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“Mejor leer que insultarse”, por Luis Racionero (La Vanguardia, 19-10-2019)

Pedro Casas Serra
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Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 19 Oct 2019, 05:05

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“Mejor leer que insultarse”, por Luis Racionero (La Vanguardia, 19-10-2019)

Les recomiendo leer unos cuantos libros sobre un tema de actualidad.

Pedro Laín Entralgo explica muy bien la diversidad española en A qué llamamos España, resumiendo lo pensado por una serie de autores que nos han desbrozado el camino.

Primero lo catalán. Ferrater Mora señala cuatro características: el seny, la mesura, el formalismo y la ironía. Pérez Ballester también apunta a cuatro puntos cardinales de la mentalidad catalana: el seny, el tot o res (todo o nada), el embadaliment (pasmo) y la reventada (crítica acerba). Vicens Vives señala el seny, el just capteniment (recto proceder), el pactismo, el comportamiento mezquino, el arrauxament (arrebato), el encisament (encantamiento), el enyor (nostalgia), la rebentada, el deseiximent (el desapego previo a romper la baraja) y aquí una frase de Vicens Vives
que viene muy a punto tras las elecciones de septiembre del 2015; “Dominados por la tiranía del seny, que exacerba el sentimentalismo, los catalanes pasamos del recto proceder al desatino sin casi darnos cuenta, mucho más si a ello nos empujan ajenas incomprensiones. Lo cual ha hecho que nuestro reformismo haya sido generalmente inadecuado y sin provecho para propios y extraños”.

En segundo lugar: ¿qué es ser gallego? Vitalidad cuasi pagana que oscila entre la exaltación abierta y la desconfiada entrega, la morriña, la ironía por desconfianza, el humor y la saudade. El lector se referirá a Laín para los matices de esta caracterización.

El modo andaluz de ser español: convivencia en la elisión. En este caso elisión significa una culminación de lo intencional en lo sobreentendido. Degustación morosa del instante; el hábito de configurar artísticamente y para siempre lo elemental y cotidiano; la ironía.

“Cataluña, Galicia, Andalucía: tres estilos de vida español, a cuya estructura pertenece la manera esencial, aunque con matices diversos, la ironía: la ironía catalana lleva en su fondo una vivencia de límite; la gallega, un barrunto sentimental de la radical soledad de la existencia; la andaluza, un atisbo fugaz de ser y de la muerte. Entre estos tres vértices irónicos de nuestra Piel de Toro, el galaico-ovetense, el catalán , y el andaluz, la España no irónica, cuyo norte es Vasconia y cuyo centro forman Castilla y Aragón.

Halla Laín en el País Vasco una honda alegría primaria de la vida; algo en el alma y en el cuerpo del vasco mueve a este a realizarse con vigor y a complacerse elemental y lúdicamente en el ejercicio de su propia actividad. Pero esa primaria alegría va acompañada de la melancolía. Y además, la expansión vital del vasco se realiza siempre como aventura calculable. ¿Qué es la pasión vasca por la apuesta sino la expresión de una tendencia anímica hacia una aventura a la vez calculable y osada? “En esa singular mezcla de riesgo, sana locura y previsora razonabilidad -concluye Laín- tiene su clave más esencial la existencia social e histórica del vasco”. Yo, modestamente, añadiría otra clave esencial: el paso del neolítico pastoril a la industrialización siderúrgica sin etapas intermedias.

Castilla como forma de vida: “Esta Castilla -dice Laín- ha sido y es, ante todas las de Iberia, la vida antiirónica o airónica por antonomasia. No solo es la gravedad, socarrona o no, la expresión habitual de la antiironía o de la aironía castellanas. Por encima de ellas están la forma épica, la salida de la existencia de sí misma hacia el logro heroico de una levantada meta exterior, y la forma mística o camino de la persona hacia el fondo y el ultrafondo de sí misma en busca de una plenitud a la vez real y vivida. Aventura hacia metas cuya grandeza excluye el cálculo. La habitual consideración de la sentimentalidad y la ternura como blanda y despreciable debilidad; “suspirillos germánicos”, llamaba Núñez de Arce, vallisoletano, a los delicados versos de Bécquer”.

Yo no me atrevería a decir que “a partir del siglo XV toda la vida peninsular se castellaniza” -la prueba está en que aún hoy no lo está-, sino que el Estado español se castellaniza. “A partir del siglo XVII toda España -afirma Laín- sufrirá la penosa consecuencia del choque entre la vividura castellano-hispánica y la Europa moderna, con la inevitable derrota de aquella”.

Ahí estamos, desfaciendo el entuerto merced a la regeneración de 1898, la industrialización de 1959 y la europeización de 1986.

Laín concluye su lúcido análisis de los modos de ser españoles: “Si tantos son los modos y estilos de la vida de España; si, por añadidura, la instancia rectora de su unificación, el vivir y el mando de Castilla, hizo crisis en el siglo XVII, ¿no será internamente conflictiva, mientras los españoles no sepamos reformarnos a nosotros mismos, la realización histórica y social de nuestros destinos?”. Completamente de acuerdo.

Luis Racionero (La Vanguardia, 19-10-2019)


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