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Mensaje por Pedro Casas Serra Sáb 27 Mar 2021, 08:09

.


Adam Zagajewski (Lvov, actualmente Ucrania, 1945) es una de las voces contemporáneas más relevantes. En 1982 se exilió a París y después a Estados Unidos, donde fue profesor de la Universidad de Chicago. Desde 2002 vivió en Cracovia. Ha sido galardonado con el Premio Neustadt de Poesía 2004, con el Premio Europeo de Poesía 2010 y con el Premio Princesa de Asturias de las Letras 2017. Acantilado ha publicado sus libros de poesía Tierra del fuego[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2004), Deseo[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2005), Antenas[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2007), Mano invisible[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2012) y Asimetría[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2017); los ensayos Dos ciudades[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2006), En defensa del fervor[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2005), Solidaridad y soledad[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2010) y Releer a Rilke[Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo] (2017); así como su peculiar autobiografía Una leve exageración (2019). Falleció el 21 de marzo de 2021, en Cracovia, Polonia.




Algunos poemas de Adam Zagajewski (de su obra Antenas, Acantilado, traducción de Xavier Farré:




LA PROFESORA DE DICCIÓN DEL
INSTITUTO DE TEATRO SE JUBILA


Es alta, tímida y elegante
con una elegancia un tato anticuada.


Se despide de estudiantes y profesores,
y mira alrededor con desconfianza.


Está segura que maltratarán la lengua,
sin piedad, impunemente.


Recibe el diploma (después escrutará
la expresión). Desaparece entre bastidores,


en a sombra aterciopelada de los focos,
en el silencio.


Ahora nos quedaremos solos.
Maltrataremos la lengua y los labios.




EN UN PISO PEQUEÑO


.............................Le pregunto a mi padre:
.................¿qué haces todo el día? Recordar.




Así pues, en este pequeño piso polvoriento en
...Gliwice,
en un bloque bajo, construido según el modelo
...soviético,
conforme a la norma de que la ciudad debe evocar
...un cuartel,
y las habitaciones, ser estrechas, para frustrar
...reuniones clandestinas,
allí, donde marcha sin descanso un antiguo reloj de
...pared,


revive casi a diario el claro septiembre del 39, el
...silbido de las bombas,
y también el Jardín de los Jesuitas en Lvov, brillado
...como antes
con la luz verde de los arces, de los fresnos y los
...pajarillos,
las canoas en el Dniéster, el olor de la mimbrera y de la
...arena húmeda,
un día caluroso, cuando encontraste a una joven,
...estudiante de derecho,

y el viaje en un vagón de mercancías, al oeste, hasta la
...última frontera,
y un ramo de doscientas rosas que los estudiantes te
...ofrecieron
en agradecimiento por haberlos defendido en la
...primavera del 68,
y acaso también episodios de los que nunca sabré
...nada,
el beso de una mujer que no llegó a ser mi madre,

el temor y la dulce grosella de tu infancia, imágenes
...sacadas
de este abismo acogedor, cuando yo aún no estaba.
Tu memoria trabaja en este piso callado: trabajas,
metódico, en silencio, para resucitar por un instante
el doloroso siglo veinte.


UNA VIDA NORMAL

Nuestra vida es normal,
leí en un periódico arrugado
que alguien dejó en un parque.
Nuestra vida es corriente,
leí en los filósofos.

Una vida normal, días, preocupaciones,
alguna vez un concierto, una charla,
un paseo por las afueras de la ciudad,
una buena noticia, una mala noticia;

pero las cosas y los pensamientos
estaban como inacabados,
sólo esbozados.

Las casas y los árboles
ansiaban otra cosa
y en verano los verdes prados
yacían en un planeta volcánico
como un manto en el océano.

Los cines negros ansían luz.
Febriles respiran los bosques,
las nubes cantan en voz baja,
suolica lluvia una oropéndola.
La vida normal ansía.


UN CHICO DE DOS CABEZAS

Un chico de quince años tenía un gato
en la abertura de la cazadora azul.
El gato giraba su cabecita
y sus grandes ojos lo observaban
todo, con mucha más atención
que los ojos humanos.

Comparo la mirada perezosa de este chico
en este tren cálido y seguro
con las estrechas y atentas pupilas del gato.

Ante mí tenía un chico de dos cabezas,
la inquiuetud del animal lo hacía más rico.


EN DEFENSA DE LA POESÍA, ETC.

Sí, en defensa de la poesía y del estilo elevado, etc.,
pero también una tarde estival en un pueblo,
cuando huelen los jardines y los gatos están quietos
delante de las casas, como filósofos chinos.


AUTORRETARTO,
NO EXENTO DE DUDAS

A mediodía te colma el entusiamo,
por la tarde te falta valor
para mirar la hoja escrita.
Siempre demasiado o demasiado poco,
como en esos escritores
que más de una vez te irritan:
unos tan modestos, minimalistas
y poco instruidos
que dan ganas de gritar:
¡eh!, ¡amigo!, coraje,
la vida es bella,
el mundo, rico e histórico.
Otros, vanidosos, dándose importancia
con una increíble erudición:
señores míos, también vais a morir,
les dices (en pensamients).
El territorio de la verdad
es claramente pequeño, estrecho
como una senda en un precipicio.
¿Puedes sostenerte
en ella?
Tal vez ya la has abandonado.
¿Oyes la risa
o la trompeta del Apocalipsis?
Tal vez una y otra,
la disonancia, un estraño chirrido:
el cuchillo que se desliza
por el vidrio y silba con alegría.


ERINA DE TELOS

Murió con diecinueve años.
No sabemos si fue bella y coqueta,
o si recordaba aquellas muchachas
con gafas, secas, inteligentes,
ante las que se esconden los espejos.
Sólo dejó unos cuantos hexámetros.
Presumimos que tuvo la ambición
secreta y vacilante de los introvertidos.
Sus padres la amaron con locura.
Suponemos que quiso expresar
la inmensa verdad de la vida (despiadada
en los bordes y dulce en el centro),
de las noches de agosto, cuando respira
y brilla el mar, cantando como un estornino,
y del amor (inefable, cercano). No
sabemos si lloró al topar con la oscuridad.
Dejó apenas unos cuantos hexámetros
y un epigrama sobre un saltamontes.


Adam Zagajewski, Antenas, Acantilado, 2007
Traducción de Xavier Farré


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Mensaje por Pedro Casas Serra Dom 28 Mar 2021, 06:05

.


Otros poemas de Adam Zagajewski (de su obra Antenas, Acantilado, 2007, en traducción de Xavier Farré):


EPITALAMIO

Sin silencio no habría música.
La vida entre dos es tal vez más difícil
que la existencia solitaria; así, un velero
en pleamar y las velas tendidas
es más indomable que ese mismo barco
dormitando en el puerto, pero es para el viento,
para moverse, que se construyen goletas,
y no para la pereza y el silencio indiferente.

Un diálogo de muchos años contiene
horas de aversión, angustia, incluso odio,
pero también ternura y un acuerdo profundo.
Solo en el matrimonio el amor y  el tiempo,
eternos enemigos, pueden volverse aliados.
Solo el amor y el tiempo, si se reconcilian,
consienten que veamos al otro
en su secreta, complicada esencia,
que crece lenta y segura, cual una nueva
ciudad en una llanura o entre verdes colinas.

Empieza con un único día, con el júbilo
y el juramento, con la gloria del día de reunión
que es como un grano húmedo; después
vienen años de pruebas, de trabajo,
a veces de desesperanza, de una súbita iluminación,
de felicidad, y finalmente crece sobre nosotros
un gran árbol de exuberante verdor con una
.....inmensa
sombra. Donde desaparecen las aflicciones.


NO HUBO INFANCIA

¿Y cómo fue su infancia? - pregunta
finalmente el periodista, ya aburrido.
No hubo infancia, solo negros cuervos
y tranvías ávidos de electricidad,
pesadas casullas de gordos curas,
maestros con cara de latón.
No hubo  infancia, solo espera.
Las hojas de los arces brillaban
en la noche, como el fósforo, la lluvia
humedecía los labios de los cantantes.


ANTENAS EN LA LLUVIA

He visto el mar y los naranjos.
La primera nieve. Señoras y señores, un poco de silencio.
Llegó una noticia: Bach se despertó de nuevo y canta.
El tiempo mantuvo su palabra (siempre la mantiene).
Leyendo a Milosz junto a la ventana abierta. De repente, silbido de golondrinas.
Capillas bajo los tilos; aquí rezan las abejas.
Carpe diem. Atrapa el día, pero cuando por la tarde miró a su presa, vio la noche.
- ¿Tanto le gustan las bibliotecas?
Zanahoria, cebolla, ciruelas pasas, almendras, azúcar en polvo, cuatro manzanas grandes, preferiblemente verdes (notas de amor que me dejas).
En el Panteón romano: a cielo raso.
No exageremos. ¡Renunciar a la liturgia ortodoxa porque le falta sentido del humor!
Un hospital: enfermos pálidos con batas y a su lado el sonriente cirujano, bronceado.
¿Por qué siempre escribe sobre las ciudades?
Si supiéramos leer poemas con la misma atención con que estudiamos el menú en un restaurante de lujo...
Periagoge: el concepto platónico de transformación interior.
La convexa plaza de la Bastilla; quizás debajo se esconde otra Bastilla.
Peonías como muchachos en la iglesia.
"How can I miss you  if you never go away" (canción country).
Tipos de melancolía: el profesor enumeró seis.
Un autobús con un cartel: "Aire acondicionado". Excursiones: Wieliczka, Auschwitz.
Los sin techo, abrazados a los radiadores en la estación, en diciembre.
Un cuadro de Vermeer con una mujer sentada tranquilamente en el umbral de la casa haciendo punto; detrás de ella oscuros interiores, ante ella la calle y la luz.
Irreconciliable.
El sol me hace daño, dice un chico en el parque.
B., con reproche: ¡oiga, yo viví allí y nunca diría que hubo demasiado Lvov!
Todo renace. La inspiración se apaga y renace. Deseo. Comedia y tragedia; Simone Weil solo ve tragedia.
Rojas amapolas y negra nieve.
La sonrisa de esta mujer mayor que lee un libro en el tren a Varsovia.
- ¡Ah!, ¿usted es especialista del estilo elevado?
Delfos, lleno de turistas, abierto a los secretos.
El mar estaba bravo a medianoche; furioso, a decir verdad.
En el museo del Holocausto en Washington: mi infancia, mis vagones, mi herrumbre.
Una tarde de mayo: antenas en la lluvia.
Pasaban por la calle de los canónigos gritando: "¡joder, joder!".
Delfines cerca del Freeport: su preferido, eterno movimiento; cual un símbolo que los doctos designan como yambo.
El cine era tan pequeño que la película de Bergman apenas cabía.
Una huida de prisión en prisión.
Un instante de silencio en la estación de metro de Berlín después del aviso "zurückbleiben". Se oye la nada.
Los vencejos en Cracovia, entusiamados con el verano, silban con fuerza.
Un verbo cansado vuelve por la noche al diccionario.
Mamá siempre miraba la última página de la novela, para saber cómo terminaba...
La verdad es católica; la búsqueda de la verdad, protestante (W.H. Auden).
Algunos expertos preveen que al final del siglo XXI la gente dejará de morir.
Abre.
Pagar el teléfono y el gas, devolver los libros, escribir a Clara.
En el avión, después de cenar: dos corpulentos teólogos comparan sus futuras pensiones de jubilados.
La calle Victoria, en Gliwic conduciría al paraíso, pero, por desgracia, se acababa demasiado pronto.
¿Llegarán alguna vez las escaleras mecánicas allí donde nos llevan?
Desde un rápido tren vimos campos y prados: del bosque, como de un sueño, salían corzos.
El mármol no habla con la arcilla. Por ahora.
En la zapatería de la rue du Commerce, la dependienta, vietnamita, dice arrodillándose delante de ti: yo soy de la boat people.
Puse la radio en onda corta: alguien lloraba en Bolivia.
La faz de Cristo en S. Luigi dei Francesi.
Una cosa es segura: el mundo está vivo y arde.
En la sucia sala de espera leía a Hölderlin.
La boat people es la única nación libre de nacionalismo.
El frescor de una mañana primaveral que no se puede describir.
Cortado con cuchillo.
"También aquí hay dioses".
Se abren las frutas.
Le pregunto a mi padre: ¿que haces todo el día? Recuerdo.
En Grecia en la autopista una camioneta de reparto con el rótulo "Metáfora".
En la superficie relucioente del mar un kayac casi inmóvil: la aguja de una brújula.
¿Recuerdas aquel fantástico violonchelista con chaqueta de bufón?
Luz de una inmensa refineria por la noche; una ciudad en la que nadie vive.
¿Por qué estos monumentos duran tan poco? No hay que hablar así, hay que hablar desde el interior de estos monumentos.
El amor hacia los objetos cotidianos, sin correspondencia.
Unos remeros en un río verde persiguen el tiempo.
La poesía es la alegría bajo la que se esconde la desesperación. Y bajo la desesperación de nuevo está la alegría.
Hay que hablar desde el interior.
No se trata de la poesía.
No hables, escucha.
No escuches.

Adam Zagajewski (de su obra Antenas, Acantilado, 2007, en traducción de Xavier Farré)


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