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“Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

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Pedro Casas Serra
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“Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 09 Nov 2015, 12:23

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“Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)


Debo excusarme, al comenzar la historia del acontecer personal que se halla tras los versos de La Realidad y el Deseo, por tener que referir, juntamente con las experiencias del poeta que creó aquellos, algunos hechos en la vida del hombre que sufriera éstas. No siempre será aparente la conexión entre unos y otras, y al lector corresponde establecerla, si cree que vale la pena y quiere tomarse la molestia.

No recuerdo que, antes de sorprenderme a mí mismo descubriéndome una vocación poética, hubiese yo pensado, ni deseado, ser poeta, aunque mi aceptación del hecho siguiera al despertar de la vocación. Ya entrado en la edad madura, volviendo sobre mi niñez y adolescencia, percibí cómo todo en ellas me había preparado para la poesía y encaminado hacia ella. Y, como un poeta lo dijo, “el niño es padre del hombre”.

Mi contacto primero con la poesía, a través de los versos de un poeta que años más tarde sería uno de mis preferidos entre los de la lengua española, fue con ocasión del traslado de los restos de Bécquer, desde Madrid a Sevilla, para sepultarlos en la iglesia de la Universidad. Unas primas mías, Luisa y Brígida de la Sota, dejaron a mis hermanas los tres tomos de las obras del poeta, los cuales yo, dada mi afición temprana a la lectura, hojeé y leí. No sabría decir lo que entonces percibí, hacia 1911, aunque no estoy seguro de la fecha, a mis ocho o nueve años, en esa lectura; pero algo debió quedar, depositado en la subconsciencia, para algún día, más tarde, salir a flor de ella.

Hacia los catorce, y conviene señalar la coincidencia con el despertar sexual de la pubertad, hice la tentativa primera de escribir versos. Nada sabía acerca de lo que era un verso, ni de lo que eran formas poéticas; sólo tenía oído o, mejor dicho, instinto del ritmo, que en todo caso es cualidad primaria del poeta. La idea de escribir, y sobre todo la de escribir verso, en parte por las burlas acostumbradas y que no pocas veces había oído acerca del poeta, suscitaba en mí rubor incontrolable, aunque me escondiera para hacerlo y nadie en torno mío tuvo noticia de tales intentos. Ello debió ocurrir hacia septiembre de 1916, y pocos meses más tarde, siguiendo la asignatura de retórica y preceptiva literaria, en el cuarto año de bachillerato, el padre escolapio (estudié con los escolapios) que nos enseñaba esa materia, al ocuparse de la décima nos pidió que compusiéramos una.

El hito tercero y decisivo en el camino que yo parecía seguir casi sin iniciativa propia, lo crucé hacia 1923 o 1924, a los 21 o 22 años. Hacía entonces el servicio militar y todas las tardes salía a caballo con los otros reclutas, como parte de la instrucción, por los alrededores de Sevilla; una de aquellas tardes, sin transición previa, las cosas se me aparecieron como si las viera por vez primera, como si por primera vez entrara yo en comunicación con ellas, y esa visión inusitada, al mismo tiempo, provocaba en mí la urgencia expresiva, la urgencia de decir dicha experiencia. Así nació entonces toda una serie de versos, de los cuales ninguno sobrevive.

En mi primer año de estudios universitarios había sido yo alumno de Pedro Salinas, como catedrático que él era, en Sevilla, de Historia de la Lengua y Literatura Españolas. Mas por una incapacidad típica mía, la de serme difícil, en el trato con los demás, exteriorizar lo que llevo dentro, es decir, entrar en comunicación con los otros, aunque algunas veces lo desee, durante el curso no fui para Salinas sino un alumno más, y de los menos distinguidos, entre el medio centenar de ellos que debió tener durante el año escolar 1919-1920. Ya casi al final de mi carrera, la ocasión de haber publicado yo algunas líneas de prosa en una revistita estudiantil, líneas que Salinas leyó, y la mediación de algunos amigos comunes, nos puso al fin en contacto. No sabría decir cuánto debo a Salinas, a sus indicaciones, a su estímulo primero: apenas hubiera podido yo, en cuanto poeta, sin su ayuda, haber encontrado mi camino.

Leía entonces por vez primera, y digo por vez primera porque sólo en aquellos días percibí el sentido de lo que dejaron escrito, aunque en algunos casos fuera relectura, a los poetas españoles clásicos: Garcilaso, fray Luis de León, Góngora, Lope, Quevedo, Calderón. Salinas me indicó la necesidad de que leyera también a los poetas franceses, de que aprendiera una lengua extranjera. Baudelaire fue el primer poeta francés a quien entonces comencé a leer en su propia lengua y hacia el cual he conservado devoción y admiración vivas. Luego, aunque mi conocimiento de la lengua era aún deficiente, emprendí la lectura de Mallarmé y de Rimbau; el verso del primero me apareció ya entonces, y nunca dejó de aparecerme así a través de los años, con una hermosura sin igual. En cuanto a Rimbaud, no creo que yo, en aquella primera lectura, me diera cuenta del alcance de su pensamiento, aunque aquel contacto preliminar con su obra dejara una huella que las lecturas posteriores fueron profundizando.

A partir de 1924 había comenzado a escribir los poemitas que aparecerían en Perfil del Aire, mi libro primero. Mas en él, juntamente con la huella de algunos de los poetas que he mencionado, debo indicar la de Pierre Reverdy, cuyo nombre descubrí en un comentario nada favorable a su obra. No es Reverdy poeta hacia el cual haya conservado mucha estimación, pero entonces me ayudaron algunas cualidades suyas, en favor de las cuales estaba yo predispuesto: desnudez, pureza (sea lo que sea lo que esta palabra, tan abusada, suscite hoy en la mente del lector), reticencia. En todo caso es justa su mención aquí, porque la huella de Reverdy, aunque ningún crítico la percibiera, es visible en Perfil del Aire. No quiero dejar de indicar otros dos libros que también leí por entonces, aunque el efecto de su lectura no sería visible sino pocos años después: la de Les Chants de Maldoror y del Préface à un livre futur.

Por idénticas fechas, sobre todo, comencé a leer a André Gide, del cual Salinas me dejó primero, no sé si sus Prétextes o sus Nouveaux prétextes, y luego sus Morceaux choisis. Me figuro que Salinas no podía suponer que con esa lectura me abría el camino para resolver, o para reconciliarme, con un problema vital mío decisivo. De mi deuda para con Gide algo puede entreverse en el estudio que sobre su obra escribí entre 1945 y 1946. La sorpresa, el deslumbramiento que suscitaron en mí muchos de los Morceaux, no podría olvidarlos nunca; allí conocí a Lafcadio, y quedé enamorado de su juventud, de su gracia, de su libertad, de su osadía. No creo que los pocos versos que escribí en 1951 (“In memoriam A.G.”), al morir André Gide, puedan dar al lector cuenta bastante de cuanto significó su obra en mi vida.

Acaso extrañe que no indique lecturas de poetas clásicos, de escritores griegos y latinos, que forman, lo sepamos o no, la columna vertebral de nuestro organismo literario. Desgraciadamente, no tengo conocimiento de la lengua griega, y uno muy deficiente (por incuria adolescente, ya que estudié latín en el bachillerato) del latín. En esta lengua puedo leer algo, usando de lo que en inglés llaman crib. Las traducciones al español de los clásicos, o apenas existen o son rematadamente malas; es cierto, además, que dichas traducciones deben repetirse de cuando en cuando, ya que cada época requiere nuevas traducciones de las obras clásicas, y por excelentes que sean, su lenguaje las hace anticuadas, cosa que no ocurre con el de los textos originales. Ya en francés pude hallar traducciones mejores, aunque con la deformación inevitable, de poetas griegos y latinos.

En cuanto a lecturas filosóficas, la sola palabra filosofía despertaba en mi mocedad una curiosidad intelectual que no reservaba sólo para la poesía. Desgraciadamente, mi curso universitario de historia de la filosofía fue un fracaso. ¿Por culpa mía? ¿Por culpa del profesor? Era éste un anciano que había heredado de su padre, krausista, idéntica profesión filosófica, lo cual acaso tiñera sus lecciones, que, por lo demás, no alimentaron aquella curiosidad mía a que me he referido. Por mi cuenta leí algo de Schopenhauer y de Nietzsche, y poco después, al estudiar economía (cuyo catedrático quedó para mí como ejemplo de la indiferencia y desdén con que cierto tipo de intelectual español, pedante y vanidoso, podía proceder con sus alumnos), llegué a leer, en traducción pésima y podada al extremo, El capital. En realidad, mis lecturas filosóficas no las haría, con cierto provecho, hasta algunos años más tarde, al encontrarme, primero en Glasgow y luego en Cambridge, con una biblioteca universitaria a mi disposición.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 10 Nov 2015, 05:48

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(continuación)


A fines de 1926, creo recordar, Emilio Prados y Manuel Altolaguirre anunciaron desde Málaga la aparición de Litoral y, con sus Suplementos, la de varios libros de poetas nuevos. Salinas, que me había hablado de reunir en volumen los versos que yo tenía escritos por esas fechas, y algunos de los cuales aparecieron ya en la Revista de Occidente, propuso su publicación a Prados y Altolaguirre. Éste respondió pronto, aceptando el librito. Y en abril de 1927 llegó a mis manos el delgado volumen, con su título de Perfil del Aire, la indicación de que era el 4º Suplemento de Litoral, y su pie de imprenta Sur, en Málaga. Junto a mi cama, durante la noche, estuvieron los ejemplares; creo que apenas dormí, y los poetas que recuerden la aparición de su libro primero comprenderán mi desvelo. Salinas estaba en Madrid, durante las vacaciones universitarias de primavera, y uno de los primeros ejemplares que envié fue el suyo. El libro le estaba dedicado.

Poco después cayeron sobre mí, una tras otra, las reseñas acerca de Perfil del Aire: todas atacaban el libro. Pero lo que más me dolió fueron las cortas líneas evasivas con las cuales Salinas me acusó recibo desde Madrid. Las criticas giraban, más o menos, sobre dos puntos: uno, que yo no era “nuevo” o, como algunos decían entonces, con dos términos ridículos que me excuso por repetir ahora, “novimorfo” ni “porvenirista”; el otro era el de imitar a Guillén. A la acusación de no ser “nuevo” el tiempo ha dado la respuesta adecuada; a la de imitar a Guillén, yo mismo he respondido en un escrito (“El Crítico, el Amigo y el Poeta”) y no necesito repetir aquí mis argumentos.

Inexperto, aislado en Sevilla, me sentí confundido. La experiencia me iría indicando luego las causas para aquellos ataques; pero entonces, conociendo cómo a todos los libritos de versos que por aquellos años aparecían en España se les había recibido, por lo menos, con benevolencia, la excepción hecha al mío me mortificó tanto más cuanto que ya comenzaba a entrever que el trabajo poético era razón principal, sino única, de mi existencia.

Mas no conocemos los recursos vitales de que podemos disponer sino cuando la ocasión nos pone a prueba y, aun confundido como quedé, algo en el fondo de mí comenzó a decirme que aquellos ataques no eran justos, que mi libro era otra cosa de lo que aquella gente decía. A tal conclusión me ayudó al mismo tiempo la reacción de algunos frente al ataque. José Bergamín, a quien yo conocía y estimaba, respondió a una de las críticas más enconadas, defendiendo y elogiando el libro. Luego fueron apareciendo otros comentarios favorables; lo curioso es que éstos partieran de medios literarios distantes del madrileño. Entre ellos recuerdo y agradezco el que me dedicaba, en catalán, la gaceta barcelonesa L'Amic de les Arts.

Cuando los versos de Perfil del Aire volvieron a publicarse, con algunas supresiones y correcciones, en la edición primera de La Realidad y el Deseo, el año 1936, les quité el título original, porque ya para entonces mi antipatía a lo ingenioso en poesía me lo había hecho poco agradable. Pero mi conclusión de diez años atrás acerca del libro apenas había cambiado; aunque ahora (1958) , al leer una opinión reciente sobre el mismo, como ésta: “En el año 1927 la poesía española asistió al nacimiento de un libro soberbio, titulado Perfil del Aire”, no deje de parecerme exagerada, como también me lo parecieron antes las opiniones adversas.

Perfil del Aire es el libro de un adolescente, aún más adolescente de lo que lo era mi edad al componerlo, lleno de afanes no del todo conscientes, melancólico, precisamente por la impotencia en que me hallaba para satisfacer esos afanes (“la melancolía no es sino fervor caído”, leí yo entonces en alguna página de Gide); pero, al mismo tiempo, libro de un poeta que, desde el punto de vista de la expresión, sabía más o menos adónde iba. Instintivamente me orientaba ya hacia lo que hoy, reflexivamente, llamaría una expresión coloquial, sorteando, también por instinto, los dos escollos frecuentes en la poesía española durante la década del 20: lo folklórico y lo pedantesco. Mi disgusto ante los manerismos entonces habituales entre los escritores jóvenes me libró de caer en no pocos de sus riesgos consiguientes. Hoy sé que el seguir ciegamente las maneras literarias de la época, tanto como la complacencia para consigo mismo, dan pronto ocasión a las primeras arrugas, y que nada como ambas cosas hace vulnerable ante el tiempo a una obra literaria.

“Aquello que te censuren, cultívalo, porque eso eres tú.” No digo que esa máxima sea sabia, ni prudente, pero yo la puse en práctica poco después de publicar mi primer libro. Porque mis versos siguientes fueron, decididamente, aún menos “nuevos” que los anteriores. Mi amor y mi admiración hacia Garcilaso (el poeta español que más querido me es) me llevaron, con alguna adición de Mallarmé, a escribir la “Égloga”, cuya publicación, abriendo el número primero de Carmen, la marcó Salvador de Madariaga, en un folletón de El Sol, con un elogio subrayado que, lejos de favorecer mi causa en el ambiente literario madrileño, pudo perjudicarla aún más, pues aquel elogio, además de enfrentarle con la posibilidad de que acaso se equivocaba con respecto a mí (“sostenerla y no enmendarla”, como castizamente creo que dice Guillén de Castro), parecía favorecerme a exclusión de los otros poetas entonces jóvenes.

Tras de la “Égloga” escribí la “Elegía” y luego la “Oda”. Tales ejercicios sobre formas poéticas clásicas fueron sin duda provechosos para mi adiestramiento técnico; pero no dejaba de darme cuenta cómo mucha parte viva y esencial de mí no hallaba expresión en dichos poemas. Unas palabras de Paul Éluard, “y sin embargo nunca he encontrado lo que escribo en lo que amo”, aunque al revés, “y sin embargo nunca he encontrado lo que amo en lo que escribo”, cifraban mi decepción frente a aquellas tres composiciones. Al menos, es verdad, me halagaba en ellas ver que comenzaba yo a concebir, y a realizar, que la materia poética era susceptible de amplitud mayor que la acostumbrada entonces entre nosotros.

La mención de Éluard es sintomática de dicho momento mío, porque el superrealismo, con sus propósitos y técnica, había ganado mi simpatía. Leyendo aquellos libros primeros de Aragón, de Breton, de Éluard, de Crevel, percibía cómo eran míos también el malestar y osadía que en dichos libros hallaban voz. Un mozo solo, sin ninguno de los apoyos que, gracias a la fortuna y a las relaciones, dispensa la sociedad a tantos, no podía menos de sentir hostilidad hacia esa sociedad en medio de la cual vivía como extraño. Otro motivo de desacuerdo, aún más hondo, existía en mí; pero ahí prefiero no entrar ahora.

Quería yo hallar en poesía el “equivalente correlativo” para lo que experimentaba, por ejemplo, al ver a una criatura hermosa (la hermosura física juvenil ha sido siempre para mí cualidad decisiva, capital en mi estimación como resorte primero del mundo, cuyo poder y encanto a todo lo antepongo) o al oír un aire de jazz. Ambas experiencias, de la vista y del oído, se clavaban en mí dolorosamente a fuerza de intensidad, y ya comenzaba a entrever que una manera de satisfacerlas, exorcizándolas, sería la de darles expresión; mas, inhábil para conseguirlo, sus ecos me perseguían con una advertencia dramática: el tiempo aquel que yo vivía era el mío, el único de que dispondría, y yo no sabría gozarlo, ni tampoco decir en poesía esa urgencia de todo el ser. Al lector que estime inadecuado a mi experiencia su resultado emotivo, y frívolo éste además, al tratarse sólo, al menos en una de las instancias que mencioné, de una experiencia consistente en oír un aire de jazz, le recordaré aquellas palabras de Rimbaud, cuyo sentido creo posible comparar al de mi experiencia: “Un título de vaudeville erguía espasmos ante mí”.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 11 Nov 2015, 06:13

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(continuación)


En julio de 1928 murió mi madre (mi padre había muerto en 1920) y a comienzos de septiembre dejé Sevilla. La sensación de libertad me embriagaba. Estaba harto de mi ciudad nativa, y aún hoy, pasados treinta años, no siento deseo de volver a ella. Las ciudades, como los países y las personas, si tienen algo que decirnos requieren un espacio de tiempo nada más; pasado éste, nos cansan. Sólo si el diálogo quedó interrumpido podemos desear volver a ellas. ¿Qué será ver siempre la misma faz junto a nosotros al despertar? ¿Las mismas cosas? ¿Las mismas calles? Keats lo dijo: “Better be imprudent moveables than prudent fixtures”. Desde niño me atrajeron los viajes, y el espacio comenzó pronto a obsesionarme; el tiempo, mi otra obsesión, sería, naturalmente, más tardía.

Disponía de algún dinero, lo suficiente para vivir con modestia unos meses, un año. Tras de unos días en Málaga, adonde el mar, que no vi hasta tarde en mi vida, me atraía, además de la ocasión de charlar con Altolaguirre, Prados y José María Hinojosa, otro poeta malagueño cuya muerte terrible no se ha mencionado entre nosotros, me fui a Madrid. Aquellos años la ciudad grande era tema literario muy a la moda, y aunque Madrid no era una ciudad comparable a Berlín o Nueva York, en mi caso resultaba al menos aquella donde yo debía ganarme la vida. Mi grado universitario no podía servirme de mucho, porque era de licenciado en derecho y éste nunca me atrajo. Entrevía también que yo servia a algo que, en mi caso, no admitía se le diese devoción secundaria ni compartida; la poesía. Tenía además horror a lo que el mismo Rimbaud ha llamado “la mano”, el acomodamiento espiritual a un oficio o profesión, y comprendía, no sin terror, ya que la sociedad exige tal acomodamiento de los que deben ganarse la vida, que nunca tendría esa “mano”.

Tras de volver por el Prado, que ya conocía de un viaje anterior a Madrid, una de mis visitas primeras fue a Vicente Aleixandre. Salinas, entre tanto, trataba de que la universidad de Toulouse me aceptara como lecteur d'espagnol durante el curso próximo. Económicamente resultaba bien poca cosa, pero era una primera salida al mundo y  la ocasión de usar de una lengua que conocía en teoría, pero no en la práctica. Madrid me agradaba y, por otra parte, temía comenzar a rodar sin asidero, temor que mi destino ulterior ha justificado y confirmado. Recibido el nombramiento de lector, al despedirme de Salinas un atardecer, con el frío invernal ya cercano, la estufa y la luz encendidas en su casa, me atacó insidiosamente la sensación de algo que yo no tenía, un hogar, hacia el cual, y hacia lo que representa, siempre he experimentado menos atracción que repulsión. Cierto que el deseo de conocer a Francia, país que era el de mi abuelo materno, compensaba aquella nostalgia hogareña.

Aún no había crecido lo bastante para darme cuenta clara de las diferencias entre lo francés y lo español. Toulouse era, como creo que es toda provincia francesa, una ciudad con cosas agradables y cosas sórdidas, y pronto encontré algunos rincones donde me hallaba a disgusto. El trabajo escolar me era difícil, porque no tenía práctica de él; lo que llevaba preparado para mis clases estaba dicho en pocos minutos y el resto de la hora se erguía amenazador frente a mí. Sólo años más tarde adquiriría facilidad para llenar con la explicación de un tema toda una clase.

París, cómo no, me fascinó. Cuando el catedrático de literatura española en Toulouse, antes de salir yo para París, me preguntó qué era lo que más deseaba ver, y le respondí que el Louvre, creo que quedó extrañado. Los museos, aunque en aquellos años andaban en desgracia con algunos jóvenes iconoclastas, me atrajeron siempre. Al pasar por el boulevard Saint-Michel, las librerías, con mesas desbordando libros en mitad de la acera, me detenían largo rato. Pasé allá el tiempo dedicado a ver, a pasear, a leer. Qué deseo sentía de quedarme indefinidamente.

De regreso en Toulouse, un día, al escribir el poema “Remordimiento en traje de noche”, encontré de pronto camino y forma para expresar en poesía cierta parte de aquello que no había dicho hasta entonces. Inactivo poéticamente desde el año anterior, uno tras otro, surgieron los tres primeros poemas de la serie que luego llamaría “Un Río, un Amor”, dictados por un impulso similar al que animaba a los superrealistas. Ya he aludido a mi disgusto ante los manerismos de la moda literaria, y acaso deba aclarar que el superrealismo no fue sólo, según creo, una moda literaria, sino además algo muy distinto: una corriente espiritual en la juventud de una época ante la cual yo no pude, ni quise, permanecer indiferente.

Dado mi gusto por los aires de jazz, recorría catálogos de discos y, a veces, un título me sugería posibilidades poéticas, como éste de “I want to be alone in the South”, del cual salió el poema segundo de la colección susodicha, y que algunos, erróneamente, interpretaron como expresión nostálgica de Andalucía. En París había visto la primera película sonora, Sombras blancas en los mares del Sur, también me dio ocasión para el tercer poema de la colección, Aún recuerdo, cuando subía al piso segundo del cine, que creo era uno próximo a los Campos Elíseos, si no estaba en los mismos, cómo llegó hasta mí el rumor del mar, fondo de aquella cinta. Uno de los letreros de cierta película muda que vi en Toulouse me deparó esta frase para mí curiosa: En (no recuerdo el nombre de lugar que se mencionaba) los caminos de hierro tienen nombres de pájaro”, y lo usé, como en un collage, dentro del poemilla llamado “Nevada”.

Ya en Madrid, durante el verano de 1929, continué escribiendo los poemas que forman la serie, terminándola. Antes había tenido cierta dificultad en usar del verso libre; con el impulso que entonces me animaba, la dificultad quedó vencida, llegando a veces, tanto en “Un Río, un Amor” como en la colección siguiente, “Los Placeres Prohibidos”, a utilizar versos de extensión considerable, en realidad versículos. Prescindí de la rima, consonante o asonante, y apenas si, desde entonces, he vuelto a usar la primera. Lo curioso es que, a pesar de ambas cosas, verso libre y ausencia de rima, en ocasiones sea visible en alguna de tales composiciones, (por ejemplo “Estoy cansado”) una intención análoga a la de la canción; creo que siempre ha sido constante en mis versos, aunque a intervalos, la aparición del poema-canción. Pero no quería repetir la forma y la manera de las canciones medievales, ni de las letrillas, sino, con impulso semejante, conseguir otra expresión. Inútil añadir que nadie se dio cuenta de mi propósito.

Poco a poco fui siguiendo el camino que me llevaba hacia un tipo de poesía en la cual lo que yo quería decir me parecía más urgente que lo que resultara al seguir los laberintos de la rima. Es cierto que algunos poetas creyeron cómo sus hallazgos más felices fueron deparados por ese azar de la rima; respetando su parecer, no creí conveniente imitarles, prefiriendo seguir el hilo de mi pensamiento a dejarme conducir, lejos de él, por la rima. Lo maravilloso de la poesía es la posibilidad  inagotable que hay en ella, por lo cual ningún poeta, aun siendo de los mayores, puede darnos, si no alguna o algunas de dichas posibilidades, un punto de vista limitado con respecto a la vasta poesía.

La afición al cine hacía que me interesaran los Estados Unidos, ya que las películas norteamericanas eran las más cotizadas entonces, y la vida allá la que más cercana parecía al ideal juvenil, sonriente y atlético, que no pocos mozos se trazaban entonces. Nombre de ciudades o de Estados de aquel país dieron pretexto a algunos de mis versos. No se olvide, por otra parte, que los países “artísticos”, como Italia, habían caído en descrédito entre muchos de nosotros, descrédito en parte atribuible a los viejos desplantes esteticistas de d'Annunzio y a los otros políticos, más recientes en fecha, del Duce. Sin embargo, una de las cosas cuya falta hoy más lamento en mi vida es no haber conocido Italia en mi juventud. Mas eran las grandes ciudades modernas las que entonces nos atraían.

Seguí leyendo las revistas y los libros del grupo superrealista; la protesta del mismo, su rebeldía contra la sociedad y contra las bases sobre las cuales se hallaba sustentada, hallaban mi asentimiento. España me aparecía como país decrépito y en descomposición; todo en él me mortificaba e irritaba. No sé si, de haber tenido la suerte d nacer en otra tierra, ésta me hubiera parecido tan desagradable. Hoy reconozco que entonces, al menos, nadie me hubiera impedido decir tal opinión y comprendo que me formé y eduqué en mi tierra cuando aún se respetaban en ella ciertas libertades humanas sin las cuales el hombre casi deja de serlo: el proceso de descomposición nacional estaba menos avanzado de lo que está hoy.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 12 Nov 2015, 12:03

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(continuación)


Como consecuencia de tal descontento ciertas voces de rebeldía, a veces matizadas de violencia, comenzaron a surgir, aquí o allá, entre los versos que iba escribiendo. La caída de la dictadura de Primo de Rivera y el resentimiento nacional contra el rey, que había permitido su existencia, si no la había traído él mismo, suscitaban un estado de inquietud y de trastorno. Mi antipatía al conformismo me hacía difícil a veces el trato con aquellos pocos escritores a quienes conocía, repugnándome el fondo burgués que adivinaba en ellos. Unas palabras que, a petición de Gerardo Diego, escribí como introducción a la selección de algunos versos míos, destinados a publicarse, en 1931, en su antología Poesía española, expresaban, creo que fielmente, aquel descontento. A pesar de todo, en Aleixandre hallé entonces la amistad, la camaradería casi completas que antes no hallara en nadie. Las tardes que pasábamos juntos eran uno de los pocos momentos de agrado y distensión con que contaba. Y no sólo era la compañía de Aleixandre; a Federico García Lorca, que sólo había visto una vez en Sevilla, en 1927, le volví a encontrar en casa de Aleixandre, de regreso de su viaje, durante un año, por Estados Unidos y Cuba. Como ocurre siempre, cuando la única escapada es a través de la conversación, terminada la visita salía yo excitado y descontento.

Entre tanto había hallado un trabajo que, a cambio de la ocupación entera de mi jornada, me dejaba dinero bastante para pasar de un día al otro, lo cual sería casi siempre mi situación económica, aunque luego, afortunadamente, con bastantes menos horas de trabajo y éste de índole más llevadera. “Un Río, un Amor” estaba terminado: en 1931 comencé “Los Placeres Prohibidos”. Los poemas de una y otra colección los escribí, cada uno, de una vez y sin correcciones; la versión que años más tarde publiqué de ellos era la misma que me deparó el impulso primero. A diferencia de las dos colecciones anteriores, de las cuales las “Primeras Poesías” sufrieron algunas correcciones, no sólo antes de publicarlas en Perfil del Aire, sino al reeditarlas, en 1936, en La Realidad y el Deseo. Aunque no tantas correcciones como los tres poemas “Égloga, Elegía, Oda”, que pertenecen a ese tipo de composición que, a través de los años, exigió de mí borradores numerosos o “estados sucesivos, hasta que el poema adquiere su forma final. El arte de la poesía requiere unas veces el toque ligero y otras el toque insistente, pero en ambos casos el resultado debe confundir la paciencia con la sorpresa.

Desde que comencé a escribir versos me preocupaba a veces la intermitencia que ocurría, a pesar mío, en el impulso para escribirlos. Éste no dependía de mi voluntad, sino que se presentaba cuando quería; una experiencia inaplacable, una necesidad expresiva, eran, por lo general, su punto de arranque. El impulso exterior podía depararlo la lectura de algunos versos de otro poeta, oír unas notas de música, ver a una criatura atractiva; pero todos esos motivos externos eran sólo el pretexto, y la causa secreta un estado de receptividad, de acuidad espiritual que, en su intensidad desusada, llegaba, en ocasiones, a sacudirme con un escalofrío y hasta a provocar lágrimas, las cuales, innecesario es decirlo, no se debían a una efusión de sentimientos. Aprendí a distinguir entre lo que pudiera llamar la causa aparente y la causa real de aquel estado a que acabo de referirme y, al tratar de dar expresión a su experiencia, vi que era la segunda la que importaba, aquella de la cual debía partir el contagio poético para el lector posible.

En ocasiones dichos períodos de sequedad o esterilidad eran de unos meses, de un año, de dos; poco a poco fui viendo cómo, lejos de ser períodos estériles, eran períodos de descanso y de renuevo, igual que los del sueño lo son para el cuerpo y, después de ellos, al volver a escribir, observaba que mi trabajo se había enriquecido y transformado. De lo cual comprendí que no sólo eran provechosos, sino necesarios, resultando en el crecimiento y desarrollo d la mente. Pero conviene que el poeta no se abandone durante tales períodos de inactividad involuntaria, sino que cultive asiduamente la lectura, la música, los viajes, todo aquello que conoce como fructífero para alimentarle y renovarle. Aparte de que también le es posible el trabajo literario de otro orden cuando el impulso poético no le anima.

El período de descanso entre “Los Placeres Prohibidos” y Donde habite el Olvido, aunque apenas marcado por un lapso de tiempo, aparte de la experiencia amorosa que dio ocasión a muchas composiciones de la segunda colección citada, representó también el abandono de mi adhesión al superrealismo. Éste había deparado ya su beneficio, sacando a la luz lo que yacía en mi subconsciencia, lo que hasta su advenimiento permaneció dentro de mí en ceguedad y silencio. Ya no tenía necesidad del superrealismo y comenzaba a ver, por otra parte, la trivialidad, el artificio en que degeneraba al convertirse en fórmula poética. La lectura de Bécquer, o mejor, la relectura del mismo (el título de la colección es un verso de la Rima LXVI), me orientó hacia una nueva visión y expresión poéticas, aunque todavía apareciesen en ellas, aquí o allá, algunos relámpagos o vislumbres de la manera superrealista.

En Ocnos, “Aprendiendo Olvido”, me he referido a la anécdota personal que está tras los versos de Donde habite el Olvido. La historia era sórdida, y así lo vi después de haberla sobrepasado; en ella mi reacción había sido demasiado cándida (mi desarrollo espiritual fue lento, en experiencia amorosa también) y demasiado cobarde. Son necesarios, además, algunos años, aunque no sabría decir cuántos, para aprender, en amor, a regir la parte de egoísmo que, no del todo conscientemente, arriesgamos en él. Si la sección segunda de La Realidad y el Deseo es una de las cosas que menos me satisface en el libro, también es de ésas la sección quinta, Donde habite el Olvido, aunque no por motivos estéticos, como la “Égloga, Elegía, Oda”, sino éticos, y su relectura me produce rubor y humillación.

Importa que el poeta se dé cuenta de cuándo acaba una fase y comienza otra en su desarrollo espiritual; mientras el poeta está vivo, es decir, mientras no se agote su capacidad creadora, esa mutación ocurre de modo natural, como la de las estaciones del año, nutriéndose de cuanto le depara nuestro vivir. Creo que es necesidad primera del poeta el reunir experiencia y conocimiento, y tanto mejor mientras que más variados sean. Unas palabras de Empédocles, aunque desligadas de su sentido original, referentes según creo a la transmigración de las almas, “porque antes de ahora he sido un muchacho y una muchacha, una matorral y un pájaro, y un pez torpe en el mar”, me parecen expresar a maravilla esa sucesión varia y múltiple de experiencia y conocimiento que el poeta requiere, a falta de la cual su obra resulta pálida y estrecha. En mi caso particular, el cambio repetido de lugar, de país, de circunstancias, con la adaptación necesaria a los mismos, y la diferencia que el cambio me traía, sirvió de estímulo, y de alimento, a la mutación. No indico, de otra parte, cuánto pudo ayudarme ahí la necesidad de aprender lenguas nuevas, con la riqueza que la poesía de esas lenguas aportaba a mi acervo.

En 1934 comencé a componer los poemas de “Invocaciones a las gracias del Mundo”, título que, en la edición tercera de La Realidad y el Deseo, quedó reducido a “Invocaciones”, por llegar a parecerme engolado y pretencioso. Al comenzar dichos poemas, cansado de los poemitas breves a la manera de Machado y Jiménez, poetas que habían perdido quizá el sentido de lo que es composición, percibí que la materia a informar en ellos exigía mayor dimensión, mayor amplitud; al mismo propósito ayudaba el que por entonces me sintiera capaz (perdóneseme la presunción) de decirlo todo en el poema, frente a la limitación mezquina de aquello que en los años inmediatos anteriores se llamó poesía “pura”. Fueran cuales fueran los efectos benéficos de aquella pretensión a decirlo todo en el verso, efectos entre los cuales me permitiría indicar el de ampliar mis límites de la experiencia poética, que los “puros” redujeron hasta el enrarecimiento, en mi caso hubo, además, por torpeza mía, uno perjudicial: hacerme divagar no poco, sobre todo al comienzo de ciertos poemas en dicha colección. Se nota también, en el tono de los mismos, ampulosidad; de ahí que me parezca absurda la pretensión de algunos de que “El Joven Marino” sea el poema mejor que yo haya escrito. En realidad si les parece así es a causa de esos dos defectos que acabo de indicar, garrulería y ampulosidad, que tan característicos son de nuestros gustos literarios tradicionales.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 13 Nov 2015, 14:14

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(continuación)


Más que mediada ya la colección, antes de componer el “Himno a la Tristeza”, comencé a leer y a estudiar a Hölderlin, cuyo conocimiento ha sido una de mis mayores experiencias en cuanto poeta. Cansado de la estrechez en preferencias poéticas de los superrealistas franceses, cosa natural en ellos, como franceses que eran, mi interés de lector comenzó a orientarse hacia otros poetas de lengua alemana e inglesa y, para leerlos, trataba de estudiar sus lenguas respectivas.

Vivía entonces en Madrid Hans Gebser, poeta alemán que, con la ayuda de un amigo inglés, Roy Winstone, traducía los textos para una antología de los poetas de mi generación, la cual se publicaría en Berlín poco tiempo antes de comenzar la guerra civil. De ahí la ocasión de nuestro conocimiento, y gracias a él pude poner en práctica mi propósito de estudiar a Hölderlin, de quien había leído algo. Con la colaboración de Gebser, emprendí luego la traducción de algunos poemas; pocas veces, excepto en mi traducción de Troilus and Cressida, de Shakespeare, he trabajado con fervor y placer igual. Al ir descubriendo, palabra por palabra, el texto de Hölderlin, la hondura y hermosura poética del mismo parecían levantarme hacia lo más alto que pueda ofrecernos la poesía. Así aprendía, no sólo una visión nueva del mundo, sino, consonante con ella, una técnica nueva de la expresión poética. Los poemas que entonces traduje aparecieron en Cruz y Raya a comienzos de 1936.

Mi conocimiento de la lengua alemana era menos que elemental, y tuve que dejarme guiar por Gebser; de ahí uno de los errores más enojosos en la traducción, error que no comprendí sino años después: el del verso final en el poema “Hälfte des Lebens” que dice “Klirre die Fahnen”, interpretado como “restallan las banderas”, en vez de “rechinan las veletas”, que es la interpretación justa. Este y otros puntos de mi traducción hubiera querido rectificarlos en la publicación segunda de la misma, que hizo la editorial Séneca de México en 1942; pero yo estaba entonces en Escocia, y José Bergamín, director de la editorial, no tuvo a bien enterarme de la reimpresión.

Después de Perfil del Aire sólo había alcanzado a publicar dos libritos más: Donde habite el Olvido, en 1934, y El Joven Marino, en 1936. Ese no hallar ocasión de editar mis versos inéditos, enojoso aunque me pareciera, no sólo me permitió espacio para reflexionar sobre mi trabajo y corregirlo, sino que me sugirió la posibilidad de reunirlo todo bajo el título general de La Realidad y el Deseo. La ocasión surgió en 1936, cuando José Bergamín aceptó la publicación del libro en la ediciones de Cruz y Raya.

En otra ocasión he aludido a que me parecen existir, con respecto a la acogida que los lectores les dispensan, dos tipos de obras literarias: aquéllas que encuentran a su público hecho y aquéllas que necesitan que su público nazca; el gusto hacia las primeras existe ya, el de las segundas debe formarse. Creo que mi trabajo corresponde al segundo tipo, y la lentitud del mismo en parecer estimable (la cual, por cierto, corresponde a la lentitud, a que antes aludí, de mi desarrollo espiritual) ayudó a que, al publicarse La Realidad y el Deseo en 1936, contara ya con la simpatía de algunos lectores. Desgraciadamente, la guerra civil, que empezó poco después de aparecer el libro, impidió que pudiese darme cuenta de aquella simpatía naciente.

Antes de comenzar la guerra estaba yo para marchar a París, como secretario del embajador don Álvaro de Albornoz. Los acontecimientos precipitaron mi marcha y, no sin alguna posibilidad de que me ocurriera un lance que pudo poner término a mi viaje y ami existencia, cosa entonces frecuente, llegué a París, donde estuve desde julio a septiembre. Entre los libros aque compré entonces estaba la Antología griega, texto griego y traducción francesa, editada en la colección Guillaume Budé. Menciono su adquisición porque esos breves poemas, en su concisión maravillosa y penetrante, fueron siempre estímulo y ejemplo para mí.

La estancia en París fue breve; al regresar el embajador a Madrid, regresé con él y con su familia. La nostalgia natural de dejar París se unía a lo incierto y difícil de la situación española. Al principio de la guerra, mi convicción antigua de que las injusticias sociales que había conocido en España pedían reparación, y de que ésta estaba próxima, me hizo ver en el conflicto no tanto sus horrores, que aún no conocía, como las esperanzas que parecía traer para lo futuro. Desnudas frente a frente vi, de una parte, la sempiterna, la inmortal reacción española, viviendo siempre, entre ignorancia, superstición e intolerancia, en una edad media suya propia; y, de otra (yo en pleno wishful thinking), las fuerzas de una España joven cuya oportunidad parecía llegada. Luego me sorprendería, no sólo la suerte de salir indemne de aquella matanza, sino la ignorancia completa de ella en que estuve, aunque ocurriera en torno mío.

Ninguna otra vez en mi vida he sentido como entonces el deseo de ser útil, de servir; ya un cínico famoso (creo que era Talleyrand) advirtió a unos diplomáticos jóvenes: “Y sobre todo, nada de celo”. En efecto, el celo, paradójicamente, de poco sirve y siempre es observado por los otros, en la víctima del mismo, con desconfianza. Afortunadamente mi deseo de servir no sirvió para nada y para nada me utilizaron, La marcha de los sucesos me hizo ver poco a poco que no había allí posibilidad de vida para aquella España con que me había engañado. Al margen de todo, no pensé en salir de allí, que hubiera sido lógico, dada mi opinión sobre la situación española; todavía me parecía que, trabajando en lo que siempre fuera mi trabajo, la poesía, estaba al menos al lado de mi tierra y en mi tierra.

Algo de eso quise expresar en los poemas escritos durante el año primero de la guerra civil, que luego formaron parte de Las Nubes. La muerte trágica de Lorca no se apartaba de mi mente. En las noche del invierno de 1936 a 1937, oyendo el cañoneo en la ciudad universitaria, en Madrid, leía a Leopardi. El tono de mis versos se hacía quizá menos ditirámbico y su extensión iba reduciéndose, usando de preferencia una combinación básica de versos endecasílabos y heptasílabos.

Alguna ocasión se me ofreció para irme de España, pero no sé si, de haberla aprovechado, llegaran a permitírmelo. En febrero de 1938 un amigo inglés, el cual, sin saberlo yo, había gestionado desde Londres que el gobierno de Barcelona me otorgara pasaporte con destino a Inglaterra, para dar unas conferencias, me avisó de que podía emprender el viaje. No creía que mi ausencia durase más de uno o dos meses, creencia que sin duda me facilitó la aceptación del proyecto. Pero mi ausencia ha durado ya, a estas fechas, más de veinte años. A ese amigo, Stanley Richardson, que murió en Londres en 1940, durante un bombardeo, debo haberme salvado de los riesgos eventuales, después de terminada la guerra civil, si su final me alcanza en España. Al comienzo de aquélla estuve en ignorancia de la persecución y matanza de tantos compatriotas míos (los españoles no han podido deshacerse de una obsesión secular: que dentro del territorio nacional hay enemigos a los que deben exterminar o echar del mismo), mas luego adquirí una consciencia tal de esos sucesos, que enturbiaba mi vida diaria; hasta el punto de que, fuera de mi tierra, tuve durante años cierta pesadilla recurrente: me veía allá, buscado y perseguido. Sufrir de tal sueño es cosa que, simbólicamente, me enseñó bastante respecto a mi relación subconsciente con España.

No conocía Inglaterra, aunque fuera país que desde mi niñez me interesó, sin duda por esa atracción de contrarios que tan necesaria es en la vida, ya que la tensión entre ellos resulta, al menos para mí, fructífera: mi sur nativo necesitaba del norte, para completarme. Londres me decepcionó al principio, esperaba ver otra ciudad de encanto exterior, como París. Para gustar de Londres, como de toda Inglaterra, para sentir su encanto íntimo, hecho de tradición filtrada a través de los años, matizada por la idiosincrasia nacional, hace falta tiempo. Y eso era, precisamente, lo que yo no quería tener entonces, tiempo; movido por la nostalgia de mi tierra, sólo pensaba en volver a ella, como si presintiera que, poco a poco, me iría distanciando hasta llegar a serme indiferente volver o no. De otra parte, pocos extranjeros, sobre todo de los países meridionales, dejan de experimentar en Inglaterra cierta humillación, nacida de la inferioridad inevitable ante el dominio del inglés sobre sí mismo y sobre el contorno, ante sus maneras, naturalmente tan delicadas, que muestran, por contraste, la tosquedad, la rudeza de las nuestras. Inglaterra es el país más civilizado que conozco, aquel donde la palabra civilización alcanzó su sentido pleno. Ante esa superioridad no hay sino someterse, y aprender de ella, o irse.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 14 Nov 2015, 14:05

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(continuación)


Y eso fue lo que hice: sin dinero, como de costumbre, sin conocer todavía la lengua, mortificado ante la perfección de la convivencia humana inglesa, después de unos cuatro meses de estancia, en julio marché a París, camino de España. Mas las noticias que allá me dieron acerca de la guerra civil, y mi escaso deseo de volver a asistir impotente a la ruina de mi tierra, me detuvieron. Fue aquella una de las épocas más miserables de mi vida: sin recursos, como dije, sin trabajo, sólo la compañía y ayuda de otros amigos y conocidos cuya situación era semejante a la mía, me permitieron esperar y salir adelante.

Cuando dejé España llevaba conmigo unos ocho poemas nuevos; en Londres, movido por las emociones encontradas a que ya me referí, escribí seis más. La mayor parte de unos y de otros estaba dictada por una conciencia española, por una preocupación patriótica que nunca he vuelto a sentir. Entre los pocos libros que tenía conmigo, estaba la antología Poesía española, de Diego, y en ella releí a Unamuno y Machado, hallando en sus versos respuesta y alimento para aquella preocupación a que acabo de aludir. A dicho tipo de composiciones añadí otro dictado por el contorno mío de entonces, unas veces francés (como “La Fuente” cuyo motivo y fondo lo deparó el jardín de Luxemburgo), otras inglés, aunque el número de éstas habría de acrecerse a mi regreso a Inglaterra. Porque Stanley Richardson me avisó en septiembre de que Cranleigh School, en Surrey, me aceptaba como ayudante del profesor de español. Regresé, pues, a Inglaterra y en enero de 1939 pasé, de Cranleigh School, a la universidad de Glasgow, y de allí a la Cambridge en 1943.

Si no hubiese regresado, aprendiendo la lengua inglesa y, en lo posible, a conocer el país, me faltaría la experiencia más considerable de mis años maduros. La estancia en Inglaterra corrigió y completó algo de lo que en mí y en mis versos requería dicha corrección y compleción. Aprendí mucho de la poesía inglesa, sin cuya lectura y estudio mis versos serían hoy otra cosa, no sé si mejor o peor, pero sin duda otra cosa. Creo que fue Pascal quien escribió: “No me buscarías sino me hubieras encontrado”, y si yo busqué aquella experiencia y enseñanza de la poesía inglesa fue porque ya la había encontrado, porque para ella estaba predispuesto.

Por otra parte, el trabajo de las clases me hizo comprender como necesario que mis explicaciones llevaran a los estudiantes a ver por sí mismos aquello de que yo iba a hablarles; que mi tarea consistía en encaminarles y situarles ante la realidad de una obra literaria española. De ahí sólo había un paso a comprender que también el trabajo poético creador exigía algo equivalente, no tratando de dar sólo al lector el efecto de mi experiencia, sino conduciéndole por el mismo camino que yo había recorrido, por los mismos estados que había experimentado y, al fin, dejarle solo frente al resultado.

En Cranleigh, durante los meses de otoño que allí estuve, mientras Inglaterra y el mundo atravesaban la crisis que culminó en la visita de Chamberlain a Hitler, cierta calma melancólica fue invadiéndome, y apareciendo en los versos escritos entonces, después de la tormenta de la guerra civil. “Lázaro”, una de mis composiciones preferidas, quiso expresar aquella sorpresa desencantada, como si, tras de morir, volviese otra vez a la vida. Sin duda, no pocos de los estudiantes con quienes me cruzaba por los campos que rodeaban la escuela, morirían pocos años después, en la segunda guerra mundial, que la tregua de Munich sólo demoró, como aquellos otros cuyos nombres podían leerse allí, en un cenotafio, muertos en la primera. Para mi abatimiento, el campo aquel de Surrey era marco de la nostalgia aguda que sentía de mi tierra, mi ambiente, mis amistades españolas.

Continué la lectura, ya comenzada la primavera anterior, de algunos poetas ingleses. Leía, simultáneamente, alguna comedia de Shakespeare, Blake, Keats; acostumbrado al ornato verbal, barroco en gran parte, de la poesía española, que de manera sutil me parecía repetirse en la francesa, me desconcertaba no hallarlo en la inglesa o, al menos, que ésta no hiciera del mismo, como los españoles y los franceses, razón de ser para la poesía. Pronto hallé en los poetas ingleses algunas características que me sedujeron: el efecto poético me pareció mucho más hondo si la voz no gritaba ni declamaba, ni se extendía reiterándose, si era menos gruesa y ampulosa. La expresión concisa daba al poema contorno exacto, donde nada faltaba ni sobraba,como en aquellos epigramas admirables de la antología griega.

Aprendí a evitar, en lo posible, dos vicios literarios que en inglés se conocen, uno, como pathetic fallacy (creo que fue Ruskin quien le llamó así), lo que pudiera traducirse como engaño sentimental, tratando de que el proceso de mi experiencia se objetivara, y no deparase sólo al lector su resultado, o sea, una impresión subjetiva; otro, como purple patch o trozo de bravura, la bonitura y lo superfino de la expresión, no condescendiendo con frases que me gustaran por sí mismas y sacrificándolas a la línea del poema, al dibujo de la composición. Ya se recordará, cómo, en general, mi instinto literario tendía a prevenirme contra riesgos tales. Algo que también aprendí de la poesía inglesa, particularmente de Browning, fue el proyectar mi experiencia emotiva sobre una situación dramática, histórica o legendaria (como en “Lázaro”, “Quetzalcóatl”, “Silla del Rey”, “El César”), para que así se objetivara mejor, tanto dramática como poéticamente. La luz, los árboles, las flores del paisaje inglés comenzaron a aparecer en mis versos, para matizarlos con un colorido y claroscuro nuevos. Así fue el norte completando en mí, meridional, la gama de emociones sensoriales.

Mas ese efecto de la lectura de los poetas ingleses acaso fuera más bien uno acumulativo o de conjunto que el aislado o particular de tal poeta determinado. Al decir eso debo añadir cómo Shakespeare me apareció entonces, y así me aparecería siempre, como poeta que no tiene igual en otra literatura moderna; acaso represente para mí lo que Dante representa para algunos poetas ingleses, completando en éstos, poetas nórdicos, lo que Shakespeare completa en mí, poeta meridional, aunque entre Dante y Shakespeare no hay otra correlación que la de su grandeza respectiva. Al mismo tiempo que a los poetas leía a los críticos de la poesía, que en Inglaterra son bastantes y de importancia excepcional: las Vidas de los poetas, del Dr. Johnson, la Biografía literaria, de Coleridge, las cartas de Keats, los ensayos de Arnold y Eliot. Me interesaba ya el camino que habían seguido los poetas ingleses para llegar a estos poemas que iba conociendo, así como lo que pensaron acerca de la poesía y las cuestiones concernientes a ella.

En 1940, durante mi estancia en Glasgow, Bergamín publicó en México la edición segunda de La Realidad y el Deseo, aumentada con la sección VII, “Las Nubes”, la cual, comenzada en Madrid, como dije, y continuada en Londres, París y Cranleigh, terminé en Glasgow el año ya mencionado. Una edición separada de Las Nubes, edición pirata, por cierto, apareció en Buenos Aires en 1943. Había temido yo que la situación en España, después de terminada la guerra civil, no fuera favorable para nosotros, los poetas y escritores idos, y que mi trabajo, apenas comenzado a publicarse en 1936, quedaría olvidado y desconocido de los jóvenes. Que de mis versos se hiciera, no sólo una edición segunda, sino hasta una edición pirata, me permitió vislumbrar para el mismo posibilidades menos pesimistas.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 15 Nov 2015, 16:37

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(continuación)


Ni Glasgow ni Escocia me resultaban agradables. A partir de 1941 comencé a pasar en Oxford los meses de vacaciones estivales. En sus librerías, aunque la guerra también repercutiese en ellas, tanto por lo que atañía a la edición de libros ingleses como por la dificultad o imposibilidad de obtener los extranjeros, hallé no pocos libros de poesía o sobre poesía, nuevos o de ocasión, que iba leyendo y estudiando. El regreso a Escocia me deprimía en extremo. Durante uno de esos períodos de vacaciones en Oxford, en el verano de 1941, comencé allá Como quien espera el Alba, lo continué en Glasgow y lo termine en Cambridge en 1944. El otoño, invierno y primavera de 1941 a 1942 fue uno de los períodos de mi vida cuando más requerido me vi por temas y experiencias que buscaban expresión en el verso; a veces, no terminado aún un poema, otro requería surgir. No pocas veces he oído que el poeta debe desconfiar de tales períodos de abundancia; no sé. El resultado de aquel mío está ahí y, a pesar de todo, Como quien espera el Alba es quizá una de las colecciones de mis versos donde más cosas hay que prefiero.

El traslado a la universidad de Cambridge me alegró mucho. La tarde en que debía tomar el tren camino de Londres y Cambridge, dejando al fin Escocia, fui por última vez a la universidad y, deteniéndome en el quadrangle, miré bien a todos lados (a la antipatía, lo mismo que a la simpatía, también puede en alguna ocasión complacerle el demorar la mirada sobre el objeto de ella). Luego me fui. Rara vez me he ido tan a gusto de sitio alguno. Durante los dos años de estancia en Cambridge, de 1943 a 1945, viví en Emmanuel College, y quienes conozcan los colegios de Cambridge y Oxford saben el encanto que tienen. El trabajo escolar me permitía, lo mismo que me permitió en Glasgow, el uso de la biblioteca universitaria.

Entre mis lecturas de esos años quisiera mencionar cómo, ya en Glasgow, había comenzado todas las noches a leer, por costumbre, una vez acostado, algunos versículos de la Biblia en traducción inglesa; de dicha lectura quizá debe quedar huella, entre otros versos, en algunos de los de Como quien espera el Alba. Lectura diferente fue la de las Conversaciones de Goethe con Eckermann y la de la correspondencia entre Goethe y Schiller. Ambos libros nos acercan tanto a Goethe que en ellos parece asistiéramos a su vida diaria y a la marcha de su pensamiento. Su correspondencia con Schiller, además, es lectura especialmente ejemplar y fecunda para un poeta. En Cambridge comencé a leer a Kierkegaard, que me atrajo profundamente, buscando, en traducción inglesa, no pocas de sus obras.

También continué durante esos mismos años formando, en lo posible, mi educación musical. Ya desde Sevilla acostumbraba yo a asistir a conciertos, y en Inglaterra no sólo pude satisfacer ampliamente mi gusto hacia la música, sino la necesidad que siento de ella. La música ha sido para mí, aún más quizá que otra de las artes, la que prefiero después de la poesía. En Londres fue donde mejores ocasiones tuve para escuchar música; no olvido una serie de conciertos semanales dedicados a toda la música de cámara de Mozart. Porque Mozart es el artista a quien debo haber gozado del más puro deleite; y al escribir eso recuerdo cómo algunos discuten acerca de que el arte debe “comprometerse”, ser útil. No conozco obra de arte comprometido que me haya servido tanto, ni mejor, en su pureza irreductible, como la de Mozart.

La terminación de la guerra me alcanzó en Cambridge, y a esos años alude el título de Como quien espera el Alba, ya que entonces sólo parecía posible esperar, esperando el fin de aquel retroceso a un mundo primitivo de oscuridad y de terror, en medio del cual Inglaterra era como el arca cerrada donde Noé sobrevivió a las aguas del diluvio. Llevaba yo no pocos años de vivir en Inglaterra, pero mi actitud acerca del país y del carácter nacional seguía siendo ambivalente, lo cual se echa de ver en todos aquellos poemas míos de fondo o tema inglés. No olvido, ni es fácil que olvide, cuanto de admirable había conocido allí: qué diferencia entre lo que vi en mi tierra durante la guerra civil y lo que vi en Inglaterra durante la segunda guerra mundial, en previsión, en sentido común, en esfuerzo callado.

Ejemplo del valor sin gestos ni palabras, que es el del inglés, quisiera recordar ahora cómo les vi comportarse, en un hotel de Liverpool, durante uno de aquellos bombardeos con los cuales la Luftwafe trataba de dominarles por el terror. Estaba yo sentado en el lounge del hotel; en torno de mí otros huéspedes, hombres y mujeres, leían o charlaban quedamente. Al oírse las sirenas anunciando la proximidad de los aviones enemigos y, luego, más que cercana, la explosión de las bombas, ni uno solo de ellos se movió: todos siguieron callados, en la misma actitud en que les sorprendiera el ataque. Cuando algún tiempo después volví a Liverpool, nada quedaba en pie del centro de la ciudad, incluso aquel hotel donde yo me hospedara. No es Inglaterra, ni son los ingleses, gente que atraiga fácilmente el afecto, al menos el mío; pero no conozco tierra ni gente hacia las que sienta igual admiración y respeto.

Antes de dejar Cambridge, comencé “Vivir sin estar Viviendo”, que continué en Londres, adonde me fui en 1945. A partir de la lectura de Hölderlin había comenzado a usar en mis composiciones, de manera cada vez más evidente, el enjambement, o sea el deslizarse la frase de unos versos a otros, que en castellano creo que se llama encabalgamiento. Eso me condujo poco a poco a un ritmo doble, a manera de contrapunto: el del verso y el de la frase. A veces ambos pueden coincidir, pero otras diferir, siendo en ocasiones más evidente el ritmo del verso y otras el de la frase. Este último, el ritmo de la frase, se iba imponiendo en algunas composiciones de manera que, para oídos inexpertos podía prestar a aquéllas aire anómalo. En ciertos poemas míos, que constituyen un monólogo dramático, entre los cuales se encuentran algunas de mis composiciones preferidas, el verso queda como ensordecido bajo el dominio del ritmo de la frase. Desde temprano me agradó poco el verso de ritmo demasiado acusado, con su monotonía inevitable, y nunca quise usar, por ejemplo, el ritmo trocaico ni tampoco, uniforme en una composición, el verso dodecasílabo. Si en el verso hay música, mi preferencia se orientó hacia la “música callada” del mismo.

Con lo dicho se relaciona íntimamente mi escasa simpatía por la rima, y mucho más si es “rica”, dejando de usarla, como antes dije, a partir de 1929. Igual antipatía tuve siempre al lenguaje suculento e inusitado, tratando siempre de usar, a mi intención y propósito, es decir, con oportunidad y precisión, los vocablos de empleo diario: el lenguaje hablado y el tono coloquial hacia los cuales creo que tendí siempre. Las palabras de J.R. Jiménez, “Quien escribe como se habla irá más lejos en lo porvenir que quien escribe como se escribe”, me parecen una de sus máximas más justas. No digo que no se halle en mis versos excepción a estas preferencias que vengo indicando; no siempre puede el escritor, ni sabe, ser fiel a sus gustos, y también en poesía, como en todo, el azar nos conduce en ocasiones, no siempre mal, contra nosotros mismos. La relectura de mis versos, hecha recientemente, al corregir pruebas para la edición tercera de La Realidad y el Deseo, constituyó un ejercicio ascético, mortificante de la vanidad, ya que pocas composiciones parecían concertarse, y aún en éstas el concertamiento sólo era fragmentario, con las predilecciones estilísticas y preferencias expresivas que acabo de indicar.

Sentí dejar Cambridge, y aunque un trabajo equivalente me aguardaba en Londres, en el Instituto Español, el ambiente no era tan atractivo. Es verdad que en Londres contaba con teatros, conciertos, librerías numerosas, y si no añado los museos es porque éstos, vacíos durante la guerra, sólo poco a poco iban recobrando algunos de sus tesoros. Tuve que irme a Estados Unidos sin poder ver nuevamente las antigüedades griegas del Museo Británico. En Cambridge había escrito los ocho poemas primeros de “Vivir sin estar Viviendo”, y a ellos añadiría trece más, antes de marcharme de Inglaterra, aunque, de ésos, algunos los escribí en Cornualles, cerca de la costa, adonde me acostumbre a pasar cuantas vacaciones tenía, porque había llegado a cansarme de la gran ciudad y del tipo de vida que representa. También comencé en Londres, creo que hacia 1946, la traducción del Troilus and Cressida de Shakespeare, labor que me iba a enseñar mucho y que emprendí con amor.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 16 Nov 2015, 06:20

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(continuación)


En marzo de 1947 recibí carta de mi amiga Concha de Albornoz, quien hacía unos años trabajaba en Mount Holyoke College, Estados Unidos, preguntándome si aceptaría un puesto allí. Aunque parezca increible, no había pensado en cómo y dónde habría de continuar mi existencia. Volver a mi tierra, ni pensaba en ello; poco a poco se consumaba la separación espiritual, después de la material, entre España y yo. Los Estados Unidos fueron, como ya dije, entusiasmo juvenil mío, que no llegó entonces a obtener satisfacción visitando el país, y puede suponerse si la propuesta me atraería. Comencé las gestiones, largas y complicadas, para obtener visado; además de esas dificultades estaban las del trasporte a Nueva York, ya que, apenas acabada la guerra, los viajes aéreos o marítimos aún no eran normales.

Llegó el verano, el verano más sostenidamente soleado y luminoso que conociera durante mis nueve años de estancia allá, y aún continuaba yo, obtenido el visado, sin resolver la cuestión de transporte. Debía hallarme en Mount Holyoke a fines de septiembre, a comienzos del curso; cuando desesperaba ya de emprender la jornada, me enteraron en la agencia de viajes, donde solicitara pasaje, que una señora había cancelado el suyo y podía disponer de su cabina. Era un buque francés, que tocaba Southampton, de donde saldría para Nueva York el 10 de septiembre. No pocas veces me había preguntado cómo sería aquella tierra adonde me preparaba a marchar, y que no era sólo otra tierra más, otro país más, sino parte del continente americano, hacia el cual un español tiene que experimentar atracción e interés peculiares.

Puesto que mi actitud entonces, como dije antes, era refractaria a la metrópoli y afecta al campo (Teócrito y Virgilio siempre fueron para mí poetas predilectos), mi pregunta acerca de la nueva tierra se cifró así: “¿Cómo serán los árboles aquellos?”, que daría el verso primero para un poema (“Otros Aires”) escrito luego en Mount Holyoke. No se extrañe que en los árboles cifrara, inconscientemente, la curiosidad hacia el país aún desconocido, porque ante mí tuve todos aquellos años los hermosos, los bellísimos árboles ingleses: robles, encinas, olmos. A un plátano viejo de dos siglos, en el jardín de los Fellows de Emmanuel College, había dedicado el poema “El Árbol”, en “Vivir sin estar Viviendo”.

A medianoche partí de la estación de Waterloo, el diez de septiembre de 1947, camino del puerto, de donde saldría rumbo a Estados Unidos. Coexistían en mí dos emociones contrarias; una, la de la curiosidad y atracción hacia un país nuevo, y la otra, algo fúnebre, de abandonar lo que fue nuestro mundo. Retirada la escala del buque, sobre cubierta esperé la partida, pensando en aquellos nueve años que había vivido en tierra inglesa. No sé si el poeta experimenta sus emociones con intensidad mayor o igual a la de cualquier otro hombre; no puedo conocerlo, puesto que, como decía Hopkins, “bebo en un solo jarro, que es el de mi propio ser”. Aquellos momentos nocturnos en Southampton, antes de la partida, bastaron para que recorriese, en un trance agónico, como se dice que ocurre a los moribundos, toda una fase de mi vida.

Más tarde traté de expresar en un poema, “La Partida”, aquella experiencia, pero no lo conseguí. Es necesario que el poeta explore todas las ramificaciones, las posibilidades del tema, y las siga, relacionándolas dentro de la composición, para que un poema adquiera existencia. Hay experiencias cuyo alcance se nos escapa, unas veces por pereza al explorarlas, ése creo que fue mi caso al componer “La Partida”; otras por incapacidad para explorarlas, y ésa fue mi situación al escribir el poema en prosa “El Acorde”. Es verdad que no siempre es necesaria, al escribir un poema, esa exploración de sus posibilidades; cuando se trata de un tema cuyas posibilidades las conoce de antemano el poeta como limitadas, en el cual, lo mismo que en el relámpago, basta un instante para su iluminación, sólo hay que trasladar lo esencial de la experiencia. Así creo que ocurrió en “Los Espinos”, uno de mis poemas preferidos.

Entre una y otra situación, aquélla de posibilidades poéticas amplias y ésta de posibilidades poéticas breves, es necesario distinguir previamente, porque una requiere desarrollo y otra requiere concreción; esa diferencia nace con el germen mismo del poema. Siempre traté de comprender mis poemas a partir de un germen inicial de experiencia, enseñándome pronto la práctica que, sin aquel, el poema no parecería inevitable ni adquiriría contorno exacto y expresión precisa. La extensión mayor o menor de un poema la dicta de antemano, como es natural, el germen del cual nace. También la expresión, en una y otra de las dos situaciones antes indicadas, debe acomodarse a la naturaleza respectiva del poema a escribir, y ajustarse a un paso más lento o a un paso más breve, aunque eso no quiera decir que concentración o intensidad no sean requeridas en ambos casos. Se trata, simplemente, de un cambio en la velocidad. Lo dicho afecta en parte a la variedad necesaria en el poeta, si no quiere que su trabajo resulte monótono, aunque esa variedad depende de la mayor o menor amplitud en la escala temática y expresiva del poeta.

El arribo a Nueva York lo he referido en poema en prosa. “La Llegada”. Viniendo de un país donde la guerra y la posguerra impusieron, y seguían imponiendo todavía al marcharme de allí, penitencia y ascetismo excepcionales, las tiendas de Nueva York, que son quizás uno de sus encantos mayores, me lo hicieron aparecer como país de Jauja. Mount Holyoke me agradó, así como la cordialidad de la gente y la abundancia de todo. Téngase en cuenta que, por vez primera en mi vida, mi trabajo iba a pagarse de manera decorosa y suficiente, lo cual, como es natural, acaso ayudaba a mi primera reacción optimista.

En noviembre recibí desde Buenos Aires ejemplares de Como quien espera el Alba. La erratas, aunque no tan numerosas, tratándose de un libro más pequeño, como en la edición segunda de La Realidad y el Deseo, me mortificaron. Seguía imposibilitado por la distancia para conocer la reacción directa ante el libro; confusamente, de aquí y de allá, me llegaron indicaciones de que algunos acogían mis versos de manera diferente a como fueron acogidos en Madrid los primeros; el tiempo comenzaba quizá a hacer su obra. Lo curioso era que, aun cuando mis publicaciones anteriores no hubieran sido objeto de atención particular, no quedaban olvidadas, y mi nombre surgía, aquí o allá, al hablarse de poesía española. Era un reconocimiento más bien tácito que expreso y, aunque no dejara de sorprenderme, lo más sorprendente resultaba cómo había resistido yo, durante años, lleno de una fe absurda, trabajando, aunque sin facilidad para publicar mis escritos, en medio de un aislamiento continuo. La poesía, el creerme poeta, ha sido mi fuerza y, aunque me haya equivocado en esa creencia, ya no importa, pues a mi error he debido tantos momentos gozosos.

Seguí experimentando en Mount Holyoke, durante el cuso de 1947 a 1948, agrado idéntico. Mas al llegar el fin de curso, una estudiante que había trabajado conmigo su tesis, al despedirse de mí me dijo de pronto: “No se quede aquí, no se quede aquí”. Tras de sus palabras vi el recelo que sentía de que aquel ambiente fuera perjudicial a mi trabajo como poeta; a pesar mío, no dejé de impresionarme. Es verdad que, contrario al vaticinio, “Vivir sin estar Viviendo” fue continuado y terminado en Mount Holyoke, y que allí empecé también “Con las Horas contadas”, aunque esta colección la terminaría ya abandonados los Estados Unidos, en México.

Vine a México por vez primera en el verano de 1949 y, contra mis presunciones, el efecto resultó considerable; tanto, que la vida en Mount Holyoke se me hizo enojosa. En el librito en prosa Variaciones sobre un Tema Mexicano, que comencé a escribir durante el invierno de 1949 a 1950, puede entreverse el conflicto; también aparece en algunas composiciones de “Con las Horas contadas”. La estancia en Nueva York, durante las escapadas del pueblo, no me traía compensación, porque no conocía a nadie y, a veces, una sensación de miedo me sobrevenía al percibirme entre extraños en medio de aquel inmenso país. No pensaba sino en la vuelta a México. Hoy veo que era la mía una situación donde mis reacciones primeras, no controladas por mí, iban dominándome contra toda reflexión y todo sentido común.


(continuará)


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 17 Nov 2015, 05:00

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(final)


Seguí volviendo a México los veranos sucesivos, y durante las vacaciones de 1951, que había alargado pidiendo medio año de permiso a las autoridades de Mount Holyoke, conocí a X, ocasión de los Poemas para un Cuerpo, que entonces comencé a escribir. Dado los años que ya tenía yo, no dejo de comprender que mi situación de viejo enamorado conllevaba algún ridículo. Pero también sabía, si necesitara escusas para conmigo, cómo hay momentos en la vida que requieren de nosotros la entrega al destino, total y sin reservas, el salto al vacío, confiando en lo imposible para no rompernos la cabeza. Creo que ninguna otra vez estuve, si no tan enamorado, tan bien enamorado, como acaso pueda entreverse en los versos antes citados, que dieron expresión a dicha experiencia tardía. Mas al llamarla tardía debo añadir que jamás en mi juventud me sentí tan joven como en aquellos días en México; cuántos años habían debido pasar, y venir al otro extremo del mundo, para vivir esos momentos felices.

Mas mi enamoramiento estuvo desde un principio bajo la amenaza de extinción, porque mi encuentro casi coincidió con el término de mi estancia autorizada en México. Y, pasando por Cuba, tuve que regresar a Estados Unidos. La existencia en Mount Holyoke se me hizo imposible; los largos meses de invierno, la falta de sol (un poco de luz puede consolarme de tantas cosas), la nieve, que encuentro detestable, exacerbaban mi malestar. La lectura, que siempre tuvo para mí atractivo singular, llegó a aburrirme; a veces me ocurría entrar en la biblioteca de la universidad para tomar un libro y volvía a salir de ella sin ninguno. Téngase en cuenta que llevaba algunos años de vivir vicariously (a eso alude el título de “Vivir sin estar Viviendo”), y que a veces leía para sustituir la vida que no vivía. Era un estado similar al de los personajes que Don Quijote pretendía haber visto en la cueva de Montesinos, y como ellos, sin pena ni gloria, me movía suspendido en un estado ilusorio que no era de vigilia ni tampoco de sueño. La consecuencia de ese vivir es que nada se interpone entre nosotros y la muerte desnudo el horizonte vital: nada percibía delante sino la muerte. Afortunadamente, el amor me salvó, como otras veces, con su ocupación absorbente y tiránica, de tal situación.

No sería justo sino mencionase ahora, después de indicar mi cansancio entonces de la lectura, cómo en Mount Hlyoke hice una en extremo reveladora: la de Diels, Die Fragmente der Vorsokratiker, ayudado por una traducción inglesa de los mismos textos; más tarde, ya viviendo en México, leería también la obra de Burnet, Early Greek Philosophy. Los fragmentos de filosofía presocrática que en una y otra obra conocí, sobre todo, quizá, los de Heráclito, me parecieron lo más profundo y poético que encontrara en filosofía; de otra parte, las teorías allí expuestas para explicar la génesis del universo, aunque en contradicción con las nuestras, no dejaban de intrigarme con su ingeniosidad razonable. Aquel mundo remoto de Grecia, tan cercano a nosotros al mismo tiempo, me atrajo en no pocas ocasiones de mi vida, sintiendo la nostalgia que otros poetas, mejor enterados de él que yo, expresaron en sus obras. No puedo menos de deplorar que Grecia nunca tocara al corazón ni a la mente española, los más remotos e ignorantes, en Europa, de “la gloria que fue Grecia”. Bien se echa de ver en nuestra vida, nuestra historia, nuestra literatura.

Mi reacción ante la lectura indicada me trajo a la memoria, a través de los años, aquella otra infantil que rara vez olvido, hecha cuando cayó en mis manos un libro de mitología griega. Era un libro elemental, donde aquellos dioses antropomórficos, aunque vistos a través de Roma, al menos no estaban aureolados por el culto académico de los eruditos del siglo XIX. De pronto, mi religión, mis creencias, entonces bien arraigadas y, como es natural, sin asomo de duda racional, me parecieron tristes, si no es, como diría hoy, tratando de interpretar mi reacción infantil, deprimentes. Algo de eso quise expresar en Ocnos, “El Poeta y los Mitos”, trozo que debió aparecer en la edición segunda del libro, aunque la pusilanimidad de los editores sólo permitió su impresión en algunos ejemplares de autor.

Ahí acaso más importante que las creencias diferentes fuera la diferente reacción emotiva frente a ellas. Apenas si conozco nada sobre Grecia ni, por tanto, sobre sus creencias; mas aquella actitud que, según algunos comentaristas, era la suya, acerca de una supervivencia vaga, sin castigos ni recompensas, después de esta vida, no me parecía del todo extraña a mi instinto, aunque no diga que a mi razón, ya que en realidad lo que a los griegos, al menos en una fase de su historia, les importaba sobre todo era ocuparse en el mundo, sin divagar acerca del final inevitable. Es cierto que en determinados versos yo mismo he querido engañarme con nociones halagüeñas de inmortalidad, en una forma u otra; es difícil ser siempre fiel a nuestras convicciones, por hondas que sean. La culpa tal vez pueda achacarla a cierto idealismo mío, espontáneo y cándido, que sólo con ayuda del tiempo puedo dominar y, tras la reflexión, orientar hacia lo materialista. Ya Coleridge decía que los hombres son, por nacimiento, platónicos o aristotélicos, o sea, idealistas o materialistas.

Prefiero soslayar el tema, aunque, por la relación que tiene con algunos versos míos, debo, al menos, indicar esto: mis creencias, como las campanas en la leyenda de la ciudad sumergida, sonando en ocasiones, me han dado pruebas a veces, con su intermitencia, de que acaso eran también legendarias y fantasmales; pero acaso también de que subsistían ocultas. Así, tras de largos períodos inoperantes, en momentos de Sturm und Drang, después de la guerra civil, por ejemplo, o durante la peripecia amorosa que refieren los Poemas para un Cuerpo, surgían a su manera, según mi necesidad. Por eso mismo, ¿no parecerán sino reflejo egoísta de esa necesidad mía de ellas, sin que merezcan propiamente el nombre de creencias?

Durante el verano de 1950 comencé “Con las Horas contadas”, el título indicando, no sólo la urgencia del tiempo (antes aludí a cómo el tiempo ha sido, a partir de cierta fecha en la vida, una de mis preocupaciones constantes), sino también, principalmente, la de la raridad en los momentos de aquella aventura amorosa que entonces vivía. La mayoría de las composiciones que incorporaba a la colección eran de extensión más reducida que las de las colecciones anteriores y entre sus versos aparecía la rima asonante, indicando, de una parte, la búsqueda, acaso no del todo consciente, de cómo concentrar el tema, más bien que la de explorar sus ramificaciones, y de otra, la tendencia al canto, al poema-canción al que antes me he referido. Ambas cosas no siempre eran resultado de una decisión voluntaria, sino que partían de un impulso subconsciente.

No he sido nunca, al menos en ocasiones decisivas, hombre prudente; así que, al regresar desde México a Estados Unidos, después de las vacaciones de 1952, iba decidido a dimitir de mi puesto en Mount Holyoke. Como poseído por un demonio, no vacilé en tirar a un lado trabajo digno, posición decorosa y sueldo suficiente, para no hablar de la residencia en país amable y acogedor, donde la vida ofrece un máximo de comodidad y conveniencia. Pero el amor tiraba de mí hacia México. Con tanta más fuerza cuanto que siempre padecía del sentimiento de hallarme aislado y que la vida estaba más allá de donde yo me encontrara; de ahí el afán constante de partir, de irme a otras tierras, afán nutrido desde la niñez por lecturas de viajes a comarcas remotas. Y sólo el amor alivió ese afán, dándome la seguridad de pertenecer a una tierra, de no ser en ella un extraño, un intruso. Por eso siempre lo antepuse a cualquier otra consideración, ayudado además por aquel atractivo poderoso que, como ya dije, tuvo siempre para mí la hermosura física juvenil. Todo eso intervino en mi decisión de abandonar Estados Unidos.

Pero algo más intervino en dicha decisión. Una constante de mi vida ha sido actuar por reacción contra el medio donde me hallaba. Eso me ayudó a escapar al peligro de lo provinciano, habiendo pasado la niñez y juventud primera en Sevilla, donde la gente pretendía vivir, no en una capital de provincia más o menos agradable, sino en el ombligo del mundo. Con la falta consiguiente de curiosidad hacia el resto de él. Eso me ayudó a escapar luego a las modas y complacencias literarias habituales en el ambiente madrileño, no menos provinciano por ser el de la capital. Lo que ayudó en mí al fluir de cierta vena protestante y rebelde, que creo debe tenerse en cuenta al leer algunos de mis versos. Y finalmente intervino en mi decisión de abandonar estados Unidos. Alguno, después de leer lo anterior, tal vez me considere un “inadaptado”, lo cual sé que constituye uno de los inconvenientes mayores para el individuo en sociedad., y al considerarme así no dejaría de tener, probablemente, alguna razón. Yo no me hice, y sólo he tratado, como todo hombre, de hallar mi verdad, la mía, que no será ni mejor ni peor que la de otros, sino sólo diferente.

Me instalé, pues, en México en noviembre de 1952, decidido, como era natural, a no dejar la responsabilidad de mi proceder en otros hombros que los míos. No digo, sin embargo, que luego, en no pocas ocasiones, no me haya arrepentido de lo hecho. Al amor no hay que pedirle sino unos instantes, que en verdad equivalen a la eternidad, aquella eternidad profunda a que se refirió Nietzsche. ¿Puede esperarse más de él? ¿Es necesario más?

En México terminé “Con las Horas contadas”, así como la breve serie de los Poemas para un Cuerpo, incluidos en la colección citada, que son, entre todos los versos que he escrito, unos de aquellos a los que tengo algún afecto. Al decir eso comprendo que yo mismo doy ocasión para una de las objeciones más serias que pueden hacerse a mi trabajo: la de que no siempre he sabido, o podido, mantener la distancia entre el hombre que sufre y el poeta que crea. Y en México ha aparecido ahora la edición tercera de La Realidad y el Deseo, en 1958, año en que escribo estas páginas, suscitadas por dicha publicación, para considerar, en la perspectiva del tiempo, mi trabajo. Para ver, no tanto cómo hice mis poemas, sino, como decía Goethe, cómo me hicieron ellos a mí.

Alguna vez me contaron en la casa familiar, en Sevilla, cómo durante la fiesta que siguió a mi bautizo, al arrojar mi padre desde un balcón al patio lo que allí llamaban “pelón”, mis primos y primas, que eran numerosos, se arrojaron sobre el montón de monedas, mientras mi hermana Ana, segunda hermana mía, se quedaba en un rincón, mirando el espectáculo y sin participar en él. Al preguntarle alguno por qué no entraba, ella también, en la refriega, respondió: “Estoy esperando a que acaben”. En su respuesta veo, no tanto la tontería inocente, como la muestra de cierta cualidad insobornable, rasgo característico del temperamento familiar, que también existe en mí.

Así, frente a la turbamulta que se precipita a recoger los dones del mundo, ventajas, fortuna, posición, me quedé siempre a un lado, no para esperar, como decía mi hermana, a que acabarán, porque sé que nunca acaban o, si acaban, que nada dejan, sino por respeto a la dignidad del hombre y por necesidad de mantenerla; y no es que crea no haber cometido nunca actos indignos, sino que éstos no los cometí por lucro ni por medro. Verdad que la actitud puede parecer a algunos tontería, y no ha dejado de parecérmelo también a mí bastantes veces. Pero ya lo dijo hace muchos siglos alguien infinitamente sabio: “Carácter es destino”.

Luis Cernuda (“Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”. Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)


Para LEER POEMAS DE LUIS CERNUDA: https://www.airesdelibertad.com/t759-luis-cernuda-hoy-5-de-noviembre-se-cumple-el-50-aniversario-de-su-muerte?highlight=Luis+Cernuda


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Re: “Historial de un libro (La Realidad y el Deseo)”, por Luis Cernuda (1958) (Luis Cernuda: Poesía y literatura. Seix Barral, S.A. Barceona, 1971)

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