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    Gonzalo Rojas (1916-2011)

    Pedro Casas Serra
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    Gonzalo Rojas (1916-2011) Empty Gonzalo Rojas (1916-2011)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 05 Sep 2022, 13:54

    .


    Gonzalo Rojas (Lebu, 20 de diciembre de 1916-Santiago, 25 de abril de 2011)4 fue un escritor, poeta y profesor chileno perteneciente a la llamada generación del 38. Uno de los exponentes más destacados de la poesía hispanoamericana del siglo XX, su obra se enmarca en la tradición continuadora de las vanguardias literarias latinoamericanas. Fue galardonado, entre otros, con los premios Reina Sofía de Poesía Iberoamericana 1992, Nacional de Literatura de Chile 1992 y Cervantes 2003. Su obra ha sido traducida a varios idiomas, tales como el inglés, el alemán, el chino y el árabe.

    Biografía

    Infancia y estudios

    Hijo del ingeniero de minas Juan Antonio Rojas y de Celia Pizarro, queda huérfano de padre a los cuatro años de edad. En 1926 la madre se muda de Lebu con sus seis hijos a Concepción, donde, gracias a una beca, el futuro poeta estudia en el Seminario Conciliar.

    En 1934 abandona el Seminario y viaja a Iquique, donde retoma sus estudios de secundaria en el liceo de la ciudad; colabora en el periódico El Tarapacá. Allí obtiene su primer galardón literario, al recibir un poema suyo el primer premio en Los juegos Florales. Dos años más tarde regresa a Concepción, donde completa el último curso de Humanidades en el Liceo de Hombres. Funda la revista Letras, en cuyas páginas publica el ensayo «Los treinta años de Pablo Neruda».

    Ingresa a estudiar Derecho en la Universidad de Chile, en Santiago, en 1937, pero al año siguiente se traslada al Instituto Pedagógico donde inicia sus estudios de literatura. En 1938 se convierte en miembro del grupo surrealista La Mandrágora, del que se alejaría en 1942. Para financiar sus estudios, trabaja algunos años como inspector en el Internado Nacional Barros Arana (1938-1941).

    En 1940, el mismo año que muere su madre, conoce a María Mackenzie, una joven de ascendencia escocesa con quien en 1942 decide dejar la capital para ir a vivir a Atacama y con quien contrae matrimonio en 1946. Su primer hijo, Rodrigo Tomás Rojas Mackenzie, nace en Vallenar en 1943.​ En Atacama trabaja primero como maestro, dedicándose más tarde a la alfabetización de los trabajadores. A continuación vive con su familia un breve plazo en Calbuco, en el sur de Chile.

    Regresa a Santiago de Chile en 1944.

    Docencia

    Es jefe de redacción en la revista Antártica de Santiago (1944) y profesor de castellano y filosofía en el Colegio Alemán y en el Liceo Eduardo de la Barra de Valparaíso entre 1946 y 1952, donde participa en la fundación del Instituto Pedagógico. Luego, entre 1952 y 1973, se desempeña como profesor titular en la Universidad de Concepción de las cátedras de Literatura Chilena y Teoría Literaria del Departamento de Español, lo cual, bajo el alero de dicha casa de estudios, le permite crear diversas actividades como las Escuelas de Temporada, creadas en 1953 y los Encuentros de Escritores de Chile y de América, los años 1958 y 1962, además de las Escuelas Internacionales de Verano. Después del triunfo de la Reforma Universitaria, en 1968, es elegido para el cargo de vicerrector de Extensión y Comunicaciones.

    En 1958 reúne por primera vez en Chile a los escritores del país para dialogar acerca de la situación de la literatura nacional a veinte años de la Generación del 38.​ El Primer Encuentro de escritores de Chile tiene lugar en el Salón de Honor de la Universidad de Concepción en enero, y el segundo, en junio del mismo año, en la ciudad de Chillán.

    En 1960, con el auspicio de la Universidad de Concepción organiza el “Primer Encuentro de Escritores Americanos”, al cual asisten, entre otros, Allen Ginsberg, Lawrence Ferlinghetti, Ernesto Sabato, Sebastián Salazar Bondy, Jorge Zalamea, Enrique Anderson Imbert, Margarita Aguirre, Nicanor Parra, Luis Oyarzún, Jaime García Terrés, Joaquín Gutiérrez, Carlos Martínez Moreno, Guillermo Sánchez, Fernando Alegría, José Antonio Portuondo, Hugo Lindo, Volodia Teitelboim, Alberto Wagner de Reyna, Ismael Viñas, Jesús Lara, entre otros.

    Luego, en 1962, convoca a escritores, científicos, filósofos, juristas, artistas plásticos, tales como Linus Pauling, Carlos Fuentes, Pablo Neruda, Osvaldo Guayasamín, Oscar Niemeyer, John D. Bernal, Mario Benedetti, Alejo Carpentier, Augusto Roa Bastos, José Miguel Arguedas, Héctor Agosti, Giannpietro Puppi, Thiago de Melo, Benjamín Carrión, Mariano Picón Salas, José Miguel Oviedo, Francesco Flora, Frank Tannenbaum, Jorge Millas, Claribel Alegría, José Bianco, Robert Merton, Miguel Serrano, Anatoli Svorykin, Nobushige Ukai, Robert Ulich, Roberto Torreti, José Ricardo Morales, entre otros. Los debates se centran en los dos temas propuestos por Rojas: “Imagen de América Latina” e “Imagen del hombre actual”. Con posterioridad, algunos escritores de América latina como Carlos Fuentes y José Donoso aventuraron la tesis de que el nacimiento del llamado Boom literario de Latinoamérica hubiera tenido allí su punto de partida.

    Vida en el extranjero

    En 1959, reside unos meses en Europa (París, Londres, Roma y Madrid); becado por la Unesco, en París se reencuentra con Hilda May, una joven que había sido su alumna en la Universidad de Concepción que luego llegará a ser su segunda esposa. De este matrimonio nace en 1964 su segundo hijo, Gonzalo Rojas-May Ortiz. Más adelante Hilda May estará a cargo de la selección de las poesías de algunas antologías de Rojas y en 1990 escribe su estudio sobre la obra de Rojas (La poesía de Gonzalo Rojas, Hiperión, Madrid, 1991).

    El presidente Salvador Allende lo nombra consejero cultural en China (1970-1972) y encargado de negocios en Cuba (1972-1973). Tras el golpe de 1973 se le anulan sus documentos de identidad y se le prohíbe regresar al país, donde es exonerado como profesor de todas las universidades chilenas. El exilio lo lleva primero a la República Democrática Alemana (1974-1975), donde asume una cátedra en la Universidad de Rostock y luego a Venezuela (1975-1980), donde primero trabaja en el Centro Rómulo Gallegos y más tarde ejerce la docencia en la Universidad Simón Bolívar.

    Proscrito en Chile de todas las universidades por la dictadura cívico-militar, asume tareas académicas en Estados Unidos entre 1980 y 1994, donde se desempeña como profesor visitante en las universidades Columbia, Pittsburgh, Austin, y en la de Chicago (1980-1985), y titular en la Brigham Young University de Provo, Utah. (1985-1994).

    Regresa a Chile en 1994, radicándose en la ciudad de Chillán en la casa de su esposa. En 1995 muere allí su segunda esposa, Hilda May, tras una larga enfermedad.

    En 2002 es nombrado miembro de honor de la Academia Chilena de la Lengua.

    Fallecimiento

    En septiembre de 2010 contrae una neumonía que compromete su estado general. El 22 de febrero de 2011 Rojas sufre un accidente cerebrovascular, que lo mantiene en estado crítico y con soporte médico las 24 horas del día en su casa de Chillán. El 12 de marzo es trasladado a un centro asistencial de Santiago, donde permanece hasta su fallecimiento, a la edad de 94 años, la madrugada del 25 de abril.

    A su muerte, el gobierno chileno decretó dos días de duelo oficial.

    Sus restos son velados en el Museo de Bellas Artes, donde recibe el masivo homenaje del pueblo de Chile en presencia del presidente de Chile, Sebastián Piñera, miembros de su gabinete y parlamentarios. Sus restos son despedidos por el presidente Piñera, por el exjefe de Estado Ricardo Lagos, por el poeta colombiano José Manuel Roca en representación de los escritores iberoamericanos, por el poeta Oscar Hahn y por su hijo Rodrigo Tomás.

    El 27 de abril su cuerpo es trasladado a la catedral de Chillán. Su entierro tiene lugar al día siguiente en el Patio de Artistas del Cementerio Municipal de esa ciudad junto a otros reconocidas personalidades nacionales y locales como Claudio Arrau, Ramón Vinay, Marta Colvin y Lalo Parra.

    Trayectoria literaria

    Autor fragmentario, su primer libro, La miseria del hombre (con ilustraciones de Carlos Pedraza), fue publicado en 1948 y dio origen a encontradas opiniones por parte de los críticos; Alone llegó a decir: «Al paso que llevan, las letras nacionales no prometen nada bueno». En cambio, los poetas lo recibieron muy bien; así, Miguel Arteche expresó: «Seguramente no va a gustar a ciertos críticos almibarados, sucios de espíritu. (...) Este es un libro que tiempo hacía no se presentaba en nuestro país» y Gabriela Mistral en carta a Gonzalo Rojas dijo: «Me ha tomado mucho, me ha removido y, a trechos, me deja algo parecido al deslumbramiento de lo muy original, de lo realmente inédito. (...) Lo que sé, a veces, es recibir el relámpago violento de la creación efectiva, de lo genuino, y eso lo he experimentado con su precioso libro».

    Pasaron 16 años antes de que publicara su segundo libro, Contra la muerte, en 1964. Rojas expresaría: «Mientras mi primer libro había tenido un grado de audiencia dispar, pero intensa, el segundo tuvo una acogida mayor. Sin presumir, puedo decir que situó mi nombre en América Latina».

    En 1977 apareció Oscuro en Venezuela, libro que le dio gran difusión en el continente. Carlos Fuentes diría, al recibir el Premio Rómulo Gallegos de ese año, "Gonzalo Rojas forma parte de "el gran arco lírico" junto a Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Vicente Huidobro, Pablo Neruda, José Gorostiza, César Vallejo, José Lezama Lima y Octavio Paz."

    A partir de entonces publicará periódicamente poemarios y antologías, en total más de 50 libros. Su poesía, inicialmente catalogada de expresionista por algunos, recoge, según él mismo ha manifestado, influencias del surrealismo (aunque él no se consideraba surrealista), de los poetas clásicos greco-latinos y de los poetas místicos españoles.

    Considerado uno de los más grandes poetas iberoamericanos del siglo XX, fue distinguido con importantes galardones y a lo largo de su vida recibió más de veinte Doctorados Honoris Causa de universidades latinoamericanas, europeas y norteamericanas. Entre los galardones más destacados que le fueran conferidos se encuentra la primera versión del Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana (1992), cuyo jurado estaba compuesto por Octavio Paz, Álvaro Mutis, José Hierro y Fernando Lázaro Carreter. Ese mismo año recibe el Premio Nacional de Literatura de Chile, en 1997 le conceden el Premio José Hernández, la más alta distinción literaria de Argentina, en 1998, en México, el Premio Octavio Paz de poesía y ensayo​ y en 2003 se anuncia en Madrid que le ha sido otorgado el Premio Miguel de Cervantes de literatura, máximo reconocimiento de la lengua española.

    Su poesía está traducida a varios idiomas: alemán, chino, francés, griego, inglés, italiano, japonés, portugués, rumano, ruso, sueco, polaco, turco, árabe e hindi.

    Algunos de sus libros han sido ilustrados por pintores como Roberto Matta, Carlos Pedraza, Guillermo Núñez, Víctor Ramírez, Julio Escámez, entre otros.

    (Sacado de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )


    *


    Algunos poemas de Gonzalo Rojas:


    ¿A QUÉ MENTIRNOS?

    Vivimos, gran Quevedo, vivimos tiempo que ni se detiene, ni
    tropieza, ni vuelve.


    ¿A qué mentirnos con la llama del perfume, con la noche moderna
    de los cinematógrafos, antesalas terrestres del sepulcro?

    Pongamos desde hoy el instrumento en nuestras manos.
    Abramos con paciencia nuestro nido para que nadie nos arroje por lástima al reposo.
    Cavemos cada tarde el agujero después de haber ganado nuestro pan.

    Que en esa tierra hay hueco para todos: los pobres y los ricos.
    Porque en la tierra hay un regalo para todos:
    los débiles, los fuertes, las madres, las rameras.
    Caen de bruces. Caen de cabeza o sentados.
    Por donde más les pesa su persona, todos caen y caen.
    Aunque el cajón sea lustroso o de cristal. Aunque las tablas
    sin cepillar parezcan una cáscara rota con la semilla reventada.

    Todos caen y caen, y van perdiendo el bulto en su caída,
    ¡hasta que son la tierra milenaria y primorosa!



    A VECES PIENSO QUIÉN

    A veces pienso quién estará viviendo ronco mi juventud
    con sus mismas espinas, liviano y vagabundo,
    nadando en el oleaje de las calles horribles, sin un cobre,
    remoto, y más flexible: con tres noches radiantes en las sienes
    y el olor de la hermosa todavía en el tacto.

    Dónde andará, qué tablas le tocará dormir a su coraje,
    qué sopa devorar, cuál será su secreto
    para tener veinte años y cortar en sus llamas las páginas violentas.
    Porque el endemoniado repetirá también el mismo error
    y de él aprenderá, si se cumple en su mano la escritura.



    ACORDE CLÁSICO

    Nace de nadie el ritmo, lo echan desnudo y llorando
    como el mar, lo mecen las estrellas, se adelgaza
    para pasar por el latido precioso
    de la sangre, fluye, fulgura
    en el mármol de las muchachas, sube
    en la majestad de los templos, arde en el número
    aciago de las agujas, dice noviembre
    detrás de las cortinas, parpadea
    en esta página.



    AL SILENCIO

    Oh voz, única voz: todo el hueco del mar,
    todo el hueco del mar no bastaría,
    todo el hueco del cielo,
    toda la cavidad de la hermosura
    no bastaría para contenerte,
    y aunque el hombre callara y este mundo se hundiera
    oh majestad, tú nunca,
    tú nunca cesarías de estar en todas partes,
    porque te sobra el tiempo y el ser, única voz,
    porque estás y no estás, y casi eres mi Dios,
    y casi eres mi padre cuando estoy más oscuro.



    AQUÍ CAE MI PUEBLO

    Aquí cae mi pueblo. A esta olla podrida de la fosa
    común. Aquí es salitre el rostro de mi pueblo.
    Aquí es carbón el pelo de las mujeres de mi pueblo,
    que tenían cien hijos, y que nunca abortaban como las meretrices
    de los salones refinados en que se compra la belleza.

    Aquí duermen los ángeles de las mujeres que parían
    toos los años. Aquí late el corazón de mis hermanos.
    Mi madre duerme aquí, besada por mi padre.
    Aquí duerme el origen de nuestra dignidad:
    lo real, lo concreto, la libertad y la justicia.



    CARBÓN

    Veo un río veloz brillar como un cuchillo, partir
    mi Lebú en dos mitades de fragancia, lo escucho,
    lo huelo, lo acaricio, lo recorro en un beso de niño como entonces,
    cuando el viento y la lluvia me mecían, lo siento
    como una arteria más entre mis sienes y mi almohada.

    Es él. Está lloviendo.
    Es él. Mi padre viene mojado. Es un olor
    a caballo mojado. Es Juan Antonio
    Rojas sobre un caballo atravesando un río.
    No hay novedad. La noche torrencial se derrumba
    como mina inundada, y un rayo la estremece.

    Madre, ya va a llegar: abramos el portón,
    dame esa luz, yo quiero recibirlo
    antes que mis hermanos. Déjame que le lleve un buen vaso de vino
    para que se reponga, y me estreche en un beso,
    y me clave las púas de su barba.

    Ahí viene el hombre, ahí viene
    embarrado, enrabiado contra la desventura, furioso
    contra la explotación, muerto de hambre, allí viene
    debajo de su poncho de Castilla.

    Ah, minero inmortal, ésta es tu casa
    de roble, que tú mismo construiste. Adelante:
    te he venido a esperar, yo soy el séptimo
    de tus hijos. No importa
    que hayan pasado tantas estrellas por el cielo de estos años,
    que hayamos enterrado a tu mujer en un terrible agosto,
    porque tú y ella estáis multiplicados. No
    importa que la noche nos haya sido negra
    por igual a los dos.
    -Pasa, no estés ahí
    mirándome, sin verme, debajo de la lluvia.



    CÍTARA MÍA

    Cítara mía, hermosa
    muchacha tantas veces gozada en mis festines
    carnales y frutales, cantemos hoy para los ángeles,
    toquemos para Dios este arrebato velocísimo,
    desnudémonos ya, metámonos adentro
    del beso más furioso,
    porque el cielo nos mira y se complace
    en nuestra libertad de animales desnudos.

    Dame otra vez tu cuerpo, sus racimos oscuros para que de ellos mane
    la luz, deja que muerda tus estrellas, tus nubes olorosas,
    único cielo que conozco, permíteme
    recorrerte y tocarte como un nuevo David todas la cuerdas,
    para que el mismo Dios vaya con mi semilla
    como un latido múltiple por tus venas preciosas
    y te estalle en los pechos de mármol y destruya
    tu armónica cintura, mi cítara, y te baje a la belleza
    de la vida mortal.



    CONTRA LA MUERTE

    Me arranco las visiones y me arranco los ojos cada día que pasa.
    No quiero ver ¡no puedo! ver morir a los hombres cada día.
    Prefiero ser de piedra, estar oscuro,
    a soportar el asco de ablandarme por dentro y sonreír
    a diestra y a siniestra con tal de prosperar en mi negocio.

    No tengo otro negocio que estar aquí diciendo la verdad
    en mitad de la calle y hacia todos los vientos:
    la verdad de estar vivo, únicamente vivo,
    con los pies en la tierra y el esqueleto libre en este mundo.

    ¿Qué sacamos con eso de saltar hasta el sol con nuestras máquinas
    a la velocidad del pensamiento, demonios: qué sacamos
    con volar más allá del infinito
    si seguimos muriendo sin esperanza alguna de vivir
    fuera del tiempo oscuro?

    Dios no me sirve. Nadie me sirve para nada.
    Pero respiro, y como, y hasta duermo
    pensando que me faltan unos diez o veinte años para irme
    de bruces, como todos, a dormir en dos metros de cemento allá abajo.

    No lloro, no me lloro. Toda ha de ser así como ha de ser,
    pero no puedo ver cajones y cajones
    pasar, pasar, pasar, pasar cada minuto
    llenos de algo, rellenos de algo, no puedo ver
    todavía caliente la sangre en los cajones.

    Toco esta rosa, beso sus pétalos, adoro
    la vida, no me canso de amar a las mujeres: me alimento
    de abrir el mundo en ellas. Pero todo es inútil,
    porque yo mismo soy una cabeza inútil
    lista para cortar, por no entender qué es eso
    de esperar otro mundo de este mundo.

    Me hablan del Dios o me hablan de la Historia. Me río
    de ir a buscar tan lejos la explicación del hambre
    que me devora, el hambre de vivir como el sol
    en la gracia del aire, eternamente.



    CUERDAS INMÓVILES

    En primer lugar no pongan flores encima, pongan aire,
    aire fresco, a ver si esa transparencia ayuda al ocioso
    que ya no duerme ahí y sin embargo duerme
    vestido con ese traje que en 3 meses más será pura desnudez,
    puro caballo sin hueso corriendo en ninguna dirección,
    y además no lloren, ¿qué sacan con llorar?,
    con ser ¿qué sacan?, el resurrecto es otra cosa
    y ahí va remando despacito.



    DESOCUPADO LECTOR

    A Julio Fermoso

    Cumplo con informar a usted que últimamente todo es herida: la muchacha
    es herida, el olor
    a su hermosura es herida, las grandes aves negras, la inmediatez
    de lo real y lo irreal tramados en el fulgor de un mismo espejo
    gemidor es herida, el siete, el tres, todo, cualquiera de estos
    números de la danza es
    herida, la barca
    del encantamiento con Maimónides al timón es herida, aquel
    diciembre 20 que me cortaron de mi madre es herida, el sol
    es herida, Nuestro Señor
    sentado ahí entre los mendigos con esa túnica irreconocible por el cauterio del psicoanálisis es herida, el
    Quijote
    a secas es herida, el ventarrón
    abierto del Golfo contra la roca alta es
    herida, serpiente
    horadante del Principio, mar
    y más mar de un lado a otro, Kierkegaard y
    más Kierkegaard, taladro
    y por añadidura herida; la
    preñez en cuanto preñez en la preciosidad de su copa es
    herida, el ocio
    del viejo río intacto donde duermen inmóviles los mismos peces
    velocísimos es
    herida, la Poesía
    grabada a fuego en los microsurcos de mi cerebro de niño
    es herida, el hueco
    de 1.67 justo en metros de rey es herida, el éxtasis
    de estar aquí hablando solo en lo bellísimo de este pensamiento de
    nieve es
    herida, la evaporación
    de la fecha de mármol con el padre adentro
    bajo los claveles es
    herida, el carrusel
    pintarrajeado que fluye y fluye como otro río de polvo y otras
    máscaras
    que vi en Pekín colgando en la vieja calle de Cha Ta-lá
    cuya identidad comercial de 2.500 años de droga y ataúdes rientes
    no se discute, es
    herida; la cama en fin
    que allí compré, con dos espejos para navegar, es herida,
    ..............................................................................la
    perversión
    de la palabra nadie que sopla desde las galaxias es herida, el Mundo
    antes y después de los Urales es
    herida, la hilera
    de líneas sin ocurrencia de esta visión
    sin resurrección es herida. Cumplo
    entonces con informar a usted que últimamente todo es herida.



    EL ALUMBRADO

    Acostumbra el hombre hablar con su cuerpo, ojear
    su ojo, orejear diamantino
    su oreja, naricear
    cartílago adentro el plazo de su
    aire, y así ojeando orejeando la
    no persona que anda en el crecimiento
    de sus días últimos, acostumbra
    callar.

    A la cerrazón sigue el diálogo con las abejas
    para espantar la vejez; las convoca,
    las inventa si no están, les dice palabras que no figuran,
    las desafía a ser ocio;
    ocio para ser, insiste convincente. Las otras
    lo miran.

    Después viene el párrafo de irear el sepulcro y
    recurre a la experiencia limítrofe del  cajón. Se mete en el cajón,
    cierra bien la tapa de vidrio.
    Sueña que tiene 23 y va entrando en la rueda de las encarnaciones.
    ¿Por qué 23? La aguja de imantar no dice el número.
    Sueña que es cuarzo, de un lila casi transparente.

    Lo cierto es que llueve. Pensamiento o
    liturgia, lo cierto es que llueve. Gaviotas
    milenarias de agua amniótica
    es lo que llueve. Sale entonces la oreja
    de adentro de su oreja, la nariz
    de su nariz, el ojo
    de su ojo: sale el hombre de su hombre.
    Se oye uno en él hablar.



    EJERCICIO RESPIRATORIO

    ...............................,,..........Azar
    con balbuceo son las líneas de Ilión
    en las que está escrito el Mundo, con
    balbuceo y tartamudeo y
    asfixia, el oleaje
    de las barcas exige ritmo, Homero
    vio a Dios.



    EL DINERO

    Yo me refiero al río donde todos los ríos desembocan,
    al gran río podrido,
    donde vienen a dar nuestros pulmones que hemos criado para el aire,
    al río coagulado que lleva en su corriente sanguínea los despojos
    de nuestra libertad: todas las rosas
    en sus alcantarillas comerciales,
    las rosas del placer y de la dicha, las rosas de una noche
    que se abrieron a todos los sentidos,
    depositadas hoy en las aguas viscosas, donde las siete plagas
    nos manchan y nos muelen, nos consumen, nos comen
    con sus dientes inmundos bajo el beso y la risa del encanto.

    El río entra en nosotros,
    y nosotros entramos en el río.
    Es una guerra a muerte, como la del microbio
    que nos roba el color de nuestra sangre,
    a cambio del sustento con que nos embrutece, y nos permite
    unas horas de amor después de la fatiga del trabajo.

    Cuando al amanecer saltamos al abismo
    desde el confort caliente de nuestros blancos lechos,
    y ponemos los pies sobre las cosas,
    abrimos la ventana para mirar el cuerpo
    de nuestra realidad, y antes que salga el sol
    sale para nosotros la lividez del río,
    el aliento malsano del río de la muerte
    que nos cobra intereses por sellar nuestra noche.

    Por las noches, las prostitutas lo enriquecen,
    los criminales que entran a casa de sus víctimas
    con la muerte en los ojos, los avaros que creen
    aprovecharse de él, y son las pobres pústulas
    de este infinito río reventado
    como llaga monstruosa.

    Todos los miserables contribuyen
    al desarrollo, al crecimiento informe
    de este charco sin término.

    Los Bancos y los Templos abren sus grandes puertas
    para que pase el río.
    Todo se normaliza para que el río reine sobre vivos y muertos
    y de todos los ojos que corren por las calles
    sale el color maligno de su agua purulenta,
    y de todas las bocas sale el olor del río.

    Comemos, trabajamos por el honor del río
    y el día que morimos, nuestra mísera sangre
    es devorada por el río,
    y nuestros duros huesos que parecían dignos de la tierra
    también sirven al río
    como otros tantos testimonios
    de su poder, que pone blandas todas las cosas.

    ¿Cómo parar su cauce envenenado,
    cómo cortar las grandes arterias de este río
    para que se desangre de una vez, y eche abajo
    las tiendas y los troncos
    que vive construyendo sobre nuestra miseria?

    Pero no lo gritemos. Que él sabe nuestra suerte,
    él es la institución y la costumbre,
    él vence los regímenes, demuele las ideas,
    él mortifica al pobre, pero revienta al rico
    cuando no se somete a lamer su gangrena,
    él cobra y paga, sabe lo que quiere
    porque es la encarnación de la muerte en la tierra.



    EL FORNICIO

    Te besaré en la punta de las pestañas y en los pezones,
    te turbulentamente besara,
    mi vergonzosa, en esos muslos
    de individua blanca, tacara esos pies
    para otro vuelo más aire que ese aire
    felino de tu fragancia, te dijera española
    mía, francesa mía, inglesa, ragazza,
    nórdica boreal, espuma
    de la diáspora del Génesis... ¿Qué más
    te dijera por dentro?
                                    ¿griega,
    mi egipcia, romana
    por el mármol?
                          ¿fenicia,
    cartaginesa, o loca, locamente andaluza
    en el arco de morir
    con todos los pétalos abiertos,
                                                  tensa
    la cítara de Dios, en la danza
    del fornicio?

    Te oyera aullar,
    te fuera mordiendo hasta las últimas
    amapolas, mi posesa, te todavía
    enloqueciera allí, en el frescor
    ciego, te nadara
    en la inmensidad
    insaciable de la lascivia,
                                         riera
    frenético el frenesí con tus dientes, me
    arrebatara el opio de tu piel hasta lo ebúrneo
    de otra pureza, oyera cantar las esferas
    estallantes como Pitágoras,
                                             te lamiera,
    te olfateara como el león
    a su leona,
                   para el sol,
    fálicamente mía,
                             ¡te amara!



    ESCRITO CON L

    Mucha lectura envejece la imaginación
    del ojo, suelta todas las abejas pero mata el zumbido
    de lo invisible, corre, crece
    tentacular, se arrastra, sube al vacío
    del vacío, en nombre
    del conocimiento, pulpo
    de tinta, paraliza la figura del sol
    que hay en nosotros, nos
    viciosamente mata.

    Mucha lectura entristece, mucha envilece
    ..........................................................apestamos
    a viejos, los griegos
    eran los jóvenes, somos nosotros los turbios
    como si los papiros dijeran algo distinto al ángel del aire:
    somos nosotros los soberbios, ellos eran inocentes,
    nosotros los de el mosquerío, ellos era los sabios.

    Mucha lectura envejece la imaginación
    del ojo, suelta todas las abejas pero mata el  zumbido
    de lo invisible, acaba
    no tanto con la L de la famosa lucidez
    sino con esa otra L
    de la libertad,
    de la locura
    que ilumina lo hondo
    de lo lúgubre,
    ....................lambda,
    .................................loca,
    ...........................................luciérnaga
    ....................antes del fósforo, mucho antes
    ....................del latido
    ....................del Logos.



    INSTANTÁNEA

    El dragón es un animal quimérico, yo soy un dragón
    y te amo,
    es decir amo tu nariz, la sorpresa
    del zafiro de tus ojos,
    lo que más amo es el zafiro de tus ojos;

    pero lo que con evidencia me muslifica son tus muslos
    longilíneos cuyo formato me vuela
    sexo y cisne a la vez aclarándome lo perverso
    que puede ser la rosa, si hay rosa
    en la palpación, seda, olfato

    o, más que olfato y seda, traslación
    de un sentido a otro, dado lo inabarcable
    de la pintura entiéndase
    por lo veloz de la tersura
    gloriosa y gozosa que hay en ti, de la mariposa,

    así pasen los años como sonaba bajo el humo el célebre
    piano de marfil en la película; ¿qué fue
    de Humphrey Bogart y aquella alta copa nórdica
    cuya esbeltez era como una trizadura: qué fue
    del vestido blanco?

    Décadas de piel. De repente el hombre es décadas de piel, urna
    de frenesí y
    perdición, y la aorta
    de vivir es tristeza,
    de repente yo mismo soy tristeza;

    entonces es cuando hablo con tus rodillas y me encomiendo
    a un vellocino así más durable
    que el amaranto, y ahondo en tu amapola con
    liturgia y desenfreno,
    entonces es cuando ahondo en tu amapola,

    y entro en la epifanía de la inmediatez
    ventilada por la lozanía, y soy tacto
    de ojo, apresúrate, y escribo fósforo si
    veo simultáneamente de la nuca al pie
    equa y alquimia.



    LA SALVACIÓN

    Me enamoré de ti cuando llorabas
    a tu novio, molido por la muerte,
    y eras como la estrella del terror
    que iluminaba al mundo.

    Oh cuánto me arrepiento
    de haber perdido aquella noche, bajo los árboles,
    mientras sonaba el mar entre la niebla
    y tú estabas eléctrica y llorosa
    bajo la tempestad, oh cuánto me arrepiento
    de haberme conformado con tu rostro,
    con tu voz y tus dedos,
    de no haberte excitado, de no haberte
    tomado y poseído,
    oh cuánto me arrepiento de no haberte
    besado.

    Algo más que tus ojos azules, algo más
    que tu piel de canela,
    algo más que tu voz enriquecida
    de llamar a los muertos, algo más que el fulgor
    fatídico de tu alma,
    se ha encarnado en mi ser, como animal
    que roe mis espaldas con sus dientes.

    Fácil me hubiera sido morderte entre las flores
    como a las campesinas,
    darte un beso en la nuca, en las orejas,
    y ponerte mi mancha en lo más hondo
    de tu herida.

    Pero fui delicado,
    y lo que vino a ser una obsesión
    habría sido apenas un vestido rasgado,
    unas piernas cansadas de correr y correr
    detrás del instantáneo frenesí, y el sudor
    de una joven y un joven, libres ya de la muerte.

    Oh agujero sin fin, por donde sale y entra
    el mar interminable
    oh deseo terrible que me hace oler tu olor
    a muchacha lasciva y enlutada
    detrás de los vestidos de todas las mujeres.

    ¿Por qué no fui feroz, por qué no te salvé
    de lo turbio y perverso que exhalan los difuntos?
    ¿Por qué no te preñé como varón
    aquella oscura noche de tormenta?



    LA RENIÑEZ

    Dicen que el siglo se va, que el milenio se va, ¿cuál milenio?, ¿cuál siglo? ¿De la era de qué?
    ....A lo mejor debiera uno callarse. Pero no. Todavía no. Por lo menos todavía no. Estoy viviendo un reverdecimiento en el mejor sentido, una reniñez, una espontaneidad que casi no me explico. Es como si yo dejara que escribiera el lenguaje por mí. Parece descuido, y es el desvelo mayor. Estoy dejando que las aguas hablen, que suban las aguas, y que ellas mismas hablen.



    LA RISA

    Tomad vuestro teléfono
    y preguntad por ella cuando estéis desolados,
    cuando estéis totalmente perdidos en la calle
    con vuestras venas reventadas, sed sinceros,
    decidle la verdad muy al oído.

    Llamadla al primer número que miréis en el aire
    escrito por la mano del sol que os transfigura,
    porque ese sol es ella,
    ese sol que no habla,
    ese sol que os escucha
    a lo largo de un hiilo que va de estrella a estrella
    descifrando la suerte de la razón, llamadla
    hasta que oigáis su risa
    que os helará la punta
    del ánimo, lo mismo que la primera nieve
    que hace temblar de gozo la nariz del suicida.

    Esa risa lo es todo:
    la puerta que se abre, la alcoba que os deslumbra,
    los pezones encima del volcán que os abrasa,
    las rodillas que guardan el blanco monumento,
    los pelos que amenazan invadir esas cumbres,
    su boca deseada, sus orejas
    de cítara, sus manos,
    el calor de sus ojos, lo perverso
    de esta visión palpable del lujo y la miseria:
    esa risa lo es todo.



    LAS SÍLABAS

    Y cuando escribas no mires lo que escribas, piensa en el sol
    que arde y no ve y lame el Mundo con un agua
    de zafiro para que el ser
    sea y durmamos en el asombro
    sin el cual no hay tabla donde fluir, no hay pensamiento
    ni encantamiento de muchachas
    frescas desde la antigüedad de las orquídeas de donde
    vinieron las sílabas que saben más que la música, más, mucho
    más que el parto.



    LOS DÍAS VAN TAN RÁPIDOS

    Los días van tan rápidos en la corriente oscura que toda salvación
    se me reduce apenas a respirar profundo para que el aire dure en mis pulmones
    una semana más, los días van tan rápidos
    al invisible océano que ya no tengo sangre donde nadar seguro
    y me voy convirtiendo en un pescado más, con mis espinas.

    Vuelvo a mi origen, voy hacia mi origen, no me espera
    nadie allá, voy corriendo a la materna hondura
    donde termina el hueso, me voy a mi semilla,
    porque está escrito que esto se cumple en las estrellas
    y en el pobre gusano que soy, con mis semanas
    y los meses gozosos que espero todavía.

    Uno está aquí y no sabe que ya no está, dan ganas de reírse
    de haber entrado en este juego delirante,
    pero el espejo cruel te lo descifra un día
    y palideces y haces como que no lo crees,
    como que no lo escuchas, mi hermano, y es tu propio sollozo allá en el fondo.

    Si eres mujer te pones la máscara más bella
    para engañarte, si eres varón pones más duro
    el esqueleto, pero por dentro es otra cosa,
    y no hay nada, no hay nadie, sino tú mismo en esto:
    así es que lo mejor es ver claro el peligro.

    Estemos preparados. Quedémonos desnudos
    con lo que somos, pero quememos, no pudramos
    lo que somos. Ardamos. Respiremos
    sin miedo. Despertemos a la gran realidad
    de estar naciendo ahora, y en la última hora.



    LOS VERDADEROS POETAS SON DE REPENTE

    Sobre un acorde de Chihuahua:
    Los niños en el río
    miden el fondo
    de la transparencia.


    Los verdaderos poetas son de repente:
    nacen y desnacen, dicen
    misterio y son misterio, son niños
    en crecimiento tenaz, entran
    y salen intactos del abismo, ríen
    con el descaro de los 15, saltan
    desde el tablón del aire al roquerío
    aciago del océano sin
    miedo al miedo, los hechiza
    el peligro.

    Aman y fosforecen, apuestan
    a ser, únicamente a ser, tienen mil ojos
    y otras mil orejas, pero
    las guardan en el cráneo musical, olfatean
    lo invisible más allá del número, el
    vaticinio va con ellos, son
    lozanía y arden lozanía.

    Al éxtasis
    prefieren el sacrificio, dan sus vidas
    por otras vidas, van al frente
    cantando, a cada uno
    de los frentes, al abismo
    por ejemplo, al de la intemperie anarca,
    al martirio incluso, a las tormentas
    del amor, Rimbaud
    los enciende:

    "Elle este retrouvée
    Quoi? L'Eternité".

    Pero la Eternidad es esto mismo.



    OH PUREZA PUREZA

    Abro mis labios, deposito en la atmósfera un torrente de sol
    como un suicida que pone su semilla en el aire
    cuando hace estallar sus sesos en el resplandor del laberinto.

    Ya sé que el sol de la muerte me está haciendo girar en un eterno proceso
    de rotación y traslación llamado falsamente Poesía.
    A veces, como hoy, esta aparente confusión me hace reír, me hace reír.
    Este torbellino de palabras volcánicas como una erupción,
    que son una amenaza para los sacerdotes del soneto y el número.

    Pero es un sol innumerable lo que me sale por la boca,
    como un vómito de encendido carbón que me abrasara las ideas y las vísceras.



    MATERIA DE TESTAMENTO

    A mi padre, como corresponde, de Coquimbo a Lebu, todo el mar,
    a mi madre la rotación de la Tierra,
    al asma de Abraham Pizarro aunque no se me entienda un tren de humo,
    a don Héctor el apellido May que le robaron,
    a Débora su mujer el tercer día de las rosas,
    a mis 5 hermanas la resurrección de las estrellas,
    a Vallejo que no llega, la mesa puesta con un solo servicio,
    a mi hermano Jacinto, el mejor de los conciertos,
    al Torreón del Renegado donde no estoy nunca, Dios,
    a mi infancia, ese potro colorado,
    a la adolescencia, el abismo,
    a Juan Rojas, un pez pescado en el remolino con su paciencia de santo,
    a las mariposas los alerzales del sur,
    a Hilda, l'amour fou, y ella está ahí durmiendo,
    a Rodrigo Tomás mi primogénito el número áureo del coraje y el alumbramiento,
    a Concepción un espejo roto,
    a Gonzalo hijo el salto alto de la Poesía por encima de mi cabeza,
    a Catalina y Valentina las bodas con hermosura y espero que me inviten,
    a Valparaíso esa lágrima,
    a mi Alonso de 12 años el nuevo automóvil siglo XXI listo para el vuelo,
    a Santiago de Chile con sus 5 millones la mitología que le falta,
    al año 73 la mierda,
    al que calla y por lo visto otorga el Premio Nacional,
    al exilio un par de zapatos sucios y un traje baleado,
    a la nieve manchada con nuestra sangre otro NUremberg,
    a los desparecidos la grandeza de haber sido hombres en el suplicio y haber muerto cantando,
    al Lago Choshuenco la copa púrpura de sus aguas,
    a las 300 a la vez, el riesgo,
    a las adivinas, su esbeltez,
    a la calle 42 de New York City el paraíso,
    a Wal Street un dolar cincuenta,
    a la torrencialidad de estos días, nada,
    a los vecinos con ese perro que no me deja dormir, ninguna cosa,
    a los 200 mineros de El Orito a quienes enseñé a leer en el silabario de Heráclito, el encatamiento,
    a Apollinaire la llave del infinito que le dejó Huidobro,
    al surrealismo, él mismo,
    a Buñuel el papel de rey que se sabía de memoria,
    a la enumeración caótica el hastío,
    a la Muerte un crucifijo grande de latón.




    OLFATO

    Hombre es baile, mujer
    es igualmente baile, duran
    60, tiran
    diez mil
    ...........noches, echan
    10 hijos y en cuanto
    al semen ella
    se lava el corazón
    con semen, huele a los hijos,
    a su hombre remoto lo
    huele con nariz caliente, ya difunto.

    Con nariz de loca lo huele.



    ORQUÍDEA EN EL GENTÍO

    Bonito el color del pelo de esta señorita, bonito el olor
    a abeja de su zumbido, bonita la calle,
    bonitos los pies de lujo bajo los dos
    zapatos áureos, bonito el maquillaje
    de las pestañas a las uñas, lo fluvial
    de sus arterias espléndidas, bonita la physis
    y la metaphysis de la ondulación, bonito el metro
    setenta de la armazón, bonito el pacto
    entre hueso y piel, bonito el volumen
    de la madre que la urdió flexible y la
    durmió esos nueve meses, bonito el ocio
    animal que anda en ella.



    PAREJA HUMANA

    Hartazgo y orgasmo son dos pétalos en español de un mismo lirio tronchado
    cuando piel y vértebras, olfato y frenesí tristemente tiritan
    en su blancura última, dos pétalos de nieve
    y lava, dos espléndidos cuerpos deseosos
    y cautelosos, asustados por el asombro, ligeramente heridos
    en la luz sanguinaria de los desnudos:
    ...................................................un volcán
    que empieza lentamente a hundirse.

    Así el amor en el flujo espontáneo de unas venas
    encendidas por el hambre de no morir, así la muerte:
    la eternidad así del beso, el instante
    concupiscente, la puerta de los locos,
    así el así de todo después del paraíso:
    ....................................................-Dios,
    ábrenos de una vez.



    PERDÍ MI JUVENTUD

    Perdí mi juventud en los burdeles
    pero no te he perdido
    ni un instante, mi bestia,
    máquina del placer, mi pobre novia
    reventada en el baile.

    Me acostaba contigo,
    mordía tus pezones furibundo,
    me ahogaba en tu perfume cada noche,
    y al alba te miraba
    dormida en la marea de la alcoba,
    dura como una roca en la tormenta.

    Pasábamos por ti como las olas
    todos los que te amábamos. Dormíamos
    con tu cuerpo sagrado.
    Salíamos de ti paridos nuevamente
    por el placer, al mundo.

    Perdí mi juventud en los burdeles,
    pero daría mi alma
    por besarte a la luz de los espejos
    de aquel salón, sepulcro de la carne,
    el cigarro y el vino.

    Allí, bella entre todas,
    reinabas para mí sobre las nubes
    de la miseria.

    A torrentes tus ojos despedían
    rayos verdes y azules. A torrentes
    tu corazón salía hasta tus labios,
    latía largamente por tu cuerpo,
    por tus piernas hermosas
    y goteaba en el pozo de tu boca profunda.

    Después de la taberna,
    a tientas por la escala,
    maldiciendo la luz del nuevo día,
    demonio a los veinte años,
    entré al salón esa mañana negra.

    Y se me heló la sangre al verte muda,
    rodeada por las otras,
    mudos los instrumentos y las sillas,
    y la alfombra de felpa, y los espejos
    copiaban en vano tu hermosura.

    Un coro de rameras te velaba
    de rodillas, oh hermosa
    llama de mi placer, y hasta diez velas
    honraban con su llanto el sacrificio,
    y allí donde bailaste
    desnuda para mí, todo era olor
    a muerte.

    No he podido saciarme nunca en nadie,
    porque yo iba subiendo, devorado
    por el deseo oscuro de tu cuerpo
    cuando te hallé acostada boca arriba,
    y me dejaste frío en lo caliente,
    y te perdí, y no pude
    nacer de ti otra vez, y ya no pude
    sino bajar terriblemente solo
    a buscar mi cabeza por el mundo.



    ¿QUÉ SE AMA CUANDO SE AMA?

    ¿Qué se ama cuando se ama, mi Dios: la luz terrible de la vida
    o la luz de la muerte? ¿Qué se busca, qué se halla, qué
    es eso: amor? ¿Quién es? ¿La mujer con su hondura, sus rosas, sus volcanes,
    o este sol colorado que es mi sangre furiosa
    cuando entro en ella hasta las últimas raíces?

    ¿O todo es un gran juego, Dios mío, y no hay mujer
    ni hay hombre sino un solo cuerpo: el tuyo,
    repetido en estrella de hermosura, en partículas fugaces
    de eternidad visible?

    Me muero en esto, oh Dios, en esta guerra
    de ir y venir entre ellas por las calles, de no poder amar
    trescientas a la vez, porque estoy condenado siempre a una,
    a esa una, a esa única que me diste en el viejo paraíso.



    SERMÓN DEL ESTALLIDO

    A lo que fue a parar la belleza madre que nos parió, ¿y la novela?
    Aparentemente los personajes
    han llorado, se han ido, no quieren más.
    Nadie quiere más, nadie,
    después del estallido.

    Todo tan teatral, el funeral
    del origen con pecado
    y todo, la polvareda
    de las estrellas, el lujo, el soplo
    sobre las aguas.

    Gloria a Quién ahora, ¿al Padre
    que no es, al Hijo
    que no vino, al Espíritu
    Santo que no habló,
    al ruido?

    Todo tan teatral, del átomo
    al universo humeante. ¿Y el Logos?
    Callemos,
    reptemos otra vez, comamos
    ruinas en el Hoyo.

    Lo ser es lo sido.



    SEBASTIÁN ACEVEDO

    Sólo veo al inmolado de Concepción que hizo humo
    de su carne y ardió por Chile entero en las gradas
    de la catedral frente a la tropa sin
    pestañear, sin llorar, encendido y
    estallado por un grisú que no es de este Mundo: sólo
    veo al inmolado.

    Sólo veo ahí llamear a Acevedo
    por nosotros con decisión de varón, estricto
    y justiciero, pino y
    adobe, alumbrando el vuelo
    de los desaparecidos a todo lo
    aullante de la costa: sólo  veo al inmolado.

    Sólo veo la bandera alba de su camisa
    arder hasta enrojecer las cuatro puntas
    de la plaza, sólo a los tilos por
    su ánima veo llorar un
    nitrógeno áspero pidiendo a gritos al
    cielo el rehallazgo de un toqui
    que nos saque de esto: sólo veo al inmolado.

    Sólo al Bío-Bío hondo, padre de las aguas, veo velar
    al muerto: curandero
    de nuestras heridas desde Arauco
    a hoy, casi inmóvil en
    su letargo ronco y
    sagrado como el rehue, acarrear
    las mutaciones del remolino
    de arena y sangre con cadáveres al
    fondo, vaticinar
    la resurrección: sólo veo al inmolado.

    Sólo la mancha veo del amor que
    nadie nunca podrá arrancar del cemento, lávenla o
    no con aguarrás o soda
    cáustica, escobíllenla
    con puntas de acero, líjenla
    con uñas y balas, despíntenla, desmiéntanla
    por todas las pantallas de
    la mentira de norte a sur: sólo veo al inmolado.



    SIEMPRE EL ADIÓS

    Tú llorarás a mares
    tres negros días, ya pulverizada
    por mi recuerdo, por mis ojos fijos
    que te verán llorar detrás de las cortinas de tu alcoba,
    sin inmutarse, como dos espinas,
    porque la espina es la flor de la nada.
    Y me estarás llorando sin saber por qué lloras,
    sin saber quién se ha ido:
    si eres tú, si soy yo, si el abismo es un beso.

    Todo será de golpe
    como tu llanto encima de mi cara vacía.
    Correrás por las calles. Me mirarás sin verme
    en la espalda de todos los varones que marchan al trabajo.
    Entrarás en los cines para oírme en la sombra del murmullo. Abrirás
    la mampara estridente: allí estarán las mesas esperando mi risa
    tan ronca como el vaso de cerveza, servido y desolado.



    UNO ESCRIBE EN EL VIENTO

    Que por qué, que hasta cuándo, que si voy a dormir noventa meses,
    que moriré sin obra, que el mar se habrá perdido.
    Pero yo soy el mar, y no me llamo arruga
    ni volumen de nada.

    Crezco y crezco en el árbol que va a volar. No hay libro
    para escribir el sol. ¿Y la sangre? Trabajo
    será que me encuadernen el animal. Poeta
    de un tiro: guerrillero.

    Me acuerdo, tú te acuerdas, todos nos acordamos
    de la galaxia ciega desde donde vinimos
    con esta luz tan pobre a ver el mundo.
    Vinimos, y eso es todo.

    Tanto para eso, madre, pero entramos llorando,
    pero entramos llorando al laberinto
    como si nos cortaran el origen. Después
    el carácter, la guerra.

    El ojo no podría ver el sol
    si él mismo no lo fuera. Cosmonautas, avisen
    si es verdad esa estrella, o es también escritura
    de la farsa.

    Uno escribe en el viento: ¿para qué las palabras?
    Árbol, árbol oscuro. El mar arroja lejos
    a los pescados muertos. Que lean a los otros.
    A mí con mis raíces.

    Con mi pueblo de pobres. Me imagino a mi padre
    colgado de mis pies y a mi abuelo colgado
    de los pies de mi padre. Porque el minero es uno,
    y además venceremos.

    Venceremos. El mundo se hace con sangre. Iremos
    con las tablas al hombro. Y el fusil. Una casa
    para América hermosa. Una casa, una casa.
    Todos somos obreros.

    América es la casa: ¿dónde la nebulosa?
    Me doy vueltas y vueltas en mi viejo individuo
    para nacer. Ni estrella ni madre que me alumbre
    lúgubremente solo.

    Mortal, mortuorio río. Pasa y pasa el color,
    sangra y sangra mi pueblo, corre y corre el sentido.
    Pero el dinero pudre con su peste las aguas.
    Cambiar, cambiar el mundo.

    O dormir en el átomo que hará saltar el aire en cien mil víboras
    cráter de las ciudades bellamente viciosas.
    Cementerio volante: ¿dónde la realidad?
    Hubo una vez un niño.



    VOCALES PARA HILDA

    La que duerme ahí, la sagrada,
    la que me besa y me adivina,
    la translúcida, la vibrante,
    la loca
    de amor, la cítara
    alta:

    tú,

    nadie
    sino flexiblemente
    tú,
    la alta,
    en el aire alto
    del aceite
    original
    de la Especie:

    tú,

    la que hila
    en la velocidad
    ciega
    del sol:

    tú,

    la elegancia
    de tu presencia
    natural
    tan próxima
    mi vertiente
    de diamante, mi
    arpa,
    tan portentosamente mía:

    tú,

    paraíso
    o
    nadie
    cuerda
    para oír
    el viento
    sobre el abismo
    sideral:

    tú,

    página
    de piel más allá
    del aire:

    tú,

    manos
    que amé,
    pies
    desnudos
    del ritmo
    de marfil
    donde puse
    mis besos:

    tú,

    volcán
    y pétalos,
    llama;
    lengua
    de amor
    viva:

    tú,

    figura
    espléndida, orquídea
    cuyo carácter aéreo
    me permite
    volar:

    tú,

    muchacha
    mortal, fragancia
    de otra música
    de nieve
    sigilosamente
    andina:

    tú,

    hija del mar
    abierto,
    áureo,
    tú que danzas
    inmóvil
    parada
    ahí
    en
    la transparencia
    desde
    lo hondo
    del principio:



    cordillera, tú,
    crisálida
    sonámbula
    en el fulgor
    impalpable
    de tu corola:

    tú,

    nadie: tú:
    Tú,
    Poesía,
    tú,
    Espíritu,
    nadie:

    tú,

    que soplas
    al viento
    estas vocales
    oscuras,
    estos
    acordes
    pausados
    en el enigma
    de lo terrestre:

    tú:


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    Gonzalo Rojas (1916-2011) Empty Re: Gonzalo Rojas (1916-2011)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 08 Sep 2022, 00:26

    AQUÍ CAE MI PUEBLO

    Aquí cae mi pueblo. A esta olla podrida de la fosa
    común. Aquí es salitre el rostro de mi pueblo.
    Aquí es carbón el pelo de las mujeres de mi pueblo,
    que tenían cien hijos, y que nunca abortaban como las meretrices
    de los salones refinados en que se compra la belleza.

    Aquí duermen los ángeles de las mujeres que parían
    toos los años. Aquí late el corazón de mis hermanos.
    Mi madre duerme aquí, besada por mi padre.
    Aquí duerme el origen de nuestra dignidad:
    lo real, lo concreto, la libertad y la justicia.



    ¡Qué lástima no tener más tiempo para la buena poesía!

    Gracias, Pedro.


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    Gonzalo Rojas (1916-2011) Empty Re: Gonzalo Rojas (1916-2011)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Jue 08 Sep 2022, 03:28

    Gracias por tu interés, Pascual. También para mí, Gonzalo Rojas ha sido un grato descubrimiento. Dudé en seleccionar entre su obra este poema, por su opinión sobre el aborto y la maternidad, que supongo es debida a una mentalidad y a una época (machistas, claro), por lo demás magnífico. Pero somos el conjunto de todo lo que somos.

    Un abrazo.
    Pedro


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