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    Fernando Quiñones (1930-1998)

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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 06 Mayo 2023, 11:12

    .


    Fernando Quiñones (Chiclana de la Frontera, 2 de marzo de 1930-Cádiz, 17 de noviembre de 1998) fue un escritor español, destacado por su obra literaria y poética.

    Biografía

    Pasó su infancia y su adolescencia en Cádiz con su abuela paterna. A los quince años, empieza a trabajar en el muelle. En diciembre de 1948 comienza su aventura literaria con la creación de la revista El Parnaso con la que estuvo hasta febrero de 1950 y a la que seguirá Platero, que se publica hasta 1954.

    Empieza a escribir en la prensa, una actividad que no abandonó nunca. Una serie de sus artículos periodísticos serán recogidos años más tarde en dos volúmenes, Fotos de carne y Por la América morena, que aglutinan cada uno cincuenta textos.

    Terminado el servicio militar, marcha a Madrid donde empieza a trabajar para el Reader's Digest en octubre de 1953 y donde se abrirá paso.

    En 1957 empiezan sus viajes por el mundo: Francia, Portugal, Italia, Marruecos, entre otros. En este mismo año publica su primer libro de poesía, Ascanio o Libro de las flores y Cercanía de la gracia con el que había obtenido el accésit del Premio Adonais de poesía en 1956.

    Se casó en Milán en 1959 con Nadia Consolani. En ese mismo año nace su hija Mariela. Un año más tarde gana el Premio Literario del diario La Nación de Buenos Aires con Siete historias de toros y de hombres. Jorge Luis Borges, miembro del jurado, sentenció:

       Nada sabíamos del hombre que velaba el seudónimo; el ambiente, la entonación y cierto desenfado en el manejo de las palabras dejaban entrever un español y aun un andaluz. Dos temas —el vino y la tauromaquia— prevalecían en los textos; ambos tendían a alejarnos de ellos. Como Quevedo éramos partidarios del toro no de los toreros... Todos sentimos sin embargo, que los temas son símbolos y adjetivos. El único tema es el hombre... Y en los cuentos de Fernando Quiñones estaba el hombre, su índole y su destino. Los premiamos con unánime acuerdo, porque advertimos en la obra de Quiñones a un gran escritor de la literatura hispánica de nuestro tiempo, o, simplemente de la literatura.

    También en 1960 gana el Premio de prosa de las XII Fiestas de la Vendimia de Jerez con Cinco historias del vino.​ En 1963 nace su segundo hijo, Mauro.

    En 1971 Fernando decide dedicarse por completo a la literatura y abandona su trabajo en el Reader's Digest. A partir de ahora vivirá a caballo entre Madrid y su amado Cádiz. Viajes, conferencias, pregones, cursos y la escritura ocupan la mayor parte de su tiempo. En 1973 marcha con su amigo Félix Grande a Hispanoamérica como embajador del flamenco: Puerto Rico, Perú, Argentina, Nicaragua y Chile. En 1987 viaja con José Agustín Goytisolo a Marruecos; con Antonio Hernández en el Yemen. En Cuba le dan el Premio Casa de las Américas.

    Para Cádiz, y con el deseo de engrandecer su ciudad, crea Alcances, un festival que dirige desde 1968 a lo largo de una década. La muestra, uno de los ejes culturales de la capital gaditana, está dedicada hoy en exclusiva al cine, aunque con Fernando Quiñones al frente tuvo un carácter misceláneo: pintura, música clásica, flamenco, cine, literatura y un sinfín de actividades que dieron vida a los veranos gaditanos. Alcances fue una empresa encomiable que lidió con la falta de medios económicos y con una férrea censura franquista.

    También Cádiz le debe a Fernando Quiñones el impulso de la fundación de la Peña Flamenca Enrique el Mellizo, la primera que se crea en la capital gaditana de estas características.

    Enamorado de su tierra, de su sur gaditano, una tarde cualquiera, poco antes de morir, al borde del océano Atlántico, Fernando Quiñones se llevó a su mujer Nadia junto al mar y desde allí le dijo: «Nadia, quiero hacerte un regalo: te regalo Cádiz». La ciudad regalará a Fernando Quiñones, justo en ese lugar, el paseo que recibe su nombre.

    El 17 de noviembre de 1998 en el Hospital Puerta del Mar de Cádiz fallece a causa de un tumor peritoneal.

    Obra y premios

    Se vio reflejado en algunas de sus obras que era un enamorado del flamenco, entre ellas destaca De Cádiz y sus cantes, galardonada con el Premio de Investigación de la Semana de Estudios Flamencos en 1964; El flamenco vida y muerte (1971); Toros y arte flamenco (1982); Los poemas flamencos y un relato de lo mismo (1983); El flamenco (1985); ¿Qué es el flamenco? (1992); Antonio Mairena. Su obra, su significado (1989). En Televisión Española estará por primera vez en 1965; en la 2, durante cuatro años. Aunque se incorporará de nuevo con su programa de flamenco en 1977.

    Al Premio Leopoldo Panero de poesía en 1963 que recibió por su libro En vida, se sucederán los libros de relatos: La guerra, el mar y otros excesos, Historias de la Argentina, Sexteto de amor ibérico; comienza la serie de las Crónicas: Crónicas de mar y tierra (1968), Crónicas de Al-Andalus (1970), Crónicas americanas (1973), Crónicas del cuarenta (1976), y en 1979 queda finalista del Premio Planeta con Las mil noches de Hortensia Romero. Escribe también teatro: [i]Carmen, Andalucía en pie, El grito, Si yo les contara. En 1983 vuelve a quedar finalista del Planeta con La canción del pirata. Con Las crónicas de Hispania gana el Premio Internacional de Poesía Ciudad de Melilla de 1984; el Tiflos, en 1988, con Las crónicas de Castilla. En 1990 recibe el Premio de novela Café Gijón por Encierro y fuga de San Juan de Aquitania; Vueltas sin fecha se lleva el Premio de Novela Breve Juan March en 1994; Casa puesta en placeres le consigue el Esteban Manuel de Villegas en ese mismo año. En 1998, en vísperas de su muerte, obtiene el Jaime Gil de Biedma por Las crónicas de Rosemont y la Universidad de Cádiz lo nombra Doctor Honoris Causa.​

    Además de los libros mencionados, escribe poesía en Ben Jaqan, Las crónicas americanas, Memorándum, Las crónicas inglesas, Muro de las hetairas o Libro de afición tanta o libro de las putas, Las crónicas del Yemen, Las crónicas yugoslavas, Los poemas de Córdoba, Casa puesta en placeres o Últimos pliegos de la carta a Cori con otros poemas eróticos; libros de relatos: El viejo país, Nos han dejado solos, Viento sur, Legionaria, El coro a dos voces; novelas: El amor de Soledad Acosta, Vueltas sin fecha, La visita, Los ojos del tiempo, Culpable o El ala de la sombra; ensayos: Óscar Estruga, escultor.

    Reconocimientos

    Además de los premios recibidos por su obra literaria, la ciudad de Cádiz le ha dedicado un monumento frente al mar en el Paseo que lleva su nombre y ha creado una ruta turística con el nombre de Fernando Quiñones.​

    La ciudad de Chiclana le concedió la Medalla de Oro (1988) y la Universidad de Cádiz lo nombró Doctor Honoris Causa (1997).

    Tras su fallecimiento la Diputación Provincial de Cádiz, junto a otras entidades, creó la Fundación Fernando Quiñones.​

    Distinciones honoríficas

       Hijo Predilecto de la provincia de Cádiz (1998).

    (Sacado de [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] )


    *


    Algunos poemas de Fernando Quiñones:


    De En vida (1964;1974):


    LO MEMORABLE

    Vivo y todo está bien
    porque en 1940 y en el Sur
    hubo una tarde gris sobre la costa.
    Los relámpagos tralleaban la arpillera del aire.
    Yo tenía diez años,
    el mar estaba oscuro,
    corrimos hacia él en medio
    de la ventisca; en las arenas solitarias
    algo se pronunciaba sin llegar a decirse;
    entramos en las aguas foscas y entre la lluvia luego,
    recibiéndola entera y para siempre
    sobre la playa y bajo de una música
    que ya nunca volveré a oír
    pero por la que vivo todavía.



    ÚLTIMA VOLUNTAD

    Mi última voluntad es la primera:
    a vosotros, riberas, playas, río,
    fangos amanecidos, limos madres
    bajo el áspero trueno de los trenes nocturnos,
    campanarios de Agosto, torres frente al Atlántico,
    viñas solas, bajío y arrecife,
    horizontes primeros, montes, marca
    verdadera, vosotros soy,
    a vosotros mi cuerpo cuando caiga, bahía,
    puertos, rincón de ayer, cantil, secreta
    máquina de mi paso por el mundo.




    De Las crónicas de Al-Ándalus (1970):


    LA LECTURA

    Torre de la Vela,
    el tiempo que pasa
    a mí me desvela.

    Popular

    Federico en la Casa
    de los Tiros nos lee esta tarde
    su nueva tragedia
    de cuyo asunto ya sabemos,
    es la historia de una mujer herida
    por la esterilidad.
    Por el rojo clavel del aire
    de verano tardío
    suena aún la voz del almuédano,
    yace quieto el ramaje al otro lado
    de las cortinas, estamos Pepe Hierro, Nuria,
    Emilio García Gómez, Juan Rulfo,
    Caballero, Cortázar, Félix, Gallego
    Burín, al-Munfatil, Carlos Barral. Chispean
    los pebeteros en el suelo. Cede
    la claridad; alguno
    se levanta y atropellando los tisúes
    se acerca a la mesa y enciende
    el quinqué. Pasa
    el santón por la calle
    y adivinamos en el lector
    la desazón de que esa voz perdida
    distraiga. Crece el drama
    sobre el papel como en la cálida
    entonación y en los ojos de mulo joven. Pero
    no subiremos hoy ya a la Alhambra,
    nunca iremos a tomar algo
    a la taberna en la que Federico
    nos iba a hablar por vez primera del
    Diván del Tamarit, tampoco vagaremos
    luego los callejones: tiembla el ramaje verdioscuro
    sacudido por la descarga y el humo y el fuego
    alzan los cortinones carmesíes, nos ciegan —¿quién
    grita?— y brinca la sangre
    a las caobas, al quinqué, a las ramas
    del arrayán, del olivar,
    ensucia el Darro, anega para siempre
    la lectura, el
    terso clavel del aire.



    POÉTICAS

    En el tiempo de la ignorancia y aun después,
    la poesía nos habló de todo
    y se la sabían todos de memoria.
    Vivían en ella los caminos de caravanas por el arenal,
    las antiguas pendencias, las genealogías,
    el largo cielo sobre la noche de los toldos,
    el ganado, el espino, la muchacha
    huida y violada entre dunas,
    las muertes de jeques y jeques.

    Somos ya muy ancianos. Pero podemos recordar
    y tampoco ignoramos el lucir
    de cuanto aquí se escribe ahora
    entre estos verdores y aguas constantes de Al-ándalus
    de que nuestros mayores no  supieron.

    Sin embargo, ¿anda quizá por vuestros versos
    el mejor Mutanabbi, el que pensaba?
    Sólo está el ingenioso.
    Y las lunas se nos van entre garzones elegantes
    que de aplauso en aplauso
    pían sus breves encomios al señor,
    al copero, a la esclava
    disfrazada de hombre.

    O que no tienen nada que decir
    y lo dicen muy bien.



    CANTE JONDO

    También yo me manché con el aceite
    de Saib. ¿Qué me había ocurrido?
    ¿Y a él? Aquello
    no se podía aguantar
    hondo como venía, removiéndolo
    todo adentro, arrebatándolo
    todo en una crecida
    de felicidad dolorosa, golpeándome
    como si allí estuviera
    cuanto he vivido y muerto, cuanto no
    conozco, virtiéndome
    fuera del tiempo y de quien soy:
    no se podía. Creo que también
    me arranqué de la ropa jirones, se los di.
    Me conduje peor que una criatura o que un loco y ahora
    estoy dispuesto a recomenzar,
    a que vuelva a pasar lo mismo.
    Las cuerdas y la voz, las cuerdas y la voz.
    No sé. Yo no podía.



    BEN ZAYDUN

    Te dije un día que al ver
    cómo venía de dejarte
    se levantó a ejercer su oficio
    aquella plañidera.
    Sabes también que anduve como un perro
    errando años por la ruina
    de al-Zahara, recorriendo los extramuros
    de Córdoba y murallas
    entre los harapientos, la basura.
    Nada quería fuera de mi muerte.
    Y bien, Wallada: ahora hallé otras cosas.
    No otro amor, ya no quiero
    caer en un error semejante.
    Ahora las tardes alargadas, el gusto
    de estar solo y poder
    escribir del fragor aquel sin que me tiemble
    la mano, para vida y temor de cuantos vienen,
    sacan miel de las quemaduras
    y te han dejado en unos trazos, una palabra,
    un personaje del poema: a tanto
    descendiste, eso eres ya
    tú que todo lo eras.

    Y tampoco me importa
    seguir de este modo condenado a ti
    para siempre.
    Distraído, al pasar,
    sin olvido, sin mortificación,
    toco los muros que nos conocieron.



    EL CORAZÓN HABITADO

    Abrirme el corazón con un cuchillo,
    echarte dentro y luego recoser
    de nuevo el pecho mío y casa tuya
    para que, siempre en él y nunca en otro,
    lo habitaras como un pájaro blanco
    hasta los días de la resurrección y el juicio.

    Así, viva tú allí mientras yo viva,
    morarías a mi muerte los tejidos
    del corazón, ya en la cerrada sombra.




    De Ben Jaqan (1973):


    LOS GEMELOS

    Se desposa hoy tu hermano Badawi
    y piensas, al vestirte con lo mejor que tienes,
    en la madre borrada hace dos años,
    en las particiones de la hacienda,
    en que ahora eres Yahya el soltero.

    Entre el vaho y las músicas del convite
    estrechas luego al novio y todo, sin pensarlo,
    en ese abrazo se confunde:
    bullen en él totales, ciegas,
    la irrupción a la luz en igual hora y desde el mismo espacio,
    las confusiones de los maestros en la escuela, el común
    oficio aprendido uno junto al otro.

    Conversador y sonriente, al doblar
    la tarde,
    lejos ya de la casa los esposos,
    el cansancio y el vino y la rueda de amigos que se irán luego a un baile te endulzan
    la guitarra y la tañes como siempre,
    cantas cosas nuevas y antiguas,

    y en mitad de la noche te agitas en el sueño,
    sudas y muerdes exaltado,
    palpas temblando, te
    despiertas al fin jadeante, en la boca
    el sabor de unos senos besados que no están.



    MEDIDAS DE AL-MANSUR

    Ah no, no se herirá a ningún
    poeta mientras pueda evitarse.

    Lo sé: demasiados.

    Pero que cuenten con mi gracia
    y ya que aquí en Aznalfarache
    habríamos de perder dos o tres días escuchándolos
    pues tantos son los que desean
    honrarme, procedamos sabiamente
    para que no se tache de desconsiderado ni de injusto
    a Yaqub-al-Mansur:
    léanos pues cada uno sólo los dos o tres primeros versos de lo que traigan,
    y el que se pase, a las mazmorras,
    puesto que no viaja con nosotros el verdugo.



    LAS ALBÓNDIGAS

    Dos días ya que por tu causa, Mirta,
    contravengo las instrucciones del Señor
    y, cualquier tarde de estas, los del hakim me harán prender:
    a mí, el más limpio del mercado,
    pero que ahora, con la carne
    tan magra y viva como siempre,
    la miga justa y las especias de Alcira,
    cho cada mañana en mis albóndigas
    cosa que no debieran llevar, lágrimas.




    De Las crónicas americanas (1973):


    GUITARRA

    No hay dos manos que la desnudan
    la desanudan la trabajan
    cuando la toma un hombre solo
    nunca el Tiempo la desampara
    ni un hombre solo en nuestros pueblos
    está con ella entre las palmas
    mientras caducan los maizales
    y los años cosen sus mapas
    de sangre y bocas abolidas
    de soledades y mudanzas.
    No le empecinan y remueven
    no la interrogan y desangran
    dos manos solas: cuánta mano
    de este lado y aquel del agua
    manos perdidas hechas hueso
    distantes manos canceladas
    en el silencio preteridas
    se juntan para recobrarla
    regresan para estar con ella
    nuevamente por largo amándola
    para avivarle heridas luces
    y repartirla y sondearla
    y hurgarle un tiempo ensimismado
    donde persiste cuando pasa.
    Quien la tañe es nuevo y antiguo
    quien la estrecha ya la estrechaba
    sollozando o jugando quien
    hoy la escucha oye las palabras
    que temblaron en otras voces
    que vieron otras madrugadas
    otras llanuras y corrales
    otros bajío y murallas
    caedizas, la dejaron
    de momento y ya la reclaman
    para a vida nueva traerse
    con el añejo río del alba.+




    De Las crónicas del 40 o Salero de España (1976):


    NO TE MIRES EN EL RÍO

    Al padre de la Luisi y la Juli le dijeron:
    "Esto es lo bueno, firma, síguenos".
    Y salió.

    A los Adorna, los cuñados
    de Juan Narváez, y luego a Juan Narváez:
    "¿pero es que no os dais cuenta? ¿Cómo vais a quedaros aquí
    quietos? Ni hemos de consentíroslo".
    Salieron.

    Rueda el dentista andaba en convicciones,
    "hay que darle la vuelta ya a todo y, con un cántaro de suerte, esto
    llegará a ser lo que tiene que ser, lo que de verdad es".
    Una noche llamaron a su puerta.
    Temblaba abajo un viejo taxi con el motor en marcha y alguna cara conocida.
    Rueda se vistió un tanto inquieto.
    Salió.

    Entre carreteras, empujones, cables
    cortados, himnos ensoberbecidos,
    presurosas insignias y trompetas, torvos detentes, correajes,
    Luis Ramírez salió,
    Juan de la Cruz salió,
    Roque de Peñola salió,
    Tito el Troni salió (y él esperaba
    correr otra aventura buena, divertirse),
    Lucas Román salió.
    Y otros salieron más despacio con pliegos, mandos, mapas, instrucciones.

    ........................Cómo se los llevó el río
    ........................del olvido
    [/i]



    LOS PRECIOS

    Algo sin duda os ocurrió: moristeis pronto
    y junto a casa y mal, o lejos,
    por las calles de otros, en los recibidores
    de los médicos de otros, en mudables
    lavanderías y cafés que no
    os esperaban, sin perder el gusto
    del vino aquel y de la pólvora
    aquella, envejecisteis
    maldiciendo, aguardando, imaginando
    con obligada imprecisión los cambios
    de que os hablaban las visitas, libres
    menos para volver tranquilamente, hollar
    con los gastados pies cuanto pisaran
    los de la juventud, estos centímetros
    de tierra mal prensada sobre aquella
    de la esperanza y la derrota. Pero
    libres: reencontrando con ácida alegría
    una bala olvidada y siempre fresca en los bolsillos
    del pantalón, trocados no sé cómo
    fuerza el alejamiento, obra la rabia y la fatiga,
    memoria el pan ajeno y permanencia
    lo condenado a transcurrir, las horas
    jóvenes del ruido y la furia.

    A ese precio, a ese precio.

    Y nosotros también envejecimos.
    Algo sin duda nos pasó.
    Muchos de nuestros hijos os buscan o acaso quieren veros
    en nuestros rostros. Hasta para los más
    distantes del botín y la protesta
    funcionó el frío y fueron
    vanos los cuchicheados juramentos
    remanentes, inútiles los cantos de victoria.
    Qué fue en nuestra cabeza, en nuestro pecho, aquello que murió o no vivió nunca.

    El Romancero, La Odisea, el Siglo
    de Oro eran antiguallas admirables
    o necesarias pócimas gustadas
    en la estragada paz: insuficientes (no
    como para vosotros, material
    de reivindicación y lumbre diarias), cómodos
    y ortopédicos Mozart, Falla, Stravinsky,
    invisible Picasso. "Desentiéndete y haz
    lo tuyo, tolera pero no
    concedas, viaja cuando esté
    en tu mano, ve a tal premio".
    Plato, papel, cierta tranquilidad para escribir.
    Un empleo. Unas vigas
    a plazos. Cumpleaños feliz y enhorabuena
    por esa chica o ese nuevo libro.

    A ese precio, a ese precio.


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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Re: Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 07 Mayo 2023, 04:57

    .


    De Las crónicas inglesas (1980):


    ARTE POÉTICA

    Una noche, el viejo Caedmón*,
    aquel que siempre se avergonzaba y rechazaba el arpa
    al llegarle su turno de cantar, dejó la mesa,
    se fue a dormir a los establos para cuidar de las caballerías
    y en su sueño le dijo un hombre:
    «Cántame alguna cosa».
    «No sé cantar, por eso vine aquí».
    «Cantarás —le instó el otro— voy a decirte qué:
    el origen del mundo».
    Caedmón cantó y no sabía
    qué iba diciendo, nunca
    oyera hablar de aquello que nombraba,
    pero cantó y cantó entre el áspero
    olor de los caballos y el vaho acuchillado por el frío,
    y al despertar recordó el tema:
    la creación del mundo.
    Nunca llegó a leer. Los monjes
    de Hild le referían pasajes
    de los libros antiguos y Caedmón los rumiaba
    como un limpio animal
    y los hacía
    verso. Cantó así la venida del hombre,
    miles de nacimientos, de agonías,
    las migraciones, el Mar Rojo,
    hasta Cristo y sus enseñanzas
    antes de que la Iglesia las ajase.

    Así de sabio y de inocente el canto que quisieras para ti.

    *Caedmón (siglo VI o VII) es el primer poeta inglés cuyo nombre se ha conservado.
    Beda refiere la onírica historia de su obra.



    MALDON: DESPUÉS DE LA BATALLA

    La balada abunda en detalles circunstanciales; de un muchacho que había
    salido de cacería y se dice que, al ver enfrentarse los adversarios, dejó que
    su querido halcón volara hacia el bosque y entró en esa batalla. Sorprende
    y conmueve el epíteto "querido" en esa poesía, en general tan dura y tan
    reservada.


    Ha podido alejarse y, cuando más, mañana
    va a hacerlo. Pero sigue allí.
    Ni a dos tiros de piedra de donde el joven lo dejó escapar.
    Mira, allí en el acebo: apenas ese trazo terroso y avizor,
    adelantado entre el azul y el verde grave de las hojas.

    La luz, también vencida, bruñe el terso ojo cruel
    y el viento del crepúsculo le encrespa algún plumón
    en la cabeza, los alones.
    Gritó una vez, apenas alcanzar la rama
    alata sobre el declive a cuyo fondo están y no se mueven las manos que lo ceban.
    Y otea abajo irguiéndose, enterrando las garras
    en la torcaz que poco antes mató
    (mucho ha apretado esa quietud, esa carnosa inercia cálida: las conoce).

    Ve y oye distanciarse, muy lejos ya, los cantos, los jinetes,
    los hierros de Noruega ganadores.
    Tal vez el hambre no lo acosa aún y espera oír la voz, el silbo
    habituales, el puño, la percha, la noche
    súbita de la caperuza.

    Grita otra vez. Los robledales negros
    recogen su acre voz en un halo remoto de pífanos y cajas militares,
    encima ya la sombra que aún deja ver el plata movedizo del arroyo,
    el lucir apagado de las armas
    y de los paramentos caídos entre las rocas y la hierba,
    la agitación por levantarse de algún caballero con el vientre abierto.

    Ahora, valle, colinas,
    o el campo de espaciadas cenizas humeantes y de cuerpos volcados,
    son un solo negro, pero el pájaro espera:
    el cascabel debe soñar; la voz de siempre, cobrar la presa y celebrarlo.

    Casi tapado por otros dos hombres,
    las palmas de las manos contra la tierra, abiertos
    los labios y los ojos,
    su muchacho está al fondo de la cuesta.



    EL CARTERO DE DOVER

    El trabajo: diez calles a la izquierda del puerto.

    Como un cordel que nadie viese, traba,
    acorta unos centímetros los pasos
    de su briega de timbres, saludos y bolsón:
    míster Luce o miss Dubosc-Kern,
    la casa del jardín, el reverendo Mulligan...

    Nunca de prisa, su tardío,
    opaco sonreír, es verdadero de algún modo.
    Mueve las manos a la italiana
    cuando habla de los días del Desembarco
    -"con el mal tiempo aquel..."- y se diría soldada
    la valija postal al flanco enteco.

    Los ojos diminutos relucen un instante
    al hablar de "Lord Churchill" o evocar
    sus cuatro viejas noches en París
    y a mitad de trabajo, de pie, paladea un té solo
    en "Harlow's"  o "El León". Llegó de Coventry
    hace 36 años, dice tener dos nietos,
    no apetecerle España -"usted va a disculparme"-,
    América ni Grecia, haber perdido mucho de su fe,
    y no habla con más énfasis que del viento o la hora
    cuando sugiere que no me daría
    ya él las cartas si me quedase
    otro invierno: "es posible que no alcance
    el próximo, señor".




    De Muro de las hetairas, también llamado Fruto de afición tanta o Libro de las putas (1981):


    OJOS VERDES

    Primer conocimiento


    Jaca, clavel y Torre
    de la Vela, los cante quien los tuvo.
    Para ti el vivo hedor de las caballerizas
    del Obispado Viejo, las piedras salitrosas
    al Callejón de los Piratas
    y, alta sobre el Atlántico, la atardecida puerta
    de la Casa del Chantre con sus grávidas hojas de caoba,
    la escalera de mármoles que subiste saltando, la aspidistra
    muda en el descansillo
    y el corro de mujeres a precio, sentadas
    en el recibidor, como cualquier familia humilde
    esperando la hora de la cena.

    Tuyo fue aquella tarde el favor
    de los dioses paganos, los ocultos, perpetuos dueños
    y señores del barrio del Pópulo:
    alentado por la bebida y el deseo,
    no hubo temor ni inhibición, nada más que alegría,
    en el estreno de tu carne.
    Apretabas si acaso los seis duros
    en la mano crispada
    o intentaste pagar antes de tiempo
    pero la hora temprana te quitó
    toda espera y achares primerizos
    porque en seguida, verdes
    como la albahaca,

    ante el cuarto infamante y numerado que ahora abandona el mismo marinero,
    los ojos que aquí siguen y queman con sus luces la página que tocas, los
    ojos de Manolita la Verde te alumbraron
    previniendo......................................dañando
    ...................para siempre.



    LUCÍA LA URUGUAYA

    El amigo me lo contaba
    sin jactancia, con un asombro
    mitigado ya por el tiempo.

    «Pasé el mar —le decía ella
    aprestando al amor el cuerpo fino-.
    Pasé el mar con mi hombre
    y mis dos chicos, sin saber
    que no era más que para conocerte,
    enterarme de que tu lengua
    es mi único alimento».

    Le decía, las manos en su cara:
    «Haz todo y más porque, después de ti,
    ya no me importe nada, nadie.
    Acábame aunque no sin dejarme
    marcado el cuerpo. Y no me ames: úsame,
    que yo pondré el amor.
    No quiero para ti ese peso ni ninguno.
    Ve en mí no más un instrumento
    de tu placer y no te rías si me notas
    tan ansiosa como una virgen.
    Tu sexo ante mis ojos, dueño de ellos y de mis pezones.
    Que me hiera sin cura, que se enrede
    en mi alma hasta agotarme».

    Quién.
    Quién diría que aquello era de pago.[/color]




    De Los poemas flamencos y un relato de lo mismo (1983):


    ODA AL CANTE

    Cuando el cante desata sus manadas dolientes
    y entreabre la guitarra sus incurables grietas
    pasa un viento interior que nos descubre el mundo
    y la espantable gloria de estar vivos.

    El cante no se entiende: se vive. Como un árbol
    arraigado en las piedras y pujando hacia el cielo,
    como el rumor del agua en la resaca y el
    oscuro clamoreo de la vida y la muerte,

    crece un cante en la noche y entonces todo calla,
    todo vuelve al origen de la tierra,
    regresamos al seno de la sangre y llegamos
    a llanuras inéditas y abismos escondidos.

    El cante se desata del pueblo igual que una
    dura constelación martilleada, es
    tiniebla y luz reunidas, es un río incesante,
    su cama es la pobreza, se forja en las guitarras

    y una guitarra está llena de cosas idas,
    cosas con nombre y cosas que no pueden decirse:
    peces, pupilas, cabelleras, musgo,
    silencio y llamas, soledad y sales.

    Yo sé que los exhaustos arroyos del verano
    con un lento jinete y un vibrar de libélulas
    vagan por la guitarra sedienta y encendida
    cuando las temporeras arañan las ventanas.

    Ven, siguiriya, y traéme tu cuerpo,
    tus enormes y oscuras alcobas asfixiadas,
    tu campana mortal y tu apretado puño
    en cuyo dentro late un ruiseñor sin ojos y sin lengua.

    Pueblos y campanarios, abríos, mar, corrales,
    dehesas en la noche, puentes, amanecidas,
    caracolas dormidas en la casa, rincones
    de cuchillo temblando, hablad, decidlo todo,
    dilo tú todo, soleá del mundo.

    Llevadme al mar y abridme las velas de la tarde.
    Siempre es igual la pena: vestidla de alegría
    para que nunca sepa que el tiempo es una mano
    sin memoria y sin cuenta y sin padre ni madre.

    Caña, serrana, polo, distancias del estío,
    áspera luz abierta de los desfiladeros,
    torrentes del amor, lentiscos, pedregales,
    mundo sin nadie, voces del viento y de la jara.

    venid y que yo os toque como animales vivos,
    estampadme en la cara vuestro ácido perfume,
    llenadme como a un cántaro de agua de sueño y fiebre,
    no os mováis ya más nunca de mi tamaño de hombre.

    Yo no sé lo que tiene un cante como un tiro
    recibido en el pecho de parte de la vida,
    no sé si es soportable tanta súbita luz,
    si tanta y tan quemada verdad puede cantarse.

    Manuel de Soto, mítico Silverio, Caracol,
    Pastora de los largos rebaños de la pena,
    Aurelio, Rafael, Fernanda, Antonio
    Mairena, Juan, Joaquín, Ortegas, Vargas,

    oh tenores terribles, carusos de la sombra,
    torturadas gargantas de la playa y la mina
    cuyo grito sangriento quiebra las madrugadas
    como una culpa: la de haber nacido.

    Llegado del dolor, nuestro alimento,
    de la atroz alegría por la que respiramos,
    también tú desembocas, Cante, también regresas
    allí donde ya estabas: al último silencio.



    UN CANTE "POR LIBRE"
    CON ECO DE ROMANCE

    ¡Torre de la Vela!
    la tarde en la torre
    y el tiempo que vuela.

    El tiempo a montones
    y esa luz de siempre
    por los callejones.




    De Las crónicas de Hispania (1985):


    EL MOSAICO

    De Artemio y Julia -acuérdate, los dueños de la casa-
    apenas si se pueden distinguir
    las facciones, y los emblemas
    de la colonia se han perdido.

    A la exornada bestia
    central, de la que ya escribió Suetonio,
    mírala intacta.

    Y de esas flores que enredamos
    en los ángulos de la greca,
    me parece que queda el pétalo de una.



    SIT MIHI TERRA LEVIS

    Año 190, junto a Málaga.

    Cayendo como muerta al mismo
    heno por el que mi cabeza va a rodar.

    Ese Cupido ni
    les vale ni me vale.

    Si lo hubiera...
    Si entre tantos dioses hubiera
    otro tan niño y poderoso,
    acaso entenderían la verdad,
    acaso viesen a Leticia ir a buscarme en el granero,
    llevarme de la mano y sentarme en el carro a oscuras,
    tomar mi miembro, hablándome,
    tan alegre y desenfadada
    como lo haría la propia Venus,
    cabalgar mis piernas alzándose
    la túnica escolar hasta el cabello rubio.
    Caer al heno como muerta
    con mi nombre en los labios, derribada
    por el placer...

    La hija
    de los señores. Trece
    años y treinta yo.

    Rueden ya para ella la Fortuna y la vida,
    y a mí que me sean leves la hoja de la espada
    y la tierra.



    LOS POETAS

    También tú, curtidor,
    y tú, patán hermoso, arrancándole
    al invierno terrones, empujando
    en agosto el plostellum. Y tú,
    herrero entre sombríos fulgores,
    o tú, inocente
    borracho sin oficio.
    También vosotros sin saberlo
    conocisteis alguna vez
    no la mayor: la única gloria del poeta:
    cuando en el prado, la curtiduría,
    la taberna, la fragua, se os llegaron
    casualmente a la boca aquellas tres, cuatro palabras
    que no se habían juntado antes
    o nunca habían sonado de aquel modo,
    y que dejaban dicho algo,
    sencillo acaso como ellas,
    pero tan verdadero, tan nuevo y tan antiguo
    que os suspendió y enmudeció un instante,
    como a algunos de los que os escuchaban.


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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Re: Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 07 Mayo 2023, 13:53

    .


    De Las crónicas de Castilla (1989):


    BEN TUFAIL MEDITA EN LA MUERTE

    La verdad no se nos escapará.
    Gottfried Keller

    Juventud y vejez, si ésta es firme,
    son bienes igualmente amables
    y perdidizos. Confusión,
    fugacidad, aquejan a una y otra,
    y cara al Tiempo sin origen ni término,
    ante el flujo de nombres, mutaciones, lugares
    que hemos dado en llamar la vida,
    tanto son los veinte años de Oku el frutero como mis ochenta.

    Pero a la muerte, ¿cómo meditarla,
    puede el pez figurarse la condición, los mundos del pájaro,
    o el mar bullente del amor prever
    las aguas del hastío? Si tantas veces no entendemos
    a un amigo, una música nueva, unas imágenes,
    ¿pretender indagar la muerte, el luego?

    No suene lo que escribo a
    llanto o temor ocultos. Desde el Zocodover
    el alba aclara ya las calles
    y mi respuesta está al venir. La aguardo con sosiego
    y con curiosidad, sin esperanzas
    peligrosas. No padezcamos. A nada, a nadie,
    va a escapársele la verdad.



    CONFESIÓN DEL DONCEL

    No se engañen las rosas
    cándidas de ahí afuera ni os confunda demasiado
    la dueña autoritaria de mis penumbras, esta
    muerte que me acredita y exalta mi yacente juventud mineral,
    la expresión delicada de mi rostro lector,
    de mi cuerpo tendido en piedra, multiplicadamente celebrado
    por su sosiego y casi edificante
    actitud. No, que no os equivoquen mi relajado continente,
    la vestidura antigua, el piadoso entorno
    callado de la catedral:
    nada impide el placer de mi lectura eterna,
    la de este libro que de entonces
    y para siempre me deleita con la quemante descripción,
    en mal latín, de una muchacha
    desnuda y deseosa.




    De Las crónicas del Yemen (1994):


    CRÓNICAS NUEVAS

    Oyes, recuerdas o ves algo.
    Puede que en un diario. (Tampoco
    lo buscaste: te encuentra.)

    Desde una separata humilde,
    alguien habla de las cobranzas de ballenas en aguas de Gijón,
    siglos atrás, y de su atalayero.

    Media página fría de un tratado sobre cerámica
    describe los jarrones nazaríes, su vidriado, refiere
    hasta donde alcanzaron saliendo de Granada:
    Persia, Dalmacia, Egipto.

    Otras voces oíste, otros espacios, tiempos, y
    fueron tu canto ya también.

    La mano roma, lerdas sintaxis, puntuación,
    un escritor de pueblo que halló un códice, narra
    minucias verdaderas ocurridas
    antes de una "vatalla fuerte" tan triste como todas.

    Inglaterra, Castilla, Hispania, se te abrieron.
    Yemen te dio su arena y su cara, sus memorias,
    y al Pacífico, en Nicaragua,
    playa de Pochomil, le entraste como Vasco Núñez.

    Esta foto presenta un camafeo
    raído por el mar de Irlanda, estuvo
    al pecho de una dama que lo colgó del de su hombre
    antes de zarpar él con la Invencible.

    En Buenos Aires o Venecia, en Rosemont, Jerez, Nindiri,
    un amigo, o cualquiera,
    sabe de una costumbre que pervive en un barrio.

    Llega el poema entonces "abrazo de los cuatro elementos".
    Sin especulaciones oportunas lo quieres, sin mistéricos lujos.
    No es sino que algo, lleno acaso de nombres propios,
    te ha llegado y te impone ser de otros también.
    Reescribes tal si los muertos
    condujeran tu mano.

    "Como el dibujo obscenamente puro
    ardiendo en la pared decrépita"
    de la literatura.



    UNA CONCLUSIÓN

    Mariam la del mulero,
    la que viene acostándose con Badr
    el marido de Amal y de Karima,
    me dijo ayer mañana algo que no entendí
    y que no olvido:
    ..........................-Amor de lleno duele
    pero resarce hasta del nacimiento.




    De Geografía e Historia (1997):


    POÉTICA

    II

    No vi girar las formas hasta desvanecerse.
    Toqué el acreditado y caudaloso
    47
    Antología
    POÉTICA
    II
    No vi girar las formas hasta desvanecerse.
    Toqué el acreditado y caudaloso
    torbellino, el Maelstrom
    del Yo, renta segura del poeta
    y fuente (no hay más que leer)
    de lo mejor que en cualquier tiempo haya manado en poesía:
    Yo, mi vivir, mi imaginar, el tema
    único; convertido todo en mí
    con paciencia, infinitamente,
    pues solo dándome hasta el fondo podrían los demás reconocerse
    a sí mismos (tal cosa dicen):
    adorándome como un gato
    que se lame por dentro,
    que alcanza con su lengua (gustando de la operación)
    a sus vísceras más secretas
    y, altanera o humildemente,
    lo muestra, lo proclama en suma.
    Mil espejos el mundo en que mirarme
    remolino abajo y abajo.
    Pero me cansé. Pude
    retornar (más o menos) de mi propia, aburrida,
    no tan vasta vorágine.
    Era mejor ser desde otros,
    con otros.
    Me salí de mi fosa
    circular, repetida (o eso querría haber hecho;
    sin duda,
    no vi girar las formas hasta desvanecerse).




    De Las crónicas de Rosemont (1998):


    LOS AMANTES

    Esta tarde es ya mucho estar sola, Diana.

    También con aquel hombre te llegaste a aburrir
    e incluso con los hijos, hoy casados y lejos.
    Pero esta tarde es ya mucho estar sola.

    Fuerte y experta eres; sabes que sólo es cosa de tejer
    el tiempo (son las tres) hasta las seis en que vendrán por ti
    Belinda o Jane para llevarte a la Universidad donde das todavía
    lengua y literatura españolas,
    pues esta tarde ofrece allí el rector la copa de costumbre
    ya que mañana es Nochevieja (y aún no sabes si cenarás
    con los Castro o los Cranston).

    La tarde se atiniebla de golpe
    bajo los altos árboles de tu chalé aislado en County Line Road;
    deben ser las nevadas grandes
    que se esperan en toda Pensilvania y que amagaron ya este mediodía
    cuando estabas en el supermercado.
    Caliente está la casa y no te tienta
    salir o, mucho menos, entregarte al vacío de la televisión
    ni estudiar u ordenar la biblioteca.
    Lo mismo que otras tardes, ésta preferirás
    contemplarte desnuda y alhajada (aún deseable, piensas)
    en el espejo de tu dormitorio
    oyendo fuera el ventarrón helado,
    y escoger con fruición a dos hombres que llevarte a la cama
    para amarlos por largo, uno a uno,
    mientras el otro aguarda junto a tus muslos o tus pechos.



    BÚHO JUNTO AL SENDERO

    ¿Y qué dice ahora usted, señor, callando,
    entre la nieve y la hojarasca?
    ¿Qué sus sabios prestigios, su oído forestal
    más pronto desde luego
    a hacerse con algún ratón en ronda
    que con una sentencia de Séneca o Diógenes?
    ¿Qué tal así, sin nidal, luna
    ni rama favorita y avizora,
    ido al suelo
    junto al siseo de los neumáticos
    a Conestoga o a Bryn Mawr?

    En paquete pardusco, seco,
    de abarquilladas plumas caedizas,
    consiste usted ahora, oh Padre de las Noches
    pasto ya de la tierra. Fijos, rígidos,
    el timón de la cola, las alas maldispuestas y dos telas opacas
    sobre los grandes ojos afamados,
    aún cuentan sin embargo con cierto brillo mate
    esas uñas, el el decisivo
    pico inútil ahora.

    Y aunque su compostura final, esto es verdad, señor, no resulte admirable
    (ni, nos tememos, decorosa), tal vez podría consolarlo
    su cierto parecido con la del hombre aquel que anteayer, no muy le3jos,
    vimos muerto también sobre la nieve
    cosa de 10 minutos más allá de aquí mismo,
    en plena calle Pine de Filadelfia.



    EN UNA CARTULINA DE SAINT BARTH

    Park Avenue

    Cualquier lugar puede ser el mejor
    si alcanzaste a caer un poco más acá de las sombras que a todos corresponden.
    Si andas en paz o casi en paz, que ya es decir, con el mundo y contigo,
    cualquier lugar resulta bueno para saber lo tuyo y que suyo te sepa,
    y haber crecido en él y llevarlo contigo a todas partes
    tal como el andarín antiguo, siempre atento a sus provisiones.
    Mejor seguir allí, donde llegaste
    a ser tú o, si debiste irte, que, aun lejos de sus calles y sus plazas,
    por ellas sea por las que te pones los zapatos al levantarte
    y ellas las que diseñan tu mirar, tus palabras,
    lo poco y lo mayor y lo bueno y lo malo de ti.
    Y bien: si ya es ciudad
    suyísima, pequeña y hermosamente decadente,
    resuena toda entonces en tus pasos allí donde los des
    y te abarca y la abarcas como esposa en la desgracia y la felicidad,
    y bien poco de ella te es ajeno pues ya está por encima de los dos,
    más que en buen matrimonio, ese ser uno, ese sentirse uno:
    te encuentras en un lado de la ciudad
    y cuanto pasa en cualquier otro,
    el sol es una orilla, o una fiesta, una pelea tal vez,
    puede llegarte sin saberlo tú, te vive, te ha pintado
    de repente en la cara ese ademán inquisitivo
    o nervioso o contento, y si a una gaviota
    del muelle o la Caleta le preguntan por ti,
    bueno, no dirá nada pero seguro que algo sabe el pájaro.
    De cada puerta, patio, esquina, celoso dueño eres
    más que por escritura y papeles infames,
    y el teatro tan cerca de tu casa y desde el siglo diecisiete allí teatro,
    se convirtió en un cine tan solo un año antes que nacieses,
    y el árbol grande aquel mirando a la bahía siempre te vio y te oyó,
    y ese tablón de armario que devora el verdín y arrastra la marea
    pudo estar en tu casa, quizá en tu cuarto o el de Mamá Cordia.

    Buena cosa es ser, pues, de un sitio chico
    y darte cuenta de ello para siempre aquí en Manhattan
    sentado muy modoso a las 8,40 en esta banca de Saint Barth,
    una iglesia episcopaliana rodeada de enormidades,
    PanAm-Helmsley, Estación Central, el Bloque Rockefeller,
    Producciones Walt Disney, el Waldorf.
    ..............................................................Dos dólares has puesto
    en la bandeja petitoria, claro que agradeciendo un refugio para tu soledad
    echada al desamparo mañanero del gélido domingo con ladrones
    como el negro en carrera que al entrar aquí viste, distanciado
    una manzana ya del par de policías tan desganadamente persiguiéndolo
    a zancadas y a insultos por la avenida helada y sin más nadie.
    Pero estás, sobre todo, agradecido por haberte enterado aquí y así
    hasta qué punto eres de donde eres
    y de qué modo eres aquello aunque ahora seas esto
    puesto que estás aquí como un feligrés más,
    raro quizás aunque turista en ningún sitio
    también por ser de allí, ciudad abierta,
    y serlo tan de lleno que ahora también estás allí,
    oliendo desde acá los pescados de Cádiz
    mientras resopla fuera el cierzo tiritón de Nueva York
    y una tal Twila canta en el altar
    y los otros se sientan, se levantan, se arrodillan, se sientan,
    y en un cartulina de Saint Barth escribes estos versos.


    FERNANDO QUIÑONES, Crónica personal. Antología poética, Vandalia, 2005.


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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Re: Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por cecilia gargantini Dom 07 Mayo 2023, 15:17

    Gracias Pedro por traernos a este interesante autor!!!!!!!!!!!!!!
    Me encantaron las palabras de Borges, cuando recibió el premio.
    Eran tiempos en que había jurados de valía. En los últimos años (hablo de mi país) hay un par de premios puestos en duda.
    Besosssssssssss y graciasssssssss
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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Re: Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 08 Mayo 2023, 04:03

    Gracias a ti por tu interés, Cecilia. Celebro que te haya gustado.

    Un abrazo.
    Pedro


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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Re: Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 05 Ene 2024, 08:29


    LO MEMORABLE

    Vivo y todo está bien
    porque en 1940 y en el Sur
    hubo una tarde gris sobre la costa.
    Los relámpagos tralleaban la arpillera del aire.
    Yo tenía diez años,
    el mar estaba oscuro,
    corrimos hacia él en medio
    de la ventisca; en las arenas solitarias
    algo se pronunciaba sin llegar a decirse;
    entramos en las aguas foscas y entre la lluvia luego,
    recibiéndola entera y para siempre
    sobre la playa y bajo de una música
    que ya nunca volveré a oír
    pero por la que vivo todavía.



    Memorable, sin duda alguna. 


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    Fernando Quiñones (1930-1998) Empty Re: Fernando Quiñones (1930-1998)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Vie 05 Ene 2024, 14:08

    Muchas gracias, Pascual, por tu interés.

    Un abrazo.
    Pedro


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