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El poema en prosa

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Pedro Casas Serra
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El poema en prosa

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 14 Dic 2014, 18:30

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El poema en prosa


El poema en prosa (llamado también poema en línea), puede usar todos los recursos poéticos exepto los versales: metro y rima. Se distingue de la prosa poética en su menor longitud y en que ésta -la prosa poética- generalmente es parte de una obra mayor de tipo narrativo. El poema en prosa tiene su justificación en la libertad creativa imperante en poesía a partir del siglo XIX. El poema en prosa puede ofrecer puntos de contacto con la minificción (llamada también minicuento).



***



Sacado de: http://es.wikipedia.org/wiki/Poema_en_prosa


La poesía en prosa es una forma de texto híbrido que no es ni relato ni poema en el sentido tradicional, lo que complica su definición. Se considera, sin embargo, que constituye una unidad. Las fuentes principales de confusión parecen ser:

1. la identificación de este género con la forma del verso libre, ver Walt Whitman;

2. la identificación de este género con el género lírico antiguo (en tanto diferente del drama y la epopeya), ver Hölderlin y Novalis;

3. la identificación de este género con la traducción o transcripción de obras del folklor o arcaicas (v.g. porciones de la Biblia, pseudo Ossian) que a los ojos del lector participan de la fuerza evocativa y pintoresco del lenguaje poético, ver Macpherson y Christian Andersen;

4. la identificación de este género con el regreso a los temas de la cotidianidad en poesía y a su léxico, ver Heine y Baudelaire.

El poema en prosa tiene su origen en la prosa poética. La prosa poética sigue empero siendo prosa, un recurso suplementario del novelista o una marca de estilo, sin conformar por ello un poema.

Origen

1. El romanticismo, la poesía y el ciclo de Ossian

En los alrededores de 1800, en pleno romanticismo, se percibe una propensión progresiva de los autores hacia la estética de lo absoluto (estética de lo sublime a partir de objetos visibles cuyas propiedades participan de la demasía, de lo infinito o sin límites). Esta tendencia vuelve a despertar el interés por la poesí como más afín a estos objetos, en abierta oposición al siglo de las luces que la consideraba un mero vehículo. Aunque la forma de los poemas se hace más libre, la constricción del verso a las reglas del ritmo y de la métrica choca algunos temperamentos. Chateaubriand, por ejemplo, prefiere escribir una epopeya en prosa poética Los mártires (1809) a aventurarse en la forma todavía rígida de la poesía.

La supuesta traducción en prosa por James Macpherson de la epopeya de Fingal, iniciada en 1761 y recopilada un año después con la anexión de nuevos versos en Las obras de Ossian, será determinante para una primera aceptación de la estética formal de este género. Se trata de una obra extremadamente popular en todo el ámbito occidental de la época, porciones de la cual serán traducidas al alemán por Goethe en Werthwe, al tiempo que es también la obra preferida de Napoleón o Walter Scott. La posibilidad abierta del poema en prosa, no tarda en ser puesta en práctica, aunque se siga respaldando en la justificación de la traducción de poemas extranjeros o antiguos, tal como Canciones malgaches de Évariste Parny (Chansons Madécasses, 1787) o La Guzla de Merimée (1827) en francés.

Poco a poco el género se concretiza y asume: Maurice de Guérin con El Centauro (escrito 1837, publicado 1840) y La bacante (publicada hasta 1862); mientras en 1838, Xavier Forneret publica una recopilación con el título significativo de Vapores, ni verso ni prosa (Vapeurs, ni vers ni prose); finalmente Jules Lefèvre-Deumier con El libro del viandante (Livre du promeneur, 1854)

2. Aloysius Bertrand

Es en este contexto que se publica en 1842, Gaspar de la noche. Fantasías a la manera de Rembrandt y de Callot, la obra póstuma de Aloysius Bertrand, fallecido el año anterior de una recaída tuberculosa en el hospital, en una época en que sólo los desposeidos se morían en el hospital (cama nº 26 de la Sala San Agustín del hospital Necker) y considerado el libro fundador del poema en prosa en Francia. Aloysius Bertrand utiliza la forma de la balada medieval para evocar escenas oníricas o fantásticas en prosa, privilegiando las impresiones al relato. Es a este autor al que se considera el verdadero iniciador del género, aunque algunos críticos del siglo XIX dieran la preferencia a Maurice de Guérin.

Baudelaire y la consagración del género

Caído en el olvido, será Baudelaire quién redescubra el libro de Bertrand, del que se inspira para su colección de Pequeños poemas en prosa, mejor conocido por su subtítulo de Spleen en París, título que pasa a consagrar el nuevo género. En la carta de 1862 a su editor Arsène Houssaye y que sirve de prefacio a la publicación póstuma de 1869, Baudelaire explica que la prosa es más apta a transcribir la sensibilidad moderna, sobre todo aquella de la ciudad, que deviene uno de los temas predilectos del poema en prosa:

"Tengo una confesión qué hacer. Y es que fue hojeando, por la veinteava vez al menos, el famoso Gaspar de la noche de Aloysius Bertrand (un libro conocido de usted, de mí y de algunos amigos, ¿no tendría el derecho a ser llamado famoso?) que me vino la idea intentar algo análogo, aplicando a la descripción de la vida moderna, o mejor dicho, de una vida moderna abstracta, el proceder que él aplicó a la pintura de la vida antigua, tan extrañamente pintoresca".

Tras sus Pequeños poemas en prosa, las recopilaciones en este género se multiplican. Mallarmé contribuye, al igual que el Rimbaud de las Iluminaciones, Tristan Corbièrfe o Charles Cros, entre otros. No cabe duda que este género preparó el terreno para la emergencia del verso libre.

La poesía en prosa es un género difícil de delimitar que se presenta con frecuencia como un relato breve, del que se distingue de inmediato por un lenguaje evocador en imágenes y sonoridades, la transmisión de impresiones fuertes y la ausencia de un personaje bien definido. No obstante, siempre hay la posibilidad de obras inclasificables, habiendo quien considera que Una estación en infierno de Rimbaud, es más un testimonio que un poema. En este sentido, a finales del segundo imperio, el conde de Lautréamont publicó los Cantos de Maldoror (1869), en dónde se mezclan auténticos poemas en prosa (que constituyen una unidad en sí mismos), fragmentos de novela, descripción de sueños y obsesiones, unificados por el personaje de Maldoror.



***



Sacado de:  http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/un-genero-monstruoso


“Un género monstruoso” por Gonzalo Valle (extracto):


El poema en prosa fue, en muchos casos, incomprendido. Rechazado como poema, marginado por su carácter libre, apuesta decididamente a un rasgo auténticamente moderno: la individualidad. Nacido del mestizaje busca, sin embargo, su autonomía e intenta construir un espacio de leyes propias donde poder situarse y desde el cual erigirse.

Tradicionalmente relacionado con el cuento, por el uso de recursos narrativos, argumentales y de personajes, no sería descabellado vincularlo también con un género en apariencia distante: el ensayo, "género centáurico", según Alfonso Reyes, es decir, también monstruoso. El ensayo intenta un puente, una vía libre entre dos orillas paralelas. Entre la ciencia y el arte (el binomio es de Reyes), el ensayo echa un puente fascinante y riesgoso. La lectura de un ensayo (de un auténtico ensayo) trae aparejada la pregunta: "¿Esto es un cuento, una monografía, un artículo, un relato?" Es decir, su lectura corre paralelamente a su pesquisa genérica. El poema en prosa comparte estas hibridaciones y quiere hacer poesía prescindiendo del verso, de cierta música del verso, e incorpora la prosa sin entregarse totalmente a lo narrativo o discursivo. Su indefinición inherente coloca al lector en el lugar de la incertidumbre, y lo obliga a prescindir de todo molde y de todo paradigma.

Por otra parte, mientras el ensayo crea para sí un nombre propio o prestado, "ensayo", el poema en prosa sólo intenta su denominación a partir de dos nombres ajenos. Sería absurdo pensar en denominaciones similares para el ensayo: ¿arte en ciencia?, ¿ciencia en arte?, ¿rigor en ritmo?, ¿arte en prosa? Según el drae la preposición en es una preposición de lugar, tiempo o modo. A saber, "Ifigenia en Áulide", "Espérame en abril" o "calamares en su tinta". Así, poema en prosa no corresponde a un nombre propio sino a una descripción, un concepto. ¿Por qué no llamarlo linterna o puñal o rizoma, o inventarle una palabra que lo nombre y singularice?

Y es que el poema en prosa parece necesitar una advertencia, un cartel que anuncie al lector: "Lo que Ud. va a leer a continuación son poemas, pero están escritos en prosa". El escritor de estos textos defiende, ante todo, la categoría prestigiosa de "poema", y enfurece cuando el lector no percibe ese tono. Primero fue reconocer al poema en [prosa su identidad como poema, pero hoy parece necesario reconocer su identidad literaria singular, su auténtica diferencia. Porque el poema en prosa se ofrece como un texto distinto, indefinido, pero su lectura se nos da bajo una orientación determinada. Por un lado se abre a lo desconocido, por otro, teme a los equívocos.

Pero nada de esto es un reproche. Todo lo contrario. Las contradicciones profundas del poema en prosa, su falta, incluso, de denominación propia, le otorgan un ámbito próximo y entrañable. Nace de la duda, pero busca su afirmación. Se arroja al mestizaje, pero clama una identidad. Esta incertidumbre se hace trágica tanto para el texto como para el autor (también para el lector), y coloca a esta forma de escritura en una posición decididamente moderna, en diálogo directo con el mundo repleto de interrogantes en que vivimos.

Casi tan moderno como la fotografía y el cine (contará con poco más de 150 años), el poema en prosa sigue buscando, más allá de los especialistas, un espacio de entendimiento y aceptación públicos, una vinculación más estrecha con sus lectores que no pase por la fatigosa exégesis de su identificación genérica, sino que sea degustado con la misma fruición del verso o del cuento. No en balde Charles Baudelaire lo consideraba la mejor forma para "ceñirse a los movimientos líricos del
alma, a las ondulaciones del ensueño, a los sobresaltos de la conciencia".



***



Otros artículos de interés sobre este tema:

“Poema en prosa vs. minificción: concepciones genéricas y críticas”, por Fredy Yezzed López (colombiano):  http://148.206.107.15/biblioteca_digital/articulos/10-271-4283xaj.PDF


(continuará)


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Última edición por Pedro Casas Serra el Miér 17 Dic 2014, 05:25, editado 1 vez


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Re: El poema en prosa

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 16 Dic 2014, 08:29

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EL POEMA EN PROSA EN ESPAÑA:



LA LUNA (Diario de un poeta recién casado, 1917) - Juan Ramón Jiménez (1881-1958)

Broadway. La tarde. Anuncios mareantes de colorines sobre el cielo. Constelaciones nuevas; El Cerdo, que baila, verde todo, saludando con su sombrerito de paja, a derecha e izquierda. La Botella, que despide, en muda detonación, su corcho colorado, contra un sol con boca y ojos. La Pantorrilla eléctrica, que baila sola y loca, como el rabo separado de una salamanquesa. El Escocés, que enseña y esconde su whisky con reflejos blancos. La Fuente, de aguas malvas y naranjas, por cuyo chorro pasan, como en una culebra, prominencias y valles ondulantes de sol y luto, eslabones de oro y hierro (que trenza un chorro de luz y otro de sombra...). El Libro, que ilumina y apaga las imbecilidades sucesivas de su dueño. El Navío que, a cada instante, al encenderse, parte cabeceando, hacia su misma cárcel, para encallar al instante en la sombra... Y...

-¡La luna!- ¿A ver? -Ahí, mírala, entre esas dos casas altas, sobre el río, sobre la octava, baja, roja, ¿no la ves...? -Deja, ¿a ver? No... ¿Es la luna, o es un anuncio de la luna?"



LA PUERTA, PRESTA A ABRIRSE... (Pasión de la tierra, 1935) – Vicente Aleixandre (1898-1984)

La puerta, presta a abrirse, se teñía de amarillo lóbrego lamentándose de su torpeza. Dónde encontrarte, oh sentido de la vida, si ya no hay tiempo. Todos los seres esperaban la voz de Jehová refulgente de metal blanco. Los amantes se besaban sobre los nombres. Los pañuelos eran narcóticos y restañaban la carne exangüe. Las siete y diez. La puerta volaba sin plumas y el ángel del Señor anunció a María. Puede pasar el primero.



EL MAGNOLIO (Ocnos, 1942-1963) - Luis Cernuda (1902-1963)

Se entraba a la calle por un arco. Era estrecha, tanto que quien iba por en medio de ella, al extender a los lados sus brazos, podía tocar ambos muros. Luego, tras una cancela, iba sesgada a perderse en el dédalo de otras callejas y plazoletas que componían aquel barrio antiguo. Al fondo de la calle sólo había una puertecilla siempre cerrada, y parecía como si la única salida fuera por encima de las casas, hacia el cielo de un ardiente azul.

En un recodo de la calle estaba el balcón, al que se podía trepar, sin esfuerzo casi, desde el suelo; y al lado suyo, sobre las tapias del jardín, brotaba cubriéndolo todo con sus ramas el inmenso magnolio. Entre las hojas brillantes y agudas se posaban en primavera, con ese sutil misterio de lo virgen, los copos nevados de sus flores.

Aquel magnolio fue siempre para mí algo más que una hermosa realidad: en él se cifraba la imagen de la vida. Aunque a veces la deseara de otro modo, más libre, más en la corriente de los seres y de las cosas, yo sabía que era precisamente aquel apartado vivir del árbol, aquel florecer sin testigos, quienes daban a la hermosura tan alta calidad. Su propio ardor lo consumía, y brotaba en la soledad unas puras flores, como sacrificio inaceptado ante el altar de un dios.



MUSEO DEL PRADO (Historias fingidas y verdaderas, 1970) – Blas de Otero (1916-1979)

La mano en el pecho del Caballero. La camisa de los Fusilamientos. Dos cosas difíciles de soportar sin dar un grito. El grito de libertad que iza los brazos, o el grito de la lechuza que cruza la noche.
Ritmo preciso de Las Hilanderas. Luz casi humana. El pañizuelo, el brazo cercano, la espalda apenas. No hay grito que valga, ni silencio que colme.
Podré acercarme al Greco; conversar con Goya; estar, sólo con Velázquez.



ESCRIBIR ES COMO LA SEGREGACIÓN DE LAS RESINAS... (Mandorla, 1980-1982) - José Ángel Valente (1929-2000)

Escribir es como la segregación de las resinas; no es un acto, sino lenta formación natural. Musgo, humedad, arcillas, limo, fenómenos de fondo, y no de sueño o de los sueños, sino de los barros oscuros donde las figuras de los sueños fermentan. Escribir no es hacer, sino aposentarse, estar.




EL POEMA EN PROSA EN HISPANOAMÉRICA:



NATURALEZA MUERTA (Azul, 1888) - Rubén Darío (nicaragüense, 1867-1916)

He visto ayer por una ventana un tiesto lleno de lilas y de rosas pálidas, sobre un trípode. Por fondo tenía uno de esos cortinajes amarillos y opulentos, que hacen pensar en los mantos de los príncipes orientales. Las lilas recién cortadas resaltaban con su lindo color apacible, junto a los pétalos esponjados de las rosas té.

Junto al tiesto, en una copa de laca ornada con ibis de oro incrustados, incitaban a la gula manzanas frescas, medio coloradas, con la pelusilla de la fruta nueva y la sabrosa carne hinchada que toca el deseo; peras doradas y apetitosas, que daban indicios de ser todas jugo y como esperando el cuchillo de plata que debía rebanar la pulpa almibarada; y un ramillete de uvas negras, hasta con el polvillo ceniciento de los racimos acabados de arrancar de las viñas.

Acerqueme, vilo de cerca todo. Las lilas y las rosas eran de cera, las manzanas y las peras de mármol pintado y las uvas de cristal.

¡Naturaleza muerta!



EL RETRATO (Las formas del fuego) - José Antonio Ramos Sucre (venezolano, 1890-1930)

Yo trazaba en la pared la figura de los animales decorativos y fabulosos, inspirándome en un libro de caballería y en las estampas de un artista samurai.
Un biombo, originario del Extremo Oriente, ostentaba la imagen de la grulla posada sobre la tortuga.
El biombo y un ramo de flores azules me habían sido regalados en la casa de las cortesanas, alhajada de muebles de laca. Mi favorita se colgaba afectuosamente de mi brazo, diciéndome palabras mimosas en su idioma infranqueable. Se había pintado, con un pincel diminuto, unas cejas delgadas y largas, por donde resaltaba la tersura de nieve de su epidermis. Me mostró en ese momento un estilete guardado entre su cabellera y destinado para su muerte voluntaria en la víspera de la vejez. Sus compañeras reposaban sobre unos tapices y se referían alternativamente consejas y presagios, diciéndose cautivas de la fatalidad. Fumaban en pipas de plata y de porcelana o pulsaban el laúd con ademán indiferente.
Yo sigo pintando las fieras mitológicas y paso repentinamente a dibujar los rasgos de una máscara sollozante. La fisonomía de la cortesana inolvidable, tal como debió de ser el día de su sacrificio, aparece gradualmente por obra de mi pincel involuntario.



A LAS CHICAS DE FLORES (Veinte poemas para ser leídos en el tranvía, 1920) – Oliverio Girondo (argentino, 1891-1967)

Las chicas de Flores, tienen los ojos dulces, como las almendras azucaradas de la Confitería del Molino, y usan moños de seda que les liban las nalgas en un aleteo de mariposa.

Las chicas de Flores, se pasean tomadas de los brazos, para transmitirse sus estremecimientos, y si alguien las mira en las pupilas, aprietan las piernas, de miedo de que el sexo se les caiga en la vereda.

Al atardecer, todas ellas cuelgan sus pechos sin madurar del ramaje de hierro de los balcones, para que sus vestidos se empurpuren al sentirlas desnudas, y de noche, a remolque de sus mamás –empavesadas como fragatas- van a pasearse por la plaza, para que los hombres les eyaculen palabras al oído, y sus pezones fosforescentes se enciendan y se apaguen como luciérnagas.

Las chicas de Flores, viven en la angustia de que las nalgas se les pudran, como manzanas que se han dejado pasar, y el deseo de los hombres las sofoca tanto, que a veces quisieran desembarazarse de él como de un corsé, ya que no tiene el coraje de cortarse el cuerpo a pedacitos y arrojárselo, a todos los que les pasan la vereda.



LA VIOLENCIA DE LAS HORAS (Poemas en prosa, 1923-1929) – César Vallejo (peruano, 1892-1938)

Todos han muerto.
Murió doña Antonia, la ronca, que hacía pan barato en el burgo.
Murió el cura Santiago, a quien placía le saludasen los jóvenes y las mozas, respondiéndoles a todos, indistintamente: "Buenos días, José! Buenos días, María!"
Murió aquella joven rubia, Carlota, dejando un hijito de meses, que luego también murió a los ocho días de la madre.
Murió mi tía Albina, que solía cantar tiempos y modos de heredad, en tanto cosía en los corredores, para Isidora, la criada de oficio, la honrosísima mujer.
Murió un viejo tuerto, su nombre no recuerdo, pero dormía al sol de la mañana, sentado ante la puerta del hojalatero de la esquina.
Murió Rayo, el perro de mi altura, herido de un balazo de no se sabe quién.
Murió Lucas, mi cuñado en la paz de las cinturas, de quien me acuerdo cuando llueve y no hay nadie en mi experiencia.
Murió en mi revólver mi madre, en mi puño mi hermana y mi hermano en mi víscera sangrienta, los tres ligados por un género triste de tristeza, en el mes de agosto de años sucesivos.
Murió el músico Méndez, alto y muy borracho, que solfeaba en su clarinete tocatas melancólicas, a cuyo articulado se dormían las gallinas de mi barrio, mucho antes de que el sol se fuese.
Murió mi eternidad y estoy velándola.



SOLEDAD -Álvaro Mutis (colombiano, 1923-2013)

En mitad de la selva, en la más oscura noche de los grandes árboles, rodeado del húmedo silencio esparcido por las vastas hojas del banano silvestre, conoció el Gaviero el miedo de sus miserias más secretas, el pavor de un gran vacío que le acechaba tras sus años llenos de historias y de paisajes. Toda la noche permaneció el Gaviero en dolorosa vigilia, esperando, temiendo el derrumbe de su ser, su naufragio en las girantes aguas de la demencia. De estas amargas horas de insomnio le quedó al Gaviero una secreta herida de la que manaba en ocasiones la tenue linfa de un miedo secreto e innombrable. La algarabía de las cacatúas que cruzaban en bandadas la rosada extensión del alba, lo devolvió al mundo de sus semejantes y tornó a poner en sus manos las usuales herramientas del hombre. Ni el amor, ni la desdicha, ni la esperanza, ni la ira volvieron a ser los mismos para él después de su aterradora vigilia en la mojada y nocturna soledad de la selva.



LLEGA UN DÍA EN QUE LA POESÍA SE HACE SIN LENGUAJE... - Alejandra Pizarnik (argentina, 1936-1972)

Llega un día en que la poesía se hace sin lenguaje, día en que se convocan los grandes y pequeños deseos diseminados en los versos, reunidos de súbito en dos ojos, los mismos que tanto alababa en la frenética ausencia de la página en blanco.





EL POEMA EN PROSA EN EL MUNDO:



EMBRIAGAOS (El spleen de París, Los pequeños poemas en prosa, 1862) – Charles Baudelaire (1821-1867)

Hay que estar siempre borracho. Todo consiste en eso: es la única cuestión. Para no sentir la carga horrible del Tiempo, que os rompe los hombros y os inclina hacia el suelo, tenéis que embriagaros sin tregua.
Pero ¿de qué? De vino, de poesía o de virtud, de lo que queráis. Pero embriagaos.
Y si alguna vez, en las gradas de un palacio, sobre la hierba verde de un foso, en la tristona soledad de vuestro cuarto, os despertáis, disminuida ya o disipada la embriaguez, preguntad al viento, a la ola, a la estrella, al ave, al reloj, a todo lo que huye, a todo lo que gime, a todo lo que rueda, a todo lo que canta, a todo lo que habla, preguntadle la hora que es; y el viento, la ola, la estrella, el ave, el reloj, os contestarán: «¡Es hora de emborracharse! Para no ser esclavos y mártires del Tiempo, embriagaos, embriagaos sin cesar. De vino, de poesía o de virtud; de lo que queráis.»



MALA FAMA (La luna nueva, 1920) - Rabindranath Tagore (1861-1941)

¿Por qué lloras, hijo mío? ¡Qué malos son, pues siempre te regañan sin motivo! Mientras escribías, te has manchado de tinta la cara y las manos; ¿por esto te han llamado sucio? ¡Cómo se atreven! ¿Se les ocurrirá decir que la luna nueva es sucia porque tiene la cara negra de tinta? Te acusan por cualquier tontería, hijo mío; siempre están dispuestos a meter ruido por nada.
Jugando te rompiste tu vestido: ¿por esto te llaman destrozón? ¡Cómo se atreven! ¿Qué dirían de la mañana de otoño que sonríe a través de las nubes rasgadas? No te preocupen sus regañinas, hijo mío, ni la perfecta y minuciosa cuenta que llevan de tus faltas.

Todos sabemos que te gustan los dulces. ¿Y por esto te llaman goloso? ¡Cómo se atreven! Pues, ¿qué nombre nos darán a los que encontramos tanto gusto en besarte?




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