Aires de Libertad

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    Eduardo Moga (1962-

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    Eduardo Moga (1962- Empty Eduardo Moga (1962-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 19 Jun 2024, 03:36

    .


    Eduardo Moga
    (Barcelona, 14 de septiembre de 1962) es un poeta, traductor y crítico literario español, licenciado en Derecho y licenciado y doctor en Filología Hispánica por la Universidad de Barcelona.

    Es autor de varios libros de poemas; el tercero, La luz oída, mereció el Premio Adonáis de Poesía en 1995, y con Insumisión recibió en Estados Unidos el International Latino Book Award en 2014.

    Ha traducido a numerosos autores, entre ellos Frank O'Hara, Yoel Hoffmann, Évariste Parny, Carl Sandburg, Charles Bukowski, Richard Aldington, Billy Collins, Tess Gallagher, Ramon Llull, Arthur Rimbaud, William Faulkner, Walt Whitman, Penelope Fitzgerald, Evan S. Connell o Harold Norse.

    Practica la crítica literaria en revistas como Letras Libres, Cuadernos Hispanoamericanos, Revista de Occidente, Quimera, Turia, El Cuaderno, Ínsula y Nayagua, entre otros medios.

    Codirigió la colección de poesía de DVD ediciones desde 2003 hasta 2012.

    En 2016 fue nombrado director de la Editora Regional de Extremadura y coordinador del Plan de Fomento de la Lectura en Extremadura.​ En abril de 2018 dimitió de su puesto.​

    En 2024 más de ochenta autores de España y América le dedicaron como homenaje el volumen misceláneo Mago Moga.​

    Mantiene el blog Corónicas de Españia (eduardomoga1.blogspot.com.es).

    (Sacado de https://es.wikipedia.org/wiki/Eduardo_Moga )


    *


    Algunos poemas de Eduardo Moga:


    De La montaña hendida, Bassarai, 2002:


    XIII. LA OCLUSIÓN ME LLAMA, VOZ OSCURA...

    La oclusión me llama, voz oscura,
    insistencia oscura,
    ................................irritación de insólitos hemisferios.
    Me llaman las paredes y su voracidad,
    y anochezco en sus flores inflexibles,
    ..............................................y remonto sus prohibiciones
    como si una mano sonriente y amarga
    ..................me empujara hasta el otro lado de lo denso,
    ..................................................y saturo el asombrado albañal,
    .............este ahora hembra, este sol ciego
    en el centro,
    .....................pero no alcanzo a traspasar su luz vacía.
    Antes de amar tus heces
    los cuerpos se abovedaban
    para recibir la lluvia de los dientes,
    .......................................se despojaban de su carne
    .................para que fuera visible el latido.
    ....................................................Ahora veo tu interjección,
    mis manos en tu mitad total,
    la oquedad, niebla negra, en que fracaso,
    ............................................................la hedionda dulzura.
    El dolor es un perro, el perro que soy,
    el perro que sujeta tus pechos tumultuosos con sus patas humanas,
    el jadeo mío y tuyo, entrelazados como palomas de barro,
    el acto que extiende sobre nuestras soledades
    ..............................................................................su red violenta
    .................El dolor es un disparo sucísimo, un coágulo
    .......................................en forma de melena.
    Resido, aún, en tu colon,
    ..................................en su dificultad.
    ............................................Y la piel, hostil, retrocede:
    se ensancha en obstáculos, dilata lo invisible,
    interminablemente complace
    y ofende.
    .................Entro, salgo, también de mí, como la noche,
    ..................................deprisa, como el látigo.
    ................................................Y tú me recibes, cáliz sombrío,
    entregada a esta candente pasividad, a la plenitud minuciosa del recibir,
    .............hasta que una luz, dentro, justifica, con su espuma,
    ..............................la ciénaga en que nos abrazamos.



    XIX. LOS CUERPOS, ESFERAS, SE REÚNEN...

    Los cuerpos, esferas, se reúnen.
    Se unifica la saliva
    ...........................y circula
    desde la migraña hasta el glande,
    desde el sudor de la habitación
    .......................................................hasta la flores más negras.
    Somos la saliva que gira en los miembros numéricos,
    .......................................................la saliva acoplada al vértigo.
    ..................Tu piel se adentra, se duplica,
    cristaliza como el árbol,
    .......................................ríe geológicamente,
    ...............y yo la persigo con mi piel, con la culata de la piel,
    con la masticación que corona el latido.
    .........Oigo el cuerpo,
    .......................su tránsito de bulbos, su río haciéndote,
    haciéndome,
    .............erguido bajo tus piedras
    ................................................y tu consciencia.
    No veo nada, salvo el círculo,
    que es sol nocturno,
    ...................................sed de luto
    ...................que me procura íntimos intestinos
    y penumbras blandas
    ..........................y besos transtornados.
    Bebo, pues, bebemos,
    coordinamos las glándulas,
    nos bañamos en carne,
    .......................................las baldosas son carne,
    ............................las pestañas son carne,
    el edredón es carne,
    ..............y los líquidos en el límite de la fuga,
    ............................................y el estertor de las nalgas,
    ......................y el signo igual que componemos
    en esta penumbra que conserva
    ...............................los enseres de nuestra soledad.
    ...............Qué rumor de vientres simultáneos.
    Qué prisa de bocas
    .........................extrayendo, culpables,
    .........lo último de nuestro cuerpos.


    Última edición por Pedro Casas Serra el Miér 19 Jun 2024, 13:38, editado 2 veces

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    Eduardo Moga (1962- Empty Re: Eduardo Moga (1962-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 19 Jun 2024, 04:17

    .


    De Las horas y los labios, DVD, 2003:


    VII. LEO EL SILENCIO, A LENTAS MASTICACIONES...

    Leo el silencio, a lentas masticaciones. Leo el mar que no alcanzo a ver, pero cuyo azul numeroso lame los cipreses y las palabras. Leo las palabras que gotean: nazco bajo sus escamas tajantes. (El mar se ha ido: lloro sus ascuas; leo.) Pero ¿reconozco aún los espacios abrasados por la lluvia, la última estancia de la miel? ¿Vuelan en mis ojos las gaviotas que veo o son manchas inútiles en las circunvoluciones de lo abierto?

    El mar está lejos. (O cerca: en el pecho, sembrando su humo; en la retina, mojada de añil). El mar llamea, como este papel en el que me embarro, como este teléfono en el que convergen cuerpos solos, unidos por un sombrío estertor. Los pechos que amo descansan en otras manos, mientras el mundo es un jirón de fuego, el animal parsimonioso del poema.

    Se ha abierto, sin embargo, la puerta. No hay nadie. Se ha abierto para que no olvide que los objetos, pesados, han visitado mi cuerpo, y que lo poseen. Mi tedio, seminal, construye entonces otro centro, otro país donde transformarse en acto. No hay nadie cuya carne sienta, nadie que me dé su sombra tensa, la humedad de su ceniza. Pero la palabra remonta la sangre y le habla al niño duro, al hombre de la desesperación.

    Se ha abierto la puerta y cruzo su umbral y sigo aquí, sobre el mismo sillón agujereado por los cigarrillos de alguien que ya ha muerto, junto al mismo cajón ojeroso, frente a esta pantalla que soy yo, cuyas deposiciones soy yo, irrealidad que me transfunde realidad.

    Una palabra, muchas palabras, como un caliente derrumbamiento, me indican el camino hacia el sol. Libre de mí, aparto los códigos. En los folios hay pámpanos, azoteas frutecidas en la ventana.

    Y vigilia. Y pechos que regresan.



    XX. HA VENIDO LA MUERTE...

    Ha venido la muerte: era una furgoneta o un gorrión. Un sudor blanco ha encendido la piel donde se resquebrajaban las horas, la barba constelada de silencio, los cuchillos con que inscribía mi desaparición en la corteza del sueño.

    Le he chupado la lengua a la muerte: es áspera y morada. Mis papilas han tejido con sus papilas un cañamazo de sombras. He dejado en la mesa el lápiz, el cuerpo, lo que tuviese en los ojos, para abrazar con más fuerza su helado fulgor. Y he sentido miedo.

    La muerte comparece siempre que paseo, que mastico, que copulo, que llamo por teléfono, que muero. La muerte tiene treinta y ocho años y las manos con que hago la cama, con que me lavo los dientes, con que doy cuerda al reloj, con que ordeno mis libros, con que escribo, en este instante, las palabras del poema. La muerte me respira cuando hurgo en las ingles tibias y anochecidas. La muerte habla el idioma de las células y los planetas. La muerte vacía los espejos e interrumpe los huesos. La muerte, como una flecha disparada contra un agua infinita, atraviesa el bosque de las cosas y se clava en la irrealidad de las cosas. La muerte bautiza a los hijos y devora sus nombres. La muerte se llama Eduardo.

    Me acuesto. Oigo el oxígeno, que resuena como una chapa golpeada por las sombras. La respiración habla, como la piel, y ocupa el espacio en que me desvanezco. El corazón habla, también, y respira, flor encarcelada, con apenas esa pausa de silencio que sutura el redoble interminable, la sepultura interminable. Lo sé ahí, en la cripta de la carne, bajo la techumbre ósea, alimentando este extravío, el letargo que nos mueve, el gélido adentrarse en la noche del tiempo; me insta a seguir, pero me recuerda que me disipo. Y me asombra que exista, su luz inaccesible y mansa, su oscuridad febril, el ritmo que es sólo e insólitamente ritmo; y me asombra existir: este mecanismo triste, pero entregado, sin porqué, al mundo.

    Nacen, de pronto, los muertos: en la mesa del restaurante, en el escarabajo que se esconde entre las raíces de un árbol, en el perro que defeca junto a una tapia casi vencida, en el cielo. Y me miran, como si quisieran conducirme al fuego exhausto en el que reposan. Me mira el padre, cubierto por la hiedra de la fragilidad, cuyos ojos son pelotas de dolor que arriban, descabaladas, a mis manos. Me miran quienes confiaron en mí y fueron traicionados, quienes me vieron plantar la semilla de la ira y me entregaron después el fruto de la ira, quienes consumieron su amor en mis hogueras. Me miran hombres y mujeres convertidos en pájaros negros que atraviesan un aire negro. Me miro yo, desde el barro de mí, arrasado de perecimiento, carne en lo que carece de carne, corazón azotado por la conciencia, consumido, por el miedo, hasta la desencarnadura. Mis ojos serán también un destello lúgubre cuando otros caminen por estas calles que me impregnan de polvo y obscenidad, o cuando se pregunten por qué arde el sol o por qué nos baña el tiempo o por qué olvidamos a quienes hemos amado. Mis ojos, talados, mirarán a los vivos y harán más exactos su náusea y su latido.

    La muerte es el pájaro que se posa en la rama, la mano del niño sin el niño, las pupilas abrasadas por la nieve, el exilio del oro, el oro languideciendo en un turbión de labios y explanadas, lo incomprensible.

    La muerte es una rosa triste en el centro de la sangre.



    XXII LA ROPA TENDIDA HA DEJADO DE MOVERSE...

    La ropa tendida ha dejado de moverse. Las moscas ya no vuelan. No oigo los relojes ni las miradas. Un prolongado aguijón atraviesa el cristal desnudo que circunda la carne, lo solo de una calle imprecisa, la supuración de los sauces y las sombras.

    Lo que quiero es que te vengas a  vivir conmigo.

    La boca sabe a caucho. El dolor, acequia insomne, riega, otra vez, los cartílagos, las laderas de la intimidad. El cuerpo se despliega como un animal excesivo: se siente, cruelmente, cuerpo, sombra del cuerpo, éxtasis y humillación del cuerpo, artefacto que conviene al fuego y a la licuefacción del fuego. Y tropiezan los ojos y se cuartean los pómulos y se sublevan las cosas interiores, y el cuerpo lucha por desprenderse de este mármol que desordena, de este mármol con senos y eternidad que ocupa sus pensamientos como una noche quemante, como una multitud manchada de amor. La monotonía es un esqueleto que sonríe. La monotonía se derrama en los cuencos del alma, y redondea sus anfractuosidades, sin que se estremezca ni una sola hebra de su oscuridad. En la monotonía veo una plaza sin nadie, crepitante de silencio y de cigarras, cuyo polvo se levanta en tolvaneras dolorosas cuando sopla el mal, cuando pezones centinelas se allegan, nuevamente, a mis pezones. (¿Qué suscita esta metástasis? ¿Qué lluvioso poder acompaña a un aroma tan frágil? ¿Por qué se desprenden estos volúmenes malos del árbol frenético de los días?).

    Una gaviota adorna, como una gárgola, el balcón de una fachada ennegrecida.

    Prométeme que querrás a mis hijos, prométeme que no te reducirás los pechos, prométeme que estarás siempre dispuesta.

    Un autobús espanta a la gaviota. Un fragor sucio envuelve a los cuerpos que esperan junto a los semáforos.

    Prométeme que nunca me harás esto.

    Y los muslos remontan los muslos. Y se apresura la sal de la lentitud, que recojo con la lengua temblorosa. Y la lengua atraviesa la lengua y el acero. Y el cielo es manos, y aquello en que se posan las manos. Y los dedos son hambre. Tú me has hecho sentir cosas que no había sentido con nadie. Y los muslos, enzarzados, alcanzan la médula del instante, la lápida de lo nunca sido. Y los ojos lamen y saquean y penetran en lo oscuro. Y la blusa cae. Y el aire cae. Y los vientres se levantan y caen y se levantan y se enceguecen de mucosas. Sólo con oírte al teléfono me humedezco. Y el silencio alcanza el límite de la saliva, y lo acaricia. Y las formas intercambian sus centros, se desnudan de escamas y escaleras, hasta que ya no sé dónde están mis brazos, el pene aturdido, la península de los sueños, los nombres. Esta tarde no te pongas nada debajo. Y cae la piel, que descubre sus sabrosos barrizales, sus diamantes escondidos, y se vuelve a incorporar, como una ola del yo, como una murmurada cadena. (El yo es quebradizo: depende de una mano que alza el vuelo y el orgasmo, y que se convierte en nuestra mano). Y la piel, al caer, es más piel, más concentración de baba y piel, más pureza agolpada o ebriedad de dientes. Y encuentro dureza en el sudor y en las entrañas, donde bate un viento espeso, palabras que arañan y gotean, hendiduras coléricas, zumo entreabierto. Me gusta esta urgencia; significa que me deseas. Y todo se desmorona en un golpe rojo, en una sucesión de espasmos que burla al tiempo y deshace el conglomerado de los días, en un hueco voraz en el que me arrebujo para saberme cosa, nada, dios, brizna poseída por el mundo, o alimentada por su demolición.

    ¿Me quieres?

    Y todo esto sucede mientras cruzo una calle a la que mi delirio proporciona una dolorosa exactitud.



    XXIII HE VUELTO OTRA VEZ A LA CASA...

    He vuelto otra vez a la casa y he visto su silencio y he oído su permanencia. Olía a fruta cansada. Todas las casas huelen; todas son el producto de un beso, fundido en sus estucos, que despierta a los pasos susurrantes. En su sopor, amarillo de luna e insecticida, he tocado la ausencia, el amor que gotea de los grifos, el bostezar del sol en las paredes.

    También huele -a penumbra- el vestíbulo de la escalera. Los buzones respiran el polen de los plátanos. Un útero sepia, enmarañado de azulejos, envuelve los pasos. El útero contiene cicatrices y cañerías. En sus pliegues, detrás de la electricidad, el tiempo se atenúa, se hace capullo de sombra o ladrido sin ojos, resucita en eyaculación fría, en madrugada confundida con la muerte.

    Aún hay serrín en el suelo. Es el mismo serrín que pisaba en los otoños viejos, cuando estaban unidos los labios y el cielo, y las palabras decantaban una miel abstracta, y yo compartía la eternidad de las cosas, su luz varada y buena.

    Este crío habla como un viejo.

    (Es protestante, me dijo, en voz baja, la abuela. Luego se secó las manos en el mandil y desapareció, revoloteando, en su cuarto).

    He abierto la puerta. O la puerta me ha abierto a mí. Me reciben los geranios asustados, la algarabía del polvo, la resignación del hule y las bovinas. Reconozco los lugares donde mi madre desconocía el orgasmo. Reconozco la plenitud de tanta fugacidad, lo esférico de las sábanas, el armario en que amontonaba los libros, la silla desde la que veía volar a las golondrinas las tardes lentísimas de junio, cuyo sol fermentado, deshecho en grises soñolientos, anunciaba duración y fuego. Y reconozco, en este remolino de indolencia, el yo: su disolución.

    Y aquí lluevo. Y las cenizas recogen mi lluvia y se esponjan como si regresaran de un largo exilio. Y las cenizas llueven en mí, y me sofoca su alegría. Aquí no hay personas contra las que choque y en cuyo interior resuenen unos pocos huesos olvidados, ni abrazos que subrayen la distancia entre las pieles, ni el silencio amargo de estar vivo y muriendo, sino la lentitud de los párpados que se abaten sobre los labios menesterosos, los pechos apagados en el crecimiento de la sumisión y la lejía, las manos que sostienen serpientes y libros, látigos y serenidad.

    Ya puedes empezar a pegar.


    Y cayó un fuego quíntuple, una silbante antorcha de cuero, en el cuerpo que aún no era, que me hacía y me dañaba, que buscaba sus frutos como un arroyo escapando. Y el fuego aumentó el amor, como el rayo aumenta la noche. Y crecieron amapolas negras frente al televisor indiferente.

    No obstante, la casa está viva: me acaricia con ferocidad, descompone mi nombre en muchos nombres, inventa a un niño en cada rodapiés gastado, en cada sombra gastada, en cada trapo que me mira, laxo como un perro que dormitase a la sombra de un muro. Y muere. La casa es sus muertos. La casa soy yo. Riego los potos. No les eches demasiada agua: los estrangularás. (La palabra estrangularás caracolea en el recuerdo, del que, sin embargo, se ha borrado la cara de quien la pronunció). Dejo el correo en la mesa, junto a una libreta, desplegada como una mariposa sucia, que aún conserva su caligrafía: la caligrafía de lo ido. Has de ser el número uno, siempre el número uno. Y me abrasa la suavidad de sus manos, el vinagre de sus manos, su inaccesible enormidad. Los cuerpos, apéndices de las lágrimas, desprenden un vapor triste. Los cuerpos son invisibles y ambiguos, islas de sufrimiento y seda. No ha variado la textura de su muerte: su ausencia es, será la misma durante toda la eternidad. Suena un reloj pobre. La casa huele a nadie.

    Supimos que se había construido en 1930 porque, cuando mis padres reformaron la cocina, los albañiles descubrieron, en la argamasa del horno de carbón, un trozo de periódico de un día de aquel año.

    Acuéstate, hijo, y descansa. La cama está recién hecha.

    Un gato me mira, inmóvil y minucioso, desde el tejado del patio, al otro lado del balcón, en cuyas barandas se posan todavía, a veces, las palomas.


    Última edición por Pedro Casas Serra el Miér 19 Jun 2024, 13:36, editado 1 vez

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    Eduardo Moga (1962- Empty Re: Eduardo Moga (1962-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 19 Jun 2024, 13:33

    .


    De Cuerpo sin mí, Bartleby, 2007:


    V. LA BOTELLA REPOSA...

    Año Nuevo

    La botella reposa. Su óvalo se destensa
    y el vidrio absorbe
    ................................la luz vertida por un sol
    arenoso, y se estira como una llama verde,
    como el espasmo verde
    de un cuerpo cuya carne fuese
    su fulgor. Me sorprende,
    no obstante,
    .......................que siga ahí,
    donde ayer la dejamos
    ........................................(o donde se cayó).
    La botella proclama la constancia del ojo:
    el ojo insiste en ver,
    y las cosas se acogen a él
    como si él las nombrara,
    como si sólo
    en su lumbre convexa
    se ensimismasen
    ...............................y consumaran.
    El cielo ha muerto —su cadáver
    vagabundea por entre los plátanos,
    arañado por humos y vencejos—,
    pero aún abriga
    poder, y axilas, y abrasiones,
    que inquieren
    ........................por qué me pliego
    a este oscurecimiento, y confío
    en la palabra, y mezclo mi materia
    con la materia
    inexplicable de la tierra.
    Una imprecisa palidez
    recae en cuanto veo: las bandejas
    con restos de comida, los ladridos
    amarillentos
    de un perro, los minutos húmedos
    de polvo;
    y las irisaciones
    de lo fugaz anuncian
    que algo se llena
    de pétalos,
    .....................o que sucumbe.
    Los tenedores, recamados
    de penumbra, reniegan de su ser:
    son sólo duda, aleación de masa
    y de vacío.
    ......................Las copas
    se ablandan: su perfume
    envejecido impregna las hileras
    de libros y las sábanas convulsas,
    que aún recuerdan
    el cuerpo,
    su sangre despeinada,
    ..............................................su lacre frágil.
    Está empezando a llover. La efímera
    plata del agua ciñe la soledad del mundo
    e irrumpe,
    con su ruido fragante, en los ruidos callados,
    en la geometría
    de lo visible, pero ya ido. Cae
    también la lluvia
    ..............................dentro de mí:
    en las arterias, y en los calcetines,
    y en la melancolía,
    aunque en la casa haya sol, ecos
    del sol,
    áridas mojaduras en el yeso
    y los estantes.
    .............................La agitación
    que hubo se ha refugiado
    en los rincones aturdidos:
    es niebla tensa,
    en cuyo seno las botellas
    y los papeles
    y los preservativos
    se duermen
    .......................o desdibujan, y los líquidos
    se confunden, y el ojo no renuncia
    a su gravitación, a empujar a las cosas
    a su existir,
    .....................y agavillarse y naufragar
    en la irrealidad de lo observado.
    Solo, herido por el ojo,
    ........................................percibo espectros
    con límites y labios, cosas inexistentes
    que pesan,
    ...................y soles,
    y cuerpos presos
    ................................en su caer,
    pese a no haber nacido todavía;
    y cruzo la frontera de los días
    que son, ya, este día
    y este derramamiento azul
    que prefigura
    mi propia y silenciosa
    disipación.



    VI. SE ENSANCHA LA LUZ...

    Se ensancha la luz: rompe el molde
    del aire y se desploma en el aire,
    entre chasquidos
    de estambres y antracitas. Luego,
    acendrada en fulgor, satura lo real,
    y se derrama en lo invisible, e inunda
    los escarpes del cielo. La mañana,
    hecha de luz, perece con la luz.
    Como una casa, se exacerba
    y se licua, y su negra limpidez
    embriaga
    los ojos,
    y empapa
    los adoquines,
    y se dilata
    como una mano
    ..............................que se posara
    en un pecho. Se enfría la memoria: no alumbra
    sino un rumor borroso
    ........................................que serpentea
    entre rostros que han sido nuestro rostro
    y noches que nos han pertenecido,
    y concluye en el cuerpo, y desentierra
    lo que no existe: otros hoy; otros párpados,
    sin dientes;
    .......................otros significados de la sangre;
    otras almas, que, hiriendo, acariciaban; otros
    yos, entenebrecidos de pureza,
    no colmados aún de sí,
    y no este yo, a quien nadie ha besado jamás.
    La memoria depura el tiempo
    reduciendo sus fístulas,
    dinamitando sus angiomas,
    exonerándolo de cálculos
    y de lenguaje; pero el tiempo,
    sin lenguaje, habla.
    Recuerdo
    ....................los días voluptuosos,
    anclados en su vuelo, naciendo en cada muerte,
    haciéndose
    carne del agua,
    ...........................forma del agua,
    sudando eternidad; recuerdo
    las ruinas
    .................iridiscentes
    en las que el yo encontraba
    ....................................................su nacimiento
    y su caos. Ahora nada queda del árbol
    que veo
    ni de los ojos
    con que lo veo;
    nada subsiste del horror
    ..................................................presente
    en las cosas: la lengua que agasaja
    vulvas o esculpe estrofas
    atrae
    también a los gusanos,
    y el coche
    ...................que casi me atropella
    lo conduce alguien que ya ha muerto,
    y en los anuncios
    que me descubro
    mirando
    se ensalzan
    esclavitudes
    .......................de las que participo,
    fantasmas adornados con mi sexo
    y mis derrotas,
    úlceras que se extienden por la piel
    y los relojes,
    sin distinguir los poros
    de los minutos. No perduraré:
    me devorará el sol. Tampoco
    perdurarán las sombras
    que son mis huesos,
    .....................................la telaraña
    en que me agosto, porque me ilumino
    de nada, porque muero.
    No sobrevivirán mis versos,
    porque no son planetas,
    ni monstruos
    .........................infinitesimales,
    ni casas de madera y resplandor,
    sino riadas de huecos,
    amor adusto,
    ..........................mordiscos paradójicos
    que zigzaguean entre cuajarones
    de noche; ni aquel otro relumbrar,
    incompatible
    con lo real, mas pleno de realidad, áureo
    en su silencio o en su estremecimiento,
    que comprendía el pájaro y la ausencia del pájaro,
    que cultivaba puentes y demolía puentes,
    que enlazaba lo triste
    ........................................con lo total,
    y en cuyo lecho amontonaba piedras
    y pezones. El ojo ha enmudecido.
    Ya no crean el mundo los recuerdos.
    Ya no
    ............existe
    el lugar en el que era innecesaria
    la mirada, y las flores
    se desclavaban
    ...............................y se entregaban
    al tiempo, en el que se enderezaban
    las fuentes, y los labios ardían con la lluvia
    como bengalas submarinas.
    ..................................................Sólo existe el olvido:
    el de aquella mujer que pasa por la calle,
    corroída por su fugacidad,
    .................................................zarandeada
    por células amargas; el del tren que se adentra
    en lo inaprehensible y lo repleta
    de su carne veloz;
    el de la peonía que me observa
    como si ambos fuésemos un solo
    temblor,
    una sola verdad.
    Pero la única verdad
    es nadie, nada,
    la levedad que me sostiene,
    los párpados devastadoramente
    abiertos que me enfrentan
    a mí,
    ...........y que desvelan
    la ceguera que soy, la amputación
    que me pare. Mi casa es el olvido.
    Y lo percibo en cada línea
    que trazo en el papel, en cada vértice
    de la greca sombría
    .....................................con que perfilo
    el quieto sucederse de las horas.



    XV REMITE EL ESPLENDOR...

    Wardle

    Wardle

    Remite el esplendor
    que ha empenachado el día, y deshilado
    su cauto lapislázuli,
    y electrizado
    de jalde
    ...............sus lunas
    La luz tropieza
    en los nudos del aire
    y, en su caída,
    produce
    sonidos
    ...............umbríos,
    lechosidades secas,
    que se deslíen en la niebla.
    El aire se divide en micas
    que buscan lo que late en el fondo del aire,
    la violencia fecunda con que el sol
    .....................................................................desata
    sus flujos. Y una alondra, atravesándolo,
    reduce sus estrías,
    y lubrifica sus articulaciones
    y ensarta
    su gélido
    ardor,
    ...........como atraída
    por un imán difuso, sepultado en el cielo.
    (No sabe el pájaro
    que lo miro; no sabe que soy su realidad:
    sus alas baten porque las percibo).
    La aguja de una iglesia
    aproxima a las nubes un silencio
    jaspeado de limos,
    pero lo vierte
    también en los helechos
    que la circundan
    de su inflexible suavidad,
    y en el crepitante azul,
    ........................................cuya masa es
    un techo sin columna, una piel entreabierta.
    Un cazabombardero desordena la hierba
    que arropa los repechos conquistados
    por la lluvia y el guano. El avión rompe el aire,
    el vidrio de las cosas
    anochecientes,
    ............................y los insectos
    pululan con caótico fervor.
    La lentitud de los arroyos
    me consuela: acarician sin tocar,
    y su caricia me tritura;
    el tiempo está desnudo,
    gotea,
    ............abre intervalos de no tiempo, hiatos
    en su continuidad pétrea, entre los cerros
    y los narcisos,
    ...........................y yo
    recorro su materia sin propósito,
    como recorro estas estribaciones
    de turba en las que mueren los corderos.
    Las horas, empujadas
    por los alisios, se detienen
    en los salientes
    de las pupilas y las chimeneas,
    y desde ellas regresan
    al ser, como una mano jadeante
    que instara al cuerpo
    al incendio y a la consumación.
    No se oyen
    ......................los coches que circulan a lo lejos,
    ni el corazón, distante de mí, clavado en mí,
    que bombea silencio.
    Un temblor cárdeno sacude
    el cielo amargo de la atardecida.
    Todo brilla, encendido de avispas. Y los ojos,
    prensiles,
    exploran
    ................las inclemencias
    de lo visible y localizan
    lo inexistente, y lo maniatan,
    pero no dura:
    se recluye en los abierto
    y, como un animal abstracto,
    desaparece en los marjales,
    atónito de sal.

    Pedro Casas Serra
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    Eduardo Moga (1962- Empty Re: Eduardo Moga (1962-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 21 Jun 2024, 04:04

    .


    De Insumisión, Vaso roto, 2013:


    LOS INCAPACES DE SILENCIO: IMBÉCILES...

    Los incapaces de silencio: imbéciles. Los sojuzgados por su yo, a cuya animalidad imperiosa entregan sus horas y su energía: imbéciles. Los que tragan polvo tras una imagen de circonio y escayola, y se agreden por encaramarse a una paloma de la que tira un burro: idiotas. Los que rezan cinco veces al día, y dan siete vueltas a un meteorito, y creen que setenta huríes eternamente vírgenes les esperan para que gocen de sus cuerpos cuando ya no tengan cuerpo: más idiotas todavía. Los que se atrincheran en el uniforme para no enfrentarse al abismo de la desnudez: estúpidos. Los que gritan en estadios, o aplauden en platós, o votan en elecciones: borregos. Los que reprueban a quienes gritan en estadios, aplauden en platós o votan en elecciones: zotes. Los que creen que el amor es para siempre: memos. Los que creen en las palabras: los campeones de la estupidez. Las que se cubren de los pies a la cabeza para no excitar la impudicia del varón: burras. Los que escriben poemas para consolarse del mundo: majaderos. Los que sostienen que un poema que no se entiende es un mal poema: lerdos. Los que creen que las cosas existen más allá de la representación de las cosas: mentecatos. Los que opinan que decir las cosas crea o transforma las cosas: asnos. Los que están seguros de que ETA, con la complicidad del gobierno socialista, cometió los atentados del 11-M: retrasados mentales. Los que creen que el premio Planeta es un premio literario: tarados. Los que se alargan el pene, o se aumentan los pechos, o se agujerean las orejas o el clítoris: estultos. Los que escriben porque así satisfacen las expectativas de su padre, o redimen a su padre, aunque se condenen ellos: imbéciles redomados. Los que rebuznan nacionalcatólicamente en las covachas televisivas del filofascismo: subnormales. Los que, cuando se encuentran ante una opinión unánime, no sienten la obligación moral de discrepar: mamelucos. Los que predican la unidad de la patria, tanto si ya existe como si quieren que exista: pendejos. Los que berrean que los inmigrantes tienen la culpa, y los que se enfadan por que se diga que los inmigrantes tienen la culpa, o cualquier otra necedad: obtusos. Los responsables bancarios que han concedido hipotecas ciclópeas a inmigrantes con un sueldo exiguo y el aval de un familiar: criminales. Los inmigrantes que han suscrito esas hipotecas, sin saber qué era un aval, ni apenas una hipoteca: zoquetes. Los que dicen «el piloto se rompió su mano», como si pudiera romperse la de otro: analfabetos. Los que cometen la grosería del entusiasmo: badulaques. A los que les gusta Raphael, Belén Esteban, José Mourinho o José Luis García Martín: tarugos. Los que componen enumeraciones, con la esperanza de que las enumeraciones compongan el poema: tontos de capirote. Los que se afanan por adquirir seguridades, cuando la única seguridad es la muerte: beocios. Los que se van de putas: zopencos. Los que celebran la adhesión, la adscripción, la profesión, la doctrina, la certidumbre de la jefatura, el calor del establo: lelos.



    ELOGIO DEL JABALÍ

    España es una viña devastada por los jabalíes del laicismo
    Benedicto XVI, Obispo de Roma, Vicario de Cristo, Sucesor del Príncipe de los Apóstoles, Príncipe de los Obispos, Pontífice Supremo de la Iglesia Universal, Primado de Italia, Arzobispo y Metropolitano de la Provincia Romana, Siervo de los Siervos de Dios, Padre de los Reyes, Pastor del Rebaño de Cristo, Soberano del Estado de la Ciudad del Vaticano y, hasta 2006, Patriarca de Occidente
    [JOSEPH ALOISIUS RATZINGER, Inquisidor General entre 1981 y 2005]

    Ha venido a restaurar la viña devastada por los jabalíes. A mí me gustan los jabalíes: su salvajismo sin ambages, su ferocidad rectilínea, su despreocupada aceptación de lo que son; y me gusta su cabeza, sola o cubriendo una rebanada de pan con tomate. Los recuerdo en Azanuy, cuando los cazadores los traían de la sierra, abatidos, y los colgaban de un gancho en la calle, a la puerta de sus casas, para que admiráramos su proeza. Allí se quedaban los suidos, flojos como títeres sin hilos, con la cabeza derrengada y un boquete en la tripa, circundado por una sangre que olía a romero, y el morro entreabierto, por el que asomaban los berbiquís pavorosos de los colmillos y el triángulo rusiente de la lengua. Y yo sentía, en aquella fuerza descabalada, la representación de mi propio fracaso: la vulnerabilidad de los músculos y las justificaciones, la endeblez de cuanto edificamos para protegernos, el esqueleto de la nada. Los jabalíes devastan los sembradíos, es cierto, pero solo para alimentarse o esconderse: su acción es individual, o, a lo sumo, familiar; lo cultivado, en cambio, exige el sacrificio de muchos, no siempre partícipes de su provecho, y se alimenta de mierda, y estraga la tierra que lo amamanta. La voracidad del jabalí no es superior a la de la viña: aquel come para sobrevivir, en una tarea exigua y singular; esta esquilma el suelo, consume recursos y esperanzas, e irroga a la naturaleza los perjuicios de la explotación intensiva, y a los hombres, los de la propiedad privada. El jabalí es lo entero, lo beato, lo axiomático: el jabalí se comporta como un cerdo, porque es un cerdo: no lo disimula, a diferencia de la viña, que procura una devastación más sutil: la que se camufla en arquitectura; la que justifica una ebriedad metafísica. La viña es lo alquímico, el artefacto, lo dual: lo que desmineraliza lo real, la solidificación de una entelequia, el bálsamo de la borrachera. Los jabalíes consumen lo que ven: vides, batracios, planetas. Y lo hacen hincando el marfil negro de sus incisivos en la carne del aquí, en la evidencia de los pámpanos que cuelgan o del sufrimiento que nos ahoga, de la tierra que se traga los cadáveres y la lluvia, o de la ausencia que se traga a los hombres. Las viñas crean el fantasma del orden, el alivio sonámbulo de que haya fruta o vino, la ceguera deliberada de que las estrellas envejecen, y los afanes son insignificantes, y lo eterno, provisional. No hay jabalíes ensoberbecidos por la humildad, ni partidarios de una eternidad insoportable [«Rechaza otro existir, tras consumida/ mi ración de este guiso indigerible./ Otra vez, no. Una vez ya es demasiado», escribió felizmente Fonollosa], ni catecúmenos de laboriosos mistagogos: sus misterios son los de la viña, los de la vida. El lenguaje de los jabalíes es un lenguaje cazcarriento, engualdrapado de pelo, sin otro propósito que el de ser jabalí, con la debilidad propia de su vigor irracional, con la tragedia de tener cuatro patas y una muerte, con el dolor de las pezuñas cuando huye y el placer del falo cuando se aparea, es decir, cuando se asegura de que haya más devastadores de viñas, menos códigos sembrados, menos refutaciones de que el hambre es solo necesidad de energía, y el corazón, un músculo momentáneo, y la trascendencia, una invención del miedo; y de que el infinito existe, y se llama jabalí. El jabalí no se compadece: actúa, según lo que perciba, con toda su irrelevancia y su grandeza, con su plenitud y su animalidad. El jabalí no atribuye significados morales a los hechos de la naturaleza, ni, por lo tanto, cercena la vastedad de lo posible con la chirla de sus limitaciones. El jabalí no establece metáforas maniqueas, ni se pronuncia contra otros hijos de la creación, ni otorga carácter objetivo a la presencia de un mal que solo existe en su conciencia. El jabalí no banaliza el amor, generalizándolo industrialmente. El jabalí es paciente, no tiene envidia, no presume ni se engríe; no lleva cuentas del mal, porque no conoce el mal: porque el mal no le ha sido impuesto; el jabalí no se alegra de la injusticia, sino que goza con la verdad de su ser devastador, de la viña devastada, de su saludable devastación. Y no tiene miedo: reacciona, pronto al combate o a la huida, sin considerar la humillación del premio ni la desproporción del castigo, sin reconocer siquiera la infamante existencia de un juez. El jabalí no reprende, no adoctrina, no episcopa, porque el tiempo es esa viña que devora, el presente de esa viña mortal, que enciende de vida sus entrañas. El jabalí no se engaña, ni obedece, ni se transustancia: solo mastica los granos de uva con la certeza de que ese alimento es su presente y su eternidad. El jabalí no ha sido domesticado, ni conoce la afrentosa logomaquia de la enología, ni bebe de otro cáliz que el cáliz de su pecho ancho, y su falo incisivo, y su irreprochable fragilidad. El jabalí, a diferencia de la viña, depende de sí, de la astucia con que sobrepuje al viticultor, sin su salmodia agropecuaria. La viña, en cambio, late con una armonía impostada: la del designio, el mismo que impele a los teólogos y a los chamarileros. Es reconfortante embutirse en la coraza del orden, inocularse razón. Pero es la razón de los manicomios, adicta a las benzodiacepinas eucarísticas, como si la realidad fuera algo distinto de lo que podemos aprehender, como si la locura necesitase de una exégesis que la atemperara, como si debiéramos aplaudir que, en lugar de un roble, o un volcán, o nada, haya ingeniería, o arcángeles, o vida. Los jabalíes observan un comportamiento sociable, que incluye relaciones intergeneracionales solidarias, como que los escuderos, los ejemplares jóvenes, acompañen a los macarenos, los más ancianos del grupo, para aprender de su experiencia, a cambio de sus cuidados; los jabalíes son afectuosos y abnegados con su prole; aman a las jabalinas con denuedo, hasta olvidarse de comer; entierran semillas y esponjan el suelo al hozarlo, en busca de tubérculos o lombrices, favoreciendo que se humedezca y, por lo tanto, que germine; ayudan a controlar las poblaciones de roedores, insectos y larvas perjudiciales; y mueren con violencia, y hasta con crueldad, a manos de los cazadores, muchos de los cuales son católicos. Los jabalíes son moralmente superiores a los católicos, que abandonan a sus mayores en asilos pestilentes o en gasolineras de autopista, maltratan a sus hijos o sus mujeres, y cometen adulterio o fornican con rameras o compañeras de trabajo. Los jabalíes no solo comen las uvas de las viñas: son omnívoros, más aún, son teófagos, y en esto se equiparan a los católicos: devoran todos los signos de la creación y, con ellos, al creador mismo. Los jabalíes decoran con sus cabezas —esas que previamente nos han proporcionado la gloria de su embutido— los vestíbulos de los viticultores, y nos miran, desde su altura asesinada, con el estupor glaseado de sus ojos de cristal y su lengua equilátera. ¿Por qué?, parecen preguntar, ¿por qué cultiváis estas viñas obstinadas, que no tenemos más remedio que devastar, que os enajenan, recluyéndoos en la quimera de una vida perdurable, en el redil de la obediencia al padre, con su abominable amor —que os ha condenado a la enfermedad, a la vejez y la muerte—, envileciéndoos de simetría y de trabajo, llenándoos de esperanzas inverificables, confinándoos en las fronteras artificiales de la viña o en la viña sin huríes de ultratumba? Los jabalíes no se dejan sobornar: no esperan retribución por devastar la viña. Lo hacen porque han de hacerlo, porque no saben hacer otra cosa, porque es propio y encomiable y natural que un jabalí devaste las viñas, aunque no sepa que lo hace, ni por qué: esa ignorancia también es el jabalí. Él morirá, la viña morirá, morirán también el viticultor y los nietos y los tataranietos del viticultor, todo acabará muriendo en un aquelarre inconcebiblemente devastador de acontecimientos siderales, indiferentes a los jabalíes y a las viñas que hayan devastado, como la conclusión previsible de este transcurso sin otro sostén que la inestabilidad, sin otra certidumbre que el hombre y el hambre, que el fuego y la extinción.

    Coda

    Durante siglos, la Iglesia ha sido el jabalí que devastaba la viña de la libertad de conciencia y el espíritu crítico. [Aún hoy, hinca todo lo que puede las pezuñas en el predio de la ciudadanía]. De haber vivido entonces, habría compuesto un elogio de la viña.



    TODOS LOS HUESOS SE PUDREN IGUAL...

    Todos los huesos se pudren igual, pero los que descansan bajo esta lápida empezaron a descomponerse mucho antes de reposar a su sombra: venían deshaciéndose por los caminos —unos caminos que eran sumideros, galerías alanceadas por tinieblas— desde que conocieron un cielo de cal y un patio con limoneros. En cada recodo dejaron una astilla, como un filamento de niebla; en cada talud o barricada u hondura, una pizca de tuétano; en cada cadáver en la cuneta, un jirón de sueño. Pero la oscuridad favorece a los huesos: los acoge en su vientre, como si otra vez fueran a nacer. Las tumbas parecen vientres, cosas preñadas, abultamientos al revés: encarnaduras que nunca concluyen, porque nunca suceden. Los huesos fermentan como algo retirado a un silo no nutricio, como un silencio que permaneciera en la garganta, confinado entre salivas, a la espera de una expectoración luminosa. Me irritan estos exvotos, que emborronan la menesterosa superficie de la piedra: las rosas, corruptibles; las banderas republicanas, que enmarañan de color lo que debería ser luctuosamente blanco; las coronas de flores, bélicas o sindicales. El ayuntamiento ha instalado incluso un buzón junto a la tumba para que la gente envíe mensajes al poeta, como a los Reyes Magos. Todo vincula la sórdida belleza de su muerte, y el inmaculado presente de su descomposición, a las circunstancias de una causa o al deber de la melancolía: a un significado que constriñe su ejemplo y perturba su puro y radical no ser. Pero su nunca es hoy todavía. Un azul sin recovecos, en el que caben la desolación y las gaviotas, se detiene en el sepulcro, como algunas luciérnagas, como las hojas caedizas. Hay una sombra entera, una emulsión de herrumbre y buganvillas, que se derrama en el rectángulo: la realidad que proclama carece de enseñas. Un gris desembarazado aúna el exilio y la quietud. Es la página en blanco de la muerte, donde se consigna la determinación irrazonable de vivir. Perdura el renquear de las ambulancias, el siseo oclusivo del enfisema, la madre que lo ha parido y a la que ha visto morir, entre los miasmas de la locura, la madre muerta. En una fatídica coincidencia, iba ligero de equipaje: lo había perdido en el caos de la huida de Barcelona, entre columnas de refugiados que atestaban las carreteras y ametrallamientos aéreos que no distinguían entre combatientes y civiles; solo conservaba un maletín, con un puñado de tierra española, y papeles arrugados en los bolsillos, que se aferraban a aquellos días azules –a pesar de las salpicaduras de la sangre– y a aquel sol de la infancia. No hay nada que comprender, salvo su muerte abrumadora; no hay nada que corregir, salvo las guirnaldas de las fotografías y los poemas, emocionados pero obtusos: los espantajos de la ideología. Su descanso ha de ser perfecto, sin aplausos, sin arquitectura, como arrojado a una dehesa interminable, a unos campos, lamidos por la reja del amor, cuyo polvo es fértil, junto a los sillares negros del torreón y a las almenas rojizas de la fortaleza, en este otro cementerio donde el mar siempre vuelve a comenzar. Aunque no puedan verse, los huesos brillan debajo. Fuera, bastan las luciérnagas.

    [En otro lugar he escrito: El cementerio de Montparnasse está atiborrado de lápidas; apenas se puede caminar entre tantos muertos. Llueve, y la lluvia embarra los senderos, desorganiza las flores, destiñe el silencio. Buscamos el lugar en el que está enterrado César Vallejo, pero tampoco lo encontramos. Cuando sugiero que abandonemos la búsqueda, me conmueve la insistencia de mis hijos —que nada saben de Vallejo, pero que advierten mi ilusión por dar con su tumba— en no rendirnos todavía. Tras fracasar en la lectura de los mapas que supuestamente indican la ubicación de cada sepulcro, la distingo por fin, gracias a un retrato del poeta depositado a los pies del túmulo. Es un enterramiento sencillo, de losa perlina y nulo ornato, excepto una fugaz inscripción en francés. Les cuento a mis hijos que Vallejo escribió en un poema que moriría en París un jueves de aguacero, y que, en efecto, murió en París con aguacero, aunque no fuese jueves, sino viernes. Junto a su foto de indio hambreado —perdonen la tristeza— y a una cinta verde dejada en homenaje por la embajada del Perú, encuentro un folio doblado con el poema, "Piedra negra sobre una piedra blanca". No es jueves, ni siquiera viernes, pero cae un aguacero respetable y estamos en París. Leo: "Me moriré en París con aguacero,/ un día del cual tengo ya el recuerdo./ Me moriré en París —y no me corro—/ talvez un jueves, como es hoy de otoño.// Jueves será, porque hoy, jueves, que proso/ estos versos, los húmeros me he puesto/ a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,/ con todo mi camino, a verme solo.// César Vallejo ha muerto, le pegaban/ todos sin que él les haga nada;/ le daban duro con un palo y duro// también con una soga; son testigos/ los días jueves y los huesos húmeros,/ la soledad, la lluvia, los caminos...". Ángeles, Pablo y Álvaro me miran, apretados bajo el paraguas y velados por el cendal de la lluvia, en silencio, mientras el agua me corre por la cara y se borran las palabras del poema].

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    Eduardo Moga (1962- Empty Re: Eduardo Moga (1962-

    Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 21 Jun 2024, 04:37

    .


    De Mi padre, Trea, 2019:


    MI PADRE (fragmento)

    Mi padre tenía el pelo blanco. Yo también tengo el pelo blanco. El pelo encanece por oxidación.

    Mi padre tenía muy larga la uña del meñique izquierdo. Decía que los mandarines se dejaban crecer las uñas para demostrar que no hacían trabajos manuales. Él vendía cosas.

    Mi padre recordaba con orgullo que había sido el segundo de la clase. Como en sus tiempos escolares se disponía a los alumnos en el aula según su mayor o menor aplicación, él ocupaba un pupitre delantero, acorde con su jerarquía. Pero ni siquiera pudo acabar la educación primaria. Estalló la guerra.

    Aun muerto, el sofá del comedor olía a él. En la cretona que lo recubría había canas suyas.

    Mi padre me llevaba al campo a avistar liebres, conejos y pájaros. Yo era incapaz de distinguirlos, pero él reconocía a buitres y águilas, a halcones y milanos, a quebrantahuesos y azores. O eso decía.

    Mi padre vivía en la cama. Llegaba a casa, se desnudaba y se acostaba. El cajón de su mesita de noche estaba lleno de pañuelos pringosos, que ensuciaba con ruidosas regurgitaciones de mocos. Las zapatillas siempre quedaban al pie de las sábanas. Se las quitaba con sacudidas breves y rápidas.

    En el campo, pasábamos mucha sed. Descubrir agua era una aventura. El secreto consistía en llegar, en los cañizares, a donde la vegetación era más verde y alta. Allí había siempre un tollo.

    Lo envolvieron en un sudario. Lo besé en la frente. Estaba helado.

    Mi padre era muy bueno haciendo muñequitos de plastilina. Moldeaba un cocodrilo, o un burro, o un pájaro, y lo dejaba en la mesa del comedor. También dibujaba muy bien. En verano me escribía cartas que eran historietas, pequeños tebeos cuyos protagonistas éramos él y yo. Lo que esos personajes decían estaba plagado de faltas de ortografía.

    Mi padre tenía úlcera de estómago. Tomaba pastillas, pero también vino y embutidos. Una vez lo vi caminar por el pasillo de casa, como un oso enjaulado, retorciéndose de dolor. Como el pasillo era estrecho, golpeaba ambas paredes al mismo tiempo con los puños. «¿A dónde voy mañana? ¿A dónde voy?», no dejaba de gritar. Se negaba a que lo viera el médico. Les tenía pavor a los médicos. Mi madre seguía cosiendo en el comedor.

    Mi padre me sentó una vez con él a la mesa del comedor para enseñarme lo que era la buena literatura. Me leyó y explicó el principio de una novela de Balzac, ya no recuerdo si Papá Goriot o La piel de zapa. Me aburrí mucho, pero no se lo dije. Luego he sabido que Balzac escribía muy mal.

    Mi padre iba en calzoncillos por casa. Tenía unos testículos enormes. Pero nunca le vi el pene.

    A mi padre le gustaba jugar conmigo al ajedrez. Su pieza preferida era el caballo. Yo siempre le ganaba. Tras la segunda o tercera derrota, decía: «Venga, ahora voy a jugar en serio». Y volvía a ganarle.


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