Aires de Libertad

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Pascual Lopez Sanchez
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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 4 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Feb 2021, 03:34

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VI

Coloquio de Héctor y Andrómaca.
Cont.

263. Respondióle el gran Héctor, el de tremolante
casco:

264. -No me des vino dulce como la miel, veneranda
madre; no sea que me enerves y me prives
del valor, y yo me olvide de mi fuerza. No
me atrevo a libar el negro vino en honor de
Zeus sin lavarme las manos, ni es lícito orar al
Cronión, el de las sombrías nubes, cuando uno
está manchado de sangre y polvo. Pero tú congrega
a las matronas, llévate perfumes, y, entrando
en el templo de Atenea, que impera en
las batallas, pon sobre las rodillas de la deidad
de hermosa cabellera el peplo mayor, más lindo
y que más aprecies de cuantos haya en el palacio;
y vota a la diosa sacrificar en su templo
doce vacas de un año, no sujetas aún al yugo,
si, apiadándose de la ciudad y de las esposas y
tiernos niños de los troyanos, aparta de la sagrada
Ilio al hijo de Tideo, feroz guerrero, cuya
valentía causa nuestra derrota. Encamínate,
pues, al templo de Atenea, que impera en las
batallas, y yo iré a la casa de Paris a llamarlo, si
me quiere escuchar. ¡Así la tierra se lo tragara!
Criólo el Olímpico como una gran plaga para
los troyanos y el magnánimo Príamo y sus
hijos. Creo que, si le viera descender al Hades,
mi alma se olvidaría de los enojosos pesares.

286. Así dijo. Hécuba, volviendo al palacio,
llamó a las esclavas, y éstas anduvieron por la
ciudad y congregaron a las matronas; bajó luego
al fragante aposento donde se guardaban los
peplos bordados, obra de las mujeres que se
había llevado de Sidón el deiforme Alejandro
en el mismo viaje por el ancho ponto en que se
llevó a Helena, la de nobles padres; tomó, para
ofrecerlo a Atenea, el peplo mayor y más hermoso
por sus bordaduras, que resplandecía
como un astro y se hallaba debajo de todos, y
partió acompañada de muchas matronas.

297. Cuando llegaron a la acrópolis, abrióles las
puertas del templo de Atenea Teano, la de
hermosas mejillas, hija de Ciseide y esposa de
Anténor, domador de caballos, a la cual habían
elegido los troyanos sacerdotisa de Atenea.
Todas, con lúgubres lamentos, levantaron las
manos a la diosa. Teano, la de hermosas mejillas,
tomó el peplo, lo puso sobre las rodillas de
Atenea, la de hermosa cabellera, y orando rogó
así a la hija del gran Zeus:

305. -¡Veneranda Atenea, protectora de la ciudad,
divina entre las diosas! ¡Quiébrale la lanza
a Diomedes y concédenos que caiga de pechos
en el suelo, ante las puertas Esceas, para que to
sacrifiquemos en este templo doce vacas de un
año, no sujetas aún al yugo, si de este modo to
apiadas de la ciudad y de las esposas y tiernos
niños de los troyanos!

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Feb 2021, 03:39

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VI

Coloquio de Héctor y Andrómaca.
Cont.

311. Así dijo rogando, pero Palas Atenea no
accedió. Mientras invocaban de este modo a la
hija del gran Zeus, Héctor se encaminó al
magnífico palacio que para Alejandro había
labrado él mismo con los más hábiles constructores
de la fértil Troya; éstos le hicieron una
cámara nupcial, una sala y un patio, en la acrópolis,
cerca de los palacios de Príamo y de
Héctor. Allí entró Héctor, caro a Zeus, llevando
una lanza de once codos, cuya broncínea y
reluciente punta estaba sujeta por áureo anillo.
En la cámara halló a Alejandro que acicalaba
las magníficas armas, escudo y coraza, y probaba
el corvo arco; y a la argiva Helena, que,
sentada entre sus esclavas, ocupábalas en primorosas
labores. Y en viendo a aquél, increpólo
con injuriosas palabras:

326. -¡Desgraciado! No es decoroso que guardes
en el corazón ese rencor. Los hombres perecen
combatiendo al pie de los altos muros de la
ciudad; el bélico clamor y la lucha se encendieron
por tu causa alrededor de nosotros, y
tú mismo reconvendrías a quien cejara en la
pelea horrenda. Ea, levántate. No sea que la
ciudad llegue a ser pasto de las voraces llamas.

332. Respondióle el deiforme Alejandro:

333. -¡Héctor! Justos y no excesivos son tus baldones,
y por lo mismo voy a contestarte. Atiende
y óyeme. Permanecía aquí, no tanto por estar
airado o resentido con los troyanos, cuanto
porque deseaba entregarme al dolor. En este
instante mi esposa me exhortaba con blandas
palabras a volver al combate; y también a mí
me parece preferible, porque la victoria tiene
sus alternativas para los guerreros. Ea, pues,
aguarda, y visto las marciales armas; o vete y te
sigo, y creo que lograré alcanzarte.

342. Así dijo. Héctor, el de tremolante casco,
nada contestó. Y Helena hablóle con dulces
palabras:

344.¡Cuñado mío, de esta perra maléfica y abominable!
¡Ojalá que, cuando mi madre me dio a
luz, un viento tempestuoso se me hubiese llevado
al monte o al estruendoso mar, para
hacerme juguete de las olas, antes que tales
hechos ocurrieran! Y ya que los dioses determinaron
causar estos males, debió tocarme ser
esposa de un varón más fuerte, a quien dolieran
la indignación y los muchos baldones de los
hombres. Éste ni tiene firmeza de ánimo ni la
tendrá nunca, y creo que recogerá el debido
fruto. Pero entra y siéntate en esta silla, cuñado,
que la fatiga te oprime el corazón por mí, perra,
y por la falta de Alejandro; a quienes Zeus nos
dio mala suerte a fin de que a los venideros les
sirvamos de asunto para sus cantos.

359 Respondióle el gran Héctor, el de tremolante
casco:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 27 Feb 2021, 03:42

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VI

Coloquio de Héctor y Andrómaca.
Cont.

360. -No me ofrezcas asiento, Helena, aunque
me aprecies, pues no lograrás persuadirme: ya
mi corazón desea socorrer a los troyanos que
me aguardan con impaciencia. Pero tú haz levantar
a ése y él mismo se dé prisa para que me
alcance dentro de la ciudad, mientras voy a mi
casa y veo a los criados, a la esposa querida y al
tierno niño; que ignoro si volveré de la batalla,
o los dioses dispondrán que sucumba a manos
de los aqueos.

369. Apenas hubo dicho estas palabras, Héctor,
el de tremolante casco, se fue. Llegó en seguida
a su palacio, que abundaba de gente, mas no
encontró a Andrómaca, la de níveos brazos,
pues con el niño y la criada de hermoso peplo
estaba en la torre llorando y lamentándose.
Héctor, como no hallara dentro a su excelente
esposa, detúvose en el umbral y habló con las
esclavas:

376. -¡Ea, esclavas, decidme la verdad! ¿Adónde
ha ido Andrómaca, la de níveos brazos, desde
el palacio? ¿A visitar a mis hermanas o a mis
cuñadas de hermosos peplos? ¿O, acaso, al
templo de Atenea, donde las troyanas, de lindas
trenzas, aplacan a la terrible diosa?

381. Respondióle con estas palabras la fiel despensera:

382. -¡Héctor! Ya que tanto nos mandas decir la
verdad, no fue a visitar a tus hermanas ni a tus
cuñadas de hermosos peplos, ni al templo de
Atenea, donde las troyanas, de lindas trenzas,
aplacan a la terrible diosa, sino que subió a la
gran torre de Ilio, porque supo que los troyanos
llevaban la peor parte y era grande el ímpetu
de los aqueos. Partió hacia la muralla, ansiosa,
como loca, y con ella se fue la nodriza que lleva
el niño.

390. Así habló la despensera, y Héctor, saliendo
presuroso de la casa, desanduvo el camino por
las bien trazadas calles. Tan luego como, después
de atravesar la gran ciudad, llegó a las
puertas Esceas -por allí había de salir al campo-,
corrió a su encuentro su rica esposa
Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, que
vivía bajo el boscoso Placo, en Teba bajo el Placo,
y era rey de los cilicios. Hija de éste era,
pues, la esposa de Héctor, de broncínea armadura,
que entonces le salió al camino. Acompañábale
una sirvienta llevando en brazos al
tierno infante, al Hectórida amado, parecido a
una hermosa estrella. a quien su padre llamaba
Escamandrio y los demás Astianacte, porque
sólo por Héctor se salvaba Ilio. Vio el héroe al
niño y sonrió silenciosamente. Andrómaca,
llorosa, se detuvo a su lado, y asiéndole de la
mano le dijo:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 28 Feb 2021, 02:24

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VI

Coloquio de Héctor y Andrómaca.
Cont.

407. -¡Desgraciado! Tu valor te perderá. No te
apiadas del tierno infante ni de mí, infortunada,
que pronto seré tu viuda; pues los aqueos te
acometerán todos a una y acabarán contigo.
Preferible sería que, al perderte, la tierra me
tragara, porque si mueres no habrá consuelo
para mí, sino pesares, que ya no tengo padre ni
venerable madre. A mi padre matólo el divino
Aquiles cuando tomó la populosa ciudad de los
cilicios, Teba, la de altas puertas: dio muerte a
Eetión, y sin despojarlo, por el religioso temor
que le entró en el ánimo, quemó el cadáver con
las labradas armas y le erigió un túmulo, a cuyo
alrededor plantaron álamos las ninfas monteses,
hijas de Zeus, que lleva la égida. Mis siete
hermanos, que habitaban en el palacio, descendieron
al Hades el mismo día; pues a todos los
mató el divino Aquiles, el de los pies ligeros,
entre los flexípedes bueyes y las cándidas ovejas.
A mi madre, que reinaba al pie del selvoso
Placo, trájola aquél con otras riquezas y la puso
en libertad por un inmenso rescate; pero Ártemis,
que se complace en tirar flechas, hirióla en
el palacio de mi padre. Héctor, tú eres ahora mi
padre, mi venerable madre y mi hermano; tú,
mi floreciente esposo. Pues, ea, sé compasivo,
quédate aquí en la tome -¡no hagas a un niño
huérfano y a una mujer viuda!- y pon el ejército
junto al cabrahígo, que por allí la ciudad es accesible
y el muro más fácil de escalar. Los más
valientes -los dos Ayantes, el célebre Idomeneo,
los Atridas y el fuerte hijo de Tideo con los suyos
respectivos- ya por tres veces se han encaminado
a aquel sitio para intentar el asalto:
alguien que conoce los oráculos se to indicó, o
su mismo arrojo los impele y anima.

440. Contestóle el gran Héctor, el de tremolante
casco:

441. Todo esto me da cuidado, mujer, pero mucho
me sonrojaría ante los troyanos y las troyanas
de rozagantes peplos, si como un cobarde
huyera del combate; y tampoco mi corazón me
incita a ello, que siempre supe ser valiente y
pelear en primera fila entre los troyanos, manteniendo
la inmensa gloria de mi padre y de mí
mismo. Bien lo conoce mi inteligencia y lo presiente
mi corazón: día vendrá en que perezcan
la sagrada Ilio, Príamo y el pueblo de Príamo,
armad con lanzas de fresno. Pero la futura desgracia
de los troyanos, de la misma Hécuba, del
rey Príamo y de muchos de mis valientes hermanos
que caerán en el polvo a manos de los
enemigos, no me importa tanto como la que
padecerá tú cuando alguno de los aqueos, de
broncíneas corazas, se te lleve llorosa, privándote
de libertad, y luego tejas tela e Argos, a las
órdenes de otra mujer, o vayas por agua a la
fuente Meseide o Hiperea, muy contrariada
porque la dura necesidad pesará sobre ti. Y
quizás alguien exclame, al verte derramar
lágrimas: «Ésta fue la esposa de Héctor, el guerrero
que más se señalaba entre los troyanos,
domadores de caballos, cuando en torno de Ilio
peleaban.» Así dirán, y sentirás un nuevo pesar
al verte sin el hombre que pudiera librarte de la
esclavitud. Pero ojalá un montón de tierra cubra
mi cadáver, antes que oiga tus clamores o
presencie tu rapto.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 28 Feb 2021, 02:28

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VI

Coloquio de Héctor y Andrómaca.
Cont.

466. Así diciendo, el esclarecido Héctor tendió
los brazos su hijo, y éste se recostó, gritando, en
el seno de la nodriz de bella cintura, por el terror
que el aspecto de su padre le causaba:
dábanle miedo el bronce y el terrible penacho
crines de caballo, que veía ondear en lo alto del
yelmo. Sonriéronse el padre amoroso y la veneranda
madre. Héctor se apresuró a dejar el refulgente
casco en el suelo, besó y meció en sus
manos al hijo amado, y rogó así a Zeus y a los
de más dioses:

476. -¡Zeus y demás dioses! Concededme que
este hijo mío sea, como yo, ilustre entre los troyanos
a igualmente esforzado; que reine poderosamente
en Ilio; que digan de él cuando
vuelva de la batalla: «¡Es mucho más valiente
que su padre!»; y que, cargado de cruentos
despojos del enemigo quien haya muerto, regocije
el alma de su madre.

482. Esto dicho, puso el niño en brazos de la
esposa amada, que, al recibirlo en el perfumado
seno, sonreía con el rostro todavía bañado en
lágrimas. Notólo el esposo y compadecido, acaricióla
con la mano y le dijo:

486. -¡Desdichada! No en demasía tu corazón se
acongoje, que nadie me enviará al Hades antes
de lo dispuesto por el destino; y de su suerte
ningún hombre, sea cobarde o valiente, puede
librarse una vez nacido. Vuelve a casa, ocúpate
en las labores del telar y la rueca, y ordena a las
esclavas que se apliquen al trabajo; y de la guerra
nos cuidaremos cuantos varones nacimos en
Ilio, y yo el primero.

494. Dichas estas palabras, el preclaro Héctor se
puso el yelmo adornado con crines de caballo,
y la esposa amada regresó a su casa, volviendo
la cabeza de cuando en cuando y vertiendo
copiosas lágrimas. Pronto llegó Andrómaca al
palacio, lleno de gente, de Héctor, matador de
hombres; halló en él muchas esclavas, y a todas
las movió a lágrimas. Lloraban en el palacio a
Héctor vivo aún, porque no esperaban que volviera
del combate librándose del valor y de las
manos de los aqueos.

503. Paris no demoró en el alto palacio; pues, así
que hubo vestido las magníficas armas de labrado
bronce, atravesó presuroso la ciudad
haciendo gala de sus pies ligeros. Como el corcel
avezado a bañarse en la cristalina corriente
de un río, cuando se ve atado en el establo, come
la cebada del pesebre y rompiendo el ronzal
sale trotando por la llanura, yergue orgulloso la
cerviz, ondean las crines sobre su cuello, y ufano
de su lozanía mueve ligero las rodillas encaminándose
a los acostumbrados sitios donde
los caballos pacen; de aquel modo, Paris, hijo
de Príamo, cuya armadura brillaba como un
sol, descendía gozoso de la excelsa Pérgamo
por sus ágiles pies llevado. Alejandro alcanzó
en seguida a su hermano el divino Héctor
cuando éste regresaba del lugar en que había
pasado el coloquio con su esposa, y fue el primero
en hablar diciendo:

518. -¡Mi buen hermano! Mucho te hice esperar
deteniéndote, a pesar de tu impaciencia; pues
no he venido oportunamente, como ordenaste.

520. Respondióle Héctor, el de tremolante casco:

521. -¡Querido! Nadie que sea justo reprenderá
tu trabajo en el combate, porque eres valiente;
pero a veces te complaces en desalentarte y no
quieres pelear, y mi corazón se aflige cuando
oigo que te baldonan los troyanos que tantos
trabajos sufren por ti. Pero. vámonos y luego lo
arreglaremos todo, si Zeus nos permite ofrecer
en nuestro palacio la cratera de la libertad a los
celestes sempiternos dioses, por haber echado
de Troya a los aqueos de hermosas grebas.

FIN DEL CANTO VI



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 28 Feb 2021, 02:35

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VII (*)

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres


(*) La segunda también se suspende inopinadamente,
porque Héctor desafia a los héroes
aqueos. Echadas las suertes, le toca a Ayante, y
luchan hasta el anochecer. Se pacta una tregua
de un día, que los aqueos aprovechan pra enterrar
a los muertos y construir un muro en torno
al campamento


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 28 Feb 2021, 02:43

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres


1. Dichas estas palabras, el esclarecido Héctor y
su hermano Alejandro traspusieron las puertas,
con el ánimo impaciente por combatir y pelear.
Como cuando un dios envía próspero viento a
navegantes que to anhelan porque están cansados
de romper las olas, batiendo los pulidos
remos, y tienen relajados los miembros a causa
de la fatiga, así, tan deseados, aparecieron
aquéllos a los troyanos.

8. Paris mató a Menestio, que vivía en Arna y
era hijo del rey Areítoo, famoso por su clava, y
de Filomedusa, la de ojos de novilla; y Héctor
con la puntiaguda lanza tiró a Eyoneo un bote
en la cerviz, debajo del casco de bronce, y dejóle
sin vigor los miembros. Glauco, hijo de Hipóloco
y príncipe de los licios, arrojó en la reñida
pelea un dardo a Ifínoo Dexíada cuando subía
al carro de corredoras yeguas, y le acertó en la
espalda: Ifínoo cayó al suelo y sus miembros se
relajaron.

17. Cuando Atenea, la diosa de ojos de lechuza,
vio que aquéllos mataban a muchos argivos en
el duro combate, descendiendo en raudo vuelo
de las cumbres del Olimpo, se encaminó a la
sagrada Ilio. Pero, al advertirlo Apolo desde
Pérgamo, fue a oponérsele, porque deseaba que
los troyanos ganaran la victoria. Encontráronse
ambas deidades junto a la encina; y el soberano
Apolo, hijo de Zeus, habló primero diciendo:

24. -¿Por qué, enardecida nuevamente, oh hija
del gran Zeus, vienes del Olimpo? ¿Qué poderoso
afecto te mueve? ¿Acaso quieres dar a los
dánaos la indecisa victoria? Porque de los troyanos
no te compadecerías, aunque estuviesen
pereciendo. Si quieres condescender con mi
deseo -y sería lo mejor-, suspenderemos por
hoy el combate y la pelea; y luego volverán a
batallar hasta que logren arruinar a Ilio, ya que
os place a vosotras, las inmortales, destruir esta
ciudad.

33. Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:

34. -Sea así, oh tú que hieres de lejos, con este
propósito vine del Olimpo al campo de los troyanos
y de los aqueos. Mas ¿por qué medio has
pensado suspender la batalla?

37. Contestó el soberano Apolo, hijo de Zeus:

38. -Hagamos que Héctor, de corazón fuerte,
domador de caballos, provoque a los dánaos a
pelear con él en terrible y singular combate; a
indignados los aqueos, de hermosas grebas,
susciten a alguien para que luche con el divino
Héctor.

43. Así dijo; y Atenea, la diosa de ojos de lechuza,
no se opuso. Héleno, hijo amado de Príamo,
comprendió al punto lo que era grato a los dioses,
que conversaban, y, llegándose a Héctor, le
dirigió estas palabras:

47. -¡Héctor, hijo de Príamo, igual en prudencia
a Zeus! ¿Querrás hacer lo que te diga yo, que
soy tu hermano? Manda que suspendan la batalla
los troyanos y los aqueos todos, y reta al
más valiente de éstos a luchar contigo en terrible
combate, pues aún no ha dispuesto el hado
que mueras y llegues al término fatal de tu vida.
He oído sobre esto la voz de los sempiternos
dioses.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 28 Feb 2021, 02:49

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.

54. Así dijo. Oyóle Héctor con intenso placer, y,
corriendo al centro de ambos ejércitos con la
lanza cogida por el medio, detuvo las falanges
troyanas, que al momento se quedaron quietas.
Agamenón contuvo a los aqueos, de hermosas
grebas; y Atenea y Apolo, el del arco de plata,
transfigurados en buitres, se posaron en la alta
encina del padre Zeus, que lleva la égida, y se
deleitaban en contemplar a los guerreros cuyas
densas filas aparecían erizadas de escudos, cascos
y lanzas. Como el Céfiro, cayendo sobre el
mar, encrespa las olas, y el ponto negrea; de
semejante modo sentáronse en la llanura las
hileras de aqueos y troyanos. Y Héctor, puesto
entre unos y otros, dijo:

67. -¡Oídme, troyanos y aqueos, de hermosas
grebas, y os diré lo que en el pecho mi corazón
me dicta! El excelso Cronida no ratificó nuestros
juramentos, y seguirá causándonos males a
unos y a otros, hasta que toméis la torreada Ilio
o sucumbáis junto a las naves, surcadoras del
ponto. Entre vosotros se hallan los más valientes
aqueos; aquél a quien el ánimo incite a
combatir conmigo adelántese y será campeón
con el divino Héctor. Propongo lo siguiente y
Zeus sea testigo: Si aquél con su bronce de larga
punta consigue quitarme la vida, despójeme
de las armas, lléveselas a las cóncavas naves, y
entregue mi cuerpo a los míos para que los troyanos
y sus esposas lo suban a la pira; y, si yo
lo matare a él, por concederme Apolo tal gloria,
me llevaré sus armas a la sagrada Ilio, las colgaré
en el templo de Apolo, que hiere de lejos,
y enviaré el cadáver a las naves de muchos
bancos, para que los aqueos, de larga cabellera,
le hagan exequias y le erijan un túmulo a orillas
del espacioso Helesponto. Y dirá alguno de los
futuros hombres, atravesando el vinoso mar en
una nave de muchos órdenes de remos: «Ésa es
la tumba de un varón que peleaba valerosamente
y fue muerto en edad remota por el esclarecido
Héctor.» Así hablará, y mi gloria no
perecerá jamás.

92. Así dijo. Todos enmudecieron y quedaron
silenciosos, pues por vergüenza no rehusaban
el desafío y por miedo no se decidían a aceptarlo.
Al fin levantóse Menelao, con el corazón
afligidísimo, y los apostrofó de esta manera:

96. -¡Ay de mí, hombres jactanciosos; aqueas
que no aqueos! Grande y horrible será nuestro
oprobio si no sale ningún dánao al encuentro
de Héctor. Ojalá os volvierais agua y tierra ahí
mismo donde estáis sentados, hombres sin corazón
y sin honor. Yo seré quien me arme y
luche con aquél, pues la victoria la conceden
desde lo alto los inmortales dioses.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 28 Feb 2021, 02:59

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.

103. Esto dicho, empezó a ponerse la magnífica
armadura. Entonces, oh Menelao, hubieras acabado
la vida en manos de Héctor, cuya fuerza
era muy superior, si los reyes aqueos no se
hubiesen apresurado a detenerte. El mismo
Agamenón Atrida, el de vasto poder, asióle de
la diestra exclamando:

109. -¡Deliras, Menelao, alumno de Zeus! Nada
te fuerza a cometer tal locura. Domínate, aunque
estés afligido, y no quieras luchar por despique
con un hombre más fuerte que tú, con
Héctor Priámida, que a todos amedrenta y cuyo
encuentro en la batalla, donde los varones adquieren
gloria, causaba horror al mismo Aquiles,
que lo aventaja tanto en bravura. Vuelve a
juntarte con tus compañeros, siéntate, y los
aqueos harán que se levante un campeón tal,
que, aunque aquél sea intrépido a incansable en
la pelea, con gusto, creo, se entregará al descanso
si consigue escapar de tan fiero combate, de
tan terrible lucha.

120. Así dijo; y el héroe cambió la mente de su
hermano con la oportuna exhortación. Menelao
obedeció; y sus servidores, alegres, quitáronle
la armadura de los hombros. Entonces levantóse
Néstor, y arengó a los argivos diciendo:

124. -¡Oh dioses! ¡Qué motivo de pesar tan
grande le ha llegado a la tierra aquea! ¡Cuánto
gemiría el anciano jinete Peleo, ilustre consejero
y arengador de los mirmidones, que en su palacio
se gozaba con preguntarme por la prosapia
y la descendencia de los argivos todos! Si supiera
que éstos tiemblan ante Héctor, alzaría las
manos a los inmortales para que su alma, separándose
del cuerpo, bajara a la mansión de
Hades. Ojalá, ¡padre Zeus, Atenea, Apolo!, fuese
yo tan joven como cuando, encontrándose
los pilios con los belicosos arcadios al pie de las
murallas de Fea, cerca de la corriente del Járdano,
trabaron el combate a orillas del impetuoso
Celadonte. Entre los arcadios aparecía en primera
línea Ereutalión, varón igual a un dios,
que llevaba la armadura del rey Areítoo; del
divino Areítoo, a quien por sobrenombre llamaban
el macero así los hombres como las mujeres
de hermosa cintura, porque no peleaba
con el arco y la formidable lanza, sino que
rompía las falanges con la férrea maza. Al rey
Areítoo matólo Licurgo, no empleando la fuerza,
sino la astucia, en un camino estrecho, donde
la férrea clava no podía librarlo de la muerte:
Licurgo se le adelantó, envasóle la lanza en
medio del cuerpo, hízolo caer de espaldas, y
despojóle de la armadura, regalo del broncíneo
Ares, que llevaba en las batallas. Cuando Licurgo
envejeció en el palacio, entregó dicha
armadura a Ereutalión, su escudero querido,
para que la usara; y éste, con tales armas, desafiaba
entonces a los más valientes. Todos estaban
amedrentados y temblando, y nadie se
atrevía a aceptar el reto; pero mi ardido corazón
me impulsó a pelear con aquel presuntuoso
-era yo el más joven de todos- y combatí
con él y Atenea me dio gloria, pues logré matar
a aquel hombre gigantesco y fortísimo que tendido
en el suelo ocupaba un gran espacio. Ojalá
me rejuveneciera tanto y mis fuerzas conservaran
su robustez. ¡Cuán pronto Héctor, el de
tremolante casco, tendría combate! ¡Pero ni los
que sois los más valientes de los aqueos todos,
ni siquiera vosotros, estáis dispuestos a ir al
encuentro de Héctor!

Cont.


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Mensaje por Lluvia Abril Lun 01 Mar 2021, 02:10

Hoy no te digo nada. Solo aprovecho que es festivo acá, además llueve, es un buen día para disfrutar con la lectura.
Gracias.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 01 Mar 2021, 06:22

Aquí no llovió. Cayó barro... como tantas otras veces. pero hoy lunes es un buen día para seguir disfrutando de LA ILIADA.´

BESOS


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 01 Mar 2021, 06:29

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LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.



161. De esta manera los increpó el anciano, y
nueve por junto se levantaron. Levantóse, mucho
antes que los otros, el rey de hombres,
Agamenón; luego el fuerte Diomedes Tidida;
después, ambos Ayantes, revestidos de impetuoso
valor; tras ellos, Idomeneo y su escudero
Meriones, que al homicida Enialio igualaba; en
seguida Eurípilo, hijo ilustre de Evemón; y,
finalmente, Toante Andremónida y el divino
Ulises: todos éstos querían pelear con el ilustre
Héctor. Y Néstor, caballero gerenio, les dijo:

171. -Echad suertes, y aquél a quien le toque
alegrará a los aqueos, de hermosas grebas, y
sentirá regocijo en el corazón si logra escapar
del fiero combate, de la terrible lucha.

175. Así dijo. Los nueve señalaron sus respectivas
tarjas, y seguidamente las metieron en el
casco de Agamenón Atrida. Los guerreros oraban
y alzaban las manos a los dioses. Y alguno
exclamó, mirando al anchuroso cielo:

179. -¡Padre Zeus! Haz que le caiga la suerte a
Ayante, al hijo de Tideo, o al mismo rey de Micenas,
rica en oro.

181. Así decían. Néstor, caballero gerenio, meneaba
el casco, hasta que por fin saltó la tarja
que ellos querían, la de Ayante. Un heraldo
llevóla por el concurso y, empezando por la
derecha, la enseñaba a los próceres aqueos,
quienes, al no reconocerla, negaban que fuese
suya; pero, cuando llegó al que la había marcado
y echado en el casco, al ilustre Ayante, éste
tendió la mano, y aquél se detuvo y le entregó
la contraseña. El héroe la reconoció, con gran
júbilo de su corazón, y, tirándola al suelo, a sus
pies, exclamó:

191. -¡Oh amigos! Mi tarja es, y me alegro en el
alma porque espero vencer al divino Héctor.
¡Ea! Mientras visto la bélica armadura, orad al
soberano Zeus Cronión, mentalmente, para que
no lo oigan los troyanos; o en alta voz, pues a
nadie tememos. No habrá quien, valiéndose de
la fuerza o de la astucia, me ponga en fuga contra
mi voluntad; porque no creo que naciera y
me criara en Salamina, tan inhábil para la lucha.

200. Tales fueron sus palabras. Ellos oraron al
soberano Zeus Cronión, y algunos dijeron, mirando
al anchuroso cielo:

202. -¡Padre Zeus, que reinas desde el Ida, gloriosísimo,
máximo! Concédele a Ayante la victoria
y un brillante triunfo; y, si amas también a
Héctor y por él te interesas, dales a entrambos
igual fuerza y gloria.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 01 Mar 2021, 06:46

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LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.

206. Así hablaban. Púsose Ayante la armadura
de luciente bronce; y, vestidas las armas en torno
de su cuerpo, marchó tan animoso como el
terrible Ares cuando se encamina al combate de
los hombres, a quienes el Cronión hace venir a
las manos por una roedora discordia. Tan terrible
se levantó Ayante, antemural de los aqueos,
que sonreía con torva faz, andaba a paso largo
y blandía enorme lanza. Los argivos se regocijaron
grandemente, así que lo vieron, y un violento
temblor se apoderó de los troyanos; al
mismo Héctor palpitóle el corazón en el pecho;
pero ya no podía manifestar temor ni retirarse a
su ejército, porque de él había partido la provocación.
Ayante se le acercó con su escudo
como una torre, broncíneo, de siete pieles de
buey, que en otro tiempo le hiciera Tiquio, el
cual habitaba en Hila y era el mejor de los curtidores.
Éste formó el manejable escudo con
siete pieles de corpulentos bueyes y puso encima,
como octava capa, una lámina de bronce.
Ayante Telamonio paróse, con el escudo al pecho,
muy cerca de Héctor; y, amenazándolo,
dijo:

226. -¡Héctor! Ahora sabrás claramente, de solo
a solo, cuáles adalides pueden presentar los
dánaos, aun prescindiendo de Aquiles, que
rompe filas de guerreros y tiene el ánimo de un
león. Mas el héroe, enojado con Agamenón,
pastor de hombres, permanece en las corvas
naves surcadoras del ponto, y somos muchos
los capaces de pelear contigo. Pero empiece ya
la lucha y el combate.

233. Respondióle el gran Héctor, el de tremolante
casco:

234. -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus,
príncipe de hombres! No me tientes cual si fuera
un débil niño o una mujer que no conoce las
cosas de la guerra. Versado estoy en los combates
y en las matanzas de hombres; sé mover a
diestro y a siniestro la seca piel de buey que
llevo para luchar denodadamente; sé lanzarme
a la pelea cuando en prestos carros se batalla, y
sé deleitar al cruel Ares en el estadio de la guerra.
Pero a ti, siendo cual eres, no quiero herirte
con alevosía, sino cara a cara, si puedo conseguirlo.

244. Dijo, y blandiendo la enorme lanza, arrojóla
y atravesó el bronce que cubría como octava
capa el gran escudo de Ayante formado por
siete boyunos cueros: la indomable punta
horadó seis de éstos y en el séptimo quedó detenida.
Ayante, del linaje de Zeus, tiró a su vez
su luenga lanza y dio en el escudo liso del
Priámida, y la robusta lanza, pasando por el
terso escudo, se hundió en la labrada coraza y
rasgó la túnica sobre el ijar; inclinóse el héroe, y
evitó la negra muerte. Y arrancando ambos las
luengas lanzas de los escudos, acometiéronse
como carniceros leones o puercos monteses,
cuya fuerza es inmensa. El Priámida hirió con
la lanza el centro del escudo de Ayante, y el
bronce no pudo romperlo porque la punta se
torció. Ayante, arremetiendo, clavó la suya en
el escudo de aquél, a hizo vacilar al héroe
cuando se disponía para el ataque; la punta
abrióse camino hasta el cuello de Héctor, y en
seguida brotó la negra sangre. Mas no por esto
cesó de combatir Héctor, el de tremolante casco,
sino que, volviéndose, cogió con su robusta
mano un pedrejón negro y erizado de puntas
que había en el campo; lo tiró, acertó a dar en el
bollón central del gran escudo de Ayante, de
siete boyunas pieles, a hizo resonar el bronce
que lo cubría. Ayante entonces, tomando una
piedra mucho mayor, la despidió haciéndola
voltear con una fuerza inmensa. La piedra torció
el borde inferior del hectóreo escudo, cual
pudiera hacerlo una muela de molino, y chocando
con las rodillas de Héctor lo hizo caer de
espaldas asido al escudo; pero Apolo en seguida
lo puso en pie. Y ya se hubieran atacado de
cerca con las espadas, si no hubiesen acudido
dos heraldos, mensajeros de Zeus y de los
hombres, que llegaron respectivamente del
campo de los troyanos y del de los aqueos, de
broncíneas corazas: Taltibio a Ideo, prudentes
ambos. Éstos interpusieron sus cetros entre los
campeones, a Ideo, hábil en dar sabios consejos,
pronunció estas palabras:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 01 Mar 2021, 06:53

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.

279. -¡Hijos queridos! No peleéis ni combatáis
más; a entrambos os ama Zeus, que amontona
las nubes, y ambos sois belicosos. Esto lo sabemos
todos. Pero la noche comienza ya, y será
bueno obedecerla.

282. Respondióle Ayante Telamonio:

283. -¡Ideo! Ordenad a Héctor que lo disponga,
pues fue él quien retó a los más valientes. Sea el
primero en desistir; que yo obedeceré, si él lo
hiciere.

287. Díjole el gran Héctor, el de tremolante casco:

288. -¡Ayante! Puesto que los dioses te han dado
corpulencia, valor y cordura, y en el manejo de
la lanza descuellas entre los aqueos, suspendamos
por hoy el combate y la lucha, y otro día
volveremos a pelear hasta que una deidad nos
separe, después de otorgar la victoria a quien
quisiere. La noche comienza ya, y será bueno
obedecerla. Así tú regocijarás, en las naves, a
todos los aqueos y especialmente a tus amigos
y compañeros; y yo alegraré, en la gran ciudad
del rey Príamo, a los troyanos y a las troyanas,
de rozagantes peplos, que habrán ido a los sagrados
templos a orar por mí. ¡Ea! Hagámonos
magníficos regalos, para que digan aqueos y
troyanos: «Combatieron con roedor encono, y
se separaron unidos por la amistad.»

303. Cuando esto hubo dicho, entregó a Ayante
una espada guarnecida con argénteos clavos,
ofreciéndosela con la vaina y el bien cortado
ceñidor; y Ayante regaló a Héctor un vistoso
tahalí teñido de púrpura. Separáronse luego,
volviendo el uno a las tropas aqueas y el otro al
ejército de los troyanos. Éstos se alegraron al
ver a Héctor vivo, y que regresaba incólume,
libre de la fuerza y de las invictas manos de
Ayante, cuando ya desesperaban de que se salvara;
y lo acompañaron a la ciudad. Por su parte,
los aqueos, de hermosas grebas, llevaron a
Ayante, ufano de la victoria, a la tienda del divino
Agamenón.

313. Así que estuvieron en ella, Agamenón
Atrida, rey de hombres, sacrificó al prepotente
Cronión un buey de cinco años. Al instante lo
desollaron y prepararon, lo partieron todo, lo
dividieron con suma habilidad en pedazos muy
pequeños, lo atravesaron con pinchos, lo asaron
cuidadosamente y lo retiraron del fuego. Terminada
la faena y dispuesto el festín, comieron
sin que nadie careciese de su respectiva porción;
y el poderoso héroe Agamenón Atrida
obsequió a Ayante con el ancho lomo. Cuando
hubieron satisfecho el deseo de beber y de comer,
el anciano Néstor, cuya opinión era considerada
siempre como la mejor, comenzó a darles
un consejo. Y, arengándolos con benevolencia,
así les dijo:

327. -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos
todos! Ya que han muerto tantos melenudos
aqueos, cuya negra sangre esparció el cruel
Ares por la ribera del Escamandro de límpida
corriente y cuyas almas descendieron a la mansión
de Hades, conviene que suspendas los
combates, y mañana, reunidos todos al comenzar
del día, traeremos los cadáveres en carros
tirados por bueyes y mulos, y los quemaremos
cerca de los bajeles para llevar sus cenizas a los
hijos de los difuntos cuando regresemos a la
patria tierra! Erijamos luego con tierra de la
llanura, amontonada en torno de la pira, un
túmulo común; edifiquemos en seguida a partir
del mismo una muralla con altas torres, que sea
un reparo para las naves y para nosotros mismos;
dejemos puertas que se cierren con bien
ajustadas tablas, para que pasen los carros, y
cavemos delante del muro un profundo foso,
que detenga a los hombres y a los caballos si
algún día no podemos resistir la acometida de
los altivos troyanos.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 01 Mar 2021, 07:51

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LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.

344. Así habló, y los demás reyes aplaudieron.
Reuniéronse los troyanos en la acrópolis de Ilio,
cerca del palacio de Príamo, y la junta fue agitada
y turbulenta. El prudente Anténor comenzó
a arengarles de esta manera:

348. -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os
manifestaré lo que en el pecho mi corazón me
dicta! Ea, restituyamos la argiva Helena con sus
riquezas y que los Atridas se la lleven. Ahora
combatimos después de quebrar la fe ofrecida
en los juramentos, y no espero que alcancemos
éxito alguno mientras no hagamos lo que propongo.

354. Dijo, y se sentó. Levantóse el divino Alejandro,
esposo de Helena, la de hermosa cabellera,
y, dirigiéndose a aquél, pronunció estas
aladas palabras:

357. -¡Anténor! No me place lo que propones y
podías haber pensado algo mejor. Si realmente
hablas con seriedad, los mismos dioses te han
hecho perder el juicio. Y a los troyanos, domadores
de caballos, les diré lo siguiente: Paladinamente
lo declaro, no devolveré la mujer, pero
sí quiero dar cuantas riquezas traje de Argos y
aun otras que añadiré de mi casa.

365. Dijo, y se sentó. Levantóse Príamo Dardánida,
consejero igual a los dioses, y les arengó
con benevolencia diciendo:

368. -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados, y os
manifestaré lo que en el pecho mi corazón me
dicta! Cenad en la ciudad, como siempre; acordaos
de la guardia, y vigilad todos; al romper el
alba, vaya Ideo a las cóncavas naves; anuncie a
los Atridas, Agamenón y Menelao, la proposición
de Alejandro, por quien se suscitó la contienda,
y háganles esta prudente consulta: Si
quieren, que se suspenda el horrísono combate
para quemar los cadáveres; y luego volveremos
a pelear hasta que una deidad nos separe y
otorgue la victoria a quien le plazca.

379. Así dijo; ellos lo escucharon y obedecieron,
tomando la cena en el campo sin romper las
filas, y, apenas comenzó a alborear, encaminóse
Ideo a las cóncavas naves y halló a los dánaos,
servidores de Ares, reunidos en junta cerca de
la nave de Agamenón. El heraldo de voz sonora,
puesto en medio, les dijo:

385. -¡Atrida y demás príncipes de los aqueos
todos! Mándanme Príamo y los ilustres troyanos
que os participe, y ojalá os fuera acepta y
grata, la proposición de Alejandro, por quien se
suscitó la contienda. Ofrece dar cuantas riquezas
trajo a Ilio en las cóncavas naves -¡así
hubiese perecido antes!- y aun añadir otras de
su casa; pero se niega a devolver la legítima
esposa del glorioso Menelao, a pesar de que los
troyanos se lo aconsejan. Me han ordenado
también que os haga esta consulta: Si queréis,
que se suspenda el horrísono combate para
quemar los cadáveres; y luego volveremos a
pelear hasta que una deidad nos separe y otorgue
la victoria a quien le plazca.

398. Así habló. Todos enmudecieron y quedaron
silenciosos. Pero al fin Diomedes, valiente en la
pelea, dijo:


Cont.


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CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres
. Cont.

400. -No se acepten ni las riquezas de Alejandro,
ni a Helena tampoco; pues es evidente, hasta
para el más simple, que la ruina pende sobre
los troyanos.

403. Así se expresó; y todos los aqueos aplaudieron,
admirados del discurso de Diomedes,
domador de caballos. Y el rey Agamenón dijo
entonces a Ideo:

406. -¡Ideo! Tú mismo oyes las palabras con que
responden los aqueos; ellas son de mi agrado.
En cuanto a los cadáveres, no me opongo a que
sean quemados, pues ha de ahorrarse toda dilación
para satisfacer prontamente a los que
murieron, entregando sus cuerpos a las llamas.
Zeus tonante, esposo de Hera, reciba el juramento.

412. Dicho esto, alzó el cetro a todos los dioses;
a Ideo regresó a la sagrada Ilio, donde lo esperaban,
reunidos en junta, troyanos y dárdanos.
El heraldo, puesto en medio, dijo la respuesta.
En seguida dispusiéronse unos a recoger los cadáveres,
y otros a ir por leña. A su vez, los argivos
salieron de las naves de muchos bancos,
unos para recoger los cadáveres, y otros para ir
por leña.

421. Ya el sol hería con sus rayos los campos,
subiendo al cielo desde la plácida y profunda
corriente del Océano, cuando aqueos y troyanos
se mezclaron unos con otros en la llanura.
Difícil era reconocer a cada varón; pero lavaban
con agua las manchas de sangre de los cadáveres
y, derramando ardientes lágrimas, los subían
a los carros. El gran Príamo no permitía que
los troyanos lloraran: éstos, en silencio y con el
corazón afligido, hacinaron los cadáveres sobre
la pira, los quemaron y volvieron a la sacra Ilio.
Del mismo modo, los aqueos, de hermosas grebas,
hacinaron los cadáveres sobre la pira, los
quemaron y volvieron a las cóncavas naves.

433. Cuando aún no despuntaba la aurora, pero
ya la luz del alba se difundía, un grupo escogido
de aqueos se reunió en torno de la pira. Erigieron
con tierra de la llanura un túmulo
común; construyeron a partir del mismo una
muralla con altas torres, que sirviese de reparo
a las naves y a ellos mismos; dejaron puertas,
que se cerraban con bien ajustadas tablas, para
que pudieran pasar los carros, y cavaron delante
del muro un gran foso profundo y ancho,
que defendieron con estacas.

442. De tal suerte trabajaban los melenudos
aqueos; y los dioses, sentados junto a Zeus fulminador,
contemplaban la grande obra de los
aqueos, de broncíneas corazas. Y Posidón, que
sacude la tierra, empezó a decirles:

446. -¡Padre Zeus! ¿Cuál de los mortales de la
vasta tierra consultará con los dioses sus pensamientos
y proyectos? ¿No ves que los melenudos
aqueos han construido delante de las
naves un muro con su foso, sin ofrecer a los
dioses hecatombes perfectas? La fama de este
muro se extenderá tanto como la luz de la aurora;
y se echará en olvido el que labramos yo y
Febo Apolo cuando con gran fatiga construimos
la ciudad para el héroe Laomedonte.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:16

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VII

Combate singular de Héctor y Ayante
Levantamiento de los cadáveres.
Cont.

454. Zeus, que amontona las nubes, respondió
muy indignado:

455. -¡Oh dioses! ¡Tú, prepotente batidor de la
tierra, qué palabras proferiste! A un dios muy
inferior en fuerza y ánimo podría asustarle tal
pensamiento; pero no a ti, cuya fama se extenderá
tanto como la luz de la aurora. Ea, cuando
los aqueos, de larga cabellera, regresen en las
naves a su patria tierra, derriba el muro, arrójalo
entero al mar, y enarena otra vez la espaciosa
playa para que desaparezca la gran muralla
aquea.

464. Así éstos conversaban. Al ponerse el sol los
aqueos tenían la obra acabada; inmolaron bueyes
y se pusieron a cenar en las respectivas
tiendas, cuando arribaron, procedentes de
Lemnos, muchas naves cargadas de vino que
enviaba Euneo Jasónida, hijo de Hipsípile y de
Jasón, pastor de hombres. El hijo de Jasón
mandaba separadamente, para los Atridas,
Agamenón y Menelao, mil medidas de vino.
Los melenudos aqueos acudieron a las naves;
compraron vino, unos con bronce, otros con
luciente hierro, otros con pieles, otros con vacas
y otros con esclavos; y prepararon un festín espléndido.
Toda la noche los melenudos aqueos
disfrutaron del banquete, y lo mismo hicieron
en la ciudad los troyanos y sus aliados. Toda la
noche estuvo el próvido Zeus meditando cómo
les causaría males y tronando de un modo horrible:
el pálido temor se apoderó de todos,
derramaron a tierra el vino de las copas, y nadie
se atrevió a beber sin que antes hiciera libaciones
al prepotente Cronión. Después se acostaron
y el don del sueño recibieron.

FIN DEL CANTO VII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:20

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII (*)

Batalla interrumpida

(*)
Y la tercera es favorable a los troyanos, que
quedan vencedores y pernoctan en el campo en
vez de retirarse a la ciudad, y así poder rematar
la victoria al día siguiente. Zeus, en asamblea
divina había prohibido a los inmonales acudir
en socorro de los hombres, y él ha ayudado a
los troyanos.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:24

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida


1. La Aurora, de azafranado velo, se esparcía
por toda la tierra, cuando Zeus, que se complace
en lanzar rayos, reunió el ágora de los dioses
en la más alta de las muchas cumbres del
Olimpo. Y así les habló, mientras ellos atentamente
lo escuchaban:

5. -¡Oídme todos, dioses y diosas, para que os
manifieste to que en el pecho mi corazón me
dicta! Ninguno de vosotros, sea varón o hembra,
se atreva a transgredir mi mandato; antes
bien, asentid todos, a fin de que cuanto antes
lleve a cabo lo que pretendo. El dios que intente
separarse de los demás y socorrer a los troyanos
o a los dánaos, como yo lo vea, volverá
afrentosamente golpeado al Olimpo; o, cogiéndolo,
lo arrojaré al tenebroso Tártaro, muy lejos,
en lo más profundo del báratro debajo de la
tierra -sus puertas son de hierro, y el umbral,
de bronce, y su profundidad desde el Hades
como del cielo a la tierra-, y conocerá en seguida
cuánto aventaja mi poder al de las demás
deidades. Y, si queréis, haced esta prueba, oh
dioses, para que os convenzáis. Suspended del
cielo áurea cadena, asíos todos, dioses y diosas,
de la misma, y no os será posible arrastrar del
cielo a la tierra a Zeus, árbitro supremo, por
mucho que os fatiguéis; mas, si yo me resolviese
a tirar de aquélla, os levantaría con la tierra y
el mar, ataría un cabo de la cadena en la cumbre
del Olimpo, y todo quedaría en el aire. Tan
superior soy a los dioses y a los hombres.

23. Así habló, y todos callaron, asombrados de
sus palabras, pues fue mucha la vehemencia
con que se expresó. A1 fin, Atenea, la diosa de
ojos de lechuza, dijo:

31. -¡Padre nuestro, Cronida, el más excelso de
los soberanos! Bien sabemos que es incontrastable
tu poder; pero tenemos lástima de los
belicosos dánaos, que morirán, y se cumplirá su
aciago destino. Nos abstendremos de intervenir
en el combate, si nos lo mandas; pero sugeriremos
a los argivos consejos saludables, a fin de
que no perezcan todos, a causa de tu cólera.

38. Sonriéndose, le contestó Zeus, que amontona
las nubes:

39. -Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No
hablo con ánimo benigno, pero contigo quiero
ser complaciente.

41. Esto dicho, unció los corceles de pies de
bronce y áureas crines, que volaban ligeros;
vistió la dorada túnica, tomó el látigo de oro y
fina labor y subió al carro. Picó a los caballos
para que arrancaran; y éstos, gozosos, emprendieron
el vuelo entre la tierra y el estrellado
cielo. Pronto llegó al Ida, abundante en fuentes
y criador de fieras, al Gárgaro, donde tenía un
bosque sagrado y un perfumado altar; allí el
padre de los hombres y de los dioses detuvo los
corceles, los desenganchó del carro y los cubrió
de espesa niebla. Sentóse luego en la cima, ufano
de su gloria, y se puso a contemplar la ciudad
troyana y las naves aqueas.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:35

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

53. Los melenudos aqueos se desayunaron apresuradamente
en las tiendas, y en seguida tomaron
las armas. También los troyanos se armaron
dentro de la ciudad; y, aunque eran menos,
estaban dispuestos a combatir, obligados por la
cruel necesidad de proteger a sus hijos y mujeres:
abriéronse todas las puertas, salió el ejército
de infantes y de los que peleaban en carros, y se
produjo un gran tumulto.

60. Cuando los dos ejércitos llegaron a juntarse,
chocaron entre sí los escudos, las lanzas y el
valor de los guerreros armados de broncíneas
corazas, y al aproximarse las abollonadas rodelas
se produjo un gran tumulto. Allí se oían
simultáneamente los lamentos de los moribundos
y los gritos jactanciosos de los matadores, y
la tierra manaba sangre.

66. Al amanecer y mientras iba aumentando la
luz del sagrado día, los dardos alcanzaban por
igual a unos y a otros, y los hombres caían.
Cuando el sol hubo recorrido la mitad del cielo,
el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en
ella dos destinos de la muerte que tiende a lo
largo -el de los troyanos, domadores de caballos,
y el de los aqueos, de broncíneas lorigas-;
cogió por el medio la balanza, la desplegó y
tuvo más peso el día fatal de los aqueos. Los
destinos de éstos bajaron hasta llegar a la fértil
tierra, mientras los de los troyanos subían al
espacioso cielo. Zeus, entonces, tronó fuerte
desde el Ida y envió una ardiente centella a los
aqueos, quienes, al verla, se pasmaron, sobrecogidos
de pálido temor.

78. Ya no se atrevieron a permanecer en el campo
ni Idomeneo, ni Agamenón, ni los dos
Ayantes, servidores de Ares; y sólo se quedó
Néstor gerenio, protector de los aqueos, contra
su voluntad, por tener malparado uno de los
corceles, al cual el divino Alejandro, esposo de
Helena, la de hermosa cabellera, había herido
con una flecha en lo alto de la cabeza, donde las
crines empiezan a crecer y las heridas son mortales.
El caballo, al sentir el dolor, se encabritó,
y la flecha le penetró el cerebro; y, revolcándose
para sacudir el bronce, espantó a los demás
caballos. Mientras el anciano se daba prisa a
cortar con la espada las correas del caído corcel,
vinieron por entre la muchedumbre los veloces
caballos de Héctor, tirando del carro en que iba
tan audaz guerrero. Y el anciano perdiera allí
la vida, si al punto no lo hubiese advertido
Diomedes, valiente en la pelea; el cual, vociferando
de un modo horrible, dijo a Ulises:

93. -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo
en ardides! ¿Adónde huyes, confundido
con la turba y volviendo la espalda como un
cobarde? Mira que alguien, mientras huyes, no
te clave la lanza en el dorso. Pero aguarda y
apartaremos del anciano al feroz guerrero.

97. Así dijo, y el paciente divino Ulises pasó sin
oírlo, corriendo hacia las cóncavas naves de los
aqueos. El Tidida, aunque estaba solo, se abrió
paso por las primeras filas; y, deteniéndose
ante el carro del viejo Nelida, pronunció estas
aladas palabras:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:41

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

102. -¡Oh anciano! Los guerreros mozos te acosan
y te hallas sin fuerzas, abrumado por la
molesta senectud; tu escudero tiene poco vigor
y tus caballos son tardos. Sube a mi carro para
que veas cuáles son los corceles de Tros que
quité a Eneas, el que pone en fuga a sus enemigos,
y cómo saben tanto perseguir acá y acullá
de la llanura, como huir ligeros. De los tuyos
cuiden los servidores; y nosotros dirijamos
éstos hacia los troyanos, domadores de caballos,
para que Héctor sepa con qué furia se
mueve la lanza en mis manos.

112. Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no desobedeció.
Encargáronse de sus yeguas los bravos
escuderos Esténelo y Eurimedonte valeroso;
y habiendo subido ambos héroes al carro de
Diomedes, Néstor cogió las lustrosas riendas y
avispó a los caballos, y pronto se hallaron cerca
de Héctor. El hijo de Tideo arrojóle un dardo,
cuando Héctor deseaba acometerlo, y si bien
erró el tiro, hirió en el pecho cerca de la tetilla a
Eniopeo, hijo del animoso Tebeo, que, como
auriga, gobernaba las riendas: Eniopeo cayó del
carro, cejaron los veloces corceles y allí terminaron
la vida y el valor del guerrero. Hondo
pesar sintió el espíritu de Héctor por tal muerte;
pero, aunque condolido del compañero,
dejóle en el suelo y buscó otro auriga que fuese
osado. Poco tiempo estuvieron los caballos sin
conductor, pues Héctor encontróse con el ardido
Arqueptólemo Ifítida, y, haciéndole subir al
carro de que tiraban los ágiles corceles, le puso
las riendas en la mano.

130. Entonces gran estrago a irreparables males
se hubieran producido y los troyanos habrían
sido encerrados en Ilio como corderos, si al
punto no lo hubiese advertido el padre de los
hombres y de los dioses. Tronando de un modo
espantoso, despidió un ardiente rayo para que
cayera en el suelo delante de los caballos de
Diomedes; el azufre encendido produjo una
terrible llama; los corceles, asustados, acurrucáronse
debajo del carro; las lustrosas riendas
cayeron de las manos de Néstor, y éste, con
miedo en el corazón, dijo a Diomedes:

139. -¡Tidida! Tuerce la rienda a los solípedos
caballos y huyamos. ¿No conoces que la protección
de Zeus ya no te acompaña? Hoy Zeus
Cronida otorga a ése la victoria; otro día, si le
place, nos la dará a nosotros. Ningún hombre,
por fuerte que sea, puede impedir los propósitos
de Zeus, porque el dios es mucho más poderoso.

145. Respondióle Diomedes, valiente en la pelea:

146. -Sí, anciano, oportuno es cuanto acabas de
decir, pero un terrible pesar me llega al corazón
y al alma. Quizá diga Héctor, arengando a los
troyanos: «El Tidida llegó a las naves, puesto en
fuga por mi lanza» Así se jactará; y entonces
ábraseme la vasta tierra.

151. Replicóle Néstor, caballero gerenio:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:47

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

152. -¡Ay de mí! ¡Qué dijiste, hijo del belicoso
Tideo! Si Héctor te llamare cobarde y flaco, no
lo creerán ni los troyanos, ni los dardanios, ni
las mujeres de los troyanos magnánimos, escudados,
cuyos esposos florecientes derribaste en
el polvo.

157. Dichas estas palabras, volvió la rienda a los
solípedos caballos, y empezaron a huir por entre
la turba. Los troyanos y Héctor, promoviendo
inmenso alboroto, hacían llover sobre ellos
dañosos tiros. Y el gran Héctor, el de tremolante
casco, gritaba con voz recia:

161. -¡Tidida! Los dánaos, de ágiles corceles, te
cedían la preferencia en el asiento y te obsequiaban
con carne y copas de vino; mas ahora
te despreciarán, porque te has vuelto como una
mujer. Anda, tímida doncella; ya no escalarás
nuestras torres, venciéndome a mí, ni te llevarás
nuestras mujeres en las naves, porque
antes te daré la muerte.

167. Así dijo. El Tidida estaba indeciso entre
seguir huyendo o torcer la rienda a los corceles
y volver a pelear. Tres veces se le presentó la
duda en la mente y en el corazón, y tres veces el
próvido Zeus tronó desde los montes ideos
para anunciar a los troyanos que suya sería en
aquel combate la inconstante victoria. Y Héctor
los animaba, diciendo a voz en grito:

175. -¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a
cuerpo combatís! Sed hombres, amigos, y mostrad
vuestro impetuoso valor. Conozco que el
Cronida me concede, benévolo, la victoria y
una gloria inmensa y envía la perdición a los
dánaos; quienes, oh necios, construyeron esos
muros débiles y despreciables que no podrán
contener mi arrojo, pues los caballos salvarán
fácilmente el cavado foso. Cuando llegue a las
cóncavas naves, acordaos de traerme el voraz
fuego para que las incendie y mate junto a ellas
a los argivos aturdidos por el humo.

184. Dijo, y exhortó a sus caballos con estas palabras:

185 -¿Janto, Podargo, Etón, divino Lampo!
Ahora debéis pagarme el exquisito cuidado con
que Andrómaca, hija del magnánimo Eetión, os
ofrecía el regalado trigo y os mezclaba vinos
para que pudieseis, bebiendo, satisfacer vuestro
apetito antes que a mí, que me glorío de ser su
floreciente esposo. Seguid el alcance, esforzaos,
para ver si nos apoderamos del escudo de
Néstor, cuya fama llega hasta el cielo por ser
todo de oro, sin exceptuar las abrazaderas, y le
quitamos de los hombros a Diomedes, domador
de caballos, la labrada coraza que Hefesto
fabricó. Creo que, si ambas cosas consiguiéramos,
los aqueos se embarcarían esta misma
noche en las veleras naves.

199. Así habló, vanagloriándose. La veneranda
Hera, indignada, se agitó en su trono, haciendo
estremecer el espacioso Olimpo, y dijo al gran
dios Posidón:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 02 Mar 2021, 02:50

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LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida
. Cont.

201. -¡Oh dioses! ¡Prepotente Posidón que bates
la tierra! ¿Tu corazón no se compadece de los
dánaos moribundos que tantos y tan lindos
presentes lo llevan a Hélice y a Egas? Decídete
a darles la victoria. Si cuantos protegemos a los
dánaos quisiéramos rechazar a los troyanos y
contener al largovidente Zeus, éste se aburriría
sentado solo allá en el Ida.

208. Respondióle muy indignado el poderoso
dios que sacude la tierra:

209. -¿Qué palabras proferiste, audaz Hera? Yo
no quisiera que los demás dioses lucháramos
con Zeus Cronión porque nos aventaja mucho
en poder.

212. Así éstos conversaban. Cuanto espacio encerraba
el foso desde la torre hasta las naves
llenóse de carros y hombres escudados que allí
acorraló Héctor Priámida, igual al impetuoso
Ares, cuanto Zeus le dio gloria. Y el héroe
hubiese pegado ardiente fuego a las naves bien
proporcionadas a no haber sugerido la venerable
Hera a Agamenón, aunque éste no se descuidaba,
que animara pronto a los aqueos. Fuese
el Atrida hacia las tiendas y las naves aqueas
con el grande purpúreo manto en el robusto
brazo, y subió a la ingente nave negra de Ulises,
que estaba en el centro, para que lo oyeran
por ambos lados hasta las tiendas de Ayante
Telamonio y de Aquiles, los cuales habían
puesto sus bajeles en los extremos porque confiaban
en su valor y en la fuerza de sus brazos.
Y con voz penetrante gritaba a los dánaos:

228.-¡Qué vergüenza, argivos, hombres sin dignidad,
admirables sólo por la figura! ¿Qué es de
la jactancia con que nos gloriábamos de ser valentísimos,
y con que decíais presuntuosamente
en Lemnos, comiendo abundante carne de bueyes
de erguida cornamenta y bebiendo crateras
coronadas de vino, que cada uno haría frente
en la batalla a ciento y a doscientos troyanos?
Ahora ni con uno podemos, con Héctor, que
pronto pegará ardiente fuego a las naves. ¡Padre
Zeus! ¿Hiciste sufrir tamaña desgracia y
privaste de una gloria tan grande a algún otro
de los prepotentes reyes? Cuando vine, no pasé
de largo en la nave de muchos bancos por ninguno
de tus bellos altares, sino que en todos
quemé grasa y muslos de buey, deseoso de asolar
la bien murada Troya. Por Canto, oh Zeus,
cúmpleme este voto: déjanos escapar y librarnos
de este peligro, y no permitas que los troyanos
maten a los aqueos.

245. Así dijo. El padre, compadecido de verle
derramar lágrimas, le concedió que su pueblo
se salvara y no pereciese; y en seguida mandó
un águila, la mejor de las aves agoreras, que
tenía en las garras el hijuelo de una veloz cierva
y lo dejó caer al pie del ara hermosa de Zeus,
donde los aqueos ofrecían sacrificios al dios,
como autor de los presagios todos. Cuando
ellos vieron que el ave había sido enviada por
Zeus, arremetieron con más ímpetu contra los
troyanos y sólo en combatir pensaron.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 02:42

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LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

253. Entonces ninguno de los dánaos, aunque
eran muchos, pudo gloriarse de haber revuelto
sus veloces caballos para pasar el foso y resistir
el ataque, antes que el Tidida. Fue éste el primero
que mató a un guerrero troyano, a Agelao
Fradmónida, que, subido en el carro, emprendía
la fuga: hundióle la pica en la espalda, entre
los hombros, y la punta salió por el pecho; Agelao
cayó del carro y sus armas resonaron.

261. Siguieron a Diomedes los Atridas, Agamenón
y Menelao; los Ayantes, revestidos de
impetuoso valor; Idomeneo y su servidor Meriones,
igual al homicida Enialio; Eurípilo, hijo
ilustre de Evemón; y en noveno lugar, Teucro,
que, con el flexible arco en la mano, se escondía
detrás del escudo de Ayante Telamoníada. Éste
levantaba el escudo; y Teucro, volviendo el
rostro a todos lados, flechaba a uno de la turba
que caía mortalmente herido, y al momento
tornaba a refugiarse en Ayante (como un niño
en su madre), quien lo cubría otra vez con el
refulgente escudo.

273. ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los
que entonces mató el eximio Teucro? Orsíloco
el primero, Órmeno, Ofelestes, Détor, Cromio,
Licofontes igual a un dios, Amopaón Poliemónida
y Melanipo. A tantos derribó sucesivamente
al almo suelo. El rey de hombres, Agamenón,
se holgó de ver que Teucro destruía las
falanges troyanas, disparando el fuerte arco; y,
poniéndose a su lado, le dijo:

281. -¡Caro Teucro Telamonio, príncipe de hombres!
Sigue arrojando flechas, por si acaso llegas
a ser la aurora de salvación de los dánaos y
honras a to padre Telamón, que te crió cuando
eras niño y te educó en su casa, a pesar de tu
condición de bastardo; ya que está lejos de
aquí, cúbrele de gloria. Lo que voy a decir se
cumplirá: Si Zeus, que lleva la égida, y Atenea
me permiten destruir la bien édificada ciudad
de Ilio, te pondré en la mano, como premio de
honor únicamente inferior al mío, o un trípode
o dos corceles con su correspondiente carro o
una mujer que comparta el lecho contigo.

292. Respondióle el eximio Teucro:

293. -¡Gloriosísimo Atrida! ¿Por qué me instigas
cuando ya, solícito, hago lo que puedo? Desde
que los rechazamos hacia Ilio mato hombres,
valiéndome del arco. Ocho flechas de larga
punta tiré, y todas se clavaron en el cuerpo de
jóvenes llenos de marcial furor; pero no consigo
herir a ese perro rabioso.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 02:56

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

300. Dijo; y, apercibiendo el arco, envió otra
flecha a Héctor con intención de herirlo. Tampoco
acertó, pero la saeta se clavó en el pecho
del eximio Gorgitión, valeroso hijo de Príamo y
de la bella Castianira, oriunda de Esima, cuyo
cuerpo al de una diosa semejaba. Como en un
jardín inclina la amapola su tallo, combándose
al peso del fruto o de los aguaceros primaverales,
de semejante modo inclinó el guerrero la
cabeza que el casco hacía ponderosa.

309. Teucro armó nuevamente el arco, envió
otra saeta a Héctor, con ánimo de herirlo, y
también erró el tiro, por haberlo desviado Apolo;
pero hirió en el pecho cerca de la tetilla a
Arqueptólemo, osado auriga de Héctor, cuando
se lanzaba a la pelea. Arqueptólemo cayó del
carro, cejaron los corceles de pies ligeros, y allí
terminaron la vida y el valor del guerrero.
Hondo pesar sintió el espíritu de Héctor por tal
muerte; pero, aunque condolido del compañero,
dejólo y mandó a su propio hermano Cebríones,
que se hallaba cerca, que empuñara las
riendas de los caballos. Oyóle éste y no desobedeció.
Héctor saltó del refulgence carro al suelo,
y, vociferando de un modo espantoso, cogió
una piedra y encaminóse hacia Teucro con el
propósito de herirlo. Teucro, a su vez, sacó del
carcaj una acerba flecha, y ya estiraba la cuerda
del arco, cuando Héctor, el de tremolante casco,
acertó a darle con la áspera piedra cerca del
hombro, donde la clavícula separa el cuello del
pecho y las heridas son mortales, y le rompió el
nervio: entorpecióse el brazo, Teucro cayó de
hinojos y el arco se le fue de las manos. Ayante
no abandonó al hermano caído en el suelo, sino
que, corriendo a defenderlo, lo cubrió con el
escudo. Acudieron dos fieles compañeros, Mecisteo,
hijo de Equio, y el divino Alástor; y, cogiendo
a Teucro, que daba grandes suspiros, lo
llevaron a las cóncavas naves.

335. El Olímpico volvió a excitar el valor de los
troyanos, los cuales hicieron arredrar a los
aqueos en derechura al profundo foso. Héctor
iba con los delanteros, haciendo gala de su
fuerza. Como el perro que acosa con ágiles pies
a un jabalí o a un león, lo muerde por detrás, ya
los muslos, ya las nalgas, y observa si vuelve la
cara; de igual modo perseguía Héctor a los melenudos
aqueos, matando al que se rezagaba, y
ellos huían espántados. Cuando atravesaron la
empalizada y el foso, muchos sucumbieron a
manos de los troyanos; los demás no pararon
hasta las naves, y allí se animaban los unos a
los otros, y con los brazos levantados oraban en
voz alta a todas las deidades. Héctor revolvía
por todas partes los corceles de hermosas crines;
y sus ojos parecían los de Gorgona o los de
Ares, peste de los hombres.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 03:04

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

350. Hera, la diosa de los níveos brazos, al ver a
los aqueos compadeciólos, en seguida dirigió a
Atenea estas aladas palabras:

352. -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida!
¿No nos cuidaremos de socorrer, aunque
tarde, a los dánaos moribundos? Perecerán,
cumpliéndose su aciago destino, por el arrojo
de un solo hombre, de Héctor Priámida, que se
enfurece de intolerable modo y ya ha causado
gran estrago.

357. Respondióle Atenea, la diosa de ojos de
lechuza:

358. Tiempo ha que ése hubiera perdido fuerza
y vida, muerto en su patria tierra por los aqueos;
pero mi padre revuelve en su mente funestos
propósitos, ¡cruel, siempre injusto, desbaratador
de mis planes!, y no recuerda cuántas
veces salvé a su hijo abrumado por los trabajos
que Euristeo le había impuesto: clamaba al cielo,
llorando, y Zeus me enviaba a socorrerlo. Si
mi precavida mente hubiese sabido lo de ahora,
no hubiera escapado el hijo de Zeus de las
hondas corrientes de la Éstige, cuando aquél lo
mandó que fuera a la mansión de Hades, de
sólidas puertas, y sacara del Érebo el horrendo
can de Hades. Al presente Zeus me aborrece y
cumple los deseos de Tetis, que besó sus rodillas
y le tocó la barba, suplicándole que honrase
a Aquiles, asolador de ciudades. Día vendrá en
que me llame nuevamente su amada hija, la de
ojos de lechuza. Pero unce los solipedos corceles,
mientras yo, entrando en el palacio de
Zeus, que lleva la égida, me armo para el combate;
quiero ver si el hijo de Príamo, Héctor, el
de tremolante casco, se alegrará cuando aparezcamos
en el campo de la batalla. Alguno de
los troyanos, cayendo junto a las naves aqueas,
saciará con su grasa y con su carne a los perros
y a las aves.

381. Dijo; y Hera, la diosa de los níveos brazos,
no fue desobediente. La venerable diosa Hera,
hija del gran Crono, aprestó solícita los caballos
de áureos jaeces. Y Atenea, hija de Zeus, que
lleva la égida, dejó caer al suelo el hermoso
peplo bordado que ella misma había tejido y
labrado con sus manos; vistió la túnica de Zeus,
que amontona las nubes, y se armó para la luctuosa
guerra. Y subiendo al flamante carro, asió
la lanza ponderosa, larga, fornida, con que la
hija del prepotente padre destruye filas enteras
de héroes cuando contra ellos monta en cólera.
Hera picó con el látigo a los corceles, y abriéronse
de propio impulso rechinando las puertas
del cielo de que cuidan las Horas -a ellas
está confiado el espacioso cielo y el Olimpo-,
para remover o colocar delante la densa nube.
Por allí, por entre las puertas, dirigieron aquellas
deidades los corceles, dóciles al látigo.

397. El padre de Zeus, apenas las vio desde el
Ida, se encendió en cólera; y al punto llamó a
Iris, la de doradas alas, para que le sirviese de
mensajera:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 03:11

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

399. -¡Anda, ve, rápida Iris! Haz que se vuelvan
y no les dejes llegar a mi presencia, porque
ningún beneficio les reportará luchar conmigo.
Lo que voy a decir se cumplirá: Encojaréles los
briosos corceles; las derribaré del carro, que
romperé luego, y ni en diez años cumplidos
sanarán de las heridas que les produzca el rayo,
para que conozca la de ojos de lechuza que es
con su padre contra quien combate. Con Hera
no me irrito ni me encolerizo tanto, porque
siempre ha solido. oponerse a cuanto digo.

409. De tal modo habló. Iris, la de los pies rápidos
como el huracán, se levantó para llevar el
mensaje; descendió de los montes ideos; y, alcanzando
a las diosas en la entrada del Olimpo,
en valles abundoso, hizo que se detuviesen, y
les transmitió la orden de Zeus:

413. -¿Adónde corréis? ¿Por qué en vuestro pecho
el corazón se enfurece? No consiente el
Cronida que se socorra a los argivos. Ved aquí
lo que hará el hijo de Crono si cumple su amenaza:
Os encojará los briosos caballos, os derribará
del carro, que romperá luego, y ni en diez
años cumplidos sanaréis de las heridas que os
produzca el rayo; para que conozcas tú, la de
ojos de lechuza, que es con tu padre contra
quien combates. Con Hera no se irrita ni se encoleriza
tanto, porque siempre ha solido oponerse
a cuanto dice. ¡Pero tú, temeraria, perra
desvergonzada, si realmente te atrevieras a
levantar contra Zeus la formidable lanza...!

425 Cuando esto hubo dicho, fuese Iris, la de
los pies ligeros; y Hera dirigió a Atenea estas
palabras:

427. -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida!
Ya no permito que por los mortales peleemos
con Zeus. Mueran unos y vivan otros, cualesquiera
que fueren; y aquél sea juez, como le
corresponde, y dé a los troyanos y a los dánaos
lo que su espíritu acuerde.

432 Esto dicho, torció la rienda a los solípedos
caballos. Las Horas desuncieron los corceles de
hermosas crines, los ataron a pesebres divinos y
apoyaron el carro en el reluciente muro. Y las
diosas, que tenían el corazón afligido, se sentaron
en áureos tronos mezcladamente con las
demás deidades.

438. El padre Zeus, subiendo al carro de hermosas
ruedas, guió los caballos desde el Ida al
Olimpo y llegó a la mansión de los dioses; y
allí el ínclito dios que sacude la tierra desunció
los corceles, puso el carro en el estrado y lo cubrió
con un velo de lino. El largovidente Zeus
tomó asiento en el áureo trono y el inmenso
Olimpo tembló debajo de sus pies. Atenea y
Hera, sentadas aparte y a distancia de Zeus,
nada le dijeron ni preguntaron; mas él comprendió
en su mente lo que pensaban, y dijo:


Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 03:19

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

447. -¿Por qué os halláis tan abatidas, Atenea y
Hera? No os habréis fatigado mucho en la batalla,
donde los varones adquieren gloria, matando
troyanos, contra quienes sentís vehemente
rencor. Son tales mi fuerza y mis manos invictas,
que no me harían cambiar de resolución
cuantos diosés hay en el Olimpo. Pero os temblaron
los hermosos miembros antes que llegarais
a ver el combate y sus terribles hechos. Diré
lo que en otro caso hubiera ocurrido: Heridas
por el rayo, no hubieseis vuelto en vuestro carro
al Olimpo, donde se halla la mansión de los
inmortales.

457. Así dijo. Atenea y Hera, que tenían los
asientos contiguos y pensaban en causar daño a
los troyanos, mordiéronse los labios. Atenea,
aunque airada contra su padre y poseída de
feroz cólera, guardó silencio y nada dijo; pero a
Hera la ira no le cupo en el pecho, y exclamó:

462. -¡Crudelísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste!
Bien sabemos que es incontrastable tu
poder; pero tenemos lástima de los belicosos
dánaos, que morirán, y se cumplirá su aciago
destino. Nos abstendremos de intervenir en la
lucha, si nos lo mandas, pero sugeriremos a los
argivos consejos saludables para que no perezcan
todos víctimas de tu cólera.

469. Respondióle Zeus, que amontona las nubes:

470. -En la próxima mañana verás, si quieres, oh
Hera veneranda, la de ojos de novilla, cómo el
prepotente Cronión hace gran riza en el ejército
de los belicosos argivos. Y el impetuoso Héctor
no dejará de pelear hasta que junto a las naves
se levante el Pelida, el de los pies ligeros, el día
aquel en que combatan cerca de las popas y en
estrecho espacio por el cadáver de Patroclo. Así
lo decretó el hado, y no me importa que te irrites.
Aunque lo vayas a los confines de la tierra
y del mar, donde moran Jápeto y Crono, que no
disfrutan de los rayos del Sol Hiperión ni de los
vientos, y se hallan rodeados por el profundo
Tártaro; aunque, errante, llegues hasta allí, no
me importará verte enojada, porque no hay
nada más impudente que tú.

484. Así dijo; y Hera, la de los níveos brazos,
nada respondió. La brillante luz del sol se hundió
en el Océano, trayendo sobre la alma tierra
la noche obscura. Contrarió a los troyanos la
desaparición de la luz; mas para los aqueos llegó
grata, muy deseada, la tenebrosa noche.

489. El esclarecido Héctor reunió a los troyanos
en la ribera del voraginoso Janto, lejos de las
naves, en un lugar limpio donde el suelo no
aparecía cubierto de cadáveres. Aquéllos descendieron
de los carros y escucharon a Héctor,
caro a Zeus, que arrimado a su lama de once
codos, cuya reluciente broncínea punta estaba
sujeta por áureo anillo, así los arengaba:

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 03:24

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

497. -¡Oídme, troyanos, dárdanos y aliados! En
el día de hoy esperaba volver a la ventosa Ilio
después de destruir las naves y acabar con todos
los aqueos; pero nos quedamos a obscuras,
y esto ha salvado a los argivos y a las naves que
tienen en la playa. Obedezcamos ahora a la
noche sombría y ocupémonos en preparar la
cena; desuncid de los carros a los corceles de
hermosas crines y echadles el pasto; traed pronto
de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de
vuestras casas pan y vino, que alegra el corazón;
amontonad abundante leña y encendamos
muchas hogueras que ardan hasta que
despunte la aurora, hija de la mañana, y cuyo
resplandor llegue al cielo: no sea que los melenudos
aqueos intenten huir esta noche por el
ancho dorso del mar. No se embarquen tranquilos
y sin ser molestados, sino que alguno
tenga que curarse en su casa una lanzada o un
flechazo recibido al subir a la nave, para que
tema quien ose mover la luctuosa guerra a los
troyanos, domadores de caballos. Los heraldos,
caros a Zeus, vayan a la población y pregonen
que los adolescentes y los ancianos de canosas
sienes se reúnan en las torres que fueron construidas
por las deidades y circundan la ciudad;
que las tímidas mujeres enciendan grandes fogatas
en sus respectivas casas, y que la guardia
sea continua para que los enemigos no entren
insidiosamente en la ciudad mientras los hombres
estén fuera. Hágase como os lo encargo,
magnánimos troyanos. Dichas quedan las palabras
que al presente convienen; mañana os
arengaré de nuevo, troyanos domadores de
caballos; y espero que, con la protección de
Zeus y de las otras deidades, echaré de aquí a
esos perros rabiosos, traídos por las parcas en
los negros bajeles. Durante la noche hagamos
guardia nosotros mismos; y mañana, al comenzar
el día, tomaremos las armas para trabar
vivo combate junto a las cóncavas naves. Veré
si el fuerte Diomedes Tidida me hace retroceder
de las naves al muro, o si lo mato con el bronce
y me llevo sus cruentos despojos. Mañana probará
su valor, si me aguarda cuando lo acometa
con la lanza; mas confío en que, así que salga el
sol, caerá herido entre los combatientes delanteros,
y con él muchos de sus camaradas. Así
fuera yo inmortal, no tuviera que envejecer y
gozara de los mismos honores que Atenea o
Apolo, como este día será funesto para los argivos.

542. De este modo arengó Héctor, y los troyanos
lo aclamaron. Desuncieron de debajo del yugo
los sudados corceles y atáronlos con correas
junto a sus respectivos carros; sacaron pronto
de la ciudad bueyes y pingües ovejas, y de las
casas pan y vino, que alegra el corazón, y
amontonaron abundante leña. Después ofrecieron
hecatombes perfectas a los inmortales, y los
vientos llevaban de la llanura al cielo el suave
olor de la grasa quemada; pero los bienaventurados
dioses no quisieron aceptar la ofrenda,
porque se les había hecho odiosa la sagrada Ilio
y Príamo y su pueblo armado con lanzas de
fresno.

Cont.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 03 Mar 2021, 15:14

HOMERO

LA ILIADA

CANTO VIII

Batalla interrumpida.
Cont.

553. Así, tan alentados, permanecieron toda la
noche en el campo, donde ardían muchos fuegos.
Como en noche de calma aparecen las radiantes
estrellas en torno de la fulgente luna, y
se descubren los promontorios, cimas y valles,
porque en el cielo se ha abierto la vasta región
etérea, vense todos los astros, y al pastor se le
alegra el corazón: en tan gran número eran las
hogueras que, encendidas por los troyanos,
quemaban ante Ilio entre las naves y la corriente
del Janto. Mil fuegos ardían en la llanura, y
en cada uno se agrupaban cincuenta hombres a
la luz de la ardiente llama. Y los caballos, comiendo
cerca de los carros avena y blanca cebada,
esperaban la llegada de la Aurora, la de
hermoso trono.

FIN DEL CANTO VIII


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