Aires de Libertad

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Pascual Lopez Sanchez
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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 14:30

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIII

PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
CONT

Y le contestó su nodriza Euriclea:

«Hija mía, ¡qué palabra ha escapado del cerco
de tus dientes! ¡Tú, que dices que no volverá
jamás tu esposo, cuando ya está dentro, junto al
hogar! Tu corazón ha sido siempre desconfiado,
pero te voy a dar otra señal manifiesta:
cuando le lavaba vi la herida que una vez le
hizo un jabalí con su blanco colmillo; quise
decírtelo, pero él me asió la boca con sus manos
y no me lo permitió por la astucia de su mente.
Vamos, sígueme, que yo misma me ofrezco en
prenda y, si te engaño, mátame con la muerte
más lamentable.»


Y le contestó la prudente Penélope:

«Nodriza querida, es difícil que tú descubras
los designios de los dioses, que han nacido para
siempre, por muy astuta que seas. Vayamos,
pues, en busca de mi hijo para que yo vea a los
pretendientes muertos y a quien los mató.»


Así dijo, y descendió del piso de arriba. Su corazón
revolvía una y otra vez si interrogaría a
su esposo desde lejos o se colocaría a su lado, le
tomaría de las manos y le besaría la cabeza. Y
cuando entró y traspasó el umbral de piedra se
sentó frente a Odiseo junto al resplandor del
fuego, en la pared de enfrente. Él se sentaba
junto a una elevada columna con la vista baja
esperando que le dijera algo su fuerte esposa
cuando lo viera con sus ojos, pero ella permaneció
sentada en silencio largo tiempo -pues el
estupor alcanzaba su corazón. Unas veces le
miraba fijamente al rostro y otras no lo reconocía
por llevar en su cuerpo miserables vestidos.
Entonces Telémaco la reprendió, le dijo su palabra
y la llamó por su nombre:

«Madre mía, mala madre, que tienes un corazón
tan cruel. ¿Por qué te mantienes tan alejada
de mi padre y no te sientas junto a él para
interrogarle y enterarte de todo? Ninguna otra
mujer se mantendría con ánimo tan tenaz apartada
de su marido, cuando éste después de pasar
innumerables calamidades llega a su patria
a los veinte años. Pero tu corazón es siempre
más duro que la piedra.»


Y le contestó la prudente Penélope:

«Hijo mío, tengo el corazón pasmado dentro
del pecho y no puedo pronunciar una sola palabra
ni interrogarle, ni mirarle siquiera a la
cara. Si en verdad es Odiseo y ha llegado a casa,
nos reconoceremos mutuamente mejor, pues
tenemos señales secretas para los demás que
sólo nosotros dos conocemos.»


Así habló y sonrió el sufridor, el divino Odiseo,
y al punto dirigió a Telémaco aladas palabras:

«Telémaco, deja a tu madre que me ponga a
prueba en el palacio y así lo verá mejor. Como
ahora estoy sucio y tengo sobre mi cuerpo vestidos
míseros, no me honra y todavía no cree
que yo sea aquél. Pero deliberemos antes de
modo que resulte todo mejor, pues cualquiera
que mata en el pueblo incluso a un hombre que
no deja atrás muchos vengadores, se da a la
fuga abandonando sus parientes y su tierra
patria, pero yo he matado a los defensores de la
ciudad, a los más nobles mozos de Itaca. Te
invito a que consideres esto.»


Y le contestó Telémaco discretamente:

«Considéralo tú mismo, padre mío, pues dicen
que tus decisiones son las mejores y ningún
otro de los mortales hombres osaría rivalizar
contigo. Nosotros te apoyaremos ardorosos y te
aseguro que no nos faltará fuerza en cuanto
esté de nuestra parte.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 14:40

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIII

PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
CONT

Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Te voy a decir lo que me parece mejor. En
primer lugar, lavaos y vestid vuestras túnicas, y
ordenad a las esclavas en el palacio que elijan
ropas para ellas mismas. Después, que el divino
aedo nos entone una alegre danza con su sonora
lira, para que cualquiera piense que hay boda
si lo oye desde fuera, ya sea un caminante o
uno de nuestros vecinos; que no se extienda por
la ciudad la noticia de la muerte de los pretendientes
antes de que salgamos en dirección a
nuestra finca, abundante en árboles. Una vez
allí pensaremos qué cosa de provecho nos va a
conceder el Olímpico.»


Así habló, y al punto todos le escucharon y
obedecieron. En primer lugar se lavaron y vistieron
las túnicas, y las mujeres se adornaron.
Luego, el divino aedo tomó su curvada lira y
excitó en ellos el deseo del dulce canto y la ilustre
danza. Y la gran mansión retumbaba con los
pies de los hombres que danzaban y de las mujeres
de lindos ceñidores.
Y uno que lo oyó desde fuera del palacio decía
así:

Seguro que se ha desposado ya alguien con la
muy pretendida reina. ¡Desdichada!, no ha tenido
valor para proteger con constancia la gran
mansión de su legítimo esposo, hasta que llegara.»


Así decía uno, pero no sabían en verdad qué
había pasado.
Después lavó a Odiseo, el de gran corazón, el
ama de llaves Eurínome y lo ungió con aceite y
puso a su alrededor una hermosa túnica y manto.
Entonces derramó Atenea sobre su cabeza
abundante gracia para que pareciera más alto y
más ancho e hizo que cayeran de su cabeza
ensortijados cabellos semejantes a la flor del
jacinto. Como cuando derrama oro sobre plata
un hombre entendido a quien Hefesto y Palas
Atenea han enseñado toda clase de habilidad y
lleva a término obras que agradan, así derramó
la gracia sobre éste, sobre su cabeza y hombro.
Y salió de la bañera semejante en cuerpo a los
inmortales.

Fue a sentarse de nuevo en el sillón, del que se
había levantado, frente a su esposa, y le dirigió
su palabra:

«Querida mía, los que tienen mansiones en el
Olimpo te han puesto un corazón más inflexible
que a las demás mujeres. Ninguna otra se
mantendría con ánimo tan tenaz apartada de su
marido cuando éste, después de pasar innumerables
calamidades, llega a su patria a los veinte
años. Vamos, nodriza, prepárame el lecho para
que también yo me acueste, pues ésta tiene un
corazón de hierro dentro del pecho.»


Y le contestó la prudente Penélope:

«Querido mío, no me tengo en mucho ni en
poco ni me admiro en exceso, pero sé muy bien
cómo eras cuando marchaste de Itaca en la nave
de largos remos. Vamos, Euriclea, prepara el
labrado lecho fuera del sólido tálamo, el que
construyó él mismo. Y una vez que hayáis
puesto fuera el labrado lecho, disponed la cama
pieles, mantas y resplandecientes colchas.»


Así dijo poniendo a prueba a su esposo. Entonces
Odiseo se dirigió irritado a su fiel esposa:

«Mujer, esta palabra que has dicho es dolorosa
para mi corazón. ¿Quién me ha puesto la cama
en otro sitio? Sería difícil incluso para uno muy
hábil si no viniera un dios en persona y lo pusiera
fácilmente en otro lugar; que de los hombres,
ningún mortal viviente, ni aun en la flor
de la edad, lo cambiaría fácilmente, pues hay
una señal en el labrado lecho, y lo construí yo y
nadie más. Había crecido dentro del patio un
tronco de olivo de extensas hojas, robusto y
floreciente, ancho como una columna. Edifiqué
el dormitorio en torno a él, hasta acabarlo, con
piedras espesas, y lo cubrí bien con un techo y
le añadí puertas bien ajustadas, habilidosamente
trabadas. Fue entonces cuando corté el follaje
del olivo de extensas hojas; empecé a podar el
tronco desde la raíz, lo pulí bien y habilidosamente
con el bronce y lo igualé con la plomada,
convirtiéndolo en pie de la cama, y luego lo
taladré todo con el berbiquí. Comenzando por
aquí lo pulimenté, hasta acabarlo, lo adorné con
oro, plata y marfil y tensé dentro unas correas
de piel de buey que brillaban de púrpura.
«Esta es la señal que te manifiesto, aunque no
sé si mi lecho está todavía intacto, mujer, o si ya
lo ha puesto algún hombre en otro sitio, cortando
la base del olivo.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 14:53

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIII

PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
CONT

Así dijo, y a ella se le aflojaron las rodillas y el
corazón al reconocer las señales que le había
manifestado claramente Odiseo. Corrió llorando
hacia él y echó sus brazos alrededor del cuello
de Odiseo; besó su cabeza y dijo:

«No te enojes conmigo, Odiseo, que en lo demás
eres más sensato que el resto de los hombres.
Los dioses nos han enviado el infortunio,
ellos, que envidiaban que gozáramos de la juventud
y llegáramos al umbral de la vejez uno
al lado del otro. Por esto no te irrites ahora
conmigo ni te enojes porque al principio, nada
más verse, no te acogiera con amor. Pues continuamente
mi corazón se estremecía dentro del
pecho por temor a que alguno de los mortales
se acercase a mí y me engañara con sus palabras,
pues muchos conciben proyectos malvados
para su provecho. Ni la argiva Helena, del
linaje de Zeus, se hubiera unido a un extranjero
en amor y cama, si hubiera sabido que los belicosos
hijos de los aqueos habían de llevarla de
nuevo a casa, a su patria. Fue un dios quien la
impulsó a ejecutar una acción vergonzosa, que
antes no había puesto en su mente esta lamentable
ceguera por la que, por primera vez, se
llegó a nosotros el dolor.
«Pero ahora que me has manifestado claramente
las señales de nuestro lecho, que ningún otro
mortal había visto sino sólo tú y yo -y una sola
sierva, Actorís, la que me dio mi padre al venir
yo aquí, la que nos vigilaba las puertas del labrado
dormitorio-, ya tienes convencido a mi
corazón, por muy inflexible que sea.»


Así habló, y a él se le levantó todavía más el
deseo de llorar y lloraba abrazado a su deseada,
a su fiel esposa. Como cuando la tierra aparece
deseable a los ojos de los que nadan (a los que
Poseidón ha destruido la bien construida nave
en el ponto, impulsada por el viento y el recio
oleaje; pocos han conseguido escapar del canoso
mar nadando hacia el litoral y -cuajada su
piel de costras de sal- consiguen llegar a tierra
bienvenidos, después de huir de la desgracia),
así de bienvenido era el esposo para Penélope,
quien no dejaba de mirarlo y no acababa de
soltar del todo sus blancos brazos del cuello.
Y se les hubiera aparecido Eos, de dedos de
rosa, mientras se lamentaban, si la diosa de ojos
brillantes, Atenea, no hubiera concebido otro
proyecto: contuvo a la noche en el otro extremo
al tiempo que la prolongaba, y a Eos, de trono
de oro, la empujó de nuevo hacia Océano y no
permitía que unciera sus caballos de veloces
pies, los que llevan la luz a los hombres, Lampo
y Faetonte, los potros que conducen a Eos.
Entonces se dirigió a su esposa el muy astuto
Odiseo:

«Mujer, no hemos llegado todavía a la meta de
las pruebas, que aún tendremos un trabajo
desmedido y difícil que es preciso que yo acabe
del todo. Así me lo vaticinó el alma de Tiresias
el día en que descendí a la morada de Hades,
para inquirir sobre el regreso de mis compañeros
y el mío propio. Pero vayamos a la cama,
mujer, para gozar ya del dulce sueño acostados.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Sáb 29 Mayo 2021, 15:01

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIII

PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO.
CONT

Y le contestó la prudente Penélope:

«Estará en tus manos el acostarte cuando así lo
desee tu corazón, ahora que los dioses te han
hecho volver a tu bien edificado palacio y a tu
tierra patria. Pero puesto que has hecho una
consideración -y seguro que un dios la ha puesto
en tu mente-, vamos, dime la prueba que te
espera, puesto que me voy a enterar después,
creo yo, y no es peor que lo sepa ahora mismo.»


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Querida mía, ¿por qué me apremias tanto a
que te lo diga? En fin, te lo voy a decir y no lo
ocultaré, pero tu corazón no se sentirá feliz;
tampoco yo me alegro, puesto que me ha ordenado
ir a muchas ciudades de mortales con un
manejable remo entre mis manos, hasta que
llegue a los hombres que no conocen el mar ni
comen alimentos aderezados con sal; tampoco
conocen estos hombres las naves de rojas mejillas
ni los manejables remos que son alas para
las naves. Y me dio esta señal que no te voy a
ocultar: cuando un caminante, al encontrarse
conmigo, diga que llevo un bieldo sobre mi
ilustre hombro, me ordenó que en ese momento
clavara en tierra el remo, ofreciera hermosos
sacrificios al soberano Poseidón -un cabrito, un
toro y un verraco semental de cerdas-, que volviera
a casa y ofreciera sagradas hecatombes a
los dioses inmortales, los que poseen el ancho
cielo, a todos por orden. Y me sobrevendrá una
muerte dulce, lejos del mar, de tal suerte que
me destruya abrumado por la vejez. Y a mi
alrededor el pueblo será feliz. Me aseguró que
todo esto se va a cumplir.»


Y se dirigió a él la prudente Penélope:

«Si los dioses nos conceden una vejez feliz, hay
esperanza de que tendremos medios de escapar
a la desgracia.»


Así hablaban el uno con el otro. Entretanto,
Eurínome y la nodriza dispusieron la cama con
ropa blanda bajo la luz de las antorchas. Luego
que hubieron preparado diligentemente el labrado
lecho, la anciana se marchó a dormir a su
habitación y Eurínome, la camarera, los condujo
mientras se dirigían al lecho con una antorcha
en sus manos. Luego que los hubo conducido
se volvió, y ellos llegaron de buen grado
al lugar de su antiguo lecho.

Después Telémaco, el boyero y el porquero
hicieron descansar a sus pies de la danza y fueron
todos a acostarse por el sombrío palacio.
Y cuando habían gozado del amor placentero,
se complacían los dos esposos contándose mutuamente,
ella cuánto había soportado en el
palacio, la divina entre las mujeres; contemplando
la odiosa comparsa de los pretendientes
que por causa de ella degollaban en
abundancia toros y gordas ovejas y sacaban de
las tinajas gran cantidad de vino; por su parte,
Odiseo, de linaje divino, le contó cuántas penalidades
había causado a los hombres y cuántas
había padecido él mismo con fatiga. Penélope
gozaba escuchándole y el sueño no cayó sobre
sus párpados hasta que le contara todo. Comenzó
narrando cómo había sometido a los
cicones y llegado después a la fértil tierra de los
Lotófagos, y cuánto le hizo al Cíclope y cómo se
vengó del castigo de sus ilustres compañeros a
quienes aquél se había comido sin compasión, y
cómo llegó a Eolo, que lo acogió y despidió
afablemente, pero todavía no estaba decidido
que llegara a su patria, sino que una tempestad
lo arrebató de nuevo y lo llevaba por el ponto,
lleno de peces, entre profundos lamentos; y
cómo llegó a Telépilo de los Lestrígones, quienes
destruyeron sus naves y a todos sus compañeros
de buenas grebas. Sólo Odiseo consiguió
escapar en la negra nave.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:24

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIII

PENÉLOPE RECONOCE A ODISEO. CONT


Le contó el engaño y la destreza de Circe y
cómo bajó a la sombría mansión de Hades para
consultar al alma del tebano Tiresias con su
nave de muchas filas de remeros -y vio a todos
sus compañeros y a su madre que lo había parido
y criado de niño, y cómo oyó el rumor de
las Sirenas de dulce canto y llegó a las Rocas
Errantes y a la terrible Caribdis y a Escila, a
quien jamás han evitado incólumes los hombres.
Y cómo sus compañeros mataron las vacas
de Helios y cómo Zeus, el que truena arriba,
disparó contra la rápida nave su humeante rayo
-y todos sus compañeros perecieron juntos,
pero él evitó a las funestas Keres. Y cómo llegó
a la isla de Ogigia y a la ninfa Calipso, quien lo
retuvo en cóncava cueva deseando que fuera su
esposo; le alimentó y decía que lo haría inmortal
y sin vejez para siempre, pero no persuadió
a su corazón. Y cómo después de mucho sufrir
llegó a los feacios, quienes le honraron de todo
corazón como a un dios y lo condujeron en una
nave a su tierra patria, después de regalarle
bronce, oro en abundancia y vestidos.

Esta fue la última palabra que dijo cuando el
dulce sueño, el que afloja los miembros, le
asaltó desatando las preocupaciones de su corazón.
Entonces proyectó otra decisión Atenea, la diosa
de ojos brillantes: cuando creyó que Odiseo
ya había gozado del lecho de su esposa y del
sueño, al punto hizo salir de Océano a la de
trono de oro, a la que nace de la mañana, para
que llevara la luz a los hombres. Entonces se
levantó Odiseo del blando lecho y dirigió la
palabra a su esposa:

«Mujer, ya estamos saturados ambos de pruebas
inumerables; tú, llorando aquí mi penoso
regreso y yo... a mí Zeus y los demás dioses me
tenían encadenado con dolores lejos de aquí, de
mi tierra patria, pero ahora que los dos hemos
llegado al deseable lecho, tú has de cuidarme
las riquezas que poseo en el palacio, que en
cuanto a las ovejas que los altivos pretendientes
me degollaron, muchas se las robaré yo mismo
y otras me las darán los aqueos hasta que llenen
mis establos. Mas ahora parto hacia la finca
de muchos árboles para ver a mi noble padre
que me está apenado. A ti, mujer, te encomiendo
esto, ya que eres prudente: al levantarse el
sol correrá la noticia de la matanza de los pretendientes
en el palacio; sube al piso de arriba
con las siervas y permanece allí, y no mires a
nadie ni preguntes.»


Así dijo y vistió alrededor de sus hombros la
hermosa armadura y apremió a Telémaco, al
boyero y al porquero, ordenándoles que tomaran
en sus manos los instrumentos de guerra.
Éstos no le desobedecieron, se vistieron con el
bronce, cerraron las puertas y salieron. Y los
conducía Odiseo. Ya había luz sobre la tierra,
pero Atenea los cubrió con la noche y los condujo
rápidamente fuera de la ciudad.

FIN DEL CANTO XXIII


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:32

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO


Y Hermes llamaba a las almas de los pretendientes,
el Cilenio, y tenía entre sus manos el
hermoso caduceo de oro con el que hechiza los
ojos de los hombres que quiere y de nuevo los
despierta cuando duermen. Con éste los puso
en movimiento y los conducía, y ellas le seguían
estridiendo. Como cuando los murciélagos
en lo más profundo de una cueva infinita revolotean
estridentes cuando se desprende uno de
la cadena y cae de la roca -pues se adhieren
unos a otros- así iban ellas estridiendo todas
juntas y las conducía Hermes, el Benéfico, por
los sombríos senderos. Traspusieron las corrientes
de Océano y la Roca Leúcade y atravesaron
las puertas de Helios y el pueblo de los
Sueños, y pronto llegaron a un prado de asfódelo
donde habitan las almas, imágenes de los
difuntos.

Allí encontraron el alma del Pelida Aquiles y la
de Patroclo y la del irreprochable Antíloco y la
de Ayáx, el más excelente en aspecto y cuerpo
de los dánaos después del irreprochable hijo de
Peleo. Todos se iban congregando en torno a
éste; acercóse doliente el alma de Agamenón el
Atrida y, a su alrededor, las de cuantos murieron
con él en casa de Egisto y cumplieron su
destino.

A éste se dirigió en primer lugar el alma del
Pelida:

«Atrida, estábamos convencidos de que tú eras
querido por Zeus, el que goza con el rayo, por
encima de los demás héroes puesto que reinabas
sobre muchos y fuertes hombres en el
pueblo de los troyanos, donde sufrimos penalidades
los aqueos. Sin embargo, también se había
de poner a tu lado la luctuosa Moira, a la que
nadie evita de los que han nacido. ¡Ojalá hubieras
obtenido muerte y destino en el pueblo de
los troyanos disfrutando de los honores con los
que reinabas! Así te hubiera levantado una
tumba el ejército panaqueo y habrías cobrado
gran gloria también para tu hijo. Sin embargo,
te había tocado en suerte perecer con la muerte
más lamentable.»


Y le contestó a su vez el alma del Atrida:

«Dichoso hijo de Peleo, semejante a los dioses,
Aquiles, tú que pereciste en Troya, lejos de Argos
y en torno a ti sucumbían los mejores hijos
de troyanos y aquéos luchando por tu cadáver,
mientras tú yacías en medio de un torbellino de
polvo ocupando un gran espacio, olvidado ya
de conducir tu carro. Nosotros luchamos todo
el día y no habríamos cesado de luchar en absoluto,
si Zeus no te hubiera impedido con una
témpestad. Después, cuando te sacamos de la
batalla y te llevamos a las naves, te pusimos en
un lecho tras limpiar tu hermosa piel con agua
tibia y con aceite, y en torno a ti todos los
dánaos derramaban muchas, calientes lágrimas
y se mesaban los cabellos.

«Entonces llegó tu madre del mar con las inmortales
diosas marinas, después de oír la noticia,
y un lamento inmenso se levantó sobre el
ponto. El temblor se apoderó de todos los
aqueos y se habrían levantado para embarcarse
en las cóncavas naves, si no los hubiera contenido
un hombre sabedor de cosas muchas y
antiguas, Néstor, cuyo consejo también antes
parecía el mejor.


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HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO.
CONT.

Éste habló con buenos sentimientos
hacia ellos y dijo: "Conteneos, argivos,
no huyáis, hijos de los aqueos. Esta es su madre
y viene del mar con las inmortales diosas marinas
pára encontrarse con su hijo muerto."
Así
habló y ellos contuvieron su huida temerosa.
«Entonces lo rodearon llorando las hijas del
viejo del mar y, lamentándose, le pusieron vestidos
inmortales. Y las Musas, nueve en total,
cantaban alternativamente un canto funerario
con hermosa voz. En ese momento no habrías
visto a ninguno de los argivos sin lágrimas:
¡tanto los conmovía la sonora Musa!
«Dieciocho noches lo lloramos, e igualmente de
día, los dioses inmortales y los mortales hombres.
El día décimoctavo lo entregamos al fuego
y sacrificamos animales en torno tuyo, bien
alimentados rebaños y cuernitorcidos bueyes.
Tú ardías envuelto en vestiduras de dioses y en
abundante aceite y dulce miel. Muchos héroes
aqueos circularon con sus armas alrededor de
tu pira mientras ardías, a pie y a caballo, y se
levantaba un gran estrépito. Después, cuando
te había quemado la llama de Hefesto, al amanecer,
recogimos tus blancos huesos, Aquiles,
envolviéndolos en vino sin mezcla y en aceite,
pues tu madre nos donó una ánfora de oro
-decía que era regalo de Dioniso y obra del ilustre
Hefesto. En ella están tus blancos huesos,
ilustre Aquiles, mezclados con los del cadáver
de Patrocio, el hijo de Menetio, y, separados,
los de Antíloco a quien honrabas por encima de
los demás compañeros, aunque después de
Patroclo, muerto también. Y levantamos sobre
ellos un monumento grande y perfecto el sagrado
ejécito de los guerreros argivos, junto al
prominente litoral del vasto Helesponto. Así
podrás ser visto de lejos, desde el mar, por los
hombres que ahora viven y por los que vivirán
después.
«Tu madre, después de pedírselo a los dioses,
instituyó un muy hermoso certamen para los
mejores de los aqueos en medio de la concurrencia.
Ya has asistido al funeral de muchos
héroes, cuando al morir un rey los jóvenes se
ciñen las armas y se establecen competiciones,
pero serla sobre todo al ver aquel cuando habrías
quedado estupefacto: ¡qué hermosísimo
certamen estableció la diosa en tu honor, la
diosa de los pies de plata, Tetis, pues eras muy
querido de los dioses. Conque ni aún al morir
has perdido tu nombre, sino que tu fama de
nobleza llegará siempre a todos los hombres,
Aquiles. En cambio a mí...!, ¿qué placer obtuve
al concluir la guerra? Zeus me preparó durante
el regreso una penosa muerte a manos de Egisto
y de mi funesta esposa.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:43

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO.
CONT.

Esto es lo que decían entre sí.
Y se les acercó el Mensajero, el Argifonte, conduciendo
las almas de los pretendientes muertos
a manos de Odiseo. Ambos se admiraron al
verlos y se fueron derechos a ellos, y el alma de
Agamenón, el Atrida, reconoció al querido hijo
de Melaneo, el muy ilustre Anfimedonte, pues
era huésped suyo cuando habitaba su palacio
de Itaca. Así que se dirigió a éste en primer
lugar el alma del Atrida:

«Anfimedonte, ¿qué os ha pasado para que os
hundáis en la sombría tierra, hombres selectos
todos y de la misma edad? Nadie que escogiera
en la ciudad a los mejores hombres elegiría de
otra manera. ¿Es que os ha sometido Poseidón
en las naves levantado crueles vientos y enormes
olas?; ¿o acaso os han destruido en tierra
firme, en algún sitio, hombres enemigos cuando
intentabais llevaros sus bueyes o sus hermosos
rebaños de ovejas, o luchando por la ciudad
y sus mujeres? Dímelo, puesto que te pregunto
y me precio de ser tu huésped. ¿O no te acuerdas
cuando llegué a vuestro palacio en compañía
del divino Menelao para incitar a Odiseo
a que nos acompañara a Ilión sobre las naves
de buenos bancos? Durante un mes recorrimos
el ancho mar y con dificultad convencimos a
Odiseo, el destructor de ciudades».


Y le contestó el alma de Anfimedonte:

«Atrida, el más ilustre soberano de hombres,
Agamenón, recuerdo todo eso tal como lo dices.
Te voy a narrar cabalmente y con exactitud
el funesto término de nuestra muerte, cómo fue
urdido.

«Pretendíamos a la esposa de Odiseo, largo
tiempo ausente, y ella ni se negaba al odiado
matrimonio ni lo realizaba –pues meditaba para
nosotros la muerte y la negra Ker-, sino que
urdió en su interior este otro engaño: puso en el
palacio un gran telar e hilaba, telar suave e inacabable.
Y nos dijo a continuación: " Jóvenes
pretendientes míos, puesto que ha muerto el
divino Odiseo, aguardad, aunque deseéis mi
boda, hasta que acabe este manto -no sea que se
me pierdan los hilos-, este sudario para el héroe
Laertes, para cuando le arrebate la luctuosa
Moira de la muerte de largos lamentos, no sea
que alguna de las aqueas en el pueblo se irrite
conmigo si yace sin sudario el que poseyó mucho.
Así habló y enseguida se convenció nuestro
noble ánimo. Conque allí hilaba su gran
telar durante el día y por la noche lo destejía,
tras colocar antorchas a su lado. Así que su engaño
pasó inadvertido durante tres años y convenció
a los aqueos, pero cuando llegó el cuarto
año y transcurrteron las estaciones, sucediéndose
los meses, y se cumplieron muchos días,
nos lo dijo una de las mujeres –ella lo sabía
bien- y sorprendimos a ésta destejiendo su brillante
tela.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:47

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


«Así fue como tuvo que acabarla, y no voluntariamente
sino por la fuerza. Y cuando nos
mostró el manto, tras haber hilado el gran telar,
tras haberlo lavado, semejante al sol y a la luna,
fue entonces cuando un funesto demón trajo de
algún lado a Odiseo hasta los confines del
campo donde habitaba su morada el porquero.
Allí marchó también el querido hijo del divino
Odiseo cuando llegó de vuelta de la arenosa
Pilos en negra nave y entre los dos tramaron
funesta muerte para los pretendientes. Y llegaron
a la muy ilustre ciudad, Odiseo el último,
mientras que Telémaco le precedía. El porquero
llevó a aquél con miserables vestidos en su
cuerpo, semejante a un mendigo miserable y
viejo apoyado en su bastón, y rodeaban su
cuerpo tristes vestidos. Ninguno de nosotros
pudo reconocer que era él al aparecer de repente,
ni los que eran más mayores, sino que le
maltratábamos con palabras insultantes y con
golpes. El entretanto soportaba ser golpeado e
injuriado en su propio palacio con ánimo paciente;
pero cuando le incitó la voluntad de
Zeus, portador de égida, tomó las hermosas
armas junto con Telémaco, las ocultó en la despensa
y echó los cerrojos; después mandó con
mucha astucia a su esposa que entregara a los
pretendientes el arco y el ceniciento hierro como
competición para nosotros, hombres de
triste destino, y comienzo de la matanza.
«Ello fue que ninguno de nosotros pudo tender
la cuerda del poderoso arco; que éramos del
todo incapaces. Cuando el gran arco llegó a
manos de Odiseo, todos nosotros voceábamos
al porquero que no se lo entregara ni aunque le
rogara insistentemente. Sólo Telémaco le animó
y se lo ordenó. Así que le tomó en sus manos el
sufridor, el divino Odiseo y tendió el arco con
facilidad, hizo pasar la flecha por el hierro, fue
a ponerse sobre el umbral y disparaba sus veloces
saetas mirando a uno y otro lado que daba
miedo. Alcanzó al rey Antínoo y luego iba lanzando
sus funestos dardos a los demás, apuntando
de frente, y ellos iban cayendo hacinados.
«Era evidente que alguno de los dioses les ayudaba,
pues, cediendo a su ímpetu, nos mataban
desde uno y otro lado de la sala. Y se levantó
un vergonzoso gemido cuando nuestras cabezas
golpeaban contra el pavimento y éste todo
humeaba con sangre.
«Así perecimos, Agamenón, y nuestros cuerpos
yacen aún descuidados en el palacio de Odiseo,
pues todavía no lo saben nuestros parientes,
quienes lavarían la sangre de nuestras heridas y
nos llorarían después de depositarnos, que éste
es el honor que se tributa a los que han muerto.»


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 00:56

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


Y le contestó el alma del Atrida:

«¡Dichoso hijo de Laertes, muy astuto Odiseo,
por fin has recuperado a tu esposa con tu gran
valor! ¡Así de buenos eran los pensamientos de
la irreprochable Penélope, la hija de Icario! ¡Así
de bien se acordaba de Odiseo, de su esposo
legítimo! Por eso la fama de su virtud no perecerá
y los inmortales fabricarán un canto a los
terrenos hombres en honor de la prudente
Penélope. No preparó acciones malvadas como
la hija de Tíndaro que mató a su esposo legítimo
y un canto odioso correrá entre los hombres;
ha creado una fama funesta para las mujeres,
incluso para las que sean de buen obrar».


Esto era lo que hablaban entre sí en la morada
de Hades, bajo las cavernas de la tierra.
Entretanto, Odiseo y los suyos bajaron de la
ciudad y. enseguida llegaron al hermoso y bien
cultivado campo que Laertes mismo había adquirido
en otro tiempo, después de haber sufrido
mucho. Allí tenía una mansión y, rodeándola
por completo, corría un cobertizo en el que
comían, descansaban y pasaban la noche los
esclavos forzosos que le hacían la labor. También
había una mujer, la anciana Sicele que cuidaba
gentilmente al anciano en el campo, lejos
de la ciudad.

Entonces dijo Odiseo su palabra a los esclavos y
a su hijo:

«Vosotros entrad ya en la bien edificada casa y
sacrificad para la cena el mejor de los cerdos,
que yo, por mi parte, voy a poner a prueba a mi
padre, a ver si me reconoce y distingue con sus
ojos o no me reconoce por llevar mucho tiempo
lejos.»


Así dijo y entregó a los esclavos sus armas,
dignas de Ares. Estos entraron rápidamente en
la casa, mientras que Odiseo se acercaba a la
viña abundante en frutos para probar suerte. Y
no encontró a Dolio al descender a la gran
huerta ni a ninguno de los esclavos ni de los
hijos; habían marchado a recoger piedras para
un muro que sirviera de cercado a la viña y los
conducía el anciano. Así que encontró solo a su
padre acollando un retoño en la bien cultivada
viña. Vestía un manto descolorido, zurcido,
vergonzoso y alrededor de sus piernas tenía
atadas unas mal cosidas grebas para evitar los
arañazos; en sus manos tenía unos guantes por
causa de las zarzas y sobre su cabeza una gorra
de piel de cabra. Y hacía crecer sus dolores.
Cuando el sufridor, el divino Odiseo lo vio doblegado
por la vejez y con una gran pena en su
interior, se puso bajo un elevado peral y derramaba
lágrimas. Después dudó en su interior
entre besar y abrazar a su padre, y contarle detalladamente
cómo había venido y llegado por
fin a su tierra patria, o preguntarle primero y
probarle en cada detalle. Y mientras meditaba,
le pareció más ventajoso tentarle primero con
palabras mordaces; así que se fue derecho hacia
él el divino Odiseo. En este mómento el anciano
mantenía la cabeza bàja y acollaba un retoño, y
poniéndose a su lado le dijo su ilustre hijo:

«Anciano, no eres inexpertó en cultivar el huerto,
que tiene un buen cultivo y nada en tu
jardín está descuidado, ni la planta ni la higuera
ni la vid ni el olivo ni el peral ni la legumbre.
Pero te voy a decir otra cosa, no pongas la cólera
en tu ánimo: tu propio cuerpo no tiene un
buen cultivo, sino una triste vejez al tiempo que
estás escuálido y vestido indecorosamente. No,
por indolencia al menos no se despreocupa de
ti tu dueño y no hay nada de servil que sobresalga
en ti al mirar tu forma y estatura, pues
más bien te pareces a un rey o a uno que duerme
muellemente después que se ha lavado y
comido, que ésta es la costumbre de los ancianos.
Pero, vamos, dime esto -e infórmame con
verdad-: ¿de qué hombre eres esclavo?, ¿de
quién es el huerto que cultivas? Respóndeme
también a esto con la verdad, para cerciorarme
bien si esta tierra, a la que he llegado, es Itaca
como me ha dicho ese hombre con quien me he
encontrado al venir aquí (y no muy sensato,
por cierto, que no se atrevió a darme detalles ni
a escuchar mi palabra cuando le preguntaba si
mi huésped vive en algún sitio, y aún existe, o
ya ha muerto y está en la morada de Hades).
Voy a decirte algo, atiende y escúchame: en
cierta ocasión acogí en mi tierra a un hombre
que había llegado a mí. Jamás otro mortal venido
a mi casa desde lejanas tierras me fue más
querido que él. Afirmaba con orgullo que su
linaje procedía de Itaca y que su padre era Laertes,
el hijo de Arcisio. Lo conduje a mi casa y
le acogí honrándole gentilmente, pues en ella
había abundantes bienes. Le ofrecí dones de
hospitalidad, los que le eran propios: le di siete
talentos de oro bien trabajados, una crátera de
plata adornada con flores, doce cobertores simples,
otras tantas alfombras y el mismo número
de hermosas túnicas y mantos. Aparte, le entregué
cuatro mujeres conocedoras de labores
brillantes, muy hermosas, las que él quiso escoger.»


CONT.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:05

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


Y le contestó su padre derramando lágrimas:

«Forastero, es cierto que has llegado a la tierra
por la que preguntas, pero la dominan hombres
insolentes a insensatos. Los dones que le ofreciste,
con ser muchos, resultaron vanos, pues si
lo hubieras encontrado vivo en el pueblo de
Itaca, te habría devuelto a casa después de
compensarte bien con regalos y con una buena
acogida; pues esto es lo establecido, quienquiera
que sea el que empieza.
«Pero vamos, dime a informame con verdad:
¿cuántos años hace que diste hospitalidad a
aquel huésped tuyo desgraciado, a mi hijo -si es
que existió alguna vez-, al malhadado a quien
han devorado los peces en el mar, lejos de los
suyos y su tierra patria, o se ha convertido en
presa de fieras y aves en tierra firme? Que no lo
ha llorado su madre después de amortajarlo ni
su padre, los que lo engendramos; ni su esposa
de abundante dote, la prudente Penélope, ha
llorado como es debido a su esposo junto al
lecho después de cerrarle los ojos, pues éste es
el honor que se tributa a los que han muerto.
«Dime ahora esto también tú con vérdad para
que yo lo sepa: ¿quién eres entre los hombres?,
¿dónde están tu ciudad y tus padres?, ¿dónde
está detenida tu rápida nave, la que te ha conducido
hasta aquí con tus divinos compañeros?;
¿o acaso has venido como pasajero en nave
ajena y ellos se han marchado después de
dejarte en tierra?»


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Te voy a contar todo con detalle: soy de Alibante
donde habito mi ilustre morada, hijo del
rey Afidanto, hijo de Polipemón, y mi nombre
propio es Epérito. Ello es que un demón me ha
hecho llegar hasta aquí, aunque no quería,
apartándome de Sicania; mi nave está detenida
junto al campo, lejos de la ciudad. Este es el
quinto año desde que Odiseo marchó de allí y
abandonó mi patria, el malhadado. Desde luego
las aves le eran favorables cuando marchó,
estaban a la derecha; con ellas yo me alegré y le
despedí y él estaba alegre al marchar. Nuestro
ánimo confiaba en que volveríamos a reunirnos
en hospitalidad y entregarnos espléndidos presentes.»

Así habló y una negra nube de dolor envolvió a
Laertes, tomó polvo de cenicienta tierra y lo
derramó por su encanecida cabeza mientras
gemía agitadamente. Entonces se conmovió el
espíritu de Odiseo, le salió por las narices un
ímpetu violento al ver a su padre y de un salto
le abrazó y besó diciendo:

«Soy yo, padre, aquél por quien preguntas, yo
que he llegado a los veinte años a mi tierra patria.
Pero contento llanto y lamentos, pues te
voy a decir una cosa -y es preciso que nos apresuremos:-
ya he matado a los pretendientes en
nuestro palacio vengando sus dolorosos ultrajes
y sus malvadas acciones.»


Y le contestó Laertes diciendo:

«Si de verdad eres Odiseo, mi hijo, que has llegado
aquí, muéstrame una señal clara para que
me convenza.»


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Contempla con tus ojos, en primer lugar, esta
herida que me hizo un jabalí hundiéndome su
blanco colmillo cuando fui al Parnaso. Tú y mi
venerable madre me enviasteis a Autólico padre
de mi madre, para recibir los dones que me
prometió al venir aquí afirmándolo con su cabeza.
Es más, te voy a señalar los árboles de la
bien cultivada huerta que me -regalaste en cierta
ocasión. Yo te pedía cada uno de ellos cuando
era niño y te seguía por el huerto; íbamos
caminando entre ellos y tú me decías el nombre
de cada uno. Me diste trece perales, diez manzanos
y cuarenta higueras y designaste cincuenta
hileras de vides para dármelas, cada una
de distinta sazón. Había en ellas racimos de
todas clases cuando las estaciones de Zeus caían
de lo alto.»


CONT.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:13

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


Así habló y se debilitaron las rodillas y el corazón
de éste al reconocer las claras señales que
Odiseo le había mostrado; echó los brazos alrededor
de su hijo, y el sufridor, el divino Odiseo
le atrajo hacia sí desmayado. Cuando de nuevo
tomó aliento y su ánimo se le congregó dentro,
contestó con palabras y dijo:

«Padre Zeus, todavía estáis los dioses en el
Olimpo si los pretendientes han pagado de
verdad su orgullosa insolencia. Ahora, sin embargo,
temo que los itacenses vengan aquí y
envíen mensajeros por todas partes a las ciudades
de los cefalenios.»


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Cobra ánimos, no te preocupes de esto, pero
vamos ya a la mansión que está cerca del huerto.
Ya he enviado por delante a Telémaco con el
boyero y el porquero para que preparen la cena
enseguida.»


Así hablando se encaminaron a su hermosa
mansión. Cuando llegaron a la casa, agradable
para habitar, encontraron a Telémaco con el
boyero y el porquero cortando abundantes carnes
y mezclando rojo vino. Entre tanto la sierva
Sicele lavó al magnánimo Laertes, le ungió con
aceite y le puso una hermosa túnica. Entonces
Atenea se puso a su lado y aumentó los miembros
del pastor de su pueblo e hizo que pareciera
más grande y ancho que antes. Salió éste de
su baño y se admiró su hijo cuando lo vio frente
a sí semejante a los dioses inmortales. Así
que le habló dirigiéndole aladas palabras:

«Padre, sin duda uno de los dioses, que han
nacido para siempre, lo ha hecho parecer superior
en belleza y estatura.»


Y le contestó Laertes discretamente:

«¡Padre Zeus, Atenea y Apolo! ¡Ojalá me hubiera
enfrentado ayer con los pretendientes en mi
palacio, las armas sobre mis hombros, como
cuando me apoderé de la bien edificada ciudadela
de Nérito, promontorio del continente
acaudillando a los cefalenios! Seguro que habría
aflojado las rodillas de muchos de ellos en mi
palacio y tú habrías gozado en tu interior.»
Esto
es lo que se decían uno a otro. Y después que
habían terminado de preparar y tenían dispuesta
la cena, se sentaron por orden en sillas y sillones
y echaron mano de la comida. Entonces
se acercó el anciano Dolio y con él sus hijos
cansados de trabajar, que los salió a llamar su
madre, la vieja Sicele, quien los había alimentado
y cuidaba gentilmente al anciano, luego que
le hubo alcanzado la vejez.
Cuando vieron a Odiseo y lo reconocieron en
su interior, se detuvieron embobados en la
habitación. Entonces Odiseo les dijo tocándoles
con dulces palabras:

«Anciano, siéntate a la cena y dejad ya de admiraros;
que hace tiempo permanecemos en la
sala, deseosos de echar mano a los alimentos,
por esperaros.»


Así habló; Dolio se fue derecho a él extendiendo
sus dos brazos, tomó la mano de Odiseo y se
la besó junto a la muñeca. Y se dirigió a él con
aladas palabras:

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:19

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


«Amigo, puesto que has vuelto a nosotros que
mucho lo deseábamos, aunque no lo acabábamos
de creer del todo -y los dioses mismos te
han traído-, ¡salud!, seas bienvenido y que los
dioses te concedan felicidad. Mas dime con
verdad, para que lo sepa, si está enterada la
prudente Penélope de tu llegada o le enviamos
un mensajero.»


Y le contestó y dijo el muy astuto Odiseo:

«Anciano, ya lo sabe, ¿qué necesidad hay de
que tú te ocupes de esto?»


Así dijo y se sentó de nuevo sobre su bien pulimentado
asiento. De la misma forma también
los hijos de Dolio daban la bienvenida al ilustre
Odiseo con sus palabras y le tomaban de la
mano, y luego se sentaron por orden junto a
Dolio, su padre.

Así es como se ocupaban de comer en la casa,
mientras Fama recorría mensajera la ciudad
anunciando por todas partes la terrible muerte
y Ker de los pretendientes. Luego que la oyeron
los ciudadanos, venían cada uno de un sitio con
gritos y lamentos ante el palacio de Odiseo,
sacaban del palacio los cadáveres y cada uno
enterraba a los suyos: en cambio a los de otras
ciudades los depositaban en rápidas naves y los
mandaban a los pescadores para que llevaran a
cada uno a su casa.
Y luego marcharon todos juntos al ágora, acongojado
su corazón.

Cuando todos se habían reunido y estaban ya
congregados, se levantó entre ellos Eupites para
hablar -pues había en su interior un dolor
imborrable por su hijo Antínoo, el primero a
quien había matado -el divino Odiseo-; derramando
lágrimas por él levantó su voz y dijo:

«Amigos, este hombre ha llevado a cabo una
gran maldad contra los aqueos: a unos se los
llevó en las naves, a muchos y buenos, perdiendo
las cóncavas naves y a su pueblo; y a
otros los ha matado al llegar; a los mejores con
mucho de los cefalenios. Conque, vamos, antes
que llegue rápidamente a Pilos o a la divina
Elide, donde mandan los epeos, vayamos nosotros,
o estaremos avergonzados para siempre,
pues esto es un baldón incluso para los venideros
si se enteran; porque si no castigamos a los
asesinos de nuestros hijos y hermanos, ya no
me sería grato vivir, sino que preferiría morir
enseguida y tener trato con los muertos. Vamos,
que no se nos anticipen a atravesar el
mar.»


Así habló derramando lágrimas y la lástima se
apoderó de todos los aqueos. Entonces se acercaron
Medonte y el divino aedo -pues el sueño
les había abandonado-, se detuvieron en medio
de ellos y el estupor se apoderó de todos. Y
habló entre ellos Medonte, conocedor de consejos
discretos:

«Escuchadme ahora a mí, itacenses; Odiseo ha
realizado estas acciones no sin la voluntad de
los dioses. Yo mismo vi a un dios inmortal
apostado junto a Odiseo y era en todo parecido
a Méntor. El dios inmortal se mostraba unas
veces ante Odiseo para animarle y otras agitaba
a los pretendientes y se lanzaba tras ellos por el
mégaron, y ellos caían hacinados.»


Así habló y se apoderó de todos el pálido terror.

CONT.


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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 19 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:25

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


Entonces se levantó a hablar el anciano héroe
Haliterses, hijo de Mástor, pues sólo él veía el
presente y el futuro; éste habló con buenos sentimientos
hacia ellos y dijo:

«Escuchadme ahora a mí, itacenses, lo que voy
a deciros. Para nuestra desgracia se han realizado
estos hechos, pues ni a mí hicisteis caso ni
a Méntor, pastor de su pueblo, para poner coto
a las locuras de vuestros hijos, quienes realizaban
una gran maldad con su funesta arrogancia,
esquilmando las posesiones y deshonrando
a la esposa del hombre más notable, pues creían
que ya no regresaría. También ahora sucederá
de esta forma, obedeced lo que os digo: no
vayamos, no sea que alguien encuentre la desgracia
y la atraiga sobre sí.»


Así habló y se levantó con gran tumulto más de
la mitad de ellos, pero los demás se quedaron
allí, pues no agradó a su ánimo la palabra, sino
que obedecieron a Eupites. Y poco después se
precipitaban en busca de sus armas. Después,
cuando habían vestido el brillante bronce sobre
su cuerpo, se congregaron delante de la ciudad
de amplio espacio, y los capitaneaba Eupites
con estupidez: afirmaba que vengaría el asesinato
de su hijo y que no iba a volver sino a
cumplir allí mismo su destino.

Entonces Atenea se dírigió a Zeus, el hijo de
Cronos.

«Padre nuestro Cronida, el más excelso de los
poderosos, dime, ya que te pregunto, qué esconde
ahora tu mente. ¿Es que vas a levantar
otra vez funesta guerra y terrible combate, o
vas a establecer la amistad entre ambas partes?»


Y Zeus, el que reúne las nubes, le contestó:

«Hija mía, ¿por qué me preguntas esto? ¿No
has concebido tú misma la decisión de que
Odiseo se vengara de aquéllos al volver? Obra
como quieras, aunque te voy a decir lo que más
conviene: una vez que el divino Odiseo ha castigado
a los pretendientes, que hagan juramento
de fidelidad y que reine él para siempre. Por
nuestra parte, hagamos que se olviden del asesinato
de sus hijos y hermanos. Que se amen
mutuamente y que haya paz y riqueza en
abundancia.»


Así hablando, movió a Atenea ya antes deseosa
de bajar, y ésta descendió lanzándose de las
cumbres del Olimpo.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:34

HOMERO

LA ODISEA

CANTO XXIV

EL PACTO. CONT.


Y después que habían echado de sí el deseo del
dulce alimento, comenzó a hablar entre ellos el
sufridor, el divino Odiseo:

«Que salga alguien a ver, no sea que ya vengan
cerca.»


Así habló y salió un hijo de Dolio, por cumplir
lo mandado, y fue a ponerse sobre el umbral;
vio a todos los otros acercarse y dijo enseguida
a Odiseo aladas palabras:

«Ya están cerca, armémonos rápidamente.»

Así habló y se levantaron, vistieron sus armaduras
los cuatro que iban con Odiseo y los seis
hijos de Dolio. También Laertes y Dolio vistieron
sus armas, guerreros a la fuerza, aunque ya
estaban canosos. Cuando ya habían puesto alrededor
de su cuerpo el brillante bronce, abrieron
las puertas y salieron afuera, y los capitaneaba
Odiseo.

Entonces se les acercó la hija de Zeus, Atenea,
semejante a Méntor en cuerpo y voz; al verla se
alegró el divino Odiseo y al punto se dirigió a
Telémaco, su querido hijo:

«Telémaco, recuerda esto cuando salgas a luchar
con los hombres donde se distinguen los
mejores: que no deshonres el linaje de tus padres,
los que hemos sobresalido por toda la
tierra hasta ahora en vigor y hombría.»


Y Telémaco le contestó discretamente:

«Verás si así lo desea tu ánimo, querido padre,
que no voy a avergonzar tu linaje, como dices.»


Así habló; Laertes se alegró y dijo su palabra:

«¡Qué día éste para mí, dioses míos! ¡Qué alegría,
mi hijo y mi nieto rivalizan en valentía!»


Y poniéndose a su lado le dijo la de ojos brillantes,
Atenea:

«Arcisíada, el más amado de todos tus compañeros,
suplica a la joven de ojos brillantes y a
Zeus, su padre; blande tu lanza de larga sombra
y arrójala.»


Así habló y le inculcó un gran valor Palas Atenea.
Suplicando después a la hija de Zeus, el
Grande, blandió y arrojó su lanza de larga
sombra e hirió a Eupites a través del casco de
mejillas de bronce. El casco no detuvo a la lanza
y ésta atravesó el bronce de lado a lado; cayó
aquél con gran estrépito y resonaron las armas
sobre él.
Se lanzaron sobre los primeros combatientes
Odiseo y su brillante hijo y los golpeaban con
sus espadas; y habrían matado a todos y dejádolos
sin retorno si Atenea, la hija de Zeus portador
de égida, no hubiera gritado con su voz y
contenido a todo el pueblo:

«Abandonad, itacenses, la dura contienda, para
que os separéis sin derramar sangre».


Así habló Atenea y el pálido terror se apoderó
de ellos; volaron las armas de sus manos, aterrorizados
como estaban, y cayeron al suelo al
lanzar Atenea su voz. Y se volvieron a la ciudad
deseosos de vivir.
Gritó horriblemente el sufridor, el divino Odiseo
y se lanzó de un brinco como el águila que
vuela alto. Entonces el Cronida arrojó ardiente
rayo que cayó delante de la de ojos brillantes, la
de poderoso padre, y ésta se dirigió a Odiseo:

«Hijo de Laertes, de linaje divino, Odiseo rico
en ardides, contente, abandona la lucha igual
para todos, no sea que el Cronida se irrite contigo,
el que ve a lo ancho, Zeus.»


Así habló Atenea; él obedeció y se alegró en su
ánimo. Y Palas Atenea, la hija de Zeus, portador
de égida, estableció entre ellos un pacto
para el futuro, semejante a Méntor en el cuerpo
y en la voz.

FIN DE LA ILIADA.



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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Dom 30 Mayo 2021, 01:48

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN (FTE. CULTURA CLÁSICA)

Los conocidos como Himnos Homéricos son una colección de 33 himnos dedicados a los dioses del panteón griego y otras deidades, cuya extensión y fecha de composición hacen de ellos un grupo heterogéneo de poemas que reunimos bajo un mismo título de modo meramente convencional. Los himnos están dedicados, según uno el orden de aparición que aquí tomamos, a Dioniso, a Deméter, a Apolo, a Hermes, a Afrodita, a Dioniso, a Ares, a Ártemis, a Afrodita, a Atenea, a Hera, a Deméter, a la Madre de los dioses, a Heracles, el de corazón leonino, a Asclepio, a los Dioscuros, a Hermes, a Pan, a Hefesto, a Apolo, a Posidón, a Zeus, a Hestia, a las Musas y a Apolo, a Dioniso, a Ártemis, a Atenea, a Hestia, a la Tierra, Madre de todos, al Sol, a la Luna, a los Dioscuros y, si se quiere, a los Huéspedes. Están escritos en hexámetros dactílicos y poseen un estilo que conjuga perfectamente los instrumentos típicos de la lírica (como la estructura, el uso de la primera persona y el presente y, en muchos casos, el ámbito festivo) y los motivos propios de la épica (el variopinto contenido narrativo, las fórmulas compositivas y el propio tipo de verso).

En la fecha de composición de algunos de los himnos, existe una diferencia de más de siete siglos, algo que ya de por sí invitaría a pensar en una autoría diversa. De esta manera, el más antiguo, el himno II, a Deméter, data de los siglos VII o VI a.C., el conocido como estadio subépico, en tiempos de Hesíodo, mientras que los himnos XXXI y XXXII, al Sol y a la Luna, se compusieron necesariamente no antes de época helenística. Al respecto, podemos encontrar dentro de la obra de Hesíodo, tanto en la Teogonía como en Trabajos y Días, himnos de las mismas características que los que aquí tratamos.

En cuanto a la extensión, aunque, en el grupo, la mayoría no supera los veinte versos, también encontramos himnos de cientos de versos. El más breve, el himno XIII, posee tres versos, y el más extenso, el himno IV, dedica hasta 580 versos al dios Hermes. Se desconoce la extensión prototípica del himno más antiguo, puesto que los aedos eran tan duchos en la expansión como en la abreviación.

Dada su naturaleza originariamente cultual, sobresalen los recursos poéticos propios de la literatura oral, lo que no significa necesariamente que todos ellos fueran recogidos por escrito de una composición popular anterior. No obstante, la divergencia entre los versos que nos han llegado y determinados testimonios de la historia hacen pensar en la fijación por escrito de la producción oral, como en el Himno III, a Apolo, citado por Tucídides.

Estructura

Deméter
Los himnos se dividen en tres partes: El himno arranca con una fórmula en la que reconocemos el carácter de que se imbuye el propio aedo; éste puede solicitar a las musas los versos cargados de inspiración que se dispone a cantar, en cuyo caso, el aedo se considera un simple intérprete de motivaciones ajenas, vate inspirado por una deidad superior; por otra parte, el aedo puede aparecer como poeta creador, siendo él el origen y la causa de los versos que le sigan: en tal caso, el poeta habla en primera persona y presenta su propósito particular de cantar a un dios. Ejemplo de ambos tipos de comienzo encontramos en los siguientes versos [Trad. Alberto Bernabé]:

«Canta, Musa, a Hermes, hijo de Zeus y Maya, que tutela Cilene y Arcadia, pródiga en rebaños, raudo mensajero de los inmortales, al que parió Maya, la ninfa de hermosos bucles, tras haberse unido en amor a Zeus, ella, la diosa venerable.» [Himno IV a Hermes]

«Comienzo por cantar a Deméter de hermosa cabellera, la augusta Diosa; a ella y a su hija de esbeltos tobillos, a la que raptó Aidoneo (y lo permitió Zeus tonante, cuya voz se oye de lejos), cuando, apartada de Deméter la del arma de oro, de hermosos frutos, jugaba con las muchachas de ajustado regazo, hijas de Océano [...]» [Himno II a Deméter]

En la parte central que le sigue cabe una gran variedad de contenidos, y supone la parte principal del canto. El himno se cierra con un final en el que el aedo puede ofrecer un saludo al dios; en esta última parte caben también varias fórmulas de contenido diferente. De ejemplo, expondremos los de los himnos anteriores.

«Así que te saludo a ti también, hijo de Zeus y Maya; que yo me acordaré también de otro canto y de ti.» [Himno IV a Hermes]

«Augusta soberana de hermosos dones, Deó, dispensadora de las estaciones, tú y tu hija, la bellísima Perséfone, concededme, benévolas, en pago de mi canto la deseada prosperidad, que yo me acordaré también de otro canto y de ti.» [Himno II a Deméter]

Historia de los Himnos Homéricos

Durante mucho tiempo, apenas existió interés alguno por los himnos homéricos. Los filólogos alejandrinos, muy rigurosos al realizar análisis de las obras, no tuvieron gran consideración por éstos. Sabemos que en algún momento de la Alta Edad Media o principios de la Baja Edad Media se compuso una colección de himnos que incluía, además de éstos, los de Calímaco, los órficos y los de Proclo. Pero no fue hasta la llegada de la imprenta que los himnos homéricos ocuparan un puesto de importancia en la consideración filológica y, así, a la editio princeps, de Demetrio Calcóndilas, le siguieron muchas otras ediciones.

No poder acudir a los alejandrinos del modo en que hacemos con la Ilíada y la Odisea, implica enfrentarnos al tratamiento de textos de los rapsodos: se cree que ante dos versiones de un mismo texto, los rapsodos no elegían una y desechaban la otra, sino que incluían las dos versiones, dejándonos versos yuxtapuestos, como es el caso de lo que aquí nos ha llegado; y, en definitiva, el descuido ha desembocado en una mala conservación y, en ocasiones, problemática interpretación del texto.

Temática subyacente y crítica implícita

Entre los muchos himnos y sus temas explícitos, hay quien opina que se esconden parábolas o, si acaso, algo más concreto, críticas directas a determinadas realidades sociales. En el Himno a Hermes, por ejemplo, según Brown, encontraríamos el conflicto de las clases sociales, arriesgándonos a caer en el anacronismo terminológico, entre la burguesía y la aristocracia, representadas, por Hermes, dios del comercio y la astucia, representando la burguesía, y Apolo, que representaría la fortuna de la clase social más elevada.

Tablilla ÓrficaPor último, en este apartado debemos mencionar la importancia de los misterios de Eleusis en el más antiguo de los himnos, el Himno II, a Deméter. Este canto resulta una genial fusión del mito y el rito. Al tiempo que cuenta los esfuerzos de la diosa Deméter por recuperar a Perséfone, vincula la acción con el proceso de iniciación en los secretos rituales órficos. Deméter, madre angustiada por la pérdida de su hija, dedica nueve días a su búsqueda con la ayuda de una antorcha, su atributo. Cuando, al noveno día, el Sol le informa de lo ocurrido
«Ningún otro de los inmortales es el culpable más que Zeus acumulador de nubes, que se la ha entregado a Hades para que sea llamada su lozana esposa.»


Deméter decide alejarse a casa de Céleo
«Irritada contra el Cronión, amontonador de nubarrones, tras apartarse en seguida de la asamblea de los dioses y del grande Olimpo, marchó a las ciudades de los hombres y a sus pingües cultivos [...]. Ninguno de los hombres ni de las mujeres de ajustada cintura la reconocían al verla, hasta cuando llegó a la morada del prudente Céleo, que era por entonces señor de Eleusis [...].»

donde pide que le preparen harina de cebada y agua, después de mezclarla con tierno poleo, el ciceón utilizado en el rito órfico. Ya instalada, acepta encargarse de la educación del hijo de Céleo, Demofoonte. En su intento por volverlo inmortal
Deméter lo ungía de ambrosía, como si hubiese nacido de un dios, mientras soplaba suavemente sobre él y lo tenía en su regazo. Por las noches lo ocultaba en el vigor del fuego, como un tizón, a escondidas de sus padres.»

Metanira, la de hermosa cintura, descubre las prácticas de Deméter sobre su hijo y, asustada, ofende a la diosa, quien se descubre y acaba por sumir a los mortales en una carestía indefinida. Zeus, ante el descontrol de la situación, media entre la airada Deméter y el impasible Hades, consiguiendo de él la liberación de Perséfone, no sin antes darle a probar unas semillas de granada. Al ver a su madre, ésta le pregunta
«Hija, ¿no habrás acaso tomado algún manjar mientras estabas abajo? Dímelo, no lo ocultes, para que ambas lo sepamos. Pues si no lo has hecho, de vuelta del aborrecible Hades, habitarás junto a mí y junto al padre Cronión, encapotado de nubarrones, honrada entre todos los inmortales. Pero si hubieses comido, yéndote de nuevo a las profundidades de la tierra, habitarás allí la tercera parte de cada año [...]. Cuando la tierra verdee con toda clase de fragantes flores primaverales, entonces ascenderás de nuevo de la nebulosa tiniebla [...].»

Bibliografía:
López Férez. Historia de la literatura griega. Cátedra, Madrid, 2000.
Himnos Homéricos. Introducción, Traducción y Notas de Alberto Bernabé Pajares. Gredos, Madrid, 1978.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 31 Mayo 2021, 05:17

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

FTE. [Tienes que estar registrado y conectado para ver este vínculo]

INTRODUCCIÓN (*)


Si entre los filólogos contemporáneos el nombre de
Homero cobija, a veces usado como un paraguas y
otras por convicción de que se trata de una casa la
más adecuada para ello, la Ilíada y la Odisea, unánime
es la opinión de aquellos respecto a la heterogeneidad
y diversidad de una serie de himnos que la tradición
manuscrita nos ha legado como «de Homero» y que
hoy, en efecto, nadie considera posible que sean todos
debidos a un mismo poeta ni fruto de una misma época.

Los manuscritos en que se nos han conservado son
compilación de himnos: de Orfeo, de Homero, de
Calímaco y de Proclo, según los títulos. La tradición
clásicatiene a Orfeo por un poeta mítico; los estudiosos
depositarios de esta tradición decidieron obviar el
problema hablando de himnos órficos, pues es sabido
que deeste poeta, mítico si se quiere (pero ¿no es mítico
cuanto sabemos sobre los más antiguos poetas griegos?),
se reclamaba una tradición religiosa llamada orfismo de
su mismo nombre. Al llamar órficos a los himnos que los
manuscritos decían ser de Orfeo querían significar que
pertenecían a esta tradición del orfismo y que podían
haber sido compuestos, dentro de ella, en época reciente.
Al imponerse la costumbre de llamar homéricos a los himnos
que los manuscritos decían ser de Homero, por otro lado,
como para la tradición clásica Homero no era un poeta
mítico sino histórico, debemos entender que se quiso
relativizar la atribución a aquel poeta histórico de tales
himnos, dudándose, pues, de ella; pero, dado que se
siguió llamándolos homéricos (y no, por ejemplo,
pseudohoméricos, como se suelen llamar pseudohesiódicos
los poemas transmitidos como de Hesíodo y que se está de
acuerdo en que no lo son), debemos considerar que se quiso
poner de manifiesto su homerismo, su lugar dentro de la
tradición épica griega.

Si cumple aceptar, como me parece del caso, que Homero
es el nombre que dieron a su epónimo los Homéridas, pero
que la Ilíada y la Odisea son amplios poemas producidos
en una tradición poética que llamamos homérica, con
materiales de diversa época e índole, y fijados oralmente,
más o menos en la forma en que luego serían fijados
por escrito, a caballo entre los siglos VIII y VII; si esto es,
pues, así, de los himnos llamados homéricos entiendo que
procede decir que en su inmensa mayoría se inscriben
dentro de esta misma tradición, aunque, piezas más o
menos extensas pero sueltas (es decir, no formando parte,
como los episodios homéricos de dimensiones comparables,
de un conjunto unitario superior, el poema épico, la epopeya
homérica), no debieron de sufrir una fijación oral de la
misma naturaleza, de tan vasto rigor compositivo, sino que
habrían mantenido hasta más recientemente una situación
más fluida, menos codificada. La mayor parte de estos
poemas son sin duda arcaicos, pero, dentro de la tradición
homérica, representan un estadio no necesariamente posterior
a todos y cada uno de los episodios y materiales que hallamos
en la Ilíada y la Odisea pero sí oralmente diferenciable.

Antes de la fijación de la Ilíada un poeta pudo haber recitado
materia iliádica, un episodio o varios de los que luego
formarían parte de la epopeya homérica, improvisando,
usando de modo fluido los medios a su alcance de la dicción
épica tradicional. Después de la fijación, primero oral, de la
Ilíada en el poema que es, en la epopeya homérica que nos
ha pervenido, los poetas que buscaron abrigo en la misma
tradición épica (los Homéridas, entre otros) guardaron como
su privilegio no ya la vieja técnica de los aedos épicos sino el
recuerdo exacto de cada verso dentro de un conjunto acabado,
consolidado ya como la unidad poética que hoy llamamos
epopeya. Estos otros poetas, fijada ya la Ilíada (o la Odisea,
que para lo que voy razonando tanto da uno de estos poemas
como el otro), podían, como aquel otro poeta anterior, recitar
también sólo un episodio o varios de la epopeya, sueltos. La
fijación del poema épico en su totalidad no implica que
tuviera que recitarse desde entonces siempre entero. Pero sí
que esta totalidad, básica para los rapsodos homéricos como
distintiva de su trabajo, era para ellos un freno constante a la
improvisación; convertía a cada verso en parte de algo sólido,
y no ya en agua de un río, como en una época anterior de la
cultura oral.
(*) NOTAS DE LA INTRODUCCIÓN, AL FINAL DE ESTA Y LA BIBLIOGRAFÍA.


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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 19 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 31 Mayo 2021, 06:07

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.


Dentro de la misma tradición homérica, el mismo poeta,
cuando cantaba un himno, no lo hacía en las mismas
condiciones sino con una libertad mayor, semejante a la
que habrían tenido los aedos de la fase de composición
de los poemas épicos. Tanto en la etapa anterior como
en la posterior a la fijación de éstos, el poeta que
entonaba un himno épico actuaba lo mismo, igual de
libremente (más cerca del agua que del sólido); en
efecto, las razones que se ha visto que le movían a
mantener fijo el canto iliádico, ya parte de un todo que
era su patrimonio como Homérida, no operaban sobre él
cuando, él mismo, ejecutaba un himno. A todo lo cual se
debe, entiendo, que los himnos homéricos, perteneciendo
a la misma tradición homérica, sean técnicamente
diferenciables, desde el punto de vista de la oralidad, de
la epopeya.

En algún lugar de los que luego se dirían cuna de Homero,
la tradición homérica cuajó en los poemas épicos atribuidos
a este poeta, la Ilíada y la Odisea. Supongamos —es por lo
menos posible— que ello fuera en Quíos; los Homéridas,
quienes detentaban en exclusiva esta tradición, pronto los
difundieron por todo el ámbito de la lengua griega. Según
un escoliasta al verso primero de la nemea II de
las pindáricas, Cineto llevó los poemas a Siracusa (1). La
difusión de éstos debió de extenderse por todo el mundo
griego, pues, durante toda la época arcaica. Pero dentro
de las técnicas de composición y ejecución oral, la
recitación de episodios de unos poemas ya fijados debió de
constituir una novedad, en su momento, porque ofrecían
un mejor control del resultado poético. Decía Telémaco a
su madre (Od. I 351-2) que «los hombres alaban con preferencia
el canto más nuevo que llega a sus oídos», y no es forzoso que
la novedad haya de referirse sólo a los temas. En cualquier
caso, que al cundir la fama de las epopeyas de que eran
depositarios los Homéridas, otros grupos de poetas aprendieron
su técnica de memorización, o se sirvieron quizá de la escritura
para memorizarlas y hasta para pulirlas, a partir de cierto
cierto momento. Quizá fuera entonces cuando varias ciudades
de Grecia empezaron a disputarse la patria de Homero. Porque los
rapsodos de donde hubiera nacido Homero serían más creídos al
proclamarse depositarios de la versión verdaderamente homérica.
Cada poeta, para legitimar la versión que él había aprendido y
difundía, no podía hacer nada mejor que declararse coterráneo
de Homero para así hacerla derivar del poeta mismo. Y para ello
debía difundirse el relato de una vida de Homero que permitiera
abonar el privilegio de ser su coterráneo alegado por quien cantaba
sus poemas.

Consolidado el prestigio de Homero en el texto oral constituido y
fijo, en diversas escuelas rapsódicas que competían entre ellas,
debió de llegarle el turno a la otra poesía que podía ser considerada,
en general o por algunos rapsodos, legítimamente o menos, dentro
de la misma tradición homérica. Verdad es que no conviene concretar
en el tiempo este momento sino tenerlo por variable según los lugares
y otras circunstancias, aunque siempre, esto sí, dentro del arcaísmo
(tardoarcaísmo incluido). Pero a este momento, que sí se puede
definir en términos de técnica oral, corresponde la fijación de algunos,
por lo menos, de los himnos homéricos; al momento de consolidación,
gracias a los rapsodos, del prestigio de Homero, cuando uno de ellos,
por ejemplo, podía hallar motivos para «firmar» el himno a Apolo delio
aspectos de la imagen difundida de Homero que ya eran conocidos por
su público: «un varón ciego que habita en la escabrosa Quíos» (v.
173). Tuvo que ser un Homérida de Quíos quien así fijó el himno y
lo selló para el futuro.

Pero estos himnos, que cantaba un poeta épico, ¿qué eran?
Situémonos para responder en el canto VIII de la Odisea. Tras un
banquete en que ha cantado Demódoco escogiendo materia
iliádica demasiado cercana a Ulises, Alcínoo se dirige a los
presentes dentro de su oikos, principales del pueblo (v. 97),
invitados habituales del rey, y les exhorta a salir (v. 100) para
asistir a unos juegos que tendrán lugar en un espacio que es
llamado agora (v. 109); se forma al punto un cortejo que allí se
dirige y que ve cómo en el camino se le van sumando gentes y
gentes: «innumerables», dice el poeta (v. 110). Acabados los
juegos, Demódoco, de nuevo requerido, canta otra vez y unos
muchachos danzan (vv. 256 ss.). Esta vez el aedo no canta gestas
heroicas sino un episodio, digamos, de la vida cotidiana
de los dioses (2): cómo Ares se entendía con Afrodita a espaldas
del marido de ésta, el también dios Hefesto, quien fue informado
del asunto por Helios, el Sol mismo; cómo Hefesto urdió una
trampa alrededor de su propio lecho y fingió irse a Lemnos
para luego volver de improviso y pescar atrapados en su cama
a su bella esposa adúltera y a su amante; cómo Hefesto, habiendo
convocado a los demás dioses, expuso a ambos adúlteros a la
vergüenza y cómo, tras haberse asegurado una compensación, les
dejó por fin libres. Hay en este canto del aedo en la plaza de los
feacios vivacidad narrativa, finura y cuidado especial de los detalles
y un cierto desenfado: así un dios reprueba, sí, la conducta de Ares,
pero al preguntar Apolo a su hermano Hermes si querría encontrarse
en el sitio de Ares, Hermes responde que sí y provoca la adhesión
jovial de los demás dioses, que ríen.
CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 01 Jun 2021, 07:52

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.

Todo lo cual ha parecido demasiado moderno a algunos.
Pero la poesía homéricaofrece sorpresas como ésta tan a
menudo que basta decir que todo es esperable en ella; y
en especial en la Odisea, poema en que la construcción
del total, elaborada y un tanto artificiosa, reposa sobre
un sumo cuidado en los particulares y detalles. De todos
modos, era este canto de Demódoco sólo aquí traído para
señalar que las circunstancias de su ejecución, su tema y
extensión así como alguna particularidad del texto, todo
ello permite que lo veamos como un himno o como un
canto muy próximo a los himnos homéricos —que también
presentan entre ellos diferencias considerables.

El himno, pues, no se canta dentro de una casa, en un
espacio cerrado, sino al abierto (y quizá pudiera también
deducirse que ante un público más numeroso), y forma
parte de un solaz que comprende juegos, competiciones
de destreza; y el poeta canta en «un ancho y hermoso
corro» (v. 260) en cuyo centro él se pone, rodeado de un
coro de adolescentes que danzan (vv. 262-264). Así
mismo, en el himno a Apolo delio hay un coro, esta vez de
doncellas, y hasta pudiera sospecharse que son ellas las
que ejecutan el canto (vv. 158 ss.). Y en general los himnos
se cantan en la fiesta del dios que sea, al abierto, y las
competiciones de destreza y gimnásticas o atléticas no son
extrañas en este tipo de fiestas.

Ya vimos cuál era el tema del canto de Ares y Afrodita. En
la trascripción odiseica del canto de Demódoco tiene éste
un centenar de versos. Una de las razones en que suele
basarse la afirmación de las diferencias que hay entre los
himnos homéricos es precisamente su extensión. Hay por
un lado unos himnos llamados mayores (el II, a Deméter;
el III, a Apolo; el IV, a Hermes; el V, a Afrodita) y por otro
lado los himnos cuya extensión es mínima, que apenas
consisten en algo más que una invocación seguida de saludo
y despedida con quizás una petición de tipo general
(«otórganos el valor y la felicidad», por ejemplo, en el XX).
De los mayores el más extenso es el IV, a Hermes, que tiene
580 versos; el II, a Deméter, tiene 495; el dedicado a Afrodita,
el V, cuenta con 293. Por lo que hace al II, a Apolo, es a la vez
más largo y más breve que los dos últimos. Suelen andar los
críticos de acuerdo en que en el himno homérico a Apolo, que
presenta un total de 546 versos, hay dos himnos, uno a
Apolo delio, formado por los versos hasta el 176 o el 178,
digamos, y otro a Apolo pítico 3. Aunque también es claro que
el poeta que cosió ambos himnos en uno trabajó el conjunto
como una unidad, forjándola a base de simetrías y paralelismos
y siempre progresando sobre el tema central de la fundación de
templos y oráculos del dios. El II de los homéricos, por lo tanto,
nos permite conocer un ejemplo de himno más breve que los
otros tres mayores, el de Apolo delio, y en su totalidad, tal como
ha sido cosido por el rapsodo que nos lo fijó en la forma en que
nos ha llegado, es el segundo en extensión entre los homéricos.

Todos estos himnos sobrepasan, pues, el centenar de versos
que tiene el del aedo de los feacios. El de Demódoco es menos
solemne, menos ceremonial, menos lento; las palabras de los
himnos mayores se abren a la digresión, a la pintura de estados
de ánimo, a efectos poéticos diversos; en el himno de
Demódoco todo es más intenso, a pesar del cuidado por los
detalles. En esta característica el himno en el ágora de los feacios
está más cerca de los intermedios entre los homéricos. Un par
de himnos homéricos, en efecto, se hallan entre los cuatro
(o cinco) mayores y los más breves; son el VII, a Dioniso (59
versos, tal vez 56) y en cierto modo también el XIX, a Pan (49
versos; pero éste no es narrativo como el otro, es más
tardío y presenta problemas de otra índole).
CONT.


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HOMERO. Grecia Clásica. - Página 19 Empty Re: HOMERO. Grecia Clásica.

Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Mar 01 Jun 2021, 08:19

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.


A pesar de no explicar, desde luego, todo lo posible
referente a un dios, los himnos mayores tienden a
a ser, sobre su tema, completos, y su tema es a su
vez siempre sintomático, central en la historia del
dios o en la historia religiosa de los griegos; así,
ejemplarmente, los himnos sobre Deméter, Apolo y
Hermes. Un himno entre los mayores, el V, se escapa
de algún modo de esta norma, quizá por mérito de la
naturaleza y de las actividades de la diosa a que va
dirigido, Afrodita. El himno está muy bien construido
porque presenta su historia central (vv. 53 ss.), la del
amor que la diosa sintió por un mortal, Anquises, como
una consecuencia del poder mismo de Afrodita: salvo
Atenea, Artemis y Hestia4, todos los dioses y hombres
se doblegan ante su poder, ante la fuerza irresistible del
deseo que ella infunde; ante ella sucumben también los
pájaros y todos los animales, así terrestres como marinos.
Como ni el mismo Zeus escapa a esta fuerza irresistible,
éste, el gran dios, paga a Afrodita con la misma moneda,
inspirándole «dulce deseo» de unirse a un mortal
(vv. 45, 53). Afrodita, vencida con sus mismas armas,
restablece el imperio de Zeus, que sigue siendo superior a
los demás dioses. El poeta no ha cosido, esta vez, sino que
ha fundamentado teológicamente la historia que ha recibido,
la de los amores de la diosa del amor con Anquises, y se
dispone a contar. Y en sí, esta historia se parece, entiendo,
a la del himno VII, sin la presentación religiosa que en ella
hace el poeta del V. Es una historia más, entre las de la
divinidad. Como es una historia más la de Dionisio con los
piratas, que es el tema del himno VII. Como es igualmente
una historia más la de los amores de Afrodita con Ares, el
tema de Demódoco.

Hay por último algunas cuestiones filológicas que vienen
al caso. La mayor parte delos himnos empieza con la fórmula
«canta, Musa...» o «comenzaré a cantar...» o bien
«me acordaré de...» u otra parecida, con el nombre del dios
objeto del canto en acusativo, complemento directo. En el
canto de Demódoco nos cuenta el poeta de la Odisea que
«el aedo, pulsando la cítara, empezó a cantar hermosamente»
(VIII 266) y que cantó «cómo se unieron a hurto y por vez
primera...» (v. 268); entre un verso y otro se nos da el sujeto
de unieron, pero como objeto, digamos, de cantar,distanciado
y a la vez concretado con una preposición, amphi: «A propósito
de los amores de Ares y Afrodita, la de bella corona» (v. 267).
Está claro que el objeto del canto son los amores de ambos,
pero también parece que el a propósito de, a la vez que nos
prepara para la concreción del tema, limita de entre la materia
posible a propósito del dios y de la diosa. Pues bien, de modo
paralelizable, el poeta del himno homérico VII «recordaré»,
dice, «cómo apareció en la orilla del mar estéril...» (v. 2), pero
en el primer verso había enunciado a propósito de quién hablaba;
de nuevo, pues, la preposición amphi precedía el nombre de la
divinidad que era objeto del canto, y a continuación, introducido
el tema por una oración completiva modal, se nos aclaraba de
cuál de las gestas del dios iba a tratar el poeta.

Pero el canto de Demódoco, además de servirnos de piedra de
toque paraacercarnos a los himnos homéricos, nos es útil
porque en el contexto de la Odisea se nos dan indicaciones,
según veíamos, sobre las circunstancias de la ejecución de
un poema, por lo menos, como el de Demódoco mismo y,
conjeturo, como el himno homérico VII o como el núcleo
antiguo, no moralizado, del himno homérico V. Son cantos
que se ejecutan al abierto y en ocasión de una fiesta, pero
en un espacio no sagrado (en el ágora, recordemos) y,
aunque versen sobre sucesos o gestas de los dioses, no se
ve que tengan directa relación con el culto. En los himnos
homéricos esta materia divina aparece introducida por un
preludio definidor del dios (que se reduce, en el VII, a
«hijo de la gloriosa Semele», lo que no es mucho) y
cerrada por un saludo al dios, siempre muy breve. Preludio
y saludo constituyen, según se dijo, los himnos homéricos
más breves. De modo que podría conjeturarse que estas
historias de dioses han quedado encajadas entre preludio y
saludo en la época en que estos dos elementos puede que
fueran necesarios para caracterizar a un poema como
himno. En el himno XIII, a Deméter, que tiene tres versos,
el primero («A Deméter de bella cabellera, veneranda diosa,
comienzo a cantar») es igual que el primero del himno II,
también dedicado a Deméter pero que se cuenta según
vimos entre los más extensos. El segundo es, con una
modificación de morfología
necesaria, igual que el antepenúltimo (v. 493) del mismo
himno II: o sea, que un verso que en el XIII forma parte
del preludio pertenece en el II al saludo o plegaria final
(vv. 490-495). Por lo demás, el verso 2 del II («a ella y a
su hija de anchos tobillos, que Aidoneo») se refiere también,
como el segundo del XIII («a ella y a su hija, la bellísima
Persefonea»), a Perséfone, y si el poeta del II ha variado
utilizando otra palabra para decir «hija» y otro epíteto,
ello es porque esta hija de Deméter será de inmediato
objeto de su atención y le interesa destacar de entrada el
nombre de su raptor. Versos típicos del preludio podían
usarse en el saludo al dios, e incluso el saludo formar
parte del preludio. En el verso final del XIII, en efecto, se
lee «Salud, oh diosa, salva esta ciudad y da principio al
canto», lo que parece indicar que los tres versos de este
himno constituyen una breve introducción, en honor de
Deméter, a un canto no sabemos ni de qué índole ni de
qué tema que el poeta pide a la diosa dé comienzo.
CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 03 Jun 2021, 07:15

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.


Y conviene, llegados aquí, afrontar la cuestión de qué
era para los griegos un himno5. Para ello existen dos
caminos complementarios, a saber, el análisis del
término en sí y la consideración de los otros términos
con que los griegos podían referirse al poema mismo
o a la actividad de cantarlo. Pues bien, dice Tucídides
(III,94) que «había entonces, y ya desde antiguo, una
gran peregrinación a Delos de los jonios y de los de las
islas vecinas; iban como ahora van los jonios a las fiestas
de Éfeso, como espectadores con sus mujeres e hijos, y
se hacía allí un certamen gimnástico y musical y las
ciudades aportaban coros». Añade a continuación que
Homero puede demostrarlo y cita los vv. 146-150 «del
proemio de Apolo», como él dice: del himno homérico III,
para nosotros. Este testimonio célebre de Tucídides
suele comentarse en el sentido de que llama proemio a
un himno porque los himnos eran usados por los poetas
épicos como preludio para la recitación de poemas
propiamente épicos. Pero esta interpretación suscita
una serie de problemas que han sido igualmente
señalados, siendo uno no menor la extensión de los
himnos homéricos mayores, de que ya se ha dicho. Ha
parecido, empero, sustentada por la frecuencia con que
los himnos contienen la expresión «comienzo a cantar
....» (II 1, por ejemplo) o equivalente, y se señalará al
respecto que entre las equivalentes se encuentra el verso
Od. VIII 266, que introduce en el canto por Demódoco de
los amores de Afrodita y Ares («empezó a cantar...»). La
cuestión no parece soluble sobre estas bases. La verdad
es que, aunque se diga en la Odisea que Demódoco
empezó a cantar, el canto de Ares y Afrodita se coloca
entre dos otras intervenciones del aedo de materia épica
(relativa, esto es, a la guerra de Troya), de modo que o
bien empezar a cantar significa ponerse a cantar, sin más,
o bien está aquí mal dicho (lo que daría razón a quienes han
pretendido atetizar este canto) o bien tiene algún otro
sentido que no resulta de entrada evidente.

El último verso del himno V, a Afrodita, es como sigue:
«habiendo empezado por ti, pasaré a otro himno». Pero
nótese que este verso no promete el paso a la ejecución
de otro poema épico sino «a otro himno». Y no es éste
un caso aislado dentro de los himnos: IX 9, el último verso
de un breve himno a Ártemis, y XVIII 11, el penúltimo de
uno a Heracles, son idénticos. Una docena de estos himnos
(el II, el III, el IV, el VI, el X, el XIX, el XXV, el XXVII, el
XXVIII, el XXIX, el XXX, el XXXIII) acaban con el verso
«y yo me acordaré de ti y de otro canto», que ha sido
interpretado como despedida del poeta a la divinidad de que
se ha ocupado o a la que ha invocado y como paso a la
recitación épica. Pero, por lo que hace a esto último, tal
interpretación es cuando menos problemática.

Himno se dice en griego hymnos. Y canto se dice aoidé.
En el verso Od. VIII 429 se lee aoidés hymnos, es decir,
una expresión que reúne ambos términos: «himno de
canto». Alcínoo encarga a su mujer que le sea preparado
un baño a Ulises para que se repose y pueda luego,
relajado, escuchar en el banquete el tal hymnos aoidés.
El canto que en el banquete subsiguiente cantará
Demódoco (vv. 499 ss.) se refiere a la toma de Troya y a
la gesta del caballo de madera; o sea, que «himno de
canto» designa materia heroica: no protagonizada por
dioses sino por héroes. Se sigue de ello, entiendo, que
cuando un himno acaba con la afirmación del poeta de que
pasará a otro himno no implica que pase necesariamente
a otro poema sobre el mismo dios o sobre otro dios, y que
cuando dice que pasará a otro canto no quiere decir que
pase necesariamente a un poema de materia heroica.
Himno, pues, no quiere decir, en el texto, lo mismo que en
el título que el manuscrito da a nuestra colección de
himnos. Platón sí, en el décimo de la República (607a;
cf. Leg. VII 801e), distingue entre «himnos a los dioses» y
«encomios a los héroes»; himnos como género poético
específicamente dedicado al elogio de los dioses es lo que
entendía quien llamó himnos a nuestros poemas. Pero, en
cambio, el uso homérico de la palabra no avala este sentido.

CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Jue 03 Jun 2021, 07:24

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.


El lugar citado platónico, al coordinar himno y encomio,
parece permitir la suposición de que el himno es un elogio,
y el pasaje de Tucídides antes citado parece igualmente
abonarlo; al citar lo que él tiene por versos finales del himno
a Apolo dice en efecto Tucídides que el poeta «termina su
elogio...». Elogio equivaldría a himno, pues; pero una
interpretación más restringida entiende que Tucídides dice
que el poeta termina el elogio que había hecho de las
muchachas delias del coro que habían acompañado con sus
danzas su canto. En cualquier caso, si himno quisiera decir
elogio, nótese que podría igualmente aplicarse a dioses y
héroes.

Alguna de las propuestas etimológicas avanzadas para
explicar hymnos apunta en esta dirección de poema de
elogio. Pero las dos más viables parecen la que relaciona
el término con el verbo significando «hilar» y la que lo
avecina a un sustantivo que significa «membrana»; o sea,
uniendo lo uno con lo otro, el conjunto de hilos que forma
un tejido flexible. O sea, todavía: que hymnos aoidés
vendría a significar el conjunto de «hilos» que forma el
ciertamente flexible tejido del canto. Himno es, pues, una
metáfora del canto considerado como un tejido, como algo
que el poeta va hilando. O sea, de nuevo, que la metáfora
no ve el canto como algo acabado, concluso, sino como algo
en curso: cantar es hilar y el resultado un tejido sutil, flexible.

CONT.


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Mensaje por Lluvia Abril Vie 04 Jun 2021, 01:14

¡Qué maravilla!
Sigo la gran obra y gracias por ponerla en este camino.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 04 Jun 2021, 05:12

La ODISEA, para mí es una obra cumbre de la POESÍA UNIVERSAL DE TODOS LOS TIEMPOS. ¿Más que LA ILIADA? ... No me gusta comparar. Pero La Odisea la veo más imaginativa; más mágica; más personal y cercana...

En cuanto a Los HIMNOS HOMÉRICOS, me di cuenta de que o los ponía ahora o no los pondría nunca. Y eso estoy haciendo.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 07 Jun 2021, 07:15

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.


Si esto es así el himno es, como parece efectivamente,
un canto épico, trate de dioses o de héroes, no fijado,
que se considera como tejido por el aedo cada vez
que éste lo ejecuta. Originariamente la palabra himno
parece responder a una etapa de oralidad fluida. Este
sentido originario se diluyó en el posterior, más
general, de celebración o celebración de un dios en
concreto; pero todavía cuando la Odisea llama himno
al canto heroico de Demódoco o cuando el poeta de un
himno homérico promete pasar a otro himno, todavía
en estos casos himno quiere decir canto como tejido
sutil, flexible, de las palabras que lo hilan —lo que
resulta confirmado por la expresión «himno de canto»
de que se ha discurrido.

Pero lo hilado, el tejido resultante, la tela, puede
coserse con otras telas para formar un conjunto más
extenso o más amplio. Probablemente de algo así se
trata en un fragmento pseudohesiódico
(357 Merkelbach-West) en el que puede leerse «en
himnos nuevos cosiendo el canto», y quizá también
cuando Píndaro, en la segunda de sus nemeas
(vv. 1 ss.), llama a los Homéridas «cantores de
palabras cosidas». Probablemente coser sea el trabajo
de quienes han fijado lo ya hilado, los viejos himnos, en
cantos que luego acoplan con otros para lograr un canto
seguido, uniforme, más extenso y acabado. Por esto será
que el verbo que significa coser en griego se ha mantenido
relacionado etimológicamente con el término rapsodo, que
significaría, pues, lo mismo que Píndaro hemos visto
llamaba a los Homéridas.

Si el sentido de himno ha de reconstruirse tan trabajosa
e hipotéticamente, no mejor es la situación ante el proemio
de que habla, según vimos, Tucídides: prooímion; por
ejemplo, es claro que el término puede significar tanto el
exordio o inicio de un canto como un canto suelto que sirva
de preludio a la recitación de otros. De donde, el término
que esta vez importa es oime, porque lo que sucede es
que, en tres ocasiones en la Odisea (VIII 74, 481; XXII 347),
esta palabra significa historia o tema, materia del canto, y,
siendo así, proemio quiere decir, para algunos, lo que
precede a la exposición de la materia propiamente dicha,
mientras para otros sería la primera parte de la materia misma.
La cuestión quizá más importante, si el proemio es siempre
una parte o si puede ser una unidad, un poema suelto (y el
modo de plantear correctamente esta cuestión, que no ha
de ser tan esquemático), no se ve que pueda aclararse gracias
al término, que admite ambos sentidos.

O sea, vinculando esta cuestión a aquélla antes planteada a
propósito de cuál sea el sentido de cuando el poeta manifiesta
que comienza a cantar, no sabemos si el «empiezo a cantar...»
con la manifestación del tema que sea se refiere a los primeros
versos o bien a la totalidad del canto, que sería un comienzo
respecto a los demás cantos que el poeta ejecutaría a
continuación.

La cuestión que subyace es otra vez la de la diversidad de los
himnos homéricos. Se vea, por ejemplo, qué sucede con un
himno como el XXV:

Voy a comenzar por las Musas, Apolo y Zeus. Pues gracias a
las Musas y al flechador Apolo existen en la tierra aedos y
citaristas, pero los reyes proceden de Zeus. Dichoso aquel a
quien las Musas aman: de su boca fluye suavemente la
palabra. Salud, oh hijas de Zeus, honrad mi canto; y yo me
acordaré de vosotras y de otro canto.


CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Lun 07 Jun 2021, 07:40

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.


El arranque o verso primero es una simple petición
inspiratoria, comparable, entiendo6, al verso
Od. VIII 499, donde el genitivo «del dios» (en el
griego del himno Musas, Apolo y Zeus están en
genitivo, también) viene tras un participio pasivo
que denota el impulso, la inspiración, y concierta
con el sujeto, el poeta (otra vez Demódoco), del
verbo «comenzó»; o sea, en el ejemplo de la
Odisea se ve que el sentido de empezar es «partir
de» y que el poeta parte de una divinidad, la que
sea, porque la hace responsable de su inspiración.
Los cuatro versos que siguen y razonan el porqué
el poeta ha invocado a estas divinidades coinciden
con los versos 94-97 de la Teogonía hesiódica.
Entiendo que no conduce a nada discutir si fueron
copiados de allí o bien allí7. Son versos tradicionales
que dicen algo tan sabido y tan apropiado en diversos
contextos que lo raro es que no estén en algún otro
sitio8. Para el poeta del himno está claro que estos
versos son un exordio, una breve introducción a un
canto que me parece que no ha de tener nada que ver,
temáticamente, ni con las Musas, ni con Apolo, ni con
Zeus. Entiendo, pues, que el «voy a comenzar por...»
no indica la materia del canto siguiente sino la materia
de la invocación inicial.

Lo que no quita que, en un himno dedicado a un dios,
el poeta diga que va a empezar por el dios y la materia
subsiguiente sea también relativa al dios. Pero, volviendo
al XXV, tras este exordio no viene ni un canto cualquiera
ni un canto sobre las Musas o Apolo o Zeus; viene en
cambio una fórmula de despedida al dios y la promesa de
otro canto. De modo que el llamado himno consiste sólo
en unos versos tradicionales de exordio y otros no menos
tradicionales de despedida. Hasta un estudioso al tanto del
lenguaje, de la dicción poética formular sobre los dioses
podría construir himnos como éste al dios que fuera. Pero
se impone la razonable sospecha de que estamos ante un
estuche cuyo contenido no nos ha llegado, o, más
exactamente, ante un estuche diseñado para contener
según la ocasión materias de todo tipo. De que el exordio,
en suma, servía para no importa qué himno, sobre héroes
o dioses (en el sentido más antiguo de himno), y la despedida
para indicar el poeta ante su público que había llegado hasta
el final y que ahora se despedía de la divinidad que le había
acompañado, inspirándole.

Los himnos homéricos deben de proceder de una colección
rapsódica y escaparon, como se ha sospechado, al control
de los filólogos helenísticos9. Por esto nos han llegado como
himnos lo que no son sino exordios y despedidas que, en el
caso del XXV, podían servir no sólo para materia hímnica en
el sentido de sobre los dioses, como he explicado.

Pero tanto Demódoco según el poeta de la Odisea en el
verso VIII 499 citado comoel poeta del himno homérico XXV
dicen comenzar de, o sea, como glosaba, partir de un dios,
de invocarle, para luego abordar el tema que sea; y el dios
está en el texto en genitivo. ¿Debemos entender que es lo
mismo cuando el poeta manifiesta empezar a cantar y luego
cita el nombre del dios en acusativo, según las apariencias,
de entrada, como objeto, materia de su canto? Veamos, por
ejemplo, un poema como el himno homérico XI, a Atenea:

Empiezo a cantar a la poderosa Palas Atenea, protectora de
las ciudades, que se cuida, juntamente con Ares, de las
acciones bélicas, de las ciudades tomadas, de la gritería y de
los combates; y libra al pueblo al ir y al volver (del combate).

Salve, diosa; y danos suerte y felicidad.


Se podría pensar que tras este exordio, y sin importar que la
diosa sea el objeto del canto, podía el poeta haber introducido
cualquier otra materia; y luego cerrar su canto, tratase de lo
que fuera, con la despedida del último verso. Abonarían esta
idea otros dos himnos homéricos que comienzan también
«empiezo a cantar» y que tienen una extensión comparable,
el XVI, a Asclepio, y el XXII, a Posidón. Pero, en cambio,
también comienza por «empiezo a cantar» seguido por el
nombre de la diosa en acusativo el himno homérico II, a
Deméter, y los casi quinientos versos siguientes, hasta la
despedida, tratan de la diosa y no de no importa qué tema.
De ahí el sentido de la pregunta formulada más arriba.

En los himnos homéricos XI, XVI y XXII, como en otros,
el dios que se invoca como objeto del canto es sólo
presentado, brevemente, en una característica o la más
determinante o por lo menos principal del dios de que se
trate: así la guerra, y su relación, con Ares, en el caso de
Atenea; la capacidad de curar, en el Asclepio; su dominio
sobre tierra y mar, muy bellamente expresado por medio
de los caballos, cuyos cascos baten, sacuden la tierra, pero
que él sabe domar, así como por medio de las naves, que
él puede salvar, en el caso de Posidón. En todos los casos,
másformularmente o no tanto, con mayor o menor maestría,
es rápidamente evocado un rasgo principal del dios y basta.

CONT.




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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 09 Jun 2021, 07:47

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.

El himno homérico VI, a Afrodita, no comienza por «empiezo a
cantar» sino por «cantaré», pero el objeto del canto es también
la diosa «a quien se adjudicaron las ciudades todas de la
marítima Chipre» (vv. 2-3). Pero esta vez este dominio de la
diosa sobre Chipre es la puerta de acceso al viento que la llevó
a la isla, a cómo fue allí acogida por las Horas, detalladamente
a cómo éstas la vistieron y adornaron con oro y flores; y este
adorno y preparación antesala para la presentación que las
Horas hicieron de Afrodita a los inmortales dioses: todos
desearon entonces desposarla; así la belleza que causó la
admiración de los dioses es el rasgo principal que el poeta ha
querido evocar en este caso. El caso es que han hecho falta
dieciocho versos para llegar a esto, que el rasgo principal no
ha sido presentado de entrada y apenas desarrollado como en
los himnos XI, XVI, XXII y otros. Y el caso es también que
ahora, al despedirse el poeta, entre la fórmula de despedida
propiamente dicha y la otra fórmula del «y yo me acordaré de
ti y de otro canto», pide a la diosa, a Afrodita, algo en concreto:
«concédeme que alcance la victoria en este certamen», pide,
«y da gracia a mi canto» (vv. 19-20).

En el VI, pues, la despedida venía a continuación de un
exordio desarrollado y era a su vez introducción al canto
subsiguiente, un canto con el que el poeta del himno
homérico pretendía vencer en un certamen poético. Aunque
breve, este himno es comparable a los mayores. Por lo que
hace a los más breves, dos posibilidades parecen razonables:
que los rapsodos los hayan recogido, como dije antes, como
estuche o que invocación y despedida al dios formasen una
unidad que precedía a la recitación de otro himno (en el
sentido, ahora, de canto a un dios o a un héroe). Y, tanto
en un caso como en otro, otras dos posibilidades se imponen:
que el himno siguiente fuera dirigido al mismo dios o que
introdujera otra materia.

De modo, pues, que no parece que «empiezo a cantar»,
«canto», «cantaré» o cualquier otra de estas formas
introductorias seguida del nombre del dios en acusativo
excluya que luego el poeta se ponga a hablar de otra cosa; por
ejemplo, de materia iliádica, como hace Demódoco. De modo,
también, que si proemio pueden llamarse siempre los himnos
homéricos, en la medida en que esto sea así unas veces se
tratará de un exordio al dios formado de invocación y
despedida que servirá sólo de acceso al canto inmediatamente
ejecutado a continuación y otras veces de un canto que sea el
primero de otra serie de cantos de la misma extensión o poco
más o menos.

Pero otra posibilidad ha de ser contemplada. Que el proemio
preludie la ejecución de un poema cantado y danzado, o sea,
de la clase de poesía que en literatura griega arcaica se
designa globalmente como lírica por distinguirla de la
épica10. Lo del coro y la danza es seguro en el caso de Demódoco,
como hemos visto. Pudiera también ser que Tucídides entienda
referirse a la parte del himno homérico a Apolo que era recitada
como proemio al canto coral; en este caso el canto coral
correspondería a las muchachas de Delos a quienes se dirige
el poeta acto seguido (w. 156 ss) y el himno a Apolo delio nos
mostraría al poeta presentando al coro e introduciendo al
público en el canto de las jóvenes delias. El canto de éstas
habría sido ejecutado antes de que el poeta, retomando la
palabra en el verso 165, se despidiera de su público a través
de las mismas jóvenes del coro v pidiendo el recuerdo de estas.
Pensaba Wilamowitz que las muchachas ejecutaban un canto
cultual de índole tradicional, como el himno del licio Olén de
que habla Heródoto (IV 35)11. No debe excluirse que el poeta
las dirigiera, que les hubiera enseñado el canto.

Conjeturalmente, pero esta posibilidad, la del proemio o himno
épico como preludiode un canto coral, no ha de ser dejada de
lado, a mi juicio. Y tampoco que fuera el mismo poeta épico
quien hubiera enseñado el canto coral a los integrantes del coro.
Si entre épica y lírica no hay solución de continuidad, es claro
que entre épica y poesía coral lo que hay es afinidad (se piense
al respecto sobre todo en Estesícoro), como no es dudoso que el
verso de la épica, el hexámetro, pertenece a la misma familia
métrica que uno de los versos más frecuentes de la poesía coral12.
CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Miér 09 Jun 2021, 08:01

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.

En todo caso, se ofrece como seguro que la danza y
el coro acompañaban al himno. Y que algunos de ellos,
como mínimo, formaban parte, si no del culto del dios, sí
por lo menos de su fiesta —y la distinción entre culto y
fiesta no es que tenga mucho sentido, tratándose de la
religión de los griegos. Los juegos, la danza y el canto
andaban juntos en estas ocasiones, como el mismo
himno a Apolo delio puede certificar (w. 149-150: «ellos,
acordándose de ti, te deleitan con el pugilato, la danza
y el canto...»).

Normalmente, pues, el poeta que iba a recitar
hexámetros comenzaba con una invocación a un
dios. Esta invocación podía ser o a una divinidad
tutelar de la actividad poética (las Musas, o las
Musas y Apolo, por lo general) o bien a otro dios
seguramente vinculado a la fiesta en que tuviera
lugar la ejecución poética. En ambos casos el
comienzo podía ser muy breve y entrar el poeta
inmediatamente en materia (como es el caso en
los proemios de la Ilíada y la Odisea, por lo que
hace a una típica invocación a las Musas) o bien
alargarse un centenar de versos, como sucede
al inicio de la Teogonia hesiódica, verdadero himno
que combina el elogio de las Musas con la
presentación que de sí mismo hace el poeta como
habiendo aprendido de éstas su arte13. Igualmente,
el dios invocado podía serlo por razones de
coherencia con la intención del poeta: así en el caso
de Zeus al inicio de Trabajos y días (vv. 1-10).

La forma alargada, extensa, del himno podía ser
recitada independientemente, como un episodio épico
cualquiera. Por lo general en una fiesta: bien porque
ésta invitara a la narración de los hechos de un dios en
concreto (como la antigua concentración de los jonios
en Delos, en el caso del himno de Apolo delio), bien
porque en ella se celebraba tradicionalmente un
certamen poético (cf. himno VI,19-20). Aparte de estas
grandes ocasiones, la fiesta podía quizás improvisarse
por algún motivo, como parece suceder en la Feacia
homérica. Tal vez también en ceremonias más
precisamente cúlticas, como por ejemplo se ha aventurado
en relación con Eleusis por lo que hace al himno II14.
Pero, aunque no hay base para trazar entre ambos géneros
una frontera infranqueable, es razonable suponer que
en estas ocasiones la plegaria se impondría sobre la narración,
las más de las veces. La plegaria corresponde más a un grupo
homogéneo (como los compañeros del simposio o del thiasos,
en la lírica) o incluso a una sola persona, como la de Aquiles
antes de entrar Patroclo en combate con sus armas
(II. XVI 233-248).

Por lo demás, la narración de las virtudes y de los méritos de
un dios, aparte de poder ser recitada independientemente,
pudo ser integrada por un poeta en un conjunto más amplio y
no en función de proemio, como al inicio de la Teogonia, sino
en un relato por ejemplo catalógico: así los versos 411-452 de
este mismo poema hesiódico constituyen un verdadero himno
a Hécate.
CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 11 Jun 2021, 06:13

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.

Estos himnos forman parte de una tradición poética,
hexamétrica: oral y por nosotros parcialmente conocida,
y frente a la cual nos es difícil objetivar nuestros criterios
de acercamiento, quiero decir, de datación y fijación
histórica y de estimación como poesía. Desde el punto de
vista de la lengua, de la dicción de la antigua poesía griega
hexamétrica, se habla habitualmente de tradición formular.
¿En qué sentido? La tradición siendo, en el caso de esta
poesía, la dimensión diacrónica de la transmisión oral,
cuando esta tradición, debido a la extensión y exigencias
poéticas de lo transmitido, se apoya en fórmulas,
sirviéndose de ellas para su fijación y conservación en la
memoria y para su repetición en sucesivas ejecuciones,
puede entonces hablarse de tradición formular.

Lo oralmente transmitido en hexámetros, conservado,
repetido de generación engeneración, sucesivamente
interpretado, ha de sufrir cambios, a pesar del carácter
conservador de la tradición; y las fórmulas, que han
servido para fijarlo, pueden también servir para adaptar
lo transmitido a tales cambios.

Del mismo modo como los arqueólogos nos ayudan
a ver que en los poemas homéricos coexisten por
ejemplo escudos de épocas distantes entre sí, hay
estudiosos de la dicción formular que han rastreado
en los poemas las modificaciones, aquí y allí en ellos,
de las fórmulas con la intención de mostrarnos
que esta fórmula o prototipo formular es muy antigua
y aquélla, en cambio, modificación, desarrollo posterior
de la primera.

Es cosa diáfana que hay una evolución histórica entre
el escudo más antiguo que aparece en los poemas y
el más reciente. No se deduce de ello necesariamente,
empero, que el más antiguo tenga que aparecer en la
parte más antigua de los poemas. Puestos a no deducir,
pudiera pasar que el más reciente no se encontrara
necesariamente en la parte más reciente sino que fuera
fruto de cambios no profundos producidos en una
ejecución reciente. Del mismo modo uno puede
preguntarse si la existencia de varios estadios de
formularidad que es dado distinguir en los poemas
homéricos puede razonablemente sustentar
conclusionessobre el carácter más antiguo o más
reciente de los episodios en que se encuentren.
Dentro de cada gran poema, y cada vez que en un
episodio nos hallemos claramente ante un sistema
de modificaciones que abarca diversos hechos de
dicción constatables, tendremos que buscar una
explicación para ello, la que corresponda en cada
caso; e indudablemente también en términos históricos,
porque no ha de perderse de vista en modo alguno
que, como ha sido programáticamente formulado, la
fórmula homérica «es un fenómeno histórico», y
que, si el tipo de dicción tradicional que se sirve de
ella «fue una realidad histórica, ha de haber estado
sujeto a cambio, como cualquier otra cosa en este mundo»15.

Pero sucede que no es preciso negar el carácter histórico
de la fórmula para dudarde que hechos a veces de
interpretación controvertida y escasos o aislados puedan
probar nada desde el punto de vista cronológico. Por lo
demás, como en el caso puesto por ejemplo del escudo
(de cuya realidad histórica, dicho sea de paso, nadie debe
dudar tampoco), el que una fórmula haya experimentado
un cambio y puedaser aducida como innovación o
modificación no implica que otro poeta no haya usado
contemporáneamente la misma fórmula en su estadio más
antiguo. O incluso más tarde todavía.

El estado fluctuante de la poesía hexamétrica incluso
después de su fijación oralconvierte cuando menos
en problemáticas las deducciones, aunque sean
cautelosas. Y también las diversas voluntades
poéticas que han confluido en esta tradición,
las voces de los poetas sucesivos. Hay propósitos
de composición diversas que se complementan y
confluyen en un estilo, tanto en la Ilíada como en
la Odisea; logrado este estilo global unitario, es
difícil convertir la arqueología de la composición en
historia, porque sucesivos poetas pueden haberse
sucedido o alternado en la confusión y mezcla de
los niveles anteriores.

Todo lo cual sirva de introducción escéptica al asunto
de la cronología de los himnos. Aunque sea al asunto
de su cronología relativa respecto a las dos epopeyas
homéricas y a la poesía hesiódica. Y a ello añádase lo
que más arriba quedó dicho de que los himnos, al no
haber operado sobre ellos, por su menor extensión, el
mismo rigor de fijación que verosímilmente aplicaron
los rapsodos a los dos grandes poemas épicos, pueden
presentar, entiendo, innovaciones recientes que sólo
afecten ocasionalmente a un conjunto u otros
elementos diversos muy antiguos.

Por mi parte, no me parece en general especialmente
productivo, desde el punto de vista de lo que hoy son
estos textos como poesía, distinguir cuestiones
cronológicas de detalle. Tampoco creo que la opinión
establecida, referente a que los más antiguos de nuestros
himnos representan ya un estadio subépico, o sea,
posterior a la Ilíada y la Odisea, deba ser globalmente
puesta en tela de juicio. Hay en ellos hechos de dicción que
no hablan en contra de tal apreciación16. Pero que los
himnos representan un estadio subépico entiendo que no
debe enfatizarse, en términos de valoración poética, sino
su pertenencia, en el sentido que ha quedado dicho, a la
misma tradición poética, la homérica.

Sucede a veces, en la poesía hexamétrica más antigua,
que un mismo hecho es contado, dentro de la misma
tradición, de modo diferente en dos ocasiones: por
ejemplo, en Teogonia 570-584 la primera mujer,
Pandora, es fabricada no como se nos dice que lo fue
en Trabajos y días 60-68; e incluso esto sucede dentro
del mismo poema, pues en Trabajos y días 69-82
hallamos, a continuación del anterior citado, otro relato
de lo mismo que no es incompatible con aquél aunque
no parece dudoso que un rapsodo en sus recitaciones
podía haber escogido entre ambos a su gusto.

Este episodio de la invención de la mujer, su fabricación
por Hefesto, el artesano divino, y cómo fue adornada y
la intervención en ello de otros dioses, debió de ser
muy conocido y celebrado, y los rapsodos improvisarían
y variarían sobre él por agradar al público y sorprenderle
con novedades. Dentro de una misma tradición, la
hesiódica, estos tres episodios diferentes de lo mismo
componen entre todos un sentido sin contradicciones:
se complementan y el uno ayuda a la comprensión de
los otros. Esto es lo que importa, creo, y no detectar
en cuál de los tres relatos hay alguna particularidad
lingüística más antigua para decidir cuál es el modelo
de que dependerían los otros dos. El concepto de
imitación poco tiene que ver, en esta poesía, con lo
que será más tarde en la poesía escrita17.
CONT.


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Mensaje por Pascual Lopez Sanchez Vie 11 Jun 2021, 06:35

HOMERO

HIMNOS HOMÉRICOS

INTRODUCCIÓN. CONT.



En el relato de la Teogonia hesiódica, una vez creada la
mujer, Zeus la conduce ante dioses y hombres (vv. 585-
589). Lo mismo sucede, sólo que ahora son las Horas
quienes la llevan y únicamente ante los dioses, en el caso
de Afrodita en el himno homérico VI (vv. 14-15). El poeta
de la Teogonia pone énfasis, durante la presentación, en
la admiración producida en dioses y hombre por la mujer;
el del himno homérico en la admiración también que causó
en los dioses la figura de Afrodita (v. 18) pero concretando
cómo la diosa hizo nacer en ellos el deseo de
tomarla por mujer (vv. 16-17). El motivo de la presentación
de una mujer ante un grupo de hombres se encuentra en
dos pasajes épicos famosos: Il. III 154 ss., en que Helena
que se dirige a la torre es vista por los ancianos de Troya,
y Od. I 365-366, en que se expresa el efecto que la aparición
de Penélope ha provocado en los pretendientes. En esta última
ocasión tal efecto es comparable, también desde el punto de
vista de la dicción poética, al que causó en los dioses, según el
himno homérico VI, la aparición de Afrodita.

Los lugares hesiódicos de referencia insisten en que la mujer
fue hecha con aspecto de doncella, y uno de ellos, los versos
62-63 de Trabajos y días, ilustran sobre su parecido con las
diosas inmortales. Gran parte del prestigio de la mujer en la
tradición arcaica pudiera pensarse que radica en su estar a
medio camino entre los animales (la perra, con la que es
tantas veces comparada, en la épica, en Hesíodo, en el
yambo) y los dioses, participando de lo irracional y
desvergonzado como de lo perfecto y bello. De modo que el
efecto que el poeta de la Teogonia habría querido causar
en su auditorio —como el de la Ilíada a propósito de Helena
y el de la Odisea en lo que a Penélope se refiere— habría
sido el del recuerdo de la escena tradicional en que Afrodita
era presentada a los dioses: enmarcando la escena de la
presentación de la mujer en aquella de la presentación de
la diosa, estos poetas habrían querido sugerir la ambigüedad
de la mujer18, la peligrosa divinidad de lo femenino humano.


¿Debe de ello inferirse que la presentación de la mujer en
la Teogonia, y la de Helena a los ancianos de Troya en la
Ilíada, y la de Penélope a sus pretendientes en la Odisea
son, todas, imitación de la presentación de Afrodita a los
dioses en el himno homérico VI? Sería un disparate. Y, sin
embargo, es claro que poder pensar la escena de la
aparición de Pandora y de estas otras mujeres sobre la de
la aparición de la diosa da a la primera una profundidad a
la que no ha de renunciar el intérprete, el lector de poesía.
La relación ha de establecerse, pues, y extraer de ella
conclusiones en términos de poesía, pero no en términos
históricos, forzosamente, siempre.

Alguna otra ilustración de lo mismo puede traerse a colación
ahora19. Veamos, porejemplo, qué dicen los versos 13-16, de
la parte final (porque sólo nos quedan de él dos fragmentos,
uno del principio y otro de esta parte final) del himno homérico
I, a Dioniso. Dicen así:

13 Dijo, y el Cronión bajó las negras cejas en señal de
asentimiento; los divinos cabellos se agitaron en la cabeza
del soberano inmortal, y a su influjo estremecióse el
dilatado Olimpo.


16 Así habiendo hablado, lo ratificó con la cabeza el próvido
Zeus.


Los tres primeros versos son iguales que Il. I 528-530, en
que el poeta usa, según comenta Kirk, «su más elevado
estilo, que se ayuda del uso de palabras y frases
espléndidas y sonoras»20. Digamos que a la ocasión
conviene estilo tan magnifícente ya que es el momento en
que Zeus promete a Tetis que vengará a Aquiles de la
ofensa que le ha infligido Agamemnón, momento de crucial
importancia en que es de todo punto oportuno, pues dar,
solemnidad al gesto de asentimiento del Cronida.
El verso 16 está formado por tres unidades formulares
(a: así habiendo hablado; b: lo ratificó con la cabeza;
c: el próvido Zeus) comparables por su sentido, si no por
su orden, al verso 13 (a: dijo; c: y el Cronión; b: bajó las
negras cejas en señal de asentimiento). Por otro lado, la
unidad 16b, la más importante por el sentido, tiene
otros paralelos homéricos, como por ejemplo Il. XV 75.

Que en el texto recibido aparezca el verso 16 tras los
versos 13-15 requiere una explicación. Lo malo es que
hay varias y opinables todas. Desde luego la cuestión
no se cierra atetizando el 16 (¿por qué no del 13 al 15?),
que es por lo menos tan homérico como el 13. Una
posibilidad sería entender que el asentimiento de Zeus,
formulado en el verso 13 y hecho solemne por los versos
del 14 al 15, viene repetido adrede, ratificado, en este
verso 16. Lo que no es imposible, pienso. Y, de hecho,
creo que esto podría constituir una posibilidad para el
poeta que recitara el himno. Como creo que otra
posibilidad que tenía era la de escoger entre 13-15 o
solamente 16. Entiendo que, a otra escala, es lo mismo
que sucedía en el caso de las dos creaciones de la mujer
que se suceden según vimos en Trabajos y días.

Que en el himno homérico, 13-15 y 16 eran dos
posibilidades entre las que podía elegir el poeta al ejecutar
la pieza me parece confirmado por lo que sucede en los
versos del 17 al 21 finales del poema:

17 Senos propicio, Irafiota, apasionado por las mujeres; los
aedos te cantamos al empezar y al terminar; y no es posible
acordarse del sagrado canto y olvidarse de ti.

20 Y así, salve tú, oh Dióniso Irafiota, con tu madre Semele,
a quien llaman Tiona.


También aquí hay dos despedidas, ambas dirigidas al
dios (17-19, por un lado; 20-21, por otro), entre las que
podía elegir el poeta.

Ya Lord había señalado21 que la parte final de los cantos
orales era la más fluida; no es extraño que se hayan
acumulado, yuxtapuestas al final de este himno, dos
posibilidades de ratificación de Zeus y de despedida a
Dióniso. Lo que no me parece del caso, tampoco ahora,
es buscar cuál de las versiones alternativas es la más
antigua o cuál la auténtica —término que no tiene
aquí sentido.

Por lo demás, el único criterio de datación serio es el
lingüístico en lo referente a si una determinada forma es
antigua o más reciente. Dejando aparte que la cronología
relativa de tal forma no implicaría de suyo que no hubiera
podido ser usada por un poeta más tarde, el criterio
lingüístico de datación relativa no puede globalmente
desacreditarse. Sólo que, incluso así, no siempre el criterio
de datación relativa es mínimamente seguro. Puede ser un
ejemplo flagrante de ello el verso 267 del himno a Afrodita,
el V, donde la diosa, tras haber informado a Anquises de
que, con cada ninfa que nace, nace también un árbol, y
de que hay en lugares inaccesibles, abruptos, muchos de
estos árboles, añade que los llaman «bosques de
los inmortales». El anafórico de tercera persona, el los, es
en griego he, que corresponde normalmente al acusativo del
singular y no al del plural (que es lo que aquí convendría:
se trata de árboles), que sería en griego sphâs. Súmese a
ello que el tal anafórico forma parte de una fórmula que
hallamos igualmente en Od. IV 355 y que allí la misma forma
es un acusativo singular, lo que cuadra con la norma.
CONT.


Última edición por Pascual Lopez Sanchez el Dom 13 Jun 2021, 07:59, editado 1 vez


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