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    Evaristo Ribera Chevremont (1896-1976) Empty

    2 participantes

    Evaristo Ribera Chevremont (1896-1976)

    Pedro Casas Serra
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    Evaristo Ribera Chevremont (1896-1976) Empty Evaristo Ribera Chevremont (1896-1976)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 21 Dic 2018, 14:42

    .


    Evaristo Ribera Chevremont (1896-1976). Poeta puertorriqueño con una larga y variada trayectoria poética.

    Nació en San Juan y sus primeras obras, como Desfile romántico (1914) y El templo de los alabastros (1919), están a medio camino entre el tardo romanticismo y el modernismo. Realizó un viaje a España, entre 1919 y 1924, donde entró en contacto con los ultraístas y se interesó por toda la experimentación de las vanguardias. Así, abandonó el modernismo y se entregó a la experimentación ultraísta, sobre todo, en el cultivo del verso libre en los libros La copa de Hebe (1922), La hora del orífice (1929), Tú, mar, yo, ella (1946), aunque también utilizó el clasicismo, no como calco, sino como nueva fuente de inspiración, tratando temas de contenido humanista y trascendental: Color (1938), Tonos y formas (1943), Anclas de oro (1945) o Verbo (1947). A partir de aquí se adentró en una poesía más personal, trascendental, de formas sobrias y como fondo el mar. Entre estos libros figuran: Creación (1951), La llama pensativa (1954), Inefable orilla (1961), Memorial de arena (1962), Principio de canto (1965), Río volcado (1968), El caos de los sueños (1974). Obras póstumas suyas son El libro de las apologías (1976), Jinetes de la inmortalidad (1977) y Elegías de San Juan (1980).



    Algunos poemas de Evaristo Ribera Chevremont:



    EL NIÑO Y EL FAROL

    I

    Por el jardín, de flores
    de sombra, viene el niño;
    un farol muy lustroso
    le relumbra en la mano.

    Alumbrada, la cara
    del niño resplandece.
    En su pelo, los años
    dulcemente sonríen.

    El niño, que levanta
    el farol en su mano,
    va hurgando los rincones
    del jardín, ya sin nadie.

    Va en busca de la gracia
    de alguna fantasía.
    El jardín sigue al niño,
    agitadas sus plantas.


    2

    El niño, a la luz densa
    de su farol, descubre
    unos troncos negruzcos,
    unas blancas paredes.

    En las manchas de verde
    del jardín, serpentea
    el camino dorado
    de las viejas ficciones.

    El camino que, en sabias
    madureces de tiempo,
    reaparece, cargado
    de sus mágicas lenguas.

    Ir por ese camino
    es hallarse en la gloria
    de un pretérito pródigo
    de ilusivas substancias.


    3

    Bajándolo y subiéndolo,
    por el jardín el niño
    lleva el farol. Las flores
    de sombra se desmayan.

    Contra amontonamiento
    de masas vegetales,
    se ven danzar figuras
    de imaginario mundo.

    Un chorro de colores
    cae al jardín. El niño,
    potente en su misterio,
    domina esta belleza.

    Más allá de las tapias
    del jardín, es la noche
    un tejido monstruoso
    de tinieblas y astros.


    4

    Nada duerme. Las cosas,
    en un vasto desvelo,
    quitándose la mascara,
    inmensamente arden.

    Con el pulso ligero
    de un demonio, en las manos
    prodigiosas del niño,
    el farol bailotea.

    El jardín, deshojado
    en sus flores de sombra,
    hace tierna en el polvo
    la pisada del niño,

    Errabundo y sonámbulo,
    anda el niño. Arco iris
    de leyendas y cuentos
    le ilumina la frente.,


    5

    Y ahora escucha en los árboles,
    que llamean y esplenden,
    un rumor conocido
    de remotas palabras,

    ¿Quién le habla? ¿Qué genio,
    arrancando raíces
    y excitando ramajes,
    le desnuda sus voces?

    Tierra y madre le tocan,
    con sus dedos untados
    de ternura, la sangre,
    la cual vibra y se inflama.

    Otra vida lo mueve;
    una vida que media
    entre el musgo y el aire,
    entre el aire y la nube.


    6

    Ni juguetes, ni juegos,
    ni confites, ni pastas
    valen más que este rumbo
    de pintado alborozo.

    El jardín, todo ojos,
    se recrea en el niño,
    que, borracho de fábulas,
    su gobierno establece.

    Agigántase el niño;
    el farol agigántase,
    y ambos cubren la noche
    de un azul que es de fuego.

    Arropadas de estrellas,
    se prolongan las calles,
    donde vela el silencio
    en su mística guarda.


    7

    En la noche, cruzada
    de humedades y olores,
    los insectos se agolpan
    en su fiebre de música.

    Mientras roncan los hombres
    con un largo ronquido;
    mientras ladran los perros,
    vive el niño su noche.

    En las manos del niño
    el farol bailotea,
    derramando un torrente
    que es de soles y auroras.

    Nunca, nunca la muerte
    matará al niño. ¡Nunca!
    Su farol milagroso
    fulgirá ya por siempre.



    VALLE DE YABUCOA

    Valle que al clima tórrido, basto y vital conformas
    tus anchurosidades y tus renacimientos.
    Valle que al clima ofreces tus multiformes formas;
    formas de exuberancias y de desbordamientos.

    Azul de radiaciones, cargado de crudezas,
    de acentuación robusta, cubre tus extensiones.
    Los picos que te ciñen, guardas de tus bellezas,
    enarbolan su verde sobre el verde que expones.

    En tu amplitud, con trazos calientes, encendidos,
    con trazos decididos, brillan las palmas reales;
    y, en tu silencio, impónense sinfonías y ruidos;
    sinfonías de insectos y ruidos de cañales.

    Anégome en tu aire de trópico, compacto,
    en el que las guajanas aligeras enfilas;
    y tu insondable esencia concentradora capto
    en los bueyes de enormes y solares pupilas.



    NOCHE DE SAN JUAN

    Esta noche coruscan soles despavoridos
    entre nubes monstruosas y en amontonamiento.
    En la ciudad, cortada de voces y de ruidos,
    vense irradiar los focos con enardecimiento.

    Los buques aparecen negruzcos, irreales,
    febriles, sonambólicas sus iluminaciones,
    en el fuliginoso betún de los canales.
    Las luces en el agua con finas reflexiones.

    Su amplio fanal proyecta la farola del fuerte
    sobre el mar, donde cárvase la endemoniada ola.
    De orillas a horizontes, hervor blanco se advierte.
    Alumbra las espumas la luz de la farola.

    Música de otro tiempo desparrama la orquesta.
    Ebulle el populacho, vivaz la fantasía.
    Irrumpen en la noche de bullaje y de fiesta
    los fuegos de artificio -fuego y policromía.



    LA NEGRA MUELE SU GRANO

    La negra muele su grano.
    Muele su grano la negra.
    Muele que muele su grano
    en el pilón de madera.

    La negra muele su grano.
    La negra, que es mansa bestia.
    La negra muele su grano
    en el pilón de madera.

    Y mientras que muele el grano
    sus blancos dientes enseña.
    La negra muele su grano
    en el pilón de madera.

    La negra muele su grano.
    Muele su grano la negra.
    El sol le toca los bronces
    que por los brazos se templan.

    La negra muele su grano
    en el pilón de madera.
    El grano -grano molido-
    se torna blanca belleza.

    La negra muele su grano
    en el pilón de madera.
    Y mueve negros y blancos
    en cruda luz que marea.

    Es su alegría salvaje
    cuando lo blanco la llena,
    cuando es el blanco el que toma
    su ardiente masa de negra.

    La negra muele su grano.
    La negra, que es mansa bestia.
    La negra muele su grano
    en el pilón de madera.



    SINFONÍA EN AZUL

    Voy cosechando azules en el azul escueto
    de la zona del trópico. Los campos, invadidos
    por vegetales masas, denuncian el secreto
    de abril, el de los fuertes y lúbricos sentidos.

    Por tanto azul, los aires se muestran exaltados;
    palpita, en expansiones gozosas, la arboleda;
    y revélanse lúcidos e hirvientes los poblados,
    de los que se desprende brillante polvareda.

    Vibra el azul, nutrido de fuerzas y alborozos,
    sobre la verde isla; Refulgen escarlatas.
    Esplenden amarillos y azules. Toques mozos
    tienen en los jardines las resurrectas matas.

    Algunas flores, túmidas y azules sus corolas,
    se inmergen en las luces magnéticas del día.
    En las riberas cálidas su azul curvan las olas.
    Dice el azul su aérea, compleja sinfonía.



    EL VERDE TAMARINDO

    El verde tamarindo bríndale al patio estrecho,
    sin hierbas y arenoso, sombra ceñida y mansa;
    y, dulce de amistades y años, en el techo
    de zinc de la vivienda su ramaje descansa.

    De los soles blancuzcos, rígidos, no se cansa
    el árbol oleoso, tremador y derecho;
    junto a él, el extático rumiador se remansa,
    distante del propósito, del afán y del hecho.

    El patio reducido goza su compañía
    en la uniforme y lenta seguridad del día,
    persistente en un ritmo despejado de lutos.

    Me exalto cuando el árbol, en su mejor momento,
    esparce por el patio caliente y polvoriento,
    donde el lagarto inflámase, sus agridulces frutos.


    .


    Última edición por Pedro Casas Serra el Miér 25 Mayo 2022, 12:37, editado 1 vez


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