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GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Mar 27, 2021 8:13 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I.
CONT.

En marzo volvieron los gitanos. Esta vez llevaban un catalejo y
una lupa del tamaño de un tambor, que exhibieron como el último
descubrimiento de los judíos de Amsterdam. Sentaron una gitana
en un extremo de la aldea e instalaron el catalejo a la entrada de
la carpa. Mediante el pago de cinco reales, la gente se asomaba al
catalejo y veía a la gitana al alcance de su mano. «La ciencia ha
eliminado las distancias», pregonaba Melquíades. «Dentro de poco,
el hombre podrá ver lo que ocurre en cualquier lugar de la tierra,
sin moverse de su casa.» Un mediodía ardiente hicieron una
asombrosa demostración con la lupa gigantesca: pusieron un
montón de hierba seca en mitad de la calle y le prendieron fuego
mediante la concentración de los rayos solares. José Arcadio
Buendía, que aún no acababa de consolarse por el fracaso de sus
imanes, concibió la idea de utilizar aquel invento como un arma de
guerra. Melquíades, otra vez, trató de disuadirlo. Pero terminó por
aceptar los dos lingotes imantados y tres piezas de dinero colonial
a cambio de la lupa. Úrsula lloró de consternación. Aquel dinero
formaba parte de un cofre de monedas de oro que su padre había
acumulado en toda una vida de privaciones, y que ella había
enterrado debajo de la cama en espera de una buena ocasión para
invertirías. José Arcadio Buendía no trató siquiera de consolarla,
entregado por entero a sus experimentos tácticos con la abnegación
de un científico y aun a riesgo de su propia vida. Tratando de
demostrar los efectos de la lupa en la tropa enemiga, se expuso él
mismo a la concentración de los rayos solares y sufrió quemaduras
que se convirtieron en úlceras y tardaron mucho tiempo en sanar.
Ante las protestas de su mujer, alarmada por tan peligrosa inventiva,
estuvo a punto de incendiar la casa. Pasaba largas horas en su cuarto,
haciendo cálculos sobre las posibilidades estratégicas de su arma
novedosa, hasta que logró componer un manual de una asombrosa
claridad didáctica y un poder de convicción irresistible. Lo envió a las
autoridades acompañado de numerosos testimonios sobre sus
experiencias y de varios pliegos de dibujos explicativos, al cuidado de
un mensajero que atravesó la sierra, y se extravió en pantanos
desmesurados, remontó ríos tormentosos y estuvo a punto de perecer
bajo el azote de las fieras, la desesperación y la peste, antes de conseguir
una ruta de enlace con las mulas del correo. A pesar de que el viaje a
la capital era en aquel tiempo poco menos que imposible, José Arcadio
Buendia prometía intentarlo tan pronto como se lo ordenara el gobierno,
con el fin de hacer demostraciones prácticas de su invento ante los
poderes militares, y adiestrarlos personalmente en las complicadas artes
de la guerra solar. Durante varios años esperó la respuesta. Por último,
cansado de esperar, se lamentó ante Melquíades del fracaso de su iniciativa,
y el gitano dio entonces una prueba convincente de honradez: le devolvió
los doblones a cambio de la lupa, y le dejó además unos mapas portugueses
y varios instrumentos de navegación. De su puño y letra escribió una
apretada síntesis de los estudios del monje Hermann, que dejó a su
disposición para que pudiera servirse del astrolabio, la brújula y el sextante.
José Arcadio Buendía pasó los largos meses de lluvia encerrado en un
cuartito que construyó en el fondo de la casa para que nadie perturbara
sus experimentos. Habiendo abandonado por completo las obligaciones
domésticas, permaneció noches enteras en el patio vigilando el curso de
los astros, y estuvo a punto de contraer una insolación por tratar de
establecer un método exacto para encontrar el mediodía. Cuando se hizo
experto en el uso y manejo de sus instrumentos, tuvo una noción del
espacio que le permitió navegar por mares incógnitos, visitar territorios
deshabitados y trabar relación con seres espléndidos, sin necesidad de
abandonar su gabinete. Fue ésa la época en que adquirió el hábito de
hablar a solas, paseándose por la casa sin hacer caso de nadie, mientras
Úrsula y los niños se partían el espinazo en la huerta cuidando el plátano
y la malanga, la yuca y el ñame, la ahuyama y la berenjena. De pronto,
sin ningún anuncio, su actividad febril se interrumpió y fue sustituida por
una especie de fascinación. Estuvo varios días como hechizado,
repitiéndose a sí mismo en voz baja un sartal de asombrosas conjeturas,
sin dar crédito a su propio entendimiento. Por fin, un martes de
diciembre, a la hora del almuerzo, soltó de un golpe toda la carga de
su tormento. Los niños habían de recordar por el resto de su vida la
augusta solemnidad con que su padre se sentó a la cabecera de la
mesa, temblando de fiebre, devastado por la prolongada vigilia y
por el encono de su imaginación, y les reveló su descubrimiento.

- La tierra es redonda como una naranja.

CONT.


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"Llegó tan hondo el beso
que traspasó y emocionó a los muertos.

...

...

El beso aquel que quiso
cavar los muertos y sembrar los vivos" (MH)

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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Mar 27, 2021 8:33 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I.
CONT.

Úrsula perdió la paciencia. «Si has de volverte loco, vuélvete tú solo
-gritó-. Pero no trates de inculcar a los niños tus ideas de gitano.»
José Arcadio Buendía, impasible, no se dejó amedrentar por la
desesperación de su mujer, que en un rapto de cólera le destrozó
el astrolabio contra el suelo. Construyó otro, reunió en el cuartito a
los hombres del pueblo y les demostró, con teorías que para todos
resultaban incomprensibles, la posibilidad de regresar al punto de
partida navegando siempre hacia el Oriente. Toda la aldea estaba
convencida de que José Arcadio Buendía había perdido el juicio,
cuando llegó Melquíades a poner las cosas en su punto. Exaltó en
público la inteligencia de aquel hombre que por pura especulación
astronómica había construido una teoría ya comprobada en la
práctica, aunque desconocida hasta entonces en Macondo, y como
una prueba de su admiración le hizo un regalo que había de
ejercer una influencia terminante en el futuro de la aldea: un
laboratorio de alquimia.

Para esa época, Melquíades había envejecido con una rapidez
asombrosa. En sus primeros viajes parecía tener la misma edad de
José Arcadio Buendia. Pero mientras éste conservaba su fuerza
descomunal, que le permitía derribar un caballo agarrándolo por
las orejas, el gitano parecía estragado por una dolencia tenaz. Era,
en realidad, el resultado de múltiples y raras enfermedades
contraídas en sus incontables viajes alrededor del mundo. Según él
mismo le contó a José Arcadio Buendia mientras lo ayudaba a montar
el laboratorio, la muerte lo seguía a todas partes, husmeándole los
pantalones, pero sin decidirse a darle el zarpazo final. Era un fugitivo
de cuantas plagas y catástrofes habían flagelado al género humano.
Sobrevivió a la pelagra en Persia, al escorbuto en el archipiélago de
Malasia, a la lepra en Alejandría, al beriberi en el Japón, a la peste
bubónica en Madagascar, al terremoto de Sicilia y a un naufragio
multitudinario en el estrecho de Magallanes. Aquel ser prodigioso
que decía poseer las claves de Nostradamus, era un hombre lúgubre,
envuelto en un aura triste, con una mirada asiática que parecía
conocer el otro lado de las cosas. Usaba un sombrero grande y
negro, como las alas extendidas de un cuervo, y un chaleco de
terciopelo patinado por el verdín de los siglos. Pero a pesar de su
inmensa sabiduría y de su ámbito misterioso, tenía un peso humano,
una condición terrestre que lo mantenía enredado en los minúsculos
problemas de la vida cotidiana. Se quejaba de dolencias de viejo,
sufría por los más insignificantes percances económicos y había dejado
de reír desde hacía mucho tiempo, porque el escorbuto le había
arrancado los dientes. El sofocante mediodía en que reveló sus secretos,
José Arcadio Buendía tuvo la certidumbre de que aquél era el principio
de una grande amistad. Los niños se asombraron con sus relatos
fantásticos. Aureliano, que no tenía entonces más de cinco años, había
de recordarlo por el resto de su vida como lo vio aquella tarde, sentado
contra la claridad metálica y reverberante de la ventana, alumbrando
con su pro-funda voz de órgano los territorios más oscuros de la
imaginación, mientras chorreaba por sus sienes la grasa derretida por
el calor. José Arcadio, su hermano mayor, había de transmitir aquella
imagen maravillosa, como un recuerdo hereditario, a toda su
descendencia. Úrsula, en cambio, conservó un mal recuerdo de aquella
visita, porque entró al cuarto en el momento en que Melquíades rompió
por distracción un frasco de bicloruro de mercurio.

-Es el olor del demonio -dijo ella.

-En absoluto -corrigió Melquíades-. Está comprobado que el demonio tiene
propiedades sulfúricas, y esto no es más que un poco de solimán.

Siempre didáctico, hizo una sabia exposición sobre las virtudes
diabólicas del cinabrio, pero Úrsula no le hizo caso, sino que se
llevó los niños a rezar. Aquel olor mordiente quedaría para siempre
en su memoria, vinculado al recuerdo de Melquíades.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb Mar 27, 2021 8:43 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I.
CONT.

El rudimentario laboratorio -sin contar una profusión de cazuelas,
embudos, retortas, filtros y coladores- estaba compuesto por un
atanor primitivo; una probeta de cristal de cuello largo y angosto,
imitación del huevo filosófico, y un destilador construido por los
propios gitanos según las descripciones modernas del alambique
de tres brazos de María la judía. Además de estas cosas,
Melquíades dejó muestras de los siete metales correspondientes a
los siete planetas, las fórmulas de Moisés y Zósimo para el doblado
del oro, y una serie de apuntes y dibujos sobre los procesos del
Gran Magisterio, que permitían a quien supiera interpretarlos
intentar la fabricación de la piedra filosofal. Seducido por la
simplicidad de las fórmulas para doblar el oro, José Arcadio Buendía
cortejó a Úrsula durante varias semanas, para que le permitiera
desenterrar sus monedas coloniales y aumentarlas tantas veces
como era posible subdividir el azogile. Úrsula cedió, como ocurría
siempre, ante la inquebrantable obstinación de su marido. Entonces
José Arcadio Buendía echó treinta doblones en una cazuela, y los
fundió con raspadura de cobre, oropimente, azufre y plomo. Puso a
hervir todo a fuego vivo en un caldero de aceite de ricino hasta
obtener un jarabe espeso y pestilente más parecido al caramelo
vulgar que al oro magnífico. En azarosos y desesperados procesos
de destilación, fundida con los siete metales planetarios, trabajada
con el mercurio hermético y el vitriolo de Chipre, y vuelta a cocer en
manteca de cerdo a falta de aceite de rábano, la preciosa herencia
de Úrsula quedó reducida a un chicharrón carbonizado que no pudo
ser desprendido del fondo del caldero.

Cuando volvieron los gitanos, Úrsula había predispuesto contra ellos
a toda la población. Pero la curiosidad pudo más que el temor,
porque aquella vez los gitanos recorrieron la aldea haciendo un ruido
ensordecedor con toda clase de instrumentos músicos, mientras el
pregonero anunciaba la exhibición del más fabuloso hallazgo de los
nasciancenos. De modo que todo el mundo se fue a la carpa, y
mediante el pago de un centavo vieron un Melquíades juvenil,
repuesto, desarrugado, con una dentadura nueva y radiante. Quienes
recordaban sus encías destruidas por el escorbuto, sus mejillas
fláccidas y sus labios marchitos, se estremecieron de pavor ante
aquella prueba terminante de los poderes sobrenaturales del gitano.
El pavor se convirtió en pánico cuando Melquíades se sacó los dientes,
intactos, engastados en las encías, y se los mostró al público por un
instante un instante fugaz en que volvió a ser el mismo hombre decrépito
de los años anteriores y se los puso otra vez y sonrió de nuevo con un
dominio pleno de su juventud restaurada. Hasta el propio José Arcadio
Buendía consideró que los conocimientos de Melquíades habían llegado
a extremos intolerables, pero experimentó un saludable alborozo cuando
el gitano le explicó a solas el mecanismo de su dentadura postiza. Aquello
le pareció a la vez tan sencillo y prodigioso, que de la noche a la mañana
perdió todo interés en las investigaciones de alquimia; sufrió una nueva
crisis de mal humor, no volvió a comer en forma regular y se pasaba el día
dando vueltas por la casa. «En el mundo están ocurriendo cosas increíbles
-le decía a Úrsula-. Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de
aparatos mágicos, mientras nosotros seguimos viviendo como los burros.»
Quienes lo conocían desde los tiempos de la fundación de Macondo, se
asombraban de cuánto había cambiado bajo la influencia de Melquíades.

Al principio, José Arcadio Buendía era una especie de patriarca juvenil,
que daba instrucciones para la siembra y consejos para la crianza de
niños y animales, y colaboraba con todos, aun en el trabajo físico, para
la buena marcha de la comunidad. Puesto que su casa fue desde el primer
momento la mejor de la aldea, las otras fueron arregladas a su imagen y
semejanza. Tenía una salita amplia y bien iluminada, un comedor en forma
de terraza con flores de colores alegres, dos dormitorios, un patio con un
castaño gigantesco, un huerto bien plantado y un corral donde vivían en
comunidad pacífica los chivos, los cerdos y las gallinas. Los únicos animales
prohibidos no sólo en la casa, sino en todo el poblado, eran los gallos de
pelea.

CONT.


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Mensaje por Lluvia Abril Jue Abr 01, 2021 12:10 am

Merece la pena llegar hasta aquí, aunque lo haga tarde siempre.
Muchas gracias, Pascual y besos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue Abr 01, 2021 5:57 am

Gracias, Lluvia. Es lento por el encuadre... pero sigo


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue Abr 01, 2021 6:12 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I. CONT.

La laboriosidad de Úrsula andaba a la par con la de su marido. Activa,
menuda, severa, aquella mujer de nervios inquebrantables, a quien en
ningún momento de su vida se la oyó cantar, parecía estar en todas
partes desde el amanecer hasta muy entrada la noche, siempre perseguida
por el suave susurro de sus pollerines de olán. Gracias a ella, los pisos de
tierra golpeada, los muros de barro sin encalar, los rústicos muebles de
madera construidos por ellos mismos estaban siempre limpios, y los viejos
arcones donde se guardaba la ropa exhalaban un tibio olor de albahaca.

José Arcadio Buendía, que era el hombre más emprendedor que se vería
jamás en la aldea, había dispuesto de tal modo la posición de las casas,
que desde todas podía llegarse al río y abastecerse de agua con igual
esfuerzo, y trazó las calles con tan buen sentido que ninguna casa recibía
más sol que otra a la hora del calor. En pocos años, Macondo fue una aldea
más ordenada y laboriosa que cualquiera de las conocidas hasta entonces
por sus 300 habitantes. Era en verdad una aldea feliz, donde nadie era
mayor de treinta años y donde nadie había muerto.

Desde los tiempos de la fundación, José Arcadio Buendía construyó
trampas y jaulas. En poco tiempo llenó de turpiales, canarios, azulejos y
petirrojos no sólo la propia casa, sino todas las de la aldea. El concierto
de tantos pájaros distintos llegó a ser tan aturdidor, que Úrsula se tapó
los oídos con cera de abejas para no perder el sentido de la realidad. La
primera vez que llegó la tribu de Melquíades vendiendo bolas de vidrio para
el dolor de cabeza, todo el mundo se sorprendió de que hubieran podido
encontrar aquella aldea perdida en el sopor de la ciénaga, y los gitanos
confesaron que se habían orientado por el canto de los pájaros.

Aquel espíritu de iniciativa social desapareció en poco tiempo, arrastrado
por la fiebre de los imanes, los cálculos astronómicos, los sueños de
transmutación y las ansias de conocer las maravillas del mundo. De
emprendedor y limpio, José Arcadio Buendía se convirtió en un hombre
de aspecto holgazán, descuidado en el vestir, con una barba salvaje que
Úrsula lograba cuadrar a duras penas con un cuchillo de cocina. No faltó
quien lo considerara víctima de algún extraño sortilegio. Pero hasta los más
convencidos de su locura abandonaron trabajo y familias para seguirlo,
cuando se echó al hombro sus herramientas de desmontar, y pidió el
concurso de todos para abrir una trocha que pusiera a Macondo en contacto
con los grandes inventos.

José Arcadio Buendía ignoraba por completo la geografía de
la región. Sabía que hacia el Oriente estaba la sierra
impenetrable, y al otro lado de la sierra la antigua ciudad de
Riohacha, donde en épocas pasadas -según le había contado
el primer Aureliano Buendía, su abuelo- sir Francis Drake se
daba al deporte de cazar caimanes a cañonazos, que luego
hacía remendar y rellenar de paja para llevárselos a la reina
Isabel. En su juventud, él y sus hombres, con mujeres y niños
y animales y toda clase de enseres domésticos, atravesaron la
sierra buscando una salida al mar, y al cabo de veintiséis meses
desistieron de la empresa y fundaron a Macondo para no tener
que emprender el camino de regreso. Era, pues, una ruta que no
le interesaba, porque sólo podía conducirlo al pasado. Al sur
estaban los pantanos, cubiertos de una eterna nata vegetal, y
el vasto universo de la ciénaga grande, que según testimonio
de los gitanos carecía de límites. La ciénaga grande se confundía
al Occidente con una extensión acuática sin horizontes, donde
había cetáceos de piel delicada con cabeza y torso de mujer, que
perdían a los navegantes con el hechizo de sus tetas descomunales.
Los gitanos navegaban seis meses por esa ruta antes de alcanzar
el cinturón de tierra firme por donde pasaban las mulas del correo.
De acuerdo con los cálculos de José Arcadio Buendía, la única
posibilidad de contacto con la civilización era la ruta del Norte.
De modo que dotó de herramientas de desmonte y armas de
cacería a los mismos hombres que lo acompañaron en la fundación
de Macondo; echó en una mochila sus instrumentos de orientación
y sus mapas, y emprendió la temeraria aventura.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue Abr 01, 2021 6:39 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I. CONT.

Los primeros días no encontraron un obstáculo apreciable. Descendieron
por la pedregosa ribera del río hasta el lugar en que años antes habían
encontrado la armadura del guerrero, y allí penetraron al bosque por un
sendero de naranjos silvestres. Al término de la primera semana, mataron
y asaron un venado, pero se conformaron con comer la mitad y salar el
resto para los próximos días. Trataban de aplazar con esa precaución la
necesidad de seguir comiendo guacamayas, cuya carne azul tenía un áspero
sabor de almizcle. Luego, durante más de diez días, no volvieron a ver el
sol. El suelo se volvió blando y húmedo, como ceniza volcánica, y la
vegetación fue cada vez más insidiosa y se hicieron cada vez más lejanos
los gritos de los pájaros y la bullaranga de los monos, y el mundo se volvió
triste para siempre. Los hombres de la expedición se sintieron abrumados
por sus recuerdos más antiguos en aquel paraíso de humedad y silencio,
anterior al pecado original, donde las botas se hundían en pozos de aceites
humeantes y los machetes destrozaban lirios sangrientos y salamandras
doradas. Durante una semana, casi sin hablar, avanzaron como sonámbulos
por un universo de pesadumbre, alumbrados apenas por una tenue
reverberación de insectos luminosos y con los pulmones agobiados por un
sofocante olor de sangre. No podían regresar, porque la trocha que iban
abriendo a su paso se volvía a cerrar en poco tiempo, con una vegetación
nueva que casi veían crecer ante sus ojos. «No importa -decía José Arcadio
Buendía-. Lo esencial es no perder la orientación.» Siempre pendiente de la
brújula, siguió guiando a sus hombres hacia el norte invisible, hasta que
lograron salir de la región encantada. Era una noche densa, sin estrellas,
pero la oscuridad estaba impregnada por un aire nuevo y limpio. Agotados
por la prolongada travesía, colgaron las hamacas y durmieron a fondo por
primera vez en dos semanas. Cuando despertaron, ya con el sol alto, se
quedaron pasmados de fascinación. Frente a ellos, rodeado de helechos y
palmeras, blanco y polvoriento en la silenciosa luz de la mañana, estaba un
enorme galeón español. Ligeramente volteado a estribor, de su arboladura
intacta colgaban las piltrafas escuálidas del velamen, entre jarcias
adornadas de orquídeas. El casco, cubierto con una tersa coraza de
rémora petrificada y musgo tierno, estaba firmemente enclavado en
un suelo de piedras. Toda la estructura parecía ocupar un ámbito
propio, un espacio de soledad y de olvido, vedado a los vicios del
tiempo y a las costumbres de los pájaros. En el interior, que los
expedicionarios exploraron con un fervor sigiloso, no había nada más
que un apretado bosque de flores.

El hallazgo del galeón, indicio de la proximidad del mar, quebrantó
el ímpetu de José Arcadio Buendía. Consideraba como una burla de
su travieso destino haber buscado el mar sin encontrarlo, al precio
de sacrificios y penalidades sin cuento, y haberlo encontrado entonces
sin buscarlo, atravesado en su camino como un obstáculo insalvable.
Muchos años después, el coronel Aureliano Buendía volvió a atravesar
la región, cuando era ya una ruta regular del correo, y lo único que
encontró de la nave fue el costillar carbonizado en medio de un
campo de amapolas. Sólo entonces convencido de que aquella
historia no había sido un engendro de la imaginación de su padre,
se preguntó cómo había podido el galeón adentrarse hasta ese punto
en tierra firme. Pero José Arcadio Buendía no se planteó esa inquietud
cuando encontró el mar, al cabo de otros cuatro días de viaje, a doce
kilómetros de distancia del galeón. Sus sueños terminaban
frente a ese mar color de ceniza, espumoso y sucio, que no merecía
los riesgos y sacrificios de su aventura.

-¡Carajo! -gritó-. Macondo está rodeado de agua por todas partes.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue Abr 01, 2021 7:20 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I. CONT.

La idea de un Macondo peninsular prevaleció durante
mucho tiempo, inspirada en el mapa arbitrario que
dibujó José Arcadio Buendía al regreso de su expedición.
Lo trazó con rabia, exagerando de mala fe las dificultades
de comunicación, como para castigarse a sí mismo por la
absoluta falta de sentido con que eligió el lugar. «Nunca
llegaremos a ninguna parte -se lamentaba ante Úrsula-.
Aquí nos hemos de pudrir en vida sin recibir los beneficios
de la ciencia.» Esa certidumbre, rumiada varios meses en
el cuartito del laboratorio, lo llevó a concebir el proyecto de
trasladar a Macondo a un lugar más propicio. Pero esta vez,
Úrsula se anticipó a sus designios febriles. En una secreta e
implacable labor de hormiguita predispuso a las mujeres de
la aldea contra la veleidad de sus hombres, que ya empezaban
a prepararse para la mudanza. José Arcadio Buendía no supo
en qué momento, ni en virtud de qué fuerzas adversas, sus
planes se fueron enredando en una maraña de pretextos,
contratiempos y evasivas, hasta convertirse en pura y simple
ilusión. Úrsula lo observó con una atención inocente, y hasta
sintió por él un poco de piedad, la mañana en que lo encontró
en el cuartito del fondo comentando entre dientes sus sueños
de mudanza, mientras colocaba en sus cajas originales las piezas
del laboratorio. Lo dejó terminar. Lo dejó clavar las cajas y poner
sus iniciales encima con un hisopo entintado, sin hacerle ningún
reproche, pero sabiendo ya que él sabía (porque se lo oyó decir
en sus sordos monólogos) que los hombres del pueblo no lo
secundarían en su empresa. Sólo cuando empezó a desmontar
la puerta del cuartito, Úrsula se atrevió a preguntarle por qué
lo hacía, y él le contestó con una cierta amargura: «Puesto que
nadie quiere irse, nos iremos solos.» Úrsula no se alteró.

-No nos iremos -dijo-. Aquí nos quedamos, porque aquí hemos
tenido un hijo.

-Todavía no tenemos un muerto -dijo él-. Uno no es de ninguna
parte mientras no tenga un muerto bajo la tierra.

Úrsula replicó, con una suave firmeza:

-Si es necesario que yo me muera para que se queden aquí, me
muero.

José Arcadio Buendía no creyó que fuera tan rígida la voluntad
de su mujer.
Trató de seducirla con el hechizo de su fantasía, con la promesa
de un mundo prodigioso donde bastaba con echar unos líquidos
mágicos en la tierra para que las plantas dieran frutos a voluntad
del hombre, y donde se vendían a precio de baratillo toda clase
de aparatos para el dolor. Pero Úrsula fue insensible
a su clarividencia.

-En vez de andar pensando en tus alocadas novelerías, debes
ocuparte de tus hijos -replicó-. Míralos cómo están, abandonados
a la buena de Dios, igual que los burros.

CONT.


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que traspasó y emocionó a los muertos.

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El beso aquel que quiso
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Abr 05, 2021 6:08 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I. CONT.

José Arcadio Buendía tomó al pie de la letra las palabras de su mujer.
Miró a través de la ventana y vio a los dos niños descalzos en la huerta
soleada, y tuvo la impresión de que sólo en aquel instante habían
empezado a existir, concebidos por el conjuro de Úrsula. Algo ocurrió
entonces en su interior; algo misterioso y definitivo que lo desarraigó
de su tiempo actual y lo llevó a la deriva por una región inexplorada de
los recuerdos. Mientras Úrsula seguía barriendo la casa que ahora estaba
segura de no abandonar en el resto de su vida él permaneció
contemplando a los niños con mirada absorta hasta que los ojos se le
humedecieron y se los secó con el dorso de la mano, y exhaló un hondo
suspiro de resignación.

-Bueno -dijo-. Diles que vengan a ayudarme a sacar las cosas de los
cajones.

José Arcadio, el mayor de los niños, había cumplido catorce años. Tenía
la cabeza cuadrada, el pelo hirsuto y el carácter voluntarioso de su padre.
Aunque llevaba el mismo impulso de crecimiento y fortaleza física, ya
desde entonces era evidente que carecía de imaginación. Fue concebido
y dado a luz durante la penosa travesía de la sierra, antes de la fundación
de Macondo, y sus padres dieron gracias al cielo al comprobar que no tenía
ningún órgano de animal. Aureliano, el primer ser humano que nació en
Macondo, iba a cumplir seis años en marzo. Era silencioso y retraído. Había
llorado en el vientre de su madre y nació con los ojos abiertos. Mientras le
cortaban el ombligo movía la cabeza de un lado a otro reconociendo las
cosas del cuarto, y examinaba el rostro de la gente con una curiosidad sin
asombro. Luego, indiferente a quienes se acercaban a conocerlo, mantuvo
la atención concentrada en el techo de palma, que parecía a punto de
derrumbarse bajo la tremenda presión de la lluvia. Úrsula no volvió a
acordarse de la intensidad de esa mirada hasta un día en que el pequeño
Aureliano, a la edad de tres años, entró a la cocina en el momento en que
ella retiraba del fogón y ponía en la mesa una olla de caldo hirviendo. El
niño, perplejo en la puerta, dijo: «Se va a caer.» La olla estaba bien puesta
en el centro de la mesa, pero tan pronto como el niño hizo el anuncio, inició
un movimiento irrevocable hacia el borde, como impulsada por un
dinamismo interior, y se despedazó en el suelo. Úrsula, alarmada,
le contó el episodio a su marido, pero éste lo interpretó como un
fenómeno natural. Así fue siempre, ajeno a la existencia de sus
hijos, en parte porque consideraba la infancia como un período
de insuficiencia mental, y en parte porque siempre estaba
demasiado absorto en sus propias especulaciones quiméricas.

Pero desde la tarde en que llamó a los niños para que lo ayudaran
a desempacar las cosas del laboratorio, les dedicó sus horas mejores.
En el cuartito apartado, cuyas paredes se fueron llenando poco a
poco de mapas inverosímiles y gráficos fabulosos, les enseñó a leer
y escribir y a sacar cuentas, y les habló de las maravillas del mundo
no sólo hasta donde le alcanzaban sus conocimientos, sino forzando
a extremos increíbles los límites de su imaginación. Fue así como
los niños terminaron por aprender que en el extremo meridional del
África había hombres tan inteligentes y pacíficos que su único
entretenimiento era sentarse a pensar, y que era posible atravesar
a pie el mar Egeo saltando de isla en isla hasta el puerto de Salónica.
Aquellas alucinantes sesiones quedaron de tal modo impresas
en la memoria de los niños, que muchos años más tarde, un
segundo antes de que el oficial de los ejércitos regulares diera la orden
de fuego al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía volvió
a vivir la tibia tarde de marzo en que su padre interrumpió la lección
de física, y se quedó fascinado, con la mano en el aire y los ojos
inmóviles, oyendo a la distancia los pífanos y tambores y sonajas de los
gitanos que una vez más llegaban a la aldea, pregonando el último y
asombroso descubrimiento de los sabios de Memphis.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Abr 05, 2021 6:33 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

I. CONT.

Eran gitanos nuevos. Hombres y mujeres jóvenes que sólo
conocían su propia lengua, ejemplares hermosos de piel aceitada
y manos inteligentes, cuyos bailes y músicas sembraron en las
calles un pánico de alborotada alegría, con sus loros pintados de
todos los colores que recitaban romanzas italianas, y la gallina
que ponía un centenar de huevos de oro al son de la pandereta,
y el mono amaestrado que adivinaba el pensamiento, y la máquina
múltiple que servía al mismo tiempo para pegar botones y bajar la
fiebre, y el aparato para olvidar los malos recuerdos, y el emplasto
para perder el tiempo, y un millar de invenciones más, tan
ingeniosas e insólitas, que José Arcadio Buendía hubiera querido
inventar la máquina de la memoria para poder acordarse de todas.
En un instante transformaron la aldea. Los habitantes de Macondo
se encontraron de pronto perdidos en sus propias calles, aturdidos
por la feria multitudinaria.

Llevando un niño de cada mano para no perderlos en el tumulto,
tropezando con saltimbanquis de dientes acorazados de oro y
malabaristas de seis brazos, sofocado por el confuso aliento de
estiércol y sándalo que exhalaba la muchedumbre, José Arcadio
Buendía andaba como un loco buscando a Melquíades por todas
partes, para que le revelara los infinitos secretos de aquella
pesadilla fabulosa. Se dirigió a varios gitanos que no entendieron
su lengua. Por último llegó hasta el lugar donde Melquíades solía
plantar su tienda, y encontró un armenio taciturno que anunciaba
en castellano un jarabe para hacerse invisible. Se había tomado
de un golpe una copa de la sustancia ambarina, cuando José
Arcadio Buendía se abrió paso a empujones por entre el grupo
absorto que presenciaba el espectáculo, y alcanzó a hacer la
pregunta. El gitano le envolvió en el clima atónito de su mirada,
antes de convertirse en un charco de alquitrán pestilente y
humeante sobre el cual quedó flotando la resonancia de su
respuesta: «Melquíades murió.» Aturdido por la noticia, José
Arcadio Buendía permaneció inmóvil, tratando de sobreponerse a
la aflicción, hasta que el grupo se dispersó reclamado por otros
artificios y el charco del armenio taciturno se evaporó por
completo. Más tarde, otros gitanos le confirmaron que en efecto
Melquíades había sucumbido a las fiebres en los médanos de
Singapur, y su cuerpo había sido arrojado en el lugar más profundo
del mar de Java. A los niños no les interesó la noticia. Estaban
obstinados en que su padre los llevara a conocer la portentosa
novedad de los sabios de Memphis, anunciada a la entrada de una
tienda que, según decían, perteneció al rey Salomón. Tanto
insistieron, que José Arcadio Buendía pagó los treinta reales y los
condujo hasta el centro de la carpa, donde había un gigante de torso
peludo y cabeza rapada, con un anillo de cobre en la nariz y una
pesada cadena de hierro en el tobillo, custodiando un cofre de pirata.
Al ser destapado por el gigante, el cofre dejó escapar un aliento glacial.
Dentro sólo había un enorme bloque transparente, con infinitas agujas
internas en las cuales se despedazaba en estrellas de colores la claridad
del crepúsculo. Desconcertado, sabiendo que los niños esperaban una
explicación inmediata, José Arcadio Buendía se atrevió a murmurar:

-Es el diamante más grande del mundo.

-No -corrigió el gitano-. Es hielo.

José Arcadio Buendía, sin entender, extendió la mano hacia el témpano,
pero el gigante se la apartó. «Cinco reales más para tocarlo», dijo. José
Arcadio Buendía los pagó, y entonces puso la mano sobre el hielo, y la
mantuvo puesta por varios minutos, mientras el corazón se le hinchaba de
temor y de júbilo al contacto del misterio. Sin saber qué decir, pagó otros
diez reales para que sus hijos vivieran la prodigiosa experiencia. El pequeño
José Arcadio se negó a tocarlo. Aureliano, en cambio, dio un paso hacia
adelante, puso la mano y la retiró en el acto. «Está hirviendo», exclamó
asustado. Pero su padre no le prestó atención. Embriagado por la evidencia
del prodigio, en aquel momento se olvidó de la frustración de sus empresas
delirantes y del cuerpo de Melquíades abandonado al apetito de los calamares.
Pagó otros cinco reales, y con la mano puesta en el témpano, como
expresando un testimonio sobre el texto sagrado, exclamó:

-Éste es el gran invento de nuestro tiempo.

FIN DEL CAPÍTULO I
.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Abr 05, 2021 6:59 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

II.


Cuando el pirata Francis Drake asaltó a Riohacha, en el siglo XVI,
la bisabuela de Úrsula Iguarán se asustó tanto con el toque de
rebato y el estampido de los cañones, que perdió el control de los
nervios y se sentó en un fogón encendido. Las quemaduras la
dejaron convertida en una esposa inútil para toda la vida. No
podía sentarse sino de medio lado, acomodada en cojines, y algo
extraño debió quedarle en el modo de andar, porque nunca volvió
a caminar en público. Renunció a toda clase de hábitos sociales
obsesionada por la idea de que su cuerpo despedía un olor a
chamusquina. El alba la sorprendía en el patio sin atreverse a dormir,
porque soñaba que los ingleses con sus feroces perros de asalto se
metían por la ventana del dormitorio y la sometían a vergonzosos
tormentos con hierros al rojo vivo. Su marido, un comerciante aragonés
con quien tenía dos hijos, se gastó media tienda en medicinas y
entretenimientos buscando la manera de aliviar sus terrores. Por último
liquidó el negocio y llevó la familia a vivir lejos del mar, en una ranchería
de indios pacíficos situada en las estribaciones de la sierra, donde le
construyó a su mujer un dormitorio sin ventanas para que no tuvieran por
donde entrar los piratas de sus pesadillas.

En la escondida ranchería vivía de mucho tiempo atrás un
criollo cultivador de tabaco, don José Arcadio Buendía, con
quien el bisabuelo de Úrsula estableció una sociedad tan
productiva que en pocos años hicieron una fortuna. Varios
siglos más tarde, el tataranieto del criollo se casó con la
tataranieta del aragonés. Por eso, cada vez que Úrsula se
salía de casillas con las locuras de su marido, saltaba por
encima de trescientos años de casualidades, y maldecía la
hora en que Francis Drake asaltó a Riohacha, Era un simple
recurso de desahogo, porque en verdad estaban ligados
hasta la muerte por un vínculo más sólido que el amor:
un común remordimiento de conciencia. Eran primos entre
sí. Habían crecido juntos en la antigua ranchería que los
antepasados de ambos transformaron con su trabajo y sus
buenas costumbres en uno de los mejores pueblos de la
provincia. Aunque su matrimonio era previsible desde que
vinieron al mundo, cuando ellos expresaron la voluntad de
casarse sus propios parientes trataron de impedirlo. Tenían
el temor de que aquellos saludables cabos de dos razas
secularmente entrecruzadas pasaran por la vergüenza de
engendrar iguanas. Ya existía un precedente tremendo. Una
tía de Úrsula, casada con un tío de José Arcadio Buendía tuvo
un hijo que pasó toda la vida con unos pantalones
englobados y flojos, y que murió desangrado después de
haber vivido cuarenta y dos años en el más puro estado de
virginidad porque nació y creció con una cola cartilaginosa
en forma de tirabuzón y con una escobilla de pelos en la punta.
Una cola de cerdo que no se dejó ver nunca de ninguna mujer,
y que le costo la vida cuando un carnicero amigo le hizo el favor
de cortársela con una hachuela de destazar. José Arcadio Buendía,
con la ligereza de sus diecinueve años, resolvió el problema con
una sola frase: «No me importa tener cochinitos, siempre que
puedan hablar.» Así que se casaron con una fiesta de banda y
cohetes que duró tres días. Hubieran sido felices desde entonces
si la madre de Úrsula no la hubiera aterrorizado con toda clase
de pronósticos siniestros sobre su descendencia, hasta
el extremo de conseguir que rehusara consumar el matrimonio.
Temiendo que el corpulento y voluntarioso marido la violara
dormida, Úrsula se ponía antes de acostarse un pantalón
rudimentario que su madre le fabricó con lona de velero
y reforzado con un sistema de correas entrecruzadas, que
se cerraba por delante con una gruesa hebilla de hierro. Así
estuvieron varios meses. Durante el día, él pastoreaba sus gallos
de pelea y ella bordaba en bastidor con su madre. Durante la
noche, forcejeaban varias horas con una ansiosa violencia
que ya parecía un sustituto del acto de amor, hasta que la
intuición popular olfateó que algo irregular estaba ocurriendo,
y soltó el rumor de que Úrsula seguía virgen un año después
de casada, porque su marido era impotente. José Arcadio Buendía
fue el último que conoció el rumor.

-Ya ves, Úrsula, lo que anda diciendo la gente -le dijo a su
mujer con mucha calma.

-Déjalos que hablen -dijo ella-. Nosotros sabemos que no
es cierto.

De modo que la situación siguió igual por otros seis meses,
hasta el domingo trágico en que José Arcadio Buendía le
gano una pelea de gallos a Prudencio Aguilar. Furioso,
exaltado por la sangre de su animal, el perdedor se apartó
de José Arcadio Buendía para que toda la gallera pudiera oír
lo que iba a decirle.

-Te felicito -gritó-. A ver si por fin ese gallo le hace el favor
a tu mujer.

José Arcadio Buendía, sereno, recogió su gallo. «Vuelvo en
seguida», dijo a todos. Y luego, a Prudencio Aguilar:

-Y tú, anda a tu casa y ármate, porque te voy a matar.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun Abr 05, 2021 7:34 am

GABRIEL GARCÍA MÁRQUEZ (1927 - 2014 )

2.- CIEN AÑOS DE SOLEDAD.

II.
CONT.

Diez minutos después volvió con la lanza cebada de su abuelo.
En la puerta de la gallera, donde se había concentrado medio
pueblo, Prudencio Aguilar lo esperaba. No tuvo tiempo de
defenderse. La lanza de José Arcadio Buendía, arrojada con la
fuerza de un toro y con la misma dirección certera con que el
primer Aureliano Buendía exterminó a los tigres de la región,
le atravesó la garganta. Esa noche, mientras se velaba el cadáver
en la gallera, José Arcadio Buendía entró en el dormitorio cuando
su mujer se estaba poniendo el pantalón de castidad. Blandiendo
la lanza frente a ella, le ordenó: «Quítate eso.» Úrsula no puso en
duda la decisión de su marido. «Tú serás responsable de lo que
pase», murmuró. José Arcadio Buendía clavó la lanza en el piso
de tierra.

-Si has de parir iguanas, criaremos iguanas -dijo-. Pero no
habrá más muertos en este pueblo por culpa tuya.

Era una buena noche de junio, fresca y con luna, y
estuvieron despiertos y retozando en la cama hasta el
amanecer, indiferentes al viento que pasaba por el
dormitorio, cargado con el llanto de los parientes de
Prudencio Aguilar.

El asunto fue clasificado como un duelo de honor, pero a
ambos les quedó un malestar en la conciencia. Una noche
en que no podía dormir, Úrsula salió a tomar agua en el patio
y vio a Prudencio Aguilar junto a la tinaja. Estaba lívido, con
una expresión muy triste, tratando de cegar con un tapón de
esparto el hueco de su garganta. No le produjo miedo, sino
lástima. Volvió al cuarto a contarle a su esposo lo que había
visto, pero él no le hizo caso. «Los muertos no salen -dijo-. Lo
que pasa es que no podemos con el peso de la conciencia.» Dos
noches después, Úrsula volvió a ver a Prudencio Aguilar en el
baño, lavándose con el tapón de esparto la sangre cristalizada
del cuello. Otra noche lo vio paseándose bajo la lluvia. José
Arcadio Buendía, fastidiado por las alucinaciones de su mujer,
salió al patio armado con la lanza. Allí estaba el muerto con su
expresión triste.

-Vete al carajo -le gritó José Arcadio Buendía-. Cuantas veces
regreses volveré a matarte.

Prudencio Aguilar no se fue, ni José Arcadio Buendía se atrevió
arrojar la lanza. Desde entonces no pudo dormir bien.

Lo atormentaba la inmensa desolación con que el muerto lo había
mirado desde la lluvia, la honda nostalgia con que añoraba a los vivos,
la ansiedad con que registraba la casa buscando agua para mojar su
tapón de esparto. «Debe estar sufriendo mucho -le decía a Úrsula-.
Se ve que está muy solo.» Ella estaba tan conmovida que la próxima
vez que vio al muerto destapando las ollas de la hornilla comprendió
lo que buscaba, y desde entonces le puso tazones de agua por toda la
casa. Una noche en que lo encontró lavándose las heridas en su propio
cuarto, José Arcadio Buendía no pudo resistir más.

-Está bien, Prudencio -le dijo-. Nos iremos de este pueblo, lo más lejos
que podamos, y no regresaremos jamás. Ahora vete tranquilo.

Fue así como emprendieron la travesía de la sierra. Varios amigos de
José Arcadio Buendía, jóvenes como él, embullados con la aventura,
desmantelaron sus casas y cargaron con sus mujeres y sus hijos hacia
la tierra que nadie les había prometido. Antes de partir, José Arcadio
Buendía enterró la lanza en el patio y degolló uno tras otro sus magníficos
gallos de pelea, confiando en que en esa forma le daba un poco de paz a
Prudencio Aguilar. Lo único que se llevó Úrsula fue un baúl con sus ropas
de recién casada, unos pocos útiles domésticos y el cofrecito con las piezas
de oro que heredó de su padre. No se trazaron un itinerario definido.
Solamente procuraban viajar en sentido contrario al camino de Riohacha para
no dejar ningún rastro ni encontrar gente conocida. Fue un viaje absurdo.
A los catorce meses, con el estómago estragado por la carne de mico y el
caldo de culebras, Úrsula dio a luz un hijo con todas sus partes humanas.
Había hecho la mitad del camino en una hamaca colgada de un palo que
dos hombres llevaban en hombros, porque la hinchazón le desfiguró las
piernas, y las varices se le reventaban como burbujas. Aunque daba lástima
verlos con los vientres templados y los ojos lánguidos, los niños resistieron
el viaje mejor que sus padres, y la mayor parte del tiempo les resultó divertido.
Una mañana, después de casi dos años de travesía, fueron los primeros mortales
que vieron la vertiente occidental de la sierra. Desde la cumbre nublada
contemplaron la inmensa llanura acuática de la ciénaga grande, explayada hasta
el otro lado del mundo. Pero nunca encontraron el mar. Una noche, después
de varios meses de andar perdidos por entre los pantanos, lejos ya de los
últimos indígenas que encontraron en el camino, acamparon a la orilla de
un río pedregoso cuyas aguas parecían un torrente de vidrio helado. Años
después, durante la segunda guerra civil, el coronel Aureliano Buendía trató
de hacer aquella misma ruta para tomarse a Riohacha por sorpresa, y a los
seis días de viaje comprendió que era una locura. Sin embargo, la noche en
que acamparon junto al río, las huestes de su padre tenían un aspecto de
náufragos sin escapatoria, pero su número había aumentado durante la
travesía y todos estaban dispuestos (y lo consiguieron) a morirse de viejos.
José Arcadio Buendía soñó esa noche que en aquel lugar se levantaba una
ciudad ruidosa con casas de paredes de espejo. Preguntó qué ciudad era
aquella, y le contestaron con un nombre que nunca había oído, que no tenía
significado alguno, pero que tuvo en el sueño una resonancia sobrenatural:
Macondo. Al día siguiente convenció a sus hombres de que nunca encontrarían
el mar. Les ordenó derribar los árboles para hacer un claro junto al río, en el
lugar más fresco de la orilla, y allí fundaron la aldea.

Cont.


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Mensaje por Lluvia Abril Hoy a las 1:38 am

Aquí estoy, dándote las gracias y hoy leyendo mientras tú sigues en el tajo.


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