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La silva

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Pedro Casas Serra
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La silva

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom Dic 07, 2014 5:57 am

.


La Silva




Composición formada por una serie indefinida de versos heptasílabos y endecasílabos, con rima variable, pudiendo quedar algún verso sin rima, y de esquema también variable.


***


Sacado de: http://es.wikipedia.org/wiki/Silva ; http://www.papelenblanco.com/diccionario-literario/diccionario-literario-silva ; http://www.ensayistas.org/curso3030/glosario/s-t/silva.htm ; http://ies.ginerdelosrios.alcobendas.educa.madrid.org/departamentos/lengua/lenEus/metrica/silva.html ; http://vademecum-poetico.blogspot.com.es/2009/12/la-silva.html ; http://www.mundoculturalhispano.com/spip.php?article3840


La silva es una estrofa compuesta por versos endecasílabos (11 sílabas) y heptasílabos (7 sílabas), de rima irregular.

La etimología de esta palabra es latina, silva con el significado de ‘selva’, que hace referencia a ‘desorden, sin concierto’. El término también hace referencia a una colección de varias materias o temas, escritos sin método ni orden (DRAE), aunque lo conocemos fundamentalmente por su designación de la combinación métrica.

La Silva es una de las grandes formas poemáticas de las lenguas romances. Sus primeras manifestaciones conocidas corresponden a poesías medievales escritas en latín. Las "Sylvae" de Estacio (40-96 d. de JC.) fueron su antecedente.

Comprende una gran variedad de tipos cuyo carácter común es el de la libertad métrica, la improvisación y la experimentalidad. Coinciden también en el no-estrofismo y la relativa libertad rimática, aunque es aceptado el estrofismo y la presencia de versos blancos.

Su amplia libertad poética convierte a esta composición en la más moderna de la métrica clásica española, por su implícita tendencia antiestrófica, y como tal constituye una forma de transición hacia el verso libre moderno.  

Empezó a cultivarse en el siglo XVI por influencia italiana. La silva no se entiende sin la profusión de heptasílabos y endecasílabos que se produjo durante el Renacimiento y que tendría algunas de sus más bellas combinaciones en estrofas como la lira o las estancias garcilasianas.

Garcilaso de la Vega publica sus famosas églogas en silvas. Veamos este pasaje de su Egloga I

¿Quién me dijera, Elisa, vida mía,
cuando en aqueste valle al fresco viento
andábamos cogiendo tiernas flores,
que había de ver con largo apartamiento
venir el triste y solitario día
que diese amargo fin a mis amores?
El cielo en mis dolores
cargó la mano tanto,
que a sempiterno llanto
y a triste soledad me ha condenado;
y lo que siento más es verme atado
a la pesada vida y enojosa,
solo, desamparado,
ciego, sin lumbre, en cárcel tenebrosa.


A partir de entonces, será muy empleada por otros autores, como los barrocos Francisco de Rioja y Luis de Góngora en las Soledades, en 1613, que fue la consagración de esta composición en la poética española:

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
—media luna las armas de su frente,
y el Sol todo los rayos de su pelo—,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
—náufrago y desdeñado, sobre ausente—,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar; que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arïón dulce instrumento.


Desde entonces estos versos se establecieron firmemente en la métrica española, y a partir de Góngora la silva será ampliamente utilizada.

El siguiente ejemplo de silva reproduce los últimos versos del “Primer sueño” de Sor Juana Inés de la Cruz:

Consiguió, al fin, la vista del Ocaso
el fugitivo paso,
y -en su mismo despeño recobrada
esforzando el aliento en la rüina-,
en la mitad del globo que ha dejado
el Sol desamparada,
segunda vez rebelde determina
mirarse coronada,
mientras nuestro Hemisferio la dorada
ilustraba del Sol madeja hermosa,
que con luz judiciosa
de orden distributivo, repartiendo
a las cosas visibles sus colores
iba, y restituyendo
entera a los sentidos exteriores
su operación, quedando a luz más cierta
el mundo iluminado y yo despierta.


Se la denomina ’Silva grave’ cuando predominan los endecasílabos y ’Silva ligera’ cuando lo hacen los heptasílabos.

La silva más conocida es la SILVA ITALIANA, mezcla al azar de hepta-endecasílabos con rima consonante dispuesta al arbitrio del poeta.

¿Qué tienes que contar, reloj molesto,
en un soplo de vida desdichada
que se pasa tan presto?
¿En un camino que es una jornada
breve y estrecha de este al otro polo,
siendo jornada que es un paso solo?
Que si son mis trabajos y mis penas,
no alcanzarás allá, si capaz vaso
fueses de las arenas,
en donde el alto mar detiene el paso.


(Francisco de Quevedo, El reloj de arena)

Jean de La Fontaine introdujo el verso alejandrino y, en menor medida, otros versos de métrica impar en la constitución externa de la Silva, al tiempo que introdujo la novedad de la alternancia de rimas masculinas-femeninas.

Un ejemplo de silva lo encontramos en la obra Al sueño de Miguel de Unamuno:

[...]
En tu divina escuela,
loca y desnuda y sin extraño adorno,
la verdad se revela,
paz derramando en torno;
al oscuro color de tu regazo,
contenta y recogida,
como el ave en su nido,
libre de ajeno lazo,
desnuda alienta la callada vida,
acurrucada en recatado olvido,
lejos del mundo de la luz y el ruido;
lejos de su tumulto,
que poco a poco el alma nos agota,
en el rincón oculto,
en que la fuente de la calma brota.
[…]


Cuando el poeta repite el mismo esquema rítmico a lo largo de todo el poema, las silvas que lo componen reciben el nombre de estancias.



TIPOS DE SILVAS:


Silva arromanzada.

Silva en la que todos los versos pares llevan rima asonante. La silva arromanzada es la estrofa que, en la métrica española, está compuesta de versos imparisílabos de arte menor y mayor, incluidos alejandrinos de 7 + 7 sílabas, rimando en asonante sólo los versos pares. Se considera creador de esta estrofa a Gustavo Adolfo Bécquer. Su uso se generalizó en el Modernismo y en la Generación del 98 entre los siglos XIX y XX y es, por ejemplo, una estrofa muy característica de Antonio Machado. Un ejemplo de silva arromanzada lo encontramos en Las ascuas de un crepúsculo morado, de Antonio Machado:

(11-) Las ascuas de un crepúsculo morado
(11A) detrás del negro cipresal humean...
(11-) En la glorieta en sombra está la fuente
(11A) con su alado y desnudo Amor de piedra,
(11-) que sueña mudo. En la marmórea taza
(7a) reposa el agua muerta.


Dejamos otro ejemplo de silva arromanzada de este poeta con este poema de sus Campos de Castilla, escrito en silva arromanzada con variación final (dos alejandrinos) que trata del sentimiento de desarraigo del poeta en su propia tierra:

En estos campos de la tierra mía,
y extranjero en los campos de mi tierra
—yo tuve patria donde corre el Duero
por entre grises peñas,
y fantasmas de viejos encinares,
allá en Castilla, mística y guerrera,
Castilla la gentil, humilde y brava,
Castilla del desdén y de la fuerza—,
en estos campos de mi Andalucía,
¡oh tierra en que nací!, cantar quisiera.
Tengo recuerdos de mi infancia, tengo
imágenes de luz y de palmeras,
y en una gloria de oro,
de lueñes campanarios con cigüeñas,
de ciudades con calles sin mujeres
bajo un cielo de añil, plazas desiertas
donde crecen naranjos encendidos
con sus frutas redondas y bermejas;
y en un huerto sombrío, el limonero
de ramas polvorientas
y pálidos limones amarillos,
que el agua clara de la fuente espeja,
un aroma de nardos y claveles
y un fuerte olor de albahaca y hierbabuena,
imágenes de grises olivares
bajo un tórrido sol que aturde y ciega,
y azules y dispersas serranías
con arreboles de una tarde inmensa;
mas falta el hilo que el recuerdo anuda
al corazón, el ancla en su ribera,
o estas memorias no son alma. Tienen,
en sus abigarradas vestimentas,
señal de ser despojos del recuerdo,
la carga bruta que el recuerdo lleva.
Un día tornarán, con luz del fondo ungidos,
los cuerpos virginales a la orilla vieja.


Un ejemplo más de silva arromanzada, igualmente de Antonio Machado:

Y aún otro del mismo Antonio Machado:

A UN VIEJO Y DISTINGUIDO SEÑOR

Te he visto por el parque ceniciento
que los poetas aman
para llorar, como una noble sombra,
vagar, envuelto en tu levita larga.
El talante cortés, ha tantos años
compuesto de una fiesta en la antesala,
¡qué bien tus pobres huesos
ceremoniosos guardan!
Yo te he visto, aspirando distraído,
con el aliento que la tierra exhala
-hoy, tibia tarde en que las mustias hojas
húmedo viento arranca-
del eucalipto verde
el frescor de las hojas perfumadas.
Y te he visto llevar la seca mano
a la perla que brilla en tu corbata.




Silva de arte menor

Poema en versos de arte menor con distribución irregular de la rima consonante, pudiendo incluirse versos blancos.

DE UN PAJARILLO – Esteban Manuel de Villegas (1589-1669)

Yo vi sobre un tomillo
quejarse un pajarillo,
viendo su nido amado,
de quien era caudillo,
de un labrador robado.
Vile tan congojado
por tal atrevimiento
dar mil quejas al viento,
para que al cielo santo
lleve su tierno llanto,
lleve su triste acento.
Ya con triste armonía,
esforzando el intento,
mil quejas repetía;
ya cansado callaba,
y al nuevo sentimiento
ya sonoro volvía;
ya circular volaba,
ya rastrero corría;
ya, pues, de rama en rama,
al rústico seguía,
y saltando en la grama,
parece que decía:
"Dame, rústico fiero,
mi dulce compañía";
y a mí que respondía
el rústico: "No quiero".




Silva asonantada

Silva que sustituye la rima consonante por la asonante, junto a heptasílabos y endecasílabos pueden introducirse versos de métrica impar distintos de estos.

CAMINO DE BALSAÍN, 1911 - Antonio Machado

¿Eres tú, Guadarrama, viejo amigo, –
la sierra gris y blanca, a
la sierra de mis tardes madrileñas –
que yo veía en el azul pintada? A
Por tus barrancos hondos –
y por tus cumbres agrias, a
mil Guadarramas y mil soles vienen –
cabalgando conmigo, a tus entrañas. A


Otra de Gabriel Celaya (1911-1991)

LA DIFICULTAD Y EL DEBER DE LA ACCIÓN

Luchar, matar acaso,
puede ser solo amor, puede ser un ejemplo
de valor decisivo,
puede ser como un grito levantado hasta el cielo.
Mas tan sólo a los puros, los muy puros, les cabe
lanzarse a tal asalto sin sentirse malditos.

Ni un hombre traicionado
puede, pese a su peso, compensar ciertos actos,
ni la sangre de un niño asesinado
puede lavar las manos de aquel que le ha vengado.
Tan sólo la certeza de estar cumpliendo un rito
convierte en inocentes a los adelantados.

Luchar cuando la llama se encrespa es un pecado.
Matar, si no comprendes
que en el muerto te matas a ti mismo, es engaño.
Mas no obstante, debemos
luchar, matar acaso,
conservándose puros, sabiendo lo que hacemos.

Actuar, herir, mancharse
de sangre y, sin embargo, conservar la sonrisa,
la belleza gratuita que flota sobre todo,
la gloria candorosa de un mundo irrebatible,
la luz de un dios antiguo,
es algo tan difícil que el yo a solas no entiende.

Mas los hay que eso puede. Sencillamente, pueden
¡Más que humanos, seguros!
Terribles como niños, sencillos como leyes,
transparentes, sin fondo,
puros, puros, tan puros que da miedo mirarlos,
son los monstruos sagrados!




Silva de consonantes o pareada

Sucesión de heptasílabos y endecasílabos pareados con rima consonante:

¿No es breve luz aquella
caduca exhalación, pálida estrella,
que en trémulos desmayos,
pulsando ardores y latiendo rayos,
hace más tenebrosa
la obscura habitación con luz dudosa?
Sí, pues a sus reflejos
puedo determinar, aunque de lejos,
una prisión obscura;
que es de un vivo cadáver sepultura;
y porque más me asombre,
en el traje de fiera yace un hombre
de prisiones cargado
y sólo de la luz acompañado.

Pedro Calderón de la Barca (La vida es sueño)


Puede cambiarse la disposición alterna hepta-endecasílabo, incluso con la sucesión regular de dos en dos versos de la misma métrica. Samaniego la utilizó, sin alternancia uniforme, en alguna de sus fábulas.

EL SOMBRERERO – Félix María Samaniego (1745-1801)

A los pies de un devoto franciscano
acudió un penitente —Diga, hermano,
¿qué oficio tiene? —Padre, sombrerero.
—¿Y qué estado? —Soltero.
—¿Y cuál es su pecado dominante?
—Visitar una moza —¿Con frecuencia?
—Padre mío, bastante.
—¿Cada mes? —Mucho más. —¿Cada semana?
—Aún todavía más, —¿La cuotidiana?
—Hago dos mil propósitos sinceros...
—Pero digame, hermano, claramente:
¿dos veces cada día? —Justamente.
—Pues, ¿cuándo diablos hace los sombreros?




Silva estrófica

Silva, como su nombre indica, dividida en estrofas, pudiendo incluso presentar rimas abrazadas, alternas o arromanzadas.



Silva libre o polimétrica

Poema formado por la combinación de versos de distinta medida, par e impar, no se organiza en estrofas y generalmente prescinde de la rima, aunque presenta e menudo rimas dispersas. Fácilmente equiparable al verso libre por su similitud estructural, casi todos los poetas ’versolibristas’ practican la silva libre.


RÍO ESCABAS – Diego Jesús Jiménez (1942-2009)

(A Mari y Antonio Merchante)

Roza la palidez vencida de los sauces sus aguas;
baja lleno de sombras
que mi alma conoce. Yo lo recuerdo ahora, lento,
por las umbrías; en el atardecer: cuando deja
el olor inundado de las sábanas húmedas por entre los olivos.

Tiene la vieja luz de los nogales,
el resplandor descalzo de los suelos sagrados
donde oscuros aromas de maderas mojadas
habitan su penumbra. Entre el olor amargo
de los mimbres aún verdes y la lluvia, teje la claridad áspera
de la higuera su perfume dormido.

Lo ha estado haciendo el tiempo. En lo más hondo
de mi vida lo veo, deja
sobre mi soledad el sabor agridulce
de los viejos metales, un profundo silencio
de vegetal cortado. ¡Qué noches encendidas de música
han desvelado a mi alma! ¡Qué paraíso de sonidos la incendian!

En sus riberas silba
la luz fría del alba en la serpiente, y habitan sus palacios venenosos las víboras.
Lo recuerdo en los huertos
de la hoz, levantando
sus gozosos altares; o en sus púlpitos verdes
donde los lirios, solos, sobre los zopeteros, se incendian en las aguas
rodeados de espadas vegetales y sombras.
En él arden la zarza y el espino, mañanas con las flores
que de niños pisábamos. Nos dejaban sus aguas
el húmedo silencio de las alfarerías
y las fuentes; lo subían al pueblo nuestros ojos mojados. ¡Oh,
río que al recordarlo se detiene
en aquella mañana cuando, junio, radiante, desnudaba
los cuerpos más hermosos y, a escondidas, olíamos sus ropas
pues en ellas quedaban, todavía, los cuerpos,
tibiamente encendidos por secretos aromas!
Anduve toda la tarde solo, como ahora estas calles
donde el tiempo se adhiere a sus cenizas lívidas.
Quiero ir a su lado; habitar su silencio de nave abandonada.
Hasta mi alma sola, llega su olor a invierno en los membrillos.
Llévate tú mi noche entre las aguas;
la solitaria noche por la que oigo mis pasos
que no saben hallarte, ¡oh río donde el cielo se hunde,
reflejado y altísimo,
como un oscuro pájaro al que llaman las sombras!

Otra de Carmen Nonell (191-):

El costillaje, rendido
en el nocturno esfuerzo -pesca con luz de luna y gasolina-
sobre la arena blanda, la siesta
de las barcas de alta proa latina.
Un ejército de jinetes blancos
en los múltiples lomos del gran corcel del mar.
Fosforescencia en plata. Y un lejano
trémolo -sinfonía de claros adioses-
en el confín pastoso de cobaltos.




Silva mayor

Silva de endecasílabos, sin heptasílabos.

A UN AMANTE AL PARTIR SU AMADA – Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809)

¡Ay! ¡ay que parte! ¡que la pierdo!, abierta
del coche triste la funesta puerta,
la llama a su prisión. Laura adorada.
Laura, mi Laura ¿que de mí olvidada
entras donde esos bárbaros crüeles
lejos te llevan de mi lado amante?
¡Ay! que el zagal el látigo estallante
chasquea, y los ruidosos cascabeles
y las esquilas suenan, y al estruendo
los rápidos caballos van corriendo.
¿Y corren, corren, y de mí la alejan?
¿La alejan más y más sin que mi llanto
mueva a piedad su bárbara dureza?
Parad, parad, o suspended un tanto
vuestra marcha; que Laura su cabeza
una vez y otra asoma entristecida
y me clava los ojos; ¡que no sea
la vez postrera que su rostro vea!
¿Y corréis, y corréis? dejad al menos
que otra vez nuestros ojos se despidan
otra vez sola, y trasponeos luego.
¡Corazones de mármol! ¿a mi ruego
todos ensordecéis? En vano, en vano
cual relámpago el coche se adelanta;
en pos, en pos mi infatigable planta
cual relámpago irá, que amor la guía.
Laura, te seguiré de noche y día
sin que hondos ríos ni fragosos montes
me puedan aterrar: tú vas delante.
Asoma, Laura; que tu vista amante
caiga otra vez sobre mis tristes ojos.
¿Tardas, ingrata, y en aquella loma
te me vas a ocultar? Asoma, asoma,
que se acaba el mirar. Sólo una rueda
a lo lejos descubro; todavía
la diviso; allí va; tened que es mía,
es mía Laura; detened, que os veda
robármela el amor: él a mi pecho
para siempre la unió con lazo estrecho...
¡Ay! entretanto que infeliz me quejo
ellos ya para siempre se apartaron;
mis ojos para siempre la han perdido;
y sólo en mis dolores me dejaron
el funesto carril por donde han ido.
¿Por qué no es dado a mi cansada planta
alcanzar su carrera? ¿Por qué el cielo
sólo a las aves el dichoso vuelo
benigno concedió? Jamás doliente
llora el jilguero de su amor la ausencia;
yo entretanto de mi Laura ausente
en soledad desesperada lloro
y lloraré sin fin. Si yo la adoro,
si ella sensible mis cariños paga,
¿por qué nos separáis? En dondequiera
es mía, lo será; su pecho amante,
yo le conozco, me amará constante,
seré su solo amor... ¡Triste! ¿qué digo?
que se aparta de mí, y a un enemigo
se va acercando a quien amó algún día.
Huye, Laura, no creas, desconfía
de mi rival, y de los hombres todos.
Todos son falsos, pérfidos, traidores,
que dan pesares recibiendo amores.
¡Almas de corrupción!, jamás quisieron
con la ingenua verdad, con la ternura,
con la pureza y la fogosa llama
con que mi pecho enamorado te ama.
Te ama, te ama sin fin; y tú entretanto
¿qué harás de mí? ¿te acordarás? ¿en llanto
regarás mi memoria y tu camino?
¿probarás mi dolor, mi desconsuelo,
mi horrible soledad? Astro del cielo,
oh sol, hermoso para mí algún día,
tú la ves, y me ves: ¿dónde está ahora?
¿qué hace? ¿vuelve a mirar? ¿se aflige? ¿llora?
¿o ríe con la imagen lisonjera
de mi odioso rival que allá la espera?
¿Y ésta es la paga de mi amor sincero?
¿Y para esto infeliz, desesperado,
sufro por ella, y entre angustias muero?
¡Ah! ninguna mujer ha merecido
un suspiro amoroso, ni un cuidado.
Tan prontas al querer como al olvido,
fáciles, caprichosas, inconstantes,
su amor es vanidad. A cien amantes
quieren atar en su cadena a un tiempo,
y ríen de sus triunfos, y se aclaman,
y a nadie amaron porque a todos aman.
¿Y mi Laura también?... No, no lo creo.
Yo vi en sus ojos que me hablaba ansioso
su veraz corazón: todo era mío;
yo su labio escuché, y su labio hermoso
mío le declaró; cuantos oyeron
sus palabras, sus ayes, sus gemidos,
«es tuyo, y todo tuyo», me dijeron.
Es mío, yo lo sé; que en tiernos lazos
mil y mil veces la estreché en mis brazos,
y al suyo uní mi corazón ardiente,
y juntos palpitaron blandamente,
jurando amarse hasta la tumba fría.
¡Oh memoria crüel! ¿Adónde han ido
tantos, tantos placeres? Laura mía,
¿dónde estás? ¿dónde estás? ¿Que ya mi oído
no escuchará tu voz armonïosa,
mucho más dulce que la miel hiblea?
¿que sin cesar mi vista lagrimosa
te buscará sin encontrarte? Al Prado,
que tantas veces a tu tierno lado
me vio, soberbio en mi feliz ventura,
iré, por ti preguntaré, y el Prado,
«No está aquí», me dirá; y en la amargura
de mi acerbo dolor, cuantos lugares
allí tocó tu delicada planta
todos los regaré con largo llanto,
en cada cual hallando mil pesares
con mil recuerdos. Bajaré perdido
a las Delicias, y con triste acento
«Laura, mi Laura», clamaré, y el viento
mi voz se llevará, y allí tendido
sobre la dura solitaria arena,
pondrase el sol, y seguirá mi pena.
A tu morada iré; con planta incierta
toda la correré desesperado,
y toda, toda la hallaré desierta.
Furioso bajaré, y a mis amigos,
de mi ardiente pasión fieles testigos,
preguntaré en silencio por mi amante,
y ellos, la compasión en el semblante,
nada responderán. ¡Desventurado!
¿a quién me volveré? Si sólo un día
durase mi dolor, yo me diría
feliz, y muy feliz; pero mis ojos
un sol, y otro verán, y cien tras ellos,
y a Laura no verán. Sus labios bellos
no se abrirán, y entre cordial ternura
«te amo» repetirán mil y mil veces;
ni con la suya estrechará mi mano,
ni gozaré mirando la hermosura
de su expresivo rostro soberano.
¡Ay, que nunca a mis ojos tan hermosa
brilló cual hoy cuando de mí partía!
Jamás, jamás la olvidaré; una diosa,
la diosa del amor me parecía.
Sí, mi diosa serás, Laura adorada,
la única diosa a quien mi pecho amante
cultos tributará. Ya en adelante
en todo el orbe para mí no existe
más belleza que tú, ni más deseo:
adorarte será mi eterno empleo.
¡Oh Guadiana, Guadiana hermoso!
¡oh río entre los ríos venturoso!
¡oh mil veces feliz! Tú a Manzanares
su tesoro robaste. Placenteras
mirarán a mi Laura tus riberas
contemplando cual pasan tus olitas
y unas en otras sin cesar se pierden.
Pensativa al mirarlo, en mí la mente
ocultará en tu rápida corriente
con mil lágrimas tristes mil amores.
¡Oh si después hacia Madrid corrieras!
a las suyas mis lágrimas unieras.
¡Ay! dila, dila, cuando allí la vieres,
que eternamente vivirá en mi pecho
su inextinguible amor; que acongojado
la lloro sin cesar; que lo he jurado;
cuando la sien de abril ciñan las flores
iré a exhalar entre sus dulces brazos
todo mi corazón, y mil amores
en cambio a recibir; que ella constante
pague mi fe, porque en el mundo entero
no encontrará un amor más verdadero.




Silva modernista

Silva formada por la combinación asimétrica de heptasílabos, endecasílabos y alejandrinos junto a otros versos de métrica impar o no. Riman en consonante dispuesta de forma irregular con la posibilidad de inclusión de versos blancos.

AL OÍDO DEL LECTOR – José Asunción Silva (colombiano, 1865-1896)

No fue pasión aquello,
fue una ternura vaga
lo que inspiran los niños enfermizos,
los tiempos idos y las noches pálidas.
El espíritu solo
al conmoverse canta:
cuando el amor lo agita poderoso
tiembla, medita, se recoge y calla.
Pasión hubiera sido
en verdad; estas páginas
en otro tiempo más feliz escritas
no tuvieran estrofas sino lágrimas.


Otra, de Rubén Darío (1867-1916)

HELIOS

Oh, ruido divino!
¡Oh, ruido sonoro!
Lanzó la alondra matinal el trino
Y sobre ese preludio cristalino,
Los caballos de oro
De que el Hiperionida
Lleva la rienda asida,
Al trotar forman música armoniosa,
Un argentino trueno,
Y en el azul sereno
Con sus cascos de fuego dejan huellas de rosa.
Adelante, ¡oh cochero
Celeste!, sobre Osa
Y Pelión, sobre Titania viva.
Atrás se queda el trémulo matutino lucero,
Y el Universo el verso de su música activa.
Pasa, ¡oh, dominador!, ¡oh, conductor del carro
De la mágica ciencia! Pasa, pasa, ¡oh bizarro
Manejador de la fatal cuadriga
Que al pisar sobre el viento
Despierta el instrumento Sacro!
Tiemblan las cumbres
De los montes más altos,
Que en sus rítmicos saltos
Tocó Pegaso. Giran muchedumbres
De águilas bajo el vuelo
De tu poder fecundo,
Y si hay algo que iguale la alegría del cielo.
Es el gozo que enciende las entrañas del mundo.

¡Helios! Tu triunfo es ése,
Pese a las sombras, pese
A la noche, y al miedo y a la lívida envidia.
Tú pasas, y la sombra, y el daño, y la desidia,
Y la negra pereza, hermana de la muerte,
Y el alacrán del odio que su ponzoña vierte,
Y Satán todo, emperador de las tinieblas,
Se hunden, caen. Y haces el alba rosa, y pueblas
De amor y de virtud las humanas conciencias,
Riegas todas las artes, brindas todas las ciencias;
Los castillos de duelo de la maldad derrumbas,
Abres todos los nidos, cierras todas las tumbas,
Y sobre los vapores del tenebroso
Abismo, Pintas la Aurora, el Oriflama de Dios mismo.

¡Helios! Portaestandarte
De Dios, padre del Arte,
La paz es imposible, mas el amor eterno.
Danos siempre el anhelo de la vida,
Y una chispa sagrada de tu antorcha encendida
Con que esquivar podamos la entrada del Infierno.
Que sientan las naciones
El volar de tu carro: que hallen los corazones
Humanos en el brillo de tu carro esperanza;
Que del alma-Quijote y el cuerpo-Sancho Panza
Vuele una psique cierta a la verdad del sueño;
Que hallen las ansias grandes de este vivir pequeño
Una realización invisible y suprema,
¡Helios!, ¡que no nos mate tu llama que nos quema!
Gloria hacia ti del corazón de las manzanas,
De los cálices blancos de los lirios,
Y del amor que manas
Hecho de dulces fuegos y divinos martirios,
Y del volcán inmenso,
Y del hueso minúsculo,
Y del ritmo que pienso,
Y del ritmo que vibra en el corpúsculo,
Y del Oriente intenso
Y de la melodía del crepúsculo.

¡Oh, ruido divino!
Pasa sobre la cruz del palacio que duerme,
Y sobre el alma inerme
De quien no sabe nada.
No turbes el Destino,
¡Oh, ruido sonoro!
El hombre, la nación, el continente, el mundo,
Aguardan la virtud de tu carro fecundo,
Cochero azul que riges los caballos de oro.




Silva octosílaba

Formada por versos octosílabos o por la mezcla octosílabos y tetrasílabos. Ejemplos:

PEDRO CALDERÓN DE LA BARCA (1600-1681)

Bellas serranas, si han sido
vuestros divinos despojos
tan dulces para los ojos
como son para el oído,
hoy os pido
que a un peregrino amparéis,
tan pobre y tan desdichado
que ha llegado
a pediros que le deis
menos de lo que ha dejado
(...)


EL PAJONAL (fragmento) - Esteban Echeverria (argentino, 1805-1871)

Así, huyendo a la ventura,
ambos a pie divagaron
por la lóbrega llanura,
y al salir la luz del día,
a corto trecho se hallaron
de un inmenso pajonal.
Brian debilitado, herido,
a la fatiga rendido
la planta apenas movía;
su angustia era sin igual.

Pero un ángel, su querida,
siempre a su lado velaba,
y el espíritu y la vida,
que su alma heroica anidaba,
la infundía, al parecer,
con miradas cariñosas,
voces del alma profundas,
que debieran ser eternas,
y aquellas palabras tiernas,
o armonías misteriosas
que sólo manan fecundas
del labio de la mujer.

Temerosos del salvaje,
acogiéronse al abrigo
de aquel pajonal amigo,
para de nuevo su viaje
por la noche continuar;
descansar allí un momento,
y refrigerio y sustento
a la flaqueza buscar.

Era el adusto verano.
Ardiente el sol como fragua,
en cenagoso pantano
convertido había el agua
allí estancada, y los peces,
los animales inmundos
que aquel bañado habitaban
muertos, al aire infectaban,
o entre las impuras heces
aparecían a veces
boqueando moribundos,
como del cielo implorando
agua y aire: aquí se vía
al voraz cuervo, tragando
lo más asqueroso y vil;
allí la blanca cigüeña,
el pescuezo corvo alzando,
en su largo pico enseña
el tronco de algún reptil;
más allá se ve el carancho,
que jamás presa desdeña,
con pico en forma de gancho
de la expirante alimaña
sajar la fétida entraña.
(...)




Silva pentasilábica

Repetición, dentro de un verso y en número variable, de un grupo de cinco sílabas con acento siempre en cuarta y otro variable en 1ª ó 2ª:

DE VIAJE - José Santos Chocano (peruano, 1875-1934)

Ave de paso,
fugaz viajera desconocida:
fue sólo un sueño, sólo un capricho, sólo un acaso;
duró un instante, de los que llenan toda una vida.

No era la gloria del paganismo,
no era el encanto de la hermosura plástica y recia:
era algo vago, nube de incienso, luz de idealismo.
No era la Grecia:
¡era la Roma del cristianismo!
Alrededor era de sus dos ojos ¡oh, qué ojos, ésos!
que las fracciones de su semblante desvanecidas
fingían trazos de un pincel tenue, mojado en besos,
rediviviendo sueños pasados y glorias idas...

Ida es la gloria de sus encantos,
pasado el sueño de su sonrisa.

Yo lentamente sigo la ruta de mis quebrantos;
¡ella ha fugado como un perfume sobre la brisa!
Quizás ya nunca nos encontremos;
quizás ya nunca veré a mi errante desconocida;
quizás la misma barca de amores empujaremos,
ella de un lado, yo de otro lado, como dos remos,
¡toda la vida bogando juntos y separados toda la vida!


Se trata de la combinación de versos simples de cinco sílabas y versos compuestos de pentasílabos. El pentasílabo funciona, así, de cláusula rítmica.



Silva polimétrica suelta

Silva formada por la combinación de versos de métrica par con otros de métrica impar, sin rima. Se trata de un tipo de combinación muy cercana ya al verso libre. Ejemplos:

AGUA EN EL AGUA - Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Quisiera que mi vida
se cayera en la muerte,
como este chorro alto de agua bella
en el agua tendida matinal;
ondulado, brillante, sensual, alegre,
con todo el mundo diluido en él,
en gracia nítida y feliz.


NUEVA YORK (Poeta en Nueva York) – Federico García Lorca (1898-1936)

Debajo de las multiplicaciones
hay una gota de sangre de pato.
Debajo de las divisiones
hay una gota de sangre de marinero.
Debajo de las sumas, un río de sangre tierna;
un río que viene cantando
por los dormitorios de los arrabales,
y es plata, cemento o brisa
en el alba mentida de New York.
Existen las montañas, lo sé.
Y los anteojos para la sabiduría,
lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
He venido para ver la turbia sangre,
la sangre que lleva las máquinas a las cataratas
y el espíritu a la lengua de la cobra.
Todos los días se matan en New York
cuatro millones de patos,
cinco millones de cerdos,
dos mil palomas para el gusto de los agonizantes,
un millón de vacas,
un millón de corderos
y dos millones de gallos
que dejan los cielos hechos añicos.
Más vale sollozar afilando la navaja
o asesinar a los perros en las alucinantes cacerías
que resistir en la madrugada
los interminables trenes de leche,
los interminables trenes de sangre,
y los trenes de rosas maniatadas
por los comerciantes de perfumes.
Los patos y las palomas
y los cerdos y los corderos
ponen sus gotas de sangre
debajo de las multiplicaciones;
y los terribles alaridos de las vacas estrujadas
llenan de dolor el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.
Yo denuncio a toda la gente
que ignora la otra mitad,
la mitad irredimible
que levanta sus montes de cemento
donde laten los corazones
de los animalitos que se olvidan
y donde caeremos todos
en la última fiesta de los taladros.
Os escupo en la cara.
La otra mitad me escucha
devorando, cantando, volando en su pureza
como los niños en las porterías
que llevan frágiles palitos
a los huecos donde se oxidan
las antenas de los insectos.
No es el infierno, es la calle.
No es la muerte, es la tienda de frutas.
Hay un mundo de ríos quebrados y distancias inasibles
en la patita de ese gato quebrada por el automóvil,
y yo oigo el canto de la lombriz
en el corazón de muchas niñas.
óxido, fermento, tierra estremecida.
Tierra tú mismo que nadas por los números de la oficina.
¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
No, no; yo denuncio,
yo denuncio la conjura
de estas desiertas oficinas
que no radian las agonías,
que borran los programas de la selva,
y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
cuando sus gritos llenan el valle
donde el Hudson se emborracha con aceite.


LA DICHA (La destrucción o el amor) – Vicente Aleixandre (1898-1984)

No. ¡Basta!
Basta siempre.
Escapad, escapad: sólo quiero,
sólo quiero tu muerte cotidiana.
El busto erguido, la terrible columna.
el cuello febricente, la convocación de los robles;
las manos que son piedra, la luna de piedra sorda
y el vientre que es sol, el único extinto sol.
¡Hierba seas! Hierba reseca, apretadas raíces,
follaje entre los muslos donde ni gusanos ya viven
porque la tierra no puede ni ser grata a los labios,
a esos que fueron —sí— caracoles de lo húmedo.
Matarte a ti, pie inmenso, yeso escupido
pie masticado días y días cuando los ojos sueñan,
cuando hacen un paisaje azul cándido y nuevo
donde una niña entera se baña sin espuma.
Matarte a ti, cuajarón redondo, forma o montículo,
materia vil, vomitadura o escarnio,
palabra que pendiente de unos labios morados
ha colgado en la muerte putrefacta o el beso.
No. ¡No!
Tenerte aquí corazón que latiste entre mis dientes larguísimos,
en mis dientes o clavos amorosos o dardos,
o temblor de tu carne cuando yacía inerte
como el vivaz lagarto que se besa y se besa.
Tu mentira catarata de números,
catarata de manos de mujer con sortijas,
catarata de dijes donde pelos se guardan,
donde ópalos u ojos están en terciopelos,
donde las mismas uñas se guardan con encajes.
Muere, muere como el clamor de la tierra estéril,
como la tortuga machacada por un pie desnudo,
pie herido cuya sangre, sangre fresca y novísima,
quiere correr y ser como un río naciente.
Canto el cielo feliz, el azul que despunta,
canto la dicha de amar dulces criaturas,
de amar a lo que nace bajo las piedras limpias,
agua, flor, hoja, sed, lámina, río o viento,
amorosa presencia de un día que sé existe.


RUINAS - José Ángel Valente (1929-2000)

Se abatieron los muros,
cayó el templo,
regresó el navegante
y volvió a partir.

Y nosotros inmóviles
mientras iba dejando la ceniza
entre las manos desnudas
su temblorosa luz.



Bibliografía:

DOMÍNGUEZ CAPARRÓS, J. Diccionario de métrica española, 1999, Alianza Editorial, Madrid.
PARAÍSO, ISABEL. La métrica española en su contexto románico, 2000, Arco Libros, Madrid.
PARRAMON i BLASCO, J. Diccionari de poètica, 1998, Edicions 62, Barcelona.


(continuará)


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Última edición por Pedro Casas Serra el Miér Dic 10, 2014 12:09 am, editado 3 veces


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Re: La silva

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar Dic 09, 2014 6:07 am

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LA SILVA EN ESPAÑA:



LA SOLEDAD SIGUIENDO – Garcilaso de la Vega (1503-1536)

La soledad siguiendo,
rendido a mi fortuna,
me voy por los caminos que se ofrecen,
por ellos esparciendo
mis quejas de una en una
al viento, que las lleva do perecen;
puesto que ellas merecen
ser de vos escuchadas,
pues son tan bien vertidas
he lástima que todas van perdidas
por donde suelen ir las remediadas;
A mí se han de tornar,
adonde para siempre habrán de estar.

Mas ¿qué haré, señora,
en tanta desventura?
¿A dónde iré si a vos no voy con ella?
¿De quién podré yo agora
valerme en mi tristura
si en vos no halla abrigo mi querella?
Vos sola sois aquella
con quien mi voluntad
recibe tal engaño
que, viéndoos holgar siempre con mi daño,
me quejo a vos como si en la verdad
vuestra condición fuerte
tuviese alguna cuenta con mi muerte.

Los árboles presento,
entre las duras peñas,
por testigo de cuanto os he encubierto;
de lo que entre ellas cuento
podrán dar buenas señas,
si señas pueden dar del desconcierto.
Mas ¿quién tendrá concierto
en contar el dolor,
que es de orden enemigo?
No me den pena, pues, por lo que ora digo,
que ya no me refrenará el temor:
¡quién pudiese hartarse
de no esperar remedio y de quejarse!

Mas esto me es vedado
con unas obras tales
con que nunca fue a nadie defendido,
que si otros han dejado
de publicar sus males,
llorando el mal estado a que han venido,
señora, no habrá sido
sino con mejoría
y alivio en su tormento;
mas ha venido en mí a ser lo que siento
de tal arte que ya en mi fantasía
no cabe, y así quedo
sufriendo aquello que decir no puedo.

Si por ventura extiendo
alguna vez mis ojos
por el proceso luengo de mis daños,
con lo que me defiendo
de tan grandes enojos
solamente es, allí, con mis engaños;
mas vuestros desengaños
vencen mi desvarío
y apocan mis defensas.
Sin yo poder dar otras recompensas
sino que, siendo vuestro más que mío,
quise perderme así
por vengarme de vos, señora, en mi.

Canción, yo he dicho más que me mandaron
y menos que pensé;
no me pregunten más, que lo diré.



SOLEDAD PRIMERA (Parte I, Soledades) – Luis de Góngora (1561-1627)

Era del año la estación florida
en que el mentido robador de Europa
-media luna las armas de su frente,
y el Sol todos los rayos de su pelo-,
luciente honor del cielo,
en campos de zafiro pace estrellas,
cuando el que ministrar podía la copa
a Júpiter mejor que el garzón de Ida,
-náufrago y desdeñado, sobre ausente-,
lagrimosas de amor dulces querellas
da al mar; que condolido,
fue a las ondas, fue al viento
el mísero gemido,
segundo de Arión dulce instrumento.

Del siempre en la montaña opuesto pino
al enemigo Noto
piadoso miembro roto
-breve tabla- delfín no fue pequeño
al inconsiderado peregrino
que a una Libia de ondas su camino
fio, y su vida a un leño.
Del Océano, pues, antes sorbido,
Y luego vomitado
no lejos de un escollo coronado
de secos juncos, de calientes plumas
-alga todo y espumas-
halló hospitalidad donde halló nido
de Júpiter el ave.

Besa la arena, y de la rota nave
aquella parte poca
que le expuso en la playa dio a la roca;
que aun se dejan las peñas
Llsonjear de agradecidas señas.

Desnudo el joven, cuanto ya el vestido
Océano ha bebido
restituir le hace a las arenas;
y al sol le extiende luego,
que, lamiéndole apenas
su dulce lengua de templado fuego,
lento lo embiste, y con suave estilo
la menor onda chupa al menor hilo.

No bien, pues, de su luz los horizontes
-que hacían desigual, confusamente,
montes de agua y piélagos de montes-
desdorados los siente,
cuando -entregado el mísero extranjero
en lo que ya del mar redimió fiero-
entre espinas crepúsculos pisando,
riscos que aun igualara mal, volando,
veloz, intrépida ala,
-menos cansado que confuso- escala.
(…)



CANCIÓN A LAS RUINAS DE ITÁLICA - Rodrigo Caro (1573-1647)

Estos, Fabio, ¡ay dolor!, que ves ahora
campos de soledad, mustio collado,
fueron un tiempo Itálica famosa.
Aquí de Cipión la vencedora
colonia fue; por tierra derribado
yace el temido honor de la espantosa
muralla, y lastimosa
reliquia es solamente
de su invencible gente.
Sólo quedan memorias funerales
donde erraron ya sombras de alto ejemplo:
este llano fue plaza, allí fue templo;
de todo apenas quedan las señales.
Del gimnasio y las termas regaladas
leves vuelan cenizas desdichadas;
las torres que desprecio al aire fueron
a su gran pesadumbre se rindieron.
(...)



A DON FRANCISCO DE GOYA, INSIGNE PINTOR - Leandro Fernández de Moratín (1760-1828)

Quise aspirar a la segunda vida,
que agradecido el Mundo
al eminente mérito reserva:
de pocos adquirida,
entre los que siguieron
la inspiración de Apolo y de Minerva.
Vanos mis votos fueron,
vano el estudio, y siempre deseada
la perfección; siempre la vi distante.
Mas la amistad sagrada
quiso dar premio a mi tesón constante,
y a ti, sublime artífica, destina
a ilustrar mi memoria,
dándola duración con tus pinceles:
émulos de la fama y de la historia.
A tanto la divina
arte que sabes poderosa alcanza,
a la muerte quitándola trofeos.
Si en dudosa esperanza
cupé de temerosos mis deseos
tú me los cumples, en la edad futura,
al mirar de tu mano los primores
y en ellos mi semblante,
voz sonará que al cielo se levante
con debidos honores;
venciendo de los años al desvío,
y asociando a tu gloria el nombre mío.



EL SOL - José de Espronceda (1808-1842)

HIMNO

Para y óyeme ¡oh sol! yo te saludo
y extático ante ti me atrevo a hablarte:
ardiente como tú mi fantasía,
arrebatada en ansia de admirarte
intrépidas a ti sus alas guía.
¡Ojalá que mi acento poderoso,
sublime resonando,
del trueno pavoroso
la temerosa voz sobrepujando,
¡oh sol! a ti llegara
y en medio de tu curso te parara!
¡Ah! Si la llama que mi mente alumbra
diera también su ardor a mis sentidos;
al rayo vencedor que los deslumbra,
los anhelantes ojos alzaría,
y en tu semblante fúlgido atrevidos,
mirando sin cesar, los fijaría.
¡Cuánto siempre te amé, sol refulgente!
¡Con qué sencillo anhelo,
siendo niño inocente,
seguirte ansiaba en el tendido cielo,
y extático te vía
y en contemplar tu luz me embebecía!
De los dorados límites de Oriente
que ciñe el rico en perlas Océano,
al término sombroso de Occidente,
las orlas de tu ardiente vestidura
tiendes en pompa, augusto soberano,
y el mundo bañas en tu lumbre pura,
vívido lanzas de tu frente el día,
y, alma y vida del mundo,
tu disco en paz majestuoso envía
plácido ardor fecundo,
y te elevas triunfante,
corona de los orbes centelleante.
Tranquilo subes del cenit dorado
al regio trono en la mitad del cielo,
de vivas llamas y esplendor ornado,
y reprimes tu vuelo:
y desde allí tu fúlgida carrera
rápido precipitas,
y tu rica encendida cabellera
en el seno del mar trémula agitas,
y tu esplendor se oculta,
y el ya pasado día
con otros mil la eternidad sepulta.
¡Cuántos siglos sin fin, cuántos has visto
en su abismo insondable desplomarse!
¡Cuánta pompa, grandeza y poderío
de imperios populosos disiparse!
¿Qué fueron ante ti? Del bosque umbrío
secas y leves hojas desprendidas,
que en círculos se mecen,
y al furor de Aquilón desaparecen.
Libre tú de la cólera divina,
viste anegarse el universo entero,
cuando las hojas por Jehová lanzadas,
impelidas del brazo justiciero
y a mares por los vientos despeñadas,
bramó la tempestad; retumbó en torno
el ronco trueno y con temblor crujieron
los ejes de diamante de la tierra;
montes y campos fueron
alborotado mar, tumba del hombre.
Se estremeció el profundo;
y entonces tú, como señor del mundo,
sobre la tempestad tu trono alzabas,
vestido de tinieblas,
y tu faz engreías,
y a otros mundos en paz resplandecías,
y otra vez nuevos siglos
viste llegar, huir, desvanecerse
en remolino eterno, cual las olas
llegan, se agolpan y huyen de Océano,
y tornan otra vez a sucederse;
mientras inmutable tú, solo y radiante
¡oh sol! siempre te elevas,
y edades mil y mil huellas triunfante.
¿Y habrás de ser eterno, inextinguible,
sin que nunca jamás tu inmensa hoguera
pierda su resplandor, siempre incansable,
audaz siguiendo tu inmortal carrera,
hundirse las edades contemplando
y solo, eterno, perennal, sublime,
monarca poderoso, dominando?
No; que también la muerte,
si de lejos te sigue,
no menos anhelante te persigue.
¿Quién sabe si tal vez pobre destello
eres tú de otro sol que otro universo
mayor que el nuestro un día
con doble resplandor esclarecía!!!
Goza tu juventud y tu hermosura,
¡oh sol!, que cuando el pavoroso día
llegue que el orbe estalle y se desprenda
de la potente mano
del Padre soberano,
y allá a la eternidad también descienda,
deshecho en mil pedazos, destrozado
y en piélagos de fuego
envuelto para siempre y sepultado;
de cien tormentas al horrible estruendo,
en tinieblas sin fin tu llama pura
entonces morirá. noche sombría
cubrirá eterna la celeste cumbre:
ni aun quedará reliquia de tu lumbre!!!



EL TREN EXPRESO – Ramón de Campoamor (1817-1901)

CANTO PRIMERO

La noche

I

Habiéndome robado el albedrío
un amor tan infausto como mío,
ya recobrada la quietud y el seso,
volvía de París en tren expreso.
Y cuando estaba ajeno de cuidado,
como un pobre viajero fatigado,
para pasar bien cómoda la noche,
muellemente acostado,
al arrancar el tren, subió a mi coche,
seguida de una anciana,
una joven hermosa,
alta, rubia, delgada y muy graciosa,
digna de ser morena y sevillana.
                       
II

Luego, a una voz de mando,
por algún héroe de las artes dada,
empezó el tren a trepidar, andando
con un trajín de fiera encadenada.
Al dejar la estación, lanzó un gemido
la máquina, que libre se veía,
y corriendo al principio solapada,
cual la sierpe que sale de su nido,
ya, al claro resplandor de las estrellas,
por los campos, rugiendo, parecía
un león con melena de centellas.
                     
III

Cuando miraba atento
aquel tren que corría como el viento,
con sonrisa impregnada de amargura
me preguntó la joven con dulzura:
-¿Sois español?-. Y a su armonioso acento,
tan armonioso y puro que aun ahora
el recordarlo sólo me embelesa,
-Soy español- le dije -. ¿Y vos, señora?
-Yo -dijo- soy francesa.
-Podéis -le repliqué con arrogancia-
la hermosura alabar de vuestro suelo;
pues creo, como hay Dios, que es vuestra Francia
un país tan hermoso como el cielo.
-Verdad que es el país de mis amores
el país del ingenio y de la guerra;
pero, en cambio -me dijo-, es vuestra tierra
la patria del honor y de las flores.
No os podéis figurar cuánto me extraña
que, al ver sus resplandores,
el sol de vuestra España
no tenga, como el de Asia, adoradores.
Y después de halagarnos, obsequiosos,
del patrio amor el puro sentimiento,
entrambos nos quedamos silenciosos,
como heridos de un mismo pensamiento.
(...)



LA MELANCOLÍA – Teodoro Llorente (1836-1911)

A la luz tibia del otoñal ocaso
entre marchitos arboles torcía
mi errante senda el caprichoso acaso;
deidad hermosa y triste halle a mi paso,
y eras tu esa Deidad, Melancolía.
De derribado muro rotas piedras
eran tu trono, al que mullida alfombra
las enlazas hiedras
daban, y un sauce vacilante sombra;
allí sentada, al cielo transparente
levantabas, marcada con el sello
de tranquilo dolor, la augusta frente;
y brillaba en tus ojos seductores
el que nos dejas pálido destello
los perdidos amores.
Me miraste llegar, y sonreíste
con la incierta sonrisa
que deja al alma triste
entre el dolor y el júbilo indecisa;
y a mí viniendo con semblante amigo,
me asiste de la diestra, y apartando
las mustias rama, con acento blando
cariñosa exclamaste: "Ven conmigo."
Y contigo crucé la selva umbrosa,
y vi morir las luces de la tarde,
y vi nacer la estrella esplendorosa
que la primera en las tinieblas arde;
y respiré feliz el triste encanto
que, halagándonos más que la alegría,
los ojos baña en delicioso llanto.
Y desde entonces, al morir el día,
escalo audaz las pardas
rocas del monte, y a la obscura umbría
voy, donde fiel a tu amador aguardas;
y de tu mano asido,
la senda busco del oculto nido;
y donde en breve espacio el bosque cierra,
nuestro horizonte con sus verdes velos,
evoco los recuerdos de la tierra
y tú las esperanzas de los cielos.



LOS OJOS – Antonio Machado (1875-1939)

I

Cuando murió su amada
pensó en hacerse viejo
en la mansión cerrada,
solo, con su memoria y el espejo
donde ella se miraba un claro día.
Como el oro en el arca del avaro,
pensó que no guardaría
todo un ayer en el espejo claro.
Ya el tiempo para él no correría.

II

Mas, pasado el primer aniversario,
¿Cómo eran —preguntó—, pardos o negros,
sus ojos? ¿Glaucos?... ¿Grises?
¿Cómo eran, ¡Santo Dios!, que no recuerdo?...

III

Salió a la calle un día
de primavera, y paseó en silencio
su doble luto, el corazón cerrado...
De una ventana en el sombrío hueco
vio unos ojos brillar. Bajó los suyos
y siguió su camino... ¡Como ésos!



A UN OLMO SECO – Antonio Machado (1875-1939)

Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo
algunas hojas verdes le han salido.

¡El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.

No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado de pardos ruiseñores.

Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.

Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.




LA SILVA EN HISPANOAMÉRICA:



A LA AGRICULTURA DE LA ZONA TÓRRIDA – Andrés Bello (venezolano, 1780-1865)

¡Salve, fecunda zona,
que al sol enamorado circunscribes
el vago curso, y cuanto ser se anima
en cada vario clima,
acariciada de su luz, concibes!
Tú tejes al verano su guirnalda
de granadas espigas; tú la uva
das a la hirviente cuba;
no de purpúrea fruta, o roja, o gualda,
a tus florestas bellas
falta matiz alguno; y bebe en ellas
aromas mil el viento;
y greyes van sin cuento
paciendo tu verdura, desde el llano
que tiene por lindero el horizonte,
hasta el erguido monte,
de inaccesible nieve siempre cano.

Tú das la caña hermosa,
de do la miel se acendra,
por quien desdeña el mundo los panales;
tú en urnas de coral cuajas la almendra
que en la espumante jácara rebosa;
bulle carmín viviente en tus nopales,
que afrenta fuera al m?rice de Tiro;
y de tu añil la tinta generosa
émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo, que la herida agave
para los hijos vierte
del Anahuac feliz; y la hoja es tuya,
que, cuando de suave
humo en espiras vagorosas huya,
solazará el fastidio al ocio inerte.
Tú vistes de jazmines
el arbusto sabeo ,
y el perfume le das, que en los festines
la fiebre insana templará a Lico.
Para tus hijos la procera palma
su vario feudo cría,
y el ananás sazona su ambrosía;
su blanco pan la yuca;
sus rubias pomas la patata educa;
y el algodón despliega al aura leve
las rosas de oro y el vellón de nieve.
Tendida para ti la fresca parcha
en enramadas de verdor lozano,
cuelga de sus sarmientos trepadores
nectáreos globos y franjadas flores;
y para ti el maíz, jefe altanero
de la espigada tribu, hincha su grano;
y para ti el banano
desmaya al peso de su dulce carga;
el banano, primero
de cuantos concedió bellos presentes
Providencia a las gentes
del ecuador feliz con mano larga.
No ya de humanas artes obligado
el premio rinde opimo;
no es a la podadera, no al arado
deudor de su racimo;
escasa industria bástale, cual puede
hurtar a sus fatigas mano esclava;
crece veloz, y cuando exhausto acaba,
adulta prole en torno le sucede.
(…)



A LA REINA GOBERNADORA – Ventura de la Vega (1807-1875)

Cuando la griega juventud volaba
al campo de la gloria,
y al macedón guerrero arrebataba
el sangriento laurel de la victoria:
¿quién a blandir la fulminante lanza
robusteció su brazo?
En el estrago de feroz matanza
¿quién su pecho alentó, quién, sino el fuego
del entusiasmo ardiente
que corrió en viva llama por sus venas,
cuando escuchó elocuente
tronar la voz del orador de Atenas?

Tú fuiste, oh santo fuego,
tú quien el duro mármol animaba
bajo el cincel del inspirado griego;
tú quien la trompa de Marón sonaba:
en cuanto el mundo a la memoria ofrece
de eterno, de elevado,
tu creador espíritu aparece;
tú ante el funesto vaso envenenado,
en el alma de Sócrates brillabas,
tú la mano de Apeles dirigías,
en la lira de Píndaro sonabas
y la lanza de Arístides blandías.

Mas ¡oh!, ¿por qué ofuscada
a tan remota edad vuela mi mente?
La centella sagrada,
de la aureola de Dios destello ardiente,
que de la antigua Grecia derruida
el canto melodioso
eternizó y el brazo belicoso,
¿yace entre sus escombros extinguida?
(…)



ANDRESILLO – Carlos Roxco (uruguayo, 1861-1926)

I

"La Libertad", "El Pueblo", iba gritando
Por calles y por plazas,
Cuando el jardín se cubre de heliotropos,
De azules lirios y de rosas pálidas.
"La Libertad", "El Pueblo", repetía
Sobre el fango y la escarcha
Cuando tiemblan los árboles desnudos
Y se encorvan las ramas.

Descalzo, el cuello al aire, mal prendido
El pantalón que a la rodilla alcanza;
Sobre el cabello inculto, vieja boina
De dudoso color y rota malla;
Trigueño, endeble, sin descanso y ágil,
Por calles y por plazas,
A la lluvia y al viento,
Sobre el fango y la escarcha
Iba gritando con su voz ya ronca:
"La Igualdad", "La República", "La Patria".

II

Se llamaba Andresillo y contaría
Diez primaveras a lo más; su infancia
Fue una penumbra dolorosa y triste,
Como aurora de un día de borrasca;
Un pasaje del Dante; una tragedia
Escondida en la bolsa de una larva.
Recogido del suelo del suburbio,
Hijo de la embriaguez y de la infamia,
Creció entre golpes y denuestos, sólo,
Sin escuchar jamás esas palabras
Que parecen el salmo de las cunas
Y que las madres verdaderas cantan.
(…)



EL RETORNO MALÉFICO (Zozobra, 1929) – Ramón López Velarde (mexicano, 1888-1921

A D. Ignacio I. Gastélum

Mejor será no regresar al pueblo,
al edén subvertido que se calla
en la mutilación de la metralla.

Hasta los fresnos mancos,
los dignatarios de cúpula oronda,
han de rodar las quejas de la torre
acribillada en los vientos de fronda.

Y la fusilería grabó en la cal
de todas las paredes
de la aldea espectral,
negros y aciagos mapas,
porque en ellos leyese el hijo pródigo
al volver a su umbral
en un anochecer de maleficio,
a la luz de petróleo de una mecha
su esperanza deshecha.

Cuando la tosca llave enmohecida
tuerza la chirriante cerradura,
en la añeja clausura
del zaguán, los dos púdicos
medallones de yeso,
entornando los párpados narcóticos,
se mirarán y se dirán: «¿Qué es eso?»

Y yo entraré con pies advenedizos
hasta el patio agorero
en que hay un brocal ensimismado,
con un cubo de cuero
goteando su gota categórica
como un estribillo plañidero.

Si el sol inexorable, alegre y tónico,
hace hervir a las fuentes catecúmenas
en que bañábase mi sueño crónico;
si se afana la hormiga;
si en los techos resuena y se fatiga
de los buches de tórtola el reclamo
que entre las telarañas zumba y zumba;
mi sed de amar será como una argolla
empotrada en la losa de una tumba.

Las golondrinas nuevas, renovando
con sus noveles picos alfareros
los nidos tempraneros;
bajo el ópalo insigne
de los atardeceres monacales,
el lloro de recientes recentales
por la ubérrima ubre prohibida
de la vaca, rumiante y faraónica,
que al párvulo intimida;
campanario de timbre novedoso;
remozados altares;
el amor amoroso
de las parejas pares;
noviazgos de muchachas
frescas y humildes, como humildes coles,
y que la mano dan por el postigo
a la luz de dramáticos faroles;
alguna señorita
que canta en algún piano
alguna vieja aria;
el gendarme que pita...
...Y una íntima tristeza reaccionaria.



Se solicita para este tema, se aporten silvas de poetas mundialmente reconocidos, españoles o hispanoamericanos, a fin de establecer la pervivencia de esta forma poética en toda el área del español. Gracias.


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