Aires de Libertad

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    Francisca Aguirre (1930-2019) Empty Francisca Aguirre (1930-2019)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 02 Abr 2016, 14:06

    .


    Francisca Aguirre

    Francisca Aguirre nació en Alicante el 27 de octubre de 1930. Su padre era el pintor Lorenzo Aguirre. A Francisca le tocó pasar la niñez y la juventud en plena guerra civil pero la posguerra fue todavía más dura ya que a finales de 1940 su padre fue encarcelado, primero en la prisión de Hondarribia, en San Sebastián y más tarde en la de Porlier, en Madrid, tanto Francisca como sus hermanas fueron de un colegio de monjas para hijos de presos políticos a otro. En 1942 la dictadura del régimen del general Franco lo condenó a muerte y lo ejecutó mediante garrote vil en la prisión de Porlier. Las tres niñas volvieron a la casa que, en 1940, alquiló su abuela materna en la calle de Alenza, nº 8 y en la que Francisca sigue viviendo. La Guerra Civil y la muerte de su padre marcaron para siempre su vida y la vida de toda su familia. Empezó a trabajar a los 15 años y lo hizo en la industria privada desde 1945 hasta 1963 pero nunca abandonó su profunda formación autodidacta.  Se hizo socia del Ateneo de Madrid y empezó a acudir a distintas tertulias literarias, por un lado la tertulia poética del Aula Pequeña del Ateneo, dirigida por el poeta José Hierro, y por otro la tertulia teatral del Café Gijón liderada por el dramaturgo Antonio Buero Vallejo. En 1957, en una de las sesiones de la Tertulia del Aula Pequeña del Ateneo, conoció al poeta Félix Grande, con el que se casó en 1963. En 1965 nació la hija de ambos, Guadalupe Grande, también poeta.

    En una de las tertulias conoció al poeta Luis Rosales quien, a partir de ese momento, se convirtió en un maestro de vida y pensamiento, este le pidió que formase parte del equipo de redacción del diccionario enciclopédico que dirigía junto a Dámaso Alonso. Aunque no había dejado de escribir poesía, la influencia de estos grandes de la literatura la llevará a quemar su obra anterior y escribir el libro de poemas Ítaca y con el que obtuvo en 1971 el premio de poesía Leopoldo Panero. A partir de 1971 trabajó en el Instituto de Cultura Hispánica como secretaria de Luis Rosales. En 1977 recibe el premio Ciudad de Irún por su libro Los trescientos escalones. A partir de ahí no dejó de publicar y recibir premios, tanto poesía como La otra música, Premio Galiana, como relatos Que planche Rosa Luxemburgo. En 1995 publicó su libro de recuerdos titulado Espejito, espejito y ese mismo año obtuvo el XV Premio Esquío de Poesía con su libro titulado Ensayo general.

    Francisca Aguirre falleció en Madrid el 13 de abril de 2019. D.E.P.

    BIBLIOGRAFÍA
    Ítaca 1972.
    Los trescientos escalones 1977.
    La otra música 1978.
    Ensayo General 1996.
    Pavana del desasosiego 1999.
    Ensayo General. Poesía completa 1966-2000  2000.
    Memoria arrodillada. Antología 2002.
    La herida absurda 2006.
    Nanas para dormir desperdicios 2008.
    Historia de una anatomía 2011

    Relato:
    Que planche Rosa Luxemburgo 2002

    No ficción:
    Espejito, espejito 1995

    PREMIOS
    Premio Leopoldo Panero, 1971
    Premio Ciudad de Irún, 1976
    Premio Galiana, 1994
    Premio Esquío, 1995
    Premio María Isabel Fernández Simal, 1998
    Premio de la crítica valenciana al conjunto de su obra, 2001
    Premio Alfons el Magnànim, 2007
    Premio Internacional Miguel Hernández, 2010
    Premio Nacional de Poesía, 2011


    POEMAS:


    De Ítaca (1966-1971):

    LA ESPERA

    Lo mejor que podemos hacer es no asustarnos.
    Ya sé que no resulta fácil atenazar el miedo.
    Pero también el miedo une. Es cuestión de saberlo
    y no menospreciar esa sabiduría.

    Calma, mucha calma,
    en medio del terror también se puede tener calma;
    casi diría que es imprescindible.
    Moverse con cuidado, calcular bien los movimientos:
    un paso en falso puede significar la destrucción.

    Miedo, naturalmente. Mucho miedo:
    nadie quiere desintegrarse.
    Pero también el miedo integra. No olvidarlo.
    Por descontado: esa tarea no resulta alegre,
    pero en casos como el presente
    lo más seguro es ver los hechos con realismo.
    Nada ayuda tanto como la realidad.

    Lo mejor que podemos hacer
    es mirar con afecto a la consolación;
    cuando se tiene miedo los consuelos no se desprecian.
    Cualquiera se puede morir,
    pero morir a solas es más largo.

    Y si el miedo sigue creciendo,
    apoyar una espalda contra otra. Alivia.
    Infunde cierta seguridad
    mientras dura la espera, Telémaco, hijo mío.


    EL VIENTO DE ÍTACA

    Sentada ante su bastidor, ella fue dueña
    del lentamente desastroso Imperio de los días.
    Sus manos la pesada tarea asumieron
    y una constancia más fuerte que el cansancio
    junto a ella se sentó.

    (Frente a la terquedad de sus dedos fabriles
    el mar fue entonces sólo una gota mensurable
    y el horizonte un mirador en torno a Ítaca.)

    Un viento de regreso silbó una madrugada:
    despertar fue asomarse a un campo de batalla asolado.
    La luz fue descubriendo la figura sentada
    que acariciaba compasivamente la tela dactilar,
    su patrimonio de trabajo y de horas,
    sus madejas de canas.
    (Una costumbre de quietud
    y una tristeza como un perro a sus pies
    la rodearon de silencio.)

    Lejos resonaba la voz, la voz de Ulysses.
    Frente a su bastidor, desesperadamente,
    ella intentaba recordar un nombre,
    sólo un nombre:
    el que gritaba Ulysses por las calles de Ítaca.


    PAISAJE DE PAPEL

    A mis hermanas Suzy y Margara

    Aquella infancia fue más triste.
    Ser niño en el cuarenta y dos parecía imposible.
    Nuestra niñez era una mezcla de comprensión y aburrimiento.
    Éramos serios y aburridos.
    Recuerdo aquellas tardes; eran como el mundo era entonces:
    sin resquicios y tristes.
    Veo a mis pocos años observar con ahínco,
    tras el cristal opaco, la calle larga y gris;
    el sol estaba lejos y era lo único barato,
    lo único que traía alegría sin exigirnos nada.
    Veo a mi niña, adulta y consecuente
    con un programa bien trazado:
    crecer, crecer muy pronto, darse prisa
    —ser niño era una carga demasiado pesada
    para nosotros y para los grandes—.
    Sólo en verano el mundo parecía asequible,
    durante tres o cuatro meses saltar, correr, era la vida.
    Lo gris volvía siempre muy pronto.
    Un día amanecimos lentas, crecidas,
    llenas de miedo, de presente.
    Buscábamos palabras en el diccionario
    con el afán de comprenderlo todo:
    necesitábamos hacer lenguaje.
    Algunos nos miraron con asombro,
    decían que éramos inteligentes.
    Nosotras, durante los dolientes domingos
    dibujábamos inseguros paisajes.
    Durante mucho tiempo ésas fueron todas mis excursiones.
    Salir a un campo que no fuera pintado
    suponía gastar unos zapatos.
    Salir, salir, ése era el sueño,
    abolir a las trenzas, inaugurar la barra de labios:
    ¡mi reino por un trabajo!

    ¿Cómo rendir ahora un homenaje a aquellos días?
    ¿Cómo añorarlos sin desconfianza?
    Se arrugaron, igual que los paisajes de papel,
    mientras crecíamos hacia este desconsuelo que hoy nos puebla.


    NOVIEMBRE

    Si lo que un día fuimos ya no existe,
    si es mentira que un pecho salvaguarde,
    si después descubrimos que es tan sólo
    volcán en que se quema hasta la misma llama,
    si advertimos con ira que la vida
    nos asesina con su lóbrego aliento
    y recorre después nuestro cadáver
    con deslumbrante presunción,
    si comprobamos esta angustiosa realidad:
    guadañas hay donde hubo besos reales,
    crisantemos mezclados con las sílabas,
    anticipada muerte, estafa,
    ¿por qué no desprender el suave velo
    y dejarnos al aire toda la mortandad?
    Quizá arrancaríamos también la vida usada
    y empezaríamos a vivir como auténticos muertos.


    LOS BIENAVENTURADOS

    …..............................................ellos poseerán la tierra.

    Los fieles, los constantes,
    los condenados a lo eterno,
    los asombrados de una sola vez,
    los que sólo confían en el miedo,
    los que edifican sobre el desengaño,
    los cuidadosos que cosechan pasos,
    los fareros de la rutina,
    los cómplices tenaces del trabajo,
    los que se mueren razonablemente,
    esos que en tantas ocasiones
    desearían con urgencia
    que hubiese un dios al que pedir socorro.


    (continuará)


    .


    Última edición por Pedro Casas Serra el Mar 24 Mayo 2022, 11:03, editado 2 veces


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    Francisca Aguirre (1930-2019) Empty Re: Francisca Aguirre (1930-2019)

    Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 03 Abr 2016, 03:26

    .


    De Ítaca (1966-1971) (continuación):


    APUESTA

    Somos tan sólo el ansia de lo que nunca fuimos;
    somos tan sólo esa punzada que nos llega
    puntual como un eclipse de sol
    y nos apaga durante unos segundos;
    somos la apuesta que nunca arriesgamos,
    la alegría a que no nos atrevimos
    y el llanto, el miedo, el miedo siempre:
    miedo incluso de esta nostalgia que nos acompaña,
    miedo de que nos avasalle y nos destruya,
    ahora,
    cuando ya es tiempo de asumir esta nada.


    EL ORDEN

    Deberíamos hacer algo que no fuera morir,
    pero a menudo se nos viene la muerte tan callando
    que hasta pasado un tiempo no sabemos
    que estamos habitando nuestro propio cadáver.
    Si nos hubieran advertido,
    si un gesto por lo menos nos hubiera indicado
    la descomposición que nos poblaba,
    tal vez hubiéramos luchado contra el lento enemigo.
    Pero había un silencio como el orden,
    un retirarse para volver luego,
    un fluir de manera mesurada.
    Nadie nos quiso dar la mala nueva,
    nadie quiso advertirnos del desastre.
    Tal vez porque la muerte me fue volviendo extraña
    y las viejas palabras no bastaron
    y sólo fue posible mirar, mirar cómo avanza la muerte.
    Y ahora, del otro lado del silencio
    yo contemplo también esa mirada,
    ese ver que no pide sino asiste,
    ese futuro sin futuro
    y me pongo a llorar sobre la vida
    diciéndome: Penélope,
    deberíamos hacer algo que no fuera morir.


    OPERACIÓN

    ¿Dónde estarán las cosas que me faltan?
    ¿Dónde se cayó el dos de la alegría?
    ¿Dónde se extraviaron los detalles?
    Y me pongo a buscar los decimales
    recordando mis tiempos infantiles
    y hago raíz cuadrada de un recuerdo
    y no acierto y no sé qué me pasa
    y pienso que es mejor trazar la raya
    y voy sumando -no sé como-
    penas con abandonos y alegrías
    y voy sumando unas con otros
    sólo por ver que crece la columna
    y presintiendo que al llegar a un punto
    habrá que colocar el viejo cero
    aquel que nos sobró cuando multiplicábamos.


    CEMENTERIO

    Tiene también la sangre sus revoluciones,
    sus líderes y demagogos
    que arengan al pueblo de las ansias
    congregado en el corazón.
    Tiene también la sangre sus masacres
    —en nombre de oscurísimas razones—,
    en las que mueren tantos inocentes:
    los de pequeña voz, los tímidos
    que no saben exponer sus deseos;
    menos aún, imponerlos.
    Mueren entre las venas, y de manera irrevocable,
    lo mismo que acontece entre la historia.
    Muere toda una grey de tristes oprimidos, pero
    en la espantosa servidumbre del reemplazo
    sucumben a su vez los opresores
    sin que exista un recodo, un breve hueco
    en que dejar sobre una lápida
    constancia de su paso.
    En la anónima fosa de la sangre
    yacen mezclados víctimas y verdugos;
    y en las terribles horas de la comprensión
    qué imposible resulta distinguir
    del corrompido olor de la esperanza degollada
    el agrio aroma de sus asesinos.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 04 Abr 2016, 05:32

    .


    De Ítaca (1966-1971) (continuación):


    TOTALIDAD

    Porque ni aun en la pena somos coherentes,
    ni siquiera para sufrir somos totales:
    el sufrimiento nos desarticula,
    somos como esas lagartijas
    a las que un niño dividiera en dos.
    Somos materia hecha pedazos,
    pedacitos dolientes que no saben
    por qué se han disgregado
    y que no obstante se comportan
    como si aún fuesen un todo.

    Nos amputaron un día cualquiera:
    ya no tenemos, ya casi no somos,
    y sin embargo, cómo nos duele el hueco donde estuvo.

    Como las lagartijas:
    una segregación tanteando en el vacío.


    FIESTA

    Cae el domingo sobre mí,
    cae
    con esa lentitud de las cosas finales,
    también con esa descomposición
    de las cosas sin causa,
    de lo que vive sin objeto,
    de lo que empieza en algo que se cierra;
    cae
    como una lluvia fina
    desde un cielo sin nubes:
    lleve el domingo para nadie,
    como un suceso desmentido,
    como un cadáver que tuviera fiebre;
    cae
    y también caigo yo,
    y cae tal vez el mundo,
    y todo cae hacia no sé qué sitio,
    y como un río va cayendo,
    o simplemente como un domingo cae,
    como un número abandonado
    que perdió su sentido
    cuando abrimos la mano
    para que la hoja blanca
    resbalara de nuestra palma hacia la tierra.


    AUTOFAGIA

    Esta tarde las cosas me desmienten;
    hay un desdén en los objetos,
    un poderío tan tirano
    que más parezco sombra que algo vivo.
    Esta tarde la vida se diluye y son ellas, las cosas,
    las auténticas dueñas del paisaje.
    Contemplo este paisaje
    sin saber desde dónde:
    estoy en otra latitud.
    Yo soy la abandonada de este reino,
    el mendigo que mira tras el cristal.
    Yo soy el triste buzo
    que necesita su porción de oxígeno
    para intentar llegar al fondo.
    Pero esta tarde el fondo está en el horizonte,
    no es necesario descender para hallarlo
    puesto que sobreviene como una luz que apaga.
    Hay como una restitución de cualquier gesto
    antes de iniciarlo siquiera,
    un rechazo inocente y prolongado.
    Es como si el entorno me redujera hasta mí misma,
    como si me empujara desde mis manos y mis ojos
    hacia el negro agujero de mi sangre.
    Es como si las cosas me obligaran a una horrible autofagia:
    soy a la vez huesos y perro.
    En una pieza Prometeo y el buitre.


    TU IGNORANCIA DE TI,

    Hay demasiada ingratitud en ti
    para ti mismo, y ella es la que desboca
    los caballos de tu desolación
    en dirección a todos tus barrancos.
    Hay demasiada ingratitud en ti
    hacia las alegrías que tú mismo supiste construir,
    acaso por descuido, mas que fueron totales
    y sólo a ti deudoras. Permíteme decirte
    que también anda por tu corazón
    la vocación de la alegría
    tan sólo interceptada
    por la opresión de que pueda ser breve.
    En cuanto a la felicidad, ¿quién la merece y dónde habita?
    Tú te dedicas toda ingratitud,
    eres avaro. En ocasiones
    se diría que te ignoras totalmente,
    y es entonces cuando tememos por ti los que te amamos.
    Compadécete un poco de nosotros
    y mírate a ti mismo con generosidad.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Mar 05 Abr 2016, 11:00

    .



    De Ítaca (1966-1971)
    (continuación):


    PROPIETARIOS

    Porque no poseemos nada,
    ni siquiera la vaga sombra de futuro
    que a nuestra infancia responsable pervertía.
    Porque no somos dueños de nada,
    ni aun del propio dolor
    que con asombro hemos mirado tantas veces.
    Porque, sin duda, tener no es lo nuestro,
    y sí soñar desesperadamente
    que todo lo tenemos al borde de la mano,
    de esta tozuda mano que nos nombra
    con más rigor que un apellido.

    Dueños de desearlo todo: qué tristeza.
    Dueños del miedo, el polvo, el humo, el viento.


    SEPULTURERA

    Ah miserable que vives de memoria,
    miserable insensata que nada abandonaste
    y todo fue dejándote.
    Criatura empedernida, obstinada sepulturera;
    nada de lo que te dejó se fue del todo,
    siempre hubo para ti ese legado póstumo:
    los huesos, los vestigios
    y el permanente “no me olvides”.

    Miserable obediente,
    guardadora de la carcoma
    vives entre tus muertos y tus muertes
    limpiando el polvo de tus sepulturas,
    ordenando con esmero las cruces.

    Vuelves, continuamente vuelves a tus nichos
    como si aquello fuese ya tu vida.
    Vuelves con tus ofrendas mortuorias
    esperando aplacar con ellas a los dioses.
    Vas a volver mientras recuerdes, miserable,
    vas a volver como esas viejas beatas
    que confían aún en la resurrección.


    EL EXTRAÑO

    Hay un extraño que visita mi hogar.
    Viene a las mismas horas en que él solía venir.
    Habla un parecido lenguaje, aunque con acento distinto.
    No sé de dónde viene, cuánto tiempo piensa quedarse.
    Me trata con afecto y a veces con ligero cansancio.
    Le preocupan mis cosas —sabe mucho de mí—.
    Pienso que debe ser amigo suyo,
    pero sin duda es un amigo desleal:
    presiento que lo odia.
    A mí me asusta todo esto.
    No sé cómo lo he de tratar,
    cómo habré de decirle que no es ésta su casa.
    No quisiera llegar a ofenderlo:
    hay demasiado parecido en él con el otro, que amo.
    Y cuando está callado hasta yo misma los confundo.

    Estoy muy asustada:
    tengo miedo a que se quede para siempre.
    Porque si éste se queda
    yo sé que nunca más volverá el otro.)


    LA CONFIANZA

    ¿Cómo no imaginé que la desolación
    tenía un rostro tan humano?
    ¿Cómo fui tan osada que le supuse
    máscaras odiosas y la tranquila lejanía
    de las viejas leyendas?
    ¿Cómo no supe ver hasta tan breve espacio
    la monótona dignidad de su presencia?
    ¿Cómo he podido ser tan joven a pesar de todo?
    Penélope, ¿cómo has sido capaz de presenciar la muerte
    sin comprender que te contaminaba?

    Dioses, impronunciables dioses, cuánta piedad
    os ha debido producir mi ingenua confianza.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 06 Abr 2016, 06:02

    .


    De Ítaca (1966-1971)
    (continuación):


    NEGRO INCENDIO

    La noche está conmigo.
    Después de un día revuelto y agujereado
    he mirado de pronto a la ventana
    y he visto el negro incendio.

    Qué irreal, qué sorprendente es a veces lo conocido.
    De qué extraña manera
    de pronto estamos vivos.
    De qué manera solapada y plácida
    de pronto estamos muertos.

    Alguien que me delate en esta sombra,
    alguien que me defienda en esta noche,
    alguien que salga fiador de mí,
    alguien que me sujete a su impotencia,
    alguien, un rostro, pero ahora.


    EL ESCALÓN

    Como el caballo de lidia que en la pica
    va hacia el toro con los ojos vendados
    conducido por una mano oscura
    que no podrá asociar a aquella otra
    que le palmea el cuello con afecto
    mientras le acerca hasta los belfos
    algún terrón de azucar,
    así voy yo, torpe animal,
    sin comprender la mano que hoy me hiere
    y sin reconocerla en esa otra
    que con sabiduría cuida de mis heridas.
    Como el caballo ciego que no sabe
    y sin embargo esquiva la embestida
    así yo, animal que tantea, husmeando,
    me vuelvo hacia el rincón de la desdicha
    intentando esquivar el asta absurda,
    intentando retroceder hasta mí misma,
    hasta el rincón que sólo visita mi angustia,
    hasta ese hueco que a nadie reconoce,
    intentando bajar el escalón que un día subiera,
    intentando volver hacia la madriguera fría
    y esconder en sus sombras
    el corazón retrocedido y triste.


    ESCÚCHAME

    Si supierais que ya no busco la verdad,
    que hace ya mucho tiempo
    que abandoné el terrible juego
    en el que tantas cosas útiles para vivir
    -y que por eso en su momento fueron hermosas-
    se consumieron irrevocablemente.

    Si supierais que ya no puedo buscar la verdad
    porque verdad es todo, incluso lo otro,
    y sobre todo y más verdad que nada
    ese vacío que deja la verdad
    y que supongo que cualquiera
    puede advertir cuando me mira.

    Si supierais lo de verdad que es todo,
    lo inconcebiblemente cierto,
    estoy segura que comprenderías
    y tal vez me ayudases a encontrar una forma
    de escapar a esta verdad degenerada.


    LAS CERTIDUMBRES

    Cuando medito a solas
    en la costumbre que ya tengo
    de dormir a tu lado,
    de entregarme a esa cosa
    misteriosa y equívoca
    que llamamos dormir
    mientras tú permaneces
    alerta entre tus canas,
    preguntas y raíces,
    pienso que es todo un síntoma
    éste de mi abandono
    en la alta madrugada:
    hubo un tiempo en que estaba
    dispuesta a resistir
    y buscaba respuestas
    a todas tus preguntas
    (recuerdo que pensaba
    que mi mejor respuesta
    estaba en no dormir).
    Cuando sentimos mucho.
    es muy fácil llegar
    a algunas certidumbres.
    Se piensa en prescindir
    hasta del propio aliento:
    casi estamos seguros
    de que con eso basta.
    No basta, desde luego.
    Tuvimos que alejar
    aquellas certidumbres
    y aportar otras nuevas
    menos brillantes, más humildes.
    Y pasado algún tiempo
    también aquellas resultaron falsas.
    Me quedé entonces
    a solas en la noche,
    al lado tuyo, mas como una sombra.
    Viuda de certidumbres
    y comprendiendo que
    lo único posible
    es ir muriendo junto a ti
    en una cama o en cualquier lugar,
    y aceptando mi sueño y tu vigilia
    como el aprendizaje
    de un hondo prescindir
    que alguna vez será definitivo.


    (continuara)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 09 Abr 2016, 14:42

    .


    De Ítaca (1966-1971) (continuación):


    ESPIRAL

    A fuerza de advertir que nada alcanza,
    desearíamos que todo hubiese muerto
    y consolarnos algo con el total naufragio.
    Hay momentos, hay horas
    en que no soportamos la alegría.
    Desearíamos entonces
    ver la desdicha en cada rostro
    y la impaciencia en cualquier gesto.
    Cómo nos tranquiliza la amargura
    que pasa a nuestro lado ensimismada
    en su ardiente espiral.
    De una absurda manera nos consuela
    toda desdicha o pérdida o quebranto.
    Vemos llenos de ira que no alcanza,
    que la vida se queda siempre corta

    y una calma cobarde sobreviene
    igual que una venganza caritativa y delincuente.


    LA FELICIDAD

    Adiós, para siempre adiós.
    No puedo confiar en vosotros,
    extraños que me habláis de la felicidad,
    que pronunciáis esa palabra sin temor,
    que la arrojáis sobre mi vida.
    Venís con vuestra palabra entre las manos
    y la empuñáis como se empuña un arma.
    Felicidad, decís, y al escucharos
    oigo el acento del que manda,
    el acento implacable del que cree,
    el acento voraz de la avaricia.

    Adiós, para siempre adiós
    si en el nombre de la cruel adolescencia
    queréis que olvide la inútil pero cierta vida,
    adiós, si pretendéis de mí
    un corazón de veinte años,
    adiós, si todo lo que esperáis
    es que sea feliz.
    Si os empeñáis en que no sepa,
    en que olvide mis tristes horas de felicidad,
    en que las haga puras y falsas. Adiós.

    Hasta para morir sé que preciso un territorio,
    un pedazo de tierra conocido
    donde es casi seguro que no caben
    la muerte y la felicidad.
    Os digo adiós antes que como a los antiguos cristianos
    me arrojéis a las fieras felices.
    No os he oído esa palabra que reúne,
    esa palabra sabia que nos reparte vida
    y ama lo mismo al tronco que a las hojas.

    Cómo queréis que sea feliz. Os tengo miedo.


    TELAR

    Francisca, no debes olvidar
    que la última recompensa es la muerte.

    *

    Pero tampoco olvides que la muerte
    no es más que un atributo de la vida.

    *

    ¿Quién cuidará de ti cuando el cansancio
    ocupe el sitio de tu fortaleza?

    *

    Piensa en las veces que entraste en tu vida
    como el turista irrumpe en la ciudad;
    calificándola por las reliquias de un pasado.

    *

    Tú lloras demasiado, demasiado:
    ¿no será que sospechas de ti?

    *

    Déjale a tu tristeza
    el sitio que le corresponde,
    pero no le permitas que se arrogue
    carácter de moral.

    *

    Penélope, ¿qué hacer con lo constante
    en el reinado de la ambigüedad?

    *

    Piensa en ti misma
    como en una insistencia,
    pero no intentes consumarla.

    *

    No te asustes de la voracidad
    de los que te aman:
    su turno es anterior a los gusanos.

    *

    Ésos que llamas otros son tu historia:
    sivídete a ti misma y perderás.

    *

    ¿Quién cuidará de ti cuando se te resbale
    el nombre que te oculta?

    *

    Francisca Aguirre, acompáñate.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 10 Abr 2016, 13:23

    .


    De Los trescientos escalones (1973-1976):



    YA NADA PODRÉIS

    Ya nada podréis,
    porque la fuerza no estaba en vosotros,
    estaba en mi debilidad.
    Nada conseguiréis
    abandonándome,
    porque el vacío no era vuestra ausencia
    sino mi necesidad de compañía.
    Cuando llaméis
    tendréis mi corazón a mano, como siempre.
    Ahora,
    el mundo se ha amueblado
    con la delicadeza de lo mínimo,
    con la tierna disposición de lo posible.
    Y todo es una patria extensa y manual,
    un alfabeto misterioso
    con el que estoy nombrando, recreando,
    reviviendo de nuevo el universo.


    TRAVESÍA PELIGROSA

    Iré más allá:
    más allá de América
    y más allá de la acera de enfrente.
    Más allá del mar
    y más allá de los libros.
    Más allá de mi propio corazón
    y más allá de la música.
    Iré más allá de las estrellas
    y más allá de las lágrimas.
    Más allá de la sabiduría
    y más allá de la inocencia.
    Más allá de la fe
    y más allá del amor.
    Y cuando el más allá se convierta en el acá cercano,
    regresaré,
    y como en los buenos tiempos
    haré la peligrosa travesía
    de tomar una taza de café.


    (continuará)


    .


    Última edición por Pedro Casas Serra el Mar 12 Abr 2016, 05:20, editado 1 vez


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Lun 11 Abr 2016, 10:52

    .


    De Los trescientos escalones (1973-1976) (continuación):


    RECLINATORIO ABANDONADO

    Está la tarde quieta y transparente,
    y el vivir está turbio y desasosegado.
    Llega de la enramada verdecida
    una oración.

    El corazón -un gong de sangre-
    se atraviesa en la tarde como un lento suicida:
    descansa sobre el tiempo, se acuna sobre sus raíles.
    La vida vibra bajo el corazón
    como un tren lejanísimo y enorme.

    Siento la tentación de arrodillarme:
    debería pedir perdón al mundo en esta hora
    y el mundo no, pero tal vez la tarde
    decretaría que soy inocente.
    La tarde crece unánime,
    parece suspendida sobre sí misma,
    emergiendo de alguna zona delicada de la vida
    y ampliándose vastamente como un sonido primordial.

    La tarde -dorada aleación de fracaso y consuelo-
    nos ofrece su duración
    con la modestia de un reclinatorio abandonado.

    Quisiera descansar sobre ese viejo trasto,
    quisiera descansar de mi corazón de brújula,
    descansar del cansancio,
    de la inaudita soledad del dos,
    de su enorme orfandad quizás inmerecida.

    Oh señor de los sueños imposibles,
    rey destronado que mora en la esperanza,
    concédele a tu sierva el don de atesorar lo mínimo,
    de ser la propietaria de despojos,
    la acaudalada dueña de la cueva de la memoria,
    la celosa guardiana del detalle.
    Oh señor de las horas acordadas,
    tú que asombraste al universo
    con ese resplandor de sosiego que llamamos la tarde,
    tú que la enarbolaste como un pañuelo
    para que la inventase un hombre,
    permite que otro corazón -tartamuda dolencia-
    trate de agradecer humildemente
    ese invento maravilloso:
    la tarde misericordiosa y única,
    la tarde aquella que tú tanto amaste.

    Antonio, buen amigo, en esta tarde clara
    mi corazón está vagando en sueños:
    veo los álamos del río con su ramaje yerto.
    Miro el Moncayo azul y blanco.
    …................................................Dame tu mano y paseemos.


    NADA NOS QUEDARÁ, PERO ESA NADA....

    Dejaremos atrás las telarañas,
    los días brillantes y las noches tibias.
    Dejaremos atrás los proyectos acosadores,
    las tan ardientes frustraciones,
    los actos y los días repetidos.
    Dejaremos atrás los nombres que nos habitaron,
    las furias que nos arrasaron,
    las ansias que nos agruparon,
    el miedo que nos desintegró.
    Todo lo dejaremos atrás
    y nada olvidaremos nunca,
    porque no somos asesinos.
    Nada nos quedará, pero esa nada
    tendrá la imprecisión de lo que avanza y vive,
    su medida azarosa,
    y será suficiente para llenar esa otra nada
    que abarca el breve espacio de una vida.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Mar 12 Abr 2016, 05:22

    .


    De Los trescientos escalones (1973-1976) (continuación):


    RADIOGRAFÍA

    ¿A dónde vais con vuestro desamor a cuestas?
    Tenéis la traza de los que saben dónde está la meta.
    Tenéis aspecto misterioso como las enfermedades.
    ¿A dónde vais con vuestro desamor a cuestas?
    Me recordáis la venganza de un dios inexistente.
    ¿A dónde vais lacayos del rencor legalizado?
    Llegaréis, aunque no lo sepáis estáis llegando.
    Un día vuestro linaje de miseria
    habrá cubierto todo el recorrido.
    Finalmente habréis llegado
    y estaréis para siempre en ese trono inmundo,
    contemplaréis los muros de la patria mía
    mientras allí dure la fiesta.


    ESTA VIDA, HAY QUE VER, QUÉ DESATINO

    Esta vida destartalada,
    este entresijo tan mermado,
    esta vida,
    no sé qué hacer con ella, qué empleo darle,
    en dónde colocarla de manera
    que a fin de mes me deje unas monedas.
    Esta vida, hay que ver, qué desatino,
    desde siempre juntando pedacitos,
    y dándome festines con migajas,
    repartiendo la nada con cuidado
    para que me alcanzase de un día para otro.
    Esta vida tan remendada,
    a la que tantas veces le saqué el dobladillo
    para alargarla un poco más,
    esta vida que llevo, que mantengo,
    a veces (sólo a veces, cuando estoy muy cansada,
    o muy triste o muy sola o todo en una vez)
    me parece un vestido tan raído,
    un traje de segunda mano,
    algo que nunca fue estrenado,
    algo que usaron otros
    y que yo, pobre desde siempre,
    hundida en la miseria desde siempre,
    lavé y planché, cosí, zurcí agujeros
    hasta dejarla decentita,
    hasta darle un aspecto de decoro
    y lucirla con esa dignidad
    que sólo son capaces de poseer los pobres,
    aquellos que han conocido la carencia
    desde mucho antes de nacer.
    Nuestra historia desmiente la abundancia
    y nadie sabe con qué triste estupor
    miramos muchas veces a seres más afortunados
    que estrenan vida a cada instante,
    que les sobra la vida y la derrochan,
    que la mastican con glotonería,
    que la traen y la llevan,
    que la olvidan de vez en cuando en algún banco
    si están un poco malos, o aburridos de tanta vividura
    y se nos quejan
    con la misma impudicia con que el magnate dice
    que ya no aguanta la langosta
    mientras contempla con cierto desagrado
    el rostro no muy saludable
    del ordenanza de sus oficinas.
    Señor, qué vida la de algunos, tan escasa,
    tan reducida a una maceta, a un costurero,
    tan dada la vuelta
    como aquellas americanas
    que mi abuela cosía:
    lo de adentro hacia afuera
    y los pespuntes en el mismo sitio:
    una obra de arte, como nueva.
    Pero la tela tenía siempre
    una ligera borra que la delataba,
    un aspecto de víscera. En fin,
    un aire de recompostura,
    un lustre tan ficticio
    que yo siempre que la miraba
    sentía la necesidad de consolarla.
    Qué vida, Dios, qué pobre vida,
    qué tiendecita despoblada:
    cuatro conservas y varias legumbres,
    patatas, pimentón, cosas de pobres,
    y allá fuera, en el gran supermercado,
    la abundancia, el exceso,
    pero, claro,
    ése es un lujo para ricos,
    para gente que tiene buena renta.
    Por supuesto, los hay que pagan con moneda falsa,
    pero a ésos -pobrecitos- en el mejor de los casos
    los embargan.
    Y los demás estamos en la ruina.
    Estamos en la ruina y lo sabemos,
    lo hemos sabido siempre,
    pero a veces, algo que se asemeja al odio
    nos corre por la sangre y nos agranda
    como un hambre voraz y justiciera,
    un hambre que nos ciega y nos empuja
    hacia la yugular de una promesa
    que jamás se nos hizo
    y por la que, no obstante,
    daríamos la vida o mataríamos.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Miér 13 Abr 2016, 06:09

    .


    De Los trescientos escalones (1973-1976) (continuación):


    RESERVA NATURAL

    Con todo lo que hay dentro de mí
    que araña, que se queja,
    que duele y se resiste,
    con todo eso voy a hacer mi invernadero,
    mi parque, mi reserva natural.
    Así nadie podrá acusarme
    de atentar contra la continuidad de la especie.
    En mi reserva pastarán las fieras
    y crecerán las plantas carnívoras;
    allí estarán desde el insecto al cocodrilo,
    todas mis conocidas bestias,
    y yo me encargaré de su alimento y su custodia.
    Pero sabedlo,
    la entrada está prohibida.
    Mis animales y mi selva
    no son para turistas o estudiantes,
    mis animales pueden matar:
    extranjeros,
    no rocéis la puerta.
    Pasad, pasad de largo,
    esta reserva es peligosa.


    TUMULTO EN EL VACÍO

    …........................................A Guido Castillo

    Está poblado.
    El vacío con su inquietante parecido a la eternidad,
    con su angustiosa carencia de límites,
    con su pegajosa lengua de nada
    que puntualmente nos lame las heridas
    para que nunca cicatricen. El vacío
    neutral y regicida
    prospera como una colmena.
    …..............................................Está poblado.
    Siento el roce voraz de sus gentes,
    las oigo murmuras
    desde mis lastimosos huecos.
    Son legión.
    Se arrastran solapados utilizando mis ranuras.
    Son un ejército de nunca apelmazada,
    una nación de caries,
    un planeta de canas con idioma.
    Los oigo. Los oigo transmitirse sus pútridas consignas.
    Entonces me levanto y voy por la desierta casa
    y me acerco hasta el pan
    como si se tratara de un amigo.
    Y como pan y bebo un vaso de agua
    con la vaga superstición de que me ayudarán.
    Y como si fuera yo pariente de mí misma
    me digo que lo que tengo es hambre:
    un poco de agua y pan
    y a descansar,
    a descansar un rato del maldito tumulto.


    (continuará)


    .


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Jue 14 Abr 2016, 11:41

    .


    De Los trescientos escalones (1973-1976) (continuación):


    EL ÚLTIMO MOHICANO

    No tuve nada, y sin embargo, de algún modo,
    comprendo que lo tuve todo
    no teníamos nada, nada
    salvo el miedo, el dolor,
    el estupor que produce la muerte.

    Cuando mataron a mi padre
    nos quedamos en esa zona de vacío
    que va de la vida a la muerte,
    dentro de esa burbuja última que lanzan los ahogados,
    como si todo el aire del mundo se hubiese agotado de pronto.
    Ahí nos quedamos,
    como peces en una pecera sin agua,
    como los atónitos visitantes de un planeta vacío.

    Nada teníamos,
    aunque también es cierto que ya nada queríamos.
    Recuerdo bien que a mi hermana Susi y a mí
    nos dieron la noticia en el cuarto de aseo
    de aquel colegio para hijas de presos políticos.
    Había un espejo enorme
    y yo vi la palabra muerte crecer dentro de aquel espejo
    hasta salir de él
    y alojarse en los ojos de mi hermana
    como un vapor letal y pestilente.
    Nada ha logrado hacerme olvidar aquellos ojos,
    salvo algunas horas de amor
    en que Félix y yo éramos dos huérfanos,
    y el rostro milagroso de mi hija.
    Y nada más tuvimos
    durante mucho tiempo.
    Pero mamá tuvo menos que nadie.
    Mamá quedó como un espejo sin azogue.
    Lo perdió todo
    salvo un hilo delgado que la unía a nosotras,
    y por aquel inconcebible puente
    -como tres hormiguitas-
    íbamos y veníamos a su estatua de vidrio
    restituyéndole el azogue.
    Volvió a nosotras desde el país del hielo
    y volvió tan absolutamente
    que gracias a ella, nosotras, que nada teníamos
    lo tuvimos todo.
    Mamá fue nuestra Espasa,
    fue nuestro Guerrero del Antifaz,
    el País de las Hadas,
    la abundancia dentro de la miseria,
    nuestro mejor amigo,
    nuestro escudo contra los moros,
    la enamorada de las bellas artes,
    la que hizo posible que papá no muriera,
    la que lo fue resucitando en cada uno de sus cuadros.
    Mamá fue quien nos dijo que mi padre admiraba a los griegos,
    que adoraba los libros,
    que no podía vivir sin la música
    y que fue amigo de Unamuno.

    Cierto que no tuvimos nada,
    que muchas veces nos faltaba todo.
    Pero aunque algunos días no comimos,
    tuvimos una radio para oír a Beethoven,
    y un día de reyes de mil novecientos cuarenta y cuatro
    mamá y los tíos fueron al Rastro:
    nos compraron tres libros:
    La cuesta encantada, Nómadas del Norte
    y El último mohicano.
    Dios sabe cuántas veces habré leído esos libros.
    Mamá nos trajo El último mohicano
    y de la mano de ese indio solitario
    entramos en el mundo de lo maravilloso
    y lo tuvimos todo para siempre.

    Y ya nadie podrá quitárnoslo.


    LOS TRESCIENTOS ESCALONES

    ….......................................A Susy y Margara

    Estaba todo quieto en la casa apagada.
    Hasta el día siguiente, hasta sabe Dios cuándo
    el silencio reinaba como un ídolo antiguo.
    No funcionaban las leyes de tráfico,
    esas imprescindibles ordenanzas
    que hay que acatar para transitar el pasillo.
    Es como si la noche propusiera una tregua,
    como si al apagar la luz se apagara el peligro.
    Escucho. Nada. Todos callen unánimes.
    Mirar la oscuridad es profesar de muerto:
    los ojos van de lo negro que nos habita
    a lo negro que nos envuelve.
    Somos los apagados, los ausentes,
    los que gavillan tiempo en sus muñecas;
    somos los auditores del silencio
    y ese silencio es como un túnel por el que sólo avanza el tiempo.
    No ver, no estando ciegos, es hundirse en el tiempo.

    El armario, con su puerta entreabierta, da a las costas de Francia.
    Oigo los barcos que salen o entran por el puerto del Havre.
    Veo tres niñas muy contentas, en Barcelona,
    porque se iban de viaje:
    se acababan los bombardeos,
    ya no tendrían que esconderse debajo de aquella escalerita
    que conducía a las habitaciones superiores
    mientras oían, espantadas, el agudo silbido de las bombas.
    Nos íbamos, nos íbamos a Francia.
    Y así, llegamos a Bañolas:
    nosotras contentísimas de ver el lago,
    papá, mamá y la abuela
    arrastrando su corazón, empujándolo a la frontera.
    París fue para mí, durante mucho tiempo, un gato.
    Había un gato en aquella pobre pensión en que vivimos,
    un gato que dormía al lado de una estufa.
    Yo nunca vi París: tan sólo vi ese gato.

    Y nos fuimos al Havre para tomar un barco.
    Nosotras con dos muñecos y un monito,
    papá con su caja de pinturas y un sueño acorralado,
    un sueño convertido en pesadilla,
    un sueño multitudinario
    arrastrado como único equipaje
    por una inmensa procesión de solos.
    Pero aquel barco no llegó a su puerto:
    esperamos, mientras mamá, para alumbrarnos,
    cantaba algunos días El niño judío: "De España vengo, soy española".

    No llegó el barco. Llegaron aviones alemanes.
    Hubo que caminar a gatas por las habitaciones del hotel,
    que estaba frente al puerto.
    Aquel hotel tenía un nombre,
    se llamaba "La Rotonde de la Gare".
    Papá pintaba. Y como Modigliani,
    iba a ofrecer sus cuadros a las gentes. Tampoco a él le compraban.
    Nosotras aprendimos francés en dos semanas.

    El reloj de La Gare ha dado un cuarto,
    papá me dice que levante la cara un poco más,
    dos o tres pinceladas y termina el retrato.
    Mi padre, no sé bien por qué, me pintó de japonesa.
    Para siempre quedé con mi abanico,
    con los ojos ligeramente oblicuos y asombrados,
    en una edad más bien indefinida
    y con una diadema de pensamientos sobre el pelo.

    Papá, vamos al puerto, vamos al puerto ahora que hay tiempo
    y luego vámonos corriendo a ver el Bois des Hallates,
    vamos, que se perdió tu cuadro y ya sólo podré verlo contigo y para siempre.

    Papá, perdimos tantas cosas
    además de la infancia y los trescientos escalones que tú pintaste
    nunca he sabido si para decirnos que había que subirlos o bajarlos.
    Y ahora pienso, desde tu mano que me ayudaba a recorrerlos,
    que tal vez me dijiste entonces
    que había que subirlos y bajarlos
    y para eso los pintaste
    y para eso pasaste días enteros
    pintando una escalera interminable,
    una hermosa escalera rodeada de árboles y árboles,
    llena de luz y amor,
    una escalera para mí,
    una escalera para que pudiera subir,
    vivir,
    y una escalera para descender,
    callar,
    y sentarme a tu lado como entonces.

    Me he levantado para cerrar la puerta del armario.
    Está mi casa sosegada,
    apenas en el aire zumba tenue la remota sirena de un barco.
    Los que más amo duermen:
    mi hija, arropada en sus nueve años
    y Félix indefenso ante sus treinta y ocho.
    Al fin se extingue el eco de los barcos.
    Vuelvo a la cama.
    —Buenas noches, papá. Hasta mañana si Dios quiere. Que descanses.


    .


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    Francisca Aguirre (1930-2019) Empty Re: Francisca Aguirre (1930-2019)

    Mensaje por Evangelina Valdez Sáb 24 Sep 2016, 18:22

    Muy triste vida, sus letras lo reflejan, ¿verdad? ufff

    Testigo de excepción

    A Maribel y Ana


    A Pedro García Domínguez




    Una hermosa mentira te acompaña,
    pero no llega a acariciarte.
    Sólo sabes de ella lo que dicen,
    lo que te explican libros enigmáticos
    que narran una historia fabulosa
    con las palabras llenas de significación,
    llenas de claridad y peso exactos,
    y que tú no comprendes sin embargo.
    Pero tu fe te salva, te mantiene.

    Una hermosa mentira te vigila,
    aunque no puede verte, y tú lo sabes.
    Lo sabes de esa forma inexplicable
    en que sabemos lo que más nos hiere.

    Llueve desde los cielos tiempo y sombra,
    llueve inocencia y loco desconsuelo.
    Un incendio de sombras te ilumina,
    mientras la nieve apaga las estrellas
    que una vez fueron permanentes ascuas.

    Una hermosa mentira te acompaña;
    a infinitos millones de años luz,
    intacta y compasiva, se extiende la nevada.

    ------------

    NOCHE HUMANA

    Mi cuerpo estaba huyendo; buscándole a la noche
    la falsedad de un ángel que fingiera un reposo;
    la engañadora imagen de un nombre de ceniza
    que en el alcohol o el sueño, sin amor, me incendiara.

    Mi cuerpo estaba huyendo; por las desiertas calles
    de una ciudad sin suelo resbalaba impreciso,
    deteniéndose al paso vulgar de la inocencia
    y escapando al contacto con ella, por mi angustia.

    Mi cuerpo estaba huyendo. Sin vuelo y sin raíces,
    se arrastraba en la inmensa bóveda de los tiempos,
    donde mueren los sueños desunidos y aislados
    y el aire, como un negro fantasma, los corona.

    Junto al olor caliente del pescado podrido,
    de la fruta marchita y el vinagre, en acecho
    la mujer entregaba su cabello constante,
    herido por las uñas y la ardiente saliva.

    Mis manos se enredaban a la piel de los hombres
    que, abiertos, derramaban sus entrañas sin fuego;
    mis voces se mezclaban a la luz del cigarro
    y a ese rumor más hábil que engendra la denuncia.

    La delincuencia, en roce nocturno con la envidia,
    sobre el cristal dormido de los blandos hogares
    acercaba en mi rostro indagador y astuto,
    para hurtar un consuelo que mi paz no alcanzaba.

    Y la luna, gimiendo, se clavaba en el árbol,
    con la burla precisa del nivel de su tiempo.
    Golpe a golpe sonaban las plumas de mi espalda
    y su navaja el aire, por mi espalda, blandía.

    Mi cuerpo estaba huyendo. Sonaba una cadena
    y en la puerta del cielo mis manos golpeaban:
    — ¡Abrid, abrid, las sombras por dentro me persiguen
    y las sombras de fuera mis manos acuchillan!

    Desperté estando muerto: Mis sábanas sangraban

    —¡Abrid, abrid! ¡Las sombras!

    La noche, perseguida, se entró por mi ventana
    y era a la noche misma, a quien yo perseguía.

    ------------------------

    ¡QUÉ MISERABLE Y COBARDE ES EL MUNDO!

    ¡Qué miseable y cobarde es el mundo
    ante la masare de los pequeños.!

    La aurora amaneció vestida de sangre
    y el viento arrastra ecos extraños.
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    Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 25 Sep 2016, 15:33

    Gracias por tu aporte, Evangelina. Es cierto que a Francisca (Paca) Aguirre, le tocó vivir una infancia y juventud muy dura, pero es una persona dulce y fuerte, según tuve ocasión de comprobar cuando la oí recitar en la Biblioteca Mercè Rodoreda de Barcelona en dos ocasiones, una acompañando a su esposo, el también poeta, lamentablemente ya fallecido, Félix Grande. ¡Y la única hija del matrimonio, Guadalupe Grande, también es poeta!

    Un abrazo.
    Pedro


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    Mensaje por Evangelina Valdez Jue 29 Sep 2016, 16:01

    Siiiiiiiiii he leído a Felix Grande, tú mismo pusiste ese post y como tenemos a la mamá y al padre, aquí te dejo a la hija.

    Poema Junto A La Puerta
    de Guadalupe Grande


    La casa está vacía
    y el aroma de una rencorosa esperanza
    perfuma cada rincón

    Quién nos dijo
    mientras nos desperezábamos al mundo
    que alguna vez hallaríamos
    cobijo en este desierto.
    Quién nos hizo creer, confiar,
    -peor: esperar-,
    que tras la puerta, bajo la taza,
    en aquel cajón, tras la palabra,
    en aquella piel,
    nuestra herida sería curada.
    Quién escarbó en nuestros corazones
    y más tarde no supo qué plantar
    y nos dejó este hoyo sin semilla
    donde no cabe más que la esperanza.
    Quién se acercó después
    y nos dijo bajito,
    en un instante de avaricia,
    que no había rincón donde esperar.
    Quién fue tan impiadoso, quién,
    que nos abrió este reino sin tazas,
    sin puertas ni horas mansas,
    sin treguas, sin palabras con que fraguar el mundo.
    Está bien, no lloremos más,
    la tarde aún cae despacio.
    Demos el último paseo
    de esta desdichada esperanza.
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    Mensaje por Evangelina Valdez Jue 29 Sep 2016, 16:10

    Más de FRANCISCA AGUIRRE

    Frontera



    Yo, que llegué a la vida demasiado pronto,

    que fui-que soy-la que se anticipó,

    la que acudió a la cita antes de tiempo

    y tuvo que esperar en la consigna

    viendo pasar el equipaje de la vida

    desde el banco neutral de la deshora.



    Yo, que nací en el treinta, cuando es cierto

    -como todos sabéis-que nunca debí hacerlo,

    que hubiera yo debido meditarlo antes,

    tener un poco de paciencia y tino

    y no ingresar en este tiempo loco

    que cobra su alquiler en monedas de espanto.

    -----------------------

    Hace tiempo

    Recuerdo que una vez, cuando era niña,
    me pareció que el mundo era un desierto.
    Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
    las estrellas no tenían sentido,
    y el mar no estaba ya en su sitio,
    como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

    Sé que una vez, cuando era niña,
    el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
    un socavón que se tragó a la vida,
    un embudo por el que huyó el futuro.

    Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
    oí el silencio como un grito de arena.
    Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
    se me calló la sangre, como si de improviso,
    sin entender por qué, me hubiesen apagado.

    Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
    un asombro tan triste como la triste muerte,
    una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
    Y un odio lacerante, una rabia homicida
    que, paciente, ascendía hasta el pecho,
    llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

    Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
    cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
    y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
    y mientras él cantaba ante su caballete
    se quedarían quietos los barcos en el puerto
    y la luna saldría con su cara de nata.

    Pero no volvió nunca.
    Sólo quedan sus cuadros,
    sus paisajes, sus barcas,
    la luz mediterránea que había en sus pinceles
    y una niña que espera en un muelle lejano
    y una mujer que sabe que los muertos no mueren.

    ---------------

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    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 12 Ene 2019, 14:12

    Muchas gracias, Evangelina, por traer estos dos poemas (impresionante hasta erizarte la piel el segundo) de Francisca Aguirre y el poema de su hija Guadalupe Grande. ¡Menuda familia de poetas la Grande-Aguirre!

    Un abrazo.
    Pedro


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    Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 16 Mar 2024, 15:08

    .


    Algunos otros poemas de Francisca Aguirre:


    De Los trescientos escalones:


    NUNCA OS DIRÉ QUE SÍ

    No me digáis que no es posible.
    Al menos, no me lo digáis.
    Dejadme
    como se deja al loco en su utopía.
    Dejadme con mi obstinación de bestia irracional
    a quien la lógica no sirve.
    No me digáis que no.
    No digáis nada.
    Ya sé, ya sé que todo
    puede ser explicado.
    Lo sé, pero no importa.
    Lo sé, pero es inútil.
    Nunca os diré que sí.
    Nunca.
    Simplemente, me gusta
    mis trasnochado corazón,
    mi tozuda locura.
    Simplemente.
    Me gusta ser así.



    APRENDER A MIRAR

    Aprender a mirar de otra manera.
    Aprender a confiar de un nuevo modo.
    Aprender a esperar
    como si el mundo se estuviera haciendo.
    Aprender,aprender...
    Aprender todo desde el entusiasmo
    sin apoyar el corazón en lenguas muertas.
    Aprender a vivir
    continuamente:
    ser los discípulos
    de un profesor que no da títulos
    que ejerce una sabiduría
    provisoria y mudable:
    ser los aficionados al conocimiento
    los aprendices
    para siempre
    los que se morirán
    ignorantes
    de casi todo.



    OFICIO DE TINIEBLAS

    A Félix

    Este oficio, Dios mío, tan precario
    de ir conjuntando la mirada y el verbo,
    este oficio tan de tanteo, tan de sombras
    que persiguen la luz como un ahogado,
    este oficio de vísceras que ignoran
    y sin embargo sienten,
    esta revolución de trogloditas
    en busca de la unidad tribal,
    Dios mío, qué osadía tan irremediable,
    qué desatino necesario
    éste de transmitir la vida boca a boca,
    de defender al árbol como a un hombre
    y defender al hombre como a un planeta,
    como a un astro del que depende
    el equilibrio de la constelación,
    ......................................................Señor,
    y defenderlo con onomatopeyas,
    con sílabas, palabras.
    Palabras nada más, ayes, quejidos.
    Qué oficio, hermanos míos, qué tarea.
    Qué oficio tan humilde y ambicioso,
    qué meta inalcanzable,
    qué hermoso oficio
    para dejarse en él la vida entera.



    LA CHIQUITA PICONERA

    A la tía Nina

    Aquellas niñas en hilera
    que cantaban para espantar el hambre,
    son éstas que escriben hoy poemas.
    Aquellas niñas que más tarde
    se fueron por la tierra
    llevando en su equipaje
    la guerra y el exilio,
    el regreso y el miedo,
    la muerte y su mueca increíble.
    Aquellas niñas
    que llevaban en su maleta
    el aroma del hambre
    mezclado a «la chiquita piconera»,
    aquellas niñas que comieron miedo
    y boniatos y «pan y quesillo»
    y a las que no acabaron de salirles las muelas,
    aquellas mujercitas,
    son las que escriben hoy poemas.
    Aquellas niñas, a pesar de todo,
    no se creyeron su leyenda negra
    y se fueron a compartir lo que tenían:
    su hambre y sus canciones,
    sus cenas de zarzuelas,
    Machín, Piquer, Sepúlveda:
    almortas, algarrobas, boniatos,
    pocas muelas y ningún pan.
    La vecinita de enfrente estaba como nosotras
    esperando el porvenir sentadita en su plazuela.
    Como una enredadera el porvenir creció
    y fuimos como el poeta haciendo bueno lo malo
    y cortándonos las trenzas.
    Y el porvenir fue mi hija caminito de la escuela.
    El porvenir fue Lupita
    sin Machín ni Piconera,
    sin vecinita de enfrente,
    ni boniatos, ni plazuela.
    Sin hambre y con bomba atómica,
    con muelas y con Viet-Nam.
    Con la India, con Argentina, con Uruguay y con Chile,
    judíos y palestinos
    y, en Eurovisión, Karina.
    El porvenir de mi niña:
    ecología y petróleo,
    los chinos contra Beethoven,
    la sangre cubriendo Irlanda,
    Nixon y su alcantarilla.
    Un mundo descuartizado,
    lleno de computadoras,
    cohetes y metralletas,
    un mundo televisado,
    sin chiquitas piconeras,
    un mundo desaforado
    cubierto de horror y pena.
    Con espantado estupor
    me veo echando de menos
    mi chiquita piconera.




    De La otra música:


    LA OTRA MÚSICA

    ¿Qué música te cantan?
    ¿Por qué te cantan esa música?
    ¿Y para qué la escuchas
    como si te trajese algún mensaje
    y no silencios desarticulados,
    timbales de distancia,
    calderones de llanto oscuro?
    Esa música suena a guerra macilenta,
    a deserción en campo de batalla,
    a despojo que corre
    contagiando desdicha.
    No creas esa música,
    no la dejes medrar,
    ocúltale tu corazón,
    cállalo a tientas.
    Cúbrete de esa música de espanto
    o te destrozará.




    De Ensayo general:


    LA MUJER SE QUEDÓ MIRANDO EL TIEMPO...


    La mujer se quedó mirando el tiempo
    mientras la luz moría en las esquinas
    y una desolación llena de espinas
    la araño como un son a contratiempo.

    Pensó en su corazón siempre a destiempo,
    coleccionando escombros, polvos ruinas,
    convirtiendo dolores en harinas
    y el fracaso en un viejo pasatiempo.

    Se extrañó la mujer de que la vida
    en que todas sus ansias había puesto,
    fuese esta soledad interminable.

    Miró su juventud atardecida, 
    oyó a su corazón, triste, dispuesto
    y sonrió a la nada inexorable.



    NOS HA VIVIDO EL TIEMPO Y DE REPENTE...

    Nos ha vivido el tiempo y de repente
    hemos quedado huérfanos de vida
    y no hallamos respuesta ni salida
    para esta desnudez tan inclemente.

    Pero queda en nosotros un creciente
    anhelo de ganarle la partida
    a esta desolación que inadvertida
    se nos acerca solapadamente.

    Dame tu mano al borde de esta nada
    y nademos en contra de las olas
    como buscan los náufragos la playa,

    sin pensar en la orilla deseada.
    Porque es mejor nadar juntos que a solas
    y por si acaso el corazón nos falla.




    De Pavana del desasosiego:


    HACE TIEMPO

    A Nati y Jorge Riechman

    Recuerdo que una vez, cuando era niña,
    me pareció que el mundo era un desierto.
    Los pájaros nos habían abandonado para siempre:
    las estrellas no tenían sentido,
    y el mar no estaba ya en su sitio,
    como si todo hubiera sido un sueño equivocado.

    Sé que una vez, cuando era niña,
    el mundo fue una tumba, un enorme agujero,
    un socavón que se tragó a la vida,
    un embudo por el que huyó el futuro.

    Es cierto que una vez, allá, en la infancia,
    oí el silencio como un grito de arena.
    Se callaron las almas, los ríos y mis sienes,
    se me calló la sangre, como si de improviso,
    sin entender por qué, me hubiesen apagado.

    Y el mundo ya no estaba, sólo quedaba yo:
    un asombro tan triste como la triste muerte,
    una extrañeza rara, húmeda, pegajosa.
    Y un odio lacerante, una rabia homicida
    que, paciente, ascendía hasta el pecho,
    llegaba hasta los dientes haciéndolos crujir.

    Es verdad, fue hace tiempo, cuando todo empezaba,
    cuando el mundo tenía la dimensión de un hombre,
    y yo estaba segura de que un día mi padre volvería
    y mientras él cantaba ante su caballete
    se quedarían quietos los barcos en el puerto
    y la luna saldría con su cara de nata.

    Pero no volvió nunca.
    Sólo quedan sus cuadros,
    sus paisajes, sus barcas,
    la luz mediterránea que había en sus pinceles
    y una niña que espera en un muelle lejano
    y una mujer que sabe que los muertos no mueren.


    FRANCISCA AGUIRRE, En voz alta. Las poetas de las generaciones de los 50 y los 70, Edición de Sharon eefe Ugalde, Hiperión, 2007.


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    Mensaje por Amalia Lateano Sáb 16 Mar 2024, 20:21

    ...Pero no volvió nunca.
    Sólo quedan sus cuadros,
    sus paisajes, sus barcas,
    la luz mediterránea que había en sus pinceles
    y una niña que espera en un muelle lejano
    y una mujer que sabe que los muertos no mueren."
    Gracias por traer a esta Gran escritora
    así pude recordar sus Poemas!!!

    Un beso Maestro
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    Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 17 Mar 2024, 07:10

    Gracias a ti, Amalia, por tus palabras. Tuve la fortuna de escuchar recitar a Francisca Aguirre en persona, en la biblioteca Merce Rodoreda de Barcelona.

    Un abrazo.
    Pedro


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