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"Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

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Pedro Casas Serra
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"Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 15 Jul 2014, 14:31

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CARTAS A UN JOVEN POETA, por RAINER MARIA RILKE

(en versión española de Elena Cortada de la Rosa)


Carta I

Paris, 17 de febrero de 1903.

Estimado señor:

Hace unos días que su carta llegó. Me gustaría darle gracias por su confianza amplia y amable. Apenas puedo hacer más. No puedo avenirme a considerar la manera de sus versos, pues todo intento de crítica está muy lejos de mí. Nada es tan ineficaz como abordar una obra de arte con las palabras de la crítica: de ello siempre resultan equívocos más o menos felices. Las cosas no son tan fáciles y descriptibles como se nos quiere hacer creer en la mayoría de casos. Muchos son los acontecimientos que no tienen una explicación; se consuman en un ámbito en el que jamás ha penetrado la palabra, y más indecibles que todo son las obras de arte, existencias misteriosas cuya vida perdura, al contrario de la nuestra, que es pasajera.

Hecha esta advertencia, sólo puedo agregar que sus versos no tienen forma propia, pero sí lentos y recatados gérmenes de personalidad. Lo noto sobre todo en la última poesía: “Mi alma”. En ella algo que es peculiar de usted quiere hallar letra y música. Y en la hermosa poesía “A Leopardi” se acentúa, al parecer, una especie de afinidad con este grande, este solitario. No obstante, las poesías nada son aún por sí mismas; no son independientes; tampoco la última ni la “A Leopardi”. La amable carta que las acompañó no deja de aclararme algunos defectos que percibí al leer sus versos; no puedo, con todo, decir cuáles son exactamente.

Quiere saber usted si sus versos son buenos. Me lo pregunta a mí. Antes se lo ha preguntado a otros. Los compara con otras poesías, y se inquieta cuando ciertas redacciones rechazan sus ensayos. Ahora (ya que usted me ha permitido aconsejarle), le pido que abandone todo eso. Usted mira hacia fuera, y esto es, precisamente, lo que no debe hacer. Nadie le puede aconsejar ni ayudar; nadie. Solamente hay un medio: vuelva usted sobre si mismo. Indague sobre la causa que le impulsa a escribir; examine si ella extiende sus raíces en lo más profundo de su corazón. Confiese si no le sería preciso morir en el supuesto que escribir le estuviera prohibido. Esto sobre todo: pregúntese en el momento más tranquilo de su noche: “¿tengo que escribir?”. Ahonde en sí mismo hacia una profunda respuesta; y si resulta afirmativa, si puede afrontar tan seria pregunta con un fuerte y sencillo “tengo que hacerlo” construya entonces su vida según esta necesidad; su vida tiene que ser, hasta en su hora más indiferente e insignificante, un signo y testimonio de este impulso. Después acérquese a la naturaleza. Entonces trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde. No escriba poesías de amor; sobre todo evite las formas demasiado corrientes y socorridas; son las más difíciles, pues es necesario una fuerza grande y madura para dar algo propio donde se presentan en cantidad buenas y, en parte, brillantes tradiciones. Por eso, sálvese de los motivos generales yendo hacia aquellos que su propia vida cotidiana le ofrece; diga sus tristezas y deseos, los pensamientos que pasan y su fe en alguna forma de belleza. Diga todo eso con la más honda, tranquila y humilde sinceridad, y exprésese con nombres de cosas que tiene usted a su alrededor, las imágenes de sus ensueños y los temas de su recuerdo. Si su vida cotidiana le parece pobre, no la culpe, usted es el responsable; dígase que no es lo bastante poeta para suscitar sus riquezas. Para los creadores no hay pobreza ni lugar pobre, indiferente. Y aun cuando usted estuviese en una prisión cuyas paredes no dejasen llegar hasta sus sentidos ninguno de los rumores del mundo, ¿no le quedaría siempre su infancia, esa riqueza preciosa, imperial, esa arca de los recuerdos? Vuelva usted a ella su atención. Procure hacer emerger las hundidas sensaciones de aquel vasto pasado: su personalidad se afirmará, su soledad se agrandará y convertirá en un retiro crepuscular ante el cual pase, lejano, el estrépito de los otros. Y si de esta vuelta a lo interior, si de este descenso, al mundo propio surgen versos, no pensará en preguntar a nadie si los versos son buenos. Tampoco tratará de que las revistas se interesen por tales trabajos, pues verá en ellos su preciada posesión natural, un trozo y una voz de su vida. Una obra de arte es buena cuando ha sido creada de forma necesaria. Por su necesidad y utilidad se entiende su juicio: no hay ningún otro. He aquí por qué, estimado señor, no he sabido darle otro consejo que éste; volver sobre sí mismo y sondear las posibilidades de donde proviene su vida; en su fuente encontrará la respuesta a la pregunta si debe crear. Admítala como suene, sin utilizarla. Acaso resulte que usted sea llamado a devenir artista. Entonces tome usted sobre sí esa suerte y llévela, con su pesadumbre y su grandeza, sin preguntar jamás por la recompensa que pudiera llegar de fuera. Pues el creador tiene que ser un mundo para sí, y hallar todo en su interior y en la naturaleza, de la que usted forma parte.

Mas, ahora, después de este descenso a su mundo y a sus soledades, debería usted renunciar a ser poeta (basta sentir, como queda dicho que se podría vivir sin escribir, para no permitírselo en absoluto). Aun así, este recogimiento que le encarezco no habrá sido vano. En todo caso a partir de entonces, su vida encontrará sus propios caminos; y que sean buenos, ricos y amplios, es lo que le deseo más de lo que puedo expresar con palabras.

¿Qué podría decirle más? Me parece haber mencionado los puntos realmente importantes. En resumen, sólo he querido aconsejarle que adelante tranquila y seriamente en su evolución; la perturbará profundamente si mira a lo exterior o si de éste espera respuestas a preguntas que sólo su íntimo sentimiento, en el momento preciso, acaso pueda responder.

Me alegre muchísimo al ver que usted menciona en su carta al profesor Horacek; guardo a ese amable sabio una gran veneración  y un agradecimiento que dura a través deltiempo. ¿Quiere usted, por favor, hacerle llegar mi más sincera veneración? Sería mucha bondad por su parte que aún me recordara, y yo lo valoraría muchísimo.

Le adjunto a usted los versos que amablemente me confió. Y una vez más le doy las gracias por la cordialidad y la grandeza de su confianza, de la que he tratado de hacerme un poco má digno de lo que en realidad soy -por mi condición de extraño a usted- mediante esta sincera respuesta, dada según mi más humilde saber.

Cordialmente.

Rainer Maria Rilke*



* (Praga, 1875 - Valmont, 1926) Escritor checo en lengua alemana. Fue el poeta en lengua alemana más relevante e influyente de la primera mitad del siglo XX; amplió los límites de expresión de la lírica y extendió su influencia a toda la poesía europea.

Después de abandonar la Academia Militar de Mährisch-Weiskirchen, ingresó en la Escuela de Comercio de Linz y posteriormente estudió historia del arte e historia de la literatura en Praga. Residió en Munich, donde en 1897 conoció a Lou Andreas-Salomé, quince años mayor que él, y que tuvo una influencia decisiva en su pasaje a la madurez. Decidido a no ejercer ningún oficio y a dedicarse plenamente a la literatura, emprendió numerosos viajes. Visitó Italia y Rusia (en compañía de L. Andreas-Salomé), conoció a L. Tolstoi y entró en contacto con la mística ortodoxa.

En 1900 se instaló en Worpswede y un año después contrajo matrimonio con la escultora Clara Westhoff, con la que tuvo a su única hija, Ruth, y a cuyo lado escribió las tres partes del Libro de horas. Tras su separación, se instaló en París donde durante ocho meses trabajó como secretario privado de Rodin. Allí compuso Canto de amor y muerte del alférez Cristobal Rilke, y posteriormente Los cuadernos de Malte Laurids Brigge. Aquejado por una crisis interior empezó de nuevo a viajar mucho, a África del Norte (1910-1911) y a España (1912-1913). En 1911 y 1912, invitado por la princesa Marie von Thurn und Taxis, residió en el castillo de Duino (Trieste), escenario en el que surgieron las que denominó precisamente Elegías de Duino.

Durante la Primera Guerra Mundial vivió la mayor parte del tiempo en Munich. En 1916 fue movilizado y tuvo que incorporarse al ejército en Viena, pero pronto fue licenciado por motivos de salud. De esos años es la intensa relación amorosa con la polaca Baladine Klossowska, madre de P. Klossowski y del pintor Balthus, presuntos hijos naturales nunca reconocidos por el poeta. Tras la guerra residió en Suiza y en 1922 vivió en el castillo de Muzot, donde finalizó las Elegías. Murió de leucemia, tras una larga y dolorosa agonía, en el sanatorio suizo de Valmont.

Los cuadernos de Malte Laurids Brigge (1910), la única novela de Rilke, fue escrita a modo de diario y describe con la agudeza de un diagnóstico los contrastes sociales en París, la pobreza y la destrucción. La gran urbe provoca a Malte, el último descendiente de una gran familia danesa, el miedo absoluto. Enfermedad y finitud son en esta obra temas recurrentes. A la muerte deshumanizada y masificada, típica de la gran ciudad, Rilke opone la muerte individual y propia, que está representada por el recuerdo de un antepasado de Malte. Las evocaciones de infancia tienen un carácter redentor, igual que el tema del amor que, junto al de la muerte, constituye el otro gran tema del libro. El amor no correspondido, que perdura como deseo, deja abierto el final de la novela que desemboca en una reelaboración de la parábola del hijo pródigo.

Estas mismas cuestiones reaparecen en su obra lírica Libro de horas (1905) formada por los títulos Libro primero, el libro de la vida monástica; Libro segundo, el libro de la peregrinación; Libro tercero, el libro de la pobreza y de la muerte que remite a las antologías medievales de plegarias privadas. La forma artística de la plegaria le sirve para abandonar la lírica de sentimientos propia de Canto de amor y muerte del alférez Cristóbal Rilke y experimentar con imágenes nuevas que, mediante traslaciones sensuales y visuales, amplían las fronteras del lenguaje.

En el Libro de las imágenes (1902-1906) se aprecia una tendencia hacia la objetualización de las imágenes evocadas y hacia la observación detallada. Sin embargo, esta precisión no va en detrimento de la dimensión universal y parabólica del momento captado. Pero el giro decisivo hacia lo objetual se produce con la colección publicada con el título Nuevos poemas (1907-1908). Domina aquí la perspectiva observadora del "poema-cosa" y Rilke deja de hablar de la obra de arte para hacerlo de la "cosa de arte", que ha de existir por sí misma, distanciada y liberada del "yo" subjetivo del autor. La poesía ya no es una confesión y se convierte en un objeto que remite sólo a sí mismo.
Esta nueva orientación de la poesía rilkeana se debe, en gran parte, al descubrimiento de la obra de Rodin, pues, para el poeta, el escultor francés significaba la alternativa a los excesos intimistas del arte. Siguiendo el modelo de Rodin, proclamará como divisa de su poetizar el "convertir la angustia en cosas" o lo que es lo mismo: el mundo interior se exterioriza a través de los objetos.

Sus dos últimas obras, las Elegías de Duino (1923) y los Sonetos a Orfeo (1923) suponen otro cambio radical en su concepción poética. Se apartan tanto de la inicial lírica de sentimientos como de la objetualidad de los "poemas-cosa" posteriores. Tampoco parece que sea posible transformar la angustia en cosas. Tras una larga etapa de crisis en la que el escritor incluso se plantea la posibilidad de dejar la poesía, publica unos poemas de cariz existencial que son una interpretación de la existencia humana. Las Elegías de Duino buscan la definición del ser humano y su lugar en el universo, así como la misión del poeta que en esta obra desarrolla un mundo cerrado en sí mismo de imágenes y símbolos, cargados de recuerdos y de referencias autobiográficas. Utiliza el ritmo dactílico de la tradición elegíaca alemana, tal como lo habían empleado Goethe y Hölderlin.

El ciclo de las Elegías, una de las obras más herméticas de la literatura alemana del siglo XX, parte de la lamentación para arribar hasta la dicha. Se inicia con la experiencia del ángel terrible separado del hombre por un abismo para llegar a la posibilidad del acercamiento humano a lo angélico. Es el poeta quien lleva al mundo angélico, liberándonos así del mundo interpretado. Pero para ello es preciso recorrer un largo camino en el que son claves los moribundos, los animales, los amantes y los niños. Todos ellos parecen figuras capaces de sustraerse al mundo cerrado del hombre, orientado hacia la muerte.

El júbilo final de las dos últimas elegías muestra una nueva vida que consigue crear un ámbito común con la muerte, una alegría que se funde con el dolor. Los Sonetos a Orfeo, aunque formalmente son más abiertos y variados que las Elegías, están temáticamente ligados a éstas. También aquí la determinación de la existencia humana lleva a los límites de lo que es posible expresar en palabras. En ellos están presentes imágenes, simbolismos, recuerdos y elementos autobiográficos que remiten a las Elegías, y no en vano fueron definidos por el poeta como un "regalo adicional" surgido "simultáneamente con el impulso de los grandes poemas".


Sacado de: http://www.biografiasyvidas.com/biografia/r/rilke.htm


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 16 Jul 2014, 12:57

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Carta II

Viareggio (Italia), 15 de abril de 1903

Ruego me perdone, muy estimado señor, que sólo hoy recuerde, y con reconocimiento, su carta del 20 de febrero. He estado durante todo este tiempo algo flojo; no enfermo, precisamente, sino deprimido por un cansancio de la gripe que me dejó inhábil para todo. Y finalmente, como no se operaba ningún cambio, me trasladé a este sureño mar, cuya acción benéfica ya me restableció una vez. Pero todavía noestoy sano; me cuesta escribir; así pues, espero que estas pocas líneas le cundan bastante.

Por supuesto, ha de saber usted que todas sus cartas siempre me complacen, y tiene que ser indulgente en cuanto a las respuestas, ya que a menudo quedará con las manos vacías; porque en el fondo, y justamente en las cosas más profundas y más importantes, estamos indeciblemente solos, y para que uno pueda aconsejar a otro o, lo que es más, ayudarlo, y para que siquiera una vez se obtenga buen éxito, mucho debe suceder y mucho debe ser logrado, toda una constelación de cosas debe cumplirse.

Esta vez, tan sólo quiero tratar dos cuestiones.

La ironía: No se deje dominar por ella, especialmente en los momentos no creadores. En los creadores, trate de utilizarla como un medio más para comprender la vida. Usada puramente, es también pura. Y no hay que avergonzarse de ella. Si con ella se siente usted demasiado familiarizado; si teme la creciente intimidad con ella, vuelva entonces a los temas grandes y serios; ante éstos se torna pequeña e inerme. Busque lo profundo de las cosas: hasta allí nunca desciende la ironía...; y si usted, así, al borde de lo grande la conduce, comprobará a la vez si esta manera de concebir surge de una necesidad de su ser. Pues por el influjo de las cosas serias o se desprenderá de usted (si es cosa casual) o se fortalecerá (si realmente le es innata) hasta constituir un noble instrumento que se ubicará en la fila de los medios con que usted tendrá que formar su arte.

Y lo segundo que hoy quería contarle, es esto:

De todos mis libros, pocos me son indispensables; pero hay dos que están entre mis cosas donde quiera que me encuentre. Están también aquí, en torno mío: la Biblia y los libros del gran poeta danés Jens Peter Jacobsen. Se me ocurre si conocerá usted sus obras. Podría usted procurárselas fácilmente, pues una parte ha aparecido en “Reclams Universal-Bibliothek”, en una traducción muy buena. Adquiera el tomito “Seis- Relatos de J.P. Jacobsen” y su novela “Niels Lyhne”; y empiece el primer cuento del primer tomo, que se llama “Mogens”. Se le abrirá un nuevo mundo: la felicidad, la riqueza, la inexplicable grandeza de un mundo. Viva usted algún tiempo en estos libros. Aprenda de ellos lo que le parezca digno de ser aprendido; pero, sobre todo, ámelos. Este amor le será retribuido mil y mil veces, y sea cual fuere su vida, él irá, estoy seguro de ello,por el tejido de su existir como uno de los hilos más importantes entre todos los hilos de sus experiencias, tanto positivas como negativas.

Sólo se me ocurren dos nombres a los que agradecer lo que sé sobre la esencia de la creación, sobre su profundidad y eternidad, solamente dos: el de Jacobsen, el grande, gran poeta, y el de Augusto Rodin, el escultor que no tiene igual entre todos los artistas en vida. ¡Y que tengan todo el éxito que se merecen!

Su atento servidor.

Rainer Maria Rilke.


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 17 Jul 2014, 09:30

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Carta V

Roma, 29 de octubre de 1903

Estimadísimo señor:

La carta de usted del día 29 de agosto, la recibí en Florencia, y ahora al cabo de dos meses se la menciono. Perdone mi retraso; pero, cuando estoy de viaje, no se me da bien escribir cartas, porque para hacerlo necesito más que los útiles indispensables: algo de calma y soledad, y un momento algo más idóneo.

Llegué a Roma hace un mes y medio, en esta estación en que todavía era la Roma vacía, ardiente, desacreditada por la fiebre; esta circunstancia y dificultades de instalación concurrieron a que nuestra inquietud no tuviese término y a que lo extraño gravitase sobre nosotros con el peso de la expatriación. A ello hay que agregar que Roma (cuando no se la conoce aún) actúa durante los primeros días como opresora tristeza; por el mortecino y melancólico ambiente de museo que exhala; por la opulencia de sus pasados desenterrados y trabajosamente conservados, de los cuales se nutre un presente mediocre; por el encarecimiento desmesurado, fomentado por sabios y filólogos, y remedado por los habituales visitantes de Italia; de todas estas cosas desfiguradas y estropeadas que, en el fondo, no son más que restos casuales de otro tiempo y de una vida que no es nuestra y que no debe serlo. En resumen, después de semanas de un estar a la defensiva constante, uno vuelve nuevamente a sí mismo, aunque algo conturbado todavía; y uno se dice: no, no hay aquí más belleza que en otra parte cualquiera, y todos estos objetos siempre admirados por las generaciones, restaurados y completados por manos de operarios, nada significan, nada son y tienen alma ni valor. Pero hay aquí mucha belleza; porque en todas partes hay mucha belleza. Aguas infinitamente vívidas vienen a la gran ciudad por los viejos acueductos, y danzan sobre las blancas fuentes de piedra de gran número de plazas, y se extienden en los estanques amplios y espaciosos, y murmuran por el día y elevan su rumor por la noche, que aquí es grande y estrellada, y suave por los vientos. Y hay aquí jardines, alamedas inolvidables y escaleras; escaleras imaginadas por Miguel Ángel, escaleras construidas a semejanza de los saltos de agua, anchas en su caída, donde un peldaño nace de otro como una ola de otra ola. Gracias a tales impresiones, uno se recoge y se recupera del múltiple reclamo que aquí habla y charla (¡y de qué forma tan locuaz!), y se aprende, despacio, a reconocer esas cosas extrañas donde dura algo de lo eterno, que se puede amar, algo de lo solitario, de que uno puede participar, sin necesidad de recurrir a la palabra.

Vivo aún en la ciudad, en el Capitolio, bastante cerca de la estatua más hermosa ecuestre que nos ha sido conservada del arte romano: La de Marco Aurelio. Pero al cabo de algunas semanas me trasladaré a un sitio apacible y sencillo, a un viejo pabellón perdido en el fondo de un gran parque, preservado de la ciudad y de sus ruidos y acechanzas. Allí viviré todo el invierno y me alegraré por el gran silencio del cual espero el regalo de horas buenas y fecundas...

Allí me sentiré más “en mi casa”, y entonces, le escribiré una carta más larga, cuyo tema girará todavía en torno a la de usted. Hoy he de decirle solamente (y acaso esté mal que no lo haya hecho antes), que no ha llegado aquí el libro, con trabajos de usted, anunciado en su carta. ¿Le habrá sido reexpedido, tal vez, desde Worpswedw?, pues no se permite hacer seguir los paquetes al extranjero. Esta eventualidad es la más favorable; me agradaría que se confirmase. Espero que no se trate de una pérdida la cual (sería lamentable) no sería raro si se tratase del correo italiano.

Me habría agradado mucho recibir su libro, así como todo lo que viene de usted. Y los versos compuestos en el intervalo, si usted me los confía, los leeré, releeré y sentiré siempre de la mejor forma posible.

Atentamente.

Rainer María Rilke


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Maria Lua el Jue 17 Jul 2014, 12:32

Gracias, amigo Pedro, por publicar
esas cartas de Rilke...
Las tengo en portugués, desde hace muchos
años... volveré a leerlas ahora
en español...
Otro idioma, otro momento de mi vida...
Besos
Maria Lua


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Te encuentro
tus huellas son tatuajes en mi corazón
intensas e inmensas
como el vino de la pasíón
y la rosa roja del amor
eternas y etereas
como los sortilegios de una Luna Creciente...


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 17 Jul 2014, 12:51

Gracias a ti por tu interés, Maria.

Un abrazo.
Pedro


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 18 Jul 2014, 06:04

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Carta VI

Roma, 23 de diciembre de 1903


Estimadísimo señor Kappus:

He querido escribirle antes de Navidad, pues en estas fechas tan señaladas para todos, usted lleva su soledad peor que nadie. Pero si descubre que ésta es grande, alégrese; pues, ¿qué sentido tiene una soledad, si no es grande? Sólo existe una soledad, y es grande, y no es fácil de llevar; y a casi todos les sobrevienen horas que no trocarían gustosos por alguna comunicación -aún vulgar y anodina- , por la apariencia de un mínimo acuerdo con el primer llegado, con el más indigno... Pero quizá sean estos, precisamente, los momentos en que la soledad crece; pues su crecimiento es doloroso como la muerte de un niño, y triste como el comienzo de las primaveras. Ello no debe confundirlo. Pues esto es lo que es realmente importante: soledad, gran soledad interior. Ir-hacia-sí-mismo, y durante horas no encontrar a nadie; he ahí lo que hay que lograr. Estar solo como lo estaba uno de niño cuando los adultos iban y venían enredados en cosas que si parecían importantes y grandes era porque esos mayores estaban muy atareados y porque no se entendía nada de su hacer.

Y de pronto, un día cuando se descubre que sus ocupaciones son míseras, sus profesiones vacuas, y que ya no están vinculadas con la vida, ¿por qué no seguir como un niño, mirándolas como algo raro, desde el fondo del mundo propio, desde el ámbito de la soledad propia, que es también trabajo y jerarquía y oficio? ¿por qué empeñarse en trocar en huranía y desprecio la sabia incomprensión de un niño, puesto que no comprender es estar solo, y que hurañía y desprecio significan participar en aquello de lo que uno precisamente quiere apartarse a través de estos mecanismos?

Reflexiones, estimado señor, en su mundo interior, y llame a este pensar como quiera, ya sea recuerdo de la infancia propia o anhelo del porvenir; pero esté atento a lo que en usted se eleva, y sitúelo sobre todo lo que se leva en torno suyo. Su acontecer íntimo es digno de todo su amor; en él debe usted trabajar de algún modo y no perder demasiado tiempo ni demasiado ánimo en aclarar su posición respecto de los demás. Porque, ¿quién le dice que usted tenga alguna? Su profesión es dura, lo sé, y está en plena contradicción con usted mismo; y preveía su queja y sabía que vendría. Ahora que ha venido, no puedo mitigarla; sólo puedo aconsejarle que considere si todas las profesiones no son así, si no están llenas de exigencias, llenas de hostilidad hacia el individuo, saturadas del odio de aquellos que se han adaptado mudos y hoscos al deber insípido. La jerarquía en que ahora tiene usted que vivir no se encuentra más pesadamente cargada de convencionalismos, prejuicios y errores que las otras jerarquías, y si bien hay algunas que presentan apariencias de mayor libertad, no hay, con todo, ninguna amplia en sí y cómoda que se halle en relación con las grandes cosas en que consiste la vida real. Únicamente el individuo que está solo es como algo sometido a las leyes profundas, y cuando sale al despuntar la mañana, o mira afuera a la noche, llena del acontecer, y cuando siente lo que sucede allí, entonces cae de él, como de un muerto, toda jerarquía, no obstante encontrarse en medio de lo que es puramente vida. Lo que usted, querido señor Kappus, tiene que experimentar ahora como oficial, análogamente lo habría sentido en cualquiera de las profesiones existentes. Aun -cierto. Si hubiese procurado, fuera de todo destino, una relación sencilla e independiente con las sociedad, no le habría sido ahorrado este opresivo sentimiento. En todas partes es así; pero ello no es motivo para estar inquieto o triste; si no hay afinidad entre los hombres y usted, trate de estar cerca de las cosas; ellas no lo abandonarán. Todavía quedan las noches, y los vientos que van a través de los árboles y sobre muchas tierras; todavía en las cosas y en los animales todo son acontecimientos, de los que usted puede participar; y los niños son siempre lo que usted fue siempre de nato -así tristes y felices-; y si se pone a recordar su infancia, revivirá entre ellos, entre los niños solitarios; y los adultos no son nada, y su dignidad tampoco vale gran cosa.

Y si le preocupa el hecho de pensar en la infancia, en lo sencillo y lo plácido que con ella se relaciona, porque no puede ya creer en Dios, que en toda ella está presente, pregúntese, estimado Kappus, si realmente ha perdido a Dios. ¿No será, más bien, que nunca lo ha poseído? Porque, ¿cuándo puede haberlo poseído? ¿Cree usted que un niño puede tener a Aquel que los hombres mismos llevan penosamente, y cuyo peso agobia a los ancianos? ¿Cree usted que quien en verdad lo tenga puede perderlo como una piedrecilla, o no piensa usted, como yo, que quien lo tuviera podría ser perdido sólo por Él? Pero si usted reconoce que Él no estuvo en su infancia, ni antes; si vislumbra que Cristo fue alucinado por su anhelo y Mahoma engañado por su orgullo; y si siente, con terror, en esta hora en que hablamos de Él, que Dios no existe, ¿qué derecho tiene entonces a echarlo a faltar, a Él, que no existió jamás, como a alguien que ha pasado, y a buscarlo como si hubiese desaparecido?

¿Por qué no piensa que Él es el Venidero, el que desde la eternidad llegará; que es último fruto futuro de un árbol cuyas hojas somos nosotros? ¿Qué le impide proyectar Su nacimiento a los tiempos que serán y vivir su vida propia como un día doloroso y hermoso en la historia de una sublime preñez? ¿No ve? Pues, cómo todo lo que sucede es siempre un comienzo; y no podría ser ello Su comienzo, ya que comenzar, en sí, es siempre tan hermoso? Si Él es el más perfecto, ¿no debe preexistir algo inferior para que Él pueda escogerse entre la plenitud y la profusión? ¿No debe ser el último, para abarcarlo todo en sí mismo; y qué sentido tendríamos nosotros si Aquel a quien deseamos hubiese existido en el pasado?

Así como las abejas acumulan miel, buscamos lo más dulce de todo y lo construimos. Hasta con lo menudo, con lo insignificante (siempre que sea por amor). Lo comenzamos; con el trabajo, con el reposo después; con silencios o con ligera alegría solitaria; con todo lo que hacemos solos, sin participantes ni adeptos, comenzamos a Aquel que no llegaremos a ver así como nuestros antepasados tampoco alcanzaron a vernos, Y no obstante, ellos, los pasados hace mucho tiempo, están en nosotros como fundación, como carga sobre nuestro destino, como sangre que bulle y como gesto que asciende de las profundidades del tiempo. ¿Hay algo que pueda sustraerle a usted la esperanza de ser así algún día en Él el más Lejano, el Supremo?

Festeje Navidad, querido señor Kappus, en el piadoso sentimiento de que quizá Él necesite de usted esta angustia ante la vida, para comenzar. Estos días de transición acaso sean precisamente el tiempo en que todo, en usted, trabaja en Él, como ya ha trabajado en Él, jadeante, en la infancia. Tenga usted paciencia y sea ecuánime, y piense que lo que debemos hacer es no hacerle su llegada más difícil de lo que la tierra se lo hace a la primavera, cuando ésta insiste en venir.

Y alégrese y tenga confianza.

Suyo.

Rainer María Rilke.


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 20 Jul 2014, 13:29

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Carta VII

Roma, 14 de mayo de 1904.

Mi estimado señor Kappus:

Desde su última carta ha pasado muchísimo tiempo. No me guarde rencor. Trabajo, molestias, y también un malestar; todo ello fue lo que retardó una y otra vez esta respuesta, que (yo así lo quería) debía llegarle de días tranquilos y buenos. Ahora me siento algo mejor (la entrada de la primavera, con sus cambios irritantes y versátiles, también aquí se hizo sentir agriamente) y puedo saludarlo, querido señor Kappus, y decirle de la forma más correcta y afortunada posible (lo que hago de todo corazón) algunas cosillas sobre su carta.

Vea: he copiado su soneto porque lo hallé lindo y sencillo, y nacido con la forma en que va con tan discreta soltura. Son los mejores versos que he leído de usted. Y le ofrezco esta copia porque sé que es importante y reporta nuevas enseñanzas reconocer un trabajo propio en ajena escritura. Me gustaría que leyera los versos como si fueran ajenos y sentirá en su interior que son suyos.

Me gusta leer a menudo este soneto y la carta; le agradezco ambas cosas.

Y no deje de perderse en su soledad porque algo en usted desee salir de ella. Este deseo, precisamente, si lo utiliza con calma y con elevación y como instrumento, contribuirá a dilatar su soledad sobre un vasto país. La gente, con ayuda de convencionalismos, tiene todo resuelto yendo a lo fácil y a los aspectos más fáciles de lo fácil; pero está claro que debemos atenernos a lo difícil; todo lo viviente tiende a ello; todo en la naturaleza se desarrolla y se defiende según su especie, y es lo característico de sí mismo y trata de serlo a toda costa y contra toda resistencia. Poco sabemos; pero que debemos mantenernos en los difícil es una certeza que no nos abandonará. Estar solo es bueno, porque la soledad es difícil. Cuando algo es difícil, es una razón aún más de peso para hacerlo.

Amar también es bueno, pues el amor es difícil. Amarnos entre nosotros: esto es quizá lo más difícil que nos ha sido encomendado; es los supremo, la última prueba y examen, el trabajo ante el cual todos los otros trabajos no son más que un medio para conseguir el fin. Por esta razón, los jóvenes novios en todo, no dominan el amor: tienen que aprenderlo. Con todo el ser, con todas las fuerzas concentradas en torno a su corazón palpitante, solitario, ansioso, desbordante, tienen que aprender a amar. Pero el periodo de aprendizaje es un largo periodo de clausura, y así, para el que ama, amar es por mucho tiempo y a lo largo de la vida interior: soledad, acrecentado y ahondado el aislamiento. Amar no es nada que signifique consumirse, entregarse y unirse a otro (pues ¿qué sería una unión entre seres imprecisos, rudimentarios, todavía subalternos?); es, en el individuo un sublime pretexto para madurar, para llegar a ser algo, en mundo, en mundo para sí por amor a otro; es en él una grande y modesta exigencia, algo que lo elige y lo llama a lo infinito. Sólo en este sentido, como deber de trabajar en sí mismos (“escuchar y martillar día y noche”) deberían los jóvenes usar el amor que les es dado. Consumirse, entregarse y unirse -en todas sus formas- no es para ellos (que todavía mucho, mucho tiempo deben ahorrar y acumular), porque es la culminación, es tal vez aquello a lo cual todavía no llega la vida de los seres humanos.

Y en esto precisamente se equivocan tan a menudo y de forma tan grave, los jóvenes (pues es de su índole no tener paciencia) que cuando el amor les sobreviene se precipitan los unos hacia los otros, se prodigan tal como son, en pleno descombro, en todo su desorden y confusión... Pero, ¿qué sentido tiene? ¿Qué puede hacer la vida ante este montón de materiales medio estropeados, al cual ellos llaman su misión y al que gustosos quisieran denominar su felicidad -si fuese admisible- y su futuro? Cada uno se pierde por amor a otro, y pierde al otro y a muchos otros que habrían querido venir. Y pierde los horizontes y las posibilidades; trueca el ir y venir de cosas vislumbradas, llenas de presentimientos, por un conflicto estéril del que ya nada puede salir; nada, si no es un poco de tedio, decepción y pobreza, y acaso la salvación en uno de los muchos convencionalismos que, como refugios públicos, están instalados en gran número en este camino el más peligroso. Ningún aspecto del hombre y su existir está tan lleno de convencionalismos como éste; salvavidas de varia invención, botes y flotadores hay ahí; el espíritu social ha sabido crear toda clase de escondites; pues al ser propenso a tomar el amor como un placer, tuvo que convertirlo en algo fácil, sin valor, y sin riesgos, como el resto de placeres populares.

Cierto es que muchos jóvenes que aman falsamente, es decir, faltos de soledad, simplemente entregándose (el promedio siempre se mantendrá en esto) sienten como la opresión de una falta, y a su manera quieren hacer apto y fértil para la vida el estado a que han llegado; pues su naturaleza les dice que las cuestiones de amor, menos aún que todo lo que es importante de otro modo, no pueden tener solución pública, con arreglo a tal o cual convenio; que son cuestiones inmediatas entre ser y ser; que en cada caso necesitan una respuesta nueva, particular, sólo personal... Pero lo que ya se han confundido y no se limitan ni diferencian más, los que ya no poseen nada propio, ¿cómo podrían encontrar una salida de ellos mismos, de lo profundo de la soledad ya derruida?

Actúan con el mismo desamparo, cuando con la mejor voluntad quieren evitar lo convencional que les choca (como el matrimonio, por ejemplo) dan en los tentáculos de una solución menos convencional, menos popular, pero igual de mortal; pues, entonces, ampliamente, alrededor de ellos, todo es convencionalismo; allí donde se actúan a causa de una confluencia prematura, de una unión turbia, toda acción es convencional: cada relación a que conduzca tal desconcierto, tiene su convencionalismo, por desusado que sea (es decir: inmoral en el habitual sentido); incluso la separación misma se trataría entonces de un paso convencional, una resolución accidental e impersonal, sin fuerza y sin ningún provecho.

Con atención, se puede ver que, como para la muerte, que es difícil, para el amor tampoco ha visto ninguna luz, solución, señal ni camino; y para ambos deberes, que llevamos ocultos y transmitimos sin abrirlos, no se dejará descubrir ninguna regla general basada en convenios. Pero a medida que empecemos a ensayar la vida como individuos, aquellas grandes cosas nos encontrarán a nosotros, individuos, en mayor proximidad. Las exigencias que el difícil trabajo del amor opone a nuestro desarrollo son desmesuradas, y como novicios que somos no las podemos enfrentar. Pero si perseveramos y tomamos este amor como carga y aprendizaje, en lugar de perdernos en todos los juegos fáciles y livianos, en pos de los cuales los seres humanos han soslayado lo más serio de su existencia, se hará tal vez perceptible, entonces, un pequeño avance y alivio para aquellos que desde hace mucho tiempo van detrás nuestro. Sería una gran cosa.

Ya que nosotros estamos entrando, precisamente, a pensar si prejuicios y de un modo objetivo las relaciones de un individuo con otro, y nuestras tentativas para abandonarnos a tal comunicación no tienen ningún parecido ante sí. Y sin embargo, en el camino del tiempo hay mucho que quiere prestar ayuda a nuestro vacilante noviciado.

Tanto la muchacha como la muer adulta, en su nuevo desarrollo personal, serán transitoriamente imitadores de los malos y los buenos modales de los hombres, y repetidores de las profesiones varoniles. Tras la incertidumbre de tales tránsitos se demostrará que las mujeres habrán pasado por esos abundantes y variados disfraces con frecuencia risibles, sólo para purificarse, en lo más peculiar de su naturaleza, de las deformadoras influencias del otro sexo. Las mujeres, en las cuales la vida se demora y habita más inmediata, fecunda y confiadamente que en el hombre, es preciso que en el fondo hayan llegado a ser humanos más maduros, seres más humanos que el hombre liviano -no atraído bajo la superficie de la vida por el peso de ningún fruto corporal-, quien, fatuo, precipitado, menosprecia lo que cree amar. La mujer, madurada en los dolores y las humillaciones, saldrá a la luz cuando ésta haya mudado los convencionalismos de lo exclusivamente femenino, en las metamorfosis de esa condición social; y los hombres, que aún hoy no sienten llegar esto, se verán sorprendidos y vencidos. Un día (de ellos, sobre todo en los países nórdicos, ya hablan e ilustran signos inequívocos), un día la joven será, y será la mujer, y sus nombres no significarán más lo simplemente contrario de lo masculino, sino algo por sí mismo, algo por lo cual no se piense en ninguna condición ni límite, sino nada más que en la vida y el ser: el ser humano femenino.

Dicho avance transformará (al principio muy contra la voluntad de los hombres superados) la vida amorosa, hoy colmada de errores; la cambiará fundamentalmente; la convertirá en una relación valedera de ser a ser, no ya de varón a mujer. Y este amor más humano, que se realizará infinitamente delicado, y cuidadoso, y bueno y claro en el atar y el desatar, será parecido al que preparamos luchando tristemente: al amor que consiste en que dos soledades se protejan mutuamente, se complementen y se respeten.

Y esto aún: no crea que aquel gran amor que a usted, de niño, se le impuso, se haya perdido. ¿Puede decir si, entonces, no maduraron en usted grandes y buenas aspiraciones y designios, de los cuales todavía hoy vive? Creo que aquel amor permanece en su recuerdo tan fuerte y poderoso porque él fue su primer aislamiento profundo, el primer trabajo interior que usted ha hecho por su vida.

En usted deposito toda mi confianza, estimado señor Kappus.

Suyo,

Rainer Maria Rilke


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Lun 21 Jul 2014, 06:13

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Carta VIII

Borgeby gard (Suecia) , 12 de agosto de 1904.

Me gustaría antes que nada, si me permite, hablarle un momento, estimadísimo señor Kappus, bien que casi nada puedo decir que sea eficaz, sí, algo útil. Usted ha tenido muchas y grandes penas en el pasado. Y dice que también este pasaje fue para usted arduo y destemplado. Se lo ruego, compruebe, más bien, si tales penas no atravesaron la parte más profunda de usted; si no cambiaron en usted muchas cosas; si usted, en alguna parte, en cualquier lugar de su ser, no se transformó mientras estaba apenado. Solamente son peligrosas y malas aquellas tristezas que se llevan a sofocar entre la gente; como las enfermedades que, tratadas de manera superficial y necia, sólo se retiran para declararse, después de breve pausa, más terribles; y que se acumulan dentro, y son vida, son vida no vivida, desdeñada, perdida, por la que se puede morir. Si nos fuese posible ver más allá del término a que alcanza nuestro saber, y aún algo más allá de las avanzadas de nuestros presentimientos, tal vez sobrellevaríamos nuestras tristezas con mayor confianza que nuestras alegrías. Pues aquellos son momentos en que algo nuevo, algo desconocido ha entrado en nosotros; nuestros sentidos enmudecen sobrecogidos de temor; todo en nosotros se retrae; se produce una tregua, y lo nuevo, lo desconocido para todos, se levanta en medio, en silencio.

Pienso que la mayor parte de nuestras penas son momentos de tensión, que a modo de parálisis experimentamos porque ya no percibimos el vivir de nuestros enajenados sentidos. Porque estamos solos con lo desconocido que ha entrado en nosotros; porque nos han quitado por un instante todo lo familiar y habitual; porque nos hallamos en medio de un tránsito donde no podemos permanecer. Es por eso que también la tristeza pasa; lo nuevo, lo agregado, ha entrado en nuestro corazón, ha ido a su cámara íntima, y ya tampoco está allí... se encuentra ya en la sangre. Y no llegamos a saber nunca lo que fue. Podríamos llegar a pensar fácilmente que no ha sucedido nada, y sin embargo hemos cambiado como cambia una casa en la que ha entrado a vivir un nuevo huésped. No podemos decir quién ha venido; quizá no lo sepamos nunca; pero conocemos por muchos indicios que lo futuro ha entrado así para cambiar dentro de nosotros mucho antes de que ocurra. Por esta razón es tan importante saber estar solo y atento cuando se está apenado: porque el instante aparentemente en blanco, inmóvil, en que nos penetra nuestro futuro, se encuentra mucho más cerca de la vida que aquel otro momento ruidoso y casual en que él nos acontece como desde fuera. Cuanto más serenos, sufridos y francos somos en nuestras tristezas, tanto más profunda y decididamente entra en nosotros lo nuevo, tanto mejor lo asimilamos, tanto más será nuestro destino; y un día, cuando “se realice” (es decir: cuando de nosotros pase a los otros), lo sentiremos en lo íntimo afín y cercano. Y esto es necesario. Es necesario -y a ello tenderá paulatinamente nuestro desarrollo- que nada extraño nos acontezca si no es aquello que nos pertenece desde largo tiempo. Repetidas veces fue preciso rever las nociones sobre el movimiento; también se aprenderá, poco a poco, que lo que llamamos destino sale de los hombres, no que entra en ellos desde fuera. Sólo porque vio absorbieron su destino ni la transformación en sí mismos mientras estaba en ellos, es por lo que tantos hombres no reconocieron lo que de ellos salía: les era tan extraño, que en su oscuro espanto pensaban que acababa de entrar en ellos, pues juraban no haber hallado antes, en sí, nada parecido. Así como se estuvo mucho tiempo en engaño sobre el movimiento del sol, se engañaría uno todavía sobre el movimiento del porvenir. El porvenir es algo fijo, estimado Kappus, pero nosotros nos movemos en el espacio infinito.

¿Cómo podríamos dejar de tener problemas, con esta mentalidad?

Y si volvemos al tema de la soledad: cada vez está más claro que ella, en el fondo, no es nada de lo que se puede tomar o dejar. Somos seres solitarios. Uno puede engañarse y hacer ver que esto no es así. Eso es todo. Pero cuánto mejor es reconocer que lo somos; aún más: partir de ahí. Ciertamente, entonces sucederá que, experimentaremos vértigo, pues todos los puntos en que nuestros ojos solían descansar, nos son quitados; nada hay ya cercano, y todo lo lejano lo es infinitamente . Quien fuese transportado, casi sin preparación ni transición, desde su cuarto a la cúspide de una gran montaña, sentiría algo parecido; una inseguridad sin igual, un estar a la merced de algo indecible lo anonadara; se imaginaría estar cayendo, o se creería lanzado al espacio o estallado en mil pedazos: ¿qué mentira enorme tendría que inventar su cerebro para recobrar sus sentidos y serenarlos? Así cambian todas las distancias, todas las medidas para aquél que se vuelve solitario; de estos cambios, muchos acaecen de improviso, y como en el hombre de la montaña, nacen entonces figuraciones extraordinarias y sentimientos extraños que parecen desarrollarse hasta superar todo lo soportable. Pero es menester que también vivamos esto. Debemos aceptar nuestra existencia de la forma más amplia posible. Todo, incluso lo más increíble e inverosímil, debe ser posible en ella. En realidad, el único valor que se nos exige es: ser animosos ante lo más extraño, prodigioso e inexplicable que pueda acaecernos. Que los hombres hayan sido pusilánimes en este sentido ha hecho infinito daño a la vida; los sucesos denominados “fenómenos”, la totalidad del llamado “mundo de lo sobrenatural”, todas estas cosas que nos son tan afines, han sido tan reprimidas, tan alejadas de la vida por un rechazo cotidiano, que los sentidos con que podríamos aprehenderlas se han atrofiado. De Dios, no hablar. Pero el temor a lo inexplicable no sólo ha hecho más pobre la existencia del individuo; también las relaciones entre un ser humano y otro han sido limitadas por él, y por así decirlo, desviadas del cauce de las infinitas posibilidades hacia un lugar yermo de la orilla, al que nada ocurre. Pues no es únicamente, la desidia lo que hace que las relaciones humanas se repitan de caso en caso indeciblemente monótonas y no renovadas: es el temor a toda nueva vivencia, imprevisible, a la que uno no se atreve a afrontar. Pero sólo quien está apercibido para todo, quien nada excluye, ni aún lo más enigmático, sentirá las relaciones con otro ser como algo vivo, y agotará por sí mismo su propia existencia. Porque si nos figuramos esta existencia del individuo como un aposento, grande o pequeño, se manifiesta entonces que los más de ellos no conocen sino un rincón de su aposento, un lugar ante la ventana, una franja por la cual van y vienen. Así tienen alguna seguridad. Y sin embargo es mucho más humana aquella inseguridad llena de peligros que impulsa a los cautivos, en las historias de Poe, a palpar las formas de sus terribles mazmorras y a no quedar ajenos al indescriptible espanto de estar en ellas. Pero nosotros no somos cautivos. En torno nuestro no hay preparadas trampas ni lazos, y nada hay que nos atemorice o atormente. Hemos sido puesto en la vida como en el elemento a que estamos mejor supeditados, y además, por adaptación milenaria, hemos llegado a ser tan parecidos a ella, que si permanecemos inmóviles apenas nos diferenciamos, por un feliz mimetismo, de cuanto nos rodea. No tenemos ningún motivo de recelo contra el mundo, pues no está contra nosotros. Si él tiene espantos, son nuestros espantos; si tiene abismos, estos abismos nos pertenecen; si hay en él peligros, debemos procurar amarlos. Y si organizamos nuestra vida con arreglo al principio que nos aconseja atenernos siempre a lo difícil, entonces aquello que todavía nos parece lo más extraño nos resultará lo más familiar y fiel. ¿Cómo podríamos olvidar los viejos mitos vigentes en el origen de todos los pueblos; los mitos de aquellos dragones que en el momento culminante se vuelven princesas? Todos los dragones de nuestra vida tal vez sean princesas que sólo esperan vernos un día, hermosos y atrevidos. Tal vez todo lo terrible no sea, en rigor, sino lo inerme, lo que necesita de nuestra ayuda.

Así, estimado Kappus, no se alarme cuando una pena se erija ante usted, tan grande como nunca haya visto y cuando una turbación pase como luz o sombra de nubes por encima de sus manos y por encima de todo su hacer. Debe pensar que algo en usted se verifica, que la vida no lo ha olvidado y que lo tiene en la mano; ella no lo dejará caer. ¿Por qué no incluir en su vida una inquietud, un dolor, una melancolía, si no sabe realmente cómo actúan en usted esos estados de ánimo? Por qué angustiarse con la pregunta: ¿De dónde puede provenir todo eso y a dónde va? Pues usted sabe perfectamente que se encuentra en evolución y que nada deseaba tanto como transformarse. Si alguno de sus procesos es enfermizo, piense que la enfermedad es el medio por el cual un organismo se libra de lo extraño; es preciso, entonces, ayudarlo a estar enfermo, a tener íntegramente su enfermedad y a hacer que ella irrumpa, pues esto constituye su progreso. En usted, querido señor Kappus ¡ocurren ahora tantas cosas! Debe usted ser sufrido como un enfermo y paciente como un convaleciente; porque quizá sea usted ambas cosas. Más: usted es también el médico que ha de vigilarse. Pero en cada enfermedad hay muchos días en que el médico no puede hacer más que esperar. Y esto es lo que, ante todo, tiene usted que hacer ahora, cuidarse, pues usted ahora es su propio médico.

No se analice en exceso. No extraiga conclusiones precipitadas de lo que le ocurra; deje que las cosas sucedan por ellas mismas. De lo contrario, llegará con demasiada facilidad a considerar con reproches (esto es: en el sentido moral) su pasado, el cual, naturalmente, es parte de todo lo que ahora le sobreviene. Aquello de los errores, deseos y anhelos de su mocedad, que actúa en usted, no es, sin embargo, lo que usted recuerda y condena. La insólita situación de una infancia en soledad y desamparo es tan penosa, tan complicada, está a la merced de todas las relaciones reales de la vida, que allí donde entra un vicio no se le puede llamar, ligeramente, vicio. Por lo general, hay que ser muy cuidadoso con los nombres; a menudo el nombre de un crimen es el motivo por el cual se rompe una vida; no la acción misma, sin nombre y personal, que acaso fue, de esa vida, una necesidad determinada que pudo haber sido incorporada por ella sin dificultad. Y el consumo de energías le parece grande sólo porque usted encarece la victoria; lo que usted cree haber conseguido no es lo grande, si bien tiene razón en su sentir; lo grande es que ya había allí algo que a usted le fue permitido poner en lugar de aquella superchería; algo verdadero y real. Sin esto, su victoria habría sido una reacción meramente moral, sin mayor significación; pero así ha llegado a ser una parte de su vida. De su vida, estimado Kappus, por la cual formulo mis mejores votos. ¿Recuerda cuánto esa vida envidió, desde la niñez, a los “grandes”? Veo cómo ahora ansía partir de los grandes hacia los más grandes. Por eso es que ella no cesa de ser difícil, pero por lo mismo tampoco dejará de crecer.

Y si aún tengo que decirle alguna cosa, es ésta: no crea usted que quien trata de confortarlo viva sin fatigas entre las palabras simples y reposadas que a usted a veces lo alivian: su vida está llena de trabajo y tristeza, y queda muy atrás de ellas. De no ser así, jamás las habría encontrado.

Suyo,

Rainer Maria Rilke.


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 22 Jul 2014, 07:00

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Carta IX

Furuburg, (Suecia), 4 de noviembre de 1904.

Estimadísimo señor Kappus:

Durante todo este tiempo que he estado sin escribirle, he estado, unas veces, de viaje, y otras tan ocupado, que me ha sido imposible dirigirme a usted. Aún hoy me pesa esta tarea, pues he escrito tantas cartas, que mi mano está cansada. Si pudiese dictar le diría muchas cosas; acepte, pues, estas pocas palabras por su extensa carta.

Frecuentemente y con tan concentrados votos pienso en usted, querido señor Kappus, que ello en cierto modo debería serle de algún auxilio. Que mis cartas puedan serle realmente útiles, a menudo lo dudo. No diga usted, pro compromiso, que sí lo son. Recíbalas con calma y sin agradecerlas en exceso, y que el destino sea piadoso con nosotros.

Puede que ahora no sea demasiado bueno que considere detalladamente sus palabras; pues lo que podría decirle sobre su propensión a la duda, o sobre su incapacidad para poner en armonía la vida exterior y la interior, o sobre todo lo demás que lo oprime..., es siempre lo que ya he dicho: siempre el voto por que usted pueda encontrar en sí bastante paciencia para sufrir y bastante simplicidad para creer; por que usted logre más y más intimidad con lo que es difícil y con su soledad en medio de los otros. En cuanto a lo demás, deje que la vida le acontezca. Créame: la vida siempre tiene la razón.

Y en lo referente a los sentimientos: son puros todos los sentimientos que lo concentran y lo  elevan; es impuro el sentimiento que solamente comprende una parte de su ser, pues su parcialidad lo deforma; todo lo que frente a su niñez pueda pensar, es bueno; todo los que haga de usted de lo que hasta aquí fue en sus mejores horas, está bien. Cada ascensión es buena cuando está en toda su sangre, cuando no es ebriedad ni turbación, sino alegría donde se trasparente el fondo. ¿Entiende lo que quiero decirle?

Y su duda puede transformarse en buena condición si usted la educa correctamente. Ella debe llegar a ser conocedora, debe volverse crítica. Pegúntele, cada vez que quiera destruirse algo, por qué ese algo es indigno;  pídale pruebas; examínela, y tal vez, la encuentre perpleja y apocada, acaso irritada. Pero no ceda; exija argumentos, y proceda así atenta y consecuentemente cada vez; y llegará el día en que de una destructora se transformará en uno de sus mejores operarios, quizá el más inteligente de cuantos construyen su vida.

Esto es todo lo que puedo decirle hoy, estimado Kappus. Pero le adjunto un ejemplar de la tirada suelta de un pequeño poema, recién publicado en “Deutsche Arbeit”, de Praga. En él también le hablo de la vida y de la muerte, y de que tanto una como la otra son grandes y maravillosas.

Suyo,

Rainer Maria Rilke.


(Continuará)


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 23 Jul 2014, 11:41

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Carta X

París, 26 de diciembre de 1908

No se imagina, estimado  Kappus, cuánto me alegró recibir esta hermosa carta suya. Sus noticias, tan reales y manifiestas, tal como vuelven a ser ahora, me parecen buenas, y cuanto más las analizo, tanto más las siento de verdad buenas. Quise escribirle sobre esto justamente en vísperas de Navidad: pero por el trabajo múltiple, ininterrumpido, en que vivo este invierno, la vieja festividad sobrevino tan pronto que apenas tuve tiempo para hacer las diligencias más urgentes, y mucho menos para escribir.

Sin embargo, he pensado es usted mucho durante estas Navidades, y me he representado cómo de tranquilo debe de estar en su aislado fuerte, entre áridas montañas, sobre las cuales se precipitan aquellos grandes vientos del sur con la intención de engullirlas a grandes bocados.

Debe de gozar de una inmensa calma, donde tales rumores y movimientos tienen cabida, y cuando se piensa que a todo ello se agrega todavía la presencia del apartado mar, resonando acaso, como el tono íntimo en esta prehistórica armonía, sólo puede uno desear que, lleno de confianza y paciencia, deje usted obrar en su ser la grandiosa soledad; ella no se borrará más de su vida; en todo lo que en usted está esperando para vivir y hacer actuará decisivamente de un modo continuo e imperceptible, como un flujo anónimo; tal la sangre de nuestros antepasados, que incesantemente se mueve en nosotros y se combina con lo que nos es propio, para constituir lo singular, y no lo repetido, que somos en cada recodo de nuestra vida.

Sí, me alegro de su estado tan sereno y descriptible, ese grado, ese uniforme, ese servicio,todo ello bien tangible y circunscrito, lo cual en tales contornos, con una tropa asimismo aislada y reducida, toma un aspecto de gravedad y de necesidad, y significa, sobre la futilidad y el pasatiempo de la carrera militar, una dirección alerta, y admite, más aún, educa una atención independiente. Y que las circunstancias trabajen en nosotros; que nos coloquen de vez en vez ante las cosas grandes y naturales, eso es lo realmente importante.

El propio arte no es más que una forma de vida, y puede uno prepararse para él viviendo de cualquier manera, sin caer en la cuenta. En toda realidad se está más cerca de él que en las profesiones irreales, seudoartísticas que, dándonos la ilusión de estar cerca del arte, prácticamente niegan la existencia de todo arte y lo dañan, como por ejemplo lo hace el periodismo en pleno, y casi toda la crítica y las tres cuartas partes de lo que se llama y quiere llamarse literatura. En resumen, me alegro de que haya usted superado el peligro de llegar a eso, y de que se halle solo y no por ello desanimado, en una ruda realidad. Quizá el año próximo conservarlo y reafirmarlo en ella.

Siempre, suyo,

Rainer Maria Rilke.


(FIN)


LEER OTRA OBRA DE RAINER MARIA RILKE EN: https://www.airesdelibertad.com/t32440-rainer-maria-rilke-la-leyenda-de-amor-y-muerte-del-alferez-cristobal-rilke?highlight=Rainer+Maia+Rilke


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Última edición por Pedro Casas Serra el Sáb 01 Ago 2015, 13:08, editado 1 vez


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Maria Lua el Miér 23 Jul 2014, 20:28

Amar también es bueno, pues el amor es difícil. Amarnos entre nosotros: esto es quizá lo más difícil que nos ha sido encomendado; es los supremo, la última prueba y examen, el trabajo ante el cual todos los otros trabajos no son más que un medio para conseguir el fin.


Sigo leyendo y disfrutando de esas
bellas y profundas cartas de Rilke!
Gracias, Pedro
Besos
Maria Lua


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Jue 24 Jul 2014, 06:34

Gracias por tu interés, Maria. Como habrás podido ver no he incluido las cartas III y IV porque en ellas, Rilke, hace referencia y recomienda autores de su época que hoy estána olvidados. ¡Así es de efímera la gloria! También habrás podido ver que Rilke, a partir de la IV carta no habla de la poesía del joven poeta, ni tampoco de la suya, sino de sus vivencias y sobre los estados del alma para consolar la del que, a través de estas cartas, se reconoce atormentada del joven poeta.

Un abrazo.
Pedro


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Maria Lua el Jue 24 Jul 2014, 09:56

Sí, Pedro, te sigo... esas cartas, cuando las leí, hace tiempo,
fueron muy importantes para mí...
Mira como es la portada de la edición
del libro que tengo:




Gracias
Besos
Maria Lua


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Vie 25 Jul 2014, 11:22

Se nota su antigüedad. ¡Felicidades, Maria! Tampoco la mía es muy nueva: es una edición del año 1999.

Un abrazo.
Pedro


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por cecilia gargantini el Dom 27 Jul 2014, 11:04

Gracias, querido Pedro, por este espacio!!!!!!!!!!!!!!!!!!
Siempre te acercás a mis poetas preferidos... y Rilke lo es desde siempre. Me gusta mucho releer estas cartas.
Besitosssssssssss, amigo, y gracias
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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Dom 27 Jul 2014, 12:30

Gracias a ti por tu interés, Cecilia.

Un abrazo.
Pedro


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Ana María Di Bert el Mar 29 Jul 2014, 20:56

Hola Pedro, llegué anoche, hoy no tuve tiempo, pero ya entraré a leer para interiorizarme de este autor que desconocía.
Gracias por presentarlo y enriquecernos a todos en cultura.
Besos amigo, poco a poco me iré integrando.
Abrazos y besos querido compañero y amigo.
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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Miér 30 Jul 2014, 10:52

Celebro que ya estés aquí, Ana. Gracias por tu interés.

Un abrazo.
Pedro


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Maria Lua el Sáb 11 Oct 2014, 06:25

Todavía quedan las noches, y los vientos que van a través de los árboles y sobre muchas tierras; todavía en las cosas y en los animales todo son acontecimientos, de los que usted puede participar; y los niños son siempre lo que usted fue siempre de nato -así tristes y felices-; y si se pone a recordar su infancia, revivirá entre ellos, entre los niños solitarios; y los adultos no son nada, y su dignidad tampoco vale gran cosa.


Vuelvo a las Cartas de Rilke...
Me traen recuerdos...
Gracias, amigo Pedro...
Besos
Maria Lua


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Mar 14 Oct 2014, 06:41

Buscando en internet noticias sobre quién fue el joven poeta destinatario de las cartas de Rilke, he encontrado estas que por su interés os dejo.

Un abrazo.
Pedro


................


De http://resumendelibros.blogspot.com.es/2011/04/cartas-un-joven-poeta.html Autor: Eduardo Rodríguez


"El joven Franz Xaver Kappus, poeta incipiente y alumno de la escuela militar donde antes había estudiado el propio Rilke, un día envía a éste algunas de sus poesías pidiendo su opinión sobre ellas y su vocación. Rilke contestó y así nacieron estas famosas y bellísimas cartas de inestimable contenido espiritual, separadas del epistolario particular del autor y publicadas después de su muerte en 1929. Varios temas aborda Rilke en ellas: la poesía y la creación literaria, la crítica, la naturaleza y la humildad frente a su misterio, la soledad, el mundo interior, Dios, el amor, la muerte, la profunda armonía de la vida y, en fin, el arte en general.

Cuando un poeta crea —afirma Rilke— no debe preguntar a los demás si sus versos son buenos o no; más bien debe penetrar en si mismo e indagar de dónde nace esa vocación: si su inclinación es producto de una necesidad interior, sus poesías desde luego serán buenas y deberá seguir escribiendo; pero si el hecho de escribir está condicionado a situaciones externas a él —como la vanidad, la crítica, los amigos, los lectores—, entonces, cualquier cosa que produzca seguramente no será de calidad.

Una obra de arte es buena sólo cuando nace de la necesidad. El que pretende convertirse en un buen poeta debe preguntarse primero si podría vivir sin escribir; si la respuesta es sí, mejor debe abandonar su empeño y dedicarse a otra cosa. Si la respuesta fuera "moriría si dejara de hacerlo", entonces debe seguir ese camino; he ahí su verdadera vocación. Ya en ella, debe abandonar toda otra cosa y construir su vida alrededor de ese único eje, la vocación- Si sigue estos lineamientos, no debe temer ni confiar en ninguna crítica; ésta siempre es incapaz de juzgar algo tan inefable como la creación poética.

En relación con ello está el tema de la soledad: el poeta no debe evitarla, sólo amándola sin reservas y sumergiéndose completamente en ella encontrará la verdadera fuente de inspiración para su obra. La atenta observación de la naturaleza —declara Rilke— es otro sabio aprendizaje. Frente a ella y sus misterios sólo cuadra una gran reverencia. Además, quien la ama y se impregna de ella nunca está solo. Penetrar en el propio mundo interior es otra clave que el verdadero creador debe aprender; solamente haciendo esto podrá madurar, crecer espiritualmente; en ese lugar el tiempo no cuenta, esperando con paciencia y humildad, en él hallaremos el nacimiento de una nueva luz enriquecedora de la obra de arte.

En esta obra de gran profundidad reflexiva afirma Rilke, su creador, que: "Es necesario vivir en celo, crear en celo". Para él, la vida creativa está demasiado cerca del amor y de la vida sexual: tiene sus mismos sufrimientos, voluptuosidades, angustias, dudas, obsesiones, deseos, insatisfacciones y dichas dolorosas. Solamente el amor y la creación proporcionan un profundo conocimiento de la vida, un conocimiento universal; tan sólo a través de ellos se puede llegar a Dios. Así como debemos estar solos para crecer y estamos solos frente a la muerte, debemos estar solos para crear y para encontrar a Dios. Nadie nos puede socorrer para esta maduración.

La honda espiritualidad emanada de estas cartas las hizo célebres en todo el mundo."

Eduardo Rodríguez.


..............


Pero, ¿quién era Franz Xaver Kappus?


http://de.wikipedia.org/wiki/Franz_Xaver_Kappus (traducción del alemán)


"Franz Xaver Kappus acudió en su ciudad natal de Timisoara entre 1894 y 1898 a la escuela secundaria y de 1898 a 1902 a la escuela de cadetes .  A petición de su padre, se graduó, de 1902 a 1905 en la Academia Militar de Wiener Neustadt y recibió la graduación de Teniente.  Dos años antes había comenzado la correspondencia con Rainer Maria Rilke que duró hasta 1908, yse publicó en 1929, como "Cartas a un joven poeta", publicada en Leipzig Insel Verlag. Los años siguientes Kappus fue oficial en Viena , Bratislava y, Dalmacia, destinos de la monarquía de los Habsburgo.  Durante este tiempo escribió poemas, bocetos humorísticos, parodias, que se publicaron en periódicos y revistas de Viena, Munich y Berlín.  En 1911 trabajó en la Oficina Literario del Ministerio Imperial y Real de la Guerra y editó la revista Rundschau Militar en Viena.  En 1914 estaba Kappus en el frente oriental, donde recibió un disparo en el pulmón y fue ingresado en el hospital.  En 1916 se casó en Stuttgart con su enfermera Alexandra de Malachowska.  Desde 1917 trabajó como editor de la Belgrado News, donde tenía como colega a Otto Alscher.  En 1918 fue galardonado con la Cruz de Caballero de la orden de Francisco José y en el otoño de ese mismo año llegó a Timisoara.

Para ganarse la vida, Kappus comenzó a practicar el periodismo.  En 1919 se inició en el Banat Tageblatt, en 1922 se unió al periódico liberal Temesvar y en 1923 se convirtió en corresponsal del diario alemán Banat Bucarest Prensa.  Durante este tiempo, los periódicos mencionados publicaron cerca de 60 crónicas por Kappus.  Trabajó como crítico de literatura alemana, rumana y húngara, cultivó las relaciones con autores sajones de Transilvania y siguió las actividades del teatro en lengua alemana.  En una encuesta del periódico, fue votado por los lectores como el tercer personaje más popular de la ciudad.  Timisoara ocupó el lugar más importante entre sus temáticas de amplias actividades periodísticas.  La imagen de Timisoara y sus habitantes se representa a través de innumerables contribuciones durante el período 1919-1925, mientras él vivió y trabajó allí como  empleado del periódico Timisoara.  Después de cinco años de residencia, Franz Xaver Kappus en 1925 dejó Timisoara.

En 1918 apareció en el Berliner Ullstein su novela "El vivir Catorce de 1922", su novela "El jinete rojo", que fue filmada en 1923.  En 1925 Kappus se trasladó a Berlín, donde aceptó una cátedra en la Ullstein-Verlag.  Varias veces contó que mientras trató con los berlineses, estos lo consideraban un Vienés mientras que él era en realidad un Banat Timisoara.  Escribio sobre el rey húngaro Charles Robert de Anjou, las guerras turcas y el príncipe Eugenio, Timisoara, la comunidad nacional de Suabia y otras cuestiones de Banat.  Entre 1925 y 1933 publicó una docena de artículos en el Berliner Zeitung Timisoara.  En 1926, su novela "La esposa del artista" fue llevada al cine.

Después de un paréntesis durante la Segunda Guerra Mundial Kappus publicó sobre la guerra de nuevo en las editoriales de Berlín, en 1946 "Los aventureros Simplicissimus" en los Aufbau-Verlag , un Grimmelshausengasse edición, y en 1949 la novela "Escape Tempelhof" que trata sobre la resistencia anti-nazi.  Además, trabajó en el periódico Timisoara.  Mientras estaba en Ullstein Verlag Kappus trabajó hasta su jubilación en 1960 como empleado permanente y editor de publicaciones.  Franz Xaver Kappus murió en Berlín en 1966 a la edad de 83 años."


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Maria Lua el Mar 14 Oct 2014, 07:45

Una obra de arte es buena sólo cuando nace de la necesidad. El que pretende convertirse en un buen poeta debe preguntarse primero si podría vivir sin escribir; si la respuesta es sí, mejor debe abandonar su empeño y dedicarse a otra cosa. Si la respuesta fuera "moriría si dejara de hacerlo", entonces debe seguir ese camino; he ahí su verdadera vocación. Ya en ella, debe abandonar toda otra cosa y construir su vida alrededor de ese único eje, la vocación- Si sigue estos lineamientos, no debe temer ni confiar en ninguna crítica; ésta siempre es incapaz de juzgar algo tan inefable como la creación poética.

Bello y verdadero!
Gracias, Pedro!
Besos
Maria Lua


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por enrique garcia el Jue 16 Oct 2014, 12:30

GRACIAS POR TU INTENSO TRABAJO
PARA ENRIQUECER ESTE FORO
UN ABRAZO GRANDE
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Pedro Casas Serra
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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

Mensaje por Pedro Casas Serra el Sáb 13 Dic 2014, 15:18

Gracias por vuestro interés y vuestros comentarios, aria, Enrique.

Un abrazo.
Pedro


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Re: "Cartas a un joven poeta", por Rainer Maria Rilke

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