la Europa con pavor gemía
    A la voz del guerrero armipotente
    Que altivo la oprimía,
    Tú elevaste la frente
    De santo ardor y de entusiasmo llena,
    Y con segura planta al fin pudiste
    Hollar los lauros de Austerlitz y Jena,
    Ese valor insigne, esa arrogancia
    De que á la faz del mundo haces alarde,
    Es que en el alma de tus hijos arde
    El fuego de los hijos de Numancia.



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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Ago - 5:38

    ANTONIA DÍAZ FERNÁNDEZ DE LAMARQUE. (1827 -1892)

    9. LA SOBERBIA Y LA HUMILDAD

    -¡Ábreme paso! - sañudo
    dijo a la pena el torrente;
    y por hendirla rugiente
    sus ondas precipitó.
    Cayó en rápida cascada,
    creció su fiereza loca;
    más nada alcanzó; la roca
    inmutable apareció.

    En pos, humilde arroyuelo
    lento llegó susurrando,
    e igual bien; con eco blando
    osó al peñón demandar.
    Y gota a gota cual lágrima
    cayendo en la piedra dura
    el rudo escollo horadar.

    - Rechacé el audaz torrente;
    la hendida peña decía-
    ¿Quién; cobarde, accedería
    a u odiosa hostilidad?
    Mas del arroyuelo humilde
    las súplicas me avasallan,
    ¡Qué distinta suerte hallan
    la soberbia y la humildad!


    Y esto es todo lo que he encontrado de la autora. No es mucho; pero si es interesante..

    Gracias por pasar y leer.


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    Mensaje por Lluvia Abril Sáb 29 Ago - 7:50

    Así no hay manera de alcanzarte, amigo mío.
    No conocía a la autora y aunque eso no es nuevo en mí, te doy las gracias por traerla.
    Ahora me queda seguir leyendo sus poemas.
    Besos.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Ago - 13:18

    UNA LÁSTIMA NO PODER HALLAR MÁS... PERO YO SEGUIRÉ BUSCANDO.

    GRACIAS, LLUVIA.

    BESOS.


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    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 13 Sep - 4:30

    Estos autores y autoras del siglo XIX, no deberían pasar desapercibidos. Habría que darles una oportunidad. O hacemos una POESÍA CONSAGRADA o hacemos UN POESÍA DE TODOS Y PARA TODOS ( EL SIGLO XIX ES EL GRAN OLVIDADO DE LA POESÍA ESPAÑOLA)


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