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Aleksandr Nikolayevich Afanasiev (1826-1871): Cuentos populares rusos

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Pedro Casas Serra
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Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 10 Sep 2021, 03:19

Pues aquí te dejo otro, Ángel.

Un fuerte abrazo.
Pedro


*


EL SOLDADO Y LA MUERTE


Un soldado, después de haber cumplido su servicio durante veinticinco años, pidió ser licenciado y se fue a correr mundo.

Anduvo algún tiempo y se encontró a un pobre que le pidió limosna.

Tenía el soldado solo tres galletas y dio una al mendigo, quedándose con dos. Siguió su camino, y a poco tropezó con otro pobre que también le pidió limosna saludándole humildemente. El soldado repartió con él su provisión, dándole una galleta y quedándose él con la última.

Llevaba andando un buen rato, cuando se encontró a un tercer mendigo.

Era un anciano de pelo blanco como la nieve, que también lo saludó humildemente pidiéndole limosna. El soldado sacó su última galleta y reflexionó para sí: “Si le doy la galleta me quedaré sin provisiones; pero si le doy la mitad y encuentra a los otros dos pobres, al ver que a ellos les he dado una galleta entera a cada uno se podrá ofender. Mejor será que le dé entera la galleta; yo me podré pasar sin ella”.

Le dio su última galleta, quedándose sin provisiones. Entonces el anciano le preguntó:

- Dime, hijo mío, ¿qué deseas y qué necesitas?

- Dios te bendiga -le contestó el soldado. ¿Qué quieres que te pida a ti, abuelito, si eres tan pobre que nada puedes ofrecerme?

- No hagas caso de mi miseria y dime lo que deseas; quizá pueda recompensarte por tu buen corazón.

- No necesito nada; pero si tienes una baraja, dámela como recuerdo tuyo.

El anciano sacó de su bolsillo una baraja y se la dio al soldado, diciendo:

- Tómala, y puedes estar seguro de que, juegues con quien juegues, siempre ganarás. Aquí tienes también una alforja; a quien encuentres en el camino, sea persona, animal o cosa, si la abres y dices: “Entra aquí”, enseguida se meterá en ella.

- Muchas gracias -le dijo el soldado.

Y sin dar importancia a lo que el anciano le había dicho, tomó la baraja y la alforja y siguió su camino.

Después de andar bastante, llegó a la orilla de un lago y vio en él tres gansos que estaban nadando. Se le ocurrió al soldado ensayar su alforja; la abrió y exclamó:

- ¡Ea, gansos, entrad aquí!

Solo pronunció estas palabras cuando, con gran asombro suyo, los gansos volaron hacia él y entraron en la alforja. El soldado la ató, se la puso al hombro y siguió su camino.

Anduvo, anduvo y al fin llegó a una ciudad desconocida. Entró en una taberna y dijo al tabernero:

- Oye. Toma este ganso y ásamelo para cenar; me darás pan y una buena copa de aguardiente por este otro, y este tercero te lo doy a ti en pago de tu trabajo.

Se sentó a la mesa y, lista la cena, se puso a comer, bebiéndose el aguardiente y comiéndose el sabroso ganso.

Conforme cenaba, se le ocurrió mirar por la ventana y vio un magnífico palacio que tenía todos los cristales de las ventanas rotos.

- Dime -preguntó al tabernero-, ¿qué palacio es ese y por qué se halla abandonado?

- Ya hace tiempo -respondió el tabernero- que nuestro zar hizo construir ese palacio, pero le fue imposible establecerse en él. Hace diez años que está abandonado, pues los diablos lo han tomado por residencia y echan de él a todo el que entra. Apenas es de noche se reúnen allí a bailar, alborotar y jugar a los naipes.

El soldado, sin pararse a pensar, se dirigió a palacio, se presentó ante el zar, y haciéndole un saludo militar, le dijo:

- ¡Majestad! Perdóname mi audacia por venir a verte sin ser llamado. Quisiera que me dieses permiso para pasar la noche en tu palacio abandonado.

- ¡Tú estás loco! Se han presentado muchos hombres antes pidiéndome lo mismo; a todos di permiso, pero ninguno de ellos ha regresado vivo.

- El soldado ruso ni se ahoga en el agua ni se quema en el fuego -contestó el soldado. He servido a Dios y al zar veinticinco años y no he muerto, no me voy a morir ahora en una noche.

- Te advierto que siempre que ha entrado al anochecer un hombre vivo, a la mañana siguiente solo se han encontrado los huesos -contestó el zar.

El soldado persistió en su deseo, rogando al zar que le diese permiso para pasar la noche en el palacio abandonado.

- Bueno – dijo finalmente el zar. Ve allí si quieres; mas no podrás decir que ignoras la muerte que te espera.

Fue el soldado al palacio abandonado y se instaló en la gran sala, se quitó la mochila y el sable, colocó la primera en un rincón y colgó el sable de un clavo. Se sentó a la mesa, sacó la tabaquera, llenó la pipa, la encendió y se puso a fumar tranquilamente.

A las doce de la noche acudieron, no se sabe de dónde, tal cantidad de diablos que era imposible contarlos. Empezaron a gritar, a bailar y a alborotar, armando una infernal algarabía.

- ¡Hola, soldado! ¿Tú también aquí? -gritaron al verle. ¿Para qué has venido? ¿Quieres acaso jugar a naipes con nosotros?

- ¿Por qué no he de querer? -repuso el soldado. Pero con una condición, tenemos que jugar con mi baraja, porque no me fio de la vuestra.

Sacó enseguida su baraja y empezó a repartir las cartas. Jugaron una partida y el soldado ganó; y a la segunda ocurrió lo mismo. Pese a todas sus astucias, los diablos perdieron todo el dinero que tenían, que el soldado iba recogiendo tranquilamente.

- Espera, amigo -dijeron los diablos; nos queda una reserva de cincuenta arrobas de plata y cuarenta de oro; vamos a jugárnoslas también.

Mandaron a un diablejo para que les trajera los sacos de la reserva de plata y continuaron jugando.

El soldado seguía ganando, y el pequeño diablejo, al traer los sacos se cansó tanto, que, casi sin aliento, suplicó al viejo diablo calvo:

- Permíteme descansar un ratito.

- ¡Nada de descansar, perezoso! ¡Tráenos enseguida los sacos de oro!

El diablejo, asustado, corrió a todo correr, y fue trayendo los sacos de oro, que pronto se amontonaron en un rincón. Pero el resultado fue el mismo: el soldado seguía ganando.

Los diablos, a quienes no agradaba separarse de su dinero, derribaron la mesa a patadas y atacaron al soldado, rugiendo a coro:

- ¡Despedazadlo, despedazadlo!

Pero el soldado, sin inmutarse, cogió su alforja, la abrió y preguntó:

- ¿Sabéis qué es esto?

- Una alforja -le contestaron los diablos.

- ¡Pues entrad todos aquí!

Apenas pronunció estas palabras, todos los diablos se precipitaron en la alforja, llenándola por completo, apretados unos contra otros. El soldado la ató con una cuerda, la colgó de la pared, y luego, echándose sobre los sacos de dinero, durmió profundamente hasta la mañana siguiente.

Muy temprano, dijo el zar a sus servidores:

- Id a ver lo que le ha sucedido al soldado, y si se ha muerto, recoged sus huesos.

Llegaron los servidores al palacio y vieron con asombro al soldado paseando contentísimo por las salas y fumando su pipa.

- ¡Hola, amigo! No esperábamos verte vivo. ¿Qué tal has pasado la noche? ¿Cómo te las has arreglado con los diablos?

- ¡Valientes personajes, esos diablos! ¡Mirad cuánto oro y cuánta plata les he ganado a los naipes!

Los servidores del zar no se podían creer lo que veían sus ojos.

- Os habéis quedado todos con la boca abierta -siguió diciendo el soldado. Mandadme dos herreros y decidles que traigan con ellos el yunque y los martillos.

Cuando llegaron los herreros con el yunque y los martillos, el soldado les dijo:

- Descolgad esa alforja de la pared y dad unos buenos golpes sobre ella.

Los herreros se pusieron a descolgar la alforja y hablaron entre ellos:

- ¡Dios mío, cuánto pesa! ¡Parece como si estuviera llena de diablos!

Y estos exclamaron desde dentro:

- Somos nosotros, queridos amigos.

Colocaron la alforja sobre el yunque y empezaron a darle martillazos como si estuviesen batiendo hierro. Los diablos, no pudiendo soportar el dolor, llenos de espanto, gritaron con todas sus fuerzas:

- ¡Gracia, gracia, soldado! ¡Déjanos libres! ¡Nunca te olvidaremos y ningún diablo entrará jamás en este palacio ni se acercará a él en cien leguas a la redonda!

El soldado ordenó a los herreros que cesasen en sus goles; y apenas desató la alforja, los diablos echaron a correr sin siquiera mirar atrás; en un visto y no visto dejaron el palacio. Pero no todos tuvieron la suerte de escapar: el soldado retuvo como rehén a un diablo cojo que no pudo correr como los demás.

Cuando anunciaron al zar las hazañas del soldado, lo hizo venir a su presencia, lo alabó mucho y lo dejó vivir en palacio. Desde entonces el valiente soldado empezó a disfrutar de la vida, porque tenía de todo en abundancia: los bolsillos rebosantes de dinero, el respeto y consideración de toda la gente, que cuando lo encontraban le hacían reverencias, y el cariño del zar.

Se puso tan contento, que quiso casarse. Buscóse novia, celebraron la boda y, para colmo de bienes, obtuvo de Dios la gracia de tener un hijo al año de su matrimonio.

Poco después el niño se puso enfermo y nadie lograba curarlo; cuantos médicos y curanderos lo visitaban no conseguían ninguna mejoría.

Entonces el soldado se acordó del diablo cojo; trajo la alforja donde lo tenía encerrado y le preguntó:

- ¿Estás vivo, Diablo?

- Sí, estoy vivo. ¿Qué deseas, señor mío?

- Mi hijo se ha puesto enfermo y no se qué hacer. Quizá tú sepas cómo curarlo.

- Sí sé. Pero ante todo déjame salir de la alforja.

- ¿Y si me engañas y te escapas?

El diablo cojuelo le juró que ni por un momento había tenido esa idea, y el soldado, desatando la alforja, puso en libertad a su prisionero.

Recobrada su libertad, el diablo sacó un vaso de su bolsillo, lo llenó de agua de la fuente, lo colocó a la cabecera de la cama donde estaba tendido el niño enfermo y dijo al padre:

- Amigo, ven aquí, mira el agua.

El soldado miró el agua, y el diablo le preguntó:

- ¿Qué ves?

- Veo la Muerte.

- ¿Dónde se halla?

- A los pies de mi hijo.

- Está bien. Si está a los pies, quiere decir que el enfermo se curará. Si hubiese estado a la cabecera, se hubiese muerto sin remedio.

Ahora toma el vaso y rocía al enfermo.

Roció el soldado al niño con el agua, y al instante se le quitó la enfermedad.

- Gracias -dijo el soldado al diablo cojo, y le dejó libre, guardando solo el vaso.

Desde aquel día se hizo curandero, dedicándose a curar a los boyardos y a los generales. No se tomaba más trabajo que el de mirar en el vaso, y en seguida podía decir que enfermo moriría y cual viviría.

Transcurrieron así unos años, cuando un día se puso enfermo el zar. Llamaron al soldado, y este, llenando el vaso con agua de la fuente, lo colocó a la cabecera del lecho, miró el agua y vio con horror que la Muerte estaba, como una centinela, sentada a la cabecera del enfermo.

- ¡Majestad! -le dijo el soldado. Nadie podrá devolverte la salud. Solo te quedan tres horas de vida.

Al oír esto el zar se encolerizó y gritó con rabia:

- ¿Cómo? Tú que has curado a mis boyardos y mis generales, ¿no quieres curarme a mí, que soy tu soberano? ¿Acaso soy yo de peor casta o indigno de tu favor? Si no me curas daré orden de que te ejecuten una hora después de mi muerte.

El soldado se quedó perplejo ante estas palabras, y se puso a suplicar a la Muerte:

- Dale al zar la vida y toma a cambio la mía, porque si he de morir prefiero hacerlo por tu mano a ser ejecutado por el verdugo.

Miró en el vaso otra vez y vio que la Muerte le hacía una señal de aprobación y se colocaba a los pies del zar.

El soldado roció al enfermo, y este enseguida recobró la salud y se levantó de la cama.

- Oye, Muerte -dijo el soldado-, dame tres horas de plazo; necesito volver a casa para despedirme de mi mujer y de mi hijo.

- Está bien -contestó la Muerte.

El soldado se fue a su casa, se acostó y se puso muy enfermo. La Muerte no tardó en llegar y en colocarse a la cabecera de su cama, diciéndole:

- Despídete pronto de los tuyos, porque ya no te quedan más que tres minutos de vida.

Extendió el soldado un brazo, descolgó de la pared la alforja, la abrió y preguntó:

- ¿Qué es esto?

La Muerte contestó:

- Una alforja.

- Es verdad; pues entra aquí.

Y en un instante, la Muerte se encontró metida en la alforja.

El soldado sintió tal alivio que saltó de la cama, ató fuertemente la alforja, se la colgó al hombro y se encaminó a los espesos bosques de Briauskie. Llegó allí, colgó la alforja en la copa de un álamo y se volvió contento a su casa. Así pasaron muchos años, sin que el soldado descolgase la alforja del álamo.

Una vez que paseaba por la ciudad tropezó con una anciana tan vieja y decrépita, que se caía al suelo a cada soplo de viento.

- ¡Dios de mi alma, qué vieja eres! -exclamó el soldado. ¡Ya es hora de que te mueras!

- Sí, hijo mío -le contestó la anciana. Cuando hiciste prisionera a la Muerte solo me quedaba una hora de vida. Tengo muchas ganas de descansar: pero ¿qué he de hacer? Sin la muerte la tierra no me admite para que repose en sus profundidades. Dios te castigará por ello, pues son muchos los seres humanos que están sufriendo como yo en este mundo por tu causa. El soldado se puso a pensar: “Está claro que es necesario liberar a la Muerte aunque me mate a mí. ¡Soy un gran pecador!”

Se despidió de los suyos y se dirigió a los bosques de Briauskie.

Llegó allí, se acercó al álamo y vio la alforja colgada en lo alto del árbol, balanceándose por el viento.

- Oye, Muerte, ¿estás viva? -preguntó el soldado.

La Muerte le contestó con una voz apenas perceptible:

- Estoy viva, amigo.

Descolgó el soldado la alforja, la desató y la abrió, dejando libre a la Muerte, a la que suplicó que lo matase lo más pronto posible para sufrir poco; pero la Muerte, sin hacerle caso, echó a correr y desapareció.

El soldado volvió a su casa y siguió viviendo muchos años, gozando de la mayor felicidad.

Todo creían que no se moriría nunca; pero, según dicen, se ha muerto hace poco.


Aleksandr Nikolayevich Afanasiev
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Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 17 Sep 2021, 03:05

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EL GATO Y LA ZORRA


Érase un campesino que tenía un gato tan travieso, que su dueño, perdida la paciencia, lo cogió un día, lo metió en un saco y lo llevó al bosque, abandonándolo allí.

Viéndose solo, el Gato salió del saco y se puso a errar por el bosque hasta llegar a la cabaña de un guarda. Se subió a la buhardilla y se estableció allí. Cuando tenía hambre, cazaba pájaros y ratones, y tras saciarla, volvía a su buhardilla y se dormía tranquilamente. Estaba muy contento de su suerte.

Un día se fue a pasear por el bosque y tropezó con una Zorra. Esta, al verlo, se asombró mucho, pensando: “Tantos años viviendo en este bosque y nunca había visto un animal como este”.

Le hizo una reverencia, preguntándole:

- Dime, valeroso joven, ¿quién eres? ¿Cómo has llegado hasta aquí? ¿Cómo te llamas?

El Gato, erizando el pelo, le contestó:

- Me han mandado de los bosques de Siberia para ejercer el cargo de burgomaestre de este bosque; me llamo Kotofei Ivanovich.

- ¡Oh Kotofei Ivanovich! -dijo la Zorra. No había oído hablar de tu persona, pero ven a hacerme una visita.

Se fue el Gato con la Zorra, y llegados a la cueva de esta, ella lo convidó con toda clase de caza, y entre tanto le preguntaba detalles de su vida.

- Dime, Kotofei Ivanovich, ¿estás casado o eres soltero?

- Soy soltero -dijo el Gato.

-Yo también soy soltera. ¿Quieres casarte conmigo?

El Gato consintió y enseguida celebraron la boda con un gran festín.

Se fue al día siguiente la Zorra de caza para procurarse provisiones, almacenarlas y poder pasar el invierno, sin preocupaciones, con su joven esposo. El Gato se quedó en casa. Mientras la Zorra cazaba, se encontró con el Lobo, que empezó a cortejarla:

- ¿Dónde has estado metida, amiguita? Te he buscado por todas partes sin poder encontrarte.

- Déjame, Lobo. Antes era soltera, pero ahora soy casada; de modo que ten cuidado conmigo.

- ¿Con quién te has casado, Lisaveta Ivanovna?

- ¿Cómo? ¿No has oído que nos han mandado de los bosques de Siberia un burgomaestre llamado Kotofei Ivanovich? Pues ese es mi marido.

- No he oído nada, Lisaveta Ivanovna, y tendría mucho gusto en conocerlo.

- ¡Mi esposo tiene un genio muy malo! Si alguien le incomoda, enseguida se le echa encima y se lo come. Si vas a verle no olvides preparar un cordero y llevárselo en señal de respeto; pondrás el cordero en el suelo y tú te esconderás en un sitio cualquiera para que no te vea, porque si no, no respondo de nada.

Corrió el Lobo en busca de un cordero.

Entretanto, la Zorra siguió cazando y se encontró con el Oso, el cual empezó, a su vez, a cortejarla.

- ¿Qué piensas tú de mí, zambo? Antes era soltera, pero ahora soy casada y no puedo escuchar tus galanterías.

- ¿Qué me dices, Lisaveta Ivanovna? ¿Con quién te has casado?

- Con el burgomaestre de este bosque, enviado aquí desde los bosques de Siberia, que se llama Kotofei Ivanovich.

- ¿Y podría verle, Lisaveta Ivanovna?

- ¡Mi esposo tiene un genio muy malo! Si se enfada con alguien, se le echa encima y lo devora. Ve, prepara un buey y tráeselo como demostración de respeto; pero no olvides, al presentarle el regalo, esconderte bien para que no te vea; si no, no te garantizo nada.

Se fue el Oso en busca del buey.

Entretanto, mató el Lobo un cordero, le quitó la piel, y se quedó pensando hasta que vio venir al Oso llevando un buey; contento de no estar solo, lo saludó, diciendo:

- Buenos días, hermano Mijail Ivanovich.

- Buenos días, hermano Levon -contestó el Oso. ¿Aún no has visto a la Zorra con su esposo?

- No, aunque llevo esperando un buen rato.

- Pues ve a llamarlos.

- ¡Oh, no, Mijail Ivanovich, yo no iré! Ve tú, que eres más valiente.

No, amigo Levon, tampoco iré yo.

Vieron de pronto una liebre que corría a toda prisa.

- Ven aquí, diablejo -rugió el Oso.

La Liebre, asustada, se acercó a los dos amigos, y el Oso le preguntó:

- Oye tú, pillete, ¿sabes dónde vive la Zorra?

- Sí, Mijail Ivanovich, lo sé muy bien -contesto la Liebre con voz temblorosa.

- Bueno, pues corre a su cueva y avísale que Mijail Ivanovich con su hermano Levon están esperando a los recién casados para felicitarlos y presentarles, como regalo de boda, un buey y un cordero.

La Liebre echó a correr a casa de la Zorra, y el Oso y el Lobo se pudieron a buscar el sitio para esconderse. Dijo el Oso:

- Yo me subiré a un pino

-¿Y yo qué haré? ¿Dónde podré esconderme? -pregunto el Lobo desesperado. No podría subirme a un árbol a pesar de todos mis esfuerzos. Oye, Mijail Ivanovich, se buen amigo: por favor, ayúdame a esconderme en algún sitio.

El Oso lo escondió entre los zarzales, y amontonó sobre él hojas secas. Se subió luego a un pino y desde allí se puso a vigilar la llegada de la Zorra con su esposo, el terrible Kotofei Ivanovich.

Entre tanto la Liebre llegó a la cueva de la Zorra, dio unos golpecitos en la entrada y le dijo:

- Mijail Ivanovih con su hermano Levon me han enviado para que te diga que están listos y te esperan a ti con tu esposo para felicitaros y presentaros, como regalo de boda, un buey y un cordero.

- Bien, Liebre, diles que iremos enseguida.

Un rato después salieron el Gato y la Zorra. El Oso, viéndolos venir, dijo al Lobo:

- Oh, amigo Levon, ahí vienen la Zorra y su esposo. ¡Qué pequeñín es él!

Se acercó el Gato al sitio donde estaban los regalos, y saltando sobre el buey empezó a arrancarle la carne con los dientes y las uñas. Se le erizó el pelo, y mientras devoraba la carne, como si estuviese enfadado, refunfuñaba: “Malo! ¡Malo!

Pensó el oso asustado: “¡Qué bicho tan pequeño y tan voraz! ¡Y qué exigente! Tan sabrosa que nos parece a nosotros la carne de buey y a él no le gusta; a lo mejor querrá probar la nuestra”.

El Lobo, escondido en los zarzales, quiso ver al famoso burgomaestre, pero como las hojas le estorbaban, empezó a separarlas.

El Gato, oyendo el ruido de las hojas, creyó que sería algún ratón, se lanzó sobre el montón que formaban las hojas y clavó sus garras en el hocico del Lobo. Este dio un salto y escapó corriendo. El Gato, asustado también, trepó al mismo árbol donde estaba escondido el Oso.

“Me ha visto a mí” -pensó el Oso. Y como no podía bajar por el tronco, se dejó caer desde lo alto al suelo, y a pesar del daño que se hizo, se puso en pie y echó a correr.

La Zorra los persiguió con sus gritos:

- ¡Esperad un poco y os comerá mi valiente esposo!

Desde entonces todos los animales tuvieron un gran miedo al Gato; y la Zorra y su marido, provistos de carne para todo el invierno, vivieron contentos y felices de su suerte.


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Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 22 Sep 2021, 02:40

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EL PRÍNCIPE DANILO


Érase un princesa que tenía un hijo y una hija; los dos sanos y guapísimos. Un día vino a visitarla una vieja bruja, que se puso a alabar a los niños, y al despedirse, dijo:

- Querida amiga: he aquí un anillo; ponlo en el dedo de tu hijo, porque le traerá suerte y será siempre rico y feliz; pero que tenga cuidado de no perderlo y de casarse solo con la joven a la que el anillo se le ajuste exactamente.

La princesa agradeció el regalo, sin sospechar la mala intención de la bruja, y llegada la hora de su muerte entregó el anillo a su hijo, con la obligación de casarse con la joven a la cual este se le ajustase exactamente.

Transcurrieron unos años, y el príncipe era cada día más fuerte y más guapo. Le llegó al fin la edad de casarse y se puso a buscar novia. Primero le gustó una, luego se enamoró de otra; pero a ninguna le venía bien el anillo; o era demasiado grande o demasiado pequeño.

Viajó de una ciudad a otra, de un pueblo a otro, e hizo probar el anillo a todas las jóvenes; pero no logró encontrar a su prometida y volvió a casa, triste y pensativo.

- ¿En qué estás pensando, hermanito? ¿Por qué estás tan triste? -le preguntó su hermana.

Este le contó su desgracia.

- Pero ¿cómo es ese anillo tan maravilloso que no hay joven a quien le vaya bien? -dijo la hermana. Déjame probarlo.

Se lo puso, y le entró tan justamente como si hubiese sido hecho a propósito para su manita.

El príncipe, al ver brillar el anillo en el dedo de su hermana, exclamó con júbilo:

- ¡Oh hermanita! ¡Tú eres mi prometida! Me casaré contigo.

- ¡Has perdido el juicio! ¿Quién sería capaz de casarse con su propia hermana? Dios te castigaría.

Mas el príncipe no hacía caso de estas palabras y, saltando de alegría, le ordenó que se preparase para la boda.

Salió la pobre joven de la habitación llorando desconsoladamente, se sentó en el umbral de la puerta y sus lágrimas corrieron en abundancia.

Pasaban por allí dos ancianos, y la joven los invitó a entrar en palacio para darles de comer. Ellos le preguntaron la causa de su desconsuelo y la joven les contó la desgracia que le ocurría.

- No llores ni te entristezcas, hijita -le dijeron los ancianos. Ve a tu cuarto, haz cuatro muñecas, pon una en cada esquina del cuarto, y cuando tu hermano te llame para que vayas con él a la iglesia, contéstale así: “Voy enseguida; pero no te muevas”.

Se marcharon los ancianos y el príncipe, poniéndose su traje de gala, llamó a su hermana para que fuese con él a casarse. Ella le contestó:

- ¡Voy enseguida, hermanito! ¡Tengo que ponerme los zapatitos!

Y las muñecas, sentadas en las cuatro esquinas de la habitación, contestaron a coro:

- ¡Cucú, príncipe Danilo! ¡Cucú, hermoso! El hermano quiere casarse con la hermana. ¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!

La tierra empezó a abrirse y la joven empezó a hundirse en ella.

El príncipe llamó por segunda vez:

- ¡Hermana, vamos a casarnos!

- ¡Enseguida, hermanito! Estoy atándome la faja.

Las muñecas cantaron otra vez:

- ¡Cucú, príncipe Danilo! ¡Cucú, hermoso! El hermano quiere casarse con la hermana. ¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!

La joven seguía hundiéndose y ya solo se le veía la cabeza. El príncipe llamó por tercera vez:

- ¡Hermana, vamos a casarnos!

- Enseguida, hermanito. Estoy poniéndome los pendientes.

Las muñecas siguieron cantando hasta que la joven desapareció en las profundidades de la tierra.

Llamó el príncipe aún con más insistencia; pero viendo que no le contestaban, se enfadó, empujó la puerta, que se abrió con estrépito, y entrando en la habitación vio que su hermana había desaparecido. En las cuatro esquinas del cuarto estaban sentadas las cuatro muñecas, que seguían cantando:

- ¡Que se abra la tierra y se hunda la hermana!

Entonces Danilo, cogiendo un hacha, les cortó la cabeza y las echó al horno.

Entretanto, la joven princesa se encontró en un país subterráneo; siguió un camino y tras andar un buen trecho llegó a una cabaña, puesta sobre patas de gallina, que giraba continuamente.

- ¡Cabaña, cabañita! ¡Ponte con la espalda hacia el bosque y con la entrada hacia mí! -exclamó la joven.

La cabaña se paró y la puerta se abrió. Estaba sentada en su interior una joven hermosísima que bordaba, con oro y plata, unos dibujos admirables en una preciosa toalla. Al ver a la inesperada visitante la acogió cariñosamente y luego le dijo suspirando:

- ¿Por qué has venido aquí, corazoncito mío? Aquí vive la terrible bruja Baba-Yaga, que tiene las piernas de madera; en este momento no está en casa, pero cuando venga ¡pobre de ti!

La joven princesa se asustó mucho al oír estas palabras; pero como no sabía adónde ir, se sentaron las dos a bordar la toalla, conversando mientras trabajaban.

De pronto oyeron un fuerte ruido, y comprendiendo que era Baba-Yaga que volvía a casa, la hermosa bordadora transformó a la joven princesa en una aguja, la escondió en la escoba y puso esta en un rincón.

Apenas había acabado, cuando la bruja apareció en la puerta.

- ¡Qué asco! -exclamó. ¡Aquí huele a carne humana!

- Nada de extraño tiene, abuelita -le contestó la joven bordadora. Hace poco pasaron por aquí unos transeúntes y entraron a beber agua.

- ¿Por qué no los has invitado a quedarse?

- Es que eran viejos, abuela; no estaban para tus dientes.

- Bueno; pero en adelante no te olvides de invitar a todos a entrar en casa y no dejar que ninguno se marche -dijo Baba-Yaga. Y se marchó al bosque, riendo. De pronto la bruja apareció otra vez, y fue tan rápida su llegada, que la joven princesa apenas tuvo tiempo de esconderse en la escoba.

Baba-Yaga husmeó el aire y exclamó:

- Me parece notar olor a carne humana.

- Si, abuela. Han entrado aquí unos ancianos para calentarse un ratito; les supliqué que se quedasen más tiempo, pero no quisieron.

La bruja, que tenía mucha hambre, se enfadó, regañó a la joven y se fue gruñendo. La princesa salió de la escoba y ambas se pudieron a bordar la toalla, y mientras trabajaban buscaban el modo de librarse de la bruja y huir de la cabaña. No tuvieron tiempo de decidir nada porque, de repente, Baba-Yaga apareció delante de ellas, sorprendiéndolas de improviso.

- ¡Qué asco! Huele a carne humana -exclamó furiosa.

- Pues, abuelita, aquí te están esperando.

La joven princesa levantó los ojos, y al ver a la espantosa Baba-Yaga, con sus piernas de madera y su nariz que parecía una trompa, se quedó como petrificada.

- ¿Por qué no trabajáis? -gritó a las jóvenes, y les ordenó traer leña y encender el horno.

Trajeron ellas leña de roble y de arce y encendieron el horno, que pronto estuvo ardiendo.

- Siéntate, hermosa, en la pala.

La joven se sentó y la bruja intentó meterla en el horno; pero la princesa puso un pie en la boca y el otro en la estufa.

- ¿Cómo es eso, jovencita? ¿No sabes cómo debes sentarte? ¡Siéntate como es menester!

La princesa se sentó bien, y la bruja quiso meterla en el horno; pero ella volvió a poner un pie en la boca y el otro en la estufa. La bruja se enfadó y le hizo bajar de la pala gritando:

- ¿Estás diviertiéndote, hermosa? Hay que estarse quieta; mira cómo me siento yo.

Se sentó en la pala, juntó sus piernas, y las jóvenes, cogiendo la pala, la metieron rápidamente en el horno, cerraron la puerta atrancándola con unos troncos, taparon bien todas las junturas, y hecho esto huyeron de la cabaña, llevándose consigo la toalla bordada, un cepillo y un peine.

Corrieron, corrieron; pero al mirar atrás vieron que la bruja las perseguía silbando:

- ¡Hola! ¡Ahora no escaparéis!

Tiraron el cepillo y creció un juncal tan espeso que ni una culebra hubiese podido atravesarlo. La bruja, sin embargo, cavó con sus uñas, hizo una veredita y echó a correr tras las fugitivas.

¿Dónde esconderse? Tiraron el peine y creció un bosque frondoso; ni siquiera una mosca hubiera podido atravesarlo. La bruja afiló sus dientes y se puso a arrancar los árboles con sus raíces, lanzándolos por todas partes; pronto se abrió un camino y continuó la persecución.

Ya estaba muy cerca; a las pobres muchachas, de tanto correr, les faltaba el aliento. Entonces tiraron la toalla bordada de oro y se formó un mar de fuego ancho y profundo. La bruja subió por el aire intentando volar por encima; pero cayó en el fuego y pereció.

Las dos jóvenes, viéndose fuera de peligro, como estaban cansadas, se sentaron en un jardín. Este pertenecía al príncipe Danilo. Un servidor del príncipe las vio y anunció a su señor que en su jardín había dos jóvenes bellísimas.

- Una de ellas -le dijo- debe ser tu hermana; pero son tan parecidas que es imposible saber cuál de las dos es.

Las invitó el príncipe a entrar en su palacio y comprendió enseguida que una de las dos era su hermana; pero ¿cómo saber cuál de las dos, si ella misma no lo decía?

- Escúchame -dijo el servidor al príncipe. Coge la vejiga de un cordero, llénala de sangre y átatela debajo del brazo; yo, fingiendo ser un malhechor, simularé que te doy una puñalada. Cuando tu hermana te vea sangrando enseguida se dará a conocer. Aceptó Danilo esta treta y así lo hicieron.

Cuando el criado dio una puñalada al príncipe y este cayó al suelo bañado en sangre, la hermana se lanzó sobre él para socorrerlo, exclamando:

- ¡Oh hermano mío querido!

Danilo se puso en pie, abrazó a su hermana y el mismo día la casó con un noble honrado y bueno; luego probó el anillo a la amiguita de su hermana, y viendo que le encajaba perfectamente, se casó con ella y todos vivieron felices y contentos.


Aleksandr Nikolayevich Afanasiev
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Mensaje por Pedro Casas Serra Jue 23 Sep 2021, 02:21

Celebro que te hayan gustado, Ángel.

Un abrazo.
Pedro


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Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 01 Oct 2021, 02:42

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EL INFORTUNIO


Vivían en un aldea dos campesinos hermanos; uno pobre y otro rico.

El rico se fue a una gran ciudad, se hizo construir una casa, se estableció en ella y se inscribió en el gremio de comerciantes.

Mientras tanto, al pobre le faltaba muchas veces hasta el pan para sus hijos, que lloraban y le pedían de comer.

El desgraciado padre trabajaba como un negro de la mañana a la noche, sin lograr ganar lo suficiente para sustentar a su familia.

Un día dijo a su mujer:

- Iré a la ciudad y pediré a mi hermano que me ayude.

Fue a casa de su hermano rico y le dijo:

- ¡Oh hermano mío! Ayúdame en mi desgracia; mi mujer y mis hijos se mueren de hambre.

- Si trabajas en mi casa durante esta semana, te ayudaré -respondió el rico.

El pobre se pudo a trabajar: limpiaba el patio, cuidaba los caballos, traía agua y partía leña. Transcurrida la semana, el rico le dio tan solo un pan, diciéndole:

– He aquí el pago de tu trabajo.

- Gracias -le dijo el pobre, e hizo por marcharse; pero el hermano lo detuvo, diciéndole:

- Espera. Ven mañana a visitarme y trae contigo a tu mujer, porque mañana es el día de mi santo.

- ¿Cómo quieres que venga? Habrán ricos comerciantes con sus abrigos forrados de pieles y sus grandes botas de cuero, mientras que yo llevo calzado de líber y un viejo caftán gris.

- ¡No importa! Ven; eres mi hermano y habrá sitio también para ti.

- Bueno, hermano mío, gracias.

Volvió el pobre a casa, entregó el pan a su mujer y le dijo:

- Oye, mujer: nos han invitado mañana.

- ¿Quién nos ha invitado?

- Mi hermano, porque es el día de su santo.

- Muy bien. Iremos.

Por la mañana se levantaron y se marcharon a la ciudad. Llegaron a casa del rico, lo felicitaron y se sentaron en un banco. Había mucha gente notable sentada a la mesa, y el dueño acudía a todos con amabilidad; pero de su hermano y de su cuñada no hacía ningún caso, ni les ofrecía nada de comer. Permanecían los dos sentados en un rincón viendo como comían y bebían los demás.

Al fin terminó el festín; los convidados se levantaron de la mesa y dieron las gracias a los dueños de la casa. Se levantó también el pobre del banco e hizo a su hermano una respetuosa reverencia.

Se dirigieron todos a sus casas haciendo un gran ruido y cantando con la alegría del que ha comido bien y bebido mejor. El pobre se fue también, y mientras caminaba dijo a su mujer:

- Vamos a cantar también nosotros.

- ¡Qué estúpido eres! La gente canta porque ha comido bien y bebido mucho. ¿Por qué vas a cantar tú?

- De todos modos cantaré, porque hemos presenciado el festín de mi hermano y me da vergüenza por él ir callado. Si voy cantando, creerán los que me vean que yo también he comido y bebido.

- Pues canta tú si quieres, que yo no cantaré -dijo la mujer con malos modos.

El campesino se puso a cantar y le pareció oír otra voz que acompañaba a la suya; dejó enseguida de cantar y preguntó a su mujer:

- ¿Eras tú la que me acompañaba cantando con una vocecita aguda?

- Ni siquiera he pensado en hacerlo.

- Pues ¿quién podría ser?

- No sé -contestó la mujer. Empieza otra vez y yo escucharé.

Se puso a cantar otra vez, y aunque cantaba él solo, se oían dos voces; entonces se paró y exclamó:

- ¿Quién me acompaña en mi canto?

La voz contestó:

- Soy yo: el Infortunio.

- Pues bien, Infortunio, vente con nosotros.

Llegaron a casa y el Infortunio le propuso ir los dos a la taberna.

Le contestó el campesino:

- No tengo dinero, amigo.

- ¡Oh tonto! ¿Para qué necesitas dinero? ¿No llevas una pelliza? ¿Para qué te sirve? Pronto vendrá el verano y no la necesitarás. Vamos a la taberna y allí la venderemos.

El campesino y el Infortunio se fueron a la taberna y se dejaron allí la pelliza.

Al siguiente día el Infortunio tenía dolor de cabeza; se puso a gemir, y otra vez pidió al campesino que le llevase a la taberna para beber un vaso de vino.

- No tengo dinero -le contestó el pobre hombre.

- ¿Para qué necesitamos dinero? Lleva el trineo y el carro y será bastante.

No tuvo más remedio el campesino que obedecer al Infortunio. Cogió el trineo y el carro, los llevó a la taberna, allí los vendieron, se gastaron todo el dinero y se emborracharon.

A la mañana siguiente el Infortunio se quejó aún más, pidiendo, al que llamaba su amo, una copita de aguardiente; el desgraciado campesino tuvo que vender su arado. No había pasado aún un mes, cuando se encontró sin muebles, sin aperos de labranza y hasta sin su propia cabaña: todo lo había vendido y el dinero había ido a parar a la taberna.

Pero el insaciable Infortunio se pegó otra vez a él, diciéndole:

- Vamos a la taberna.

- ¡Oh no, Infortunio! ¿No ves que no me queda ya nada que vender?

- ¿Cómo que nada? Tu mujer tiene aún dos vestidos; con uno tiene suficiente, podemos vender el otro.

Cogió el pobre el vestido de su mujer, lo vendió, gastándose el dinero en la taberna, y pensó después: “Ahora sí que no tengo nada: ni muebles, ni casa, ni vestidos”.

Despertó el Infortunio por la mañana, y viendo que su amo no tenía ya nada que vender, le dijo:

- Escucha, amo.

- ¿Qué quieres, Infortunio?

- Ve a casa de tu vecino y pídele un carro con un par de bueyes.

Se dirigió el campesino a casa de su vecino y le dijo:

- Préstame hoy tu carro y un par de bueyes, y trabajaré para ti una semana.

- ¿Para qué los necesitas?

- Tengo que ir al bosque a coger leña.

- Bien, llévatelos; pero no los cargues demasiado.

- ¡Dios me guarde de hacerlo!

Condujo los bueyes a su casa, se sentó en el carro con el Infortunio y se dirigió al campo.

- Oye, amo -le preguntó el Infortunio-; ¿conoces un sitio donde hay una gran piedra?

- Claro que lo conozco.

- Pues lleva el carro allí.

Llegados al lugar indicado se pararon y bajaron a tierra. Indicó el Infortunio al campesino que levantase la piedra; este lo hizo y vieron que debajo había una cavidad llena de monedas de oro.

- ¿Qué es lo que miras ahí parado? -le gritó el Infortunio. Cárgalo todo en el carro.

El campesino se puso a trabajar y llenó el carro de oro, sacando del hoyo hasta la última moneda.

Viendo que la cavidad quedaba vacía, le dijo al Infortunio:

- Mira, Infortunio, creo que allí ha quedado aún dinero.

El Infortunio se inclinó para ver mejor, y dijo:

- ¿Dónde? Yo no lo veo.

- Allí en un rincón brilla algo.

- Pues yo no veo nada.

- Baja al fondo y verás.

El Infortunio bajó al hoyo, y cuando estuvo dentro, el campesino dejó caer la piedra, exclamando:

- ¡Ahí estás mejor, porque si te llevo conmigo me harás gastar todo el dinero!

Una vez llegado a su casa, el campesino llenó el sótano con el dinero, devolvió a su vecino el carro y los bueyes y empezó a pensar cómo arreglar su vida.

Compró madera, se construyó una magnífica casa y se estableció en ella, llevando una vida mejor que la de su hermano rico.

Transcurrido algún tiempo, fue un día a la ciudad a convidar a su hermano y a su cuñada para el día de su santo.

- ¿Qué tontería es esa? -le contestó su hermano. No tienes qué comer y quieres celebrar el día de tu santo.

- Es verdad que en otros tiempos no tenía qué comer; pero, gracias a Dios, ahora no tengo menos que tú. Ven a casa y verás.

- Bien, iremos.

Al día siguiente el rico fue con su mujer a casa de su hermano; al llegar vio con asombro que la cabaña del pobre se había convertido en una magnífica casa; nadie de la ciudad tenía una parecida.

El campesino los convidó con ricos manjares y finos vinos. Acabada la comida, el rico preguntó a su hermano:

- Dime, por favor, ¿qué has hecho para enriquecerte de ese modo?

El hermano le contó todo. Cómo se había pegado a él el Infortunio; como le había hecho gastar en la taberna todo lo que tenía, hasta el´último vestido de su mujer; y cuando ya no le quedaba nada le había enseñado el sitio donde se hallaba escondido un inmenso tesoro que había recogido, librándose al mismo tiempo de su funesto acompañante.

Envidioso de su suerte, pensó el rico para sus adentros: “Me iré al campo, levantaré la piedra y devolveré la libertad al Infortunio para que arruine a mi hermano y no se puede vanagloriar de sus riquezas delante de mí”.

Envió a casa a su mujer y él se dirigió al campo. Llegó a la gran piedra, la levantó de un lado y se inclinó para ver lo que había escondido debajo. No tuvo tiempo de observar el hoyo, porque el Infortunio saltó fuera y se colocó a caballo sobre su cuello, gritándole:

- ¡Quisiste hacerme morir aquí, pero ahora por nada del mundo nos separaremos!

- Escucha, Infortunio. No soy yo -repuso el comerciante- quien te encerró en este calabozo.

- Pues si no fuiste tú, ¿quién ha sido?

- Ha sido mi hermano y yo he venido a liberarte.

- ¡Eso son mentiras! Me has engañado una vez, pero no me engañarás otra.

El Infortunio se agarró al cuello del rico comerciante, y este se lo llevó a su casa. Desde entonces todo empezó a salirle mal. Todas las mañanas el Infortunio le pedía una copita de aguardiente, y a fuerza de beber le hizo gastar mucho dinero en la taberna.

- Esto no pude durar más -decidió el comerciante. Bastante he divertido al Infortunio; ya es tiempo de separarme de él; pero ¿cómo?

Pensó en ello mucho tiempo y al fin se le ocurrió una idea. Fue al patio, hizo dos tapones de madera de encina, cogió una rueda de carro y metió sólidamente uno de los tapones en el cubo de ella; se fue después a buscar al Infortunio y le dijo:

- Oye, Infortunio, ¿por qué estás siempre acostado?

- ¿Y qué quieres que haga?

- Podríamos ir al patio a jugar al escondite.

El Infortunio se puso muy contento, y ambos salieron al patio; el comerciante se escondió; pero el Infortunio lo encontró enseguida. Cuando le llegó el turno de esconderse, dijo a su amo:

- A mi no me hallarás tan pronto, porque puedo esconderme en cualquier rendija.

- ¡A que no! -le contestó el comerciante. ¿No eres capaz de esconderte en el cubo de esta rueda y dices que te puedes esconder en una rendija?

- ¿Cómo que no puedo entrar en el cubo de la rueda? Verás cómo me escondo.

El Infortunio se introdujo en el cubo de la rueda, y el comerciante, cogiendo el otro tapón de encina, taponó con un mazo el lado abierto; luego cogió la rueda y la tiró al río.

El Infortunio se ahogó y el comerciante volvió a su casa y vivió como en sus mejores tiempos, estrechando la amistad con su hermano.


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Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 06 Oct 2021, 02:11

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LA BRUJA Y LA HERMANA DEL SOL


En un país lejano hubo un zar y una zarina que tuvieron un hijo, llamado Iván, mudo de nacimiento.

Un día, cuando ya había cumplido doce años, fue a ver a un palafrenero de su padre, al que tenía mucho cariño porque siempre le contaba cuentos maravillosos.

El zarevich Iván quería oír un cuento; pero lo que oyó fue muy distinto de lo que esperaba.

- Iván Zarevich -le dijo el palafrenero-, dentro de poco tu madre dará a luz una niña, que resultará ser una bruja espantosa que se comerá a tu padre, a tu madre y a todos los servidores de palacio. Si quieres librarte tú de tal desdicha, pide a tu padre su mejor caballo y vete a donde el caballo te lleve.

El zarevich Iván fue corriendo a su padre y, por primera vez en su vida, habló. El zar tuvo tal alegría al oírle que, sin preguntarle para qué lo quería, ordenó que le ensillasen su mejor caballo.

Montó Iván Zarevich a caballo y dejó al animal ir a donde quisiese. Así cabalgó mucho tiempo hasta que encontró a dos viejas costureras y les pidió albergue; pero las viejas le contestaron:

- Con mucho gusto te daríamos albergue, Iván Zarevich; pero nos queda poca vida. Cuando hayamos roto todas las agujas de esta cajita y hayamos gastado el hilo de este ovillo, llegará nuestra muerte.

El zarevich Iván se puso a llorar y se fue más lejos. Cabalgó mucho tiempo, y encontrando a Vertodub le pidió:

- Déjame quedar contigo.

- Con mucho gusto lo haría, Iván Zarevich; pero no me queda mucha vida. Cuando acabe de arrancar de la tierra estos robles con sus raíces, enseguida vendrá mi muerte.

El zarevich Iván lloró con más desconsuelo aún y se fue más lejos. Al fin encontró a Vertogez, y acercándose a él, le pidió albergue; pero Vertogez le repuso:

- Con mucho gusto te hospedaría, pero no viviré mucho tiempo. Me han puesto aquí para voltear esas montañas; cuando acabe con las últimas, llegará la hora de mi muerte.

El zarevichh derramó amarguísimas lágrimas y se fue más lejos. Tras mucho viajar llegó al fin a casa de la hermana del Sol. Esta lo acogió con gran cariño, le dio de comer y beber y lo cuidó como a su propio hijo.

Allí vivió el zarevich contento de su suerte; pero a veces se entristecía por no tener noticias de los suyos. Subía entonces a una montaña altísima, miraba el palacio de sus padres, que se percibía a lo lejos, y viendo que nunca salía nadie de sus muros ni se asomaba a las ventanas, suspiraba llorando con desconsuelo.

Una vez que volvía a casa después de contemplar su palacio, la hermana del Sol le preguntó:

- Oye, Iván Zarevich, ¿por qué tienes los ojos como si hubieses llorado?

- Es el viento que me los habrá irritado -contestó Iván.

La siguiente vez ocurrió lo mismo. Entonces la hermana del Sol impidió al viento que soplase.

Volvió Iván por tercera vez con los ojos hinchados, y ya no tuvo más remedio que confesarlo todo a la hermana del Sol, pidiéndole que le dejase ir a su país natal. Ella no quería; pero el zarevich insistió tanto que finalmente le dio permiso.

Se despidió de él cariñosamente, dándole para el camino un cepillo, un peine y dos manzanas de la juventud; la persona que come una de estas manzanas, cualquiera que sea su edad, enseguida rejuvenece.

Llegó el zarevich a donde estaba trabajando Vertogez y vio que quedaba solo una montaña por voltear. Entonces sacó el cepillo, lo tiró al suelo y al instante aparecieron unas montañas altísimas, cuyas cimas llegaban al mismísimo cielo; tantas eran, que se perdían de vista. Vertogez se alegró y con gran júbilo se puso a trabajar. El zarevich Iván siguió su camino, y al fin llegó donde estaba Vertodub arrancando los robles; solo le quedaban tres árboles por arrancar. Entonces el zarevich, sacando el peine, lo tiró en medio de un campo, y en un abrir y cerrar de ojos, crecieron unos bosques espesísimos. Vertodub se puso muy contento, dio las gracias al zarevich y empezó a arrancar los robles con todas sus raíces.

El zarevich Iván continuó su camino hasta que llegó a la casa de las viejas costureras. Las saludó y regaló una manzana a cada una; ellas se la comieron, y de repente rejuvenecieron como si nunca hubiesen sido viejas. En agradecimiento le dieron un pañuelo que al sacudirlo formaba un profundo lago.

Al fin llegó el zarevich al palacio de sus padres. La hermana salió a su encuentro; lo acogió cariñosamente y le dijo:

- Hermanito, siéntate a tocar un poquito el arpa mientras yo te preparo la comida.

El zarevich se sentó en un sillón y se puso a tocar el arpa. Cuando estaba tocando, salió un ratoncito de su cueva y le dijo con voz humana:

- ¡Sálvate, zarevich! ¡Huye a todo correr! Tu hermana está afilándose los dientes para comerte.

El zarevich Iván salió del palacio, montó a caballo y huyó a todo galope.

Entretanto, el ratoncito se puso a correr por las cuerdas del arpa, y la hermana, oyendo sonar el instrumento, no se imaginaba que su hermano había escapado. Afiló bien sus dientes, entró en la habitación y fue grande su desengaño al ver que estaba vacía; solo había un ratoncito que corriendo se metió en su cueva.

Se enfureció la bruja, rechinando los dientes con rabia, y echó a correr en persecución de su hermano. Oyó Iván el ruido, volvió la cabeza y viendo que su hermana casi lo alcanzaba sacudió el pañuelo y al instante se formó un profundo lago.

Mientras que la bruja lo atravesaba a nado, el zarevich Iván se alejó bastante. Ella se puso a correr aún con más rapidez. ¡Ya se acercaba!

Entonces Vertodub, comprendiendo al ver pasar corriendo al zarevich, que iba huyendo de su hermana, empezó a arrancar robles y a amontonarlos en el camino; hizo con ellos una montaña que no dejaba pasar a la bruja.

Pero esta se puso a abrirse camino royendo los árboles, y al final, aunque con gran dificultad, logró abrir un camino y pasar; pero el zarevich estaba ya lejos.

Corrió persiguiéndole con saña, y pronto se acercó a él; unos pocos pasos más y hubiera caído en sus garras.

Al ver esto, Vertogez se agarró a la más alta montaña y la volteó de tal modo que fue a caer en medio del camino entre ambos, e incluso colocó otra sobre ella. Mientras la bruja escalaba las montañas, el zarevich Iván siguió corriendo y pronto se vio lejos de allí. Mas la bruja atravesó las montañas y prosiguió la persecución.

Cuando le tuvo al alcance de su voz, le grito con alegría diabólica:

- ¡Ahora sí que no te escaparás!

Estaba ya muy cerca, muy cerca. Unos pasos más, y lo hubiera cogido.

Pero en aquel instante el zarevich llegó al palacio de la hermana del Sol y empezó a gritar:

- ¡Sol radiante, ábreme la ventanilla!

La hermana del Sol le abrió la ventana e Iván saltó con su caballo dentro.

Pidió la bruja que le entregasen a su hermano.

- Que venga a pesarse conmigo -dijo. Si peso más que él me lo comeré, y si él pesa más, que me mate.

El zarevich consintió y ambos se dirigieron a la báscula. Iván se sentó el primero en uno de los platillos, y apenas puso la bruja el pie en el otro, el zarevich dio un salto hacia arriba con tanta fuerza que llegó al mismísimo cielo y se encontró en otro palacio de la hermana del Sol.

Se quedó allí para siempre, y la bruja, no pudiendo cogerlo, se volvió atrás.


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Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 08 Oct 2021, 02:55

Gracias, Ángel, por tu interés.

Un fuerte abrazo.
Pedro


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Mensaje por Pedro Casas Serra Jue 14 Oct 2021, 01:27

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LA NIÑA LISTA


Dos hermanos marchaban juntos por el mismo camino. Uno era pobre y montaba una yegua; otro era rico y montaba un caballo.

Se pararon en una posada para pasar la noche y dejaron sus monturas en el corral. Mientras todos dormían, la yegua del pobre tuvo un potro, que rodó hasta debajo del carro del rico. Por la mañana el rico despertó a su hermano, diciéndole:

-Levántate y mira, mi carro ha tenido un potro.

Se levantó el pobre y al ver lo ocurrido exclamó:

- Eso no puede ser. ¿Dónde se ha visto que de un carro pueda nacer un potro? El potro es de mi yegua.

El rico le repuso:

- Si lo hubiese parido tu yegua, estaría a su lado y no debajo de mi carro.

Discutieron así largo tiempo y al fin se dirigieron al tribunal. El rico sobornaba a los jueces con dinero, y el pobre se apoyaba solamente en la razón y la justicia de su causa.

Tanto se enredó el pleito que llegó hasta el mismo zar, quien mandó llamar a los dos hermanos y les propuso cuatro enigmas:

- ¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido?

- ¿Qué es lo más gordo y nutritivo?

- ¿Qué es lo más blando y suave?

- ¿Qué es lo más agradable?

Y les dio tres días para acertar las respuestas, añadiendo:

- Venid el cuarto día a darme la contestación.

El rico reflexionó un poco y, acordándose de su comadre, se dirigió a su casa para pedirle consejo. Esta le hizo sentar a la mesa, invitándole a comer, y, entretanto, le preguntó:

- ¿Por qué estás tan preocupado, compadre?

- Porque el zar me ha dado tres días para resolver cuatro enigmas.

- ¿Y qué enigmas son?

- El primero, qué es en el mundo lo más fuerte y rápido.

- ¡Vaya un enigma! Mi marido tiene una yegua torda que no hay nada más rápido; sin castigarla con el látigo alcanza a las mismas liebres.

- El segundo enigma es: ¿Qué es lo más gordo y nutritivo?

- Nosotros tenemos un cerdo al que estamos cebando hace dos años y se ha puesto tan gordo que no puede ponerse de pie.

- El tercer enigma es: ¿Qué es lo más blando y suave?

- El lecho de plumas, claro. ¿Qué puede haber más blando y suave?

El último enigma es el siguiente: ¿Qué es lo más agradable?

- ¡Lo más agradable es mi nieto Ivanuchka!

-Muchas gracias, comadre. Me has sacado de un gran apuro; nunca olvidaré tu amabilidad.

Entretanto el hermano pobre se fue a su casa vertiendo amargas lágrimas. Salió a su encuentro su hija, una niña de siete años, y le preguntó:

- ¿Por qué lloras con tal desconsuelo, querido padre?

- ¿Cómo quieres que no llore cuando el zar me ha propuesto cuatro enigmas que ni en toda mi vida podría adivinar y debo contestarle dentro de tres días?

- Dime cuáles son.

- Pues son los siguientes, hijita mía: ¿Qué es en el mundo lo más fuerte y rápido? ¿Qué es lo más gordo y nutritivo? ¿Qué lo más blando y suave? ¿Qué lo más agradable?

- Tranquilizate, padre. Ve a ver al zar y dile: “Lo más fuerte y rápido es el viento. Lo más gordo y nutritivo, la tierra, pues alimenta a todo lo que nace y vive. Lo más blando la mano: el hombre, al acostarse, la pone siempre debajo de la cabeza a pesar de toda la blandura del lecho; y ¿qué cosa hay más agradable que el sueño?

Los dos hermanos se presentaron ante el zar y este, tras haberles escuchado, preguntó al pobre:

- ¿Has resuelto tu mismo los enigmas o te ha dicho alguien las respuestas?

El pobre contestó:

- Majestad, tengo una niña de siete años que es quien me ha dicho las soluciones a tus enigmas.

- Si tu hija es tan lista, dale este hilo de seda para que me teja una toalla con dibujos para mañana.

El campesino tomó el hilo de seda y volvió a su casa más triste que antes.

- ¡Dios mío, qué desgracia! -dijo a la niña. El zar ha ordenado que le tejas con este hilo una toalla.

- No te apures, padre -le contestó la niña.

Sacó una astilla del palo de la escoba y se la dio a su padre, diciéndole:

- Ve a palacio y dile al zar que busque un carpintero que de esta varita me haga un telar para tejer la toalla.

El campesino llevó la astilla al zar, repitiéndole las palabras de su hija. El zar le dio ciento cincuenta huevos, añadiendo:

- Dale estos huevos a tu hija para que los empolle y me traiga mañana ciento cincuenta pollos.

Volvió el campesino a su casa muy apurado.

- ¡Oh hijita! Hemos salido de un apuro para caer en otro.

- No te entristezcas, padre -dijo la niña.

Tomó los huevos y se los guardó para comérselos, y envió a su padre otra vez a palacio.

- Di al zar que para alimentar a los pollos necesito tener mijo de un día; hay, pues, que labrar el campo, sembrar el mijo, recogerlo y trillarlo, y todo esto debe ser hecho en un día, porque los pollos no pueden comer otro mijo. Escuchó el zar con atención la respuesta y dijo al campesino:

- Ya que tu hija es tan lista, dile que se presente aquí; pero que no venga ni a pie ni a caballo, ni desnuda ni vestida; sin traerme regalo, pero tampoco con las manos vacías.

“Esta vez -pensó el campesino- mi hija no podrá resolver tantas dificultades. Llegó la hora de nuestra perdición”.

- No te apures, padre -le dijo su hija cuando llegó a casa y le contó lo sucedido. Busca un cazador, cómprale una liebre y una codorniz y tráemelas aquí.

El padre salió, compró una liebre y una codorniz y las llevó a su casa.

Al día siguiente, por la mañana, la niña se desnudó, se cubrió el cuerpo con una red, tomó en la mano la codorniz, se sentó en el lomo de la liebre y se dirigió al palacio.

El zar salió a su encuentro y la niña le saludó, diciendo:

- ¡Aquí tienes, señor, mi regalo!

Y le presentó la codorniz. Alargó el zar la mano; pero en el momento de ir a cogerla echó a volar la codorniz.

- Está bien -dijo el zar- lo has hecho todo según te había ordenado.

Dime ahora: tu padre es pobre, ¿cómo vivís y con qué os alimentáis?

- Mi padre pesca en la arena de la orilla del mar, sin poner cebo, y yo recojo los peces en mi falda y hago sopa con ellos.

- ¡Qué tonta eres! ¿Dónde has visto que los peces vivan en la arena de la orilla? Los peces viven en el agua.

- ¿Crees que eres más listo tú? ¿Dónde has visto que de un carro pueda nacer un potro?

- Tienes razón -dijo el zar-, y adjudicó el potro al pobre.

En cuanto a la niña, la hizo educar en su palacio, y cuando fue mayor se casó con ella, haciéndola zarina.


Aleksandr Nikolayevich Afanasiev
(Versión poetizada de Pedro Casas Serra)


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Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 16 Oct 2021, 03:37

Gracias por tu interés, Ángel.

Un fuerte abrazo.
Pedro


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Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 16 Oct 2021, 03:39

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EL ADIVINO


Érase una vez un campesino pobre y muy astuto apodado Escarabajo, que quería adquirir fama de adivino.

Un día robó una sábana a una mujer, la escondió en un montón de paja y se empezó a alabar diciendo que él podía adivinarlo todo.

La mujer lo oyó y le pidió que adivinase dónde estaba su sábana. El campesino le preguntó:

- ¿Y qué me darás por mi trabajo?

- Una arroba de harina y una libra de manteca.

- Está bien.

Se puso a hacer como que meditaba, y luego le indicó el sitio donde estaba escondida la sábana.

Dos o tres días después desapareció un caballo a uno de los más ricos propietarios del pueblo. Escarabajo lo había robado y conducido al bosque, donde lo había atado a un árbol.

Mandó llamar el señor al adivino, y este, imitando los gestos de un verdadero mago, le dijo:

- Envía a tus criados al bosque; allí está tu caballo atado a un árbol.

Fueron al bosque, encontraron el caballo, y el agradecido propietario dio a al campesino cien rublos. Desde entonces creció su fama, extendiéndose por todo el país.

Entonces, por desgracia, ocurrió que al zar se le perdió su anillo nupcial, y por más que lo buscaron no lo pudieron encontrar.

El zar mandó llamar al adivino; los mensajeros llegaron a su pueblo, cogieron al campesino, lo sentaron en un coche y lo llevaron a la capital. Escarabajo, con gran miedo, pensaba así: “Ha llegado la hora de mi perdición. ¿Cómo podré adivinar dónde está el anillo? Se encolerizará el zar y me expulsarán del país o mandará que me maten”.

Lo llevaron ante el zar, y este le dijo:

- ¡Hola, amigo! Si adivinas dónde está mi anillo, te recompensaré bien; pero si no, haré que te corten la cabeza. Y ordeno que lo encerrasen en una habitación, diciendo a sus servidores:

- Que le dejen solo para que medite toda la noche y me dé la contestación mañana temprano.

Lo llevaron a la habitación y lo dejaron solo.

Se sentó el campesino en una silla y pensó para sus adentros: “¿Qué contestación daré al zar? Será mejor que espere la llegada de la noche y me escape; apenas canten los gallos tres veces huiré de aquí”.

El anillo del zar había sido robado por tres servidores de palacio; el uno era lacayo, el otro cocinero, y el tercero cochero. Hablaron entre sí los tres, diciendo:

- ¿Qué haremos? Si este adivino sabe que hemos sido nosotros los que hemos robado el anillo, nos condenarán a muerte. Lo mejor será ir a escuchar a la puerta de su habitación; si no dice nada, tampoco lo diremos nosotros; pero si nos reconoce como ladrones, no tenemos más remedio que rogarle que no nos denuncie al zar.

Así lo acordaron, y el lacayo se fue a escuchar a la puerta. Se oyó de pronto por primera vez el canto del gallo, y el campesino exclamó:

- Gracias a Dios! Ya está uno; hay que esperar a los otros dos.

Al lacayo se le paralizó el corazón de miedo. Acudió a sus compañeros, diciéndoles:

- ¡Oh amigos, me ha reconocido! Apenas me acerqué a la puerta, exclamó: “Ya está uno; hay que esperar a los otros dos”,

- Oíd, ahora iré yo -dijo el cochero; y se fue a escuchar a la puerta.

En aquel momento los gallos cantaron por segunda vez, y el campesino dijo:

- ¡Gracias a Dios! Ya están dos; hay que esperar solo al tercero.

El cochero llegó junto a sus compañeros y les dijo:

- ¡Oh amigos, también me ha reconocido!

Entonces el cocinero les propuso:

- Si me reconoce también a mí, iremos los tres, nos echaremos a sus pies y le rogaremos que no nos denuncie y no cause nuestra perdición.

Fueron los tres a la habitación, y el cocinero se acercó a la puerta para escuchar. De pronto cantaron los gallos por tercera vez, y el campesino exclamó, persignándose:

- ¡Gracias a Dios! ¡Ya están los tres!

Y se lanzó hacia la puerta con intención de huir del palacio; pero los ladrones salieron a su encuentro y se echaron a sus pies suplicándole:

- Nuestras vidas están en tus manos. No nos pierdas; no nos denuncies al zar. Aquí tienes el anillo.

- Bueno; por esta vez os perdono -contestó el adivino.

Tomó el anillo, levantó una plancha del suelo y lo escondió debajo.

Por la mañana el zar hizo venir al adivino y le preguntó:

- ¿Has pensado bastante?

- Sí y ya sé dónde se halla el anillo. Se te ha caído, y rodando se ha metido debajo de esta plancha.

Quitaron la plancha y sacaron de allí el anillo. El zar recompensó generosamente a nuestro adivino; ordenó que le diesen de comer y beber y se fue a dar una vuelta por el jardín.

Cuando paseaba por una vereda, vio un escarabajo, lo cogió y volvió a palacio.

- Oye -dijo al campesino; si eres adivino, tienes que adivinar qué es lo que tengo encerrado en mi puño.

El campesino se asustó y murmuró entre dientes:

- Escarabajo, ahora sí que estás cogido por la mano poderosa del zar.

- ¡Es verdad! ¡Has acertado! -exclamó el zar.

Y dándole aún más dinero, le dejó irse a su casa colmado de honores.


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Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 23 Oct 2021, 03:28

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GORRIONCITO


Un matrimonio viejo que no tenía hijos rezaba a Dios todos los días para tenerlos; pero Dios, sordo a sus súplicas, no les concedía la gracia de un hijo.

Un día se fue el marido al bosque a recoger setas y se encontró a un viejecito que le dijo:

- Yo sé cuál es la pena que escondes en tu corazón y cuánto deseas tener hijos. Óyeme bien: ve al pueblo, pide en cada casa un huevo; coge luego una gallina, hazla sentar sobre ellos para que los empolle y ya verás lo que sucede.

Volvió el anciano al pueblo, que tenía cuarenta y una casas; en cada una de ellas entró y pidió un huevo, y luego, volviendo a la suya, cogió una gallina y le hizo empollar los cuarenta y un huevos.

Pasadas dos semanas, fueron al gallinero los ancianos, y cuál no sería su asombro al ver que de los huevos habían nacido cuarenta niños fuertes y robustos y uno pequeño y débil.

Puso el padre a cada uno un nombre; pero al llegar al último, ya no se le ocurrió qué nombre ponerle. Entonces, atendiendo a que era el pequeño; dijo:

- Como no tengo nombre para ti, te llamaré Gorrioncito.

Los niños crecieron con tal rapidez que pocos días después de nacer pudieron ya ayudar a sus padres. Eran unos muchachos guapísimos y trabajadores; cuarenta de ellos labraban el campo y Gorrioncito hacía los trabajos de casa.

Llegó la siega y los hermanos se fueron a guadañar y hacer haces de heno. Pasaron una semana en los campos y luego volvieron a casa, cenaron y se acostaron. El anciano los contempló y dijo gruñendo:

- ¡Oh juventud indolente! Comen mucho, duermen más y seguro que no han trabajado nada.

- Padre, antes de juzgar, ve a ver -dijo Gorrioncito.

El anciano se vistió, fue a los campos y vio con satisfacción que estaban ya listos cuarenta grandes haces de heno.

- ¡Qué valientes son mis chicos! ¡Cuánto heno han guadañado en una semana y qué haces tan grandes han hecho! -exclamó.

Fue tan grande su deseo de admirar sus bienes, que al día siguiente fue de nuevo a los campos; llegó allí y vio que faltaba un haz. Preocupado, volvió a su casa, y dijo a sus hijos:

- ¡Oh hijos mío! ¡Ha desaparecido un haz de heno!

- No importa, padre. Nosotros cogeremos al ladrón -le contestó Gorrioncito. Dame cien rublos; yo sé lo que tengo que hacer.

Cogió los cien rublos y se dirigió a la herrería.

- ¿Puedes -dijo al herrero- forjar una cadena con la que atar a un hombre desde los pies hasta la cabeza?

- ¿Por qué no? -contestó el herrero.

- Pues hazme una, pero que sea resistente. Si resulta fuerte te pagaré cien rublos; pero si se rompe no cobrarás ni un kopec.

Forjó el herrero una cadena de hierro. Gorrioncito se ató con ella el cuerpo, se dobló luego por la cintura y la cadena se rompió. El herrero forjó otra mucho más fuerte, que resistió todas las pruebas, y Gorrioncito la cogió, pagó por ella cien rublos y se dirigió a los campos para montar guardia a los haces de heno. Se sentó al lado de uno de ellos y se puso a esperar.

Justo a media noche se levantó el viento, se alborotó el mar y surgió de sus profundidades una yegua hermosísima que se acercó al primer haz y empezó a devorar el heno. Gorrioncito corrió hacia ella, la sujetó con la cadena de hierro y montó a caballo en su lomo.

La yegua, enfurecida, echó a correr por valles y montes; pero, a pesar de esto, permaneció el jinete como clavado en su sitio. Al fin, cansada de correr, la yegua se paró y dijo:

- ¡Oh joven valeroso! Ya que has podido domarme, sé tú el amo de mis potros.

Se acercó a la orilla del mar y relinchó estrepitosamente. El mar se alborotó y salieron a la orilla cuarenta y un caballos tan magníficos, que en todo el mundo no se hallarían otros semejantes.

Por la mañana, el padre de Gorrioncito, oyendo un pataleo y un relinchar estrepitoso en el patio, salió asustado a ver lo que pasaba.

Era su hijo que regresaba a casa acompañado de aquella recua de caballos.

- ¡Hola, hermanos! -exclamó. Aquí traigo un caballo para cada uno; vámonos a buscar novia.

- ¡Vámonos! -contestaron todos.

Les dieron su bendición los padres y todos los hermanos se pusieron en camino.

Durante mucho tiempo anduvieron por el mundo, pues no era cosa fácil encontrar tantas novias. Además, no querían separarse y casarse con jóvenes que pertenecieran a distintas familias, para no tener suerte distinta cada uno, y no era fácil encontrar a una madre que pudiera alabarse de tener cuarenta y una hijas.

Al fin llegaron a un país muy lejano y vieron un espléndido palacio, todo de piedra blanca, que se elevaba en una altísima montaña. Lo cercaba un alto muro y a la entrada había clavados unos postes de hierro. Los contaron y eran cuarenta y uno.

Ataron a estos postes sus caballos y entraron en el patio.

Salió a su encuentro la bruja Baba-Yaga, que les gritó:

- ¿Quién os ha invitado a entrar? ¿Cómo habéis osado atar vuestros caballos a los postes sin pedirme permiso?

- ¡Vaya, vieja! ¿Por qué gritas tanto? Primero danos de comer y beber y caliéntanos el baño; luego podrás hacernos tus preguntas.

Baba-Yaga les dio de comer y beber, les calentó el baño y después empezó a preguntarles:

- Decidme, valerosos jóvenes, estáis buscando algo o solo camináis por el gusto d pasear?

- Buscamos una cosa, abuelita.

- ¿Y qué es?

- Buscamos novias para todos.

- ¡Pero si yo tengo cuarenta y una hijas! -exclamó Baba-Yaga.

Corrió a la torre y pronto volvió seguida de cuarenta y una jóvenes.

Los hermanos, encantados, solicitaron permiso para casarse con ellas, y enseguida lo obtuvieron y celebraron la boda con un alegre festín.

Al anochecer, Gorrioncito fue a ver qué tal estaba su caballo, y este, al acercársele su amo, le dijo con voz humana:

- ¡Cuidado amo! Cuando os acostéis con vuestras jóvenes esposas no olvidéis cambiar con ellas los vestidos; poneos los de ellas y vestidlas a ellas con los vuestros; si no, moriréis todos.

Contó Gorriencito esto a sus hermanos, y al llegar la noche todos vistieron a sus jóvenes esposas con sus trajes, poniéndose ellos los de estas, y así se acostaron. Pronto todos dormían profundamente; solo Gorrioncito permaneció vigilante si cerrar los ojos.

A media noche grito Baba-Yaga con voz espantosa:

- ¡Hola, mis fieles servidores! Venid y cortad la cabeza a los inoportunos visitantes!

Los fieles servidores acudieron en un instante y cortaron la cabeza a las hijas de Baba-Yaga.

Gorrioncito despertó a sus hermanos y les explicó lo ocurrido; cogieron las cabezas cortadas de sus esposas, las colocaron en los postes de hierro que adornaban la entrada, ensillaron sus caballos y huyeron de allí a todo galope.

Por la mañana la bruja se levantó, miró por la ventana y, ¡oh desgracia!, las cabezas de sus hijas estaban colocadas en los postes de hierro. Se enfureció, ordenó que le diesen su escudo abrasador, y se lanzó en persecución de los jóvenes echando fuego y quemando con su escudo todo cuanto hallaba a su paso.

Los hermanos, asustados, no sabían dónde esconderse. Frente a ellos se extendía el mar, y a sus espaldas la bruja quemaba todo con su escudo ardiente. La salvación era imposible. Pero Gorrioncito era sagaz y astuto: durante su estancia en el palacio de Baba-Yaga le había robado un pañuelo. Lo sacudió y apareció un puente que se tendía de una orilla a la otra. Los jóvenes atravesaron a galope el mar por el puente, y pronto se vieron en la orilla opuesta. Gorrioncito sacudió el pañuelo hacia atrás y el puente desapareció.

Baba-Yaga tuvo que volver a su casa y los hermanos llegaron sanos y salvos a la casa de sus padres, que los acogieron llenos de alegría.


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Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 25 Oct 2021, 03:37

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EL GATO, EL GALLO Y LA ZORRA


En otros tiempos hubo un anciano que tenía un gato y un gallo muy amigos el uno del otro. Un día el viejo se fue al bosque a trabajar; el gato le llevó el almuerzo y el gallo se quedó a guardar la casa. Pasado un rato se acercó a la casa una zorra, y poniéndose bajo la ventana, se puso a cantar:

- ¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Si sales a la ventana te daré un guisante.

El Gallo abrió la ventana y en un abrir y cerrar de ojos la Zorra lo cogió para llevárselo a su choza. El Gallo se puso a gritar:

- ¡Socorro! Me ha cogido la Zorra y me lleva por bosques oscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

Cuando el Gato oyó los gritos, echó a correr en busca del Gallo; encontró a la Zorra, le arrancó el Gallo y lo devolvió a la casa.

- Querido Gallito -le dijo el Gato-, ten cuidado de no asomarte más a la ventana; no hagas caso de la Zorra, que lo que quiere es comerte sin dejar de ti ni siquiera los huesos.

Al siguiente día el anciano se fue también al bosque; el Gato le llevó la comida y el Gallo se quedó a cuidar de la casa, no sin haberle recomendado el buen viejo que no abriese la puerta a nadie ni se asomase a la ventana.

Pero la Zorra, que tenía muchas ganas de comerse al Gallo, se puso debajo de la ventana y empezó a cantar como el día anterior:

- ¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro! Mira por la ventana y te daré un guisante y otras semillas.

El Gallo se puso a pasear por la cabaña sin responder a la Zorra; entonces repitió esta la misma canción y le echó un guisante por la ventana. El Gallo se lo comió y dijo a la Zorra:

- No, Zorra, no me engañas; lo que tú quieres es comerme sin dejar ni siquiera los huesos.

- ¿Pero por qué piensas que yo te quiero comer? Lo que quiero es que vengas a mi casa para hacerme una visita, presentarte a mis hijas y regalarte como te mereces.

Y se puso a cantar otra vez con una vos muy dulce:

- ¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro y la cabecita de seda! Mira por la ventana; así como te di un guisante te daré también semillas.

El Gallo asomó la cabeza por la ventana y la Zorra lo cogió con sus patas y se lo llevó a su choza.

El Gallo, asustado, se puso a dar grandes gritos:

- ¡Socorro! La Zorra me ha cogido y me lleva por bosques oscuros, profundos valles y altos montes. ¡Gatito, compañero mío, socórreme!

El Gato oyó los gritos del Gallo, lo buscó por todas partes y al fin lo encontró; se lo quitó a la Zorra, lo trajo a casa y le dijo:

- Querido Gallito, ¿no te había dicho que no mirases por la ventana? Cualquier día te comerá la Zorra y no dejará de ti ni siquiera los huesos. Ten cuidado mañana porque iremos muy lejos de casa y no te podré oír ni ayudar.

Al día siguiente el viejo se fue de nuevo al campo, y el Gato, como de costumbre, le llevó la comida. Cuando vio la Zorra que se había marchado el anciano, fue debajo de la ventana de la cabaña y se puso a cantar la misma canción de siempre; la repitió tres veces, pero el Gallo no le respondía.

- ¿Qué te pasa, Gallito? -dijo la Zorra. ¿Por qué hoy no me respondes?

- No, Zorra, esta vez no me engañas; no miraré por la ventana.

La Zorra le echó por la ventana un guisante y varias semillas, y se puso a cantar muy dulcemente:

- ¡Cucuricú, Gallito de la cresta de oro y la cabecita de seda, sal a la ventana! Yo tengo un palacio grande, grande, donde en cada rincón hay muchos sacos de grano y podrás comer tanto como quieras. ¡Si vieras cuántas golosinas tengo allí! No creas al Gato, que si hubiese querido comerte ya lo habría hecho; yo te quiero mucho, y mi deseo es que viajes y veas tierras nuevas para que aprendas a vivir bien en el mundo. ¿Me tienes miedo? Pues mira, asómate a la ventana, que yo me retiraré un poquito.

Y se escondió debajo de la ventana. El Gallo saltó sobre el marco y sacó su cabeza fuera; la Zorra, de un golpe, lo cogió y se lo llevó a su casa. El Gallo se puso a dar gritos desesperadamente llamando al Gato en su socorro; pero tanto el viejo como el Gato estaban muy lejos y no le oyeron.

Apenas volvió el Gato a casa, se puso a buscar a su amigo, y al no encontrarlo, pensó que le había ocurrido la misma desgracia de siempre.

Cogió una lira y un palo y se fue a la choza de la Zorra. Una vez allí, se sentó y empezó a cantar:

- Tocad, cuerdecitas de oro. ¿Está en casa la señora Zorra? ¡Qué hermosas son sus hijas: la mayor Maniquí, la segunda Ayuda Maniquí, la tercera Dame el Huso, la cuarta Carda la Lana, la quinta Cierra la Chimenea, la sexta Enciende el Fuego y la séptima Hazme Pasteles!

La Zorra, oyendo cantar, dijo a su hija Maniquí:

- Sal a ver quien canta tan bonita canción.

Apenas Maniquí se presentó al Gato, este le dio un golpe en la cabeza con el bastón y la guardó en un saco que llevaba. Repitió la misma canción, y la Zorra envió a su segunda hija, y luego a la tercera, y así hasta la última. Conforme salían de la choza, el Gato las mataba y las guardaba en el saco. Salió por fin la misma Zorra, y apenas la vio el Gato, le dio en la frente un golpe tan fuerte con el palo, que la Zorra cayó rodando por el suelo para no levantarse más.

El Gallo se puso muy contento, saltó por la ventana, dio las gracias al Gato por haberle salvado la vida y volvieron los dos a casa del viejo, donde los tres vivieron muy felices durante muchos años.


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Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 27 Oct 2021, 02:21

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LA CIENCIA MÁGICA


En una aldea vivía un campesino con su mujer y su único hijo. Eran muy pobres y, sin embargo, el marido deseaba que su hijo estudiase una carrera que le ofreciese un porvenir brillante y pudiera servirles de apoyo en su vejez. Pero ¿qué podía hacer? ¡Cuando no se tiene dinero…!

Llevo el padre a su hijo a varias ciudades para ver si alguien quería instruirle de balde; pero sin dinero nadie quería hacerlo.

Volvieron a casa, lloró él, lloró la mujer, se desesperaron los dos por no tener bienes de fortuna, y cuando se calmaron un poco, cogió el viejo a su hijo y otra vez se marcharon a la ciudad cercana. Cuando llegaron a esta encontraron en la calle a un desconocido que paró al campesino y le preguntó:

- ¿Por qué estás tan triste, buen hombre?

- - ¿Cómo no he de estarlo? -dijo el padre. Hemos visitado muchas ciudades, buscando quien quisiera instruir de balde a mi hijo, y no he podido encontrarlo; todos me piden mucho dinero y yo no lo tengo.

- Déjamelo a mí -le dijo el desconocido. En tres años le enseñaré una profesión muy lucrativa; pero, acuérdate bien: dentro de tres años, el mismo día y a la misma hora que hoy, tienes que venir a recogerlo; si llegas a tiempo y reconoces a tu hijo, te lo podrás llevar: pero si llegas tarde o no lo reconoces, se quedará conmigo para siempre.

El campesino se puso tan contento que se olvidó de preguntar al desconocido sus señas y qué era lo que iba a enseñar a su hijo. Se despidió de este, volvió a su casa, y con gran júbilo contó lo ocurrido a su mujer.

No se había dado cuenta de que el desconocido a quien había dejado a su hijo era un hechicero.

Pasaron tres años; el viejo había olvidado por completo la hora y el día y no sabía de qué modo salir de este apuro. El día anterior a aquel en que el campesino tenía que presentarse al hechicero, su hijo, transformado en un pajarito, voló a la casa paterna, se situó delante de la cabaña, y dando un golpe en el suelo con una patita volvió a su estado primitivo y entró en la casa hecho un joven guapísimo. Saludó a sus padres y dijo:

- ¡Padre! Mañana es el día en que tienes que ir a buscarme, pues se cumplen los tres años de mis estudios, cuida de no olvidarlo.

Y le explicó dónde tenía que ir y cómo podría reconocerlo.

- Mi maestro tiene en casa otros once jóvenes discípulos, que se han quedado para siempre con él porque sus padres no llegaron a tiempo para llevárselos o no supieron reconocerlos; si a ti te sucediese lo mismo no tendría más remedio que quedarme toda la vida con él. Mañana, cuando llegues a casa del maestro, él nos presentará a los doce transformados en doce palomos blancos exactamente iguales; tú tienes que fijarte, pues al principio todos volaremos a la misma altura; pero luego yo volaré más alto que los otros; el maestro te preguntará: “¿Has reconocido a tu hijo?” Tú señálale el palomo que vuela más alto. Después -prosiguió el hijo- te presentará doce caballos que tendrán todos el mismo pelo, las mismas crines y la misma alzada; fíjate bien en que todos estarán muy tranquilos menos yo, que me moveré y golpearé el suelo con la pata izquierda. El maestro te repetirá la pregunta y tú, sin titubear, señálame a mí. Después de esto -siguió el hijo- aparecerán ante ti doce guapos jóvenes todos de la misma estatura, con el pelo del mismo color, con la misma voz, y vestidos y calzados todos igual. Fíjate bien entonces en que se posará en mi mejilla derecha una mosca pequeñita; ese será el signo por el que podrás reconocerme.

Se despidió de sus padres, dio un golpe en el suelo, y al instante se volvió a transformar en un pajarito, que se fue volando a casa de su maestro.

Por la mañana el padre se levantó temprano y se fue en busca de su hijo. Cuando se presentó delante del hechicero, este le dijo:

- He enseñado a tu hijo durante tres años toda la ciencia que yo sé; pero si tú no lo reconoces se quedará conmigo para siempre.

Después soltó doce palomos blancos que no se diferenciaban en nada. El hechicero dijo entonces al padre:

- Dime cuál es tu hijo.

- ¿Cómo quieres que lo reconozca siendo todos iguales? -exclamó el padre.

Pero de pronto uno de los palomos empezó a volar más alto que los demás, y el padre, entonces, reconoció en él a su hijo.

- Bien, hombre. Esta vez has reconocido a tu hijo -dijo el hechicero.

A los pocos minutos aparecieron ante ellos doce caballos que tenían el mismo pelo, las mismas crines y la misma alzada. Empezó el padre a caminar a su alrededor sin poder reconocer a su hijo, cuando uno de los caballo golpeó el suelo con la pata izquierda; el padre enseguida señaló al caballo, diciéndole al hechicero:

- Ese es mi hijo.

- Tienes razón, viejo -repuso el hechicero.

Por último, se presentaron doce jóvenes guapísimos todos de la misma estatura, con el pelo del mismo color, la misma voz, y vestidos y calzados del mismo modo. El campesino se fijó bien en ellos, pero esta vez no podía reconocer a su hijo; pasó delante de ellos dos veces, y por fin vio posarse una mosquita sobre la mejilla derecha de uno de los jóvenes. El padre, lleno de júbilo, lo señaló al hechicero, diciéndole:

- Maestro, ese es mi hijo.

- Lo has reconocido; pero veo que no eres tú el astuto, sino tu hijo.

El padre, contentísimo y seguido de su hijo, se marchó a su casa. No se sabe cuánto caminaron; los cuentos se cuentan pronto, pero en la realidad las cosas ocurren mucho más despacio. Encontraron en su camino a unos cazadores que estaban discutiendo, y mientras tanto, una zorra aprovechaba la ocasión para huir de ellos.

- Padre -dijo el hijo-, yo me transformaré en perro de caza, cogeré a la zorra, y cuando los cazadores quieran quitármela, tú les dirás: “Señores cazadores, con este perro yo me gano la vida”. Ellos querrán comprarte el perro y te ofrecerán por él mucho dinero; tú véndeselo, pero conserva el collar y la correa.

Al instante, se transformó en perro de caza y cogió a la zorra. Los cazadores se pudieron a gritar al viejo campesino, diciéndole:

- ¿Por qué, viejo, has venido aquí a molestarnos y robarnos nuestra presa?

- Señores cazadores -respondió el viejo-, yo no tengo más que este perro, con el cual me gano la vida.

- ¿Quieres vendérnoslo?

- Compradlo.

- ¿Cuánto quieres por él?

- Cien rublos.

Los cazadores, sin decir una palabra más, le pagaron al viejo los cien rublos, y al ver que este le quitaba al perro el collar y la correa, dijeron:

- ¿Para qué necesitas el collar y la correa?

- Por si se me rompen las correas de mis abarcas; para tener con qué componerlas.

- Buenos, cógelas -le dijeron, y ataron al perro con un cinturón, arrearon sus caballos y se marcharon.

Al poco rato vieron otra zorra y soltaron a sus perros; pero estos, por más que corrieron no la pudieron coger. Uno de los cazadores dijo a sus compañeros:

- Amigos, soltad al perro que acabamos de comprar.

Lo soltaron, pero no tuvieron casi tiempo de verlo; la zorra corría por un lado y el perro desapareció por el otro, y llegó donde se había quedado el viejo, dio un golpe en el suelo, y al instante se transformó en el guapo mozo de antes.

El padre y el hijo continuaron su camino; llegaron a un lago y vieron a otros cazadores que cazaban patos grises.

- Mira, padre -le dijo su hijo-, mira cuántos patos vuelan. Voy a transformarme en halcón para coger y matar a los patos; entonces los cazadores empezarán a amenazarte para que les dejes cazar en paz, y tú diles: “Señores cazadores, yo no tengo nada más que este halcón que me ayuda a ganar el pan de cada día”. Ellos entonces querrán comprarte el pájaro, y tú se lo venderás, pero acuérdate bien de no darles las correillas que sujetan las patas.

Se transformó en un halcón magnífico que voló con gran rapidez a una gran altura, y desde allí se precipitó sobre la bandada de patos, hiriendo y matando tantos que su padre reunió enseguida un gran montón.

Cuando los cazadores vieron un halcón tan prodigioso se acercaron al viejo y le dijeron:

- ¿Por qué has venido aquí a quitarnos nuestra caza?

- Señores cazadores, yo solo tengo este halcón, con el cual me gano la vida.

- ¿Quieres vendérnoslo?

- Compradlo.

- ¿Cuánto quieres por él?

- Doscientos rublos.

Los cazadores le pagaron el dinero y se quedaron con el pájaro; pero el viejo le quitó las correillas que sujetaban las patas.

- ¿Por qué se las quitas? -preguntaron los cazadores. ¿Para qué te pueden servir?

- Yo camino mucho, y con frecuencia se me rompen las correas de mis abarcas, y estas me podrán servir para reemplazarlas.

Los cazadores, no queriendo entrar en discusiones, le dejaron las correillas y se marcharon con el halcón en busca de caza.

Voló al poco tiempo hacia ellos una bandada de gansos.

- ¡Compañeros, soltad pronto el halcón! -gritó uno de los cazadores.

Lo soltaron, y este voló con gran rapidez y se elevó a gran altura sobre la bandada de gansos, pero continuó volando en busca del viejo, hasta que le perdieron de vista. Encontró a su padre, dio un golpe en el suelo y volvió a su verdadero ser.

De este modo llegaron los dos a su casa con los bolsillos llenos de dinero. Llegó el domingo, y el hijo dijo al padre:

- Padre, hoy me transformaré en un caballo; tú me venderás, pero acuérdate bien de no vender la brida, porque si la vendes no podré volver a casa.

Golpeó con un pie en la tierra y se transformó en un magnífico caballo, que el padre llevó a la feria para venderlo.

Solo llegar, muchos compradores rodearon al caballo, ofreciendo cada vez más dinero; el hechicero, que estaba allí entre los compradores, ofreció al viejo un precio más elevado que los demás y se quedó con el caballo. Empezó el viejo a quitarle la brida, pero el hechicero le dijo:

- Pero hombre, si le quitas la brida, ¿cómo quieres que lo lleve a mi cuadra?

Toda la gente que estaba presente empezó a murmurar y a decir:

- Tiene razón: si ha comprado el caballo, ha comprado con él la brida.

Como el viejo no podía contra tanta gente, le dejó la brida al comprador.

El hechicero se llevó el caballo a su cuadra, lo ató muy bien al anillo y le puso la cuerda tan corta que el animal se quedó con el cuello estirado y sin poder llegar al suelo con las patas delanteras.

- Hija mía -dijo el hechicero a su hija-, he comprado un caballo que es mi último discípulo.

- ¿Dónde está? -preguntó ella.

- En la cuadra.

Corrió a verlo y tuvo compasión del joven; quiso soltarle un poco la cabezada y empezó a quitar los nudos y aflojarle la cuerda, y el caballo a menear la cabeza de un lado a otro hasta que se quedó suelto, y de un salto escapó de la cuadra y se puso a galopar. Corrió la hija entonces hacia su padre llorando y diciéndole:

- Padre, perdóname. He cometido una gran falta: el caballo se ha escapado.

El hechicero dio una patada en el suelo, se transformó en un lobo gris y salió corriendo como el viento. Estaba ya muy cerca del caballo cuando este llegó a la orilla de un río, dio un golpe en el suelo y se transformó en un pececito; el lobo dio otro golpe en el suelo y se tiró al agua en forma de pez dorado. El pececito nadaba, nadaba, perseguido por el pez dorado, y ya le iba a alcanzar, cuando llegó a la otra orilla, donde unas jóvenes estaban lavando ropa. Salió del agua y se transformó en una sortija de oro que, rodando, fue a parar a manos de una de las muchachas, hija de un rico mercader, la cual, apenas vio la sortija, se la puso en el dedo meñique.

Entonces el hechicero se transformó en hombre y rogó a la joven que le regalase la sortija. Ella se la dio, pero al quitársela del dedo se cayó al suelo y se convirtió en muchas perlitas; el hechicero se transformó en gallo y se puso a comérselas. Mientras estaba entretenido en esto, una de las perlitas se transformó en un buitre que voló muy alto, y de golpe se precipitó sobre el gallo y lo mató.

Se convirtió entonces el buitre en el joven que conocemos, del cual se enamoró la hija del mercader. Se casaron y vivieron muchos años felices y contentos.


Aleksandr Nikolayevich Afanasiev
(Versión poetizada de Pedro Casas Serra)


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Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 29 Oct 2021, 02:05

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EL HOMBRE BUENO Y EL HOMBRE MALO



Hablaban entre sí dos campesinos pobres; uno de ellos vivía a base de mentiras, y si se le presentaba la ocasión de robar algo no la desperdiciaba; el otro, en cambio, temeroso de Dios, se esforzaba en vivir con el modesto fruto de su honrado trabajo. En su conversación, empezaron a discutir; el primero quería convencer al otro de que se vive mucho mejor atendiendo solo a la propia conveniencia, sin pararse en delito más o menos; pero el otro le refutaba, diciendo:

- De ese modo no se puede vivir siempre; tarde o temprano llega el castigo. Es mejor vivir honradamente aunque se padezca miseria.

Discutieron mucho, pues ninguno quería ceder en su opinión, y al final decidieron ir por el camino real y preguntar su parecer a los que pasasen.

Iban andando cuando encontraron a un labrador que estaba labrando el campo; se acercaron a él y le dijeron:

- Dios te ayude, amigo. Dinos tu opinión acerca de una discusión que tenemos. ¿Cómo crees que hay que vivir, honradamente o inicuamente?

- Es imposible vivir honradamente -les contestó el campesino-; es más fácil vivir inicuamente. El hombre honrado no tiene camisa que ponerse, mientras que la iniquidad lleva botas de montar. Ya veis: nosotros los campesinos tenemos que trabajar todos los días para nuestro señor, y en cambio no tenemos tiempo de trabajar para nosotros mismos. Algunas veces tenemos que fingirnos enfermos para poder ir al bosque a coger la leña que nos hace falta, y aun esto hay que hacerlo de noche porque es cosa prohibida.

- Ya ves -dijo el Hombre Malo al Bueno-: mi opinión es la verdadera.

Continuaron el camino; anduvieron un rato y encontraron a un comerciante que iba en su trineo.

- Párate un momento y permítenos una pregunta: ¿Cómo es mejor vivir, honradamente o inicuamente?

- ¡Oh amigo! Es difícil vivir honradamente; a nosotros los comerciantes nos engañan, y por ello nosotros tenemos que engañar también a los demás.

- ¿Has oído? De nuevo me dan la razón -dijo el Hombre Malo al Bueno.

Al poco rato encontraron a un señor que iba sentado en su coche.

- Detente un minuto, señor. Danos tu opinión sobre nuestra disputa. ¿Cómo se debe vivir, honradamente o inicuamente?

- ¡Vaya una pregunta! Claro está que inicuamente. ¿Dónde está la justicia? Al que pide justicia le dicen que es un pleiteador y lo destierran a Siberia.

- Ya ves -dijo el Hombre Malo al Bueno-; todos me dan la razón.

- No me convences -contestó el Bueno-; hay que vivir como Dios manda; suceda lo que suceda no cambiaré de conducta.

Se fueron ambos en busca de trabajo, y durante mucho tiempo anduvieron juntos. El Malo sabía alagar a la gente y se las arreglaba muy bien; en todas partes le daban de comer y de beber sin cobrarle nada y hasta le proveían de abundante pan. El Bueno, no poseyendo la habilidad de su compañero, era muy desgraciado, y solo a fuerza de mucho trabajo conseguía un poco de agua y un pedazo de pan; pero siempre estaba contento pese a que su compañero no dejaba de burlarse de su inocencia.

Un día, mientras caminaban por la carretera, el Bueno sintió mucha hambre y dijo a su compañero:

- Dame un pedacito de pan.

- ¿Qué me darás por él? -le preguntó el Malo.

- Pídeme lo que quieras.

- Bueno, te quitaré un ojo.

Y como el Bueno tenía mucha hambre, consintió; el Malo le quitó un ojo y le dio un pedacito de pan. Siguieron andando, y al cabo de un buen rato el Bueno tuvo otra vez hambre y pidió al Malo que le diese otro poco de pan; pero este le dijo.

- Déjame sacarte el otro ojo.

- ¡Oh amigo, ten compasión de mí! ¿Qué haré si me quedo ciego?

- ¿Qué te importa? A ti te basta con ser bueno, mientras que yo vivo inicuamente.

¿Qué hacer? Era imposible resistir un hambre tan grande, y al fin el Bueno dijo:

- Quítame el otro ojo si no temes la ira de Dios.

El Malo le vació el otro ojo, le dio un pedacito de pan y luego lo dejó en medio del camino diciéndole:

- ¿Crees que te voy a llevar conmigo siempre? ¡Pues no sería mala carga la que me echaría encima!¡Adiós!

El ciego comió el pan y empezó a andar a tientas pensando en llegar a cualquier pueblo donde le socorriesen. Anduvo, anduvo hasta que perdió el camino, y no sabiendo qué hacer empezó a rezar:

- ¡Señor, no me abandones! ¡Ten piedad de mí, pecador!

Rezó con gran fervor, y de pronto escuchó una voz misteriosa que le decía:

- Camina hacia tu derecha y llegarás a un bosque en el que hay una fuente, a la que te guiará el oído pues es muy ruidosa. Lávate los ojos con el agua de esa fuente y Dios te devolverá la vista. Entonces verás allí un roble enorme; súbete a él y aguarda la llegada de la noche.

Torció el ciego a su derecha, llegó con gran dificultad al bosque, donde su pies encontraron una vereda y siguió por ella, guiado por el rumor del agua, hasta llegar a la fuente. Cogió un poco de agua, y apenas se mojó las cuencas vacías de sus ojos recobró la vista. Miró a su alrededor y vio un roble enorme, al pie del cual no crecía la hierba y la tierra estaba pisoteada; se subió por el roble hasta la cima, y escondiéndose entre las ramas se puso a aguardar que fuese de noche.

Cuando ya era noche oscura vinieron volando los espíritus del mal, y sentándose al pie del roble empezaron a vanagloriarse de sus hazañas, contando dónde habían estado y en qué habían empleado el tiempo.

Uno de los diablos dijo:

- He estado en el palacio de la hermosa zarevna. Hace diez años que estoy atormentándola; todos han intentado echarme, pero nadie lo ha logrado. Solo podrá echarme quien consiga una imagen de la Virgen Santísima que posee un rico comerciante.

Al amanecer, cuando los diablos se fueron volando por todas partes, el Hombre Bueno bajó del árbol y se fue a buscar al rico comerciante que tenía la imagen. Tras buscarlo durante mucho tiempo, lo encontró y le pidió trabajo, diciéndole:

- Trabajaré en tu casa un año entero sin percibir jornal; pero al cabo del año dame la imagen que posees de la Santísima Virgen.

Aceptó el comerciante el trato y el Hombre Bueno empezó a trabajar como jornalero, esforzándose en hacerlo todo lo mejor posible, sin descansar ni de día ni de noche, y al acabar el año pidió al comerciante que le pagase su cuenta; pero este le dijo:

- Estoy contentísimo con tu trabajo, pero me da lástima darte la imagen; prefiero pagarte en dinero.

- No -contestó el campesino. No necesito tu dinero; págame según convinimos.

- De ningún modo -exclamó el comerciante-; trabaja un año más en mi casa y entonces te daré la imagen.

No había más remedio que aceptar tal decisión, y el Hombre Bueno se quedó en casa del comerciante trabajando otro año. Al fin llegó el día de pagarle la cuenta: pero por segunda vez se negó el comerciante a darle la imagen.

- Prefiero compensarte con dinero -le dijo-, y si insistes en recibir la imagen, quédate como jornalero un año más.

Como es difícil tener razón cuando se discute con un hombre rico y poderoso, el campesino tuvo que aceptar las condiciones propuestas; se quedó un año más en casa del comerciante, trabajando como jornalero con más celo aún que los anteriores. Acabado el tercer año, el comerciante tomó la imagen y se la entregó al campesino, diciéndole:

- Tómala, hombre honrado, tómala, que bien ganada la tienes con tu trabajo. Vete con Dios.

El campesino cogió la imagen de la Santísima Virgen, se despidió del comerciante y se dirigió a la capital del reino, donde el espíritu del mal atormentaba a la hermosa zarevna. Anduvo largo tiempo, y por fin llegó y empezó a decir a los vecinos:

- Yo puedo curar a la zarevna.

Lo llevaron de inmediato al palacio del zar y le presentaron a la joven y enferma zarevna.

Una vez allí, pidió una fuente llena de agua clara y sumergió en ella por tres veces la imagen de la Santísima Virgen, entregó el agua a la zarevna y le ordenó que se lavase con ella. Apenas la enferma empezó a lavarse con el agua bendita, expulsó por la boca el espíritu del mal en forma de una burbuja; la enfermedad desapareció y la hermosa joven se puso sana, alegre y contenta.

El zar y la zarina, contentísimos, no sabían cómo recompensar al médico: le proponían joyas, rentas y títulos nobiliarios, pero el Hombre Bueno contestó:

- No, no necesito nada.

Entonces la zarevna, entusiasmada, exclamó:

- Me casaré con él.

Consintió el zar y dispuso que se celebrase la boda con gran pompa y en medio de grandes festejos. Desde entonces el campesino Bueno vivió en palacio, llevando magníficos vestidos y comiendo en compañía del zar y de toda la familia real.

Transcurrido algún tiempo, el Hombre Bueno dijo al zar y la zarina:

- Permitidme ir a mi aldea; tengo a mi madre allí que es muy viejecita y quisiera verla.

El zar y la zarina aprobaron la idea; la zarevna quiso ir con él y se fueron juntos en un coche del zar, tirado por magníficos caballos.

En el camino tropezaron con el Hombre Malo. Al reconocerle, el yerno del zar le habló así:

- Buenos días, compañero. ¿No me conoces? ¿No te acuerdas de cuando discutías conmigo sosteniendo que se obtiene más provecho viviendo inicuamente que trabajando honradamente?

Quedó asombrado el Hombre Malo viendo que el Hombre Bueno era yerno del zar y que había recuperado los ojos que él le había quitado. Tuvo miedo, y no sabiendo qué decir, permaneció callado.

- No tengas miedo -le dijo el Hombre Bueno-; yo no guardo nunca rencor a nadie.

Y le contó todo: lo de la fuente maravillosa que le había hecho recuperar la vista, lo del enorme roble, sus trabajos en casa del comerciante, y por fin, su boda con la hermosa zarevna. Escuchó el Hombre Malo con gran atención toda la historia y decidió ir al bosque a buscar la fuente. “Quizá pueda encontrar también allí mi suerte” -pensó.

Se dirigió al bosque, encontró la fuente maravillosa, se subió al enorme roble y esperó la llegada de la noche. A media noche vinieron volando los espíritus del mal y se sentaron al pie del árbol; pero viendo al Hombre Malo escondido entre las ramas, se lanzaron sobre él, lo arrastraron al suelo y lo despedazaron.


Aleksandr Nikolayevich Afanasiev
(Versión poetizada de Pedro Casas Serra)


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